Años y Leguas

Gabriel Miró


Novela



Dedicatoria

Sigüenza se ve como espectáculo de sus ojos, siempre a la misma distancia siendo él. Está visualmente rodeado de las cosas y comprendido en ellas. Es menos o más que su propósito y que su pensamiento. Se sentirá a sí mismo como si fuese otro, y ese otro es Sigüenza hasta sin querer. Sean estas páginas suyas para el amigo de Sigüenza, más Sigüenza y más él.

La llegada

Camino de su heredad de alquiler, se le aparece a Sigüenza el recuerdo de una rinconada de Madrid. Las ciudades grandes, ruidosas y duras, todavía tienen alguna parcela con quietud suya, con tiempo suyo acostado bajo unas tapias de jardines. Asoma el fragmento de un árbol inmóvil participando de la arquitectura de una casona viejecita.

Por allí se internaba muchas veces Sigüenza. La rinconada le dio su goce a costa del cansancio de la ciudad. Allí se escaparía cuando quisiera, llenándose el corazón y los ojos de todo aquello, como si se llenara, de prisa, los bolsillos.

Promesa de provincia; es decir, de infancia. Detrás de un cantón surge el horizonte de tierra labradora: follajes opulentos de la Casa Real; nieblas del río; senderitos que se tuercen y suben, y se apartan de Madrid, anda que andarás...

...Y al volver la memoria, le parecía a Sigüenza que volviese con recelo sus ojos a muchas leguas de distancia. Porque, ahora, desde la verdad rural, aquel sitio apacible, de consolación, no era sino el principio de la ciudad, un embuste de calma.

Iba Sigüenza montado en un jumento, porque así recorrió, hacía mucho tiempo, sus campos natales. Estaba muy gozoso, como entonces; no había más remedio, para guardarse fidelidad a sí mismo, al que era hacía veinte años. Y se inclinaba tocando la piel tibia y sudada de la cabalgadura, y se miró en sus ojos, gordos, dorados y dulces como dos frutos.

El animal doblaba su pescuezo frisado como si le sofocase tanta solicitud; hasta que se paró.

Entonces, Sigüenza, saltando de la enjalma de piel de borrego, se puso a caminar a su lado. El borrico, en medio del arriero y de Sigüenza, como tres amigos que se van a pasear a su antojo.

¡No tenemos prisa! —lo pensó y lo dijo Sigüenza para que se oyese, creyendo que objetivaba la realidad de su júbilo, porque veía sus palabras desnudas en el silencio, silencio desde su boca hasta las cumbres.

Y mirando en su torno toda la tarde, tan ancha, descubrió en el camino la huella de sus pies. Sería la de su bota. No; porque él acababa de sentir el contacto de su carne en la carne del camino. Y esa noche se quedarían sus pisadas, frescas de relente, bajo los cielos inmediatos y finos. ¡Cuántos años sin sentir el ahínco y marca de humanidad por el asfalto y las losas que se chafa o se pisan sin hollar!

Quizá estos aturdimientos probaban en Sigüenza el predominio de la calle. De seguro que él se creía ya en su ruralismo de antaño. Pero aun no debía serlo sino de presencia, de óptica y de tacto, porque la inquietud y el goce seguían refiriéndose a la ciudad, de la que traemos el brinco, el grito, la exaltación y la suavidad junciosa; resabio de entusiasmarse por agradar y contentarnos.

Todavía este hombre no se sentía sino a sí mismo, con acústica de recinto cerrado.

Un manso ruido de aire que aletea entre las mieses ya granadas. Una respiración del verano, de árboles tiernos que están junto a las aguas vivas.

Sigüenza dejó que su jumento paciese el verde de una acequia, y él se recostó en el tronco de un algarrobo.

Pasó un labriego con su azada de sol, y, mirando al forastero, le dijo:

—¡A la sombra, a la sombra! —Y en la boca seca de ese hombre, enjuto y acortezado, la palabra sombra tuvo una frescura nueva, como si acabase de crearla.

Y, antes de seguir caminando, tendiose Sigüenza a beber de un manantial que de allí cerca salía, recién nacido.

Venía un leñador, oloroso de monte, con la espalda doblada por los costales, y le saludó diciendo:

—¡A disfrutar con el agua! ¡No la hay mejor en el mundo!

Y Sigüenza, que había ya bebido, bebió más, mordiéndola en un temblor de claridades, y le goteaba un frío de luz por las mejillas, por los cabellos, por las manos.

Aquella sombra y este agua tenían categorías distintas para las gentes del campo, según las disfrutase Sigüenza o las aprovechase un jornalero. La sombra que Sigüenza buscó, era un concepto y una capacidad de delicias; el agua, un refocilo de creación en el que se gusta la caricia, el aliento y el matiz de la naturaleza que ella ha tocado en su camino. Desde la umbría del árbol de Sigüenza se ve el paisaje oloroso. Para el labriego es la sombra de un árbol concreto desde donde se cuentan los bancales de cada vecino de la comarca; el aire, es el bueno para la trilla, y el agua, la de su sed. Para nosotros, evocación; para ellos, precisión.

Ya se regalaba Sigüenza con estas calidades y exactitudes, que podrán haber envejecido en cualquier mediano entendimiento, pero que en él eran de una verdad virgen, cuando volvió la ciudad a tocarle la frente y el corazón, avisándole que esas complacencias campesinas vendrían principalmente de ella.

Bastaba de recelos y de acechos; quería el goce descuidado sin actuación suya. No podría contemplar en tanto que discriminase su sentir. Después de muchos años, lo primero que encontraba en su campo, era a sí mismo, atravesándolo, estampándose en todo como su sombra prolongada por el sol poniente. Había de sumergirse y de perderse en la visión como en el sueño que no nos gana sino cuando perdemos la conciencia de nuestra vida y de nuestra postura.

Tierra de labranza. Olivos y almendros subiendo por las laderas; arboledas recónditas junto a los casales; el árbol de olor del Paraíso; un ciprés y la vid en el portal; piteras, girasoles, geranios cerrando la redondez de la noria; escalones de viña; felpas de pinares; la escarpa cerril; las frentes desnudas de los montes, rojas y moradas, esculpidas en el cielo; y en el confín, el peñascal de Calpe, todo de grana, con pliegues gruesos, saliendo encantadamente del mar; una mar lisa, parada, ciega, mirando al sol redondo que forja de cobre lo más íntimo y pastoso de un sembrado, un tronco viejo, una arista de roca, un pañal tendido, y, encima de todo, el aliento de la anchura, el vaho de sal y de miel del verano levantino cuando cae la tarde. Y entonces Sigüenza percibe el grito interior sobrecogido: «¡Campo mío!». Ya se ve, sin verse, en el agua de los riegos que corría, en la cal de los cortinales, en el temblor de los chopos, en el azul, en todo lo que le rodeaba. Como en esa tarde vino en aquel tiempo. El olor de los viejos campos de la Marina, como el olor de su casa familiar en la felicidad de los veranos de su primera juventud. Pero no pareciendo que «fuese ayer», o pareciéndolo precisamente porque entonces sentimos todo lo contrario. Y porque nos oprime la verdad del tiempo devanado tuvo más fuerza alucinante la emoción de esta hora que se había quedado inmóvil para Sigüenza desde entonces. Y hasta hizo un ademán suave de tocarla, de empujarla, queriendo que volviese a caminar a su lado. Una lente lírica le acercaba a sí mismo. En ese algarrobo desgarrado, en aquella quebrada, en un contorno de una colina, en una tonalidad, en un rasgo preciso, debió de dejarse más hincada su mirada, y ahora, entre todo, se le presentaba, no el recuerdo óptico y casuístico, sino la misma mirada, la sensación de su vida, que se había envejecido allí, y ahora le salía para verle pasar, a veinte años de distancia...

El beso en la moneda

Veinte años de distancia equivalían a la edad sensitiva de este paisaje suyo, porque sólo desde hacía veinte años comenzó este paisaje a pasar y envejecer humanamente referido a su vida. Ahora, al verse, se consustanciaban en el tiempo y se pertenecían.

Y Sigüenza tuvo un goce íntimo, callado, de posesión, que fue removiéndose en un ímpetu de propietario.

Vio una masía en lo raso del monte. Los grandes árboles de soportal ensanchan, anticipan el techo de familia. Desde allí se aparecerá la heredad a los barcos de vela, a los trasatlánticos, todos diminutos, infantiles, subidos en el azul vertical del horizonte. La casa y los barcos se mirarán hasta muy lejos; y ella se queda quietecita en el silencio sutil, estremecido de la altitud. Las laderas y los hondos se entornan y se apagan; y arriba, en el filo de una tapia, todavía arde un rescoldo de sol.

Sigüenza quiso esa heredad; preguntó su nombre y su precio.

Pero en un llano apacible asomó una granja. Y en seguida la hizo suya: porches viejos donde colgar las frutas; la era delante de la solana; un fondo de álamos en sendero que se va alejando y cerrando, pequeñito y azul; un pueblo cerca, con su calvario de escalones de cipreses... Sigüenza, trocado en agricultor, trae ropas de pana que crujen. Asiste a los oficios de la Parroquia. Madruga el Viernes Santo para subir al vía crucis; de hornacina en hornacina, un ruido bronco de rodillas de lugareños de luto que se postran y se levantan rezando; y él se vuelve, complaciéndose en sus frutales, todos de escarcha de flor pascual.

Pasa las primaveras aquí; los veranos, en la masía de la quebrada, y los inviernos..., los inviernos en la Marina, porque precisamente en la Marina acaba de ofrecerse a sus ojos un jardín, con sus mirtos y romeros esquilados; un laurel casi negro; eucaliptos que sueltan la piel de sus troncos y su hojarasca dura, de pasta de olor; una palmera estampada en la gloria del mar y de nubes de ángeles. Mañanas de Navidad; luna grande, desnuda, del mes de enero, en la soledad de las aguas. Huerto luminoso y caliente.

También lo comprará. Y rebana los bancales, planta las hoyadas baldías, abre caminos... Y como todo lo dice, el arriero le mira pasmado del trastorno de la comarca.

En una revuelta de la carretera trabajaba un peón caminero, un hombrecito abrasado y enjuto, casi del todo vegetal y mineral, de costras de leguas. Y fue desdoblándose para ver a Sigüenza desde sus anteojos de alambre de picapedrero.

—Peón caminero, peón caminero: ¿cuántos años lleva usted remendando este camino?

Le dijo que más de treinta años.

¡Más de treinta años, Señor! De modo que este buen hombre quizá le viese cuando él pasó, siendo muchacho, por estos lugares; y tendría entonces la edad suya de ahora. Con tan simples pensamientos se angustió un poco su conciencia cronológica. Pronunció el nombre de su padre, que fue ingeniero. Y principió el hombrecito a cogerse la falda de su sombrero de lona, y le salió su frontal de adobe recocido. Sus manos de leña, de pellejo y de asta, sin temperatura íntima suya, tomaron las manos de Sigüenza, que las sintió adelgazarse y rebullirle muy tiernas allá dentro. Se le mojaron los ojos de vidrio polvoriento que se empaña de la serena; y esos ojos se le paraban a su lado, como si a su lado estuviera el padre, de pie.

—¡Era un siervo de Dios!

Siervo de Dios lo pronuncia mirando despacito a Dios; lo dice con llaneza, quitándole al ingeniero toda jerarquía, jubilándolo evangélicamente; viéndole en la bienaventuranza hermanado con los humildes, que aquí, en la tierra, están sirviendo en obras públicas. Le refiere los beneficios que recibió del padre; los desmenuza, vuelve a gustarlos como pan que ha de emblandecer rosigándolo entre sus encías lisas, siempre bañadas.

A veces se encorva más, como si conversase con dos criaturas, los dos hijos del ingeniero: Sigüenza y su hermano; y después se incorpora como si se los subiese uno en cada brazo. Pregunta por su antigua casa, tan abundante, con corraliza y hortal. Bien recuerda que estaba junto a un Colegio de Padres de la Compañía de Jesús.

—Peón caminero: ya no queda casa, ni corraliza, ni hortal.

—¿Ya no? —y se rascó la cara huesuda, que le sonaba como una quijada de res. ¡Qué sabría el pobre de tener y perder haciendas!

Al despedirse le dio Sigüenza una moneda de plata para que fumase, y fumando volviese a pensar en aquel tiempo.

El viejecito le mira, le sonríe, llora; y llorando palpa y besa, callado y devoto, la limosna...

Sigüenza se aparta, retozándole una suave vanagloria. Le parece que ese buen hombre le ha legitimado la llegada; sus manos de hierba y de piedra, de santo de pórtico, acaban de abrirle, de par en par, las puertas de su paisaje. Y el espolique no hacía sino mirarle y sonreír. Estaba, como él, también más gozoso.

Ya Sigüenza quiso contener su regodeo tan fácil. Siempre le era recelosa la facilidad.

Le divertió de sus menudos escrúpulos una hacienda que iba saliendo en un altozano de llencas o fajas de bancales gruesos y rojos. Las tierras, los cultivos, todo de un color de realce, de calidad apretada; el verde jovial del maíz; el de las calabaceras de un tacto velludo; el de los frutales, tan jugoso, que trasciende a su medula dulce; el tostado de las cebadas maduras, que van desplegándose con un crujido de espigas de barbas luminosas, que se nos agarran a los dedos, como zancas de cigarrones; el frescor de la vid y del jazminero, que suben sabiamente por el casalicio recién enjalbegado... ¡Esa es la finca que Sigüenza quisiera comprarse; ésa es la deseada, y la escogida entre todas! Y su índice se tiende y la señala con arrogancia.

—¿Esa? —le pregunta el trajinero con socarronería—. Esa es del peón caminero de la limosna. Tuvo herencias de familia de Argel, y no suelta su jornal...

Sigüenza dobló la frente, sonrojándose de haber socorrido a un hacendado.

Pero vino una brisa generosa que le levantó los pensamientos. El viejecito tomó la moneda y la besó, dándole valor de limosna, no siendo pobre. ¿Era menester la gollería de la pobreza de verdad?

Y montó y empujó con los carcañales a su cabalgadura. A trechos se volvía; miraba al socorrido; miraba la abundancia del huerto deseado.

...Encima de una rambla, con ruido de fuentes, se presentó, como recodándose para mirar quién pasa, la finca de alquiler de Sigüenza. Salía luz por los balcones abiertos, luz encendida poco a poco, hecha en casa, como el pan de nuestra artesa, luz de lámpara que junta en ruedo a la familia. Ya estaba la suya esperándole. Entró bajo un envigado de parrales que apretaba la noche del campo.

Desde el balconaje vio el pueblo amontonado, negro, picudo; y junto a la torre, la cuerna amarilla de la luna. Caía una lumbre mojada en las copas de los almendros, que exhalaban en el mismo contorno suyo un humo verde, fresco, inmóvil.

No quiere Sigüenza ver ni adivinar más; y así, al otro día, todo le parecerá recién brotado.

Pueblo, Parral. Perfección

Mañana de junio, alta, grande, precisa hasta en los confines. Sigüenza, delante. Podría ir volviéndose, mirándola toda. Pero se impuso la penitencia de beber a sorbos, de disciplinar la contemplación.

Ahora se quedará cara a cara del pueblecito, aunque los horizontes le llamen con un grito infinito de silencio para que sus ojos brinquen y se revuelquen en sus delicias.

Le acoge la alegría de tener de verdad ese pueblo en que siempre se piensa cuando contamos un cuento. «...Una vez, había un pueblecito...». Y en la mirada de las criaturas va pasando quietecitamente este pueblo. Es el hallazgo de nuestra palabra, hecha realidad. Alegría de la revelación y de la pronunciación de la palabra «pueblo», sino que éste es más moreno y más viejo. Lo que Sigüenza imaginaba o recordaba como blancura suya, es claridad que no le pertenece.

Todo el caserío se arrebata por un otero, y sube triangularmente. Las cuencas de las ventanitas y de los desvanes; los labios de los postigos; todas las casas, se fijan en Sigüenza, y le preguntan, atónitas, fisgonas, durmiéndose; y las que tienen la sombra en un rincón de la ceja del dintel, le miran de reojo. Algunas rebullen sin frente, porque en seguida les baja la visera pardal del tejado; otras tienen la calva huesuda y ascética del muro que prosigue. Arriba, la parroquia, de hastiales lisos, y en medio, el campanario, con una faz quemada de sol y la otra en la umbría; un esquilón a cada lado de la nariz de la esquina; en lo alto, la cupulilla, con las graciosas asas de los contrafuertes chiquitines, como un cántaro dorado; el follaje de la veleta se embebe y se sumerge en el azul.

Si terminase así el pueblo, resultaría de una fórmula de perfección, o de simulación intelectualista. Pero, no; todavía hay un derrocadero, crispado, roído, de belén de corcho, con figuritas aldeanas tendiendo ropa; y en cada lienzo que ponen a secar se precipita una hoguera de sol. La cima, de escombros antiguos, está tapiada; un portalillo, y en la punta de la caperuza, una cruz: el cementerio, sin un ciprés... Desde allí se verá el mar. Viene su promesa con un viento ancho, calmoso y salino; palpita entre los almendros, y parece que se hinchen unas velas gloriosas, muy blancas. La lumbre, de mediodía de Oriente, aquí no ciega; aquí unge la carne torrada de los bardales, de las techumbres, de la piedra; se coge a todos los planos y aristas, modelando con paciencia lineal las cantonadas, los pliegues, los remiendos, los paredones de albañilería agraria, la paz del ejido, la prisa de una cuesta...

El parral es una claustra vieja de pilares gordos, encalados; las vigas son de troncos de pino y almendro; y el artesón, de canas enteras, con sus pieles tostadas como de panochas maduras. Las vides se tienden y se retrenzan y cuelgan. El toldo se mueve con su oreo va cernido y vegetal, con latido y gracia de sensibilidad suya.

De seguro que estas parras fueron escogidas meditadamente. Han de ser de distinto veduño. Allí estarán los dos linajes de Valenssi: el de uvas moradas, y el de hollejo delgado y translúcido, con sus toques de canela de sol. Pesan de tanto azúcar, y se escarchan y resisten hasta la Navidad; entonces, sus granos nos crujen en la boca fríos y finos, y se nos derrama el sabor de los días grandes del verano.

Cuando le presenten a Sigüenza el frutero, un frutero de loza, desbordante de racimos, como un jarrón barroco de portal de jardín, los cogerá de las dos castas, sopesándolos y complaciéndose posesivamente en las dos; y si tomó un gajo de la blanca, antes de acabársele, se volverán sus dedos a pellizcar de las uvas negras.

No faltará la cepa de lairén y de Cambrils, de granos duros, hinchados, tirantes, de un color íntimo y sensual de amatista, con alguna desolladura de abejas que mana la sangre de su arrope.

Estará también la vid de Corinto, de uvas largas, lisas, de cera, sin granuja, casi desnudas, sólo cuajadas en su miel; femeninas y perfectas. Una balanza de químico paciente ha pesado la precisión de su zumo, de su pulpa, de su color, combinando los elementos sutiles de su forma. Fruta para los dedos y los dientes de una señora de primorosos melindres, del siglo pasado, en la desgana de una convalecencia casi sin enfermedad.

...Pero aquello del frutero en colmo, y lo de decir las calidades de los sarmientos, no es posible ahora. El parral está en cierne; los pámpanos acaban de crecer, ensortijados de zarcillos que se quiebran de tan tiernos. No comerá Sigüenza los racimos de Navidad. Los ve agraces, y el envero y maduración irá midiéndole el tiempo de su partida. Todo ha de realzarse y oprimirse a costa de nosotros mismos.

Y para que no se le pliegue su alegría, se pone a mirar las avispas, los abejorros, los escarabajos que vienen a las parras.

Las avispas vuelan con dejamiento, con descuido de sí mismas. No se preocupan ni de recogerse las patas. Deben haberse dicho: «Voy cerca, y no es menester que me suba las piernas; colgando van bien; tal como estaba, sobra...». Esas zancas llevan una media de vello arrugadita y caída. Pasan, vuelven, meciéndose en el sol, distraídas y comadres.

Los abejorros, repolludos y malhumorados, se afanan por sentir mucha prisa. Si no se fijan ni cavilan más en las cosas, no es porque les falte capacidad de atención y ahínco; y, si no, que se repare en el bramido que llevan. Pues, si se estuviesen en torno del parral, no lo podría resistir el envigado; cada pámpano se estremecería, doblándose bajo el ímpetu de su viento; una perdición. Además, es que no pueden parar. La inmensa mañana les solicita; todo ha de recibir la sensación de su diligencia.

Llegan los escarabajos con su negrura pavonada. Antenas, palpos, patas se les cruzan reciamente como un costillaje. En su sotanilla bombada y en su bonete, traen ellos todo el sol de los campos en una gota; todo el sol miniaturizado dentro de un azabache. Sus alas y elictras son un molino de hélices y exhalaciones moradas. Se pesan tanto a sí mismos que rebotan contra los pilares. Temen no haberse puesto las alas que les corresponden. Esa es su lástima. ¡Tan bien acabados, esferoidales, carbonosos, bruñidos, organizados para empresas de terquedad, y con las mangas tan cortas que no les permiten sostenerse en todo el día del cielo!

Ven la redonda entrada obscura de un cañuto del techo del parral. Las avispas y los abejorros han visto ese agujero, y nada. Pues los escarabajos no pasan delante del misterio sin escudriñarlo. Les obliga su naturaleza y su crédito. La creación les contempla. El mediodía tan grande, con tanto sol, no puede sumergirse en un tubo de caña. No importa: allí está el escarabajo. No temerá. Para él solo estaba guardada la tenebrosa aventura. Y se agarra al borde del cañuto y se va asomando. Su cuerpo tan orondo principia a sudar y crujir, adelgazándose, afilándose para internarse en el abismo. Después, se queda silencioso; y en silencio, blandamente, se hunde. Fuera, está toda la mañana esperándole. ¿Qué sabrá, a estas horas, el desaparecido? ¿Cómo podrá salir?

El desaparecido sale reculando, y en seguida se le encienden en su espalda y en su sombrero de luto los negros fanalillos de sol. Y se pasa a otra caña horadada. Es otro misterio. No se cansará el investigador. Vuelve a sumirse; vuelve a salir; y acude insaciable al cañuto de al lado. ¿Qué hace dentro? Está encogido, atendiendo lo que piensa de él la gloriosa mañana. A otro cañuto, después al siguiente; todos los pesquisa; y nunca acaba, porque tiene el goce doctísimo de volver a penetrar en los mismos misterios de los mismos cañutos de antes, sin darse cuenta...

Tocan las campanas, muy poco, cabeceando con pereza. Tocan lo preciso para acentuar «las doce». Mediodía exacto. Todo el pueblo se sienta a comer; y los jornaleros que están en la labor, dejan hincada la azada y la reja, y buscan su atadijo de pan, companaje y navaja.

El mediodía se queda sin nadie. Ahora parece más inmóvil el pueblo, recortado calientemente. Sol. Sol en cada teja, en cada guija, en cada brillo. El pueblo es un cantarero apretado de jarras que resudan, y en lo hondo duerme el frescor de una paz viejecita.

Aprovechándose de la soledad viene una araña invisible por el azul y cuelga la tela de una nube blanca y delgada desde el cementerio a un asa del campanario. El silencio es tan grande y tan fino que Sigüenza no se atreve a gozarlo por si se rompe como un vidrio precioso.

Y se quiebra la urna diáfana, rajándola hasta lejos de la herida el regruñir candente, rojo y retorcido de una piara furiosa.

Toda una piara alborotada en los gañiles de un cerdo. No había sino uno, atado por la pezuña enfangada a una olivera.

Y Sigüenza baja a la huerta para mirarlo. En el portal se le junta el labrador; y se sientan en la umbría de la noria.

Este cerdo, y su cerda que está criando en la tibia pocilga, los mercó y los trajo el labrador dentro de la faja, dormidos, plegados como el pañuelo de hierbas.

Y le va contando a Sigüenza que este cerdo ha sido cebado nada más que con dassa, maíz, maíz en grano y en harina. Otros le dan de comer al suyo patatas, desperdicios y hasta cadáveres, como hacía el sepulturero de un pueblo de Valencia.

La carne, la enjundia, el tocino, los quebrantos, todo en su cerdo ha de ser muy gustoso, porque además de su legítima mantenencia, le viene de raza. Es de raza murciana: la mejor, y costosa de engordar. El cerdo murciano crece apretándose; no como el americano, que se hincha y se engrasa pronto y flojo.

Sigüenza ha de recordar los ejemplares yanquis. El cerdo de Norteamérica es alto, blanco, sonrosado, limpio como si lo bañasen y adobasen ajos masajistas de bata esterilizada. Parece un cerdo de celuloide. Su cabezota es tan grande que, a veces, semeja postiza. No tiene mirada feroz, sino un cansancio, una cortedad de ojos rubios. Es un cerdo sinónimo del cerdo, es decir, su imitación; y, como todas las imitaciones y las restauraciones, excede a la verdad originaria. Claro que el cerdo de América es cerdo hasta en la torcedura de su rabo rudimentario, aunque lo apócrifo surja en su traza y en lo íntimo de sus sabores.

Este cerdo de la heredad de Sigüenza acaba de tenderse en la sombra del olivo; el oleaje de su vientre se le queda dormido y volcado en la gleba, y le rebullen de moscas dos verrugas. Esas verrugas son la ejecutoria de su pureza étnica. No hay sino mirarle las nalgas rotundas y grises como de pórfido, perniles vivos y ya curados; el rabo que brota de la hendedura es mono de vieja y pezón de calabaza. Y arranca, en seguida, la comba del lomo, poderosa y tirante capacidad que no se rompe y su perfección hace palidecer la piel entre rodales de pelo rígido; y luego del arco robusto de la espalda, la testa obtusa, rápida y fragosa; entre los andrajos de las orejas, la sensación de una mirada de ojal oblicuo; la rodaja de caucho del hocico con quijadas de fuelle, y, al abrirse, surgen dos colmillos nítidos, resplandecientes, guardando la pasta tierna de la lengua color de rosa.

Todo el enorme animal se despertó, volviéndose un poco hacia Sigüenza; resopló en la inmundicia, y su mirada de cicatriz le decía:

—Esto se acaba, porque llego a la plenitud de mi gordura. ¡Soy perfecto!

Era verdad. A la siguiente mañana lo degollaron.

Tocan a muerto

¡Tocan a muerto! El claror que pasa por los postigos todavía tiene la palidez fresca de la madrugada.

Pero ¡tocan a muerto!

Y Sigüenza brinca de la cama.

Es viernes; y el lunes, en un atajo, encontró al barbero del lugar que iba de jornada de quijales, de masía en masía; y Sigüenza le dijo:

—¡Aquí no hay entierros!

—Aquí, sí, señor, que hay; cinco o seis por año, de los viejos que se van muriendo poco a poco.

—¿Y cuántos viejos quedan ahora?

El barbero se puso a cavilar, y fue recordándolos por el apodo y por el mal que padecían.

Pues uno acabaría de morir. Y Sigüenza se lava y se viste a puñados.

Tocan a muerto. Algunos sones se quedan balbucientes en los labios de las campanas; otros, vuelan con temblor de murciélagos en torno de la parroquia; otros, salen anchos, claros, enteros.

Sigüenza corre rasgando un viento velludito de humedad. No es temprano; es que el día no puede crecer porque se topa con el techo de un nublado fosco. Detrás de las sierras rueda la tronada blandamente, con llantas de nubes hinchadas, algodonosas que, lejos, se deshilan en lluvia perpendicular y azul.

Una larga blancura sube por todo el filo roto de la cumbre de Bernia.

Bernia es un galeón volcado, con la quilla quebrada a martillo; y entre las púas y rajaduras de esa carena de pedernal se carda, se descrina la nube; va cayendo torrencial, toda de espuma, y en la vertiente se parte formando corderos muy gordos que caminan bajando y subiendo, aprovechándose de la soledad del monte. La soledad de siempre, se significa, se cuaja hoy en un color morado. Bernia aparece sin rasgo, sin denominación vegetal para los ojos. Su plana de labrantío, de huertas tiernas, de pinar joven; los ramblizos, los breñales de sus laderas, todo está inmóvil, empastado del mismo color; toda la serranía lisa, únicamente morada.

Aun baja más el nublado. Todo el paisaje se cierra en un mismo recinto y en un mismo silencio. El olor del viento, que viene de otros campos embebidos, se desploma en la quietud de aquí.

En el secano, el temporal derribó un almendro que está tendido, descansándose con un codo, y así puede subir la frente de follaje mirando la lejanía. Labra una yunta; va dejando la reja un crujido fresco, el único ruido preciso, pronunciado en la mañana, y entre la tierra roja estalla el oleaje del pedregal nuevo. Se paran las mulas volviéndose a Sigüenza.

—Tocan a muerto. ¿Quién habrá muerto en el pueblo? Y no lo sabe el labrador.

Ahora el nublado se rebulta, se raja, y camina cayéndose; tiene costas y abismos, blancuras de candeal, bronces, gredas, paños. Se amontona un tránsito de apóstoles de barbas dobladas por el vuelo, de sayales gordos; de vírgenes lisas; de ángeles con las alas rotas; todos los pobladores del cielo venerado en las parroquias pobres, todos han salido como estaban en la obscuridad de los retablos, sin andas, sin luces, sin devotos, y se arremolinan en la media naranja del día; se empujan, se desgarran y aplastan; y en ese tumulto procesional de las nubes sale también el Señor, el Señor en las multiplicadas formas de hombre, de flor, de pastor, de piedra angular, de torre, de carnero, de Abel, de árbol de la vida, de Pontífice; todas las estampas de los nombres que han ido dándole San Justino, San Clemente, San Efrén... Todo el cielo ha salido revuelto por la tormenta; todo el cielo se ha quedado sin gloria y sin nadie. De pronto, la tronada se desgaja encima de Sigüenza; y le cae una lluvia crujidora, que levanta un humo oloroso del tempero de los bancales. Las campanas doblan emblandecidas, esfumadas detrás del cáñamo recio del agua.

Sigüenza se refugia en el parador de la carretera.

Vaho de gente de camino; tartanas forasteras; frailes de San Francisco, ruidosos de rosarios y crucifijos que se golpean contra sus sombrillas empapadas, sus sombrillas de paseo rural. Sigüenza pregunta por el difunto a un hombre corpulento, de chaquetón de pana desollada, que está escurriendo la lluvia de su sombrero de palma de Argel. Pero este hombre se ríe, porque es el sanaor, el castrador de cerdos; acaba de llegar bajo la tormenta, y no le importa el difunto.

Y es que, además, no hay difunto. No ha muerto nadie. Tocan las campanas al funeral de un novicio que nutrió aquí, en la heredad de su familia; y hoy se conmemora el aniversario.

Ya se abre más el día. Apariciones de azul desnudo; glorias de nubes de tabernáculos; el arco iris perfecto desde el mar a Ponoch; debajo de los colores pasa un niervo: distancias de sol crecido; una respiración mojada y caliente; estruendo recial de las avenidas de los arroyos. Los follajes, los cardos, las bardas, las urdimbres de las arañas se han cristalizado de gotas de lluvia retenida.

Suben los frailes a la Parroquia. En los portales aparecen gentes de luto. Abuelos y mujeres con un brazado de hierba, con una cabra atada, y detrás las crías, que rebotan oblicuas; y de cantón en cantón, sale la tonada de la ocarina del sanaor recogiendo los gorrines.

Sigüenza principia la cuesta del cementerio escombrada de muladares. Las hornacinas del vía crucis se han derrumbado sobre plastas y costras de vertedero que hierven de moscardas. La máscara de una quijada entera de macho cabrío se descarna riéndose; su cuerna podrida se estremece de hormigas. Y sobre los hombros de Sigüenza una voz fonda le dice:

—Ahí está tres años; todo está así tres años, desde que se me quedó baldada la mujer.

Es un viejo con el cráneo calzado de pelo duro, y la espalda agobiada, como si le bramase un costal de leña; su osamenta de encina le pliega y le empuja el pellejo; tiene la cara bronca, y una sonrisa mansa; y por los brocales de sus órbitas le asoman unos ojos menudos y buenos. Se le para un tábano en la sien, y no se lo siente.

Como Sigüenza se queda mirándole, él se presenta alejado históricamente en tercera persona.

—Es Gasparo Torralba, el que se cuida de lo de arriba —Y va sacando de las alforjas de su faja la llave oxidada del cementerio—. Antes, yo y la mujer...

Y Gasparo pasa el portal refiriendo su vida y su oficio. Pero Gasparo es una promesa para otro día. Ahora, no; ahora la mañana rodea inmediatamente a Sigüenza. Se le aparece el mar, y en seguida le llega su olor; aliento de anchura. Inmóvil, dormido, con una nieve virgen de sol. Las costas nuevas, recién cortadas. Los pueblos de la orilla, con una gracia ligera, fina, gozosa, de vida vegetal que acaba de surgir.

Bernia ya no es un galeón volcado; no parece sino lo que es: una montaña; nace en la claridad del mar; y se interna entre serranías, coordinando y renovando paisajes. Se desdoblan otras cumbres con una fluidez, una movilidad de realces de los cultivos, de las arideces, de piel rosada de bojas; la sierra de Tárbena, de colores maduros; el Chortá gordo y rapado; la crestería sollamada del Serrella.

Al otro lado, Aitana, la sierra madre criadora; sus collados, sus raíces, todos sus ímpetus se paran, de pronto, en las espaldas del Ponoch, que prorrumpe sin preparación de laderas, vertical, encarnado, rebanado a cercén por las sienes.

Gasparo se asoma por el tapial. Le agradaría mostrarle a Sigüenza su huerto de cruces. Sigüenza ha de volver. Conversarán de sepultura en sepultura. Ahora nada más verá la del novicio, imaginándose que así le ve y le conoce antes de su funeral.

Es una casilla, una celda de argamasa, con el portal de hierba. Dentro, en un rincón, se hincha el suelo con un vientre acortezado de ladrillos, como una artesa. Zumban las moscas gordas y azules; corren las cochinillas tropezando despavoridas; se ensortijan y atirantan las lombrices en la frialdad de su suco. El cortezón abollado de adobes es como un lienzo ceñido que transparenta todo el franciscanito: frágil, menudo, con una pelusa de gramínea en la boca intacta y en la barbilla de almendra, y sus manos anatómicas abiertas sobre su hábito de cartón. Un San Francisco infantil y calcinado de Cimabué.

Allí se siente el pulso de la quietud de fuera.

Sigüenza baja a la Parroquia; y Gasparo Torralba se queda porque aguarda que suban los frailes y la familia del difunto después del oficio. Rezarán, llorarán y le darán limosna.

Acabó la misa; y Sigüenza nada más alcanza el responsorio. El Requiem vibra como un himno de consagración; y hasta el pobre órgano, de resuello cansado, se esfuerza hoy en exclamaciones tan juveniles, tan claras, que parece pasar el sol por todos sus caños como a través de una vidriera de colores. Toda la nave retiembla por un empuje coral de mozos de rondalla; y el chantre, el organista, los artesanos de la música del pueblo, se agrupan sobrecogidos escuchando. Desde las bancas, los abuelos de cráneos ascéticos y cayadas de pastor, miran inmóviles hacia el coro. Las viejecitas, dentro de sus mantos o de la toca de sus mismas haldas, se complacen en su Parroquia y lloran. A veces han de secar sus dulzuras para coger de un puñado a los chicos que se amontonan en el túmulo dejando su olor de escuela. El túmulo parece vestido de mortajas rígidas, con orlas de un galón amarillo como las luces de los hachones y, en medio, una calavera estampada. Allí remansan los frailes con sobrepelliz y estola, con capa pluvial, con dalmáticas negras. Y los dos capellanes del pueblo, los amos de la casa, sirven humildes a los forasteros, dándoles el acetre, el hisopo, el libro, el incensario.

Terminan las preces, rectas, exactas, con un tono triunfal de doxología; y los ojos y los corazones se alzan como si viesen la asunción del frailecito.

Ya sale la gente al sol de la plazuela. La familia de luto recibe el parabién de pésame. Mediodía magnífico que va embebiéndose los olores húmedos. Los frailes abren sus sombrillas. Andan con reposo de plenitud, de contento afirmativo. Han empujado a su novicio desde lo hondo de la artesa de adobes hasta lo alto de la gloria. Y comerán en la heredad del difunto.

El Cristianismo incorporó a su liturgia funeraria el festín pagano de los ritos de la muerte. La cena novemdialis; la comida in memoriam en torno de la tumba, es un arroz con pollastre en la comarca levantina.

Y a Gasparo Torralba le zumban las moscas gordas y azules de la sepultura de argamasa. Sale al portalillo; mira la cuesta de muladares y escombros.

No sube nadie.

Doña Elisa y la eternidad

Doña Elisa, la dueña de la heredad, quiere visitar a la familia de Sigüenza. Lo ha dicho la labradora.

Sigüenza se promete quejarse a doña Elisa de que estén cegadas las ventanas mejores del casalicio: las del lado de la sierra Bernia, la sierra del amanecer donde rebrota, todos los días, el sol nuevo, encarnado, fresco, goteante de mar; y las de poniente, bajo el monte Ponoch, en cuyos hombros rueda el sol viejo; se hunde la luna amarilla, descortezada; se desgranan las luces arcaicas de las constelaciones; pasa volcándose toda la gloria y todo el cansancio del firmamento.

Dice el Eclesiastés que la risa, el habla y el andar del hombre muestran su corazón. Pues el ánimo del dueño de estas heredades se manifiesta en las ventanas; aquí, aun sin querer, pone su tono, sus resabios, sus cavilaciones, sus conceptos, singularmente el de la interinidad de la vida. Crece el edificio; va cuajándose su fisonomía con los rasgos de los balcones, de las rejas... (Una ventana encima de un huerto, del mar, de las soledades de un monte, nos comunica las complacencias de los que están junto a la vidriera mirando.) Y apenas se acaban estas órbitas, el dueño les baja unos párpados de ladrillos. En la faz tapiada se endurece una mueca de avidez, como la de los tuertos y sordomudos. La ventana no es sólo la mirada, es también el grito, la ansiedad, la sonrisa hacia los senderos, las nubes, los caminantes, las aves, los rebaños, la lluvia, las estrellas... Su dueño pensó: «Por ahora dejaremos cerrados los huecos de esas ventanas». Ya no hay remedio. La obra envejecerá lisiada y precaria.

...La mujer labradora llama desde los parrales para recordar a Sigüenza que hoy ha de venir doña Elisa.

Sigüenza sube a los sobrados. Serían los aposentos más sensitivos a la claridad, a las distancias, al silencio del paisaje; y también están ciegas las fenestras de su predilección. Nada más quedó acabado el bastial de la entrada de la carretera; pero, arriba, los postigos no tienen vidrios, y pasa y sale un alboroto de golondrinas que fraguan sus nidos de una arcilla tierna y carnosa, y las avispas amasan sus cartujas diminutas en el yeso de los rincones. Retumban los pasos de Sigüenza, y al pararse sigue el latido de las carcomas que van rosigando cofres desollados, butacones retorcidos entre harneros, calabazas, cofines, que todavía dejan olor rural. Recostada en un odre de aceite hay una caja grande, redonda; y, al levantar la hoja de cartón, se le aparece a Sigüenza una corona de difunta, como una enorme araña que se ha desjugado, que se ha congelado; una estrella de mar, glacial y profunda; un trenzado de alambres, de follajes de tela, de abalorios, todo de una blancura agrietada; y aun le queda el asa para colgarlo de una lápida. Le parece a Sigüenza que haya abierto un pomo de olor de años, de años de una virginidad ya sin cuerpo. Y vuelve a poner la losa de tiempo y de cartón.

...Ya viene, ya viene doña Elisa por la carretera. Principia la siesta. Sol. No rebullen los árboles. Los bancales cavados son de color de naranja, y, encima, pasa como un trazo de frescura el ruido de las fuentes de la rambla que resplandece de pedrizal.

Viene a lo lejos doña Elisa. Es decir, vienen dos mujeres muy despacito. Hace tiempo que están bajando la cuesta. Las dos solas en todo el camino, y sus haldas dejan un humo de tierra.

Viste la señora hábito del Carmen de mucha ropa, y le baja hasta el vientre una mantellina de pana. La cubre un paraguas de ballenas combas que trae su sobrina, también vieja, menudita y dura; el filo de la espalda le sale bajo el manto; todo lo mira con humildad y con antiguo rubor de soltera. Las dos calzan alpargatas grises.

Sigüenza les da sillas; elogia el casal, y se duele de las ventanas tabicadas.— Esas ventanas...— Pero no pudo decir más. Es que en seguida la señora, cansándose, desmemoriándose y enmendándose, inocente y terca, lo habla todo. Todo lo recuerda como si lo viese bajo un vidrio empanado. Saca exclamaciones, anécdotas, lloros, risas, refranes; y con los dedos, rígidos y estremecidos, parece que se lo deje en la falda; se le olvida y después lo toma y lo descoge. A veces le lloran los ojos sin pena; o le solloza la vocecita, con los párpados enjutos; y la mirada se le duerme en un telo, en una niebla de desolación.

Y Sigüenza se dice: Es que se sumerge en una quietud de eternidad; es el presentimiento velado de la eternidad; ¡es la eternidad!...— Todavía no se le quejará de las ventanas.

La señora pertenece a la casa de más hacienda y rango de todo el término; como que a su padre lo secuestró una cuadrilla de ladrones para exigir rescate.

—¿Es que iba de camino y solo por esos montes? —le pregunta Sigüenza.

No; no iba de camino, sino que estaba paseando al sol, en esta misma heredad. Porque entonces la heredad estaba más lejos del pueblo que ahora; el pueblo no bajaba tanto; se apretaba todo al amor de la parroquia; y no había carretera.

Salieron criados y labradores en busca del señor. Una noche y un día resonaron sus trabucos por las barrancas y torrenteras. Un jornalero vio descolgarse a la cuadrilla en su refugio, y montó en un mulo que le derribó de un bote, y él, recobrándolo, se le agarró a la piel y a la crin y lo aguijaba rajándole el lomo con la punta de su navaja; el macho pateaba y relinchaba de dolor, galopando por las veredas, encima de los derrumbaderos; así corrió para dar el aviso. Doña Elisa, y su madre y todo el familiar pasaron la noche y el día llorando juntos, en un corro delante de la lumbre. Entraban los lugareños, los cabreros, los leñadores. Se callaban de súbito para escuchar un estampido remoto y, a la otra tarde, vino libre el señor. Tres mozos traían atravesados en sus mulas a los ladrones muertos; las ancas de las bestias llegaron rojas de sangre. Y, al subir la cuesta del pueblo, volaron todas las campanas de la iglesia como el Sábado de Gloria.

Doña Elisa sonríe. Era entonces muy criatura. Tampoco durmieron esa noche. Todos acudían a ver y oír al caballero rescatado. Y ella y dos rapazuelas se escaparon al cementerio, donde estaban los ladrones tendidos en la hierba mojada, con los ojos abiertos a la luna; Y desde el primer nicho del Calvario, se volvieron llorando y riendo despavoridas. En aquellos tiempos suyos todo era grande y más recogido. El mundo estaba muy lejos. Los pueblecitos del valle se sentían en la soledad; se oían unos a otros en las distancias. Ningún trajín. Ni siquiera diligencias ni carros. Senderos y caminitos de herradura. Hasta los campanarios semejaban más altos para hacerse compañía. Cada pueblo cantaba sus tonadas desde lo antiguo; y a la madrugada de los sábados sacaban la imagen de la Divina Aurora llevándola de portal en portal, entre viejos fanales, y rondallas de labradores con clarinetes de picos de avestruz, adufes como cedazos, guitarras de ciego, y bombos de feria, todo junto de un sonido pastoril; y, de repente, callaba, y se abrían las gargantas, como si cantasen los campos, los montes y los caminos:


A la Aurora tenéis a la puerta,
Tenéis a la puerta,
Pidiendo limosna,
Pidiendo limosna si le queréis dar;
Para nacerle una ermita a su hijo,
Que no tiene casa,
Que no tiene casa ni donde habitar.


En aquellos tiempos suyos todos eran crecentes, crecentes y sumisos. Los ladrones que cogieron a su padre rezaron el Rosario antes de la cena; le decían señor, le pedían permiso para fumar en su presencia...

La señora se queda inmóvil con los manojos de los dedos encima de la helada hinchazón de su vientre. Se le para en sus ojos la bruma de la quietud perdurable. ¡Es la desgana de lo de ahora; es la eternidad, es la eternidad! —vuelve a decirse Sigüenza, y aun no se atreve a mentar las ventanas tapiadas.

Doña Elisa se desposó con un mayorazgo. Los dos muy jóvenes. Don Pedro, el marido, se prometía muchos hijos. Tanto amaba las criaturas que, las noches de invierno, a la luz de un velón, iba, muy despacio, a saber si estaban abrigados los chicos de sus jornaleros. Sigüenza se lo imagina con todos los hijos deseados. A mediodía, después de vigilar sus labores, sube al comedor, diciéndose con Juan Boscán:


«Comamos y bebamos sin recelos
la mesa de muchachos rodeada,
muchachos que nos hagan ser agüelos».


¡Y todas las ventanas de la heredad estarían jovialmente abiertas!

Nació una hija. Don Pedro encomendó a Valencia los pañales, las ropas de acristianar, todo de lo más fino. Todo lo guarda en su cómoda doña Elisa; y dos veces al año lo saca al oreo. No sosegaba don Pedro. Quiso mejorar sus propiedades. Una muy rica, en la calma de la Marina, toda de moscateles, fue la primera que escogió para sus propósitos.

La sobrina, muy apocada, recuerda el júbilo de las cosechas, cuando escaldaban las uvas para hacerlas pasas. Las cajitas blancas, lisas, de madera de chopo, de la chopera de otra heredad, llevaban los racimos confitados al puerto de Gandía y, de allí, a todo el mundo. Y don Pedro arrancó las primorosas vides, trocándolas por cepas de vino. Se pagaba más caro el vino que la golosina de la pasa. Siguió don Pedro sus pensamientos. La horada de enfrente del casalicio, al otro lado de la carretera, de bancales crasos y frescos, toda fue de naranjos, naranjos antiguos; sus troncos y ramas, como los pilares y bóvedas de una catedral. El olor de sus flores llevaba hasta muy lejos una emoción de bodas, de delicias de jardines; los montones de la fruta eran como colinas de sol. Y don Pedro también arrancó los naranjos, todos los naranjos, para plantar alcachofas y almendros; y aquellos árboles tan grandes y hermosos están aquí, en la casa, y no se ven: sirvieron de leña para los hornos de cal de la obra. Y cuando ya se acababa, el Señor principió a probarles en la desgracia: murió la hija; y después, don Pedro.

—¡Allá se fue el carro por el pedregal! —dice doña Elisa.

Pronunciándolo se le desgarran los labios y las quijadas, se atolondran sus manos, le cruje su osamenta; de verdad se ve el carro que caminaba por tierra apacible y, de súbito, desborda y se hunde y brinca por el áspero tumulto de una rambla pedregosa.

En seguida se le nubla la mirada con el telo azuloso, como los brillos viejos de los retablos con el velo morado de la Semana Santa. Es la eternidad, el dolorido misterio de la eternidad...

¡Aquella hija, la única hija, gloria y gozo del pueblo...! Se la pasaban de casa en casa como una luz de felicidad que querían tener todas las familias.

Todo hubiese sido para esa hija: esta heredad, las de la ribera con sus hortalillos como de monasterio, las de la Marina, los secanos de olivar, los pinares de Puigcampana, las llencas de algarrobos y sembradura de Margoch...

...Como ya se cierra la tarde, se despiden la señora y su sobrina, y cogiendo el paraguas gordo, enrollado, salen bajo el parral, acompañadas de Sigüenza. Dejará a doña Elisa en su casa del pueblo, y así le hablará y le pagará el arrendamiento del año.

A nada se vuelve, en nada repara doña Elisa, ni siquiera en una malvarrosa que plantó el difunto don Pedro; la malvarrosa no medra porque la muerden los ganados cuando vienen de pasturar. Acude el labrador para contarle que la noria sube cada día menos agua porque los cangilones se criban y el pozo se escombra. Doña Elisa no le atiende; pone su mano estremecida y dura en el filo del hombro de su sobrina; y las dos se apartan por el camino todo en sombra morada.

No; la señora no quiere cavilar ni desperdiciar dineros en una hacienda que sólo ha de tener mientras viva. ¿Y qué le queda de vivir a sus ochenta y seis años? Después, sin hija ya en el mundo, los bienes de don Pedro irán a poder de los de su sangre, y las heredades de ella, a los de la suya. Dejó el esposo sobrinos que esperan... Le queda a la señora la sobrina. Todo el pan está ya rebanado y a punto de que se lo repartan. Doña Elisa, con sus alpargatas, su toca y su hábito del Carmen, ya no le falta sino acostarse en la tierra, al lado de la niña y del marido... Y otra vez se le llenan los ojos de bruma inmóvil de eternidad: ¡Es la eternidad...!

Sigüenza se revuelve mirando la gota de lumbre de Venus, lumbre jugosa, de una sensación de desnudez. Ya baja por los hombros del Ponoch. Se lo avisa a la señora, que no puede levantar tanto su frente; y la sobrina busca el lucero por otro horizonte... Venus se hunde veloz, quebrándose en la humedad de la mirada... Se ha embebido el zumo de claridad, y el cielo se va desamparando. Por las noches ha de salir Sigüenza para ver el tránsito de la luz encarnada de Marte; del cuerpo de Júpiter, que centellea preciosamente; del Escorpión, que retuerce su cola y su uña de diamantes; de la Balanza, que vibra leve y recta con sus joyas en los platillos infinitos —un peso gracioso para que juegue la nena de la señora—. Después, aquel trozo de noche se ahonda, y Ponoch resalta más inmediato y torvo... Eso se podría contemplar desde las ventanas, las ventanas ciegas de nacimiento...

Pero la señora sólo aguarda la muerte... ¿No vio Sigüenza la corona de la hija?

Sí que la vio; una corona de cristalitos y flores de paño para una muerta con calcetines blancos y lazadas blancas y trenzas rubias...

Y la señora se para mirando a su sobrina: las dos: la nena y la sobrina nacieron el mismo año. ¡Ahora cumpliría la hija los sesenta y siete!

Ha desaparecido la emoción de infancia como un lucero detrás de la vieja foscura del monte.

Ya pasa, de cumbre a cumbre, la vía láctea tan fresca y aldeana que parece un arco de flor de trigo.

De la casona de doña Elisa, silenciosa y profunda, sale un vaho de cosechas que envejecen en los desvanes, y, sin embargo, hay un íntimo olor de pobreza y abandono. El quinqué estampa en los retratos amarillos de la cómoda una claridad cerrada, concreta. No ha de alumbrar ni costura, ni libro, ni diálogo...

La señora se ha sumido en su sillón de vieja.

Es nada más un hábito de mortaja, una faz exangüe, un frontal ascético... Pero Sigüenza ha de cumplir sus deberes de inquilino; y encogidamente le ofrece los dineros del alquiler.

Quizá no los vea doña Elisa desde su retiro del tiempo ya pasado, desde la bruma de sus órbitas, la bruma de eternidad.

Desde allí viene su voz preguntando:

—¿Es lo del año; todo lo del año? —y sus dedos de difunta abren los billetes y vuelven a doblarlos; palpan los duros y hacen montoncitos.

—¿Y todo está aquí? —en seguida llama al sobrino que le gobierna y cobra las rentas; un hidalgo rubio que, los domingos, toca el órgano en la misa mayor.

También le cuenta los dineros, y resultan cabales.

—¡Todos, y tan pocos! —suspira doña Elisa—. Y otra vez los repasa, los palpa, los sopesa. Los tiene un rato cogidos; los guarda en la cómoda; se hunde la llave en el seno, y vuelve a su butaca. Y otra vez se le nublan los ojos con el velo de la quietud impasible de la eternidad; es la eternidad...

Gitanos

En la hornacina de yeso de una ventana tapiada puso unos vasares de maderas para sus libros. Ahora iba escogiéndolos y colocándolos otra vez, dejando una tabla para el pote de yodo contra las picaduras de los insectos, las tenazuelas para las espinas del breñal, el cuenco de loza fresca del tabaco, el fanalillo con que alumbrarse de noche por la cuesta de la fuente...

Limpio y ordenado ya todo, sentiría Sigüenza un principio de vida disciplinada, un goce de estrenar una buena hora de trabajo, una claridad de promesas, delante de sí mismo y de los volúmenes y de las cosas en sosiego.

Su cuarto era pequeño y encalado; las sillas, de olmo con asiento y respaldar de esparto; la mesa, virgen, sin adobo de barniz, y en medio, un pichel de vidrio aldeano con rosas; el balcón, a la sombra de un ala palpitante del toldo, y un postigo con red metálica que dejaba pasar el oreo sin moscas. ¡Ni una mosca! Nada más una que se parara en las flores, en los libros, usándose el manto, latiéndole la trompa, mirándolo todo con sus ojos hinchados de color de café, una mosca le trastornaba el silencio y la quietud más que un grito.

Y estalló en el aposento un zumbido de furor. Una avispa. Una avispa golpeándose contra la mañana enrejada por la celosía de alambres.

«La veré sin temerla; la miraré detrás de su prisión; la miraré, de cerca, su cintura, su vientre, su corpezuelo afilado, su vello estremecido». Y para que no se le fuese, cerró de un manotazo la hoja del balcón y saliose a la terraza.

No estaba la cautiva. Entró; abrió el postigo, y la vio aplastada sabiamente por el bárbaro golpe.

Desabor inicial del día. Y pasaron las moscas, y volaban en torno de sus sienes. Entonces, dejó de par en par los balcones; aspiró con avidez el verano, y se tragó un remolino de jovialidad que venía de la era. Lo postrero de la trilla.

Ese término de la trilla le avisaba ya del tránsito de una época rural. Del paisaje tierno a los campos en rastrojos. La vejez, la consunción del tiempo, tenía aquí más dolorida evidencia que entre la piedra y la prisa de la ciudad.

Cuando Sigüenza vino de Madrid estaba el labrador remendando la era según los preceptos de Virgilio:


Area cum primis ingenti aequanda cylindro,
Et vertenda manu, et creta solidando tenaci...


El labrador Francisco Bresquilla no había leído los viejos preceptos de las Geórgicas. No sabía leer. Pero Virgilio los escribió gracias a los Francisco Bresquilla.

Injertó en su ejido nueva piel de greda, y fue modelándola como una obra tierna de alfarero que crecía entre sus manos. Cada vez es más ancha la era de Francisco, porque allí acuden a trillar de muchas masías; él, deja su era, sus bieldos, su ruejo, sus zarandas, la sombra de los olivos desgarrados, esos olivos que dieron también sombra y aceite a los moros; él, sirve de meseguero de las garbas ajenas, y en pago de todo recoce la granza, el pajuz, que guardado en el corral se trueca en estiércol grueso. Además, participa de las comidas patriarcales de los trilladores, regocijo y abundancia de la parva. Y allí estaban hartándose, y la finca y el casalicio dormían las horas del bochorno.

De repente le sube a Sigüenza la voz de la labradora, encogida por otra voz maja y zalamera de gitano.

—Me llegaré donde están los hombres para decirlo.

—¡No se vaya, comare, comarita, que usted se bastará!

Recatadamente se asoma Sigüenza.

La labradora se inclina más vieja y desmedrada junto a un mozallón, roído de viruela, con un alboroto de tufos de pringue, la mirada caliente y los colmillos blancos de mastín.

En la carretera se ha parado una tribu andrajosa. Críos desnudos devorando basuras; viejos de una flaquedad de galgos con cazcarrias; mujeres de cobre que vibran finas, cinceladas entre las ropas tiesas de mugre; jumentos caroñosos, llagados, que tiemblan como si sintiesen los picos de los cuervos. La sombra que estampa la familia en la carretera se va morando de un color de podrida. Todos atienden a la labradora que se niega, muy sumisa y muy terca. El gitano le pide un costal de paja.

—Vamos de camino con una mujer enferma, que no tiene dónde recostarse, lo mismo que la Virgen Santísima; y aquí la era y los bancales están llenos, y la que guardará la comare en el corral y los pesebres... ¡Ay, comarita!

Pero, la labradora no puede socorrerle. Todo aquello no es suyo, sino de los que vienen a trillar. Es más pobre que los gitanos; ella y el marido han de comer siempre de la misma tierra, y los gitanos, no; los gitanos buscan su pan por todos los caminos del mundo...

El mozo hace que gime; luego se va ciñendo en su chaquetón de roña; se engalla; se estira una greña y se la muerde; se monda el pecho y escupe en un pilar de la vid; acecha lo profundo de la casa solitaria; le relumbran los ojos, y dice:

—¡Ea! ¡Se acabó, mi ama, que nos hemos de ir al otro pueblo! ¡Venga el pajuz y Dios la bendiga!

La tribu se remueve un poco. Ese hombre entrará en la corraliza y donde se le antoje, y se llevará lo que pide y lo que no pide. Pero, allí está Sigüenza para no consentirlo. Y mostrándose todo, al sol, grita con tono de dominio:

—¡Deje usted en paz a la buena mujer! ¡Lo que usted quiere no es suyo! ¡Vaya usted a pedírselo a los hombres de la era!

—¡Entodavía no toqué yo nada de la abuela!

—¡Usted y sus gentes se pensaban que estaba ella sola! ¡Sigan su camino! —y la mano de Sigüenza hundiose rápidamente en el bolsillo de su americana estival y quedose dentro, cerrada y dura.

El mozo le miró el rebulto del escondido puño, y humillose y salió a la carretera. Se apretó la tribu murmurando. Las hembras, los viejos, las crías y hasta los jumentos, todos alzaban a la solana su mirada negra. De cada visaje y ademán salía una maldición contra Sigüenza. Se apartaron mirándole, mirándole, y se perdieron en un polvo y vaho de muladar.

—¡Usted me libró hoy de esas gentes! —y elevose la gratitud de la labradora como un salmo.

Sigüenza recogiose en su aposento. Entonces sacó la temerosa mano de su bolsillo, y puso encima de su mesa la cajuela de los anteojos, la petaca de cuero, las artes de sacar lumbre y la pluma estilográfica, todo en un puñado.

Tenía una sonrisa de buen sabor de vida.

...Al caer la tarde, ha recordado Sigüenza su propósito de ir al otro pueblo, de compras. Le agrada sentarse en la tienda lugareña. Siempre se arrima a los montones de aperos, de odres, de cedazos. De las vigas cuelgan los racimos de la cordelería; sogas, cinchas, esportillas, alpargatas, cabezales, alternando con la variedad de los géneros de batihoja: crisuelos, faroles, coladores, alcuzas, moldes de cuajar pastas y confituras. En los anaqueles se reúne todo lo que puede saciar los deseos de la humanidad de muchas leguas: rodillos de lienzo, basquiñas, calzas y tocas; azafrán, pimiento molido, azúcar, lejía, anís escarchado, torcidas de candiles, almidón y petróleo. En una grada de arcones abiertos, están los granos, las simientes y harinas. En un poyo, reposan los toneles y zafras; en una rinconada, se junta la obra de alcaller: lebrillos, cántaros, tinajas, orzas, cosioles... En las alacenas del portal se ofrece la mercería y bujería: dedales, alfileres, cadejos y abalorios; sorpresas, figuritas de alfeñique, puros de regalicia, peonzas de zumbel de colores...; y las vidrieras se empañan de la respiración de las criaturas que vienen a mirar. El olor de esa tienda, tan humilde y concreto, es olor de mundo.

Allí Sigüenza ve pasar las abuelitas con su panilla de aceite, o con sus tazas de creciente para que la hija amase el pan de la semana; allí fuma con el tendero, que es también hacendado y habla de las heredades.

...Ya baja Sigüenza merendando como un chico. La labradora empapusa seis polluelos que le rebullen y pían en el delantal; y, después, los guarda dentro de una calabaza vacía. Y al oír que se encamina al otro pueblo le dice:

—¡Que no le salgan cuando venga de noche!

—¿Que no me salgan? ¿Quién ha de salirme? —le pregunta Sigüenza desde lo último de los parrales.

—Los gitanos de esta mañana que se fueron maldiciéndole...

Es verdad; los gitanos. No se acordaba ya de los gitanos. Y se los recuerda esta mujer, que no parece la misma de tan gozosa con su pollada bien guardada en el calabazón...

Tampoco es menester que vaya de compras. Pueden ir las mozas; puede ir él de día. No sería menester si no lo hubiese decidido antes de recordar a los gitanos. Es que si ahora se arrepintiera de su propósito y se contentara con un paseo junto al casalicio, no podrían salirle los gitanos, pero quizá le saliera otro Sigüenza dentro de sí mismo que le dijese sonriendo: ¡Sigüenza, Sigüenza: eres más prudente de lo que tú imaginabas!

Y sigue su camino. Se persuade de lo apacible de la hora. Ganados que vienen de los rastrojos. Leñadores que traen su costalillo para su llar. Jornaleros que bajan de las labores. La carretera tiene una inocencia de emoción de familia; la carretera únicamente va de pueblo en pueblo para que los caminantes regresen a sus casas. Claro que, después, después, la carretera se ahonda en una soledad de lejanía; y después ha de pasarla Sigüenza, y, entonces, el blancor del polvo en la foscura agranda el desamparo.

La carretera se hincha mansamente subiendo entre secanos de algarrobos, olivos, almendros. Todos los árboles son de tronco y ámbito donde pueden acogerse los gitanos. No están. No hay lumbre de fogariles. Sigüenza se para. Caminaba demasiado deprisa. Demasiado, porque, sin decírselo, intentaba regresar pronto, y así encontraría el automóvil y la diligencia que vienen de Benidorm.

Una rambla. Croan las ranas entre los juncos negros. Al abrigo del puente podría tener la tribu sus ranchos. No los tiene; si los tuviera, estarían los jumentos paciendo por el vallico, los cardizales y la hierba mojada.

Unos cerros pelados, de peña de plomo. Aun les quedan las llagas de los barrenos y las bocas de los socavones que aprovecharon de almacén de herramienta cuando los canteros abrían el camino. Ahora son refugio de mendigos trashumantes, y también pueden serlo de los gitanos. Pero, tampoco estaban allí. Todavía correrían al pueblo donde iba Sigüenza, y en viéndole el mozallón, avisaría con un guiño de ojos a sus compadres: «¡Ese es el de la solana, y ése ha de volver ya de noche por la carretera!».

La carretera se va empinando por un recuesto. A un lado, la roca de plomo; y al otro, un barranco de margas, bravío de árgomas, de cactos, de almeces. Un agua clara que mueve dos molinos se precipita después y corre profunda. De noche se abulta pavoroso el abismo. Allí la carretera se tuerce veloz. Allí, un grito que se le diera a un caminante sería como un empellón que le precipitara en el fondo. De noche ha de pasar Sigüenza. Se promete hincar cada pisada, y siente ya el dolor de sus pies dedo por dedo, y de sus ojos; sus ojos, que siempre contemplan anchamente el campo, cogen ahora con rápida y dura lucidez, en cada mirada, un rasgo concreto del camino. ¿Es que tiene miedo Sigüenza? Muchas veces, caminando, le alcanzó la noche. Si se le aparecía un caminante, un jornalero, que aquí, desde el obscurecer, ya no dicen adiós, Sigüenza les saludaba sin inquietud. Pero es que ahora tiene miedo del miedo que ha de tener.

...Y llega al pueblo bajo las primeras estrellas. El tendero le acoge rodeado de gentes labradoras. Dan el olor de sus bancales. Algunos hacen ahorros; mejoran sus fincas, y apartarían con un codazo y un grito de dueño al gitano que les pidiese las sobras de su pajera... Vienen las abuelitas a mercar aceite, y las que traen la levadura para amasar. Y Sigüenza, que ya hizo sus compras, se marcharía, y no se marcha.

Estruendo; clamores de bocina; polvareda iluminada de faros de acetileno, y, en torno, el vuelo de abejones, de libélulas y saltamontes. El automóvil de pasaje que retiembla parado. Esta noche se aguarda más que todas las noches. Y Sigüenza no se va. Ya pasa el ruido y el resplandor. Pero, aun ha de venir la diligencia tardana y viejecita.

El tendero refiere a los demás el gozo de Sigüenza en caminar de noche, con el atadijo de lo que mercó colgado de la cavada, y la cavada en el hombro.

Una mocita le dice con susto:

—¿Y no tiene miedo?

Todos se ríen. Sigüenza también. Pero el Sigüenza escondido en Sigüenza, se ha quedado repitiendo: «¿Y no tiene miedo?».

Principian a sonar dulces y antiguas las colleras de la diligencia. Coplas y crujidos de tralla... Puede llegarse Sigüenza y esperarla en el Parador. Se sentará al lado del mayoral. Desde allí vería las sombras de los mulos proyectadas en los campos por las luces de sebo de los faroles. El olor de la noche que les rodea, será el mismo olor de los viajes de 1890... Y Sigüenza no se mueve.

Pasa la diligencia. ¡Se acabó: ya no hay remedio! Y como no lo hay, como ya no ha de tener compañía, se aguarda Sigüenza, con altivez penosa, para que el camino se quede desolado y torvo.

Por eso, al despedirse, sonríe resignándose.

—¡En fin... veremos si me salen los gitanos!

—¿Los gitanos? —le pregunta el tendero.

—¡Los gitanos, los gitanos...! —repiten los labradores.

—Esta mañana, los gitanos... —y Sigüenza les va contando toda su aventura.

Y el tendero le dice:

—Yo los vi, yo los vi cuando venía de mi olivar. No le saldrán porque están a la otra banda de la carretera. Yo los vi. No tenían paja; y una de sus mujeres daba compasión porque había parido en el suelo como una borrega...

El señor vicario y Manihuel

El señor vicario salió con Liso, su lebrel, una lámina roja que se alarga y se encoge galopando en el aire de la madrugada.

Desde la víspera sabe puntualmente la querencia y el itinerario de una liebre gorda, pasturada como un cordero, en los últimos bancales de sembradura de la sierra.

No pudo dormir el señor vicario. Mucho se ha encarecido el primor y regalonería de los capellanes para la mesa. Aquí no se trata de lo mismo. El señor vicario significa la alegría de la voracidad, ímpetu, grito de avidez; unanimidad química de todas sus células para engullir. Pero no es el hombre de las primeras edades ni de los confines vírgenes que come con ferocidad y por ferocidad, semejando enemigo de la res que le sirve de alimento. Tampoco el hombre que se refocila en los sabores, como si todos sus sentidos fuesen paladar. Es la salud, no la salud prolija, que parece llevada a nuestro lado en diálogo cominero, sino la salud concreta, rotunda, efigiada en la sangre y en el hueso. Mandíbulas encendidas. Vientre de un solo rasgo de comba como un pecho. Brío y exclamación y aclamación de sí mismo. Capacidad ancha, rodeada de sol de levante. Comer. Volver a comer. No había pecado más horrible que la mohína, ni desgracia peor que la desgana.

Amanecer de delicias. Ya estaba encarnada la carena de los montes. Ahora principiaría a rebullirse la liebre en su cubil de hierba enternecida por el relente. Todo, hasta el silencio, se paró y calló más. Instante propicio en que puede cumplirse la ansiedad de cada hombre, y, claro, el único también en que puede perderse. Todo se queda esperando como si nos mirase.

Lo comprendió el señor vicario y se contuvo.

Liso avanzaba con cautela de hombre que pisa de puntillas y, de improviso, volviose a su dueño con los ojos mojados y el fuego de su lengua retorcido. Le topaba, le mordía un botón, siempre el mismo botón, del hábito; rebrincó hasta lamerle el oleaje de badanas y brillos de fulminantes de la cartuchera. Una exaltación de ternuras que, de cuando en cuando, acometía a Liso, malogrando sus virtudes de raza.

Doblose el capellán, rascándole el lomo para aplacar tanto amor. Entonces, el lebrel se puso más contento. Ladraba jovialmente a los pájaros que ya salían a buscarse la vida. Lejos, la parroquia soltó sus esquilones y campanas.

El señor vicario terció en su hombro la escopeta de resplandores calientes, y por el atajo bajó a la carretera.

Allí estaba Sigüenza viendo alejarse a la liebre prometida, fresca, rubia, con su sombra de orejones oblicuos.

—¡Ya está perdido el pobre animal, señor vicario! ¡Mírelo, mírelo! Está perdido aunque no lo maten, porque ha de vivir ocultándose con el descaro. Ya va por la carretera, pensando que por la carretera no le buscarán ni le conocerán.

Parpadeó el vicario sin entenderle, y dijo:

—Pero ¿es que la liebre sabe que va por la carretera?

—Ya lo creo que lo sabe, aunque no sepa por qué ha de ser tan ancha y tan lisa una carretera. Quiero decir que la liebre conoce que se ha salido de sus términos; que ya no vive según le corresponde vivir por ser liebre. Ha cometido un fraude, pasándose de lista, incurriendo en la inocencia de la simulación...

—¡No diría usted lo mismo, señor Sigüenza, si usted fuese liebre; o liebre o cazador!

Les interrumpió un mozo que venía en su mulo buscando el Viático para su padre.

—¿Para tu padre? —y el brazo gordo del capellán se tendía señalando hacia las altas quebradas. Resolló profundamente, conformándose; silbó a su perro, y se fue a trocar sus arreos por las vestimentas, la píxide y el paraguas litúrgico.

Porque este buen hombre rollizo tenía, como todas las criaturas, sus trances de flaqueza; los suyos eran: asistir a los agónicos y su miedo a sudar. Asomado a la alcoba de un enfermo, únicamente se le ocurría, sin haber leído a Cervantes, la equivalencia del grito de Sancho viendo morir a su amo: «No se muera vuestra merced, sino tome mi consejo, y viva muchos años, porque la mayor locura que se puede hacer en esta vida es dejarse morir sin más ni más y sin que nadie le mate». ¡Pues allí no se moría nadie! Pero, por si acaso, venía él. ¡Y en mejorando, en seguida que pudiese, a comer! ¡Aquellos campos, aquellos aires y aquella agua no servían sino para la voluntad y el gozo de comer! Y le comulgaba, le ungía y se escapaba.

Ver morir y sudar, y de sudar romadizarse, eran sus grandes pesadumbres. Y ahora había de tener las dos.

...Revestido de sobrepelliz, con estola y paño de hombros, y ya en sus manos la vieja cajuela de las formas, auparon al señor vicario encima de la acémila. A su lado, el sacristán llevaba el paraguas rojo y el farol, y delante iba el mozo con el ronzal y la campanilla.

Les parecía rajar el aire parado en una costra de sol. Sol como un ojo que miraba al vicario desde un cielo desnudo. Las peñas, las rastrojeras, sus ropas, como de estaño.

Pasaban eras desbordantes de mieses. Rodaban los machos sudados, enfurecidos de moscas, y los jornaleros los aguijaban con el filo de la caña y de la copla de grito lento que iba desgarrándose:


Un picarón molinero,
¡Ay, pica la muela; ay, pica la muela!...
Y otro picarón pica,
¡Ay, la molinera; ay, la molinera!...


Se alejaba el Viático. Se hacía pequeñita la canción. Y pronto volvían a entrar los caminantes bajo el vuelo del cántico de otro redondel de garbas, de mulos, de tábanos y tonadillas, todo trémulo de vaho:


¡Si te casas con el calvo,
Llevas penitencia entera:
De día, cruz y calvario;
Y de noche, calavera!


Escalones de bancales rapados de las cosechas. Ascuas de terrones. Crujidos de aristas. Estridor de cigarras. Y a trechos, las heredades, con sus circos agrarios de la trilla. Polvaredas de cereal. Oleaje de bálago. Olor de trojes. Pieles relucientes de bestias y labriegos. Coplas encendidas. Y en la sombra de un olivo, las cántaras resudadas de agua fría de carcavón.

Y el señor vicario, arriba del macho, dentro de la coraza de los viejos tisús del paño litúrgico, sintiéndose los manantiales de sudor por sus orejas, por su nuca, por sus costados, por sus riñones. Y al trasponer un puerto se alborotó el vientecillo, un vientecillo de dientes chiquitines que se le agarraban a la tonsura. Traía el solideo en su faltriquera, y no podía ponérselo porque llevaba a Nuestro Señor en sus manos. Se quedó mirando a Nuestro Señor; en seguida miró hacia la heredad del que estaba muriéndose. Allí había de subir, sudando y con la cabeza desnuda. Se atolondró tanto que, sin querer, repetía:


¡Ay, la molinera; ay, la molinera!...
¡Y de noche, calavera!


¡Llevaba a Dios en sus manos! Hasta lo último del camino no hacía sino mirar a Dios, encogerse en el paño recamado y mirar al moribundo. Porque lo veía tendido, bajo las vigas de su alcoba, sin dársele nada del prójimo. Y le gritó al hijo:

—¿Y ha sido un dolor?

—¡Sí, señor; un dolor!

—¿Y sin enfermedad?

—Sí, señor; sin enfermedad. Un dolor. ¡Quedose negro y bramaba!

—¿Y estaría ya en los setenta?

—¡Sí, señor! ¡En los setenta y nueve años!

¡Negro, daba bramidos, setenta y nueve años! ¡Y le llevaba a Dios!

Arribaron a la era. Un ciprés acostaba su sombra olorosa en la parva. Y de un bote se metió el capellán en el portal. Se le amorataron los carrillos de la flama de la congestión. Miró a Dios y miró al moribundo. Pero ahora veía verdaderamente al moribundo, que estaba con su mujer y su hija comiendo junto a la llar.

—¡Ha sido un milagro! —le dijeron muy gozosas—. ¡Aun comenzarían ustedes a subirla cuesta, cuando se le pasó el dolor y le entró hambre, y aquí lo tiene comiendo el guisado que cocíamos para la trilla! ¡Un milagro ha sido!

¡Un milagro! Todavía le enfureció más al capellán el remedio. Prefería que le hubiesen engañado los hombres que Dios, obligándole a bajar con Él en sus manos, sudando, desde la escondida y abrupta masía hasta la parroquia, en aquella mañana de incendio inmóvil, rasgado delgadamente por el vientecillo de la sierra.

El hijo, la carne del hijo del exmoribundo, se quejó gritando:

—¿Y para eso estoy yo sin comer ni beber?

Y el vicario rugió:

—¿Sin comer ni beber desde antes de la media noche?

—¡Sí, señor, y más!

Y a codazos, para no soltar la píxide, arrinconó al mozo contra la artesa.

—¡Arrodíllate que te confiese, y comulgarás, que yo no me vuelvo como vine!

Después se enjugó, y sentose a comer con la familia labradora.

...Pero, Manihuel de la masía de Almazeres, ha muerto retorcido por otro dolor.

Sigüenza se marchó a verlo. Algunas veces le han dicho como si le revelaran un secreto miedoso: «Ahí, en esa calle, en la segunda casa que tiene la puerta entornada; o, allí, en aquella heredad del pino redondo, o de la higuera que se dobla, hay un enfermo...».

Un enfermo, en esta anchura de sol, en esta obligación de salud de la faena agrícola, es la amenaza y el maleficio para los sanos. Un enfermo significa la casa obscura. A mediodía, los hijos pequeños se asoman al portal. Les sacan de comer; y, en seguida, les dicen que se vayan al ejido. Siempre silencio. En el peldaño, se acuesta el perro despedido que mira hacía la entrada como preparando el aúllo. Todos ven llegar y salir al médico, que lleva el periódico que le envían de Valencia. En el rincón de la cocina hay una silla con almohadas; unas manos grandes, cruzadas en la curva del cayado inmóvil; una cabeza con un pañuelo de algodón que le faja las sienes amargas; y debajo, unos ojos que se clavan, esportillas, en los aparejos, que están arrimados a un pilar, esperando. Y de la lumbre sube un humo débil de la olla de hierbas cocidas y del puchero de alimento. A ratos, pasa una voz encogida que pregunta por el enfermo y deja un olor de salud, un olor de camino y de bancales; y, después, se aparta diciendo: ¡Dios proveerá!

La desgracia se ha parado allí como una sombra. La desgracia parada y proyectándose lejos. Si el vecino muere, la desgracia se encoge en la forma concreta y dura de cadáver. Ya no es un vecino; es un muerto, y aunque se prolongue su emoción como si estuviese tendido encima de todo el pueblo, de todo el campo, pertenece nada más a una casa. Y al otro día se le enterrará; y ya no estará la sombra.

Claridad de las luces de la alcoba. Los hijos del difunto y algunos labradores rodean a Sigüenza, y le alaban su misericordia de venir de noche siendo forastero; y las mujeres, con el capuz de su mantón de pésame, se afligen más y gritan sus lloros.

Sigüenza, para no sonrojarse, principia a creer y sentir la gloria de su caridad.

De una soga cuelgan tres candiles encendidos. Encima del arca, dos velones alumbran la estampa de San Francisco enredado y traspasado por los rayos de los estigmas. Rebullen las luciérnagas con su fanalillo verde, las moscas lívidas, los diminutos escarabajos de oro, las hormigas voladoras de blandos tropezones, las palomillas y libélulas escarchadas que les tiemblan los palpos de graciosos ademanes. Todos van llegando de la parva, por la ventanita de estrellas.

La viuda levanta la sábana del viejo Manihuel. Lo han amortajado con su traje de mozo. Tiene las manos de leña cogidas a la faja; los pies con calcetines gordos, blancos, doblados; las mejillas de mendrugo dentro de un pañuelo que le ata las quijadas; y la nariz como un pico azul.

Sigüenza se sale al portal. Han acudido más gentes de las masías del contorno. Un jornalero de Tagarina, con la boca siempre llena de rescoldo de su cigarro, refiere cómo acabó con las águilas del Peñón del Divino de Sella.

Sigüenza se le arrima para escucharle.

Según el de Tagarina, cada tres leguas hay una pareja de águilas. Si esto no es una verdad absoluta, puede serlo episódica. Y Sigüenza la cree. Cada pareja con su rodal de valle para volar solitariamente encima. En una socavadura del Peñón del Divino tenían su nidal dos águilas.

Pasan mujeres de luto, y en la alcoba arrecian los plañidos.

El jornalero prosigue:

—Nosotros queríamos coger vivos los aguiluchos y matar el macho y la hembra.

Pero no podían descolgarse a la cueva. Era un tajo sin breña ni raja. Y subieron por el filo del peñascal, y acostados miraron al fondo. Hincharon de paja las ropas de un hombre; y con una soga fueron bajando el pelele delante del nidal. Allí se quedó como un ahorcado. Vinieron las águilas, y rebotaron de un vuelo, espantadas. Volvieron cerniéndose en torno del peñón; y otra vez escapaban; y así todo el día. Las crías se alargaban en el borde de la roca, escarbando, temblando, pidiendo de comer.

Vino un hombre del pueblo a decir que el párroco quería setenta duros por el entierro con tres capellanes, cruz y luces, desde la heredad a la fosa; y cuarenta duros si le bajaban el difunto a la puerta de la parroquia.

La viuda, los hijos y las amistades trataron del precio, al lado de la cama de Manihuel.

—¿Y ha de ser de tres capellanes? —dijo Sigüenza.

La viuda porfió que de tres.

—Es que en el pueblo no hay más que dos: párroco y vicario.

El jornalero de Tagarina se ofreció a buscar otro en las parroquias del valle.

Un labrador gordo le dijo:

—¿Y lo de las águilas del Peñón del Divino?

—¡Es verdad!

Encendió la pavesa del cigarro en un candil del muerto y siguió:

—En amaneciendo volvíamos al tajo. Los padres lo rodeaban. Se les sentía crujir de rabia. Los aguiluchos volcaban el cuello fuera de la cueva. Y otro día, y otro día, hasta que se dejaban caer. Eran ya de pellejos vacíos; algunos se aplastaban; otros daban en lo blando de bojas y hierbas. Se precipitaba la pareja, y entonces nosotros les disparábamos y los rematábamos. Gritaban como personas.

El de Tagarina se marchó a traer un tercer capellán; y la viuda y los hijos decidieron llevar el difunto al pueblo.

Muchas mujeres salieron para no asistir a la despedida, porque habían de llorar ritualmente y no podían ya más.

Todo se quedó callado. La parva daba un olor bueno, como si el amo viviese.

Huerto de cruces

A media mañana principia a removerse el entierro de Manihuel por el camino del Calvario. Las piteras están en flor, tortas de flor amarilla y apretada como girasoles. Zumban las avispas. Cantan los gallos en los estercoleros. La máscara de la quijada de cabrón deja su risa entre las revueltas de los escarabajos.

Trae la cruz parroquial un mozo labrador de sotana corta y alpargatas nuevas. Los monacillos alzan los ciriales como follajes frescos, y el sacristán, con gafas de mal lector y cráneo moreno, calvo y español, lleva el acetre de bronce en el brazo como un cesto de fruta; en el puño, el libro de los responsorios, y de su belfo le mana el caño de un Requiem.

Detrás, en los hombros de cuatro jornaleros, se tuerce el ataúd negro como una barca vieja, hundida en el azul.

Resplandor amarillo de las vestimentas de oro pobre y felpa de luto. El párroco, con antiparras de mendigo, se abre los alones de la capa pluvial y se pisa el alba. El vicario, rojo, sudando bajo su sombrilla, se para, se enjuga, se asoma al valle, un alfoz verde de almendros y de higueras. Y el tercer capellán... ¿Quién sería el tercer capellán? Sigüenza se queda mirándole, mirándole. Lo recuerda y no lo reconoce.

(Había de ser entierro de tres capellanes, y, por la fiesta de San Pedro y San Pablo, toda la clerecía de la vall estaba obligada a sus parroquias. En el apuro se buscó a un alpargatero que sabe de letra y de solfa, y con la dalmática de subdiácono a cuestas, cantaba y oraba, añudándose mejor el cíngulo como si se apretase la faja.)

La gente va remansando en el portalillo del cementerio. Aparece Gasparo Torralba, y destapa el ataúd.

El sol se aprieta como un jugo en la nariz de Manihuel. Una abuelita arranca la almohada del difunto para llevársela a la familia sin mullir la huella helada de la cabeza. Gasparo, Sigüenza y los jornaleros se quedan solos en el huerto de cruces.

Pasan cuatro cuervos. Parece que abran el azul con el corte de las alas. Se remontan croando. No dan pesar de cementerio. Son pardales de buen mal humor, y en medio de la mañana ahondan y hacen más agreste la soledad.

Gasparo se ríe, llamándoles galopos. Nunca cometieron aquí daño los negros compadres. Se posan en el último tapial mirando las higueras ahora que se regañan las brevas con rajas blancas y huelen de maduras. Acuden de Aitana. Bajo sus ojos redondos van pasando los campos calientes; de algún derrumbadero quizá les sube el husmo de una carroña; en un muladar aldeano puede que fermente el bandullo de una res; en algunas tierras secanas y enjutas hay un rodal de gleba removida, crasa del unto profundo de haber enterrado un jumento. Todo lo adivinan los buenos pardales que se ponen a volar encima redondamente. Pero su regocijo se lo trae el verano con sus higueras verdes, olorosas, de todas las castas mejores que se crían en los bancales tranquilos, escalonados al pie del camposanto. Porque ellos saben que aquello es un camposanto, y que lo cuida Gasparo Torralba, y saben también que es día de fiesta y no hay labriegos en los huertos.

—¡Ay, los galopos! —dice Gasparo.

Los galopos apeonan brincando por las tapias como dueñas que se arregazan el faldellín para sus albricias y carantonas. Por cuervos jóvenes que sean, parecen viejos. Se asoman; tienden las alas coronando las cruces, graznan como si se asustasen y se fuesen, y, de improviso, se precipitan, y los brevales se abollan y retiemblan. Los pámpanos, las ramas, el tronco, se apiltrafan de brevas rasgadas; todo se impregna de un olor de confitura tibia y agria.

Las moscardas vienen a chupar en la cara de Manihuel. El sol de junio acerca a Sigüenza la impresión del paño de invierno de las ropas duras del difunto. La piel y el hueso de sus pulsos hundidos exhalan un frío mojado bajo la temperatura y el azul estival. A veces llega una respiración salina y le mueve una greña seca a Manihuel y le alborota a Sigüenza su cabello; a los dos.

En el portalillo, los rapaces del pueblo piden que abran. Gasparo se amohína. Un labrador intercede. Está siempre cerrado el cementerio. Hoy no hay escuela, y hay entierro. Es un gozo y una ansiedad que no pueden resistir los chicos. En fin, les abre, y pasan a botes atropellándose, como si saliese una lluecada a picar en un lebrillo de afrecho.

Vuelven los cuervos tan cerca que se les ve el buche gordo de alimento blando y dulce de viejos; y en el filo de los muros se mondan el pico pringoso de la granula encarnada y pastosa de las brevas.

Los chicos corren apedreándolos desde las tumbas. Y Manihuel sigue fermentando bajo el sol y el campaneo glorioso de San Pedro y San Pablo.

Una mata de pasionarias sube colgando por el nicho donde han de sepultar a Manihuel. En cada flor hay una abeja que late gorda, llenándose de jugo de los clavos del Señor. Gasparo Torralba quiebra con su escardillo la corteza de yeso y adobes, y saca entre los follajes un ataúd estrecho, blanco y andrajoso. En seguida lo rodean los muchachos para mirar por las rajaduras.

—¡Es Lluiset, es Lluiset!

—Sí que es Lluiset —dice Gasparo. Lluiset, nieto del difunto, era monaguillo de la parroquia. Un carro de estiércol le chafó una rodilla. La criatura penó mucho para morir. Se enrollaba, y se le quedó la pierna hinchada y horrenda como una pata de buey viejo.

Los chicos le atendían devorando el ataúd con los ojos. Y Sigüenza lo abre.

Está Lluiset con su sotanilla podrida y sobrepelliz que parece de recortes de papeles; un pie, el de la pierna intacta, se le ha caído entero en un rincón, y el otro sigue cuajado en la pata deforme de bestia.

Todavía hay que bajar otro ataúd despellejado, muy grande.

—Aquí está la suegra de Manihuel —dice Gasparo Torralba—. Murió a los noventa y siete años.

Los chicos rebotan de gozo por la golosía de mirar.

Es una vieja corpulenta; toda, hasta la mortaja y las calzas plegadas, es de barro cocido. Le cuelga en el seno una bolsica tiesa. Gasparo se la toma, y le descubre un sapo seco, liso, de manecillas primorosamente miniadas.

—Esto lo ponían de remedio contra los aojos —Y lo deshace entre sus uñas hembras. De súbito, se revuelve, y arroja del hortal a los rapaces, y atranca la puerta.

Riéndose del susto que les dio, se llega a la desenterrada, y principia a catarla con su pulgar remachado desde los hombros a la calavera, que aun tiene en el hueso la mueca de la agonía.

Entran en el nicho la caja de Lluiset; encima, la del abuelo; y han de aupar, en lo último, el ataúd de la vieja. Pero Gasparo mide con el legón el cadáver. Ni destapado ha de caber. Le sobra la calavera, y se la desgaja, llevándose un sartalejo de vértebras de cartón, y la envía rodando al fondo de la sepultura.

A fumar junto a la muerta descabezada, que no parece una muerta. Los bordes del cuello tronchado se llenan de sol y de brisa. Lo que menos se le ocurre a Sigüenza es decir lo que todos hemos dicho alguna vez: «¡No somos nada!». Porque «aquello» era precisamente algo que no se relacionaba ni con nuestra carne ni con la nada. Carne y nada que nos hacen prorrumpir en exclamaciones ascéticas, «no somos nada, no somos nada», pensándolo, casi siempre, cuando no lo creemos de verdad.

Y se levanta Sigüenza y se asoma a la tapia. Los montes desnudan hoy gloriosamente su forma; forma pensada de la escultura del paisaje. El mar remoto es de piedra azul, y en medio, inmóvil, con las alas rectas arde toda blanca la anunciación de un falucho. Dentro del hortal suena un ruido fosco, decrépito; después, golpes frescos, joviales, de vendimia. Es que Gasparo y los labradores arrastran el ataúd de la abuela y lo tunden a patadas en el nicho. Se dobla un poco el cadáver contra la bovedilla. Desde un rincón, la calavera se miraba todo su cuerpo, y así para siempre, porque el nicho ya está en colmo. Y lo cierran. Mediodía. Se quedan solos Gasparo y Sigüenza. Plenitud de junio. Se hincha el valle respirando y Sigüenza recibe el olor y el tacto de la calma de los árboles calientes. Campanas de San Pedro. Años y años subirían los campaneos de las fiestas, acostándose quietecitos entre las cruces.

Sigüenza y Gasparo caminan abriendo con las rodillas el sembrado alto de geranios, de dondiegos, de gramíneas. Y se paran mirando un herbazal tierno que se ondula, se frisa y vuelve a su quietud viva, como si acabase de hollarlo alguien invisible.

Y Gasparo se ríe. Le refiere de su oficio con su habla obscura y abrasada de fumador pobre.

En lo antiguo, aquello que pisaban no era todavía camposanto. El camposanto estaba en las últimas peñas y ruinas del castillo de moros. Todo lo nuevo —y Sigüenza lo ve tan viejecito—, todo lo nuevo ha crecido en las manos de Gasparo Torralba; él subió en serones la tierra blanda de los huertos. Habrá dos brazadas encima del espinazo del cerro.

Van pasando por un callejón de panteones. En medio está el de la familia más hacendada; la hornacina, ciega, sin imagen; el altar, rudo; la lámpara, sin vaso; todo sin acabar, como las mejores casas del pueblo, también sin acabar. Es el cansancio de las gentes de la comarca, que principian una obra, fuman, se duermen y, al despertarse, toman otro propósito y se aburren.

Una cuesta entre casillas y jaulas de sepulturas y vertederos.

Gasparo coge una piedra, tirándola como un pastor a una cabra zaguera. Allí, donde atinó, en una fosa de escombros, está enterrado un forastero. Amaneció en el hostal. Paseó por el Calvario. Rodeó las paredes del cementerio. Se paraba; se asomaba al hondo. Le veían desde todos los portales del pueblo, y él encogiose de un brinco y cayó rebotando en las rocas y piteras. Allí, en la cantonada del muro, lo puso Gasparo, sin ataúd, sin un lienzo que le separe del tacto y del peso del pedregal. No tiene ni cruz. Ruedan los años y nadie pregunta por él; y este olvido y este silencio, ponen como una lápida lisa encima de muchas leguas profundas de cadáver.

En cambio, arrimada a la tapia, cría musgo una lápida de verdad, sin tumba. Sigüenza la vuelve, y lee:


DOÑA SALVADORA PEÑALVA Y MOSCARDÓ
RIP
Ya que nos arrebata tu alma hermosa
el Dios de Abraham con su potente mano,
flores prodigarán sobre esta losa
y lágrimas un padre y un hermano.
Nació en Alberique a 25 de diciembre de 1835.
Falleció en esta villa a 19 de junio de 1858.


Primera meditación de Sigüenza: Salvadora nació en la Navidad de 1835 y murió en junio de 1858. Tenía veintitrés años. Yo he doblado los cuarenta años. Salvadora nació en 183.5; en la Navidad que viene cumpliría ochenta y siete años. ¡Veintitrés... ochenta y siete!... Ahora quizá habría muerto. Veintitrés... ochenta y siete. De modo que ella... De modo que yo...

Necesita Sigüenza más sutilidad de pensamientos.

Segunda meditación...: «El Dios de Abraham con su potente mano»... Flores y lágrimas de un padre y de un hermano encima de una losa desde 1835... ¿Dónde está Salvadora Peñalva? Todo tan concreto: «Nació en Alberique a 25 de diciembre de 1836. Falleció en esta villa a 19 de junio de 1858». ¿Un hueso, un andrajo, algo de Salvadora tan concreto como sus fechas?

Y Gasparo Torralba se ríe, lamiendo la goma de su cigarro.

Tampoco se le ocurre a Sigüenza decirse no somos nada. Es de ella de la que no queda nada, porque ni la losa es suya; y han de arrimarla, suelta, contra un muro.

«Al sepulcro también mata la muerte».

Gasparo enciende con yesca su cigarro, y suelta el humo tupido como una lana, y da con su alpargata un azadonazo en el suelo.

—¡Por ahí estará en la tierra!

Pero no hay tierra, sino un osario molido, un entramado de raíces de un bosque de generaciones taladas; y al pisarlo crujen y salen briznas, aristas, siempre menuditas, como si nada más fueran de huesecitos de niños. En todo aquel recinto del cementerio antiguo no había más cadáver conocido que el del suicida forastero.

—Toda esta tierra y las paredes, todo lo acabé de llenar cuando el cólera —Gasparo dice «colic», y la palabra y la epidemia tienen más filo asiático, más filo convulso.

Entonces faenaba de noche, sin farol, para que las gentes, en acecho, no se sobresaltasen.

Fue con su mulo a recoger dos muertos de una masía: padre y un hijo. Pero llegó muy pronto. Aun vivía el hijo, y se sentó a fumar en el portal hasta que le dijeron: «Ya están los dos». Y los ató juntos en el albardón del macho.

—Cuando vine aquí era la madrugada; y en lo más fondo me salió... ¿a que no lo adivina?

Gasparo se ríe subiéndose la faja.

—Me salió una raposa. Se golpeaba de reconcomio. Los dos nos embestimos. Yo con el legón le arranqué una oreja; ella me mordió en el hombro. Yo me cogí de su rabo y tiré; ella se revolvió; se me quedó todo el pelo entre los dedos como si fuese barbas de avena; y la galopa botó en mis costillas y de mis costillas al tapial, y se fue con el muslo desollado y sangrando...

Por la brega se olvidó de los dos difuntos; sus cajas resonaban de carreras y chillidos de ratas, y con las ratas dentro tuvo que enterrarlos. Desde lejos las sentía pelearse.

Gasparo no podía remediarlo. No paraba por veredas, por barrancales; de heredad en heredad, con su mulo, cargando y descargando muertos.

Bien le preguntaría Sigüenza: «Oiga, Gasparo Torralba, ¿y entre todos esos huesos, ya tan escomidos y frágiles, no los habrá de algún enterrado vivo?». Pero no, no se lo dice porque sería sospechar de su pericia de enterrador.

Gasparo le coge confidencialmente de un codo, y le muestra los herbazales. Entre la frescura va pasando una vibración de lumbre. Otra vez se imagina Sigüenza que se deslicen las pisadas de alguien, de una aparecida invisible.

Y añade Gasparo:

—No había nicho donde no criaran las ratas. Mordían las raíces y los tronchos de los geranios, de las malvas, de las rosas y hasta la leña de las cruces. Una perdición. Yo las acabé sin cepos. Yo tengo mi gato, el único gato que aquí hace bondad. ¡Ahora lo verá!

A brincos se precipita retumbando en el bancal de sepulturas; se sume y escarba en la hierba, y saca de la cola una sierpe que se tuerce húmeda y dulce al sol.

—¡No hay animal tan manso y agradecido!

La pone en el muro, y la sierpe vislumbra como un tisú; sin moverse, su latido le va renovando la piel. Hierve fría y multiplicada en la piedra; y la traspasa, la cala, como si la piedra fuese tierna, de esponja, y se la embebiese.

En fin, Sigüenza se decide a preguntar:

—Gasparo, ¿no habrá en el cementerio viejo algún enterrado vivo? En casi todos los camposantos viejos los hubo. Las epidemias traen precipitaciones...

Gasparo, sin reparar en esas disculpas, vuelve junto a Sigüenza, y se queda cavilando.

—Yo me creo que a nadie enterré vivo... Pero aquí hay muertos de dos «colics». ¡Yo sé nada más lo que vi cuando abrimos nichos y capillas y paredes para llevar las cajas a lo nuevo! Mire lo que vi...

Gasparo se aparta chafando una geología de vértebras, de costillajes combos, de goznes, de nudos y cabezuelas de cal. Se recuesta en un socavón de los derribos acodándose en la argamasa, y entorna los ojos. Adquiere una actitud de elegancia. Tiene un fondo lejano de graciosos oteros con arbolillos finos; nubes blancas, barrocas; y los huesos fosilizados, que revientan bajo sus alpargatas, resultan emblemáticos. Todo semeja un fragmento de una estampa, de un cuadro que no recuerda Sigüenza si es de Víctor Carpaccio.

—Así como yo me pongo —dice Gasparo— estaba uno, un difunto; así se nos presentó, sentado y entero, cuando volcamos la pared vieja.

Luego busca otra rebañadura del tapial y la palpa muy calmoso.

—Aquí encontramos tres cajas, una encima de otra, y de la de en medio salía un brazo que se agarraba a la tapa de la de arriba.

...Ya principia a venir la tarde. La claridad es más azul; el aire más oloroso de campo íntimo, y el cementerio, con reposo, con silencio cerrado de «descansen en paz». Reposo y silencio «para siempre, siempre, siempre», dentro de la permanencia de la vida tan de nosotros, sin nosotros, sin nada de nosotros, como de Salvadora Peñalva.

Y en tanto que lo pensaba Sigüenza, como si lo pronunciase su frente, su frente con sensación de campo, de montes y de mar, iba leyendo lápidas de labradores, de señoras, de hidalgos viejecitos, tendidos desde mil ochocientos...; todos ellos, en ese día ancho de verano, día de San Pedro, saldrían a pasear por sus huertas, con sus mejores ropas, las mismas ropas ya estrujadas detrás de esas lápidas.

Al abrir el portalillo para marcharse se les ofrece bajo todo el pueblo en la falda del alcor.

Desde el pueblo no se puede mirar al cielo sin presentir cada uno su fosa. Las cruces se clavarán en los ojos, las cruces de los difuntos de cada familia.

Gasparo dice:

—¡No se les clava nada! El camino es un muladar. No quedan cipreses; no queda Calvario. Ni vienen ni miran, y si miran, no ven.

Es verdad. Tienen encima sus muertos; pero la muerte, la muerte está más allá del horizonte de nuestros pensamientos y de nuestros ojos.

Benidorm. Un extranjero. Callosa

Parece que los pueblos de la orilla del mar no puedan ser íntimos por la demasiada lumbre y anchura que les rodea. Abiertos y desceñidos en un lugar de tránsito, se estremecen como si se les mirase y se les tocase en su desnudez desde todos los caminos y rumbos. Pero Benidorm tenía intimidad. Se interna entre los azules del cielo y de las aguas. Mar y aire suyos, como creados privadamente para su goce.

Algunos imaginativos veían en Benidorm un pueblo con pórticos, aras y dioses de mármoles blancos.

Sigüenza no veía en Benidorm más que Benidorm, sin mármoles, sin nada clásico. Benidorm sumergido entre azules perfectos mediterráneos. Una gracia, una felicidad inocente de claridades que, como la felicidad y la inocencia de los hombres, daba miedo de que se rompiesen. Azules nuevos, como recién cortados; azules calientes, azules de pureza. Esa pastosidad y esa levedad de la luz se originaban de la armonía de todo lo que constituye y es Benidorm, aun antes, mucho antes de serlo. Lejos, en el fondo, se estampan las grandes montañas, y desde allí hasta el pueblo nada contiene ya el vuelo combo del espacio. Allí se han parado las sierras, porque era su lugar escogido para la perfección de este pueblo; la distancia precisa para que ellas también fuesen un espectáculo de belleza. Montes con las espaldas distendidas y nerviosas, montes delgados, perpendiculares, en asunciones tranquilas, siempre hilando el vellón de la claridad virgen. «Puigcampana» es la sierra cincelada para Benidorm, y todavía quedó enmendada la obra rebanándole el filo en una hendedura de bordes siempre tiernos. Se le quitó lo necesario para que se viese un momento más del día. Allí subió la anécdota caballeresca. Dicen que Roldan, enfurecido, rajó con su espada la lámina del monte. En la costa tiene Benidorm la Sierra-Helada. De mañana, de tarde, de noche, siempre de color de luna. Piedras puras y frías en una ondulación de lino mojado. El mar resultaría quizá demasiado profundo de azul; sobraría superficie azul delante del pueblo, y como nada puede sobrar en la belleza, floreció la lis de un islote: una roca, encarnada como un corazón, que recremase la lumbre.

Pueblo claro y recogido. Dentro de los azules, paredes de aristas de espigas, contornos de nitidez de sal. Casas volcándose sobre cantiles de color de limón; casas con lonas de faluchos. Entre los remos y salabres, una higuera que mana su olor caliente y espeso como una resina.

La maravilla de Benidorm era la farmacia. En sus potes, en sus redomas y arconcillos, se guardaban las esencias, los jugos, las luces y cristalizaciones de toda la magia y la química de la salud. Vahos de vegetaciones y civilizaciones. Brillos joviales y siniestros de toda la bujería de los específicos. Todo lo quiso tener el farmacéutico, ávido de secretos, un infante don Juan Manuel, boticario, con un hermano, capitán de barco, que navega por los mares antiguos y remotos. Su barco siempre arriba magnífico de aromas y rarezas, como un galeón de Batavia que trae para los tarros y urnas de «Don Juan Manuel» los preciosos remedios de todos los dolores del mundo. Y allí se quedan encantados.

Callejuelas de sol. Pasa la brisa como una gaviota deslumbrante que mueve la costura de las mujeres sentadas en el portal, oloroso de geranios y de horizontes. Y encima, resumiendo las líneas de Benidorm, la cúpula fresca de la parroquia. Dentro, umbría de muros colgados de cera de exvotos de barcas salvadas milagrosamente de los temporales, y al pie de los retablos de imágenes lívidas, con vestiduras y pelos de muerta, abuelitas llorando y rezando por los que se ahogaron en los temporales.

Así era Benidorm, labrador y marinero, en el descuido de los brazos abiertos y desnudos de sus playas. Murió «Don Juan Manuel». No vienen los hombres de Batavia.

Le parece a Sigüenza un pueblo reciente de pabellones de altos empleados de grandes fábricas. No hay fábricas; pero sus dueños han venido desde las ciudades, después de la guerra europea, atravesando en sus automóviles los collados bravíos y las hoces abruptas de Aitana. Benidorm es el baño disantero de ricos en vacaciones. Delante del baño abren sus residencias de verano como una sombrilla de membranas recortadas; residencias que han trastornado la fisonomía originaria de Benidorm y la lengua de las gentes con las líneas apócrifas y el concepto de chalet de t repercutida entre los dientes lugareños.

La felicidad y la inocencia se han roto.

...Sigüenza se marcha a la estación, porque ha venido desde su heredad para recibir a un amigo. Es una estación de un pequeño ferrocarril. Un tren, y un tren rural, ya no malogra el paisaje. La grúa de las mercancías se tuerce en el cielo como el huso de una almazara o el mástil de una barca de pesca. Los vagones que aguardan en un cobertizo parecen carros cosarios a la puerta del parador.

Y este tren de tartanas atadas con cadenas flojas, que cuelgan y se golpean y retumban como un obrador ambulante de calderería; este tren que brinca de tan menudo entre remolinos de humos gordos de tizne y de tierra de barrancos, humos y tolvaneras que pasan por todas las ventanas de cortinas desgarradas; este tren de labradores en mangas de camisa y de políticos lugareños con guardapolvos; tren como una recua cargada de banastas de peces, de hortalizas y frutas, todo a rastras de una locomotora flaca y sudada, que relincha de miedo y de gozo de hundirse por los túneles, con sus quinqués de aceite apagados, y se precipita de roca en roca, encima de abismos lívidos de sequedad, con el mar hondo, cavado bajo las ruedas, un mar ya solitario, como si se viese desde la proa de un bergantín; este tren tiene su Consejo de Administración de exministros, senadores, diputados, abogados, banqueros. Un grave y copioso consejo de familia para una pobre criatura. La pobre criatura se va parando a sacudidas, y aparece el amigo de Sigüenza, y detrás otro viajero, un gran señor británico, todo británico en su porte: ropas inglesas, zapatos ingleses, la mirada de soledad del inglés cuando no surca su mar, su escritorio y su Imperio, ni viaja en corro, entre tules, driles, correajes de prismáticos y kodaks. Es un señor inglés lento, sin Baedeker, sin idiomas, sin nadie. Bigotes mustios de cáñamo; manos, rodillas, que casi perdieron la ciudadanía de Londres. Aunque va delante, camina dócilmente, como si siguiese a otro, a sí mismo. Pregunta por el departamento o despacho de reclamaciones. Reclamaciones en tierras de Levante, ¿para qué? Porfía mucho con el amigo de Sigüenza; se asoma al umbral de la estación; se pone unos lentes de color de topacio y mira la mañana, que se le cuaja en un viejo vitral. Parece que, habiendo llegado a un sitio, no le quede que hacer sino aguardar el tren de regreso. Pero sube con Sigüenza y su amigo a un camión de viajeros, gobernado por un chauffeur de alpargatas. ¿Qué daño o demasía le hizo apetecer la meditada voluptuosidad de una «reclamación»? Y principalmente, ¿qué busca en esta comarca?

—Ese varón británico —se dice Sigüenza— todavía trae ropas de invierno, con algunos rasgos de benignidad de primavera: una chalina blanca, unos guantes de seda, que vislumbran y crujen al sol como un musgo. Nada de entretiempo. El traje de entretiempo es una moda francoargelina. Chaquet de Argelia, curvado y torácico, con el primer ojal ciego por la cinta o el asterisco de decoré. También lo usan nuestros hombres de la Marina, panaderos y ganaderos que vuelven del África francesa con la piel colonial, el aliento de ajenjo y las manos y las faltriqueras gordas de ganancias.

Sigüenza y su camarada llegan a la heredad. El extranjero sigue camino de Callosa.

Y bajo los parrales dice el amigo de Sigüenza:

—Este señor británico no ha sosegado en todo el trayecto; ni miraba el campo ni el mar, porque se le ha perdido un gabán de entretiempo.

—Es un crítico de arte. Esa palidez de su frente se le quedó remansada de la luz cenital y académica de todos los museos del mundo. Tendrá un comentario para las obras de las salas más escondidas sin olvido de ninguna intención estética. No hay monografía ni epistolario de artistas que no se haya cribado, palabra por palabra, de cedazo en cedazo de su conciencia. A ese hombre le parece indigna la frase socrática: «¡Cuántas cosas de que no tengo necesidad!».

Sigüenza va recordando las maletas, las carteras, los atadijos desbordantes de cuadernos, de revistas, de libros de ese señor británico, que ya estará en Callosa.

Callosa de Ensarriá es un pueblo moreno, acortezado, encima de una hoyada verde, como si fuese toda una mata inmensa de calabazar maduro, que cuelga en la peña el montón de fruto carnoso.

Callosa ha escogido las mejores tierras con un buen presentimiento. Estaba lejos, y sin moverse ve a los demás que recuden, porque han ido abriéndose los caminos de los lugares más cerrados: camino del valle de Guadalest y de la serranía de Tárbena. Callosa, en medio. Pone su plaza como una falda tendida para recoger el mercado de muchos lugares. Pone también la fita entre el clima mediterráneo y el interior. Hasta Callosa sube desde las playas el follaje tierno y fácil de los huertos; después, el esfuerzo de cada bancal murado de roca viva.

Calvario barroco de cipreses negros. Voltear de campanas a la redonda de las cumbres. Calles con toldos de cañizos. Fiestas y casas viejas. El Ayuntamiento con soportales de cal. En la sombra, un banco con los mismos abuelitos de siempre, que miran la lejanía desde la curva de sus cayadas.

En Callosa y en los pueblos que vienen detrás quedan soledades y hermosuras de señorío y de arte.

Y ese varón británico no descansará escudriñándolas, removiéndolas, palpándolas, desjugándolas. Los artistas dejan intactas las bellezas para los otros artistas. Pero los sabios, los sabios oficiales, son los peores maridos de las guardadas bellezas. Buscan la doncellez y la dote del pasado, y ya el pasado es una esposa enjuta de laicas virtudes.

Sigüenza, sin ser erudito ni desearlo, sentía un rencor de celoso. Siempre preguntaba por el extranjero.

Y siempre le decían:

—¡Allí sigue!

¡Allí seguía! ¿De manera que no se le saciaba su voracidad? Si en Benidorm y en otros pueblos una albañilería flamante dejó para siempre la palabra chalet, con su t apretada, a estas horas el caballero británico habrá esparcido por callejuelas y veredas vocablos doctos y deportistas. Y no pudo resistir su sobresalto y encaminose a Callosa.

Solo, por la carretera, iba cortando el hervor de las cigarras. Llegó en el bochorno del mediodía.

En el portal de una venta, a la sombra del alero, dormía un hombre, con las manos colgando por los hinojos y los pies saliéndosele de las esparteñas. A veces subía los párpados para mirar las telas de araña de las rejas de los pesebres. Tuvo que despertarle el amo de la posada; y él abría sus ojos grises de niño, le sonreía mordiendo una palabra valenciana y otra vez cabeceaba entre moscas de siesta.

Y vio Sigüenza que bajo la piel de badana, de sol y de relentes del hombre dormido, yacía el docto caballero inglés...

¡Levante! Levante era más poderoso que la sabiduría británica...

Sábado de luna

Día bueno; un día de felicidad para Sigüenza, sin que haya sido necesario el motivo que la origine. Felicidad que no le exalta ni le mejora; felicidad clara, sin dejo, como el agua más pura que no tiene sabor. Leve en el día, sin soltarse de sí mismo. Ningún propósito le hace enfilar el corazón hacia un deseo del mundo.

Tarde de sábado. El pueblo sale al sol en lanza de piedra dorada. Recibe una claridad tierna y madura; parece que se han juntado la claridad de la mañana y la de la tarde, como dos mozas.

Hoy la piedra de los montes es de cera y la va modelando Sigüenza con los ojos. Los collados tienen una piel de albérchigo; las umbrías, un verde íntimo para corderos de San Juan Bautista niño.

Sendas frescas como si principiasen a correr esta tarde. Sendas humildes hechas de pisadas ajenas, y siempre parece que se dejen abrir virginalmente por nuestros pies. ¡Nuestros pies obedecen las viejas pisadas el agua de estos manantiales, agua estremecida de todas las imágenes de su camino; la misma agua desde la sierra al llano; el mismo cuerpo en cada gota y en las distancias, en su conjunto y multiplicadamente, sin perderse en su unidad!».

Las venas duras de San Antonio —del San Antonio de Flaubert— se le engordan y atirantan casi a punto de romperse por el deseo de volar, nadar, bramar, mugir... Quiere tener alas, corteza, concha, garfa, trompa; retorcerse, desmenuzarse, sentirse en todo, ser todo; desarrollarse como las plantas, correr en el agua, exhalarse en los sonidos y en los olores, resplandecer en la luz, encogerse bajo todas las formas, descender hasta el fondo de la materia; ser la materia. Esta fue la postrera tentación de Antonio, la que sólo pudo resistir persignándose y rezando.

Pero Sigüenza no es Antonio. Pronuncia cada una de esas avideces, representándoselas y sintiéndolas con sus capacidades y limitaciones de hombre. Goce dolorido del propio contorno en la inmensidad. Y toma su sombrero y su cayada, y sale por un camino calcinado y cerril, rodeando unas lomas eriales. El monte Ponoch se le presenta como una hoguera; dentro de la calina, la roca tiene la vibración de la llama.

Pasa un cuervo. Debe de ser el mismo de todas las tardes. Enciende más el azul que van tocando sus alas, y pone su acento a la soledad del campo.

...He aquí que no hay vallado ni fita, y Sigüenza ha presentido que traspone una linde. Se recoge el paisaje. Es más jugoso y parece más antiguo. Antigüedad sin envejecer; antigüedad de atmósfera, como un vidrio arcaico encima de una estampa de asunto geórgico.

Una casa pequeña, como un albergue de jornaleros; detrás, la corraliza; delante, la parra sostenida por horcones; poyos de cal; geranios, dalias, albahacas y rosales; un ciprés, y de la sombra se levanta, para recibir a Sigüenza, un matrimonio viejo, entre un estrépito de gallinas. El marido le tiende su mano diciéndole su nombre y el de su pueblo como para fijar su linaje: Gregorio de Benimantell.

Enjuto, afilado, grande y rápido. Es de otra comarca, cerrada y abrupta.

Gregorio se revuelve y grita:

¡Paloma! ¡Paloma!

Resuena un brinco en la frescura de un ribazo, y aparece una cordera mordiendo un pámpano que le zuma por la boca. Blanca, perfecta, graciosa; parece saberlo como una mujer. Sus pezuñas relucientes son cuatro aisladores, cuatro taconcitos de charol. Gregorio le dice que se quede a su lado; y ella se arrodilla y se acuesta, y entonces se estremece toda, muy fina, comunicándose del tacto de la tierra.

Desde el corral, un jumento pide que lo saquen de su clausura. No es el rebuzno específico, clamoroso, que se rompe en ángulos agudos de garganta hasta agotar todo el fuelle; sino un rebuzno concretamente pronunciado para decir lo que quiere: estar cerca del amo, como la Paloma. Y cuando lo sueltan, todavía da un berrido, un poco tartamudo, con hipo de regaño. Blanco, gordo, peludo; el poco aire que viene de Bernia le va ondulando la felpa de la barriga. Una moscarda de oro verde, moscarda de frutales, le hace temblar el morro de goma sensitiva.

De noche, los dueños de la heredad se marchan al pueblo; y allí, en el albergue, se queda el burro de ayo y mayordomo. Muy cerca se le duerme la Paloma; entre las patas le rebullen primorosamente los conejos; en los travesaños de la cuadra se aponan las gallinas; en las hormillas de yeso descansan los palomos; por la pared rota pasan las estrellas; y a la madrugada, el gallo se le sube al lomo para cantar, y él dobla su pescuezo y le mira consintiéndole que se ufane.

Ahora sabe que Gregorio habla de él; está callado, muy quieto, reflejándolo en la negra gelatina de sus ojos. Bien quisiera toparle blandamente como hace la Paloma. Pero su amo se lleva a Sigüenza para mostrarle la hacienda. Los bancales se precipitan gozosos por la quebrada de un torrente donde repica la sonaja de un viejo molino. En el otro borde se asoma la aldea de Chirles, de casas tostadas en coro de comadres. Se baja al hontanar por la cuesta, toda con techo de ramas y peldaños de raíces de algarrobos. Una rama enorme (cimal, le dicen aquí), un cimal se desgajó vivo del tronco; y agarró y crió en el suelo; y se hizo árbol acostado. Todo es bueno y fértil en la tierra de Gregorio. Le regala a Sigüenza las mejores frutas, colmándole un cuévano. Y como el forastero quiere pagar esa dulce abundancia, Gregorio de Benimantell sonríe tan pasmado que no puede agraviarse; él vende sus cosechas de almendras, de algarrobas, de aceite, de trigo; todo eso se lo llevan los trajinantes; todo eso es un producto. Pero, sus cerezas, sus albaricoques, sus cidras, sus manzanas; la fruta, es casi obra de sus manos; es su complacencia, su vanagloria; su arte, y esto lo da, pero no lo vende.

La mujer llama a su averío para que ya se recoja; y acuden los polluelos zancudos, como chicos que corren silbando, con las manos en los bolsillos del pantalón.

El marido y su jornalero hablan de los planteles de alcachofas. Las matas son cardenchas retorcidas de vejez; en algunas queda una flor morada como una borla doctoral. Ya tienen quince o veinte años; larga senectud. Pero el lunes las trasplantarán a un bancal recién cavado y mullido, para que vuelvan a retallecer, porque en los alcaciles no es la planta lo que envejece sino su tierra. Y Sigüenza se llega a las bienaventuradas osamentas vegetales, y las contempla y las toca envidiándoles la resurrección de su carne.

—¡Son como nosotros! —le dice la mujer de Gregorio llena de fe.

—¡Que Dios la oiga!

Y Sigüenza se despide.

...Principia a subir la luna, marchita y antigua; cara de Nuestra Señora guardada mucho tiempo en la obscuridad de una capilla románica. Cara de virgen y de luna egipcia que mira de perfil y lleva una corona pobre, empañada de aréola.

—¡Tiene tana la luna! —gritan los rapaces que vuelven por las aradas del olivar.

Se ha quedado el azul del día en el cielo de la noche. Los campos aparecen recientes, entre penumbras de humos pálidos y claridades de aceites, como una carne sudada. Siempre se quiere mirar a lo lejos de la noche de luna. Allí, a lo último de Bernia, está el mar; y en aquel silencio, que se siente venir por la ladera alumbrada, se acostará la luna encima de las aguas.

Todo vibra por un ruiseñor; él solo. Arde su buche golpeándose y rompiéndose en la noche como dentro de un vaso pálido de oro. Debe oírsele desde las cumbres lejanas que se ven humedecidas de luz. Todo este paisaje, que va colonizando Sigüenza con su lírica de forastero, todo está habitado, ahora, por el delirio del ruiseñor, y es un pecho donde salta el canto encendido como un corazón.

Los grillos que tiemblan en las parvas se oven distantes y tímidos; parece que resuenen entre las pocas estrellas sumergidas en el cielo de luna. Casi nada más se perciben cuando el ruiseñor calla para sentir el silencio suyo que se queda estremecido.

Y, de repente, viene una voz desde el horizonte invisible de la Marina. Toda la noche interior de este paisaje se ha quedado sin respirar, atendiendo por saber de quién sería esa voz; una voz ancha, como de vendaval que se sintiese muy claro, en un sitio de calma. Y esa voz se comunicaba de la dulzura de los lugares que no eran suyos, resbalando en la faz de esta quietud cerrada por los montes. Ha sido el acorde grave y humano de un órgano inmenso de catedral. Habrá sonado en la sierra Bernia. Esta noche Bernia es un órgano de plata entrevisto por una vidriera infinita, translúcida de luna. Otra vez el hondo alarido. Descansa un instante; y vuelve a sonar en una despedida muy larga. Todo principia a sentir la evidencia del prodigio. Es la sirena de un barco. Estaba el aire dormido; todo parado, y la sensibilidad de los ecos desnuda en un dulce ocio. Y en ese momento pasa un vapor frente a lo más hermoso de la costa; aparición de Calpe y a su lado el Ifach, tallado de luna... El barco se ahogaba de belleza y ha tenido que gritar. Para que la gracia se cumpliese del todo, ha volado la brisa, llevándose las exclamaciones de la sirena, y entonces las arrebataron los montes entrándolas claramente en todos sus recintos.

Todo se quedó sobrecogido viendo pasar el fantasma del barco viajero por en medio del valle, y al derretirse el último acorde encima del ascua blanca de la luna, el barco se ha perdido para siempre dentro de la noche suya; y el paisaje y el mar han vuelto a desceñirse.

...Al otro día, Sigüenza y Gregorio se han marchado juntos, muy temprano, para soltar a la Paloma por los bancales pacederos.

La cordera no podía levantarse de la rinconada de la corraliza. La cogieron de la lana de los ijares, y ella plañía.

Tiene el cuello rajado a dentelladas; y los finos vellones se le acortezan de sangre dura y de babas gordas como si le hubiese bollado la piel un caracol monstruoso.

Gregorio da un grito de perdición y se abalanza contra el burro. La bestia le aguarda inmóvil y triste; y con los ojos mojados de arrepentimiento ha ido confesándolo todo:

—«¡He sido yo; se lo hice yo, anoche! Fue sin querer, amo mío. Entró la luna, y nos pusimos a jugar la Paloma y yo. Yo estaba tan contento que retozaba creyéndome un cordero novio. Mis quijadas se hundían en su cuello tierno como una hierba. La Paloma se quejaba y yo venga de morderle y de pasarle mi lengua caliente como una mano. ¡Mis orejas parecían dos ramas de ciruelo en flor! ¡Yo no me acordaba de lo que era, porque yo estaba, amo mío, yo estaba también muy jovencito y guapo de luna!».

Ochocentistas

Lectura y corro

Domingo por la tarde, leía Sigüenza hojas del Epistolario Español, parándose y volviendo a principiar con un poco de desgana.

«...añado lo que pasó el día del Corpus en la procesión, a poca distancia de la plaza de Santa María, de donde sale. Salió de entre la demás gente un labrador, y rompiendo por todos y por la guardia, dijo: "¡Atrás; por la muerte vengo!". Llegó a los pies de S. M. e hincado de rodillas, dijo que desde el Rey Wamba hasta ahora no había habido peor Gobierno, ni estado peor el reino. «Mire V. M., añadió, lo que se hace; que le espera cerca la muerte». Asustose S. M., y estando cerca el duque de Pastrana (que nos contó esto), le dio con la vela en la cabeza, y quiso la guardia pasar adelante, si bien el Rey dijo que le dejasen, y se fue. Y consultado el Consejo de Castilla si le prenderían, resolvieron que no, porque haber dicho S. M. "dejadle" fue librarle de toda molestia. No obstante esto, se ha mentido que le prendieron, que le dieron mil tormentos, y que murió de ellos...».

(Es de una carta de Cristóbal Pérez, en Madrid y junio 22 de 1637, al P. Rafael Pereyra, de la Compañía de Jesús, en Sevilla.)

Descogió Sigüenza algunas páginas.

«...El miércoles pasado quemaron a dos por aritméticos; eran hombres principales: el uno se llamaba D. Sebastián de Mendizábal y el otro D. Pedro Mendieta. El concurso fue excesivo, porque era muy conocido el Mendizábal.

Ayer ahorcaron a cuatro y degollaron a uno por capeadores y homicidas escaladores de casas. El degollado era caballero de Ciudad Real y noble. Llamábase D. Jerónimo de Loaysa y Treviño; sus deudos alcanzaron le diesen esta muerte por merced, que el delito no la merecía sino como la de los compañeros. Tenía solos veintidós años, sin pelo de barba, sino bozo, de la mejor cara y disposición que V. R. ha visto. Causó grande lástima; todos fueron muy bien dispuestos, y uno dellos había sido novicio de la Compañía pocos años ha, al cual despidieron por ser recio de natural, pues siendo cocinero, riñó con otro Hermano y le dio un sartenazo, por lo cual pareció no era a propósito para la Compañía, y vino a tenerla después con capeadores». (De otra carta de S. González, en Madrid y enero 27 de 1637, al mismo Reverendo Padre.)

Aquí, Sigüenza se quedó pensando en Loaysa. No entendía el privilegio y merced de degollado. Siendo chico Sigüenza, estuvo en Ciudad Real. Se puso a recordar sus calles: calle de la Azucena, calle del Camarín, calle de Toledo, de la Ciruela, callejón de Alarcos. ¿De qué casa blanca, hidalga y labradora, coronada de vencejos, saldría para la perdición el joven caballero D. Jerónimo? De brinco en brinco de mala mocedad, se derriba al pie del tajo del verdugo.

Pero ¿y D. Sebastián de Mendizábal y D. Pedro Mendieta? ¿Quemados por aritméticos? ¿Aritméticos o aritmánticos?

Muy conocido el Sr. Mendizábal. De tarde, cuando se recogiese para tomar su colación y seguir sus estudios, todos los vecinos y muchos artesanos y letrados y hasta dueñas y comendadores, le harían sus comedimientos: «Adiós vaya el señor don Sebastián». También D. Pedro recibiría halagos y saludos, quizá por referencia de D. Sebastián. «No alcanza todavía a Mendizábal, pero es gran supuesto Mendieta». Del aposento de sus números y cavilaciones, a la sala de juicio y a la leña de la plaza. ¿Han de morir, por aritméticos, a esas toras tan tiernas, tan transparentes de un día de enero (a esas horas se tendería el sol en los folios de su mesa), han de morir entre la grita, en medio de la lumbre?... Pues sí que han de morir. Ya pasan por el humo unas voces bien conocidas, de los que se quedan: «¡Adiós, Sr. D. Sebastián!». Y a lo último: «¡Y Sr. D. Pedro...!».

Le parecen a Sigüenza muy familiares, como si muchas veces se hubiera ladeado dejándoles la baldosa.

Más adelante, en la misma carta, le dicen al P. Rafael Pereyra: «De Segovia escriben que el hombre que tenían preso en el Alcázar, con las aguas fuertes que le daban para hacer el oro, se ha hecho muchas llagas maliciosamente, con que se ha visto que es un embelecador, y por orden del Consejo ha sido llevado a la cárcel, donde se procederá contra él. Ha hecho grande gasto, pues fuera de los materiales que le daban, estaba aguardando a un secretario del Rey que había de ir a verle, y le regalaban mucho, con las esperanzas del oro».

Vienen después unos datos de las Noticias de Madrid, refiriendo apuros de algunos alquimistas y los enojos del Rey y del Conde-Duque. «Un holandés a quien apenas apuntan las barbas había prometido a S. E. sacar de un marco de plata y otro de cobre dos marcos de plata; habiéndole sido mandado que hiciera la experiencia delante de un teatino, de D. Francisco de Calatayud y de los plateros, el primer día que se juntaron para este efecto, que fue vano, dijo el mozuelo que lo había errado; y tornando al día siguiente a hacer otra prueba, no se consiguió nada, porque lo que era plata había quedado plata, y el cobre, cobre. A D. Vicente Lupati le tienen todavía preso en Segovia, habiéndole señalado término limitado para que haga la plata, que decía saber hacer; y no lo sabiendo, le ahorcarán por haber puesto a S. M. en grandes gastos y haber engañado a S. E.».

Su Majestad y su excelencia, queriendo trocar el cobre en plata por todas las artes ocultas, y D. Sebastián de Mendizábal y D. Pedro Mendieta, hombres principales, quemados vivos por aritméticos...

Dejó Sigüenza la lectura.

...Domingos y fiestas de precepto venían a merendar en pimientos y «sangacho» o vientre de caballa en salpresa. Delante de una mesa chiquita, como el celemín volcado de los judíos, sumergen el pan y los dedos, también como los judíos, en el adobo de un olor encendido.

Estaban los dos hermanos Busco: Busco el Grande, campesino y hornero; con la nariz y un anca lisiadas de haberle arrastrado su mulo por un breñal, su mulo Dolor, al que para agarrarlo del cabestro había de hundirle su faca en la gola. Un enorme sombrero le cercenaba torcidamente el cráneo, como un anillo de Saturno, de fieltro de Alcoy. Busco el Menor, colorado, rollizo, y alegre como un marinero holandés.

Llegó el Baldat, un viejo ferreño y corvo, cabrero y saludador. Después, Laureano, mozo jornalero, el que cuenta, desde una legua de la parroquia, los pájaros de la torre. Y Mincho, el yerno de Francisco Bresquilla, de la heredad de Sigüenza.

Siempre baja Sigüenza para ver la merienda. Beben el vino con los ojos entornados, en un caño combo desde la canilla de la calabaza o de la catalana de vidrio. No rompen el pan; lo rebanan con la navaja de injertar, que le deja el frescor de corteza de árbol; y luego cortan la rebanada con tan primorosa complacencia que, los más pobres, al comer pan solo, le dicen pan y navaja, porque cortándolo le añaden el unto de un regodeo sabroso de companaje. Pan y vino de domingo. A la redonda, la tarde de fiesta, inmóvil, ancha, callada. Todavía el domingo, allí, no es un día como todos los días; tiene más creación parada encima. Los horizontes hacen pensar en otros lugares donde estuvimos una vez, hace mucho tiempo.

Pero el pan, el vino y la tarde de fiesta son más de los Busco, del Baldat y Bresquilla, que de Mincho y de Laureano, el que cuenta de lejos los pardales de la veleta. Los dos jóvenes; en agosto se marchan a segar arroz en la ribera de Valencia; allí se juntan con hombres que emigran a Buenos Aires, y saben inglés agrario y ferroviario de los Estados Unidos. Algunos pasaron muchos años en la emigración; enviaban dineros; y se volverán con sus mujeres y con sus hijos. Lo mismo pueden hacer Mincho y Laureano.

Baldat trae el antiguo pañuelo atado a la frente. Todo el cabrero es de una talla precisa, pulgada por pulgada, de piel y de osamenta. Su apodo lo heredó de un abuelo tullido. Sale al amanecer con su ganado y su atadijo de esparto, del que toma y tuerce las hebras; y atardecido está en las cumbres de Aitana hilando soga. Toda su figurita se recorta en la inmensidad. A distancia se le conoce; y le buscan desde una aldea, desde un molino, desde una masía, para que remedie una criatura, un macho, una gallina enferma.

Baldat, ¿se sabe el mal que tiene una bestia?

—Mejor se sabe el de un macho que el de un crío. Se sabe por el mirar y el pulso.

Baldat, ¿cómo se pulsa a un macho? El saludador se ríe calladamente; y Busco el Menor lo dice:

—Llega el Baldat al pesebre; entra debajo de la bestia; pone sus hombros viejecitos en la comba de la barriga, y desdoblándose, levanta todo el animal encima como si fuese un hombre blando y dócil a cuestas; las cuatro patas colgando, como cuatro brazos de manos débiles; lo pulsa de las dos delanteras; y las palmas de las del Baldat botan de la calentura.

Corno está a merendando en el portal de Francisco Bresquilla, Francisco Bresquilla lo sabe todo mejor. Por eso aparta al otro, y cuenta la cura de un nene de pecho:

—La molinera de Chirles criaba un rapaz de los que echan en el Asilo. Un día se dejó a la criatura en el safarich donde se enjugaba el trigo, y bajó a lavar los pañales en la balsa. Desde allí sintió el lloro; y ella gritó: «¡Ya subo, ya subo con la teta gorda!» No paraba el berrinche. Y subió la molinera, y quedose espantada. Se había soltado un gorrín de la corraliza y estaba rosigando una oreja del crío. Clamó la mujer, acudió el marido, y el cerdo se relamía y se empinaba buscando más. Trajeron al Baldat. El Baldat se persignó y se puso a chupar la mordedura hasta que paró la sangre. Todos los días; de mañana y de tarde, le adobaba la llaga con la gracia que tiene en la cruz de su paladar. No falta de la oreja del chico más de un frisuelo de carne.

Mincho y Laureano se ríen, y el saludador les chafa la risa con las aristas azules de sus ojos menudos. Pero los mozos le dicen que cada tiempo trae lo que le corresponde. Cuando muera el Baldat, se acabaron los milagros de estrellería. Ya no queda otro, y si no nacen otros con esa virtud, es que ahora no será menester.

Busco el Grande les mira con recelosa compasión.

—¡Este tiempo ya no es de nosotros! —y levanta la catalana y desde arriba le cae doblándose el chorro, que le gorgotea en los gañiles—. En el tiempo de nosotros salía uno con su macho y en seguida nos encontrábamos a solas en el mundo. Salir era ponerse a la ventura. Había que palparse bien a sí mismo para sentir que iba uno todo encima de uno. Entonces se era más uno mismo que ahora. Dios proveería. Ahora, el mundo es una calle. Y yo, en aquellos tiempos y en los de hogaño, siempre lo mismo.

—¿Por qué siempre lo mismo?

Busco el Grande se recalienta con otra ronda de la calabaza de vino.

—Yo sería la campana gorda de aquí; ¡pero cada uno trae a cuestas su perdición!

La suya está en la enfermedad de su mujer, que todos los años huye loca por los barrancos, vive desnuda, se alimenta de hierba y de muladares. Busco ha desamparado su casa y su horno; atraviesa las sierras siempre escondido, preguntando a pastores y leñadores. El espanto es encontrarla. Ha de acometerla y atarla. Viene el suplicio de vivir juntos. De noche, los dos con los ojos abiertos; él, tentando la cuerda entre los jergones; y la mujer, acechándolo para mutilarlo. Y cuando se le pasa el mal, llora de sonrojo. Así desde la juventud. Conoce todos los abismos, todos los carcavones y rinconadas; todo lo escudriño, cueva por cueva, mata por mata. Muchas veces le salieron los hombres de aquel tiempo, los que vivían de su retaco, perseguidos por la justicia.

Claro que a esos hombres bravos los han visto también el saludador y Francisco Bresquilla, singularmente Francisco Bresquilla. Ya no quedan de su casta. Cada pueblo tenía el suyo: Castell de Castells, a Mitjana; Evo, al Destralet Finestrat, a Pinet; Benimantell, al Bou.

Principió Sigüenza la tarde de domingo con una lectura desganada, y el rolde de lugareños tejía sus asuntos en el paño viejo del Epistolario.

Los bravos roders

Dos castas ochocentistas de la comarca: los bravos rurales y los grandes señores. Aquéllos reciben de su pueblo el apellido de consagración, Mitjana de Castell de Castells, Destralet de Evo. De día van a sus aventuras por las sierras. De noche se acogen a una masía señorial y toman el recapte o avío para su persona y su carabina. Si un gran señor les dio asilo, puede su familia viajar por las soledades, en las jamugas de sus mulas, con poco cortejo de criados, mansos como demandaderos de monjas, porque a escondidas la guarda el lobo con lealtad de mastín.

La primera empresa de Mitjana de Castell de Castells fue matar a dos en una sola jornada. A uno en el cantón de la plaza. En seguida cargó y cebó el retaco y dijo: «A ése me lo hago al vuelo». Disparó otra vez; y desde el andamio, donde estaba subido su enemigo remendando el campanar, comenzó a caer muerto, en un remolino, como un pichón. A los muchos años y muertes, le sorprende la Guardia civil. Pudo matar a la pareja; pero quiere ser generoso, y nada más les quiebra a tiros las rodillas. Sale viejo de presidio; y ya se recoge en su casa del pueblo. Se sienta patriarcalmente al sol de su portal. Una tarde, un mozo se le pone delante y grita con bulla: «¿Y éste es el Mitjana?». Y le restrega por la cara una melva podrida. El arrepentido levanta los ojos cansados y le dice: «Apártate, hijo, que eres tierno para Mitjana». Otra vez siente el pescado hediondo en su boca. Y todavía riéndose se tambalea el mozo con la faca del viejo hincada, temblándole el pomo, en la tetilla. Mitjana es el único aventurero que muere en su cama, tranquilo y oleado, entre las luces del Viático.

Destralet de Evo no tuvo su ancha presencia. Su catadura y sus fechorías son ágiles, buidas, resbaladizas como su apodo. Invisible y súbito. Vista de ave flaca; oído y olfato de chacal. Mata sin que se le sienta. Toma encargos de muertes. Para encomendárselas no le dirán: «Mata a ése», sino: «Asústalo». Y es un susto fugacísimo, y en el lugar elegido de la persona señalada.

—A Bautista, un susto en el garguero.

Bautista es mercader de las cosechas de los labrantines. Las junta en la entrada de su casa; las vende en buen hora. Cuelga el candil de la viga. Bajo, pone la mesa. Se sientan a cenar Bautista y su mujer. Empuña la catalana, levanta la boca, le cae el tallo de vino espeso, y le entra la luz, el vino y la bala de Destralet en medio del galillo. En la calle, de cantonada en cantonada, y después, en el campo, de tronco en tronco, se va derritiendo una sombra plegadiza.

Todas las tardes viene al pueblo Llinasa, un viejo pastor. El rebujal es suyo, y en aquellos años bien valdría nueve mil reales. Es viudo, con tres hijos carboneros. Siempre se para el viejo en la fuente para ver a la hija del menescal lavar y llenar los cántaros, una moza morena que se le estremecen las carnes rotundas cuando vuelve ella la faz mojada y colorada y mira galopa halconeando al viejo. Cuando se marcha la mujer, baja el pastor y bebe donde ella sumergió los brazos de color de cebada. Pronto dicen por el pueblo que se casarán. Entonces los hijos, los tres carboneros, buscan al Destralet y le piden: —«Pregúntale al abuelo si se quiere casar; y si es de verdad, dale un susto».

A mediodía el pastor pasa con su ganado en busca de las carrascas; y arriba, en el filo de la cumbre, se le aparece el Destralet y le llama: —«Abuelo: ¿es verdad que se casa?»—. El pastor se queda mirándole. En el silencio y sol de la sierra, el grito de ese hombre le da inmensidad y rabia a su gozo. Se calla para guardarse toda la promesa de mujer joven. Las cabras se van parando, rodeándole, y levantan los ojos blancos y la cuerna hacia el Destralet... —«¿Y es de veras lo del casamiento? ¿Mujer nueva y entera para un abuelo?»—. Y el pastor le dice: —«¡Y a tú qué te importa!». —«¿Pero es de verdad?». —«Pues de verdad es; ¡y a tú qué te importa!» —Y se desgarra un tiro; tiemblan las esquilas; y el pastor cae con los brazos abiertos en medio del ganado inmóvil.

Los Busco, el Baldat, Bresquilla, no acaban sus memorias de ferocidades, de secuestros, de bregas, de ejecuciones en los «treatos» de las bóreas. Fuman, beben y se quedan como mirando con golosía sus años.

Mincho y Laureano, riéndose, le vuelven la espalda a esa edad antigua tan inmediata; y con palabra vieja dan la visión de lo nuevo.

—Esos, ahora, no harían ya rogle. ¡Gandules sin faena!

—¿Y si ahora tampoco la tuviesen? —les dice Bresquilla.

—Ahora hay más vapores que van a los Estados Unidos.

Sigüenza se marcha de la disputa. Las carreteras han acercado el mar. Todavía es casi joven Sigüenza, y no recelaba la modernidad del concepto de ausentarse que trocó la vida lugareña.

Y al despedirse les pregunta:

—¿No quedará ninguno de esos hombres con quien hablar, aunque sea muy viejo?

No; ya no queda ninguno. Bien podía internarse solo por los campos, de día y de noche, sin más armas que su cayada, su cayada de color de pan tostado.

Ya lo sabía Sigüenza; y lo hacía. Por las sierras, por los hortales, por los caminos, por los sembrados, con la americana en su brazo desnudo, hundiendo la curva de su bastón en la hierba para untarlo de olores frescos. La menos solitaria de las soledades, por la posibilidad de que deje de serlo, la carretera, de noche, era el único paraje receloso, precisamente el único que nunca habían pisado los difuntos aventureros. Por la carretera, por estas carreteras todavía de escaso tránsito, caminaban los pordioseros nómadas, las tribus de gitanos caldereros y lañadores, cuyas mujeres vibrantes, finas y pringosas, miran con más ferocidad que sus machos.

Pero Sigüenza, en esta tarde ya cerrada de domingo, no iba por la carretera, sino por el camino aldeano de Chirles. Los bordes cortados de las colinas, que lo ahondaban, eran de una carne fría, casi blanca; el tejido de su corteza, de una piel olorosa, prieta y áspera de tomillos, aliagas y brezos, con rodales calvos de pedregal.

Subió Sigüenza por la falda de una loma. Desde lo alto se vio solo, en medio de las espaldas de las grandes serranías. Enfrente y hondo, el mar descolorido, de una palidez arcaica. Y los racimos de los pueblos, de un tono maduro, viejecito, dentro de la soledad de domingo de todos los tiempos, de cuando no se deseaba salir en emigración. Hasta Sigüenza se sentía muy distante, retrocedido, en aquel mismo lugar que le rodeaba. Lejos y solo. Nadie.

Atravesaba lentamente la loma; y desde lo último veía el perfil recostado sobre los follajes del olivar de Ponoch, piedra por piedra, algunas redondas, lívidas, como cabezas de degollados. Y de súbito uno de los cráneos se removió un poco. Sigüenza creyose invitado a meditar: «Esa piedra estaría desgajándose años y años. Hormigueros, gusanillos de humedad, lluvias, raíces de tomillares irían excavándola. Quizá principiaron a estremecerla sensitivamente cuando él pasó en sus mocedades por aquel camino de Chirles; y hoy, al mirarla él, se desprendía la pobre piedra trocando la faz del alcor...».

Y tornó a su paseo. Bajaban sombras de los montes, que tenían un tacto de paño. Se enfriaba el mar, duro y blanco como un horizonte de sal. En el collado de Tárbena la ceniza de una nube palpitaba de relámpagos de otros paisajes. Volviose y dijo: «Ya no sé dónde estuvo incorporada la piedra». Y fue su pensamiento como una invocación de brujería, porque la piedra emergió, y se quedó en su sitio, quieta y mirándole.

«Me está mirando». Y avanzó; pero el cráneo de peña escondiose rápidamente. Estaba escondido; si se acercara, lo vería inclinado, esperando que él se volviese de espalda para asomarse. No imaginaba un hombre, sino una cabeza de desenterrado. Todo lo pensaba pronunciándoselo, y le golpeaba hinchadamente el corazón. ¡En realidad, él ya se iba! ¡No se iría! Seguiría su paseo sosegado, colgándole la cayada con un dulce descuido.

Desde el cielo comenzaron a mirarle las estrellas; a él nada más. Llegó a la otra ladera. De seguro que intentaba escapar, recatándose de sí mismo. Pero no se escaparía. Allí habría de derrumbarse, por márgenes y hondones. Aunque fuese muy andariego, le alcanzaría rebotando la cabeza, porque la ruta era más larga, quebrada y más desconocida. Y se puso a espiarse a sí mismo: «Veríamos qué haría Sigüenza en este trance».

Rodeó la loma y bajó al camino de Chirles. Sintió sus pisadas. Llegaba a la revuelta, donde estaban esperándole. He aquí los tiempos viejos de aventuras. Quedaba una, la última, para Sigüenza. Ya no le acechaba un cráneo, sino un hombre. Y lo vio inmóvil, en la orilla del camino, y en la obscuridad blanqueó su dentadura de bestia cerril. Sigüenza le saludó, y el otro también, pero con voz balbuciente, entrecortada, la voz del que se encoge para embestir.

Sigüenza se paró. Un impulso de temeridad. Tendió su brazo y dijo:

—¡Delante de mí!

Y el aparecido se puso delante con una obediencia socarrona de oso domado. Pero en seguida se detuvo.

Sigüenza le puso en la nuca, sin hincárselo, el regatón de la cayada, como si empuñase una lanza:

—¡Andando!... ¡Esa mano, esa mano fuera de la faja!

En la faja escondería sus pistolas. Y el hombre dejó colgando sus brazos. Un oso. Era un oso grande, flaco, hambriento.

Le daba lástima; y se arrancó la lástima. Iba a entregarlo. Ejercía de cuadrillero; pero también remataba a un monstruo, como un David, con cayada y sin honda, como un San Miguel, como un San Jorge...

Su firmeza y facilidad en la victoria le dieron un deseo de elegancia. No lo llevaría al pueblo, sino a la heredad, dejándolo en poder de las buenas gentes que le prometían el descuidado goce de los campos.

Adivinó su vereda entre los almendros. Se colocó junto al hombre, guiándolo por el atajo. El hombre le miró. Veía la mirada como si la recibiese en la claridad; su mirada y su sonrisa horrenda.

—¡Non tinga po! (¡No me tenga miedo!)

—¡No, no! ¡Yo no le tengo miedo! ¡Pero siga, sin revolverse, sin mirarme!

Ya se oían las voces de las gentes labradoras, los gritos de los nietos del matrimonio que cuidaban el casalicio de Sigüenza.

Entonces el cautivo quiso huir. Pero Sigüenza lo agarró de los brazos, y así lo entró bajo los parrales.

Sacaron los candiles. Todos acudieron. Los chicos les rodeaban brincando, y decían:

¡Es Peret, de Chirles! ¡El bobo de Chirles y el siñor Sigüenza!

Grandes señores

Ya no quedan grandes señores en la comarca.

Los del tiempo viejo —le refieren a Sigüenza los labradores recordando el suyo— eran cada uno señor de veras: señor de los montes, de las aguas, de los caminos, de las alcabalas, del bien y del mal. Desde su heredad sabían lo que pasaba en Madrid. Los únicos que lo sabían. Su palabra era la voz del mundo. Sagasta y Cánovas se lo consentían todo. Sagasta y Cánovas lejanos, invisibles y eternos.

—¿Ustedes vieron a Sagasta y Cánovas?

—¿Nosotros? Nosotros, no, señor; aquí nadie sino aquellos señores. ¿Y usted?

—¿Yo? Yo, tampoco.

Pero, Sagasta había pasado por tierras de la provincia. Lo llevó D. Trinitario Ruiz Capdepón a Orihuela. Allí le sentaron a un banquete de cuatrocientos, de quinientos comensales. Le sirvieron todas las suculencias, gollerías y frutas orí oían as; todos los primores de las pastelerías monásticas. Un cronista de la época dice que D. Práxedes nada más comió sopas de ajo y puchero de enfermo. No pudo ni quiso dormir en Orihuela. Todos se lo rogaban con ternura; y para persuadirle lo pasaron al dormitorio y le mostraron la cama, una cama de difíciles magnificencias españolas: trono, tálamo y cátedra. El señorío de Orihuela la había contemplado y tocado. —¡Quédese, D. Práxedes; acuéstese! ¡Mire que se la hicieron nuestros concejales!

Y D. Práxedes no se acostó. Todavía con el sabor de las sopas de ajo, se le derrumbó encima la perdición del 98, y dijo: —¡Que hablen los cañones!—. Entonces profetizó Moret: —¡España no perderá ni una pulgada de su territorio!—. El ministro de la Guerra, escuálido de calentura, se puso delante para exclamar: —¡No hay que alarmarse porque perdamos algún barco! ¡Ojalá no tuviésemos ninguno, y les diríamos a los Estados Unidos: aquí nos tienen! ¡Vengan ustedes cuando quieran!—. Don Trinitario se internó en su despacho de ministro de la Gobernación. Estuvo rascándose su calva sudada y bondadosa y escribió a sus amigos de Orihuela: —¡Vamos a pasar las de Caín!—. Sus postreras glorias oriolanas fueron un banquete de cuatrocientos, de quinientos cubiertos y un discurso de mantenedor de Juegos florales.

Desde Orihuela se cruzaban pactos y alianzas con los señores encerrados en la Marina y en los valles de sierras abruptas.

Pero, Capdepón residía en la corte; y los grandes señores han de vivir en la comarca; solitarios, tendiendo lejanamente sus raíces.

Más familiar era el nombre de Pío IX y el de León XIII que el de Sagasta y el de Cánovas, y más todavía el de D. Emilio Castelar.

Castelar camina campos y pueblos de Alicante. En casi todos queda un sitio escogido, que se llamará siempre «Balcón de D. Emilio». Desde allí contemplaba inspiradamente los almendros como rosales, las colinas de viñedos, el Mediterráneo palpitando de lumbre... Allí, D. Emilio, recordaba su niñez; tenía júbilos y lágrimas; prometía la felicidad; comía y merendaba; y los hacendados y jornaleros le miraban, pasmándose de que comiese como ellos y más que ellos, siendo quien era. Participaban de él participando del mismo pan, del mismo arroz, de los mismos manteles, en un festín rural y mesiánico.

En cambio, de Cánovas, por ejemplo, se desconocía su manera de comer y de vestir, su ademán, su catadura, su voz. Lo sabía únicamente el señor que estuvo en Madrid dos o cuatro veces en toda su vida. El señor, la «campana gorda»: en la vall de Guadalest, del Algar, de Gallinera... el señor Torres Orduña; en la plana de la Marina, desde Denia a Villajoyosa, el señor Thous. Como la campana gorda de la parroquia, que cuando se remueve la sienten las aves, los ganados, los leñadores..., así el señor trastornaba las gentes de la costa, de la besana y del monte, cuando pedía su mulo de camino. Las soledades se comunicaban de la ansiedad humana. Artesanos y labriegos dejaban su faena para vestirse las ropas de domingo. Amanecía domingo aunque no lo fuese. La víspera principiaba el trajín en la cocina, en las despensas, en el amasador, en las salas, en los desvanes, en los pesebres; guisando, escogiendo, amasando, revolviendo arcones y cómodas, sacando lienzos finos y olorosos, levitas frisadas, pantalones de tacto de terciopelo, chisteras felpudas, chalecos de realce, cofres de piel, mantas de Alcoy y jamugas de zaleas con que aparejar el macho de viaje.

Los poyos de la fachada se trocaban en muelles. Las argollas del muro crujían de ronzales de las cabalgaduras de los hidalgos y segundones que iban de cortejo del señor hasta dejarle en la diligencia. De guion y zaga, los guardas-jurados —lo menos cuatro— con sus carabinas de fulminante y sus placas de azófar en las bandoleras. Y al pasar por masías y aldeas se arremolinaban las familias labradoras, los perros, las ovejas, las lluecadas, los palomos...

De noche, después del rosario y de la cena, en los caseríos tan dentro de los cielos estrellados, tan recogidos sin el mandato ni nueva del señor —la voz de «él», la voz del mundo—, los hombres se miraban, preguntándose: «¿Dónde estará ya?».

Y en el horizonte de su frente, Madrid se ufanaba recibiendo al señor, carne de la comarca.


* * *


...Ya no quedaban de aquellos señores. Los de después, siempre están en la corte. Nada más aparecen en verano. Tienen máquinas de escribir. Escriben muchas cartas. Las reciben y las leen muchos en los pueblos y en los campos. Democracia epistolar. En aquel tiempo, no. Las cartas, es decir, la carta de Sagasta o de Cánovas la recibía el señor. Sus dedos, los únicos dedos que podían quebrantar la sangre de la oblea. El señor leía, bulléndole la boca. Los demás le miraban al rostro. Se levantaba; se encerraba en su escritorio a cavilar. Salía su grito. Iba uno a servirle de escribano. Le dictaba tropezando; en cada tropiezo reventaba el enojo del señor. Fuera, todos callaban. De repente, el amo se aburre; abre la puertecita de su alcoba y desaparece, diciendo: «Sigue ya tú solo». El escriba se queda escuchando los relojes del casalicio, y se le atiranta la frente hacia la adivinación de la voluntad del poderoso, acostado y dormido.

Los relojes del señor: el suyo, rebultado de oro; el alto, recto, de pesas; el de la consola con fanal y candeleros... Las mismas horas para todos. En el valle, en los collados, en la Marina, se sabe cuándo come, duerme, reza y tiene tertulia el señor. A distancia se le siente vivir en la vida de cada uno.


* * *


...Al lado de dos labradores cronistas de aquellos años, sube Sigüenza por las veredas para mirar, de lejos, los casales vacíos.

—¡A usted sí que le hubiera agradado vivir en aquel antiguor!

¡Aquel antiguor! Aquellos años que de pronto echan a correr detrás de las cumbres. Se aúpa Sigüenza para verlos, y ellos escapan detrás de otros montes. En cada confín inmediato al suyo se paran desnudos aquellos tiempos encima de un mapa viejecito de escuela de párvulos.

—A lo último, en lo hondo, todo estaba negro de pinar y carrascas; después, un secano, fresco como una huerta; un camino de cipreses y la masía del señor... ¡Allí venía Milá el del globo!...

¡El globo de Milá! Plaza de toros de Alicante. En medio, el globo engordando blandamente de humo, atado con sogas que se enrollaban unos hombres del puerto a su cintura... Cajas, barriles, mástiles, banderas... Una estampa de Julio Verne. Milá, vestido de marinero blanco, como un niño de primera comunión, corre todo el ruedo brincando, agitando el sombrerito de hule. Ya se mueve el globo, dulce, sensitivo y lleno. Tocándolo con la mirada, resuena tirantemente. Milá cruza sus brazos y los mozallones de las cuerdas grita: —¡Sííí!—. —Pues dejadlo ir—. Y va saliendo el enorme calabazón, apagando la plaza. Aun saluda el marinerito: —¡Adiós!—. Y de una cabriola se coge al trapecio, a las anillas, y se llena de azul y de sol en el cielo silencioso y virgen. Tiembla un palomar de pañuelos despidiéndole. Uno era de Sigüenza. Otros, de la familia del señor de aquella heredad de los cipreses. La familia monta en su galera para seguir y recoger a Milá. Se lo lleva; lo agasaja. En regocijos va desgarrándose la hacienda del señor. Vende los pinares, las bodegas... Las hijas se casan con sus pastores y jornaleros. Y, ahora, sobre sus frentes, torradas por el sol de la pobreza, pasa todos los días el estruendo de los aviones de la línea «Rabat-Tolosa».

El señor Thous está siempre en su masía de porches morenos y rudos de sol, de aires salados de la mar. Vienen amistades y regidores de los pueblos con recados y confidencias. Les sale el mayordomo, muy malhumorado porque los albaricoques predilectos del señor, albaricoques de olor y carne de rosas, se rajan, se pudren y caen sin madurar. Sube a la sala, y aguarda que el señor acabe de mirar con el catalejo una goleta que se ha parado delante de Benidorm.

El mayordomo le dice los nombres y apodos de los forasteros. Cada uno evoca un lugar y un itinerario de muchas leguas de barrancales, de sobraqueras, de labradas, de costas... Todo está lejos de todo en aquellos años.

De improviso, el señor Thous le interrumpe:

—¿Hoy es lunes? ¡Pues que vuelvan el jueves!

La soledad caliente y luminosa resuena de herraduras de la caravana. Y Thous vuelve a mirar la aparición del barco, blanco, fresco, gozoso, en el azul de las aguas.

Otra vez acude el mayordomo, porque hay un recadero que no quiere marcharse. Trajo el aviso de que han encarcelado sesenta hombres de audacia y rejo, que se dejarían desollar por el señor.

Thous es liberal. Cabalga en su mula; se precipita en las cárceles. Sigue camino de Madrid. Con las ropas y el vaho de la masía se presenta a la reina y le pide la libertad de los suyos. Dice la reina que no puede otorgársela. Thous se resigna. Doña Isabel se pasma de su mansedumbre.

Es que Thous soltó a los sesenta cautivos antes de venir.

Además de liberal, es creyente. Ya viejo, un ansia piadosa le quema su costado. No sabiendo qué hacer, le envía a Pío IX setenta arrobas de peladillas de Alcoy.

...El señor Torres Orduña es, topográficamente, el señor de los señores. En los peñones y escombros del Castell de Guadalest tiene todavía su casa. Las bardas de la corraliza son de almenas. Allí se solean sus mastines, blancos como dos osos polares. Para llegar al portal hay que sumirse por la cripta de un túnel.

Orduña, señor del paisaje. Orduña lo ama y lo guarda, según ha sido siempre; según lo ha visto y caminado toda su vida. Ese valle de Guadalest suyo, pastoril, frutal roto y despeñado entre las sierras Aitana y Serrella, ha de permanecer en su inocencia agrícola, en su clausura geológica. No consentirá el señor que traigan carreteras, las carreteras que abren y allanan las curiosidades democráticas. Más quiere la villanía del arriero que la elegancia de dril del turista; la rondalla de hostal que el orfeón de merienda de forasteros endomingados. Desde su roca, el señor pasa su rosario y otea los que vienen de la Marina. Los caminantes, las reatas, los ganados van creciendo por los senderitos, entre los pinares de una negror gruesa y antigua en la lumbre jovial de la viña, que se expansiona de llencas en llencas, en los verdes tiernos de las huertas íntimas, estruendosas de las fuentes que se rompen por los ramblizos...

...El señor Thous, el señor Torres Orduña, ya difuntos. La heredad, donde estuvo Milá, ya caída; y sus dueñas, tan mozas y galanas, se trocaron en viejas que van a jornal...


¿Qué se hicieron las damas
sus tocados, sus vestidos,
sus colores?


* * *


Vengamos a lo de ayer.

Ese ayer es el XIX. La sensibilidad de Sigüenza se abrió en el filo de dos vertientes; por la de la umbría caen los últimos veinte años del ochocientos; por la solana rebullen los primeros veinte años del novecientos.

Internarse en un siglo es seguir un camino de andadura conocida y apacible. Pero acabar y principiar una época sorprende y contradice nuestra conciencia, nuestros conceptos.

Cuando Sigüenza salía de su ciudad al campo, el tránsito de todo su sentir era rápido y puro hasta en su atmósfera interior. La vida rural de entonces, sus soledades, su silencio, su calma, su olor, sus gentes, correspondían al concepto prometido. Alicante era una ciudad de terrados blancos, con palomos que iban y volvían en el azul. Todas sus casas, con sensación de escollera, de faro, de haber sido mar y de tenerlo bajo de la piedra. Arrabales marineros; barcas volcadas en el portal, como el labrador deja el carro en el suyo. Clima de invierno diáfano y caliente. En el puerto, tan íntimo y viejecito, sin Junta de Obras, sin palacios argelinos, los veleros barrocos, los vapores rollizos tenían de ayo a un barco de guerra, un galeón de ruedas de aspas en sus costados, como dos norias inmóviles que criaban cortezas de musgos, de ovas con nervios de acantos. Los señores principales iban en tartanas, en galeras, en cabriolés a sus huertas románticas. Había un brigadier repolludo, de gabán de manteo y pantalones flojos; sobre su vientre de siesta sudada le caía una onza de Fernando VI. Todas las tardes jugaba en el Casino su partida de tresillo, tosiendo y congestionándose bondadosamente. De seis y media a siete, un ordenanza del Gobierno militar dejaba en manos del portero del Casino un bastón de ébano con puño redondo de moneda de marfil, y recogía la sombrilla del brigadier. Entonces, por el ámbito de la escalera subía un silbo de lechuza: el aviso del tubo acústico —no había teléfono—, y por ese cañuto le decía el portero al fámulo de sala: —Que acaban de traerle el bastón al general—. El criado llegábase de puntillas a la butaca de velludo, color frambuesa, donde el brigadier se sumergía en las bascas de su tos y de su vientre, en el afán de su abanico de naipes, del cordoncillo de los anteojos, que se le resbalaban en los sudores; y todos los tresillistas se esperaban, diciéndose: «Acaban de traer el bastón del general».

Este buen sosiego nos hará creer que si viajábamos en una diligencia de entonces —arrancaban a mediodía del portal de Correos, y a media noche del parador de la Balseta—, los campos, los pueblecitos interiores y costaneros seguirían siendo una prolongación de la vida parada de aquel Alicante. Y no lo eran. Allí nos sentíamos en la soledad de la naturaleza y de la aldea; más naturaleza y más aldea antaño que ahora. Desde allí, el Alicante del XIX semejaba remoto; y ahora se tarda emocionalmente menos desde Madrid a los campos. Porque el paisaje tiene, a veces, el olor de Madrid, de Alicante, de todas las ciudades, el mismo rastro de bullanga y prisa. En una revuelta aparece un mesón con máscara y letrero de bar. Entre los chopos sensitivos, emocionados de ruiseñores, puede salir la laringe de un gramófono. Los campos van trocándose en afueras. Los cables de una central eléctrica traspasan el cielo de un olivar de plata. En un confín suben las antenas de una estación radiotelegrafía. Sirven de vallado de una josa en flor los anuncios de una marca de conservas, de abonos químicos, de academias preparatorias, con la dirección de la calle y el número del teléfono.

Sigüenza se apresura a sentir una repugnancia de conciencia estética y de idioma que no sintió delante de los postes y tornapuntas del telégrafo y de los carriles del tren. Los nuevos paisajistas inician la acomodación de las presencias urbanas a su lírica. Y las antenas radiotelegrafías, las chimeneas industriales adquieren para sus ojos una dulzura de vigilancia civilizadora en los desamparos de la llanura, con exactitudes y categorías de imágenes literarias.

Agua de pueblo

El cantarero y la fuente

¿Quién recogió las aguas entre sus brazos como una túnica?

Únicamente Dios. Ya lo sabe Sigüenza.

Sigüenza y muchos quisieran gozar del agua, cogiéndola, ciñéndola, modelándola como una ropa dócil a nuestros dedos. Se lo hace decir a Salomón en sus Proverbios que sea el agua tan infinita en sí misma, tan incorpórea en su cuerpo, y la codicia de tenerla y de romperla en su unidad fugaz y perdurable.

Si ve, Sigüenza, bullir el agua en la sierra o en la vera, la sentirá con los ojos, con las manos, con la boca, con el pecho, aspirándola desde la superficie al fondo. Si pasa Sigüenza por los secanos, se incorporará su carne la sed de los terrones. Y en la sed se le aparece el agua en todas sus imágenes: agua de hontaneda, delgada y virgen; agua despedazada por los berrocales; agua de rambla, con guijas tibias de sol y adelfos rojos; agua celeste de albercón; agua de pozo, que siempre está esperando nuestra mirada; agua de surtidor, que sube soltándose entera en cada gota, cada gota cerrada con luz y júbilo de ser ella hacía el cielo, y arriba se dobla el tallo de toda el agua y cada gota vuelve a ser agua lisa de balsa; agua hacendosa de molino; agua que se aprieta en los alcorques, calando las cepas y los troncos; agua de lluvia; agua cogida viva dentro de la mano; agua de la peña a la boca como una miel mordida en la bresca y como una fruta en la rama; agua recién nacida, que se arranca con cantarillo de lo más profundo del origen, que todavía sale con el helor duro de la piedra, y viene sin sol, sin cielo, sin campo encima y dentro de ella; agua afilada y desnuda; agua de roca... ¡Quién la recogerá y torcerá como un paño precioso!

Dios.

Pero, además de Dios, ¿no cae también en poder de los hombres que la uncen como un buey a todos los trabajos y servicios, y la ciegan en cañutos de plomo y de cemento, y la cuentan, la miden y la envuelven en fojas de escrituras de propiedad? Esta es el agua urbana; y el agua es creación y corazón que estremece lo creado, espejándolo y comprendiéndolo todo; tierra, firmamento, aire, soledades. Agua en la inocencia y la gracia antes de los primeros hombres de empresas hidráulicas.

¿No es esa misma agua la del cantarero de las casas levantinas? Esa, pero de cada pueblo. El primitivo lar se ha trocado en cantarero, y la brasa en frescor. Un poyo de yeso y de manises, o de madera de pino y chopo, siempre recién fregada. Arriba, la leja donde están los tazones redondos, con un poncil encima, los vasos tallados, con geranios, albahacas y mirtos, las copas con un clavel, con una biznaga de jazmines que llevó la hija de la casa entre sus dedos o entre su pecho, y se le ha quedado el olor de virgen que hace pensar en la muerte. Cuelgan del muro los platos de Valencia y Murcia, de orlas azules, y, en medio, un pájaro, un pez, un ciervo, un pomo de flores o de frutas, un pescador, un cazador, todo balbuciente, como pintura de niño rural de esta comarca. Plateras y lebrillos, con sus bordes de rizo de una cerámica de ágatas; picheles de reflejos de lumbres antiguas; lo mejor de la loza y del vidrio que trajo la mujer el día de la boda. Y en los ruedos de los poyos, o encima de la piedra, de pie, se levantan los cántaros, de un blancor rubio y tierno, de caderas finas y húmedas, y las asas como unos hombros y codos redondos que parecen de pasta de candeal. Siempre llenos. Se les siente siempre llenos, cerrados con limones grandes, olorosos. Pero hay, por lo menos, dos cántaros que tienen en su boca la magnolia de la jarra, el bernegal de labios ondulados como un follaje de arcilla dulce. También siempre llenas las jarras; con tapa de respiraderos, porque el agua ha de respirar y mirar para que no se duerma o se quede encantada; y el agua se siente a sí misma. En ella está todo el campo, el campo del pueblo del que recibe su nombre; allí quietecito en el cantarero. Y aunque no tengamos sed cogemos la jarra de las dos asas y bebemos despacio, mirándonos los ojos en el guardado corazón del agua. En seguida nos circula una claridad de inocencia rebrotada, una intimidad de viejas memorias con las vigas del techo, un reposo de principio de tiempo que ha de durar mucho. La familia se acordará de otro forastero que también bebía y se sentaba como nosotros y que ya no sabe por dónde camina, ni si camina siquiera.

El agua del bernegal nos hace sentir al lado toda la fuente del pueblo; la de la cuesta con el ruido de los once chorros dentro del ruido alto de los grandes follajes de los álamos. Manan los caños en la pila morena y larga del abrevadero y lavadero. Vienen y vuelven las mozas con los cántaros acostados o rectos sobre su frente nazarena; niñas en filas, con los cántaros cogidos de la mano como criaturas; mujeres de luto con el cántaro en los ijares, mendigos, ovejas, jumentos de aguador, mulos con el arado en el lomo y al aire el filo de la reja untado de madre de bancal.

Suenan más puros y más frescos los caños en el atardecer. Hora bíblica y de romance, hora vieja de humanidad, como en todas las fuentes del mundo; como siempre. Olor íntimo del agua que toca las raíces profundas en la tierra tan tierna como un fruto descortezado; olor del agua desde el tiempo. Como en todas partes; es verdad; pero en cada pueblo, su olor. El de la fuente del pueblo donde está Sigüenza, el suyo, el mismo que recogió Sigüenza en otros años, que era el mismo de siempre; el aliento de aquel lugar desde su principio. Allí en esa eternidad y fugacidad del agua se quedaba el tiempo inmóvil y solo.

Agua de pueblo, de este pueblo, que Sigüenza bebió hace veinte años. Tiene un dulzor de dejo amargo, pero de verdad química, que todavía es más verdad lírica. Bebiéndola se le aparece en la lengua el mismo sabor preciso del agua y de su sed de entonces. En aquella sed estaban contenidas todas las promesas de las claridades de un agua lejana para todas sus avideces. Desde aquella sed, junto a la pila de esta fuente, ¡cuánto mundo, Señor, cuánto mundo se le deparaba entre el arco de sus sienes! Y, ahora, todos esos años, los veinte años venían dóciles como corderos y se paraban a beber y mirarse en la pila viejecita donde cabía temblando el firmamento.

—¡Como esta agua no habrá catado ninguna! —le dicen las gentes—. ¡Ya es usted otro hombre desde que llegó de Madrid y bebe de nuestra agua! ¡Un hombre nuevo! ¡El hombre nuevo a costa del hombre de antes, como el de las Sagradas Escrituras!

Leyenda

Un aliento de atardecer, de casa rociada, todo ya limpio; un aire conmovido del agua que resalta y se calla y vuelve a sentirse entre los árboles húmedos. Olor y temblor del agua que deja la emoción de jardines, de lejanías, de espacio, de todo lo que no es agua. Y, además, los conceptos de abundancia y de salud.

Recuerda Sigüenza el poder sugestivo de un anuncio de agua mineral, con estampa del campo donde nace el agua milagrosa. Desde la mesita de a bordo, del hotel, del vagón—restaurant, el viajero —mejor el viajero al lado o enfrente de una mujer bella y desconocida, que también bebe de la misma agua embotellada— participa de un imaginado paisaje y de una gustosa sencillez, como si ese paisaje y esa sencillez fueran obra de su merecimiento y hacienda de su voluntad. Con pagar el importe de la botella y el impuesto del sello para el fisco nos hemos comunicado de la gracia de la comarca, y de un fondo de naturaleza dentro del comedor; y en paz.

Pero la abundancia y salud de las fuentes de un pueblo son bienes vecinales. Para que se adobe el forastero canijo y desganado han de condescender los vecinos. Todos los lugareños serán sus bienhechores, y más que todos los que no se aprovechan del fino incentivo de comer que aviva el agua, porque ellos no han de comer sino siempre lo mismo: pan de semana y companaje.

Tan femenina es el agua que luego nos arrebata el placer de poseerla. Que sea para nosotros. Ese grupo de familias o de zahora, que trae la cesta o hatillo de la merienda y descansa en los herbazales del manantial equivale, para Sigüenza, al grupo nómada que en tiempos antiguos descansó de su camino al borde de un agua viva, y allí principió a criar un pueblo. Y cuando un pueblo no tuvo abuelos que se cuidaran de escoger el solar con fuente, será pueblo de pozo, de riegos alquilados, y se queda a merced de los dones del agua ajena, y nunca sentirá sus fundamentos en la verdad de la Naturaleza; y así, hay pueblos que se cuajan del todo en el campo y salen de su tierra como árboles, y otros que se añaden a un erial y siempre son pegadizos y precarios.

Este pueblecito moreno creció junto al agua. Todas las fuentes saltan de los algarrobales y olivares plantados por los moros; todas han recibido la gracia de un nombre y no falta la que se llama de la Salud.

«Hombre nuevo y bienlogrado» Sigüenza, desde que llegó de Madrid. Y los lugareños le sonreían generosos, permitiéndole que se llevara dentro de su sangre una porción de los beneficios de sus fuentes. Sigüenza también les sonreía como si a él más que a nadie le perteneciese la abundancia.

Vierten los caños en la cuesta de la entrada del pueblo; allí manan en la intimidad de los viejos follajes aldeanos; pero los nacimientos aparecen en la rambla del casal donde Sigüenza reside. Y Sigüenza se duerme, se despierta, trabaja, come y reposa, oyendo siempre el agua recién nacida. La conciencia de su vida se clarifica y tiembla dentro del tránsito delicioso de la conciencia del agua.

Sigüenza ha tocado los frutales, las mieses, las calabaceras, la vid de la heredad para recoger en sus dedos, fuera de la planta, incorporado a su carne, el olor vegetal. Posesión por el olfato de lo que no puede pertenecerle siendo naturaleza. Porque de todos los campos en los que a su antojo hizo suyas las heredades que a lo lejos se le iban presentando, de todos, éste suyo de alquiler, árbol por árbol, terrón por terrón, brizna por brizna, éste es concretamente el ajeno; pero desde las lindes ya todo le pertenece en la infinita propiedad de la contemplación. Y en la linde nace el agua.

«¿Quién recogerá el agua entre sus brazos como una vestidura?». Dios; y, además de Dios, Sigüenza.

Vienen las aguas destilando de las altitudes sin dueño; y se esparcen regando tuertos y moviendo molinos, que ya pierden para Sigüenza todo concepto jurídico y económico de propiedad, significando paisaje, que es de todos, es decir, del que lo quiere y lo goza.

—Esta es el agua que se reparte por el término; y la de la acequia más ancha y obrada es la de beber, que cae por los caños del repecho.

Se lo dice el labrador del casalicio; y Sigüenza le responde: que bueno, que sí, que vaya el agua por el brazal obrado y que salga por los caños. Desde los caños puede ser de la gente. Desde los caños era agua de pueblo, y de ella bebió en los cantareros familiares; pero, en la rambla era suya. Y él baja a los hontanares, y le agrada ver los jornaleros de algunas casas, que vienen a buscar el agua en toda su pureza, antes de correr abierta y desnuda para todos. Llenan los cántaros; los cargan en las aguaderas de los jumentos y mulos que se han quedado inmóviles, mirándose estremecidos en la lumbre azul de la fuente; y después, el mozo va calando en cada cántaro un junco tierno, de medula blanca y gustosa como el palmito; porque dicen que el junco sumergido contiene el agua y no la deja saltar y desbordarse, aunque la acémila precipite su andadura. Ese junco verde, afilado, nacido junto al manantial, atraviesa el agua cerrada en el cántaro y la hechiza, como el agujón del cuento que traspasa la cabecita rubia de la hija del rey encantada.

A la postre, por muy rural que se crea y sea Sigüenza, procede de la ciudad; y los de la ciudad suelen apetecer las legendas y tradiciones aldeanas para recrearse en oírlas y rechazarlas.

Aguijan los mozos a las cabalgaduras; resuenan frescas y joviales las angarillas, y de la boca de cada cántaro surge la punta trémula del junco; y el agua palpita, pero no se cae.

Sigüenza se promete probarlo al otro día, que es domingo, con un cántaro suyo y un junco que arrancará con sus manos de la mata.

Madruga Sigüenza. Está ya entre los juncales de la rambla, con su cántaro y su jumento.

¿Para qué? ¿Qué alcanzará tocando con la duda las llagas de la verdad? Aunque se rebele la sabiduría o la malicia del hombre, ¿no será el prodigio lo más lógico de nuestra vida?

Pero, colma su cántaro; le hunde el junco de la conseja.

¿No lo llena demasiado? Y pone su boca en los bordes dulces de barro para beber agua matinal. Todavía le parece muy lleno; y lo va decantando.

En aquel momento se para un automóvil bajo los parrales.

Llaman a Sigüenza.

Sigüenza se ha quedado entre la leyenda y la comprobación de la verdad...

Realidad

Era una familia de Alicante; amistad lejana de la familia de Sigüenza. Se apartó Sigüenza a otras ciudades. Pasó el tiempo encima. Y ahora, con hijos ya criados, se abrazan a la sombra de la vid del portal. Ve Sigüenza el antaño desde su principio. Le parece sentir sus zapatos de párvulo que crujen en la grava del patio del colegio.

—Era un patio blanco, duro, entre paredes con ventanitas de cocinas, de despensas, de alcobas. Junto a un pozo salobre subían dos palmeras lisas, solteronas, muy altas, muy altas, para llenar sus copas de sol, sol de invierno que se quedaba en los palomares, en el espinazo de los tejados. «¿Te acuerdas de las dos palmeras encerradas?». Arriba no paraba el alboroto de los gorriones; abajo casi siempre había un chico pequeño de rodillas, de cara al pozo amargo, y se consolaba cogiendo hormigas de los troncos de las palmeras inmóviles. Las dos palmeras, las losas del pozo, las ventanitas con pañales tendidos, el sol muy pálido, muy cansado; las palomas, el cielo...

El amigo le dice que aun siguen las palmeras tan flacas, la querencia de los gorriones, el bullicio de los párvulos...

—Todo, todo lo mismo, menos nosotros...

Y, conversando, salen por el camino; suben el recuesto de los chorros; se sientan a fumar en los escalones del pórtico de la parroquia.

Las mujeres y los abuelos de los portales; un leñador que sale de la tahona; el alguacil con gorra y blusa de domingo; el menescal recién rapado; el barbero que vuelca en la calle las cortezas de jabón y barbas de la hacía; una mujer de locura mansa que entra en la iglesia devorando hierba y pan de cebada; dos jornaleros; todos les saludan. Y Sigüenza les corresponde añadiendo el nombre o el apodo. ¿No se congraciaba César con los senadores probándoles, al recibir su saludo, que se acordaba del nombre y del linaje de todos? A su lado César tenía un siervo nomenclátor de buena memoria. Sigüenza, no. Y, además, Sigüenza le pregunta a cada vecino por la viña, por la oveja parida, por el peral que se desgajó del peso del esquilmo, por la mula resabiada, por algo que muestre el recuerdo exacto, adjetivo, de cada casa. Así se gradúa, delante del amigo forastero, de su conocimiento y campechanía con las gentes.

—Todos te querrán ya como antiguos vecinos tuyos y hasta como si fuesen labradores tuyos.

—¡Sí que es verdad! Todos, todos me quieren.

—¡Te respetarán mucho!

—¡También; mucho; es verdad! Y hasta me creen rico y todo. Venir de Madrid para recostarme en un ribazo, empinarme a los oteros que se asoman a la mar, correr las montañas, brincar por las torrenteras, ponerme de bruces en una fuente, todos estos ímpetus y calmas les parecen antojos de millonario aburrido. Aquí hay hacendados que dejan yermas la mitad de sus tierras por ahorrar jornales. Llevan en la sangre el mandato del ahorro. ¡Por eso yo que no ahorro soy rico! ¡El respeto al rico!

Y Sigüenza soltaba su risa de muchacho.

Por la tarde bajaron las dos familias a la rambla de los manantiales. Dos mozas les traían en rubios canastillos magdalenas y mantecados, cocidos en el horno de casa, para merendar a la vera del agua. Esas pastas dulces, fluidas y sabrosas encienden y califican la sed. Sed placentera, refinada, delante del agua viva, libre y fría. Crece por la delicia del manjar. Se nos difunde complejamente. Nos anticipamos la imagen de la sensación de la sed saciada. Y nos decimos: «Aguardaremos un poco. Todavía no beberé. Así sobreviene un nuevo motivo gustoso de apetecer el agua. Acude toda la fuente a mi sed; parece que emane sólo para mi boca; y no bebo. Nada me lo impide, sino que todo me solicita a beber; y no bebo. Claro que beberé cuando yo quiera. Ahora quiero, y yo mismo no me lo consiento. Es la delicia de contenerse en la delicia. La sed y el agua, tan cerca la una de la otra, aceptándose, resistida y codiciada, adquieren categoría de otras ansiedades que no hemos podido saciar... Las mejillas, los dientes, la lengua, la garganta, reciben una claridad, un goce, una inocencia de infancia fugazmente recuperada y, a la vez, nos penetra un viejo dolor humano. Nos sentimos pasar dentro de la hermosura del agua tan eterna. La copa que derramamos antes de probarla, la jarra que alcanzamos con lentitud, llenas y frías, talladas en lumbre de la tarde, glorifican nuestra vida...».

Y entonces —fue precisamente entonces—, y encima del ruedo familiar tan gozoso, tan penetrado de las armonías de los manantiales, principiaron a caer gritos afilados y duros como piedras de río.

Arriba, en los márgenes de la rambla, se amontonaban los lugareños, mirándolos.

—¡Gritan contra nosotros!

—¿Contra nosotros? —Lo rechazaba Sigüenza.

Pero allí, en lo hondo del cauce, el azul tan lejos, las cabezas ávidas, desgreñadas por el viento de las labranzas y de las huertas con sal del Mediterráneo, allí Sigüenza se sentía en una cárcava, murado, acometido de furor. Y pensó: «Nos miran y nos esperan para holgarse con lo que digamos. No perderán de nosotros ni un ademán, ni una palabra. Todos los ojos encima de mí. Ahora soy como una rata cuando la ahogan dentro de un cubo los muchachos». En seguida se avergonzó de sus recelosos pensamientos y dijo:

—Están ahí por nosotros, por vernos; pero no contra nosotros. ¡Ni por qué había de ser contra nosotros! —y se inclinó confiadamente para coger más agua.

Y sí que era contra ellos. Mozos y mujeres soltaban la honda de la lengua y volvieron a rebotar las burlas.

Nombre por nombre, apodos, rasgos y recuerdos de la crónica familiar de cada uno iba pronunciando Sigüenza, según reconocía la voz de aquellos gañiles encendidos y roncos que les acusaban de palpar, de enturbiar y pringar el agua, el agua tan amada de Sigüenza y de los suyos.

Se precipitó por el ribazo. ¡Esas gentes se engañaban; esas gentes lo desconocían! Era menester mostrarse bien entre ellas y hablarles... Llegó muy pálido. Se le arremolinaron las mujeres, los mozallones, los chicos, gritándole su condición de forastero.

...Ya de noche, y solo en su aposento, va recordando Sigüenza todo aquello de —«¿Te respetarán mucho?— ¡Mucho, es verdad! Aquí llevan en la sangre el mandato del ahorro. Por eso, yo que no ahorro soy rico. ¡El respeto al rico!» —Y a las pocas horas le caían las injurias como pedradas.

Otra vez se rio como un chico, aunque su risa tuviese un dejillo y dobladura de socarronería. No era como en otro tiempo. En otro tiempo fue siempre gozosamente Sigüenza. Ahora había de serlo aun sin querer.

Ser Sigüenza del todo y hasta sin querer. ¿Pero acaso lo es en verdad? ¿No irá siendo la suma de sí mismo? Nos valdremos de la cronología: ¿Es ya verdaderamente Sigüenza? Hasta los veinte o veinticinco años, toda nuestra vida es nuestra, toda, porque la de los demás no adquiere valor si no se relaciona con nosotros siquiera sea como espectáculo. Los demás parecen creados por nuestro antojo y para nuestro servicio y complacencia. Si no les exigimos servidumbre es porque no es menester, porque no nos importan. Todo es nuestro, o para nosotros, o para nada. Nuestro pasado —si tuviéramos alguno— todavía es matinal, tierno y ligero, y se reclina con dulzura en nuestra frente. No nos importa morir. ¿Podríamos morir entonces? Morir, no; aunque se muera un amigo de nuestra edad... Es «él» el que se muere.

Treinta años; treinta y cinco... Podemos morir; pero no moriremos. Nos acercamos a la plenitud. Horizontes sembrados. ¿Y los demás? ¿Los demás? Los demás, bueno, también. Y tropezamos un poco con los demás. Si les Lacemos daño no es nuestra la culpa. Sentimos demasiada prisa —comienza el procedimiento recóndito de la justificación—, demasiada prisa para detenernos en justificarnos. Obra prometida; la vida que nos prometíamos... Van a cumplirse —es forzoso que se cumplan— los tiempos esperados.

Cuarenta, cuarenta y tantos años... El pasado se nos estampa con sol de poniente, de sombras muy tendidas en el horizonte del amanecer. Un día leemos un fragmento de los Anales de un Rey asirio: «...Yo he pasado la montaña de Kashiari, avancé hacia Kinabu, fortaleza de Hulai. Me precipitaba sobre los pueblos como una tempestad. Pasé a cuchillo seiscientos hombres; arrojé a las hogueras tres mil prisioneros; cogí vivo con mis manos al caudillo de Hulai, lo descortecé, y tendí su piel entera en la muralla. Rasgué en trozos menudos los muertos. Derribé la ciudad y la incendié. He conquistado Mariru. Degollé cincuenta guerreros; quemé en un horno doscientos cautivos; destrocé a trescientos treinta y dos hombres del país de Nirbu. Llegué a Tela, ciudad poderosa. No salieron sus gentes a postrárseme, y yo la asalté. Acuchillé trescientos soldados; una multitud quedó cautiva: a unos les rebané las manos, a otros les corté nada más que los dedos, a otros la nariz, a otros las orejas, a otros les arranqué los ojos, a muchos los degollé y dejé atadas sus cabezas en las cepas de las viñas que rodean la ciudad. A los mancebos y doncellas los arrojé a las llamas...». No dan aquellos príncipes ni aquellos tiempos un motivo, una justificación, un comentario siquiera de la variedad de los procedimientos en el suplicio. Ellos tenían razón entonces, y no era menester decirla ni probarla. Si nosotros hubiéramos tenido razón para hacer derramar, no una gota de sangre, sino una gota de sudor de angustia, una lágrima de congoja, lo proclamaremos austeramente. ¿Hemos tenido razón para el daño, para la dureza? Pues hasta debemos dar gracias a Dios y regodearnos. Si después nos pesa, con razón y todo, nos reconciliaremos con nosotros mismos por el arrepentimiento, por el remordimiento; el remordimiento que nos sube a la máxima virtud de un propósito de enmienda, un propósito de ser mejores y todo.

...En otro tiempo fue gozosamente Sigüenza. Ahora había de serlo hasta sin querer. Pero, ¿es que lo era de verdad?

Se queda escuchando el agua de los hontanares, el agua glacial y ajena. Ajena porque él es un extraño, y el agua tan gozosamente poseída por su sensibilidad, el agua no era allí agua de la Creación, ni siquiera agua de pueblo, sino concretamente agua «del» pueblo.

«¿Quién recogió el agua entre sus brazos como una vestidura?».

Dios. Ya lo sabe Sigüenza. Y, además de Dios, cada pueblo cuya es la fuente, cada pueblo que no sólo la recoge, sino que se la tuerce y se la ciñe a sus riñones.

Caminos y lugares

Bolulla

Camino nuevo en los montes cerrados. Esta era la comarca de los pueblos escondidos. El camino sigue nuevo. El frescor de la sierra no le deja criar polvo. A los lados, las matas de madroños, de sabinas, de aulagas y enebros; la salvia, el brezo, el romero, las pimpolladas de pinar, aun tienen su verde intacto. Porque nada rae y encallece el paisaje en el paisaje como las carreteras. La carretera es gente y arrabal, aunque esté solitaria. La carretera ya no es distancia, sino la medida de las distancias. Suprime un concepto de silencio, de clausura, de pureza que tenía cada rodal, cada instante del campo, siendo como era, guardado en sí mismo. Un tren interrumpe menos y promete más. Los carriles traspasan los campos con prisa y sutilidad. Brota la hierba, más dulce junto a las vías. Cuando el tren desaparece deja una emoción de países remotos. Es como una leyenda de civilizaciones, de Hermosuras, que se comunica de cualidades agrestes. Después se queda el campo más hondo, más callado, más estático. La carretera siempre es la misma; es vecindad, y nada más promete el pueblo inmediato. De modo que para Sigüenza, ese ruralismo de las carreteras con automóviles quita la intimidad de los lugares que vio, en otros tiempos, sin carretera.

Pero este camino sigue tan virgen, con su misma piel de piedra de monte, como si todavía fuese campo, el mismo campo primitivo y tierno, que dócilmente se aviene a que lo pisen los zapatones del automóvil donde Sigüenza va de jornada. Ni descarnaduras, ni atolladeros de carros y camiones. Señales de recuas trajineras, de pezuñas de ganados; camino de herradura y azagador como entonces. No parece que lo trazó el ingeniero, sino el dedo de una moza. Brinca, se revuelve y se ensortija como un zarcillo de calabazar. En fin, cree Sigüenza que el único coche que puede pasar ese camino es el suyo; y aunque el Sigüenza de antaño le tire un poco de la conciencia, todavía se tiene por andariego.

¡Bolulla! Se aparta Sigüenza del pueblo sin verlo. Ya lo ve desde arriba, en un recodo. Moreno de sol de peñascal, estremecido de vaho, viejecito entre una circulación tierna de follajes. Las gentes, figuritas de colores vegetales, salen al raso de las eras para mirar el automóvil que resuella hundiéndose y apareciéndose infantilmente por el torreón de los pretiles.

Ya no queda de Bolulla más que una corteza rota. Detrás, en la serranía, suben los humos verticales de las carboneras. El pueblo vive de quemar su monte oloroso.

Muchas veces ha oído Sigüenza en su casa:

—Han traído carbón de Bolulla.

Todas las fuerzas, las umbrías, los estruendos, las esencias, el sol y la química de un pinar, de un encinar, todo un bosque calladamente reducido, atado y apretado.

«¡Cómo será Bolulla!». «¡Cuando yo vaya a Bolulla!». Y tocaba y aspiraba los gordos serones de ese carbón elemental y honrado, meollo del paisaje, que se ofrecería como un fruto. Su criadero está en la luminosidad desnuda de los montes de levante, el levante abrupto, sin caminos; allí, en lo profundo de la lumbre tostada, entre panales carboníferos, Bolulla, de color de cera de capilla milagrosa, siente en la calma la ascensión del humo de los hornos verdes. ¡Cómo sería Bolulla!

Pues ahora acababa de pasar por Bolulla, sin verlo, en automóvil, y está ya más alto que los cremaderos de la sierra.

Tárbena

Cada vez más agrias las laderas, más exaltados los filos de las montañas. El hondo y el horizonte, caminados trozo a trozo, aparecen articulándose en finas encarnaciones y coincidencias universales. Instantes eternos del estado de gracia de los panoramas. Los ojos del paisajista no pueden reprimir un prurito de adivinanzas y apuestas de cómo serán y se quedarán los fragmentos del paisaje que se le aparecen y descogen según se acerca. Dos cipreses de bronce, una grada de cultivos, una acumulación de losas, un breñal torvo, un pueblo saliendo jugosamente de los sembrados. Cada rasgo, cada culminación de paisaje ha estado esperándonos. En seguida se nos queda a la espalda, trocándose y estampándose en un viejo conjunto, en un pasado del espacio que nunca podrá pertenecernos.

Persuadido está Sigüenza de que volver a un lugar es buscarnos de memoria a nosotros mismos; y entonces se oye más el viento a lo ancho del yermo, como si antes hubiese venido alguien que ahora ya no lo tenemos a nuestro lado. Porque el paisaje no nos espera más que una vez: cuando es inesperado para nuestros ojos, presintiéndolo nuestra sensibilidad. Contemplar es despedirse de lo que ya no será como es. La paz, el júbilo, la conciencia evocadora, la internación en el paisaje, son estados reveladores que se disuelven dentro del tiempo como las nubes, el aliento del agua, el temblor de una fronda en el azul.

Y se revuelve Sigüenza para ver Tárbena. No se le escapara como Bolulla.

Lirio del campanario. Una calle larga de sol, ahogándose de frutales y de mieses granadas.

Tárbena, encima de los macizos de las sierras; tan alta, que en los huertos apacibles y calientes de abajo, en los valles con aires de mar, se pronuncia Tárbena levantando mucho los ojos.

También Sigüenza ha subido la frente siempre que ha pensado en este pueblo. Allí nunca llegaría él. A cumbres remotas, a torres excelsas, a misterios azules, colgando de alas de las más estupendas invenciones y aves, es posible que haya confiado y apetecido llegar. A Tárbena, no. Tárbena, tan humilde y tan ceñido por el cielo geográfico de la provincia. ¿Para qué había de ir a Tárbena?

Y Tárbena acababa de ponerse jovialmente a su vera. Sigüenza tuvo que sonreírle. Ahora se daba cuenta de la feminidad del nombre y de la imagen que siempre le inspiró este pueblo; y lo cotejaba y lo hallaba dentro de la palabra Tárbena de antaño, que le producía un cóncavo abejeo de caracol marino.

Mujer; pueblo-mujer hacendosa, firme, limpia, prieta del frío y del sol de cimas y quebradas. Tárbena, sentada delante de manteles ásperos y blancos, picando y embutiendo carne de cerdo; colmando sus orzas de tasajos alcorzados de la enjundia derretida que los mantiene tiernos; adobando o confitando, según dicen allí, los gordos jamones de color de rosa.

Olores y sabores de embutidos de Tárbena y de frutas de los hortales altos de Tárbena. Así se representa del todo la imagen de esta mujer de mapa comarcano y estadístico. Sana, fuerte, graciosa como de la casa de Ulises y del caballero del Verde Gabán. Entre tinajas de suculencias, bajo una viga de perniles curados; en el fondo de la pared de cal, una ventana de azul de cumbre, con una greca de ramajes frescos que se doblan de tanta fruta, fruta de carne apretada: albaricoques, cerezas, peras, bergamotas, pomas fragantes, cristalizadas. Claridad bien tajada. Claridad de elevación. Desnudez y anchura diáfana de enero en el bochorno del verano. Brillo de helor, contornos exactos. Árboles pastosos, lujuriantes, con las raíces hundidas en tierra gruesa, y la copa en la lumbre mediterránea. Altitudes y lejanías de porcelanas prolijas.

Y todo entrevisto con celeridad; todo eso que, en otro tiempo, únicamente podría verse subiendo muy despacio por una vereda de leñadores. Le costaba dolor esa contradicción de los lugares imaginados en lo inmutable.

Y la carretera no paraba de subir, lisa, encarnada, gozosa, sorprendiendo los grandes árboles de las masías solitarias, árboles de una vejez y hermosura tantos años guardadas en la ladera sin tránsito y que, de pronto, habían perdido la intimidad de su crónica, quedándose al borde de la carretera, de una carretera reciente, sin tradición, sin siglo XIX de diligencias, de arrieros-cosarios, de anécdotas de hostales con lladres y aparecidos...

Ecos vírgenes

Tajos y gollizos; la soledad donde nada más llegaba el pastoreo. Lo último del puerto de Coll de Rates, Y la otra vertiente; el otro corte de luz; los otros confines; todo el viejo marquesado de Denia; sus valles de viña y olivar; sus ramblas como canteras de pasta de alfarero con umbrías de cactos, de mirtos, de adelfos, de higueras; sus arrozales, sus costas, sus faros...; a lo último, el Mongó redondo y clásico, y después, toda la creación del mar.

Era preciso pararse. El silencio. Zumbido de haber callado todo, y la revelación de los ecos que estuvieron vírgenes hasta la estrena del camino.

Entonces, Sigüenza, por un furor de burla contra el fracaso de sus memorias, se puso a buscar palabras atroces, que precisamente por serlo harían resaltar la pureza de las resonancias y de los lugares. Y las gritó de dos silabas:

—¡Cha-rol! ¡U-jier! ¡Cuen-ta! ¡Sport-man!

En seguida de tres sílabas:

—¡Dic-ta-men! ¡Mé—to-do! ¡Viz-con-de! ¡De-fi-nir!

Luego de cuatro:

¡Pro-vi-sio-nal! ¡Di-pu-ta-do! ¡Dis-tin-gui-do!

Y hasta fórmulas de cortesía, como:

—¡Muy-se—ñor-mío!

La voz de Sigüenza, desincorporada, cada vez más lejos, esparcía desde sus máscaras, con inocencia y exactitud: Viz-con-de... Pro-vi-sio-nal... Muy-se—ñor-mío...; revelando y esparciendo los pobres conceptos en el aire inmóvil, diáfano, rasgado únicamente por las alas de los halcones.

Principió Sigüenza a bajar, andando; y el coche le seguía, mirándole con sus faroles de sol.

Se detuvo; y el auto también. Estuvieron contemplándose y como recordándose a través de una pasada amistad: Sigüenza, con veinte años menos, y el coche, con piel gorda, peluda, y un ruido de quijales roznando la grama de la ladera. Aquí, en el Carrascal, hacía veinte años, pasó Sigüenza toda una mañana tendido; y a su lado, su borriquillo de alquiler pacía y le miraba. Desde aquí vio el afán de unos hombrecitos que iban creciendo de bancal en bancal. Llegaron resollando. Eran guardas y confidentes de la Ronda de la Tabacalera que buscaban matas de tabaco para arrancarlas. Descubrieron un plantel en una llenca escondida. No era el tabaco de hojas recias, carnales, gomosas, que al tocarlas se adhieren a los dedos con una vida tibia de circulación de zumo, sino plantas canijas y desaromadas. Y al querer agarrarlas surgió el dueño, un leproso de Parcent. Se puso delante. Les mostró su dolor; la más horrenda la tenía en su boca; y con la podre hirviente de la saliva defendió su tabaco.

Miraba Sigüenza la gran sierra: la bronquedad de las carrascas y aliagas, los berruecos de plomo, los pinares negrales, inclinados, entre los que suben pinos donceles de copa jovial y fina; el olivar que exhala en su contorno inmóvil un vaho de plata nueva... Y, ahora, Sigüenza no atinaba ni con el lugar de la aparición del leproso. Lejos, en la planicie, el pueblo roído de lepra, donde él residió algún tiempo, internado en edades bíblicas. Parcent, ya no le esperaba, como entonces, desde su recogida humildad. Parcent se había esparcido por la viña y los almendrales, con casas leves de verano y jardincitos juveniles. La tierra del valle sí que era la misma, tierra tostada, felpuda de colores agrarios, de un arcaísmo precioso, como esos pañolones con que se cruzan los pechos las labradoras del país, esos pañuelos que parecen cocidos en las muflas venerables del reino de Valencia. Allí, en el hondo, a la izquierda de Parcent, había un huerto y un riurau de una doncellita leprosa que cantaba entre sus naranjos y rosales, y al sentir pisadas en la senda, se cubría con un lenzuelo su cara podrida como si se velara la de su cadáver. Sigüenza la espió, arrastrándose para verla; y ella no lo supo. Ya estaba muchos años derretida en la tierra encarnada y feraz. Era a la izquierda del pueblo. Veía su hortalillo en sus ojos, y no lo encontraba en el valle...

Aquella mañana de entonces, del mismo olor que ahora, olor de semillas calientes y maduras, creyose recostado en el silencio y soledad de toda una comarca. Al otro lado del monte no quedaba nadie. Bien sabía que estaba Tárbena. Tárbena callada, con sus frutales tardanos y sus piaras al sol de los rastrojos; pero sus gentes no podrían venir por los derrumbaderos de Coll de Rates. La altitud desamparada, yerma; helechos, erizos vegetales. Paso de águilas y grajos. Los ecos vírgenes; un balbuceo de esquilas y balidos, un grito de ave grande... Y Sigüenza acababa de trasponer muellemente el collado, poblando las claridades con palabras de un pobre urbanismo, de dos, de tres, de cuatro sílabas. Las dejó hincadas en la eternidad del azul, repetidas por las piedras como los niños pronuncian lo que les dictan. Se sonrojó; y volviose corriendo al principio de la cumbre; y para lavar el cielo de las huellas de sus voces: ujier, sportman, diputado, provisional, muy señor mío..., comenzó a gritar: ¡á—gui-la... cam-pa-na... ca-mi-nan-te... Tár-be-na!...

Y después, oteando los pueblecitos del valle, y reconociéndolos, los llamaba uno a uno: Parcent, Benichembla, Senija, Alcalalí, Sagra, Orba...

A lo ancho, hasta muy profundo, el día se multiplicó de lenguas claras, gozosas...

Toponimia

Bajaba la cuesta, y el auto le seguía, y ya iba diciendo más nombres de lugares de su provincia, escuchados en sí mismo, fuera de las resonancias de la serranía:

—Ibi, Tibi, Famorca, Benisa, Jávea...

No hay onomástico de pueblos como en su comarca. En otras habrá nombres más literarios, más ortológicamente puros y significativos para todas las lenguas: son como esas hermosuras o personalidades que pasan a nuestro lado; las miramos y seguimos conversando de otros asuntos. Éstos, no. Los nombres de los pueblos suyos son concretamente ellos en su profundidad; profundidad máxima, que es la del lenguaje. Estos nombres equivalen en su fonética y evocación, a ese alguien —hombre o mujer— tan intensamente él o ella que no dejamos de mirarle hasta muy lejos, y siempre queremos saber quién será y cómo será; es un recuerdo, una inquietud que se nos esconde dentro de nosotros mismos. Un nombre de lugar demasiado histórico y celebrado es un bien de todos; es decir, demasiado ajeno. Todos lo pronunciamos lo mismo con prosodia mental, y en último término podemos consentirnos que degenere en poder de la gloria. Pero no los de la comarca de Sigüenza. Se contienen, con plenitud, en los límites de raza y tierra. Por eso le conmueve oírlos a las gentes del país. Y vuelve a recordar más diciéndolos él solo y dotándolos de sus memorias: Agres, Ondara, Alcalalí... ¿Es la delicia de la palabra por ella misma? Pero es que la palabra no sería deliciosa si no significase una calidad. Y estos nombres rurales en boca de sus gentes dejan un sabor de fruta, que emite la de todo el árbol con sus raíces y su pellón de tierra, y el aire, y el sol y el agua que lo tocan y calan; fruta que, aunque la lleven otros terrenos, no es como la del frutal propio. Allí, sólo allí se puede pronunciar íntegramente el nombre de cada pueblo. Fonética valenciana de Alicante. El valenciano de estos nombres se ha quedado recogido y apretado en ellos como su sangre, y en los campos del contorno, como su geología. Es tan suyo, que los lugareños quieren hablar con el forastero en castellano, traducido rígidamente, para no desjugar y desvalorizar su lengua. Lengua suya, por complacencia posesiva, genealógica y de densidad por ser suya y ser como fue siempre, correspondiendo a su vida y a su paisaje. Si, por ejemplo, se pronuncia Famorca con la «o» cerrada y breve de Castilla, Famorca no significa más de una noticia de diccionario geográfico. Pero con la «o» grande, rotunda, la «o» exacta y verdaderamente central y valenciana, Famorca adquiere una legítima arquitectura silábica, y con ella una plasticidad topográfica y agraria; de manera que si llegásemos delante de Famorca, oyendo esa palabra prorrumpiría en nosotros la evidencia de que ese pueblo sólo así puede llamarse y pronunciarse.

Demasiado sabe Sigüenza que lo que va diciéndose del placer de los nombres comarcanos es anticientífico y todo; pero ese placer no es sólo acústico, sino que se esparce a muy nobles sentidos, penetrando en la conciencia del lenguaje. Lo que pensó de Famorca puede derivarlo de todos los pueblos suyos, y según los nombra siente un contacto humano con los primeros que los nombraron, con los que criaron allí un vínculo antropológico, que le emociona como si echara raíz en lo profundo de la tierra más vieja de esos lugares. Alcalalí, sin pensar en etimologías, Alcalalí, pequeñito y agudo como un esquilón. Agres, umbrío y ermitaño. Ya junta la imagen con la palabra, cumpliéndose en sí mismo que sus nombres, como los de los dioses para Platón, aunque no los comprendamos, son sin duda, «la exacta expresión de la verdad».

Y con aquellas parcelas filológicas, tan locales, fue llegando Sigüenza a Parcent.

Sigüenza y Sigüenza

Entró Sigüenza en Parcent.

Todo desconocido; hasta el camposanto era nuevo; tierra encarnada y fértil; tapiales nítidos, cipreses infantiles. En aquel tiempo de su primer viaje, la noche de la llegada salió con su posadero y supo —me valdré de las mismas palabras de entonces— que «los leprosos no se arrastraban por las callejas, no clamaban, no hervían como gusanos; habitaban en las más retraídas; y en la última del pueblo, en la más honda, se habían espesado...» (Del Vivir).

Ahora iba buscando las mismas gentes, las mismas casas, los mismos motivos y rasgos esenciales de devoción, de ardor, de juventud de aquellos años. Y no recordaba ni hallaba nada ni nadie.

Llamó a una abuelita y le preguntó por los enfermos.

—¿Los enfermos? ¿De qué enfermos dice?

—Los leprosos, los del mal.

—¿Los del mal? Ya no están; ya no los tenemos. Se los llevaron a la Leprosería de Fontilles. Si alguno queda por el valle, será de buena casa, o de los que se amagan para no dejar lo suyo.

La abuelita se apartó, enjugándose los lagrimales y la boca con sus dedos duros y torcidos, como si se persignara.

¡Nadie del Parcent de entonces; ni leprosos! Había visto Parcent delante de su juventud. Lo veía ya detrás de un pasado que no le pertenecía. Y volviose a su coche con prisa de seguir la jornada.

Apareció Alcalalí. Alcalalí apretado y moreno. Alcalalí, «pequeñito y agudo como un esquilón». Subía como un ciprés el campanario, y en la cornisa colgaba el balconcillo de su reloj parroquial.

Pasaba el camino por la plaza del pueblo, y estaba vallada. Cada esquina era una talanquera de coso. En las rejas, en los porches y desvanes, en los arcos de las campanas y en un cadalso de troncos, se amontonaban los lugareños, los labradores, y hasta capellanes de la vecindad, para ver la lidia de un toro.

Allegose Sigüenza a un hombre sumido en un fosco portal. Y el hombre solitario le dijo:

—De balde se aguardará. Hoy no tiene más carretera que la rambla.

Pero Sigüenza participaba del encendimiento dinámico del automóvil, con todas las prendas y disciplina y añadiduras de la civilización.

Y se puso a tocar la bocina con un insaciable furor de ciudadanía, reclamando carretera libre. Un perro aldeano, que sesteaba en un umbral, se levantó cojeando y se arrinconó más lejos.

Alcalalí no reparaba en Sigüenza. Alcalalí, todo Alcalalí encima de la plaza, albercón de sol y de bulla, y en medio, un toro negro, magro, de cuerna rota.

Sigüenza gritaba.

El toro embistió desesperadamente contra un vallado; mordió la corteza de los maderos. Se encogió, le vibró el espinazo, se le aplastaron las pezuñas, dio un brinco y escapose por las callejas que bajan a la rambla.

Alcalalí tembló de gentes despavoridas y de estrépito de puertas.

Sigüenza se refugió en el portalillo del hombre solitario, y al cerrarlo, semejó encajar una losa de silencio y de tiempo. En la tiniebla se palpaba un aire pegajoso de enfermedad. Quiso el claror del patio, y el hombre le siguió. Tenía los pies gordos de andrajos; las manos, roídas; la boca, de postema; la nariz abierta, destapada y vacía, y los ojos oblicuos, tirantes y calvos.

Se juntaron las miradas, y se dijeron a la vez mirándose:

—¡Estoy leproso!

—¡Estás leproso!

Lo mismo se habían dicho en otro tiempo él y muchos enfermos del mal. Y entonces, Sigüenza se les acercaba.

Ahora Sigüenza miró su reloj; abrió el postigo, montó en el automóvil y se precipitó por la rambla.

Desde lejos volvía los ojos al pueblecito lleno de sol poniente. Parecía buscar a Sigüenza en toda la tarde, al otro Sigüenza del pasado, ese pasado que ya no le pertenecía.

El lugar hallado

«Acabo de descubrir un lugar delicioso dormido entre los años. Ha sido sin querer, como algunos grandes hombres descubren lo que concretamente no esperaban descubrir; pero, al descubrirlo, sienten la legítima alegría de haber acertado con toda su voluntad iluminada. Así yo acerté por la gracia de la revelación. Esa gracia no se recibe sin capacidad de sentir y aprovechar sus efectos, y entonces tan claramente nos pertenece lo hallado que bien podemos decir que se origina de toda nuestra conciencia...».

Todo eso casi lo pronunciaba Sigüenza asomándose de puntillas a un jardín de escombros. Nadie. El silencio con el aliento de todo. Cuando llegó, se escaparon los ruiseñores, las golondrinas, los mirlos. Se sentía caer los jazmines, crujir los finos nervios de las plantas, esconderse los grandes lagartos de piel deslumbradora y glacial como una seda húmeda y bordada.

Poco a poco volvieron los pájaros; se asomaron las salamandras al sol verdoso de las piedras; se recalentaron las cigarras; las golondrinas se pusieron a espulgarse en un ciprés seco, y en cada jazmín sonó una abeja... Todo, todo lo mismo que cuando vino el forastero. El cual miraba el huerto como si fuese suyo, no por dineros, sino por antigua posesión de linaje y de pensamientos. Lo habría heredado desde mucha distancia de años, desde que todo aquello comenzó a caerse; y ahora visitaba su herencia doliéndose y agradándole el abandono en que dejó lo suyo.

Siete cipreses en hilera, pero nada más quedaban dos con follaje macizo; los otros estaban descarnados en su leña. Era menester arrancarlos, y de sus troncos se labraría Sigüenza una mesa, un ropero y un arcón.

Frente al portal, dos adelfos que arriba se juntaban en un techado de hojas duras y de flores rojas. Dentro de la sombra da un poco de angustia; nuestra piel se comunica de la amargura que hincha las cortezas del baladre.

Un jazminero cegaba las rejas y la mitad del muro. Lo plantarían cuando edificaran la casa, hace setenta, noventa, cien años... Hace mucho tiempo también que se derrumbó del peso de sus sarmientos y biznagas, y sigue verde y tierno. Es una masa torrencial, inmóvil, de olores virginales. Toda la tierra del contorno está mullida de nieve de la flor. El aire se cuaja de un perfume de novia, muy bueno, pero tanto que la novia se multiplica en un palomar de doncellas que nos ahoga de suavidad. Las sienes y los párpados de Sigüenza se le traspasaban de olor. Se le precipitó la disnea de beber ese olor sensual de castidad.

Otro viejo elemento de hermosura de aquel recinto era un laurel.

Sigüenza se recostó en el tronco liso del laurel. Le parecía tocarlo íntimamente en cada frutilla, en cada arista de hoja, brote por brote. Todo su conjunto le latía en su vida, fresco, tierno, definitivo y eterno. Laurel con todos sus méritos de belleza para que un dios lo haga suyo, pero laurel del todo vegetal, sin predestinaciones a temas mitológicos y alegóricos. Árbol con todas las virtudes, antes de servir de símbolo de las demás, antes de servir para nada y sin cuidado de que aproveche a nadie. Se ha criado libre, puro y bello, sin que se espere de él más que eso: que viva grande, hermoso y recogido. Y este laurel no es sólo su tronco y su copa que tienden un paño húmedo y azulado de umbría, sino que es también su retoñar a borbollones que hiende la tierra y sale por la escombra y revienta por el tapial, multiplicándose barrocamente la planta sin perder su unidad clásica. Está en sí mismo y traspasando las losas y trasfundiendo su tono de serenidad en la convivencia de los cipreses, de los adelfos, del jazminero, y en un bancal escalonado de naranjos con lindes de parras y rosales. Todo había de acoger en medio, como fondo suyo, una casa lisa y blanca. Allí tiene Sigüenza la casa, con sus poyos, pero ya morena de sol y de años, cerrada y muda. Levántase Sigüenza necesitando tocarla para sentir el tiempo en sus sillares. Se promete derribarla y obrarse otra; pero guardará para la nueva las rejas, el herraje de la cerradura y el aldaboncillo de figura de dragón con las orejitas tiesas como si escuchara siempre resonar en lo profundo su propio repique.

Es posible que Sigüenza haya pensado en la granja de Horacio, tan codiciada por los contemporáneos del poeta, y desde entonces por todos los poetas del mundo.

Refiere Capmartín de Chaupy que descubrió la casa horaciana parándose, volviéndose, contradiciéndose en su ruta, saliéndose del camino real, internándose espontáneamente por atajos y senderos íntimos. Pues lo mismo Sigüenza. Lo mismo, pero sin buscar, sin indagar, sin proponerse ninguna docta pesquisa.

Sigüenza iba por la carretera que atraviesa rinconadas, planteles y josas, y, de improviso, pásase del suelo apacible a la quebrada. Surgen también entre los oteros las encendidas apariciones del Mediterráneo. Y se le presentó una vereda que se escondía de un brinco y que del ocio criaba hierba. La siguió, y la dejó por otra más abrupta. Subió unos escalones de hortal con muros rotos. En el fondo estaba ese jardín de familia tan abandonado, tan suyo. Nadie.

Pero de repente crujió la seroja que empastaba el suelo, y entre los pilares caídos donde hubo una verja mostrose un labrador con su azada en el hombro, que le sonrió a Sigüenza saludándole con su nombre. ¿Le conocía? Y Sigüenza también le sonrió. En presencia de las realidades que interrumpen la suya, Sigüenza siempre sonríe un poco por si acaso...

—¿Usted es quizá el amo de este huerto que yo acababa de descubrir?

—¿El amor? Yo soy el jornalero.

Cansado y humilde habría visto dormirse los años al amor de aquellos árboles. Bien se acomodaría de jornalero con Sigüenza.

—¿El amo? El amo de ahora ni viene ni se acuerda de que todo esto sea suyo. ¡Así se va secando y perdiendo todo! El amo, el de verdad, murió. Hombre de los antiguos que nunca salió de la comarca, ni era menester. Tanta hacienda tenía que caminaba siempre pisando tierra suya. Se encorvaba para recoger un grano de cebada o de trigo que viese en una linde o en una losa del patio, y subía las escaleras para dejarlo en el granero. Se le hundió el desván del peso de muchos quintales de tornillos, de clavos, de bisagras y cerrojos viejos y de herraduras rotas que cogía en las veredas. Buen hombre. A él acudíamos por dinero para ir a segar arroz en la Albufera. Con veinte reales nos bastaba para el camino, y se los pedíamos a él. «¿Quieres un duro? —decía—. ¿Un duro? Aguarda que lo busque». Y encendía el velón de cuatro llumeneras, abría el escritorio, y del fondo sacaba el cartucho de veinte reales y nos lo daba con mucha ceremonia. Con la misma lo recibía, lo contaba y guardaba cuando se lo devolvíamos recién llegados del arrozal. Pues una vez no pude yo traérselo, y a la otra siega le pedí otro duro. «¿Que quieres un duro? ¿Un duro? Aguarda que lo busque...». Y encendió su velón y estuvo mirando en su escritorio. Se puso las antiparras, se santiguó, besando la cruz de sus dos manos juntas. Sobaba las esportillas de sus gavetas, me miraba muy pasmado, y por último me dijo: «¡No está, no está el duro que pides! ¿Es que no me lo devolverías cuando llegaste de la Albufera, y por eso no estará?». Y ya nunca me lo dio... Este huerto lo tenía para pasar los lutos y las fiestas de la Virgen de Agosto y las de San Francisco, en octubre. La señora de tan gruesa semejaba baldada y no podía subir a sus heredades de la sierra. Aquí llegaba en una borrica muy mansa, con silla y almohadón, y aquí venían las familias principales del pueblo; los domingos de mayo tomaban fresas y cogían rosas, y los domingos de invierno, chocolate con pastas de candeal que amasaba mi madre, y también cogían rosas. Siempre había rosas. Buen amo y buen ama, que rezaban con nosotros. Han muerto muy viejos. Todavía los recordará usted.

¿Yo?

—Los recordará usted, porque hace muchos años, cuando no había carretera, usted vino aquí una tarde, por una senda, entre las bancaladas...

—¿Yo estuve aquí una tarde? —Y Sigüenza se vuelve hacia sí mismo preguntándoselo y mirándose con recelo.

Se sosegó diciéndose que, a la postre, había hallado, creado y poseído el lugar que otros no sabían poseer. Pero, de todos modos, Sigüenza no había descubierto nada, como algunos grandes hombres.

Una familia de luto

Venía entonces del pueblo un caminito entre la viña, entre los olivares; bajaba y subía por los barrancos, se perdía en una revuelta y, de pronto, otra vez la alegría tan buena del camino. Si no fuese por el agua, pero, además, por los caminos, por los senderos, el campo tendría una inmovilidad y una confinación de angustia impasible de tullido. ¡Lo que promete una senda para los que viven en las soledades, aunque no hayan de caminarla, y quizá por eso! Aquel caminito pasaba el otero del pinar, y antes de precipitarse se quedaba parado. Ya no está. Se lo llevó el río de polvo de la carretera. Pues por allí apareció él una tarde, en un caballo blanco. Llevaba la cabeza desnuda; era muy rubio y el sol le encendía sus cabellos, alborotados por el viento que entraba del mar. ¡Cuántos años! Ellas lo veían desde ese viejo balcón. Y la madre les dijo a sus hijas: —¡Es rubio como vosotras; va de luto; parece vuestro hermano que viene de vacaciones!

Sigüenza la escuchaba emblandecido, mirando el arco del mar que se tendía desde el alcor de los pinos rojos del poniente a la Sierra Helada, de un rosa húmedo, que interna en las aguas la blancura diminuta de un faro. Allí, en el faro, parecía que acudiese, como imantada, toda la sensibilidad del paisaje y de la marina, y toda la emoción de un mundo maravilloso y de las ansiedades de la juventud de Sigüenza. Un barco de vela. Lejos, un vapor. No sabiendo qué decir, dijo:

—¿Y ya iban ustedes de luto?

—Ya llevábamos luto; entonces principiábamos. Nos recuerda usted, ¿verdad?

No; no las recordaba Sigüenza; pero el dulce Hablar de la señora le hace consentir en los recuerdos. La señora le habla ese castellano cuidadoso de extranjera que reside mucho tiempo en nuestro país, ese castellano de conjugaciones infantiles que se han quedado ya pulidas en su prosodia.

El horizonte, la costa, el pinar y las labranzas se quemaban en una luz de miel.

La señora es lisa, frágil, muy blanca. Pureza de blancura de las que han sido muy rubias y hermosas y trasparentan la vida del azul tierno de las venas. De luto señoril, con alpargatas. El sol de la viña, de los almendros y naranjos no ha podido tostar sus mejillas y sus manos de madre vieja, de sangre extranjera con hijos levantinos.

—¡Usted dice que se acuerda de nosotros, y entonces no nos hablamos!

Sigüenza tuvo que removerse del ocio de su voluntad y de su memoria. Debía ya incorporarse en presencia de sí mismo y del pasado. Pero es que en aquel tiempo atravesó esta comarca entre la animación y camaradería de los ingenieros jóvenes que venían a trazar los caminos y calcular las obras. Gozo de banderas y miras de las nivelaciones. Trípodes de teodolitos resplandecientes. Bullicio y obediencia de braceros, de operarios. Caravana de equipajes. Traían la promesa de una felicidad de mundo para los hidalgos y labradores de estos lugares escondidos. Todos les agasajaban y celebraban. Huertos y casas de señorío, donde les ofrecían frutas y refrigerios; viejas Parroquias con sus capellanes pobres en el pórtico, que les invitaban a ver todo lo mejor, tan guardado para todos; balcones y solanas con cactos y rosales, donde se asomaban las señoras, las hijas, las criadas para mirar a los forasteros... Todo lo recuerda Sigüenza, pero sin ahínco en los rasgos, como si aquello de realidades tranquilas del siglo XIX hubiera sucedido aturdidamente. Sigüenza tenía diez y seis años. ¡Diez y seis años en lo último del siglo XIX! ¡Lo que aun habría de ver, tener y gozar! ¡Qué exaltada confianza en sí mismo, es decir, en todo! Un caballo blanco. Sí que era verdad. Ese caballo blanco se lo enviaba, todas las tardes, un señor que se le había perdido un hijo, el único hijo. Nunca se supo su paradero. Sigüenza se alejaba para sentirse extraviado y sobrecogido en las soledades. Un atardecer le salió un pordiosero. «¡Será el hijo que vuelve!». Y se detuvo esperándolo. El caminante huyó brincando por una rambla.

...La señora se inclinó invitándole a pasar. Casón monástico y rudo. La bodega de criptas hondas con sus colosos murales, los combos toneles que dan su resonancia íntima y pausada, los lagares todavía morados, el olor seco de los racimos. Escaleras enyesadas, pasadizos y alcobas con el sol tendido en la desnudez. Casa grande, como convenía a tierras tan anchas que llegan a los montes lejanos. Casa de labor parada, sin gentes.

—Tengo un hijo bachiller que a veces ha de labrar y regar, y no puede; en seguida viene con un cansancio que se le oye el corazón. Se necesitan jornales, muchos jornales para esta heredad. Nos devora la finca. Todo lo que se ve desde los balcones es de nosotros, y todavía nos encogemos más mirándolo. Será menester venderla. Pero hemos ido conteniéndonos hasta que viniese la hija casada que se marchó al Senegal y ya llega pronto.

Habían pasado por todas las salas. Los muebles se quedaban muy solos y precarios en recintos tan grandes como en un muelle de estación. Imaginaba Sigüenza que de un momento a otro los amontonarían en un carro viejo, y la señora de luto y sus hijos, después de mirar toda la casona, entregarían las llaves a un comprador forastero, ya impaciente de que se marchasen. ¿Y no creerán que este hombre forastero pueda ser él, Sigüenza?

Ya principia Sigüenza a sentirse deseado y aborrecido por toda la familia de luto. Nadie más que la señora le va dando compañía, le cuenta los cultivos, las hanegadas de viña, de olivar y de almendros, las horas de riego... De seguro que los hijos se han refugiado en el comedor y están acechándole por los resquicios de la puerta entornada. Se les siente respirar junto a esa puerta recia, noble y labrada como un ropero arcaico.

La señora se la indica con un dedo pálido, casi azul.

—Pase usted. Está la enferma. Nos ha oído ya. Su pensamiento nos habrá seguido por toda la casa. Fue la primera en verle. Le dará usted compañía nada más un momento, porque se ahoga si habla mucho, y si no habla se aflige de que la compadezcan. —Y su dedo exangüe se tocó el corazón como un puñal en el costado de Nuestra Señora ya viejecita.

La hija enferma estaba postrada en un sillón largo, de rejilla, zancudo como una langosta descomunal. Los balcones, abiertos, tirantes de tan abiertos, para respirar con ansia. Sigüenza respiró muy de prisa. Ella se irguió sofocándose; luego se fue reclinando en sus almohadas blancas. Un temblor de párpados azulosos, una profundidad de ojos amargos y apasionados, mejillas huesudas, encendidas a ráfagas.

«¡Debe haber sido muy hermosa!». Y en seguida que lo pensó Sigüenza se dijo: «Lo mismo, lo mismo que si me refiriese a una mujer de un pasado ya remoto». Hay que referirse a un pasado en una criatura que casi no lo tiene. No habrá cumplido veinte años ni ya los cumplirá. Sabe que ha sido hermosa, y encima de la llama de la calentura le pasa el rubor sensitivo de su belleza devorada por la demacración y el rubor de estar enferma. Blancura planchada de cabezales, ropas negras sin gracia de pliegues, duras encima de la dureza de los huesos, como vendajes. Toda su feminidad le latía en la mirada de emoción de virgen y en sus cabellos, que semejaban vibrar en trenzas retorcidas.

—¿Qué trenzas tan negras, verdad? —sonríe la madre—. Todos rubios menos ella.

Ella levantó su mano, tocando primorosamente su cabellera, como si quisiese destrenzarla y desbordársela y envolverse en su sombra nazarena.

Los tres se sonrieron, y la enferma habló muy despacito, viéndosele su ahogo como si cada palabra le vendase la boca.

—Mi hermana Teresa, la que está en el Senegal, es la más rubia de todos: alta, muy hermosa, llena de salud. Más de cinco años sin vernos. Pero viene ya pronto.

La señora tendió su mano sobre la faz del paisaje que penetraba por los balcones, y su mano le pedía que se sosegara; le prometía que todo lo sabría Sigüenza sin que ella sufriese.

Y todo lo fue diciendo la señora con mucha dulzura, como si fuera feliz.

Su marido viajó mucho por el extranjero negociando sus vinos, los vinos gruesos, apretados y calientes de su tierra. Era corpulento y rojo, con unas manos muy grandes, que parecían crear el pan que partía y el idioma que pronunciaba a pedazos.

Los visitaba con frecuencia en Postchiawo.

—¡Mediodía, y no hay más claridad que la de la nieve! ¡Parecemos de piedra blanca hasta por dentro!

Encendida la lámpara familiar, se doraba la blancura del frío. El mercader español sentía una pueril animación. Su voz, su fortaleza, su risa, sus ademanes, soltaban el vaho de su comarca, tan ancha, llena de fruta y de sol.

La señora calló un momento.

—...Éramos tres hermanas. Casi siempre se casan antes la mayor y la pequeña. Yo no sé porqué tarda más la segundona. Me gustaba sentirme en medio de las dos. La mayor hacía de madre en la casa; la menor, de hija de todos. Pero mi padre siempre acudía a mí, la mediana, para todo lo suyo. Y yo fui la elegida del viajero.

Y a los pocos días de la boda apresuró él sus asuntos de vinos para volver a la casa levantina.

A ella le parecieron estos campos demasiado abiertos y alucinantes. Adquiría otros conceptos de la soledad y de la intimidad. Muchas leguas sin nadie y creía que la miraban desde todo el mundo.

—¡Aquellos olivares son nuestros; toda aquella planicie de almendros y el hondo segado, de nosotros, y la viña, toda la viña, hasta la ladera de las montañas, toda de nosotros! —se lo decía su marido gritando, un grito rojo, y con un ímpetu dominador de su brazo, su brazo que removía y cortaba la claridad como si lo estampase ruidosamente en la faz de un astro tierno.

Le costó mirarlo todo muchas veces para sentirse dueña de esas distancias. En su país la vista estaba dotada para las sensibilidades de las nieves prismáticas, del bosque tenebroso, del prado en zumo. Planos y masas verticales. Aquí sus ojos miraban como a través de piedras preciosas. Inmensidad cincelada. Lo primero que sintió fue miedo. «Debe de ser horrible sentirse aquí desgraciada». Y su marido se reía con tanto estrépito que ella se estremeció, y dijo, ya como una mujer española: «¡Que Dios no nos castigue!».

—Cada bancal es una cantera maciza. Mis jornaleros van murándolos con piedras que parecen de oro. Completamos la obra de Dios con voluntad, con faena y con dinero. Esta finca, plantada y mejorada por mí; esta finca, con su casalicio y sus bodegas, bien vale cincuenta mil duros, y no costó diez mil. ¡Ya tiene más de doce mil duros cada hijo!

...Los capítulos de la desgracia los pronunció la señora muy de prisa: la perdición del viñedo, la muerte del esposo, la muerte de una hija en la ciudad, muy cerca de la casa de Sigüenza... Todo lo decía tan suavemente, que Sigüenza se inclinaba mirándola más para adivinarla.

Luego se animó refiriendo la boda de Teresa con un ingeniero francés; su viaje al Senegal... Allí vive como una diosa. Blanca, muy rubia. La llevan en andas seis gigantes negros, desnudos. Así atraviesa las selvas olorosas, los lagos azules con los grandes lotos en flor. A veces se ha creído morir de la delicia de aquellos perfumes y se ha sentido contemplada por los ojos de las fieras. Es la diosa blanca. Traerá su lecho de pieles, sus cofres desbordando de plumajes, de semillas y aromas, de frutos con los viejos sabores del Paraíso, y amuletos y marfiles, todo para esta hermana. Seis años allí hundida. Faltan diez y nueve días para verla.

La hija enferma tuvo una tos pequeñita que le nacía en medio del pecho, y dijo con exactitud:

—Faltan diez y nueve días para llegar a Marsella, y veinticinco para tenerla. A la siguiente mañana cumplirá veintiséis años. Ya estará muchas horas contándolo todo y abriendo cajas y arquillas de su equipaje.

Sigüenza recogió sus palabras muy gozoso, como si le ofreciese el parabién de su felicidad. Los sufrimientos han ido trocándola en niña, y la vida, con dolor y todo, es tan buena, que le trae a la hermana después de seis años de peligros, y la hermana le feriará el mundo magnífico de aquellos países tan recónditos.

Hablaba la señora blanda, infantil, y así infantilizaba más a la enferma. Había que mitigarle la emoción de mujer postrada. Y si enmendaba o afirmaba lo que decía la madre, después sentíase su anhelo como si tuviese presencia corporal y los tres, ellas y Sigüenza, lo mirasen aguardando que pasara.

Sigüenza creía contemplar y escuchar este interior desde lejos. Desde lejos de sí mismo. Le acogían y se lo contaban todo por ser el que se apareció en el camino viejecito. Se veía con la conciencia de lo que había sentido sin sentirlo entonces. Actuaba proyectándose hacia atrás, precisamente cuando no lo supo. Se recordaba sin recuerdos. Era una contradicción de su lírica sustancial. Le faltaba coincidir consigo mismo. No asistir, no pertenecer al propio pasado, es una ausencia, un síncope de alma, imperdonable en Sigüenza, que vive a costa de la continuidad de su modelación íntima.

Claro que con haberse creído otro, en paz. Pero ¿en paz con otro, siendo y habiendo sido únicamente él?

Esforzose por atraerse alguna memoria de la que pudiese participar. Y preguntó:

—¿Me conocía la hija que murió en la ciudad, cerca de mi casa? ¿Supo ella dónde estaba mi casa?

Dobló la frente la señora. Semejaba que no quisiera regresar a esos días, pero que lo aceptara por obediencia y, arrepentido, Sigüenza le dijo:

—Es saber únicamente dónde vivió ella. Lo recordaré todo en seguida.

—¡Lo recordará en seguida! —repitió la madre—. Se la llevó un hermano de mi esposo que se llamaba Alejandro. Su casa era la última de una calle de las afueras, encima de una hondonada de almendros, frente al mar. Alejandro iba de luto, con pantalón ceñido, americana de terciopelo y junco de jinete.

Se iluminó en Sigüenza el recuerdo de ese hombre.

—Moreno, casi cetrino, corpulento, con unos ojos ardientes, que empujaban a quien le mirase. ¡Don Alejandro! ¡Es verdad: don Alejandro!

La señora se apresuró a decir:

—Y una vez aquella hija nos escribió (guarda Teresa sus cartas). «El hermanito rubio pasa muchas tardes bajo nuestros balcones, hacia la playa. Hoy le decía a un amigo que llevaba lentes de estudioso: "El bastón que siempre trae mi padre es de madera de violeta". El amigo se reía; y él porfió: "De violeta, de laurel-violeta. ¡Deja olor riquísimo en la mano!". Yo le sonreí, y él me vio y se sofocó mucho». Ya no nos habló más de usted.

Sigüenza se había quedado inmóvil, dentro de ese episodio tan diáfano, con la tristeza de no haberse apoderado de su fugacidad. Le acudieron unas palabras del Diario de Amiel: «En el jardín del alma cada sentimiento tiene un instante único de floración de gracia bien abierta. Cada astro, de noche, pasa una vez por el meridiano, sobre nosotros, y no brilla en ese lugar sino un momento. Sólo hay un instante cenital para cada pensamiento. Fijemos nuestro sentir en ese punto preciso y fugitivo...».

Se le apareció una espalda vestida de luto y una trenza rubia, lisa, como una luz que se enfriase. Dejaba en la boca y en los ojos de los vecinos una intención cuya perversidad le resaltó ahora:

—¡Aunque lleve todavía trenza..., Dios sabe!...

Se transparentaba el temblor de la vida de esa criatura. Y a su lado, siempre, aquel nombre, agitanado y ecuestre, de ojos llameantes y duros, de manos vigorosas, que crujían como si llevasen guantes de hierro, de sienes ya como la hoja del olivo. Tenía una mueca de dolor enfurecido. Las mujeres murmuraban:

—Pronto será ya viejo; y ella, ella, si no fuese por él sería un crío, y como está enferma aun parece menor...

Su piel, de una blancura de flores frágiles. Belleza quebradiza; el cabello de sol trenzado. Siempre de negro. En sus ojos, de un azul de lucecitas verdes, estaba él, y la encerrada con él. Los dos solos en aquella casa de las afueras, con el mar exaltando, de noche, su silencio. Salía cogida de la mano de don Alejandro, que no la dejaba de mirar; luego su brazo se le cenia vibrantemente a la cintura de virgen... Un vecino baldado siempre decía:

—¡La deshará!

Desde la Purísima ya no salió. Día de Reyes, muy temprano, fue su entierro. Detrás del coche iba ese hombre solo. Sus botas de jinete semejaban chafar la carcasa del mundo. Apareció la cabeza del tullido por una vidriera del cancel:

—¿Ataúd blanco? ¡Esa gente se piensa que nosotros...!

No había ya más gente que don Alejandro y el ataúd. Y aquella noche el caballero se acostó en la cama, todavía con las ropas estrujadas por la muerta; las recogió; se las subió; se las envolvió, y contemplándose en el espejo de ella se disparó una pistola en el paladar...

Sigüenza estuvo poseído por las imágenes de aquellos dos muertos. Siempre juntos. Los dos de luto: ella, con su trenza de luz descolorida; él, devorado por la brasa de su sangre. En aquellos días de entonces Sigüenza y sus amigos se sintieron traspasados de dolor y de ansiedad de pasión. Sigüenza se paraba junto a la casa, ya sin nadie. Y decía: «Entraban y se quedaban solos: sus únicos pasos, sus únicas voces, los únicos ruidos de sus ropas, sus únicas respiraciones ahí dentro. Ahí dentro nadie los ha visto sino después de morir. Nadie presintió su muerte. No la presentíamos por nuestra vida de apacible vulgaridad. Ellos iban rectamente y densamente a morir...». Sigüenza se recuerda acercándose al portal cerrado. Cogió el aldabón y llamó. La calle, solitaria, tenía un aire rojo desprendido de un crepúsculo de vendaval. Apareció la cabeza flácida del baldado, acechándole y riéndose. Sigüenza recostose en el quicio, como si aguardase que le abriesen, y llamó más. Ya no se burlaba el tullido. Se le hinchaban los ojos de recelo y de susto, y sin poder contenerse, derribándose, le avisó:

—¡No llame; no están! Mire la puerta sellada por el juez. No la toque. Los dos han caído el mismo día; él ha ido deshaciéndola. ¡Y yo aquí, sintiéndolo todo, clavado en mi estera! ¡No llame!

Y Sigüenza llamó otra vez. Así la casa resonaba a Sigüenza con ellos, con el último aliento de ellos, antes de que vinieran otros y pasaran por encima. Pero ese paralítico que la había deseado en la inmovilidad de su estera tenía razón: ya no estaban.

...Ahora Sigüenza miraba los muros enyesados, las viejas puertas labradas, una fotografía de la casita del químico entre los abetos de Postchiawo... Todo lo habría mirado la muerta.

La señora, la hija enferma; la heredad tan callada, el campo ya dormido, y en la costa se cerraba y se abría la lucecita fresca del faro.

Sigüenza prometió volver cuando Teresa llegase del Senegal.

—¡Nada más quedan diez y nueve días!

—Diez y nueve días, no. Diez y nueve para desembarcar en Marsella; veinticinco para tenerla ya con nosotros...

Bardells y la familia de luto

Iban en un cochecito amarillo, de dos ruedas finas, hiladas, como dos arañas; un calesín o cabriolé que rebotaba por el trote de una yegua torda.

Sigüenza le dijo al amo:

—¡Casi tiene usted más fuerza que su yegua!

Bardells sonrió agradecido, pero no aceptó del todo la alabanza.

—Tiene más fuerza la yegua que yo. Yo le llevo la ventaja de las ramaleras. Y esto no es quejarme de mis brazos. Yo manejo mis mulas. Tengo cuatro carros; cada carro de tres mulas; dos camiones, tres heredades y la almazara y la tienda. Yo estudiaba medicina y colgué los libros.

Para fumar encomendó los ramales a Sigüenza, que, empuñándolos, también se creyó poderoso como Bardells y como uno de los héroes de las odas de Píndaro.

—¡Se le para la jaca y usted no lo siente!

—No lo sentía mirando aquel casón.

—¿El de la familia de luto?

—¿Es que usted la conoce?

—¿Que si yo la conozco?

Le cogió las riendas a Sigüenza y se despertó la yegua con un brinco jovial de campanillas. El humo del polvo los envolvió como la nube a los dioses de Homero.

—Me creo que llegaremos tarde al Ifach. Ese monte Ifach se vendió por cinco o seis mil reales. ¡No saberlo yo! ¡Bien pudo ser mío!

—¡Y mío!

Y se alborotó en Sigüenza toda su capacidad de propietario agreste.

Bardells arreó a la jaca.

—¿Dice usted que si conozco a esa familia? Estuve más de seis años entrando en aquella casa como un hijo. ¡Lo mismo era yo que un hijo!

La lumbre de la marina se derretía como un unto azul en la piel de la frente de Bardells. Gordo, rapado, con una dentadura tan recia, que toda semejaba de colmillos. Chaqueta grande de hilo moreno de sábana tejida en casa y pantalones de pana de color de miel. Mucho sol encima. Todo bien claro en este hombre: salud, voluntad, limitación. Consultó su reloj de plata. El cristal tenía una rajadura entre las XI y las V. No lo hubiera sospechado Sigüenza. Le parecía que había sorprendido un secreto de fragilidad.

—¡No sé por qué le pasma tanto el cristal roto de mi reloj! —y se lo puso en la palma de la mano, mirándolo mucho.

—Déjelo, Bardells; ¡ya no hay remedio!

—¿Que no hay remedio? ¿Y un vidrio nuevo?

—No, no; fíjese: si me hubiesen dicho: ¿Conoce usted a Bardells? Yo hubiera respondido en seguida: ¿A Bardells? Ya lo creo: grueso, afeitado, fuerte, con americana de hilo antiguo y pantalón de pana. Lo que usted me diga, lo que de usted puedan decirme y aun lo que yo piense de usted, quedaría todo contenido en esos trazos personales proyectados a su hacienda: carros de tres mulas, camiones, heredades, almazara. Y, de improviso, saca usted su reloj, ¡y el reloj tiene el cristal roto! ¡Ahora se le va parando la jaca y usted no lo siente!

—¡Sí que lo siento! ¡Es que no entiendo eso del cristal!

—Ni yo tampoco. Eso nunca nos lo explicamos, ni es menester. Es como una contradicción o una modificación de un concepto que ya estaba cuajado, y de repente...

—¿De repente qué? ¡Señor! Usted decía que Bardells, que yo, estaba como de par en par a sus ojos: robusto, afeitado, con americana de hilo viejo... Bueno: pues todo eso y el cristal del reloj roto.

—No; he aquí la diferencia: grueso, afeitado, con chaqueta de hilo antiguo, pantalón de pana... Ya estaba todo. Pero sacó su reloj, ¡y tenía el cristal rajado!

De súbito, Bardells le preguntó a Sigüenza:

—¿Lo del reloj se lo han dicho a usted en casa de la familia de luto?

—¿Allí? ¿Por qué habían de decírmelo? Si me lo hubiesen dicho, se me habría olvidado por la insignificancia de la noticia. Y ahora, al verlo, no me importaría.

—Es que el cristal se me rompió allí...

Le pesó y enfrió a Sigüenza el tránsito de lo sutil a lo concreto de la anécdota.

—Usted ha entrado en la casa y habrá visto una hija enferma. Está enferma del corazón. Ya de pequeños éramos amigos, de amigos principiamos a querernos de novios, y después ya fuimos novios para casarnos. Yo siempre le decía: «En siendo médico, yo te curaré». Pero me dejé los estudios. La tienda de mi padre es la mejor de toda la vall. De la tienda a la heredad de mi novia. Yo todo lo sabía. La viña se encanijó. La viña daba la renta más grande. ¿Reparó usted en la bodega? Había años que tocaban treinta y cuarenta mil pesetas de vino. (Para ese verbo de tocar, coger, palpar dineros, tan de Levante y tan de Francia, la gente siempre estrega o frota el pulgar y el índice, y entonces les relumbran los ojos.)

Sigüenza miraba esos dos dedos de Bardells, expertos y recios, y a escondidas remedó el mismo ademán; pero su pulgar y su índice no parecía que contasen o recogiesen dineros, sino que los soltasen o desmigasen pan a un choto.

—La viña se remató. Murió el padre; murió de hipo. En la ciudad murió una hija tísica. Todo iba mal. El chico dejó los libros por el legón y el arado. Pero ni es labrador ni estudiante. Yo no le preguntaba a mi novia: «¿Cuándo te pondrás bien?». Ni ella ni nadie podía saberlo. Lo que sí podía saber era sentirse a sí misma. Muchas veces y casi horas seguidas se lo pregunté: «Quiero saber cómo estás, cómo crees que estás de veras, de veras». Y ella me miraba muy callada. Me desesperé. Una mañana le tomé el pulso con el reloj delante. Ella adivinó el miedo que me daba su latido, y me sonreía. Entonces fue cuando crujió, quebrándose la tapa. Yo siempre buscaba a la madre, preguntándole sin que la hija nos sintiese. La madre me decía: «Está mejor», o «Anoche durmió más tranquila», o «El lunes comió con gusto». ¡No era eso! Y se lo dije: «No es eso. Lo que quiero yo saber es cómo está de veras, de veras; cómo cree ella que está». Y la madre me miraba casi lo mismo que la enferma. Y un día me pidió: «No me lo preguntes más, ni a ella tampoco». Pasaba tiempo, y ella siempre enferma. Yo tenía que averiguar la verdad. La verdad me la dijo un médico que se llama don Jesús Yáñez: «Tu novia no tiene remedio». «Pues yo —le contesté—, yo quiero casarme». Y él se me revolvió, furioso: «Es que la matarías». ¿Y yo, qué? Yo no podía vivir de esa manera, ¡yo no podía más! ¿Usted conoce a Bautista, que le dicen de apodo el Pañero? ¿No lo conoce? Pues yo me casé con la hija de Bautista el Pañero, hija única.

Como era tarde para seguir la jornada prometida, quiso Bardells descansar en su casa hasta el siguiente día.

Cuando entraron le advirtió a Sigüenza:

—¡Cada escalón me ha costado nueve duros! ¡Nueve duros!

Y Sigüenza parpadeó de estupor, como si le rebotase estrepitosamente todo el peldaño en calderilla, y fue subiendo los ojos para calcular el dinero de la escalera.

Mucho mármol, estuco, maderas relucientes de barnices, cristalería toda biselada, dorados agrios. Macetones de hortensias, calendarios con estampas industriales, jaulas de pardillos, otras de ruiseñores mudos que comen pasta de corazones de aves. Un patio de plantas duras: la mata de la cera, la pluma de Santa Teresa, macizos de bellvert. Vuela a brincos un gorrión doméstico, suelto y gordo, con el buche mojado de alimento. A ratos se junta con los demás gorriones de la aldea, merodeando por los rastrojales. Aparentará que pasa los mismos riesgos y aventuras de todos los pájaros; pero se les aparta y, cuando no le ven, se vuelve y come en la cocina de Bardells y duerme en una viga del cobertizo de la colada. Sin embargo, le acechaba siempre un peligro: la hija de Bardells, una niña delgada, que se le atraviesan los ojos, quedándole entre las cejas un pliegue vertical, casi azul. Toda de blanco, con una cinta rosa, de lujo de pueblo, en su cabellera de esparto. Le asoma un estremecimiento de sus nervios, un extravío de su sangre, una obscura fragilidad.

—Así está desde la meningitis —suspiró la mujer de Bardells—. Y, según los médicos, cuando llegue a grande seguirá como una criatura. ¡Pero es que ahora tampoco es como una criatura!

El marido la interrumpió:

—Ya lo creo que lo es. ¡Todo lo rompe! ¡Mire lo único que se va salvando! —y Bardells buscaba debajo de las butacas, de las mecedoras; salió al patio, y desde allí vino empujando a puntapiés un bulto empedernido y helado que rebotaba huesudamente.

Una tortuga. Su joroba de asta se quedó inmóvil en el suelo de mármol, y los fuelles roñosos de su piel principiaron a hincharse y vaciarse con un latido de susto. De repente le asomó la cabezuela pelada; un ojo diminuto de tinta contemplaba el universo del zaguán de Bardells con viejo dolor humano; el otro estaba hundido bajo una costra de sangre.

La mujer les dijo:

—¡Ni esto se salva de sus manos! Hoy ha roto la tortuga.

Sigüenza la tomó, y la volvía entre sus manos. La tortuga se desesperaba; poco a poco se paró, colgándole las cortezas de pellejos seniles.

—No lo pudimos remediar. Cuando quisimos arrancársela ya tenía la cabeza del animal entre los dientes. ¡Yo sentí el crujido del reventón del ojo, y se lo tragó!

El ojo que le quedaba se entornó, blando y húmedo. La tortuga, tuerta, tenía un silencio horrible. De su órbita mordida, entre la sangre dura, le bajaba un hilo tierno de carmín.

Sigüenza la soltó, y ella se fue cojeando, abriendo sus patas de percebes con rodilleras.

Bardells se llevó a Sigüenza para que viese sus bancales que rodean la casa. Todos secanos, pero secanos criadores y frescos: maíz, pimientos, calabazas, membrillos, limoneros, habichuelas de vaina de hoz, habichuelas anchas, lisas, mantecosas.

—¡Mejor que en los huertos, y aquí sin agua, aquí nada más cielo y tierra, tierra blanca!

Después todo estaba plantado de vides moscateles. Paisaje alto, ancho, de oteros y colinas de curvas suaves hasta el mar. Casas blancas como santuarios, con cipreses en los portales. Bardells y Sigüenza caminan a brincos, entre pámpanos y sarmientos, tiernos, zumosos. A veces se paraban mirando las cepas. Al abrigo de las socas se apretaban los racimos, descansando y doblándose en los terrones. Sigüenza los tocaba, sopesándolos y dejándolos en su mismo huello, dormidos en la misma postura. Gloria de horizontes. Los últimos rescoldos de la tarde en las rocas moradas del Ifach.

Estaban reunidos los elementos clásicos de la alegría del campo: anchura de tierras, onduladas y graciosas; casales infantiles; la viña y el mar... Y, diciéndoselo, se desjuga un poco el corazón de Sigüenza. La alegría le parece deducida de otro tiempo, de otros hombres, y ha envejecido en el mundo. En el confín del mar se palpa ya con los ojos un frío de noche de soledades; el cielo, sin azul, se ha quedado ciego; cielo de eternidad...

...Al regresar a la casa, la hija les acoge aullando y riéndose con los ojos oblicuos. La tortuga va caminando con una vela encendida pegada en su concha.

Vino la mujer del pastor muy llorosa. Su marido no podía encerrar el ganado. Estaba en la heredad de la familia de luto, toda trastornada por la desgracia. La hija casada en el Senegal había muerto de calenturas la víspera de embarcarse; la hermana que había de feriar a la hermanita enferma con las maravillas de un mundo recóndito.

Humeaba la cena en los manteles limpios. Bardells sacó su reloj:

—¡De lo que me ha librado el cristal roto! Ya se lo dije; yo no puedo quejarme: ¡mi casa, mis campos, mis mulas, mis camiones, mi almazara y salud! ¡Porque, después de todo, este crío no siente!

El barranco. Ifach

Llegaban al collado de Calpe, que se desgarra verticalmente en el barranco del Mascarat. Se desploman la luz y el silencio que pasan por el filo de los montes. Aunque se interne allí la carretera, la más vieja de la provincia, por un puente fino, alto, como un ventanal, entre dos túneles, y aunque ahora cuelgue como un avión aplastado el viaducto de un ferrocarril lugareño, el silencio y la luz tienen una calidad de civilizaciones antiguas, sumergidas en la inocencia del mar, que aparece entre los cortes de losas, en el sosiego de una cala.

Quiso Sigüenza parar y bajar. Bardells se quedó en el calesín.

Las dos mitades desgajadas del collado son tan exactamente la una de la otra, que siempre se espera que vayan a encarnarse en su unidad geológica.

Inmóvil, asomado a la hoz, miraba Sigüenza el hondo, miraba las agujas de las cúspides. Después, lo primero que pensó, lo primero que quiso fue soltar una piedra. Soltar una piedra desde el borde de aquel puente resulta una acción definitiva. Además del tiempo que tarda en caer, además de sus retumbos, de sus chasquidos contra los cantales, de las inesperadas parábolas que traza ella sola, chocando y desviándose en un plano, en los cortes de peña; además, y antes de todo, la piedra todavía entre los dedos, en el momento de desprenderse, atrae nuestra vida con boca que oprime, que aspira la mano que la tuvo, y desde que principia a bajar y nos encogemos nosotros mirándola resulta de una trascendencia emocional tan delirante como si en vez de caer al azul del abismo prorrumpiese al azul de lo alto. Sigüenza siente su corazón y sus pulsos en cada roca. La piedra elegida por su mano estaba en una hendedura de la inmensidad. ¿Cuánto tiempo? Siglos. Todo el tiempo que pensara Sigüenza. Y cuando caiga, y llegue, y se articule a su fondo, se habrá enmendado para nuestra sensibilidad la arquitectura de estas desolaciones. Y Sigüenza contempló sus dedos y el paisaje cavado que se enfila en una exaltación como si siempre acabara de rasgarse y de quedarse inmóvil.

Si pudiese bajar y recoger la piedra la dejaría en su antiguo alvéolo. Pero esto ya no tiene remedio. Y lo pronunció: «No tiene remedio, no tiene remedio». Esas palabras, tan lisas en la desgarradura del monte, sin concepto, sin referencia de humanidad, adquirían un valor objetivo de fatalidad y eternidad.

Bardells le gritó:

—¡Un suicidio aquí sería terrible!

Es verdad. También lo imaginó Sigüenza. Pero un suicidio allí ya sería lo anecdótico, desrelacionado del ámbito abrupto y tremendo. El suicida cabalgaría en los pretiles, se estamparía en el aire colgado, se chafaría en los peñones. La violencia, la convulsión de la figura no es de allí. Aquel lugar admite únicamente al hombre contenido, palpitante en su serenidad, sintiendo la avidez de los montes abiertos hacia lo obscuro y hacia el sol. Hombre y piedra en un contacto desnudo de creación solitaria; de creación solitaria aunque pase una carretera encima de un puente, entre dos túneles, y aunque haya un viaducto de alas de hierro. Todo eso significa la medida del tiempo, la presencia fugaz de nosotros, y todo quedó incorporado a los roquedales y poseído en reposo por la soledad.

Los dos túneles. No son los túneles ferroviarios, ahogados, recremados y negros, sino de carretera levantina. Por fuera, la roca caliente, de color de león, alzándose apasionada, de pie, al cielo; por dentro, la roca pálida, huesuda, como antes de que los barrenos rasgasen su virginidad. Cada túnel abre una mirada fresca de mar y otra de campo torrado, y el confín marinero y el horizonte labrador se concentran en las dos lentes de piedra.

En otro tiempo Sigüenza pasó en diligencia el collado de Calpe. La diligencia venía de Alicante. Muchas horas de camino, de humo, de polvo, de sol, de revueltas, entre almendros y viñas, de huertos galileos, de pueblos diáfanos con cúpulas azules, aparecidos en la costa... Poco a poco comenzaba a salir en el cielo la geometría del monte roto. Atardecido, los contornos ya se acercaban en una culminación de rosa, y después, de un dorado viejo de retablo. La diligencia llegaba, humilde y sobrecogida, al primer túnel. El azul que entraba del mar refrescaba los peñascales estrujados. Iba deshilándose el silencio virgen de las altitudes; se sentía subir el silencio del fondo como un vaho. Puente blanco y cerrado, en una vejez cósmica. Las mulas lo pasaban despacito con un cabeceo de esquilas dulces. Muchos viajeros se inclinaban, persignándose. Y ya dentro del túnel, el monte se llenaba de un estruendo de viaje recóndito; los faroles rociaban de amarillo la cripta; las sombras del coche, de las bestias, del mayoral, se embestían, astillándose por los muros, y fuera se quedaba esperando la quietud de la noche grande, desnuda.

Con un bramido enhebró un automóvil los dos túneles.

—Para ésos el collado no ha sido más que un episodio de su velocidad.

Bardells le dijo a Sigüenza:

—¿Es que usted viviría siempre en ese barranco?

Gemía el cabriolé por una cuesta de cal; los riñones de la jaca criaban espuma entre los aparejos.

De las heredades subían los humos de los estercoleros quemados.

—Ya lo sé que no viviría siempre allí, aunque ahora le dé pena marcharse. Así yo con la familia de luto. Es un dolor suyo, de su sangre.

Y tendió la fusta señalando a Calpe.

Este pueblo tan embebido de lumbre no tiene alegría. Se siente frágil en el borde azul del viento y de las aguas. Calpe...

Pero la mirada de Sigüenza saltó en seguida de la claridad húmeda de Calpe a los filos calientes del Ifach.

Bardells, sonriendo, exclamó:

—¡Cómo se quedaría Calpe si le arrancásemos el peñón de Ifach!

—Pero no se lo arrancaremos nunca. Se ha de ser de un sitio concreto, y la belleza lo es.

Sigüenza va recordando. «Yo no sabía nada del Ifach. Lo veía salir del mar cuando yo iba, hace muchos años, a Valencia y Barcelona en uno de esos vapores costaneros, gordos, alterosos, cuarentones, de comidas familiares presididas por un capitán velludo, siempre de boina y bufanda, malhumorado y bueno. —Algunas veces hubiese querido ser sobrino de ese hombre—. Me sentaba en las maromas mojadas de sal y de cielo. Tenía conciencia de mi emoción, sin atribuirle a esa felicidad de sentirme a mí mismo ninguna categoría lírica; toda se guardaba en la delicia de mis ojos y de alguna palabra derretida en mi paladar y en mi lengua; quizá por la palabra se me diese la plenitud de la contemplación. Este mar viejo —para mí tan recién creado siempre—, mar de inocentes blancuras de barcas, tan de niños y cuentos, no por ámbito de bellezas mitológicas ni por concepciones humanistas, sino por fondo radiante de mi niñez silenciosa; este mar no está hecho sólo de agua, de rumbos, de distancias náuticas, sino, a la vez, de pueblos, de paisajes, de gentes de la orilla. Mar humano. El idioma de los marineros tiene sabores agrarios. Sus soledades no son las oceánicas, aguas y cielos de eternidad, de segundo día bíblico; soledades sin concepto de nosotros. La soledad mediterránea es la nuestra, la del hombre, relacionada con nosotros, con los barcos que se llegan frente a la costa y saludan su casa; faros nítidos como heredades que se internan a vigilar las aguas y proyectan sensación de familia. Gentes de todos los tiempos que han arado la besana azul; soledades llenas del pensamiento de nuestra vida...».

¡Aquel Sigüenza de entonces, solo, recostado en las adujas de sogas húmedas de relentes...! Bien pudo sentarse en un banco, en un sillón plegadizo de la toldilla de cámara; pero, junto a la borda, en las cuerdas enrolladas, creía navegar hacia países desconocidos. A países desconocidos sintiendo su raíz tirante desde su provincia marítima. Miraba los contornos de su tierra: Puigcampana, como un loto rosado; la comba de Aitana, como un párpado azul estremecido; la mitra del collado de Calpe, y, de súbito, el Ifach salía de las aguas como si el día iluminase por primera vez sus hermosuras. Suelto, desgajado de la costa, solo en el mar. Peñas de lumbres, de iris húmedos. Era suyo, de su comarca; ya lo tendría; pero no entonces; entonces todo lo demás le estaba prometido; lo guardaba para después...

Y había llegado ya después. ¡He aquí el instante de después, Sigüenza!

«¡Aquí tienes el Ifach, Sigüenza, en el tiempo prometido! Ahora ha de ser cuando lo comprendas y lo goces». Y en seguida se vale del irresistible y engañoso prurito de las comparaciones. De tan hermoso, debió de ser ya monte escogido y ensalzado por los antiguos, como el monte Erix, de Sicilia. Tendría su templo, con cipreses y mirtos, como Erix tuvo el de Venus, orificado de palomos. Los marineros fenicios, griegos, etruscos, romanos, invocarían a la diosa en sus adversidades. En las vertientes irían amontonándose los vasos y ánforas de las libaciones. Atraída por las delicias en la soledad, una reina fundó allí su baño de placer. Alrededor de Venus Ericina había centenares de mujeres, cuyas gracias consolaban a los navegantes. Venus ha seguido amadrinando a las mujeres de Erix, perpetuándoles su belleza clásica, hasta el punto que un viajero árabe se arrebata y dice: «¡Que Dios las haga cautivas de los musulmanes!». De toda la felicidad de los sentidos y del ingenio fue dotado Erix por salir de las aguas; y no prorrumpía del mar; y el Ifach, sí. Erix se abre, se descoge en laderas, contrafuertes y prados. Ifach se levanta de improviso. Erix, de tan hermoso en su forma, se le cree muy alto, no siéndolo. A Ifach también. Para el buen obispo Miedes, es el monte más excelso de España. Marineo Sículo lo sube «a la media región del aire». Una vieja crónica refiere que Ifach «es la más larga y segura atalaja, por estar tan metido en los mares, que sólo deja una entrada para la subida del monte, la cual es tan fragosa, que no se deja hallar si no es trepando por sogas que apostadas cuelgan desde la cima, y las dan los guardas de arriba a los que gustan de admitir. Por ser tan grande la distancia de tierra y de mar que desde lo alto se otea, principian allí los avisos de fuego que se dan para seguridad de la costa, al levante y al poniente. En todo el año es un ramo de flores y hierbas medicinales, y produce cañas fístulas de color y tamaño del junco que en Valencia empuña el almotacén. Lleva asimismo hinojo de mar y matas doradas». Añade la crónica que, «confederados el Rey Siphax de Numidia y los Escipiones contra Cartago, cuando se batía el cobre por ambas partes, envió dicho Rey sus embajadores para hacer los asientos de la liga, los cuales tomaron puerto en el seno illicitano, cerca de este monte, donde había muchos númidas que peleaban con los cartagineses; pero los enviados les quitaron de su devoción, pasándolos a la de los romanos. Allí se fundó un lugar, que le dieron nombre de Siphax por el honor a su Rey. Allí hay una cueva, que se llamó de los palomos por los muchos que sus rocas criaban...». Una vez al año la Venus de Erix volaba entre la dulce gloria de su palomar a los bosques y costas de África. La diosa y los palomos del Ifach han volado para siempre.

Todas estas noticias ha ido diciéndoselas Sigüenza como si repasara una lección de Baedeker que hubiera de guiarle.

Bajan del calesín en las hoyadas de arenales y salinas. Camino blando de sobraqueras encima del agua. A lo último, el Ifach, desprendido, solo, encantado. Dentro de las calmas y del batido profundo del mar se sumergen, se tienden, se tuercen, se doblan y encogen los rosas, los granas, los verdes, los morados, todos los colores tiernos y viejos del Ifach. Ifach es de paños preciosos, de bronces ardientes, de piedras de gloria. Rocas encendidas, talladas por el filo del viento. Ábside con pecho de bergantín que corta inmóvilmente las aguas. Animación y gracia de escultura; torso y rodillas vibrando de luz marina bajo los pliegues dóciles y las escarpas verticales de la peña; ímpetu contenido por la orla de la falda, cogida tirantemente a la costa. Silencio y retumbo de frescura salada. Silencio exaltado, como un grito de la cincelación de la luz.

—Todo eso —le repite Bardells—, todo eso lo ha comprado un millonario por seis mil reales. ¡Con seis mil reales no se paga la leña de la otra banda del monte!

Monte de mar. A la redonda, el azul. Viento de navegación, y en los pies, el tacto de la tierra labradora.

Ifach crecía según lo caminaba Sigüenza. Se volvía Sigüenza, contemplando la comarca interior, que abría sus brazos, ofreciéndose en sus culminaciones, suavemente empastadas en el cielo. Le traen la memoria óptica de las veredas, de los caseríos, de los rediles, de las fuentes deseadas, de sus ansias de la cima, para ver desde allí el mar... Y ahora tiene el mismo cansancio gozoso, el mismo batir del corazón, que se le hincha y le resuena en el costado —la punta afilada del corazón casi le parte ya la corteza del pecho—; los mismos cimbalillos huecos de las sienes, tan sudadas y frías de altitud; todo lo mismo para ver la tierra, que sale desde el fondo en un cuerpo de gracia. Montañas recónditas donde se acuestan los valles. Planos, resaltos, hondos; alcores, requejos, arboledas, sembradíos, desnudeces traspasadas de vaho; limpias revelaciones geométricas; todo mostrándose, coordinándose y resolviéndose para venir coralmente a la mar.

...Monte Erix, obispo Miedes, Marineo Sículo, el Rey Siphax de Numidia..., todo su Baedeker se había deshojado. Ifach, para Sigüenza, era siempre el recién aparecido, contemplado desde un vapor viejo, calmoso; aquel Ifach, pero caminándolo, tocándolo, tragando su aliento. Sigüenza se acogía confiadamente a los años en que se reveló a sus ojos y a su sensibilidad la forma de belleza que ahora puede alcanzar en su definición: el Ifach de su juventud fue la promesa de la tierra, de su después; y ahora, el Ifach hacia el horizonte marino, por donde él pasó, con el azulado de los fondos primitivos. El Ifach de Sigüenza de otros tiempos a través de Sigüenza de ahora.

Y siguió subiendo el costado del monte. Bancales hasta tocar el hueso vivo del alto peñón de tormos abruptos por donde caían las sogas de los guardas, y más tarde, las sogas para descolgar los contrabandistas sus alijos. Bancales de huerto de aficionado, todavía de esquejes y mugrones, con algunos cactos, higueras y girasoles; riegos por arcaduces nuevecitos; aljibes y balsas de pordand; casa flamante de los dueños con torres almenadas de cemento; camino recién obrado, con entono de carretera oficial, desarrollándose en triangulaciones prudentes. En cada revuelta un hervidero de mar hondo; calas de mar celeste, donde se mecen las pechugas de las barcas de Calpe, con las redes y nasas al sol, tendidas en los husos de los mástiles...

A lo último, la roca encendida muraba el cielo, y allí hay una puerta ferrada. Abrió un labrador con una llave vieja, de portón de trascorrales. Obscuridad de túnel.

—¡Un túnel con puertas y todo! —dice Bardells—. ¡La obra ha costado miles y miles de duros!

Principia el verdadero Ifach, bronco, delirante y eterno de cara al mar libre. Madroñal, carrascas, pinares, toda la breña tendida, rebanada por la hoz del viento, toda verdeazul, crujiendo de infinito. Altitud firme de rocas tiernas, con estruendo vegetal y marino. Azules gloriosos. He aquí la vieja virginidad del mundo. Vieja virginidad recién comprada por seis mil reales. Su amo le pone puertas al cielo, al campo y al mar.

El clavario aguarda que los forasteros se marchen de la cumbre para cerrar el espacio con su llave oxidada.

Sigüenza se revuelve con agravios de desposeído. ¡Lo que pudo ser suyo es suyo, debe ser suyo! En seguida de decírselo se lo va imaginando todo: manda derribar la casa de cemento, y se labra otra de piedra legítima en la cumbre del peñón; arranca las puertas aborrecidas. «Attollite portas!». ¡Y por el túnel abierto se precipitará torrencialmente la belleza y la gloria! Levanta las puertas, las quita de allí y las pone mucho más abajo, en el principio del camino de la finca, y las cierra y él se queda dentro, ¡todavía más amo que el de los seis mil reales!

Calpe. Excursionismo

Al regreso, Sigüenza y Bardells pasan rápidamente por Calpe.

En el aire de Calpe se transparenta la gloria del Ifach como una sangre antigua. Pueblo callado. Pureza y quietud junto a la exaltación de las rocas encarnadas. Mar grande. Mar que desde la orilla tiene ya un aliento de navegación; mar sin bullicio democrático de verano. Calpe todo de lumbre ancha de verano sin jovialidad, en una íntima clausura. Cantonadas y callejones con calma de portal en un atardecer de invierno; calma que se queda respirando entre los aletazos y torbellinos del viento salobre. Pasos que siempre parecen venir de lejos subiendo una cuesta. Un viejecito de luto, de luto muy denso y mate en la cal azul de las sombras y en el yeso naranja de la pared con sol. Por el caño del calcañar le desborda la bayeta amarilla que le faja los nudos de los dolores de reuma. Viejo con antigüedad de marinero, marinero de escampavía; y ahora, en su blusa de luto, el sudor de traer un costalillo de hierba para la cabra recién parida, de sus nietos.

Calpe sin verano de gentes forasteras. Silencio. Una gaviota pasando por el horizonte. La llama de piedra del Ifach. Blancura de lonas y de casas como de obra de alfarería enjugándose en el bochorno de la tarde. Olor de barcos en el sol de la arena, de redes y de tiestos de alhábegas y geranios. Calpe sin colonia de veraneantes regocijados y orfeónicos. ¡Gracias a Dios, sin turismo!

A la salida del pueblo bajan del cabriolé porque se ha roto una correa de la jaca.

Sigüenza se llega, poco a poco, al umbral de un mesón para pedir agua. La familia, toda de negro, está rezando el rosario. ¡Cuánto luto en Calpe tan blanco!

Viene por la carretera un eclesiástico con esclavina, gorro de borla y sombrilla. Trae también un periódico de Valencia, desdoblado, y se aúpa las gafas de plata para saludar a Sigüenza.

Como Sigüenza le cree párroco de Calpe, el capellán se lo contradice:

—Párroco, pero no de aquí. Aquí soy forastero, un veraneante, un turista.

—Acababa de dar gracias a Dios porque el turismo no ha llegado todavía a Calpe. Un capellán no interrumpe las soledades.

Ya siguen juntos, paseando, mientras Bardells remienda el aparejo.

Sigüenza se sorprende de oírse a sí mismo:

—Yo bien sé que todo en este mundo, hasta lo que parece advenedizo, lo más reciente, hunde su raíz en edades muy viejas. También el turismo. Los griegos fueron turistas de Etruria, de Asiria, de Roma; turistas aprovechados y provechosos: vendían un ánfora y se dejaban una leyenda, un mito, un nombre de Dios, la claridad de una cultura.

El sacerdote pliega su diario de Valencia, levanta otra vez sus gafas, y volviéndose a Sigüenza le dice:

—¿Usted es catedrático?

—¿Yo?

Sigüenza principia a sentirse receloso de la oratoria de su pensamiento. Demasiado ancho. Es menester el ahínco de la precisión para que este hombre se acepte a sí mismo. Se afanará por las exactitudes. «En tiempos de Estrabón se juntaban los viajeros para subir al Etna. En el Proceso de Verres, De las Estatuas, Cicerón habla del Cupido de mármol de Praxiteles que había en Tespias, al cual deben los tespienses que las gentes extrañas los visiten. A lo último de ese mismo discurso, Marco Tulio, relatando el pillaje de Verres, nos dice la muchedumbre de curiosos que acudían a Siracusa para ver las maravillas del templo de Minerva: los cuadros de los muros, que representaban la caballería del Rey Agatocles; los retratos de los tiranos; las puertas de primorosas labores de oro y marfiles; las enormes picas de fresno»...

—¿Y no es usted catedrático?

—¿Yo? Yo soy un forastero, como usted.

Comprende Sigüenza los beneficios que a veces reportan los turistas, los romeros y peregrinos. En otro tiempo una peregrinación sería un espectáculo de caliente, de magnífica y andrajosa hermosura. El verdadero turismo origina una técnica de viaje y de curiosidad arqueológica. Pero junto al tronco de toda técnica se cría siempre la hierba borde de la afición. Son tiempos ahora de afición; es decir, de facilidad. Del turismo ha brotado el excursionismo. El pueblo más escondido, los campos más silenciosos, ya están a merced de un Ford bronquítico. Un día de fiesta, un automóvil de familia o de amigos, y ya la comarca que Sigüenza camino a pie o en jumento y que le acogió en toda su pureza se queda desgarrada de bulla de ciudad, delante de todos los ojos. Jarana, júbilo colectivo, emoción en mangas de camisa o con guardapolvo de dril. Facilidad y proselitismo. El veraneante que se aburre apetece el grupo; se origina la colonia; querencia inflamada de los lugares; prurito de mejorarlos. El campo se trueca en arrabal y patio, en un número de programa de festejos estivales. Si además hubiera ruinas, más o menos gloriosas, el excursionista aconsejará el derribo, el aprovechamiento y hasta las restauraciones. El excursionista se complace en una parcela de campo a costa del paisaje. Le agrada concretamente un sitio, y los ojos que ven con precisión, con limitación, un paisaje, se cansan pronto de mirarlo. De otra manera, también confinada, se sirve del paisaje el elegante y el deportista: para jugar en él separados de él. A la postre, en un fragmento del campo realizan el mito de sentirse dueños de la creación, sin importarles la creación; y de toda la Naturaleza, lo único que no tiene límite ni contorno que le inquiete son ellos. Muchas veces ha proclamado Sigüenza, con Somoza, que el paisaje natal, el nuestro, es el que nos mantiene la emoción y la comprensión de todo paisaje. Pero un paisaje para un lírico es el paisaje, la evocación de todos, con lo que puede poblarlo nuestra vida y con las regiones solitarias de nuestra vida. Un paisaje, y, entre todos, el nuestro, abre la mirada desde lo lineal, desde el rasgo más sutil, hasta la esencia del campo sin confines, y, al contrario del turista y del deportista, Sigüenza no sentirá más agobio de límites que los de sí mismo.

Pero el mal humor de Sigüenza no lo han traído las gentes contemporáneas. Boissier afirma que ya Horacio lo tuvo. Había momentos en que el poeta no podía resistir más la corte, la política, las visitas, los intelectuales, y se escondía en su granja. Roma entonces, socialmente, quizá se pareciese a España. Era de buen tono el veraneo, el entusiasmo embustero por el sosiego rural, por la Naturaleza, trasladando a ella los mismos gustos urbanos externos —y aquí no repudiamos los refinamientos personales y de hogar, sino los que prueban que de la Naturaleza únicamente se busca un fondo escénico—, con los mismos artificios de calle, de club, de hall de hotel. Simuladores apologistas de un deseo de soledad que escalan una cumbre por una actitud de elegancia...

El capellán le sonríe preguntándole:

—¿Vive usted en Calpe?

—Yo, no, señor.

—¿Entonces habrá venido en excursión? ¿Es usted un excursionista?

—Tampoco. El excursionista no tiene otro goce ni propósito que llegar a un punto concreto del mundo: valle o cumbre, árbol, peña, playa; y, desde allí, casi únicamente desde allí, mirar a la redonda y volver. Yo, no. Y si soy excursionista, para mí la excursión no consiste en llegar, sino en ir.

El cura y Bardells se reían porque Sigüenza se socarraba con lo que otros se alegran. Ya lo dijo el rabí Sem Tob:


   El sol la sal aprieta,
a la pes emblandesçe,
la mexilla fase prieta,
el lienço en-blanquesçe.


Y arrancó la jaca con brioso portante.

A Sigüenza se le va quedando desaborido el corazón. Sequedades de noticias que le documentaron el goce del Ifach; menosprecio al dueño del monte insigne; enojos retóricos contra los excursionistas y veraneantes; ya nada le importa; nada de eso pertenece a la tarde ni a él; y Sigüenza, para serlo auténticamente, ha de sentirse continuado en su avidez y en su descuido. No ser por episodio, sino en substantividad y en fábula y objeto de sí mismo. Aquellas memorias y teorías del turismo con grito, con imprecación, no le parecían suyas, y como lo fueron, y porque lo fueron, le quedaban los malos dejos. Los hechos desgranados de un hombre se soltaban en seguida de su interés si el hombre no se exaltaba comunicándose esencialmente de su vida y de la tierra. Cada figura embebiéndose del fondo: una casa, un pueblo, un campo, el mar... Y ese fondo era menester que lo sintiese suyo, de Sigüenza, como si al mirarlo fuese pronunciándolo hasta con silencio en el humo azul de las lejanías (la inversa será un mirar inarticulado, el dolor de la mudez lírica); y por posesión de recuerdos o posesión primitiva, claro es que civilizadamente primitiva, sin la cultura al dictado de ningún texto abierto de propósito. Sigüenza siendo de verdad todo Sigüenza y de Sigüenza, sin ajo emocional. Ojos primitivos y conciencia vieja; es decir, actual. Abandonarse. Así pudo poseer Ifach: abandonándose con toda inclinación de sentimientos y recuerdos a las apariciones de su antiguo Ifach; horas de entonces anchas y culminantes encima de hoy, sin inmovilizarse a sí mismo.

Dentro del atardecer le tiembla desnudamente la vida.

Un fino olor de tarde ya cansada; una gracia de colores pálidos; un tacto, una respiración de paisaje que le estremece de delicias, delicias que contienen la inocencia y la sensualidad, la promesa imprecisa, la congoja de la brevedad de la vida; todo sucediéndose sin conceptos. Campo suyo en su sangre, de su sangre antes de que se cuajara en su cuerpo de Sigüenza y después que se parara en su carne ya muerta. Predestinada y tradicionalmente campo suyo, y eternamente.

Las tierras bajan desdoblándose, humedecidas de un color de rosas deshojadas del cielo. Cuestas de un ritmo agrario, infantil, de vides. Vides moscateles; las cepas dulces de la pasa. Masías blancas, y detrás, paredones crudos de los corrales; al lado, de cara al Mediodía, los riusraus, los secaderos de los racimos, de arcos ingenuos de cal, y el ciprés, tan ermitaño, el filo de silencio de toda la heredad, árbol donde crían y se recogen más pájaros.

A trechos, rodales de pinar renacidos de los viejos bosques mediterráneos; calveros y reposo de olivos, trenzados de años, y en sus copas arde la luz pura de plata de sus antiguos aceites. Algarrobos de medula encarnada y olorosa, que descuajan sus raíces corpulentas por los barrancos, dejando al aire las sogas y patas de su leña buscándose la vida. Higueras hinchadas de follaje carnal que rezuma de leche; almendros que tienen un rosal de miel dormido en las entrañas; y en los márgenes revientan las cuchillas de los cactos, las piteras de cortezones de púas, que pinchan estilizadamente el azul. Ya lejos, el Ifach, cada vez más arrodillado y solo, en medio de las aguas, y Calpe arremolinándose más en la orilla. Sube su campanario como un grito de piedra. La torre de la parroquia es el rasgo fisionómico diferencial de cada pueblo. Campanario y cielo nuestro, cielo empapando la veleta, refrescándola de lumbre. Campanario son también las voladas de palomas, de golondrinas, de vencejos, desde las casas al filo de la cúpula, y hasta los gorriones de tapias y ejidos, que se suben allí a descansar para mirarlo todo, temblando en el gozo de la brisa que cruje. En sus anchos virajes, los cuervos y las águilas orientan sus itinerarios por las torres, y por ellas cotejan y distinguen la geografía de los hombres. Campanarios de formas siempre emocionadas de altitud. Lo más alto del pueblo, ellos; y para sentir bien las distancias y mostrarse serenamente a la redonda de los términos se dejan desnudas las sienes. Pero el campanario de Calpe, no. Encima del mar, frente a los peñascales de púrpura, en la cercanía de la desgarradura del barranco de Mascarat, no quiere las exaltaciones invocadoras de los otros campanarios; no puede ser la aspiración de predominio y de síntesis del pueblo. Ha crecido blanco, liso, y viéndose arriba, juzgó demasiada para él la sede de Naturaleza que le corresponde, y tuvo el acierto de sencillez de cubrirse con un bonete rural de yeso.

Agustina y Tabalet

La tarde

Los campos y el cielo se desnudan del humo del bochorno. Septiembre se levanta palpitando de un aire dulce de cosechas: cosecha de algarrobas afiladas y retorcidas como cuernas de carnero; cosechas de almendras de color de canela, que pronto irán trocándose en panales de Navidad. Todos los días amanecen las higueras con más higos maduros, de piel regañada, saliéndoseles almíbar. Las pomas de invierno principian a engordar de azúcar, que ha de cristalizarse en los relentes. Los huertos rebrotan en la segunda primavera del año agrario. Crecen los alcaciles y van estilizándose como capiteles de acantos; los zarcillos de los frisuelos y de las calabazas saben escoger los nudos del panizo, y así se irá colgando toda la mata; los habares abren su flor de antifaz, y en los ribazos se asoman las mejillas redondas y sofocadas de las granadas.

Olor íntimo y fresco de las lejanías diáfanas.

Nuestra salud adquiere un subido valor. Y Sigüenza deja su reposo y sale por un sendero viejo que le llevará a una meseta de losas y margas de color de cinabrio. Camina de prisa, con un buen contento. Sus ropas y su cayada huelen a otoño. Le parece que desde lo alto ha de ver su felicidad.

Del jorfe de un bancal de oliveras viene un gemir de pájaro. Debe de ser un nido derribado.

Sigüenza lo cogerá, y después de tocar las crías y de mirarlas, lo dejará todo en la rama mejor del árbol.

Pero no es un nido; es un gato recién nacido; le reluce la piel de velludo atigrado; se desespera por mamar, y como todavía está ciego, busca a la madre topándose contra las piedras y cardenchas del margen. Tiene a su lado dos hermanitos ya muertos, y por sus bocas blandas les pasan y les salen las hormigas muy bulliciosas.

Se siente esa lástima que nos hace padecer porque nos incorpora la flojedad y el dolor que estamos presenciando.

¿Cómo se librará Sigüenza?

Desde lejos le miraban unos chicos que volvían de la escuela.

Sigüenza les llama. Bien debían compadecerse de ese animal encontrándole una gata que lo críe o alimentándole ellos, y, si no hubiere otro remedio, ejercitando la enérgica piedad de rematarlo certeramente.

En seguida, los buenos rapaces cogen las piedras más gordas. Sigüenza les contiene, y ellos le sonríen diciéndole que si esos animalitos están allí es, ni más ni menos, porque los abandonaron para que se murieran. Son hijos de la gata rubia de la Posada Nueva, que parió cinco.

Los chicos se hartan de sentirse vigilados. ¿Se quedará Sigüenza solo con el gato, que se está muriendo de desvalido y que se queja como si ya fuese grande? La tarde de Septiembre toda es de sedas y de rosas.

Y Sigüenza se marcha. Según camina crecen para él los horizontes. Las montañas se acercan tiernas y esmaltadas; el mar lejano tiene una alegría infantil de velas pequeñitas, triangulares.

Resuenan muy duras las pisadas de Sigüenza en la exactitud del silencio, silencio hasta de claridad después del grito caliente del centro del verano.

Allí, arriba, hay que sentarse y mirar. Sigüenza se sienta para mirar con regodeo de labrador que se sienta a comer delante de sus campos. Todo inmediato, en una quietud de recinto familiar. Casi a sus rodillas, entre cipreses y palmeras, hay una heredad que ni se alquila, ni se vende, ni la gozan sus dueños. En el dintel, su nombre: «Palma-Hermosa», pero las gentes la llaman: «Palmosa», como los italianos a Patmos, la isla del Evangelista. Los pueblos que salen a la redonda se le ofrecen a Sigüenza como si pudiera ponérselos al oído y tocarlos en toda su modelación: Callosa de Ensarriá, torrada, gruesa, madura; cada calle, cada cornijal, cada teja...; la cúpula de la parroquia con el filo de lumbre azul de sus aristas; detrás van subiendo los cipreses del Calvario, cada uno con su gesto de penitente. Altea la Nueva, encima de la costa, con un dulce sonrojo en su cal y en la piedra desnuda de su campanario. De los huertos del Algar sale Altea la Vieja empinando su espadaña en un alcor de frutales. Lo más cerca, Polop, moreno y apretado, con su torre como un cántaro de asas chiquitinas y la corona antigua de su cementerio; y después, Nucía, toda blanca, con sus vides de portal, sus escalones de naranjos y limoneros, sus secanos de tierras pálidas de porcelanas.

Las puntas y los cabos de los montes que se internan en la mar parece que la rasguen hoy virginalmente, con un precioso crujido de frescura de la piedra y del agua.

Toda la faz de la tarde arada de caminos, de atajos, de vereditas. ¡Las leguas y los años que se ven allí! Y viene una abuelita labradora, con su costalillo de leña, y la senda delante de sus pies, subiendo, bajando. Con una mirada corre Sigüenza muchas horas de ese sendero; de modo que puede mirar el porvenir de la mujercita hasta que llegue, muy de noche, a su casa.

En una ladera pasta un rebujal de corderos blancos, reducidos, diminutos. Tan lejos, y se distingue en las formas de blancuras la gracia de los recentales y la fuerza de las borregas madres. Ahora se desmiga un terrón bajo la pezuña atirantada por un retozo. Y una res alza su frontal, y su balido toca tibio en la piel de Sigüenza, un balido grueso de hierba rosigada.

Hachazos. ¿Dónde los darán, si resuenan en toda la urna de la tarde? Los golpes tan jugosos guían la mirada por la quietud de los olivares. Hachazos llenos y recónditos que laten dentro de las sienes de Sigüenza.

Pero un tábano le tiembla encima, al lado, lejos, enloquecido, y se le monta en un codo, en una rodilla, en su suela de cáñamo; un tábano peludo, con antiparras negras y en la trompa una gotita de zumo.

Hachazos. ¡Qué lente tan primorosa le pone la tarde a Sigüenza para averiguarlo todo! Porque ya son los ojos, y no los oídos, los que le acercan los golpes del hacha.

Los hachazos desgajan el tronco dulce de la tarde, que suelta el olor de aceite de la carne astillada, olor de lámpara preciosa de meditación.

Y ve Sigüenza la olivera que están derribando dos jornaleros, el árbol que él prefería entre todo el olivar, el más grande y antiguo, que le recordaba una estampa de los olivos de Gethsemaní; y aun más que la estampa, le recordaba a él mismo mirando esa estampa, aquel momento suyo, de su ahínco, de sus ojos, de la sensación de su figura infantil, de su casa y de su ciudad de entonces; toda la ciudad como el huerto sagrado de las cercanías de Jerusalén, donde el Señor rezaba. Y, de tarde, se paraba en una esquina un hombre con una orza vidriada y un mantel muy limpio, y ese hombre dejaba su grito de aldea: «¡Confitaaa!»; el arrope de esta comarca, cuyo dulzor ardiente sentía Sigüenza viendo el árbol de Gethsemaní que están tronchando los jornaleros.

Un poco de mar se ha tostado con un fuego que se cuaja; es un fuego que se aprieta y se hiela, y tiene encima un párpado azul de celaje que se abre. Se abre y sale el pan de la luna llena. Ya sube la luna, aplastada y total; la luna, pero sin relación, sin contacto de claridad con las sierras, con los campos, con las aguas, con nosotros. Campos, senderos, laderas y el mar, solitarios en sí mismos, limitadamente en sí mismos, en sus contornos y colores esenciales. Ni hebra, ni copo de nube, ni episodio, ni anécdota de paisaje que diferencie esta tarde de septiembre de otra remota tarde de septiembre.

Asiste Sigüenza a una pura emoción de eternidad del campo. Como esta tarde pudo ser otra tarde de siglos lejanos. Sigüenza se cree retrocedido en el tiempo, se cree prolongado en esta naturaleza de piedras y de rosas pálidas y moradas, de mar descolorida, de aire inmóvil. Lo mismo, lo mismo esta tarde que una tarde de septiembre de 1800, de 1700, de 1600.

Y vuelve sus ojos a los pueblos tan claros, tan viejos, tan leves y tan exactos en el atardecer: Callosa, Altea, Polop... Sus hacendados, sus leñadores, sus capellanes, las mozas, las abuelas de aquellos siglos, verían lo mismo que ve y como lo ve hoy Sigüenza: estos caminos y cuestas, los campanarios, los cementerios, las cumbres, la calma de los olivares, los barrancos azules...

Se cumple en Sigüenza lo que siempre necesitó al internarse en las contemplaciones y en el extatismo del paisaje y de los pueblos: sentir su raíz emocional, su propia tradición, su antigüedad con la raíz de su tierra: in montes patrios et ad incunabula nostra. Necesidad biológica y estética de haber sido y ser siempre de allí, con un sentimiento étnico y exclusivista de sangre de Israel.

Y todo se acomoda para el goce de Sigüenza. Parece que las torres hayan cabeceado consintiéndolo. Un esquilón se remueve y avisa a las campanas mayores, y poco a poco ruedan todos los molinos de los campanarios. Los campaneos gloriosos de la Octava de la Natividad de la Virgen vuelan juntos por los valles, por las aradas, por las playas y las sierras.

Ya recibe la luna figura astronómica. La luna, tan gorda y colorada, ha ido adelgazándose, y se ha quedado blanca, lisa y sola encima de los montes, redonda y perfecta; su lumbre ya cae y empapa la noche. Luna, mar, follajes, quebradas, senderos, piedrecitas, espacio, constituyen unidamente la noche profunda.

Se levanta Sigüenza y le sale y se mueve su sombra húmeda, de caminante.

...Y otra vez pasa por el bancal de oliveras donde estaba muñéndose el gato recién parido. Ya le siente gemir como una criatura. Todavía. Tarde antigua. Luna grande. Emoción de pureza y eternidad; y ese gato, el gato también; él y Sigüenza solos...

Pero por el camino viene una mujer de luto, y viene diciéndose:

—¡Ay qué agonía, padre San Francisco, ay qué agonía!

Bien puede Sigüenza apartarse con dulzura de aquel problema de la compasión, porque se le depara otro...

San Francisco, el Señor y Agustina

Ha de subir Sigüenza a otra comarca interior de Levante. Está su casalicio en tierras de la Marina; Marina sin la presencia inmediata del mar, pero con el presentimiento de mar en el aire, en el contorno de los collados, en la calidad de algunas horas de los campos que reciben un viento de horizonte de oleajes, y cuando creemos que ya tocamos el agua, vuelve la verdad a ser toda campo fuera y dentro de nuestros sentidos, y se aleja luminosamente el mar, apretándose en la orilla del cielo. Las recuas vienen cargadas de algas de la costa para estercolar los huertos. Los luceros brotan todavía mojados de la raja del mar, y se rebullen enjugándose para seguir su camino por los valles tiernos y la carena de las montañas... Desde aquí, desde su masía, se asomó Sigüenza a otros pueblos abruptos, pero de tránsito. Ahora no; ahora residirá en una heredad alta. Se le quedará lejos el Mediterráneo, levantándose en el confín solitario, ajeno para esos países recónditos, mantenidos de más guardadas esencias. Era menester cerrar aquí los ojos y la curiosidad y abrirlos en otros lugares, si no se pasaría la vida en una limitada rotación, sin saciarse de lo mismo que no es lo mismo, porque de nada gozaremos dos veces exactamente. No nos esperamos a nosotros mismos, no nos reiteramos, gracias a Dios y a costa de nuestra vida. Así no habrá concepto viejo y encallecido. Dolor espléndido por el que renace, cada día, el mundo en cada piedra del camino.

Sigüenza, además de saberlo, lo ve. El pulso íntimo de su conciencia se le acelera, como avisándole que el tiempo envejece y que el mundo —ese mismo mundo suyo— va desplegando sus vertientes sencidas.

Promesa de la eternidad de la otra vida. ¡Lástima de la eternidad para entonces!

...Por el fondo de los parrales entra una voz chafada que no para de decir:

—¡Ay qué agonía, qué agonía, padre San Francisco; ay qué agonía!

Es el plañido que anoche se le perdió bajo los árboles. El plañido de anoche y de otras veces. Pero, en vísperas de su marcha le resuena muy claro.

—¡Ay qué agonía!...

Lo dice sin pretender que la compadezcan. No pide. La hora y la soledad de la siesta sueltan su agonía en la calma sin que nadie se incline para recogerla. Es la voz de una abuelita que se cree sola. Ni siquiera esperará que el padre San Francisco la mire desde su sillón glorioso. San Francisco sabe que la mujer de luto toma únicamente su nombre para dialogar con alguien. Habla de ella con ella valiéndose de otra persona, persona celestial que no la interrumpe. No se ve o no repara del todo en sí misma caminando por las cuestas del pueblo, abriendo su portalillo, quedándose en la obscuridad de su casa desnuda. También sentirá su agonía en la fosca desnudez de sus entrañas, y la sube de su fondo pronunciándola. Así se transfigura y se desdobla en la que es, con su agonía que le roe los huesos, y en San Francisco, que, siendo ella misma, no le quitará nunca la carga de su agonía; ella que se oye cada latido, y ella compadeciéndose sin remediarse. Pero como, a la vez, sabe que no es de verdad San Francisco, puede quejársele de él:

—¡Ay qué agonía, padre San Francisco! —exclamación que acaso equivalga: «¡Ay si yo fuese de veras el padre San Francisco!». Y mueve sus manos y palpa en el sol como si se perdiese y se buscase a sí misma.

Sigüenza ha bajado al portal para preguntarle a Francisco el labrador lo de la agonía de la vieja de luto.

El buen hombre le dice:

—¡La pobreta Agustina está sorda!

¿Está sorda? ¿Entonces todo aquello de sentirse ella y San Francisco en una misma persona para que su agonía salte a la claridad de la vida de fuera, delante de su compasión, no era sino acústica interior de sorda?

Se quedó esperando que viniese Agustina.

Toda de luto; luto desteñido, ajado y seco por años de sol de pobre. Pliegues de tela anatómicos. Esquinas de pellejo; filos de vértebras; cayado de los hombros; vaho de su casa vieja.

Suelen los ojos ávidos prometerse y adivinar todo el cuerpo detrás de las ropas. El poder de esa mirada y la perfección del cuerpo vestido deben parte de la delicia de esa promesa a la gracia de las mismas ropas que velan la carne, gracia de la modelación, de su tacto, del aire tibio y dulce de la forma guardada; las ropas son cuerpo hermoso y deseado antes del cuerpo. En cambio, por las rodillas y las ancas de cortezas de un asceta se presentirá el tejido de palma con que se ciñe las ingles.

La leña de las manos y de los carcañales de Agustina exige y talla su luto. Su luto, y además su cielo. Recordó Sigüenza las palabras que André Gide escribe en el principio de uno de sus libros: Chaque créature indique Dieu; aucune ne le révèle.

Y le va acomodando a la abuelita el Dios suyo. Dios de la abuelita, vestido con una túnica morada, y tan cansado que su eternidad se vuelve vejez. El Señor, en un trono polvoriento, con moscas y avispas y arañas peludas, como si estuviese en una silla de portal, junto a la carretera, por donde vienen andando algunos de sus elegidos. Casi todos los asuntos de su soberanía, así en el cielo como en la tierra, ha ido encomendándolos a familiares personeros. El de la viejecita de luto es San Francisco, el de Asís; pero pobre toda su vida, sin galana mocedad. En Semana Santa se adelantará el Señor a su representante. Y, entonces, el Señor se queda encerrado en la urna del Monumento y literalmente contenido en la oración que Agustina recita para que Sigüenza la oiga:


Arca dorada,
divino secreto,
aquí está mi Dios
en el Monumento.
Vengo a adorarlo
con gran sentimiento,
porque Él es mi padre
que está como muerto,
las puertas cerradas
y los ángeles dentro.


Nada tan magnífico, radiante y tangiblemente divino como el arconcillo que refulge en lo alto de la grada del Monumento del Jueves Santo. Después lo dejan arrinconado en un cobertizo de la parroquia entre candeleros y floreros rotos y harapos de sobrepellices, como un cofre de familia ya toda difunta, olvidado y vacío, en el desván de la casa. Pasan los murciélagos, las golondrinas, las lluvias, los vendavales. Rueda el calendario; y una tarde, el capellán y los monacillos buscan el arca de oro amarillito, encallecida de gotas de candelas de muchas Semanas Santas, y en sus descarnaduras retoñan primaveralmente los esplendores litúrgicos y las veneraciones populares. ¡Qué deslumbre de la divinidad exhala para los ojos de Agustina ese arcén que labró un carpintero del lugar, un viejo artesano que murió cuando ella era moza! Dentro de la urna de madera pasa el Señor un día todos los años, con los ángeles mirándole. Pero Agustina lo ve de verdad al pie del Monumento, desnudo y tendido, junto a la bandeja de las limosnas de los labradores. Besa el cadáver del Señor y se levanta persignándose y diciendo:

—¡Ay qué agonía, padre San Francisco; ay qué agonía!

Chaque créature indique Dieu; aucune ne le révèle.

Dès que nôtre regard s'arrête à elle, chaque créature nous détourne de Dieu.

Algunas, no. A Sigüenza, no.

Teología sencilla y dramática de la mujer de luto; a lo lejos de la divinidad familiarizada, y con su cielo a cuestas; ha envejecido sin trastornársele su fondo de cielo y de mundo.

—¡Ahí la tiene! —dice riéndose el labrador—, ¡no habrá ninguna mujer en toda la contornada que haya disfrutado ni que haya penado más!

Ella no le oye ni casi le ve. Se le pone un telo íntimo en las niñas azules translúcidas. Por su boca lisa le pasa y le vuelve la palabra «agonía» como un alimento mal mordido.

Cerrada su vida con ella, Francisco irá refiriéndosela a Sigüenza. Ella no lo sabe. Nadie le importa. Todos nos sentimos nosotros en relación de semejanza, de contraste, de hostilidad con los demás. Ella, no; su júbilo, su padecer, todo su pasado no tiene imagen en su silencio exterior. Es sabor de agonía; leguas y años de agonía sin nadie, hasta sin ella; ella es la boca para el amargo que se le derrite pronunciando la palabra. Y, de repente, Sigüenza la incorpora al mundo, mirándola y oyendo a Francisco.

Francisco se fumaba la punta de su cigarro, toda de lumbre, y se le revienta el humo entre sus quijales como si mordiese una pulpa sucosa.

—A pie por los atajos; venga de caminar de pueblo en pueblo, a la bulla de los porrates y fiestas. Se arremolinaba bailando en la plaza, en la era, en la fuente. Y por la noche, otra vez de camino...

Alegría del campo trémulo de humo del verano. Pueblos que se ponen morenos de tiempo como la carne al sol. Raso del ejido azulado de cielo. En el fondo, un campanario como una custodia de yeso. El brial, el refajo, el pañuelo, de colores frutales, vuelan con el viento de la anchura y de la danza que la estremece toda.

Ahora está también Agustina ceñida del mismo campo de su juventud, el campo de aquel tiempo; y Sigüenza va mirándole los pies de jornalera, las piernas recremadas, el rebulto de los hinojos en la mortaja de la saya, el vientre tirante bajo el argadillo del seno, los bracitos en asa sosteniéndose la espuerta de ropa lavada y torcida que trae en la cabeza, afilada por el pico del pañuelo, y la cara...

Francisco decía:

—¡Tan rebailadora y fandanguera que fue, y su cara ya no es de este mundo!

Pero ya lo creo que es de este mundo. Mueca nada más de este mundo.

Poco a poco se quedó sorda

La abuelita se puso a tender las ropas, pesadas de agua embebida: las abría y las colgaba entre dos almendros, y el sol y el aire del principio de la tarde las hinchaban de una gloriosa circulación de blancuras.

—... El marido cavaba y labraba su rodal de tierra; se mudaba y oía misa los domingos, y tocaba el tabalet, como su padre y su abuelo; el mismo tambor, de pareja con el tío Lloréns el de la dulzaina. Les llamaban en todos los bailes y fiestas de la vall. De verla bailar quiso Visent a Agustina. Era de tanta grandaria, que de Visent le decían Visentot. Mataba los perros rabiosos y las cabras mordidas de sacre con una puñada en las orejas, como se mata un conejo. Todavía más grande Visentot en la mesa, donde tan sólo cabe el pan, la navaja y la olla; en el suelo, la calabaza del vino; y la familia, en corro, alarga la mano para mojar y escudillar. La mano de Visentot era una cepa que cubría toda la mesita de comer... —Y, de pronto, mira Francisco a Sigüenza y le dice:

—¿Usted cree en eso de las bebidas que trasmudan a las personas?

Sigüenza se queda parpadeando, y se envía dentro de sí mismo la pregunta del labrador, como si allí guardase dos índices de lo que creía y de lo que no creía y hubiera de hallar la respuesta ya escrita de antiguo.

El buen hombre le acomete con otro problema:

—¿Desde que nacemos somos ruines o no lo somos? Lo vengo a decir por el marido de Agustina.

Y otra vez Sigüenza ha de revolverse hacia su fondo. Pero es que Sigüenza nunca se cuidó de hacer y escoger atadijos de pensamientos secos, como el herbolario palpa sus manojillos de plantas curadas, que conoce con sus nombres vulgares y latinos.

...Ya están tendidas las ropas. Restallan como un fuego de ramas verdes. Y Agustina se va despacio a la umbría de una higuera de la noria. Un jumento velludo, con antojeras de esparto, tira de la rueda de los arcaduces. Ruido de torno viejo; caños renovados en cada vuelta del collar chorreante. De tiempo en tiempo, el burro se para bajo el follaje de la higuera; entonces el agua suena clara y sola hasta que se vacían los cangilones, y sube al azul el vaho de frialdad y de silencio del pozo.

—...Tenían tres hijos: Jusep, Marieta y Garbiel; pero tuvieron cuatro; los de verdad y Matietes, que lo tomó Agustina de la Beneficencia por ochenta reales al mes de salario. Estos críos ya casi nunca salen de la casa de los padres de leche; y Matietes se quedó con Agustina. Venía Agustina del horno con su tabla de panes, y Visentot los contaba tocándolos uno a uno. Para que comiesen más los hijos, la madre arrancaba un poco de masa cruda de cada torta, juntándolo en otro pan que se escondía. Y como los hijos no pedían ya tanto, el hombre les miraba, venga de mirarles, hasta que les vio los trozos en el delantal, y de noche se los quitaba y los iba rosigando en la cama. Con la boca llena le decía a su mujer: «¿Ya duermes, galopa?». Y, a tientas, le buscaba la oreja para atinarle, y allí, de pronto, crujían los huesos y retumbaba toda la sangre de Agustina. Antes de que la tocara, adivinaba la mujer que venía, poco a poco, la mano del marido. Puñetazo a obscuras. Toda la alcoba negra le parecía mano de Visentot.

Visentot mataba un mastín y una res de una puñada, y no mató a la pobre mujer. No la mató porque supo resistir siempre su empuje, conteniéndose para chafarle nada más los oídos; primero, el uno; después, el otro. Todas las noches la puñada, pero no a la misma hora. Y Agustina, esperándola, se dormía. Eso quería él, que ella se durmiese para que se despertase con el tronido dentro. Se acuerda Agustina del dolor, un dolor de retumbo, como si su mejilla fuese una losa de aljibe, y ella en lo hondo resonando; de tanto resonar dentro se iba quedando sorda hacia fuera.

También cuando estaba de avío y trajín de la casa: en la lumbre, en la artesa, en el porche, le caía de repente el puño del marido, dejándole un temblor tan grande, que todo le rebotaba: la jácena, la acitara, el humero... Visentot se ponía a tocar el tabalet, y luego se volvía a su faena.

Las mujeres de la vecindad se llamaban, avisándose: ¡Ya viene de pegarle!

—¡Ese hombre era un lobo! —rugió Sigüenza.

—¿Un lobo? ¿Es que un lobo es ruin o es un lobo?

Y Francisco se rasca una sien por debajo de su fieltro de costra.

—¿Le han dicho cómo murió la madre de Visentot, la molinera del Molino Viejo? Ya verá el molino y se lo contaré.

...Se les iban muriendo todos los hijos; todos, menos Matietes. Y eso sí que no lo podía sufrir el padre. Siempre reventaban las disputas del matrimonio a la hora de comer. Matietes, muy contento, hundía su cuchara de boj en el humo de la cazuela, y encima de su frente le pasaban los gritos por él. Pero, como Matietes no lo sabía, rebañaba su plato, hasta que el padre le clavaba los ojos y la voz a él solo, mandándole:

—¡Al escaló!

El escalón; umbral de pedazos de muela de almazara. Desde allí se aupaba Matietes para ver lo que comían dentro, los de la mesa. Un gato vecino se le presentaba muy súbito y se le restregaba pidiéndole. Casi todos los días al escalón. Ya Matietes tendía su escudilla para que le pusieran lo suyo y se marchaba al peldaño. Pero, sin el grito de furia, el escalón perdía su rebajamiento de ignominia y penitencia. Por eso, Visentot se lo gritaba siempre. Y se lo gritó más rencoroso porque todos los hijos se le morían, todos menos Matietes. El único hijo, Matietes; hasta heredaría el tabalet. Todos le llamaban Tabalet.

Tanto se apiadó Agustina de Tabalet, que el marido también se le revolvía chinándole:

—¡Al escaló también!

Y el niño ya le tuvo miedo al portal en la hora buena del mediodía, con la madre de luto postrada. Ella lo empapujaba como a un gorrión de nido, y para consolarle siempre le contaba el cuento del hijo del rey.

«Esto era y no era. Era un rey que estaba enfermo y viudo, y tenía un hijo que aun no sabía hablar. Un hijo como Tabalet.

Y el rey lloraba, diciéndose: ¿Qué será de este hijo cuando yo me muera?

(Matietes se daba con su manita en el pecho. ¿Como él? Como Tabalet.) Y llamó el rey a su hermano y le nombró ayo del príncipe. Y a poco murió. Entonces el pueblo hizo rey al huérfano. Pero su tío lo gobernaba todo. Y sintió reconcomio, porque pensaba: "Si el príncipe se muriese, yo sería rey... Pues bien fácil era matar a la criatura, porque ni podía hablar ni correr". ¿Y qué hizo este desalmado? Lo que hizo fue traerse un lladre de muy lejos. Le prometió dineros y le dijo: "Mañana, a la mitad de la tarde, me llevaré yo los guardas de la cámara y del huerto real. Tú subirás por los árboles, entrarás en la sala y matarás al rey". Llegó el otro día y la hora ruin, y el lladre, que ya estaba escondido en una hoguera, se descolgó y pasó como un raposo. No había nadie. Y se asomó a la cámara dorada. Allí en la alfombra, vio un niño precioso como Tabalet. (Matietes bajaba su cabeza, mirándose...) Un niño precioso que estaba jugando con una naranja. Y la naranja rodó a los pies del mal hombre.

La criatura hacía palmas y abría los bracitos pidiéndola y diciendo: "¡Bah..., bah..., bah..., bah...!".

(Tabalet se reía lo mismo que el príncipe.)

Entonces el asesino cogió la naranja y se la devolvió echándosela por la alfombra.

El niño se la tiró otra vez gritando de gozo: "¡Bah..., bah..., bah..., bah...!".

Y así estuvieron jugando, jugando, y de repente se presentaron los guardas, rodearon al desconocido y lo ataron. El niño llegó a reculadas hasta las rodillas del lladre y se le colgó, y se besaron, despidiéndose.

Un criado le arrancó un cuchillo que llevaba en la faja.

—¿Para qué viniste aquí con este puñal? ¿A quién buscabas?

—Yo buscaba a vuestro señor el rey para matarlo.

—El rey, nuestro señor, es éste que jugaba contigo».

Este es el cuento de Agustina. ¡Dios sabe de dónde vendrá! Y Visentot también se lo escuchaba como un crío.

Porfiaba Francisco:

—¿Será verdad lo de las bebidas que trastornan las entrañas? Porque sin lo de la mujer, Visentot era simple. No pensaba sino en el trabajo para ganarse la vida. Un compadre suyo lo engañó baratándole la tierra; le convidaba a la bebida, y le encendía los demonios. Y Visentot se murió de la pesadumbre.

Ahora, Agustina entra en su casa dejándose fuera la llave, porque no sentiría llamar. No siente ni las campanas, que le caen rectas en su pared. Los pordioseros que van de camino ya saben su puerta; la empujan y pasan; la tocan en el hombro. Agustina no se asusta. Se vuelve y mira al caminante. Abre su alacena, y si hay un pan, le corta medio. Cuando el pobre se marcha ella se persigna, porque es casi seguro que sea el padre San Francisco que acaba de aparecérsele. No cierra su portal ni de día ni de noche porque tiene miedo de quedarse muerta sola y encerrada. Miedo de ella misma, difunta en su márfega, con los ojos helados de par en par muchas horas, sin que nadie oiga el grito de su última agonía.

La familia de Francisco el labrador le da un plato de comida caliente, un costalillo de leña y cuerda para tender su ropa y el sol con que secarla, sol ancho, de campo, y guardado en las lindes de la heredad.

Sigüenza se asoma para mirarla.

Entre los dedos corvos de Agustina se tuerce el copo duro de esparto del que hace filet. El burro de la noria parece que también la mire con sus antojeras de esportillos de soga.

Ella se levanta y viene a palpar las ropas tendidas. Las llagas azules de sus ojos reciben un aliento jovial de limpieza; y se abre su sonrisa de sentir los lienzos blancos, enjutos, calientes.

Francisco se rasca debajo de la falda de su sombrero recordando:

¡Tabalet, Tabalet!

La besana

A los lados del camino suben amargenándose bancales gruesos de olivar. Olivos de corpulencias amontonadas, y arrancándoles un poco de piel de la soca salta el unto y olor de aceite. En la plata tierna de las copas circula el aire azul. Hay una llenca casi plegada por el arado. El jornalero que está labrándola deja el vaho de la gleba caliente; las patas de la mula sacan un reborde de costra mollar. La reja va esculpiendo, virginalmente siempre, la besana.

Arranque de alegría en Sigüenza. Le pide la mancera al jornalero y se pone a labrar. La mula vuelve sus ojos gordos de lumbre negra; el mazo de crines de su cola rebrilla de anca en anca. Nada de franciscanismo, sino juramentos y tirones de la ramalera. Y la mula ha de obedecer. Aquello que va detrás es un amo. Amo nuevo, pero amo implacable. Y el forcat se mueve rajando la corteza, descuajando la grama. Amo y buen labrador. ¡Cómo hinca ese hombre la esteva y cómo cruje recóndito el dental! Rasga la carne honda y ciega del mundo y entra la luz a las entrañas apretadas y frías. Demasiado ímpetu.

Tanto ímpetu que, a veces, el filo se sumerge, embarbascándose, y el timón, la mula y Sigüenza se quedan inmóviles, anclados. La sementera que allí caiga ha de crecer abundante. Y las gentes dirán: «Este es el sembrado de bendición que labró un forastero de buen puño». Y él no comerá el pan de ese grano. Por eso, porque no ha de comerlo, se complace en la pureza de su júbilo.

Francisco y el jornalero le gritan que no apriete tanto. De seguro que temen que se harte pronto.

Con menos afán y cansancio muchos labradores acabaron su labor y, por añadidura, arrancaron de la quietud de la tierra maravillas de la anticuaria: tesoros árabes y romanos; gloriosas imágenes de la Virgen escondidas por los ángeles para salud del término municipal.

¿Y si Sigüenza desenterrase un capitel, una estatua, una olla rellena de oro, una imagen de Nuestra Señora? ¿No principió a labrar lo mismo que aquellos labradores, sin ninguna intención concupiscente? Aunque lo mismo, no. Quizá se ha de ser de veras lo que se quiere ser. La esteva de esos hallazgos iba siempre guiada por el callo del oficio. Y Sigüenza puso su mano lisa de aficionado. Araba por gozoso deseo, por emoción paisajista, por vanidad del propio espectáculo. Pues en su vanagloria tendría la recompensa.

Y como ya se cansa de su antojo, se ahínca más en él, y lo apresura tercamente; parece que se ponga diagonal en sí mismo.

Cuando acabe este surco soltará el arado. Ya llega; ya saca el dental; y no lo deja. Vuelve a hundirlo en los cachos. Dentro de sus dedos se le queda un tembloroso ruido de sangre subterránea y de rosa de brisas; volumen y espacio; estremecida obscura de germinaciones de la tierra y latido fresco de las aves del cielo. Mano de criador y de artesano de la faz de la labranza.

Sigüenza ya no puede más. Se acabó. Y el jornalero viene y le coge la mancera, la aguijada y los ramales y labra lo que labró Sigüenza, desde su principio.

—¡Todo eso ya está!

—¡Sí, señor, que está; pero no aprovecha!

Vuelve a su camino con Francisco. Hasta muy lejos le siguen los ojos del jornalero y de la mula. Aunque tengan razón de mirarle como le miran, Sigüenza se afirma en los motivos suyos.

En tanto que no decaiga de sí mismo ni se le empabile su llama, ser Sigüenza no será una ilusión malograda con esos malos dejos de los enseñamientos a costa de nosotros.

...Bajaba por una vereda una figurita de leñador. Montes viejos. Comarca descarnada. Planos, culminaciones y círculos de peñas rojas. Los senderos son torrentes de pedregal, de pedregal de rocas molidas por los siglos. Si pasa un rebaño, el estruendo de pezuñas y piedra se prolonga en la desolación. Piedra y azul; y las cabras, recortándose atirantadas y ágiles, mirando horizontes, y cuando desaparecen se fija en los montes el tiempo, sin nadie, como si se reanudara una emoción de eternidad.

A veces sube un muro de losas, un arbotante rural para sostener en lo alto un almendro, un algarrobo; y en una mansedumbre de lo abrupto blanquean, como una osamenta rota, las paredes caídas de un corral de ganados.

Venía la figurita saltando por las torrenteras. Toda de hueso; únicamente de hueso.

A todos los lugareños se les conoce o se les adivina por una semejanza de contorno, de andadura, de ropa, de aire. Ese era nuevo para Sigüenza.

—¿No será de aquí?

—Sí, señor, que es —le dice Francisco—; hijo de aquí, y de los antiguos. Ya toca los ochenta el tío Glorio.

Ochenta años. Rebotaba vibrante y sin cayada. Al hombro un capacho con un cantero de pan, un escardillo y hierbas de salud para los ensalmos.

Le paró Sigüenza para fumar y conversar. De cerca semejaba morado por los vendavales y por el sol de las rocas yermas. Lo miraba todo rápidamente con ojos duros, poniéndose de costado para tener holgura en su ademán y en su silueta.

A la madrugada salía del pueblo, de la misma calle de Agustina, y bajo la rueda de las estrellas de todas las épocas del cielo, y bajo la luna en todas sus formas, el hombrecito caminaba hasta lo fragoso y allí tenía su terrazgo.

—Pero ¿de cultivo?

—Sí, señor; de cultivo.

—¿De cultivo, con árboles y regadío y todo en el peñascal?

—Con árboles y parras y horta, y el agua a cuestas desde la fuente.

Tenía un manzano de invierno, dos higueras, siete vides, nueve matas de hortalizas, un albergue donde guarecerse de las tormentas de las cumbres; y en una almáciga, seis almendros, seis olivos, seis algarrobos, plantados con simiente, y ya comenzaban a brotar tiernos y finos como rosales.

—¡Los años que han de pasar hasta que esos árboles de siembra lleven cosecha! ¡De quién serán entonces!

—¿De quién serán? —se pregunta ese hombre, penetrando, de repente, en el tiempo que ha de venir.

Se alzaban en la tierra labrada los olivos y algarrobos seculares. La mano que los plantó señalaría hacia un futuro profundo, que es ya un pasado conocido para nosotros. Al viejo agricultor de las guájaras ya no le queda familia.

¿De quién serán sus árboles cuando sean grandes?

—¿Y a mí qué me importa?

Francisco se reía.

Ese hombre que plantaba en piedras altas árboles con simiente para nadie, nos da el ahogo de lo indefinido, de lo ilimitado. Inmensidad y soledad de los horizontes que le sirven de tapia de su parcela. Árbol en la semilla enterrada; paisaje dentro de una losa; medida concreta de las altitudes.

Francisco le dice a Sigüenza estructurándole la figura del tío Glorio:

—Le queda salud y no le queda familia; tiene su bancal donde lo tiene. El árbol en la peña no agarra sino de simiente. De modo que ha de conformarse, y así se piensa que hace lo que se le antoja...

Lo estricto valiendo de arranque al arco de la creación. Propietario y creador.


Que ton oeil soit la chose regardée.


Una cuesta, que tiene la concisión de los caminitos lejanos, se precipita torciéndose dentro de los enebrales, de los rebrotes de los fresnos y almeces. Cuelgan las raíces de los algarrobos, escapadas de las márgenes. En el fondo, los verdes tiernos de los huertos diminutos, que se beben el agua delgada y azul, cuanto más cerrada y honda más llena de cielo, tan alto desde allí; agua que viene de los montes rojos y se rompe y hace remansos entre piedras blancas y erizos de juncal negro.

En una revuelta del silencio, el silencio que palpita por la corriente, se asoma el ruido de un molino.

Rodean al molino tantos conceptos de sencillez, de inocencia, de abundancia, que en seguida se nos embeben y nos creemos felices. Soportal donde los maquileros y trajinantes descargan las acémilas y hermanan su pan y companaje y su aire y olor de caminos. La pila para lavar el grano; el safarich para enjugarlo, era o terrado de ladrillos, rubios como tibios hojaldres de sol. Escarban las gallinas con zangoloteo de muslos gordos vigilados por el gallo, que las caracolea ciñéndose y distendiéndose de puntillas de espolones. Cargadas de espaldas, largas, lisas, las pavas, con su media cabeza nacida y cadavérica, acuden y se vuelven pisándose las uñas. Aunque estén bien cebadas de moyuelo, parecen flacas; demacración de malmaridadas. Demasiado pavo; demasiado él; tanto, que se basta en sí mismo. Allí está solo, patinando con crepitación de rueda y de alas en rodelas negras. Gira y trepida grifado, estallándole sus collares de verrugas ensangrentadas y azules, y siempre de soslayo para saber si los demás le creen. Al amor de los álamos, que parecen recién salidos de las harinas frescas, en el agua más dormida, los patos duplican sus pechugas redondas. Los cerdos se amontonan en la gamella, y desde dentro de la pasta sueltan los guañidos de su devoración; y en el portal, los hijos de los molineros se revuelcan desnudos, golpeándose las calabazas apezonadas de sus barrigas.

Francisco el labrador le refiere a Sigüenza:

Una tarde, la molinera, madre de Visentot, luego de hilar, sentose a coser rodeada de los hijos, tan menudos como esos de ahora que están con los gorrines. Caía ya poco grano, y la mujer colmó una espuerta, y al cebar la tolva se le agarró la madeja de la costura, que traía en el cuello. Dio un grito. Los chicos se quedaron espantados delante de la máquina, que seguía con el mismo empuje, con el mismo estrépito de roldanas, de correas, de cedazos, de piedras. Y la madre rodaba... Rodando, quebrándose, chafándose poco a poco entre las muelas, todavía les pidió que no se le acercasen, que se fuesen en busca del padre...

—...Pero cuando vino el padre, allí no quedaba ya persona...

La tarabilla del molino late muy gozosa, contorneada y clara en el trueno espumoso de la presa.

En seguida que vemos un jardín, un barco, una cumbre, un molino, lo poblamos de nosotros mismos valiéndonos de delegaciones líricas. Pero Sigüenza no pudo internarse en el Molino Viejo. Estaba lleno de imágenes de desgracia: la madre girando y rebotando; las criaturas mirándola desde las orillas de las muelas. ¡Qué piedras tan redondas y perfectas, radiadas por la velocidad; tan viejecitas, tan olorosas, tan dulces de tocarlas cuando se quedan inmóviles!...

Sigüenza preguntó:

—Pero ¿y Tabalet?

Francisco ha empezado a contarle lo de Tabalet.

Tabalet

La vieja estaca del muro era una rama verde de gozo para Matietes, con la cuelga del tabalet, el tambor de aro azul y borlas coloradas, y el bolsón de vaqueta de los palillos.

¡Qué bueno de verdad parecía su padre cuando alcanzaba el tabalet y se lo colgaba de la faja! (¿Cómo se lo agarraría tan firme de la faja?)

Es decir: ¡Qué bueno de verdad parecería su padre a los chicos que le esperaban para verle salir con tío Lloréns, el dulzainero!

Porque cantaba la dulzaina y tronaba el tabalet había procesión de Corpus, hogueras de San Juan, porrate y morteretes de San Roque, danzas de Santa Rosa y hasta verano con su gloria de fruta y de garrafas de limón.

Pues cuando muriese su padre, Matietes caminaría por la vall tocando el tabalet; y el silencio de los pueblos y de los campos saltaría delante de su redoble como un vuelo asustado de palomos.

—¿Es que tú serás el tabalet de aquí?

Se pasmó de que se lo preguntaran riéndose.

¿No veían siempre, siempre, en su casa el tamboril, que ya fue del abuelo, y ahora del padre, y que después sería suyo? Lo pensó Matietes muy callando porque aun no sabía decirlo.

Pero los muchachos le embestían:

—¿Tú serás el tabalet? ¿Y tú te piensas que Visentot es tu padre?

Matietes no tuvo más remedio que sonreír, y se le vieron dos mellas. Mudaba los dientes con esa fragilidad estremecida de los pájaros que mudan la pluma.

Si Visentot no fuera su padre, él, Matietes, le aguardaría en el portal y le rodearía con los otros chicos por las calles, haciendo cabriolas. Y Matietes se quedaba en la casa, y seguía, desde lejos, la bulla para que Visentot no le hincara sus ojos.

—Si el tabalet es tu yo, ¿a que no tocas tú el tabalet ni palpándolo con un dedo?

Y principiaron a llamarle Tabalet, y venga de decirle Tabalet, Matietes se les apartó dejándoles su sonrisa mellada. Le caía la guedeja de cáñamo seco hasta la descalabradura que le pasaba encima de una sien. Todo lo miraba con un poco de susto, y en seguida le sudaba la nuca. Traía pantalones de pana de color de acerola, remendados de negro en las nalgas; tirantes verdes y esparteñas. La víspera de San Jaime cumplió seis años.

Ni se arrimaba siquiera al tabalet; pero tampoco se llegaría ni a tentar la ropa de su padre. En cambio, cogía la dulzaina de tío Lloréns, de una madera reluciente como un caramelo, y le sacaba soplidos. ¡Si hubiese sido hijo de tío Lloréns, o si tío Lloréns fuese el tabaletero! Y ni una cosa ni otra. Matietes no entendía este mundo, y se iba durmiendo en el escaló». Durmiendo mostraba más la muda de sus encías, y el ovillo de su carne de aldea daba el desnudo temblor de un pájaro todo corazón en flojel.

¡Tabalet! ¡Hala, vámonos, Tabalet!

Una luna colorada y rolliza le miraba contenta. La boca con lustre de tío Lloréns siempre tenía la mueca jovial del filo de la dulzaina. A su lado le tendió las orejas un borriquito gordo, con buen aparejo y alforjas llenas.

—¡Hala, Tabalet!

Visentot no estaba, y de lo profundo salía un silencio de trajines de madre sorda.

Y Matietes se marchó.

¡Aquello fue alegría!

Un barranco fresco con agua entre peñas tiernas de frensilla y juncos que en la punta se les paraban los caballitos del diablo, y en el agua caía la sombra de un madroñero.

—¡Tío Lloréns, y quina carrasca!

—¡Ahora veras la carrasca!

Vadearon la corriente y subieron a los bancales.

—¡Es un alborsser!

En el follaje, apretado y duro, daban lumbre los madroños, de tan rojos. Olía como un cesto de fresas. Desde allí se escalonaba la propiedad de tío Lloréns. Había parrales de uvas como níspolas; un limonero que soltaba limones maduros a la redonda y necesitaba la cayada de una horquilla en cada cimal, y había de todo lo que pueden criar los buenos huertos del término, y a lo último, colmenas entre romeros, con un vaho de parroquia en día de fiesta.

Todo lo corría y tocaba Matietes, volviéndose a saber si tío Lloréns le miraba. Sí que le miraba riéndose, y cada vez que salía su azadón de la tierra parecía que se abriese una fruta en el aire.

Recostados en el tronco del alborsser, comieron mucho de atún, longaniza a la brasa de un sarmiento y bebieron a galillo de una calabaza de vino grueso y frío, que se le derramó a Tabalet desde el buche hasta los camalillos.

Tío Lloréns desenrolló un cartucho de solfa y se puso a tañer los motetes de misas largas, las mudanzas de los bailes antiguos, las tonadillas para la «recogida» de las parejas de bailadores, los pasos de las cucañas, y en la tarde de la ladera se estampaba el calendario de las fiestas rurales. Retiñía la dulzaina con burlas de voz de nariz, con plañido de viejo, con entono de prebendado, y se encendían flechados los trinos, clavándose en las pechugas de los cuervos que coronaban el pinar; pero tío Lloréns desenredaba el alboroto con dedos prudentes enhebrando una nota lisa de gaita, que rebanaba de súbito en el filo de la lengüeta de su oboe.

Y vuelta a entrecavar el huerto.

—¡Hala, vámonos, Tabalet! ¡Buen día tuviste, Tabalet!

Tan buen día que Tabalet se quedó mustio y se le vieron más las mellas.

Muy mañanero pasaba tío Lloréns con su borrico gordo, limpio y majo. Matietes le salía rebotando. ¡Y a la tuerta, en la enjalma o de la mano de tío Lloréns! De manera que siendo hijo de Visentot y de Agustina, tan padecida, podía ser dichoso. ¡Lo lejos que se marchaban! Más lejos que todos los críos de la aldea. ¡Pues en siendo hombre y muriéndose su padre, a tocar con tío Lloréns por el mundo!

El barranco, el madrollero, la huerta, los cuervos rodeando la quebrada... Todo aquello era únicamente campo para Matietes; lo demás era tierra de jornal, fanegas de labor, senderos con hatos y recuas, que él caminaba recogiendo estiércol. ¡Lástima que tío Lloréns no fuese todos los días a su heredad! Los domingos, no. Matietes le buscaba en su portal o en la grada del Cabildo; pero allí no semejaba tío Lloréns tan suyo, y allí siempre con el susto de que se le apareciese su padre. ¡Qué secos y cerrados los domingos, y los lunes qué anchos!

Y un lunes no pasó tío Lloréns. Tocaron a misa. Repicaba la forja del obrador del menescal. Todos los lunes sintió ya de lejos, en el sol del recuesto, pequeñitas y finas las campanas de la parroquia y de la herrería; y hoy, lunes, le retumbaban entre paredones.

Asomó el médico por el cantón luciendo su pectoral de cadena de oro de reloj, de cadena de plata para el cañuto del termómetro, de cinta de terciopelo de los anteojos, de cordelillo de lana para el silbato de sus lebreles.

—¿Y tío Lloréns?

La mano velluda del médico le tiró blandamente de la greña.

—¡Hay que ir a la escuela, Tabalet, y con estudios serás capellán!

—¿Yo? ¡Yo, no, siñor! ¿Y tío Lloréns?

—¿No quieres ser capellán?

—¡Yo, no, siñor! ¿Y tío Lloréns?

—¡Aquí tendremos tu fiesta de misacantano, y habrá convite, y tú muy contento!

—¡Yo, no, siñor!

—¡Y bien puedes llegar a canónigo si te aplicas!

—¡Que yo no, siñor!

Tabalet se le soltó, y corrió a la puerta del dulzainero.

—¿Y tío Lloréns?

La mujer le dijo desde el fogaril:

—¡Se te escapó el tío Lloréns!

—¿Y tío Lloréns?

—Se fue de madrugada para regar los alcachofares.

¡Aun había estrellas!

Matietes se desconsoló. No quiso volver a su casa, sino que bajó por la costera del Molino Viejo, y, poco a poco, se le quitaba la mohína. Silbaba y brincaba porque se iba en busca del tío Lloréns.

Ya estaba en el camino. Encontraría una olivera rota de la que saltó, una mañanita, un pardal grande, de los que se quedan ciegos al sol, y se topaba contra la viña. Allí, junto a ese árbol, principiaba el sendero del tío Lloréns. Y Matietes vio muchas oliveras, y en todas se paraba mirando. Nacían veredas de ramblas y barbechos. Sin tío Lloréns, el campo, tan suyo y único, se le dispersaba en paisajes.

Una casa cerrada. Un horno de cal. Tapias. Algarrobos. Un pordiosero descansando a la sombra.

—¿Y tío Lloréns? ¿Y la senda de tío Lloréns?

El mendigo estuvo mirándole con ojos enfermos; se rascó la miseria que le corría por el vientre, y se acostó del todo.

Un atajo. Un hondo con agua. Matietes bebería, y, después de beber, corriendo por los cantales y vados, encontraría el madroñero, y ya estaba.

Se marchó la mañana del barranco quedándose en una sombra azul. Matietes arrancaba juncos, mordía el meollo blanco y dulce, caminaba y se paraba... Y no le salía el alborsser.

Y se puso a gritar:

—¡Tío Lloréns! ¡Tío Lloréns!

Estuvo aguardando porque venía una tonada. Tío Lloréns le tendía con la dulzaina una mano que le guiase.

Muy alta, cruzó una hilera de cabras con el zagal que tocaba el flubiol.

—¡Tío Lloréns!

Otra vez la sierra toda callada, sin nadie.

Tabalet se encaramó por un ribazo para subir a la claridad. Allí encima, ¡cuánto cielo! Y brincaba de un lado a otro como un chivo despavorido.

Le alcanzó un pinar. Le alcanzó la noche. Tabalet, todo replegado, con la nuca sudada, no hacía más que decir:

—¡Tío Llorens... tío Lloréns! —tan despacito entre sus mellas que ni él mismo lo sentiría.

...Francisco el labrador le dijo a Sigüenza:

—Esta es la aldea de Tabalet.

La palabra aldea se ve genéricamente atribuida a un caserío como una mazorca lechosa, un panal traspasado del aire, del agua viva y del cielo. Su cielo no tiene tiempo de comunicarse del poblado tan corto; es el mismo cielo de la viña, del monte, de los olivares. Junto a la ciudad los campos tardan mucho; han de apartarse mucho para ser campo del todo. No los dejan que se acerquen las afueras, los solares, las fábricas, las sobras y mondaduras de los vertederos. La aldea, toda la aldea, es vegetal; su tacto, su olor, su tono; toda se acomoda a la tierra cavada; los huertos y herbazales más jugosos comienzan junto a las casas; los callejones son camino libre al campo que se asoma y nos aguarda en cada cantón. Ya pueden agazaparse allí los malos deseos y el dolor de los hombres; la aldea nos parecerá clara y descuidada en su inocencia; siempre con sol y follajes tranquilos para los viejos, y con esquilas que, desde las cumbres, bajan rodando, como si de día sonasen las estrellas que salen de noche, tan aldeanas.

Pero la aldea de Tabalet se recortaba morena y dura, de pie, en una ristra; y detrás, inmediatamente, se estrujaba una loma: la planissa, de pedernal oxidado, mordido por una viruela volcánica. La luna y la lluvia se quedarán, rotas, en cada celdilla de este panal de peña; y la planissa se trocará en montones de copas de agua y de lumbres del cielo que dan una promesa de felicidad de campo que nunca han de saciar las casas con la loma roída delante de su puerta.

—¡Yo, aquí, me moriría! —murmuró Sigüenza.

Caía un trueno fresco, devanado por un avión en el azul. El avión de Rabat-Tolosa que, todas las tardes, traspasa el aire de la comarca alicantina. Se va cerrando la herida del cielo. Después, más soledad. Sobre la última cumbre tiembla como una abeja que se derrite en el silencio.

Y Francisco dijo:

—¡Pues ahí lo tiene usted nueve años mirando la planissa, y no se muere!

Acababan de pararse en un portal. Un hombre tullido se removió desde los riñones a la nuca como un gusano pisado por la mitad. A cada instante se cogía sus piernas de trapos subiéndoselas y doblándoselas como parras. Angustiaba verle en una silla de pleita tan alta, tan flaca, tan dura.

—En esta silla me creo que estoy de pie —Hizo una sonrisa de encías heladas, y siguió:— A mediodía me tiro a tierra y, arrastrándome hasta la llar, me guiso la comida, y otra vez de cara a la planissa. Usted dijo: «¡Yo me moriría!», ¿verdad?

Nada le respondió Sigüenza:

—¡O no se moriría! Yo no me muero, y todo lo que tengo de hueso tengo de dolor. Acostarme es subir a un calvario. Pues un ruido de puerta, un crujido de leña, un lloro de criatura, todo se me clava en las piernas podridas, y me rebotan, entonces, como si me las cremasen.

Calló un poco, porque se le rajaba el garguero de sequedad.

Luego dijo:

—Lo peor para mis dolores son esos pardales de los aeroplanos. ¡No saben ellos lo que me hacen penar!

—¿Los aeroplanos a usted?

—¡Sí, señor; los aeroplanos a mí!

En el silencio, tan viejo y obscuro, de ahogo de la loma mineralizada, en un silencio tan aparte de la gloria de inmensidad de un avión, ese baldado, campesino sin campo, pronunciaba palabras del mundo ancho; alas y hélices de luz relacionadas estrictamente con su miseria.

—Usted levantará los ojos para buscar arriba esa máquina cuando principie a sentirse su ruido; pues yo, desde antes que entre el pardal a muchas leguas del cielo de aquí, yo me doblo del tremolor que me coge, y dentro de mis piernas pasa todo el aeroplano ardiendo, todo él cuando aun ni se ve, y así hasta que se pierde por la otra banda de las sierras.

Sigüenza busca una buena palabra de despedida:

—¡Dios proveerá!

Y añade Francisco:

—Dios aprieta y a veces... ¿verdad, Tabalet?

¡Tabalet! Y Sigüenza se revolvió a mirarle como si fuese un aparecido.

—Asómese, y verá.

En lo fosco, la vieja estaca del muro, con la cuelga del tamboril y la bolsa de vaqueta de los palillos, era para Tabalet una rama verde de gozo...


* * *


De regreso al casalicio, Francisco el labrador le va contando a Sigüenza:

—...Años y años estuvo perdido por el mundo. Murió Visentot; murió del trastorno de la bebida y del que le dio por la ruindad de su compadre. Agustina, la sorda, se vino al pueblo. Tío Lloréns y su mujer tardaron mucho en consolarse. Tenían buena casa, buena huerta, buen corazón; y no tenían hijos ni sobrinos; y se trajeron un chico de la Beneficencia que lo heredó todo. Y un día se presentó Tabalet, y ahí lo tiene usted.

—¿Ese es Tabalet? ¡Ese no es Tabalet! ¡Ese no debiera ser Tabalet! ¡Tabalet era Matietes, que se perdió buscando al tío Lloréns, buscando la felicidad de tío Lloréns, la felicidad que fue para otro.

Es casi seguro que Sigüenza se complace en la invención de su realidad literaria.

Y Francisco se la interrumpe para confirmarla:

—¡Ay, caray con el romanso! Yo vine con la pobreta Agustina; yo la puse delante de Tabalet. Estuve gritándole: ¡Aquí está Tabalet; este es Tabalet; ya lo tenemos! —Y ella salió del portal mirando a lo lejos, a lo lejos, y diciendo: «¡Qué agonía, padre San Francisco, qué agonía!». Porque su Tabalet también es Matietes, el que se perdió y ya no ha de venir...

Imágenes de Aitana

Sigüenza y él

¡En Aitana, como hace veinte años! No sube por la carretera nueva, sino por el camino de aquel tiempo. Pronunciando Aitana en Aitana se le deshace un sabor dentro de su vida que no tuvo desde entonces. Salían los helechos a la linde y daban en la siesta caliente un aroma de frío. El recuero le cogió una mata y dijo el nombre comarcano: Herba falaguera. —Ahora, Sigüenza quiere también un helecho. ¿Lo arrancará porque lo quiso entonces?— Aspidium Filix Adas? Pteris aquilina? ¿El helecho del águila heráldica en su medula, el que protege y envuelve de frescura las cerezas dentro de los cuévanos? Pero ha de decirle hierba falaguera para identificarla en sus manos.

Chines. La aldea es un remolino de ventanitas, de tejas, de bardales. Colgó la escala del sendero por las cuestas rotas, y de noche se la enrollará como la soga de su pozo de barrancos.

Guadalest. Las gentes de la vall se ponían la ropa de domingo, se quitaban el cerro del sombrero, bajaban la voz y la cabeza esquilada cuando venían a Guadalest. Una rampa por el borde de un jardín escalonado. Las rosas, los jazmines, los nardos, sin nadie. Unas palmeras que han crecido en el claustro de breña, y el fondo de dos azules; azul celeste y azul de Mediterráneo, un Mediterráneo de urna de consola de los señores de Guadalest. Túnel con puertas clavadizas y poyo de cal. Encima, un balcón cavado. Galerías que corren por rocas verticales, donde se descuelgan los cactos, los algarrobos. Torres-Orduña miraba desde allí las leguas y los siglos de su heredamiento. Macizos volcados, volúmenes de piedra encarnada, morada, plateante, abiertos por los terremotos. Así quedó Guadalest esculpido en peñones fundamentales de un rango de paisaje y de linaje. La casona en canchal de hierro. Sus ventanas más grandes se vuelven menudas y estremecidas de altitud. Se despeña el silencio en un torrente de años, se pierde el sol entre las ortigas, y cae la luna como un sudor que se hiela en los escombros huesudos. Arriba, solo, en un prisma de pedernal, el campanario con esquilones que se cogen de las manos abiertas. Al otro lado de la casa, la iglesia, que respira olor de ciprés. Está el Calvario del pueblo aserrado y clavado en canceles, reclinatorios, pilares, cómodas de sacristía; y dentro de ese vaho de resinas de cipreses, la Asunción, muerta en su cama de ropas de novia, con el pelo negro y glacial tendido por los hombros, espera la gloria del aire de la procesión del 15 de agosto. Una placeta de caserío descalzo en la roca. Las puertas, con celosías de estrellas de juncos. El cabildo, con portal de gradilla y cobertizo, y en la sala, el venerable retablo de la muerte de la Virgen, con los nimbos de los apóstoles roídos por el tiro al blanco de los pedreñales. Entre dos muros, la viga del cepo de las ejecuciones —aunque es posible que nada más sea el travesaño del canalón de un aljibe—. Pero la Historia, para los historiadores. Delante, la convulsión ya extática del berrocal eterno, el valle hondo, fresco y quemado de colores; la inquietud de la sensibilidad de ahora en la creación siempre inédita para cada hombre.

El último risco, apretado por el zumbido del azul, y en el filo, hierba tierna y cruces secas. A mediodía levantó Sigüenza una losa. ¿Aquello era el fosal de las generaciones de Guadalest? ¿Aquello era la muerte? Parecía un sótano donde se apretaba en verano el frío de las cumbres. Las doce. Entró sol a las buenas gentes, todas juntas, arrimadas, vertidas desde muchos siglos hasta entonces: 1905 que pasaba Sigüenza, 1905 todavía tan siglo XIX. El capellán de Guadalest, de una senectud y callo de jornalero, le dijo: «Cuando las llame el Ángel de la Resurrección no se cansarán buscando su blusa, sus calzas, ni siquiera su mueca, porque nada se pierde dentro de esta piedra». ¿El Ángel de la Resurrección? Las generaciones de criados de las tierras y casa de los Torres-Orduña únicamente esperarían que las llamase el grito del señor de 1500, de 1600, de 1800, de 1905... En 1905, la señora. Soltera, grande y demacrada, en su sillón de anea. Toda de negro, con pañuelo fajándole el rostro; los dedos, cruzados; las botas, de tela, juntas, en los vellones de una piel de borrego; tan pomposa y blanca la zamarra, que semejaba un animal vivo, y las botas, vacías. Corrió Sigüenza el casalicio; todo entornado siempre; las salas ateridas de obscuridad encima de los tajos que revibraban de lumbre. Pinturas de humo, imágenes atónitas, lechos de trono, cofres peludos, bufetes aun con la silla delante, librerías derramadas, cuernos huecos de toro para presentar muestras de trigo, de aceite, de miel. En el corral, de tapia de adarves, un mastín viejo aullaba desde su cadena al gato de la mayordoma, que devoraba primorosamente un lagarto de ruinas. Todas las tardes venía un cuervo al torreón. Parecía que trajese un pan milagroso en su pico; y las peñas miniadas, las almenas rosa en las ascuas de poniente, adquirían una actualidad ingenua más firme que todas las verdades de todos los tiempos. Se quedó convidado Sigüenza. La señora, sin alzar los párpados, sonreía desde lo lejos de su vida y de su desgana del entusiasmo del forastero por los sabores de este mundo. Comió también un hacendado de Confrides que iba con Sigüenza. Vestía a diario el traje negro, gordo, tirante, de labrador en domingo. Le servían el último. Encogido de reverencia, se apartaba sin querer de los manteles, y aun así se le veían enormes, terronosas, encima del cristal, de la plata, de la fina blancura, sus manos rurales.

Y por las ventanitas del comedor pasaban ráfagas de inmensidades azules; el cielo convertido en ave.

...Benimantell. Desde el camino viejo, Sigüenza destapó y sacó Benimantell de una caja de porcelanas y cartones pintados de verde, de amarillo, de blanco, de almagre, de azul. Frutales de lacas. Las sombras de los callizos, como si las diesen unas lonas de color de naranja y de geranios. El recuesto del Calvario, de un sol de ponciles maduros. Los cipreses, con brillo de floreros de altar, de pie en sus redondeles morados. El campanario, de albañilería de yeso y añil; detrás, una nube redonda de lana. Las figuritas del pueblo: la vieja de luto, el pastor con zurrón de choto, la moza de refajo encarnado, dejan en el oro tranquilo de la tarde la vivacidad de sus colores tiernos. Tan de juguete de feria era Benimantell, que resultó un pueblo de verdad. Y ahora, transcurridos los años, ahora lo mismo que entonces, pero al revés: Benimantell desprende para Sigüenza una felicidad de infancia, y es tan de veras en la calma de Aitana, que resulta un juguete de aquel tiempo. Los vencejos, las golondrinas, los palomos, lo rodeaban de júbilo y de gracia. Los mismos vuelos de hace veinte años en la fisonomía de Benimantell; los mismos vuelos que dentro de veinte, de cuarenta, de setenta años.

Muy hondo y muy claro Beniardá, de bruces en la cava del río, un río de adelfos, de mirtos, de piedras, de luces del agua que no dará en el mar porque se la beben antes los hortalillos que van plantando los labradores para ver si se tienen solos en el cauce de hocinos y de rambla. Beniardá, bajo el arco del cielo de cumbre a cumbre, lo va mirando todo a la redonda, como si estuviese encima. Lo que podría creerse un vado y omitirlo después de pisar la otra ladera, alcanza la permanencia de la forma de todo lo que le circunda. Y cuando se perdió Beniardá, dijo Sigüenza: «¡Si ahora me saliese otro pueblo con su fruta, con su pan, con su descanso, todo guardado para mi llegada!».

Su palabra se hizo pueblo. Un prodigio: porque de repente le salió Benifato. Olor de mediodía, el olor donde está el pan, el agua, la sombra de los frutales, el silencio y la siesta, y después la tarde alta y azul para caminar con goce. Pero no comía allí; no le esperaban en Benifato, sino más lejos. No comió del prodigio; el prodigio no harta; sería devorarnos a nosotros mismos. Alejose, volviéndose mucho para ver Benifato; lo miraba como si nunca hubiese de ir. Y ya no ha ido más. También suceden las cosas según las creíamos. Por eso se le ha de dar a lo inesperado categoría de promesa.

En un mulo de aparejos de borlas y flores de lanas venía un hombre, y a la grupa una mujer moza dans cette pose presque coupable, tant elle trahit ce que la femme a de plus enivrant dans les mouvements et dans les contours. Pero esta mujer se cogía de los hombros de su padre, y los pliegues de su vestido se animaban con la forma dulce y firme del pecho y de la cadera de virgen. El cielo tan ancho de las cimas le ardía en sus ojos verdes, muy grandes, en la humedad de su boca, en su cabello, que semejaba recién ungido de tan negro.

—¿Es usted de los ingenieros que nos traerán la carretera para que podamos ir al mundo?

Y principió a morder un albaricoque.

—¿El mundo...?

Pero Sigüenza se distrajo mirándole la sonrisa frutal.

El arriero le dijo:

—Son los del Mas de l'Abre. A él le dicen Bonhom. La hija se le casa pronto, y van a la ciudad para mercar los muebles de la alcoba.

Y Sigüenza repitió:

—Muebles de alcoba, muebles de alcoba...

Duraba el perfume carnal de albaricoque. Veía la mujer que levantaba su ansia como una lámpara ardiente de novia en el ámbito de las sierras, hacia el mundo.

Recordó que después, una tarde, en Alicante, se quedó mirándole un hombre de pueblo vestido duramente de luto. Era Bonhom. —¿Va usted de luto y solo? Bonhom le respondió: —No es luto. Es lo que nos ponemos para venir a la ciudad. La hija vive y está criándome un nieto. Sigüenza le preguntó: —¿Allí, en el Mas de l'Abre? ¡Qué buen árbol será que llegó a dar nombre a la casa! Y Bonhom le dijo: —Nunca vi árbol junto a la puerta, ni lo han visto los abuelos. María, mi hija, plantó un árbol del Paraíso, y se secó. Estaba de Dios que no había de quedarnos más árbol que el del nombre de la heredad, que ya es de otro. Se ha ido perdiendo todo por el yerno, y después se perdió él. ¡Ni una carta suya desde que se marchó por la carretera nueva y pasó la mar! ¡Pero, con la hija y el nieto, Dios proveerá!

Ahora Sigüenza los veía a lo lejos de aquel tiempo: la hija, tan virgen, virgen del reino de Valencia, siempre emocionada de su hermosura y de su gracia, con una conciencia sensitiva de sus calidades de hermosa y de mujer como un pudor sin serlo.

...Todo eso sucedió entonces. Y ya bastaba de caminar estrictamente encima de aquellos años. Hace veinte años, Aitana, primitiva, virginal para sus ojos, para su respiración, para su tacto. Gozó sin referirse a ningún día pasado. Como una ropa que se desciñe de los hombros y resplandece y aletea en la carrera, así volaba su delicia de pasar, sin ahínco de recogerla, porque de su delicia podría saciarse en la anchura de los tiempos. Ahora, no. Ahora se acuesta y se distiende en la huella del recuerdo espacial, tibia de sí mismo. Pero ese ávido cuidado de ser él aquél, de coincidir a distancia de sí mismo, ¿no le cohíbe, no le contradice y le deja en medio, sin ninguno? Si es aquél, se ve a lo lejos en el fondo azul y frío de esta misma sierra remota, en una callada exclamación de sus sentidos. Si es el de ahora, se le pierde aquél; su acecho no le deja libertad; se recupera, se desmiente. A veces, todo límpido, inmediato, y cuando acude a la conciencia y a la óptica actuales para que se cumpla el milagro de la reiteración de sí mismo, precisamente por ellas, no hay milagro. Sea él ahora; pero a costa de sí mismo. Ha de descuidarse del que fue para ser del todo. Se ha de ser lo preciso el antecesor de sí mismo. Los dejos, nada más que los dejos.

Aitana, en Aitana; y pronunciándolo se le deshace a Sigüenza en la boca y en la sangre la fruta que creyó haber comido; y lo que hizo entonces fue plantar el árbol de su sabor de ahora.

Sigüenza y el Paraíso

Del frío del arcabó, en la obscuridad olorosa de los nogales, viene callada el agua y cae con un grito curvado en la balsa que al amanecer la soltará para que ruede el molino. Amanecida de Aitana; ¿cómo amanecerá? La ventanita, sin vidrios, se ha escarchado de estrellas. Géminis pone una gota de suavidad en los párpados de Sigüenza y se los va cerrando poco a poco. La fuente de los nogales baja la voz. Los coros de los insectos se marchan de puntillas a los confines, y oyendo el lejano temblor del silencio cree Sigüenza que el mundo se duerme como un niño.

De pronto, es Sigüenza el que se ha despertado. De pronto, y está saliendo ya el día. No paran de tocar los frescos tambores de las harinas. La ventanita desnuda en el alba. Olvidado, un lucero corrió a esconderse en una peña cimera. Brincó Sigüenza para verlo más. Claridad de pureza. Filos de altitudes empapados del cielo de toda la noche. La tierra, en silencio; más silencio desde que las estrellas se han subido dentro de la luz; luz pálida, lisa, que no está criada del todo.

Comienza el color en la raja del mar. Amanece en las aguas un huerto de granados, de naranjos, de cidros.

El olor único, elemental, de nada, ya es olor traspirado; y a la vez que el mundo huele, coloreándose, a mundo, se cincela cada contorno tibio y carnal. Los montes de la umbría, el Chortá, el Serrella, tienen la carena dulce de aurora y de relente. Y el sol redondo, de pulpa roja de corazón, late mirando la faz exacta de las laderas de Aitana.

Lejos, las calas, las playas, los cantiles, resaltan enjutos, a cercén, y el aire de luz se comba de joviales frescuras. Todo reciente, estricto y tierno.

¿No acaba de abrir los ojos Sigüenza con una emoción de inocencia de primer hombre? Ese bienestar edénico es de un asombro infantil, y el primer hombre del Génesis no pudo ser niño. Pero, ¿se vería el mar desde el árbol en que recostaron las manos de Dios el cuerpo de Adán?

...Alicante. Calle de Castaños. Escuela de párvulos de D. Francisco Alemany. Don Francisco, con levita floja de rebordes de raso, patillas de crin, anteojos cerrándole la mirada estrábica, frontal reluciente y botas chafadas. Gradería de bancos. Chicos con faldillas y delantal. Sábados por la tarde entraba la señora de D. Francisco, de cera y de negro, con un libro grande guardado toda la semana en su cómoda. Iba abriéndolo en un atril. Historia Sagrada. Lámina III. La tocaba el maestro con un puntero de color de miel, y decía: —¡El Paraíso terrenal! Y la escuela resonaba como una caracola: —¡Aaaaah!

Follajes gruesos, horizontes tenues de azul y de nieves; rosas, lirios, racimos, prados, ríos, leones, pavos reales, tortugas, loros, una cabriola de cebra, una jirafa mordiendo el cielo. En medio, el árbol misterioso cuajado de fruta madura. Sigüenza le preguntó a don Francisco: —Señor maestro: y ahora, ¿dónde estará el Paraíso? El puntero tembló encima de la desnudez litográfica de nuestros primeros padres.

(Le parece que vio esa estampa en un cuadro de Brueghel. Pero no; ya no la vio más. El Paraíso del cuadro es menos inmediato a Sigüenza. Su ingenuidad ha sido anecdotizada por Brueghel).

En Cataluña, Sigüenza fue con Joaquín Mir a una finca del marqués de Comillas. Allí pintó Mir sus Aigues de Moguda. Olvido y soledad de las delicias. Vejez de Paraíso; antigüedad de vida. Agua con pastosidades, con vislumbres cerámicas de cielos, de árboles, de bayas y sépalos. Carmines, verdes, canelas, amarantos y oro de brocados vegetales. Sombras suntuosas. Vahos de todos los climas, de todas las tierras esenciadas por una química de siglos, y, a la vez, con olores ácidos y tiernos de creación recién abierta. La sensualidad de esta naturaleza húmeda, íntima, parecía que retuviese el tacto de una desnudez ausente ya del Paraíso. Paraíso de soledades posteriores al hombre. Y desde allí se preguntó Sigüenza: ¿dónde estará el Paraíso?

Lo buscó en la biblioteca del Institut d'Estudis Catalans, en la del convento de Capuchinos de Nuestra Señora de Pompeya, en la de Mossen Clascar, que entonces traducía el Génesis. Y leyó que el Paraíso estuvo en la Mesopotamia, en la India, en la China, en Arabia, en Ceylán, en las Islas Canarias, en el Perú y hasta en el Polo Norte. Un sabio lo situaba en las cercanías de Eridú —actualmente, Abu-Sharein—, cerca de la desembocadura del Eufrates, orillas del golfo Pérsico. (De modo que sí que se vería el mar desde el Paraíso.)

Escuela de párvulos de don Francisco Alemany. Atardecer del sábado. Brillaba como una ropa oriental la levita del profesor. Su puntero elocuente abría en las tierras y frondas privilegiadas una senda para los pies de Sigüenza. Más diáfano este Paraíso que el extraviado concretamente en los distintos países atribuidos por los doctos.

Y, de súbito, se sobresaltó Sigüenza leyendo que sir Henry Rawlinson había descubierto ya la exactitud geográfica del Paraíso. (El hallazgo tenía cuarenta y cinco años.)

El 31 de mayo de 1863, sir Henry Rawlinson, elegido presidente de la Sociedad Asiática de Londres, prometía en su primer discurso una memoria documentada de la geografía del Paraíso. Aunque no quiso entonces ni rosigar la corteza de su descubrimiento, anticipaba que el Gan-Eden, jardín del Edén de los hebreos, equivale al nombre nacional de la provincia de Babilonia (o sea: tierra de Kardunias, también llamada Gandunias o Ganduna, nombre que aun trasparenta las palabras gan-eden). Afirma que los cuatro ríos del vergel eran el doble Eufrates y el doble Tigris, que fertilizaban de verdad todo el país y de los que se han valido en las inscripciones para caracterizarlo hidrográficamente.

«...Y salía un río repartido en cuatro raudales: el Phison, el Gehon, el Tigris y el Eufrates» (Gén. II). Sir Henry Rawlinson identifica el Gehon o Gihon, «que rodea toda la comarca de Cusch», con el Juha o brazo izquierdo del Tigris; y el Fisón, con el brazo derecho del Eufrates, que los asirios llaman Ugni; esto es: el brillante.

A Sigüenza se le perdió más el Paraíso desde que sir Henry Rawlinson averiguó el solar auténtico, con todas sus cotas y fitas.

Don Francisco Alemany nunca se alejó de las cortinas de su escuela. Sir Henry Rawlinson tuvo que pasar muchas veces las aguas rápidas y amarillentas de los ríos sagrados por los puentes de guffas, cestos redondos endurecidos con asfalto; los navegó hasta Mossul en balsas de olmo y de odres; durmió en marismas palúdicas, en aduares podridos de tifus y lepra. Pasman sus trabajos, sus riesgos, sus vigilias, sus agonías, hasta tocar la tierra del Paraíso, recocida y yerma. Don Francisco Alemany arrimaba su puntero al ábaco y palpaba directamente, con dos dedos, el jardín maravilloso, embebido de claridades originarias. —¡El Árbol del Paraíso, el Árbol de la ciencia del Bien y del Mal! Y de la caracola de toda la escuela prorrumpía: —¡Aaaaah!

Un rabino cree que ese árbol fue la vid, «que ofrece al hombre el jugo que corrobora sus huesos y la sombra para su descanso»; otro dice que la higuera, «que, si le convidó a pecar, reparó con sus pámpanos la desnudez ya impura». (Pero lo mismo puede afirmarse de la viña.) Otro prefiere el manzano, recogiendo las exclamaciones del Cantar de los cantares: «¿Quién es la que sube del desierto reclinada en su amado? Debajo de un manzano te desperté; allí fue corrompida tu madre; allí fue violada tu engendradora» (VIII, 5.º). Se multiplican los textos y los gráficos, porque todas las civilizaciones han sentido la misma curiosidad botánica de Sigüenza, transmitiéndonos abundantemente la imagen del árbol de la vida. Los egipcios la dejan en los monumentos funerarios, porque el árbol divino no arraiga en la tierra y no podemos alcanzar sus frutos sino en un mundo mejor. La diosa Nut hace saltar del tronco el agua de la inmortalidad, y acuden a beber las almas, representadas por pájaros de cabeza humana. El árbol edénico de los bajorrelieves asirios y de los cilindros babilónicos parece una conífera, el asclepias acida, el soma de los antiguos aryas. Siempre le acompañan personajes de rango excelso: reyes, genios alados de cabeza de águila o de perenóptero; sobre la copa se cierne Bu, el disco de alas culminado por un busto, y todo rodeado de las siete estrellas de la Osa Mayor, del Sol y la Luna. El braoma de las gemas persas se parece al árbol babilónico. El de los iranios prorrumpe de la fuente Arviçura, en el Airyanavaego; el de los indios es el Kalpavrikscha, Kalpadruma o Kalpataru, árbol de los deseos; y el de la Caldea, la palmera, su palmera, que daba tantos productos y beneficios como días tiene el año. La estampa —ya muy reproducida— de un remoto cilindro parece un antecedente de la imagen del Paraíso mosaico: un árbol de ramas horizontales; de su tronco cuelgan dos frutos henchidos; a un lado está el hombre, con cuerna de toro; al otro, la mujer, y a su espalda, la serpiente vibra casi vertical.

Don Francisco Alemany decía: «Árbol del Paraíso». Y a Sigüenza le llegaba un olor de paseo de Quijano, de paseo de las Barcas, de los huertos de Alicante, donde crece un árbol parecido al olivo; pero sus hojas son más descoloridas y más largas, más de plata y de luna, y su flor, doradita y tierna. Si cortamos un pomo, en seguida se emblandece del calor de nuestros dedos; sentimos prisa de ponerlo en un vaso, y se perfuma el aire de nuestra casa. De seis mil kilos de rosas se obtiene uno de esencia. Un ramillete de árbol de Paraíso exhala el aroma total de la planta en una generosa sinécdoque. Todo el día va respirando en ondas que el sol aprieta calientemente al ruedo del tronco, y desde que se entorna y se enfría la tarde, el olor se tiende a distancias muy anchas, a distancias felices. Es de una dulzura de sazón de recuerdos, de una intimidad de deseos —el Kalpavrikscha de los indios— que principia a envejecer; «olor a lejos», a después de haber pasado todo sin pasar lo deseado; olor de una delicia que fue nuestra, aunque no fuera poseída; aroma de aromas, fresco como el harina; es como un polen que se suelta y se marcha volando para reanimar una sien apartada. Otros olores preciosos nos acercan imágenes desvinculadas, concretas; pero el olor del árbol del Paraíso es olor de nosotros, de lo que no fuimos y de lo que no hemos gozado sino ahora, cuando ya no lo gozaremos. Olor a nosotros, a nosotros en lo que no nos pertenece. ¿No es también así nuestro el Paraíso que no perdimos nosotros? Y ese árbol emana una virtud esencial, como el legítimo árbol paradisíaco; llevamos su fragancia en nuestros sentidos, las evocaciones de su fragancia, sin la presencia o realidad botánica. Pronunciamos su nombre y se nos difunde su olor únicamente pensándolo. Por eso, cuando Sigüenza, en el amanecer de Aitana, tuvo esa emoción de hombre edénico, se produjo en su torno el aroma del árbol relacionado con sus imágenes del Paraíso. Aitana no se parecía al Paraíso de la lámina III de don Francisco Alemany, ni al de sir Henry Rawlinson; pero, por haberlo recordado todo, se esenciaba de tradiciones «adámicas» en un lugar tan desemejante del concepto clásico del Paraíso; y así, la sensación era más pura; tanto, que quedó poseído de un presentimiento de felicidad, y más hondo, el de su límite, el de la muerte, rodeado de la permanencia impasible de Aitana. ¿No aventajaba Sigüenza al padre Adán en saberse mortal? Quizá, tampoco; quizá el primer hombre del Génesis, cuando recibió en su frente el soplo divino y vio el mundo recién creado, sobrecogiose de felicidad y tuvo miedo de que se le acabara. La prueba es que se le acabó. Perdió el Paraíso, y murió.

Y recordó Sigüenza que la hija de Bonhom había plantado un árbol del Paraíso en su portal, y el árbol se secó.

Después del Paraíso

Al salir Sigüenza de su albergue halló un rogle de primeros hombres: leñadores, labradores y el molinero. Bajaban los costales de trigo de las acémilas, los mulos de oreja pequeña y ávida, de ojos gruesos y espléndidos, que removían sus crines ardientes y su piel sudada para quitarse las centellas de los tábanos.

En lo profundo del pinar croajaban los cuervos. Por las cuestas de sol venían los ganados al regosto de los nogales.

Descargada la recua, se puso la gente a fumar en el safarich, riéndose de oír a un trajinero tuerto que se sacaba de su pana, con golpes de ramal, las costras de tierras y harinas. Era todo pliegues y botanas y desolladuras de odre viejo, con un lado en la sombra de su ojo cosido.

—...El lladre del teniente nos llamaba hijos; venga de decirnos hijos, y tenía mano de verdugo. No le tocaba ni una bala de faccioso. Y yo me dije: «¡De mí no te escaparás!». No se me escapó una noche que nos embistió la facción. Me puse de través, y de un tiro le partí un hombro. A los dos meses volvía de capitán. —¡Aquí me tenéis, hijos! Y el bigardo nos mataba de trabajo y de hambre. En el primer fuego, yo y otro de Famorca le arrimamos una descarga en el llomello. Vino de comandante. ¡Y si le atinamos más, nos lo traen de Brigadier!

Pero como Sigüenza se había despertado en un mundo reciente, no pudo sentir el regusto de viejas anécdotas de ahora, que le decantaban a un pobre sincronismo. Necesitaba del contraste de los tiempos, y pensó en Bonhonm y en su hija, que pasarían muchas veces por este molino, y quizá ella tocara el mismo tronco de chopo que Sigüenza estaba tocando; y apenas la nombró se recalentó la bulla.

—¿La hija de Bonhom?

—¡Por la Marina va suelta y relamiéndose!

—¿La hija de Bonhom?

—¡Ay, caray, la hija de Bonhom!

...Antes de beber, el ganado se va parando a la sombra de los nogales. No es de cabras rojas y negras, malhumoradas de obediencia urbana como abajo, en los pueblos de la Marina, cabras de oficio doméstico, que se aguardan de puerta en puerta. Las de aquí son blancas, de ijares sonrosados, cerriles y graciosas. Vibran en las escarpas; tienen y desprenden una feminidad mitológica; se recuestan como se posan las aves, y dejan el huello mejor para el macho, un cabrón corpulento, con barbas de patriarca, ojos de un dulce albinismo, cuerna de lira, y, al postrarse, le desbordan sus vestiduras de lino.

Los nogales sueltan su olor aceitoso de nueces verdes, de follaje velludo, que se junta con olor de redil y frío de arcabó. Según sale de la piedra, el agua se vuelve azul, y, encima, nuestra carne nos parece de mármol. ¿Lo mismo que hace veinte años? Ese ahínco de recordar y cotejarnos con el recuerdo puede producir falsificaciones. Lo más auténtico de las memorias de Sigüenza es el ganado blanco, que precisamente no era el mismo ganado de entonces, y los chopos del molino, que desde aquel tiempo han mudado veinte veces la hoja.

Iban con Sigüenza los dos hijos del molinero; el uno, pastor de siete cabras —las Pléyades que de noche tocan sus esquilas de luz en el firmamento tan cerca de aquí—; el otro, ya labra y cava la tierra. Labrador y pastor, los dos hermanitos no se cuidan, como Caín y Abel, de averiguar quién es más agradable a Dios, y se quieren. Los dos juntos han tendido su red de pájaros en un calvero, que da también agua, agua muy quieta, fina, desnuda, y se quedan cebando la paranza desde un hondo de enebros. Aitana, además de sus manantiales de nombre tradicional, de itinerario exacto, improvisa sus nacimientos puros, casi desconocidos para todos, menos para las avecitas del valle y los hijos del molinero.

Vereda del pinar entre la plata de las salvias y el morado de los brezos y espliegos, siempre con un latido de abejas. Vereda tan evidente para los ojos de Sigüenza; y no es del pinar. Los senderos nos engañan, sin querer, con sus multiplicadas promesas.

Un campillo rojo de maíces verdes. En la Marina ya están colgadas las panojas. Aquí vuelve Sigüenza a días agrícolas en cierne. Un motivo pueril de gozo. (A muchos también les impresiona lo mismo. Saint-Hilaire, en su viaje al Brasil, anotó desde Brest hasta Tenerife el estado de sazón de los melocotones, según los climas.)

Huerta sin riego ni guano; tierra de monte pingüe. Le han arrancado la corteza de canchal y aparece la carne húmeda de substancia de siglos de breñales.

Ya viene olor de resinas calientes. Y brincando por la rocalla, se interna Sigüenza en el pinar. Temperaturas veloces de los recintos y de las intemperies del boscaje. Cada paso, un crujido de pinocha. Rumbos de hormigueros. Una lámpara de sol colgada de humo azul va enjoyando la dalmática de un escarabajo extático en los oficios de un pueblo negro de hormigas. Poco a poco, la luz le trueca el tisú de sus ornamentos por losanges imbricados de minerales preciosos envejecidos en su espalda y en su vientre. Es una divinidad pesada de riquezas; y la horda se la lleva procesionalmente. Divinidad y víctima. Un cadáver sagrado. Lo empujan, lo arrastran, se lo suben a cuestas sin que se les suelte de los finísimos alicates. A veces, en un tumbo, voltean también los que lo acosan. Y todo, en un silencio concreto —como un lenguaje— dentro del universo del silencio del pinar. Silencio del pinar de acústica fresca de oleajes, de crepitaciones de pinas y troncos, de vuelos cóncavos de azul con brisas enroscadas. Y vio Sigüenza (el día magnífico encima, y él, de bruces, ávido del espectáculo del suelo), vio que el escarabajo muerto doblaba un codo para rascarse su collarín de orificia. ¿Luego vivía?

Vivía, y lo almacenarían vivo en el hormiguero.

Sigüenza sonrió. En el bosque había penetrado el alma humana con sus vigilantes generosidades, con su sensibilidad y su técnica del Bien. Y dijo:

—¡Yo te salvaré!

La voz del socorro no modificó el trajín dramático ni su organización perfecta. Delante, un acarreo canónico, ritual, de cascabillos, simientes, orugas, medulas vegetales; todo, como llevado a un ara y no a la troje; en medio, el coleóptero, rígido, estilizado en relumbres, con su apariencia de muerte; muerte arqueológica, muerte apócrifa, específica. Cadáver maravillosamente imitado. Lo ponían en vilo, lo volcaban; quizá estuviesen ya rosigándolo; y la multitud negra se le anudaba debajo y encima.

Pero allí estaba el hombre para su salvación.

Y, de súbito, parpadeó el aire por el vuelo candente de un gavilán que, rebotando en el azul, traspuso las cimas de Aitana. Y a poco vinieron los chicos del molino.

—¡Un soliguer! ¡Un soliguer! —Le mostraban a Sigüenza la jaula de caza para verderones y pardillos, toda llena de un soliguer, un gavilán que se desplomó ciego de codicia por la pájara de cimbel. La paranza se le vino encima. Lo enjaularon, y él se quedó con la quilla en alto, las garras grifadas, todo erizo, que crujía cóncavo en su anhelo; la mirada redonda, siempre total para los ojos que se le acercaban; le salía en los suyos un telo lívido, verdoso, de roña de cardenillo; y los colores de las plumas se le mudaban como la piel de una sierpe. El espacio radiante, abierto infinitamente por las manos de Dios para sus alas de fulminación, se le ceñía como una cuerda entre los hierros.

—¿No se le puede librar?

—¿Lo qué?

Y los dos hermanitos abrieron la jaula; pero el soliguer no se movía. Ya no era un gavilán. Los gavilanes eran los otros, como su pareja que se escapó, los libres, que nunca se les mira de cerca.

Los chicos se fueron muy contentos; y Sigüenza tornose a su redención entomológica.

Con dos pinochas oprimió, hasta inmovilizar, el grumo de los enemigos y de la víctima, espléndida como una abraxa, como un amuleto de percocería.

La tribu negra regolfó.

Tuvo que valerse Sigüenza de más agujas de pino. Caían las hormigas torciéndose, dejándose hincadas sus tenazas; se partían antes que aflojar las presas. Una de las preciosas ancas quedó toda de cabezuelas de charol. Sigüenza quiso mondársela con sus pinzas, y la pierna, entera, se desgajó del ídolo. Revolviose el alma humana contra el lisiado; y el gran hipócrita seguía fingiéndose muerto para todos, sin defenderse, sin colaborar en su salvación.

¿Es que lo traspasaría Sigüenza? Con otras dos hojas pudo recogerlo y echarlo de la ruta tumultuaria; y entonces pronunció una de las frases que la Humanidad ha ido transmitiéndose para disculparse y consolarse cuando le decae un poco su técnica del Bien:

—¡Ahora, que se arregle!

Sigüenza y otros

Va destilándose el día por las bóvedas y vigas del pinar. Enebros y madroños maduros. Olor de germinaciones. Hilos de luces. Pasan las arañas por sus colgadas veredas; palpitan en el centro de sus ruedas de plata. Los aviones de las libélulas se tienden y vibran cogidos al temblor de una gramínea; se ve ondular su vida, ensortijada de verde, de rojo, de negro. Desaparecen y vuelven a la misma brizna. El cántico de un pájaro invisible traspasa la honda frescura del bosque. La inmensidad y la eternidad en su breve y encendida vida. El cántico de un avecita del cielo sumergió en un éxtasis de siglos a un santo anacoreta. Sigüenza, transido oyéndolo, se apasiona más por la tierra.

No hay ejemplo ni libro que le comunique el desvío del mundo de las gentes con tan claro goce como el animado sosiego de los pinares, ese sosiego que contiene el prurito de que se nos acabe. Menosprecio y renunciamiento de todo desde aquí; y aquí se quedó hace veinte años este pinar.

Se presentó un mántido de color translúcido de cebada. Puso las manos juntas y devotas. Oscilaba en las ballestas de sus zancos. Iba volviendo con remilgos la miniatura de su cabeza, y paró sus tallados ojos en los de Sigüenza; y esa mirada, sin soltarse de la mirada del hombre, le vigilaba también los dedos.

Sigüenza, por persuadirle y persuadirse de que era injusto tanto recelar, se acostó y cerró los párpados; pero cuando los abría, siempre le esperaba el mántido. Una desconfianza tan ruin tal vez inspira ruines designios. Sigüenza se le precipitó y no pudo cautivarlo. Mejor. Mejor; pero casi ¡qué lástima! Y levantose de allí para sentirse más solo.

Los pinos grandes estaban señalados por el hacha del mercader. De la llaga del tronco salía la goma en venas, con su telo y su pulso, y en gotas desnudas cristalizadas. Hace veinte años, los pinares de Aitana no eran mercadería, sino naturaleza y soledad. Los viejos pinares de Aitana van perdiendo sus techos; les entra más el sol, el sol crudo de los derribos. Nos lo explicamos diciendo: la carretera, la vida moderna; ¡la vida moderna que comenzó en 1914! ¡Esa vida moderna que ha internacionalizado hasta el Oriente! Pero ¿la vida moderna? ¿Oriente? Hiram, rey de Tiro, taló bosques del Líbano para que su amigo el rey de Judea labrase el templo del Señor. En 1574, un viajero contó veintiséis cedros excelsos. El último Baedeker de Siria y Palestina nos dice que del humus secular del monte insigne suben siete cedros venerables. No quedan más de su rango. Los que fueron gloria del Líbano pasaban de treinta metros de altitud. Hiram y Salomón cortaron miles de estos árboles. Y Sigüenza se complace en imaginar las armadías hasta los muelles de Jafa, y, desde allí, las caravanas que transportan los enormes troncos por wadis y sierras hasta los collados de Jerusalén. En cambio, le alborota que se vendan los pinos de Aitana y se los lleven a las aserrerías en camiones Ford o Berliet. Si le falta lógica forestal, pensemos que Sigüenza no estuvo mil años a. de J. C. en el Líbano, sino que está actualmente en su comarca.

Las frondas reciben y se envían la circulación de los aires de ruidos marineros de espumas, y huelen a pueblo, a reposo de hace veinte años. Se le acerca su pasado a Sigüenza respirando en la exactitud de su conciencia de ahora. Otra vez.

Sentirse claramente a sí mismo, ¿era sentirse a lo lejos, o en su actualidad? Pero sentirse en su actualidad, ¿no era sentirse a costa de entonces, de entonces, que iba cegado por el instante? Y al inferirse y extraerse de él, saciándose de su imagen desaparecida, ¿no alcanzaba una predisposición a la felicidad que no fue entonces, cuando pudo ser, ni es ahora, porque ya pasó, y sin realidades, y por no tenerlas, encontraba una fórmula de plenitud?

Así, el arte, para Sigüenza, es un estado de felicidad que se crea en nosotros sin motivos concretos de nuestra vida; es apoderarse de una parcela del espacio, de una hora, ya permanente por la gracia de una fórmula de belleza; es no perdernos del todo para nosotros; reacción y compensación de las realidades.

Salían dos peñas tajadas en aceros y rojos, en platas frías y azules, que se coronaban de cuervos. Flacos y mozones se holgaban en un corro de risas de hogueras pringosas. Se les oía un ruido de goznes y de faldón sacudido, un sorbo gangoso de su nariz de pico glacial. Colgándoles las patas, sosteniéndose con un aleteo corto, se pusieron a pastar el azul. Todavía el cielo, aquí, tiene episodios agrestes de paisajes antiguos; el de los pueblos de la Marina está ya casi expropiado.

Más cuesta arriba, quietud y silencio de Aitana en Sigüenza. Años y leguas en una contemplación estructurada, denominada y comprendida desde la última piedra del cabo Toix, que se comba en el mar, hasta la hoz de Confrides. Silencio y tiempo, y en el centro, un cigarrón frotaba sus élitros, tan humildes, tan frágiles, y eran como bronces que medían la quietud desnuda y eterna.

Cerca del collado se le ciñe a Sigüenza un aire de claridad, aire puro de roca, tan fino, que no da olor; y a mediodía va cayendo y deshojándose; y entonces sube un vaho de montaña. (Ayer descansó Sigüenza en el jardín de Orduña. Un creciente de luna iba escondiéndose detrás de este collado, enfriándole de oro los bordes; y cuando se apagaron las piedras, se apretó el silencio del atardecer. Todo desamparado, sin nadie: los caminos, las laderas, los huertos. Todo inmóvil: los follajes, los humos, la brisa; y en la intimidad del silencio, los nardos del jardín dieron su olor. Un soplo, una palabra, hubieran empabilado el aroma.) En el silencio suben rectos los olores; silencio hasta del aire, como en ese mediodía de Aitana.

A pesar del peligro y descrédito lírico de lo panorámico, no puede Sigüenza negarse al goce divagador sobre los mapas miniados y plásticos de los montes, de las porcelanas agronómicas, de las curvas azules. Flojo el cuadrante, suelta la rosa de nuestra óptica, se vuelve y revuelve por todos los rumbos hasta descarnar la angustia de nuestra ansia. Entonces dejan los ojos de planear para parpadear, prendiéndose de una referencia del mundo, y desde allí, desde esa demarcación, con libertad ya sometida, se principia siempre a saber que el paisaje no está poblado por dioses, sino individualmente por nosotros, con sensibilidad que responde de nosotros.

El mar. Toca el cielo en el mar y está siempre abriendo una frescura nueva de horizontes. Soledades azules, verticales, lisas para todas las avideces, soledades que de pronto se concretan rodeando la oruga de un barco. El mar fue la superficie de todas las exaltaciones de Sigüenza. El mar se ha quedado con todo su ayer de imágenes esparcidas. Cada imagen, una sombra veloz en las aguas; y en la sombra de cada deseo renunciado iba saliendo siempre la imagen de la nueva promesa.

La montaña. Estos lugares de la montaña que Sigüenza caminó tan prolijamente; la montaña le concentra y le disciplina. Cada fragmento del paisaje es un primer término suyo acotado. Soledad serena que nos recoge para esperar de nosotros; esperar a sabiendas de que ya somos lo que no tenemos más remedio que ser. Ya el tiempo se remonta hacia detrás, hacia después de nosotros. Y, diciéndoselo, le acuden como cogidos de la mano, textualmente, Cineas, ayo y valido de Pirro, y miss Betsy, profesora de inglés.

Cineas le dice al rey: —Si vencieres, ¡oh, Pirro!, a los romanos, ¿qué vendrá de tu victoria? El rey le contesta: —¡Ser mía toda Italia! —Y tuya Italia, ¿qué harás? —¡La Sicilia, tan rica, tan poblada, será mía! —Y ya que lo sea, ¿qué harás? —¿Qué haré? Se me depararán nuevas empresas de gloria; ¡será mía Cartago, será mía toda el África! —Y siendo ya tuyo todo eso, ¿qué harás? —¡Rescataré la Macedonia, impondremos nuestra ley a toda la Grecia! —¿Y después? —¿Después? Después, descansaremos. ¡Seré feliz! Y Cineas sonrió y le dijo: —¡Pues tenlo ya todo por pasado y descansa y sé feliz desde ahora!

En otro tiempo pensaba Sigüenza que el ayo de Pirro podía darlo todo por pasado y ser feliz; pero no Pirro.

Sin embargo, Plutarco añade que Cineas alcanzó con sus palabras más ciudades que su egregio discípulo con sus ejércitos. ¡Ahora, Sigüenza...!

Miss Betsy. Virginidad corpulenta vestida de sedas rancias. Sombrero de guirnaldas y frutas como un jarrón. Se alimentaba de naranjas, de moscateles, de mantequilla, de té. Sus pasos, largos, distantes; su paraguas, eclesiástico. Tan erizada de pudor como si fuese a quedarse desnuda de todas sus galas geórgicas hasta en el tranvía. Castamente viajó por Francia, Alemania, Italia, Grecia, Chipre y España. Castamente; es decir, sabiéndolo, sopesando el volumen de su castidad, y de sentirla tanto se le incorporaban los amores de sus alumnas. (La feminidad de la hija de Bonhom, ceñida de la mañana gloriosa de la sierra, evidenciaba la hermosura intacta de virgen con toda su capacidad de delicias.) Miss Betsy, soltera, dejaría en las mañanas de todos los países una impresión de pureza didáctica sin sexo. Sus ojos, repletos de gramáticas, contemplaron éticamente las inmaculadas espumas de los cantiles de Kouklia, la antigua Pafos. Los peligros de todas las civilizaciones fueron encogiéndose bajo los zapatos sin tacón de la profesora. ¿No codició Sigüenza el goce de ese mundo desconocido y desaprovechado? La profesora le dijo: —El mundo mejor lo recorrí en una tarde. La finca de mi discípula de aquella época llegaba cerca de Epson-Downs. Salí en el cesto tirado por Tony, nuestro poney favorito; yo, toda de muselina blanca y con pamela de espigas y amapolas. Me sentía imprudentemente arrebatada por la primavera. Tony se precipitó a lo largo de un camino que terminaba en un cielo rosa. Olvidé mi profesorado, mi soledad, mi juventud. ¡Qué campos, qué horizontes! Nunca los vi en Europa ni en Asia. ¡Oh, mi poney, mi cesto y yo toda de blanco! Y después, nada; y después, la noche. Me horroricé. Había pasado la hora del té, la hora de la lección, y yo seguía perdiéndome en la tierra y en el cielo, ya negros y húmedos. Mi poney se había trasformado en un demonio que me secuestraba. Me puse a rezar, y se me apareció una lucecita. Recé más, y la lucecita se hizo grande. ¡Un farol, un hombre! ¡Milagro! Pero yo conocía ese farol y ese hombre. ¡Dios mío, yo había llegado bajo la luz y el saludo del jardinero de mi discípula! Y le pregunté: —¿Dónde estamos? ¿Dónde acaba usted de encontrarme? Y él se inclinó (servidor de buena crianza, no como en algunos países latinos), se inclinó diciendo: —Miss Betsy: estamos a la salida del Roman Road. ¡Y es que yo estuve toda la tarde dando vueltas y vueltas por la pista del Derby!

El episodio del ayo del rey de Epiro y el del aya inglesa no consolaban a Sigüenza de los fallidos propósitos de su vida. Y se desprendió de esas memorias y se dijo que sus «deseos habían sido sus hermanos», y que él era, legítimamente, auténticamente, ahora, Sigüenza, por haber sido entonces como fue. Sus limitaciones, sus renunciamientos, le habían constituido y conformado según era. ¿Renunciaría a sí mismo en su resultado actual por haber sido lo que no pudo?

Y con una dulce alegría subió a lo último del «Portellet de Sella», que resalta con una frescura encarnada. Parece que todas las noches la lanza de estrellas del Carro Mayor pase desollando la roca.

Sigüenza, incendio y término

Estuvo mirando el valle. Mediodía. Tierras lacadas de lumbre; los árboles, con su aro inmóvil de sombra; los pueblos, de cortezas y cales resudadas; los campanarios, hondos; hondos, y seguían dando la solución culminadora de cada lugar. Huertas, oteros, macizos, cárcavas, pinares, rebaños, vuelos más bajos que Sigüenza. Los campanarios, el castillo roto de Orduña, también: quinientos, seiscientos metros más bajos ahora que Sigüenza, y prorrumpían vibrando en el azul.

¡Qué idealidad hemos ido dejando en algunas piedras, en algunas cosas que, hasta para mirarlas desde arriba, nos parece que se ha de levantar la frente!

Penetró más en la soledad del collado. Soledad cincelada en un paisaje de cumbres. Y desde que se asomó Sigüenza, todo comenzó a respirar dentro de la órbita del tiempo, tiempo de las soledades contado ya por el pulso de Sigüenza.

Portell de Sella para bajar a Sella; cima menor de belleza aplicada. Se coordinaban todas las fisonomías de las altitudes, menos la última cima. No se agotaba el deseo.

La plana de la otra vertiente. Barranco del Arc. Olas de piedra de jacinto. Sube como recién brotada siempre la cúspide de Puigcampana, tan de bruma azul, de gracia japonesa, a lo lejos; y desde aquí, con su verdad tan inmediata que los ojos reciben el tacto caliente de la desnudez cundida de sol y el frío de los escarpes en sombra.

Rocas y aliagas. Aliagas convulsas, de un amarillo que da luminosidad. Sigüenza enciende un cigarro, y el erizo gigante de una mata abre su hermosa garganta reseca queriendo el fuego como un frutal pide el agua. Magníficas en su capacidad y anhelo de arder, estas viejas aliagas deberían acabar quemándose solas en un mediodía grande y azul; y Sigüenza les suelta la cerilla encendida. Estalla una crispadura recóndita, y el corazón de la fogada se trenza y se distiende. Lumbres cándidas, azulosas, eléctricas, solucionadas por humos de algodones y humos teñidos de los sucos verdes de sus cepas. Cada ramo de púas parece cristalizado en una salina.

Rosales y nieves de cenizas. Abrió Sigüenza su mano para coger olor, y era buen olor de tahona. Aleteaba el fuego por los tojos, corría por jistos de grama. Crujidos frescos, rasgados de llamas nuevas; ruidos duros, metálicos, de calcinación; retumbos de pellones de rescoldos. Ya se calientan las ropas y la piel de Sigüenza; ya huelen torvamente a incendio, a incendio suyo... Y se le apartó un poco su júbilo, y un recelo inesperado se puso a preguntarle: «¿Es de verdad tanto goce infantil por esa hoguera, esa hoguera tuya que crece, que ya rodeándote?».

Se le cayó el cigarrillo. Vio delante, como corporalmente delante, el concepto de su soledad; y no sabiendo qué hacer, se quedó mirando su cayado.

Estaba solo, con su cayado nada más. Con legón, con azada, descuajaría las socas de esos hogares de leña; les arrimaría y les volcaría tierra y pedregal, como hacen los labradores y pastores para remediar los incendios. Quiso valerse de su bastón, y le retoño en lenguas que lo devoraban.

Las aliagas eran bestias rojas, delirantes, que mordían la hierba, que se cebaban hasta de las esponjas húmedas de los musgos.

Sigüenza llegó a verse destacado de sí mismo, solo, remoto también de sí mismo, mirándose y esperándose. Le arrebató el ansia y la delicia de huir. Y saltó del ruedo encendido, abriendo el humo.

Volviose desde el collado para contemplar la obra de su cerilla lírica, y precipitose por el recuesto. Sus piernas y sus brazos, ¡qué grandes y qué ajenos!... Se le verían de todas las casas del valle.

Otra vez su sendero con las huellas de sus pies de cuando trepaba tan Sigüenza; y encima, el humo abullonado, hirviente de negro; humo de perdición.

El pinar, y en el fondo un ladrido. Sin ver al perro, sentía que le acechaba y le ladraba a él, enroscándosele su acusación a las rodillas. Y por las curvas quietas y rotundas de los pinos, un vuelo ancho y suave de grajos.

(Ya llegaría el incendio a los rastrojos, a las viñas, a los almiares, a los casalicios, y arderían las carrascas, los huertos, los cipreses de Sella...)

Subió un grito que llevaba en la punta su nombre. Y Sigüenza tuvo que gritar para no creer que se escondía.

Corrió a su albergue, y por el sol de la ladera corría la sombra del humo.

Sentose de espaldas a la ventana, y en su nuca le retozó el aire dulce del principio de la tarde, la tarde tan azul, traspasada por el pilar de humo macizo, inmóvil en el alto reposo.

Se le dramatizó la conciencia, remordida por el mal que había dejado, y obligose a revolverse, también dramáticamente, para mirar.

Venía el guarda de monte por la vereda del Molino. Sigüenza lo llamó.

—¡He sido yo! ¿Ha visto usted el incendio? He sido yo; claro que sin querer; ¡pero he sido yo!

El guarda rural sacó su petaca de cuero, atada con un cordel como un hurón cautivo, y lamiéndose su sonrisa le dijo:

—Se sabe su camino por los cigarros que fuma, que no son de aquí. El humo de antes bien sería de su foguera; pero ese gordo de ahora es de las hornadas de los carboneros, los de la banda de Sella, que hacen las cremas de septiembre.

Y anocheció cayéndole a Sigüenza toda la ceniza de su día malogrado.

Un lucero humedeció de plata las aristas de una peña. Así, en ese instante, como hace siglos y siglos, a la misma hora astronómica; y así también cuando Sigüenza esté ya muerto siglos y siglos. Pero demasiado alto el lucero para atribuirlo a nuestra vida y a nuestra muerte.

Llegaba de muchas leguas la fresca tonada de los grillos, de los alacranes, de los autillos, de los sapos. Era como una claridad del confín de la noche. La misma dulzura, la misma inocencia del mundo dormido que hace mil años y después de mil años sin nosotros. En las ciudades insignes, al lado de los restos maravillosos de una civilización, puede mitigarse el dolor de la fragilidad de nuestra vida recordando que han desaparecido otros pueblos fuertes, otras obras perfectas. (Ruin consuelo, pero consuelo.) Todo se desgasta y acaba, y el hombre permanece. Y diciéndoselo, Sigüenza se adhiere desesperadamente de sí mismo, porque permanecerá el hombre, pero no él, que todavía es peor. Aquí no hay glorias humanas que depositen sobre la Naturaleza una idea relativa de su duración junto a la de Sigüenza. Nada se interpondrá entre él y las inmensidades; él, en las noches y en los días impasibles, recibiendo en su sangre la estigmatización de su fugacidad. Aitana, tierna y abrupta; sus cielos, sus abismos, sus resaltos, sus laderías; todo eso, que le afirma el sentimiento de su independencia y de su libertad, le oprime con la ley de la muerte; todo eso, que le exalta y le recoge con una felicidad tan vieja y tan virgen, y que es como es por nuestro concepto, por nuestro recuerdo, por nuestra lírica, ha de seguir sin nuestra emoción, sin nuestros ojos, sin nosotros. La intimidad con la Naturaleza le dejaba desnudo de ella. No quiso la desnudez de Job.

Se marchaba ya pronto de Aitana; pero ni quedándose más ni quedándose siempre se le quitaría su dolorido sentir. Y se le precipita el ahínco de caminar y aprovecharse del ahora.

Pueblos, masías, climas agrarios. Mientras Aitana se abre y se tiende sola en su universo, van pasando enfrente, desde el cuerno torcido y azul de Bernia, los rasos de Tárbena, la comba de Almetlla, el Chortá, de una calma solanera, el Serrella, con sus rúbricas de oro sonrosado. Losas y sillares de comarcas asiáticas. Moles lívidas y ardientes. Apariciones de castillos como de obra de cantero en peña viva; castillos de fondos de Anunciaciones, de Nacimientos, de Epifanías de primitivos.

Otra aldea: L'Abdet; un panal en el corte de la quebrada. Y detrás, Confrides.

Confrides, tallado en limpidez de invierno de los últimos recintos de la sierra. Su torre, como un ademán de persuasión para contener el ímpetu de la ruta de la mar. Desde Confrides ya no se verá el mar.

Guadalest, Benimantell, Beniardá, Benifato, Confrides... En otro tiempo, cada uno era íntegramente él. Los calvarios, los esquilones, la dulzaina, los morteretes, los olores, subían al silencio celeste de su término. En la soledad total del valle se desplegaban las soledades individuales de cada pueblo. Ya cruza la prisa del novecientos por la carretera, enhebrando y juntando el instante lugareño. Comienzan a sentirse otros años y leguas. Los días desnudos, en el vértice de Aitana sale como un piñón, el hito, el índice orográfico, aguja de sol anillada de aires, de horizontes, de oleajes de cumbres; y esas piedras de los ingenieros parecen todavía las piedras consagradas a la divinidad en el amanecer del mundo. Otros años y leguas; pasan los aeroplanos, pasan las águilas, y la cima se duerme en el azul, sola, pura y eterna.

Y cuando Sigüenza estaba mirándola, se paró a su lado un hombre viejo y pobre, y todos los años desaparecidos los rodearon haciéndoles compañía.

¡Bonhom!

Bonhom se alzó poco a poco el andrajo de su sombrero, el sombrero de las fiestas y de sus viajes a la ciudad. Quiso recordar todo lo de aquel tiempo, todo lo padecido, y no le dejó Sigüenza.

—¡Todo lo sé, Bonhom! Ahora no hay que pensar sino en el nieto, que ya será un hombre, y con él no habrá desgracia que le apure.

Bonhom se cegó con sus manos cansadas, le reventó el llanto, y desde allí dentro gemía:

—¡No lo sabe usted todo! Le han contado lo de mi hija y se les olvidó decirle que yo no tengo nieto, que se me murió cuando ya era grande, un día de la Candelaria.

Y Bonhom levantaba los puños, y arriba se abrieron, y coincidieron sus palmas y sus dedos en una cúspide de oración.

Caminaron envueltos de una claridad madura, tostada de otoño. Semejaba que fueran en busca de la hija de Bonhom, todavía jovencita y virgen.

El valle, desde el viejo camino, en las horas buenas de la mañana, era lo mismo que en aquel tiempo, lo mismo que en todos los tiempos que han de venir; y, por tanto, ya era otro valle sin nosotros.

...Y aquí dejaré a Sigüenza, quizá para siempre. Conviene dejarlo antes de que se quede sin juventud. Porque sin un poco de juventud no es posible Sigüenza...


Publicado el 27 de julio de 2020 por Edu Robsy.
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