Texto: El Rostro Verde

Gustav Meyrink


Novela


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El Rostro Verde

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Fragmento de El Rostro Verde

Una princesa rusa fue la única que se permitió la desenvoltura de aplaudir.

Como si nada hubiera ocurrido, todos volvieron a charlar de la manera más natural del mundo.

De pronto, Hauberrisser tuvo la impresión de estar rodeado de fantasmas; pasó los dedos sobre el mantel y aspiró el perfume de almizcle que emanaba de las flores, pero la sensación de irrealidad no hizo más que incrementarse.

De nuevo se oyó el sonido estridente de la campana y las luces de la sala se apagaron.

Hauberrisser aprovechó la ocasión para irse. Una vez en la calle casi se avergonzó de su agitación. En el fondo, ¿qué había sucedido que fuese tan horrible?, se preguntó. Nada que no se hubiera repetido infinitamente en el curso de los siglos de historia de la humanidad, y de manera mucho peor. Una máscara había caído, una máscara que siempre ha ocultado la hipocresía consciente o inconsciente, la falta de temperamento disfrazada de virtud, monstruosidades generadas por los cerebros de monjes ascetas. Durante unos cuantos siglos una imagen morbosa, tan colosal como un templo, había tomado la apariencia de la cultura. Ahora se estaba desmoronando, dejando en evidencia la putrefacción. Un absceso que revienta, por muy nauseabundo que sea su aspecto, ¿acaso no es menos horroroso que su continuo crecimiento? Sólo los niños y los locos, que no saben que los colorines del otoño son los colores de la descomposición, se lamentan cuando en lugar de la esperada primavera llega el mortal noviembre.


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231 págs. / 6 horas, 45 minutos / 47 visitas.
Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.