Relaciones

Fernán Caballero


Cuentos, Colección



Primera parte

Prólogo

Cuando llegue a estas páginas el lector, probablemente será habiendo pasado por las que contienen La familia de Alvareda.

¿Deberemos decirle algo que prepare su ánimo para las que van a seguir? ¿O bien será mejor respetar la profunda impresión, las hondas meditaciones, y —¿por qué no hemos de decirlo?— acaso las sentidas lágrimas que en él habrán promovido la simpatía, arrancado el infortunio y santificado la religión?

A saber nosotros que íbamos a estorbar, este santo fruto a que puede aspirar, pero que no consuma nunca por sí sola ninguna humana literatura, cierto es que, sobrecogidos ante el secreto de las conciencias, retrocediéramos con religioso respeto, y diciendo «por aquí ha pasado Dios!», nos contentáramos con adorar.

Pero creyendo que muchos de los lectores participarán del efecto que en nosotros produjo aquella lectura, juzgamos, sin embargo, que no nos toca sobreponernos a la intención ni a las miras del autor, a quien es dado herir estas cuerdas, y producir tales efectos. Como el sembrador que esparce la semilla sobre la tierra, así él sin darse cuenta de lo que hace, pasa presentando a la imaginación sus cuadros, abriendo al corazón el tesoro de sus sentimientos, evocando la fe de las generaciones pasadas, despertando el amor en la presente, y avivando la esperanza en las que están por venir.

No busca él ni escoge, ni modela, ni retoca sus cuadros. Dios le ha dado ver en las entrañas de nuestra sociedad, y él ve lo que nosotros no vemos; y pintando como nadie, nos pinta como somos, puesto que al mirarnos retratados, brota la risa en el labio y las lágrimas en los ojos, llega el sentimiento hasta el fondo de nuestras almas, y prorrumpimos involuntariamente: «¡Es verdad, es verdad! ¡Gracias, Dios mío, por lo que fuimos! ¡Gracias por lo que aún somos! ¡Todavía valemos más que nuestras ideas! ¡Aún no nos está negada la esperanza!».

Sin exagerarnos, pues, temerariamente la importancia de estos escritos; sin que por ello neguemos, —¿ni cómo habíamos de imaginarlo siquiera?— ni al sacerdote ni al maestro, ni al púlpito ni a la cátedra su derecho y su deber de enunciar y discutir, en la esfera de acción que respectivamente les corresponde, la palabra de Dios y los arcanos de la ciencia, respetamos una vocación que tenemos por sublime, y en la cual creemos tanto más, cuanto que ni fue profesada a priori por quien la tiene y ejerce, ni menos es invención nuestra, ni parto de acalorada fantasía. Y ya que nos es dado observarla y admirarla de cerca, sigamos, pues ella sigue; leamos, pues ella escribe. Adónde cada cuál haya de pararse, dónde encontrará la palabra, el pensamiento, la idea, destinados a germinar en su corazón; si será en el libro, en la cátedra, en la sociedad, en un desengaño, en el infortunio, o acaso en la lectura de una de estas novelas, ése es el secreto de Dios, que no tiene abreviados sus medios.

Sigamos, pues, nosotros a nuestro novelista querido, al escritor eminentemente nacional y católico, ya cruzando por entre los ricos senderos de la más espontánea, lozana, inagotable poesía, ya estremeciéndonos con él al ay doloroso de una creencia herida, ya recreados con la dulce flor de esos consuelos que encuentra para todos los dolores; esperanzas de mejora en esta vida, esperanzas para otra vida en que no hay mejora posible, y cuyos misterios y consuelos, si tal vez chocan a la vana ciencia de los hombres, cumplidamente descifra la fe. Aparte del deleite purísimo, aun los que vayamos de corrida, algo nos llevaremos; algo para nuestra meditación y consuelo, algo que ofrecer a los demás, como atractivo, como enseñanza y ejemplo.

Y esto es lo que nos incumbe hoy respecto a las páginas siguientes, que por título llevan: Callar en vida y perdonar en muerte. No son una Novela, no son un Cuento. Llámalas el autor una Relación. Forma literaria, si no nueva ni por él inventada, al menos desentrañada, restituida y aplicada con singular propiedad. Hay, en efecto, verdad histórica en el fondo del suceso, ya que no en todos sus pormenores. La que a éstos les falta, no se pide a la fantasía; se encuentra en el corazón, en la lógica de los hechos, en la experiencia de la vida. Volvemos, pues, a decirlo: Callar en vida y perdonar en muerte no es una historia, no es un cuento, ni una novela; no es un asunto buscado ni inventado de propósito, combinado a placer, desenvuelto con arte; no es un drama tampoco. Es lo que su autor ha dicho, tan natural como profundamente, la Relación de uno de tantos sucesos que todos hemos visto, con que hemos tropezado, unos en el teatro del mundo, otros en el estudio del hombre, y muy particularmente los médicos, los abogados y los confesores, que por deber están llamados a sondar los secretos de las pasiones y de los intereses humanos.

Mas comencemos ya a ejercer nuestro cargo de indicadores (el de conductores lo excusa la sencillez característica de la obra) de la siguiente Relación. Y ante todo, será presentarla a los lectores como muestra de otras varias de tan sabroso género que les tiene preparadas el autor. También es de notar (y a eso aludíamos al empezar estas líneas) el secreto lazo que liga su asunto con el de la Familia de Alvareda; lazo que consiste en la perpetración del delito, pero que hace más palpable el contraste que resulta entre el de Pedro, que casi a despecho de su voluntad, por la venganza de una ofensa dolorosa y la debilidad ingénita de su carácter, es arrastrado a cometerle; y el horrendo crimen de D. Andrés, por el cual se viola fría, aleve e impunemente la santidad del hogar doméstico y los más dulces vínculos del amor y la gratitud, siendo impotente la justicia de los hombres para descubrirle y castigarle, mas no sin que por ello quede sin castigo ante el Supremo Juez, que juzga las justicias y se reserva las venganzas. Amplia materia ofrece esta contraposición a las meditaciones de la filosofía; el cristiano no dejará de resolverlas harto más fácilmente con sólo estas dos palabras: adorar y creer.

Pero lo que aquélla no acertaría nunca a proponer, ni menos a conseguir, es el silencio y la resignacion de la víctima voluntaria; no de la que sucumbe al puñal homicida, sino de la que sostiene una lucha de toda la vida, compartiendo ésta con el asesino. ¡Vivir con una losa sobre el corazón, que ahoga la vida! ¡Morir sin un ay, sin una reconvención, pero con entera dignidad, teniendo el perdón en los labios y exhalando el alma sin rencor y sin amargura!

Entren ahora con esta indicación los amantes de la poesía de buena ley, que consiste, no en sonoras vaciedades, sino en la verdad y la belleza de las ideas y de los sentimientos; éntrense por el escondido valle que rodea a Valdepaz; crucen la amenidad de sus huertas.

«Oíase —dice el escritor— el alegre murmurio del agua de riego, esparciéndose en cien diferentes direcciones por los huertos. Dócil en seguir la senda que le traza el hombre, se veía a esta hija de las nubes y de las fuentes, ya rodear a un naranjo como un ceñidor de bruñido acero, ya esparciéndose sobre un cuadro recién sembrado como una cubierta de cristal, y entonces pararse incierta entre ceder a las seducciones del sol, que la solicita para sí a fin de tejerse con ella sus velos, o a la atracción de la tierra, que la anhela para nutrir con ella las plantas tan lindas que forman su rico vestido... Oíase el balar de las ovejas, tan dulce como su índole, tan suave como su vellón, tan triste como la víctima de la cual es el símbolo; el prolongado mugido de la vaca que llama a su cría; el zumbido monótono del abejorro tonto y torpe, que vuela en derechura de sus narices, sin cuidarse de tropezar con las ajenas. Veíanse los aviones surcar el aire con alegres y desatinadas evoluciones, dando sus gozosos pitíos; lo cual, al contemplarlos, hace decir a los niños con fraternal simpatía: «Ya salieron los muchachos de la escuela»... Entonaban sus claras serenatas las ranas, rústicas sirenas que convidan entre sus frescos juncos a las delicias del baño. Las laboriosas abejas dejaban mal contentas su tarea, porque hallaban ya en las flores rocío mezclado a la miel. Oíase la triste y plañidera queja del mochuelo, tan triste, que da gana de ir a consolarlo. Suena tan melancólico su canto entre las armonías de la naturaleza, para probar que hay en ella una voz, así como en el corazón hay una cuerda, que vibra siempre melancólicamente, aunque el día haya sido brillante y la noche serena. Sólo la grave, y misantrópica lechuza, a la que chocaba este concierto general al acercarse la noche, se desprendía de la torre en que medita y censura, lanzando su enérgico ceceo como para imponer silencio.

»Pero entre todas estas voces campestres, tan llenas de indefinible encanto para quien sabe gozar prácticamente de la naturaleza, sobresalta la sonora, modulada y expresiva voz del hombre, en las de los trabajadores campesinos que al regresar a sus casas cantaban.

»¿Quién ha enseñado a estos hombres? ¿Quién les ha infundido la elevada y aguda poesía de la letra, la encantadora y original melodía de sus cantos? —El sentir, que no necesita del arte; al paso que sin el sentir, el arte es un cadáver».

¿Dónde se hallará en una escena tan vulgar, tan manoseada, tanta verdad, tanta sencillez, ni más originalidad ni poesía? También cantan los pastores de Virgilio; mas aunque tan entusiastas del gran poeta, nosotros no vacilamos en oponer esta descripción a la suya. Y es que si Virgilio no era menos poeta, no era cristiano.

Pero parémonos a contemplar el pensil que ofrece en primavera cada uno de los balcones de nuestra amada y oriental Andalucía, y entre aquellas dahalias, nardos, camelias, lilas y geranios, para quienes es poco la música de sus colores y la ambrosía de sus bálsamos (que esto al cabo es patrimonio común de las flores, aunque en él se extremen y señalen acaso las que son hijas de aquel sol y aquella tierra), las veremos animadas, viviendo en la sociedad y para la sociedad, amando y disputándose sus preferencias; en tanto que «hallaremos inclinados sobre los rodapiés a los exquisitos claveles, la más española de las flores, como si les doliesen sus hermosas cabezas por la fragancia de su aroma».

Así lo ha visto el autor, así lo revela; y nadie, después de haberlo leído, podrá olvidar tal exuberancia de olor, ni tan magnífica y fragante esplendidez de poesía.

Pero donde tales son las flores, ¿cuáles han de ser las mujeres? ¿Cuáles las damas? Vedlas en la Señora (ni su nombre de novela se dice siquiera; porque donde todas son, y piensan y sienten como ella, ¿cómo distinguirla?) Vedla en alas del corazón y de la caridad, volar, cediendo al primer irreflexivo impulso, sin calcular los deberes, tal vez egoístas, del frío decoro, ante otros más santos deberes, acudir franca, generosa, ardiente de corazón hacia aquel santuario de la familia que ha profanado la muerte, a ver a su amiga, que «al verme —dice—, pudo gritar y llorar y desahogar su corazón». ¿Qué importa que tan honda conmoción haga palpitar el corazón de la piadosa consoladora, hasta el punto de privar de la vida al hijo que abrigaba en sus entrañas? No se arriesgara ella a tanto, si tal pensara. Pero fue el último holocausto que en las aras de la caridad sacrifica la noble dama, sin apenas echar cuenta de él. ¡Tanta es la sencillez con que lo refiere, preocupada con el recuerdo de la inmensa aflicción que consolaba! Pero oigamos sus palabras:

—«El cadáver, que aún permanecía en el cuarto en que se le halló, no se veía; pero se notaba! Enfriaba aquella atmósfera: ¡la casa olía a sangre! El agua que llenaba la mar de la fuente (el pilón de las que suele haber en aquellos patios) permanecía roja, como si el líquido y corriente hilo que constantemente la renueva pasase por en medio cual yerto témpano, sin querer mezclarse con ella; o como si una gota de inocente sangre vertida bastase a enturbiar para siempre toda una fuente, así como basta a manchar para siempre una conciencia!»

Medite el filósofo cuán profundo conocimiento del corazón humano revela aquel religioso temor y popular respeto que pesa sobre el lugar que fue teatro del crimen impune; el deslinde entre la esfera de terror que rodea a éste, y la atmósfera más blanda que cerca al delito patente, discutido y confesado, contra el cual no hay que armarse ni precaverse tanto como contra el que es, por su mismo misterio, inconmensurable; la idea cristiana que sublima y santifica el arrepentimiento; y finalmente, las que encierran estas palabras, tan profundas y sencillas a un mismo tiempo.

—«Por lo visto (dijo el forastero con una sonrisa agria y amarga), la casa conserva la impresión que se ha borrado ya en los corazones! —La casa ha conservado la impresión del crimen: en los corazones se ha amortiguado la del dolor. El dolor no puede ser eterno sobre la tierra: así lo ha dispuesto Aquél que sabe lo que nos conviene. Cada día un nuevo sol nos hace olvidar al que desapareció la víspera: cada flor que abre su hermoso seno aleja la vista de la que se marchita. La ausencia es un velo poco trasparente. Lo venidero absorbe lo actual, y su ardiente excitación debilita las impresiones, como los rayos del sol desvanecen la viveza de los colores. —No motejéis al olvido, ese bálsamo, esa panacea, ese dulce elixir de la vida, que Dios envía a las criaturas, como envía a las plantas su refrigerante rocío. Sin él, ¿qué sería de nosotros?».

Duda el interlocutor si esto es sublime filosofía, o indiferentismo vulgar. —«Ni lo uno ni lo otro. Es la verdad; una verdad sencilla y práctica, de aquellas contra las cuales en vano se rebela el orgullo del hombre». —Así contesta la noble dama. Y la humanidad espiritualizada del cristiano se reconoce y aplaude, así como se reconoció la humanidad antigua al escuchar las inmortales palabras de Terencio: «Hombre soy; todo lo que es del hombre me interesa».

No es nuestro ánimo traer a discusión las opiniones políticas del escritor. Tiénelas sin duda. ¿Y cómo había de estar sin ellas una inteligencia tan superior y de tan profundas convicciones? Pero dígase imparcialmente si comprendo o no la época quien tan magistralmente sabe pintar en Peñalta al hábil arquitecto de su propio pedestal. Vese medrar y crecer en el concepto público a aquel hombre, verdadero sepulcro blanqueado, tirano del hogar doméstico, atento sólo a acumular intereses materiales, es decir, goces para el bienestar físico y para el endiosamiento moral; tan débil ante los juicios del mundo, tan celoso de salvar las apariencias, lleno de venenosa rabia contra la suerte modesta que le deparó la Providencia; y en vez de elevarse sobre ella por medio del trabajo y del merecimiento, mintiendo sumisión y cariño para cautivar la vanidad y deslumbrar la cándida inexperiencia de una gente crédula y buena; pobre familia, que como una víbora empieza desuniendo, en pago de haberla abrigado en su seno, recurriendo en seguida al asesinato cobarde y sobre seguro, para venir por último a especular con los esqueletos de los conventos. ¿Por ventura está mejor dibujado el Tartuffe de Molière que el hipócrita de estos tiempos? ¡Cuánto nos ha hecho reír, siquiera por lo mucho que de ello hemos tenido que ver por oficio, aquel proyectado canal, para el cual sólo faltaba dinero con que abrirle y agua para llenarlo!

Mas porque no se crea que es la pasión política la que hace hablar al escritor, véase cómo no atribuye a un partido los vicios de la época; y véase también la noble independencia con que al declararlo así, protesta el fin con que hace esta declaración: porque no se atribuya a cobardía lo que sólo es hijo de la bondad del alma, de la justicia, y finalmente de una elevación de espíritu, ante quien caben, para ser imparcialmente juzgados, todos los partidos y opiniones.

«No es nuestro ánimo (habla el escritor) personificar la época en el señor D. Andrés, sino sus influencias. Es seguro que en un orden de cosas opuesto, habría sido el centinela avanzado de la intolerancia, el seide de la rutina, el cancerbero de los aranceles y el carabinero de útiles y necesarias innovaciones. Esto lo decimos en honor de la verdad, y en favor de la exactitud del tipo que pintamos, y no de ninguna manera por lavarle su feísima cara a la época».

Pero volviendo al suceso que es el alma de la Relación, el criminalista puede seguir con particular interés toda la generación de ese delito, su germen funesto, su estudiada preparación, su interesada ocasión, sus terrores, en mal hora confundidos con los que debió causar el crimen en persona tan allegada a la víctima. Aumenta el efecto el abandono de la casa y de la ciudad manchada por la familia huérfana; y se duele uno y se impacienta involuntariamente de que no se insinúe la sospecha en el ánimo del juez de la causa, o en el de que por la ley es el representante del interés de la sociedad en la acusación, especialmente cuando la Providencia ha hecho que el criminal marque con su mano una huella terrible en las paredes de la casa misma. ¡Cuántos laberintos de iniquidad se han escudriñado con un indicio, con un hilo harto más débil! Cualquiera que tenga alguna práctica del foro pudiera citar no uno solo. En el de Sevilla, por ejemplo, en donde ha residido el autor, un dedo que quedó insepulto fuera de la tierra que encubría los cadáveres de varias víctimas, y que se conservó incorrupto mientras que éstos se hallaban ya del todo consumidos, bastó para descubrir, un año después de cometido, aquel horrendo crimen, haciendo recaer sobre él el condigno castigo. ¡Tan cierto es que la Providencia, cuando quiere, sabe frustrar todas las astucias de los hombres!

¡Si al menos hubiera parecido a tiempo aquella plana! Pero aquella plana, el nombre del asesino escrito sin saberlo ni pensarlo por mano de la inocencia, la fecha del crimen puesta con tinta encarnada, y más abajo el renglón que contiene el testamento de la víctima, todo esto es el terrible desenlace, o más bien el verdadero nudo, de otro terrible, callado y magnífico drama, digno de estudio para el poeta filósofo. En él, sin necesidad de un ay, se debaten las cuestiones supremas de la honra, de la vida y de la muerte, en el corazón de la que es hija, esposa y madre, y que necesita gastar su cuerpo con lágrimas, y fortalecer su alma con la oración para poder pelear dentro de sí tan recias batallas, y llevar tan inmenso golpe, sin otro alivio (dice su digno intérprete), sin otro alivio que la certeza de que era mortal!».

¡Oh! ¡De cuán buena gana insertaríamos aquí el trozo en que se hace la exposición de esta espantosa situación, la relación de estos combates y su término sublime! Pero no podemos, no debemos decir más. Sería defraudar su corona al escritor, y para Fernán Caballero me parecen pocas cuantas puede acumular el talento, tejer la simpatía, y bendecir la religión.

Pero por encima de tantas bellezas en el orden literario y en el jurídico, en el moral y en el político, ¿sabéis cuál nos parece el pensamiento capital de la obra, su verdad completa, su principal inspiración, aquélla a que todas se subordinan, la que inmortalizará esas páginas, ligándolas íntimamente hasta con la biografía de quien las escribió? Escóndese en un rincón de ellas como humilde violeta, pero trascendiendo por todas partes con celestial fragancia. Vosotros la encontraréis sin duda; pero oídla desde ahora. Nuestro deber es decírosla para que apreciéis merecidamente esta obra y otras que de la misma pluma se desprenden:


«¡Oh! ¡Cuánto sabe la mujer que sabe ser cristiana!»

Julio de 1856.

Fermín de la Fuente y Apezechea.

Callar en vida y perdonar en muerte

Relación

«Me está reservada la venganza, y Yo soy quien la ejerceré», dice el Sabor.

(Epíst. de San Pablo a los Romanos)

Capítulo I

Una calavera entre dos floreros

Veíase en la populosa ciudad de M*** una extraña anomalía que chocaba a todo forastero, pero que había llegado a ser para sus habitantes, por la costumbre que tenían de verla, cosa en que no paraban la atención. Consistía ésta en el mustio y extraño contraste que formaba en uno de los barrios más céntricos y de mejor vecindario de la ciudad, en una de las calles de más tránsito, en la que las casas competían en compostura y buen parecer, una casa cerrada, sucia, descuidada y sombría, cuyo aspecto hería la vista y afectaba el ánimo. Las dos casas que tocaban a sus costados estaban tan blancas como si fuesen de alabastro; sus rejas y balcones se habían pintado, forzando de esta suerte al grave hierro a vestirse de alegre verde de primavera, como las plantas que, colocadas en sus tiestos color de coral, los ocupaban. Asomábanse por encima de los tiradillos, con sus vestidos de varios colores, las vanidosas dahalias, que tanto ha embellecido el cultivo europeo; alzábanse las lilas, tan distinguidas entre las flores, como lo es en sociedad la persona que a un mérito real une la modestia. El heliotropo, que sabe cuanto vale, y por lo mismo desdeña visuales colorines, se retiraba detrás de los geranios, que, variando y mejorando su exterior, han sabido conquistarse un buen lugar entre la aristocracia de Flora. En el sitio preferente se ostentaban las camelias, frías, tiesas, sin fragancia, que es el alma de las flores, haciéndose valer y dándose tono, sin acordarse de que la moda y la novedad, que las ensalzan hoy, las desatenderán mañana, y que serán tanto más olvidadas, cuanto que no dejan un perfume por recuerdo. Inclinábanse sobre los rodapiés los exquisitos claveles, la más española de las flores, como si les doliesen sus hermosas cabezas por el exceso de su aroma. Detrás de las vidrieras se veían extendidas esas cortinas formadas de pequeños juncos verdes, que vienen de China, sobre las cuales se miran pintados pájaros extraños y apócrifos, que parecen partos del arco iris, figurando así las casas, grandes pajareras de aves fantásticas en jardines encantados.

Por el contrario, la casa vacía, con sus paredes oscuras, sus negros hierros, sus maderas cerradas, si huyese de la luz del día y de las miradas de los hombres, parecía excluida de la vida alegre y activa y llevar sobre sí un anatema. En el balcón sólo se veían unos girones de papel de cartelón, que el viento y los aguaceros habían destrozado, y que su dueño, cansado de renovar, dejaba ya en el mismo estado; con cuyo mal aspecto parecían poner en entredicho aquella tétrica y abandonada mansión. En fin, podíase comparar la sola, silenciosa y fúnebre casa, enclavada entre sus dos alegres y vistosas vecinas, a una calavera colocada entre dos floreros.

Capítulo II

Conversación

En una de estas casas recibía una señora amable y risueña gran número de visitas, con motivo de ser los días de su santo.

Dirigiéndose a uno de los caballeros que se hallaba sentado en el círculo formado ante su sofá, le dijo:

—¿Con que no habéis hallado casa?

—No señora, —contestó el interrogado, que era forastero—: las que se me han proporcionado, unas son estrechas para mi numerosa familia, otras están en mal sitio; y mi mujer, que sale poquísimo, lo primero que me ha encargado es que la casa que tome esté bien situada.

—No hay duda en que este vecindario aumenta; no se hallan casas, —dijo uno de los presentes.

—Pero, señora, —añadió el forastero—, acabo de ver la inmediata casa a la vuestra, desalquilada; me convendría mucho, y no me habéis hablado de ella.

—Es cierto, es cierto —repuso la señora; ha sido una inadvertencia; pero estamos tan acostumbrados aquí a contar esa casa entre los muertos, que no debéis extrañar no se me ocurriese sacarla de su mortaja.

—¿Entre los muertos? ¿Es decir, entre lo no existente? —preguntó asombrado el forastero.

—Así es, puesto que nadie la ocupa, ni le quiere dar vida.

—¿Y por qué? ¿Está acaso ruinosa?

—Nada de eso; está en muy buen estado.

—¿Es fea? ¿Es destartalada?

—No; es buena y tiene comodidades.

—¿Ha muerto en ella algún ético?

—No, que yo sepa... Ademas, ese miedo exagerado, que es ciertamente una preocupación, se va desvaneciendo. Blanqueando las paredes, pintando las maderas, como se hace después de cualquiera enfermedad, todas las casas se habitan hoy día luego que deja de existir en ellas la víctima de ese terrible padecimiento, que sólo curan los viajes de mar con privilegio exclusivo.

—Pues entonces, ¿cuál es el que tiene esa casa para no ser habitada?... ¿Tiene asombros? —añadió sonriendo el caballero forastero.

—Justamente —contestó la señora.

—¿Eso me decís en el siglo XIX, en medio del esplendor de las luces, en las barbas de la reinante despreocupación?

—Sí señor, porque el asombro que se supone es el que selló en ella el crimen, y ese asombro aún no han llegado a disiparlo ni las luces, ni la despreocupación. En esa casa, señor, se cometió un asesinato.

—Convengo —repuso el caballero— que eso debió de ser una cosa atroz para los que a la sazón la vivían, y terrible para los allegados y los parientes de la víctima; pero no creo sea razón suficiente para que, andando el tiempo, quede por ese motivo una casa condenada a ser demolida, o a existir sin ser habitada. ¿Cuánto ha que tuvo lugar el hecho?

—Seis años.

—Señora, entonces me parece el abandono de esa casa, inocente del atentado de que fue teatro, cosa de agüero y sobremanera anómala en esta época, en la que, sin extrañas influencias, llevan la utilidad y la conveniencia el timón de los hechos.

—¡Qué quiere usted, señor! —repuso la dueña de la casa—. Estamos aquí, por lo visto, un poco atrasados; y no nos pesa. Pero lo horroroso del asesinato, la inocencia de la víctima, que fue una pobre e inofensiva anciana, el misterio que cubrió y cubrirá siempre al autor del crimen, han impregnado de tal horror el lugar en que se consumó, y la sanción que ha dado el tiempo al desvío que esa casa inspira es tan poderosa, que nadie se ha hallado que quisiese quebrantar el aislamiento que, cual una maldición, pesa sobre el lugar del impune delito. Parece la soledad de esa casa un sello sobre un pliego cerrado, que Dios abrirá en su día, si no ante los tribunales de los hombres, ante el tribunal supremo de que es juez.

Entraron en este momento nuevas visitas, y la conversación fue interrumpida.

Capítulo III

Un crimen

La curiosidad del caballero forastero, excitada por lo que había oído, hizo que volviese a los pocos días con el determinado objeto de anudar la conversación interrumpida.

Después de los primeros cumplidos, dijo a la amable dueña de la casa:

—Señora, extrañareis quizás mi insistencia; pero es grande mi deseo de saber algunos pormenores sobre el crimen de que me hablasteis el otro día, que tan pavoroso debe haber sido cuando no puede el tiempo, ese Saturno que hasta las piedras se traga, consumir las huellas que ha dejado.

—Con la mejor voluntad os comunicaré lo que sé, que es lo que sabe todo el mundo —contestó la interrogada—. Pero es probable que la fecha, ya antigua, del hecho, así como el no haberlo presenciado, lo despoje a vuestros ojos de la activa y siniestra impresión que causó a todos los habitantes de esta ciudad. Habrá diez años que llegó aquí, y se alojó en la referida casa, un comandante con su mujer, tres hijos pequeños y su suegra. Era él todo un caballero en su porte, así como en su conducta; al cariño que demostraba a su mujer, que era muy joven y muy sencilla, se mezclaba la gravedad de un padre, y así formaban una familia tan unida como feliz. Era ella una paloma sin hiel, como dice la poética definición popular, y se hallaba tan satisfecha y dichosa en ser la escogida de aquel digno marido, como en ser la madre de los tres ángeles que sin cesar la rodeaban. Era el tipo de aquellas ejemplares mujeres que sólo existen en el estrecho círculo de sus deberes de hija, esposa y madre. En cuanto a la señora mayor, era de aquellas criaturas que denomina el mundo, para clasificarlas pronto, con el título de una infeliz. Siendo muy piadosa, pasaba su tranquila existencia en el templo rogando a Dios por los objetos de su cariño, y en el hogar doméstico alabando a los de su culto. Eran estas señoras propietarias en un pueblo pequeño, por lo que muchos las denominaban lugareñas o provincianas, como se dice ahora en francés traducido; pero yo siempre hallé en aquella casa delicada urbanidad, porque era sincera, franqueza decorosa, y una conducta austera sin gazmoñería y sin aspirar a los elogios a que es acreedora. Si es esto ser lugareña, no debe pesar el serlo. Pasaba yo en su casa muchos ratos, porque aquella paz interior, aquella felicidad modesta y sosegada, comunicaban bienestar a mi corazón; porque una simpatía grata me inclinaba hacia aquel hombre tan digno y tan estricto en el cumplimiento de sus deberes, me impelía hacia aquella suave mujer que gozaba en sus virtudes como otras en sus placeres, y me arrastraba hacia aquella anciana sencilla y amante, que no hacía más en la vida que sonreír y rezar. Puede que esta felicidad, aunque santa y modesta, fuese demasiado perfecta para ser duradera en un mundo en que, por desgracia, aun los buenos se acuerdan menos del cielo cuando la tierra les hace la vida dulce. Ello es que una mañana entró mi doncella azorada en mi cuarto; traía el rostro descompuesto y agitada la respiración.

—¿Qué hay, Manuela? —le pregunté sobresaltada.

—Señora, una gran desgracia, una atrocidad sin ejemplo.

—Pero ¿qué es? ¿Qué ha sucedido? Explícate.

—Esta noche... en la casa de junto... No os asustéis, señora.

—No, no; acaba.

—Ha sido muerta la señora mayor.

—¡Muerta! ¿Qué dices?

—Sí señora, degollada.

—¡María Santísima! —exclamé horrorizada—. ¿Y cómo? ¿Han entrado ladrones?

—Es de presumir; pero nada se sabe.

El caso es, señor, —prosiguió la narradora—, que aquella mañana salió el asistente, que dormía en un cuarto en el zaguán, para ir a la plaza. La puerta de la calle, según afirmó, estaba cerrada, como la había dejado la noche antes. Así, era evidente que por la calle no habían entrado los asesinos. Pero cuando volvió de la plaza, extrañó hallar la puerta de en medio sólo encajada, de manera que cedió a su presión, y pudo entrar sin ser necesario que nadie le abriese; mas ¡cuál no sería su asombro al ver enrojecida el agua en la blanca mar de la fuente del patio! Aumentose éste al ver en la tersa pared de la escalera señalada con sangre una mano. ¿Hubo acaso de darle al asesino, al bajar aquellos escalones y al verse cubierto de sangre humana, un desvanecimiento que le obligó a buscar un apoyo en la pared? ¿Conservó ésta la marca de la mano homicida para acusar al culpable y marcar su senda? Subió el asistente desalado, siguiendo el rastro de las gotas de sangre, que de trecho en trecho, y como dedos vengadores, le señalaban por dónde ir a descubrir el crimen. Llega a la sombría y apartada estancia que en el interior de la casa habitaba la señora mayor, aquélla que nunca quiso creer en el mal porque nunca pudo comprenderlo! ¡Hasta la puerta llegaba la laguna de sangre que iba extendiéndose en el suelo y que sus ladrillos no querían absorber! Sangre líquida, caliente, que parecía todavía conservar la vida que faltaba al lívido cadáver, que con los ojos desmesuradamente abiertos por el espanto con que terminó su vida, yacía sobre la cama, al lado de la que pendía un brazo blanco y yerto, como si fuese de cera, para testificar el abandono en que murió. El asistente, aterrado, dio gritos, y corrió a llamar a sus amos. ¡Qué espectáculo para estos desgraciados!... La pobre hija cayó al suelo como herida de un rayo. El comandante, pálido y demudado, pero más dueño de sí, mandó cerrar la puerta de la casa, pues a los gritos del asistente se reunía gente, e hizo avisar a la justicia. Pero ésta nada halló sino el mudo cadáver; vio sangrientas heridas, bocas que acusaban el crimen, pero no al criminal; y era lo extraño, que ni aun las más remotas sospechas pudieron caer sobre nadie, ni encontrarse el más leve indicio que sirviese de luz para seguir pista alguna. El asistente dormía al lado afuera del portón, en el zaguán. Esta puerta, que sólo por el lado de adentro se abría, la halló abierta al volver de la calle; lo que hace probable que el asesino se hubiese ocultado el día antes en el interior de la casa, o entrado por los tejados. Esta última versión no era probable ni casi posible, en vista de que esa casa, la de la condesa *** y la mía forman manzana. La criada había pasado aquella noche en la fiesta de una boda de una hermana suya, como atestiguaron cuantos habían concurrido a ella. El otro asistente estaba malo en el hospital, y no se había movido de su lecho. A pesar de esto, los dos primeros fueron presos; pero después de algún tiempo se les puso en libertad. Notad hasta qué punto fue aterrador y horripilante el atentado, cuando sólo la idea de que se le sospechara de haber tenido parte en él, hirió de tal suerte la imaginación del asistente, que era un honrado mallorquín, que perdió la razón, y de la cárcel fue llevado a la casa de los locos. Sobre la criada cayó tal sombra, por haber sido presa y envuelta en aquel tétrico y misterioso proceso, que no pudo hallar casa en que la quisiesen admitir de sirviente; su novio la dejó, y así, presa de la ignominia y de la miseria, arrojose a la mala vida, y se perdió. Entre tanto, la ciudad estaba aterrada. Nada pudo la justicia inquirir, ni aun sospechas que hubieran podido servirle de vislumbre en aquellas tinieblas. El crimen, con el misterio, se hace pavoroso y crece como el terror en la oscuridad de la noche. La vindicta pública, indignada, gritaba: «¡Justicia!», y los jueces, con la cuchilla alzada, no hallaban sobre quién descargar el golpe. Así, eran vanos los clamores para que se hiciese justicia, en vista de que ésta se la había Dios reservado para sí; pues, repito, que nada se supo entonces, nada se ha sabido después, ¡nada se sabrá nunca!

—¿Y que fue luego del comandante y de su familia? —preguntó vivamente interesado y conmovido por la relación que había oído el forastero, para quien la casa que le había parecido un inocente paria, se iba convirtiendo en un antro misterioso y lúgubre.

—Sabéis —respondió sonriéndose la señora— que los extranjeros nos echan en cara a las españolas el proceder siempre de ligero, el ceder constantemente a nuestro primer impulso, y el tener en poco aquel estricto y severo círculo de acción de sus paisanas, que está a veces lleno de delicado decoro, y a veces hinchado de frío egoísmo: las españolas, francas y ardientes de corazón, no reflexionan cuando éste las arrebata; y si por esta razón aparecen siempre tiernas, valientes y generosas, a veces son irreflexivas; esto es, como dicen los franceses, tener los defectos de sus cualidades. Consiguiente a esto, apenas salio la justicia de aquella casa, cuando me arrojé en ella para prestar auxilio y consolar a mis desgraciados amigos. No, nunca olvidaré, ni se borrará de mi alma, el lastimero cuadro que presentaba! Fue tal la impresión que recibí, que costó la existencia al último hijo que Dios me destinaba. El cadáver, que aún permanecía en el cuarto en que se halló, no se veía, pero se sentía! Enfriaba aquella atmósfera: ¡la casa olía a sangre! El agua que llenaba la mar de la fuente permanecía roja, como si el líquido y corriente hilo que constantemente la renueva pasase por en medio como yerto témpano, sin querer mezclarse con ella, o como si una gota de inocente sangre vertida bastase a enturbiar para siempre una fuente, así como basta a manchar para siempre una conciencia. Mi pobre amiga, que tanto amaba a su madre, se estremecía en convulsiones. Al verme, pudo gritar, llorar y desahogar su comprimido dolor. Su marido estaba aterrado; el asombro parecía haber parado la circulación de su sangre. ¡Tal era la lívida palidez que cubría su rostro, y la inmovilidad de sus labios, comprimidos por el horror! Me traje a su infeliz mujer a mi casa, y a poco tiempo, habiendo su marido logrado una permuta, pasaron a una lejana provincia, porque les era imposible permanecer en el lugar en que había acontecido tan horrorosa catástrofe.

—Pero ¿con qué objeto se cometió ese asesinato? —preguntó el caballero.

—Se infirió que por robar a la víctima, —contestó la señora—. Aquella mañana, según dijo su hija, había recibido su madre una crecida suma de dinero por manos de un escribano; sobre él recayeron violentas sospechas, y aunque nada se le ha podido probar, ha quedado completamente desacreditado. Las sospechas que llegan a hacerse unánimes y estables desacreditan a veces más que un hecho probado y ventilado, en cuyo caso el interesado, aunque culpable, ha podido emitir descargos, alegar disculpas, y sobre todo demostrar arrepentimiento y obtener así el perdón, que el Dios de las misericordias no guardó sólo para sí, sino que con su divino destello puso en el corazón del hombre, y al que elevó a precepto en su santo Evangelio.

—Vuestra observación es justa —repuso el caballero—. La sociedad, que es y debe ser clemente, después de castigado el delito, es inexorable con el crimen impune. Eso es lógico. ¿Y habéis vuelto a saber de vuestros pobres vecinos?

—He sabido varias veces de ellos, hasta que últimamente los he perdido de vista. Les fue muy bien en el pueblo a que se trasladaron. El marido se retiró del servicio militar, se afincó y tuvo mucha suerte en cuanto emprendió: así sucede que es hoy uno de los hombres más considerados de aquel pueblo, una notabilidad, según el estilo moderno. Ha sido alcalde y diputado provincial, y qué sé yo cuántas cosas más en el innumerable plantel constitucional de autoridades. En cuanto a ella, vivía siempre contenta en su vida doméstica y retirada.

—Por lo visto —dijo el forastero con una sonrisa agria y amarga—, la casa conserva la impresión que se ha borrado en los corazones!

—La casa ha conservado la impresión del crimen: en los corazones se ha amortiguado la del dolor. El dolor no puede ser eterno en este mundo; así lo ha dispuesto Aquél que sabe lo que nos conviene. Cada día un nuevo sol hace olvidar el que desapareció la víspera; cada flor que abre su seno aleja la vista de la que se marchita. La ausencia es un velo poco trasparente. Lo venidero absorbe lo actual, y su ardiente excitación debilita las impresiones, como los rayos del sol desvanecen la viveza de los colores. Y no motejéis al olvido, ese bálsamo, esa panacea, ese dulce elixir de vida que Dios envía a las criaturas, como a las plantas envía su refrigerante rocío. Sin él, ¿qué sería de nosotros?

—No sé —repuso el caballero— si clasificar lo que decís de sublime filosofía, o de divisa del vulgar ¿qué se me da a mí?

—Ni tan alto ni tan bajo: es una verdad sencilla y práctica; una de las muchas disposiciones de la naturaleza, contra las que se rebela en vano el orgullo del hombre. Pero decidme, ¿queréis habitar la casa? Mucho me alegraría que la presencia de una buena y amable familia disipase la sombra de esa fúnebre morada, como la sonrisa de la aurora ahuyenta el ceño de la noche.

—Gracias, señora. No la viviré yo. Aunque hijo de este siglo despreocupado, no ha podido el carácter del positivismo que le preside ahogar las impresiones del espíritu que reina, en alta esfera; y puesto que aquella casa es la depositaria del misterioso y horrendo atentado, la única que conoce los impunes criminales, huyan de ella los buenos y quédese sola con su secreto, como deberían estarlo todos los que llevan la conciencia manchada con algún delito.

Capítulo IV

Valdepaz

Existe un pueblo que nombraremos con el pseudónimo de Valdepaz, que ha escogido por asiento un valle, colocado entre las últimas ondas que forma el suelo de una vasta cordillera. Dórale un brillante sol sus mieses, riéganle claros manantiales sus huertas, en que el copudo naranjo cubre de perlas su manto como un rey, el fino granado se adorna de corales, el suave almendro de guirnaldas de rosa, y los sencillos frutales se apresuran a ponerse su traje blanco, que es tan que se desprende aun antes de partir la fugitiva primavera que se lo viste.

Separan a Valdepaz del resto del mundo los montes que a su alrededor se levantan como inmensos biombos, con los que hubiese rodeado la naturaleza la cuna en que durmiese uno de sus hijos. Álzase en su centro, digna y tranquila, la no profanada iglesia; descansa honrado bajo el techo del labrador el arado que enseña el trabajo, y en premio da el pan de cada día. Los niños aprenden la doctrina, besan la mano al cura, y piden la bendición a sus padres. La ilustración del siglo novador, según se habrá notado, había retrocedido desdeñosa al ver tanto oscurantismo, había contado a Valdepaz entre las momias, borrándolo de la lista de los vivos, y, cual a otro enterrado Pompeya, le había dicho con profunda intención y grave solemnidad: ¡Séate la tierra ligera!

Era una tarde de primavera después de un día de verano, pues el suave vientecillo que corría se había, como hace un sibarita, refrescado en las nieves de las altas cumbres, y perfumádose después entre las jaras que cubren sus laderas. La plácida hora del crepúsculo se anticipaba por el valle, no dorando ya los rayos del sol sino las cimas de los montes que lo rodeaban, en cuyas crestas todas parecía arder una hoguera; tal como sucedió en los montes de Asturias, en aquel famoso hecho guerrero que valió su nombre al progenitor de los Cienfuegos. No había un celaje en el cielo que pudiese servir de refugio a los últimos y rosados esplendores del sol. Oíase el alegre murmurio del agua de riego esparciéndose en cien diferentes direcciones por los huertos; dócil en seguir la senda que le traza el hombre, se veía a esta hija de las nubes y de las fuentes, ya rodear un naranjo como un ceñidor de bruñido acero, ya esparcirse sobre un cuadro recién sembrado como una cubierta de cristal, y entonces pararse incierta entre ceder a las seducciones del sol, que la atrae a sí para tejerse con ella sus velos, o a la atracción de la tierra, que la anhela para nutrir con ella las plantas tan lindas que le forman su rico vestido. Oíase el grillo, tocador del primer instrumento que hubo en el mundo, desesperado de que a pesar de su incesante reclamación no se le declare decano de la filarmonía. Oíase el balar de las ovejas, tan dulce como su índole, tan suave como su vellón, tan triste como la víctima a la cual simboliza; el prolongado mugido de la vaca que llama a su cría, el zumbido monótono del abejorro tonto y torpe, volando en derecho de sus narices sin cuidarse de tropezar con las ajenas. Veíanse los aviones surcar el aire en sus alegres desatinadas evoluciones, dando sus gozosos pitíos, lo cual, al contemplarlos, hace decir a los niños con fraternal simpatía: «Ya salieron los muchachos de la escuela». Empezaban su silencioso vuelo los inofensivos murciélagos, pobres pájaros sin plumas que se esconden de la luz del día como pobres veronzantes, tan feos, que llevan en las aldeas el nombre de figuritas, y tan perseguidos, que se preguntan: ¿Si considerará el hombre usurpada la existencia que les dio a ellos aquel mismo Criador que al hombre le dio la suya? Entonaban sus claras serenatas las ranas, rústicas sirenas que convidan entre sus frescos juncos a las delicias del baño. Las laboriosas abejas dejaban gruñendo su tarea, porque hallaban ya en las flores rocío mezclado a la miel. Oíase la triste y plañidera queja del mochuelo, que impele a ir a consolarlo; suena tan melancólico su canto entre la armonía de la naturaleza, como para probar que hay en ella una voz, así como en el corazón hay una cuerda, que vibra siempre melancólicamente, aunque el día haya sido brillante y sea la noche serena. Sólo la grave y misántropa lechuza, a la que chocaba este concierto general al acercarse la noche, se desprendía de la torre en que medita y censura, lanzando su enérgico ceceo como para imponer silencio.

Pero entre todas estas voces campestres, tan llenas de indefinible encanto para quien sabe gozar prácticamente de la naturaleza, sobresalía la sonora, modulada, y expresiva voz del hombre, las de los trabajadores campesinos que al regresar a sus casas cantaban. ¿Quién ha enseñado a estos hombres? ¿Quién les ha infundido la elevada y aguda poesía de la letra, la encantadora y original melodía de sus cantos? El sentir, que no necesita del arte; entre tanto que sin el sentir, el arte es un cadáver, un bien formado cuerpo sin alma.

Mas prestemos oído a lo que canta este airoso joven que se ha adelantado a los demás, y cuya voz ha atraído a la ventana a una linda muchacha, a quien oculta una cortina formada en la reja por la enredadera cubierta de sus flores amarillas.


El retrato

Tiene tu cabeza
hermoso peinado;
con hebras de oro
lo tienes formado.

Tienes una frente
que es plaza de guerra,
donde amor triunfante
puso su bandera.

Tienes unas cejas
muy bien dibujadas;
no hay pincel que pueda
tan bien colocarlas.

Tienes unos ojos,
luceros del alba,
que apagan sus luces
a la luna clara.

Es tu nariz fina
cual filo de espada,
que a los corazones
todos los traspasa.

Tienes unos labios...
Son dos coralitos;
ya esconden, ya enseñan
tus dientes bonitos.

Tienes una barba
con un hoyo en medio;
si en él me enterrasen,
quisiera haber muerto.

Tienes la garganta
tan clara, tan bella,
que hasta lo que bebes
se trasluce en ella.

Tienes unos trazos
tan bien torneados...
No los tuvo Eva
mejor acabados.

Tienes, niña, el talle
como hermosa palma
que airosa descuella
por entro las plantas.

Tienes unos pies,
pisas tan airosa,
que por donde pasas
florecen las rosas.

Ya están dibujadas,
niña, tus facciones;
ahora viene Mayo,
que las dé colores.

Capítulo V

El alojado

Como ya hemos hecho observar, en este pueblo español rancio, cristiano viejo, tan alegre y pacíficamente alumbrado por las luces de sus altares y por las del sol, no habían penetrado las del siglo. Donde sonaban las armonías que hemos descrito, no se habían oído ni arengas políticas ni canciones patrióticas; no se tenía idea de un alistamiento voluntario para vestir casaca, ni menos del objeto con que se hacía. ¡Cuál sería, pues, el asombro de los atrasados valdepacíficos, cuando vieron una tarde un tropel semipaisano semimilitar entrar en el pueblo dando desaforados gritos de ¡Viva la libertad!

Al ver aquella banda de hombres armados y empolvados, al oír aquel grito extraño para ellos, los habitantes de Valdepaz quedaron consternados. Cundió luego la voz de que eran presos que se habían fugado de la cárcel de la capital, y que huían a la sierra vitoreando su reconquistada libertad. La consternación fue general; pero poco después se serenaron los ánimos, al oír el severo toque del tambor, y ver bajar por la cuesta, en buen orden y con paso mesurado, una columna de soldados.

Es de advertir que el pueblo tiene por los soldados que salen de su seno una simpatía profunda, en que se mezcla la lástima y la admiración: míranlos como víctimas, sí, pero víctimas consagradas a una santa causa, esto es, la de su religión, la de su rey y la de la independencia, no individual, sino la del país, como se defendía en la heroica e inmortal guerra, que por lauro y distintivo ha conservado esta denominación.

Todo, al llegar esta tropa, quedó aclarado. Decíase entonces (pero en Valdepaz no se sabía nada de eso) que existía en la sierra una partida de facciosos, y venía en su persecución una columna compuesta de voluntarios nacionales y de tropa de línea: los primeros eran los que, entrando algo estrepitosamente, habían alarmado al pueblo; pero aclarado el asunto, los ánimos se sosegaron, y sólo les quedó a los valdepacíficos el asombro, primero, de que hubiese soldados sin haber entrado en quintas; segundo, que los hubiese de menos de veinte y de más de cincuenta años; tercero, que se vitorease la libertad sin haber estado preso; y cuarto, que en la sierra hubiese facciosos.

Los voluntarios recorrieron aquellos alrededores, se hicieron vejigas en los pies, y no encontraron nada; por lo cual se volvieron por donde habían venido, y llegaron a sus casas un poco tostados del sol. Los zapateros de su pueblo hicieron una función a San Crispín.

La tropa tenía orden de permanecer en Valdepaz. Venía mandada por un capitán, que fue alojado en casa de la viuda de un rico y honrado labrador. Tenía ésta un hijo, que seguía llevando la labor tal cual había enriquecido a su padre y abuelos, y una hija de quince años, que era el sol de aquel modesto, cándido y virtuoso hogar doméstico.

El capitán, que se llamaba D. Andrés Peñalta, era un hombre de no mala presencia, pero de carácter melancólico y agriado por repetidas decepciones en su carrera, en la que, como muchos, en tiempos de trastornos y revoluciones había sido víctima de circunstancias adversas. Era esto aún más sensible para este hombre, tipo de una clase que se ha hecho harto común en nuestra época, esto es, de aquellos que se creen siempre superiores a la posición que ocupan.

No obstante, la dulce atmósfera de aquella pacífica casa pareció influir benéficamente en el ánimo tétrico y ensimismado que había producido en él su no satisfecho orgullo. Inclinose hacia aquella niña, ídolo de su casa y gala del pueblo, que tenía el encanto de la juventud y de la inocencia, las garantías de felicidad que aseguran las virtudes, y las de bienestar que prometen los bienes de fortuna. Esto último, sobre todo, debía seducir a un hombre que tenía una ambición por figurar y ser considerado, tanto más ansiosa, cuanto contrariada se había visto por las circunstancias.

Peñalta, con su brillante uniforme y su porte respetuoso, según calificaban su aire altivo en el pueblo, se había captado la admiración general, pero muy particularmente la de sus patronas; así fue que el día en que pidió a Doña Mariana a su hija Rosalía, no pudo ni intentó la señora ocultar su satisfacción. La dócil niña, al ver que estaba contenta su madre, no lo estuvo menos; las comadres y vecinas hicieron coro, y sólo el hijo de la señora demostró desagrado y decidida oposición al proyectado enlace. Hizo presente a su madre que su caudal, que consistía en algunas fincas, pero principalmente en su vasta labor y numerosa ganadería, prosperaba unido; pero que si cada parte tiraba por su lado, si se dividía o se realizaba, sería en perjuicio de todos. Demostró con buenas razones que su hermana debía casarse con un vecino del pueblo, sin salir del lugar en donde se había criado, y en el que de padres a hijos todos habían vivido felices, bienquistos y considerados. Pero nada pudieron estas juiciosas observaciones sobre la ilusionada Doña Mariana, que estaba llena de entusiasmo por la brillante suerte de su hija Rosalía; y el insistir su hijo en oponerse, sólo sirvió para exasperar a su buena y limitada madre que acabó por decirle que su empeño en que no se dividiese el caudal sería por sacar él la mejor parte. A pesar de tan dura o injusta razón (que había sido sugerida a la buena señora) su hijo siguió combatiendo abiertamente el casamiento de su hermana; de suerte que, incomodada la madre con esta pertinacia, y arrastrada a ello por los extremos que tenía por su hija, declaró que nunca se separaría de ella, y sí de un hijo díscolo, y que seguiría a la primera adonde quiera que fuese.

Este proyecto de la bien acomodada viuda no podía menos de convenir y agradar al capitan, que se apresuró a acogerlo y apoyarlo.

Poco después se verificó la boda, y la nueva familia partió.

Siete años consecutivos vivieron en una paz no interrumpida, gracias al angelical carácter de la madre y de la hija, a su falta de toda pretension y exigencia, así como a la pequeñez del círculo doméstico en que se movían, puesto que la existencia de ambas se reducía a admirar al capitán, a la sazón ascendido a comandante, y a adorar a los tres niños habidos de este matrimonio. Fuera de esto, caían en la nulidad más completa, anonadadas por el prepotente orgullo del comandante Peñalta.

¡Triste mundo éste, donde no se adquiere un lugar sino conquistándolo, ni se conserva sino atrincherándolo! ¡Flaca y débil humanidad, que subyuga al que modesto cede, y ataca al que insolente se encima! Esto solo basta para probarnos nuestra inferioridad humana, y hacernos ansiar aquella justicia superior, para la que no hay brillo deslumbrador ni oscuridad impenetrable.

Así fue que en aquellas mujeres, la modestia que aceptaba, la humildad que cedía, la bondad que se conformaba, lejos de ser apreciadas como las más finas y perfectas perlas entre las joyas femeninas, no sirvieron sino para hacerlas aparecer como débiles y ruines, y para robustecer y entronizar en el que acataban, el menosprecio y el despotismo.

Siendo así que D. Andrés Peñalta tenía un excesivo amor propio y un ansia desmedida por ser apreciado como hombre de virtudes, sin tenerlas (hipocresía catonesca que ha reemplazado a la religiosa), trataba a su mujer y a su suegra en presencia de extraños con gran consideración y afecto, y se hacía, como dicen los franceses, buen príncipe, esto es, que se dignaba descender benévolamente a la esfera de aquellas que ante él se inclinaban; pero en la intimidad, se desquitaba, tratándolas con suma altanería y recalcado desdén.

Las torpezas o impropiedades que solía cometer Rosalía en visita, le indignaban. Es consiguiente que la pobre joven, criada en una aldea, nada sabía de los primores y etiquetas de una ciudad populosa; ni vestirse con elegancia, ni estar tres o seis horas en su tocador; ni cantaba, ni bailaba, ni tocaba el piano; por lo cual el necio amor propio de su marido, mortificado con estas cosas, había tomado, para demostrar su encono, una muletilla con la que continuamente hería y humillaba a su pobre mujer; era ésta: «Tú no sabes nada».

Sobre dos cosas nada puede el malévolo e injusto despotismo: sobre el hierro, que resiste siempre con igual fuerza, y sobre el junco, que al punto cede; así era que en aquella casa había una paz profunda, pues el despotismo que la regía sólo hallaba suaves y débiles juncos. Pasaba la voluntad del déspota sobre aquel interior doméstico como una ráfaga del huracán sobre un campo llano; campo no estéril ni desolado, sino cubierto de suave y fresco césped.

Capítulo VI

La plana

En este trascurrido tiempo, las relaciones de Doña Mariana con su hijo se habían ido agriando cada vez más; porque esta buena señora, subyugada y en todo sumisa a su yerno, no se conformaba con las cuentas que le mandaba aquél, el cual había seguido administrando el caudal de su madre, que continuaba unido al suyo. Conformándose al parecer, y dócil a los consejos de D. Andrés, acabó Doña Mariana por exigir la partición del caudal y la realización de su parte. Después de muchos debates, se había por fin verificado este arreglo al poco tiempo de su llegada a M***. Este suceso contentó a todos; y la buena señora se sentía aligerada de un peso grande, con haber cortado por este medio todo motivo de altercados para lo sucesivo, tanto con su hijo como con su yerno.

Una mañana después de volver de la iglesia, había venido a hablar a la señora un escribano, que era el apoderado de su hijo, y la había traído quinientas onzas en oro, última entrega de su capitalizado caudal. La señora había a continuación firmado el finiquito, y sentada al lado de su hija celebraba la conclusión de este negocio, cuando entró el mayorcito de sus nietos, que venía de la escuela. Traía muy ufano una plana escrita por él, la que enseñó a su abuela. Tomola ésta en la mano con aquel agrado y aquella complacencia que excitaban en ella cuanto hacían sus nietos, y leyó la máxima que, escrita con firme pulso, encabezaba la plana, y se repetía en cada renglón, copiada por el niño. Decia así:

«No cuentes con el día de mañana, que no lo tienes seguro».

La señora miró cada renglón con aire de aprobación, y dijo al niño:

—¿Siempre dice lo mismo, Andresito?

—Sí señora —contestó éste—; todos los renglones dicen lo que la muestra, menos el último.

La abuela bajó la vista, y leyó:

«La hizo Andrés Peñalta el 20 de Marzo de 1840».

¡Chiquillo —dijo la señora—, si estamos hoy a 19, día del Patriarca!

El niño se echó a reír, y repuso:

—Verdad es que me equivoqué; pero ¿qué le hace? Supongamos que la escribiría mañana.

—¿Tan pronto te olvidas de las sentencias que escribes niño? —le dijo su abuela—. ¿No dice acaso, «No cuentes con el día de mañana, que no lo tienes seguro»?

—Bueno, yo la enmendaré —repuso el niño, cogiendo la plana y echándose a correr.

Un momento después volvió y se la entregó a su abuela.

—¡Muchacho! —exclamó ésta apenas la vio—. ¿Por qué has enmendado estos números con tinta encarnada? ¡Jesús! ¡Parece una fecha sangrienta!

—Estaba la tinta encarnada sobre la mesa de padre, y es muy bonita, —contestó el niño.

—Pues a mí me parece muy fea —observó su madre—, y que hace muy notable la enmienda. Rómpela, hijo, y mañana, si Dios quiere, escribirás otra plana mejor a tu abuela.

—No, no —dijo ésta—; dámela, gloria mía. Para mí la hiciste, en ella me dices una cosa muy buena y muy santa, y es que no cuente con el día de mañana, que no es seguro; esto es, que debemos estar siempre preparados para la muerte, que nos lleva ante el tribunal del gran Juez de las almas; así es que la quiero conservar como buena memoria y mejor consejo. Y mira —añadió, tomando sobre la mesa una pila de veinte onzas—, estoy tan satisfecha de tu aplicación y de esta plana que la atestigua, que estas veinte onzas te las destino, y por mi muerte serán tuyas. Para que se sepa, voy a escribir ésta mi voluntad al pié de la plana y a liar en ella las onzas.

La señora cogió la pluma con la que acababa de firmar los recibos, y escribió al pie de la plana, y debajo de la roja fecha y del nombre del niño, que era el mismo de su padre: «Esto le deja en memoria, Mariana Pérez».

En seguida lió las veinte onzas en la plana, las que guardó con el demás oro en una caja, que cerró y se llevó a su cuarto.

Aquella noche se consumó en la persona de esta anciana el atroz asesinato referido al principio de esta relación, en la que queda también pintado el dolor en que tan inaudita desgracia sumió a la pobre Rosalía, y la profunda impresion que causó en su marido, el cual quizás se arrepentiría entonces de lo amarga que hizo la vida a aquella infeliz víctima, que tanto le había querido y considerado.

La pérdida que experimentaron con tan considerable robo, de que nada se pudo recuperar; el misterio que envolvió el atentado, a pesar de las muchas diligencias e investigaciones que se hicieron; la convicción de tener algún enemigo oculto, pero perspicaz, hicieron insufrible al matrimonio su permanencia en aquel pueblo, y a instancias del comandante fueron trasladados a un punto lejano de aquél.

Capítulo VII

Una notabilidad

Diez años habían pasado en su nuevo domicilio, en el que, desde que llegaron, habían hallado, tanto el marido como la mujer, la mejor acogida. Su suerte mejoró mucho. D. Andrés heredó a un tío, muerto en América, se retiró del servicio, afincó, y se dedicó con buen éxito a varias empresas, entre ellas a derribar conventos, cuyos materiales, de gran valor, vendía baratos. Había sido alcalde, y era en la actualidad diputado provincial; en una palabra, llegó a ser una notabilidad, y el tipo del ciudadano moderno, esto es, gran expendedor de frases retumbantes salpicadas de términos heterogéneos, celoso apóstol de la moralidad, ferviente pregonador de la filantropía, arrogante antagonista de supersticiones, entre las que contaba la observancia del domingo y días festivos; preste de la diosa Razón, arcipreste de San Positivo, gran maestre de Prosopopeya, profesor en las modernas nobles artes del menosprecio y del desdén, hábil arquitecto de su propio pedestal: nada faltaba a este moderno tipo, que era reputado por el Salomón de los juicios de conciliación, y por el Demóstenes de una recién instalada junta formada para la construcción de un canal, cuyos trabajos, a fuerza de juntas y expedientes, estaban muy adelantados, no faltando más para la realización del proyectado canal, sino el dinero para abrirlo, y el agua para llenarlo.

No es nuestro ánimo personificar la época en el señor D. Andrés, sino sus influencias, y es seguro que en un orden de cosas opuesto habría sido el centinela avanzado de la intolerancia, el seide de la rutina, el cancerbero de los aranceles y el carabinero de útiles y necesarias innovaciones. Esto lo decimos en honor de la verdad, y en favor de la exactitud del tipo que pintamos, y de ninguna manera por lavarle su feísima cara a la época.

Con la ventaja que gozan las almas mansas de no dejarse abatir por la desgracia, la que tienen los temples suaves de estar exentos de sentimientos efervescentes y violentos, y la que es propia de caracteres pacientes, de no irritarse ni aferrarse en sus sufrimientos, Rosalía había vuelto a su estado natural de calma y de tranquilidad de espíritu, que es, a no dudarlo, una señal de predestinación.

Habríase aún llamado feliz, a no haber sido por la manera con que la trataba su marido, el cual, cada vez más ensoberbecido por su buena posición, por el éxito de sus empresas y por la consideración general que había sabido granjearse, trataba a su pobre mujer con una dureza y un menosprecio que iban en aumento cada día.

La educación de sus hijos, a quienes Rosalía mimaba, era el continuo tema de sus reconvenciones, y la ocasión de repetir su incesante ultraje: «Tú no sabes nada». A veces al oírlo lloraba Rosalía; a veces se resignaba paciente; pero nunca replicaba, haciéndose a sí misma esta reflexión: «Natural es que eso piense y eso diga mi marido, que tanto sabe, cuando yo nada sé, sino coser y rezar».

¡Cuán cierto es que la virtud innata, lo mismo que la inocencia, se ignoran a sí mismas! Pero el tiempo había de demostrar a D. Andrés cuánto sabe la mujer que sabe ser cristiana, y cuán preferibles son las virtudes humildes a las heroicas.

CapítuloVIII

El legado

Un día en que Rosalía enseñaba a su hija, suave niña, como lo había sido su madre, lo que ella sabía, esto es, rezar y coser, entró el menor de sus dos hijos.

—Madre —le dijo alargándole un papel—, mirad, una plana hecha por Andrés cuando era chico.

Rosalía lo tomó, y leyó con ojos asombrados:

«No cuentes con el día de mañana, que no lo tienes seguro».

Al fin de la hoja se veía roja y sangrienta la fecha del 19 de Marzo de 1840, lo hizo Andrés Peñalta, y debajo, de letra de su madre, de la víctima del misterioso e impune crimen, éste su solo testamento: «Esto le deja en memoria, Mariana Pérez».

—¿Dónde hallaste este papel? —preguntó Rosalía con una voz tan extraña y demudada, que sus hijos la miraron sobrecogidos.

—En el cuarto de padre, entre unos papeles viejos —contestó el niño.

Rosalía se levantó lívida, corrió a su cuarto, echó el cerrojo, y cerró las ventanas para no ver la luz del día.

El velo que por diez años cubría al asesino de su madre estaba descorrido a sus ojos; el horroroso secreto salía de su sombra; la víctima, desde su tumba, recordaba la sangrienta fecha en un documento guardado con el dinero robado, que sólo podía hallarse en poder del ladrón y asesino, y este documento acusador se hallaba en poder de su marido!

Rosalía se dejó caer sobre un sofá, y ocultó su rostro entre sus manos. Así permaneció tres horas, inmóvil como el estupor, fría como deja la falta de la circulación de la sangre a un cadáver, muda como pone la parálisis a aquél a quien hace su presa.

La primera hora no pensó: todas sus ideas se confundieron en un espantoso vértigo. En la segunda, la desesperación vagó por su alma como el león por su jaula, viendo por dónde salir y hallar ancho ámbito en que lanzar su rugido. En la tercera se presentó digna y severa la reflexión, trayendo de una mano a la moderación cristiana, y de la otra a la prudencia humana: la primera, con su freno; la segunda, con su anteojo. Entonces la cristiana, la madre y la esposa cruzó sus manos y exclamó:

—¡Tuya, tuya, Padre y Juez nuestro, es la justicia! ¡Tuya, tuya la vindicta!

Levantose animosa, encendió una vela, en cuya llama quemó con resuelta mano el papel acusador, y se arrojó en su lecho.

A poco llegó su marido, y le preguntó con su usual aspereza lo que significaba aquel encierro.

Al oír la voz del asesino de su madre, al sentir su cercanía, un temblor espantoso se apoderó de la infeliz, la cual, entrechocándose sus dientes, respondió que estaba enferma.

El marido se alejó impaciente: ¡no le concedía ni aun el derecho de estar enferma!

Ocho días permaneció Rosalía encerrada, sin permitir que la viese nadie, ni aun sus hijos, pretextando para ello un agudo dolor de cabeza, pero en realidad porque temía se exhalase en clamores desesperados el tremendo secreto que quería ahogar en su destrozado pecho.

Quería ademas, para lograr esto, perder fuerzas físicas, debilitando su cuerpo con ayunos y lágrimas, y cobrar fuerzas morales en la oración y en su amor de madre.

Cuando se levantó y la vio por vez primera su marido, retrocedió asombrado; ¡y razón tenía! El pelo de la joven madre se había encanecido. Sobre sus facciones demacradas se había extendido la palidez verdosa de la ictericia; sus ojos, extraviados y hundidos, brillaban calenturientos en un círculo morado.

—Es cierto —le dijo— que estás mala, ¡y muy mala! ¡Debes haber sufrido mucho!

—¡Mucho! —contestó la paciente.

—Pero ¿por qué no has llamado a un médico? —repuso impaciente su marido—. ¡No sabes nada, ni aun cuidarte cuando padeces!

¡Un año aún sobrevivió la mártir, con el golpe de muerte en el corazón, sin más alivio que la certeza de que era mortal!

¡Un año entero duró su descenso al sepulcro! La vida es tenaz a los treinta años.

—Pero ¿qué tiene la señora? —preguntaban sus numerosos amigos a D. Andrés Peñalta.

—Una ictericia negra que le aniquila el cuerpo y el espíritu —respondía éste—. Mucho le mandan los médicos, pero nada la alivia. Estoy ciertamente con mucho cuidado.

Y a su mujer a solas decía:

—El médico dice que no acierta la causa de tus males, y que tú no se la indicas. ¡Si nada sabes, ni aun explicar lo que padeces!

Por fin la quinta víctima del crimen cayó postrada. Los facultativos, desorientados, agotados sus recursos, se cruzaban de brazos. La hora del eterno descanso era llegada; el confesor derramaba lágrimas y consuelos a la cabecera de la moribunda.

Ya preparada y pronta a aparecer ante el tribunal de Dios, y cuando sintió que sólo pocos instantes de vida le quedaban, la noble víctima hizo seña a los presentes de que se alejasen, y llamó a su marido.

—¡Padre de mis hijos! —le dijo con voz solemne—. Dos cosas he sabido en esta vida.

—¿Tú? —exclamó asombrado el marido.

—¡Sí!

—¿Y cuáles han sido? —preguntó aterrado el delincuente, con los ojos espantados y fuera de sus órbitas.

—CALLAR EN VIDA, porque era madre, Y PERDONAR EN MUERTE, porque soy cristiana! —respondió la santa mártir, cerrando sus ojos para no volver a abrirlos más.

No transige la conciencia

Relación


¿Por qué, pues, el mortal ciego se lanza
tras mentida ilusión que poco dura?
Sólo asegurará su bienandanza
la paz del alma y la conciencia pura.

Francisco Javier de Burgos.


Un seul printemps suffit a la nature,
a reproduire ses fleurs et sa verdure;
hélas! jamais la vie ne reproduit
la paix de cour qu'un seul instant détruit.

Bástale a la naturaleza una primavera para recobrar sus flores y su lozanía; pero ¡ay! que no alcanza la vida del hombre para devolver al corazón la paz que puede destruir un solo instante.

Capítulo I

Así como en las desiertas costas del mar se ve blanquear un nido de gaviotas en la concavidad de una peña, así aparece Cádiz en la concavidad de sus murallas. Hanla labrado tan denodadamente entre las olas, que la tierra alarga un brazo para asirla. Lleva este angosto brazo de piedra y arena, como un brazalete, la Cortadura, esto es, una fortaleza construida en tiempo de la gloriosa guerra de la Independencia; separa las violentas olas del Océano de las tranquilas aguas de la bahía, y conduce a la ciudad de San Fernando, que en el fondo de la ensenada abre sus arsenales de la Carraca, como hospitales, a los barcos que, heridos y maltratados en sus azarosas carreras, regresan a sus lares. ¡Pobres barcos, a los que los huracanes dicen: ¡Marcha! ¡marcha!, como los acontecimientos se lo gritan a los hombres, y que al llegar a su patria se asen a ella con sus áncoras, como niños con sus manos al cuello de su madre!

Pasada la ciudad de San Fernando, gallarda y digna vecina de Cádiz, que ostenta su Calle Larga parecida a un estrado, y sus casas brillantes y sólidas corno si fuesen de plata maciza, y atravesando el puente Zuazo, tan antiguo que se atribuye su construcción primitiva a los fenicios, el camino se divide en dos: el de la izquierda sigue costeando la bahía, y el de la derecha se dirige a Chiclana. Se entra en este precioso pueblo por una arboleda de álamos blancos, que toman asiento entre verdes huertas, a la manera de nobles ancianos encanecidos, estimulando con su susurro a las plantas pequeñas y tiernas a crecer y fortalecerse, para resistir como ellos a los vendavales. El pueblo es grande, y el río Liro lo divide en dos mitades como un cuchillo de plata.

Dominábanlo otras veces sobre dos alturas, una torre morisca ruinosa, como imagen de lo pasado, en la una, y una lindísima capilla, como imagen de lo presente, en la otra. De pocos años a esta parte la torre ha desaparecido, y la capilla es una ruina.


Era un templo, era un altar
donde llora el desvalido:
yo lloré; volví a pasar...
¡Y era polvo consumido,
que también me hizo llorar!
 

Era esta capilla (dedicada a Santa Ana) de construcción redonda, y estaba ceñida de una columnata, que formaba en su alrededor una galería, desde la cual se admiraba un hermoso panorama, esto es, una bella vista circular.

La aislada y abandonada torre tenia a sus pies el cementerio, como si los hombres muertos buscasen simpáticamente la sombra de la muerta torre! Esta torre, que parecía un sello de piedra que ostentase los archivos del pueblo, que era una herencia de generaciones guardada por la comarca, como la momia de un vencido caudillo, embalsamado por los aromas de las flores del campo; esta torre austera, que no tenía conexiones ya sino con los muertos, que a su alrededor se volvían esqueletos; con las aves noturnas, que en sus oscuros antros huían del bullicio y de la luz del día, y con los vientos, que venían a gemir tristemente en las brechas, que podían considerarse como heridas causadas por el tiempo;¡esta torre inofensiva no pudo escapar al moderno vandalismo! ¡Ni el respeto a los recuerdos que evocaba, ni el respeto al cementerio que tan expresivamente presidía, ni lo romántico de su aspecto, ni lo histórico de su origen, pudieron valerle! ¡Fue demolida bajo el sabio pretexto de que... estaba ruinosa!!! ¡Ruinosa una ruina!! ¡Ruinosa aquella torre, que llevaba los siglos como vosotros los días! ¡Ruinosa aquella mole petrificada, que hubiera vivido más que todas vuestras construcciones de yeso y de madera!

También la capilla, cerrada y abandonada, ha sido presa de la destrucción. Ya ha desaparecido la columnata que tan noblemente la ceñía. Arbolado, edificios, conventos, santuarios, castillos, palacios feudales, hasta las ruinas van desapareciendo! sin que ni siquiera se levanten fábricas, ni se planten huertas para reemplazarlos, para vestir con cocos y flores a la noble matrona España, en lugar de los tisús y joyas de que la despojan! —¿Qué nos quedará, pues?— Dehesas para criar la fiera salvaje y feroz, cuyas lides forman el ameno y culto placer que goza con preferencia del favor del público!!! ¡Dios mío! ¿Será que la ferocidad y la crueldad del hombre necesitan un desahogo, como lo necesita y lo halla la atmósfera alguna vez en sus tormentas, relámpagos y truenos, para descargarse de su electricidad?

En los tiempos en que Cádiz era el Rothschild de las ciudades; en aquellos tiempos en que, según decían los farasteros de fuste, hacían los comerciantes de dicho pueblo la vida de rumbo, y con la grandeza propia de embajadores, la mayor parte de ellos tenían casas de campo en Chiclana, que se labraban y amueblaban con extraordinaria riqueza y buen gusto. Aunque deslustrado, aún quedan grandes vestigios de aquel elegante lujo, a que la venida de los franceses de Napoleón dio el golpe de muerte.

En la época presente, en la que se cumple en muchos casos aquel conocido adagio: se abajan adarves y se levantan muladares; cuando los ancianos cuentan las grandezas y fausto de aquella época, la gente, no diremos joven, sino nueva, cree oír cuentos de Las mil y una noches, y alternan en sus labios el asombro y la crítica. Garbo, generosidad, esplendidez, son, al parecer de nuestra época, materia para un apéndice al Don Quijote, es decir, virtudes fantásticas, que sólo pueden existir en un cerebro sobrexcitado.

Cuando empiezan los sucesos que vamos a referir, que es a fines del siglo pasado, Chiclana estaba en todo su auge, brillaba el oro por Cádiz y esparcía sus rayos en sus alrededores, como el sol en el cielo. Sólo en la Habana se sabe hoy, cual allí se sabía entonces, echar por ahí las onzas con la misma sencilla indiferencia con que arrojan los niños globulillos de espuma de jabón en el espacio, y con el señorío de príncipes, que ni miran ni ponen precio a lo que dan o gastan en obsequio de otros. Cuéntase que fue en esta época cuando la famosa duquesa de Alba dijo a un joven, que al ver en su mesa veinte mil duros opinaba que esta suma, que era para ella tan poca cosa, haría la fortuna de un hombre: «¿Los quieres?». El joven admitió. La duquesa le mandó el dinero, y... le cerró su casa. Hoy día sucedería lo contrario: no se daría el dinero; pero en cambio no se cierran las puertas al que lo adquiere, sea cual sea el medio de que para ello se haya valido.

En una de las anchas y alegres calles del mencionado pueblo descollaba entre todas una hermosa casa, aunque sólo tenía un piso algo elevado del suelo. Subíase a ella por una escalinata de mármol, y era su puerta de caoba, tachonada de grandes clavos de brillante metal. Coronaban el frontispicio las armas de su dueño esculpidas en mármol. La nobleza y la riqueza se buscan, porque primitivamente fueron hermanas. Hoy día ni aun primas son! La casa-puerta, así como el patio y todas las habitaciones, hasta las oficinas interiores, estaban soladas con magníficas losas de mármol azules y blancas. Sostenían las cuatro galerías que rodeaban el patio columnas de jaspe; en el centro de éste, rodeada de macetas y estatuas de alabastro, corría una fuente sin cesar, celebrando con su pura e infantil voz, lo mismo al pimpollo entreabierto como una esperanza, que a la flor que caía deshojada como el desconsuelo. Entre columna y columna pendían, cubiertas de verdes y floridas colgaduras de jazmines y mosquetas, doradas jaulas con vistosos pájaros; un toldo de lona con puntas ribeteadas de color cubría el patio y conservaba la frescura, esparciendo una sombra suave como un duerme-vela en una siesta de verano. Las paredes de la sala eran de estuco blanco sobre un fondo celeste; la sillería y sofá, de ébano con adornos de plata maciza, y forros de gro de Tours celeste. Era su hechura sencilla y mezquina, a la griega; moda que había entronizado la revolución de Francia, poniéndola a la orden del día con el gorro frigio los nombres de Antenor, Anacarsis, Temístocles, Arístides, y otras cosas menos inofensivas. Sobre la mesa, que ostentaba cuatro pies derechos e istriados, había un magnifico reloj de mármol blanco y bronce negro y dorado. Pasado a la sazón en las artes también el gusto por lo pastoril e idílico, privaban entonces las graves y clásicas alegorías, a las que en breve debían seguir los cañones, banderas y coronas de laurel bélicos con que Bonaparte había de hacer evaporarse en ancha atmósfera el ardor de la calentura revolucionaria francesa. A su vez la época de la Restauración, en la que acabó la legitimidad con el despotismo de la democracia, trajo las ideas monárquicas y los sentimientos religiosos, con el caballerismo, la lealtad, la fidelidad y la religiosidad antiguos, que habían de introducir el romanticismo en la literatura, y el gusto gótico en las artes y modas, siguiendo luego el gusto a lo Luis XIV y Luis XVI, llamado rococó. Cual niños, los hombres son entusiastas de lo nuevo, y pisan en seguida con desprecio lo que era su ídolo un momento antes. Shakespeare ha dicho: «¡Fragilidad, tu nombre es mujer!». Bien pudiera haber añadido: «¡Cambio, tu nombre es hombre!»

Formaba el reloj un grupo, compuesto de un anciano que representaba al Tiempo, de dos bellas jóvenes desnudas y enlazadas que se apoyaban en el anciano y personificaban la Inocencia y la Verdad, y de otras dos figuras envueltas en negros velos que figuraban la Maldad y el Misterio huyendo del anciano, que con el dedo levantado parecía amenazarlas. La efigie del viejo estaba bien y característicamente esculpida, y cuando a su expresivo gesto se unía la clara y vibrante voz de la hora que contaba a sus muertas hermanas, parecía la amenazante voz del austero anciano, y no podía menos de conmover al que, meditando sobre el sentido de aquella alegoría, oía resonar sus compasados ecos.

A cada lado del reloj había un candelero, formado de un negro de bronce, posado sobre una basa redonda de mármol adornada de cadenitas del mismo metal; llevaba el negro sobre la cabeza, y en cada mano, unos cestos de flores doradas, en cuyos centros se colocaban las velas. El techo de la sala estaba pintado figurando leves nubes blancas y grises, entre las que asomaba una ninfa o hija del aire, que en sus manos parecía sostener los cordones y borlas celestes, de que pendía una lámpara de alabastro destinada a filtrar una luz suave como la luna; luz que favorecía en extremo la belleza de las mujeres, y era adoptada para tertulias de confianza. En medio del cuarto, sobre un velador de mosaico, había un gran globo de cristal en que nadaban pececitos de colores, que ostenta el agua en competencia con el aire, que muestra sus encantadores pájaros, y con el jardín, que ostenta sus deliciosas flores. Allí vivían suaves y callados, sin que les intimidase la trasparencia de su círculo de acción, mirándolo todo con sus grandes ojos sin comprender nada, cual pequeños idiotas. Coronaba este globo otro más chico que estaba lleno de flores, y había profusión de ellas colocadas en jardineras en los huecos de las ventanas. Pendían de éstas, cortinas de muselina guarnecidas de encajes, poco más o menos como se ven hoy día, con la diferencia de que la muselina de aquéllas no era inglesa, sino de la India, y que los encajes no eran de algodón y de telar, sino de hilo y de bolillos. Como era verano, las persianas no dejaban penetrar en la sala sino una débil claridad: la atmósfera estaba embalsamada por las flores y por las pastillas de Lima.

Sobre el sofá estaba recostada una mujer de extraordinaria belleza: una profusión de rizos rubios cubrían una de sus manos de alabastro, en la que se apoyaba su cabeza, reclinada sobre uno de los cojines del sofá. Un peinador de holán, guarnecido de encajes de Flandes, cubría sus perfectas y juveniles formas, y sólo asomaba por entre el encaje la punta de su pie, calzado a la moda de entonces, con media de seda y zapato de raso blanco. Las damas de importancia no gastaban otro a ninguna hora del día, y llegó el lujo hasta gastar zapato de encaje forrado de raso de color. Los apóstoles de la última moda, sobre todo si viene de allende, grandes admiradores de los brodequins, echan una mirada de soberano desprecio sobre ese rico y elegantísimo uso, que tiene dos pecados mortales: el ser antiguo, y el ser español.

Brillaba en la mano izquierda de la joven acostada en el sofá un magnífico brillante, y con un pañuelo de holán, bordado en Méjico, que en ella tenía, enjugaba de cuándo en cuándo una lágrima que se deslizaba lentamente por sus anacaradas mejillas. Sin duda piensa el lector haber adivinado que esa lágrima solitaria que vierte una mujer joven y hermosa, rodeada de aquel lujo, indicio de una posición envidiable, es y no puede ser sino una lágrima de amor. Sentimos decirlo: el lector ha adivinado mal. Y en obsequio a la verdad, y aun a costa de desprestigiar a la heroína de nuestra relación, tenemos que decir que esa lágrima no era de amor, sino de coraje. Sí, esa lágrima tan brillante que caía de aquellos ojos, azules como el cielo de la tarde, y que pasando por entre sus largas y oscuras pestañas resbalaba por aquellas mejillas de tan suave y fresco sonrosado, era de coraje.

Pero antes de proseguir, es preciso referir lo que la originaba.

Capítulo II

La joven que hemos descrito se llamaba Ismena, y era hija única de D. Patricio O-Carty, cuya familia había emigrado de Irlanda, como otras muchas, huyendo del usurpador Cromwell, que perseguía dos cosas que suelen unirle: la religión y su constancia; el principio monárquico y su lealtad. La mayor parte de estos fieles que abandonaron sus empleos, casas y tierras, siguieron a Carlos Eduardo Stuart el Pretendiente a Francia, y le acompañaron cuando en 1690, auxiliado por Luis XIV, hizo este desgraciado rey un desembarco en Irlanda, y después de muchas vicisitudes, mandó en persona la desgraciada batalla de la Boyne. Después de esta derrota entraron aquellas tropas, que se componían de la primera nobleza de Irlanda, al servicio de Francia y España. Acogiolas, como de suponer era, Felipe V favorablemente, y formaron en 1709 los regimientos de Ibernia y Ultonia, y más adelante otro tercero, que se llamó Irlanda. Mandaba estas tropas Jacobo Stuart, duque de Berwick, hijo natural que tuvo Jacobo II de Arabela Churchill, hermana del famoso Marlborough. Ganó el duque de Berwick la batalla de Almansa, y tomó a Barcelona por asalto; y el rey premió sus grandes servicios a la corona con los ducados de Liria y Jérica y con la grandeza de España. Tuvo este bizarro general dos hijos: el primero se naturalizó en España y llevó los títulos de Berwick, Liria y Jérica, uniéndose después por enlace a la noble casa de Alba, que había recaído en hembra; el hijo segundo se estableció en Francia, donde existen sus descendientes, que llevan el título de duques de Fitz-James. Los arriba mencionados regimientos han llegado hasta nuestros días con los hijos de aquellos fieles; pues, según se nos dice, existen aún noventa apellidos irlandeses en el ejército español, que honran a los que los llevan, por su lealtad, bizarría y nobleza hereditaria.

Casó D. Patricio con una española, y su hija Ismena reunió la belleza de ambos tipos. Cubría sus delicadas y graciosas formas de andaluza la alba y rosada tez de las hijas de la nebulosa Erin, a la que daba la impasible frialdad de su dueña esa limpieza y tersura trasparente de la esperma, que nada enturbia. Sus rasgados ojos azul turquí tenían entre sus oscuras pestañas la altiva y entendida mirada de las hijas del Sur; su porte, un poco estirado, era, no obstante, gracioso y natural. La naturalidad es el mayor encanto de la gracia española, tan justamente célebre y decantada. El irresistible atractivo que de ella nace, y que en otro tiempo esparcían las mujeres alrededor de sí, como la llama su brillo y las flores su perfume, se lo debían a los hombres, que aborrecían cuanto era afectado y supuesto, amanerado y estudiado, anatematizándolo bien y varonilmente con la despreciativa voz de monada. Hoy día parece que se tiende a lo opuesto; lo que es lo mismo que si los florentinos vistiesen a sus Venus de Médicis por un figurín de modas. En la naturalidad está la verdad, y fuera de la verdad no hay perfección; en la naturalidad está la gracia, y sin la gracia no hay elegancia genuina.

En cuanto a lo moral, peor dotada Ismena que en su persona, unía al alma fría y serena de su padre el genio altivo y dominador que había heredado de su madre, exaltado todo por el orgullo de la niña mimada, rica, hermosa y adulada. No se ocupaba la celebrada Ismena, la rica heredera, sino de sí y de un porvenir que se forjaba en su imaginación, lucido y brillante cual los que pronostican las hadas. Así fue que despreció con impertinencia el amor de cuantos jóvenes se le ofrecieron sinceramente, no pareciéndole ninguno digno de realizar su soñado porvenir. Pero los cambios de la suerte son repentinos e inesperados como las trasformaciones de las comedias de magia. En pocos meses perdió el padre de Ismena todo su caudal, merced a la traición de los ingleses, que tantos barcos y caudales apresaron antes de haber declarado la guerra a España; ¡infausta guerra que nos atrajo el infausto Pacto de familia! D. Patricio, que por entonces también perdió a su mujer, se retiró arruinado a la bella casa de campo que en Chiclana tenía; pero en breve ni aun ese recurso le quedó, y la casa fue puesta en venta por los acreedores.

El primer comprador que se presentó fue el general conde de Alcira. Volvia este general de América, donde había pasado largos años. Aunque no tenía sino cincuenta y cinco, parecía mucho mayor, gracias a la acción corrosiva del clima de América, que con su ardiente humedad destruye al europeo, como corroe el hierro. A pesar de su edad, había heredado a un joven sobrino suyo, cuyo título y mayorazgo excluían hembra.

El general, a su regreso, se trasladó a Sevilla, su pueblo natal. Allí, su cuñada, que por él veía a sí y a sus hijas privadas del caudal que antes poseían, y del título que llevaban, le recibió de una manera tan agria, y tan hostil, que el general, a pesar de ser el hombre mejor, más honrado, noble y generoso del mundo, se indignó, y se resolvió a dejar a Sevilla y a establecerse en Cádiz.

Hacía bien. En aquella época, Sevilla, la grave matrona, con su rosario en la mano, vestía aún la tiesa cotilla, el alto promontorio empolvado, que más que peinado parecía una carga, y los tontillos, con los que sólo por una puerta muy ancha podía pasar de frente una señora. Jugaba exclusivamente en sus austeros saraos a la báciga o al tresillo con sus canónigos y oidores, con sus veinticuatros y sus maestrantes; no tenía teatro: un voto religioso se lo impedía; no tenía más alumbrado que las piadosas luces que ardían ante sus numerosos retablos; no tenía baldosas, ni Delicias, ni paseo de Cristina; y tenía actualidad, como se diría ahora, aquella regla de:


En dando las diez,
dejar la calle para quien es,
los rincones para los gatos,
y las esquinas para los guapos.
 

No había, es claro, vapores, esos correvediles que han estrechado los vínculos de amistad entre ambas ciudades, joyas de Andalucía. Cádiz, tan bella o más que lo es hoy, vestía en esta época descotadísimamente a la griega, como vemos en sus retratos a Josefina, a Mad, Recamier y Mad. Tallien, nuestra paisana, que murió no hace mucho princesa de Chimay, y otras beldades de entonces. Cádiz, la seductora sirena de desnudo pecho y escamas de plata, nadaba en un mar de saladas aguas, en un mar de placeres y en un mar de riquezas. Sabía hermanar admirablemente la cultura y el arte de la elegancia extranjera con el señorío, la gracia y la espontaneidad de la elegancia española; y así, aunque tomaba ciertas cosas y formas extranjeras que le agradaban, no por eso dejaba la graciosa y entendida andaluza de ser esencialmente española; con lo que probaba su buen gusto, su delicado tino y apego a su nacionalidad.

¡Cosa extraña! En aquellos tiempos no se conocía el pomposo y campanudo españolismo que hoy día llena las sábanas no santas de los papeles públicos, y que resuena por todos los discursos como esos truenos huecos y prolongados que se deslizan por entre oscuras y pesadas nubes. Ni brillaba en composiciones líricas, ni mucho menos se hacía con él un arma de partido, aplicándolo a tales o cuales opiniones, ni se le buscaba con entusiasmo al toro Señorito por símbolo; nada de eso. Se tenía amor y apego a lo español sencilla y naturalmente, como tiene el valiente su denuedo, sin pregonarlo; como las estatuas griegas tienen su belleza, sin adornarla; como tiene el campo sus flores, sin ostentarlas. No estaba el españolismo en los labios, pero estaba en la sangre, en la índole, en los gustos, y se hacía tan fino, tan amable, tan donoso, tan caballero, se le conservaba tanto su gracioso tipo meridional, que era la admiración y encanto de los extranjeros. Hoy día es al contrario: se reniega de él, se le desconoce, se le desprecia; y al revés del asno que cubrió su piel gris y pobre con la rica y dorada piel del león, nosotros, más asnos que aquél, en lugar de peinar y alisar la nuestra, la cubrimos de una piel inferior y extraña. Entonces no reinaba el spleen, sino la más franca alegría, identificada con la más exquisita finura. No había clubs, ni casinos; no había sino tertulias, en las que la galantería tenía por código estos versos antiguos:


Vosotras sois las temidas,
nosotros somos temientes;
vosotras sois las servidas,
vosotras obedecidas,
nosotros los obedientes;
vosotras sojuzgadoras,
nosotros los sometidos;
vosotras libres señoras,
vosotras las vencedoras,
nosotros siervos vencidos;
vosotras las adoradas,
nosotros los denegados;
vosotras las muy loadas,
vosotras las estimadas,
nosotros los desechados.
 

Entonces no se conocía la voz de darse tono; pero sí se practicaba la de darse decoro. Los oficiales de marina, principal galardón de la sociedad gaditana, finos y caballeros como ahora, pero ricos y galantes más que ahora, habían formado una alegre hermandad, a cuya cabeza estaba la oficialidad del navío San Francisco de Paula, que se titulaba, con alusión al monte del Santo, Charitas bonitas, la devota hermandad de las caritas bonitas. Dábanse en el teatro las piezas nacionales de nuestros poetas, y entusiasmaban los sainetes de D. Ramón de la Cruz. A las ferias de Chiclana y del Puerto, brillantes como fuegos artificiales, acudía toda la sociedad de Cádiz como una bandada de pájaros de vistoso y dorado plumaje. En fin, muy posteriormente, guardaba Cádiz bastantes hechizos para ser cantada por lord Byron, grande e inteligente apreciador de la belleza.

El general conde de Alcira, a su regreso a Cádiz, deseó comprar una casa de campo; le propusieron la de D. Patricio O-Carty, y fue a verla. El desgraciado dueño de la casa se la franqueó tan luego como se presentó. Quedó admirado el conde de cuanto vio en aquella rica morada que hemos descrito; pero de nada tanto como de la hija del dueño, a la que, enlutada y cubierto el albo cuello de rubios rizos, hallaron escribiendo y llorando en un apartado gabinete, que tomaba del jardín luz y fragancia. Ismena lloraba al contestar a dos amigas suyas que le habían participado el casamiento que hacían, la una con un lord inglés, la otra con un marqués madrileño. ¡Cuán amargamente hacían contrastar estas cartas la suerte de sus amigas con la de Ismena, que, sola y pobre, tenía que abandonar hasta esta casa, último resto de su brillante posición pasada!

Interesaron y conmovieron tanto aquellas lágrimas al bondadoso general, que suplicó a su dueño, después, de comprar la casa, que se quedase viviéndola, y le admitiese en ella como uno de la familia, uniéndole a su hija. Excusado es decir que D. Patricio recibió esta oferta como una embajada de felicidad, y su hija como un medio que la impedía rodar hasta el fondo del abismo en que la precipitaba la suerte.

Difícil sería pintar la furia que se apoderó de la cuñada del conde cuando supo el proyectado enlace. Desfogola esparciendo calumnias sobre Ismena y cubriendo de ridículo este enlace, escupiendo su veneno en amargos sarcasmos, vaticinando, por último, que la ambiciosa arruinada, que por interés se casaba con un anciano gastado y valetudinario, no tendría sucesión, burlando así una justa prevención de Dios sus ambiciosos cálculos, y haciendo volver, por falta de su actual poseedor, el mayorazgo a su familia.

¡Cuánto no se resentirían el excesivo orgullo y el altivo amor propio de Ismena, tan exageradamente susceptibles desde sus desgracias, con estos escarnios y vilipendios! —Exasperábase más, viendo los de su contraria verificarse, puesto que ha dos años que estaba casada sin haber tenido sucesión. No parecía sino que Dios, en su alta justicia, negaba la bendición de los hijos a un matrimonio en que la consorte no los deseaba por el santo instinto del amor de madre, sino por vil orgullo y despreciable codicia; no por la bendita gloria de rodearse de su descendencia, sino por la soberbia y despreciable ansia de humillar y triunfar de una contraria!

En esta época, y llena de estos pensamientos, es cuando hemos presentado a Ismena, condesa de Alcira, vertiendo lágrimas. —Y por eso dijimos que aquellas lágrimas frías y amargas no eran de amor, sino de despecho y de coraje.

Capítulo III

La persona que había indicado la posesión que hemos descrito al general, había sido su secretario Lázaro, que la conocía porque era hijo de la casera deo dicha casa. Explicaremos esto en breves palabras.

El general, cuando joven, tuvo por largos años a un asistente a quien quería mucho. El asistente español es el criado modelo, es el ideal del sirviente. Es todo corazón, todo lealtad: nada exige, todo le sobra: cuanto se le pide, hace a ojos cerrados, y con gusto; y si se le diesen con este objeto, sembraría las cebollas podridas, como Santa Teresa, por ciego espíritu de obediencia. El asistente tiene el corazón de niño, la paciencia de santo, la fidelidad y apego del perro, ese tipo del amor consagrado. Cual éste, ama y cuida de la propiedad de su amo, y sobre todo, de sus hijos si los tiene, y esto a tal punto, que ha dicho uno de nuestros más célebres y distinguidos generales que los asistentes son las mejores amas secas. No tiene voluntad propia; no conoce la pereza; es humilde y valiente, amigo de complacer y agradecido; y siempre en el alojamiento, en el que se le vio llegar con la natural e irritada repulsa que causa todo lo que a la fuerza invade el hogar doméstico, se le ve marchar con sincero sentimiento. El general, que era entonces capitán, vivió mucho tiempo con su asistente en la mayor intimidad, sin que ésta hiciese perder al último ni un ápice del respeto que a su jefe tenía. El respeto es propio y anejo al asistente, como lo es al sauce la inclinación de sus ramas.

Cuando el general fue a América, su asistente se separó de él con gran sentimiento de ambos, para venir a Chiclana, su pueblo, a casarse con su novia, que hacía quince años le aguardaba con una constancia muy común en España. A los pocos años murió de un tabardillo o insolación, dejando a su desconsolada mujer un niño. La desamparada viuda entró de casera en casa del señor O-Carty con una sobrina suya pequeña. En cuanto al niño, que era ahijado del general, éste mandó por él, le educó a su lado con mucho esmero, y le hizo su secretario. En esta calidad le trajo con él a España a los veinticuatro años de su edad. Lázaro, así se llamaba, era uno de aquellos seres que la nobleza marca con su sello, y que, ayudados por las circunstancias, llegan al heroísmo sin ostentación ni premeditación, y sólo por instinto y espontaneidad.

Enterado Lázaro por su madre de que la casa en que hacía de casera iba a ser vendida, se la había indicado al general, y éste la había adquirido, y con ella una joven y bella consorte.

¡Hermosa estaba aquella mujer, blanca y delicada como una ninfa de alabastro! ¡Fría también e inmóvil, cual ésta, aquella mujer, que nunca había amado sino a sí misma! ¡Desabrida y sin fragancia, como un jazmín que nunca hubiese vivificado los rayos del sol!

A la caída de la tarde entró en la sala para abrir las vidrieras otra mujer llamada Nora, que era el ama que había criado a Ismena, y nunca se había separado de ella. Mujer astuta y soberbia, que mucho había contribuido a desarrollar en la niña las perversas propensiones que ya hemos indicado.

—¡Siempre llorando! —dijo con un movimiento de impaciencia al ver las lágrimas de la condesa. Todo lo habrás perdido cuando falte tu marido: caudal, consideración, juventud y belleza! No te quedará más que meterte a beata, y vestir santos.

—Ya sé que todo lo habré perdido; ¡y por eso lloro! —contestó Ismena.

—¿Y quién te dice que tu suerte no puede ser otra? —repuso Nora. —No es tu cuñada la que dispone de tu porvenir. Más puedes tú misma contribuir a hacerlo bueno, que no ella a hacerlo malo. La esperanza es lo último que se pierde. Pero no hay que cruzarse de brazos mientras éstos puedan servirnos.

—¡Palabras vanas! —interrumpió con áspera tristeza Ismena—. Sabes que son estériles mis esperanzas, como lo es mi matrimonio.

—Lo mismo es parir un hijo que prohijarlo —dijo Nora.

La condesa fijó en Nora la profunda mirada de sus rasgados ojos azules, y exclamó:

—No querría el conde.

—No es necesario que lo sepa —repuso Nora.

—¡Un fraude, un delito, un expolio, un engaño! ¿Deliras?

—Déjate de palabras altisonantes —repuso Nora—. No es sino una obra de caridad, que harás con algún infeliz desvalido. Tus sobrinas, que están bien casadas, y tu cuñada, que disfruta de una pingüe viudedad, no necesitan del caudal del conde, y si por él ansían, es sólo por ambición y por el mal deseo de que no lo disfrutes tú.

—¡Nunca! nunca! —dijo Ismena—. Hay más orgullo en no exponerse a ser esclava de un secreto que nos pueda deshonrar, que no en sostener una su rango y su posición. ¡Nunca! ¡Nunca! —repitió sacudiendo su cabeza, como si de su mente quisiese sacudir tan funesto pensamiento.

—El secreto sólo lo sabré yo, y yo soy la responsable. Así, más seguro estará en mi pecho que en el tuyo.

—Tendrías que valerte de otra persona.

—Sin confiarme a ella, sí. Pero esa persona ya la tengo hallada. Tu marido se embarca para la Habana; a su vuelta hallará un hijo.

—¡Nora, Nora, no hay maldad que no inventes!

—Lo que invento es cuanto puede combinarse en provecho tuyo.

—Engañar a un hombre como el conde sería la más imperdonable de las infamias.

—Te he oído cantar esta estrofa, Ismena:


Es el engaño leal
y el desengaño traidor;
el uno, mal sin dolor;
el otro, dolor sin mal.
 

Pero por lo visto estás hoy más remontada que los mismos poetas.

—Esa letra alude a querellas de amor.

—Esa sentencia, que es muy entendida, se puede aplicar a todo. ¿Acaso no se ha visto mil veces poner en práctica el caso que te propongo? ¿No es aún mil veces peor combinarlo con la infidelidad?

En este momento entró el conde.

—Ismena, hija mía —dijo acercándose cariñosamente a su mujer—, vengo para sacarte a dar un paseo: ya tus amigas te estarán aguardando en la Cañada. ¿Cómo es que no te animan estas hermosas tardes de primavera a ir a disfrutarla en su reino, esto es, al aire libre que embalsama, en el campo que atavía?

—Me incomoda el andar, y me fastidian las gentes —contestó Ismena, que al ver entrar a su marido había palidecido.

—Te encuentro descolorida, hija mía —repuso lleno de interés el conde—; y sobre todo, te hallo desde algún tiempo a esta parte abatida. ¿Acaso te hallas enferma?

—No me aqueja mal alguno —contestó Ismena.

—A lo menos los que sufres no son de aquellos para cuya curación se llama a un facultativo —dijo Nora, mirando al conde, con una maliciosa y significativa sonrisa.

El rostro de Ismena se puso encendido como la sangre que a él hicieron afluir unidas la irritación y la vergüenza.

—¡Nora! —gritó—. ¿Estás demente? ¡Calla!

—Callaré. Señor conde, dícese que mientras más se calla la venida, más hermoso es lo que viene.

En el bondadoso rostro del general brilló una santa esperanza paternal.

—¿Será cierto? —murmuró, fijando una enternecida mirada sobre su hermosa mujer.

—Señor —dijo Nora—, ¿acaso de tres meses a esta parte no notáis su desgana, su languidez, su malestar, sin que otra causa las motive? No está convencida ni se quiere convencer; pero yo, que tengo más experiencia que ella, lo estoy.

—¡Mientes, Nora! —gritó demudada Ismena.

—¡El tiempo!... —repuso ésta con el mayor aplomo.

—¡El tiempo! —repitió Ismena indignada.

En este momento el reloj que figuraba a Saturno dio seis campanadas con su claro y metálico son.

—Ya acudió el tiempo a la cita, señor conde —dijo Nora con afectada risa—; de aquí a seis meses contestará.

Capítulo IV

Seis meses después de estas escenas, el general, que había ido a la Habana a asuntos propios, anunciaba en una cariñosa carta a su mujer su vuelta, y ésta pasaba a Cádiz para recibir a su marido, acompañándola en la berlina un ama, que llevaba en brazos a su supuesto hijo.

Este niño había sido traído de la Inclusa, y el secreto de esta iniquidad no era conocido sino de Ismena, de Nora y de Lázaro, que era el que por disposición de Nora le había sacado del hospicio de los expósitos. Cómo esta mujer perversa pudo persuadir al noble joven a prestarse a esta infamia, sólo se comprende considerando que ésta, según ella afirmaba a Lázaro, se hacía no sólo con autorización, sino por disposición del general. Lázaro dudó: pero Nora, que había previsto su oposición, había prudentemente conservado en su poder la última esquela que antes de partir había escrito el general a su mujer, y que decía así:

«Ya se despliegan las velas que me van a alejar de ti, y contigo, de todas las dulzuras de mi vida! ¡Adiós, pues! Espero a mi vuelta hallar en tus brazos un niño, que consolide aún nuestra felicidad.

»Ya te dije que para el consabido asunto, así como para todos, te valgas de Lázaro, en el que tengo yo, y puedes tener tú, la más ilimitada confianza».

El general añadía aún algunas frases cariñosas, y firmaba.

Nora desde luego comprendió todo el partido que podía sacar de esta carta, haciendo ver a Lázaro que el consabido asunto —que era uno de dinero— era el que ella traía entre manos, y la guardó.

Lázaro, pues, con el mayor dolor, pero todo consagrado a su bienhechor, trajo a la inocente criatura abandonada por el vicio y recogida por la iniquidad; como la suave flor, que del seno de una prostituta pasa a las manos de un envenenador.

Poco antes de la época en que volvemos a reanudar este relato, había acontecido que el administrador de la Inclusa había reclamado a Lázaro la criatura. Nora no halló otro medio de salir de este espantoso conflicto sino el que Lázaro pasase a los Estados Unidos. Ismena apoyó con calor este pensamiento, y la consagrada víctima se convino, sabiendo que su ausencia, esa ausencia inmotivada y mal explicada por él, iba a partir el corazón de su madre y el de su prima, con la que estaba tratado su casamiento.

Embarcose ocultamente en un místico que partía para Gibraltar, el cual, sorprendido frente de la peligrosa costa de Conil por un espantoso temporal, zozobró, sin que salvase uno solo de los que iban embarcados en él.

Esta catástrofe de que se creyó causa, asombró a Ismena, y su espanto se aumentó por un amenazante presentimiento, que le hizo no poder fijar su vista ni en lo pasado ni en lo porvenir sin estremecerse. En el primero veía una reconvención; en el segundo, una amenaza.

¡Infeliz de aquel que entre estas dos fantasmas arrastra una angustiosa vida! ¡Feliz aquel que entre desgracias y penas conserva con una buena conciencia la paz del alma, supremo bien que en este destierro prometió Dios al hombre!

Capítulo V

Durante muchos años quedó deshabitada la hermosa casa de Chiclana. La condesa rehusaba con obstinación el ir a gozar allí de la Primavera; porque para esta mujer no había ya ni primavera ni goces. La justicia divina hacía pesar sobre ella de una manera espantosa los resultados de una culpa fría y voluntaria, que ni una sola disculpa tenía para aminorar su horror. Quiso esta alta y poderosa justicia imprimir en un corazón duro e impávido, por la fuerza de los hechos, lo que los sentimientos no habían podido comunicarle. ¡Y estos hechos eran terribles! Pues había dado sucesivamente dos hijos al conde, cuyo nacimiento inesperado aterró a la madre. Había más aún: veía al mayor de los tres niños, hermoso muchacho, franco, valiente y sincero, pero que no podía sufrir, ocupar en el cariño del general el lugar preferente. Porque no sólo simpatizaba Ramón —así se llamaba este niño— con el general, sino que en el equitativo anciano, el desvío y hostilidad que le mostraba la condesa eran motivo para que compensase esta injusticia, redoblando su amor e interés hacia el que de ella era víctima. ¡Así había traído la Providencia, por la fuerza terrible de los hechos, a aquel corazón frío e inerte al remordimiento, y éste había ahuyentado a aquella mujer culpable de la casa en que todo le recordaba su culpa!

¡Remordimiento! Tú, que ciñes la cabeza de una corona de espinas y el corazón de un cilicio; tú, que tan ligero haces el sueño y tan pesada la vigilia; tú, que te interpones entre la clara mirada que viene del alma y los ojos para empañarla, y entre la sonrisa pura que viene del corazón y los labios para amargarla; tú, que callas cuando aparece la culpa seductora de frente, y que tan alta y espantosamente lanzas tus saetas cuando, pasada ya, no se puede retroceder, ¡cruel e inexorable remordimiento! ¿quién te envía? ¿Es el espíritu del mal, para gozarse en su obra y desesperar al hombre, o es Dios, para avisarle, a fin de que expíe sus faltas?

La clemencia divina abrió con el remordimiento dos sendas al hombre: la desesperación y la penitencia. Las almas tibias, las voluntades flojas, fluctúan entre ambas, agonizando así entre la hoguera, que las ha de purificar, y el mar sin fondo, en cuyo amargo abismo se corromperán para siempre.

Estos tormentos de que era víctima Ismena, este remordimiento, —¡gusano eterno! —habían roído su corazón y su vida, como un cáncer incurable. Iban sus torturas en aumento, a medida que sentía acercarse su fin. En sostenida lucha con su conciencia, que no transigía con razones ni con miras mundanas, cada día más incierta sobre entrar por la senda que ésta le trazaba, y que su orgullo rechazaba, Ismena, igualmente horrorizada de la terrible hoguera y del espantable abismo, caminaba a su fin, como el reo al patíbulo, deseando a un tiempo alargar y acortar la distancia. Casi postrada ya, los facultativos insistieron, como por último recurso, en que respirase su abrasado pecho las frescas brisas del campo.

Habiéndose anunciado en Chiclana la venida de los señores, la casa estaba preparada para recibirlos. El toldo cubría el patio como un movible techo; la limpieza más exquisita brillaba en ella como un barniz; los pájaros cantaban, y las flores mostrábanse lozanas, aunque María ya no cantaba al regarlas!

El sonido de los cascabeles anunció la berlina, que llegó pausadamente, y se paró a la puerta. ¡Ya no era la hermosa y brillante Ismena, sino su sombra, la que apoyada sobre el brazo del general, y sostenida por un facultativo, se arrastró bajo el soberbio portal de mármol, como un cadáver en su suntuoso mausoleo! A los veintiocho años, Ismena había perdido todo el brillo de la juventud: sus claros y brillantes ojos estaban empañados y abatidos; sus dorados cabellos habían encanecido, y su tez blanca y mate parecía una mortaja que cubriera un esqueleto! Pocos años habían bastado para producir este cambio, puesto que no era el tiempo el que con su pausada y suave mano le había traído, sino el sufrimiento con su destructora garra.

La condesa fue llevada al sofá, en el que quedó por mucho rato tan postrada, que parecía insensible a cuanto la rodeaba. Mas cuando la dejaron sola, dijo con febril agitación a Nora que llamase a María. Nora, previendo la fuerte sacudida que había de producir la vista de la desgraciada anciana, víctima de su infortunio, quiso replicar; pero la condesa reiteró la orden con tal exasperación, que fue preciso obedecer. Cuando entró la anciana, Ismena extendió sus convulsos brazos hacia ella, la estrechó en ellos, y reclinó su cabeza ardiente y su ruborizada sien sobre el pecho de la anciana que la había visto nacer. Pero María estaba serena: en aquel pecho latía tranquilo su puro corazón. Sus ojos habían perdido la expresión de contento que antes tenían, pero no la de la paz del alma.

—María —exclamó al fin Ismena—, ¿cómo habéis podido soportar vuestra desgracia?

—Con la resignación que Dios da cuando se le pide, señora —contestó la anciana.

—¡Oh! ¡Bienaventuradas las penas con que ésta no es incompatible! —exclamó mentalmente Ismena.

—Un día os dije, señora —prosiguió María—, que me inspiraba orgullo mi hijo; y Dios ha permitido que ese hijo, mi galardón y mi gloria, fuese difamado por todas las apariencias de un delito!

—¡Apariencias! —dijo Nora—. ¿Quién dice eso?

—Todos —contestó María con suave firmeza.

Y después de algunos instantes, continuó con la misma serenidad:

—Un profundo misterio cubre a mis ojos, como a los de todos, las circunstancias de su huida. Pero si alguna persona está complicada en ella, ¡perdónela el Divino Juez, como la perdono yo! Dios y yo sabemos que mi hijo no fue ni pudo ser criminal: esto me basta; ¡callo y me conformo!

—¡Y no os engañaron vuestro corazón y vuestra convicción de madre! —exclamó Ismena, cayendo exánime sobre los cojines del sofá.

Ismena fue acostada en su lecho, y se atribuyó su peor estado a la agitación y fatiga del viaje.

Un narcótico fue calmando gradualmente su agitación, y la sumió más tarde en un sueño facticio, por lo que todos, menos su ama, se fueron a descansar de las fatigas y emociones del día.

El general, por delicada previsión, había mandado cerrar la llave de la fuente, para que su murmurio no turbase el débil reposo de su mujer. Sonaron las doce en el reloj de la sala, y doce veces sonó la voz del Tiempo como una aterradora profecía. ¡Doce contó el austero anciano con su inflexible memoria, y doce años cumplían ahora que sobrevivía Ismena culpable en la molicie del lujo, y con la aureola de la consideración y del respeto público! ¡Doce años hacía que después de sacrificar su conciencia a su soberbia, había sacrificado una noble existencia a su orgullo!

Ismena despertó sobresaltada, y se incorporó en su lecho: sus ojos desatentados vagaban por todas partes; su sangre hervía precipitada por la fiebre.

Su devoradura inquietud la ahogaba; el peso que oprimía su pecho la sofocaba! Se arrojó del lecho, y corrió a la ventana, pues anhelaba, cual la Margarita en el Fausto de Goethe, aire para respirar.

La suave luna y el dulce silencio se unían en aquella templada noche como hermanos. Eran tan profundos el sosiego y la calma, que pesaron sobre el alma agitada de Ismena como el ambiente sereno, pero sofocador, que precede a la tormenta.

Apoyó su ardorosa frente en la reja de la ventana que daba al patio, negra y dorada como su existencia! Oyó entonces a lo lejos dos voces que se unían para rezar, tan hermanadas como la Fe y la Esperanza! Eran las voces de María y de Piedad, que rezaban el Rosario. Había algo de solemne en aquel sonido dulce y monótono, con el que la palabra sin pasión, sin movilidad, sin modulaciones terrestres, se alza al cielo, como lo hace el humo del incienso sobre el altar suave, sin color y sin ímpetu, como impulsado por la atracción del cielo. Algo que conmovía hondamente había en esas palabras mil veces repetidas porque mil veces son sentidas; en esos rezos, en que se unen millares de corazones al pie del trono de Dios; en esos rezos, que son tradición verbal no interrumpida de Jesucristo y de sus apóstoles, que han santificado las almas de miles de generaciones; en esos rezos tan perfectos y cumplidos, que en vano querrían perfeccionarlos todos los adelantos y todas las ilustraciones del espíritu humano.

¡Qué doloroso contraste formaban aquellas graves y apacibles voces con el estado del alma de Ismena, en la que rugía el remordimiento! ¡Quiso unirse a ellas, y no pudo!

—¡Oh, Dios mío! —exclamó, apartándose de la ventana—. ¡No puedo rezar!

Pero pronto volvió, atraída por el santo e irresistible imán de la oración. Entonces oyó a María pronunciar estas palabras: «¡Por la paz del alma de mi hijo Lázaro!»

Y la oración de las dos católicas continuó, sin que sus voces se inmutasen.

—¡Ah! —exclamó Ismena, retorciendo desesperadamente sus manos—. No soy digna, Dios Santo, de unir mi voz maldita a esas voces puras que no empañó la culpa, ni sofoca el remordimiento!

Postrose en el suelo con el rostro sobre la tierra, hasta que el último amén subió al cielo. Entonces se levantó, causándose a sí misma horror como un espectro, y vio a Nora, que se había quedado dormida en un sillón; acercose a ella, y asiola fuertemente por un brazo con su mano, antes tan hermosa, y que ahora parecía la garra de un águila de mármol.

—¡Duermes! —exclamó—. ¡Duerme la iniquidad, en tanto que la inocencia vela y ora! ¡Despierta! Que tu reposo es más horrible aún que tu culpa. Ves a la que sacaste con esmero de su dulce cuna entrar por tus infames sugestiones en su féretro, ¡y duermes... mientras ella agoniza! —¿Qué ves en lo pasado? El delito impune. ¡Y duermes! —¿Qué ves en lo presente? Una usurpación, un despojo, una traición, un crimen frío de todos los días. ¡Y duermes! —¿Qué ves en lo futuro? La divina y universal justicia de Dios, tan dulce para el justo, tan tremenda para el criminal. ¡Y duermes! —¡Pero esta justicia hará que recaiga sobre tu cabeza la maldición que pesa y oprime ya la mía! ¡Lleva, pues, unida al anatema de Dios, la maldición de la que sedujiste! Pues culpable soy cual ninguna; pero ¡Nora, Nora, sin ti no lo hubiera sido!

A los gritos que dio Nora acudieron todos los habitantes de la casa, y hallaron a la condesa en un espantoso y convulso estado, que se asemejaba a la demencia. Nora estaba aterrada y desvariaba; pero esto se atribuyó al dolor que le causaba el cercano fin de su señora.

Capítulo VI

Al día siguiente fue espantosa la agitación de la enferma. A la noche se vieron los médicos precisados a suministrarle un fuerte narcótico, que la hizo caer en un profundo sueño.

El general se ocupó en arreglar los papeles que yacían dispersos en un lindísimo escritorio antiguo de ébano, ornado de riquísimo trabajo de talla y pinturas de Rubens en sus varios compartimientos, en el que guardaba Ismena sus papeles. El escritorio había sido abierto por orden de su dueña aquella tarde, para sacar de él papel y pluma que necesitaba.

Ismena había aprendido de su padre el inglés, que poseía como su propia lengua. El general fijó con dolor su atención sobre una traducción empezada por su mujer, considerando que ya no la concluiría! Era la traducción del Hamlet de Shakespeare. El general se puso a leer lo último que su mujer había escrito. Era el monólogo del rey Claudio, en el tercer acto; la letra era temblorosa, como si la hubiera trazado una mano trémula. La traducción, en la que un inteligente hubiera notado algunas supresiones voluntarias, era ésta:

«¡Maduró ya la culpa, y clama al cielo! ¡Sobre ella pesa la primera maldición que entró en el mundo: la del fratricidio! —No puedo rezar, aunque a ello me impelen el deseo y la voluntad; pero la postración de la culpa es más que la fuerza del propósito; y así como el hombre en quien dos poderes luchan, vacilo entre sucumbir al peso de mi delito, o entregarme al esfuerzo del buen propósito. ¿De qué sirve la misericordia, sino para bajar sobre la frente del pecador? ¿Y no tiene la oración la doble virtud de precaver la caída, y de levantar al caído, obteniendo el perdón? Quiero, pues, levantar al cielo mis miradas. Pero ¿cuál es la forma de oración que se apropia a mi delito? ¿Puedo pedir y esperar perdón? ¿Hay acaso bastante agua en las suaves nubes del cielo para lavar la mancha de sangre en la mano del fratricida? ¿Hay, por ventura, remisión para aquel que sigue disfrutando los beneficios de su delito, su reina, su corona, su vanagloria? No puede ser.

»Puede la dorada mano de la iniquidad sumergir la equidad en las corrompidas corrientes del mundo, y le es dado a un vil soborno falsear a veces la ley humana. ¡Pero no así allá arriba! ¡Allá no vale el artificio, ni nada puede la mentira! Allá aparece el hecho en su desnudez, y el delincuente habrá de acusarse a sí mismo en el reino de la verdad. ¿Qué nos queda, pues? —Probar hasta dónde alcanza la virtud del arrepentimiento. ¡Ah, sí! Todo lo puede... Pero ¡ay! ¡Si quisiese el pecador y no pudiese arrepentirse! —¡Oh, infausto estado! —¡Oh, pecho negro como la muerte! —¡Oh, alma, que al esforzarte por libertarte de la red del pecado, te envuelves en ella! —¡Ángeles, acudid a su socorro! Ablándate, corazón de acero, hasta ser cual las fibras del niño recién nacido. —¡Inflexibles rodillas, doblaos! (Se arrodilla, y después de un momento de silencio prosigue.) ¡Ah! ¡Las palabras han volado, pero faltan alas al corazón, y las palabras que sin el corazón llegan al cielo no hallan en él entrada!».

Esta traducción literal y mala, aunque apenas daba una idea de la magnífica, profunda y elevada poesía del poeta que fue y es gloria de su patria, llenó, no obstante, de admiración al general, cuya alma era accesible a todo lo bello y a todo lo bueno. Pero al echar una mirada sobre su mujer, que yacía blanca sobre su blanco lecho, como una marchita azucena sobre nieve, hizo esta sencilla reflexión:

—¿Por qué busca estos cuadros de delitos y pasiones? ¿Por qué imita la paloma el grito fúnebre del búho? ¿A qué remeda la oveja sencilla el rugido del herido y sangriento león?

Después de haber guardado los papeles, el general se sentó en un sillón a los pies de la cama de su mujer, y levantó a Dios su corazón en una ferviente plegaria por la vida de la que amaba.

El reloj de la sala contigua a la alcoba dio las once, con la tenacidad de un recuerdo que se rechaza y que constantemente vuelve: sus ecos y metálicos sonidos vibraron en el silencio, como si llamase a una cerrada puerta la justicia, para la que no hay puerta que pueda permanecer cerrada. Estos claros sonidos estremecieron a Ismena en su sueño, y despertó dando un sordo gemido.

El general, que vio a su mujer con los ojos desatentados, y que la oyó pronunciar palabras incoherentes, se acercó a ella, y rodeándola con sus brazos, le dijo:

—Serénate, Ismena; has tenido alivio. Dios oye nuestros ruegos: hace algunas horas un sueño benéfico restaura tus fuerzas.

—¿He dormido? —murmuró Ismena—. ¡He dormido en el borde de mi sepultura, como si ésta me prometiese descanso! ¡He dormido, cuando tan poco tiempo me queda para arreglar mis cuentas sobre la tierra! ¡Sentaos, señor!... que como a tal quiero hablaros, y no como a mi marido; porque digna no soy como a de ser vuestra mujer. Hablaros quiero, no como a mi compañero, sino como a mi juez, cuya clemencia imploro.

El general atribuyó estas extrañas palabras al delirio, y sin hacer alto en ellas, quiso tranquilizar a su mujer, proponiéndole diferir las explicaciones que quería hacer para más adelante. Pero Ismena insistió con energía en que la escuchase, y prosiguió:

—Voy a morir... y dejo sin sentimiento todos los bienes de la tierra. Sólo uno es el que ambiciono, y quisiera llevar conmigo a la tumba. Vos, que fuisteis para mí padre, marido y bienhechor, no me lo negareis, puesto que sólo vos podéis dármele; porque este bien que imploro es, señor, vuestro perdón.

Al oír a su mujer, el general se confirmó en que deliraba, y volvió a suplicarla que no se agitase como lo estaba haciendo. Pero Ismena insistió de nuevo y con ahinco en que la prestase atención sin interrumpirla.

—Si una mujer —dijo— que ha expiado una culpa con todo lo que el remordimiento tiene de terrible y dedestrozador, arrebatándole éste su sosiego, su salud y su vida; si esta desgraciada, en el momento de morir desesperada, puede inspirar alguna compasión... ¡oh, vos, que habéis sido el más generoso de los hombres; vos, que sembrásteis mi vida de flores, tened para mi muerte una rama de oliva! Recibid sin rechazarme, sin huir de mí en mis últimos instantes, sin hacer horrible mi agonía con maldecirme, una confesión que os probará que mi corazón no está del todo pervertido, cuando tiene valor para hacerla.

Un sudor frío bañaba la frente de la moribunda: sus yertas manos temblaban convulsivamente; sus palabras salían débiles, pálidas de sus labios, como las últimas gotas de sangre que vierte una herida de muerte! Sin embargo, haciendo un postrer y heroico esfuerzo, prosiguió así:

—Sé que voy a traspasar vuestro corazón con un agudo puñal; empero sólo ese medio puede impedir el que yo muera desesperada. Aquí tenéis —prosiguió, sacando un pliego cerrado que tenía debajo de su almohada— una declaración firmada por mi y atestiguada por dos testigos venerables, con el fin de impedir una infame usurpación, un criminal expolio y un horrible abuso de vuestra noble buena fe. Por ella veréis, señor, que... ¡Ramón no es nuestro hijo!

El general, al oír estas tremendas palabras, por un movimiento involuntario se alzó de su asiento con ímpetu; pero al punto recayó en él anonadado, y cubriendo su rostro con ambas manos, exclamó con asombro y dolor:

—¡Ramón, Ramón no es hijo mío!!!

—¡Tened piedad de mi agonía! —gimió Ismena torciéndose las manos.

—¡Eres una infame! — exclamó el general con toda la indignación de la probidad contra la traición, y con toda la repulsa de la virtud hacia el crimen.

Jamás había oído Ismena la bondadosa y paternal voz de su marido tomar el terrible y viril acento con que le arrojó el oprobio a la faz, y se sobrecogió cual herida de un rayo. El profundo dolor y la severa condena de su marido le parecieron abrir un abismo entre ambos, y hacer imposible que los labios que articulaban aquel acerbo fallo pronunciasen la dulce palabra que anhelaba en su agonía, y que deseaba más que la vida. Esa palabra, que sólo podía dulcificar su muerte, era el perdón, que es el más bello y perfecto fruto de la caridad; el perdón, cuyo valor es tan grande, que con toda su sangre lo compró el Hijo de Dios, y que concede su Padre por una lágrima; ¡tal es su misericordia! El perdón, don divino que ni pide ni otorga el orgullo, y que implora y concede la mansedumbre; ese perdón, que llevaría la culpable al cielo como una eficaz intercesión. ¿Acaso había tardado demasiado en pedirlo? ¿Iría a morir quizás en el momento en que las olas de la sangre sumergían en el corazón del ofendido la santa misericordia, la generosa clemencia? La infeliz, en su desaliento, se arrojó fuera del lecho, cayó postrada, y levantando sus cruzadas manos, que apoyó sobre el noble pecho del hombre a quien había engañado, gritó con voz gutural y moribunda:

—¡Perdón!

Su último pensamiento, su último sentir, su último aliento se disolvieron en esta última palabra. El general se estremeció al oír aquel grito destrozador lanzado en el estertor de la muerte; se inclinó hacia su mujer, y la cogió en sus brazos: ¡no levantó sino un cadáver!

En aquel instante se oyeron las doce lentas y graves campanadas del reloj, como si hubiese aguardado el Tiempo ese momento para lanzar su metálico sonido cual un espontáneo y piadoso doble!

Capítulo VII

Una culpa secreta, arrastrando sus terribles consecuencias, enlazadas unas a otras cual un grupo de serpientes, había ya costado la felicidad y la vida a la que la cometió, y la razón a la que la concibió; pues el anatema y la muerte de Ismena condujeron a Nora a la casa de locos. Y sin embargo, su horrenda rastra y sus amargas influencias no habían parado aquí, y emponzoñaban los últimos años de la existencia, hasta entonces tan serena y apacible, del general conde de Alcira. Se reconvenía el excelente anciano, sin cesar, por la palabra dura y acerba que la indignación arrancara a sus labios, y que era la sola con la que en su vida toda había herido a un corazón destrozado y marchito, que imploraba una suave y santa palabra para dejar de latir tranquilo, y que sólo halló un cruel baldón, con el cual murió desesperado. —Lloraba ardientes lágrimas por no haber concedido aquel perdón, que sólo pudo faltar un instante a su corazón generoso; ¡y este instante había sido el último de la infeliz que lo imploraba! Aquel perdón que quizás hubiese prolongado su vida, calmado sus sufrimientos, dulcificado su muerte, ¡se lo había negado!!!

Este recuerdo, que era a su vez un remordimiento, envenenaba su vida!

La reacción que experimentaba, llegaba, en su bondad natural, hasta hacerle casi disculpar un delito compensado por tan sobresalientes cualidades, borrado por un remordimiento sin igual, y por sufrimientos mortales, puesto que la muerte tiene la dulce prerogativa, al asir su presa, de llevar consigo a la tierra lo malo que tuvo, y dejarle lo bueno por epitafio.

El general compensó aquel momento, en que se había olvidado de ser cristiano, con multiplicadas obras de caridad, ofrecidas a Dios en holocausto, para lograr del cielo el perdón, que negó la tierra, a la arrepentida pecadora, y con incesantes sufragios para obtener el descanso de su alma; preces que el Eterno escucharía, porque Él oye al hombre a quien crió, cosa que no puede negar el más aferrado incrédulo: que no hizo el Criador del hombre un expósito, sino que, le reconoció por hijo, le dio preceptos y le prometió una gloriosa herencia desde la cruz.

Todas las mañanas un sacerdote ofrecía el santo sacrificio de la Misa por el descanso de un alma que eternamente vivía en el corazón del anciano, el cual, arrodillado al pie del altar, unía sus oraciones a las del sacrificante.

Amargaba, además, la vida del general el horrible secreto que le ahogaba, y envolvía con él a todos sus hijos, así como el soberbio grupo del Laocoonte la fiera sierpe hace su presa del padre y de sus hijos. No podía romper el arcano, sin sacrificar al que su bondadoso corazón amaba siempre con tierno cariño, sin difamar las cenizas de la madre de sus hijos. El general guardó, pues, este infausto secreto: respetaba la infancia y la inocencia de sus hijos, y no se hallaba con valor para descubrirlo. ¡Siempre será tiempo —pensaba— de descorrer el velo a tan triste y cruel realidad! Algunas veces había pensado enterrarlo consigo. Pero ¿con qué derecho podía él, hombre de tan estricta y firme probidad, privar a sus hijos de sus bienes en favor de un extraño? ¿Cómo hacer cabeza de su noble casa a un individuo extraño, a un expósito, usurpando sus derechos a sus legítimos propietarios?

Hay padres mundanos que quieren hacer sonar más alto que la voz de la conciencia el parecer del mundo, y pesar más que el fallo de aquélla las consideraciones sociales, pretendiendo amoldarlas a las circunstancias. Pero ¡no transige la conciencia! Pues si lo hiciese, no sería lo que es. Sería entonces una encubridora, y no una centinela: sería una veleta, y no un cimiento; perdería la confianza que inspira, y el respeto que merece. La conciencia da sus fallos como el sol difunde sus luces, sin que nada las empañe ni tuerza su dirección.

Háblase, para turbar a los que ciegamente por la conciencia se guían, de las lágrimas que su inflexibilidad hace derramar, de los males que a veces origina, y de los trastornos que suele causar en un estado de calma exterior y de tranquila superficie; y para tildarla, se exponen razones bellas y brillantes, pero falsas, y que pecan por la base. Si la conciencia exige una dolorosa operación en una parte gangrenada del cuerpo social, que no vengan la ciega bondad, o a veces la hipocresía con nombre de humanidad, a clamar contra una decisión que llamarán cruel, y que puede que lo sea, pero que es necesaria, si la gangrena no ha de propagarse, y si ha de quedar sano el cuerpo y sin males solapados. La conciencia es el sentimiento del deber que puso Dios en el corazon del hombre, como puso su invariable dirección en el imán, para que, cual éste, nos sirva de norte. Este sentimiento del deber admirémosle con el gran Schlegel, que ha dicho que «las dos cosas más bellas que conocía, eran el cielo estrellado sobre nuestras cabezas, y el sentimiento del deber en nuestro corazón».

Corrieron, entre tanto, los años: el conde había envejecido, y veía acercarse su fin. Queriendo pasar sus últimos días rodeado de sus hijos, y viéndose precisado antes de morir a descubrir el secreto que no podía llevarse consigo a la tierra, los mandó venir a reunirse con él en Chiclana. Allí quería morir, para ser enterrado al lado de su mujer, y darle, aun después de muerto, ese público testimonio de amor y de aprecio.

Hallábase recostado el general en su cama-sillón del que ya no podía levantarse: sus hijos le rodeaban.

Aunque entonces no estaba puesta en uso la palabra ilustración, ni los colegios estaban modernizados, no obstaba eso para que los tres hermanos fuesen tres jóvenes tan cumplidos como caballeros, que llenaban de placer y vanagloria al general. Ramón, el mayor, había salido del colegio de artillería, colegio del que salieron por entonces Daoiz y Velarde. El segundo salía de las Academias de guardias marinas, adonde también habían pertenecido los héroes de Trafalgar, titanes que a un tiempo lucharon con las grandes fuerzas de un poderoso adversario, con la cobarde traición de un aliado, y con la desencadenada furia de los elementos, y que fueron, no vencidos, sino destrozados por los tres enemigos conjurados. El tercero llegaba de la Universidad de Sevilla, en la que estudiaban poco antes o por entonces los Listas, Reinosos, Blancos, Carvajales, Arjonas, Roldanes, Calatravas y González, y el digno, sabio y ejemplar maestre, gobernador que fue del arzobispado; porque bien pueden faltar a España caminos de hierro, buenas posadas, refinados y sensuales goces, pero en ninguna época le han faltado sabios ni héroes. El general miraba a los tres por turno con una indefinible expresion de ternura, y cuando sus ojos se fijaban en Ramón, los bajaba para ocultar las lágrimas que a ellos se asomaban.

El vivo placer que tuvo de ver a sus hijos, unido a la angustia que sentía mirando la espada de Damocles suspendida, sin apercibirse el amenazado, sobre la cabeza de Ramón, agitaron tanto al anciano, que pasó aquella noche mala y calenturienta.

A la mañana siguiente anunciaron los facultativos la conveniencia de que hiciese el enfermo sus últimas disposiciones. La aflicción de sus hijos, que le adoraban, fue desgarradora.

El general estaba tan preparado a dejar el mundo y a comparecer ante el juicio de Dios, que fueron sus disposiciones solemnes, pero cortas y serenas.

Hacia el anochecer, sintiéndose debilitar por momentos, dispuso que le dejasen solo con sus hijos. Entonces éstos se acercaron al lecho del anciano, reprimiendo sus lágrimas para no afligirle.

Después de haberlos mirado por largo rato, les dijo:

—Hijos míos, un cruel secreto, que ha de hacer la desgracia de uno de vosotros, existe hace muchos años oculto en el fondo de mi alma! Pero... pues voy a morir... no me queda más tiempo para ser su depositario. ¡Oh, Dios mío! Mi corazón lo desmiente! Y sin embargo, ¡uno de vosotros, no es hijo mío!

El doloroso asombro que se manifestó en el rostro de los tres hermanos los dejó mudos, pálidos y sobrecogidos.

—Bien conocéis —continuó el general después de una pausa, en la que tomó aliento— que mi interés y cariño hacia vosotros son los mismos para todos, y que nadie ha conocido, ni aun vosotros mismos, cuál era el que no me pertenecía. Y vosotros, hijos míos —añadió enternecido—, ¿cuál de los tres es el que no siente por mí la ternura de hijo?

La simultánea y elocuente respuesta de los tres hermanos fue arrojarse en los brazos del anciano, sofocados por sus sollozos.

—Pues si vuestro corazón no os lo dice —prosiguió el general profundamente conmovido—, mi cruel deber es declararlo.

Los tres hermanos se miraron un instante, y arrojándose por un movimiento instantáneo y unánime en los brazos unos de otros,

—¡Padre! —exclamaron a una voz—. ¡No queremos saberlo!

El general levantó los ojos y las manos al cielo.

—¡Dios mío —exclamó, —os doy gracias! Muero tranquilo y contento. ¡Hijos míos! ¡Hijos míos! Que la satisfacción de haber ocultado para siempre un funesto secreto; que el recuerdo de haber cubierto con un santo velo de amor fraterno el infortunio de uno de los tres, haga vuestra vida feliz y tranquila, así como vosotros habéis hecho mi muerte!

Y poniendo sus manos sobre las cabezas de los tres hermanos, que se habían arrodillado al lado de su lecho,

—Que sean mis últimas palabras —dijo en vez solemne y suave— vuestra recompensa. ¡Hijos míos, yo os bendigo!!!

La flor de las ruinas

Relación de un sucedido

Capítulo I

A principios de este siglo, y antes de la invasión de los franceses en la Península Ibérica, se había reunido una numerosa sociedad en una de las casas de campo que circundan a Lisboa como macetas de flores.

Entonces la política estaba circunscrita al Gobierno. ¡Ojalá sucediese hoy lo mismo! Así podríamos decirle con el descanso que exclamaba un marido al contemplar el panteón de su mujer:

Ci gît ma femme... ¡Ah! qu'elle est bien
pour son repos, et pour le mien!

(Aquí yace mi mujer...
Ella descansa, y yo también.)
 

De esto resultaba que en las sociedades no disputaban, sino que se divertían, los concurrentes. No tomaban los hombres, para darse importancia y talante de hombres públicos, esos afectados aires de madurez, harto desmentidos en la vida privada; ni se anticipaba una agria y criticadora vejez. Por el contrario, se prolongaba, alguna vez con exceso, una alegre y móvil juventud; lo que, a lo menos, no hacía a los hombres antipáticos, hipócritas y arrogantes, ni peor al Gobierno.

Las mujeres, sin tener pretensiones algunas al espíritu de independencia que les quieren inocular las ideas avanzadas, no aspiraban a ser libres; pero eran de hecho soberanas; lo que engendraba el buen gusto y finura de aquella sociedad. La influencia de la mujer es la más selecta cultura que recibe el hombre.

La señora de la casa en que se hallaba reunida la sociedad que hemos mencionado, estaba sentada a la mesa, cubierta ésta de un opíparo refresco. A pesar de que había pasado su primera juventud, era aún muy bella; y aunque con su acostumbrado buen trato se ocupaba sin cesar de las personas que tenía a su lado, sus negros y hermosos ojos no se apartaban de un joven elegante y bien parecido que estaba sentado a los pies de la mesa. Uno de sus vecinos, que era íntimo amigo de la casa, lo notó y se sonrió. Entonces ella le dijo en queda y conmovida voz:

—¿No es cierto que es muy hermoso?

—Como que es vuestro vivo retrato —contestó su amigo.

—No, no —repuso la señora—; yo soy pequeña, él tiene la persona de su padre.

—Verdad es —contestó su vecino —que tiene la aventajada estatura de su padre; lo que no obsta a que tenga las perfectas facciones de su madre.

Este hijo acababa de llegar de Inglaterra, en donde su padre, que era cónsul extranjero, había dispuesto que se educase; y en regocijo de su regreso se daba la presente fiesta.

Habíase la concurrencia levantado de la mesa, y formaba ahora diferentes grupos, unos cerca del piano, otros al lado de las mesas de juego, y otros en el terrado ante la casa, para gozar del fresco y de la hermosa vista que desde allí se extendía en prolongada lontananza, más bella aún a la mágica luz de la luna, que reflejada en el mar, le daba un brillante horizonte de plata.

La dueña de la casa se sentó al lado de la abierta puerta del jardín, y a poco el recién llegado vino a sentarse a su lado.

—¡Qué hermoso es esto, madre mía! —exclamó con entusiasmo.

—¿Con que... no has olvidado del todo a tu patria en los diez años que has estado ausente, hijo mío?

—¡Oh, no! —contestó el joven—. Pero las imágenes que conservaba mi memoria eran las que vi en mi niñez con mis ojos de niño, y que son por consiguiente completamente distintas de las que percibo ahora.

—¿Y cuáles te agradan más?

—Me sería difícil decirlo, señora. Lo que sí puedo aseguraros es que lo que ahora veo tiene la ventaja de una sorpresa admirativa, sin haber perdido el indefinible encanto que el recuerdo le presta. Así es que gozan a un tiempo mis ojos y mi corazón.

¿Te parece, pues, bella, aun viniendo de Londres, nuestra Lisboa? —preguntó con patrio orgullo la hermosa portuguesa.

—Bellísima, madre. ¿Cómo no me lo había de parecer la hermosa ciudad, cuyos pies besan el Tajo con sus dulces labios y el Océano con sus saladas olas, y que retirándose de ambos, como altiva doncella, se refugia a las faldas de su madre, que la corona de mirtos, azahares y jazmines corno a una ninfa?

—¿La amas, pues, más que a la soberbia Inglaterra? —preguntó con gozo su madre.

—Sí por cierto. Inglaterra es grande y bella; pero lo es como una estatua de mármol. Tiene el porte digno y frío de una princesa, y no inspira amor y simpatía. Así es que todo inglés que puede hacerlo, vive la mitad de su vida ausente de su patria; y nosotros no nos hallamos sino en ella. Y es que ellos aman a su país por reflexión, y nosotros al nuestro por sentimiento. Que hayan los ingleses formado a su país, o que su país los forme a ellos, de ambas maneras preside a esta obra de cabeza la frialdad. Así es que en aquel país se piensa más, y en el nuestro se siente más: el inglés admira a su país; nosotros amamos al nuestro.

—¡Muy cierto! —exclamó la madre—. Tu padre me llevó recién casada a Inglaterra. Todo lo hallé muy hermoso en aquel país de las perfecciones materiales. Pero, hijo mío —añadió poniendo su mano sobre su corazón—, este rinconcito que tenemos aquí no lo hay allí!

Capítulo II

Tenía Pedro, que así se llamaba el recién llegado, una naturaleza esencial y profundamente poética. No porque tuviese una imaginación vasta y creadora, sino porque tenía un manantial perenne de poesía en su corazón. Por lo cual, si bien no expresaba un pensamiento bello engarzado en buenos versos, lo impregnaba todo de ese maná poético bajado del cielo sobre esta árida vida, sin que por eso prestase una disposición o viso romanesco a las cosas; pues para él era lo poético lo sencillo y lo cuotidiano, pero no lo extravagante. Su ideal era restricto, y alumbraba con su divina luz interna cada objeto, aunque pequeño, siempre que fuese por naturaleza bueno, inocente y sincero. Apartábase instintivamente de los volcanes y sus ardientes lavas las pasiones; de los fuegos fatuos, de las falsas brillantes ideas, del ruido y de la pompa de la retumbante palabrería, teniendo, cual los Reyes de Oriente, una estrella en el cielo, a la que con fe ciega seguía.

De esto resultaba que era Pedro un joven modesto y reconcentrado, porque sólo en su madre hallaba aquella paridad de ideas y de sentimientos, que inspiran y engendran una entera confianza. Divorciado por inclinación y por deber de todos los vicios, no había intimado con los jóvenes de su edad, que los suelen ostentar, no sabemos si como prerrogativas, si como despreocupaciones, si como gracias, o como trofeos de rebeldía.

Así sucedía que solía pasear solo, sin dejar por eso de gozar entre aquellos mirtos y laureles, que hacen del de Lisboa tino de los más bellos paseos de Europa.

Muchas veces había notado Pedro con extrañeza a una joven de condición humilde, pero de hermosura notable, que se sentaba solitaria en uno de los bancos del paseo, y que puesta la mano en la mejilla, no levantaba sus ojos del suelo sino para fijarlos en él. Había en aquellas miradas una mezcla de tristeza, de inocencia o ignorancia de los usos establecidos, unida a un interés tan sentido, sin ser provocado por el que lo inspiraba, que no pudo menos de sorprenderle. Empero en el sentir delicado de Pedro, lo chocante de la provocación superó todo el atractivo que la hermosura y todo el interés que la tristeza debían naturalmente inspirarle. Cada tarde hallaba Pedro a la muchacha en el mismo sitio; cada tarde veía a algunos jóvenes calaveras, a quienes aquella linda aparición atraía, rudamente rechazados, y cada tarde era más marcado el dolor que se iba grabando profundamente en aquel rostro joven y hermoso.

Dice Kératry que Dios ha dado la compasión por abogada a la desgracia. Así sucedió que algunos días después, al llegar la entrada de la noche, y al notar que la muchacha se levantaba para retirarse, y que por despedida fijaba en él sus grandes ojos, de los que corrían abundantes lágrimas, Pedro, a pesar de la timidez de su carácter y de la rigidez de su conducta, fue arrastrado a seguirla, más por la compasión que las lágrimas inspiran, que no por la seducción que la belleza ejerce.

Después que en su seguimiento se hubo internado por algunas calles solitarias, Pedro se acercó a ella, y le preguntó con timidez sí le aquejaba algún pesar, y si era de naturaleza que pudiese él remediarlo o aliviarlo.

—¡Soy muy desgraciada! —contestó ella, prorrumpiendo en un amargo llanto.

—¿Cuál es vuestra desgracia?

—No puedo decirla.

—Así no hallareis consuelo. ¿Por qué venís todas las tardes al paseo?

—Antes venía porque me obligaban; ahora vengo por mi propia voluntad.

—¿Quién era, y cuál el motivo que os obligaba, a vos, tan linda y tan niña, a venir sola a un paseo público?

—No puedo decirlo.

—¿Y por qué venís ahora de motu proprio?

La muchacha calló. Pedro repitió su pregunta.

—¿Qué os importa? —respondió ella con una mezcla de despecho, de aflicción y de brusquería, que aunque unidos, se hacían cada cual palpables en sus palabras duras, en su acento amargo y en sus dolorosas lágrimas.

—Me importa, puesto que lo pregunto —dijo Pedro.

—¿Y por qué os importa?

—Porque me interesáis.

—¿De veras? —exclamó ella.

—Muy de veras —respondió Pedro—. Decidme, pues, el motivo de vuestra aflicción.

—¡No puede ser! Si os intereso, demostrádmelo de otra suerte que no con preguntas.

Pedro sacó del bolsillo una moneda de oro, que presentó a su interlocutora.

—¡Eso no! —exclamó ésta con vehemencia—. No me lo demostréis ni con preguntas ni con monedas. Las unas demuestran curiosidad; las otras, caridad; pero ninguna demuestra...

Se detuvo y añadió con tristeza:

—¡Interés!

—Dejad que os acompañe a vuestra casa —dijo Pedro, cada vez más empeñado, y cada vez más interesado por aquella extraña mujer.

Esta no pudo disimular un estremecimiento, y exclamó:

—¡No, no! ¡Ni pensarlo! ¡Eso no puede ser!

—¿Sois casada? —preguntó Pedro.

—Ni soy casada, ni me casaré nunca, ¡nunca!

—Entonces, ¿en qué puedo servíros? —tornó a preguntar Pedro, absorto de encontrar tantas anomalías, tan extrañas reticencias en aquella criatura singular.

—¿Servirme? En nada podéis servirme —repuso ella.

—¿Pues en qué puedo al menos complaceros y mostraros mi interés?

—Con dejarme que os mire, que os hable y que os ame, sin rechazarme, como hasta aquí habéis hecho.

El morigerado carácter de Pedro, la delicadeza de sus ideas y sentimientos en cuanto a la reserva y modestia de la mujer, tan instintivas en ella que no necesita la educación ingerírselas, llevaron un rudo choque al oír aquellas palabras.

Viendo que callaba, la joven volvió a prorrumpir en un amargo llanto, exclamando:

—¡Madre, madre! ¿Por qué me pariste? ¡Qué crueles son los hombres todos!

—Pero... ¿y si yo os amase a mi vez, como de cierto sucedería? —preguntó Pedro.

—¿Y qué mal habría en eso? —repuso ella.

—Es —dijo Pedro— que yo no puedo ni debo amar sin saber a quién amo: a un ente misterioso que se oculta de mí; a una mujer que, cual una nube, aparece sin saber de dónde viene, y cual aquélla, puede desaparecer sin que se sepa dónde irá.

—Yo creía —repuso ella— que el amor no hacía más pregunta, ni necesitaba saber más, sino si era correspondido; pero ya veo que hasta para amarse se pide pasaporte. ¡Adiós! Olvidad a una infeliz, que creyó por un momento hallar un corazón que le diese sólo un poco de amor, en cambio de todo el suyo.

Diciendo esto, se alejó. Pedro corrió tras ella. Entonces la muchacha se paró, y le dijo, cruzando sus manos:

—¡Por Dios! ¡por Dios! ¡No me sigáis! Os juro que mañana me hallareis en la alameda!

Y rápida como esas exhalaciones que se ven sin dar tiempo a fijarlas, desapareció cual ellas en la oscuridad.

Capítulo III

Al día siguiente Pedro, sin premeditada intención, y aun sin notarlo, salió más temprano que otras tardes para ir a su acostumbrado paseo. Mas a pesar de eso, cuando llegó, ya estaba aquella extraña muchacha en su misma actitud triste, en su acostumbrado asiento.

Al poco rato se levantó y salió del paseo. Pedro la siguió a distancia, hasta que internados por calles solitarias, y debilitada la luz del día por la total ausencia del sol, pudo alcanzarla y dirigirle la palabra sin que fuese notado.

Cuanto por ambas partes se dijeron fue con poca variación lo que se habían dicho la tarde antes, acabando la entrevista, por parte de ella, con la vehemente y angustiosa prohibición de que la siguiese, y la promesa de volver a la tarde siguiente. Cada tarde volvía Pedro más empeñado, más interesado y más seducido por aquella hermosa joven, que era a un tiempo tan delicada y tan inculta, tan sentida y tan áspera, tan franca y tan misteriosa, llegando esta última peculiaridad al extremo de no poder averiguar Pedro lo más mínimo sobre su persona, su familia y su condición.

Por más que la reciente confianza que se establece entre dos personas que sienten ambas, como por mitad, un mismo sentimiento, autorizase a Pedro a ser exigente en sus preguntas, y obligase a ella a ser franca en sus respuestas, nada supo Pedro, porque la tierna y feliz joven que sonreía con dulzura, se tornaba al oír sus preguntas en taciturna y áspera; y si él persistía, ella le amenazaba con alejarse para siempre de su lado. Sobre lo que más insistía Pedro, que era en saber su domicilio, no pudo arrancarle otra respuesta que la singular y afirmativa repetición de que vivía entre ruinas, sirviéndole esta declaración a un tiempo de respuesta a las indagaciones de su amante, y de pretexto para no introducirle en su casa. Así era que Pedro, a falta de otro nombre, le había puesto el de Flor de las ruinas; pues mientras existan el amor y la poesía, siempre será la flor el emblema de una hermosa, o de una querida joven.

El amor y la poética mente de Pedro, unas veces le llevaban a pensar que fuese la que amaba alguna huérfana encerrada desde niña en algún convento o instituto de enseñanza, que hallaba medio de disfrazarse y escapar por algunas horas de su encierro. Otras conjeturaba que podría ser un miembro de alguna familia arruinada, que vivía aislada y oscuramente en algún ángulo de su derruida casa solariega. Otras, en fin, se estremecía con la idea de que pudiese ser alguna mal casada que huyese sigilosamente del techo conyugal. Sobre esto le tranquilizaba la seguridad que le había dado ella de que no era casada; pero al mismo tiempo le había dado otra, y era que no se casaría nunca.´¿Ligábala quizás algún voto? Si había vivido reclusa, ¿cómo era tan atrevida y tan llena de decisión? Si había vivido en el mundo, ¿cómo era tan completamente ignorante de sus usos, de sus miramientos, y casi de su lenguaje? Pedro se perdía en sus conjeturas, se desesperaba en medio del caos de confusiones en que vivía, gracias al capricho de una niña, que le dominaba y seducía, a pesar de su temprana razón y de la severa delicadeza de su sentir.

Pedro había exigido, para que sus relaciones no fuesen notadas —cosa de que por una de sus muchas anomalías no parecía cuidarse su querida—, que ésta no volviese a la alameda, y que fuesen sus entrevistas en un lugar más apartado y solitario. Siempre en estas citas ella se adelantaba a Pedro; y la señal para encontrarla era la que en el Mediodía prefiere el amor, porque es el idioma del corazón, esto es, el canto, en que a la vez expresa su pensamiento con la letra y su sentir con la armonía. Pedro apresuraba sus pasos cuando llegaba a sus oídos una voz clara y sonora que cantaba éstas y otras parecidas estrofas:


He de amar; amar en quero,
pro mas que murmure a gente;
q'esa gente que murmura,
tal vez nao seja inocente.

Se o amar fôra pecado,
era en gran pecador;
mas o cen facil perdoa
culpa que nasce d'amor.

(He de amar; amar yo quiero,
aunque murmure la gente;
que esa gente que murmura,
tal vez no sea inocente.

Si el amar fuese pecado,
yo fuera gran pecador;
mas perdona el cielo fácil
culpa que nace de amor.)
 

Cuando ella lo divisaba, salíale alegre y ligera al encuentro, se asía a su brazo como el pámpano a la rama del olmo, y paseaban en el crepúsculo, abstraídos de todo, sin pensar en el ayer ni en el mañana, que amargan el hoy con recuerdos, y con cuidados lo agitan, desapareciendo de un todo el sol sin que lo notasen, y acudiendo en el cielo las estrellas sin que las percibiesen. Porque el sol y las estrellas de su existencia eran aquellos momentos en que reunidos paseaban, y en los que se embelesaban repitiendo las eternas variaciones de aquellas palabras te amo, que según dice un autor, nunca envejecen.

De esta suerte pasó la primavera, la que con otras flores había visto brotar y amparado este amor al aire libre, entre el cielo y la tierra, en medio de las flores, como el amor de los pájaros, como el de las mariposas; cantando cual aquéllos, jugando cual éstas, sin pensar en el mañana cual unas y otros! Pero pasó la primavera y su hermano el verano, siguiendo el otoño, que acorta las tardes y enturbia su cielo, y las entrevistas de los amantes se hicieron más cortas y menos frecuentes. Entonces Pedro resolvió salir de la situación singular y subyugada en que se hallaba.

Tenía él una gran ventaja para poder imponer su voluntad, aun en el corto reinado de la mujer, esto es, en el tiempo que es amada; y era la que tiene aquél de los dos amantes que es querido con más pasión que la que él mismo siente. Así fue que, confiado en el ascendiente que ejercía sobre su querida, le intimó la terminante resolución que tenía de hacerla optar entre la alternativa de terminar unas relaciones envueltas en un misterio que desunía sus almas, y que no podían satisfacer de esta suerte ni a su corazón ni a su razón, o de introducirle con franqueza y lealtad en su domicilio y en su vida interior.

—¿Para qué quieres —le dijo ella, apurada y cariñosa— conocer las ruinas? ¿No te basta la flor?

—Bástame la flor —respondió Pedro—; pero la quiero con raíces, la quiero sacar de sus ruinas, y traerla a un suelo que sea mío, y en que pueda cultivarla, sin temor de que me sea arrebatada.

—la flor de las ruinas tiene espinas, y sabe guardarse —repuso ella—; y no puede —añadió con tristeza— trasportarse! Además... ¡las ruinas van a desprestigiar a la flor!

—Más la desprestigiará esta prolongada y singular ocultación —dijo Pedro.

La pobre y apurada niña rehusó, suplicó, lloró; pero fue inútilmente. Pedro, exasperado por su obstinada negativa, insistió inflexible en su determinación, y la pobre flor de las ruinas cedió al fin con violenta repugnancia y profundo dolor, fijando para complacer a su amante un determinado día.

Capítulo IV

Por aquel tiempo había en la parte alta de Lisboa un barrio que destruyó el terremoto de 1755, y que no había sido reedificado. Formaba anchas calles de ruinas sin belleza ni prestigio, decrépitas sin recuerdos, viejas sin nobleza, restos sin antecedentes y sin la solemne calma de la muerte, como los tienen las ruinas que hace el tiempo, teniendo aquéllas el repulsivo sello de la destrucción, como las que hace el hombre, o produce un cataclismo.

Alzábanse aún trozos de paredes con los huecos que tuvieron; pero los unos, despojados de sus vidrieras y celosías, parecían ojos sin párpados, y los otros, privados de sus puertas, parecían entradas de cuevas. Los patios y las habitaciones, en alberca y rellenos de escombros, mostraban por sola gala alguna díscola ortiga o algún silencioso lagarto, que vestía del color de las piedras para no ser apercibido. Un débil eco respondía desde algún lóbrego pasadizo con exhausta e indistinta voz a las melancólicas reflexiones que infundían y hacían formular al que las pisaba aquella aglomeración de cosas finadas. ¡Nada quedaba de lo que les diera vida! Con sus moradores habían desaparecido las bellezas, los adornos y las comodidades con que aun la más modesta existencia suaviza su domicilio, como los pájaros sus nidos con plumas y musgo. Nada podía verse que fuese más antipático a la vista y al sentir que aquellas filas de aglomeradas y desnudas ruinas, que parecían la residencia del misterio absoluto, la mansión del crimen impune, y el refugio de la desolación solitaria.

Verdad es que al pie de la altura en que se hallaban estaba el magnífico paseo, en el que, entre mirtos y laureles, paseaba la elegante muchedumbre. Verdad es que algo más lejos, y a orillas del Tajo, corrían presurosos por las soberbias plazas el comercio y la vida. Pero estaban separados de los tristes vestigios de la gran catástrofe por lo que desune y aparta más que la distancia, que es el abandono; por lo que anonada y destruye más que la muerte, que es el olvido!

—No obstante, ¿dónde habrá lugar en que no se encuentre la vida, cuando hasta en la caja en que se encierra un cadáver y es sepultado en las entrañas de la tierra renace?

Así era que, aun entre aquellos desamparados y lóbregos esqueletos de los que fueron edificios, se había instalado alguno que otro de esos parias voluntarios que viven aislados, porque ese aislamiento que se compadece, a ellos les simpatiza o les conviene.

Una techumbre de aneas, un pedazo de estera colgado ante los huecos de las ventanas, algunas malas tablas unidas unas a otras por la parte alta, y por la parte baja por barrotes, y cerradas por el interior con una tranca formando puerta, eran los reparos hechos para hacer habitables parte de aquellas ruinas. En lo que habían sido habitaciones interiores y en los patios y corrales, se veían algunos cerdos arrellanarse como sibaritas sobre camas de inamovibles inmundicias, y algún gallo flaco subido en lo más elevado de los amontonados escombros, cacareando con la arrogancia que gastar pudiera aquel guerreador que hubiese tenido la infausta gloria de haberlas hecho.

¡Cuál no sería, pues, el espanto de Pedro, cuando, precedido de su guía, llegó a este lugar de desolación, que fue al que lo condujo, y cuando, empujando una de las descritas puertas, le introdujo en uno de aquellos antros lóbregos y miserables!

—¿Adónde me conduces? —exclamó Pedro con horror, deteniéndose a la entrada.

—¿No te lo decía yo? —respondió ella con abatimiento—. ¿No te lo decía? ¡Que las ruinas despojarían a la flor de su prestigio!

—Pero —exclamó Pedro— ¿por qué no me has confiado la manera miserable en que vivías? ¿Por qué con inconcebible extrañamiento y orgullo has rehusado los socorros del hombre que te amaba?

—No podía admitirlos, en vista de que no puedo variar en un ápice mi existencia.

—¿Por qué?

—Porque soy esclava.

—¡Esclava! ¿De quién?

—De mis perversos hermanos. He intentado libertarme y huir de su cruel tiranía, ¡y siempre estos ensayos me han salido fallidos y me han costado caro! Mira esta cicatriz en mi cuello, este brazo aún sin movimiento por una dislocación que ha sufrido, y comprenderás, no sólo el yugo que sobre mí pesa, sino también el peligro en que estaría mi vida si me escapase de ellos, pues en todo lugar que me escondiese sabría encontrarme su puñal.

—¿Y a qué te obligan, infeliz?

—Me obligan a cuidar de su casa y a preparar sus alimentos. Me obligan ¡gran Dios! a traerles aquí a aquellos hombres ricos que, imprudentes, se obstinan en seguir mis pasos cuando me fuerzan a ir para ser vista a los sitios públicos.

—¿Qué dices? —exclamó Pedro aterrado:

—¡Sí, sí! —prosiguió ella con vehemencia desesperada—. ¡Sí, sí! Para eso aprovechan la hermosura que dicen que Dios me ha dado! Y una vez que han entrado entre estas ruinas que encubren y callan cual cómplices, los despojan; y para que este delito no se sepa ni se trasluzca...

La voz se anudó en la garganta de la que hablaba, que miró en torno suyo con pavor, como si temiese apercibir entre las grietas de las carcomidas y hendidas paredes, oídos que la escuchasen, y ojos que la espiasen.

—Acaba —dijo Pedro con ansiosa suspensión—; ¿qué hacen?

La interpelada se acercó a su amante, y le dijo en queda y profunda voz:

—¡Los... asesinan!

—¡Qué espanto! —exclamó Pedro, desviándose de ella—. ¡Y yo he amado a esta funesta mujer, a este reclamo del crimen, a esta sirena de cementerio!

—¡Por eso —prosiguió ella— nunca he querido traerte a mi casa! ¡Por eso me he resistido a ello con tanta obstinación! Y cuando obligada por ti te he complacido, aprovechando la ausencia de mis hermanos; cuando con obedecerte he querido probarte mi cariño, ¡infeliz de mí! ¡sólo he conseguido perder el tuyo!

El tedio, el horror y el asombro sellaban los labios de Pedro.

—Y no obstante —prosiguió ella—, tú eres el solo hombre, el solo ser que he querido! Por el amor que te tenía, que me hacía imposible traerles más víctimas, he recibido la herida cuya cicatriz conservo! ¿Y qué te ha pedido en cambio esta pobre flor de las ruinas sino lo que la más humilde pide al sol, florecer al calor y brillo de su luz? ¿Qué te espanta en la que poco ha amabas, que de ella apartas tu vista? ¡Oh! ¡Infelices mujeres! ¡Siempre empujadas al mal por los hombres, y nunca sostenidas por ellos cuando quieren hacer el bien! ¡Míseras desheredadas de perdón, del que son sus corazones inagotables fuentes! ¡Existencias de cristal, de las que con despotismo se apodera el hombre, y que empaña con su amor, quiebra con su crueldad, su abandono o su desdén!

Cuanto esa mujer decía era tan cierto, aplicado a ella, que Pedro, compadecido, iba por fin a contestarle, cuando sonaron fuertes golpes dados en la puerta.

Capítulo V

—¡Cristo crucificado! ¡Ellos son! —exclamó la joven, aterrada al oír los golpes.

—¿Quiénes?... —preguntó Pedro.

—¡Mis hermanos, los asesinos sin piedad, los verdugos sin misericordia! —respondió ella, alzando las manos con espanto.

Los golpes redoblaron.

—¿Qué hacer, Madre de piedad, qué hacer? —murmuró la infeliz, volviendo en torno suyo sus desatentados ojos como para buscar un medio de salvación, que era imposible.

La mal pergeñada puerta cedió en este instante a un vigoroso empuje, y tres foragidos entraron en aquella estancia, mal alumbrada por un candil colgado en una de las salientes asperidades del descarnado muro. Después de hacer a su hermana algunas cortas y brutales reconvenciones por su tardanza en abrirles, se dirigieron hacia Pedro, sin demostrar extrañeza por hallarle allí. Mas su hermana, precipitándose a su encuentro, escudó a su amante con su cuerpo, exclamando con vehemencia:

—¡No, no le matareis sin atravesar antes mi pecho!

Por única respuesta, el mayor de los tres la cogió por un brazo, y la tiró al suelo a distancia, apartándola así del lugar en que pasaba esta escena.

Pedro estaba desarmado; pero aun en el caso de que hubiese tenido armas, toda resistencia contra tres foragidos era tan inútil como insensata, y sólo habría servido para precipitar la inevitable catástrofe; por lo cual los foragidos le despojaron de cuanto llevaba, sin que opusiese resistencia.

—¡Por Dios, hermanos! —gimió su pobre hermana, que se había arrastrado sobre sus rodillas hasta sus pies—. ¡Os pido que no le matéis! ¡Es el solo hombre que he amado! ¡Con su vida me arrancáis la mía! ¡Tened piedad... una vez siquiera! ¡Tened piedad de él y de mí!

Los foragidos no hicieron caso alguno de estos angustiosos ruegos, y se apoderaron de Pedro.

—¡No, no le matareis! —exclamó su hermana, levantándose erguida—. Si no le soltáis por compasión, lo haréis por temor de mi venganza. Y eso que vosotros no sabéis hasta dónde puede llevar la venganza una mujer, que si no tiene vuestra mala alma, tiene en sus venas la misma sangre quo corre por las vuestras!

—¡Atadla! —mandó el hermano mayor.

—¡No, no! ¡Matadme de una vez, si no queréis que vengue la muerte de aquél a quien amo, y que vosotros, tigres sanguinarios, fieras malditas de Dios, queréis matar ante mis ojos! Pero yo lo impediré; que la desesperación da fuerza y valor; y si no lo logro, me vengaré, —¡tan cierto como hay en el cielo Dios que nos juzga, y sol que nos alumbra!— delatándoos a la justicia.

El hermano mayor dió un paso hacia ella; el menor le detuvo, diciéndole:

—No exasperarla más, está fuera de tino, y es capaz de todo.

—Pero no se puede dejar ir a este hombre —repuso el mayor.

—Saquémosle de aquí —propuso el menor.

—¡Cómo! ¡Si hace una luna que deslumbra!

—¿Y quién pasa por este sitio a esta hora? Para más seguridad lo disfrazaremos —repuso el menor, que en seguida sacó de un arca un hábito de fraile.

—Saca también la mordaza —advirtió el que hasta entonces había callado, el que en seguida se puso con el mayor a atar de pies y manos a su infeliz hermana, que se repercutía con violencia y rechazaba con desesperados, pero inútiles esfuerzos, a sus hermanos, que la dejaron atada y presa de una espantosa convulsión, tendida en el suelo.

Habiéndole igualmente atado las manos a Pedro, puéstole la mordaza, revestido el hábito de fraile y caládole la capucha, salieron a la ancha calle que tenían que atravesar para internarse, como lo intentaban, en las ruinas del lado opuesto.

Estaba la calle tan bañada de la luz de la luna, que caía perpendicularmente sobre la tierra, que apenas hacían sombra los objetos. A cada lado de Pedro se colocó uno de los hermanos mayores, siguiéndole el tercero; y así se puso en marcha la fúnebre caravana en absoluto silencio, pues hasta sus pasos cautelosos pisaban mudos la tierra.

Apenas habían llegado a la mediación de la calle, cuando de repente oyeron una voz recia y de mando que les gritó:

—¡Alto ahí!

Cual una centella reanimó y encendió esta voz las apagadas esperanzas de Pedro.

—¡Es una ronda, y somos perdidos! ¡Huyamos! —dijo el menor de los hermanos.

—¡Quietos! —mandó el mayor.

Y sacando un puñal, cuya hoja brilló a la luz de la luna como un relámpago, dijo a Pedro:

—¡Si hacéis un solo movimiento, sois muerto!

El otro hermano le imitó, y Pedro se halló preso entre las afiladas puntas de dos puñales ocultos en las mantas de sus dueños.

En este momento llegaba la ronda.

—¿Quién va? —preguntó el que hacía de cabeza.

—Un Padre que llevarnos para auxiliar a nuestra madre moribunda —respondió con serena voz el hermano mayor.

El jefe de la ronda se cercioró de que lo que decían era cierto viendo al callado religioso, y Pedro, sin poder exhalar el más leve sonido, ni hacer el más mínimo movimiento, oyó con desesperación alejarse a la ronda, y debilitarse gradualmente el mesurado compás de sus pisadas.

—Aligerar el paso —dijo el mayor de los foragidos, volviéndose los tres a encaminar hacia la ruinas.

Mas antes de llegar a ellas, volvió a oirse al jefe de la ronda, que gritó con voz enérgica:

—¡Alto ahí!

Los ladrones se pararon, murmurando imprecaciones. La ronda se acercaba con pasos apresurados, precedida por una mujer que, con el cabello suelto, el rostro desencajado y con las muñecas ensangrentadas, corría y gritaba con desgarrador acento:

—¡Salvadle! ¡salvadle!

Y precipitándose en el grupo de los detenidos, arrancó la capucha que cubría la cabeza y el rostro de Pedro, exclamando con delirio:

—¡Está salvo! ¡Bendita sea la Providencia y la justicia de Dios! ¡Líbrese la sangre inocente, aunque sea a costa de la culpable!

—¿Qué has hecho, infeliz? —exclamó Pedro.

—Lo que sólo me quedaba que hacer —contestó ella—: procurar tu salvación y buscar mi muerte.

—¡Oh! ¡No morirás, que yo te salvaré! —exclamó Pedro.

—No de mi puñal —dijo en voz ahogada por la ira el mayor de los foragidos, el cual, antes que nadie hubiese previsto ni podido impedir su acción, había cumplido su amenaza.

—¡Oh! ¡Qué frío es este acero! —dijo la herida, poniendo la mano sobre su traspasado pecho—. ¡Adiós, Pedro!... —añadió, dirigiéndose a éste, que se había precipitado a ella y la sostenía en sus brazos—. Muero por haberte salvado; y así es mi muerte más feliz que lo ha sido mi vida!

—¡No mueras, no! —exclamó desesperado Pedro—. Mi salvadora será mi compañera a la faz del cielo y del mundo.

—¡No no! —repuso en balbuciente voz la moribunda—. La flor de las ruinas debe morir entre ellas... ¡sola y abandonada como ha vivido! ¡Juez de los corazones —añadió, alzando sus ya quebrantados ojos—, ten conmigo la compasion que los hombres no han tenido!

Algún tiempo después se ajusticiaban en Lisboa tres bandidos, entre los cuales uno atraía con particularidad la atención de la muchedumbre por llevar la señal de Caín en la frente; mientras en una de las casas más ricas y conocidas se celebraba una junta de facultativos por hallarse en inminente peligro, de resultas de unas calenturas cerebrales, el hijo de los dueños.

Los dos amigos

Relación

Lanzaba el sol sus ardientes rayos sobre una llanura de Andalucía, árida y estéril. No corrían por ella ríos ni arroyos, secas yacían las flores y tiernas plantas de la primavera; sólo verdegueaban allí algunos espinos, lentiscos y aloes, cuya dureza resiste el rigor de las estaciones. Un furioso levante formaba nubes de polvo, ardiente como lava de volcán. —El cielo puro y el día claro parecían sonreírse al dar tormentos a la tierra. —Sólo los ganados del país, con su dura piel, y el animoso e impasible español, que desprecia todo padecimiento físico, podían tolerar aquella encendida atmósfera; ellos, durmiendo, y él, cantando!

Veíanse sobre esta llanura el 20 de Agosto de 1782 las muestras de un reciente combate; caballos muertos, armas rotas, plantas pisadas y teñidas de sangre. —A lo lejos desfilaba en buen orden un destacamento inglés. — A otro lado, el comandante de un escuadrón español ocupábase en formar sus impacientes soldados y sus caballos fogosos, para perseguir a los ingleses, que, inferiores en número, se retiraban con la calma de vencedores.

En el que había sido campo de batalla, un joven, sentado en una piedra al pie de un acebuche, apoyaba en el tronco su pálido rostro; mientras que otro joven, en cuya fisonomía se manifestaba la más violenta desesperación, arrodillado a sus pies, procuraba detener con un pañuelo la sangre que le corría del pecho por una ancha herida.

—¡Ah, Félix, Félix! —exclamaba con la mayor angustia—. ¡Vas a morir, y por mi causa! Has recibido en tu fiel pecho el golpe que me estaba destinado. ¿Por qué, generoso amigo, me libraste de una gloriosa muerte, para entregarme a una vida de desesperación y de dolor?

—No te desesperes, Ramiro —le decía su amigo con apagada voz—. Estoy debilitado porque he perdido mucha sangre; pero mi herida no es mortal. Entre tanto, Ramiro, ¿tú no reparas que tu mano, que supo vengarme, está herida también?

—¡Socorros —decía Ramiro sin escucharle—, prontos socorros podrían sólo salvarte! Pero aislados, abandonados como estamos, ¿cómo te los podré procurar? No me encuentro capaz de separarme de ti; pero, Félix, moriremos juntos!!!

En este momento oyeron el galope de un caballo. Ramiro, lleno de ansiedad, dirigió su vista al lado por donde el ruido se sentía, y descubrió a su fiel criado, que habiéndolos perdido en el combate, los buscaba lleno de inquietud.

Félix del Arabal y Ramiro de Lérida pertenecían a dos familias, unidas mucho tiempo hacía por la amistad más sincera. Educados juntos, servían en un mismo regimiento, adonde muy jóvenes pasaron de capitanes, habiendo sido pajes del rey.

Félix, de alguna más edad que Ramiro, con un carácter más firme, con un temperamento más tranquilo, y con razón más madura, tenía sobre su amigo un ascendiente, que, en vez de disminuir la ternura de su amistad, añadía a este sentimiento, en el uno, la consideración y reconocimiento que inspira la protección que se recibe; en el otro, el interés y apego que engendra la protección que se concede. Después de tan evidente prueba de afecto como la que Félix acababa de dar a Ramiro exponiéndose a morir por salvar la vida de éste, arriesgada con imprudencia, el vehemente cariño de Ramiro para con su amigo ya no tuvo límites. Le miraba como a su ángel tutelar; y extremoso como era, habría destruido sus fuerzas y su salud asistiendo a su amigo en la larga enfermedad ocasionada por su herida, si el mismo Félix no lo hubiese impedido, valiéndose de la autoridad que le prestaban su amistad y su estado doliente.

Por las calles de San Roque, donde estaba destacado para el sitio de Gibraltar, desfilaba el regimiento de la Princesa, precedido de su música militar, irreflexiva y animada como una bacante. Lindas mujeres se asomaban a los balcones para ver a los oficiales, que las saludaban con su música alegre y con sus miradas lisonjeras.

—Mira allí, y verás ¡por vida mía! una hermosa mujer—, dijo Ramiro a Félix, que marchaba a su lado.

Alzó Félix la cabeza, pálida aún, y vio en el balcón de una de las mejores casas de la ciudad a una joven de maravillosa belleza, medio oculta detrás de las macetas de flores que cubrían su balcón, como una hora de felicidad precedida por las de la esperanza.

—Eres buen hurón para descubrir muchachas lindas —respondió Félix sonriéndose.

Pasaron; pero Ramiro volvía de cuándo en cuándo la cabeza a ver de nuevo a aquella que había llamado tanto su atención, mientras que ella seguía también con sus miradas a los dos oficiales: el uno, alto, pálido, de porte interesante y noble; el otro, más pequeño, pero ágil, bien formado, arrogante y vivo.

—Harías muy bien en retirarte, Laura —dijo el corregidor, tirando del brazo a su mujer y quitándola del balcón—. Esos pisaverdes te miran como si tuvieses una danza de monos en la cara.

—Al menos, si no muy brillante, podemos decir que estuvo bien alegre el baile de anoche —decía Ramiro a un grupo de oficiales reunidos en la plaza de la ciudad.

—Debió parecerte así —contestó un teniente de cazadores, cazador tan infatigable en el baile como en el campo de batalla—; porque a fe mía, que te divertiste en él muy bien. Yo me divertí observando al corregidor, que quería tragarte con los ojos.

—¿Tragarme? ¿Y por qué? —preguntó Ramiro.

—¡Me gusta la pregunta! ¿Quieres que un marido celoso vea con buenos ojos al que los pone en su mujer?

—Y más si el tal es buen mozo —añadió un oficial de granaderos, apartando de su frente las mechas de pelo de oso de su gorra.

—Y elocuente como un San Agustín —dijo otro oficial.

—Y emprendedor como Colón —continuó otro.

—Y que sabe insinuarse como la serpiente de Eva —dijo un tercero.

—Si así fuese —contestó Ramiro con aire serio— el corregidor se inquietaría por cosa muy corta, y debería gastar más flema.

—Eso estaría más de acuerdo con su gran barriga —replicó el de cazadores—; pero, amigo, es que el guarda un tesoro que no merece poseer. Lérida —prosiguió el mismo—, más gloria y placer hay en esta conquista que en la de la plaza de Gibraltar.

—Basta ya de chanzas, señores —repuso Ramiro—. Desgraciadamente, el sitio de la plaza, que marcha con tanta lentitud, nos tiene ociosos, y he aquí lo que ocasiona estas vaciedades y habladurías.

—Ya te veo en cuerpo y alma metido en una intriga —dijo Félix a su amigo al separarse de los demás—, pues te has formalizado. No olvides, Ramiro, la copla:


Yendo y viniendo
fuime enamorando;
empecé riendo,
¡y acabé llorando!
 

—¡Reflexiones! ¡Raciocinios! —respondió Ramiro—. Mira, Félix, esas fortificaciones que nos vomitan muertes. ¡Sabe Dios cuántas horas viviremos! Además, pregunta a los viejos cuánto duraron sus veinticinco años. ¡Gocemos, Félix, gocemos de la vida!

Nada gozaba, no obstante, el pobre Ramiro, cuando, al abandonar su lecho sin haber conciliado el sueño, y apoyándose en la barandilla de su balcón, miraba y apenas veía el sol, que, elevándose sobre el horizonte, despertaba al universo como una campana de luz. Vehemente como era, su amor había llegado al último grado, por los insuperables obstáculos que se le oponían. En vano su ternura correspondida con igual ardor: un marido celoso levantaba impenetrables barreras entre los dos amantes. Laura no salía de su casa desde que su marido había principiado a sospechar. Mudas y temerosas entrevistas en la iglesia; algunas palabras por la noche en la reja, cuando Ramiro podía pasar disfrazado; pobres billetes, que más que palabras contenían lágrimas, eran el único alimento de su exaltada pasión; pasión en todo joven, en todo lozana y en todo andaluza; sedienta de lo futuro, y sin pasado para vivir de recuerdos. Maldecía Ramiro tantos obstáculos, y se entregaba a una verdadera desesperación.

Estaba tan embebido en sus tristes pensamientos, que por dos veces fue necesario le advirtiera una disimulada tosecilla que la buena vieja María, nodriza y confidenta de Laura, pasaba por debajo de su ventana, para que él lo notase. Apresurose Ramiro a bajar, y siguió a lo lejos a la buena mujer, no atreviéndose a mirar a nadie por miedo de ser visto.

Después de muchos rodeos, María llegó a una callejuela solitaria, pues de un lado se levantaban las altas y severas paredes de un convento, y del otro las del jardín del corregidor. Parose entonces María, llegó Ramiro, y ella le entregó un billete, que él abrió precipitadamente, y que contenía estas pocas palabras: «Mi marido se va al campo. Estoy libre esta noche, y podré verte. Es la primera, y será la última!».

¡Quién podrá dar su justo valor al arrebatamiento de Ramiro, careciendo de su ardiente alma, y no estando apasionado como él!! Besó con el mayor ardor el billete, que por esta vez no estaba empapado en lágrimas, pero cuyas letras temblorosas y mal trazadas probaban la agitación con que se había escrito. Con el mismo enajenamiento besaba las descarnadas manos de la anciana María. Sacó después una bolsa bien llena, y se la entregó, llamándola su genio tutelar, su madre y su amiga benéfica! Mas la fisonomía de María cambió de repente de expresión, enderezó su encorvado cuerpo, sus apagados ojos se vivificaron, y miró a Ramiro de pies a cabeza con arrogancia e indignación.

—Señor, ¿quién ha creído usted que soy yo? —le dijo—. Lo que acabo de hacer por amor de mi niña puede ser una debilidad; pero si lo hiciese por interés, sería una infamia.

Y desapareció, entrándose por el postigo del jardín.

Félix, al entrar en el cuarto de su amigo para desayunarse, quedose espantado al encontrarle entregado a la desesperación más violenta.

Arrancábase los cabellos de sus hermosos y negros rizos, tiraba con rabia cuanto encontraba a la mano... rompía los muebles!

—¿Qué tienes, Ramiro? —le preguntó.

Pero él sólo repetía:

—¡Maldito sea el estado militar! ¡Maldita esta dorada esclavitud! ¡Maldito el coronel, tirano absosuto! ¡Maldita la hora en que con estas charreteras recibí una cadena que no me es posible romper!

—Pero, hijo mio —le dijo Félix—, nada comprendo de tus arrebatos. ¿Has tenido algún disgusto con el coronel?

—¡Ah! —respondió Ramiro—. ¡No se trata de disgustos, sino de la felicidad de mi vida! ¡Nada tengo oculto para ti! ¡Toma y lee!

Diole el billete de Laura, y Félix, después que lo leyó,

—¿Y bien? —dijo.

—¡Y bien! —replicó Ramiro—. ¿No soy yo el más desgraciado de los hombres?

—Estos renglones —contestó Félix— me hacían suponer lo contrario.

—¿No sabes, pues —exclamó Ramiro—, que estoy nombrado de guardia para la avanzada?

Félix se echó a reír.

—¿Y es ésa la causa de tu desesperación? —le dijo—. Eso sí que es propiamente lo que se llama ahogarse en una gota de agua. Yo haré el servicio por ti; tú lo harás por mí cuando me toque.

Ramiro estrechó entre sus brazos a su amigo, diciéndole:

—Félix... Félix mío... naciste para mi felicidad; eres mi Providencia; un ser benéfico que siembra de flores mi vida. ¿Cómo podré yo jamás pagar tu ternura y tu amistad generosa?

—Pero ¿he hecho yo alguna cosa —contestaba Félix— que no hubieras tú hecho en mi lugar, mi querido Ramiro?

Este no dio otra respuesta que estrechar a su amigo contra su corazón, tan lleno de amor y de amistad como de esperanza y de gratitud.

Elevábase el sol sobre el horizonte con su majestuosa monotonía.

—Mucho te apresuras hoy, rubio mío —decía Ramiro, echándole una colérica mirada y deslizándose por la puerta del jardín, que María cerró coa prontitud luego que aquél salió.

¡Qué dichoso se encontraba Ramiro! Estaba lleno de orgullo, de reconocimiento y enternecido. Todo su ser parecía haberse triplicado. Saboreaba en el profundo santuario de su corazón cuantas emociones produce una verdadera pasión correspondida. Embriagado de felicidad, bendecía su suerte. En su éxtasis, no reparó en el teniente de cazadores que salía a su encuentro. Al verle, quiso, haciendo el distraído, echar por otro lado. Mas el teniente se apresuró a unírsele, diciéndole:

—¡Cuánto me alegro de verte, Lérida! Te creía de servicio en la avanzada.

—Bien, ¿y qué? —contestó Ramiro.

—¡Es una friolera! —respondió el de cazadores—. Los ingleses han hecho una salida, y el comandante del puesto ha sido muerto.

Ved la antigua Sevilla sentada sobre una llanura, como una viuda en su poltrona. Vedla envuelta en sus viejas murallas, como en un manto real desechado. Mirad al viejo Betis besando sus pies, con la respetuosa galantería española. Oíd cuál le pregunta dónde están sus flotas que daban la vela, llevando a los Colones, los Corteses y Pizarros al descubrimiento y conquista de un nuevo mundo, y volvían cargadas de plata, y oro. —Sevilla suspirando le enseña sus barcos de vapor! ¡Oh, progresos del tiempo! Aproximaos. —Hablad con ella. Como vieja, le gusta hablar de las épocas de su juventud y grandeza. —Ella, pues, os llevará desde luego a su catedral. Os enseñará el cuerpo de San Fernando! Pero... arrodillaos... adorad... venerad con ella!... Si no, estad seguros de que la vieja Sevilla no volverá a hablaros: no podríais comprenderla.

Después la seguiréis al Alcázar, palacio de reyes, viejo y romántico como ella. En los baños de las Reinas moras, de Doña María de Padilla, es donde os contará en romances su historia, sus vicisitudes, sus triunfos, sus glorias y sus creencias; y los ecos del palacio, habitado sólo de recuerdos, repetirán sus palabras con sus aéreas bocas. En seguida os sentareis con ella a la fresca sombra de floridos naranjos en las orillas del Betis, y os hablará de sus hijos queridos; os recitará con magia y encanto los versos tan bellos de Herrera, Rioja y Góngora; las hazañas de los Ponces de León y los Guzmanes, y os llevará de la mano a admirar las portentosas obras de su Murillo, su Velázquez y su Montañés. —La veréis joven, ardiente, poética, exaltada; mas luego, volviendo a su verdadero estado de mujer anciana, acabará por deciros suspirando: «¡Cómo han mudado los tiempos!»

Saliendo por la puerta llamada de Triana, seguiréis dos calles de árboles que conducen a los Malecones, que son unas gradas elevadas para precaver la ciudad de las inundaciones del río, cuando éste sale de madre. Pasados aquéllos, encontrareis una llanura llamada el Arenal, de donde sale el puente que conduce a Triana. Veréis en esta llanura una concurrencia elegante dirigiéndose hacia la izquierda, donde principian los hermosos paseos, que adornan a Sevilla cual una guirnalda de flores. La vecindad del río es quien sostiene ese lujo de vegetación, esa multitud tan variada de flores que los embellecen; pues no pudiendo ya enriquecer a su amada con tesoros, la adorna con flores.

A la derecha de la puerta de Triana, veréis la Plaza de Armas, que hizo construir el general marqués de las Amarillas. Los pilares que sostienen sus cuatro puertas están adornados de un león de bronce destrozando un águila, y hacen alusión a los nombres que llevan aquéllas, que son Bailén, Vitoria, San Marcial y Albuera. ¡Honor al noble español, que eleva un monumento a la gloria de su patria!... que procura libertarla del injusto olvido donde la sepulta el culpable descuido nacional!... que conservó en su corazón, verdaderamente patriótico, el recuerdo de esta gloria potente, elevada, sublime, que existirá en los venideros siglos, cuando yazcan en el olvido las disensiones domésticas que la hacen descuidar hoy!

Un domingo del año 1833, muchas damas adornadas con mantillas blancas, flores y cintas; muchos elegantes jóvenes a pie y a caballo, se apresuraban a llegar al paseo. Dirigíase la alegre multitud a la izquierda, en tanto que a la derecha se observaba un contraste notable. Un misionero capuchino, subido sobre el malecón, predicaba a un gran número de gente del pueblo, que en pie y con la cabeza descubierta, formaba en derredor suyo un círculo a manera de abanico. A cierta distancia, un inglés apoyado en un árbol dibujaba en su álbum el venerable rostro del capuchino. Un paisano, mirando el dibujo por encima del hombro del inglés, se sonrió y dijo con la franca cordialidad española, a quien basta una mirada para hacer conocimiento:

—¡Por vida mía, que se parece, como un ojo de la cara, a su compañero! Usted es un gran pintor, señor; y si usted es inglés, como pienso, muy ajeno estará, al mirar a ese pacífico y santo varón, de que haya echado quizás debajo de tierra a algunos de los abuelos de usted.

El inglés miró al español con admiración, y éste le volvió a decir:

—Sí señor. ¡Valiente espada era la suya el año 1782! En el sitio de Gibraltar se distinguió mucho, hasta que... Pero es historia larga.

Suplicole el inglés se la contara, y el buen hombre, que no deseaba otra cosa, le hizo la relación que se ha leído.

Viendo —añadió por último el español— con tanta claridad el dedo de Dios, que le castigaba con tan espantosa catástrofe, fuera de sí de dolor por haber causado con su criminal pasión la muerte de su amigo D. Ramiro de Lérida, sólo vio dos alternativas: morir o hacer penitencia. ¡Gracias a Dios, era cristiano, y tuvo valor suficiente para escoger la última!

El inglés miró ya con un nuevo interés al misionero. Tenía, por decirlo así, el microscopio que podía penetrar aquella cubierta humilde y silenciosa.

Mas en vano buscó en aquel semblante envejecidos surcos de lágrimas, un tinte de dolor o una mirada que denotase un recuerdo. ¡Todo había desaparecido en aquella tranquila y venerable fisonomía! No era obra del tiempo esta total variación: una elevada virtud había desprendido de este mundo su corazón y conducídole a aquella altura, en que, según el elocuente poeta Lamartine,


«¡Hasta el recuerdo huyó, sin dejar huella!».
 

La hija del sol

Relación

¿Est-ce vrai? —Oui: mais qu'importe?

Balzac.
 

Tocaban a ánimas las campanas de la ciudad de Sevilla, y muchos corazones religiosos se alzaban al cielo en aquella hora dedicada por la Iglesia a recordar a los muertos. Todo yacía frío, silencioso y triste en la invadiente oscuridad de una noche de Diciembre; una espesa cortina de nubes cubría las estrellas, que son, según dice un poeta, los ojos con que mira el cielo a la tierra.

En la sala de una de las hermosas casas de Sevilla, que los extranjeros llaman palacios, frente a una chimenea en que ardía y daba luz como una antorcha la alegre leña del olivo, estaba sentada una señora, sumida en los pensamientos graves y tristes que infundían la hora y lo lóbrego de la noche. No se oía sino el gemido del viento, que daba tormento a los naranjos del jardín, y que penetrando por el cañón de la chimenea, caía sobre la llama a la cual abatía temblorosa, esparciendo ráfagas de vacilante luz por la estancia. Parecía que la soledad la abrumase, y cual si un genio benéfico se ocupase en prevenir sus deseos, abriose la puerta, apareciendo en el umbral una persona cuya vista debió serle grata, puesto que al verla, hizo la señora un ademán y exclamación de alegría, y se levantó para ir a su encuentro.

La recién entrada era una señora de edad, bajita, trigueña, cuyos ademanes animados y cuyos ojos vivos y alegres denotaban que los años habían pasado por aquella naturaleza juvenil y activa sin doblegarla y sin que su dueña los notase.

—Vaya, marquesa —dijo la recién llegada—, que para venir desde donde yo vivo hasta tu casa se necesitan amor y coche.

—Te ha bastado el amor. ¡Y cuánto te lo agradezco! Ahora conozco la verdad que encierra este refrán: «Amor con amor se paga». ¡Salir en una noche como ésta!

—Hija mía, no había otra —repuso la amiga—. ¿Sabes —añadió— que te he estado mirando por los cristales, y he visto que tienes un aire de languidez, según dicen los poetas del día, que maldito si te sienta bien? Si te hubiese visto tu amigo el barón de Saint-Preux, diría que, echada como estás en tu sillón ante la chimenea, parecías la estatua de la Lealtad llorando ante la hoguera de un trono.

—Por fortuna —repuso riendo la marquesa—, el trono que arde aquí lo fue siempre de un jilguero.

—Si te viese Joaquín Becker, le servirías de modelo para algún cuadro de la Viuda de Padilla —prosiguió la que había entrado.

—Desahoga ese buen humor que rebosa en ti como la alegría en los niños —respondió con resignación la marquesa.

—Tu recomendado sir Robert Bruce diría al verte, que lo que verdaderamente progresa en el mundo es el spleen.

—Pero, amiga mía —replicó la marquesa—, cuando se tienen penas...

—Si me hablas de penas, tomo el portante —interrumpió la señora—: tengo una cáfila de ellas a tu disposición, que me dejo en casa cuando salgo. Vengo a que nos distraigamos un rato en sabrosa plática, como dicen los buenos hablistas, exóticos ya entre nosotros. Dejemos las lamentaciones para Semana Santa.

—De ningún modo me entretendrías mejor y más a mi gusto —repuso la marquesa— que contándome la historia de aquella hermosa dama que debió a su extraordinaria belleza el nombre por el que fue conocida.

—¿La hija del sol?... Verdad es que prometí referirtela; y cierto es también que nadie te la podrá contar con mejores datos que yo, habiéndolos adquirido en la Isla de León, teatro del suceso, donde pasé mi primera juventud, siendo mi padre capitán general del Departamento.

Sentáronse ambas amigas frente a la chimenea, avivaron el fuego, y la marquesa se puso a escuchar con ansiosa curiosidad el siguiente relato:

«Quedó viuda la señora de *** con sólo una hija, de tan maravillosa belleza, que mereció el dictado de la hija del sol, por el cual era conocida. Criola su madre lejos del mundo, en silencio y soledad, velando incesantemente sobre su tesoro, hasta ponerla en manos del hombre digno y honrado que, uniéndose a la hermosa joven, le dio su nombre y hacienda. Don A. F. era un hombre de mérito, y la hija del sol se unió a él, sin desear y sin oponérsele la boda: siguió en esta ocasión el dictamen de su madre, que nunca había hallado oposición en la dócil niña.

»Gozaban hacía algún tiempo los esposos de una felicidad sin nubes, cuando un acaecimiento, inútil de referir, obligó a Don A. F. a hacer un viaje a la Habana. —Entonces rogó a su suegra que se encargase de su hija, y la llevase fuera de Cádiz durante su ausencia. Hacíalo, porque en aquella época —por los años de 1764— era Cádiz rica y poderosa, y el oro arrastraba en pos de sí ese lujo, esos placeres, esas vanidades, esa embriaguez y esas pasiones que son su séquito ordinario. Para alejarse de este foco de seducciones y peligros, Don A. F. les suplicó que se trasladasen a la Isla, ciudad de arsenales y de marina, vasta y solitaria, porque Cádiz lo absorbía todo en sus cercanías.

»Mientras un barco salía lentamente de la bahía de Cádiz, entonces animada como una feria, una berlina con cuatro caballos, cuyos cascabeles sonaban alegremente, corría por el arrecife que conduce de Cádiz a la Isla, y que se alza entre dos mares, que se unen tanto en las altas mareas, que entonces, más que camino, parece el arrecife puente.

»En la berlina se hallaban dos señoras: la una anciana, cuyo semblante expresaba cuidados y zozobras; la otra joven y hermosa, cuyo rostro estaba bañado de lágrimas. Frente de ambas iba sentada una negra aún joven, doncella y compañera desde su infancia de la que lloraba; la que por sus visajes, gracias y niñerías logró que a una legua de Cádiz las lágrimas de su ama llegaran a secarse, y que una sonrisa reemplazase los suspiros que antes salían de sus labios.

»La Isla de León es una ciudad larga y angosta, que se levanta blanca y brillante entre los montones de sal, como un cisne rodeado de sus polluelos. Tres cosas descuellan en ella: las palmeras de su arenisco suelo, el Observatorio de su sabia marina, y la cúpula de sus católicos templos. La Isla es triste como una bella mujer arrinconada por una feliz competidora; o más bien la Isla, con sus arsenales, sus diques, sus cordelerías, sus astilleros y machinas, parece la mujer del marino en su soledad, sentada en la playa y mirando al mar.

»La berlina se paró delante de una hermosa casa, que, como la mayor parte, era de piedra y estaba solada de mármol, y cuyas puertas eran de caoba. Frente de la puerta de la calle se abría la del jardín. Precedíale una galería que formaban columnas de mármol, entre las cuales habían confeccionado los jazmines, las madreselvas y los rosales guirnalderos, columpios para mecer sus flores. Caminitos de ladrillos dividían el jardín en cuatro partes. Las paredes desaparecían bajo un espeso velo de enredaderas. En el centro del jardín había un cenador o merendero tan espesamente cubierto por rosales de Pasión, que en lo oscuro y fresco, más que cenador, parecía gruta. En medio, sobre un pedestal, se hallaba un amorcito de mármol, que con una mano escondía sus flechas, y con un dedo de la otra, que llevaba a sus labios, imponía silencio.

»En este merendero era en el que pasaba la hija del sol largas y solitarias horas. Algunas veces le decía Francisca, su negra, después de prolongados ratos de silencio:

—»Ese niño, mi señora, nos hace señas que callemos. Más valiera que nos mandase hablar, pues lo vamos a olvidar. Mi amo tiene en el barco la mar, los vientos y los peligros; pero acá nosotras no tenemos nada sino las flores.

»La hija del sol bostezaba y respondía:

—»Mi marido piensa


«que entre dos que bien se quieren,
con uno que goce basta».
 

»¡Así pasaba su vida aquella mujer, que, por desgracia, no había sido enseñada a llenar su tiempo y a ocupar su mente, y a la que pesaba la ociosidad como al desvelado las tinieblas! Necesitaba la vida activa, para revolotear ligeramente y sin objeto, de flor en flor, como la mariposa.

»Un día estaba la hermosa solitaria sentada, abanicándose, en su ventana o cierro de cristales. Francisca, echada en el suelo, se entretenía en teñir de azul con agua de añil el blanco perrito habanero de su señora.

—»¿Sabe usted, mi ama —dijo de repente—, que ese oficial, ese brigadier de guardias marinas que nos sigue cuando vamos a misa, se ha mudado aquí enfrente?

»La hija del sol, al oír a su negra, volvió la cabeza por un irreflexivo e involuntario impulso, y vio en el balcón de la casa a que Paca aludía, a un joven, el cual, aprovechando el instante en que ella fijó su vista en él, la saludó con la finura y gracia que ha distinguido siempre a los oficiales de la Marina Real.

»La reconvención que iba a hacer la hija del sol a su negra, espiró en sus labios al ver al jóvenes en el que de sobra había reparado anteriormente. Así que Francisca prosiguió:

—»Se llama D. Carlos de las Navas, tiene veinticuatro años, y es el mejor mozo de la brigada. Es tan bueno y tan llano, que todo el mundo le quiere...

—»Parece que estás muy impuesta en todo lo concerniente a ese caballero —dijo su ama interrumpiendo a la negra—. Pero como todo eso ni me atañe ni me importa, guárdalo para ti y otros curiosos.

—»Aquí tiene mi ama a su perrito, más azul que una pervinca —dijo la humilde muchacha para distraer a su ama.

»Pero la hija del sol no pensaba ni en el perrito azul, ni en su doncella negra. Días había que un gallardo joven la segura por todas partes: le veía en todas partes, en la calle, en la iglesia, en sus pensamientos, en sus sueños! Ahora se le encuentra alojado frente a su ventana; se le han nombrado; se halla casi en relaciones con él, por medio de un saludo que no ha podido excusar!

»De más está el que se añada que las Navas, que fue uno de los más cumplidos caballeros de su época, al ver a la hija del sol, había concebido por ella una de aquellas pasiones que en tiempos en que no absorbía la política completamente a los hombres, henchían y exaltaban sus almas a punto de intentar lo imposible, movidos por ellas.

»Mucho tiempo fueron inútiles todas sus gestiones; porque a la hija del sol habían sido infundidos principios religiosos, que si no siempre alcanzan, en vista de la fragilidad humana, a evitar una culpa, siempre llegan a enmendarla o a corregirla. Las Navas estaba desesperado; la hija del sol, por su parte, había trocado su anterior tranquilo fastidio por un constante dolor que la consumía. Francisca, la negra, llena de compasión por los sufrimientos de ambos, y cediendo a sus instintos de raza incivilizada, sin reflexionar en la culpable causa de estos voluntarios sufrimientos, ni en las trascendentales consecuencias de su necia complacencia, cedió a los ruegos de las Navas, y una noche en que estaba su ama tristemente sentada en el cenador del jardín, le abrió una puertecita que éste tenía, y que daba a la Albina, sitio solitario y pantanoso que se extiende entre la Isla y el mar.

»Es una verdad muy conocida la de que el primer paso es el que cuesta. La puerta que tan imprudentemente abrió la negra, lo fue ya cada noche. En aquella galería, poco ha tan sola y vacía; entre aquellas flores, poco ha tan desdeñadas; a la claridad de aquella luna, poco ha tan desatendida, pasaban los amantes noches de encanto, y cuya felicidad adormecía hasta la conciencia. De esta suerte pasó un año.

»Entonces acaeció que el capitán general del Departamento, que había ido a Jerez, murió allí repentinamente: toda la brigada de guardias marinas tuvo que trasladarse a aquel pueblo para acompañar el entierro. Esta ausencia, por corta que fuese, causó un vivo dolor en dos seres que había un año que no podían vivir sino en la misma atmósfera, y para los cuales era la ausencia un compuesto de dolor, de inquietud, de ansiedad, de temor y de celos.

»En la noche del segundo día estaba sentada la hija del sol en la galería de su jardín: Francisca lo estaba a sus pies. La luna se levantaba pura y tranquila, como un corazón exento de pasiones y de inquietudes.

—»Mi ama —dijo Francisca, poniéndose de un salto en pie—, ahí está el señorito de las Navas. ¿No ha oído su mercé la señal?

—»No es posible, Francisca —respondió azorada y con corazón palpitante la hija del sol.

—»Escuche, mi ama, escuche —repuso la negra. La hija del sol aplicó el oído, y oyó distintamente el silbido particular que usaba las Navas para darse a conocer.

»Francisca corrió a buscar la llave del postigo, corrió hacia él, lo abrió, y las Navas, envuelto en su capa, entró con paso acelerado.

»Pero Francisca no pudo volver a cerrar el postigo, porque le empujaron dos hombres que entraron y siguieron a las Navas.

»Sobrecogida de un asombro que la paralizó, la negra no pudo ni moverse, ni gritar. Los que habían entrado alcanzaron a las Navas, y antes que pudiese defenderse ni parar el golpe, le clavaron sus puñales en el pecho. Las Navas cayó sin dar un gemido; cuando le vieron tendido en el suelo, los asesinos huyeron.

»Por algún tiempo el más profundo silencio siguió reinando en aquel lugar, mudo testigo de la catástrofe. Francisca permanecía paralizada bajo la doble impresión del espanto y del horror. La hija del sol yacía desmayada sobre las gradas de mármol de la galería; las Navas no daba señal de vida! La luna plateaba tranquilamente este cuadro, y las flores lo embalsamaban.

»Al cabo de un rato, vuelta Francisca en sí por la activa angustia que sucedió a su pánico espanto, vuela hacía su ama, a quien ya mira deshonrada y perdida, la coge en sus brazos, la despierta, la anima.

—»¡Ama mía! ¡ama mía! —exclama—. Sois perdida si aquí hallan ese cadáver! Ama mía, vuestra honra y vuestra suerte dependen de lo que podamos hacer en estos momentos; ¡y son contados! Es preciso sacar de aquí ese cadáver que os compromete. ¡Valor, mi señora, valor! Si no lo hacéis por vos, hacedlo por el amo! Saquemos de aquí ese cadáver para evitar el escándalo y la afrenta. Ayudadme a arrastrarlo a la Albina, que yo no puedo hacerlo sola.

»Y la valerosa negra arrastra a su infeliz ama, y la obliga a ayudarle a arrastrar el cadáver a la Albina.

—»¡Basta! ¡Que no puedo más! —gemía su ama.

—»¡Más todavía, mi señora! —replicaba con angustia la negra—. ¿Queréis aparecer ante los tribunales?

»Y las dos, dominando su dolor, su asombro y su flaqueza, volvían a coger el yerto cadáver para alejarlo más de allí.

»Después Francisca, sosteniendo a su señora, la arrastra a su cuarto, la acuesta, vuelve al jardín, echa agua sobre las manchas de sangre, y hace desaparecer todo rastro, todo vestigio de aquel lúgubre crimen, con esa energía, hija del cariño, que es la más perseverante. Regresa al lado de su señora, y al verla tendida, tan blanca y tan inmóvil como si fuese aquel lecho su féretro, cae de rodillas, y elevando hacia su señora sus temblorosas manos, prorrumpe en sollozos exclamando:

—»¡Ama mía, yo os perdí!

—»No, Francisca, no —murmuró su señora—; me has salvado!

»Y echando uno de sus brazos de marfil al cuello de ébano de la esclava, la atrajo a sí prorrumpiendo en sollozos.

—»Ya viene el alba —dijo poco después Francisca, que fue a abrir las ventanas, como para poner cuanto antes fin a aquella espantosa noche.

»Por más que digan los poetas, que por lo regular no conocen al alba sino de oídas, el alba es triste. Cuando el día cae, todo se prepara al reposo; al alba todo se prepara al trabajo y al sufrimiento! La luz del día alumbra a una ciudad muerta; tanto brillo en el cielo y tanto silencio en la tierra contrastan penosamente! —la hija del sol, bella y silenciosa, se parecía a esa madrugada sin vida.

»Francisca la obligó a levantarse y a sentarse en su cierro de cristales, como tenía de costumbre, para evitar toda sospecha. Francisca entraba y salía en el gabinete.

—»¿Qué se dice? —le preguntaba su señora a media voz.

—»Todavía nada —respondía Francisca en el mismo tono.

—»¡Dios Santo! ¡Ese cadáver abandonado! —gemía la infeliz.

»Francisca cruzaba las manos y le hacía seña de que callase, señalándole a su madre, que rezaba tranquilamente sentada en el canapé.

»De repente se oyeron los brillantes y animados sonidos de la música militar. Era la brigada de marina, que regresaba de Jerez.

»Cada nota de la música, que tantas veces había oído cuando precedía a la brigada, y a su cabeza venía el hombre a quien amaba, y que ahora yace muerto y abandonado cadáver en la Albina; cada una de estas notas es un puñal que se clava y destroza el corazón de la infeliz mujer, en la que hasta su dolor es un delito!

»De repente, aquella mujer que gemía quédase muda, sus ojos se abren espantados y fijos, un temblor convulsivo se apodera de ella, y sólo tiene acción para extender el brazo con un ademán lleno de espanto hacia la calle. Francisca se arrojó al cierro, y sigue con la vista la dirección que indican el brazo y las miradas de su ama, y ve... ve a las Navas a la cabeza de su brigada, que en aquel instante alza la cabeza, sonríe y saluda alegremente a su amada! Francisca da un grito, y cae sin sentido: la hija del sol, fuera de sí, clama al cielo pidiendo misericordia. Refiere a voces lo acaecido aquella noche; la creen loca, y su madre manda llamar a un facultativo; pero Francisca, vuelta en sí, confirma la relación de su ama. Van a la Albina; pero allí no se halla cadáver alguno. Preguntan a las Navas; éste no ha faltado, no ha podido faltar de Jerez; lo que confirman unánimes sus compañeros.

»La hija del sol, después de restablecida de una larga enfermedad, escribe a su marido, se confiesa culpable, le ruega que la perdone y le dé licencia para entrar en un convento a hacer penitencia. El marido le da esta licencia, la bula es otorgada, y LA hija del sol entró y profesó en las Descalzas de Cádiz, en el que, después de una vida ejemplar, murió como una santa. Francisca la siguió al convento».

—¿Y cómo se explicó eso? —preguntó con profundo interés la marquesa a su amiga cuando ésta hubo concluido.

—Esto no se explicó nunca para los incrédulos; pero sí muy luego a las almas creyentes —respondió su amiga.

Nota. Esta Relación es verídica. La hija del sol nació en 1742, y murió monja Descalza en Cádiz en 1801, a los cincuenta y ocho años de edad. El señor D. Francisco Micón, marqués del Mérito, compuso a La hija del sol, cuando profesó, el siguiente soneto, que si bien no tiene mucho del título de su autor, puede servir de comprobante a lo referido:

A la hija del sol

Soneto


Ya en sacro velo esconde la hermosura
en sayal tosco garbo y gentileza
la hija del sol, a quien por su belleza
así llamó del mundo la locura.

Entra humilde y contenta en la clausura;
huye la mundanal falaz grandeza:
triunfadora de sí, sube a la alteza
de la santa mansión segura.

Nada pueden con ella el triste encanto
del siglo, la ilusión y la malicia;
antes los mira con horror y espanto.

Recibe el parabién, feliz novicia,
y recibe también el nombre santo
de hija amada del que es sol de justicia.
 

Segunda parte

Prólogo

Natural parece, al escribir un prólogo para Fernán Caballero, probarse en el empeño de hacer un juicio crítico de este autor, sometiendo a detenido examen, ora la índole de su talento, ora la importancia de sus obras. Pero si así generalizásemos el asunto de nuestro trabajo, diríase con razón que usurpábamos parte de su terreno a escritores mucho más aptos, con quienes compartimos la honra de sacar a luz los volúmenes de la colección presente. Fuerza es, pues, concretarnos al tomo que tenemos a la vista, y buscar si hay en él algunas circunstancias, de poca o mucha monta, que dándole carácter propio, merezcan ser aquí mencionadas.

¿Las hay realmente?

Según la intención del autor, los escritos contenidos en este tomo forman, en efecto, con Callar en vida y perdonar en muerte, un grupo aparte en la colección de sus obras. Las otras son Novelas de costumbres, mientras que éstas no pasan de meras Relaciones. Y así como en el prólogo añadido a Callar en vida por religiosa y bien cortada pluma, se fijaron satisfactoriamente los caracteres distintivos de tal linaje de composiciones, así ha querido ahora explicarnos el autor en persona lo que al escribirlas se ha propuesto. He aquí sus propósitos. Ha querido trazar calamo currente algunos desenfadados rasgos, para tornar con mayor apacibilidad a sus delicadas y prolijas labores, a sus análisis del corazón y a sus investigaciones psicológicas. La pluma acostumbrada a deleitarnos, desarrollando en lenta gradación afectos y caracteres, necesitaba distraerse, reduciendo todo su quehacer a ser atropellada narradora de sucesos. Tal es el sello con que, entre los demás, quiere distinguirse el volumen hoy ofrecido al público. En otras obras aspiraba el autor ante todo a reproducir con bellas tintas la verdad, sorprendida a fuerza de concienzudos estudios: ahora juzga que puede —¿quién lo diría?— emanciparse de la estricta probabilidad, tendiendo, como tienden, estas Relaciones a causar efecto.

—¡Oh, sorpresa! El autor de la Gaviota abandona también sus serenas regiones, para descender al resbaladizo terreno de los novelistas vulgares! Se echa a caza de efectos, y para conseguirlos, ni aun el desentenderse de la estricta probabilidad lo arredra! Aquella sensatez instintiva, y aquella exquisita gracia, y aquel horror de lo ampuloso, y aquel característico desdén de todas las bellezas convencionales, habrán de codearse en la calle con el savoir faire del folletinista, que arma su tinglado, y rompe en contorsiones para divertir a los transeúntes! ¡Tan fuerte es la tentación de gustar el fruto prohibido, que no halló resistencia ni aun en ese juicioso ingenio, ni aun en esa purísima fantasía!

No hemos dicho tanto. Tranquilícense, pues, los asustadizos, y desengáñense aquellos a quienes pudiera ser grato ver enriquecido con un hombre más el catálogo de los maestros zurcidores de emociones fuertes, espeluznadoras, rufianescas, o sentimentales. Precisamente lo que dota de particular interés a este tomo, es el presentar patente, en cada página, que la vocación del autor resiste a toda prueba, que su personalidad es positiva e inalterable.

Hay que considerar las Relaciones bajo dos aspectos, para discernir hasta qué punto es capaz Fernán Caballero de consultar los gustos dominantes, al arrojar sus libros como pasto a la voracidad del público. Hay que examinar primero los asuntos, y después el desempeño.

En cuanto a los asuntos, se puede convenir en que el autor, aun confesándose tímido, ha hecho algunos esfuerzos para cumplir su nuevo programa. Trata de amoldarse a las condiciones del género, ensanchando un tanto la esfera de la probabilidad en que accionan sus personajes. No se limita a referir hechos comunes, engalanándolos con las poéticas medias-tintas que la observación y el sentimiento ponen en su rica paleta; antes procura mantener suspenso el ánimo del lector, y difundir corrientes de vida a todas las partes del relato, con la interpelación de otros sucesos tan interesantes por sí mismos, como por el acierto con que están presentados. Hechos de posibilidad incuestionable como los anteriores, pero de más bulto, más extraordinarios en la vida real. Y es fuerza conceder que apenas hay Relación cuyo argumento no descanse sobre alguna singularidad de semejante especie.

El de Justa y Rufina versa sobre el trueque fraudulento y poco común de dos criaturas en la cuna. La diabólica maraña de una mujer, que presenta a los abrazos de su esposo el hijo ajeno como nacido en su propio tálamo, sirve de base a No transige la conciencia. Rodean de interés a Flor de las ruinas su desenvuelta declaración de amor al forastero con quien topa en la calle, y las reticencias no menos singulares que coronan tan atrevido paso: en tanto que la muerte del ventero suspende sobre Más largo es el tiempo que la fortuna nubarrones de sangre, a cuyo maléfico influjo van surgiendo extraordinarios lances, que para producir estrepitosa conmoción en las tablas, sólo necesitan que algún mañoso dramaturgo los ponga en diálogo. El Ex-voto es más que extra ordinario; dejándonos entrever la intervención directa de Dios, marca el tránsito de lo humano a lo sobrenatural. En fin, la Hija del sol avanza todavía en esta senda, y nos cuenta sin ambajes un verdadero milagro. Restan Los dos amigos, en que ni hay hijos falsos, ni damas misteriosas, ni asesinos trasformados en jueces, ni prodigiosas muestras del poder divino; pero aun en esa breve y sencilla leyenda se puede traslucir sin violencia la voluntad de hacer al género algunas concesiones. Y cierto que son acaso las que más suspenden nuestra mente hasta llegar a la catástrofe. ¡Cómo! Fernán Caballero nos refiere adúlteros amores, y su pluma, constante defensora de las causas buenas, no tiene un rasgo para vengar la Religión ultrajada! ¡Y esparce en torno de tan criminal galanteo las suaves flores de su estilo, que sólo pertenecen a los sentimientos lícitos! Mas llega el desenlace, y gracias a esta falta de preparación, él castigo providencial que sobreviene sorprende a los lectores con tan inesperado sacudimiento como al mismo que lo sufre.

Así procura Fernán Caballero realizar sus novísimos propósitos. Pero resta la segunda parte. Falta saber si a esta mitad de su tarea, mitad que se elabora con premeditación, corresponde el desempeño, siempre más independiente de la voluntad del escritor, y por consiguiente, más espontáneo.

Si el autor de las Relaciones pudiese cambiar de naturaleza, como cambian los asuntos de sus cuadros; si, como pasa en sus pinturas de la virtud al vicio, de lo alegre a lo triste y de lo común a lo insólito, pudiese convertir su espíritu alternativamente de exacto en falso, de delicado en grosero, de perspicaz en bizco... ¡entonces sí que valdría para adaptarse, según la circunstancias, al instable capricho del vulgo de los lectores! Mas por fortuna, no habiendo variado la índole de su talento, ni de su corazón, ni de su fantasía, el desempeño de cuanto se proponga hacer tiene que llevar ese triple sello. El artífice es el mismo.

El autor es siempre Fernán. Su originalidad le fuerza a escribir como Dios le da a entender, según sopla el viento de su capricho, curándose poco del público, curándose menos del simétrico desarrollo de su asunto, sin otra idea fija que ser siempre cristiano y español, sin más pretensión que arrancar lágrimas o sonrisas cuando buenamente venga a cuento, tratando, en fin, de aparecer sencillo y huir de la vulgaridad, que consiste en desquiciarlo, abigarrarlo y extremarlo todo.

Así tiembla él, como cobarde criatura, en cuanto sobreviene, empujada por su rápida pluma, una situación horripilante o sentimental!... y de un solo trazo la convierte en situación tierna, o noble, o apacible, dejando chasqueado con tan miserable remate al lector novelero, que ya se cebaba en su sabrosa presa. Y en tanto los diestros del oficio, los que de doctores se precian en esto de saber sacar partido, lamentan la impericia del autor y critican las extravagantes salidas de sus personajes.

—Tú, conde de Alcira, ¿cómo nos arrebatas un estrepitoso desenlace, llevándote a la tumba tu secreto?

—Tú, Justa de Villamencía, ¿por qué no reconoces en la iglesia a tu hija moribunda? ¿Por qué la ves morir, y te vuelves a casa, y permites ¡cruel! que acabe el cuento, sin prorrumpir en el patético grito de ¡Hija mía!?

—¿Tan faltos estaban de gacetillas los periódicos de Nueva-York, que no has podido menos de marcharte a morir oscuramente en un garito americano, oh Juan Luis Navajas?

—Y tú, Gaspar Camas, ¿en nombre de qué principios del arte novelesco te limitas, como un cura de aldea, a cumplir heroicamente tu deber, y armar el menor ruido posible en la acción donde figuras? Jamás nos pagarás la magnífica escena de que, oyendo silencioso en confesión al asesino de tu padre, miserablemente nos defraudas. O ya que te empeñaras en ser interesante por esas el clericales pequeñeces, orlaras a lo menos tu túnica de mártir del sigilo sacramental con tandas y ribetes de melodrama! Hubieras escrito tú el fuge, late, tace, que libra a tu ofensor de la justicia; o vinieras adrede de las Indias para auxiliar en el camino del suplicio a tu inocente hermano. Así se fabrican las emociones fuertes.

—Y vosotros, muchedumbre de seres episódicos que pululáis al calor de una vehemente fantasía, como insectos a los rayos del sol tropical: mister Hill, mister Hall, mae Juana, la ex-administradora, viejas que cuentan cuentos, chiquillos que echan relaciones, gatos, perros, gallos, grillos, cabras ¿qué venís a hacer aquí? ¿Qué derecho tenéis para embargar la mitad de estas páginas con pueriles acciones e insulsos dicharachos que nada añaden ni quitan al interés de la fábula, ni a la sabia concatenación de los sucesos? ¡Jamás se ha visto un modo semejante de hacer novelas!

Y así es la verdad. ¡Rebelde naturaleza tiene este novelista! ¡Pensar que con un poco de sumisión a sus pedagogos podría literalmente abrumarnos a fuerza de sensaciones enérgicas, y enseñarnos por añadidura que una madre debe conocer al fruto de sus entrañas aunque nunca le haya visto; que un padre, a quien su esposa engaña, tiene obligación de contárselo a los chicos, que el cura que cumple humildemente su deber es un menguado; y que todo asesino que se deja asesinar hace mal, siempre que esto suceda en los Estados-Unidos, entre tantos y cuántos grados de latitud norte! ¡Pensar que está desperdiciando, llevado de no sé qué amor a lo verdadero y lo sencillo, una ocasión más de predicar al mundo que el sentimiento del deber es fastuoso, la virtud amanerada y cacareadora, la sensibilidad sentimentalismo, la verdad novela, y Dios justiciero un calculador de efectos! Pero... ¡vaya usted a corregir al bueno de Fernán Caballero, a quien sus más encarnizados detractores habrán de conceder, por lo menos, el soberano tedio que le inspiran los triunfos conseguidos por receta! Él desciende a la palestra, fiándose en su instinto bueno o malo, y esgrime a lo colchonero, según la expresión del romance, sin dársele un ardite de todos los científicos Arquímedes.

De donde resulta que el tratar en el presente libro asuntos algo diversos de los que en otras ocasiones ejercitaron su ingenio, no ha servido para oscurecer. sus cualidades, sino quizás para ponerlas por el contraste más en relieve. En momentos en que sufren alguna violencia, es cuando se prueban los instintos bastante arraigados para no cambiar, como veleta, a cualquier viento. Entonces escupe la víbora su veneno; entonces el noble y elegante habitador de los bosques, el acorralado ciervo, fiel a su innata mansedumbre, alza los ojos al cielo, y llora!

¿Qué importan los peligros a que el autor se arriesga relatándonos lances maravillosos o terroríficos? —La ternura, la sensatez, la gracia, la afición a los pormenores bellos, el inocente donaire propio de almas alegres y buenas, la naturalidad a quien espantan lo campanudo, lo chillón y lo enfático, vuelan en torno de la pluma de Fernán, prodigándole sus dulces inspiraciones, apartándola de groseros tropiezos, impeliéndola o parándola a su antojo. Y en vano se aventuraría la imprudente en empresas cien veces más análogas a las de los novelistas al uso; porque esos geniecillos benéficos, pese a los esfuerzos de su protegida para hacer efecto, habrían de entonarla el cantar viejo:


Si os pesa de ser querida,
yo no puedo no os querer:
¡Pesar habéis de tener
mientras os dure la vida!
 

De suerte que las más sabias averiguaciones acabarán por dejar establecida, acerca de este volumen, la siguiente verdad: —Se parece a los anteriores como un hermano a su hermano gemelo. Cuando más, recordará por la gentileza del contraste entre algunos de sus incidentes y el tono general que en él domina, aquellos cuadros a la manera de Watteau, en que se figuran mofletudos niños cargados de arreos soldadescos, o de diplomáticos pelucones, discutiendo en grave actitud, o manejando arrogantemente la espada.

¿Se quiere que hablemos ahora de los desaliños de frase, o de la languidez, hija de su candor, a que a veces propende este amable ingenio? Eso no lo haremos nosotros, que por las razones expuestas al principio tenemos que irnos a la mano en el estudio de sus buenas cualidades.

Preferimos concluir convirtiendo la vista a lo que constituye el principal mérito de Fernán Caballero. Escritas por sabios y respetabilísimos sacerdotes, tenemos delante cartas en que se leen los renglones siguientes:

«Estoy enamorado de la fe de Fernán: el celo y la caridad brotan de su blanda pluma».

«Casi me atrevería a adivinar que algunos de los toques que más embellecen sus obras, le han sido inspirados orando».

Y añade otro:

—«Si me hallase dotado de los talentos del autor, me dedicaría decididamente a escribir en este género, del mismo modo y en la misma forma que él lo hace. Y esto aunque fuese omitiendo algunos ejercicios de mi santo ministerio. Tan persuadido estoy del incalculable fruto de novelas escritas como el Ex-voto!».

Consolador es pensar que cuando tantos escritores sin conciencia y tantas sentimentalescas escritoras obtienen tristes triunfos trastornando las más claras nociones de lo bueno y de lo malo, adulando las pasiones bastardas y envenenando las creencias, única fuente de la felicidad humana, hay almas escogidas que, en premio de su celo por el bien de sus semejantes, merecen recibir de los ministros del Señor tan lisonjeros estímulos y tan expresivos encomios.

A esos autorizados testimonios, ¿qué fuerza añadirían nuestras insignificantes palabras? ¡Dichoso aquel que puede, trenzando las lozanas flores de su ingenio, formarse una guirnalda con que entrar coronado en el cielo! ¡Dichoso aquel de quien, como de Fernán Caballero, se puede decir indistintamente que sus obras son buenos libros y buenas acciones!

Eduardo G. Pedroso.

Dos palabras al lector

Las composiciones que los franceses y alemanes llaman Nouvelles, y que nosotros, por falta de otra voz más adecuada, llamamos Relaciones, difieren de las novelas de costumbres (romans de moeurs, que son esencialmente análisis del corazón y estudios psicológicos) en que se componen de hechos rápidamente ensartados en el hilo de una narración; esto es, en que son aguadas en lugar de miniaturas, como las antedichas.

Las Relaciones pueden, en favor de su tendencia a causar efecto, emanciparse con más desenfado que las novelas de costumbres de la estricta probabilidad, sin adulterar su esencia, ni faltar a su objeto.

No obstante, aun para la creación de las Relaciones nos confesamos tímidos, como tal, instintiva e indesprendiblemente apegados a la verdad, de la que decía Diderot, si bien con un símil que no hubiéramos hecho nosotros, «que es la trinidad en las artes, dimanando de ella el bien, que engendra lo bello, que es el espíritu santo». Cierto es que en lo verdadero cabe mucho; pues así como para las cosas espirituales nos muestra aquel sublime y resplandeciente campo que ha hecho Dios, el cielo y las cosas celestiales, muestra también inmensurables abismos de culpas y desastres, que han hecho los hombres. Allí sol, luz, paz, pureza y bendiciones; aquí sangre, delitos, gemidos y blasfemias! Allí la misericordia y la compasión; aquí la crueldad, la soberbia, el odio y la venganza! Esta reflexión que hemos hecho nos recuerda que a algunos les parece que están las nuestras de más en lo que escribimos. Mas no por eso las dejaremos de hacer, puesto que entendemos que es la ética parte tan esencial en la novela, que si ésta le faltase, podría colocársela en la categoría de un culto, fino Tutti li mundi.

Hásenos echado en cara también el hablar de Dios con respeto y énfasis. A lo que sólo opondremos la sencilla reflexión que en parecidas circunstancias hizo un antiguo autor: «¡Como si no se pudiese decir de las buenas doctrinas, mejor que del dinero, que siempre vienen al caso!».

No podemos menos de citar aquí unas palabras del periódico La Esperanza, en su número del 6 de Enero de 1855: «Más valor se necesita hoy —dice— para mostrar celo por el catolicismo, que para desdeñarlo y hostilizarlo, haciendo ostentación de indiferencia y de impiedad».

Justa y Rufina

Capítulo I


Lo bello es lo que agrada a la virtud docta y culta.

De Maistre.


Ni los padres que forman a sus hijos según ellos mismos, ni los preceptores que pretenden desenvolver sólo las inclinaciones naturales, logran sus fines. De este conflicto eterno entre la naturaleza y la vida, se puede inferir que hay una mano poderosa y oculta que educa tanto a las naciones como a los individuos.

Schlosser.


La vida presente no es sino una transición, una prueba, pero no un término.

Desnoiresterres.


La hermosa y distinguida marquesa viuda de Villamencía, sentada en el cierro de cristales de su gabinete, fijaba su triste y lánguida mirada en su hija, que en medio de la habitación estaba jugando con otras criaturas de su edad. Esta niña, que tenía cinco años, era el tipo de una pequeña nilis, con su con su tersa y alba tez y sus rubios cabellos, que flotaban en gruesos rizos sobre sus espaldas desnudas; las miradas de sus ojos azules eran tan dulces, que se volvían tristes cuando se fijaban. No siempre es dulce la tristeza; pero la dulzura por lo regular es triste, puesto que siempre se siente oprimida por la fuerza, o lastimada por la soberbia, o herida por la dureza, o acongojada por la lástima.

Frente a esta niña había otra como de siete años, cuyo tipo era vulgar. Su rostro era basto y moreno; sus ojos negros y grandes hubiesen sido bellos, si la mirada audaz, curiosa, sostenida y molesta que les era propia, y que con desenfado clavaba su dueña en cada persona y en cada objeto, no los hubiese hecho sobremanera desagradables y repulsivos.

Al lado de la marquesa estaba sentada una de esas personas de que con tanta propiedad se ha dicho que quitan la soledad y no dan compaña; entes pesados, inoportunos, que abruman y fatigan como el calor, ¡y tan necios que no lo conocen! Era ésta una señora, viuda hacía muchos años de un administrador de loterías, el que, al casarse con ella, se había adjudicado a sí mismo el premio grande. Dicha señora conocía a la marquesa desde joven, y la trataba, no sólo con la confianza que se tomaba en todas partes sin que se le diese, como una instintiva y genuina socialista, sino también con cierto aire e ínfulas preceptorales.

—¡Válgame Dios, marquesa! —le dijo—. ¡Siempre estás triste! Si es porque se murió tu marido, ¿eso ya qué remedio tiene? Si es porque tu hijo es un cena a oscuras, es hacia la cola y no quiere estudiar, consuélate con que no es el solo de su jaez. Si es porque te sientes enferma, tampoco es ese un motivo para estarlo, porque las gentes enclenques viven tanto o más que las robustas.

¡Qué don de decir cosas desagradables tienen algunas personas! ¿Don dijimos? Pues dijimos mal. Debimos decir falta: falta de educación, falta de finura, falta de delicadeza, falta de benevolencia, y sobre todo, falta de bondad! El primer deber —ya que impulso no sea— que tenemos en nuestras relaciones con el prójimo, es pensar bien de él; la primera regla de finura y de delicadeza en el trato social, es demostrárselo así. Los malévolos juicios y su grosera expresión, denominados hoy mundo y franqueza, conseguirán al fin el que sea nuestra sociedad mil veces peor y más díscola que la de los hotentotes. ¡Y se habla mucho, mucho, de cultura y de civilización! Sí, ¡como el ciego de los colores!

La marquesa, que era una mujer fina, se contentó con responder al impertinente apóstrofe de la administradora:

—Me duele la cabeza.

—¡Ya! —repuso la visitadora—. No es extraño; con el ruido que están haciendo esas niñas...

—¡Pues si apenas hacen ninguno! —dijo la marquesa—. Además, si lo hiciesen, no me molestaría: la presencia de mi hija es todo mi encanto, toda mi alegría, todo mi recreo.

—Anda con Dios —repuso la viuda— en lo que concierne a tu hija: Justita es una buena niña, dócil y bien mandada; pero lo mismo toleras a ésa Rufina, que bien se la puede decir Rufiana, tan suelta de ademanes como de lengua, tan mal encarada como caridelantera. No sé cómo la puedes sufrir a tu lado, ni tolerarla al de tu hija.

—La he criado a mis pechos —respondió la marquesa—; y quizás por eso le deba la vida, pues cuando nació muerto mi penúltimo hijo, la subida de la leche me puso a morir.

—¡Por cierto que tuvieron buena ocurrencia entonces, de traer para que la criases una criatura del Hospicio —dijo agriamente la áspera viuda.

—Yo así lo exigí por muchas razones, señora.

—¿Y cuáles eran éstas? ¿Me lo querrás decir? Pues no acierto cuáles pueden ser.

—La primera —contestó la marquesa—, fue la seguridad de que no pudiesen arrebatarme más adelante la criatura que había alimentado a mis pechos. La segunda, fue hacer una obra de caridad, dando madre al pobre ser que no la tenía.

—Esos sentimientos —dijo la ex-administradora— son muy bonitos impresos en novelas; pero en la práctica, lo que dices es cháchara, y no se puede uno en el mundo guiar por ellos, pues hacen cometer imprudencias que luego pesan.

—Pero, señora —dijo la marquesa al fin, cansada del atrevimiento de una persona que tan agriamente compensaba los beneficios que de ella recibía, y con tanta inconveniencia le reprendía la caridad que con otro ejercitaba—, lo que estáis diciendo son vulgaridades sentenciosas, que son las más insoportables de todas; axiomas a lo Sancho Panza; fallos infalibles de escalera abajo. Si para hacer el bien tuviésemos una seguridad de que de ese bien nos resultaría provecho, ¿dónde estaría el mérito de hacerlo? Cada día vemos a los pobres sacar niños del Hospicio, apegarse a ellos, prohijarlos y amarlos como propios. ¡Triste es decirlo! —añadió la marquesa suspirando—; pero el pueblo nos da continuamente ejemplos de caridad. Los ricos somos los que no conocemos la verdadera generosidad, puesto que ésta no consiste en dar una moneda, sino en hacer el bien sin cálculo. ¡Qué perfectamente ha dicho Balzac, que «la avaricia empieza donde acaba la pobreza!»

—¡Toma! —contestó la viuda—. Los pobres lo hacen, porque cuando son mayores los niños, les ayudan con su trabajo.

—¡Señora, por Dios! Cuando esos niños son mayores, o salen soldados, o se casan; bien lo sabéis.

En seguida se dibujó en el rostro de la marquesa una amarga sonrisa, y añadió a media voz como hablándose a sí misma:

—¡No hay flor en la naturaleza material que no marchite el solano; ni hecho noble y generoso en la naturaleza moral que no aje la malevolencia!

—Mucho habría que decir sobre esto —repuso acerbamente su interlocutora—; lo que únicamente te diré es que has de sentir y llorar lo que has hecho.

—Podrá ser —dijo la marquesa—: un autor francés ha dicho que el diablo se venga siempre de una buena acción.

—Esa muchacha —prosiguió la hostil y cansada viuda— es mala de nativitate. Nadie la puede ver; y acabará por echar a perder a tu hija.

—El cuidado de que esto no suceda será mío —dijo la marquesa con frialdad—. Señora, si os parece, hablemos de otra cosa.

Ambas señoras, poco satisfechas la una de la otra, habían callado, pues la una sentía su malevolencia derrotada, y la otra su delicadeza ofendida.

Las niñas en este momento jugaban, puestas en círculo, a un juego de prendas. Rufina, que tenía don de mando, había puesto el juego, diciendo:

—Ahí está señá Mariquita Gil.

A lo que, según la regla del juego, contestó su vecina:

—¿Quién es señá Mariquita Gil?

Respondió en seguida Rufina señalando a la viuda:

—La que tiene la boca así, el ojo así.

Y puso torcida la boca y el dedo en la mejilla, tirando su párpado hacia abajo, con lo cual quedó hecha una visión, y algo parecida a la viuda, que tenía efectivamente, según la voz vulgar, un ojo remellado.

—¿Y no sabes tú, desvergonzada —dijo encolerizada la remellada señora, que notó el insolente ademan de Rufina—, no sabes tú la máxima que a este juego se adapta y añade? Pues óyela:


Tuerce la boca hasta el mal
quien del prójimo murmura;
es lince para mis faltas,
y topo para las suyas.
 

Cada niña debía hacer y decir otro tanto, so pena de pagar prenda, y era llegado el turno a Justa; pero la niña se negó a poner la boca así y el ojo así. Rufina insistió en que hiciese lo que habían hecho las demás, amenazándola, si no lo hacía, con que no jugaría más con ellas; y la niña, afligida por la amenaza, se vino a refugiar en su madre, en cuya falda se echó, diciendo con el modo gracioso de pronunciar de los niños:

—¡Yo no quiero poneme tan fea!

—Que concluya este juego —dijo severamente y con marcada intención la marquesa a Rufina—. Niñas mías —añadió dirigiéndose a las otras—, decid relaciones, que es más bonito, y os ejercitan en la pronunciación.

Presentose primero Rufina, erguida y haciendo quiebros, diciendo la siguiente relación, que concluyó con una profunda y grotesca cortesía:


Yo soy Doña Ana de Chaves,
la de los ojos hundidos,
casada con tres maridos;
todos fueron capitanes:
murieron en las milicias
donde murieron mis padres,
dejándome por herencia
manos blancas y ojos negros.
Beso a usted las suyas, señor caballero.
 

Siguió a Rufina en la palestra una morenita gordilla y colorada que apenas sabía hablar, pero que no obstante recitó, haciendo de apuntador al principio una hermanita suya algo mayor:


Aquí vengo no sé a qué
con mi barba de conejo:
¡¡Ay!! ¡Quién se comiera un viejo
que fuera de mazapán!
¡Ehé, ahá!
Como soy tan chiquitita, ya no sé más.
 

Ahora era llegado el turno a Justa de decir su relación; pero como era tímida, volviose a negar, alzando su angustiada carita, que se había puesto encarnada como una rosa, y sus ojitos arrasados de lágrimas, a su madre, como para implorar su auxilio.

—¿Por qué no quieres hacer como las demás, hija mía? —le preguntó su madre.

—Porque no sabo, no sabo —respondió la niña con la respiración agitada.

—Sí sabe —sostuvo Rufina.

—¿Y por qué se ha de forzar a la niña a hacer lo que no quiere? —dijo la viuda, más bien por contrariar a Rufina que no por favorecer a Justa.

—Para que sea dócil y no se particularice nunca, y menos por incomplacencia —contestó la marquesa—. Vamos, hija mía, di una relación.

—¡Si no sabo relación! —repitió la niña, haciendo uno de esos graciosos visajes, a los que se ha dado la denominación infantil de pucheros.

—Pues di una oración —dijo su madre—; así probarás tu buena voluntad en obedecer.

—¿La que digo cuando estoy en la cama?... —preguntó la dócil niña.

—Bueno; que sea ésa —repuso su madre.

Entonces dijo la niña, pronunciando graciosamente a medias palabras:


A acostarme voy
sola sin compaña;
la Virgen María
está junto a mi cama;
me dice de quedo:
—Mi niña, reposa,
y no tengas miedo
de ninguna cosa.
 

Capítulo II

Doce años después de la conversación referida, habíanse cumplido parte de los pronósticos de la maliciosa viuda, y muchas lágrimas costaba ya Rufina a la marquesa de Villamencía.

¡Cuánto se envanece el mundo de sus victorias en sus contiendas con la buena fe y la bondad! Más le valiera llorar sus tristes triunfos, acordándose que ha dicho un pensador moralista francés: «No hallo vergüenza en ser engañado por alguno; pero la tendría de desconfiar de todos».

Desde que los malos instintos de Rufina se habían desarrollado en escala mayor, y de manera que nada bastó para contenerlos, había cuidado la tierna madre de Justa de poner gran distancia entre ambas jóvenes; puesto que la marquesa procuraba principalmente conservar pura el alma de su hija, no sólo de toda mancha, sino de todo lo que pudiese ajar la blanca túnica de su inocencia. Creía que no era tal o cuál de los siete vicios capitales el que debía quedar de toda mente pura en lontananza, y como un monstruo medio fantástico, sino todos; pues todos, vistos de cerca, rebajan el alma de su altura; todos ajan la delicadeza del sentir; todos empañan la clara trasparencia de la inocencia; todos profanan los floridos espacios de la imaginación, y todos van desprestigiando la vida real, como las negras y pesadas nubes que van empañando el éter y apagando las estrellas. Así es que vemos con dolor a tantos que son jóvenes, bellos, y ¡Dios mío, hasta poetas! echar con alma vulgar, vieja y materialista, su triste y escéptico fallo sobre lo imposible de una vida pura, abstinente, desprendida, humilde, benévola, activa para el bien y sufrida para el mal, y hacerse con los siete vicios contrarios una corona de hediondas y envenenadas flores, con que se coronan y sientan al banquete de la vida! —Pero por suerte existe hoy una inmensa reacción. En los hombres, y sobre todo entre los jóvenes, hay infinitos que van formando una aristocracia de virtud y religión, y es de esperar que no esté lejos el día en que el cinismo del vicio caiga en la abyección y en el ridículo en que ha caído ya el viejo cinismo antirreligioso, ese cinismo que nada define mejor que una palabra andaluza que no está en el Diccionario, pero de la que por expresiva y adaptable no podemos menos de valernos en esta ocasión; esa palabra es cursi.

No podemos definir a Justa mejor sino diciendo que en ella nada sorprendía; pero que todo atraía, admiraba e inspiraba simpatía. La innata bondad y elevación de su alma la habían llevado a extrañarse de su mala compañera de infancia, sobre todo desde que vio que su madre lo deseaba. Porque Justa tenía la primera virtud religiosa en relación con lo humano; tenia el primer y más puro amor de un hermoso corazón; poseía el principal distintivo de una perfecta educación, no a la francesa ni a la inglesa, sino de toda educación sólida y cristiana, esto es, era buena hija. —Para Justa no había nada en el mundo que contrabalancease el amor santo a la madre que le dio el ser y la crió a sus pechos; ningún respeto en lo humano que sobrepujase al que le inspiraba aquella madre, dechado de virtudes. Esta veneración, este entrañable amor, esta sumisión sin límites que tenía y en todas ocasiones demostraba Justa a su madre, hacían de ella la joven más simpática, más querida y más admirada de la ciudad. Y cuando estos sentimientos se demostraban en los mil elogios que siempre acompañaban el nombre de Justa, decían las madres a sus hijas: «No promete el Señor a los que aman y honran a sus padres solamente la eterna vida, sino que les bendice en ésta, y a su bendición añade la de los hombres. Debe, pues, ser la primera virtud y la más aceptable a Dios, pues es la más premiada».

¡Oh! ¡Cuán cierto es esto! Pero, por el contrario, cuando en las familias engendran la soberbia y otros vicios el monstruo emancipación, y cuando éste se planta como contrario ante la autoridad paterna o materna, repeliendo con el pie el respeto, la sumisión, la obediencia y todas las virtudes filiales, ¡ay de aquella mansión! De ella huyen al punto el aprecio, la consideración y el elogio de los hombres, ese tributo que forma la buena fama, ese galardón que no dan al rico ni su dinero ni sus aduladores; huye la felicidad, huyen los penates, que ven marchitas sus coronas, y huyen del hogar doméstico los ángeles de la paz, cuya presencia tan dulce lo hacía! Y sólo quedan allí, en lugar de estas felicidades ausentes, la severa reprobación de Dios, que podrá perdonar al arrepentido, y la de los hombres, que no perdonan nunca!

Definir los malos instintos de Rufina sería prolijo. Más corto es decir que los tenía todos, sobresaliendo entre ellos la soberbia, la envidia y la crueldad. Era, según la expresión de un autor francés, «una mata de espino»: no se rozaba nadie con ella sin herirse las manos o desgarrarse el vestido. Cuando niña, el placer que hallaba en atormentar a los animales, indicaba claramente esta última perversidad, y fue lo primero que desunió a estas niñas tan diferentes. La marquesa fomentaba la bien entendida y exquisita sensibilidad de su hija; y cuando sus amigos la reconvenían por esto, y hallaban más acertado comprimirla advirtiendo que de esta suerte sería más feliz, porque el que con todos llora se queda sin ojos, la marquesa daba a estos vulgares y triviales axiomas esta magnífica respuesta: «PREFIERO QUE MI HIJA SEA BUENA A QUE SEA FELIZ».

Más tarde, el afán de Rufina por componerse y ser vista indicó su vanidad y descaro; y hostil su competencia con la suave y bondadosa Justa, denotó su orgullo y envidia. El primer ensayo en su vida de liviandad fue el seducir y atraer al joven marqués, que era tímido y corto de luces, e indisponerle con su madre, la que sólo pudo evitar un escándalo valiéndose de un hermano suyo que vivía en Madrid; el que, mediante a ocupar un alto puesto, y por ser aún el marqués de menor edad, pudo arrancarle a la fuerza de su casa y traerle a su lado. Este y otros disgustos empeoraron la salud de la marquesa, quien al reanudar nuestra relación, estaba cerca de sucumbir al horrible padecer de una úlcera interior qué la consumía, y hacía necesaria una asistencia continua, a la que Justa consagraba su vida y su corazón.

Este día hallamos a la marquesa blanca cual el alabastro (como pone a sus pobres víctimas el mal que la devoraba), acostada en un sofá, y mirando con plácida y satisfecha sonrisa a su hija, que de rodillas besaba las albas manos de su madre.

—Vete a acostar, hija de mi corazón —le decía—, que apenas has descansado en la pasada noche.

—No podría dormir, madre mía —contestó Justa tan de quedo, cual si lo que dijese fuera un secreto y hubiese habido otras personas además de ellas en la habitación.

—¿Te acuerdas, Justa mía, cuando eras chica, y que acostadita en tu cama no querías dormirte sino cuando yo te decía: «Me complaces en dormir?». Cerrabas entonces tus ojitos, y un minuto después sonreías en sueños al ángel de la obediencia, que venía a cubrirte con sus alas.

—Sí que recuerdo, madre mía, y la oración que me enseñasteis para quitarme el miedo.

—Verdad es que eras medrosilla, y me decías cuando la noche estaba oscura: «Madre, cerrad la ventana, que entra miedo».

—Pues aún me quedan ráfagas de ese miedo instintivo de los niños. Temo, alguna vez con angustia; y si lo que temo no tiene nombre, y no es ni el cancón ni el coco, es lo que me amedrenta objeto tan indefinido y tan temeroso como aquéllos.

—Pues si no precisas la causa de tu temor, ¿qué té amedrenta, sensitiva mía?

—Temo al mal, de cualquier forma que se pueda presentar, madre. Temo que llegue a mis oídos un gemido, a mi vista un horror, pues ambas cosas abundan tanto en el mundo! Así es que siempre sigo rezando aquella oración que paraba los latidos de mi corazón, cerraba suavemente mis ojos, y traía entonces, como ahora, a mis labios la sonrisa que recordáis; y digo con tanto fervor y confianza:


A acostarme voy
sola sin compaña:
La Virgen María
está junto a mi cama;
me dice de quedo:
—Mi niña, reposa;
y no tengas miedo
de ninguna cosa.
 

—Entonces, como ahora, eras obediente —dijo la marquesa—; y ahora, más que entonces, me complaces en descansar y dormir.

—Madre, entonces nada ahuyentaba mi sueño; pero ahora estáis mala...

—Me encuentro hoy mejor.

—Entonces, madre mía —dijo aún más de quedo Justa acercándose al oído de su madre—, no tenía en qué pensar.

—Ya entiendo, ya entiendo —le interrumpió su madre sonriéndose—. Pero ya que tú no eres presumida, quiero en esta ocasión serlo por ti, y procurar que cuando él venga esta noche, no te halle marchita como una flor de estío, sino fresca como lo que eres; una rosa de Abril.

—No me quiere por mi buen parecer, madre mía.

—Lo sé. ¡Líbrete Dios de inspirar un amor sólo debido al buen parecer! Amor superficial y frívolo, amor de ojos y no de corazón, que podría desvanecerse si desmejoraban tu hermosura una enfermedad, un percance o el tiempo. Pero, hija mía, el bien parecer es, si no un mérito, una ventaja; es un don de la naturaleza, del que no se debe ni presumir ni abusar; pero tampoco se le debe menospreciar destruyéndolo, como hace un niño deshojando una rosa.

—En este momento se abrió la puerta, y apareció la administradora entre aquellas dos hermosas, simpáticas y suaves criaturas, como aparece una avispa entre una rosa blanca y su rosado capullo.

—Ya ves que quedo acompañada —dijo la marquesa a su hija—. Vete, pues, a acostar, hija del alma, perenne ángel de mi custodia.

Justa abrazó a su madre repetidas veces, cubriéndola de besos, saludó a la recién entrada, puso todas las cosas con primor en su debido puesto, y se retiró.

—¡Válgame Dios, mujer! —dijo la administradora, sentándose cómodamente en un sillón—. ¡Fuerte cosa es que sepan los amigos por fuera las novedades de tu casa, y que no los encuentres acreedores a participarles lo que todo el mundo sabe! ¿Con que... se casa Justa?

—Verdad es; pero aún no he dado parte a nadie —respondió la marquesa.

—Acabo de saberlo en casa de Vélez —prosiguió la viuda. «Buena; boda hace! dijo el marido. Es Pepe Arce hijo único de un padre millonario. ¡Qué suerte han tenido esos Arces, y dónde han llegado, con sólo saber sumar, y sobre todo multiplicar! Es, a no dudarlo, el más rico capitalista de la ciudad. —Y como nada les queda que desear, añadió la mujer, sino sangre azul, por eso casan al hijo con la hija de la marquesa. —Tanto más, dijo la suegra, que si muere el primogénito, será Justa la del título y del caudal».

—¡Válgame Dios! —exclamó la marquesa, herida tanto por la hostilidad del juicio, como por la indelicadeza en repetírselo. —¡Válgame Dios! ¡Cuántos y qué lejanos cálculos atribuyen y ven los extraños en un casamiento, sólo y exclusivamente debido a la mutua inclinación de los jóvenes, que en nada han pensado sino en amarse y ser felices, cuando este amor fue sancionado por sus padres!

—¡Qué amores, ni qué amores! ¿Por ventura estamos en tiempos de oscurantismo? Hija, hoy día tenemos muchas luces, y a su resplandor se calcula que es un contento. No hay más que cálculo, nada más.

—Repito, señora —repuso la marquesa—, que ninguno hay en esto. Sabéis que D. Bruno Arce es, hace muchos años, amigo de la casa, y que me visita todas las noches. Cuando volvió su hijo de sus viajes, le trajo a verme, como era regular. Pepe siguió viniendo, porque le atraía Justa; la amó; ella le correspondió cuando se lo permití; lo que hice gustosa en vista de las excelentes prendas de Pepe; y este espontáneo e inocente amor es la sencilla causa de su unión. ¡Y el mundo le halla, en lugar de esto, cálculo, diplomacia, y miras ulteriores!!! Señora, quien no tiene sino un rasero para medir las cosas, no debe juzgar sino de aquellas que son a la medida del rasero.

—No digo que aquí no haya malas lenguas —dijo la viuda—. ¡Jesús, si las hay! En un instante dejan a San Juan sin manto, a San Sebastián sin camisa, y a San Bartolomé sin pellejo. Yo no hago sino repetir lo que oigo. Es regular —añadió la entrometida viuda— que venga tu hijo a la boda de su hermana.

A la marquesa la mortificó esta pregunta, que con ese fin se había hecho, y contestó con frialdad:

—No vendrá, puesto que en consideración al estado de mi salud, esta boda se va a hacer pronto y sin ninguna clase de aparato. Aunque mi pobre hija lo ignora, yo sé que me restan pocos días de vida, y deseo, al morir, dejar casada a la hija de mi alma.

—¡Ya, ya! Si no viene el marquesito —insistió la áspera viuda—, yo bien sé el por qué. Pero todo el que no sepa la verdadera causa lo extrañará. ¡Bien te lo predije! Ahora quiero prevenirte cosas que suceden, y que tú, enferma y encerrada como estás, ni puedes saber, ni puedes evitar. La linda alhaja de Rufina, después de haber tendido cuantos lazos ha podido a Pepe Arce, le ha dado citas en nombre de tu hija, en las cuales en lugar de Justa se halló con ella. Rechazada por Pepe del terreno amoroso, se lanzó al sentimental, asegurándole que era la criatura más desgraciada bajo el despotismo de tu hija y el tuyo. Hallando sus quejas incredulidad, así como sus provocaciones habían hallado desvío, humillado su amor propio, exaltada su envidia, pateando de soberbia al reconocer la impotencia en que estaba de satisfacer sus perversos anhelos, ha escrito un anónimo a Pepe Arce, en el que con inconcebible audacia le dice que no es él el primer amor de tu hija. Todo esto lo sé por el ama de llaves de la casa de Arce, que sabe cuanto pasa entre el padre y el hijo, merced a que es curiosa y escucha detrás de las puertas. Y aunque tanto D. Bruno como Pepe se han reído de esto, yo te lo participo para que sepas de todo lo que es capaz esa serpiente que has criado en tu seno.

La marquesa se había puesto, si es posible, aún más pálida de lo que lo estaba habitualmente.

—No, no, no puedo creerlo —dijo con desfallecida voz—. Señora, siempre habéis aborrecido a esa muchacha, y repetís calumnias de tal magnitud, que sólo la malevolencia puede darles crédito.

—Pues aún hay más —prosiguió la noticiera, sin cuidarse del efecto que estaban produciendo sus crueles revelaciones en la pobre enferma; —aún más. Exasperada Rufina al ver que Justa, teniendo dos años menos, se casa antes que ella, se ha puesto su señoría en relaciones, y se va a casar con un paseante en corte, tahúr, truhán, sin oficio ni beneficio (pero con muchas trampas), bien vestido. (gracias a éstas), al cual ha hecho creer que es hija de tu marido, y que por lo tanto tu familia nunca puede desampararla.

Al oír esta última revelación, la marquesa cerró los ojos y dejó caer su cabeza sobre los cojines del sofá.

La viuda dio voces.

—¡Por Dios! ¡por Dios! —murmuró la enferma—.¡Que nada sepa mi hija, esa inocente!

Lanzó un débil gemido, y perdió el sentido.

Al oír las voces de la viuda, Justa se había echado un peinador blanco, y con su magnífica cabellera suelta había acudido desolada y temblorosa, y se había arrodillado junto a su madre. Rufina, compuesta y ataviada, había venido también, así como algunas criadas, y ambas jóvenes prodigaban sus cuidados a la exánime marquesa: la primera, bañada en lágrimas, como el amor que sufre; la segunda, impasible, como la impermeable indiferencia.

—Cuídala, cuídala —dijo a esta última la implacable viuda—; pero híncate como Justa, sin temor de ajar tus faralaes, a ver si te deja algo en su testamento.

—Lo hará sin eso, pésele a quien le pesare —respondió Rufina con descoco.

—Lo qué te dejará, y debe dejarte, es su bendición por lo que la mereces —repuso su antagonista.

Ocho días después de la escena referida, por expresa voluntad de la marquesa, se unían sin ruido ni boato Justa y Pepe Arce.

Aquel mismo día, y como para acibarar la última satisfacción que en este mundo había de disfrutar la buena madre, desaparecía Rufina de la casa para unirse a su digno pretendiente.

Al mes yacía la marquesa en su féretro, blanca y fría como la nieve que va a absorber la tierra.

Al lado del féretro mezclaba Rufina su mentido e hipócrita dolor con las bellas y sinceras lágrimas de Justa, y obtenía, a favor de su falso desconsuelo, que Justa le perdonase su loca conducta y disparatado casamiento.

Tres meses después, el marido de Rufina, harto de ella, desengañado de la falsedad de sus asertos, perseguido por deudas y otras fechorías, después de disipar la manda que dejó la marquesa a su mujer, había desaparecido.

Capítulo III

Su disparatado casamiento, y las desgracias que de él dimanaron; su loca y desordenada vida, y el incesante hervidero de sus malas pasiones, habían en poco tiempo marchitado el rostro y disecado las formas juveniles de Rufina y acabado de agriar su carácter. Otra cosa contribuía poderosamente a esto, y eran los remordimientos, que son en el corazón lo que las canas en la cabeza: a pesar de que las tiña, el arte del sofisma, el tiempo, que es la verdad, vuelve a tornarlas mustias y descoloridas, y el tinte a nadie engaña. Si las arranca la presunción y el despecho, vuelven a nacer. Así los remordimientos, ese íntimo convencimiento de que hemos obrado mal, no se pueden sofocar, por más que se aparente. El incontestable derecho que tiene cada cual de motejarnos, sin que se lo pueda impedir nuestro orgullo, nuestra posición, ni nuestro dinero, es un torcedor, un buitre, que, como el de Prometeo, nos roe sin cesar ni descanso. De ahí nacen la hostilidad y la misantropía, esos descontentos con los demás y con nosotros mismos. Sólo las personas que a nadie han hecho mal, y que si lo han recibido lo han perdonado como perfectos cristianos, o despreciado como nobles y superiores, tienen el privilegio de no agriarse y de conservar en las situaciones más desgraciadas y vejatorias, como el cielo por cima de las nubes, su hermosa serenidad.

Así era que cuando Rufina consideraba la suerte feliz y brillante de Justa, el amor de su marido, y el respeto universal, que a porfía cubrían de rosas e incensaban su senda, todas las furias de la envidia y del despecho se desataban en su seno. Nunca recordaba, al pensar en la familia a quien tanto debía y tan mal pago había dado, el bien que le había hecho, sino el que pudo hacerle y no hizo. —La marquesa, pensaba, no debería nunca haberse opuesto a que su hijo se casase con ella; ni éste debería haber cedido a la voluntad de su madre, a los consejos de su tío, ni a las advertencias de sus amigos. Este mismo, en las actuales circunstancias, disipado por el marido, que la había abandonado, el legado que le dejó la marquesa, no debería contentarse con pasarle una mezquina pensión, como lo hacía, sino tenerla en el pie en que había estado siempre; y otras locas exigencias. Porque así discurre la ingratitud; así, cegando a la justicia, falsea la razón!

Ni los desengaños ni las desgracias, ni la experiencia; eran capaces de domeñar las violentas pasiones de aquella mujer, que después de maldecir lo pasado, había de lanzarse al porvenir con redoblados bríos y con nuevo furor.

El despecho, la ambición, la envidia y la venganza unidos, debían engendrar un monstruo en aquella cabeza, fecunda en planes satánicos. Y así sucedió.

Rufina, en vista del proyecto que formó, menudeó sus visitas en casa de Justa, aparentando cariño hacia ella, gratitud y amor por su difunta madre, y fingiendo haberse llamado adentro y llevar una vida modesta, ordenada y hasta religiosa. Justa, que era buena, y ademas débil, recibió cordialmente en su casa y en su intimidad a aquella mujer, a quien una señora como ella no debería nunca haber recibido. Cuando su marido le hacía prudentes reflexiones sobre la inconveniencia de este trato, respondía Justa que no era generoso cerrar las puertas a la desgracia, ni el corazón a los recuerdos, y perdonar sólo de boca. Que también la bondad tiene sus sofismas cuando no quiere la miope por lazarillo a la sana razón, sino campar por su respeto.

¡Cuánto se ha hablado sobre indulgencia y tolerancia en los tiempos modernos, y cuánto se ha querido culpar a la religión católica por carecer de ella! Por combatir a la intolerancia, se ha querido hacer, mediante la tolerancia, un completo tratado de paz con lo condenado por malo, y con la indulgencia un elixir de vida que lleve a mirar la muerte, esto es, la culpa, como una cosa natural y sin consecuencia, merced al dicho elixir.

Hay dos clases de indulgencia: la una es divina y religiosa; la otra es humana y filosófica.

Esta última aminora, disculpa, prohíja y casi anonada la culpa antes de cometida; y ésta induce al mal.

La divina o religiosa clama contra la culpa, la vitupera, la condena, la anatematiza antes de cometerla; y ésta aparta del mal.

Así aparece claro que, hasta ahora, está la tolerancia de parte de la humana y filosófica.. Pero prosigamos que el ANTES suele llevar al DESPUÉS.

Después de cometida la culpa, el mundo humano y filosófico moteja, escarnece y desprecia al culpable; no perdona su falta ni la olvida; si juicio condenatorio es sin apelación. De manera que su indulgencia se dirige o ejerce en la culpa, y no en el que la comete.

La indulgencia de la religión divina, si el culpable, postrado y bañado de lágrimas de contrición, la implora, le levanta, le abre sus brazos, le absuelve y le torna puro o inocente, merced a un segundo bautismo con el agua de sus lágrimas. Todo lo perdona y lo olvida, y sienta al hijo pródigo a la cabecera del banquete; con lo cual demuestra su rigor, no con quien comete la culpa, sino con la culpa misma.

¿Cuál es, pues, más indulgente, el mundo filosófico, que antes de cometer la culpa pregona la indulgencia, o la religión divina, que después de cometida la ejerce con el que se aparta de ella? ¡A cuántos no ha desesperanzado el mundo filosófico y tolerante, hasta arrastrarlos al suicidio! Y a cuántos no ha consolado esta religión, que, severa, amonesta hasta hacerlos felices!

Pero aún hay otra tercera clase de indulgencia, que ni es la mundana, pues no disculpa lo malo, ni es la religiosa, pues no hace preciso el arrepentimiento para espontanearse. Y es ésta la de la bondad débil, sin el celo religioso y sin la dignidad de la virtud, aunque ambas cosas posea, religión y virtud. No es, por lo tanto, una virtud esa dulzura fuerte, a cuya cabeza pesa la corona de oro de la dignidad, de cuyas flacas manos se escapa la pesa de la santa justicia, y cuyo blando corazón oprime la coraza del decoro que debe serle inherente; no es, no, una virtud. Es, a lo sumo, una bella flor sin fruto, nacida espontáneamente en un hermoso corazón. Y repetimos que no es virtud, porque suele ser muy perjudicial en las personas que tienen inferiores, puesto que aparta como innecesario al arrepentimiento, y hace del perdón cosa de tan poco valor que lo da de balde, con lo cual falsea el orden moral de las cosas, y por último, autoriza la impunidad, rinde homenaje al orgullo, y obstruye la fuente de que podría haber brotado el arrepentimiento sincero, explícito y confeso. Esta tercera indulgencia, si no induce al mal, como la del mundo, tampoco aparta de él, como la religiosa. La inocencia y la falta de conocimiento de las cosas y de los hombres suelen engendrarla también; y así había sucedido respecto a Justa, porque era un ángel, pero un ángel niño, como los que para pintarlos vio Murillo a los pies de la Virgen pura; ángel que de su lugar había caído a la tierra.

Ambas recién casadas estaban en cinta, y aguardaban su alumbramiento para la misma época.

—Ansío por salir cuanto antes de mi ocasión —solía decir Rufina a Justa—, por hallarme en estado de poder asistirte cuando llegue la tuya; porque no quiero que otra que yo lo haga; pues ¿quién lo ha de hacer con tanta eficacia y cariño? Es claro que nadie.

Los deseos de Rufina se cumplieron, porque a los pocos días de parir ella una niña, asistía a Justa, que con igual felicidad dio a luz otra niña. Al día siguiente, cuando volvieron el padre, los padrinos y los convidados del bautismo, y que poco después se entregaron todos alegres y satisfechos al reposo, inclusa la feliz madre, Rufina que la velaba, y que tenía en la pieza inmediata a su niña, desnudó ágilmente a ambas recién nacidas criaturas, cambió sus ropas, y acostó a su hija en la magnífica cuna que Justa preparara a la suya, diciéndole:

—Serás rica, gran señora y feliz, contra la voluntad de los que mal quieren a tu madre!

Y poniendo en su cuna de pino a la hija de Justa, añadió:

—Tú, sí, tú, hija de orgullosos, ricos y vanos encumbrados, serás pobre y despreciada; tú, sí, tú sufrirás lo que he sufrido yo, y algo más! ¡Tú cobrarás la deuda de agravios y desprecios que debo a tu egoísta y engreída familia!

Apenas consumó aquella mujer su atentado, cuando con leve pretexto, o sin él, se despojó de su hipocresía como de un ya inútil disfraz, suspendió la intimidad que había tenido con Justa, y más desenfrenada que antes, se entregó a la vida airada.

Capítulo IV

La marcha de los acontecimientos sigue su curso, sin cuidarse de la senda que le trazan los cálculos de los hombres, siendo por lo regular ilógica aquélla a los ojos de éstos, porque así lo ha dispuesto todo Aquel que ha restringido sobre ellos el poder de los hombres, a los que no ha dado más luz, en cuanto a lo que a Él pertenece, que la fe, más guía que sus preceptos, ni más punto de apoyo para no extraviarse que la sumisión, cuna de las inteligencias inocentes, lecho de descanso de las trabajadas. El bueno padece; el malo prospera: no hay que extrañarlo. Dios no hizo las felicidades terrestres exclusivamente ni para los buenos ni para los malos; pero sí sus preceptos para cada situación, sus advertencias para las prósperas, y sus consuelos para las adversas. En aquéllas se muestra más severo maestro y señor; en éstas más dulce guía y consolador: Padre siempre, siempre Juez.

Así nada de extraño tiene que veamos al cabo de algunos años un cambio inesperado e inmerecido en el bienestar temporal de la buena y de la mala mujer que actúan en los sucesos que vamos refiriendo.

Pepe Arce, a causa del enlace fatal de los negocios mercantiles, vio su casa millonaria arruinada, y murió de resultas de la pasión de ánimo que esta inmerecida e imprevista desgracia le produjo; Justa, fácilmente resignada a la pérdida de sus riquezas, estuvo inconsolable por la de su marido; pues éste había tenido el mérito poco común de apreciar en cuanto valía a su incomparable mujer, la que conservaba una inocencia de corazón; que en su día había de llevar al cielo, pura como la gota de rocío que absorbe el sol, sin salir del cáliz de la rosa en que la depositó la aurora.

Desde su doble desgracia vivía Justa retirada y humildemente, no queriendo admitir de su hermano sino lo estricto y necesario para conservar la decencia en la pobreza. Su distracción y su consuelo eran educar a su hija Bruna; lo que hacía con el esmero, cariño y santos ejemplos con que había sido educada ella por su madre.

La educación puede combatir y domar una mala naturaleza; trasformarla de mala en buena sólo lo puede la gracia. La educación puede, a no dudarlo, aun sin valerse de más móvil que la vergüenza, esa hoja de higuera, —lo sólo que trajo del Paraíso el que le perdió!— hacer desaparecer los vicios groseros y humillantes; pero no hará nunca espontáneas las virtudes, que a duras penas aclimata. El herrero puede amoldar el hierro; tornarlo en oro, nunca! Por lo cual no vemos esas completas y radicales trasformaciones de malo a bueno sino en la vida de los santos. Así era que Bruna, que aun teniendo rectitud, buen sentido y cierta nobleza de alma, tenía también, y en alto grado, el carácter fuerte, orgulloso, egoísta y áspero de su madre, había amoldado a duras penas estos vicios bajo la excelente dirección de Justa. A falta de dulzura, tenía una calma y dignidad que no era fácil perturbar: no era benévola, pero sí sostén sostenidamente servicial cuando se la ocupaba. Siempre sobre sí, ni tenía ni inspiraba confianza. Su buen sentido cultivado la impelía a amar la virtud sobre todo; pero su orgullo la llevaba a apreciar en ésta más su corona de oro que su perfume de violeta. Así era que sentía más orgullo que dicha en tener por madre a Justa, alrededor de la cual brillaba una aureola de respeto, de simpatías y de admiración. La fama de que gozaba su madre era una herencia de que ya disfrutaba en vida, y quería traspasar ilesa a sus hijos.

Con este bien guiado orgullo, y con su fuerte temple de alma, la pérdida del caudal de sus padres la dejó impasible; y halló una secreta satisfacción de orgullo en trabajar ocultamente por estipendio, para procurar a su madre algunas de aquellas superfluidades de lujo, de las que por virtud y modestia se privaba. Como sucede con un tesoro adquirido a costa de sacrificios, tenía Bruna su virtud en mucho, y le había labrado con la austeridad un atrincherado tabernáculo. De esto se deduce que no debe el mundo condenar ligeramente a las personas secamente austeras, oponiendo contra ellas el que la perfecta santidad no lo es. La mayor parte de las personas a quienes se cree sectarios de la rigidez, son naturalezas domadas, que tienen en mucho el freno a que deben su virtud. ¡Dichosas aquellas naturales selectas que no necesitan de ninguno! Pero son pocas; y esto lo prueba la creación de la palabra desenfreno, que como baldón se aplica a las personas o a sus acciones desordenadas.

De cuándo en cuándo tenía Rufina el atrevimiento de ir a casa de Justa; porque en aquel corazón, en que palpitaba hiel en lugar de sangre, existía el único amor o instinto que cabe en el del tigre: el apego a su progenitura. Justa no tenía el suficiente carácter para prohibir a aquella mujer la entrada en su casa, pues no podía dejar de mirar en ella a la compañera de su infancia, a la niña que crió y tanto quiso su madre.

En estas visitas la suave Justa veía con extrañeza el fugitivo, pero vehemente cariño, que la fría y áspera Rufina demostraba a Bruna; la que rechazaba este cariño sin rebozo, tanto por causa de su carácter austero y poco expansivo, como por las noticias poco favorables que de Rufina tenía.

—No puedo sufrir a esa mujer —solía decir a su madre.

—No digas eso, hija mía —contestaba Justa—; no se deben abrigar nunca, y en tu edad menos, sentimientos de odio ni hostiles contra nadie. La hostilidad es una mala semilla, que echa profundas raíces y ahoga en su germen los buenos y benévolos sentimientos en el corazón, destruye las buenas relaciones de sociedad, y aun con público escándalo, suele acabar con las de familia. Acuérdate de que dice Chateaubriand, en el tomo de sus obras que acabamos de leer, que «la odiosidad que abrigamos contra nuestros adversarios, es más perjudicial a nuestra propia felicidad que a la de ellos». Y sobre todo, hija mía, convéncete de que la benevolencia es la mayor prueba de superioridad, tanto de espíritu como de corazón.

Pero ¿qué pluma podrá pintar los sufrimientos que desde que nació estaban reservados a Piedad, la preciosa, la dulce, la aristocrática y delicada hija de Justa, infeliz víctima de los inicuos sentimientos de Rufina, aquella mujer nacida del vicio y de la maldad, que como una lepra los trajo consigo al interior de la noble casa en que fue recogida y amparada? El angelito, desde pequeña, siempre encerrada y sola en la habitación, en que poco paraba su dueña, nada había aprendido, nada había visto, nada comprendía, y caminaba, como otro Gaspar Hauser, hacia el idiotismo. Una timidez angustiosa, una inerte hipocondría, un mustio decaimiento, reemplazaban en la pobre criatura a aquella expansión, aquella alegría, aquella locuacidad y continua movilidad, que tan naturales son y simpáticas hacen a la infancia.

A los trece años, una grave enfermedad que tuvo atrajo a su cabecera a una compasiva vecina, una buena anciana que ofreció a su supuesta madre asistirla; a lo que ésta no se pudo negar, so pena de promover un escándalo.

Entonces esta buena cristiana, mientras que cual Marta asistía a los males, como Magdalena levantó aquel espíritu inerte, y le enseñó a creer, a amar y a esperar. Como la religión es amada de todos los que la conocen —pero con mucha preferencia de los desgraciados, porque es el universal e infalible consuelo de todo infortunio—, aquel ángel doliente de alma y cuerpo recibió con lágrimas de amor, gratitud y entusiasmo aquella religión que le decía: «¡Los que lloran serán consolados!»

Piedad se apegó, como es de suponer, con ternura a la buena anciana, a quien la religión que le enseñaba había atraído al lecho de dolor, del que huía la impía fiera que se había hecho cargo de ella. Así sucedía que cuando llegaba la noche y la buena anciana se retiraba, aquel dulce corazón de la niña, que con tanta ternura y expansión se había abierto al amor, sentía profundamente esta separación. Ademas, la pobre niña temía! Temía a su madre, temía a la noche, temía a la soledad, a la oscuridad! Entonces la buena anciana la animaba, la sosegaba, y acababa de consolarla enseñándole esta oración:


A acostarme voy
sola sin compaña;
la Virgen María
está junto a mi cama;
me dice de quedo:
—Mi niña, reposa,
y no tengas miedo
de ninguna cosa.
 

Piedad convaleció, y se levantó de su lecho regenerada de alma y cuerpo. Los cuidados de su entendida enfermera, y el buen alimento que le suministraba, de lo cual nunca se había ocupado su verdugo, desenvolvieron su atrasada naturaleza. Había crecido. Su semblante, fino y blanco cual una azucena, estaba como vivificado por una nueva savia de vida. Su razón despejada llegó a comprender cuánto sufría; pero sufrió ya con resignación y con esperanza, porque sabía que sufrir por Dios era complacerle y obligarle. Sus ojos, antes inertes, estúpidos y fijos en el suelo, animados ahora con una nueva luz del entendimiento y del corazón, se levantaban hacia el cielo, puro y celeste cual ellos. Alzaba confiada su cabeza, que ya no abrumaba su corona de espinas, sus blancas y delicadas manos se cruzaban con fervorosa devoción sobre su pecho. ¡Oh! Si entonces hubiese podido verla Justa, habría exclamado, estrechándola sobre su corazón de madre: «¡Esta es mi hija!»

Mas entre ellas estaba una infame mujer para separarlas, como el negro y duro hierro que se introduce entre el nácar y la perla.

Por entonces fue cuando la quiebra y la muerte de Pepe Arce vinieron a exasperar aún más el atrabiliario carácter de la fiera que la infeliz Piedad creía ser su madre. La brillante suerte que había querido proporcionar a su hija se había desvanecido; el amparo que, andando el tiempo, había contado hallar para sí propia, iniciando a su hija en el secreto de su existencia, había fallado. Por manera que de su malvada combinación sólo le quedaba el placer de la venganza, que en su inocente víctima ampliamente ejercía.

Capítulo V

De esta suerte pasó algún tiempo. Bruna se había casado con un primo de Justa, oficial que, después de buenos servicios, se vio en la necesidad de abandonar la carrera por causas políticas, y había regresado a aquel pueblo, que era el de su nacimiento, para cuidar y labrar algunas fincas rurales que había heredado de su madre. Era un hombre digno, altivo y poco afecto a transigir en materias de alta esfera, el cual, hallando en Bruna cualidades análogas, y su mismo gusto por la vida retirada y grave, indiferente, como caballero de los antiguos españoles, a su falta de bienes de fortuna, la había elegido por compañera.

Un día un alguacil del ayuntamiento entró en casa de Rufina, a la que entregó una carta gruesa de letra extranjera, con sello consular, exigiendo dicho alguacil una gratificación por los muchos pasos que le había costado dar con la persona a quien venía dirigida la carta.

Rufina la abrió sorprendida. Era fechada en California, y en ella se le comunicaba que un español que había muerto allí trágicamente había declarado a última hora llamarse ****, ser casado y tener una hija en aquel pueblo; y que a esta hija pertenecía por tanto, de derecho, el dinero que a la sazón poseía como banquero de un garito; dinero que pasaba de cien mil duros, que quedaban depositados en el consulado.

Difícil sería expresar lo que sintió aquella mujer al leer la referida carta. Su hija, la hija de sus entrañas, debía heredar aquel caudal; y esa hija se hallaba en una posición tan modesta que rayaba en pobreza! ¡Y la odiada hija de la odiada Justa vendría por razón aparentemente natural a disfrutarlo! Antes mil veces hubiese preferido anonadar tal herencia ocultando el aviso recibido! Pero ¿cómo renunciar a ella debiendo la misma Rufina disfrutarla en parte?

Por algunos días anduvo Rufina como loca y sin sentido, no sabiendo qué resolución tomar. ¡Bruna su hija pobre, y la aborrecida hija de Justa rica! Esta idea la desatentaba.

Mil planes rodaron en su cabeza, que rechazó por imposibles. Al fin se decidió.

Aunque desde que estaba casada su hija había ido a verla varias veces, no había conseguido ser admitida en aquella casa severa y decorosa. Rufina, aunque fue ahora de nuevo rechazada, no desistió de ver a su hija, mediante a que tenía aquella fuerza de voluntad, que no es la perseverante hija de la paciencia, sino la terca hija de la obstinación. Cual pudiera haberlo hecho un salteador, se introdujo, pues, un día en casa de Bruna, siguiendo los pasos de un menestral que a la sazón trabajaba allí.

El alejamiento que inspiraba Rufina, esto es, la mujer zafia y de malas costumbres, a Bruna, la mujer morigerada, grave y escrupulosa, no era suavizado en ésta, como sucedía en Justa, por la dulzura de carácter y por los recuerdos de la infancia. Así sucedía que no lo disimulaba.

Hay personas tan delicadas, que, como a los perfumes, las desvía un soplo; y otras que lo son tan poco, que, como a los toros, sólo las para la firme y punzante garrocha. A las segundas pertenecía Rufina. Así fue que, sin desconcertarse ni turbarse por la mirada sorprendida y rechazadora que al presentarse clavó en ella Bruna, exclamó, abalanzádose a su cuello:

—¡Hija de mi alma!

—Señora, absteneos de esas familiaridades que me repugnan y reprueba mi marido —dijo apartándose ofendida Bruna.

—No lo hará así tu marido —repuso Rufina cuando sepa que eres mi hija, y que ha muerto tu padre dejándote cien mil duros.

—Señora —repuso con enojo Bruna—, hacedme el favor de no gastar groseras chanzas a que no doy pie, y que me ofenden.

—No son chanzas —dijo con exaltación Rufina—, no, no! Escucha, y te convencerás.

En seguida hizo una extensa relación a su hija de cuanto desde su nacimiento había ocurrido.

Bruna la escuchaba absorta y tan asombrada de cuanto oía, que ni aun intentó cortar aquella cínica confesión de un inaudito crimen.

—¿Qué dices, qué dices, pues? —así terminó Rufina, viendo que Bruna, permanecía callada—. ¿Qué dices de un amor de madre, que por hacer a su hija señora y feliz, renuncia a ella y pone en su lugar a un ser extraño y odioso? ¿Rechazarás aún a esta madre, que ahora se aviene a publicar la sustitución que hizo, por tal de que goces tú de la herencia que es tuya?

Bruna permanecía callada.

—¿Qué dices, hija de mis entrañas? —tornó a preguntar radiante de gozosa animación Rufina.

—Me preguntaba —respondió al fin Bruna— cuál sería el diabólico móvil que os lleva a plantear este nuevo enredo.

—¿Enredo? —exclamó Rufina—. Tú verás si lo es cuando te pruebe la certeza de cuanto afirmo.

—Afortunadamente, aunque pudiesen ser ciertos tan horrendos dislates —dijo Bruna—, no podríais probarlos.

—¿Afortunadamente dices? ¿Pues y los cien mil duros? —repuso Rufina, presentando la carta del cónsul de California.

—Tiene más valor a mis ojos —respondió Bruna, separando de sí la carta sin mirarla— la aureola de virtud de mi madre y la pureza de su noble sangre, que todos los millones que han acuñado los hombres.

—No pensará con ese ridículo quijotismo tu marido —dijo Rufina con el dolor de un tigre herido.

—Mi marido —repuso Bruna—, mi marido es un hombre noble y digno, que pretendió a la pobre hija de la virtuosa señora Doña Justa Villamencía, y hubiese despreciado a la millonaria hija de Rufina, la perversa hospiciana.

—¡Mira que soy tu madre! —rugió sofocada Rufina.

—Mi madre es —repuso con calor Bruna— aquella que a sus pechos me alimentó, que en dulce regazo me crió, y con su enseñanza y santos ejemplos ha hecho de mí una mujer virtuosa; a ésta todo se lo debo. Si dable, si posible fuese que debiera mi existencia al loco y desautorizado enlace de quienes sin desearlo me la hubiesen dado, a padres que me abandonaron, nada les debería, y con nada les pagaría.

—Pero el padre que te ganó y te dejó su caudal —exclamó Rufina—, ¿no es acaso acreedor, hija desnaturalizada e ingrata, a que se lo agradezcas?

—Ese dinero no se ganó por su dueño para la hija que tenía, y de la que nunca se acordó. Si lo dejó, fue porque no pudo llevárselo.

—¡Mira que pierdes tu caudal, insensata! —dijo con voz sofocada por la ira Rufina.

—Gozará de él, como es debido, vuestra infeliz hija, envidiándoselo yo tan poco como le envidio su nacimiento.

—¡Mira, mira que eres pobre!

—Señora —contestó con íntima satisfacción Bruna—, ¡soy rica, soy poderosa!

—Mira que el marqués se va a casar; tendrá hijos, y si su mujer es avara y díscola, podrá influir con él, que es un mandria, para que suprima la mesada a su hermana, en vista de tener una hija casada; y entonces tendrás que mantener a Justa, esa pobre de sopa.

—El día que mi madre honre mi casa entrando en ella y mirándola como suya —contestó Bruna—, será el día que complete sus mercedes y corone sus beneficios.

—¡Y a mí, a mí que te he parido me rechazas! ¡Ingrata! —exclamó Rufina, tan herida como humillada.

—A vos —respondió con un gesto de tedio Bruna—, sin merecer el epíteto de ingrata que gratuitamente me dais, puesto que sois una impostora, os desdeño con todo mi corazón, os rechazo con toda mi voluntad y con toda la autorización de mi marido.

Rufina torció los ojos, estiró los brazos, quebró el cuerpo, dio un rugido, y cayó en una convulsión al suelo.

Bruna llamó a los criados, y les dijo con serenidad:

—Asistid a la señora: que vayan por un coche para conducirla a su casa. Por mi tío el señor marqués que le pasa una pensión, podréis averiguar su domicilio.

Y se salió del cuarto.

Cuando Rufina volvió en sí de su accidente, se halló en su casa sola; mas al volver la cabeza, vio a Piedad, que tenía un vaso de agua en sus manos, las que temblaban tanto, que por ambos lados alternativamente se derramaba sobre el plato su contenido.

—¡Vete! —le gritó.

La pobre niña se apresuró a obedecer.

—¡Ella!... —murmuró Rufina—. ¡Esa hija desnaturalizada no quiere la herencia de su padre porque no era marqués ni yo soy condesa! Pues a fe mía que esta necia y apocada hija de Justa no la disfrutará tampoco. ¡Yo, yo la disfrutaré! Contra siete virtudes hay siete vicios. Todavía estoy yo aquí para impedir que esta herencia pase a una advenediza. ¡Ah, desnaturalizada! Sé pobre; yo seré rica. Pues si tú me desconoces, yo hago más: reniego de ti! Y si llegara el caso de verte morir de hambre, no te tiraré, no, ni un hueso de mi mesa!

Capítulo VI

Algún tiempo después, la infeliz Piedad se sintió indispuesta con violentos dolores de estómago. Se quejó a su buena vecina y maestra, sin que lo supiese su madre; ella le suministró alguna bebida calmante, y su incomodidad se aplacó, pero no quedó buena. A los pocos días el mal se reprodujo. La buena anciana, alarmada, habló sobre ello a Rufina. Esta se incomodó, le dijo que con sus mimos metía en aprensión a su hija, y lo prohibió pisar su habitación.

Entre tanto, los ataques se repetían, y la pobre niña, sufriendo horrorosamente, iba de mal en peor. Cuando salía su madre, que la dejaba encerrada, la buena anciana hablaba con la pobre enferma al través de la cerradura de la puerta, y se enteraba de los progresos de la enfermedad.

—¡Pobre víctima! —decía después a las demás vecinas—. Está mortal. ¡Y se morirá sin auxilio divino ni humano! ¡Esto es una iniquidad nunca vista! ¡Esa mujer sin entrañas no es madre, ni puede serlo! Esto no se debía permitir.

—¿Y quién se mete con esa mujer, que es una fiera? —decía la una.

—Como usted quiere tanto a Piedad —decía la otra—, puede que se alarme usted sin motivo. ¡Pues qué! ¿Está su madre sorda y ciega? Pero usted, tía María, siempre está sintiendo lo de todos, y le ha de suceder lo que al cura de Trebujena, que se murió de sentir penas ajenas.

—¿Cómo te hallas, hija mía? —preguntó pocos días después la buena anciana a la enferma.

Y la voz respondió más tenue y más lastimera que nunca:

—Mal, tía María: los dolores me despedazan las entrañas: me abraso! y cuanto tomo, arrojo.

—¿Y qué tomas, hija de mi alma?

—Agua.

—¿Y nada más?

—No tengo otra cosa.

—¡Qué inhumanidad! ¡Qué heregía! Hija, ¡quién pudiera entrar a asistirte!

—¡Ay, sí! ¡ay, sí! ¡Y un Padre! Porque creo que me voy a morir. Tía María, ¿me perdonará Dios si muero sin confesión?

—Sí, hija de mi vida, sí. Tú no has pecado; pero aunque lo hubieses hecho, basta, cuando no se puede tener un ministro de Dios a su lado, con arrepentirse de corazón, ofrecer al Señor sus sufrimientos, e implorar su misericordia, para que nuestro Padre nos perdone y acoja. Pero, hija, tú no estás en ese caso.

—Sí, tía María, sí; y no siento más sino el no volver a ver a usted. Nadie sino usted me ha querido; nadie sino usted me ha enseñado que hay un Dios en el cielo, que es nuestro Criador y Padre, que promete el cielo a los que aman. Y así me ha quitado usted el horror a la muerte, y llenado mi alma de consuelos. ¡Pero yo no quisiera morir tan sola! Quisiera en mis dolores y agonías los consuelos de la religión santa y dulce!

—Díselo a tu madre, alma mía.

—Se lo he dicho, y no quiere.

—¡Pobre, pobrecita mía! ¡Qué vida has tenido y tienes! Pero recuerda, inocente mía, que la santa rosa ama a las espinas entre las cuales se cría.

La buena anciana se fue desconsolada y estremecida. Aquella noche no pudo dormir; y si no su persona, veló su corazón a la cabecera de la enferma. Le había prometido orar a Dios, para que en caso que falleciese, fuera con todos los consuelos y socorros espirituales; y así lo cumplió, pasando su desvelada noche en oración.

El alba luchaba en el horizonte con oscuros nubarrones, secuaces de la noche, pareciendo éstos negros etíopes que se esforzaban por arrancar a una pura vestal sus velos de blanca gasa. Si bien el gallo había lanzado ya su animada diana a sus compañeras, aún no había descendido del campanario la santa llamada de la iglesia a sus feligreses. Pero abríanse ya las puertas, del santo templo; en él entró una joven pálida y macilenta envuelta en un gran pañolón. La iglesia estaba aún solitaria y oscura; las lámparas de plata, continuas centinelas del tabernáculo, hacían brillar con su luz en la negra oscuridad la plata que cubría el altar del Sagrario, y las ráfagas que alguna vez despedían de sí las santas luces como un suspiro, parecían animar los rostros de los ángeles postrados en adoración ante el Santo de los Santos! La débil y plácida luz del día, que empezaba a asomarse por las altas claraboyas al pie de la iglesia, las hacía aparecer en la austera sombra del templo como alegres ojos de niños que se abriesen sonriendo al mirar a su padre.

Dios habla poderosamente al corazón y a la inteligencia del hombre, en el silencio de su templo, con aquellas palabras que, sin pasar por el oído, suenan en el corazón. Dios es universal, eterno y sin medida. Para Él no hay cosa grande ni cosa pequeña: no hay pasado ni porvenir, ese compás del tiempo: no hay para Él secreto, olvido ni incertidumbre; esas impotencias del hombre! Es Maestro y es Padre; y si como Maestro nos envía los infortunios, que son lecciones, como Padre une el consuelo a la enseñanza, poniendo en cada infortunio el germen de una virtud, la ocasión de un merecimiento.

La joven que con paso vacilante había entrado en la iglesia, la atravesó con el cuerpo doblado y exhalando ahogados y lastimeros quejidos, y vino a postrarse en el Sagrario. Pero era aún tan temprano, que allí se halló sola; y poco después, no pudiendo sostenerse de rodillas, dio un débil gemido, y cayó al suelo.

En aquel instante entraba en aquel lugar una señora. Era ésta Justa, que había pasado una noche agitada, y que, cual la nave que desde el mar inquieto busca un refugio en el puerto, buscaba uno para su alma en la iglesia. Las personas creyentes que han padecido, conocen todas este puerto de refugio.

La señora se acercó a la caída joven, al lado de la cual se arrodilló, y cuando vio aquel rostro tan hermoso y juvenil, descompuesto por la más violenta expresión de sufrimiento, le preguntó asustada y llena de compasión:

—¿Qué tienes, hija?

—Creo que voy a morir —contestó la joven.

—¿Pues cómo es que estás aquí, y no en tu lecho?

—No quería morir sola y sin los socorros de la religión.

—¿Y no te los han proporcionado en tu casa?

La moribunda meneó la cabeza.

—¿Tienes madre?

La joven hizo una señal afirmativa.

—¿Dónde está?

—En casa.

—¿Y qué hacía?

—Estaba durmiendo —contestó la pobre niña.

—¡Esa no es tu madre! —exclamó Justa con vehemencia—. ¡Pobrecita! ¿Qué edad tienes?

—Diez y ocho años —contestó la interrogada.

—¿Y de qué mueres?

—No sé. ¡Ah! ¡Agua, agua, por Dios! ¡Agua! —añadió, torciéndose y agitándose todos sus miembros por el dolor.

La señora hizo seña a un monaguillo, que se apresuró a traer de la sacristía una vasija con agua. La infeliz paciente bebió con ansia, sostenida por Justa, que la había incorporado y apoyado su cabeza sobre su pecho, y por un momento sus tormentos le dieron treguas.

—Quiero confesar —dijo con débil voz.

—Aún no ha venido el cura —repuso con angustia la señora, que veía ya dibujarse la herradura de la muerte en aquel rostro tan bello y padecido—. Ve a avisarle —prosiguió, dirigiéndose al monaguillo.

Y luego añadió alarmada dirigiéndose a la moribunda:

—¿Acaso pesa algo grave sobre tu conciencia, pobre hija mía?

—¡Ah, no! Sólo una cosa.

—¿Y qué es?

—¡Que no amo a mi madre!

—¿Se lo has demostrado?

—No.

—¿No la amas, acaso, porque ames contra su agrado a otra persona que no deberías amar?

—¡Oh, no! No amo más que a Dios, a la buena tía María que me le hizo conocer, y a vos, señora, que me habéis compadecido y asistido; a vos, que sois tan hermosa y tan buena; ¡a vos os amo!

La moribunda llevó a sus labios la blanca mano de Justa, que besó.

—Pues entonces —dijo ésta, abrazando con lágrimas de compasión y de ternura a aquella dulce y doliente criatura—, te digo para tranquilizar tu espíritu, que si murieses, tu alma inocente, que ansía por su Dios, le hallará propicio, pues es Padre de todos; pero lo es con especialidad de los desamparados. Para estar pura y dispuesta a aparecer en su presencia, bastan tus buenas disposiciones, y esta agua bendita, por la cual se te perdonarán tus pecados veniales.

La señora persignó a la moribunda con sus dedos aún húmedos del agua bendita.

Entonces la moribunda levantó sus grandes y puros ojos al altar, y una expresión de éxtasis se esparció como un rayo de sol en su rostro, que le volvió sublime, como el de una de las Vírgenes Mártires, joyas del cristianismo, al que tuvieron la gloria de ayudar a cimentar.

—¡Señora —dijo con apagada voz—, Dios os premie la caridad que conmigo habéis ejercido! Yo tenía miedo, ¡ah! ¡mucho miedo!... ¡Ya no le tengo! Aunque sé que en breve... me acostarán... en un hoyo oscuro y frío... que se irán... y allí me dejarán sola, sola!... Pero vos me recordáis la oración que me enseñó mi buena maestra para no tener miedo, y la que ahora brota de mi corazón a mis labios:


A acostarme voy
sola sin compaña:
la Virgen María
está junto a mi cama:
me dice de quedo...
 

La infeliz no pudo seguir, y Justa, que recordó con viva emoción esta misma ingenua y santa oración infantil que le enseñara su madre, la concluyó, añadiendo:


—Mi niña, reposa,
y no tengas miedo
de ninguna cosa.
 

—¿Sois mi madre la Virgen? —dijo la pobre niña, cuyos sentidos turbaba ya la muerte, fijando en Justa sus ya quebrados ojos.

—No, no lo soy, hija mía. Pero puede que la Señora me haya enviado para auxiliarte.

—Sí, sí; lo sois —murmuró la agonizante—. ¡Madre... Madre mía!... ¡conducid mi alma a vuestro Hijo, pues... en él creo!... a él amo!... en él espero!...

—Que te ha de perdonar y salvar, amén —oró Justa al recibir sobre su seno el último suspiro de la infeliz niña.

En este instante entraron precipitadamente el cura, el sacristán y otras personas, que se apresuraron a llevarse el cadáver a la sacristía.

Justa quedó postrada ante el altar: las lágrimas la ahogaban, y un temblor vehemente agitaba sus miembros: sus manos, que alzaba al altar, se cruzaban convulsas. El profundo dolor que causa la lástima, que no halla más refugio que en Dios, la hacía elevarse con exaltación hacia Aquel que todo lo recompensa; hacia Aquel que, siendo todo amor, es el sublime imán del corazón amante!

Mas su delicada organización moral y física no pudo resistir a la impresión que la desgarradora escena, en la que su valor de católica le dio fuerzas para actuar tan caritativa y valerosamente, había producido en ella; se sintió indispuesta, y se levantó para volverse a su casa.

Cuando salió de la iglesia, ya el sol campaba en el cielo, radiante, despejado como el rey de la alegría. Pero el alma de Justa estaba triste hasta morir! La imagen de aquella suave y hermosa niña, que en su agonía había visto presa de las más crueles torturas corporales, mientras su alma era la mansión de los más puros y dulces sentimientos, la conmovía en opuestos sentidos del modo más violento. Habíase apoderado de su alma una de aquellas profundas y lúgubres tristezas que tan estrecha, tan negra, tan rodeada de horrores hacen al alma su cárcel; una de esas angustias tétricas y agitadas que hacen que el corazón, cual un pájaro azorado en su jaula, se agite en el pecho, ansioso por tomar su vuelo en el espacio. ¿Sería que sentía el corazón lo que al alcance del conocimiento no estaba? ¿Hacíale presentir, sin definirlo, que en sus brazos acababa de morir su hija?

Aquella tarde salía un entierro, solo y pobre, de casa de Rufina; el cadáver no llevaba caja propia, e iba en caja común. Las vecinas que lo miraban salir, murmuraban sordamente, como las olas cuando con serena atmósfera hay mar de fondo:

—¡Qué entierro! ¡Esto es una iniquidad! —dijo una de ellas, dirigiéndose a la tía María, que lloraba sin consuelo—. ¡Ni siquiera lleva palma!

—Vosotras no las veis —contestó la anciana—. Pero lleva esa bendita dos: una de pureza, que le ha puesto la Virgen a un lado; y otra de martirio, que le ha puesto Nuestro Señor Jesucristo al otro.

—Pero ¿por qué no lleva caja blanca y celeste? —preguntó otra.

—Porque con ese cadáver de virgen se entierra un negro atentado! —contestó la anciana.

—¿Qué queréis decir con eso, tía María?

—Nada, nada —contestó ésta—; lo que os encargo es que cuando acabéis el rosario, no olvidéis nunca el Padre Nuestro POR EL ALMA SOLA! Pues aunque nada tendrá que expiar esa inocente, a Dios agradan las oraciones, sobre todo si se hacen por sus hijos predilectos los desamparados.

Epílogo

Si encontrais en la ciudad de Z... a una señora de semblante hermoso y apacible, de talante grave y modesto, de maneras afables y dignas, que viste con humilde pulcritud, encaminándose hacia la iglesia en que está el Jubileo, a quien todos los que pasan dejan con respeto la acera, descubriéndose con reverencia sus cabezas, a quien los ancianos sonríen y los pobres bendicen, esa es la empobrecida doña Justa Villamencía.

Si una tarde de toros veis pasar por el paseo con dirección a la plaza una carretela descubierta, en la que se arrellana un mal cantante italiano, con un cigarro en la boca, y a su lado veis una mujer ahuecada con faralaes y miriñaques, cuya pálida, descarnada y adusta cara aparece entre una aureola de moños, flores y blondas; si veis que al pasar cerca de ellos vuelven los caballeros con disgusto la cara, que los jóvenes casquivanos se ríen, y que las gentes del pueblo los escarnecen con ese desprecio triturador del fallo popular, tan infalible cuando es espontáneo, esa es la enriquecida Rufina.

Algunos años después, disipado su caudal, destruida su salud, robada y abandonada por sus despreciables amantes, moría Rufina en un hospital, conmoviendo y compadeciendo a las santas Hermanas de la Caridad por el modo aterrador con que en su frenesí y en su agonía repetía: «¡Piedad! ¡Piedad!».

Más largo es el tiempo que la fortuna

Relación

Preséntase el tiempo al hombre de tres maneras; llega lentamente el futuro, pasa rápidamente el presente, y párase inmóvil el pasado

No hay ruego ni ansia que hagan acelerar su marcha al primero; no hay instancia ni fuerza que detengan al segundo; no hay arrepentimiento ni hechizo que muevan al tercero.

¿Quieres concluir felizmente el viaje de la vida? Toma por consejero al futuro, no escojas por amigo al presente, ni te hagas enemigo al pasado.

(Sentencia de Confucio, traducida libremente de una versión alemana)


El ladrón que no se deja coger, pasa por hombre honrado.

(Refrán turco)


A dos leguas de la orilla del mar, sobre la plataforma de una colina, se asienta Jerez, rico, robusto y predilecto hijo de Baco y de Ceres. Rodéanle como un soberbio cinturón sus famosas viñas, cuidadas como princesas, y sus campos de trigo, cuyas cañas inclinan sus doradas cabezas. Extiende sus inmensos Propios por las comarcas cercanas, que murmuran de esta invasión del coloso rural, y pierde la cuenta de sus montes, como un potentado.

Jerez, noble como el que más, lleva al frente el precioso y bien conservado castillo moruno, perteneciente a la ilustre familia de los Villavicencios, y que ha sido testigo de tantas hazañas; conserva anales que forman páginas de oro en la historia de España; ostenta suntuosos templos, obras magnas de la fe, obras maestras del arte, y ve con dolor a su lado desmoronarse su magnífica Cartuja, admiración de cuantos la vieron viva, dolor y escándalo de cuantos la ven cadáver!

Aunque con razón se dice que algunas provincias de España están despobladas, como la Mancha y Castilla, las cuales por desgracia atraviesa la carretera, que es la gran arteria de la Península, no se puede decir lo mismo de esta parte de Andalucía, puesto que desde lo alto de algunas de las miras que adornan los hermosos caseríos de la mayor parte de las viñas, se ven en el radio que alcanza la vista quince pueblos, de los que la mayor parte son considerables. Son éstos Jerez, Algar, Arcos, Medina, Chiclana, la isla de León, Cádiz, Puerto-Real, Puerto de Santa María, Rota, Chipiona, Sanlúcar, Trebujena, Lebrija y las Cabezas.

Las gentes de Jerez —y no decimos los jerezanos, porque la mayor parte de los cuantiosos caudales formados en este pueblo, ya a la sombra de las hojas de sus parras o de sus mieses, ya por el comercio, no son jerezanos, —las gentes de Jerez no son amigas de gastar, ni se dejan embullar por su rumbosa y alegre vecina Cádiz. Así es que aquella ciudad, que debería ser un modelo de elegancia, de trato lucido y de modo de vivir espléndido, no goza de estas ventajas. Fuera de las inmensas bodegas, verdaderos palacios de las feísimas botas de vino; fuera de algunas hermosas casas, labradas por lo regular con más suntuosidad que gusto; fuera de su gran plaza de toros, no han contribuido su creciente prosperidad y su riqueza a embellecerlo. Sus alrededores, que debían ser alamedas y jardines, son los de un villorrio. Carece de un lucido paseo, de un buen teatro, de Bolsa, y de otras, cosas anejas a la acumulación de gentes, de caudales y de los adelantos de la cultura.

No obstante, dos cosas hay en las que los habitantes de Jerez, indígenas y forasteros, se unen y demuestran un gran desprendimiento; y es en cosas de culto divino y de caridad cristiana. En cuanto hemos visto, no hemos conocido pueblo que bajo estos conceptos merezca más sincera admiración y más justos elogios. Cuando se tiene noticia de las muchas caridades públicas y privadas que se hacen, de las limosnas repartidas en los entierros de los ricos, de las ofrendas llevadas a los templos; cuando se ve aquel magnífico hospital, aquellos hospicios que brillan como plata; cuando se entra en aquellas iglesias, que deslumbran como oro y pedrerías, se siente un entusiasta placer, y se pregunta uno: «¿Pues acaso no vale más esto que todos los decantados embellecimientos materiales, de que tanto se envanece el siglo?»

Cuando los jerezanos labraron su plaza de toros, los del Puerto lo llevaron muy a mal, porque esto perjudicaba a sus nombradas corridas, tan afamadas en Andalucía. Y como en cuanto a burlones y ligeros de sangre, llevan entre todos los andaluces los de Cádiz, la Isla y Puerto de Santa María la palma y la gala, es fácil concebir a qué punto fueron por entonces víctimas los graves jerezanos que se emancipaban, de las burlonas saetas de los porteños. De ellas se podría formar un volumen. Los jerezanos, por toda respuesta, hermoseaban cada vez más su plaza. Últimamente, y por remate, la pintaron con los colores más provocativos, pusieron cristales en algunos palcos, y hasta remates dorados; y echando una mirada de desprecio a la plaza del Puerto, entonces modestamente vestida de blanca cal, como la Norma, les gritaron subidos sobre sus botas: «Sépase quién es Calleja». Los coquineros, que son, como otros muchos, muy elegantes, muy ataviados, pero que no tienen un real en la faltriquera, esto es, ni Propios, ni más baldíos que la mar, quedaron confundidos de tanta grandeza y de tanto lujo, y aseguraron que los jerezanos, para cuando llegase el invierno, iban a mandar hacer una funda de hule para su repulía plaza.

Entre Jerez y la sierra de Algar se extiende una dehesa solitaria. Veíase en ella, hace años, al lado de una vereda un sombrajo, a cuyo amparo se había establecido un hombre que sobre una mesa despachaba alguna bebida. Andando el tiempo, había labrado cuatro paredes y cubiértolas con enea: había compartido su interior en dos mitades, destinada una a cocina y despacho, y la otra a dormitorio, y se había llevado allí a su mujer y dos hijos. Detrás de la casa había levantado un vallado, que formaba un corral cuadrado, en que de noche recogía unas cabras que de día llevaba a pastar a la sierra su hijo menor, y había hincado una estaca de olivo al frente de su casa, con el fin de que pudiesen atarse en ella las caballerías de los escasos transeúntes de aquella vereda. La estaca se había coronado a la primavera siguiente de una verde guirnalda, y pasando años, cuidada por su dueño, se había hecho un olivo frondoso, que proporcionaba al ventero una bonita cosecha de aceitunas, que aliñaba, y eran, con el queso de sus cabras, los ramos de más despacho de su establecimiento. Muchos caballeros de Jerez que solían ir a cazar, descansaban en la ventilla del tío Basilio, haciendo un consumo, cuyo valor pagaban quintuplicado.

Cuando empieza nuestra Relación, la mujer del ventero había muerto, y su hijo mayor, de quien se había hecho cargo su padrino y tío, que era un religioso de Santo Domingo, había estudiado con gran proyecto la carrera eclesiástica, y pasado como capellán de un regimiento a Lima. Así era que el tío Basilio vivía solo y aislado, sin más compañía que la que le proporcionaba de noche su hijo menor, ente estúpido y de pocas palabras, que desde la muerte de su madre se había acabado de entumecer; porque así como las naturalezas físicas endebles necesitan nutrirse por más tiempo de los pechos de sus madres, las naturalezas morales endebles necesitan por más tiempo nutrirse de los cuidados y enseñanzas de estos sus terrestres ángeles custodios.

La humanidad tiene dos ideales: la Virgen y la Madre; así es que Dios las unió para formar el adorable Ser por medio del cual se identificó con ella.

Era una hermosa mañana del mes de Diciembre. Estaban sentados ante la puerta del ventucho, sobre un banco de tosca mampostería, el tío Basilio, que era ya un viejo débil y encogido, y su compadre el tío Bernardo, que era un anciano aún verde, robusto, ágil y jovial. Al frente, y a alguna distancia, estaba recostado sobre unas matas de palmito un muchacho de mediana estatura, de talle delgado, que vestía el traje de cazador, que consiste en unos sajones de raja, polainas y un capotillo que se pone por la cabeza como alforjas, de los que por la parte interior tienen faltriqueras, en que se guardan el pan y la caza menuda. Su cara pálida, aunque de buenas facciones, y como dice la expresión vulgar, pintadita, tenía algo de duro, y su mirada, poco franca, si bien denotaba agudeza, no tenía nada de la jovialidad tan propia de la juventud. A su lado estaba su escopeta y un reclamo (una perdiz) en su puntiaguda jaula, cubierta con bayeta verde. El silencio era profundo, y sólo interrumpido por el sonoro soplo de un viento largo, que no pudiendo hacer murmurar las recias o impasibles plantas del monte bajo de la dehesa, se arrullaba a sí mismo en suave cantinela. Sólo las gallinas, que tranquilas y satisfechas vagaban alrededor del ventucho, sentían su poder en sus airosas colas, que se doblaban, y solían arrastrar, haciendo dar traspiés a sus dueñas. El gallo de cuándo en cuándo alzaba su coronada cabeza, e irguiéndose hacia atrás, lanzaba al aire su canto, como para atraer a su amo parroquianos. El gato, primer inventor de lo confortable, había sabiamente escogido para acurrucarse un ángulo de la casa bañado del sol y al abrigo del viento, y en su duermevela gatuno echaba por entre sus guiñados párpados disimuladas miradas a unos gorriones que, como los pobres de la mesa del rico, venían a buscar las migajas de la mesa de las gallinas. El sol derramaba alegría, y el silencio paz en el alma: el magnífico cielo parecía elevarla, y toda la naturaleza infundía tal bienestar, que el sentimiento íntimo cantaba en el corazón: «¡Dios mío! ¡Qué buena es la vida cuando a Ti se somete como a su principio y como a su fin!»

—Vaya, compadre —decía su compañero al ventero—, no se queje usted, que parece usted pobre de sopa. Siempre está usted con turbieses. Míreme usted a mí, a pesar de mis cuitas. Cuando me voy a acostar, me quito el sombrero, lo pongo a un lado, y digo: «Aquí están las trampas». Me quito la chaqueta, la pongo al otro lado, y digo: «Aquí están las penas». Me presino, y duermo como un patriarca; pues sin trampas y sin penas, ¿quién no duerme bien? Y usted, al que no le falta sino sarna que rascar, está siempre atollancado. ¡Por vía de Barrabas!

—¡Y qué quiere usted! ¡Si este dolor de la pierna lo he estrenado hoy, y esto echa el ribete a la empanada! Casa vieja toda es goteras. ¡Y si no fuera más que eso!

—¿Pues qué más le aqueja, compadre?

—¡Pues no es nada lo del ojo, y le llevaba en la mano! ¿Acaso no sabe usted que hay quinta, que han requerido a los mozos, y que mi José mete la mano en cántaro?

—¡Cómo ha de ser! ¡Ese hueso le tenemos que roer! No bien rompió mi Juan la casaca, cuando salió soldado mi Manuel; y tuve paciencia. Déjelo usted ir, compadre: así se espabilará, que metido como lo tiene usted con las cabras, está el muchacho endehesado. Yo fui soldado, y digo a usted que no me pesa, pues me hice un hombre en forma. Verdad es que fui asistente, y tuve un amo que no sé lo que era más, si valiente o si bueno. Le quería... que ni que hubiese sido mi hermano menor. ¡Mil vidas hubiese dado por él! Y no es un decir. Pues ¿ve usted esta cicatriz en la frente? Con ésta me señaló un francés en la batalla de Medellín, por ponerme por delante de mi teniente, a quien iba a matar. El matado fue él. Pero me dejó este rasguño por memoria. Su hijo de usted necesita espabilarse, compadre, que está cuajado, y no sirve para maldita de Dios la cosa.

—Señor, es un infeliz. No tiene las luces de su hermano el mayor, pero tiene sangre de horchata, compadre. Tiene el sentir mejor que el pronunciado.

—¡Ya! Entonces es como los borricos, que todo se les queda por dentro. Pues si no le quiere usted dejar ir, póngale un sustituto.

—¿Y de dónde saco yo esos caudales, cristiano?

—¿De dónde los saca usted? De donde los tenga metidos, compadre. Pues usted sus cuartos ha de tener; que bien le rinden sus cabras, y el despachillo bien le da. Mas que lo niegue usted, que es más estéril que un arenal, y no gasta más que pachorra ni da más que los buenos días. Así es que cuando uno se acerca por acá, sucede como en el rancho de los Malpartidas: sale el perro diciendo: ¡jambre! ¡jambre!, sigue el gallo cantando: siempre la hay aquí, y maúlla el gato: moriré estenuado, miau miau.

—Usted tiene siempre sobra de chacota y falta de razones. No se trata de bromas, compadre, sino de veras. ¿Qué hago, María Santísima, qué hago?

—Respirar por no ahogarse.

¡Solo me voy a quedar como un pitaco!

—Y hará usted malamente, compadre; traspase usted su venta, y véngase al pueblo.

—No puede ser eso, compadre. Aquí he vivido, estoy hecho, y no me hallo en otra parte alguna; aquí me he de estar hasta que deje ésta por la otra.

El joven, que hasta entonces había estado escuchando la conversación de los dos compadres, se levantó despacio, desperezándose y diciendo ¡upa!

—Hijo —le dijo el tío Bernardo, el compadre del ventero,


El que al sentarse dice ¡ay!
Y al levantarse dice ¡upa!...
No es ese el yerno
que mi madre busca.
 

—Es que ya he andado dos leguas —contestó el muchacho.

—¡Valiente puñado son tres moscas! —repuso el tío Bernardo—. Pero vamos a ver: ¿quién te manda andarlas? ¿No es tu oficio rapar barbas? ¿A qué te metes a tirador? ¿Por qué te metes a aprender laitines? ¡Por vía de Barrabas! Para echarla de usía; porque tú eres de los que no se hallan bien donde Dios los ha puesto. Y ésos, hijo mío, no suelen andar en el mundo por la vereda derecha.

—Tío Bernardo —dijo el muchacho, echando al viejo una mirada rencorosa—, tiene usted la lengua muy larga y muy afilada. Pero ¡anda con Dios! que le custodian sus canas.

Diciendo esto, se alejó.

—¡Anda, anda, Juan Luis Navajas —le gritó el tío Bernardo—, que el mucho humo te ahoga! Y no me la vengas echando de pechisacado ni con amenazas; que a mí no me amedrentas tú, ni veinte monos como tú. Canas tengo; pero no me valen ellas para el que, como tú, no tiene ni fe ni ley. Lo que me vale es saber tú de atrás que a mí no me tienes que gallorear.

A pesar de que la serenidad de la atmósfera hizo que el que había sido nombrado Juan Luis Navajas no perdiese una palabra del áspero trepe que le dirigió el anciano, siguió su camino silbando y sin volver la cara atrás.

—¡Caramba, compadre, y qué rescuadra le ha echado usted al barberillo! ¡No parece sino que se la tenía usted guardada! —dijo el ventero.

—Y asina es, compadre —repuso el tío Bernardo—; porque ha de saber usted que mayor pícaro que ese no pisa las calles de Jerez. No todos le conocen como yo; pero yo le tengo calado como melón de plaza, y él lo sabe, desde cierto lance.

—¿Y a qué se mete usted con este hampón mal encarado? Mire usted que le puede salir caro; y ande usted con el ojo sobre el hombro. Por mí, cuando pasa de largo, le doy las gracias.

—Compadre, yo no le temo. Verdad es que me tiene ganas. Pero su pellejo guarda el mío.

El lance a que aludía el honrado anciano, y que nunca salió de sus labios, fue que una noche había acertado a pasar por un sitio retirado en que se hallaba Juan Luis escondido y en acecho de una venganza. El tío Bernardo, que vio relumbrar en su mano una abierta navaja, le dio con su chibata un vigoroso golpe en el brazo, que le hizo soltar el arma homicida. El buen anciano la recogió, a pesar de haber querido impedírselo el barberillo. «Oye, Juan Luis —le dijo—, no quiero perderte: si me lo quieres agradecer sé hombre de bien».

Desde entonces, lo que debió ser agradecimiento se había tornado en el aprendiz de barbero en un profundo odio.

Si las malas y soberbias naturalezas se rebelan contra toda superioridad, hácenlo con redoblado tedio y encono contra la de la virtud, por ser la más incontestable.

Juan Luis se internó en la sierra, en donde a poco se encontró con José Camas y sus cabras. Fuese a él, como tenía de costumbre, para pedirle leche, y mientras José, que se entretenía mucho en su soledad con las cosas que solía contarle Juan Luis en pago de la leche, se apresuraba a ordeñar una de sus cabras, le dijo éste:

—¿Con que entras en suerte, José?

El más vivo terror se pintó en la cara del pobre idiota, que le respondió casi llorando:

—¡Mira tú, mi padre que no me quiere libertar! ¿De qué le servirán a su mercé sus dineros?

—¡Pues qué! ¿Tiene dinero tu padre? —preguntó Juan Luis.

—¡Vaya! Más de cien onzas, o una multitud asina; todo lo que gana lo hace oro. Y cuando murió el padre de mi madre tomó su mercé su parte de casa en duros de oro.

—Pero ¿dónde lo tiene guardado? —tornó a preguntar el cazador.

—Mi padre está en que yo no lo sé, porque me cree muy cuaco —respondió José echándose a reír—; pero lo sé; y muy bien que lo sé! Una noche, y cuando todo estaba solo, hizo su mercé un hoyo en la pared contra el suelo, debajo de la cabecera de su cama; allí lo metió y cubrió el agujero con un ladrillo y mezcla, y luego todo lo encaló: así sólo un zahorí da con el escondite. Pero ya que no me quiere libertar, voy a tocar de suela; y zapatos han de romper antes que den conmigo.

—No hagas tal, José —le dijo su interlocutor. ¿Dónde irás de prófugo que no den contigo los demás mozos? En cogiéndote te meten en gayola, y en seguida te cargan con el fusil. Mira, yo también entro en suerte; y si salgo soldado, iré con los otros: lo demás no es sino tirar coces contra el aguijón. Más adelante, y cuando se presente ocasión oportuna, desertaremos con más seguridad.

La cara del cabrero se iluminó al saber que Juan Luis iba a correr la misma suerte que él.

—¿Y me llevarás contigo si huyes? —le preguntó.

—Sí —respondió el aprendiz de barbero—, siempre que me prometas callar como un poste. ¿Lo harás?

—¡Por el alma de mi madre! —contestó el cabrero.

Algún tiempo después de las escenas referidas, había tenido lugar la quinta; y tanto al barbero como al hijo del ventero les había tocado la suerte de soldados, y habían sido conducidos a Sevilla. Como es de suponer, José cayó completamente en la dependencia de Juan Luis, que hizo de él una especie de asistente. Después de algunos meses de servicio en el regimiento, el barbero se propuso llevar a cabo el bien combinado plan de deserción que había urdido, y que sólo el día antes comunicó a su compañero.

Huyeron, pues, siguiendo la dirección del camino real hacia Jerez, internándose, antes de llegar a este pueblo, por la sierra de Algar. Al sol puesto estaban extenuidos, y Juan Luis envió a su seide José a unos pastores que éste conocía, para pedirles pan; lo que hizo ciegamente. En seguida le dijo que cuando anocheciera y hubiese seguridad de que nadie transitase por la vereda, debería ir en casa de su padre, y haciéndole presente su situación, exigirle algún socorro para llegar a Gibraltar, en donde no les faltaría trabajo y seguridad. Pero cuando se acercó la hora, fue de parecer que valía más que fuese él mismo de parte suya, por tal de evitarle el primer ímpetu de cólera de su padre, a quien él se suponía capaz de convencer de la obligación y necesidad en que estaba de socorrer a su hijo. Cuando la noche hubo cerrado, emprendió Juan Luis su marcha; pero volviéndose atrás, pidió a José su navaja, por si le acometía el perro bravo de su padre, y asimismo un pañuelo para atárselo a la cabeza: ambas cosas le fueron al punto entregadas por José.

Al cabo de una llora, volvió Juan Luis. Si el pobre cabrero no hubiese sido simple, habría notado alteración en la voz de Juan Luis cuando éste le aseguró que había hallado a su padre inflexible; que sólo había podido arrancarle su traje de pastor; que se le traía para que se le pusiese y se internase en la Sierra, pues eran perseguidos; que por más seguridad, era necesario separarse; y que él se iba hacia Portugal, donde esperaba quedar oculto.

Abría el día tras de los montes de Ronda, sonrosado, fresco y perfumado, como se abre una rosa. La naturaleza cantaba por las gargantas de sus pájaros; el ganado mugía; las yeguas venidas para la trilla unían el sonido metálico de sus cencerros a las demás armonías campestres, y el labrador se persignaba antes de emprender el afanoso trabajo de la siega, que no obstante ama instintivamente, pues es la recolección del gran don de Dios ¡el trigo! el trigo que tanto venera el pobre, pues es el santo alimento que Dios le enseñó a pedirle!

Caminaba el tío Bernardo como siempre, con firme paso y ligero corazón, hacia el monte de que era guarda; acercábase a la venta de su compadre, y al llegar, extrañó ver la puerta abierta.

—¡Vaya —pensó—, que ha madrugado el compadre! Me alegro. Por lo visto, no le aqueja hoy achaque.

Asomose a la primera pieza; pero a nadie vio.

—¡Compadre! —gritó en recia voz.

Y nadie contestó. Sólo el perro del ventero aulló lúgubremente.

El tío Bernardo pertenecía a una clase de hombres comunes en España, que tienen una impasibilidad completa, que ni altera el temor ni perturba la sensibilidad, que reciben las impresiones claras y definidas por la razón, y no por confusa aglomeración de sensaciones, las que anticipan los hechos y los abultan. Y no obstante, la soledad, el aire de abandono, el hosco silencio, sólo interrumpido por el lúgubre aullido del perro, que parecía helar aquella casa, le impusieron. Parose un momento, y volviendo la vista en torno suyo,

—¡Jesús María! —exclamó con hondo acento, al ver caída en el suelo una ensangrentada navaja.

Arrojose hacia la alcoba, empujó con violencia la puerta, y apenas la hubo abierto, dio un paso atrás. Deshecha la cama, su mal colchón tirado en el suelo cubría un bulto, pero no tanto que no asomase una mano lívida, la que yacía en una laguna de sangre: a su lado estaba sentado el perro, que volvió a aullar con más desconsuelo al ver entrar al amigo de su amo. Las tablas y los bancos de la cama habían sido desviados con violencia de su sitio, y en el suelo se veía una palanqueta, con la que se había abierto un hoyo en la pared cerca del suelo: allí, un hueco oscuro y vacío; y cerca, algunos escombros con manchas de sangre. Todo esto lo vio y observó el tío Bernardo de una sola mirada.

—¡Robado! —murmuró—. ¡Su oro le perdió!

Acercándose en seguida al colchón, lo levantó por una punta. El infeliz ventero yacía boca arriba: en la lucha que debió preceder a su muerte, su camisa se había desgarrado, y así dejaba descubierta una enorme herida que atravesaba su vientre. Agotada la sangre que por ella se había vertido, veíanse los bordes de la herida gruesos y blancos desviarse uno de otro, como para dejar entrever las destrozadas entrañas de la víctima; la que con los ojos de par en par, y desatentados, y la boca abierta, como lanzando el último grito para pedir socorro, yacía, ofreciendo el más espantoso cuadro que puedan formar la muerte violenta y el crimen misterioso.

—¡Muerto! —murmuró el tío Bernardo—. ¡Dios le haya perdonado! —añadió, dejando caer el colchón sobre el horroroso espectáculo, que horas después había de hacer desmayarse a un joven escribiente, que acompañó al juez al lugar de la catástrofe.

El tío Bernardo salió, ató una cuerda al perro, que se llevó consigo, atrancó la puerta de la casa lo mejor que pudo, y se volvió a Jerez a dar parte a la justicia.

Del sumario y declaración de testigos resultó averiguarse:

Que el ventero debía tener una buena cantidad de dinero; lo que era confirmado por los altercados que tuvieron el padre y su hijo José sobre ponerle sustituto; afirmando el muchacho a cuantos hablaba, que a su padre le sobraba dinero para libertarlo, y negándolo el primero;

Que el escondite donde guardaba ese dinero era evidentemente el hueco vacío, abierto aquella noche en la pared, y que nadie podía tener noticias de este lugar secreto sino su hijo;

Que la navaja leñida en sangre hallada en la pieza inmediata, con la que indefectiblemente se cometería el asesinato, pertenecía a José, como lo afirmaba el armero que se la vendió en días de marchar;

Que según una requisitoria enviada de Sevilla, había desertado José de su regimiento la víspera de la infausta noche en que se cometió el crimen;

Que la tarde antes, al ponerse el sol, había vagado el desertor por las cercanías, según deponían unos pastores, a los que había pedido pan y agua, por no haber probado bocado en todo el día;

Que buscando la partida al delincuente, habían hallado entre unas matas un pañuelo ensangrentado, que presentado a una mujer que lavaba la ropa al padre y al hijo, había reconocido como perteneciente a José;

Que, fuera del dinero, lo único que había faltado de casa del ventero, habían sido la zamarra y calzones de piel de cabra que como pastor gastaba José, y algunas otras prendas de vestir del mismo.

Por consiguiente, alcanzó el juzgado la convicción de que era José el parricida, y el pueblo alzó su poderoso anatema contra el desnaturalizado hijo, y levantó con horror su dedo señalando aquella solitaria venta, antro del más espantoso atentado, la que fue abandonada, después de clavar en la puerta una cruz negra, y quedó silenciosa y vacía como un horroroso cadalso después de haber servido. El techo se hundió, el olivo se secó, y el vallado se desmoronó, cual si el terrible simoun hubiese pasado sobre ellos!

En noches tempestuosas, cuando el viento que gime busca por simpatía los lugares que asombran, entrábase a aullar en la vacía estancia, y algún portazo que daba con violencia hacía estremecerse al guarda o al pastor que vagaban en aquellas cercanías!

Mas el reo no pudo nunca ser habido.

Algún tiempo después de la perpetración del crimen cometido en la solitaria venta, llegaba a un cortijo situado en la vertiente de levante de la sierra de Ronda, no lejos de Coín, un hombre vestido de cabrero, enfermo y extenuado. Compadecidos los trabajadores y el aperador, le auxiliaron en lo que pudieron, y preguntándole quién era y cómo se hallaba en aquel estado, les respondió que era su oficio cabrero; que habiendo salido soldado, había desertado porque no se hallaba sino en los montes y al aire libre. Casualmente necesitaba el dueño del cortijo de un cabrero; y así, en cuanto restablecido estuvo, pusieron a su cuidado una piara de cabras, con las que se internó en los montes, en donde siguió oculto y desconocido, vegetando tranquilamente con los alcornoques, robles y acebuches, sus compañeros.

Por este mismo tiempo salía de Gibraltar un barco con destino a Lima. Veíase pasear sobre cubierta un joven con elegante vestido de viaje, con un casaquín de mahón, pantalón igual, y un sombrero de ancha ala, rodeado con primor de una cinta negra, cuyos cabos pendían por la espalda. Este joven, de aire petulante e insolente, era llamado D. Víctor Guerra, y según se susurraba, aunque no se sabía por él, iba a Lima a recoger la herencia de un pariente; por lo cual los demás pasajeros le acataban, incluso el capitán, bien ajenos de que aquel que por la insolencia con que se daba tono sentaban cortésmente a la cabecera de la mesa, era un aprendiz de barbero, un desertor, un ladrón y un infame asesino! Porque este pasajero arrogante era Luis, el asesino del infeliz ventero, que provisto de documentos falsos, fabricados por un judío en Gibraltar, y bien equipado a favor de las robadas onzas, iba a América a probar fortuna, siguiendo las inspiraciones de su desmedida ambición y de su colosal orgullo.

Cuando llegó a Lima, intentó varios medios de prosperar; pero en ninguno medró, faltándole conocimientos y perseverancia: sólo en el juego tuvo suerte, como suele acontecer a los pícaros. No obstante, esto no bastaba para llenar sus altas miras, ni para sostener el boato en que vivía: sus recursos disminuían, y el porvenir no le brindaba esperanzas. Así es que se decidió, con la audacia que le era natural, por la carrera de las armas; porque siendo valiente, y estando estimulado por su ansia de figurar y de ocupar un puesto lucido en la sociedad, sentía que no habría en su azarosa carrera empresa ardua que no estuviese pronto a acometer, ni hipocresía que no fuese capaz de sostener sin marrar ni deslizarse, para llegar a sus fines. Ardía entonces en Lima la guerra, a que puso término la batalla de Ayacucho.

Ayacucho, que en lengua india significa el campo de los muertos, fue el lugar en que en tiempo de Carlos III levantó el indio Tupac-Amaro el estandarte de la rebelión contra la Metrópoli, el cual fue sometido por la lealtad y esfuerzo del general Don José Lavalle, primer Conde de Premio Real; y en ese mismo Ayacucho, campo de los muertos, fue donde en el año de 1824 murió desgraciada e inopinadamente la dominación española en aquella parte de América.

Presentose el falso D. Víctor con su habitual osadía al general, que se apresuró a admitir entre sus filas al gallardo joven; el que, a poco tiempo, de cadete pasó a alférez, distinguiéndose en todas ocasiones por su bizarría, su actividad e inteligencia. Había sabido insinuarse con todos los oficiales que alternaban amigablemente con él, y sobre todo hacerse buen lugar con el coronel de su regimiento, hombre de mucho mérito y distinción, que había casado en Lima con una mujer rica, y tenía una hermosa familia, compuesta de una niña y dos niños. Eran éstos instruidos por el capellán del regimiento, que gozaba de la confianza y amistad del coronel, porque a las virtudes del sacerdote y al carácter más suave y apacible, unía las más excelentes cualidades del hombre, y un saber poco común.

Hacía algún tiempo que D. Gaspar Camas, a quien todos llamaban el Padre Capellán, había caído en un profundo abatimiento, cuya causa se supo pero sobre la cual todos callaban, como si por instintiva benevolencia esperasen que el silencio trajese en pos de sí el olvido.

Una tras otra, y con corto intervalo, había recibido el Capellán las infaustas nuevas de la deserción del servicio del rey de un hermano suyo, la del asesinato de su padre, y la de la muerte del rector de Santo Domingo, su tío y padrino, que le había educado, y al que todo lo debía. Profundamente afectado por tamañas desgracias, el Padre Capellán había querido volverse a Europa y retirarse a la soledad; pero los ruegos del coronel y de su mujer, y el entrañable cariño que tenía a los niños, le detuvieron.

Búrlase a veces la suerte de la justicia con descaro, y la justicia se da por vencida, porque su reino no es de este mundo. Así se verificó en la relación que vamos a hacer. No era sólo el valor el que proporcionaba a D. Víctor Guerra cada día nuevos lauros, puesto que en el regimiento había otros muchos tan valientes como él; sino era también la fortuna, que no dejaba de brindarle las ocasiones de distinguirse, que negaba a otros. Ella era la que ponía su dinero al naipe que había de ganar; ella la que desviaba los tiros del enemigo del pecho de su protegido; ella la que le inspiraba y sostenía; ella la que le empujaba con su gran ariete, la audacia; en fin, era la locomotora, que impulsaba su rápida carrera.

No es una verdad nueva —pocas lo son— que el éxito es el que da valer a las personas y mérito a las empresas. ¡Cuántos han pasado por menguados sin serlo! ¡Cuántos por entendidos sin tener nada de ello, porque a la Fortuna le plugo burlarse de la Justicia, según llevamos observado!!! ¡Y qué bien dijo un Perogrullo cualquiera, cuando deseó a su deudo fortuna y no saber! En la opinión de los hombres influye el éxito tan poderosamente, que el que logra, es encomiado, admirado y celebrado necia y estúpidamente; así como el que no logra, es puesto a un lado y despreciado, mientras se ríe la Fortuna de este ridículo género humano, y llora la Justicia su impotencia sobre la necia muchedumbre.

Varios años pasaron, en los que el fingido D. Víctor de cadete llegó a comandante. El nuevo comandante deslumbraba con su lujo, su aplomo y su envalentonamiento. ¿Parecíale al asesino que el aprecio ajeno echaba indulto sobre su impune crimen? ¿Hacíase ilusión de que la nueva posición que se había labrado, cubría con su esplendor el negro y ensangrentado hoyo, en que robó su fortuna? ¿Creía acaso que con haber mudado de nombre se había regenerado como el fénix, y que con el nombre del que le cometió, era extinguido su delito? ¿Tenía conciencia? ¿Tenía remordimientos? Tenía siquiera el temor indefinido de que el ocultísimo delito se descubriese? —No podríamos decirlo; porque éstos son arcanos de la maldad que sólo ella comprende.

Pero lo que sí creemos es que hay hombres tales, que en ellos duerme tranquila la conciencia cuando no la estimula y despierta el temor. Cuando éste falta —por la seguridad de la ocultación de la realidad en cuanto a la vindicta humana, y por falta de temor nacida de la ausencia de la fe y religión, en cuanto a la justicia divina—, la conciencia decae, se duerme, se aletarga. Pero momentos hay en los que Dios, por su divina misericordia, la sacude, la despierta, la vigoriza. Uno de estos momentos es el de... la muerte! Y este momento parecía haber llegado para D. Víctor Guerra, cuando recogido en unas angarillas en el campo de batalla de los llanos de Junín, era traído a su alojamiento con el pecho atravesado por una bala enemiga.

Después de la primera cura el cirujano mandó que se avisase con prisa al Capellán, para que viniese a prestar los socorros espirituales al moribundo.

No tardó aquél en presentarse, y los amigos y demás oficiales pasaron a la pieza inmediata, dejando solos al sacerdote y al moribundo.

Media hora después salió el Capellán. Su rostro estaba espantosamente demudado, su palidez era lívida, y sus esfuerzos no bastaban a comprimir un temblor, que hacía entrechocarse sus dientes con el cristal del vaso de agua que se apresuraron a ofrecerle.

—No es nada, no es nada: un vahído —respondía el Padre a las preguntas que le hacían—. Ese cuarto tiene un ambiente sofocante, y antes de venir me sentía indispuesto. No es nada, señores: esto pasará al aire libre. Acudid al enfermo, que me parece siente alivio.

Efectivamente, hallaron al herido sumido en un sueño benéfico.

¿Qué había puesto a este sacerdote, tan naturalmente sereno, en tal estado? El lector, que conoce los antecedentes del moribundo, podrá inferirlo. ¡Acababa de absolver en nombre de Dios, cuyo ministerio ejercía, al arrepentido asesino de su padre!

El Padre Capellán había salido, y se había dirigido con pasos trémulos a la iglesia: allí habla caído postrado, en cuya postura permaneció horas. Y cuando salió del templo, veíase como siempre su frente serena, sus ojos tranquilos y su boca benévola.

Habían vencido, en aquella entrevista con Dios, el santo deber a los efervescentes sentimientos humanos; el ministerio a la personalidad; el sacerdote, al hombre! La calma habla vuelto a su ánimo; mas el físico se resintió. Al entrar en su casa fue acometido de unas calenturas cerebrales, que le quitaron todo conocimiento: su esfuerzo heroico le habla rendido.

Creése teorías morales, abstracciones místicas, exageraciones religiosas, la repetida doctrina de que las desgracias y males terrenos suelen ser favores de Dios: verdad que vemos confirmada todos los días; pero que a pesar de eso es relegada por los pensadores filósofos entre las consejas de los estúpidos tiempos pasados.

La desgracia que había puesto a D. Víctor Guerra a los bordes del sepulcro, había sido el golpe con que Dios había despertado aquella entumecida conciencia. Si hubiese muerto empapada su alma en lágrimas de contrición, después de purificada por la expiación, se hubiese salvado. Si aun quedando en vida, otras desgracias le hubiesen sobrevenido, acaso habría perseverado en la buena senda de la penitencia. Pero no fue así! Apenas convalecía, cuando un coro de alabanzas por su nueva hazaña vino a lisonjear su orgullo, y esperanzas de adelanto volvieron a soplar sobre su insaciable ambición. Los tres galones de coronel brillaron en su porvenir como un punto luminoso y culminante. Mareado y deslumbrado, no pensó más que en las glorias de la tierra. La conciencia, los remordimientos, los santos propósitos, se desvanecieron: los ángeles buenos se velaron la faz, y huyeron de su cabecera!

Algún tiempo después, su coronel, que ya entonces era general, volvía a España con toda su faInilia, y persuadía a D. Víctor Guerra, ya a la sazón coronel, que le acompañase. Éste, que veía cumplidos sus más ardientes deseos, concibió el propósito de alcanzar el apogeo de su suerte consiguiendo unirse a la hija del general, que a una gran belleza y a una excelente educación, unía las no menos codiciadas ventajas de ser de nobilísima estirpe por su padre, y heredera de una gran fortuna por su madre.

Hundía la mente del ambicioso lo pasado en la profunda sima de lo borrado e inaveriguable, con reflexiones tranquilizadoras que de continuo se hacía. Desde su salida de España, se decía para sí, habían pasado diez años: era imposible que nadie reconociese en el brillante coronel D. Víctor Guerra a Juan Luis, llamado por mal nombre, Navajas, aprendiz de barbero de un barrio de la ciudad de Jerez. En cuanto a la muerte de un ente pobre, insignificante y aislado, como el ventero, era un hecho del que después de tantos años nadie haría memoria.

El general quiso igualmente llevarse consigo al Capellán, que sólo permanecía en América a instancias suyas; pero sabiendo éste que les acompañaba el coronel, buscó un pretexto plausible para eludirlo y separarse por algún tiempo de sus amigos.

Los viajeros llegaron felizmente a Burdeos, destino del barco a cuyo bordo iban. De allí pasaron a Marsella, y de este punto a Málaga, que era la patria del general.

Sólo después de haber llegado a esta ciudad se determinó el falso D. Víctor a pedir al general la mano de su hija, de quien había sabido hacerse amar, y a la que se hacía ilusión de adorar.

Nunca había amado aquel hombre sin corazón, y cuya vida agitada e inquieta, toda dedicada a dos fines, que eran conquistar un futuro tan incierto y eventual, y cubrir un pasado tan tremendo y amenazador, no le había dejado notar que en la tierra germinan perfumadas flores y en el corazón dulces afectos. Pero ahora se persuadía de que amaba con furor; y no se mentía del todo a sí mismo. Hay personas, así en el sexo femenino como en el masculino, que aman en los objetos de su cariño, no su individualidad, sino la posición, lustre y ventajas que el ser amados de ellas les proporcionan; que equivocan, por tanto, la pasión de la vanidad con la del amor. Sobre este asunto sabemos otro drama, que puede que refiramos otro día.

La proposición de Guerra no agradó al general, a pesar de la predilección con que le miraba; porque era evidente que podía aspirar su hija a un enlace más brillante. Pero las lágrimas de ésta y la intercesión de su madre, que la patrocinaba, acabaron por triunfar de su oposición.

El coronel tocaba, pues, a la cima de su ventura: se acercaba el momento en que nada le quedaría que pedir a la fortuna, que le daba aún más de lo que se había atrevido a pedirle. Pero acaecía que mientras más brillante se le hacía lo presente, más espantoso yacía a lo lejos lo pasado; puesto que, mientras más se desviaba éste, y mientras más glorioso aparecía el primero, más horroroso se hacía el segundo; y por lo tanto, más espantosa la posible reunión y choque de ambos. Apartaba los ojos de este inmóvil pasado; ¡pero no por eso se desvanecía' Muchas noches se dormía sonriendo a sus glorias, a sus amores, a sus esperanzas, y solíale despertar una horrorosa pesadilla. Ya oía una voz que le llamaba por su nombre y por su odioso apodo; ya veía a José Camas aparecer como testigo acusador de la muerte de su padre; ya al ventero, de rodillas, pedirle la vida; ya maldecirle en las ansias de la muerte! Pero con los rayos del sol se desvanecían estas negras y lúgubres visiones, y volvía la confianza a su ánimo. Con el uniforme tornábase el altivo y osado D. Víctor Guerra; y al lado de su prometida, se decía: «Seguro estoy a la sombra de rama de tan buen árbol».

El general marchó con su familia a Madrid, en donde estaba establecido su hermano mayor. El coronel, que estaba en Málaga de reemplazo, tuvo que permanecer allí, por haber sido nombrado por la autoridad militar para presidir un Consejo de Guerra, que debía juzgar a un desertor con circunstancias agravantes, cuyo regimiento había pasado a Cuba, y que había sido hallado después de muchos años de estar prófugo.

Habíase reunido el Consejo en el día señalado. Seis capitanes, formando un medio círculo, oían religiosamente la acusación, que, con los datos recogidos en el teatro del crimen, leía el fiscal. Era ésta la de José Camas, cabrero de oficio, desertor y parricida. Del todo entregados a la alta misión que les era confiada, los capitanes no notaron la lívida palidez que, como una mortaja, se extendió sobre el rostro del presidente al oír la acusación y el nombre del reo, ni le vieron inmóvil retener con esfuerzo de atleta las oscilaciones de su oprimido pecho.

La lectura seguía, y las pruebas eran tremendas e irrecusables.

Entonces un pensamiento de aquellos que envía el infierno desde su más profundo seno a los hombres que ya tiene conquistados, se presentó fatídico y claro, como el relámpago que de su centro lanza una negra nube, al presidente. Y fue éste: «¡La muerte de este idiota es la lápida que para siempre sepulta mi secreto!»

Un momento después añadió mentalmente la vulgar máxima expresada por algún La Rochefoucauld popular: «Dijo mi vecino: 'Si uno ha de morir, que se muera mi padre, que es más viejo que yo'».

La acusación terminaba pidiendo la pena de muerte. La defensa fue endeble, pues no hallaba bases en qué fundarse, ni apoyo en el reo, que nada decía para disculparse, y no hacía más que llorar negando su crimen.

El infeliz fue introducido y sentado en el banquillo.

El coronel volvió su desatentada vista hacia otro lado.

—Pueden ustedes interrogar al reo —dijo el presidente con voz firme, aunque ronca y sorda.

Los tres capitanes más jóvenes miraron con profunda compasión a aquel infeliz, envuelto en sus pieles de cabra, indefenso, estúpido, abatido y lloroso como un niño.

—¿No decís que en la noche en que se cometió el crimen no estabais solo? —preguntó el primero.

—Sí señor.

—¿Pues con quién estabais?

Al presidente le acometió en este instante un violento golpe de tos.

—No lo puedo decir —contestó el encausado.

—¿Y por qué?

—Porque así lo prometí —repuso llorando el infeliz preso.

—¿Y qué hicisteis con el dinero robado? —preguntó otro de los vocales.

—¡Señor, si yo no he robado dinero ninguno!

—Sistema completo de denegación —dijo otro—. ¡Qué hipócritas los hay entre estos rústicos del campo!

—¿Reconocéis esta navaja? —preguntó otro, descubriendo la que se hallaba sobre la mesa.

—¡Yo no! —respondió el reo, que después de diez años no recordaba su navaja.

—Basta, señores —dijo el presidente, que al ver la navaja se había puesto de pie con desaliento—. Que se lleven al reo.

—¡Señores, por amor de María Santísima, mirad que soy inocente! —exclamó el preso cruzando sus manos—. ¡Tened compasión de mí, por la sangre de Nuestro Salvador!

—¡Que se lo lleven! —gritó el Presidente.

—¡Señores, soy inocente, soy inocente! —gemía el infeliz entre sollozos mientras se lo llevaban.

—Yo así lo creo —murmuró compadecido el más joven de los vocales.

—¿Y en qué fundais esa creencia? —preguntó con vibrante voz el presidente.

—En que al ver a ese hombre, he sentido llenarse mis ojos de lágrimas —contestó el capitán.

—¡Prueba contundente! —dijo irónicamente otro de los capitanes. ¿Asistís por primera vez a un Consejo de Guerra?

—No señor —contestó el joven con viveza—: he asistido a otro, en el que con horror y repugnancia condené al reo, porque sobre mi conciencia me obligaba por juramento el Código a hacerlo. Pero esta vez, y en atención a este mismo juramento, le absuelvo.

—Sois dueño de hacerlo —dijo el presidente—; pero no ignoráis que debeis dar vuestro voto por escrito y a vuestro turno.

—Es el mío el primero —repuso el joven, acercándose al pliego y escribíendo su voto por la vida.

Los demás escribieron sucesivamente los suyos, y cuando llegó el pliego a manos del presidente estaban los votos empatados.

La juventud, cuya hermosa prerogativa es la generosidad, había votado por la vida; los otros tres vocales por la muerte. ¡El voto del presidente iba a decidir! Éste no vaciló, y tomando la pluma, escribió:

«Visto lo que arroja de sí la causa de José Camas, es mi voto sea condenado a la pena de ser pasado por las armas, con arreglo a ordenanza y reales órdenes aclaratorias del 17 de Febrero de 1778 y 6 de Marzo de 1815». Y firmó: Víctor Guerra.

Al día siguiente salía en posta el coronel para Madrid; al otro era fusilado el infeliz José Camas. ¡Pobre justicia humana! ¡Qué infalible te crees en tu arsenal de leyes y de Códigos! ¡Y qué! ¿No basta una sola sentencia condenatoria infligida a un inocente, para hacer que se suprima ese terrible derecho de condenar a muerte, que a tan atroz, aunque involuntario, atentado puede dar pábulo?

Poco tiempo después de los sucesos referidos, se hallaba el Padre Capellán: de regreso en Europa, encerrado en su habitación de Jerez, entregado al más profundo dolor. En sus manos tenía un papel público, en el que con fecha de Málaga se daba cuenta de la ejecución de un parricida. «Este infeliz —decía el papel—, llamado José Camas, convicto por irrecusables pruebas, nunca confesó su crimen. Fuese natural o fingida estupidez, no pudo o no quiso alegar ningún descargo, ni aun disculpa alguna que atenuase su horroroso atentado. Murió humilde y abatido, sin dejar hasta el último instante de protestar su inocencia».

A esto seguía la lista del presidente y vocales que habían compuesto el Consejo de Guerra...

—¡Él! ¡él! —murmuraba con asombro D. Gaspar—. ¡Él condenar al infeliz, cuya inocencia le constaba! ¡Pobre hermano, más cruelmente asesinado que su padre! ¡Pobre ser, que se ha entregado indefenso a la fiera que le ha despedazado!

El Capellán había dejado caer la cabeza entre las manos, y de cuándo en cuándo un sollozo hondo y seco desahogaba la opresión de su pecho. Dieron unos golpes a la puerta de su cuarto.

—No puedo ver a nadie —dijo con alterada voz el Padre Capellán—: estoy indispuesto.

—Abra usted, señor D. Gaspar, que soy yo, Bernardo, y me precisa hablarle —dijo una voz desde fuera.

El Padre Capellán, que conoció la voz del anciano amigo de su padre, serenó en cuanto pudo su semblante, y abrió.

—Tío Bernardo —le dijo—, sabéis la nueva desgracia con que Dios me aflige, y que no estoy capaz de ver a nadie.

—Todo lo sé —contestó el anciano—; y más de lo que cree su mercé. Y así vengo a decirle que su hermano era inocente.

—Harto sé —repuso el Capellán— que aquel infeliz era incapaz de cometer un crimen. Pero tales han sido las apariencias, tal su inercia en defenderse, que la verdad no ha podido hacerse luz.

—Su hora le llegará, D. Gaspar —repuso el veterano.

—¡Y será tarde! —gimió el Capellán, dejándose caer en un sillón.

—Ésta será la pena que amargue lo que me queda de vida, señor —dijo el tío Bernardo, por cuyas atezadas mejillas se resbalaron las dos primeras lágrimas que había vertido aquel hombre, cuya entereza rayaba en estoicismo—. ¡Pero este José no parece sino que era el primer interesado en que se cumpliera su desgraciado sino! Le había encargado que lo primero que hiciese si llegaban a prenderle, fuera avisarme, y es lo primero que no hizo! Dios le crió corto de luces, y con su aislada vida se acabó de entumecer.

—¡Pues qué! ¿Le visteis después de haber desertado? —preguntó el Padre Capellán con ansia.

—Sí señor —contestó el tío Bernardo—. Pero escuchadme, que todo os lo voy a referir. Desde que cundió la voz de que José era el matador, dije yo que no lo era; y me las mantuve hasta con el juez, que me mandó llamar. No tenía más razón que alegar sino que conocía a aquel infeliz, que no era capaz de matar ni una mosca, y que esta convicción era más fuerte que cuantas pruebas me pusieran delante. Mis sospechas tenía yo de quién fuese el reo, porque también le conocía de atrás; pero no podía aventurarme a nombrarle sin una prueba que a ello me autorizase.

—Pero ¿a quién sospechais de ese atentado? —preguntó el Capellán, clavando los ojos en su interlocutor.

—A un alma de Caín que vos no conocéis, Padre. Ésa es harina de otro costal, y saldrá a amasarse a su vez: todo se andará, si la soga no se quiebra! Había yo recogido, cuando la desgracia, el perro de mi compadre, que era valiente y fiel, como de buena casta. Un día que pasaba por la abandonada venta, el animal se paró en la puerta, y se puso a aullar lastimosamente. Por más que le llamaba, no quería seguirme, ni desviarse de la puerta. «Preciso será —dije para mí— abrirle, para que se desengañe de que su amo no está allí». Abrile la puerta, que por aquel entonces aún estaba en su lugar, y el animal entró presuroso. Anduvo las estancias como buscando, parándose de cuándo en cuándo para alzar la cabeza y dar aullidos, hasta que llegando a un rincón, en el que solía dormir sobre un montón de paja, sacó de entre ésta un girón de tela que se puso a despedazar con rabia. Me tiré a él, y le quité aquel girón, que al examinarlo, hallé ser la tira de un pantalón, que desde luego discurrí habría arrancado aquel valiente animal al asesino al verle acometer a su amo. Conocíase que el perro había saltado a la cintura del dueño de aquel pantalón, porque desde allí estaba arrancado el pedazo, el que, tirado con violencia, se había rajado hasta abajo; en un lado había una pequeña faltriquera, y en esa faltriquera una carta.

—¡Una carta! —exclamó agitado el Capellán.

—Sí señor, una carta: aunque era de amores y nada aclaraba, tenía el sobre, y esto bastaba; que, una chispa enciende una llama grande.

—¡Tío Bernardo! —exclamó el Capellán, levantándose y cruzando sus manos sobre su cabeza—. ¡Teníais en vuestras manos su salvación, y habéis dejado morir a un inocente!

—Aguarde su mercé, señor, que no he acabado —repuso el tío Bernardo con calor—; oíd hasta el fin, y juzgad después. Al pronto —continuó el anciano— no supe qué hacerme. José andaba prófugo por desertor, y no había podido ser hallado; y otro tanto sucedía al reo. Pensé que si ese malvado llegaba a saber que era acusado, sería capaz de matar a José para que nunca pudiese atestiguar contra él. Así, discurrí que era más precavido guardar esta prueba de su culpa hasta que fuese preso, y de esta suerte, imposibilitado de cometer una nueva maldad. Tenía encargado a un escribano, prometiéndole un buen estipendio, que me avisase cuando viese en los papeles la prision del uno o del otro, a pesar de que siempre estuve en el entender de que aquí serían traídos para seguirles la causa. Mas ambos parecían haber caído en un pozo, porque pasaron los años sin que nada se supiese de ninguno de los dos. Andando el tiempo, lleváronme unas diligencias de que fue encargado a Ronda, y desde allí tuve que andar algunos pueblos. Un día que me había internado en el monte tras una liebre, me hallé con un cabrero, en el que con sorpresa reconocí a José.

—¡Muchacho! —le grité—. ¿Tú por aquí?

—Sí señor, tío Bernardo —me contestó sin alterarse—. Pero no se lo diga usted a nadie, no sea que me quieran volver a llevar al regimiento a ponerme casaca y corbatín.

—¿Y te desertaste solo? —le preguntó.

—No señor, con otro; pero no puedo decir quién es, porque así me lo pidió, y se lo prometí por el alma de mi madre.

—Bien está, no te lo pregunto —le repuse—; pero di, hombre, ¿qué hicieron ustedes al desertar?

—Nos vinimos a la sierra de Algar —contestó—: al anochecer, mi compañero me mandó pedirle pan a unos pastores que yo conocía, porque estábamos desfallecidos.

—Ya —dije—, ya estoy. ¿Y qué hicieron ustedes después?

—Aguardamos la noche —me contestó José—; y entonces fue mi compañero a ver a mi padre, por si nos quería socorrer.

—¿Y por qué no fuiste tú? —le pregunté.

—Porque mi compañero dijo que mi padre se pondría fuera de tino si me veía desertado.

—¿Y no te pidió nada tu compañero?

—¿Qué me había de pedir? Pero... sí! Recuerdo que me pidió mi navaja y un pañuelo, que no me devolvió ni yo le pedí, porque cuando vino estaba desatentado, habiendo visto a uno de la partida que nos venía persiguiendo. Me trajo el pobrecillo —¡Dios se lo pague!— mi ropa de pastor, que le pidió a mi padre, diciéndome que me la pusiera y me metíese por los breñales de la sierra; que él iba a tirar hacia la raya de Portugal. Y aquí estoy.

—¿Y no te dio parte de lo que le dio tu padre? —le pregunté.

—¡Qué había de dar mi padre! ¡Dar! ¡Ya iba! Nada le dio; eso bien se lo previne yo antes que fuese a pedírselo.

—Es que tu padre no tendría dinero, hombre —le dije.

—Sí señor. ¡Vaya si tenía! Y más de cien onzas de oro también! Que yo las cuque (las atisbé).

—¿Y le dijiste esto a tu compañero?

—Sí señor; pero a la par le dije que antes se le arrancaba a mi padre el corazón que sus onzas; y así sucedió.

—Oye, José: ¿y no te dijo tu compañero que tu padre había muerto?

—¡María Santísima, señor! ¡Pues qué! ¿Se ha muerto su mercé?

Mis temores tenía lo de que aquel condenado hubiese podido pervertir a José, porque al fin dice el refrán que la sangre se hereda y el vicio se pega; pero hizo el cuitado esta pregunta con tanta sorpresa y dolor, que si aún me hubiese quedado duda sobre su inocencia, se hubiese desvanecido.

—Sí, hombre —le dije—; murió!

Entonces José se puso a llorar a sollozos; le consolé cuanto pude, y acabó por decirle que vería de lograr su indulto. Pero que si entre tanto era reconocido y preso, le encargaba que lo primero que hiciese fuera darme aviso; lo que me prometió: después de lo cual nos despedimos. Apenas había andado unos pasos, cuando me volvió a llamar.

—Tío Bernardo —me dijo—, en la pared de la cabecera de la cama de mi padre, pegado al suelo, hay un hoyo en donde tenía mi padre emparedadas sus onzas; sáquelas usted y mándele decir misas al pobrecito de mi alma.

—Bien está —contesté, compadecido de ver cuán ajeno estaba el cuitado de la espantosa realidad y del tremendo cargo que, gracias a las astucias endemoniadas del otro, sobre él pesaba.

Vuestro padre fue el muerto —prosiguió el tio Bernardo, presentando a D. Gaspar la tira del pantalón que contenía la carta—: aquí tenéis la condenación de su verdugo!

El Padre Capellán alargó bruscamente la mano para asir lo que le presentaba su interlocutor; pero la retiró con un movimiento de horror.

—Envolvedla de nuevo en los papeles en que la guardabais —le dijo.

Y mientras el tío Bernardo cumplía con despacio el encargo, el Padre Capellán se paseaba en un violento estado de agitación por la estancia.

—Ya está —dijo al fin el anciano, alargando un bien envuelto bulto al Capellán.

Mas éste, parándose ante su interlocutor, pálido y alterado el semblante, pero con una mirada resignada, le dijo:

—Los muertos sólo necesitan sufragios. Guardad vuestra prueba condenatoria: yo la rehúso.

—Señor —exclamó el anciano—, ¿no deseáis que se castigue a un criminal?

—No, porque... esto nada remedia!

—¿Y os parece poco que se sepa la verdad? ¿No queréis reivindicar la memoria de vuestro hermano?

—¿Para qué? —repuso con abatimiento el Capellán.

—Para borrar la ignominia que deshonra vuestra familia, que aunque pobre, tiene patente de honrada.

—Mi familia se extingue en mí.

—¿Y vos queréis cargar con el sambenito, señor?

—Yo, tío Bernardo, no permanezco aquí donde me conocen. Pienso agregarme a las misiones de China, de las que pocos vuelven.

—¿Y la justicia? ¿Y la vindicta pública, señor?

—Sus ministros tiene, tío Bernardo.

—¡Pues qué! ¿Perdonaríais...

—Hará lo que pueda para lograrlo. Y lo primero será no tratar de perseguir al reo.

—Señor —dijo con una mezcla de respeto y de impaciencia el tío Bernardo—, eso es ser santo!

—No: es simplemente levantar la mano en las cosas de la justicia mundana, en las que no quiero intervenir. Y no creáis que sea preciso ser santo para esto: la sola sabiduría humana lo enseña; pues un poeta indio ha dicho: «La virtud perdona al malvado, como el sándalo perfuma el hacha que le hiere».

—El padre de su mercé decía que José tenía sangre de horchata; y quiéreme parecer que ésta es la de toda la familia, Padre Capellán. Si yo supiera dónde había de dar con el reo, había de llevar su merecido. Y más le digo a su mercé; y es que creería cumplir con mi deber de hombre honrado arrancando la máscara a un bribón.

—Cada cual tiene o entiende los suyos a su manera, tío Bernardo —contestó el Capellán—. Pero difícil será que deis con él; que desaparecido hace diez años, estará expatriado o muerto. Rogad más bien por su alma si es muerto, o por su conversión si es vivo.

—Señor, dice el refrán que «a carrera larga nadie escapa». Y ahora que no puede dañar, no he de parar hasta que dé con él; que «con viento se limpia el trigo, y los malos con castigo».

—Si con buscarle y acusarle cumplís con vuestro deber de hombre honrado, al perdonarle cumplís con una virtud de cristiano, tío Bernardo.

—¡Por vida de sanes! —exclamó el anciano—. Eso es perdonar sin tino, señor; y maldades hay que no lo merecen.

—No hay culpa exceptuada en el gran precepto del perdón, tío Bernardo.

—Pues señor —repuso el veterano con energía—, yo no estoy, como su mercé, con un pie en el cielo; y le aseguro que si doy con ese bribonazo, por la leche que mamé que ha de pagar sus delitos. ¿Y creéis, Padre, que me condenaré por eso?

—No digo eso, amigo Bernardo, no digo eso: he expresado mi sentir sin acriminar el ajeno. Pero ¿a qué discurrir sobre este asunto, cuando es casi una imposibilidad que halléis al que creeis reo?

—¿No hallé a José? —repuso con viveza el anciano.

—Fue una gran casualidad, tío Bernardo.

—Es que hay casualidades que parecen Providencias, señor D. Gaspar.

—Considerad que diez años cubren con un espeso velo lo pasado.

—Señor, dice el refrán que más largo es el tiempo que la fortuna. Se bailará. Y ya que vos no queréis hacerlo, yo le buscaré; y si le hallo... ¡de Dios le venga el remedio! Por lo pronto, voy a llevar mi deposición al juez —dijo el anciano, alejándose precipitadamente.

Una mañana estaban reunidos el general y su hermano mayor en el despacho del primero, que habitaba una hermosa casa en una de las calles principales de Madrid. El general parecía abogar con calor por alguna cosa que su hermano reprobaba, y ambos interesados altercaban en su contienda.

—En ninguna época, como en la nuestra —decía su hermano al general—, se han visto hombres colocarse en primer término, y figurar, ya por su riqueza, ya por su rango, ya por su preponderancia política, ya por sus excentricidades, sin que se haya averiguado ni el rincón oscuro de donde salieron, ni las circunstancias que les sirvieron de escalones para subir. Mancomunado el misterio en que se envuelven estos improvisados personajes con el qué se me da a mí de una sociedad que vive al día, sin cuidarse más que de lo presente, lo pasado queda sin huellas, como el rastro de un barco entre las olas del mar. Se ha filtrado tanto esta tendencia, se ha generalizado a tal punto este divorcio con el pasado, este desdén por la cuna, este olvido indiferente hacia aquellos a quienes debemos la existencia, nuestra crianza y nuestro nombre, que es poco frecuente oír a los hijos en general, y a los encumbrados en particular, recordar a sus padres con aquel cariño, aquel respeto, aquella veneración que les es debida sólo por serlo.

—Hermano —contestó el futuro suegro del coronel—, es tendencia general de los ancianos la de enaltecer el tiempo pasado deprimiendo el presente. No quiero seguirte en este monótono carril.

—Cierto es que así sucede a ancianos y no ancianos cuando se trata de las malas tendencias que dominan. Y cada era tiene las suyas propias, porque la humanidad, así como las naturalezas, son y serán imperfectas, por más que los filósofos regeneradores y los modernos Hipócrates se afanen en querer lo contrario. Si curan una enfermedad moral o física, aparecerá otra nueva; y siempre morirán igual número de vivientes con otras enfermedades, y aparecerán malas tendencias con otros giros. ¡Esto ha sido, es y, será siempre!

—¿Y todo esto —repuso el general—, para venir a caer en que desapruebas el casamiento de mi hija con el coronel Guerra?

—Es muy cierto, hermano.

—¿Y sin más razón —prosiguió el general— que la de no conocer a su padre, a su abuelo y a su tatarabuelo?

—En parte sí, puesto que han de ser los de sus hijos, que serán mis sobrinos y herederos.

—Son unos ricos hacendados de Zahara su y apellido es ilustre.

—No hay apellido ilustre sin filiación. Me he informado por conducto fidedigno, y he averiguado que si bien existen individuos de ese nombre allí, son pobres jornaleros, que han tenido un hijo que

en 18... fue embarcado como soldado para América, y que están en la persuasión de que su hijo ha perecido, pues nunca más han vuelto a saber de él... El coronel dice que sus padres han muerto. Ahora bien: ¿qué te parece de renegar así de sus padres porque son pobres?

—Sería horrible, si fuese cierto.

—¿Y qué te parece, hermano, el decirse hijo de ricos propietarios, siéndolo de pobres jornaleros?

—Sería ridículo, si fuese exacto.

—¿Me darás, pues, la razón si desapruebo este enlace con un hombre que une al feo borrón de descastado, tan miserable vanidad?

—Hermano, no creo en tus noticias: esos Guerras serán otros; es un apellido muy general. Mas, dado caso que fuesen ciertas, ¿son estas debilidades humanas suficientes para contrapesar las muchas otras ventajas que hacen del coronel Guerra una boda conveniente, si no lucida? Su carrera es brillante, su mérito incontestable.

—Bien está, bien está; eso es en cuanto a su vida militar. Pero... ¿y en la privada?

—No hay uno de sus compañeros que no haga de él en este punto elogios. Además es rico.

—Sí —dijo con amarga sonrisa el anciano—; fortuna hecha al juego!

—Eso es pecado venial en América, hermano —repuso riéndose el general, penosamente afectado y no pudiendo dejar de defender a su presunto yerno.

—¡No digo! —exclamó con amargura el anciano—. ¡Lo pasado es el surco en el mar! ¿Qué extraño es, pues, que se pierda la vergüenza, si hoy día, aun personas tan virtuosas y llenas de pundonor como tú, se constituyen en quitamanchas de las más feas?

—Pero, hermano —dijo con triste inquietud el general—, mi hija le quiere.

—Tu hija es una excelente y dócil niña, que no se habría dejado llevar de su cariño, si te hubieras opuesto a él.

En este momento entró radiante el coronel, el que halló, como de costumbre, frío y seco al hermano del general. Éste, en cambio, se esforzó en indemnizar a su futuro yerno de tan visible desvío prodigándole muestras de afecto y de cordialidad.

No había pasado un cuarto de hora, cuando dieron unos golpes a la puerta del despacho.

—¡Adelante! —gritó el general.

Abriose la puerta, y apareció en el quicio un anciano aseadamente vestido con el traje de campesino andaluz.

—¡Bernardo! ¡Por fin viniste! —gritó el general apenas le vio, arrojándose hacia el recién entrado y echándole los brazos al cuello.

Cogiéndole en seguida de la mano, lo arrastró tras de sí al interior del despacho, y presentándosele a su hermano y al coronel,

—Aquí tenéis —dijo— a Bernardo, mi fiel y valiente salvador, al que debo la vida. Mirad, mirad —añadió, desviando las canas de la sien del que llamaba su salvador—, mirad esta cicatriz que estampó el sable del enemigo; aquí está imborrable la prueba de su lealtad, como lo está su recuerdo en mi corazón. Pero ¿cómo te va, amigo? Ya veo que los años han pasado sobre ti como sobre un robusto roble, sin haber hecho más que platear tu cabello y curtir tu enérgico semblante.

—Señor —contestó el anciano—, de salud no me va malamente, y de ánimo lo mesmo; pues aunque mis tramojos paso, no me amilano; que pesadumbres no pagan trampas. Su mercé usía sí que está arrogante! ¡Ya! ¡Como que tiene diez años menos que yo! Ya sé que su excelencia se ha casado, y tiene hijos como pimpollos. ¡Sea para bien!

—Ya los verás, Bernardo, ya los verás. ¿Y los tuyos? ¿Y tu mujer?

—Señor, mi mujer está tan encogida y arrugada, que parece una castaña pilonga. Los hijos, uno sirve al rey; los demás están casados, y con un celemín de hijos.

—Bernardo, tú no te separas ya más de mí.

—Señor, ¿y cómo dejo a la mujer?

—Te la traes.

—¡Qué, señor! ¡más fácil es traerse a la Cartuja! Allí está endiosada entre los hijos y los nietos, y con más raíces que una cepa.

—Pues bien, voy a fincar, y no te faltará buena colocación: tus trampas cuéntalas desde ahora entre los muertos. Aquí tienes —añadió el general, señalando al caballero anciano— a mi hermano, de quien tanto te hablaba; y aquí —prosiguió, señalando al coronel— al que va a ser mi yerno.

Al ver al antiguo asistente, D. Víctor Guerra había mudado de color, y hasta hecho un movimiento para tomar su sombrero y alejarse. Pero reflexionando con su acostumbrada presencia de ánimo que el encuentro con aquel hombre no era fortuito, y que debería repetirse diariamente en lo sucesivo, sostenido por su siempre triunfante audacia, y por la confianza de que no era posible que fuese reconocido, había vuelto a sentarse, al parecer tranquilo, y leía un periódico. Al oírse presentar por el general a su antiguo asistente, levantó con arrogancia la cabeza, que inclinó ligeramente para saludar al recién venido.

Pero apenas éste se hubo fijado, cuando se pintó en su abierto semblante el más profundo asombro, y no pudo desviar la vista de aquel rostro pálido y altanero.

Entre tanto, el general se había levantado y tocado la campanilla.

—Llévate —le dijo al criado que entró— a este huésped que me ha llegado: que se le sirva de almorzar y se le atienda como a persona de mi propia familia. Anda a descansar, Bernardo —añadió—, que en seguida quiero presentarte a mi mujer e hijos, que ansían por conocerte.

Y empujando por el hombro al anciano, que continuaba absorto, le hizo seguir al criado.

—¿Cómo se llama ese coronel? —preguntó al criado el tío Bernardo.

—Don Víctor Guerra. ¿Le conocéis?

—Juraría que sí —contestó el huésped—; pero por entonces no era coronel, ni se llamaba D. Víctor Guerra. Mas como de esto hace ya mucho tiempo, antes de afirmarlo quiero cerciorarme de si es el mismo.

El tío Bernardo no había podido pasar un bocado. A poco se había levantado, y con pretexto de ir a buscar sus alforjas al mesón, había salido; pero no había pasado del portal, en el que, parado y con una mirada ardiente y ansiosa, aguardaba, al parecer, algo que conmovía todo su ser. No podía aún dar crédito a sus sentidos al reconocer en el coronel al asesino del ventero, e iba a valerse de una treta para cerciorarse de la verdad.

Al cabo de media hora se oyeron pasos en la escalera; el anciano levantó su ansiosa vista, y vio bajar con toda su arrogancia al que esperaba. Retirose a alguna distancia, ocultándose en la sombra.

Apenas traspasaba el coronel el último escalón, cuando oyó una voz que decía:

—¡Juan Luis!

El coronel volvió instantáneamente la cabeza.

—¡No has olvidado tu nombre! —exclamó el tío Bernardo, poniéndose frente al coronel—. Juan Luis Navajas, ladrón, asesino! Lo que sí pareces olvidar en tus postizas grandezas es que «la verdad adelgaza, pero no quiebra».

El coronel, como herido de un rayo al oír formulada aquella tremenda acusación, había tenido que apoyarse en la pared para no desplomarse. Mas, reponiéndose instantáneamente, como el que habiendo caído en lo profundo del mar hace un esfuerzo desesperado para volver a la superficie, se recobró, y dijo con una vehemencia que en vano trataba de disimular bajo la capa de un frío desdén:

—¿Se os ha ido el juicio? ¿Deberé compadecer vuestra locura, o castigar vuestra osadía?

—¡Osadía! —repuso el anciano, cuya voz temblaba de indignación—. ¿Quién habla de osadía? ¡Vil, infame! ¡Tú, que sobre hurto y sangre has labrado tu fortuna! Has creído poder, como la serpiente, soltar tu piel y seguir arrastrándote impune con otra, olvidando en tu loco delirio que de San Juan a San Juan no le queda Dios a nadie a deber nada!

—¡Viejo estúpido o insensato, refrenaos —exclamó con ira el coronel—, y no abuséis de la prudencia que observo, en consideración al general! Pero callad; y no me forcéis, o a' cortaros con mi espada vuestra viperina lengua, o a acusaros a la justicia como descarado calumniador.

—¡A la justicia, sí! A ésa mostraré yo las pruebas de lo que afirmo!

El coronel soltó una seca y acerba carcajada.

—Juan Luis, Juan Luis —dijo el anciano—, por su mal le nacieron alas a la hormiga! Subiste sirviéndote de hincapié un rubo y una muerte; hiciste más: urdiste con tal maldad tu trama, que en ella hiciste perecer a un inocente, creyendo que, pagando él por ti, estabas salvo.

El coronel echó mano a su espada.

—¡Quieto! —dijo el anciano—. Que una muerte más no te salva. Porque las pruebas de tu delito no mueren conmigo; que en manos de la justicia las dejé, y te está siguiendo la pista. Largo tiempo has triunfado, has lucido, has gozado!...

—La gloria y el dinero son para quien los gana, y ganados los tengo, rústico deslenguado —dijo el coronel con altanería.

—Sí, sí; te sopló la suerte, como una desatinada que es. Pero ya todo se te acabó, y pagarás el capital y los réditos. Porque sábete, Juan Luis, que más largo es el tiempo que la fortuna!

—Considerad que yo osacusaré de calumniador infame; a no ser que generosamente os perdone, si os retractáis de lo dicho, y prometéis callar esas visiones de vuestro trastornado cerebro —dijo el coronel, que nunca perdía la cabeza—. En ese caso, os prometo, en consideración al general, ser vuestro ferviente protector. Soy rico, generoso, y el que salvó la vida a mi suegro, puede estar seguro de mi gratitud. Desde ahora podéis contar con cuarenta mil reales como principio de mayores beneficios.

—¡Anda, anda, mal nacido! que aunque me ves vestido de lana, no soy oveja —respondió el veterano—. El que, como tú, tiene echada el alma atrás, no es extraño que trate de sobornar a un hombre de bien. Pero yo no vendo mi honra, que vale más que todas tus mal ganadas grandezas. ¡Pues qué! ¿Te había yo de dejar casar con la hija del general? ¿Había de dejar infamada la memoria del infeliz José? ¿Habías tú de seguir impune disfrutando el beneficio de tus iniquidades? ¡No en mis días!

—Pues callaréis para siempre, ya que perderme intentáis —exclamó con honda voz en una explosión de ira el coronel—. Pruebas de vuestra calumnia ni tenéis ni podéis tenerlas; pero basta ella para manchar mi inmaculado honor.

Diciendo esto, se había arrojado fuera de sí con una pistola en la mano hacia el anciano. Pero en este momento se oyeron pasos en la escalera, y huyó precipitadamente.

Cuando llegó a su casa, había logrado serenar la tempestad de su alma.

—¡Serenidad! —se dijo—. ¡Sangre fría, que es la que salva! ¿De qué pruebas puede hablar ese mi eterno perseguidor? No existen. Negaré. ¿Quién no creerá al coronel Guerra cuando desmienta a un viejo estúpido? ¡En mal hora se ha hallado en mi camino! El general le aprecia y tiene fe en él; pero... ¡valor! Juguemos el todo por el todo. Mi buena estrella no me abandonará: en ella confío.

El coronel se fue a comer a una fonda, fortificando su impasibilidad con el bullicio, atolondrándose con conversaciones animadas, que empezaba y cortaba con un desasosiego que procuraba hacer aparecer como aturdimiento.

A la oración volvió a su casa, en la que halló una carta. Sorprendiole, porque de nadie podía esperar comunicación alguna. Abriola presuroso: era un anónimo, y sólo contenía estas tres palabras latinas de una concisa y conocida advertencia: fuge, late, tace!

Aunque la letra era fingida, el coronel creyó reconocer la del general: quedó inmóvil, fijando la vista en la abierta carta, que permanecía en su trémula mano.

—¡Lo sabe! —murmuró—. ¡El mal viejo se lo ha dicho! Pero no le habría dado tan entero crédito un hombre de tanta cautela como el general, si no le hubiese comunicado esas pruebas de que me habló... Pero... ¿cuáles pueden ser?... No existen... ¡Miente el villano!... Y no obstante, hay ciertamente... hay ciertamente un genio, enemigo del reposo del hombre, que suele alguna vez, cual los vampiros, desenterrar cadáveres yertos y olvidados del centro de la tierra. Fuge, late, lace! Huye, ocúltate, calla! ¿Y con qué fin me traza esa línea de conducta el general? ¡Está claro! Quiere evitar un escándalo que avergüence al regimiento de que fue jefe, que abochorne a la mujer que decía amarme, y humille al que se decía mi amigo! ¡Compañerismo, amor, amistad!... ¡Palabras huecas y sin raíces, que no resisten a un impulso de orgullo!

Así raciocinaba aquel hombre. ¡Y no es él solo! ¡Cuántos culpan, como él, a la sociedad y a los afectos, por no culparse a sí propios! ¿Cuál será la verdad de que no se abuse? ¿Cuál la sentencia que no se aplique mal?

Juan Luis veía —con tanta más rabia y asombro cuanto que no lo aguardaba— desmoronarse el edificio de su insolente prosperidad, labrada por el engaño y la hipocresía; veíalo caer, levantado como estaba sobre una sepultura y una mentira, al empuje de un cadáver que se alzaba, y de la verdad que se hacía luz, a pesar de sus criminales esfuerzos por aniquilarlos!

Aún reflexionó algunos instantes aquel criminal, hecho tan insolente por su fortuna: se vistió en seguida de paisano, se ciñó al cuerpo un cinto de onzas, y salió.

A los dos días se embarcaba en San Sebastián para Inglaterra.

No se engañó en sus cálculos. La carta era del general. Éste, cuyo carácter era más delicado que enérgico, instruido de todo por su antiguo asistente, avergonzado como coronel del regimiento en que había servido aquel infame, horrorizado y humillado como padre del que había admitido por yerno, quiso a toda costa evitar el público escándalo de la aprehensión y condenación del criminal.

Cuando el tío Bernardo supo la fuga del reo, se arrepintió amargamente de haberle puesto sobreaviso, aunque le había sido necesario acabar de convencerse de la identidad de su persona.

—Se ha escapado ese perverso Juan Luis Navajas —dijo—. Pero... ¿adónde irá que a los ojos de Dios se esconda? Y Dios consiente; pero no para siempre. Su hora ha de llegar; que quien mal anda, mal acaba.

El tío Bernardo hablaba proféticamente; porque a poco se pudo leer en un periódico de los Estados Unidos la relación del siguiente suceso:

«Las casas de juego siguen siendo cuevas de crímenes. En la pasada noche ha tenido lugar en *** Street el más horroroso suceso. No ha mucho que llegó aquí un español que se apellidaba D. Claudio Jaén. Sa carácter altanero, su humor irascible y su aire provocativo le habían hecho odioso en los alojamientos en que había vivido. Pasaba sus noches en las casas de juego, en las que ganaba con tan loca fortuna, que se susurraba entre los demás jugadores que no jugaba limpio.

»Entre éstos, el más encarnizado contra él era un limeño de poco buenos antecedentes, que aseguraba además haber conocido al referido sujeto en Lima, en donde llevaba el nombre de D. Víctor Guerra. Supo todo esto al entrar anoche en la casa de juego el llamado D. Claudio Jaén, y se puso en un estado de furia difícil de describir. Al ver entrar poco después al limeño, se arrojó sobre él con furia, clavándole un puñal en el pecho; mas no pudo llegar a su antagonista tan pronto que no hubiese éste sacado una pistola, que descargó a quema-ropa sobre su agresor, exclamando:

—Señores, ya veis que castigo a un asesino.

»La muerte de D. Claudio Jaén fue instantánea; «el limeño vivió algunas horas, y esta tarde ha dejado de existir».

También pudo verse algún tiempo después en los periódicos españoles una carta de un misionero, en que daba cuenta del martirio sufrido el Padre Gaspar Camas. Ambas cosas supo el tío Bernardo por el general.

—Vaya —dijo—, cada cual ha muerto como ha vivido: el uno, como un santo mártir; el otro, como un ladrón y asesino. ¡Dios premie al uno, y perdone al otro!

—Vaya, Bernardo, esa es una buena palabra, que me alegro verte aplicar a ese hombre, que tanto has odiado y tanto has perseguido —le dijo el general.

—El campo-santo es un sagrado, señor! Delante de una sepultura no debe el cristiano tener más que oraciones! —repuso el tío Bernardo.


Publicado el 14 de octubre de 2018 por Edu Robsy.
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