Sábado

Francisco A. Baldarena


cuento


Les voy a contar una anécdota de un sábado perdido para siempre, pero que perdura en mi memoria, de cuando yo era un pibe, allá en El Talar de Pacheco, le dijo Edgardo a los amigos, con los que, sentados en el césped de la plaza, tomaba mate.

   Yo estaba en mi cuarto, escuchando tranquilamente música, pensando en nada, cuando de pronto vi la siniestra figura de mi vieja, entrando de sopetón a mis dominios. Les aclaro que lo de “siniestra” es porque era sábado, es decir, día de cero escuela y todo descanso, pero si doña Mirtita estaba ahí delante de mí, era porque quería que hiciera algo por ella, pero antes que abriera la boca, yo ya sabía, porque nunca fallaba, que lo que fuera que quisiera que yo hiciera me demandaría toda la mañana, es decir, un cuarto de fin de semana fenomenal echado a perder, otra vez por culpa de los adultos. 

   –Prepárate que tenes que pasar por la casa de tu abuela Toti, porque necesita que le compres unos remedios en la farmacia –me ordenó con la siempre mala costumbre de olvidarse de preguntar si uno podía o no hacer lo que ella quería. Di un soplo de fastidio y contesté: 

   –Y bue… Para qué. 

   –¡Y bue, nada! Dale antes que cierren –volvió a ordenarme. 

   Yo ya le estaba por decirle “está bien, mamá”, pero ella ya había dado media vuelta y solo pude verle la espalda desaparecer detrás del marco de la puerta. Miré la hora: nueve y cuarto. Con pesar le dije hasta nunca más a la mañana, porque entre que iba a la casa de mi abuela, escuchaba su sermoneo habitual, iba hasta la farmacia, esperaba a ser atendido, volvía con los remedios y esperaba que se despidiera con sus acostumbrados “decile a tu hermano Luisito que…”, “y no te olvides de avisarle a Mirtita que…” y el consabido “y vos no te hagas el sabandija y a ver si venís a visitarme más seguido”, ya sería mediodía otra vez, como el día anterior. 

   Cuando mi abuela abrió la puerta, tenía la nariz chorreando y roja como la de los alcohólicos crónicos, y estaba arropada hasta las orejas. 

   –Hola, Edgardito. ¡No!, no te me acerques que te puedo contagiar esta gripe de mierda –dijo con ademán brusco y haciéndose a un lado, cuando le quise dar un beso. Con lo que pasé de largo y fui directo a la cocina, como en todas las casas de todas las abuelas, y porque en ese momento no tenía ganas de ir al baño. En la mesada había medio bizcochuelo de naranja tapado con un repasador, esperando por mí. Una alegría en medio de la desgracia, una flor entre los escombros, diría un poeta. 

   –Fíjate que hay un bizcochuelo en la mesada mientras voy a agarrar las recetas y la plata –me gritó mi abuela, desde algún lugar de la casa, pero yo no pude responderle porque ya tenía la boca llena de bizcochuelo. Al rato, apareció con un pilón de recetas en una mano y plata en la otra. 

   –Mirá, acá tenés las recetas y la plata –me dijo pasándome ambas cosas. 

   –Y ahora te voy a explicar cómo llegar a la farmacia. 

   –Pero abue, si la farmacia queda a dos cuadras –le aclaré. 

   –¡Esa nooo! –dijo con bronca, casi gritando, lo que le provocó un acceso de tos aguachenta que, al darse vuelta, salpicó la pared. Cuando le pasó la tos continuó: 

   –¡Estás loco, vos!, ese farmacéutico es bien carero. Es mejor que vayas a una que hay en el Tigre. 

   En este instante vi lo que restaba de la mañana y buena parte de la tarde doblando la esquina del olvido. Tras otro acceso de tos, me explicó cómo llegar a la dichosa farmacia. Explicó es un decir, porque mi abuela era tan minuciosa para explicar las cosas que más que explicarlas, las enredaba, más todavía cuando creía que uno era un idiota; de manera que me la hizo larga, como siempre. 

   –Enfrente de la estación del tren hay una parada de colectivo –empezó, pero antes, debo aclarar que la estación de tren de El Talar queda a dos cuadras de la casa donde vivía ella y a tres de la mía; como dije, me hablaba como se le habla a un idiota para que entienda bien–. Bueno, esperá el 721 –ah, otra aclaración: esa línea de colectivo era en la época, y seguramente sea hasta hoy, la única línea que hacía el recorrido desde la estación de El Talar a Tigre. ¡En fin!–, pero fíjate que sea el del número uno, el del cartelito azul. Te vas a dar cuenta porque tiene un cartelito azul al lado de la puerta y, además, tiene escrito el número uno. 

   Les juro muchachos que en ese momento me dieron ganas de decirle que no repitiera lo mismo como un loro y que la hiciera más corta; que cómo no iba a conocer la estación, la parada y el colectivo que debía tomar; el del número uno, el del cartelito azul, y, por las dudas, que no era ni analfabeto ni daltónico. Pero si abría la boca sería peor, por eso me contuve. 

   -Bueno, sacá boleto hasta Tigre y te bajás en la estación de Tigre, y por la misma avenida que va el colectivo volvé dos cuadras. 

   ¿Volver dos cuadras? Lo correcto era bajar dos cuadras antes. No, si mi abuela era única. 

   —Y en la segunda esquina de la segunda cuadra, siguió –pero ahí me volvieron las ganas de interrumpirla, pero si lo hacía ella volvería al principio de la explicación, entonces la dejé seguir. 

   –Ahí cruzas la avenida, pero fíjate que la luz del semáforo esté en verde, no vaya a atropellarte un loco de esos que andan sueltos por ahí. 

   ¡Ojalá!, quise decirle, pero se iba a ofender, seguro. 

   –Entonces ya del otro lado de la avenida, seguís por la avenida otra cuadra más. 

   ¡Increíble! ¿No? 

   –Entonces cuando llegues al final de la cuadra doblá a la derecha, y por la misma vereda seguís derecho y casi al final de la tercera cuadra ya vas a ver la farmacia. 

   ¡Uff!, menos mal porque si no todavía estaba caminando. 

   –Te vas a dar cuenta por el cartel con la cruz verde y porque, además, en la vidriera de la farmacia dice farmacia "García", así que no tenes cómo perderte. 

   ¿Perderme?, pero si ya estaba perdido, tanto como el sábado. 

   –Entonces entrá y le pedís al farmacéutico, el farmacéutico, no a la ayudanta, que por algo es ayudanta, y le pedís los remedios que están anotados en las recetas. 

   ¡Por fin!, después de lo que me pareció un mes, el monólogo tautológico de mi abuela llegó al final. Bueno, eso me pareció, pero fue un engaño mío, como de acá a La Quiaca, porque aún le quedaba algo más por decir. 

   –¿Vas a saber volver, Edgardito? –me preguntó. 

   ¿Si sabría volver? Yo quise decirle que primero tenía que intentar llegar a la dicha farmacia, pero como ya se habrán dado cuenta, si le decía eso la cagaba. Por eso solo le dije “sí, abue”. 

   Entonces me encaminé hacia la puerta de entrada, pero ahí sentí una de sus manos huesudas en el hombro derecho. “¿Y ahora qué fue?”, pensé dándome vuelta, con cierto temor, lógicamente, porque no sabía con qué bomba me iba a salir. 

   –¿Estás seguro que entendiste bien, Edgardito? –me preguntó. 

   Consideré que si le respondía que no, pasaba por el idiota que ella pensaba que yo era, por eso le dije que sí con la esperanza de que no me saliera con otra. Pero, fiel a su manera de ser, salió. 

   –A ver, repetí entonces, que quiero ver si es cierto que entendiste bien –me dijo mirándome fijo a los ojos. 

No les dije, muchachos, que mi abuela era única.



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Publicado el 15 de septiembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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