El Dorado

Francisco A. Baldarena


cuento



Los objetos de oro que los indígenas depositaban a sus pies, irradiaban con brillo de codicia las mejillas del conquistador que, sin mirar lo que hacía, anotaba en un pergamino la parte correspondiente a la corona; la otra parte, que no carecía de anotaciones, sería repartida según el rango entre la tripulación en Las Canarias, antes de seguir viaje hacia el continente. Pero había, entretanto, otros pensamientos mucho más oscuros ocupando su mente:  especulaciones acerca de cuántos tripulantes serían suficientes para llegar a tierra firme. Cada día, al momento de recibir el oro de los indios, reducía la dotación de la nao y así otro desgraciado pasaba a la lista de los que terminarían su viaje en la aguas del océano, cosa que sobrara más oro para la repartija. 



Entre los indígenas subyugados había un indio al que llamaban Gonzalo, nombre elegido por él mismo, porque admiraba a los conquistadores y quería ser llamado como ellos, y al cual el conquistador había prometido, a su regreso a suelo patrio, llevarlo a España junto con él. Siempre y cuando consiguiera más oro. Pero cuanto más Gonzalo conseguía más el conquistador, insaciable, pedía. 

   No hacía mucho tiempo que Gonzalo había vuelto de la visita que le hiciera a su abuelo, viejo y casi moribundo, que vivía solo en las montañas. Gonzalo traía buenas nuevas para el conquistador

   Tengo buenas noticias, mi señor, le dijo apenas entró al recinto. 

   El conquistador ni se movió. Apenas contestó gruñiendo, oscamente primero, sin quitar la vista de los montones de oro; y luego, como voz como salida de una estatua, dijo:

   ¿Ah sí, y cuáles son? 

   Mi abuelo, que es muy viejo, en una de esas noches ha pasado muy mal y se ha puesto a delirar. Entonces yo me he acercado al lecho y le he preguntado sobre El Dorado, y el viejo, en su delirio, me ha contado su ubicación. Una sonrisa de dientes blancos como la nieve quedó grabada en el rostro de Gonzalo después de dar la noticia. 

   De inmediato, el conquistador desprendió su mirada del oro a sus pies y clavó sus ojos codiciosos sobre el indio. ¡Por fin!, el secreto tan guardado por aquellos indios ladinos veía la luz; el gran secreto que ni las torturas más terribles les había arrancado, ahora, así tan fácil como patear una piedrita en el camino, de la mano de un indio viejo y enfermo, le era revelado. 

   La avidez habló por él:

   ¿Y tú, sabes dónde queda, sabes cómo llegar? 

   Gonzalo contestó mirando al suelo:

   Sí, mi señor, el abuelo me lo ha dicho. Queda a pocos días de marcha de aquí. 

   El corazón del conquistador retumbaba como un tambor contra la coraza que le cubría el pecho. 

   ¿Y qué más te ha dicho tu abuelo, Gonzalo? 

   Gonzalo señaló algunos picos nevado de las mantañas milenarias de Los Andes que asomaban por un ventanuco, a un costado de ambos.

   Me ha dicho que las montañas son tan altas como ésas, hechas de oro y piedras preciosas que pertenecieron a los antiguos dioses; y también me ha dicho que con tanta riqueza se puede comprar todo lo que existe en la tierra; y que el brillo que se desprende de ellas cuando alumbra Inti es tan intenso que los ojos enceguecen. 

   Gonzalo siguió hablando pero el conquistador no lo oía más, porque vagaba por su tierra natal. Los reyes católicos se pudrían en las mazmorras de un oscuro castillo y el reino de España le rendía pleitesía; a él, el nuevo soberano, y los reinos de toda Europa caían bajo su yugo; y las flotas reales, después de arrasar los reinos más distantes, retornaban a la península ibérica con las naos cargadas de tesoros, y reinas y princesas, todas ellas esclavizadas para que Su Majestad, él, calmara su insaciable lujuria en sus vientres exóticos. 

   Mañana a primera hora partimos, le comunicó a Gonzalo. 

   El indio respondió que sí y se ausentó, dejándolo solo con sus sueños delirantes. 


3

   

Al amanecer todo el ejército conquistador y un millar de indios partieron rumbo a El Dorado; adelante, montado en un caballo como un conquistador más, Gonzalo marchaba junto a su señor. Durante días subieron sierras y montañas, cruzaron valles y ríos y, cuando ya moría el atardecer del tercer día, llegaron a la cima de una montaña donde pudieron ver a pocos kilómetros, majestuosas, las montañas doradas refulgiendo ante los últimos rayos del sol. Aquella luminosidad dorada embriagó los sentidos del conquistador y su corazón volvió a retumbar contra la coraza

  Algo parecido ocurrió con los soldados, porque también empezaron a soñar muy alto. Ciegos de codicia, tal lo hiciera su jefe cuando Gonzalo le contó lo de El Dorado, imaginaron caer a los reyes católicos y a sí propios tomar su lugar; y a sus ejércitos arrasar los reinos de toda Europa; y la flota real surcar todos los mares y retornar abarrotada de tesoros y reinas, princesas y esclavas para calmar su lujuria durante todas las horas de sus vidas. 

   Mañana será el gran día, anunció el conquistador a la soldadesca, que a toda costa lo instaba a continuar la marcha en ese mismo instante, sin pensar en el peligro que implicaba transitar por caminos pedregosos en medio de la noche, lo que sería un suicidio. 

   He dicho que mañana y asunto sellado, dijo el conquistador. Órdenes son órdenes. 



   ¡Mi señor, mi señor!, Inti ya está llegando, llamó Gonzalo a su señor, zamarreándolo. Media hora después, el contingente emprendió la marcha. 

   Bajaban por un camino estrecho, excavado en la ladera de la montaña, cuando de pronto el sol emergió vertiginosamente detrás de las cumbres nevadas; los rayos, al dar de lleno en las montañas doradas, tornaron el aire de una potente luminocidad fluorescente. Los ávidos ojos de los conquistadores devoraron cada centímetro de aquellas montañas refulgentes, entonces, poseídos por la codicia, se abalanzaron a todo galope hacia el tesoro que realizaría todos sus sueños, dejando a los indios para atrás. Pero éstos, cautos, no miraban las montañas, sino al piso; y así se quedaron mientras a sus oídos llegaban los alaridos desesperados de los conquistadores y los relinchos enloquecidos de los caballos que caían al precipicio: el reflejo de las montañas doradas les había quemado los ojos. 

   Cuando las gritos cesaron y la canción del viento volvió a dominar el aire, Tupac, tal el verdadero nombre de Gonzalo, suspiró profundamente y ordenó: 

   Volvamos, pues mañana vendrán más. 



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Publicado el 20 de julio de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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