Perro de Sulky

Francisco A. Baldarena


cuento


Lo llamaban Sombra, porque siempre estaba tirado debajo del sulky. Un galgo negro como un carbón que no servía ni pa´ perro, como decía su dueño, don Rigoberto Benavídez. Y que se note que digo estaba y no andaba, porque de hecho cuando no acompañaba trotando debajo a don Rigoberto cuando él usaba el sulky, el Sombra se mantenía echado a su reparo. Y se dirá que exagero, si digo que no salía de debajo del sulky más que para lo mínimo indispensable y que se entienda ésto como lo más básico de lo básico, es decir, para sus necesidades fisiológicas y para comer, siempre y cuando no pudiera llevarse la comida debajo del sulky, además de beber en el bebedero de las vacas. Después no había santo que lo hiciera moverse de ahí. Podían caer rayos y centellas que lo máximo que hacía era pararse para no encharcarse el cuerpo; los extraños podían entrar como pancho por su casa y llevarse todas las vacas y todos los chanchos y el gallinero entero que muy posiblemente ni se molestaría en ladrar. Y si una perra alzada quería aparearse con él, tenía que arrimarse debajo del carro, de lo contrario, que se la montara el perro de la esquina. 

   La verdad el Sombra más que actuar como el animal que era, parecía una pieza suelta del sulky que de alguna manera misteriosa, o mágica, o magnética incluso, se mantenía ahí debajo del piso sin alejarse demasiado; o usando una analogía astronómica para mejor explicarlo: como satélite, satélite perro en su caso, gravitando alrededor de un planeta, planeta sulky en el caso del carro, atraído por su fuerza gravitacional. Tal vez el Sombra considerase el sulky de su propiedad, y don Rigoberto no pasase de un pobre iluso que pensaba lo contrario. Para redondear el concepto, digamos que perro y carro formaban una ecuación matemática indivisible: donde estaba el sulky debajo estaba el Sombra y donde estaba el Sombra arriba estaba el sulky. 


Bien, la historia que me hizo escribir sobre el Sombra, mejor digo sobre él y el sulky, ya que no había uno sin el otro, fue la siguiente: 

   Una mañana, apenas don Rigoberto asomó la cara fuera del rancho, descubrió que le habían robado el sulky y de yapa al Sombra también. Para el pobre don Rigoberto fue como si un huracán le hubiera volado el techo del rancho, y para peor de males ahora tendría que cinchar como loco con aquella pierna mala que no lo podía hacer llegar ni al boliche del Gallego Pérez, distante doscientos metros del rancho. ¿Cómo haría para desplazarse ahora? ¿Montar la yegua vieja?, ni pensar; y llegar al pueblo para recibir la magra pensión del gobierno, que siempre retribuye en menor grado de lo se espera de él, significaba hacerse socio del remisero, porque la mitad de la pensión se le iría en la tarifa de ida y vuelta. 

   Cerca del mediodía, un gaucho amigo lo acercó en su carreta hasta la comisaría. 

   ¿Qué se le ofrece, don Rigoberto?, le preguntó el comisario, sorprendido al verlo llegar, ya que el hombre nunca se había metido en ningún lío (ni de muchacho siquiera), ni hecho jamás denuncia de ningún tipo. 

   Me han robao el sulky, dotor comesario, dijo el viejo, con la mirada afligida. 

   ¡A la pucha che! ¿Y cuándo fue eso, don Rigoberto?, preguntó el comisario. 

   De madrugada habrá sido, dotor. Hoy cuando me he levantao el patio estaba más pelao que suelo´e gallinero. Pobre viejo, as palabras se le apelotonaban en la garganta. 

   Muy bien. ¿Y de qué color está pintado el sulky, don Rigoberto? El comisario ya tenía delante suyo un cuaderno y lápiz, listos para ir anotando los datos. 

  En algunas partes rojo y en el resto color madera nomás, dijo el viejo, levantando cansadamente los hombros. 

   Ay, caray. Mire que no es mucha cosa, don Rigoberto. ¿Y alguna marca, algún detalle como para reconocerlo? El comisario, intuyendo que el viejo no le daría mucha información, ahora solo tamborileaba el lápiz contra el cuaderno. 

   No, dotor, nadita´e nada, respondió con tristeza el viejo. 

   Pero don Rigoberto, así no será nada fácil dar con el paradero del sulky. A esta hora el maula que se lo robó ya lo habrá pintado de otro color. Piense don Rigoberto, piense; quizás algún raspón, alguna particularidad que no se pueda borrar ni con pintura, algo que lo haga inconfundible. Mire, que por más que la policía busque y rebusque sin algo en que agarrarse no podrá hacer nada. El comisario ya empezaba a tener lástima del pobre viejo. 

    Don Rigoberto pensó y pensó hasta que se acordó del perro. 

   ¡Pero sí, dotor! Hay algo que hace a mi sulky diferente´e todos los sulkys del pago, es el Sombra, dijo, ya más animado ante la reciente descubierta. 

  ¿Y quién es el Sombra ese, don Rigoberto?, preguntó el comisario, intrigado, al no comprender a quién se refería el viejo. 

   Mi perro, dotor, Güeno, el perro del sulky debería decir, rectificó el viejo. 

   ¡Conque el perro del sulky, eh! ¿Y puede decirme, don Rigoberto, qué relación hay entre el perro ese y el sulky?, preguntó el comisario, medio confundido por lo inaudito que acababa de oír. 

   Entonces Don Rigoberto le contó lo narrado al principio. 

  Ahhh, pero si es así como usted lo está diciendo entonces es pan comido, dijo el comisario, ya tan feliz como el viejo, porque en el fondo, a pesar de ser policía, era un hombre bueno. 


¡Y dicho y hecho!, no es que a los tres días encontraron el sulky, o mejor dicho al sulky y al perro. Estaban con Luchito Morón, un conocido ratero de poca monta, pero con un prontuario de tres metros de largo. El hallazgo se produjo cuando el ladrón se acercó a la forrajería de los hermanos Lynch a comprar mazorcas de maíz para los chanchos y un conocido de don Rigoberto que estaba al tanto del robo, a pesar del sulky ahora estar pintado de azul, lo reconoció porque el Sombra estaba lo más pancho echado debajo. 

   Para don Rigoberto fue como volver a ver el sol después de un largo invierno lluvios, cuando se asomó a la puerta, alertado por gritos insistentes que clamaban por su nombre, y vio el sulky refulgiendo de azul brillante, rodeado de tres o cuatro peones, encima de un carretón de carga tirado por una yunta de percherones estacionado delante del rancho.  

   ¡Ahí lo tiene, don Rigoberto!, le gritó el cabo Gaitán, apenas se apeó, pero en seguida se rectificó: Digo, ahí los tiene, porque el perro venía junto. 


Y así, sin sobresaltos, la vida continuó como siempre, a no ser por alguna que otra ocasional tormenta fuerte, hasta el invierno del ´18 cuando el Sombra amaneció hecho un ovillo de lana, duro como una piedra debajo del sulky. Don Rigoberto lo enterró junto a un paraíso que crecía solitario detrás del rancho. 

   Pero a la mañana que le sucedió a la de la muerte del perro, nomás asomarse al patio, el corazón de don Rigoberto dio un sobresalto en su pecho y casi lo mata de un ataque: el sulky había desaparecido, y su ausencia de nuevo le supo a robo . 

   ¡Pero la pucha si parece cosa´e mandinga!, se lamentó el viejo, y enseguida salió con la pierna mala a la rastra, amparándose con una mano en las paredes del rancho, mientras buscaba con la mirada turbia por todos lados el sulky desaparecido. 

   Y como una cosa sobrenatural o un milagro hecho por el propio Dios de los cristianos, no es que apenas rodeó el rancho, don Rigoberto, con los ojos agrandados por el asombro, se deparó con el sulky, justo al lado del paraíso, cobijando con su presencia la tumba de su dueño, el Sombra.




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Publicado el 1 de junio de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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