Del Huerto Provinciano

Gabriel Miró


Cuentos, colección



Caminando por las sendas de este huerto provinciano, me entré en las espesas y doradas mieses de la vida.

De mis impresiones hice cuentos y crónicas de mucha simplicidad. No he podido guardarlo todo, que naturalmente soy abandonado y perezoso, y se me han caído muchas de las espigas segadas en las cálidas tierrecitas de mi huerto. Dos manojos me quedaron, no sé si de las más granadas y gustosas o si de las peores por vanas y desabridas. Con uno de ellos hice este libro; y el otro, lo tengo todavía en mi pequeño troje.

Estas páginas no son altas ni hondas, ni estruendosas, ni resplandecientes.

Tampoco todos los lectores han de ser ceñudos, solemnes y macizos de sabidurías.

Yo más quiero un mediano entendimiento y un corazón sencillo que mire las humildes hermosuras de la vida, que perciba sus menudas y escondidas sensaciones, y que como yo se contente aspirando el olor de la leña quemada y de la sembradura húmeda, y guste del silencio campesino, del vuelo de los palomos y de las gaviotas, de hollar las frescas tierras de los prados, del sueño de las nieblas de los ríos, y estremecerse de santo deleite asomándose a la Creación desde la soledad de una cumbre de serranía...

Yo escribo para esas almas amigas.

El reloj

Hogar es familia unida tiernamente y siempre. El padre pasa a ser, en sus pláticas, amigo llano de los hijos, mientras la madre, en los descansos de su labor, los mira sonriendo. Una templada contienda entre los hermanos hace que aquél suba a su jerarquía patriarcal y decida y amoneste con dulzura. Viene la paz, y el padre y los hijos se vierten puras confianzas, y toda la casa tiene la beatitud y calma de un trigal en abrigaño de sierra, bajo el sol.

A los retraídos aposentos de muebles enfundados suele llegar frescura y vida de risa moza; y vuelto el silencio, síguese la voz del padre que dice de su infancia, de la casa de los abuelos...; y el cuento de las costumbres de antaño, celebradas buenamente en familia, se trenza con el de las travesuras infantiles de los hijos, ya hombres, que están atendiendo. Y el íntimo y sereno contentamiento acaba cuando el padre queda con la mirada alta y distraída recordando el verdor de su vida; suspira, o bien murmura: «¡En fin!», y mira al reloj. Entonces, los hijos besan su frente y su mano y la mano y la frente de la madre...


* * *


En estas casas, los muebles también son amados. Macizos, grandes y poderosos, sin alindamiento ni gracias de catálogos de mueblistas falaces. Los labraron pacientes y humildes oficiales en cipreses, nogales, caobas. Los fundadores del hogar, entonces prometidos, vieron los árboles, arrancados en heredades propias o traídos de bosques remotos, y aspiraron de los troncos la fragancia de su limpia y noble ancianidad.

Y estos viejos muebles han asistido a los regocijos y quebrantos del hogar y sufrieron con bondad y complacencia de abuelo los antojos y agravios de los hijos pequeños. Las maderas se han hecho prietas, tomadas como de una pátina de vetustez y cariño; capas de cariño puestas por las miradas y respiración de los dueños.

Mas en el jugoso árbol de este amor, prorrumpen valientes renuevos de parcialidad. Una consola con profunda cicatriz de injuria hecha por manos mercenarias, o un armario de olorosas maderas, o una mesa que sirve generosamente para todos los menesteres hogareños, por ser lo primero que se mercara cuando se decidieron los desposorios, o por otro suceso efusivo y dichoso, se ha dado en respetar y querer más devotamente que a todo el menaje.

¡Presentación de desventuras y alegrías fundidas y amadas, que prende y resucita en nuestra alma el mueblaje, es noble y bendito «fetichismo» que no estudió Binet!


* * *


Un reloj era lo predilecto en el ajuar de una mansión provinciana.

Comprolo el padre en la húmeda tienda de un viejo artesano. Dos generaciones del mismo linaje habían ya conocido a este hombre en la senectud. Su obrador estaba en un portal cerrado por cancel. Luz de aceite con verde pantalla alumbraba su cráneo redondo de monje, inclinado para estudiar con recia lupa las entrañas de cualquier mecanismo.

El reloj de aquella casa era decano de todos, y formaba grande óvalo de ébano con taracea de aceros oxidados; las horas teníalas de traza latina, protegidas por un cristal grueso y hermoso; su latido era muy reposado y la campana sonaba como grave cuerda de órgano mantenida con pedal, y su vibración entraba a todas las habitaciones, derramándose en sus ámbitos mansamente, como en las sierras el tañido de Ángelus aldeano.

Para la familia era este reloj un antepasado o el pecho de un antepasado de todos los relojes de sus mayores, de corazón sonoro y sabia voz. En la casa vivía desde su origen; y tanto lo humanizó la piadosa fantasía del padre y lo respetaron todos, que, sin necesidad de manifiesto entredicho, solo las manos santas y augustas del padre curaban del reloj y proveían su cuerda, despacio y blandamente, mientras la esposa y los hijos miraban como miramos al médico cuando visita y escucha a un amado maestro.

Esto acontecía una vez semanal y en precisa hora. Al tañerla el prócer pecho de ébano del antepasado, cometía la vanidad, perdonable en servidor anciano, de prepararse ruidosamente. La familia burlaba.

—Es preciso, y no tenéis razón para esas malicias —decía el padre en defensa del óvalo amigo—. Son cuarenta años de buenos servicios, ¿qué pensáis?

—No, pero si nosotros no nos reímos de él.

Y el reloj parecía mirar a todos muy gravemente por las cuencas de las llaves, entre las VIII y las IIII.

...Llegó un día en que las entrañas del noble reloj padecieron flaqueza y agotamiento. Daba las horas con doliente fatiga; de tañido a tañido mediaban silencios intranquilizadores. Nadie lo tocaba ni atendía. Otro, pequeño, mudo, de mesita de enfermero, gozaba los cuidados y miradas de todos.

La estancia del decano, que era el comedor, se halla desierta, sin risas de hijos ni pláticas de padre. El padre moría lentamente.

Y el lacerado corazón del buen reloj no tuvo la caricia de las santas manos y desprendiose del pecho rompiéndose. Alguien que pasaba entonces, oyó un golpe y un crujido de lastimera música y todo el óvalo de ébano resonó gran tiempo. Detúvose aterrado. No se hendía el silencio con la medida del péndulo. Acercose y lo halló derribado.

Cundió la noticia con misterio desolador de augurio.

Buscose al viejo de la tienda, y ya no vino, sino un mozo hijo o nieto de aquel mecánico que cargó sobre sus anchos hombros al pobre antepasado de todos los relojes del hogar. Y en tanto que salía por corredores y aposentos, el mazuelo de las horas, al ludir con la recia espiral, produjo una trémula lamentación que se esparció por los ámbitos de las salas de muebles enfundados.


* * *


Y al mes lo trajeron. Ya había muerto el padre en la casa. La madre y los hijos recorrían las salas, los dormitorios, el comedor... Todo, ¡qué grande ahora!

Estaban cenando. Y de súbito se miraron estremecidos, hablándose con los ojos su desventura. Luego los alzaron como para adorar sagrada reliquia. Y del pecho de ébano salieron profundas y templadas las horas, derramándose en todos los recintos y dejando fugaz ilusión de padre vivo...

Día campesino


«Y aver alegría
Syn pesar nunca cuede,
Commo syn noche día
Jamás aver non puede».

(El Rabbi Don Sem Tob, Proverbios morales)


Se olía y aspiraba en la mañana una templada miel. Ya tenían los almendros hoja nueva y almendrucos con pelusa de nido; la piel gris de las rígidas higueras se abría, y el grueso pámpano reventaba; y lo más nudoso y negro de las cepas abuelas se alborozaba con sus netezuelos los brotes. Eran rojas las tierras, y así semejaban más calientes. El río, estrecho y centelleante de sol, aparentaba dar de su fondo fuego de oro y era limpia espada que traspasaba la rambla con dichosas heridas de frescura. Venía el agua somera, sin ruido y apenas estremecida por los cantos y guijas de la madre. Estaban rubias y mullidas las márgenes de tamarindos arbusteños; y en lo postrero de la vista, las aguas espaciadas hacían una tranquila y pálida laguna. De dentro, los tamarindos, ya árboles, asomaban sus cimas anchas y doradas como el trigo en las eras o islas románticas; y enteramente lo copiaban las aguas.

Cerca del río tronaba un viejo molino harinero. Delante del portal había un alto álamo de trémula blancura; y en aquellos campos primaverales el árbol grande y blanco parecía arrancado de un paisaje de nieve.

Vinieron de la ciudad a esta ribera dos amigos. Entonces descansaban, sumergiéndose en el dichoso gremio de la dulzura matinal de primavera. De lo alto del aire o de lo hondo de la tierra pasaba a instantes la templanza un estremecimiento, un aleteo rápido y leve de frío, pero frío de invierno, huido, ya lejos.

Luego resultaba más grueso y dulce el abrigo del sol. Era buen tiempo. El buen tiempo rizado, conmovido por frescura sana y seca; el buen tiempo, el deseado por el enfermo amado de nuestra alma que murió en el invierno. Ahora estaría con nosotros, bajo la gracia de los cielos, y después, en la santa quietud de los tibios crepúsculos, cuando empieza a balbucir en la verdura, hija de la lluvia, un élitro de son argentino. Es del trovador grillo. Lo busca tiernamente nuestra mirada; pero es que su cántico tembloroso resuena en toda la soledad; y el lírico insecto parece oculto en todos los rodales de matas...

Y no volvemos la espalda al recuerdo del enfermo que ya no está con nosotros, no lo olvidamos, y la madurez de la mañana aumenta la salud y ésta nos genera y renueva alegría. Habían salud aquellos amigos y era olor de salud el de los árboles verdes, el de espigas granadas y el de la harina y el de la humedad del río...

Habían alegría, alegría que parece brotar de todos nuestros poros en finos manantiales y llega al penetral del corazón y allí remansa y se clarifica. ¡Grande y fuerte beatitud de la naturaleza! La voz del sabio se oye en las inmensidades: «Vuélvete, alma mía, éntrate a tu reposo, porque te ha hecho bien el Señor».

En aquella mañana inicial de primavera los dos amigos paseaban junto a la orilla del humilde río, recreándoles puerilmente la huida de las ranas que saltaban, reluciendo al sol, desde el limo de las márgenes y al caer y zambullirse se oía en la paz de las aguas quebrarse un cristal. Y por eso, uno de los amigos sonreía buenamente.

«Amable es el hombre que se compadece», había leído en los Psalmos. Pues el compadecerse sea de todo, de lo magnífico y de lo menudo, que esto no enmuellece ni disipa el ánimo, y sin menoscabarlo, lo adelgaza y apura y lo hace muy sencillo.

De los dos amigos, uno era famoso ingeniero, que estudiaba el recogimiento y prisión del río en canal, para después precipitarlo espumoso, torrencialmente, desde las altitudes y dar su fuerza a industria de señores logreros. Pero él solo pensaba entusiasmado en el arco estruendoso de espumas irisadas por el sol como inmenso velo nupcial colgado en el abismo.

El otro amigo no buscaba ni trazaba arbitrio alguno en aquel paraje. No se había propuesto nada.

Junto al molino repararon en cinco ánades que picoteaban granzas, harija, hosecicos de oliva majada; y esto lo hacían perezosamente, descansando sus buches en la tierra; pero al ver a los hombres se asombraron mucho y se alzaron mirando a todos lados, y dieron grande estrépito.

Y como el natural contentamiento facilita los más pequeños amores, los dos amigos contemplaron enternecidos a los patos, y sonrieron.

Los ánades, gordos, muy despacio y cabeceando, como señores canónigos saliendo del coro, según comparación del ingeniero, se fueron apartando del molino; contempláronse en el río, y se estuvieron murmurando con aspereza, mirando siempre recelosos a la gente de tan nueva catadura.

Entonces se llegó a los amigos un hombre risueño; cuajábanse sus ojos de luz húmeda; le sudaban los carrillos como si se les fundiera la grosura. Era de los beneficiados con el canal del río. Su cara era un incendio de sangre y alegría; también estaba muy alegre, pero sin importarle la ternura y dulcedumbre de la mañana.

Con voz blanda y espesa, como si se deshiciera una rica pasta en su boca, dijo:

—¿Los han visto? No los hay mejor cebados en toda la provincia. De aquí me los mandan para mi mesa, y yo mismo, aunque tengo un grandísimo cocinero, yo mismo hago los pasteles de hígado, pero incomparablemente más exquisitos que los preparados en Amiens y en Tolosa. Créanme: estos patos son tan tiernos como un seso; yo no les iba a decir una cosa por otra...

Los dos amigos le respondieron que sí que lo creían.

—¡Si ustedes los probasen, madre mía! —Y la saliva brilló en toda la boca de aquel hombre, trémula como la de un lujurioso grosero cerca de la hembra codiciada.

El ingeniero y el romántico —así les diremos para diferenciarlos— le miraban atraídos por su voz, rellena de guisos suculentos y olorosos. Y el romántico pretendió desasirse de bajas tentaciones, y se volvió para atender a las aves.

Ya habían bajado a las aguas, menos una, que quedó llena de incertidumbre en lo enjuto. Parecía su cabeza de terciopelo verde, y a veces vislumbraba o se quedaba negra.

Era el ánade más pesado y filosófico de todo el averío.

Y el romántico lo contempló para amarlo en armónica onda de amor, que nacía desde la hierbecita que hollaban las patas membranosas, pasaba por el río, atravesaba la arboleda, hendía el cielo, los horizontes gayos y luminosos, y este arco iris de amor y caridad envolvía otros campos hasta posarse, acaso en otras humildades...; mas los ojos del amador se detuvieron demasiado en la opulenta pechuga del animalito.

—Mírenlo, es el más filosófico.

—Créame, es el más tierno de todos —le replicó el gastrónomo—. ¡Hay que saberlos comer!

Adelantose; hizo cauta y diestra maniobra. Se levantó un graznido como si removieran hierros roñosos y materiales de fábrica. Y el hombre vino a los amigos con el pato en sus brazos.

—Tiéntele aquí abajo.

Y las manos del romántico sintieron un temblor caliente de vida asustada.

—¿Qué le parece, si lo añadiéramos a los gazpachos? La olla es inmensa: ya tiene dos perdices, una gallina y un pollo. ¿Qué, lo añadimos?

El romántico no contestó.

—¿Lo ha comido usted en gazpacho? —prosiguió el otro—. Es la delicia de las delicias. Con su espuma podrían alimentarse seis hambrientos. ¿No lo ha catado nunca?

No lo había catado. Y balbució tímidamente:

—¿Es que no bastará con las perdices y todo lo que ha dicho?

—¡Qué mezcla de gustos de carnes... y en gazpachos, madre mía! ¿Qué? ¿Va? —continuó tentando el glotón, que reía idiotizado por la imaginación del placer.

Cerca, reía servilmente otro hombre, que debía ser el cocinero de aquel demonio de la gula.

¡Pero por qué le pedían la sentencia al romántico! Y vio los ojitos del ánade, que le miraban suplicándole gracia; y volviose al ingeniero para transferirle la resolución; pero el ingeniero estaba leyendo en su manual de notas y cálculos, ajeno a la contienda mantenida entre el estómago y el corazón de su amigo. Y éste no quiso saber más del pato ni de sí, y apartose con apresuramiento para entregarse a la fortaleza y magnanimidad del paisaje; pero encima de su corazón le aleteaba angustiadamente el pato.

...Muy alto el sol, y en intensa y soberana quietud los campos, sonó la gran voz del señor de los pasteles llamándole.

Acudió el romántico casi con entusiasmo. Tenía hambre. Voz de la carne le prometía gozar y... la escuchaba. Notábase fuerte y sensual.

En el portal del molino estaba la mesa. El fresco olor de harina reciente casi lo apagaba el de las viandas. Las tortas ázimas eran enormes como las muelas que rodaban allá en lo hondo con grave ruido. Y mirar y oler las tarinas de aves guisadas, hartaba.

Mucho tiempo estuvieron comiendo sin decir palabra.

Después, en un breve descanso de las quijadas, el hombre risueño preguntó al romántico:

—¿Qué me dice del pato?

El otro se estremeció culpablemente.

—¿Luego murió el pato?

—No, señor; lo matamos y usted engulló la mitad de su pecho.

—¡Yo! Si no me di cuenta. Lo comí por perdiz. ¡Inútil, inútil el sacrificio! Lo juro.

Y el glotón reía devorando un muslo como un mazo de mortero.

...Por la tarde recorrieron el trazado del canal. Sus sombras se acostaban prolongándose sobre el río y la otra ribera.

Cruzaban el azul, ya pálido, avecitas que volvían a la querencia de sus árboles. Por el río humeaba una niebla castísima. La laguna era cielo caído y los tamarindos fuertemente inflamados por sol de ocaso encendían macizos de hogueras en el bello sueño de las aguas. Un autillo dio un grito de lástima desde el remoto olivar de una sierra; y palpitaba en la quietud del crepúsculo un coro de insectos.

Sentíase una mística tristeza; y el hombre de los pasteles lanzaba, de tiempo en tiempo, el estampido de una carcajada que manifestaba honradez.

¿Pero es que no piensa en el pato, en nuestra víctima?, se dijo el romántico; y en cambio él veía su doliente espectro caminando a su lado, con el cuello retorcido y sangrante, y creciendo, agigantándose como la sombra de un avestruz monstruoso. ¿Es que sólo había pecado su corazón y el ánade fue víctima únicamente suya, porque sola su alma había sido la elegida para recoger el latido de piedad?

Y quedó contemplando el lago. La belleza de inocencia del paisaje avivaba los remordimientos. Se apagaron dulcemente los árboles de oro. Y el romántico quiso envolverse de la serenidad de la visión; y dijo:

—Ya ven la santidad constante de este sitio. Nos marcharemos, lo olvidaremos y las aguas y los tamarindos continuarán ofreciendo su belleza en la soledad. ¿No es todo más generoso que nosotros?

Entonces el regocijado, cuya alma no era buena ni malvada, y sí a modo de habitación o profundidad cegada, y nada tenía, murmuró:

—Poco les queda de ser generosos a los tamarindos. Nuestro canal les quitará el agua.

—¿Y han de morir? —dijo el romántico.

—Sí, señor. ¿A qué hemos venido sino a estudiar su muerte?

Frío húmedo se levantó de las aguas; en los olivos gimió otra vez el autillo, y entre dos espesuras de tamarindos cruzó lenta y triste una garza de plata.

Los hombres caminaron.

Y acabó el día campesino, comenzado alegremente por un hombre que se creyó bueno y amable porque compadecía, según el psalmista... Y fueron cometidas crueldades.


Sol claro, plasentero
Nuve lo fase escuro,
De un día entero
Non es ombre seguro,


escribió el judío Sem Tob.

La fiesta de Nuestro Señor

Acabado el enjalbiego, dijo la señora tía, ya doblada por senectud, al sobrinico huérfano:

—Anda, Ramonete, anda; anda, hijo, y acuéstate, como a buen seguro hicieron ya todos los muchachos, que muy de mañana se ha de ir a la parroquia.

—¿Qué hay entierro o casamiento, señora tía?

—Pues, descabezado, ¿que no recuerdas el día que es? ¿Qué dijo el señor maestro?

—¡Que no había escuela!

—¿Y no paró en hablar de la grande fiesta de Nuestro Señor?

—Sí dijo de fiesta, señora tía, sí dijo.

—¿Y no entendiste que había de ser la del Corpus la más preciosa y bendita, hijo Ramonete?

—Sí que podrá ser, señora tía; que Damián y Javierico, los de la «Corrionera», y Luis y «Gabiel» y Barberá hablaron que estrenaban botas de cordones y gorras de visera reluciente y trajes de...

—Anda, Ramonete, hijo; anda y acuéstate, que bien supiste las fantasías de los rapaces... Corpus es mañana y el señor rector predica, con que...

Y el sobrinico huérfano bebió de una cántara sacada al sereno; besó la mano sequiza y rugosa de la señora tía y entrose muy despacio por la negrura del portal.

Desde lo hondo llamó tímidamente:

—¡Señora tía! ¡Señora tía!

—¡Ay, Ramonete, ay, hijo! ¿Qué antojo es ése?

—¿Ha de venir pronto, señora tía? ¡Mire que todo está fosco, y en «lo» corral sentí ruido y pasó como una fantasma, señora tía!

—¡Ay, hijo Ramonete! Encomiéndate al buen Ángel; mira que recelo que todo eso es el Enemigo que te lo hace ver...

A poco sosegaba el chico; y la vieja cerró con cautela el postigo; guardose en la faltriquera del refajo la llave, trabajosa y pesada como de puertas de ciudad, y fuese a la casa de la mayordoma, cuyo zaguán bullía de gente devota y picotera. Conversaban de la fiesta. El señor rector y otro eclesiástico forastero paseaban gravemente celando al vicario, recién afeitado, que platicaba en un ruedo de doncellas afanadas por acabar el recamado de cañutillo de la nueva palia para el Sagrario. En un aposento alto, los mozos ensayaban el «Credo» de la misa.

Ya cerca de la media noche llegaba la señora tía a su dormitorio. El sobrinico quejábase en pesadilla.

—Hijo Ramonete... —llamó la vieja, signándose.

Y como Ramonete balbuciera de la visión manifestando que soñaba, la señora tía murmuró para sí: «No sosiega una con criaturas».

Ya acostada percibió la congoja del sobrinico. Y ella sopló al candil y rezó tres veces su jaculatoria: «San Pedro, con vuestra licencia voy a dormir; mis ventanas guarden San Joaquín y Santa Ana; mi aposento, el Santísimo Sacramento».

Ramonete despertó espantado al «sentir» en su carne las manos afiladas del fantasma. Se había caído de la cama. Subiose muy medrosico; ensanchó los ojos y gimió:

—¡Señora tía!... ¡Señora tía!

Y estuvo aguardando.

La señora tía roncaba.


* * *


—¡Hijo! ¿Qué regodeo es ése?... A buen seguro que te pudrirías durmiendo si no te tuviera a mi cuidado... ¡Pues qué, no oíste aquel estrépito de campanas y de morteretes, que no parecía sino que era venida «la» fin del mundo! ¡Y la bulla de los mozos que llegaban del monte con sus costales de pino y romero para enramar la casa de Nuestro Señor! ¿No piensas en la fiesta? Darán las cinco y te estarás ahí como un gusano... Anda, hijo Ramonete, anda, despabila; y en tanto que yo avío la clueca y los cochinos, colócate este devantal lavado y el pañolico de pita... y venga, Ramonete, anda, hijo, que vayamos a la parroquia para bien acomodarnos...

Y la señora tía saliose muy presta a su corral, donde la pollada y los cerdos la recibieron con alborozos y contiendas por gula.

Atolondrado se incorporó el sobrino; entrose las calzas que sujetó a las rodillas con ataderas verdes; luego descuidó su atavío para estregarse los ojos. Dulce emperezamiento le rendía y se acostó diciéndose: «¡Corpus, Corpus es! ¡La fiesta de Nuestro Señor! ¿Qué será Corpus?».

Mas, desde la pocilga, acuciábale la señora tía:

—¡Hijo Ramonete!, ¿qué negocio tan largo es el que me llevas que no acabas de salir?

Muy azorado levantose de nuevo el sobrino. Se puso las alpargatas y salió a bañarse la cara en la pila del pozo.

La señora tía ya estaba en su cámara mudándose las haldas; prendió su mantellina de pana negra y raída, con larga cruz de ébano tendida sobre el seno, cuya lisura y enjutez se confesaban por lo lacio del corpiño; alcanzó del clavo de la cabecera su rosario de dieces cabales y asió de la mano del sobrinico, sin permitirle enmendar la lazada del cenojil que se le había desceñido.

—¡Ay, señora tía, que se me cae una calza!

—¡Hijo Ramonete!, ¿qué nuevo antojo dices para ir reacio?

—¡Mire, señora tía, que muestro el calcañar!

—Obra es del Enemigo, hijo Ramonete, para que no oigamos al señor predicador.

Y tiraba del zagalico que había de jadear y brincar como un chivo zaguero para poder seguirla.

Cuando arribaron a la iglesia, colgaba los muros el vicario, ayudado de dos mozos. Otros esparcían juncia y espadañas en las losas.

Una lámpara pestañeaba en la lobreguez de la capilla de las benditas Ánimas.

Llegó la mayordoma de la Cofradía. Las hijas entraron una butaca de su estrado, que había de servir para el oficiante.

—¡Hijo Ramonete, no miras cuánto lujo!... Ahora quédate sin menearte ni resollar en este puesto, que es el más acomodado, y yo iré a cumplir mi trabajo.

Y la señora tía acercose al hormiguero de amigas que colocaban la palia nueva.

Quedó Ramonete custodio del codiciado asiento; y pensaba: «Corpus, Corpus ¡La fiesta de Nuestro Señor! ¡Qué será Corpus!». Y miraba a los muchachos que pasaban libres y gozosos. Todos estrenaban ropas; chupaban regalicia. Damián y Javierico traían bastones de hombrecito y Barberá lucía cadena de reloj y todo.

...Ramonete se aburría... «Corpus... Corpus... Corpus...». Y se quedó dormido.

...Lo despertó muy enojada la señora tía.

—Hijo Ramonete, ¿no acabarás de afrentarme? Atiende, que está aquí todo el pueblo y nos conoce... Mira que comenzó la fiesta...

Descaecía el sobrino entre la muchedumbre, y pareciole que su estómago recogía como un ávido olfato olores mezclados de pisadas verduras, de cera ardiente, de sudor de carne sucia, de telas tiesas y nuevas...

Los cantores gritaban rudamente el «Gloria in excelsis Deo».

La señora tía, de rato en rato, mandaba al sobrinico: «Ponte en pies, hijo Ramonete...» «Anda, hijo, y ponte de hinojos...» «Ahora, Ramonete, puedes "asentarte" en tierra si te cansas...».

Hacíalo puntualmente el sobrino, y suspiraba de cansancio y hastío.

—¡Señora tía! ¡Señora tía!

—¡Calla, hijo Ramonete, calla y mira a Nuestro Señor, que te ve desde la Custodia!

Subió Ramonete la mirada por el altar y la puso medrosamente en el viril, en cuyo centelleo se apagaba la blancura de la Hostia.

Estuvo Ramonete muy quieto, muy quieto, y sin apartarse de la contemplación, musitó:

—¡Señora tía, no me mira Nuestro Señor!

Y sudaba y se removía buscando descanso con la mudanza de actitud.

Avizorábale indignada la vieja.

—Pero, hijo Ramonete, ¿qué nuevo antojo te dio?

—¡Ay, señora tía, es que... es que me estoy orinando!...

—¡En la casa de Dios esos pensamientos!... Reza, hijo Ramonete, que todo es el Enemigo que te posee... Pero, calla, hijo, que el señor rector subiose ya al púlpito... ¡Qué bendición de hombre!

Ramonete miró a lo alto. Los anteojos del señor rector resplandecían como los del señor maestro en la malhumorada lección de los lunes...


* * *


Ya era cerca del medio día cuando la vieja y el sobrinico huérfano llegaron al portal de su casa.

La quejumbre de los goznes inquietó a los cerdos.

—Vamos, vamos, ¿no conocéis al ama?

Y la risica de la señora tía fuese entrando por los oscuros cuartos, hasta que sonó muy zalamera y despejada en el corral calentado de sol, ruidoso de moscas. De la umbría de la pila y de la leña salieron las gallinas.

Ramonete aguardaba.

Al entrar, reparó en él la señora tía.

—¡Mustio hoy, Ramonete! ¿Pues qué maquinas, Ramonete?

Y alcanzó del último vasar de la alacena un cuarto de hogaza; goteó la miga con aceite de la alcuza, añadiole sal, y se lo entregó al sobrino, diciéndole:

—Anda, Ramonete, y hártate; la señora tía come en casa de la mayordoma, que da comida a la congregación y a los señores curas. Pero, hijo, no voy a regalo, sino a faena, que bien me conoces, y no acertara llevándote. Hártate cuanto quieras, pues eres chico... Y ya sabes que en la procesión hemos de vernos. Amigos tienes, pero mira cuál es tu comportamiento, que quedaste a mi guarda... No se diga, hijo Ramonete, no se diga...

Y así murmurando llegaron a la calle; cerró la casa la señora tía y se apartó del sobrinito huérfano...


* * *


Estaba en quietud toda la aldea; y por las calles repasaban muy bajas las golondrinas. En la sombra de un cornijal sesteaba un perro.

Ramonete se acercó a la casa de la mayordoma y oyó voces de gargantas espesadas al engullir; la señora tía no sosegaba de hablar.

Ramonete se alejó mordiendo el pan y marchose al ejido. Comía y miraba el valle ancho, suave y arbolado. Lo abría un río de aguas silenciosas que trasparentaban las trémulas frondas de los chopos.

Y el paisaje le envió toda su tristeza en aquella tarde de la fiesta de Nuestro Señor.

De la aldea surgió una vocecita campanil que parecía pasar voladora entre la calina y perderse en los campos.

El sobrinico estuvo atendiendo y sus ojos se regocijaron y pensó: «¿Será Gregorico?... Gregorico es, que dijo que helaría limón para Corpus». Y guardose en sus bolsillos los zoquetes que le quedaban de su yantar, y tornó al pueblo.

Ya estaban empaliados los principales balcones y las calles rociadas.

En un cantón de la plaza estaba Gregorico cercado de muchachos que lamían la garrafa con la mirada.

Llegó Ramonete al grupo y saludó risueño y humilde al vendedor; pero los ojos claros y fríos de Gregorico no le acogieron amigos. ¡Oh! Gregorico no tenía cara de chico, sino de hombre abobado y cermeño. Miraba desdeñoso la rapacería anhelante; destapaba la heladora; con el largo cazo arrancaba de las paredes del cañón los grumos de dulce nieve y alzando la mano caía estrepitoso el rico y codiciado suco de oro... Y cuando algún labriego o lugareño pedía de su refresco, le servía solemnemente con hazañería y melindre de poner, en apariencia, más de lo que cabía en el vaso de vidrio recio y nublado. Y luego preguntaba chancero: «¿Va otro? ¡Vaya otro!».

Ramonete se perecía de risa al oírlo para celebrarle la chanza. Y Gregorico no lo notaba.

Vinieron Barberá, Damián y Javierico y también refrigeraron, que llevaban dineros. Bebían muy despacio contemplados por Ramonete. «¿Le habría puesto la señora tía alguna moneda en el delantal para celebración de la fiesta de Nuestro Señor?». Y tentose anhelosamente los bolsillos y no halló sino los mendrugos de la hogaza.

Comentaban los demás el refresco. ¡Luego todos, todos lo habían catado!

Gregorico explicó menudamente la mixtura y cuando dijo del azúcar, Ramonete, que ansiaba intervenir y congraciarse, preguntó:

—¿Y es «asúcar morena», verdad?

—¡Morena, morena será! ¡Qué va a ser morena! —gritaron, burlándose, los otros; y miraron y se acercaron más a Gregorico para desagraviarle.

Y aunque el vendedor reconocía la verdad de lo moreno del azúcar de su limón, hizo a Ramonete mueca de desprecio y admitió muy dignamente la protesta coral de sus amigos.

Arrepentido Ramonete, oseó con humildad las moscas que revoleaban tenaces sobre la abierta vasija. Pero Gregorico no estimó la fineza, y antecogiendo vasera y garrafa se alejó voceando, rodeado de muchachos.


...Como suele en los rediles
en torno de los tarros de la leche
zumbar de moscas numeroso enjambre,
cuando ya llega la estación florida
y ordeñan al ganado...


que dijo el padre Homero.

...«Corpus, Corpus, Corpus... La fiesta de Nuestro Señor» —íbase diciendo el sobrinico huérfano y volvió al ejido y se tendió en su llano calentado de sol.

De abajo, de un olmo ribereño brotaba, esparciéndose en el silencio de la tarde campesina, la apasionada cántiga de un ruiseñor.

Súbitamente cayó sobre la gran paz estruendo de campanas y alarida de banda. En el azul aparecían copos de humo, reventaban los cohetes y el tronar se arrastraba de montaña a montaña. Pasaron muy alto los gorriones de la aldea, refugiándose en el valle.

...«Corpus, Corpus, Corpus...» —murmuraba Ramonete. Y se afligió su alma.

La procesión apareció en la calle frontera al ejido. Todos los aldeanos y labriegos de la cercanía iban alumbrando.

Vio Ramonete a la señora tía delante de la mayordoma. Un viejo agobiado por su capa pardal acercose a hablarla. Y la señora tía abandonó su puesto para buscar al sobrinico huérfano; su diestra empuñaba un cirio doblado, rendido.

—¡Hijo Ramonete! ¿No tienes compasión de la señora tía? ¿Habré de coserte a mis faldas? ¡Pues no ves que todo el pueblo acompaña a Nuestro Señor!

Y trabando el brazo del sobrinico, lo llevó a la fila de los piadosos congregantes.

En un remanso de la procesión, ocurriósele a la señora tía platicar con la mayordoma, y los cirios de las dos devotas gotearon espesamente en la cabeza del rapaz. Quiso éste apartarse, y al hacerlo, derribó la candela de la mayordoma.

Entonces la señora tía creyó morirse de vergüenza.

—¡Ay, hijo Ramonete, hijo Ramonete! ¿Te mordió alguna sierpe, o es que en verdad te ha poseído el Enemigo?...


* * *


...Ya muy estrellado el cielo, entraban en su casa la señora tía y el sobrinico huérfano.

—¿Cómo tropezabas tanto, hijo Ramonete?

—Es que me estaba durmiendo, señora tía.

—Bien dices, hijo; a mí también me rinde el sueño, que si tu divertimiento te cansó, yo estoy majada del trajinar de todo el día. Y mejor será acostarnos, que no conviene la cena tarde; y mira, hijo Ramonete, que mañana hay escuela y no todo ha de ser holgar y regalarse.

Y la señora tía se entró en su cámara.

El sobrinico huérfano sollozó.

—Pues cómo, hijo Ramonete, ¿ya te dormiste y te anda la pesadilla?

—¡No es durmiendo, señora tía, que estoy llorando, estoy llorando de verdad!

—¡Llorando, hijo Ramonete, llorando en la noche de la grande fiesta de Nuestro Señor!

—¡Corpus, Corpus, Corpus!... La fiesta fue de Damián y Javierico y Barberá, que yo...

—¡Ay, hijo Ramonete: rézale al buen Ángel y mira no murmures, hijo, no sea que te castigue el Nuestro Señor!...

Ramonete no podía ya dormirse. Tenía hambre y miedo. Y gimió:

—¡Señora tía! ¡Señora tía!

La señora tía roncaba...

Plática de amigos

Un honorable varón de la judicatura y un brigadier, entrambos jubilados, y un funcionario de Hacienda y un rentista tacaño, reúnen grandes prendas para tener amistad hasta el acabamiento de su vida. Es maravilla no ver este grupo en toda ciudad provinciana.

Reúnense por las tardes y si es invierno también pasean al buen sol de la mañana.

Hablan muy despacio, desgranando las palabras. El señor magistrado dirá de códigos; otro, de aranceles, quién de algún enojo o demasía de la criada; el brigadier, de empresas hazañosas; todos, de intimidades y miserias de compañeros. Si pasa una mujer lozana y placentera, que les trae recuerdos de la mocedad, ríen tosiendo, y luego han de pararse para desembarazar sus bronquios. Pero casi siempre hablan de escalafones, aunque ellos no esperen nada. Sus frases son desgastadas, sin propio latido. Por ejemplo: «son habas contadas», «en realidad de verdad», «aquello fue la bola de nieve», «mi general, querer es poder». Hablar sin peculiar lenguaje es carecer de íntima visión; el que dice, si no traza y aun plasma el pensamiento, ¿para qué habla entonces? Bueno; pero estos señores han vivido largamente sin el noble placer de la palabra, y yo creo baldía esta preocupación de que en sus años postreros hablen de otra manera, cuando con la suya, que es la de todos, han llegado a la magistratura, o a preeminencia en las armas, y a lo que es peor (quiero decir costoso), a tener caudales, y son padres y gobernadores de sus honradas casas. ¡Oh, pobrecita vida la de sus hijas doncellas, que saben menudamente de ascensos y traslados y de bolsa!


* * *


Los viejos amigos llegan al casino y se sientan, rodeando una mesa cuyo mármol permanece siempre solitario como un yermo nevado. Es que no piden nada; no beben más refrigerio que el agua. Los camareros se lo susurran y comentan malsinándolos.

Tienen también estos graves señores una costumbre, un rasgo inquietador, y es que acuden a casi todos los entierros de la ciudad y algunas veces quizás no conocieron al muerto. ¿No habrá en esta afición ascetismo o aburrimiento o involuntaria y recóndita alegría porque no son ellos los cerrados en la caja negra y larga?... Encorvados, rugosos, vestidos de negro, con calzar blando y mudo de paño, parecen huidos de otros féretros.

Una tarde, en el casino, fingiéndome distraído, escuché su plática.

Al cabo de mucho silencio, el señor rentista, que llevaba chaleco abierto y descubría toda la durísima pechera como una blanca lápida con el breve y negro epitafio de la corbata, el rentista, digo, preguntó a sus camaradas:

—¿Recuerdan aquel perrito rubio, muy rizado, que yo tenía?

Los amigos se quedan pensando, pensando; descansan las flacas manos sobre los puños de hueso de sus bastones, y dicen que sí; pero no lo recuerdan.

Se enciende el alumbrado eléctrico. El rentista se quita los lentes y se limpia los irritados lagrimales. Los anteojos, puestos sobre la mesa, dejan en la blancura del mármol dos gotitas de intensa lumbre.

Los amigos, entretenidos en mirarlas, no atienden al cuento.

—Pues aquel perrito se me perdió.

Entonces los demás manifiestan grandísimo pesar y admiración.

—No; pero de esto hace ya muchos años.

—¡Ah, vamos!

Y vuelven a distraerse y aburrirse.

Seguramente estos buenos señores casi nunca se escuchan. Y el que habla lo sabe, y cuando otro le sucede, él tampoco lo oye.

El rentista prosigue.

—Ahora adivinen ustedes lo que me pasó recientemente.

Como no han de acertarlo, lo cuenta de este modo:

—Iba yo una tarde por la calle de... no me acuerdo de su nombre... Es ésa que... (Y aquí va desmenuzando el plano de la ciudad. Todos intervienen; surge tranquila contienda, y acaban por no saber el título de la calle). Pues pasaba yo por esa calle, y de pronto se me echa encima un perro muy menudo, ladrando y moviendo la cola de tan contento. Yo, la verdad, me asusté. Pero me fijo y... era mi perro perdido. Lo llamo... ¿Cómo se llamaba?... Bueno, es igual, lo cierto es que lo llamé; y ya me seguía, cuando se me acercó un hombre reclamándome el perro. Protesté, y el otro porfiaba tercamente que el animal era suyo... ¡Figúrense ustedes! Entonces imaginé una probanza segura y definitiva: la de que los dos llamásemos al animalito, desde sitio distinto, para ver a quien prefería. Y así lo hicimos...

—¡Claro, se marchó con el otro! —sentencia el magistrado.

—No, señor —dijo el rentista.

Y el general murmura:

—Yo creo que se iría con usted.

Era la solución que faltaba, y el ilustre soldado ha tenido un gran acierto. Yo no sé, pero este varón sale siempre triunfante de toda disputa.

—Ni más ni menos. Conmigo vino. Y mirándolo bien, vi que el perro estaba tiñoso, y le dije al buen hombre: «No se apure, y tómelo, que yo no lo quiero...». Pues tuvo que atarlo. El animalito se quejaba, desollándose con la cuerda para acercarse a mí... Puedo asegurarles que lloraba, pidiéndome por amo... ¡Oh, cómo me miraba! Me dio grandísima pena...

Los amigos, riéndose, exclamaron:

—Mucha, mucha lástima; pero el perro se lo llevó el otro.

—¡Por supuesto!... ¿Y es que ustedes querrían en sus casas un perro tiñoso?

Todos dijeron que no.

Entonces yo me levanté y salí, mirándolos con odio y estremecido de compasión por el perrito rubio desdichado.

Después, hablando con quien sabe de antaño las vidas de los del grupo aborrecido, me enteré de que todos tuvieron ternuras y sufrimientos románticos, y que aún guardan en sus almas rincones floridos: el magistrado ama los palomos y la música; el de Hacienda se alivia de la carga de la vejez contemplando el mar y los campos; el brigadier traza arbitrios y empresas que glorifiquen la patria; el avaro lo es pensando en un netezuelo...

¡Por qué nuestra enemiga hacia esas almas sin bizarrías ni grandezas, almas descoloridas, llevadas por los cauces de la vulgaridad! ¡Qué ansiedad es la nuestra por hallar siempre héroes y genios, si a la vida no le importa esa excelsitud de nosotros! Y, además, acaso tampoco pensemos en el muerto a cuyo entierro asistimos, ni fuéramos capaces de tener... un perro tiñoso...

La doncellona de oro

Maciza, ancha y colorada se criaba la hija que participaba más del veduño o natural del padre que de la madre. Aquél era fuerte y encendido y aun agigantado. La riqueza a que le condujo el tráfico del azafrán y esparto lograba encubrir, para algunos, la basta hilaza de su condición, y llegó a ser muy valido y respetado en toda la ciudad, aunque tacaño. La mujer, venida de padres sencillos, era alta, delgada, de enfermiza color y pocas palabras, y éstas sin jugo, sin animación, sin alegría.

En lo espiritual tenía la hija esa bondad tranquila y blanda de las muchachas gordas; era inclinada a la llaneza, a piedad y sosiego.

Una mujer, amiga de la madre en el pasado humilde, vivía con ellos en calidad de gobernadora de la casa; reunía la fidelidad de Euriclea, la añosa ama de Ulises, el grave y autorizado continente de la señora Ospedal, dueña muy respetada en el hogar del caballero Salcedo, y la curiosidad y malicia del ama que ministraba, con la sobrina, la mediana hacienda de don Alonso Quijano el Bueno.

La casa de esta familia lo fue antaño de algún titulado varón, porque en el dintel campeaba escudo; pero el comerciante le quitó toda ranciedad a la fábrica, haciendo pulir la piedra y revocar muros y hastiales y restaurarla internamente. Había enfrente un paseo de plátanos viejos y palmeras apedreadas por los muchachos que allí iban por las tardes a holgar y pelearse. Mirábalos la hija del mercader, y quiso muchas veces mezclarse con las chicas que también acudían, y jugaban al ruedo y a casadas y a damas y sirvientes; pero los padres no se lo otorgaron, porque «no estaba bien que hiciera amistades tan ruines». Y no salía. Ya grandecita, hastiábale oír la seguida plática de dineros que siempre había en la casa; le sonaban las palabras como esportillas de monedas sacudidas, volcadas ruidosamente. No escuchaba sino el comparar fortunas ajenas con la propia para menospreciarlas.

Trabajado su ánimo, se refugiaba la doncella en su balcón, y desde las vidrieras contemplaba el paseo provinciano que tenía recogimiento de huerto monástico; allí la contienda de los pájaros en los árboles y el vocerío y bullicio de los chicos, se empañaban de tristeza.

¿Qué apetecía la hija estando gorda, fuerte, sana, rodeada de abundancia que se manifestaba en lo costoso de sus ropas y hasta en la pesadez de los manjares que en aquella casa se guisaban?

No reunieron los padres amistades íntimas con quienes departir y acompañarse en tertulias hogareñas y divertimientos, y así salían y estaban siempre solos con el ama. Y cuando la hija decía y celebraba el contento, la distinción, la vida bella y placentera de otros, notaba en el padre o madre visaje de acritud y desprecio y la misma murmuración: «¡Todo es corteza o apariencia, Dios sabe la verdad de trampas y ayunos que encubrirán con sus remilgos esas gentes que dices!».

—Ni más ni menos —añadía el ama con mucha gravedad y reverencia.

La hija continuaba engordando y aburriéndose.

Una mañana apareció en el paseo, entre dos largas palmeras, cuyas támaras nunca doraba la madurez, porque los chicos las desgranaban en agraz, un hombre mozo y casi elegante. La aparición era firme, diaria. Mirándolo sintió la doncella estremecérsele toda su naturaleza robusta. Supo la madre este coloquio de miradas; celó a la hija y entró a su aposento, helándole una sonrisa de promesa.

—¿Es que quieres tu perdición?

—¡Yo, la perdición!

—¿Pues no ves, hija, que lo que ése busca aquí sólo es dinero? No hay más que mirarle.

Estuvo la castigada contemplándolo. Sí; era flaco y descolorido. Después el ama se enteró de su pobreza y vagancia. Y las palmeras quedaron solitarias.

Volvió la hija a la confianza de los suyos. Ya alcanzaba la plenitud de la mocedad y de la robustez. El padre estallaba de dicha; con no sé qué logrerías dobló su fortuna.

Y otro galán surgió en el terreno. El ama pesquisó con grandísima diligencia las prendas del nuevo. Y otra vez la madre entró en la estancia de la hija.

—Hija, otro más y cientos de ésos han de venir al olor de tu dote.

—¿Pero todos han de acercarse tentados de lo mismo?

—¡Claro que todos, como no traigan también lo «suyo»!

Llorando acudía la doncella, ya treintañona, a su ama, y ésta, jesuseando, decíale para mitigarla: «Si tú admitieras que admitieras a uno de ésos, Jesús, después sí que vendrían las muchas lágrimas, y sin remedio... Razón que le sobra tiene tu madre».

Las tres salían por las tardes en su coche viejo y pesado.

Mirábanla las gentes murmurando: «Llegó a doncellona y... nada. Toda es avaricia y grasa y años».

Los amadores no se acercaron más.

Y cuando ellas retornaban de andar en coche, sin haber gustado el dulce pan de una palabra amiga, de un momento alegre, la madre solía decirle:

—¿No reparaste cómo te miraban hombres y mujeres?

—¡Mirarme! ¡Si ya me llaman la «doncellona de oro»!

—¡Doncellona, doncellona... y de oro! ¡Envidia es!

—¡Y cómo si la envidian! —exclamaba el padre—. ¡Todo lo tiene: dinero, bien comer, bien vestir... y esa salud que es una hermosura!

Quedábase la hija mirando con tristeza aquella su demasiada hermosura de salud.

Y desde un rincón, el ama, que tejía calza o repasaba cuentas, murmuraba:

—¡Gloria a nuestro Señor que tanto nos quiere!

Las águilas

Cuando las cumbres se encendían de sol grande y nuevo, y los sembrados de la llanura y las tierras arboladas, los hondones y el río, aún quedaban en el misterio de un remanso de noche, pasaban entre las sierras dos águilas, y se perdían excelsas, penetrando en el cielo, declinante en bóveda sobre otros paisajes.

Si era mañana recatada y blanca de nieblas, las nieblas, dóciles a los costados de los montes, recogidas en la fronda, tendidas castamente al amor del río, y viajeras encima de la anchura de todo el valle, las águilas hendían el blanco humo, y envueltas en girones de gasas parecían muy negras, más solitarias, bravas, augustas como la de los Alpes, que viera Obermann conmovido de grandeza.

Y por las tardes, cuando las cumbres recibían la morada doración de sol grande y rendido y se iban apagando las laderas y el azul se desnudaba de color fundiéndose en palidez de cansancio, tornaban lentas las nobles aves.

Algunos días las águilas resbalaban muy altas en el lago del cielo del valle sin estremecer sus alas, trazando ondas y ruedos de vuelo, voluptuosidad de la mirada.

...Y los senderos abiertos en la serranía y en los cultivos, los buenos senderos que no nos parecen en quietud sino que se deslicen por lo liviano y lo fragoso como tranquilos manantiales; y los barrancos hoscos y húmedos o pedregosos y sedientos; y los gruesos verdores de los pinares; y los gentiles chopos asomados al río; y los tiernos campos regadizos y los añosos olivares que suben las laderas; y los casales esparcidos en la soledad, todo el valle, hondura, eminencias y cielo, todo estaba como ennoblecido, espiritualizado y sellado de la adustez y grandeza melancólica de las dos aves, que habían elegido la desgarradura de un peñasco para mansión suprema de su amor.


* * *


...Y llegó al valle de las águilas un hombre prendado del silencio, de la fuerza y de la paz de las montañas.

Habitó una casería resplandeciente de blancura, y desde la quietud horaciana de su huerta, fragante de manzanos, y en sus paseos por veredas y campos lindados de acequias cantoras, se entretuvo mirando la marcha serena de las águilas que le dejaba como una estela melancólica de deseos.

Amó su vuelo prócer y dichoso; celó la salida y el retorno de las moradoras del abrupto yermo y su alma viajó sobre sus fuertes alas.

De las águilas habló a los campesinos y le dijeron que ya sus abuelos conocieron siempre dos águilas en el valle.

«¡Oh, si él pudiera contemplarlas muy cerca; sentir todo el poderío y altivez de los ojos que se incendian de sol; tocar, abrazarse a sus cuerpos ardientes; respirar el viento de sus alas ungidas de inmensidad, de silencio, de espacio! ¡Si él pudiera tenerlas!».

Logró saber el nidal de las solitarias y quiso pisarlo.

Subió graderías de bancales paniegos; entrose por los breñales en cuyas hiendas se torcían allozos; se arrastró por desnudeces de peñascos enemigos; se laceraron sus pies y le sangraron las manos; en el magno silencio retumbaba su vida y se agarró desalentado, rendido, al liso y arrogante peñón del nidal... ¡No podía!

Sonó sobre su frente un estruendo de alas, y las águilas se remontaron y ahondadas en el cielo giraban dulcemente avizorando al hombre, que descendió entristecido al valle...

...Ya no tuvo el regalo de quietud y esparcimiento el espíritu de aquel soñador. Aborrecía, amaba y envidiaba a las águilas. Las quería suyas. Es que solo en la posesión se alcanza el cabal conocimiento de lo deseado.

Lo dijo al campesino de su casería, hombre descarnado, recio, que al sonreír enseñaba una dentadura blanca que parecía cuajada en un solo hueso muy frío:

—¿Que quiere las águilas, dice?

—Las quiero; pero las quiero ahora.

—¡Ahora! ¡Si ahora están perdidas por otros campos!

—Las esperaremos —repuso enardecido el joven.

—Pues subamos cuando estén; aún de noche, nos apostaremos y al venir el día las acabamos.

—¿Muertas hemos de cogerlas?

—Muertas; mire que pueden con perros y corderos, que son grandes, grandes. Pasaran cerca del señor y oiría temblar y aplastarse el aire como en tormenta.

Hubiera preferido el soñador aprehenderlas vivas, pero no disponían de lazos ni armadijos para lograrlo.

Violas llegar doradas al sol de la tarde. Estuvieron deslizándose en el crepúsculo.

Mirábalas el joven atormentado de ansiedad y remordimiento.

—¿Las tendremos? —exclamó cuando ellas se posaron y desaparecieron.

—Muertas, sí.

—¡Pues... muertas!


* * *


Aún de noche, salieron; él no quiso armas; el campesino traía un fusil viejo, feroz, enorme, de semejanza de arcabuz. Sabía las trochas, los repliegues y docilidades de la serranía. Y ahorró cansancio y sufrimiento al soñador, que trepaba sin cuidados de riesgos ni caídas, ávido de la llegada.

Caminaba en el cielo la dulce llama de Venus. Y comenzó a mostrarse la palidez del alba.

Subían los hombres asiéndose a las rocas, resbalando por las recias vegetaciones parásitas de las lisuras. Y de pronto, el rústico oprimió los hombros del caballero para que se abatiera, porque estaban junto al peñón del nidal.

Postrose el joven; sentía en lo profundo de su vida la intranquilidad que produce el penetrar en el claustro de un codiciado secreto.

Se fijó en su guía, que caminaba bestialmente usando de las manos, impidiéndose el aliento, plegándose para acecharlo todo.

¿Tendría él la misma apariencia en su crueldad?

Los dos hombres se contemplaron, porque habían sentido en su corazón relámpago de vergüenza y arrepentimiento. Oían como el rumor de las vidas perseguidas, descuidadas en su nobleza.

Pero otra vez fueron señoreados por la violencia. Y sonó un estampido perpetuado por todas las montañas.

Entonces pasó junto al joven una bramante ola de aire estremecido, y una de las águilas hundiose en el valle; luego se alzó, y pareció fijarse en el azul: su grito se derramaba en las inmensidades.

—¡Ha caído una, la hembra! —aullaba el campesino.

El joven percibió una convulsión ruidosa de huesos, de plumas, de pico, de garras...


* * *


Sentado en el portal, como un suplicante, miraba el soñador a sus pies el águila desangrada, muerta.

La pobre ave tenía el cuello roto, las alas dobladas, las patas rígidas... ¿Dónde la realeza y el poderío del águila, si el joven la hallaba mísera, inferior, repugnante como un ave de cercado degollada?

En el centro del valle se cernía el águila solitaria. Dos veces descendió al peñón de su querencia y oyose un grito de infortunio.

Y en el esplendor de la tarde el águila se elevó inmensamente y se internó para siempre en otros paisajes.

Y el valle quedó mutilado, vulgarizado, sin misterio.

Fue en una mañana otoñal cuando el soñador alejose hacia la ciudad.

Sentía la amargura del silencio de su alma, su alma como un valle sin magnificencia de águilas vivas, fuertes y gloriosas.

¡Vuelen siempre sobre las cumbres de nuestra alma águilas ideales que tengan sol de esperanza y nieblas de misterio purísimo!

Ideales de amor, de arte, de toda la vida, estén siempre excelsos y esfumados, besándolos nuestros ojos en contemplación y ansia de nobleza.

Codiciarlos groseramente, acercarlos es verlos empequeñecidos, probar el ajenjo del hastío, o hundirse en desventura eterna, viéndolos alejarse y perderse.

Sean más grandes que nosotros.

...En la posesión se consigue todo el conocimiento de lo amado..., ¡pero el valle se queda sin águilas!...

El señor Augusto

Era un lugar humilde, de casas de labranza; los campos, de llanura de rubias rastrojeras, viñal pedregoso y ralos alcaceres. Todos los horizontes estaban cerrados por un círculo de sierras fragorosas y peladas, sin umbrías ni pastura para los ganados que habían de trashumar.

Era un pueblo de quietud y silencio. Los lugareños salían por la mañana a sus pegujales; y la vieja espadaña de su iglesia, cuyos bancos huelen a pobreza y sudor de cráneos de labriegos que dormitan, y las ventanas y puertas de las casas les miraban, desde lejos, frías, contristadas; y la mirada de las piedras llegaba hasta un pueblo blanco, risueño, ceñido de huertos de mucho verdor y abundancia.

Y al lugar humilde vino un hombre, que traía amplio sombrero, pantalón de pana crujidora, chaqueta recia y tralla pasada por los hombros. Era del mediodía de Francia, y hablaba un castellano tan gangoso y roto como si padeciese un mal de garganta; pero su salud era hasta insolente; grande, encendido, rebultado, de poderosas espaldas cargadas de... fuerza y grosura, un verdadero cíclope al lado de estos aldeanos españoles, enjutos, cetrinos, hundidos de ojos, de pecho y de vientre, callados, temerosos, y con un rebaño de criaturas harapientas, que se quedaban contemplando al extranjero y aun le seguían haciéndole visajes de burla. Pero el francés lo resistía todo con mucho comedimiento. Las madres y los viejos y las gentes trashogueras viendo aquel hombre tan enorme, que aplastaba, al pisar, los cantos de las callejas, volverse si oía alguna chanza de los rapaces y preguntarles el sentido de la grosería, y, luego de meditarlo, pasar a celebrarla y reírla sosegadamente, se sintieron arrepentidos e impusieron respeto para el recién llegado.

Si los sábados surgía en el hostal alguna contienda entre labriegos, arrieros y trajinantes, que se juntaban para sus tratos y holganzas, el señor Augusto —que así se nombraba el francés—, salía de los pesebres, donde se estaba frecuentemente mirando las bestias, y hacía paz; y luego bebían todos un azumbre de vino áspero, rojo y denso como la sangre. Los ojillos, de vidrios azules, del señor Augusto, se humedecían y fulguraban. Y el resultado era siempre algún cambio o venta de mulas, que el forastero desembarcaba en la ciudad cercana.

El señor Augusto también gustaba y entendía del campo. Y muchos lugareños le llevaron a sus tierrecicas, y recibieron enseñanza para su remedio. Decíales el señor Augusto que necesitaban estiércol, una hila quincenal de agua, que podría derivarse del alumbramiento artesiano que él había hecho cercanamente, y otra bestia para la labranza que aventajase al asno tristón y flaco, lleno de mataduras y moscas; y arrancar el viñedo y sustituirlo por almendros, pues el terreno mejor llevaría allozas que uvas.

—¡Señor Augusto, señor Augusto, lo que habemos de menester nosotros son dineros!

—¡Mon Dieu, dinegos! —Y el señor Augusto mostraba pesadumbre, pasmo y enojo de la poquedad de aquellos ánimos—. ¡Dinegos! ¡Et bien!... —No era él rico, pero tampoco precisaba serlo; él lo dejaría.

Los campesinos se rascaban las trasquiladas cabezas; cruzaban los brazos; miraban a la tierra, miraban al cielo; se descansaban ya en un pie, ya en el otro, y sonreían con desconfianza. Mas, pronto quedaban maravillados, porque recibían los árboles, los costales de guano y la mula. El señor Augusto golpeaba con mucho halago las flacas espaldas de los labriegos, y las ancas y la panza de la bestia haciéndola andar y ladearse y probar su fortaleza y casi su gallardía. Y el señor Augusto no se quedaba con intereses de los dineros dejados; ni los pedía. No.

Más tarde, lo que hacía era quedarse con la finca mejorada, con la bestia ya domada y avezada a la mansa faena campesina y hasta con el hombre, que había de trabajar en servidumbre la tierra que antes fuera suya.

Y los campos se hicieron ricos y frondosos. Y el señor Augusto se adueñó de todos los ánimos del lugar y de casi todas sus casas y haciendas, y tenía espuertas llenas de monedas y billetes mugrientos.

En el hostal, en los portales, al retorno de la faena, se murmuraba menudamente de la grande ventura del francés; pero los malos pensamientos de los aldeanos quedaban reprimidos por la sonrisilla torcida y socarrona del señor Augusto y algunas palmaditas de protección en sus espaldas. Y las gentes se resignaban y lo respetaron.


* * *


Una mañana de abril, grande, diáfana, tibia, de júbilo de sol y azul, olorosa a sembrados húmedos, quitó el señor Augusto el tendal de lona del cabriolé, enganchó su gordo caballo, y salió del lugar.

Miraba el señor Augusto los verdes bancales, los árboles que ya rebrotaban muy viciosos, la serranía del confín que se perfilaba clara y dulcemente, y todo amparado por un cielo de tanta pureza y alegría, que redundaba felicidad en las almas y daba como la sensación y la esperanza de una vida eterna y gozosa.

El señor Augusto tenía hartura y cabriolé nuevecito y vistoso; hacía sol y sus tierras prometían abundancia; y el señor Augusto sentía que su corcel rezumaba salud y contentamiento; y musitaba en patois una canción picaresca, y participaba del regocijo de la mañana pensando en el préstamo vencido a un labriego del cercano pueblo, cuya plaza halló muy bulliciosa, pues era día de mercado.

Bajo de los anchos nogales colgaban dos cerdos recién desollados; voceaban los buhoneros; un juglar de hogaño, flaco, miserable, decía adivinanzas y donaires; un mendigo oracionero cantaba los milagros de las benditas ánimas; los chicos de la escuela gritaban, en coro, los mandamientos de la Santa Madre Iglesia; la campana de la parroquia tañía a misa; dos palomos blancos picaban, saltando, entre los cuévanos de hortalizas; y los caños de la fuente caían estruendosos, llenos de resplandores.

Dejado el cochecico en la posada, el señor Augusto atravesó la plaza, recibiendo la salutación de todos, que también aquí se le conocía por su mucha riqueza; y pronto llegó a la casa de su deudor. Tenía una entrada honda y ruda, y el dueño, hombre huesudo, moreno y calvo, estaba pesando un quintal de patatas, rodeado de campesinos. En el umbral, lleno de sol, dormitaba un viejo mastín, consintiendo por pereza y mansedumbre que un muchacho le soplase en las arrugas de los ojos, y le abriese y le mirase las quijadas.

Se sentó el señor Augusto encima de un arca esperando que acabasen de pesar y entenderse; y mientras todo lo huroneaban sus ojitos de vidrio azul, empezó a percibir una tosecica y un llorar de niña enferma, y palabras de mujer entristecida que, de rato en rato, pasaba templando una taza humeante.

El lugareño dejaba frecuentemente su negocio, y también se entraba y se le oía hablar conmovido y ansioso.

Llegaron dos hombres mal avenidos por no sé qué cuenta de ganados, a que aquél se la esclareciese, y como no estaba, el señor Augusto se les ofreció; aceptaron ellos; el francés sentenció prudentemente el pleito, y al recibir las gracias notó una buena alegría en el corazón que no era semejante a la sentida allá, en el pueblo de sus empresas. Después, vinieron otros que, descubriéndose, sometían a su censura sus compras y contiendas; y también les satisfizo, gustando un desconocido sosiego. Y cuando el lugareño quiso pasarlo a un retirado aposento donde tratar del préstamo, el señor Augusto le pidió que antes le dijese si padecía alguna desgracia, pues de ella sospechaba por su tristeza y ver cuidados como de enfermo. Entonces, respondió el otro que tenía una hija con mal de pecho; y el francés mostró, sin advertirlo él mismo, tan grande solicitud, que el padre le llevó a la alcoba.

La niña enferma era rubia como el ámbar y se quejaba como un corderito. No quería que le pusieran el unto y los algodones calientes que dispuso una curandera aldeana; y el señor Augusto, sonriendo enternecidamente, dijo que él había de ponérselos de modo que no le doliese ni quemasen.

Conmoviéronse los padres; y la pequeña, de tan asombrada, consintió. Y el señor Augusto la curó con toda la suavidad posible de sus enormes manos.

Otra vez quiso el padre que hablasen y acabasen lo del préstamo. Y el forastero replicó que después, porque había de salir. Marchose; y a poco vino trayendo la más alta y lujosa muñeca que halló en las cajas de los buhoneros. La enfermita la besó ciñéndole el craso cuello con sus bracitos que al francés le parecieron blancos y trémulos como las alas de un pichón. Los padres le llenaban de bendiciones, exclamando: «¡Qué será que desde que usted pisó nuestros portales ha entrado por los mismos la felicidad de esta casa, la salud de la nena y la gracia del Señor! ¡Pues todos, en el pueblo, no se cansan de alabar su hidalguía!».

El señor Augusto sintió en lo más hondo de su vida esa dulzura que tienen los que lloran de contento. Húmedos estaban sus ojos, pero aún no lloraban. ¿Es que empezaba a llorarle el alma? ¡Y todo el bien hecho no le costaba sino los seis reales de la muñeca y los plazos que otorgó al necesitado!

Al despedirse se abrazaron como hermanos; la mujer le dio un cesto de olorosas manzanas de cuelga, y hasta el viejo mastín humedeció con su lengua, ancha y caliente, los recios zapatos del extranjero...


* * *


Declinaba la tarde cuando el francés volvía a su lugar. La fragancia de las manzanas, puestas en el fondo del cochecito, le traía pensamientos de gratitud y sencillez; abríase su alma a la generosidad, y hasta su frente, gorda y rojiza, semejaba ennoblecida, espiritualizada, reflejando la santa palidez del cielo.

Y el señor Augusto, que de la virtud sólo había probado sus buenos dejos sin haber subido a lo áspero y difícil del sacrificio, decíase muy confiadamente que el hacer el bien era dulce y sencillo, y que había de amar a todos los hombres. Y para cerciorarse de la fineza de sus generosos propósitos recordaba a sus deudores más reacios, y también les sonreía su corazón...

En fin, el señor Augusto habíase trocado de socarrón y avaro en manso sin hipocresía y magnánimo por goce y convencimiento.

Y arribó a su casa. Había gentes rodeándola, que miraron al señor Augusto aparentando compasión, pero sus labios murmuraban y hacían una risica torcida y pérfida. El señor Augusto se estremeció de angustia, porque aquellas miradas y risas eran como las suyas... de antes. Entró. Y de súbito dio un grito de locura. ¡Le habían robado todas sus espuertas de dinero y documentos de crédito! Volviose y sorprendió el regocijo de sus deudores y los odió...

Y el señor Augusto persiguió ferozmente a los menesterosos, mientras en el hogar de la niña enferma bendecían su nombre, y las manzanas, olvidadas en la cuadra, dieron su fragancia de generosidad hasta pudrirse.

Y es que parece que los hombres no coincidimos en el bien; y quizás por esto, habrá siempre un señor Augusto en todos los lugares de la tierra...

Dos lágrimas

Era un dulce varón alto y anciano, de noble frente, ojos habladores de tristezas y manos blancas de lenta y suavísima acción.

Vivía con su hija y con los nietos.

El pueblo era humilde; sus casas, bajas y morenas; la iglesia, decrépita y remendada; el señor párroco calzaba alpargatas y vestía sotana lustrosa sin mangas, y las de la americana tenían la urdimbre muy recia.

El anciano salía a los campos en las tibias y quietas tardes del invierno levantino. Los campos eran oliveros, anchos, y sobre las buenas tierras pasaba un cielo limpio y alegre que lejos parecía descender con dulzura purificadora.

Y en el villaje silencioso que tenía ambiente de agua y hierbas de acequias, de frutas y mazorcas colgadas en los desvanes, de pesebres cálidos y mullidos, se alzaba ufana una casa de arquitectura flamante, plagio de edificio de ciudad. En la rotonda había labrado un apellido plebeyo lugareño y después leíase la palabra «Banquero».

Cruzaba el pueblo el noble anciano. Sus manos amparaban las manitas de los nietos. Nieto y nieta; mayor la niña que el muchacho.

Y al pasar junto a la altiva mansión mirábala el abuelo y su cabeza se movía suavemente como la cima oreada de un árbol viejo y tenían sus labios sonrisa de pensamiento compasivo: «¡A qué esa orgullosa interrupción de la humildad del pueblecito! ¡A mí me da lástima el señor banquero!».

Contemplábanle los niños, ganosos de seguir caminando.

¿Dónde querían ir los nietos?

Ya en el paisaje, los nietos quitaban de los terrones de bancal caracoles vacíos, fosilizados, o comían, a hurto del abuelo, granos lechosos de espigas verdes, o soplaban en tiernas flautas hechas de frágil cogollo de cañas de los vallados... Y si el abuelo se espaciaba mirando un sabio tejido de hebras de araña que al sol vislumbraban, o las travesuras y codicias de las procesionales hormigas, sirviéndole estos sagaces animalios para repaso de gratas páginas del Símbolo de la Fe, los nietos se impacientaban y asían las nobles y grandes manos protectoras y le instaban a retornar al pueblo.

«¿Dónde querían ir los niños?... ¡A ninguna parte, Señor! Las criaturas querían ir, seguir, sin cristalización de motivo ni deseo; ir, seguir como las aguas corrientes, pasando vida, sorbiendo vida y dejando su frescura...».

Por eso este abuelo de dulce y serena alma, que gozaba la tranquilidad de que nos habla Marco Aurelio en los Soliloquios y una proceridad de entendimiento como si la visión la diera desde una callada cumbre, se dijo que su vigilancia y la lentitud de su paso y lo entretenido de sus pensamientos y miradas, eran demasiada disciplina para la borbotante sangre de los netezuelos. Y lo habló a la hija. «Bien que alguna tarde saliera con los chicos; pero no todas; renunciaría al grupito patriarcal».

Ya por las tardes, la madre lavaba y vestía a los hijos; besaban éstos la noble mano anciana y decía la madre a la niña: «Anda, Luisa, acompaña a tu hermanito».

Enfermó el abuelo. Mucho tiempo padeció dolores de vejez. Sanó, y el brazo de la hija le dio dulce sostén en sus lentos paseos por los campos tendidos y oliveros. Estaba solitario el paisaje; entre los árboles generosos que expresan la paz, por las doradas almantas, llegaba la canción de un yuntero. Y lejos descendía el palio de los cielos.

«¿Para quién, Señor, la santidad de la tarde, que hace pensar dulcemente en la muerte como un enlace de la vida, si no hay nadie?». Y el anciano poblaba los senderos y los sembrados de nietos vivos, de sus padres, de su compañera, y de los hermanos muertos, y todos olían a trigos verdes, a tierra labrada, que daba humedad de sus entrañas y de raíces trozadas y descubiertas por la reja, y las frentes y las mejillas tenían claridad de oro de sol y de azul de los cielos tranquilos, y todos participaban de la serenidad del alma del abuelo y de los campos.

Y a la siguiente tarde, la madre lavaba y mudaba a los hijos y decía: «Anda, Luisa, acompaña a tu hermanito».

Entonces el nieto hacía júbilo ruidoso, y en la mirada y en la frente de la nieta asomaba ternura y seriedad de mujer madre.

Luego salía el anciano con la hija.

...Y sucedió que una tarde, aquella lavó y vistió sólo al muchacho, porque Luisa se arreglaba en su aposento. Después, apareció domando con su manita pálida una adorable rebeldía de su tocado.

La madre dijo: «Anda, Enrique; Luisa quiere salir; acompaña a tu hermana».

Besaron seriecitos los nietos al anciano.

En la mirada y en la frente de la virgen asomaba aún la niña, y los dedos de un hada triste tañeron la cuerda más tierna del alma del abuelo, que perdió la serenidad, de que nos habla Marco Aurelio, y vertió dos lágrimas muy grandes.

El beso del esposo

No siempre el beso legítimo es de miel y vida para la boca besada... Yo sé que a veces tiene amargor y muerte...

—¿Cuándo, cuándo sucede esa desventura tan grande por un beso? —prorrumpieron, entristeciéndose, las gentiles doncellas que vinieran aquella tarde otoñal a la apartada Villa de tía Isabel.

Y la hermosa señora de opulentos cabellos de plata y continente de reina, les dijo con donaire y melancolía...

—¿Y si las avecitas de este parque lo oyeran, y luego me acusaran a vuestros padres, cuya rancia severidad es enemiga de estas pláticas y aun de que vengáis a mi retiro?

—Cuente, tía Isabel, que sus palabras nunca son pecado; y hemos de darle nuestra compañía muchas tardes.

Esto lo pronunció la más joven de las sobrinas, que llevaba como una túnica blanca; su carne parecía de un ámbar purísimo.

Y todas descansaron en el vetusto banco de cedro.

Dejaron en medio a tía Isabel que habló de esta manera:

—De libros muy antiguos sacaron la substancia de una conseja muy linda. «Érase una mujer que desde niña, casi recién nacida, fue avezada al zumo de serpientes, y hasta se afirma que la alimentaron y criaron con sangre de tan espantosos animales. Y lo que para todos era tósigo y muerte, fue para ella salud y vida. Creció y se hizo lozana y hermosísima, aunque en sus ojos no sé qué brillaba de siniestro y bravío.

Un mancebo gallardo y audaz prendose de esta mujer, y ella también le quiso locamente. Y se casaron. Sus bodas tuvieron todo el fausto y regocijo de su jerarquía, porque eran los dos príncipes muy poderosos de la India, y gozaban dulce rendimiento de sus súbditos. Llegada la noche, se recogieron los desposados en su cámara, resplandeciente de pedrería, y aromada, no con juncieras, como hacían nuestras dueñas y madres, sino con braserillos donde se quemaban las gomas y perfumes más deleitosos de Oriente. Y sucedió que al otorgarse lo que pide amor, besáronse; pero ella, impulsada de la fiereza que le dejó en la sangre el licor de serpientes, mordió en los labios del mancebo. Y el esposo se llagó de ponzoña y murió hinchado maldiciendo a la amada y retorciéndose como los reptiles.


Y el cuento es acabado,
sea Dios siempre loado...


¿Quedasteis adolecidas del mancebo? Quizás la conseja no es sólo de entretenimiento, sino también de enseñanza que aún no podéis descubrir. Habéis oído la historia del beso de la esposa; os guardo, para otra tarde, el beso del esposo...».

Ellas se le acercaron, y haciéndole mil caricias le pidieron que lo contara entonces.

Tía Isabel sonrió en silencio.

Delante del banco había una fuente musgosa; brotaba el agua del roto cuello de un cisne de piedra, y al verterse sonaba un coloquio cristalino de gotas. Las tórtolas quejumbraban en el cedro, que, bañado de sol poniente, era como un inmenso candelabro de oro...

La noble dama, la solitaria de aquellos jardines, rechazada de los graves y rigorosos hermanos por peregrinas locuras de amor, contempló a las doncellas y dijo:

«En una ciudad, no muy lejos de aquí, vivía un matrimonio de ilustre casa y grandísimo celo religioso. Dos hijos varones estudiaban en un colegio de padres de la Compañía; y de él salieron para ingresar en academias militares. Nació, también, una hija, que la crio la madre en recogimiento monjil.

Ya mayorcita, la niña no pisaba la calle sin la custodia de sus padres. Los cuales siempre estaban con semblante de pesar, que siendo en ellos de naturaleza, lo aumentaba, entonces, el andar escasos de renta. No tenían otro pasatiempo ni extraordinario que sentar, los jueves, a su mesa a un caballero célibe y noble, de los mismos años y costumbres del padre, del cual era antiguo amigo y casi pariente. Además, era muy letrado y cristiano, y en aquella casa se le consultaba y oía como un libro precioso.

La hija fue mujer; pero de una hermosura y gracia que embriagaba los corazones, como los vinos rancios y los aromas fuertes. Y esta belleza avivó de recelos y cuidados el ánimo piadoso de la madre. Lo que más le inquietaba era pensar en el casamiento de la doncella; así lo confesó al sabio amigo, acabada la comida de un jueves, añadiendo lastimeramente: "¿No hay muchos ejemplos de mujeres hermosas que fueron desdichadas?". "Los hay —afirmó el amigo—. ¡Mujeres desdichadas que llevaron la perdición al hombre!". Y nombró desde la antojadiza Helena hasta algunas damas de Madrid y del extranjero, muy principales, divertidas y andariegas, y a todas les dedicó palabras de las Sagradas Escrituras: "La mujer, más amarga que la muerte; lazo de cazadores; red su corazón; prisiones sus manos". Que de todo entendía y sabía aquel doctísimo varón. A la pobrecita Eva y a la taimada sierpe, las citaba mucho. Y, por las noches, la madre padecía sueños horrendos de mujeres, mitad humanas, mitad serpientes, cuyas cabezas hermosísimas se parecían a la de su hija... Y pasó el tiempo sin que se alterase aquel hogar monástico. Pero un jueves el comensal les comunicó sus propósitos de alejarse para reponer su fortuna, también quebrantada. Le conferían cargo de autoridad y ganancia en Nueva España y quizás consintiera. Y aceptó, y un domingo de Pascua florida lo fue de sufrimiento y lágrimas para sus amigos.

...Vinieron cartas del ausente llenas de amor para la familia amiga y de quejas del frío de su soledad y de narraciones muy elegantes y emocionadoras de aquellas tierras remotas. Todo lo leía la hija, y aspiraba conmovidamente el intenso perfume de lo nuevo y lejano.

Llegó también una fotografía donde estaba él entre árboles centenarios y rodeado de indígenas de ferocísimo gesto y negra desnudez. La figura del europeo aparecía gallarda, pálida; su barba patricia, ya canosa, y su avanzada frente, recibían toda la claridad que penetraba por la floresta; aquel hombre resaltaba como un símbolo del heroísmo y nobleza de una raza. "¡Yo lo encuentro hasta bizarro y hermoso!" —exclamó entusiasmado el amigo—. Y para la hija, que entonces compendiaba a los hombres en el grupo fotográfico, fue el de Nueva España el más galán de todos los nacidos. Algo le escribió el padre de la amorosísima impresión que sintiera la joven al mirar el retrato. Y la siguiente carta dio sorpresa y gusto al matrimonio, porque en ella el expatriado confesaba un secreto que mantuvo siempre en su alma: el del amor a la hija. Decía luego su tristeza por la distancia que les separaba y por la otra distancia aún más amarga de sus edades. Cinco años llevaba cautivo de su pingüe empleo, y otros cinco le quedaban de residencia en tan extraño confín. Había cumplido los cincuenta; de modo que al retorno se hallaría en los umbrales de la vejez. "¡Había de hacer dolorosa renuncia del único y más sagrado precio de su vida!". La madre, alborozada con la idea de tan conveniente y tranquilo refugio para la hija, le habló, le rogó y pudo persuadirla a casamiento. Ya las cartas vinieron para ésta; y era tan arrebatado y lozano lo escrito, que la novia sentía castísimos anhelos de caricias de aquel hombre, y llegó a fingírselo fuerte y gallardo».

—¡Ay, tía Isabel! ¿Y lo era de verdad? —interrumpieron las gentiles sobrinas de la narradora.

Tía Isabel sonrió con suave malicia, y dijo:

«¡Acallad vuestras ansias, que todo lo sabréis! Los novios de mi cuento se desposaron en la separación, por poderes. Helada y triste le pareció la ceremonia a la doncella; pero así fue preciso, porque al de Nueva España le angustiaba la espera de su regreso, y a los padres de la novia horrorizábales solo el pensamiento de que su hija emprendiese el largo viaje. La primera carta que recibió la esposa del esposo le abrasó el pecho como si el corazón se hubiera vuelto en temblorosa llama, encendió sus mejillas y estremeció dichosamente todas sus entrañas. Acababa con estas promesas: "Iré muy rico; y he de decirte como Salomón: nuestro lecho será de sándalo y florido, y en él tus besos, más sabrosos y dulces que el vino y la miel!". Y la esposa besó estas palabras, y aquella noche lloró en su lecho de virgen».

—¿Lloráis también vosotras?

—¡Ay, tiita mía —gimió la doncella dorada como el ámbar—, es que imagino que me sucede a mí, y se me aprieta el corazón!... ¡Hablaba aquel hombre con un fuego!... ¿Y tenía de veras tantos años?

«Tres llevaba de casada —prosiguió la señora— y pasaba la hermosa mujer los días contando los de los dos años siguientes como si fueran los azabaches de su rosario. ¡Cuántas veces!... Y una tarde de septiembre, tarde de oro como esta, la madre penetró gozosamente en la estancia de la esposa casi pidiéndole albricias como se usaba en lo antiguo... La hija se levantó palideciendo y trémula: ¿Sería él?... No; no era él, sino un enviado suyo, un compatriota que regresaba y le traía dones y obsequios preciosos. Entró el mensajero. Viéndolo, sintió ella los dulces rubores de la esposa al conocer el tálamo. "¡Por qué, Dios mío, si era otro, otro!". Joven, blanco, rubio, el llegado parecía un príncipe de conseja, que viniese a librarla del penoso encantamiento de su doncellez... Hablábale del ausente, y a ella le parecía que decía de sí mismo. Prometía que el marido vendría antes de dos años; y la virgen se preguntaba en voluptuoso deliquio: "¡Alma mía! ¿No vino ya el amado?". Mientras estuvo este hombre en la ciudad, ella cuidó de su atavío, tuvo alegría y bendijo la vida... Pero el Príncipe partió, y entonces apuró la esposa el vaso de hiel del adiós a la felicidad, deshecho como una niebla. Ya sola, ya triste, se preguntó si había pecado, si cometió adulterio en su corazón. ¡Casada y amante sin saber aún del amor legítimo ni del prohibido! Y lloraba más de tristeza que de arrepentimiento. Pero como, según dijo un filósofo que yo he leído, "nada se adhiere al corazón que haga siempre llorar o siempre amar", fue la esposa mitigándose de su lacería y luego pasó al goce por el anuncio del pronto arribo del marido. Faltaba un mes. Y ella y sus padres fueron a un puerto de Andalucía para recibirle... Extenuada de ansiedad, pisó el muelle la desventurada mujer. Todos los encendidos requiebros de las cartas acudían entonces a su alma. "¡Oh, nuestro lecho será de sándalo y florido; y allí, tus besos más sabrosos y dulces que el vino y que la miel!". Y ella gustaba sus mismos labios y desfallecía anticipándose fingidamente la dicha.

Entró en las serenas aguas del puerto el negro vapor, despacio, rendido... ¡no encontraban al deseado los ojos de la amada! ¡Venían tantas gentes! Muchas manos agitaron pañuelos. "¿Y él?". Él llegó.

La esposa pálida, angustiándose, muriéndose, recibió en su frente un beso breve, enjuto entre blancura de barba patriarcal de un anciano flaco, doblado, que balbució: "¡Oh, mi Isabel!"».

—¡Isabel, Isabel! —exclamaron las doncellas rodeando a la señora.

...Tía Isabel sonrió llorando.

El señor maestro

Estaba abierto el portal de la escuela porque ya era verano. ¡Pronto llegarían los gozosos meses de la vacación! Los chicos miraban desde sus bancos la tarde luminosa y callada de los campos dorados y maduros y el cielo descendiendo serenamente en la llanura.

La escuela había sido labrada dentro de los muros del viejo adarve, en lo postrero y alto de la aldea. Algunas cabras de los ganados que salían a pacer en la vera se asomaban roznando las matas, mordidas de las ruderas y grietas; los leñadores, que venían de lo abrupto, doblados por los costales verdes y olorosos, dejaban en el recinto fragancia y sensación de la tarde, de la altura alumbrada, libre, inmensa; la entrada de un diablillo-murciélago, el profundo zumbido de una abeja, dos mariposas blancas que volaban rasando el mapa de España y Portugal divertía ruidosamente a todos. Y el señor maestro no se enojaba.


* * *


Ya era pasada la hora de que los muchachos saliesen, y el viejo maestro no lo permitía, hablando, hablando; pero ellos no le hacían caso, y a hurto suyo se desafiaban y concertaban las pedreas en el eriazo del Calvario o se decían en cuál gárgola de la iglesia anidaba un cernícalo.

Y el señor maestro repetía su amonestación diaria, siembra de piedad. «¿Por qué habéis de coger los nidos? Yo digo que si lo hicierais por llevar a los pájaros chiquitines abrigo y mantenimiento creyendo que en el árbol y en el campo no lo tienen, casi casi se os podría perdonar... Torregrosa, estese quieto... Pero no, señor; agarráis un pobre pájaro; luego lo atáis, arrastrándolo por el aire... ¿Que no?...».

Los chicos estregaban los pies sobre las losas, tosían, golpeaban los bancos..., y el maestro los dejaba libres. Y salían gritando alborozadamente.

Desde el quicial veíalos el viejo subir a las ruinas, esparcirse por los bancales. Un árbol movía sus ramas bajo la pesadumbre de los rapaces. Después los chicos escapaban mirando hacia la escuela.

—¡Han robado otro nido, Señor!

Y los entristecidos ojos del maestro viajaban por el paisaje, que iba quedando en dulce apagamiento.

Entraba; encendía su lámpara de aceite, y dormitaba escribiendo su tratado de Prosodia.

Por los pupitres sonaba un ruido áspero de brincos y golpes recios de alas. La mirada del maestro se hundía amorosa en la penumbra de la escuela.

—Ven, pobrete, ven —decía riendo. Sacaba de su faltriquera un puño de granos de rubión; derramábalos sobre la mesa...

—Ven, hijo Arturo, ven; ya se han marchado todos.

Entonces un pájaro grande saltaba por el suelo con las alas tendidas como haldas demasiado largas; subía a la tarima; resonaba un aleteo, y junto a la rugosa mano del señor maestro aparecía ufanamente un cuervo.


* * *


En la mañana encalmada, caliente y azul, de Jueves Santo, que vino aquel año dentro de la tibieza aromosa de abril, bajó el maestro del collado de su aldea al hondo y ancho campo comarcano. Nunca le pareció el paisaje tan reposado, limpio y bueno como en ese día. No sonaba una voz labriega ni se balanceaba un árbol; apenas se estremecían y rizaban las cimas de los panes, tan altos y granados. La pureza del ambiente lo presentaba todo limpio, próximo, como guardado bajo recinto de cristal.

Ya muy lejos, pasó el maestro la honda zubia, derivada de un pantano, y entrose por tierra pradeña, donde el ganado pacía libremente. Los pastores conversaban tendidos; eran mozos. Distante y encima de la hierba tenían sus hacecicos de esparto para tejer, y sus mantas y zurrones con el repuesto.

Los saludó el maestro con dulzura y sonrisa de abad viejecito.

—¿Tampoco hoy hicisteis fiesta, siquiera para asistir a los Oficios?

—¡Nosotros, no, siñor; que tenemos oficio perenne!

—¿Ninguna cabra es vuestra? —les dijo después viéndoles tirar piedras, no para advertir, sino enfurecidos, con deseo de acertar en la res.

—¡Qué va a serlo, qué va a serlo! Todas son de uno que se está en el pueblo.

Por el azul pasaban tres cuervos. Volaban despacio y redondamente sobre la tierra praderosa. Entonces el paisaje parecía más agreste; su paz más profunda y serena.

Viéndolos uno de los pastores, dijo:

—¡No hay animal tan galopo como ése!

—Todos —repuso el señor maestro—, todos tienen su malicia; pero también su bondad. Y en este día todo ha de parecernos santo —y alzó su mirada.

—¡Si es que son merenderos! —gritó sañudo el mozo—. ¡Hay de ellos que solo pasan del companaje que nos roban!

Los negros pájaros se habían apartado, bajando, cayendo. Dos pastores se hundieron en la espesa verdura, deslizándose. Luego una piedra rasgó el azul; corrieron los hombres, tirando sus cayadas; volaron dos cuervos; en el cielo se perdía un gañido de dolor, y una voz de júbilo, fuerte, encendida, gritaba:

—¡Cayó uno; pero aún, aún está vivo el ladrón!

—¡Déjalo, déjalo que lo remate la perra mía!

Fueron todos a verlo; tenía tronchadas las alas, una garra rota y el plumaje costroso, amasado de tierra, sangre y zumo de yerba.

No consintió el maestro que lo acabasen; lo pidió para curarlo y tenerlo, y con el ensangrentado pájaro volvió a su escuela, hablándole como a un amigo enfermo, y uniendo y calentando con sus manos los destrozados huesos.


* * *


Y el cuervo daba fidelísima amistad y compaña al maestro, que éste vivía solo. Su mujer había muerto, y su único hijo, sacerdote, estaba de ecónomo en una humilde parroquia de la diócesis valenciana.

Curó el animalito, aunque quedó lisiado de una pata, y torpe, casi impedido para el vuelo. Nada más llegaba a las eminencias de la mesa y cama del señor maestro.

Y el cuervo, no solo fue amigo, sino discípulo. Sabía dos palabras: «Pan y Pepe».

Salía donde estaban los chicos, gritando y alegrándose con ellos.

Eran estos recreos y bullas muy del agrado del profesor, y aun entraban en su sistema de crianza y pedagogía, por creer que amando y compadeciéndose de los animales se domaba la fiereza o animalidad del niño. Pero andando el tiempo, un maldecido rapaz dio en enseñar al cuervo una mala palabra, que fue la ya preferida; después le hicieron crueldades. Y el animalito los odió; y apenas oía el vocerío de los muchachos se retraía a la cámara del amo y por la ventana saltaba y se iba a picotear y espadañarse entre las ruinas de la cumbre del otero.

Mucho pensó y dudó el señor maestro antes de dar nombre a su amigo. Y un domingo de invierno, estando aquél sentado en su umbral recibiendo el abrigo del sol, y el cuervo sobre sus rodillas, bajó a la memoria del anciano piadoso la gracia de un recuerdo legendario, y la lisiada ave tuvo nombre.

El señor maestro había pronunciado gravemente:

—Tú te llamarás Arturo, en memoria de otro sagrado cuervo de remotas edades.


* * *


—¡No hay escuela, no hay escuela esta mañana! —gritaban los muchachos viéndola cerrada.

Y es que venía el hijo del maestro. Años duraba la separación. Y el padre, gozoso, conmovido, salió muy temprano para aguardarle; y cuando llegó, cuando tuvo al hijo, no se hartaba de contemplarlo. ¡Qué gordo y hermoso estaba!

Era el señor vicario un mozallón moreno, de grandes mandíbulas, labio azulado por el rasuramiento, los ojos pequeños y encendidos y el cabello crespo y negrísimo.

—Pues yo a usted, padre, también le encuentro bueno, aunque un poco blando; pero en esta temporada tengo que endurecerle esa carne. Ya verá qué paseos y correrías... ¿Qué tal anda esto de caza?

No lo oyó el maestro porque llegaban a la escuela y entrose con presura para animar a la vieja que le guisaba.

Comieron pronto. Después el hijo se retiró a su alcoba para abrir su cofre y acomodarse, y el padre fuese por la aldea buscando a los chicos que no acudían creyendo cabal la fiesta.

Vuelto a la casa con algunos rapaces, no halló al hijo. Y comenzó la clase; no había quietud; todos murmuraban. Cansado el profesor de la lectura, empezó a predicarles el provecho y virtud de la lástima. «Yo os he visto desplumar a redropelo un pájaro. Figuraos que a vosotros os desollasen...».

—Señor maestro —prorrumpió una vocecilla oscura—, esa tarde que usted nos vio me lo culparon a mí; pero no era yo, fue el señor Torregrosa.

—¡Diga que es mentira, que sí que fue él! —gritó otro rapaz de cabeza trasquilada, vestido con delantal negro.

—¿Que es mentira? —replicaba el otro amenazándole, y apagando la voz no sé que le dijo de su madre, y de que cuando saliesen...

—¡Basta, basta; silencio! —ordenó cansadamente el maestro, dando una débil palmada sobre su tabla.

Fuera, en la paz de la cumbre, sonó un disparo.

—¡Otra crueldad de los hombres! —murmuró el señor maestro.

Y enlazaba su plática; pero el desmentido proseguía con ardimiento:

—Mire si fue el señor Torregrosa, que cuando usted se marchó, va y le arrima el pájaro, que era un gorrión, a la trompa del Canelo, ese mastín sarnoso del alguacil, hasta que el perro se lo fue tragando vivo...

—¡Qué horror, madre mía! —murmuró angustiadamente el anciano.

De súbito obscureció el portal una negra figura. Pasó el señor vicario.

—¡Tú con escopeta, tú!

—¡Y ya ve usted, toda la tarde andando para matar allá arriba este pobre bicho!

Y el clérigo arrojó desdeñosamente al suelo un cuervo muerto.

—¡Hijo Arturo, hijo Artu...!

Y el señor maestro sollozó...

La llegada

Son los barrios, en la psicología de las ciudades, como los flecos de un mantón rozagante que, si no manifiestan el primor de los realces y dibujos, dicen rudamente los colores de que está hecha toda la trama. Y los flecos o suponen el nacimiento o fin del tejido; y los barrios descubren el natural y originario color del alma de la ciudad o lo postrero de su carácter.

...¡Y líbreme el Señor de inferir la más leve filosofía del barrio de mi cuento!

Nuevecito y vistoso y arbolado era aquél. Lo habitaban gentes de humilde linaje, enriquecidas y alegres. Los hombres casi todos estaban gordos, pesados y morenos del sol de la ruda faena pasada en los muelles. Sus camisas rizadas por el almidón y aplanchado, parecían en ellos de muy cruda blancura y rigidez. Sus trajes, su calzado, su sombrero, el bastón de puño con labras de fauna monstruosa, la soga de oro del enorme reloj, todo expresaba el amoroso cuidado con que se llevaba y la solemnidad al vestirlo y colocárselo su dueño, mientras le contemplaría la familia con mudo contentamiento. El ideal de las hijas y mujeres era colgarse medallones, amuletos, dijes y onzas de las cadenas y pulseras, y vestir una bata larga y randada y lucirla sentadas en mecedoras, delante de sus portales o paseando por las aceras, oyendo recuestas de los mozos, que también trascendían a flecos de ciudad.

Era riguroso tener casa propia muy pintada; huertecita, aunque sólo rindiera higos, habas, sandías y albahacas; cabriolé o tartana con iniciales muy lindas, y jaca menuda y traviesa; y en el cementerio un nicho o panteón, con versos de oracionero y retrato de algún difunto, puesto entre flores de vidrio y porcelana...

Del caudal de todos se conocía la causa: el puerto o el logro. Por eso maravillaba el distinto origen de la abundancia reciente de una familia que comía cocido de suculencia copiosa, todos los días, y el hombre leía periódicos y fumaba en mangas de camisa, engordando por la bendita holganza; y ellas, su mujer y cuñadas, llevaban siempre batas y perfumes y aun joyas de poderoso relumbror.

Menudeaban las compras para su atavío y regalo; y casas, solares y bancales próximos, cuya venta se publicase o supiese, pasaban luego a su dominio.

No fue posible malsinar del marido por vicio ni artería o complacencias demasiadas. Eran cuñadas y esposa amigas de bullicio y diversión en su entrada, acera y huerto, merendando y cantando con vecinos, entre los que destacaba un tañedor de vihuela, que aunque menudo, era el «Petronio» del barrio. Pero todos esos pasatiempos los gozaban sin ninguna manera de licencia o deshonestidad que se sepa...


* * *


...Antaño tuvo el marido barbería de las de soportal y tertulia política; y siempre fue holgachón y dado a la zumba. En cambio, ellas, descoloridas, consumidas, suspiraban de tedio y de necesitadas, y vestían con tanta humildad que apenas tenían amistades ni osaban salir por recato de su pobreza. Un hermano, presbítero, andaba de ermita en humilladero, de aldea en pueblo, de iglesia en monasterio al olor de alguna misa, rosario o sermoncico, que le diese lo indispensable; y en un cuartito del señor rapista se acostaba.

Los del barrio no trataban ni se acordaban de esta familia, como no fuera para dedicar a su vida un comentario de misericordia.

El curita volandero desapareció. Y dijo el cuñado que era sacerdote en un vapor de apartada ruta.

...Pasados tres años amaneció cerrada la oscura barbería, y los que la ocupaban trasladados a otra calle más animada y ancha, en cuya acera se oreaba, por las tardes, sentado en mecedora, el antiguo barbero, y las mujeres sacaban sus sillas flamantes y platicaban muy risueñas. En el siguiente año, todos los de la casa gozaron sendas mecedoras, y aun sobradas. Acudieron amigos, que en el café y en sus hogares no acababan de encarecer el ornamento de las habitaciones y el regalo de la mesa y de toda la vida de aquella familia, antes miserable.

Frecuentemente les decía el ex rapador:

—Hoy las profesiones, los oficios son un padecer. Yo, ¡la verdad!, había nacido para negocios y empresas de importancia. ¡Qué quieren que les diga; las profesiones fijas son un padecer!

—¡Nosotras siempre se lo decíamos, tú, Vicente, eres para negocios! —De este modo hablaban las mujeres, meciéndose y sonriendo.


* * *


...Pues el adamado tañedor de vihuela prendose de una de las cuñadas, y la pidió en matrimonio. Lo admitieron. ¡Era tan donoso y apuesto el mancebo!

Se casaron y pasáronse a un piso del mismo edificio. Pero casi siempre comían juntas las dos familias; y su alborozo y holgura dio a la casa envidiable fama de felicidad.

Aumentaron las amistades. El de la vihuela ya no iba a lecciones, y sólo tocaba algunas noches de danza y convite, en el huerto o en la misma acera, bajo las acacias.

—¡En verdad, señor Vicente, que no puede quejarse de la fortuna! —le murmuraban zalameros los vecinos.

—¡No me puedo quejar! ¡A mí, negocios, asuntos serios, y ya me tienen satisfecho! —Y chupaba con ansia del recio puro; toda la boca se le nublaba y espesaba de humo, que iba dejando salir muy despacio y contemplándolo voluptuosamente.

Los demás también le miraban el humo. «¡Oh, fumaba, comía y gozaba como nadie en el barrio! ¡Qué deliciosos negocios los suyos!».

Y se supo que no los hacía él sino el ausente presbítero, que empezó a lucrarse en los barcos, y después quedose en América, ensanchando un ignorado tráfico y remesando a sus hermanos los dineros para su guarda y colocación.

Ellos no lo negaron. Y ya no se habló de los negocios del ex rapista, sino del hermano rico. Las mujeres decían lindamente cosas de América; imponían los figurines traídos de Valencia; se reían con esmero, como damitas de teatro.

El sacerdote escribió su propósito de volver al pueblo natal y descansar de su vida errabunda y trabajada.

La noticia atrajo la atención de todos.

La familia prometió enseñar a los amigos cuanto de raro y precioso les trajera el hermano. El señor Vicente decidió hacer obra en la casa, aunque decía misteriosamente a los buenos visitantes:

—¡Yo no sé, no sé si debo hacer estos gastos!

—¿Que si los debe hacer? —exclamaban los otros—. ¡Ya lo creo que sí! ¿Pues quién mejor que usted?

—Lo mismo le decimos nosotras —terciaban ellas.

—No es eso; no es eso —replicaba muy orondo el bienaventurado—; es que, con la posición de nuestro hermano, ¡quién sabe si nos quedaremos aquí, o querrá él que nos marchemos a un Madrid, a un Sevilla o más lejos, para emprender asuntos que aquí... vamos, no sé yo...! —Y se doblaban sus labios con desdén.

—¡Es verdad! ¡Quién sabe! —repetían las cuñadas, la esposa y el tocador de vihuela.

Y ellas sonreían a las pasmadas vecinas, imaginándose viajeras con sus velos y abrigos, triunfales, opulentas, y aparentando entristecerse por la separación...

—¡Oh, nosotros que pudiéramos! —suspiraban los amigos.

—Sí, sí; pero créannos; ¡rinde, fatiga tanto esa vida!... —Y al pronunciarlo hacían un melancólico gesto de cansancio.

...Y el sacerdote avisó su pronta llegada, aunque no fijó el día por desconocer el vapor-correo que podría alcanzar. «Me queda la realización de las últimas fincas raíces». La lectura de estas palabras fue repetida delante de los amigos. Las hermanas añadieron por glosa:

—Vamos, es que aquello debe ser inmenso. ¡Ya ven! ¡Fincas raíces!... ¡Debe ser! ¿Verdad?


* * *


...Resonó la calle por la carrera estrepitosa de un coche cerrado, en cuya cima se amontonaban maletas y mundos de cuero muy lujoso.

Todos los portales y ventanas se poblaron de ávidas cabezas.

«¡El cura rico!» «¡Válgame y qué suerte de personas!».

Y las gentes miraban hacia la casa de los felices hermanos, que salieron gozosos, anhelantes; ellas, sólo tuvieron tiempo de empolvarse; y despeinadas, flotantes las batas, acudieron a recibir al viajero. Sintieron la mirada de envidia de todos los ojos, y una onda de orgullo bañó de espumas sus almas.

Abriose la portezuela, y bajó el sacerdote.

Estaba canoso, enjuto; sobre el hábito vestía un gabán aseglarado, de suma elegancia y riqueza; llevaba bastón de ébano, de alta contera y puño de plata; guantes de seda, zapatos ingleses. Lo besaron, lo abrazaron, y abrazado quisieron entrarlo. Pero él contuvo a la amorosa familia. Se acercó al carruaje y tendió exquisitamente su brazo, y apoyándose en él, descendió, lenta y altiva, una mujer lozana, blanca, fastuosa. Y el hermano rico la presentó a los pobretes y espantados hermanos, diciendo con modestia:

—¡Mi señora ama de gobierno!

Crónica de festejos

Los más poderosos señores de un lugar levantino, picados del tábano de los celos de un pueblo inmediato que hizo fiestas maravillosas, quisieron que las del suyo alcanzasen grandísimo lustre y nombradía.

Trazaban su programa teniendo delante el de los enemigos. Estaban igualados en danzas, luminarias, simulacro de batalla de moros y cristianos y bendición de un altar a Santa María de la Cueva, resplandeciente altar levantado a carga y sacrificio del vecindario, porque el señor rector dijo: «Un rico muy piadoso quiere costearlo solo, pero la gracia ha de llegar a todos; que hasta el más pobre y humilde arrime su hombro». Y todos lo arrimaron fervorosamente; quien con un cahiz de rubión, quien con un cántaro de vino generoso o una haldada de aceituna. Las mujeres subían odres y herradas de agua del hondo río, y los hombres arrastraban troncos cortados en los pinares. El señor rector les bendecía gritando: «¡Ellos hicieron altar, pero no como nosotros! ¡Lo he de decir a su ilustrísima!». La santa obra estaba ya acabada. Juntos los excelsos vecinos, acordaron que les faltaba un número de fiestas que les diese preeminencia sobre sus émulos, y entonces decidieron hacer Juegos Florales, como en la capital, de donde tomaron parecer y aviso, pues allí sabían toda minucia en punto a certámenes.

Lo costoso era alcanzar un mantenedor de fama, principalmente política: un ex ministro, ex director o diputado a cortes.

La asamblea de vecinos partiose en dos comisiones: la una para buscar quien predicase las glorias de María: la otra para traer quien mantuviese la justa literaria. De poetas y jueces no se preocuparon. Los poetas acudirían a bandadas, y jueces serían ellos. El dueño de una grande y frondosa heredad quedó hecho presidente; era de pensamientos y designios muy radicales; y como hablase el señor rector de tres solemnidades religiosas, él propuso celebrar tres días Juegos Florales. Vacilaron, pero de la ciudad dijeron que no se estilaba.

Se hicieron los festejos; el mantenedor no fue precisamente ex ministro, ni ex director de Agricultura, ni diputado, sino catedrático de Historia Natural en un instituto de la Mancha. En cambio había nacido en el pueblo y gozaba fama de saber y virtudes.

Llegó enternecido de alegría, «ca una de las placenteras cosas que en el mundo ha —escribe don Juan Manuel—, es vevir home en la tierra do es natural, et mayormente si Dios le face tanta merced que pueda vevir en ella honrado et preciado».

Pues el señor mantenedor venía a vivir todo un verano en su pueblecito blanco y sosegado, y Dios le hacía merced de que, habiendo salido miserable, llegase muy loado, como el escudero de que nos habla el sabio infante. Le recibieron con música y espantosos truenos de pólvora. Traía dos niños, que luego fueron elegidos pajecicos del torneo, y traía a su mujer. Fue su flaqueza: casarse con la hija del bedel de su aula; manchega fermosa, pero necesitada de almohaza.

El señor catedrático era todo bondad y grosura. Vestía de azul marino, como dicen que lo gasta don Miguel de Unamuno —que el cronista de estos peregrinos sucesos nunca le vio— y cruzaba sus manos, blancas y redonditas, encima del vientre como un prior bienaventurado.

Leyó con grande templanza su discurso. Las damas lugareñas rodeaban a la esposa; y todos hablaron y se distrajeron durante la oración. El triunfo fue del poeta de la flor, que había recitado estruendoso su ancha y larga oda Las Cruzadas, que llegaban a Numancia, Sagunto, Lepanto, Otumba y Arapiles...

A la siguiente mañana, muy temprano, buscaron al mantenedor para hacerle el agasajo en la masía del presidente del jurado.

Estaba ya ataviada la esposa para la gira; hubo muchos comedimientos y cortesías entre la señora y los jueces, porque la fiesta era sólo para los clarísimos varones; pero no desistió la bizarra machega, y la llevaron. Las criaturitas se quedaron llorando y furiosos como novillos; y fue preciso entretenerlos hasta que los padres saliesen escondidamente por puerta zaguera.

Llenaban los invitados tres galeras ruidosas y enormes. En la misma iba el mantenedor y el poeta, que ansiaba decir de sus versos. Atravesaban yermos abundosos de margas, y el catedrático habló de los yesos; de aquí pasaron a la preparación de los vinos; y todos contendieron. El poeta le recitó a la señora una silva.

Penetraron en tierras de la heredad. En seguida lo avisó su dueño al catedrático. Eran campos rojizos plantados de viñal, y llanos de mieses altas y verdes; veíase el manso viento de la mañana pasando encima y dejándolas holladas como un agua trémula.

La masía blanqueaba entre olmos, grande, cuadrada, con enorme reloj de sol y bullicio de palomos que aleteaban, llegando y saliendo de los sobrados.

El mantenedor, torpe y rendido, aplastó, al bajar de la galera, un desventurado pollito; escandalizó iracunda y aterrada la clueca, y se deslizó toda la pollada, huyendo como cándidos copos de algodón llevados del aire.

Atribulose el catedrático; el masero le limpió la ensangrentada bota, y ya más aliviado fueron todos a la huerta que trascendía a riego y a frutales en cierne. Alto el sol, se recogieron bajo las anchas parras donde estaban las mesas.

Volaba sobre el casal el blanco humo, oloroso de lumbre de sarmientos hecha en el corral para cocer los gazpachos, porque la vasta cocina estaba invadida de cacerolas y paellas donde se enternecían y doraban las piernas de carnero y las aves rellenas y lardosas.

Mucho tiempo estuvieron los señores invitados conversando y mirando los moscones y abejas, que revolaban entre los racimos agraces. Después se distrajeron viendo las sombras morenas de los pámpanos sobre la tierra brilladora y rubia de sol, y dándose cuenta de que se aburrían fueron a rodear la hoguera del corral, mezclándose en el bullaje de los guisadores.

El presidente del jurado y dueño de la hacienda, tomando del brazo al mantenedor, quiso mostrarle la bodega y almazara. En una rinconada del patio y cercado de alambres, estaba el pobladísimo gallinero, y el señor catedrático, muy aficionado al averío, detúvose para verlo con detenimiento, y alabó la gentileza y el ardimiento del pollastre, comentándolo de científica manera, y aquí se hallaba, cuando en lo alto del alcahaz estremeciose, voznando sobre una percha, un fastuoso pavo real.

Buscó el mantenedor la hembra, pero no la había, y ya hablaba, también científicamente, adolecido de la viudez de la hermosa ave; mas el dueño de la finca, riendo con malicia, le dijo:

—No piense así, que si nos apartamos y tiene paciencia ha de ver cosas del animalito de mucha curiosidad.

Y las vieron escondidos bajo una umbría de leños y calabaceras trepadoras.

Sonó batir de alas, y el pavo real descendió. Ante su magnificencia y poderío, el bizarro pollo se puso medrosico y refugiose entre colodras de salvado y tiestos de agua. La pomposa ave mostró toda la opulencia y hermosura de su plumaje a una gallina rubia y moñuda... Después, naturaleza hizo lo demás.

El catedrático dio un grito.

—Pero esto es vergonzoso para el pavo.

—¡Dijera para el pollo! —repuso alborozado el presidente.

—¡Ahora sí que he visto lo más peregrino de estas fiestas, y me entristece, amigo, me entristece!

—¡Oh, no le dé pena!... ¡Quién no ha sido pavo en este mundo!

El señor catedrático suspiró.

El final de mi cuento

Como los personajes trazados en mi artículo los conoció íntimamente la señora de Villalba, vieja, maldiciente y también escritora, me pidió que se lo leyese antes de entregarlo.

Acomodose la señora en su butaca de grana; abandonó en su regazo la media que estaba urdiendo; quitose los resplandecientes espejuelos, y aguardó.

Y yo leí:

...Descansaba llena de luna la noche, y pareció suspirar y estremecerse como una doncella dormida, volviéndose, desnuda y casta, en la blancura de su lecho. Y la respiración de la noche, atravesando los huertos, pasó por las ventanas y aromó al poeta. La aspirada delicia le distrajo y dejó comenzada la estrofa.

Creando la vida de su fábula, atendiendo el íntimo pulso, los regocijos y tristezas de sus criaturas, se había olvidado de la «amada», de la noche.

La fragancia de rosas, de árboles floridos, de verdores recientes, de inmensidad, que le había acariciado las sienes y oreado el alma, le atrajo a la vida que él tomaba para llevarla a los hijos alumbrados en sus libros, sin apenas gozarla, como pican y traen las aves el sustento a los pichones, sin quedarse nada para su hambre...

Entonces subió y envolvió al artista toda la grandeza del silencio, de la soledad, y vivió en sí mismo, pareciéndole que los hijos de su arte se escondían y callaban bajo las blancas losas de las cuartillas.

La estancia era amplia, abrigada con tapices ya pálidos, nublados por los años, y los muebles, anchos y propicios a la meditación y bellas quimeras del maestro. Un grande acero bruñido, traído de un viejo palacio de Florencia, colgaba como espejo, encima de la mesa de trabajo.

Alzose el escritor, y mirándose dentro del arcaico acero se vio cerca de la vejez, exprimido, rugoso, agobiado. Luego contempló la perfumada noche. Lejos, en el confín, se esparcía una niebla blanca, luminosa, un halo de plata. Asomaba el alba. Y contristose el corazón del hombre.

Se retiró a su dormitorio. Encendió la lámpara de cristal azul, que daba claridad suavísima de estrella, y contemplando a su esposa dormida recogió su fragancia. ¡Oh, era como la de la noche, y también su cuerpo espléndido, desnudo, juvenil, parecía lleno de luna! Sintió más su vejez y su tristeza, y la besó devotamente.

Apagada la luz, surgió para él en las tinieblas, como destacando sobre un fondo de negro terciopelo, la imagen de su esposa desnuda, blanca, placentera, semejante a las heroínas de sus libros, que le ungieron de gloria, imaginadas mujeres que habían «amado mucho».

Y pensándolo se estremeció angustiosamente, y quiso desvanecer la ficción. De nuevo lució la lámpara; lámpara celeste, voluptuosa, de tálamo dichoso.

La mujer esquivó la claridad volviéndose, y toda la peregrina firmeza de su carne manifestose bajo la delgada blancura de las ropas.

El artista la besó en los cabellos. La contemplaba serenamente; le parecía hija de su arte. Y los ojos del escritor tenían lumbre gozosa de triunfo.

Siguió mirándola, y ya la besó arrebatado, impetuoso. La llamó la más hermosa de todas las mujeres. Si por ella hubiese padecido quebrantos, suplicios, persecuciones, él la habría perdonado y bendecido contemplándola, como hicieron viendo a Helena los ancianos de Troya.

Se durmieron abrazados.

...La llamarada de amor que revivió en la sangre del poeta le alumbró más sus ruinas de hombre.

La esposa le observaba con extrañeza, con inquietud. Aquel hombre, consumido por altísimos amores, apartado de la pobre vida y tan olvidado de la mocedad y hermosura de la mujer, que motivó la perfidia de ella, en el pensamiento, no llegando a la realización del pecado contenida por la excelsitud del nombre del artista; aquel hombre, ahora, bajando de su eminencia de genio de eterna juventud a la humana tierra, parecía decrépito, celoso, roído de flaquezas.

Todas las noches se despertaba ella sobresaltada, miedosa, sintiendo en toda su carne la impresión de una mirada de tanta tenacidad y fuerza, que parecía exhalar ardor de fiebre, como la boca de un enfermo. Los ojos del marido tenían fuego hondo y feroz.

Una noche, él le dijo, trémulo de lascivia y de angustia:

—¡Me da rabia verte! ¡Eres hermosa, fuerte, lozana; tu boca es de flores y ascuas, terrible de tentación! ¡Oh, si yo me muriese antes que tú!

Ella le tuvo miedo.

Y el viejo poeta enfermó.


* * *


Era primavera. Quiso el artista que lo llevasen a su estudio. En el sitio de la mesa se puso la cama. Y al pasarlo se vio el enfermo en el precioso acero, y todo su cuerpo se crispó desesperadamente. ¡Oh, Señor, se había mirado muerto!

Postrado, contemplaba los huertos en su gozosa resurrección. Brotaban y florecían los árboles, y los viejos rosales trepaban a las ventanas y tejían un fragante dosel.

Ni la sabiduría ni la poesía, que siempre había sorprendido el artista hasta en lo menudo y humilde, dieron fortaleza y consolación a su alma. Era sólo hombre miserable. Se rebelaba, se enfurecía contra la muerte, ante la espléndida invitación a la vida que le presentaba la primavera, encarnada en su esposa, supremo vaso de delicias, que otro hombre sabría apurar dichosamente.

Y una noche de junio, clara, olorosa, inmensa, sintió el enfermo que le ceñían los brazos secos y helados de la muerte, y gritó empavorecido, ronco, agónico. Su esposa le miraba estremecida de piedad y miedo.

¡Aún podría estrangularla con sus manos convulsas, sudadas, frías!...

La llamó, abrió los brazos, pidiéndole con los ojos que se acercase... Ella se fue apartando, apartando...

Y el poeta, que degeneró por ansias insaciadas del ya perdido goce, sublimose al penetrar en la santa tristeza y serenidad de la muerte. Recibió la gracia de la sabiduría y perdonó a la amada. Murió sonriendo como un suicida o un elegido. Pero al entornarle los ojos las bellas manos de la mujer, sus dedos se mojaron de las lágrimas del muerto.


* * *


Mi amiga, la señora de Villalba, se enjugó los ojos con su primoroso pañizuelo de randas.

Confieso que me envanecí por el enternecimiento y compunción de la vieja dama. Yo había domado sus ironías.

Proseguí leyendo:

Gentes esclarecidas de la ciudad, y hasta de pueblos muy apartados, vinieron a traer ofrenda de su dolor al poeta muerto.

Las recibía la esposa, todavía más gentil envuelta en los lutos de la viudez, y ahora intensa y verdaderamente afligida. ¡Tardío testimonio de algunas mujeres —exclama Montaigne—, con el cual acreditan que no aman a los maridos sino muertos! Y ésta lo quiso con enloquecimiento doloroso, sintiendo traspasada su alma con todas las espadas de los santos amores.

La admiración y el duelo de la ciudad por el hombre glorioso se tradujeron de modo que lo enalteciese y quedasen en manifestación bella y perdurable. Y muy pronto, delante de las ventanas de la casa del artista, se elevó su estatua, en la suprema actitud de atender sobre su frente el vuelo divino de las ideas.

Estaba la casa recogida en el mismo silencio que cuando el maestro laboraba.

No dormía la viuda. Escuchaba con ansiedad detrás de las ventanas, inquieta, pálida, torturada de remordimientos feroces, que le oprimían y laceraban las entrañas, como si dentro de ella hubiesen resucitado las manos del esposo.

Apagó la lámpara. Sonaban horas en un templo. Se acercaba él, el esperado, recatadamente, por miedos a los enojos y murmuraciones de la ciudad. Era la primera cita de amor.

La viuda abrió los postigos. Apareció la plaza solitaria, blanca y romántica de luna como un lugar de leyenda, y en el centro destacaba la negra estatua del esposo, y su sombra, que se prolongaba por la tierra y subía, rota, las paredes, penetró siniestra, pavorosa, en el aposento, tendiéndose encima del trono preparado para el deleite.

Y fuera, en la callada noche, pasaba el amante, mientras la mujer sollozaba arrepentida, sobre el espectro de la gloria del esposo.

¡La gloria del poeta, aun después de morir, la subía a la cumbre del sacrificio!


* * *


La señora de Villalba, sonriendo, me preguntó:

—¿Así acaba su cuento?

Yo le dije que sí.

Mi amiga se puso los lentes, y siguió tejiendo su calza.

Me alcé indignado. Y ella murmuró:

—Bueno; pero la viuda, ¿usted no lo sabe?, la gentil viudita, cambió de casa al día siguiente...

Parábola del pino

El viejo hidalgo don Luis había heredado de sus abuelos templanza y sabiduría, algunas hanegas de sembradura y un pinar que empezaba delante de su casona, labrada en las afueras del pueblo, con un pino grande y añoso.

Todas las tardes acudían y se sentaban al amparo oscuro y fragante de las ramas los amigos y discípulos de don Luis. No podían pasar sin verle y escucharle, porque era maestro y señor de todos en la causa de un príncipe desterrado. Como ellos vivían en la ciudad se congregaban a su antojo; decidían cualquier empresa, pero a punto de realizarla se les aparecía, en la memoria, el solitario caballero, majestuoso y dulce, de barbas blancas y copiosas que le bajaban hasta el magno pecho, y calvo y limpísimo cráneo en cuya cima resplandecía la lumbre llegada entre el ramaje del pino.

Era fuerza recibir su consejo y permiso. ¡Y siempre el árbol endoselándolo como un trono de patriarca! Sentían su pesadumbre y oscuridad; y hasta llegó a parecerles que el entredicho, la aprobación o censura brotaba del ancho y venerable tronco, como la goma de su corteza. Y he aquí que los fieles amigos del hidalgo le respetaban con grandísimo amor y murmuraban del pino del portal; de modo que, amando al monarca, vinieron a malquerer el trono.

Acabado el examen y discernimiento de lo político y lugareño, don Luis les decía serenamente filosofías de mucho donaire y sencillez; y luego dedicaba a su buen árbol palabras de gratitud y alabanza.

—Sí que debe de querer esta sombra compañera —le dijeron una tarde—; pero también le priva de contemplar todo el valle, que es una bendición para los ojos.

Don Luis defendió su pino. Para ver el paisaje en su inmensidad bastábale salir del abrigo y umbría de las ramas; así, tenía valle y sombra amiga. Sin el árbol pareceríale su casa demasiado sola, desnuda y como avergonzada y medrosa. Y el viejo pino, que semejaba oír y agradecer esta privanza, producía una música de mucho apaciblimiento.

Y otra tarde, porque el hidalgo amonestó a sus amigos con grande severidad, sintieron ellos en su corazón densa y enemiga la sombra del ramaje. Y ya lo aborrecieron como se aborrece a un hombre. Lo miraron, lo celaron ansiosos de hallarle motivo que justificase la malquerencia. Las miradas de los hombres bajaron desde las ramas cimeras a la fuerte raigambre. Vieron en la cercanía otros pinos menudos y ruines, quizás engendrados por el frondoso del portal, y se conmovieron de lástima.

Entonces, el más audaz y valido del maestro le mostró los arbolitos recientes, y exclamó: —¡Todo el amor es para el viejo, mientras esos pobretes se mueren!

Una voz logrera dijo: —Si lo cortara medrarían los otros, y no faltaría quien se lo mercase por treinta duros.

Don Luis se enfureció, se afligió... Mas supo perdonar a los blasfemos. Fingiendo sumisión y arrepentimiento, se fueron los amigos.


* * *


¿Qué tenía el árbol amado?

Amarilleaba, empobrecía su verdor. Vanos fueron los sabios y tiernos cuidados de don Luis. Desprendiose la pinocha. Y el árbol quedó raído, seco, siniestro.

Lloró el anciano oyendo los hachazos de los leñadores.

En el crepúsculo se derrumbó todo el árbol, muerto, con estrépito y quejumbres, como si las brisas, furias del vendaval y cantos de aves que en él se recogieron tantos años escaparan gimiendo para buscar otra fronda viva y lozana.

No quiso el hidalgo que partieran el tronco, y entero lo guardó en su inmenso patio, donde gallinas y gorriones lo envilecieron, lluvias lo pudrieron y ratas y carcomas lo devoraron...

Lo tocaba suavemente don Luis, auscultando las pobres entrañas; lo contemplaban sus ojos, ayudados de recia lente, buscándole el mal que lo secara; y el áspero crujido de su aniquilamiento le conmovía dolorosamente. Y al cabo decidiose a que un leñador abriera el tronco. Sonó el golpe del hacha astillándolo, desgarrándolo, y el hidalgo apartaba con angustia la mirada, temblándole la voz al preguntar qué iba mostrando la honda herida.

Y cavando en ella salieron chispas azules, y el hacha se rompió.

El leñador y el viejo caballero se contemplaron con grande pasmo. Luego, investigando afincadamente, vieron un hierro largo y un trozo agudo de pedernal.

Dijo el leñador, después de larga meditación:

—Pues el clavo lo hincaron encendido... y si es al pedernal, debieron darle algún unto del diablo.

Don Luis, la noble barba estremecida de ira, los ojos llorosos de compasión, alzó los brazos y gritó: —¡Me lo asesinaron!

...Inútilmente llamaban los amigos a la puerta de la noble casa. No lograban ver a su jefe y maestro. Siempre les decían que andaba por los campos; y don Luis no salía de su cámara. Pero se recibieron nuevas de que un señor, eminente en política y nobleza, llegaba al pueblo para descubrirles y preparar los designios del amado príncipe del destierro; y como el solitario era el caudillo de los políticos lugareños, y en su casa había de aposentarse al enviado, abrió sus puertas, y con el forastero pasó, también, el olvido de sus querellas. Y es que, aunque sabio y todo, el buen don Luis era hombre.

...Después de la recepción y comida, salieron al arcaico balconaje de la casona.

El ilustre enviado miraba con embelesamiento la alegría y feracidad del amplio valle y la valiente espesura del bosque, celebrando el gayo verdor y lozanía de un pinar joven que estaba cercano.

Entristeciose el hidalgo y, con apagada voz, dijo:

—Aquí delante había un pino viejo, árbol fuerte, glorioso, que ya protegió los solaces de mi abuelo cuando era infantico... ¡Y me lo mataron!

—Pues desde que se secó —murmuró otro— que medran esos tiernos y han triplicado su valer, que el grande se chupaba todo el jugo...

—Entonces hicieron bien en matarlo —sentenció el forastero, que también debía de ser sabio—. La vida se renueva y perpetúa por el sacrificio de otras vidas, aunque éstas nos parezcan venerables.

—¡Qué hicieron bien! —gritó angustiado don Luis. Y no pensaba en su árbol. Sentía dentro de su carne y de su alma herida de pedernal untado y de hierro encendido. Vio a los pinos jóvenes, que parecían sonreír dorados de sol, y a los amigos-discípulos alborozados, como si bebiesen jugos de una vida poderosa, que era la suya...

Por la noche hizo abdicación de su mando y señorío: bajó al patio y besó el tronco muerto.

La compasión

Vivía don Isidoro con su hija, cuyo esposo muriera, y con sus nietos, dos chicos muy rollizos, blancos y alegres.

Tenían casa grande y sencilla, de ancho zaguán enlosado, y las habitaciones con puertas y zócalos de labrado roble como de sacristía y coro de catedral.

Una heredad poseían en la sierra, edificio viejo y moreno, rodeado de huertas, cuyos árboles, siendo todos lozanos y esquilmeños, todavía semejaban más verdes, más frescos y viciosos por lo apagado y rudo de la casa.

Don Isidoro había visitado muchos y remotos países, y de sus viajes y empresas trajo para la vejez dineros y enseñanzas.

Su viudez antes, y luego el casamiento de la hija con hombre vehementísimo y crapuloso, le afligieron reciamente. Y cuando éste murió, apartado del hogar, don Isidoro llevose al suyo a los huérfanos y a la madre, pálidos, asustados. Pero pronto la vieja y grande casa del abuelo se remozó en el contento del amor y la paz.

Don Isidoro no iba al casino a malsinar del gobierno y de las gentes. Tenía sosiego, hija dulcísima, alegría de nietos hermosos, grandes rentas, y todo esto, sus memorias y algunos estudios le llevaron a ser filósofo. Y lo fue tierno y optimista, aunque el optimismo suyo no era «el del esclavo que se cree dichoso, ni el del enfermo que no siente su mal».

Hallaba don Isidoro que la naturaleza era buena y hermosísima, y sólo en el hombre se escondía lo malo; pero esto tenía remedio, porque limando y quitando de la criatura humana el germen de la crueldad, la vida resultaría de una completa bienaventuranza. Y para conseguirlo se necesitaba cuidar de esa pobre criatura humana desde su nacimiento, desde muy criatura.

Era don Isidoro un viejecito que vestía sencillamente de negro; afeitado, de naricita femenina, por la que siempre se le resbalaban los espejuelos de concha; sus mejillas sanas, limpias, sonrosadas; su frente redonda, muy pálida, y sus largos cabellos blancos, que la hija peinaba con mucha paciencia, abriéndolos en noble línea por el centro del cráneo, dábanle, verdaderamente, semejanza de antiguo filósofo, aunque también de dama gruesa y bondadosa, tanto, que los nietos aseguraban que el gran retrato de la abuelita muerta que estaba en la sala era de don Isidoro; de lo que él gustaba y se reía mucho.

Tan blanco, tan limpio y dulce era el filósofo, que de su augusta cabeza parecía emanar como una transparente lumbre de plata, tranquila y mística.

Las buenas tardes de invierno tomaba de las manos a sus nietos y paseaban por los campos. No permitía que pisasen ni arrancasen una mata de los alcaceres, enseñándoles a conocer la cizaña para quitarla de las tierras que llevaban sembradura; y si la mala hierba nacía en roijal o yermo, aconsejaba dejarla para que también viviese.

Si andaban por la ciudad, para distraerles de las demasías que cometían y hablaban otros muchachos, contábales historias de príncipes generosos como Ciro, consejas de barcos encantados, de corderos perdidos, de héroes y sabios buenos y humildes, como patriarcas. Y alguna vez, viendo pasar a un señor apuesto y grave, los nietos se quedaban mirándolo y preguntaban:

—¿Abuelo: es el señor Ciro, o algún príncipe o sabio de ésos que tú dices?

Entonces don Isidoro se volvía también a mirarlo, y sonriendo templadamente, murmuraba:

—¡Me parece que sólo es concejal o un licenciado!

Y como los chicos no sabían lo que esos títulos supusiesen, aún lo contemplaban más, entre pasmados y medrosos. Y el señor concejal o licenciado no les hacía nada.

Era aficionado el viejecito a observar menudamente los portales de las casas artesanas, que a su parecer decían contentos y padecimientos, y un rapaz o una vieja que se asomasen, un grito fosco de hombre o una risa placentera de mujer-madre, todo le servía de motivo de plática.

Parábase delante de los hornos y tahonas para que los nietos recibieran impresión de sosiego y honrada felicidad aspirando el tibio y gustoso vaho de la leña y de la reciente cochura y el fresco olor de los salvados y harinas.

—Abuelo: ¿nos mercas de esas roscas blancas de azúcar?

Don Isidoro se enfadaba porque los chicos, en vez de aspirar olores y enseñanzas, pedían roscas; pero acababa por comprárselas, pensando que la inocente golosina podía conducirles a más altas consideraciones.

En verano se trasladaban a la heredad, y bajo los grandes árboles del huerto, este Sócrates con zapatillas y lentes de concha, y sus tiernos discípulos con delantales blancos, dialogaban de las plantas, de los hormigueros, de las luciérnagas, de los niños campesinos que pasturan sus hatos de ovejas.

En resolución, pláticas y cuentos del abuelo eran lecciones y parábolas sencillas que les apartaban de todo designio y entretenimiento de crueldad infantil.

Sucedió que una tarde muy ardiente el filósofo se quedó reposando en su ancha butaca del comedor, y los chicos se salieron a la huerta, gozosos de holgar y divertirse solos y libres. Y fueron alejándose entre los frutales, que parecían temblar de tantas cigarras.

En la humedad de una cañada se retorcía un viejo allozo, y dentro del silencio de la hondura se notaba más el canto, ya cansado, de una cigarra, allí la única. Quizás por serlo les dio tentación de verla y de tenerla.

Los dos hermanitos se miraron, miraron al almendro, y el mayor subió por el tronco, que era añoso y se rendía en la tierra. Y ya alargaba su sombrero de palma para la caza, cuando oyose la voz de don Isidoro:

—¿Dónde estáis? ¿Qué hacéis?

Los nietos quedaron angustiados como nuestros primeros padres al escuchar la palabra del Señor llamándolos.

—¡Subidos a un árbol, Dios mío! ¿Pues qué maquinábais, qué queríais?

Todo lo confesaron ellos.

—¡Coger una cigarra! —clamó atribulado y severo don Isidoro.

Al pie del almendro hizo el filósofo un elogio grandísimo de la cigarra, seguido de consejos de amor hasta por lo más baldío y humilde de la creación.

Aún hablaba, cuando los discípulos descubrieron en un hendido codo del ramaje una trama fuerte y polvorienta de araña, y ésta en un rincón. Era alta, flaca, velluda; parecía sentada sobre dos zancos torcidos, acaso quebrados.

Los chicos mostraron a don Isidoro el solitario insecto.

—Sí; esta pobrecilla —les dijo enterneciéndose— debe de tener hambre y miedo, porque sospecho que está lisiada, y no puede buscar sustento ni tener defensa. ¡Ya la veis: parece una persona viejecita, necesitada, inútil!

Entonces, los discípulos que ya ardían en lástimas y amor y hasta imaginaban la araña como un mendigo que les tendiese la mano, se inclinaron a la tierra, y viendo una mosca, la cogieron y rápidamente la echaron en las polvorosas mallas.

La vieja hambrienta y tullida avanzó arrastrándose, doblándose y hundió sus palpos feroces en el tierno vientre de la mosca, cuyas alitas se estremecían y tumbaban quejándose angustiosamente.

Don Isidoro besó a los nietos, les sonrió y dijo:

—Y ahora, decidme: ¿no sentís dentro de vuestras almitas así, como la voz de un ángel que os da las gracias por vuestra compasión, por el bien que habéis hecho a la pobre araña?

Los chicos, retozando de alegría, gritaron:

—¡Sí que es de verdad, sí que es de verdad, abuelito!

Y añadió el más pequeño:

—Mira la mosca cómo tiembla; ¿es qué le hace daño?

Tembló y sudó don Isidoro advirtiendo la crueldad que él había loado; y alzando la mirada y los hombros se dijo: «¡Señor! ¿en qué mallas de escuelas y doctrinas de filosofía no habrá caído siempre alguna pobre mosca?».

El presagio

Naturalmente somos los alicantinos distraídos, indolentes y pacíficos. No cavamos nuestra alma con lentas y profundas meditaciones ni resistimos mucho tiempo un mismo pensamiento.

Es verdad que lo nuevo, lo inesperado, nos intranquiliza y alborota, y que lo decimos y comentamos, y de todo contendemos muy ardientemente, viéndolo desemejante por excesos imaginativos. Mas luego vienen las zumbas y risas y el olvido, y somos dichosos en la dejadez, indiferencia y socarronería.

Hay en el diccionario un vocablo que sospecho extraído de la cantera espiritual de nuestro pueblo. Alicantina, f. fam.: «treta, astucia o malicia con que se procura engañar o no ser engañado».

De modo que no necesitamos de bizarrías, audacias ni de costosas empresas. Nos basta con una alicantina o varias, y se desliza nuestra vida placenteramente, contemplando el mar liso, bruñido, perezoso, y los campos, secos, amarillentos; todo cegador de lumbre, que hace entornar los ojos y nos predispone para una siesta eterna y venturosa. A esto y a nuestros buenos padres los árabes culpamos de nuestro temperamento. Otros antiguos contribuirían también. Yo no sé lo que de nuestra psicología hubiera escrito Stendhal, la señora Stäel, Taine... Da lo mismo. Quizás Unamuno nos diría cuatro lindezas o cuatro frescas. Perdería el tiempo.

Diréis que por fuerza hemos de tener nuestra característica. Y sí que la tenemos. En crónicas, libros de viajes, y hasta en las más humildes geografías, podéis leer que los alicantinos somos muy hospitalarios. Y sí que lo somos. Verdaderamente hemos recibido un opulento mayorazgo para lucirnos y agasajar al huésped, sin desconfianza ni miedo de que se lo lleven o menoscaben. Esa riqueza es nuestro ambiente, dulcísimo y dorado, como si viviésemos acostados dentro de un inmenso panal, que, afortunadamente, no necesitamos labrarnos, y nuestros bosques de palmeras, que tampoco ha sido menester que las plantásemos nosotros, ni es bueno tocarlas, porque la principal rareza y hermosura la tienen en la evocación del pasado o de tierras sagradas y remotas.

¡Oh, nuestra bella heredad de cielo alegre, limpio, nuevecito como recién pintado de azul por las manos de Dios; de clima amorosísimo y templado como regazo de madre; de mar dócil, resplandeciente de sol, que dora y madura hasta las sierras; de sombra deleitosa y romántica de palmeras!

Tal vez convendría algún trabajo para el atavío y perfección de nuestro solar, divertimiento y tentaciones que llamasen y retuviesen a los de fuera, a los enfermos, a los amigos de holganza; pero de esta preocupación y faena es justo que otros se encarguen. ¡Nosotros no hemos de darlo y hacerlo todo!


* * *


Tranquilos y alborozados vivíamos de nuestra vida sosegada, que para algún filósofo pizmiento y lúgubre acaso signifique el devorarnos a nosotros mismos muy ricamente y sin sentirlo, cuando tembló nuestra tierra y antojósele a un arúspice bárbaro leer en las entrañas, no de ave, sino de terrible sismógrafo, que habíamos de sufrir otro estremecimiento que derrumbaría la ciudad.

Gritamos, gemimos, suspiramos. Hombres de sabiduría nos enteraron de la liviandad de la corteza cuaternaria, basa de Alicante.

Desde entonces, si mirábamos el suelo de la calle o las torrenteras del castillo o los bancales del paisaje cercano, seguidamente calificábamos la condición del terreno y decíamos, mioceno, cretáceo y otras lindezas geológicas.

Hubo noticia de que una sierra próxima hervía en sus profundos y humeaba en su cumbre. Y luego fuimos valerosamente a contemplarla. Era día blando, suavísimo, de lluvia de lágrimas, lluvia menudita que saca la fragancia de maternidad a los campos, que regocija el verdor de los alcaceres y lava buenamente a los árboles.

Subíamos la sierra buscándole hiendas para escuchar los truenos de la sima infernal. Y toda sosegaba. En los abrigos de las húmedas cañadas recibíamos la temprana sonrisa de la primavera de los almendros floridos; la cumbre humeaba bellamente de nieblas muy blancas y tendidas.

Pues entonces ¡no había volcán! Pero el presagio de ruina y acabamiento ya era de precisión que crispaba de terror la pobre vida nuestra. Había de suceder el 20 de marzo. Estaba escrito por hados fatídicos leídos en el sol y la luna. Acaso subiese el mar y avanzase anchamente. Alguien recordó profecías de San Vicente, patrón de un pueblecito memorable por la captura de el Herrero. Afirmaron que el santo dijo: «San Vicente será puerto de mar». Y esto no podía ser sino pasando las aguas por encima de nosotros.

Resbalaba el tiempo; mirábamos los astros y no veíamos nada; mirábamos al mar... y tampoco. ¡Señor, Señor! ¡Y era posible que pereciésemos viéndonos tan sanos, gozando tan deleitoso clima y sin poder apercibirnos contra el enemigo!

Los ricos invernantes huyeron. Hoteles y hospederías quedaron despoblados, tristes, en silencio. Por sus corredores y aposentos sólo resonaban las pisadas del dueño entristecido. Y antes que nuestro delgado cuaternario, tembló el comercio alicantino. Las gentes huían...

¡Oh, profunda, brava, consoladora y sin igual alegría de medrosos y mercaderes, que podían vengarse de la propia flaqueza y de sus quebrantos, odiando y maldiciendo ferozmente al escondido monstruo de la catástrofe, plasmado y hecho carne en los sabios geólogos, astrónomos y periodistas que, presagiando y publicando el exterminio, nos arruinaban por adelantado alma y hacienda climatológica!

Mas el augurio tuvo reparos y modificaciones. Nuestro hundimiento ya no era seguro, sino probable, y tal vez nada más que posible. Había de suceder la horrenda desventura... en algún punto. De cien mil probabilidades, una tenía Alicante de ser el escogido. Entonces, la incertidumbre fue un padecer de agonía. ¡Es que no podíamos siquiera hacernos el ánimo de morir!

Llegaron las vísperas de nuestras postrimerías, y muchas gentes, acabada la cena, fueron a lo llano y descubierto de las plazas y afueras, para evitar la muerte entre escombros, si es que sucedía anticipada. Por la mañana, la labor en escritorios, agencias y almacenes se distraía o retardaba. Un señor licenciado hubo de razonar muy severo con su amanuense:

—Son cerca de las doce. ¿No le parece que vino usted tarde?

—¡Sí, señor; algo tarde vine!

—¡Y cómo algo!

—Es que nos acostamos al amanecer. Hemos pasado la noche yo, la mujer y otros vecinos en la calle, porque ya ve... ya sabe... los peligros...

—¡Pero eso es impío! ¡Es impío exponer las criaturitas a las crudezas de la noche! ¿No lo piensan ustedes?

—¡No, señor; si los chicos estaban en casa!

La fe, la piedad revivió en los tibios. Se llenaban los templos de almas laceradas, que pedían confesión. Y después de la penitencia, fuera de los canceles, la mirada pasaba ansiosamente de la dulce umbría de las capillas a la lumbre gozosa del mar que había de engendrar la ola maldita.

En los hogares se rezaba con grandísima contrición, singularmente de noche. Después, las señoras se acostaban sin desnudar sus cuerpos ni descalzar sus pies. ¡Podrían recogerlas muertas, pero al menos estarían vestidas! También algunos varones ilustres demostraron honestos sentimientos.

Y entramos en la noche siniestra. Terminaba el día del patriarca San José, abogado de la buena muerte, y para el santo eran las oraciones y jaculatorias más fervientes.

Algunos padres, maridos, hermanos, quisieron salir un momento por escuchar el espacio, el mar y a los hombres. Fueron al casino. En el vestíbulo vieron escrita la pizarra de los telegramas. Devoraron la estupenda noticia y corrieron desaladamente a sus casas.

Las esposas, las hijas, las hermanas, las fámulas, amarillas, mustias, exprimidas, acabadas por las vigilias, oraban en grupo de dolor y arrepentimiento. De súbito enmudecieron para atender la noche.

En los olmos y palmeras de los paseos, en los hierros y balaustres de los balcones, gemía el vendaval. Sonó una puerta. Se oyeron pasos, gritos... Las cabezas se rindieron, esperando, esperando... ¡Y entró él! Le contemplaron espantadas, enloquecidas.

—¿Qué, qué?

—¡Por fin! ¡Ya está! Hay un telegrama...

—¡Jesús! ¿Y qué, qué?

—La catástrofe ha sido en Barcelona. Se ignoran detalles de víctimas... Pero ¡ha sido!

Y todas las manos se elevaron al Señor, mientras los labios suspiraban trémulamente:

—¡¡Gracias, gracias, Dios mío!!


* * *


No nos hemos muerto, ni en Barcelona tampoco. Era mentiroso y humorístico el telegrama.

Los alicantinos nos reímos dichosamente gozando nuestra siesta perdurable, y desde ahora no nos conmoverá ni el presagio del más espantoso terremoto.

La mirada

«Y crio Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo crio; macho y hembra los crio». Y el esposo leía y se acordaba siempre con gran contentamiento de estas palabras del Génesis, porque se decía: «Si el Señor Todopoderoso se satisfizo para poblar la Tierra de Humanidad con sólo una pareja de esta especie, no peco yo, no pecamos nosotros (porque se refería a su matrimonio), privándonos de producir más hijos de los que tenemos, que también son dos, macho y hembra, como nuestros padres originales».

Es verdad que no era el santo y fervoroso deseo de su acercamiento a la divinidad lo que le llevaba a detener baldíamente los naturales y felices fines de toda varonía en su entereza, ni tampoco salacidad perversa de vicio forastero. ¡Oh, no! Venía todo de pobre egoísmo. Decíanse marido y mujer que, aun siendo más que medianamente ricos, como lo eran, el exceso de hijos menguaría el caudal, siguiéndose preocupaciones, atamientos, agobios, y que los hijos no podrían mirar sin aflicción de envidia la abundancia de los niños amigos. Con otros de padres de la medianía se juntaban, y todos hablaban de sus juguetes, de sus corderitos y campos y vestidos, y se enseñaban las meriendas tan distintas. Atravesábanse sus vocecitas, queriendo cada uno apagar las palabras del otro con el cuento y alabanza de lo suyo. Los amiguitos humildes oían la contienda de los dichosos con pena íntima, que les mojaba los ojos, y si alguna vez no podían reprimir la dulce tentación de decir de ellos, reíanse los otros, no creyéndolos.

—¡Qué desgracia, Señor! —suspiraban aquellos padres continentes—. ¡Si nuestros hijos mirasen un día con la tristeza que tienen los ojos de los niños humildes!


* * *


Muy contristado vino el hijo a la casa. Llegaba de otra donde viera un diminuto teatro. Nunca podía alabarse bastante el peregrino decorado, la movediza farándula, su alumbrado, y todo tan hermoso y cumplido, que semejaba de veras. Se lo explicó a la hermana, y los dos, imaginándolo, quedaron con celosa pesadumbre.

Lo supo el padre y al punto les prometió otro teatro cuyo fausto, invención y acabamiento diera al traste con todas las maravillas soñadas y envidiadas. No quiso traerlo de ningún apartado comercio, porque tenía ingenio despierto, y así trazó el diseño, eligió preciosas maderas y llamó a un habilísimo artífice para que ejecutase su pensamiento.

Partiose el oficial a su taller, agobiado de avisos, de papeles y modelos. Y como se llegase el día en que debiera terminar la obra, los padres, más impacientes que los muchachos, apetecieron verla y fueron, ya entrada la noche, a la casa del buen artesano.

Hallaron cerrado el portal; pero su vejez y resquicios descubrían la claridad de dentro. Miraron por la entrada de la llave y vieron, sobre doladuras y entre bancos, tornos y tablas, sentados a una muy limpia y grande, al matrimonio y un grupo de chicos menudos y crecidos, y todos rollizos y morenos, menos uno, que era rubio, descolorido y delgadito...

Llamaron los señores, y al abrir y conocerlos, todos se alzaron para recibirlos.

Ligeramente vieron los llegados la primorosa miniatura de teatro, protestando de que no querían turbar el sosiego de la cena. Les respondieron que ya estaba acabada, que se sentasen y examinasen puntualmente el trabajo.

Miraba la gentil señora la templada alegría, la patriarcal serenidad, que parecía flotar como un perfume fundido con el sano olor de las maderas vírgenes y recién labradas, de las ropas de los humildes, del menaje, de las paredes y vigas del hogar.

Y los esposos opulentos estuvieron pasando y repasando sus ojos por el rebañito de hijos, hasta que ella manifestó su asombro, diciendo:

—¡Ocho tienen ustedes, Dios mío!

—Siete nada más —repuso la mujer sonriendo.

—¡Siete!

Y tornó a contar la señora, y dijo donosamente.

—Pues salen ocho. ¿Cómo brotó el octavo?

Llama de contento y rubor encendió las mejillas, los ojos y la frente de la mujer, y acercando a su regazo la cabecita del niño rubio balbució:

—Es que éste no es hijo de veras...

Los otros rapaces mirábanle riendo y llamándole, porque él, inquieto y vergonzoso de la contemplación de todos, ya casi llorando, pretendía esconderse enteramente en el cálido refugio de las faldas.

—¡Ah! ¿Es algún huerfanito? —murmuró con piedad la señora.

—No lo sabemos, porque madre sólo la tuvo en el momento preciso y el padre lo sacó de la Inclusa y el mismo día se lo regaló a un amigo que tiene tienda; pero su mujer se enfureció, porque no quería hijos de nadie. Yo entré a mercar; vi el alboroto y a la criaturita hundida en un rincón, detrás de una zafra, como un perrito apedreado. Y como la tendera porfiara en echarlo..., pues yo me lo traje; se lo dije a mi marido, y... nos lo quedamos tan ricamente, porque ya ven: quien tiene siete, bien puede con ocho...

Calló la mujer, y todos, en silencio contemplaron al niño delgadito. Después dijo la inmensa madre:

—Y yo no sé qué nos pasa con esta criatura... pero nos dice padre y madre y mira de un modo que, si se pelean o rompen algo, siempre lo pagan los hijos de verdad, y es que el pobrecito se mete en las entrañas de una, ya que no pudo salir de ellas; y no hay quien lo arranque de allí...

—¡Siete...; es decir, ocho! —murmuraban los esposos señores.

—¡Sí, señora; ya lo creo!

Algo como un remordimiento hería el corazón de aquéllos.

Miráronse en lo más hondo de sus ojos, y se estremecieron sus almas de alegría al transmitirse con la mirada una mutua promesa de santo y fecundo goce...

Un vagar de Sigüenza

Los que guarden memoria de Sigüenza no necesitan ahora que yo les diga las prendas de este hombre asomado en días remotos a las páginas de un menudo libro. Y los que no le conocen, tampoco lo han de menester para lo que de él ha de referirse en este pegujalillo de mi huerto.


* * *


En tarde primaveral muy alborozada y limpia de cielo, y de quietud dulcísima en su calle, salió Sigüenza, antes de que se le mustiara el ánimo a poder de pensamientos, que si no tenían trascendencia ni hondura filosófica, eran de estrecheza que agobian las más levantadas ansiedades.

—¿Qué haría el mismo Goethe atado con mis sogas? — se dijo el caballero, quizás para disculparse de su cansancio, ¡y solo había peregrinado por su aposento! Nada se contestó de Goethe, para no inferirse el mal de la respuesta. Es verdad que entonces pasaba por su lado la gozosa bandada de muchachos de una escuela, en asueto, porque era jueves. Y esta infantil alegría suavizole de su obscura meditación, y aún le alivió más la vista del cercano paisaje, ancho, tendido, plantado de arvejas y cebadas, ya revueltas y doradas por la madurez, y parecía que todo el sol caído en aquel día estaba allí cuajado y espeso en la llanura, ofreciéndose generosamente a las manos de los así, el campo presentaba idea de abundancia, de paz y bendición.

Sigüenza, ya descuidado y aun alegre, como si toda la tarde fuera suya y hermosa para su íntimo goce, bajó a la orilla del mar. Liso y humillado copiaba mansamente los palmerales costaneros, como las aguas calladas y dormidas de una alberca. Y el caballero sintió pueriles tentaciones de caminar por aquel cielo acostado ante sus ojos. En el horizonte, una isla de gracioso contorno, la amada mansión de un poeta, sonreía melancólicamente, dorada de sol. Durante la mañana la ciñeron velos de brumas, y ahora, en la tarde, se descubría alumbrada, pálida y rosa como un cuerpo desnudo y virginal.

Mirándola se imaginó muy opulento y dueño venturoso de la isla; «vio su» bajel blanco, «su» castellar vetusto, «cubrió» espesamente las peñas de pinares, rumorosos y músicos como las olas...

Una gaviota que se alzó de las aguas, y remontada en el azul, mostró la cándida espuma de su pecho, distrajo a Sigüenza de los embelecos de ínsula y poderío a que frecuentemente le llevaban sus mismos deseos de andante independencia.

Anchamente, con aleteo grande y pausado, volaba el ave del mar. La perdieron los ojos ansiadores del hombre; mas luego volvieron a gozarla. Llegaba del tenue confín, habiendo trazado un magno círculo en las inmensidades. Dio un exultante grito y descendió a la paz de las aguas.

Sigüenza la envidió sin aborrecimiento.

Después entrose en la ciudad, siempre pensando en la gaviota, fiera y solitaria moradora de los azules libres del mar y de los cielos y del silencio de los peñascales.

A su lado pasó una niña humilde y delgadita que llevaba cansadamente en sus brazos un rapaz gordo y esquilado como un cordero, y en cuyos ojillos pegajosos de lágrimas y del sueño se le paraban de esas moscas tenaces, blandas, de los muros y tierra de las calles soleadas.

La detuvo un grupo de amiguitas jugando y conversando de su costura. La niña del rapaz en brazos las miró sin poder sosegar en su canturia y movimiento que acallaban al hermanito. ¡Y esa niña con carga ya de madre, qué ternura y compasión inspiró a Sigüenza!

Volviose. Asomado a la reja de un colegio le estaba mirando un chico. Era un castigado. Se acercó Sigüenza y vio la sala despoblada y triste; olía a delantales y pupitres. En lo hondo, junto a las ventanas de un patio, mondaba guisantes la vieja mujer del maestro; los cristales de sus antiparras resplandecían fieramente.

—¡Tú solo en la escuela! Todos salieron al campo —le dijo suavemente al muchacho, que entonces le miró pasmado. La señora maestra también, y arregazándose el delantal donde tenía la legumbre, se fue aproximando lenta y recelosa.

—Es que estoy castigado, que no me supe ni ayer ni hoy lo del «participio».

Sigüenza pensando, pensando... y se ruborizó. «¡Dios mío, yo no me acuerdo del "participio"!».

La señora quizás tampoco lo supiese. Se lo hubiera preguntado; pero ella le observaba con demasiada severidad, y tomando del brazo al chico llevóselo junto a su silla.

«¡Oh, ni la posible libertad lo era en la niñez! ¡Y por un "participio", Señor!». Hablándose de ese modo, se fue apartando. Un amigo le saludó jovialmente, golpeándole la espalda. Era hombre joven y macizo; siempre le sudaban las manos, el cuello y la frente; tenía los ojos risueños, y un infeliz gesto de malicia en su boca. Y se llamaba Martínez.

Juntos siguieron andando por las calles.

Hatos de cabras se iban parando en los portales. Las esquilas dejaban como una estela de sencillez y vida agreste, de cumbres y sendas amorosas de otero.

Entonces, Sigüenza dijo a Martínez de la fiereza y soledad de las gaviotas: «Yo creo que la de esta tarde me miraba con altiva lástima... Son casi más felices que las mismas águilas; alcanza su señorío a los mares, donde hunden audazmente sus picos y sus cuellos para devorar los peces aún palpitantes... ¡Vayamos a la playa!».

No lo permitió Martínez, que le había escuchado mudo y socarrón. Quería mostrarle, en una cercana casa, algo que Sigüenza habría de considerar como suma de lo maravilloso.

—Pero, ¿qué es? ¿Hombre, o alimaña?

Y el otro, sin responderle, le condujo a una zapatería tenebrosa.

El dueño estaba cosiendo la suela de una bota de paño: En los travesaños de su asiento dormitaba un pájaro grande, viejo, de alas grises, caídas, flojas; una zanca la tenía escondida en el atusado plumón del pecho, que era blanco.

—¡Sigüenza, he aquí una brava gavina!

—¿Esto es gaviota, gaviota? —prorrumpió admirado, incrédulo y desdeñoso el señor Sigüenza.

El enorme pájaro abrió sus ojos y contempló fríamente al hombre.

—Gaviota, gaviota es —afirmó sonriendo el menestral, y tomó un cigarro que le ofrecía Martínez.

—¡Y se resigna al encierro, a esta vida de calle, de zapatería!

La gavina, cansada, mudó de zanca y tornó a dormirse.

—Es todo acostumbrarse, créalo —murmuró el zapatero—. Este animal se come los garbanzos del puchero lo mismo que un loro. Sale conmigo, siguiéndome. Yo la he llevado junto a la mar; la mira y mira; y si me siento, se acerca y me pone la cabezota encima para que la rasque...

...Sin embargo de la seguida risa del señor Martínez y de la pesadumbre de su desengaño, quiso Sigüenza volver a la anchura del mar y a la visión de sus libres aves.

Cerca de la orilla reposaban las barcas pescadoras; de sus mástiles pendían, secándose, las redes. Los marineros guisaban su rancho en los anafes; y el oloroso humo llegó a los dos amigos.

—Sigüenza, ¿no comerías de esas ollas? ¿Verdad que sí?

No lo apetecía Sigüenza; y así lo manifestó sencillamente.

—¡No digas que no; no lo digas! ¡Huele!

Y la nariz de Martínez temblaba, y sus ojos y boca brillaban humedecidos por la gula.

Sigüenza dijo que bueno. ¡De todas maneras no habían de comer!

Y pronunció:

—El Eclesiastés ha dicho: «Todo el trabajo del hombre es para la boca de él; mas su alma no se llenará».

—¡Y casi tiene razón! —exclamó Martínez.

—La tiene enteramente. Se afirma que hemos nacido con especiales y altísimos fines que realizar; pero todos nuestros días y fuerzas se consumen para solo conseguir lo que, según el Evangelio, se nos habrá de dar «por añadidura».

...Llegaba la dulce declinación de la tarde. Todo se bañaba de un azul purísimo; y las lejanas costas palidecían, semejando nieblas dormidas, reclinadas sobre el mar, liso, inmóvil, como de hielo.

Lejos, rompían la soledad del horizonte las blancas alas de un barco velero.

Amaba Sigüenza esos bellos barcos, que le dejaban en su alma inocencia y sueños infantiles.

—¡Oh, blancas y fantásticas apariciones que parecéis traernos la emoción de tierras de misterio!...

—Pues, Sigüenza, no traen sino salazón; casi siempre bacalao.

—¡Martínez! Y lo odió.

«¡Pero qué culpa tenía Martínez!» —Y ya dulcificado, musitó Sigüenza:

—¡Por qué la santa nave del Ideal ha de venir, Señor, cargada... hasta de bacalao, que tanto huele, y hemos de sufrir tan reciamente para solo ver su alada blancura!

—Es que si no sufres —repuso el amigo—, te conviertes en gavina de zapatero, que baja la cabeza para que le rasquen y come garbanzos fríos del cocido... ¡Y qué cocido, Sigüenza, qué cocido se hará en aquella casa!

Sigüenza contempló enternecidamente a Martínez.

Le había resignado y fortalecido el corazón.

Notas del mismo

Todas las tardes de los domingos, algunas mujeres recién peinadas y mudadas que se hastían de conversar en sus portales, se dicen: «¿Por qué no nos marchamos, paseando, al cementerio?...» «Es verdad; vamos paseando, paseando...». Y andan muy despacio esas mujeres; de ellas viejas, de ellas mozas y aún niñas que miran y atienden insaciables, porque las grandes hablan, maldicientes, del vestido que estrenó la hija de una amiga; y burlan de la frente del marido de una vecina y de su holganza; y dicen de un hombre que entra a deshora en la casa, sin cuidado del otro... Las viejas mascullan palabras; las solteras talludas se reían demasiadamente, y las rapazas beben la ponzoña del cuento infame que les presenta una turbia imaginación de las hembras malsinadas en intimidades placenteras.

El camino del cementerio es ancho y sube mansamente, entre viejos sauces de fronda lacia, por un otero pedregoso.

Confidencia o cansancio, detiene y espesa al grupo. Le sigue un hombre que viste luto de rigor. Es Sigüenza, aquel apartadizo que recorrió los parajes leprosos levantinos. Detrás y honda queda la ciudad, rubia y resplandecientes sus vidrieras de sol.

Exhala como un vaho de silencio, de abandono y tristeza que sólo percibimos en las tardes de fiesta.

Por los senderos abiertos en la sembradura nueva y en los campos labrados, salen gentes que van a merendar bajo el cobertizo de casucas ahumadas y sombrías, de cuyo dintel cuelga una rama vieja.

El mar se tiende al fondo del poblado, un mar dormido y azul. Y Sigüenza, contemplándolo, se dice: «¡Qué tiene el mar en estas tardes de los domingos que nos llama a viajes, penetrando sin ruta por el bello horizonte de nubes blancas y alumbradas de sol cansado! Se desea ir lejos, lejos, sin memoria de que es lunes mañana. ¿No nos mustiará el domingo por ser presentación muy fría de todos los domingos y lunes y martes, de todos los días iguales, disciplinados, como un mismo surco hendido y repasado constantemente...?».

Y la mirada del solitario se recoge sobre las calles postreras donde se percibe, se siente más la honda desolación de la tarde. Todas, todas las gentes se han marchado a solazarse por mandamiento de la fiesta. Sólo quedaron algunos chicos reunidos en los montones de ruina de una obra; no los ha vestido la madre, la tía, la abuela; y en esta tarde no alborotan ni riñen; son más buenos amiguitos que nunca. Los gorriones saltan descuidados por umbrales, luceras y sobradillos; desde una entrada profunda, desde una reja con celosías, los mira una enferma, un anciano, y una viejecita muy seca, que tiene las manos cruzadas como los cadáveres, reza o se acuerda de hijos o de tiempos desvanecidos o no piensa, fijos los ojos en un trozo de cielo pálido.

Cerca del cementerio, junto al camino, la cuesta del cerro se suaviza haciendo una solana de alfar, redonda y espaciosa como una era, donde se cuecen y secan al sol las tiernas vasijas de un alcaller. En la callada tarde de domingo el obrador del alfarero está cerrado; y en la yerma tierra, dos pordioseros huelgan un rato, de implorar y plañir, y fuman y repasan los mendrugos y cuartos que guardan en un fardel mugriento, y ríen comentando desmanes, ribalderías o alguna honradez graciosa, para la cual también pueden estar capacitados.

Al cabo del camino ven el grupo de mujeres y después la soledosa figura de Sigüenza. Se alzan los pordioseros; se les acercan y aún con visaje de risa y burla, tienden las manos y doblándose dicen su lacería.

Entonces, de las más añosas mujeres, una les grita enemiga: «¡Piensan que no les vimos despiojarse y reír en aquel erial, ni que vemos ahora la socarronería!... ¡Vayan, vayan que menos padecen que quien tapa por vergüenza su miseria!...».

Los mendigos se allegan a Sigüenza; los ojos de los míseros repletos van de la iracundia encendida por las agrias palabras de la vieja, palabras que recibió el ánimo de Sigüenza como muy prudentes. «¡Ahora venían estos alegres hombres con voz de mancilla!... Apaga la hipocresía todo piadoso sentimiento... Ciertamente más felices y en relación menos escasos se hallarían que él, cuyo traje era de luto teñido...».

—¡Hermanos, Dios les remedie!

Y se aparta Sigüenza musitando aquel famoso apóstrofe de Benengeli: «¡Pero tú, segunda pobreza!, ¿por qué quieres estrellarte con los hidalgos y bien nacidos más que con otra gente? ¿Por qué los obligas a dar pantalia a los zapatos y a que los botones de sus ropillas unos sean de seda, otros de cerdas y otros de vidrio?...». Y diciéndolo el caballero contempla su ropa, su calzado, y a punto de entrarse en maquinaciones le interrumpe el rodar de un coche fúnebre; su ruido retiembla hasta en las entrañas de la calzada.

Apresúranse las mujeres por llegar a tiempo de ver el cadáver que quizás conozcan.

Ya en el cementerio, pasan entre nichos y panteones, bulliciosas y parleras o entretenidas mirando ajadas ofrendas, deletreando versos de humildes oracioneros alquilados; epitafios llorosos, de loa, de exaltación romántica. En algunos se jura «llorar toda la vida sobre la fría losa».

Sobre la fría losa ha crecido hierba menudilla, espesa, rizada; pero no hay nadie.

Los afligidos que hacen compañía a sus muertos, porque así creen recibir consolación, por piedad, por amor o por costumbre, distraen un momento la plegaria de sufragio y miran con recio enojo a estas mujeres de los domingos. «¿A qué vendrán? ¿Es este lugar de ocio?», murmuran considerándolas intrusas.

Y nuestro caballero piensa que ellas vienen porque se aburren en sus portales, y vienen porque aunque amemos naturalmente la vida y ensalcemos el gozo de vivir, hallamos en la muerte una ciega atracción, un invencible interés separado de todo ascetismo, de toda moral filosófica, interés morboso, perverso; porque les sucede a muchas imaginaciones representarse, ver, plasmar la muerte en los muertos, y en los muertos de los demás, en los ajenos.

Arrinconado en los muros hay un viejo sepulcro, grietoso, alto y estrecho. Letras cavadas hondamente en mármol, declaran que dentro está quien fue virrey de las Indias, «y que sus grandes virtudes y merecimientos hacen perdurable y grata su memoria».

Ni las mujeres, ni Sigüenza han sabido nunca de tan ilustre varón. Y siempre contemplan largamente este sepulcro. Un custodio del cementerio les dice que al señor virrey no lo sepultaron yacente, sino de pie y con su fausto de arreos, insignias y ropas militares, que al podrirse, con la carne, se desprenderían y quizás quede el esqueleto desnudo y erguido.

A Sigüenza se le antoja que el señor virrey no ha muerto y que tampoco es vivo, sino que allí lo encerraron con violencia, impedido de vida y de muerte. Inquietado de tan sandia quimera entra nuestro caballero por una calle angosta, andando remiso y suave porque en esta estrechez los pasos se perpetúan, y quedan resonando solos mucho tiempo. Y llega al cementerio de los pobres. Le recibe toda la tarde, ancha, libre, dulce en sus confines de montañas azules, resignada en la soledad de las llanuras aradas, melancólica en las umbrías; el aire viene mezclado suavemente de olores de hierba, de surcos y hontanar, como vuelo de un ave invisible que se recoge en estas afueras, invadidas de ortigas y geranios y cruces de leños, y muradas por tapias bajas.

Matas viciosas y floridas de dondiegos dejan en el ambiente mística fragancia, como esencia de vidas acabadas que se funden con la magna vida.

Una mujer del grupo rompe un tallo de la planta aromosa y prende una florecita en su cabello. Sigüenza cree percibir un quejido y ver la flor arrancada como una gota de sangre.

Las mujeres rodean una sepultura cuya cruz se hunde entre un hinojal bravío; detrás asoman tumbas ruinosas y sube la negruzca lanza de un ciprés. Un rapacillo refugiado en las faldas astrosas de su madre descabeza hormigas. La madre muestra muy honda aflicción.

Sigüenza se va acercando y oye del grupo chismero la vocecita trabajosa y caduca de la vieja que rechazara a los alegres mendigos del alfar, que está murmurando: «Bien saben hacerlo para dar compasión; esto no es sino farsa de desgracia; me creo que ni el muchacho es hijo, ni el muerto suyo». Y, luego, se apartan, y Sigüenza nota vacilante y menguada la dulce llama de la caridad. Entonces, él dice: «Porque los mendigos reían no merecieron socorro, y, ahora, porque los mendigos muestran sufrimiento, decimos si es mentiroso. ¿No descubre esto en nosotros raíces de crueldad, deseo de que sea cierta la desventura e incesante en su opresión?».

...Retorna Sigüenza por el ancho camino de los sauces. De la cumbre del otero baja un hato de cabras. Comienza la santa hora del crepúsculo; en el ocaso se deshace la brasa de una nube...


Publicado el 29 de julio de 2020 por Edu Robsy.
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