La Novela de mi Amigo

Gabriel Miró


Novela corta



A la memoria del maestro Lorenzo Casanova


«Mis ojos han desfallecido de miseria.
Pobre soy yo y en trabajos desde mi juventud».

(Libro de los Salmos, LXXXVII)

I. Su infancia

Mi madre fue lavandera; mi padre, albañil. Tuve una hermanita que se llamaba Lucía. La vida de esta hermana puedo decir que se redujo al espanto de su muerte... Mi padre había salido a la faena; mi madre, a lavar en una acequia muy honda que pasaba cerca de nuestra casa. Lucita quedó a mi cuidado. Tenía yo diez años; ella no llegaba a tres; ¡qué digo tres: ni dos y medio! Jugamos con un gato largo y flaco, de piel de conejo de patio, manso, paciente por comodidad y egoísmo; cuando lo tomábamos guardaba sus viejas uñas y se fingía dormido. Después, jugamos a tiendas; es decir, era yo solo quien hacía de mercader y de criada que compraba azafrán, perejil, arroz, pimiento molido, cebollas, lentejas (fíjese en la humildad de nuestro comercio; y es que copiábamos en bromas las veras de lo que mercaba nuestra madre). Y Lucía, sentadita, con los ojos muy anchos... ¿Usted ha observado cómo miran los hermanitos a los hermanos grandes? ¡Qué admiración tan tierna y verdadera tienen esos ojos! Pues Lucita contemplaba mis manos y mi boca porque yo remedaba la voz, las falacias, los ademanes del abacero y la charla gritadora de las mujeres de su parroquia. Siendo tan chiquitina, demostraba saber su debilidad y menoría. Le pasmaba mi destreza para hacer cucuruchos de periódicos, y más que todo admiraba mi peso de cortezas de naranja... Pero también nos cansamos de las riendas. Entonces le dije si quería pan, porque yo tenía hambre. Busqué en la alacena. Y el pan era duro.

—Lo torraremos, ¿verdad? —le propuse—, y yo seré un hornero que cocería el pan que tú trajeses al horno, ¿quieres?

Lucía se levantó del suelo muy contenta; daba saltitos como una pajarita en los bancales recién segados. ¿Sabe usted qué pajaritas digo?... Pues de esas tan finas, tan leves, tan inquietas... La comida caliente de mi padre se cocía en una olla negra, a fuego de ascuas. Hundí entre ellas el pan, y pronto hizo llama ruidosa como de leña seca. ¡Se quemaba nuestro pan! ¡Del puchero del padre salía humo y desbordaba caldo, que chirrió doloroso, como si tuviese vida y se quejase! Me pareció que era mi mismo padre quien se derretía. Mi hermana me miraba con ansiedad... Acaso piense usted que todo esto era muy pequeño, muy simple; ¡no lo crea!; yo le digo que era muy enorme. Fíjese: estábamos solos, es decir, yo, yo estaba solo; de mí dependía la cazuela, y el pan, y el humo, y el chillido de atormentado de aquella agua hirviente, olorosa, que rugía... Y vi al gato junto a mí. Entonces me pareció un diablo o una fiera. Miraba erizado al fuego; acechaba mis manos... Y toda la casa en silencio. ¡Qué no hubiese dado yo por oír los pasos de mi madre!... Porque las cosas no son grandes ni menudas, sino indiferentes. ¿Que no? Mire; una hormiga, asustada, se asoma al agujero de sus tinieblas, sale al sol y silencio de una senda campesina; un águila escapa loca de su nidal de los Andes, espantada de una convulsa sacudida geológica que despedaza las cumbres; pues bien; ¿cree usted que las tierras del sendero y las rocas de los Andes que vieron salir a la hormiga y oyeron el grito desdichado del águila han asistido a lo menudo y a lo grande? ¿Lo cree usted? Pues yo, no. Humanizaré el ejemplo. ¿Conocerá usted La Ilíada, verdad? ¡La conozco yo! Elija usted la hazaña que más le plazca y entusiasme de Aquiles, Héctor o Agamenón, y póngala junto al lanceamiento que hizo Don Quijote en el rebaño que tomara por huestes de Pentapolín, o al lado de otra aventura de nuestro caballero. ¿Son las primeras empresas superiores a las segundas?... ¿Distintas, dice usted? ¡Nunca, nunca!... ¡Si para el delirante hidalgo eran hombres enemigos y desaforados los mansos corderos! Los hechos se trenzan indiferentemente... No; no nos entenderemos. No; yo sí que me entiendo; y es lástima que a usted no le ocurra lo mismo... Y esto lo decía yo por... por... ¿Por qué lo decía yo?

...Hablo neciamente. ¡Si yo hubiera dejado quietecita a la hormiga en su hórreo, al águila en su peña y a los héroes homéricos que siguieran reposando bajo las losas del gran poema, y al ingenioso aventurero guardado en su almario de oro, no se habría extraviado mi cuento!...

No, no fumo. No me gusta; pero me es igual; fumaré, si usted quiere... Los recuerdos, para mí, no habitan sólo en la memoria, sino dentro de toda mi carne... Lo que me intranquiliza con más intensidad es lo pasado, y no se me presenta con tristeza dulce y pálida de cuadro antiguo, como veo que sucede en otros hombres, sino que atormentan todo mi cuerpo. Vea qué raro: me parece mi cuerpo completamente vacío, hueco, sin más entrañas que el corazón como un peñasco encerrado en mi osamenta color de sol y muy fuerte... Fíjese, fíjese en mis costillas: son enormes... ¿Ha visto usted en los muladares alguna bestia casi devorada? Parece un barco náufrago mostrando la armazón de sus costados... Sí, sí; más que de mula, es de navío el esqueleto de mi pecho... ¿Ve usted?, no puedo fumar. Se me enreda el humo dentro de la garganta (como los recuerdos) y me la ciega y ahoga; se me deslía el cigarro entre los dedos; ¡qué dedos tengo!, ¿verdad?, ¡de raíces de huesos!

...Decía... decía que las memorias no se guardan en mí estrechadas en un lugarejo del cráneo, sino que ruedan por dentro de todo mi cuerpo; es un tronador oleaje de recuerdos que se rompe en espumas amargas contra mi única entraña... ¿la recuerda?, el corazón, y llegan a mi frente, salpicándola... ¡mírela qué sudada!; es el rezumor de aquella amargura... Ya verá; mi muerte ha de ser la quietud de esas olas; después su pérdida, su filtración y... nada más... ¡Ah, la pobre muerte de la niña hermana, de Lucía! ¡La había olvidado! ¿Usted, no? ¡Y no me alumbró, no me guió cuando me perdí!... ¿Ve usted? Ahora fumaría... ¡Pero, no, déjelo!

...No sé si he dicho que para enternecer nuestro pan lo cubrí de fuego, y el pan crepitó en hoguera. Lucita lloró al verlo. ¡Qué angustia, Dios! Para suponerla es preciso saber lo torvo, lo imponente que era mi padre... no nos dejaba salir a jugar con muchachos en la calle... Estábamos solos; pero, ¿y si hubiera entrado mi padre? Y eso es lo que yo imaginaba. Me quité una alpargata y con ella derrumbé el fuego. Dio el gato un salto cobarde y desapareció. Lumbre de leña y pan de fuego se esparcieron en el piso. Lucita arrebató un mendrugo ardiente, muy afilado. No me acuerdo si es que yo lo deseaba para mí o si temí su daño, pero quise arrancárselo; y entonces mi hermana, por defenderlo, se lo escondió, se lo puso bajo sus ropitas, encima de su carne. Bruto, loco, la abracé para quitarle el pan; ella gritó, quejándose, y se derribó en el suelo... Tenía la boquita torcida y las pupilas escondidas, ojos blancos, de ciega... Vi su camisa quemada, y en el costado, humeante, hincada el ascua del mendrugo... Le derramé una cántara de agua; la llamaba, la besaba, y ella, postrada, inmóvil, blanca... Grité. El gato apareció subido a la artesa y nos miraba como si no nos conociera. Me aterraron más sus ojos de brasas. Todo era fuego; olía la carne abrasada, olía el pan; y grité, grité, y siempre solo con mi hermanita, crispada, tendida en la tierra... y el gato... ¡Dios!... No soy piadoso, ¡yo no soy piadoso!; es que siento pasado mi pecho por un puñal de pan encendido, y, mire, he de abrir mis ropas y verme, porque hasta percibo olor caliente de carne quemada... La imagen me da la sensación de lo fingido. ¿A usted no le pasa? Yo he leído en un libro francés que cuando Flaubert, ¿Flaubert?, sí, Flaubert, escribía el envenenamiento de Emma Bovary, se envenenó él mismo imaginativamente con tanta verdad, que sintió el gusto del arsénico y tuvo dos indigestiones reales, con vómitos y dolores atroces... No soy piadoso. Me horrorizo de la ficción de mi tormento...

...Dejé a mi hermanita sola con el gato.

En el cantón de la calle encontré a mi madre, brumada su cabeza de ropa recién lavada. La blancura de las ropas, destacándose sobre fondo del cielo, resplandecía de júbilo de azul, de oro de sol poniente y esa alegría de las cosas de fuera me afligió más, me pesó.

Mi madre era alta y enjuta, de semejanza nazarena. Llegaba entristecida. Triste siempre estaba, pero sonriendo. Tenía gesto de sumisión, de mujer antigua y desgraciada. Otras lavanderas regresaban gritándose con alborozo, hablándose sus vidas; mi madre, siempre sola. Andaba despacio, como una enferma y vieja, y era joven y no se quejaba de ningún mal. Pero ¿estaría enferma? No se quejaba nunca... Al verme, me preguntó:

—¿Qué, el padre está ya en casa?

Y no respondí.

—¿Y Lucita? —volvió a decirme.

Entonces lloré. Mi madre dio un grito ronco. Le cayeron las ropas lavadas. Vinieron mujeres y entraron con ella en mi casa. Y yo me quedé en el portal, aborreciéndome...

Oí a mi madre:

—¡Lucita... Lucita... Lucita!

Lo decía ahogándose, muriéndose, y «¡Lucita!» se oía en toda la calle.

Desde aquel momento fui ya hombre... ¡Ah!, me contradigo, me desmiento, porque ahora sostengo el predominio de los hechos... o no, ¿verdad? No sé... Yo envejecí por dentro para siempre. Me dolía el corazón de remordimiento por culpa de grande, culpa de hombre; y esto comenzó al encontrar a mi madre, y le nacieron raíces a este sentimiento de vejez y pena cuando la voz de mi madre llamaba: «¡Lucita... Lucita... Lucita!». La oigo ahora; veo la calleja en luz de la tarde... La sensación de la imagen, la sensación del recuerdo... ¿No da lástima que yo no haya sido alguna vez dichoso, con el poderío, con la virtud que tengo para resucitar lo pasado? ¡Qué hermosura!...

Me cercaron mujeres; unas llevaban en brazos a sus hijos, otras se pisaban y desgarraban las faldas por acudir a mirar y enterarse. Me preguntaban, acariciándome, ansiosas de que yo les contase nuestra desventura; pero yo las odié con toda mi alma y no les dije nada... Y la gente se espesaba ante la puerta, angustiándome, tapándome la tarde y la vida. Sonaron voces de hombres, de obreros; vi sus cabezas, sus manos; las conocía. Me aterré. ¿Vendría también mi padre? Y se escuchó su voz. Le rodearon; no le dejaban pasar. Oí, conocí su blasfemia. Apartó de un puñado a tres comadres callejeras, y, espantoso, dio un salto de tigre y pasó a nuestro cuarto... sin verme...

—¡Por Dios, por Dios! —gimió mi madre.

Las mujeres gritaban; algunas dijeron:

—¡Esa madre, esa madre! ¡Si yo fuera de él (él debía ser mi padre), la ahogaba!

¡Ahogar a mi madre! ¡Por qué habían de matar también a mi madre!... ¿Es que seremos insuficientes y no podemos lastimarnos de unos y amar a todos, necesitando para querer un alma aborrecer a otra? ¿No le parece?

...Aquella noche murió mi hermana. Dicen que la brasa del pan le había llagado el corazón...

...Salimos a mis rejas, amparadas por las ramas, robustas y olorosas, de mis pinos. Descansó el narrador su frente en el delicioso regazo de la tarde.

Y después dijo:

—Ya le conté que mi madre era lavandera, ¿verdad?... Al otro día de destrozar los médicos el cuerpecito de mi hermana en la autopsia, mi madre se arrodilló delante de su piedra de la acequia, una piedra que estaba bruñida y gastada por sus pobres manos, rojas y lívidas, siempre erisipeladas, y lavó entre las otras mujeres. A nosotros, Lucita y yo, las mañanas de los domingos nos llevaba lejos, al río; junto a un chopo, frente a un hervidero de las aguas, tenía otra losa. Nos desnudaba, y limpias nuestras ropas y tendidas en sogas atadas a dos árboles, al sol, sol de ribera, nos iba enjugando y vistiendo, y tornábamos. Y es que no teníamos otras ropas. Vivíamos miserablemente...

...Decía que mi madre fue a su piedra de la acequia cuando aún quedaba hornija del pan que mató a mi hermana.

¿Por qué había de trabajar mi madre como las otras lavanderas que reían y se gritaban chanceando... y ella, demacrada, gimiendo?... ¿Ha pensado usted alguna vez en lo angustioso y aborrecible que es un trabajo forzado, rudo, sintiéndose el alma desgraciada y desamparada; un trabajo sin la frescura, sin el alivio de la alegría de la salud ni de la esperanza en el contento y reposo del hogar, alegría y esperanza que hacen gritar y cantar y decirlas a otros hermanos de la faena, mintiéndose fuerza y júbilo, que no residen en nosotros, sino en la lumbre del sol y en el cielo, y en la verdura, y en las sierras... en toda la inmensa vida?...

...No acusó nunca mi padre a mi madre de la muerte de la hija; tampoco la consoló; yo no lo recuerdo. Siempre fue hosco, bilioso, planeando vindicaciones de los olvidados, de los explotados. Auguraba cataclismos, ruinas, como un profeta bíblico... Entonces enflaqueció; sus ojos se hicieron amarillos y en su frente destacaba una vena gorda y movediza; el pinchazo de un mosquito se la habría reventado; no le cabía más sangre. Durante mucho tiempo, ni nos habló ni nos miró...

En el segundo domingo después de la desgracia, me dijo:

—Esta tarde vendrás conmigo.

Mis ojos y los de mi madre se buscaron, y comencé a llorar.

Mi padre me contempló. Desfigurado, terrible, se golpeó la cabeza y gritó enfurecido:

—¿Por qué llora éste? ¿Por qué os miráis? No se llora más. ¡Fuera! ¡Que no se llora más!...

Y puso sus manos sobre mis hombros para fijarse ansiosamente en mi cara; mis hombros se doblaron crujiendo... Y a mí no se me oía, pero se me hinchaba y rompía el pecho y la garganta, porque lloraba hacia adentro; y encajé los dientes para no sollozar; se me escaparon lágrimas; ¿qué iba a hacer yo? Y dos garfios me pasaron los hombros y un aliento grueso me calentó la frente, y mi padre rugió:

—¡He dicho que no, que no! ¡A no llorar más! ¡Esas lágrimas, dentro; en seguida, dentro!

Mi madre intercedió. ¡Oh, tenía cara de muerta!

—¿Te vas a morir también tú? —bramó mi padre...

—¡Que sólo nos queda este hijo!— plañía la mujer santísima.

—¡Te callas, te callas!

Y mi padre tosió rudamente y se apartó para no llorar encima de mí...

...Después mi madre, con un pomo de geranios en sus manos, y parecía que llevaba la sangre de sus dedos cuajada en flor, se fue al cementerio.

Yo salí con mi padre. Llegamos a una casa estrecha y vieja. Pasamos a la sala. Lo recuerdo todo. Los muebles eran: una mesa negra; detrás, un encerado; y siguiendo las paredes, bancos pobres sin respaldar. Vinieron mujeres; sentábanse suspirando; se hablaban despacio y bostezaban. Entraban hombres; de ellos los había yo visto en las obras donde mi padre trabajaba y en mi casa cuando se quemó Lucita. Adelantose a presidir un viejo seco y calvo; nada más en las sienes le quedaban rodalillos de pelo aceitoso y todavía negro. Su nariz se hundía en las asperezas tostadas de su bigote ancho, despuntado; una venda le cruzaba el ojo izquierdo. Era un tonelero enriquecido. Nunca le vi reír ni me besó; y cuando mi padre me obligaba a saludarle, la mano de ese hombre, sin jugo ni blandura para la caricia, mano de esqueleto, pero peluda, golpeaba mi cabeza, y su voz delgada y fría, más que fría, húmeda, una voz mojada, decía:

—¡A ver, a ver; hay que ser hombre pronto!

Y ya no se cuidaba más de mí. ¿Qué le parece a usted la prisa del tonelero por mi virilidad? ¿Qué vamos a hacer siendo hombres? No es que yo quiera ahora cantar la infancia, porque me es igual. ¡Dígame usted cuándo he sido yo chico! ¡Si vuelvo la mirada melancólicamente a la niñez, es porque tenía madre!... Es eso, es nada más que eso ser niño: tener padres; ser completamente hijo...

...Pues el tonelero habló muy misterioso algunas palabras. Y entonces una mujer irguiose y estuvo rezando; luego declamó. Accionaba con solemnidad; tenía cerrados los ojos... Después siguiole otra y otra y hombres... Mentaban generales, obispos, reyes, bandidos famosos... Retuve los nombres de Amadeo, San Agustín, Napoleón... Un cabo de carabineros de mar evocó a Fernando VII; y una vieja dijo de mi hermanita. Así comenzó: «¡Padres míos!», e hizo voz de pena como el viento en la noche. Mi padre sepultó su rostro entre sus manos. Todos le contemplaron y difundiose un rumor de torrente.

—¡Silencio! —ordenó con fiereza el del ojo vendado—, y no perjudiquen a la médium.

Razonó al oído de mi padre, y éste se limpió los ojos y levantó la cabeza. Respetaba y temía grandemente al tonelero. ¿Qué le parece? Todo esto le habrá dado olor y sospechas de humilde espiritismo... Ni más ni menos.

...Salimos de aquella casa, y con nosotros vino el presidente. Ya en las afueras del pueblo, caminamos por las sembradas faldas de un cerro. En su cumbre brillaban, como trozos de sol cansado, las ruinas de la alcazaba; entre dos almenas colgaban hiedras negras y espesas. Descansamos en un roijal donde sonaban las abejas. Entonces reparé que el tonelero tenía un bastón muy largo; el puño asustaba; era una horrenda cabeza de pájaro con el pico ansioso y hambriento y un ojo frío y feroz de vidrio; el otro estaba hueco... ¿Por qué llevarán esas cosas?... Desde nuestro asiento veíamos los cipreses y tapias del cementerio. Hundió allí su mirada mi padre y se golpeó sañudamente los muslos, y luego se mordió sus puños. ¡Yo ni me movía de mi piedra! El tonelero dejó caer sobre su camarada todo el fluido de su único ojo... ¡Oh, aquella pupila de verdor inflamado como la vista de algunos pájaros rapaces, como la del puño de su bastón!... Yo, yo he leído algo de un ojo semejante. ¿Fue en un cuento de Edgar Poe? Su lectura me tuvo aterrado muchas noches, con alucinaciones que me estremecían dolorosamente... Y el tonelero, con su voz helada —que entonces no tuvo humedad, sino frío de corte de navaja—, voz penetradora, pronunció:

—¡Y tú no tendrás de qué arrepentirte! ¡No merecerás grandes castigos y penitencias de los soberanos!

—¿Yo? ¡Yo no! —gritó iracundo mi padre.

El otro volvió a traspasarle con la mirada. Y mi padre balbució:

—¿Yo? Me parece que no... es decir... no sé. Pero ella, sin culpa, tan tierna, tan débil, ¿por qué padeció como una grande?

El tonelero hizo un visaje horrible, subió imponente sus brazos y exclamó como Caifás:

—¡Ha blasfemado! ¡Y qué sabes tú quién fue ni qué delitos había cometido Lucía antes de ser hija tuya! Ya escuchaste a su espíritu en la junta.

—¡Es verdad, es verdad! —gemía mi padre...

El del bastón echose rápidamente en tierra; luego, al levantarse, vi en sus manos palpitar una langosta corpulenta que movía sus zancas con amenazas y súplicas. Las uñas del presidente la descabezaron y se untaron de entrañas. Los dos pedazos de la víctima cayeron convulsionando en las peñas.

—¿Adónde habrá ido ese espíritu libertado? —murmuró.

Y quedó contemplando en silencio los cielos, como si atendiera el vagaroso tránsito de un alma, mientras el cuerpo decapitado del insecto dio su último temblor y se doblaron las sierras de sus patas...

...Desde esa tarde, mi padre tornó a su vida pasada; leía periódicos, platicaba con otros obreros, decía nombres raros. A mi madre le repitió las palabras de aquel hombre de la logia; pero mi madre movía tristemente su cabeza de desventurada, y cuando estaba conmigo lloraba y lloraba la pobre, porque mi madre no creía en las pasadas culpas de Lucita...

...Poco tiempo después vinimos a esta ciudad... ¡Pero no ve, se apaga el día, y yo hablando! Le dejo; hemos de vernos; y ya le diré, ya le contaré. ¡Soy carne de recuerdos!...

II. La vena del padre

Una mañana cálida, dorada y tranquila de marzo, busqué a mi amigo. Su casón estaba arrinconado en una calle vieja, siempre en silencio de siesta aldeana. De los cornisamentos y cobijas, de los mechinales de los muros, brotaban las golondrinas, se espesaban gritadoras en las umbrías, y veloces como dardos mojaban sus alas en los aguazales de las últimas lluvias.

En un balcón angosto, de suelo de tablas, se hastiaba un varón pesado y caduco mirando la soledad. Asomose una señora que podía o debía ser la suya; pero en estos matrimonios decrépitos hombre y mujer parecen hermanos. También es rancia la fámula que les asiste, y murmuradora; y si tienen perro, gato, canario o loro, desde luego son viejos y recelosos, de piel o plumaje enfermizos. Conservan sus aposentos obscuridad antigua, obscuridad reposada, remansada, obscuridad de años anteriores... Los dormitorios huelen a vahos de hierbas cocidas; en la sombra de los balcones, entre la prisión de los balaustres, cuelga espesamente la mata de la cera, o trepa la de la pluma de Santa Teresa, o sube otra cáctea dura, retorcida, espinosa, infernal... La quietud es disciplina en estos hogares. Y al mirarlos rápidamente, pensamos si habrá allí recogida alguna sobrinita; y se angustia nuestro corazón, y queremos distraernos y recibir en los ojos alegría y anchura de cielo, porque decimos: «¿Y si fuésemos nosotros sobrinos huérfanos y viviésemos con estos señores?... Nos despertarían muy temprano; la criada nos reñiría; habríamos de jugar sin contiendas ni júbilo, sin hacer ruido; pasearíamos de la mano de nuestros tíos, oída misa mayor, o por las tardes, después de merendar; y cuando nuestros tíos se detuvieran conversando o al saludar otro matrimonio amigo, nosotros, siempre asidos por manos arrugadas y frías, contemplaríamos otros muchachos libres, como un palomo llevado en brazos al encierro debe de mirar a las gozosas palomas que resplandecen en el azul, sobre el paisaje...». Y nos vemos muy pálidos, desmedrados y tristes... ¡Pues qué será ser doncella y sobrina! ¡Sin refugio de madre! ¡Qué importa que sean los tíos más buenos que el pan candeal!...

...La casa de mi amigo estaba ruinosa y fragmentada por codicia del dueño en agobiosos vasares humanos; la escalera, de ladrillos desportillados, hedía a humedad; en las paredes, pandeadas y rudas, muchachos aburridos escribieron no muy honestos letreros y trazaron barcos y dibujos de hombres de rigidez egipcia; los brazos les nacían de las rayas del cuello...

En lo alto, el ambiente era de escombra y de gallinero. Para llamar tabaleé, golpeé sobre la puerta. Abrió una mujer que vestía ropas negras y ajadas; su cuerpo era liso, largo, masculino; la boca, delgada y pálida; los ojos, grises, de indiferencia, y el cabello, aceitoso y viejo, le llovía por la frente y las sienes.

—¿Pregunta per el mestre? —y siguió en valenciano. Luego hablome en romance; pero gritaba desgarrando las palabras.

Salió mi amigo.

—¡Oh, es usted! Suba a mi estudio —y remedó el sonido de la risa sin reírse—. Le gustaría. Por una escalerilla que he puesto, se llega; es un desván con ventanas a todos los horizontes. Suba. Hoy no salgo de ventas ambulantes... Ayer hice ochenta reales...

—¡Chico! —dijo la mujer con mueca de vergüenza y desprecio, y se apartó de nuestro lado.

—Ya ve. ¿Qué he dicho? ¿Nada? Pues todo el día habrá por eso un silencio de desgracia en la casa. ¡Y yo afanándome por iniciarla en vida de grandeza, a ella y a las vecinas!... ¡Qué más ansiáis —les digo— si tenéis vida!... Pero, pase.

—Mejor fuera marcharnos al campo —contesté—, porque la mañana está madurada de sol, hermosísima.

—¿Sí? ¿Es día nuestro? Por más que míos lo son todos... Busco el sombrero y vamos.

Dentro hablaba una voz tropezada de ira; y la de mi amigo, siempre trémula, pasional, decía espléndidamente:

—¡Tenemos salud!, y hace un día grande y caliente... Vivamos hacia lo alto, ¿no es eso?

Y sonó su risa mezclada con otra femenina y moza. Siguieron besos largos.

Nos reunimos. Y en el primer peldaño se detuvo el pintor para confiarme:

—¡Me canso! Ya dudo de que mi predicación pueda atraer otras almas.

—Por buena senda camina, pues hubo paz de besos.

—¿Dónde está la paz?

—¡Yo oí los besos! —repliqué.

—Los besos fueron de mi hija. ¿No la conoce?

...En la calle, frente a nosotros, pasaba un elegante respirando ufanía. Era muy grave. Con la dentadura oprimía un habano; su pantalón voladizo se ajustaba dócilmente a su andar breve y recortado. Y el hombre mostraba conocer la obediencia de la prenda.

Mi amigo le saludó rendidamente; el otro mencionó el adiós acercando su diestra enguantada a la suave ala del sombrero.

Yo quedé inmóvil, pasmado.

—¡Pero si saluda usted divinamente!

—Sí, señor.

—¿Y es diputado, gobernador, naviero, o qué es?

—No lo sé. ¿Es que le conoce? Da lo mismo.

—¿Pero es usted o yo quien debe conocerle? Porque a mí también me es igual.

—¡Y a mí! Le saludo porque lo tengo apuntado en el Índice de compradores inexplorados. Le visitaré pronto, pero en hora propicia. Debe comer con entusiasmo. ¿No le parece?

Íbamos por una plaza en cuyos rincones se alzaban plátanos robustos enmadroñados de oro. Dos viejos paseaban fumando, sin decirse nada. Se detenían y miraban la tierna verdura nacida en los húmedos alcorques.

Llegamos a los términos de la ciudad, también sin hablarnos, como los ancianos amigos que recibían silenciosamente el oreo y el sol de la mañana. El pintor, siempre inquieto, rasgaba papeles de sus faltriqueras; se destocaba, se cubría, rompía briznas de las matas de las afueras.

No era hombre de gran talla; la robustez de su pecho le prestaba general reciedumbre; tenía las mejillas alargadas por barba aguda y cenicienta; los ojos, hondos; la frente, recta, arada y curtida; pero sus rasgos, que deberían manifestar fuerza y bizarría, se solicitaban para la expresión de la poquedad o de la tristeza. Andaba con abandono de muchacho; decía puericias y casi nunca reía, o la risa se localizaba en sus labios, porque no modificaba el estiramiento de su cara ni encendía jubilosamente sus pupilas ansiosas. Sí; tenía una mueca de frialdad y desdicha, acentuada y mantenida por la hendedura de una de sus mandíbulas levemente traspillada como si tascase madera, acero, algo para reprimir o soportar un dolor perdurable.

Nos sentamos en el borde de un tablar de guisantes floridos.

Y yo, por despertar la palabra de mi amigo, le dije:

—En verdad, no le comprendo a usted casado.

—No me comprende, no me comprende... ¡Ah, ni yo tampoco! Pero de esto ya le iré contando... Lo que sí siento es una paternidad profunda, infinita; la imagino como una espiral inagotable que asciende al cielo y baja a las profundidades de la vida... ¿Usted no conoce a mi hija? No; no la ha visto. Su palidez es tan intensa algunos momentos, que toda la hija me parece que se ha helado y vive muerta... Ya me entiende, ¿verdad?... Matrimonialmente es posible que yo sea una desdicha. Y me muerde la duda de si al sentimiento de padre se mezcla y pasa el de la gratitud de artista. Le diré mucho, mucho de mí, porque al confesarme, al repasar con usted mi vida, lo hago como hablándome y mostrándome a mí mismo, pero viéndome al lado. Y atienda, recuerde que hemos pasado cerca uno de otro mil veces sin presumir la compañía y efusión que ahora nos concedemos; la de usted a mí, que soy el menesteroso de historiarme... No me llame Urios, ¿sabe?, sino mi nombre, Federico.

Yo se lo prometí, y él, más exaltado, prosiguió:

—Estoy siempre intranquilo. ¡Pero qué importa!, ¿no le parece? He llegado a creer que siento la grandeza del Infinito, no dentro de mí, eso, no; pero cerca, cerca, sí. Y sin motivo sabido, me conmuevo y todo lo contemplo alumbrado, excelso y puro; y entonces me digo: ¿En qué creo yo? Y no sé en qué creo, porque todo lo que se cree lo vemos imaginativamente con alguna peculiar hechura, y yo no me finjo nada. No recuerdo quién, ha escrito «que el hombre vive de creer en alguna cosa». Y de anhelar, también; de anhelar inmensa y ciegamente. Y es inefable, es inexplicable otro lado de mi alma, rugoso y apagado. Yo soy también un negociante sin asco ni retorceduras espirituales. Cuando vendo mis lienzos y tablas, me igualo en pequeñez y ruindad al comprador tacaño; me convierto en miserable, miserable sincero. Al empezar a serlo, sí que sufro, y se me dobla y aparta el alma como esquiva la vista una fealdad; pero ya dentro de lo ruin, pues no me hallo encogido ni me considero mártir. Y lo peor es que si no se saliera pronto de esos pozos, quizás llegáramos a comprender las ratas más asquerosas. Esta voluntaria o forzada degradación no me pesa. La tengo por virtud de asimiento a todo plano y especie de vida... Ya en casa, me reciben burlas, violencias y quejumbres de mi mujer. Parece que haya nacido con el deber de ser desgraciada y lo abraza extendiéndolo a los que la rodean. Lleva en su corazón levadura de hastío y desgracia. Le aseguro que no tiene motivo. Ya la vio: tan flaca; hablando valenciano de arrabal... A las asperezas sigue, no la paz, sino una quietud de fatiga, de hostilidad. ¡Pues sea mi misión emblandecer, aterciopelar, apurar aquella alma, infundirle contento y fe! ¡Fe no la siente por mí! ¡Cómo pude engendrar en naturaleza lacia y defectuosa otra alma mía entusiasmada, intranquila y amante!... ¡Lástima que su carne languidezca, que su pecho no sea como éste! ¿Se ha fijado? Es tremendo; proa forrada en cobre de nave triunfadora para hender la vida. ¿Triunfadora? ¿Es altiva la palabra? No, ¿verdad? ¡Si no lo sabe nadie! ¡Ve usted, ya sudo! Quería hablarle de mí y sube a mi frente una onda de recuerdos que rueda por la caverna de mi cuerpo... ¿Le he dicho alguna vez que me parece vacío mi cuerpo? Sí; tengo sensación de montaña cavada donde entra un mar que ruge lo pasado y truena vida futura. Me zuma la piel amargor de olas... Pero no le he hablado de mi alegría serena, profunda y recogida en las inmensidades. Cuando cobro algo y aseguro la despreocupación durante tres días, me entrego a un domingo santo de setenta y dos horas. ¡Pascua sagrada, salud de mi carne y acercamiento de lo infinito a mi alma! (Digo infinito a lo que no sé lo que es).

Ya mira usted estas cercanías de nuestra ciudad: tierras desoladas, raídas, sin frescura de árboles ni fuentes. No hay más que norias de ruedas y arcaduces cansados que gimen de vejez; y las mueven esqueletos de bestias; sus ojos tan dóciles, con esos anteojos de esparto, parecen monstruosamente hinchados. El cansancio o una añoranza del prado nativo hace que el animal se pare; deja de rezongar la máquina; y entre un cañar próximo sale una voz que corta la mañana como una honda de pastor el aire, y dispara el guijarro de un ultraje o el verdadero guijarro...

¿Qué le parece?... Allá vea usted una sierra cantera destrozada por los hombres; pues todo, todo lo he caminado yo; y ando, ando ansiosamente, abierta la boca, desnuda la cabeza, hasta que me rindo, y entonces me tiendo con la frente hacia el cielo, y toda la fatiga realizada la veo sobre el espacio en figura de nube hecha de mi respiración ruidosa, y la siento en mí como si desanduviera y retrocediera tanto como fue mi esfuerzo. Y esto me dura hasta que se me tranquiliza el golpe de mis arterias.

Usted no me entorpece nunca la narración. O no se cansa o no me atiende. ¿Sí que me atiende? Dios se lo pague... Y ahora, y primero que le diga de mi arte y de la muerte de los padres y de mi casamiento, necesito declararle por qué soy así, para que no me tenga por extraviado, y si es que lo fuera, probarle que he llegado a tal punto muy razonablemente.

Recuerde que mi madre era dulce y triste como una descendiente de reyes en la miseria; y nunca se mitigó lamentándose, ni empañó las alegrías ajenas con el plañido de sus aflicciones; y cuando mi padre amenazaba y protestaba enfurecido de todo, era la palabra de la esposa, palabra suavísima de fragancia, la intercesora de todo; y esto sin menguar la razón al marido; ¡la hubiera estrangulado! De modo que toda ella era tristeza humanada, y trascendía gracia, serenidad y fortaleza, como la mujer que alaba el Libro de los Proverbios. No he sabido si ya fue al matrimonio afligida... Mi padre, seco, hosco, inflamado en visiones y raptos de espíritus de príncipes, pontífices, gobernantes, encarnados por expiación en cuerpos inferiores; atormentado por renovar el mundo poblándolo de obreros hermanos. ¿A quién me parezco yo? Quizá tome también mis ansiedades imprecisas de algún antepasado; pero de ninguno tengo noticias. ¡Como si no los tuviera! La primera vez que me estudié y supe de mí mismo fue en la muerte de Lucita. Me consideré aborrecido, acobardado y funesto... Pero yo no quería hablar de cosas tan remotas. Lo que me da prisa es afirmarle que no hubiese llegado a esta manera sin la decisión imperativa de mi alma y de mi carne; o, con más justicia, si no hubiera sido por esto... Fíjese en esta mejilla, aquí abajo... en esta hendedura o fosa. ¿No acierta? ¿No lo sabe?...

Yo le contesté que no lo sabía.

—No, no lo sabe. Imagínese un cadáver que tuviera un pedazo vivo de su cuerpo. Ahorre extrañeza, que no es locura. De sobra conozco lo imposible; pero fínjalo...

—Ya lo intento —dije—, pero usted está completamente vivo.

—Claro; yo no soy el cadáver, ¿no le parece? Bien; pues ese trozo de carne o substancia viva asistiría al espectáculo de lo horrendo, de lo muerto. En mí se ofrece lo opuesto. Yo no estoy enteramente vivo como usted ha dicho. Yo soy un cuerpo vivo que tiene muerto un pedazo de su carne. Y como lo que está muerto no puede sentir ni asistir a nada (al menos que yo sepa), siendo el caso contrario, inverso de aquella monstruosidad, se produce en mí igual efecto. Mi cuerpo con vida sufre constantemente el terror a un trozo de muerte. Tengo cuarenta y dos años, y he comenzado a morirme a los treinta y uno. ¿Qué le parece?...

Me palpitaba angustiosamente el corazón. Me reconocía y escuchaba con doloroso miedo, porque me fingía muerta alguna parte de mi cuerpo y había de tentarla, pulsarla y lacerar la carne para creer en la verdad de su vida.

—...Toque aquí, en mi quijada. ¿Se le hunden los dedos? ¿No encuentra sequedad y aun helor?... Abriré la boca. Asómese. En lo hondo verá la descarnadura. Ha sido un milagro que no se me haya desprendido toda la mandíbula. Ahí tengo agazapada a la muerte. Es una necrosis reducida bravamente. Siento el terror de ese vecino fatídico, y todo mi cuerpo se resiste contra su invasión. Esta defensa inconsciente (o que siendo nuestra no la sabemos), esta defensa de la materia viva es admirable. Pero, no; no es totalmente ciega y arcánica ni salida del sabio arte de un cirujano. La mitad del triunfo es de mi voluntad y eficacia. Yo exclamé (exclamé, porque me oí fuerte y soberano y resultaba nueva mi voz), yo exclamé: ¡No morirás! Y no moriré, al menos por ahora. Y amé loca, inmensamente la vida hasta en mi posteridad más lejana. Por eso desde entonces ando, camino, subo montañas, recorro los peñascales y arenas de la costa, atravieso los campos, oigo el estruendo de mi sangre como un torrente íntimo, y cuando no puedo más, me acuesto sobre la tierra, mirando a la altura, mirando el movimiento de mi pecho de bronce, que se perfila enorme en el ambiente, en el mar, en los árboles. ¡Oh vida, vida, vida mía! ¡Y así todas las mañanas! El primer sol lo recibe mi cabeza desnuda, pues note que el sombrero lo llevo siempre en la mano. A veces pinto; a ratos grito, salto o arrojo piedras. Fíjese: tengo unos brazos poderosos, destreros, de discóbolo... Los pájaros, esos pájaros ladrones de eras y bancales, huyen espantados de mi silueta; y le advierto que al verlos me río y no les hago mal ni les haré. Pensará usted que los pájaros huyen de todos los hombres; sí, es cierto; pero de mí, con distinto vuelo. ¡Y las gentes campesinas, cómo se quedan contemplándome!

...Regreso a mi casa para trabajar o con trabajo hecho en las soledades; y antes de pisar suelos míos, ya oigo lamentaciones de mi mujer, lamentaciones sañudas contra... todo, todo sin determinación, contra la vida. «¡Para vivir así —clama cuando entro, ¡y en valenciano agrio, ya ve usted!—, para vivir así, vale más morirse!». ¿Qué le parece? Yo quiero alentarla y le predico; le muestro mi pecho (llevo siempre abiertas las ropas), ¡pues casi nunca lo mira!... Y si la rodean vecinas, les hablo, me río sin querer; las llevo a las ventanas de mi desván. ¿Usted no ha subido nunca?... Les señalo las grandezas, las infinidades azules, y les digo: «¡Mirad el aire; sólo os pido que miréis!... ¿No veis, no descubrís nada dentro? ¡Pues todo hierve de gérmenes ansiosos de vida!». ¡Y ellas no contestan, y en vez de mirar el aire, curiosean los patios vecinos, y se quedan tan frescas!... Pero mi hija, ¡mi hija! Otra alma mía guardada en carne mustia y enferma, carne de su madre, menos los ojos y la frente, que son míos... Ya le hablaré; he de hablarle mucho de ella... Pero ¿quiere que caminemos?

Nos levantamos y fuimos entrando en el paisaje.

Hallamos un humilde casal, cuadrado y moreno; el ventanuco, de reja de leños, se alegraba con una ristra de pimientos rojos. Junto a un cobertizo de palmas y zarzas secas, añadido del hastial, y en cuyo ámbito sosegaba el arado, había crecido una higuera que casi no era árbol, sino madero ceniciento y tortuoso; por sus desgarraduras descubría las entrañas desjugadas y rotas. De un muñón del tronco colgaba una res sacrificada; un viejo campesino iba descuartizándola con un destral. El arma y el brazo desnudo del labriego estaban ferozmente encendidos de sangre.

En el silencio de la mañana penetraba hasta muy hondo y muy lejano el golpe que rasgaba la carne y partía los huesos del cordero.

Andábamos penosamente por una viña pedregosa, abandonada para sarmentar; las duras sierpes de los mugrones nos ataban y trababan los pies.

Espantosamente se destacó del cobertizo un mastín alto, membrudo; era de fuego su ladrido, y tan grande, que parecía desgajarle las quijadas.

Aguardábamos que el campesino domeñase o entrase a la fiera. Y el hombre nos observó lento, lleno de malicia, y siguió troceando la res.

Tuvimos la indiferencia del amo por confianza en la mansedumbre del perro, que podía ser un animal celoso y altanero, pero sin ferocidad. Y caminamos entre las enemigas mallas de los sarmientos... Entonces el mastín saltó horrendamente, y con ruido de furia, tremante de voracidad, abalanzose a mi garganta... Me sudaron frío las sienes.

Logré rechazarlo.

Lo que sigue sucedió muy rápido. Federico tenía en sus manos dos piedras redondas, de homicida. Le oí:

—¡No tema; lo lisiaré!

Pareció zumbar toda la mañana; retumbó un golpe que infundía repugnancia y dolor; oyose un alarido de rabia y padecimiento; y con estrépito de destrozo, se derrumbó el mastín, estremeciéndose en la tierra, erizada de cantos y cepas. Le sangraban sus ojos y fauces.

Y era mañana de crueldad. Cuando quisimos entregarnos a lástimas, comprendimos que una lucha odiosa comenzaba.

El viejo lanzó bramidos de salvaje; su brazo centelleaba sangre y hacha. Se nos precipitaba delirante; su violencia y el aire le alzaban y encrespaban el blanco espartizal de sus greñas.

Mi amigo agarró otras dos piedras enormes, peladas como cráneos desenterrados.

—¡Por Dios! —le imploré asiéndole de su brazo de hombre primitivo.

Me apartó. Ondulaba su pecho fieramente; sus mejillas lívidas parecían adelgazarse; le temblaba la barba, le crepitaban las mandíbulas, y su frente se bastardeó con una vena torcida y nudosa. Estaba agigantado, escultórico, engrandecido por el sufrimiento de verse impulsado a la tragedia bárbara, homérica.

—¡Que no es un perro! ¡Que ahora es un hombre! —volví a gritarle.

Y seco, metálico, dijo:

—No tengo más remedio que matarle... Es imposible correr; tropezaríamos, y el viejo nos alcanzaría... Lo mataré yo. ¡Ya sabe, me es igual!

Yo miré angustiado a la soledad... Me hundía fatalmente en contienda de asesinos. Olvidé al viejo y me aterró mi amigo. Instintos sanguinarios, atávicos, resucitaban en el humilde.

El campesino se había echado sobre su mastín moribundo. Se alzó, resoplando de odio, de venganza. Traspasaba su mirada; le vi reír. Y avanzó otra vez siniestro, engrifado.

Entonces Federico tendió el brazo, como apuntando; lo enarcó guerreramente. El viejo vaciló. Oímos un grito, y de un bancal más hondo, verde, espeso, subió otro hombre; era fornido y mozo y blandía una guadaña de siega.

—Hemos de luchar con los dos —dijo mi amigo—. ¿No trae usted armas? Pues coja piedras, o muerda, o estrangule al viejo.

Vivíamos un retorno de la Humanidad a días de fiereza ominosa.

Y mi amigo, el hombre manso, piadoso, que predicaba en su hogar anhelos de vida y amor, se entraba delirantemente por caminos de crueldad... No pude más, y le dije:

—Ni mato ni me matan. ¡Yo me voy!

En aquel momento el joven se abrazó al amo del mastín y cayeron sobre la sangre. Corrimos hacia ellos. De las manos del viejo se soltó el destral, y el de la hoz levantose, y mirándonos sencillo y amigo, nos pidió perdón.

En celebración y sello de paz llevonos a la casa y nos ofreció su vino.

—Los señores tenían razón; pero mi padre es como es. —Y meneaba afligidamente la cabeza.

No pasó el viejo. En el campo continuaron los golpes del hacha.

Dentro prorrumpió un quejido, y nuestro medianero nos dejó.

Salió a poco.

—Tengo malo a un chico y pedía agua.

—¿Tiene usted hijos? —le preguntamos.

—Sí, señor; me quedé con cuatro, que la mujer me faltó. Se hinchó de mal de corazón, y hace veinte días que la enterramos. Ya estaba que no podía andar. La vio la Crista, que vive en lo alto del arrabal. No había remedio.

—¡La Crista!

—Sí, señor; la Crista; se lo dicen porque tiene en el galillo, allá en lo profundo, un Cristo clavado que le sangra el Viernes Santo, que es cuando nació, y está enferma por entonces.

Estaba sentado encima de una vieja hucha de olmo. Miró con amargura las paredes ahumadas, el cantarero sin el fresco atavío de murtas ni flores, arrapiezos y prendas miserables sobre las sillas de esparto, el ajuar en ruina... Y exclamó:

—Ya ven lo malamente que está todo... Es que no hay madre ni hermana en la casa, ¡y cuatro de familia!

Fumó en silencio. Después, enlazando el cuento simple y espontáneo de su laceria, balbució como temeroso, pero necesitado de oírse:

—¡No habrá más que casarme!

Y su mirada salió por el portal al paisaje; tenía tristeza para la pobre muerta y para la otra que viniese a cuidar de la casa de los huérfanos.

...De retorno a la ciudad, observaba yo pasmado a mi amigo; ya era el infantil y anheloso de siempre. Andaba desmazalado, remoto a toda fiera y bizarra contienda y aventura.

Cerca de poblado volviose a mí. Nos detuvimos, y Federico dijo:

—Usted me ha creído cruel. ¡Oh, si yo lo fuera, llevaría siempre piedras en mis bolsillos y en mis manos! He debido comer puntualmente a las doce y son las tres. Yo, que amo los cielos y los mares y las cumbres por su grandeza, por su anchura, porque veo y siento libertad, soy en mi casa y en todas las casas menos que un siervo. Cuando llegue, mi mujer y hasta sus amigas me dispararán palabras que se me enganchan como esos alanos que sueltan y embisten a un toro valiente y poderoso, y lo abaten y acaban... Mi hija habla, defendiéndome, o me mira para alentarme. Con nosotros vive mi cuñada. Ella no me ultraja, no me acusa; no dice nada. Me mira, me mira. ¡Oh, qué vergüenza!... Lo peor es, óigalo y sépalo para siempre, lo peor es que... me tendría sin cuidado matar a mi mujer y a todas las vecinas, sucias, parleras... ¡Matar, no; matar, no! ¡Por que no vivir dichosamente!... ¡Soñaré esta noche al perro que machaqué con mis piedras!... ¡Y yo estuve cerca de matar al viejo!... Lloraba toda mi alma; pero es que entonces ese oleaje de recuerdos y amarguras que truena dentro de mí era de sangre, y no se rompía contra mi corazón, sino que de este peñasco manaba encendida, gruesa, casi cuajada... ¡Ese viejo hubiera astillado con su hacha el espolón de mi pecho!... ¡Y el campesino joven, grande, fuerte, estallante de vida, de carne de lumbre, de aires, de lluvias... y se casará sin amor, y quizá decaiga o se torne frenético, duro, feroz como el padre; y la esposa nueva será infortunada y esclava...! ¡Y esto en el campo, en las inmensidades! ¡Amores geórgicos!... ¿Qué le parece?

Y mi amigo pasó súbitamente de la exaltación a una frialdad burlona.

Íbamos por la primera calle del pueblo, y su risa hundiose resonante en las penumbras de un portal. Había un tullido postrado en un sillón de espadañas, y los ávidos ojos del enfermo se hincaron sobre nosotros con aborrecimiento.

III. Proteo

Sonó una tosecica contrahecha; humilde tos de que se valen algunos para anunciarse, y es indicio de poquedad, y es como la primera palabra.

—¿Me permite?

Y la cabeza del pintor Federico Urios asomó entre las puertas de mi cuarto, embozada por los pliegues de las cortinas.

Pasó muy despacio y encogido; había en su mirada ternura y sumisión de animal de yugo. Me saludó inclinadamente. Apenas se le notaba la proa gallarda de su tórax.

Le colgaban los brazos; una mano tenía el sombrero, negro, apretado y rugoso como un paño; la otra, un cuadro sin marco, en bastidor; pero nada más se veía la ruda urdimbre del envés del lienzo.

—¿Le he molestado? —pronunció vacilante.

—No, señor —le dije—. ¡Si yo le quiero mucho!

—¿No le molesto?

—¡Que no!

—¡Sí que le molesto!

—¡Pues como usted quiera!...

Esta mañana vestía mi amigo con demasiado abandono y tristura; el traje, de luto, menguado y mustio; sin blancor de camisa, y una bufanda, un trozo de oscuridad, le ceñía el cuello; las botas, dobladas, aplastadas, como de prendería o limosna, estaban cortezosas de polvo y cieno.

Vivía mi amigo reducidamente, pero nunca se me había presentado con tan acabado rigor de miseria.

Sus ropas, llevadas con otro aire o talante, se habrían visto menos; pero la timidez y el visaje lastimero de Federico aún las empeoraba. Hasta su necrosis me pareció más extendida y cavada.

Quedó delante de mí, frío, rígido y en silencio.

—Siéntese. ¿Pero qué tiene hoy?

—¡Si me marcho! Es que pasaba y me he dicho: entraré a saludar a don...

—¡Cómo don!... —le interrumpí yo, admirado.

Federico tosió menudamente.

—Salúdeme cuanto quiera descansando en esa butaca.

Y él dijo:

—He estado, ¿no sabe?, he estado pintando... Nada más una manchita de color; pero hace bien. ¿Qué le parece?

—No sé. ¿Es un paisaje?

—Nada. Una nota de campos algo distantes... Hace bien.

Mi amigo eligió luz y hueco en una pared, y su diestra le sirvió de escarpia para colgar su trabajo.

—¿Qué le parece? ¿Le gusta de veras?

—¡Pero!...

—¿Qué le parece? —insistía el pintor.

—¿No ha dicho usted que había pintado paisaje?

—Sí; lo dije, y es cierto. Mire mi calzado; lleva una corteza de tierras tiernas de riego. No conocía el sitio. Ha sido un hallazgo dichoso. ¿Vendrá usted conmigo una mañana?

Federico se recuperaba, se desenroscaba de los recios anillos de su cortedad.

Abandonó el cuadro sobre un mueble, y exclamó:

—Después de estas sequedades que ciegan y hastían, contenta hallar olmos grandes y frescos y acequias de orillas verdes y una casa verdaderamente rural, no de esas cercanas que no expresan nada; es una casa tostada, ruda, fuerte, que da la impresión de estar lejos, lejos de todo, en campo solitario, con montes fronteros... He llegado rendido. Bebí de una cántara mojada de su dulce sudor. Dos mozas y la madre descortezaban panojas, y se olía a maíz tierno, recién arrancado de la mata y de la tierra. ¡Figúrese qué alegría si hubiera llevado a mi hija!

—Bien; pero usted ha pintado...

—Sí, sí; ya llego a eso. Al decir a esa gente que yo era pintor y explicárselo, me miraban hasta con fervor religioso. Se lo juro. ¡Oh, la gloria debe ser esa delicia de saberse y sentirse admirado! ¡Qué júbilo! Sí que tengo más entrañas aparte del corazón. Yo era todo de entrañas dulcísimas, de panal. Ya ve usted: ¡por qué mi mujer no ha de parecerse a aquellas mujeres! ¡Yo hubiese llorado! Les hablé mucho, mucho, y me contemplaban pasmadas. ¿Que le parece? Una me sirvió de modelo, y la tomé en su actitud de mondar mazorcas. Era sencillo, ¿verdad?

Al escuchar las últimas palabras me alcé, aterrado, para mirar el apunte.

—¿Qué le pasa? —gritó mi amigo.

—No me ocurre nada... ¿Pero eso que usted ha pintado no es un fraile?

—Fraile, fraile es.

—¡Si usted dice que su modelo fue una moza!

—Y es cierto. Moza era; pero la fui viendo fraile, y me gustó hacer un lego en faena huertana. Esto me sucede con frecuencia. No es informalidad artística; tampoco inquietud. Todo modelo delante de mí se modifica en un proteísmo irresistible... y además, he pintado ya muchas campesinas. Y como usted tiene ya otro asunto así... ¿No le resulta más esto? ¿Qué le parece? ¿Puedo modificarlo fácilmente, si quiere?...

Y mi amigo se redujo, se hundió de nuevo en su encerramiento de cortedad y tristeza de mercader hebreo. Y como yo gustaba más de sus exaltaciones encontradas y pintorescas cuando decía sus andanzas, le pedí que se sentase, aplaudiéndole la visión del fraile.

—¿No será tarde? Quizá le moleste.

Sin reparar en su protesta, añadí:

—¿Desde qué edad pinta usted?

—¡Oh, desde los quince años!

Y Federico se reclinó placentero en una butaca, y desenvolviéndose y perdiendo la humildad de mísero, deslizose su habla gozosamente libre de todo pensamiento y arbitrio de ganancia.

—...Mi padre me obligaba a acompañarle en las construcciones, y yo iba a las obras como un cordero atado del cual van tirando, tirando. Ni me gustaba ni podía trabajar en esas faenas. Cuando nadie me miraba, yo acercaba mi cabeza a las lechadas de cal humeantes para enfermar de los ojos y librarme del trabajo... No era lo mío dejadez o vagancia, sino que me daba tristeza la ausencia de color o la monotonía de color de las piedras, del andamiaje, de los ladrillos, tejas, yesos... Y mi vista siempre buena. Ya la ve. ¡Cuánto no habré mirado! Me he pasado la vida mirando, mirando... Parece gastada. Tengo hondos los ojos y como apagados algunas veces por una niebla de cansancio. Pues veo poderosamente hasta en el aire. Cuando contemplo lejanías, espacios, o estoy en altitudes, creo ver dentro de la transparencia azulada una pulverización azul inquieta y tenue... Por las mañanas salía yo con mi padre; mi madre me miraba desde el portal; yo me volvía a ella para que me llamase, pero la pobre no se atrevía... Notó mi padre que me gustaba mirar a lo profundo de las herrerías; sus hombres negros entre negrura, con la cara inflamada por una llamarada de la fragua, domando el fuego apretado en barra, que era como madre de fuego, fuego de fuego, almáciga de fuego, los creía extraordinarios hombres de fábula o leyenda. Seguramente yo estaba encantado por intuición artística de lo mitológico. Y un día mi padre me dijo:

—Tu abuelo fue albañil, yo soy albañil, tus tíos también albañiles; en cambio, tú vienes a las obras como si te arrastrasen, y te encandilas delante de las fraguas. Te colocaré en una herrería.

Y supe que la belleza de este oficio estaba en mí y sólo contemplándolo. Me quejé y torné a la faena de los míos. Enfermó el padre. Una tarde se le derribó encima de sus pies toda una viga, y quedo inútil y postrado; la hinchazón le subía hasta los muslos.

Iba yo solo al trabajo; y una mañana, otro compañero, menudo como yo, recientemente despedido, me buscó, y apartándonos de todos, me habló de un sitio donde, por dejarse retratar, así dijo él, se ganaban dineros; daban pocos, pero el servicio también era descansado: estar quieto. Entonces conocí la pintura, porque mi camarada me llevó a una academia. Dirigíala un hombre pequeñito y enjuto, de ojos hermosos que reían melancólicamente, de habla llena de gracia y sabiduría, de cráneo limpio y nobilísimo, donde mis ojos han puesto muchos besos de sumisión y amor al hombre bueno y artista profundo y exquisito que supo renunciar serena y voluptuosamente a la gloria placera y se retiró a su hogar sin hijos; y él amaba a los niños, porque era tierna y paternal su alma. La casa tenía huerto muy grande, emparrado con vides robustas, cuyos racimos, cobrizos y ácidos, no llegaban nunca a la madurez, porque los desgarraban los pájaros, avezados a comer del salvado y maíz de las gallinas. La señora maestra poseía un copioso averío. Parecía huerto monástico, tan dulce y tranquilo. Yo lo miraba mucho desde la grandísima reja de nuestro estudio. No busqué allí holganza. Para modelo, no acomodaba por mi inquietud; pero fui a manera de fámulo que limpiaba el local, servía a los señores discípulos y tomaba enseñanza. El maestro sonreía viendo mis trabajos. ¡Oh varón generoso, cuya palabra sanaba todo mal de la vida y entusiasmaba en ideales de santidad artística! De él sí que pudo decirse que en su alma anidaron todas las gracias. ¡Cómo me alumbra y mitiga su recuerdo! ¡Y cómo algunas veces he de apartarlo con dolorosa vergüenza, porque no soy cumplidor de su doctrina! ¡Pero yo no tengo toda la culpa! Se lo juro. Para vivir he de pintar dos y tres cosas diarias, y por cuatro, por ocho pesetas; lo más, veinte. ¡Estoy envilecido, créame; estoy envilecido!...

Mi amigo enmudeció.

Yo no podía aliviarle afirmando su genio artístico.

Federico dibujaba pobremente; no sabía dibujar. Su única aptitud externa para la pintura la tuvo siempre en la poderosa visión del color. Su colorido tenía fuerza, frescura, alegría, sencillez, como si la vida que él amaba y sorbía insaciablemente en sus excursiones se recogiera resonante, placentera y jugosa dentro de sus pinceles.

—Pues el maestro —siguió contándome—, cuando se me acercaba para ver mi dibujo y darme lección, decía acariciando mi cabeza rapada, de siervo, con trasquilones y todo, ¡ya ve!: «A esta criatura le sobran ojos...». El modelo para mí era un haz de modelos tentadores; se me transformaba. Este vicio o deficiencia, ¡tampoco!, esta enfermedad ha sido mi perdición artística... Desoyendo al maestro, pinté muy temprano. Aprovechaba los tubos exprimidos de los demás, y los compraba alguna vez con el ahorro de mi salario. Mi madre me dejaba, ¡ya lo creo!; ¡si estaba orgullosa de lo que yo hacía! Y mi padre no se ocupaba de mí, enfurecido por su mal, que iba gangrenándole el pie izquierdo. Se lo amputaron, y luego se le pudrió la pierna y fueron cercenándole carne y carne... Y murió. Yo no lo vi, porque hizo mi madre que me quedase en la academia durante los días postreros de enfermedad. Dicen que me aborreció; pero después, arrepentido, quiso verme. Yo no fui. Estaba loco de júbilo porque me habían regalado pinceles, tablas y una paleta rajada, y el maestro me alabó la viveza y lumbre de mi colorido... Me buscaron de nuevo. Cuando llegué a mi casa ya no estaba el padre; había muerto, y se lo llevaron pronto porque hedía irresistiblemente...

Mi temperamento es un caso prodigioso de fatalidad en el reflejo o absorción de todo. Por mí nada pasa y resbala; sensaciones, visiones, ideas, leyes hereditarias... son fuertes ácidos que muerden en lo más hondo de mí, dejándome su marca. A los hermanos de mi padre, a su linaje, debo mis momentos irascibles y de hosquedad... Y quiero a mi hija, quiero a mi hija. ¡Oh, yo qué sé cómo la quiero! Es que en ella, dentro de ella, me parece ver hijos de hijos suyos, es decir, míos... Veo así como dicen que Dios contempla lo pasado, lo presente y lo futuro, en un presente continuado. ¿Me ha entendido? ¡Es tremendo! Ya le explicaré... Y la quiero porque es el complemento y coronación y estímulo de mi arte. Acaso sea esta razón egoísta, pero es dulcísima, ¡mi única defensora y creyente!...

...Bien; he de contarle ahora más del comienzo de mi carrera de pintor... Decía... sí, decía que mi padre murió. Pasó mi madre las primeras semanas de viudez en casa de una amiga recién llegada de nuestro pueblo y que tenía dos hijas. Yo seguí en la academia. Era verano, y el maestro y su mujer se marchaban a la hacienda que poseían lejos, en la montaña. Me dejaron encargado de la guarda de todo. Las clases estaban cerradas. ¡Toda la vastedad de los estudios para mí solo! ¡Copiaría los bocetos y cuadros que me diera la gana! ¡Y yo solo!... La señora dedicome una prolija plática de avisos y recomendación de celo y fidelidad en la custodia del gallinero, y en sesenta atadijos de papel y cintas verdes me dejó sesenta reales para que diariamente comprase el salvado y el trigo, alazor y maíz. Olvidóseme cumplirlo los tres primeros días (y no por rapacería, que no gasté un céntimo siquiera en mi regalo)... La lamentación de una pava alta, seca, muy antipática, me recordó mi cuidado. ¡Dios! ¿Y sabe qué hice? Pues gastar de una vez cuantos dineros me confiaran. Con un duro llené las colodras de pasta de salvado, y derramé por el suelo cuarenta reales de trigo y maíz.

¡Cómo engullían los animalitos! Tomé un apunte de esta nota y me pagaron por él dos pesetas. ¡Mi primer negocio artístico! Algunos días más tarde visité el gallinero, y... estuve cerca de llorar: había dos aves muertas. Las vasijas estaban vacías. ¡Y con el precio de mi tabla tuve yo que mercar más salvado! Pero ¡qué haría con los dos cadáveres! ¿Enterrarlos? ¿Y si la señora maestra sospechaba de mi honradez y tomaba la noticia de la muerte por fullería y engaño? Pensé en desplumarlos y guardar las plumas, como hacen los pastores con el zaleo de las reses despeñadas o devoradas por el lobo; pero tampoco esta prueba me acreditaría a los ojos del ama. Preferí dejar las gallinas muertas tendidas al pie del muro. Al día siguiente, cuando pasé al corralillo, la desventura había aumentado... ¡Tres cadáveres nuevos! ¡Y uno de ellos el del macho, el gallo, tan amado de la señora por lo grande y apuesto! Llamábanle Olivares, recordando la altivez y bizarría del Conde-Duque... Los puse junto a los otros, al abrigo de la pared. ¡Ya eran cinco! ¡Y los vivos, tan flacos, tan mustios, siempre muy quietos! ¿No había para sospechar de aojamientos y maleficios? ¡Y la pava sin morirse! Una tarde, que yo sesteaba en el estudio del maestro, se asomó por la vidriera para mirarme. Su cabeza de grajo enfermo y hambriento daba una mueca acusadora, agorera, fría. ¡La perseguí por todo el huerto, y ella huía, estirando su cuello verrugoso, tendiendo hacia atrás las alas como si se le cayeran las haldas de dueña, sucias, andrajosas! Me pesan aquellas persecuciones, y su espectro, que aún lo veo, sigue repugnándome... Murió la pava al lado de la última gallina. Y bajo el muro quedó una sarta de aves muertas, que soñé aterrado en mis pavorosas noches de soledad, en las inmensas estancias de la academia.

Apestaba el huerto como un cementerio desgarrado.

...Cuando vinieron los amos me escondí. La señora maestra, apenas llegada, salió al patio. Yo temblé. Oí su grito. Acudió el maestro... Entonces me presenté, encendido de afrenta. Y el maestro sonrió piadosamente y fui perdonado...

...Desde las rejas de mi cuarto se goza la visión del mar. En ellas estuvo mi amigo serenándose. Y me llamó para decirme:

—Mire: usted contempla el cielo y el mar, y usted sólo ve el azul de fuera, el aparente. Pues yo, además, veo el azul de dentro, aunque no es cierto... ¡Entonces, dice usted! ¿Cómo, entonces? Fíjese. Yo distingo otros azules nuevos, vírgenes. Me imagino trozos de mar y de cielo, y por la cortadura mana azul, que es el alma, la substancia del color azul; como en un macizo de mármol blanco o rojo, al partirlo, veríamos más blancura o rojez dentro, sangre de color... No, no me comprenderá, y tampoco le hace falta. La conciencia del colorido no se la envidio a nadie... En Roma me la celebró un pintor famoso. Yo he estado en Roma. ¿No se lo he dicho?... El buen maestro me alcanzó de un prócer lugareño una pensión de dos pesetas. Cuando me transmitió la noticia agregó por comento:

—¡Dos pesetas diarias! Han pensionado a la hostelera. Pero puedes salir; ya es algo.

Marché a Madrid. Y un año después, almas generosas me llevaron a Italia. Ya le iré diciendo. Hoy, no; debe ser tarde, y en mi casa me aguardan porque no queda ni un... En fin... ¿Qué le parece el apunte?... Hace bien aquí, ¿verdad? ¡Y el precio es tan poco!...

Y Federico se abatía, sonriendo humildemente. Le dio tos, y volvió a encogerse, a reducirse. Otra vez resaltaba la pobreza de sus ropas.

IV. De cómo se casó

Los campos labrados se rasgaban, haciendo una rambla honda y seca; las márgenes se amurallaban indomablemente de viejos nopales, plantas hordálicas que parecen sorprendidas en una contorsión de ira o de danza grotesca.

Descendía la senda al barranco, torciéndose en busca del abrigo de un palmeral que se espesaba a poniente, recortando su perfil de paisaje bíblico sobre un cielo de hoguera.

Entraba cansadamente en el bosque el último y viejo sol, y las dobladas ramas de encima relucían como los bronces limpios.

Tejían las palmeras un ámbito caliente y oloroso de polen ofrecido en opulentos mazos de blancura.

Ahondaba el silencio la trémula canción de abejas y moscardas que vagaban meciéndose entre hebras y gotas de sol.

Acababa el palmeral en la costa, que allí era alta y de blando huello de algas secas, que convida al ocio dichoso de la grande visión del mar. Gozan libertad nuestros ojos y la pasan a la encerrada alma, y enlazan los azules del cielo y de las aguas, aparentando en los misterios del horizonte los anhelosos sueños de viajes románticos.

Tendiose mi amigo en el mullido algar, y desflorado el deleite nirvático, murmuró:

—Ayer padecí mucho. Me noté agotado, enfermo, vencido de enfermedad. Y tuve que caminar; y cuando llegué a tierras desiertas corrí, salté, grité con locura y pude recuperarme. ¿Se ha reído? ¡No lo haga más, por Dios! No olvide que yo estoy sano y que vivo por el impulso y virtud de quererlo. Casi todos los hombres viven fatalmente, y si decaen y enferman se entregan abúlicos a la razón y voluntad ajenas... Yo, no; yo vivo íntima, intensamente, razonando mi vivir fisiológico; yo vivo sabiéndolo y queriéndolo, y a solas conmigo mismo, con mis tejidos, con mis huesos, con mi sangre... La circulación de la sangre me parece que he podido descubrirla yo si no la hubiese descubierto otro... Estoy amenazado y me defiendo, porque amo la vida con toda mi alma y con todo mi cuerpo. No es querer la vida por... por mi hija —¡oh, eso, desde luego, ni lo pensemos!—, es un asimiento con lo creado. Se me figura que tengo raíces y que penetran en todo. ¡Qué alegría la de los árboles enormes y centenarios: sentirse palpitar y estremecerse y vivir por la raigambre alejada!

Federico se había erguido. Y acercándoseme añadió:

—Se dice pedantescamente: «Amar la vida; el contento de la vida». ¿Qué le parece? Pues la mayoría de las gentes felices que predican eso lo repiten de memoria o mezclan a la santidad de la gran vida los goces de que tienen noticia, posesión o esperanza. Yo no me he fingido esos egoísmos, ni opulencias, ni nada. ¡Ya ve usted: riquezas que todo el mundo se imagina! Pues tampoco riquezas; por mí no se han vuelto —como escribe el sabio— en alas de águila para escapar de la codicia...

Mientras Federico hablaba, cometía yo la ruindad de no creer en él, porque recordaba su encogimiento y hechura miserable en una mañana que me trajo el cuadro del fraile descortezando espigones de maíz.

Pero luego me arrepentí. Si mi amigo sufría la más grosera de las tribulaciones y aprendió que su arte no era fuerte para merecer socorro de los hombres, necesitando darles el espectáculo de su miseria, no pecó contra su dignidad y espiritual alteza haciendo por costumbre, en mi casa, la farsa de su verdadera condición menesterosa.

Me divirtió de mi íntima contienda esta cándida lamentación suya:

—¡No es gran lástima que, siendo yo extraordinario, no haya hecho nada de particular!... Yo me casé como pudiera... No se me ocurre ejemplo posible. Hallarlo sería explicar de alguna manera mi matrimonio, y... es inexplicable... Pero, por Dios, mi mujer bien pudiera haber sido, no digo mejor, sino de otro modo. ¡Oh, es tremendo no esperar ternura, ni confianza, ni estímulo! ¿Y qué he de reprocharle? No es adúltera, ¡qué digo adúltera!, ni miradora de hombres ni celosa. Casi me complace encontrarla a días ventanera, maldiciente, habladora, porque siquiera percibo en casa algo femenino. Mi mujer es seca, lacia. Nunca la vi joven ni alegre. Su frase ya la conoce: «¡Para eso (¿para qué?, pregunto yo), para eso, más le valiera a una morirse!». Y las raposas de las vecinas que la cercan asienten y gimen, y volviéndose a mi hija dicen que la compadecen porque empieza a vivir. Es inútil que cambie de casa. Mi mujer tendrá siempre vecinas iguales. Mi hija cumplió doce años, y no parece que su alma se abra en ese ambiente de ruindad. ¡Me quiere como si todo el mundo estuviera en mí contenido, y me defiende y admira mi arte, tan menospreciado por la madre! Tiemblo por si me apagan la admiración de esta criatura, quizá la única admiración... Sí, desde luego, la única...

...Había salido del puerto un buque y pasaba ante nosotros calmosamente. No parecía hender ni hollar el sueño de las aguas, sino deslizarse sobre un suelo llano y bruñido. Era un vapor carbonero, pesado, negro, gordo. Los mástiles y chimenea, reclinados hacia atrás, le acreditaban de altanero; pero bien visto por Federico y por mí, convinimos en que el pobre barco era todo bondad y mansedumbre.

Ya lo mirábamos amorosamente, y si manchaba la pureza azul con un nublado de humo, nosotros, sin hacernos cargo de que necesitaba humear, lo tomábamos por alarde de orgullo que realmente no sentía, y decíamos: «¡Para qué hará esas cosas, Señor!».

Yo le dije a mi amigo:

—¿Quisiera usted marcharse en ese buen vapor y renovar impresiones?... Le advierto que iríamos solos; ahí no viajan señores graves ni elegantes, sino un grupo de hombres quizá extranjeros, silenciosos, fantásticos. ¿No se marcharía usted?

—No, señor. ¿Para qué? Sólo ambiciono seguir en mí mismo. Créame, es todo igual. Yo he viajado y he padecido inmensamente. Quizá mi alma no estaba cuajada, granada en su actual entereza... Ya no me hace falta viajar. Pasé un año en Madrid. Mi primera salida aventurera tuvo tanta desgracia como la del santo mártir de la Mancha. Y busque más en Italia. En Roma ya fui como un perro sarnoso; todos los males y miserias se pegaban a mis cazcarrias. Diez meses padecí la malaria. Vine a España; me quedé tercamente en Madrid. Pasé hambre, porque ya me habían retirado la pensión. Y mi madre me sospechaba cerca de la gloria. Yo le mentía esperanzas, y al escribírselas me las creía y me alegraba en mi corazón. Dormía en una tienda de libros de lance. Entonces leí vorazmente... Y vea usted mi sino, porque no recuerdo si le he dicho alguna vez que yo soy creyente del sino cuando no me queda otro remedio. Una familia extranjera me encargó la copia del cuadro de Pradilla Doña Juana la Loca... Como no es usted pintor, no puede imaginarse la grandeza y esperanza que infunden en nosotros algunos extranjeros que visitan nuestros museos. ¡Pues toda una familia extranjera de aficionados y compradores hace ya delirar! «¿De dónde vendrán?», nos decimos fervorosamente viéndoles entre nieblas de leyendas principescas... Y no se nos ocurre que puedan ser tenderos retirados o pobres gentes enriquecidas por logrería o contrabando. Eso, nunca. ¡Qué alegría, qué fiesta en toda mi alma! ¡Pintar un cuadro grande descansadamente, sin agobios ni prisas! ¡Oh, me querían mucho! ¡Pintar hasta viento que tuerce la llama de los blandones hinchando como una vela negra y fatídica el manto y toca de la reina desventurada!... La tristeza de aquel cielo de crepúsculo angustioso pintaba yo percibiendo la alarida del vendaval de llanura, sintiendo el frío y la humedad del celaje, cuando recibí aviso de que mi madre me llamaba porque se... moría. ¡Dios! ¡Morirse mi madre! Yo nunca había pensado que pudiera morir mi madre...

Mis protectores estaban en Toledo. Yo no quise aguardarlos... Enrollé el lienzo; lo descansé sobre mi hombro como una cruz, y subí en el tren comprando billete hasta donde pude; lo restante del viaje... andaría... Y lo caminé con mi cuadro a cuestas... Vi muerta a mi madre, tendida en la pobre cama, amortajada con su traje negro de boda y de los domingos... Todos los muertos parecen más largos, más estirados, ¿verdad? Pues mi madre estaba más chiquitina, como si el sufrimiento la hubiese reducido... Era viejecita y yo le vi el mismo sello de dolor de Lucita... La mujer santísima no pudo tenerme a su lado en la agonía. Le dejaron entreabiertos los ojos y estuve toda la noche inclinándome bajo sus pupilas apagadas... ¡¡Y nada!! La velaba también aquella mujer amiga que la tuvo en su casa los primeros días de viudez. Las hijas no sosegaban, ordenándolo todo, disponiendo hasta de mí, singularmente la mayor; la pequeña pasó la noche sentada junto a mi madre, mirándome, mirándome... Mucho tiempo estuve retirado en mi casa. Y una tarde vinieron las tres mujeres. Me dijeron que era preciso que yo saliera para esparcir y distraer el ánimo. Bueno. Y salimos. A mí ya me era igual todo. La madre me tuteaba; dijo que la mía me encomendó a ella. Paseamos por los muelles. Me preguntaban de mis ganancias del último año, de los rendimientos de la pintura, instruidas en las piadosas mentiras que yo escribía a mi madre... No por vanidad, sino por dejadez e indiferencia, las abandoné a sus engaños. Me afearon que llegase de Madrid tan quebrantado... (¡No sé cómo había de llegar! ¿Qué le parece?). La hija grande me reprendió porque mis ropas estaban manchadas. Ella iba muy limpia, pero su limpieza era rígida, sin gracia, como de hospiciana o de monja... Al día siguiente no pude salir porque se me llevaron el traje para asearlo. Pronto fue verano, y todas las noches venían por mí. Y en una de ellas que íbamos juntos las dos hermanas y yo, la madre llamó con aspereza a la hija pequeña, y nos siguieron. Desde entonces paseábamos siempre de igual modo: la mayor, conmigo, la hermanita y la vieja, detrás. No recuerdo cuándo me di cuenta de que me dominaba aquella mujer sin juventud, siendo tan moza, de ojos que tenían filo y helor de acero, delgada, larga, de manos durísimas... La menor nunca hablaba. La familia extranjera escribiome desde Barcelona; regresaba a Alemania, y por las cantidades anticipadas pedían dos paisajes levantinos.

Leí la carta delante del cuadro comenzado, y reí y lloré toda una tarde. Así me sorprendieron las tres mujeres. Repasaron mi casa. Les pregunté si salíamos, y no quiso la madre, porque había de hablarme. Las hijas se apartaron a la ventana, y entonces la vieja, mirándome mucho, dijo:

—Comprenderás que mi chica y tú no debéis seguir haciendo lo que hacéis.

Y yo exclamé:

—¿Qué chica?

La vieja replicó sonriendo:

—¿Cuál quieres que sea sino Angustias?

Y fijó en mí sus ojos hasta que yo abatí los míos, y me quedé contando los ladrillos... Continuaba el silencio. Me fatigué de contar y dije sin mirarla:

—¿Y qué debemos hacer?

Y oí:

—Yo conozco a un señor beneficiado de la Colegiata, y primo mío es el escribiente del Registro civil, que le dicen el Cojo-rojo...

Se estremeció de frío mi médula. ¡El Cojo-rojo! ¿No lo conoce? ¿No sabe? Es un monstruo, hijo de aquel tonelero espiritista... Y la voz de la vieja prosiguió goteando estas palabras:

—El sábado es fiesta; bien viene para la primera de las amonestaciones, y a último de mes puede estar todo arreglado...

En seguida llamó a la hija, a... Angustias, y cruzando los brazos sobre su vientre exclamó riéndose:

—¡Venga: daos las manos, tontos, más que tontos!...

¿Se burlaría de mí? ¿Qué le parece?... Y me tocó una mano fría, grande y sudada, y la hija pequeña me miraba en silencio, muy blanca...

Y me casé, y mi mujer es... Angustias...

Mi amigo volvió a tenderse, pero entonces hundió su pecho y su frente en la costa... Después alzó la cabeza enmarañada de algas; tragó aire de la anchura de mar y dijo:

—Es la primera vez que cuento mi matrimonio, y me parece que he descansado. Este alivio debe tener un devoto cuando confiese un pecado mortal... Y, sin embargo, yo no me explicaría mi vida fuera del engranaje de sucesos y fatalidades que le voy confiando...

...¿Qué le parece?

V. Su hija

En el tejado verde y costroso del casón de mi amigo se levantaba un aposento, techado por una lucera con celosía de alambres. Y éste era el estudio del pintor. Yo estuve en él una tarde estival.

Llegábase por una retorcida escalera, que empezaba en las tinieblas de un largo pasillo, labrada con ruinas de cajas y puertas.

—No tema —me dijo el artista al subir el primer peldaño, que hizo quejumbres de vejez—. Aquí la impresión es de tumba, pero arriba se nos premia con el júbilo del cielo.

En una de las enroscaduras de esta sierpe de madera me detuve, porque los crujidos y truenos de las tablas vencían la voz, y ya mudo el ámbito le pregunté:

—¿Estaba usted solo?

Él contestó:

—Nunca estoy solo en casa. Para conseguirlo he de venirme aquí.

Mi mujer, su hermana y las amigas han entrado al dormitorio de mi hija, de Lucía; se llama también Lucía. ¿Se acuerda? Pero suba, ¿no le parece?

Arriba cayó sobre mi carne un abrasamiento de horno. Estaba el desván cerrado. Los maderos delgados y nudosos de alguna puerta se encendían de llagas de luz y regueros de sangre de sol.

Abrimos las ventanas, y pasó delicia de tarde, de altura y de cielo.

Vestían las paredes del estudio apuntes y láminas arrancadas de ilustraciones. Presidía un espejo de cornucopia de escayola; la luna, empañada de verdosidad, guardaba un encanto de aguas de estanque de jardín abandonado. Bajo, había un arcaz y sobre su tapa el busto en barro de un Zeus y dos potes de loza talavereña, por cuyos bordes asomaban manojos de pinceles. El caballete reposaba en un ángulo. Otro muro lo ocupaba un diván herido en su vientre, desentrañado y pavoroso. Le hacían estrado dos butacas anchas y profundas, butacas muy tristes, de esas que han estado en salas de casas desgraciadas y ampararon en su regazo ancianos tullidos y señoras cansadas, enfermas, llorosas, de noble busto y cabello de plata.

Pendía del tragaluz una cobriza lámpara de altar, y del seno herrumbroso desbordaban haces de trigos doblados y secos.

Mirado el desván, que presentaba los agobios del vivir del artista, tuve sed de amplitud y me asomé a todas las ventanas.

Hasta lejanamente llegaba la lepra de tejados plomizos, pizarreños, verdes, atropellándose, encabalgándose... Un horizonte era marino, trozo de mar que sensacionaba aliviadora distancia. Otro, de sierras peladas, abrasadas, calizas, era como una ingente y monstruosa escombra y rechazaba con dureza la contemplación; pero desde las cumbres hasta la anchura opulenta de las laderas se ahondaban por arroyadas que cavaron las aguas llovedizas, y estos pliegues rocosos traían imaginación de paisaje.

En un trozo del confín de ocaso se tendía la tierra encendida y madre de panes altos y maduros.

Parecía bajar el cielo rasando amorosamente los sembrados.

Viéndolos, se regocijó mi alma y mis brazos se tendieron hacia el brote campesino.

Y mi amigo prorrumpió jubiloso:

—¿Qué? ¿Ha visto esa bendición de mieses? ¡Cuánta gratitud les debo! ¡Con ellas creo que se asoma el campo nada más que por mí... y ahora por usted, por los dos!...

Y me condujo a otra ventana.

Cerca, cortaban el oleaje de espaldas, de techumbres de casas, los negros muros de un templo vetusto, con los endriagos de sus gárgolas rotos y matosos; la cúpula era un seno azul que relumbraba de sol; seguía la torre de pináculo agudo, donde se torcía la cruz de la veleta... Más lejos destacaba el cuadrado de un claustro de monasterio, perfilándose en el cielo la blanca lira de la espadaña. Del huerto subía doliente y romántica la aguja de un ciprés, y se remontaban con ansiedad dos palmas: una torcida, rindiéndose, solicitando a la hermana de encerramiento, que era gentil; y ya altas y libres, desmayaban y expansionaban el ramaje redondamente... Distantes, verdeaban las cimas de los plátanos y olmos de un paseo... A lo postrero, el mar.

—Dentro de esas frondas —decía el pintor—, o en la punta del ciprés, o entre esas manos dobladas de las palmeras, se refugian mis ojos como dos gorriones más de la ciudad... Mire las rejas, las galerías, los terradillos cercanos... Vea ropas tendidas. Por las mañanas sacan al oreo hasta las más íntimas de las camas y de la carne. Mire el abatimiento de esos geranios, albahacas y enredaderas, plantas mustias, desnudas, hincadas en latas y cazuelas rotas. ¿Qué le parece? Y al lado, repare en los gallineros de listones y telas metálicas, trazados por algún marido en tediosas tardes de domingo. Las gallinas murmuran, escandalizan; tienen parecido con personas flacas, hipócritas... Y a todas esas ventanas, fenestras y azoteas salen vecinas descoloridas y viejas; las veo peinarse o conversar siempre con desabrimiento, con pesadumbre.

¿Se ha fijado en las chimeneas? Huelo los humos de sus cocinas; y hasta me parece oler los dormitorios, las alacenas y cómodas de las casas, y creo vivir y participar de todas las familias. ¡Dios! Y entonces, salta como un pájaro mi mirada y busca la lozanía de los árboles, y del ramaje trepa al cielo o se entra en la vía de mar...

...De lo hondo de la escalera subió una voz que llamaba dulcemente a mi amigo.

—Vendré pronto; es mi cuñada.

Y quedé solo en el desván.

Bajo, musitaban. Le oí a Federico su «¡Dios!». Disputaban mujeres.

Me entretuve repasando el cuarto y hallé detrás del arcón un grande lienzo plegado a recio madero y un cuadro en óvalo, que tuve por el retrato de la hija del artista...

Crujieron los peldaños y apareció Federico. Temblábanle las manos y sus labios se le doblaban hacia la barba en gesto de amargura. Reclinose sobre el arca derribando los tarros de pinceles. Júpiter vaciló.

Y mi amigo dijo:

—Quisiera fumar.

—¿Pero es que ya fuma?

—No; y si no quiere, déjelo...

—¡No he de querer!

En tanto que encendía, murmuró:

—...Porque fumar no es sólo deleite vicioso: es también como una adoración del fuego y del humo. Y ustedes no se dan cuenta... Bueno; necedades... No fumo... ¿No sabe? Es que... me llamaba mi hija porque tenía... congoja. ¡Congoja! ¡Ya ve! ¿Por qué eso? Siempre sudando, siempre sudando. ¿Qué le parece? Y me ha besado en los ojos y en las sienes. Va usted a verla, ¿verdad?... Ella sube aquí, conmigo; me ve pintar o se acerca a las ventanas y vuelve a sentarse a mi lado. Y limpia mis pinceles y sabe preparar, imprimar las telas. ¡Oh, está prendada de su padre! ¡Es tan fina, tan virgencita! Y me aparta con su mediación las asperezas de la madre... Las querellas y burlas de la madre contra mí le ponen muy triste. Algunas veces se esconde; yo la he seguido y la sorprendí llorando... ¡Y esa criatura tenía congoja!

Quise aquietarle porque se exaltaba, y él no me dejó hablar.

—¿Qué? ¿Que no será nada? ¿Es eso lo que usted pensaba? Vamos... sí; la frase. Muchas gracias.

Y se acostó sobre todo el arcón, riéndose, riéndose.

—¿Por qué me habla usted de esa manera? —le dije punzado de su desvío.

—¿Yo? ¡Yo!, es verdad; perdóneme... No será nada... no será nada. ¡Si no es nada! ¡Pero, Señor, es que tampoco puede serlo!... ¡Qué va a ser! ¿No le parece?... Y dígame: entonces, ¿qué tiene?... ¡Y esa criatura, de alma tan jugosa, tan mía, padeciendo, acongojándose! ¿Por qué? ¡Yo ansioso, delirante de vida, de fortaleza... y es en mi hogar donde todo está apagado! ¡Lucita... Lucita... Lucita! ¿Se acuerda usted de mi hermana? La mató pan encendido. Se lo he dicho, ¿verdad?

Pasó ruidosamente un pájaro junto a una ventana.

Estábamos callados, y venía a nuestro retiro la canción de una doncella que cuidaba de sus hermanitos en una azotea ya en sombra y frescura de la tarde avanzada.

Después le dije al pintor:

—He visto el retrato de su hija.

—¿Dónde?

Yo le mostré el óvalo retraído a espaldas del arcón.

—No es, no es mi hija. Lucita es más niña... Le contaré del cuadro, aunque es ironía, escarnio de mí mismo... Dígame: usted, cuando estrena una prenda, un traje, ¿sabe, en verdad, que aquello que usted se viste es nuevo?

Yo le repliqué que sí.

—Yo, no. Mis ropas siempre parecen muy usadas. Y, ya ve, no tengo hermanos ni padre de quien heredarlas. Quizá sea porque me las cose mi mujer. Yo no soy hombre vano; ¿para qué? ¿No le parece? Pues oiga. Me buscó una familia que adolecía mirarla porque había muerto la hija mayor cuando iba a desposarse. Quería el novio que yo pintase el retrato de la muerta, y me ofreció diez duros. ¡Imagínese mi gratitud por la pobrecita novia! Elegí una fotografía y comencé el trabajo... Y me interrumpió una tarde mi mujer para enseñarme retazos, muestras de telas burdas, blandas, diciéndome: «Voy a coserte ropa nueva». Me laceraba oír esas palabras. Es que me vestía tristemente de asilado... Además, en las pruebas, le aconsejaban las amigas... Esa tarde me rebelé como un muchacho y aparté aquellos tejidos miserables. Mi mujer se embraveció; después pasó a gemir y lamentarse; pero yo gusté el triunfo, yo me encargué un traje, un traje de sastrería, un traje de hombre, prometiendo al de la tienda pagarle cuando el novio me pagase el retrato. Y vestí el traje nuevo. ¡Oh, no podía sosegar en casa! Fue en un domingo; merendamos en el campo... Ya estaba acabado el cuadro. Y pasaba tiempo, pasaba tiempo y... el novio no llegaba. Y no vino nunca, porque se había casado con la hermana de la muerta. Y sigue mi mujer cosiéndome la ropa; pero ya siempre negra. Y ahora, dígame: si halló el cuadro de la novia, también vería un telón tumbado. ¿Y no adivinó, no sospechó nada? ¿No sabe?... No, no lo sabe. Pues ahí tiene mi copia de Doña Juana la Loca. No me he atrevido a rascarla; pero detrás compuse un asunto de guerreros y patricios romanos. Para mis modelos (uno, siempre el mismo) forjé los escudos y espadas con cartones y papeles brillantes... ¡Yo me acordé del buen hidalgo cuando labraba su celada!... Pinté sandalias mirando alpargatas... Subía mi mujer; su glosa era: «Eso es querer y no poder. ¡Más nos valiera que hubieses seguido el oficio de tu padre!». ¿Qué le parece? Entonces tenía Lucita tres años, y si lloraba o disgustaba a su madre, ésta, para amedrentarla, la ponía delante de los romanos... Tuve que enrollar el lienzo y lo abandoné...

La lámpara resplandecía como si un mago la hubiera llenado de onzas. Estaban resucitadas las espigas encandecidas de sol poniente.

Mirándolas, dije:

—Es el más bello ornamento que tiene usted en su estudio.

—¿De veras? ¿Le gusta? —exclamó efusivamente el pintor—. ¡Gracias con toda mi alma!... Es un relicario de acción de santidad y belleza. Todas las mañanas lo beso... Hace dos años paseábamos por las afueras una noche de junio. Venían conmigo Lucía, mi mujer, su hermana y amigas, porque estaba alegre mi alma. Había yo cobrado treinta duros de un retrato. ¡Otro retrato!, dirá usted. Sí, señor; otro, pero era del rey y para una casa-alcaldía. Mientras lo pintaba, mi mujer agoraba riéndose: «Eso ni siquiera lo recibirán». Y cuando le mostré el dinero, me miró respetuosa, me miró como nunca. ¡Oh, mi casa tenía júbilo! ¡Y todo el mundo fue para nosotros como un estallido de cohetes de fiesta; y ungüentos beatísimos de esperanza suavizaron mi espíritu! Ya ve usted, ¡por treinta duros! Salimos al campo alumbrado de luna. Las tierras estaban en rastrojos. Descansamos en una era que blanqueaba como el hielo y olía como un molino, porque la muraba toda la cosecha de mies en tresnales, y sobre ellos descendía la claridad de la luna y las pinchas de las espigas hacían visos de seda... Yo mordí bálago y espigas y comulgué fuerza, contentamiento y salud, y contemplé a mi mujer con misericordia y amor de padre por un hijo lisiado. Arranqué más espigas, desnudé los granos y quise que todos participasen de esa eucaristía de felicidad y vida. «¡Comed, comed de este trigo —les dije entusiasmadamente—, porque también es carne de Nuestro Señor!». ¿Qué le parece? Se enojaron, se rieron; pero fueron tomando del espiritual alimento, ¡Sí, espiritual, espiritual, se lo juro, porque lo habían consagrado mis manos, y en aquella noche mis manos eran puras, excelsas, como las de un sacerdote santo!... Y mi hija no quiso comer. Yo lo creí broma o capricho de doncella; y la seguí para darle trigo. Corrimos felices por el llano de la era. Pude alcanzarla; y Lucita, trémula como un pájaro cogido después de volar mucho, descansó en mi pecho.

—No comeré, no comeré —decía riendo y deteniéndose por el ansia de respirar—. Dame el trigo, pero no me lo como.

Yo le pedí:

—Hazlo por tu padre... Estamos contentos; somos ahora todos, todos muy buenos; olemos la misma fragancia de flor de trabajo campesino; probamos el mismo sabor, pues durante un momento sentiremos todos lo mismo; ¡y es muy hermoso! Faltas tú, Lucita. ¿Te vas a quedar separada de nosotros, como si te hubiésemos dejado solita en un camino?

Entonces admitió el trigo y fingió comerlo; pero no lo hizo, y yo me entristecí... Antes de acabarse los dineros del cuadro del rey, mi mujer suspiraba: «¡Ay, Señor, no volverá a visitarnos la suerte!». Y casi todas las tardes entorpecía mi trabajo para lamentarse o alabarme a los maridos de sus amigas... ¿A mí qué me importaba? Llegué a sentir aborrecimiento por todas esas familias tan venturosas... El siguiente junio fue para mí como una zarza de espinoso. Estuve miserable y atormentado constantemente por mi mujer. Fue en un crepúsculo cuando pensé en ahogarla. No me arrepentí; me repugnó... o me arrepentiría, ¿por qué no? ¡Si yo no la odio!... Me refugié aquí... ¡Qué noche de desconfianza en mí mismo y en todo!... De pronto, resonó la escalera; mi alma se torció. Esperé a mi mujer, que entre las tinieblas sería como un fantasma de acusaciones y burlas... pero no era ella, sino Lucita.

—Haz luz —me dijo—, que te traigo un regalo...

La besé y olía a campo y me sentí enternecido... Y mi hija me susurró en la frente:

—¿Te acuerdas de aquellos granitos de trigo que no quise comer y me los puse en la boca para engañarte; te acuerdas?... Pues no los comí por lástima... ¡Mascarlos, tragarlos, era un dolor, siendo tan monos y peladitos por ti!

¡Señor, qué delicia oírla! Y Lucita siguió:

—Anda, enciende, enciende y verás qué hermosura te traigo...

Y yo prendí un cirio que había en la lámpara, y al sentarme, Lucita puso en mis rodillas un manojo de espigas maduras, recién segadas, con sus cañas y hojas y algunas hasta con raíces, enteras en su simpleza y fragancia; los tallos los había enlazado con una blanca cinta. Hundí mis ojos y mi boca en las matas de trigo, y aspirándolas escuché a mi hija:

—Pues todo esto ha salido de aquellos granitos; los planté en una maceta y la llevé a casa de amigas mías para que tú no lo supieras; y yo iba a regar y cuidar mi huertecito, y hoy lo he segado... ¿No es esto mejor y más... más noble (¡más noble dijo, lo recuerdo!) que si me hubiese comido el trigo? ¡Así lo tienes para siempre!...

Y me abrazó y lloré, y juntos lo pusimos en el vaso de esa lámpara...

Y el pintor y yo la contemplamos devotamente.

...Desde abajo gritaron con destemplanza el nombre de mi amigo.

—Vuelven a llamarle.

—Ahora es mi mujer... Pero quiero decirle a usted antes...

Y no logró seguir, porque estrepitó toda la escalera y por su hueco surgió la esposa del artista. La hallé más vieja y seca. Hizo una sonrisa helada al mirarme, pero su ceño no pudo desfruncirse. Buscaba a Federico porque Lucita no quería tomar alimento. A mí me dijo con aflicción:

—Dispense, dispense. ¡Ya ve cómo está el cuarto! No hay remedio... En fin...

Y se marchó llorando.

VI. Pasión

Días después de mi visita al pintor en su estudio, ya casi entornada la tarde, un mendigo, modelo de todos los artistas de la ciudad, me trajo una tabla. No descubría en ella trazos ni pintura; y el pordiosero me advirtió:

—Es para que lea.

Me fijé y hallé escrita con lápiz esta ávida imploración:

«Venga usted; pero venga en seguida. Se está muriendo mi hija...

¡Me cortaría la mano que escribe esa infamia!... Se está muriendo...

...¡Dios! Y mi mujer y mi cuñada y otras mujeres gimen y se conforman con la voluntad del Señor, y ¡yo no sé qué hacer! Venga para que otra voluntad como la mía pida y grite lo contrario... No sé de otro amigo, no sé; todos los que recuerdo nada más son compradores...

Si usted conoce a alguien como yo o como usted, tráigalo... ¡Pero, por Dios, venga pronto!

Federico».

Yo no busqué a nadie... y codiciaba compañía, porque no era fuerte mi alma ni mi palabra poderosa para dominar aquel hombre, de noble ardimiento y frialdad cruel, que vibraría ahora con la única nota de todas sus cuerdas reciamente trenzadas a la del trágico y supremo dolor de los dolores.

Me abrió la puerta el artista.

Yo esperé blasfemias, arrebatos, congojas. Y mi amigo no braceó ni rugió ni se amparó sollozando en mi pecho.

Al entrar, me preguntó muy despacio:

—¿Viene solo?

Y viéndome así, me condujo a la angosta escalera de su desván.

Me estremecí aterrado, porque tomó con su mano la mía para llevarme por el misterio de aposentos desiertos y negros, y aquella mano estaba helada, caída, esquelética.

En su estudio me derribé en una de las butacas; él sentose cerca, y como si me invitase a una confidencia de solaz o negocios, pronunció suavemente:

—Bueno; usted dirá.

—¡Yo! ¿Es que no me ha llamado?

Y entonces deseé, y creí deseándolo, que las letras de la tabla fueran apócrifas. Sentí que mi esperanza estaba tocada de ruindad, porque más que la salud de la hija del amigo quería apartarme, librarme del sufrimiento de este hombre.

—Sí que le he llamado; pero... usted dirá.

—¡Yo! ¿Y qué voy a decirle?

Y Federico seguía aguardando con frialdad mis palabras.

Entonces, sandio y vulgar, le dije:

—¿Cómo sigue Lucita?

Su asiento quejumbró.

—Si no es eso... Se trata... sí; se trata de lo que debemos o podemos hacer.

Y creí cumplida toda la desgracia y tuve alivio; pero, miedoso del desbordar de su dolor, le pregunté cortadamente:

—¿Es que ya... está?

—¿Si está...? ¿Qué?

—Quiero decir ¿si ya... si ha muerto?

Y deseé perderme, desvanecerme como un humo.

Federico se me apartó sin contestarme.

No había luz. Estaban abiertas las ventanas y parecían acercarse a nuestra mirada rasgaduras de cielos constelados.

Pasaba un trozo del purísimo arco de la vía láctea. En un cuadro de espacio solitario se acostaban las siete estrellas blancas del gran carro. Ascendía como una escintilación de polvo o vaho de la ciudad alumbrada.

Aspiró el pintor ambiente de la inmensa noche, y sin volverse exclamó:

—Ha dicho usted una crueldad; pero es más cruel todavía la espera de la muerte con resignación aborrecible y maldita... Mi hija no debe morir; ¡no puede, porque ni quiere ella ni quiero yo!... No crea esto candidez, porque no es «no querer una cosa», sino no comprenderla... Yo no me comprendo... yo no me comprendo con los ojos dentro de un frasco, las piernas encima del tejado, los brazos en la calle y el cuerpo plantado en un bancal como una cepa, y siendo al mismo tiempo yo, viviendo en unidad... Lo que he dicho es quimérico, es monstruoso, pero es imaginable... Lo otro no lo comprendo ni lo imagino... ¡Si es que no hay razón! Créame... Dicen que se me muere de tisis... ¿Pero es que resulta que lo que debiera ser más de nosotros: la vida, es precisamente lo más apartado y ajeno a nuestra voluntad?...

Me allegué al mísero porque me imponía su enardecimiento.

Calló, esperando en mí; y yo no hablé.

Meditó un momento, y siguió:

—¿No sabe?... Acaso no... Hay un tejo en Escocia que tiene treinta siglos... El olivo puede vivir novecientos años; los cedros, ochocientos... ¿Ochocientos? Sí; ochocientos, ochocientos... Más de mil, las encinas... ¿Qué le parece?... Decimos vida nuestra, y no lo es, sino que es ella la poseedora de nosotros... Morir, bueno, sí; pero cuando uno lo quiera, como el andar y el mirar... o cuando no se pueda más vivir... ¿Qué hacemos? Vamos bajo. Está abandonada mi hija a la resignación de los que la rodean... Y no es posible... ¡Oh Jesús, Jesús, el Señor que sanaba a los enfermos y resucitaba a los muertos con sólo tocar la orla de su túnica, con sólo creer en su corazón de llamas!... ¡Pues ahora yo creo, creo en el Señor!...

Y dio mi amigo un grito espantable de angustia y súplica, que se esparció en la noche.

...Fuimos al dormitorio de la hija.

Pasó el padre y yo quedé en el quicial, entre mujeres que chupan sangre de ajenos dolores. Sobre los hombros de ellas alcé lentamente la mirada, porque tenía respeto, cortedad, inquietud de ver a Lucita, de que ella me viera asomado y entretenido en su muerte... ¡Ella, que era alba de vida, muriendo mirada por nosotros, gozadores y briosos de vida, sabiéndonos fuertes, ansiadores de serlo y que piadosamente nos compararíamos; pero nuestra piedad, sin culpa de quererlo, se alimentaría de las aguas negras de egoísmo que manan en la hondura del alma!

No me atreví a verla enteramente, y comencé desde los pliegues de las ropas del lecho, muy lento, para avezarme a contemplar el sufrir sin violencia de mi alma. En medio, el cobertor se levantaba fingiendo un montecito nevado de dos cumbres afiladas, cimas de tristeza que hacían las rodillas. Subieron más mis ojos y vi dos manos largas y caídas; sus dedos estaban como pulidos marfiles de manos de un Cristo desclavado... Luego, blancura de ropa íntima y casta de doncella, blancura rugosa; parecía el lienzo solo, vacío, en la actitud de una mujer sentada...

Vi después el cuello, largo y cándido, rendido en la almohada... y... toda la cabeza; los ojos abiertos con ansiedad, las mejillas muy leves y sumidas, el cabello cortado en cerquillo sobre la sudada frente, tersa y pálida como la hostia, y la boca agostada, que descubría los jazmines de los dientes, daba un resuello espeso y ancho como un rugido...

El padre, aparentando entusiasmo y alegría —y le temblaba de martirio la voz—, le dijo a Lucita:

—Vas a beber una gran copa de leche fría, dulce, muy rica. Luego, descansas; luego, más alimento, y así hasta hacerte una mujerona, ¿verdad?

Negó la doncellita moviendo la cabeza.

Mi amigo palideció tanto, que su carne parecía de hueso.

—¡Lucita!

La hija, inmóvil, le miraba con arrobamiento. Después cerró los ojos.

Le acercó el padre la copa a los labios; sonoreó trémulo el cristal entre los dientes, y el licor purísimo vertiose como huido por la leve eminencia de la barba, y se deslizó en el seno de la hija.

—¡Es que no tragas, no tragas!... ¿No puedes?

Y mi amigo asomó la mirada a lo profundo de la boca de Lucita. Después aplicó su oído a la pobre garganta ruidosa. Los dos lados del cuello de la hija se hinchaban y deprimían anhelantes, como las agallas de un pez torcido de asfixia sobre la peña.

A la frente del padre descendieron tinieblas. Todo su cuerpo se estremecía desventuradamente. De súbito enrojeció; tenía siniestras centellas en los ojos. Nos contempló con rabia; y avanzando, dijo vibrante y terrible:

—¿Qué miran ésas, qué miran? ¡Que se marchen todos pronto, pronto!, ¡¡pronto!!

Y al obedecerle yo, oí un grito de ruego.

—¡Usted, no; usted, venga!...

Salieron las mujeres. La de mi amigo habló odiándole, y suspiraba recibiendo consolaciones, y gemía:

—¡Más vale morirse! ¡Más vale morirse!...

Y un coro plañidero contestaba:

—¡Es verdad!

En un apagado rincón de la alcoba quedó una mujer rezando.

Dos veces alzó Lucita las manos para abrazar al padre; pero se le rindieron los brazos, y él se inclinó, y la hija tocó la cabeza amada.

Me acerqué a Federico, que me solicitaba con la mirada. Y balbució:

—¡Me quiere más que nunca y se agarra a mi pecho para no morir!... ¿Qué hacemos?... ¿Usted no ha decidido, no ha pensado nada?

Se interrumpía para soplar y alentar dentro de la boca de Lucita.

—...¿No ha pensado nada?

—¡Nada!

—¡Oh, yo tampoco!

Y se contempló con desdén la arrogancia y fiereza de su pecho; y sus mandíbulas convulsionaron y crujieron.

—¡No se puede; ya no se puede hacer nada!... ¡Habré de entregarla!

Y fue tan intensa su quejumbre y tan desmayada su voz, que no la creí oída, sino llegada a mí desde su alma...

Las manos de la hija se movieron como dos alas cansadas.

El padre la besó, llamándola:

—¡Lucita... Lucita... Lucita!...

Y pareció vagar por la estancia el espectro abrasado de la hermanita mártir.

Los labios de la hija buscaron al padre.

Entonces Federico se retorció todo; miró angustiadamente a la noche, que entraba dulce y cálida por las ventanas, y suavizando la voz, que no descubriese lo trágico de su pasión, le dijo:

—¡Y Dios, Lucita! ¿Has pensado en Dios?

La hija negó, cimbreando blandamente la cabeza.

—¡Lucita, Lucita... Dios es más, más bueno que... tu padre!

La niña le miró en los ojos, y negó con tristeza inmensa.

—Lucita, sí; es mejor que yo. Te lo juro por ti... ¿Lo crees? Abrázate a su alma... ¿Lo crees, verdad?

Y ansiaba que prendiera la fe en la hija para resignarla dulcemente, y él se llagaba posponiéndose a Dios.

—Casi no es por Dios —me murmuraba—, sino por ella, que sabe su muerte y no quiere morirse para no apartarse de mí... Y he de enamorarla de Dios... Es preciso... La entrego. ¡Yo mismo la entrego!...

Y abatiéndose encima de la hija, le habló sobre sus mejillas y sobre su frente, que se transparentaba como un alabastro luminoso.

—¡Si vieras a Dios, Lucita!... Es muy hermoso, muy bueno... Me hizo a mí; hizo las espigas que yo cogí de la era aquella noche... ¿Te acuerdas, Lucita, te acuerdas?

Y el padre se quejó del dolor de un sollozo que le subió como una ola, reventándole en su garganta. Pero había de fingir y tragó toda la amargura y sonrió a la hija.

—Lucita, yo quisiera ver a Dios y estar con Él y contigo. ¿Quieres? ¿Nos ves juntos?

La niña tenía elevadas las pupilas... No respiraba.

—¡Aún no, aún no, Dios! —clamó delirante aquel nombre.

Y la hija respiró prolongadamente la vida refugiada en lo hondo de su pecho; y su cabeza se fue doblando como una flor pálida de lago.

—No me busca ya... ¿Y si tampoco busca a Dios y me he sacrificado sin...?

Lucita dio un cortísimo suspiro.

Y el padre enmudeció, transido, espantoso, porque se le había caído en los brazos toda, toda la hija... muerta...

Acudió la mujer que oraba, y la vi arrodillarse y besar las manos de mi amigo, ungidas del sudor de una vida acabada, mientras él gemía:

—¡Lucita... Lucita... Luci...!

Y la última sílaba se deshizo en un beso que cerró los párpados de la hija...

Lloraron las mujeres y comenzó el decir recuerdos de la muerta y comparar las propias aflicciones con las ajenas miserias.

Federico me llevó al estudio, y fumamos sin hablarnos.

Declinaba un trozo de luna, y era como de lumbre de ámbar. Y sobre el cielo, suavemente esclarecido, ofrecía la ciudad violentos contornos de negrura. Algunos edificios eminentes semejaban macizos de antiguas fortalezas.

Vinieron los maridos de las vecinas. Llegaban del café o de fumar en sus portales o acabada la lección del periódico.

Decían:

—No hay más que conformarse...

—Unos hoy, otros mañana...

—El tiempo, el tiempo lo cura todo.

Preguntaban luego a qué hora había sido la muerte y cuándo la enterrarían.

Los había asombradizos y reacios que «no se explicaban aquello... si ellos la habían visto pocos días antes...».

—Quizá, quizá cogiendo el mal con tiempo...

Otros, muy graves, repusieron:

—Que contra el último mal no había remedio... a no ser un milagro...

Y los buenos vecinos se aburrían y deseaban que entrasen otras amistades para salir y holgar del pésame o no volver.

Pasada la media noche, quedamos solos Federico y yo.

De pronto dijo apagadamente:

—¿Y hemos de enterrar mañana a Lucita?

Le contesté que sí.

Entonces mi amigo sollozó. Anduvo por el cuarto, salió a las ventanas. Y después exclamó:

—¿Y eso no le parece otra infamia?... Yo comprendo hasta la muerte; pero que morir fuera deshacerse, fundirse el cuerpo como la niebla... ¿Qué hacen ya aquí los muertos?... ¡Mire cómo no se deja bajo la tierra ni a Cristo ni a la Virgen!... Jesús resucita y María sube entre el sol y abre con su frente el azul y desaparece en la hermosura... Y nosotros, ruines, entregamos, abandonamos, hundimos a los muertos, dejando sus cuerpos todavía enteros dentro de negrura horrenda... ¿Que qué importa, dice usted?... ¿Que qué importa el negror al muerto? Cállese, cállese por mi hija; sea piadoso, que usted lo es... Ya sé que no podemos ascender gloriosamente como el Señor... pero ¿para qué están las cumbres? ¡Oh, si yo fuera poderoso!... ¡Yo acercaría al cielo el cuerpo de Lucita, depositándola encima de un monte, guardada entre cristales y alumbrada por lámparas de astros!... Yo no la sepulto, no la sepulto... Le juro que no la enterraré... ¿Dice usted que es preciso enterrarla?

Y volvió a las ventanas abiertas a occidente, y vio caer detrás de las hoscas sierras el arco de luna inflamada.

Después me llamó.

Yo le temía; ansiaba la mañana. Es que no encontraba razones de alivio para este hombre.

Shakespeare ha escrito:

«Las palabras sólo son palabras; y jamás entendí que aplicándolas al oído se haya consolado un corazón traspasado de penas».

Federico me presentó sus manos.

—¿No la vio? Yo ahora lo pienso. Me ha besado las manos Isabel, mi cuñada... Besó aquí, en los dedos de ésta, y aquí... dentro de la palma de ésta... ¿Pero es que se necesita ser muy desgraciados para probar dulzuras?... ¡Dulzuras nuevas, benditas mías, y... me están distrayendo de la hija!... Míreme... Míreme... Soy del todo miserable; me he sorprendido aspirando con delicia el aliento de la noche...

...Amanecía.

Federico alcanzó de la lámpara todas las espigas. Y las olió, mirando hacia la llanada paniega. Viajaron sus ojos por el cielo y la tierra y el mar; y murmuró acerbamente:

—¡Contémplelo todo!... ¡No se nota que haya muerto Lucita!... Pero ¿y si no hubiera muerto? ¿Verdad? O si resucitara y se viera la pobre hija tendida entre cirios. Jesús resucitó a una hija como la mía, la de un príncipe de la Sinagoga, Yo me acuerdo... Vámonos...

Le seguí angustiado.

Junto al cadáver dormitaban la madre y dos viejas.

Federico estuvo escuchando en la boca, en las sienes y en el pecho de la hija... Y le ofrendó el haz de trigos.

Zumbaba una moscarda golpeando las vidrieras.

Isabel apartó al padre y veló con un lenzuelo la cabecita de la muerta.

Y mi amigo postrose en la tierra; descansó la frente sobre el peldaño del balcón y lloró en silencio.

VII. El umbral de la dicha

Le hablaba yo a mi amigo de la intensidad y lumbre de nuestro paisaje levantino.

Amo yo el silencio, quizá por mi demasiada molicie; y en aquella tarde me era de insufridera violencia callar, viendo a Federico retirado en la soledad acerba de su espíritu, hundiéndose en sus entrañas el insaciable pico de sus pensamientos.

Cruzábamos frente al casal del muerto mastín. En la puerta cosía una mujer seca, abrasada, como las tierras rubiales del contorno.

Los chicos perseguían salamandras por las ardientes piedras de ruinas que muraban la noria.

Los árboles del camino, rendidos y sedientos, perdíanse, de tiempo en tiempo, entre espesuras de polvo alzadas al paso de los tranquilos carros de tendales de bóveda. Y el perezoso ruido de las llantas se partía claramente hasta muy remoto.

Ya tramontaba el sol por la apartada ondulación de unas serrezuelas vestidas de un cendal morado, tejido de calina de la llanura y acostados haces de resplandor.

En la era abaleaba el campesino mozo.

Le saludamos y quise saber de su contentamiento, porque ya tenía hembra y quien gobernase la casa.

Y el campesino, reclinándose en el bieldo, dijo:

—Sí; pero ni una gota de lluvia, y se ha de alquilar el riego para las tierras de huerta.

Nosotros descansamos lejos, junto a una alberca enjuta y musgosa. Cruzaban el suelo procesiones de hormigas, que acarreaban celdicas y granos de espigas cosechadas. Alguna vez, sobre el azul, volaba el tamo de oro de las trillas.

Miró la tarde mi amigo, y entonces exclamó:

—...Es todo vida; es todo, y nosotros la reducimos a la nuestra y sólo pensamos pobremente en ella. Y nuestro grito exultante, de triunfo y bendición a la vida, lo dicta un hervor de nuestra sangre...

Después dijo:

—Yo quiero confesarle lo más mío... He aquí que estoy ya muy cerca de la dicha... Usted se asombra, pero fíjese que lo declaro sin exaltarme, muy apagado; tampoco lo digo con romántica tristeza de soñador. ¿Verdad?... ¿Se acuerda de Isabel, de mi cuñada? ¿Se acuerda?... Me besó las manos Isabel. Me besó aquí, dentro de esta mano y encima de los dedos, y olían a sufrimiento, a carne de mi hija viva y ya estaba muerta... Mi hija, al morir, abrió a mi lado una flor de ternura. ¡Pero ha sido ahora!... Yo digo que fue mi hija... ¿Y si no hubiese sido ella? ¿Seré yo, seré yo que busco una sucesión de interés, de deleite en la vida?

Mi amigo quedó yacente sobre la hierba apretada y lozana de la alberca.

Y nos envolvió el intenso silencio campesino, que nos traía voces labriegas.

Después subió la de mi amigo, empañada, rota, como si no fuera para mí su confidencia.

—Me estremezco de ventura nueva, desconocida, cuando me acerco a Isabel y la miro... Es dulce como doncella hermana, y la adivino amante y tengo miedo... ¡A qué temo yo! ¿Pero no es tarde ya para mi alma y para mi cuerpo, no es tarde?... Y esto me lo hablo, me lo digo constantemente para convencerme, para creerlo... ¡Y no es tarde, aún no es tarde! ¡Señor!... ¡Cerca de la vejez, yo, virginal de pasiones que embellecen y abren el vivir, tiemblo ante el aliento de nuevas alegrías de deleite!... ¡Dígame si blasfema mi alma, si tengo derecho a ese goce brotado en la agonía de Lucita! Estamos hundidos entre sombras de fatalidad. ¡Dichosos los que viven sin notarlas!... Soy miserable, ¿verdad? ¡Sí que lo soy! ¡Pero qué culpa tengo, Dios!

Estábamos en mi casa, y Federico, acercándoseme, dijo vehemente:

—Vivimos solos mi mujer y yo. Isabel se ha marchado a Castilla con parientes ancianos que la necesitaban; pero vendrá... Ahora mi mujer y yo solos, solos. Y cuando regreso de mis ambulancias de pintor o subo al estudio, los ojos de mi mujer me siguen, ensanchados, fríos; a veces fulminan acusaciones... Yo sospechaba rencores de celos y me apiadaba de la mujer. Pero me desasía de este pensamiento, porque lo hallaba demasiado ridículo. Es que Angustias casi no parece mujer. ¡Vea usted! ¡Ni soy piadoso siquiera! Es desdichada. No le está bien el martirio y acaso sufra. Sufre, sí que sufre... Y no eran celos. Ayer no pudo dominarse y se abalanzo a mí; me trabó de los hombros, los estrujó —yo recordé a mi padre—, y bramando, dijo:

—¡Tú tienes la culpa de lo que ha pasado con Lucita, tú!

Yo me marché para no estrangularla. (Aún no habíamos hablado de la muerte de la hija; no hemos pronunciado la palabra muerte).

Y he estado pensando toda la noche en la acusación de mi mujer; y he venido a decirle que es cierta: yo tengo la culpa; yo he matado a mi hija... Es inútil que usted lo niegue. Lo digo convencido fríamente; fíjese. Yo la maté. Y no me tomo en serio, porque ni siquiera he sido un malvado. ¡Ojalá, porque siéndolo me creería con razón! Sólo he sido un egoísta. Repare en mí: todo pecho. ¡Qué gallardo! ¿No le parece?

¡Ríase, no tema, porque yo también me río, aunque no me oiga reír! He hablado siempre glorificando la vida, como un griego, y sólo he querido cobardemente la mía, porque me horrorizaba la muerte y me espantaba la idea del enterramiento... Y me di a buscar, delirante, la fuerza de la carne; por eso caminaba, y subía a las cumbres y tragaba el ancho viento del mar. Palpitaba todo de alegría sintiendo resbalar en mi sangre un óleo de salud... Huía de las estrecheces del hogar para no gastarme en sus tribulaciones menudas. ¡Y aún me consideré víctima; hice profesión de martirio! ¡Y entretanto, se quemaba la vida de Lucita; soportaba ella todas las miserias, llorando generosa porque se menospreciaba y violentaba a su padre; su padre, que se refocilaba bestialmente en salud!... Yo sólo he amado mi vida... Y he matado, he matado... He matado ya dos niñas... Vendrá Isabel... ¡Oh mujer! Fragancia de mujer se derrama dentro de todos mis huesos al nombrarla... Nunca me ha sucedido...

Mi amigo enmudeció.

Fuimos a mis rejas. Le vi palidecer, apurarse y llorar.

Y, llorando, dijo:

—Aquellos hombres que me rodeaban en la noche de la muerte, aquellos hombres que yo odié, murmuraron: «El tiempo, el tiempo ha de curarle». ¡Eso es infame! A mí no puede curarme el tiempo. Yo no debo ser remediado, porque yo maté. ¿No se acuerda? Yo maté... Pero ¿y si acertaran, y sucediese que llegara a mi casa y recorriera los campos y me embriagara de mar y me atormentara la venta de un cuadro y temiera la cava de mi necrosis y ansiara fuerza y vivir, habituándome a las acusaciones y quejas de mi mujer, no viendo por ellas lágrimas y ternezas de hija?... ¡Y si yo me curase!...

VIII. Atardecer

Íbamos por la vereda de la rambla seca y fragosa del palmeral.

Y él dijo:

—...Me analizo hasta el sentimiento más leve. Soy como un implacable oído de mí mismo; y espío los rumores, las voces y sacudidas de mi alma, toda mi alma. Y cuando percibo la dislaceración, el quejido de mi carne de vida íntima y sagrada, siento alegría y orgullo y confianza. Es mi grandeza. Y es porque aún sufro. ¡No me curo todavía! Podré no curarme, ¿verdad?... Yo he matado. Le juro que es verdadera mi culpa...

Después siguió:

—Y debo castigarme, pero muy pronto, por si sucumbiera como todos y me distrajese y olvidase... ¿Que no?, dice usted... ¿Que no? Hace usted perfectamente diciéndome que no. Eso, además de ser piadoso, es también lógico; y lo lógico es la justificación de la pobreza, de la cortedad de nuestro entendimiento... ¿No le parece?... ¡Ah! ¿Tampoco es cierto?... Bueno; es que sigue usted siendo lógico...

Mi amigo hablaba fríamente, muy despacio.

Entramos bajo el techo de palmas.

Y en el Oriente del mar se encendió una hoguera de luna; la llama era de sangre y tenía fuerza y palpitar de mirada.

Ascendió muy lenta. Se hizo ascua redonda, y su potente filo hirió las aguas.

Nosotros contemplábamos, inmóviles y devotos, la soberana emersión del astro, y llegó a nuestro espíritu la honda y triste paz del crepúsculo.

Más tarde, mi amigo dijo:

—...Estoy trabajado; siento el cansancio de mi sangre... ¡No me crea presuntuoso! ¡De vanidad sí que está limpia mi alma! He logrado amar la poderosa, la verdadera vida; aún me llegan las ansias y tentaciones de la pasada, de la ruin; pero parece que oigo sus voces remontado en el azul, o como desde las altitudes se oye los ruidos y griterío de las ciudades...

Nos habíamos apartado de las palmeras.

Y entre el boscaje aparecía el incendio del cielo.

Mi amigo cruzó las manos como un místico pidiendo la gracia del Señor, y su voz, de oración resignada, esparciose en la tarde.

—La santa quietud de todo, ¡cómo atrae!... En lo más íntimo de los árboles, de la tierra, del cielo, de las aguas, entra nuestra alma como la abeja se anega en la delicia de una flor, y nuestra alma prueba el sustento de la miel de una sonrisa de generosidad y de unas palabras de Jesús, trémulo de compasión por los hombres afligidos: «¡Venid a mí... venid a las dichas del seno de Abraham... venid a la paz infinita de mi regazo!», clama la Creación. «¡Vosotros, los que estáis trabajados y brumados, y yo os aliviaré!».

...Subió la luna, ya limpia, pálida, acendrada; luna ancha, excelsa, toda; luna de caminante. Y en el mar nació un casto río de luz.

Federico y yo nos despedimos.

De lejos miré la negra figura de mi amigo recortada sobre la inmensidad.

IX. Luna

Quedó la noche desoladora y clara, y parecía más grande que todas las noches... Estaban las aguas en llanura infinita de silencio, y el corazón de este mar se estremecía blandamente de joyas de luna; y después, espesadas, eran un vial de luna, un torrente de las cumbres acostado en el mar, camino de esencia de luna para huella de almas apuradas por el padecimiento...

Comenzaba la lumbre romántica entre los mordidos peñascales costaneros, en la lisura acerada de las arenas, con gotas de luz, algas de luz, rizadas por la suave palpitación de las aguas que llegan de lo inmenso y acaban con humildad, desmayando sobre la espalda de la orilla. Y las gotas y hebras de luna se congelan y van esparciendo el sendero de pureza, y, muy lejos, la lluvia de blancura caída se entrega anchamente a los cielos...

Esplendían las grandes estrellas en soledades de espacio, y del confín oriental se remontaba una nube magna, gloriosa, de espuma, como un bando de cisnes de encantamiento...

Desde las rocas, un hombre contemplaba la noche silenciaria del mar. Tenía desnuda la frente, los brazos rendidos, y en su cabeza y en su pecho poderoso, que se mostraba entre las ropas abiertas, recibía la unción de palidez de luna, como vertida amorosamente sólo para su carne.

Y el hombre descendió de las rocas y tuvo mirada y sonrisa de dulzura para la lumbre bajada a las humildades del arenal y de las peñas, y la misma luna lejana gozaba tendida en los mares yermos, amplios y libres...

Y el hombre avanzó, y sus pies se cubrieron de agua de plata y el frío estremeció su carne y su alma.

Siguió; y subieron las aguas a sus rodillas. Y flaqueó el espíritu del hombre; y volvió su cabeza para mirar la tierra. La ciudad, los montes y los campos se velaban con tules de niebla traspasados de luna, y tenían pureza y bondad de virgen dormida.

Penetró más el hombre, y le ciñó los costados el abrazo de frío y de luna fundida; y otra vez su mirada entrose en la tierra. Entonces tomó, aspirando, de la belleza de la noche romántica y se turbó su alma, como la de Cristo en el huerto del Olivar.

Y viose al hombre retroceder; y su pecho, sus brazos, su cintura, desgranaron agua de luna.

...Pero se detuvo. Levantó al cielo la cabeza, y el astro la alumbró, y resbalaron lágrimas luminosas por sus mejillas.

La nube subía, grande y blanca.

Y en la paz de los mares resbaló una voz afligida que dijo dos nombres de mujer. Y las manos del hombre se juntaron y recogieron agua; y su boca probó amargura al fijarse en los bordes del cáliz de carne; y se angustiaron sus entrañas al llegarles la frialdad y la hiel de las aguas.

Y caminó aterido dentro del camino de luz, resplandeciendo su frente entristecida y socrática. Su pecho se sumergió como la proa de una nave vencida; hundiose su cuello; siguió el lento naufragio de la barba, de las mejillas, de los labios... y al penetrarle mar en la boca, convulsionó toda su cabeza, bañada y viscosa; y surgió, se alzó libertada; y su voz sollozante gritó:

—¡¡Lucita... Lucita... Lucii...!!

La gozosa nube se había desdoblado y pasó, tendida y negra, bajo la magna luna.

Y toda la noche se apagó bruscamente...

...Mas el astro la venció, rasgándola; y las aguas palpitaron en el placer de luz.

Habían quedado desiertas en llanura infinita de silencio y de luna...


Alicante, abril-mayo, 1907.


Publicado el 24 de julio de 2020 por Edu Robsy.
Leído 2 veces.