Vulgaridad y Nobleza

Cuadro de costumbres populares

Fernán Caballero


Novela corta



Dedicatoria

El autor suplica al afamado y erudito Barón Wolf, tan admirado y respetado en su sabia patria como en todos los países cultos, y el que con tanta benevolencia ha juzgado y dado a conocer el primero en Alemania sus sencillos escritos, que le permita dedicarle este cuadro, en muestra de una gratitud que quisiera y no sabe demostrar de una manera más expresiva y digna

Fernán Caballero.

Prólogo

No son los extranjeros (que eso nada de extraño tendría), son los españoles, que nos hacen un cargo de pintar las cosas de nuestro país sólo por su lado favorable

Es muy cierto, y todo el mundo sabe, que en España, como en todas partes, hay gentes y cosas malas; nunca hemos pensado en negarlo, ni en hacer de España una Arcadia, y esto lo prueban los muchos tipos malos que, si bien no en primer término, se encuentran en nuestras novelas y cuadros de costumbres, como necesarias sombras en la composición. Lo que sí no hemos querido es tomarnos la ingrata, poca interesante y menos útil tarea de poner en primer término los tipos malos y de dar publicidad a las cosas que lo son. Lo hemos dicho ya en otras ocasiones: la crítica y la pintura de lo malo, que rebaja al hombre, es un correctivo ineficaz al mal; el elogio o la pintura de lo bueno, que lo enaltece, es el más dulce de los estímulos al bien. Otros críticos, poco benévolos, dicen que inventamos lo que damos por cosas ciertas. Agradecemos el favor grande que con esta censura se hace a nuestro ingenio, pero sin admitirlo: lo uno, porque tenemos en mucho más el ser verídicos que ingeniosos, y en más alta estima el que se nos crea que el que se nos admire; y lo otro, que es cosa de harta más importancia el que se tenga dentro y fuera de España un exacto conocimiento de la índole, del carácter, de las costumbres y hasta del modo de expresarse de nuestro pueblo meridional, que puede serlo el que un escritor de nuestra insignificancia esté o no esté dotado de ingenio. Téngase en cuenta que rebuscamos los granos de la buena semilla en un campo que se está cegando, y déjesenos conservarla en estas hojas, puesto que estatuas, monedas y otros efectos de pasadas épocas se suelen extraer de excavaciones, pero no así las cosas de la esfera intelectual, que son sentimientos que se entierran para siempre con los corazones que los abrigaron, palabras que se pierden en el aire en que se pronunciaron y usos que pasan sin dejar rastro. Es de advertir que si diésemos al público como fruto de nuestra inventiva los cuadros de costumbres que trazamos, se nos echaría en cara con la misma hostilidad que dábamos por nuestro lo que no lo era, y entonces la crítica tendría razón

El sencillo argumento del presente cuadro, del que puede decirse que se encierra todo en la última frase de la mendiga, lleva consigo su auténtica en la imposibilidad que hay del que tal frase se invente; semejante energía, laconismo y profundo sentido en la locución, no los halla sino el noble corazón de una madre del pueblo español. Las gentes cultas comprendemos lo sublime y solemos ahogarlo en las flores de la retorica; el pueblo católico español, sin comprenderlo, lo realiza a veces y lo presente en toda su verdad y sencillez, como lo hace la Biblia

Se nos vitupera igualmente nuestro patriotismo por aquéllos que, llenos del espíritu cosmopolita moderno, clasifican el amor a la patria de necia preocupación de los siglos bárbaros; y adviértase que así lo hacen cuando se trata del que nos apega al país que nos vio nacer, a su carácter, a sus costumbres, a sus tradiciones, a sus creencias, a sus instituciones, al respeto y cariño a la enseñanza de nuestros mayores; pero cuando la palabra patriotismo se escribe en la bandera enarbolada por los que quieren destruir todo esto, entonces es a sus ojos sublime, santo, padres de héroes, y apuran para aplicársela las calificaciones más retumbantes. Entonces existe. No; entonces se profana su nombre

Dice el pueblo que para todo se necesita entendimiento, hasta para barrer; y nosotros decimos que para todo se necesita justicia, pero sobre todo para la crítica, so pena que ésta produzca el efecto contrario al que se propone el que la ejerce

Nada que argüir tenemos a aquéllos a quienes nuestros cuadros no gustan, no sólo porque en materia de gusto no cabe discusión, sino porque participamos de su opinión, ya que no en cuanto a los argumentos (que son todos, en parte o por entero, ciertos y muy buenos), pero sí en el modo de presentarlos, que es inhábil y defectuoso, y que pocas veces nos dejan satisfechos. Pero ya que no hay cajas de plata en qué conservar cosas tan bellas, consérvense aunque sea en caja de peltre

En éste, como en los más de nuestros cuadros, el argumento es cosa sencilla y poco complicada, por lo que carece de ese movimiento, de esas intrigas, de esas pasiones, que son, en particular en Francia, la esencia de la novela; por eso hemos tenido cuidado de no denominar a estas composiciones novelas, sino cuadros, para que todo aquél a quien no agrade el estudio de las costumbres, del carácter, de las ideas y del modo de expresarlas de nuestro pueblo, no las lea. El que quiera brillantez, movimiento, bien urdidas intrigas, pasiones y artes, búsquelo donde lo halle, y no se venga a sentar al sol de Dios con nosotros

Réstanos el dar las gracias a las simpáticas y benévolas personas que con tanta indulgencia han acogido nuestros escritos, empezando por los dignos y sabios sacerdotes, y a los distinguidos literatos españoles y extranjeros que se han servido darnos su aprobación inapreciable, la que, como los rayos del sol al arbusto, a quien vigorizan y hacen producir nuevas ramas, nos han alentado tiempo ha, con su benevolencia, a seguir publicando nuestros escritos.

I

El cuerpo lo viste el oro,
pero el alma la nobleza.

(Calderón.)
 

Después de haber atravesado Córdoba, ve el Guadalquivir al camino de hierro acercársele y saltarle por encima en su afanosa carrera de trajinero, y sin cuidarse de él, prosigue en su pausado andar de caballero, dejándose llevar de las inclinaciones del terreno como el que pasea, y llegando con esa majestad de todo lo que es grande y tranquilo a la vega de Sevilla

A la izquierda, y como prólogo de su historia, que cuenta Sevilla con sus monumentos, encuentra el río al magnífico convento de San Jerónimo, que, abandonado y falto del cuidado que le prestaban sus monjes, se desmorona como un cuerpo en que ya no late el corazón; y más abajo, a la derecha, halla a la Cartuja metida entre sus naranjos, como si no habiéndole bastado la soledad y el silencio, hubiese buscado la sombra. Baña después los robustos pies del hermoso puente de piedra y hierro que lo vadea, se acerca a las Delicias, cuyos frondosos árboles refleja en sus aguas como una dulce impresión que recibe, e inclinándose a la derecha, camina entre mimbrales hacia San Juan de Alfarache, sentado al pie de la vertiente de un monte, que unido a otros forma un grandioso vallado al llano de Triana

Vestidas las vertientes de aquéllos de apiñados olivares, como los merinos de su crespo y espeso vellón, ostentan sus cimas blancos pueblecitos, como si intentasen estos pigmeos imitar a las nevadas cumbres de los Alpes

Entre Tomares y Castilleja de Guzmán se halla el más considerable de estos pueblecitos, Castilleja de la Cuesta, a quien atraviesa el camino que conduce a Aljarafe, esa comarca tan fértil, tan hermosa y tan rica en viñedos

En ocasión de anotar aquí, ya que en Castilleja de la Cuesta nos encontramos, que el Pedro Jiménez, ese vino que es hoy día el de más precio que crían las afamadas viñas de Jerez fue, trasplantado a ellas de Castilleja, donde primero fue aclimatada la vid que lo da por un vecino del mismo pueblo llamado Pedro Jiménez, soldado de los tercios de Flandes, y que, hombre industrioso, se hizo a su regreso de sarmientos de las viñas del Rhin, las cuales, perdiendo en este suelo y bajo este sol el sabor acidulado de su mosto, lo trocaron en el pastoso y dulce del vino generoso que hoy se conoce con el nombre de su introductor en nuestro país

Tampoco olvidemos que en este pueblo murió Hernán Cortés, y que la casa en que tan insigne y esforzado varón dio su último suspiro ha sido comprada y restaurada por los serenísimos señores infantes duques de Montpensier, con ese atinado buen gusto y ese celo por los recuerdos gloriosos y religiosos del país, que hacen de los augustos señores los ángeles reparadores de las santas históricas ruinas

Si hubiese en nuestra triste y revuelta época más amor a la verdadera patria, habría más gratitud hacia los que la enaltecieron en sus pasadas grandezas, y ya se habrían levantado estatuas a príncipes tan admirables en todos conceptos. Pero el tiempo venidero se encarga siempre de pagar con creces las deudas que el presente no salda por completo

Desde Castilleja empieza la mencionada comarca del Aljarafe, llamada por los romanos los Jardines de Hércules. Cubren este gran distrito muchos pueblecitos, que deben con preferencia su bienestar al cultivo de la viña. La inmensa cantidad de uva y la no menos considerable de mosto que suministran a Sevilla, son origen de su modesta prosperidad

Años atrás, no obstante, y cuando se hallaba España en la postración y abandono que fue natural consecuencia de la heroica guerra de la Independencia, en que la nación entera, cual aquellos grandes y nobles caballeros que iban a la guerra santa, todo lo abandonó para defender su independencia, y probó venciendo


Que en tocando a Dios y al rey,
a nuestras casas y hogares,
todos somos militares
y formamos una grey.
 

Años atrás, decimos, aquellas fincas rurales, como todas las demás, estaban abandonadas, destruídos sus edificios, perdidos sus plantíos y habían caído por improductivas en gran menosprecio. Sus dueños, arruinados como ellas, no se hallaban en disposición por entonces de hacer los costosos adelantos de reparación que plantíos y edificios necesitaban, y que, según la expresión del país, pedían aquéllos, pues la tierra de Dios es tan agradecida y propicia, que sólo pide al hombre que la labre y cultive a sus hijas las plantas para cumplir la misión que de Dios recibiera de colmarlo de sus dones

En esa época, pues lo que vamos a referir es de fecha atrasada, vendíanse las fincas arruinadas en bajo precio, y un sujeto de clase humilde, pero que había adquirido en América un bonito capital, con el que regresó a la Península, escogió a Sevilla para su residencia, y determinó hacerse allí propietario. Entre las fincas que le fueron propuestas, lo fue una hacienda de viña en un pueblo de Aljarafe, la que determinó ir a ver con el corredor que le había propuesto su compra.

II

Hallábase esta hacienda de viña a la entrada de un lugar, y, como ya hemos observado, gracias a la solidez de su fábrica, manteníase en pie en su lucha con el tiempo, como un gladiador que no se rindiese, doblase ni cayese sino para morir

Veíanse en sus erguidos muros las arrugas que imprime la vejez y el color mustio que dan los temporales a los edificios, como se lo dan a los rostros de los hombres que viven de continuo a la intemperie

La grandiosa portada se alzaba tan derecha, entera y altiva, cual si quisiera ocultar a las miradas de los transeúntes el abandono y ruina que tenía a sus espaldas; pero la puerta, desvencijada y rajados sus tablones, las ponía, bien a pesar suyo, a la vista de todos

Sobre la puerta de la portada había practicado un nicho, en el que, detrás de un enrejado de alambre, se veía una pequeña imagen de bulto de la Virgen, de cuya advocación, que era la de la Paz, tomaba la hacienda su nombre

El cuerpo alto de la casa estaba inhabitable, a causa de las muchas goteras, así como el lagar y las vacías bodegas anexas a la casa, que parecían tener cribas por techumbre

En los bajos vivía con su numerosa prole el hijo del que había sido capataz de la viña cuando se labraba, el que, aunque no recibía salario, seguía guardando el edificio por la ventaja de vivir en casa sin tener que pagarla

Las tapias que como guardianas rodeaban a los corrales, confiadas en que nada había que guardar en aquel edificio abandonado, por complacer a sus amigos los lagartos, habían abiertos grietas que les sirviesen de albergue, las que habían aprovechado también las preciosas plantas parásitas para extenderse y florecer a sus anchas, formando sobre las tapias pabellones y colgaduras que imitan en sus ornatos los tapiceros, pero nunca con tanta gracia

En los corralones habían crecido a su amor las higueras silvestres, las zarzas, los solanos, las adelfas, el lentisco y otras hijas naturales de la tierra, que formaban un rústico vergel para recreo de los pájaros cantadores, de las gallinas buscavidas y de unos tímidos y silenciosos conejos caseros, que llevaban todos allí una vida de príncipes

A espalda de la casa, la parra, que había perdido los sostenes del emparrado, se había agarrado a los hierros de una ventana para trepar, sin miedo de la podadera, como una volatinera, al tejado, mientras dejaba colgar, como lo hace el sauce, otra de sus ramas, en las que bailaban las ligeras pespitas, sirviéndoles sus colas de balancín; daba con sus ramas menores sombra a los nidos de golondrinas, que, agradecidas, le contaban con su gran verbosidad maravillas de lejanas tierras. Las malvas crecían por todas partes, ofreciendo sus buenos y suaves servicios como hermanas de la Caridad. Las amapolas, a quienes preguntaba el viento si lo querían, respondían moviendo sus ruborizadas cabezas que no, que no

Los gorriones se peleaban sin reparo y con insolentes pitidos delante de los comedidos y finos palomos, que huían al tejado escandalizados. Los conejitos formaban círculo, como convidados a un festín, alrededor de los desperdicios de la verdura de la olla que les había tirado la casera. Las gallinas se apresuraban a acudir al llamamiento del gallo, que había encontrado una mina en las barreduras de la cuadra

Entre las matas pastaba silenciosa y grave una burra blanca, que era la decana de aquella colonia, sin cuidarse de las carreras y saltos con que gozaba a su lado su precioso ruchillo, del brevísimo ocio concedido a la miserable existencia de este tan inofensivo, manso, paciente cuanto infeliz animal

Una porción de niños, que venían a unirse a los del casero, reían, jugaban y cantaban sin freno y a su albedrío, como crecían allí las plantas, sin estorbar y sin ser estorbadas por nadie

Formaba, pues, todo lo referido el más completo desorden, mas no el desorden que constituye en la vida ordinaria un vicio, que, como la polilla, es muy pequeño, pero que así en las cabañas como en los palacios causa grandes estragos, que en los negocios es la ruina y en las ideas el enemigo de la lógica y del buen sentido, sino aquél que en la naturaleza es un encanto más, como es en los niños una gracia más su misma torpeza y confusión de ideas

Pero el más bello comensal de aquel lugar era un grandioso moral. Aquel árbol magnífico, encumbrado como un rey, elevado y majestuoso como un patriarca, rico, pródigo, lozano y airoso como un joven caballero digno y firme como un anciano hidalgo, se hallaba situado al lado de un pozo, cuyo brocal había caído por tierra. Formaba así caído un lecho para solaz de la hiedra, cuyas ramas habían trepado por el tronco del moral hasta enlazarse con las suyas, formando una espesa selva negra para ocultar los nidos de los pájaros

El casero y su familia formaban en medio de esto una pacífica colmena; así es que el que veía medrar a la colonia, a la colmena y al vergel en aquella perdida y desatendida hacienda, podía convencerse de que Dios y la Naturaleza no conocen lo que el hombre débil, inconstante, cruel e inexorable ha creado, y nombra... ABANDONO.

III

Delante de la puerta de la cocina, que era la que daba al descrito corral, hallábase una mañana sentada al sol Cipriana, la mujer del casero. Tenía colocado sobre su cabeza, para preservarla del contacto inmediato de los rayos del sol, un pañuelo doblado en cuatro dobleces cuadrados, de manera que caía uno de sus picos hacia adelante como una visera. Estaba ocupada en remendar una camisa de mujer que había lavado, y que era un conjunto de remiendos de telas blancas de varios gruesos y géneros

Desde el moral a una de las rejas de la casa se extendía un tendedero, del cual colgaban pañales, fajas y camisitas, a quienes el sol acababa de dar un blanco esplendente. Una gallina cacareaba dando parte que había dado a luz con toda felicidad un robusto huevo, mientras las demás se solazaban al sol. Las abejas y su parodia las avispas zumbaban por el aire como diminutas zambombas. Un suave viento poniente vivificaba aquella tranquila naturaleza, ya meciendo suavemente los pañales y camisitas, como en su cuna mecía su madre al pequeño dueño de estas prendas; ya introduciéndose en la copa del moral y despertando a las dormidas hojas que de esta libertad murmuraban entre sí; ya entrándose a aullar por una encrucijada para asustar a los niños; ya obligando a las erguidas adelfas a bajarle sus bellas cabezas en un cortés saludo; ya subiendo quedito a la torre del lagar para coger descuidado y por detrás al gallo puesto allí de veleta, lo que nunca había podido conseguir, y después, como veleidoso, queriendo ausentarse, ir para despedida a besar la frente de los niños, arrebatar su fragancia a una mata de reseda nacida en la vieja y recta pared, como una sonrisa en el rostro de un austero anacoreta, trayéndosela para su solaz a Cipriana, y murmurando suave y sonsoladoramente al oído de una pobre anciana que a la sazón entraba agobiada: La vida y las penas son un soplo como yo, y acabar por remontarse a altas regiones a buscar celajes diáfanos y nubecillas transparentes para trastornarlos a su fantasía

Un grupo de niños había sentado sus reales debajo del potente moral, y uno de ellos, como de tres años, estaba tendido a la larga, sirviéndole como de almohada un perro, acostado como él en el suelo

—Juaniquillo— le dijo su hermana, que tenía cinco años —no te eches sobre Cubilón, que te va a dar pulgas

—¡Qué había de dar!— opinó un mozo de siete años —; se llevará las que tenga, que las pulgas están más a gusto con los perros, que no se meten con ellas, que no con las gentes, que las cogen y las matan

—¿Sabes tú, Purita, que el coco y la pulga se quieren casar

—¿Quién te lo ha decío

—La gente. Pero es el caso que


La pulga y el coco
se quieren casar,
y no se han casado
por falta de pan.

Salió una hormiga
de su hormigal:
«Hágase la boda,
que yo pongo el pan».

Albricias, albricias,
que ya pan tenemos;
ahora la carne,
¿dónde la hallaremos?

Asomose un lobo
por aquellos cerros:
«Hágase la boda,
yo pongo un carnero».

Albricias, albricias,
ya carne tenemos;
ahora la berza,
¿dónde la hallaremos?

Saltó un cigarrón,
de entre aquellas huertas:
«Hágase la boda,
yo pongo la berza».

Albricias, albricias,
ya berza tenemos;
pero ahora el vino,
¿dónde le hallaremos?

Saliose un mosquito
de un calabacino:
«Hágase la boda,
que yo pondré el vino».

Albricias, albricias,
que vino tenemos;
ahora la cama,
¿dónde la hallaremos?

Acudió un erizo
tendiendo sus lanas
«Hágase la boda,
yo pongo la cama».

Albricias, albricias,
que cama tenemos;
por falta de cura
no nos casaremos.

Se asomó un lagarto
por una hendedura:
«Hágase la boda,
que yo seré el cura»

Albricias, albricias,
que cura tenemos;
ahora el padrino,
¿dónde lo hallaremos?

Salió un ratoncito
de un montón de trigo:
«Hágase la boda,
yo seré el padrino».

Albricias, albricias,
padrino tenemos;
ahora la madrina,
¿dónde la hallaremos?

Salió una gatita
de aquella cocina:
«Hágase la boda,
yo soy la madrina».

En mitad de la boda
se armó un desaliño:
saltó la madrina
y se comió al padrino.
 

Mientras Pura escuchaba con la boca abierta la relación de la boda de la pulga y el coco, había entrado en el corral una anciana, que era de tan pobre traza y humilde aspecto, que, sin hablar, pedía elocuentemente socorro

—Ahí está —dijo Pura— la tía Ana Panduro. Joselillo, bien podías darle el cuarto que te ha dado tu madrina

—Conque estoy juntando desde ayer para marcar un trompo, y no he juntao naa —respondió su hermano— , ¡y le iría a dar mi cuarto! Caramba contigo, ¡y qué dadivosa eres con lo que no es tuyo!..

—Y de lo mío lo propio; y para que lo sepas, roñoso, le voy a dar el huevo que me puso mi gallina

Y esto diciendo, encaminose la niña hacia la pobre vieja, llevando su huevo en la mano, tan radiante y ufana cual si llevase a la reina un estandarte ganado en Tetuán

Entretanto, decía Cipriana a la recién venida

—Siéntese usted, tía Ana, que ya le estoy acabando de remendar la camisa que la he lavado, y le sacaré, en remantando, unas habitas de un guiso que tengo puesto

—Dios te lo pague —contestó la mendiga— ¡Ay, hija mía! Si no fuese por las buenas almas, ¿qué sería de tantos pobres que, como yo, ni lo tienen ni lo pueden ganar

—Por eso mismo manda Dios que nos socorramos los unos a los oros y nos miremos como hermanos

—¡Las penas me están crucificando sin acabarme de matar, Cipriana! ¡No hallo descanso ni de día ni de noche, pues los dolores del cuerpo y las penas del alma a la par me acosan

—Señora —contestó Cipriana—, ya sabe usted que el camino del cielo es cuesta arriba y muy penoso y cansado, y el del infierno es cuesta abajo, muy gustoso y ligero de andar. Así vamos caminando con valor cuesta arriba, que mientras más agria, empanada y penosa de subir sea la cuesta, más pronto y seguro se llega

En este instante, como las puertas estaban enfiladas y abiertas, vieron pararse ante la portada una calesa, de la que bajaron dos señores, al propio tiempo que lo hacía de su caballo un hombre que los acompañaba, y que llamó a Joselillo para que llevase aquél a la cuadra

—¿Qué es esto? —preguntó la anciana

—Pascual, que ha ido hoy a Sevilla —contestó Cipriana—, porque el encargado de los herederos del difunto marqués lo mandó llamar para que viniese con ese señor y le enseñase la posesión; por lo visto, la quiere comprar

—Mujer, me alegraría que la comprase —repuso la anciana—, para que tome a Pascual de capataz, como corresponde a éste y conviene al comprador

De los dos que se habían apeado de la calesa, el uno era un corredor, y el otro un sujeto, ni bajo ni alto, ni grueso ni flaco, ni viejo ni mozo, y que venía vestido de pies a cabeza de una tela gris, habiendo atendido en la forma y tela de su traje antes a la comodidad que a la moda

Este sujeto, cuya fisonomía y modales no eran ni altaneros ni amables, ni vivos ni parados, empezó, sin detenerse, a inspeccionarlo todo con no interrumpida atención, sin que demostrasen ni su rostro ni sus palabras la impresión que le causaban las cosas que examinaba, sin celebrar la grande extensión y solidez del edificio, y sin que su deterioro y abandono le diesen pábulo a menospreciarlo

Por la tarde, después de haber ido a ver la viña y tierras pertenecientes a la hacienda, y habiendo descansado el caballo de la calesa, de seguida emprendieron los dos viajeros su regreso, sin más saludo al casero y su familia que una ligera y silenciosa inclinación de cabeza

—Oye, Pascual —dijo Cipriana a su marido cuando se hubo alejado la calesa—, ¿quién es ese caballero

—No es un caballero, es un rico —respondió el marido

—Ya me lo quiso a mí parecer —repuso la mujer—, pues no tiene ni pizca de crianza. ¡Ni dijo al entrar Dios guarde a usted, ni al salir quédese usted con Dios! ¿Es de Sevilla

—No. Es un indiano, que dicen que trae de por allá más onzas que arenitas tiene el mar

—Quiéreme parecer, Pascual, que ese hombre ha estado por allá avecindado con los indios bravos; apostaría una peseta contra dos cuartos a que ese señor, con la cara parada como Juanillo el tonto, que vio aquí a la pobre tía Ana, que es la estampa de la miseria, que está que parece que va caminando por sus pies al cementerio, y que siendo tan rico no le dio una limosna, tiene el alma de corcho. ¡No permita Dios que compre la hacienda

—Calla, Cipriana, que ustedes las mujeres son más súbitas en sus juicios que un arcabuz, y parece que tienen en la boca un nido de avispas. Acuérdate siempre, mujer, antes de sacar la tijereta, que... de buenos es honrar.

IV

Al querer empezar la no interesante biografía del sujeto que venía en la calesa (y cuyo nombre era don Anacleto Ripio) por indicar el pueblo de su nacimiento, tenemos que confesar que no hemos podido averiguar cuál fuese; baste saber que había nacido en una provincia del norte de España, y que un maestro de escuela, hermano de su madre, a costa de mucho tiempo y trabajo, le había enseñado a escribir mal, a leer pésimamente y a contar muy bien, por tener una aptitud grande para ello. Niño aún, embarcole su padre para América, en donde fue colocado por un paisano suyo, a quien iba recomendado detrás de un mostrador, donde permaneció más de veinte años vendiendo efectos navales, tiznado de brea y llevando cuentas, después de lo cual, consumado en éstas y con nota de trabajador y honrado, salió de la casa con un pequeño capital a practicar sus cálculos en propio provecho. Hízolo, aunque siempre sobre seguro, a las mil maravillas, contestando a los que le reconvenían sobre su pusilanimidad en negocios, que la gala del nadador era guardar la ropa

Colocose, en consecuencia de su asiduo trabajo, prudentes y atinados cálculos, en la honrosa categoría de los hombres independientes, es decir, independientes, no en la esfera de las ideas, sino de la realidad; no de los hombres no asalariados por el Gobierno, categoría que tanto estima y anhela el, en este caso, bien entendido orgullo y amor a la independencia de los ingleses, y que es una de las causas de la prosperidad, riqueza y orden de que goza su país

En aquella época hizo don Anacleto por fines mercantiles un viaje a Norte América, donde no trató sino con gentes de su categoría y donde adquirieron sus ideas positivas diez arrobas más de peso y se ensancharon sus cálculos y conocimientos desde la circunferencia de un real hasta la de un peso duro. De lo dicho se deducirá que don Anacleto, aunque entonces sólo contaba poco más de treinta años, tenía ya toda la prudencia, la calma, la solidez y el estacionamiento de un señor mayor, como una fruta que se pasa sin madurar

De la misma manera que antes de constituir la Oceanía la quinta, se reducía el mundo para los geógrafos a cuatro partes, así para don Anacleto se reducía éste (y quizá el otro) a las cuatro reglas de la aritmética. No obstante, don Anacleto no era avaro, porque la avaricia es una pasión, y este buen sujeto (pues de tal fama gozaba, y con razón lo habría sido, si bastase la ausencia de lo malo para constituir lo bueno), porque este buen sujeto, decimos, no era capaz de sentir ninguna, por lo cual se hallaba exento de los siete pecados capitales, siendo de esta suerte uno de esos buenos sujetos, cuyo valer consiste en cualidades negativas y que tienen el mismo mérito en el mal que dejan de hacer que aquéllos que ayunan, no por espíritu evangélico, ni por intención de hacer penitencia, ni por acatamiento al precepto, sino por natural inapetencia

Era el señor Ripio el más perfecto tipo de la insensibilidad, por lo que no sabemos si tenía buen o mal corazón, puesto que éste jamás tomó parte en ninguna de las cosas que hizo su dueño. Podría suceder que, por una distracción de la Naturaleza, hubiese nacido sin ninguno; pero, caso que lo tuviese, podemos afirmar que lo tenía cloroformizado a perpetuidad

Don Anacleto, que sólo gozaba en los números a la manera que Rossini en las notas de música y Murillo en los colores de su paleta, no comprendía absolutamente otros goces que la realización de sus cálculos, gozando más en el éxito de sus operaciones que en la ganancia que le pudieran reportar

Para don Anacleto el dinero era únicamente hijo y padre de los negocios, y no conocía ni los goces ni las ventajas que pueden proporcionar, ni el de los gastos superfluos, ni la satisfacción del obsequio o ayuda al amigo, ni la dulzura del socorro al necesitado. Comprendía a la perfección la regla de substraer, pero con su peculiar definición de quien debe y paga, que nunca hubiera podido substituir con la de quien tiene y da

Don Anacleto, a quien la Naturaleza había dotado de cortísimos alcances y de sangre muy pausada, criado exclusivamente en la monotonía de los negocios, era, por tanto, rutinario como un reloj, siguiendo en todo el giro que aquéllos le habían dado. Si hubiese caído soldado, hubiera aprendido a marchar al son del tambor y habría seguido haciéndolo sin oírlo

Nunca don Anacleto se había reído, no porque estuviese abstraído de las cosas de la tierra que a risa mueven, ni porque fuese hipocondríaco, adusto ni menos melancólico, sino por absoluta falta de propensión a este festivo desahogo, así como la del triste desahogo del llanto. De la misma manera que en un retrato de fotografía, en vano se hubiese buscado en su fisonomía moral color alguno, pues sólo presentaba medias tintas y sombras. A nada con más propiedad podemos comparara ese individuo de la variada especie humana que a un día de calma y nublado que carece de sol, de brillo y de calor, de rosada alegría en su oriente y de purpúrea majestad en su ocaso

Finalmente, don Anacleto, por lo material y poco elevado de sus aspiraciones, lo estrecho y positivo de sus ideas y lo mezquino y personal de su círculo de acción, por su completa inaptitud para comprender y apreciar lo bello, así en la esfera social como en la física, tenía pleno derecho a personificar lo anti-ideal

Nunca habría pensado este original señor en casarse, a no haberle propuesto un amigo suyo, corredor, un casamiento, desde el interesante punto de vista de un negocio

—La hija de don Fulano conviene a usted por estas y otras razones —dijo este corredor universal a don Anacleto—; cásese usted

—No tengo inconveniente —contestó éste, que nunca había visto a la propuesta novia

Ésta, que era la más impasible de las americanas de escalera abajo, y que tampoco conocía al novio que la propusieron, contestó en los mismos términos, y al mes estaban unidas estas dos sosas y secas medias naranjas. A los tres días convinieron en paz y concordia en apartar aposentos, porque don Anacleto, que no conocía la pereza, se levantaba temprano, lo que incomodaba a su mujer, y porque la señora, que todo lo hacía tarde, hasta el acostarse, incomodaba con ello a su marido

Pensamos que nuestros lectores no dejarán de conocer personas que se asemejen al tipo que hemos diseñado, aunque tengan mejor educación y que por su más frecuente roce con la sociedad hayan adquirido ese barniz que disimula lo áspero de la corteza y el cinismo en la forma de su espantosa vulgaridad

La antítesis de la vulgaridad es la nobleza, de la que ha dicho un autor francés que, después de la santidad, es la flor más bella del alma. Pero ¡qué perdida anda! Vamos a buscarla; ¿podremos hallarla? No la encontraremos, por cierto, tan a mano como hemos encontrado la vulgaridad.

V

En el antes descrito estado, entró en el dominio de su nuevo dueño la hacienda de la Paz, que los herederos de su joven amo, muerto en la guerra de la invasión de Napoleón, le vendieron. Pero un año después, nadie la hubiese reconocido; tal era la transformación que en ella había obrado el hábil y acertado restaurador don Anacleto Ripio

Veíase ahora el caserío deslumbrado con el descarado y económico blanco de la cal; admirábanse sus grandes y pesadas rejas negras, pintadas de un verde del mes de Abril, como viejas compuestas; habíase achicado su grandiosa portada, porque, ruinosa como estaba, habría ocasionado un gasto tan cuantioso como inútil consolidarla, habiendo quedado sólo los dos pilares y caja de umbral, necesarios a la sujeción de la puerta, lo que le daba, cuando ésta se hallaba abierta, la amena y pintoresca apariencia de una horca. Había quedado, por consiguiente, suprimido el nicho y la imagen de Nuestra Señora de la Paz que contenía, la que fue recogida con gran devoción por la familia del capataz, y colocada en su habitación en una urna de caoba y cristales, que imponiéndose gozosa mil privaciones, le costeó. El nombre de la Paz, que de dicha efigie tomó la hacienda, había sido substituido por el de La Abundancia, que simpatizaba más a su nuevo dueño, que lo había mandado escribir en el umbral con humo de pez, sobre la quebradiza superficie de la cal. Las armas del dueño anterior, esculpidas en mármol y colocadas sobre la puerta de la casa, se habían quitado, porque, daban, al parecer de don Anacleto, un aire de antigüedad y vejez nada ventajoso al edificio, y gravaban sus muros con innecesario peso

En el interior no era menos notable el tino, acierto y buen gusto de la restauración, dirigida por el ínclito nuevo poseedor

Las tapias, a las que habían arrancado todas las floridas plantas hijas de sus entrañas mal remendadas, mal enlucidas y coronadas de pedacitos de cristal para que no se pudieran escalar, desafiaban todo asalto como las murallas de Sebastopol

En el gran corral, las zarzas, higueras, adelfas, solanos, malvas, amapolas y demás intrusos habían sido desterrados sin piedad, ocupando su lugar un liliputiense sembrado de cebada, cuya cosecha, según esperaba su amo, bastaría durante un año a la manutención del mulo del capataz

Las gallinas habían sido constituidas prisioneras en un sombrío y estrecho corral. El herodes de su dueño había dispuesto otro 28 de Diciembre para los inocentes conejitos. Los alados músicos habían sido ahuyentados con tiros y algún espantapájaros, formado de una levita y un sombrero viejo del señor, con quien, por tanto, conservaba en lo garboso alguna semejanza. A la decana, por más que en señal de asombro empinó sus orejas, que aparecieron como dos enormes puntos de admiración, se le había intimado con razones de acebuche que se fuese con el ruchillo a otra parte. Los niños de la vecindad habían recibido la intimación de no dejarse ver en la hacienda por ningún pretexto, porque al nuevo amo le eran, como es de suponer, antipáticos los niños

No miró este señor con más conmiseración a las golondrinas, cuyos nidos fueron bárbaramente destruídos. En vano le hizo presente la mujer del capataz que esos suaves e inocentes seres, queridos en todas partes, que buscan el amparo del hombre y confían en la hospitalidad como en tiempo de los patriarcas, traían en cambio ventura a las casas que se la daban; en vano le manifestó que eran tan buenas y monigeradas, que en una ocasión, habiendo sido por sus maldades excomulgado un poderoso caballero, todas abandonaron su residencia y se fueron a la de un varón justo, lo que, visto por el pecador, le hizo entrar en sí y reconciliarse con la Iglesia, volviendo entonces a su castillo las buenas golondrinas. Don Anacleto declaró con toda la altanería del positivismo (que es más detestable aún en la esfera moral que en la material) que ésas eran antiguallas y supersticiones (¡qué prosaico tonto, que confundía un inofensivo y poético aserto del corazón con las austeras enseñanzas de la fe!), que eran necedades buenas para contar a los niños, pero no a él, hombre ilustrado, que había viajado y estado nada menos que... en los Estados Unidos

Don Anacleto coronó su obra mandando echar abajo el magnífico moral, que era, con la torre de la iglesia, la más bella y encumbrada gala del lugar. Al fin Erostrato, cuando cometió el crimen de destruir el templo de Diana, llevaba una idea que, aunque errónea y absurda, tenía alguna grandeza; pero don Anacleto, al cometer este otro crimen, análogo a aquél, no tenía más idea (si idea puede llamarse) que la que le sugería el necio y mezquino temor de que pudieran dañar las raíces del árbol a los cimientos del pozo. ¡Antibello positivismo, cómo no recompensaste a tu adepto don Anacleto con tu medalla del maravedí pendiente de una cinta! Viose aquel moral, gloria y prez de la Naturaleza, atado con sólidos cables, que a distancia se sujetaron fuertemente en el suelo; en seguida fue su sano y robusto tronco aserrado por el pie, y mojados después los cables, produjeron al encogerse la caída del gigante, con gran satisfacción de don Anacleto, que había inventado y dirigido el aparato que lo derribó, siendo esto en lo material un traslado de los miserables medios de que se valen hoy los hombres para lograr la caída de las cosas y personas grandes y elevadas

Cuando vio consumado su crimen de lesa majestad, y vio caída aquella soberbia y hermosa obra maestra del gran arquitecto, la Naturaleza, construida con fuertes ramas y bellas hojas, don Anacleto observó con placer que la cantidad y tamaño de aquéllas produciría más cantidad de leña de la que había calculado. Los chiquillos del capataz se abalanzaron a coger con toda comodidad sus frutos, sin considerar, en su ávida ansia y loca alegría, que serían los últimos que daría; la capataza dijo: «¡ Qué lástima de moral, que me daba sombra cuando sacaba agua del pozo!», y sólo los pajaritos le hicieron el duelo viniendo a posarse, pitando tristemente sus elegías y endechas fúnebres, sobre sus ramas muertas, como habían cantado alegremente sus idilios y bucólicas sobre sus ramas vivas. En cambio, se había levantado a una pequeña altura un mazacote brocal alrededor del pozo, formándole una gran boca con que aplaudía este vulgar desacato, como todo lo que es bajo aplaude la caída de todo lo que es elevado

No faltará quien piense que el que ha descrito el abandono y la restauración de esta hacienda es algún apóstol de la desidia y de todas sus consecuencias. No tal: quien esto escribe es amigo como el que más de lo útil, pero no quisiera separarlo de lo realmente bello, porque no es necesario, y sólo pueden querer hacerlo espíritus estrechos y vulgares y la ávida y estúpida codicia. La belleza reclama su parte en la vida externa del hombre, como en la interna reclama la suya la expansión del alma, que se deleita en meditaciones en unos y en alegría en otros. Por eso las fiestas de buen origen son una necesidad en el pueblo, por más que entre millares de gentes inofensivamente alegres se halle algún díscolo o perverso que en ellas se porte como quien es.

VI

Don Anacleto pasaba casi toda su vida en su hacienda, sin tenerle apego, ni agradarle el campo, sólo con el objeto de vigilar las labores de la viña y la venta del vino que llevaban los arrieros. Su mujer pasaba la suya en Sevilla, sin que le gustase y aun sin conocerla, por no moverse de su butaca, acompañada de una negra que la había criado y hacía bien el café y los dulces. Así sucedió que sabiendo don Anacleto que esta señora no había de ir nunca a la hacienda, no dispuso el cuerpo alto de la casa, desde donde se disfrutaba una hermosa vista, para ser habitado, sino para graneros, contentándose con arreglar en el bajo para habitación suya una salita con poca luz, contigua a una estrecha alcoba, que no tenía ninguna

Esta habitación brindaba la ventaja de que, siendo don Anacleto bastante cominero, podía observar desde ella cuanto pasaba en la casa, las personas que entraban y salían, lo que traían y lo que llevaban

—Pascual —le dijo un día al que había sido casero y era hijo del difunto antiguo capataz de la hacienda, a quien, a fuer de inteligente y honrado, había confiado el nuevo amo el puesto de su padre—; Pascual, ¿me querrás decir a qué entra y sale tanto aquí esa mendiga, que parece la vieja que engañó a San Antón

—¿La tía Ana Panduro, señor

—¿La qué... Panduro? ¡Vaya un apellido

—No es apellido, señor; es apodo que le han puesto los muchachos, porque la pobre es tan mirada y tan humilde, que cuando el hambre la obliga a pedir pan, lo pide duro

—Esa —dijo don Anacleto, que tenía la más profunda adversión a los pordioseros y el mayor aprecio a los hospicios, con tal de no tener que contribuir a sostenerlos—, esa no vendrá aquí a traer nada, sino chismes, y sí a llevarse todo lo que pueda

—Señor, va su merced errado —contestó Pascual—, que la tía Ana es la paz de Dios en todas partes, y no es capaz de malmeter en las gentes; y en cuanto a llevarse, no se lleva lo que puede, sino lo que la dan. La pobre con todo lo que le sale se ayuda; limpia y hace mandados donde la llaman, y anda aunque sea una legua por un pedazo de pan. Ahora hace aquí los mandados que se ofrecen, porque como su merced no quiere tomar moza, y mi mujer tiene que hacer las haciendas de la casa y guisar, no puede salir a la calle, por aquello de que no se puede repicar y andar en la procesión

—¿Y no tiene otra persona de quien echar nano

—¿Por qué no vas tú

—Señor —contestó sin arrogancia, pero con tesón, Pascual—, yo soy el capataz y no el mandadero de su merced

Don Anacleto se tragó la altiva respuesta de su criado, que le era muy necesario por su inteligencia y honradez, sin responder, y sin que esto le costare gran esfuerzo, porque el orgullo es una de las pasiones de que, como sabemos, carecía este señor, en el que sólo crecía musgo sin raíces

—Pues te digo que las visitas de esa vieja, que parece hecha de alambre, que está más encorvada que una alcayata, no me gustan

—Verdad es, señor, que la infeliz parece desertada del camposanto, porque las penas acaban, y el pan de la limosna mantiene, pero no engorda. No tengo más que treinta y dos años, señor, y la he conocido cuando chaval con su pasar muy bueno y un parecer mejor todavía; pero ha sido muy desdichada, y más la han acabado las penas y las miserias que los años, Cipriana se vale de ella para hacerle ese bien

—Que será a costa mía —observó don Anacleto

—¡Allá va esa agua hirviendo! —repuso el capataz— No, señor, que ese bien se lo hacemos nosotros, pues en mi jornal tienen parte los pobres más pobres que yo. No sea su merced desconfiado, que la desconfianza cría canas

—¿A que come aquí todos los días

—No, señor; alguno que otro lo hace, si está presente cuando vamos a comer, y yo le digo: «Siéntese usted, señora, y coma, que este plato, si alcanza para tres, alcanzará para cuatro». ¿Pues me querría usted decir, señor, quién es quien puede comer delante del que tiene hambre y no darle parte? Además, apenas come la infeliz, que se pasa de mirada, porque tiene desgano; de lo que se alegra, porque dice que el desgano mantiene

—¡Así está tan bien mantenida! —opinó don Anacleto, moviéndole esta desgarradora expresión del necesitado, no a lástima, sino a burla— Sabes —añadió, tomando su gran sombrero de paja para salir e ir a la viña— que no me gustan los pordioseros. En el mundo no hay un país más pobre que esta España, pues ninguno se ve más combatido de la plaga de pordioseros

—Los pordioseros, no prueban que un país sea pobre, señor —repuso Pascual

—Pues ¿qué prueban? —preguntó impaciente su am

—El que hay muchos que dan limosna, señor

—Pues no los aumentaré yo con la mía; así, ve que ninguno pase el umbral de la puerta, incluso la tía esa que me choca

—¿Qué decía el amo? —preguntó su mujer al capataz cuando aquél hubo salido

—Que la tía Ana le achoca, y que no quiere que aporte por acá

—¡Pues aportará por cima de su voluntad y tres más, caracoles! —repuso impaciente su mujer—; si no, ¿quién hace los mandados, no pudiendo hacerlos yo, que estoy aquí más sujeta que un cerrojo? ¡Vaya un ipotismo! Vaya, que bien se dice que de rico a soberbio no hay palmo entero

—Sí, esas rachas le dan; lo mismo le sucede con las cosas del campo. Yo, cuando manda una sinrazón (pues a veces para aprovechar el afrecho, desperdicia la harina) le digo que sí, y hago lo que conviene diciendo para mi chaleco: éntrome con la tuya, y sálgome con la mía

—¿Y no se enfada

—Se enfurruña; pero no se arremanga, porque sabe que voy bien guiado, que es lo que le import

—Te digo, Pascual, que el amo, con todos sus dineros, me parece muy ruin y muy ganso, y todas sus cosas muy terrestres

—Como rico de ayer —contestó su marido—. A mí me gusta la riqueza y señorío de abinicio, y no esas medias tintas; pero lo peor de todo, Cipriana, es que no tiene caridad, como la tenían los dueños de denantes, y sin ella no quiero yo dineros, que


Si la caridad te falta,
aunque los bienes te sobren,
bien te puedes llamar pobre.

VII

En una prima noche de otoño, en que llovía de ese modo que ha dado lugar a la usual expresión de que se desgajan las nubes, entró don Anacleto en la cocina de su capataz, que halló sentado al amor de la lumbre. Lo había enviado a la viña por una de las mezquinas y superfluas providencia que solía discurrir en su estrecho cerebro; así fue que al verlo tan arrellanado, le dirigió la siguiente pregunta

—¿Volviste ya

—Sí, señor

—¿Y pudiste, por lo visito, vadear el arroyo, que debe venir muy crecido

—Señor, para tales casos, y no ahogarme, tengo yo una oración

—¿A qué santo

—A Santa Prudencia

—Me alegro. ¿Y cuál es

Pascual contestó sin perder su seriedad:


Arroyito mío,
muy crecidos vas;
ahí te quedas tú,
yo me vuelvo atrás.
 

—¿Conque esto es que no llegaste a la viña? —dijo incomodado don Anacleto

—Señor, ni soy pez, ni soy pájaro, ni llevaba puente en las alforjas —contestó Pascual

—Lo que tú eres es un camastrón y un zumbón del dianche, que te has figurado que no has de hacer sino tu voluntad y que no has de estar sujeto a la mía

—Sujeto, sí; atado, no —respondió el capataz—; pero siéntese su merced un rato aquí a la lumbre, que alegra más que unas seguidillas, y no le arredre que sea en la cocina, que la tiene Cipriana tan limpia, que parece que no ha pecado

—Aquí —añadió la capataza arrimando una silla—; en este mismo sitio se sentaba el difunto amo, que en gloria esté, y nos repartía a los chiquillos que eramos entonces motas y duendecillos

—Mal hecho —dijo don Anacleto, ocupando, aunque malhumorado, el asiento

—¿Por qué, señor? —preguntó la capataza

—Porque los niños no deben jugar con dinero, que eso los hace avariciosos

—¡Qué!... No, señor, y a la vista está que no es asina, pues ninguno de nuestra gente, aunque pobres (y puede que por lo mismo que lo somos), ha sido nunca ruin ni avaricioso. Siempre hemos tenido presente que al preguntarle a uno que había estado endemoniado cuáles eran los enemigos que hacían más daño a los hombres, contestó que eran tres, a saber: cierra corazones, cierra bocas y cierra bolsillos

—Así les luce a ustedes el pelo —replicó don Anacleto—; toda su vida, como quien dice, han tenido ustedes de padres a hijos un buen acomodado, y no tienen ahorrado ni para mandar rezar a un ciego

—Señor —repuso Pascual—, y no me pesa, que yo pobre nací y pobre me iré al hoyo, tan descansado y sin turbieces en la conciencia, que Dios nos crió para ganar los bienes eternos y no los de la tierra, y sus leyes, así como las de los hombres, dicen: sé honrado, pero no dicen sé rico

—Con esas cosas que dicen —exclamó don Anacleto— y aquella otra que siempre tienen en la boca: que Dios no le falta a nadie, harían ustedes creer que Dios manda la pereza y no el trabajo, y que se debe vivir a la birla-birlonga. Bien dicen en los Estados Unidos que los españoles no son amigos de trabajar

—Señor —repuso Pascual—, ¿cree su merced que no sabemos que, al contrario, Dios ha dicho al hombre: comerás tu pan con el sudor de tu frente? ¿Me ha oído usted alguna vez decirle que no se haya hecho alguna labor por falta de brazos, y no es su merced quien siempre me encarga que despida trabajadores, que se quedan desconsolados cuando les falta el trabajo

En este momento llamaron a la puerta y entró en la cocina la tía Ana, mojada, calada y tiritando de frío

—¡Jesús! —exclamó el ya mal templado don Anacleto—, ¿hasta con esta noche viene usted aquí

—No tenía otra —contestó sonriendo humildemente la vieja

—Pues no haber venido

—Y se hubiera usted quedado sin cenar —intervino la capataza—, pues la tía Ana trae el par de huevos que para su cena necesita

—Pues qué, ¿no ponen las gallinas? —preguntó el señor, que con el temor que expresaba su pregunta, no paró su atención en el celo y eficacia con que aquella infeliz había buscado por todo el pueblo en tan espantosa noche, y conseguido encontrar, los huevos para su cena

—No, señor —le contestó Cipriana—; desde que en lugar de andar sueltas y a su amor por toda la hacienda, están encerradas en aquel corralillo, no ponen

—Pues matarlas —mandó su dueño

—Tía Ana —dijo el capataz, fingiendo no haber oído la orden de degüello del déspota—, acérquese usted aquí a la candela para secarse sus ropas, que estarán caladas, y calentarse usted, que estará arrecida

—¿A qué, Pascual? —repuso la mendiga, que se había retirado a un rincón apartado—, si me tengo que volver a mojar

—No se mojará usted, mediante Dios —opinó el capataz—, que la luna está saliendo y va espantando las nubes. Dígole a usted que se acerque y se siente a la vera de Cipriana, que este hogar es mío, y mientras lo sea, calentará a todo el que tenga frío

La pobre anciana se acercó tímidamente y se acurrucó al lado de Cipriana

Don Anacleto conceptuó que era contra su dignidad de ricacho estar sentado en la misma rueda con una mendiga; pero como tenía frío y no era altanero, no se levantó, y se contentó con poner su desgraciado e insulso semblante todo lo imponente que pudo

Pero como lo imponente es, según el diccionario, lo que infunde respeto, admiración y miedo, y al campesino andaluz se le infunde el primero fácilmente, la segunda pocas veces, y lo tercero nunca, don Anacleto hizo su ostentación de aires imponentes en balde; la conversación se prosiguió pasando estos aires desapercibidos o desatendidos

—Señor —dijo Pascual—, ahí tiene usted a la tía Ana, que si no se hubiese emperrado en que no era muerto su marido, hubiera podido volverse a casar cuando hubiera querido, porque ha sido una hembra de las de punta, y hubiera tenido quien la mantuviese, no pasando tantas miserias como pasa. ¿Todavía, señora, está usted esperando saber de su marido y de su hijo, después de más de veinte años que desaparecieron

—Sí, Pascual —contestó la pobre anciana—; porque siempre he oído decir que entre el cielo y la tierra no queda nada oculto

—No queda nada oculto a Dios, señora

—Ni a los hombres, Pascual, que aunque malicia obscurezca verdad, no la puede apagar

—Eso no es artículo de fe, sino sentencia de los hombres, que por mucho sentido que lleve y mucha certeza que le dé la experiencia, algunas veces marra

—Mire usted —dijo Cipriana, dirigiéndose a don Anacleto con el fin de interesarlo en la suerte de aquella infeliz mendiga— que es cosa grande, grande, grande, grande, no me canso de decir grande, lo que le ha sucedido a la tía Ana: el ver salir de su casa a su marido, que era más bueno que el pan y más noble que el oro, y a su hijo, que era el mejor mozo y la honra del pueblo, con un viaje de vino para Sevilla, como de costumbre tenían, pues eran arrieros bien acomodados, y no volverlos a ver entrar por sus puertas, sin haber sabido de ellos ni hoja ni rama, por más que ha endilgado su merced, pues no ha hecho otra cosa desde entonces, ¿no digo, señor, que esto es grande y horroroso con cien erres

Don Anacleto no contestó, y por unos instantes sólo se oyó el acongojado llanto de la mendiga

—¡Pobrecita! No llore usted —dijo compadecida la capataza—, que esta vida es un soplo, y en la gloria, donde a fuer de buenos aguardan a usted esos pedazos de su corazón, hemos de estar todos consolados y felices en la presencia de Dios. ¿No es asina, señor don Anacleto

El interrogado no contestó

Entonces Pascual se levantó, y dirigiéndose a su amo, le dijo en recia voz, pues al acercarse notó que este señor, mientras refería su mujer el terrible y extraño infortunio de la anciana, cuyos sollozos le hacían aún más conmovedor, se había dormido al amor de la lumbre

—Señor, la tía Ana ha andado todo el lugar y se ha calado hasta los huesos la infeliz para traerle los huevos frescos para la cena; bien podía su merced darle para que comprase un almud de picón para calentarse y un bollo de pan para que cenase

—¿No pago yo a tu mujer porque me asista? —contestó don Anacleto entreabriendo los ojos—; a ella toca, pues, pagar los mandados

—Dice usted bien —repuso indignado Pascual—; Cipriana, dame media hogaza de pan

Y habiéndola recibido, y dándosela a la pobre con una moneda de dos reales que sacó de su bolsillo, le dijo

—Tome usted, tía Ana, remédiese usted por esta noche, que mañana dará Aquél que nunca se cansa de dar

—Pascual —repuso la anciana—, Dios te lo pague, que es buen pagador; pero con la media hogaza tengo yo para tres días. Así, guarda tus dos reales, que del pobre no se debe tomar sino lo que meramente se necesite, pues justo no es que a mí me sobre y a ti te haga falta

Diciendo estas palabras, saliose apresurada sin tomar el dinero

—Tú, Pascual —dijo entonces don Anacleto, que a pesar de su estupidez no pudo dejar de reconocer con cierta contrariedad que la conducta de su capataz le avergonzaba—, tú tienes partidas de duque, que maldito lo que te pegan

—No me creía yo tan remontao —contestó sonriendo el capataz—; pero ni siquiera rumboso, señor, y cuenta con que, después de valiente, es el ser rumboso lo que más encumbra a un hombre; pero eso no lo pueden ser los que como yo son pobres

—Y siempre lo serás —repuso su amo—. ¿Por qué no ahorras en lugar de dar

—Señor— contestó Pascual—, lo que ahorre lo dejaré por acá, y lo que dé me lo llevaré conmigo

—¡Dale con los textos de la Escritura! Estos no te han de sacar de pobre

—¡Pues ya se ve! No se han escrito para eso. Pero, señor, ¡qué empeño tiene su merced en que yo me afane en salir de pobre! En haciéndose un pobre codicioso,


Los ojos se abalanzan,
los pies se cansan
y las manos no alcanzan;
 

y asina se esta uno en un vivo penar. Yo estoy bien avenido con mi pobreza y no quiero afanes que me quiten el comer y el dormir, la tranquilidad de mi vida y de mi espíritu, que ha de saber usted que así en mi casa como en la portada de la hacienda de su merced, pláceme más... la paz que la abundancia.

VIII

—Señor —dijo pocos días después Pascual a su amo—, de resultas de la mojadura de la otra noche, tiene la pobre de la tía Ana una pulmonía, que me parece que no la ha de contar

—¿Y yo lo puedo remediar? —dijo don Anacleto

—Remediar el mal, no; pero aliviar a la enferma con un socorro, sí —repuso Pascual

—¿Y quién te mete a demandante suyo? —respondió impacientado don Anacleto

—Señor, como que tomó la enfermedad por servir a su merced y que no le faltase su cena, paréceme..

—Lo que a ti te parece interrumpió don Anacleto— es que es contra tu dignidad el hacer mandados; pues a mí me parece que es contra los intereses de mi bolsillo el costear las enfermedades de los pobres de tu pueblo. Si yo estuviese enfermo, maldito cuidado que te daría ni a ti ni a ella. No me vuelvas a pedir, que sabes que no me gusta que me pidan; basta que me pidan para quitarme las ganas de dar. Esas caridades con bolsillos ajenos son fáciles de hacer, pero son lo más chocante del mundo; conmigo no tienen resultado, pues te repito que no me gusta que me pidan

—¡Ya se ve! A nadie le gusta que le pidan; así es que no lo he hecho para agradar a su merced, sino para ver si le podía procurar un bien a aquella desdichada, y ya que no se ha conseguido la petición mía, veremos a ver si tiene más suerte la que de su parte vengo a hacer a su merced

—¡A mí! ¿Qué petición puede ser esa

—Que se llegue su merced allá en caridad de Dios, que tiene que hacerle un empeño

—¡Un empeño! Dios me asista y favorezca; ¡esto es casi peor que el limosneo! Son los empeños la plaga de este país, los falsificadores de la justicia, los socavadores de las leyes, los más impertinentes métomeentodo, los más importunos y audaces de los pretendientes, el cáncer del Gobierno, los corruptores del régimen constitucional, el puñal que los diputados ponen al pecho de los ministerios; son a la vez el abuso del favor y el del poder, ¡y querer meterme a mí, a mí, en semejante manejo inmoral e infame! ¡A mí empeños! ¡Pues ya

—Dice su merced bien, tan bien, que ni imprentado —repuso Pascual—, que ya sabemos por demás lo que es ser ahijado de uno que va a Madrid a diputar. Pero no se trata de esa clase de empeño, señor, que hay empeños y empeños. El de que se trata es de aquéllos que suelen hacer las señoras que no piensan en diputar, sino en hacer bien, y toman a su cargo los empeños como toman los santos las peticiones de las pobres criaturas para presentárselas al que puede remediar sus malos. Estos empeños son, señor, los medianeros entre el desvalido, el olvidado, el impotente y los que pueden; son la voz del mudo, el lazarillo del ciego, las muletas del tullido, las alas del postrado, y así como la limosna es el mejor uso que puede hacer el rico de su dinero, son los empeños para los necesitados y los vejados el mejor uso que puede hacer el que los tiene de sus relaciones y de los me dios que Dios le ha dado. Si hay, como dice muy bien su merced, empeños malos, que son puñales, los hay buenos, que son ocasiones de hacer justicia y beneficios, empeños que hacen tanto bien a los desamparados como las madres a sus hijos; y esos son aquéllos que se hacen sin más interés que el bien del prójimo desvalido, sin más estímulo que la caridad, sin más recompensa que un Dios se lo pague, y estos son los que hacen las buenas almas; de estos empeños se trata, señor, y no de sacar un empleo a un perdido

—Pues ni buenos ni malos hago empeños; en mi vida he pedido a nadie que los haga por mí, y así no estoy en el caso de hacerlos por nadie; puedes decírselo a la tía esa, que no sabe qué discurrir para incomodarme..

—Es que el señor cura me encargó que dijese a usted de su parte que le rogaba que fuese, porque la pobrecita tiene el espíritu muy desasosegado, y eso le daña mucho

—¿El señor cura lo dijo

—Sí, señor; con esas mismas razones

—Pues iré por respeto a él, pues en lo demás es una gana de incomodarme. No hay pobres más atrevidos que los españoles. ¡Caramba con ellos! ¿Cómo había en los Estados Unidos de tener pobre alguno la desfachatez de mandar llamar a su zahurda a una persona respetable? Saben que se daría aviso a la policía

—Pues, señor, lo que aquí saben los pobres —contestó Pascual— es que hablan en nombre de Dios, y así piden sin miedo y sin vergüenza

—Ahora sí que has dicho una verdad como una casa, que yo perfeccionaré diciendo que lo hacen con atrevimiento y desfachatez. ¿Pero qué puede tener que pedirme esa mujer

—Eso no sé yo —contestó Pascual

Don Anacleto, guiado por su capataz, llegó a una pobre casa, cuyo patio atravesaron y entraron en un corral en que había un cuartito pequeño, terrizo, y sin más luz que la que entraba por la vieja y desquiciada puerta, que no tenía cerradura ni pestillo

Sobre unas tablas levantadas del suelo por unos ladrillos colocados unos sobre otros, estaba un mal jergón de paja, y en él, cubierta con una manta raída y agujereada, yacía la pobre mendiga. Una silla basta y medio rota, y una caja vacía, que colocada boca abajo servía de mesa, componían todo el ajuar de aquella miserable vivienda

En la pared, sujeta con cuatro clavitos, estaba una estampa de la Virgen, y sobre ella pendía una cruz de madera, en la que se veía, enclavado un Señor hecho de metal, única prenda que conservaba su dueña del buen ajuar y de los bienes que en otros tiempos había poseído

Un objeto había, no obstante, que brillaba entre aquella miseria como una estrella en la noche, y que a otro que no hubiese sido don Anacleto habría llamado la atención

Sobre el cajón que servía de mesa hallábase colocado otro pequeño que se había cubierto con un paño muy blanco, y sobre éste aparecía sentado en un primoroso silloncito de caoba, un Niño Dios, de soberbia escultura, ricamente vestido con una túnica de tisú de oro bordado de perlas y un cíngulo, también de perlas, con borlas de lo mismo. Lo más notable era el que en la mano tenía un precioso bastoncito de doctor con puño y contera de oro y sus cordones y borlas de seda negra

Era esta lindísima efigie propiedad de un convento de monjas, y tenía infinitos devotos que ansiaban por tenerla a su lado cuando se hallaban enfermos de gravedad. Las monjas a ninguno negaban este consuelo, de manera que el amado y reverenciado Dios Niño iba así a las casas de los ricos como a las de los pobres, pues sólo la religión entiende y practica, no la soberbia, sino la santa igualdad

Al mirarlo así tan cándidamente investido de las insignias de doctor, se sentía la dulce ilusión de estar en los tiempos primitivos de la fe de Cristo, cuando ésta tenía toda su pureza, eficacia y afectividad, por la reciente comunicación y contacto de Dios con el hombre a quien creó. ¡Con qué dulce emoción le parece a uno oír a las monjas decir a su Santa Imagen, al substituir en su mano a la bola de oro coronada de una cruz, que figura el mundo, el mencionado bastón: Ve Señor mío; ve, Niño de mi alma, a la casa del pobre enfermo que te llama. Cura sus dolencias si le conviene, y, sobre todo, cura y salva su alma, que por Ti ansía, y nunca el Dios Niño había desatendido las súplicas del enfermo que lo llamaba y de sus devotas intercesoras

¡Conventos, arcas santas de la fe cristiana, asilos de la pureza de corazón, de espíritu y de costumbres; cuando vemos a vuestras moradoras al través de sus rejas tan tranquilas, tan alegres, al frente de nosotros los atribulados y afligidos, no halla nuestro conmovido corazón a qué compararos, sino a esos inocentes canarios que en la iglesia cantan alegremente en sus jaulas, mientras por fuera rugen las tempestades y las demás aves no encuentran en su angustia ni amparo ni refugio contra sus embates

La enferma tenía sus ojos fijos en la sagrada efigie, mientras sus labios articulaban repetidas veces esta oración:


Niño Jesús, por tu Padre,
por tu Madre, por tu Cruz,
en la hora de mi muerte
dame luz.
 

—Dios premie a usted, señor don Anacleto, la caridad tan grande que tiene en haber venido a tan pobre y humilde casa —dijo con débil voz la enferma

Don Anacleto no contestó, y Pascual fue el que repuso a la anciana

—Tía Ana, ahora poco entró aquí Dios

—Ya —dijo la buena mujer—, para Dios no hay ricos ni pobres

—Verdad es, señora, que para su Divina Majestad no hay sino buenos y malos —contestó Pascual—; pero diga usted, tía Ana, el empeño que quería hacer al amo

—Señor —dijo la interpelada haciendo un esfuerzo para incorporarse y apoyarse sobre su codo—, desde el día en que nada sé de mi hijo ni de mi marido, he ido muchas veces a la Audiencia de Sevilla por ver si la justicia había descubierto algo sobre su paradero. Siempre en aquellas oficinas me hicieron buena acogida y me contestaron con buen modo, que así lo tienen mandado los señores del Tribunal; ¡Dios se lo premie! Pero la respuesta que me dieron fue siempre la misma: que nada se sabía. Hace algún tiempo, señor, que me han ido faltando las fuerzas para llegar hasta Sevilla a pie, que es como iba. Ya que su merced, según dice, se vuelve allá mañana, era mi empeño, señor, que tuviese la caridad de llegarse a la Audiencia a preguntar si algo se ha descubierto de ellos, y que mandase la respuesta por escrito al señor cura, que me la dará a mí; porque no me quisiera morir sin saber qué ha sido de ellos

—Yo no conozco a nadie en la Audiencia, porque, a Dios gracias, nunca he tenido nada que ver con los tribunales —contestó don Anacleto—; pero la enferma no lo oyó, porque arrastrada por el anhelo de su corazón, había abusado de la palabra, sobreviniéndole en su consecuencia un violento acceso de tos

—Poco le cuesta a usted prometerle a esta pobre mujer lo que pide —dijo a media voz el cura a don Anacleto—, y aun hacerlo, porque para tomar informaciones en los tribunales no se necesita tener conocimiento con las personas a cuyos cargos están sus dependencias

—¿Qué me dice su merced? —preguntó con visible agitación la enferma a don Anacleto

—Que se hará —contestó éste, que en seguida añadió—: ¿se le ofrece a usted otra cosa, que no tengo tiempo para detenerme

—No, señor; no, señor —respondió la anciana—, sino decirle con toda mi alma que de tan buena obra como hace, sea Dios el premio

Don Anacleto saludó al cura y salió del cuarto y de la casa sin detenerse, y sin decir a la enferma siquiera un usted se alivie

—Oye, Pascual —dijo en el patio una de las vecinas al capataz, que seguía a su amo—: ¿qué quería la tía Ana

—Pedir al amo que tomase en Sevilla noticias de su hijo y de su marido

—¿Y qué dijo él

—Dijo que sí, que lo haría; pero ya sabes, Andrea, que mensajero frío, tarda mucho y vuelve vacío

—¿Y le ha dado algún socorro a la infeliz? —preguntó otra

—¡Dar! Ni una hiel —contestó Pascual—; pues por no dar, no da su merced ni los buenos días

—¿Pues para qué quiere sus dineros

—¡Toma! Para Juntarlos y que procreen

—Pues si tiene las voces de ser un señor bueno y de conciencia si los hay

—Andrea, mujer, ¿ahora te desayunas tú que siempre han corrido, y en el día corren que es un contento monedas falsas por el mundo

En este momento pasó cerca de los que hablaban al cura, que salió y alcanzó a don Anacleto

—A que va a pedirle un socorro para la pobre tía Ana —dijo una de las mujeres, observando lo que pasaba del lado de fuera de la casa—; y mira, atiende, Pascual, dicho y hecho, tu amo mete la mano en el bolsillo y le da una moneda

—¿Que le da una moneda? ¡Pues dígote, mujer, que al cura se le puede rezar como a santo, pues hace milagros

El cura entraba en este momento, y entregó la moneda a una de las vecinas que más particularmente cuidaba de la asistencia de la desvalida anciana

—María, ¿es de oro? —preguntó la que había hablado con Pascual

—¡Qué había de ser de oro! —dijo éste—. ¡Es una peseta

—¡Y napoleona! —añadió con desaliento y considerándola la mujer que de las manos del cura la había recibido.

IX

Necesario se hace ya el que no dejemos por más tiempo al lector en la misma incertidumbre en que lo estaba la pobre anciana sobre la suerte de su hijo y de su marido

Hacía entonces veinte años, es decir, que era por los años de 1824 o 25, cuando caminaban dos hombres bien portados, de semblantes honrados y enérgicos, tras una recua de mulos y burros; el sonido agradable y monótono de las esquilas que de sus cuellos pendían, se esparcía por la soledad y por el silencio del campo, como los suaves rayos de la luna al través del silencio y soledad de la noche. Caminaban hombres y animales con un paso tan sostenido, uniforme y acompasado, que parecían las ruedas de un mismo reloj que recorre su esfera en armonía sin alterarse ni pararse

—Padre —dijo el más mozo de los arrieros a su compañero—, ¿trata su merced, a pesar de lo que hemos platicado sobre el asunto, de pagar esta vez también el impuesto que ha establecido por su propia autoridad el escribano de Mollares

—Como que es poca cosa, hombre —contestó el interrogado—: más vale hacer lo que los otros: pagar, por no meterse en cuestiones

—Verdad es —repuso el mozo— que es poca cosa; pero como somos muchos los arrieros que por el pueblo éste tenemos que transitar, se ha creado ese malvado escribano un mayorazgo a costa de nuestro sudor, sin que derecho alguno le asista, y sin que nosotros hagamos valer el que tenemos de no pagarle, y cosas hay que tan gordas se ven, que no se pueden roer

—Razón llevas, hijo, que esta es una vejación de las enormes; pero hablé con los compañeros, y dicen toos que mejor quieren pagar los maravedís que meterse en dimes y diretes con los escribanos, y señaladamente con éste, que es un hombre malo si los hay, con más ipotismo que un Nerón, más soberbia que Lucifer y más vengativo que todo lo que se diga

—Pues, padre, mi parecer es que de los sufridos se hacen los atrevidos, y que no paguemos más esa socaliña, ni pasemos la plaza de tontos engordando a ese bribón con nuestra sangre. ¿No ha preguntado ya su merced en las oficinas de Hacienda y le han enterado de que no hay semejante derecho establecido?... ¿Qué más quiere usted

—Hijo, eso necesita pensarse; ese hombre es mal enemigo, y si no pagamos se va a poner con nosotros de malas. Yo no quiero despertar al león que duerme, ni contiendas con gente de pluma

—Déjemelo usted a mí, padre, que aunque venga hecho un toro de fuego, yo sabré pararlo, porque la razón tiene más fuerza de lo que parece

—¡Qué había de tener, hijo! La razón es una para los hombres de bien y es otra para los pícaros, que se quedan encima, porque tienen más malicia y más malas tretas que aquéllos

—Pues acudiremos a los tribunales

—Y no adelantaremos nada

—Señor, ¿y por qué

—Porque en los tribunales sucede lo que en la pila: el que no tiene padrino no se bautiza

—Pues entonces que nos coja él la delantera poniéndonos por justicia por no pagarle su impuesto, sin meternos en dimes y diretes

—No lo has pensado malamente, hijo. Vamos a probar a ver por dónde las toma; pero no te metas tú en el asunto, que tú tienes la sangre caliente y podrías subirte a mayores si él se propasa, como no dejará de hacerlo cuando nos neguemos al pago; déjamelo a mí y no tercies tú, que siempre se ha dicho que un sordo oye mejor al que le habla quedo que no al que le grita

Poco después de este coloquio llegaron a Mollares, en donde, como de costumbre, les salió al encuentro el escribano, reclamando su arbitrario impuesto

—Perdone usted, señor escribano —dijo con templanza, aunque con tesón, Juan Isidro Alfaro, que era el arriero de más edad—; nosotros no lo pagamos

—¡Que no lo pagan ustedes! —repuso el escribano sorprendido y con tal expresión de encono, que demostraba a las claras el trascendental interés que para él encerraba la primera negativa a pagar el arbitrario impuesto que había creado (negativa que al divulgarse podría a un tiempo privarle de la pingüe renta que gozaba y descubrir tan criminal proceder)—; ¿que no pagan ustedes? —repitió—, ¿y por qué

—Porque he inquirido en las oficinas de Hacienda que semejante impuesto no está mandado

Al oír mencionar las oficinas de Hacienda, el escribano se inmutó; pero serenándose luego, dijo fingiendo calma

—Es claro que allí no consta, porque éste es un impuesto municipal que no atañe a la Hacienda, sino al Ayuntamiento

—Señor —repuso el arriero—, yo seré tonto hasta donde me ha hecho Dios, pero no hasta donde me lo quieran hacer los hombres; los transeúntes no están bajo el dominio de los Ayuntamientos de los pueblos por donde transitan

—Dejémonos de cuestiones, Juan Isidro, y respetemos lo establecido —dijo el escribano con aparente calma—; ustedes la gente del campo son avaros y ladinos, y por dejar de pagar, por poco que sea, sacan razones hasta del centro de la tierra; paguen ustedes como lo hacen todos y ustedes han hecho hasta aquí, y sigan su viaje en paz y gracia de Dios

—Y así lo seguiremos —interrumpió indignado el joven arriero—. ¡Oiga! ¡Conque nos afrenta usted con decirnos avarientos y ladinos porque no queremos pagar lo que no debemos pagar! ¿Pues me querrá usted decir cómo llamará al que cobra sin deber cobrar y engaña para conseguirlo, señor escribano

El apostrofado clavó la vista un rato en el joven arriero con una mirada preñada de todo el encono, de toda la rabia y de toda el ansia de venganza que hervían en su mala alma, y dijo después con honda voz y tardas palabras

—¿Conque ustedes no pagan

—No, señor —contestó el mozo—; y si usted insiste, a fe que acudiremos a la justicia para que le haga a usted devolvernos los dineros mal cobrados, que pleito claro no ha menester letrado

—Mala lengua tienes, muchacho —repuso el escribano con mal reprimida ira—, y más te valiera enfrenarla, que a mí nadie se me ha subido a las barbas, y juro a Dios que te ha de pesar haberlo hecho

—¿Amenazas? —dijo con desdén el mozo

—Y ten entendido —prosiguió el escribano— que las mías se cumplen

—Señor —interrumpió Juan Isidro—, ¿hay razón para eso

—Déjelo usted, padre —repuso su hijo—; con amenazas se deslía la bolsa y se amedrenta sólo a los cobardes

—Te engañas —dijo el escribano—; las mías no se hacen ni para amedrentar ni para procurar el pago, sino para vengar un agravio, y tocan a tu persona de más cerca, y júrote que cumplidas se han de ver

—Señor —exclamó el padre—, mala jura en piedra caiga. Vámonos, hijo, vámonos —añadió arreando los mulos

—Voy, señor —contestó obediendo el hijo, preparándose a seguirle; pero antes, volviéndose arrogante al escribano— si es así —dijo—, y que sólo a mi persona tocan las amenazas, descuidado voy, porque mi navaja tiene un letrero que dice. Soy defensa de mi dueño.

X

Aquella tarde el escribano, que conocía a cuantos desalmados y perdidos había por aquellos contornos, tenía convocados a su casa a un desertor y a un cumplido de presidio, y les participaba que al día siguiente pasarían por allí, en su viaje de retorno, el arriero Juan Isidro Alfaro y su hijo con una crecida suma, producto de la venta de sus pellejos de vino, añadiendo que a la salida del pueblo atravesarían un espeso olivar, que podría ocultar para siempre, no sólo un robo, sino a los robados

Almas que por desgracia están dispuestas al crimen, de poca instigación necesitan para cometerlo; son la pólvora en la escopeta. ¡Ay de aquél o aquéllos que para mal fin la disparan

En el olivar indicado por el escribano a sus cómplices entraban al día siguiente, según lo había anunciado aquél, el honrado Juan Isidro Alfaro y su hijo, bien ajenos de que nunca habían de volver a salir de él, y sin sospechar que el sonido suave y triste de las esquilas que llevaban sus acémilas era en aquella ocasión para ellos el fúnebre toque de una terrible agonía, y que los que la llevaban habían de ser los mudos testigos del horrendo crimen que terminaría tan trágicamente su tranquila existencia

—Nada nos ha pedido el escribano, y ni se ha dejado ver —dijo su hijo al arriero—; ¿ve usted padre, cómo vence por sólo su poder, que no hay quien le contrarreste, la razón a la sinrazón? Señor, el que se hace de miel se lo comen las moscas

—Ese hombre —repuso el padre meneando la cabeza— nos la ha jurado, y será nuestro enemigo mientras el cuerpo le haga sombra

—Estoy para mí que no se la hace —repuso riendo el hijo— y que le sucede lo propio que al marqués de Villena, que por tratar con el diablo se quedó sin ella. ¡Pues eso faltaba! —añadió con energía—, el que por ser insolentes y provocativos los pícaros tuviesen avasallados a los hombres de bien

—Pues, hijo, eso ni más ni menos sucede en el mundo, y lo verás, porque la cosa no queda asna, y nos ha de jugar una mala pasada como lo tiene jurado

—Palabras y plumas se lleva el viento

—Amenazas de pícaros, no, hijo

—Con amenazas se come pan

—Es que las cumplirá

—¡Qué! La mano cuerda no hace todo lo que dice la lengua; además, señor, tanto vale un hombre como otro, ¡y ya se guardará

—¡Hijo! No vive más el leal que lo que quiere el traidor

En este momento partieron simultáneamente dos bien asestados tiros de detrás de dos olivos. Oyose en el silencio que sucedió la caída de dos cuerpos al suelo, y dos voces que a un tiempo gimieron

—¡Dios me ampare! ¡Me han matado

—¡Jesús me valga! ¡Soy muerto

En vano aguardó aquella noche la que era madre del uno y mujer del otro arriero a los dos seres que con tan entrañable cariño amaba. Pasaron días, pasaron meses, pasaron años sin que ninguno trajese noticias de ellos. Por más gestiones que hizo la justicia, por más que se afanó en inquirir informes, aquella infeliz mujer ¡nada supo! Un misterio, obscuro como una noche sin estrellas, recóndito como los centros del mar, impenetrable como lo porvenir, daba al dolor que ésta sentía un desasosiego y un espanto que no dejaban al tiempo ejercer sobre él su influencia calmante, ni a la infeliz a quien destrozaban el consuelo de rezar sobre la paz de una tumba

En tanto, la justicia perseveró en sus siempre infructuosas pesquisas; pero las gentes, arrastradas por el curso de nuevos sucesos, cesaron de ocuparse del que tanto les conmovió al acaecer, y nada quedó de él sino un dolor constante en el corazón de la madre y esposa, una remota y vaga esperanza, la que, cual la pequeña áncora, resto de una naufragada nave, se mantenía enclavada en el fondo de un mar de amargura

Destrozada por su dolor, aniquilada por los pasos que sin cesar daba para adquirir informes, abatida por la creciente miseria en que se hundió, después de haber vendido cuanto poseía, sin fuerzas y sin salud para poder trabajar, acudió a lo que el pueblo, en su cristiano y poético lenguaje, llama la bolsa de Dios, bolsa que, como de quien es, nunca se ve vacía

Más de veinte años habían pasado, y aquella infeliz, en su lecho de muerte, suplicaba a un hombre sin corazón que le hiciese la caridad de dar algunos pasos para inquirir y ver si podía darle, antes de entregar su martirizada alma a Dios, alguna noticia de los que tanto amaba. Hemos visto de la manera que recibió el encargo o súplica, siempre sagrada, de un moribundo, aquel buen sujeto que nunca había tenido que ver con la justicia

¡Qué terrible contraste forman, cuando están frente a frente, la angustia y la indiferencia! Son el fuego y el hielo. En la naturaleza física, el fuego derrite el hielo; pero en la moral, el fuego de la angustia y el hielo de la indiferencia se tocan, y es tal la dureza de este hielo, que el fuego ardiendo no lo derrite

¡Dulce compasión! Si, como lo hemos dicho, el amor hace bello al objeto que lo inspira, tú haces más que aquél, pues lo haces querido; de modo que el ser más abyecto y aun el animal más inmundo, si sufren y gimen, no te rechazan ni hastían, ¡Divina compasión! Danos, por amargas y corrosivas que sean, tus lagrimas, pues sirven, si no de alivio, de consuelo a los sufrimientos y de agrado al Dios-hombre, que nos enseñó a verterlas.

XI

Después de la partida de su amo, tuvo que ir Pascual a Sevilla para llevarle las cuentas. Al despedirse para regresar al pueblo, le dijo

—Conque, señor, ¿se ha acordado su merced de su promesa

—¿Qué promesa? —repuso don Anacleto

—La que hizo a la tía Ana de inquirir en el Juzgado si, alguna luz había habido sobre la muerte de Juan Isidro Alfaro y su hijo

—¿Hablas con formalidad, Pascual

—¿Por qué me hace su merced esa pregunta

—Porque parece chacota el suponer que una vieja que está maníaca me hiciese a mí, con toda mi formalidad, ir a preguntar en los tribunales por unos tíos cualesquiera, de quienes no se sabe hace más de veinte años ni, se sabrá nunca

—Eso está por ver, señor, que dice la tía Ana, y dice bien, que aunque malicia obscurezca verdad, no la puede apagar

—Parece que la tía esa te ha pegado su chochera —repuso don Anacleto—. Anda, Pascual, dile si la encuentras con vida, que sí la encontrarás, porque los que no sirven más que de estorbo no se mueren nunca..

—Eso es porque Dios, a los que tienen esas vidas arrastradas e infelices, no se las quita, para que tantos padeceres y trabajos les sirvan de provecho, y la paciencia con que los lleven, de mérito para la vida eterna —dijo el capataz

—Erraste la vocación, Pascual —repuso su amo—; debías ser cura, pues eres más místico que los santos padres, y sabes más textos de la Escritura que un predicador

—¡Qué, señor! ¡Si no sé más que la doctrina

—Pero la metes en todo como el tomate

—Señor, para eso se nos dio —contestó Pascual

—Pues bien; tú que eres místico, dile que para saber de su gente le pida a Dios que haga un milagro

—Así lo hará, señor —contestó Pascual a su antipático amo

Emprendió el capataz su viaje de vuelta, y al pasar por Mollares notó una extra efervescencia entre las gentes del pueblo. La causa que la motivaba era la siguiente

Habiendo salido del lugar aquella mañana una bandada de chiquillas, que con sus espuertas colgadas del brazo iban alegres a coger espárragos al cercano olivar, ufanas se diseminaron en él, pues abundante se les presentaba la cosecha, habiendo sido muchas y tempranas las aguas de otoño

—Tengo más de media espuerta llena —dijo a poco una de ellas—; al pie de aquel olivo cogí más de veinte

—Oye, ¿por qué crecen las esparragueras siempre al pie de los olivos? —preguntó otra

—Porque allí las siembran los pájaros que se posan en sus ramas

—¡Qué espilfarro! —opinó la mayor de todas

—¿Pues por qué es

—Porque los arados no pueden llegar tan a la vera de los olivos que los arranquen

—¡Si tú eres marisabidilla, que todo lo sabes! —opinó la primera que había emitido su opinión

—Para eso —respondió la otra— que tú no sabes nada sino menear la lengua para espotricar y las quijadas para engullir

—¡Acudid, acudid todas! —gritó de repente con azorada voz una de las chiquillas que a alguna distancia exploraba las espesas esparragueras que rodeaban el pie de un olivo—, ¡venid y veréis qué espanto

Las muchachas corrieron al sitio, y al desviar las ramas de las esparragueras, vieron con asombro salir de la tierra el dedo de un hombre, que, derecho e inmóvil, parecía señalar al cielo

Sobrecogidas y horrorizadas, soltaron las espuertas y se echaron a correr, llegando desaladas al pueblo; y llenas de terror y con los semblantes desencajados, llevaron cada cual a su casa la noticia de lo que habían visto

En breve se formaron corrillos en las calles, y todos se reunieron luego en casa del alcalde para participarle lo ocurrido y pedirle que fuese con la justicia a cerciorarse del hecho y averiguar su causa

El alcalde hizo avisar al escribano, al cirujano y al alguacil; convocó personas que sirviesen de testigos y trabajadores con azadas, y marchó, seguido de una porción de gentes del lugar, entre las que estaban las niñas para que indicasen el sitio en que habían visto aquel objeto de terror

En este momento llegaba Pascual al pueblo, y encaminándose la justicia y su séquito en la misma dirección que él llevaba, se agregó a ellos

Caminaron de prisa y llegaron en breve al indicado lugar, pudiendo todos convencerse de que las niñas habían dicho verdad. Negro, y como curtido por la intemperie, con la uña disformemente crecida, se veía salir de la tierra un dedo humano, como para señalar dónde yacía el cuerpo de que formaba parte

Un estremecimiento de horror, mezclado de lástima, de interés y de grave y ansiosa curiosidad fue sentido por los concurrentes, que, tuvieron la lúgubre convicción de que al pie de aquel olivo se ocultaba un criminal misterio, y el solemne presentimiento, de que se preparaba un juicio de Dios severo y patente

El alcalde mandó que en el acto se apartase la tierra para que fuese descubierto lo que pudiese ocultar

Cumplida esta disposición, presentose a la vista de todos un esqueleto, a cuya descarnada mano derecha estaba adherido el dedo, que, secado y curtido por el viento y por el sol, había quedado en estado de momia, con la extraña circunstancia de haber seguido creciendo la uña después de la muerte. A su lado se halló otro esqueleto de las mismas dimensiones que el primero

Un hosco silencio reinó por algunos segundos; entonces las mujeres entonaron unánimes la oración por los difuntos, a la que, descubriendo sus cabezas, se unieron en honda voz los hombres

El respeto es la cosa que con la castidad asemeja más el hombre a los ángeles; pero cuando ante una tumba se unen el respeto a lo divino y el respeto a lo humano, alcanza éste su sublime apogeo, y sobre cada descubierta cabeza y sobre las cruzadas manos desciende, a no dudarlo, una paterna, y complacida mirada del que crió a los hombres, no para que hiciesen de la tierra un paraíso, sino para merecer el eterno

—Señor alcalde —dijo el cirujano, que fue el primero que habló—, el estado de estos esqueletos indica que pasa de veinte años el tiempo transcurrido desde que dejaron de pertenecer a cuerpos con vida

—¡Jesús! ¡Jesús! —exclamaron las mujeres—; ¡más de veinte años que los cuerpos de dos cristianos no descansan en tierra santa

—Visto se está, señores —dijo una anciana—, que aquí ha habido una gran maldad oculta, hasta que Dios se cansó de no verla castigada, y envió a estas inocentes para que, por medio de ellas, fuese descubierta

—¡Juicio de Dios! ¡El dedo de Dios! —exclamaron todos

—Descubiertos han sido unos esqueletos; pero nada más, tía María —dijo el cirujano—. ¿Quién sabe si son del tiempo de los franceses de Napoleón, y no hay ni semejante maldad ni semejante misterio

—Esta gente —añadió el escribano— siempre quiere hacer de cada cosa un romance o un milagro. Este descubrimiento, ya lo verán ustedes, es meramente una casualidad

—Es que hay casualidades que parecen providencias —repuso una de las mujeres

—Francés de Napoleón no ha sido éste —dijo uno de los hombres que apartaban la tierra—, porque aquéllos no gastaban marsellés

Y esto diciendo, alzó de la fosa una chaqueta de las así denominadas, que estaba medio deshecha

—¿Un marsellés? —dijo el alcalde al mirarlo—; verdad es, y así está claro que su dueño fue español, y de la tierra nuestra

—Muy deshecho está —observó el que tenía el marsellés en la mano—; pero la faltriquera, que es de lienzo, se conserva entera; y mire su merced, señor alcalde, dentro tiene un papel

—A verlo —exclamó el alcalde alargando la mano; y cogiendo el papel, lo desdobló, añadiendo—: Es una carta de seguridad como entonces se llevaban. Señor escribano, léala usted, que necesariamente traerá el nombre de su dueño

Y así diciendo, se la entregó al interpelado, a quien todos rodearon ansiosos

Pero apenas hubo aquél echado la vista sobre la carta, cuando exhaló su pecho un gemido parecido a un rugido, giró alrededor de sí sus desencajados ojos, se echó hacia atrás y cayó al suelo desplomado

—¿Qué es eso? ¿Qué ha visto? —exclamaron todos con asombro

El alcalde, que se había apresurado a recoger el papel, leyó en alta voz

«Carta de seguridad a favor de Juan Isidro Alfaro»

—Jesús María! —exclamó Pascual—; ¡ese es el arriero de mi pueblo que desapareció con su hijo hace más de veinte años

—Visto se está que él y su hijo deben haber sido muertos aquí, y aquí mismo enterrados —opinó el alcalde

—Se debe inferir —añadió el cirujano— que aquí se ocultaba un crimen que hoy arroja de su seno la tierra

—¡Y decía el escribano —exclamaron las mujeres— que en todo veíamos milagros de Dios! ¿Qué dirá ahora

—Lo que hay que hacer ahora es llevar este hombre a su casa, señor alcalde —dijo el cirujano, señalando al accidentado escribano—; no lo creía yo hombre de tan poco espíritu

—No es poco espíritu, es otro juicio de Dios para castigarlo de no creer en ellos —repuso una mujer

—Puede, puede que sea eso —añadió pensativo y preocupado el alcalde—. Señor —añadió dirigiéndose a Pascual—, haga usted el favor de ayudar aquí y prestar su mulo para llevar sobre él a este hombre al pueblo... ¿Pero qué hace usted ahí? —prosiguió viendo que aquél a quien se habían dirigido cortaba y pulía dos desiguales trozos de una rama de olivo

—Una cruz, señor —respondió Pascual—; y no me iré sin haberla dejado clavada en este olivo, para que reclame en favor de estos infelices las preces y sufragios de que por tanto tiempo han carecido sus almas.

XII

El escribano fue llevado a su casa, recibiendo en seguida la asistencia que reclamaba su enfado; pero apenas recuperado de su accidente, fue acometido de una violenta calentura con delirio, en el cual se estremecía, sin dejar de repetir

—¡Yo, no! Yo no he sido! ¡Mis manos están limpias de sangre! ¡Juan Cano y José Salas han sido! ¡Ellos, ellos, que yo no

Estas palabras, que a gritos repetía, fueron recogidas por las personas presentes, las que se vieron precisadas a testificarlo en la causa que sobre el descubrimiento de los dos esqueletos enterrados en el olivar al momento se instruyó

Sin demora y con sigilo fueron aprehendidos los que en su delirio nombró el escribano, cuyos nombres eran ya conocidos en los tribunales. Cual si todo en este desenlace lo guiase a las claras la mano potente de la Providencia para que patentizase un hecho sepultado en el misterio, en el olvido, en la impunidad, estos hombres, al saber que era el escribano la causa de su arresto, sin la circunstancia que se les ocultó de ser involuntaria su delación, declararon a su vez toda la verdad, manifestando cómo por un deseo de venganza habían sido inducidos por el escribano a perpetrar el crimen

Incomunicados los reos, hallados conformes en sus respectivas declaraciones, hasta en los más mínimos pormenores, y unido a esto las de otros arrieros, que declararon recordar que por aquel mismo tiempo habían tenido Juan Isidro Alfaro y su hijo palabras y desavenencias con el escribano por una tarifa arbitrariamente impuesta por éste, la convicción del crimen y de sus causas quedó patente ante los ojos de los jueces. Así fue que en breve se substanció la causa, recayendo pena de muerte para los asesinos, y de cadena perpetua, después de presenciar con argolla la justicia de sus cómplices, para el escribano

La pobre mendiga apenas empezaba a convalecer, cuando llegó a su conocimiento haber sido hallados los restos de su marido y de su hijo, vilmente asesinados en la espesura de un olivar

Veinte años de angustia y de temores no habían preparado bastante todavía aquel amante corazón de esposa y madre a recibir la infausta nueva de tamaña desgracia, que la sobrecogió y llenó de amargo desconsuelo, como lo habría hecho el mismo día en que aconteció

El ser moral del hombre tiene una aptitud inmensa para el sufrimiento, así como para soportarlo tiene su ser físico no menor resistencia, por lo cual la pobre anciana, que todos comparaban a una pavesa, no murió, no tuvo recaída, sino que, al contrario, parecía haberla vigorizado el dolor para hacerla sufrir más; ¿o era acaso que Dios la conservaba por tenerla destinada a ulteriores miras

Todo lo providencial que había en el hallazgo de los esqueletos y en el descubrimiento del crimen y sus autores excitó de nuevo y con más intensidad el latente interés de todos los convecinos de la infeliz anciana. Viose sin cesar rodeada de buenas, rectas y compasivas almas, que la prodigaban a porfía expresivas muestras de compasión e interés, consolándola, llorando con ella y demostrando con energía su profunda indignación por tan cruel e inaudito delito, hijo de una vil e injusta venganza

Un día, varios vecinos se habían reunido con este objeto a su lado en su miserable vivienda

—Se creían quizás esos malvados —decían con esa energía y esa vehemencia que en su modo de sentir y expresarse tiene el pueblo, hijas de su caliente corazón—, se creían libres y seguros porque estaba oculto su delito; pero se habían olvidado de que Dios consiente, mas no para siempre

—¡Y pensar —exclamaba la una— que esos perversos, reteperversos, han visto las lágrimas y la miseria de usted, tía Ana, durante veinte años, y se han quedado tan frescos y como si tal cosa! ¡Si esto clamaba al cielo, y el cielo lo oyó

—¡Si con cien vidas que tuviese no pagaban! —opinaba otra

—Hasta el día que los vea sentados en el banquillo —añadía un hombre— no creeré yo que hay justicia en este mundo

—Pues no tardarán en estarlo, que la causa va viva —dijo Pascual, que se hallaba presente—; y asina había de suceder siempre, y no dormirse los jueces, como suele acontecer; bastante tiempo han andado esos villanos libres y olvidados de que Dios puede más que el diablo

En este momento entró en el miserable albergue de la desconsolada anciana el cura, acompañado de otro sujeto, y después de saludar a la mendiga, le habló en estos términos

—Tía Ana: sabido es que por las benignas y cristianas leyes de España influye en el rigor del castigo de los delincuentes el perdón de los ofendidos, esto es, de las personas más allegadas a las víctimas de los crímenes cometidos por aquéllos. No parece sino que los religiosos legisladores que las hicieron quisieron a un tiempo dar ocasión a los unos de hacer una obra de piedad insigne, y procurar a los otros un alivio en su pena que la justicia no podía concederles sin faltarse a sí misma. ¡Qué magníficas, qué nobles, qué generosas son las instituciones humanas, en cuyo establecimiento ha predominado el espíritu religioso en toda su calma y en toda su pureza! Este señor que me acompaña ha llegado a mi casa para que con él viniese a la de usted, con objeto de preguntarle si como buena cristiana, que gracias a Dios es usted, perdona a los que dieron muerte a su marido e hijo y a quien los indujo a ello

—Sí, señor —contestó sin detenerse, sencillamente, sin esfuerzo, como sin ostentación, la afligida anciana

Ninguno de los que estaban presentes, ni aun los que antes con más vehemencia clamaban contra los culpables extrañaron, contrarrestaron ni menos motejaron la respuesta dada por la buena cristiana

El perdón para el católico pueblo español es, no solamente una cosa moral, generosa, noble y debida: es una cosa sagrada. Habrá quizás, arrastrado por la pasión, quien no lo ejerza pero nadie que por tal no lo tenga

—De manera —dijo, el que venía con el cura— ¿que no tendrá usted dificultad en ratificar ante los tribunales el perdón que dice usted al señor cura que otorga

—No, señor —contestó la interrogada

—Tía Ana —dijo el cura—, ofrezca usted a Dios el perdón que concede en sufragio por las almas de los que llora; más les aprovechará que el castigo y última pena que sin él sufrirían los reos

Al día siguiente era conducida la pobre mendiga en una buena mula, con todo miramiento y cuidado, a Sevilla, e introducida en el palacio de la Audiencia

Después de exigirla el juramento, viendo el juez que la anciana no podía sostenerse en pie, tales eran su debilidad, su cansancio y su conmoción, mandó que se trajese una silla, sobre la que cayó, la infeliz desplomada

Preguntole el juez solemnemente

—Señora, como agraviada, ¿perdona usted a Juan Cano y a José Salas, asesinos convictos y confesos de su hijo y marido, y al escribano N. N., convicto de haberlos inducido a cometer el delito

—Sí, señor —contestó conmovida y hecha un mar de lágrimas la infeliz anciana

Entonces, y mientras se estampaba este perdón en la causa, perdón que libraba la vida a los dos asesinos, conmutando esta pena en la inmediata de presidio perpetuo, y al escribano de la ignominia de presenciar con la argolla al cuello este suplicio, el sujeto que había ido el día antes con el cura a la casa de la anciana, y que era próximo pariente del escribano, se acercó a ella, y excitado por la satisfacción de ver a su familia libre de la última infamia, la dijo

—Señora, no tema usted ya por su porvenir, que, como es justo, corre de nuestra cuenta, y a fe que de aquí en adelante no pedirá usted más limosna, pues recibirá el pago del bien que a otros ha hecho

Pero todos los presentes fijaron sus sorprendidas miradas en aquella miserable, agobiada y anonadada pordiosera, al ver que, levantándose derecha y erguida, alzaba su inclinada cabeza, y que recobrando sus amortiguados ojos toda la vida y animación perdidas, los fijó en el que había hablado con una mirada en que ardían el más arrogante desdén y la más noble indignación, exclamando

—¡¡¡PAGO!!! ¡ESO, NO! YO NO VENDO LA SANGRE DE MI HIJO...

XIII

Pasadas unas semanas que tuvo precisión de permanecer en Sevilla, regresó don Anacleto a su hacienda

—Señor —le dijo el capataz el primer día de su llegada—, sepa su merced que no he encontrado quien me haga los mandados de balde o por un pedazo de pan, como los hacía la pobre tía Ana; todos quieren que se les pague su trabajo con dinero

—Pues y la tía Ana, ¿por qué no los hace? —preguntó don Anacleto

—No puede hacerlos: la infeliz está postrada, y no se puede mover ni aun para salir a pedir limosna; bien pudiera su merced socorrer esta necesidad, que es de las mayores que se ven

—¡Yo!... —exclamó indignado don Anacleto—. ¿Yo había de cometer la necedad de socorrer una necesidad voluntaria, que puede tener alivio y l

rechaza? ¡Pues ya

Pascual miró con asombro a su amo, y por la primera vez en su vida no halló réplica

—No estimulo soberbias —prosiguió don Anacleto— ni paso la plaza de tonto

—¡Soberbia! —exclamó Pascual—; ¡señor, si la tía Ana es más humilde que la tierra!..

—Pues si no lo es rehusar el socorro que le ofrecen los que causaron su daño y tienen obligación de prestárselo, será rencor

—¡Señor! —exclamó Pascual—, si a la tía Ana, visto se ha estado, le rebosa el perdón en el corazón como a la reina

—Pues será por tontería —opinó don Anacleto

—No es, y mucho le falta para ser tonta a la tía Ana —dijo Pascual

—¿Pues qué es ese aferramiento en no querer tomar lo que le dan aquéllos que deben hacerlo, me querrás decir

—Es nobleza, señor —contestó Pascual en voz grave y con la dignidad del que tiene y comprende la nobleza de alma

—Por vida del diablo tonto (que también los hay) —exclamó don Anacleto—; pues si le ha dado la chochez por ahí, que perezca de puro noble

—No perecerá —replicó el capataz—; hasta hoy no le ha faltado el pan, ni le faltará hasta su muerte, que somos muchos en el pueblo que, aunque pobres, si antes le dábamos como uno, ahora le damos como dos, con el fin de que el perdón que otorgó tan sólo por caridad cristiana lo lleve a la gloria puro y santo como lo concedió.

Epílogo

Hemos dicho al principio de este relato que buscábamos la nobleza, y no por haberla hallado entre los harapos de una mendiga hemos de dejar de ponerla, con veneración y entusiasmo, a la luz del día

El Cristianismo, no sólo enseña e inculca lo bueno y lo santo, sino también lo bello y lo elevado

Los soberbios aspiran en vano a la nobleza, que no se puede amalgamar con el vicio, que de todos es el más descarado y despótico. Los humildes la tienen, sin buscarla, practicando las virtudes cristianas


Publicado el 2 de enero de 2019 por Edu Robsy.
Leído 1 vez.