¡Pobre Dolores!

Fernán Caballero


Novela corta



Capítulo I

Hay gentes en este mundo que no pueden contar con nada, ni con la casualidad, pues hay existencias sin casualidades.

— Balzac
 

Entre Sanlúcar de Barrameda, que despide al Betis, y la pulida Cádiz, que se abre paso entre las olas, como para ir al encuentro de sus escuadras, en una saliente elevación de terreno, se ha asentado Rota, pueblo que, aunque tranquilo y modesto, es de noble y antiguo origen, como lo atestiguan la historia y su magnífico castillo perteneciente a los duques de Arcos, tan bien conservado y tan cuidado... que han pintado sus rejas de verde: Los seculares cantos sillares que forman los robustos muros del castillo, y el fresco verde casino con que han cubierto sus sólidas rejas, forman no sólo un contraste, sino una disonancia que las personas entendidas y de buen gusto comprenderán mejor de lo que nosotros pudiéramos decir.

Hacia el lado que mira al Sudoeste, esto es, el que hace frente al Océano Atlántico, el elevado terraplén en que se asienta el pueblo desciende abrupta y perpendicularmente desde una gran altura hasta la playa. Ésta presenta el uniforme aspecto que da el contacto del mar a la tierra que lame; muertas arenas alternativamente bañadas y abandonadas por las olas, en las que se busca con indistinto ahínco algún curioso secreto del mar lanzado de su profundo seno, algún triste vestigio de un ignorado y solitario naufragio, pero en las que sólo se hallan inocentes y lindas conchitas; algunas estrellitas del mar, que perdieron su luz con la vida; espumas que, arrojadas por las olas que les dieron ínfulas y brillo, decaen mustias y deslustradas; pesadas y trasparentes aguas malas metidas en su masa de flema cristalina, como la yema del huevo en la clara, pobre pólipo que no se sabe si está vivo o está muerto, porque en él tan inerte es la vida como la muerte; algún torpe cangrejo que alza su deforme mole sobre sus delgadas patas, para correr con el esfuerzo y desmaña del lisiado, que se vale de sus muletas; gran cantidad de algas, que escupen a la tierra las olas que las desdeñan; algún pedazo de cordel o de servida madera, que no son pavorosas ruinas de barcos, sino sencillamente sus desechos, y un lindo arabesco que dibujan en la tersa arena las finas huellas de las gaviotas; esto es de lo que se componen esas playas que engarzan a España; campo neutro que no adorna la tierra y que no cubren las olas, siendo así suelo sin flores y cama de mar sin perlas.

A la izquierda del pueblo se entra el mar a pasear por la tierra, formando una ensenada, que haría un buen puerto a no tener tan poco fondo, que en la baja mar se queda en seco, y presenta una ancha extensión de negro y pedregoso cieno.

Cuando crece el mar, llega hasta las casas, guarnecidas de sus embestidas por una valla natural de piedras, contra las que baten y se agitan con violencia sus olas, como las pulsaciones de un corazón oprimido.

En la punta del triángulo que forma el pueblo está el muelle, y en él los faluchos que diariamente llevan las frutas y legumbres a Cádiz, y las barcas de los afamados pilotos, que van al encuentro de los ricos huéspedes de la bahía de Cádiz, para traerlos por la mano cuidando que no tropiecen.

Lo apartado que está Rota de todo camino, no siendo tránsito para ninguna parte; lo incomunicado que se halla con otros pueblos; sus ningunas pretensiones y lo poco que figura, le dan un sosiego y una índole tranquila y patriarcal poco común, sobre todo en puertos de mar.

Un pueblo campestre, sosegado y tranquilo, asentado a la orilla del mar, que le aturde con su gran e incesante ruido, que le distrae con su inquieto y continuo movimiento, semejante al del siglo en que vivimos, y al que surcan atrevidos barcos, cada cual con su distinto gallardete, ya empujados, ya contrarestados por las olas y las corrientes, como los hombres que actúan en la época presente; un pueblo en estas condiciones, nunca ha podido completar para nosotros el ideal de lo campestre. Simpatízanos más aquel que por horizontes sólo tiene sus campos de trigo y sus olivares, por ruido únicamente el canto de sus pájaros, el cacareo de sus gallos, el murmullo de sus árboles y el toque de su campana, y que por vecino más cercano sólo tiene otro pueblo a quien llama compadre.

La mar y la tierra son contrapuestos, como lo son lo tranquilo y lo agitado, la estabilidad y el movimiento, la seguridad y el peligro; como lo son lo que produce y lo que destruye.

No obstante, difícil sería hallar otro lugar más pacífico que Rota, y que tuviese habitantes más laboriosos e industriosos en agricultura, que es la industria genuina del país.

Todos los roteños tienen su tierra propia, que cultivan; porque hay pocos labradores en escala grande. La uva, el melón, la sandía, y toda clase de legumbres, que son siempre tempranas y muy buenas, constituyen sus principales ramos de cultivo. Entre éstas sobresalen, por su tamaño, cantidad y buena calidad, las calabazas y los tomates, cuya abundancia ha valido a los roteños el apodo de tomateros; así como es igualmente notable la enorme cantidad de canastos puestos allí en uso para la traslación de sus cosechas.

Los andaluces, que, como es sabido, hacen burla de todo, sin exceptuarse los unos a los otros, y que con este fin inventan una innumerable cantidad de cuentos, sobrenombres, chascarrillos y coplas, tienen un abundante repertorio, en que son víctimas los buenos roteños.

Entre los muchos, sacaremos unos cuantos, no sólo porque nos parecen muy graciosos, sino también porque son una muestra legítima de la clase de chiste y del giro de ideas de este agudo e ingenioso pueblo andaluz.

En una ocasión quisieron hacer los roteños una función a su santo patrono San Roque. Con este motivo convidaron a un predicador de fama y a otros dos clérigos, que vinieron a hospedarse en casa del alcalde.

Averiguado por éste que lo que querían cenar sus huéspedes era chocolate, llamó a la cocinera y le mandó hacerlo.

—Pero ¿qué se le echa? —preguntó aturrullada la cocinera.

—Agua, —contestó su amo.

La cocinera se quedó suspensa; mas acordándose que allí cerca vivía una mujer que tenía fama de ser la mejor cocinera del pueblo, se fue allá y le preguntó que cómo se hacía el chocolate.

—¿Y qué te ha dicho tu amo? —preguntó la profesora.

—Que lo haga con agua.

—¿Con agua no más? —repuso la otra.— ¡Jesús! Sépaste, mujer, que quien le quita al chocolate el tomate, le quita toda la gracia.

Tema que han puesto muy bien enversado de la manera siguiente:


Una señora fue a Rota
para buscar cocinera,
y la encontró desde luego;
pero le advertía ella
que no sabía guisar
con tocino la puchera,
sino con pringue de olivo
y con salsa tomatera.
 

Éste es otro:

Los roteños se propusieron escalar el cielo cor sus canastos. Al intento, los fueron poniendo unos sobre otros, de manera que pasaron más alto de la luna y las estrellas. Sólo les faltaba uno para llegar al cielo, y ese uno no lo tenían, por estar ya todos colocados. Para no dejar por tan poca cosa de conseguir su intento, sacaron de debajo de todos el primero que habían puesto, con lo que todos los demás se vinieron al suelo.

A lo que acompaña la misma idea en verso:


Un roteño de los listos,
sobre canastas quería
subir al cielo, por ver
si tomales allí había;
mas para llegar al cielo
una canasta faltó,
agarró la de debajo...
y junto a Londres cayó!
 

Y éste el tercero:

Una vieja de Rota se encontró en un camino con uno del Puerto, que venía cantando el romance del Gran Capitán, y ambos se encararon en el momento que el del Puerto cantaba:


Aquella sangrienta espada
que a los bárbaros derrota.
 

—¡Los del Puerto serán los bárbaros, so tunante! —le dijo furiosa la vieja.

En cuanto al sinnúmero de coplas, sólo unas cuántas daremos por muestra:


No se ha podido saber,
ni se sabrá a punto fijo,
los borricos que hay en Rota,
porque llega a lo infinito.

Los roteños a sus novias
acostumbran regalar
pepitas de calabaza,
que son confites allá.

Un hombre sabio de Rota,
estaba pensando un día,
que si no hubiese tomates,
el mundo se acabaría.
 

En fin, para concluir, hasta en la calamitosa época de los franceses les sacaron ésta:


Si a Rota le apuntaran
las baterías
ella con sus tomates
las hundiría.
 

Capítulo II

Nada recrea más la vista ni alegra más el corazón, que ver al caer la tarde volver del campo a los labradores. Cada cual viene montado en su burra, que las más veces es seguida de un ruchillo que corre y salta, gozando de su corta niñez, como si le avisase un instinto profético que esa alegría, ese solaz, esos alegres saltos, serán los primeros y los últimos en su triste vida de trabajo y de desprecio. Traen los labradores sus serones llenos de frutas y de legumbres, coronados de frescos tallos de maíz, que son la cena de su buena compañera: ésta apresura su lento paso al ver llegar a los niños, que salen al encuentro de sus padres. Completa la comitiva un perrito basto y feo, pero humilde y fiel, que se cuenta como de la familia, y que no dejaría el pedacito de pan que le da su amo por todos los manjares de un palacio. Unos padres alzan al más pequeño de los niños y le sientan delante de sí, mientras los mayores abrazan y retozan con el ruchillo. Otros se apean, sientan en la burra a los mayores, y llevan en sus brazos al más pequeño; y cada uno de estos variados grupos se dirige a su casa, en que les aguarda la madre y la esposa feliz.

¡Oh! ¡Qué de veces hemos mirado con profundo enternecimiento estos cuadros de íntima y pura felicidad, que no se ostenta ni se oculta, que no brilla ni se esconde, como la suave luz de la luna! Y nos hemos preguntado con amarga melancolía: ¿Por qué la cultura material, con su insaciable ambición, su refinamiento de goces y su estúpida elegancia de formas, ha reemplazado estos santos y puros goces, con otros que tan poco satisfacen al corazón, a la poesía del alma ni a la conciencia? Porque, despreciando esta felicidad que Dios nos brinda y enseña, ha concebido otra facticia, que con sus anhelos por lo irrealizable, osa echar el desprestigio sobre aquella que nuestro destino, Dios y la razón nos señalan.

¡Cuándo comprenderemos que lo ideal no se debe buscar en los aires, en un globo sin dirección y sin rumbo, llevado al soplo de las pasiones; sino que el que nos debe servir de norma y de anhelo está bajo nuestra mano, como flores con que Dios siembra la senda que nos ha trazado! ¡Cuándo se convencerán los poetas, esos ruiseñores que cantan y nos alegran en los días claros, y nos consuelan en las noches mustias de que se compone nuestra existencia, que mientras exalten, exageren e idealicen las pasiones del hombre podrán agradarle y lucirse, pero que no contribuirán, como deberían hacerlo, a su bienestar y a su mejora!

No es decir por eso que no existan las pasiones. Ellas en lo moral, así como las calenturas en lo físico, son males de la humanidad, que no llegan a destruir ni los esfuerzos de los moralistas, ni los trabajos de la medicina; y sería difícil —a no escribir un idilio— el pintar escenas de la vida humana sin que en ellas, tarde o temprano, ocupasen un lugar. Pero la mala y extraviada propensión está a nuestro entender, en graduar de bello, noble o interesante, el estado en que nos ponen; y aún es peor el craso error que las pinta como propias de almas superiores. Las almas superiores las moderan, si son buenas; las vencen, si son malas.

Venía hacia el pueblo de Rota, una suave tarde de verano, un anciano montado en su burra. Seguíanle dos mozos bien parecidos, morenos y airosos, llevando sus azadas al hombro. Ya cerca de su casa, vieron venir a un niño de cinco años que traía a remolque una niña de tres, sofocado y colorado con los esfuerzos que hacía para apresurar la marcha, aún vacilante de su hermanita. Parose el jinete, y el mayor de los mozos, cogiendo a los niños, que eran sus sobrinos, colocó el uno al lado derecho, y el otro al lado izquierdo del anciano; hecho lo cual, la burra, sin recibir aviso, volvió a emprender su pausada marcha hasta llegar a una casa, a cuya puerta se paró sin ser necesario que resonase el ¡soo! en sus orejas gachas.

Antes de entrar en esta casa, que pertenecía al anciano jinete, es preciso describirla y dar cuenta de quiénes eran sus moradores.

Entrábase, al atravesar la casa-puerta, en un gran patio entrelargo, empedrado de menudos chinos: a la derecha tenía un gran arriate, en que se aglomeraban tantas flores, arbustos y enredaderas, que parecía un congreso de plantas; a la izquierda lo cubría un espeso emparrado, del cual colgaban racimos colosales; al frente estaban las puertas de la cocina, cuadra y corral, y una escalera maciza de ladrillo sin techar, que llevaba a un sobrado o desván. A la derecha de la puerta de la calle había una salita y una alcoba; a la izquierda otra igual, a las que seguían unas cuantas habitaciones con salida al patio. Cerca de la cocina, y con ventana al corral, tenía otro cuartito tranquilo e independiente.

Esta buena y desahogada casa, a pesar de repetir su dueño, el tío Mateo López, muy a menudo: «Vecina, ni Santa Catalina», tenía todas cuantas podía contener.

El partido de la izquierda lo vívia su dueño con su familia, inclusa su hija Catalina, casada con un yegüerizo, y madre de los niños que hemos visto venir a recibir a su abuelo.

Tenía arrendado en seis reales al mes el sobrado a la viuda de un infeliz marinero que se había ahogado, y había dejado a su mujer enferma y con dos hijos, la que no se lo pagaba nunca; el tío Mateo tampoco le pedía los caídos, haciéndose esta buena y juiciosa reflexión: «¡Si no tiene la desdicha, ¿cómo ha de pagar?»

El cuarto inmediato a la cocina se lo tenía dado de balde a un pobre fraile desde la exclaustración.

La sala de la derecha se la tenía arrendada en diez reales a un carabinero y su mujer; y éstos eran los únicos que pagaban.

El carabinero era un excelente hombre, llamado Canuto, y a nadie le venía mejor el nombre, porque no se dio nunca hombre más flaco, más tieso ni más vacío. Había sido soldado, y siempre un soldado grave, serio y de pocas palabras; pero desde que era carabinero, esto es, hombre de confianza del Gobierno, había llegado su gravedad a lo inmutable de la de un Catón de mármol.

Señor Canuto, que no había tenido desde que nació voluntad propia, era el más celoso de su autoridad, y no se mudaba chaleco sin preguntar a su mujer cuál era el que debía ponerse. Había sido cincuenta años atrás blanco y rubio; mas el pícaro del tiempo y los malvados trabajos no habían dejado, por vestigios de estas dos ventajas, sino unos bigotes que parecían dos estropajos. Pero su mujer decía que había sido su marido más blanco que una azucena y más rubio que unas candelas, y que, aún a la presente, en sus espaldas se podía escribir como sobre un pliego de papel.

Pepa, que así se su mujer, era mucho más joven que él, y una de esas mujeres modelo, que tienen de suyo los más bellos dotes para prestarlos y dedicarlos a sus maridos, más por amor que por deber; mejor dicho, por la fusión del amor y del deber; fusión tan dulce y santa, como sabia y admirable. Tienen talento para guiar a sus maridos y enmendar sus torpezas, cuando las hacen, haciéndolo de modo que les persuaden, así como a los demás y a sí mismas, que son ellos los que aciertan y llevan razón; la prudencia para templarlos, sin que conozcan la intención, como las madres tienen sus cantos para dormir, distrayéndolos, a sus hijos; la resignación, para inculcársela con la palabra y el ejemplo; el sumo orden y limpieza, para que estén ellos siempre bien atendidos y vistan con lujo y primor: la condescendencia hasta ocultar el propio sacrificio, por no hacer parecer exigente al que los impone; y sobre todo, el apego, la abnegación y el propio anonadamiento, a punto de que, si no fuese tan respetable su origen, llegaría a ser ridículo cuando el marido no es acreedor a ello.

Señor Canuto casi nunca abría la boca; en lo que hacía muy bien. Pero cuando sucedía, era hablando lacónicamente, por sentencias, y con gran aplomo, persuadiéndose que todos los oídos eran tan benévolos como los de su mujer. Y en realidad, en cuanto a los habitantes de la casa en que vivía, no se equivocaba del todo nuestro buen carabinero.

Capítulo III

El exclaustrado que había recogido la excelente familia de López se llamaba el Padre Nolasco, y era un buen señor. No había inventado la pólvora, ni la imprenta, ni era colaborador de ninguna enciclopedia; pero sabía lo que tenía que saber para el cumplimiento de sus funciones. Si le faltaba un algo de dignidad, sobrábale celo y conocimiento del pueblo, de sus costumbres y de su lenguaje para atraerlo a la senda del bien; lo que lograba alguna vez con un ¡caramba! dirigido a los mayores, y con un sosquín aplicado a los chicos. Como el instinto del pueblo es tan justo y perspicaz, por lo mismo que no tiene esa espuma de cultura, —que no basta para penetrar, y sobra para extraviar,— conocían que el Padre no perdía la derechura. Así es que le querían y veneraban, aunque a veces se reían de sus cosas.

Atento a esto, haremos una salvedad al mismo tiempo que una observación; y es: que hay dos clases de risas muy distintas, o mejor dicho, contrapuestas: la risa benévola, y la risa despreciativa. La primera es dulce, alegre e inofensiva; la segunda es amarga, poco alegre y zahiriente. La primera nace de un corazón sano, como los claros borbotones de un manantial de aguas claras; la otra nace de un corazón duro y acerbo, y filtra como un licor corrosivo que quema y ennegrece cuanto toca. La una se corona de flores; la otra se reviste de púas. Inútil es añadir que la que inspiraba las cosas del buen Padre, que era queridísimo de todos, era la primera.

El Padre Nolasco estaba un poco sordo; lo que le hacía trabucar a veces las cosas que le decían. Por lo cual solía acontecer que sus exhortaciones en el confesonario servían a dos fines: como tales, para el penitente; como pláticas, para el concurso. No podía darse un hombre más sin hiel: sin que por eso dejase de tener su buena dosis de malicia; que no se la pegaba tan fácilmente el que quería engañarle. Nunca tampoco se vio otro más franco y verídico; lo que hacía que, sin gastar tono de superioridad, ni menos tener agrior, decía a cada cual, cuando le parecía, que iba errado y obraba mal, sin que nadie se ofendiese por eso.

En cuanto al exterior, parecía el Padre Nolasco una de esas caritas de goma elástica que se hubiese estirado cuanto daba de sí a lo larga, tenía larga y angosta la cabeza, larga la nariz, larga la barba, largos los dientes, largos los brazos, y las manos, las piernas y los pies. Vestía desde la exclaustración una chaqueta, un chaleco, y unos pantalones negros de cúbica, que le habían sido dados de limosna por un favorecedor venido de América, llamado D. Marcelino Toro: cuyas ropas, a fuerza de servir y ser cepilladas por su buena patrona, habían adquirido un brillo que las hacía aparecer de hule.

El Padre Nolasco, aunque contaba más de setenta años, era ágil; y a excepción de algunos flatos que se curaba con la thé, gozaba de buena salud, gracias quizá a su frugalidad y a la sencillez de sus alimentos. La hermana de su favorecedor, Doña Braulia Toro, le regalaba cada mes dos libras de chocolate, de a treinta cuartos; el que, con unas tostaditas secas, componía sus almuerzos. Su compadre, el rico tío Gil Piñones, le regalaba garbanzos por que enseñara a sus hijos a ayudar a misa; y aquéllos, con media cuarta de carne y con media onza de tocino que le daba el serrano por que le escribiera sus cartas, formaban el puchero que comía los trescientos sesenta y cinco días del año, del que guardaba una taza de caldo para cenar, y otra daba a la pobre viuda que vivía en el sobrado.

Por de contado el Padre Nolasco tuteaba a cuantos habían nacido en el siglo de las luces. Un día el médico, que era un joven que la echaba de importante, le hizo notar que esa libertad que se tomaba era contra la dignidad del hombre.

—¡Dignidad del hombre! —contestó el Padre Nolasco.— Eso han sacado ahora. ¡Vaya! ¡Dignidad en las palabras, e indignidad en los hechos! ¡Con que tuteo a mi seráfico Padre San Francisco, e iría yo a darle merqué o señoría a un barbilampiño como tú! Anda, cura-tabardillos, y no me lo des a mí; que no me he de poner al uso del día; que está ya el alcacer duro para pitos, ¿estás?

Pero con quien sostenía el Padre Nolasco una hostilidad perenne era con el hijo de la pobre viuda, gracioso, vivo, bonito y simpático muchacho de doce años, que quería ser marinero contra la voluntad de su madre. Ésta, que había perdido a su marido en un naufragio, se estremecía con la idea de que se embarcase su hijo; y había acudido al Padre Nolasco, a fin de que le prestase su auxilio para disuadir al niño de su intento. Pero éste había sido ineficaz; mientras más le había encomiado el Padre las prerrogativas de la tierra firme y las ventajas de la vida sosegada, más se había entusiasmado el aventurero muchacho por los azares del mar y por los largos viajes sobre las inseguras olas. El Padre Nolasco, en venganza, le había puesto por nombre Montevideo. Ya sabemos que para ciertas gentes se encierran los largos viajes de mar en el de América, y que para ellos el Finisterre es Montevideo.

—No irás a la mar, no, —le decía el buen Padre.

—¿Y por qué no, señor? —respondía con una sonrisa tan alegre como dulce Tomasillo; sonrisa que era peculiar a él y a su hermana, en la que se unían la alegría y la dulzura, como se unen en el sol el brillo y el calor.

—Porque la mar es enemiga del hombre, bien lo sabes; y que en ella murió tu padre. Así es que no sé, testarudo, cómo tienes valor de embarcarte.

—¿Y el padre de usted, Padre Nolasco, dónde murió? —preguntó Tomasillo.

—¡Toma! En la cama muy descansado, —respondió el Padre.

—¿Pues cómo tiene usted valor de acostarse en una cama, Padre Nolasco?

—No me vengas con entraditas de pollo inglés, Tomasillo. Bien sabes que de diez que van a la mar, se ahogan nueve en la flor de su vida, y mueren sin confesión; lo que a ti, que eres más malo que ninguno, te vendrá peor que a ninguno también. Si dejas ésta por otra, el mal ha de ser para ti, pues en lo demás poco se pierde; para ti digo, y para tu pobre madre, que te ha de sentir; como que te parió. Y que es preciso que tú la mantengas.

—¿Pues qué quiere usted, Padre Nolasco, que vuelva yo a andar como anduve a principio de verano por las recortas del manchón del tío Mateo, con un cencerro en la mano ahuyentando pájaros, con la cantinela:


Al agua patos,
que se comen el trigo los gurupatos?
 

—¡Vaya! ¿Pues qué peligro hay en eso?

—A mí me gusta el peligro, Padre Nolasco.

—¡Calla, pez volante! que quien ama el peligro, en él perece. Hablé con mi compadre tío Gil Piñones, y me dijo que te tomaría de porquero.

—Que no voy. ¡Qué! ¿Había yo de guardar puercos? Que los guarde su amo.

—¿Con que no quieres trabajar, so malandrón? ¿No quieres ser hombre de bien y ayudar a la pobre de tu madre? ¿Di, libertino?

—Sí señor, si señor. Pero no quiero ser espachurra-terrones, ni pasar mi vida en mi casa como caracol burgado. ¡Si me muero... tanto me da! Pero no quiero que me llamen tomatero, eso no.

—Y mejor será que te llamen Montevideo, o bien


Que te llamen pocas penas,
pariente de mala gana,
y por apellido tengas
a mí no se me da nada!
 

Ya veremos si vas al cortijo del compadre tío Gil Piñones. Yo en propia persona te voy a llevar; y si te repercutes, te llevo cogido de una oreja. ¡Vaya! ¡Después de los pasos que he tenido que dar y del empeño que he puesto!... ¿Cuándo te podías tú figurar, peje-sapo, que habías de llegar a ser porquero del compadre Gil Piñones? Con que ya te puedes alistar para mañana con la fresca coger la vereda.

A la mañana siguiente el chiquillo se escapó, se metió en una barca. Y no hubo quien de allí le sacase. Como era tan bonito, tan alegre, tan dispuesto y tan simpático, le hizo gracia al patrón, que le conservó en su barca, y a la sazón había ascendido a la dignidad de cuarterón; nombre que dan a los muchachos ya enseñados y que alcanzan estipendio, por ganar la cuarta parte de lo que gana un hombre.

—Montevideo, —le dijo el Padre Nolasco cuando le volvió a ver,— eres como las piñas de la Rápita, que estuvieron siete años dándoles golpes, y el primer piñón les saltó un ojo.

—Padre Nolasco, —respondió Tomasillo,— «tres cosas hacen al hombre medrar: ciencia, mar, y Casa Real».

Capítulo IV

Después que hubieron cenado, se reunieron todos los vecinos de la casa en la puerta de la calle, menos la pobre viuda, a quien sus males y sus quehaceres retenían en el sobrado.

En un banco, a la derecha, se sentaron el Padre Nolasco, el señor Canuto, a quien no tocaba la guardia en los puestos aquella noche, y el tío Mateo. Entre sus rodillas estaba su nietecito, que tenía extendidos sus brazos sobre los muslos de su abuelo.

—Tío Mateo, —le decía Pepa,— hasta el suelo se le cae a usted la baba con ese chiquillo.

—Verdad es, —contestaba el tío Mateo, que era zumbón.— No lo puedo negar: tira la sangre; y que hijo de mi hija, ser mi nieto: hijo de mi hijo, no saberlo.

En el banco de la izquierda se sentaron: Esteban, que era el mayor de los dos hermanos que hemos visto volver con su padre del campo, y contaba veinte años; su hermano Lorenzo, que contaba diez y ocho, y al lado de ellos María Dolores, la linda hija de la pobre viuda, a quien todos querían con extremo, lo mismo que a su hermano. Así era, que cuando el tío Mateo decía: «¡Qué hechizo tiene ese Tomasillo! Es más alegre que un fandango: se acuesta y levanta cantando como los pájaros», respondía la tía Melchora, su mujer: «Verdad es; pero... ¿y María Dolores? ¡Qué ángel tiene! Esa se acuesta y se levanta como los serafines, alabando a Dios!»

Contaba Dolores catorce años; edad en que se abrazan la niñez y la juventud en tan estrecha unión, que necesitan a veces los años llamar las lágrimas en su auxilio para separarlas.

La tía Melchora estaba sentada en el escalón de la puerta de la calle, y junto a ella su nietecita, que había dejado caer su cabeza en la falda de su abuela, y sin soltar de su mano un racimo de uvas, se había quedado dormida, como una pequeña Bacante.

Pepa la Carabinera y Catalina, la madre de los niños, que estaban estrechamente unidas por lo que a éstos quería Pepa, habían traído sillas bajas y estaban sentadas de frente. Catalina tenía dormido en sus brazos al hijo más pequeño, al que criaba.

—Paréceme que quiere llover, —dijo el carabinero;— que apunta el levante, y por este tiempo siempre que viene el levante echa agua. ¿Qué le parece a usted, tío Mateo?

—Que no dice usted malamente, —respondió éste.— Hoy es jueves, día de señal como el domingo; y en acostándose en estos días de señal el rubio entre cortinas, mudanza de tiempo.

—¿Te vienes, Lorenzo? —dijo Esteban a su hermano, al que quería con ternura.— Es sábado, los mozos tienen una guitarra y una fiesta armada.

—No voy, —contestó lacónicamente Lorenzo.

—Pues no vengas, —repuso Esteban;— así como así por todo armas camorras. Con que más vale que no vengas: siempre estás que parece que te deben y no te pagan. ¿Te duele algo?

—La cabeza, de oírte.

—¡Pues, hijo, con Dios! Al que le duela la muela, que rabie, o se la eche fuera.

Esteban se alejó.

—¿Por qué no vas? —le preguntó Dolores.

—Porque me gusta más quedarme aquí.

—¿Por qué?

—¡Qué sé yo!

—Pues si yo pudiese ir donde hubiese guitarra, no me quedaba yo aquí, no.

—Si tú hubieses estado cavando todo el día...

—¡Quita allá, flojón! ¿No lo han estado los otros lo mismo que tú?

—¡Los otros! Los otros no van por la guitarra, que van por la novia.

—¿Y tú no tienes novia, Lorenzo?

—Yo no, —respondió en tono brusco el muchacho.— Mira, Dolores, —añadió después de un rato,— desde ahora te digo que cuando me llegue a enamorar, ha de ser de ti. Y en mi vida de Dios he de tener más novia que tú.

Dolores empezó a reírse en sonoras carcajadas.

—¿Te ríes? —preguntó muy picado Lorenzo.

—¡Pues no me he de reír! ¡Tú mi novio! ¡Ay qué reidero!

—Pues no siempre ha de ser para ti un reidero. Porque en siendo tu novio, te he de poner las peras a cuarto; y no has de estar siempre riéndote como Juanilla la tonta.

—Es que no seré tu novia, —dijo con decisión Dolores.

—¿Que no? ¡Ya veremos!... Aunque no quieras, lo has de ser.

—Que no.

—Que sí.

—Que no.

—Que sí.

—¡Que no, ea! —exclamó medio llorando la niña.

Oyose entonces una alegre y clara voz que venía cantando:


¡Bendito sea Dios, madre,
que ya pareció el perdido!
Que no se puede perder
pájaro que tiene nido.
 

—Ese es mi Tomás, —dijo Dolores con júbilo, corriendo al encuentro del que cantaba.

—Buenas noches, señores, —dijo Tomás, que traía un canasto con pescado.

—Dios te las de, muy buenas, hijo.

—Tía Melchora, aquí tiene usted un rape28 que sé que le ha de gustar para hacer sopa. Señá Pepa, tome usted estos salmonetes. Padre Nolasco, tome usted estas pescadillas para cenar, —dijo el niño, repartiendo casi todo el pescado que traía.

—¡Qué! ¿Ya estás de vuelta, Montevideo? ¡Vaya, qué pronto has venido! Andas más que una mala noticia. ¿Qué dices? —dijo el Padre Nolasco.

—Que tome usted estas pescadillas para cenar, Padre, —gritó Tomasillo.

—No, no, no quiero sino mi sopa; que en mis años vale más caldo de carne, que carne de pescado.

—Dios te lo pague, Tomasillo, —dijo la tía Melchora.

—Gracias, —añadió Pepa.

—No hay de qué darlas: quien esto da, diera cosa mejor si la tuviese, —respondió el cuarterón.

—¿Has estado lejos, Tomasillo? —preguntó el tío Mateo.

—¡Jesús! Hasta Gibraltar, que es tierra de ingleses.

—¡Pues qué! ¿Has estado en Ingalaterra? —preguntó Catalina.

—No, que el Peñón es de España, y es de los ingleses; y eso es como si dijese usted que mi mano era suya. ¿No es verdad, Padre Nolasco?

—Chiquillo, —dijo la tía Melchora,— no se dice Nonasco, que se dice Nolasco; te lo he dicho más treinta veces.

—Nonasco; así le dicen en Cádiz, que es gente pulida. ¿No es verdad, señor Canuto?

El grave y callado carabinero, obligado a contestar a esa pregunta directa, respondió en voz hueca:

—No se dice Nonasco.

—¿Lo ves?

—Ni tampoco Nolasco.

—¿Lo ve usted?

—¿Pues cómo se dice?

—Se dice Nonato.

—¡Qué, señor! Ese es San Ramón, —observó la tía Melchora.

—Es que los dos llevan un mismo apellido, —repuso con aplomo el señor Canuto.

—Cuando señor Canuto lo dice, verdad será; pues sabe su mercé más que Seeneca, —dijo Catalina.

—¡Oiga! ¿Y quién es Seeneca? —preguntó el cuarterón.

—¡Qué se yo! —contestó la yegüeriza. —Será un abogado.

—Padree Nonasco, —gritó el marinerillo,— digáme usted, ¿quién es Seeneca?

—¿Rebeca? —respondió el Padre, que no oyó bien. —Es una pastora de las de Belén.

—No pregunto eso; —contestó el cuarterón,— sino quién es Seeneca.

—No lo sé, —contestó el buen señor;— ese santo no está ni en el añalejo, ni en el martirologio.

—Señor Canuto, —prosiguió preguntando Tomasillo, —sáqueme usted de curiosidad, y dígame quién es Seeneca, que esto pica en misterio.

—Seeneca —respondió con todo aplomo el carabinero— es un sabio de los moros, que ayuda y guía a su rey, como por acá el Papa al nuestro.

—¡Vaya! No sabía yo eso, —dijo su mujer.— Aunque siempre he oído decir que los moros saben mucho.

—¡Como que encierran a las mujeres! Mire usted si serán avisados, —observó el tío Mateo.— ¿No es asina, Padre Nolasco?

—¡Por supuesto! —contestó éste.—La mujer honrada, la puerta cerrada. Pero hoy día son más callejeras que el humo, que siempre está buscando por dónde salir.

—Toda la vida de Dios ha sido asina, Padre Nolasco, —dijo el tío Mateo.— Oye, cuarterón, —prosiguió:— ¿has visto por esas mares anchas a la Sirenita del mar?

—Yo no; lo que querrá usted decir son tiburones o goifines, tío Mateo.

—No, no, —intervino la tía Melchora.— La Sirenita es una muchacha muy sin vergüenza, que andaba por esas playas enamorando a los marineros con su buen parecer y sus cantos, hasta que su padre la maldijo, deseando que se volviese pez; y así sucedió, volviéndose pescado de medio cuerpo abajo. Metiose avergonzada en la mar, y se fue lejos por sus centros, en los que canta siempre como en las playas hacía, para atraer a los hombres a su perdición. Y así es que dice la copla:


La Sirenita del mar
es una pulida dama:
por maldecirla su padre.
la tiene Dios en el agua29.
 

—¿No sabías, Tomasillo, que cuando saltan los delfines y cantan las Sirenas, es señal de tempestad y presagio de naufragio?

—Yo no, señora, no he oído más que los ronquíos de la corbina. Esa Sirena será pez de otras mares, digo yo. Ea, voy a ver a madre, y a decirle que me embarco de gurumete en una fragata tamaña como el castillo.

—¡Muchacho! ¿Y adónde vas?... —exclamaron todos.

—A lo más remontao de la América.

—¡Jesús! —volvieron a exclamar todos.

—¿Qué dicen? —preguntó el Padre Nolasco.

El tío Mateo se lo dijo en recia voz.

—¡No lo dije! —exclamó el Padre Nolasco.— ¡A las Indias, a Montevideo! ¡Si no había de parar hasta lograrlo, ese atronado, más aturdido que unas carnestolendas! ¡Mire usted que dejar de ser porquero del compadre Gil Piñones, para ir a ser pasto de peces!... ¿Se podrá creer?...

—¡Dejar nuestra madre la tierra por esa madrastra la mar! —dijo la tía Melchora.

—Señora, el dinero no se gana tendido. Y yo quiero ganar dinero mucho y aprisa, para que mi pobre madre tenga la vejez descansada, —respondió el cuarterón.

—Tomasillo, el que quiere ser rico en un año, al medio le ahorcan, —observó el tío Mateo.

—¡Ay, Dios mío! —dijo echándose a llorar Dolores.— ¡Hermano de mi alma, no te vayas tan lejos por esos mares, sepulturas de cristianos!

—Calla, calla, Dolorsiya, que voy a volver como D. Marcelino, con mucho oro.

—Sí, del que depone el moro, —murmuró Lorenzo.

—A madre le voy a traer una caja de azúcar para sus jarabes; a ti un loro, y al Padre Nolasco un negrito para que le ayude la misa.

—Déjate de negritos, —repuso el Padre Nolasco,— y acuérdate que quien ama el peligro, en él perece. Pero a unos no basta el arre, ni a otros el so.

—Padre Nolasco, la gloria y el dinero son para quien los gana.

—¡Sí! ¿Y si para lograrlos pierdes la vida o la salud?... ¿Y si no vuelves?

—Volveré, sí, señor, volveré!... con salud y pesetas, que es salud completa, —repuso alegremente el cuarterón, entrándose a ver a su madre.

Capítulo V

Nada pudieron sobre el emprendedor y decidido muchacho las reflexiones de sus amigos, ni las súplicas y lágrimas de su madre y hermana.

—Quien no se arriesga, —respondía,— no pasa la mar. ¿No sabe usted que dice la copla:


Si no te ha dado tu suerte
un mayorazgo en España,
embárcate en un jabeque,
y pásate a la otra banda.
 

Tomás partió. No hay pinceles que pinten, ni palabras que expliquen la aflicción de su pobre madre, cuya vida entre el dolor de lo pasado y la angustia de lo presente se extinguía, como la de la encina que estuviese a un tiempo herida de un rayo y roída de un gusano.

Así pasó un año.

Un día entró en casa de la pobre viuda un piloto, antiguo conocido de su marido. Este hombre traía una carta; esa carta era dictada por Tomás, y fechada del famoso Montevideo.

Escribía más alegre que nunca; decía que había hecho un viaje de damas; que estaba tan contento como el pez en el agua; que había crecido media vara, y que volvería con el mismo barco y el mismo capitán, que le quería mucho. Desde aquel día la viuda no faltó uno en ir a la playa y recorrer con la vista la desierta y brillante extensión azul, en la que había de dibujarse, como un aro de perlas que engasta un brillante, la fragata que le traía a su hijo. Habían querido disuadirla, porque esos inútiles viajes dañaban a su debilitada salud; pero fue en vano. Cuando la realidad niega toda felicidad, el corazón se ase a una ilusión... y no la suelta; pues sólo por ella vive. Pero pasaban los días, las olas y las nubes... ¡y Tomás no volvía!

Era una noche del equinoccio. Partía el brillante y luminoso verano, dejando la tierra seca y agostada, y llegaba el frío y severo invierno a reanimarla, sacudiéndola con sus huracanes, y a fertilizarla con sus claras aguas. Anunciábase con un temporal estrepitoso, que todo lo conmovía... ¡hasta los ánimos!

¡Oh! ¡Cuán dichosa es aquella familia que en semejantes noches se reúne completa alrededor de la lumbre, y que después de dar gracias a Dios por tamaño beneficio, cruza sus manos y ruega por los que sufren o peligran, pagando así sn tributo a los lejanos y desconocidos sufrimientos de nuestros semejantes!

No era éste el caso en que se encontraba la infeliz viuda. El hijo que idolatraba se hallaba embarcado, y cada ráfaga de vendaval arrancaba a sus ojos sus últimas lágrimas, como a los árboles sus últimas hojas, ¡y levantaba olas de angustias en su corazón, como olas amargas en el seno del mar! En este estado de congoja había pasado la noche; por la mañana no se hallaba capaz de levantarse.

Su hija, después de traerle la taza de sopas que le hacía guardar el Padre Nolasco de su pobre puchero, se fue a escoger trigo en casa de una rica panadera.

El Padre Nolasco hacía aquella obra de caridad sin graduarla de tal. Y como en otra ocasión hemos dicho que ver sufrir injusticias sin graduarlas de tales enternece profundamente, decimos lo mismo en cuanto a las obras de caridad que se hacen sin conceptuarlas así. Sufrir lo injusto sin necesitar resignación, y hacer buenas obras sin sensibilizarse, son, mirándolo reflexivamente, la perfección en ambos géneros; esto es, conformarse sin que ayude la fuerza de la virtud, hacer bien sin el arrastre de un corazón impresionable, andar derecho sin báculo, caminar al fin sin brújula. Es hacer uno su deber, como canta el pájaro y como embalsama la flor.

Apenas se halló sola la pobre viuda, cuando no dejándole sosiego su angustia, se levantó y se fue a la playa.

¿Quién no ha visto con terrorífica admiración el espectáculo grandioso del Océano cuando a la vez lo arrojan sobre las playas los vientos, la marea y el empuje que unas de otras reciben sus inmensas olas, que, como dice Shakespeare, se levantan rizando sus monstruosas cabezas? ¿Quién no ha creído ver vibrar su ira en la vacilante hinchazón de sus olas, y oírla en su hondo mugir de acosada fiera? ¿Quién no se ha estremecido al considerar su poderío, que en la tierra nada contraresta? ¿Quién al mirar morir una ola en la playa, y seguirla tan luego otra mayor, no le ha comparado a aquella hidra fabulosa, que ninguna pérdida disminuía, ninguna derrota debilitaba?

El horizonte parecía cerrado con un muro de lluvia; la que, empujada por el viento, formaba sesgadas líneas entre las que desaparecían Cádiz y su faro, como si borrarlo intentase del gran mapa del mundo la poderosa mano del temporal. El peso de las nubes les robaba su ligero vuelo y airosas formas, y caían de prisa, como todo lo que desciende.

La pobre viuda parada en la playa, azotada por el huracán, que pegaba sus pobres ropas a su demacrado cuerpo, miraba al mar, y nada veía sino esa gran convulsión de la naturaleza, entre la cual había desaparecido todo ser viviente, como barrido por las ráfagas, a las que aquella débil mujer resistía, como si su amor de madre la prestase sus últimas fuerzas. Así era que no se movía, creyendo distinguir en cada cresta espumosa con que se coronaban las olas, las blancas velas de un barco que buscase el puerto.

Capítulo VI

Aquella tarde entró muy de prisa el señor Canuto en su casa, y hallando que su mujer había salido, se sintió muy contrariado. Daba algunos pasos, se paraba y se rascaba la oreja, formando una especie de gruñido impaciente.

—¿Qué trae usted, señor Canuto? —le preguntó la tía Melchora.

—Traigo... traigo un entripado, —contestó el carabinero.

—¿Y qué es, señor? Pues usted no es de los que se descoyuntan por poca cosa.

—¡Es... es que me he hallado en la playa una mujer muerta!

—¡Jesús María! ¿Matada?

—No señora, muerta legítimamente, de muerte física. Pero no es eso lo peor, sino que esa mujer es su vecina de usted, la tía Tomasa.

—¡María Santísima! Señor Canuto, ¿qué está usted diciendo?

—La verdad sin círculos madroños, tía Melchora. Y no es eso lo peor, sino que tengo que dar parte.

—Eso es lo de menos, —dijo echándose a llorar la tía Melchora.

—¡No es lo de menos, vaya! ¿Le parece a usted que un parte es un buñuelo que se echa a freír? ¡Y Pepa que no está ahí! ¡Me lo temí! —añadió el carabinero, viendo reunirse la familia y las vecinas oyendo sus voces de lástima y desconsuelo.— Escriba usted un parte con esta horna! Pocas veces hablo, y no hablo una que no me pese. ¿No habrías podido callar, Canuto, parlanchín del dianche? ¿No sabes que en la boca del discreto, lo público es secreto?

Por fortuna entró en este momento su mujer, a la que pidió la llave, abriendo en seguida el cuarto, en el que se encerró para escribir su parte30.

—¡Para la pobre, —dijo la tía Melchora — es una suerte haber dejado de sufrir! Y como era una santa, y una mártir, buen zarpazo habrá dado en el cielo. ¡Dichosa ella!

—Y dice usted bien, tía Melchora: como que dicen los autiores que el castigo que ha dado Dios a Caín es el de no morir: unos dicen que está debajo de tierra, y otros que está en los cuernos de la luna: pero morir no puede. La muerte ha sido para la pobre Tomasa un premio.

—La ida de su hijo la acabó de hundir, —dijo Catalina.— A la que hay que compadecer es a la pobre de su hija.

—Señá Pepa, —dijo una de las vecinas,— usted que la quiere tanto y no tiene hijos, bien podría prohijarla.

Ya ese hermoso y caritativo pensamiento había surgido en el corazón de aquella excelente mujer; pero no pudiendo determinar por ella sola, ni queriendo demostrar un buen deseo, que si no se llevaba a cabo, echaría sobre su marido toda la culpa de la negativa, contestó:

—La ayudaré en lo que pueda; pero eso de cargar con hijos ajenos, es un cargo de los grandes; y por lo mismo que es voluntario... tanto más obligatorio. Dice el refrán: «Brasa trae en el seno, quien cría hijo ajeno».

—¿Y quién le dice a la pobre Dolores la muerte de su madre? —preguntó apurada Catalina.

—Se lo dirá el Padre Nolasco cuando vuelva de la iglesia, —contestó la tía Melchora.— Siempre para estos casos apurados se cuenta con los Padres, y nunca se echan fuera.

Pepa había entrado en el cuarto, en que halló a su marido cerrando el parte que laboriosamente había escrito; luego salió para enviarlo con un propio juez al Puerto de Santa María, partido a que corresponde Rota.

—¿Sabe usted lo que decíamos?—le dijo buena anciana.— Que a esa pobre niña que queda huérfana y desvalida le había Dios de enviar un amparo, y ése podría ser usted, pues Pepa la quiere mucho.

—¿Y Pepa qué ha dicho? —preguntó el carabinero.

—Ha dicho que eso de cargar con hijos ajenos era un caso de los grandes; pero si usted quisiera...

—¡Yo querer!!! —exclamó el carabinero abriendo unos fieros ojos. —No valía más!... ¿Soy yo algún mayorazgo de los millonarios para meterme a amparar huérfanos como la reina? Vaya, tía Melchora, tiene usted unas cosas... que son cosazas. Sepa usted que dice la sentencia:


Ni fíes ni desconfíes.
Ni hijos ajenos críes;
ni pongas viña, ni domes potros,
ni tu mujer enseñes a otros.
 

Diciendo esto, se entró el carabinero con aire terrible en su cuarto.

—¿Con que, Canuto, no respiraba ya la pobrecita cuando la hallaste? —le preguntó llorando su mujer.

—Tan muerta estaba como si hubiese estado tres días en la playa; y la marea que subía le mojaba ya los pies.

—¡Pobrecita! ¡Pobrecita! ¡Si siquiera antes de morir te hubiese visto, tú que eras una cara amiga!

—¡Verdad es, mujer!

—¡Si siquiera hubieses podido dulcificarle sus últimos momentos diciéndole: «Muera usted descansada, que yo me hago cargo de su hija, y le diré a Pepa que cuide de la pobre Dolores!»

—Dices bien, mujer, —repuso el carabinero, cuyo aire fiero había sido reemplazado por un aire compungido al ver llorar a su mujer.

—¡Qué dolor, hombre, que no diese tiempo a que hicieses esa buena obra, tan propia de tus buenas entrañas!

—Pero, mujer, ¿no dijiste tú a la tía Melchora que hijos ajenos eran cargo de los grandes?

—Y no me desdigo. Pero no he dicho que yo los huyese; y más teniendo presente la máxima de Dios, que dice. «Amparaos los unos a los otros». Y más te digo; y es: que me había de alegrar que lo hubieses hecho. ¡Bien sabes que siempre he deseado tener una hija! Dios no nos la ha dado, quizás porque nos tenía destinada a esa desgraciada.

—Pues me parece que sería una obra buena, Pepa; y todavía estamos a tiempo. Sí, sí, me parece bien; te ayudará, y así podrás tú descansar.

—Por eso no lo hagas. Canuto; pero hazlo por caridad; que quien bien hace, para sí hace. Si yo fuese tú, iría a cuidar de que a la pobre ahogada la recogiesen y llevasen a la iglesia, donde se ponga con decoro y con sus blandones, pues la pobrecilla no tiene a nadie propio que cuide de eso.

El carabinero se encasquetó su morrión de hule, salió al patio, y dijo a la tía Melchora, con prosopopeya:

—Tía Melchora, yo me hago cargo de la niña; que Dios dice: «Amparaos los unos a los otros», y esa niña podrá ayudar a mi Pepa.

—¿Pues no dijo ella que no? —repuso atónita la buena mujer.

—Yo mando en mi casa, tía Melchora, y mi Pepa no tiene más voluntad que la mía. ¿Ahora se desayuna usted con eso?

Diciendo esto, salió el señor Canuto a paso de marcha real.

Entró a poco el Padre Nolesco, a quien fue referido todo lo que había pasado.

El Padre Nolasco, tenía esa impasibilidad, tan apreciable y útil en los cirujanos para las dolencia del cuerpo, como en los sacerdotes para las dolencias del alma. Bien sea ésta originada en hombres superiores por una gran fuerza y elevación de alma, o en los adocenados por la costumbre de su triste misión, esta impasibilidad es inapreciable, y da muy benéficos resultados.

—¡Anda con Dios! —dijo el buen Padre, cuando de todo estuvo enterado.— Hoy tú, mañana yo, todos tenemos que andar ese camino. No es lo peor que se haya muerto, sino que haya sido sin los Sacramentos, como un moro de Berbería. Pero aquella pobrecita era una justa, y no ha de ir donde van los perversos, no.

Oyeron entonces a Dolores, que volvía de en casa de la panadera de escoger trigo, y que llegaba cantando alegremente.

—Dios les dé a ustedes buenas tardes. Padre Nolasco, la mano, —dijo al entrar.

Y levantando la cara, como viese cerrada la puerta del sobrado, añadió:

—¿Y madre? ¿Acaso ha salido?

La niña miró con ojos asombrados a las mujeres allí reunidas, que sólo con lágrimas contestaron a su pregunta.

—Pero... ¿qué hay? —preguntó con ahogada voz.

Nadie contestó.

Entonces pareció que toda la sangre agolpada en su corazón le impedía latir y la sofocaba.

—¡Mi madre! ¡mi madre! ¿Dónde está mi madre? —gritó al fin.

—Tu madre está donde todos quisiéramos estar, —dijo el Padre Nolasco.— Ya eso no tiene remedio. Con que así... a encomendarla a Dios como buena hija y buena cristiana. Lo demás no es sino faltar a la santa conformidad, que es nuestro Cirineo.

Dolores dio un agudo grito, y se precipitó hacia la escalera. Catalina y Pepa corrieron tras ella, y la agarraron por los brazos, diciéndole:

—No está allí, hija, no está allí.

—¡No está allí! —dijo fuera de sí la pobre huérfana.— ¡No está allí! ¿Pues dónde está?

—En la iglesia.

La niña se desprendió de las manos que la sujetaban, y se arrojó hacia la puerta de la calle.

Catalina y Pepa la siguieron.

—¡No detenerme! ¡No sujetarme! —gritaba la pobre niña, haciendo esfuerzos por desasirse de las manos que la sujetaban.— ¡Quiero verla! ¡Quiero ver a la madre de mi alma!

—No vas; que te lo mando yo, que soy tu confesor, —dijo, acercándose, el Padre Nolasco.— ¡Pues qué! ¿Quieres alborotar el pueblo y armar escándalo en la iglesia? ¿Qué ibas a remediar con ir? Vamos, hija, sosiégate; que todos hemos de morir, y la muerte no asusta sino a los malos.

Dolores cayó, prorrumpiendo en gritos y sollozos, en brazos de Pepa y de Catalina, que la acostaron en la cama de esta última.

Pronto llegaron del campo el tío Mateo y sus hijos, a quienes la tía Melchora había mandado avisar. Venían consternados; acercáronse a la cama en que yacía Dolores, que seguía gritando entre sollozos:

—¡Quiero ir con mi madre! ¡Que me dejen ir con mi madre! ¡Quiero verla; que después que la entierren no podré más verla! ¿Quién tiene derecho para impedirmelo? ¡Mi madre está sola, sola, en la iglesia, sin más compaña que cuatro luces: sin más ruido que el del viento que sacude las ventanas; sin que vele más que la lechuza que está en el campanario! ¡Madre!... ¡Madre!... ¡Yo quiero ver a mi madre!

—No te aflijas, Dolores, que allá voy yo a velar a tu madre, —dijo Lorenzo.

—Y yo también, —añadió Esteban.

—Dios y María Santísima, y todos los Santos del cielo, os paguen esa santa obra de caridad, —exclamó Dolores, que empezó a verter un nuevo torrente de lágrimas, pero cuya desasosegada desesperación se mitigó, cayendo en seguida inerte y con los ojos cerrados sobre la almohada.

Al cabo de un cuarto de hora se alzó de repente, y apoyando ambas manos sobre su corazón, gimió con ahogada voz:

—¡Qué va a ser de mí!!!

—Lo que de mí fuese, —dijo Pepa abrazándola, porque no nos separaremos; que si una madre has perdido, en mí hallarás quien procure hacer sus veces, hija mía.

Dolores echó sus brazos alrededor del cuello de Pepa con apasionada gratitud, sin poder expresarla más que con sus lágrimas.

Capítulo VII

Eran las doce de la noche. Un profundo silencio reinaba en el pueblo, sólo interrumpido por el chapaleteo brusco y sonoro de las aguas del mar, empujadas por la creciente marea contra las piedras y las rocas. Esparcíase la fría y pálida luz de la luna, como se esparce suave el eco de un lejano sonido; y el pueblo se habría asemejado a un reloj parado, si de cuando en cuando no hubiese lanzado el gallo con descoco sus tres notas agudas como un «¡centinela alerta!» dirigido a sus camaradas.

En el patio de la casa del tío Mateo estaba un joven reclinado contra una de las rejas que daban a él. Por el lado de adentro se veía el rostro de una linda joven, el que, cubierto exteriormente por la luz de la luna, e interiormente por una expresión de tristeza, aparecía pálido y grave, con una mirada apagada y profunda, que le hacía asemejarse a la imagen de la Meditación, que a un tiempo simbolizase un triste pasado y un triste porvenir.

El muchacho, al contrario, tenía el rostro sereno y enérgico del hombre de acción, la mirada fija y ardiente del hombre de fuertes pasiones, y la frente altanera del hombre indómito que no se deja arredrar, pero sí reta a todos los obstáculos con brutal arrogancia.

—¿No te lo decía yo? —dijo el joven.— ¿No te lo decía que habías de ser mi novia? Lo que yo quiero ha de ser... por la fuerza de mi voluntad! Tú te reías, o te enfadabas.

—Entonces era yo una niña, —contestó ella.

—¡Entonces!! Como quien dice, ha un siglo; y hay tres años.

—No sé el tiempo que hay. Lo que sí sé es que desde entonces dejé de ser una niña, y que entonces hiciste tú una cosa que te ganó mi corazón y te habría ganado ciento que hubiese tenido.

—Yo no quiero que me quieras por agradecimiento, Dolores; que ese amor es como deuda que se paga, y no como don que se hace.

—Si el agua que bebes satisface la sed de tu corazón, ¿qué te importa el manantial de que brota?

—Impórtame, para saber su calidad.

—La calidad es buena, Lorenzo.

—Eso está por ver, que aún no se ha experimentado. No puedo remediarlo; pero no creo que me quieres.

—¿Por qué, criatura?

—Porque siempre estás triste; lo que prueba que mi amor no te satisface.

—Mira, Lorenzo, que un amor que a todos los demás borra, no es de buen metal; y que un corazón sin memoria, nunca es firme en el querer.

—Es que tampoco será de buen metal el que por lo que ya pasó, olvide lo presente, Dolores; y tú te gozas en tus recuerdos, como hacerlo debieras en tus esperanzas, si bien me quisieras.

—¡Ojalá y pudiese borrar de mi memoria el cuadro que en ella encuentro a todas horas! Este cuadro es el de mi madre de mi alma, agonizando sola y desamparada sobre la dura y fría arena del mar, sin oír otros auxilios que los bramidos de sus olas que se acercaban cada vez más, cada una adelantando a la otra, y mojando sus pies; de manera que moriría más de angustia que de sus males! ¡Y yo, que no estaba allí!!! ¡Yo, que no la vi después de muerta!!! Eso, Lorenzo, son dos clavos que me atraviesan el corazón, y que nada puede arrancar de la llaga! De mi gente sólo me queda el hermano de mi alma; ¡y Dios sabe si la mar, que no pudo hacer presa de mi madre, se vengue en hacerla de su hijo, como la hizo ya de mi padre! ¿Cómo he de estar alegre, ni olvidar?

—Por esa cuenta, como que todos tenemos difuntos, no debería nadie quitarse el luto.

—¡Verdad es! —dijo suspirando Dolores.

—Pues entonces, ¿a que crió Dios los colores, me querrás decir?

—Para los niños, los pájaros y las flores, Lorenzo, —contestó ella, apoyando su frente en la reja.

—María Dolores, —dijo Lorenzo con aspereza,— quien tanto ama a los muertos y a los ausentes, poco cariño puede quedarle para los presentes.

—¡Te engañas, Lorenzo! Que el mismo sol que da vida al ciprés, se la da también a la rosa. Pero, creeme, tu desconfianza ha de ser la hiel que amague tu vida y la mía.

—La desconfianza no la teme ni la moteja sino aquel a quien le estorba.

—Yo no la temo, pero me avergüenza, como al hombre honrado que le registran, ni más ni menos que al contrabandista.

—¿Y sabes por qué es eso? Porque muchos, sin ser contrabandistas, hacen contrabando.

—¡Y había yo de hacer contrabando, Lorenzo! —preguntó ella con dulce reconvención.

—Dice el Padre Nolasco que las mujeres mienten sin querer, y engañan sin otro fin que engañar.

—Lo dice de las malas; pero no lo dirá de mí.

—¡Ya! ¡Cómo lo ha de decir de ti, si eres su ojito derecho!... Quien tiene al padre alcalde, seguro va a juicio.

—Pues si el Padre Nolasco, que es desamoretado y no es de los blandos, me fía, razón llevará. ¿Y siempre has de ser así, Lorenzo?

—¡Siempre! A no volver a parirme mi madre.

—Mira que llevar constantemente un judío en el cuerpo, es un mal; y que del mal que el hombre tiene, de ese muere.

—Y tú sábete que lo que hay que esperar de la mar es la sal, y de las mujeres mucho mal; y la mujer hoy la hallas, y mañana la encontrarás falla.

—¡Quiera Dios que siempre lleven todos con la paciencia que yo tus malos juicios, Lorenzo!

Apegada por su exaltada gratitud, sufrida por su dulce índole, esclavizada por el despotismo de Lorenzo, Dolores inauguraba así una vida, como se hallan muchas entre las santas esposas y madres del pueblo.

A los pocos días se puso al público un edicto. Era éste un puñal que a todos los habitantes hería, que iba a destruir muchas felicidades, a cortar muchos lazos, y a clavarse hondamente en el corazón de las madres. ¡Este edicto anunciaba el sorteo!

No son tristes calamidades para el campesino el trabajo por que ansía, ni las privaciones, que le afectan poco, ni los muchos hijos, que ama; el drama de la vida del campesino es la quinta, la bien denominada contribución de sangre. La mano del ministro que firma el decreto que la ordena, temblaría si supiese los torrentes de amargas lágrimas que va a costar, los corazones que va a partir, y las existencias que va a destrozar.

¡Cuándo querrá Dios que veamos a la civilización echarse en los brazos del cristianismo su padre, y unidos lograr que no se armen los hombres sino voluntariamente, y con el solo fin de rodear el trono para su decoro, y la justicia para su fuerza!

La tía Melchora estaba en un estado que participaba de la más desconsolada desesperación y del más profundo abatimiento, pues sus dos hijos entraban en suerte, porque tenía otro hijo mayor casado en Chipiona.

Esteban había salido libre en otro sorteo, y por lo mismo pensaba que no concede dos dichas la inconstante suerte. En cuanto a Lorenzo, decía él mismo que tenía presentimientos de que por su propia mano le vendría el mal. Y no se equivocaron en sus previsiones ni la madre ni el hijo, porque ambos hermanos cayeron soldados.

Capítulo VIII

La panadera donde solía ir Dolores a escoger trigo era una joven viuda que se había prendado de Lorenzo. Buscaba constantemente pretextos paya ir en casa de la tía Melchora, y los hallaba igualmente para atraer a Lorenzo a la suya, ya para llevarle el trigo al molino, ya para hacerle acarrear el que compraba, de algún granero a su casa. El natural desvío que era peculiar a Lorenzo, y que con ella, a pesar de ser joven, rica y buena moza, rayaba en hastío e impertinencia, no bastó a hacerla desistir de su intento; al contrario, la aferró más en él.

El día que había caído soldado fue Lorenzo a llevarle unos melones de su cojumbral que le había encargado.

Subiolos éste al sobrado, y volvía a irse sin hablar una palabra, como solía hacer, cuando le llamó la viuda.

—¿Con que... —le dijo— has caído soldado?

—No podía fallar, —contestó Lorenzo;— que tengo la fortuna mocosa.

—Vamos a ver, —prosiguió la viuda:— ¿y si hubiese quien te diese a mano para que te librases?

El corazón saltó en el pecho al joven, como si le hubiese tocado la pila de Volta.

—¿Y sabría usted quizás de quien me emprestase ese dinero? —preguntó con ansia.

—Sí, sí, —contestó la viuda,— y quizás de quien te lo diese; teniendo presente que real que guarda a ciento, es buen real.

Al oír estas palabras, Lorenzo, que había tiempo conocía las intenciones de la viuda, comprendió la indirecta, y su alegría momentánea se apagó como una luz, y su semblante se cubrió de su habitual ceño.

—¡Vaya! ¿Qué dices, Lorenzo? ¿Y es tan mala la proposición, que te encapotas como cielo de Diciembre? ¿Qué dices?

—Señora, aconseja la copla:


En tu vida, de nadie
dádivas tomes;
y con eso te excusas
de obligaciones.
 

—¡Vamos, ven acá, hombre! No estés tan retenido y metido en ti, ni seas como el tío May Miguel, que tenía vergüenza hasta de ser hombre de bien. Todo tiene remedio en este mundo, menos la muerte. ¡Si no fueras tan díscolo... podría una entenderse! Ya sabes que mi Juan, cuando murió, me dejó la casa, el horno y la panadería: yo necesito, como el comer, un hombre que esté al frente de ella; el trabajo, para el que al frente se ponga, es poco, y la ganancia mucha. Podrías tú...

—Señora, yo no entiendo de panadería.

—También sabes que me dejó una piara de vacas de las grandes, y que surte a la carnicería; hay en ella rastras, añojos, utreros y aralos31.

—Señora, yo no he manejado ganadería.

—También me ha dejado buenos cuartos; hallarás morusa.

—¿Y yo qué tengo con eso?

—Que podrías manejarlo.

—No señora, yo no entiendo de grajas peladas, —dijo alejándose Lorenzo;— no quiero cargos; mientras menos cargos, menos descargos.

—Vamos, hombre, lo que estás diciendo no son más que chancharras y mancharras. ¿No te digo claro que a tu querer, todo sería tuyo?

—Yo no quiero bienes con tranquilla, —dijo, saliéndose, Lorenzo.

—¿Habrase visto calza-polainas más encrestado? —murmuró la panadera al verlo salir.

La viuda, que tenía la convicción de que Lorenzo admitiría sus ofertas, se había de dejado decir que bien podía tocarle la suerte a Lorenzo; pero que las insignias de soldado no habían de caer en su cuerpo; que no había de pisar lodo, ni comer en rancho.

Como todo se repite con añadiduras y variantes en los pueblos como en las ciudades, llegó este dicho de la viuda a casa de los López, ganando en cada nueva edición, si no corrección, aumento. Al tío Mateo le dejó incrédulo, enajenó a la tía Melchora, y consternó a Dolores.

—Lorenzo, —le gritó su pobre madre al verle llegar,— ¿es verdad que la viuda te va a poner un sustituto?

—¿Qué está usted diciendo, madre?

—Que dicen te da el dinero para ello.

—¡Dar! ¡dar! Señora, lo que se da son los buenos días.

—Pues no serán dados; serán emprestados.

—No se empresta sino paciencia, ni se convida más que a misa, señora.

—Es que tú no lo habrás querido tomar, Lorenzo.

—Yo... ¡Madre! ¡Pues si estoy como las ánimas benditas, deseando siempre que me den!...

—Y bien que ha hecho de no tomar prestado, —dijo su padre,— porque mas que sea un buen trabajador que todos le quieren y siempre anda pujando, sabe Dios cuándo habría podido pagar; y cochino fiado, gruñe todo el año.

—Lorenzo hijo, es que dicen que se quería casar contigo. ¡Y tú rehusas esa suerte!... —dijo su madre.

—¿Quién ha sacado eso? ¿No sabe usted, señora, que es de calidad el no, que la hembra se lo dice al varón? Porque quieren desacreditar a esa mujer.

—No la desacreditan, hombre; nada malo se ha dicho.

—No, no la echan abajo, pero la van destechando. ¡La envidia, señora, la envidia! Pues como es rica y buena moza, las otras rabian y muerden.

Mientras todos sentados a la puerta se quejaban y lloraban por la ida de los hermanos, Lorenzo, que había notado la penosa e inquieta impresión que había causado en Dolores cuanto sobre la rica panadera se habló, se había sentado en el banco en que solía sentarse, y apoyada la cabeza en la pared, clavada la vista en las estrellas del cielo, a las que parecía dirigirse, cantaba en queda pero clara voz, y con la admirable flexibilidad y el exactísimo oído que hacen necesarias las delicadas y a veces extrañas modulaciones y cambios de tonos que tienen las melodías populares.

La canción que cantaba, por decontado era dirigida a Dolores, la que no perdía una sílaba del texto, ni una modulación de la tonada que llegaba a un tiempo tan dulce y melodiosa a su oído y a su corazón.

Era ésta la canción:


—Pastor, que estás en el campo
De amores tan retirado,
Yo te vengo a proponer
Si quisieres ser casado.
—Yo no quiero ser casado.
Responde el villano vil:
Tengo el ganado en la Sierra:
Adiós, que me quiero ir.
—Tú, que estás acostumbrado
A ponerte esos sajones,
Si te casaras conmigo,
Te pusieras pantalones.
—No quiero tus pantalones,
Responde el villano vil:
Tengo el ganado en la Sierra:
Adiós, que me quiero ir.
—Tú, que estás acostumbrado
A ponerte chamarreta,
Si te casaras conmigo,
Te pondrías tu chaqueta.
—Yo no quiero tu chaqueta,
Responde el villano vil:
Tengo el ganado en la Sierra:
Adiós, que me quiero ir.
—Tú, que estás acostumbrado
A comer pan de centeno,
Si te casaras conmigo,
Lo comieras blanco y bueno.
—Yo no quiero tu pan blanco,
Responde el villano vil:
Tengo el ganado en la Sierra:
Adiós, que me quiero ir.
—Tú, que estás acostumbrado
A dormir entre granzones,
Si te casaras conmigo,
Durmieras en mis colchones.
—Yo no quiero tus colchones,
Responde el villano vil:
Tengo el ganado en la Sierra:
Adiós, que me quiero ir.
—Si te casaras conmigo,
Mi padre te diera un coche,
Para que vengas a verme
Los sábados por la noche.
—Yo no quiero ir en coche,
Responde el villano vil:
Tengo el ganado en la Sierra:
Adiós, que me quiero ir.
—Te he de poner una fuente
Con cuatro caños dorados,
Para que vayas a ella
A dar agua a tu ganado.
—Yo no quiero tu gran fuente,
Responde el villano vil;
Ni mujer tan amorosa
No quiero yo para mí.
 

Por la noche, mientras los demas quintos, más alegres, o con cariños menos profundos que Lorenzo, se reunían y bebían para ahogar y disimular su abatimiento, y recorrían las calles cantando:


Muchachas, si queréis novios,
pintadlos en la pared;
que los mocitos de España
son de la Reina ISABEL.
 

Lorenzo, con amarga y trémula voz, decía a Dolores:

—¡Ya sabía yo que me tocaría la suerte! Ahora quedas tú campando por tu respeto.

—¡Válgame Dios! —repuso Dolores, que estaba llorando.— Te empeñas en amargarme más la ausencia, Lorenzo.

—¿Me olvidarás, Dolores?

—No, aunque me olvides tú.

—¡Sabes que eso no cabe!

—En ti, más bien que en mí.

—¿Por qué razón?

—Porque tú no tienes, como tengo yo, un recuerdo que te alza en mi corazón un altar.

—Y cata ahí por qué confiar no puedo en tu amor, que es más amor de hija que de novia.

—¡Anda, no caviles; que amor que nace del recuerdo de una madre no será de peor calidad, sino más santo y más firme que los que nacen al son de la guitarra!

—Pues júrame guardarme tu fe.

—Te lo juro.

—¿Por qué?

—Por mi salud.

—No basta.

—Por mi vida.

—No basta.

—Por mi salvación.

—No me satisface.

—¡Por el alma de mi madre! Pero... ¿por qué desconfías tanto?

—Porque me da el corazón que me has de olvidar.

—Tu corazón es tu verdugo, Lorenzo.

—Porque es leal. Otra cosa me has de jurar.

—¿Qué cosa?

—Que no te irás de aquí, ni del lado de mi madre, aunque se vaya Pepa a otra parte.

—Bien está; te lo juro.

—Ahora una cosa te advierto. Si por otro me dejas, en volviendo yo, no ha de comer aquél más pan, pues a mis manos muere.

—No amenaces, Lorenzo; que no está eso bien.

—No es amenazarte, es prevenirte.

—No he de hacer por miedo lo que no haga por cariño, Lorenzo. Y ya que desconfiado eres, más habías de desconfiar de un amor que amenazas, que de un amor que halagues. Disfruta de él como la abeja de su miel; no lo destroces, como el lobo su presa, y déjame al partir un recuerdo que consuele, y no amargue la ausencia.

Capítulo IX

Pasó un año, y en la casa del tío Mateo López cada día se hacía más larga la ausencia de los hijos, porque el padre anciano no podía labrar solo sino parte de su tierra.

Los alegres y serenos ojos de la tía Melchora se habían empañado con las lágrimas, y entristecido con la expresión de un incesante recuerdo. La casa había venido a menos, y perdido aquel aire de tranquila felicidad que la hiciera tan apaciblemente alegre.

Pero aún le esperaba otro nuevo trastorno, y todo trastorno en esas suaves y monótonas existencias suele ser siempre un nubarrón en un cielo despejado. Señor Canuto era destinado a Sevilla, y debía partir. Si era esto para todos una pesadumbre, para Dolores era una pena destrozadora, porque no quería separarse de Pepa, aquella excelente mujer que tanto cariño le había demostrado; y no podía, por la terminante palabra que había dado a Lorenzo, ausentarse de allí. Tampoco le era posible quedarse con la familia López, por lo atrasada que se encontraba con la falta de los hermanos. Pepa se la quería, llevar, y la tía Melchora conservarla a su lado, pues la quería con ternura, por ese sentimiento que lleva a las madres a amar a los que aman a sus hijos, hallando en el corazón de Dolores un eco fiel de sus cuidados y de su aflicción. Pero, como hemos dicho, la pobre Dolores se veía obligada a rehusar ambas ofertas.

Puede que hallen algunos que esta verdadera pugna de generosidad por amparar a una huérfana entre dos familias pobres, es pintar como querer. A esto sólo contestaremos que los que no lo crean, vayan por los pueblos de campo, en que no hay casas de expósitos, y no se conoce el infanticidio, y averigüen qué se hace de las muchas criaturas que llegan a ser huérfanas, en un país en que, por lo regular, es corta la vida de los hombres, como combatida por muchas vicisitudes desconocidas en el Norte.

Dolores acudió en sus apuros al Padre Nolasco, el que, si bien no conocía a Séneca, ni le contaba en el número de los Santos de su devoción, conocía mucho el corazón, las pasiones y las circunstancias de las gentes de campo. Así es que con sana razón y expedientes poco remontados sabía allanar dificultades mejor que otros, con más ciencia y más alcances, hubiesen podido hacerlo. El Padre Nolasco, sin devanarse los sesos (cosa que no acostumbraba a hacer), propuso a Dolores el medio de sacarla de sus apuros.

—Mira, —le dijo:— Doña Braulia me ha encargado moza; quiere una buena muchacha, recogida, aseada, hacendosa; en fin, de mi satisfacción. Métete a servir allí, que son gentes de las buenas, ya lo sabes; no sales de aquí, no gravas a nadie, y ganas veinte reales al mes, que al año son doscientos cuarenta, con lo que tendrás para comprar tu ajuar cuando venga cumplido Lorenzo. Si el torbellino de tu hermano se hubiese metido a porquero en casa del compadre Gil Piñones cuando yo le proporcioné la conveniencia, no andaría dando tumbos por esas mares. ¡Qué picudillo era! No bien se le quería enterar de alguna cosa, cuando decía: «¡Ya está acá!» y estaba impuesto. Y con eso, tenía la sangre de un cordero, más alegre que el día, y más blando que un vellón; pero terco era como mula gallega.

Dolores accedió a la proposición del Padre, aunque sintió profundamente separarse de Pepa; y ésta, si bien tuvo un gran pesar, nada pudo oponer a tan buena resolución y a las causas que la motivaban.

Doña Braulia Toro era una buena mujer, muy vulgar, muy gorda y muy jovial; pero esta última buena cualidad la había perdido desde que había heredado el caudal de D. Marcelino Toro, su hermano. En su lugar le había entrado una desgraciada pasión por lo fino, la que la llevaba a amargase la vida, embutiendo sus recias formas, criadas a la buena de Dios, en un corsé que mandó venir de Cádiz, y sus maneras francas y a la pata la llana en una remilgada afectación, cuyas ridículas pretensiones quitaban a su trato, como el corsé a su cuerpo, toda la bonachona naturalidad propia de su persona.

En cambio Rosa, que era su hija única, y contaba trece años, era una verdadera hija de la naturaleza andaluza, despejada, viva, alegre, maliciosa y sincera.

Nunca pudiera hallarse un exterior más en armonía con el carácter y la edad de la persona. Su cara era redonda y sonrosada; su fresca boca siempre estaba en ejercicio, luciendo su deslumbradora dentadura hablando, cantando o riendo; sus hermosos ojos lanzaban, ya burlonas, ya alegres, ya despóticas miradas, maliciosas sin ser malignas, e inocentes sin ser cándidas; su garbosa cabeza, en continuo movimiento y siempre adornada con flores; sus movimientos bruscos, su poco asiento, unido a su buen corazón y rectos instintos, formaban un conjunto tan gracioso y tan seductor, que forzaba a todos a quererla por un irresistible impulso, como es preciso sentir la grata impresión de una fresca y loca brisa.

Rosa creía la alegría el estado natural, y la franqueza la sola expresión posible en la criatura; no había aún comprendido las lágrimas, ni menos la tristeza.

Le aburrían las gentes serias, empezando por su madre, desde que se había metido a fina y compasada; de las tristes huía cielos y tierra. Nunca había pensado dos minutos seguidos sobre una misma cosa; la reflexión era mucho peso para una cabeza que no conocía otro que el de las flores. Criada sin traba alguna por su madre, tenía las ventajas y desventajas de esta crianza. Tan imposible hubiese sido inculcar una idea grave en su indómita mente, como un sentimiento malo en su corazón inmaculado. Rosa corría la senda de la vida como las de su jardín; de ambas quería flores por tributo, puesto que criarlas era su misión.

Tenía Rosa dos grandes deseos: el uno, ya antiguo, era tener una muñeca que abriese y cerrase los ojos; el otro, moderno, era tener un novio que le diera el inexplicable placer de cogerle las vueltas a su madre y de acudir a la reja como las mozas. Si ambos deseos se hubiesen realizado, hubiese sido la muñeca que abría y cerraba los ojos una temible rival para el novio, y habría alguna vez logrado lo que no la autoridad materna: el hacerle faltar a una cita.

Cuando su madre había querido darle maestros, ya era tarde. No fue posible que aprendiese la a, ni que hiciese un palote.

—¡Pues qué! ¿Quiere usted —decía a su madre— que salga yo ahora como los chiquillos de la escuela: «b a, ba; b e, be, la cartilla no la sé; no me pegue usted, maestro, que mañana la sabré», para que todas las otras mozas se rían de mí?

—¡A ver la niña! ¡Moza tempranera! El saber es de gente fina, y es un caudal, —decía su madre.

—¡Qué, señora!... —objetaba la niña.— Dice la copla:


Con saber y no tener,
no prevalece ninguno;
que lo que le sobra al sabio
son muchos días de ayuno.
 

Doña Braulia había hecho intervenir en este asunto al Padre Nolasco, pero con pésimo éxito.

—Todas las edades son buenas para aprender, —le decía el Padre Nolasco.— Tu tío a los cincuenta años aprendió a pintar, y salió un portento.

—Pues usted, ¿por qué no aprendió a pintar?

—La pintura no la pueden aprender sino los ricos; pero todos pueden aprender la leyenda, y todo lo sabe el que sabe leyenda.

—¿Sí? —repuso Rosa.— ¿Pues a que usted con su leyenda no sabe una cosa, y eso que es de su oficio?

—¿Qué cosa?

—¿En qué se parece un ético a una ermita?

—¡Tales sandeces! ¿En qué se han de parecer? En nadita de este mundo.

—Pues se parecen.

—¡Ea, calla!

—Que se parecen, digo. Y usted debería saberlo más bien que yo, que no soy clériga ni médica.

—¿Qué estás ensartando, chiquilla?

—Que con tener pluma y leyenda, no sabe usted que una ermita y un ético se parecen en no tener cura. ¿Lo sabe usted ahora, Padre Nolasco?

—Ya levantó el vuelo ese chorlito, —dijo el Padre, al ver Rosa entrarse corriendo y saltando en el jardín.

Capítulo X

Debemos dar al lector una reseña de quién era este D. Marcelino Toro, que entre bastidores ha hecho varias veces papel en este relato.

Don Marcelino, hijo de un mercader de tan mínimas proporciones que no cabían el padre y el hijo detrás del mostrador, fue enviado por Marcelino, padre, a América, donde halló otro mostrador de mayor tamaño, detrás del cual, con los años, la paciencia y la hombría de bien, salió de repente un día millonario, según sus paisanos, pero en realidad con veinticinco mil duros. Volviose con ellos triunfante a su pueblo, con ítem más unas sardinetas en las bocamangas, de no sabemos qué comisaría; en fin, de lo más ínfimo en la abundante clase de bordados, galones o sardinetas concedidas a las personas que menos analogía tienen con el significado que representan.

Como hay grandes desgracias, hay grandes felicidades que pasan en este mundo desapercibidas. No es fácil que nadie se llegue a hacer una idea de la íntima dicha con la que D. Marcelino volvió a su pueblo, del que saliera como Job, y al que volvía como Creso.

Lo primero que hizo fue comprar una casa adecuada a un personaje como él. Entre los encontrados impulsos que le movieron en esta empresa, esto es, su deseo del bienestar y de lucir, y el apego a los mejicanos, dulce fruto del trabajo de toda su vida; entre su deseo de lucir, que le empujaba, y el de gastar poco, que le retenía; entre su mal gusto y su afán por lo elegante, se confeccionó la casa del modo siguiente. No queriendo labrar de planta, compró la mejor casa que halló de venta; pero a poco, pareciéndole chica, compró la de junto y se la agregó. Después de esto echó de menos un jardín, y Don Marcelino quería a toda costa jardín, pero un jardín aristocrático, en armonía con las sardinetas de su dueño, con bojes, estatuas, perspectivas, estanque con peces colorados, y sobre todo con laberinto; ¡el laberinto era el ideal de D. Marcelino! Con este fin compró otra tercera casa con un gran corral que lindaba con el suyo, echó la tapia abajo y formó su jardín, en el que aglomeró todas las cosas que llevamos expresadas, menos las perspectivas, por no ser dable; pero las hizo pintar en la pared por un chafalmejas que mandó venir de Cádiz, y con el que entabló las más simpáticas relaciones, como veremos después. Este jardín, gracias a los jazmines, a las madreselvas, a las parras, a los rosales, mirtos y otras mil ninfas de la corte de Flora, se hizo en breve un paraíso, a pesar de lo ridículo de su planta y construcción. El laberinto, en que sólo se perdían los topos, fue un ramillete encantador de mirtos; las enredaderas cubrieron las paredes con sus templetes celestes, color de rosa y amarillo con pretensiones atenienses. Las parras hicieron de la alberquita de los peces colorados un sitio delicioso de sombra y frescura, y los arbustos de flor y los rosales cubrieron decentemente a las estatuas de madera de una Diana raquítica y de una Venus enana, de manera de no dejarles asomar más que sus narices no griegas.

Al alhajar su casa, lo primero de que se ocupó D. Marcelino fue de mandar a su querido chafalmejas que sacase su retrato, con el fin de perpetuar la memoria de sus sardinetas. El chafalmejas trasladó, en efecto, a un gran lienzo la triste figura de Don Marcelino, entristecida aún por unas siniestras sombras que le guindaban a ambos lados de su boca como bigotes, se dibujaban en su sien como dos parches para el dolor de cabeza, y en su nariz como cardenal. Pero en cambio había echado el resto el pintor en la parte esencial del retrato, esto es, la mano izquierda, que, traida sobre el pecho, metía en el chaleco tres dedos como tres garrotes, luciendo en la manga las susodichas sardinetas. En la otra mano tenía D. Marcelino una carta abierta como un cartelón de toros, en que se leía:

JUAN ALMAZARRÓN FECIT.

Esta obra de arte fue colocada en el testero la sala, y cubierta con un deshilado para preservarla de las irreverentes embestidas de las moscas. Don Marcelino se entusiasmó de tal manera, con esta obra maestra, por el arte de Apeles, que se decidió a cultivarlo él mismo, y a dedicarle sus ocios.

Como el bourgeois gentilhomme de Molière, que a los cuarenta años se halló de repente poeta, Don Marcelino a los cincuenta se halló de repente artista. El chafalmejas le animó, y despertó entre sus sentimientos —buenos y pacíficos veteranos— la noble emulación y el ardiente amor por las glorias de Murillo.

Dejamos a la consideración del lector la monstruosidad de los mamarrachos que confeccionaron entre el discípulo y el maestro. No obstante, hallaron muchos admiradores, y entre ellos era el más sincero el Padre Nolasco, amigo de D. Marcelino; lo que le valió el regalo que le hizo del imperecedero vestido de cúbica.

Los primeros ensayos tomados del natural que hizo el aprendiz novel, fueron bodegones. El chafalmejas, encargado de la composición y de la pintoresca agrupación de los objetos que debían agruparse, fue a la cocina y trajo una sartén, un candil y cuatro estropajos, y de la despensa, entre otras legumbres, en obsequio a Rota, una de sus afamadas calabazas, que destinó a ocupar el puesto de honor en el cuadro. Fue, pues, colocada sobre los estropajos, que le formaron una barba corrida de gastador, poniéndole de vanguardia unos nabos, y de centinela unos espárragos. El candil se colgó en el fondo del cuadro, y encendido con bermellón, esparcía sus rojos reflejos sobre los nabos, que trocó en remolachas, y sobre los estropajos; de lo que resultó que la calabaza apareció como el rostro del famoso pirata Barba-Roja.

Después del buen éxito de este bodegón, que pasó a adornar el comedor, envalentonado el discípulo, pasó a hacer santos. El tamaño de los cuadros fue creciendo con el entusiasmo del pintor, hasta llegar a un San Cristóbal gigante, que alborotó al pueblo, y hubo empeños para ir a verlo. El Padre Nolasco, que estaba más ancho que el mismo autor, llevó al Santo una gran cantidad de admiradores. «¡Aquí, aquí! —les decía llevándoselos al extremo opuesto del taller.— ¡Aquí, aquí! Que la pintura, el rey y el sol, de lejos se ven mejor». Y luego, enseñándoles los pinceles y los colores, añadía «Esto, Miguel, vale más plata que tu cosecha. Y con tantos colores y tantos pinceles, ¿no quieren ustedes que pinte bien? Lo que tendría que ver es que con ellos pintase mal. Con buenos avíos, no hay cocinera mala».

Al ver el triunfo de su San Cristóbal, la pasión artística de D. Marcelino se desbocó, su ardor no tuvo límites, y preparó un lienzo de cinco varas de ancho y cuatro de alto, para dedicarse al género histórico. Titubeó entre la toma de Rota por Alfonso X, el Sabio, por los años de mil doscientos y tantos, o la toma de Rota por el conde de Essex, que desembarcó en ella el año de mil setecientos y tantos, a favor de la traición del gobernador del castillo, que era italiano, y se llamaba Escipión Brancacho Mas se decidió por la primera, no por ser más patriota, sino por el deseo de pintar turbantes.

Pero aquí se presentaron serias dificultades, no artísticas, —éstas no existían para Almazarrón y su discípulo;— eran materiales. D. Marcelino, que era chico, no podía alcanzar ni a la tercera parte de la altura del lienzo. Entre varios expedientes que se buscaron para poner las manos del artista al nivel del obieto que pintaba, el que se adoptó fue el que propuso el Padre Nolasco, que era traer un púlpito de cátedra, que aún existía en su convento, al que un carretero aplicó unas ruedas para poderlo mover, y al que se le puso —puesto que el cuadro monstruo se pintaba en el patio al aire libre— un paraguas por vativoz. Metido, pues, en su púlpito, como un predicador, pintó D. Marcelino con su acólito la segunda parte; pero quedaba la tercera, a la que no alcanzaba ni puesto de puntillas en el púlpito.

En vano se devanaban los sesos el maestro, el discípulo y el Padre Nolasco: no hallaban expediente. El desaliento iba reemplazando al entusiasmo, como en la playa la baja mar a la alta mar. Pero como no era posible que quedase el castillo sin almenas, los caballos sin orejas los héroes sin cabeza, los moros sin turbante, las astas sin pendones, y el cielo sin la media arroba de azul de Prusia preparado para su confección, era indispensable proveer al medio de poner a D. Marcelino en proporción de poder repartir almenas, orejas, turbantes y pendones. El Padre Nolasco propuso unos zancos, el maestro una escalera; ambas cosas fueron desechadas por incómodas y peligrosas por D. Marcelino, que, como el más interesado, halló al fin el medio a propósito, cómodo y seguro para ponerse a la conveniente altura.

Compró una cincha de albarda, a la que afianzó una gruesa soga; colocó una fuerte argolla de hierro en el techo, por la que pasó la soga; afianzose la cincha al cuerpo, e hizo que, tirando el maestro y el Padre Nolasco de la soga, le izaran a la altura conveniente. Todo fue a medida del deseo, y mi Don Marcelino, con su paleta y sus pinceles en la mano, fue subiendo por los aires como un serafín, con gran satisfacción de los maquinistas del aparato; pero apenas estuvo a cierta altura, cuando la soga, que era nueva y muy torcida, con el peso que tenía, empezó a destorcerse con creciente rapidez. Fue tal el asombro del Padre Nolasco y del maestro al ver a D. Marcelino, con los brazos abiertos y gritando a todo gritar, dar por los aires aquellas desatinadas vueltas, que soltaron la cuerda y echaron a correr; con lo cual el pobre D. Marcelino cayó al suelo, en el que quedó aplastado como una rana.

Recordando y comparando entonces su accidente con el que al pobre Murillo costó la vida, sintió enfriarse su entusiasmo artístico, y colgó las armas de Apeles.

Capítulo XI

Don Marcelino se encontraba en su posesión tan satisfecho, que a haber podido tener noticias de que un francés no había hallado más hombre feliz que un paria en una choza india32, no se habría reído, porque no era hombre risueño, pero se habría indignado contra las pamplinas y paradojas de los embadurnadores de papel. Paseábase por su jardín y por su casa en una especie de tranquilo éxtasis, en el que sólo sentía que el día no tuviese más que veinticuatro horas, ni el año más que trescientos sesenta y cinco días.

Diez años disfrutó D. Marcelino su bienaventuranza, ocupándose en invertir sus amados mejicanos según el consejo que con su buen sentido común le había dado el Padre Nolasco, diciéndole: «Finque usted, finque usted, D. Marcelino; que el caudal de tu enemigo en dinero lo veas». Pero al cabo de estos diez años, y cuando menos se pensaba, tomó la parca por tijeras una pulmonía, y en ocho días pasó, D. Marcelino, aunque con pocas ganas, a mejor vida.

Don Marcelino tuvo una buena muerte. No perdonó a sus enemigos, por la razón de no tener ninguno; distribuyó muchas limosnas en su testamento, encomendó piadosamente su buena alma a Dios, y como postrer debilidad humana, mandó que le enterrasen con su uniforme puesto.

Su hermana Doña Braulia Toro, viuda de un arriero, heredó el caudal de su hermano, y se trasladó a la casa heredada, que sabemos era como la Trinidad, tres en una. Por descontado permanecía en el puesto de honor el famoso retrato, en el que, desde la muerte de su original, se habían aún oscurecido las sombras. No lo miraba una vez el Padre Nolasco sin que le tributase un elogio, y en seguida rezase devotamente por su amigo un Padre Nuestro. Rosa lo había notado; y cuando iba allá el Padre, no cesaba la alegre y traviesa muchacha de llamar su atención sobre el retrato, segura de que no marraba una vez sin que exclamase el buen Padre: «¡Bello señor!», y le rezase en seguida su Padre Nuestro.

La madre, que había notado esta travesura, había reñido a su hija, y prohibídole la reincidencia. Pero Rosa, con su acostumbrada indocilidad, no hacía caso de la prohibición, y el buen Padre seguía, cada vez que Rosa nombraba al difunto, con el infalible ¡bello señor! y con su inseparable Padre Nuestro.

¡Qué de expresiones hay (sea dicho entre paréntesis), que por triviales y comunes no nos llaman la atención, y que son las más profundas sentencias! Una de ellas es: «¡Cuántos hay que se van al cielo en calzones blancos!» Esto hará alzarse de hombros a los que consideran al talento como la mayor superioridad del hombre, —lo que es el más craso de todos los errores,— y a los que están en el no menos craso de que la superioridad de este mundo es la misma que la del otro. Dumas, al que no se tachará de místico, lo ha dicho: «Es cierto que lo grande a la manera de los hombres, no es lo grande a la manera de Dios»33.

Danos vergüenza traer citas de un autor profano, cuando esta gran verdad se halla tan repetida en la Sagrada Escritura. Pero lo hemos hecho, porque creen los más que los textos de la Escritura sólo pertenecen a las altas regiones del alma, y que son impropios a descender y mezclarse en el círculo rastrero de la vida común. Míranlos como el incienso, que es perfume sólo adecuado a los templos; sin tener presente que es éste un holocausto que de la tierra sube al cielo, y que la palabra de Dios, al contrario, del cielo baja a la tierra para guiar al hombre.

Al día siguiente de la conversación que había tenido con Dolores, fuese el Padre Nolasco en casa de la viuda, y después de saludarla, le dijo:

—Braulia, te tengo una moza completa.

—Vaya, me alegro, —contestó ella.— ¿Tiene juicio? ¿es buena cristiana? ¿sabe lavar? ¿es aseada? y sobre todo, ¿no es muy gansa?

—Mujer, te digo que es una prenda.

—Padre Nolasco, —dijo Rosa,— ¿no le parece a usted que al retrato de mi tío le han dado un golpe, y que está ladeado?

El Padre Nolasco levantó la cabeza, le miró y contestó:

—¡Qué! No; tan derecho está como estaba tu tío, en paz descanse. ¡Qué buena pintura! ¡Particular! Aquel Juan Almazarrón sabía su oficio. El otro día dijo el cura que hay uno en Madrid que retrata a la reina, que le dicen D. Federico Madrazo, que es un asombro. Pero ¡qué! A éste no llega. ¡Qué ha de llegar! Mas, esas son suertes de las criaturas. Si Juan Almazarrón hubiese ido a Madrid, otro gallo le habría cantado. ¡Si allí vieran este retrato! ¡Bello señor! Padre Nuestro.

Lo demás lo prosiguió en voz baja.

—Lo que estás haciendo —dijo Doña Braulia a su hija, bien cierta de que el Padre no la oía— es muy ganso, y no lo hace ninguna señorita bien ducada. Si lo vuelves a hacer, te he de tirar un pellizco que te chupes los dedos de gusto; me has de ser fina, o he de poder poco, ¡canario!

—Madre, déjese usted de lo fino, que se quiebra, y deme un racimo de uvas, que las tiene usted más guardadas que oro en paño.

— La gente fina no come a deshonra, —objetó la económica señora.

—Padre Nolasco, —exclamó la niña,— mi madre no me quiere dar uvas, porque dice que es muy ganso y deshonra. ¿No es verdad que mi tío Marcelino, que era fino, las comía hasta hartarse?

—Verdad es, —repuso el Padre Nolasco, sonriendo a sus recuerdos:— las moscateles se traían de la viña a cargas.

—Y como las uvas engordan, se pondría como chivo de dos madres, —observó suspirando Rosita.

—Ogaño (digo, este año) se han ajeñado las moscateles, —dijo doña Braulia.

—¡Mentira! —murmuró Rosa.

—¿Qué dices? —le preguntó el Padre Nolasco.

—Que si no le parece a usted —gritó la chiquilla— que mi tío tiene unos parches para el dolor de jaqueca en las sienes como las gitanas, y un moscón en las narices.

—¡Qué! No, —respondió el Padre Nolasco, mirando al cuadro.— Está idéntico; esa mano está propia. ¡A bastantes socorría esa mano... que le están echando de menos! A mí me regaló este vestido y me dijo: «Padre Nolasco, que lo deseche usted con salud. —En vida de usted, respondí yo». ¡Pero mi deseo no se cumplió! ¡Ni el suyo tampoco se cumplirá, porque más ha de vivir el vestido que yo! ¡Bello señor! —añadió suspirando.— Dios le tenga en gloria. Padre Nuestro.

—¡Ay! ¡Ay! —grito Rosita echando a correr, por haber sentido en sus brazos el fino contacto de los finos dedos de su fina madre.

Al día siguiente entró Dolores en la casa, triste y tímida, pero con el buen deseo de agradar y de cumplir con su obligación.

A poco Rosa la quería con extremo, y Doña Braulia estaba muy satisfecha de ella, porque, además de callada, trabajadora y aseada, tenía para la económica y fina señora dos grandes excelencias: comía poco, y no era gansa.

Un día dijo a su hija:

—Dolores muy buena es; pero es un poco zorrolla34, tiene unas fuerzas como un mosquito arrecido, y anda como gorgojo por alquitrán.

—¡Vaya con las finuras de usted, madre! —exclamó Rosa soltando una carcajada.— Por más que hable usted supuesto, la última palabra al centro va.

—Lo que quería decir es espaciosa, —repuso avergonzada Doña Braulia.

—¡Y qué! ¿Quiere usted, madre, —respondió con viveza Rosa,— que todo se lo halle hecho, sin hacerlo, y sea como la beata de Sevilla, que ponía huevos con una bebida?

—No se dice madre; se dice mamá o mamaíta, ¡gansa!

—¡Señora, por el amor de Dios! Deje usted eso de papá, mamá, tata, nana, para los niños y para las gentes que tienen malo el pronunciado y la lengua gorda; que yo tengo clara el habla y la lengua bien colgada.

—¡Oiga!... So desvergonzada, ¿de dónde le vino al garbanzo el pico?

¡Y qué! ¿Quiere usted hacer de mí una mona? De eso no ha de haber naa, madre. Trabajadora seré como mula gallega; pero soy mosto de mucha caliá para alambicado, —respondió Rosa.

—No quiero que trabajes; para eso tengo moza, —repuso su madre.— Quiero que cuezas; lo que haces muy mal, pues entre puntada y puntada, te cabe una vieja sentada.

Allí pasó Dolores un año tranquilo, y aún hubiérase podido decir contento, si su corazón no hubiese contenido el recuerdo de su madre, como unas tristes cenizas. y los de Lorenzo y Tomás como dos llamas vivas agitadas por la inquietud.

Un día le dijo de repente Rosa:

—Dolores, ¿tienes novio?

El amor en los pueblos de campo, como precursor que es siempre del matrimonio, es cosa tan natural, autorizada y legal, que nunca los que por él están unidos, lo niegan. Así fue que contestó Dolores sencillamente:

—Sí tengo.

—¡Dichosa tú!... —repuso Rosa.— Pero ¿dónde está, que no le he visto?

—Está fuera.

—¿Fuera? ¡Ay! Entonces, ¿cómo sabes que es tu novio?

—Como sabe él que yo soy su novia, porque nos queremos.

—Un novio que está fuera... es como un jilguero que no canta. ¿De qué sirve eso? Yo no lo quiero. Si yo tuviese novio, había de ser para que me trajese música y nos casásemos prontito.

—¿Y por qué tienes ese afán por casarte?

—¡Pues no es nada! Para salir de debajo de la férula de mi madre, que es más cansada que un moscón de siesta. Pero has de saber que si viene tu novio... ¿Cómo se llama?

—Lorenzo.

—¿Lorenzo López? ¡Ay Jesús! ¡Pues si dicen que ése tiene tres por banda la capitana!35 ¡Estás fresca! ¡POBRE DOLORES! Pues si viene Lorenzo, digo, y entra a verte, se muere mi madre de berrenchín como un gorrión, pues creo que se ha figurado que cuantos novios hay en el mundo son asesinos. Estoy para mí que mi padre fue su marido sin ser su novio.

—No entrará, —dijo sonriendo dulcemente Dolores.

—Es que ni hablar por la reja podrás si lo llega a saber: te digo que cree mi madre que los novios traen la peste.

—No saldré a la reja, señorita, —dijo Dolores.

—No me digas señorita cuando mi madre no esté delante: te lo he dicho más de once mil veces. Mi madre, esa chanflona que con el justillo o cotilla que ha echado, y con la manteleta de fleque, parece un revoltillo mal liado, la echa de Doñata, y le pega el Doña como a mí el traje de cola de la infanta: sucédele lo mismo en todo. Las cosas de dulce que untes hacía, se podían presentar al rey; natillas, arroz con leche, pestiños, rosas, alfajores, leche frita y tortas, nadie las hacía como su mercé. Ahora no quiere hacer más que buínes, y todos los quema, o los deja crudos, y no se pueden comer. Pero ya que tienes novio, Dolores, deberías estar contenta y alegre; no que siempre estás con la cara como la Señora de las Angustias, y en tu vida de Dios ni hablas, ni ríes, ni cantas.

—Tiempo hubo —respondió Dolores— en que reía y cantaba. Pero si perdí a mi padre ahogado, a mi madre sola y abandonada en una playa; si tengo al hermano de mi corazón embarcado y tan lejos de mí, que la ausencia es ya de años, y puede que sea eterna; si a Lorenzo tocó la suerte de soldado y también partió, ¿cómo quieres, Rosa, que pueda hablar cantar y reír?

—¡Verdad es! —dijo Rosa, a cuyos ojos asomó una brillante lágrima.— ¡POBRE DOLORES! Pero consuélate, mujer: los muertos con Dios están, y los vivos volverán.

—¡Amén! —contestó suspirando Dolores.

Capítulo XII

Una tarde estaba Dolores ocupada en el jardín, que había trasformado en huerto la económica señora Doña Braulia, la que tenía la ventaja de poseer innato el espíritu del hoy tan encomiado positivismo. Unas rechonchas, robustas y apretadas coles reemplazaban a los mirtos; unas rastreras cebollas infeccionaban el lugar que antes embalsamaban las violetas, y unos nabos panzones habían usurpado el suyo a las airosas dalias.

Como es de pensar, la hija se había desesperado, y había vertido sus primeras lágrimas sobre las arrancadas flores.

—¡Vaya, —decía en tono dolorido a la gansa de su madre,— que está usted con las flores como Sexto Quinto, que no perdonaba ni a Cristo! No va a quedar en el jardín más rosa que yo. ¡Ojalá y se le vuelvan a usted éticas las coles, se le sequen las lechugas, y se le pudran los nabos!

La tarde estaba mustia, y un viento que ya gemía anunciaba el invierno. Dolores miraba a las nubes, que pasaban presurosas como cuerpos de un ejército que se prepara al combate; a sus oídos llegaba claro el estrépito de las olas del mar, que inquietas se amotinaban, mientras que se impregnaba la atmósfera de la oscura sombra que esparcía una negra faja que cubría el horizonte al lado del Sur.

—¿Dónde... dónde —pensaba— alcanzará a mi pobre Tomás el temporal que se acerca? ¿Será en el mar, en la tierra o en la tumba? ¡Acaso no veré más a ese hermano de mi alma!

En este instante se oyó llamar a la puerta de la calle, y Dolores acudió a abrir. En el dintel estaba un alto y airoso muchacho, en un aseado vestido de marinero. Llevaba garbosamente sobre su rubia y rizada cabellera el gorro catalán; por sus morenas y sonrosadas mejillas se deslizaban dos lágrimas, que contrastaban con la alegría de corazón que hacía sonreír su bella boca.

—¿No me conoces? —dijo viendo a Dolores, que callada aguardaba que le dijese el objeto de su venida.

Al oír aquella voz, un grito salido de lo más profundo del alma, con la palabra «¡hermano mío!», fue lanzado por Dolores, que se echó en los brazos del marinero. Pero este goce íntimo fue interrumpido; las fibras de Dolores mucho ha acostumbradas al sufrimiento, y debilitadas por un incesante trabajo, no pudieron soportar tan repentina alegría, y cayó sin sentido.

Habían acudido al oír el grito Doña Braulia y Rosa.

—¿Qué es esto? ¿qué es esto? ¿Quién eres, muchacho? —dijo la primera.

—Soy su hermano, señora, —contestó Tomás.

—Si eso fuera, no la habrías asustado.

—Pero, señora...

—Lárgate, lárgate, que no traes tu fe de bautismo en la mano, y sabe Dios tus intenciones.

—Madre, —dijo con decisión Rosa, —éste es Tomás, el hermano de Dolores; no hay más que mirarlo para conocerlo; se parecen como se parece una rosa de su color a una rosa blanca.

—Calla tú la boca, caridelantera, —le dijo su madre;— y trae vinagre para que lo huela Dolores. Y tú —añadió, dirigiéndose al marinero— coge el pendingue, que estás demás. ¡Pues qué! ¿No hay más que entrarse por las puertas ajenas como Pedro por su casa?

Habríase dicho que un profético instinto hacía a la viuda repudiar con tanta aspereza al lindo joven; pues si bien su dinero y su plata no corrían riesgo en su presencia, lo corría un tesoro de mucho más valor.

¿Quién no ha visto con placer y simpatía en el cielo esos celajes blancos, esas nubecillas rosadas que en él giran, sin pretender averiguar qué emanaciones los formaron, qué auras los elevaron y dieron su dirección?

Así es que, sin buscarles causas, ocasiones, ni motivos, presentaremos desde luego, semejantes a aquéllos, los suaves, ligeros y rosados amores del joven marinero y de la niña Rosa.

Dolores se había opuesto a estos amores, que habrían desatinado a Doña Braulia; pero no había sido atendida ni por Rosita, ni por su hermano. Por desgracia, los buenos consejos dados a un naciente amor, si lo contrarían, son como gotas de aceite echadas sobre una llama: la avivan.

—Rosa, —decía Dolores,— mira que esos amores no llevan camino, ni han tener buen fin. Tu madre no ha de querer por yerno sino a un señor rico y principal.

—Pues como no se ponga más manteleta que la de un yerno principal, ya estará fresca, —respondía Rosa.— No me hacen a mí gracia los principales. Ahora poco vino aquí una jarapada de señoritos de Cádiz. ¡Virgen de Regla! ¡Vaya una patulea de señoritos! Llevaban unos sombreros sin forma ni manera, con más alas que un tejado; los brazos colgando, la ropa holgada como sayal de boyero, e iban más destartalados y más descoyuntados que San Serapio. Uno me quiso requebrar, y yo le dije: «¡Póngase usted en una horma, señor, que va usted muy desbaratao!» Nada, Dolores, los principales son para las principales de gorra y mantellina: cada oveja con su pareja, hermana.

Así pues, en este amor infantil todo era hojas suaves y flores efímeras, menos la voluntad, que era el tallo.

No sólo habían sido ambos atraídos el uno hacia el otro como dos arroyuelos, bajando la misma pendiente para unirse en el valle y seguir su alegre curso entre las adelfas y el césped, sino también por haber sentido Tomás el ansia de echar un áncora a su corazón sin lastre, y Rosa por el vivo placer de demostrar a su madre con hechos, como lo hiciera ya de palabra, que diferenciaban de un todo en punto a la idea que ambas tenían formada sobre novios. Así era que con la habilidad más diestra y el placer más extremado sabía cogerle las vueltas al Argos más fiero, pero más descuidado del mundo, y acudir a la reja, para hablar a Tomás. En honor de la verdad, debemos decir que en aquellas conferencias ilegales, muy poco graves y menos sentimentales, no se trataba mayormente de amor, y que la risa era la que ocupaba en ellas el puesto de presidente. Solían ser de este género:

—¿Qué traes? —preguntaba el novio a la novia al hallarla sin poder hablar palabra, no por emoción, ni menos por turbación, sino por la risa que la ahogaba.

—¡Qué he de traer! —contestaba Rosa.— Que ahora mismo decía mi madre al Padre Nolasco: «Mi niña... (¡mira tú mi niña, con catorce años menos dos meses y veinte días!) Mi niña —decía su mercé— no sabe siquiera la palabra amor. Mi niña... a los veinticinco años ha de llegar sin haber mirado a un hombre a la cara; eso queda de mi cuenta». Pues queda de la mía, señora madre, —pensé yo para mis adentros,— el no llegar a los diez y seis sin haberle dado a su mercé un nieto. Para entonces ya serás piloto, y te podrás casar, ¿no es verdad, Tomás?

—¡Por supuesto! Pero hay que atender, Rosa, a que son ustedes, tu madre y tú, muy empingorotadas para mí, y que tu madre no ha de querer.

—¡Qué empingorotadas, si tío Miguel Lechugas, el que vende y pregona: «¡Abanicos de calaña! Si se rompe el papel, queda la caña», es primo hermano carnal de madre! Pero si no quiere, me sacas por la iglesia... y ya está.

—Y tú, ¿qué respondiste a tu madre? —preguntó Tomás.

—¿Qué respondí? Atiende. Le dije al Padre Nolasco: «Padre, mire usted a mi tío». El Padre le miró, y dijo: «¡Bello señor!» Y le rezó un Padre Nuestro, como hace siempre que lo mira. Yo me había puesto lejos de mi madre, porque cada vez que nombro a mi tío, me tira un pellizco.

—¡Oiga! ¿Y por qué?

—Porque no lo hago sino con el fin de que el Padre Nolasco le rece un Padre Nuestro; y mi madre, en lugar de agradecerme que le procure estos sufragios, se incomoda; porque desde que ha heredado y se ha metido a fina, ha echado un genio como un dragón.

—Pero... vamos al caso: ¿tú respondías acaso a tu madre con llamar la atención del Padre Nolasco sobre el retrato de tu tío?

—Aguarda; ya voy, que no soy triquitraque. Le dije, pues, al Padre Nolasco cuando concluyó su rezo: «Padre, ¿ha visto usted en su vida de Dios un señor más feo que mi tío? —¡Jesús! ¡Qué desacuero!36, dijo mi madre, que ya sabes la echa de fina, y es tan fina como yo, y entrambas lo somos como albarda vuelta del revés. ¿Qué tiene mi hermano de feo? —Todo, respondí yo; pero en particular las cejas que tiene como bigotes de gato, y el color, que es de membrillo cocho. —No era feo; que era un bello señor, dijo el Padre Nolasco, que es tan bonito como era él. —Pues sepa usted, le dije, que es tan feo porque nunca se casó. —Vete, vete al jardín a regar el lechuguino, moza tempranera, dijo mi madre». Alegreme de verme despedida como villarda; eché a correr, y me vine aquí más pronto que la luz, y su mercé detrás, y me encerró. Me río; ¿y no me he de reír? Porque ya ves tú que el buey que me corneó, a buena parte me echó. Pues aquí pelo la pava; cosa a la que siempre me ha tirado la inclinación, y que me gusta más que una misa cantada. Mientras no venías, me puse a cantar:


El hablar quiere gracia,
el cantar brío,
y el pelar la pavita
quiere sentido.
 

Mira, Tomás, estaba rabiando por decírtelo.

—¿El qué?

—Que estoy contentísima.

—¿Por qué?

—¡Qué se yo!

—Pues yo también lo estoy; pero sé por qué.

—¿Pues por qué?

—Porque eres mi novia.

—¡Ya lo creo!

—Y también porque el capitán me ha dicho que me va a llevar de marinero y a enseñarme el pilotaje.

—¿Y adónde te va a llevar?

—A Hamburgo.

—¿Otra vez vas a las Indias?

—No; esto es por otro lado.

—¿Más lejos?

—No, más, cerca; de la vuelta de arriba.

—¡Anda con Dios! Pero mira que no quiero que vayas más a Montevideo, que dice el Padre Nolasco que quien lo cuenta una vez, no lo cuenta dos.

—No hagas caso de lo que dice el Padre Nolasco en tratándose de navegar, porque le tiene tanto miedo al agua, que estoy para mí que le asombra hasta la del Bautismo.

—Tengo que decirte, Tomás.

—Y yo a ti, Rosa.

—Pues empieza tú.

—No, tú; que las faldas van por delante.

—Pues es un acertijo. ¿A que no lo adivinas?

—Veamos.

—Pues atiende:


Yo, y mi hermana diligente,
andamos en un compás,
con el pico por delante,
y los ojos por detrás.
 

—¿Los ojos por detrás, el pico por delante?... Será el pavo real.

—¡Qué espilfarro! ¿Acaso son dos hermanas? ¡Las tijeras... torpón, las tijeras! Dime tú uno; que me divierten; anda.


Una dama hermosa
como su fortuna,
corta sin tijeras,
cose sin agujas.
 

Rosa se puso pensativa, y murmuró:

—¿Una dama hermosa?... Yo. ¿Corre su fortuna?... Yo. ¿Corta sin tijeras?... Un sayo, yo. Pero eso de coser sin agujas... no caigo.

—¿No me tienes cosido sin agujas a tu reja, mujer?

—Mira, verdad es.

—Pero no es eso, y no has acertado.

—¿Pues qué es?

—Es la lancha.

—¡Ay Jesús! ¡Mi madre!... —exclamó Rosa.— Y si me coge aquí, me pegará. Eso no me importa; pero mandará tapiar la ventana, y eso sí me importa.

Diciendo esto, echó a correr; pero volviéndose de repente, dijo a Tomás:

—Cuidado; que cuando vuelvas de la mar me traigas langostinos.

Y ligera y callada como una exhalación, desapareció.

¡Cuántos pecados condena la maledicencia como mortales, que son tan veniales como el referido! ¡Cuántas niñas, por falta de recato y de modestia, se exponen a que sufra su fama!

Capítulo XIII

Mientras Rosa y Tomás tejían su corona de flores de primavera, había llegado la época en la que en el año cincuenta se licenció temporalmente parte del ejército, y los dos hermanos López recibieron permiso para venir a su pueblo. No quisieron avisárselo a su familia para sorprenderla. En Lorenzo entraba la sorpresa, no sólo como medio de avivar el gozo por lo inesperado, sino la intención de no dar tiempo a que nada de cuanto en su ausencia hubiese podido surgir se le pudiese ocultar.

Era un domingo. La tarde declinaba, dejando paso a la noche; inclinábase el sol hacia su descanso, cual si le pesara su corona de dorados rayos. El viento había refrescado, impregnado del frío hálito de la noche. Los aviones habían tocado ya estrepitosamente a silencio a la grey aérea, y sólo el mochuelo tímido y acosado de día se quejaba en su soledad, como el paria, de la segregación de su casta. Las olas se extendían indolentes sobre la playa, bajando el tono de su atronadora voz, al de una queda y monótona cantinela; una a una, como las quedas palabras del tímido, salían las estrellas para estampar en el cielo la de: descanso.

Dos jóvenes caminaban con ligero y firme paso por el desnudo y escueto camino de Sanlúcar a Rota, apresurando progresivamente su andar, como si cada objeto que divisaban los hubiese reconocido y los gritase: «¡Llegad!»

—Ya siento —dijo el mayor— no haber dado aviso de nuestra alegría a madre. La pobre no está ya para sacudidas.

—Pues yo no lo siento, —repuso el menor;— que la alegría da vida; y de esta suerte, me cercioraré de cómo se porta Dolores.

—¡Calla, Lorenzo, calla! Que Dolores es una prenda que no mereces tú por desconfiado.

—Esteban, dice el refrán, que de la mujer te guarda, y de la buena no fíes nada. Dolores se ha metido a servir contra mi gusto en casa de Doña Braulia; el por qué no he podido averiguarlo, y algún por qué debe haber; no me lo ha querido mandar a decir; se echa fuera; y herradura que chapeletea, clavo le falta y firme no está. ¿A qué entrar en una casa extraña, pudiendo estar al lado de mi madre? Así, uniendo puntas con cabos, he venido a entender por esas turbieses, que algún gusano encierra el capullo.

—Estás como el profeta Jeremías, que anunciaba la desdicha antes que viniera al mundo. ¡Ya está aviada tu mujer! Ha de ser bien desgraciada. ¡Pobre Dolores! Ha entrado a servir; pero ¡en que casa, hombre! En casa de Doña Braulia la viuda, que no tiene más que una niña chica, y que es más recogida y honrada que una Santa Mónica.

—Yo, nada digo en contra de la viuda; pero lo que suceda en su casa no lo sabe madre.

—Hermano, —dijo Esteban:


No adelantes el discurso
sino para pensar bien;
que a veces nos discurrimos
lo que no ha sido ni es.
 

Pero por tu mal pensar te había de estar bien empleado no hallarte con que Dolores te hubiese dejado, Lorenzo.

—Ni aún en chanza digas eso, hermano; que en chanza es, y cría mala sangre.

Había anochecido cuando llegaron al pueblo.

—Pasemos por la casa de la viuda, —dijo Lorenzo.

—Hombre, después irás; vamos primero a casa, que sobre padre no hay compadre, —contestó Esteban.

—Hermano, —repuso Lorenzo, dirigiéndose a la izquierda,— ¡si no son sino dos pasos más!...

Esteban titubeó; pero por no entrar solo en su casa siguió a su hermano a alguna distancia.

Este se había acercado a la casa de la viuda, y en la ventana última vio a un hombre en la reja.

Como había anochecido, le volvía la espalda, sólo pudo ver que era alto y airoso.

Al verlo, sus ojos se abrieron desmesuradamente; una nube pasó ante su vista; su cuerpo se estremeció, como la tierra antes de abrirse paso la lava. Acercose, sin que el ruido de sus pasos pareciese imponer ni turbar al hombre que estaba en la reja.

—¡Algo sabía Esteban! —murmuró entre sus apretados dientes Lorenzo.

—¿Con que —decía el de la reja en voz que no cuidaba de que fuese oída— me querrás siempre?

—Por sécula sin fin, —murmuró una suave y alegre voz de mujer.

—¿Y te casarás conmigo?

—¡Por supuesto! ¡Vaya!

—¿Aunque se opongan?

—Aunque se opusiese el rey y todo su ejército capitaneado por el Padre Nolasco.

—¡Jesús me valga! ¡Soy muerto! —gritó el infeliz joven, cayendo desplomado en el suelo.

—¡Y por mí! —dijo en lúgubre e iracunda voz Lorenzo.— Veremos si os casáis sin que se oponga y lo impida el que oponerse e impedirlo puede.

—Lorenzo, hermano, ¿has sido tú? —gimió con dulce voz el herido, que reconoció a su agresor.

—¡Dios del cielo! ¿Quién me nombra? —exclamó trémulo y asombrado Lorenzo.

—Yo, yo, Tomás. ¿No me reconoces?

—¡Tú!... ¡tú!... —tartamudeó Lorenzo, dando diente con diente, echándose sobre el herido y reconociendo con asombro las lindas e infantiles facciones del hermano de Dolores.

Levantándose en seguida con los brazos alzados al cielo, exclamó en desatentado parasismo de desesperación.

—¡Dios me maldiga!

—No, no, —dijo con debilitada voz el herido;— ¡él te perdone... como te perdono yo!

Y el pobre niño perdió el sentido.

—Huye, hermano, huye, —dijo Esteban, que a pesar de la angustia de su alma conservaba la cabeza serena, viendo que a las voces que había dado Rosa acudían gentes;— huye; yo cuidaré de este infeliz, y puede que quiera Dios que se salve; huye, —prosiguió, empujando hacia una callejuela a su hermano, que con los puños cerrados se golpeaba la frente.— ¿Quieres matar a padre y a madre?

Lorenzo desapareció en las sombras de la noche.

Apenas se habían reunido algunas gentes, cuando Esteban reflexionó que para no suscitar sospechas contra su hermano, presentándose solo en su casa, debía ausentarse y buscar a Lorenzo, que necesitaba de ser consolado y guiado.

Así fue que se deslizó por entre las gentes que habían acudido; pero no pudo hacerlo sin que algunos lo hubiesen observado y aún tomado las señas, aunque sin reconocerle.

Esteban recorrió en vano aquellas cercanías: no halló a su hermano. Dirigiose a Sanlúcar, donde al día siguiente continuó sus pesquisas, sin notar en su turbación que era espiado; y a la tarde, al salir de una taberna en la que había entrado a escuchar lo que hablaban, por ver si algo averiguaba de su hermano, o del estado del herido, fue preso.

Capítulo XIV

Dolores acostumbraba siempre a pasar las tardes de los domingos en casa de los López; pero desde que había venido Tomás, ansiaba por que llegasen esas tardes de asueto, porque las pasaba al lado de su hermano, que paraba en su antigua morada, adonde fue en derechura desde que desembarcó, y de donde no le dejaron salir la familia de López, que le miraban como cosa propia. Habían pasado los dos hermanos, como siempre, la tarde hablando Dolores de su pobre madre, y después distrayéndola Tomás con referirle sus viajes, sus percances y fortunas con vivos y alegres colores.

—Todo eso está muy bueno, Montevideo, —le decía el Padre Nolasco;— pero ¿no habría sido mejor que no hubieses pasado ninguno de esos trabajos, y que te hubieses estado quieto y en gracia de Dios, guardando los puercos del compadre Gil Piñones?

—Padre Nolasco, —respondía Tomás,— ¿ve usted esas nubes?

El Padre Nolasco miró al cielo y contestó:

—Las veo... ¿Y qué?

—Pues dígales usted que se estén quietas, a ver si lo hacen.

—Pues mire la comparación! ¡Buen arriero tienen para que se estén quietas!

—Pues, Padre, otro tengo yo que no me deja parar.

—¡Habrase visto rabo de lagartija como éste! Lo propio estás tú con la mar, como las mariposas con la luz; no has de parar hasta que te trague la mar con sus grandes tragaderas.

—Con Dios, Dolores, —dijo a la caída de la tarde Tomás.

—¿Ya te vas? —respondió ésta con tristeza.

—Me precisa, —repuso con aire de importancia su hermano.

¡Si no puede estarse quieto! —observó gruñendo el Padre Nolasco.

—Tomás, Tomás, —le dijo su hermana, que entendió dónde iba,— ¿con que no quieres hacer caso de mis consejos?

—Vamos, —repuso Tomás riendo,— ¿ahora vienes tú haciendo la segunda parte del Padre Nolasco? Pues mira, yo también te aconsejaré con la copla.

Tomás se puso a cantar:


Dejad llorar a las nubes,
dejad alumbrar al sol;
dejad al viejo quejarse,
y al mozo gozar su amor.
 

—Si fuese reina y tuviese por hija una princesa, todavía me había de parecer poco para él, —dijo Dolores, siguiendo con la vista a su hermano.

—Pero ¡qué precioso mozo se ha hecho! —repuso la tía Melchora. —No me canso de mirarle.

—Y ha conservado su mismo genio de antes, su sal, su mismo agrado, su misma alegría, su mismo ángel, —añadió Catalina.

—Verdad es, —dijo el Padre Nolasco:— sería completo si no fuera tan terco.

En la misma hora que tenía lugar la catástrofe que hemos descrito, se preparaba Dolores a regresar en casa de su ama, cuando se esparció por el pueblo la alarmante y tétrica voz: «¡Un herido!»

Cuando cunde esta lúgubre voz en un pueblo de campo, el efecto que produce es sumamente conmoviente. Cantos, risas y juegos se extinguen instantáneamente: sucédeles un hosco silencio, sólo interrumpido por exclamaciones de lástima y horror, y de todas las casas se ven salir mujeres pálidas y azoradas, tocándose por las calles los pañuelos, y dirigiéndose presurosas al sitio de la catástrofe, murmurando con angustia: «¡Mi marido! ¡mi hijo! ¡mi hermano!» Si es una riña y llegan antes que se haya terminado, se las ve verdaderas heroínas, no por vanagloria, sino por amor, echarse denodadamente entre los combatientes, sin temer a sus puñales, ni a la ceguedad de su ira; lo que prueba que el ideal a que pueden llegar los sentimientos del corazón se halla en la naturaleza más cumplido y santo que no en las creaciones romancescas, pues que el ideal del sentir está en el corazón que lo exhala, y no en la cabeza que lo crea.

—¡Es Tomás, Tomás, el hijo de la pobre tía Tomasa! —dijeron unas mujeres al pasar por la calle.

—¿Qué dicen? —preguntó Dolores, a cuyos oídos llegaron el nombre de su hermano, y de su madre.— ¿Qué han dicho? —volvió a preguntar, cayendo sobre una silla, pues no pudo sostenerse en pie.

Catalina se había arrojado a la puerta de la calle, y corría fuera de sí para alcanzar a las mujeres que acababan de pasar.

—No me impuse, —contestó a Dolores más muerta que viva la tía Melchora, a cuyos oídos habían llegado los dos nombres.

El Padre Nolasco nada había oído; y el tío Mateo estaba en el corral.

En este instante se acercaba pausadamente y en silencio un grupo de hombres, que traían tendido sobre una escalera al herido; yacía éste sin sentido, estaba blanco como el jazmín caído de su rama, y parecía dormir sin dolores y sin encono.

—¡Mi hermano! —gritó con sofocada voz Dolores, cruzando con convulsa vehemencia sus manos sobre su pecho.

—¡Tomás! ¡Jesús!... —dijo con dolor el tío Mateo. —¿Quién ha sido el malvado que ha herido a ese inocente?

—No se sabe, —respondieron los hombres.

—¡Tomás! ¡Hijo mío! ¿No me oyes? —dijo el Padre Nolasco, tomando entre las suyas las yertas manos del pobre niño.— ¿Está muerto? —añadió, acercando su mano al rostro del herido.— No. ¡Corred, corred por el cirujano!

—Ya viene, —le fue contestado.

Tomás fue acostado en la cama que había sido de Lorenzo.

Llegaba el cirujano, que registró la herida, hizo la cura, y dijo al salir al Padre Nolasco:

—Cuando vuelva en sí con el espíritu que acabo de recetar, que le administren, pues no pasará de la noche.

El Padre Nolasco se volvió a la cabecera del herido, que en este instante volvía en sí y decía:

—¿Dónde estoy?

—En mi casa, en mi casa, —respondió la buena anciana;— en la cama de mi Lorenzo.

—Sacadme de ella, sacadme de ella, —dijo con débil, pero azorada voz el herido.

—¿Y por qué, hijo?

—Porque si muero, no querrá Lorenzo acostarse más en ella, —respondió Tomás.

—En ella vas a curar, hijo mío, —repuso la tía Melchora.

—¡No, no! —dijo el pobre niño. ¡Voy a morir!

Y volviendo las ojos entonces hacia el Padre Nolasco, prosiguió con dulce sonrisa:

—Ya veis, Padre, que no era en la mar en donde me esperaba la muerte.

—Mejor para ti, que vas ahora a morir como un santo, rodeado de tu gente y teniéndome a mí a la vera para administrarte los Santos Sacramentos, —contestó el Padre.

Entró en este instante el alcalde para tomarle declaración.

Tomás contestó a las preguntas de éste, que había sido herido por equivocación, según oyó decir al agresor, a quien no conoció; pero fuese quien fuese, le perdonaba.

Alejáronse en seguida todos para dejarle solo con el Padre Nolasco, a fin de que pudiese confesarle.

Cuando hubo terminado la confesión, y el Padre le preguntó si le quedaba aún algo sobre su conciencia, contestó:

—Alto, sí, Padre... He mentido ahora poco.

—¿Cómo es eso, hijo, ahora poco?

—Sí, —dijo el moribundo;— he dicho al alcalde... he dicho que no conocí a mi matador.

—¡Y qué! ¿Le conociste?

—Bajo sigilo de confesión os digo que sí, Padre, le conocí.

—¿Y quién fue?

—Eso no lo diré yo, Padre; que el callarlo no grava mi conciencia.

En este instante fue el infeliz acometido de un copioso vómito de sangre. La agitación que esto produjo en la casa permitió a Dolores el escapar a la vigilancia de algunas mujeres que la guardaban, apartada de aquel cuadro tétrico y destrozador, y se precipitó en el cuarto con los ojos desencajados y pálida como la estatua de mármol de un sepulcro.

—¡POBRE DOLORES! —dijo con ahogada y apagada voz el moribundo, mientras dos lágrimas asomaban a sus ojos, ya quebrados por la muerte que le invadía, y dulces aún por la vida que le quedaba.

—Ya le llegará su vez de descansar, —dijo el Padre Nolasco.— Vete, vete, —añadió, entregando a la desesperada e inerte Dolores en manos de las mujeres que la habían seguido,— vete; que perturbas su alma. No pienses más que en Dios, que es tu Padre, y te llama a sí, —añadió volviendo a la cabecera el agonizante.

—¡No pensaré más que en él! —murmuró Tomás, alzando sus ojos, aún llenos de lágrimas, al cielo.

—Ahora que estás preparado que mejor no cabe, hijo mío, levanta tu corazón al SEÑOR misericordioso, a quien vas a ver, y muere tranquilo, que aquí estoy yo encomendándote el alma como si fueses mi propio hijo.

Tomás apretó suavemente la mano del Padre, sonrió, cerró los ojos... y no los volvió a abrir.

Entonces en voz baja, luego en voz más alta, y después en gemidos, pasó de boca en boca esta terrible voz: «¡MURIÓ!»

—¡Qué dolor! ¡qué dolor! —exclamaban las mujeres.— ¡Las campanas van a doblar solas! ¡Quién vio tal iniquidad de matar a ese inocente que a nadie ofendió, ni con el pensamiento!

—¡Y le perdonó! —añadían otras llorando.— Era un ángel que ha muerto como ha vivido, sin hacer daño a nadie. ¡Si ésta es la muerte de Abel!

Dolores estaba como petrificada; sus ojos no lloraban; sus labios no gemían; y sólo de cuándo en cuándo un estremecimiento nervioso demostraba que viviese. Las buenas mujeres le habían puesto sobre el corazón un pedazo de paño de grana, habían salpicado su rostro de agua, y a todo resistía su inercia. De repente se levantó, fue a su arca, que guardaba en su cuarto la tía Melchora, sacó todo el dinero, tan trabajosamente ganado y tan cuidadosamente guardado, que estaba destinado a comprar su ajuar de novia, y entregándoselo a la buena anciana, dijo con voz que apenas se oía:

—¡Para la caja, tía Melchora; que quiero que lleve caja propia para el entierro... y para sufragios!

Dicho lo cual, dio un gemido y cayó desplomada en el suelo.

Capítulo XV

Esteban había sido conducido a Sevilla, y debía ser juzgado por un Consejo de guerra.

En los interrogatorios había sostenido con calma y firmeza que él no había cometido el crimen que se le imputaba. Reconocido por el hortelano de la viuda, que fue el primero que había acudido al lugar de la catástrofe, y que le había hablado, no negaba su presencia, pero negaba el crimen. Reconvenido con la objeción de que hallándose allí en el momento de suceder la muerte, debería haber visto al asesino, lo negaba; lo cual aumentaba las flagrantes pruebas de culpabilidad que contra él se aglomeraban. Su salida o fuga de Rota a esa hora, a pesar de declarar que era aquél el destino de su viaje; su afán al siguiente día en recorrer las tabernas de Sanlúcar con el marcado fin de saber cuanto de la catástrofe se decía, y averiguar si había muerto el herido; alguna turbación y vacilamiento en sus respuestas; todo atestiguaba de tal manera en contra de él, y el crimen era tan horroroso, que se le impuso por unanimidad la sentencia de muerte.

Esteban la oyó con serenidad. ¡Debe, en efecto, ser menos horrorosa la muerte violenta cuando se presenta como sacrificio, que no cuando se presenta como expiación!

En el momento en que se iban a llevar al reo de la sala del Consejo, salió de entre un grupo de hombres un joven que se adelantó de repente con paso firme hacia el tribunal. La lívida palidez que cubría su semblante enérgico no parecía debida a la emoción del momento, sino aneja a aquel rostro en que nada de la vida parecía haber quedado sino un fuego sombrío en sus negros y ardientes ojos.

—Ese hombre es inocente, —dijo con acento firme y seco, dirigiéndose al Consejo.

—¿Cómo lo sabéis y cómo podréis probarlo?

—Entregando al reo.

—¿Cuándo?

—Ahora mismo.

—Pues traedle.

—Ya está aquí.

—¿Pues quién es?

—Yo.

—¡Vos!

—Yo, convicto y confeso.

Hubo un momento de silencio, debido al asombro y estupefacción que causó esta escena.

—¡Hermano! —exclamó al fin Esteban.— ¿Qué has hecho?

—¿Y tú habías pensado —contestó el otro en tono de reconvención— que te dejaría yo morir? Oye. ¿De cuándo acá me has tenido tú por un infame? Nunca fui bueno, lo sé; siempre tuve en mí mismo el enemigo que había de perderme. Pero de ahí a ser un vil cobarde que dejase pagar a un inocente mi delito, va mucho, hermano. Intenté procurar tu fuga de la cárcel, pero no lo conseguí, porque nada bueno podía lograrse al que Dios dejó de su mano. Así pues, caiga sobre el delincuente la ley, y cúmplase en mí la sentencia de que quien a hierro mata a hierro muere. Adiós; consuela a nuestros padres, y... ¡perdonadme todos!

El Consejo, en vista de este inesperado incidente, se suspendió, y Lorenzo fue mandado trasladar a la cárcel en lugar de Esteban, que quedó libre; mas éste estaba como herido de un rayo, sin palabras, sin acción y sin voluntad. Sintiose fuertemente asido de un brazo por una persona que lo sacó de aquel funesto lugar, y que impulsándole sin que el anonadado Esteban pusiese resistencia, lo llevó a una casa en que entraron, cerrando en seguida la puerta el que lo conducía.

—¡Ánimo, ánimo! —le dijo, presentándole un vaso de vino. ¡Ánimo, que lo requieren las barbas!

Esteban levantó los ojos, y por vez primera miró a la persona que lo había traído a aquel sitio.

—¿Sois vos? —exclamó.— ¿Y os habéis atrevido?

—Para las ocasiones son los amigos, —respondió su conductor, que no era otro que su antiguo vecino el carabinero.

—¿Con que... te ibas a dejar matar? —exclamó Pepa, que había acudido y abrazaba con lágrimas a Esteban.

—¡Y había de delatar a mi hermano, señora! —contestó éste.

—Ahora mismo te vas a meter en el vapor e irte a Sanlúcar, y de allí a Rota; que ojos que no ven, corazón no quiebran, —opinó el carabinero.

—Perdone usted, señor, —repuso Esteban, que volvía a recobrar su energía,— que yo donde ahora voy es al lado de mi hermano.

Por más que hicieron Pepa y su marido para apartar a Esteban de su intento, no fue posible.

El carabinero le acompañó; pero cuando llegaron a la cárcel, como si su llegada hubiese sido prevista, salió el oficial por quien Esteban había sido defendido, a recibirle.

—El reo —dijo— me envía a vuestro encuentro porque no quiere veros, no por falta de valor, pues está resignado y tranquilo, ni por falta de cariño, sino por interés hacia vos, que no podríais verle sin sufrir un dolor tanto más vehemente, cuanto que no será corto y transitorio como el suyo. Me ha dicho que si la voluntad del que va a morir es sagrada, que la atendáis, y le deis con ello ese último consuelo. Partid en este instante: id a consolar a sus padres, y abrid allí esta carta de despedida, que es su última comunicación con este mundo, pues desde que me la dictó, sólo tiene su mente en la eternidad, que tan magna aparece a la hora de morir. No os desesperancéis; si algo en su favor se puede hacer, se hará.

Al oír estas terminantes palabras, el infeliz Esteban volvió a caer en su sombría inercia.

—¡Pues qué! —murmuraba con ahogada voz.— ¿No le veré más? ¿No volveré a ver al hermano de mi alma? ¡Jesús! ¡María Santísima! ¡Esto es peor que morir! Más valiera mil veces que nunca se hubiese presentado.

El buen carabinero, con sus pocas palabras, pero con su mucho celo, se llevó a Esteban.

—¡Animo, ánimo! —repetía.— Es preciso hacer de tripas corazón. Vete a tu casa. ¿Qué vas a hacer aquí?

Diciendo esto, le arrastraba consigo por la orilla del río, y apresuraba el paso al ver que por una feliz coincidencia se preparaba un vapor a salir para Sanlúcar. Cuando llegó, le metió en la embarcación, pagó su pasaje, le recomendó a un camarero conocido suyo, y se volvió a tierra en el mismo momento en que, levando el ancla el vapor, empezaba a imprimir a aquella pesada mole el impulso que la había de hacer ligera y rápida cual la flecha al impulso del arco.

¿Qué pluma podrá pintar las destrozadoras escenas que se sucedieron en la casa, antes tan feliz, de los López, al saber golpe sobre golpe, mediante a la brusca franqueza campesina, las desastrosas nuevas de que era Esteban portador? ¿Quién puede pintar aquella desatentada desesperación, aquel sufrimiento infinito? Cuanto decirse pudiera, quedaría muy atrás de la realidad, como se queda el pincel que intenta pintar el agua y el fuego, a los que no puede dar calor ni movimiento.

En medio de esta desolación fue leída por el Padre Nolasco la carta de Lorenzo, que era como sigue.

«Ni a Dios ni a los padres se les pide nunca perdón en balde; y como a Dios se lo he pedido, os lo pido a vosotros, a quienes tan mal pago he dado por el amor que me han tenido. No se aflijan ustedes por mi suerte, que no llevo más que lo que merezco, y lo recibo resignado, a la vez como castigo y expiación. ¡Hermano, Dios te pague el gran cariño que me has demostrado! Que si viviese, no te lo pagaría besando la tierra que pisas. Otra cosa quiero que hagas por mí para poder morir tranquilo. A esa desdichada a quien dejé en una mala hora sin arrimo ni calor de nadie, ampárala; cásate con ella; ¡hazle dulce la vida, que tan amarga le hice yo! Y para que muera tranquilo, prometedlo al leer mi carta. Por que las palabras dadas al que va a morir se cumplan; pues el saber que se cumplen, ha de ser el consuelo que me lleve yo a la tierra. Perdonadme y encomendadme a Dios, que Él es el que nos consuela a todos!»

Cuando en medio de sollozos y gemidos se terminó la lectura, Esteban se acercó a la cama en que yacía, cual un cadáver convulso, la infeliz Dolores.

—Dolores, —le dijo,— la última voluntad de mi hermano es sagrada; ni tú puedes tener otro marido que yo, ni yo otra mujer que tú. Él confía en que no haremos falla su última voluntad, y no debemos marrarle.

Dolores calló y siguió sollozando.

—Si no consientes, —dijo con angustia Esteban,— es que no lo quieres a él, no me aprecias a mí, y no estimas a la familia. ¿Prometes, Dolores? Que el tiempo urge.

—Prometo —gimió Dolores— hacer lo que él quiso, y tú quieres.

Capítulo XVI

Seis días habían pasado en esta agonía. La pobre madre estaba en una convulsión casi continua; el padre había envejecido de golpe, y su cuerpo, hasta entonces robusto y derecho, se había doblado cual el árbol que venció un huracán. Dolores daba pocas esperanzas de vida. Catalina hallaba fuerzas en su amor a sus padres para no dejarse postrar por su dolor, y Esteban, anonadado, sofocaba su desesperación por no aumentar la de sus padres. Sólo el Padre Nolasco estaba sereno, y era a su vez la Providencia de esa familia, como ella había sido la suya. Cuidaba a todos, y a todos exhortaba con fuertes argumentos a la conformidad en las penas, aún las más acerbas, puesto que para ellas la prescribe Dios, y de lo que tan admirable ejemplo nos dio su SANTA MADRE. A intervalos levantaba su voz en las oraciones, cuyo sonido conocido y amado llega al oído con toda la magia de un consuelo, de un recuerdo, de una esperanza; como el lazo que une a vivos y muertos, y esta vida a la otra vida.

Una mañana, algunas vecinas que venían caritativamente a asistir a esta infeliz familia, decían al médico al salir:

—Señor, nada de cuanto le mandáis le hace a la pobre de la madre; esto le cuesta la vida.

—Más cuidado me da el padre, aunque aparenta más serenidad, —respondió el médico.

—¿Y Dolores, señor? ¿Será preciso administrarla?

—Todavía no urge; es joven y aquí hay sujeto. Una crisis podrá salvarla.

En este momento se abrió violentamente la puerta, y el carabinero, sofocado, desalado y cubierto de polvo, se precipitó en la casa gritando:

—¡Señores, mientras hay Dios, hay misericordia! ¡Indultado! ¡indultado!

Nada más dijo; nada más pudo decir; pero nada más necesitaba decir para volver la vida a aquella agonizante familia.

Esteban se abalanzó fuera de sí al carabinero.

—¡Qué decís! ¿Indultado?

—Indultado.

—¿Mi hijo? —gritó saltando de su lecho, sobre el que estaba tendida, la madre.

—¡Lorenzo!

—¿Por el tribunal? —exclamó el padre, que se había levantado erguido como un joven.

—¡Qué por el tribunal! Por la REINA. ¡VIVA LA REINA! ¡VIVA ISABEL SEGUNDA! —gritó el carabinero, tirando por alto su morrión.

—¿No morirá? —sonó la débil voz de Dolores desde su alcoba, que daba al patio.

—Cuando Dios quiera y no antes, —respondió el carabinero.

La escena que siguió, difícil sería pintarla cuando no tienen los mismos actores que en ella actuaron memoria ni recuerdo de lo que pasó. La madre se dejó caer inánime en los brazos de su marido; Esteban y Catalina rodeaban con sus brazos el santo grupo que formaban sus ancianos padres; Dolores había hallado fuerzas para incorporarse en su lecho, cruzar las manos y alzar al cielo su ferviente acción de gracias; las buenas vecinas lloraban a gritos; el carabinero no cesaba de pasar el revés de su mano por sus bigotes empapados en lágrimas, y sólo el Padre Nolasco, impasible, decía:

—¿Lo veis, hijos? Dios aprieta y no ahoga. Bien os lo decía yo: ¡conformidad! ¡La esperanza es lo último que se pierde! Si las de acá abajo salen fallidas, las de allá arriba son siempre ciertas. Así es que ha hecho Su Divina Majestad de la esperanza una virtud, y manda a las criaturas que la tengan siempre en su corazón para que no desfallezcan. El corazón desfallecido no es corazón legítimo, hermanos.

¡Oh, caridad! ¡Pon a menudo la pluma en la poderosa mano que puede firmar el indulto. Si no es en consideración al reo, sealo en consideración a su familia, inocente de su culpa!

El extraño suceso acaecido en el Consejo de guerra se había esparcido y despertado la curiosidad y el interés público, pero muy en particular entre los oficiales que componían el Consejo, y que habían presenciado aquella escena de honradez y de amor fraternal. La sencilla nobleza que vieron en el porte y palabras de aquellos hombres graduados de rústicos, les había enternecido; porque tras los rostros tostados e impávidos, y de las manos endurecidas con el manejo del sable, suelen alguna vez latir corazones más blandos y generosos que no entre otros rostros blandos y delicados, ya de uno u otro sexo, que se inmutan y enternecen en conversación.

Uniéronse a esta simpatía general la de altos personajes, que levantaron una súplica de gracia a la buena soberana, tan dispuesta a la clemencia, que nunca se acude en vano a su hermoso corazón. A ese corazón bendito que halló voces para perdonar a un enemigo en el mismo momento de recibir el alevoso e inicuo golpe regicida, nunca le pueden faltar esas palabras de clemencia que son el derecho divino de los reyes.

—¿Y queda libre? ¿Vendrá acá? —preguntó la madre cuando al primer enajenamiento siguió un poco de calma.

—Si por la reina fuese, vendría... ¡Señores, VIVA LA REINA! —dijo el carabinero.

—¡Bendita de Dios sea la reina! —exclamaron todos con explosión y entusiasta gratitud.

—¡Si por la reina fuese... vendría! —prosiguió el carabinero.— Pero su majestad no puede más que perdonarle la vida. Entra después la pena que le sigue: presidio.

—¡Presidio! —exclamó la pobre madre.

—Sí señora. ¡Y cómo ha de ser! ¡Quien la hace la paga, tía Melchora! —dijo el carabinero.

—¡Pero si Tomás, el ángel mío, que murió como un Abel, le perdonó!...

—Eso tiene a su favor; pero no basta.

La madre se echó a llorar amargamente.

—Melchora, no ofendas a Dios, —le dijo el tío Mateo, volviendo a caer doblado y con la cabeza caída sobre su asiento.

—¡Es que yo le creí libre!...—repuso sollozando la madre.

—¿A qué prometértelas tan felices, mujer? ¡Si lo que ha hecho es un delito de los grandes!... Su castigo ha de llevar, —repuso el honrado anciano.

—¿Y adónde va, señor Canuto? —preguntó la pobre madre.

—A las islas Marianas.

—¿Y por cuánto tiempo?

—No se sabe, —contestó el carabinero, que sabía que era de por vida.

El pobre tío Mateo lo había comprendido también así.

Entre tanto, había llamado Dolores a Esteban a su lecho, y le decía:

—Esteban, puesto que, gracias a la misericordia divina y humana, Lorenzo queda con vida, no hay nada de las promesas hechas a un difunto. Mientras viva él, no seré mujer de otro.

—Así lo entiendo yo, Dolores, —respondió Esteban.— Mucho te quiero, y a la par de mi hermana Catalina; pero siempre he mirado en ti la mujer de Lorenzo, y el casarnos viviendo él me parece como mancha de sangre. Pero te quedarás con nosotros, Dolores; que buenos brazos tengo yo para mantener a una hermana, y yo soy dos veces tu hermano, una por Lorenzo y otra por Tomás.

Dolores se echó a llorar.

—Mira, —le dijo el Padre Nolasco cuando Esteban se hubo marchado,— Rosita me ha encargado que te diga que no viene a verte porque no quiere, ni pisar esta casa, ni ver a ninguno de las gentes de Lorenzo. Y por más que le he dicho que eso no está bien, no hay quien la venza, al menos por ahora. Me dijo que te dijera que tú no habías de estar en ninguna parte mientras ella viva, sino a la vera suya; ya lo sabes.

Rosa también, como Dolores, había pasado de la infancia a la juventud, por las lágrimas. Aquel color de rosa tan fresco y subido que ostentaban sus mejillas, había desaparecido para siempre de su rostro. Su petulante alegría se había apagado como una luz al soplo del torbellino. Ya no llamaba la atención del Padre Nolasco sobre el retrato de su tío; ya no sostenía con su madre sus emancipadas polémicas. Ocupaba su vida seriamente, frecuentaba las iglesias, se ocupaba de los quehaceres de la casa, y mucho de los pobres.

El aniversario del día 5 de Setiembre, de lúgubre memoria, se ve en el convento, al borde del mar, un sacerdote anciano que dice pausadamente una misa de difuntos. Óyenla siempre dos mujeres, que están estrechamente unidas: una es una joven, bien vestida, grave, pero lozana, que parece empezar una existencia seria y útil; la otra, también joven, enlutada, pálida, delgada y destruida, que parece acabar una vida de sufrimientos: la primera es Rosa; la segunda, Dolores.

Cuando las ven pasar, dicen todos con simpatía:

—¡Cómo ha sentado Rosa, la de Doña Braulia! Se ha hecho una mujer de su casa, como Dios manda.

Y añaden conmovidos:

—Dolores, la de la tía Tomasa, se va consumiendo como la luna menguante. No le ha quedado cara en que persignarse; ¡TIENE MUERTO EL CORAZÓN EN EL PECHO! ¡Esa nació para sufrir!... ¡POBRE DOLORES!


Publicado el 1 de enero de 2019 por Edu Robsy.
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