Las Mujeres Cristianas

Fernán Caballero


Cuento


En el último extremo de la calle de un pueblecito cercano al mar, se veía, pocos años ha, una casa arruinada. La parte de la derecha, cuyo techo se había desplomado, servía de zahurda a un vecino del pueblo bien acomodado; se la había arrendado el alcalde, que disponía de aquellas ruinas, cuya posesión nadie reclamaba, por importar menos el valor de la vieja y mal situada finca que lo que devengaba al Erario por tributos y contribuciones. La parte derecha tenía aún un aposento cubierto con un techo que todavía se mantenía en su puesto gracias a unas estacas viejas y toscas que el arrendatario había puesto de cualquiera manera, para que sirviera el espacio que cobijaba de albergue al que guardaba su ganado de cerda, el menos bello e idílico de los que forman los rebaños que pueblan los campos, hermosean los paisajes y constituyen la riqueza del campesino.

La ruina del edificio era menos patente al exterior, cuya pared se mantenía aún derecha gracias a sus cimientos más sólidos, como se mantiene en pie el árbol muerto y sin savia gracias a sus raíces; pero en el interior de la casa todo yacía por tierra, sin que ni aun se hubiesen hacinado los escombros en montones para facilitar el paso o no chocar la vista.

Era triste y aun lúgubre aquel lugar, antes alegre domicilio de sus dueños, a quienes había albergado y guarecido del rigor de las estaciones sirviéndoles de nido, de fortaleza, de amparo, de descanso, y que ahora, abandonado, no hallaba lo que había prestado, y caía piedra a piedra solo y olvidado como un anciano sin hijos y sin nietos.

En la sola estancia, que, como hemos dicho, se mantenía aún techada, se hallaba, en una negra y tempestuosa noche en que el huracán bramaba y las nubes lloraban con más o menos fuerza, pero sin cesar, una pobre mujer a quien apenas cubrían unas ropas hechas jirones, acurrucada cerca de una pequeña hoguera, secando en ella las destrozadas prendas de vestir de un pobre niño de doce años, que se hallaba a su lado tiritando y envuelto su desnudo y exhausto cuerpo en un cobertor.

Este niño, hijo de aquélla, era el porquero del labrador a quien estaba arrendada la casa, y ganaba, por su constante trabajo y vigilancia, media hogaza de pan y los avíos, esto es, un poco de aceite, vinagre y sal; con esto se mantenían él y su madre; en cuanto a dinero, no lo veían jamás, ni aun el de la limosna, porque ni la madre ni el hijo la pedían.

Bien dada está siempre la limosna; pero pudiera estarlo mejor si, a lo generosa, lo repetida, lo continuada y lo universal que es, añadiese, a la caridad que la inspira y al desprendimiento que la realiza, el deseo de discernir y la eficacia de averiguar la verdadera necesidad y la que no lo es y a las manos se le viene. ¡Cuán provechoso sería que ese santo dinero se impusiese, como se hace en otros casos, después de haber minuciosa y exactamente examinado el cómo se invierte!

—¿Quieres que te haga unas sopas? —preguntó la madre al pobre niño— No has comido nada caliente en todo el día, hijo mío, y estás arrecido de frío.

—No tengo hambre —contestó el niño con un estremecimiento que se notó hasta en su voz.

—Pues ¿qué te aqueja, hijo de mi corazón? —preguntó la madre, sobresaltada—. ¿Estás malo?

—No, señora, madre.

—Te has estremecido...

—Es de frío.

—Acuéstate —dijo la pobre mujer, señalando en un rincón un montón de paja—; pondré a tus pies, que están helados, una de estas piedras que el fuego ha calentado, y te cubriré con esta manta.

—No tengo sueño, madre; no podría dormir, y estoy mejor al lado de esta hoguera, que calienta mis miembros, y al lado de usted, que abriga y fortalece mi ánimo.

—Pues qué, hijo del alma, tú siempre tan animoso, ¿lo tienes acaso desfallecido?

—Sí, madre. Este temporal que oímos, y que penetra hasta nosotros por las rendijas de las desvencijadas puertas, me estremece el cuerpo y me acongoja el alma; usted, madre, me ha enseñado a temer a los temporales, que, como dice, son la rebeldía de los elementos contra el poder que los enfrena.

—Es verdad —repuso su madre—. ¿No ves la ira y la soberbia en las altivas y terribles olas del mar? ¿No ves la furia, que nada retiene ni aplaca, en los bramidos lúgubres del viento, el malestar y asombro de las nubes, que corren desoladas y lloran, y si las centellas, cual dardos de fuego, parten las negras nubes, llevando la muerte y el destrozo adonde se dirigen, seguidas del trueno, espantosa voz de la tormenta con que lanza la amonestación y la amenaza, entonces toda la Naturaleza se agita y estremece con esta muestra del poder de Aquél que, como es Criador, puede con sólo querer ser aniquilador; todos bajan la cerviz y alzan el corazón al cielo, menos el incrédulo, más soberbio que el mar, más iracundo que el huracán, más nocivo que el rayo, que, irguiendo su pequeña y ruin cabeza, se atreve a decir a Dios,: «Ni te conozco como Criador y Padre ni te temo como a Supremo y Todopoderoso juez y Señor»? Nosotros, hijo mío, por suerte creyentes y sumisas criaturas suyas, temamos su justicia, a la que Él mismo se sacrificó, pero confiemos en su misericordia; ¿quieres, para sosegarte, que leamos en el Kempis, en el que todo has aprendido, hasta leer?

—No, madre; estoy tan angustiado, que no atendería —respondió el niño.

—Nunca te he visto, hijo mío, tan afectado por los temporales; algo que me ocultas te agita el ánimo.

—¿No me ha dicho usted que algo dice el huracán que, en determinadas ocasiones, se entiende? —preguntó el niño.

—Así lo creo, hijo mío.

En este instante una bocanada del huracán pasó mugiendo y haciendo temblar las vacilantes paredes, como si fuese un lamento que, estremeciéndose, lanzasen las ruinas, extinguiéndose entre ellas exhausto, cual si le faltasen a un tiempo aliento y vida.

—¿Lo oyes? —dijo con voz trémula y estrechando contra su pecho a su hijo—; ha dicho: «¡Muere!» —y añadió con asombro y dolor—: ¡Lo mismo que dijo a tu padre!

¿A mi padre? —exclamó el niño asustado— ¿Cómo y cuándo? Nunca me lo ha dicho usted...

—Es verdad, hijo; nunca he querido entristecer más de lo que hace nuestra mísera situación tu ánimo infantil.

—Madre, no soy tan niño que puedan la falta de edad y discernimiento motivar la completa ignorancia en la que, sobre la suerte y circunstancias de mi padre, vivo; sólo sé que somos aquí forasteros; que no tenemos a quién volver la cara; que usted, madre mía, es superior a las buenas e incultas gentes de esta aldea. No me oculte usted por más tiempo nuestra suerte, dando así margen a que pueda temer que algo vergonzoso encierra este misterio.

—Si en lugar de ser «hijo» hubieses sido «hija» mía, tal sospecha ni habría entrado en tu corazón ni salido de tus labios. Sabe, pues, lo que el cariño maternal te callaba, cual impide llegue a la cuna del dormido niño ni el más sutil e inocente ruido que le pueda despertar.

Nada de extraordinario ni de novelesco tiene lo que voy a referirte; es tan sólo una de esas espantosas catástrofes de que son víctimas los marinos, que, por repetidas y generales, aunque exciten la lástima, no llaman la atención, y que, por aterradoras que sean, no son contrarrestadas e impedidas por la humanidad, porque la temeridad que hay en arrostrar tales peligros es coronada por la gloria de laureles y por la industria de encina, y ambas cosas hablan tan alto al corazón del hombre, que desoye la voz de la humanidad que las condena.

Tu padre era hijo de un capitán mercante, que pereció en un naufragio. Su niño, que llevaba consigo, atado sobre una tabla, y ya sin sentido, fue recogido por una fragata española que hacía la travesía de Manila. Siguió en el barco, y con el capitán que lo había salvado, primero de grumete, luego de marinero y después de piloto, hasta que llegó a ser capitán de un bergantín que hacía el comercio entre Barcelona y Cuba.

En Cuevitas, de donde soy natural, que conoció y nos casamos, permaneciendo yo allí mientras vivieron mis padres.

Cuando faltaron, y no teniendo allí pariente alguno, determinamos establecernos en Barcelona.

Embarcamos en el bergatín nuestra Pequeña fortuna, invertida en mercancías, y, contigo en brazos, pisé aquellas tablas, bien ajena de que nos llevaban a nuestra perdición.

No parece, hijo mío, sino que la mar y la tierra son dos enemigos encarnizados; el mar agresivo, amargo, iracundo, violento, invasor y mudable, como lo es todo lo inconsistente, provocando y embistiendo siempre al suelo firme que le resiste, ya con fuertes rocas, ya con la humilde arena, al que alguna vez invade y cubre, pero sin poder avasallarlo nunca; esta es la misma lucha que en el mundo moral sostienen el bien y el mal, la verdad y la mentira.

Llegamos cerca del estrecho de Gibraltar; pero al aproximarnos a estas costas se declaró un furioso temporal, que no pudo resistir la embarcación, y el cual la arrojó sobre unas rocas escarpadas. En aquella situación desesperada, los marineros se echaron al mar para salvar sus vidas a nado; pero, juguetes de las olas, los vimos unos después de otros desaparecer.

A pesar de eso y de mis súplicas y lágrimas, tu padre, después de haberme atado, teniéndote en mis brazos, sólidamente en la cofa, para que no nos arrastrasen tras sí las olas del furioso elemento, ató a su cintura una larga cuerda, cuyo otro extremo afianzó al barco, y se echó igualmente al mar, terrible pero único recurso de salvación que le quedaba.

Yo, hijo mío, al verlo luchar y agitarse entre la vida y la muerte, viendo una y otra vez que, cuando creía asirse a una roca, se estrellaba sobre él una ola gigantesca, que, en su retroceso, lo arrastraba consigo al abismo, me habría mil veces desmayado o perdido el juicio, si no hubiese recordado las últimas palabras de tu padre al ponerte en mis brazos: «¡No le abandones!».

Cuánto duró la lucha, lo ignoro; pero sé que, si hubiese durado más, habría sucumbido; tal tensión de nuestras facultades de sentir es cual la clavija que estira la cuerda de un instrumento que, a no cesar a tiempo su violencia, la quiebra.

Una furiosa y bramadora ráfaga del huracán, empujando ante sí una monstruosa ola que pasó sobre el barco, estremeciéndole, llegó al paraje en que tu padre, ya exhausto de fuerzas, luchaba aún, y lo sumergió, y la ráfaga pasó mugiendo: «¡Muere!».

La infeliz narradora calló, cruzó ambas manos sobre su exhausto pecho, y levantó al cielo su cara cubierta de lágrimas.

—¿Y mi pobre padre, no reapareció? —preguntó, llorando, el niño.

—Sí, hijo mío; cuando lo hubo matado el mar, lo echó a la orilla como despreciado despojo. Recogido por unos guardias civiles, notaron éstos la cuerda que llevaba atada al cuerpo, la que les sirvió para preparar un aparato con el que les fue posible salvar nuestras vidas, exponiendo las suyas con esa generosidad, ese valor y abnegación que tanto distingue, honra y enaltece a ese admirable cuerpo.

Nos trajeron a este pueblecito, que era el más cercano, y fuimos recogidos por un buen matrimonio anciano, que vivía aquí mismo, porque el marido era porquero del palantrín de quien hoy lo eres tú; ¡así, entre pobres ruinas materiales y humanas, hallaste, pobre hijo mío, tu primero y solo amparo en esta vida!

Una grave enfermedad, producida en mí por este terrible acontecimiento, me impidió hacerme cargo de nuestra situación en las primeras semanas que siguieron a nuestro naufragio, y consumió la no cuantiosa suma que tu infeliz padre había puesto en un bolsillo colgado de mi cuello; y cuando pude volver en mí, me hallé en un país desconocido, sin recurso alguno y hasta sin ánimo, sin aliento para intentar salir de este pueblo. Los ancianos que nos habían dado hospitalidad llegaron a morir; sus parientes recogieron su pobre ajuar. Entonces, el amo te ofreció ocupar la plaza de porquero del pobre anciano que solía llevarte consigo al campo; triste recurso, pero que era el solo que nos quedaba, y si nos faltase, ¿qué sería de nosotros?

El pobre niño, al oír estas últimas palabras, bajó la cabeza sobre su pecho, y en su rostro se, dibujó una inexplicable expresión de angustia.

La madre y el hijo se estremecieron, pues en este momento se abrió con estrépito la desvencijada puerta, y en el dintel apareció un hombre tosco que, con voz brusca y enojada, preguntó al niño:

—Me ha dicho el tío José, que ha visto entrar los puercos, que falta un gorrino; ¿es eso verdad?

El niño, que temblaba, se había instintivamente acercado a su madre, y respondió en queda voz y tono humilde:

—Verdad es, señor, que se me ha extraviado, sin que, peor más que lo he buscado, haya podido encontrarle. Señor, mañana, antes que sea de día, iré a buscarlo y parecerá.

—¡Qué había de parecer! Torpe, descuidado... —gritó con enfado el amo—; de las garras de los ladrones o de los dientes de las zorras, no se saca lo que se llevan. Lárgate, y cuanto antes, que para nada me sirves. Esto me lo estaba yo temiendo, pues, como te he dicho otras veces cuando te veía en el campo con un libro en la mano, no se hacen bien dos cosas a un tiempo, y que quien iba a pagar tus «leyendas» era mi piara. No sirves para el caso, hijo, ni para nada, y así, lárgate con viento fresco.

—¡Señor, señor! Por mi pobre madre, no me eche usted; déjenos este pobre techo que la ampare; yo pagaré a usted el animal.

—¿Pagar? ¿Y con qué has de pagar un animal que vale más que tú?

—Señor, desquitará usted su valor de mi pan y avíos.

—Sandeces; nada, lo que me importa es salir de ti para que no me suceda otra. Te he dicho ya que cuanto antes te largues, que mañana es preciso que tenga el nuevo porquero la habitación desocupada, y da gracias a Dios que no te castigo como mereces.

Diciendo esto salió el dueño, que no era un mal hombre, muy persuadido de que había estado justo y hasta indulgente, sin fijar un solo instante su mente en la desolación que dejaba en pos de sí y en la desesperación en que sumía a dos seres tan desvalidos y desamparados.

Lo que sí tenía presente era el no exponerse, el que cifraba, no sólo su interés, sino su amor propio, en que todos viesen que «entendía» su negocio, a que otros hombres «positivos» (en todas las clases de la sociedad los hay) se dijesen riéndose. ¡Hombre! ¿Conque ha perdido usted un gorrino por haberse echado un porquero que se entretiene en leer porque tiene una madre «leída y escribida», y no busca otro que sea para el caso? El que se mete a porquero, que sepa serlo y sepa el a «arte» de guardar cerdos, y si no, que deje el cargo.

Éstos son axiomas de la práctica para sus seides; sentencias del incontrarrestable código del positivismo; fallos de la acatada ley del embudo, en cuyo tribunal no se admiten «considerandos».

Es un efecto muy general, aunque poco palpable y poco perceptible del egoísmo, el de no ponerse en la situación de los demás; si esto se hiciese, no sólo se procuraría a nuestros semejantes mayor bien, sino que éste se haría de una manera mucho más atinada, más útil y más acreedora a la gratitud del que de la ayuda ajena necesita.

Cuando estuvieron solos, el niño se echó, deshecho en lágrimas, al cuello de la pobre viuda, exclamando:

—¡Madre, madre, no lo he podido remediar! El día estaba tan obscuro, la lluvia era tanta, que no se distinguía a dos pasos de distancia; así, sólo cuando llegué pude notar que faltaba uno en la piara; volví al campo a buscarlo: bien vio usted lo mojado, rendido y lo tarde que regresé; ¡no ha sido culpa mía, madre!

—¿Y quién te culpa, hijo de mi corazón? Lo sucedido es sólo una desgracia, la última que nos podía acontecer; predestinados estábamos a morir ahogados; no ha sido en el mar, pero lo seremos por la angustia y la miseria; ¡cúmplase la voluntad de Dios! Vamos ahora a rezar, y dejemos venir el día de mañana para salir de estas ruinas, que a otros parecen tristes y repulsivas, y ¡tan queridas y apetecidas son de nosotros, abandonados, cual ellas, de los hombres!

Se pusieron a rezar, y algún tanto calmados sus ánimos por la oración, y cansados sus ojos de llorar, el pobre niño inclinó su cabeza sobre el pecho de su madre y ésta reclinó la suya contra la pared, y ambos se quedaron dormidos.

Dulce es el sueño; es un blando descanso de musgo y hojas de beleño, puesto a trechos como etapa en la agria y penosa cuesta que viviendo subimos. ¿Será acaso el vivir un estado de sufrimiento que no discernimos, por no conocer otro mejor, y cuya suspensión, que procura el sueño, nos hace a éste tan apetecido, tan dulce, tan necesario y tan reparador?

A la mañana siguiente, cuando despertaron, el niño corrió a la desvencijada ventana, que abrió. La tormenta había pasado, sin haber dejado vestigio, como pasa la indignación en un alma noble, sin dejar rencor. El cielo, como avergonzado de sus nubes y tormentas del día anterior, echaba a profusión sobre la tierra sus luces y su brillo. Los pájaros se cantaban alegremente unos a otros la enhorabuena; las flores y el cielo se miraban y se sonreían como amantes reñidos que se reconcilian. Los árboles y las hierbas se engalanaban con las gotas de lluvia que habían conservado, y que el sol tornaba en brillantes, y hasta la mar, postrada por sus convulsiones recientes, yacía en un letargo profundo, aunque inquieto.

El pobre niño aspiró con delicia la brisa pura y embalsamada que por la abierta ventana se precipitó, y sus ojos quedaron deslumbrados por el esplendor de aquel día radiante; su oprimido corazón se dilató como el cáliz de una flor a los rayos del sol.

—¡Madre —dijo—, mire usted qué hermoso día! Este sol alegra y anima el alma, como una mirada de misericordia de nuestro Criador; oiga usted cómo una suave brisa, que baja del cielo, murmura entre las olorosas flores, «consuelo», y entre las verdes hojas, «esperanza».

La pobre viuda suspiró, y le contestó:

—¡Espera tú, hijo, espera! La esperanza es la prerrogativa de la juventud e hija de la inexperiencia.

—No, madre; usted me ha enseñado que es hija de la fe.

—Cierto, hijo mío; pero son las esperanzas celestiales.

—También las terrenas, si son para confiar en que no nos faltará el sustento que Dios nos enseñó a pedirle. Así, esperemos...

—Hasta mediodía, y no más —dijo la voz áspera de un zagalón que en aquel instante llegaba, y dio otro sentido a la frase—; mi madre queda liando el hato, y en rematando se viene aquí, sin perder la derechura, para aviar la vivienda—. Lo que dicho, se encaminó a la zahurda a hacerse cargo de les puercos puestos a su cuidado, que salieron atropellados y gruñendo unos contra otros, con tan poca armonía para entre sí como para los oídos ajenos.

La madre y su hijo quedaron silenciosos, las manos cruzadas y las cabezas caídas sobre sus pechos. Al fin reventó la opresión del pecho de la infeliz viuda en hondos sollozos.

—¡Madre, valor! Confíe usted en que Dios no nos abandonará, pues a nadie abandona. Vámonos, madre, que ya vienen a echarnos; oigo pasos.

La puerta se abrió, y en el umbral se presentó una señora.

Era ésta joven y bella; su estatura era mediana pero parecía alta por la finura de su talle y cuello, por lo plano de su espalda y perfectas proporciones de sus miembros. Su cara era ovalada y pálida, con ese blanco mate y limpio de las pelinegras, la que aumentaba la belleza con el interés y distinción que le añade. Era su nariz aguileña y sus ojos pardos y hermosos; su porte digno, noble y grave; infundía respeto, al que tan luego la bondad y dulzura de su sonrisa unía el arrastre del cariño y de la confianza, que, como un imán, es anejo a los seres benéficos.

Vestía sencillamente de negro; cubría su cabello castaño obscuro, recogido sin pretensiones en dos trenzas, que iban a unirse a su rodete, una mantilla de anchas blondas, y guarnecían su cuello y mangas magníficos encajes blancos, sujetos a aquél con un broche y a éstas con unos pasadores poco visuales, pero de gran valor.

Estos detalles debieron pasar, y pasaron desapercibidos de la madre y del hijo, preocupados con su infortunio y aturrullados con la inesperada llegada de aquella señora.

Esta les dirigió la palabra con naturalidad y suma benevolencia, en estos términos:

—¡Pobrecitos! ¡Qué desmantelada vivienda ocupáis!

—¡Ojalá —contestó la infeliz mujer— que así fuese! ¡Pero ya no es nuestra!... Nos echan de aquí y no tenemos albergue alguno.

—¿Os echan? Tanto mejor, pues hecho me encuentro lo que a hacer venía, esto es, sacaros de aquí. Pero, pobrecitos, que estáis ambos casi desnudos y no podéis salir así.

Y volviéndose hacia la puerta, hizo señas a personas que debían estar del lado exterior, y al poco rato fue traído un enorme paquete que la señora desató, y con una satisfacción que brillaba en sus ojos con el más santo de los fuegos, el de la caridad, sacó y presentó a aquellos infelices las prendas de un completo vestuario.

—Señora —exclamaba la madre al recibir aquellos dones inesperados—, ¿son para nosotros, entes desconocidos del mundo entero, estas mercedes? ¿Venís equivocada?

—No. Hace unos días que el comandante de la Guardia civil refirió en nuestra presencia el hermoso rasgo de valor y de abnegación con el que salvaron a vosotros años hace los individuos de ese admirable cuerpo. Pregunté qué había sido de la madre y del hijo tan generosamente salvados, y hechas con celo las averiguaciones que pedí, supe vuestro paradero y mísera situación, y he venido a aliviarla; así lo ha dispuesto la Providencia Divina por medios naturales, así como en otras ocasiones se sirve de medios milagrosos para amparar al desamparado. Toma —añadió la señora, alargando a la pobre viuda unas monedas de oro—: ve a la capital y aguarda allí mi próximo regreso; sé que eres hábil costurera, y cuidaré que no te falte trabajo; sé que tu hijo es estudioso, y le pagaré sus estudios en el colegio, y después en la escuela industrial.

—¡Señora, señora! —exclamó enajenada la pobre mujer—: ¿sois un ángel bajado del cielo?

La hermosa señora respondió sonriendo:

—No soy un ángel, soy una mujer cristiana.

—Será sinónimo, pues esto que hacéis...

—Es una de las obras que nos enseña y denomina de misericordia la santa doctrina de Cristo.

—¡Oh, señora! —dijo cayendo de rodillas y derramando copiosas lágrimas la enajenada madre—; decidme vuestro nombre, vuestros títulos, pues sois muy poderosa para no tenerlos, a fin de que, mientras aliente, ruegue a Dios por nuestra bienhechora.

—Entre mis títulos, el que más aprecio es el de «madre de familia»; así, ruega a Dios por mis amados hijos y por su noble padre, que son mi gloria y forman toda mi felicidad.

La señora salió, y la madre y el hijo cayeron en brazos uno de otro. Un momento después oían pisadas de caballos, el ruido de un carruaje que se alejaba rápidamente, las campanas del lugar que repicaban animadas, y alegres voces que gritaban: ¡Viva, viva la Infanta!

—¡Madre, madre! ¿Ha oído usted?... ¡la Infanta! —exclamó admirado y sorprendido el niño—; pero si no es posible que sea ella la que ha entrado en esta zahurda!

—Pues ella ha sido, hijo mío; la Infanta, la digna hermana de nuestra reina, la que, como a ésta, ha colocado Dios muy alta, para que, una sobre el trono y otra a su lado, den ejemplo a los hombres en esta mezquina era de grandeza de ánimo, de valor, de magnanimidad, de generosidad, de apego a Dios, a la religión, a la familia, al país, y de verdadero amor a los pobres.


Publicado el 12 de mayo de 2019 por Edu Robsy.
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