.500 Magnum

Francisco A. Baldarena


cuento



Estancia La Misericordiosa: su dueño, Cátulo Figueroa de la Rosa, recibe la visita de un amigo, Arturo Lautaro Centurión Posadas, al cual ha invitado para mostrarle un revólver Smith & Weson .500 Magnum, recientemente adquirido en Norteamérica. 

_¿Pero cómo le va, mi querido amigo Cátulo?, saluda Arturo Lautaro, cuando se encuentra con el anfitrión en la sala principal del caserón. 

_Acá andamos, Arturo Lautaro, contento como chico con juguete nuevo, responde Cátulo, extendiendo la mano al amigo. 

_Ah, ya lo creo. Mire que usted me ha suscitado mucha curiosidad al respecto, y  le confieso que he estado ojeando algo por ahí. ¡Es fantástico el juguetito!, alaba Arturo Lautaro. Por lo que Cátulo, felicísimo de la vida con lo que oye decir al amigo y todo orgulloso, infla el pecho. 

_Sííí... De otro mundo realmente, pero vayamos al patio de atrás para que compruebe por usted mismo la potencia de esta joyita. Mientras caminan, Arturo Lautaro le hace una advertencia a su anfitrión: 

_Mi amigo, si me está sugiriendo que efectúe algunos disparos, lamentablemente me temo que lo voy a decepcionar. Cátulo nota entonces en su amigo cierto malestar, demostrado por la inflexión de sus palabras y en la manera de gesticular. 

_¿Pero cómo me dice algo así­? Cátulo se muestra preocupado. 

_Le explico: la semana pasada durante un partido de polo, en el Club Hípico, me caí­ del caballo y me golpee en el hombro derecho, y aún lo tengo un poco dolorido. Espero que sepa usted comprenderme, se disculpa Arturo Lautaro. 

_¡A la pucha che, qué desgracia! Espero que se recupere pronto. Pero no se aflija, Arturo Lautaro, ya tendremos otra oportunidad. Pero mire que ya estaba pensando en invitarlo a salir de cacerí­a cualquier fin de semana de estos, pero si no se puede, no se puede. Otra vez será. ¿Qué le parece posponerlo hasta que usted se recupere totalmente?, sugiere Cátulo. 

_Se le agradece la deferencia, mi estimado amigo. Cuando esté apto para la empresa se lo hago saber de  inmediato y entonces marcamos la fecha, ¿qué me dice?, pregunta Arturo Lautaro. 

_Estamos combinados, pero de todas maneras no se preocupe usted que igualmente no ha venido hasta aquí en balde, le haré una demostración yo mismo, dispone Cátulo. 

_Pero claro, claro, faltaba más. Estoy ansioso por ver si es cierto que puede acertar un blanco a ciento ochenta metros de distancia, según lo que he leído al respecto, dice Arturo Lautaro. 

_Claro, mi estimado Arturo Lautaro, pero le cuento que depende mucho también del pulso del tirador. No es salir por ahí­ dando tiros a diestra y siniestra, creyendo que con tal arma no iremos a fallar. No, no es tan simple así, explica Cátulo, con autoridad. 

_Tiene usted toda la razón, Cátulo, pero usted es fuerte, tiene el pulso firme, considera Arturo Lautaro. 

_Sí, sí, confirma Cátulo y a seguir, explica: 

_Aunque vea usted, cada arma tiene sus particularidades y es necesario efectuar muchos disparos hasta agarrarle la mano, pero debo confesarle que he estado practicando mucho. Pero vamos a ver qué se puede hacer, dice Catulo con falsa modestia. 

Los amigos se detienen al lado de una mesita dispuesta en el patio trasero del caserón. Sobre ella hay una caja de madera conteniendo el arma. Cátulo la saca y se la pasa al amigo. 

_Téngala, Arturo Lautaro y sienta el poder. Arturo Lautaro sopesa el revólver y lo examina con cuidado. 

_¡Magnífica! ¡Portentosa diría! Pero debo advertirle que mi concepto de poder dista mucho de las armas de fuego, se excusa Arturo Lautaro, con una mirada pí­cara. 

_¡Ah, si lo sabré!, exclama Cátulo, con mirada similar y añade: 

_Pero dígame, si es que no estoy siendo muy indiscreto, ¿cuántas secretarias han pasado por su consultorio en lo que va del año? 

_De ninguna manera, dice Arturo Lautaro, llevándose una mano al mentón y mirando al cielo, creo, si no me fallan las cuentas, creo que unas... diecisiete. 

_¡A la pucha!, y mire que estamos en octubre apenas, exclama Cátulo, con asombro. 

_Y bueno, qué se le va a hacer, cuando las hormonas claman por hembras, uno hace lo que puede para satisfacer los instintos, aunque éstos sean los más bajos. Los dos amigos se echan a reír a carcajadas limpias, como si hubieran escuchado un chiste muy gracioso. 



_Bueno, vamos a lo que interesa. A ver... Cátulo busca con la mirada al peón que está limpiando los canteros de rosas, cerca de ellos; al verlo, lo llama: 

_Che vos, largá la azada y andáte hasta la cocina y traéte una manzana. El peón obedece sin decir una palabra y sale hacia el interior del caserón con pasos rápidos. 

_Mi querido Arturo Lautaro, ve aquel eucalipto frondoso allá. Cátulo señala un lugar determinado de la llanura, donde se amontonan unos cuantos eucaliptos. 

_Sí­, lo estoy viendo, ¿a qué distancia se encuentra?, pregunta Arturo Lautaro. 

_A ciento cincuenta metros, más o men... La llegada del peón interrumpe la conversación. 

_Ajá, ahí viene el peón. Vení acá y prestá bien atención a lo que te voy a decir: te me vas hasta el eucalipto aquel, das unos pasos a un costado y seguís andando unos treinta pasos más. Ahí, te parás de lado con la manzana en la boca y te quedás quietito, ¿entendiste bien? El peón mira el revólver en la mano del patrón, después mira la manzana y entonces balbucea: 

_Pero... pero... patroncito... 

_¡Qué patroncito ni ocho cuartos!, vos calláte la jeta y no seás cagón. Andá, te estoy mandando, y hacé lo que te digo, que yo sé muy bien lo que estoy haciendo. Vos apenas quedáte quietito que todo saldrá bien. Sin otra opción que la obediencia sin peros, el peón va, de mala gana, con miedo, titubeante, pero va. 

_¡Qué desgracia con estos infelices! No entienden bien la relación patrón/empleado. No hay forma ni manera de hacerles entrar en la cabeza que manda quien puede y obedece quien debe, se queja Cátulo. 

_Es así nomás, mi amigo, estamos obligados a marcarles el camino a cada paso, como a los animales, señala Arturo Lautaro. 

Finalmente, el peón llega al pie del árbol, da unos pasos al costado y sigue treinta pasos más. Se detiene, gira de lado, se pone la manzana en la boca y empieza a rezar. 

Cátulo con mano firme apunta... y dispara… y el peón cae.



Los dos amigos cruzan miradas de incredulidad y salen corriendo hacia donde ha caído el peón. 

El pobre hombre patalea en el piso mientras, cubriéndose la cara con las manos ensangrentadas, profiere horrendos gritos de dolor. 

Los amigos llegan junto a él peón y pasan de largo por el infeliz sin darle importancia y se ponen a rastrillar la zona con los pies. 

_No puede estar muy lejos, comenta Cátulo mientras escudriña en el pastizal alrededor del peón caído. 

_¡Ahí está!, grita, al descubrir la manzana a unos pocos metros de allí. El estanciero la agarra, la examina con detenimiento, aprueba su estado con un gesto de cabeza y se la pasa al amigo y le dice: 

_¿Y, qué me dice, Arturo Lautaro? Cátulo sonríe satisfecho y espera el parecer del amigo. 

_Y qué le puedo decir, mi querido Cátulo. ¡Impecable! ¡Impresionante! Ni un solo rasguño, pondera Arturo Lautaro, después del examen en la fruta. 

_No le dije que era lo mejor de lo mejor. Bueno, vamos a tomar un refrigerio, que esta carrera me ha dejado con un calor de los diablos, propone Cátulo. 

_Excelente idea, Cátulo, excelente idea, concuerda el amigo. 

_Entonces vamos. Y vos, a ver si dejás de quejarte de la vida y volvé a la azada, que para eso te pago, no para que llores como una puta mal pagada. Faltaba más, tanto alboroto por una nariz de mierda. Vamos, Arturo Lautaro. 

_Cómo no, Cátulo, vamos, responde Arturo Lautaro.



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Publicado el 9 de agosto de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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