Así Habló Zaratustra

Friedrich Nietzsche


Filosofía


Prólogo de Zaratustra
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7
8
9
10
Primera parte
De las tres transformaciones
De las cátedras de la virtud
De los trasmundanos
De los despreciadores del cuerpo
De las alegrías y de las pasiones
Del pálido delincuente
Del leer y el escribir
Del árbol de la montaña
De los predicadores de la muerte
De la guerra y el pueblo guerrero
Del nuevo ídolo
De las moscas del mercado
De la castidad
Del amigo
De las mil metas y de la «única» meta
Del amor al prójimo
Del camino del creador
De viejecillas y de jovencillas
De la picadura de la víbora
Del hijo y del matrimonio
De la muerte libre
De la virtud que hace regalos
Segunda parte
El niño del espejo
En las islas afortunadas
De los compasivos
De los sacerdotes
De los virtuosos
De la chusma
De las tarántulas
De los sabios famosos
La canción de la noche
La canción del baile
La canción de los sepulcros
De la superación de sí mismo
De los sublimes
Del país de la cultura
Del inmaculado conocimiento
De los doctos
De los poetas
De grandes acontecimientos
El adivino
De la redención
De la cordura respecto a los hombres
La más silenciosa de todas las horas
Tercera parte
El caminante
De la visión y enigma
De la bienaventuranza no querida
Antes de la salida del sol
De la virtud empequeñecedora
En el monte de los olivos
Del pasar de largo
De los apóstatas
El retorno a casa
De los tres males
Del espíritu de la pesadez
De tablas viejas y nuevas
El convaleciente
Del gran anhelo
La otra canción del baile
Los siete sellos (O: La canción «Sí y Amén »)
Cuarta y última parte
La ofrenda de la miel
El grito de socorro
Coloquio con los reyes
La sanguijuela
El mago
Jubilado
El más feo de los hombres
El mendigo voluntario
La sombras
A mediodía
El saludo
La Cena
Del hombre superior
La canción de la melancolía
De la ciencia
Entre hijas del desierto
El despertar
La fiesta del asno
La canción del noctámbulo
El signo

Prólogo de Zaratustra

1

Cuando Zaratustra tenía treinta años abandonó su patria y el lago de su patria y marchó a las montañas. Allí gozó de su es­píritu y de su soledad y durante diez años no se cansó de ha­cerlo. Pero al fin su corazón se transformó y una mañana, levantándose con la aurora, se colocó delante del sol y le habló así:

«¡Tú gran astro! ¡Qué sería de tu felicidad si no tuvieras a aquellos a quienes iluminas!

Durante diez años has venido subiendo hasta mi caverna: sin mí, mi águila y mi serpiente te habrías hartado de tu luz y de este camino.

Pero nosotros te aguardábamos cada mañana, te liberába­mos de tu sobreabundancia y te bendecíamos por ello. ¡Mira! Estoy hastiado de mi sabiduría como la abeja que ha recogido demasiada miel, tengo necesidad de manos que se extiendan.

Me gustaría regalar y repartir hasta que los sabios entre los hombres hayan vuelto a regocijarse con su locura y los po­bres, con su riqueza.

Para ello tengo que bajar a la profundidad como haces tú al atardecer, cuando traspones el mar llevando luz incluso al submundo, ¡astro inmensamente rico!

Yo, lo mismo que tú, tengo que hundirme en mi ocaso como dicen los hombres a quienes quiero bajar. ¡Bendíceme, pues, ojo tranquilo, capaz de mirar sin envidia incluso una felicidad demasiado grande!

¡Bendice la copa que quiere desbordarse para que de ella fluya el agua de oro llevando a todas partes el resplandor de tus delicias!

¡Mira! Esta copa quiere vaciarse de nuevo, y Zaratustra quiere volver a hacerse hombre.

Así comenzó el ocaso de Zaratustra

2

Zaratustra bajó solo de las montañas sin encontrar a nadie. Pero cuando llegó a los bosques surgió de pronto ante él un anciano que había abandonado su santa choza para buscar raíces en el bosque. Y el anciano habló así a Zaratustra:

No me es desconocido este caminante: hace algunos años pasó por aquí. Zaratustra se llamaba; pero se ha transformado. Entonces llevabas tu ceniza a la montaña ¿quieres hoy lle­var tu fuego a los valles? ¿No temes los castigos que se impo­nen al incendiario?

Sí, reconozco a Zaratustra. Puro es su ojo, y en su boca no se oculta náusea alguna ¿No viene hacia acá como un baila­rín?

Zaratustra está transformado, Zaratustra se ha convertido en un niño, Zaratustra es un despierto ¿qué quieres hacer ahora entre los que duermen?

En la soledad vivías como en el mar, y el mar te llevaba. Ay, ¿quieres bajar a tierra? Ay, ¿quieres volver a arrastrar tú mis­mo tu cuerpo?

Zaratustra respondió: «Yo amo a los hombres.»

¿Por qué, dijo el santo, me marché yo al bosque y a las sole­dades? ¿No fue acaso porque amaba demasiado a los hom­bres?

Ahora amo a Dios: a los hombres no los amo. El hombre es para mí una cosa demasiado imperfecta. El amor al hombre me mataría.

Zaratustra respondió: «¡Qué dije amor! Lo que yo llevo a los hombres es un regalo.»

No les des nada, dijo el santo. Es mejor que les quites algu­na cosa y que la lleves a cuestas junto con ellos; eso será lo que más bien les hará: ¡con tal de que te haga bien a ti!

¡Y si quieres darles algo, no les des más que una limosna, y deja que además la mendiguen!

«No, respondió Zaratustra, yo no doy limosnas. No soy bastante pobre para eso.»

El santo se rió de Zaratustra y dijo: ¡Entonces cuida de que acepten tus tesoros! Ellos desconfían de los eremitas y no creen que vayamos para hacer regalos.

Nuestros pasos les suenan demasiado solitarios por sus ca­llejas. Y cuando por las noches, estando en sus camas, oyen caminar a un hombre mucho antes de que el sol salga, se pre­guntan: ¿adónde irá el ladrón?

¡No vayas a los hombres y quédate en el bosque! ¡Es mejor que vayas incluso a los animales! ¿Por qué no quieres ser tú, como yo, un oso entre los osos, un pájaro entre los pájaros?

«¿Y qué hace el santo en el bosque?», preguntó Zaratustra. El santo respondió: Hago canciones y las canto; y, al hacer­las, río, lloro y gruño: así alabo a Dios.

Cantando, llorando, riendo y gruñendo alabo al Dios que es mi Dios. Mas ¿qué regalo es el que tú nos traes?

Cuando Zaratustra hubo oído estas palabras saludó al san­to y dijo: «¡Qué podría yo daros a vosotros! ¡Pero déjame irme aprisa, para que no os quite nada!». Y así se separaron, el anciano y el hombre, riendo como ríen dos muchachos.

Mas cuando Zaratustra estuvo solo, habló así a su corazón: «¿Será posible? ¡Este viejo santo en su bosque no ha oído toda­vía nada de que Dios ha muerto!».

3

Cuando Zaratustra llegó a la primera ciudad, situada al bor­de de los bosques, encontró reunida en el mercado una gran muchedumbre, pues estaba prometida la exhibición de un volatinero. Y Zaratustra habló así al pueblo:

Yo os enseño el superhombre. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Qué habéis hecho para superarlo?

Todos los seres han creado hasta ahora algo por encima de sí mismos: ¿y queréis ser vosotros el reflujo de ese gran flujo y re­troceder al animal más bien que superar al hombre?

¿Qué es el mono para el hombre? Una irrisión o una ver­güenza dolorosa. Y justo eso es lo que el hombre debe ser para el superhombre: una irrisión o una vergüenza dolorosa.

Habéis recorrido el camino que lleva desde el gusano has­ta el hombre, y muchas cosas en vosotros continúan siendo gusano. En otro tiempo fuisteis monos, y también ahora es el hombre más mono que cualquier mono.

Y el más sabio de vosotros es tan sólo un ser escindido, hí­brido de planta y fantasma. Pero ¿os mando yo que os convir­táis en fantasmas o en plantas?

¡Mirad, yo os enseño el superhombre!

El superhombre es el sentido de la tierra. Diga vuestra vo­luntad: ¡sea el superhombre el sentido de la tierra!

¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tie­rra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas sobreterre­nales! Son envenenadores, lo sepan o no.

Son despreciadores de la vida, son moribundos y están, ellos también, envenenados; la tierra está cansada de ellos. ¡Ojalá desaparezcan!

En otro tiempo el delito contra Dios era el máximo delito, pero Dios ha muerto y con Él han muerto también esos delin­cuentes. ¡Ahora lo más horrible es delinquir contra la tierra y apreciar las entrañas de lo inescrutable más que el sentido de la tierra!

En otro tiempo el alma miraba al cuerpo con desprecio; y ese desprecio era entonces lo más alto; el alma quería el cuerpo flaco, feo, famélico. Así pensaba escabullirse del cuer­po y de la tierra.

Oh, también esa alma era flaca, fea y famélica: ¡y la crueldad era la voluptuosidad de esa alma!

Mas vosotros también, hermanos míos, decidme: ¿qué anuncia vuestro cuerpo de vuestra alma? ¿No es vuestra alma acaso pobreza y suciedad y un lamentable bienestar?

En verdad, una sucia corriente es el hombre. Es necesario ser un mar para poder recibir una sucia corriente sin volverse impuro.

Mirad, yo os enseño el superhombre: él es ese mar. En él puede sumergirse vuestro gran desprecio.

¿Cuál es la máxima vivencia que vosotros podéis tener? La hora del gran desprecio. La hora en que incluso vuestra felici­dad se os convierta en náusea y eso mismo ocurra con vues­tra razón y con vuestra virtud.

La hora en que digáis: «¡Qué importa mi felicidad! Es po­breza y suciedad y un lamentable bienestar. ¡Sin embargo, mi felicidad debería justificar incluso la existencia!»

La hora en que digáis: «¡Qué importa mi razón! ¿Ansía ella el saber lo mismo que el león su alimento? ¡Es pobreza y sucie­dad y un lamentable bienestar!»

La hora en que digáis: «¡Qué importa mi virtud! Todavía no me ha puesto furioso. ¡Qué cansado estoy de mi bien y de mi mal! ¡Todo esto es pobreza y suciedad y un lamentable bienes­tar!»

La hora en que digáis: «¡Qué importa mi justicia! No veo que yo sea un carbón ardiente. ¡Mas el justo es un carbón ardiente!» La hora en que digáis: «¡Qué importa mi compasión! ¿No es la compasión acaso la cruz en la que es clavado quien ama a los hombres? Pero mi compasión no es una crucifixión.»

¿Habéis hablado ya así? ¿Habéis gritado ya así? ¡Ah, ojalá os hubiese yo oído ya gritar así!

¡No, vuestro pecado, vuestra moderación, es lo que clama al cielo; vuestra mezquindad hasta en vuestro pecado es lo que clama al cielo!

¿Dónde está el rayo que os lama con su lengua? ¿Dónde la demencia que habría que inocularos?

Mirad, yo os enseño el superhombre: ¡él es ese rayo, él es esa demencia!

Cuando Zaratustra hubo hablado así, uno del pueblo gritó: «Ya hemos oído hablar bastante del volatinero; ahora, ¡veámos­lo también!» Y todo el pueblo se rió de Zaratustra. Mas el volati­nero, que creyó que aquello iba dicho por él, se puso a trabajar.

4

Mas Zaratustra contempló al pueblo y se maravilló. Luego habló así:

El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el super­hombre; una cuerda sobre un abismo.

Un peligroso pasar al otro lado, un peligroso caminar, un peligroso mirar atrás, un peligroso estremecerse y pararse. La grandeza del hombre está en ser un puente y no una meta: lo que en el hombre se puede amar es que es un tránsi­to y un ocaso.

Yo amo a quienes no saben vivir de otro modo que hundién­dose en su ocaso, pues ellos son los que pasan al otro lado.

Yo amo a los grandes despreciadores, pues ellos son los grandes veneradores y flechas del anhelo hacia la otra orilla. Yo amo a quienes, para hundirse en su ocaso y sacrificarse, no buscan una razón detrás de las estrellas sino que se sacrifican a la tierra, para que ésta llegue alguna vez a ser del superhombre. Yo amo a quien vive para conocer, y quiere conocer para que alguna vez viva el superhombre. Y quiere así su propio ocaso.

Yo amo a quien trabaja e inventa para construirle la casa al superhombre y prepara para él la tierra, el animal y la planta: pues quiere así su propio ocaso.

Yo amo a quien ama su virtud: pues la virtud es voluntad de ocaso y una flecha del anhelo.

Yo amo a quien no reserva para sí ni una gota de espíritu, sino que quiere ser íntegramente el espíritu de su virtud: avanza así en forma de espíritu sobre el puente.

Yo amo a quien de su virtud hace su inclinación y su fatali­dad: quiere así, por amor a su virtud, seguir viviendo y no se­guir viviendo.

Yo amo a quien no quiere tener demasiadas virtudes. Una virtud es más virtud que dos, porque es un nudo más fuerte del que se cuelga la fatalidad.

Yo amo a aquel cuya alma se prodiga, y no quiere recibir agradecimiento ni devuelve nada: pues él regala siempre y no quiere conservarse a sí mismo.

Yo amo a quien se avergüenza cuando el dado, al caer, le da suerte, y entonces se pregunta: ¿acaso soy yo un jugador que hace trampas?, pues quiere perecer.

Yo amo a quien delante de sus acciones arroja palabras de oro y cumple siempre más de lo que promete: pues quiere su ocaso.

Yo amo a quien justifica a los hombres del futuro y redime a los del pasado: pues quiere perecer a causa de los hombres del presente.

Yo amo a quien castiga a su dios porque ama a su dios:

pues tiene que perecer por la cólera de su dios.

Yo amo a aquel cuya alma es profunda incluso cuando se la hiere, y que puede perecer a causa de una pequeña vivencia: pasa así de buen grado por el puente.

Yo amo a aquel cuya alma está tan llena que se olvida de sí mismo, y todas las cosas están dentro de él: todas las cosas se transforman así en su ocaso.

Yo amo a quien es de espíritu libre y de corazón libre: su ca­beza no es así más que las entrañas de su corazón, pero su co­razón lo empuja al ocaso.

Yo amo a todos aquellos que son como gotas pesadas que caen una a una de la oscura nube suspendida sobre el hombre: ellos anuncian que el rayo viene, y perecen como anunciado­res.

Mirad, yo soy un anunciador del rayo y una pesada gota que cae de la nube: mas ese rayo se llama superhombre.

5

Cuando Zaratustra hubo dicho estas palabras contempló de nuevo el pueblo y calló: «Ahí están», dijo a su corazón, «y se ríen: no me entienden, no soy yo la boca para estos oídos.

¿Habrá que romperles antes los oídos, para que aprendan a oír con los ojos? ¿Habrá que atronar igual que timbales y que predicadores de penitencia? ¿O acaso creen tan sólo al que balbucea?

Tienen algo de lo que están orgullosos. ¿Cómo llaman a eso que los llena de orgullo? Cultura lo llaman, es lo que los distingue de los cabreros.

Por esto no les gusta oír, referida a ellos, la palabra Desprecio. Voy a hablar, pues, a su orgullo.

Voy a hablarles de lo más despreciable: el último hombre».

Y Zaratustra habló así al pueblo:

Es tiempo de que el hombre fije su propia meta. Es tiempo de que el hombre plante la semilla de su más alta esperanza.

Todavía es bastante fértil su terreno para ello. Mas algún día ese terreno será pobre y manso, y de él no podrá ya brotar nin­gún árbol elevado.

¡Ay! ¡Llega el tiempo en que el hombre dejará de lanzar la flecha de su anhelo más allá del hombre, y en que la cuerda de su arco no sabrá ya vibrar!

Yo os digo: es preciso tener todavía caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella danzarina. Yo os digo: vosotros te­néis todavía caos dentro de vosotros.

¡Ay! Llega el tiempo en que el hombre no dará ya a luz nin­guna estrella. ¡Ay! Llega el tiempo del hombre más desprecia­ble, el incapaz ya de despreciarse a sí mismo.

¡Mirad! Yo os muestro el último hombre.

“¿Qué es amor? ¿Qué es creación? ¿Qué es anhelo? ¿Qué es estrella?” -así pregunta el último hombre, y parpadea.

La tierra se ha vuelto pequeña entonces, y sobre ella da sal­tos el último hombre, que todo lo empequeñece. Su estirpe es indestructible, como el pulgón; el último hombre es el que más tiempo vive.

“Nosotros hemos inventado la felicidad” -dicen los últi­mos hombres, y parpadean.

Han abandonado las comarcas donde era duro vivir: pues la gente necesita calor. La gente ama incluso al vecino y se res­triega contra él, pues necesita calor.

Enfermar y desconfiar considéranlo pecaminoso: la gente camina con cuidado. ¡Un tonto es quien sigue tropezando con piedras o con hombres!

Un poco de veneno de vez en cuando: eso produce sueños agradables. Y mucho veneno al final, para tener un morir agradable.

La gente continúa trabajando, pues el trabajo es un entretenimiento. Mas procura que el entretenimiento no canse. La gente ya no se hace ni pobre ni rica: ambas cosas son de­masiado molestas. ¿Quién quiere aún gobernar? ¿Quién aún obedecer? Ambas cosas son demasiado molestas.

¡Ningún pastor y un solo rebaño! Todos quieren lo mismo, todos son iguales: quien tiene sentimientos distintos marcha voluntariamente al manicomio.

“En otro tiempo todo el mundo desvariaba” -dicen los más sutiles, y parpadean.

Hoy la gente es inteligente y sabe todo lo que ha ocurrido: así no acaba nunca de burlarse. La gente continúa discutien­do, mas pronto se reconcilia; de lo contrario, ello estropea el estómago.

La gente tiene su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche: pero honra la salud.

“Nosotros hemos inventado la felicidad” - dicen los últi­mos hombres, y parpadean.

* * *

Y aquí acabó el primer discurso de Zaratustra, llamado tam­bién «el prólogo»: pues en este punto el griterío y el regocijo de la multitud lo interrumpieron. «¡Danos ese último hombre, oh Zaratustra, -gritaban- haz de nosotros esos últimos hombres! ¡El superhombre te lo regalamos! Y todo el pue­blo daba gritos de júbilo y chasqueaba la lengua. Pero Zara­tustra se entristeció y dijo a su corazón:

No me entienden: no soy yo la boca para estos oídos.

Sin duda he vivido demasiado tiempo en las montañas, he escuchado demasiado a los arroyos y a los árboles: ahora les hablo como a los cabreros.

Inmóvil es mi alma, y luminosa como las montañas por la mañana. Pero ellos piensan que yo soy frío, y un burlón que hace chistes horribles.

Y ahora me miran y se ríen: y mientras ríen, continúan odiándome. Hay hielo en su reír.

6

Pero entonces ocurrió algo que hizo callar todas las bocas y quedar fijos todos los ojos. Entretanto, en efecto, el volatine­ro había comenzado su tarea: había salido de una pequeña puerta y caminaba sobre la cuerda, la cual estaba tendida en­tre dos torres, colgando sobre el mercado y el pueblo. Mas cuando se encontraba justo en la mitad de su camino, la pe­queña puerta volvió a abrirse y un compañero de oficio vesti­do de muchos colores, igual que un bufón, saltó fuera y mar­chó con rápidos pasos detrás del primero. «Sigue adelante, cojitranco, gritó su terrible voz, sigue adelante, ¡holgazán, impostor, cara de tísico! ¡Que no te haga yo cosquillas con mi talón! ¿Qué haces aquí entre torres? Dentro de la torre está tu sitio, en ella se te debería encerrar, ¡cierras el camino a uno mejor que tú!». Y a cada palabra se le acercaba más y más, y cuando estaba ya a un solo paso detrás de él ocurrió aquella cosa horrible que hizo callar todas las bocas y quedar fijos to­dos los ojos: lanzó un grito como si fuese un demonio y sal­tó por encima de quien le obstaculizaba el camino. Mas éste, cuando vio que su rival lo vencía, perdió la cabeza y el equili­brio; arrojó su balancín y, más rápido que éste, se precipitó hacia abajo como un remolino de brazos y de piernas. El mer­cado y el pueblo parecían el mar cuando la tempestad avanza; todos huyeron apartándose y atropellándose, sobre todo allí donde el cuerpo tenía que estrellarse.

Zaratustra, en cambio, permaneció inmóvil, y justo a su lado cayó el cuerpo, maltrecho y quebrantado, pero no muer­to todavía. Al poco tiempo el destrozado recobró la conscien­cia y vió a Zaratustra arrodillarse junto a él. «¿Qué haces aquí? -dijo por fin- desde hace mucho sabía yo que el diablo me echaría la zancadilla. Ahora me arrastra al infierno: ¿quieres tú impedírselo?»

«Por mi honor, amigo, respondió Zaratustra, todo eso de que hablas no existe; no hay ni diablo ni infierno. Tu alma esta­rá muerta aún más pronto que tu cuerpo; así, pues, ¡no temas ya nada!»

El hombre alzó su mirada con desconfianza. «Si tú dices la verdad, añadió luego, nada pierdo perdiendo la vida. No soy mucho más que un animal al que, con golpes y escasa comida, se le ha enseñado a bailar.»

«No hables así, dijo Zaratustra, tú has hecho del peligro tu profesión, en ello no hay nada despreciable. Ahora pereces a causa de tu profesión: por ello voy a enterrarte con mis pro­pias manos.»

Cuando Zaratustra hubo dicho esto, el moribundo ya no respondió; pero movió la mano como si buscase la mano de Zaratustra para darle las gracias.

7

Entretanto iba llegando el atardecer, y el mercado se ocultaba en la oscuridad: el pueblo se dispersó entonces, pues hasta la curiosidad y el horror acaban por cansarse. Mas Zaratustra estaba sentado en el suelo junto al muerto, hundido en sus pensamientos: así olvidó el tiempo. Por fin se hizo de noche, y un viento frío sopló sobre el solitario. Zaratustra se levantó entonces y dijo a su corazón:

¡En verdad, una hermosa pesca ha cobrado hoy Zaratustra! No ha pescado ni un solo hombre , pero sí, en cambio, un ca­dáver.

Siniestra es la existencia humana, y carente aún de sentido: un bufón puede convertirse para ella en la fatalidad.

Yo quiero enseñar a los hombres el sentido de su ser: ese sentido es el superhombre, el rayo que brota de la oscura nube que es el hombre.

Mas todavía estoy muy lejos de ellos, y mi sentido no habla a sus sentidos. Para los hombres yo soy todavía algo interme­dio entre un necio y un cadáver.

Oscura es la noche, oscuros son los caminos de Zaratus­tra. ¡Ven, compañero frío y rígido! Te llevaré adonde voy a enterrarte con mis manos.

8

Cuando Zaratustra hubo dicho esto a su corazón, cargó el cadá­ver sobre sus espaldas y se puso en camino. Y no había recorri­do aún cien pasos cuando se le acercó furtivamente un hombre y comenzó a susurrarle al oído y he aquí que quien hablaba era el bufón de la torre. «Vete fuera de esta ciudad, Zaratustra, dijo; aquí son demasiados los que te odian. Te odian los buenos y jus­tos y te llaman su enemigo y su despreciador; te odian los cre­yentes de la fe ortodoxa, y éstos te llaman el peligro de la muche­dumbre. Tu suerte ha estado en que la gente se rió de ti: y, en ver­dad, hablabas igual que un bufón. Tu suerte ha estado en asociarte al perro muerto; al humillarte de ese modo te has sal­vado a ti mismo por hoy. Pero vete lejos de esta ciudad, o ma­ñana saltaré por encima de ti, un vivo por encima de un muer­to.» Y cuando hubo dicho esto, el hombre desapareció; pero Za­ratustra continuó caminando por las oscuras callejas.

A la puerta de la ciudad encontró a los sepultureros: éstos iluminaron el rostro de Zaratustra con la antorcha, lo recono­cieron y comenzaron a burlarse de él. «Zaratustra se lleva al perro muerto. ¡Bravo! ¡Zaratustra se ha hecho sepulturero! Nuestras manos son demasiado limpias para ese asado. ¿Es que Zaratustra quiere acaso robarle al diablo su bocado? ¡Vaya! ¡Suerte, y que aproveche! ¡A no ser que el diablo sea me­jor ladrón que Zaratustra! ¡y robe a los dos, y a los dos se los trague!» Y se reían entre sí, cuchicheando.

Zaratustra no dijo ni una palabra y siguió su camino. Pero cuando llevaba andando ya dos horas, al borde de bosques y de ciénagas, había oído demasiado el hambriento aullido de los lobos, y el hambre se apoderó también de él. Por ello se de­tuvo junto a una casa solitaria dentro de la cual ardía una luz.

El hambre me asalta -se dijo Zaratustra- como un ladrón. En medio de bosques y de ciénagas me asalta mi hambre, y en plena noche.

Extraños caprichos tiene mi hambre. A menudo no me viene sino después de la comida, y hoy no me vino en todo el día; ¿dónde se entretuvo, pues?

Y mientras decía esto, Zaratustra llamó a la puerta de la casa. Un hombre viejo apareció; traía la luz y preguntó: «¿Quién viene a mí y a mi mal dormir?»

«Un vivo y un muerto, dijo Zaratustra. Dame de comer y de beber, he olvidado hacerlo durante el día. Quien da de comer al hambriento reconforta su propia alma: así habla la sabiduría».

El viejo se fue y al poco volvió y ofreció a Zaratustra pan y vino. «Mal sitio es éste para hambrientos, dijo. Por eso habito yo aquí. Animales y hombres acuden a mí, el eremita. Pero da de comer y de beber también a tu compañero, él está más cansado que tú.» Zaratustra respondió: «Mi compañero está muerto, difícilmente le persuadiré a que coma y beba.» «Eso a mí no me importa, dijo el viejo con hosquedad; quien llama a mi casa tiene que tomar también lo que le ofrezco. ¡Comed y que os vaya bien!»

A continuación Zaratustra volvió a caminar durante dos horas, confiando en el camino y en la luz de las estrellas: pues estaba habituado a andar por la noche y le gustaba mirar a la cara a todas las cosas que duermen. Pero cuando la mañana comenzó a despuntar, Zaratustra se encontró en lo profundo del bosque, y ningún camino se abría ya ante él. Entonces co­locó al muerto en un árbol hueco, a la altura de su cabeza -pues quería protegerlo de los lobos- y se acostó en el suelo de musgo. Enseguida se durmió, cansado el cuerpo, pero inmó­vil el alma.

9

Largo tiempo durmió Zaratustra, y no sólo la aurora pasó so­bre su rostro, sino también la mañana entera. Mas por fin sus ojos se abrieron; asombrado miró Zaratustra el bosque y el si­lencio; asombrado miró dentro de sí. Entonces se levantó con rapidez, como un marinero que de pronto ve tierra, y lanzó gritos de júbilo: pues había visto una verdad nueva, y habló así a su corazón:

Una luz ha aparecido en mi horizonte: compañeros de via­je necesito, compañeros vivos; no compañeros muertos ni cadáveres, a los cuales llevo conmigo adonde quiero.

Compañeros de viaje vivos es lo que yo necesito, que me si­gan porque quieren seguirse a sí mismos e ir adonde yo quiero ir.

Una luz ha aparecido en mi horizonte: ¡no hable al pueblo Zaratustra, sino a compañeros de viaje! ¡Zaratustra no debe convertirse en pastor y perro de un rebaño!

Para incitar a muchos a apartarse del rebaño, para eso he venido. Pueblo y rebaño se irritarán contra mí; ladrón va a ser llamado por los pastores Zaratustra.

Digo pastores, pero ellos se llaman a sí mismos los buenos y justos. Digo pastores, pero ellos se llaman a sí mismos los creyentes de la fe ortodoxa.

¡Ved los buenos y justos! ¿A quién es al que más odian? Al que rompe sus tablas de valores, al quebrantador, al infractor; pero ése es el creador.

¡Ved los creyentes de todas las creencias! ¿A quién es al que más odian? Al que rompe sus tablas de valores, al quebranta­dor, al infractor: ; pero ése es el creador.

Compañeros para su camino busca el creador, y no cadáve­res, ni tampoco rebaños y creyentes. Compañeros en la crea­ción busca el creador, que escriban nuevos valores en tablas nuevas.

Compañeros busca el creador, y colaboradores en la recolec­ción; pues todo está en él, maduro para la cosecha. Pero le faltan las cien hoces; por ello arranca las espigas y está enojado.

Compañeros busca el creador, que sepan afilar sus hoces. Aniquiladores se los llamará, y despreciadores del bien y del mal. Pero son los cosechadores y los que celebran fiestas.

Compañeros en la creación busca Zaratustra, compañeros en la recolección y en las fiestas busca Zaratustra: ¡qué tiene él que ver con rebaños y pastores y cadáveres!

Y tú, primer compañero mío, ¡descansa en paz! Bien te he enterrado en tu árbol hueco, bien te he escondido de los lobos. Pero me separo de ti, el tiempo ha pasado. Entre aurora y aurora ha venido a mí una verdad nueva.

No debo ser pastor ni sepulturero. Y ni siquiera voy a vol­ver a hablar con el pueblo nunca; por última vez he hablado a un muerto.

A los creadores, a los cosechadores, a los que celebran fies­tas quiero unirme; voy a mostrarles el arco iris y todas las es­caleras del superhombre.

Cantaré mi canción para los eremitas solitarios o en pare­ja; y a quien todavía tenga oídos para oir cosas inauditas, a ése voy a abrumarle el corazón con mi felicidad.

Hacia mi meta quiero ir, yo continúo mi marcha; saltaré por encima de los indecisos y de los rezagados. ¡Sea mi mar­cha el ocaso de ellos!

10

Esto es lo que Zaratustra dijo a su corazón cuando el sol esta­ba en pleno mediodía. Entonces se puso a mirar inquisitiva­mente hacia la altura, pues había oído por encima de sí el agudo grito de un pájaro. Y he aquí que un águila cruzaba el aire trazando amplios círculos y de él colgaba una serpiente, no como si fuera una presa, sino una amiga: pues se mantenía enroscada a su cuello.

«¡Son mis animales!, dijo Zaratustra, y se alegró de corazón. El animal más orgulloso bajo el sol, y el animal más in­teligente bajo el sol. Han salido para explorar el terreno. Quieren averiguar si Zaratustra vive todavía. En verdad, ¿vivo yo todavía?

He encontrado más peligros entre los hombres que entre los animales; peligrosos son los caminos que recorre Zaratus­tra. ¡Que mis animales me guíen!»

Cuando Zaratustra hubo dicho esto, se acordó de las pala­bras del santo en el bosque, suspiró y habló así a su corazón: ¡Ojalá fuera yo más inteligente! ¡Ojalá fuera yo inteligente de verdad, como mi serpiente!

Pero pido cosas imposibles: ¡por ello pido a mi orgullo que camine siempre junto a mi inteligencia!

Y si alguna vez mi inteligencia me abandona -¡ay, le gusta escapar volando!- ¡que mi orgullo continúe volando junto con mi tontería!

* * *

Así comenzó el ocaso de Zaratustra.

Primera parte

De las tres transformaciones

Tres transformaciones del espíritu os menciono: cómo el espíritu se convierte en camello, y el camello en león, y el león, por fin, en niño.

Hay muchas cosas pesadas para el espíritu, para el espíritu fuerte, de carga, en el que habita la veneración: su fortaleza demanda cosas pesadas, e incluso las más pesadas de todas.

¿Qué es pesado?, así pregunta el espíritu de carga, y se arrodilla, igual que el camello, y quiere que lo carguen bien. ¿Qué es lo más pesado, héroes?, así pregunta el espíritu de carga, para que yo cargue con ello y mi fortaleza se regocije. ¿Acaso no es: humillarse para hacer daño a la propia sober­bia? ¿Hacer brillar la propia tontería para burlarse de la pro­pia sabiduría?

¿O acaso es: apartarnos de nuestra causa cuando ella cele­bra su victoria? ¿Subir a altas montañas para tentar al tenta­dor?.

¿O acaso es: alimentarse de las bellotas y de la hierba del co­nocimiento y sufrir hambre en el alma por amor a la verdad? ¿O acaso es: estar enfermo y enviar a paseo a los consoladores, y hacer amistad con sordos, que nunca oyen lo que tú quieres?

¿O acaso es: sumergirse en agua sucia cuando ella es el agua de la verdad, y no apartar de sí las frías ranas y los calien­tes sapos?

¿O acaso es: amar a quienes nos desprecian

y tender la mano al fantasma cuando quiere causarnos miedo?

Con todas estas cosas, las más pesadas de todas, carga el es­píritu de carga: semejante al camello que corre al desierto con su carga, así corre él a su desierto.

Pero en lo más solitario del desierto tiene lugar la segunda transformación: en león se transforma aquí el espíritu, quie­re conquistar su libertad como se conquista una presa y ser se­ñor en su propio desierto.

Aquí busca a su último señor: quiere convertirse en enemi­go de él y de su último dios, con el gran dragón quiere pelear para conseguir la victoria.

¿Quién es el gran dragón, al que el espíritu no quiere seguir llamando señor ni dios? «Tú debes» se llama el gran dragón. Pero el espíritu del león dice «yo quiero».

«Tú debes» le cierra el paso, brilla como el oro, es un ani­mal escamoso, y en cada una de sus escamas brilla áureamen­te «¡Tú debes!».

Valores milenarios brillan en esas escamas, y el más pode­roso de todos los dragones habla así: «todos los valores de las cosas brillan en mí».

«Todos los valores han sido ya creados, y yo soy todos los valores creados. ¡En verdad, no debe seguir habiendo ningún “Yo quiero!”» Así habla el dragón.

Hermanos míos, ¿para qué se precisa que haya el león en el espíritu? ¿Por qué no basta la bestia de carga, que renuncia a todo y es respetuosa?

Crear valores nuevos, tampoco el león es aún capaz de ha­cerlo: mas crearse libertad para un nuevo crear, eso sí es ca­paz de hacerlo el poder del león.

Crearse libertad y un no santo incluso frente al deber: para ello, hermanos míos, es preciso el león.

Tomarse el derecho de nuevos valores, ése es el tomar más horrible para un espíritu de carga y respetuoso. En verdad, eso es para él robar, y cosa propia de un animal de rapiña.

En otro tiempo el espíritu amó el «Tú debes» como su cosa más santa: ahora tiene que encontrar ilusión y capricho inclu­so en lo más santo, de modo que robe el quedar libre de su amor: para ese robo se precisa el león.

Pero decidme, hermanos míos, ¿qué es capaz de hacer el niño que ni siquiera el león ha podido hacer? ¿Por qué el león rapaz tiene que convertirse todavía en niño?

Inocencia es el niño, y olvido; un nuevo comienzo, un jue­go, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movi­miento, un santo decir sí.

Sí, hermanos míos, para el juego del crear se precisa un santo decir sí: el espíritu quiere ahora su voluntad, el retirado del mundo conquista ahora su mundo.

Tres transformaciones del espíritu os he mencionado: cómo el espíritu se convirtió en camello, y el camello en león, y el león, por fin, en niño.

Así habló Zaratustra. Y entonces residía en la ciudad que es llamada: La Vaca Multicolor.

De las cátedras de la virtud

Le habían alabado a Zaratustra un sabio que sabía hablar bien del dormr

y de la virtud: por ello, se decía, era muy honrado y recompensado, y todos los jóvenes se sentaban ante su cátedra. A él acudió Zaratustra, y junto con todos los jóvenes se sentó ante su cátedra. Y así habló el sabio:

¡Sentid respeto y pudor ante el dormir! ¡Eso es lo primero! ¡Y evitad a todos los que duermen mal y están desvelados por la noche!

Incluso el ladrón siente pudor ante el dormir: siempre roba a hurtadillas y en silencio por la noche. En cambio el vigilan­te nocturno carece de pudor, sin pudor alguno vagabundea con su trompeta.

Dormir no es arte pequeño: se necesita, para ello, estar desvelado el día entero.

Diez veces tienes que superarte a ti mismo durante el día: esto produce una fatiga buena y es adormidera del alma. Diez veces tienes que volver a reconciliarte a ti contigo mismo; pues la superación es amargura, y mal duerme el que no se ha reconciliado.

Diez verdades tienes que encontrar durante el día: de otro modo, sigues buscando la verdad durante la noche, y tu alma ha quedado hambrienta.

Diez veces tienes que reír durante el día, y regocijarte: de lo contrario, el estómago, ese padre de la tribulación, te molesta en la noche.

Pocos saben esto: pero es necesario tener todas las virtudes para dormir bien. ¿Diré yo falso testimonio? ¿Cometeré yo adulterio?

¿Me dejaré llevar a desear la sierva de mi prójimo.

Todo esto se avendría mal con el buen dormir.

Y aunque se tengan todas las virtudes, es necesario enten­der aún de una cosa: de mandar a dormir a tiempo a las virtu­des mismas.

¡Para que no disputen entre sí esas lindas mujercitas! ¡Y so­bre ti, desventurado!

Paz con Dios

y con el vecino: así lo quiere el buen dormir. ¡Y paz incluso con el demonio del vecino! De lo contrario, rondará en tu casa por la noche.

¡Honor y obediencia a la autoridad, incluso a la autoridad torcida!

¡Así lo quiere el buen dormir! ¿Qué puedo yo hacer si al poder le gusta caminar sobre piernas torcidas?

Para mí el mejor pastor será siempre aquel que lleva sus ovejas al prado más verde

esto se aviene con el buen dormir.

No quiero muchos honores, ni grandes tesoros: eso inflama el bazo. Pero se duerme mal sin un buen nombre y un peque­ño tesoro.

Una compañía escasa me agrada más que una malvada: sin embargo, tiene que venir e irse en el momento oportuno. Esto se aviene con el buen dormir.

Mucho me agradan también los pobres de espíritu: fomen­tan el sueño. Son bienaventurados, especialmente si se les da siempre la razón.

Así transcurre el día para el virtuoso. ¡Mas cuando la noche llega me guardo bien de llamar al dormir! ¡El dormir, que es el señor de las virtudes, no quiere que lo llamen!

Sino que pienso en lo que yo he hecho y he pensado duran­te el día. Rumiando me interrogo a mí mismo, paciente igual que una vaca: ¿cuáles han sido, pues, tus diez superaciones?

¿Y cuáles han sido las diez reconciliaciones, y las diez ver­dades, y las diez carcajadas con que mi corazón se hizo bien a sí mismo?

Reflexionando sobre estas cosas, y mecido por cuarenta pensamientos, de repente me asalta el dormir, el no llamado, el señor de las virtudes.

El dormir llama a la puerta de mis ojos: éstos se vuelven en­tonces pesados. El dormir toca mi boca: ésta queda entonces abierta.

En verdad, con suave calzado viene a mí él, el más encanta­dor de los ladrones, y me roba mis pensamientos: entonces yo me quedo en pie como un tonto, igual que esta cátedra.

Pero no estoy así durante mucho tiempo: en seguida me acuesto.

Mientras Zaratustra oía hablar así a aquel sabio se reía en su corazón: pues una luz había aparecido entretanto en su hori­zonte. Y habló así a su corazón:

Un necio es para mí este sabio con sus cuarenta pensa­mientos: pero yo creo que entiende bien de dormir.

¡Feliz quien habite en la cercanía de este sabio! Semejante dormir se contagia, aun a través de un espeso muro se contagia. Un hechizo mora también en su cátedra. Y no en vano se han sentado los jóvenes ante el predicador de la virtud.

Su sabiduría dice: velar para dormir bien. Y en verdad, si la vida careciese de sentido y yo tuviera que elegir un sinsentido, éste sería para mí el sinsentido más digno de que se lo eligiese.

Ahora comprendo claramente lo que en otro tiempo se buscaba ante todo cuando se buscaban maestros de virtud. ¡Buen dormir es lo que se buscaba, y, para ello, virtudes que fueran como adormideras!

Para todos estos alabados sabios de las cátedras era sabidu­ría el dormir sin soñar

: no conocían mejor sentido de la vida.

Y todavía hoy hay algunos como este predicador de la vir­tud, y no siempre tan honestos: pero su tiempo ha pasado. Y no hace mucho que están en pie: y ya se tienden.

Bienaventurados son estos somnolientos: pues no tardarán en quedar dormidos.

Así habló Zaratustra.

De los trasmundanos

En otro tiempo también Zaratustra proyectó su ilusión más allá del hombre, lo mismo que todos los trasmundanos. Obra de un dios sufriente y atormentado me parecía entonces el mundo.

Sueño me parecía entonces el mundo, e invención poética de un dios; humo coloreado ante los ojos de un ser divina­mente insatisfecho.

Bien y mal, y placer y dolor, y yo y tú, humo coloreado me parecía todo eso ante ojos creadores. El creador quiso apartar la vista de sí mismo; entonces creó el mundo.

Ebrio placer es, para quien sufre, apartar la vista de su su­frimiento y perderse a sí mismo. Ebrio placer y un perderse-­a-sí-mismo me pareció en otro tiempo el mundo.

Este mundo, eternamente imperfecto, imagen, e imagen im­perfecta, de una contradicción eterna, un ebrio placer para su imperfecto creador: así me pareció en otro tiempo el mundo.

Y así también yo proyecté en otro tiempo mi ilusión más allá del hombre, lo mismo que todos los trasmundanos. ¿Más allá del hombre, en verdad?

¡Ay, hermanos, ese dios que yo creé era obra humana y de­mencia humana, como todos los dioses!

Hombre era, y nada más que un pobre fragmento de hom­bre y de yo: de mi propia ceniza y de mi propia brasa surgió ese fantasma, y, ¡en verdad!, ¡no vino a mí desde el más allá!

¿Qué ocurrió, hermanos míos? Yo me superé a mí mismo, al ser que sufría, yo llevé mi ceniza a la montaña, inventé para mí una llama más luminosa. ¡Y he aquí que el fantasma se me desvaneció!

Sufrimiento sería ahora para mí, y tormento para el cura­do, creer en tales fantasmas: sufrimiento sería ahora para mí, y humillación. Así hablo yo a los trasmundanos.

Sufrimiento fue, e impotencia, lo que creó todos los tras­mundos; y aquella breve demencia de la felicidad que sólo ex­perimenta el que más sufre de todos.

Fatiga, que de un solo salto quiere llegar al final, de un salto mortal, una pobre fatiga ignorante, que ya no quiere ni querer: ella fue la que creó todos los dioses y todos los trasmundos.

¡Creedme, hermanos míos! Fue el cuerpo el que desesperó del cuerpo, con los dedos del espíritu trastornado palpaba las últimas paredes.

¡Creedme, hermanos míos! Fue el cuerpo el que desesperó de la tierra, oyó que el vientre del ser le hablaba.

Y entonces quiso meter la cabeza a través de las últimas pa­redes, y no sólo la cabeza; quiso pasar a «aquel mundo». Pero «aquel mundo» está bien oculto a los ojos del hombre, aquel inhumano mundo deshumanizado, que es una nada ce­leste; y el vientre del ser no habla en modo alguno al hombre, a no ser en forma de hombre.

En verdad, todo «ser» es difícil de demostrar, y difícil resul­ta hacerlo hablar. Decidme, hermanos míos, ¿no es acaso la más extravagante de todas las cosas la mejor demostrada?

Sí, este yo y la contradicción y confusión del yo continúan hablando acerca de su ser del modo más honesto, este yo que crea, que quiere, que valora, y que es la medida y el valor de las cosas.

Y este ser honestísimo, el yo, habla del cuerpo, y continúa queriendo el cuerpo, aun cuando poetice y fantasee y revolo­tee de un lado para otro con rotas alas.

El yo aprende a hablar con mayor honestidad cada vez: y cuanto más aprende, tantas más palabras y honores encuen­tra para el cuerpo y la tierra.

Mi yo me ha enseñado un nuevo orgullo, y yo se lo enseño a los hombres: ¡a dejar de esconder la cabeza en la arena de las cosas celestes, y a llevarla libremente, una cabeza terrena, la cual es la que crea el sentido de la tierra!

Una nueva voluntad enseño yo a los hombres: ¡querer ese camino que el hombre ha recorrido a ciegas, y llamarlo bue­no y no volver a salirse a hurtadillas de él, como hacen los en­fermos y moribundos!

Enfermos y moribundos eran los que despreciaron el cuer­po y la tierra y los que inventaron las cosas celestes y las gotas de sangre redentoras: ¡pero incluso estos dulces y sombríos venenos los tomaron del cuerpo y de la tierra!

De su miseria querían escapar, y las estrellas les parecían demasiado lejanas. Entonces suspiraron: «¡Oh, si hubiese ca­minos celestes para deslizarse furtivamente en otro ser y en otra felicidad!», ¡entonces se inventaron sus caminos furtivos y sus pequeños brebajes de sangre!.

Entonces estos ingratos se imaginaron estar sustraídos a su cuerpo y a esta tierra. Sin embargo, ¿a quién debían las con­vulsiones y delicias de su éxtasis? A su cuerpo y a esta tierra.

Indulgente es Zaratustra con los enfermos. En verdad, no se enoja con sus especies de consuelo y de ingratitud. ¡Que se transformen en convalecientes y en superadores, y que se creen un cuerpo superior!

Tampoco se enoja Zaratustra con el convaleciente si éste mira con delicadeza hacia su ilusión y a medianoche se desli­za furtivamente en torno a la tumba de su dios: mas enferme­dad y cuerpo enfermo continúan siendo para mí también sus lágrimas.

Mucho pueblo enfermo ha habido siempre entre quienes poetizan y tienen la manía de los dioses; odian con furia al hombre del conocimiento y a aquella virtud, la más joven de todas, que se llama: honestidad.

Vuelven siempre la vista hacia tiempos oscuros: entonces, ciertamente, ilusión y fe eran cosas distintas; el delirio de la razón era semejanza con Dios, y la duda era pecado.

Demasiado bien conozco a estos hombres semejantes a Dios: quieren que se crea en ellos, y que la duda sea pecado. Demasiado bien sé igualmente qué es aquello en lo que más creen ellos mismos.

En verdad, no en trasmundos ni en gotas de sangre reden­tora: sino que es en el cuerpo en lo que más creen, y su propio cuerpo es para ellos su cosa en sí.

Pero cosa enfermiza es para ellos el cuerpo: y con gusto es­caparían de él. Por eso escuchan a los predicadores de la muerte, y ellos mismos predican trasmundos.

Es mejor que oigáis, hermanos míos, la voz del cuerpo sano: es ésta una voz más honesta y más pura.

Con más honestidad y con más pureza habla el cuerpo sano, el cuerpo perfecto y cuadrado: y habla del sentido de la tierra.

Así habló Zaratustra.

De los despreciadores del cuerpo

A los despreciadores del cuerpo quiero decirles mi pala­bra. No deben aprender ni enseñar otras doctrinas, sino tan sólo decir adiós a su propio cuerpo, y así enmudecer.

«Cuerpo soy yo y alma», así habla el niño. ¿Y por qué no hablar como los niños?

Pero el despierto, el sapiente, dice: cuerpo soy yo íntegra­mente, y ninguna otra cosa; y alma es sólo una palabra para designar algo en el cuerpo.

El cuerpo es una gran razón, una pluralidad dotada de un único sentido, una guerra y una paz, un rebaño y un pas­tor.

Instrumento de tu cuerpo es también tu pequeña razón, hermano mío, a la que llamas «espíritu», un pequeño instru­mento y un pequeño juguete de tu gran razón.

Dices «yo» y estás orgulloso de esa palabra. Pero esa cosa aún más grande, en la que tú no quieres creer; tu cuerpo y su gran razón: ésa no dice yo, pero hace yo.

Lo que el sentido siente, lo que el espíritu conoce, eso nun­ca tiene dentro de sí su final. Pero sentido y espíritu querrían persuadirte de que ellos son el final de todas las cosas: tan va­nidosos son.

Instrumentos y juguetes son el sentido y el espíritu: tras ellos se encuentra todavía el sí-mismo. El sí-mismo busca también con los ojos de los sentidos, escucha también con los oídos del espíritu.

El sí-mismo escucha siempre y busca siempre: compara, subyuga, conquista, destruye. El sí-mismo domina y es el do­minador también del yo.

Detrás de tus pensamientos y sentimientos, hermano mío, se encuentra un soberano poderoso, un sabio desconocido, llámase sí-mismo. En tu cuerpo habita, es tu cuerpo.

Hay más razón en tu cuerpo que en tu mejor sabiduría. ¿Y quién sabe para qué necesita tu cuerpo precisamente tu mejor sabiduría?

Tu sí-mismo se ríe de tu yo y de sus orgullosos saltos. «¿Qué son para mí esos saltos y esos vuelos del pensamiento?, se dice. Un rodeo hacia mi meta. Yo soy las andaderas del yo y el apuntador de sus conceptos.»

El sí-mismo dice al yo: «¡siente dolor aquí!» Y el yo sufre y reflexiona sobre cómo dejar de sufrir, y justo para ello debe pensar.

El sí-mismo dice al yo: «¡siente placer aquí!» Y el yo se ale­gra y reflexiona sobre cómo seguir gozando a menudo, y jus­to para ello debe pensar.

A los despreciadores del cuerpo quiero decirles una pala­bra. Su despreciar constituye su apreciar. ¿Qué es lo que creó el apreciar y el despreciar y el valor y la voluntad?

El sí-mismo creador se creó para sí el apreciar y el despre­ciar, se creó para sí el placer y el dolor. El cuerpo creador se creó para sí el espíritu como una mano de su voluntad.

Incluso en vuestra tontería y en vuestro desprecio, despre­ciadores del cuerpo, servís a vuestro sí-mismo. Yo os digo: también vuestro sí-mismo quiere morir y se aparta de la vida. Ya no es capaz de hacer lo que más quiere: crear por encima de sí. Eso es lo que más quiere, ése es todo su ardiente de­seo.

Para hacer esto, sin embargo, es ya demasiado tarde para él: por ello vuestro sí-mismo quiere hundirse en su ocaso, des­preciadores del cuerpo.

¡Hundirse en su ocaso quiere vuestro sí-mismo, y por ello os convertisteis vosotros en despreciadores del cuerpo! Pues ya no sois capaces de crear por encima de vosotros.

Y por eso os enojáis ahora contra la vida y contra la tierra. Una inconsciente envidia hay en la oblicua mirada de vuestro desprecio.

¡Yo no voy por vuestro camino, despreciadores del cuerpo! ¡Vosotros no sois para mí puentes hacia el superhombre!

Así habló Zaratustra.

De las alegrías y de las pasiones

Hermano mío, si tienes una virtud, y esa virtud es la tuya, entonces no la tienes en común con nadie. Ciertamente, tú quieres llamarla por su nombre y acari­ciarla; quieres tirarle de la oreja y divertirte con ella.

¡Y he aquí que tienes su nombre en común con el pueblo y que, con tu virtud, te has convertido en pueblo y en rebaño! Harías mejor en decir: «inexpresable y sin nombre es aque­llo que constituye el tormento y la dulzura de mi alma, y que es incluso el hambre de mis entrañas».

Sea tu virtud demasiado alta para la familiaridad de los nombres: y si tienes que hablar de ella, no te avergüences de balbucear al hacerlo.

Habla y balbucea así: «Éste es mi bien, esto es lo que yo amo, así me agrada del todo, únicamente así quiero yo el bien. No lo quiero como ley de un Dios, no lo quiero como pre­cepto y forzosidad de los hombres: no sea para mí una guía hacia super-tierras y hacia paraísos.

Una virtud terrena es la que yo amo: en ella hay poca inte­ligencia, y lo que menos hay es la razón de todos.

Pero ese pájaro ha construido en mí su nido: por ello lo amo y lo aprieto contra mi pecho; ahora incuba en mí sus áureos huevos.»

Así debes balbucir y alabar tu virtud.

En otro tiempo tenías pasiones y las llamabas malvadas. Pero ahora no tienes más que tus virtudes: han surgido de tus pasiones.

Pusiste tu meta suprema en el corazón de aquellas pasiones: entonces se convirtieron en tus virtudes y alegrías.

Y aunque fueses de la estirpe de los coléricos o de la de los lujuriosos, o de los fanáticos de su fe o de los vengativos:

Al final todas tus pasiones se convirtieron en virtudes y to­dos tus demonios en ángeles.

En otro tiempo tenías perros salvajes en tu mazmorra: pero al final se transformaron en pájaros y en amables canto­ras.

De tus venenos has extraído tu bálsamo, has ordeñado a tu vaca Tribulación; ahora bebes la dulce leche de sus ubres. Y ninguna cosa malvada surgirá ya de ti en el futuro, a no ser el mal que surja de la lucha de tus virtudes.

Hermano mío, si eres afortunado tienes una sola virtud, y nada más que una: así atraviesas con mayor ligereza el puente.

Es una distinción tener muchas virtudes, pero es una pesa­da suerte; y más de uno se fue al desierto y se mató porque es­taba cansado de ser batalla y campo de batalla de virtudes.

Hermano mío, ¿son males la guerra y la batalla? Pero ese mal es necesario; necesarios son la envidia y la desconfianza y la calumnia entre tus virtudes.

Mira cómo cada una de tus virtudes codicia lo más alto de todo: quiere tu espíritu íntegro, para que éste sea su heraldo, quiere toda tu fuerza en la cólera, en el odio y en el amor.

Celosa está cada virtud de la otra, y cosa horrible son los ce­los. También las virtudes pueden perecer de celos.

Aquel a quien la llama de los celos lo circunda acaba vol­viendo contra sí mismo el aguijón envenenado, igual que el escorpión.

Ay, hermano mío, ¿no has visto nunca todavía a una virtud calumniarse y acuchillarse a sí misma?

El hombre es algo que tiene que ser superado: y por ello tie­nes que amar tus virtudes; pues perecerás a causa de ellas.

Así habló Zaratustra.

Del pálido delincuente

Vosotros, jueces y sacrificadores, no queréis matar hasta que el animal haya inclinado la cabeza? Mirad, el pálido delin­cuente ha inclinado la cabeza: en sus ojos habla el gran despre­cio.

«Mi yo es algo que debe ser superado: mi yo es para mí el gran desprecio del hombre»: así dicen esos ojos.

El haberse juzgado a sí mismo constituyó su instante supre­mo: ¡no dejéis que el excelso recaiga en su bajeza!

No hay redención alguna para quien sufre tanto de sí mis­mo, excepto la muerte rápida.

Vuestro matar, jueces, debe ser compasión y no venganza. ¡Y mientras matáis, cuidad de que vosotros mismos justifi­quéis la vida!

No basta con que os reconciliéis con aquel a quien matáis. Vuestra tristeza sea amor al superhombre: ¡así justificáis vuestro seguir viviendo!

«Enemigo» debéis decir, pero no «bellaco»; «enfermo» de­béis decir, pero no «bribón»; «tonto» debéis decir, pero no «pecador».

Y tú, rojo juez, si alguna vez dijeses en voz alta todo lo que has hecho con el pensamiento: todo el mundo gritaría: «¡Fue­ra esa inmundicia y ese gusano venenoso!»

Pero una cosa es el pensamiento, otra la acción, y otra la imagen de la acción. La rueda del motivo no gira entre ellas. Una imagen puso pálido a ese pálido hombre. Cuando rea­lizó su acción él estaba a la altura de ella: mas no soportó la imagen de su acción, una vez cometida ésta.

Desde aquel momento, pues, se vio siempre como autor de una sola acción. Demencia llamo yo a eso: la excepción se in­virtió, convirtiéndose para él en la esencia.

La raya trazada sobre el suelo hechiza a la gallina; el golpe dado por el delincuente hechizó su pobre razón, demencia después de la acción llamo yo a eso.

¡Oíd, jueces! Existe todavía otra demencia: la de antes de la acción. ¡Ay, no me habéis penetrado bastante profundamente en esa alma!

Así habla el rojo juez: «¿por qué este delincuente asesinó? Quería robar». Mas yo os digo: su alma quería sangre, no robo: ¡él estaba sediento de la felicidad del cuchillo!

Pero su pobre razón no comprendía esa demencia y le per­suadió. «¡Qué importa la sangre!, dijo; ¿no quieres al menos cometer también un robo? ¿Tomarte una venganza?»

Y él escuchó a su pobre razón: como plomo pesaba el dis­curso de ella sobre él; entonces robó, al asesinar. No quería avergonzarse de su demencia.

Y ahora el plomo de su culpa vuelve a pesar sobre él, y de nuevo su pobre razón está igual de rígida, igual de paralizada, igual de pesada.

Con sólo que pudiera sacudir su cabeza, su peso rodaría al suelo: mas ¿quién sacude esa cabeza?

¿Qué es ese hombre? Un montón de enfermedades, que a través del espíritu se extienden por el mundo: allí quieren ha­cer su botín.

¿Qué es ese hombre? Una maraña de serpientes salvajes, que rara vez tienen paz entre sí; y entonces cada una se va por su lado, buscando botín en el mundo.

¡Mirad ese pobre cuerpo! Lo que él sufría y codiciaba, esa pobre alma lo interpretaba para sí; lo interpretaba como placer asesino y como ansia de la felicidad del cuchillo.

A quien ahora se pone enfermo asáltalo el mal, lo que aho­ra es mal: el enfermo quiere causar daño con aquello que a él le causa daño. Pero ha habido otros tiempos, y otros males y bienes.

En otro tiempo eran un mal la duda y la voluntad de sí­mismo. Entonces el enfermo se convertía en hereje y en bru­ja: como hereje y como bruja sufría y quería hacer sufrir.

Pero esto no quiere entrar en vuestros oídos: perjudica a vuestros buenos, me decís. ¡Mas qué me importan a mí vues­tros buenos!

Muchas cosas de vuestros buenos me producen náuseas, y, en verdad, no su mal. ¡Pues yo quisiera que tuvieran una de­mencia a causa de la cual pereciesen, como ese pálido delin­cuente!

En verdad, yo quisiera que su demencia se llamase verdad o fidelidad o justicia: pero ellos tienen su virtud para vivir largo tiempo y en un lamentable bienestar.

Yo soy un pretil junto a la corriente: ¡agárreme el que pue­da agarrarme! Pero yo no soy vuestra muleta.,

Así habló Zaratustra.

Del leer y el escribir

De todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escri­be con su sangre. Escribe tú con sangre: y te darás cuenta de que la sangre es espíritu.

No es cosa fácil el comprender la sangre ajena: yo odio a los ociosos que leen.

Quien conoce al lector no hace ya nada por el lector. Un si­glo de lectores todavía, y hasta el espíritu olerá mal.

El que a todo el mundo le sea lícito aprender a leer corrom­pe a la larga no sólo el escribir, sino también el pensar.

En otro tiempo el espíritu era Dios, luego se convirtió en hombre, y ahora se convierte incluso en plebe.

Quien escribe con sangre y en forma de sentencias, ése no quiere ser leído, sino aprendido de memoria.

En las montañas el camino más corto es el que va de cum­bre a cumbre: mas para ello tienes que tener piernas largas. Cumbres deben ser las sentencias: y aquellos a quienes se ha­bla, hombres altos y robustos.

El aire ligero y puro, el peligro cercano y el espíritu lleno de una alegre maldad: estas cosas se avienen bien.

Quiero tener duendes a mi alrededor, pues soy valeroso. El valor que ahuyenta los fantasmas se crea sus propios duen­des; el valor quiere reír.

Yo ya no tengo sentimientos en común con vosotros: esa nube que veo por debajo de mí, esa negrura y pesadez de que me río; cabalmente ésa es vuestra nube tempestuosa.

Vosotros miráis hacia arriba cuando deseáis elevación. Y yo miro hacia abajo, porque estoy elevado.

¿Quién de vosotros puede a la vez reír y estar elevado? Quien asciende a las montañas más altas se ríe de todas las tragedias, de las del teatro y de las de la vida.

Valerosos, despreocupados, irónicos, violentos, así nos quiere la sabiduría: es una mujer y ama siempre únicamente a un guerrero.

Vosotros me decís: «la vida es difícil de llevar». Mas ¿para qué tendríais vuestro orgullo por las mañanas y vuestra resig­nación por las tardes?

La vida es difícil de llevar: ¡no me os pongáis tan delica­dos! Todos nosotros somos guapos, borricos y pollinas de carga.

¿Qué tenemos nosotros en común con el capullo de la rosa, que tiembla porque tiene encima de su cuerpo una gota de ro­cío?

Es verdad: nosotros amamos la vida no porque estemos habituados a vivir, sino porque estamos habituados a amar.

Siempre hay algo de demencia en el amor. Pero siempre hay también algo de razón en la demencia.

Y también a mí, que soy bueno con la vida, paréceme que quienes más saben de felicidad son las mariposas y las burbu­jas de jabón, y todo lo que entre los hombres es de su misma especie.

Ver revolotear esas almitas ligeras, locas, encantadoras, vo­lubles, eso hace llorar y cantar a Zaratustra.

Yo no creería más que en un dios que supiese bailar.

Y cuando vi a mi demonio lo encontré serio, grave, profun­do, solemne: era el espíritu de la pesadez, él hace caer a to­das las cosas.

No con la cólera, sino con la risa se mata. ¡Adelante, ma­temos el espíritu de la pesadez!

He aprendido a andar: desde entonces me dedico a correr. He aprendido a volar: desde entonces no quiero ser empuja­do para moverme de un sitio.

Ahora soy ligero, ahora vuelo, ahora me veo a mí mismo por debajo de mí, ahora un dios baila por medio de mí.

Así habló Zaratustra.

Del árbol de la montaña

El ojo de Zaratustra había visto que un joven lo evitaba. Y cuando una tarde caminaba solo por los montes que ro­dean la ciudad llamada «La Vaca Multicolor»: he aquí que en­contró en su camino a aquel joven, sentado junto a un árbol en el que se apoyaba y mirando al valle con mirada cansada. Za­ratustra agarró el árbol junto al cual estaba sentado el joven y dijo:

Si yo quisiera sacudir este árbol con mis manos, no podría. Pero el viento, que nosotros no vemos, lo maltrata y lo do­bla hacia donde quiere. Manos invisibles son las que peor nos doblan y maltratan.

Entonces el joven se levantó consternado y dijo: «Oigo a Za­ratustra, y en él estaba precisamente pensando.» Zaratustra re­plicó:

«¿Y por eso te has asustado?, Al hombre le ocurre lo mis­mo que al árbol.

Cuanto más quiere elevarse hacia la altura y hacia la luz, tanto más fuertemente tienden sus raíces hacia la tierra, hacia abajo, hacia lo oscuro, lo profundo; hacia el mal.»

«¡Sí, hacia el mal!, exclamó el joven. ¿Cómo es posible que tú hayas descubierto mi alma?»

Zaratustra sonrió y dijo: «A ciertas almas no se las descu­brirá nunca a no ser que antes se las invente».

«¡Sí, hacia el mal!, volvió a exclamar el joven.

Tú has dicho la verdad, Zaratustra. Desde que quiero ele­varme hacia la altura ya no tengo confianza en mí mismo, y ya nadie tiene confianza en mí; ¿cómo ocurrió esto?

Me transformo demasiado rápidamente: mi hoy refuta a mi ayer. A menudo salto los escalones cuando subo; esto no me lo perdona ningún escalón.

Cuando estoy arriba, siempre me encuentro solo. Nadie habla conmigo, el frío de la soledad me hace estremecer. ¿Qué es lo que quiero yo en la altura?

Mi desprecio y mi anhelo crecen juntos; cuanto más alto subo, tanto más desprecio al que sube. ¿Qué es lo que quiere éste en la altura?

¡Cómo me avergüenzo de mi subir y tropezar! ¡Cómo me burlo de mi violento jadear! ¡Cómo odio al que vuela! ¡Qué cansado estoy en la altura!»

Aquí el joven calló. Y Zaratustra miró detenidamente el ár­bol junto al que se hallaban y dijo:

«Este árbol se encuentra solitario aquí en la montaña; ha crecido muy por encima del hombre y del animal.

Y si quisiera hablar, no tendría a nadie que lo comprendie­se: tan alto ha crecido.

Ahora él aguarda y aguarda; ¿a qué aguarda, pues? Habi­ta demasiado cerca del asiento de las nubes: ¿acaso aguarda el primer rayo?».

Cuando Zaratustra hubo dicho esto el joven exclamó con ademanes violentos: «Sí, Zaratustra, tú dices verdad. Cuando yo quería ascender a la altura, anhelaba mi caída, ¡y tú eres el rayo que yo aguardaba! Mira, ¿qué soy yo des­de que tú nos has aparecido? ¡La envidia de ti es lo que me ha destruido!», Así dijo el joven, y lloró amargamente.

Mas Zaratustra lo rodeó con su brazo y se lo llevó consigo. Y cuando habían caminado un rato juntos, Zaratustra co­menzó a hablar así:

Mi corazón está desgarrado. Aún mejor que tus palabras es tu ojo el que me dice todo el peligro que corres.

Todavía no eres libre, todavía buscas la libertad. Tu bús­queda te ha vuelto insomne y te ha desvelado demasiado. Quieres subir a la altura libre, tu alma tiene sed de estrellas. Pero también tus malos instintos tienen sed de libertad.

Tus perros salvajes quieren libertad; ladran de placer en su cueva cuando tu espíritu se propone abrir todas las prisio­nes.

Para mí eres todavía un prisionero que se imagina la liber­tad: ay, el alma de tales prisioneros se torna inteligente, pero también astuta y mala.

El liberado del espíritu tiene que purificarse todavía. Mu­chos restos de cárcel y de moho quedan aún en él: su ojo tiene que volverse todavía puro.

Sí, yo conozco tu peligro. Mas por mi amor y mi esperanza te conjuro: ¡no arrojes de ti tu amor y tu esperanza!

Todavía te sientes noble, y noble te sienten todavía también los otros, que te detestan y te lanzan miradas malvadas. Sabe que un noble les es a todos un obstáculo en su camino.

También a los buenos un noble les es un obstáculo en su ca­mino: y aunque lo llamen bueno, con ello lo que quieren es apartarlo a un lado.

El noble quiere crear cosas nuevas y una nueva virtud. El bueno quiere las cosas viejas, y que se conserven.

Pero el peligro del noble no es volverse bueno, sino insolen­te, burlón, destructor.

Ay, yo he conocido nobles que perdieron su más alta espe­ranza. Y desde entonces calumniaron todas las esperanzas elevadas.

Desde entonces han vivido insolentemente en medio de breves placeres, y apenas se trazaron metas de más de un día.

“El espíritu es también voluptuosidad”, así dijeron. Y en­tonces se le quebraron las alas a su espíritu: éste se arrastra ahora de un sitio para otro y mancha todo lo que roe.

En otro tiempo pensaron convertirse en héroes: ahora son libertinos. Pesadumbre y horror es para ellos el héroe.

Mas por mi amor y mi esperanza te conjuro: ¡no arrojes al héroe que hay en tu alma! ¡Conserva santa tu más alta espe­ranza!,

Así habló Zaratustra.

De los predicadores de la muerte

Hay predicadores de la muerte: y la tierra está llena de se­res a quien hay que predicar que se alejen de la vida.

Llena está la tierra de superfluos, corrompida está la vida por los demasiados. ¡Ojalá los saque alguien de esta vida con el atractivo de la «vida eterna»!

«Amarillos»: así se llama a los predicadores de la muerte, o «negros». Pero yo quiero mostrároslos todavía con otros co­lores.

Ahí están los seres terribles, que llevan dentro de sí el ani­mal de presa y no pueden elegir más que o placeres o autola­ceración. E incluso sus placeres continúan siendo autolacera­ción.

Aún no han llegado ni siquiera a ser hombres, esos seres te­rribles: ¡ojalá prediquen el abandono de la vida y ellos mismos se vayan a la otra!

Ahí están los tuberculosos del alma: apenas han nacido y ya han comenzado a morir, y anhelan doctrinas de fatiga y de re­nuncia.

¡Querrían estar muertos, y nosotros deberíamos aprobar su voluntad! ¡Guardémonos de resucitar a esos muertos y de las­timar a esos ataúdes vivientes!

Si encuentran un enfermo, o un anciano, o un cadáver, en­seguida dicen: «¡la vida está refutada!»

Pero sólo están refutados ellos, y sus ojos, que no ven más que un solo rostro en la existencia.

Envueltos en espesa melancolía, y ávidos de los pequeños incidentes que ocasionan la muerte: así es como aguardan, con los dientes apretados.

O extienden la mano hacia las confituras y, al hacerlo, se burlan de su niñería: penden de esa caña de paja que es su vida y se burlan de seguir todavía pendientes de una caña de paja.

Su sabiduría dice: «¡tonto es el que continúa viviendo, mas también nosotros somos así de tontos! ¡Y ésta es la cosa más tonta en la vida!»,

«La vida no es más que sufrimiento», esto dicen otros, y no mienten: ¡así, pues, procurad acabar vosotros! ¡Así, pues, procurad que acabe esa vida que no es más que sufrimiento!

Y diga así la enseñanza de vuestra virtud: «¡tú debes matar­te a ti mismo! ¡Tú debes quitarte de en medio a ti mismo!»

«La voluptuosidad es pecado; así dicen los unos, que pre­dican la muerte, ¡apartémonos y no engendremos hijos!»

«Dar a luz es cosa ardua; dicen los otros, ¿para qué dar a luz? ¡No se da a luz más que seres desgraciados!» Y también éstos son predicadores de la muerte.

«Compasión es lo que hace falta, así dicen los terceros. ¡Tomad lo que yo tengo! ¡Tomad lo que yo soy! ¡Tanto menos me atará así la vida!»

Si fueran compasivos de verdad, quitarían a sus prójimos el gusto de la vida. Ser malvados, ésa sería su verdadera bon­dad.

Pero ellos quieren librarse de la vida: ¡qué les importa el que, con sus cadenas y sus regalos, aten a otros más fuerte­mente todavía!

Y también vosotros, para quienes la vida es trabajo salvaje e inquietud: ¿no estáis muy cansados de la vida? ¿No estáis muy maduros para la predicación de la muerte?

Todos vosotros que amáis el trabajo salvaje y lo rápido, nuevo, extraño; os soportáis mal a vosotros mismos, vues­tra diligencia es huída y voluntad de olvidarse a sí mismo.

Si creyeseis más en la vida, os lanzaríais menos al instante. ¡Pero no tenéis en vosotros bastante contenido para la espera, y ni siquiera para la pereza!

Por todas partes resuena la voz de quienes predican la muerte: y la tierra está llena de seres a quienes hay que predi­car la muerte.

O «la vida eterna»: para mí es lo mismo; ¡con tal de que se marchen pronto a ella!

Así habló Zaratustra.

De la guerra y el pueblo guerrero

No queremos que con nosotros sean indulgentes nues­tros mejores enemigos, ni tampoco aquellos a quienes ama­mos a fondo. ¡Por ello dejadme que os diga la verdad!

¡Hermanos míos en la guerra! Yo os amo a fondo, yo soy y he sido vuestro igual. Y yo soy también vuestro mejor enemi­go. ¡Por ello dejadme que os diga la verdad!

Yo sé del odio y de la envidia de vuestro corazón. No sois bastante grandes para no conocer odio y envidia. ¡Sed, pues, bastante grandes para no avergonzaros de ellos!

Y si no podéis ser santos del conocimiento, sed al menos guerreros de él. Éstos son los acompañantes y los precursores de tal santidad.

Veo muchos soldados: ¡muchos guerreros es lo que quisie­ra yo ver! «Uni-forme» se llama lo que llevan puesto: ¡ojalá no sea un¡-formidad lo que con ello encubren!

Debéis ser de aquellos cuyos ojos buscan siempre un ene­migo, vuestro enemigo. Y en algunos de vosotros hay un odio a primera vista.

¡Debéis buscar vuestro enemigo, debéis hacer vuestra guerra, y hacerla por vuestros pensamientos! ¡Y si vuestro pensa­miento sucumbe, vuestra honestidad debe cantar victoria a causa de ello!

Debéis amar la paz como medio para nuevas guerras. Y la paz corta más que la larga.

A vosotros no os aconsejo el trabajo, sino la lucha. A voso­tros no os aconsejo la paz, sino la victoria. ¡Sea vuestro traba­jo una lucha, sea vuestra paz una victoria!

Sólo se puede estar callado y tranquilo cuando se tiene una flecha y un arco: de lo contrario, se charla y se disputa. ¡Sea vuestra paz una victoria!

¿Vosotros decís que la buena causa es la que santifica inclu­so la guerra? Yo os digo: la buena guerra es la que santifica toda causa.

La guerra y el valor han hecho más cosas grandes que el amor al prójimo. No vuestra compasión, sino vuestra valen­tía es la que ha salvado hasta ahora a quienes se hallaban en peligro.

«¿Qué es bueno?», preguntáis. Ser valiente es bueno. De­jad que las niñas pequeñas digan: «ser bueno es ser bonito y a la vez conmovedor».

Se dice que no tenéis corazón; pero vuestro corazón es au­téntico, y yo amo el pudor de vuestra cordialidad. Vosotros os avergonzáis de vuestra pleamar, y otros se avergüenzan de su bajamar.

¿Sois feos? ¡Bien, hermanos míos! ¡Envolveos en lo sublime, que es el manto de lo feo!

Y si vuestra alma se hace grande, también se vuelve altane­ra, y en vuestra sublimidad hay maldad. Yo os conozco.

En la maldad el altanero se encuentra con el debilucho. Pero se malentienden recíprocamente. Yo os conozco.

Sólo os es lícito tener enemigos que haya que odiar, pero no enemigos para despreciar. Es necesario que estéis orgullosos de vuestro enemigo: entonces los éxitos de él son también vuestros éxitos.

Rebelión, ésa es la nobleza en el esclavo. ¡Sea vuestra no­bleza obediencia! ¡Vuestro propio mandar sea un obedecer!

«Tú debes» le suena a un buen guerrero más agradable que «yo quiero», y a todo lo que os es amado debéis dejarle que primero os mande.

¡Sea vuestro amor a la vida amor a vuestra esperanza más alta: y sea vuestra esperanza más alta el pensamiento más alto de la vida!

Pero debéis permitir que yo os ordene vuestro pensamien­to más alto, y dice así: el hombre es algo que debe ser supe­rado.

¡Vivid, pues, vuestra vida de obediencia y de guerra! ¡Qué importa vivir mucho tiempo! ¡Qué guerrero quiere ser trata­do con indulgencia!

¡Yo no os trato con indulgencia, yo os amo a fondo, herma­nos míos en la guerra!,

Así habló Zaratustra.

Del nuevo ídolo

En algún lugar existen todavía pueblos y rebaños, pero no entre nosotros, hermanos míos: aquí hay Estados.

¿Estado? ¿Qué es eso? ¡Bien! Abridme ahora los oídos, pues voy a deciros mi palabra sobre la muerte de los pueblos. Estado se llama el más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuando miente; y ésta es la mentira que se des­liza de su boca: «Yo, el Estado, soy el pueblo.»

¡Es mentira! Creadores fueron quienes crearon los pueblos y suspendieron encima de ellos una fe y un amor: así sirvieron a la vida.

Aniquiladores son quienes ponen trampas para muchos y las llaman Estado: éstos suspenden encima de ellos una espa­da y cien concupiscencias.

Donde todavía hay pueblo, éste no comprende al Estado y lo odia, considerándolo mal de ojo y pecado contra las cos­tumbres y los derechos.

Esta señal os doy: cada pueblo habla su lengua propia del bien y del mal: el vecino no la entiende. Cada pueblo se ha in­ventado su lenguaje propio en costumbres y derechos.

Pero el Estado miente en todas las lenguas del bien y del mal; y diga lo que diga, miente, y posea lo que posea, lo ha ro­bado.

Falso es todo en él; con dientes robados muerde, ese mor­dedor. Falsas son incluso sus entrañas.

Confusión de lenguas del bien y del mal: esta señal os doy como señal del Estado. ¡En verdad, voluntad de muerte es lo que esa señal indica! ¡En verdad, hace señas a los predicado­res de la muerte!

Nacen demasiados: ¡para los superfluos fue inventado el Es­tado!

¡Mirad cómo atrae a los demasiados! ¡Cómo los devora y los masca y los rumia!

«En la tierra no hay ninguna cosa más grande que yo: yo soy el dedo ordenador de Dios», así ruge el monstruo. ¡Y no sólo quienes tienen orejas largas yvista corta se postran de ro­dillas!

¡Ay, también en vosotros, los de alma grande, susurra él sus sombrías mentiras! ¡Ay, él adivina cuáles son los corazo­nes ricos, que con gusto se prodigan!

¡Sí, también os adivina a vosotros, los vencedores del viejo Dios! ¡Os habéis fatigado en la lucha, y ahora vuestra fatiga continúa prestando culto al nuevo ídolo!

¡Héroes y hombres de honor quisiera colocar en torno a sí el nuevo ídolo! ¡Ese frío monstruo, gusta de calentarse al sol de buenas conciencias!

Todo quiere dároslo a vosotros el nuevo ídolo, si vosotros lo adoráis: se compra así el brillo de vuestra virtud y la mirada de vuestros ojos orgullosos.

¡Quiere que vosotros le sirváis de cebo para pescar a los de­masiados! ¡Sí, un artificio infernal ha sido inventado aquí, un ca­ballo de la muerte, que tintinea con el atavío de honores divinos!

Sí, aquí ha sido inventada una muerte para muchos, la cual se precia a sí misma de ser vida: ¡en verdad, un servicio ínti­mo para todos los predicadores de la muerte!

Estado llamo yo al lugar donde todos, buenos y malos, son bebedores de venenos. Estado, al lugar en que todos, buenos y malos, se pierden a sí mismos. Estado, al lugar donde el len­to suicidio de todos, se llama «la vida».

¡Ved, pues, a esos superfluos! Roban para sí las obras de los inventores y los tesoros de los sabios: cultura llaman a su la­trocinio, ¡y todo se convierte para ellos en enfermedad y molestia!

¡Ved, pues, a esos superfluos! Enfermos están siempre, vo­mitan su bilis y lo llaman periódico. Se devoran unos a otros y ni siquiera pueden digerirse.

¡Ved, pues, a esos superfluos! Adquieren riquezas y con ello se vuelven más pobres. Quieren poder y, en primer lugar, la palanqueta del poder, mucho dinero; ¡esos insolventes!

¡Vedlos trepar, esos ágiles monos! Trepan unos por encima de otros, y así se arrastran al fango y a la profundidad.

Todos quieren llegar al trono; su demencia consiste en cre­er, ¡que la felicidad se sienta en el trono! Con frecuencia es el fango el que se sienta en el trono, y también a menudo el tro­no se sienta en el fango.

Dementes son para mí todos ellos, y monos trepadores y fa­náticos. Su ídolo, el frío monstruo, me huele mal: mal me huelen todos ellos juntos, esos idólatras.

Hermanos míos, ¿es que queréis asfixiaros con el aliento de sus hocicos y de sus concupiscencias? ¡Es mejor que rompáis las ventanas y saltéis al aire libre!

¡Apartaos del mal olor! ¡Alejaos de la idolatría de los super­fluos!

¡Apartaos del mal olor! ¡Alejaos del humo de esos sacrifi­cios humanos!

Aún está la tierra a disposición de las almas grandes. Vacíos se encuentran aún muchos lugares para eremitas solitarios o en pareja, en torno a los cuales sopla el perfume de mares si­lenciosos.

Aún hay una vida libre a disposición de las almas grandes.

En verdad, quien poco posee, tanto menos es poseído: ¡alaba­da sea la pequeña pobreza!.

Allí donde el Estado acaba comienza el hombre que no es superfluo: allí comienza la canción del necesario, la melodía única e insustituible.

Allí donde el Estado acaba; ¡miradme allí, hermanos míos! ¿No veis el arco iris y los puentes del superhombre? –

Así habló Zaratustra.

De las moscas del mercado

Huye, amigo mío, a tu soledad! Ensordecido te veo por el ruido de los grandes hombres, y acribillado por los aguijo­nes de los pequeños.

El bosque y la roca saben callar dignamente contigo. Vuel­ve a ser igual que el árbol al que amas, el árbol de amplias ra­mas: silencioso y atento pende sobre el mar.

Donde acaba la soledad, allí comienza el mercado; y donde comienza el mercado, allí comienzan también el ruido de los grandes comediantes y el zumbido de las moscas venenosas.

En el mundo las mejores cosas no valen nada sin alguien que las represente: grandes hombres llama el pueblo a esos actores.

El pueblo comprende poco lo grande, esto es: lo creador. Pero tiene sentidos para todos los actores y comediantes de grandes cosas.

En torno a los inventores de nuevos valores gira el mundo: gira de modo invisible. Sin embargo, en torno a los come­diantes giran el pueblo y la fama: así marcha el mundo.

Espíritu tiene el comediante, pero poca conciencia de es­píritu. Cree siempre en aquello que mejor le permite llevar a los otros a creer, ¡a creer en él!

Mañana tendrá una nueva fe, y pasado mañana, otra más nueva. Sentidos rápidos tiene el comediante, igual que el pue­blo, y presentimientos cambiantes.

Derribar, eso significa para él: demostrar. Volver loco a uno, eso significa para él: convencer. Y la sangre es para él el mejor de los argumentos.

A una verdad que sólo en oídos delicados se desliza lláma­la mentira y nada. ¡En verdad, sólo cree en dioses que hagan gran ruido en el mundo!

Lleno de bufones solemnes está el mercado, ¡y el pueblo se gloría de sus grandes hombres! Éstos son para él los señores del momento.

Pero el momento los apremia: así ellos te apremian a ti. Y también de ti quieren ellos un sí o un no. ¡Ay!, ¿quieres colo­car tu silla entre un pro y un contra?

¡No tengas celos de esos incondicionales y apremiantes, amante de la verdad! Jamás se ha colgado la verdad del brazo de un incondicional.

A causa de esas gentes súbitas, vuelve a tu seguridad: sólo en el mercado le asaltan a uno con un ¿sí o no?

Todos los pozos profundos viven con lentitud sus expe­riencias: tienen que aguardar largo tiempo hasta saber qué fue lo que cayó en su profundidad.

Todo lo grande se aparta del mercado y de la fama: aparta­dos de ellos han vivido desde siempre los inventores de nue­vos valores.

Huye, amigo mío, a tu soledad: te veo acribillado por moscas venenosas. ¡Huye allí donde sopla un viento áspero, fuerte! ¡Huye a tu soledad! Has vivido demasiado cerca de los pe­queños y mezquinos. ¡Huye de su venganza invisible! Contra ti no son otra cosa que venganza.

¡Deja de levantar tu brazo contra ellos! Son innumerables, y no es tu destino el ser espantamoscas.

Innumerables son esos pequeños y mezquinos; y a más de un edificio orgulloso han conseguido derribarlo ya las gotas de lluvia y los yerbajos.

Tú no eres una piedra, pero has sido ya excavado por mu­chas gotas. Acabarás por resquebrajarte y por romper­te en pedazos bajo tantas gotas.

Fatigado te veo por moscas venenosas, lleno de sangrientos rasguños te veo en cien sitios; y tu orgullo no quiere ni siquie­ra encolerizarse.

Sangre quisieran ellas de ti con toda inocencia, sangre es lo que sus almas exangües codician, y por ello pican con toda inocencia.

Mas tú, profundo, tú sufres demasiado profundamente in­cluso por pequeñas heridas; y antes de que te curases, ya se arrastraba el mismo gusano venenoso por tu mano.

Demasiado orgulloso me pareces para matar a esos golo­sos. ¡Pero procura que no se convierta en tu fatalidad el sopor­tar toda su venenosa injusticia!

Ellos zumban a tu alrededor también con su alabanza: imper­tinencia es su alabanza. Quieren la cercanía de tu piel y de tu sangre.

Te adulan como a un dios o a un demonio; lloriquean de­lante de ti como delante de un dios o de un demonio. ¡Qué im­porta! Son aduladores y llorones, y nada más.

También suelen hacerse los amables contigo. Pero ésa fue siempre la astucia de los cobardes. ¡Sí, los cobardes son as­tutos!

Ellos reflexionan mucho sobre ti con su alma estrecha; ¡para ellos eres siempre preocupante! Todo aquello sobre lo que se reflexiona mucho se vuelve preocupante.

Ellos te castigan por todas tus virtudes. Sólo te perdonan de verdad, tus fallos.

Como tú eres suave y de sentir justo, dices: «No tienen ellos la culpa de su mezquina existencia». Mas su estrecha alma piensa: «Culpable es toda gran existencia.»

Aunque eres suave con ellos, se sienten, sin embargo, des­preciados por ti; y te pagan tus bondades con daños encu­biertos.

Tu orgullo sin palabras repugna siempre a su gusto; se re­gocijan mucho cuando alguna vez eres bastante modesto para ser vanidoso.

Lo que nosotros reconocemos en un hombre, eso lo hace­mos arder también en él. Por ello ¡guárdate de los pequeños!

Ante ti ellos se sienten pequeños, y su bajeza arde y se pone al rojo contra ti en invisible venganza.

¿No has notado cómo solían enmudecer cuando tú te acer­cabas a ellos, y cómo su fuerza los abandonaba, cual humo de fuego que se extingue?

Sí, amigo mío, para tus prójimos eres tú la conciencia mal­vada: pues ellos son indignos de ti. Por eso te odian y quisie­ran chuparte la sangre.

Tus prójimos serán siempre moscas venenosas; lo que en ti es grande, eso cabalmente tiene que hacerlos más venenosos y siempre más moscas.

Huye, amigo mío, a tu soledad y allí donde sopla un viento áspero, fuerte. No es tu destino el ser espantamoscas.

Así habló Zaratustra.

De la castidad

Yo amo el bosque. En las ciudades se vive mal; hay en ellas demasiados lascivos.

¿No es mejor caer en las manos de un asesino que en los sueños de una mujer lasciva?

Y contempladme esos hombres: sus ojos lo dicen, no co­nocen nada mejor en la tierra que yacer con una mujer. Fango hay en el fondo de su alma; ¡y ay si su fango tiene además espíritu!

¡Si al menos fueran perfectos en cuanto animales! Mas del animal forma parte la inocencia.

¿Os aconsejo yo matar vuestros sentidos? Yo os aconsejo la inocencia de los sentidos.

¿Os aconsejo yo la castidad? La castidad es en algunos una virtud, pero en muchos es casi un vicio.

Éstos son sin duda continentes: mas la perra Sensualidad mira con envidia desde todo lo que hacen.

Incluso hasta las alturas de su virtud y hasta la frialdad del espíritu los sigue ese bicho con su insatisfacción.

¡Y con qué buenos modales sabe mendigar la perra Sensua­lidad un pedazo de espíritu cuando se le deniega un pedazo de carne!

¿Vosotros amáis las tragedias y todo lo que destroza el co­razón? Mas yo desconfío de vuestra perra.

Para mí tenéis ojos demasiado crueles, y miráis lasciva­mente a los que sufren. ¿Es que vuestra voluptuosidad no ha hecho más que enmascararse, y se llama compasión?

Y también os propongo esta parábola: no pocos que quisie­ron expulsar a su demonio fueron a parar ellos mismos den­tro de los cerdos.

A quien la castidad le resulte dificil se le debe desaconsejar: para que no se convierta ella en el camino hacia el infierno, es decir, hacia el fango y la lascivia del alma.

¿Hablo yo de cosas sucias? Para mí no es esto lo peor.

Al hombre del conocimiento le disgusta bajar al agua de la verdad no cuando está sucia, sino cuando no es profunda.

En verdad, hay personas castas de raíz: son dulces de cora­zón, ríen con más gusto y más frecuencia que vosotros.

Se ríen incluso de la castidad y preguntan: «¡Qué es casti­dad!

¿No es castidad una tontería? Pero esa tontería ha venido a nosotros, y no nosotros a ella.

Hemos ofrecido albergue y corazón a ese huésped: ahora habita en nosotros; ¡que se quede todo el tiempo que quie­ra!»

Así habló Zaratustra.

Del amigo

Uno siempre a mi alrededor es demasiado», así piensa el eremita. «Siempre uno por uno, ¡da a la larga dos!»

Yo y mí están siempre dialogando con demasiada vehe­mencia: ¿cómo soportarlo si no hubiese un amigo?

Para el eremita el amigo es siempre el tercero: el tercero es el corcho que impide que el diálogo de los dos se hunda en la profundidad.

Ay, existen demasiadas profundidades para todos los ere­mitas. Por ello desean ardientemente un amigo y su altura. Nuestra fe en otros delata lo que nosotros quisiéramos creer de nosotros mismos. Nuestro anhelo de un amigo es nuestro delator.

Y a menudo no se quiere, con el amor, más que saltar por encima de la envidia. Y a menudo atacamos y nos creamos un enemigo para ocultar que somos vulnerables.

«¡Sé al menos mi enemigo!», así habla el verdadero respe­to, que no se atreve a solicitar amistad.

Si se quiere tener un amigo hay que querer también hacer la guerra por él; y para hacer la guerra, hay que poder ser enemigo.

En el propio amigo debemos honrar incluso al enemigo. ¿Puedes tú acercarte mucho a tu amigo sin pasarte a su ban­do?

En nuestro amigo debemos tener nuestro mejor enemigo. Con tu corazón debes estarle máximamente cercano cuando le opones resistencia.

¿No quieres llevar vestido alguno delante de tu amigo? ¿Debe ser un honor para tu amigo el que te ofrezcas a él tal como eres? ¡Pero él te mandará al diablo por esto!

El que no se recata provoca indignación: ¡tanta razón tenéis para temer la desnudez! ¡Sí, si fueseis dioses, entonces os se­ría lícito avergonzaros de vuestros vestidos!

Nunca te adornarás bastante bien para tu amigo: pues de­bes ser para él una flecha y un anhelo hacia el superhombre.

¿Has visto ya dormir a tu amigo, para conocer cuál es su aspecto? ¿Pues qué es, por lo demás, el rostro de tu amigo? Es tu propio rostro, en un espejo grosero e imperfecto.

¿Has visto ya dormir a tu amigo? ¿No te horrorizaste de que tu amigo tuviese tal aspecto? Oh, amigo mío, el hombre es algo que tiene que ser superado.

En el adivinar y en el permanecer callado debe ser maestro el amigo: tú no tienes que querer ver todo. Tu sueño debe des­cubrirte lo que tu amigo hace en la vigilia.

En adivinar sea tu compasión, para que sepas primero si tu amigo quiere compasión. Tal vez él ame en ti los ojos firmes y la mirada de la eternidad.

Ocúltese bajo una dura cáscara la compasión por el amigo, debes dejarte un diente en ésta. Así tendrá la delicadeza y la dulzura que le corresponden.

¿Eres tú aire puro, y soledad, y pan, y medicina para tu amigo? Más de uno no puede librarse a sí mismo de sus pro­pias cadenas y es, sin embargo, un redentor para el amigo.

¿Eres un esclavo? Entonces no puedes ser amigo. ¿Eres un tirano? Entonces no puedes tener amigos.

Durante demasiado tiempo se ha ocultado en la mujer un esclavo y un tirano. Por ello la mujer no es todavía capaz de amistad: sólo conoce el amor.

En el amor de la mujer hay injusticia y ceguera frente a todo lo que ella no ama. Y hasta en el amor sapiente de la mu­jer continúa habiendo agresión inesperada y rayo y noche al lado de la luz.

La mujer no es todavía capaz de amistad: gatas continúan siendo siempre las mujeres, y pájaros. O, en el mejor de los ca­sos, vacas.

La mujer no es todavía capaz de amistad. Pero decidme, varones, ¿quién de vosotros es capaz de amistad?

¡Cuánta pobreza, varones, y cuánta avaricia hay en vuestra alma! Lo que vosotros dais al amigo, eso quiero darlo yo has­ta a mi enemigo, y no por eso me habré vuelto más pobre.

Existe la camaradería: ¡ojalá exista la amistad!

Así habló Zaratustra.

De las mil metas y de la «única» meta

Muchos países ha visto Zaratustra, y muchos pueblos: así ha descubierto el bien y el mal de muchos pueblos. Ningún poder mayor ha encontrado Zaratustra en la tierra que las pa­labras bueno y malvado.

Ningún pueblo podría vivir sin antes realizar valoraciones; mas si quiere conservarse, no le es lícito valorar como valora el vecino.

Muchas cosas que este pueblo llamó buenas son para aquel otro afrenta y vergüenza: esto es lo que yo he encontrado. Muchas cosas que eran llamadas aquí malvadas las encontré allí adornadas con honores de púrpura.

Jamás un vecino ha entendido al otro: siempre su alma se asombraba de la demencia y de la maldad del vecino.

Una tabla de valores está suspendida sobre cada pueblo. Mira, es la tabla de sus superaciones; mira, es la voz de su vo­luntad de poder.

Laudable es aquello que le parece difícil; a lo que es indis­pensable y a la vez difícil llámalo bueno; y a lo que libera in­cluso de la suprema necesidad, a lo más raro, a lo dificilísimo; a eso lo ensalza como santo.

Lo que hace que él domine y venza y brille, para horror y envidia de su vecino: eso es para él lo elevado, lo primero, la medida, el sentido de todas las cosas.

En verdad, hermano mío, si has conocido primero la nece­sidad y la tierra y el cielo y el vecino de un pueblo: adivinarás sin duda la ley de sus superaciones y la razón de que suba por esa escalera hacia su esperanza.

«Siempre debes ser tú el primero y aventajar a los otros; a nadie, excepto al amigo, debe amar tu alma celosa», esto provocaba estremecimientos en el alma de un griego y con ello siguió la senda de su grandeza.

«Decir la verdad y saber manejar bien el arco y la flecha», esto le parecía precioso y a la vez difícil a aquel pueblo del que proviene mi nombre, el nombre que es para mí a la vez precioso y difícil.

«Honrar padre y madre y ser dóciles para con ellos hasta la raíz del alma»: ésta fue la tabla de la superación que otro pueblo suspendió por encima de sí, y con ello se hizo pode­roso y eterno.

«Guardar fidelidad y dar por ella el honor y la sangre aun por causas malvadas y peligrosas»: con esta enseñanza se do­meñó a sí mismo otro pueblo y domeñándose de ese modo quedó pesadamente grávido de grandes esperanzas.

En verdad, los hombres se han dado a sí mismos todo su bien y todo su mal. En verdad, no los tomaron de otra parte, no los encontraron, éstos no cayeron sobre ellos como una voz del cielo.

Para conservarse, el hombre empezó implantando valores en las cosas; ¡él fue el primero en crear un sentido a las co­sas, un sentido humano! Por ello se llama «hombre», es decir: el que realiza valoraciones.

Valorar es crear: ¡oídlo, creadores! El valorar mismo es el tesoro y la joya de todas las cosas valoradas.

Sólo por el valorar existe el valor: y sin el valorar estaría va­cía la nuez de la existencia. ¡Oídlo, creadores!

Cambio de los valores, es cambio de los creadores. Siem­pre aniquila el que tiene que ser un creador.

Creadores lo fueron primero los pueblos, y sólo después los individuos; en verdad, el individuo mismo es la creación más reciente.

Los pueblos suspendieron en otro tiempo por éncima de sí una tabla del bien. El amor que quiere dominar y el amor que quiere obedecer crearon juntos para sí tales tablas.

El placer de ser rebaño es más antiguo que el placer de ser un yo; y mientras la buena conciencia se llame rebaño, sólo la mala conciencia dice: yo.

En verdad, el yo astuto, carente de amor, el que quiere su propia utilidad en la utilidad de muchos: ése no es el origen del rebaño, sino su ocaso.

Amantes fueron siempre, y creadores, los que crearon el bien y el mal. Fuego de amor arde en los nombres de todas las virtudes, y fuego de cólera.

Muchos países ha visto Zaratustra, y muchos pueblos: nin­gún poder mayor ha encontrado Zaratustra en la tierra que las obras de los amantes: «bueno» y «malvado» es el nombre de tales obras.

En verdad, un monstruo es el poder de ese alabar y censu­rar. Decidme, hermanos míos, ¿quién me domeña ese mons­truo? Decidme, ¿quién pone en cadenas las mil cervices de ese animal?

Mil metas ha habido hasta ahora, pues mil pueblos ha ha­bido. Sólo falta la cadena que ate las mil cervices, falta la úni­ca meta. Todavía no tiene la humanidad meta alguna.

Mas decidme, hermanos: si a la humanidad le falta todavía la meta, ¿no falta todavía también, ella misma?,

Así habló Zaratustra.

Del amor al prójimo

Vosotros os apretujáis alrededor del prójimo y tenéis hermosas palabras para expresar ese vuestro apretujaros. Pero yo os digo: vuestro amor al prójimo es vuestro mal amor a vosotros mismos.

Cuando huís hacia el prójimo huís de vosotros mismos, y quisierais hacer de eso una virtud: pero yo penetro vuestro «desinterés».

El tú es más antiguo que el yo; el tú ha sido santificado, pero el yo, todavía no: por eso corre el hombre hacia el pró­jimo.

¿Os aconsejo yo el amor al prójimo? ¡Prefiero aconsejaros la huída del prójimo y el amor al lejano!

Más elevado que el amor al prójimo es el amor al lejano y al venidero; más elevado que el amor a los hombres es el amor a las cosas y a los fantasmas.

Ese fantasma que corre delante de ti, hermano mío, es más bello que tú; ¿por qué no le das tu carne y tus huesos? Pero tú tienes miedo y corres hacia tu prójimo.

No conseguís soportaros a vosotros mismos y no os amais bastante: por eso queréis seducir al prójimo a que ame, y ado­raros a vosotros con su error.

Yo quisiera que no soportaseis a ninguna clase de prójimo ni a sus vecinos; así tendríais que crear, sacándolo de vosotros mismos, vuestro amigo y su corazón exuberante.

Invitáis a un testigo cuando queréis hablar bien de vosotros mismos; y una vez que lo habéis seducido a pensar bien de vo­sotros, también vosotros mismos pensáis bien de vosotros.

No miente tan sólo aquel que habla en contra de lo que sabe, sino ante todo aquel que habla en contra de lo que no sabe. Y así es como vosotros hablais de vosotros en sociedad, y, al mentiros a vosotros, mentís al vecino.

Así habla el necio: «el trato con hombres estropea el carác­ter, especialmente si no se tiene ninguno».

El uno va al prójimo porque se busca a sí mismo, y el otro, porque quisiera perderse. Vuestro mal amor a vosotros mis­mos es lo que os trueca la soledad en prisión.

Los más lejanos son los que pagan vuestro amor al próji­mo; y en cuanto os juntáis cinco, siempre tiene que morir un sexto.

Yo no amo tampoco vuestras fiestas; demasiados come­diantes he encontrado siempre en ellas, y también los espec­tadores se comportaban a menudo como comediantes.

Yo no os enseño el prójimo, sino el amigo. Sea el amigo para vosotros la fiesta de la tierra y un presentimiento del su­perhombre.

Yo os enseño el amigo y su corazón rebosante. Pero hay que saber ser una esponja si se quiere ser amado por corazones re­bosantes.

Yo os enseño el amigo en el que el mundo se encuentra ya acabado, como una copa del bien; el amigo creador, que siempre tiene un mundo acabado que regalar.

Y así como el mundo se desplegó para él, así volverá a ple­gársele en anillos, como el devenir del bien por el mal, como el devenir de las finalidades surgiendo del azar.

El futuro y lo lejano sean para ti la causa de tu hoy: en tu amigo debes amar al superhombre como causa de ti.

Hermanos míos, yo no os aconsejo el amor al prójimo: yo os aconsejo el amor al lejano.

Así habló Zaratustra.

Del camino del creador

Quieres marchar, hermano mío, a la soledad? ¿Quieres buscar el camino que lleva a ti mismo? Deténte un poco y es­cúchame.

«El que busca, fácilmente se pierde a sí mismo. Todo irse a la soledad es culpa»; así habla el rebaño. Y tú has formado parte del rebaño durante mucho tiempo.

La voz del rebaño continuará resonando dentro de ti. Y cuando digas «yo ya no tengo la misma conciencia que voso­tros», eso será un lamento y un dolor.

Mira, aquella conciencia única dio a luz también ese dolor. Y el último resplandor de aquella conciencia continúa brillan­do sobre tu tribulación.

Pero ¿tú quieres recorrer el camino de tu tribulación, que es el camino hacia ti mismo? ¡Muéstrame entonces tu derecho y tu fuerza para hacerlo!

¿Eres tú una nueva fuerza y un nuevo derecho? ¿Un primer movimiento? ¿Una rueda que se mueve por sí misma? ¿Pue­des forzar incluso a las estrellas a que giren a tu alrededor?

¡Ay, existe tanta ansia de elevarse! ¡Existen tantas convulsiones de los ambiciosos! ¡Muéstrame que tú no eres un ansio­so ni un ambicioso!

Ay, existen tantos grandes pensamientos que no hacen más que lo que el fuelle: inflan y producen un vacío aún mayor. ¿Libre te llamas a ti mismo? Quiero oír tu pensamiento do­minante, y no que has escapado de un yugo.

¿Eres tú alguien al que le sea lícito escapar de un yugo? Más de uno hay que arrojó de sí su último valor al arrojar su servi­dumbre.

¿Libre de qué? ¡Qué importa eso a Zaratustra! Tus ojos de­ben anunciarme con claridad: ¿libre para qué?

¿Puedes prescribirte a ti mismo tu bien y tu mal y suspen­der tu voluntad por encima de ti como una ley? ¿Puedes ser juez para ti mismo y vengador de tu ley?

Terrible cosa es hallarse solo con el juez y vengador de la propia ley. Así es arrojada una estrella al espacio vacío y al so­plo helado de hallarse solo.

Hoy sufres todavía a causa de los muchos, tú que eres uno solo: hoy conservas aún todo tu valor y todas tus esperanzas. Mas alguna vez la soledad te fatigará, alguna vez tu orgullo se curvará y tu valor rechinará los dientes. Alguna vez grita­rás «¡estoy solo!».

Alguna vez dejarás de ver tu altura y contemplarás dema­siado cerca tu bajeza; tu sublimidad misma te aterrorizará como un fantasma. Alguna vez gritarás: «¡Todo es falso»!

Hay sentimientos que quieren matar al solitario; ¡si no lo consiguen, ellos mismos tienen que morir entonces! Mas ¿eres tú capaz de ser asesino?

¿Conoces ya, hermano mío, la palabra «desprecio»? ¿Y el tormento de tu justicia, de ser justo con quienes te despre­cian?

Tú fuerzas a muchos a cambiar de doctrina acerca de ti; esto te lo hacen pagar caro. Te aproximaste a ellos y pasaste de largo; esto no te lo perdonan nunca.

Tú caminas por encima de ellos; pero cuanto más alto su­bes, tanto más pequeño te ven los ojos de la envidia. El más odiado de todos es, sin embargo, el que vuela.

«¡Cómo vais a ser justos conmigo!, tienes que decir: yo elijo para mí vuestra injusticia como la parte que me ha sido asignada.»

Injusticia y suciedad arrojan ellos al solitario: pero, herma­no mío, si quieres ser una estrella, ¡no tienes que iluminarlos menos por eso!

¡Y guárdate de los buenos y justos! Con gusto crucifican a quienes se inventan una virtud para sí mismos; odian al so­litario.

¡Guárdate también de la santa simplicidad! Para ella no es santo lo que no es simple; también le gusta jugar con el fuego, con el fuego de las hogueras para quemar seres humanos.

¡Y guárdate también de los asaltos de tu amor! Con demasia­da prisa tiende el solitario la mano a aquel con quien se en­cuentra.

A ciertos hombres no te es lícito darles la mano, sino sólo la pata: y yo quiero que tu pata tenga también garras.

Pero el peor enemigo con que puedes encontrarte serás siempre tú mismo; a ti mismo te acechas tú en las cavernas y en los bosques.

¡Solitario, tú recorres el camino que lleva a ti mismo! ¡Y tu camino pasa al lado de ti mismo y de tus siete demonios!

Un hereje serás para ti mismo, y una bruja y un hechicero y un necio y un escéptico y un impío y un malvado.

Tienes que querer quemarte a ti mismo en tu propia llama: ¡cómo te renovarías si antes no te hubieses convertido en ce­niza!

Solitario, tú recorres el camino del creador: ¡con tus siete demonios quieres crearte para ti un Dios!

Solitario, tú recorres el camino del amante: te amas a ti mismo y por ello te desprecias como sólo los amantes saben despreciar.

¡El amante quiere crear porque desprecia! ¡Qué sabe del amor el que no tuvo que despreciar precisamente aquello que amaba!

Vete a tu soledad con tu amor y con tu crear, hermano mío; sólo más tarde te seguirá la justicia cojeando.

Vete con tus lágrimas a tu soledad, hermano mío. Yo amo a quien quiere crear por encima de sí mismo y por ello perece.

Así habló Zaratustra.

De viejecillas y de jovencillas

Por qué te deslizas a escondidas y de manera esquiva en el crepúsculo, Zaratustra? ¿Qué es lo que escondes con tanto cuidado bajo tu manto?

¿Es un tesoro que te han regalado? ¿O un niño que has dado a luz? ¿O es que tú mismo sigues ahora los caminos de los la­drones, tú amigo de los malvados?»,

¡En verdad, hermano mío!, dijo Zaratustra, es un tesoro que me han regalado: es una pequeña verdad lo que llevo conmigo. Pero es revoltosa como un niño pequeño; y si no le tapo la boca, grita a voz en cuello.

Cuando hoy recorría solo mi camino, a la hora en que el sol se pone, me encontré con una viejecilla, la cual habló así a mi alma:

«Muchas cosas nos ha dicho Zaratustra también a nosotras las mujeres, pero nunca nos ha hablado sobre la mujer».

Y yo le repliqué: «Sobre la mujer se debe hablar tan sólo a varones».

«Háblame también a mí acerca de la mujer, dijo ella; soy bastante vieja para volver a olvidarlo enseguida.»

Y yo accedí al ruego de la viejecilla y le hablé así:

Todo en la mujer es un enigma, y todo en la mujer tiene una única solución: se llama embarazo.

El varón es para la mujer un medio: la finalidad es siempre el hijo. ¿Pero qué es la mujer para el varón?

Dos cosas quiere el varón auténtico: peligro y juego. Por ello quiere él a la mujer, que es el más peligroso de los jugue­tes.

El varón debe ser educado para la guerra, y la mujer, para la recreación del guerrero: todo lo demás es tontería.

Los frutos demasiado dulces, al guerrero no le gustan. Por ello le gusta la mujer: amarga es incluso la más dulce de las mujeres.

La mujer entiende a los niños mejor que el varón, pero éste es más niño que aquélla.

En el varón auténtico se esconde un niño: éste quiere jugar. ¡Adelante, mujeres, descubrid al niño en el varón!

Sea un juguete la mujer, puro y delicado, semejante a la pie­dra preciosa, iluminado por las virtudes de un mundo que to­davía no existe.

¡Resplandezca en vuestro amor el rayo de una estrella! Diga vuestra voluntad: «¡Ojalá diese yo a luz el superhom­bre!»

¡Haya valentía en vuestro amor! ¡Con vuestro amor debéis lanzaros contra aquel que os infunde miedo!

¡Que vuestro honor esté en vuestro amor! Por lo demás, poco entiende de honor la mujer. Pero sea vuestro honor amar siempre más de lo que sois amadas y no ser nunca las se­gundas.

Tema el varón a la mujer cuando ésta ama; entonces realiza ella todos los sacrificios, y todo lo demás lo considera carente de valor.

Tema el varón a la mujer cuando ésta odia, pues en el fon­do del alma el varón es tan sólo malvado, pero la mujer es allí mala.

¿A quién odia más la mujer?, Así le dijo el hierro al imán: «A ti es a lo que más odio, porque atraes, pero no eres bastan­te fuerte para retener».

La felicidad del varón se llama: yo quiero. La felicidad de la mujer se llama: él quiere.

«¡Mira, justo ahora se ha vuelto perfecto el mundo!», así piensa toda mujer cuando obedece desde la plenitud del amor.

Y la mujer tiene que obedecer y tiene que encontrar una pro­fundidad para su superficie. Superficie es el ánimo de la mujer, una móvil piel tempestuosa sobre aguas poco profundas.

Pero el ánimo del varón es profundo, su corriente ruge en cavernas subterráneas: la mujer presiente su fuerza, mas no la comprende.,

Entonces me replicó la viejecilla: «Muchas gentilezas acaba de decir Zaratustra, y sobre todo para quienes son bastante jó­venes para ellas.

¡Es extraño, Zaratustra conoce poco a las mujeres, y, sin embargo, tiene razón sobre ellas! ¿Ocurre esto acaso porque para la mujer nada es imposible?

¡Y ahora toma, en agradecimiento, una pequeña verdad! ¡Yo soy bastante vieja para ella!

Envuélvela bien y tápale la boca; de lo contrario grita a voz en cuello esta pequeña verdad.»

«¡Dame, mujer, tu pequeña verdad!», dije yo. Y así habló la viejecilla:

«¿Vas con mujeres? ¡No olvides el látigo!»

Así habló Zaratustra.

De la picadura de la víbora

Un día habíase quedado Zaratustra dormido debajo de una higuera, pues hacía calor, y había colocado sus brazos so­bre el rostro. Entonces vino una víbora y le picó en el cuello, de modo que Zaratustra se despertó gritando de dolor. Al retirar el brazo del rostro vio a la serpiente; ésta reconoció en­tonces los ojos de Zaratustra, dio la vuelta torpemente y qui­so marcharse. «¡No, dijo Zaratustra; todavía no has recibido mi agradecimiento! Me has despertado a tiempo, mi camino es todavía largo.» «Tu camino es ya corto, dijo la víbora con tristeza; mi veneno mata.» Zaratustra sonrió. «¿En alguna ocasión ha muerto un dragón por el veneno de una serpien­te?, dijo. ¡Pero toma de nuevo tu veneno! No eres bastante rica para regalármelo.» Entonces la víbora se lanzó otra vez al­rededor de su cuello y le lamió la herida.

En una ocasión en que Zaratustra contó esto a sus discípu­los, éstos preguntaron: «¿Y cuál es, Zaratustra, la moraleja de tu historia?» Zaratustra respondió así:

Los buenos y justos me llaman el aniquilador de la mo­ral; mi historia es inmoral.

Si vosotros tenéis un enemigo, no le devolváis bien por mal, pues eso lo avergonzaría. Sino demostrad que os ha he­cho un bien.

¡Y es preferible que os encolericéis a que avergoncéis a otro! Y si os maldicen, no me agrada que queráis bendecir. ¡Es mejor que también vosotros maldigáis un poco!

¡Y si se ha cometido una gran injusticia con vosotros, co­meted vosotros enseguida cinco pequeñas! Es horrible ver a alguien a quien la injusticia le oprime sólo a él.

¿Sabíais ya esto? Injusticia dividida es justicia a medias. ¡Y sólo debe cargar con la injusticia aquel que sea capaz de llevarla!

Una pequeña venganza es más humana que ninguna. Y si el castigo no es también un derecho y un honor para el prevari­cador, entonces tampoco me gusta vuestro castigo.

Es más noble quitarse a sí mismo la razón que mantenerla, sobre todo si se la tiene. Sólo que hay que ser bastante rico para hacerlo.

No me gusta vuestra fría justicia; y desde los ojos de vues­tros jueces me miran siempre el verdugo y su fría cuchilla. Decidme, ¿dónde se encuentra la justicia que sea amor con ojos clarividentes?

¡Inventad, pues, el amor que soporta no sólo todos los cas­tigos, sino también todas las culpas!

¡Inventad, pues, la justicia que absuelve a todos, excepto a los que juzgan!

¿Queréis oír todavía otra cosa? En quien quiere ser radical­mente justo, en ése, incluso la mentira se convierte en afabili­dad con los hombres.

¡Mas cómo voy yo a querer ser radicalmente justo! ¡Cómo puedo dar a cada uno lo suyo! Básteme esto: yo doy a cada uno lo mío.

¡En fin, hermanos, cuidad de no ser injustos con ningún eremita! ¡Cómo podría olvidar un eremita! ¡Cómo podría él resarcirse!

Cual un pozo profundo es un eremita. Es fácil arrojar den­tro una piedra; mas una vez que ha llegado al fondo, decidme, ¿quién quiere sacarla de nuevo?

¡Guardaos de ofender al eremita! Pero si lo habéis hecho, ¡entonces matadlo además!

Así habló Zaratustra.

Del hijo y del matrimonio

Tengo una pregunta para ti solo, hermano mío: como una sonda lanzo esta pregunta a tu alma, para saber lo pro­funda que es.

Tú eres joven y deseas para ti hijos y matrimonio. Pero yo te pregunto: ¿eres un hombre al que le sea lícito desear para sí un hijo?

¿Eres tú el victorioso, el domeñador de ti mismo, el sobera­no de los sentidos, el señor de tus virtudes? Así te pregunto. ¿O hablan en tu deseo el animal y la necesidad? ¿O la sole­dad? ¿O la insatisfacción contigo mismo?

Yo quiero que tu victoria y tu libertad anhelen un hijo. Mo­numentos vivientes debes erigir a tu victoria y a tu liberación. Por encima de ti debes construir. Pero antes tienes que es­tar construido tú mismo, cuadrado de cuerpo y de alma.

¡No debes propagarte sólo al mismo nivel, sino hacia arri­ba! ¡Ayúdete para ello el jardín del matrimonio!

Un cuerpo más elevado debes crear, un primer movi­miento, una rueda que gire por sí misma; un creador debes tú crear.

Matrimonio: así llamo yo la voluntad de dos de crear uno que sea más que quienes lo crearon. Respeto recíproco llamo yo al matrimonio, entre quienes desean eso.

Sea ése el sentido y la verdad de tu matrimonio. Pero lo que llaman matrimonio los demasiados, esos superfluos; ay, ¿cómo lo llamo yo?

¡Ay, esa pobreza de alma entre dos! ¡Ay, esa suciedad de alma entre dos! ¡Ay, ese lamentable bienestar entre dos!

Matrimonio llaman ellos a todo eso; y dicen que sus matri­monios han sido contraídos en el cielo.

¡No, a mí no me gusta ese cielo de los superfluos! ¡No, a mí no me gustan esos animales trabados en la red celestial!

¡Permanezca lejos de mí también el dios que se acerca co­jeando a bendecir lo que él no ha unido!

¡No os riáis de tales matrimonios! ¿Qué hijo no tendría motivo para llorar sobre sus padres?

Digno me parecía a mí ese varón, y maduro para el sentido de la tierra, mas cuando vi a su mujer, la tierra me pareció una casa de insensatos.

Sí, yo quisiera que la tierra temblase en convulsiones cuan­do un santo y una gansa se aparean.

Éste marchó como un héroe a buscar verdades, y acabó trayendo como botín una pequeña mentira engalanada. Su matrimonio lo llama.

Aquél era esquivo en sus relaciones con otros, y selecciona­ba al elegir. Pero de una sola vez se estropeó su compañía para siempre: su matrimonio lo llama.

Aquél otro buscaba una criada que tuviese las virtudes de un ángel. Pero de una sola vez se convirtió él en criado de una mujer, y ahora sería necesario que, además, se transformase en ángel.

He encontrado que ahora todos los compradores andan con cuidado y que todos tienen ojos astutos. Pero incluso el más astuto se compra su mujer a ciegas.

Muchas breves tonterías, eso se llama entre vosotros amor. Y vuestro matrimonio pone fin a muchas breves tonte­rías en la forma de una sola y prolongada estupidez.

Vuestro amor a la mujer, y el amor de la mujer al varón: ¡ay, ojalá fuera compasión por dioses sufrientes y encubiertos! Pero casi siempre dos animales se adivinan recíprocamente.

E incluso vuestro mejor amor no es más que un símbolo ex­tático y un dolorido ardor. Es una antorcha que debe ilumina­ros hacia caminos más elevados.

¡Por encima de vosotros mismos debéis amar alguna vez! ¡Por ello, aprended primero a amar! Y para ello tenéis que be­ber el amargo cáliz de vuestro amor.

Amargura hay en el cáliz incluso del mejor amor: ¡por eso produce anhelo del superhombre, por eso te da sed a ti, crea­dor!

Sed para el creador, flecha y anhelo hacia el superhombre: di, hermano mío, ¿es ésta tu voluntad de matrimonio? Santos son entonces para mí tal voluntad y tal matrimonio.

Así habló Zaratustra.

De la muerte libre

Muchos mueren demasiado tarde, y algunos mueren demasiado pronto. Todavía suena extraña esta doctrina: «¡Muere a tiempo!»

Morir a tiempo: eso es lo que Zaratustra enseña.

En verdad, quien no vive nunca a tiempo, ¿cómo va a mo­rir a tiempo? ¡Ojalá no hubiera nacido jamás!, Esto es lo que aconsejo a los superfluos.

Pero también los superfluos se dan importancia con su muer­te, y también la nuez más vacía de todas quiere ser cascada.

Todos dan importancia al morir: pero la muerte no es toda­vía una fiesta. Los hombres no han aprendido aún cómo se ce­lebran las fiestas más bellas.

Yo os muestro la muerte consumadora, que es para los vi­vos un aguijón y una promesa.

El consumador muere su muerte victoriosamente, rodeado de personas que esperan y prometen.

Así se debería aprender a morir; ¡y no debería haber fiesta alguna en que uno de esos moribundos no santificase los ju­ramentos de los vivos!

Morir así es lo mejor; pero lo segundo es morir en la lucha y prodigar un alma grande.

Tanto al combatiente como al victorioso les resulta odiosa esa vuestra gesticuladora muerte que se acerca furtiva como un ladrón, y que, sin embargo, viene como señor.

Yo elogio mi muerte, la muerte libre, que viene a mí por­que yo quiero.

¿Y cuándo querré?, Quien tiene una meta y un heredero quiere la muerte en el momento justo para la meta y para el heredero.

Y por respeto a la meta y al heredero ya no colgará coronas marchitas en el santuario de la vida.

En verdad, yo no quiero parecerme a los cordeleros: estiran sus cuerdas y, al hacerlo, van siempre hacia atrás.

Más de uno se vuelve demasiado viejo incluso para sus ver­dades y sus victorias; una boca desdentada no tiene ya dere­cho a todas las verdades.

Y todo el que quiera tener fama tiene que despedirse a tiempo del honor y ejercer el difícil arte de irse a tiempo.

Hay que poner fin al dejarse comer en el momento en que mejor sabemos: esto lo conocen quienes desean ser amados durante mucho tiempo.

Hay, ciertamente, manzanas agrias, cuyo destino quiere aguardar hasta el último día del otoño; a un mismo tiempo se ponen maduras, amarillas y arrugadas.

En unos envejece primero el corazón, y en otros, el espíri­tu. Y algunos son ancianos en su juventud; pero una juventud tardía mantiene joven durante mucho tiempo.

A algunos el vivir se les malogra: un gusano venenoso les roe el corazón. Por ello, cuiden tanto más de que no se les ma­logre el morir.

Algunos no llegan nunca a estar dulces, se pudren ya en el verano. La cobardía es lo que los retiene en su rama.

Demasiados son los que viven, y durante demasiado tiempo penden de sus ramas. ¡Ojalá viniera una tempestad que hiciese caer del árbol a todos esos podridos y comidos de gusanos!

¡Ojalá viniesen predicadores de la muerte rápida! ¡Éstos se­rían para mí las oportunas tempestades que sacudirían los ár­boles de la vida! Pero yo oigo predicar tan sólo la muerte len­ta y paciencia con todo lo «terreno».

Ay, ¿vosotros predicáis paciencia con las cosas terrenas? ¡Esas cosas terrenas son las que tienen demasiada paciencia con vosotros, hocicos blasfemos!

En verdad, demasiado pronto murió aquel hebreo a quien honran los predicadores de la muerte lenta; y para muchos se ha vuelto desde entonces una fatalidad el que él muriese de­masiado pronto.

No conocía aún más que lágrimas y la melancolía propia del hebreo, junto con el odio de los buenos y justos; el he­breo Jesús; y entonces lo acometió el anhelo de la muerte.

¡Ojalá hubiera permanecido en el desierto, y lejos de los buenos y justos! ¡Tal vez habría aprendido a vivir y a amar la tierra, y, además, a reír!

¡Creedme, hermanos míos! Murió demasiado pronto; ¡él mismo se habría retractado de su doctrina si hubiera alcanza­do mi edad! ¡Era bastante noble para retractarse!

Pero todavía estaba inmaduro. De manera inmadura ama el joven, y de manera inmadura odia también al hom­bre y a la tierra. Tiene aún atados y torpes el ánimo y las alas del espíritu.

Pero en el adulto hay más niño que en el joven, y menos me­lancolía: entiende mejor de muerte y de vida.

Libre para la muerte y libre en la muerte, un santo que dice no cuando ya no es tiempo de decir sí; así es como él entien­de de vida y de muerte.

Que vuestro morir no sea una blasfemia contra el hombre y contra la tierra, amigos míos; esto es lo que yo le pido a la miel de vuestra alma.

En vuestro morir debe seguir brillando vuestro espíritu y vuestra virtud, cual luz vespertina en torno a la tierra; de lo contrario, se os habrá malogrado el morir.

Así quiero morir yo también, para que vosotros, amigos, améis más la tierra, por amor a mí; y quiero volver a ser tierra, para reposar en aquella que me dio a luz.

En verdad, una meta tenía Zaratustra, lanzó su pelota: ahora, amigos, sois vosotros herederos de mi meta, a vosotros os lanzo la pelota de oro.

¡Más que nada prefiero, amigos míos, veros lanzar la pelo­ta de oro! Y por ello me demoro aún un poco en la tierra: ¡perdonádmelo!

Así habló Zaratustra.

De la virtud que hace regalos

1

Cuando Zaratustra se hubo despedido de la ciudad que su corazón amaba y cuyo nombre es: «La Vaca Multicolor», le siguieron muchos que se llamaban sus discípulos y le hacían compañía. Llegaron así a una encrucijada: allí Zaratustra les dijo que desde aquel momento quería marchar solo, pues era amigo de caminar en soledad. Y sus discípulos le entregaron como despedida un bastón en cuyo puño de oro se enroscaba en torno al sol una serpiente. Zaratustra se alegró del bastón y se apoyó en él; luego habló así a sus discípulo:

Decidme: ¿cómo llegó el oro a ser el valor supremo? Porque es raro, e inútil, y resplandeciente, y suave en su brillo; siempre hace don de sí mismo.

Sólo en cuanto efigie de la virtud más alta llegó el oro a ser el valor supremo. Semejante al oro resplandece la mirada del que hace regalos. Brillo de oro sella paz entre luna y sol.

Rara es la virtud más alta, e inútil, y resplandeciente, y suave en su brillo: una virtud que hace regalos es la virtud más alta.

En verdad, yo os adivino, discípulos míos: vosotros aspiráis, como yo, a la virtud que hace regalos. ¿Qué tendríais vosotros en común con gatos y lobos?

Ésta es vuestra sed, el llegar vosotros mismos a ser ofrendas y regalos; y por ello tenéis sed de acumular todas las riquezas en vuestra alma.

Insaciable anhela vuestra alma tesoros y joyas, porque vuestra virtud es insaciable en su voluntad de hacer regalos. Forzáis a todas las cosas a acudir a vosotros y a entrar en vosotros, para que vuelvan a fluir de vuestro manantial como los dones de vuestro amor.

En verdad, semejante amor que hace regalos tiene que con vertirse en ladrón de todos los valores; pero yo llamo sano y sagrado a ese egoísmo.

Existe otro egoísmo, demasiado pobre, un egoísmo hambriento que siempre quiere hurtar, el egoísmo de los enfermos, el egoísmo enfermo.

Con ojos de ladrón mira ése egoísmo todo lo que brilla; con la avidez del hambre mira hacia quien tiene de comer en abundancia; y siempre se desliza a hurtadillas en torno a la mesa de quienes hacen regalos.

Enfermedad habla en tal codicia, y degeneración invisible; desde el cuerpo enfermo habla la ladrona codicia de ese egoísmo. Decidme, hermanos míos: ¿qué es para nosotros lo malo y lo peor? ¿No es la degeneración? Y siempre adivinamos degeneración allí donde falta el alma que hace regalos.

Hacia arriba va nuestro camino, desde la especie asciende a la super-especie. Pero un horror es para nosotros el sentido degenerante que dice: «Todo para mí».

Hacia arriba vuela nuestro sentido; de este modo es un símbolo de nuestro cuerpo, símbolo de una elevación. Símbolos de tales elevaciones son los nombres de las virtudes.

Así atraviesa el cuerpo la historia, como algo que deviene y lucha. Y el espíritu, ¿qué es el espíritu para el cuerpo? Heraldo de sus luchas y victorias, compañero y eco.

Símbolos son todos los nombres del bien y del mal: no declaran, sólo hacen señas. ¡Tonto es quien de ellos quiere sacar saber!

Prestad atención, hermanos míos, a todas las horas en que vuestro espíritu quiere hablar por símbolos: allí está el origen de vuestra virtud.

Elevado está entonces vuestro cuerpo, y resucitado; con sus delicias cautiva al espíritu, para que éste se convierta en creador y en apreciador y en amante y en benefactor de todas las cosas.

Cuando vuestro corazón hierve, ancho y lleno, igual que el río, siendo una bendición y un peligro para quienes habitan a su orilla, allí está el origen de vuestra virtud.

Cuando estáis por encima de la alabanza y de la censura, y vuestra voluntad quiere dar órdenes a todas las cosas, como voluntad que es de un amante, allí está el origen de vuestra virtud.

Cuando despreciáis lo agradable y la cama blanda, y no podéis acostaros a suficiente distancia de los comodones, allí está el origen de vuestra virtud.

Cuando no tenéis más que una sola voluntad, y ese viraje de toda necesidad se llama para vosotros necesidad, allí está el origen de vuestra virtud.

¡En verdad, ella es un nuevo bien y un nuevo mal! ¡En verdad, es un nuevo y profundo murmullo, y la voz de un nuevo manantial!

Poder es ésa nueva virtud; un pensamiento dominante es, y, en torno a él, un alma inteligente; un sol de oro y, en torno a él, la serpiente del conocimiento.

2

Aquí Zaratustra calló un rato y contempló con amor a sus discípulos. Después continuó hablando así: (y su voz se había cambiado).

¡Permanecedme fieles a la tierra, hermanos míos, con el poder de vuestra virtud! ¡Vuestro amor que hace regalos y vuestro conocimiento sirvan al sentido de la tierra! Esto os ruego y a ello os conjuro.

¡No dejéis que vuestra virtud huya de las cosas terrenas y bata las alas hacia paredes eternas! ¡Ay, ha habido siempre tanta virtud que se ha perdido volando!

Conducid de nuevo a la tierra, como hago yo, a la virtud que se ha perdido volando. Sí, conducidla de nuevo al cuerpo y a la vida para que dé a la tierra su sentido, un sentido humano.

De cien maneras se han perdido volando y se han extraviado hasta ahora tanto el espíritu como la virtud. Ay, en nuestro cuerpo habita ahora todo ese delirio y error; en cuerpo y voluntad se han convertido.

De cien maneras han hecho ensayos y se han extraviado hasta ahora tanto el espíritu como la virtud. Sí, un ensayo ha sido el hombre. ¡Ay, mucha ignorancia y mucho error se han vuelto cuerpo en nosotros!

No sólo la razón de milenios, también su demencia hace erupción en nosotros. Peligroso es ser heredero.

Todavía combatimos paso a paso con el gigante Azar, y sobre la humanidad entera ha dominado hasta ahora el absurdo, el sinsentido.

Vuestro espíritu y vuestra virtud sirvan al sentido de la tierra, hermanos míos: ¡y el valor de todas las cosas sea establecido de nuevo por vosotros! ¡Por eso debéis ser luchadores! ¡Por eso debéis ser creadores!

Por el saber se purifica el cuerpo; haciendo ensayos con el saber se eleva al hombre del conocimiento todos los instintos se le santifican; al hombre elevado su alma se le vuelve alegre.

Médico, ayúdate a ti mismo, así ayudas también a tu enfermo. Sea tu mejor ayuda que él vea con sus ojos a quien se sana a sí mismo.

Mil senderos existen que aún no han sido nunca recorridos; mil formas de salud y mil ocultas islas de la vida. Inagotados y no descubiertos continúan siendo siempre para mí el hombre y la tierra del hombre.

¡Vigilad y escuchad, solitarios! Del futuro llegan vientos con secretos aleteos; y a oídos delicados se dirige la buena nueva.

Vosotros los solitarios de hoy, vosotros los apartados, un día debéis ser un pueblo; de vosotros, que os habéis elegido a vosotros mismos, debe surgir un día un pueblo elegido y de él, el superhombre.

¡En verdad, en un lugar de curación debe transformarse todavía la tierra! ¡Y ya la envuelve un nuevo aroma, que trae salud; y una nueva esperanza!

3

Cuando Zaratustra hubo dicho estas palabras calló como quien no ha dicho aún su última palabra; largo tiempo sopesó, dudando, el bastón en su mano. Por fin habló así: (y su voz se había cambiado.)

¡Ahora yo me voy solo, discípulos míos! ¡También vosotros os vais ahora solos! Así lo quiero yo.

En verdad, éste es mi consejo: ¡Alejaos de mí y guardaos de Zaratustra! Y aun mejor: ¡avergonzaos de él! Tal vez os ha engañado.

El hombre del conocimiento no sólo tiene que poder amar a sus enemigos, tiene también que poder odiar a sus amigos.

Se recompensa mal a un maestro si se permanece siempre discípulo. ¿Y por qué no vais a deshojar vosotros mi corona?

Vosotros me veneráis, pero ¿qué ocurrirá si un día vuestra veneración se derrumba? ¡Cuidad de que no os aplaste una estatua!

¿Decís que creéis en Zaratustra? ¡Mas qué importa Zaratustra! Vosotros sois mis creyentes, ¡mas qué importan todos los creyentes!

No os habíais buscado aún a vosotros: entonces me encontrasteis. Así hacen todos los creyentes: por eso vale tan poco toda fe.

Ahora os ordeno que me perdáis a mí y que os encontréis a vosotros; y sólo cuando todos hayáis renegado de mí volveré entre vosotros.

En verdad, con otros ojos, hermanos míos, buscaré yo en tonces a mis perdidos; con un amor distinto os amaré entonces.

Y todavía una vez debéis llegar a ser para mí amigos e hijos de una sola esperanza; entonces quiero estar con vosotros por tercera vez, para celebrar con vosotros el gran mediodía.

Y el gran mediodía es la hora en que el hombre se encuentra a mitad de su camino entre el animal y el superhombre y celebra su camino hacia el atardecer como su más alta esperanza: pues es el camino hacia una nueva mañana.

Entonces el que se hunde en su ocaso se bendecirá a sí mismo por ser uno que pasa al otro lado; y el sol de su conocimiento estará para él en el mediodía.

«Muertos están todos los dioses: ahora queremos que viva el superhombre», ¡sea ésta alguna vez, en el gran mediodía, nuestra última voluntad!,

Así habló Zaratustra.

Segunda parte

... y sólo cuando todos hayáis renegado de mí volveré entre vosotros

En verdad, con otros ojos, hermanos míos, buscaré yo entonces a mis perdidos; con un amor distinto os amaré entonces.

Zaratustra, De la virtud que hace regalos

El niño del espejo

Zaratustra volvió a continuación a las montañas y a la so­ledad de su caverna y se apartó de los hombres: aguardando como un sembrador que ha lanzado su semilla. Mas su alma se llenó de impaciencia y de deseos de aquellos a quienes amaba: pues aún tenía muchas cosas que darles. Esto es, en efecto, lo más difícil, el cerrar por amor la mano abierta y el conservar el pudor al hacer regalos.

Así transcurrieron para el solitario meses y años; mas su sa­biduría crecía y le causaba dolores por su abundancia.

Una mañana se despertó antes de la aurora, estuvo medi­tando largo tiempo en su lecho y dijo por fin a su corazón:

«¿De qué me he asustado tanto en mis sueños, que me he despertado? ¿No se acercó a mí un niño que llevaba un es­pejo?

“Oh Zaratustra -me dijo el niño- ¡mírate en el espejo!”

Y al mirar yo al espejo lancé un grito, y mi corazón quedó aterrado: pues no era a mí a quien veía en él, sino la mueca y la risa burlona de un demonio.

En verdad, demasiado bien comprendo el signo y la advertencia del sueño: ¡mi doctrina está en peligro, la cizaña quiere llamarse trigo!

Mis enemigos se han vuelto poderosos y han deformado la imagen de mi doctrina, de modo que los más queridos por mí tuvieron que avergonzarse de los dones que yo les había entre­gado.

¡He perdido a mis amigos; me ha llegado la hora de buscar a los que he perdido!»

Al decir estas palabras Zaratustra se levantó de un salto, pero no como un angustiado que busca aire, sino más bien como un vidente y cantor de quien se apodera el espíritu. Ex­trañados miraron hacia él su águila y su serpiente: pues, seme­jante a la aurora, sobre su rostro yacía una felicidad cercana.

¿Qué me ha sucedido, pues, animales míos? -dijo Zaratus­tra. ¿No estoy transformado? ¿No vino a mí la bienaventuran­za como un viento tempestuoso?

Loca es mi felicidad, y cosas locas dirá; es demasiado joven todavía, ¡tened, pues, paciencia con ella!

Herido estoy por mi felicidad: ¡todos los que sufren de­ben ser médicos para mí!

¡De nuevo me es lícito bajar a mis amigos y también a mis enemigos! ¡De nuevo le es lícito a Zaratustra hablar y hacer re­galos y dar lo mejor a los amados!

Mi impaciente amor se desborda en ríos que bajan hacia le­vante y hacia poniente. ¡Desde silenciosas montañas y tempes­tades de dolor desciende mi alma con estruendo a los valles!

Demasiado tiempo he estado anhelando y mirando a lo le­jos. Demasiado tiempo he pertenecido a la soledad; así he ol­vidado el callar.

Me he convertido todo yo en una boca, y en estruendo de arroyo que cae de elevados peñascos: quiero despeñar mis palabras a los valles.

¡Y lo haré aunque el río de mi amor se precipite en lo in­franqueable! ¡Cómo no va a acabar encontrando tal río el ca­mino hacia el mar!

Sin duda hay en mí un lago, un lago eremítico, que se basta a sí mismo; mas el río de mi amor lo arrastra hacia abajo con­sigo, ¡al mar!

Nuevos caminos recorro, un nuevo modo de hablar llega a mí; me he cansado, como todos los creadores, de las vie­jas lenguas. Mi espíritu no quiere ya caminar sobre sanda­lias usadas.

Con demasiada lentitud corre para mí todo hablar; ¡a tu carro salto, tempestad! ¡E incluso a ti quiero arrearte con el lá­tigo de mi maldad!

Como un grito y una exclamación jubilosa quiero correr sobre anchos mares, hasta encontrar las islas afortunadas donde moran mis amigos:

¡Y mis enemigos entre ellos! ¡Cómo amo ahora a todo aquel a quien me sea lícito hablarle! También mis enemigos forman parte de mi bienaventuranza.

Y si quiero montar en mi caballo salvaje, lo que mejor me ayuda siempre a subir es mi lanza; ella es el servidor constan­temente dispuesto de mi pie.

¡La lanza que arrojo contra mis enemigos! ¡Cómo les agra­dezco a mis enemigos el que por fin se me permita arrojarla!

Demasiado grande era la tensión de mi nube; entre carca­jadas de rayos quiero lanzar granizadas a la profundidad.

Poderoso se hinchará entonces mi pecho, poderoso exhala­rá su tempestad por encima de los montes; así quedará alivia­do.

¡En verdad, semejantes a una tempestad llegan mi felicidad y mi libertad! Pero mis enemigos deben creer que es el Malig­no el que se enfurece sobre sus cabezas.

Sí, también os asustaréis vosotros, amigos míos, a causa de mi sabiduría salvaje; y tal vez huyáis de ella juntamente con mis enemigos.

¡Ay, si yo supiese atraeros con flautas pastoriles a volver atrás! ¡Ay, si mi leona Sabiduría aprendiese a rugir con dulzu­ra! ¡Y muchas cosas hemos ya aprendido juntos!

Mi sabiduría salvaje quedó preñada en montañas solita­rias; sobre ásperos peñascos parió su nueva, última cría. Ahora corre enloquecida por el duro desierto y busca y busca blando césped, ¡mi vieja sabiduría salvaje!

¡Sobre el blando césped de vuestros corazones, amigos míos! - ¡sobre vuestro amor le gustaría acostar lo más queri­do para ella!

Así habló Zaratustra.

En las islas afortunadas

Los higos caen de los árboles, son buenos y dulces; y, conforme caen, su roja piel se abre. Un viento del norte soy yo para higos maduros.

Así, cual higos, caen estas enseñanzas hasta vosotros, ami­gos míos: ¡bebed su jugo y su dulce carne! Nos rodea el otoño, y el cielo puro, y la tarde.

¡Ved qué plenitud hay en torno a nosotros! Y es bello mirar, desde la sobreabundancia, hacia mares lejanos.

En otro tiempo decíase Dios cuando se miraba hacia mares lejanos; pero ahora yo os he enseñado a decir: superhombre.

Dios es una suposición; pero yo quiero que vuestro supo­ner no vaya más lejos que vuestra voluntad creadora.

¿Podríais vosotros crear un Dios? ¡Pues entonces no me habléis de dioses! Mas el superhombre sí podríais crearlo. ¡Acaso no vosotros mismos, hermanos míos! Pero podríais transformaros en padres y antepasados del superhombre: ¡y sea éste vuestro mejor crear!

Dios es una suposición: mas yo quiero que vuestro suponer se mantenga dentro de los límites de lo pensable.

¿Podríais vosotros pensar un Dios? Mas la voluntad de verdad signifique para vosotros esto, ¡que todo sea transfor­mado en algo pensable para el hombre, visible para el hombre, sensible para el hombre! ¡Vuestros propios sentidos debéis pensarlos hasta el final!

Y eso a lo que habéis dado el nombre de mundo, eso debe ser creado primero por vosotros; ¡vuestra razón, vuestra imagen, vuestra voluntad, vuestro amor deben devenir ese mundo! ¡Y, en verdad, para vuestra bienaventuranza, hom­bres del conocimiento!

¿Y cómo ibais a soportar la vida sin esta esperanza, voso­tros los que conocéis? No os ha sido lícito estableceros por nacimiento en lo incomprensible, ni tampoco en lo irracio­nal.

Mas para revelaros totalmente mi corazón a vosotros, ami­gos, si hubiera dioses, ¡cómo soportaría yo el no ser Dios! Por lo tanto, no hay dioses.

Es cierto que yo he sacado esa conclusión; pero ahora ella me saca a mí.

Dios es una suposición: mas ¿quién bebería todo el tor­mento de esa suposición sin morir? ¿Su fe le debe ser quitada al creador, y al águila su cernerse en lejanías aquilinas?

Dios es un pensamiento que vuelve torcido todo lo derecho y que hace voltearse a todo lo que está de pie. ¿Cómo? ¿Esta­ría abolido el tiempo, y todo lo perecedero sería únicamente mentira?

Pensar esto es remolino y vértigo para osamentas humanas, y hasta un vómito para el estómago; en verdad, la enfermedad mareante llamo yo a suponer tal cosa.

¡Malvadas llamo, y enemigas del hombre, a todas esas doc­trinas de lo Uno y lo Lleno y lo Inmóvil y lo Saciado y lo Im­perecedero!

¡Todo lo imperecedero, no es más que un símbolo! Y los poetas mienten demasiado.

De tiempo y de devenir es de lo que deben hablar los mejo­res símbolos; ¡una alabanza deben ser y una justificación de todo lo perecedero!

Crear; ésa es la gran redención del sufrimiento, así es como se vuelve ligera la vida. Mas para que el creador exista son necesarios sufrimiento y muchas transformaciones.

¡Sí, muchas muertes amargas tiene que haber en nuestra vida, creadores! De ese modo sois defensores y justificadores de todo lo perecedero.

Para ser el hijo que vuelve a nacer, para ser eso el creador mismo tiene que querer ser también la parturienta y los dolo­res de la parturienta.

En verdad, a través de cien almas he recorrido mi camino, y a través de cien cunas y dolores de parto. Muchas son las ve­ces que me he despedido, conozco las horas finales que desga­rran el corazón.

Pero así lo quiere mi voluntad creadora, mi destino. O, para decíroslo con mayor honestidad: justo tal destino es el que mi voluntad quiere.

Todo lo sensible en mí sufre y se encuentra en prisiones; pero mi querer viene siempre a mí como mi liberador y portador de alegría.

El querer hace libres; ésta es la verdadera doctrina acerca de la voluntad y la libertad; así os lo enseña Zaratustra.

¡No-querer-ya y no-estimar-ya y no-crear-ya! ¡Ay, que ese gran cansancio permanezca siempre alejado de mí!

También en el conocer yo siento únicamente el placer de mi voluntad de engendrar y devenir; y si hay inocencia en mi co­nocimiento, esto ocurre porque en él hay voluntad de engen­drar.

Lejos de Dios y de los dioses me ha atraído esa voluntad; ¡qué habría que crear si los dioses existiesen!

Pero hacia el hombre vuelve siempre a empujarme mi ar­diente voluntad de crear; así se siente impulsado el martillo hacia la piedra.

¡Ay, hombres, en la piedra dormita para mí una imagen, la imagen de mis imágenes! ¡Ay, que ella tenga que dormir en la piedra más dura, más fea!

Ahora mi martillo se enfurece cruelmente contra su pri­sión. De la piedra saltan pedazos: ¿qué me importa?

Quiero acabarlo: pues una sombra ha llegado hasta mí, ¡la más silenciosa y más ligera de todas las cosas vino una vez a mí!

La belleza del superhombre llegó hasta mí como una som­bra. ¡Ay, hermanos míos! ¡Qué me importan ya los dioses!

Así habló Zaratustra.

De los compasivos

Amigos míos, han llegado unas palabras de mofa hasta vuestro amigo: «¡Ved a Zaratustra! ¿No camina entre nosotros como si fuésemos animales?»

Pero está mejor dicho así: «¡El que conoce camina entre los hombres como entre animales que son!».

Mas, para el que conoce, el hombre mismo se llama: el ani­mal que tiene mejillas rojas.

¿Cómo le ha ocurrido eso? ¿No es porque ha tenido que avergonzarse con demasiada frecuencia?

¡Oh, amigos míos! Así habla el que conoce: Vergüenza, ver­güenza, vergüenza; ¡ésa es la historia del hombre!

Y por ello el noble se ordena a sí mismo no causar vergüen­za; se exige a sí mismo tener pudor ante todo lo que sufre.

En verdad, yo no soporto a ésos, a los misericordiosos que son bienaventurados en su compasión; les falta demasiado el pudor.

Si tengo que ser compasivo, no quiero, sin embargo, ser lla­mado así; y si lo soy, entonces prefiero serlo desde lejos.

Con gusto escondo también la cabeza y me marcho de allí antes de ser reconocido: ¡y así os mando obrar a vosotros, amigos míos!

¡Quiera mi destino poner siempre en mi senda a gentes sin sufrimiento, como vosotros, y a gentes con quienes me sea lí­cito tener en común la esperanza y la comida y la miel!

En verdad, yo he hecho sin duda esto y aquello en favor de los que sufren, pero siempre me parecía que yo obraba mejor cuando aprendía a alegrarme mejor.

Desde que hay hombres, el hombre se ha alegrado demasia­do poco; ¡tan sólo esto, hermanos míos, es nuestro pecado original!

Y aprendiendo a alegrarnos mejor es como mejor nos olvi­damos de hacer daño a otros y de imaginar daños.

Por eso yo me lavo la mano que ha ayudado al que sufre, por eso me limpio incluso el alma.

Pues me he avergonzado de haber visto sufrir al que sufre, a causa de la vergüenza de él; y cuando le ayudé, ofendí du­ramente su orgullo.

Los grandes favores no vuelven agradecidos a los hombres, sino vengativos; y si el pequeño beneficio no es olvidado aca­ba convirtiéndose en un gusano roedor.

«¡Sed reacios en el aceptar! ¡Honrad por el hecho de acep­tar!» esto aconsejo a quienes nada tienen que regalar.

Pero yo soy uno que regala; me gusta regalar, como amigo a los amigos. Los extraños, en cambio, y los pobres, que ellos mismos cojan el fruto de mi árbol: eso avergüenza menos.

¡Mas a los mendigos se los debería suprimir totalmente! En verdad, molesta el darles y molesta el no darles.

¡E igualmente a los pecadores, y a las conciencias malvadas! Creedme, amigos míos: los remordimientos de conciencia enseñan a morder.

Lo peor, sin embargo, son los pensamientos mezquinos. ¡En verdad, es mejor haber obrado con maldad que haber pensado con mezquindad!

Es cierto que vosotros decís: «El placer obtenido en malda­des pequeñas nos ahorra más de una acción malvada grande». Pero aquí no se debería querer ahorrar.

Como una llaga es la acción malvada: escuece e irrita y re­vienta, habla sinceramente.

«Mira, yo soy enfermedad», así habla la acción malvada; ésa es su sinceridad.

Mas el pensamiento mezquino es igual que el hongo: se arrastra y se agacha y no quiere estar en ninguna parte, has­ta que el cuerpo entero queda podrido y mustio por los pe­queños hongos.

A quien, sin embargo, está poseído por el diablo yo le digo al oído esta frase: «¡Es mejor que cebes a tu diablo! ¡También para ti sigue habiendo un camino de grandeza!»

¡Ay, hermanos míos! ¡Se sabe de cada uno algo de más! Y muchos se nos vuelven transparentes, mas aun así estamos muy lejos todavía de poder penetrar a través de ellos.

Es difícil vivir con hombres, porque callar es muy difícil.

Y con quien más inicuos somos no es con aquel que nos re­pugna, sino con quien nada en absoluto nos importa.

Si tú tienes, sin embargo, un amigo que sufre, sé para su su­frimiento un lugar de descanso, mas, por así decirlo, un lecho duro, un lecho de campaña: así es como más útil le serás.

Y si un amigo te hace mal, di: «Te perdono lo que me has hecho a mí; pero el que te hayas hecho eso a ti ¡cómo podría yo perdonarlo!»

Así habla todo amor grande: él supera incluso el perdón y la compasión.

Debemos sujetar nuestro corazón; pues si lo dejamos ir, ¡qué pronto se nos va entonces la cabeza!

Ay, ¿en qué lugar del mundo se han cometido tonterías mayores que entre los compasivos? ¿Y qué cosa en el mundo ha provocado más sufrimiento que las tonterías de los com­pasivos?

¡Ay de todos aquellos que aman y que no tienen todavía una altura que esté por encima de su compasión!

Así me dijo el demonio una vez: «También Dios tiene su in­fierno: es su amor a los hombres.»

Y hace poco le oí decir esta frase: «Dios ha muerto; a causa de su compasión por los hombres ha muerto Dios».

Por ello, estad prevenidos contra la compasión: ¡de ella continúa viniendo a los hombres una nube! ¡En verdad, yo entiendo de señales del tiempo!

Mas recordad también esta frase: todo gran amor está por encima incluso de toda su compasión, pues él quiere además, ¡crear lo amado!

«De mí mismo hago ofrecimiento a mi amor, y de mi próji­mo igual que de mí» éste es el lenguaje de todos los creado­res.

Mas todos los creadores son duros.

Así habló Zaratustra.

De los sacerdotes

Y una vez Zaratustra hizo una señal a sus discípulos y les dijo estas palabras:

«Ahí hay sacerdotes, y aunque son mis enemigos, ¡pasad a su lado en silencio y con la espada dormida!

También entre ellos hay héroes; muchos de ellos han sufri­do demasiado; por esto quieren hacer sufrir a otros.

Son enemigos malvados; nada es más vengativo que su hu­mildad. Y fácilmente se ensucia quien los ataca.

Pero mi sangre está emparentada con la suya; y yo quiero que mi sangre sea honrada incluso en la de ellos».

Y cuando hubieron pasado a su lado le acometió a Zaratus­tra el dolor; y no había luchado mucho tiempo con el dolor cuando empezó a hablar así:

Me da pena de estos sacerdotes. También repugnan a mi gus­to; mas esto es para mí lo de menos desde que estoy entre hom­bres.

Pero yo sufro y he sufrido con ellos; prisioneros son para mí, y marcados. Aquel a quien ellos llaman redentor los arro­jó en cadenas.

¡En cadenas de falsos valores y de palabras ilusas! ¡Ay, si al­guien los redimiese de su redentor!

En una isla creyeron desembarcar en otro tiempo, cuando el mar los arrastró lejos; pero mira, ¡era un monstruo dormi­do!

Falsos valores y palabras ilusas: ésos son los peores mons­truos para los mortales, largo tiempo duerme y aguarda en ellos la fatalidad.

Mas al fin ésta llega y vigila y devora y se traga aquello que construyó tiendas para sí encima de ella.

¡Oh, contemplad esas tiendas que esos sacerdotes se han construido! Iglesias llaman ellos a sus cavernas de dulzona fragancia.

¡Oh, esa luz falsa, ese aire que huele a moho! ¡Aquí donde al alma no le es lícito elevarse volando hacia su altura!

Su fe, por el contrario, ordena esto: «¡De rodillas subid la escalera, pecadores!»

¡En verdad, prefiero ver incluso al hombre carente de pudor que los torcidos ojos de su pudor y devoción!

¿Quién creó para sí tales cavernas y escaleras de penitencia? ¿No fueron aquellos que querían esconderse y se avergonza­ban del cielo puro?

Y sólo cuando el cielo puro vuelva a mirar a través de te­chos derruidos y llegue hasta la hierba y la roja amapola cre­cidas junto a muros derruidos, sólo entonces quiero yo volver a dirigir mi corazón hacia los lugares de ese Dios.

Ellos llamaron Dios a lo que les contradecía y causaba do­lor; y en verdad, ¡mucho heroísmo había en su adoración! ¡Y no supieron amar a su Dios de otro modo que clavando al hombre en la cruz!

Como cadáveres pensaron vivir, de negro vistieron su ca­dáver; también en sus discursos huelo yo todavía el desagra­dable aroma de cámaras mortuorias.

Y quien vive cerca de ellos, cerca de negros estanques vive, desde los cuales canta el sapo su canción con dulce melancolía.

Mejores canciones tendrían que cantarme para que yo aprendiese a creer en su redentor: ¡más redimidos tendrían que parecerme los discípulos de ese redentor!

Desnudos quisiera verlos, pues únicamente la belleza de­biera predicar penitencia. ¡Mas a quién persuade esa tribula­ción embozada!

¡En verdad, sus mismos redentores no vinieron de la liber­tad y del séptimo cielo de la libertad! ¡En verdad, ellos mis­mos no caminaron nunca sobre las alfombras del conoci­miento!

De huecos se componía el espíritu de esos redentores; mas en cada hueco habían colocado su ilusión, su tapahuecos, al que ellos llamaban Dios.

En su compasión se había ahogado su espíritu, y cuando se hinchaban y desbordaban de compasión, siempre nadaba en la superficie una gran tontería.

Celosamente y a gritos conducían su rebaño por su vereda: ¡como si hacia el futuro no hubiera más que una sola vereda! ¡En verdad, también estos pastores continuaban formando parte de las ovejasl.

Espíritus pequeños y almas voluminosas tenían estos pas­tores: pero, hermanos míos, ¡qué comarcas tan pequeñas han sido hasta ahora incluso las almas más voluminosas!

Signos de sangre escribieron en el camino que ellos reco­rrieron, y su tontería enseñaba que con sangre se demuestra la verdad.

Mas la sangre es el peor testigo de la verdad; la sangre enve­nena incluso la doctrina más pura, convirtiéndola en ilusión y odio de los corazones.

Y si alguien atraviesa una hoguera por defender su doctri­na, ¡qué demuestra eso! ¡Mayor cosa es, en verdad, que del propio incendio salga la propia doctrina!

Corazón tórrido y cabeza fría; cuando estas cosas coinci­den surge el viento impetuoso, el «redentor».

¡Ha habido, en verdad, hombres más grandes y de nacimiento más elevado que aquellos a quienes el pueblo llama re­dentores, esos arrebatadores vientos impetuosos!

¡Y vosotros, hermanos míos, tenéis que ser redimidos por hombres aún más grandes que todos los redentores, si queréis encontrar el camino que lleva a la libertad!

Nunca ha habido todavía un superhombre. Desnudos he visto yo a ambos, al hombre más grande y al más pequeño.

Demasiado semejantes son todavía entre sí. En verdad, también al más grande lo he encontrado ¡demasiado huma­no!

Así habló Zaratustra.

De los virtuosos

Con truenos y con celestes fuegos artificiales hay que ha­blar a los sentidos flojos y dormidos.

Pero la voz de la belleza habla quedo: sólo se desliza en las almas más despiertas.

Suavemente vibró y rió hoy mi escudo; éste es el sagrado reír y vibrar de la belleza.

De vosotros, virtuosos, se rió hoy mi belleza. Y así llegó la voz de ésta hasta mí: «¡Ellos quieren además - ser paga­dos!»

¡Vosotros queréis ser pagados además, virtuosos! ¿Queréis tener una recompensa a cambio de la virtud, y el cielo a cam­bio de la tierra, y la eternidad a cambio de vuestro hoy?

¿Y os irritáis conmigo porque enseño que no existe ni re­munerador ni pagador? Y en verdad, ni siquiera enseño que la virtud sea su propia recompensa.

Ay, esto es lo que me aflige: mentirosamente se ha situado en el fondo de las cosas recompensa y castigo - ¡y ahora tam­bién en el fondo de vuestras almas, virtuosos!

Mas, semejante al hocico del jabalí, mi palabra debe desgarrar el fondo de vuestras almas; reja de arado quiero ser para vosotros.

Todos los secretos de vuestro fondo deben salir a luz; y cuando vosotros yazgáis al sol hozados y destrozados, enton­ces también vuestra mentira estará separada de vuestra ver­dad.

Pues ésta es vuestra verdad: sois demasiado limpios para la suciedad de estas palabras: venganza, castigo, recompensa, retribución.

Vosotros amáis vuestra virtud como la madre a su hijo; pero ¿cuándo se ha oído decir que una madre quisiera ser pa­gada por su amor?

Vuestro sí-mismo más querido es vuestra virtud. Sed de anillo hay en vosotros: para volver a alcanzarse a sí mismo lu­cha y gira todo anillo.

Y semejante a la estrella que se extingue es toda obra de vuestra virtud: su luz continúa estando siempre en camino y en marcha. ¿Y cuándo dejará de estar en camino?

Así la luz de vuestra virtud continúa estando en camino aunque ya la obra esté hecha. Ésta puede estar olvidada y muerta: su rayo de luz vive todavía y camina.

Que vuestra virtud sea vuestro sí-mismo, y no algo extra­ño, una piel, un manto: ¡ésa es la verdad que brota del fondo de vuestra alma, virtuosos!

Mas recientemente hay algunos para quienes la virtud sig­nifica convulsiones bajo un látigo: ¡y, para mí, vosotros habéis escuchado demasiado los gritos de ellos!

Y hay otros que llaman virtud al hecho de que sus vicios se vuelvan perezosos; y cuando su odio y sus celos estiran algu­na vez los miembros, entonces su «justicia» se despabila y se restriega los adormilados ojos.

Y hay otros que son arrastrados hacia abajo: sus demonios los arrastran. Pero cuanto más se hunden, tanto más ardien­tes relucen sus ojos y el ansia de su Dios.

Ay, también los gritos de éstos llegaron hasta vuestros oí­dos, virtuosos: «lo que yo no soy, ¡eso, eso son para mí Dios y virtud!

Y hay otros que llevan mucho peso y por ello rechinan, igual que carros que conducen piedras cuesta abajo: hablan mucho de dignidad y de virtud - ¡a su freno llámanlo virtud!

Y hay otros que son semejantes a relojes a los que se les ha dado cuerda; producen su tic-tac, y quieren que al tic-tac - se lo llame virtud.

En verdad, con éstos me divierto: cuando yo encuentre ta­les relojes les daré cuerda con mi mofa; ¡y ellos deberán enci­ma ronronear!

Y otros están orgullosos de su puñado de justicia y a causa de ella cometen crímenes contra todas las cosas: de tal mane­ra que el mundo se ahoga en su injusticia.

¡Ay, qué desagradablemente les sale de la boca la palabra «virtud»! Y cuando dicen: «Yo soy justo», esto suena siempre igual que: «¡yo estoy vengado!»

Con su virtud quieren sacar los ojos a sus enemigos; y se elevan tan sólo para humillar a otros.

Y también hay quienes se sientan en su charca y hablan así desde el cañaveral: «Virtud - es sentarse en silencio en la charca.

Nosotros no mordemos a nadie y nos apartamos del cami­no de quien quiere morder; y en todo tenemos la opinión que se nos da.»

Y también hay quienes aman los gestos y piensan: la virtud es una especie de gesto.

Sus rodillas adoran siempre, y sus manos son alabanzas de la virtud, pero su corazón nada sabe de ello.

Y también hay quienes consideran virtud el decir: «La vir­tud es necesaria»; pero en el fondo creen únicamente que la policía es necesaria.

Y muchos que son incapaces de ver lo elevado en los hom­bres llaman virtud a ver ellos muy de cerca su bajeza: así lla­man virtud a su malvada mirada.

Y algunos quieren ser edificados y elevados, y llaman a eso virtud; y otros quieren ser derribados - y también lo llaman virtud.

Y de este modo casi todos creen participar de la virtud; y al menos quiere cada uno ser experto en «bien» y «mal».

Mas Zaratustra no ha venido para decir a todos estos men­tirosos y necios: «¡Qué sabéis vosotros de virtud! ¡Qué po­dríais vosotros saber de virtud!»

Sino para que vosotros, amigos míos, os canséis de las vie­jas palabras que habéis aprendido de los necios y mentirosos: Os canséis de las palabras «recompensa», «retribución», «castigo», «venganza en la justicia»

Os canséis de decir: «Una acción es buena si es desinteresa­da».

¡Ay, amigos míos! Que vuestro sí-mismo esté en la acción como la madre está en el hijo: ¡sea ésa vuestra palabra acerca de la virtud!

En verdad, os he quitado sin duda cien palabras y los jugue­tes más queridos a vuestra virtud; y ahora os enfadáis conmi­go como se enfadan los niños.

Estaban ellos jugando a orillas del mar, entonces vino la ola y arrastró su juguete al fondo: ahora lloran.

¡Pero la misma ola debe traerles nuevos juguetes y arrojar ante ellos nuevas conchas multicolores!

Así serán consolados; e igual que ellos, también vosotros, amigos míos, tendréis vuestros consuelos - ¡y nuevas conchas multicolores!

Así habló Zaratustra.

De la chusma

La vida es un manantial de placer; pero donde la chusma va a beber con los demás, allí todos los pozos quedan envene­nados.

Por todo lo limpio siento inclinación; pero no soporto ver los hocicos de mofa y la sed de los impuros.

Han lanzado sus ojos al fondo del pozo: ahora me sube del pozo el reflejo de su repugnante sonrisa.

El agua santa la han envenenado con su lascivia; y como lla­maron placer a sus sucios sueños, han envenenado incluso las palabras.

Se enfada la llama cuando ellos ponen al fuego sus húme­dos corazones; también el espíritu borbotea y humea cuando la chusma se acerca al fuego.

Dulzona y excesivamente blanda se pone en su mano la fruta: al árbol frutal su mirada lo vuelve fácil de desgajar por el viento y le seca el ramaje.

Y más de uno que se apartó de la vida, se apartó tan sólo de la chusma: no quería compartir pozo y llama y fruta con la chus­ma.

Y más de uno que se marchó al desierto y padeció sed con los animales rapaces, únicamente quería no sentarse con ca­melleros sucios en torno a la cisterna.

Y más de uno que vino como aniquilador y como graniza­da para todos los campos de frutos, sólo quería meter su pie en la boca de la chusma y así tapar su gaznate.

Y el bocado que más se me ha atragantado no es saber que la vida misma necesita enemistad y muerte y cruces de tortu­ra:

Sino que una vez pregunté, y casi me asfixié con mi pregun­ta: ¿Cómo? ¿La vida tiene necesidad también de la chusma? ¿Se necesitan pozos envenenados, y fuegos malolientes, y sueños ensuciados, y gusanos en el pan de la vida?

¡No mi odio, sino mi náusea es la que se ha cebado insacia­blemente en mi vida! ¡Ay, a menudo me cansé del espíritu cuando encontré que también la chusma es rica de espíritu!

Y a los que dominan les di la espalda cuando vi lo que ellos llaman ahora dominar: chalanear y regatear por el poder - ¡con la chusma!

Entre pueblos de lengua extraña he habitado con los oídos cerrados: para que la lengua de su chalaneo permaneciese ex­traña a mí, y su regatear por el poder.

Y tapándome la nariz he pasado con disgusto a través de todo ayer y todo hoy: ¡en verdad, todo ayer y todo hoy hiede a chusma que escribe!

Igual que un lisiado que se hubiera quedado sordo y ciego y mudo: así viví yo largo tiempo, para no vivir con la chusma del poder, de la pluma y de los placeres.

Fatigosamente subía escaleras mi espíritu, y con cautela; li­mosnas de placer fueron su alivio; apoyada en el bastón se arrastraba la vida para el ciego.

¿Qué me ocurrió, sin embargo? ¿Cómo me redimí de la náusea? ¿Quién rejuveneció mis ojos? ¿Cómo volé hasta la al­tura en la que ninguna chusma se sienta ya junto al pozo?

¿Mi propia náusea me proporcionó alas y me dio fuerzas que presienten las fuentes? ¡En verdad, hasta lo más alto tuve que volar para reencontrar el manantial del placer!

¡Oh, lo encontré, hermanos míos! ¡Aquí en lo más alto bro­ta para mí el manantial del placer! ¡Y hay una vida de la cual no bebe la chusma con los demás!

¡Casi demasiado violenta resulta tu corriente para mí, fuente del placer! ¡Y a menudo has vaciado de nuevo la copa queriendo llenarla!

Y todavía tengo que aprender a acercarme a ti con mayor modestia: con demasiada violencia corre aún mi corazón a tu encuentro:

Mi corazón, sobre el que arde mi verano, el breve, ardiente, melancólico, sobrebienaventurado: ¡cómo apetece mi cora­zón estival tu frescura!

¡Disipada se halla la titubeante tribulación de mi primavera! ¡Pasada está la maldad de mis copos de nieve de junio! ¡En vera­no me he transformado enteramente y en mediodía de verano!

Un verano en lo más alto, con fuentes frías y silencio biena­venturado: ¡oh, venid, amigos míos, para que el silencio resul­te aún más bienaventurado!

Pues ésta es nuestra altura y nuestra patria: en un lugar de­masiado alto y abrupto habitamos nosotros aquí para todos los impuros y para su sed.

¡Lanzad vuestros ojos puros en el manantial de mi placer, amigos míos! ¡Cómo habría él de enturbiarse por ello! ¡En respuesta os reirá con su pureza!

En el árbol Futuro construimos nosotros nuestro nido; ¡águilas deben traernos en sus picos alimento a nosotros los so­litarios!

¡En verdad, no un alimento del que también a los impuros les esté permitido comer! ¡Fuego creerían devorar y se abrasa­rían los hocicos!

¡En verdad, aquí no tenemos preparadas moradas para im­puros! ¡Una caverna de hielo significaría para sus cuerpos nuestra felicidad, y para sus espíritus!

Y cual vientos fuertes queremos vivir por encima de ellos, vecinos de las águilas, vecinos de la nieve, vecinos del sol: así es como viven los vientos fuertes.

E igual que un viento quiero yo soplar todavía alguna vez entre ellos, y con mi espíritu cortar la respiración a su espíri­tu: asílo quiere mi futuro.

En verdad, un viento fuerte es Zaratustra para todas las hondonadas; y este consejo da a sus enemigos y a todo lo que esputa y escupe: «¡Guardaos de escupir contra el viento!»

Así habló Zaratustra.

De las tarántulas

Mira, ésa es la caverna de la tarántula! ¿Quieres verla a ella misma? Aquí cuelga su tela; tócala, para que tiemble. Ahí viene dócilmente: ¡bien venida, tarántula! Negro se asienta sobre tu espalda tu triángulo y emblema; y yo conoz­co también lo que se asienta en tu alma.

Venganza se asienta en tu alma: allí donde tú muerdes, se forma una costra negra; ¡con la venganza produce tu veneno vértigos al alma!

Así os hablo en parábola a vosotros los que causáis vértigos a las almas, ¡vosotros los predicadores de la igualdad! ¡Tarán­tulas sois vosotros para mí, y vengativos escondidos!

Pero yo voy a sacar a luz vuestros escondrijos: por eso me río en vuestra cara con mi carcajada de la altura.

Por eso desgarro vuestra tela, para que vuestra rabia os in­duzca a salir de vuestras cavernas de mentiras, y vuestra ven­ganza destaque detrás de vuestra palabra «justicia».

Pues que el hombre sea redimido de la venganza: ése es para mí el puente hacia la suprema esperanza y un arco iris después de prolongadas tempestades.

Mas cosa distinta es, sin duda, lo que las tarántulas quieren. «Llámese para nosotras justicia precisamente esto, que el mundo se llene de las tempestades de nuestra venganza» - así hablan ellas entre sí.

«Venganza queremos ejercer, y burla de todos los que no son iguales a nosotros» - esto se juran a sí mismos los corazo­nes de tarántulas.

«Y “voluntad de igualdad” - éste debe llegar a ser en ade­lante el nombre de la virtud; ¡y contra todo lo que tiene poder queremos nosotros elevar nuestros gritos!»

Vosotros predicadores de la igualdad, la demencia tiránica de la impotencia es lo que en vosotros reclama a gritos «igual­dad»: ¡vuestras más secretas ansias tiránicas se disfrazan, pues, con palabras de virtud!

Presunción amargada, envidia reprimida, tal vez presun­ción y envidia de vuestros padres: de vosotros brota eso en forma de llama y de demencia de la venganza.

Lo que el padre calló, eso habla en el hijo; y a menudo he encontrado que el hijo era el desvelado secreto del padre.

A los entusiastas se asemejan: pero no es el corazón lo que los entusiasma, sino la venganza. Y cuando se vuelven suti­les y fríos, no es el espíritu, sino lo envidia lo que los hace su­tiles y fríos.

Sus celos los conducen también a los senderos de los pen­sadores; y éste es el signo característico de sus celos - van siempre demasiado lejos: hasta el punto de que su cansancio tiene finalmente que echarse a dormir incluso sobre nieve.

En cada una de sus quejas resuena la venganza, en cada uno de sus elogios hay un agravio; y ser jueces les parece la bienaventuranza.

Mas yo os aconsejo así a vosotros, amigos míos: ¡desconfiad de todos aquellos en quienes es poderosa la tendencia a impo­ner castigos!

Ése es pueblo de índole y origen malos; desde sus rostros miran el verdugo y el sabueso.

¡Desconfiad de todos aquellos que hablan mucho de su justi­cia! En verdad, a sus almas no es miel únicamente lo que les fal­ta.

Y si se llaman a sí mismos «los buenos y justos», no olvidéis que a ellos, para ser fariseos, no les falta nada más que - ¡po­der!

Amigos míos, no quiero que se me mezcle y confunda con otros.

Hay quienes predican mi doctrina acerca de la vida: y a la vez son predicadores de la igualdad, y tarántulas.

Su hablar en favor de la vida, aunque ellos están sentados en su caverna, esos arañas venenosas, y apartados de la vida: dé­bese a que ellos quieren así hacer daño.

Quieren así hacer daño a quienes ahora tienen el poder: pues entre éstos es donde mejor acogida sigue encontrando la predicación acerca de la muerte.

Si fuera de otro modo, los tarántulas enseñarían algo dis­tinto: y justamente ellos fueron en otro tiempo los que mejor calumniaron el mundo y quemaron herejes.

Con estos predicadores de la igualdad no quiero ser yo mezclado ni confundido. Pues a mí la justicia me dice así: «los hombres no son iguales».

¡Y tampoco deben llegar a serlo! ¿Qué sería mi amor al su­perhombre si yo hablase de otro modo?

Por mil puentes y veredas deben los hombres darse prisa a ir hacia el futuro, y débese implantar entre ellos cada vez más guerra y desigualdad: ¡así me hace hablar mi gran amor!

¡Inventores de imágenes y de fantasmas deben llegar a ser en sus hostilidades, y con sus imágenes y fantasmas deben combatir aún unos contra otros la batalla suprema!

Bueno y malo, y rico y pobre, y elevado y minúsculo, y to­dos los nombres de los valores: ¡armas deben ser, y signos rui­dosos de que la vida tiene que superarse continuamente a sí misma!

Hacia la altura quiere edificarse, con pilares y escalones, la vida misma: hacia vastas lejanías quiere mirar, y hacia biena­venturada belleza, ¡por eso necesita altura!

¡Y como necesita altura, por eso necesita escalones, y con­tradicción entre los escalones y los que suben! Subir quiere la vida, y subiendo, superarse a sí misma.

¡Y ved, amigos míos! Aquí, donde está la caverna de la ta­rántula, levántanse hacia arriba las ruinas de un viejo templo - ¡contempladlo con ojos iluminados!

¡En verdad, quien en otro tiempo elevó aquí en piedra sus pensamientos como una torre, ése sabía del misterio de toda vida tanto como el más sabio!

Que existen lucha y desigualdad incluso en la belleza, y guerra por el poder y por el sobrepoder: esto es lo que él nos enseña aquí con símbolo clarísimo.

Igual que aquí bóvedas y arcos divinamente se derrumban, en lucha a brazo partido: igual que con luz y sombra ellos, los llenos de divinas aspiraciones, se oponen recíprocamente

¡Así, con igual seguridad y belleza, seamos tambien noso­tros enemigos, amigos míos! ¡Divinamente queremos opo­nernos unos a otros en nuestras aspiraciones!

¡Ay! ¡A mí mismo me ha picado la tarántula, mi vieja ene­miga! ¡Divinamente segura y bella me ha picado en el dedo! «Castigo tiene que haber, y justicia - así piensa ella: ¡no debe cantar él aquí de balde cánticos en honor de la enemis­tad!»

¡Sí, se ha vengado! Y ¡ay!, ¡ahora, con la venganza, produci­rá vértigo también a mi alma!

Mas para que yo no sufra vértigo, amigos míos, ¡atadme fuertemente aquí a esta columna! ¡Prefiero ser un santo es­tilita que remolino de la venganza!

En verdad, no es Zaratustra un viento que dé vueltas, ni un remolino; y si es un bailarín, ¡nunca será un bailarín picado por la tarántula!

Así habló Zaratustra.

De los sabios famosos

Al pueblo habéis servido, y a la superstición del pueblo, todos vosotros, sabios famosos! - ¡y no a la verdad! Y precisa­mente por esto se os tributaba veneración.

Y también por esto se soportaba vuestra incredulidad, ya que ésta era un ardid y un camino indirecto para llegar al pueblo. Así deja el señor plena libertad a sus esclavos y se di­vierte además con la petulancia de éstos.

Mas quien al pueblo le resulta odioso, como se lo resulta un lobo a los perros: ése es el espíritu libre, el enemigo de las ca­denas, el que no adora, el que habita en los bosques.

Arrojarlo de su cobijo - eso es lo que ha significado siem­pre para el pueblo el «sentido de lo justo»: contra él continúa azuzando a sus perros de más afilados dientes.

«Pues la verdad está aquí: ¡ya que aquí está el pueblo! ¡Ay, ay de los que buscan!» - así se viene diciendo desde siempre.

A vuestro pueblo queríais darle razón en su veneración: ¡a eso lo llamasteis «voluntad de verdad» vosotros, sabios famosos! Y vuestro corazón se decía siempre a sí mismo: «del pueblo he venido: de allí me ha venido también la voz de Dios».

Duros de cerviz y prudentes, como el asno, habéis sido siempre vosotros en cuanto abogados del pueblo.

Y más de un poderoso que quería marchar bien con el pue­blo enganchó delante de sus corceles - un asnillo, un sabio fa­moso.

¡Y ahora yo quisiera, sabios famosos, que por fin arrojaseis totalmente de vosotros la piel de león!

¡La piel del animal de presa, de manchas multicolores, y las melenas del que investiga, busca, conquista!

¡Ay, para que yo aprendiera a creer en vuestra «veracidad» tendríais primero que hacer pedazos vuestra voluntad venera­dora!

Veraz - así llamo yo a quien se marcha a desiertos sin dio­ses y ha hecho pedazos su corazón venerador.

En medio de la arena amarilla, y quemado por el sol, cier­tamente mira a hurtadillas, sediento, hacia los oasis abun­dantes en fuentes, en donde seres vivos reposan bajo oscuros árboles.

Pero su sed no le persuade a hacerse igual a aquellos como­dones: pues donde hay oasis, allí hay también imágenes de ídolos.

Hambrienta, violenta, solitaria, sin dios: así es como se quiere a sí misma la voluntad leonina.

Emancipada de la felicidad de los siervos, redimida de dio­ses y adoraciones, impávida y pavorosa, grande y solitaria: así es la voluntad del veraz.

En el desierto han habitado desde siempre los veraces, los espíritus libres, como señores del desierto; pero en las ciuda­des habitan los bien alimentados y famosos sabios, los ani­males de tiro.

Siempre, en efecto, tiran ellos, como asnos, ¡del carro del pueblo!

No es que yo me enfade por esto con ellos: mas para mí si­guen siendo servidores, y uncidos, aunque brillen con arreos de oro.

Y a menudo han sido servidores buenos y dignos de ala­banza. Pues así habla la virtud: «¡Si tienes que ser servidor, busca a aquel a quien más aprovechen tus servicios!

El espíritu y la virtud de tu señor deben crecer por el hecho de ser tú su servidor: ¡así creces tú mismo junto con el espíri­tu y con la virtud de aquél!»

Y en verdad, ¡vosotros sabios famosos, vosotros servidores del pueblo! Vosotros mismos habéis crecido junto con el espí­ritu y con la virtud del pueblo - ¡y el pueblo mediante voso­tros! ¡En vuestro honor digo yo esto!

Mas pueblo seguís siendo vosotros para mí, incluso en vuestras virtudes, pueblo de ojos miopes, ¡pueblo que no sabe qué es espíritu!

Espíritu es la vida que se saja a sí misma en vivo: con el propio tormento aumenta su propio saber - ¿sabíais ya esto?

Y la felicidad del espíritu es ésta: ser ungido y ser consagra­do con lágrimas para víctima del sacrificio - ¿sabíais ya esto? Y la ceguera del ciego y su buscar y tantear deben seguir dando testimonio del poder del sol al que miró - ¿sabíais ya esto?

¡Y el hombre que conoce debe aprender a edificar con montañas! Es poco que el espíritu traslade montañas - ¿sa­bíais ya esto?

Vosotros conocéis sólo chispas del espíritu: ¡pero no veis el yunque que él es, ni la crueldad de su martillo!

¡En verdad, no conocéis el orgullo del espíritu! ¡Pero aún menos soportaríais la modestia del espíritu, si alguna vez ella quisiera hablar!

Y nunca todavía os ha sido lícito arrojar vuestro espíritu a una fosa de nieve; ¡no sois bastante ardientes para ello! Por esto tampoco conocéis los éxtasis de su frialdad.

Para mí vosotros os tomáis en todo demasiadas confianzas con el espíritu; y de la sabiduría hacéis con frecuencia un asi­lo y un hospital para malos poetas.

No sois águilas: por ello no habéis experimentado tampo­co la felicidad que hay en el terror del espíritu. Y quien no es pájaro no debe hacer su nido sobre abismos.

Me resultáis tibios: pero fría es la corriente de todo cono­cimiento profundo. Gélidos son los pozos más íntimos del es­píritu: un alivio para manos y trabajadores ardientes.

Respetables estáis ahí para mí, y tiesos, y con la espalda de­recha, ¡vosotros, sabios famosos! - a vosotros no os empujan un viento y una voluntad poderosos.

¿No habéis visto jamás una vela caminar sobre el mar, re­dondeada e hinchada y temblorosa por el ímpetu del viento? Igual que la vela, temblorosa por el ímpetu del espíritu, ca­mina mi sabiduría sobre el mar - ¡mi sabiduría salvaje!

Pero vosotros servidores del pueblo, vosotros sabios famo­sos, ¡cómo podríais vosotros marchar junto a mí!

Así habló Zaratustra.

La canción de la noche

Es de noche: ahora hablan más fuerte todos los surtido­res. Y también mi alma es un surtidor.

Es de noche: sólo ahora se despiertan todas las canciones de los amantes. Y también mi alma es la canción de un amante.

En mí hay algo insaciado, insaciable, que quiere hablar. En mí hay un ansia de amor, que habla asimismo el lenguaje del amor.

Luz soy yo: ¡ay, si fuera noche! Pero ésta es mi soledad, el es­tar circundado de luz.

¡Ay, si yo fuese oscuro y nocturno! ¡Cómo iba a sorber los pechos de la luz!

¡Y aun a vosotras iba a bendeciros, vosotras pequeñas es­trellas centelleantes y gusanos relucientes allá arriba! - y a ser dichoso por vuestros regalos de luz.

Pero yo vivo dentro de mi propia luz, yo reabsorbo en mí todas las llamas que de mí salen.

No conozco la felicidad del que toma; y a menudo he soña­do que robar tiene que ser aún más dichoso que tornar.

Ésta es mi pobreza, el que mi mano no descansa nunca de dar; ésta es mi envidia, el ver ojos expectantes y las despejadas noches del anhelo.

¡Oh desventura de todos los que regalan! ¡Oh eclipse de mi sol! ¡Oh ansia de ansiar! ¡Oh hambre ardiente en la saciedad!

Ellos toman de mí: ¿pero toco yo siquiera su alma? Un abis­mo hay entre tomar y dar; el abismo más pequeño es el más difícil de salvar.

Un hambre brota de mi belleza: daño quisiera causar a quienes ilumino, saquear quisiera a quienes colmo de regalos: tanta es mi hambre de maldad.

Retirar la mano cuando ya otra mano se extiende hacia ella; semejante a la cascada, que sigue vacilando en su caída: tanta es mi hambre de maldad.

Tal venganza se imagina mi plenitud; tal perfidia mana de mi soledad.

¡Mi felicidad en regalar ha muerto a fuerza de regalar, mi virtud se ha cansado de sí misma por su sobreabundancia!

Quien siempre regala corre peligro de perder el pudor; a quien siempre distribuye fórmansele, a fuerza de distribuir, callos en las manos y en el corazón.

Mis ojos no se llenan ya de lágrimas ante la vergüenza de los que piden; mi mano se ha vuelto demasiado dura para el tem­blar de manos llenas.

¿Adónde se fueron la lágrima de mi ojo y el plumón de mi corazón? ¡Oh soledad de todos los que regalan! ¡Oh taciturni­dad de todos los que brillan!

Muchos soles giran en el espacio desierto: a todo lo que es oscuro háblanle con su luz, para mí callan.

Oh, ésta es la enemistad de la luz contra lo que brilla, el re­correr despiadada sus órbitas.

Injusto en lo más hondo de su corazón contra lo que brilla: frío para con los soles, así camina cada sol.

Semejantes a una tempestad recorren los soles sus órbitas, ése es su caminar. Siguen su voluntad inexorable, ésa es su frialdad.

¡Oh, sólo vosotros los oscuros, los nocturnos, sacáis calor de lo que brilla! ¡Oh, sólo vosotros bebéis leche y consuelo de las ubres de la luz!

¡Ay, hielo hay a mi alrededor, mi mano se abrasa al tocar lo helado! ¡Ay, en mí hay sed, que desfallece por vuestra sed!

Es de noche: ¡ay, que yo tenga que ser luz! ¡Y sed de lo noc­turno! ¡Y soledad!

Es de noche: ahora, cual una fuente, brota de mí mi deseo, hablar es lo que deseo.

Es de noche: ahora hablan más fuerte todos los surtidores. Y también mi alma es un surtidor

Es de noche: ahora se despiertan todas las canciones de los amantes. Y también mi alma es la canción de un amante. –

Así cantó Zaratustra.

La canción del baile

Un atardecer caminaba Zaratustra con sus discípulos por el bosque; y estando buscando una fuente he aquí que lle­gó a un verde prado a quien árboles y malezas silenciosamen­te rodeaban: en él bailaban, unas con otras, unas muchachas. Tan pronto como las muchachas reconocieron a Zaratustra dejaron de bailar; mas Zaratustra se acercó a ellas con gesto amistoso y dijo estas palabras

«¡No dejéis de bailar, encantadoras muchachas! No ha lle­gado a vosotras, con mirada malvada, ningún aguafiestas, ningún enemigo de muchachas.

Abogado de Dios soy yo ante el diablo: mas éste es el espí­ritu de la pesadez. ¿Cómo habría yo de ser, oh ligeras, hostil a bailes divinos? ¿O a pies de muchacha de hermosos tobillos?

Sin duda soy yo un bosque y una noche de árboles oscuros: sin embargo, quien no tenga miedo de mi oscuridad encon­trará también taludes de rosas debajo de mis cipreses.

Y asimismo encontrará ciertamente al pequeño dios que más querido les es a las muchachas: junto al pozo está tendi­do, quieto, con los ojos cerrados.

¡En verdad, se me quedó dormido en pleno día, el haragán! ¿Es que acaso corrió demasiado tras las mariposas?

¡No os enfadéis conmigo, bellas bailarinas, si castigo un poco al pequeño dios! Gritará ciertamente y llorará, ¡mas a risa mueve él incluso cuando llora!

Y con lágrimas en los ojos debe pediros un baile; y yo mis­mo quiero cantar una canción para su baile:

Una canción de baile y de mofa contra el espíritu de la pe­sadez, mi supremo y más poderoso diablo, del que ellos dicen que es “el señor de este mundo”».

Y ésta es la canción que Zaratustra cantó mientras Cupido y las muchachas bailaban juntos:

En tus ojos he mirado hace un momento, ¡oh vida! Y en lo insondable me pareció hundirme.

Pero tú me sacaste fuera con un anzuelo de oro; burlona­mente te reíste cuando te llamé insondable.

«Ése es el lenguaje de todos los peces, dijiste; lo que ellos no pueden sondar, es insondable.

Pero yo soy tan sólo mudable, y salvaje, y una mujer en todo, y no virtuosa:

Aunque para vosotros los varones me llame ‘la profunda’, o ‘la fiel’, ‘la eterna’, ‘la llena de misterio’.

Vosotros los varones, sin embargo, me otorgáis siempre como regalo vuestras propias virtudes - ¡ay, vosotros virtuo­sos!»

Así reía la increíble; mas yo nunca la creo, ni a ella ni a su risa, cuando habla mal de sí misma.

Y cuando hablé a solas con mi sabiduría salvaje, me dijo en­colerizada: «Tú quieres, tú deseas, tú amas, ¡sólo por eso ala­bas tú la vida!»

A punto estuve de contestarle mal y de decirle la verdad a la encolerizada; y no se puede contestar peor que «diciendo la verdad» a nuestra propia sabiduría.

Así están, en efecto, las cosas entre nosotros tres. A fondo yo no amo más que a la vida - ¡y, en verdad, sobre todo cuando la odio!

Y el que yo sea bueno con la sabiduría, y a menudo dema­siado bueno: ¡esto se debe a que ella me recuerda totalmente a la vida!

Tiene los ojos de ella, su risa, e incluso su áurea caña de pescar: ¿qué puedo yo hacer si las dos se asemejan tanto?

Y una vez, cuando la vida me preguntó: ¿Quién es, pues, ésa, la sabiduría? - yo me apresuré a responder: «¡Ah sí!, ¡la sabidu­ría!

Tenemos sed de ella y no nos saciamos, la miramos a través de velos, la intentamos apresar con redes.

¿Es hermosa? ¡Qué se yo! Pero hasta las carpas más viejas continúan picando en. su cebo.

Mudable y terca es; a menudo la he visto morderse los la­bios y peinarse a contrapelo.

Acaso es malvada y falsa, y una mujer en todo; pero cabal­mente cuando habla mal de sí es cuando más seduce.»

Cuando dije esto a la vida ella rió malignamente y cerró los ojos. «¿De quién estás hablando?, dijo, ¿sin duda de mí?

Y aunque tuvieras razón, ¡decirme eso así a la cara! Pero ahora habla también de tu sabiduría.»

¡Ay, y entonces volviste a abrir tus ojos, oh vida amada! Y en lo insondable me pareció hundirme allí de nuevo.

Así cantó Zaratustra. Mas cuando el baile acabó y las mucha­chas se hubieron ido de allí sintióse triste.

«Hace ya mucho que se puso el sol, dijo por fin; el prado está húmedo, de los bosques llega frío.

Algo desconocido está a mi alrededor y mira pensativo. ¡Cómo! ¿Tú vives todavía, Zaratustra?

¿Por qué? ¿Para qué? ¿Con qué? ¿Hacia dónde? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿No es tontería vivir todavía?

Ay, amigos mios, el atardecer es quien así pregunta desde mí. ¡Perdonadme mi tristeza!

El atardecer ha llegado: ¡perdonadme que el atardecer haya llegado!»

Así habló Zaratustra.

La canción de los sepulcros

Allí está la isla de los sepulcros, la silenciosa; allí están también los sepulcros de mi juventud. A ella quiero llevar una corona siempre verde de vida».

Con este propósito en el corazón atravesé el mar.

¡Oh vosotras, visiones y apariciones de mi juventud! ¡Oh vosotras, miradas todas del amor, vosotros instantes divinos! ¡Qué aprisa habéis muerto para mí! Me acuerdo de vosotros hoy como de mis muertos.

De vosotros, muertos queridísimos, llega hasta mí un dul­ce aroma que desata el corazón y las lágrimas. En verdad, ese aroma conmueve y alivia el corazón al navegante solitario.

Aún continúo siendo el más rico y el más digno de envidia - ¡yo el más solitario! Pues yo os tuve a vosotros, y vosotros me tuvisteis a mí: decid, La quién le cayeron del árbol, como a mí, tales manzanas de rosa?

Aún continúo siendo heredero de vuestro amor, y tierra que en recuerdo vuestro florece con multicolores virtudes sil­vestres, ¡oh vosotros amadísimos!

Ay, estábamos hechos para permanecer próximos unos a otros, oh propicios y extraños prodigios; y vinisteis a mí y a mi deseo no como tímidos pájaros - ¡no, sino como confiados al confiado!

Sí, hechos para la fidelidad, como yo, y para delicadas eter­nidades: y ahora tengo que denominaros por vuestra infideli­dad, oh miradas e instantes divinos: ningún otro nombre he aprendido todavía.

En verdad, demasiado aprisa habéis muerto para mí, voso­tros fugitivos. Pero no huisteis de mí, tampoco yo huí de vo­sotros: inocentes somos unos para otros en nuestra infideli­dad.

¡Para matarme a mí os estrangularon a vosotros, pájaros cantores de mis esperanzas! Sí, contra vosotros, queridísi­mos, disparó la maldad siempre sus flechas - ¡para dar en mi corazón!

¡Y acertó! Porque vosotros erais lo más querido a mi cora­zón, mi posesión y mi ser-poseído: ¡por eso tuvisteis que mo­rir jóvenes y demasiado pronto!

Contra lo más vulnerable que yo poseía dispararon ellos la flecha: ¡lo erais vosotros, cuya piel es semejante a una suave pelusa, y, más todavía, a la sonrisa que fenece a causa de una mirada!

Pero estas palabras quiero decir a mis enemigos: ¡qué son todos los homicidios al lado de lo que me habéis hecho!

Algo peor me habéis hecho que todos los homicidios; algo irrecuperable me habéis quitado: ¡así os hablo a vosotros, enemigos míos!

¡Pues habéis asesinado las visiones y los amadísimos prodi­gios de mi juventud! ¡Me habéis quitado mis compañeros de juego, los espíritus bienaventurados! En recuerdo suyo depo­sito esta corona y esta maldición.

¡Esta maldición contra vosotros, enemigos míos! ¡Pues acortasteis mi eternidad, así como un sonido se quiebra en noche fría! Casi tan sólo como un relampagueo de ojos divi­nos llegó hasta mí, ¡como un instante!

Así dijo una vez en hora favorable mi pureza: «Divinos de­ben ser para mí todos los seres».

Entonces caísteis sobre mí con sucios fantasmas, ¡ay, adón­de huyó aquella hora favorable!

«Todos los días deben ser santos para mí» - así habló en otro tiempo la sabiduría de mi juventud: ¡en verdad, pala­bras de una sabiduría gaya!

Pero entonces vosotros los enemigos me robasteis mis no­ches y las vendisteis a un tormento insomne: ay, ¿adónde huyó aquella sabiduría gaya?

En otro tiempo yo estaba ansioso de auspicios felices: enton­ces hicisteis que se me cruzase en el camino un búho monstruo­so, repugnante. Ay, ¿adónde huyó entonces mi tierna ansia?

A toda náusea prometí yo en otro tiempo renunciar: enton­ces transformasteis a mis allegados y prójimos en llagas puru­lentas. Ay, ¿adónde huyó entonces mi más noble promesa?

Como un ciego recorrí en otro tiempo caminos bienaven­turados: entonces arrojasteis inmundicias al camino del ciego: y él sintió náuseas del viejo sendero de ciegos.

Y cuando realicé mi empresa más dificil y celebraba la vic­toria de mis superaciones: entonces hicisteis gritar a quienes me amaban que yo era quien más daño les hacía.

En verdad, ése fue siempre vuestro obrar: transformasteis en hiel mi mejor miel y la laboriosidad de mis mejores abejas.

A mi benevolencia enviasteis siempre los mendigos más insolentes; en torno a mi compasión amontonasteis siempre a aquellos cuya desvergüenza no tenía curación. Así heristeis a mi virtud en su fe.

Y si yo llevaba al sacrificio lo más santo de mí: al instante vuestra «piedad» añadía sus dones más grasientos: de tal ma­nera que en el vaho de vuestra grasa quedaba sofocado hasta lo más santo de mí.

Y en otro tiempo quise bailar como jamás había bailado yo hasta entonces: más allá de todos los cielos quise bailar. En­tonces persuadisteis a mi cantor más amado.

Y éste entonó una horrenda y pesada melodía; ¡ay, la tocó a mis oídos como un tétrico cuerno!

¡Cantor asesino, instrumento de la maldad, inocentísimo! Ya estaba yo dispuesto para el mejor baile: ¡entonces asesinas­te con tus sones mi éxtasis!

Sólo en el baile sé yo decir el símbolo de las cosas supremas: ¡y ahora mi símbolo supremo se me ha quedado inexpreso en mis miembros!

¡Inexpresa y no liberada quedó en mí la suprema espe­ranza! ¡Y se me murieron todas las visiones y consuelos de mi juventud!

¿Cómo soporté aquello? ¿Cómo vencí y superé tales heri­das? ¿Cómo volvió mi alma a resurgir de esos sepulcros?

Sí, algo invulnerable, insepultable hay en mí, algo que hace saltar las rocas: se llama mi voluntad. Silenciosa e incambiada avanza a través de los años.

Su camino quiere recorrerlo con mis pies mi vieja voluntad; duro de corazón e invulnerable es para ella el sentido.

Invulnerable soy únicamente en mi talón. ¡Todavía si­gues viviendo ahí y eres idéntica a ti misma, pacientísima! ¡Siempre conseguiste atravesar todos los sepulcros!

En ti vive todavía lo irredento de mi juventud; y como vida y juventud estás tú ahí sentada, llena de esperanzas, sobre amarillas ruinas de sepulcros.

Sí, todavía eres tú para mí la que reduce a escombros todos los sepulcros: ¡salud a ti, voluntad mía! Y sólo donde hay se­pulcros hay resurrecciones.

Así cantó Zaratustra.

De la superación de sí mismo

Voluntad de verdad» llamáis vosotros sapientísimos> a lo que os impulsa y os pone ardorosos?

Voluntad de volver pensable todo lo que existe: ¡así llamo yo a vuestra voluntad!

Ante todo queréis hacer pensable todo lo que existe: pues dudáis, con justificada desconfianza, de que sea pensable.

¡Pero debe amoldarse y plegarse a vosotros! Así lo quiere vuestra voluntad. Debe volverse liso y someterse al espíritu, como su espejo y su imagen reflejada.

Ésa es toda vuestra voluntad, sapientísimos, una voluntad de poder; y ello aunque habléis del bien y del mal y de las va­loraciones.

Queréis crear el mundo ante el que podáis arrodillaros: ésa es vuestra última esperanza y vuestra última ebriedad.

Los no sabios, ciertamente, el pueblo, son como el río so­bre el que avanza flotando una barca: y en la barca se asien­tan solemnes y embozadas las valoraciones.

Vuestra voluntad yvuestros valores los habéis colocado so­bre el río del devenir; lo que es creído por el pueblo como bueno y como malvado me revela a mí una vieja voluntad de poder.

Habéis sido vosotros, sapientísimos, quienes habéis colo­cado en esa barca a tales pasajeros y quienes les habéis dado pompa y orgullosos nombres, ¡vosotros y vuestra voluntad dominadora!

Ahora el río lleva vuestra barca: tiene que llevarla. ¡Poco importa que la ola rota eche espuma y que colérica se oponga a la quilla!

No es el río vuestro peligro y el final de vuestro bien y vuestro mal, sapientísimos: sino aquella voluntad misma, la voluntad de poder, la inexhausta y fecunda voluntad de vida.

Mas para que vosotros entendáis mi palabra acerca del bien y del mal: voy a deciros todavía mi palabra acerca de la vida y acerca de la índole de todo lo viviente.

Yo he seguido las huellas de lo vivo, he recorrido los cami­nos más grandes y los más pequeños, para conocer su índole.

Con centuplicado espejo he captado su mirada cuando te­nía cerrada la boca: para que fuesen sus ojos los que me habla­sen. Y sus ojos me han hablado.

Pero en todo lugar en que encontré seres vivientes oí ha­blar también de obediencia. Todo ser viviente es un ser obediente.

Y esto es lo segundo: Se le dan órdenes al que no sabe obe­decerse a sí mismo. Así es la índole de los vivientes.

Pero esto es lo tercero que oí: que mandar es más difícil que obedecer. Y no sólo porque el que manda lleva el peso de to­dos los que obedecen, y ese peso fácilmente lo aplasta:

Un ensayo y un riesgo advertí en todo mandar; y siempre que el ser vivo manda se arriesga a sí mismo al hacerlo.

Aún más, también cuando se manda a sí mismo tiene que expiar su mandar. Tiene que ser juez y vengador y víctima de su propia ley.

¡Cómo ocurre esto!, me preguntaba. ¿Qué es lo que persuade a lo viviente a obedecer y a mandar y a ejercer obedien­cia incluso cuando manda?

¡Escuchad, pues, mi palabra, sapientísimos! ¡Examinad se­riamente si yo me he deslizado hasta el corazón de la vida y hasta las raíces de su corazón!

En todos los lugares donde encontré seres vivos encontré voluntad de poder; e incluso en la voluntad del que sirve en­contré voluntad de ser señor.

A servir al más fuerte, a eso persuádele al más débil su vo­luntad, la cual quiere ser dueña de lo que es más débil todavía: a ese solo placer no le gusta renunciar.

Y así como lo más pequeño se entrega a lo más grande, para disfrutar de placer y poder sobre lo mínimo: así también lo máximo se entrega y por amor al poder - expone la vida.

Ésta es la entrega de lo máximo, el ser riesgo y peligro y un juego de dados con la muerte.

Y donde hay inmolación y servicios y miradas de amor: allí hay también voluntad de ser señor. Por caminos tortuosos se desliza lo más débil hasta el castillo y hasta el corazón del más poderoso - y le roba poder.

Y este misterio me ha confiado la vida misma. «Mira, dijo, yo soy lo que tiene que superarse siempre a sí mismo.

En verdad, vosotros llamáis a esto voluntad de engendrar o instinto de finalidad, de algo más alto, más lejano, más vario: pero todo eso es una única cosa y un único misterio.

Prefiero hundirme en mi ocaso antes que renunciar a esa única cosa; y, en verdad, donde hay ocaso y caer de hojas, mira, allí la vida se inmola a sí misma - ¡por el poder!

Pues yo tengo que ser lucha y devenir y finalidad y contra­dicción de las finalidades: ¡ay, quien adivina mi voluntad, ése adivina sin duda también por qué caminos torcidos tiene él que caminar!

Sea cual sea lo que yo crea, y el modo como lo ame, pron­to tengo que ser adversario de ello y de mi amor: así lo quiere mi voluntad.

Y también tú, hombre del conocimiento, eras tan sólo un sendero y una huella de mi voluntad: ¡en verdad, mi voluntad de poder camina también con los pies de tu voluntad de ver­dad!

No ha dado ciertamente en el blanco de la verdad quien disparó hacia ella la frase de la `voluntad de existir: ¡esa vo­luntad - no existe!

Pues: lo que no es, eso no puede querer; mas lo que está en la existencia, ¡cómo podría seguir queriendo la existencia!

Sólo donde hay vida hay también voluntad: pero no volun­tad de vida, sino - así te lo enseño yo - ¡voluntad de poder!

Muchas cosas tiene el viviente en más alto aprecio que la vida misma; pero en el apreciar mismo habla - ¡la voluntad de poder!»

Esto fue lo que en otro tiempo me enseñó la vida: y con ello os resuelvo yo, sapientísimos, incluso el enigma de vuestro corazón.

En verdad, yo os digo: ¡Un bien y un mal que sean impere­cederos - no existen! Por sí mismos deben una y otra vez su­perarse a sí mismos.

Con vuestros valores y vuestras palabras del bien y del mal ejercéis violencia, valoradores: y ése es vuestro oculto amor, y el brillo, el temblor y el desbordamiento de vuestra propia alma.

Pero una violencia más fuerte surge de vuestros valores, y una nueva superación: al chocar con ella se rompen el huevo y la cáscara.

Y quien tiene que ser un creador en el bien y en el mal: en verdad, ése tiene que ser antes un aniquilador y quebrantar valores.

Por eso el mal sumo forma parte de la bondad suma: mas ésta es la bondad creadora.

Hablemos de esto, sapientísimos, aunque sea desagrada­ble. Callar es peor; todas las verdades silenciadas se vuelven venenosas.

¡Y que caiga hecho pedazos todo lo que en nuestras verda­des - pueda caer hecho pedazos! ¡Hay muchas casas que construir todavía!

Así habló Zaratustra.

De los sublimes

Silencioso es el fondo de mi mar: ¡quién adivinaría que esconde monstruos juguetones!

Imperturbable es mi profundidad: mas resplandece de enigmas y risas flotantes.

Hoy he visto un sublime, un solemne, un penitente del es­píritu: ¡oh, cómo se rió mi alma de su fealdad!

Con el pecho levantado, y semejante a quienes están aspi­rando aire: así estaba él, el sublime, y callaba:

Guarnecido de feas verdades, su botín de caza, y con mu­chos vestidos desgarrados; también pendían de él muchas es­pinas - pero no vi ninguna rosa.

Aún no había aprendido la risa ni la belleza. Sombrío vol­vía este cazador del bosque del conocimiento.

De luchar con animales salvajes volvía a casa: mas desde su seriedad continúa mirando un animal salvaje - ¡un animal no vencido aún!

Ahí continúa estando, como un tigre que quiere saltar; pero a mí no me agradan esas almas tensas, a mi gusto le re­pugnan todos esos contraídos.

¿Y vosotros me decís, amigos, que no se ha de disputar so­bre el gusto y el sabor? ¡Pero toda vida es una disputa por el gusto y por el sabor!

Gusto: es el peso y, a la vez, la balanza y el que pesa; ¡y ay de todo ser vivo que quisiera vivir sin disputar por el peso y por la balanza y por los que pesan!

Si este sublime se fatigase de su sublimidad: entonces co­menzaría su belleza, sólo entonces quiero yo gustarlo y en­contrarlo sabroso.

Y sólo cuando se aparte de sí mismo saltará por encima de su propia sombra - y, ¡en verdad!, penetrará en su sol. Demasiado tiempo ha estado sentado en la sombra, pálidas se le han puesto las mejillas al penitente del espíritu; casi mu­rió de hambre a causa de sus esperas.

Desprecio hay todavía en sus ojos; y náusea se esconde en su boca. Ahora reposa, ciertamente, pero su reposo no se ha tendido todavía al sol.

Debería hacer como el toro; y su felicidad debería oler a tierra y no a desprecio de la tierra.

Como un toro blanco quisiera yo verlo, resoplando y mu­giendo mientras marcha delante del arado: ¡y su mugido de­bería alabar además todo lo terreno!

Oscuro es todavía su rostro; la sombra de la mano juega so­bre él. Ensombrecido está todavía el sentido de sus ojos.

Su acción misma es todavía la sombra sobre él: la mano os­curece al que actúa. Aún no ha superado su acción.

Es verdad que yo amo en él la nuca de toro: mas ahora quiero ver también incluso los ojos de ángel.

También su voluntad de héroe tiene todavía que olvidarla: un elevado debe ser él para mí, y no sólo un sublime: ¡el éter mismo debería elevarlo a él, el falto de voluntad!

Él ha domeñado monstruos, ha resuelto enigmas: pero aún debería redimir a sus propios monstruos y enigmas, en hijos celestes debería aún transformarlos.

Su conocimiento no ha aprendido todavía a sonreír y a no tener celos; aún no se ha vuelto tranquila en la belleza su cau­dalosa pasión.

En verdad, no en la saciedad debería callar y sumergirse su ansia, ¡sino en la belleza! El encanto forma parte de la magna­nimidad de los magnánimos.

Con el brazo apoyado sobre la cabeza: así debería reposar el héroe, así debería superar incluso su reposo.

Pero cabalmente al héroe lo bello le resulta la más dificil de todas las cosas. Inconquistable es lo bello para toda voluntad violenta.

Un poco más, un poco menos: justo eso es aquí mucho, es aquí lo más.

Estar en pie con los músculos relajados y con la voluntad desuncida: ¡eso es lo más difícil para todos vosotros, los su­blimes!

Cuando el poder se vuelve clemente y desciende hasta lo vi­sible: belleza llamo yo a tal descender.

Y de nadie quiero yo belleza tanto como precisamente de ti, violento: sea tu bondad tu última superación de ti mismo.

De todo mal te creo capaz: por ello quiero yo de ti el bien. ¡En verdad, a menudo me he reído de los debiluchos que se creen buenos porque tienen zarpas tullidas!

A la virtud de la columna debes aspirar: más bella y más de­licada se va tornando, pero en lo interior más dura y más ro­busta, cuanto más asciende.

Sí, sublime, alguna vez también tú debes ser bello y presen­tar el espejo a tu propia belleza.

Entonces tu alma se estremecerá de ardientes deseos divi­nos; ¡y habrá adoración incluso en tu vanidad!

Éste es, en efecto, el misterio del alma: sólo cuando el héroe la ha abandonado acércase a ella, en sueños, el super-héroe.

Así habló Zaratustra.

Del país de la cultura

Demasiado me había adentrado yo volando en el futuro: un estremecimiento de horror se apoderó de mí.

Y cuando miré a mi alrededor, he aquí que el tiempo era mi único contemporáneo.

Entonces huí hacia atrás, hacia el hogar - y cada vez más aprisa: así llegué a vosotros, hombres del presente, y al país de la cultura.

Por vez primera llevaba yo conmigo unos ojos para veros, y buenos deseos: en verdad, con anhelo en el corazón llegué.

Mas, ¿qué me ocurrió? A pesar de mi angustia - ¡tuve que echarme a reír! ¡Nunca habían visto mis ojos algo tan abiga­rrado!

Yo reía y reía mientras el pie aún me temblaba, así como el corazón: «¡Ésta es sin duda la patria de todos los tarros de co­lores!» - dije.

Con cincuenta chafarrinones teníais pintados el rostro y los miembros: ¡así estabais sentados, para mi asombro, hom­bres del presente!

¡Y con cincuenta espejos a vuestro alrededor, que halaga­ban el juego de vuestros colores y lo reproducían!

¡En verdad, no podríais llevar mejor máscara, hombres del presente, que vuestro propio rostro! ¡Quién podría - reconoceros!

Emborronados con los signos del pasado, los cuales esta­ban a su vez embadurnados con otros signos: ¡así os habéis es­condido bien de todos los intérpretes de signos!

Y aun cuando se sea un escrutador de riñones: ¡quién creerá que vosotros tenéis riñones! De colores parecéis estar amasados, y de papeles encolados.

Todas las épocas y todos los pueblos miran abigarrada­mente desde vuestros velos; todas las costumbres y todas las creencias hablan abigarradamente desde vuestros gestos.

Quien os quitase velos y aderezos y colores y gestos: toda­vía tendría bastante para espantar a los pájaros con el resto.

En verdad, yo mismo soy el pájaro espantado que una vez os vio desnudos y sin colores; y me escapé volando de allí cuando el esqueleto me hizo señas amorosas.

¡Preferiría ser jornalero en el submundo y entre las sombras del pasado! - ¡más gruesos y rellenos que vosotros son cier­tamente los habitantes del submundo!

¡Esto, sí, esto es amargura para mis intestinos, el no sopor­taros ni desnudos ni vestidos a vosotros, los hombres del pre­sente!

Todas las cosas siniestras del futuro, y todas las que alguna vez espantaron a pájaros extraviados, más confortables son, en verdad, y más familiares que vuestra «realidad».

Pues habláis así: «Nosotros somos enteramente reales, y ajenos a la fe y a la superstición»: así hincháis el pecho - ¡ay, aunque ni siquiera tenéis pechos!

Sí, ¡cómo ibais a poder creer vosotros, gentes salpicadas de múltiples colores! - ¡si sois estampas de todo lo que alguna vez fue creído!

Refutaciones ambulantes sois de la fe misma, y una dislocación de todos los pensamientos. Indignos de fe: ¡así os llamo yo a vosotros, reales!

Todas las épocas han parloteado unas contra otras en vues­tros espirítus; ¡y los sueños y parloteos de todas las épocas eran más reales incluso que vuestra vigilia!

Estériles sois: por eso os falta a vosotros la fe. Pero el que tuvo que crear, ése tuvo siempre también sus sueños proféti­cos y sus signos estelares - ¡y creía en la fe!

Puertas entreabiertas sois vosotros, junto a las cuales aguardan sepultureros. Y ésta es vuestra realidad: «Todo es digno de perecer».

¡Ay, cómo aparecéis ante mí, estériles, con qué costillas tan flacas! Y algunos de vosotros se han dado sin duda cuenta de ello.

Y dijeron: «¿Es que un dios nos ha sustraído secretamente algo mientras dormíamos? ¡En verdad, bastante para formar­se con ello una mujercilla!

¡Asombrosa es la pobreza de nuestras costillas!», así han hablado ya algunos de los hombres del presente.

¡Sí, risa me causáis, hombres del presente! ¡Y especialmen­te cuando os asombráis de vosotros mismos!

¡Y ay de mí si no pudiera yo reírme de vuestro asombro y tuviera que tragarme todas las repugnantes cosas de vuestras escudillas!

Pero quiero tomaros a la ligera, pues yo tengo que llevar co­sas pesadas; ¡y qué me importa el que escarabajos y gusanos voladores se posen sobre mi carga!

¡En verdad, no por ello me ha de pesar más! Y no de vosotros, hombres del presente, debe llegarme a mí la gran fatiga.

¡Ay, adónde debo ascender yo todavía con mi anhelo! Des­de todas las altas montañas busco con la vista el país de mis padres y de mis madres.

Pero no he encontrado hogar en ningún sitio: un nómada soy yo en todas las ciudades, y una despedida junto a todas las puertas.

Ajenos me son, y una burla, los hombres del presente, ha­cia quienes no hace mucho me empujaba el corazón; y deste­rrado estoy del país de mis padres y de mis madres.

Por ello amo yo ya tan sólo el país de mis hijos, el no des­cubierto, en el mar remoto: que lo busquen incesantemente ordeno yo a mis velas.

En mis hijos quiero reparar el ser hijo de mis padres: ¡y en todo futuro - este presente!

Así habló Zaratustra.

Del inmaculado conocimiento

Cuando ayer salía la luna me pareció que iba a dar a luz un sol: tan abultada y grávida yacía en el horizonte.

Pero me mintió con su preñez; y antes creería yo en el hom­bre de la luna que en la mujer.

Ciertamente, poco hombre es también ese tímido noctámbu­lo. En verdad, con mala conciencia deambula sobre los tejados. Pues es lascivo y celoso el monje que hay en la luna, lascivo de la tierra y de todas las alegrías de los amantes.

¡No, no me gusta ese gato sobre los tejados! ¡Me repugnan todos los que rondan furtivamente las ventanas entornadas! Piadosa y silente camina sobre alfombras de estrellas: mas no me gustan, en el varón, esos pies sigilosos, en los que ni siquiera una espuela mete ruido.

El paso de todo hombre honesto habla; pero el gato se escu­rre furtivo por el suelo. Mira, gatuna y deshonesta avanza la luna.

¡Esta parábola os ofrezco a vosotros los sensibles hipócri­tas, a vosotros los hombres del «puro conocimiento»! ¡A vo­sotros yo os llamo - lascivos!

También vosotros amáis la tierra y las cosas terrenas: ¡os he adivinado bien! - pero vergüenza hay en vuestro amor, y mala conciencia, ¡os parecéis a la luna!

A que despreciéis a la tierra ha persuadido alguien a vues­tro espíritu, pero no a vuestras entrañas: ¡mas éstas son lo más fuerte en vosotros!

Y ahora vuestro espíritu se avergüenza de estar a merced de vuestras entrañas, y a causa de su propia vergüenza recorre caminos tortuosos y embusteros.

«Para mí sería lo más elevado - así se dice a sí mismo vues­tro mendaz espíritu - mirar a la tierra sin codicia y sin tener la lengua colgando, como el perro:

¡Ser feliz en el contemplar, con una voluntad ya muerta, ajeno a la rapacidad y a la avaricia del egoísmo - frío y gris en todo el cuerpo, mas con ebrios ojos de luna!»

«Lo más querido sería para mí - así se seduce a sí mismo el seducido - amar la tierra tal como la ama la luna, y sólo con los ojos palpar su belleza.

Y el conocimiento inmaculado de todas las cosas sea para mí el no querer nada de las cosas: excepto el que me sea lícito yacer ante ellas como un espejo de cien ojos.»

¡Oh, sensibles hipócritas, lascivos! A vosotros os falta la inocencia en el deseo: ¡y por eso ahora calumniáis el desear! ¡En verdad, no como creadores, engendradores, gozosos de devenir amáis vosotros la tierra!

¿Dónde hay inocencia? Allí donde hay voluntad de engen­drar. Y el que quiere crear por encima de sí mismo, ése tiene para mí la voluntad más pura.

¿Dónde hay belleza? Allí donde yo tengo que querer con toda mi voluntad; allí donde yo quiero amar y hundirme en mi ocaso, para que la imagen no se quede sólo en imagen.

Amar y hundirse en su ocaso: estas cosas van juntas desde la eternidad. Voluntad de amor: esto es aceptar de buen gra­do incluso la muerte. ¡Esto es lo que yo os digo, cobardes!

¡Pero ahora vuestro castrado bizquear quiere llamarse «contemplación»! ¡Y lo que se deja palpar con ojos cobardes debe ser bautizado con el nombre de «bello»! ¡Oh, mancilla­dores de nombres nobles!

Mas ésta debe ser vuestra maldición, inmaculados, hom­bres del puro conocimiento, el que jamás daréis a luz: ¡y ello aunque yazcáis abultados y grávidos en el horizonte!

En verdad, vosotros os llenáis la boca con palabras nobles: iy nosotros debemos creer que el corazón os rebosa, embus­teros?

Pero mis palabras son palabras pequeñas, despreciadas, torcidas: me gusta recoger lo que en vuestros banquetes cae debajo de la mesa.

¡Con ellas puedo siempre todavía - decir la verdad a los hi­pócritas! ¡Sí, mis espinas de pescado, mis conchas y mis car­dos deben - cosquillear las narices a los hipócritas!

Aire viciado hay siempre en torno a vosotros y a vuestros banquetes: ¡vuestros lascivos pensamientos, vuestras menti­ras y disimulos están, en efecto, en el aire!

¡Osad primero creeros a vosotros mismos - a vosotros y a vuestras entrañas! El que no se cree a sí mismo miente siempre.

Una máscara de un dios habéis colgado delante de vosotros mismos, «puros»: en una máscara de un dios se ha introduci­do, arrastrándose, vuestra asquerosa lombriz.

¡En verdad, vosotros engañáis, «contemplativos»! También Zaratustra fue en otro tiempo el chiflado de vuestras pieles di­vinas; no adivinó las enroscadas serpientes de que estaban llenas esas pieles.

¡En otro tiempo me imaginé ver jugar el alma de un dios en vuestros juegos, hombres del puro conocimiento! ¡En otro tiempo me imaginé que no había mejor arte que vuestras artes!

La distancia me ocultaba la inmundicia de serpientes y su mal olor: y que aquí rondaba, lasciva, la astucia de un lagarto.

Pero me aproximé a vosotros: entonces llegó a mí el día - y ahora él viene a vosotros, ¡se acabaron los amores con la luna!

¡Mirad! ¡Atrapada y pálida se encuentra ahí la luna - antela aurora!

¡Pues ya llega ella, la incandescente, llega su amor a la tie­rra! ¡Inocencia y deseo propio de creador es todo amor solar!

¡Mirad cómo se eleva impaciente sobre el mar! ¿No sentís la sed y la ardiente respiración de su amor?

Del mar quiere sorber, y beber su profundidad llevándose­la a lo alto: entonces el deseo del mar se eleva con mil pechos.

Besado y sorbido quiere ser éste por la sed del sol; ¡en luz quiere convertirse, y en altura y en huella de luz, y en luz mis­ma!

En verdad, igual que el sol amo yo la vida y todos los mares profundos.

Y esto significa para mí conocimiento: todo lo profundo debe ser elevado - ¡hasta mi altura!

Así habló Zaratustra.

De los doctos

M¡entras yo yacía dormido en el suelo vino una oveja a pacer de la corona de hiedra de mi cabeza, pació y dijo: «Za­ratustra ha dejado de ser un docto».

Así dijo, y se marchó hinchada y orgullosa. Me lo ha con­tado un niño.

Me gusta estar echado aquí donde los niños juegan, junto al muro agrietado, entre cardos y rojas amapolas.

Todavía soy un docto para los niños, y también para los car­dos y las rojas amapolas. Son inocentes, incluso en su maldad.

Mas para las ovejas he dejado de serlo: así lo quiere mi des­tino - ¡bendito sea!

Pues ésta es la verdad: he salido de la casa de los doctos: y además he dado un portazo a mis espaldas.

Durante demasiado tiempo mi alma estuvo sentada ham­brienta a su mesa; yo no estoy adiestrado al conocer como ellos, que lo consideran un cascar nueces.

Amo la libertad, y el aire sobre la tierra fresca; prefiero dor­mir sobre pieles de buey que sobre sus dignidades y respeta­bilidades.

Yo soy demasiado ardiente y estoy demasiado quemado por pensamientos propios: a menudo me quedo sin aliento. Enton­ces tengo que salir al aire libre y alejarme de los cuartos llenos de polvo.

Pero ellos están sentados, fríos, en la fría sombra: en todo quieren ser únicamente espectadores, y se guardan de sentar­se allí donde el sol abrasa los escalones.

Semejantes a quienes se paran en la calle y miran boquia­biertos a la gente que pasa: así aguardan también ellos y mi­ran boquiabiertos a los pensamientos que otros han pensado.

Si se los toca con las manos, levantan, sin quererlo, polvo a su alrededor, como si fueran sacos de harina; ¿pero quién adi­vinaría que su polvo procede del grano y de la amarilla delicia de los campos de estío?

Cuando se las dan de sabios, sus pequeñas sentencias yver­dades me hacen tiritar de frío: en su sabiduría hay a menudo un olor como si procediese de la ciénaga: y en verdad, ¡yo he oído croar en ella a la rana!

Son hábiles, tienen dedos expertos: ¡qué quiere mi sencillez en medio de su complicación! De hilar y de anudar y de tejer entienden sus dedos: ¡así hacen los calcetines del espíritu!

Son buenos relojes: ¡con tal de que se tenga cuidado de dar­les cuerda a tiempo! Entonces señalan la hora sin fallo y, al ha­cerlo, producen un discreto ruido.

Trabajan igual que molinos y morteros: ¡basta con echarles nuestros cereales! - ellos saben moler bien el grano y conver­tirlo en polvo blanco.

Se miran unos a otros los dedos y no se fían del mejor. Son hábiles en inventar astucias pequeñas, aguardan a aquellos cuya ciencia anda con pies tullidos, aguardan igual que ara­ñas.

Siempre les he visto preparar veneno con cautela; y siem­pre, al hacerlo, se cubrían los dedos con guantes de cristal.

También saben jugar con dados falsos; y los he encontrado jugando con tanto ardor que al hacerlo sudaban.

Somos recíprocamente extraños, y sus virtudes repugnan a mi gusto aún más que sus falsedades y sus dados engañosos.

Y cuando yo habitaba entre ellos habitaba por encima de ellos. Por esto se enojaron conmigo.

No quieren siquiera oír decir que alguien camina por, enci­ma de sus cabezas; y por ello colocaron maderas y tierra e in­mundicias entre mí y sus cabezas.

Así amortiguaron el sonido de mis pasos: y, hasta hoy, quienes peor me han oído han sido los más doctos de to­dos.

Entre ellos y yo han colocado las faltas y debilidades de to­dos los hombres: «techo falso» llaman a esto en sus casas.

Mas, a pesar de todo, con mis pensamientos camino por encima de sus cabezas; y aun cuando yo quisiera caminar so­bre mis propios errores, continuaría estando por encima de ellos y de sus cabezas.

Pues los hombres no son iguales: así habla la justicia , ¡y lo que yo quiero, eso a ellos no les ha sido lícito quererlo!

Así habló Zaratustra.

De los poetas

Desde que conozco mejor el cuerpo, dijo Zaratustra a uno de sus discípulos - el espíritu no es ya para mí más que un modo de expresarse; y todo lo ‘imperecedero’ - es también sólo un símbolo».

«Esto ya te lo he oído decir otra vez, respondió el discípu­lo; y entonces añadiste: “mas los poetas mienten demasia­do?”.

¿Por qué dijiste que los poetas mienten demasiado?»

«¿Por qué?, dijo Zaratustra. ¿Preguntas por qué? No soy yo de esos a quienes sea lícito preguntarles por su porqué.

¿Es que mi experiencia vital es de ayer? Hace ya mucho tiempo que viví las razones de mis opiniones.

¿No tendría yo que ser un tonel de memoria si quisiera te­ner conmigo también mis razones?

Ya me resulta demasiado incluso el retener mis opiniones; y más de un pájaro se escapa volando.

A veces encuentro también en mi palomar un animal que ha venido volando y que me es extraño, y que tiembla cuando pongo mi mano sobre él.

Sin embargo, ¿qué te dijo en otro tiempo Zaratustra? ¿Qué los poetas mienten demasiado? - Mas también Zaratustra es un poeta.

¿Crees, pues, que dijo entonces la verdad? ¿Por qué lo crees?».

El discípulo respondió: «Yo creo en Zaratustra». Mas Zara­tusara movió la cabeza y sonrió.

La fe no me hace bienaventurado,

dijo, y mucho menos, la fe en mí.

Pero en el supuesto de que alguien dijera con toda seriedad que los poetas mienten demasiado: tiene razón, nosotros mentimos demasiado.

Nosotros sabemos también demasiado poco y aprende­mos mal: por ello tenemos que mentir.

¿Y quién de entre nosotros los poetas no ha adulterado su propio vino? Más de una venenosa mixtura ha sido fabricada en nuestras bodegas, y más de una cosa indescriptible se ha hecho en ellas.

Y como nosotros sabemos poco, nos gustan mucho los po­bres de espíritu, ¡especialmente si son mujercillas jóvenes! Hasta codiciamos las cosas que las viejecillas se cuentan por las noches. A eso lo llamamos lo eterno-femenino

que hay en nosotros.

Y como si hubiese un especial acceso secreto al saber, que queda obstruido para quienes aprenden algo: así nosotros creemos en el pueblo y en su «sabiduría».

Y todos los poetas creen esto: que quien, tendido en la hierba o en repechos solitarios, aguza los oídos, ése llega a saber algo de las cosas que se encuentran entre el cielo y la tierra.

Y si a ellos llegan delicados movimientos, los poetas opinan siempre que la naturaleza misma se ha enamorado de ellos: Y que se desliza en sus oídos para decirles cosas secretas y enamoradas lisonjas: ¡de ello se glorían y se envanecen ante todos los mortales!

¡Ay, existen demasiadas cosas entre el cielo y la tierra con las cuales sólo los poetas se han permitido soñar!

Y, sobre todo, por encima del cielo: ¡pues todos los dioses son un símbolo de poetas, un amaño de poetas!.

En verdad, siempre somos arrastrados hacia lo alto

- es de­cir, hacia el reino de las nubes: sobre éstas plantamos nuestros multicolores peleles y los llamamos dioses y superhombres:

¡Pues son justamente bastante ligeros para tales sillas! -to­dos esos dioses y superhombres.

¡Ay, qué cansado estoy de todo lo insuficiente, que debe ser de todos modos acontecimiento! ¡Ay, qué cansado estoy de los poetas!

Cuando Zaratustra dijo esto, su discípulo se enojó con él, pero calló. También Zaratustra calló; y sus ojos se habían vuelto hacia dentro, como si mirasen hacia remotas lejanías. Finalmente suspiró y tomó aliento.

Yo soy de hoy y de antes, dijo luego; pero hay algo dentro de mí que es de mañana y de pasado mañana y del futuro.

Me he cansado de los poetas, de los viejos y de los nuevos: superficiales me parecen todos, y mares poco profundos.

No han pensado con suficiente profundidad: por ello su sentimiento no se sumergió hasta llegar a las razones pro­fundas.

Un poco de voluptuosidad y un poco de aburrimiento: eso ha sido la mejor incluso de sus reflexiones.

Un soplo y un deslizarse de fantasmas me parecen a mí to­dos sus arpegios; ¡qué han sabido ellos hasta ahora del ardor de los sonidos!

No son tampoco para mí bastante limpios: todos ellos en­sucian sus aguas para hacerlas parecer profundas.

Con gusto representan el papel de conciliadores: ¡mas para mí no pasan de ser mediadores y enredadores, y mitad de esto y mitad de aquello, y gente sucia!

Ay, yo lancé ciertamente mi red en sus mares y quise pescar buenos peces; pero siempre saqué la cabeza de un viejo dios.

El mar proporcionó así una piedra al hambriento. Y ellos mismos proceden sin duda del mar.

Es cierto que en ellos se encuentran perlas: pero tanto más se parecen ellos mismos a crustáceos duros. Y en vez de alma he encontrado a menudo en ellos légamo salado.

También del mar han aprendido su vanidad: ¿no es el mar el pavo real de los pavos reales?.

Incluso ante el más feo de todos los búfalos despliega él su cola, y jamás se cansa de su abanico de encaje hecho de plata y seda.

Ceñudo contempla esto el búfalo, pues su alma prefiere la arena, y más todavía la maleza, y más que ninguna otra cosa, la ciénaga.

¡Qué le importan a él la belleza y el mar y los adornos del pavo real! Ésta es la parábola que yo dedico a los poetas.

¡En verdad, su espíritu es el pavo real de los pavos reales y un mar de vanidad!

Espectadores quiere el espíritu del poeta: ¡aunque sean bú­falos!

Mas yo me he cansado de ese espíritu: y veo venir el día en que también él se cansará de sí mismo.

Transformados he visto ya a los poetas, y con la mirada di­rigida contra ellos mismos.

Penitentes del espíritu he visto venir: han surgido de los poetas.

Así habló Zaratustra.

De grandes acontecimientos

Hay una isla en el mar -no lejos de las islas afortunadas de Zaratustra- en la cual humea constantemente una monta­ña de fuego; de aquella isla dice el pueblo, y especialmente las viejecillas del pueblo, que está colocada como un peñasco de­lante de la puerta del submundo: y que a través de la montaña misma de fuego desciende el estrecho sendero que conduce hasta esa puerta del submundo.

Por el tiempo en que Zaratustra habitaba en las islas afor­tunadas ocurrió que un barco echó el ancla junto a la isla en que se encuentra la montaña humeante; y su tripulación bajó a tierra para cazar conejos. Hacia la hora del mediodía, cuan­do el capitán y su gente estuvieron reunidos de nuevo, vieron de pronto que por el aire venía hacia ellos un hombre, y que una voz decía con claridad: «¡Ya es tiempo! ¡Ya ha llegado la hora!» Y cuando más cerca de ellos estuvo la figura - pasó vo­lando a su lado igual que una sombra, en dirección a la mon­taña de fuego - reconocieron, con gran consternación, que era Zaratustra; pues todos ellos lo habían visto ya, excepto el capitán, y lo amaban a la manera como el pueblo ama, es decir: con un sentimiento en que amor y temor están mezclados a partes iguales.

«¡Mirad!, dijo el viejo timonel, ¡ahí va Zaratustra al infier­no!»

Por los mismos días en que estos marineros habían desem­barcado en la isla de fuego se difundió el rumor de que Zara­tustra había desaparecido; y cuando se preguntaba a sus ami­gos, éstos contaban que se había embarcado de noche sin de­cir adónde iba.

Se produjo así cierta intranquilidad; al cabo de tres días se añadió a ella el relato de los marineros - y entonces todo el pueblo se puso a decir que el diablo se había llevado a Zara­tustra. Sus discípulos se reían ciertamente de tales habladu­rías; y uno de ellos llegó a decir: «Yo creo más bien que es Za­ratustra el que se ha llevado al diablo». Pero en el fondo de su alma todos ellos estaban llenos de preocupación y de anhelo: por ello grande fue su alegría cuando al quinto día Zaratustra apareció entre ellos.

Y éste es el relato de la conversación de Zaratustra con el pe­rro de fuego.

La tierra, dijo él, tiene una piel; y esa piel tiene enfermeda­des. Una de ellas se llama, por ejemplo: «hombre».

Y otra de esas enfermedades se llama «perro de fuego»: acerca de éste los hombres han dicho y han dejado que les di­gan muchas mentiras.

Para sondear ese misterio atravesé el mar: y he visto desnu­da la verdad, ¡creedme!, desnuda de pies a cabeza.

En cuanto al perro de fuego, ahora sé de qué se trata; y asimismo sé qué son todos esos demonios de las erupciones y conmociones, de los que no sólo las viejecillas sienten miedo.

¡Sal de ahí, perro de fuego, sal de tu profundidad!, exclamé, ¡y confiesa lo profunda que es tu profundidad! ¿De dónde sa­cas lo que expulsas por la nariz?

¡Tú bebes en abundancia del mar: eso es lo que tu salada elocuencia delata! ¡Verdaderamente, para ser un perro de la profundidad, tomas tu alimento en demasía de la superficie!

A lo sumo te considero el ventrílocuo de la tierra: y siempre que he oído hablar a los demonios de las erupciones y las con­mociones los encontré idénticos a ti: salados, embusteros y poco profundos.

¡Vosotros entendéis de aullar y de oscurecer todo con ceni­za! Sois los mejores bocazas que existen y habéis aprendido hasta la saciedad el arte de hacer hervir el fango.

Donde vosotros estáis, allí tiene que haber siempre fango en las cercanías, y muchas cosas porosas, cavernosas, compri­midas: quieren salir a la libertad.

«Libertad» es lo que más os gusta aullar: pero yo he dejado de creer en «grandes acontecimientos» tan pronto como se presentan rodeados de muchos aullidos y mucho humo.

¡Y créeme, amigo ruido infernal! Los acontecimientos más grandes - no son nuestras horas más estruendosas, sino las más silenciosas.

No en torno a los inventores de un ruido nuevo: en torno a los inventores de nuevos valores gira el mundo; de modo inaudible gira.

¡Y confiésalo! Pocas eran las cosas que habían ocurrido cuando tu ruido y tu humo se retiraban. ¡Qué importa que una ciudad se convierta en una momia y que una estatua yaz­ca en el fango!.

Y ésta es la palabra que digo todavía a los derribadores de estatuas. Sin duda la tontería más grande es arrojar sal al mar y estatuas al fango.

En el fango de vuestro desprecio yacía la estatua: ¡pero su ley es precisamente que el desprecio haga renacer en ella vida y viviente belleza!

Con rasgos divinos se yergue ahora, y con la seducción propia de los que sufren; y ¡en verdad!, ¡incluso os dará las gracias por haberla derribado, derribadores!

Éste es el consejo que doy a los reyes y a las Iglesias y a todo lo que es débil por edad y por virtud - ¡dejaos derribar! ¡Para que vosotros volváis a la vida, y para que vuelva a vosotros - la vir­tud!

Así hablé yo ante el perro de fuego: entonces él me inte­rrumpió gruñendo y preguntó: «¿Iglesia? ¿Qué es eso?»

¿Iglesia?, respondí yo, eso es una especie de Estado, y, cier­tamente, la especie más embustera de todas. ¡Mas cállate, pe­rro hipócrita! ¡Tú conoces perfectamente sin duda tu especie!

Lo mismo que tú, es el Estado un perro hipócrita; lo mismo que a ti, gústale a él hablar con humo y aullidos, para hacer creer, como tú, que habla desde el vientre de las cosas.

Pues él, el Estado, quiere ser a toda costa el animal más im­portante en la tierra; y también esto se lo cree a él la gente. –

Cuando hube dicho esto, el perro de fuego hizo gestos como si se hubiera vuelto loco de envidia. «¿Cómo?, gritó, ¿el animal más importante en la tierra? ¿Y también esto se lo cree a él la gente?» Y tanto fue el vapor y tantas las horribles voces que de su garganta salieron que yo pensé que iba a asfixiarse de rabia y de envidia.

Por fin se calmó, y su jadeo fue disminuyendo; pero tan pronto como estuvo callado, dije yo riendo:

«Te enojas, perro de fuego: ¡así, pues, tengo razón en lo que he dicho sobre ti!

Y para seguir teniéndola, oye algo de otro perro de fuego: éste habla verdaderamente desde el corazón de la tierra.

Oro sale de su boca al respirar, y lluvia de oro: así lo quiere su corazón. ¡Qué le importan a él la ceniza y el humo y el léga­mo caliente!

La risa sale revoloteando de él como una nube multicolor; ¡desdeña el gargareo y los escupitajos y el retortijón de tus en­trañas!

Pero el oro y la risa - los toma del corazón de la tierra: pues, para que lo sepas, el corazón de la tierra es de oro.»

Cuando el perro de fuego oyó esto, no soportó el seguir es­cuchándome. Avergonzado escondió el rabo entre las pier­nas, dijo ¡guau!, ¡guau! con voz abatida y se sumergió, arras­trándose, en su caverna.

Esto es lo que Zaratustra contó. Mas sus discípulos apenas le escuchaban: tan grande era su deseo de contarle la historia de los marineros, los conejos y el hombre volador.

«¡Qué debo pensar de todo esto!, dijo Zaratustra. ¿Soy yo acaso un fantasma?

Habrá sido mi sombra. ¿Habéis oído ya algo del caminante y su sombra?

Una cosa es segura: tengo que atarla corta, pues de lo contrario perjudicará mi reputación.»

Y de nuevo movió Zaratustra la cabeza y se maravilló: «¡Qué debo pensar de todo esto!», volvió a decir.

«Por qué gritó el fantasma: ¡Ya es tiempo! ¡Ya ha llegado la hora!

¿De qué ha llegado la hora?»

Así habló Zaratustra.

El adivino

Y vi venir una gran tristeza sobre los hombres. Los mejo­res se cansaron de sus obras.

Una doctrina se difundió, y junto a ella corría una fe: “¡Todo está vacío, todo es idéntico, todo fue!

Y desde todos los cerros el eco repetía: “¡Todo está vacío, todo es idéntico, todo fue!”

Sin duda nosotros hemos cosechado: mas ¿por qué se nos han podrido todos los frutos y se nos han ennegrecido? ¿Qué cayó de la malvada luna la última noche?

Inútil ha sido todo el trabajo, en veneno se ha transforma­do nuestro vino, el mal de ojo ha quemado nuestros campos y nuestros corazones, poniéndolos amarillos.

Todos nosotros nos hemos vuelto áridos; y si cae fuego so­bre nosotros, nos reduciremos a polvo, como la ceniza: aún más, nosotros hemos cansado hasta al mismo fuego.

Todos los pozos se nos han secado, también el mar se ha re­tirado. ¡Todos los suelos quieren abrirse, mas la profundidad no quiere tragarnos!

«Ay, dónde queda todavía un mar en que poder ahogarse”: así resuena nuestro lamento - alejándose sobre ciénagas planas.

En verdad, estamos demasiado cansados incluso para mo­rir; ahora continuamos estando en vela y sobrevivimos - ¡en cámaras sepulcrales!»

Así oyó Zaratustra hablar a un adivino, y su vaticinio le lle­gó al corazón y se lo transformó. Triste y cansado iba de un si­tio para otro; y acabó pareciéndose a aquellos de quienes el adivino había hablado.

En verdad, dijo a sus discípulos, de aquí a poco llegará ese largo crepúsculo. ¡Ay, cómo salvaré mi luz llevándola al otro lado!

¡Que no se me apague en medio de esta tristeza! ¡Debe ser luz para mundos remotos e incluso para noches remotísimas!

Contristado de este modo en su corazón iba Zaratustra de un lado para otro; y durante tres días no tomó bebida ni co­mida, estuvo intranquilo y perdió el habla. Por fin ocurrió que cayó en un profundo sueño. Mas sus discípulos estaban sentados a su alrededor, en largas velas nocturnas, y aguarda­ban preocupados a ver si se despertaba y recobraba el habla y se curaba de su tribulación.

Y éste es el discurso que Zaratustra pronunció al despertar; su voz llegaba a sus discípulos como desde una remota lejanía. ¡Oídme el sueño que he soñado, amigos, y ayudadme a adi­vinar su sentido!

Un enigma continúa siendo para mí este sueño; su sentido está oculto dentro de él, aprisionado allí, y aún no vuela por encima de él con alas libres.

Yo había renunciado a toda vida, así soñaba. En un vigilan­te nocturno y en un guardián de tumbas me había convertido yo allá arriba en el solitario castillo montañoso de la muerte.

Allá arriba guardaba yo sus ataúdes: llenas estaban las ló­bregas bóvedas de tales trofeos de victoria. Desde ataúdes de cristal me miraba la vida vencida.

Yo respiraba el olor de eternidades reducidas a polvo: sofo­cada y llena de polvo yacía mi alma por el suelo. ¡Y quién ha­bría podido airear allí su alma!

Una claridad de medianoche me rodeaba constantemente, la soledad se había acurrucado junto a ella; y, como tercera cosa, un mortal silencio lleno de resuellos, el peor de mis amigos.

Yo llevaba llaves, las más herrumbrosas de las llaves; y entendía de abrir con ellas la más chirriante de todas las puertas.

Semejante a irritado graznido de cornejas corría el soni­do por los largos corredores cuando las hojas de la puerta se abrían: hostilmente chillaba aquel pájaro, no le gustaba ser despertado.

Pero más espantoso era todavía y más oprimía el corazón cuando de nuevo se hacía el silencio y alrededor enmudecía todo y yo estaba sentado solo en medio de aquel pérfido callar.

Así se me iba y se me escapaba el tiempo, si es que tiempo había todavía: ¡qué sé yo de ello! Pero finalmente ocurrió algo que me despertó.

Por tres veces resonaron en la puerta golpes como truenos, y por tres veces las bóvedas repitieron el eco aullando: yo marché entonces hacia la puerta.

¡Alpa!, exclamé, ¿quién trae su ceniza a la montaña? ¡Alpa! ¡Alpa! ¿Quién trae su ceniza a la montaña?

Y metí la llave y empujé la puerta y forcejeé. Pero no se abrió ni lo ancho de un dedo:

Entonces un viento rugiente abrió con violencia sus hojas: y entre agudos silbidos y chirridos arrojó hacia mí un negro ataúd:

Y en medio del rugir, silbar y chirriar, el ataúd se hizo pe­dazos y escupió miles de carcajadas diferentes.

Y desde mil grotescas figuras de niños, ángeles, lechuzas, necios y mariposas grandes como niños algo se rió y se burló de mí y rugió contra mí.

Un espanto horroroso se apoderó de mí: me arrojó al sue­lo. Y yo grité de horror como jamás había gritado.

Pero mi propio grito me despertó: y volví en mí.

Así contó Zaratustra su sueño, y luego calló: pues aún no sabía la interpretación de su sueño. Pero el discípulo al que él más amaba se levantó con presteza, tomó la mano de Zara­tustra y dijo:

«¡Tu vida misma nos da la interpretación de ese sueño, Za­ratustra!

¿No eres tú mismo el viento de chirriantes silbidos que arranca las puertas de los castillos de la muerte?

¿No eres tú mismo el ataúd lleno de maldades multicolores y de grotescas figuras angelicales de la vida?

En verdad, semejante a mil infantiles carcajadas diferentes penetra Zaratustra en todas las cámaras mortuorias, riéndo­se de esos guardianes nocturnos y vigilantes de tumbas, y de todos los que hacen ruido con sombrías llaves.

Tú los espantarás y derribarás con tus carcajadas; su des­mayarse y su volver en sí demostrarán tu poder sobre ellos.

Y aunque vengan el largo crepúsculo y la fatiga mortal, en nuestro cielo tú no te hundirás en el ocaso, ¡tú, abogado de la vida!

Nuevas estrellas nos has hecho ver, y nuevas magnificencias nocturnas; en verdad, la risa misma la has extendido como una tienda multicolor sobre nosotros.

Desde ahora brotarán siempre risas infantiles de los ataú­des; desde ahora un viento fuerte vencerá siempre a toda fati­ga mortal: ¡de esto eres tú mismo para nosotros garante y adi­vino!

En verdad, con ellos mismos has soñado, con tus enemigos: ¡éste fue tu sueño más dificil!

¡Mas así como te despertaste de entre ellos y volviste en ti, así también ellos deben despertar de sí mismos - ¡y volver a ti!»

Así dijo aquel discípulo; y todos los demás se arrimaron entonces a Zaratustra y le tomaron de las manos y querían persuadirle a que abandonase el lecho y la tristeza y retorna­se a ellos. Mas Zaratustra permaneció sentado en su lecho, rí­gido y con una mirada extraña. Como alguien que retorna a casa desde un remoto país extranjero, así miraba él a sus dis­cípulos y examinaba sus rostros; y aún no los reconocía. Mas cuando ellos lo levantaron y lo pusieron en pie, he aquí que de repente sus ojos cambiaron; comprendió todo lo que había ocurrido, se acarició la barba y dijo con fuerte voz:

¡Bien! Eso llegará en su momento; ahora procurad, discí­pulos míos, que comamos una buena comida, ¡y pronto! ¡Así pienso hacer penitencia por mis malos sueños!

- Mas el adivino debe comer y beber a mi lado; ¡y en ver­dad, quiero mostrarle todavía un mar en que puede ahogar­se!»

Así habló Zaratustra. Luego estuvo mirando largo tiempo al rostro del discípulo que había hecho de intérprete del sueño, y mientras miraba movía la cabeza.

De la redención

Un día en que Zaratustra estaba atravesando el gran puente lo rodearon los lisiados y los mendigos, y un joroba­do le habló así:

«¡Mira, Zaratustra! También el pueblo aprende de ti y co­mienza a creer en tu doctrina: mas para que acabe de creerte del todo se necesita aún una cosa - ¡tienes que convencernos primero a nosotros los lisiados! ¡Aquí tienes ahora una her­mosa colección, y, en verdad, una ocasión que se puede aga­rrar por más de un pelo! Puedes curar a ciegos y hacer correr a paralíticos; y a quien lleva demasiado sobre su espalda podrías sin duda también quitarle un poco: ¡éste, piensoyo, se­ría el modo idóneo de hacer creer a los lisiados en Zaratus­tra!»

Mas Zaratustra replicó así al que había hablado: «Si al joro­bado se le quita su joroba, se le quita su espíritu - así enseña el pueblo. Y si al ciego se le dan sus ojos, verá demasiadas co­sas malas en la tierra: de modo que maldecirá a quien lo curó. Y el que haga correr al paralítico le causa el mayor de todos los perjuicios: pues apenas pueda correr, sus vicios, desbocados, lo arrastran consigo - así enseña el pueblo a propósito de los lisiados. ¿Y por qué no iba Zaratustra a aprender también del pueblo, si el pueblo aprende de Zaratustra?

Mas, desde que estoy entre hombres, para mí lo de menos es ver: “A éste le falta un ojo, y a aquél una oreja, y a aquel tercero la pierna, y otros hay que han perdido la lengua o la nariz o la ca­beza”.

Yo veo y he visto cosas peores, y hay algunas tan horribles que no quisiera hablar de todas, y de otras ni aun callar qui­siera, a saber: seres humanos a quienes les falta todo, excepto una cosa de la que tienen demasiado - seres humanos que no son más que un gran ojo, o un gran hocico, o un gran estóma­go, o alguna otra cosa grande, lisiados al revés los llamo yo.

Y cuando yo venía de mi soledad y por vez primera atrave­saba este puente: no quería dar crédito a mis ojos, miraba y miraba una y otra vez y acabé por decir: “¡Esto es una oreja!, ¡una sola oreja, tan grande como un hombre!”. Miré mejor: y, realmente, debajo de la oreja se movía aún algo que era peque­ño y mísero y débil hasta el punto de dar lástima. Y verdade­ramente la monstruosa oreja se asentaba sobre una pequeña varilla delgada - ¡y la varilla era un hombre! Quien mirase con una lente podría haber reconocido aún un pequeño ros­tro envidioso; y también que en la varilla se balanceaba una hinchada almita. Y el pueblo me decía que la gran oreja era no sólo un hombre, sino un gran hombre, un genio. Mas yo ja­más he creído al pueblo cuando ha hablado de grandes hom­bres - y mantuve mi creencia de que era un lisiado al revés, que tenía muy poco de todo, y demasiado de una cosa.»

Cuando Zaratustra hubo dicho esto al jorobado y a aque­llos de quienes éste era portavoz y abogado volvióse con pro­fundo mal humor hacia sus discípulos y dijo:

«¡En verdad, amigos míos, yo camino entre los hombres como entre fragmentos y miembros de hombres!

Para mis ojos lo más terrible es encontrar al hombre destroza­do y esparcido como sobre un campo de batalla y de matanza.

Y si mis ojos huyen desde el ahora hacia el pasado: siempre encuentran lo mismo: fragmentos y miembros y espantosos azares - ¡pero no hombres!

El ahora y el pasado en la tierra - ¡ay!, amigos míos - son para mí lo más insoportable; y no sabría vivir si no fuera yo además un vidente de lo que tiene que venir.

Un vidente, un volente, un creador, un futuro también, y un puente hacia el futuro - y, ay, incluso, por así decirlo, un lisia­do junto a ese puente: todo eso es Zaratustra.

Y también vosotros os habéis preguntado con frecuencia: “¿Quién es para nosotros Zaratustra? ¿Cómo lo llamare­mos?” Y lo mismo que yo, vosotros os habéis dado pregun­tas por respuesta.

¿Es uno que hace promesas? ¿O uno que las cumple? ¿Un conquistador? ¿O un heredero? ¿Un otoño? ¿O la reja de un arado? ¿Un médico? ¿O un convaleciente?

¿Es un poeta? ¿O un hombre veraz? ¿Un libertador? ¿O un domeñador? ¿Un bueno? ¿O un malvado?

Yo camino entre los hombres como entre los fragmentos del futuro: de aquel futuro que yo contemplo.

Y todos mis pensamientos y deseos tienden a pensar y reunir en unidad lo que es fragmento y enigma y espantoso azar.

¡Y cómo soportaría yo ser hombre si el hombre no fuese también poeta y adivinador de enigmas y el redentor del azar! Redimir a los que han pasado, y transformar todo “Fue” en un “Así lo quise” - ¡sólo eso sería para mí redención!.

Voluntad - así se llama el libertador y el portador de ale­gría: ¡esto es lo que yo os he enseñado, amigos mios! Y ahora aprended también esto: la voluntad misma es todavía un pri­sionero.

El querer hace libres: pero ¿cómo se llama aquello que mantiene todavía encadenado al libertador?

“Fue”: así se llama el rechinar de dientes y la más solita­ria tribulación de la voluntad. Impotente contra lo que está hecho - es la voluntad un malvado espectador para todo lo pasado.

La voluntad no puede querer hacia atrás; el que no pueda quebrantar el tiempo ni la voracidad del tiempo - ésa es la más solitaria tribulación de la voluntad.

El querer hace libres: ¿qué imagina el querer mismo para li­berarse de su tribulación y burlarse de su prisión?

¡Ay, todo prisionero se convierte en un necio! Neciamente se redime también a sí misma la voluntad prisionera.

Que el tiempo no camine hacia atrás es su secreta rabia. “Lo que fue, fue” - así se llama la piedra que ella no puede re­mover.

Y así ella remueve piedras, por rabia y por mal humor, y se venga en aquello que no siente, igual que ella, rabia y mal hu­mor.

Así la voluntad, el libertador, se ha convertido en un cau­sante de dolor: y en todo lo que puede sufrir véngase de no po­der ella querer hacia atrás.

Esto, sí, esto solo es la venganza misma: la aversión de la vo­luntad contra el tiempo y su “Fue”.

En verdad, una gran necedad habita en nuestra voluntad; ¡y el que esa necedad aprendiese a tener espíritu se ha converti­do en maldición para todo lo humano!

El espíritu de la venganza: amigos míos, sobre esto es sobre lo que mejor han reflexionado los hombres hasta ahora; y donde había sufrimiento, allí debía haber siempre castigo.

“Castigo” se llama a sí misma, en efecto, la venganza: con una palabra embustera se finge hipócritamente una buena conciencia.

Y como en el volente hay el sufrimiento de no poder querer hacia atrás, por ello el querer mismo y toda vida debían - ¡ser castigo!

Y ahora se ha acumulado nube tras nube sobre el espíritu: hasta que por fin la demencia predicó: “¡Todo perece, por ello todo es digno de perecer!

“Y la justicia misma consiste en aquella ley del tiempo se­gún la cual tiene éste que devorar a sus propios hijos”: así predicó la demencia.

“Las cosas están reguladas éticamente sobre la base del de­recho y el castigo. Oh, ¿dónde está la redención del río de las cosas y del castigo llamado ‘Existencia’?” Así predicó la de­mencia.

“¿Puede haber redención si existe un derecho eterno? ¡Ay, irremovible es la piedra `Fue': eternos tienen que ser también todos los castigos!” Así predicó la demencia.

“Ninguna acción puede ser aniquilada: ¡cómo podría ser anulada por el castigo! Lo eterno en el castigo llamado ‘Exis­tencia’ consiste en esto, ¡en que también la existencia tiene que volver a ser eternamente acción y culpa!

A no ser que la voluntad se redima al fin a sí misma y el que­rer se convierta en no-querer, ¡pero vosotros conocéis, hermanos míos, esta canción de fábula de la demencia!

Yo os aparté de todas esas canciones de fábula cuando os enseñé: “La voluntad es un creador”.

Todo ‘Fue’ es un fragmento, un enigma, un espantoso azar - hasta que la voluntad creadora añada: “¡pero yo lo quise así!”

-Hasta que la voluntad creadora añada: “¡Pero yo lo quiero así! ¡Yo lo querré así!”

¿Ha hablado ya ella de ese modo? ¿Y cuándo lo hará? ¿Se ha desuncido ya la voluntad del yugo de su propia tontería?

¿Se ha convertido ya la voluntad para sí misma en un liber­tador y en un portador de alegría? ¿Ha olvidado el espíritu de venganza y todo rechinar de dientes?

¿Y quién le ha enseñado a ella la reconciliación con el tiem­po, y algo que es superior a toda reconciliación?

Algo superior a toda reconciliación tiene que querer la vo­luntad que es voluntad de poder - : sin embargo ¿cómo le ocurre esto? ¿Quién le ha enseñado incluso el querer hacia atrás?»

- En este momento de su discurso ocurrió que Zaratustra se detuvo de repente, y semejaba del todo alguien que estuvie­se aterrorizado al máximo. Con ojos horrorizados miró a sus discípulos; sus ojos perforaban como con flechas los pensa­mientos de éstos e incluso los trasfondos de tales pensamien­tos. Mas pasado un poco de tiempo volvió ya a reír y dijo con voz bondadosa:

«Es difícil vivir con hombres, porque callar es muy difícil. Sobre todo para un charlatán».

Así habló Zaratustra. El jorobado había escuchado la con­versación y había cubierto su rostro al hacerlo; mas cuando oyó reír a Zaratustra, alzó los ojos con curiosidad y dijo len­tamente:

«¿Por qué Zaratustra nos habla a nosotros de modo distin­to que a sus discípulos?»

Zaratustra respondió: «¡Qué tiene de extraño! ¡Con joroba­dos es lícito hablar de manera jorobada!»

«Bien, dijo el jorobado; y con discípulos es lícito charlar de manera discipular.

Mas ¿por qué Zaratustra habla a sus discípulos de manera distinta que a sí mismo?»

De la cordura respecto a los hombres

No la altura: la pendiente es lo horrible!

La pendiente, donde la mirada se precipita hacia abajo y la mano se agarra hacia arriba. Aquí se apodera del corazón el vértigo de su doble voluntad.

Ay, amigos, ¿adivináis también la doble voluntad de mi cora­zón?

Esto, esto es mi pendiente y mi peligro, el que mi mirada se precipite hacia la altura y mi mano quiera sostenerse y apo­yarse - ¡en la profundidad!

Al hombre se aferra mi voluntad, con cadenas me ato a mí mismo al hombre, pues me siento arrastrado hacia arriba, hacia el superhombre: hacia allí tiende mi otra voluntad.

Y para esto vivo ciego entre los hombres; como si no los co­nociese: para que mi mano no pierda del todo su fe en algo es­table.

Yo no os conozco a vosotros, hombres: ésta es la tiniebla y éste es el consuelo que me han rodeado a menudo.

Estoy sentado junto a la puerta de la ciudad, expuesto a to­dos los bribones, y pregunto: ¿quién quiere engañarme?

Ésta es mi primera cordura respecto a los hombres, el dejar­me engañar, a fin de no tener que mantenerme en guardia frente a los engañadores.

Ay, si yo me mantuviera alerta frente al hombre: ¡cómo po­dría ser éste un ancla para mi globo! ¡Demasiado fácilmente me vería arrastrado a lo alto y a lo lejos!

Ésta es la providencia que domina mi destino, el que yo no tenga que tener cautela.

Y quien no quiera morir de sed entre los hombres tiene que aprender a beber de todos los vasos; y quien quiera permane­cer puro entre los hombres tiene que entender de lavarse in­cluso con agua sucia.

Y así me hablé yo a menudo para consolarme: «¡Bien! ¡Adelante! ¡Viejo corazón! Una infelicidad se te ha malogrado: ¡disfruta eso como tu - felicidad! »

Y ésta es mi segunda cordura respecto a los hombres: yo trato con más indulgencia a los vanidosos que a los orgullosos.

¿No es la vanidad ofendida la madre de todas las tragedias? Pero cuando el orgullo es ofendido, allí brota ciertamente algo aún mejor que el orgullo.

Para que la vida sea buena de contemplar, su espectáculo tiene que ser bien representado: y para ello se necesitan bue­nos comediantes.

Buenos comediantes me han parecido todos los vanidosos: representan la comedia y quieren que la gente guste de verlos, todo su espíritu está en esa voluntad.

Ellos se ponen en escena, se inventan a sí mismos; en su proximidad amo yo contemplar la vida, se me cura así la melancolía.

Por ello trato con indulgencia a los vanidosos, pues son para mí médicos de mi melancolía y me atan al hombre como a un espectáculo.

Y además: ¡quién mide en el vanidoso toda la profundidad de su modestia! Yo soy bueno y compasivo con él a causa de su modestia.

De vosotros quiere él aprender a creer en sí mismo; se ali­menta de vuestras miradas, devora la alabanza que llega de vuestras manos.

Cree incluso vuestras mentiras, si mentís bien acerca de él: pues en lo más hondo su corazón suspira: «¡qué soy yo!»

Y si la verdadera virtud es la que se ignora a sí misma: ¡el vanidoso ignora su modestia!

Y ésta es mi tercera cordura respecto a los hombres, el no permitir a vuestro temor que me quite el gusto de contemplar a los malvados.

Y soy feliz de ver las maravillas que un sol ardiente encoba: tigres y palmeras y serpientes de cascabel.

También entre los hombres hay hermosas crías de un sol ar­diente, y muchas cosas hay dignas de ser admiradas en los malvados.

Es cierto que así como vuestros sapientísimos no me pare­cen tan sabios, así también encontré que la maldad de los hombres está por debajo de su fama.

Y a menudo me he preguntado, moviendo la cabeza: ¿por qué seguir cascabeleando, serpientes de cascabel?

¡En verdad, también para el mal hay todavía un futuro! Y el sur más ardiente no ha sido aún descubierto para el hombre.

¡Cuántas cosas llámanse ya ahora la peor de las maldades, que, sin embargo, sólo tienen doce pies de ancho y tres meses de duración! Alguna vez vendrán al mundo, sin embargo, dragones mayores.

Pues para que no le falte al superhombre su dragón, el su­perdragón, que sea digno de él: ¡para ello muchos soles ar­dientes tienen aún que abrasar la húmeda selva virgen!

Vuestros gatos salvajes tienen primero que convertirse en tigres, y vuestros sapos venenosos, en cocodrilos: ¡pues el buen cazador debe tener una buena caza!

¡Y en verdad, oh buenos y justos! Muchas cosas hay en vo­sotros que causan risa, ¡y ante todo vuestro miedo de lo que hasta ahora se ha llamado «demonio»!

¡Tan extraños sois a lo grande en vuestra alma que el super­hombre os resultará temible en su bondad!

¡Y vosotros, sabios y sapientes, huiríais de la quemadura de sol que produce la sabiduría, quemadura en la que el super­hombre baña con placer su desnudez!

¡Vosotros, los hombres supremos con que mis ojos tropeza­ron! Ésta es mi duda respecto a vosotros y mi secreto reír: ¡apuesto a que a mi superhombre lo llamaríais – demonio!

Ay, me he cansado de estos hombres, los más elevados y los mejores de todos: desde su «altura» sentía yo deseos de mar­char hacia arriba, lejos, fuera, ¡hacia el superhombre!

Un espanto se apoderó de mí cuando vi desnudos a estos hombres, los mejores de todos: entonces me brotaron las alas para alejarme volando hacia futuros remotos.

Hacia futuros más remotos, hacia sures más meridionales que los que artista alguno haya soñado jamás: ¡hacia allí don­de los dioses se avergüenzan de todos los vestidos!

Mas a vosotros, prójimos y semejantes, yo os quiero ver dis­frazados y bien adornados, y vanidosos, y dignos, como «los buenos y justos».

Y disfrazado quiero yo mismo sentarme entre vosotros, -para conoceros mal a vosotros y a mí: ésta es, en efecto, mi úl­tima cordura respecto a los hombres.

Así habló Zaratustra.

La más silenciosa de todas las horas

Qué me ha ocurrido, amigos míos? Me veis trastornado, acuciado, dócil a pesar mío, dispuesto a marchar - ¡ay, a ale­jarme de vosotros!

Sí, una vez más tiene Zaratustra que volver a su soledad: ¡pero esta vez el oso vuelve de mala gana a su caverna!

¿Qué me ha ocurrido? ¿Quién me lo ordena? - Ay, mi irri­tada señora lo quiere así, me ha hablado: ¿os he dicho ya algu­na vez su nombre?

Ayer al atardecer me habló mi hora más silenciosa: ése es el nombre de mi terrible señora.

Y esto es lo que ocurrió, ¡pues tengo que deciros todo, para que vuestro corazón no se endurezca contra el que se va de repente!

¿Conocéis el terror del que se adormece?

Hasta las puntas de los pies tiembla, debido a que el suelo le falla y los sueños comienzan.

Ésta es la parábola que os digo. Ayer, en la hora más silen­ciosa, el suelo me falló: comenzaron los sueños.

La aguja avanzaba, el reloj de mi vida tomaba aliento -, jamás había oído yo tal silencio a mi alrededor: de modo que mi corazón sintió terror.

Entonces algo me habló sin voz: «¿Lo sabes, Zaratustra?»

Y yo grité de terror ante ese susurro, y la sangre abandonó mi rostro: pero callé.

Entonces algo volvió a hablarme sin voz: «¡Lo sabes, Zara­tustra, pero no lo dices!»

Y yo respondí por fin, como un testarudo: «¡Sí, lo sé, pero no quiero decirlo!»

Entonces algo me habló de nuevo sin voz: «¿No quieres, Za­ratustra? ¿Es eso verdad? ¡No te escondas en tu terquedad!»

Y yo lloré y temblé como un niño, y dije: «¡Ay, lo querría, mas cómo poder! ¡Dispénsame de eso! ¡Está por encima de mis fuerzas!»

Entonces algo me habló de nuevo sin voz: «¡Qué importas tú, Zaratustra! ¡Di tu palabra y hazte pedazos!»

Y yo respondí: «Ay, ¿es mi palabra? ¿Quién soy yo? Yo estoy aguardando a uno más digno; no soy siquiera digno de hacer­me pedazos contra él».

Entonces algo me habló de nuevo sin voz: «¿Qué importas tú? Para mí no eres aún bastante humilde. La humildad tiene la piel más dura de todas».

Y yo respondí: «¡Qué cosas no ha soportado ya la piel de mi humildad! Yo habito al pie de mi altura: ¿cuál es la altura de mis cimas? Nadie me lo ha dicho todavía. Pero conozco bien mis valles».

Entonces algo me habló de nuevo sin voz: «Oh Zaratustra, quien ha de trasladar montañas traslada también valles y hondonadas».

Y yo respondí: «Mi voz no ha transladado aún montañas, y lo que he dicho no ha llegado a los hombres. Yo he ido sin duda a los hombres, pero todavía no he llegado hasta ellos».

Entonces algo me habló de nuevo sin voz: «¡Qué sabes tú de eso! El rocío cae sobre la hierba cuando la noche está más ca­llada que nunca».

Y yo respondí: «Ellos se burlaron de mí cuando encontré mi propio camino y marché por él; y, en verdad, mis pies tembla­ban entonces.

Y así me dijeron: ¡has olvidado el camino, y ahora olvidas también hasta el andar!»

Entonces algo me habló de nuevo sin voz: «¡Qué importa su burla! Tú eres uno que ha olvidado el obedecer: ¡ahora debes mandar!

¿No sabes quién es el más necesario de todos? El que man­da grandes cosas.

Realizar grandes cosas es difícil: pero más difícil es man­darlas.

Esto es lo más imperdonable en ti: tienes poder, y no quie­res dominar.»

Y yo respondí: «Me falta la voz del león para mandar».

Entonces algo me habló de nuevo como un susurro: «Las pa­labras más silenciosas son las que traen la tempestad. Pensa­mientos que caminan con pies de paloma dirigen el mundo.

Oh Zaratustra, debes caminar como una sombra de lo que tiene que venir: así mandarás y, mandando, precederás a otros.»

Y yo respondí: «Me avergüenzo».

Entonces algo me habló de nuevo sin voz: «Tienes que ha­certe todavía niño y no tener vergüenza.

El orgullo de la juventud está todavía sobre ti, tarde te has hecho joven: pero el que quiere convertirse en niño tiene que superar incluso su juventud.»

Y yo reflexioné durante largo tiempo, y temblaba. Pero acabé por decir lo que había dicho al comienzo: «No quiero».

Entonces oí risas a mi alrededor. ¡Ay, cómo esas risas me desgarraron las entrañas y me hendieron el corazón!

Y por última vez algo me habló: «¡Oh Zaratustra, tus frutos están maduros, pero tú no estás maduro para tus frutos! Por ello tienes que volver de nuevo a la soledad: pues debes ponerte tierno aún.»

Y de nuevo oí risas que huían: entonces lo que me rodeaba quedó silencioso, como con un doble silencio. Yo yacía por el suelo, y el sudor me corría por los miembros.

-Ahora habéis oído todo, y por qué tengo yo que regresar a mi soledad. No os he callado nada, amigos míos.

Pero también me habéis oído decir quién sigue siendo el más silencioso de todos los hombres - ¡y quiere serlo!

¡Ay, amigos míos! ¡Yo tendría aún algunas cosas que deci­ros, yo tendría aún algunas que daros! ¿Por qué no las doy? ¿Acaso soy avaro?

Y cuando Zaratustra hubo dicho estas palabras lo asaltó la violencia del dolor y la proximidad de la separación de sus amigos, de modo que lloró sonoramente; y nadie sabía conso­larlo. Y durante la noche se marchó solo y abandonó a sus amigos.

Tercera parte

Vosotros miráis hacia arriba cuando deseáis elevación. Y yo miro hacia abajo, porque estoy elevado.

¿Quién de vosotros puede a la vez reír y estar elevado?

Quien asciende a las montañas más altas se ríe de todas las tragedias, de las del teatro y de las de la vida.

Zaratustra, Del leer y el escribir, I.

El caminante

Fue alrededor de la medianoche cuando Zaratustra em­prendió su camino sobre la cresta de la isla para llegar de madru­gada a la otra orilla, pues en aquel lugar quería embarcarse. Ha­bía allí, en efecto, una buena rada, en la cual gustaban echar el ancla incluso barcos extranjeros; éstos recogían a algunos que querían dejar las islas afortunadas y atravesar el mar. Mientras Zaratustra iba subiendo la montaña pensaba en las muchas ca­minatas solitarias que había realizado desde su juventud y en las muchas montañas y crestas y cimas a que ha había ascendido.

Yo soy un caminente y un escalador de montañas, decía a su corazón, no me gustan las llanuras, y parece que no puedo es­tarme sentado tranquilo largo tiempo.

Y sea cual sea mi destino, sean cuales sean las vivencias que aún haya yo de experimentar, siempre habrá en ello un ca­minar y un escalar montañas; en última instancia uno no tie­ne vivencias más que de sí mismo.

Pasó ya el tiempo en que era lícito que a mí me sobrevinie­ran acontecimientos casuales, ¡y qué podría ocurrirme toda­vía que no fuera ya algo mío!

Lo único que hace es retornar, por fin vuelve a casa mi propio sí-mismo y cuanto de él estuvo largo tiempo en tierra extraña y disperso entre todas las cosas y acontecimientos ca­suales.

Y una cosa más sé: me encuentro ahora ante mi última cumbre y ante aquello que durante más largo tiempo me ha sido ahorrado. ¡Ay, mi más duro camino es el que tengo que subir! ¡Ay, he comenzado mi caminata más solitaria!

Pero quien es de mi especie no se libra de semejante hora; de la hora que le dice: «¡Sólo en este instante recorres tu cami­no de grandeza! ¡Cumbre y abismo, ahora eso está fundido en una sola cosa!

Recorres tu camino de grandeza; ¡ahora se ha convertido en tu último refugio lo que hasta el momento se llamó tu último peligro!

Recorres tu camino de grandeza; ¡ahora es necesario que tu mejor valor consista en que no quede ya ningún camino a tus espaldas!

Recorres el camino de tu grandeza; ¡nadie debe seguirte aquí a escondidas! Tu mismo pie ha borrado detrás de ti el ca­mino, y sobre él está escrito: Imposibilidad.

Y si en adelante te faltan todas las escaleras, tienes que sa­ber subir incluso por encima de tu propia cabeza; ¿cómo que­rrías, de otro modo, caminar hacia arriba?

¡Por encima de tu propia cabeza y más allá de tu propio cora­zón! Ahora lo más suave de ti tiene aún que convertirse en lo más duro.

Quien siempre se ha tratado a sí mismo con mucha indul­gencia acaba por enfermar a causa de ello. ¡Alabado sea lo que endurece! ¡Yo no alabo el país donde corren manteca y miel.

Es necesario aprender a apartar la mirada de sí para ver muchas cosas; esa dureza necesítala todo aquel que escala montañas.

Mas quien tiene ojos importunos como hombre del cono­cimiento, ¡cómo iba a ver ése en todas las cosas algo más que los motivos superficiales de ellas!

Tú, sin embargo, oh Zaratustra, has querido ver el fondo y el trasfondo de todas las cosas; por ello tienes que subir por encima de ti mismo, ¡arriba, cada vez más alto, hasta que in­cluso tus estrellas las veas por debajo de ti!

¡Sí! Bajar la vista hacia mí mismo e incluso hacia mis estre­llas; ¡sólo esto significaría mi cumbre, esto es lo que me ha quedado aún como mi última cumbre!

Así iba diciéndose Zaratustra a sí mismo al ascender, con­solando su corazón con duras sentenzuelas, pues tenía el corazón herido como nunca antes. Y cuando llegó a la cima de la cresta de la montaña, he aquí que el otro mar yacía allí extendido ante su vista; entonces se detuvo y calló largo rato. La noche era fría en aquella cumbre, y clara y estre­llada.

Conozco mi suerte, se dijo por fin con pesadumbre. ¡Bien! Estoy dispuesto. Acaba de empezar mi última soledad.

¡Ay, ese mar triste y negro a mis pies! ¡Ay, esa grávida desa­zón nocturna! ¡Ay, destino y mar! ¡Hacia vosotros tengo aho­ra que descender!

Me encuentro ante mi montaña más alta y ante mi más lar­ga caminata; por eso tengo primero que descender más bajo de lo que nunca descendí.

¡Descender al dolor más de lo que nunca descendí, hasta su más negro oleaje! Así lo quiere mi destino. ¡Bien! Estoy dispuesto.

¿De dónde vienen las montañas más altas?, pregunté en otro tiempo. Entonces aprendí que vienen del mar.

Este testimonio está escrito en sus rocas y en las paredes de sus cumbres. Lo más alto tiene que llegar a su altura desde lo más profundo. Así dijo Zaratustra en la cima del monte, donde hacía frío; pero cuando se acercó al mar y se encontró por fin únicamen­te entre los escollos, el camino lo había cansado y vuelto aún más anheloso que antes.

Todo continúa aún dormido, dijo; también el mar duerme. Ebrios de sueño y extraños miran sus ojos hacia mí.

Pero su aliento es cálido, lo siento. Y siento también que sueña. Y soñando se retuerce sobre duras almohadas.

¡Escucha! ¡Escucha! ¡Cómo gime el mar a causa de recuer­dos malvados! ¿O tal vez a causa de expectativas malvadas?

Ay, triste estoy contigo, oscuro monstruo, y enojado conmi­go mismo por tu causa.

¡Ay, por qué no tendrá mi mano bastante fortaleza! ¡En verdad, me gustaría redimirte de sueños malvados!

Y mientras Zaratustra hablaba así, se reía de sí mismo con melancolía y amargura. «¡Cómo! ¡Zaratustra!, dijo, ¿quieres consolar todavía al mar cantando?

¡Ay, Zaratustra, necio rico en amor, sobrebienaventurado de confianza! Pero así has sido siempre; siempre te has acerca­do confiado a todo lo horrible.

Has querido incluso acariciar a todos los monstruos. Un vaho de cálida respiración, un poco de suave vello en las ga­rras, y enseguida estabas dispuesto a amar y a atraer.

El amor es el peligro del más solitario, el amor a todas las cosas, ¡con tal de que vivan! ¡De risa son, en verdad, mi nece­dad y mi modestia en el amor!»

Así habló Zaratustra, y rió por segunda vez; entonces pensó en sus amigos abandonados, y como si los hubiera ofendido con sus pensamientos, enojóse consigo mismo a causa de és­tos. Y pronto ocurrió que el que reía se puso a llorar; de có­lera y de anhelo lloró Zaratustra amargamente.

De la visión y enigma

1

Cuando se corrió entre los marineros la voz de que Zaratus­tra se encontraba en el barco, pues al mismo tiempo que él había subido a bordo un hombre que venía de las islas afortu­nadas, prodújose una gran curiosidad y expectación. Mas Zaratustra estuvo callado durante dos días, frío y sordo de tristeza, de modo que no respondía ni a las miradas ni a las preguntas. Al atardecer del segundo día, sin embargo, aunque todavía guardaba silencio, volvió a abrir sus oídos; pues había muchas cosas extrañas y peligrosas que oír en aquel barco, que venía de lejos y que quería ir aún más lejos. Zaratustra era amigo, en efecto, de todos aquellos que realizan largos viajes y no les gusta vivir sin peligro. Y he aquí que, por fin, a fuer­za de escuchar, su propia lengua se soltó y el hielo de su cora­zón se rompió; entonces comenzó a hablar así:

A vosotros los audaces buscadores e indagadores, y a quien­quiera que alguna vez se haya lanzado con astutas velas a ma­res terribles,

a vosotros los ebrios de enigmas, que gozáis con la luz del crepúsculo, cuyas almas son atraídas con flautas a todos los abismos laberínticos,

pues no queréis, con mano cobarde, seguir a tientas un hilo; y allí donde podéis adivinar, odiáis el deducir;

a vosotros solos os cuento el enigma que he visto, la visión del más solitario:

Sombrío caminaba yo hace poco a través del crepúsculo de color de cadáver, sombrío y duro, con los labios apreta­dos. Pues más de un sol se había hundido en su ocaso para mí.

Un sendero que ascendía obstinado a través de pedregales, un sendero maligno, solitario, al que ya no alentaban ni hier­bas ni matorrales: un sendero de montaña crujía bajo la obs­tinación de mi pie.

Avanzando mudo sobre el burlón crujido de los guijarros, aplastando la piedra que lo hacía resbalar: así se abría paso mi pie hacia arriba.

Hacia arriba, a pesar del espíritu que de él tiraba hacia abajo, hacia el abismo, el espíritu de la pesadez, mi demonio y enemigo capital.

Hacia arriba, aunque sobre mí iba sentado ese espíritu, mitad enano, mitad topo; paralítico; paralizante; dejando caer plomo en mi oído, pensamientos-gotas de plomo en mi cerebro.

«Oh Zaratustra, me susurraba burlonamente, silabeando las palabras, ¡tú, piedra de la sabiduría! Te has arrojado a ti mismo hacia arriba, mas toda piedra arrojada, ¡tiene que caer!

¡Oh Zaratustra, tú, piedra de la sabiduría, tú, piedra de hon­da, tú, destructor de estrellas! A ti mismo te has arrojado muy alto, mas toda piedra arrojada, ¡tiene que caer!

Condenado a ti mismo, y a tu propia lapidación; oh Za­ratustra, sí, lejos has lanzado la piedra, ¡mas sobre ti cae­rá de nuevo!»

Calló aquí el enano; y esto duró largo tiempo. Mas su silen­cio me oprimía; ¡y cuando se está así entre dos, se está, en ver­dad, más solitario que cuando se está solo!

Yo subía, subía, soñaba, pensaba, mas todo me oprimía. Me asemejaba a un enfermo al que su terrible tormento lo deja rendido, y a quien un sueño más terrible todavía vuelve a despertarlo cuando acaba de dormirse.

Pero hay algo en mí que yo llamo valor; hasta ahora éste ha matado en mí todo desaliento. Ese valor me hizo al fin dete­nerme y decir: «¡Enano! ¡Tú! ¡O yo!»

El valor es, en efecto, el mejor matador; el valor que ata­ca, pues todo ataque se hace a tambor batiente.

Pero el hombre es el animal más valeroso, por ello ha ven­cido a todos los animales. A tambor batiente ha vencido inclu­so todos los dolores; pero el dolor por el hombre es el dolor más profundo.

El valor mata incluso el vértigo junto a los abismos, ¡y en qué lugar no estaría el hombre junto a abismos! ¿El simple mirar no es mirar abismos?

El valor es el mejor matador; el valor mata incluso la com­pasión. Pero la compasión es el abismo más profundo: cuan­to el hombre hunde su mirada en la vida, otro tanto la hunde en el sufrimiento.

Pero el valor es el mejor matador; el valor que ataca: éste mata la muerte misma, pues dice: «¿Era esto la vida? ¡Bien! ¡Otra vez! ».

En estas palabras, sin embargo, hay mucho sonido de tam­bor batiente. Quien tenga oídos, oiga.

2

«¡Alto! ¡Enano!, dije. ¡Yo! ¡O tú! Pero yo soy el más fuerte de los dos: ¡tú no conoces mi pensamiento abismal! ¡Ése no podrías soportarlo!»

Entonces ocurrió algo que me dejó más ligero, ¡pues el enano saltó de mi hombro, el curioso! Y se puso en cuclillas sobre una piedra delante de mí. Cabalmente allí donde nos habíamos detenido había un portón.

«¡Mira ese portón! ¡Enano!, seguí diciendo, tiene dos caras. Dos caminos convergen aquí; nadie los ha recorrido aún has­ta su final.

Esa larga calle hacia atrás dura una eternidad. Y esa larga calle hacia adelante es otra eternidad.

Se contraponen esos caminos; chocan derechamente de cabeza, y aquí, en este portón, es donde convergen. El nom­bre del portón está escrito arriba: "Instante".

Pero si alguien recorriese uno de ellos cada vez y cada vez más lejos: ¿crees tú, enano, que esos caminos se contradicen eternamente?”

«Todas las cosas derechas mienten, murmuró con desprecio el enano. Toda verdad es curva, el tiempo mismo es un círculo.» «Tú, espíritu de la pesadez, dije encolerizándome, ¡no to­mes las cosas tan a la ligera! O te dejo en cuclillas ahí donde te encuentras, cojitranco, ¡y yo te he subido hasta aquí!

¡Mira, continué diciendo, este instante! Desde este portón llamado "Instante" corre hacia atrás una calle larga, eterna; a nuestras espaldas yace una eternidad.

Cada una de las cosas que pueden correr, ¿no tendrá que ha­ber recorrido ya alguna vez esa calle? Cada una de las cosas que pueden ocurrir, ¿no tendrá que haber ocurrido, haber sido hecha, haber transcurrido ya alguna vez?

Y si todo ha existido ya, ¿qué piensas tú, enano, de este instante? ¿No tendrá también este portón que haber exis­tido ya?

¿Y no están todas las cosas anudadas con fuerza, de modo que este instante arrastra tras sí todas las cosas venideras? ¿Por lo tanto, incluso a sí mismo?

Pues cada una de las cosas que pueden correr, ¡también por esa larga calle hacia adelante tiene que volver a correr una vez más!

Y esa araña que se arrastra con lentitud a la luz de la luna, y esa misma luz de la luna, y yo y tú, cuchicheando ambos jun­to a este portón, cuchicheando de cosas eternas ¿no tenemos todos nosotros que haber existido ya?

y venir de nuevo y correr por aquella otra calle, hacia adelante, delante de nosotros, por esa larga, horrenda calle, ¿no tenemos que retornar eternamente?»

Así dije, con voz cada vez más queda, pues tenía miedo de mis propios pensamientos y de sus trasfondos. Entonces, de repente, oí aullar a un perro cerca.

¿Había oído yo alguna vez aullar así a un perro? Mi pensa­miento corrió hacia atrás. ¡Sí! Cuando era niño, en remota in­fancia.

entonces oí aullar así a un perro. Y también lo vi con el pelo erizado, la cabeza levantada, temblando, en la más si­lenciosa medianoche, cuando incluso los perros creen en fantasmas,

de tal modo que me dio lástima. Pues justo en aquel mo­mento la luna llena, con un silencio de muerte, apareció por encima de la casa, justo en aquel momento se había detenido, un disco incandescente, detenido sobre el techo plano, como sobre propiedad ajena;

esto exasperó entonces al perro; pues los perros creen en la­drones y fantasmas. Y cuando de nuevo volví a oírle aullar, de nuevo volvió a darme lástima.

¿Adónde se había ido ahora el enano? ¿Y el portón? ¿Y la araña? ¿Y todo el cuchicheo? ¿Había yo soñado, pues? ¿Me ha­bía despertado? De repente me encontré entre peñascos salva­jes, solo, abandonado, en el más desierto claro de luna.

¡Pero allí yacía por tierra un hombre! ¡Y allí! El perro saltan­do, con el pelo erizado, gimiendo; ahora él me veía venir, y entonces aulló de nuevo; gritó; ¿había yo oído alguna vez a un perro gritar así pidiendo socorro?

Y, en verdad, lo que vi no lo había visto nunca. Vi a un jo­ven pastor retorciéndose, ahogándose, convulso, con el rostro descompuesto, de cuya boca colgaba una pesada serpiente negra.

¿Había visto yo alguna vez tanto asco y tanto lívido espanto en un solo rostro? Sin duda se había dormido. Y entonces la ser­piente se deslizó en su garganta y se aferraba a ella mordiendo.

Mi mano tiró de la serpiente; tiró y tiró; ¡en vano! No conseguí arrancarla de allí. Entonces se me escapó un grito: «¡Muerde! ¡Muerde!

¡Arráncale la cabeza! ¡Muerde!» éste fue el grito que de mí se escapó; mi horror, mi odio, mi náusea, mi lástima, todas mis cosas buenas y malas gritaban en mí con un solo grito.

¡Vosotros, hombres audaces que me rodeáis! ¡Vosotros, buscadores, indagadores, y quienquiera de vosotros que se haya lanzado con velas astutas a mares inexplorados! ¡Voso­tros, que gozáis con enigmas!

¡Resolvedme, pues, el enigma que yo contemplé entonces, interpretadme la visión del más solitario!

Pues fue una visión y una previsión; ¿qué vi yo entonces en símbolo? ¿Y quién es el que algún día tiene que venir aún?

¿Quién es el pastor a quien la serpiente se le introdujo en la garganta? ¿Quién es el hombre a quien todas las cosas más pe­sadas, más negras, se le introducirán así en la garganta?

Pero el pastor mordió, tal como se lo aconsejó mi grito; ¡dio un buen mordisco! Lejos de sí escupió la cabeza de la ser­piente y se puso en pie de un salto.

Ya no pastor, ya no hombre, ¡un transfigurado, ilumina­do, que reía! ¡Nunca antes en la tierra había reído hombre al­guno como él rió!

Oh hermanos míos, oí una risa que no era risa de hom­bre, y ahora me devora una sed, un anhelo que nunca se aplaca.

Mi anhelo de esa risa me devora; ¡oh, cómo soporto el vivir aún! ¡Y cómo soportaría el morir ahora!

Así habló Zaratustra.

De la bienaventuranza no querida

Con tales enigmas y amarguras en el corazón cruzó Za­ratustra el mar. Mas cuando estuvo a cuatro días de viaje de las islas afortunadas y de sus amigos, había superado todo su do­lor; victorioso y con pies firmes se hallaba erguido de nue­vo sobre su destino. Y entonces Zaratustra habló así a su con­ciencia jubilosa:

Solo estoy de nuevo, y quiero estarlo, solo con el cielo puro y el mar libre; y de nuevo me rodea la tarde.

En una tarde encontré por vez primera en otro tiempo a mis amigos, en una tarde también la vez segunda, en la hora en que toda luz se vuelve más silenciosa.

Pues lo que de felicidad se encuentra aún en camino entre el cielo y la tierra, eso búscase como asilo un alma luminosa: a causa de la felicidad se ha vuelto toda luz más silenciosa ahora.

¡Oh tarde de mi vida! En otro tiempo también mi felicidad descendió al valle para buscarse un asilo; allí encontró esas al­mas abiertas y hospitalarias

¡Oh tarde de mi vida! ¡Qué no he entregado yo a cambio de tener una sola cosa: este viviente plantel de mis pensamientos y esta luz matinal de mi más alta esperanza!

Compañeros de viaje buscó en otro tiempo el creador, e hi­jos de su esperanza; y ocurrió que no pudo encontrarlos, a no ser que él mismo los crease.

Así estoy en medio de mi obra, yendo hacia mis hijos y vol­viendo de ellos; por amor a sus hijos tiene Zaratustra que consumarse a sí mismo.

Pues radicalmente se ama tan sólo al propio hijo y a la propia obra; y donde existe gran amor a sí mismo, allí hay se­ñal de embarazo; esto es lo que he encontrado.

Todavía verdean mis hijos en su primera primavera, unos junto a otros y agitados por vientos comunes, árboles de mi jardín y de mi mejor tierra.

¡Y en verdad!, ¡donde se apiñan tales árboles, allí existen is­las afortunadas!

Pero alguna vez quiero trasplantarlos y ponerlos separados unos de otros; para que cada uno aprenda soledad, y tenaci­dad, y cautela.

Nudoso y retorcido y con flexible dureza deberá estar en­tonces para mí junto al mar, faro viviente de vida invencible.

Allí donde las tempestades se precipitan en el mar y la trompa de las montañas bebe agua, allí debe realizar cada uno alguna vez sus guardias de día y de noche, para su examen y conocimiento.

Conocido y examinado debe ser, para que se sepa si es de mi especie y de mi procedencia; si es señor de una voluntad larga, callado aun cuando habla, y de tal modo dispuesto a dar, que al dar tome.

Para que algún día llegue a ser mi compañero de viaje y concree y concelebre las fiestas junto con Zaratustra; al­guien que me escriba mi voluntad en mis tablas, para más plena consumación de todas las cosas.

Y por amor a él y a su igual tengo yo mismo que consumar­me a mí; por ello me aparto ahora de mi felicidad y me ofrez­co a toda infelicidad para mi último examen y mi último co­nocimiento.

Y en verdad era llegado el tiempo de irme; y la sombra del caminante y el instante más largo y la hora más silenciosa; to­dos me decían: «¡Ya ha llegado la hora!»

El viento me soplaba por el agujero de la cerradura y decía: «¡Ven!» La puerta se me abría arteramente y decía: «¡Ve!»

Mas yo yacía encadenado al amor de mis hijos; el ansia me tendía esos lazos, el ansia de amor, de llegar a ser presa de mis hijos y perderme en ellos.

Ansiar; esto significa ya para mí: haberme perdido. ¡Yo os tengo, hijos míos! En este tener, todo tiene que ser seguridad y nada tiene que ser ansiar.

Pero encobándome yacía sobre mí el sol de mi amor, en su propio jugo cocíase Zaratustra; entonces sombras y dudas se alejaron volando por encima de mí.

De frío e invierno sentía yo ya deseos: «¡Oh, que el frío y el invierno vuelvan a hacerme crujir y chirriar!», suspiraba yo; entonces se levantaron de mí nieblas glaciales.

Mi pasado rompió sus sepulcros, más de un dolor enterra­do vivo se despertó; tan sólo se había adormecido, oculto en sudarios.

Así me gritaron todas las cosas por signos: «¡Ya es tiempo!» Mas yo no oía; hasta que por fin mi abismo se movió y mi pensamiento me mordió.

¡Ay, pensamiento abismal, que eres mi pensamiento! ¿Cuán­do encontraré la fuerza para oírte cavar, y no temblar yo ya?

¡Hasta el cuello me suben los latidos del corazón cuando te oigo cavar! ¡Tu silencio quiere estrangularme; tú, abismal­mente silencioso!

Todavía no me he atrevido nunca a llamarte arriba, ¡ya es bastante que conmigo te haya yo llevado! Aún no era yo bas­tante fuerte para la última arrogancia y petulancia del león.

Bastante terrible ha sida ya siempre para mí tu pesadez, ¡mas alguna vez debo encontrar la fuerza y la voz del león, que te llame arriba!

Cuando yo haya superado esto, entonces quiero superar algo todavía mayor; ¡y una victoria será el sello de mi consu­mación!

Entretanto vago todavía por mares inciertos; el azar me adula, el azar de lengua lisa; hacia adelante y hacia atrás miro; aún no veo final alguno.

Todavía no me ha llegado la hora de mi última lucha, ¿o acaso me llega en este momento? ¡En verdad, con pérfida be­lleza me contemplan el mar y la vida que me rodean!

¡Oh tarde de mi vida! ¡Oh felicidad antes del anochecer! ¡Oh puerto en alta mar! ¡Oh paz en la incertidumbre! ¡Cómo desconfío de todos vosotros!

¡En verdad, desconfío de vuestra pérfida belleza! Me parezco al amante, que desconfía de la sonrisa demasiado aterciopelada.

Así como el celoso rechaza lejos de sí a la más amada, sien­do tierno incluso en su dureza, así rechazo yo lejos de mí esta hora bienaventurada.

¡Aléjate, hora bienaventurada! ¡Contigo me llegó una bie­naventuranza no querida! Dispuesto a mi dolor más profun­do me encuentro aquí; ¡a destiempo has venido!

¡Aléjate, hora bienaventurada! Es mejor que busques asilo allí ¡entre mis hijos! ¡Apresúrate!, ¡y bendícelos con mi feli­cidad antes del anochecer!

Ya se aproxima el anochecer: el sol se pone. ¡Vete, felicidad mía!

Así habló Zaratustra, y aguardó a su infelicidad durante toda la noche, mas aguardó en vano. La noche permaneció clara y silen­ciosa, y la felicidad misma se le fue acercando cada vez más. Ha­cia la mañana Zaratustra rió a su corazón y dijo burlonamente: «La felicidad corre detrás de mí. Esto se debe a que yo no corro detrás de las mujeres. Pero la felicidad es una mujer».

Antes de la salida del sol

Oh cielo por encima de mí, tú puro! ¡Profundo! ¡Abismo de luz! Contemplándote me estremezco de ansias divinas.

Arrojarme a tu altura ¡ésa es mi profundidad! Cobijarme en tu pureza ¡ésa es mi inocencia!

Al dios su belleza lo encubre: así me ocultas tú tus estrellas. No hablas: así me anuncias tu sabiduría.

Mudo sobre el mar rugiente has salido hoy para mí, tu amor y tu pudor dicen revelación a mi rugiente alma.

El que hayas venido bello a mí, encubierto en tu belleza, el que mudo me hables, manifiesto en tu sabiduría.

¡Oh, cómo no iba yo a adivinar todos los pudores de tu alma! ¡Antes del sol has venido a mí tú, el más solitario de to­dos!

Somos amigos desde el comienzo; comunes nos son la tris­tura y la pavura y la hondura; hasta el sol nos es común.

No hablamos entre nosotros, pues sabemos demasiadas cosas; callamos juntos, sonreímos juntos a nuestro saber.

¿No eres tú acaso la luz para mi fuego? ¿No tienes tú el alma gemela de mi conocimiento?

Juntos aprendimos todo; juntos aprendimos a ascender por encima de nosotros hacia nosotros mismos, y a sonreír sin nubes;

a sonreír sin nubes hacia abajo, desde ojos luminosos y desde una remota lejanía, mientras debajo de nosotros la coacción y la finalidad y la culpa exhalan vapores como si fuesen lluvia.

Y cuando yo caminaba solo: ¿de quién tenía hambre mi alma por las noches y en los senderos errados? Y cuando yo subía montañas, ¿a quién buscaba siempre en las montañas sino a ti?

Y todo mi caminar y subir montañas, era una necesidad tan sólo, y un recurso del desvalido; ¡volar es lo único que mi entera voluntad quiere, volar dentro de ti!

¿Y a quién odiaba yo más que a las nubes pasajeras y a to­das las cosas que te manchan? ¡Y hasta a mi propio odio odia­ba yo, porque te manchaba!

Estoy enojado con las nubes pasajeras, con esos gatos de presa que furtivamente se deslizan; nos quitan a ti y a mí lo que nos es común: el inmenso e ilimitado decir sí y amén.

Estamos enojados con esas mediadoras y entrometidas, las nubes pasajeras: mitad de esto mitad de aquello, que no han aprendido a bendecir ni a maldecir a fondo.

¡Prefiero estar sentado en el tonel bajo un cielo cubierto, prefiero estar sentado sin cielo en el abismo, que verte a ti, cie­lo de luz, manchado con nubes pasajeras!

Y a menudo he sentido deseos de sujetarlas con los denta­dos alambres áureos del rayo, y golpear los timbales, como el trueno, sobre su panza de caldera;

ser un encolerizado timbalero, porque me roban tu ¡sí! y ¡amén!, ¡cielo por encima de mí, tú puro! ¡Luminoso! ¡Abismo de luz! porque te roban mi ¡sí! y ¡amén!

Pues prefiero el ruido y el trueno y las maldiciones del mal tiempo a esta circunspecta y dubitante quietud gatuna; y tam­bién entre los hombres, a los que más odio es a todos los que andan sin ruido, y a todos los medias tintas, y a los que son como dubitantes e indecisas nubes pasajeras.

¡Y «el que no pueda bendecir, debe aprender a malde­cir»! esta luminosa enseñanza me cayó de un cielo lumi­noso, esta estrella brilla en mi cielo hasta en las noches negras.

Mas yo soy uno que bendice y que dice sí, con tal de que tú estés a mi alrededor, ¡tú puro!, ¡luminoso!, ¡tú abismo de luz! a todos los abismos llevo yo entonces, como una bendición, mi decir sí.

Me he convertido en uno que bendice y que dice sí, y he lu­chado durante largo tiempo, y fui un luchador, a fin de tener un día las manos libres para bendecir.

Pero ésta es mi bendición: estar yo sobre cada cosa como su cielo propio, como su techo redondo, su campana azur y su eterna seguridad, ¡bienaventurado quien así bendice!

Pues todas las cosas están bautizadas en el manantial de la eternidad y más allá del bien y del mal; el bien y el mal mismos no son más que sombras intermedias y húmedas tribulacio­nes y nubes pasajeras.

En verdad, una bendición es, y no una blasfemia, el que yo enseñe: «Sobre todas las cosas está el cielo Azar, el cielo Ino­cencia, el cielo Casualidad y el cielo Arrogancia».

«De casualidad» ésta es la más vieja aristocracia del mun­do, yo se la he restituido a todas las cosas, yo la he redimido de la servidumbre a la finalidad.

Esta libertad y esta celestial serenidad yo las he puesto como campana azur sobre todas las cosas al enseñar que por encima de ellas y a través de ellas no hay ninguna «voluntad eterna» que quiera.

Esta arrogancia y esta necedad púselas yo en lugar de aque­lla voluntad cuando enseñé: «En todas las cosas sólo una es imposible: ¡racionalidad!»

Un poco de razón, ciertamente, una semilla de sabiduría, esparcida entre estrella y estrella, esa levadura está mezclada en todas las cosas ¡por amor a la necedad hay mezclada sabiduría en todas las cosas!

Un poco de sabiduría sí es posible; pero ésta fue la bienaven­turada seguridad que encontré en todas las cosas: que prefie­ren bailar sobre los pies del azar.

Oh cielo por encima de mí, ¡tú puro!, ¡elevado! Ésta es para mí tu pureza, ¡que no existe ninguna eterna araña y ninguna eterna telaraña de la razón;

que tú eres para mí una pista de baile para azares divinos, que tú eres para mí una mesa de dioses para dados y jugado­res divinos!

Pero ¿te sonrojas? ¿He dicho tal vez cosas que no pueden decirse? ¿He blasfemado queriendo bendecirte?

¿O acaso es el pudor compartido el que te ha hecho enroje­cer? ¿Acaso me ordenas irme y callar porque ahora viene el día?

El mundo es profundo, y más profundo de lo que nun­ca ha pensado el día. No a todas las cosas les es lícito tener palabras antes del día. Pero el día viene, ¡por eso ahora nos separamos!

Oh cielo por encima de mí, ¡tú pudoroso!, ¡ardiente! ¡Oh tú felicidad mía antes de la salida del sol! El día viene: ¡por eso ahora nos separamos!

Así habló Zaratustra.

De la virtud empequeñecedora

1

Cuando Zaratustra estuvo de nuevo en tierra firme no mar­chó derechamente a su montaña y a su caverna, sino que hizo muchos caminos y preguntas y se informó de esto y de lo otro, de modo que, bromeando, decía de sí mismo: «¡He aquí un río que con numerosas curvas refluye hacia la fuente!» Pues quería enterarse de lo que entretanto había ocurrido con el hombre: si se había vuelto más grande o más pequeño. Y en una ocasión vio una fila de casas nuevas; entonces se maravi­lló y dijo:

¿Qué significan esas casas? ¡En verdad, ningún alma gran­de las ha colocado ahí como símbolo de sí misma!

¿Las sacó acaso un niño idiota de su caja de juguetes? ¡Oja­lá otro niño vuelva a meterlas en su caja!

Y esas habitaciones y cuartos: ¿pueden salir y entrar ahí va­rones? Parécenme hechas para muñecas de seda; o para gatos golosos, que también permiten sin duda que se los golosinee a ellos.

Y Zaratustra se detuvo y reflexionó. Finalmente dijo turbado: «¡Todo se ha vuelto más pequeño!

Por todas partes veo puertas más bajas: quien es de mi es­pecie puede pasar todavía por ellas sin duda ¡pero tiene que agacharse!

Oh, cuándo regresaré a mi patria, donde ya no tengo que agacharme ¡dónde ya no tengo que agacharme ante los pe­queños!» Y Zaratustra suspiró y miró a la lejanía.

Y aquel mismo día pronunció su discurso sobre la virtud empequeñecedora.

2

Yo camino a través de este pueblo y mantengo abiertos mis ojos: no me perdonan que no esté envidioso de sus virtu­des.

Tratan de morderme porque les digo: para gentes pequeñas son necesarias virtudes pequeñas ¡y porque me resulta duro que sean necesarias gentes pequeñas!

Todavía me parezco aquí al gallo caído en corral ajeno, al que picotean incluso las gallinas; sin embargo, no por ello me enfado yo con estas gallinas.

Soy cortés con ellas, como con toda molestia pequeña; ser espinoso con lo pequeño paréceme una sabiduría de erizos.

Todos ellos hablan de mí cuando por las noches están senta­dos en torno al fuego hablan de mí, mas nadie piensa ¡en mí!

Éste es el nuevo silencio que he aprendido: su ruido a mi al­rededor extiende un manto sobre mis pensamientos.

Meten ruido entre ellos: «¿Qué quiere de nosotros esa nube sombría? ¡Cuidemos de que no nos traiga una peste!»

Y hace poco una mujer atrajo a sí violentamente a su hijo, que quería venir a mí: «¡Llevaos los niños!», gritó; «esos ojos chamuscan las almas infantiles».

Tosen cuando yo hablo: creen que toser es un argumento contra vientos poderosos ¡no adivinan nada del rugir de mi felicidad!

«Todavía no tenemos tiempo para Zaratustra» esto es lo que objetan; pero ¿qué importa un tiempo que «no tiene tiempo» para Zaratustra?

Y hasta cuando me alaban: ¿cómo podría yo adormecerme sobre su alabanza? Un cinturón de espinas es para mí su ala­banza: me araña todavía después de haberlo apartado de mí.

Y también he aprendido esto entre ellos: el que alaba se imagina que restituye algo, ¡pero en verdad quiere recibir más regalos!

¡Preguntad a mi pie si le agrada la forma de alabar y de atraer de ellos! En verdad, a ese ritmo y a ese tictac no le gus­ta a mi pie ni bailar ni estar quieto.

Hacia la virtud pequeña quisieran atraerme y elogiármela; hacia el tictac de la felicidad pequeña quisieran persuadir a mi pie.

Camino a través de este pueblo y mantengo abiertos los ojos: se han vuelto más pequeños y se vuelven cada vez más pe­queños, y esto se debe a su doctrina acerca de la felicidad y la virtud.

En efecto, también en la virtud son modestos pues quie­ren comodidad. Pero con la comodidad no se aviene más que la virtud modesta.

Sin duda ellos aprenden también, a su manera, a caminar y a marchar hacia adelante: a esto lo llamo yo su renquear. Con ello se convierten en obstáculos para todo el que tiene prisa.

Y algunos de ellos marchan hacia adelante y, al hacerlo, mi­ran hacia atrás, con la nuca rígida,: a éstos me gusta atrope­llarlos.

Pies y ojos no deben mentirse ni desmentirse mutuamente. Pero hay demasiada mentira entre las gentes pequeñas. Algunos de ellos quieren, pero la mayor parte únicamente son queridos. Algunos de ellos son auténticos, pero la ma­yoría son malos comediantes.

Hay entre ellos comediantes sin saberlo y comediantes sin quererlo, los auténticos son siempre raros, y en especial los comediantes auténticos.

Hay aquí pocos varones: por ello se masculinizan sus mu­jeres. Pues sólo quien es bastante varón redimirá en la mu­jer a la mujer.

Y la hipocresía que peor me pareció entre ellos fue ésta: que también los que mandan fingen hipócritamente tener las virtudes de quienes sirven.

«Yo sirvo, tú sirves, nosotros servimos», así reza aquí también la hipocresía de los que dominan, ¡y ay cuando el primer señor es tan sólo el primer servidor!

Ay, también en sus hipocresías se extravió volando la cu­riosidad de mis ojos; y bien adiviné yo toda su felicidad de moscas y su zumbar en torno a soleados cristales de venta­nas.

Cuanta bondad veo, esa misma debilidad veo. Cuanta jus­ticia y compasión veo, esa misma debilidad veo.

Redondos, justos y bondadosos son unos con otros, así como son redondos, justos y bondadosos los granitos de are­na con los granitos de arena.

Abrazar modestamente una pequeña felicidad ¡a esto lo llaman ellos «resignación»! Y, al hacerlo, ya bizquean con modestia hacia una pequeña felicidad nueva.

En el fondo lo que más quieren es simplemente una cosa: que nadie les haga daño. Así son deferentes con todo el mun­do y le hacen bien.

Pero esto es cobardía: aunque se llame «virtud».

Y cuando alguna vez estas pequeñas gentes hablan con as­pereza: yo escucho allí tan sólo su ronquera, cualquier co­rriente de aire, en efecto, los pone roncos.

Son listos, sus virtudes tienen dedos listos. Pero les fal­tan los puños, sus dedos no saben esconderse detrás de pu­ños.

Virtud es para ellos lo que vuelve modesto y manso: con ello han convertido al lobo en perro, y al hombre mismo en el mejor animal doméstico del hombre.

«Nosotros ponemos nuestra silla en el medio esto me dice su sonrisa complacida y a igual distancia de los gladiadores moribundos que de las cerdas satisfechas.»

Pero esto es mediocridad: aunque se llame moderación.

3

Yo camino a través de este pueblo y dejo caer algunas pala­bras: mas ellos no saben ni tomar ni conservar.

Se extrañan de que yo no haya venido a censurar placeres ni vicios; ¡y en verdad, tampoco he venido a poner en guardia contra los carteristas!

Se extrañan de que no esté dispuesto a hacer aún más avi­sada y aguda su listeza: ¡como si ellos no tuvieran ya suficien­te número de listos, cuya voz rechina a mis oídos igual que los pizarrines!

Y cuando yo clamo: «Maldecid a todos los demonios cobar­des que hay en vosotros, a los que les gustaría gimotear y jun­tar las manos y adorar», entonces ellos claman: «Zaratustra es ateo».

Y en especial claman así sus maestros de resignación; mas precisamente a éstos me gusta gritarles al oído: ¡Sí! ¡Yo soy Zaratustra el ateo!

¡Estos maestros de resignación! En todas partes en donde hay algo pequeño y enfermo y tiñoso se deslizan ellos, igual que piojos; y sólo mi asco me impide aplastarlos.

¡Bien! Éste es mi sermón para sus oídos: yo soy Zaratustra el ateo, el que dice «¿quién es más ateo que yo, para disfrutar de su enseñanza?».

Yo soy Zaratustra el ateo: ¿dónde encuentro a mis iguales? Y mis iguales son todos aquellos que se dan a sí mismos su propia voluntad y apartan de sí toda resignación.

Yo soy Zaratustra el ateo: yo me cuezo en mi puchero cual­quier azar. Y sólo cuando está allí completamente cocido, le doy la bienvenida, como alimento mío.

Y en verdad, más de un azar llegó hasta mí con aire seño­rial: pero más señorialmente aún le habló mi voluntad, y entonces se puso de rodillas implorando

implorando para encontrar en mí un asilo y un corazón, y diciendo halagadoramente: «¡Mira, oh Zaratustra, cómo sólo el amigo viene al amigo!»

Sin embargo, ¡para qué hablar si nadie tiene mis oídos! Y por eso quiero clamar a todos los vientos:

¡Vosotros os volvéis cada vez más pequeños, gentes peque­ñas! ¡Vosotros os hacéis migajas, oh cómodos! ¡Vosotros vais a la ruina

a causa de vuestras muchas pequeñas virtudes, a causa de vuestras muchas pequeñas omisiones, a causa de vuestras muchas pequeñas resignaciones!

Demasiado indulgente, demasiado condescendiente: ¡así es vuestro terreno! ¡Mas para volverse grande, un árbol ha de echar duras raíces en torno a rocas duras!

También lo que vosotros omitís teje en el tejido de todo el futuro humano; también vuestra nada es una telaraña y una araña que vive de sangre del futuro.

Y cuando vosotros tomáis algo, eso es como un hurto, vo­sotros pequeños virtuosos; mas incluso entre bribones dice el honor: «Se debe hurtar tan sólo cuando no se puede robar».

«Se da» ésta es también una doctrina de la resignación. Pero yo os digo a vosotros los cómodos: ¡se toma, y se tomará cada vez más de vosotros!

¡Ay, ojalá alejaseis de vosotros todo querer a medias y os volvieseis decididos tanto para la pereza como para la acción!

Ay, ojalá entendieseis mi palabra: «¡Haced siempre lo que queráis, pero sed primero de aquellos que pueden querer!» «¡Amad siempre a vuestros prójimos igual que a vosotros, pero sed primero de aquellos que a sí mismos se aman,

que aman con el gran amor, que aman con el gran despre­cio!» Así habla Zaratustra el ateo.

¡Mas para qué hablar si nadie tiene mis oídos! Aquí es toda­vía una hora demasiado temprana para mí.

Mi propio precursor soy yo en medio de este pueblo, mi propio canto del gallo a través de oscuras callejuelas.

¡Pero la hora de ellos llega! ¡Y llega también la mía! De hora en hora se vuelven más pequeños, más pobres, más estériles, ¡pobre vegetación!, ¡pobre terreno!

Y pronto estarán ante mí como hierba seca y como rastro­jo, y, en verdad, cansados de sí mismos ¡y, aún más que de agua, sedientos de fuego!

¡Oh hora bendita del rayo! ¡Oh misterio antes del mediodía! En fuegos que se propagan voy a convertirlos todavía algu­na vez, y en mensajeros con lenguas de fuego,

ellos deben anunciar alguna vez con lenguas de fuego: ¡Llega, está próximo el gran mediodía!.

Así habló Zaratustra.

En el monte de los olivos

El invierno, mal huésped, se ha asentado en mi casa; azu­ladas se han puesto mis manos del apretón de manos de su amistad.

Yo honro a este mal huésped, pero me gusta dejarlo solo. Me gusta alejarme de él; ¡y si uno corre bien, consigue esca­parse de él!

Con pies calientes y pensamientos calientes corro yo hacia donde el viento está tranquilo, hacia el rincón soleado de mi monte de los olivos.

Allí me río de mi severo huésped, y hasta le estoy agradeci­do porque me expulsa de casa las moscas y hace callar muchos pequeños ruidos.

Él no soporta, en efecto, que se ponga a cantar un solo mosquito, y mucho menos dos; incluso a la calleja la deja tan solitaria que la luna tiene miedo de penetrar en ella por la no­che.

Es un huésped duro, pero yo lo honro, y no rezo, como los delicados, al panzudo ídolo del fuego.

¡Es preferible dar un poco diente con diente que adorar ídolos! así lo quiere mi modo de ser. Y soy especialmente hostil a todos los ardorosos, humeantes y enmohecidos ídolos del fuego.

A quien yo amo, lo amo mejor en el invierno que en el ve­rano; y ahora me burlo de mis enemigos, y lo hago más cor­dialmente desde que el invierno se ha asentado en mi casa.

Cordialmente en verdad, incluso cuando me arrastro a la cama: allí continúa riendo y gallardeando mi encogida feli­cidad; incluso mis sueños embusteros se ríen.

¿Yo uno que se arrastra? Jamás me he arrastrado en mi vida ante los poderosos; y si alguna vez mentí, mentí por amor. Por ello estoy contento incluso en la cama de invierno.

Una cama sencilla me calienta más que una cama rica, pues estoy celoso de mi pobreza. Y en invierno es cuando ella más fiel me es.

Con una maldad comienzo cada día, con un baño frío me burlo del invierno: eso hace gruñir a mi severo amigo de casa. También me gusta hacerle cosquillas con una velita de cera: para que permita por fin que el cielo salga de un crepúsculo ceniciento.

Especialmente maligno soy, ciertamente, por la mañana: a una hora temprana, cuando el cubo rechina en el pozo y los caballos relinchan por las grises callejas:

aguardo impaciente a que acabe de levantarse el cielo lumi­noso, el cielo invernal de barbas de nieve, el anciano de blan­ca cabeza,

¡el cielo invernal, callado, que a menudo guarda en secre­to incluso su sol!

¿Acaso de él he aprendido yo el prolongado y luminoso ca­llar? ¿O lo ha aprendido él de mí? ¿O acaso cada uno de noso­tros lo ha inventado por sí solo?

El origen de todas las cosas buenas es de mil formas dife­rentes, todas las cosas buenas y petulantes saltan de placer a la existencia: ¡cómo iban a hacerlo tan sólo una sola vez!

Una cosa buena y petulante es también el largo silencio y el mirar, lo mismo que el cielo invernal, desde un rostro lumino­so de ojos redondos:

como él, guardar en secreto el propio sol y la propia indó­mita voluntad solar: ¡en verdad, ese arte y esa invernal petu­lancia los he aprendido bien!

Mi maldad y mi arte más queridos están en que mi silencio haya aprendido a no delatarse por el callar.

Haciendo ruido con palabras y con dados consigo yo enga­ñar a mis solemnes guardianes: a todos esos severos espías deben escabullírseles mi voluntad y mi finalidad.

Para que nadie hunda su mirada en mi fondo y en mi volun­tad última, para ello me he inventado el prolongado y lumi­noso callar.

Así he encontrado a más de una persona inteligente: se cu­bría el rostro con velos y enturbiaba su agua para que nadie pudiera verla a través de aquéllos y hacia abajo de ésta.

Pero cabalmente a él acudían hombres desconfiados y cas­canueces aún más inteligentes: ¡cabalmente a él le pescaban su pez más escondido!

Pero los luminosos, los bravos, los transparentes ésos son para mí los más inteligentes de todos los que callan: su fondo es tan profundo que ni siquiera el agua más clara lo traiciona.

¡Tú silencioso cielo invernal de barbas de nieve, tú cabeza blanca de redondos ojos por encima de mí! ¡Oh tú símbolo ce­leste de mi alma y de su petulancia!

¿Y no tengo que esconderme, como alguien que ha tragado oro, para que no me abran con un cuchillo el alma?

¿No tengo que llevar zancos, para que no vean mis largas piernas, todos esos envidiosos y apenados que me rodean?

Esas almas sahumadas, caldeadas, consumidas, verdinosas, amargadas ¡cómo podría su envidia soportar mi felicidad!

Por ello les enseño tan sólo el hielo y el invierno sobre mis cumbres ¡y no que mi montaña se ciñe también en torno a sí todos los cinturones del sol!

Ellos oyen silbar tan sólo mis tempestades invernales: y no que yo navego también por mares cálidos, como lo hacen los anhelosos, graves, ardientes vientos del sur.

Ellos continúan sintiendo lástima de mis reveses y de mis azares: pero mi palabra dice: «¡Dejad venir a mí el azar: es inocente, como un niño pequeño!».

¡Cómo podrían ellos soportar mi felicidad si yo no coloca­ra en torno a ella reveses, y miserias invernales, y gorras de oso blanco, y velos de cielo nevoso!

¡si yo no tuviera lástima aun de su compasión: de la com­pasión de esos envidiosos y apenados!

¡si yo mismo no suspirase y temblase de frío ante ellos, y no me dejase envolver pacientemente en su misericordia! Ésta es la sabia petulancia y la sabia benevolencia de mi alma, el no ocultar su invierno ni sus tempestades de frío; tampoco oculta sus sabañones.

La soledad de uno es la huida propia del enfermo; la sole­dad de otro, la huida de los enfermos.

¡Que me oigan crujir y sollozar, a causa del frío del invier­no, todos esos pobres y bizcos bribones que me rodean! Con tales suspiros y crujidos huyo incluso de sus cuartos caldea­dos.

Que me compadezcan y sollocen conmigo a causa de mis sabañones: «¡En el hielo del conocimiento él nos helará inclu­so a nosotros!» así se lamentan.

Entretanto yo corro con pies calientes de un lado para otro en mi monte de los olivos: en el rincón soleado de mi monte de los olivos yo canto y me burlo de toda compasión.

Así cantó Zaratustra.

Del pasar de largo

Así, atravesando lentamente muchos pueblos y muchas ciudades volvía Zatatustra, dando rodeos, hacia sus montañas y su caverna. Y he aquí que también llegó, sin darse cuenta, a la puerta de la gran ciudad. pero allí un necio cubierto de espuma­rajos saltó hacia él con las manos extendidas y le cerró el paso. Y éste era el mismo necio que el pueblo llamaba «el mono de Za­ratustra»: pues había copiado algo de la construcción y del tono de sus discursos y le gustaba también tomar en préstamo ciertas cosas del tesoro de su sabiduría. Y el necio dijo así a Zaratustra:

«Oh, Zaratustra, aquí está la gran ciudad: aquí tú no tienes nada que buscar y todo que perder.

¿Por qué querrías vadear este fango? ¡Ten compasión de tu piel! Es preferible que escupas a la puerta de la ciudad ¡y te des la vuelta!.

Aquí está el infierno para los pensamientos de eremitas: aquí a los grandes pensamientos se los cuece vivos y se los re­duce a papilla.

Aquí se pudren todos los grandes sentimientos: ¡aquí sólo a los pequeños sentimientos muy flacos les es lícito crujir!

¿No percibes ya el olor de los mataderos y de los figones del espíritu? ¿No exhala esta ciudad el vaho del espíritu muerto en el matadero?

¿No ves pender las almas como pingajos desmadejados y sucios? ¡Y hacen hasta periódicos de esos pingajos!.

¿No oyes cómo aquí el espíritu se ha transformado en un juego de palabras? ¡Una repugnante enjuagadura de palabras vomita el espíritu! ¡Y hacen hasta periódicos con esa enjua­gadura de palabras!

Se provocan unos a otros, y no saben a qué. Se acaloran unos con otros, y no saben para qué. Cencerrean con su hoja­lata, tintinean con su oro.

Son fríos y buscan calor en los aguardientes; están acalora­dos y buscan frescura en espíritus congelados; todos ellos es­tán enfermizos y calenturientos de opiniones públicas.

Todos los placeres y todos los vicios tienen aquí su casa; pero también hay virtuosos aquí, hay mucha virtud obse­quiosa y asalariada:

Mucha virtud obsequiosa, con dedos de escribano y con un trasero duro a fuerza de aguardar, bendecida con pequeñas estrellas para el pecho y con hijitas rellenadas de paja y caren­tes de culo.

También hay aquí mucha piedad, y mucho crédulo servi­lismo, y mucho adulador pasteleo ante el dios de los ejérci­tos.

«De arriba» es de donde gotean, en efecto, la estrella y el es­puto benigno; hacia arriba se levanta anheloso todo pecho sin estrellas.

La luna tiene su corte, y la corte tiene sus imbéciles: mas a todo lo que viene de la corte le imploran el pueblo de mendi­gos y toda obsequiosa virtud de pordioseros.

«Yo sirvo, tú sirves, nosotros servimos» así eleva sus plegarias al príncipe toda virtud obsequiosa: ¡para que la me­recida estrella se prenda por fin al estrecho tórax!

Mas la luna continúa girando en torno a todo lo terreno: así continúa girando también el príncipe en torno a lo más terre­no de todo: y eso es el oro de los tenderos.

El dios de los ejércitos no es el dios de las barras de oro; el príncipe propone ¡pero el tendero dispone!

¡Por todo lo que en ti es luminoso, y fuerte, y bueno, oh Za­ratustra! ¡Escupe a esta ciudad de tenderos y date la vuelta!

Aquí toda sangre corre perezosa y floja y espumosa por to­das las venas: ¡escupe a la gran ciudad, que es el gran vertede­ro donde espumea junta toda la escoria!

Escupe a la ciudad de las almas aplastadas y de los pechos estrechos, de los ojos afilados, de los dedos viscosos

a la ciudad de los importunos, de los desvergonzados, de los escritorzuelos y vocingleros, de los ambiciosos sobrereca­lentados:

en donde todo lo podrido, desacreditado, lascivo, sombrío, superputrefacto, ulcerado, conjurado supura todo junto:

¡escupe a la gran ciudad y date la vuelta!»

Pero aquí Zaratustra interrumpió al necio cubierto de espu­marajos y le tapó la boca.

«¡Acaba de una vez!, gritó Zaratustra, ¡hace ya tiempo que tus palabras y tus modales me producen náuseas!

¿Por qué has habitado durante tanto tiempo en la ciénaga, hasta el punto de que tú mismo tuviste que convertirte en rana y en sapo?

¿No corre incluso por tus venas una perezosa y espumosa sangre de ciénaga, de modo que también tú has aprendido a croar y a blasfemar así?

¿Por qué no te has marchado tú al bosque? ¿O has arado la tierra? ¿No está acaso el mar lleno de verdes islas?

Yo desprecio tu despreciar; y puesto que me has advertido a mí, ¿por qué no te advertiste a ti?

Sólo del amor deben salir volando mi despreciar y mi pája­ro amonestador: ¡pero no de la ciénaga!

Te llaman mi mono, necio cubierto de espumarajos: mas yo te llamo mi cerdo gruñón, con tu gruñido me estropeas in­cluso mi elogio de la necedad.

¿Qué fue, pues, lo que te llevó a gruñir? El que nadie te haya adulado bastante: por eso te pusiste junto a esta inmundicia, para tener motivo de gruñir mucho,

¡para tener motivo de vengarte mucho! ¡Venganza, en efecto, necio vanidoso, es todo tu echar espumarajos, yo te he adivinado bien!

¡Pero tu palabra de necio me perjudica incluso allí donde tienes razón! Y si la palabra de Zaratustra tuviese incluso cien veces razón: ¡con mi palabra tú siempre harías la sinrazón!

Asi habló Zaratustra; y contempló la gran ciudad; suspiró y calló durante largo tiempo. Finalmente, dijo así:

Me produce náuseas también esta gran ciudad, y no sólo este necio. Ni en una ni en otro hay nada que mejorar, nada que empeorar.

¡Ay de esta gran ciudad!. ¡Yo quisiera ver ya la columna de fuego que ha de consumirla!

Pues tales columnas de fuego deben preceder al gran me­diodía. Mas éste tiene su tiempo y su propio destino.

Esta enseñanza te doy a ti, necio, como despedida: donde no se puede continuar amando se debe ¡pasar de largo!

Así habló Zaratustra y pasó de largo junto al necio y la gran ciudad.

De los apóstatas

1

Ay, ¿ya está marchito y gris todo lo que hace un momento es­taba aún verde y multicolor en este prado? ¡Y cuánta miel de esperanza he extraído yo de ahí para llevarla a mis colmenas!

Todos estos corazones jóvenes se han vuelto ya viejos, ¡y ni siquiera viejos!, sólo cansados, vulgares, cómodos: dicen «hemos vuelto a hacernos piadosos».

Hace todavía un momento los veía yo salir afuera a hora tem­prana para correr con pies valientes: pero sus pies del conoci­miento se han cansado, ¡y ahora calumnian incluso su valentía matinal!

En verdad, algunos de ellos levantaron en otro tiempo las piernas como un bailarín, a ellos hízoles señas la risa que hay en mi sabiduría: entonces se pusieron a reflexionar. Y acabo de verlos curvados arrastrándose hacia la cruz.

En torno a la luz y a la libertad revoloteaban en otro tiem­po como mosquitos y jóvenes poetas. Un poco más viejos, un poco más fríos: y ya son hombres oscuros, y refunfuñadores y trashogueros.

¿Se acobardó acaso su corazón porque la soledad, como una ballena, me tragó? ¿Tal vez sus oídos, anhelosos, estu­vieran esperándome en vano largo tiempo a mí y a mis toques de trompeta y a mis gritos de heraldo?

¡Ay! Pocos son siempre aquellos cuyo corazón tiene un largo valor y una larga arrogancia; y en éstos tampoco el espí­ritu deja de ser paciente. Pero el resto es cobarde.

El resto: son siempre los más, los triviales, los sobrantes, los demasiados ¡todos ellos son cobardes!

A quien es de mi especie le saldrán también al encuentro las vivencias de mi especie: de modo que sus primeros compañe­ros tienen que ser cadáveres y bufones.

Pero sus segundos compañeros se llamarán sus creyentes: un enjambre animado, mucho amor, mucha tontería, mucha veneración imberbe.

¡A estos creyentes no debe ligar su corazón el que entre los hombres sea de mi especie; en estas primaveras y en estos multicolores prados no debe creer quien conoce la huidiza y cobarde especie humana!

Si pudiesen de otro modo, entonces querrían también de otro modo. Las gentes de medias tintas corrompen todo el conjunto. El que las hojas se marchiten, ¡qué hay que la­mentar en ello!

¡Déjalas ir y caer, oh Zaratustra, y no te lamentes! Es prefe­rible que soples entre ellas con vientos veloces,

que soples entre las hojas, oh Zaratustra: ¡para que todo lo marchito se aleje de ti aún más rápidamente!

2

«Hemos vuelto a hacernos piadosos» así confiesan estos apóstatas; y algunos de ellos son incluso demasiado cobardes para confesarlo.

A éstos los miro a los ojos, a éstos les digo a la cara y al rubor de sus mejillas: ¡vosotros sois los que vuelven a rezar!

¡Pero rezar es una vergüenza! No para todos, pero sí para ti y para mí y para quien tiene su conciencia también en la ca­beza. ¡Para ti es una vergüenza rezar!

Lo sabes bien: el demonio cobarde que hay dentro de ti, a quien le gustaría juntar las manos y cruzarse de brazos y sen­tirse más cómodo: ese demonio cobarde te dice: «¡Existe Dios!»

Pero con ello formas parte de la oscurantista especie de aquellos a quienes la luz no les deja nunca reposo; ¡ahora tie­nes que esconder cada día más hondo tu cabeza en la noche y en la bruma!

Y en verdad, has escogido bien la hora: pues en este mo­mento salen a volar de nuevo las aves nocturnas. Ha llegado la hora de todo pueblo enemigo de la luz, ha llegado la hora ves­pertina y de fiesta en que no «se hace fiesta».

Lo oigo y lo huelo: ha llegado la hora de su caza y de su pro­cesión: no, ciertamente, la hora de una caza salvaje, sino de una caza mansa, tullida, husmeante y propia de gentes que andan sin ruido y rezan sin ruido,

de una caza para cazar gentes mojigatas y de mucha alma: ¡todas las ratoneras de corazones están ahora apostadas de nuevo! Y si levanto una cortina, allí se precipita fuera una mariposita nocturna.

¿Es que acaso estaba acurrucada allí con otra mariposita nocturna? Pues por todas partes siento el olor de pequeñas co­munidades agazapadas; y donde existen conventículos, allí dentro hay nuevos rezadores y vaho de rezadores.

Durante largas noches se sientan unos junto a otros y dicen: «¡Hagámonos de nuevo como niños pequeños y digamos “Dios mío”!» con la cabeza y el estómago estropeados por los piadosos confiteros.

O contemplan durante largas noches una astuta y acechan­te araña crucera, que predica también astucia a las arañas y enseña así: «¡Bajo las cruces es bueno tejer la tela!»

O se sientan durante el día, con cañas de pescar, junto a cié­nagas, y con ello se creen profundos; ¡mas a quien pesca allí donde no hay peces, yo ni siquiera lo llamo superficial!

O aprenden a tocar el arpa, con piadosa alegría, de un co­plero que de muy buena gana se insinuaría con el arpa en el corazón de las jovencillas: pues se ha cansado de las viejeci­llas y de sus alabanzas.

O aprenden a estremecerse de horror con un semiloco docto que aguarda en oscuras habitaciones a que los espíri­tus se le aparezcan ¡y el espíritu escapa de allí completa­mente!.

O escuchan con atención a un ronroneante y gruñidor mú­sico viejo y vagabundo que aprendió de los vientos sombríos el tono sombrío de sus sonidos; ahora silba a la manera del viento y predica tribulación con tonos atribulados.

Y algunos de ellos se han convertido incluso en vigilantes nocturnos: éstos entienden ahora de soplar en cuernos y de rondar por la noche y de desvelar cosas viejas, que hace ya mucho tiempo que se adormecieron.

Cinco frases sobre cosas viejas oí yo ayer por la noche jun­to al muro del jardín: venían de tales viejos, atribulados y se­cos vigilantes nocturnos.

«Para ser un padre, no se preocupa bastante de sus hijos: ¡los padres-hombres lo hacen mejor!»

«¡Es demasiado viejo! Ya no se preocupa en absoluto de sus hijos» respondió el otro vigilante nocturno.

«Pero ¿tiene hijos? ¡Nadie puede demostrarlo si él mismo no lo demuestra! Hace ya mucho tiempo que yo quisiera que lo demostrase alguna vez de verdad.»

«¿Demostrar? ¡Como si él hubiera demostrado alguna vez algo! El demostrar le resulta difícil; da mucha importancia a que se le crea.»

«¡Sí! ¡Sí! La fe le hace bienaventurado, la fe en él. ¡Tal es el modo de ser de los viejos! ¡Así nos va también a nosotros!»

De este modo hablaron entre sí los dos viejos vigilantes nocturnos y los dos temerosos de la luz, y después se pusie­ron, atribulados, a soplar en sus cuernos: esto ocurrió ayer por la noche junto al muro del jardín.

Pero a mí el corazón se me retorcía de risa, y quería explo­tar, y no sabía hacia dónde, y se hundió en el diafragma.

En verdad, ésta llegará a ser mi muerte, asfixiarme de risa al ver asnos ebrios y al oír a vigilantes nocturnos dudar de Dios.

¿No hace ya mucho que pasó el tiempo de tales dudas? ¡A quién le es lícito seguir desvelando tales cosas viejas y ador­mecidas, que temen la luz!

Los viejos dioses hace ya mucho tiempo, en efecto, que se acabaron: ¡y en verdad, tuvieron un buen y alegre final de dioses!

No encontraron la muerte en un «crepúsculo», ¡ésa es la mentira que se dice! Antes bien, encontraron su propia muer­te ¡riéndose!

Esto ocurrió cuando la palabra más atea de todas fue pro­nunciada por un dios mismo, la palabra: «¡Existe un único dios! ¡No tendrás otros dioses junto a mí!»

un viejo dios huraño, un dios celoso se sobrepasó de ese modo:

Y todos los dioses rieron entonces, se bambolearon en sus asientos y gritaron: «¿No consiste la divinidad precisamente en que existan dioses, pero no dios?»

El que tenga oídos, oiga.

Así dijo Zaratustra en la ciudad que él amaba y que se deno­mina «La Vaca Multicolor». Desde allí, en efecto, le faltaban tan sólo dos días de camino para retornar a su caverna y a sus animales; y su alma se regocijaba continuamente por la proxi­midad de su retorno a casa.

El retorno a casa

Oh soledad! ¡Tú patria mía, soledad! ¡Ha sido demasia­do el tiempo que he vivido de modo salvaje en salvajes países extraños como para que no retorne a ti con lágrimas en los ojos!

Pero ahora amenázame tan sólo con el dedo, como amena­zan las madres, ahora sonríeme como sonríen las madres, ahora di únicamente: «iY quién fue el que, en otro tiempo, como un viento tempestuoso se alejó de mí?

que al despedirse exclamó: ¡demasiado tiempo he estado sentado junto a la soledad, allí he desaprendido a callar! ¿Esto lo has aprendido ahora acaso?

Oh Zaratustra, yo lo sé todo: ¡y que tú has estado más abandonado entre los muchos, tú uno solo, que jamás lo estu­viste a mi lado!

Una cosa es abandono, y otra cosa distinta, soledad: ¡Esto lo has aprendido ahora! Y que entre los hombres serás tú siempre salvaje y extraño:

salvaje y extraño aun cuando te amen: ¡pues lo que ellos quieren ante todo es que se los trate con indulgencia!

Mas aquí, en tu casa, aquí te hallas en tu patria y en tu ho­gar; aquí puedes decirlo todo y manifestar con franqueza to­das tus razones, nada se avergüenza aquí de sentimientos es­condidos, empedernidos.

Aquí todas las cosas acuden acariciadoras a tu discurso y te halagan: pues quieren cabalgar sobre tu espalda. Sobre todos los simbolos cabalgas tú aquí hacia todas las verdades.

Con franqueza y sinceridad te es lícito hablar aquí a todas las cosas: y, en verdad, como un elogio suena a sus oídos el que alguien hable con todas las cosas ¡derechamente!

Pero otra cosa distinta es el estar abandonado. Pues ¿lo sa­bes aún, Zaratustra? Cuando en otro tiempo tu pájaro lanzó un grito por encima de ti, hallándote tú en el bosque, sin sa­ber adónde ir, inexperto, cerca de un cadáver:

y tú dijiste: ¡que mis animales me guíen! He encontrado más peligros entre los hombres que entre los animales ¡aquello era abandono!

¿Y lo sabes aún, oh Zaratustra? Cuando estabas sentado en tu isla, siendo una fuente de vino entre cántaros vacíos, dando y re­partiendo, regalando y escanciando entre sedientos:

hasta que por fin fuiste tú el único que allí se hallaba se­diento entre borrachos, y por las noches te lamentabas “¿to­mar no es una cosa más dichosa que dar? ¿Y robar, una cosa más dichosa que tornar?” ¡aquello era abandono!

¿Y lo sabes todavía, oh Zaratustra? Cuando llegó tu hora más silenciosa y te arrastró lejos de ti mismo, cuando ella dijo con un susurro malvado: “¡habla y hazte pedazos!”

cuando ella te hizo penoso todo tu aguardar y todo tu ca­llar, y desalentó tu humilde valor: ¡aquello era abandono!» ¡Oh soledad! ¡Tú patria mía, soledad! ¡De qué modo tan bienaventurado y delicado me habla tu voz!

No nos hacemos mutuas preguntas, no nos recriminamos el uno al otro, nosotros atravesamos, abiertos uno para el otro, puertas abiertas.

Porque en ti todo es abierto y claro; y también las horas co­rren aquí con pies más ligeros. En la oscuridad, en efecto, se hace más pesado el tiempo que en la luz.

Aquí se me abren de golpe las palabras y los armarios de pa­labras de todo ser: todo ser quiere hacerse aquí palabra, todo devenir quiere aquí aprender a hablar de mí.

Pero allá abajo ¡allá es vano todo hablar! Allá, olvidar y pa­sar de largo es la mejor sabiduría: ¡esto lo he aprendido ahora!

Quien quisiera comprender todo entre los hombres, ten­dría que atacar todo. Mas yo tengo manos demasiado lim­pias para eso.

No me gusta respirar su aliento; ¡ay, que yo haya vivido tanto tiempo en medio de su ruido y de su mal aliento!

¡Oh bienaventurado silencio a mi alrededor! ¡Oh puros aromas en torno a mí!. ¡Oh cómo estos silencios aspiran un aire puro desde un pecho profundo! ¡Oh cómo escucha este bienaventurado silencio!

Pero allá abajo allá todo habla, nada es escuchado. Aun­que alguien anuncie su sabiduría con tañidos de campanas: ¡los tenderos del mercado ahogarán su sonido con peni­ques!

Todo habla entre ellos, nadie sabe ya entender. Todo cae al agua, nada cae ya en pozos profundos.

Todo habla entre ellos, nada se logra ya ni llega a su final. Todo cacarea, mas ¿quién quiere aún sentarse callado en el nido y encobar huevos?

Todo habla entre ellos, todo queda triturado a fuerza de palabras. Y lo que todavía ayer resultaba demasiado duro para el tiempo mismo y para su diente: hoy cuelga, raído y roí­do, de los hocicos de los hombres de hoy.

Todo habla entre ellos, todo es divulgado. Y lo que en otro tiempo se llamó misterio y secreto de almas profundas, hoy per­tenece a los pregoneros de las callejas y a otras mariposas.

¡Oh ser del hombre, extraño ser! ¡Tú ruido en callejas oscu­ras! Ahora vuelves a yacer por debajo de mí: ¡mi máximo pe­ligro yace a mis espaldas!

En ser indulgente y compasivo estuvo siempre mi máximo peligro; y todo ser humano quiere que se sea indulgente con él y se le sufra.

Reteniendo las verdades, garabateando cosas con mano de necio, con un corazón chiflado, y echando numerosas menti­rillas de compasión: así he vivido yo siempre entre los hombres.

Disfrazado me sentaba entre ellos, dispuesto a conocerme mal a mí para soportarlos a ellos, y diciéndome gustoso: «¡tú, necio, tú no conoces a los hombres!»

Se desaprende a conocer a los hombres cuando se vive en­tre ellos: demasiado primer plano hay en todos los hombres, ¡qué tienen que hacer allí los ojos que ven lejos, que buscan lejanías!

Y cuando ellos me conocían mal: yo, necio, los trataba por esto con más indulgencia que a mí mismo: habituado a la du­reza conmigo y a menudo vengando en mí mismo aquella in­dulgencia.

Acribillado por moscas venenosas y excavado, cual la pie­dra, por la maldad de muchas gotas, así me hallaba yo senta­do entre ellos y me decía además a mí mismo: «¡inocente de su pequeñez es todo lo pequeño!»

Especialmente aquellos que se llaman «los buenos», en­contré que ellos eran las moscas más venenosas de todas: cla­van el aguijón con toda inocencia, mienten con toda inocen­cia; ¡cómo serían capaces de ser justos conmigo!

A quien vive entre los buenos la compasión le enseña a mentir. La compasión vicia el aire a todas las almas libres. La estupidez de los buenos es, en efecto, insondable.

A ocultarme a mí mismo y a ocultar mi riqueza esto aprendí allá abajo: pues a todos los encontré todavía pobres de espíritu. Ésta fue la mentira de mi compasión, ¡el saber acer­ca de todos,

el ver y el oler en todos qué cantidad de espíritu les basta­ba y qué cantidad de espíritu les resultaba demasiada!

A sus envarados sabios: yo los llamaba sabios, no envara­dos, así aprendí a tragar palabras. A sus sepultureros: yo los llamaba investigadores y escrutadores, así aprendí a susti­tuir unas palabras por otras.

Los sepultureros contraen enfermedades a fuerza de cavar. Bajo viejos escombros descansan vapores malsanos. No se debe remover el lodo. Se debe vivir sobre las montañas.

¡Con bienaventuradas narices vuelvo a respirar libertad de montaña! ¡Redimida se halla por fin mi nariz del olor de todo ser humano!

Cosquilleada por agudos vientos, como por vinos espu­meantes, mi alma estornuda, estornuda y grita jubilosa: ¡He sanado!

Así habló Zaratustra.

De los tres males

1

En el sueño, en el último sueño matinal, yo me encontraba hoy sobre un promontorio, más allá del mundo, sostenía una balanza y pesaba el mundo.

¡Oh, qué pronto me llegó la aurora: me despertó con su ar­dor, la celosa! Celosa está ella siempre de los ardores de mi sueño matinal.

Mensurable para quien tiene tiempo, sopesable para un buen pesador, sobrevolable para alas fuertes, adivinable para divinos cascanueces: así encontró mi sueño el mundo:

Mi sueño, un navegante audaz, a medias barco, a medias borrasca, callado como las mariposas, impaciente cual los halcones de cetrería: ¡cómo tenía hoy, sin embargo, paciencia y tiempo para pesar el mundo!

¿Acaso le alentaba secretamente a ello mi sabiduría, mi riente y despierta sabiduría del día, que se burla de todos los «mundos infinitos»? Pues ella dice: «donde hay fuerza, allí también el número se convierte en dueño: pues tiene más fuerza».

Qué seguro contemplaba mi sueño este mundo finito, lo contemplaba no curioso, no indiscreto, no temeroso, no supli­cante:

como si una gran manzana se ofreciese a mi mano, una madura manzana de oro, de piel aterciopelada, fresca y suave: así se me ofrecía el mundo:

como si un árbol me hiciera señas, un árbol de amplio ra­maje, de voluntad fuerte, torcido como para ofrecer respaldo e incluso escabel al cansado del camino: así se erguía el mun­do sobre mi promontorio:

como si manos gráciles me tendiesen un cofre, un cofre abierto, para éxtasis de ojos pudorosos y reverentes: así se me tendía hoy el mundo:

no bastante enigma para espantar de él el amor de los hombres, no bastante solución para adormecer la sabiduría de los hombres: ¡una cosa humanamente buena era hoy para mí el mundo, al que tantas cosas malas se le atribuyen!

¡Cuánto agradecí a mi sueño matinal el que yo pesase así hoy, al amanecer, el mundo! ¡Como una cosa humanamente buena vino a mí ese sueño y consolador del corazón!

Y para proceder durante el día como él, y para seguirlo e imitarlo en lo mejor de él: quiero yo ahora poner en la balan­za las tres cosas más malvadas que existen y sopesarlas de un modo humanamente bueno.

Quien aprendió aquí a bendecir aprendió también a malde­cir: ¿cuáles son en el mundo las tres cosas más maldecidas? Ésas son las que voy a poner en la balanza.

Voluptuosidad, ambición de dominio, egoísmo: estas tres cosas han sido hasta ahora las más maldecidas y de ellas se han dicho las peores calumnias y mentiras, a estas tres voy a sopesarlas de un modo humanamente bueno.

¡Adelante! Aquí está mi promontorio y ahí, el mar: éste se me acerca arrollándose velludo, adulador, viejo y fiel mons­truo canino de cien cabezas que yo amo.

¡Adelante! Aquí quiero yo sostener la balanza sobre el arrollado mar: y también elijo un testigo para que mire, ¡a ti, árbol solitario, de fuerte aroma, de ancha bóveda, que yo amo!

¿Por qué puente pasa el ahora hacia el futuro? ¿Cuál es la coacción que compele a lo alto a descender a lo bajo? ¿Y qué es lo que manda también a lo más alto que siga ascendien­do?

Ahora la balanza está equilibrada y quieta: tres difíciles preguntas he echado en ella, tres difíciles respuestas lleva el otro platillo de la balanza.

2

Voluptuosidad: para todos los despreciadores del cuerpo ves­tidos con cilicios es ella su aguijón y estaca, y, entre todos los trasmundanos, algo maldecido como «mundo»: pues ella se burla y se mofa de todos los maestros de la confusión y del error.

Voluptuosidad: para la chusma, el fuego lento en que se abrasa; para toda la madera carcomida, para todos los pinga­jos hediondos, el preparado horno ardiente y llameante.

Voluptuosidad: para los corazones libres, algo inocente y li­bre, la felicidad del jardín terrenal, el desborde de gratitud de todo futuro al ahora.

Voluptuosidad: sólo para el marchito es un veneno dulzón, para los de voluntad leonina, en cambio, es el gran estimulan­te cordial, y el vino de los vinos respetuosamente tratado.

Voluptuosidad: la gran felicidad que sirve de símbolo a toda felicidad más alta y a la suprema esperanza. A muchas cosas, en efecto, les está prometido el matrimonio y más que el matrimonio,

a muchas cosas que son entre sí más extrañas que hombre y mujer: ¡y quién ha comprendido del todo cuán extraños son entre sí hombre y mujer!

Voluptuosidad: mas basta, quiero tener vallas alrededor de mis pensamientos, también de mis palabras: ¡para que no entren en mis jardines los cerdos y los exaltados!

Ambición de dominio: el látigo de fuego para los más du­ros entre los duros de corazón; el espantoso martirio reserva­do al más cruel; la sombría llama de piras encendidas.

Ambición de dominio: la maligna traba impuesta a los pueblos más vanidosos; algo que se burla de toda virtud in­cierta; algo que cabalga sobre todos los corceles y sobre todos los orgullos.

Ambición de dominio: el terremoto que rompe y destruye todo lo putrefacto y carcomido; algo que, avanzando como una avalancha retumbante y castigadora, hace pedazos los se­pulcros blanqueados; la interrogación fulminante puesta junto a respuestas prematuras.

Ambición de dominio: ante su mirada el hombre se arras­tra y se agacha y se vuelve servil y cae aún más bajo que la ser­piente y el cerdo: hasta que finalmente el gran desprecio gri­ta desde su boca,

Ambición de dominio: la terrible maestra del gran despre­cio, que predica a la cara de ciudades y de imperios «¡fuera tú!» hasta que de ellos mismos sale este grito «¡fuera yo!»

Ambición de dominio: que, sin embargo, también ascien­de, con sus atractivos, hasta los puros y solitarios y hasta las alturas que se bastan a sí mismas, ardiente como un amor que pinta seductoramente purpúreas bienaventuranzas en el cielo de la tierra.

Ambición de dominio: ¡mas quién llamaría ambición a que lo alto se rebaje a desear el poder! ¡En verdad, nada mal­sano ni codicioso hay en tales deseos y descensos!

El que la solitaria altura no quiera permanecer eterna­mente solitaria y eternamente autosuficiente; el que la mon­taña descienda al valle y los vientos de la altura a las hondo­nadas:

¡oh quién pudiera encontrar el nombre apropiado de una virtud para bautizar este anhelo! «Virtud que hace regalos» este nombre dio Zaratustra en otro tiempo a lo innombra­ble.

Y entonces ócurrió también, ¡y, en verdad, ocurrió por vez primera! que su palabra llamó bienaventurado al egoís­mo, al egoísmo saludable, sano, que brota de un alma pode­rosa:

de un alma poderosa, a la que corresponde el cuerpo ele­vado, el cuerpo bello, victorioso, reconfortante, en torno al cual toda cosa se transforma en espejo:

el cuerpo flexible, persuasivo, el bailarín, del cual es sím­bolo y compendio el alma gozosa de sí misma. El goce de ta­les cuerpos y de tales almas en sí mismos se da a sí este nom­bre: «virtud».

Con sus palabras bueno y malo se resguarda tal egoísmo como con bosques sagrados; con los nombres de su felicidad destierra de sí todo lo despreciable.

Lejos de sí destierra el egoísmo todo lo cobarde; dice: lo malo ¡es cobarde! Despreciable le parece a él el hombre siempre preocupado, gimiente, quejumbroso, y quien recoge del suelo incluso las más mínimas ventajas.

Él desprecia también toda sabiduría llorosa: pues, en ver­dad, existe también una sabiduría que florece en lo oscuro, una sabiduría de las sombras nocturnas: la cual suspira siem­pre: «¡Todo es vanidad!».

A la medrosa desconfianza la desdeña, así como a todo el que quiere juramentos en lugar de miradas y de manos: y también desdeña toda sabiduría demasiado desconfiada, pues ésta es propia de almas cobardes.

Pero aún más desdeña al que se apresura a complacer a otros, al perruno, que en seguida se echa panza arriba, al hu­milde; y hay también una sabiduría que es humilde y perruna y piadosa y que se apresura a complacer.

Odioso es para el egoísmo, y nauseabundo, quien no quie­re defenderse, quien se traga salivazos venenosos y miradas malvadas, el demasiado paciente, el que todo lo tolera y con todo se contenta: ésta es, en efecto, la especie servil.

Sobre quien es servil frente a los dioses y los puntapiés di­vinos, o frente a los hombres y las estúpidas opiniones huma­nas: ¡sobre toda esa especie de siervos escupe él, ese bienaven­turado egoísmo!

Malo: así llama él a todo lo que dobla las rodillas y es servil y tacaño, a los ojos que parpadean sin libertad, a los corazo­nes oprimidos, y a aquella falsa especie indulgente que besa con anchos labios cobardes.

Y pseudosabiduría: así llama él a todos los alardes de inge­nio de los siervos y de los ancianos y de los cansados; ¡y en es­pecial, a toda la perversa, desatinada, demasiado ingeniosa necedad de los sacerdotes!

Mas tanto la pseudosabiduría, como todos los sacerdotes, y los cansados del mundo, y aquellos cuya alma es de la especie de las mujeres y de los siervos, ¡oh, cómo su juego ha juga­do desde siempre malas partidas al egoísmo!

¡Y cabalmente debía ser virtud y llamarse virtud esto, el que se jugasen malas partidas al egoísmo! ¡Y «no egoístas» así deseaban ser ellos mismos, con buenas razones, todos es­tos cobardes y arañas cruceras cansados del mundo!

Mas para todos ellos llega ahora el día, la transformación, la espada del juicio, el gran mediodía: ¡entonces se pondrán de manifiesto muchas cosas!.

Y quien llama sano y santo al yo, y bienaventurado al egoís­mo, en verdad ése dice también lo que sabe, es un profeta: «¡He aquí que viene, que está cerca el gran mediodía!»

Así habló Zaratustra.

Del espíritu de la pesadez

1

Mi boca es del pueblo: yo hablo de un modo demasiado grosero y franco para los conejos de seda. Y aún más extra­ña les suena mi palabra a todos los calamares y plumífe­ros.

Mi mano es la mano de un necio: ¡ay de todas las mesas y paredes y de todo lo demás que ofrezca espacio para las enga­lanaduras de un necio, para las emborronaduras de un necio!

Mi pie es un pie de caballo; con él pataleo y troto a cam­po traviesa de acá para allá, y todo correr rápido me produce un placer del diablo.

Mi estómago ¿es acaso el estómago de un águila? Pues lo que más le gusta es la carne de cordero. Con toda seguridad es el estómago de un pájaro.

Un ser que se alimenta con cosas inocentes, y con poco, dispuesto a volar e impaciente de hacerlo, de alejarse volando ése es mi modo de ser: ¡cómo no iba a haber en él algo del modo de ser de los pájaros!

Y, sobre todo, el que yo sea enemigo del espíritu de la pe­sadez, eso es algo propio de la especie de los pájaros: ¡y, en verdad, enemigo mortal, archienemigo, protoenemigo! ¡Oh, adónde no voló ya y se extravió ya volando mi enemis­tad!

Sobre ello podría yo cantar una canción y quiero cantar­la: aunque esté yo solo en la casa vacía y tenga que cantar para mis propios oídos.

Otros cantores hay, ciertamente, a los cuales sólo la casa llena vuélveles suave su garganta, elocuente su mano, ex­presivos sus ojos, despierto su corazón: yo no me aseme­jo a ellos.

2

Quien algún día enseñe a los hombres a volar, ése habrá cam­biado de sitio todos los mojones; para él los propios mojo­nes volarán por el aire y él bautizará de nuevo a la tierra, lla­mándola «La Ligera».

El avestruz corre más rápido que el más rápido caballo, pero también esconde pesadamente la cabeza en la pesada tierra: así hace también el hombre que aún no puede volar.

Pesadas son para él la tierra y la vida; ¡y así lo quiere el es­píritu de la pesadez! Mas quien quiera hacerse ligero y trans­formarse en un pájaro tiene que amarse a sí mismo: así en­seño yo.

No, ciertamente, con el amor de los enfermos y calentu­rientos: ¡pues en ellos hasta el amor propio exhala mal olor!

Hay que aprender a amarse a sí mismo así enseño yo con un amor saludable y sano: a soportar estar consigo mismo y a no andar vagabundeando de un sitio para otro.

Semejante vagabundeo se bautiza a sí mismo con el nombre de «amor al prójimo»: con esta expresión se han dicho hasta ahora las mayores mentiras y se han cometido las mayores hipocresías, y en especial lo han hecho quienes caían pesados a todo el mundo.

Y en verdad, no es un mandamiento para hoy y para maña­na el de aprender a amarse a sí mismo. Antes bien, de todas las artes es ésta la más delicada, la más sagaz, la última y la más paciente:

A quien tiene algo, en efecto, todo lo que él tiene suele es­tarle bien oculto; y de todos los tesoros es el propio el último que se desentierra, así lo procura el espíritu de la pesadez.

Ya casi en la cuna se nos dota de palabras y de valores pesa­dos: «bueno» y «malvado» así se llama esa dote. Y en razón de ella se nos perdona que vivamos.

Y dejamos que los niños pequeños vengan a nosotros para impedirles a tiempo que se amen a sí mismos: así lo pro­cura el espíritu de la pesadez

Y nosotros ¡nosotros llevamos fielmente cargada la dote que nos dan, sobre duros hombros y por ásperas montañas! Y si sudamos, se nos dice: «¡Sí, la vida es una carga pesada!»

¡Pero sólo el hombre es para sí mismo una carga pesada! Y esto porque lleva cargadas sobre sus hombros demasiadas cosas ajenas. Semejante al camello, se arrodilla y se deja cargar bien.

Sobre todo el hombre fuerte, de carga, en el que habita la veneración: demasiadas pesadas palabras ajenas y demasia­dos pesados valores ajenos carga sobre sí, ¡entonces la vida le parece un desierto!

¡Y en verdad! ¡También algunas cosas propias son una car­ga pesada! ¡Y muchas de las cosas que residen en el interior del hombre son semejantes a la ostra, es decir, nauseabundas y viscosas y difíciles de agarrar,

de tal modo que tiene que intervenir en su favor una con­cha noble, con nobles adornos. Y también hay que aprender este arte: ¡el de tener una concha, y una hermosa apariencia, y una inteligente ceguera!

Una y otra vez nos engañamos acerca de algunas cosas hu­manas por el hecho de que más de una concha es mezquina y triste y demasiado concha. Mucha bondad y mucha fuerza ocultas no las adivinaremos jamás; ¡los más exquisitos boca­dos no encuentran quien los sepa saborear!

Las mujeres saben esto, las más exquisitas: un poco más gruesas, un poco más delgadas ¡oh, cuánto destino depende de tan poca cosa!

El hombre es difícil de descubrir, y descubrirse uno a sí mismo es lo más difícil de todo; a menudo el espíritu mien­te a propósito del alma. Así lo procura el espíritu de la pe­sadez.

Mas a sí mismo se ha descubierto quien dice: éste es mi bien y éste es mi mal: con ello ha hecho callar al topo y enano que dice: «bueno para todos, malvado para todos».

En verdad, tampoco me agradan aquellos para quienes cualquier cosa es buena e incluso este mundo es el mejor. A éstos los llamo los omnicontentos.

Omnicontentamiento que sabe sacarle gusto a todo: ¡no es éste el mejor gusto! Yo honro las lenguas y los estómagos re­beldes y selectivos, que aprendieron a decir «yo» y «sí» y «no».

Pero masticar y digerir todo ¡ésa es realmente cosa propia de cerdos! Decir siempre sí ¡esto lo ha aprendido únicamen­te el asno y quien tiene su mismo espíritu!

El amarillo intenso y el rojo ardiente: eso es lo que mi gus­to quiere, él mezcla sangre con todos los colores. Mas quien blanquea su casa me delata un alma blanqueada.

De momias se enamoran unos, otros, de fantasmas; y am­bos son igualmente enemigos de toda carne y de toda sangre

¡oh, cómo repugnan ambos a mi gusto! Pues yo amo la san­gre.

Y no quiero habitar ni residir allí donde todo el mundo es­puta y escupe: éste es mi gusto, preferiría vivir entre ladro­nes y perjuros. Nadie lleva oro en la boca.

Pero aún más repugnantes me resultan todos los que la­men servilmente los salivazos; y el más repugnante bicho humano que he encontrado lo bauticé con el nombre de parási­to: éste no ha querido amar, pero sí vivir del amor. Desventurados llamo yo a todos los que sólo tienen una elección: la de convertirse en animales malvados o en malva­dos domadores de animales: junto a ellos no levantaría yo mis tiendas.

Desventurados llamo yo a todos aquellos que siempre tie­nen que aguardar, repugnan a mi gusto: todos los aduane­ros y tenderos y reyes y otros guardianes de países y de comer­cios.

En verdad, también yo aprendí a aguardar, y a fondo, pero sólo a aguardarme a mí. Y aprendí a tenerme en pie y a caminar y a correr y a saltar y a trepar y a bailar por encima de todas las cosas.

Y ésta es mi doctrina: quien quiera aprender alguna vez a volar tiene que aprender primero a tenerse en pie y a caminar y a correr y a trepar y a bailar: ¡el volar no se coge al vuelo!

Con escalas de cuerda he aprendido yo a escalar más de una ventana, con ágiles piernas he trepado a elevados másti­les: estar sentado sobre elevados mástiles del conocimiento no me parecía bienaventuranza pequeña,

flamear como llamas pequeñas sobre elevados mástiles: siendo, ciertamente, una luz pequeña, ¡pero un gran consue­lo, sin embargo, para navegantes y náufragos extraviados!

Por muchos caminos diferentes y de múltiples modos lle­gué yo a mi verdad; no por una única escala ascendí hasta la altura desde donde mis ojos recorren el mundo.

Y nunca me ha gustado preguntar por caminos, ¡esto re­pugna siempre a mi gusto! Prefería preguntar y someter a prueba a los caminos mismos.

Un ensayar y un preguntar fue todo mi caminar: ¡y en verdad, también hay que aprender a responder a tal preguntar! Éste es mi gusto:

no un buen gusto, no un mal gusto, pero sí mi gusto, del cual ya no me avergüenzo ni lo oculto.

«Éste es mi camino, ¿dónde está el vuestro?», así respon­día yo a quienes me preguntaban «por el camino». ¡El camino, en efecto, no existe!

Así habló Zaratustra.

De tablas viejas y nuevas

1

Aquí estoy sentado y aguardo, teniendo a mi alrededor viejas tablas rotas y también tablas nuevas a medio escribir. ¿Cuán­do llegará mi hora?

la hora de mi descenso, de mi ocaso: una vez más todavía quiero ir a los hombres.

Esto es lo que ahora aguardo: antes tienen que llegarme, en efecto, los signos de que es mi hora, a saber, el león riente con la bandada de palomas.

Entretanto, como uno que tiene tiempo, me hablo a mí mismo. Nadie me cuenta cosas nuevas: por eso yo me cuento a mí mismo.

2

Cuando fui a los hombres los encontré sentados sobre una vieja presunción: todos presumían saber desde hacía ya mu­cho tiempo qué es lo bueno y lo malvado para el hombre.

Una cosa vieja y cansada les parecía a ellos todo hablar acerca de la virtud; y quien quería dormir bien hablaba toda­vía, antes de irse a dormir, acerca del «bien» y del «mal» .

Esta somnolencia la sobresalté yo cuando enseñé: lo que es bueno y lo que es malvado, eso no lo sabe todavía nadie: ¡ex­cepto el creador!

Mas éste es el que crea la meta del hombre y el que da a la tierra su sentido y su futuro: sólo éste crea el hecho de que algo sea bueno y malvado.

Y les mandé derribar sus viejas cátedras y todos los lugares en que aquella vieja presunción se había asentado; les mandé reírse de sus grandes maestros de virtud y de sus santos y poetas y redentores del mundo.

De sus sombríos sabios les mandé reírse, y de todo el que al­guna vez se hubiera posado, para hacer advertencias, sobre el árbol de la vida como un negro espantajo.

Me coloqué al lado de su gran calle de los sepulcros e inclu­so junto a la carroña y los buitres y me reí de todo su pa­sado y del mustio y arruinado esplendor de ese pasado.

En verdad, semejante a los predicadores penitenciales y a los necios grité yo pidiendo cólera y justicia sobre todas sus cosas grandes y pequeñas, ¡es tan pequeño incluso lo mejor de ellos!, ¡es tan pequeño incluso lo peor de ellos! así me reía.

Así gritaba y se reía en mí mi sabio anhelo, el cual ha naci­do en las montañas y es, ¡en verdad!, una sabiduría salvaje mi gran anhelo de ruidoso vuelo.

Y a menudo en medio de la risa ese anhelo me arrastraba le­jos y hacia arriba y hacia fuera: yo volaba, estremeciéndome ciertamente de espanto, como una flecha, a través de un éxta­sis embriagado de sol:

hacia futuros remotos, que ningún sueño había visto aún, hacia sures más ardientes que los que los artistas soñaron jamás: hacia allí donde los dioses, al bailar, se avergüenzan de todos sus vestidos:

yo hablo, en efecto, en parábolas, e, igual que los poetas, cojeo y balbuceo; ¡y en verdad, me avergüenzo de tener que ser todavía poeta!

Hacia allí donde todo devenir me pareció un baile de dio­ses y una petulancia de dioses, y el mundo, algo suelto y tra­vieso y que huye a cobijarse en sí mismo:

como un eterno huir-de-sí-mismos y volver-a-buscarse-a­sí-mismos de muchos dioses, como el bienaventurado contra­decirse, oírse de nuevo, relacionarse de nuevo de muchos dio­ses:

hacia allí donde todo tiempo me pareció una bienaventura­da burla de los instantes, donde la necesidad era la libertad misma, que jugaba bienaventuradamente con el aguijón de la libertad:

donde también yo volví a encontrar a mi antiguo demonio y archienemigo, el espíritu de la pesadez y todo lo que él ha creado: coacción, ley, necesidad y consecuencia y finalidad y voluntad y bien y mal:

¿pues no tiene que haber cosas sobre las cuales y más allá de las cuales se pueda bailar? ¿No tiene que haber, para que exis­tan los ligeros, los más ligeros de todos topos y pesados ena­nos?

3

Allí fue también donde yo recogí del camino la palabra «super­hombre», y que el hombre es algo que tiene que ser superado, que el hombre es un puente y no una meta: llamándose bienaventurado a sí mismo a causa de su mediodía y de su atardecer, como camino hacia nuevas auroras:

la palabra de Zaratustra acerca del gran mediodía, y todo lo demás que yo he suspendido sobre los hombres, como se­gundas auroras purpúreas.

En verdad, también les he hecho ver nuevas estrellas junto con nuevas noches; y por encima de las nubes y el día y la no­che extendí yo además la risa como una tienda multicolor.

Les he enseñado todos mis pensamientos y deseos: pensar y reunir en unidad lo que en el hombre es fragmento y enig­ma y horrendo azar,

como poeta, adivinador de enigmas y redentor del azar les he enseñado a trabajar creadoramente en el porvenir y a redimir creadoramente todo lo que fue.

A redimir lo pasado en el hombre y a transformar median­te su creación todo «Fue», hasta que la voluntad diga: «¡Mas así lo quise yo! Así lo querré»

esto es lo que yo llamé redención para ellos, únicamente a esto les enseñé a llamar redención.

Ahora aguardo mi redención, el ir a ellos por última vez.

Pues todavía una vez quiero ir a los hombres: ¡entre ellos quiero hundirme en mi ocaso, al morir quiero darles el más rico de mis dones!

Del sol he aprendido esto, cuando se hunde él, el inmensa­mente rico: entonces es cuando derrama oro sobre el mar, sa­cándolo de riquezas inagotables,

¡de tal manera que hasta el más pobre de los pescadores rema con remos de oro! Esto fue, en efecto, lo que yo vi en otro tiempo, y no me sacié de llorar contemplándolo.

Igual que el sol quiere también Zaratustra hundirse en su ocaso: mas ahora está sentado aquí y aguarda, teniendo a su alrededor viejas tablas rotas, y también tablas nuevas, a me­dio escribir.

4

Mira, aquí hay una tabla nueva: pero ¿dónde están mis herma­nos, que la lleven conmigo al valle y la graben en corazones de carne?

Esto es lo que mi gran amor exige a los lejanos: ¡no seas in­dulgente con tu prójimo! El hombre es algo que tiene que ser superado.

Existen muchos caminos y muchos modos distintos de su­peración: ¡mira tú ahí! Mas sólo un bufón piensa: «el hombre es algo sobre lo que también se puede saltar».

Supérate a ti mismo incluso en tu prójimo: ¡y un derecho que puedas robar no debes permitir que te lo den!

Lo que tú haces, eso nadie puede hacértelo de nuevo a ti. Mira, no existe retribución.

El que no puede mandarse a sí mismo debe obedecer. ¡Y más de uno pueda mandarse a sí mismo, pero falta todavía mucho para que también se obedezca a sí mismo!

5

Así lo quiere la especie de las almas nobles: no quieren tener nada de balde, y menos que nada, la vida.

Quien es de la plebe quiere vivir de balde; pero nosotros, distintos de ellos, a quienes la vida se nos entregó a sí misma, ¡nosotros reflexionamos siempre sobre qué es lo mejor que daremos a cambio!

Y en verdad, es un lenguaje aristocrático el que dice: «lo que la vida nos promete a nosotros, eso queremos nosotros ¡cumplírselo a la vida!»

No debemos querer gozar allí donde no damos a gozar. Y ¡no debemos querer gozar!

Goce e inocencia son, en efecto, las cosas más púdicas que existen: ninguna de las dos quiere ser buscada. Debemos te­nerlas, ¡pero debemos buscar más bien culpa y dolores!

6

Oh hermanos míos, quien es una primicia es siempre sacrifi­cado. Ahora bien, nosotros somos primicias.

Todos nosotros derramamos nuestra sangre en altares se­cretos, todos nosotros nos quemamos y nos asamos en honor de viejas imágenes de ídolos.

Lo mejor de nosotros es todavía joven: esto excita los viejos paladares. Nuestra carne es tierna, nuestra piel es piel de cor­dero: ¡cómo no íbamos nosotros a excitar a viejos sacerdo­tes de ídolos!

Dentro de nosotros mismos habita todavía él, el viejo sacer­dote de ídolos, que asa, para prepararse un banquete, lo me­jor de nosotros. ¡Ay, hermanos míos, cómo no iban las primi­cias a ser víctimas!

Pero así lo quiere nuestra especie; y yo amo a los que no quieren preservarse a sí mismos. A quienes se hunden en su ocaso los amo con todo mi amor: pues pasan al otro lado.

7

Ser verdaderos ¡pocos son capaces de esto! Y quien es ca­paz ¡no quiere todavía! Y los menos capaces de todos son los buenos.

¡Oh esos buenos! Los hombres buenos no dicen nunca la verdad; para el espíritu el ser bueno de ese modo es una enfer­medad.

Ceden, estos buenos, se resignan, su corazón repite lo dicho por otros, el fondo de ellos obedece: ¡mas quien obedece no se oye a sí mismo!

Todo lo que los buenos llaman malvado tiene que reunirse para que nazca una verdad: oh hermanos míos, ¿sois también vosotros bastante malvados para esa verdad?

La osadía temeraria, la larga desconfianza, el cruel no, el fastidio, el sajar en vivo ¡qué raras veces se reúne esto! Pero de tal semilla es de la que ¡se engendra verdad!

¡Junto a la conciencia malvada ha crecido hasta ahora todo saber! ¡Romped, rompedme, hombres del conocimiento, las viejas tablas!

8

Cuando el agua tiene maderos para atravesarla, cuando puentecillos y pretiles saltan sobre la corriente: en verdad, allí no se cree a nadie que diga: «Todo fluye».

Hasta los mismos imbéciles le contradicen. «¿Cómo?, dicen los imbéciles, ¿que todo fluye? ¡Pero si hay puentecillos y pre­tiles sobre la corriente!

Sobre la corriente todo es sólido, todos los valores de las cosas, los puentes, conceptos, todo el ‘bien’ y el ‘mal’: ¡todo eso es sólido!»

Mas cuando llega el duro invierno, el domeñador de ríos: entonces incluso los más chistosos aprenden desconfianza; y, en verdad, no sólo los imbéciles dicen entonces: «¿No será que todo permanece inmóvil?»

«En el fondo todo permanece inmóvil», ésta es una autén­tica doctrina de invierno, una buena cosa para una época es­téril, un buen consuelo para los que se aletargan durante el in­vierno y para los trashogueros.

«En el fondo todo permanece inmóvil»: ¡mas contra esto predica el viento del deshielo!

El viento del deshielo, un toro que no es un toro de arar, ¡un toro furioso, un destructor, que con astas coléricas rompe el hielo! Y el hielo ¡rompe los puentecillos!

Oh hermanos míos, ¿no fluye todo ahora? ¿No han caído al agua todos los pretiles y puentecillos? ¿Quién se aferraría aún al «bien» y al «mal»?

«¡Ay de nosotros! ¡Afortunados de nosotros! ¡El viento del deshielo sopla!» ¡Predicadme esto, hermanos míos, por to­das las callejas!.

9

Existe una vieja ilusión que se llama bien y mal. En torno a adi­vinos y astrólogos ha girado hasta ahora la rueda de esa ilusión.

En otro tiempo la gente creía en adivinos y astrólogos: y por eso creía «Todo es destino: ¡debes puesto que te ves forzado!»

Pero luego la gente desconfió de todos los adivinos y astró­logos: y por eso creyó «Todo es libertad: ¡puedes puesto que quieres!»

Oh hermanos míos, acerca de lo que son las estrellas y el fu­turo ha habido hasta ahora tan sólo ilusiones, pero no saber: y por eso acerca de lo que son el bien y el mal ha habido hasta ahora tan sólo ilusiones, ¡pero no saber!

10

«¡No robarás! ¡No matarás!» estas palabras fueron llamadas santas en todo tiempo; ante ellas la gente doblaba la rodilla y las cabezas y se descalzaba.

Pero yo os pregunto: ¿dónde ha habido nunca en el mundo peores ladrones y peores asesinos que esas santas palabras?

¿No hay en toda vida misma robo y asesinato? Y por el he­cho de llamar santas a tales palabras, ¿no se asesinó a la ver­dad misma?

¿O fue una predicación de la muerte la que llamó santo a lo que hablaba en contra de toda vida y la desaconsejaba? ¡Oh hermanos míos, romped, rompedme las viejas tablas!

11

Ésta es mi compasión por todo lo pasado, el ver: que ha sido abandonado,­

¡abandonado a la gracia, al espíritu, a la demencia de cada generación que llega y reinterpreta como puente hacia ella todo lo que fue!

Un gran déspota podría venir, un diablo listo que con su be­nevolencia y su malevolencia forzase y violentase todo lo pa­sado: hasta que esto se convirtiese en puente para él y en pre­sagio y heraldo y canto del gallo.

Y éste es el otro peligro y mi otra compasión: la memoria de quien es de la plebe no se remonta más que hasta el abue­lo, y con el abuelo acaba el tiempo.

Así está abandonado todo lo pasado: pues alguna vez po­dría ocurrir que la plebe se convirtiese en el señor y ahogase todo tiempo en aguas sin profundidad.

Por eso, oh hermanos míos, necesítase una nueva nobleza que sea el antagonista de toda plebe y de todo despotismo y escriba de nuevo en tablas nuevas la palabra «noble».

¡Pues se necesitan, en efecto, muchos nobles y muchas cla­ses de nobles para que exista la nobleza! O como dije yo en otro tiempo, en parábola: «¡Ésta es precisamente la divinidad, que existan dioses, pero no Dios!»

12

Oh hermanos míos, yo os consagro a una nueva nobleza y os la señalo: vosotros debéis ser para mí engendradores y criado­res y sembradores del futuro,

en verdad, no una nobleza que vosotros pudierais com­prar como la compran los tenderos, y con oro de tenderos: pues poco valor tiene todo lo que tiene un precio.

¡Constituya de ahora en adelante vuestro honor no el lugar de dónde venís, sino el lugar adonde vais! Vuestra voluntad y vuestro pie, que quieren ir más allá de vosotros mismos, ¡eso constituya vuestro nuevo honor!

En verdad, no el que hayáis servido a un príncipe ¡qué importan ya los príncipes! o el que os hayáis convertido en baluarte de lo que existe ¡para que esté aún más sólido!

No el que vuestra estirpe se haya hecho cortesana en las cortes, y vosotros hayáis aprendido a estar de pie, vestidos con ropajes multicolores, como un flamenco, durante largas horas, dentro de estanques poco profundos.

Pues poder estar de pie es un mérito entre los cortesanos: y todos los cortesanos creen que de la bienaventuranza después de la muerte forma parte ¡el que se permita estar sentado!

Ni tampoco el que un espíritu, que ellos llaman santo, con­dujese a vuestros antepasados a tierras prometidas, que yo no alabo: pues nada hay que alabar en la tierra donde creció el más funesto de todos los árboles, ¡la cruz!

y en verdad, a todos los sitios a que ese «espíritu santo» condujo sus caballeros, siempre esas expediciones iban prece­didas ¡de cabras y gansos y de cruzados mentecatos!

¡Oh hermanos míos, no hacia atrás debe dirigir la mirada vuestra nobleza, sino hacia adelante! ¡Expulsados debéis es­tar vosotros de todos los países de los padres y de los antepa­sados!

El país de vuestros hijos es el que debéis amar: sea ese amor vuestra nueva nobleza, ¡el país no descubierto, situado en el mar más remoto! ¡A vuestras velas ordeno que partan una y otra vez en su busca!

En vuestros hijos debéis reparar el ser vosotros hijos de vuestros padres: ¡así debéis redimir todo lo pasado! ¡Esta nueva tabla coloco yo sobre vosotros!

13

«¿Para qué vivir? ¡Todo es vanidad! Vivir es trillar paja; vi­vir es quemarse a sí mismo y, sin embargo, no calentarse.»

Tales anticuados parloteos continúan siendo considerados como «sabiduría»; y por ser viejos y oler a rancio, por eso se los respeta más. También el moho otorga nobleza.

Así les era lícito hablar a los niños: ¡ellos rehúyen el fuego porque éste los ha quemado! Hay mucho infantilismo en los viejos libros sapienciales.

Y a todo el que siempre «trilla paja», ¡cómo iba a serle líci­to blasfemar del trillar! ¡A tales necios habría que ponerles el bozal !

Éstos se sientan a la mesa y no traen nada consigo, ni si­quiera el buen hambre: y ahora blasfeman diciendo «¡todo es vanidad!»

¡Pero comer y beber bien, oh hermanos míos, no es en ver­dad un arte vano! ¡Romped, rompedme las tablas de los eter­nos descontentos!

14

«Para el puro todo es puro» así habla el pueblo. Pero yo os digo: ¡para los cerdos todo se convierte en cerdo!

Por ello los fanáticos y los beatos de cabeza colgante, que también llevan colgando hacia abajo el corazón, predican: «el mundo mismo es un monstruo merdoso».

Pues todos ellos son de espíritu sucio; y en especial aquellos que no tienen descanso ni reposo si no ven el mundo por de­trás, ¡los trasmundanos!

A éstos les digo a la cara, aunque ello no suene de modo agradable: el mundo se asemeja al hombre en que tiene un trasero, ¡eso es verdad!

Hay en el mundo mucha mierda: ¡eso es verdad! ¡Mas no por ello es ya el mundo un monstruo merdoso!

Hay sabiduría en el hecho de que muchas cosas en el mun­do huelan mal: ¡la náusea misma hace brotar alas y fuerzas que presienten manantiales!

Incluso en el mejor hay algo que produce náusea; ¡y el me­jor es todavía algo que tiene que ser superado!

¡Oh hermanos míos, hay mucha sabiduría en el hecho de que exista mucha mierda en el mundo!

15

A los piadosos trasmundanos les he oído decir a su propia conciencia estas sentencias y, en verdad, sin malicia ni falsía, aunque nada hay en el mundo más falso ni más maligno.

«¡Deja que el mundo sea el mundo! ¡No muevas ni un dedo en contra de eso!»

«Deja que el que quiera estrangule y apuñale y saje y degüe­lle a la gente: ¡no muevas ni un dedo en contra de eso! Así aprenden ellos incluso a renunciar al mundo.»

«Y tu propia razón a ésa tú mismo debes agarrarla del cuello y estrangularla; pues es una razón de este mundo, así aprendes tú mismo a renunciar al mundo.»

¡Romped, rompedme, oh hermanos míos, estas viejas ta­blas de los piadosos! ¡Destruid con vuestra sentencia las sen­tencias de los calumniadores del mundo!

16

«Quien aprende muchas cosas desaprende todos los deseos violentos» esto es algo que hoy las gentes se susurran unas a otras en todas las callejas oscuras.

«¡La sabiduría cansa, no vale la pena nada; no debes tener deseos!» esta nueva tabla la he encontrado colgada incluso en mercados públicos.

¡Rompedme, oh hermanos míos, rompedme también esta nueva tabla! Los cansados del mundo la han colgado de la pa­red, y los predicadores de la muerte, y también los carceleros: ¡pues mirad, también ella es una predicación en favor de la es­clavitud!

Ellos han aprendido mal, y no las mejores cosas, y todo de un modo demasiado prematuro, y todo de un modo demasiado rápido: y han comido mal, y por ello se les ha indigestado el estómago,

un estómago indigestado es, en efecto, su espíritu: ¡él es el que aconseja la muerte! ¡Pues, en verdad, hermanos míos, el espíritu es un estómago!

La vida es un manantial de placer3; mas para aquel en el cual habla un estómago indigestado, padre de la tribulación, para ése todas las fuentes están envenenadas.

Conocer: ¡esto es placer para el hombre de voluntad leoni­na! Pero quien se ha cansado, ése sólo es «querido», con él juegan todas las olas.

Y esto es lo que les ocurre siempre a los hombres débiles: se pierden a sí mismos en sus caminos. Y al final, todavía su cansancio pregunta: «¡para qué hemos recorrido caminos! ¡Todo es igual!»

A los oídos de éstos les suena de manera agradable el que se predique: «¡Nada merece la pena! ¡No debéis querer» Mas ésta es una predicación en favor de la esclavitud.

Oh hermanos míos, cual un viento fresco y rugiente viene Zaratustra para todos los cansados del mundo; ¡a muchas na­rices hará aún estornudar!

También a través de los muros sopla mi aliento libre, ¡y pe­netra hasta las cárceles y los espíritus encarcelados!

El querer hace libres: pues querer es crear: así enseño yo. ¡Y sólo para crear debéis aprender!

¡Y también el aprender debéis aprenderlo de mí, el aprender bien! ¡Quien tenga oídos, oiga!

17

Ahí está la barca, quizá navegando hacia la otra orilla se vaya a la gran nada. ¿Quién quiere embarcarse en ese «quizá»? ¡Ninguno de vosotros quiere embarcarse en la barca de la muerte! ¡Cómo pretendéis ser entonces hombres cansados del mundo!

¡Cansados del mundo! ¡Y ni siquiera habéis llegado a estar desprendidos de la tierra! ¡Siempre os he encontrado ávidos todavía de tierra, enamorados todavía del propio estar cansa­dos de la tierra!

No en vano tenéis el labio colgante ¡un pequeño deseo de tierra continúa asentado en él! Y en el ojo ¿no flota en él una nubecilla de inolvidado placer terrestre?

Hay en la tierra muchas buenas invenciones, las unas úti­les, las otras agradables: por causa de ellas resulta amable la tierra.

Y muchas y distintas cosas están tan bien inventadas que, como el pecho de la mujer: son útiles y agradables a la vez.

¡Mas vosotros los cansados del mundo! ¡Vosotros los pere­zosos de la tierra! ¡A vosotros se os debe azotar! Al azotaros se os debe espabilar de nuevo las piernas.

Pues: si no sois enfermos y pillos decrépitos, de los que la tierra está cansada, sois astutos perezosos, o golosos y agaza­pados gatos de placer. Y si no queréis volver a correr alegre­mente, entonces debéis ¡iros al otro mundo!

No se debe querer ser médico de incurables: así lo enseña Zaratustra: ¡por eso debéis iros al otro mundo!

Pero se necesita más valor para poner fin que para escribir un nuevo verso: esto lo saben todos los médicos y todos los poetas.

18

Oh hermanos míos, hay tablas que las creó la fatiga, y tablas que las creó la pereza, tablas perezosas: aunque hablan del mismo modo, quieren que se las oiga de modo distinto.

¡Mirad ahí ese hombre que desfallece! Se halla tan sólo a un palmo de su meta, mas a causa de la fatiga se ha tendido ahí, obstinado, en el polvo: ¡ese valiente!

A causa de la fatiga bosteza del camino y de la tierra y de la meta y de sí mismo: no quiere dar un solo paso más,¡ese va­liente!

Ahora el sol arde sobre él, y los perros lamen su sudor: pero él yace ahí en su obstinación y prefiere desfallecer:

¡desfallecer a un palmo de su meta! En verdad, tendréis que llevarlo agarrado por los cabellos incluso a su cielo, ¡a ese héroe!

Es mejor que lo dejéis tirado ahí donde él se ha echado, para que le llegue el sueño, el consolador, con un chaparrón refrescante:

Dejadle yacer hasta que se despierte por sí mismo, ¡hasta que se retracte por sí mismo de toda fatiga y de lo que en él en­señaba fatiga!

Sólo, hermanos míos, ahuyentad de él a los perros, a los hi­pócritas perezosos y a todo el enjambre de sabandijas:

a todo el enjambre de sabandijas de los «cultos», que con el sudor de todo héroe ¡se regala!

19

Yo trazo en torno a mí círculos y fronteras sagradas; cada vez es menor el número de quienes conmigo suben hacia monta­ñas cada vez más altas, yo construyo una cordillera con montañas más santas cada vez.

Pero adondequiera que conmigo subáis, oh hermanos míos: ¡cuidad de que no suba con vosotros un parásito!

Parásito: es un gusano, un gusano que se arrastra, que se doblega, que quiere engordar a costa de vuestros rincones en­fermos y heridos.

Y su arte consiste en esto, en adivinar cuál es en las almas ascendentes el lugar en que están cansadas: en vuestro dis­gusto y en vuestro mal humor, en vuestro delicado pudor construye el parásito su nauseabundo nido.

En el lugar en que el fuerte es débil, y el noble, demasia­do benigno, allí dentro construyó él su nauseabundo nido: el parásito habita allí donde el grande tiene pequeños rincones heridos.

¿Cuál es la especie más alta de todo ser, y cuál la más baja? El parásito es la especie más baja; pero quien forma parte de la especie más alta, ése alimenta a la mayor parte de los pará­sitos.

El alma, en efecto, que posee la escala más larga y que más profundo puede descender: ¿cómo no iban a asentarse en ella la mayor parte de los parásitos?

el alma más vasta, la que más lejos puede correr y errar y vagar dentro de sí; la más necesaria, que por placer se precipi­ta en el azar:

el alma que es, y se sumerge en el devenir; la que posee, y quiere sumergirse en el querer y desear:

la que huye de sí misma, que a sí misma se da alcance en los círculos más amplios; el alma más sabia, a quien más dul­cemente habla la necedad:

la que más se ama a sí misma, en la que todas las cosas tie­nen su corriente y su contracorriente, su flujo y su reflujo: oh, ¿cómo no iba el alma más elevada a tener los peores pará­sitos?

20

Oh hermanos míos, ¿acaso soy cruel? Pero yo digo: ¡a lo que está cayendo se le debe incluso dar un empujón!

Todas estas cosas de hoy están cayendo, decayendo: ¡quién querría sostenerlas! Pero yo ¡yo quiero darles además un empujón!

¿Conocéis vosotros la voluptuosidad que hace rodar las piedras en profundidades cortadas a pico? Estos hombres de hoy: ¡mirad cómo ruedan a mis profundidades!

¡Un preludio de jugadores mejores soy yo, oh hermanos míos! ¡Un ejemplo! ¡Obrad según mi ejemplo !

Y a quien no le enseñéis a volar, enseñadle ¡a caer más de­prisa!

21

Yo amo a los valientes: mas no basta ser un mandoble, ¡hay que saber también a quién se le dan los mandobles!

Y a menudo hay más valentía en contenerse y pasar de lar­go: ¡a fin de reservarse para un enemigo más digno!

Debéis tener sólo enemigos que haya que odiar, pero no enemigos que haya que despreciar: es necesario que estéis or­gullosos de vuestro enemigo: así lo he enseñado ya una vez.

Para un enemigo más digno, oh amigos míos, debéis re­servaros: por ello tenéis que pasar de largo junto a muchas cosas,

especialmente junto a mucha chusma, que os mete en los oídos ruido de pueblo y de pueblos.

¡Mantened puros vuestros ojos de su pro y de su contra! En ellos hay mucha justicia, mucha injusticia: quien se detiene a mirar se pone colérico.

Ver, golpear esto es aquí una sola cosa: ¡por ello, mar­chad a los bosques y dejad dormir vuestra espada!

¡Seguid vuestros caminos! ¡Y dejad que el pueblo y los pue­blos sigan los suyos! ¡caminos oscuros, en verdad, en los cuales no relampaguea ya ni una esperanza!

¡Que domine el tendero allí donde todo lo que brilla es oro de tenderos! Ya no es tiempo de reyes: lo que hoy se lla­ma a sí mismo pueblo no merece reyes.

Ved cómo estos pueblos actúan ahora, también ellos, igual que los tenderos: ¡rebuscan las más mínimas ventajas incluso en todos los desperdicios!

Se acechan mutuamente, se espían unos a otros, a esto lo llaman «buena vecindad». Oh bienaventurado tiempo remo­to en que un pueblo se decía a sí mismo: «¡yo quiero ser se­ñor de otros pueblos!»

Pues, hermanos míos: ¡lo mejor debe dominar, lo mejor quiere también dominar! Y donde se enseña otra cosa, allí falta lo mejor.

22

Si ésos tuviesen de balde el pan, ¡ay! ¿Tras de qué andarían ésos gritando? Su sustento es su verdadero entretenimiento; ¡y las cosas deben resultarles difíciles!

Animales de presa son: ¡en su «trabajar» hay también robo, en su «merecer» hay también engaño! ¡Por eso las co­sas deben resultarles difíciles!

Deben hacerse mejores animales de presa, más sutiles, más inteligentes, más semejantes al hombre: el hombre es, en efec­to, el mejor animal de presa.

A todos los animales les ha robado ya el hombre sus virtu­des: por eso, de todos los animales es el hombre el que ha te­nido más difíciles las cosas.

Ya sólo los pájaros están por encima de él. Y cuando el hombre aprenda a volar, ¡ay!, ¡hasta qué altura volará su ra­pacidad!

23

Así quiero yo que sean el hombre y la mujer: el uno, apto para la guerra, la otra, apta para el parto, mas ambos aptos para bailar con la cabeza y con las piernas.

¡Y demos por perdido el día en que no hayamos bailado al menos una vez! ¡Y sea falsa para nosotros toda verdad en la que no haya habido una carcajada!

24

Vuestro enlace matrimonial: ¡Tened cuidado de que no sea una mala conclusión! Habéis soldado con demasiada rapi­dez: ¡por eso de ahí se sigue el quebrantamiento del ma­trimonio!

¡Y es mejor quebrantar el matrimonio que torcer el matri­monio, que mentir el matrimonio! Así me dijo una mujer: «Es verdad que yo he quebrantado el matrimonio, ¡pero antes el matrimonio me había quebrantado a mí!».

Siempre he encontrado que los mal apareados eran los peores vengativos: hacen pagar a todo el mundo el que ellos no puedan ya correr por separado.

Por ello quiero yo que los honestos se digan uno a otro: «No­sotros nos amamos: ¡veamos si podemos continuar amándo­nos! ¿O debe ser una equivocación nuestra promesa?».

«¡Dadnos un plazo y un pequeño matrimonio, para que veamos si somos capaces del gran matrimonio! ¡Es una gran cosa estar dos siempre juntos!»

Así aconsejo yo a todos los honestos; ¡y qué sería mi amor al superhombre y a todo lo que debe venir si yo aconsejase y hablase de otro modo!

No sólo a propagaros al mismo nivel, sino a propagaros ha­cia arriba ¡a eso, oh hermanos míos, ayúdeos el jardín del matrimonio!

25

El que ha llegado a conocer los viejos orígenes acabará por buscar manantiales del futuro y nuevos orígenes.

Oh hermanos míos, de aquí a poco, nuevos pueblos sur­girán y nuevos manantiales se precipitarán ruidosamente en nuevas profundidades.

El terremoto, en efecto, ciega muchos pozos y provoca mucho desfallecimiento: y también saca a luz energías y secre­tos ocultos.

El terremoto pone de manifiesto nuevos manantiales. En el terremoto de viejos pueblos emergen manantiales nuevos.

Y en torno a quien entonces grita: «He ahí un pozo para muchos sedientos, un corazón para muchos anhelosos, una voluntad para muchos instrumentos»: en torno a ése se reú­ne un pueblo, es decir: muchos experimentadores.

Quién puede mandar, quién tiene que obedecer ¡eso es lo que aquí se experimenta! ¡Ay, con qué búsquedas y adivinaciones y fallos y aprendizajes y reexperimentos tan prolongados!

La sociedad de los hombres: es un experimento, así lo en­seño yo, una prolongada búsqueda: ¡y busca al hombre de mando!

un experimento, ¡oh hermanos míos! ¡Y no un «contra­to». ¡Romped, rompedme tales palabras de los corazones débiles y de los amigos de componendas!

26

¡Oh hermanos míos! ¿En quiénes reside el mayor peligro para todo futuro de los hombres? ¿No es en los buenos y justos?

que dicen y sienten en su corazón: «nosotros sabemos ya lo que es bueno y justo, y hasta lo tenemos; ¡ay de aquellos que continúan buscando aquí!»

Y sean cuales sean los daños que los malvados ocasionen: ¡el daño de los buenos es el daño más dañino de todos!

Y sean cuales sean los daños que los calumniadores del mundo ocasionen: el daño de los buenos es el daño más dañi­no de todos.

Oh hermanos míos, en cierta ocasión uno miró dentro del corazón de los buenos y justos, y dijo: «Son fariseos». Pero no le entendieron.

A los buenos y justos mismos no les fue lícito entenderle: su espíritu está prisionero de su buena conciencia. La estupidez de los buenos es insondablemente inteligente.

Pero ésta es la verdad: los buenos tienen que ser fariseos, ¡no tienen opción!

¡Los buenos tienen que crucificar a aquel que se inventa su propia virtud! ¡Ésta es la verdad!

Mas el segundo que descubrió su país, el país, el corazón y la tierra de los buenos y justos: ése fue el que preguntó: «¿A quién es al que más odian éstos?»

Al creador es al que más odian: a quien rompe tablas y vie­jos valores, al quebrantador llámanlo delincuente.

Los buenos, en efecto, no pueden crear: son siempre el co­mienzo del final:

crucifican a quien escribe nuevos valores sobre nuevas tablas, sacrifican el futuro a sí mismos, ¡crucifican todo el fu­turo de los hombres!

Los buenos han sido siempre el comienzo del final.

27

Oh hermanos míos, ¿habéis entendido también esta palabra? ¿Y lo que en otro tiempo dije acerca del «último hombre»?

¿En quiénes reside el máximo peligro para todo el futuro de los hombres? ¿No es en los buenos y justos?

¡Romped, destrozadme a los buenos y justos! Oh hermanos míos, ¿habéis entendido también esta palabra?

28

¿Huís de mí? ¿Estáis espantados? ¿Tembláis ante esta palabra? Oh hermanos míos, cuando os he mandado destrozar a los buenos y las tablas de los buenos: sólo entonces es cuando yo he embarcado al hombre en su alta mar.

Y ahora es cuando llegan a él el gran espanto, el gran mirar a su alrededor, la gran enfermedad, la gran náusea, el gran mareo. Falsas costas y falsas seguridades os han enseñado los bue­nos; en mentiras de los buenos habéis nacido y habéis estado cobijados. Todo está falseado y deformado hasta el fondo por los buenos.

Pero quien ha descubierto el país «Hombre» ha descubier­to también el país «Futuro de los Hombres». ¡Ahora vosotros debéis ser mis marineros, marineros bravos, pacientes!

¡Caminad erguidos a tiempo, oh hermanos míos, apren­ded a caminar erguidos! El mar está tempestuoso: muchos quieren servirse de vosotros para volver a erguirse.

El mar está tempestuoso: todo está en el mar. ¡Bien! ¡Ade­lante! ¡Viejos corazones de marineros!

¡Qué importa el país de los padres! ¡Nuestro timón quiere dirigirse hacia donde está el país de nuestros hijos! ¡Hacia allá lánzase tempestuoso, más tempestuoso que el propio mar, nuestro gran anhelo!

29

«¡Por qué tan duro! dijo en otro tiempo el carbón de cocina al diamante; ¿no somos parientes cercanos?»

¿Por qué tan blandos? Oh hermanos míos, así os pregunto yo a vosotros: ¿no sois vosotros mis hermanos?

¿Por qué tan blandos, tan poco resistentes y tan dispuestos a ceder? ¿Por qué hay tanta negación, tanta renegación en vuestro corazón? ¿Y tan poco destino en vuestra mirada?

Y si no queréis ser destinos ni inexorables: ¿cómo podríais vencer conmigo?

Y si vuestra dureza no quiere levantar chispas y cortar y sa­jar: ¿cómo podríais algún día crear conmigo?

Los creadores son duros, en efecto. Y bienaventuranza tie­ne que pareceros el imprimir vuestra mano sobre milenios como si fuesen cera,

bienaventuranza, escribir sobre la voluntad de milenios como sobre bronce, más duros que el bronce, más nobles que el bronce. Sólo lo totalmente duro es lo más noble de todo.

Esta nueva tabla, oh hermanos míos, coloco yo sobre voso­tros: ¡endureceos!

30

¡Oh tú voluntad mía! ¡Tú viraje de toda necesidad, tú necesi­dad mía! ¡Presérvame de todas las victorias pequeñas!

¡Tú providencia de mi alma, que yo llamo destino! ¡Tú que estás dentro de mí! ¡Tú que estás encima de mí! ¡Presérvame y resérvame para un gran destino!

Y tu última grandeza, voluntad mía, resérvatela para tu úl­timo instante, ¡para ser inexorable en tu victoria! ¡Ay, quién no ha sucumbido a su victoria!

¡Ay, a quién no se le oscurecieron los ojos en ese crepúscu­lo ebrio! ¡Ay, a quién no le vaciló el pie y desaprendió, en la victoria, a estar de pie!

Que yo esté preparado y maduro alguna vez en el gran mediodía: preparado y maduro como bronce ardiente, como nube grávida de rayos y como ubre hinchada de leche:

preparado para mí mismo y para mi voluntad más oculta: un arco ansioso de su flecha, una flecha ansiosa de su estrella:

una estrella preparada y madura en su mediodía, ardien­te, perforada, bienaventurada gracias a las aniquiladoras fle­chas solares:

un sol y una inexorable voluntad solar, ¡dispuesto a ani­quilar en la victoria!

¡Oh voluntad, viraje de toda necesidad, tú necesidad mía! ¡Resérvame para una gran victoria!

Así habló Zaratustra.

El convaleciente

1

Una mañana, no mucho tiempo después de su regreso a la ca­verna, Zaratustra saltó de su lecho como un loco, gritó con voz terrible e hizo gestos como si en el lecho yaciese todavía alguien que no quisiera levantarse de allí; y tanto resonó la voz de Za­ratustra que sus animales acudieron asustados, y de todas las cavernas y escondrijos que estaban próximos a la caverna de Zaratustra escaparon todos los animales, volando, revolo­teando, arrastrándose, saltando, según que les hubiesen tocado en suerte patas o alas. Y Zaratustra dijo estas palabras:

¡Sube, pensamiento abismal, de mi profundidad! Yo soy tu gallo y tu crepúsculo matutino, gusano adormilado: ¡arriba!, ¡arriba! ¡Mi voz debe desvelarte ya con su canto de gallo!

¡Desátate las ataduras de tus oídos: escucha! ¡Pues yo quie­ro oírte! ¡Arriba! ¡Arriba! ¡Aquí hay truenos bastantes para que también los sepulcros aprendan a escuchar!

¡Y borra de tus ojos el sueño y toda imbecilidad, toda ce­guera! óyeme también con tus ojos: mi voz es una medicina incluso para ciegos de nacimiento.

Y una vez que te hayas despertado deberás permanecer eternamente despierto. No es mi hábito despertar del sueño a tatarabuelas para decirles ¡que sigan durmiendo!

¿Te mueves, te desperezas, ronroneas? ¡Arriba! ¡Arriba! ¡No roncar hablarme es lo que debes! ¡Te llama Zaratustra el ateo!

¡Yo Zaratustra, el abogado de la vida, el abogado del sufri­miento, el abogado del círculo te llamo a ti, al más abismal de mis pensamientos!

¡Dichoso de mí! Vienes ¡te oigo! ¡Mi abismo habla, he hecho girar a mi última profundidad para que mire hacia la luz!

¡Dichoso de mí! ¡Ven! Dame la mano ¡ay! ¡deja!, ¡ay, ay! náusea, náusea, náusea ¡ay de mí!

2

Y apenas había dicho Zaratustra estas palabras cayó al suelo como un muerto y permaneció largo tiempo como un muer­to. Mas cuando volvió en sí estaba pálido y temblaba y perma­neció tendido y durante largo tiempo no quiso comer ni be­ber. Esto duró en él siete días; mas sus animales no lo abando­naron ni de día ni de noche, excepto que el águila volaba fuera a recoger comida. Y lo que recogía y robaba colocábalo en el lecho de Zaratustra: de modo que éste acabó por yacer entre amarillas y rojas bayas, racimos de uvas, manzanas de rosa, hierbas aromáticas y piñas. Y a sus pies estaban exten­didos dos corderos que el águila había arrebatado con gran esfuerzo a sus pastores.

Por fin, al cabo de siete días, Zaratustra se irguió en su le­cho, tomó en la mano una manzana de rosa, la olió y encon­tró agradable su olor. Entonces creyeron sus animales que ha­bía llegado el tiempo de hablar con él.

«Oh Zaratustra, dijeron, hace ya siete días que estás así tendi­do, con pesadez en los ojos: ¿no quieres por fin ponerte otra vez de pie?

Sal de tu caverna: el mundo te aguarda como un jardín. El viento juega con densos aromas que quieren venir hasta ti; y todos los arroyos quisieran correr detrás de ti.

Todas las cosas sienten anhelo de ti, porque has permane­cido solo siete días, ¡sal fuera de tu caverna! ¡Todas las cosas quieren ser tus médicos!

¿Es que ha venido a ti un nuevo conocimiento, un conoci­miento ácido, pesado? Como masa acedada yacías tú ahí, tu alma se hinchaba y rebosaba por todos sus bordes.»

¡Oh animales míos, respondió Zaratustra, seguid parlo­teando así y dejad que os escuche! Me reconforta que parlo­teéis: donde se parlotea, allí el mundo se extiende ante mí como un jardín.

Qué agradable es que existan palabras y sonidos: ¿palabras y sonidos no son acaso arcos iris y puentes ilusorios tendidos entre lo eternamente separado?

A cada alma le pertenece un mundo distinto; para cada alma es toda otra alma un trasmundo.

Entre las cosas más semejantes es precisamente donde la ilusión miente del modo más hermoso; pues el abismo más pequeño es el más difícil de salvar.

Para mí ¿cómo podría haber un fuera-de-mí? ¡No existe ningún fuera! Mas esto lo olvidamos tan pronto como vibran los sonidos; ¡qué agradable es olvidar esto!

¿No se les han regalado acaso a las cosas nombres y sonidos para que el hombre se reconforte en las cosas? Una hermosa necedad es el hablar: al hablar, el hombre baila sobre todas las cosas.

¡Qué agradables son todo hablar y todas las mentiras de los sonidos! Con sonidos baila nuestro amor sobre multicolores arcos iris.

«Oh Zaratustra, dijeron a esto los animales, todas las co­sas mismas bailan para quienes piensan como nosotros: vie­nen y se tienden la mano, y ríen, y huyen y vuelven.

Todo va, todo vuelve; eternamente rueda la rueda del ser. Todo muere, todo vuelve a florecer, eternamente corre el año del ser.

Todo se rompe, todo se recompone; eternamente se cons­truye a sí misma la misma casa del ser. Todo se despide, todo vuelve a saludarse; eternamente permanece fiel a sí el anillo del ser.

En cada instante comienza el ser; en torno a todo “Aquí” gira la esfera “Allá”. El centro está en todas partes. Curvo es el sendero de la eternidad.»

¡Oh truhanes y organillos de manubrio!, respondió Zara­tustra y de nuevo sonrió, qué bien sabéis lo que tuvo que cumplirse durante siete días:

¡Y cómo aquel monstruo se deslizó en mi garganta y me estranguló! Pero yo le mordí la cabeza y la escupí lejos de mí. Y vosotros, ¿vosotros habéis hecho ya de ello una canción de organillo? Mas ahora yo estoy aquí tendido, fatigado aún de ese morder y escupir lejos, enfermo todavía de la propia re­dención.

¿Y vosotros habéis sido espectadores de todo esto? Oh anima­les míos, ¿también vosotros sois crueles? ¿Habéis querido contemplar mi gran dolor, como hacen los hombres? El hom­bre es, en efecto, el más cruel de todos los animales.

Como más a gusto se ha sentido hasta ahora el hombre en la tierra ha sido asistiendo a tragedias, corridas de toros y crucifixiones; y cuando inventó el infierno, he aquí que éste fue su cielo en la tierra.

Cuando el gran hombre grita: apresúrase el pequeño a acudir; y de avidez le cuelga la lengua fuera del cuello. Mas él a esto lo llama su «compasión».

El hombre pequeño, sobre todo el poeta, ¡con qué vehe­mencia acusa él a la vida con palabras! ¡Escuchadle, pero no dejéis de oír el placer qué hay en todo acusar!

A esos acusadores de la vida: la vida los supera con un sim­ple parpadeo. «¿Me amas?, dice la descarada; espera un poco, aún no tengo tiempo para ti.»

El hombre es consigo el más cruel de los animales; y en todo lo que a sí mismo se llama «pecador» y dice que «lleva la cruz» y que es un «penitente», ¡no dejéis de oír la voluptuosi­dad que hay en ese lamentarse y acusar!

Yo mismo ¿quiero ser con esto el acusador del hombre? Ay, animales míos, esto es lo único que he aprendido hasta ahora, que el hombre necesita, para sus mejores cosas, de lo peor que hay en él,

que todo lo peor es su mejor fuerza y la piedra más dura para el supremo creador; y que el hombre tiene que hacerse más bueno y más malvado:

El leño de martirio a que yo estaba sujeto no era el que yo supiese: el hombre es malvado, sino el que yo gritase como nadie ha gritado aún:

«¡Ay, qué pequeñas son incluso sus peores cosas! ¡Ay, qué pequeñas son incluso sus mejores cosas!»

El gran hastío del hombre él era el que me estrangulaba y el que se me había deslizado en la garganta: y lo que el adivi­no había profetizado: «Todo es igual, nada merece la pena, el saber estrangula».

Un gran crepúsculo iba cojeando delante de mí, una triste­za mortalmente cansada, ebria de muerte, que hablaba con una boca bostezante.

«Eternamente retorna él, el hombre del que tú estás cansa­do, el hombre pequeño» así bostezaba mi tristeza y arrastra­ba el pie y no podía adormecerse.

En una oquedad se transformó para mí la tierra de los hombres, su pecho se hundió, todo lo vivo convirtióse para mí en putrefacción humana y en huesos y en caduco pasado.

Mi suspirar estaba sentado sobre todos los sepulcros de los hombres y no podía ponerse de pie; mi suspirar y mi pregun­tar lanzaban presagios siniestros y estrangulaban y roían y se lamentaban día y noche:

«¡Ay, el hombre retorna eternamente! ¡El hombre peque­ño retorna eternamente!»

Desnudos había visto yo en otro tiempo a ambos, al hombre más grande y al hombre más pequeño: demasiado semejantes entre sí, ¡demasiado humano incluso el más grande!

¡Demasiado pequeño el más grande! ¡Éste era mi hastío del hombre! ¡Y el eterno retorno también del más pequeño! ¡Éste era mi hastío de toda existencia!

Ay, ¡náusea! ¡náusea! ¡náusea! Así habló Zaratustra, y suspiró y tembló; pues se acordaba de su enfermedad. Mas entonces sus animales no le dejaron seguir hablando.

«¡No sigas hablando, convaleciente! así le respondieron sus animales, sino sal afuera, adonde el mundo te aguarda como un jardín.

¡Sal afuera, a las rosas y a las abejas y a las bandadas de pa­lomas! Y, sobre todo, a los pájaros cantores: ¡para que de ellos aprendas a cantar!

Cantar es, en efecto, cosa propia de convalecientes; al sano le gusta hablar. Y aun cuando también el sano quiere cancio­nes, quiere, sin embargo, distintas canciones que el convale­ciente.»

«¡Oh truhanes y organillos de manubrio, callad! res­pondió Zaratustra y se sonrió de sus animales. ¡Qué bien sa­béis el consuelo que inventé para mí durante siete días!

El tener que cantar de nuevo ése fue el consuelo que me inventé, y ésa mi curación: ¿queréis acaso vosotros hacer en­seguida de ello una canción de organillo?»

«No sigas hablando, volvieron a responderle sus anima­les; es preferible que tú, convaleciente, te prepares primero una lira, ¡una lira nueva!

Pues mira, ¡oh Zaratustra! Para estas nuevas canciones se necesitan liras nuevas.

Canta y cubre los ruidos con tus bramidos, oh Zaratustra, cura tu alma con nuevas canciones: ¡para que puedas llevar tu gran destino, que no ha sido aún el destino de ningún hombre!

Pues tus animales saben bien, oh Zaratustra, quién eres tú y quién tienes que llegar a ser: tú eres el maestro del eterno re­torno, ¡ése es tu destino!

El que tengas que ser el primero en enseñar esta doctrina, ¡cómo no iba a ser ese gran destino también tu máximo pe­ligro y tu máxima enfermedad!

Mira, nosotros sabemos lo que tú enseñas: que todas las cosas retornan eternamente, y nosotros mismos con ellas, y que nosotros hemos existido ya infinitas veces, y todas las co­sas con nosotros.

Tú enseñas que hay un gran año del devenir, un monstruo de gran año: una y otra vez tiene éste que darse la vuelta, lo mismo que un reloj de arena, para volver a transcurrir y a va­ciarse:

de modo que todos estos años son idénticos a sí mismos, en lo más grande y también en lo más pequeño, de modo que nosotros mismos somos idénticos a nosotros mismos en cada gran año, en lo más grande y también en lo más pequeño.

Y si tú quisieras morir ahora, oh Zaratustra: mira, también sabemos cómo te hablarías entonces a ti, mismo: ¡mas tus animales te ruegan que no mueras todavía!

Hablarías sin temblar, antes bien dando un aliviador suspi­ro de bienaventuranza: ¡pues una gran pesadez y un gran so­foco se te quitarían de encima a ti, el más paciente de todos los hombres!

“Ahora muero y desaparezco, dirías, y dentro de un instan­te seré nada. Las almas son tan mortales como los cuerpos.

Pero el nudo de las causas, en el cual yo estoy entrelazado, retorna, ¡él me creará de nuevo! Yo mismo formo parte de las causas del eterno retorno.

Vendré otra vez, con este sol, con esta tierra, con este águi­la, con esta serpiente no a una vida nueva o a una vida me­jor o a una vida semejante:

vendré eternamente de nuevo a esta misma e idéntica vida, en lo más grande y también en lo más pequeño, para en­señar de nuevo el eterno retorno de todas las cosas,

para decir de nuevo la palabra del gran mediodía de la tie­rra y de los hombres, para volver a anunciar el superhombre a los hombres.

He dicho mi palabra, quedo hecho pedazos a causa de ella: así lo quiere mi suerte eterna , ¡perezco como anunciador!

Ha llegado la hora de que el que se hunde en su ocaso se bendiga a sí mismo. Así acaba el ocaso de Zaratustrd”».

Cuando los animales hubieron dicho estas palabras callaron y aguardaron a que Zaratustra les dijese algo: mas Zaratustra no oyó que ellos callaban. Antes bien, yacía en silencio, con los ojos cerrados, semejante a un durmiente, aunque ya no dor­mía: pues se hallaba en conversación con su alma. Pero la ser­piente y el águila, al encontrarlo tan silencioso, honraron el gran silencio que lo rodeaba y se alejaron con cuidado.

Del gran anhelo

Oh alma mía, yo te he enseñado a decir «Hoy» como se dice «Alguna vez» y «En otro tiempo» y a bailar tu ronda por encima de todo Aquí y Ahí y Allá.

Oh alma mía, yo te he redimido de todos los rincones, yo he apartado de ti el polvo, las arañas y la penumbra.

Oh alma mía, yo te he lavado del pequeño pudor y de la vir­tud de los rincones y te persuadí a estar desnuda ante los ojos del sol.

Con la tempestad llamada «Espíritu» soplé sobre tu mar agitado; todas las nubes las expulsé de él soplando, estrangu­lé incluso al estrangulador llamado «Pecado».

Oh alma mía, te he dado el derecho de decir no como la tempestad y de decir sí como dice sí el cielo abierto: silencio­sa como la luz te encuentras ahora, y caminas a través de tem­pestades de negación.

Oh alma mía, te he devuelto la libertad sobre lo creado y lo increado: ¿y quién conoce la voluptuosidad de lo futuro como tú la conoces?

Oh alma mía, te he enseñado el despreciar que no viene como una carcoma, el grande, amoroso despreciar, que ama máximamente allí donde máximamente desprecia.

Oh alma mía, te he enseñado a persuadir de tal modo que persuades a venir a ti a los argumentos mismos: semejante al sol, que persuade al mar a subir hasta su altura.

Oh alma mía, he apartado de ti todo obedecer, todo doblar la rodilla y todo llamar «señor» a otro, te he dado a ti misma el nombre «Viraje de la necesidad» y «Destino».

Oh alma mía, te he dado nuevos nombres y juguetes multi­colores, te he llamado «Destino» y «Contorno de los contor­nos» y «Ombligo del tiempo» y «Campana azur».

Oh alma mía, a tu terruño le he dado a beber toda sabidu­ría, todos los vinos nuevos y también todos los vinos fuertes, inmemorialmente viejos, de la sabiduría.

Oh alma mía, todo sol lo he derramado sobre ti, y toda noche y todo callar y todo anhelo: así has crecido para mí cual una viña.

Oh alma mía, inmensamente rica y pesada te encuentras ahora, como una viña, con hinchadas ubres y densos y dora­dos racimos de oro:

apretada y oprimida por tu felicidad, aguardando a cau­sa de tu sobreabundancia, y avergonzada incluso de tu aguar­dar.

¡Oh alma mía, en ninguna parte hay ahora un alma que sea más amorosa y más comprehensiva y más amplia que tú! El futuro y el pasado ¿dónde estarían más próximos y juntos que en ti?

Oh alma mía, te he dado todo, y todas mis manos se han va­ciado por ti: ¡y ahora! Ahora me dices, sonriente y llena de melancolía: «¿Quién de nosotros tiene que dar las gracias?

¿el que da no tiene que agradecer que el que toma tome? ¿Hacer regalos no es una necesidad? ¿Tomar no es un apia­darse?»

Oh alma mía, comprendo la sonrisa de tu melancolía: ¡Tam­bién tu inmensa riqueza extiende ahora manos anhelantes!

¡Tu plenitud mira por encima de mares rugientes y busca y aguarda; el anhelo de la sobreplenitud mira desde el cielo de tus ojos sonrientes!

¡Y, en verdad, oh alma mía! ¿Quién vería tu sonrisa y no se desharía en lágrimas? Los ángeles mismos se deshacen en lá­grimas a causa de la sobrebondad de tu sonrisa.

Tu bondad y tu sobrebondad son las que no quieren la­mentarse y llorar: y, sin embargo, oh alma mía, tu sonrisa an­hela las lágrimas, y tu boca trémula, los sollozos.

«¿No es todo llorar un lamentarse? ¿Y no es todo lamentar­se un acusar?» Así te hablas a ti misma, y por ello, oh alma mía, prefieres sonreír a desahogar tu sufrimiento,

¡a desahogar en torrentes de lágrimas todo el sufrimien­to que te causan tu plenitud y todos los apremios de la viña para que vengan viñadores y podadores!

Pero tú no quieres llorar, no quieres desahogar en lágrimas tu purpúrea melancolía, ¡por eso tienes que cantar, oh alma mía! Mira, yo mismo sonrío, yo te predije estas cosas:

cantar, con un canto rugiente, hasta que todos los mares se callen para escuchar tu anhelo,

hasta que sobre silenciosos y anhelantes mares se balan­cee la barca, el áureo prodigio, en torno a cuyo oro dan brin­cos todas las cosas malas y prodigiosas:

también muchos animales grandes y pequeños, y todo lo que tiene prodigiosos pies ligeros para poder correr sobre senderos de color violeta,

hacia el áureo prodigio, hacia la barca voluntaria y su dueño: pero éste es el vendimiador, que aguarda con una po­dadera de diamante,

tu gran liberador, oh alma mía, el sin-nombre ¡al que sólo cantos futuros encontrarán un nombre! Y, en verdad, tu aliento tiene ya el perfume de cantos futuros,

¡ya tú ardes y sueñas, ya bebes tú, sedienta, de todos los consoladores pozos de sonoras profundidades, ya descansa tu melancolía en la bienaventuranza de cantos futuros!

Oh alma mía, ahora te he dado todo, e incluso lo último que tenía, y todas mis manos se han vaciado por ti: ¡el mandar­te cantar, mira, esto era mi última cosa!

El mandarte cantar, y ahora habla, di: ¿quién de nosotros tie­ne ahora que dar las gracias? O mejor: ¡canta para mí, canta, oh alma mía! ¡Y déjame que sea yo el que dé las gracias!

Así habló Zaratustra.

La otra canción del baile

1

«En tus ojos he mirado hace un momento, oh vida: oro he visto centellear en tus nocturnos ojos, mi corazón se quedó paralizado ante esa voluptuosidad:

¡una barca de oro he visto centellear sobre aguas noctur­nas, una balanceante barca de oro que se hundía, bebía agua, tornaba a hacer señas!

A mi pie, furioso de bailar, lanzaste una mirada, una balan­ceante mirada que reía, preguntaba, derretía:

Sólo dos veces agitaste tus castañuelas con pequeñas manos entonces se balanceó ya mi pie con furia de bailar.

Mis talones se irguieron, los dedos de mis pies escuchaban para comprenderte: lleva, en efecto, quien baila sus oídos ¡en los dedos de sus pies!

Hacia ti di un salto: tú retrocediste huyendo de él; ¡y hacia mí lanzó llamas la lengua de tus flotantes cabellos fugitivos!

Di un salto apartándome de ti y de tus serpientes: entonces tú te detuviste, medio vuelta, los ojos llenos de deseo.

Con miradas sinuosas me enseñas senderos sinuosos; en ellos mi pie aprende ¡astucias!

Te temo cercana, te amo lejana; tu huida me atrae, tu bus­car me hace detenerme: yo sufro, ¡mas qué no he sufrido con gusto por ti!

Cuya frialdad inflama, cuyo odio seduce, cuya huida ata, cuya burla conmueve:

¡quién no te odiaría a ti, gran atadora, envolvedora, ten­tadora, buscadora, encontradora! ¡Quién no te amaría a ti, pecadora inocente, impaciente, rápida como el viento, de ojos infantiles!

¿Hacia dónde me arrastras ahora, criatura prodigiosa y niña traviesa? ¡Y ahora vuelves a huir de mí, dulce presa y niña ingrata!

Te sigo bailando, te sigo incluso sobre una pequeña huella. ¿Dónde estás? ¡Dame la mano! ¡O un dedo tan sólo!

Aquí hay cavernas y espesas malezas: ¡nos extraviaremos! ¡Alto! ¡Párate! ¿No ves revolotear búhos y murciélagos?

¡Tú búho! ¡Tú murciélago! ¿Quieres burlarte de mí? ¿Dón­de estamos? De los perros has aprendido este aullar y ladrar.

¡Tú me gruñes cariñosamente con blancos dientecillos, tus malvados ojos saltan hacia mí desde ensortijadas melenitas!

Éste es un baile a campo traviesa: yo soy el cazador ¿tú quieres ser mi perro, o mi gamuza?

¡Ahora, a mi lado! ¡Y rápido, maligna saltadora!

¡Ahora, arriba! ¡Y al otro lado! ¡Ay! ¡Me he caído yo mismo al saltar!

¡Oh, mírame yacer en el suelo, tú arrogancia, e implorar gracia! ¡Me gustaría recorrer contigo senderos más agrada­bles!

¡senderos del amor, a través de silenciosos bosquecillos multicolores! O allí a lo largo del lago: ¡allí nadan y bailan pe­ces dorados!

¿Ahora estás cansada? Allá arriba hay ovejas y atardeceres: ¿no es hermoso dormir cuando los pastores tocan la flauta?

¿Tan cansada estás? ¡Yo te llevo, deja tan sólo caer los bra­zos! Y si tienes sed, yo tendría sin duda algo, ¡mas tu boca no quiere beberlo!

¡Oh esta maldita, ágil, flexible serpiente y bruja escurridi­za! ¿Adónde has ido? ¡Mas en la cara siento, de tu mano, dos huellas y manchas rojas!

¡Estoy en verdad cansado de ser siempre tu estúpido pastor! Tú bruja, hasta ahora he cantado yo para ti, ahora tú debes ¡gritar para mí!

¡Al compás de mi látigo debes bailar y gritar para mí! «Acaso he olvidado el látigo? ¡No!»

2

Entonces la vida me respondió así, y al hacerlo se tapaba los graciosos oídos:

«¡Oh Zaratustra! ¡No chasquees tan horriblemente el látigo! Tú lo sabes bien: el ruido asesina los pensamientos y ahora precisamente me vienen pensamientos tan gráciles.

Nosotros somos, ambos, dos haraganes que no hacemos ni bien ni mal. Más allá del bien y del mal hemos encontrado nuestro islote y nuestro verde prado ¡nosotros dos solos! ¡Ya por ello tenemos que ser buenos el uno para el otro!

Y aunque no nos amemos a fondo, ¿es necesario guardar­se rencor si no se ama a fondo?

Y que yo soy buena contigo, y a menudo demasiado buena, eso lo sabes tú: y la razón es que estoy celosa de tu sabiduría. ¡Ay, esa loca y vieja necia de la sabiduría!

Si alguna vez se apartase de ti tu sabiduría, ¡ay!, entonces se apartaría de ti rápidamente también mi amor.»

En este punto la vida miró pensativa detrás de sí y en torno a sí y dijo en voz baja: «¡Oh Zaratustra, tú no me eres bastante fiel!

No me amas ni mucho menos tanto como dices, yo lo sé, tú piensas que pronto vas a abandonarme.

Hay una vieja, pesada, pesada campana retumbante: ella retumba por la noche y su sonido asciende hasta tu caverna:

cuando a medianoche oyes dar la hora a esa campana, tú piensas en esto entre la una y las doce

tú piensas en esto, oh Zaratustra, yo lo sé, ¡en que pronto vas a abandonarme!»

«Sí, contesté yo titubeante, pero tú sabes también esto.» Y le dije algo al oído, por entre los alborotados, amarillos, insen­satos mechones de su cabello.

«¿Tú sabes eso, oh Zaratustra? Eso no lo sabe nadie.»

Y nos miramos uno a otro y contemplamos el verde prado, so­bre el cual empezaba a correr el fresco atardecer, y lloramos juntos. Entonces, sin embargo, me fue la vida más querida que lo que nunca me lo ha sido toda mi sabiduría.

Así habló Zaratustra.

3

¡Una!

¡Oh hombre! ¡Presta atención!

¡Dos!

¿Qué dice la profunda medianoche?

¡Tres!

«Yo dormía, dormía,

¡Cuatro!

De un profundo soñar me he despertado:

¡Cinco!

El mundo es profundo,

¡Seis!

Y más profundo de lo que el día ha pensado.

¡Siete!

Profundo es su dolor,

¡Ocho!

El placer es aún más profundo que el sufrimiento:

¡Nueve!

El dolor dice: ¡Pasa!

¡Diez!

Mas todo placer quiere eternidad,

¡Once!

¡quiere profunda, profunda eternidad!»

¡Doce!

Los siete sellos (O: La canción «Sí y Amén »)

1

Si yo soy un adivino y estoy lleno de aquel espíritu vaticinador que camina sobre una elevada cresta entre dos mares,

que camina como una pesada nube entre lo pasado y lo fu­turo, hostil a las hondonadas sofocantes y a todo lo que está cansado y no es capaz ni de vivir ni de morir:

dispuesta en su oscuro seno a lanzar el rayo y el redentor resplandor, grávida de rayos que dicen ¡sí!, ríen ¡sí!, dispues­ta a lanzar vaticinadores resplandores fulgurantes:

¡bienaventurado el que está grávido de tales cosas! ¡Y, en verdad, mucho tiempo tiene que estar suspendido de la mon­taña, cual una mala borrasca, quien alguna vez debe encender la luz del futuro!

Oh, cómo no iba yo a anhelar la eternidad y el nupcial ani­llo de los anillos, ¡el anillo del retorno!

Nunca encontré todavía la mujer de quien quisiera tener hijos, a no ser esta mujer a quien yo amo: ¡pues yo te amo, oh eternidad!

¡Pues yo te amo, oh eternidad!

2

Si alguna vez mi cólera destrozó sepulcros, desplazó mojones e hizo rodar viejas tablas, ya rotas, a profundidades cortadas a pico:

Si alguna vez mi escarnio aventó palabras enmohecidas y yo vine como una escoba para arañas cruceras y como viento que limpia viejas y sofocantes criptas funerarias:

Si alguna vez me senté jubiloso allí donde yacen enterra­dos viejos dioses, bendiciendo al mundo, amando al mundo, junto a los monumentos de los viejos calumniadores del mundo,

pues yo amo incluso las iglesias y los sepulcros de dioses, a condición de que el cielo mire con su ojo puro a través de sus derruidos techos; me gusta sentarme, como hierba y roja amapola, sobre derruidas iglesias.

Oh, ¿cómo no iba yo a anhelar la eternidad y el nupcial ani­llo de los anillos, el anillo del retorno?

Nunca encontré todavía la mujer de quien quisiera tener hijos, a no ser esta mujer a quien yo amo: ¡pues yo te amo, oh eternidad!

¡Pues yo te amo, oh eternidad!

3

Si alguna vez llegó hasta mí un soplo del soplo creador y de aquella celeste necesidad que incluso a los azares obliga a bai­lar ronda de estrellas.

Si alguna vez reí con la risa del rayo creador, al que gruñen­do, pero obediente, sigue el prolongado trueno de la acción: Si alguna vez jugué a los dados con los dioses sobre la divi­na mesa de la tierra, de tal manera que la tierra tembló y se resquebrajó y arrojó resoplando ríos de fuego:

pues una mesa de dioses es la tierra, que tiembla con nue­vas palabras creadoras y con divinas tiradas de dados: Oh, ¿cómo no iba yo a anhelar la eternidad y el nupcial ani­llo de los anillos, el anillo del retorno?

Nunca encontré todavía la mujer de quien quisiera tener hi­jos, a no ser esta mujer a quien yo amo: ¡pues yo te amo, oh eter­nidad!

¡Pues yo te amo, oh eternidad!

4

Si alguna vez bebí a grandes tragos de aquella espumeante y especiada jarra de mezclar en la que se hallan bien mezcladas todas las cosas:

Si alguna vez mi mano derramó las cosas más remotas so­bre las más próximas, y fuego sobre el espíritu, y placer sobre el sufrimiento, y lo más inicuo sobre lo más bondadoso:

Si yo mismo soy un grano de aquella sal redentora que hace que todas las cosas se mezclen bien en aquel jarro:

pues hay una sal que liga lo bueno con lo malvado; y has­ta lo más malvado es digno de servir de condimento y de últi­ma efusión:

Oh, ¿cómo no iba yo a anhelar la eternidad y el nupcial ani­llo de los anillos, el anillo del retorno?

Nunca encontré todavía la mujer de quien quisiera tener hijos, a no ser esta mujer a quien yo amo: ¡pues yo te amo, oh eternidad!

¡Pues yo te amo, oh eternidad!

5

Si yo soy amigo del mar y de todo cuanto es de especie mari­na, y cuando más amigo suyo soy es cuando, colérico, él me contradice:

Si en mí hay aquel placer indagador que empuja las velas hacia lo no descubierto, si en mi placer hay un placer de na­vegante:

Si alguna vez mi júbilo gritó: «La costa ha desaparecido, ahora ha caído mi última cadena

lo ilimitado ruge en torno a mí, allá lejos brillan para mí el espacio y el tiempo, ¡bien!, ¡adelante!, ¡viejo corazón!» Oh, ¿cómo no iba yo a anhelar la eternidad y el nupcial ani­llo de los anillos, el anillo del retorno?

Nunca encontré todavía la mujer de quien quisiera tener hijos, a no ser esta mujer a quien yo amo: ¡pues yo te amo, oh eternidad!

¡Pues yo te amo, oh eternidad!

6

Si mi virtud es la virtud de un bailarín, y a menudo he saltado con ambos pies hacia un éxtasis de oro y esmeralda:

Si mi maldad es una maldad riente, que habita entre colinas de rosas y setos de lirios:

dentro de la risa, en efecto, se congrega todo lo malvado, pero santificado y absuelto por su propia bienaventuranza:

Y si mi alfa y mi omega es que todo lo pesado se vuelva li­gero, todo cuerpo, bailarín, todo espíritu, pájaro: ¡y en verdad esto es mi alfa y mi omega!

Oh, ¿cómo no iba yo a anhelar la eternidad y el nupcial ani­llo de los anillos, el anillo del retorno?

Nunca encontré.todavía la mujer de quien quisiera tener hijos, a no ser esta mujer a quien yo amo: ¡pues yo te amo, oh eternidad!

¡Pues yo te amo, oh eternidad!

7

Si alguna vez extendí silenciosos cielos encima de mí, y con alas propias volé hacia cielos propios:

Si yo nadé jugando en profundas lejanías de luz, y mi liber­tad alcanzó una sabiduría de pájaro:

y así es como habla la sabiduría de pájaro: «¡Mira, no hay ni arriba ni abajo! ¡Lánzate de acá para allá, hacia adelante, hacia atrás, tú ligero! ¡Canta!, ¡no sigas hablando!

¿Acaso todas las palabras no están hechas para los pesa­dos? ¿No mienten, para quien es ligero, todas las palabras? Canta, ¡no sigas hablando!»

Oh, ¿cómo no lba yo a anhelar la eternidad y el nupcial ani­llo de los anillos, el anillo del retorno?

Nunca encontré todavía la mujer de quien quisiera tener hijos, a no ser esta mujer a quien yo amo: ¡pues yo te amo, oh eternidad!

¡Pues yo te amo, oh eternidad!

Cuarta y última parte

Ay, ¿en qué lugar del mundo se han cometido tonterías mayores que entre los compasivos? ¿Y qué cosa en el mundo ha provocado más sufri­miento que las tonterías de los compasivos?

¡Ay de todos aquellos que aman y no tienen todavía una altura que esté por encima de su compasión!

Así me dijo el demonio una vez: «También Dios tiene su infierno: es su amor a los hom­bres.»

Y hace poco le oí decir esta frase: «Dios ha muerto; a causa de su compasión por los hom­bres ha muerto Dios».

Así habló Zaratustra (II).

La ofrenda de la miel

Y de nuevo pasaron lunas y años sobre el alma de Zara­tustra, y él no prestaba atención a eso; mas su cabello se vol­vió blanco. Un día, cuando se hallaba sentado sobre una pie­dra delante de su caverna y miraba en silencio hacia afuera, desde allí se ve el mar a lo lejos, al otro lado de abismos tor­tuosos sus animales estuvieron dando vueltas, pensativos, a su alrededor y por fin se colocaron delante de él.

«Oh Zaratustra, dijeron, ¿es que buscas con la mirada tu fe­licidad?» «¡Qué importa la felicidad!, respondió él, hace ya mucho tiempo que yo no aspiro a la felicidad, aspiro a mi obra.» «Oh Zaratustra, hablaron de nuevo los animales, di­ces eso como quien está sobrado de bien. ¿No yaces tú acaso en un lago de felicidad azul como el cielo?» «Pícaros, respon­dió Zaratustra, y sonrió, ¡qué bien habéis elegido la imagen! Pero también sabéis que mi felicidad es pesada, y no como una fluida ola de agua: me oprime y no quiere despegarse de mí y se parece a pez derretida.»

Entonces los animales se pusieron a dar vueltas de nuevo, pensativos, a su alrededor, y otra vez se colocaron delante de él. «Oh Zaratustra, dijeron, ¿a eso se debe, pues, el que tú mis­mo te estés poniendo cada vez más amarillo y oscuro, aunque tu cabello aparente ser blanco y como de lino? ¡Mira, estás sentado en tu pez!» «¡Qué decís, animales míos, dijo Zara­tustra y se rió, en verdad blasfemé cuando hablé de la pez. Lo que a mí me ocurre les ocurre a todos los frutos que ma­duran. La miel que hay en mis venas es lo que vuelve más es­pesa mi sangre y, también, más silenciosa mi alma.» «Así será, oh Zaratustra, respondieron los animales, y se arrima­ron a él; mas ¿no quieres subir hoy a una alta montaña? El aire es puro, y hoy se ve una parte del mundo mayor que nunca.» «Sí, animales míos, respondió él, acertado es vuestro conse­jo y conforme a mi corazón: ¡hoy quiero subir a una alta mon­taña! Pero cuidad de que allí tenga a mano miel, miel de col­mena, amarilla, blanca, buena, fresca como el hielo. Pues sa­bed que allá arriba quiero hacer la ofrenda de la miel.»

Sin embargo, cuando Zaratustra estuvo en la cumbre man­dó a casa a sus animales, que lo habían acompañado, y vio que entonces estaba solo: entonces se rió de todo corazón, miró a su alrededor y habló así:

¡El haber hablado de ofrendas, y de ofrendas de miel, fue sólo una argucia oratoria y, en verdad, una tontería útil! Aquí arri­ba me es lícito hablar con mayor libertad que delante de caver­nas de eremitas y de animales domésticos de eremitas.

¡Por qué hacer una ofrenda! Yo derrocho lo que se me rega­la, yo derrochador de las mil manos: ¡cómo me sería lícito lla­mar a esto todavía hacer una ofrenda!

Y cuando yo pedía miel, lo que pedía era tan sólo un cebo y un dulce y viscoso almíbar, al que son aficionados incluso los osos gruñones y los pájaros extraños, refunfuñadores, malvados.

El mejor cebo, cual lo precisan cazadores y pescadores. Pues si el mundo es cual un oscuro bosque lleno de animales, y jardín de delicias de todos los cazadores furtivos, a mí me parece más bien, y aun mejor, un mar rico y lleno de abismos, un mar lleno de peces y cangrejos de todos los colores, que hasta los dioses sentirían deseos de hacerse pescadores en su orilla y echadores de redes: ¡tan abundante es el mundo en rarezas grandes y pequeñas!

Especialmente el mundo de los hombres, el mar de los hombres; a él lanzo yo ahora mi caña de oro y digo: ¡ábrete, abismo del hombre!

¡Ábrete y arrójame tus peces y tus centelleantes cangrejos! ¡Con mi mejor cebo pesco yo hoy para mí los más raros peces humanos!

Mi propia felicidad arrójola lejos, a todas las latitudes y le­janías, entre el amanecer, el mediodía y el atardecer, a ver si muchos peces humanos aprenden a tirar y morder de mi feli­cidad.

Hasta que, mordiendo mis afilados anzuelos escondidos, tengan que subir a mi altura los más multicolores gobios de los abismos, subir hacia el más maligno de todos los pescadores de hombres.

Pues eso soy yo a fondo y desde el comienzo, tirando, atra­yendo, levantando, elevando, alguien que tira, que cría y co­rrige, que no en vano se dijo a sí mismo en otro tiempo: «¡Lle­ga a ser el que eres!»

Así, pues, que los hombres suban ahora hasta mí: pues to­davía aguardo los signos de que ha llegado el tiempo de mi descenso, todavía no me hundo yo mismo en mi ocaso como tengo que hacerlo, entre los hombres.

A esto aguardo aquí, astuto y burlón, en las altas montañas, ni impaciente ni paciente, sino más bien como quien ha olvi­dado hasta la paciencia, porque ya no «padece».

Mi destino me deja tiempo, en efecto: ¿acaso me ha olvida­do? ¿O está sentado a la sombra detrás de una gran piedra y se dedica a cazar moscas?

Y, en verdad, le estoy reconocido, a mi eterno destino, de que no me urja ni me apremie y me deje tiempo para bromas y maldades: de modo que hoy he subido a esta alta montaña a pescar peces.

¿Ha pescado un hombre alguna vez peces sobre altas mon­tañas? Y aunque sea una tontería lo que yo quiero y hago aquí arriba: mejor es esto que no volverme solemne allá abajo, a fuerza de aguardar, y verde y amarillo...

Uno que resopla afectadamente de cólera a fuerza de aguardar, una santa tempestad rugiente que baja de las mon­tañas, un impaciente que grita a los valles: «¡Oíd, u os azoto con el látigo de Dios!»

No es que yo me enoje por esto con tales coléricos: ¡me ha­cen reír bastante! ¡Impacientes tienen que estar esos grandes tambores ruidosos, que o hablan hoy o no hablan nunca!

Mas yo y mi destino no hablamos al Hoy, tampoco habla­mos al Nunca: para hablar tenemos paciencia, y tiempo, y más que tiempo. Pues un día tiene él que venir, y no le será lícito pasar de largo.

¿Quién tiene que venir un día, y no le será lícito pasar de largo? Nuestro gran Hazar, es decir, nuestro grande y remo­to reino del hombre, el reino de Zaratustra de los mil años.

¿A qué distancia se encuentra ese algo «lejano»? ¡Qué me importa eso! Mas no por ello es para mí menos firme, con ambos pies estoy yo seguro sobre ese fundamento,

sobre un fundamento eterno, sobre una dura roca primi­tiva, sobre estas montañas primitivas, las más elevadas y duras de todas, a las que acuden todos los vientos como a una divisoria meteorológica, preguntando por el ¿dónde? y por el ¿de dónde? y por el ¿hacia dónde?

¡Ríe aquí, ríe, luminosa y saludable maldad mía! ¡Desde las altas montañas arroja hacia abajo tu centelleante risotada burlona! ¡Pesca para mí con tu centelleo los más hermosos peces humanos!

Y lo que en todos los mares a mí me pertenece, mi en-mí y para-mí en todas las cosas, péscame eso y sácalo fuera, sube eso hasta mí: eso es lo que aguardo yo, el más maligno de todos los pescadores.

¡Lejos, lejos, anzuelo mío! ¡Dentro, hacia abajo, cebo de mi felicidad! ¡Deja caer gota a gota tu más dulce rocío, miel de mi corazón! ¡Muerde, anzuelo mío, en el vientre de toda negra tribulación!

¡Lejos, lejos, ojos míos! ¡Oh, cuántos mares a mi alrededor, cuántos futuros humanos que alborean! Y por encima de mí ¡qué calma rosada! ¡Qué silencio despejado de nubes!

El grito de socorro

Al día siguiente estaba sentado Zaratustra de nuevo en su piedra delante de la caverna mientras los animales andaban fuera errantes por el mundo para traer nuevo alimento, también nueva miel: pues Zaratustra había consumido y de­rrochado la vieja miel hasta la última gota. Y mientras se ha­llaba así sentado, con un bastón en la mano, y dibujaba sobre la tierra la sombra de su figura, reflexionando, y, ¡en verdad!, no sobre sí mismo ni sobre su sombra, de pronto se asustó y se sobresaltó: pues junto a su sombra veía otra sombra distin­ta. Y al mirar rápidamente a su alrededor y levantarse, he aquí que junto a él estaba el adivino, el mismo a quien en otro tiempo había dado de comer y de beber en su mesa, el anunciador de la gran fatiga, que enseñaba: «Todo es idénti­co, nada vale la pena, el mundo carece de sentido, el saber es­trangula». Pero su rostro había cambiado entretanto; y cuando Zaratustra le miró a los ojos, su corazón volvió a asustarse: tantos eran los malos presagios y los rayos ceni­cientos que cruzaban por aquella cara.

El adivino, que se había dado cuenta de lo que ocurría en el alma de Zaratustra, se pasó la mano por el rostro como si qui­siera borrarlo; lo mismo hizo también Zaratustra. Y cuando ambos de ese modo se hubieron serenado y reanimado en silen­cio, diéronse las manos en señal de que querían reconocerse.

«Bienvenido seas, dijo Zaratustra, tú adivino de la gran fa­tiga, no debe ser en vano el que en otro tiempo fueras mi co­mensal y mi huésped. ¡Come y bebe también hoy en mi casa, y perdona el que un viejo alegre se siente contigo a la mesa!» «¿Un viejo alegre?, respondió el adivino moviendo la cabe­za: quien quiera que seas o quieras ser, oh Zaratustra, lo has sido ya mucho tiempo aquí arriba, ¡dentro de poco no esta­rá ya tu barca en seco!» «¿Es que yo estoy en seco?», pre­guntó Zaratustra riendo. «Las olas en torno a tu montaña, respondió el adivino, suben cada vez más, las olas de la gran necesidad y tribulación pronto levantarán también tu barca y te llevarán lejos de aquí». Zaratustra calló al oír esto y se ma­ravilló. «¿No oyes todavía nada?, continuó diciendo el adi­vino: ¿no suben de la profundidad un fragor y un rugido?» Zaratustra siguió callado y escuchó: entonces oyó un grito largo, largo, que los abismos se lanzaban unos a otros y se de­volvían, pues ninguno quería retenerlo: tan funestamente re­sonaba.

«Tú, perverso adivino, dijo finalmente Zaratustra, eso es un grito de socorro y un grito de hombre, y sin duda viene de un negro mar. ¡Mas qué me importan las necesidades de los hombres! Mi último pecado, que me ha sido reservado para el final, ¿sabes tú acaso cómo se llama?»

«¡Compasión!, respondió el adivino con el corazón rebo­sante, y alzó las dos manos ¡oh Zaratustra, yo vengo para se­ducirte a cometer tu último pecado!»

Y apenas habían sido dichas estas palabras retumbó de nuevo el grito, más largo y angustioso que antes, también mucho más cercano ya. «¿Oyes? ¿Oyes, Zaratustra?, exclamó el adivino, ese grito es para ti, a ti es a quien llama: ¡ven, ven, ven, es tiempo, ya ha llegado la hora!»

Zaratustra callaba, desconcertado y trastornado; final­mente preguntó, como quien vacila en su interior: «¿Y quién es el que allí me llama?»

«Tú lo sabes bien, respondió con violencia el adivino ¿por qué te escondes? ¡El hombre superior es quien grita llamándo­te!»

«¿El hombre superior?, gritó Zaratustra horrorizado: ¿qué quiere ése? ¿Qué quiere ése? ¡El hombre superior! ¿Qué quiere aqui ése?» y su piel se cubrió de sudor.

Pero el adivino no respondió a la angustia de Zaratustra, sino que siguió escuchando hacia la profundidad. Y cuando se hizo allí un largo silencio, volvió su vista atrás y vio a Zaratus­tra de pie y temblando.

«Oh Zaratustra, empezó a decir con triste voz, no estás ahí como alguien a quien su felicidad le hace dar vueltas: ¡tendrás que bailar si no quieres caerte al suelo!

Pero aunque quisieras bailar y ejecutar todas tus piruetas delante de mí: a nadie le sería lícito decirme: “Mira, ¡ahí baila el último hombre alegre!”

En vano vendría hasta esta altura uno que buscase aquí a ese hombre: encontraría sin duda cavernas, y otras cavernas detrás de las primeras, y escondrijos para gente escondida, mas no pozos de felicidad ni tesoros ni filones vírgenes del oro de la felicidad.

Felicidad ¡cómo encontrar felicidad entre tales sepultados y tales eremitas! ¿Tengo que buscar todavía la última felicidad en islas afortunadas y a lo lejos entre mares olvidados?

¡Pero todo es idéntico, nada merece la pena, de nada sirve buscar, ya no hay tampoco islas afortunadas!»

Así dijo el adivino suspirando; mas al oír su último suspiro Zaratustra recobró su lucidez y su seguridad, como uno que sale desde un profundo abismo a la luz. «¡No! ¡No! ¡Tres veces no!, exclamó con fuerte voz y se acarició la barba ¡De eso sé yo más que tú! ¡Todavía existen islas afortunadas! ¡Calla tú de eso, suspirante saco de aflicciones!

¡Deja de chapotear acerca de eso, tú nube de lluvia en la mañana! ¿No estoy ya mojado por tu tribulación, y empapa­do como un perro?

Ahora voy a sacudirme y a alejarme de ti, para quedar seco de nuevo: ¡de esto no tienes derecho a asombrarte! ¿Te parez­co descortés? Pero aquí está mi corte.

Y en lo que se refiere a tu hombre superior: ¡bien!, voy apri­sa a buscarlo en aquellos bosques: de allí venía su grito. Tal vez lo acosa allí un malvado animal.

Está en mis dominios: ¡en ellos no debe sufrir ningún daño! Y, en verdad, hay muchos animales malvados en mi casa.»

Dichas estas palabras Zaratustra se dio la vuelta para irse. Entonces dijo el adivino: «Oh Zaratustra, ¡eres un bribón! Lo sé bien: ¡quieres librarte de mí! ¡Prefieres correr a los bosques y acechar animales malvados!

Mas ¿de qué te sirve eso? Al atardecer me tendrás de nuevo, en tu propia caverna permaneceré sentado, paciente y pesado como un leño ¡y te aguardaré!»

«¡Así sea!, replicó Zaratustra yéndose: ¡y lo que en mi caver­na es mío, también te pertenece a ti, huésped mío!

Y si todavía encontrases miel ahí dentro, ¡bien!, ¡lámetela toda, oso gruñón, y endulza tu alma! Pues al atardecer quere­mos estar los dos de buen humor.

¡de buen humor y contentos de que este día haya acaba­do! Y tú mismo debes bailar al son de mis canciones, como mi oso bailador.

¿No lo crees? ¿Mueves la cabeza? ¡Bien! ¡Adelante! ¡Viejo oso! También yo soy un adivino.»

Así habló Zaratustra.

Coloquio con los reyes

1

No había pasado aún una hora desde que Zaratustra andaba caminando por sus montañas y bosques cuando vio de pron­to un extraño cortejo. Justo por el camino por el que él iba ba­jando venían dos reyes a pie, adornados con coronas y con cinturones de púrpura, tan multicolores como dos flamen­cos: conducían delante de ellos un asno cargado. «¿Qué quie­ren esos reyes en mi reino?», dijo asombrado Zaratustra a su co­razón, y se escondió rápidamente detrás de unas matas. Y cuan­do los reyes se acercaban adonde él estaba, dijo a media voz, como quien se habla a sí solo: «¡Qué extraño! ¡Qué extraño! ¿Cómo se compagina esto? Veo dos reyes ¡y un solo asno!»

Entonces los dos reyes se detuvieron, sonrieron, miraron hacia el lugar de donde la voz venía, y luego se miraron ellos mismos cara a cara. «Esas cosas se las piensa también cierta­mente entre nosotros, dijo el rey de la derecha, pero no se las dice.»

El rey de la izquierda se encogió de hombros y respondió:

«Sin duda será un cabrero. O un eremita que ha vivido duran­te demasiado tiempo entre rocas y árboles. La falta total de so­ciedad, en efecto, acaba por echar a perder también las buenas costumbres».

«¿Las buenas costumbres?, replicó malhumorado y con amargura el otro rey: ¿de qué vamos nosotros escapando? ¿No es de las “buenas costumbres”? ¿De nuestra “buena socie­dad”?

Mejor es, en verdad, vivir entre eremitas y cabreros que con nuestra dorada, falsa y acicalada plebe aunque se llame a sí misma “buena sociedad”,

aunque se llame a sí misma “nobleza”. Allí todo es falso y podrido, en primer lugar la sangre, gracias a viejas y malas en­fermedades y a curanderos aun peores.

El mejor y el preferido continúa siendo para mí hoy un sano campesino, tosco, astuto, testarudo, tenaz: ésa es hoy la especie más noble.

El campesino es hoy el mejor; ¡y la especie de los campesi­nos debería dominar! Pero éste es el reino de la plebe, ya no me dejo engañar. Y plebe quiere decir: mezcolanza.

Mezcolanza plebeya: en ella todo está revuelto con todo, santo y bandido e hidalgo y judío y todos los animales del arca de Noé.

¡Buenas costumbres! Todo es entre nosotros falso y podri­do. Nadie sabe ya venerar: justo de eso es de lo que nosotros vamos huyendo. Son perros empalagosos y pegajosos, pintan con purpurina hojas de palma.

¡La náusea que me estrangula es que incluso nosotros los reyes nos hemos vuelto falsos, andamos recubiertos y disfra­zados con la vieja y amarillenta pompa de nuestros abuelos, siendo medallones para los más estúpidos y para los más as­tutos y para todo el que hoy trafica con el poder!

Nosotros no somos los primeros y, sin embargo, tenemos que pasar por tales: de esa superchería estamos ya hartos por fin, y nos produce náuseas.

De la chusma hemos escapado, de todos esos vocingleros y moscardones que escriben, del hedor de los tenderos, de la agitación de los ambiciosos, del aliento pestilente -: puf, vivir en medio dula chusma,

puf, ¡pasar por los primeros en medio de la chusma! Ay, ¡náusea! ¡náusea! ¡náusea! ¡Qué importamos ya nosotros los reyes!»

«Tu vieja enfermedad te acomete, dijo entonces el rey de la izquierda, la náusea te acomete, pobre hermano mío. Pero ya sabes que hay alguien que nos está escuchando.»

Inmediatamente se levantó de su escondite Zaratustra, que había abierto del todo sus oídos y sus ojos a estos discursos, acercóse a los reyes y comenzó a decir:

«Quien os escucha, quien con gusto os escucha, reyes, se llama Zaratustra.

Yo soy Zaratustra, que en otro tiempo dijo: “¡Qué impor­tan ya los reyes!” Perdonadme que me haya alegrado cuando os decíais uno a otro: “¡Qué importamos nosotros los reyes!”

Éste es mi reino y mi dominio: ¿qué andáis buscando voso­tros en mi reino? Pero acaso habéis encontrado en el camino lo que yo busco, a saber: el hombre superior.»

Cuando los reyes oyeron esto se dieron golpes de pecho y dijeron con una sola boca: «¡Hemos sido reconocidos!

Con la espada de esa palabra has desgarrado la más densa tiniebla de nuestro corazón. Has descubierto nuestra necesi­dad, pues ¡mira! Estamos en camino para encontrar al hom­bre superior,

al hombre que sea superior a nosotros: aunque nosotros seamos reyes. Para él traemos este asno. Pues el hombre su­premo, el superior a todos, debe ser en la tierra también el se­ñor supremo.

No existe desgracia más dura en todo destino de hombre que cuando los poderosos de la tierra no son también los pri­meros hombres. Entonces todo se vuelve falso y torcido y monstruoso.

Y cuando incluso son los últimos, y más animales que hombres: entonces la plebe sube y sube de precio, y al final la virtud de la plebe llega a decir: “¡mirad, virtud soy yo únicamente!”»

¿Qué acabo de oír?, respondió Zaratustra: ¡Qué sabiduría en unos reyes! Estoy encantado y, en verdad, me vienen ganas de hacer unos versos sobre esto:

aunque sean unos versos no aptos para los oídos de todos. Hace ya mucho tiempo que he olvidado el tener consideracio­nes con orejas largas. ¡Bien! ¡Adelante!

(Pero entonces ocurrió que también el asno tomó la pala­bra: y dijo clara y malévolamente I-A.)

En otro tiempo creo que en el año primero de la salvación

Dijo la Sibila, embriagada sin vino:

«¡Ay, las cosas marchan mal!

¡Ruina!¡Ruina!¡Nunca cayó tan bajo el mundo!

Roma bajó a ser puta y burdel,

El César de Roma bajó a ser un animal, Dios mismo ¡se hizo ju­dío!»

2

Los reyes se deleitaron con estos versos de Zaratustra; y el rey de la derecha dijo: «¡Oh Zaratustra, qué bien hemos hecho en habernos puesto en camino para verte!

Pues tus enemigos nos mostraban tu imagen en su espejo; en él tú mirabas con la mueca de un demonio y con una risa burlona de modo que teníamos miedo de ti.

¡Mas de qué servía esto! Una y otra vez nos punzabas el oído y el corazón con tus sentencias. Entonces dijimos final­mente: ¡qué importa el aspecto que tenga!

Tenemos que oírle a él, a él que enseña “¡debéis amar la paz como medio para nuevas guerras, y la paz corta más que la larga!”

Nadie ha dicho hasta ahora palabras tan belicosas como: “¿Qué es bueno? Ser valiente es bueno. La buena guerra es la que santifica toda causa.

Oh Zaratustra, la sangre de nuestros padres se agitaba en nuestro cuerpo al oír tales palabras: era como el discurso de la primavera a viejos toneles de vino.

Cuando las espadas se cruzaban como serpientes de man­chas rojas, entonces nuestros padres encontraban buena la vida; el sol de toda paz les parecía flojo y tibio, y la larga paz daba vergüenza.

¡Cómo suspiraban nuestros padres cuando veían en la pa­red espadas relucientes y secas! Lo mismo que éstas, también ellos tenían sed de guerra. Pues una espada quiere beber san­gre y centellea de deseo.»

Mientras los reyes hablaban y parloteaban así, con tanto ardor, de la felicidad de sus padres, Zaratustra fue acometido por unas ganas no pequeñas de burlarse de su ardor: pues eran visiblemente reyes muy pacíficos los que él veía delante de sí, reyes con rostros antiguos y delicados. Mas se dominó. «¡Bien!, dijo, hacia allá sigue el camino, allá se encuentra la ca­verna de Zaratustra; ¡y este día debe tener una larga noche! Pero ahora me llama un grito de socorro que me obliga a ale­jarme de vosotros a toda prisa.

Es un honor para mi caverna el que unos reyes quieran sentarse en ella y aguardar: ¡pero, ciertamente, tendréis que aguardar mucho tiempo!

¡Bien! ¡Qué importa! ¿Dónde se aprende hoy a aguardar mejor que en las cortes? Y la entera virtud de los reyes, la que les ha quedado, ¿no se llama hoy: poder-aguardar?»

Así habló Zaratustra.

La sanguijuela

Y Zaratustra siguió pensativo su camino, bajando cada vez más, atravesando bosques y bordeando terrenos pantano­sos; y como le ocurre a todo aquel que reflexiona sobre cosas difíciles pisó, sin darse cuenta, a un hombre. Y he aquí que de pronto le salpicaron la cara un grito de dolor y dos maldicio­nes y veinte injurias perversas: de modo que, con el susto, alzó el bastón y golpeó además a aquel al que había pisado. Pero inmediatamente recobró el juicio; y su corazón rió de la tontería que acababa de cometer.

«Perdona, dijo al pisado, el cual se había erguido furioso y se había sentado, perdona y escucha antes de nada una pará­bola.

Así como un viajero que sueña con cosas lejanas tropieza, sin darse cuenta, en una calle solitaria con un perro dormido, con un perro tendido al sol:

y ambos se encolerizan, se increpan, como enemigos mortales, los dos mortalmente asustados: así nos ha ocurrido a nosotros.

¡Y sin embargo! Y sin embargo ¡qué poco ha faltado para que ambos se acariciasen, ese perro y ese solitario! ¡Pues am­bos son solitarios!»

«Quienquiera que seas, dijo, todavía furioso, el pisado, ¡también con tu parábola me pisoteas, y no sólo con tu pie!

Mira, ¿es que yo soy un perro?» y en ese momento el sen­tado se levantó y sacó su brazo desnudo del pantano. Antes, en efecto, había estado tendido en el suelo, oculto e irreconoci­ble, como quienes acechan la caza de los pantanos.

«¡Pero qué estás haciendo!, exclamó Zaratustra asustado, pues veía que por el desnudo brazo corría mucha sangre, ¿qué te ha ocurrido? ¿Te ha mordido, desgraciado, un perver­so animal?»

El que sangraba rió, aunque todavía estaba encolerizado. «¡Qué te importa!, dijo, y quiso marcharse. Aquí estoy en mi casa y en mis dominios. Pregúnteme quien quiera: a un maja­dero difícilmente le responderé.»

«Te engañas, dijo Zaratustra compadecido, y lo retuvo, te engañas: aquí no estás en tu casa, sino en mi reino, y en él a nadie debe ocurrirle daño alguno.

Llámame como quieras, yo soy el que tengo que ser. El nombre que me doy a mí mismo es Zaratustra.

¡Bien! Por ahí sube el camino que lleva hasta la caverna de Za­ratustra: no está lejos, ¿no quieres cuidar tus heridas en mi casa?

Mal te ha ido, desgraciado, en esta vida: primero te mordió el animal, y luego ¡te pisó el hombre! »

Pero cuando el pisado oyó el nombre de Zaratustra, se transformó. «¡Qué me pasa!, exclamó, ¿quién me interesa aún en esta vida si no ese solo hombre, a saber, Zaratustra, y ese único animal que vive de la sangre, la sanguijuela?

A causa de la sanguijuela estaba yo aquí tendido junto a este pantano como un pescador, y ya mi brazo extendido ha­bía sido picado diez veces cuando aún me pica, buscando mi sangre, un erizo más hermoso, Zaratustra mismo!

¡Oh felicidad! ¡Oh prodigio! ¡Bendito sea este día que me indujo a venir a este pantano! ¡Bendita sea la mejor y más viva de las ventosas que hoy viven, bendito sea Zaratustra, gran sanguijuela de conciencias!»

Así habló el pisado; y Zaratustra se alegró de sus palabras y de sus delicados y respetuosos modales: «¿Quién eres?, pre­guntó y le tendió la mano, entre nosotros queda mucho que aclarar y que despejar: pero ya, me parece, se está haciendo de día, un día puro y luminoso».

«Yo soy el concienzudo del espíritu, respondió el interroga­do, y en las cosas del espíritu difícilmente hay alguien que las tome con mayor rigor, severidad y dureza que yo, excepto aquel de quien yo he aprendido eso, Zaratustra mismo.

¡Es preferible no saber nada que saber mucho a medias! ¡Es preferible ser un necio por propia cuenta que un sabio con arreglo a pareceres ajenos! Yo voy al fondo:

¿qué importa que éste sea grande o pequeño? ¿Que se lla­me pantano o cielo? Un palmo de fondo me basta: ¡con tal que sea verdaderamente fondo y suelo!

un palmo de fondo: sobre él puede uno estar de pie. En la verdadera ciencia concienzuda no hay nada grande ni nada pequeño.»

«¿Entonces tú eres acaso el conocedor de la sanguijuela?, preguntó Zaratustra; ¿y estudias la sanguijuela hasta sus últi­mos fondos, tú concienzudo?»

«Oh Zaratustra, respondió el pisado, eso sería una enormi­dad, ¡cómo iba a serme lícito atreverme a tal cosa!

En lo que yo soy un maestro y un conocedor es en el cere­bro de la sanguijuela: ¡ése es mi mundo!

¡También ése es un mundo! Mas perdona el que aquí tome la palabra mi orgullo, pues en esto no tengo igual. Por ello dije “aquí estoy en mi casa”.

¡Cuánto tiempo hace ya que estudio esa única cosa, el cere­bro de la sanguijuela, para que la escurridiza verdad no se me escurra ya aquí! ¡Aquí está mi reino!

por esto eché por la borda todo lo demás, por esto se me volvió indiferente todo lo demás; y justo al lado de mi saber acampa mi negra ignorancia.

Mi conciencia del espíritu quiere de mí que yo sepa una úni­ca cosa y que no sepa nada de lo demás: ¡siento náuseas de todas las medianías del espíritu, de todos los vaporosos, fluctuantes, soñadores.

Donde mi honestidad acaba, allí yo soy ciego y quiero tam­bién serlo. Pero donde quiero saber, allí quiero también ser honesto, es decir, duro, riguroso, severo, cruel, implacable.

El que en otro tiempo tú dijeras, oh Zaratustra: “Espíritu es la vida que se saja a sí misma en vivo”, eso fue lo que me lle­vó a tu doctrina y me indujo a seguirla. Y, en verdad, ¡con mi propia sangre he aumentado mi propio saber!»

«Como la evidencia enseña», se le ocurrió a Zaratustra; pues aún seguía corriendo la sangre por el brazo desnudo del concienzudo. Diez sanguijuelas, en efecto, se habían agarrado a él.

«¡Oh tú, extraño compañero, cuántas cosas me enseña esta evidencia, es decir, tú mismo! ¡Y tal vez no me sea lícito va­ciarlas todas ellas en tus severos oídos!

¡Bien! ¡Separémonos aquí! Pero me gustaría volver a en­contrarte. Por ahí sube el camino que lleva hasta mi caverna: ¡hoy por la noche debes ser mi huésped querido!

También me gustaría reparar en tu cuerpo el que Zaratus­tra te haya pisado: sobre eso reflexiono. Pero ahora me llama un grito de socorro que me obliga a alejarme de ti a toda pri­sa.»

Así habló Zaratustra.

El mago

1

Y cuando Zaratustra dio la vuelta a una roca vio no lejos de­bajo de sí, en el mismo camino, a un hombre que agitaba los miembros como un loco furioso y que, finalmente, cayó de bruces en tierra. «¡Alto!, dijo entonces Zaratustra a su cora­zón, ése de ahí tiene que ser sin duda el hombre superior, de él venía aquel perverso grito de socorro, voy a ver si se le puede ayudar.» Mas cuando llegó corriendo al lugar donde el hombre yacía en el suelo encontró a un viejo tembloroso, con los ojos fijos, y aunque Zaratustra se esforzó mucho por levantarlo y ponerlo de nuevo en pie, fue inútil. El des­graciado no parecía ni siquiera advertir que alguien estu­viese junto a él; antes bien, no hacía otra cosa que mirar a su alrededor, con gestos conmovedores, como quien ha sido abandonado por todo el mundo y dejado solo. Pero al fin, tras muchos temblores, convulsiones y contorsiones, co­menzó a lamentarse de este modo:

«Quién me calienta, quién me ama todavía?

¡Dadme manos ardientes!

¡Dadme braseros para el corazón!

¡Postrado en tierra, temblando de horror,

Semejante a un mediomuerto, a quien la gente le calienta los pies

Agitado, ¡ayl, por fiebres desconocidas,

Temblando ante las agudas, gélidas flechas del escalofrío,

Acosado por ti, ¡pensamiento!

¡Innombrable! ¡Encubierto! ¡Espantoso!

¡Tú, cazador oculto detrás de nubes!

Fulminado a tierra por ti,

Ojo burlón que me miras desde lo oscuro:

Así yazgo,

Me encorvo, me retuerzo, atormentado

Por todas las eternas torturas,

Herido

Por ti, el más cruel de los cazadores,

¡Tú desconocido Dios!

¡Hiere más hondo,

Hiere otra vez!

¡Taladra, rompe este corazón!

¿Por qué esta tortura

Con flechas embotadas?

¿Por qué vuelves a mirar,

No cansado del tormento del hombre,

Con ojos crueles, como rayos divinos?

¿No quieres matar,

Sólo torturar, torturar?

¿Para qué torturarme a mí,

Tú cruel, desconocido Dios?

¡Ay, ay! ¿Te acercas a escondidas?

¿En esta medianoche

Qué quieres? ¡Habla!

Me acosas, me oprimes

¡Ay! ¡ya demasiado cerca!

¡Fuera! ¡Fuera!

Me oyes respirar,

Escuchas mi corazón.

Auscultas mi corazón,

Tú celoso

Pero ¿celoso de qué?

¡Fuera! ¡Fuera! ¿Para qué esa escala?

¿Quieres entrar dentro,

en el corazón,

Penetrar en mis más ocultos

Pensamientos?

¡Desvergonzado! ¡Desconocido ladrón!

¿Qué quieres robar?

¿Qué quieres escuchar?

¿Qué quieres arrancar con tormentos?

¡Tú atormentador!

¡Tú Dios-verdugo!

¿O es que debo, como el perro,

Arrastrarme delante de ti?

¿Sumiso, fuera de mí de entusiasmo,

Menear la cola declarándote mi amor?

¡En vano! ¡Sigue pinchando,

Cruelísimo aguijón! No,

No un perro tu caza soy tan sólo,

¡Cruelísimo cazador!

Tu más orgulloso prisionero,

¡Salteador oculto detrás de nubes!

Habla por fin,

¿Qué quieres tú, salteador de caminos, de mí?

¡Tú oculto por el rayo! ¡Desconocido! Habla,

¿Qué quieres tú, desconocido Dios?

¿Cómo? ¿Dinero de rescate?

¿Cuánto dinero de rescate quieres?

Pide mucho ¡te lo aconseja mi segundo orgullo!

¡Ay, ay!

¿A mí es a quien quieres? ¿A mí?

¿A mí entero?

¡Ay, ay!

¿Y me torturas, necio,

Atormentas mi orgullo?

Dame amor ¿quién me calienta todavía?

¿Quién me ama todavía? dame manos ardientes,

Dame braseros para el corazón,

Dame a mí, al más solitario de todos,

Al que el hielo, ay, un séptuplo hielo

Enseña a desear

Incluso enemigos,

Enemigos,

Dame, sí, entrégame,

Cruelísimo enemigo,

Dame ¡a ti mismo!

¡Se fue!

¡Huyó también él,

Mi último y único compañero,

Mi gran enemigo,

Mi desconocido,

Mi Dios-verdugo!

¡No! ¡Vuelve

Con todas tus torturas!

¡Oh, vuelve

Al último de todos los solitarios!

¡Todos los arroyos de mis lágrimas

Corren hacia ti!

¡Y la última llama de mi corazón

Para ti se alza ardiente!

¡Oh, vuelve,

Mi desconocido Dios!¡Mi dolor!¡Mi última felicidad!

2

Mas aquí Zaratustra no pudo contenerse por más tiempo, tomó su bastón y golpeó con todas sus fuerzas al que se lamen­taba. «¡Deténte!, le gritaba con risa llena de rabia, ¡deténte, co­mediante! ¡Falsario! ¡Mentiroso de raíz! ¡Yo te conozco bien!

¡Yo voy a calentarte las piernas, mago perverso, entiendo mucho de calentar a gentes como tú!»

«¡Basta, dijo el viejo levantándose de un salto del suelo, no me golpees más, oh Zaratustra! ¡Esto yo lo hacía tan sólo porjuego!

Tales cosas forman parte de mi arte; ¡al darte esta prueba he querido ponerte a prueba a ti mismo! Y, en verdad, ¡has adi­vinado bien mis intenciones!

Pero también tú me has dado una prueba no pequeña de ti: ¡eres duro, sabio Zaratustra! ¡Golpeas duramente con tus “verdades”, tu garrota me fuerza a decir esta verdad!»

«No me adules, respondió Zaratustra, todavía irritado, con mirada sombría, ¡comediante de raíz! Tú eres falso: ¡qué hablas tú de verdad!

Tú pavo real de los pavos reales, tú mar de vanidad, ¿qué pa­pel has representado delante de mí, mago perverso, en quién debía yo creer cuando te lamentabas de aquella manera?»

«El penitente del espíritu, dijo el viejo, ese personaje es el que yo representaba: ¡tú mismo inventaste en otro tiempo esa expresión

el poeta y mago que acaba por volver su espíritu contra sí mismo, el transformado que se congela a causa de su mal­vada ciencia y de su malvada conciencia.

Y confiésalo: ¡mucho tiempo pasó, oh Zaratustra, hasta que descubriste mi arte y mi mentira! Tú creías en mi necesidad cuando me sostenías la cabeza con ambas manos,

yo te oía lamentarte “¡lo han amado demasiado poco, demasiado poco!” De haberte yo engañado hasta tal punto, de eso se regocijaba íntimamente mi maldad.»

«Es posible que hayas engañado a otros más sutiles que yo, dijo Zaratustra con dureza. Yo no estoy en guardia contra los engañadores, yo tengo que estar sin cautela: así lo quiere mi suerte.

Pero tú tienes que engañar: ¡hasta ese punto te conozco! ¡Tú tienes que tener siempre dos, tres, cuatro y cinco sentidos! ¡Tampoco eso que ahora has confesado ha sido ni bastante verdadero ni bastante falso para mí!

Tú perverso falsario, ¡cómo podrías actuar de otro modo! Acicalarías incluso tu enfermedad si te mostrases desnudo a tu médico.

Y así acabas de acicalar ante mí tu mentira al decir: “¡esto yo lo hacía tan sólo por juego!” También había seriedad en ello, ¡tú eres en cierta medida un penitente del espíritu!

Yo te comprendo bien: te has convertido en el encantador de todos, mas para ti no te queda ya ni una mentira ni una as­tucia, ¡tú mismo estás para ti desencantado!

Has cosechado la náusea como tu única verdad. Ninguna palabra es ya en ti auténtica, pero sí lo es tu boca, es decir: la náusea que está pegada a tu boca».

«¡Quién crees que eres!, gritó en este momento el mago con voz altanera, ¿a quién le es lícito hablarme así a mí, que soy el más grande de los que hoy viven?» y un rayo verde salió dis­parado de sus ojos contra Zaratustra. Pero inmediatamente después cambió de expresión y dijo con tristeza:

«Oh Zaratustra, estoy cansado, siento náuseas de mis artes, yo no soy grande ¡por qué fingir! Pero tú sabes bien que ¡yo he buscado la grandeza!

Yo he querido representar el papel de un gran hombre, y persuadí a muchos de que lo era: mas esa mentira era superior a mis fuerzas. Contra ella me destrozo:

Oh Zaratustra, todo es mentira en mí; mas que yo estoy destrozado ¡ese estar yo destrozado es auténtico!»

«Te honra, dijo Zaratustra sombrío, bajando y desviando la mirada, te honra, pero también te traiciona, el haber buscado la grandeza. Tú no eres grande.

Viejo mago perverso, lo mejor y más honesto que tú tienes, lo que yo honro en ti, es esto, el que te hayas cansado de ti mis­mo y hayas dicho: “yo no soy grande”.

En esto yo te honro como a un penitente del espíritu: y si bien sólo fue por un momento, en ese único instante has sido auténtico.

Mas dime, ¿qué buscas tú aquí en mis bosques y entre mis rocas? Y cuando te colocaste en mi camino, ¿qué prueba que­rías de mí?

¿en qué querías tentarme a mí?»

Así habló Zaratustra, y sus ojos centelleaban. El viejo mago calló un momento, luego dijo: «¿Te he tentado yo a ti? Yo busco únicamente.

Oh Zaratustra, yo busco a uno que sea auténtico, justo, sim­ple, sin equívocos, un hombre de toda honestidad, un vaso de sabiduría, un santo del conocimiento, ¡un gran hombre!

¿No lo sabes acaso, oh Zaratustra? Yo busco a Zaratustra. »

Y en este instante se hizo un prolongado silencio entre ambos; Zaratustra se abismó profundamente dentro de sí mismo, tanto que cerró los ojos. Mas luego, retornando a su interlocutor, tomó la mano del mago y dijo, lleno de gentileza y de malicia:

«¡Bien! Por ahí sube el camino, allí está la caverna de Zaratus­tra. En ella te es lícito buscar a aquel que tú desearías encontrar. Y pide consejo a mis animales, a mi águila y a mi serpiente: ellos te ayudarán a buscar. Pero mi caverna es grande.

Yo mismo, ciertamente, no he visto aún ningún gran hombre. Para lo que es grande el ojo de los más delicados es hoy grosero. Éste es el reino de la plebe.

A más de uno he encontrado ya que se estiraba y se hincha­ba, y el pueblo gritaba: “¡Mirad, un gran hombre!” ¡Mas de qué sirven todos los fuelles del mundo! Al final lo que sale es viento.

Al final revienta la rana que se había hinchado durante demasiado tiempo: y lo que sale es viento. Pinchar el vientre de un hinchado es lo que yo llamo un buen entretenimiento. ¡Escuchad esto, muchachos!

El día de hoy es de la plebe: ¡quién sabe ya qué es grande y qué es pequeño! ¡Quién buscaría con fortuna la grandeza! Un necio únicamente: los necios son afortunados.

¿Tú buscas grandes hombres, tú extraño necio? ¿Quién te ha enseñado eso? ¿Es hoy tiempo de eso? Oh tú, perverso bus­cador, ¿por qué me tientas?»

Así habló Zaratustra, con el corazón consolado, y siguió a pie su camino riendo.

Jubilado

No mucho después de haberse librado Zaratustra del mago vio de nuevo a alguien sentado junto al camino que él seguía, a saber, un hombre alto y negro, de pálido y descarna­do rostro: éste le causó una violenta contrariedad. «Ay, dijo a su corazón, allí está sentada la tribulación embozada, aque­llo me parece pertenecer a la especie de los sacerdotes: ¿qué quieren ésos en mi reino?

¡Cómo! Acabo de escapar de aquel mago: y tiene que atra­vesárseme de nuevo en mi camino otro nigromante,

un brujo cualquiera que practica la imposición de ma­nos, un oscuro taumaturgo por gracia divina, un ungido ca­lumniador del mundo, ¡a quien el diablo se lleve!

Pero el diablo no está nunca donde debería estar: siem­pre llega demasiado tarde, ¡ese maldito enano y cojitran­co!»

Así maldecía Zaratustra, impaciente en su corazón, y pen­saba en cómo pasaría rápidamente de largo junto al hombre negro mirando a otra parte: mas he aquí que las cosas ocurrie­ron de otro modo. Pues en aquel mismo instante el hombre sentado le había visto ya, y semejante a uno a quien le sale al en­cuentro una suerte imprevista se levantó de un salto y corrió hacia Zaratustra.

«¡Quienquiera que seas, caminante, dijo, ayuda a un extra­viado, a uno que busca, a un anciano al que con facilidad pue­de ocurrirle aquí algún daño!

Este mundo de aquí me es extraño y lejano, también he oído aullar a animales salvajes; y el que habría podido ofrecer­me ayuda, ése no existe ya.

Yo buscaba al último hombre piadoso, un santo y un eremi­ta, que, solo en su bosque, no había oído aún nada de lo que todo el mundo sabe hoy».

«¿Qué sabe hoy todo el mundo?, preguntó Zaratustra. ¿Acaso que no vive ya el viejo Dios en quien todo el mundo creyó en otro tiempo?»

«Tú lo has dicho, respondió el anciano contristado. Y yo he servido a ese viejo Dios hasta su última hora.

Mas ahora estoy jubilado, no tengo dueño y, sin embargo, no estoy libre, tampoco estoy alegre ni una sola hora, a no ser cuando me entrego a los recuerdos.

Por ello he subido a estas montañas, para celebrar por fin de nuevo una fiesta para mí, cual conviene a un antiguo papa y padre de la Iglesia: pues sábelo, ¡yo soy el último papa! una fiesta de piadosos recuerdos y cultos divinos.

Pero ahora también él ha muerto, el más piadoso de los hombres, aquel santo del bosque que alababa constantemen­te a su Dios cantando y gruñendo.

A él no lo encontré ya cuando encontré su choza, pero sí a dos lobos dentro, que aullaban por su muerte pues todos los animales lo amaban. Entonces me fui de allí corriendo.

¿Inútilmente había venido yo, por tanto, a estos bosques y montañas? Mi corazón decidió entonces que yo buscase a otro distinto, al más piadoso de todos aquellos que no creen en Dios, ¡que yo buscase a Zaratustra! »

Así habló el anciano y miró con ojos penetrantes a aquel que se hallaba delante de él; mas Zaratustra cogió la mano del viejo papa y la contempló largo tiempo con admiración. «Mira, venerable, dijo luego, ¡qué mano tan bella y tan lar­ga! Ésta es la mano de uno que ha impartido siempre bendi­ciones. Pero ahora esa mano agarra firmemente a aquel a quien tú buscas, a mí, Zaratustra.

Yo soy Zaratustra el ateo, que dice: ¿quién es más ateo que yo, para gozarme con sus enseñanzas?»

Así habló Zaratustra, y con sus miradas perforaba los pen­samientos y las más recónditas intenciones del viejo papa. Por fin éste comenzó a decir:

«Quien lo amó y lo poseyó más que ningún otro, ése lo ha perdido también más que ningún otro;

mira, ¿no soy yo ahora, de nosotros dos, el más ateo? ¡Mas quién podría alegrarse de eso!»

«Tú le has servido hasta el final; Zaratustra preguntó pensativo, después de un profundo silencio, ¿sabes cómo mu­rió? ¿Es verdad, como se dice, que fue la compasión la que lo estranguló,

que vio cómo el hombre pendía de la cruz, y no soportó que el amor al hombre se convirtiese en su infierno y final­mente en su muerte?»

Mas el viejo papa no respondió, sino que tímidamente, y con una expresión dolorosa y sombría, desvió la mirada. «Déjalo que se vaya, dijo Zaratustra tras prolongada refle­xión, mirando siempre al anciano derechamente a los ojos. Déjalo que se vaya, ya ha desaparecido. Y aunque te honra el que no digas más que cosas buenas de ese muerto, tú sabes tan bien como yo quién era; y que seguía caminos extraños.» «Hablando entre tres ojos, dijo, recobrado, el viejo papa (pues era tuerto), en asuntos de Dios yo soy más ilustrado que el propio Zaratustra y me es lícito serlo.

Mi amor le ha servido durante largos años, mi voluntad si­guió en todo a su voluntad. Pero un buen servidor sabe todo, incluso muchas cosas que su señor se oculta a sí mismo.

Él era un Dios escondido, lleno de secretos. En verdad, no supo procurarse un hijo más que por caminos tortuosos. En la puerta de su fe se encuentra el adulterio.

Quien le ensalza como a Dios del amor no tiene una idea suficientemente alta del amor mismo. ¿No quería este Dios ser también juez? Pero el amante ama más allá de la recom­pensa o la retribución.

Cuando era joven, este Dios del Oriente, era duro y vengati­vo y construyó un infierno para diversión de sus favoritos.

Pero al final se volvió viejo y débil y blando y compasivo, más parecido a un abuelo que a un padre, y parecido sobre todo a una vieja abuela vacilante.

Se sentaba allí, mustio, en el rincón de su estufa, se afli­gía a causa de la debilidad de sus piernas, cansado del mun­do, cansado de querer, y un día se asfixió con su excesiva compasión.»

«Tú viejo papa, le interrumpió aquí Zaratustra, ¿tú has vis­to eso con tus ojos? Pues es posible que haya ocurrido así: así, y también de otra manera. Cuando los dioses mueren, mueren siempre de muchas especies de muerte.

Mas ¡bien! Así o así, así y así ¡se ha ido! Él contrariaba el gusto de mis oídos y de mis ojos, no quisiera decir nada peor sobre él.

Yo amo todo lo que mira limpiamente y habla con hones­tidad. Pero él tú lo sabes bien, viejo sacerdote, en él había algo de tus maneras, de maneras de sacerdote él era ambi­guo.

Era también oscuro. ¡Cómo se irritaba con nosotros, reso­plando cólera, porque le entendíamos mal! Mas ¿por qué no hablaba con mayor nitidez?

Y si dependía de nuestros oídos, ¿por qué nos dio unos oí­dos que le oían mal? Si en nuestros oídos había barro, ¡bien!, ¿quién lo había introducido allí?

¡Demasiadas cosas se le malograron a ese alfarero que no había aprendido del todo su oficio! Pero el hecho de que se vengase de sus pucheros y criaturas porque le hubiesen sa­lido mal a él eso era un pecado contra el buen gusto.

También en la piedad existe un buen gusto: éste acabó por decir “¡Fuera tal Dios! ¡Mejor ningún Dios, mejor construir­se cada uno su destino a su manera, mejor ser un necio, me­jor ser Dios mismo!”»

«¡Qué oigo!, dijo entonces el papa aguzando los oídos; ¡oh Zaratustra, con tal incredulidad eres tú más piadoso de lo que crees! Algún Dios presente en ti te ha convertido a tu ateísmo.

¿No es tu piedad misma la que no te permite seguir creyen­do en Dios? ¡Y tu excesiva honestidad te arrastrará más allá incluso del bien y del mal!

Mira, pues, ¿qué se te ha reservado para el final? Tienes ojos y mano y boca predestinados desde la eternidad a bende­cir. No se bendice sólo con la mano.

En tu proximidad, aunque tú quieras ser el más ateo de to­dos, venteo yo un secreto aroma de incienso y un perfume de prolongadas bendiciones: ello me hace bien y me causa dolor al mismo tiempo.

¡Permíteme ser tu huésped, oh Zaratustra, por una sola no­che! ¡En ningún lugar de la tierra me siento ahora mejor que junto a ti!»

«¡Amén! ¡Así sea!, dijo Zaratustra con gran admiración, por ahí arriba sube el camino, allí está la caverna de Zaratus­tra.

Con gusto, en verdad, te acompañaría yo mismo hasta allí, venerable, pues amo a todos los hombres piadosos. Pero aho­ra me llama un grito de socorro que me obliga a separarme de ti a toda prisa.

En mis dominios nadie debe sufrir daño alguno; mi caver­na es un buen puerto. Y lo que más me gustaría sería colocar de nuevo en tierra firme y sobre piernas firmes a todos los tristes.

Mas ¿quién te quitaría a ti de los hombros el peso de tu me­lancolía? Para eso soy yo demasiado débil. Largo tiempo, en verdad, vamos a aguardar hasta que alguien te resucite a tu Dios.

Pues ese viejo Dios no vive ya: está muerto de verdad.»

Así habló Zaratustra.

El más feo de los hombres

Y de nuevo corrieron los pies de Zaratustra por montañas y bosques, y sus ojos buscaron y buscaron, mas en ningún lu­gar pudieron ver a aquel a quien querían ver, al gran necesita­do que gritaba pidiendo socorro. Durante todo el camino, sin embargo, se regocijaba en su corazón y estaba agradecido. «¡Qué buenas cosas, decía, me ha regalado este día para com­pensarme de haber comenzado mal! ¡Qué extraños interlo­cutores he encontrado!

Quiero rumiar durante largo tiempo sus palabras, como si fueran buenos granos; ¡mis dientes deberán desmenuzarlas y molerlas hasta que fluyan a mi alma como leche!»

Mas cuando el camino volvió a girar en torno a una roca, el paisaje se transformó de repente y Zaratustra penetró en un reino de muerte. En él peñascos negros y rojos miraban rígi­dos hacia arriba: ni una brizna de hierba, ni un árbol, ni el canto de un pájaro. Era, en efecto, un valle que todos los ani­males evitaban, incluso los animales de rapiña; sólo una espe­cie de serpientes feas, gordas, verdes, cuando se volvían viejas, iban allí a morir. Por esto los pastores llamaban a este valle: Muerte de la Serpiente.

Zaratustra se sumergió en un negro recuerdo, pues le parecía que él había estado ya una vez en aquel valle. Y mu­chas cosas pesadas oprimieron su ánimo: de modo que co­menzó a caminar cada vez más lentamente, hasta que por fin se detuvo. Entonces, al abrir los ojos, vio algo que se ha­llaba sentado junto al camino, algo que tenía una figura como de hombre, pero que apenas lo parecía, algo inexpre­sable. Y de golpe se apoderó de Zaratustra una gran ver­güenza por haber visto con sus ojos algo así: enrojeciendo hasta la raíz de sus blancos cabellos apartó la vista y levan­tó el pie para abandonar aquel triste lugar. En ese instante aquel muerto desierto produjo un ruido: del suelo, en efec­to, salía un gorgoteo y un resuello como los que hace el agua por la noche en tuberías atrancadas; y por fin surgió de allí una voz humana y unas palabras de hombre: que decían así:

«¡Zaratustra! ¡Zaratustra! ¡Resuelve mi enigma! ¡Habla, habla! ¿Cuál es la venganza que se toma del testigo?

Yo te invito a que te vuelvas atrás, ¡aquí hay hielo resbala­dizo! ¡Cuida, cuida de que tu orgullo no se rompa aquí las piernas!

¡Tú te crees sabio, orgulloso Zaratustra! Resuelve, pues, el enigma, tú duro cascanueces, ¡el enigma que yo soy! ¡Di, pues: quién soy yo!»

Mas cuando Zaratustra hubo oído estas palabras, ¿qué creéis que ocurrió en su alma? La compasión lo acometió; y se desplomó de golpe, como una encina que ha resistido duran­te largo tiempo a muchos leñadores, de manera pesada, sú­bita, causando espanto incluso a quienes querían abatirla. Pero enseguida volvió a levantarse del suelo, y su rostro se en­dureció

«Te conozco bien, dijo con voz de bronce: ¡tú eres el asesino de Dios! Déjame irme.

No soportabas a Aquel que te veía, que te veía siempre y de parte a parte, ¡tú el más feo de los hombres! ¡Te vengaste de ese testigo!»

Así habló Zaratustra y quiso irse de allí; mas el inexpresa­ble agarró una punta de su vestido y comenzó de nuevo a gor­gotear y a buscar palabras. «¡Quédate!, dijo por fin

¡quédate! ¡No pases de largo! He adivinado qué hacha fue la que te derribó: ¡Enhorabuena, Zaratustra, por estar de nue­vo en pie!

Has adivinado, lo sé bien, qué sentimientos experimenta el que lo mató a Él, el asesino de Dios. ¡Quédate! Toma asien­to aquí cerca de mí, no será inútil.

¿A quién quería yo ir si no a ti? ¡Quédate, siéntate! ¡Pero no me mires! ¡Honra así mi fealdad!

Ellos me persiguen: ahora eres tú mi último refugio. No con su odio, no con sus esbirros: ¡oh, de tal persecución yo me burlaría y estaría orgulloso y contento!

¿No estuvo hasta ahora siempre el éxito de parte de los bien perseguidos? Y quien persigue bien, aprende con faci­lidad a seguir, ¡pues marcha detrás! Pero es de su com­pasión

es de su compasión de lo que yo he huido, buscando refu­gio en ti. Oh Zaratustra, protégeme, tú mi último refugio, tú el único que me ha adivinado:

tú has adivinado qué sentimientos experimenta el que lo mató a Él. ¡Quédate! Y si quieres irte, impaciente: no vayas por el camino que yo he seguido. Ese camino es malo.

¿Estás irritado conmigo porque hace ya mucho tiempo que hablo y chapurreo? ¿De que yo te dé consejos? Pero tú sabes que yo, el más feo de los hombres,

yo soy también el que tiene asimismo los pies más gran­des y más pesados. Por donde yo he pasado, allí el camino es malo. Todos los caminos pisados por mí quedan muertos y es­tropeados.

Mas en el hecho de que tú pasases a mi lado en silencio; de que te ruborizases, bien lo vi: en eso he reconocido que tú eres Zaratustra.

Cualquier otro me habría arrojado su limosna, su compa­sión, con miradas y palabras. Mas para esto no soy yo bas­tante mendigo, eso tú lo has adivinado

para esto soy yo demasiado rico, ¡rico en cosas grandes, terribles, en las cosas más feas, más inexpresables! ¡Tu ver­güenza, oh Zaratustra, me ha honrado!

A duras penas logré escapar de la muchedumbre de los compasivos, para encontrar al único que hoy enseña “la compasión es importuna ¡a ti, oh Zaratustra!

ya sea compasión de un Dios, ya sea compasión de los hombres: la compasión va contra el pudor. Y no querer-ayu­dar puede ser más noble que aquella virtud que se apresura solícita.

Mas entre todas las gentes pequeñas se da hoy el nombre de virtud a eso, a la compasión: ellas no tienen respeto por la gran desgracia, por la gran fealdad, por el gran fracaso.

Yo miro por encima de todos éstos al modo como el perro mira por encima de los lomos de los pululantes rebaños de ovejas. Son pequeñas gentes grises, lanosas, benévolas.

Como una garza mira despectivamente por encima de los estanques poco profundos, con la cabeza echada hacia atrás: así miro yo por encima del hormigueo de grises y pequeñas olas y voluntades y almas.

Durante demasiado tiempo se les ha dado la razón a esas gentes pequeñas: con ello se les ha acabado por dar, finalmen­te, también el poder ahora enseñan: “Bueno es tan sólo aquello que las gentes pequeñas llaman bueno”.

Y “verdad” se llama hoy lo que dijo el predicador que pro­cedía de ellos, aquel extraño santo y abogado de las gentes pe­queñas, que atestiguó de sí mismo “yo soy la verdad”.

Desde hace ya mucho tiempo ese presuntuoso hace hin­char la cresta a las gentes pequeñas, él, que enseñó un error nada pequeño cuando enseñó “yo soy la verdad”.

¿Se ha dado nunca una respuesta más cortés a un presun­tuoso? Pero tú, oh Zaratustra, lo dejaste de lado al pasar y di­jiste: “¡No! ¡No! ¡Tres veces no!”

Tú pusiste en guardia contra la compasión no a todos, no a nadie, sino a ti y a los de tu especie.

Tú te avergüenzas de la vergüenza del que sufre mucho; y en verdad, cuando dices “de la compasión procede una gran nube, ¡atención, hombres!”

cuando enseñas “todos los creadores son duros, todo gran amor está por encima de su propia compasión, ¡oh Zaratustra, qué bien me pareces entender de signos meteoro­lógicos!

Pero tú mismo ¡ponte en guardia también a ti mismo contra tu compasión! Pues muchos se encuentran en camino hacia ti, muchos que sufren, que dudan, que desesperan, que se ahogan, que se hielan

También contra mí te pongo en guardia. Tú has adivinado mi mejor, mi peor enigma, a mí mismo y lo que yo había he­cho. Yo conozco el hacha que te derriba.

Pero Él tenía que morir: miraba con unos ojos que lo veían todo, veía las profundidades y las honduras del hombre, toda la encubierta ignominia y fealdad de éste.

Su compasión carecía de pudor: penetraba arrastrándose hasta mis rincones más sucios. Ese máximo curioso, super­indiscreto, super-compasivo, tenía que morir.

Me veía siempre: de tal testigo quise vengarme o dejar de vivir.

El Dios que veía todo, también al hombre: ¡ese Dios tenía que morir! El hombre no soporta que tal testigo viva.»

Así habló el más feo de los hombres. Y Zaratustra se levantó y se dispuso a irse: pues estaba aterido hasta las entrañas.

«Tú, inexpresable, dijo, me has puesto en guardia contra tu camino. Para agradecértelo voy a alabarte los míos. Mira, allá arriba está la caverna de Zaratustra.

Mi caverna es grande y profunda y tiene muchos rincones; allí encuentra su escondrijo el más escondido de los hombres. Y junto a ella hay cien agujeros y hendiduras para los anima­les que se arrastran, que revolotean y que saltan.

Tú, expulsado que te has expulsado a ti mismo, ¿no quieres vivir en medio de los hombres y de la compasión humana? ¡Bien, obra como yo! Así aprenderás también de mí; sólo obrando se aprende.

¡Y ante todo y sobre todo, habla con mis animales! El ani­mal más orgulloso y el animal más inteligente ¡ellos son sin duda los adecuados consejeros para nosotros dos!»

Así habló Zaratustra y siguió sus caminos, aún más pensa­tivo y lento que antes: pues se hacía muchas preguntas a sí mismo y no le era fácil darse respuesta.

«¡Qué pobre es el hombre!, pensaba en su corazón, ¡qué feo, qué resollante, qué lleno de secreta vergüenza!

Me dicen que el hombre se ama a sí mismo: ¡ay, qué grande tiene que ser ese amor a sí mismo! ¡Cuánto desprecio tiene en su contra!

También ése de ahí se amaba a sí mismo tanto como se des­preciaba, para mí es alguien que ama mucho y que despre­cia mucho.

A nadie encontré todavía que se despreciase más profunda­mente: también esto es altura. Ay, ¿acaso era ése el hombre su­perior, cuyo grito oí?

Yo amo a los grandes despreciadores. Pero el hombre es algo que tiene que ser superado.»

El mendigo voluntario

Cuando Zaratustra hubo dejado al más feo de los hom­bres tuvo frío y se sintió solo: por su ánimo cruzaban, en efec­to, muchos pensamientos fríos y solitarios, de modo que por este motivo también sus miembros se enfriaron más. Pero mientras continuaba su camino, subiendo, bajando, pasando unas veces al lado de verdes prados, pero también por ba­rrancos salvajes y pedregosos, donde en otro tiempo, sin duda, un impaciente arroyo había tendido su lecho: de pronto sus pensamientos comenzaron a volverse más cálidos y cor­diales.

«¿Qué me ha sucedido?, se preguntó, algo caliente y vivo me reconforta, y tiene que hallarse cerca de mí.

Ya estoy menos solo; desconocidos hermanos y compañe­ros de viaje andan vagando a mi alrededor, su cálido aliento llega hasta mi alma.»

Mas cuando atisbó a su alrededor buscando a los consola­dores de su soledad: ocurrió que eran unas vacas que se halla­ban reunidas en una altura; su cercanía y su olor habían cal­deado su corazón. Aquellas vacas parecían escuchar con interés a alguien que les hablaba y no prestaban atención al que se acercaba. Y cuando Zaratustra estuvo junto a ellas oyó cla­ramente que una voz de hombre salía de en medio de las va­cas; y era manifiesto que todas ellas habían vuelto sus cabezas hacia quien hablaba.

Entonces Zaratustra se lanzó presurosamente en medio de los animales y los apartó, pues temía que le hubiese ocurrido una desgracia a alguien, al cual difícilmente podía servirle de ayuda la compasión de unas vacas. Pero en esto se había enga­ñado; pues he aquí que había allí un hombre sentado en tierra y parecía exhortar a las vacas a que no tuviesen miedo de él, hombre pacífico y predicador de la montaña, en cuyos ojos predicaba la bondad misma. «¿Qué buscas tú aquí?», exclamó Zaratustra con asombro.

«¿Que qué busco yo aquí?, respondió aquél: lo mismo que tú, ¡aguafiestas!, a saber, la felicidad en la tierra.

Mas para lograrlo quisiera aprender de estas vacas. Pues, sin duda lo sabes, hace ya media mañana que les estoy ha­blando, y justo ahora iban ellas a darme una respuesta. ¿Por qué las perturbas?

Mientras no nos convirtamos y nos hagamos como vacas no entraremos en el reino de los cielos. De ellas deberíamos aprender, en efecto, una cosa: el rumiar.

Y, en verdad, si el hombre conquistase el mundo entero y no aprendiese esa única cosa, el rumiar: ¡de qué le serviría! No escaparía a su tribulación,

a su gran tribulación: la cual tiene hoy el nombre de náu­sea. ¿Quién no tiene hoy llenos de náusea el corazón, la boca y los ojos? ¡También tú! ¡También tú! ¡Contempla, en cambio, a estas vacas!»

Así habló el predicador de la montaña, y luego volvió su mirada hacia Zaratustra, pues hasta ese momento estuvo amorosamente pendiente de las vacas -: mas entonces se transformó. «¿Con quién estoy hablando?, exclamó espanta­do, y se levantó de un salto del suelo.

Éste es el hombre sin náusea, éste es Zaratustra en persona, el vencedor de la gran náusea, éstos son los ojos, ésta es la boca, éste es el corazón de Zaratustra en persona.

Y mientras esto decía besábale las manos a aquel a quien hablaba, con ojos bañados en lágrimas, y se comportaba exactamente como uno a quien de improviso le cae del cielo un precioso regalo y un tesoro. Mas las vacas contemplaban todo esto y se maravillaban.

«No hables de mí, ¡hombre extraño!, ¡hombre encantador!, dijo Zaratustra defendiéndose de su ternura, ¡háblame pri­mero de ti! ¿No eres tú el mendigo voluntario, que en otro tiempo arrojó lejos de sí una gran riqueza,

que se avergonzó de su riqueza y de los ricos, y huyó a los pobres para regalarles la abundancia y su corazón? Pero ellos a él no lo aceptaron.»

«Pero ellos a mí no me aceptaron, dijo el mendigo volunta­rio, lo sabes bien. Por esto acabé marchándome a los anima­les y a estas vacas.»

«Entonces aprendiste, interrumpió Zaratustra al que ha­blaba, que es más difícil dar bien que tomar bien, y que rega­lar bien es un arte y la última y más refinada maestría de la bondad».

«Especialmente hoy en día, respondió el mendigo volunta­rio: hoy en que todo lo bajo se ha vuelto levantisco e intrata­ble, y orgulloso a su manera, a saber: a la manera de la plebe.

Pues ha llegado la hora, tú lo sabes bien, de la grande, per­versa, larga, lenta rebelión de la plebe y de los esclavos: ¡Rebe­lión que crece cada vez más!

Ahora toda beneficencia y todo pequeño regalo indignan a los de abajo; ¡y los demasiado ricos, que estén en guardia! Quien hoy, semejante a una botella ventruda, gotea por cuellos demasiado estrechos: a esas botellas la gente gusta hoy de romperles el cuello.

Codicia lasciva, envidia biliosa, rencor malhumorado, or­gullo plebeyo: todo eso me ha saltado a la cara. Ya no es verdad que los pobres sean bienaventurados. El reino de los cielos está entre las vacas».

¿Y por qué no está entre los ricos?, preguntó Zaratustra para tentarlo, mientras rechazaba a las vacas, que acariciaban familiarmente con su aliento a aquel apacible hombre.

«¿Por qué me tientas?, respondió éste. Tú mismo lo sabes mejor que yo. ¿Pues qué fue lo que me empujó a irme con los más pobres, oh Zaratustra? ¿No fue la náusea que me causa­ban los más ricos de entre nosotros?

¿los forzados de la riqueza, que recogen su ganancia de todas las barreduras, con ojos fríos, con pensamientos codi­ciosos, esa chusma cuyo hedor llega al cielo,

esa plebe dorada, falsificada, cuyos padres fueron rateros, o pájaros de carroña, o traperos, esa plebe complaciente con las mujeres, lasciva, olvidadiza: todos ellos no se diferen­cian apenas, en efecto, de una puta

¡plebe arriba, plebe abajo! ¡Qué significan ya hoy “los po­bres” y “los ricos”! Esa diferencia la he olvidado, por ello me escapé lejos, cada vez más lejos, hasta llegar a estas vacas.»

Así habló el pacífico, y resoplaba y sudaba con sus pala­bras: de modo que las vacas se maravillaron de nuevo. Mas Zaratustra le estuvo mirando todo el tiempo a la cara, son­riendo, mientras aquél hablaba tan duramente, y movió la ca­beza en silencio.

«Te haces violencia a ti mismo, predicador de la montaña, al emplear palabras tan duras. Para tal dureza no están hechos ni tu boca ni tus ojos.

Tampoco, según me parece, tu estómago: a él le repugna todo ese encolerizarse y odiar y enfurecerse. Tu estómago re­clama cosas más suaves: tú no eres un carnicero.

Me pareces, antes bien, alguien que se alimenta de plantas y de raíces. Tal vez mueles grano. Y, con toda certeza, eres contrario a las alegrías de la carne y amas la miel.»

«Me has adivinado bien, respondió el mendigo voluntario, con el corazón aliviado. Yo amo la miel, también muelo gra­no, pues he buscado lo que agrada al paladar y hace puro el aliento:

también lo que necesita largo tiempo, un trabajo que ocupe día y hocico de afables ociosos y haraganes.

Estas vacas, ciertamente, han llegado más lejos que nadie: se han inventado el rumiar y el estar echadas al sol. También se abstienen de todos los pensamientos pesados, que hinchan el corazón.»

«¡Bien!, dijo Zaratustra: tú deberías ver también mis ani­males, mi águila y mi serpiente, hoy no tienen igual en la tie­rra.

Mira, por ahí va el camino que conduce a mi caverna: sé huésped de ella esta noche. Y habla con mis animales acerca de la felicidad de los animales,

hasta que yo también vuelva a casa. Pues ahora me llama un grito de socorro que me obliga a alejarme de ti a toda pri­sa. Asimismo encontrarás miel nueva en mi casa, miel do­rada de panales, fresca como el hielo: ¡cómela!

Mas ahora despídete en seguida de tus vacas, ¡hombre ex­traño!, ¡hombre encantador!, aunque te resulte difícil. ¡Pues son tus amigos y maestros más cálidos!»

« Excepto uno, al cual yo amo todavía más, respondió el mendigo voluntario. ¡Tú mismo eres bueno, y mejor incluso que una vaca, oh Zaratustra!»

«¡Vete, vete!, ¡vil adulador!, gritó Zaratustra con maligni­dad, ¿por qué me corrompes con esa alabanza y con miel de adulaciones?»

«¡Vete, vete!», volvió a gritar, y blandió el bastón hacia el tierno mendigo: pero éste escapó a toda prisa.

La sombras

Mas apenas acababa de irse el mendigo voluntario y volvía Zaratustra a estar solo consigo mismo cuando oyó a su espalda una nueva voz: ésta gritaba «¡Alto! ¡Zaratustra! ¡Aguarda! ¡Soy yo, oh Zaratustra, yo, tu sombra!» Pero Zara­tustra no aguardó, pues un fastidio repentino se apoderó de él a causa de la gran muchedumbre y gentío que en sus monta­ñas había. «¿Dónde se ha ido mi soledad?, dijo.

Me estoy hartando, en verdad; estas montañas pululan de gente, mi reino no es ya de este mundo, necesito nuevas montañas.

¿Mi sombra me llama? ¡Qué importa mi sombra! ¡Que co­rra detrás de mí!, yo escapo de ella.»

Así habló Zaratustra a su corazón y escapó de allí. Mas aquel que se encontraba detrás de él lo seguía: de modo que muy pronto hubo tres que corrían uno detrás de otro, a saber, delante el mendigo voluntario, luego Zaratustra y en tercero y último lugar su sombra. Pero no hacía mucho que corrían de ese modo cuando Zaratustra cayó en la cuenta de su tontería y con una sacudida arrojó de sí su fastidio y su disgusto.

«¡Cómo!, dijo, ¿no han ocurrido desde siempre las cosas más ridículas entre nosotros los viejos eremitas y santos? ¡En verdad, mi tontería ha crecido mucho en las montañas! ¡Y ahora oigo tabletear, una detrás de otra, seis viejas piernas de necios!

¿Le es lícito a Zaratustra tener miedo de una sombra? Tam­bién me parece, a fin de cuentas, que ella tiene piernas más largas que yo.»

Así habló Zaratustra, riendo con los ojos y con las entrañas, se detuvo y volvióse con rapidez y he aquí que al hacerlo casi arrojó al suelo a su seguidor y sombra: tan pegada iba ésta a sus talones, y tan débil era. Mas cuando la examinó con los ojos se espantó como si se le apareciese de repente un fantasma: tan fla­co, negruzco, hueco y anticuado era el aspecto de su seguidor.

«¿Quién eres?, preguntó Zaratustra con vehemencia, ¿qué haces aquí? ¿Y por qué te llamas a ti mismo mi sombra? No me gustas.»

«Perdóname, respondió la sombra, que sea yo; y si no te gusto, bien, ¡oh Zaratustra!, en eso te alabo a ti y a tu buen gusto.

Un caminante soy que ha andado ya mucho detrás de tus talones: siempre en camino, pero sin una meta, también sin un hogar: de modo que, en verdad, poco me falta para ser el judío eterno, excepto que no soy eterno ni tampoco judío.

¿Cómo? ¿Tengo que continuar caminando siempre? ¿Agita­do, errante, arrastrado lejos por todos los vientos? ¡Oh tierra, para mí te has vuelto demasiado redonda!

En todas las superficies he estado ya sentado, en espejos y cristales de ventanas me he dormido, semejante a polvo can­sado: todas las cosas toman algo de mí, ninguna me da nada, yo adelgazo, casi me parezco a una sombra.

Pero a ti, oh Zaratustra, es a quien más tiempo he seguido volando y corriendo, y aunque de ti me ocultase he sido, sin embargo, tu mejor sombra: en todos los lugares en que has es­tado sentado tú, allí estaba también sentado yo.

Contigo he andado errante por los mundos más lejanos, más fríos, semejante a un fantasma que corre voluntariamen­te sobre tejados invernales y sobre nieve.

Contigo he aspirado a todo lo prohibido, a lo peor, a lo más remoto: y si hay en mí algo que sea virtud, eso es el no ha­ber tenido miedo de ninguna prohibición.

Contigo he quebrantado aquello que en otro tiempo mi co­razón veneró, he derribado todos los mojones y todas las imágenes, he perseguido los deseos más peligrosos, en ver­dad, por encima de todos los crímenes he pasado corriendo alguna vez.

Contigo perdí la fe en palabras y valores y en grandes nom­bres. Cuando el diablo cambia de piel, ¿no se despoja también de su nombre? El nombre es, en efecto, también piel. El diablo mismo es tal vez piel.

“Nada es verdadero, todo está permitido”, así me decía yo para animarme. En las aguas más frías me arrojé de cabeza y de corazón. ¡Ay, cuántas veces me he encontrado, por esta causa, desnudo como un rojo cangrejo!

¡Ay, dónde se me han ido todo el bien y toda la vergüenza y toda la fe en los buenos! ¡Ay, dónde se ha ido aquella mentida inocencia que en otro tiempo yo poseía, la inocencia de los buenos y de sus nobles mentiras!

Con demasiada frecuencia, en verdad, he seguido de cerca a la verdad, pegado a sus pies: entonces ella me pisaba la cabe­za. A veces yo creía mentir, y, ¡mira!, sólo entonces acertaba con la verdad.

Demasiadas cosas se me han aclarado: y ahora nada me importa ya. Nada vive ya que yo ame, ¿cómo iba a continuar amándome a mí mismo?

“Vivir como me plazca, o no vivir en absoluto”: eso es lo que quiero yo, eso es lo que quiere también el más santo. Mas ¡ay!, ¿tengo yo ya placer en algo?

¿Tengo yo todavía una meta? ¿Un puerto hacia el que na­veguen mis velas?

¿Un buen viento? Ay, sólo quien sabe hacia dónde navega sabe también qué viento es bueno y cuál es el favorable para su navegación.

¿Qué me ha quedado ya? Un corazón cansado y desvergon­zado; una voluntad inestable; alas para revolotear; un espina­zo roto.

Esta búsqueda de mi hogar: oh Zaratustra, lo sabes bien, esta búsqueda ha sido mi aflicción, que me devora.

“¿Dónde está mi hogar?” Por él pregunto y busco y he bus­cado, y no lo he encontrado. ¡Oh eterno estar en todas partes, oh eterno estar en ningún sitio, oh eterno en vano!»

Así habló la sombra, y el rostro de Zaratustra se fue alargan­do al escuchar sus palabras. «¡Tú eres mi sombra!, dijo por fin con tristeza.

Tu peligro no es pequeño, ¡tú espíritu libre yviajero! Has te­nido un mal día: ¡procura que no te toque un atardecer aún peor!

A los errantes como tú, incluso una cárcel acaba parecién­doles la bienaventuranza. ¿Has visto alguna vez cómo duer­men los criminales encarcelados? Duermen tranquilamente, disfrutan su nueva seguridad.

¡Ten cuidado de no caer, al final, prisionero de una fe más estrecha todavía, de una ilusión dura, rigurosa! A ti, en efec­to, ahora te tienta y te seduce todo lo que es riguroso y sólido.

Has perdido la meta: ay, ¿cómo podrás librarte de esa pér­dida y consolarte de ella? Al perder la meta ¡has perdido también el camino!

¡Tú pobre vagabundo, soñador, tú mariposa cansada!, ¿quieres tener este atardecer un respiro y una morada? ¡Sube entonces a mi caverna!

Por ahí va el camino que lleva a mi caverna. Y ahora quie­ro volver a escapar rápidamente de ti. Ya pesa sobre mí algo parecido a una sombra.

Quiero correr solo, para que de nuevo vuelva a haber clari­dad a mi alrededor. Para ello tengo que estar todavía mucho tiempo alegremente sobre las piernas. Mas este atardecer en mi casa ¡habrá baile!»

Así habló Zaratustra.

A mediodía

Y Zaratustra corrió y corrió y ya no volvió a encontrar a nadie y estuvo solo y se encontró continuamente a sí mismo y disfrutó y saboreó su soledad y pensó en cosas buenas, du­rante horas. Mas hacia la hora del mediodía, cuando el sol se hallaba exactamente encima de su cabeza, Zaratustra pasó al lado de un viejo árbol, torcido y nudoso, el cual estaba abra­zado y envuelto por el gran amor de una viña, quedando oculto a sí mismo: de él pendían, ofreciéndose al viajero, ra­cimos amarillos en gran número. Entonces se le antojó calmar una pequeña sed y cortar un racimo; pero cuando ya extendía el brazo para hacerlo se le antojó todavía otra cosa, a saber: echarse junto al árbol, a la hora del pleno mediodía, y dormir.

Esto hizo Zaratustra; y tan pronto como estuvo tendido en el suelo, en medio del silencio y de los secretos de la hierba multi­color, olvidó su pequeña sed y se durmió. Pues, como dice el proverbio de Zaratustra: una cosa es más necesaria que la otra. Ahora bien, sus ojos permanecían abiertos: no se can­saban, en efecto, de ver y de alabar el árbol y el amor de la viña. Y mientras se dormía, Zaratustra habló así a su corazón.

¡Silencio! ¡Silencio! ¿No se ha vuelto perfecto el mundo en este instante? ¿Qué es lo que me ocurre?

Así como un viento delicioso, no visto, danza sobre arteso­nado mar, baila ligero, ligero cual una pluma: así baila el sueño sobre mí.

No me cierra los ojos, me deja despierta el alma. Ligero es, ¡en verdad!, ligero cual una pluma.

Me persuade no sé cómo, toca ligeramente mi interior con mano zalamera, me fuerza. Sí, me fuerza a que mi alma se es­tire:

¡cómo se me vuelve larga y cansada mi extraña alma! ¿Le ha llegado el atardecer de un séptimo día justamente al me­diodía? ¿Ha caminado ya durante demasiado tiempo, biena­venturada, entre cosas buenas y maduras?

Mi alma se estira alargándose, alargándose ¡cada vez más!, yace callada, mi extraña alma. Demasiadas cosas buenas ha saboreado ya, esa áurea tristeza la oprime, ella tuerce la boca.

Como un barco que ha entrado en su bahía más tranqui­la: y entonces se adosa a la tierra, cansado de los largos via­jes y de los inseguros mares. ¿No es más fiel la tierra?

Como un barco de ésos se adosa, se estrecha a la tierra: basta entonces que una araña teja sus hilos desde la tierra hasta él. No se necesita aquí cable más fuerte.

Como uno de esos barcos cansados, en la más tranquila de todas las bahías: así descanso yo también ahora, cerca de la tierra, fiel, confiado, aguardando, atado a ella con los hilos más tenues.

¡Oh felicidad! ¡Oh felicidad! ¿Quieres acaso cantar, alma mía? Yaces en la hierba. Pero ésta es la hora secreta, solemne, en que ningún pastor toca su flauta.

¡Ten cuidado! Un ardiente mediodía duerme sobre los campos. ¡No cantes! ¡Silencio! El mundo es perfecto.

¡No cantes, ave de los prados, oh alma mía! ¡No susurres si­quiera! Mira ¡silencio!, el viejo mediodía duerme, mueve la boca: ¿no bebe en este momento una gota de felicidad

una vieja, dorada gota de áurea felicidad, de áureo vino? Algo se desliza sobre él, su felicidad ríe. Así ríe un Dios. ¡Si­lencio!

«Para ser feliz, con qué poco basta para ser feliz!» Así dije yo en otro tiempo, y me creí sabio. Pero era una blasfemia: esto lo he aprendido ahora. Los necios inteligentes hablan mejor.

Justamente la menor cosa, la más tenue, la más ligera, el crujido de un lagarto, un soplo, un roce, un pestañeo lo poco constituye la especie de la mejor felicidad. ¡Silencio!

Qué me ha sucedido: ¡escucha! ¿Es que el tiempo ha hui­do volando? ¿No estoy cayendo? ¿No he caído ¡escucha! en el pozo de la eternidad?

¿Qué me sucede? ¡Silencio! ¿Me han punzado ay en el corazón? ¡El corazón! ¡Oh, hazte pedazos, hazte pedazos, co­razón, después de tal felicidad, después de tal punzada!

¿Cómo? ¿No se había vuelto perfecto el mundo hace un instante? ¿Redondo y maduro? Oh áureo y redondo aro ¿adónde se escapa volando? ¡Sígale yo a la carrera! ¡Sus!

Silencio - (y aquí Zaratustra se estiró y sintió que dor­mía).

¡Arriba!, se dijo a sí mismo, ¡tú dormilón!, ¡tú dormilón en pleno mediodía! ¡Vamos, arriba, viejas piernas! Es tiempo y más que tiempo, aún os queda una buena parte del camino

Ahora habéis dormido bastante, ¿cuánto tiempo? ¡Media eternidad! ¡Vamos, arriba ahora, viejo corazón mío! ¿Cuánto tiempo necesitarás después de tal sueño para despertarte?

(Pero entonces se adormeció de nuevo, y su alma habló contra él y se defendió y se acostó de nuevo.) «¡Déjame! ¡Si­lencio! ¿No se había vuelto perfecto el mundo en este instan­te? ¡Oh áurea y redonda bola!»

«¡Levántate, dijo Zaratustra, pequeña ladrona, perezosa! ¿Cómo? ¿Seguir extendida, bostezando, suspirando, cayendo dentro de pozos profundos?

¡Quién eres tú! ¡Oh alma mía!» (y entonces Zaratustra se asustó, pues un rayo de sol cayó del cielo sobre su rostro).

«Oh cielo por encima de mí, dijo suspirando y se sentó de­recho, ¿tú me contemplas? ¿Tú escuchas a mi extraña alma?

¿Cuándo vas a beber esta gota de rocío que cayó sobre to­das las cosas de la tierra, cuándo vas a beber esta extraña alma

cuándo, ¡pozo de la eternidad!, ¡sereno y horrible abismo del mediodía!, cuándo vas a beber, reincorporándola así a ti, mi alma?»

Así habló Zaratustra, y se levantó de su lecho junto al árbol como si saliese de una extraña borrachera: y he aquí que el sol aún continuaba estando encima exactamente de su cabeza. De esto podría alguien deducir con razón que Zaratustra, en­tonces, no estuvo dormido mucho tiempo.

El saludo

Hasta el final de la tarde no volvió Zaratustra a su caver­na, después de haber buscado y errado largo tiempo en vano. Mas cuando estuvo frente a ella, a no más de veinte pasos de distancia, ocurrió lo que él menos aguardaba entonces: de nuevo oyó el gran grito de socorro. Y, ¡cosa sorprendente!, esta vez aquel grito procedía de su propia caverna. Era un grito prolongado, múltiple, extraño, y Zaratustra distinguía con cla­ridad que se hallaba compuesto de muchas voces: aunque, oído de lejos, sonase igual que un grito salido de una sola boca.

Entonces Zaratustra se lanzó de un salto hacia su caverna, y, ¡mira!, ¡qué espectáculo aguardaba a sus ojos después del que se había ofrecido ya a sus oídos! Allí estaban sentados juntos todos aquellos con quienes él se había encontrado por el camino durante el día: el rey de la derecha y el rey de la iz­quierda, el viejo mago, el papa, el mendigo voluntario, la sombra, el concienzudo del espíritu, el triste adivino y el asno; y el más feo de los hombres se había colocado una coro­na en la cabeza y se había ceñido dos cinturones de púrpura, pues le gustaba, como a todos los feos, disfrazarse y embellecerse. En medio de esta atribulada reunión se hallaba el águila de Zaratustra, con las plumas erizadas e inquieta, pues debía responder a demasiadas cosas para las que su orgullo no tenía ninguna respuesta; y la astuta serpiente colgaba enrolla­da a su cuello.

Todo esto lo contempló Zaratustra con gran admiración; luego fue examinando a cada uno de sus huéspedes con afable curiosidad, leyó en sus almas y de nuevo quedó admirado. Entretanto los reunidos se habían levantado de sus asientos y aguardaban con respeto a que Zaratustra hablase. Y Zaratus­tra habló así:

«¡Vosotros hombres desesperados! ¡Vosotros hombres ex­traños! ¿Es, pues, vuestro grito de socorro el que he oído? Y ahora sé también dónde hay que buscar a aquel a quien en vano he buscado hoy: el hombre superior

¡en mi propia caverna se halla sentado el hombre supe­rior! ¡Mas de qué me admiro! ¿No lo he atraído yo mismo ha­cia mí con ofrendas de miel y con astutos reclamos de mi feli­cidad?

Sin embargo, ¿me engaño si pienso que sois poco aptos para estar en compañía, que os malhumoráis el corazón unos a otros, vosotros los que dais gritos de socorro, al estar senta­dos juntos aquí? Tiene que venir antes uno,

uno que os vuelva a hacer reír, un buen payaso alegre, un bailarín y viento y fierabrás, algún viejo necio: ¿qué os pa­rece?

¡Perdonadme, hombres desesperados, que yo hable ante vosotros con estas sencillas palabras, indignas, en verdad, de tales huéspedes! Pero vosotros no adivináis qué es lo que vuelve petulante mi corazón:

¡vosotros mismos y vuestra visión, perdonádmelo! En efecto, todo aquel que contempla a un desesperado cobra ánimos. Para consolar a un desesperado siéntese bastante fuerte cualquiera.

A mí mismo me habéis dado vosotros esa fuerza, ¡un buen don, mis nobles huéspedes! ¡Un adecuado regalo de huéspedes ! Bien, no os irritéis, pues, porque también yo os ofrezca de lo mío.

Éste es mi reino y mi dominio: pero lo que es mío, por esta tarde y esta noche debe ser vuestro. Mis animales deben ser­viros a vosotros: ¡sea mi caverna vuestro lugar de reposo!

En mi casa, aquí en mi hogar, nadie debe desesperar, en mi coto de caza yo defiendo a todos contra sus animales salvajes. Y esto es lo primero que yo os ofrezco: ¡seguridad!

Y lo segundo es: mi dedo meñique. Y una vez que tengáis ese dedo, ¡tomaos la mano entera!, ¡y además, el corazón! ¡Bienvenidos aquí, bienvenidos, huéspedes míos!»

Así habló Zaratustra, y rió de amor y de maldad. Tras este saludo sus huéspedes volvieron a hacer una inclinación y ca­llaron respetuosamente; mas el rey de la derecha le contestó en nombre de ellos.

«Por el modo, oh Zaratustra, como nos has ofrecido mano y saludo reconocemos que eres Zaratustra. Te has re­bajado ante nosotros; casi has hecho daño a nuestro respe­to-.

¿mas quién sería capaz de rebajarse, como tú, con tal or­gullo? Esto nos levanta a nosotros, es un consuelo para nues­tros ojos y nuestros corazones.

Sólo por contemplar esto subiríamos con gusto a montañas más altas que ésta. Ávidos de espectáculos hemos venido, en efecto, queríamos ver qué es lo que aclara ojos turbios.

Y he aquí que ya ha pasado todo nuestro gritar pidiendo so­corro. Ya nuestra mente y nuestro corazón se encuentran abier­tos y están extasiados. Poco falta: y nuestro valor se hará petu­lante.

Nada más alentador, oh Zaratustra, crece en la tierra que una voluntad elevada y fuerte: ésa es la planta más hermosa de la tie­rra. Todo un paisaje entero se reconforta con uno solo de tales ár­boles.

Al pino comparo yo al que crece como tú, oh Zaratustra: largo, silencioso, duro, solo, hecho de la mejor y más flexible leña, soberano,

y, en fin, extendiendo sus fuertes y verdes ramas hacia su dominio, dirigiendo fuertes preguntas a vientos y temporales y a cuanto tiene siempre su domicilio en las alturas,

dando respuestas aún más fuertes, uno que imparte ór­denes, un victorioso: oh, ¿quién no subiría, por contemplar tales plantas, a elevadas montañas?

Con tu árbol de aquí, oh Zaratustra, se reconforta incluso el hombre sombrío, el fracasado, con tu visión se vuelve segu­ro incluso el inestable, y cura su corazón.

Y, en verdad, hacia esta montaña y este árbol se dirigen hoy muchos ojos; un gran anhelo se ha puesto en marcha, y mu­chos han aprendido a preguntar: ¿quién es Zaratustra?

Y, aquel en cuyo oído has derramado tú alguna vez las go­tas de tu canción y de tu miel: todos los escondidos, los eremi­tas solitarios, los eremitas en pareja, han dicho de pronto a su corazón:

“¿Vive aún Zaratustra? Ya no merece la pena vivir, todo es idéntico, todo es en vanos; o ¡tenemos que vivir con Zara­tustra!”

“¿Por qué no viene él, que se anunció hace ya tanto tiempo?, así preguntan muchos; ¿se lo ha tragado la soledad? ¿O acaso somos nosotros los que debemos ir a él?”

Ahora ocurre que la propia soledad se ablanda y rompe como una tumba que se resquebraja y no puede seguir conte­niendo a sus muertos. Por todas partes se ven resucitados.

Ahora suben y suben las olas alrededor de tu montaña, oh Zaratustra. Y aunque tu altura es muy elevada, muchos tienen que subir hasta ti; tu barca no debe permanecer ya mucho tiempo en seco.

Y el hecho de que nosotros, hombres desesperados, hayamos venido ahora a tu caverna y ya no desesperemos: una premoni­ción y un presagio es tan sólo de que otros mejores están en ca­mino hacia ti,

pues también él está en camino hacia ti, el último resto de Dios entre los hombres, es decir: todos los hombres del gran anhelo, de la gran náusea, del gran hastío,

todos los que no quieren vivir a no ser que aprendan de nuevo a tener esperanzas ¡a no ser que aprendan de ti, oh Za­ratustra, la gran esperanza!»

Así habló el rey de la derecha, y agarró la mano de Zaratus­tra para besarla; mas Zaratustra rechazó su homenaje y se echó hacia atrás espantado, silencioso y como huyendo de re­pente a remotas lejanías. Tras un breve intervalo, sin embar­go, volvió a estar junto a sus huéspedes, los miró con ojos cla­ros y escrutadores, y dijo:

«Huéspedes míos, vosotros hombres superiores, quiero hablar con vosotros en alemán y con claridad. No era a vo­sotros a quien yo aguardaba aquí en estas montañas.»

(«¿En alemán y con claridad? ¡Que Dios tenga piedad!, dijo entonces aparte el rey de la izquierda; ¡se nota que este sabio de Oriente no conoce a los queridos alemanes!

Pero querrá decir, “en alemán y con rudeza” ¡bien! ¡No es éste hoy el peor de los gustos!»)

«Es posible, en verdad, que todos vosotros seáis hombres superiores, continuó Zaratustra: mas para mí no sois bas­tante altos ni bastante fuertes.

Para mí, es decir: para lo inexorable que dentro de mí calla, pero que no siempre callará. Y si pertenecéis a mí, no es como mi brazo derecho.

Pues quien tiene piernas enfermas y delicadas, como vo­sotros, ése quiere, lo sepa o se lo oculte, que se sea indulgen­te con él.

Mas con mis brazos y mis piernas yo no soy indulgente, yo no soy indulgente con mis guerreros: ¿cómo podríais vosotros servir para mi guerra?

Con vosotros yo me echaría a perder incluso las victorias. Y muchos de vosotros se desplomarían ya con sólo oír el so­noro retumbar de mis tambores.

Tampoco sois vosotros para mí ni bastante bellos ni bastan­te bien nacidos. Yo necesito espejos puros y lisos para mis doctrinas; sobre vuestra superficie se deforma incluso mi propia efigie.

Vuestros hombros están oprimidos por muchas cargas, por muchos recuerdos; más de un enano perverso está acu­rrucado en vuestros rincones. También dentro de vosotros hay plebe oculta.

Y aunque seáis altos y de especie superior: mucho en voso­tros es torcido y deforme. No hay herrero en el mundo que pueda arreglaros y enderezaros como yo quiero.

Vosotros sois únicamente puentes: ¡que hombres más altos puedan pasar sobre vosotros a la otra orilla! Vosotros repre­sentáis escalones: ¡no os irritéis, pues, contra el que sube por encima de vosotros hacia su propia altura!

Es posible que de vuestra simiente me brote alguna vez un hijo auténtico y un heredero perfecto: pero eso está lejos. Vo­sotros mismos no sois aquellos a quienes pertenecen mi he­rencia y mi nombre.

No es a vosotros a quienes aguardo yo aquí en estas monta­ñas, no es con vosotros con quienes me es lícito descender por última vez. Habéis venido aquí tan sólo como presagio de que hombres más altos se encuentran ya en camino hacia mí,

no los hombres del gran anhelo, de la gran náusea, del gran hastío, y lo que habéis llamado el último residuo de Dios.

¡No! ¡No! ¡Tres veces no! Es a otros a quienes aguardo yo aquí en estas montañas, y mi pie no se moverá de aquí sin ellos,

a otros más altos, más fuertes, más victoriosos, más ale­gres, cuadrados de cuerpo y de alma: ¡leones rientes tienen que venir!

Oh, huéspedes míos, vosotros hombres extraños, ¿no ha­béis oído nada aún de mis hijos? ¿Y de que se encuentran en camino hacia mí?

Habladme, pues, de mis jardines, de mis islas afortunadas, de mi nueva y bella especie, ¿por qué no me habláis de esto?

Éste es el regalo de huéspedes que yo reclamo de vuestro amor, el que me habléis de mis hijos. Yo soy rico para esto, yo me he vuelto pobre para esto: qué no he dado,

qué no daría por tener una sola cosa: ¡esos hijos, ese vi­viente vivero, esos árboles de la vida de mi voluntad y de mi suprema esperanza!»

Así habló Zaratustra, y de repente se interrumpió en su dis­curso: pues lo acometió su anhelo, y cerró los ojos y la boca a causa del movimiento de su corazón. Y también todos sus huéspedes callaron y permanecieron silenciosos y consterna­dos: excepto el viejo adivino, que comenzó a hacer signos con manos y gestos.

La Cena

En este punto, en efecto, el adivino interrumpió el saludo entre Zaratustra y sus huéspedes: se adelantó como alguien que no tiene tiempo que perder, cogió la mano de Zaratustra y exclamó: «¡Pero Zaratustra!

Una cosa es más necesaria que la otra, así dices tú mis­mo: bien, una cosa es ahora para mí más necesaria que to­das las otras.

Una palabra a tiempo: ¿no me has invitado a comer? Y aquí hay muchos que han recorrido largos caminos. ¿No querrás alimentarnos con discursos?

También os habéis referido todos vosotros, demasiado a mi parecer, al congelarse, ahogarse, asfixiarse y otras calami­dades del cuerpo: pero nadie se ha acordado de mi calamidad, a saber: la de estar hambriento »

(Así habló el adivino; y cuando los animales de Zaratustra oyeron tales palabras se fueron de allí corriendo, asustados. Pues veían que ni siquiera lo que ellos habían traído durante el día sería suficiente para llenar el estómago de aquel solo adivino.)

«Incluyendo también el estar sediento, prosiguió el adivino. Y aunque oigo ya al agua chapotear aquí, semejante a discur­sos de la sabiduría, es decir, abundante e incansable: yo ¡quiero vino!

No todos son, como Zaratustra, bebedores natos de agua. Además, el agua no les conviene a los cansados y mustios: a nosotros nos corresponde el vino, ¡sólo él proporciona cura­ción instantánea y salud repentina!»

En este punto, cuando el adivino pedía vino, ocurrió que también el rey de la izquierda, el taciturno, tomó a su vez la palabra. «Del vino, dijo, nos hemos preocupado nosotros, yo y mi hermano el rey de la derecha: tenemos vino suficiente, todo un asno cargado. Así, pues, no falta más que pan».

«¿Pan?, replicó Zaratustra y se rió. Justamente pan es lo que no tienen los eremitas. Pero el hombre no vive sólo de pan, sino también de la carne de buenos corderos, y yo ten­go dos.

A éstos debemos descuartizarlos enseguida y preparar­los con especias, con salvia: así es como a mí me gustan. Y tampoco faltan raíces y frutos, suficientemente buenos inclu­so para golosos y degustadores; ni nueces y otros enigmas para cascar.

Vamos, pues, a preparar rápidamente un buen festín. Quien quiera comer tiene que intervenir asimismo en la pre­paración, incluso los reyes. En casa de Zaratustra, en efecto, le es lícito ser cocinero incluso a un rey.»

Esta propuesta encontró la aprobación de todos: sólo el mendigo voluntario se oponía a la carne y al vino y a las espe­cias.

«¡Pero oíd a este comilón de Zaratustra!, decía bromeando: ¿acude la gente a las cavernas y a las altas montañas para ha­cer tales comidas?

Ahora entiendo, ciertamente, lo que él nos enseñó en otro tiempo: ¡Alabada sea la pequeña pobreza! Y por qué quie­re suprimir a los mendigos».

«Procura estar de buen humor, le respondió Zaratustra, como lo estoy yo. Permanece fiel a tu costumbre, hombre ex­celente, muele tu grano, bebe tu agua, alaba tu cocina: ¡si ésta es la que te pone alegre!

Yo soy una ley únicamente para los míos, no soy una ley para todos. Mas quien me pertenece tiene que tener huesos fuertes y también pies ligeros,

deben gustarle las guerras y las fiestas, no ser un hombre sombrío, ni un soñador, debe estar dispuesto a lo más difícil como a una fiesta suya, hallarse sano y salvo.

Lo mejor pertenece a los míos y a mí; y si no nos lo dan, lo tomamos: ¡el mejor alimento, el cielo más puro, los pensa­mientos más fuertes, las mujeres más hermosas!»

Así habló Zaratustra; mas el rey de la derecha replicó: «¡Qué raro! ¿Se han escuchado alguna vez tales cosas inteli­gentes de boca de un sabio?

Y, en verdad, lo más raro en un sabio es que, además, hable con inteligencia y no sea un asno».

Así habló el rey de la derecha, y se extrañó; pero el asno, con malvada voluntad, dijo I-A a su discurso. Éste fue el comien­zo de aquel largo festín que en los libros de historia se llama «la Cena». Durante ella no se habló de otra cosa que del hom­bre superior.

Del hombre superior

1

Cuando por primera vez fui a los hombres cometí la tontería propia de los eremitas, la gran tontería: me instalé en el mer­cado.

Y cuando hablaba a todos no hablaba a nadie. Y por la noche tuve como compañeros a volatineros y cadáveres; y yo mismo era casi un cadáver.

Mas a la mañana siguiente llegó a mí una nueva verdad: en­tonces aprendí a decir «¡Qué me importan el mercado y la plebe y el ruido de la plebe y las largas orejas de la plebe!»

Vosotros hombres superiores, aprended esto de mí: en el mercado nadie cree en hombres superiores. Y si queréis ha­blar allí, ¡bien! Pero la plebe dirá parpadeando «todos somos iguales».

«Vosotros hombres superiores, así dice la plebe parpa­deando no existen hombres superiores, todos somos igua­les, el hombre no es más que hombre, ¡ante Dios todos so­mos iguales!»

¡Ante Dios! Mas ahora ese Dios ha muerto. Y ante la ple­be nosotros no queremos ser iguales. ¡Vosotros hombres su­periores, marchaos del mercado!

2

¡Ante Dios! ¡Mas ahora ese Dios ha muerto! Vosotros hom­bres superiores, ese Dios era vuestro máximo peligro.

Sólo desde que él yace en la tumba habéis vuelto vosotros a resucitar. Sólo ahora llega el gran mediodía, sólo ahora se convierte el hombre superior ¡en señor!

¿Habéis entendido esta palabra, oh hermanos míos? Estáis asustados: ¿sienten vértigo vuestros corazones? ¿Veis abrirse aquí para vosotros el abismo? ¿Os ladra aquí el perro infernal?

¡Bien! ¡Adelante! ¡Vosotros hombres superiores! Ahora es cuando gira la montaña del futuro humano. Dios ha muerto: ahora nosotros queremos que viva el superhom­bre.

3

Los más preocupados preguntan hoy: «¿Cómo se conserva el hombre?» Pero Zaratustra pregunta, siendo el único y el pri­mero en hacerlo: «¿Cómo se supera al hombre?»

El superhombre es lo que yo amo, él es para mí lo primero y lo único, y no el hombre: no el prójimo, no el más pobre, no el que más sufre, no el mejor

Oh hermanos míos, lo que yo puedo amar en el hombre es que es un tránsito y un ocaso. Y también en vosotros hay muchas cosas que me hacen amar y tener esperanzas.

Vosotros habéis despreciado, hombres superiores, esto me hace tener esperanzas. Pues los grandes despreciadores son los grandes veneradores.

En el hecho de que hayáis desesperado hay mucho que honrar. Porque no habéis aprendido cómo resignaros, no ha­béis aprendido las pequeñas corduras.

Hoy, en efecto, las gentes pequeñas se han convertido en los señores: todas ellas predican resignación y modestia y cordu­ra y laboriosidad y miramientos y el largo etcétera de las pe­queñas virtudes.

Lo que es de especie femenina, lo que procede de especie servil y, en especial, la mezcolanza plebeya: eso quiere ahora enseñorearse de todo destino del hombre ¡oh náusea!, ¡náu­sea!, ¡náusea!

Eso pregunta y pregunta y no se cansa: «¿Cómo se conser­va el hombre, del modo mejor, más prolongado, más agrada­ble?» Con esto ellos son los señores de hoy.

Superadme a estos señores de hoy, oh hermanos míos, a estas gentes pequeñas: ¡ellas son el máximo peligro del super­hombre!

¡Superadme, hombres superiores, las pequeñas virtudes, las pequeñas corduras, los miramientos minúsculos, el bu­llicio de hormigas, el mísero bienestar, la «felicidad de los más»-!

Y antes desesperar que resignarse. Y, en verdad, yo os amo porque no sabéis vivir hoy, ¡vosotros hombres superiores! Ya que así es como vosotros vivís ¡del modo mejor!

4

¿Tenéis valor, oh hermanos míos? ¿Sois gente de corazón? ¿No valor ante testigos, sino el valor del eremita y del águila, del cual no es ya espectador ningún Dios?

A las almas frías, a las acémilas, a los ciegos, a los borra­chos, a ésos yo no los llamo gente de corazón. Corazón tiene el que conoce el miedo, pero domeña el miedo, el que ve el abismo, pero con orgullo.

El que ve el abismo, pero con ojos de águila, el que aferra el abismo con garras de águila: ése tiene valor.

5

«El hombre es malvado» así me dijeron, para consolarme, los más sabios. ¡Ay, si eso fuera hoy verdad! Pues el mal es la mejor fuerza del hombre.

«El hombre tiene que mejorar y que empeorar» esto es lo que yo enseño. Lo peor es necesario para lo mejor del super­hombre.

Para aquel predicador de las pequeñas gentes acaso fuera bueno que él sufriese y padeciese por el pecado del hombre. Pero yo me alegro del gran pecado como de mi gran consuelo.

Esto no está dicho, sin embargo, para orejas largas. No toda palabra conviene tampoco a todo hocico. Éstas son cosas delicadas y remotas: ¡hacia ellas no deben alargarse pezuñas de ovejas!

6

Vosotros hombres superiores, ¿creéis acaso que yo estoy aquí para arreglar lo que vosotros habéis estropeado?

¿O que quiero prepararos para lo sucesivo un lecho más cómodo a vosotros los que sufrís? ¿O mostraros senderos nuevos y más fáciles a vosotros los errantes, extraviados, per­didos en vuestras escaladas?

¡No! ¡No! ¡Tres veces no! Deben perecer cada vez más, cada vez mejores de vuestra especie, pues vosotros debéis tener una vida siempre peor y más dura. Sólo así

sólo así crece el hombre hasta aquella altura en que el rayo cae sobre él y lo hace pedazos: ¡suficientemente alto para el rayo!

Hacia lo poco, hacia lo prolongado, hacia lo lejano tienden mi mente y mi anhelo: ¡qué podría importarme vuestra mu­cha, corta, pequeña miseria!

¡Para mí no sufrís aún bastante! Pues sufrís por vosotros, no habéis sufrido aún por el hombre. ¡Mentiríais si dijeseis otra cosa! Ninguno de vosotros sufre por aquello por lo que yo he sufrido.

7

No me basta con que el rayo ya no cause daño. Yo no quiero desviarlo: debe aprender a trabajar para mí.

Hace ya mucho tiempo que mi sabiduría se acumula como una nube, se vuelve más silenciosa y oscura. Así hace toda sa­biduría que alguna vez debe parir rayos.

Para estos hombres de hoy no quiero yo ser luz ni llamar­me luz. A éstos quiero cegarlos: ¡rayo de mi sabiduría! ¡Sáca­les los ojos!

8

No queráis nada por encima de vuestra capacidad: hay una fal­sedad perversa en quienes quieren por encima de su capacidad. ¡Especialmente cuando quieren cosas grandes! Pues des­piertan desconfianza contra las cosas grandes, esos refinados falsarios y comediantes:

hasta que finalmente son falsos ante sí mismos, gente de ojos bizcos, madera carcomida y blanqueada, cubiertos con un manto de palabras fuertes, de virtudes aparatosas, de obras falsas y relumbrantes.

¡Tened en esto mucha cautela, vosotros hombres superio­res! Pues nada me parece hoy más precioso y raro que la ho­nestidad.

Este hoy, ¿no es de la plebe? Mas la plebe no sabe lo que es grande, lo que es pequeño, lo que es recto y honesto: ella es inocentemente torcida, ella miente siempre.

9

Tened hoy una sana desconfianza, ¡vosotros hombres superio­res, hombres valientes! ¡Hombres de corazón abierto! ¡Y mantened secretas vuestras razones! Pues este hoy es de la plebe.

Lo que la plebe aprendió en otro tiempo a creer sin razones, ¿quién podría destruírselo mediante razones?

Y en el mercado se convence con gestos. Las razones, en cambio, vuelven desconfiada a la plebe.

Y si alguna vez la verdad venció allí, preguntaos con sana desconfianza: «¿Qué fuerte error ha luchado por ella?»

¡Guardaos también de los doctos! Os odian: ¡pues ellos son estériles! Tienen ojos fríos y secos, ante ellos todo pájaro yace desplumado.

Ellos se jactan de no mentir, mas incapacidad para la men­tira no es ya, ni de lejos, amor a la verdad. ¡Estad en guardia!

¡Falta de fiebre no es ya, ni de lejos, conocimiento! A los es­píritus resfriados yo no les creo. Quien no puede mentir no sabe qué es la verdad.

10

Si queréis subir a lo alto, ¡emplead vuestras propias piernas! ¡No dejéis que os lleven hasta arriba, no os sentéis sobre espal­das y cabezas de otros!

¿Tú has montado a caballo? ¿Y ahora cabalgas velozmente hacia tu meta? ¡Bien, amigo mío! ¡Pero también tu pie tullido va montado sobre el caballo!

Cuando estés en la meta, cuando saltes de tu caballo: preci­samente en tu altura, hombre superior ¡darás un traspié!

11

¡Vosotros creadores, vosotros hombres superiores! No se está grávido más que del propio hijo.

¡No os dejéis persuadir, adoctrinar! ¿Quién es vuestro pró­jimo? Y aunque obréis «por el prójimo», ¡no creéis, sin em­bargo, por él!

Olvidadme ese «por», creadores: precisamente vuestra vir­tud quiere que no hagáis ninguna cosa «por» y «a causa de» y «porque». A estas pequeñas palabras falsas debéis cerrar vuestros oídos.

El «por el prójimo» es la virtud tan sólo de las gentes peque­ñas: entre ellas se dice «tal para cual» y «una mano lava la otra»: ¡no tienen ni derecho ni fuerza de exigir vuestro egoísmo!

¡En vuestro egoísmo, creadores, hay la cautela y la previsión de la embarazada! Lo que nadie ha visto aún con sus ojos, el fru­to: eso es lo que vuestro amor entero protege y cuida y alimenta.

¡Allí donde está todo vuestro amor, en vuestro hijo, allí está también toda vuestra virtud! Vuestra obra, vuestra vo­luntad es vuestro «prójimo»: ¡no os dejéis inducir a admitir falsos valores!

12

¡Vosotros creadores, vosotros hombres superiores! Quien tiene que dar a luz está enfermo; y quien ha dado a luz está impuro.

Preguntad a las mujeres: no se da a luz porque ello divierta. El dolor hace cacarear a las gallinas y a los poetas.

Vosotros creadores, en vosotros hay muchas cosas impuras. Esto se debe a que tuvisteis que ser madres.

Un nuevo hijo: ¡oh, cuánta nueva suciedad ha venido tam­bién con él al mundo! ¡Apartaos! ¡Y quien ha dado a luz debe lavarse el alma hasta limpiarla!

13

¡No seáis virtuosos por encima de vuestras fuerzas! ¡Y no queráis de vosotros nada que vaya contra la verosimilitud!

¡Caminad por las sendas por las que ya caminó la virtud de vuestros padres! ¿Cómo querríais subir alto si no sube con vosotros la voluntad de vuestros padres?

¡Mas quien quiera ser el primero vea de no convertirse también en el último! ¡Y allí donde están los vicios de vues­tros padres no debéis querer pasar vosotros por santos!

Si los padres de alguien fueron aficionados a las mujeres y a los vinos fuertes y a la carne de jabalí: ¿qué ocurriría si ese alguien pretendiese de sí la castidad?

¡Una necedad sería eso! Mucho, en verdad, me parece para ése el que se contente con ser marido de una o de dos o de tres mujeres.

Y si fundase conventos y escribiese encima de la puerta: «el camino hacia la santidad», yo diría: ¡para qué!, ¡eso es una nueva necedad!

Ha fundado para sí mismo un correccional y un asilo: ¡buen provecho! Pero yo no creo en eso.

En la soledad crece lo que uno ha llevado a ella, también el animal interior. Por ello resulta desaconsejable para mu­chos la soledad.

¿Ha habido hasta ahora en la tierra algo más sucio que los santos del desierto? En torno a ellos no andaba suelto tan sólo el demonio, sino también el cerdo.

14

Tímidos, avergonzados, torpes, como un tigre al que le ha sa­lido mal el salto: así, hombres superiores, os he visto a menu­do apartaros furtivamente a un lado. Os había salido mal una tirada de dados.

Pero vosotros, jugadores de dados, ¡qué importa eso! ¡No habíais aprendido a jugar y a hacer burlas como se debe! ¿No es­tamos siempre sentados a una gran mesa de burlas y de juegos?

Y aunque se os hayan malogrado grandes cosas, ¿es que por ello vosotros mismos os habéis malogrado? Y aunque vosotros mismos os hayáis malogrado, ¿se malogró por ello el hombre? Y si el hombre se malogró: ¡bien!, ¡adelante!

15

Cuanto más elevada es la especie de una cosa, tanto más rara­mente se logra ésta. Vosotros hombres superiores, ¿no sois todos vosotros malogrados?

¡Tened valor, qué importa! ¡Cuántas cosas son aún posibles! ¡Aprended a reíros de vosotros mismos como hay que reír! ¡Por qué extrañarse, por lo demás, de que os hayáis malo­grado y os hayáis logrado a medias, vosotros semidespedaza­dos! ¿Es que no se agolpa y empuja en vosotros el futuro del hombre?

Lo más remoto, profundo, estelarmente alto del hombre, su fuerza inmensa: ¿no hierve todo eso, chocando lo uno con lo otro, en vuestro puchero?

¡Por qué extrañarse de que más de un puchero se rompa! ¡Aprended a reíros de vosotros mismos como hay que reír! Vo­sotros hombres superiores, ¡oh, cuántas cosas son aún posibles!

Y, en verdad, ¡cuántas cosas se han logrado ya! ¡Qué abun­dante es esta tierra en pequeñas cosas buenas y perfectas, en cosas bien logradas!

¡Colocad pequeñas cosas buenas y perfectas a vuestro alre­dedor, hombres superiores! Su áurea madurez sana el cora­zón. Lo perfecto enseña a tener esperanzas.

16

¿Cuál ha sido hasta ahora en la tierra el pecado más grande? ¿No lo ha sido la palabra de quien dijo: «¡Ay de aquellos que ríen aquí!»?

¿Es que él no encontró en la tierra motivos para reír? Lo que ocurrió es que buscó mal. Incluso un niño encuentra aquí motivos.

Él no amaba bastante: ¡de lo contrario nos habría amado también a nosotros los que reímos! Pero nos odió y nos insul­tó, nos prometió llanto y rechinar de dientes.

¿Es que hay que maldecir cuando no se ama? Esto me pa­rece un mal gusto. Pero así es como actuó aquel incondicional. Procedía de la plebe.

Y él mismo no amó bastante: de lo contrario se habría eno­jado menos porque no se lo amase. Todo gran amor no quie­re amor: quiere más.

¡Evitad a todos los incondicionales de esa especie ! Es una pobre especie enferma, una especie plebeya: contemplan ma­lignamente esta vida, tienen mal de ojo para esta tierra.

¡Evitad a todos los incondicionales de esa especie! Tienen pies y corazones pesados: no saben bailar. ¡Cómo iba a ser ligera la tierra para ellos!.

17

Por caminos torcidos se aproximan todas las cosas buenas a su meta. Semejantes a los gatos, ellas arquean el lomo, ronro­nean interiormente ante su felicidad cercana, todas las cosas buenas ríen.

El modo de andar revela si alguien camina ya por su propia senda: ¡por ello, vedme andar a mí! Mas quien se aproxima a su meta, ése baila.

Y, en verdad, yo no me he convertido en una estatua, ni es­toy ahí plantado, rígido, insensible, pétreo, cual una columna: me gusta correr velozmente.

Y aunque en la tierra hay también cieno y densa tribula­ción: quien tiene pies ligeros corre incluso por encima del fango y baila sobre él como sobre hielo pulido.

Levantad vuestros corazones, hermanos míos, ¡arriba!, ¡más arriba! ¡Y no me olvidéis tampoco las piernas! Levantad también vuestras piernas, vosotros buenos bailarines y aún mejor: ¡sosteneos incluso sobre la cabeza!

18

Esta corona del que ríe, esta corona de rosas, yo mismo me he puesto sobre mi cabeza esta corona, yo mismo he santifica­do mis risas. A ningún otro he encontrado suficientemente fuerte hoy para hacer esto.

Zaratustra el bailarín, Zaratustra el ligero, el que hace señas con las alas, uno dispuesto a volar, haciendo señas a todos los pájaros, preparado y listo, bienaventurado en su ligereza:

Zaratustra el que dice verdad, Zaratustra el que ríe ver­dad, no un impaciente, no un incondicional, sí uno que ama los saltos y las piruetas; ¡yo mismo me he puesto esa co­rona sobre mi cabeza!

19

Levantad vuestros corazones, hermanos míos, ¡arriba!, ¡más arriba!, ¡y no me olvidéis tampoco las piernas! Levantad tam­bién vuestras piernas, vosotros buenos bailarines, y aún me­jor: ¡sosteneos incluso sobre la cabeza!

También en la felicidad hay animales pesados, hay coji­trancos de nacimiento. Extrañamente se afanan, como un elefante que se esforzase en sostenerse sobre la cabeza.

Pero es mejor estar loco de felicidad que estarlo de infelici­dad, es mejor bailar torpemente que caminar cojeando. Aprended, pues, de mí mi sabiduría: incluso la peor de las co­sas tiene dos reversos buenos,

-incluso la peor de las cosas tiene buenas piernas para bai­lar: ¡aprended, pues, de mí, hombres superiores, a teneros so­bre vuestras piernas derechas!

¡Olvidad, pues, el poner cara de atribulados y toda tristeza plebeya! ¡Oh, qué tristes me parecen hoy incluso los payasos de la plebe! Pero este hoy es de la plebe.

20

Haced como el viento cuando se precipita desde sus cavernas de la montaña: quiere bailar al son de su propio silbar, los ma­res tiemblan y dan saltos bajo sus pasos.

El que proporciona alas a los asnos, el que ordeña a las leo­nas, ¡bendito sea ese buen espíritu indómito, que viene cual viento tempestuoso para todo hoy y toda plebe,

que es enemigo de las cabezas espinosas y cavilosas, y de todas las mustias hojas y yerbajos: alabado sea ese salvaje, bueno, libre espíritu de tempestad, que baila sobre las ciéna­gas y las tribulaciones como si fueran prados!

El que odia los tísicos perros plebeyos y toda cría sombría y malograda: ¡bendito sea ese espíritu de todos los espíritus li­bres, la tormenta que ríe, que sopla polvo a los ojos de todos los pesimistas, purulentos!

Vosotros hombres superiores, esto es lo peor de vosotros: ninguno habéis aprendido a bailar como hay que bailar ¡a bailar por encima de vosotros mismos! ¡Qué importa que os hayáis malogrado!

¡Cuántas cosas son posibles aún! ¡Aprended, pues, a reíros de vosotros sin preocuparos de vosotros! Levantad vuestros corazones, vosotros buenos bailarines, ¡arriba!, ¡más arriba! ¡Y no me olvidéis tampoco el buen reír!

Esta corona del que ríe, esta corona de rosas: ¡a vosotros, hermanos míos, os arrojo esta corona! Yo he santificado el reír; vosotros hombres superiores, aprendedme ¡a reír!

La canción de la melancolía

1

Mientras Zaratustra pronunciaba estos discursos se encon­traba cerca de la entrada de su caverna; y al decir las últimas palabras se escabulló de sus huéspedes y huyó por breve espa­cio de tiempo al aire libre.

«¡Oh puros aromas en torno a mí, exclamó, oh bienaventu­rado silencio en torno a mí! Mas ¿dónde están mis animales? ¡Acercaos, acercaos, águila mía y serpiente mía!

Decidme, animales míos: esos hombres superiores, todos ellos ¿es que acaso no huelen bien? ¡Oh puros aromas en torno a mí! Sólo ahora sé y siento cuánto os amo, animales míos.»

-Y Zaratustra repitió: «¡Yo os amo, animales míos!» El águila y la serpiente se arrimaron a él cuando dijo estas pala­bras, y levantaron hacia él su mirada. De este modo estuvie­ron juntos los tres en silencio, y olfatearon y saborearon jun­tos el aire puro. Pues el aire era allí fuera mejor que junto a los hombres superiores.

2

Mas apenas había abandonado Zaratustra su caverna cuando el viejo mago se levantó, miró sagazmente a su alrededor y dijo: «¡Ha salido!

Y ya, hombres superiores permitidme cosquillearos con este nombre de alabanza y de lisonja, como él mismo ya me acomete mi perverso espíritu de engaño y de magia, mi demo­nio melancólico,

el cual es un adversario a fondo de este Zaratustra: ¡perdonadle! Ahora quiere mostrar su magia ante vosotros, justo en este instante tiene su hora; en vano lucho con este es­píritu malvado.

A todos vosotros, cualesquiera sean los honores que os atribuyáis con palabras, ya os llaméis “los espíritus libres” o “los veraces”, o “los penitentes del espíritu”, o “los liberados de las cadenas”, o “los hombres del gran anhelo”,

a todos vosotros que sufrís de la gran náusea como yo, a quienes el viejo Dios se les ha muerto sin que todavía ningún nuevo Dios yazga en la cuna entre pañales, a todos voso­tros os es propicio mi espíritu y mi demonio-mago.

Yo os conozco a vosotros, hombres superiores, yo lo co­nozco a él, yo conozco también a ese espíritu maligno, al cual amo a mi pesar, a ese Zaratustra: él mismo me parece, con mucha frecuencia, semejante a la bella máscara de un santo,

semejante a una nueva y extraña máscara, en la que se complace mi espíritu malvado, el demonio melancólico: yo amo a Zaratustra, así me parece a menudo, a causa de mi es­píritu malvado.

Pero ya me acomete y me subyuga este espíritu de la melan­colía, este demonio del crepúsculo vespertino: y, en verdad, hombres superiores, se le antoja

¡abrid los ojos! se le antoja venir desnudo, si como hombre o como mujer, aún no lo sé: pero llega, me subyuga, ¡ay!, ¡abrid vuestros sentidos!

El día se extingue, para todas las cosas llega ahora el atar­decer, incluso para las cosas mejores; ¡oíd y ved, hombres su­periores, qué demonio es, ya hombre, ya mujer, este espíritu de la melancolía vespertina!»

Así habló el viejo mago, miró sagazmente a su alrededor y luego cogió su arpa.

3

Cuando el aire va perdiendo luminosidad,

Cuando ya el consuelo del rocío

Cae gota a gota sobre la tierra,

No visible, tampoco oído:

Pues delicado calzado lleva

El consolador rocío, como todos los suaves consoladores

Entonces tú te acuerdas, te acuerdas, ardiente corazón,

De cómo en otro tiempo tenías sed,

De cómo, achicharrado y cansado, tenías sed

De lágrimas celestes y gotas de rocío,

Mientras en los amarillos senderos de hierba

Miradas del sol vespertino malignamente

Corrían a tu alrededor a través de negros árboles,

Ardientes y cegadoras miradas del sol, contentas de causar daño.

«¿El pretendiente de la verdad? ¿Tú? así se burlaban ellas

No! ¡Sólo un poeta!

Un animal, un animal astuto, rapaz, furtivo,

Que tiene que mentir,

Que, sabiéndolo, queriéndolo, tiene que mentir:

Ávido de presa,

Enmascarado bajo muchos colores,

Para sí mismo máscara,

Para sí mismo presa ¿

Eso el pretendiente de la verdad?

¡No! ¡Sólo necio! ¡Sólo poeta!

Sólo alguien que pronuncia discursos abigarrados,

Que abigarradamente grita desde máscaras de necio,

Que anda dando vueltas por engañosos puentes de palabras.

Por multicolores arcos iris,

Entre falsos cielos

Y falsas tierras,

Vagando, flotando,

¡Sólo necio! ¡Sólo poeta!

¿Eso el pretendiente de la verdad?

No silencioso, rígido, liso, frío,

Convertido en imagen,

En columna de Dios,

No colocado delante de templos,

Como guardián de un Dios:

¡No! Hostil a tales estatuas de la verdad,

Más familiarizado con las selvas que con los templos,

Lleno de petulancia gatuna,

Saltando por toda ventana,

¡Sus!, a todo azar,

Olfateando todo bosque virgen,

Olfateando anhelante y deseoso

De correr pecadoramente sano, y policromo, y bello,

En selvas vírgenes,

Entre animales rapaces de abigarrado pelaje,

De correr robando, deslizándose, mintiendo,

Con belfos lascivos,

Bienaventuradamente burlón, bienaventuradamente infernal,

Bienaventuradamente sediento de sangre:

O, semejante al águila que largo tiempo,

Largo tiempo mira fijamente los abismos,

Sus abismos:

¡Oh, cómo éstos se enroscan hacia abajo,

Hacia abajo, hacia dentro,

Hacia profundidades cada vez más hondas!

¡Luego,

De repente, derechamente,

Con extasiado vuelo,

Lanzarse sobre corderos,

Caer de golpe, voraz,

Ávido de corderos

Enojado contra todas las almas de cordero,

Furiosamente enojado contra todo lo que tiene

Miradas de cordero, ojos de cordero, lana rizada,

Aspecto gris, corderil benevolencia de borrego!

Así,

De águila, de pantera

Son los anhelos del poeta,

Son tus anhelos bajo miles de máscaras,

¡Tú necio! ¡Tú poeta!

Tú que en el hombre has visto

Tanto un Dios como un cordero

Despedazar al Dios que hay en el hombre

Y despedazar al cordero que hay en el hombre,

Y reír al despedazar

¡Ésa, ésa es tu bienaventuranza!

¡Bienaventuranza de una pantera y de un águila!

¡Bienaventuranza de un poeta y de un necio!»

Cuando el aire va perdiendo luminosidad,

Cuando ya la hoz de la luna

Entre rojos purpúreos:

Hostil al día,

A cada paso secretamente

Segando inclinadas praderas de rosas,

Hasta que éstas caen,

Se hunden pálidas hacia la noche:

Así caí yo mismo en otro tiempo

Desde la demencia de mis verdades,

Desde mis anhelos del día,

Cansado del día, enfermo de luz,

Me hundí hacia abajo, hacia la noche, hacia la sombra:

Por una sola verdad

Abrasado y sediento:

¿Te acuerdas aún, te acuerdas, ardiente corazón,

De cómo entonces sentías sed?

Sea yo desterrado

De toda verdad,

¡Sólo necio!

¡Sólo poeta!

De la ciencia

Así cantó el mago; y todos los que se hallaban reunidos cayeron como pájaros, sin darse cuenta, en la red de su astuta y melancólica voluptuosidad. Sólo el concienzudo del espíri­tu no había quedado preso en ella: él le arrebató aprisa el arpa al mago y exclamó: «¡Aire! ¡Dejad entrar aire puro! ¡Haced entrar a Zaratustra! ¡Tú vuelves sofocante y venenosa esta ca­verna, tú, perverso mago viejo!

Con tu seducción llevas, falso, refinado, a deseos y selvas desconocidos. ¡Y ay cuando gentes como tú hablan de la ver­dad y la encarecen!

¡Ay de todos los espíritus libres que no se hallan en guardia contra tales magos! Perdida está su libertad: tú enseñas e in­duces a volver a prisiones,

tú viejo demonio melancólico, en tu lamento resuena un atractivo reclamo, ¡te pareces a aquellos que con su alabanza de la castidad invitan secretamente a entregarse a voluptuosi­dades! »

Así habló el concienzudo; y el viejo mago miró a su alrede­dor, disfrutó de su victoria y se tragó, en razón de ella, el disgus­to que el concienzudo le causaba. «¡Cállate!, dijo con voz mo­desta, las buenas canciones quieren tener buenos ecos; después de canciones buenas se debe callar durante largo tiempo.

Así hacen todos éstos, los hombres superiores. Mas sin duda tú has entendido poco de mi canción. Hay en ti poco de espíritu de magia.»

«Me alabas, replicó el escrupuloso, al segregarme de ti, ¡bien! Pero vosotros, ¿qué veo? Todos vosotros seguís ahí sen­tados con ojos lascivos

Vosotros, almas libres, ¡dónde ha ido a parar vuestra liber­tad! Casi os asemejáis, me parece, a aquellos que han contem­plado durante largo tiempo a muchachas perversas bailar desnudas: ¡también vuestras almas bailan!

En vosotros, hombres superiores, tiene que haber más que en mí de eso que el mago llama su malvado espíritu de magia y de engaño: sin duda tenemos que ser distintos.

Y, en verdad, juntos hemos hablado y pensado bastante, antes de que Zaratustra volviese a su caverna, como para que yo no supiese: nosotros somos distintos.

Buscamos también cosas distintas aquí arriba, vosotros y yo. Yo busco, en efecto, más seguridad, por ello he venido a Zaratustra. Él es aún, en efecto, la torre y la voluntad más firme

hoy, cuando todo vacila, cuando la tierra entera tiembla. Pero vosotros, cuando miro los ojos que ponéis, casi me pare­ce que lo que buscáis es más inseguridad,

más horrores, más peligro, más terremotos. Vosotros apetecéis, casi me lo parece, perdonad mi presunción, voso­tros hombres superiores

vosotros apetecéis la peor y más peligrosa de las vidas, la cual es la que más temo yo, la vida de animales salvajes, vosotros apetecéis bosques, cavernas, montañas abruptas y abismos laberínticos.

Y no los guías que sacan del peligro son los que más os agradan, sino los que sacan fuera de todos los caminos, los seductores. Pero si tales apetencias son reales en vosotros, tam­bién me parecen, a pesar de ello, imposibles.

El miedo, en efecto, ése es el sentimiento básico y heredi­tario del hombre; por el miedo se explican todas las cosas, el pecado original y la virtud original. Del miedo brotó también mi virtud, la cual se llama: ciencia.

El miedo, en efecto, a los animales salvajes fue lo que du­rante más largo tiempo se inculcó al hombre, y asimismo al animal que el hombre oculta y teme dentro de sí mismo: Za­ratustra llama a éste “el animal interior”,

Ese prolongado y viejo miedo, finalmente refinado, espiri­tualizado, intelectualizado: hoy, me parece, llámase: cien­cia.»

Así habló el concienzudo; mas Zaratustra, que justo en ese momento volvía a su caverna y había oído y adivinado las últi­mas palabras, arrojó al concienzudo un puñado de rosas y se rió de sus «verdades». «¡Cómo!, exclamó, ¿qué acabo de oír? En verdad, me parece que tú eres un necio o que lo soy yo mismo: y tu verdad voy a ponerla inmediatamente cabeza abajo.

El miedo, en efecto, es nuestra excepción. Pero el valor y la aventura y el gusto por lo incierto, por lo no osado, el va­lor me parece ser la entera prehistoria del hombre.

A los animales más salvajes y valerosos el hombre les ha envidiado y arrebatado todas sus virtudes: sólo así se convir­tió en hombre.

Ese valor, finalmente refinado, espiritualizado, intelectuali­zado, ese valor humano con alas de águila y astucia de ser­piente: ése, me parece, llámase hoy »

«¡Zaratustra!», gritaron como con una sola boca todos los que se hallaban sentados juntos, y lanzaron una gran carcaja­da; y de ellos se levantó como una pesada nube. También el mago rió y dijo con tono astuto: «¡Bien! ¡Se ha ido, mi espíri­tu malvado!

¿Y no os puse yo mismo en guardia contra él al decir que es un embustero, un espíritu de mentira y de engaño?

Especialmente, en efecto, cuando se muestra desnudo. ¡Mas qué puedo yo contra sus perfidias! ¿He creado yo a él y al mun­do?

¡Bien! ¡Seamos otra vez buenos y tengamos buen humor! Y aunque Zaratustra mire con malos ojos ¡vedlo!, está enoja­do conmigo

-antes de que la noche llegue aprenderá de nuevo a amar­me y a alabarme, pues no puede vivir mucho tiempo sin co­meter tales tonterías.

Él ama a sus enemigos; de ese arte entiende mejor que ninguno de los que yo he visto. Pero de ello se venga ¡en sus amigos!»

Así habló el viejo mago, y los hombres superiores le aplau­dieron: de modo que Zaratustra dio una vuelta y fue estre­chando, con maldad y amor, la mano a sus amigos, como uno que tiene que reparar algo y excusarse con todos. Y cuan­do, haciendo esto, llegó a la puerta de su caverna, he aquí que tuvo deseos de salir de nuevo al aire puro de fuera y a sus ani­males, y se escabulló fuera.

Entre hijas del desierto

1

«¡No te vayas!, dijo entonces el caminante que se llamaba a sí mismo la sombra de Zaratustra, quédate con nosotros, de lo contrario podría volver a acometernos la vieja y sorda tribu­lación.

Ya el viejo mago nos ha prodigado sus peores cosas, y mira, el buen papa piadoso tiene lágrimas en los ojos y ha vuelto a embarcarse totalmente en el mar de la melancolía.

Estos reyes, sin duda, siguen poniendo ante nosotros bue­na cara: ¡esto es lo que ellos, en efecto, mejor han aprendido hoy de todos nosotros! Mas si no tuvieran testigos, apuesto a que también en ellos recomenzaría el juego malvado

¡el juego malvado de las nubes errantes, de la húmeda melancolía, de los cielos cubiertos, de los soles robados, de los rugientes vientos de otoño!

el juego malvado de nuestro rugir y gritar pidiendo soco­rro: ¡quédate con nosotros, oh Zaratustra! ¡Aquí hay mucha miseria oculta que quiere hablar, mucho atardecer, mucha nube, mucho aire enrarecido!

Tú nos has alimentado con fuertes alimentos para hom­bres y con sentencias vigorosas: ¡no permitas que, para pos­tre, nos acometan de nuevo los espíritus blandos y femeninos!

¡Tú eres el único que vuelves fuerte y claro el aire a tu alre­dedor! ¿He encontrado yo nunca en la tierra un aire tan puro como junto a ti, en tu caverna?

Muchos países he visto, mi nariz ha aprendido a examinar y enjuiciar aires de muchas clases: ¡mas en tu casa es donde mis narices saborean su máximo placer!

A no ser que, a no ser que, ¡oh, perdóname un viejo re­cuerdo! Perdóname una vieja canción de sobremesa que compuse una vez hallándome entre hijas del desierto:

junto a las cuales, en efecto, había un aire igualmente puro, luminoso, oriental; ¡allí fue donde más alejado estuve yo de la nubosa, húmeda, melancólica Europa vieja!

Entonces amaba yo a tales muchachas de Oriente y otros azules reinos celestiales, sobre los que no penden nubes ni pensamientos.

No podréis creer de qué modo tan gracioso se estaban sen­tadas, cuando no bailaban, profundas, pero sin pensamientos, como pequeños misterios, como enigmas engalanados con cintas, como nueces de sobremesa

multicolores y extrañas, ¡en verdad!, pero sin nubes: enig­mas que se dejan adivinar: por amor a tales muchachas com­puse yo entonces un salmo de sobremesa.»

Así habló el viajero y sombra; y antes de que alguien le res­pondiese había tomado ya el arpa del viejo mago y cruzado las piernas; entonces miró, tranquilo y sabio, a su alrededor: y con las narices aspiró lenta e inquisitivamente el aire, como al­guien que en países nuevos gusta un aire nuevo y extraño. Lue­go comenzó a cantar con una especie de rugidos.

2

El desierto crece: ¡ay de aquel que dentro de sí cobija desier­tos!

¡Ah! ¡Qué solemne!

¡Qué efectivamente solemne!

¡Qué digno comienzo!

¡Qué áfricamente solemne!

Digno de un león

O de un moral mono aullador

Pero nada para vosotras,

Encantadoras amigas,

A cuyos pies por vez primera

A mí, a un europeo,

Entre palmeras

Se le concede sentarse. Sela.

¡Maravilloso, en verdad!

Ahora estoy aquí sentado,

Cerca del desierto y ya

Tan lejos otra vez de él,

Y tampoco en absoluto convertido en desierto todavía:

Sino engullido

Por este pequeñísimo oasis -:

Hace un instante abrió con un bostezo

Su amable hocico,

El más perfumado de todos los hociquitos:

¡Yyo caí dentro de él,

Hacia abajo, a través entre vosotras,

Encantadoras amigas! Sela.

¡Gloria, gloria a aquella ballena si a su huésped

Tan bien trató! ¿entendéis

Mi docta alusión?

Gloria a su vientre

Si fue así

Un vientre-oasis tan agradable

Como éste: cosa que, sin embargo, dudo,

Pues yo vengo de Europa,

La cual es más incrédula que todas

Las esposas algo viejas.

¡Quiera Dios mejorarla!

¡Amén!

Ahora estoy aquí sentado,

En este pequeñísimo oasis,

Semejante a un dátil,

Moreno, lleno de dulzura, chorreando oro, ávido

De una redonda boca de muchacha,

Y, aún más, de helados

Níveos cortantes incisivos dientes

De muchacha: por los que languidece

El corazón de todos los ardientes dátiles. Sela.

Semejante, demasiado semejante

A dichos frutos meridionales,

Estoy aquí tendido, mientras pequeños

Insectos alados

Me rodean danzando y jugando,

Y asimismo deseos y ocurrencias

Aún más pequeños,

Más locos, más malignos,

Rodeado por vosotras,

Mudas, llenas de presentimientos

Muchachas-gatos,

Dudú y Suleica,

-Circumesfingeado, para en una palabra

Amontonar muchos sentimientos:

(¡Dios me perdone

Este pecado de lengua!)

Aquí estoy yo sentado, olfateando el mejor aire de todos,

Aire de paraíso en verdad,

Ligero aire luminoso, estriado de oro,

Todo el aire puro que alguna vez

Cayó de la luna

¿Se debió esto al azar

U ocurrió por petulancia?

Como cuentan los viejos poetas.

Pero yo, escéptico, en duda

Lo pongo, pues vengo

De Europa,

La cual es más incrédula que todas

Las esposas algo viejas.

¡Quiera Dios mejorarla!

¡Amén!

Sorbiendo este aire bellísimo,

Hinchadas las narices como cálices,

Sin futuro, sin recuerdos,

Así estoy aquí sentado,

Encantadoras amigas,

Y contemplo cómo la palmera,

Igual que una bailarina,

Se arquea y pliega y las caderas mece,

¡Uno la imita si la contempla largo tiempo!

¿Igual que una bailarina, que, a mi parecer,

Durante largo tiempo ya, durante peligrosamente largo tiempo,

Siempre, siempre se sostuvo únicamente sobre una sola pierna?

¿Y que por ello olvidó, a mi parecer,

La otra pierna?

En vano, al menos, he buscado la alhaja gemela

Echada de menos

Es decir, la otra pierna

En la santa cercanía

De su encantadora, graciosa

Faldita de encajes, ondulante como un abanico.,

Sí, hermosas amigas,

Si del todo queréis creerme:

¡La ha perdido!

¡Ha desaparecido!

¡Desaparecido para siempre!

¡La otra pierna!

¡Oh, lástima de esa otra amable pierna!

¿Dónde estará y se lamentará abandonada?

¿La pierna solitaria?

¿Llena de miedo acaso a un

Feroz monstruo-león amarillo

De rubios rizos? O incluso ya

Roída, devorada

Lamentable, ¡ay', ¡ay! ¡Devorada! Sela.

¡Oh, no lloréis

Tiernos corazones!

¡No lloréis,

Corazones de dátil! ¡Senos de leche!

¡Corazones-saquitos

De regaliz!

¡No llores más,

Pálida Dudú!

¡Sé hombre, Suleica! ¡Ánimo! ¡Ánimo!

-¿O acaso vendría bien

Un tónico,

Un tónico para el corazón?

¿Una sentencia ungida?

¿Una exhortación solemne?

¡Ah! ¡Levántate, dignidad!

¡Dignidad de la virtud! ¡Dignidad del europeo!

¡Sopla, vuelve a soplar,

Fuelle de la virtud!

¡Ah!

¡Rugir una vez más aún,

Rugir moralmente!

¡Como león moral

Rugir ante las hijas del desierto!

¡Pues el aullido de la virtud,

Encantadoras muchachas,

Es, más que ninguna otra cosa,

El ardiente deseo, el hambre voraz del europeo!

De nuevo estoy en pie,

Como europeo,

¡No puede hacer otra cosa, Dios me ayude!

¡Amén!

El desierto crece: ¡ay de aquel que dentro de sí cobija desier­tos!

El despertar

1

Tras la canción del viajero y sombra la caverna se llenó de repen­te de ruidos y risas; y como los huéspedes reunidos hablaban to­dos a la vez, y tampoco el asno, animado por ello, continuó ca­llado, se apoderó de Zaratustra una pequeña aversión y una pe­queña burla contra sus visitantes: aunque al mismo tiempo se alegrase de su regocijo. Pues le parecía un signo de curación. Así, se escabulló afuera, al aire libre, y habló a sus animales.

«¿Dónde ha ido ahora su aflicción?, dijo, y ya se había reco­brado de su pequeño hastío, ¡junto a mí han olvidado, según me parece, el gritar pidiendo socorro!

si bien, por desgracia, todavía no el gritar.» Y Zaratustra se tapó los oídos, pues en aquel momento el I-A del asno se mezclaba extrañamente con los ruidos jubilosos de aquellos hombres superiores.

«Están alegres, comenzó de nuevo a hablar, y, ¿quién sabe?, tal vez lo estén a costa de quien los hospeda; y si han aprendido de mí a reír, no es, sin embargo, mi risa la que han aprendido.

¡Mas qué importa ello! Son gente vieja: se curan a su mane­ra, ríen a su manera; mis oídos han soportado ya cosas peores y no se enojaron.

Este día es una victoria: ¡ya cede, ya huye el espíritu de la pe­sadez, mi viejo archienemigo! ¡Qué bien quiere acabar este día que de modo tan malo y difícil comenzó!

Y quiere acabar. Ya llega el atardecer: ¡sobre el mar cabalga él, el buen jinete! ¡Cómo se mece, el bienaventurado, el que torna a casa, sobre la purpúrea silla de su caballo!

El cielo mira luminoso, el mundo yace profundo: ¡oh, todos vosotros, gente extraña que habéis venido a mí, merece la pena ciertamente vivir a mi lado!»

Así habló Zaratustra. Y de nuevo llegaron desde la caverna los gritos y risas de los hombres superiores: entonces él comen­zó de nuevo.

«Pican, mi cebo actúa, también de ellos se aleja su enemi­go, el espíritu de la pesadez. Ya aprenden a reírse de sí mismos: ¿oigo bien?

Mi alimento para hombres causa efecto, mi sentencia sa­brosa y fuerte: y, en verdad, ¡no los he alimentado con legum­bres flatulentas! Sino con alimento para guerreros, con ali­mento para conquistadores: nuevos apetitos he despertado.

Nuevas esperanzas hay en sus brazos y en sus piernas, su corazón se estira. Encuentran nuevas palabras, pronto su es­píritu respirará petulancia.

Tal alimento no es desde luego para niños, ni tampoco para viejecillas y jovencillas anhelantes. A éstas se les convencen las entrañas de otra manera; no soy yo su médico y maestro.

La náusea se retira de esos hombres superiores: ¡bien!, ésta es mi victoria. En mi reino se vuelven seguros, toda estúpida vergüenza huye, ellos se desahogan.

Desahogan su corazón, retornan a ellos las horas buenas, de nuevo se huelgan y rumian, se vuelven agradecidos.

Esto lo considero como el mejor de los signos: el que se vuelvan agradecidos. Dentro de poco inventarán fiestas y le­vantarán monumentos en recuerdo de sus viejas alegrías.

¡Son convalecientes!» Así habló Zaratustra alegremente a su corazón, y miraba a lo lejos; mas sus animales se arrimaron a él y honraron su felicidad y su silencios.

2

Mas de repente el oído de Zaratustra se asustó: en efecto, la caverna, que hasta entonces estuvo llena de ruidos y de risas, quedó súbitamente envuelta en un silencio de muerte; y su nariz olió un humo perfumado y un efluvio de incienso, como de piñas al arder.

«¿Qué ocurre? ¿Qué hacen?», se preguntó, y deslizóse a es­condidas hasta la entrada para poder observar, sin ser visto, a sus huéspedes. Pero, ¡maravilla sobre maravilla!, ¡qué cosas tuvo que ver entonces con sus propios ojos!

«¡Todos ellos se han vuelto otra vez piadosos, rezan, están locos!» dijo, en el colmo del asombro. Y, ¡en verdad!, todos aquellos hombres superiores, los dos reyes, el papa jubilado, el mago perverso, el mendigo voluntario, el caminante y som­bra, el viejo adivino, el concienzudo del espíritu y el más feo de los hombres: todos ellos estaban arrodillados, como niños y como viejecillas crédulas, y adoraban al asno. Y justo en aquel momento el más feo de los hombres comenzaba a gor­gotear y a resoplar, como si de él quisiera salir algo inexpresa­ble; y cuando realmente consiguió hablar, he aquí que se trataba de una piadosa y extraña letanía en loor del asno ado­rado e incensado. Y esta letanía sonaba así:

¡Amén! ¡Y alabanza y honor y sabiduría y gratitud y gloria y fortaleza a nuestro Dios ponlos siglos de los siglos!

Y el asno rebuznó I-A

Él lleva nuestra carga, él tomó figura de siervo, él es pa­ciente de corazón y no dice nunca no; y quien ama a su Dios, lo castiga.

Y el asno rebuznó I-A.

Él no habla: excepto para decir siempre sí al mundo que él creó: así alaba a su mundo. Su astucia es la que no habla: de este modo rara vez se equivoca.

Y el asno rebuznó I-A.

Camina por el mundo sin ser notado. Gris es el color de su cuerpo, en ese color oculta su virtud. Si tiene espíritu, lo es­conde; pero todos creen en sus largas orejas.

Y el asno rebuznó I-A.

¡Qué oculta sabiduría es ésta, tener orejas largas y decir únicamente sí y nunca no! ¿No ha creado el mundo a su ima­gen, es decir, lo más estúpido posible?

Y el asno rebuznó I-A.

Tú recorres caminos derechos y torcidos; te preocupas poco de lo que nos parece derecho o torcido a nosotros los hombres. Más allá del bien y del mal está tu reino. Tu inocen­cia está en no saber lo que es inocencia.

Y el asno rebuznó I-A.

Mira cómo tú no rechazas a nadie de tu lado, ni a los men­digos ni a los reyes. Los niños pequeños los dejas venir a ti y cuando los muchachos malvados te seducen, dices tú con toda sencillez I-A.

Y el asno rebuznó I-A.

Tú amas las asnas y los higos frescos, no eres un remilgado. Un cardo te cosquillea el corazón cuando sientes hambre. En esto está la sabiduría de un Dios.

-Y el asno rebuznó I-A.

La fiesta del asno

1

En este punto de la letanía no pudo Zaratustra seguir domi­nándose, gritó también él I-A, más fuerte que el propio asno, y se lanzó de un salto en medio de sus enloquecidos huéspe­des. «¿Qué es lo que estáis haciendo, hijos de hombres?, excla­mó mientras arrancaba del suelo a los que rezaban. Ay, si os contemplase alguien distinto de Zaratustra:

¡Todo el mundo juzgaría que vosotros, con vuestra nueva fe, sois los peores blasfemos o las más tontas de todas las vie­jecillas!

Y tú mismo, tú viejo papa, ¿cómo cuadra contigo el que adores de tal modo aquí a un asno como si fuese Dios?» «Oh Zaratustra, respondió el papa, perdóname, pero en asuntos de Dios yo soy más ilustrado que tú. Y ello es justo. ¡Es preferible adorar a Dios bajo esta forma que bajo ningu­na! Medita sobre esta sentencia, noble amigo: enseguida adi­vinarás que en tal sentencia se esconde sabiduría.

Aquel que dijo “Dios es espíritu” fue el que dio hasta ahora en la tierra el paso y el salto más grandes hacia la incredulidad: ¡no es fácil reparar el mal que esa frase ha hecho en la tierra!

Mi viejo corazón salta y retoza al ver que en la tierra hay to­davía algo que adorar. ¡Perdónale esto, oh Zaratustra, a un viejo y piadoso corazón de papa!»

«Y tú, dijo Zaratustra al caminante y sombra. ¿Tú te de­nominas y te crees un espíritu libre? ¿Y te entregas aquí a tales actos de idolatría y comedias de curas?

¡Peor, en verdad, te comportas tú aquí que con tus perver­sas muchachas morenas, tú perverso creyente nuevo!»

«Bastante mal, respondió el caminante y sombra, tienes ra­zón: ¡mas qué puedo hacer! El viejo Dios vive de nuevo, oh Zaratustra, digas lo que digas.

El más feo de los hombres es culpable de todo: él es quien ha vuelto a resucitarlo. Y aunque dice que en otro tiempo lo mató: la muerte no es nunca, entre los dioses, más que un pre­juicio».

«Y tú, dijo Zaratustra, tú perverso mago viejo, ¡qué has he­cho! ¿Quién va a creer en ti en lo sucesivo, en esta época libre, si tú crees en tales asnadas divinas?

Ha sido una estupidez lo que has hecho: ¡cómo has podido cometer, tú inteligente, tal estupidez!»

«Oh, Zaratustra, respondió el mago inteligente, tienes razón, ha sido una estupidez, y me ha costado bastante cara.»

«Y tú sobre todo, dijo Zaratustra al concienzudo del espí­ritu; ¡reflexiona un poco y ponte el dedo en la nariz! ¿No hay aquí nada que repugne a tu conciencia? ¿No es tu espíritu de­masiado puro para estas oraciones y para el tufo de estos her­manos de oración?»

«Algo hay en ello, respondió el concienzudo del espíritu y se puso el dedo en la nariz, algo hay en este espectáculo que incluso hace bien a mi conciencia.

Tal vez a mí no me sea lícito creer en Dios: pero lo cierto es que en esta figura es en la que Dios me parece máximamente creíble.

Dios debe ser eterno, según el testimonio de los más piado­sos: quien tanto tiempo tiene se toma tiempo. Del modo más lento y estúpido posible: de ese modo alguien así puede llegar muy lejos.

Y quien tiene demasiado espíritu querría sin duda estar loco por la estupidez y la necedad mismas. ¡Reflexiona sobre ti mismo, oh Zaratustra!

Tú mismo ¡en verdad!, también tú podrías sin duda con­vertirte en asno a fuerza de riqueza y sabiduría.

¿No le gusta a un sabio perfecto caminar por los caminos más torcidos? La evidencia lo enseña, oh Zaratustra, ¡tu evi­dencias! »

«Y también tú, por fin, dijo Zaratustra y se volvió hacia el más feo de los hombres, el cual continuaba tendido en el sue­lo, elevando el brazo hacia el asno (le daba, en efecto, vino de beber). Di, inexpresable, ¡qué has hecho!

Me pareces transformado, tus ojos arden, el manto de lo su­blime rodea tu fealdad: ¿qué has hecho?

¿Es verdad lo que éstos dicen, que tú has vuelto a resuci­tarlo? ¿Y para qué? ¿No estaba muerto y liquidado con ra­zón?

Tú mismo me pareces resucitado: ¿qué has hecho?, ¿por qué tú te has dado la vuelta? ¿Por qué tú te has convertido? ¡Habla tú, el inexpresable!»

«Oh Zaratustra, respondió el más feo de los hombres, ¡eres un bribón!

Si él vive aún, o si vive de nuevo, o si está muerto del todo, ¿quién de nosotros dos lo sabe mejor? Te lo pregun­to.

Pero yo sé una cosa, de ti mismo la aprendí en otro tiempo, oh Zaratustra: quien más a fondo quiere matar, ríe.

“No con la cólera, sino con la risa se mata”- así dijiste tú en otro tiempo, Oh Zaratustra, tú el oculto, tú el aniquilador sin cólera, tú santo peligroso, ¡eres un bribón!»

2

Y entonces sucedió que Zaratustra, asombrado de tales res­puestas de bribones, dio un salto atrás hacia la puerta de su caverna, y, vuelto hacia todos sus huéspedes, gritó con fuerte voz:

«¡Oh vosotros todos, vosotros pícaros, payasos! ¡Por qué os desfiguráis y os escondéis delante de mí!

¡Cómo se os agitaba, sin embargo, el corazón a cada uno de vosotros de placer y de maldad por haberos vuelto por fin otra vez como niños pequeños, es decir, piadosos,

por obrar por fin otra vez como niños, es decir, por rezar, juntar las manos y decir “Dios mío”!

Mas ahora abandonad este cuarto de niños, mi propia ca­verna, en la que hoy están como en su casa todas las niñerías. ¡Refrescad ahí fuera vuestra ardiente petulancia de niños y el ruido de vuestros corazones!

Ciertamente: mientras no os hagáis como niños pequeños no entraréis en aquel reino de los cielos. (Y Zaratustra seña­ló con las manos hacia arriba.)

Mas nosotros no queremos entrar en modo alguno en el reino de los cielos: nos hemos hecho hombres, y por eso que­remos el reino de la tierra.»

3

Y de nuevo comenzó Zaratustra a hablar. «¡Oh, mis nuevos amigos, dijo, vosotros gente extraña, hombres superiores, cómo me gustáis ahora,

desde que os habéis vuelto alegres otra vez! Todos voso­tros, en verdad, habéis florecido: paréceme que flores tales como vosotros tienen necesidad de nuevas fiestas,

de un pequeño y valiente disparate, de algún culto divino y alguna fiesta del asno, de algún viejo y alegre necio-Zaratus­tra, de un vendaval que os despeje las almas con su soplo.

¡No olvidéis esta noche y esta fiesta del asno, hombres su­periores! Esto lo habéis inventado vosotros en mi casa, y yo lo tomo como un buen presagio, ¡tales cosas sólo las inventan los convalecientes!

Y cuando volváis a celebrarla, esta fiesta del asno, ¡hacedlo por amor a vosotros, hacedlo también por amor a mí! ¡Y en memoria mía!»

Así habló Zaratustra.

La canción del noctámbulo

1

Entretanto todos, uno detrás de otro, habían ido saliendo fue­ra, al aire libre y a la fresca y pensativa noche; Zaratustra mis­mo llevó de la mano al más feo de los hombres para mostrarle su mundo nocturno y la gran luna redonda y las plateadas cas­cadas que había junto a su caverna. Al fin se detuvieron unos junto a otros, todos ellos gente vieja, mas con un corazón va­liente y consolado, y admirados en su interior de sentirse tan bien en la tierra; y la quietud de la noche se adentraba cada vez más en su corazón. Y de nuevo pensó Zaratustra dentro de sí: «¡Oh, cómo me agradan ahora estos hombres superiores!» pero no lo expresó, pues honraba su felicidad y su silencio.­

Mas entonces ocurrió la cosa más asombrosa de aquel asombroso y largo día: el más feo de los hombres comenzó de nuevo, y por última vez, a gorgotear y a resoplar, y cuando consiguió hablar, una pregunta saltó, redonda y pura, de su boca, una pregunta buena, profunda, clara, que hizo agitarse dentro del cuerpo el corazón de todos los que le escuchaban.

«Amigos míos todos, dijo el más feo de los hombres, ¿qué os parece? Gracias a este día yo estoy por primera vez con­tento de haber vivido mi vida entera.

Y no me basta con atestiguar esto. Merece la pena vivir en la tierra: un solo día, una sola fiesta con Zaratustra me ha en­señado a amar la tierra.

“¿Esto era la vida?” quiero decirle yo a la muerte. `¡Bien! ¡Otra vez!”

Amigos míos, ¿qué os parece? ¿No queréis vosotros decirle a la muerte, como yo: ¿Esto era la vida? Gracias a Zaratustra, ¡bien! ¡Otra vez!»

Así habló el más feo de los hombres; y no faltaba mucho para la medianoche. ¿Y qué creéis que ocurrió entonces? Tan pronto como los hombres superiores oyeron su pregunta co­braron súbitamente consciencia de su transformación y cura­ción, y de quién se la había proporcionado: entonces se preci­pitaron hacia Zaratustra, dándole gracias, rindiéndole venera­ción, acariciándolo, besándole las manos, cada cual a su manera propia: de modo que unos reían, otros lloraban. El viejo adivino bailaba de placer; y aunque, según piensan algu­nos narradores, entonces se hallaba lleno de dulce vino, ciertamente se hallaba aún más lleno de dulce vida y había ale­jado de sí toda fatiga. Hay incluso quienes cuentan que el asno bailó en aquella ocasión: pues no en vano el más feo de los hombres le había dado antes a beber vino. Esto puede ser así, o también de otra manera; y si en verdad el asno no bailó aquella noche, ocurrieron entonces, sin embargo, prodigios mayores y más extraños que el baile de un asno. En resumen, como dice el proverbio de Zaratustra: «¡qué importa ello!»

2

Mas Zaratustra, mientras esto ocurría con el más feo de los hombres, estaba allí como un borracho: su mirada se apaga­ba, su lengua balbucía, sus pies vacilaban. ¿Y quién adivinaría los pensamientos que entonces cruzaban por el alma de Za­ratustra? Mas fue evidente que su espíritu se apartó de él y huyó hacia adelante y estuvo en remotas lejanías, por así de­cirlo «sobre una elevada cresta, como está escrito, entre dos mares,

entre lo pasado y lo futuro, caminando como una pesada nube». Poco a poco, sin embargo, mientras los hombres supe­riores lo sostenían con sus brazos, volvió un poco en sí y apartó con las manos la aglomeración de los veneradores y preocupa­dos; mas no habló. De repente volvió con rapidez la cabeza, pues parecía oír algo: entonces se llevó el dedo a la boca y dijo: «¡Ve­nid!»

Y al punto se hizo el silencio y la calma en derredor; de la profundidad, en cambio, subía lentamente el sonido de una campana. Zaratustra se puso a escuchar, lo mismo que los hombres superiores; luego volvió a llevarse el dedo a la boca y volvió a decir: «¡Venid! ¡Venid! ¡Se acerca la medianoche!» y su voz estaba cambiada. Pero continuaba sin moverse del si­tio: entonces se hizo un silencio más grande y una mayor cal­ma, y todos escucharon, también el asno, y los dos animales heráldicos de Zaratustra, el águila y la serpiente, y asimismo la caverna de Zaratustra y la luna redonda y fría y hasta la propia noche. Zaratustra se llevó por tercera vez el dedo a la boca y dijo:

¡Venid!iVenid!¡Caminemos ya!Es la hora: ¡caminemos en la noche!

3

Vosotros hombres superiores, la medianoche se aproxima: ahora quiero deciros algo al oído, como me lo dice a mí al oído esa vieja campana,

de modo tan íntimo, tan terrible, tan cordial como me ha­bla a mí esa campana de medianoche, que ha tenido mayor número de vivencias que un solo hombre:

que ya contó los latidos de dolor del corazón de vuestros padres ¡ay!, ¡ay!, ¡cómo suspira!, ¡cómo ríe en sueños!, ¡la vieja, profunda, profunda medianoche!

¡Silencio! ¡Silencio! Ahora se oyen muchas cosas alas que por el día no les es lícito hablar alto; pero ahora, en el aire fresco, cuando también el ruido de vuestros corazones ha callado,

ahora hablan, ahora se dejan oír, ahora se deslizan en las almas nocturnas y desveladas: ¡ay!, ¡ay!, ¡cómo suspira!, ¡cómo ríe en sueños!

-¿no oyes cómo de manera íntima, terrible, cordial te habla a ti la vieja, profunda, profunda medianoche!

¡Oh hombre, presta atención!

4

¡Ay de mí! ¿Dónde se ha ido el tiempo? ¿No se ha hundido en pozos profundos? El mundo duerme

¡Ay! ¡Ay! El perro aúlla, la luna brilla. Prefiero morir, mo­rir, a deciros lo que en este momento piensa mi corazón de medianoche.

Ya he muerto. Todo ha terminado. Araña, ¿por qué tejes tu tela a mi alrededor? ¿Quieres sangre? ¡Ay! ¡Ay!, el rocío cae, la hora llega

la hora en que tirito y me hielo, la hora que pregunta y pregunta y pregunta: «¿Quién tiene corazón suficiente para esto?

¿quién debe ser señor de la tierra? El que quiera decir: ¡así debéis correr vosotras, corrientes grandes y pequeñas!»

la hora se acerca: oh hombre, tú hombre superior, ¡presta atención!, este discurso es para oídos delicados, para tus oídos ¿qué dice la profunda medianoche?

5

Algo me arrastra, mi alma baila. ¡Obra del día! ¡Obra del día! ¿Quién debe ser señor de la tierra?

La luna es fría, el viento calla. ¡Ay! ¡Ay! ¿Habéis volado ya bastante alto? Habéis bailado: pero una pierna no es un ala.

Vosotros bailarines buenos, todo placer ha acabado ahora, el vino se ha convertido en heces, todas las copas se han vuel­to blandas, los sepulcros balbucean.

No habéis volado bastante alto: ahora los sepulcros balbu­cean: «¡redimid a los muertos! ¿Por qué dura tanto la noche? ¿No nos vuelve ebrios la luna?» ,

Vosotros hombres superiores, ¡redimid los sepulcros, des­pertad a los cadáveres! Ay, ¿por qué el gusano continúa royen­do? Se acerca, se acerca la hora,

retumba la campana, continúa chirriando el corazón, si­gue royendo el gusano de la madera, el gusano del corazón ¡Ay! ¡Ay! ¡El mundo es profundo!

6

¡Dulce lira! ¡Dulce lira! ¡Yo alabo tu sonido, tu ebrio sonido de sapo! ¡desde cuánto tiempo, desde qué lejos viene hasta mí tu sonido, desde lejos, desde los estanques del amor!

¡Vieja campana, dulce lira! Todo dolor te ha desgarrado el corazón, el dolor del padre, el dolor de los padres, el dolor de los abuelos, tu discurso está ya maduro,

maduro como áureo otoño y áurea tarde, como mi cora­zón de eremita ahora hablas: también el mundo se ha vuel­to maduro, el racimo negrea,

ahora quiere morir, morir de felicidad. Vosotros hom­bres superiores, ¿no oléis algo? Misteriosamente gotea hacia arriba un aroma,

un perfume y aroma de eternidad, un rosáceo, oscuro aroma, como de vino áureo, de vieja felicidad,

de ebria felicidad de morir a medianoche, que canta: ¡el mundo es profundo,y más profundo de lo que el día ha pensa­do!

7

¡Déjame! ¡Déjame! Yo soy demasiado puro para ti. ¡No me to­ques! ¿No se ha vuelto perfecto en este instante mi mundo?

Mi piel es demasiado pura para tus manos. ¡Déjame, tú día es­túpido, grosero, torpe! ¿No es más luminosa la medianoche?

Los más puros deben ser señores de la tierra, los más des­conocidos, los más fuertes, las almas de medianoche, que son más luminosas y profundas que todo día.

Oh día, ¿andas a tientas detrás de mí? ¿Extiendes a tientas tu mano hacia mi felicidad? ¿Soy yo para ti rico, solitario, un tesoro escondido, un depósito de oro?

Oh mundo, ¿me quieres a mí? ¿Soy para ti mundano? ¿Soy para ti espiritual? ¿Soy para ti divino? Pero, día y mundo, vo­sotros sois demasiado torpes,

tened manos más inteligentes, tendedlas hacia una felici­dad más profunda, hacia una infelicidad más profunda, ten­dedlas hacia algún dios, no hacia mí:

mi infelicidad, mi felicidad son profundas, oh día extra­ño, pero yo no soy un Dios, un infierno divino: profundo es su dolor.

8

¡El dolor de Dios es más profundo, oh mundo extraño! ¡Tien­de tus manos hacia el dolor de Dios, no hacia mí! ¡Qué soy yo! ¡Una dulce lira ebria,

una lira de medianoche, una campana-sapo que nadie en­tiende, pero que tiene que hablar delante de sordos, oh hom­bres superiores! ¡Pues vosotros no me comprendéis!

¡Todo acabó! ¡Todo acabó! ¡Oh juventud! ¡Oh mediodía! ¡Oh tarde! Ahora han venido el atardecer y la noche y la me­dianoche, el perro aúlla, el viento:

¿no es el viento un perro? Gimotea, gañe, aúlla. ¡Ay!, ¡ay!, ¡cómo suspira!, ¡cómo ríe, cómo resuella y jadea la mediano­che!

¡Cómo habla sobria en este momento, esa ebria poetisa!, ¿acaso ha ahogado en más vino su embriaguez?, ¿se ha vuelto superdespierta?, ¿rumia?

su dolor es lo que ella rumia, en sueños, la vieja y profun­da medianoche, y, aún más, su placer. El placer, en efecto, aunque el dolor sea profundo: el placer es aún más profundo que el sufrimiento.

9

¡Tú vid! ¿Por qué me alabas? ¡Yo te corté, sin embargo! Yo soy cruel, tú sangras: ¿qué quiere esa alabanza tuya de mi cruel­dad ebria?

«Lo que llegó a ser perfecto, todo lo maduro ¡quiere mo­rir!», así hablas tú. ¡Bendita, bendita sea la podadera del viña­dor! Mas todo lo inmaduro quiere vivir: ¡ay!

El dolor dice: «¡Pasa! ¡Fuera tú, dolor!» Mas todo lo que su­fre quiere vivir, para volverse maduro y alegre y anhelante,

anhelante de cosas más lejanas, más elevadas, más lumi­nosas. «Yo quiero herederos, así dice todo lo que sufre, yo quiero hijos, no me quiero a mí»,

mas el placer no quiere herederos, ni hijos, el placer se quiere a sí mismo, quiere eternidad, quiere retorno, quiere todo-idéntico-a-sí-mismo-eternamente.

El dolor dice: «¡Rómpete, sangra, corazón! ¡Camina, pier­

na! ¡Ala, vuela! ¡Arriba! ¡Arriba! ¡Dolor!» ¡Bien! ¡Adelante! Oh viejo corazón mío: el dolor dice: «¡pasa!»

10

Vosotros hombres superiores, ¿qué os parece? ¿Soy yo un adi­vino? ¿Un soñador? ¿Un borracho? ¿Un intérprete de sueños? ¿Una campana de medianoche?

¿Una gota de rocío? ¿Un vapor y perfume de la eternidad? ¿No lo oís? ¿No lo oléis? En este instante se ha vuelto perfecto mi mundo, la medianoche es también mediodía,

el dolor es también placer, la maldición es también bendi­ción, la noche es también sol, idos o aprenderéis: un sabio es también un necio.

¿Habéis dicho sí alguna vez a un solo placer? Oh amigos míos, entonces dijisteis sí también a todo dolor. Todas las co­sas están encadenadas, trabadas, enamoradas,

-¿habéis querido en alguna ocasión dos veces una sola vez, habéis dicho en alguna ocasión «¡tú me agradas, felicidad! ¡Sus! ¡Instante!» ¡Entonces quisisteis que todo vuelva!

todo de nuevo, todo eterno, todo encadenado, trabado, enamorado, oh, entonces amasteis el mundo,

vosotros eternos, amadlo eternamente y para siempre: y también al dolor decidle: ¡pasa, pero vuelve! Pues todo placer quiere ¡eternidad!

11

Todo placer quiere la eternidad de todas las cosas, quiere miel, quiere heces, quiere medianoche ebria, quiere sepul­cros, quiere consuelo de lágrimas sobre los sepulcros, quiere dorada luz de atardecer

¡qué no quiere el placer!, es más sediento, más cordial,

más hambriento, más terrible, más misterioso que todo sufri­miento, se quiere a sí mismo, muerde el cebo de sí mismo, la voluntad de anillo lucha en él,

quiere amor, quiere odio, es sumamente rico, regala, disi­pa, mendiga que uno lo tome, da gracias al que lo toma, qui­siera incluso ser odiado,

es tan rico el placer, que tiene sed de dolor, de infierno, de odio, de oprobio, de lo lisiado, de mundo, pues este mundo, ¡oh, vosotros lo conocéis bien!

Vosotros hombres superiores, de vosotros siente anhelo el placer, el indómito, bienaventurado, ¡de vuestro dolor, oh fracasados! De lo fracasado siente anhelo todo placer eterno.

Pues todo placer se quiere a sí mismo, ¡por eso quiere también sufrimiento! ¡Oh felicidad, oh dolor! ¡Oh, rómpete, corazón! Vosotros hombres superiores, aprendedlo, el placer quiere eter­nidad,

el placer quiere eternidad de todas las cosas, ¡quiere pro­funda, profunda eternidad!

12

¿Habéis aprendido mi canción? ¿Habéis adivinado lo que quiere decir? ¡Bien! ¡Adelante! Vosotros hombres superiores, ¡cantadme ahora, pues, mi canto de ronda!

¡Cantadme ahora vosotros la canción cuyo título es Otra vez, cuyo sentido es «¡Por toda la eternidad!», cantadme voso­tros, hombres superiores, el canto de ronda de Zaratustra!

¡Oh hombre! ¡Presta atención!

¿Qué dice la profunda medianoche?

«Yo dormía, dormía,

De un profundo soñar me he despertado:

El mundo es profundo,

Y más profundo de lo que el día ha pensado.

Profundo es su dolor.

El placer es aún más profundo que el sufrimiento:

El dolor dice: ¡Pasa!

Mas todo placer quiere eternidad,

-¡Quiere profunda, profunda eternidad!»

El signo

A la mañana después de aquella noche Zaratustra se levan­tó de su lecho, se ciñó los riñones y salió de su caverna, ardien­te y fuerte como un sol matinal que viene de oscuras montañas.

«Tú gran astro, dijo, como había dicho en otro tiempo, profundo ojo de felicidad, ¡qué sería de toda tu felicidad si no tuvieras a aquellos a quienes iluminas!

Y si ellos permaneciesen en sus aposentos mientras tú estás ya despierto y vienes y regalas y repartes: ¡cómo se irritaría contra esto tu orgulloso pudor!

¡Bien!, ellos duermen todavía, esos hombres superiores, mientras que yo estoy despierto: ¡ésos no son mis adecuados compañeros de viaje! No es a ellos a quienes yo aguardo aquí en mis montañas.

A mi obra quiero ir, a mi día: mas ellos no comprenden cuáles son los signos de mi mañana, mis pasos no son para ellos un toque de diana.

Ellos duermen todavía en mi caverna, sus sueños siguen rumiando mis mediasnoches. El oído que me escuche a mí, el oído obediente falta en sus miembros.»

Esto había dicho Zaratustra a su corazón mientras el sol se elevaba: entonces se puso a mirar inquisitivamente hacia la altura, pues había oído por encima de sí el agudo grito de su águila. «¡Bien!, exclamó mirando hacia arriba, así me gusta y me conviene. Mis animales están despiertos, pues yo estoy despierto.

Mi águila está despierta y honra, igual que yo, al sol. Con garras de águila aferra la nueva luz. Vosotros sois mis anima­les adecuados; yo os amo.

¡Pero todavía me faltan mis hombres adecuados!»

Así habló Zaratustra; y entonces ocurrió que de repente se sintió como rodeado por bandadas y revoloteos de innumera­bles pájaros, el rumor de tantas alas y el tropel en torno a su cabeza eran tan grandes que cerró los ojos. Y, en verdad, so­bre él había caído algo semejante a una nube, semejante a una nube de flechas que descargase sobre un nuevo enemigo. Pero he aquí que se trataba de una nube de amor, y caía sobre un nuevo amigo.

«¿Qué me ocurre?», pensó Zaratustra en su asombrado co­razón, y lentamente dejóse caer sobre la gran piedra que se ha­llaba junto a la salida de su caverna. Mientras movía las manos a su alrededor y encima y debajo de sí, y se defendía de los ca­riñosos pájaros, he aquí que le ocurrió algo aún más raro: su mano se posó, en efecto de manera imprevista sobre una es­pesa y cálida melena y al mismo tiempo resonó delante de él un rugido, un suave y prolongado rugido de león.

«El signo llega», dijo Zaratustra, y su corazón se transfor­mó. Y, en verdad, cuando se hizo claridad delante de él vio que a sus pies yacía un amarillo y poderoso animal, el cual estre­chaba su cabeza entre sus rodillas y no quería apartarse de él a causa de su amor, y actuaba igual que un perro que vuelve a encontrar a su viejo dueño. Mas las palomas no eran menos vehementes en su amor que el león; y cada vez que una paloma se deslizaba sobre la nariz del león éste sacudía la cabeza y se maravillaba y reía de ello.

A todos ellos Zaratustra les dijo tan sólo una única frase: «mis hijos están cerca, mis hijos», entonces enmudeció del todo. Mas su corazón estaba aliviado y de sus ojos goteaban lágrimas y caían en sus manos. Y no prestaba ya atención a ninguna cosa, y estaba allí sentado, inmóvil y sin defenderse ya de los animales. Entonces las palomas se pusieron a volar de un lado para otro y se le posaban sobre los hombros y aca­riciaban su blanco cabello y no se cansaban de manifestar su cariño y su júbilo. El fuerte león, en cambio, lamía siempre las lágrimas que caían sobre las manos de Zaratustra y rugía y gruñía tímidamente. Así se comportaban aquellos anima­les.

Todo esto duró mucho tiempo, o poco tiempo: pues, ha­blando propiamente, para tales cosas no existe en la tierra tiempo alguno. Mas entretanto los hombres superiores que estaban dentro de la caverna de Zaratustra se habían desper­tado y estaban disponiéndose para salir en procesión a su en­cuentro y ofrecerle el saludo matinal: habían encontrado, en efecto, cuando se despertaron, que él no se hallaba ya entre ellos. Mas cuando llegaron a la puerta de la caverna, y el rui­do de sus pasos los precedía, el león enderezó las orejas con violencia, se apartó súbitamente de Zaratustra y lanzóse, ru­giendo salvajemente, hacia la caverna; los hombres superio­res, cuando le oyeron rugir, gritaron todos como con una sola boca y retrocedieron huyendo y en un instante desapa­recieron.

Mas Zaratustra, aturdido y distraído, se levantó de su asiento, miró a su alrededor, permaneció de pie sorprendido, interrogó a su corazón, volvió en sí, y estuvo solo. «¿Qué es lo que he oído?, dijo por fin lentamente, ¿qué es lo que me acaba de ocurrir?»

Y ya el recuerdo volvía a él, y comprendió con una sola mi­rada todo lo que había acontecido entre ayer y hoy. «Aquí está, en efecto, la piedra, dijo y se acarició la barba, en ella me encontraba sentado ayer por la mañana; y aquí se me acercó el adivino, y aquí oí por vez primera el grito que acabo de oír, el gran grito de socorro.

Oh vosotros hombres superiores, vuestra necesidad fue la que aquel viejo adivino me vaticinó ayer por la mañana.

A acudir a vuestra necesidad quería seducirme y tentar­me: oh Zaratustra, me dijo, yo vengo para seducirte a tu últi­mo pecado.

¿A mi último pecado?, exclamó Zaratustra y furioso se rió de sus últimas palabras: ¿qué se me había reservado como mi último pecado?»

Y una vez más Zaratustra se abismó dentro de sí y volvió a sentarse sobre la gran piedra y reflexionó. De repente se le­vantó de un salto,

«¡Compasión! ¡La compasión por el hombre superior!, gritó, y su rostro se endureció como el bronce. ¡Bien! ¡Eso tuvo su tiempo!

Mi sufrimiento y mi compasión ¡qué importan! ¿Aspiro yo acaso a la felicidad? ¡Yo aspiro a mi obra!

¡Bien! El león ha llegado, mis hijos están cerca, Zaratustra está ya maduro, mi hora ha llegado:

Ésta es mi mañana, mi día comienza: ¡asciende, pues, as­ciende tú, gran mediodía!»

Así habló Zaratustra, y abandonó su caverna, ardiente y fuer­te como un sol matinal que viene de oscuras montañas.


Publicado el 28 de marzo de 2017 por Edu Robsy.
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