El Camino de la No-Violencia y Otros Microcuentos

Francisco A. Baldarena


microcuentos


El camino de la No-Violencia 

Hace mucho calor; el sol arde en las alturas y sus rayos ultravioleta resecan todo, pastos, árboles, paladares y lenguas. Al lobo, por ejemplo, que anda con la boca pastosa, le duele la garganta de tanto tragar polvo. Y ya que estamos hablando del lobo, diremos que algunas ovejas, agrupadas a la sombra de un carballo un poco más arriba del otro lado del arroyo, están atentas a su depredador natural, que se acerca arrastrando las patas al arroyo. 

 El lobo sediento llega a la orilla, se echa al piso húmedo y hunde el hocico en el agua fresca, y es como si hubiera llegado al paraíso de los lobos. 

 En ese exacto momento, la jefa de las ovejas, que el dueño del rebaño la ha bautizado con el curioso nombre de Gandhi, le pregunta a sus subalternas: 

 —¿Liiistas? 

 —Sííí —responden las ovejas. 

 —Ok. A la una, a las dos y a las… tres. 

 Obedientemente y con un sincronismo asombroso, todas las ovejas le dan la espalda al arroyo, abren bien las patas traseras y, coordinadamente, expulsan copiosos chorros de orín. Pronto el agua se torna amarillenta. 

 El lobo, por estar con los ojos cerrados, no percibe el cambio de color del agua y sigue bebiendo y bebiendo a grandes lengüetazos, hasta que siente un gusto asqueroso en la boca. Abriendo los ojos como si hubiera visto al diablo, se aparta de la orilla de un salto y empieza a hacer arcadas y, enseguida, a vomitar. Cuando se le pasa el malestar, escudriña el entorno y descubre al rebaño de ovejas con el culo apuntando al arroyo y dejando caer las últimas gotas de orín. 

 —¡Malditas ovejas! —reclama, rabioso, y después de varios escupitajos, afirma: 

 —Juro que nunca más volveré a probar un bocado de carne de oveja. 

 Al oír las palabras del lobo, la oveja Gandhi le dice a sus subalternas: 

 —Vieron, vieron que sin violencia se pueden lograr los objetivos deseados.  


Maldito Día 

Cada vez que le preguntaba, la madre desconversaba y no le decía quién era su padre, pero por el color de su piel, bastante apardada, él intuía que fuese hijo de negro. 

 El muchachito se sentía mal, no por el color de la piel en sí —esto no le molestaba en absoluto; al final, buenos, malos e hijos de puta se dan en todos los colores—, sino por la incertidumbre sobre la identidad de su progenitor; entre otras cosas, le preocupaba la probabilidad de cruzarse por la calle con su padre y no reconocerlo. 

 Esto continuó así hasta el maldito día cuando, volviendo del colegio, pasó delante de un cine clase B y vio en la cartelera el póster de una película porno, cuya principal protagonista femenina no era otra que su madre —mucho más joven, las tetas al aire, sonriente, feliz, ¡chocha de la vida, va!—, rodeada por diez negros con el torso desnudo. En ese momento la incertidumbre que lo embargaba se multiplicó por diez: ¿cuál, de todos ellos, sería su padre? 


Hiroshima 08:30 AM 

La señora Akika despertó, como de costumbre, a las ocho y cuarto; vistió el kimono, pasó al baño y al salir, se dirigió al vestíbulo a recoger el diario. 

 El día estaba soleado. 

 La señora Akika apresuró los pasos y se dirigió a la cocina para preparar el desayuno: arroz con misoshiru, un huevo frito y nori. Mientras dejaba el diario en la mesa miró la hora: 08:29, marcaba el reloj de pared. A continuación, abrió la ventana que da al jardín trasero. 

 Contemplaba sus amadas camelias, violetas y crisantemos alrededor del cerezo, cuando de pronto, el día se volvió intensamente fosforescente, y la excesiva luminosidad le cegó los ojos; y, tras eso, la abrazó un calor infernal y luego..........................................................


Sombrero Perpetuo 

 —Sácate el sombrero, Braulio —sabía decirle su padre, a la hora de las comidas, pero Braulio nunca le hacía caso y seguía con el sombrero de fieltro puesto. 

 —Sácate el sombrero, Braulio —insistía el cura, cuando concurría con sus padres a la misa de los domingos, pero Braulio no le daba bolilla y seguía con el sombrero en la cabeza. 

 —Sácate el sombrero, Braulio —le dijo una vez el comisario, cuando fue a quejarse del robo de unas gallinas, pero Braulio hizo caso omiso de la orden y tuvo que pagar el desacato a la autoridad con tres días preso a pan y agua. 

 —Sácate el sombrero, Braulio —le dijo la novia, cuando lo presentó a sus padres, pero Braulio se negó a obedecerla, quizás pensando que si aflojaba con el sombrero atrás vendrían más órdenes, indudablemente peores, por obedecer. 

 —Sáquese el sombrero, recluta —le dijo el comandante del destacamento militar, cuando fue a presentarse para el servicio militar, pero Braulio se negó rotundamente y fue el primer soldado en usar casco con visera, porque no tuvieron más remedio que ponérselo arriba del sombrero. 

 Y para finalizar la historia, diré que a Braulio nadie nunca le vio más allá de la frente, y lo que quiera que escondía debajo de la copa del sombrero (una calva, seguramente, aunque también pudiera ser un copete rebelde que le sentaba mal) fue un misterio que se llevó a la tumba el día que murió. Demás está decirlo, pero hay que aclararlo, que todo esfuerzo, tanto en el hospital como en la morgue de desprenderle el sombrero, fue inútil. Así que, a pedido de sus hijos, no quedó otra que hacerle un cajón especial: uno con tapa combada a la altura de la cabeza para no quebrar el ala del sombrero.


Adán Degenerado 

Adán no tiene la menor duda de por qué Eva está ahí, junto a él, cumpliendo un plan orquestado por Dios. La verdad, piensa Adán, debido a su costilla, es como si Eva fuese su hermana, y esto (quizás Dios no lo sepa, o sí, pero se hace el boludo para pasarla bien) le sube tremendamente la libido. 


Mundo Pequeño 

Está acurrucado contra una pared de la cueva, la vista puesta en la entrada, pues ya presiente el peligro inminente. Al rato, ve a su perseguidor asomarse a la entrada, meterse en la cueva, pasar a su lado y seguir, pero la continuidad de la cueva, cada vez más estrecha, se le hace imposible. Entonces, el perseguidor se vuelve y continúa buscándolo con avidez por todos los recovecos; hasta que, al rozar su cuerpo, se detiene y le dice, susurrándole en la cara: 

 —¿Qué pequeño que es el mundo, no? 

 Detrás de sus palabras, el perseguidor lo exprime contra la pared; después, adherido a la piel de sus dedos, lo arrastra hacia la entrada de la cueva. Es justo ahí —en la adherencia, no en la entrada de la cueva—, que se da cuenta de su pegajosidad; y cuando el perseguidor implacable empieza a hacer una bolita con su cuerpo, descubre su verdadera identidad, su miserable identidad: es un triste y miserable moco. 


La Verdad Sobre el Infierno 

Cuando joven, un veinticinco de diciembre a la medianoche y debajo de una higuera que crecía en los fondos de la casa de su tía Nita, Jeremías le había vendido el alma al diablo a cambio de riquezas. Ahora, segundos después del postrer aliento, Jeremías marcha junto al diablo rumbo al infierno. 

 Pero si «la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida», como dice el borracho al final de la canción Pedro Navaja, la muerte también. Porque al abrirse el portal de fuego que da acceso al infierno, lo que ve Jeremías lo deja atónito. Para empezar, el clima adentro es templado, suena música a todo trapo y, además, todo el mundo anda desnudo, incluidos unos amigos de juergas muertos hace mucho tiempo, que ve vagando aquí y allí como panchos por su casa, fumando, bebiendo y acompañados de hermosas hembras. 

 —Pe… pe… pero… no entiendo —le dice al diablo, pensando que él, el diablo, o se ha equivocado de dirección entrando en otro antro, o bien lo quiere cebar bastante antes de hacerlo arder por toda la eternidad. 

 —No, no me he equivocado —le responde el diablo, leyéndole los pensamientos—, esto es el infierno. 

 —¿Pero y el fuego eterno y la… y la caldera ardiente? 

 —¡Qué fuego eterno ni caldera ardiente! Eso es lo que dicen los viejos mentirosos del Vaticano para someter a los hombres por medio del miedo, para desacreditarme delante de la humanidad y, de paso, hacer que nadie se dé cuenta de que el cielo, con el aburrimiento que hay allá, es el verdadero infierno —le contesta el diablo, soltando una carcajada. 

 —¿Entonces…? 

 —Entonces, a vivir se ha dicho, que demasiado se sufre en la tierra —le dice el diablo y a seguir lo empuja hacia un enjambre de hembras que en ese momento pasan por ellos. 


Una Noche Lejana en Camboriú 

Camboriú, Brasil. Hace muchos años. 


Me encontraba dentro de un contenedor de carga (mitad depósito de materiales y herramientas, mitad vivienda, en la obra sobre la Rua Argentina, en el Bairro das Nações, en la cual trabajaba como albañil, y también vivía), entretenido haciendo dibujos geométricos (en esa época se me daba por ello) mientras fumaba porro y bebía vodka barata con jarabe de grosella (me pasaba horas en las tres cosas), cuando sufrí una alucinación (¡hubiera sido raro que no tuviera ninguna!). Aquella noche, con seguridad, me habría pasado de rosca con los vicios, porque en un dado momento levanté la vista y bien delante de mis narices me vi finado, «Mortinho da Silva», como se dice allá, dentro de un ataúd. Esa imagen irreal del futuro de mí mismo, lógicamente, me perturbó muchísimo. Sin poder quitar la vista de la alucinación espectral, manoteé la bolsita con lo que quedaba del porro y la botella de vodka y, pasando por un costado del ataúd con sumo cuidado para no rozarlo, salí del contenedor de prisa y revoleé todo hacia la negrura de la noche. Después me quedé allí afuera, acompañado por el miedo y el frío (porque para peor de males, con el cagazo, había salido como estaba: short, chinelas y remera), dispuesto a no volver a entrar hasta que se me pasara el mambo. Como la puerta del contenedor había quedado abierta, cada tanto le echaba una mirada rápida al interior para ver si el ataúd continuaba allí. Y sí, continuaba; y continuó por quién sabe cuántas horas hasta que en un dado momento desapareció y pude volver a entrar. Y mientras no me venía el sueño, me repetía lo que me había estado repitiendo incansablemente allá afuera: que debía de parar con los vicios. 

 Por la mañana, sin embargo, lo ocurrido la noche anterior me pareció más una pesadilla que fruto de una alucinación; así que busqué por los alrededores hasta dar con la bolsita del porro y la botella de vodka. 

 «Al final», me dije, «para parar con los vicios tengo toda la vida por delante, ¿no?» 


El Amuleto 

Toda la familia del arqueólogo, incluido él, había muerto sin que la policía encontrara una explicación razonable. Pero sucedió que uno de los agentes, mientras registraba unos cajones en busca de pistas, se deparó con un extraño amuleto del cual, por parecerle enigmáticamente hermoso, quedó tan fascinado que no resistió la tentación de quedárselo y se lo metió en un bolsillo. Esa misma noche él, esposa e hijos empezaron a pasar mal y por la mañana estaban todos muertos. 

 En el destacamento de policía, ya se empezaba a rumorear sobre una posible maldición. Pero así como hay gente que cree en Dios y otros que creen que la Tierra es cuadrada, hay escépticos que no creen ni en Dios ni en nada, como el sargento Murray, que al buscar pistas en la casa del compañero fallecido se deparó con el extraño amuleto, del cual quedó tan fascinado por parecerle enigmáticamente hermoso que no resistió al impulso de quedarse con él y se lo metió en un bolsillo. Y ya todos sabemos que esto tiene para rato. 


10 

El Llamado 

Poco a poco, una melodía melancólica y hermosa fue llegando a sus sentidos hasta sacarlo completamente del sueño. Podría ser el vecino de al lado, pensó en un principio, pero lo descartó enseguida porque la música que él suele oír no es ni un poco melancólica y mucho menos hermosa. Intrigado, se levantó y salió a la penumbra del pasillo; ahora podía oírla más claramente. Guiado por ella, llegó al pie de la escalera que lleva al desván. Y justamente allá arriba, recordó, en alguna caja debía encontrarse un viejo libro de música que había llegado a sus manos en un tiempo lejano, ya en que sus inquietudes literarias se repartían entre las revistas de historietas El Tony y D´artagnan y las Selecciones del Reader´s Digest. 

 «¿Un llamado del libro?» Quizás, tendría que averiguarlo. 

 Entonces subió, pero al llegar al último escalón, temiendo que al abrir la puerta se quebrara el encanto, optó por sentarse en el último escalón, donde se quedó escuchando con atención; y viajando en las ondas sonoras, tal cual si escuchara una canción de cuna, acabó durmiendo. Y fue ahí, en sueños, que atendió al llamado del libro de música, porque al despertar descubrió entre sus hojas nuevos caminos literarios, tan fascinantes como las viejas lecturas de su niñez.


11 

La Indiecita Amahuaca 

Concluido su trabajo con la tribu de los Amahuacas, en la selva peruana, la antropóloga Hellen Meredith Stern acomodaba sus pertenencias en dos baúles y mientras lo hacía pensaba en Junu, la pequeña indiecita que la seguía a todos lados y de la cual se había encariñado mucho, y que casualmente tenía la misma edad de su hija, la cual había quedado en Estados Unidos con su esposo. La científica deseaba dejarle algún recordatorio de su paso por allí, para que la niña nunca olvidase la amistad entre ambas. Pensaba sobre ello cuando dio, debajo de un suéter que nunca llegó a usar, con la pequeña muñequita de plástico que su hija le había dado poco antes de partir en su viaje de trabajo al Perú, como un amuleto de la suerte, y que ella no recordaba más. 

 «El regalo perfecto», pensó; pero para no tomar una actitud que al cacique de la tribu le hiciera pensar que estaba pasando por encima de su autoridad, decidió consultarlo al respecto. 

 El cacique respondió que sí, que le concedía permiso, pero antes quería saber qué tipo de regalo quería hacerle a la niña. Entonces ella le mostró la muñequita. 

 El cacique tomó la muñequita, se la llevó a la nariz, y al olerla puso cara fea. Enseguida la devolvió y dijo que no servía. 

 La mujer, intrigada por el inesperado rechazo del cacique, pues se trataba de una inofensiva muñequita de plástico, quiso saber el motivo. 

 —Cómo no, doctora —dijo el cacique, y explicó: 

 —Lo que sucede es que la pequeña Junu sufre del estómago y no vaya a ser que el plástico le caiga mal y entonces le dé una indigestión. ¿No tendrá usted, por casualidad, otra pero hecha de carne?


12 

La Galera Mágica 

Los turistas reían y tomaban sus cafés con medialunas en las mesas dispuestas en la vereda, cuando la fotografía de las vacaciones felices quedó velada por completo. El causante de la veladura fue un hombre que pasó corriendo entre las mesas y al vuelo manoteó una cartera colgada del respaldo de una silla para seguir la fuga calle abajo, confundiéndose entre la multitud. Algunos turistas, más algunos hombres que presenciaron la maniobra del ladrón, salieron tras él gritando «ladrón, ladrón» y «el de gorro azul, el de gorro azul». 

 El ladrón oyó los gritos y al doblar la esquina se deshizo del gorro en un basurero, pero al hacer esto no vio la mesa de un mago que había montado su show callejero a un metro del basurero. El ladrón chocó contra la mesa y rodó con todo lo que había arriba, parando justo al lado de la galera del mago. Muy oportuno, le habrá parecido al maleante la galera del mago al alcance de su mano, porque sus perseguidores, calculó, desorientados, pasarían por él sin notar su presencia para seguir buscando entre la multitud una gorra azul que ya no existía más. También les habrá parecido a los perseguidores muy oportuno lo de la galera, porque apenas el ladrón se la fue a poner, de su interior le cayeron encima un balde con agua, ramos de flores, cartas mágicas, pelotitas de goma de colores, una paloma, un conejo y, por último, una larguísima tira de pañuelos anudados los unos a los otros y los malditos rollos de serpentinas de colores con los cuales, para su desgracia, acabó enredándose propiciando de esa manera que le dieran alcance y, hasta que llegó la policía y acabó con el ajusticiamiento por mano propia, le molieran el culo a patadas y le llenaran la cabeza de trompadas. 


13 

Subproducto 

Salí, como me lo pedía un policía por megáfono, con las manos en alto. La cuadra estaba llena de patrulleros y unas doscientas armas apuntaban hacia mí. A pesar de varios «cállese la boca», pude imponer mi parecer mientras me ponían las esposas. Les dije que el malo de la película no era yo, que yo había actuado según un plan muy bien trazado desde la primaria; que yo era el resultado que el poder necesita para justificar su razón de ser; que los malos eran ellos, al acatar ciegamente órdenes transmitidas de despacho ministerial en despacho ministerial, al punto que nadie pueda discernir a qué oscuros intereses obedecen tales órdenes. Les dije, además, que los que deberían apuntarse con un arma, y, ya que estaban, matarse los unos a los otros, eran ellos, no apuntarme a mí, un subproducto del mal desarrollo de la sociedad. 

 Por un momento imaginé que me obedecían, incluso llegué a oír el barullo ensordecedor de la balacera, sentir el olor a pólvora y ver el tendal regado a lo largo de toda la cuadra.


14 

Superhéroe 

La ciudad estaba perdida, los desmanes se multiplicaban por cada distrito, por cada calle, por cada rincón, como un virus violento; y él, harto ya de tanta perdición y tanta ineptitud por parte de las autoridades, decidió tomar cartas en el asunto y hacer justicia por mano propia. Para ello se propuso confeccionar un traje de superhéroe para enfrentar él solo a los hacedores del mal, ya que las fuerzas policiales por sí solas no daban abasto. Multimillonario como era no reparó en gastos, y dos meses después el traje enteramente construido en titanio estaba listo, provisto con rayo láser desintegrador de materia, dos minicohetes impulsados por peróxido de hidrógeno acoplados a la espalda para moverse por el aire, lanzadores de granadas, ametralladora multidireccional adherida a un cinturón giratorio, casco con radar, visor infrarrojo, máscara antigás, tubos de oxígeno, computadora incorporada en el antebrazo izquierdo y dos lanzallamas en los hombros. Hasta ahí todo bien y los bandidos que se cuidaran, pero hubo un problema: demasiado poderío bélico para un solo traje. Por eso cuando se puso el traje no pudo dar un paso siquiera, ni mover los brazos, ni apretar ningún botón, era demasiado pesado, y lo más grave, o mejor sería decir lo más dramático, no pudo salir del traje. En resumen, una semana después el superhéroe, frustrado e impotente, presenció cómo los bandidos le invadían la casa y se llevaban todo, hasta el perro; menos el traje con él adentro porque, obviamente, pesaba como una tonelada y porque ningún ladrón tenía los conocimientos de ingeniería adecuados ni era experto en el manejo de máquinas herramientas; por lo tanto, el traje era imposible de desarmar. Pero el colmo de los colmos aconteció al otro día de que su casa fuese completamente desvalijada hasta el último interruptor de luz, cuando apareció un grafitero que después de escribir gansadas en las paredes, escribió quién sabe qué porquería encima del traje. 

 Ahora bien, si alguien cree que todo lo sucedido con el mal sucedido héroe fue lo peor que le pudo pasar, está redondamente equivocado, y esto es porque seguramente no pensó ni en el hambre, ni en la sed y ni en el tufo a mierda y orín dentro del inexpugnable traje después de tantos días encerrado dentro de él.


15 

Aguja en el Pajar 

Le pinchó el dedo a propósito, porque doña Titina ha extraviado el dedal, su amigo del alma (lo más probable es que lo haya tirado en el tacho de la basura, como al carretel de hilo blanco la semana pasada por una rabieta que ni ella misma se acuerda más); aunque pudiera ser al contrario y el dedal se haya extraviado de ella, ya que la vieja es una máquina humana de coser, como si la costura fuese el sentido único de la vida. 

 La cosa fue así: doña Titina, en una de esas, le pifió a la puntada de una blusa y la aguja, ni lerda ni perezosa, aprovechó la ocasión para vengarse, enterrándose con ganas en el regordete dedo pulgar de la mano izquierda; con lo que la vieja soltó una puteada («¡Aguja de mierda!», eso le dijo) y la dejó caer. Pero por suerte, fue a parar a un rincón de difícil acceso, como suele ocurrir noventa y nueve por ciento de las veces que una aguja cae al piso. Y ahora lo que más le interesa es mantenerse lo más alejada posible de la rabieta de doña Titina, principalmente porque la escuchó decir, muy enojada: «Cuando la encuentre la tiro a la basura», y como es de suponerse, tal amenaza es de meterle miedo a cualquiera, hasta a una aguja. Por eso, cuando doña Titina fue a lavarse el dedo al baño, aprovechó para salir rodando al patio y de allí hasta el corral de las vacas, donde, sorteando huecos, plastones de bostas y pezuñas imprevisibles, pudo llegar sana y salva a la parva de lino y meterse en lo más profundo (seguramente ya conocía el dicho). Y en este exacto momento, mientras doña Titina, puteando como una loca, remueve muebles para darle alcance, ella se encuentra lo más campante, porque como se sabe: aguja en el pajar, es difícil de encontrar.


16 

El Señor Haruki 

El frenazo lo hizo mirar hacia la avenida. Dentro del Daihatsu verde que acababa de detenerse en el semáforo, un viejo arrugado y tan viejo como el Monte Fuji y una jovencita que podía ser su bisnieta y a la cual miraba con mirada de viejo degenerado, hizo hervir la sangre de Kiyohara en el acto. Rojo de ira, llamó la atención de su amigo, que, distraído, miraba para otro lado, con un codazo y le comentó, con resentimiento en la voz: 

 —¡Mira, Natsume, qué injusta es la vida! El viejo ese, ya con un pie dentro de la sepultura y, sin embargo, mira con quién se varea. 

 Natsume levantó la vista y de inmediato reconoció al conductor nonagenario. 

 —Ah, pero si es el señor Haruki. Viejo zorro, todos los días paseándose con una diferente. 

 El comentario de Natsume hizo subir el hervor de la sangre de Kiyohara un par de centígrados más. 

 —Seguro, le sacan hasta el último centavo —dijo, ahora con demostrado desprecio. 

 —¡Y cómo! Todos los meses, apenas cobra la jubilación, el viejo Haruki corre al Pop Life de Akihabara y se compra una nueva muñeca sexual. Esa ahí debe ser su última adquisición —dijo Natsume, para nadie, porque Kiyohara, explotando de rabia y envidia, se había desmayado y en ese momento estaba caído en el piso. 


17 

El Globo Terráqueo 

Atravesaban el largo infinito desde hacía mucho tiempo; delante de sus ojos, el astro rey empezaba a iluminar la perfecta redondez del planeta azul. 

 —Allá —indicó uno. 

 Al otro se le hizo un nudo en la garganta y exclamó, en un largo suspiro: 

 —¡El planeta azul! 

 En ese momento, se acercaban a una gran barrera de polvo espacial. 

 —¿Qué es todo esto? —preguntó el que había exhalado un largo suspiro. 

 —Creo que es el famoso cinturón de basura espacial del cual oí hablar una vez —respondió el otro. 

 El del largo suspiro volvió a preguntar: 

 —¿Será que podremos atravesarlo sin problemas? 

 El otro hizo una mueca que significaba que tenía dudas. 

 —Nunca se sabe. Oí decir también que hay veces que se olvidan de accionar el escudo protector, que es invisible, y otras no; por lo cual habrá que arriesgarse —dijo el otro. 

 —Pero bien vale la pena, ¿no crees? 

 —Puedes apostar que sí. 

 Los seres siguieron acercándose más y más, esquivando la turbulenta barrera de polvo espacial, que cuanto más cerca estaban del objetivo, tanto más este crecía. Y cuando por fin atravesaron la barrera dieron con las narices en el escudo protector. Esta vez estaba activado. 


Aclaración (para entender mejor lo sucedido): 

 Ese día, apenas despuntó el sol, los pintores empezaron a lijar las paredes exteriores de la casa, y como levantaban muchísimo polvo (el cinturón de basura espacial), la dueña de casa solo había corrido las cortinas, dejando pasar apenas la claridad a través de los vidrios de los ventanales (el escudo protector) de la biblioteca. La medida tenía como principal finalidad proteger los libros y el tesoro más preciado de la señora, el globo terráqueo (el planeta azul) que acaparaba toda la atención desde el escritorio. A tal efecto, la casa quedó herméticamente cerrada, no solo a salvo del polvo, sino también de los insectos (los seres: dos moscardones).


18 

Entender el Baseball 

Oficina de Reencarnaciones 

 —¿Por qué quiere nacer en Estados Unidos? —le pregunta el encargado de suministrar reencarnaciones al postulante a una nueva reencarnación, pues no entiende por qué carajo el cabeza hueca quiere nacer allá habiendo tantos lugares mejor para vivir. 

 —Disculpe, pero ¿qué ve de extraño en mi deseo? —le pregunta el postulante. 

 —Y qué va a ser, la falta de gracia de vivir en un sitio tan superficial, o usted nunca ha visto películas norteamericanas —responde el encargado. 

 —Ah, es eso. Bueno, lo mío es bastante simple: siempre me gustó el baseball, pero nunca lo pude entender, entonces pensé que lo mejor sería nacer yanqui —aclara el postulante. 

 —Ah, entiendo. Pero con tantos países con clima más ameno para elegir, ¿qué tal, un país caribeño, donde también se juegue al baseball, eh? A ver, déjeme pensar, mmm… ¿Qué tal Puerto Rico? 

 —No, no, allá se escucha mucho reguetón, y a la larga el cerebro ¡puf! Usted me entiende, ¿no? 

 —Sí, sí, entiendo, otra forma de idiotización de las masas. ¿Y Cuba, qué le parece? 

 —No, tampoco. Allá hay poca libertad y, además, eso de ver a los turistas darse la gran vida, mientras uno, local y despreciado, pasa penurias es como llevar una patada en los ojos. 

 —Ah, sí, eso es verdad. ¡¿Y República Dominicana?! Sí, Dominicana le caería como anillo al dedo, tiene unas playas que ni le cuento y allá se da bastante el baseball también.

   —Sí, sí, todo muy lindo, pero no deja de ser tercer mundo. Mire, hagamos una cosa; deje de meterse en los asuntos ajenos, que eso es muy feo, y hágame el favor de hacerme nacer en los States, después yo veo como me las arreglo con lo superficial, ¿OK?

19 

Bella da Morire 

Si no me apuraba, aquella mañana llegaría al trabajo otra vez atrasado. La última vez había advertido en la voz de mi patrón un cierto fastidio, porque no dijo como siempre decía cuando llegaba fuera de hora: «¿Qué te pasó, Jorgito?», si no: «¿Y ahora qué te pasó, Jorge?» Y eso algo quiere decir, ¿no? ¿Vos notás la diferencia, no? Pues bien, como te decía, si no me apuraba iba a llegar otra vez tarde al trabajo; así que salí a la calle a tanta velocidad que tropecé con una piba, que justo en ese momento pasaba por ahí, y caímos abrazados sobre el pasto de la vereda. Al mirarla, ahí, tan cerca de sus ojos celestes, de su cabellera rubia, de su nariz perfilada y esos labios carnudos, ¡ay, hermano!, vi que era la criatura más hermosa jamás concebida por ningún dios. Pero para suerte mía, ella estaba con tanta ira que no me dio tiempo de pedirle perdón por mi torpeza y me puteó de arriba abajo, a mí, a Dios y a la concha de mi madre. Y digo para suerte mía, porque si ella no reacciona de esa manera y, en cambio, me da bola, es fija que yo hubiera llegado tarde al trabajo y a esta hora, en lugar de estar contándote lo que me pasó, estaría en Pampa y la vía, lamentando los negros días que el destino tenía reservado para mí, y, encima, sin un peso en los bolsillos para invitar a la piba a comer un helado de frutas, que son los más baratos. Sí, hermano, te digo que tuve suerte, porque ella era hermosa, del tipo que si sos un poco mucho jodido como yo, pensás que en cualquier momento se te va con cualquiera que tenga cómo darle todos los gustos; era, como siempre solía contar mi abuelo italiano, al recordar cuando vio por primera vez a la abuela: bella da morire. 


20 

Mil Grullas 

Para variar, su vida estaba una mierda; por eso, al ojear una revista y leer un artículo sobre la leyenda de las mil grullas, el infeliz vislumbró una luz de esperanza al final del túnel. 

 «Entonces quiere decir que si hago mil grullas de papel y pido un deseo, se realizará», pensó; y feliz y contento como chico con juguete nuevo, sin pérdida de tiempo, corrió a la librería y compró cientos de hojas de cartulina. En pocos días ya había terminado la confección de las mil grullas. Al momento de colgar las grullas de los tirantes del techo de la galería de los fondos de su casa, pidió ser rico, muy rico. Y recién había terminado de pedirlo, cuando sonó el timbre. Y, cosa de segundos, su madre se asomó por el hueco de la puerta de la cocina. 

 —Hay un hombre afuera que quiere hablar contigo, Jerry —le anunció la madre. 

 —¿Conmigo? 

 —Sí, dice que se llama Hannibal Lecter. 



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Publicado el 18 de febrero de 2022 por Francisco A. Baldarena .
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