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Cuento.
41 págs. / 1 hora, 12 minutos / 170 KB.
22 de octubre de 2016.
¡Y bien! amigo mío, ¡Jamás tuve energía para deshacerme de él! Durante sesenta años ha sido mi tormento y mi saciedad. Por complacencia, por debilidad o por aburrimiento lo he soportado. Siempre descontento de mis repugnancias, y siempre atraído por los obstáculos que yo ponía a su pasión, sintió por mí el amor más paciente, más animoso, más prolongado y más aburrido que un hombre haya tenido jamás por una mujer.
Es cierto que desde el momento en que yo lo había erigido en mi protector mi papel en sociedad fue infinitamente menos desagradable. Los hombres ya no se atrevían a buscarme porque el vizconde era un terrible espadachín y un celoso empedernido. Las mujeres, que habían predicho que yo sería incapaz de retener a un hombre, veían con despecho cómo el vizconde permanecía uncido a mi carro; y en mi paciencia para con él, tal vez hubiera algo de esa vanidad que no permite a una mujer parecer abandonada. No había mucho de qué presumir en la persona de aquel pobre Larrieux, pero era un hombre bastante apuesto, tenía corazón, sabía callarse a tiempo, llevaba un gran tren de vida, y tampoco carecía de esa fatuidad modesta que hace resaltar el mérito de una mujer. En fin, además de que las mujeres no desdeñaban en absoluto la fastidiosa belleza que a mí me parecía el principal defecto del vizconde, estaban sorprendidas de la devoción sincera que él me manifestaba, y lo proponían como modelo a sus amantes. Me encontraba pues en una situación envidiada; pero eso, se lo aseguro, sólo me resarcía a medias de los fastidios de la intimidad. Los soportaba no obstante con resignación y le guardaba a Larrieux una inviolable fidelidad. Vea, mi querido joven, si fui tan culpable para con él como usted cree.

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