Nuevo en el Pueblo

Francisco A. Baldarena


cuento


Hacía una semana que Aurelio Estensoro se había mudado al pueblo y todavía no conocía a nadie y casi nada de la geografía del lugar. Esa tarde se distraía caminando por la única avenida del pueblo cuando vio a una muchacha, que a sus ojos le resultó por demás bonita. Ella iba caminando por la vereda de enfrente, en dirección contraria. Aurelio sintió algo dentro de sí, algo tan fuerte como el descubrimiento revelador de un porvenir maravilloso. Cuando Aurelio se dio cuenta sus piernas ya lo llevaban en la dirección que iba la muchacha. Mientras avanzaba la miraba reflejada en las vidrieras. Quien lo mirase a él supondría que apenas miraba los artículos expuestos detrás de ellas. Cuando el reflejo era interrumpido por una puerta, una pared, un portón o el final de la cuadra, giraba la cabeza y apuntaba sus a la otra vereda, al punto exacto donde la muchacha estaba pasando. A unas tres cuadras la muchacha entró en un edificio antiguo. Cuando estaba casi enfrente de la puerta Aurelio vio que encima había un cartel en el cual leyó: CASA DE REPOSO PARA CIEGOS. 


   "Va a ver que la princesita es enfermera" 


   Durante el resto de la tarde y buena parte de la noche, Aurelio rebuscó en su mente, como quien remueve la basura tratando de encontrar un bien muy preciado que ha extraviado, alguna excusa para acercarse a la casa de reposo. 


   "Quizás un ser querido... No, eso no. Con esas cosas no se juega, además, el día de mañana no se conoce hasta que llega".


   Aurelio seguía en la búsqueda cuando sus ojos se posaron en el viejo gramófono y la pila de discos al lado. 


   Una chispa se encendió en sus ojos pero no prosperó, después de un brevísimo instante se apagó.


   "No, tampoco. Mucho ruido y además...". 


   Aurelio siguió recorriendo con la mirada los rincones de la pieza hasta que dio con la caja donde, a falta de una repisa, tenía varios libros.    


   "Quién sabe a la dirección del asilo le resulte una buena idea que los no videntes tuvieran a alguien que les entretuviera las horas oscuras leyendo historias". 


   Otra chispa volvió a encenderse en sus ojos y permaneció inalterable.


   Eso sí encajaba perfectamente en sus propósitos, pero primero tenía que ir a hablar con el responsable del establecimiento y presentarle su propuesta. 


   Al día siguiente se acercó a la casa de reposo a eso de las nueve y algo de la mañana, vistiendo el mejor traje y la corbata más vistosa, a pesar del calor. Delante de la puerta se alisó el traje e hizo sonar la aldaba de bronce. Del lado de dentro le vino el sonido metálico amplificado por el zaguán detrás de la puerta. Pasaron unos dos minutos y como nadie aparecía volvió a hacer sonar la aldaba. Pero pasaron los minutos y nadie salió para atenderlo. 


   "Deben estar ocupados".  


   Aurelio volvió a llamar una, dos, siete veces más, sin resultado. No sabía qué pensar, o mejor dicho, pensaba de todo y ninguna conclusión lo terminaba de conformar. Una señora y después un niño raquítico de unos diez años pasaron por él y al rato volvieron a pasar, ahora con compras. Pasaron y lo miraron los dos y ésto le molestó un poco, no, más bien lo hicieron sentirse incómodo. Dejaría pasar media hora se dijo, quién diera en ese lapso alguien abriese la puerta o llegase, lo mismo daba. Se recostó contra un arbolito entre el cordón de la vereda y la casa y encendió un cigarrillo y otro y otro. Cuando terminó de fumar el tercer cigarrillo volvió a llamar. Y así estuvo un tiempo, del arbolito a la puerta y de la puerta al arbolito, fumando y llamando, fumando y llamando y así pasó otra hora. Ya eran las diez y veinte, el sol apaleaba despiadadamente las calles con garrotes encendidos y aún nadie había salido ni llegado en ningún momento a la casa. 


   "Si al menos saliera a atenderme ella. ¿Será que está?" 


   Se acercó a una ventana con los postigos cerrados y por entre la varillas notó, detrás de un velo semitransparente, el resplandor amarillento de una luz eléctrica. De que había gente, había, no cabían dudas aunque el interior estuviera en silencio. 


    “Pero por qué demonios nadie sale a atender”. 


    Aurelio volvió a insistir, pero después de cinco minutos de darle y darle a la aldaba sin parar vio que su insistencia no obtenía el resultado que deseaba. Volvió a la sombra del arbolito. El calor intenso seguía en aumento. La resolana lo aplastaba con su peso invisible, por arriba, y desde la refracción de las baldosas de cemento, por debajo. El aire le entraba a los pulmones como aliento volcánico.  


   Aurelio se deshizo del saco y lo colgó de una rama del arbolito y prendió otro cigarrillo. Cuando terminó de fumar, se subió las mangas de la camisa, se aflojó la corbata. Pasados dos minutos se sacó la corbata y la guardó en un bolsillo del saco y desabotonó tres botones de la camisa, sin embargo apenas aplacó la sofocación que sentía. Respiró hondo y fue otra vez a la puerta, a hacer sonar la aldaba que a esa altura, con el sol dándole de frente,hervía en silencio, razón por la cual en esta nueva arremetida no insistió tanto; y como hasta ese momento tampoco obtuvo el resultado que esperaba, a no ser un fastidio que exasperante. 


   Once menos cinco. Encendió otro cigarrillo. El humo, rancio, amargo, áspero, le rozó la lengua hinchada que no era más que un estorbo en la boca reseca y atravesó la garganta terrosa con ardor. Y ese calor sofocante. Y el sudor que lo encharcaba entero y le chorreaba por la espalda para finalmente bajar por la zanja del trasero con un molesto hormigueo. Lo que lo obligaba, a cada tanto, a frotarse con disimulo contra la costra del arbolito. 


   Una vez más Aurelio volvió a la carga y una vez más la decepción: nadie atendió. Más que fastidiado, irritado, volvió a la sombra y porfiadamente encendió otro cigarrillo y éste ya simplemente le dio asco y, asqueado, volvió a mirar la hora: ya eran casi las once y media pasadas. Le ardían los ojos. Tiró el cigarro a la calle.


   "Pero no voy a desistir". 


   Aurelio siguió plantado bajo la sombra del arbolito, casi descamisado parecía un borracho que había olvidado el rumbo de casa. Se ventilaba el cuello con las manos cuando un vehículo estacionó a su lado. Era una vieja Pick Up Ford 1935 con el color negro agrietado y comido por el tiempo y ya tirando más al gris, la reconoció porque su padre había tenido una igual cuando él era chico. De ella bajaron dos hombres vestidos de blanco. 


   "Enfermeros". 


   Aunque al mirarlos más detenidamente notó varias manchas de diferentes colores por toda la ropa. 


   "Pintores". 


   Uno de los hombres rodeó la camioneta y de la caja bajó una escalera de pintor mientras que el otro bajaba un balde de pintura y una lona por el costado que daba a la avenida. 


   "Ahora tendrá que salir alguien a atenderlos". 


   Aurelio se animó ante la perspectiva halagüeña. Los pintores tendieron la lona delante de la puerta, justo debajo del cartel, y abrieron la escalera sobre ella, luego uno se subió y esperó que el otro le pasara el balde de pintura y un pincel, entonces empezó a pintar una letra al final de la palabra CIEGOS. Era una Y. Después pintó una S y después una O y una R y una D y una O y de último pintó otra S. 


   Cuando el que estaba abajo se dio vuelta para preguntarle al hombre debajo del arbolito y que miraba con atención al compañero, con la intención de preguntarle qué hallaba del cartel, el hombre había cruzado la avenida y su espalda ya desaparecía por la esquina. 



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Publicado el 12 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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