¿Dó tus hijos están? Oigo són de armas
y de carros y voces y atambores:
Pugna tu prole en extranjeros climas.
Escucha, Italia, escucha. Entrever creo
Un olear de infantes y caballos,
y humo, y polvo, y centellear de espadas,
Como entre niebla lampos.
¿No te reanimas? Los trementes ojos
No osas tornar hacia el dudoso evento?
¿Por quién combaten en aquesos campos
Los ítalos mancebos? ¡Dioses, dioses!
Por otra tierra nuestras armas lidian.
¡Oh sin ventura aquel que cae postrado,
No por sus dulces playas, por la esposa
Casta y fiel é idolatrados hijos;
Mas por extraños, por ageno fuego,
Y no al morir le es dado
Clamar: ¡Patria querida
La vida que me diste hora te entrego!
¡Oh edad antigua, amada y venturosa,
Cuando en tropel las gentes
Por la alma patria á perecer corrían!
Y vos; siempre elocuentes,
Ceñidas siempre de gloriosas palmas,
¡Oh tésalas gargantas! donde Persia
Ni el hado mismo doblegar pudieron
Á algunas libres generosas almas!
Yo pienso que las rocas
Plantas y mares y montañas vuestras
Dicen con vago acento al caminante
Cómo aquella ribera
Cubrió toda de cuerpos
Caros á Grecia, la falanje invicta.
Vil por el Helesponto
Jerjes entonces y feroz fugaba,
A ser ludibrio de la edad postrera,
Y sobre la colina
De Antela, en que expirando
Venció á la muerte la legión divina,
Simónides se alzaba
El campo, el mar, el éter contemplando.
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