Texto: La Esfera y la Cruz
de Gilbert Keith Chesterton


Novela


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La Esfera y la Cruz

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Fragmento de La Esfera y la Cruz

Una barra gris quebró la oscuridad en el Oriente; una espada de plata rasgó la barra gris, y el día se levantó trabajosamente sobre Londres. Desde la escarpadura estéril, detrás de Hampstead, donde estaban, Turnbull y MacIan podían ver a Londres entero abultarse vagamente y ensancharse en los grises de la luz creciente, hasta que el sol claro se alzó, y la espléndida monstruosidad de Londres yació a sus plantas. Sus desconcertantes cuadrados y paralelogramos eran tan compactos y perfectos como los de un puzzle chino; enorme jeroglífico que el hombre debe descifrar, o muere. A los dos les invadía, pero a Turnbull más que al otro, porque conocía mejor el significado de la escena, ese indescriptible sentimiento —como de hallarse ante una fatalidad sublime, arrebatada, conmovedora— que nunca evocan los desiertos, ni el cadáver de un hombre, ni los hombres bárbaros o desidiosos, y que suscita únicamente la contemplación del enorme genio del hombre aplicado a cosa distinta de hacer el bien. Turnbull, demócrata e idealista rancio, había vejado muy a menudo a la democracia, y la vejaba con razón, por su desidia, su snobismo, su depravada reverencia hacia cosas vanas. Tenía bastante razón; porque nuestra democracia tiene una sola falta grave: que no es democrática. Y ahora, tras de haber durante muchos años acusado justamente de sofista y de esclavo al tipo medio de los hombres modernos, tendía la vista desde un descampado de Hampstead y veía lo que valen tales hombres en su papel de dioses. Su obra, allí presente, parecía heroica y divina en sumo grado, a fuerza de ser dudoso que valiese la pena de acabarla.


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244 págs. / 7 horas, 7 minutos.
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Publicado el 5 de febrero de 2017 por Edu Robsy.


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