Nada Es por Acaso

Francisco A. Baldarena


cuento


Para cualquier cosa que sucede, su madre siempre dice la misma frase: Nada es por acaso. Después suele salir con que si esto, que es por el destino; que si aquello, es porque Dios así lo quiere. Porque para ella nunca ocurre nada por acaso, sino que todo tiene un motivo de ser y un momento justo para suceder; en definitiva, todo en la vida tiene un porqué y una razón de ser. 

¡Y Aníbal, que no llega nunca!, se queja Gerardo, desde la ventana donde mira desde hace rato para ambos lados de la avenida Gaona. 

No te lamentes, Gerardito, le dice una vez más la madre, que teje una bufanda sentada en el sofá frente a la tele. No ves que nada es por acaso. 

Nada es por acaso, nada es por acaso. Mamá, sabes qué importante es para mí, bufa, Gerardo. Si Aníbal no me trae hoy la encomienda, una larga noche de vigilia me espera. 

Ay, Gerardito, no seas tan melodramático, le dice la madre y todavía está negando con la cabeza cuando Gerardo pasa por ella hacia la cocina. Dice que va a prepararse un té verde. Al rato, Gerardo vuelve a apoyarse en la ventana. 

La madre, sin apartar la vista de la labor, le dice: 

Pero muchacho, quedate quieto, si no la ansiedad te va a matar. 

Aníbal me va a matar, mamá, pero del corazón, si no llega dentro de poco, le responde Gerardo. La madre niega con la cabeza y le dice: 

Cuántas veces te tengo que repetir que nada sucede por acaso, su tardanza tendrá un motivo. Vos vas a ver cuando aparezca. “Nada es por acaso, nada es por acaso. Ya me tiene hasta acá con que nada es por acaso". Piensa Gerardo, que por el respeto que le tiene a la madre se lo calla. 

Pero la ansiedad lo supera. De modo que no conforme con ver desde arriba la avenida, le dice la madre que bajará a la vereda. 

Pero Gerardito, esperar acá o abajo da lo mismo, le dice la madre. 

Claro, mamá, pero si estoy abajo no tengo que esperar a que Aníbal suba los siete pisos, se justifica Gerardo. 

Pero de cualquier manera el tiempo será el mismo, ¿no?, retruca la madre. 

"Claro que no", piensa Gerardo mientras baja de prisa los escalones de dos en dos, pero su madre no lo va a entender nunca. Una cosa es esperar que Aníbal suba y otra muy distinta que lo haga él mismo con la encomienda en su poder. 

La madre se asoma a la ventana, allá abajo su hijo mira hacia un lado de la avenida y enseguida hacia el otro y vuelve a repetir lo mismo una y otra vez; ella suspira, mueve la cabeza en desacuerdo con la actitud de su hijo y vuelve al sofá. 

Hace media hora que Gerardo ha bajado cuando un camión estaciona delante del edificio. Dos hombres bajan y entran al edificio, otro se queda en la cabina. Al rato, los hombres bajan cargando cajas y fardos de ropa. El de la cabina sube a la caja del camión y empieza a acomodar lo que los otros le pasan. En una de las subidas de los dos hombres, el que acomoda las cosas vuelve a la cabina y los otros no vuelven a bajar. “Deben estar desarmando algún mueble”, reflexiona Gerardo, que por un momento se ha olvidado de Aníbal y la encomienda, pero ya vuelve a sentirse ansioso. "Necesito otro té.” 

Gerardo entra al edificio. 

Está poniendo un saquito de té en la taza mientras espera que hierba el agua cuando oye una explosión a sus espaldas y casi simultáneamente a su madre soltar un “ay” espamentoso. La explosión ha sido en la calle. Los dos corren a la ventana y se quedan sin habla: un piano está hecho pedazos, justo donde Gerardo ha estado parado hace unos minutos nada más. Enseguida, Gerardo escucha a su madre: 

No te dije yo, Gerardito, que nada es por acaso.


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Publicado el 22 de noviembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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