Bajo la campana del hogar, chisporroteaba un montón de sarmientos y sus llamas, iluminaban el semicírculo de cazadores que fatigados del monteo, arrecidos por el cierzo, entretenían la noche invernal, con narraciones de sus aventuras.
Llegó mi turno y dije:—Amigos: hay en vuestros relatos leyendas dramáticas, episodios sangrientos y hay escenas de amor; fieras heridas á bala y zagalillas heridas á flecha; mi cuento es el cuento del cazador perdido que halla dos viejecitas en lo más denso del bosque.
Caía la tarde, una hermosa pieza marchaba engalgada; yo corría, corría, pisando chaparros y tojos. La pieza se encava, aullan los perros, y malgasto en la rebusca las últimas luces del día.
Por el bosque tenebroso intento en vano hallar la senda, seguido de los lebreles que jadean. El viento agita el ramaje haciéndole balbucir quejas rumorosas; la soledad de la noche me rodea, pero veo una luz que fulgura entre el espeso arbolado y hacia ella me encamino.
Es de una casucha rústica; toco la bocina y dos viejecitas, con candiles encendidos salen á mi encuentro.
Flacas de cuerpo, acecinadas de rostro, lucen majestad de noble estirpe, rastros de una juventud hermosa. Con dulce voz me invitan á seguirlas, sus luces me guían tras la selva y me conducen al tendajo, que les sirve de morada miserable.
Allí pasé la noche ¡noche fantástica! llena de ensueños misteriosos, con pesadillas de magias y de encantamientos.
Apenas alboreaba el nuevo día, cuando salí, acompañado de las damas antañonas que ofrecieron enveredarme. En silencio marchamos largo espacio, hasta dar en una barranca, con el cauce de un río... amigos mios ¡un río negro!
Sus aguas se deslizaban con ondulacione pesadas, dejando en los ribazos espumas negras; la superficie mate, ni trasparentaba el fondo, ni reflejaba el cielo; sigiloso y manso, entristece, en vez de alborozar las praderías; ni aun las espadañas nacen en sus riberas estériles.
—No te asombres, cazador—me dijeron las viejecitas—que negro cual hoy le vés, nos le mandais desde allá arriba. En edades remotas, fué cristalina su corriente; estos chopos secos, reverdecían todas las primaveras con la frescura de su riego, brotaban flores en sus márgenes y los pastores traían rebaños á beber en las orillas. ¡Era la edad de nuestra juventud risueña!
Corrieron los años y las aguas del río se tornaron rojas. Los hombres guerreaban despedazándose allá lejos, y la coriente pasaba tinta en sangre humana. Murieron árboles de tronco secular; los ganados no volvieron á beber en las riberas turbias y nosotras perdimos los encantos de nuestra juventud fecunda.
Corrieron los siglos y las aguas del río se tornaron negras, negras como las veis, cazador. La humanidad, allá muy lejos, trabaja, trabaja con desasosiego y fiebre; ya no sacia sus hambres con el pan de la tierra, ahonda más, y en su entraña busca el carbon para saciar la industria... ¡Laboreo que ennegrece el río, río negro que nos hizo caducas y viejas. Cuando sus aguas vuelvan á ser cristal del fondo y espejo del cielo, reverdecerá el bosque, brotarán flores, los ganados beberán en las orillas, y nosotras gozaremos de nueva juventud, risueña y fecunda como la pasada.
—¿Quiénes sois?—pregunté á las encantadas y hospitalarias damas.
—La Tradición—dijo una.
—La Poesía—dijo otra.
