Noticia preliminar
En el número de la revista «Otetschesvennia Zapisti» correspondiente al mes de marzo de 1846, la primera autoridad literaria de Rusia, el gran crítico Bielinski, proclamaba con el mayor entusiasmo la aparición de una nueva estrella en el cielo de la literatura rusa y saluba al joven poeta que tan dulces notas sabía arrancar a su lira para recreo y consuelo de los humildes. Dostoiewski acababa de revelarse con su primera novela «Las Pobres Gentes» empezando una carrera llena de adversidades que su genio de titán había de convertir en gloria.
Gustosos daríamos aquí una biografía, siquiera fuese concisa del Dostoiewski inédito, hasta los veinticinco años de su existencia; pero como el público de habla castellana está exigiendo con urgencia un «Dostoiewski» cabal, que no puede negársele por mucho tiempo, nos ceñiremos a las breves noticias directamente relacionadas con la publicación de su primer libro.
Entre los recuerdos que de él dejaron escritos sus amigos, ninguno podría interesarnos tanto como el que hallamos en las memorias de su compañero de vivienda D: V. Grigorovitch.
«Cuando nos instalamos—escribe—, Dostoiewski trabajaba en la traducción de «Eugénie Grandet», de Balzac, nuestro autor predilecto. Los dos lo teníamos por el más importante de los escritores franceses. No sé cómo, logró que le publicasen la traducción en la «Biblioteca de los Amantes del Libro», pero recuerdo el disgusto que tuvo al ver que el editor le había escamoteado una tercera parte de la novela...
«Mi entusiasmo por Dostoiewski fué la causa de que Bielinski no produjese una impresión muy distinta de lo que esperaba. Mucho antes de mi visita al crítico, estaba radiante de alegría y ya tenía preparadas las frases con que le expresarla mi admiración a Balzac. Pero, apenas le dije que mi amigo y compañero de vivienda, Dostoiewki—a quien aun no conocía Bielenski ni de nombre—, había traducido «Engénie Grandet», el crítico trató a nuestro ídolo de la manera más terrible, llamándole escritor de la burguesía, diciendo que en todas las páginas de aquella novela había alguna falta de buen gusto. Me dejó tan desconcertado esta salida, que olvidé el hermoso discurso que me había embotellado y sin duda me tomó por un necio que no sabe defender su opinión.
«Por entonces, Dostoiewki se pasaba los días y algunas noches sentado a su mesa. Nunca hablaba de su trabajo, me contestaba de mala gana y ahorrando palabras; dejé de preguntarle, pero veía que iba amontonando cuartillas con aquella letra peculiar suya... Una mañana me llamó a su cuarto. Estaba sentado en el diván que le servía de cama, ante una mesita en la que había un abultado manuscrito.
—«Siéntate aquí un rato, Grigorovitch; ayer mismo acabé de corregir esto y deseo leértelo; pero no me interrumpas—me dijo con extraordinaria vivacidad.
«La obra que me leyó de un tirón, sin descansar un momento, apareció luego impresa con el título de «Las Pobres Gentes».
«Siempre había tenido una elevada opinión de Dostoiewski. Su vasta erudición literaria, su claro criterio y la seriedad de su carácter, me impresionaban, y muchas veces me había preguntado cómo, mientras yo había escrito y publicado tanto, que ya merecía el nombre de literato, Dostoiewski no se había destacado aun. Pero desde las primeras cuartillas de «Las Pobres Gentes» comprendí que aquella obra era incomparablemente mejor que todo lo que había yo escrito hasta entonces, y este convencimiento aumentaba a medida que él leía. Yo estaba admirado y muchas veces me le hubiera echado al cuello, si no hubiese sabido cómo detestaba él estas efusiones. Pero no me era posible permanecer callado y a cada momento le interrumpía con exclamaciones de gozo.
«Las consecuencias de esta lectura son bien conocidas. El mismo Dostoiewski ha contado en su diario cómo le arrebaté el manuscrito y se lo llevé inmediatamente a Nekrassov. Yo mismo se lo leí en voz alta. Al final de la obra, cuando el viejo Dyevushkin se despide de Varinka, no pude más y rompí en sollozos. Vi que Nekrassov también lloraba. Entonces le insinué que un acto generoso no había de diferirse y fue a pesar de lo inoportuno de la hora, debía acompañarme a dar cuenta del éxito a Dostoiewski y hablarle ya de las condiciones en que publicaría la obra en su revista.
«Nekrassov estaba también muy emocionado. Accedió y fuimos a ver a Dostoiewski.
«He de confesar que obré con imprudencia; conociendo el carácter, la delicada sensibilidad, la timidez y reserva de mi compañero, debí habérselo contado todo al día siguiente, en vez de despertarlo a media noche; y menos, llevándole la visita de un desconocido.
«Dostoiewski mismo nos abrió la puerta y, al verme con un forastero, se mostró muy encogido y, en largo rato, no supo que contestar a los elogios de Nekrassov. Cuando éste se hubo marchado, temí que Dostoiewski se me quejaría; más limitóse a encerrarse en su cuarto y por largo rato oí cómo se paseaba, excitado».
Más tarde, Nekrassov dió a conocer el manuscrito a Bielinski y éste deseó conocer al joven escritor, Dostoiewski entró temblando de emoción al despacho del crítico, quién lo recibió con un aire severo diciéndole: «¿Sabe usted lo que ha escrito, joven? ¡No, no lo sabe! Aun no puede comprenderlo».
Dostoiewski se presentó al mundo literario con una obra maestra que, publicada en el Almanaque Petersburgués, fué acogida con extraordinario interés, mereciendo los honores de la discusión que suscitan las novedades en que palpita el genio. Se dividieron las opiniones sin otro resultado que aumentar el número de lectores de «Las Pobres Gentes», y de la impresión que esto produjo en el esforzado autor, tenemos su propio testimonio en la carta que escribió a su hermano Miguel, el mes de febrero:
«¡Si supieras la severidad con que tratan mi libro! El artículo que le dedica la «Ilustración» es toda una diatriva; el de «La Abeja del Norte» es algo increíble; pero siempre me queda el pensar cómo fué recibido Gogol por la crítica, y ya sabemos las cosas que se escribieron de Pushkin. Hasta el público está enfurecido: las tres cuartas partes de mis lectores me insultan y una cuarta parte o menos me elogian sin medida. Mi libro es objeto de discusiones interminables. Discuten, discuten, discuten, pero lo leen. Lo mismo sucedía con Gogol. Lo criticaban mucho, pero lo leían, y ahora, todas las críticas acerbas se han convertido en alabanzas. Se han echado sobre mi libro como perros sobre un hueso duro. ¡Deja que se lo disputen, los necios! que no harán más que contribuir a mi fama. La nota de «La Abeja del Norte» es una vergüenza para su crítico. Es una estupidez increíble. ¡Pero los elogios que me ha valido también! Figúrate que los nuestros y el mismo Bielinski. opinan qua he superado a Gogol. En la «Biblioteca de los Amantes del Libro», donde ejerce de crítico Nikitenko, saldrá un extenso artículo a favor de «Las Pobres Gentes». Bielinski echará al vuelo las campanas el mes que viene. Odoyevski dedica todo su artículo a la novela; mi amigo Sollgub, lo mismo. Estoy en la gloria, hermano...»
Luego, refiriéndose al público, dice que las masas tienen buen instinto, pero carecen de gusto. «No comprenden que uno escriba como yo lo hago. Están acostumbradas a verse tratadas según el capricho y los gustos del autor. Yo he decidido no ostentar los míos. No quieren percatarse de que tal o cual punto de vista es de Dyevushkin y no mío, y que él no sabe expresarse de otra manera. Encuentran la obra demasiado difusa, y eso que no hay ni una palabra supérflua. Muchos, como Sielinski, creen muy original mi manera de praceder por análisis, más bien que por síntesis; es decir, me meto a fondo, trazo los rasgos particulares y con ellos construyo el todo. Gogol siempre trabaja a grandes rasgos, y por eso no llega tan hondo como yo».
Adrede hemos transcrito esta justificación de Dostoiewski sobre su estilo, que nos evita el rubor de una advertencia a los lectores de la presente traducción, ante el temor de que la fidelidad misma de nuestro trabajo pueda acarrearnos censuras demasiado severas. Y hay que tener en cuenta que Dostoiewski no sólo modificó una vez radicalmente el original, sino que luego volvió a corregirlo, quitando y añadiendo, puliéndolo, según leemos en su correspondencia, para comprender que el lenguaje incoherente y deshilvanado de esta obra responde a una intención premeditada: Dyevushkin no sabe expresarse de otra manera».
Por piedad dejamos a Dostoiewski en «su gloria».
Callemos los atroces tormentos a que le llevó su casi inmediata rotura con Bielinski y con Turguenev, con gran detrimento para su segunda y admirable novela «El Doble» , y que motivó su total ausencia de los círculos literarios. Concedamos que fué su falta de flexibilidad moral y su «envanecimiento» lo que indujo a sus mejores amigos a discutirle la originalidad de «Las Pobres Gentes» y en la que ya no quisieron ver más que la influencia de Gogol. Pero pensemos que esta primera novela contiene ya el germem de «Humillados y Ofendidos», de «Crimen y Castigo», de «Los Hermanos Karamazov»; creaciones titánicas que rechazan toda «influencia» y dejan para nosotros sin sentido el «envanecimiento» que atribuyeron sus contemporáneos a quien podía presentirlas ya entonces en un anhelo vago y doloroso de lejana paternidad.
A. Nadal.
Las pobres gentes
¡Ah! ¡Esos novelistas! Si al menos escribiesen algo útil, agradable, consolador... ¡pero descubren todo lo que hubiera de permanecer oculto!... ¡Yo les prohibiría escribir! Porque es incalificable: lee uno... y, aunque no quiera, empieza a pensar, y entonces, toda clase de tonterías le pasan por la cabeza. Ciertamente, les prohibiría escribir, se lo prohibiría en absoluto.
Príncipe V. F. Odoevski
8 de abril
Mi inapreciable Varvara Alexyevna:
¡Ayer me sentí feliz, inmensamente feliz, feliz a más no poder! Por fin, mujer tozuda, me obedeciste una vez en la vida. A las ocho de la tarde me desperté — ya sabes, madrecita, que me gusta dormir una o dos horas al volver del trabajo. Encendí una vela, cogí papel, y estaba cambiando la pluma cuando se me ocurrió levantar los ojos y... ¡palabra! ¡el corazón empezó a brincarme de alegría! ¡Adivinabas mi voluntad, mis más íntimos deseos! Vi la cortina de tu ventana levantada ligeramente y sujeta por una punta en el tiesto de balsamina, precisamente como te insinué el otro día. Y entonces me pareció que veía un destello de tu carita en la ventana, que me mirabas desde tu cuarto, que pensabas en mí. ¡Y qué pena me produjo, querida, no poder distinguir bien tu linda carita! Años atrás, también nosotros veíamos claro, hija mía. ¡La vejez es una broma bastante pesada, mi vida! Ahora todo se ofrece borroso a mi vista y, si trabajo un poco de noche, si escribo algo, me levanto con ojos tan encarnados y tan húmedos, que hasta me avergüenzo ante gente extraña. Con todo, angelito mío, imaginé que brillaba tu sonrisa, tu buena y afable sonrisita, y sentí en mi alma el mismo gozo que cuando te di un beso. ¿Te acuerdas Varinka, angelito? ¿Sabes, amor mío, que hasta se me figuró que me saludabas con la mano? ¿Es verdad, pícamela? No dejes de explicármelo todo minuciosamente en tu carta.
A ver: ¿Qué te parece la idea concerniente a tu cortina, Varinka? ¿No es deliciosa? Tanto si trabajo, como si me duermo o estoy despierto, sé que estás allí pensando en mí, que te acuerdas de mí, que sigues bien de salud y alegría. Si dejas caer la cortina, quiere decir: «¡Adiós, Makar Alexyevitch, ya es hora de acostarse!» Si la levantas: «Buenos días, Makar Alexyevitch, ¿cómo ha dormido usted? o ¿está usted bien, Makar Alexyevitch? ¡Yo, gracias a Dios, estoy perfectamente!» ¿Has visto, querida, qué idea tan feliz? ¡Ni necesitamos escribirnos! ¿Es ingenioso, eh? Y ya sabes que se me ocurrió a mí la ideita. ¿Qué me dices ahora, Varvara Alexyevna?
Ardo en deseos de comunicarte, mi querida Varvara Alexyevna que, contra lo que temía, he dormido esta noche magníficamente, de lo que estoy muy satisfecho, pues en una habitación nueva no es fácil dormir la primera noche, porque siempre le parece a uno que le falta algo.
Esta mañana me levanté alegre como una calandria. ¡Qué día tan hermoso, amor mío! El sol entraba a raudales por mi ventana abierta, gorjeaban los pájaros, el aire se impregnaba de bálsamos primaverales y toda la naturaleza parecía renacer; es que todo lo demás se armonizaba en una misma manifestación, digna de la primavera. Hasta he tenido sueños agradables, y todos se relacionaban contigo, Varinka. Te comparaba con un ave del cielo creada para delicia de los hombres y ornamento de la natura. Entonces, Varinka, pensaba que los hombres que vivimos entre preocupaciones e inquietudes, debíamos envidiar la felicidad tranquila y despreocupada de los pájaros del aire, y otras cosas por el estilo; es decir, que di rienda suelta a mi imaginación. Tengo un libro, Varinka, en que están los mismos pensamientos, muy bien explicados. Te digo esto, amor mío, porque ya sabes que se tienen sueños de todas clases, y ahora que estamos en primavera, se le acuden a uno las ideas más agradables, se sueñan las cosas más graciosas, más tiernas, más divertidas, y todo es de color de rosa. Por eso te escribo todo esto, aunque, a decir verdad, lo he sacado todo del libro, El autor expresa el mismo deseo cuando dice en verso:
«¡Por qué no seré un pájaro,
un pájaro de presa!»
Etcétera, etcétera. Hay en él toda clase de pensamientos, pero no nos importa eso por ahora. ¡Ah! ¿Dónde ibas esta mañana, Varvara Alexyevna? Antes de arreglarme para ir a la oficina, has salido volando de tu cuarto como un pájaro del cielo y has cruzado el patio, llena de alegría. ¡Qué gozo he tenido al verte! ¡Ay, Varinka, Varinka!... No has de estar triste; las lágrimas no remedian la desgracia; lo sé, querida, lo sé por experiencia. Ahora estás tranquila y vas ganando fuerzas.
Bueno, ¿y cómo está tu Federa? ¡Qué mujer tan bondadosa! Escríbeme, Variaba, y dime cómo os lleváis y si estás del todo satisfecha. Fedora es un poco gruñona, peco no has de hacer caso, Varinka. ¡Dios la bendiga! ¡Tiene tan buen corazón! Ya te escribí algo de mi Teresa, que también es buena y digna de confianza. ¡Si supieras lo inquieto que estaba por nuestra correspondencia! ¿Cómo recibiríamos las cartas? Y he aquí que Dios nos envía a Teresa para hacernos felices. Es una mujer afable, dócil y sufrida. Pero la patrona es una desalmada y la mata a fuerza de trabajo.
¡Si vieras en qué agujero me he metido, Varvara Alexyevna! ¡Vaya un alojamiento! Ya sabes que vivía como el pez en el agua, en un ambiente tan callado y tranquilo, que podía oírse el vuelo de una mosca por mi cuarto. ¡Aquí todo es ruido, vocerío y alboroto! Pero aun no sabes cómo está esto. Imagínate un pasillo muy largo, completamente oscuro y muy sucio. A mano derecha, una pared lisa; a la izquierda, una serie de puertas, como en un hotel, todas en fila. Pues bien, a cada puerta corresponde una habitación, y en cada una viven dos o tres personas. Imposible esperar orden… ¡esto es un arca de Noé! Por otra parte, parecen todos gente buena, bien educada e instruida. Entre ellos hay un empleado, un hombre muy culto — está no sé en qué departamento de literatura—; habla de Homero y de Brambeus y de toda clase de autores; habla de todo. ¡Un hombre inteligentísimo! Hay también dos oficiales que no hacen más que jugar a la baraja. Hay un marino y un profesor inglés.
Espera y verás como te diviertes, hija mía, cuando, como me propongo, te los describa de un modo satírico en mi próxima carta; es decir, que te los pintaré tal como son. Nuestra patrona es una vieja sórdida que se pasa todo el día en zapatillas y en bata, molestando a Teresa. Yo vivo en la cocina, o mejor dicho, para ser más exacto: junto a la cocina hay un cuarto (y debo decirte que la cocina es limpia, clara y muy bonita), un cuarto pequeño, un rincón modesto... o quizá me exprese mejor diciendo que la cocina es una pieza grande, de tres ventanas y yo ocupo un departamento a lo largo de la pared interior, que hace como una habitación supletoria, y resulta muy cómoda, con ventana y todo; en fin, con toda comodidad, Y aquí tienes mi escondrijo. No vayas a figurarte, hija mía, que encierra esto algún misterio ni nada extraordinario. «¡Vive en la cocina!», dirás. Bueno; si quieres, vivo realmente en la cocina, separado por un tabique, pero eso nada significa; estoy recogido, independiente, tranquilo y cómodo. He puesto una cama, una mesa, una cómoda y un par de sillas, y he colgado el icón. Sin duda encontraría mejor alojamiento, sé que los hay mucho mejores; pero lo que importa es la comodidad. Si he optado por éste, es porque me conviene; no vayas a pensar que por otra cosa. Tu ventanita cae enfrente, sobre el patio, que es pequeño y deja ver destellos de tu paso... y esto es más alegre para un pobre solitario como yo, y además resulta más barato. La habitación más económica, con comida, cuesta treinta y cinco rublos papel, fuera de mi alcance; mi alojamiento me cuesta siete rublos papel y la comida, cinco en plata, que hacen veinticuatro y medio. Antes pagaba treinta y había de privarme de muchas cosas. No siempre podía tomar té, mientras que ahora aun me queda pata té y azúcar. Y mira, bien mío, uno llega a sentirse avergonzado si no toma té; entre esta gente acomodada, se avergüenza uno. Hay que tomarlo, Varinka, por consideración a los otros, por el qué dirán; pues, por mí, nada me importaría: no soy exigente. Hay que pensar en llevar algún dinero encima, en comprar botas y vestido... ¿qué me quedaría? No cuento más que con mi sueldo. Estoy satisfecho y no me quejo. Es suficiente. Durante muchos años ha sido suficiente. También hay gratificaciones.
Bueno, adiós, ángel mío. He comprado un par de tiestos de balsamina y de geranios, muy baratos, pero, ¿acaso te hubieran gustado de reseda? También los hay, ya me lo dirás, y cuando me escribas, cuéntamelo todo lo más minuciosamente posible. Sobre todo, no pienses nada ni tengas la menor duda porque haya tomado este cuarto, Varinka; lo hice por mi propia conveniencia, y sólo me tentó la idea de las ventajas que ofrecía para mí. Ahora tendré dinero, amor mío, ahorraré: ya tengo algunos ahorrillos. No te figures que soy tan poca cosa que una mosca me pueda derribar de un aletazo. No, vida mía, no soy tan bobalicón: poseo la fuerza de voluntad de los hombres de alma resuelta y tranquila. ¡Adiós, ángel mío! He llenado casi las dos hojas y ya debía estar hace rato en la oficina. Beso tus dedos, alma mía, y quedo
tu humilde servidor y fiel amigo,
Makar Dyevushkin
P. S. — Una cosa te pido: que me escribas lo más extensamente posible, ángel mío. Te mando con la presente una libra de dulces, Varinka. Cómetelos y que te hagan buen provecho; pero, ¡por Dios! no te enfades conmigo ni me armes un escándalo. Bueno, adiós, preciosa.
8 de abril
Querido señor Makar Alexyevitch:
¿Sabe que tendré que acabar por reñir con usted? Le juro, querido Makar Alexyevitch, que me duele de veras aceptar sus obsequios. Sé lo que le cuestan y cómo se sacrifica, privándose de lo necesario. ¿Cuántas veces he de decirle que nada me hace falta, absolutamente nada, y que nunca podré corresponder a las finas intenciones de que me colma? ¿Por qué me manda estas flores? En cuanto a la balsamina, nada tengo que objetar; pero, ¿y los geranios? Porque dejo escapar una alusión a esta planta, sin siquiera fijarme, va y corre a comprarla. Y estoy segura que debió costarle mucho. ¡Qué flores más lindas! Encarnadas, con crucecitas. ¿De dónde ha sacado tan precioso geranio? Lo he colocado en el centro del alféizar, en el lugar más visible. Las otras flores, las ponemos en el suelo sobre un banquillo que estamos arreglando; ¡espere a que yo también sea rica, y verá! Fedora está radiante de alegría. Nuestra habitación parece una gloria, tan limpia, tan clara...
¿Y ahora, para qué estos dulces? Créame: al leer su carta, adiviné en seguida que no estaba usted en sus cabales... que la naturaleza, que la primavera, que los perfumes, que los pájaros gorjeantes... «¿Qué es esto?—pensé—. ¿No es poesía?» Porque su carta debía estar escrita en verso; ¡era lo único que le faltaba, Makar Alexyevitch! Habla de tiernos sentimientos y de sueños de color de rosa... ¡de todo! Respecto a la cortina, ni siquiera se me ocurrió la idea. Supongo que se engancharía por sí sola cuando puse los tiestos, y ahí tiene.
¡Ay, Makar Alexyevitch! Por más que diga, por más vueltas que dé a sus ingresos para engañarme, para probar que su dinero basta a cubrir todas sus necesidades, no logrará ocultarme la verdad. ¡Sí sabré yo que se priva por mí de lo necesario! ¿Qué le ha inducido a tomar semejante alojamiento, donde forzosamente han de molestarlo y ha de vivir estrecho e incómodo? Le gusta la soledad y Dios sabe lo que ahí encuentra. Con su paga, podía usted vivir mucho mejor. Dice Fedora que siempre ha vivido usted mucho mejor que ahora. ¿Cómo es creíble que se haya pasado la vida en completo aislamiento, entre privaciones, sin darse un gusto, sin oír la palabra cordial de un amigo, arrinconado entre personas extrañas? ¡Ah, querido amigo! ¡Qué pena me da! ¡Cuide, al menos, su salud, Malear Alexyevitch! Si tiene la vista débil, como dice, no ha de escribir a la luz de la vela. ¿Pata qué escribir? Sus jefes ya deben saber, sin eso, su celo por el trabajo.
Le suplico una vez más que no gaste dinero por mí. Ya sé que me quiere, pero no es usted rico... Hoy me he levantado también muy contenta. Fedora, que tiene trabajo desde hace tiempo, me lo ha proporcionado también. ¡Qué alegría! Sólo he salido a comprar seda y me he puesto a trabajar. Toda la mañana me he sentido dichosa, ¡y tan alegre! Mas ahora, ya vuelven a dominarme los negros pensamientos y la tristeza, y siento el corazón encogido de pesar.
¡Ah! ¿Qué será de mí? ¿Qué suerte me espera? Lo más doloroso es vivir en esta incertidumbre, sin perspectiva alguna por delante, sin poder conjeturar siquiera que va a ser de mí. Y si vuelvo la vista atrás, es espantoso. Al sólo recuerdo del pasado, se me rompe el corazón. No me queda más que sufrir toda la vida, por culpa de los malvados que me han perdido.
Empieza a oscurecer y el trabajo espera. Me hubiera gustado decirle muchas cosas, pero no tengo tiempo, porque he de ponerme a trabajar. He de apresurarme. Las cartas, desde luego, son una buena idea; al menos, distraen. ¿Pero por qué no viene a vernos nunca? ¿Por qué Makar Alexyevitch? Ahora que estamos tan cerca y usted tendrá tiempo... ¡Le ruego que venga! He visto a Teresa. Tiene aspecto de enferma. Me ha inspirado lástima y le he dado veinte kopecks. ¡Ah! Se me olvidaba: quiero que me dé noticias de su vida y de la gente que le rodea, lo más extensamente posible. ¿Qué clase de gente es y cómo se llevan con usted? Tengo sumo interés en saberlo. ¡No deje de escribirme! Hoy levantaré expresamente la cortina. Ha de acostarse pronto. Anoche vi luz en su cuarto hasta las doce. Bueno, adiós. Hoy me siento desdichada, pesarosa y triste. ¡Estoy pasando un día de prueba! Adiós.
Su
Varvara Dobroselov
8 de abril.
Querida señora Varvara Alexyevna:
¡Sí, querida amiga, sí, mi amor; se ve que hoy era un mal día para este pobre desgraciado! ¡Sí; te has burlado de un viejo como yo, Varvara Alexyevna! ¡Pero yo he tenido la culpa, sólo yo! A mi edad, sin pelo apenas en la cabeza, no debí lanzarme a tonterías líricas y a frases elegantes... Y diré más, hija mía: el hombre es a veces un ser raro, ¡y tan raro! ¡Válgame Dios! Se pone a hablar de cualquier cosa y ya no sabe por dónde anda. ¿Y qué resulta? ¿A dónde va a parar? Pues no resulta nada y se mete en líos que... ¡Dios me libre! No es que esté disgustado, Varinka; pero me molesta recordarlo, me duele haber escrito tanta majadería en tonos tan elevados. Me fui a la oficina engreído como un pavo; no cabía en mi pellejo de satisfacción; sin saber porqué ni cómo, mi alma se llenaba de alborozo y estaba radiante de alegría. Me puse a trabajar y... ¿en qué ha parado mi optimismo? Apenas pasé mi vista por la oficina, todo adquirió el aspecto de antes, su color gris y oscuro. Las mismas manchas de tinta, las mismas mesas y los mismos legajos; hasta yo era el mismo; seguía siendo el de siempre, sin que me hubiera servido de nada haber cabalgado sobre el Pegaso. ¿Y a Qué se debió esto? ¿A que el sol brillaba y el cielo estaba azul? ¿Pero cómo hablar de los bálsamos primaverales, si no pueden penetrar en el patio donde se hunden nuestras ventanas? Supongo que en mi locura lo habré imaginado todo. A veces se engañan los hombres en sus propios sentimientos y escriben necedades. Sólo puede derivarse de un corazón excesivamente fogoso y necio.
He vuelto a casa arrastrándome más que andando. Sin saber cómo, ha empezado a dolerme la cabeza, aunque a decir verdad, esto ha sido consecuencia de lo otro. (Se me habrá enfriado el espinazo). Entusiasmado con la primavera, como un tonto, he salido con un abrigo ligero. ¡Y te engañas respecto a mis sentimientos, querida!
Tomas en mal sentido mis efusiones, inspiradas en un afecto paternal, sólo en un puro afecto paternal, Varvara Alexyevna. Porque yo ocupo para ti el lugar de un padre en tu triste orfandad, y te lo digo desde el fondo del alma y con toda sinceridad, como un pariente. Aunque no nos une más que un parentesco lejano y como dice el refrán «faltan cien leños para que seamos de la misma rama», no por eso dejo de ser un pariente, ahora el más cercano, y un protector, puesto que no has hallado más que traición e injurias de quien tenías más derecho a esperar protección y ayuda. En cuanto a los versos, permite que te diga, amor mío, que, a mí edad, no estaría bien que los escribiese. ¡Son una tontería! En la escuela hasta se castiga a los chicos que hacen poesías... ya ves, hija mía...
¿Qué me escribes, Vara Alexyevna, de comodidad, de quietud y de todo lo demás? Yo no soy delicado ni exigente, alma mía. Nunca he vivido mejor que ahora. ¿Por qué me iba a dar ciertos gustos a mis años? Estoy bien alimentado, vestido y calzado y no tengo ninguna necesidad de satisfacer mis caprichos. ¿Acaso soy un príncipe? Mi padre no era noble, tenía familia y ganaba menos que yo. No he conocido nunca el lujoPero, si he de decirte la verdad, todo estaba mucho mejor en mi antiguo alojamiento; el cuarto era más grande y más cómodo, querida amiga. Claro que mí habitación actual es bonita, y es más alegre, según cómo, y hasta ofrece más variedad, si tú quieres; nada tengo que oponer, aunque eche de menos la antigua. Nosotros, los viejos, Ies tomamos apego a las cosas viejas, como si fueran algo consustancial a nosotros mismos. La habitación era pequeña, las paredes... ¿para qué decirlo?... las paredes eran como todas, poco importa; pero no puedo recordar nada del pasado sin sentir una cierta pesadumbre... ¡qué cosa tan. rara! A pesar de ser penosos los recuerdos, tienen un no sé qué de agradable. Hasta lo que era sucio, lo que me irritaba entonces, queda purificado en mi recuerdo y se ofrece a mí imaginación en un aspecto atrayente. Vivíamos en paz, Varinka, yo y mi vieja patrona, ya muerta. Ahora la recuerdo con un sentimiento de tristeza. Era una buena mujer y no me cobraba muy caro el alquiler. Se pasaba el día confeccionando alfombras de todas clases con unas agujas de dos palmos y ya no tenía otro quehacer. Nos partíamos la luz y el combustible y trabajábamos los dos en la misma mesa. Tenía una nieta llamada Nasha; la recuerdo muy pequeñita. Ahora debe ser una niña de trece años. Era la cosa más revoltosa y alegre. Siempre nos divertía. Los tres vivíamos juntos. Con frecuencia, en las largas veladas de invierno, nos sentábamos en torno a la mesa, bebíamos una taza de té y nos poníamos a trabajar. Para que Nasha no hiciese diabluras y se estuviese quieta, la vieja le contaba cuentos. ¡Y qué cuentos! Un hombre de talento podía escucharlos complacido; conque no te digo la chiquilla. Yo encendía la pipa y escuchaba con tal interés, que olvidaba el trabajo. Aquel demonio de chiquilla se ponía seria y con la sonrosada mejilla apoyada en su manita, se quedaba con la linda boquita abierta; pero, apenas apuntaba el pasaje espantoso de la historia, corría a esconderse en el regazo de la abuela. Nos gustaba tanto observarla, que ni nos dábamos cuenta de que se apagaba la vela ni oíamos el viento que mugía fuera ni la tempestad que se desencadenaba. Vivíamos felices, Varinka, y así pasamos juntos veinte años.
¡Pero a santo de qué tanta charla! A lo mejor no te gusta el asunto, y tan poco a mí me alegran estos recuerdos, y menos ahora que se va haciendo de noche. Teresa anda por aquí atareada, me duele la cabeza y también un poco la espalda, y me acuden ideas tan raras, que también parece que me duelen. ¡Hoy estoy triste, Varinka!
¿Qué me dices en tu carta, querida? ¿Cómo puedo ir a verte? ¿Qué diría la gente, hija mía? Tendría que cruzar el patío, los vecinos se fijarían, empezarían a preguntar, a chismear, surgiría el escándalo y harían torcidas suposiciones. No, ángel mío; mejor será que nos veamos mañana en las vísperas; será más prudente y menos comprometido para los dos. Y no te molestes porque te escriba una carta como ésta, tesoro mío; pues al repararla, veo que toda ella es incoherente. Soy un viejo, Varinka, sin gran instrucción. En mi juventud no me hicieron estudiar y ahora no me entraría nada en la cabeza si tratara de instruirme. Reconozco, Varinka, que no tengo buen estilo, y sé, sin que haga falta que nadie me lo diga ni se burle de mí. Que si tratase de escribir algo más ameno, sólo lograría decir tonterías.
Te he visto hoy asomada a la ventana, he visto cómo dejabas caer la cortina. ¡Adiós, adiós, que el Señor te ampare! Adiós, Varvara Alexyevna.
Tu desinteresado amigo
Makar Dyevushkin.
P. S.—Imposible escribir sátiras sobre nadie, querida. Soy demasiado viejo, Varvara Alexyevna, para set gracioso, y no haría más que el ridículo; pues como aconseja el proverbio: «no ha de tirar piedras quien tiene el tejado de vidrio».
9 de abril.
Querido señor Makar Alexyevitch:
¡Vamos! ¿No le da vergüenza, mi amigo y protector Makar Alexyevitch, mostrarse tan triste y afligido? Supongo que no se habrá molestado. Confieso que a veces soy irreflexiva, pero nunca creí que pudiera usted atribuir a mis palabras una intención de burla. Le aseguro que nunca me permitiría bromas con su edad y su carácter. Lo ocurrido se debe a mí falta de reflexión, y aun más a que me aburro solemnemente y el aburrimiento es capaz de llevarnos a cualquier cosa. Pensé que quería usted burlarse con lo que me decía en su carta y, al ver que se disgustaba conmigo, me ha entrado una pena muy honda. No, mi querido amigo y protector, se equívoca si mé cree ingrata y desafecta. Sé apreciar con toda mi alma cuanto ha hecho por mí, defendiéndome contra las malas personas que me persiguen y me odian. Rezaré por usted diariamente, y si mis súplicas llegan a Dios y las oye el cielo, será usted feliz.
Hoy me siento muy mal. Estoy calenturienta y me dan calofríos. Fedora está con ansiedad. ¿Por qué se ha de avergonzar de venir a vernos, Malear Alexyevitch? ¿Qué le importa eso a nadie? Somos conocidos y nada más...
Adiós, Makar Alexyevitch. Nada más tengo que decirle, y tampoco podría escribir; estoy muy enferma. Le ruego otra vez que no se disguste conmigo ni dude de mi invariable y afectuoso respeto, con que tengo el honor de quedar de usted devota y humilde servidora
Varvara Dobroselov
12 de abril.
Querida señora Vatvara Alexyevna:
¡Oh, dulzura mía! ¿Qué te pasa? Me tienes en continuo sobresalto. En cada una de mis cartas te digo que te abrigues, que no salgas con mal tiempo y que tomes toda clase de precauciones, y tú, ángel mío, no me haces caso. ¡Ay, hija mía! ¡Eres una niña! Y endeble, endeble como una paja, ya lo sé. Al menor soplo caes enferma. Por eso has de tener cuidado, velar por tu salud, evitar todo riesgo y no causar penas y zozobras a tus amigos.
Me expresas el deseo, querida Varinka, de conocer exactamente la vida que llevo y cuanto me rodea. Me apresuro a satisfacerte, amor mío, empezando desde el principio, para que haya más orden en mi relato.
En primer lugar, las escaleras que bajan hasta el portal de esta casa son bastante aceptables, especialmente la central, que es limpia, clara y ancha, toda de hierro fundido y de caoba; pero no me hagas hablar de las escaleras de la parte trasera: dan vueltas, como un tornillo, están oscuras, húmedas, podridas, y las paredes, tan mugrientas, que cuando apoyas la mano te la pringas. En cada rellano hay cajones, sillas rotas y armarios, andrajos, cristales rotos, cubos abandonados, llenos de basura y porquería, cáscaras de huevos y restos de pescado; todo lo cual despide un olor nauseabundo. Es, en una palabra» una asquerosidad.
Ya te he descrito la disposición de las habitaciones, y si no se puede negar que están bien, hay que confesar que tienen poca ventilación. No quiero decir que huelan mal, pero trascienden, si puedo expresarme así, a miseria y despiden un olorcillo agridulce de abandono. Al principio, produce una impresión desagradable, pero no tiene importancia: a los dos minutos de estar uno aquí ya se le ha pasado sin que se dé cuenta, porque él mismo empieza a oler mal, le huelen las ropas, le huelen las manos y le huele todo. En fin, que se acostumbra. Aquí, los verderones se mueren. El marino acaba de comprar el quinto... no pueden vivir en esta atmósfera. La cocina es grande, espaciosa y clara. Es verdad que por la mañana, cuando asan carne o fríen pescado y se rocía todo de agua, es un poco molesto; pero por la tarde es un paraíso. En la cocina siempre hay ropa vieja tendida en cordeles, y como mi aposento no está lejos, mejor dicho, es parte de la cocina, el olor de la ropa me molesta un poco; pero no es nada, con el tiempo uno se acostumbra a todo.
Por la mañana, muy temprano, empieza el alboroto de la casa; todo el mundo se levanta, va de un lado para otro, dando golpes y portazos, arreglándose para ir unos al despacho y otros a su trabajo, después de tomar el té. La mayor parte de los inquilinos carecen de samovar y como han de utilizar los de la patrona y ésta tiene pocos, se establecen turnos y si alguien se adelanta, se la carga.
Yo cometí este error la primera vez y... ¿mas para qué contarlo? En seguida me hice amigo de todos. El marino fué el primero con quien entablé conversación. Es un hombre muy franco que me contó mil cosas de su padre, de su madre, de su hermana, casada con un asesor de Tula, y de la ciudad de Kronstadt. Me ofreció su protección e inmediatamente me invitó a tomar el té con él. Lo encontré en una habitación donde se reúnen para jugar a cartas. Me dieron té y se empeñaron en que los acompañase al juego. No sé si se burlaban de mí, el caso es que pasaron toda la noche jugando y que jugando se quedaron cuando los dejé. La tiza, las cartas y el humo, que llenaba el cuarto, me irritaba la vista. Como me negué a jugar, observaron que les hablaba de filosofía. Y ya nadie me volvió a dirigir la palabra en toda la noche, de lo que a decir verdad quedé muy satisfecho. No volveré a entrar: son unos jugadores empedernidos, que no piensan en otra cosa. El empleado en el departamento de literatura también tiene su pequeña tertulia nocturna, pero sus reuniones son correctas, inocentes, delicadas, de buen tono.
Mira, Varinka, me permitirás anotar de paso que nuestra patrona es una mujer horrenda, una verdadera bruja. Ya conoces a Teresa y sabes que parece un pollo flaco y desplumado. No hay más que dos criados en la casa: Teresa y Faldoni. Ignoro si éste tiene otro nombre, pero responde a éste y todos lo llaman así. Es un finlandés rubio, tuerto, chato y tartamudo, que siempre está gritando o riñendo con Teresa.
Puede decirse que no hay aquí un momento de sosiego...
Si al menos de noche se acostaran todos y durmiesen... pero esto nunca sucede. Siempre se reunen en alguna parte para jugar, y a veces ocurren cosas que no me atrevo a contar. Ahora ya estoy acostumbrado, pero no comprendo cómo puede vivir entre semejantes escándalos quien tiene hijos... Una familia muy pobre ocupa una de las habitaciones de nuestra patrona, no de las que forman serie, sino al otro lado, en un rincón aparte. ¡Qué gente tan pacifica! Jamás importunan a nadie. Su alojamiento se reduce a una pieza estrecha dividida por un biombo. El padre es un empleado cesante, destituido hace siete años no sé porqué. Se llama Gorshkov. Es un hombrecillo entrecano y lleva una ropa tan grasienta y remendada que da lástima. Va peor que yo. Está hecho una ruina (a veces me lo encuentro en el pasillo), le tiemblan las piernas, le tiemblan las manos, le tiembla la cabeza, supongo que a efecto de una enfermedad. ¡Pobre hombre! Es tímido, todos le dan miedo y siempre anda apartándose. Yo también soy a veces medroso, pero él lo es mil veces más. Se compone su familia de mujer y tres hijos. El mayor es lo mismo que su padre, tan endeble como su padre. La mujer debió ser en sus tiempos una guapa moza, a juzgar por lo que se ve; pero la pobre va hecha un andrajo, una miseria. He oido decir que están en deuda con la patrona, la cual no se muestra con ellos muy amable. También me han dicho que pesa sobre Gorshkov un enojoso asunto que fué causa de su destitución... No puedo decirte exactamente si se trata de un pleito, de un proceso, de una sencilla acusación o de qué. ¡Pero como pobres, válgame Dios si lo son! Hay siempre tal silencio en su cuarto que parece que no vive nadie. Ni los niños hacen el menor ruido. Jamás se les oye jugar o alborotar, y esto es mala señal. Una tarde, mientras reinaba en la casa un silencio insólito, pasé por delante de su puerta y oí un sollozo, luego un cuchicheo; después más sollozos, como si estuviesen llorando, pero con un llanto ahogado tan penoso, que se me rompió el corazón y el recuerdo de la pobre gente me atormentó toda la noche, Quitándome el sueño.
Bueno, adiós, mi inapreciable amiguita Varinka. Te lo he contado todo lo mejor que he podido. No he pensado más que en ti durante todo el día. Me tienes en continua inquietud, querida. Ya sé, amor mío, que te falta un buen abrigo. ¡Ay! ¡Estas primaveras de Petersburgo, estos vientos y lluvias mezcladas con nieve... me matarán, Varinka! ¡Dios nos libre de estos aires que dicen ser tan saludables!
No te burles de mi modo de escribir, amor mío. No tengo estilo, Varinka, ningún estilo. ¡Ojalá lo tuviera! Escribo lo que me pasa por la cabeza, sólo para distraerte un poco. Sí hubiera recibido instrucción, ya sería otra cosa; pero ¿qué instrucción me han dado? Ni pizca.
Tu fiel e invariable amigo,
Makar Dyevushkin.
25 de abril.
Respetable señor Makar Alexyevitch:
¡Hoy encontré a mi prima Sasha! ¡Es horrible' ¡También ella se perderá, la pobrecilla! Por conducto indirecto he sabido también que Ana Fyodorovna sigue interesándose por mí. Por lo visto, nunca cesará de perseguirme. Dice que quiere perdonarme, que desea olvidar lo pasado y que ha de venir a verme. Dice que usted no es pariente mío, que ella es la pariente más cercana, que no tiene usted ningún derecho a mezclarse en nuestros asuntos de familia y que había de darme vergüenza y repugnancia vivir de su caridad y a sus expensas... Dice que ya no me acuerdo de su hospitalidad, que sí no por ella, tanto yo como mi madre quizás nos hubiéramos muerto de hambre, que ella nos dió de comer y de beber que durante año y medio no hizo más que gastar con nosotros y luego nos perdonó lo que le debíamos. No respeta ni la memoria de mi madre, ¡y sí mi pobre mamá supiera cómo me han tratado! ¡Dios lo sabe!... Dice Ana Fyodorovna que soy tan tonta, que no he sabido aprovecharme de la suerte, que ella me puso en camino de ser feliz, que no puedo reprocharle otra cosa y que por mí misma no he sabido o tal vez no he querido defender mi honor. ¡Como sí alguien fuese culpable, gran Dios! Dice que el señor Bykov tiene razón y que no va a casarse justamente con quien... ¿para qué hablar de esto?
¡Qué cruel es tenerse una que oir semejantes calumnias, Malear Alexyevitch! Mí estado de ánimo es indescriptible. Tiemblo, lloro, gimo. Me ha costado dos horas escribir esta carta. Pienso que al fin ha reconocido lo mal que me ha tratado, y ¡ya ve cómo se porta ahora!
Por Dios, no se alarme, amigo mío, el único que desea mi bien, Federa todo lo exagera; no estoy enferma. Sólo me resfrié un poco ayer al ir a Volkovo a oír una misa de réquiem por mi madre. ¿Por qué no vino usted? ¡Tanto como se lo supliqué! ¡Pobre, pobre mamá! ¡Si pudiera levantarse de la tumba y viese cómo me han tratado!
V. D.
20 de mayo.
Mi querida Varinka:
Te mando unos racimos, amor mío; me han dicho que son buenos para un convaleciente y el doctor los recomienda para calmar la sed, sólo para la sed. Como el otro día deseabas más rosas, querida mía, te las envío alrota. ¿Ya tienes apetito, mí amor? Eso es lo más importante.
Gracias a Dios, todo está pasado y terminado y pronto acatarán también nuestras penas. Hemos He dar gracias al Cielo.
En cuanto a los libros, aun no be podido procurármelos en ninguna parte. Me han dicho que hay aquí un buen libro, escrito en un estilo muy pulcro; dicen que es cosa buena; y aunque no lo he leído aún, todos me lo alaban. Lo he pedido y me prometieron dejármelo; pero, ¿lo leerás? Eres un poco exigente en este particular y se hace difícil satisfacer tu gusto, ya lo sé, querida mía. Sin duda prefieres poesías, cosas inspiradas y sentimentales; pues sí, también te mandaré poesías, te mandaré de todo; precisamente hay un cuaderno lleno de trozos selectos manuscrito.
Yo sigo bien, te suplico que no te preocupes por mí, corazón mío. Lo que Fedora te dijo es una estupidez; dile que no es verdad, no dejes de decírselo, ¡es una embustera!... No he vendido mí uniforme nuevo... juzga por tí misma, ¿por qué me lo había de vender? Me han dicho que van a dar una gratificación de cuarenta rublos» ¿que necesidad, pues, tengo de vender el uniforme? No te inquietes, tesoro mío; esa Fedora es muy suspicaz, muy suspicaz. ¡Viviremos espléndidamente, duenda mía! El caso es, ángel mío, que te pongas bien. ¡Cuídate mucho, por Dios! No hagas sufrir a un pobre viejo. ¿Quién te ha dicho que enflaquezco? Es una calumnia, otra calumnia. Estoy perfectamente y engordo tanto, que hasta me da vergüenza. Como bien y estoy contento, y mí única preocupación es verte restablecida.
Bueno, adiós, ángel mío; beso tus deditos y quedo tu fiel amigo de siempre.
Makar Dyevuskin
P. S. —¡Ah! ¿Por qué, amor mío, vuelves a escribirme eso?... ¡Qué tonterías dices! ¿Pero cómo puedo ir a verte con tal fecuencia? ¿Cómo? Dime. Acaso aprovechando las primeras sombras de la noche; pero es que apenas hay noche en la estación en que estamos. Con todo, ángel mío, mientras estuviste enferma, sin conocimiento, apenas te dejé un momento, y aun no sé cómo me las arreglé, y luego hube de desistir de mis visitas, porque despertaban la curiosidad de los vecinos y se empezó a murmurar. Bastante damos que hablar ya, aunque no me vean cuando te visito. Confío en Teresa, que no es charlatana; pero imagínate, querida, qué pasaría si esta gente se enterase de todo lo nuestro. ¿Qué dirían si llegaran a figurarse algo? Conque no te queda más remedio que tener paciencia, querida, hasta que estés del todo bien, y entonces concertaremos un rendezvous en alguna parte, fuera de casa.
[sin fecha]
Querido Malear Alexyevitch:
Tal es mí deseo de hacer algo que le sea grato y corresponda a las molestias y cuidados que por mí se toma y al afecto que me profesa, que por fin, venciendo mi aversión, he revuelto la cómoda en busca de mi diario, que le envío. Lo empecé en los tiempos felices de mí vida. Con frecuencia me pregunta usted con viva curiosidad por mi pasada existencia, por mi madre, por Pokrovskoe, por el tiempo en que viví con Ana Fyodorovna y por mis recientes infortunios, y tan ansioso se muestra usted de leer el manuscrito en que. Dios sabe porqué, se me ocurrió la idea de apuntar algunos recuerdos de mi vida, que estoy segura de darle una alegría mandándole este cuaderno. Al releerlo me he sentido triste. Me parece haber doblado la edad desde que escribí la última línea. Todo el diario está escrito en distintas fechas. ¡Adiós, Makar Alexyevitch! Siento una enorme depresión y con frecuencia me atormenta el insomnio. La convalecencia es un asunto enojoso.
V. D.
1
Sólo tenía yo catorce años cuando murió mi padre. Mi infancia fue el tiempo más feliz de mi vida. No empezó aquí, sino en un lugar agreste de lejana provincia. Era mi padre el administrador del vasto dominio que el príncipe P... poseía en la provincia T... En una de sus aldeas transcurría nuestra vida tranquila, oscura y feliz... Yo era una chiquilla traviesa y no hacía más que correr por los campos, por el bosque, por las huertas, sin preocuparme de nada. Ocupados siempre, mi padre en sus negocios y mi madre en las tareas de la casa, nadie me enseñaba nada, de lo cual yo estaba muy contenta. Con frecuencia, al amanecer me escapaba al estanque, al bosque, al henar, entre los segadores; me alejaba del poblado sin saber adonde me dirigía ni inquietarme por los ardores del sol, sin darme cuenta de mi cansancio ni de los arañazos de los matorrales ni de los rasgones que sacaba de mis correrías... En casa, me espetaban gritos a mi regreso; pero me tenían sin cuidado.
Me parece que hubiera sido muy feliz si hubiese tenido la suerte de pasar toda la vida en el campo, sin verme obligada a dejarlo. Pero, siendo aun niña, me arrancaron a la fuerza de mi tierra natal. No tenía más que doce años cuando nos trasladamos a Petersburgo, ¡Ah! ¡Qué bien recuerdo nuestros tristes preparativos! ¡Cómo lloraba al despedirme de todo lo que me era tan querido! Recuerdo que me arrojé al cuello de mi padre y le supliqué llorando que nos quedásemos un poco más en el campo. Papá me gritó, mamá lloraba, diciendo que habíamos de marcharnos sin remedio. El anciano príncipe P. había muerto y sus herederos destituían a mi padre. Papá tenía colocado algún dinero en empresas particulares que radicaban en Petersburgo, esperaba mejorar su situación, pero creía imprescindible su presencia en esta capital. Esto lo supe por mamá. Fijamos nuestra residencia en las afueras de Petersburgo, donde vivimos hasta la muerte de mi padre.
¡Qué difícil se me hizo habituarme a la nueva vida! Llegamos a Petersburgo en otoño. El día en que abandonamos nuestra comarca hacía un tiempo claro, tibio, espléndido; los trabajos del campo habían terminado, en las eras aguardaban grandes hacinas de trigo y bandadas de pájaros se abatían chillando por los rastrojos; todo era luz y alegría. Y aquí, cuando llegamos a la ciudad, nos encontramos con las lluvias, con las frías nieblas de otoño, con la humedad que todo lo entristece y con una muchedumbre de caras desconocidas, adustas, enfadadas. Nos instalamos de cualquier manera y aun recuerdo el trastorno y los quebraderos de cabeza que nos produjo el amoldarnos a la nueva vida. Papá nunca estaba en casa, mamá no tenía un momento de reposo, y yo me quedaba completamente abandonada. Al levantarme el primer día, después de nuestra llegada, me asomé a Ja ventana que se abría sobre una tapia pintada de amarillo y sentí una honda tristeza. Los pocos transeúntes que pasaban por la calle, siempre enlodada, parecían morirse de frío, según lo muy embozados que andaban. En casa transcurrían los días aburridos y lúgubres a más no poder; ni un pariente ni un amigo íntimo nos visitaba. Papá no estaba en buenas relaciones con Ana Fyodorovna. (Le debía algo). Con frecuencia venía gente de negocios, que casi siempre disputaban, gritaban, escandalizaban. Papá manifestaba luego el enojo y mal humor que estas visitas le producían, dando vueltas por la sala ante nosotras, con el ceño fruncido y sin decir palabra. Mamá respetaba su silencio sin osar hablarle, y yo me sentaba en un ángulo con la vista en la misma página de un litro, sin atreverme a hacer el menor movimiento.
A los tres meses de nuestra llegada a Petersburgo, me pusieron en un internado. ¡Qué tristeza me invadió al verme entre gente desconocida! ¡Y qué frialdad y adustez hallaba en todo! Las maestras gritaban, las chicas se me burlaban, yo era una salvaje y... ¡aquella severidad y exactitud en el reglamento! El horario fijo para cada cosa, las comidas en común, la rutina de las profesoras; todo esto me alteraba los nervios al principio y me sacaba de quicio. Ni podía dormir. Me pasaba llorando las noches; noches tristes, frías e interminables. A veces, mientras las otras repetían o aprendían la lección por la tarde, yo ante el texto de francés o el diccionario' permanecía sin moverme, dejando que mi imaginación corriese a nuestra casita, a mis papas, a nuestra vieja ama y a sus cuentos... ¡Oh! ¡Qué triste añoranza! Recordaba con placer las cosas más insignificantes de casa, y me imaginaba lo bien que estaría yo en aquel momento entre mis padres. Sentada a su lado, en la salita, ante el samovar, ¡qué bonito, qué familiar lo encontraría todo, qué calentita estaría! ¡Con qué ternura, con qué fuerza, con qué amor — pensaba — abrazaría a mamá! Y pensando, pensando, se le vienen a una las lágrimas y Harto trabajo cuesta reprimirlas, para que el diccionario entre nunca en la cabeza. Como no podía aprender nunca la lección para el día siguiente, toda la noche soñaba en el profesor, en la directora, en las chicas; toda la noche repetía mis lecciones en sueños, para no saberlas al día siguiente. Me hacían poner de rodillas y sólo me daban un plato para comer. ¡Me sentía tan deprimida y apesarada! AI principio, cuando daba la lección, todas se me burlaban, me molestaban y trataban de confundirme; me pellizcaban cuando íbamos en fila al comedor, y por cualquier cosa, se quejaban de mí a la maestra. ¡Pero qué felicidad, cuando los sábados por la tarde venía a buscarme el ama! Como una loca, me arrojaba al cuello de mi Querida viejecita. Ella me abrigaba bien, mientras yo no la dejaba en paz con mis charlas y meneos, contándoselo todo. Llegaba a casa contenta, feliz, y me colgaba al cuello de todos como si hubiera estado diez años ausente. Luego venía otra vez la charla, el relato de todo: saludaba a todo el mundo, reía, gritaba, corría y saltaba. Tenía después serias consideraciones con mí padre sobre mis estudios, sobre mis profesores, sobre la lengua francesa, sobre la gramática de Lomond, y todos estábamos contentos y satisfechos. Aun esforcé cuanto pude por estudiar y complacer a papá, pues veía que gastaba conmigo lo poco que le quedaba y Dios sabe el sacrificio que hacía. Cada vez lo encontraba más sombrío, más ceñudo, más disgustado. Cambió de carácter, le fueron mal los negocios y contrajo enormes deudas. Mamá no se atrevía ni a llorar ni a decir palabra por miedo a enojar a papá. Cayó enferma» enflaqueció a ojos vistas y empezó a toser de mala manera.
Entonces, al volver yo del colegio, me encontraba con un cuadro tan triste: mamá, escondiendo las lágrimas; papá, disgustado. Y sólo me esperaban reproches y recriminaciones. Papá empezó a decir que yo no representaba para ellos el menor gozo, el menor consuelo, que por mí se habían privado de todo y yo aun no sabía hablar en francés; a decir verdad, se vengaba en mi madre y en mí de todos sus fracasos y desgracias. ¡Y cómo atormentaba a mi pobre mamá! Daba pena verla con sus mejillas escuálidas, sus ojos hundidos, y en su tez el color de los tísicos.
Le dió por descargar en mí todo su malhumor. A propósito de cualquier nadería, empezaba a gruñir para acabar Dios sabe en qué vociferaciones. Con frecuencia, ni me enteraba de qué Se trataba. En todo hallaba pretexto para quejarse... la directora del colegio no sabía su obligación y era una estúpida; que si no se cuidaba de la moral de sus pupilas, que sí él no había podido aun encontrar un empleo, que si la gramática de Lomond era detestable y la de Zapolsky era mucho mejor, que si había tirado el dinero para educarme, que si era una chica insensible y de corazón empedernido — aunque, pobre de mí, hacía cuanto podía por aprender los ejercicios y el vocabulario—, y me echaba la culpa de todo, como si yo fuese la única responsable. Y no porque mi padre no me quisiera, pues nos adoraba a mamá y a mí; pero era su carácter.
Contrariedades, fracasos y desengaños agriaron el carácter de mi pobre papá hasta el punto de hacerlo sumamente receloso y mordaz. Con frecuencia llegaba al límite de la desesperación, tanto, que descuidó su salud, se enfrió y en seguida se puso enfermo. Poco sufrió, pues murió tan pronto, tan inesperadamente, que todos nos quedamos durante unos días como quien no pudiera explicarse aquella desgracia. Tan abatida se mostró mamá que yo temí que perdiese el juicio.
Apenas murió papá, salieron de todas partes acreedores que se precipitaron sobre nosotros como un torrente. Les dimos cuanto teníamos. Vendimos también nuestra casita de las afueras de Petersburgo, que papá había comprado seis meses antes. Mamá sufría una enfermedad agotadora, no podíamos ganarnos el pan; la miseria era la única perspectiva que se nos ofrecía. A la sazón sólo contaba yo catorce años. Fue entonces cuando vino a vernos Ana Fyodorovna. Siempre dice que es propietaria de haciendas y pretende ser nuestra parienta. También mamá decía que era una parienta, aunque lejana. Y ella que no puso los pies en casa mientras vivió mi padre, se presentaba ahora con lágrimas en los ojos y haciendo protestas de lo mucho que se interesaba por nosotros, nos acompañaba en el sentimiento y se apiadaba de la triste condición en que quedábamos, añadiendo que ello era por culpa de papá, por no haber vivido según la posibilidad de sus medios, por su demasiada ambición y haber confiado demasiado en sus propias fuerzas. Expresó el deseo de estrechar con nosotros los lazos de la amistad, invitándonos a olvidar lo pasado» y cuando mamá le dijo que nunca había sentido el menor rencor hacia ella, se echó a llorar, llevó a mamá a la iglesia y encargó una misa por el «querido». (Así se expresaba, refiriéndose a mí padre). Después se reconcilió solemnemente con mamá.
Tras largos preámbulos, Ana Fyodorovna nos pintó con los más vivos colores nuestra extremada pobreza y la situación lamentable y desesperada en que quedábamos y entonces nos invitó, para usar sus mismas palabras, a refugiarnos en su casa. Mamá le dió las gracias y tardó mucho tiempo en decidirse; pero viendo que ya no podía luchar más y que no le quedaba otro recurso, acabó por declarar que aceptábamos agradecidas su ofrecimiento.
Recuerdo, como si hoy fuese, la mañana en que nos trasladamos de las afueras de Petersburgo a Wassilyevsky Ostrov. Era una mañana clara, seca y helada de otoño. Mamá lloraba, y yo me sentía muy triste, muy apenada y con una inexplicable angustia en mi alma... Era un momento de prueba…
2
Al principio, antes que mi madre y yo nos habituásemos a nuestra nueva morada, las dos nos sentíamos molestas y desgraciadas en compañía de Ana Fyodorovna. Vivía ésta en una casa propia de la Fila Sexta, que tenía sólo cinco habitaciones, tres de las cuales ocupaban la propietaria y mi prima Sasha, una muchacha, huérfana de padre y madre, a quien ella había criado. Nosotras ocupábamos un cuarto, y en el contiguo al nuestro vivía un pobre estudiante llamado Poktovsky, que era huésped de la casa.
Ana Fyodorovna vivía bastante bien, con más holgura de lo que podía imaginarse; pero su fortuna era tan misteriosa como sus ocupaciones. Siempre estaba en movimiento, abrumada de negocios y diariamente salía en coche y volvía varias veces; pero nunca llegué a saber qué hacía, qué clase de asuntos la obligaban a una vida tan agitada. Sus relaciones eran tan numerosas como variadas. Continuamente estaba recibiendo visitas y las personas más extrañas venían a tratar con ella de negocios y permanecían sólo unos minutos. Apenas tocaba la campanilla de la puerta, mamá se me llevaba a nuestro cuarto. Ana Fyodorovna se enfurecía por este proceder de mamá y no cesaba de repetir que éramos demasiado orgullosas, que lo éramos más de lo que convenía a nuestra situación, que no teníamos porqué serlo, y así por el estilo durante horas seguidas. No comprendía yo entonces aquella manía contra nuestro orgullo, y en realidad sólo ahora descubro la razón, o mejor dicho, creo adivinar, porqué a mamá le costó tanto decidirse a vivir con Ana Fyodorovna. Era ésta una mujer malévola y continuamente nos estaba atormentando. Aun es para mí un enigma el motivo que la movió a invitarnos a su casa. Al principio se mostraba muy tratable y complaciente; pero luego, al convencerse de que estábamos desamparadas por completo y no teníamos adonde ir, se mostró en su verdadero carácter. Más tarde, me trató con mucha amabilidad, con una amabilidad casi molesta a fuerza de afectuosa; pero, al principio, sufrí tanto como mí madre. A cada momento nos reconvenía, no hablando de otra cosa que de su acto caritativo. Nos presentaba a los extraños como parientes pobres: una viuda desamparada y una huérfana a quien por bondad de corazón y por caridad cristiana había recogido en su casa. En la mesa vigilaba todo lo que tomábamos, y si no comíamos nos armaba un escándalo; decía que éramos muy delicadas, que no debíamos tener tanta aprensión, que debíamos estar agradecidas de tener algo que comer, que dudaba que en vida de mi padre comiéramos mejor. Siempre estaba ofendiendo a papá, diciendo que siempre quería ser mejor que los otros y ya veíamos el resultado, que había dejado a la mujer y a la hija sin un céntimo y que a no set por una parienta benévola que poseía un alma llena de sentimientos de caridad cristiana, Dios sabe si a tales horas se verían vagando por las calles y muriéndose de hambre. ¿Y qué no diría aquella mujer? Daba más repugnancia que pena oiría.
Mamá no cesaba de llorar y su salud se agravaha cada día. Se estaba consumiendo a ojos vistas, mas a pesar de todo, las dos cosíamos de la mañana a la noche para terminar el trabajo que nos procurábamos; lo que disgustaba a Ana Fyodorovna, pues decía que su casa no era una tienda de modas. Pero teníamos que vestirnos y atender a los gastos imprevistos; nos era absolutamente necesario algún dinero y habíamos de ganarlo a todo trace, tanto más cuanto teníamos la esperanza de poder trasladarnos con el tiempo. Pero mamá perdió trabajando la poca salud que le quedaba; cada día estaba más débil. La enfermedad le exprimía la vida como una sanguijuela y la empujaba a la tumba. Yo lo veía, lo sentía y no me quedaba más remedio que sufrir: todo pasaba ante mis ojos.
Los días se sucedían sin ninguna diferencia entre sí. Por nuestra vida retraída, nadie hubiera dicho que estábamos en una ciudad. Ana Fyodorovna se fué calmando poco a poco, a medida que se daba cuenta de su poderío. Nos separaba de sus habitaciones el pasillo, y contiguo al nuestro, como ya he dicho, estaba el cuarto de Pokrovsky. Este enseñaba a Sasha el francés y el alemán, historia y geografía—todas las ciencias, como decía Ana Fyodorovna—, quien le daba por ello mesa y alojamiento. Sasha era una muchacha muy inteligente, aunque muy traviesa y distraída, pues sólo tenía trece años, Ana Fyodorovna advirtió a mi madre que no me vendrían mal unas lecciones, ya que no había podido completar mi educación en el internado, y durante un año compartí con Sasha las lecciones de Pokrovsky. Era éste pobre, muy pobre. Su falta de salud le había impedido continuar sus estudios y sólo por costumbre le dábamos el nombre de estudiante. Vivía tan retraído y era tan callado y tranquilo, que nunca nos llegaba el menor ruido de su aposento. Se distinguía por el extraño aspecto de su porte externo, andaba torpemente, saludaba con mucho embarazo y tenía un modo tan raro de hablar, que al principio no me era posible mirarlo sin reír. Sasha siempre se le estaba burlando, sobre todo durante la lección. Tenía un carácter irrascible, siempre se enfadaba, cualquier contrariedad lo ponía fuera de sí, nos reprendía, se quejaba de nosotras y a veces se retiraba a su cuarto, irritado, sin terminar la lección. Se pasaba días enteros leyendo. Tenía muchos libros, algunos muy raros y costosos, Daba otras lecciones que le pagaban y, en cuanto tenía dinero, se lo iba a gastar en libros.
Con el tiempo lo conocí mejor, más íntimamente. Era un joven excelente, muy bueno, la mejor de las personas que hasta ensonces había conocido. Mamá lo apreciaba mucho. Más tarde fue mi mejor amigo, sin contar a mi madre, por supuesto.
Al principio, aunque yo era una chica muy crecida, rivalizaba con Sasha en las travesuras. Durante horas enteras nos estrujábamos la cabeza buscando la manera de molestarlo y acabarle la paciencia. Tenía arrebatos de cólera extraordinariamente cómicos, que nos divertían más que nada. (Aun me avergüenzo al recordarlo). Un día lo molestamos hasta hacerlo llorar y yo le oí estas palabras, proferidas en voz baja: «Muchachas malignas». Inmediatamente experimenté una suerte de confusión y me sentí avergonzada, apesarada, apiadada; recuerdo que enrojecí hasta las orejas y con ojos preñados de lágrimas le rogué que no se lo tomata a mal, que no se enfadase por una diablura estúpida. Pero él cerró el libro y, sin acabar la lección, se retiró a su cuarto. Todo el día estuve atormentada de remordimientos. Se me hacía insufrible pensar que lo habíamos hecho llorar con nuestra crueldad de niñas. De modo que habíamos provocado sus lágrimas, lo habíamos exasperado; habíamos logrado acabarle la paciencia, habíamos obligado a un pobre desgraciado a recordar toda la amargura de su triste vida.
El disgusto, la pena, el arrepentimiento no me dejaron dormir en toda la noche. Dicen que el arrepentimiento es el consuelo del alma: es todo lo contrario. No sé cómo, se mezclaba a mi dolor un poco de amor propio. Sentía que se me considerase como una niña. Tenía entonces quince años.
Desde aquel día empecé a torturar mi imaginación, combinando mil medios para que Pokrovsky modificase su opinión sobre mí. Pero de súbito se me había revelado una embarazosa timidez que me impedía resolver nada y me mantenía encerrada en mis propias imaginaciones (¡y Dios sabe las cosas que se me ocurrían!). Dejé de intervenir en las aventuras de Sasha, y aunque él no volvió a enfadarse con nosotras, mi amor propio no se daba por satisfecho.
Ya es hora de decir algo del tipo más curioso, más interesante y más conmovedor que en mi vida he conocido. Si hablo de él ahora, en esta página de mi diario, es porque hasta entonces apenas me había fijado en él. Pero todo lo que se relacionaba con Pokrovsky adquirió desde entonces un vivo interés para mí.
De vez en cuando aparecía por casa un viejecito de cabeza blanca, sucio, mal vestido, desgarbado, torpe en moverse y, en fin, del más estrafalario aspecto. A primera vista parecía estar bajo el efecto de una humillación o como si se diera vergüenza de sí mismo. Diríase que se esforzaba en encogerse, en ocultarse, en reducirse a la nada, y a juzgar por sus cómicas gesticulaciones, parecía no estar en sus cabales. Llegaba a casa y se paraba tras la puerta vidriera del zaguán, sin osar entrar, y cuando acertábamos a pasar alguno de nosotros, Sasha, yo o algún doméstico en Quien él tuviera confianza, se entregaba a la más grotesca pantomima, en que entraban toda clase de muecas y ademanes, para llamar la atención, y sólo cuando por signos lo invitábamos a entrar si quería, indicándole para tranquilizarlo que no había visitas, sólo entonces abría el viejo la puerta con la precaución que pudiera poner en ello un ladrón y, sonriendo de gozo y frotándose las manos de satisfacción, se encaminaba de puntillas al aposento de Pokrovsky. Era su padre.
Más tarde supe toda la historia de este pobre viejo. Había sido funcionario del Estado y, falto de aptitudes, ocupaba uno de los puestos más ínfimos. Cuando murió su primera mujer, la madre de Pokrovsky, se le metió en la cabeza volver a casarse y lo hizo con una joven de la clase trabajadora. Con ello trastornó toda su vida, pues su segunda esposa no le dejaba vivir en paz ni disponer nada en absoluto. Pokrovsky era un niño de diez años. Su madrastra lo odiaba, pero la suerte se mostró favorable con el pequeño. Un caballero comarcano, llamado Bykov, que conocía al viejo Pokrovsky, a quien había tenido en otro tiempo a su servicio, tomó al muchacho bajo su protección y lo mandó al colegio. Se interesó por el huérfano porque había conocido a su madre, protegida de Ana Fyodorovna, a quien debió el casarse con Pokrovsky. El señor Bykov, íntimo amigo de Ana Fyodorovna, mostró en aquella ocasión su esplendidez dotando a la novia con cinco mil rublos. ¿Qué se hizo de este dinero? Lo ignoro.
Esto me lo contó Ana Fyodorovna. Al estudiante no le gustaba referirse a los asuntos de familia. Dicen que su madre era muy hermosa, y me explico por qué desgracia se casaría con un hombre tan insignificante a quien dejó viudo a los cuatro años de matrimonio.
Del colegio pasó el joven Pokrovsky a la escuela superior y luego a la Universidad. El señor Bykov, que venía con mucha frecuencia a Petersburgo, siguió prestándole su protección. A causa del quebranto de su salud, Pokrovsky hubo de abandonar sus estudios universitarios. El señor Bykov lo presentó a Ana Fyodorovna, lo encomendó a su cuidado y el estudiante fue admitido a pensión, a condición de enseñar a Sasha todo lo necesario. El viejo Pokrovsky dejóse arrastrar, como para resarcirse de la crueldad de que era objeto por parte de su mujer, al peor de los vicios y casi siempre se hallaba en estado de embriaguez. Su mujer le pecaba, lo encerraba en la cocina, y de tal modo lo acostumbró a los golpes y malos tratos, que llegó él a recibirlos sin quejarse. No es que fuese muy viejo, pero sus malos hábitos lo reducían a un estado de imbecilidad infantil y el único vestigio que le quedaba de sus sentimientos humanos y dignos era un inmenso amor a su hijo. Me han dicho que el joven Pokrovsky y su difunta madre se parecían como dos gotas de agua y acaso esta semejanza con su primera y bondadosa mujer era lo que mantenía en el corazón del desgraciado aquel infinito amor al hijo. El viejo no sabía hablar de otra cosa que de su hijo y lo visitaba dos veces por semana. Sí no se atrevía a más era porque el hijo no podía soportar las visitas del padre, y es lo cierto que el pobre anciano resultaba con frecuencia el ser más insoportable de este mundo. Es que de todo quería enterarse y a cada momento interrumpía el trabajo de su hijo con las observaciones y preguntas más triviales y fuera de propósito, sin contar que a veces llegaba tambaleándose a efectos de la bebida. Se esforzaba el hijo en apartarlo poco a poco de sus vicios y en curarlo de su curiosidad y de la manía de sus charlas insustanciales, y de tal modo lo consiguió, que el viejo llegó a obedecer a todas sus indicaciones como a las de un oráculo y acabó por no abrir la boca sin su permiso.
Al pobre viejo nunca le parecía respetar y admirar bastante a su Petinka (como llamaba a su hijo). Cuando venía a verle, parecía morirse de miedo, porque le devoraba de inquietud la incertidumbre del acogimiento que le iba a dar su hijo. Por regla general, estaba un buen rato, sin decidirse a entrar y, si yo acertaba a estar allí, se pasaba veinte minutos preguntándome: «¿Cómo está Petinka? ¿Está bien? ¿Lo encontraré de buen humor? ¿Está ocupado en algo de importancia? ¿Qué hace? ¿Escribe o medita algo?» Sólo cuando lo había tranquilizado por completo con mis explicaciones, el viejo se aventuraba a entrar, y con mucha, pero mucha delicadeza y grandísimas, pero grandísimas precauciones, abría la puerta y, antes que nada, pasaba la cabeza, y sj el hijo le saludaba en silencio, de modo que el viejo comprendiese que no le disgustaba su presencia, entraba cautelosamente, se quitaba el abrigo y el sombrero, llenos de agujeros y deshilachados, los colgaba en un clavo, todo quietamente y en silencio, y luego, muy despacito, se sentaba en una silla, sin apartar la vista de su hijo, examinando el menor de sus movimientos y procurando adivinar el estado de ánimo de su Petinka. Apenas creía descubrir el menor síntoma de disgusto en su hijo, el viejo se levantaba inmediatamente de su asiento y se explicaba: «Sólo he entrado por un momento, Petinka. Venía de muy lejos y como pasaba por aquí, se me ha ocurrido entrar a descansar un poco». Y entonces, con respetuoso silencio, cogía el abrigo y el maltratado sombrero, volvía a abrir con las mismas precauciones y se marchaba, ocultando en una sonrisa forzada la amargura de desencanto, para que el hijo no descubriese su pena.
Pero cuando el hijo lo recibía bien, el viejo estaba loco de gozo y en su rostro, en sus gestos, en todos sus movimientos se denunciaba su íntimo alborozo. Si el hijo se dignaba hablarle, el viejo se incorporaba un poco sobre el asiento y contestaba con dulzura, con deferencia, casi con sumisión reverente, procurando siempre elegir la frase más peregrina, esto es, la más ridícula. No podía decirse que tuviera el don de la elocuencia: sentíase tan nervioso y lleno de confusión, que no sabía qué hacer de las manos ni de sí mismo, y antes de contestar murmuraba para sí un largo rato, como tratando de ensayarse. Cuando acertaba una contestación oportuna, se gallardeaba, se ceñía la chaqueta, se apretaba la corbata y se estiraba el chaleco, adoptando un aire de dignidad. A veces, animado por sus éxitos, llegaba en su audacia a levantarse de la silla para coger un libro del anaquel y hasta a leer algún párrafo, no importa de qué tratase. Hacía esto con un aire de despreocupación y serenidad, como quien puede hacer lo que le viene en gana con los libros de su hijo, como si la condescendencia de éste fuese para el padre la cosa más natural.
Pero un día fui testigo del pánico que se apoderó del pobre hombre cuando Pokrovsky le rogó que no le tocase los libros. Se turbó, volvió, temblando, el libro a su puesto y lo puso al revés; luego trató de colocarlo bien y lo dejó con el lomo para adentro; sonrió, se abochornó y no sabía cómo arrostrar su crimen. A fuerza de persuasiones, logró Pokrovsky apartar un poco al viejo de la senda del vicio y cuando no lo veía tres veces seguidas en estado de embriaguez, le daba veinticinco kopecks, cincuenta o más, al despedirlo. De vez en cuando, le compraba un par de botas, una corbata o un chaleco, que el viejo ostentaba, más orgulloso que un gallo.
De vez en cuando, entraba a vernos. A Sasha y a mí nos traía gallos de pan de jengibre y manzanas y siempre nos hablaba de Petinka. Nos rogaba que estuviésemos atentas en clase y fuésemos obedientes; nos decía que Petinka era un buen hijo, un modelo de hijos, y sobre todo, un hijo instruido. Pero, al hablarnos, guiñaba el ojo izquierdo de tan cómica manera y nos hacía muecas tan divertidas, que nosotras, sin poderlo remediar, pasábamos de las sonrisas a las más destempladas carcajadas. Mamá lo quería mucho. Pero el viejo detestaba a Ana Fyodorovna, aunque en su presencia se mostraba más quieto que el agua y más humilde que la hierba.
Pronto cesé de estudiar con Pokrovsky. Seguía tratándome como a una niña, una niña maligna, poniéndome al mismo nivel de Sasha. Y esto me lastimaba mucho, porque no se me tenía en cuenta los esfuerzos que hacía para borrar la mala impresión de mi conducta pasada. Lo que más me irritaba es que él no parecía fijarse. Apenas nos hablábamos fuera de la hora de clase y por otra parte, tampoco sabía qué decirle. Siempre que lo intentaba, me sentía encarnada y confundida y todo acababa para mí llorando de coraje en algún rincón.
No sé cómo hubiera terminado aquello sino llega a presentarse una rara circunstancia que contribuyó a nuestro acercamiento. Una tarde, mientras mamá estaba hablando con Ana Fyodorovna, me introduje a hurtadillas en el aposento de Pokrovsky. Sabía que no estaba en casa y, sinceramente, no me explico cómo me pasó por la cabeza la idea de meterme en su cuarto. Aunque vivíamos en el contiguo, nunca hasta entonces se me bahía ocurrido poner los pies allí. Mi corazón latía de un modo violento, tan violento, que temía me saltase del pecho. Lo miré todo con una curiosidad especial. El aposento de Pokrovsky estaba pobremente amueblado y en desorden. Papeles encima de la mesa y de las sillas. ¡Libros y papeles! Se me ocurrió una idea extraña, al mismo tiempo que me invadía un sentimiento de contrariedad muy desagradable. Se me figuró que mi amistad, «fue el afecto de mi corazón era poca cosa para él. El era un joven instruido, mientras que yo era una estúpida que no sabía nada ni había leído nada, ni un libro... Y en esto, miré con envidia los largos anaqueles que estaban a punto de romperse al peso de los libros, Se apoderó de mí un sentimiento de cólera, una rabia que me hacía sufrir. Me propuse y resolví al instante leer los libros sin dejar uno y lo más pronto posible. No sé, acaso pensé que después de saber todo lo que él sabía, sería más digna de su amistad. Me acerqué al primer estante y, sin pararme a pensar, cogí el primer volumen lleno de polvo que me vino a la mano y, enrojeciendo y palideciendo, temblando de emoción y de miedo, me lo llevé, resuelta a leerlo por la noche, a la luz de la vela, mientras mamá durmiese.
¡Pero cuál no sería mí contrariedad cuando de vuelta a mi cuarto, me apresuré a abrir el texto y vi que era un libro antiguo en latín, casi podrido y todo apolillado! Quise volverlo a su puesto sin perder tiempo y en el preciso momento de introducirlo en su hueco, oí un ruido en el corredor y pasos que se acercaban. Nerviosa y agitada, quise arreglarlo cuanto antes, pero el maldito libro estaba muy apretado y, al quitarlo, los otros se habían inclinado para ocupar el espacio dejado por su compañero y se negaban ahora a ceder, de tal modo, que me faltaban fuerzas para darle cabida. Apreté, no obstante, con toda mi alma, pero entonces, el clavo herrumbroso que sostenía el anaquel y que parecía esperar oportunidad para romperse, se rompió. El estante quedó colgado por el extremo y los libros cayeron estrepitosamente esparciéndose por el suelo. Se abrió la puerta y entró Pokrovsky.
He de advertir que no podía soportar que nadie se mezclase en sus asuntos, ¡Pobre de quien le tocase los libros! Figuraos mi horror al ver que aquellos volúmenes, grandes y pequeños, de todos los formatos, se desprendían del estante y caían rodando bajo la mesa, bajo las sillas, por todo el cuarto. Me hubiera echado a correr, pero era demasiado tarde. «¡Todo se acabó, pensé, se acabó! ¡Estoy perdida sin remisión! ¡Soy como una niña revoltosa de diez años, una estupidilla! ¡Soy una ¿tan imbécil!
Pokrovsky apareció, espantoso, terrible.
— «¡Bueno! ¡No faltaba más que eso! —gritó —. ¿No te da vergüenza lo que has hecho?—Y se apresuró a recoger los libros—. ¡Quita, quita! — gritó cuando quise ayudarle —. Valdría más que no te metieras donde no te llaman».
Pero algo calmado por mi humilde actitud, siguió hablándome con más suavidad, amonestándome como un amigo, como un maestro a su discípula.
— «¿Cuándo aprenderás a conducirte como es debido? ¿Cuándo empezarás a tener juicio? Reflexiona un poco, que ya no eres una niña, ya no estás en edad de hacer tonterías. ¡Tienes ya quince años!»
Y entonces, acaso para convencerse de que no era una niña, me contempló y enrojeció hasta las orejas. Yo no comprendía, y permanecía inmóvil ante él, mirando con ojos de pasmo. Se levantó, acercóse a mí con aire de embarazo y dijo con voz que delataba su confusión no sé qué frase de excusa, quizás pidiendo perdón por no haber observado antes que ya no era yo una niña. Por fin comprendí. No sé qué experimenté al momento, que me llené de confusión, perdí la cabeza, enrojecí aun más que él y tapándome la cara con las manos salí de su habitación.
No sabía qué hacer, dónde ocultar mí vergüenza. ¡Bastaba para morirme de ella que me hubiera encontrado en su aposento! Durante tres días, me fué imposible mirarlo: tan abochornada me sentía, que los ojos se me llenaban de lágrimas; se me ocurrían las ideas más absurdas. La más loca era ir a su encuentro y explicarme, confesárselo todo, contárselo todo, con entera franqueza, asegurándole que no me había conducido como una necia, sino que había obrado con buena intención. Estaba resuelta a ir, pero, gracias a Dios, me faltó el valor. ¡El disparate que hubiera cometido! Aun me avergüenza el recordarlo ahora.
Pocos días después, mamá cayó enferma de peligro. AI tercer día de estar en cama tenía fiebre alta y deliraba. Pasé toda una noche sin dormir, cuidándola, sentada a su lado, dándole bebidas y medicinas a las horas señaladas. La segunda noche me hallaba extenuada. De vez en cuando, el sueño me rendía, se me iba la cabeza y todo lo veía negro; estaba a punto de sucumbir a la fatiga, cuando un gemido de mi madre me desvelaba; me levantaba sacudiendo por un momento aquel sopor, pero pronto me volvía a vencer la somnolencia. Aquello era un tormento. No sé, no puedo acordarme; pero un sueño horrible, una visión espantosa se me ofreció obstinada en los penosos momentos en que mi fatigado espíritu sostenía la lucha entre el sueño y la vigilia. Me desperté sobresaltada de horror. El cuarto estaba oscuro, la vela se había consumido, y de pronto, destellos de luz alumbraban toda la habitación, proyectándose sobre la pared, y desaparecían. Tuve miedo, se apoderó de mí un terror de misterio. Un sueño horrible había trastornado mi imaginación y la desgracia oprimía mi pecho... Me levanté gritando como para librarme del sentimiento de angustia que me ahogaba. En aquel mismo instante, se abrió la puerta y entró Pokrovsky.
Sólo recuerdo que recobré el conocimiento en sus brazos. Me dejó sentada en una silla baja, me ofreció un vaso de agua y me preguntó muchas cosas. No recuerdo qué le contesté.
— «Estás enferma, tú también estás muy enferma— dijo, cogiéndome la mano —. Tienes fiebre, vas a matarte, si no cuidas de tu salud. Cálmate, acuéstate y duerme. Dentro de dos horas te despertaré. Descansa un poco... acuéstate, acuéstate—repetía sin dejarme replicar—. Por otra parte estaba yo demasiado rendida para replicar; los ojos se me cerraban de cansancio. Me acomodé en una silla, resuelta a dormir media hora y dormí hasta la mañana. Pokrovsky no me despertó hasta la hora de dar a mi madre la medicina.
Al día siguiente por la noche, como ya había dormido un poco, me disponía a velar a mi madre, resuelta a no dejarme vencer por el sueño, cuando, a eso de las once, llamó Pokrovsky a la puerta. Le abrí.
— «Se te ha de hacer muy aburrido estar aquí sola—me dijo —. Toma un libro, leyendo te aburrirás menos.
Lo acepté. No sé Qué clase de libro era, pues aunque no dormí en toda la noche, apenas le di una mirada. Una extraña agitación interior me tenía desvelada; ni me podía estar quieta; a cada momento me levantaba para pasearme de un lado a otro. Una especie de íntimo bienestar se difundía por todo mi ser. ¡Qué contenta estaba de la atención de Pokrovsky! Me llenaba de oí güilo ver que se molestaba, se inquietaba por mí. Toda la noche estuve dando vueltas a mis pensamientos y a mis ensueños. Pokrovsky no volvió a entrar y bien sabía yo que no volvería, pero no hacía más que pensar en la noche siguiente.
Y la noche siguiente, cuando todos los de casa se habían acostado, Pokrovsky abrió su cuarto y desde la puerta entabló conversación conmigo. No recuerdo ni una palabra de cuanto nos dijimos, sólo recuerdo que me sentía turbada, confundida, molesta conmigo misma, y que esperaba con impaciencia el fin de la conversación que tan intensamente había deseado y en la que había soñado todo el día, meditando las preguntas y las respuestas. Aquella noche empezó nuestra relación amistosa. Cada noche, mientras mamá estuvo enferma, pasábamos hablando varias horas. Poco a poco iba yo saliendo de mi timidez, aunque al fin de cada conversación hallaba motivos de enojo conmigo misma. Por otra parte experimentaba un secreto placer, una satisfacción de amor propio, viendo que por mí empezaba a olvidar sus insoportables libros.
Por casualidad, una vez recayó en broma la conversación sobre el percance del anaquel. Fué un momento extraordinario. Creo que ha de atribuirse a mi excesiva franqueza e ingenuidad. Dejándome llevar de mi exaltación y de un rato entusiasmo, se lo confesé todo... Declaré que anhelaba estudiar, saber algo, que me molestaba verme considerada como una niña... Repito que me hallaba en un singular estado de ánimo; sentía una extraña blandura en mi corazón, y en mis ojos, lágrimas. Y se lo dije todo, sin ocultar mi simpatía hacia él, mi deseo de amarle, de vivir con él, de cuidarlo, de consolarlo. Se me quedó mirando de un modo extraño, perplejo e indeciso, y no me contestó una palabra. En seguida me sentí la mujer más triste y desgraciada. Me pareció que no me entendía, que acaso se me estaba burlando. Y de pronto, me eché a llorar como una niña, sin poder contenerme, sollozando como en un ataque de nervios. Me cogió las manos y después de besarlas, las apretó contra su corazón y me prodigó palabras de consuelo. Estaba emocionadísimo. No recuerdo lo que me dijo. Yo seguía llorando, riendo y volviendo a llorar, tan sofocada y tan gozosa, que no acertaba a decir una palabra. Mas, a pesar de mí emoción, observé que Pokrovsky aun daba muestras de estar desconcertado y cohibido, como si no pudiera volver de la sorpresa que le produjo mi exaltación, mi alegría y el súbito ardimiento de mis declaraciones amorosas. Quizás todo aquello no le pareció al principio más que una rareza y luego se le disipó la duda y aceptó mi afecto, mis palabras amistosas, mi interés, con el mismo sentimiento de franca cordialidad con que yo se lo ofrecía, y correspondía a todo con el mismo interés, con idéntico ardor, como un amigo sincero, como un verdadero hermano. Yo sentía en lo hondo de mi pecho como un fuego divino, una felicidad... No disimulé mis sentimientos no le oculté nada; él lo vió todo y cada día se me mostraba más adicto.
Y realmente, no recuerdo de qué hablábamos durante aquellas horas de tortura, al par que de felicidad, en que nos reuníamos de noche, a la luz vacilante de la vela y tan cerca de mi pobre madre... Hablábamos de todo lo que nos pasaba por la cabeza, de todo lo que llenaba nuestro corazón, de todo lo que teníamos necesidad de expresar, y éramos casi felices... ¡Oh! Eran aquellos días tristes y dichosos a un tiempo... Y aun me entristece y alegra el pensar en ellos. Siempre atormentan los recuerdos, tanto si son gratos como amargos; al menos a mí me pasa, aunque hasta en el tormento encuentro dulzura. Cuando el corazón se siente oprimido, enfermo, cansado y triste, los recuerdos lo refrescan y vigorizan, como después de un día ardoroso, el rocío de la noche refresca y vivifica a una flor abatida por los rayos del sol.
Mamá fue mejorando, pero yo continuaba pasando a su lado las noches en vela. Pokrovsky me dejaba libros, que al principio leía para no dormirme, luego con más atención y finalmente con avidez. Inesperadamente, me descubrían todo un mundo nuevo, desconocido en absoluto para mí; me sentía inundada por una corriente de ideas, de impresiones jamás sentidas. Y cuanto más hondamente me emocionaban, cuanto más turbación me producían, cuanto más esfuerzos me costaba asimilar estas nuevas impresiones, más me gustaban y con más voluptuosidad se infiltraban en mi alma. Me parecía que, en un momento dado, se aglomeraban en mí corazón, apoderándose de todos mis latidos, y todo mi ser empezó a agitarse en un caos extraño. Pero esta violencia moral no llegó a trastornarme por completo. Era demasiado romántica y esto me salvó.
Nuestras conversaciones y entrevistas nocturnas terminaron al restablecerse mí madre. A veces teníamos ocasión de cambiar unas palabras, con frecuencia faltas de intención y de importancia; pero yo gustaba de descubrir en ellas un valor especial, un doble sentido. Mi vida estaba en toda su plenitud, yo era feliz, tranquila, apaciblemente feliz. Así transcurieron unas semanas...
Un día vino a vernos el viejo Pokrovsky. Estuvo hablando mucho tiempo con nosotras, alegre, animado y comunicativo como nunca, reía, bromeaba a su manera y al fin tuvimos la explicación de su regocijo excepcional, pues nos dijo que de allí a ocho días era el cumpleaños de Petinka, y que con tal motivo haría una visita a su hijo; que estrenaría un chaleco y su mujer le había prometido comprarle botas nuevas. En fin, que el viejo estaba muy alegre y hablaba por los codos. ¡Su cumpleaños! Aquel cumpleaños no me dejaba dormir ni de día ni de noche. Decidí comprarle a Pokrovsky algo en prueba de mi afecto. ¿Pero qué? Por fin pensé regalarle libros. Sabía cuánto deseaba tener la última edición de las obras completas de Pushkin y resolví comprárselas. Tenía treinta rublos que me había ganado trabajando con la aguja y que guardaba para hacerme un vestido. Mandé a Matrona, la cocinera, a enterarse de lo que valían las obras completas de Pushkin. ¡Ay! Los once volúmenes encuadernados costaban al menos sesenta rublos. ¿De dónde iba a sacar el dinero? Por vueltas que le daba a la idea, no podía resolver nada. No quería consultar a mi madre. No dudo que me hubiera sacado de apuros, pero toda la casa se hubiera enterado de nuestro regalo; además, éste hubiera sido aceptado como una muestra de gratitud, como una recompensa por todo lo que Pokrovsky había hecho por nosotros durante el pasado año. Deseaba obsequiarlo yo sola sin que nadie lo supiera. En cuanto a lo que había hecho por mí, deseaba estar siempre en deuda con él, sin otra recompensa que mi afecto,
Al fin, encontré un camino que podía resolverme el problema. En las librerías de viejo de Gostiny Dvor, regateando un poco se podía obtener a mitad de precio un libro apenas usado y casi nuevo. Resolví ir a Gostiny Dvor. Quiso la suerte que al siguiente día se hubiera de comprar algo para nosotras y para Ana Fyodorovna. Mamá no estaba muy buena y aquella se encontraba aquel día muy cansada; de modo que hube de encargarme yo de la compra y salí con Matrona.
Tuve la buena fortuna de dar sin buscar mucho con un Pushkin elegantemente encuadernado. Empecé a regatear. De buenas a primeras, me pedían un precio más alto del que tenía en las librerías; pero luego, no sin antes haber forcejeado mucho y hacer ver que marchaba varias veces, induje al librero a que me rebajase y me ofreció la obra por diez rublos en plata. ¡Nunca pensé que diera tanto gozo regatear así!... La pobre Matrona no lograba comprender lo que me pasaba ni para qué quería comprar tanto libro. ¡Pero, ay de mí! Todo mi capital se reducía a treinta rublos en papel y el librero no quería ni hablar de otra rebaja. Me puse a suplicarle y a fuerza de ruegos y lamentos logré sacarlo de su obstinación. Pero sólo obtuve que me rebajase dos rublos y medio, jurando que lo hacía por mí, porque era una hermosa señorita; peto que por nadie más consentiría en semejante sacrificio. Me faltaban aun dos rublos y medio. Hubiera llorado de rabia, pero una inesperada circustancia vino a sacarme de mi apurada situación.
En una barraca próxima vi al viejo Pokrovsky. En torno a él se agrupaban cuatro o cinco chalanes de libros que le mareaban, ofreciéndole sus mercancías, y estaban a punto de trastornarle el juicio. Cada uno le hacía el artículo y no tenían fin los libros que le recomendaban y él quería comprar. En medio de ellos, el viejo presentaba un aspecto lamentable, sin saber qué libro de los que le ofrecían quedarse. Me acerqué para preguntarle qué hacía allí. El viejo se mostró encantado al verme. Me quería con locura, casi tanto como su Petinka.
— «Ya lo ves, comprar libros, Varvara Alexyevna —me contestó—. Comprar libros para Petinka. Pronto será su cumpleaños y como le gustan tanto los libros, voy a comprarle alguno...
El viejo se expresaba siempre de una manera muy cómica y además, en aquel momento, estaba como aturdido. Cada vez que preguntaba un precio le pedían un rublo en plata, o dos o tres y pronto acabó por no preguntar el de los libros grandes; se limitaba a contemplarlos con codicia, volviendo las hojas, teniéndolos un momento en las manos y volviéndolos a sus puestos.
— «No, no, es demasiado caro— murmuraba en voz baja—; pero quizás aquí haya algo que valga la pena.»
Y examinaba folletos, cuadernos de música, almanaques; todo esto era muy barato.
— «¿Pero, para qué quiere comprar eso?—le pregunté —. ¿No ve que no vale la pena?
— «¡Ah, no! — contestó —. Mira qué buenos libros hay aquí. ¡Hay libros buenos, muy buenos!»
Y dijo esto con acento de tan grande aflicción, que creí que se iba a echar a llorar por el dolor que le causaba el que los libros fuesen tan caros, y ya estaba viendo su nariz encarnada mojada por las lágrimas. Le pregunté si tenía mucho dinero.
— «Mira—y el hombre me mostró todo su dinero envuelto en un sucio pedazo de periódico —. Aquí está todo: medio rublo, veinte kopecks en plata y veinte kopecks en calderilla.»
Lo llevé en seguida al librero con quien estaba yo en tratos.
— «Mire, estos once volúmenes cuestan sólo treinta y dos rublos y medio; yo tengo treinta, ponga usted dos y medio y se los regalaremos los dos.»
El viejo estaba loco de alegría al entregar todo su dinero y ver que el comerciante le daba los libros. El pobre viejo llenó de volúmenes todos sus bolsillos y el resto se lo llevó en las manos y bajo el brazo, emprendiendo el camino de su casa, después de prometerme que me los traería todos en secreto al día siguiente.
Al día siguiente, en efecto, el viejo fué a ver a su hijo, con quien pasó una hora, según costumbre. Luego entró a vernos y se sentó a mi lado con aire de cómico misterio. Frotándose las manos con la orgullosa satisfacción que le causaba ser poseedor de un secreto, me dijo que todos los libros habían entrado en casa sin que nadie lo notase y estaban en un rincón de la cocina, bajo la custodia de Matrona. Luego, como es de suponer, recayó la conversación sobre el día que con tanta ansiedad esperábamos y el viejo habló extensamente de la manera más apropiada de entregar nuestro regalo, y cuanto más hablaba, con más claridad veía yo que el cerebro del anciano trabajaba una idea que no se atrevía, mejor dicho, que temía expresar. Espere' en silencio. El gozo íntimo, la íntima satisfacción que hasta entonces había podido descubiir en sus gestos, en sus muecas y en los guiños del ojo izquierdo, desaparecieron. Por momentos aumentaba su inquietud y desasosiego, y por fin no pudo contenerse.
«—Escucha—empezó con timidez, a media voz.
«—Escucha, Varvara Alexyevna... ¿sabes qué pienso, Varvara Alexyevna?... —pasaba por la mayor de las confusiones—. Cuando llegue el día de sus cumpleaños, ¿sabes? coges diez libros y se los das tú misma, es decir, de tu parte; yo coceré el otro y también se lo daré, es decir, aparte, como cosa mía. Así, ¿entiendes? tú harás tu regalo y yo haré mí regalo; los dos haremos nuestro regalo.»
Y en esto el viejo se turbó y no pudo seguir hablando. Yo lo observé atentamente; el pobre estaba esperando mi fallo, encogido en su timidez.
«—¿Pero por qué no quiere que le hagamos el regalo en común, Zahar Petrovitch?
«—Porque, verás, Varvara Alexyevna, porque... porque yo... ¿entiendes?...»
El pobre enrojeció, balbució, tropezó en sus palabras y no pudo seguir.
« — Mira, Varvara Alexyevna—explicó por fin—, yo me abandono a veces... es decir, quiero confesarte que me abandono casi siempre, constantemente me estoy abandonando. Tengo un vicio muy malo... es decir, ya sabes que fuera de casa suele hacer mucho frío y a veces suceden cosas muy desagradables; hay momentos en que uno está triste, en que se sienten contrariedades, y entonces me marcho de casa y empiezo a abandonarme y a veces bebo con exceso. Esto a Petrusha le disgusta mucho. Se enfada conmigo, ¿sabes, Varvara Alexyevna? Me riñe y me sermonea. Por eso me gustaría demostrarle con mi obsequio que me corrijo y empiezo a portarme bien, que te atorrado para comprar el litro, que te estado mucto tiempo atorrando, pues casi nunca tengo más dinero que el que me da mí Petrusta. El lo sabe. Así verá en qué te gastado el dinero y comprenderá que todo lo hago por él,»
Estas palabras avivaron toda mi sensibilidad. Me quedé reflexionando un momento. El viejo me miraba con impaciencia.
«—Oíga, Zatar Petrovitch —le dije —, déselos usted todos.
«—¿Cómo todos? ¿Todos los libros?
«—Sí, todos los libros.
«—¿Y de mi parte?
«—Sí, de su parte.
«—¿Sólo de mi parte? ¿Como sí todo viniera de mí?
« — Sí, sí, como si nada tuviera yo que ver.»
Me parece que estaba claro lo que le proponía, pero al viejo le costó mucho entenderme.
«—Sí, bien — dijo después de pensarlo —. ¡Sí! Eso sería muy bonito, pero… ¿y tú, Varvara Alexyevna?
« — ¡Oh! Yo no le regalaré nada.
« — ¡Cómo! —exclamó el viejo, alarmado —. ¿No quieres regalar nada a Petinka?»
El pobre hombre estaba desilusionado y creo que en aquel momento hubiera abandonado la idea para que yo pudiera recalar algo a su hijo. ¡Tenía un fondo bondadosísimo! Le manifesté que estaría muy contenta de poderle hacer un regalo, pero no quería privar al padre del gozo que podía hallar en mi sacrificio.
«—Si su hijo está contento y usted satisfecho — añadí—, yo experimentaré una gran alegría, pues en el fondo de mi corazón sentiré como sí yo misma se lo hubiera dado todo.»
Mis palabras lo tranquilizaron. Pasó aun dos horas con nosotros, pero no podía estarse quieto; se levantaba continuamente y no cesaba de meter ruido jugando con Sasha, besándome y cogiéndome la mano por sorpresa y haciendo momos a Ana Fyodorovna cuando volvía la espalda, hasta que ésta lo echó de casa. En una palabra, el viejo estaba loco de alegría, quizás como nunca lo había estado.
El día de la fiesta se presentó a las once en punto. Venía de misa y lucía un frac remendado convenientemente y chaleco y botas nuevas. En cada mano llevaba un paquete de libros. Nos encontró a todos tomando café en la sala de Ana Fyodorovna. (Era domingo). El viejo, creo que empezó por decir que Pushkin era un poeta muy bueno: luego, con grandes titubeos y muy confuso, pasó a hablar de la necesidad que tenía uno de portarse bien, porque el hombre que no se porta bien, pronto acaba por abandonarse; que los malos hábitos llevaban a la ruina y a la degradación; citó varios ejemplos para probar el peligro de la intemperancia y acabó diciendo que de algún tiempo a entonces él se había corregido por completo y su actual conducta era excelente y ejemplar; que en todo tiempo había atendido las exhortaciones de su hijo, las había atendido en todo tiempo y las llevaba grabadas en su corazón; pero, no contento con eso, ahora las había puesto en práctica. Y en prueba de ello, le ofrecía aquellos libros comprados con el dinero ahorrado durante largo tiempo.
No pude menos que llorar y reír oyendo al pobre viejo que tan bien sabía mentir en caso de necesidad. Llevamos los libros al cuarto de Pokrovsky y los colocamos en los estantes. Pokrovsky adivinó en seguida la verdad. Se invitó a comer al viejo. Aquel día todos estábamos alegres. Después de comer jugamos a prendas y a la baraja. Sasha hacía diabluras y yo poco menos, Pokrovsky estuvo conmigo muy atento y buscaba una ocasión para hablarme a solas; pero se lo impedí. Fué el día más feliz de aquellos cuatro años de mi vida.
Y ahora viene lo triste, los recuerdos amargos; aquí empieza la historia de mis días aciagos. Por eso mi pluma se mueve lentamente, como negándose a seguir escribiendo. Por eso, quizá, me he complacido en recoger meticulosamente los pormenores que conservo en mi memoria de la frívola vida de mis días felices. Estos días fueron muy breves. Luego vino la desgracia, la negra desgracia que sólo Dios sabe cuándo acabará.
Empezaron mis infortunios con la enfermedad y muerte de Pokrovsky,
Cayó enfermo dos meses después de los incidentes que acabo de describir. Durante estos dos meses se esforzó incesantemente por encontrar un medio de vida, pues aun no tenía una situación asegurada, y, como todos los tuberculosos, se agarraba a la vida con la esperanza de vivir largo tiempo. Se le ofreció una plaza de maestro, pero le disgustaba esta profesión. Su salud no le permitía aceptar un empleo en una oficina del Estado, y por otra parte hubiera tenido que esperar mucho a cobrar un sueldo. En una palabra, Pokrovsky veía que todos los caminos se le cerraban y esto agrió su carácter. Entretanto, la enfermedad minaba su organismo, pero él no se cuidaba. Llegó el otoño y cada día salía con su ligero abrigo en busca de trabajo, a solicitar con ruegos y lamentos una colocación, lo que en el fondo era para él angustioso; venía con los pies mojados y todo empapado de lluvia, hasta que por fin cayó para no levantarse más... Murió a mediados de otoño, a fines de octubre.
Mientras duró su enfermedad, apenas abandonaba yo su habitación, haciéndole compañía y cuidándolo, y pasé muchas noches sin dormir un momento. Deliraba el enfermo con frecuencia y raras veces tenía del todo serena la cabeza; hablaba de las cosas más incoherentes, de su colocación, de sus libros, de mí, de su padre... y así me enteré de muchas circunstancias que ignoraba o que nunca hubiera ni sospechado. Al principio de su enfermedad, todos me miraban de un modo extraño y Ana Fyodorovna movía la cabeza. Pero yo arrostré sus miradas con firmeza y nadie osó afearme el interés que me tomaba por Pokrovsky, y menos mi madre.
A veces Pokrovsky me conocía, pero esto era raramente. Casi siempre estaba sin conocimiento. A veces se pasaba toda la noche sosteniendo incesante conversación con un personaje imaginario, y sus palabras mal articuladas y su voz cavernosa resonaban en la angostura de su cuarto como en un féretro. Aquello me espantaba. La última noche, especialmente, fué presa de una agitación frenética; sufría atrozmente angustias mortales y sus gemidos me destrozaban el corazón. Todos en la casa estaban asustados. Ana Fyodorovna rezaba para que Dios le concediese una muerte más tranquila. Fueron en busca del doctor y éste dijo que el enfermo moriría por la mañana.
El viejo Pokrovsky pasó toda la noche en el corredor junto a la puerta de su hijo donde le pusieron una manta. A cada momento entraba a la habitación y su aspecto era espantoso. Tan abatido estaba por la pena, que parecía no comprender nada ni sentir nada. Agitaba la cabeza, transido de horror. Temblaba de pies a cabeza y hablaba consigo mismo. Me pareció que iba a volverse loco.
Poco antes de amanecer, rendido por el dolor, el viejo se dejó caer sobre la manta y durmió como un muerto. Entre siete y ocho, su hijo entró en la agonía. Desperté al padre. Pokrovsky estaba en plena posesión de su conocimiento y se despedía de todos nosotros. ¡Cosa rara! No pude llorar aunque el pecho se me rompía en pedazos.
Los postreros momentos fueron los más torturantes y dolorosos para mí. Con la lengua trabada, expresaba su ansiedad por algo y yo no lograba entender ni una palabra. ¡Se me rompía el alma! Durante una hora entera, estuvo agitado, atormentado por un deseo que quería expresar; se empeñó en hacer un signo con su helada mano, y luego volvió a suplicarme con su voz ronca y sorda; pero sus palabras eran sonidos inarticulados que de nada me servían. Le traje a todos los de la casa, le dí de beber, pero aun continuó sacudiendo tristemente la cabeza. Al fin adiviné lo que quería. Pedía que apartásemos las cortinas y abriésemos la ventana. Seguramente deseaba ver por última vez la luz del día, la luz de Dios, el sol. Aparté las cortinas, pero el día naciente era triste y melancólico como el hombre que adonizaba. No había sol. Las nubes cubrían el cielo con una mortaja de niebla; el día se presentaba húmedo, triste, pesado. Una lluvia fina lloraba sobre los cristales, mojándolos de venas de agua fría y sucia. La palidez del día que entraba en el cuarto, apenas rivalizaba con la luz trémula de la lamparilla, que ardía junto a la imagen. El muribundo me miró con una tristeza inmensa y movió la cabeza. Un momento después, expiró.
Ana Fyodorovna se encargó personalmente del entierro. Se compró un ataúd de los más baratos y se pagó a un cochero. Para resarcirse de los gastos, Ana Fyodorovna se apropió los libros y otras cosas pertenecientes a Pokrovsky. El viejo discutió con ella, armando un gran escándalo, le arrebató los libros que pudo, se llenó los bolsillos, se llenó el sombrero, lo que pudo; iba cargado de libros de un lado para otro y no se desprendió de ellos ni cuando llegó el momento de ir a la iglesia. Durante todo este tiempo, estuvo como atontado, como si no supiera lo que hacía, dando vueltas al ataúd con. una inútil solicitud; tan pronto arreglaba la corona dedicada a su difunto hijo como encendía y cambiaba las candelas. Veíase que no podía fijar la idea en una cosa. Ni mamá ni Ana Fyodorovna acompañaron el cadáver a la iglesia. Mamá estaba enferma, Ana Fyodorovna estaba dispuesta a ir, pero riñó con el viejo Pokrovsky y se quedó en casa. Fui yo sola con el viejo. Durante el funeral, me acometió un profundo temor, como un presentimiento del futuro. Apenas podía tenerme en pie.
Por fin, cerraron el ataúd, lo clavaron y se lo llevaron. Sólo seguí al muerto hasta el extremo de la calle. El carretero puso al trote el caballo. El viejo corría detrás, llorando a gritos, y sus quejas se rompían a cada salto que daba. El pobre hombre perdió el sombrero y no se detuvo a recogerlo. La lluvia le rociaba la cabeza, sopló el viento y el agua se convirtió en nieve que le azotaba el rostro. El viejo parecía no sentir ni el frío ni la lluvia y corría de un lado a otro del carruaje sollozando, y los faldones de su vieja levita batían en el viento como alas. De todos sus bolsillos salían libros y en su mano sostenía firmemente un grueso volumen. Los transeúntes se Quitaban el sombrero y se santiguaban. Algunos se paraban y se Quedaban mirando con sorpresa al pobre hombre. Los libros empezaron a caérsele del bolsillo al barro. La gente lo detenía para indicarle lo que había perdido, él los recogía y volvía a emprender la carrera tras el féretro. Al volver la esquina, una vieja mendiga se le juntó acompañando el cadáver. El coche tomó por otra calle y lo perdí de vista. Volví a casa. Transida de dolor, me arrojé al pecho de mi madre y la estreché en mis brazos con toda el alma, la besé llorando desconsoladamente, oprimiéndola contra mí pecho como si tratara de disputar a la muerte el único ser Querido que me quedaba... Pero ya la muerte se cernía sobre mi madre...
11 de junio.
¡Qué agradecida le estoy por el paseo de ayer a la Isla, Makar Alexyevitch! ¡Qué fresco y qué agradáble es aquello, tan frondoso y tan verde! Después de tanto tiempo de no ver un árbol... durante mi enfermedad siempre me parecía que estaba condenada irremisiblemente y que moriría... figúrese cuales serían mis sensaciones, qué cosas no habré sentido...
No ha de enojarse conmigo por mi tristeza de ayer; me sentía muy feliz, muy contenta; pero en mis mejores momentos siempre estoy triste, no sé por qué. Mis lágrimas nada significan. Ni yo me explico por qué estoy siempre llorando. Me siento enferma e irritable y mis impresiones se derivan de mi malestar. La palidez del cielo sin nubes, la puesta de sol, la quietud de la tarde, todo eso, no sé; pero ayer me hallaba en tal disposición de ánimo, que todo me emocionaba penosamente y mi pecho desbordante necesitaba el consuelo de las lágrimas. ¿Pero por qué le escribiré todo esto? Si son cosas que difícilmente se explica uno mismo, aun resulta más difícil explicarlas a otro. Pero usted quizá me comprenda. Tristeza y alegría a un tiempo. ¡Qué bueno es usted, realmente, Malear Alexyevitch! Ayer me miraba usted a los ojos como para leer en ellos lo que sentía y ¡cómo se alegraba al verme alborozada! Ante un arbusto, ante una alameda, ante un estanque, ya lo tenía a usted delante para mostrarme sus bellezas sin apartar la vista de mis ojos, como si me hiciese los honores de sus dominios. Esto prueba que tiene usted un buen corazón, Makar Alexyevitch. Por eso lo quiero. Bueno, adiós. Hoy vuelvo a estar enferma. Ayer me mojé los pies y cogí un resfriado. Fedora también está malucha, de modo que las dos vamos acordes. No me olvide. Venga con tanta frecuencia como pueda.
Suya V. D.
13 de junio.
Mi querida Varvara Alexyevna.
Esperaba, alma mía, que me enviarías todo un poema describiendo nuestra expedición de ayer y has tenido bastante con llenar una simple carilla. Te lo digo porque, aunque me escribes una carta tan corta, lo pintas todo extraordinariamente bien y con mucha finura; los encantos de la naturaleza, los paisajes completos y lo de tus sentimientos... en una palabra, que lo describes todo muy bien. Yo no tengo talento para eso. Hubiera emborronado diez páginas para no decir nada; no sé hacer descripciones. Ya lo he probado.
Me dices, amor mío, que tengo un corazón excelente, que soy un hombre bondadoso, incapaz de ofender a nadie y capaz de comprender las gracias que el Señor pone de manifiesto en la naturaleza, y en fin, me llenas de elogios. Todo eso es verdad, querida mía, todo eso es la pura verdad; realmente soy lo que dices, yo mismo lo reconozco; pero cuando uno lee lo que tú escribes, el corazón se le conmueve a pesar de todo y se hace toda clase de penosas reflexiones. Verás, escúchame, querida Varinka; voy a contarte algo, amor mío.
Empezaré por decirte que cuando tenía sólo diecisiete años entré en el servicio y que pronto cumpliré los treinta de mi carrera. No hace falta decirte que se me ha estropeado más de un uniforme; que he llegado a la edad madura y a sentar el juicio, y que conozco un poco el mundo; he vivido, puedo afirmarlo, he vivido en el mundo, tanto, que en una ocasión hasta me quisieron proponer para una cruz. Podrás no creerlo, pero no miento. ¡A pesar de todo, querida mía, a pesar de todo, me he visto maltratado por gente maligna! Y has de saber, amor mío, que aunque soy un hombre humilde, un idiota quizá, tengo también mis sentimientos como cualquier otro. ¿Sabes, Varinka, lo que me hizo un hombre rencoroso? Vergüenza me da decir lo que me hizo. Tú me preguntarás porqué lo hizo. Pues porque soy humilde, porque soy pacífico, porque soy bueno. Mi carácter no era de su gusto y por eso cayeron sobre mí. Empezaron por decir: «Usted es esto y lo otro, Makar Alexyevitch» y luego decían: «No hay que preguntarlo, esto es de Makar Alexyevitch». Y todos acabaron por decir: «¡Claro! ¡Cosas de Makar Alexyevitch!» Ya ves, preciosa mía, cómo se llegó a tal conclusión; siempre se culpaba de todo a Makar Alexyevitch; llegaron a hacer de Makar Alexyevitch un proverbio en todo el departamento, y no contentos con haber hecho de mi nombre un proverbio, casi una palabra injuriosa, criticaban mis botas, mi uniforme, mí peinado, mi cara; nada les gustaba, todo había de ser diferente. Y esto se ha venido repitiendo cada día desde tiempo inmemorial. Ya estoy acostumbrado, pues un hombre humilde se acostumbra a todo. ¿Mas para qué todo esto? ¿Hago yo mal a alguien? ¿He robado a alguien la promoción o qué? ¿He difamado a algún compañero ante sus superiores? ¿He pedido alguna gratificación indebidamente? ¿He intrigado? Sólo suponer una cosa semejante sería pecado, alma mía. ¡Como si yo fuera capaz de esto! Basta mirarme a la cara, amor mío. ¿Me consideras con suficiente habilidad para ser intrigante y habilidoso? ¿Entonces por qué me aflige esta desgracia? Dios me perdone. Tú me consideras un hombre digno y vales más que todos juntos, querida. Porque, vamos a ver: ¿cuál es la principal virtud de un ciudadano? Hace un par de años, en una conversación privada, decía Yevstafy Ivanovitch que la principal virtud de un ciudadano era ganar dinero. Dijo en broma (sé que hablaba en broma) que la moral consiste en no ser una carga para nadie. El mendrugo que me como es mío; cierto que no es más que un mendrugo y a veces muy seco; pero me lo he ganado con mí trabajo, lo poseo legítimamente y hago de él lo que quiero. Pues, entonces, ¿qué? Ya sé que está mal retribuido mi trabajo de escribiente, y a pesar de todo me enorgullece trabajar y ganar el pan con el sudor de mi frente. ¿Qué me importa que sea un pobre escribiente? ¿Hay algún mal, después de todo, en hacer copias? «Es un escribiente», dicen. ¿Pero es esto alguna deshonra? Mi escritura es buena, clara y agradable a la vista y Su Excelencia está satisfecho. No tengo el don de expresarme bien, reconozco que me falta ese endiablado don; por eso no he avanzado en mi carrera y por eso, en este momento, amor mío, te escribo de una manera tan sencilla y falta de estilo, tal como me vienen las ideas... Nada de esto ignoro. Pero, no obstante, si todos fuésemos literatos, ¿quién haría las copias? Te ruego, querida Varinka, que me contestes a esta pregunta. De modo que veo que soy necesario, que no puede prescindirse de mí, y que no tienen razón de ser esas estupideces con que se molesta a un hombre. Bueno, deja que sea una rata, si tú quieres, ya que me encuentran con ella semejanza. Pero esta rata es necesaria, pero esta rata es de alguna utilidad, pero dependen de esta rata; pero a esta rata se la gratifica; ya ves qué clase de rata es.
¡No hablemos más de esto, amor mío! No quería ni hablarte de ello, pero me he acalorado un poco. Además, de vez en cuando, le gusta a uno hacerse justicia a sí mismo. ¡Adiós, mi amor, mi vida, mi consuelo! Iré, claro que iré a verte, mi tesoro, y entretanto no te aburras, ya te traeré un libro. Bueno, adiós, Varinka.
Tu ansioso afectísimo
Makar Dyevushkin.
20 de junio.
Querido señor Makar Alexyevitch.
Le escribo precipitadamente unas líneas, tengo prisa, porque he de acabar un trabajo que esperan. Le diré de qué se trata; se le presenta a usted una ganga. Dice Fedora que un amigo suyo tiene un uniforme completamente nuevo, ropa interior, un chaleco y una gorra, y todo baratísimo; de manera que debe usted comprarlo. Ahora no está usted del todo mal de dinero, tiene algún ahorrillo; usted mismo lo dice. Déjese de tacañerías, se lo mego; bien sabe que todo esto le es necesario. Mírese usted y verá cómo está de vieja la ropa que lleva. ¡Es una vergüenza! Va lleno de remiendos y no tiene nada nuevo que ponerse, me consta, aunque usted me diga lo contrario. No comprendo qué ha podido hacer de la ropa nueva, si es que la tenía. Conque adquiera usted esas prendas, haciendo lo que le digo; hágalo por mí. Si me quiere, lo hará.
Me ha mandado usted ropa blanca como regalo; pero oiga, Makar Alexyevitch: se está usted arruinando. Y no es una friolera lo que ha gastado. ¡Pensar que esto le cuesta tanto dinero! ¿Cree que se puede tirar así? Además no la necesito, es enteramente inútil. Sé, estoy de ello convencida, que me quiere y no hay necesidad de recordármelo con regalos; me molesta aceptárselos porque sé lo mucho que le cuestan. Que sea la última vez, ¿comprende? Se lo pido, se lo suplico. Quiere usted que le envíe la continuación de mis memorias, desea usted que las termine. No sé cómo he llegado a escribir lo que tengo escrito, mas ahora no me veo con fuerzas para hablar del pasado; ni siquiera deseo pensar en él; esos recuerdos me espantan. Lo más doloroso es recordar que mí pobre madre tuvo que dejar a su hija infeliz a merced de semejantes monstruos. Sólo al pensarlo se mé acelera la marcha del corazón; es demasiado reciente y aun no he tenido tiempo de despreocuparme y menos de recobrar la calma, aunque ya se ha pasado más de un año. Pero ya lo sabe usted todo.
Ya le he hablado de lo que piensa ahora Ana Fyodorovna: me acusa de ingratitud y no admite la menor acusación de complicidad con el señor Bykov. Me invita a volver con ella, afirma que vivo de caridad y que voy por mal camino. Si vuelvo a su casa, me promete encargarse de arreglarlo todo con el señor Bykov, induciéndole a reparar su conducta conmigo. Dice que el señor Bykov quiere darme una dote. ¡Peor para ellos! Me siento dichosa teniéndole a usted cerca y viviendo con mi buena Fedora, cuya adhesión me recuerda la de mi vieja ama. Aunque no sea usted más que un pariente lejano, me protegerá siempre con su nombre. A ellos no los conozco y procuraré olvidarlos. ¿Qué más quieren de mí? Fedora dice que todo eso son simples habladurías y acabarán por dejarme en paz. ¡Dios lo quiera!
V. D.
21 de junio.
Mi querida Varinka:
Siento necesidad de escribirte y no sé cómo empezar. ¿Qué chocante es, preciosa mía, la manera que tenemos de vivir ahora! Lo digo porque nunca he pasado unos días tan felices. ¡Como si Dios me hubiera hecho la merced de un hogar con familla propia, hija mía, mi bien! ¿Pero a qué viene tanto alborotar por las cuatro camisas que te he mandado? Sé que las necesitabas; me enteré por Fedora. Y experimento una especial felicidad en satisfacer tus necesidades, querida Varinka; es para mí un placer. Déjame en paz, alma mía; no te metas en mis cosas ni me contradigas. Nunca me ha pasado una cosa semejante, amada mía. Ahora empiezo a sentirme en sociedad. En primer lugar, mi vida tiene doble tazón de ser, puesto que tú vives cerca y eres un gran consuelo para mí; además estoy invitado a tomar el té con un inquilino, vecino mío, Ratazyaev, ese empleado que da tertulias literarias. Nos reunimos esta noche y leeremos literatura. Ya ves, pues, cómo nos lo pasamos ahora, Varinka, ya ves. Bueno, adiós. Te escribo todo esto sin objeto alguno, sólo para que sepas el cariño que te profeso. Le has dicho a Teresa que me dijese, amor mío, que necesitas un poco de seda de color para un bordado. Te la mandaré, amada mía, te mandaré la seda, te la mandaré. Mañana me daré el gusto de satisfacerte. Ya sé, ya, dónde comprarla. Entretanto, quedo
Tu sincero amigo
Makar Dyevushkin.
22 de junio.
Querida señora Varvara Alexyevna:
He de decirte, vida mía, que acaba de ocurrir en nuestro piso un suceso muy lamentable y digne de verdadera lástima. Entre las cuatro y las cinco de esta mañana ha muerto el pequeño de Gorshkov. No sé de qué ha muerto. Dicen que si de escarlatina... ¡Dios lo sabe! He ido a visitar a esos Gorshkov. ¡Oh, alma mía, qué miserables son! ¡Y qué desorden! No es de admirar, pues toda la familia vive en un cuarto que sólo divide un biombo por motivos de decencia. Ya estaba en el cuarto el ataúd, un ataúd pequeño y sencillo, pero bastante bonito, que compraron hecho. El niño tenía nueve años y dicen que prometía. ¡Pero daba pena mirarlos, Varinka! La madre no lloraba; pero se la veía tan triste, tan desolada... Y acaso sea un alivio para ellos el haberse descargado Je uno’; pero aun le quedan dos, un niño de pecho y una niña que no tendrá más de seis años. Realmente, no ha de ser muy agradable ver sufrir a un hijo y menos a un hijo pequeño, cuando no se tienen recursos para remediarlo. El padre, que llevaba un temo grasiento, sentábase en una silla rota. Se le caían las lágrimas, pero quizá no lloraba de pena, sino por costumbre. Tenía los ojos inflamados. ¡Es un tipo tan raro! Cuando uno le dirige la palabra enrojece, se turba y no sabe qué contestar. La niña, su hija, permanecía de pie, inclinada sobre el ataúd, en actitud meditabunda y triste, ¡tan pequeña como es la pobrecita! Y Varinka, amor mío, no me gustan los niños pensativos. ¡Me da lástima verlos! Una muñeca de trapo estaba tirada a sus pies. La niña no jugaba con la muñeca; con un dedo en los labios, permanecía muda y sin moverse. La patrona le dio un dulce. La niña lo tomó, pero no se lo comió.
¿No es triste todo esto, Varinka?
Makar Dyevushkin.
25 de junio.
Querido Makar Alexyevitch:
Le devuelvo el libro. Es un libracho que no vale nada, ni la pena de abrirlo. ¿De dónde, diablos, ha sacado tan lindo tesoro? Y hablando en serio, ¿cómo es posible que le guste semejante libro, Makar Alexyevitch? Me prometió usted el otro día mandarme algo para leer. Si quiere, podemos ir a medias. Y ahora adiós. Realmente no tengo tiempo pata escribir más.
V. D.
26 de junio.
Querida Varinka:
La verdad es que aun no había leído ese libracho, hija mía. No negaré que, al abrirlo, vi que no decía más que estupideces y estaba escrito en broma, para hacer reír, y pensé que quizá fuese divertido y pudiera gustar a mi Varinka: por eso te lo mandé.
Precisamente, Ratazyaev me ha prometido dejarme leer algo de buena literatura; de modo que tendrás buenos libros, amada mía. Ratazyaev entiende en la materia y sabe distinguir lo que vale; él mismo escribe, ¡y hay que ver cómo escribe! Hace lo que quiere con su pluma y en un estilo admirable; es decir, que en cada palabra, en la frase más insignificante y vulgar, como las que yo puedo usar hablando con Faldoni o con Teresa, pone estilo. Voy a sus veladas. Fumamos y él nos lee, lee cinco horas sin parar y nosotros le escuchamos todo el tiempo. Es un verdadero deleite. ¡Es un encanto! ¡Aquello son flores, sencillamente flores, de las que se puede hacer un ramo en cada página! ¡Y él tan afable, tan bueno, tan sincero! ¿Porque, qué soy yo a su lado? ¿Qué soy? Nada. ELI es un hombre de fama, pero yo ¿qué soy? Ni siquiera existo. Y no obstante, es cordial hasta conmigo. Ahora le estoy poniendo algo en limpio. Pero no vayas a figurarte que hay en esto algo de bastardo, que él sea mi amigo porque le esté haciendo una copia; no hagas caso de habladurías, hija mía, no des oídos a indignas murmuraciones. Si le hago ese favor es porque quiero, por deseo de complacerle. Y si él me brinda su amistad es por deseo de complacerme. También yo entiendo en delicadezas de conducta, amor mío, y te digo que es una bella persona, una bellísima persona y un escritor incomparable.
La literatura es una preciosidad, Varinka, una verdadera preciosidad. Anteayer me enteré por ellos. Es algo profundo que fortalece el corazón de los hombres, que los instruye; y en sus libros hay toda clase de cosas escritas sobre esto. ¡Y muy bien escritas! La literatura es un cuadro y en cierta manera un cuadro y un espejo: en ella entran las pasiones, la expresión, la crítica fina, las lecciones edificantes, y viene a ser como un documento de la vida. Todo esto es lo que recogí de su conversación. Te diré francamente, querida mía, que me siento entre ellos, que escucho (como ellos fumo una pipa también, si tú quieres); pero cuando ellos se ponen a discutir sobre toda clase de temas, entonces me limito a estarme sentado y en silencio; entonces, alma mía, ni tú ni yo podemos hacer otra cosa que guardar silencio. Claro que parezco un tonto y me siento avergonzado y procuro durante toda la noche encontrar la manera de meter en la conversación aunque sólo sea una palabra; pero, como si la mala sombra me persiguiera, no puedo dar ni con esa media palabra. Y es una pena para uno, Varinka, que uno no sea una cosa ni otra, que como dice el dicho: «Ha crecido el hombre, pero no su cabeza». Porque, vamos a ver: ¿qué hago yo en mis horas libres? ¡Dormir como un necio! En vez de tanto perder tiempo durmiendo, bien hubiera podido ocuparme en algo útil; bien hubiera podido sentarme a escribir algo, lo cual hubiera sido útil para mí y agradable para los demás. Porque, amor de mi vida, ¿tú sabes lo que ganan? ¿Dios los perdone! Aquí tienes, por ejemplo, lo que gana Ratazgaev. ¿Qué trabajo le cuesta a él escribir un artículo? A veces escribe cinco en un día y gana trescientos rublos por capitulo. Una anécdota, un caso curioso: «¡quinientos rublos! ¡Y si no lo quiere lo deja, los da o se marcha al cuerno! ¡De lo contrario, otra vez exigiremos mil rublos!» ¿Qué dices a esta, Varvara Alexyexna? Pues, tiene un cuaderno de poesías, poesías muy cortas, por el (Jue pide siete mil rublos, bija de mi alma; pide siete mil rublos. ¡Figúrate! ¡Una propiedad, una finca! Dice que le prometen cinco mil rublos, pero no «quiere darlo. Yo he «querido hacerle entrar en razón. Le digo: «¡Tome los cinco mil, señor, y mándelos a paseo! ¡Porque cinco mil rublos ya es algún dinero!» «¡Quiá, me replica, si me darán los siete mil, los muy granujas!» Realmente, es un hombre que entiende el negocio.
Pues bien, amor mío; ya que estamos hablando de esto, te copiaré un pasaje de Pasiones Italianas; es el título de su libro. Helo aquí, léelo, Varinka, y juzga por tí misma...
«Vladimir se estremeció, la pasión se le desencadenó en furiosa tempestad y le hirvió la sangre...
« — ¡Condesa!--gritó —. ¡Condesa! ¿Sabes lo terrible de esta pasión, de esta locura que no conoce límites? ¡No, no me engañan mis sueños! ¡Amo, amo con arrebato, con frenesí, con locura! ¡Toda la sangre de tu marido sería poca para calmar las ansias de mi alma enardecida! El fuego infernal que me arde en el pecho no puede contenerse ante obstáculos tan insignificantes. ¡Oh! ¡Zinaida, Zinaida!...
«—Vladimir— suspiró la condesa, fuera de sí, apoyándose en el Hombro del joven...
« — ¡Zinaida!—exclamó arrebatado Smyelsky.
«De su pedio se exhaló un suspiro. El fuego prendió en el altar del amor y consumió el corazón de las desgraciadas víctimas.
«—Vladimir—suspiró la condesa desmayadamente. Su pecho se levantó, sus mejillas se arrebolaron, centellearon sus ojos...
«¡Una nueva y terrible unión se había consumado!
«Media hora después, el viejo conde entró en el tocador de su mujer.
«—Amor mío, ¿y sí hiciésemos poner el samovar para nuestro querido huésped? — dijo, dando una palmadita en la mejilla de su mujer.»
Y bien, alma mía, deja que te lo pregunte: ¿qué te parece esto? La verdad que resulta un poco libre, indiscutiblemente; pero no deja de estar bien. ¡Y lo que está bien, está bien! Y ahora, si me lo permites, te copiaré un trozo de la novela Yermak y Zuleika,
Figúrate, tesoro mío, que el cosaco Yermak, el feroz y salvaje conquistador de Siberia, se ha enamorado de la hija de Kutchum, Zar de Siberia, de la princesa Zuleika, y se la lleva cautiva.
Un episodio, como puedes ver, de la época de Iván el Terrible.
«—¡Me Quieres tú, Zuleika! ¡Oh! ¡Repítelo, repítelo!...
«—Te Quiero, Yermak—murmuró Zuleika.
«— ¡Gracias sean dadas al cíelo y a la tierra! ¡Soy feliz!... Me lo has dado todo, todo lo que anhelaba mi alma turbulenta desde los años de mi infancia. ¡Ahora veo dónde me conducías, oh, estrella que me sirves de ¿ufa! ¡Ahora sé por qué me has llevado más allá del Cinturón de Piedra! ¡He de mostrar al mundo a mi Zuleika y los hombres, esos monstruos furiosos, se guardarán muy bien de recriminarme! ¡Oh! ¡Si pudieran comprender los íntimos sufrimientos de mi alma tierna, si fueran capaces de ver todo un poema en una lágrima de mí Zuleika! ¡Oh! ¡Dejadme enjugar esta lágrima con mis besos, dejadme sorber esta lágrima celeste... inmaterial!
« — ¡Yermak—dijo Zuleika —, el mundo es malo y los hombres injustos! ¡Nos perseguirán, nos condenarán, mi dulce Yermak! Una pobre doncella criada entre las nieves de Siberia, en la yurta de su padre, ¿Que hará en tu mundo frío, glacial, egoísta, sin alma? La gente no me comprendería, mi deseado, mi amado.
«—Si así fuese, el sable cosaco se levantaría y caería sobre ellos».
¿Y qué dirías de Yermak, Varinka, cuando se encuentra con que Zuleika ha sido asesinada?... Kutchum, anciano ciego, aprovechando las tinieblas de la noche, se desliza, en ausencia de Yermak, en la tienda de éste y degüella a su hija creyendo descargar el golpe mortal sobre quien le ha robado el cetro y la corona.
«— ¡Qué placer es para mí frotar el hierro contra la piedra! — exclama, transportado de furor, mientras afila su cuchillo damasquino en la piedra mágica—. ¡Necesito su sangre, su sangre) ¡Los mataré! ¡los cortaré! ¡los cortaré a pedazos!»
Y después de esto, Yermak, sin fuerzas para sobrevivir a Zuleika, se arroja al Irtish y así acaba todo.
Y aquí tienes, por ejemplo, un fragmento escrito en tono jocoso, con el sólo propósito de hacer reír.
«¿Conocéis a Ivan Prokofyevitch Panzaverde? Pues es el que mordió en la pierna a Prokofy Ivanovitch. Ivan Prokofyevisch es un hombre de genio arrebatado, mas, por otra parte, de raras virtudes; Prokofy Ivanovitch, por la suya, es muy aficionado a las tostadas de manteca. Cuando Pelagia Antonovna tenía relaciones con él... ¿Conocéis a Pelaba Antonovna? Es acuella que siempre se pone el jubón al revés?.
Esto es humorismo, Varinka, simple humorismo. Si hubieras visto cómo se desternillaba de risa cuando nos lo leyó. Es un camarada excelente. ¡Dios le perdone! Pero aunque esto sea cómico y muy divertido, querida Varinka, resulta del todo inocente y sin pizca de impiedad o liberalismo. He de advertirte, amor mío, que Ratazyoev es un hombre de muy buena conducta y un autor excelente, no como otros autores.
Y ahora te diré lo que a veces se me ocurre imaginar... ¿Qué te parece si escribiese algo? ¿Qué pasaría entonces? Suponte, por ejemplo, que, sin saber porqué ni cómo, apareciese un libro titulado «Poesías de Makar Dyevnshkín». ¿Qué diría entonces mi angelito? ¿Qué efecto te produce esta suposición? ¿Qué te hace pensar? En cuanto a mí, puedo decirte, querida, que desde el momento en que se publicase el libro ya no osaría mostrarme en la perspectiva Nevsky, porque Dios sabe qué me pasaría al oír que todo el mundo exclamaba: «Ahí viene el escritor y poeta Dyevnshkín; ahí tenéis a Dyevnshkín en persona». ¿Qué haría entonces con mis botas? No puedo dejar de confesarte, de pasada, hija mía, que siempre las llevo cubiertas de remiendos y, a decir verdad, las suelas están desgastadas de una manera harto inconveniente. ¿Y qué haría yo si todo el mundo supiese que el poeta Dyevnshkin llevaba las botas remendadas? ¿Si alguna condesa o duquesa se enterase, qué diría, amor mío? Es probable que no se fijase, pues no creo que las condesas se preocupen por las botas; y menos, por las botas de un empleado (pues ya sabes que hay botas y botas); pero le llamarían la atención, sus amigos me traicionarían. Ratazyoev sería el primero en traicionarme, él, que visita a la condesa V.; dice que asiste a todas sus reuniones y entra como Juan por su casa. Dice que es simpatiquísima y muy literata, al parecer. ¡Buen perillán está hecho Ratazyoev!
Pero basta ya de esto. Te lo he escrito todo en broma, angelito mío, para que te tías. Adiós, querida; si te he dicho una serie de insensateces, es porque me encuentro de buen humor. Hemos comido hoy todos con Ratazyoev, y (qué pillastres son) han destapado un licor...
¿Mas para qué contártelo? Pero no vayas a figurarte nada de mí, Varinka. No creas que quiero nada con eso. Te mandaré los libros, te los mandaré sin falta. Ahora está pasando de mano en mano uno de Paul de Kock, pero las novelas de Paul de Kock no son para tí, preciosa mía... No, no. Paul de Kock no te conviene. De él se dice, querida Varinka, que provoca la indignación de todos los críticos de Petersburgo. Te envío una libra de bombones, que he comprado exprofeso para tí. ¿Comprendes, querida? Que cada bombón te haga pensar en mí. Chúpalos sólo y no los muerdas, porque tienen mucho azúcar candi y te dolerían los dientes. ¿Preferirías fruta confitada? Cuando me escribas, dímelo. Bueno, adiós, adiós. ¡Que Cristo sea contigo, querida!
Quedo como siempre
Tu más fiel amigo
Makar Dyevnshkin
27 de junio
Querido señor Makar Alexyevitch:
Dice Fedora que, si quiero, ciertas personas se interesarán con mucho gusto por mi situación y me proporcionarán una buena colocación como institutriz en una familia. ¿Qué le parece a usted? ¿He de ir o qué? Desde luego, dejaría de ser una carga para usted y parece que se trata de una buena colocación; mas, por otra parte, me inspira cierto temor meterme en una casa desconocida. Es una familia que tiene una propiedad en el campo. ¿Qué les diré cuando quieran saber de mí y empiecen a preguntarme? Soy tan tonta y poco sociable, que me gustaría seguir viviendo en el retraimiento a que estoy acostumbrada. Se encuentra una mejor en el rincón donde se ha acostumbrado a vivir; aunque la mitad del tiempo se sienta una apesadumbrada, se encuentra mejor. Además; habremos de salir de Petersburgo y sabe Dios a qué estaré obligada: acaso hagan de mí una triste niñera. Por otra parte, son unos señores muy raros: en dos años ya han tenido tres institutrices. Aconséjeme, Markar Alexyevitch, qué determinación debo de tomar. ¿Y por qué no viene a verme nunca? No se le ve a usted el pelo por ninguna parte, como no sea en el oficio, los domingos. ¡Qué hombre tan misántropo! En esto no se parece usted a mí. Y eso que sabe que somos parientes. No me quiere usted, Makar Alexyevitch, y yo me paso muchos ratos muy sola y triste. Sobre todo, cuando anochece, me quedo muy sola. Federa sale y yo me siento a pensar y recordar lo pasado, así las alegrías como las tristezas, y todo pasa por mi imaginación como salido de una niebla. Me aparecen caras, caras conocidas, que creo estar viendo en realidad, y la que veo con más frecuencia es la de mi madre... ¡Y qué sueños tengo! Siento qué no estoy bien, que tengo una excesiva debilidad. Esta mañana, sin ir más lejos, al levantarme, me ha dado un vértigo. ¡Además tengo una tos! Siento, sé, que moriré pronto. ¿Quién me enterrará? ¿Quién acompañará mi ataúd? ¿Quién me llorará?... Acaso muera en una tierra extraña, en una casa extraña... ¡Dios mío, qué triste es la vida, Makar Alexyevitch! ¿Por qué me atraca usted de Bombones? No sé de dónde saca tanto dinero. ¡Ay, amigo! Vaya con cuidado y por amor de Dios, no derroche. Fedora ha vendido el tapiz que bordé y le han dado por él cincuenta rublos en billetes. Me parece muy bien pagado, pues no pensaba sacar tanto. Le daré a Fedora tres rublos en plata y yo me compraré un vestido, sencillo pero de abrigo. A usted le haré un un chaleco; se lo haré yo misma; escogeré un buen paño.
Fedora me ha traído un libro, los «Cuentos de Byelkyn», que le enviaré, sí quiere usted leerlo. Pero no se lo quede, ni lo ensucie ni Jo guarde demasiado tiempo; piense que no es mío... es una obra de Pushkin. Hace dos años leí estos cuentos con mi madre. Y ahora ha sido para mí muy triste releerlos. Si tiene usted algún libro, mándemelo, siempre que no sea de Ratazyoev. Seguramente le dará sus obras, si ha publicado alguna. ¿Cómo pueden gustarle esas cosas, Makar Alexyevitch? ¡Qué serie de sandeces! ¡Adiós! No sé cómo he escrito una carta tan larga. Cuando estoy triste, me gusta dejar correr la pluma. Así
me consuelo y en seguida me siento mejor, sobre todo cuando descargo mi corazón del peso que lo oprime. ¡Adiós, adiós, amigo mío!
Su
V. D.
28 de junio.
Mi inapreciable Varvara Alexyevna.
Deja tus inquietudes de una vez. No sé cómo no te da vergüenza. ¡Ea! ¡Ya basta, ángel mío! ¿Cómo se te pueden ocurrir tales pensamientos? Tú no estás enferma, amor mío, no estás enferma en absoluto; al contrario, estás rebosante de salud; un poco pálida, pero rebosante. ¿Y qué significan esos sueños, esas visiones? Es vergonzoso, querida, que no te rías de todo eso. ¿No ves cómo a mí no me pasa nada? ¿No ves cómo duermo bien? Debieras imitarme, alma mía. Yo voy tirando perfectamente, duermo en paz, estoy bien de salud corporal y espiritual; no hay más que verme. Basta, basta, querida; te debía dar vergüenza. Corrígete, Ya te conozco, amor mío; en cuanto tienes cualquier contrariedad, empiezas a imaginarte cosas y a inquietarte por nada. Por el amor que te tengo, no seas así, querida. ¿Entrar en una familia? ¡Jamás! ¡No, no y no! ¿Cómo pue-
des pensar que eso te convenga? ¿Cómo se te ha ocurrido ese disparate?¡Salir de Petersburgo! No, querida, no te lo permitiría. Me opondría por todos los medios a mi alcance. Vendería mí frac e iría por las calles en camisa antes de verte en tal necesidad ¡No, Varinka, no; te conozco! Eso es una locura, una verdadera locura. Indudablemente, todo es culpa de Fedora, esa mujer estúpida que te sugiere ideas tan descabelladas. No le hagas caso, hija mía. Seguramente no lo sabes todo, amor mío... Es una necia, chismosa y trapacera; atormentó a su marido hasta el día de su muerte. ¿No estabas disgustada con ella? No, no, tesoro mío; por nada del mundo. ¿Qué sería de mí sin tí? ¿Qué haría en esta vida? No, Varinka, amada mía, quítatelo de la cabeza. ¿Qué nos hace falta para seguir viviendo como hasta ahora? ¿Puede ser mayor la dicha que tú me das? ¿No me quieres? Pues vivamos tranquilos. Cose o lee, o no cosas, si quieres, poco importa; pero sigue viviendo conmigo, o dime, para qué querría yo la vida sin tí.
Mira, te compraré unos libros y luego quizás volvamos a dar otro paseo. Pero has de dejarte de cosas, de una vez para siempre. Serénate y no te preocupes por tonterías. Te iré a ver y, muy pronto; pero permite que te diga llanamente y sin rodeos, que estás en un error, amada mía, en un gran error. Sin duda soy un ignorante, reconozco que lo soy, que apenas tengo un adarme de educación, mas ahora no se trata de mí ni importa mucho mí educación, paras alir en defensa de Ratazyaev, aunque digas lo que quieras. Escribe bien, muy bien, y te lo vuelvo a repetir: escribe pero que muy bien. No estoy conforme contigo ni podré estarlo nunca. Está escrito en un estilo florido, agitado, lleno Je imágenes; hay mucha idea. ¡Está muy bien! Tal vez lo hayas leído con frialdad, Varinka; tal vez estabas, al leerlo, Je mal humor, te habías disgustado con Fedora o te pasaba algo. No; has de leer con sentimiento, cuando estés alegre y en buena disposición de ánimo, cuando, pongamos por caso, estés chupando un caramelo; entonces es cuando has de leer. Concedo (¿quién lo niega?) que hay escritores mejores que Ratazyoev; muchísimo mejores; pero sí los tales son buenos, Ratazyoev también lo es: escribe a su manera, hace muy bien. Bueno, adiós, tesoro mío, no puedo escribir más; he de acabar, porque me espera un trabajo urgente. Pero créeme, amor mío, mí inapreciable tesoro, cálmate y que Dios te bendiga. Sabes es tu muy fiel amigo
Makar Dyevushkin
P. S. —Gracias por el libro, querida; también leeremos a Pushkin; esta noche iré a verte sin falta.
Mi querido Makar Alexyevitch:
No, amigo, no puedo continuar viviendo aquí. Cuando reflexiono, veo que hago mal en rechazar tan buena colocación. Al menos tendría el pan asegurado, procuraría portarme lo mejor posible, conquistarme el afecto de mis amos y corregir mis defectos, sí fuese necesario. Claro que es triste y violento haber de vivir con personas extrañas, conquistar sus simpatías y ocultar los propios defectos torciendo el carácter de uno mismo; pero Dios me ayudará. No quiero estar encerrada toda mi vida. Ya me he encontrado en casos semejantes. Me acuerdo de cuando era una niña e iba al colegio. Todos los domingos, en casa, saltaba, corría, me tiraba por tierra; mí madre a veces me reñía. Poco me importaba: mi corazón estaba alegre y mí alma llena de gozo todo el día. Cuando se acababa la tarde, me invadía una inmensa tristeza. A las nueve había de regresar al colegio y todo era allí frío, adusto, severo; los maestros, el lunes, estaban malhumorados y a una le entraba una pena, un deseo de llorar... Yo me iba a un rincón para ocultar mis lágrimas. Me trataban de pigre, pero no lloraba, no, porque tuviera que estudiar.
Por fin me habitué a aquella vida y cuando hube de abandonar el colegio, también lloré al despedirme de mis compañeras. Y no está bien que siga siendo una carga pera ustedes dos. Esta idea me atormenta y se lo confieso francamente, porque estoy acostumbrada a serle franca. ¿Cree usted que no sé lo temprano que se levanta Fedora y se pone a lavar y a trabajar hasta las tantas de la noche? Y los huesos viejos necesitan reposo. ¿Cree que no sé cómo se está usted arruinando conmigo, gastando hasta el último céntimo? ¡No es usted ningún propietario, amigo mío! Dice que venderá el último trapo antes que verme necesitada en algo. Lo creo, amigo mío, creo en la bondad de su corazón; pero eso lo dice usted ahora, ahora que tiene usted dinero, ahora que ha recibido una gratificación; pero ¿y después? Ya lo sabe usted: estoy siempre enferma y no puedo trabajar como usted, y aunque en ello tendría una gran alegría, no siempre hay trabajo. ¿Qué otro remedio me queda? ¿He de morirme de pena, viendo como dos seres queridos se desviven por mí? ¿Acaso puedo serles de alguna utilidad? ¿Y por qué he de serle tan necesaria, amigo mío? ¿Qué bien le hice nunca? Total, he puesto en usted el afecto de toda mi alma, y le amo con todo el calor, con toda la fuerza de mi corazón; pero... ¡mi destino es muy amargo! Sé amar y puedo amar, pero nada puedo hacer para corresponder a su bondad. No se empeñe en disuadirme, reflexione y deme un consejo definitivo. Entretanto, sabe es siempre suya
V. D.
1 de julio
¡Tonterías, tonterías, Varinka, simples tonterías! ¿Si te dejas llevar de tu imaginación, qué cosas no pasarán por esa cabecita? No tienes razón ni en una ni en otra cosa, y veo que todo son tonterías. ¿Qué más quieres, hija mía? Vamos a ver. Te amamos, nos amas y todos vivimos contentos y felices. ¿Aún quieres más? ¿Y qué harías con esos extranjeros? Seguramente no sabes aún qué clase de gente son. Harías bien en preguntármelo y te diría cómo son los extranjeros. Yo los conozco, amor mío, los conozco muy bien; he tenido que comer su pan. Son malos, Varinka, son malos, tan malos, que te faltará valor para sufrir sus descaros, sus insolencias, sus desprecios. Entre nosotros estás bien, calentita y dichosa como en un nido; además, cuando tú te marches, nos parecerá que hemos perdido la cabeza, porque no sé qué vamos a hacer sin tí; ¿qué podría hacer un pobre viejo como yo? ¿Que no eres de ninguna utilidad para nosotros? ¿Que no representas ningún bien? ¿Cómo, ningún bien? Vamos, amor mío, juzga por ti misma. Para mí representas toda una fortuna, Varinka. Ejerces sobre mi una influencia tan bienhechora... Ahora mismo me siento feliz pensando en tí... A veces te escribo exponiéndote todos mis sentimientos y tú contestas a todo. Te he comprado alguna ropa, te he mandado un sombrero; me has hecho algunos encargos y los he cumplido... ¿Cómo puedes decir que no eres útil? ¿Y para qué sirviría yo a mi edad? Tal vez no hayas pensado en esto, Varinka, y habrías de pensar un poco: «¿para qué serviría sin tí?» Ya estoy acostumbrado a tí, querida. Si me faltas ¿qué resultará? Iré de cabeza al Neva y asunto terminado. Sí, Varinka, esto será lo único que me quedará cuando te hayas marchado. ¡Ah, Varinka, amor mío! Cualquiera diría que deseas que me lleven al cementerio de Volkov en el coche común, que una vieja medicante sea la única persona que me acompañe a la tumba; quieres que me cubran de tierra y se marchen dejándome solo. ¡Eso no está bien, querida, no está bien! ¡Es un pecado, te lo aseguro; un pecado! Te devuelvo el libro, Varinka, mi amor, y si deseas mí opinión, te diré que en mi vida lie leído un libro tan bueno. Ahora pienso, querida, cómo he podido vivir tanto tiempo en tan completa ignorancia. ¡Dios me perdone! ¿Qué hice en esta vida? ¿De qué selvas me han sacado? Es que no sé nada, hija mía, no sé absolutamente nada. No sé nada de nada. Te lo digo con toda sinceridad, Varinka, soy un hombre sin la menor educación. Hasta ahora, había leído muy poco, muy poco, apenas nada había leído: «El retrato del hombre», una obra científica; había leído «El niño que tocaba aires alegres con campanas» y «Las Grullas de Ibicus»; ese es todo mi repertorio y no había leído nada más. Ahora he leído «El jefe de posta» en tu libro. Pues bien; sucede, querida mía, que se pasa uno la vida sin fijarse que tiene al alcance de su mano un libro que contiene la luz que necesita la vida de uno. Y lo que nunca se había adivinado ni sospechado antes, se va recordando y como descubriendo, a medida que se lee ese libro. He aquí otra de las razones porque me ha gustado tu libro: hay ciertos libros que, por más que uno los lea, nunca llega a entenderlos, porque son demasiado profundos. Yo, por ejemplo, soy tonto, tonto de remate, y no puedo leer libros serios; pero éste lo he leído como si yo mismo lo hubiese escrito; como si hubiera cogido mi propio corazón, lo hubiese abierto ante la ¿ente y hubiera ido mostrando todos sus pliegues; eso es lo que hace el autor. ¡Y qué sencillo es, Dios mío! pero ¡qué cosa tan grande! Realmente, así lo hubiera escrito yo. ¿Por qué no? Tú sabes que siento exactamente como se siente en el libro y me he hallado en idénticas circunstancias, por ejemplo, que ese pobre hombre de Samson Vyrin. ¡Y cuántos desgraciados como Samson Vyrin, hay entre nosotros! ¡Y con qué claridad está todo descrito! Las lágrimas se me agolpaban a los ojos cuando leí que el pobre infeliz se había dado a la bebida y llegó a ser tan borracho, que perdió el juicio y dormía todo el día bajo una pelliza y ahogaba sus penas en el ponche, y lloraba lastimeramente, enjugándose con la sucia orilla de su chaqueta, al pensar en su corderita extraviada, su hija Dunyasha. Sí, es natural. Léelo, verás qué natural. ¡Es la vida! Yo mismo lo he visto, me ha pasado a mí; aquí tienes a Teresa, por ejemplo... ¿pero para qué ir tan lejos? Aquí tienes a nuestro pobre empleado, por ejemplo... Es el propio Samson Vyrin, aunque se llame de otra manera, Gorshkov. Es una cosa muy corriente, Varinka; a tí y a mí nos puede pasar lo mismo. Y al conde que vive a orillas del Nevsky, le puede pasar otro tanto; parecerá distinto, porque cada cosa es a su maneta y condición; pero en el fondo será lo mismo; todo puede suceder y también yo puedo hallarme en el mismo caso. Esta es la verdad, Querida, y con todo, quieres dejarnos; es un pecado, Varinka; podría ser mí muerte. Puedes causar tu perdición y la mía, mi vida. ¡Oh, hija mía del alma! Por Dios te lo ruego: quítate de la cabecita esas horribles ideas y no me atormentes inútilmente. ¿Cómo podrías defenderte, pajarito sin plumas? ¿Quién te salvaría de los peligros, quién te libraría de la gente malvada? Basta, Varinka, piénsalo bien; no escuches consejos absurdos y vuelve a leer ese libro, léelo con atención; te aprovechará.
Hablé a Ratazyaev de «El jefe de Posta». Me dijo que era anticuado y que ahora sólo se publican libros con ilustraciones y descripciones; realmente, no entendí bien lo que me dijo. Añadió que Pushkin es un gran escritor y una gloria de la santa Rusia, y me dijo de él muchas otras cosas. Sí, es cosa buena, Varinka, cosa superior; vuelve a leerlo con atención; sigue mi consejo y haz feliz a un viejo con tu obediencia. Dios te lo premiará, amor mío, te lo premiará sin duda alguna.
Tu sincero amigo
Makar Dyevushkin
Querido señor, Makar Dyevushkin:
Fe dora me ha traído hoy quince rublos en plata. ¡Qué contenta se ha puesto cuando le he dado tres! Le escribo apresuradamente. En este momento estoy cortando su chaleco; es un paño excelente, amarillo y con flores. Le mando un libro que contiene varias novelas, de las que he leído algunas; he leído la titulada «La Capa». Quiere usted persuadirme a que le acompañe al teatro, pero ¿no será muy caro? Quizás pudiéramos ir a galería. Hace mucho tiempo que no he ido al teatro; realmente, no recuerdo cuándo. Pero temo que sea un gusto demasiado costoso. Fedora no hace más que mover la cabeza. Dice que usted no tiene medios para seguir viviendo como ahora y veo que realmente gasta usted mucho para mí sola. Mucho cuidado, amigo mío; no se cree usted dificultades. Fedora me ha contado ciertos rumores, según los cuales se ha disputado usted con la patrona por no pagarle el alquiler; me tiene usted con ansia. Bueno, adiós, tengo prisa. Es una cosa sin importancia: he de cambiar la cinta de un sombrero.
P. I. — Me olvidaba; si vamos al teatro, llevaré el sombrero nuevo y el manto negro. ¿Estaré bien?
7 de julio.
Querida señora Varvara Alexyevna,
Vuelvo a pensar en lo de ayer. Sí, bija mía, también yo be cometido locuras en mi tiempo. Me enamoré de esa actriz, me enamoré de ella locamente; pero no bubo nada. Lo más extraordinario es que apenas la había visto, sólo una vez en el teatro, lo que bastó para que me enamorase. Vivían en una habitación contigua a la mía cinco jóvenes alborotados. Me relacioné con ellos porque no bubo más remedio, aunque siempre me mantuve a respetuosa distancia. Por no darme importancia siempre me mostraba en todo de acuerdo con ellos. Ellos me hablaron de la actriz. Cada noche que había función, toda la cuadrilla, aunque para lo necesario no tenían un céntimo, iban al teatro, a galería, y toda la noche estaban aplaudiendo y llamando a escena a esa actriz. ¡Parecían energúmenos! Luego no le dejaban dormir a uno, todo era hablar de ella y más hablar de ella y cada uno la llamaba su Glasha. todos estaban enamorados de ella, a todos les cantaba en el corazón el mismo pájaro. Me arrastraron también con ellos; yo era el más joven y no me resistí. No sé cómo, una noche me encontré con ellos en la galería del cuarto piso. En cuanto a ver, no vi más que una punta del telón, pero lo oí todo. La actriz, innegablemente, tenía una voz preciosa: una voz melodiosa como la del ruiseñor, tan dulce como la miel; aplaudimos y gritamos hasta enronquecer y por poco no tuvimos un percance; a uno de nosotros se le expulsó del teatro. Volví a casa, tambaleándome, como un beodo. En el bolsillo no me «quedaba más que un rublo en plata y aún faltaban diez días para cobrar mi sueldo. ¿Y qué crees que hice, amor mío? Al día siguiente, antes de ir a la oficina, pasé por una perfumería francesa y me gasté toda mi fortuna en esencias y jabón de olor... Realmente, no sé porqué compré todo aquello. No fui a comer: me pasé el día dando vueltas por debajo de su ventana. Vivía en la perspectiva Nevsky, en un cuarto piso. Volví a casa y después de una hora de descanso, otra vez a pasear bajo su ventana. Durante seis semanas fui a montar la guardia de la misma manera. Gastaba en trineos de lujo para pasar por delante de su casa; me arruiné por completo, me entrampé, hasta que se me enfrió la pasión, harto de tantas vueltas inútiles. Ya ves, tesoro mío, lo que puede hacer de un hombre respetable una actriz. ¡Mas era yo entonces muy joven, muy joven!
M. D.
8 de julio
Querida Varvara Alexyevna.
Me apresuro a devolverte el libro que me dejaste el día seis de este mes y paso a discutir el asunto, objeto de la presente. Haces mal, bija mía, baces mal en obligarme a ello. Permite que te diga, amiga mía, que es voluntad del Omnipotente que cada hombre ocupe en el mundo la posición que se le ha señalado. Unos están destinados a llevar sobre los hombros las charreteras de general, mientras otros tienen la misión de servir de consejeros titulares; hay quien ha nacido para mandar y quien para obedecer sin chistar, con temor y humildad. Todo está de acuerdo con las aptitudes de los hombres; quien no sirve para una cosa, sirve para la otra, y Dios mismo reparte sus dones. Pronto hará treinta años que soy empleado; mi hoja de servicios está limpia, mi conducta ha sido intachable y nadie puede echarme en cara la más pequeña irregularidad. Como ciudadano reconozco mis defectos, pero también mis virtudes. Mis superiores me respetan y su Excelencia está satisfecho de mí; no me ha dado ninguna prueba especial de su benevolencia, pero sé que está satisfecho. Mi letra es clara y elegante, ni demasiado grande ni demasiado pequeña, parecida a la cursiva inglesa; pero en todo caso, muy aceptable. Quizá ningún otro, salvo Ivan Prokofyevitch, escriba tan bien. Soy viejo y tengo los cabellos blancos; esa es la falta más grande que me conozco. Claro que no hay hombre sin pecado. Todos somos pecadores, hasta tú eres pecadora, querida. Peto nadie puede reprocharme una falta grave, un acto deshonesto, una infracción del reglamento ni un atentado contra la tranquilidad pública. Jamás me han tenido que llamar la atención por una cosa así, porque nunca ha sucedido, y he estado a punto de obtener una recompensa; pero no hace falta hablar de esto. Todo eso debías haberlo sabido, querida, y también él debía saberlo; quien quiere escribir, ha de enterarse bien antes. No, no me esperaba eso de tí, hija mía; no, Varinka, De cualquiera me lo podía esperar menos de tí.
¡Cómo! ¿Con que así, ya no puede uno vivir en paz, retraído en su rincón—no importa cual sea éste—sin turbar el agua, como dice el proverbio, sin meterse con nadie, conociéndose a sí mismo y temiendo a Dios, sin que nadie se ocupe de uno ni se introduzca en su guarida a fiscalizar la vida privada de uno, a ver si lleva un Buen chaleco, si el pantalón le cae bien, si usa botas o lleva la camisa limpia; qué come, qué bebe, qué escribe? ¿Y qué le importa a nadie que yo camine de puntillas cuando la acera está en mal estado, para no estropear más las botas? ¿Por qué se ha de escribir de otro que pase apuros y que no bebe té? ¡Cómo si a todo el mundo le gustase el té! ¿Acaso yo he mirado la boca de alguien para ver qué come? ¿He insultado a alguien a propósito de esto? No, amor mío. ¿Cómo quieres que insulte a quien no se mete conmigo? Entiende bien, Varvara Alexyevna, lo que voy a decirte: Trabaja uno y trabaja con toda regularidad y con celo, y los superiores lo respetan (sea como sea, lo respetan), y he aquí que con toda desfachatez, sin razón que lo justifique ni pedirle a uno permiso, se le hace la caricaturase comprende que de vez en cuando adquiera uno alguna prenda nueva y no pueda dormir de alegría pensando en ella, porque está tan contento... ¿pues quién no se siente dichoso cuando estrena unas botas? Eso es cierto, y yo he sentido la satisfacción que me produce un calzado de piel fina y elegante... Esta observación es justa. Pero me ha sorprendido realmente que Fyodor Fyodorovitch dejase pasar semejante libro sin hacer caso y sin defenderse. Cierto que este alto funcionario aún es joven y le gusta gritar un poco. ¿Pero por qué no ha de gritar, por qué no ha de reprendernos, si lo merecemos? Supongamos que grita porque así lo exige el tono de la oficina. ¿No está en su derecho? Hay que sostener el tono, hay que enseñar a la gente y para eso hay que sermonearlos; porque — dicho sea entre nosotros—los empleados no hacemos nada, si no nos sermonean. Cada uno de nosotrrs se preocupa únicamente de hacer acto de presencia, editar el trabajo y huir de él como gato escaldado. Pero como en la jerarquía burocrática hay varios grados y a cada empleado corresponde una reprimenda que esté de acuerdo con su categoría, es natural que el tono de ella varíe según una escala establecida dentro del orden mismo de las cosas. Para que el mundo subsista, amor de mi vida, es preciso que unos ejerzan autoridad sobre otros, y que los de arriba reprendan a los de abajo. Sin esta precaución, ni el mundo podría seguir adelante ni habría orden. Realmente, me sorprende que Fyodor Fyodorovitch haya dejado pasar la ofensa en silencio. ¿Y para qué escribir esas cosas? ¿De qué sirven? ¿Acaso un lector de ese libro me regalará una capa por lo que en él se dice? ¿Me comprará unas botas nuevas? No, Varinka; leerá el libro y aumentará la contribución. Parece mentira. Se oculta uno a veces, se oculta, procura disimular sus debilidades, teme enseñar la nariz en todas partes, por miedo a la murmuración, por que se aprovechan de cualquier circunstancia para ponerle a uno en ridículo, cualquier circunstancia, y he aquí que el día menos pensado se encuentra uno con que su vida pública y privada es asunto literario, está impresa, se lee, se ríe, se comenta. Se le hace a uno imposible salir a la calle, pues todo está tan bien pintado, que lo conocen a uno hasta en el modo de andar. Y menos mal que la obra se suaviza un poco al final y el autor se apiada un poco, que al final de la escena en que le tira los papeles a la cabeza, advierte, por ejemplo, que después de todo era un hombre virtuoso, un buen ciudadano, que no se merecía aquel trato de sus compañeros, que respetaba a sus superiores (un ejemplo digno de imitarse) y que no deseaba mal a nadie, que creía en Dios y que murió (mutió porque el autor lo quiere así) llorado. Pero mejor hubiera sido dejar vivir al pobre hombre y hacer que se encontrase el frac y que Fyodor Fyodorovitch... ¿qué estoy diciendo? que el general descubriese sus buenas cualidades, lo llamase a su despacho y después de hablar con él, se lo quedase de secretario, aumentándole el sueldo y la categoría; de esta manera se hubiera visto castigada la maldad y triunfante la virtud, y sus compañeros nada hubieran perdido con esto. Yo le hubiera dado esta solución, pero tal como quedan las cosas, ¿qué hay de bueno en ese libro? No es más que un ejemplo vulgar de lo que sucede cada día. ¿Y qué te ha decidido a enviarme ese libro, amor mío! Es una obra mal intencionada, Varinka, e inverosímil, pues no puede haber existido tal funcionario. He de quejarme, Varinka; he de quejarme formalmente.
Tu humilde servidor
Makar Dycvushkin
27 de julio.
Querido Sr. Makar Alexyevitch.
Sus cartas y los últimos incidentes me han amedrentado, me han trastornado y me tienen en una situación angustiosa. Fedora me ha explicado lo que yo no llegaba a comprender. ¿Qué razón tiene usted para desesperarse hasta dejarse abatir de tal manera, Makar Alexyevitch? Sus excusas no me satisfacen en absoluto. ¿Ve usted cómo tenía razón al insistir en aceptar el empleo que se me ofrece? Por otra parte, mi última aventura me ha causado un hondo desasosiego. Dice usted que el amor que me tiene le aconseja ocultarme la verdad. Ya me consideraba yo en doble deuda con usted cuando trataba de convencerme dé que sólo gastaba conmigo los ahorros, que aseguraba usted tener depositados en el banco para un caso de necesidad. Ahora, sabiendo que no tiene ningún dinero sino que, enterado por casualidad de mi apurada situación, se gasta el sueldo que pide anticipado y hasta vende sus ropas cuando estoy enferma; ahora que he descubierto todo esto, me encuentro en una situación tan angustiosa que aún no sé cómo tomármelo ni qué pensar. ¡Ah, Makar Alexyevitch! Después de los primeros socorros inspirados en la compasión y en los sentimientos de familia, debía haberse refrenado y no haber gastado el dinero en cosas inútiles. Ha sido infiel a nuestra amistad, Makar Alexyevitch, por falta de franqueza conmigo, y cuando veo que se estaba gastando el último céntimo en adornos, en dulces, en excursiones, en teatros y en libros... ahora pago con lágrimas de amargura mí imperdonable frivolidad, porque lo aceptaba todo sin preocuparme de usted para nada y todo lo que me dió usted para complacerme se me ha convertido en una triste amargura y no me ha dejado más que un estéril remordimiento. De algunos días acá venía notando su abatimiento y aunque me inquietaba sospechando algo, nunca me pasó por la cabeza que pudiera suceder esto. ¡Cómo! ¿Es posible que haya perdido por completo la cabeza, Malera Alexyevitch? ¿Qué he de pensar de usted ahora, qué dirán ahora los que le conocen? ¡Usted, a quien yo siempre respeté por su bondad, por su discreción, por la rectitud de su juicio, haber caído de pronto en un vicio tan repugnante, al que en su vida se había visto tentado! ¿Qué me había de pasar cuando me dijo Fedora que lo encontraron en la calle en un estado de embriaguez y la policía hubo de conducirle a su casa? Me quedé helada de estupor, aunque ya esperaba algo extraordinario, al saber que había desaparecido hacía cuatro días. ¿Ha pensado, Makar Alexyevitch, en lo que dirán sus jefes cuando se enteren de la verdadera causa de su ausencia? Dice usted que todos se le ríen, que todos conocen nuestra amistad y que sus vecinos bromean a costa nuestra. No haga usted caso, Makar Alexyevitch y cálmese, por Dios. También me tiene inquieta su incidente con esos oficiales, del que he oído hablar vagamente. Explíqueme qué significa todo esto. Me escribe usted que teme decirme lo que le pasa; que teme perder mi amistad con su confesión, que estaba desesperado por no saber cómo ayudarme en mí enfermedad, que lo vendió todo para atender a mis necesidades y evitar que me llevasen al hospital, que se endeudó cuanto pudo y tuvo escenas desagradables con la patrona... pero cometió el error de ocultarme todo esto. Ahora me he enterado de todo. Quiso usted por delicadeza hacerme ignorar que yo era la causa de su desgraciada situación y ahora su conducta me ha producido doble pena. Todo esto me ha trastornado, Makar Alexyevitch. ¡Ay, amigo mío! La desgracia es una enfermedad contagiosa y los pobres deben separarse para no empeorar el mal. Yo le he acarreado males que nunca había usted conocido en su larga existencia humilde y solitaria. Y esto es lo que me atormenta y me mata.
Cuénteme con entera franqueza todo lo que le ha sucedido y cómo ha llegado a portarse de esa manera. Tranquilíceme, si es posible. No le hablo de mi tranquilidad por egoísmo, sino por amistad, por este sentimiento de amor que nada podrá desarraigar de mi corazón. Adiós. Espero impaciente su contestación. Tiene usted de mí una idea muy pobre, Makar Alexyevitch.
Su amantísima
Varvara Dobroselov.
28 de julio.
Mi inaprecible Varvara Alexyevna.
Ahora que todo se ha terminado y que poco a poco van las aguas corriendo por su cauce natural, permite que te diga una cosa, mi buena amiga: respecto a lo mucho que te inquieta lo que pueda pensar de mí la gente, me apresuro a contestarte, Varvara Alexyevna, que lo que más estimo en este mundo es mi reputación. Por eso y por lo referente a mi desgracia y a los desórdenes que siguieron, empiezo notificándote que ningún jefe de la oficina sabe ni sabrá nada de lo sucedido; de modo que todos seguirán apreciándome como antes. Lo único temible son las habladurías. En casa, la patrona no hacía más que alborotar y ahora que con tus diez rublos le he pagado parte de lo que le debía, no hace más que gruñir. Por los demás no me apuro, puesto que nada les debo, y en fin, Varvara Alexyevna, te diré que pongo por encima de todo el aprecio que me demuestras y que ha venido a consolarme en mi aflicción pasajera. Gracias a Dios, se ha pasado el primer golpe y el primer contratiempo sin que te lo hayas tomado demasiado a mal, sin que me hayas considerado como un amigo desleal y egoísta por retenerte a mi lado y haberte engañado, para poder seguirte amando como a un ángel, ya que no tengo fuerzas para separarme de tí. Ahora ya vuelvo a trabajar con celo y a cumplir como un buen empleado. Yevstafy Ivanovitch no dijo una palabra cuando ayer pasé por su lado. No te ocultaré, Varinka, que me tienen muy preocupado mis deudas y el mal estado de ropa; pero esto importa poco y te ruego, querida, que sobre ese particular no pases pena. Me mandas otro medio rublo. Varinka, este medio rublo me destroza también el corazón. Ya ves tú en qué han venido a parar las cosas; ya no soy yo quien te ayuda, ángel mío, sino quien recibe la ayuda de una pobre huerfanita como tú. Ha hecho bien Fedora de traer dinero. Por ahora no veo ninguna probabilidad de cobrar nada, pero si se presentase la ocasión, te informaría debidamente. Pero las murmuraciones, los chismes son lo que me intranquiliza. Beso tu manita y te ruego que 6 te restablezcas. No escribo más porque he de marcharme en seguida a la oficina; quiero recuperar con mi puntualidad y trabajo, todo lo que he perdido con mi pasada negligencia. Dejo para esta noche el relato de todo lo sucedido y mi aventura con dos oficiales.
Tu respetuoso y sincero amigo
Makar Dyevushkin
28 de julio.
Mi inapreciable Varinka.
¡Eh! ¡Varinka, Varinka! Esta vez la falta es tuya y el pecado cae sobre tu conciencia. Con tu carta me has dejado perplejo y trastornado al principio, pero cuando luego he examinado con calma los más hondos rincones de mi alma, he visto que yo tenía razón, toda la razón. No hablo de mi embriaguez (olvidemos esto, alma mía, olvidémoslo), sino del amor que te tengo y de lo razonable que es, y muy razonable. Tú no sabes nada, querida; pero si supieras cómo empezó y qué me movió a amarte, no hablarías así. Todos tus argumentos son mera palabrería y estoy seguro que en el fondo sientes de otra manera.
Tesoro mío, no me conozco a mí mismo ni me acuerdo de lo que pasó entre mí y los oficiales. Sólo he decirte, ángel mío, que por entonces me hallaba en una terrible agitación. Figúrate que hacía un mes estaba como quien dice pendiente de un hilo. Mi situación era de lo más desastrosa. Te lo ocultaba a tí y también a los de casa, pero la patrona empezó a escandalizar. Yo no hubiera hecho caso. Poco me hubieran importado los gritos de aquella bruja, si por desgracia o por lo que sea, Dios sabe cómo, no hubiese descubierto nuestra amistad y no se hubiese puesto a pregonarla por toda la casa con gritos que ensordecían. Yo me quedé como aturdido y me tapé los oídos, pero lo malo es que los otros no se los tapaban, sino que procuraban aguzarlos. Aun ahora no sé donde esconderme...
Pues, bien, ángel mío, todo este cúmulo de desgracias y tribulaciones me aplastó por completo. Y en esto me entero por Fedora de una cosa extraña: un calavera indigno se ha presentado en tu casa y te ha injuriado con proposiciones deshonestas; ese hombre te ha ofendido, te ha ofendido, te ha ofendido profundamente; puedo juzgarlo por mí mismo, puesto que también yo me siento ofendido en lo más hondo. Esto me sacó de quicio, ángel mío, me indignó y me hizo perder el juicio. Salí inmediatamente, querida Varinka, presa de un furor inexplicable, en busca del muy canalla, sin tener una idea de mis propósitos. ¡No quería que te insultasen, ángel mío! ¡Qué triste estaba! ¡Y en aquel momento llovía, caía agua-nieve, hacía un tiempo de perros!... Quería retroceder... Y entonces vino mi caída. Encontré a Emelyan Ilyitch... Es un empleado, es decir, lo era, pero ya no lo es, porque lo echaron de la oficina. No sé qué hace ahora, va arrastrando su miseria por las calles. Nos fuimos juntos. Y entonces... pero, vamos a ver, Varinka, ¿qué gusto tendrás en saber las desgracias, los infortunios y las pruebas porque ha pasado tu amigo? Tres días después, abandonado por Emelyan, fui a ver al oficial. Nuestro portero me dió las señas. Ya que hablamos de esto, querida, te diré que me había fijado en ese joven bizarro hacía tiempo; ya lo tenía observado cuando vivía en nuestra casa. Pero veo que cometí una grosería, porque me presenté a él en un estado deplorable. A decir verdad, Varinka, no recuerdo nada, sólo me acuerdo que había con él muchos oficiales; ¿o es que veía doble...? Dios lo sabe. Tampoco recuerdo lo que dije, sólo sé que hablé mucho en mi noble indignación. Pero me echaron, me arrastraron por la escalera; bueno, no me arrastraron, pero me echaron a la calle. Ya sabes, Varinka, cómo volví a casa: eso es todo. Claro que me he degradado y ha sufrido mi dignidad; pero nadie sabe esto más que tú; nadie más lo sabe, de modo que como si no hubiera pasado. ¿No te parece, Varinka? Lo que yo sé de cierto es que el año pasado, Aksenty Osípovitch acometió de la misma manera a Pyotr Petrovitch, pero en secreto; lo hizo en secreto. Lo invitó a entrar al cuarto del portero —lo vi todo por la rendija de la puerta entornada — y allí arreglaron el asunto; le dijo cuanto tenía que decirle, pero de una manera conveniente, pues nadie los escuchaba más que yo, lo que era igual, es decir, yo no lo conté a nadie. Después de esto, en nada variaron las relaciones entre Pyotr Petrovitch y Aksenty Osipovitch. Pyotr Petrovitch, ¿sabes? es un hombre que tiene mucho amor propio y no dijo nada, de modo que hasta se saludan y se dan la mano. Yo no niego, Varinka, no Quiero negarte que me he degradado enormemente y lo que es peor, he perdido mucho en mi propia estima; peto no dudo que ya nací predestinado, no dudo que ese era mi sino, y nadie puede escapar a su sino, ya lo sabes.
Aquí tienes el relato exacto de mis desgracias y tribulaciones, Varinka... Estoy muy lejos de sentirme bien, Varinka; he perdido toda la vivacidad de mi espíritu. Con esto quiero darte testimonio de mi devoción, de mi amor y de mi aprecio, Como siempre, querida señora, Varvara Alexyevna, quedo
Tu humilde servidor
Makar Dyevushkin
29 de julio
Mi querido Makar Alexyevitch:
¡He leído sus dos cartas sollozando! Oiga, querido: usted me oculta algo y no me cuenta más que parte de sus desventuras o... realmente, Makar Alexyevitch, en sus cartas hay una cierta incoherencia... Venga a verme, por Dios se lo pido, venga hoy mismo: pero escuche: venga sin falta a comer. Yo no sé cómo vive ahora y cómo se ha arreglado con la patrona. Hada me dice de esto y su silencio me parece intencionado. Conque, hasta la vista, amigo; no deje de venir hoy, y mejor sería que viniese a comer todos los días. Fedora guisa muy bien. Adiós.
Su
Varvara Dobroselov
1 de agosto
Mi querida Varvara Alexyevna:
Estás contenta, hija mía, porque Dios te ha deparado la ocasión de corresponder a mis favores con los tuyos y demostrarme tu agradecimiento. Lo creo, Varinka, como creo en la bondad de tu corazón angelical; y no te lo digo en son de queja... pero no me riñas porque haya sido un derrochador en mis buenos tiempos. Si obré mal ya no hay remedio; pero que tú me lo digas, amor mío, me llena de amargura. Y no te enfades si te hablo así, porque tengo el corazón enfermo. Los pobres son quisquillosos, y es muy natural. Ya me había fijado es esto hace años. El pobre es exigente: tiene un concepto particular de este mundo de Dios, mira de reojo a los que pasan, vuelve a todos lados su mirada inquieta y observa a todo el mundo, sospechando que la gente habla de él, que critican su porte desagradable, se preocupan de sus intenciones y juzgan todos sus actos, aunque todo el mundo sabe, Varinka, que el pobre es peor que un estropajo, que no tiene la consideración de nadie ni la tendrá nunca; por más papel que emborronen esos escritorzuelos, el pobre seguirá siendo lo que siempre ha sido. ¿Y por qué será lo que siempre ha sido? Porque el pobre, según ellos, ha de estar vuelto al revés, no puede tener reserva alguna ni dignidad personal, Emilyan me contó el otro día que le abrieron una suscripción y por cada rublo hubo de someterse a una inspección oficial. La gente creyó que le daban el dinero a título gratuito, pero no es verdad; con su dinero se pagaban el gusto de ver a un pobre desgraciado. Hoy día, hija de mi alma, la caridad se practica de un modo muy curioso... y quizás siempre haya sido lo mismo, ¿quién sabe? O no saben cómo hacerlo o son demasiado hábiles: una de dos. Te digo esto por si lo ignorabas. Podré ser ignorante en otras cosas, pero en esto soy una autoridad. ¿Y cómo es que el pobre sabe todo esto y piensa en ello? ¿Por qué? ¡Por experiencia! Porque, por ejemplo, sabe que pasa por su lado un caballero que se dirige a un restaurante pensando para sus adentros: «¿Qué comerá hoy este empleado que parece un pordiosero? Yo voy a comer santé papillotte mientras que él va a comer Relias sin manteca, tal vez». ¿Y qué le importa que yo vaya a comer gachas sin manteca? Hay hombres, Varinka, hay hombres que no piensan en otra cosa, Y esos indecentes de caricaturistas vienen a mirar sí uno sienta toda la planta del pie o camina de puntillas; se fijan sí tal empleado de tal departamento, un consejero titular, enseña los dedos por la punta de las botas, si lleva agujereados los codos de la chaqueta... y luego llegan a casa, lo escriben todo y publican esa basura... ¿Y a usted qué le importa, señor mío, sí mi chaqueta está rota por los codos? Si me excusas la grosería de la expresión, Varinka, te diré que el pobre experimenta un sentimiento de recato muy parecido a vuestro recato virginal. Asi como tú no te desnudarías ante la gente — perdona mi grosera comparación—, el pobre no quiere que le inspeccionen su escondrijo ni se admiren de su manera de vivir. ¿Por qué, pues, Varinka, se unen para ofenderme con los enemigos que atentan contra el honor y la dignidad de un hombre honesto?
Hoy, en la oficina, tenía yo el aire de una gallina, de un gorrión atado por la pata y hasta enrojecía de vergüenza al mirarme. ¡Estaba avergonzado, Varinka! Es que uno se vuelve tímido por naturaleza cuando los codos se le asoman por el agujero de la manga y cuelgan los botones por los ojales. Y para colmo de desdichas, toda mi persona era un modelo de desorden. Imposible hacer alardes de valor. ¡Quiá!... Stepan Karlovitch mismo se ha puesto a hablarme de mí trabajo, y hablando, hablando, me ha dicho como por casualidad: «¡Es que, realmente, Makar Alexyevitch!» y no ha terminado de expresar su pensamiento; pero he comprendido que lo decía por mí y me he puesto tan encarnado, que hasta mi calva ha enrojecido. Claro que esto no tiene importancia, pero me turba y me induce a tristres reflexiones. ¡A ver si habrán oído algo! ¡Ah! ¡No permita Dios que se enteren de nada! Confieso que hay un hombre que me infunde sospechas, me infunde varias sospechas. Esos canallas no se paran en barras, me harán traición, venderán mi vida privada por cuatro cuartos... nada es sagrado para ellos,
Ya sé quién me ha jugado esa mala pasada: no es otro que Ratazyoev. Conoce a alguien de mi oficina y se lo ha contado todo corregido y aumentado. También puede ser que haya contado la historia en su oficina y de allí se habrá propagado a la nuestra. En casa, todos están enterados de todo, hasta los gatos, y señalan con el dedo a tu ventana; me consta que la señalan. Y cuando ayer fui a comer contigo, todos se asomaron al patio y la patrona dijo: «Mirad, el diablo se ha hecho amigo de la niña». Y luego añadió una palabra ofensiva para ti. Pero esto no es nada si se compara con el propósito que tiene Ratazyoev de complicarnos a los dos, satirizando nuestra amistad en una novela; él mismo lo ha dicho y algunos inquilinos me lo han contado como amigos. No pienso en otra cosa, querida, y no sé qué partido tomar. No podemos ocultar la verdad; hemos provocado la ira del Señor, angelito. Quieres mandarme un libro, mi buena amiga, para que no me aburra; ¿pero de qué me servirá el libro, amor mío, de qué me servirá? ¡No dicen más que tonterías! La novela es una estupidez escrita estúpidamente, sólo para entretener gente ociosa. Créeme, alma mía, cree a un viejo de experiencia. No importa que te hablen de un tal Shakespeare, diciendo: «Shakespeare escribió obras». ¿Y qué? Shakespeare es también un necio que escribió una serie de necedades para hacer reir a la gente.
Tuyo
Makar Dyevushkin
2 de agosto
¡Querido Makar Alexyevitchl
No se preocupe por nada. Si Dios quiere, todo se arreglará. Fedora ha encontrado trabajo para las dos y nos hemos puesto a trabajar con entusiasmo. Quizá salvemos la situación. Ella sospecha que Ana Fyodorovna tiene algo que ver en el último incidente que tan desagradable ¿Qué para todos; pero me tiene sin cuidado. Hoy me siento optimista como nunca. ¿Qué quiere usted pedir un préstamo? ¡Dios le libre! Luego, cuando haya de pagar, verá qué trastorno. Más vale que limitemos los gastos. Venga usted con más frecuencia y no haga caso de la patrona. En cuanto a los demás enemigos y falsos consejeros, creo que se atormenta usted en balde con sospechas sin fundamento, Makar Alexyevitch. Acuérdese que le dije hace días que era exagerado. Bueno, hasta la vista. Le espero sin falta.
Suya
V.D.
3 de agosto
Mi ángel Varvara Alexyevna:
Me apresuro a decirte, vidita mía, que tengo esperanzas de algo. Perdona, hijita mía; pero me escribes, ángel mío, que no pida dinero a préstamo. Esto es inevitable, querida; estoy en la más apurada de las situaciones y si a ti te pasara algo ¿qué haría? Tu salud deja mucho que desear, ya lo sabes, y por eso digo que no tenemos más remedio que pedir prestado. Así, pues, continúo.
Has de saber, Varvara Alexyevna, que en la oficina me siento al lado de Emelyan Ivanovitch. No es el Emelyan Ilyitch que tú conoces. Este, como yo, es un consejero titular y él y yo somos los más viejos de la oficina. Es un alma bondadosa, un corazón sin trampa; no le gusta hablar y se pasa todo el día hecho un oso. Pero es un buen funcionario, tiene una bonita letra inglesa y si he de decir la verdad, escribe tan bien como yo. ¡Es un hombre digno! Nunca había intimado con él, sólo nos decíamos «buenos días» o «buenas noches» y si necesitaba el cortaplumas, le decía: «Dame el cortaplumas, Emelyan Ivanovitch». De modo que nuestro trato se limitaba a lo más necesario. Pues, bien; esta mañana me ha dicho: «Estás muy pensativo, Makar Alexyevich». Como he visto que su interés era cordial, le be contestado: «Me pasa esto y esto, Emelyan Ivanovitch». Pero no se lo he contado todo, ¡Dios me libre! Nunca le diré toda la verdad, porque me faltaría valor; pero le he dicho algo, que me hacía falta dinero, etc. «Has de pedir prestado, amigo — me ha contestado —. Pyotr Petrovitch te lo prestará; presta dinero a un módico interés. A mime lo ha prestado y no exige un interés excesivo».
Te digo, Varinka, que el corazón me dió un salto. Pensó y repensé que acaso Dios tocase el corazón de Pyotr Petrovitch para que tuviese la bondad de prestarme dinero. Y en seguida me eché las cuentas: pagaría a la patrona, te ayudaría y me vestiría. Porque ahora, tal como voy, estoy en la oficina como sobre ascuas, siempre con el temor de que los demás se diviertan a costa de mis andrajos. ¡Dios los confunda! Además, Su Excelencia pasa a veces por delante de mí y si se le ocurre mirarme, lo que Dios no permita, y ve que voy hecho una indecencia... ¡Con la importancia que da él al aseo de sus empleados! ¡Quién sabe! Acaso no me dijese una palabra; pero me moriría de vergüenza... no te quepa duda. Por consiguiente, me llené de valor, puse mi orgullo en mi bolsillo roto y me acerqué a Pyotr Petrovitch, muy esperanzado, aunque más muerto que vivo de ansiedad. ¡Pero, ay, Varinka, todo ha terminado de la manera más grotesca! Estaba ocupado, hablando con Fedosy Ivanovitch. Me puse a su lado y le tiré de la manga, diciendo: «¡Pyotr Petrovitch, oiga, Pyotr Petrovitch!» Volvió la cabeza y añadí: «Necesito treinta rublos», etcétera. Pareció al principio no comprenderme y cuando se lo hube explicado bien todo, se rió sin decir nada. Le repetí lo mismo y entonces me preguntó. «¿Tienes alguna fianza?» Y se puso a escribir sin mirarme. Me quedé un poco aturdido. «No — le dije —, Pyotr Petrovitch, no tengo fianza», y le prometí devolverle el dinero tan pronto como cobrase el sueldo, pues lo consideraría mi primer deber. Entonces alguien lo llamó y yo me esperé. Cuando volvió, se puso a cortar una pluma, como si no me viese, por lo que le llamé la atención. «Pyotr Petrovitch, ¿no hay modo de arreglar esto?» Pareció no oírme. Yo no me moví. Quise probar por última vez y le tiré de la manga. Se limitó a murmurar algo, limpió la pluma y se puso a escribir. Me marché. Ya lo ves, hija mía: son personas excelentes, pero orgullosos, muy orgullosos... ¡No importa! No nos tienen por dignos de ser sus compañeros, Varinka. Para llegar a esto te escribo esta carta. Emelyan Ivanovitch se rió también agitando la cabeza; pero tuvo pata mí frases de consuelo como buen amigo. Emelyan Ivanovitch es un hombre digno. Me prometió presentarme a un hombre que vive en el barrio de Vyborg, Varinka, que también presta dinero a interés. Se trata de un empleado de décimacuarta clase. Emelyan Ivanovitch me asegura que ese me prestará dinero. Mañana mismo iré, ángel mío, ¿eh? ¿Qué te parece? Sería horrible dejar de ir. Mi patrona está dispuesta a dejarme en la calle y no quiere darme de comer; además, mis botas se hallan en un estado deplorable, amada mía; ya no tienen botones ni nada. Y si algún jefe de la oficina observa esta inconveniencia… ¡sería horrible, Varinka, horrible!
Makai Dyevushkin
4 de agosto
Querido Makar Alexyevitch.
Por amor de Dios, Makar Alexyevitch, pida prestado algún dinero lo antes posible; por nada del mundo le demandaría ayuda, tal como están hoy las cosas; pero si usted supiese el trance porque estoy pasando... No podemos permanecer por más tiempo en esta casa. Ha sucedido una cosa tan horrible como desagradable y no puede usted imaginarse lo agitada, lo trastornada que estoy. Figúrese, amigo mío, que esta mañana se me presenta un hombre de edad, casi un anciano, que ostentaba condecoraciones. Me asusté, porque no sabía qué quería de nosotras. Fedora había ido a la compra. El hombre empezó a preguntarme cómo vivía y en qué me ocupaba y, sin esperar contestación, me dijo que era tío de aquel oficial, que estaba muy disgutado por el vergonzoso comportamiento de su sobrino, que había comprometido nuestra reputación en toda la vecindad; añadió que su sobrino era un calavera y que él, el tío, estaba dispuesto a protegerme; me aconsejó no hacer caso de los jóvenes, que él se interesaba por mí como un. padre, que me tenía un afecto paternal y estaba dispuesto a ayudarme en todos los sentidos. Me puse encarnada, sin saber qué pensar; pero no me apresuré a darle las gracias. Me cogió la mano, a pesar mío, me dió una palmadita en la mejilla, me dijo que era muy hermosa y que se alegraba de ver que tenía hoyuelos en la cara, (Dios sabe lo que dijo) y por fin, trató de besarme, diciendo que era un anciano (¡era más feo!). En esto, entró Fedora. Se quedó un poco desconcertado y empezó a decir otra vez que sentía por mí un gran respeto, por mi discreción y buenos principios, y que esperaba con verdadera ansiedad que no lo tratase como a un desconocido. Luego se llevó a Fedora a un lado y, con cualquier pretexto, quiso darle dinero. Fedora, claro, no lo aceptó. Por fin se levantó para despedirse, renovó sus ofrecimientos y dijo que volvería a verme y me traería unos pendientes (creo que también él estaba un poco turbado); me aconsejó que me mudase y me recomendó un hermoso piso que él tenía mirado y que no me costaría nada; repitió que le gustaba yo mucho por lo honesta y juiciosa que era, me aconsejó desconfiar de los jóvenes libertinos y por fin nos dijo que conocía a Ana Fyodorovna y que ésta le encargó que nos anunciase su próxima visita. Entonces lo comprendí todo. No sé qué me pasó: era la primera vez que me veía en semejante situación; me hirvió la sangre y, arrebatada de ira, lo avergoncé con mis palabras. Fedora me ayudó y entre las dos lo pusimos en la puerta. Creemos que todo es obra de Ana Fyodorovna. ¿Quién, si no, le hubiera puesto al corriente de nuestra vida?
Ahora recurro a usted, Makar Alexyevitch, y le suplico que nos ayude. ¡Por Dios, no me abandone en tan terrible situación! Pida prestado, saque el dinero de donde sea: necesitamos dinero para trasladarnos y no podemos permanecer aquí más tiempo; tal es el consejo de Fedora. Necesitamos por lo menos treinta y cinco rublos. Ya se los devolveré, los ganaré con mi trabajo. Dentro de uno o dos días, Fedora me traerá más trabajo, de modo que aunque le pidan un interés crecido, avéngase a todo. Yo se lo devolveré, pero, ¡por Dios se lo pido, no me abandone! No sabe lo que me cuesta pedirle, dada la situación que atraviesa usted… Adiós, Makar Alexyevitch, píense en mí y Dios quiera que tenga suerte.
Suya
V. D.
4 de agosto
Mi Querida Varvara Alexyevna:
¡Estos golpes inesperados me anonadan! ¡Estas terribles calamidades me aniquilan por completo! Esa pandilla de granujas libertinos y de viejos canallas, no sólo te llevarán a tí, ángel mío, a un lecho de dolor, también pretenden llevarme a mí a la tumba. Y lo conseguirán, juro que lo conseguirán. ¡Ya sabes que antes morir que dejar de ayudarte! No ayudarte, sería morirme, Varinka, morirme materialmente, y ayudarte es dejar que te me escapes volando, como un pájaro del nido, para no caer en las garras de esas lechuzas, de esas aves de presa que quieren devorarte. Tal es mi suplicio, tesoro mío. ¡Qué cruel eres tú, también, Varinka! ¿Cómo puedes hacer eso? Te ves atormentada, te ves ofendida, te ves atemorizada y triste, pajarito mío, y aun te apena pedirme prestado y me prometes pagarme la deuda; lo cual significa, hablando claro, que, con tu delicada salud, te matarás ganando dinero para mí. Pero, escucha, Varinka, piensa en lo que dices. ¿Para qué coser, para qué trabajar, para qué romperte la cabeza, echar a perder tus preciosos ojos y destruir tu salud? ¡Ay, Varinka, Varinka! Ya ves, amada mía, que no valgo para nada, yo mismo reconozco que no valgo para nada, pero procuraré valer para algo. Venceré todos los obstáculos. Buscaré trabajo, copiaré toda clase de manuscritos de cualquier literato. Iré a verles, no esperaré que vengan a buscarme, les obligaré a datme trabajo; pues ya sabes, querida, que necesitan buenos copistas, se que los necesitan; pero no consentiré que tú te mates trabajando; no quiero que lleves a cabo tus descabellados propósitos. Claro que pediré prestado, ángel mío; antes la muerte que no pedir. Me dices, querida, que no he de temer por lo elevado que sea el interés; no me da ningún miedo, alma mía, no me da ningún miedo. Ya nada me dará miedo. Pediré cuarenta rublos en papel, amada mía; no es mucho, ¿verdad, Varinka? ¿Qué opinas tú? ¿Me prestarán cuarenta rublos bajo mi palabra? Esto es, quiero decirte si me consideras capaz de inspirar confianza a primera vista. ¿Formarán de mí un concepto favorable por mi fisonomía, en cuanto me miren? Recuerda mis rasgos, ángel mío: ¿soy capaz de inspirar confianza? ¿Tú qué piensas? Estoy aterrorizado, el pensar en esto me pone enfermo, si he de decir la verdad, me pone enfermo. De los cuarenta rublos apartaré veinticinco para ti, Varinka; dos rublos en plata serán para la patrona y el resto pata mis gastos. Ya ves que convendría darle a la patrona un poco más, hasta me parece una obligación; pero, si lo piensas bien, hija mía, y ves lo que me hace falta, juzgarás que no es posible darle más; por consiguiente es inútil que volvamos a hablar de esto. Por un rublo me compraré un par de botas, porque realmente no sé cómo me atrevo a presentarme en la oficina con las viejas; también necesito una corbata, pues hace más de un año que llevo la misma; pero ya me has prometido hacerme no sólo una corbata sino también una pechera, no pensaré más en la corbata. De modo que ya tenemos botas y corbata. Ahora vamos a los botones, amor mío. Convendrás, querida, que no puedo ir sin botones y se me han caído más de la mitad. Tiemblo al pensar que Su Excelencia pueda fijarse en esta falta de cuidado y decir algo. Yo no me enteraría de lo que dijese, amor mío, porque me quedaría muerto, muerto, muerto en el acto; como que me muero de vergüenza sólo de pensarlo. ¡Ay, Varinka!... Pues, bien: después de atender estas necesidades, me quedarían tres rublos, con lo que me bastaría para vivir y comprar media libra de tabaco, porque no puedo vivir sin tabaco, ángel mío, y este es el noveno día que no me pongo la pipa en la boca. Si quieres que te díga la verdad, me lo hubiera comprado sin decírtelo, pero me dió vergüenza. Tú estás reducida a la miseria, viviendo entre privaciones, y yo aquí dándome todos los gustos; té lo digo, pues, para evitarme remordimientos. Francamente te confieso, Varinka, que mi situación es muy apurada, es decir, que nunca me había visto en tales apuros. Mi patrona me desprecia y nadie me guarda la menor consideración; mi tropiezo, mis deudas, y si antes mis camaradas de oficina me hacían objeto de chacota, ahora, Varinka, no te digo nada. Disimulo cuanto puedo, para que nadie adivine mi situación; llego a la oficina por las callejas menos transitadas, arrimándome a las paredes y evitando todo encuentro. Sólo tengo valor para confesártelo a tí... ¡Qué pasará sí no me quieren prestar dinero! No: más vale no pensarlo, Varinka; no deprimamos nuestro ánimo antes de tiempo, con este pesimismo. Por eso te escribo, para advertirte que no pienses en esto y no te atormentes con malos pensamientos. ¡Dios mío! ¿Qué sería de tí entonces? Cierto que entonces no te moverías de ahí y yo estaría contigo. Pero, no, yo no volvería entonces, me moriría en mitad del arroyo y desaparecería para siempre. Te estoy escribiendo una carta tan larga y no me he afeitado, y habría de hacerlo, porque así está uno más presentable, y estar presentable siempre es algo. Que Dios nos asista.
Voy a rezar mis oraciones y a ponerme en camino.
M. Dyevushkin
5 de agosto
Mi Querido Makar Alexyevitch.
No debe usted desesperarse. Bastante pena tenemos sin esto.
Le mando treinta kopecks en plata, no dispongo de más. Cómprese lo más necesario, para pasar como pueda hasta mañana. A nosotras apenas nos queda nada y mañana. Dios dirá. ¡Qué triste es esto, Makar Alexyevitch! No se aflija, porque si no le ha salido bien, ¿que' le vamos a hacer? Dice Fedora que no hay para desesperarse, que podemos seguir en esta casa por ahora, pues no ganaríamos nada con trasladar' nos, porque nos encontrarían si quisieran. A pesar de todo, no me encuentro bien en esta casa. Si no fuese tan triste, le contaría una historia.
¡Qué carácter tan extraño el suyo, Makar Alexyevitch! Se lo toma todo tan a pecho, que siempre seré una desgraciada. He releído todas sus cartas y en todas veo que está usted más ansioso y más apenado por mí que por usted mismo. Todo el mundo dice que es usted muy bueno, pero yo digo que es demasiado bueno. Quiero darle un consejo de amigo. Malear Alexyevitch. Le estoy agradecida, agradecidísima por todo lo que ha hecho por mí, se lo agradezco en el alma; y ahora juzgue qué sentimiento ha de ser el mío cuando veo que, después de todas las desgracias que involuntariamente le he causado, aun ahora no vive usted más que de mi vida, de mis alegrías, de mis tristezas, de mis afectos. Tomarse tan a pecho las penalidades de otra persona, interesarse tan vivamente por todo lo que a ella se refiere es la manera más segura de labrarse la infelicidad. Hoy, cuando ha venido a verme después de la oficina, me ha espantado su aspecto. Estaba tan pálido, tan asustado, tan desesperado, que no parecía el mismo… y todo porque tenía miedo de confesarme su fracaso, miedo de desilusionarme, de apenarme, y cuando ha visto que yo estaba a punto de reir, al momento se ha serenado. Makar Alexyevitch, no se apesadumbre, no se desespere, sea más razonable, se lo suplico, se lo ordeno. Ya verá usted como todo se arregla. Todo dará a lo mejor un cambio; pero esta vida será para usted muy amarga si se hace suyas siempre las penas de los demás. Adiós, mi querido amigo. Le suplico que no piense demasiado en esto.
V. D.
Mi Querida Varinka:
¡Muy bien, ángel mío, muy bien! Te parece que no hay para desesperarse sino he podido conseguir dinero prestado. Vaya, está bien; estoy tranquilo y hasta me siento dichoso por lo que a tí se refiere. Realmente es para mí una dicha pensar que no has de abandonarme en mi vejez y que continuarás viviendo en esa casa. Sí he decirte la verdad, el corazón me saltó de gozo al leer los elogios que me dedicas en tu carta y la fe que tienes en mis sentimientos. No lo digo por orgullo, sino porque comprendo que me amas, cuando tanto te inquietan las cosas de mi alma. ¡Vamos! ¿Para qué hablar de mi alma? Dejemos en paz el alma, pero tú me ordenas, tesoro mío, que no me desanime. Sí, ángel mío, tienes razón, y yo también digo que nada remedia uno desanimándose; pero con todo, hija mía, ¿quieres decirme con qué botas he de ir mañana a la oficina? Esto es lo negro, Varinka; y ya sabes que esta idea es capaz de perder a un hombre, de perderlo completamente. Y lo peor de todo, vida mía, está en que no me aflijo por mí, no me apuro por mí; a mí no me importaría ir sin abrigo y sin botas en lo más crudo del invierno; me es igual; lo soporto todo, me río de todo. Soy un hombre humilde, sin importancia... ¿pero qué diría la gente? Mis enemigos, que son unos malas lenguas, ¿qué dirían sí me viesen sin abrigo? Ya sabes tú que si uno lleva abrigo, es porque no diga la gente y hasta quizá por la gente, se pone uno botas. En todo caso, Varinka, las botas son necesarias para mantener el honor y el buen nombre; por los agujeros de las botas se pierden las dos cosas: dignidad y buen nombre. Cree en la experiencia de mis años, hija mía, haz caso de un viejo como yo, que conoce el mundo y a la gente y no de esos escritores de tres al cuarto, a esos humoristas.
Aun no te he contado exactamente, querida, todo lo que hoy me ha sucedido. He pasado en una mañana más torturas morales que muchos hombres en un año. Verás: en primer lugar, salí de casa muy temprano para encontrarlo en la suya y llegar puntual a la oficina. ¡Y hacía un tiempo tan malo esta mañana, llovía de una manera! Me tapé bien con mi abrigo, hija mía, y andando, andando, repetía mentalmente; «¡Señor, perdona mis pecados y concédeme lo que deseo!» Al pasar por la Iglesia de San X., me santigüé, me arrepentí de mis pecados y pensé que hacía mal en complicar a Dios con mis negocios. Perdido en mis pensamientos, no quería distraerme con nada y caminaba en línea recta. Las calles estaban desiertas y los pocos transeúntes que encontré, todos parecían preocupados. Y no es de admirar, porque, ¿quién podía salir a paseo tan temprano y con tan mal tiempo? Un grupo de trabajadores harapientos que venían en mi dirección, me empujaron como unos brutos. Se apoderó de mí un miedo espantoso y, a decir verdad, ya no quise ni pensar en el dinero, sino en salvarme. En el puente de Voskressensky perdí la suela de una bota, de modo que ni yo mismo sé dónde ponía el pie. Y en esto, me encuentro con el ordenanza de mi oficina, Iermolaev. Se cuadró, saludó militarmente y se me quedó mirando como quien espera que lo inviten a una copa. «Vaya, hermano — pensé —, pierdes el tiempo, si esperas una copa». Estaba cansadísimo. Me detuve un momento y seguí adelante, buscando algo que me llamase la atención para distraerme, para darme ánimos; pero no hallaba nada en qué poder fijar una idea y además estaba tan confuso que me avergonzaba de mí mismo. Por fin divisé a lo lejos una casa amarilla de madera, con un piso en forma de azotea. «Menos mal —pensé —, esa debe ser, pues así me describió Emelyan Ivanovitch la casa de Markov». (Así se llama, Varinka, el prestamista). Como no sabía lo que me hacía aun conociendo que aquella era la casa de Markov, pregunté a un policía: «De quién es esa casa, hermano? El policía, que era un grosero, parecía cansado de hablar y disgustado con alguien y comiéndose las palabras, me contestó que era la casa de Markov. Estos policías suelen ser muy antipáticos, aunque poco me importaba el policía; la cuestión es que todo me producía una impresión desagradable; y es que se suceden las contrariedades y todo lo encuentra uno de acuerdo con la situación que atraviesa, y siempre es así. Pasé tres veces de largo por delante de la casa y cuanto más tardaba, peor me sentía. «No — pensaba —, no me lo dará, por nada del mundo me da dinero ese hombre. No me conoce y es un asunto muy delicado, además yo no tengo nada de simpático. Bueno, sea lo que Dios quiera; al menos no me arrepentiré después por no haberlo intentado. No se me van a comer por eso». Y así pensando, abrí la puerta suavemente y entonces me ocurrió otra desgracia. Un maldito perro guardián me acometió como un estúpido, metiendo un ruido infernal con sus ladridos, como si yo fuera a matarlo; en estos incidentes insignificantes, Varinka, se le alteran los nervios a uno y echan a perder la decisión y el valor de que se había revestido. De modo que yo entré más muerto que vivo, para encontrarme con una nueva desgracia. Sin ver lo que tenía delante, al dar el primer paso, tropecé con una mujer que estaba vaciando en una jarra su cubo de leche y todo el líquido se derramó por el suelo. La estúpida mujer lanzó un grito, diciendo: «¡Mire lo que hace, hombre!» y luego armó un alboroto. Te advierto, Varinka, que siempre me pasa lo mismo en semejantes casos. Es fatal: siempre estropeo algo. Una mujer como una bruja, una patrona finlandesa asoma la cabeza al oir tanto ruido. Yo me dirijo a ella en seguida: «¿Vive aquí Maikov?» «No» —me contestó, y después de examinarme largo rato, me pregunta: «¿Qué quiere usted de él?...» Le explico que Emelyan me ha dicho esto y aquello y todo lo demás, le digo que se trata de un negocio. La vieja llama a su hija, una muchacha descalza, de unos quince años. «Anda a llamar a tu padre. Seguramente estará con los inquilinos de arriba.»
Entré. La sala estaba bien, con cuadros en las paredes, todos con retratos de generales; un sofá, una mesa redonda con un tamo de ñores. Tentado estuve de huir para librarme del tormento que pasaba. Te lo digo de vetas, hija mía, deseaba escaparme. «Sería mejor que volviese mañana — pensaba —. Habrá cambiado el tiempo y me conviene esperar. Hoy se ha vertido la leche y estos generales ponen una cara de disgusto...» Ya estaba en la puerta cuando apareció él, un hombre cano, de ojos rapaces, con una bata grasienta y una cuerda por ceñidor. Me preguntó qué deseaba y le contesté que Emelyan Ivanovitch me había dicho tal y cual. «Cuarenta rublos — le dije—, a eso he venido», y no pude acabar. Leí en sus ojos que había perdido la partida. «No — me dijo—, el caso es que no tengo dinero, ¿Y ha traído usted algo como fianza?
Le confesé que no tenía nada con qué responder, pero que Emelyan Ivanovitch... en fin, le dije todo lo que era necesario. El me escuchó y luego dijo: «No; ¿quién es Etnelyan Ivanovitch? No tengo dinero,»
«Ahí tienes, ya lo sabía — pensé—, tal como lo presentí. Realmente, Varinka, hubiera sido mejor que se me hubiese tragado la tierra. Me quedé helado, mis pies no me sostenían y un estremecimiento corrió por mi espalda. Me le quedé mirando y él fijó en mí sus ojos, como diciendo: Ya te estás largando, hermano, nada tienes que hacer aquí». De modo, que si me miran así en otras circunstancias, me hubiera avergonzado. «¿Y para qué necesita el dinero?» (querrás creer que me hizo esa pregunta, Varinka?) Yo iba a contestar, aunque sólo fuese pata no callarme, pero no quiso oirme. «No tengo dinero—dijo —, con mucho gusto se lo hubiera dejado». Insistí, diciéndole que necesitaba poca cosa, que se lo devolvería puntualmente, antes de terminar el plazo, que no me importaba el interés que exigiese y que, ¡por Dios!, que le pagaría. En aquel momento, querida, pensaba en ti, pensaba en tus penas y privaciones, pensaba en tu medio rublo. «Pero qué me importan los intereses. ¡Si me trajese una prenda! Además, no tengo dinero. Le juro por Dios que no tengo nada; si tuviera, de buena gana le serviría». ¡Y el canalla invocó el nombre de Dios!
Después dé esto, amor mío, no me acuerdo de cómo salí, tomando por la calle Vyborgsky ni como llegué al puente Voskressensky. Estaba muerto de cansancio, temblando, todo mojado, y cuando llegué a la oficina, ya eran las diez. Quise quitarme el barro, pero Smyegirev, el portero, me lo prohibió, porque podía echar a perder el cepillo, «y el cepillo-dijo —, es propiedad del Gobierno». Así me trata ahora esa gentuza, querida; para ellos no valgo más que el trapo con que se limpian las botas. ¿Sabes lo que me mata, Varinka? No es la falta de dinero lo que me mata, sino esas cuitas diarias, esas comidillas de que se me hace objeto, esas risitas, esas bromas. A lo mejor Su Excelencia puede fijarse en mí. ¡Oh! Querida, se pasaron mis buenos días. He releído hoy todas tus cartas. ¡Qué pena, Varinka! ¡Adiós, amor mío! Dios te guarde.
M. Dyevushkin
P. S. —Quería describirte mis tribulaciones de una manera cómica, Varinka; más, por lo visto, no estoy de humor. ¡Yo que quería complacerte! Iré a verte, hija mía, iré a verte sin falta.
11 de agosto
¡Varvara Alexyevna de mi alma!
Estoy perdido, los dos estamos perdidos, irremisiblemente perdidos. Mí reputación, mi dignidad, todo ha terminado. Me he perdido yo y te has perdido tú, te has perdido conmigo sin remedio, querida. ¡Yo te he arrastrado a la perdición! Me persiguen, Varinka, me desprecian, soy el hazme reir de la gente y la patrona me injuria; hoy me ha gritado, me ha escandalizado, me ha dejado como un trapo sucio. Y por la noche, en la reunión de Ratazyoev, alguien se ha puesto a leer el borrador de una de las cartas que te he dirigido y que sin darme cuenta se me cayó del bolsillo. ¡Amor mío, que broma han hecho! ¡Llenándonos de lisonjas, se morían de risa, los muy traidores! Me he plantado cara a cara y he acusado a Ratazyoev de perfidia, diciéndole que era un traidor. Ratazyoev me ha replicado que el traidor era yo, que me divertía haciendo conquistas. «Bien se guardada usted el secreto —ha dicho—. Es usted un Lovelace». ¡Y ya todos me llaman Lovelace y no tengo otro nombre! ¿Comprendes, angelito mío, comprendes? Lo saben todo, se han enterado de todo lo nuestro, y no ignoran nada de lo tuyo, amor mío; ellos saben todo lo que te ocurre. Pero aun hay otra cosa. Hasta Faldoni sigue la corriente. Hoy le mandé a comprarme algo a la salchichería y no ha querido ir. «Tengo otro trabajo» —me ha dicho por toda excusa. «Pero es tu obligación obedecer», le he advertido. «No, señor, no es mi obligación» — me ha replicado — «Desde el momento en que no paga a mi dueña, no tengo ninguna obligación con usted». No he podido tolerar tal insulto de un ignorante campesino y le he dicho: «Eres un necio», y él me ha replicado: «El necio es usted». He pensado que debía de haber bebido unos vasos de más para mostrarse tan grosero y le he dicho: «Has bebido demasiado, campesino», y él me ha contestado: «No será porque usted me lo haya pagado, porque ni para usted mismo tiene para una copa; de lo contrario, no iría mendigando por ahí veinte kopecks». Y añadió: «¡Vaya un caballero!». ¡Ya ves, Varinka, ya ves dónde hemos llegado! ¡Es una vergüenza vivir así, Varinka! Ni que uno fuera un paria, peor que un vago sin pasaporte. ¡Qué calamidad! ¡Estoy perdido, perdido por completo! ¡Estoy irremisiblemente perdido!
M. D.
13 de agosto
Mi querido Malear Alexyevitch:
Esto es lo que se llama ir de desgracia en desgracia, ¡Ya no sé que hacer! ¿Qué será de usted ahora si yo misma tengo tan poca esperanza? Esta mañana me he quemado la mano con una plancha; la he dejado caer y me ha dado un golpe y me he quemado la mano al mismo tiempo. No puedo hacer ningún trabajo y Fedora está malucha desde hace tres días. Estoy pasando atroces angustias. Le mando treinta kopecks en plata; es casi todo lo que nos quedaba y Dios sabe cómo quisiera socorrerle en sus necesidades. Estoy tan contrariada, que lloraría. ¡Adiós, amigo! Su visita sería hoy para mí un verdadero consuelo.
V. D.
¡Makar Alexyevitch!
¿Qué le pasa? ¡Cualquiera diría que no tiene usted temor de Dios! Me vuelve usted loca. ¿No le da vergüenza? Usted mismo se perderá. ¡Píense al menos en su reputación! Es usted un hombre honrado, de sentimientos elevados y lleno de dignidad. ¿Qué pasará si la ¿ente se entera? ¡Se moriría usted de vergüenza! ¿No tiene usted lastima de sus cabellos blancos? ¿No tiene temor de Dios? Fedora dice que ya no le ayudará más y yo tampoco le daré dinero. ¿A qué me ha obligado usted, Makar Alexyevitch? ¿Cree que su mala conducta me tiene sin cuidado? ¡No sabe usted bien lo que sufro por su causa! No puedo ni bajar la escalera, todo el mundo me mira y me señala; y dicen cosas terribles, dicen descaramente que me he liado con un borracho. ¡Vea si ha de ser agradable oirse decir esto! Cuando lo traen de la calle, todos los inquilinos salen a ver y comentan con desprecio: «Mirad, ahora entran a ese empleado». Y yo no sé cómo no me caigo de vergüenza. Le juro que me voy a trasladar de aquí. Me colocaré donde sea de ama de llaves o de lavandera: aquí no me quedaré. Le escribí que viniese a verme y no ha venido. ¿De modo que mis lágrimas y mis ruegos nada significan ya para usted, Makar Alexyevitch? ¿Y de dónde saca usted el dinero? ¡Por Dios, vaya con cuidado! ¡Se está echando a perder, se está echando a perder sin motivo alguno! ¡Y esto es una vergüenza y una ignominia! La patrona no le dejó entrar la otra noche y durmió usted en el portal. Lo sé todo. ¡Si supiera usted lo que llegué a sufrir cuando me enteré! Venga a verme: con nosotras se sentirá a gusto; leeremos algo, recordaremos el pasado, Fedora nos contará sus peregrinaciones. Por amor a mí, no provoque su perdición y la mía. Yo no vivo más que por usted y por usted me quedo aquí. ¡Y así es como me corresponde ahora! Sea usted bueno y firme en la adversidad, píense que la pobreza no es un vicio. ¿Por qué desesperar? ¡Todo esto es transitorio! Con la ayuda de Dios, todo se arreglará; pero entretanto, no se abandone. Le mando veinte kopecks. Cómprese tabaco o lo que quiera, pero por el amor de Dios, no se los gaste en lo que pueda perjudicarle. Venga a vernos, no deje de venir. Quizá le dé vergüenza como el otro día, pero venza ese sentimiento, que es falso. ¡Si al menos se arrepintiese usted de veras! Confíe en Dios. El lo arreglará todo.
V.D.
Querida Varvara Alexyevna:
Estoy avergonzado, Varvara Alexyevna, a miga mía; estoy completamente avergonzado. Pero, después de todo, ¿Qué hay en ello de particular, amor mío? ¿Por Qué no alegrar un poco el corazón? Entonces no pensé en la suela de mi bota, porque una suela nada significa, siempre será una simple, una vil, una sucia suela. ¡Ni las mismas botas tienen ninguna importancia! Los sabios de Grecia no llevaban botas. No sé por Qué hemos de envanecernos por tan indignos objetos. ¡Ah! ¡Hija mía, hija mía! ¡Qué cosas me escribes! Hile a Fedora que es una estúpida, una chismosa y una solemne majadera. Y en cuanto a mis cabellos blancos, estás completamente equivocada, vida mía, pues no soy tan viejo como te figuras. Emelyan os saluda. Me dices que se te rompía el corazón llorando y yo te digo que también se me rompía el corazón llorando. En resumen: te deseo la más perfecta salud y prosperidad y en cuanto a mí, gozo de la más perfecta salud y prosperidad y soy, como siempre, ángel mío, tu amigo
Makar Dyevushkin
21 de agosto.
Respetable señora y querida amiga Varvara Alexyevna:
Me reconozco culpable, siento haberme portado mal contigo y en mi concepto resulta completamente inútil mi sentimiento, por mucho que digas. Esto lo sentía así antes de emprender el mal camino; me desanimé y caí, sabiendo que hacía mal. Querida, yo no soy un mal hombre ni tengo un corazón cruel y para atormentarte moralmente, se necesita ser poco menos que un tigre sediento de sangre; pero yo tengo un corazón de cordero y bien sabes tú que no soy sanguinario; de consiguiente, ángel mío, no soy culpable de mi feo comportamiento, puesto que no se puede culpar ni a mi corazón ni a mi cabeza; la verdad es que no veo quién puede ser el culpable. ¡Es una cosa tan incomprensible, querida! Me mandaste treinta kopecks en plata y después veinte; se me partía el corazón contemplando tu pobre dinero. Te quemas la mano, estás a punto de pasar hambre y me escribes que compre tabaco. ¿Y yo cómo me porto en semejantes circunstancias? ¡Sin el menor remordimiento te despojo, pobrecita huérfana, como un ladrón! Entonces me entra un gran abatimiento y pierdo todo el valor; es decir, desde luego siento que no sirvo para nada y que valgo menos que la suela de mis botas. Y en seguida me parece inconveniente concederme la menor importancia y empiezo a despreciarme, como sí fuera un ser detestable y una persona indecente. Y cuando hube perdido mí propia estima y negado mis propias cualidades y mi dignidad, todo se acabó para mí y sólo me quedaba sucumbir, sucumbir fatalmente a la degradación. Así lo quiso el destino y yo no tengo la culpa.
Salí con intención de tomar el aire y los acontecimientos se precipitaron: hacía un tiempo lúgubre, intensamente frío y llovía. Y Emelyan se puso en mi camino. Había empeñado cuanto tenía, Varinka, ya no le quedaba nada; y cuando le encontré, hacía dos días y dos noches que no comía y estaba dispuesto a empeñar lo que no puede empeñarse, porque esas miserias no las toman. Pues bien, Varinka, obedecí más a un sentimiento de humanidad que a mi propia inclinación. ¡Aquí tienes la causa de mí pecado, amor mío! ¡Cómo lloramos los dos! Hablamos de tí. Es un hombre cordial, un hombre lleno de bondad y de nobles sentimientos. Yo también siento como él, hija mía; por eso me pasan estas cosas, porque tengo grandes sentimientos. Conociéndote a tí, aprendí a conocerme mejor y empecé a quererte. Antes de conocerte, ángel mío, estaba solitario y como dormido y apenas vivía. Decían mis enemigos que hasta mi porte externo era inconveniente y me despreciaban; y así empecé a despreciarme a mí mismo; decían que era un estúpido y pensé que realmente lo era. Cuando tú apareciste, alumbraste mi vida apagada e inundaste de luz mi alma y mi corazón, y conocí que no era peor que los demás; que lo único que había en mí era una falta de distinción que no tenía viveza de modales ni de ingenio; mas, a pesar de todo, era un hombre de alma y de corazón. Pues bien: viéndome perseguido y humillado por el destino, perdí por completo la fe en mis buenas cualidades y la adversidad acabó con mi escaso valor. Y ahora que lo sabes todo, querida, te ruego con lágrimas en los ojos que no me preguntes más respecto a este asunto, porque se me rompe el corazón y me causas muy amargos tormentos.
Reiterándote mis respetos, quedo tu fiel
Makar Dyevushkin
3 de septiembre
Dejé sin terminar mi última carta, Malear Alexyevitch, porque se me hacía muy difícil escribir. Hay momentos en que estoy contenta de hallarme sola y entregada a mis divagaciones, sin nadie que comparta mis penas; y tales momentos se suceden con más frecuencia cada día. En mis recuerdos hay algo tan inexplicable para mí, que me absorbe tan poderosa, tan intensamente, que durante horas seguidas permanezco insensible a cuanto me rodea y olvido todo lo presente. Y en mi vida actual no hay nada de agradable o desagradable ni de triste, que no me recuerde algo del pasado y, especialmente, de mi niñez, de mí dichosa niñez. Pero estos recuerdos me dejan abatida. Estos devaneos de mi memoria me debilitan, me extenúan y, por otra parte, mi salud va de mal en peor. Pero hoy, el fresco de una mañana, clara y serena, tan rata en los otoños de aquí, me ha reanimado y he saludado el día con alegría. ¡Ya llega el otoño! ¡Oh, cómo me gustaba el otoño pasado en el campo! Aun era una niña, pero ya sentía muchas cosas. Me gustaban más las tardes que las mañanas de otoño. Recuerdo el lago que se extendía al pie de la montaña, no lejos de mi casa. Me parece que lo estoy viendo: era un lago grande, liso, claro y transparente como el cristal. En las tardes de calma, estaba tranquilo; ni una hoja se movía en los árboles que crecían a su orilla y el agua estaba inmóvil como un espejo. ¡Qué frescura, qué frío! El rocío caía en la hierba, empezaban a brillar las luces en las cabañas de la ribera, regresaba el ganado a los apriscos. Entonces yo me ensimismaba en la contemplación del lago y, mirándolo, me olvidaba de todo. A la orilla, los pescadores encendían hogueras y las llamas se reflejaban lejos, lejos, en el agua. El cielo era frío y azul, con bandas de púrpura a lo largo del horizonte, que iban amortiguándose y palideciendo; salía la luna; tan denso era el silencio, que el vuelo de un pájaro, el temblor de una rama al soplo de la brisa o el zambullido de un pez, podían oírse. Un vapor blanco, sutil y transparente, se levantaba del azul de las aguas; oscurecían los confines, todo parecía envolverse en un velo vaporoso, mientras que las proximidades semejaban destacarse como un relieve, como cinceladas por un artista: la barca, la orilla, las islas; un bote viejo y abandonado flota en la superficie, arrimado al borde; el sauce desmaya sus ramas hundiendo su follaje amarillo en el cañaveral; una becada vuela aturdida y se sumerge en el agua fría, vuelve a levantarse y se pierde en la niebla... Yo miro y escucho sin cansarme. ¡Qué agradable, qué hermoso era esto para mí! Y eso que era una niña, una criatura...
¡Cuánto me gustaba el otoño! ¡Los últimos días de otoño, cuando se han recogido las cosechas y acabadas las labores del campo, los labriegos se reunen por la noche en sus cabañas y esperan el invierno! Entonces todo adquiere un aspecto melancólico. La hojarasca tapiza los senderos de las lindes de los bosques despojados y éstos presentan un color azul oscuro, especialmente de noche, cuando se abate sobre ellos una niebla húmeda, a través de la cual aparecen los árboles como gigantes, como monstruosos y terribles fantasmas. Si salía por la tarde a paseo y me rezagaba, al verme sola echaba a correr buscando la compañía de los otros. ¡Qué miedo! Temblaba como una hoja pensando que algo terrible me iba a salir del hueco de algún árbol; el viento pasaba por el bosque dejando llantos y gemidos lastimeros, arrancando las hojas de una rama muerta que volaban empujadas en el aire y, como si las siguiesen, pasaban, dejando gritos salvajes y penetrantes, bandadas de pájaros, tan apretados y numerosos que tapaban el cielo. Me sentía atemorizada y, entonces, me parecía que alguien me hablaba y oía una voz extraña que me decía: «¡Corte, corre, niña; no te entretengas, esto será terrible en seguida; corre, niña!». Y, despavorida, emprendía una carrera loca, hasta quedarme sin aliento. Llegaba a casa, sofocada; allí encontraba una alegre animación; todos los pequeños teníamos algún que hacer: desgranar guisantes o sacar semillas de adormidera. Los leños húmedos crepitaban en la estufa. Mi madre observaba nuestro trabajo distraída; la vieja ama, Ulyana, nos contaba historias de tiempos antiguos o cuentos terribles de hechiceras y aparecidos. Nosotros nos apretábamos unos a otros con la sonrisa en los labios. De pronto, todo quedaba en silencio... «¡Oh! Parece que han llamado a la puerta». No era nada. Era la devanadera de la vieja Frolovna. ¡Cómo reíamos! Luego, por la noche, me pasaba horas enteras sin dormir; tenía sueños horribles, que me despertaban y, entonces, ya no quería volverme a dormir y me estaba quieta y bien tapadita, sin osar moverme, bajo la colcha, hasta que amanecía. Me levantaba fresca como una rosa y me asomaba a la ventana; todo el campo estaba helado; de las ramas desnudas pendía la fina escarcha del otoño. Una capa de hielo, delgado como una hoja, cubría el lago; los pájaros cantaban alegres, el sol brillaba rompiendo con sus rayos el frágil cristal del hielo. Hacía un tiempo claro, alegre; la leña vuelve a crepitar en la estufa; nos sentamos en torno al samovar y el perro negro, Polkan, transido del frío de la noche, se asoma por la ventana y nos saluda moviendo la cola. Pasa por delante de casa un campesino que va con un caballo al bosque a buscar leña. ¡Reina entre nosotros la alegría y la felicidad!... Los graneros están colmados de trigo. Los almiares, bañados Je sol, brillan como montones de oro y regocijan el alma. Y todo el mundo está contento y tranquilo. Dios nos ha bendecido a todos en la cosecha; sabemos que no nos faltará el pan durante el invierno; sabe el campesino que su mujer y sus hijos tendrán qué comer, y por eso las muchachas no cesan de cantar y de jugar en toda la tarde y en los días festivos. ¡Todos rezan en la casa de Dios con lágrimas de agradecimiento! ¡Oh! ¡Tiempos felices de mi infancia!...
¡Ya ve usted! Estos recuerdos me hacen llorar como una niña. ¡Acuden tan vivas, tan vivas a mí memoria las cosas del pasado y tan llenas de luz, destacándose en el fondo tan negro y tan triste de mi vida actual! ¿Cómo acabará todo esto? ¿Cómo acabará? ¿Sabe que tengo el presentimiento, casi la seguridad, de que me voy a morir este otoño? Estoy mal, muy mal. Muchas veces pienso que moriré, pero no querría morir así... que me enterrasen aquí. Quizás habré de guardar cama, como en la pasada primavera; aun no me he restablecido de aquella enfermedad. Ahora mismo sufro horriblemente. Fedora ha tenido que salir para todo el día y estoy sola. Y desde hace algún tiempo, temo quedarme sola; siempre se me antoja que hay alguien en la habitación, que alguien me está hablando; especialmente, cuando pienso en algo y de súbito salgo de mi ensueño, me espanto mucho. Por eso le escribo tan extensamente, porgue así se me pasa. Adiós. Acabo porque no tengo ni tiempo ni papel pata más. Del dinero que me dieron por el empeño de mi vestido y mi sombrero, sólo me queda un rublo en plata. ¿Usted le ha dado dos a la patrona? Bien hecho. Al menos callará por algún tiempo.
Es preciso que se arregle usted un poco la topa. Adiós. Estoy muy cansada. No sé a qué atribuir esta debilidad mía. Cualquier esfuerzo me deja extenuada. ¿Si me encargan trabajo, cómo voy a hacerlo? Sólo el pensarlo me mata.
V. D.
5 de septiembre
Mi querida Varinka:
Esta mañana, ángel mío, he experimentado no sé cuantas impresiones. Para empezar, te diré que todo el día me duele la cabeza. Para aliviarme un poco, he salido a dar un paseo por la Fontanka. ¡Qué tarde tan triste, tan húmeda! A las seis ya empezaba a oscurecer y, aunque no llovía, la humedad mojaba como si lloviese. Todo el cielo estaba encapotado. A lo largo del canal transitaba mucha gente y, como si se hubieran puesto de acuerdo, no se veían más que caras horribles: borrachos, finlandesas chatas, con botas altas y sin nada en la cabeza, trabajadores, cocheros, gente como yo, salidos para algún encargo, chicos, un aprendiz de carpintero, flaco, y de ojos hundidos y cara embadurnada de grasa, que vestía una blusa a rayas y llevaba un serrucho en la mano; un soldado licenciado, de siete pies de alto, que esperaba que alguien le comprase una navaja o un anillo de bronce. No se veía más que esta clase de público y a tal hora parece que no puede haber otra gente. ¡La Fontanka es un canal de mucho tráfico! Hay tantas barcas, que parece mentira que haya puesto para todas. En los puentes hay vendedoras de pan, de jenjibre y manzanas podridas y todas están sucias y empapadas de humedad. ¡Es triste pasar por la Fontanka! Se ha de andar sobre granito mojado y entre casas altas, feas, ennegrecidas. Humedad por arriba y humedad por abajo. ¡Qué triste y negro me parecía todo esta tarde!
Al volver por la calle de Gorohovay, la noche se había precipitado y encendían los mecheros. Hacía mucho tiempo que no pasaba por la calle de Gorohovay; no había tenido ocasión. Es una calle de mucho ruido. ¡Qué tiendas, qué magníficos establecimientos! ¡Todo en ella brilla y resplandece! ¡Aquellos escaparates con toda clase de mercancías, con flores, con sombreros, con cintas! Uno diría que es una exposición; pero no, que hay gente que compra todo eso para regalarlo a sus mujeres. ¡Es una calle de lujo! Se ven en ella muchas tiendas alemanas de aperitivos, lo cual prueba que debe haber también mucha gente rica. ¡Y cuántos coches pasan a cada momento! ¡No sé cómo no se hunde el suelo! Carrozas suntuosas, con cristales como espejos y lacayos aristocráticos con charreteras y espadín. Yo miraba todos los coches y siempre veía damas ataviadas a lo grande, acaso condesas y princesas. Sin duda era la hora en que todas van al baile y a los saraos. Me gustaría ver de cerca a una princesa o, en general, a una dama de la alta aristocracia; ha de ser muy bonito; nunca la he visto más que como hoy, cuando pasan en coche. He pensado en tí. ¡Ah, querida mía, amor mío! Cuando pienso en tí, me duele el corazón. ¿Por qué eres tan desgraciada, Varinka? En nada eres tú inferior a ellos. Eres buena, amable, bien educada. ¿Por qué, pues, has tenido tan mala fortuna? ¿Cómo es que a un buen hombre todo le va mal, mientras que a otro le colma la buena suerte? Ya sé, ya sé, amor mío, que nos está prohibido pensar así, que éste es un pensamiento impío; pero hablando francamente, diciendo la verdad, ¿cómo es que a uno le depara el destino toda clase de bienestar, antes que venga al mundo, mientras otros nacen ya en un hospital? Y ya sabes que con frecuencia la fortuna favorece a Juan el necio. «Tú, Juan el imbécil, en casa de tus padres tienes el dinero a manos llenas; come, bebe, diviértete, y tú, fulano o mengano, cómete los codos. ¡No te ha tocado otra cosa en suerte, hermano fulano o mengano!» Es un pecado, querida, es un pecado pensar de esta manera; pero a veces no puede uno remediar que el pecado se le meta alma adentro. Tú debías pasearte en un coche como aquellos, vida de mi alma. Los generales mismos mendigarían el favor de una mirada de tus ojos... no gente como yo; debías ir vestida de seda y oro y no de estameña. No estarías delgada ni débil como ahora, sino fresca, llena y encarnada como una figurita de azúcar. Y yo, entonces, me sentiría feliz con sólo poder mirarte desde la calle a través de las ventanas iluminadas, aunque sólo viera tu sombra. Sólo el pensar que vivías contenta y feliz, sería bastante para que yo estuviese alegre. Mientras que ahora, como si fuera poco la ruina en que te han hundido unos malvados, aun viene a injuriarte un libertino sin dignidad ni conciencia. Porque le cae el frac con elegancia, porque te mita a través de sus lentes de oro, el sinvergüenza cree que puede hacer lo que se le antoje y que una le ha de escuchar con paciencia por impertinentes que sean sus palabras... Espera un poco: ¿no es esa la verdad, elegantes caballeros? ¿Y por qué eso? Porque eres una huérfana, porque estás indefensa; porque no tienes ningún amigo poderoso que te proteja. ¿Y cómo hay que llamar a la gente que está dispuesta a injuriar a una huérfana? No son personas, son peores que bestias: basura. Sí, son nulidades, no tienen vida propia: estoy convencido de ello, ¡Ahí tienes mi opinión sobre esa gente! Y a mi modo de ver, hija mía, el organillero que he visto hoy en la calle Gorohovay, es más digno de respeto que ellos. El anda todo el día tocando en espera de que le caiga alguna moneda para comer, pero es dueño de sí mismo, se gana la vida. No pide limosna, sino que trabaja como una máquina montada para dar gusto a otros. «Mirad—dice—, hago lo que puedo por ser agradable». Es un mendigo, es un mendigo, cierto, no deja de ser un mendigo; pero es un mendigo honrado; está cansado y muerto de frío, pero trabaja; aunque sea a su manera, trabaja. Y son muchos, querida, los hombres honrados que aunque ganan poco en proporción a lo mucho que trabajan y al gran servicio que prestan a la humanidad, no se rebajan ante nadie ni piden el pan a nadie. Yo mismo soy como aquel organillero; es decir, no precisamente como él. Pero en cierto sentido, en el sentido más noble y elevado, como él con mis mejores aptitudes, trabajo cuanto puedo. No hablemos más de mí, porque yo ni pincho ni corto.
Te hablo del organillero, amada mía, porque hoy he sentido como nunca mi pobreza. Me paré ante él. Estaba tan triste y afligido, que me paré con el objeto de distraerme. A mi lado estaban dos cocheros, una mujer y una niña muy sucia. El organillero se había detenido ante las ventanas de una casa. Me fijé en un chiquillo de diez años que hubiera sido guapo sin el aspecto enfermizo y demacrado de su rostro, el cual, llevando por todo abrigo una camisa y unos andrajos y los pies descalzos, escuchaba la música con la boca abierta, como lo hacen los niños.
Contemplaba la «lanza de los muñecos alemanes, mientras se le estaban helando a él las manos y los pies y de vez en cuando se estremecía y se refregaba los codos. Noté que llevaba un trozo de papel en la mano. Pasó un caballero y arrojó al organillo una moneda que cayó en el instrumento, en un jardín diminuto, donde un muñeco representando un francés bailaba con las señoras. Al sonido de la moneda, el chiquillo se estremeció, miró a todos lados y sin duda se figuró que yo la había arrojado. Se me acercó, y temblándole la voz y las manos, me alargó el papel diciendo: «Una carta». La abrí y era la socorrida súplica en semejantes casos. Decía: «Bondadoso caballero: una madre con tres hijos hambrientos se está muriendo. Ayúdenos ahora y cuando muera rogaré en la otra vida por el bienhechor que no ha olvidado en ésta a mis pequeños». Bueno, ¿y qué? Bien claro estaba aquello, era el pan nuestro de cada día; ¿pero qué podía hacer yo? Claro, no le di nada y ¡qué pena tuve! Un pobre chiquillo, amoratado de frío, quizás hambriento, no mentía, seguramente no mentía; lo sé. Pero es horrible que esas madres, descuidando la salud de sus hijos, los manden medio desnudos a implorar la caridad pública. Quizás sea una mujer sin carácter, una estúpida; también es posible que esté enferma y no tenga ni dónde sentarse, ni quien la cuide. De todos modos debía pedir ayuda en su mismo barrio. Pero bien podría ser una timadora que para engañar a la gente se vale de un chiquillo delicado y hambrento, poniéndolo en grave peligro. ¡Vaya una educación para un pobre chico! No aprende más que a odiar, porque va de un lado a otro pidiendo y la gente pasa sin hacerle caso. Tienen el corazón empedernido y palabras decrueldad: «¡Fuera! ¡Vete de aquí! ¡Granujilla!» No oye otras palabras y en su corazón nace el rencor, porque en vano tirita de frío, como un pájaro caído del nido. Tiene pies y manos helados y apenas puede respirar. Empieza a toser, la enfermedad, como un reptil inmundo, se oculta en su pecho y la muerte le espera en un rincón sin luz, sin esperanza de salvación, sin ayuda de nadie. ¡Y esta es su vida! ¡Así es la vida de muchos! ¡Oh, Varinka! ¡Qué cruel es oír: «Por del amor de Cristo», y pasar de largo sin dar nada, diciendo: «Dios te ampare, hermano». A veces esa súplica: «Por el amor de Cristo», nada significa. (Ya sabes, Varinka, que no siempre es lo mismo). A veces es una salmodia, lenta, arrastrada, sin sentido, que responde a un hábito adquirido; es la cantilena de un viejo pordiosero; negar entonces la limosna no es penoso; es la mano que ha envejecido alargada, es un pordiosero de profesión,
Piensa uno que ya está acostubrado a que no le den y sabrá componérselas. Pero a veces «por el amor de Cristo» adquiere un acento inaudito, rudo, terrible, como hoy, cuando, al coger la carta del chiquillo, un hombre apoyado en la pared y que no pedía a todos los que pasaban, me ha dicho: «Déme unos céntimos, señor, por el amor de Cristo», con voz tan ronca y conmovida, que me ha estremecido con un sentimiento de horror, y no le he dado nada porque nada tenía. Los ricos no quieren que el pobre se queje en voz alta de su infortunio, porque dicen que los molesta» los importuna. Realmente, la pobreza siempre es molesta. ¡Los gemidos de los famélicos estorban el sueño del rico!
Si he de confesarte la verdad, amor mío, me he puesto a escribirte todo esto, en parte para aliviar mi corazón; pero, principalmente, para que tengas una muestra del buen estilo de mí redacción, porque sin duda habrás notado, hija mía, que desde hace algún tiempo mi estilo va formándose; pero tal depresión me ha sobrevenido, que en el fondo de mi alma me conpadecía de mis propios pensamientos y aunque sé, amor mío, que nada salgo ganando con esto, con todo, ha de justificarse uno de alguna manera, porque con frecuencia, vida mía, por cualquier cosita, se deja uno abatir, se desprecia, se considera sin ningún valor y se tiene en menos estima que una paja. Y acaso se deba esto a que me siento intimidado y perseguido como el pobre niño que me pidió limosna. Ahora quiero hablarte, Varinka, en sentido figurado y alegórico. Escucha, pues: cuando me dirijo por la mañana a la oficina, hija mía, a veces se me ocurre observar cómo se despierta, cómo se levanta la ciudad, se llena de humo, de vida, de ruido; y a veces se siente uno tan pequeño ante tan grande espectáculo, como si alguien le diera un moquetazo por meter la nariz donde no le importa y entonces prosigue uno su camino más tranquilo que el agua, más humilde que la hierba y se queda en paz. Pero penetra con la imaginación en esas casas grandes y ennegrecidas y verás lo que en ellas pasa; profundiza un poco y me dirás si hago bien en despreciarme sin razón y en abandonarme a una indigna tortura. Piensa, Varinka, que te estoy hablando no en sentido literal, sino figurado. Veamos qué sucede en esas casas. En un rincón de paredes ahumadas o en un antro húmedo, que la pobreza obliga a aceptar como alojamiento, se acaba de despertar un trabajador; toda la noche ha estado soñando con unas botas, por ejemplo, que el día antes ha cortado, ¡como si un hombre debiera de soñar en esas tonterías! Pero es un artesano, es un zapatero y se comprende que no piense más que en su oficio. Sus hijos lloran y su mujer tiene hambre; pero no sólo los zapateros se despiertan a veces así, amor mío; poco importaría eso y no valdría la pena de que lo contase. He aquí lo que pasa, Varinka: en la misma casa, ya sea más arriba o más abajo, un hombre rico, en su dorada habitación, ha soñado por la noche acaso en esas mismas botas; es decir, no en esas mismas, sino en unas botas de otro género, pero al fin, botas; pues en el sentido en que te hablo, Varinka, todos somos más o menos zapateros, querida; y eso no tendría importancia, pero es una lástima que ese rico no tenga a su lado alguien que le diga al al oído: «Vamos, deja de pensar en esas cosas, de no pensar más que en ti mismo, de no vivir más que para ti mismo; tus hijos están bien, tu mujer nada te pide. Reflexiona: ¿no puedes preocuparte de algo más noble que tus botas?» Eso es lo que quería decirte en sentido figurado, Varinka. Acaso es una idea demasiado libre, amor mío; pero a veces se me ocurre esta idea, a veces se me ocurre y no he podido impedir que se me escapase en palabras ardientes. Por tanto no hay razón para que uno se tenga en tan poca estima y se amedrente por cualquier cosa. Acabaré diciendo, Varinka, que acaso pienses que es injusto lo que digo, que me lo dicta un resentimiento o que lo saco de algún libro. No, hija mía, quítate esa idea, no es eso: detesto las injusticias, no tengo ningún resentimiento ni he sacado nada de un libro. Ya lo sabes.
Llegué a casa en un deplorable estado de ánimo, me senté a la mesa y calenté la tetera para beber un par de tazas de té. En seguida entra a verme Gorshkov, el pobre inquilino, a quien ya había visto por la mañana ir detrás de los vecinos y tratando de acercárseme. Y quiero que sepas, Varinka, que este hombre vive peor que yo. Porque él tiene mujer e hijos, de modo que si yo me encontrase en su situación, no sé lo que haría. Pues, bien, entra a verme, saluda, en sus pestañas brilla la lágrima de siempre, restrega los píes y se queda mudo. Le ofrezco una silla, una silla rota, cierto; pero no había otra. Le ofrezco té. El rehúsa por delicadeza, se obstina en no aceptar; pero al fin toma una taza. Se la quiere beber sin azúcar y se excusa otra vez; yo procuro persuadirle a que se ponga azúcar; él opone toda clase de inconvenientes para no aceptar, pero al fin consiente en echar en su taza el terroncito más pequeño que encuentra y declara en seguida que el té es demasiado dulce. ¡A qué degradación conduce a la gente la pobreza! «Y bien, amigo, ¿qué pasa?»—le pregunto. «Pues pasa esto, Makar Alexyevitch, protector mío — me contesta—, por la misericordia del Señor, socorra a mi desgraciada familia; mi mujer y mis hijos no pueden comer; píense lo que esto significa para mí que soy su padre». Quise hablar y me atajó: «Me dan miedo todos los inquilinos de esta casa, Makar Ajexyevitch; vamos, no es que me den miedo, es que ante ellos me avergüenzo; son todos tan orgullosos, tan altivos... A usted no le hubiese molestado, protector mío, porque sé que pasa sus dificultades, sé que tiene poco, pero déjeme algo por poco que sea; me atrevo a dirigirme a usted porque conozco su buen corazón. No ignoro que está usted necesitado, que conoce la adversidad y sabrá tener compasión». Y acabó diciendo: «Perdone mi atrevimiento y la torpeza de mis modales, Makar Alexyevitch». Le respondí que tendría sumo gozo en poderle ayudar, pero que no tenía nada, absolutamente nada. «Makar Alexyevitch, señor—me porfió —, no vengo a pedir mucho; pero hágase usted cargo de que—y se puso encarnado—mi mujer, mis hijos pasan hambre... aunque sólo fuese una pieza de diez kopecks». Aquellas palabras han clavado una espina en mi corazón, porque pensé que aquella gente estaba en peor situación que yo. Sólo tenía veinte kopecks y ya estaban destinados, porque pensaba gastarlos mañana en lo que me hace más falta. «No, mi buen amigo, le digo a usted que no puedo». «Makar Alexyevitch, padrecito, todo lo que usted quiera, pero piense que sólo le pido diez kopecks». Saqué los veinte kopecks del cajón, Varinka, y se los di. ¡Al menos es una buena obra! ¡Ah, la pobreza! Luego hemos hablado mucho. «¿Pero cómo se explica, padrecito, que pase estos apuros y alquile un cuarto de cinco rublos?»—le pregunté. Me dijo que había pagado cuando lo alquiló seis meses adelantados y desde entonces se habían amontonado las circunstancias que lo reducían a la más negra situación y el pobre no sabía adonde volverse. Espera que pronto se resolverá su pleito. Un asunto muy desagradable. Ya ves, Varinka, ha de responder ante los tribunales porque lo complicaron en el proceso contra un comerciante que estafó al Gobierno en su contrato; se descubrió la estafa y el comerciante fué a la cárcel, no sin haber complicado antes a Gorshkov, que intervino de algún modo en el asunto. Pero la verdad es que Gorshkov sólo es culpable de negligencia, de falta de tacto y de haber descuidado los intereses del Gobierno. Es un proceso que se sigue hace años y Gorshkov ha tenido que arrostrar un sinnúmero de dificultades. «No soy culpable en absoluto de la infamia que se me atribuye — dice el hombre —. Yo no he cometido ni fraude ni robo». Este asunto ha embrutecido un poco su carácter, se le ha suspendido de empleo y sueldo y, aunque no se le ha podido probar ningún delito, mientras no se le justifique plenamente no podrá recobrar una suma considerable que el comerciante le debe y que le discute ante los tribunales. Yo creo lo que dice, pero a los jueces no les basta su palabra y está el asunto tan complicado que ni en un siglo se pondrá en claro. Apenas encuentran un cabo de la madeja, el comerciante vuelve a enredarla. Compadezco a Gorshkov con toda mi alma, querida; me dá verdadera lástima. Se halla sin trabajo y en ninguna parte lo admitirán mientras no se haya reivindicado; se han gastado en comer todos sus ahorros; su asunto Va para largo y entretanto han de vivir; como si esto fuera poco, le nace un niño, lo cual significa gastos; el pequeño enferma: gastos; muere: gastos; su mujer está enferma; el está desde hace tiempo muy delicado de salud... figúrate si habrá sufrido el pobre. Con todo, dice que espera un fallo favorable dentro de dos o tres días, que ahora ya no puede haber duda sobre esto. Me dá lástima, me dá lástima, me dá mucha lástima, Varinka. Le tengo afecto, es un pobre amedrentado, anonadado por el infortunio, que necesita un amigo, y por eso quiero portarme bien con él. Bueno, hasta la vista, querida mía; Cristo sea contigo. ¡Cuídate, amada mía! Pensar en tí es como poner un bálsamo en mi dolorido corazón. Y aunque sufro por tí, me parece un alivio este sufrimiento.
Tu verdadero amigo
Malear Dyevushkin
9 de septiembre
Mi querida Varvara Alexyevna;
Te escribo fuera de mí, trastornado por un terrible acontecimiento. La cabeza me dá vueltas. ¡Amor mío! ¡Si supieras qué cosa tengo que contarte! Esto sí que no lo preveíamos. Yo sí, yo creo que lo preveía; lo preveía todo. En el fondo de mi alma tenía un claro presentimiento. Hasta soñé algo parecido hace uno o dos días.
¡Verás lo que ha pasado! Te lo contaré sin cuidarme del estilo, tal como Dios me lo inspira. Hoy fui a la oficina. Entré, me senté y me puse a escribir. Y has de saber, Varinka, que ayer también escribí. Pues, verás lo que pasó: Timofey Ivanovitch se acercó a mi y se dignó darme en persona la siguiente orden: «Este documento es urgente. Copíelo muy claro, con toda la rapidez y con todo el cuidado posible, Makar Alexyevitch. Hoy mismo hay que ponerlo a la firma». He de advertirte, ángel mío, que ayer estaba como atontado, no tenía ganas de nada, un abatimiento y una tristeza inmensa me dominaban. Sentía mi corazón helado y mi alma entenebrecida y tú no te apartabas un instante de mi pensamiento, hija mía. Pero me puse a trabajar y sacaba una copia clara, de hermosa letra, pero, pero... no sé cómo explicártelo... o el mismo diablo vino a embrollarme o estaba así ordenado en los arcanos del destino, o simplemente tenía íce suceder... es el caso que me dejé una línea y Dios sabe el sentido que tenía aquello, no tenía sentido. Ayer se les hizo tarde para el documento y sólo lo llevaron al despacho de Su Excelencia para que lo firmase hoy. Esta mañana he vuelto a la oficina a la hora de siempre, como si nada hubiera pasado y me he sentado junto a Emelyan Ivanovitch. Has de saber, amor mío, que de algún tiempo acá me siento más humillado y molesto que antes. Ya no mito a nadie. Apenas cruje una silla, ya estoy más muerto que vivo. Verás lo que ha pasado hoy: permanecía en mi puesto inmóvil, reconcentrado en mí mismo como un erizo, cuando Efim Akimovitch, el burlón más grande que haya existido, ha dicho en voz alta para que todos lo oyeran: «¿Por qué se pone usted como la imagen de la desgracia, Makar Alexyevitch!»—. E hizo tal mueca, que todos los que se sientan a nuestro lado prorrumpieron en una estrepitosa carcajada, a mi costa, ya no hay qué decirlo. Siguieron las bromas. Yo me tapé los oídos y cerré los ojos, sin moverme. Siempre hago lo mismo y así acaban antes. De pronto oigo un ruido: voces, movimiento, oigo... ¿no me engañan los oídos?... me están nombrando, preguntan por mí, llaman a Dyevushkin. El corazón me late con violencia, no sé porqué estoy tan espantado; sólo sé que en mi vida he tenido tanto miedo. Permanezco en mi asiento como clavado, como si nada me importase, como si yo fuera otro. Pero las voces se acercan. Y por fin, me gritan casi al oído: «¡Dyevushkin, Dyevushkin! ¿Dónde está Dyevushkin?» Levanto la vista. Veo delante de mí a Yevstaíy Ivanovitch, que me dice: «¡Makar Aleyxevitch, corra al despacho de Su Excelencia! ¡Ha cometido usted un error en ese documento!» Eso es todo lo que dijo, pero ya bastaba, había dicho bastante, ¿verdad, Varinka? Medio muerto, helado de espanto, sin saber lo que hacía, seguí... pero estaba más muerto que vivo. Por una pieza, luego por otra, luego por una tercera, me guiaron al despacho de Su Excelencia: ¡ya estoy en presencia suya! No podría darte una idea ni aproximada de las cosas que pensé entonces. Vi a Su Excelencia de pie y a su lado todos derechos. Creo que no saludé, se me olvidó. Tan turbado estaba, que temblaban mis labios, mis piernas, todo temblaba. ¡Y había motivo, hija mía! Mí confusión era indescriptible; miré al espejo de la derecha y lo que vi hubiera bastado para hacerme perder la cabeza. Además, había procurado portarme siempre como si mi persona no existiese en el mapa, de modo que Su Excelencia apenas podía tener idea de mi existencia. Acaso había oído por una de acuellas casualidades que había en la oficina un empleado de nombre Dyevushkin, pero no se había vuelto a preocupar.
Empezó a hablar en tono de disgusto: «¿En qué pensaba usted, señor? ¿Dónde tenía los ojos? Necesitábamos la copia, era un asunto urgente, y usted lo ha estropeado». Y Su Excelencia se volvió a Yevstafy Ivanovitch. No pude recoger más que algunas palabras sueltas: «¡Negligencia! ¡Descuido! ¡Nos pone usted en un apuro!» Quería abrir la boca para decir algo, pero no podía; deseaba pedir perdón, pero no podía; deseaba escaparme, pero no me atrevía a intentarlo y, entonces... entonces, Varinka, sucedió algo tan horrendo que apenas puedo sostener la pluma de vergüenza en este momento. Un botón — ¡malditos botones!—que colgaba de mi uniforme por un hilo, se desprendió de pronto —sin duda debí yo rozarlo sin darme cuenta —, rebotó en el suelo haciendo ruido, el malvado, y rodó a los pies de Su Excelencia. ¡Y esto en el mayor silencio! ¡Esta fue la única justificación, la única excusa, la única respuesta, todo lo que tenía que decirle a Su Excelencia! Lo que sucedió después fue terrible. Su Excelencia fijó en seguida su atención en mi semblante y en mis ropas. Me acordé de lo que acababa de ver en el espejo y ¡me precipité a recoger el botón! ¡La idiotez se apoderó mí! Me agaché, traté de coger el botóny el muy demonio se me escapó rodando, sin quererse dejar coger. En una palabra: pude lucir mi agilidad. Entonces sentí que me abandonaban mis últimas facultades, que todo, todo estaba perdido; ya no me quedaba ni reputación ni dignidad personal, y sin saber porqué ni cómo, chillaron en mis oídos las voces de Teresa y de Valdoni. Por fin cogí el botón, me levanté y me erguí, y por necio que fuese debiera haberme estado quieto con los brazos a lo largo del cuerpo. ¡Pero, quiá! Me empeñé en hacer pasar los hilos rotos por el botón como si hubiera sido posible sujetarlo, y en aquel momento sonreí, en aquel momento sonreí. Su Excelencia, que se había vuelto al principio, me contempló de nuevo. Y le oí decir a Yevstafy Ivanovitch: «¿Cómo es esto?... ¡Mírelo!... ¿Quién es?... ¿Qué clase de hombre?...» ¡Ay, amor mío! ¡Fíjate bien! «¿Quién es?» y «¿Qué clase de hombre?» ¡Me había lucido! Oí la contestación de Yevstafy Ivanovitch: «Ni una falta, ni una mala nota; no hay ni una sola mala nota contra él; su conducta, excelente; sueldo, el que le corresponde a su categoría...» «Bueno, ayúdele de alguna manera, adelántele algo» — dijo Su Excelencia... «Ya se le han hecho anticipos, ha cobrado la paga de tanto tiempo» —contestó el otro. «Por lo visto pasa sus apuros, pero su conducta es excelente y no tiene ni una mala nota, nunca la ha tenido».
Angel mío, me consumía, me consumía en el fuego de aquel infierno. Me estaba muriendo...
«Bueno —dijo Su Excelencia —, hay que hacer en seguida una nueva copia; Dyévushkin, mire usted: vuelva a copiar esto sin una falta. Y espere...» Su excelencia se volvió a los otros, les dió sus órdenes y salieron todos. Entonces, Su Excelencia sacó apresuradamente su cartera y cogió un billete de cien rublos. «Mire —dijo—, haga de esto lo que quiera, es cuanto puedo darle; tome...» y me lo puso en la mano. Me estremecí, una honda emoción sacudió mi alma; no sabía lo que me pasaba. Quise cogerle la mano y besársela; pero él se puso encarnado y—en esto no me aparto ni el grueso de un cabello de la verdad —tomando la mía indigna, me la estrechó; lo que te digo, la tomó y la estrechó, como si yo fuese su igual, lo mismo que si yo fuese un general como él. «Puede retirarse—me dijo —. Si me necesita... No se equivoque esta vez, ahora aún se puede remediar el mal.»
¡Varinka! ¿Sabes qué he decidido? Os pido, a ti y a Fedora, lo que les pediría a mis hijos si los tuviese: que rezasen todos los días de su vida por Su Excelencia con más constancia y fervor que lo harían por su propio padre. Diré más, amor mío, y lo digo solemnemente. Atiende, Varinka: juro que por grande que haya sido mi tormento en los días más crueles de nuestra desgracia, aún teniendo en cuenta tu pobreza y mi degradación e incapacidad, a pesar de todo, juro que los cíen rublos no valen para mí lo que aquel apretón de manos que Su Excelencia se ha dignado darme, a mí, un indigno, una paja, un borracho. Este gesto me ha resucitado moralmente, ha levantado mi abatido espíritu, me ha endulzado la vida para siempre y estoy firmemente persuadido, aunque sea un pecador, de que mis plegarías por la felicidad y prosperidad de Su Excelencia llegarán hasta el trono del Omnipotente.
¡Hija mía! Estoy trastornado por completo y en una agitación extraordinaria; mi corazón late como si quisiera romperme el pecho y me siento como desfallecido.
Te mando cuarenta y cinco rublos, le doy veinte a la patrona y me quedo treinta y cinco para mí. Me gastaré veinte en ropa y aun me quedarán quince. Pero en este momento tengo el espíritu demasiado sacudido por la impresión de esta mañana y he de acostarme. Estoy tranquilo, muy tranquilo, pero tengo el alma como aturdida; la siento dentro de mí estremecida, temblorosa, agitada.
Iré a verte; pero ahora me siento embriagado de tantas sensaciones... Dios lo ve todo, mi Varinka, mí inapreciable amiga.
Tu digno amigo
Malear Dyevushkin
10 de septiembre
Mi querido Malear Alexyevitch:
No puedo expresar el gozo que me causa su felicidad ni el aprecio que me merece el rasgo de su jefe, amigo. ¡Así, ahora podrá usted respirar un poco en su camino de tribulaciones! ¡Pero, por Dios, no vuelva a malgastar el dinero! Viva en paz y con la mayor modestia posible, y desde hoy empiece a ahorrar algo para que la desgracia no vuelva a sorprenderle. Por todos los santos, no se preocupe tanto de nosotras; Fedora y yo iremos tirando. ¿Por qué nos ha mandado tanto dinero, Makar Alexyevitch? No lo necesitamos para nada. Estamos satisfechas con lo que tenemos. Verdad es que pronto lo necesitaremos para trasladarnos, pero Fedora confía que pronto le pagarán una cantidad que le deben hace años. Me quedaré, no obstante, veinte rublos para un caso de extrema necesidad y le devolveré lo restante. Cuidado con el dinero, Makar Aleyevitch. Adiós. Viva tranquilo, cuídese y esté contento. Le escribiría más, pero me siento muy cansada; ayer no me levanté en todo el día. Haga el favor de venir a verme, Makar Alexyevitch.
V. D.
11 de septiembre
Mí querida Varvara Alexyevna:
Te suplico, amor mío, que no te separes de mí, ahora que soy tan feliz y todo me complace. ¡Hija mía! No escuches a Fedora y haré todo lo que quieras; me portaré bien, aunque sólo sea por respeto a Su Excelencia. Me portaré bien y tendré cuidado; nos volveremos a escribir cartas hermosas, en que nos confiaremos mutuamente los sentimientos, las alegrías, las penas, si las tenemos; viviremos felices y en la mejor armonía. Nos ocuparemos de literatura... ¡Angel mío! Ha cambiado mi suerte y todo ha cambiado pata mí. La patrona se ha vuelto más amable. Teresa es más razonable y hasta Faldoni es más listo. Me he reconciliado con Ratazyaev. En mi alegría, yo mismo he ido a su encuentro. Realmente es un buen camarada, Varinka, y no tiene fundamento cuanto de él te dije de malo. Ahora veo que todo aquello no fue más que una infame calumnia. No tenía la menor idea de satirizarnos. Me ha leído su nuevo libro. Y en cuanto a llamarme Lovelace» no es ninguna injuria, ningún insulto; me ha dado explicaciones. Es un nombre importado del extranjero, que significa un «hombre desenvuelto»; o para explicarme con más elegancia, con más corrección, «un joven con quien habéis de poneros en guardia»; ya ves que no hay nada de lo dicho. ¡Fue una broma inocente, ángel mío! Como soy un solemne ignorante, me di por ofendido en mi estupidez. En una palabra, ahora soy yo quien presenta sus excusas a Ratazyoev. ¡Y hace hoy un tiempo tan magnífico, Varinka, tan hermoso! Cierto que esta mañana ha habido un poco de escarcha, como si la hubieran pasado por un tamiz. Sólo hacía un aire un poco frío. Pero era casi nada. He salido a comprarme unas botas y me he comprado unas magníficas. He dado un paseo por el Nevsky. He leído La Abeja. ¡Ah! Me olvidaba de decirte lo principal.
Verás de qué se trata:
Esta mañana hablé de Su Excelencia con Emelyan Ivanovitch y Axentey Mihalovitch. No Varinka, no soy el único a quien ha tratado tan generosamente. No soy el único a quien ha protegido; todo el mundo lo conoce por su gran corazón. En muchos puntos de la ciudad se ensalza su nombre y se llora de agradecimiento. En su casa se educó una huérfana. La dotó y la casó con un joven de buena posición, un empleado que había estado a su servicio, encargado de cierta misión. Colocó al hijo de una viuda en una oficina y ha realizado muchas otras obras de caridad. He considerado un deber contribuir por mi parte al buen nombre de Su Excelencia contando su buena acción conmigo a cuantos han querido escucharme, sin ocultar nada. He dejado a un lado el orgullo, porgue de nada sirven en tales casos el orgullo y la dignidad, y he hablado en voz alta para glorificar las buenas acciones de Su Excelencia. Lo he contado todo con entusiasmo, con ardor, sin enrojecer, sin violentarme, orgulloso de poder contar tal historia. No les he ocultado nada. Claro que he callado lo referente a tí, Varinka. Pero les he hablado de mí patrona, de Faldoni, de Ratazyoev, de mis botas y de Markov. Algunos han reído... aunque poco, todos han reído. Tal vez Ies chocaba mí porte o acaso reían de mis botas; creo que ha debido de ser de mis botas. Pero no lo hacían con mala intención. No tiene importancia, cosas de la juventud; o porque son gente que pasan bien la vida; pero no creo que riesen con mala intención por lo que contaba. Al menos de Su Excelencia no podían reírse. ¿No te parece, Varinka?
Aún no he logrado hacerme bien el cargo, querida. ¡Es que me ha dejado tan turbado todo esto! ¿Ya tienes leña? No te resfríes, Varinka; que tú pillas un costipado muy fácilmente. ¡Ay, tesoro de mí vida! Me atormentas con tus ideas pesimistas. ¡Si supieras cómo ruego a Dios por tí, amor mío! A propósito, ¿ya tienes medias de lana y ropa interior caliente? Cuidado, hija mía, si algo necesitas, por el amor de Dios, no te olvides de tu viejo amigo, acude a mí en seguida. Ahora ya pasó el mal tiempo. No te inquietes por mí. Todo se nos presenta claro y hermoso en lo porvenir.
¡Qué tiempos tan malos. Varinka! ¡Pero no importa, ya pasaron! De aquí a unos años los recordaremos suspirando. Recuerdo los tiempos de mi juventud. Entonces me encontraba con frecuencia sin un kopeck. Tenía frío y hambre, pero estaba alegre y me bastaba. Por la mañana me paseaba por el Nevsky, veía una carita hermosa y era feliz para todo el día. ¡Dichosos tiempos aquellos, Varinka, dichosos tiempos! ¡Si da gusto vivir, amor mío! Especialmente en Petersburgo. Con lágrimas de arrepentimiento rogué ayer a Dios Nuestro Señor que me perdonase los pecados que cometí en los tiempos de prueba: mis murmuraciones, mis ideas liberales, mi embriaguez, mi desesperación. Y en mis oraciones me acuerdo de ti con emoción. Tú fuiste mi única ayuda, Varinka, mi único consuelo; tú me confortaste en mi camino con tus consejos y advertencias. Nunca podré olvidarlo, amada mía. Hoy he besado todas tus cartas, hija mía. Adiós, tesoro mío. Dicen que no lejos de aquí hay una tienda de ropas. De modo que iré a ver. Adiós, ángel mío. ¡Adiós!
Tu sincero amigo
Makar Dyevushkin
15 de septiembre
Querido Makar Alexyevitch:
Estoy con una agitación terrible. Escuche lo que nos ha pasado. Juzgue usted mismo, mi inapreciable amigo; el señor Bykov está en Petersburgo, Fedora lo ha encontrado. Pasaba en coche, mandó parar y él mismo ha bajado a preguntarle dónde vivía. Luego, riendo, le ha dicho que sabía con quien vivía. (No hay duda de que Ana Fyodorovna se lo ha contado todo). Entonces, Fedora no pudo contenerse y allí mismo, en mitad de la calle, le armó un escándalo, diciéndole que era un hombre sin moral y causante Je mí desgracia. El la contestó que quien no tiene un kopeck por fuerza ha de ser desgraciado, Fedora le replicó que si yo hubiera podido ganarme la vida o hubiera podido casarme, otra sería mi situación; mientras que ahora mí felicidad estaba perdida para siempre; que además, estaba enferma y moriría pronto. A lo que él objetó que aún era joven, que aún tenía muchos grillos en la cabeza y que mis virtudes estaban empañadas (son sus propias palabras). Pensábamos tanto yo como Fedora que no sabía donde vivíamos, cuando, inesperadamente, apenas acaba yo de volver de Gostiny Dvor, donde había ido a comprar unas cosas, se presentó en la habitación. Me parece qae no esperaba encontrarme en casa. Interrogó largamente a Fedora sobre nuestro modo de vivir, lo examinó todo, observó mi trabajo y por fin preguntó: «¿Quién es ese empleado, tan amigo tuyo?» En aquel preciso instante, cruzaba usted el patio y Fedora le hizo una seña. El se asomó y se echó a reír. Fedora le rogó que se marchase, diciéndole que yo estaba enferma de tanto sufrir y su presencia había de serme muy desagradable. Después de un rato de silencio, replicó que él había entrado sin ninguna intención y quiso dar a Fedora veinticinco rublos, que ella, como es natural, no aceptó.
¿Qué puede significar esto? ¿A qué habrá venido? No me explico cómo ha podido interesarse por lo nuestro; me pierdo en conjeturas. Dice Fedora que Axinya, mi cuñada, que vino a vernos, es amiga de la lavandera Nastasya y el primo de ésta es portero de la oficina en que sirve un amigo del sobrino de Ana Fyodorovna. Ya ve usted si habrá corrido el cuento para dar la vuelta. Pero es posible que Fedora se equivoque, y no sabemos qué pensar. ¡Tal vez vuelva! ¡Sólo el pensarlo me espanta! Cuando ayer me contó todo esto Fedora, me asusté tanto que temí desvanecerme ele horror. ¿Qué más quiere de mí? ¡No quiero volver a verlo! ¿Qué pretende de mí, desgraciada? Vivo en una incesante angustia, esperando siempre ver entrar a Bykov de un momento a otro. ¿Qué será de mí? ¿Qué me tendrá aún reservado el destino? En nombre de Cristo, venga a verme en seguida, Makar Alexyevitch. Venga, por Dios se lo ruego.
18 de septiembre
Mi querida Varvara Alexyevna:
Hoy ha ocurrido aquí un caso tan inefablemente doloroso, como indescriptible e inesperado. El pobre Gorshkov (deja que te lo diga, Varinka), ha obtenido una completa rehabilitación. Su proceso estaba terminado hace días, pero hasta hoy no ha sabido el fallo, totalmente favorable para él. Se le ha exonerado de todo cargo de negligencia y abandono. Al comerciante se le obliga a pagarle una suma considerable. De modo que no sólo queda arregada su situación económica, sino que se le reivindica el honor sin tacha y todo resulta a medida de sus deseos.
Esta tarde a las tres ha vuelto a casa. No parecía el mismo: blanco como el papel, sonreía con un temblor en los labios y abrazaba a su mujer y a sus hijos. Todos nos hemos reunido para felicitarle. Esto le ha emocionado en lo más hondo, saludaba volviéndose en todas direcciones y nos estrechaba las manos varias veces. Hasta me pareció más alto y más apuesto y ya no le brillaba aquella lágrima en los ojos. ¡Estaba el pobre excitadísimo! Le era imposible reposarse un momento: cogía todos los objetos que estaban a su alcance y los dejaba al momento, y continuamente sonreía y saludaba, sentándose, levantándose y volviendo a sentarse, diciendo Dios sabe qué: «Mí honor, mi honor, mi reputación, mis hijos». ¡Y cómo lo decía! Se puso a llorar. A muchos de nosotros también nos hizo llorar. Ratazyoev sin duda quería animarle cuando le decía: «¿Qué es el honor, padrecito, cuando no se puede comer? ¡El dinero, el dinero es lo que importa y eso es lo que ha de agradecer a a Dios!»—y entretanto le daba palmaditas en el hombro. Me parece que Gorshkov se ofendió... no quiero decir que se mostrase ofendido, pero miró a Ratazyoev de una manera extraña y apartó la mano de éste de su hombro. ¡Y esto no había pasado nunca, Varinka! Pero cada cual tiene su carácter. Yo, por ejemplo, no hubiera conservado mi dignidad en momentos de tan gran alegría; porque a veces, amor mío, prodiga uno demasiado sus saludos y se rebaja sólo por exceso de bondad, por una debilidad excesiva. ¡Pero ahora no se trata de mí!
«Sí —decía él —, también el dinero es algo, gracias a Dios, gracias a Dios». Y durante el tiempo que estuvimos con él no cesó de repetir: «Gracias a Dios, gracias a Dios».
Su mujer preparó una comida un poco más buena y abundante. La misma patrona hizo de cocinera. La patrona es una buena mujer en algún concepto. Y hasta la hora de comer, Gorshkov no pudo estarse quieto un momento. Entraba en el cuarto de todos los inquilinos sin preocuparse de pedir licencia. Entraba, se sentaba en el borde de una silla, decía dos o tres palabras y a veces nada y se marchaba. En la habitación del marino hasta jugó a la baraja: fué el cuarto de la partida. Se puso a jugar, se hizo un lío, tiró dos o tres cartas, se levantó, diciendo: «No, yo sólo quería mirar, sólo mirar», y se marchó. Me encontró en el pasillo, me cogió las dos manos y me miró con fijeza a los ojos, pero dé una manera muy extraña; luego me apretó las manos y siguió andando, con una sonrisa en los labios, pero una sonrisa extraña, penosa, de cadáver. Su mujer lloraba de alegría; toda la casa estaba animada, como en día de fiesta. Comieron pronto. Después del almuerzo dijo a su mujer: «Oye, amor mío, voy a descansar un poco», y se acostó. Llamó a su hijita, le puso la mano en la cabeza y la estuvo acariciando un rato. Luego se volvió a su mujer y le dijo: «¿Y Petinka? ¿Dónde está nuestro Petinka?» «¿Petinka?» Su mujer se santiguó y contestó que Sabía muerto. «Sí, sí, ya lo sabía. Petinka está atora en el reino de los cielos». Su mujer comprendió qué después de lo sucedido, estaba un poco trastornado y le dijo1 «Debías dormir un poco, querido». «Sí, muy bien, en seguida... un momento». Se volvió, permaneció inmóvil un minuto y luego se movió para decir algo. Su mujer no entendió lo que decía y le preguntó: «¿Qué quieres, querido?» El no contestó. La mujer esperó un momento. «Vaya, se ha dormido», pensó, y fué a hacer una hora de compañía a la patrona. Cuando volvió, vio que su marido no se había despertado ni movido. Pensó que dormía y se sentó a trabajar. Luego dijo que durante media hora estuvo absorta en su labor y en sus reflexiones, pero que no recordaba en qué pensó, sólo podía decir que no fué en su marido. Pero de pronto, la asaltó un sentimiento de inquietud y lo primero que la impresionó fué el silencio sepulcral del aposento... Miró a la cama y vió que su marido estaba en la misma posición. Se acercó, levantó la colcha, miró y... ya estaba frío. Estaba muerto, amor mío. Gorshkov estaba muerto, había muerto repentinamente, como herido por un rayo. ¿Por qué murió? Sólo Dios lo sabe. Me afecté tanto, Varinka, que aún me dura la impresión. Parece mentira que un hombre pueda morir tan fácilmente. ¡Pobre Gorshkov! ¡Tan desgraciado! ¡Qué fatalidad, qué fatalidad! Su mujer está consternada y hecha un mar de lágrimas. La niña, encogida en un rincón. Hay en casa un revuelo inusitado, Quieren que se haga la autopsia, una investigación judicial... no puedo decírtelo con exactitud. ¡Pero ¡qué pena, qué pena da esto! Es triste pensar que no se sabe el día ni la hora... Se muere uno tan fácilmente y sin saber cómo...
Tu
Makar Dyevnshkin
19 de septiembre
Querida Varvara Alexyevna:
Me apresuro a notificarte, querida, que Ratazyaev me ha encontrado trabajo para un escritor. Alguien ha venido a verle y le ha traído un enorme manuscrito... mucho trabajo, gracias a Dios. Pero es una letra tan infame, que no sé cómo empezar. Y lo quieren lo más pronto posible. Está tan mal escrito que no se entiende... Hemos convenido en que lo pagarán a cuarenta kopecks las dieciseis páginas. Te lo comunico, amor mío, para que sepas que tendré un ingreso extraordinario.
Y ahora, adiós, hija mía. Voy a ponerme a trabajar.
Tu fiel amigo
Makar Dyevushkin.
Mi Querido amigo Makar Alexyevitch:
Hace tres días que no le escribo una línea y eso que he pasado grandes ansiedades y molestias.
Anteayer vino Bykov. Fedora había salido y me hallaba sola. Le abrí la puerta y me asusté tanto al verlo, que no podía moverme. Me sentí palidecer. Entró como lo hace siempre, riendo fuerte; cogió una silla y se sentó. Durante largo rato, me fue imposible recobrar mi presencia de espíritu. Por fin ocupé mi puesto de trabajo. El dejó de reir. Hasta creo que le impresionó mi aspecto. He enflaquecido mucho en poco tiempo, estoy demacrada y mi palidez era en aquel momento muy intensa. Quien me haya visto hace un año no me reconocería. Me contempló larga, ahincadamente; luego se fue animando y dijo algo a lo que no recuerdo qué contesté; pero se echó a reir. Permaneció conmigo más de una hora, hablando mucho y preguntándome varias cosas. Antes de despedirse me cogió la mano y dijo (palabra por palabra): «Varvara Alexyevna, dicho sea entre nosotros: Ana Fyodorovna, su parienta y mi íntima amiga, es una mujer indecente» (y añadió un epíteto que mi pluma se resiste a escribir). «Ha descarriado a tu prima y a ti te ha perdido. También yo me porté en este caso como un canalla; pero, después de todo, eso se ve cada día». Y rió a gusto. En seguida observó que no usaba un lenguaje del todo correcto, y que lo más importante que tenía que decirme y que por deber de caballero hubiera tenido que callar, ya estaba dicho y por tanto en pocas palabras diría lo testante. Entonces declaró que había venido a pedir mi mano en matrimonio, pues se creía obligado a devolverme el honor; que era rico y después de la boda me llevaría a sus propiedades en las estepas, donde quería cazar liebres; que nunca más volvería a Petersburgo, porque Petersburgo era una ciudad horrible; que aquí tenía, como ya dijo, un sobrino que era una verdadera inutilidad, a quien se había jurado no dejarle nada y que por eso y en el deseo de tener un heredero legítimo, pedía mi mano. Añadió que vivía muy pobremente, que no era de admirar que estuviera enferma viviendo en este tugurio; que moriría sin remedio si permanecía aquí un mes más; dijo que los pisos de Petersburgo son detestables y acabó preguntándome si necesitaba algo.
Tanto me sobresaltó su ofrecimiento que, no sé por qué, me eché a llorar. Lo interpretó él como prueba de gratitud y declaró que nunca había dudado de mis buenos sentimientos y de mi buena educación, pero no se había decidido a dar este paso hasta enterarse bien de mi actual conducta. Luego me preguntó por usted y afirmó que se lo habían contado todo y sabía que era usted un hombre de muy buen fondo, que no le gustaba que esté en deuda con usted y que si quinientos rublos serían bastante por todo lo que ha hecho usted por mí. Cuando le manifesté que no podía pagarse con dinero lo que usted había hecho por mí, me replicó que era ridículo y puro romanticismo aprendido en las novelas y poesías que yo leía porque era joven, que los libros desmoralizaban y que él no podía sufrirlos. Me aconsejó esperar a su edad para hablar de la gente. «Entonces— añadió—sabrás cómo son los hombres». Luego me recomendó que reflexionara detenidamente en su proposición, pues le disgustaría mucho que diese un paso de tanta importancia impremeditadamente. Añadió que la irreflexión y la precipitación perdían a la juventud inexperta, aunque esperaba de mí una respuesta favorable, pues de la contrario habría de casarse con la hija de un tendero moscovita, porque, según dijo, había jurado que el inútil de su sobrino no tendría la herencia.
Me puso en las manos quinientos rublos, diciendo que «para dulces». Dijo que en el campo me pondría gorda como un bollo, que con él viviría como un pavo cebado, que tenía mil cosas que hacer, que estaba corriendo todo el día por negocios y que entre diligencia y diligencia había hecho una escapada para verme. Entonces se despidió.
He reflexionado mucho, he dado muchas vueltas a mis ideas y ya cansada de pensar, amigo, he tomado una determinación. Amigo mío, me casaré con él. Debo aceptar su ofrecimiento. Sí alguien puede librarme de la deshonra, restablecer mi reputación, alejar para siempre de mí la pobreza, las privaciones, la miseria, es él. ¿Qué más puedo esperar en esta vida? ¿Qué más puedo pedir al destino? Fedora dice que no deje escapar la buena suerte. «Porque si esto no es tener buena suerte — dice ella —, ¿qué es entonces?» Bien mirado, no me queda otro recurso, mi inapreciable amigo. ¿Qué puedo hacer? He perdido la salud trabajando y no puedo seguir así toda la vida, ¿Entrar al servicio de alguna familia? Me consumiría de pena y además no sirvo para nada. Mi falta de salud me convertiría en una carga para los otros. Claró que no voy a un paraíso; peto, ¿qué he de hacer, amigo, qué he de hacer? ¿Acaso puedo elegir?
No le te pedido consejo. He querido reflexionar yo sola. Mí decisión es inquebrantable e inmediatamente se la comunicaré a Bykov, que insiste en una contestación inmediata. Dice que sus negocios no tienen espera, que no puede diferirlos por tonterías. ¡Dios sabe si seré feliz; en su inescrutable voluntad está mi destino, pero mi determinación está tomada! Dicen que Bykov es un buen hombre; me apreciará; acaso yo también lo aprecie. ¿Qué más puede esperarse de semejante matrimonio?
Le daré noticias de todo, Makar Alexyevitch. Estoy segura que comprenderá usted mis desventuras. No trate de disuadirme, porque se esforzará inútilmente. Tenga presente todo lo que me ha obligado a dar este paso. Al principio estaba muy alterada, pero luego me he calmado. Desconozco la perspectiva que tengo delante. Será lo que sea, lo que Dios quiera...
Ahora viene Bykov y dejo la carta sin terminar. Quería decirle muchas más cosas. ¡Ya está aquí Bykov!
23 de septiembre
Mi querida Varvara Alexyevna:
Me apresuro a contestar, querida; me apresuro a decirte, tesoro mío, que me he quedado estupefacto. Esto parece... Ayer enterramos a Gorshkov. Sí, es cierto, Varinka, es cierto: Bykov ha obrado noblemente; pero, oye, amor mío... ¿conque has consentido? Claro que todo sucede por la voluntad de Dios; es cierto y sin duda debe ser así; esto es, sin duda en esto ha de hallarse la voluntad de Dios y los designios del Creador Omnipotente son benditos, no hay duda, e inescrutables y también el destino, que es lo mismo.
Fedora también se interesa por tí. Y claro que serás feliz ahora, tesoro mío; vivirás en la abuncia, amor mío, hija de mi alma, ángel de mi cielo, luz de mis ojos. Unicamente, Varinka, ¿cómo puede ser eso tan pronto?... Sí, los negocios… El señor Bykov tiene sus negocios, claro está; si todo el mundo los tiene, también él puede tenerlos... Lo vi cuando salía de verte. Es un hombre guapo, guapo, muy guapo. Pero no es eso, no se trata de que sea un hombre guapo, no sé dónde tengo la cabeza. ¿Peto, cómo vamos a escribirnos? Y yo... me quedaré solo. Lo he sospesado bien todo, ángel mío, lo he sospesado bien todo, como me aconsejas en tu carta, y he ponderado en mi corazón todas las razones. ¡Acababa de copiar veinte pliegos cuando nos han sorprendido los acontecimientos! Mira que vas a emprender un viaje, querida, y habrás de comprarte muchas cosas, calzado de varias clases, un vestido, y precisamente conozco una tienda en la calle Gorohovy. ¿Recuerdas cómo te la describí? ¡Pero no! ¿Cómo es posible, Varinka? ¿En qué piensas? No puedes marcharte ahora, es imposible, absolutamente imposible. Tendrías que comprar muchas cosas y necesitarías un coche. Además, hace un mal tiempo; mira como llueve a cántaros, y es una lluvia que cala, y lo peor es... lo peor es que sentirás frío, angelito; sentirás frío en tu corazoncito. ¡Vaya! Te da miedo cualquier desconocido y te marchas. ¿Y con quién me quedaré yo, aquí, solo? ¡Sí! Y dice Fedora que te espera una gran felicidad... pero ya sabes que esa mujer tiene una cabeza muy dura y desea causarme la muerte. ¿Irás esta tarde a las vísperas, Varinka? Me gustaría hacerte una visita. Es verdad, hija mía, una gran verdad que eres una joven bien educada, virtuosa y sensata, pero haría mejor en casarse con la hija del tendero. ¿No te parece así, tesoro mío? ¡Haría mejor en casarse con la hija del tendero! Iré a verte tan pronto anochezca, Varinka; iré a pasar una hora contigo. Hoy pronto se hará de noche y, en cuanto oscurezca, pasaré a verte. No dejaré de hacerte una visita de una hora, esta noche, hija mía. Ahora esperas a Bykov, pero cuando él salga, entonces... Espérame un poco, Varinka, y en seguida correré a tu lado...
Makar Dyevushkin
27 de septiembre
Mi querido amigo Makar Alexyevitch:
El señor Bykov dice que he de hacerme tres docenas de camisas de hilo, de modo que hemos de apresurarnos a buscar costureras que hagan dos docenas. El señor Bykov está enfadado y dice que esos trapos que necesito son causa de muchas molestias. Dentro de cinco días será la boda y al día siguiente emprenderemos el viaje. El señor Bykov tiene mucha prisa y no quiere que nos entretengamos en cosas tontas. Este continuo ajetreo me fatiga de tal modo, que apenas puedo tenerme en pie. He de hacer una enormidad de cosas y casi valdría más que no se hubiera presentado esta ocasión. Otra cosa: no tenemos bastante blonda o encaje, de modo que hemos de comprar más, pues el señor Bykov no quiere que su mujer vaya hecha una cocinera y desea sencillamente «refregar conmigo la nariz de las señoras propietarias», Esta es su frase. Así, pues, Makar Alexyevitch, haga el favor de ir a la calle Gorohovy a ver a madame Chiflón y dígale, ante todo, que me mande alguna costilleta y luego, que tenga la bondad de venir ella misma. Hoy estoy enferma. En esta casa hace un frío horrible y todo está en desorden. La tía del señor Bykov apenas puede ya respirar, de tan vieja, y temo que muera antes de nuestra marcha; pero el señor Bykov dice que no es nada y que se restablecerá. En casa todo anda revuelto y en una horrible confusión. El señor Bykov no vive con nosotras, los criados campan cada cual por su respeto y Dios sabe donde paran. Sólo a ratos nos ayuda Fedora. El ayuda de cámara del señor Bykov que se cuida de todo, ha desaparecido hace tres días y nadie sabe de él. El señor Bykov viene a vernos todas las mañanas y ayer maltrató al conserje de la casa, lo que le acarreó molestias con la policía. No tengo a nadie para enviarle mis cartas. Se las mando por correo. ¡Caramba! Se me olvidaba lo más importante. Dígale a madame Chiflón que no deje de cambiar la blonda, que la quiero igual que el modelo que me enseñó ayer y que pase ella misma a enseñarme otros modelos. Y dígale que he cambiado de idea respecto al bordado, que ha de hacerse al crochet; y otra cosa: que los monogramas de los pañuelos se han de bordar al tambor, ¿entiende? Al tambor y no a punto corrido. ¡Cuidado no se olvide que ha de ser al tambor! Encargúele, por el amor de Dios, que las hojas de la esclavina sean de realce y los tallos y espinas en embutido; y luego, el cuello ha de llevar encaje o una golilla. Haga el favor de decírselo, Makar Alexyevitch.
Su
D.
P. S. — ¡Qué vergüenza me da molestarle con tantos encargos! Anteayer ya le hice pasar todo el día corriendo. ¿Pero, qué puedo hacer? Todo está en desorden aquí y yo no me encuentro bien. Así, pues, no se enfade conmigo, Makar Alexyevitch. ¡Soy tan desgraciada! ¡Ah! ¿Cómo acabará todo esto, mi amigo, mi querido, mi buen Makar Alexyevitch? Me espanta pensar en lo porvenir. Tengo un presentimiento que me inquieta y vivo como presa de una especie de delirio.
P. P. S. — ¡Por Dios, amigo, no olvide nada de cuanto le he dicho! Temo que cometa usted algún error. Acuérdese del tambor, no a punto corrido.
V.D.
27 septiembre
Querida Varvara Alexyevna:
He llevado a cabo todos tus encargos. Madame Chiflón me ha dicho, que ya había pensado ella bordarlos al tambor; que es más conveniente o no sé qué; no he comprendido bien. También me habló de la golilla que nombras en tu carta. Ahora que se me ha olvidado lo que me dijo de la golilla. No más sé que dijo muchas cosas. ¡Qué mujer tan habladora! ¡Ni el diablo la entiende! Pero ella misma vendrá a explicártelo todo. Estoy completamente extraviado, Varinka; ni siquiera he ido a la oficina. Pero no has de apurarte por eso, amor mío. Estoy dispuesto a recorrer todas las tiendas para tu tranquilidad. Dices que te asusta lo porvenir, pues esta noche, a las siete, lo sabrás todo. Madame Chiflón irá a verte en persona. Así, pues, no te desanimes; has de ser optimista, tener confianza en que todo irá bien. Eso es. Bueno, se me ha metido en la cabeza esa maldita golilla y no pienso en otra cosa. ¡Bah! ¡Al diablo la golilla! Había de ir a verte, ángel mío, claro que había de ir a verte; y dos veces ya he llegado hasta la puerta. Pero Bykov, es decir, el señor Bykov, siempre está tan disgustado... que no me ha parecido bien... ¡Bueno! ¡Qué le haremos!
Makar Dyevushkin
28 de septiembre
Mi querido Makar Alexyevitch:
Por Dios, corra en seguida a casa del joyero y dígale que no haga los pendientes de perlas y esmeraldas. Al señor Bykov le parece demasiado lujo y lo encuentra demasiado caro. Está enfadado. Dice que la fiesta le cuesta ya un ojo de la cara y que le estamos robando; y ayer afirmó que si lo hubiera sabido antes y hubiera podido prever los gastos, no se hubiera comprometido. Dice que en cuanto nos hayan casado partiremos, que no tendremos visitas, que no espere bailar y flirtear y que las fiestas están muy lejos. ¡Ya ve cómo habla! Pero Dios sabe que no pienso en nada de eso. El mismo señor Bykov lo encargó todo. No me atrevo a replicarle: tiene un genio muy arrebatado. ¿Qué será de mí?
V.D.
28 de septiembre
Mi querida Varvara Alexyevna:
Yo... bueno, el joyero dice que muy bien; y yo, antes que nada, quería decirte que estoy enfermo y no puedo levantarme. Ya ves: en estos días de tanta prisa, de tanto trabajo he cocido un resfriado. ¡Que vaya al diablo! Para colmo de males, has de saber que Su Excelencia se dignó mostrarse severo y disgustado con Emelyan Ivanovitch y le armó un escándalo. Y el pobre está abatidísimo. Ya ves que te lo cuento todo. Quisiera contarte otras cosas, pero temo molestarte. Ya ves si soy tonto y simple, Varinka: te escribo todo lo que se me ocurre, de modo que quizás puedas... ¡Pero no hagas caso!
Tu
Makar Dyevushkin
29 de septiembre
Mi querida Varvara Alexyevna:
Hoy he visto a Fedora, hija mía, y me ha dicho que te casas mañana y que pasado mañana te marchas, que el señor Bykov ya tiene alquilados los caballos. Ya te conté lo de Su Excelencia, hija mía. A otra cosa: ya he pagado la cuenta de la tienda de Gorohovy; todo está perfectamente, pero es muy caro. ¿Y por que se ha disgustado contigo el señor Bykov? ¡Vaya, que seas feliz, Varinka! Yo estoy contento, sí; estaré contento de que seas feliz. Iría a la iglesia, querida, pero tengo reuma. Y volviendo a nuestra correspondencia, ¿quién se encargará de echarnos las cartas al correo? ¡Si! Te has portado con Fedora como buena amiga, amor mío; has realizado una buena obra, querida; has hecho muy bien. ¡Es una buena obra! Y Dios te bendecirá por cada una de tus buenas acciones. Dios siempre recompensa las buenas acciones y la virtud siempre halla su premio, más tarde o más temprano. ¡Varinka! ¡Quisiera decirte muchas cosas, te estaría escribiendo a todas las horas! Aún guardo uno de tus libros: «Cuentos de Byelkin» Pues bien, Varinka; no te lo lleves, déjamelo como recuerdo, hija mía. No es que tenga muchas ganas de leerlo; pero bien sabes, Varinka, que se acerca el invierno; las noches serán largas, estaré triste y entonces leeré. Me cambiaré de casa, Varinka, e iré a instalarme a tu cuarto con Fedora. Por nada del mundo me separaría de esa mujer honrada; además, es tan trabajadora... Ayer examiné detenidamente la habitación que has abandonado. El bastidor estaba en su puesto con el bordado sin terminar. He examinado también tus bordados de aguja y he visto una de mis letras empezadas. En el cajón del costurero encontré un papel con las palabras «Querido Makar Alexyevitch: Me apresuro...» y nada más. Alguien debió interrumpirte en lo más interesante. En el ángulo, detrás del biombo, estaba tu camita… ¡Ah, hija mía! Bueno, adiós, adiós; contéstame pronto.
Makar Dyevushkin
30 de septiembre
Mi inapreciable amigo Malear Alexyevitch:
Se acabó todo, mi suerte está echada y no sé qué pasará, pero me resigno con la voluntad de Dios. Mañana partimos. ¡Me despido de usted por última vez, mi inapreciable amigo, mi querido protector! No se apene por mí, viva contento, piense en mí y acaso la bendición de Dios descienda sobre nosotros. Siempre le tendré presente en mis pensamientos, en mis oraciones. ¡Nuestro tiempo se acabó! Pero los recuerdos del pasado serán el consuelo de mi vida y el más precioso será el de usted, porque lo guardaré en mi corazón. Es usted mi único amigo, el único hombre que me ha querido de veras. No ignora usted que lo he comprendido todo y se cómo me ama. Se sentía usted feliz con una sonrisa mía y unas cuantas palabras de mi pluma. Ahora se habrá de acostumbrar a estar sin mí. ¿Qué hará aquí, solo? ¿Con quién se quedará mi bueno, mi inapreciable, mi único amigo? Quédese con el libro, con el bastidor, con la carta empezada; cuando lea estas primeras palabras imagínese todo lo que le gustaría que le dijese o escribiese, todo lo que en realidad le hubiera escrito y que ahora no podré escribirle. Acuérdese de su pobre Varinka que tan de veras le ama. Todas sus cartas están en el cajón superior de la cómoda de Fedora. Me dice usted que está enfermo y el señor Bykov no quiere dejarme salir hoy. Le escribiré, amigo, se lo prometo; pero sólo Dios sabe lo que puede pasar. Por tanto, despidámonos para siempre, amigo mío, amor de mi vida, para siempre... ¡Ah! ¡Si al menos pudiera abrazarlo! Adiós, querido, adiós, adiós. Viva contento, cuídese mucho. Cada día rezaré por usted. ¡Oh! ¡Qué tristeza, qué peso llevo en mi corazón! El señor Bykov me llama.
Su amada eterna
V.
P, S.—Mi alma está inundada, inundada de lágrimas. El llanto me sacude, rompe mi corazón. Adiós. ¡Dios mío! ¡Qué pena!
Acuérdese de mí, acuérdese de su pobre Varinka.
Varinka, hija mía, mi tesoro:
Se te llevan, te marchas. ¡Mejor sería que me hubiesen arrancado del pecho el corazón, antes que separarte de mí. ¿Cómo te es posible? ¿Es decir que lloras y te marchas? Acabo de recibir tu carta, toda mojada de lágrimas. ¡Por consiguiente, tú no quieres marcharte, se te llevan por fuerza, te doy lástima, me quieres! ¿Y con quién vivirás ahora? Tu tierno corazón languidecerá, enfermará de pena, se helará de frío, el sufrimiento lo irá minando, lo destrozará el dolor. ¡Morirás, te pondrán bajo la tierra húmeda; nadie te llorará! El señor Bykov estará siempre cazando liebres. ¡Oh! ¡Hija mía querida! ¿Cómo has podido decidirte a dar este paso? ¿Qué has hecho, qué has hecho, qué has hecho contra ti misma? ¡Te llevan al sepulcro, te llevan a la muerte, ángel mío! ¿No sabes que eres tan débil como una pluma, vida mía? ¿Y qué hacía yo, necio de mí? ¿Dónde tenía los ojos? Viendo que la niña no sabía lo que hacía, que la niña no tenía bien la cabeza, debí sencillamente... Pero no, necio, necio, ni pensé nada, ni veía nada y como si eso fuese lo más natural, como si a mí no me importase nada, corrí como un estúpido en busca de golillas y perifollos... No, Varinka, me levantaré; mañana estaré ya mejor y me levantaré... Me atrojaré bajo las ruedas de tu coche, tesoro mío; ¡no te dejaré marchar! ¡Ah, no! ¿Cómo es posible? ¿Con qué derecho se hace esto? Iré contigo y si no me admitís, correré siguiendo tu coche, correré con todas mis fuerzas mientras me quede un soplo de vida. ¿Y ya sabes a Qué tierras vas, hija mía? Si no lo sabes, pregúntamelo a mí. A la estepa, a la desolada estepa, llana como la palma de mi mano. Allí no hay más que campesinas insensibles y campesinos incultos y borrachos. Allí ahora ya caen las hojas de los árboles, ya hace frío y llueve sin parar... ¿Y tú vas allí? Está bien que vaya el señor Bykov, que tiene algo que hacer; él al menos estará entre liebres; ¿pero tú qué harás? ¿Tanto deseas convertirte en una gran propietaria? Pero, angelito mío: ¡te habrías de contemplar un poco! ¿En qué te pareces a una gran propietaria?... Pero, ¿cómo puede ser, Varinka? ¿A quien voy a escribir mis cartas, hija mía? ¡Sí! Habrías de tomar esto en consideración, hija mía; habrías de preguntarte a quién voy a escribir mis cartas. A quién voy a llamar «hija mía», a quien voy a dar este nombre amoroso, ¿donde estarás tú, ángel mío? Moriré, Varinka, moriré sin remedio; mi corazón no podrá sobrevivir a esta calamidad. ¡Te amo como al sol de Dios, te amo como a mi propia hija, lo amo todo en tí, hija mía, mí vida! ¡Vivía sólo para tí! Trabajaba y sacaba copias, salía e iba a paseo, confiaba mis pensamientos al papel en forma de cartas amistosas y todo porque tú, tesoro mío» vivías aquí en frente, muy cerquita. Quizás no sabías esto, pero es la verdad. Escucha, Varinka, piensa tan solo, dulzura de mi alma, ¿cómo es posible que nos abandones? ¡No puedes marcharte, amor mío, es imposible, es sencillamente imposible, de toda imposibilidad! ¡No ves que llueve, que estás delicada, que te vas a enfriar? El carruaje se mojará y el agua entrará seguramente por todas partes. Apenas salgáis de la ciudad, se romperá, se romperá adrede. ¡Fabrican tan mal estos coches en Petersburgo! Conozco a todos los carroceros; no saben construir más que modelos muy vistosos, muy elegantes; pero nada de sólido. Juraría que no lo han hecho sólido. Caeré de rodillas a los pies del señor Bykov; se lo explicaré todo, todo, y tú, amor mío, explícate también, hazle entrar en razón. Dile que quieres quedarte, que no puedes marcharte... ¡Ah! ¿Por qué no se casa con la hija del tendero moscovita? ¡Ya podía haberse casado! La hija del tendero le hubiese convenido más, mucho más. ¡Yo sé por qué! Y yo te hubiese conservado a mi lado. ¿Quién es él para tí, hija mía, quién es Bykov? ¿Cómo ha conquistado tu estima tan de repente? ¿Se debe acaso a que compra golillas y perifollos? ¿Pero qué son las golillas y los perifollos? ¿Pata qué quieres golillas y perifollos? ¡Es ridículo, Varinka! Ahora se trata de la vida de un hombre y tú sabes que una golilla es un trapo; es un trapo, Varinka, y nada mas; yo también te compraré golillas, en cuanto reciba una gratificación; te las compraré, querida: conozco una tienda, pero aguarda a que reciba mi gratificación, mi querubín, mi Varinka. ¡Oh, Señor, Señor! ¿Con que de veras te vas a las estepas con el señor Bykov? ¿Te vas para no volver? ¡Ay, bija mía!... No; has de escribirme otra vez, has de escribirme otra carta contándomelo todo, y cuando te marches, has escribirme desde allá, pues, de lo contrario, ángel celestial, esta sería mi última carta y, bien sabes que no puede ser, ¡esta no puede ser la última carta! Porque, ¿cómo es posible que ésta sea la última? ¡Ah, no! Te escribiré y me escribirás... Ahora precisamente que voy adquiriendo estilo... ¡Oh, querida! ¿Qué importa ahora el estilo? En este momento ni se lo que escribo; no tengo la menor idea de lo que te he dicho, no lo he vuelto a leer ni corrijo el estilo. Te escribo sólo por escribir, por el gusto de seguir escribiéndote... hija mía, mi vida, mi Varinka…
