Crónicas de Clovis

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento



Esmé

—Todas las historias de caza son iguales —dijo Clovis—. Con ellas ocurre lo mismo que con las historias de carreras de caballos: son todas idénticas. Y todas ellas, además…

—La historia de caza que quiero contarte no se parece en nada a ninguna otra que hayas oído antes —dijo la baronesa—. Ocurrió hace mucho tiempo, cuando yo tenía unos veintitrés años, más o menos. Por aquel entonces yo no vivía sola, sino con mi marido, pues ninguno de los dos podía permitirse el lujo de pagarle al otro una pensión de divorcio. Lo cual viene a demostrar que, a pesar de todo lo que se dice en refranes y proverbios, la pobreza mantiene unidas a más familias de las que separa. No obstante, los dos siempre cazábamos en compañía de partidas diferentes. Pero, en fin, dejemos esto a un lado, pues no tiene absolutamente nada que ver con la historia.

—Aún no hemos llegado a la partida de caza. Porque me imagino que todo comienza con la organización de una partida de caza, ¿no es cierto? —dijo Clovis.

—Naturalmente —dijo la baronesa—. Y en ella se encontraban reunidos todos los habituales, en especial mi amiga Constance Broddle. Constance era una de esas mozas robustas y hermosas que uno no puede evitar asociar con el típico paisaje otoñal o con los adornos que se ponen en las iglesias cuando llega la Navidad.

»—Tengo el presentimiento de que algo terrible está a punto de suceder —me dijo aquel día—. Debo de estar algo pálida, ¿no?

»Estaba tan pálida como un tomate que ha recibido de repente una mala noticia.

»—Estás más guapa que nunca —le respondí—. Claro que eso es algo que para ti no entraña dificultad alguna, querida.

»Y antes incluso de que ella hubiese llegado a comprender mis palabras ya nos habíamos puesto todos en marcha, y los perros habían dado con un zorro que se había escondido entre unos macizos de aulagas.

—¡Lo sabía! —exclamó Clovis—. En todas las historias de caza que conozco siempre aparecen zorros y arbustos de aulagas.

—Tanto Constance como yo cabalgábamos sobre excelentes monturas —continuó la baronesa sin alterarse lo más mínimo—, por lo que, aunque aquélla fue una carrera verdaderamente frenética, ninguna de las dos tuvo la menor dificultad para mantenerse en el grupo de cabeza. No obstante, al cabo de un rato debimos de separarnos un buen tramo del resto de la partida, porque cuando nos dimos cuenta habíamos perdido de vista a los perros y nos encontramos avanzando sin rumbo a muchas millas de cualquier lugar conocido. Como comprenderás, aquélla era una situación de lo más desesperante. Yo empezaba ya a notar cómo mi humor iba desapareciendo por momentos cuando, tras atravesar un alto macizo de setos, aparecieron de nuevo, para nuestro alivio, los perros de la partida, los cuales ladraban como locos frente a una hondonada que se extendía justo delante de nosotras.

»—¡Por fin! ¡Allí están! —gritó Constance. Luego, con la voz entrecortada, añadió—: En el nombre del Cielo, ¿qué es eso que están persiguiendo?

»Aquello que los perros perseguían no se parecía a zorro alguno que nosotras hubiésemos visto antes. Era el doble de alto que cualquier zorro normal y tenía una cabeza pequeña y fea, y un cuello grueso y enorme.

»—Es una hiena —exclamé—. Debe de haberse escapado de los jardines de Lord Pabham.

»En aquel preciso instante la bestia, sabiéndose acorralada, se volvió bruscamente y se enfrentó a sus perseguidores. Los perros, que no serían más de una docena en total, formaron un semicírculo frente a su presa y se quedaron allí parados, sin moverse y con aspecto estúpido. Evidentemente, se habían separado del resto de la partida al descubrir y seguir el rastro de aquel animal tan extraño, y no estaban muy seguros de cómo tratar a su presa una vez que la habían encontrado.

»Cuando nos aproximamos al grupo, la hiena nos dio la bienvenida con inequívocas muestras de alivio y docilidad. Parecía acostumbrada a recibir un buen trato de los humanos, mientras que, por el contrario, su primera experiencia con una jauría de perros acababa de proporcionarle una mala impresión. Los perros, por su parte, parecieron más confundidos que nunca cuando su presa comenzó a alardear ante ellos de aquella repentina confianza que acababa de coger con nosotras. En aquel preciso instante el débil sonido de un cuerno de caza se elevó a lo lejos, y los perros aprovecharon aquel sonido como pretexto para batirse discretamente en retirada. Al cabo de unos segundos, Constance y yo nos quedamos a solas con la hiena en mitad del creciente crepúsculo.

»—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Constance.

»—¡Hay que ver qué cosas tienes! —dije yo.

»—Bueno, no iremos a quedarnos aquí durante toda la noche con una hiena, ¿verdad? —replicó ella.

»—No sé qué entenderás tú por bienestar —le dije yo—, pero yo no creo que tenga mucho que ver con permanecer aquí haya o no haya una hiena de por medio. Puede que mi casa no sea un hogar feliz, pero al menos tiene agua corriente, servicio doméstico y otras muchas comodidades que nunca encontraremos aquí. Así que más vale que nos pongamos en marcha cuanto antes hacia ese grupo de árboles que hay allí, a la derecha. Si no me equivoco, la carretera de Crowley queda justo al otro lado.

»Con la hiena pisándonos alegremente los talones, nos dirigimos sin prisa hacia allí por una senda para carretas que apenas se distinguía sobre el terreno.

»—¿Qué demonios vamos a hacer con esa hiena? —preguntó, como no podía ser menos, Constance.

»—¿Y qué se supone que se suele hacer con una hiena? —le pregunté yo a mi vez, irritada.

»—No lo sé. Nunca he tratado con ninguna —respondió Constance.

»—Ni yo tampoco. Pero si por lo menos supiésemos de qué sexo es podríamos ponerle un nombre. Veamos… Quizás podamos llamarla Esmé. Al ser un nombre neutro, serviría en cualquier caso.

»Aunque la tarde avanzaba a gran velocidad, aún quedaba luz suficiente para que las dos pudiésemos distinguir lo que iba surgiendo a ambos lados del camino. Así, nuestros agotados ánimos se recobraron poco después, cuando nos encontramos de repente con un niño gitano medio desnudo que estaba cogiendo moras de un pequeño arbusto. La inesperada aparición de dos mujeres montadas a caballo acompañadas por una hiena hizo que el chiquillo se echase a llorar, por lo que nos dimos cuenta de que no lograríamos de él la menor información útil sobre el lugar en el que nos hallábamos. No obstante, como cabía esperar que hubiese algún campamento gitano por las inmediaciones, continuamos cabalgando esperanzadas. Pero por mucho que avanzamos no encontramos absolutamente nada.

»—Me pregunto qué estaría haciendo aquel niño allí —dijo Constance al cabo de un rato.

»—Evidentemente, coger moras —contesté.

»—No me ha gustado nada su manera de llorar —continuó diciendo Constance—. Es como si, de una u otra forma, su llanto todavía resonase en mis oídos.

»No se me ocurrió reprender a Constance por sus morbosas fantasías, porque, de hecho, la misma sensación de estar siendo perseguida por un insidioso llanto llevaba ya un buen rato castigando mis más que desquiciados nervios. Por el mero hecho de tener a mi lado algo más de compañía, llamé a gritos a Esmé, la cual se había quedado algo rezagada. Con unos cuantos saltos con los que demostró poseer una gran agilidad, la hiena apareció corriendo, nos alcanzó y continuó su carrera hasta dejarnos atrás.

»Fue justo entonces, al pasar aquel animal a nuestro lado, cuando la persistencia de aquel llanto tan horrible quedó súbitamente explicada: el gitanillo iba firmemente sujeto entre las fauces del animal.

»—¡Santo Cielo! —gritó Constance al ver aquello—. ¿Qué demonios vamos a hacer ahora?

»Estoy completamente segura de que cuando llegue el Juicio Final Constance hará más preguntas que quienquiera que esté allí para hacérselas a ella.

»—¿Pero es que no podemos hacer nada? —insistió con los ojos llenos de lágrimas mientras Esmé continuaba avanzando ágilmente por delante de nuestros exhaustos caballos.

»Yo, por mi parte, hice todo lo que se me ocurrió en aquel momento. Me desgañité gritándole a la hiena en inglés y francés, intenté convencerla con órdenes cortas y tajantes, me puse a hacer absurdos e inútiles ademanes en el aire con mi fusta, le arrojé con fuerza mi tartera… En fin, no sé qué más pude llegar a hacer, pero a pesar de todo continuamos avanzando penosamente a través del creciente anochecer con aquella oscura y grotesca figura corriendo delante de nosotras y aquel lúgubre llanto resonando aún en nuestros oídos hasta que, llegados a un punto, Esmé dio un salto y desapareció por entre unos espesos arbustos a través de los cuales nos vimos incapaces de seguirle. Unos segundos más tarde el llanto fue aumentando de volumen hasta convertirse en un agudo chillido de dolor que, de repente, cesó de golpe. Prefiero siempre pasar por alto esta parte de la historia, porque lo cierto es que resulta demasiado desagradable. El caso es que, al cabo de unos minutos, cuando la hiena volvió a reunirse con nosotras, tuvimos la impresión de que aquel animal era perfectamente consciente de que había hecho algo que nosotras desaprobábamos por entero mientras que ella, por su parte, lo veía como algo plenamente justificable.

»—¿Cómo puedes permitir que esa bestia hambrienta permanezca cerca de ti? —preguntó Constance. La pobre estaba más pálida que nunca.

»—En primer lugar, querida, no puedo impedirlo —contesté—. Y, en segundo lugar, permíteme decirte que este animal podrá ser muchas cosas, pero no creo que justo ahora, después del banquete que se ha dado, sea precisamente una bestia hambrienta.

»Un repentino escalofrío recorrió a Constance de pies a cabeza.

»—¿Crees que llegaría a sufrir mucho aquella pobre criatura? —inquirió, empeñada en seguir realizando preguntas absurdas.

»—Todo parecía indicar que sí —contesté—. Claro que, por otra parte, muy bien podría haber ocurrido que aquel chiquillo llorase por una simple rabieta. A los niños les pasa a veces, ¿sabes?

»Era ya casi noche cerrada cuando por fin llegamos a la carretera de Crowley. Nada más comenzar a avanzar por ella, un resplandor de luces y el zumbido de un motor pasaron peligrosamente cerca de nosotras. Un segundo después, un golpe sordo y un agudo chirrido de frenos surcaron el aire. Cuando el vehículo se detuvo, me acerqué a él montada en mi caballo y vi a un joven inclinado sobre una oscura masa que yacía inmóvil junto al borde de la carretera.

»—¡Ha matado usted a mi Esmé! —no pude sino exclamar con amargura.

»—Lo siento muchísimo —dijo aquel joven—. Yo, que soy dueño de unos cuantos perros, puedo imaginarme perfectamente cómo se siente usted, así que haré cualquier cosa para reparar lo que he hecho.

»—Haga entonces el favor de enterrarla lo más pronto posible —dije—. Creo que eso es lo menos que puedo pedirle que haga.

»—Traiga la pala, William —dijo él dirigiéndose al chófer. Resultaba evidente que los entierros apresurados al borde de la carretera eran contingencias contra las que se habían tomado previsoras medidas.

»Llevó algún tiempo cavar una fosa lo bastante grande para el animal.

»—¡Menudo ejemplar! —dijo el viajero mientras hacía rodar el cadáver hasta colocarlo en la zanja recién excavada—. Me imagino que debe de haber sido un animal extremadamente valioso.

»—Quedó segundo en la escuela de cachorros de Birmingham del año pasado —dije resueltamente.

»Constance soltó una carcajada.

»—Deja ya de llorar, querida —me apresuré a decir con la voz entrecortada—. Todo ha pasado muy rápido. No creo que la pobre haya sufrido mucho.

»—Escúchenme un momento, por favor —dijo el joven, visiblemente conmovido—. Permítanme hacer por ustedes cualquier cosa para reparar el daño que les he ocasionado.

»Yo me negué con todo el tacto que me fue posible, pero como él insistió en su empeño, acabé dándole mi dirección.

»Ni que decir tiene que decidimos reservarnos para nosotras mismas lo que había sucedido aquella tarde. En cuanto a Lord Pabham, nunca descubrió la pérdida de aquella hiena. Cuando uno o dos años antes otro animal suyo, uno que en aquella ocasión se suponía que era estrictamente frutívoro, se escapó también de sus jardines, fue requerido hasta once veces para pagar la oportuna indemnización por las molestias ocasionadas a los ganaderos de la comarca, y tuvo que reponer prácticamente en su totalidad los gallineros de todos sus vecinos. Así que, con tal precedente, una hiena fugitiva hubiera podido originar una situación que habría obligado al Lord a solicitar una subvención del gobierno.

»Los gitanos resultaron ser igualmente discretos en lo referente al niño desaparecido. En mi opinión, creo que cuando se trata de un campamento lo bastante grande ellos nunca están seguros del número exacto de niños que llevan consigo.

La baronesa hizo una breve pausa para reflexionar.

—No obstante, la historia no termina aquí —añadió al cabo de unos segundos—. Algún tiempo más tarde me llegó por correo un precioso broche que llevaba grabado el nombre de Esmé sobre una rama de romero magníficamente labrada. Fue por culpa de ese broche que perdí la amistad que durante tanto tiempo me había unido a Constance Broddle. Y todo porque cuando lo vendí decidí, con toda la razón del mundo, no darle a ella nada de lo que a mí me dieron por él. Me limité a señalarle que de todo lo que sucedió aquel día, lo del nombre de Esmé era algo que se me había ocurrido a mí sola y que, por lo que se refería a la hiena en sí, ésta había pertenecido en todo momento a Lord Pabham.

La baronesa calló de repente, pero luego, frunciendo ligeramente el ceño, añadió en un susurro:

—Si es que aquella hiena era en realidad suya, lo cual es algo de lo que yo, a decir verdad, nunca he tenido prueba alguna.

El casamentero

Cuando el reloj de la cocina dio las once, Clovis se acercó a la mesa en la que la cena se hallaba servida con el aspecto y la ansiedad de quien apenas ha probado bocado en todo el día.

—Estoy muerto de hambre —dijo haciendo un enorme esfuerzo para no delatar su voraz apetito mientras se sentaba y miraba a todos lados en busca del menú.

—Ya me he dado cuenta —dijo su anfitrión—. De no estarlo, no sería usted tan puntual. Por cierto, creo que antes de que aceptara usted mi invitación para venir a pasar unos días a mi casa, debería haberle advertido que soy lo que se ha dado en llamar un «reformista de la alimentación», es decir, alguien que apuesta por una dieta estricta y ligera. Así que esta noche, para cenar, me he tomado la libertad de pedir para los dos un par de tazones de leche, algo de pan y unas cuantas galletas. Espero que no le importe.

Durante el resto de su vida, Clovis negaría rotundamente que nada más oír aquello se había puesto mortalmente pálido durante unos segundos.

—No, claro que no me importa. Pero no debería usted bromear con ese tipo de cosas —dijo—. La alimentación es algo más serio de lo que parece. Y pensar que con la cantidad de cosas apetitosas que hay para comer en este mundo haya gente que vaya por ahí comiendo porquerías y, lo que es aún peor, alardeando de ello.

—Me imagino que ahora dirá usted que son como aquellos que se dedicaban durante la Edad Media a ir por todas partes flagelándose sin parar, ¿no es cierto?

—Ellos al menos tenían una buena excusa —dijo Clovis—. Al fin y al cabo, lo hacían para salvar sus almas, ¿verdad? Pero no me diga usted que un hombre que no siente devoción por las ostras, los espárragos y los buenos vinos tiene alma o estómago, porque en realidad no tiene ni lo uno ni lo otro. Lo único que tiene alguien así es un instinto especial para ser desgraciado.

Clovis guardó silencio durante unos felices minutos en los que se dedicó a trabar amistad con un plato de ostras que no tardó en quedar vacío.

—Creo que las ostras son más hermosas que cualquier creencia o religión —siguió diciendo en cuanto hubo acabado con la última—. Es increíble la capacidad que tienen para entregarse a los demás. No sólo nos perdonan nuestra falta de piedad cuando nos las comemos, sino que incluso la justifican y nos incitan a seguir devorándolas. Basta que sean servidas en una mesa para que se conviertan en la razón de ser de ésta. No existe nada en este mundo, ya sea en el mundo cristiano o en el budista, que pueda compararse con la generosidad tan maravillosa de una ostra. Por cierto, ¿le gusta a usted mi chaleco nuevo? Lo estreno hoy.

—Se parece mucho a otros que usted ya tiene, sólo que los otros no son tan bonitos como éste. A propósito, estrenar chaleco a la hora de la cena se está convirtiendo para usted en una verdadera costumbre.

—Dicen que uno siempre ha de pagar por los excesos que comete durante su juventud. Afortunadamente, ese dicho no se refiere a las ropas que uno viste. A propósito, ¿sabe usted que mi madre está pensando en casarse?

—¿Otra vez?

—¿Cómo que otra vez? ¡Pero si es la primera vez que lo hace!

—Bueno, me imagino que respecto a eso estará usted mejor enterado que yo. Pero yo creía que ella ya había estado casada al menos una o dos veces.

—Oh, sí. Tres veces, para ser exactos. Pero lo que quiero decir es que es la primera vez que se ha parado a pensar antes de contraer matrimonio. Las otras veces se casó sin pensar. Aunque, si he de ser completamente sincero, el único que está realmente pensando en su matrimonio soy yo. ¿Sabía usted que hace ya dos años que murió su primer marido?

—Entonces, estará usted sin duda alguna de acuerdo conmigo en que un matrimonio breve es el motivo principal de viudedad.

—Muy ingenioso. Verá usted: un buen día tuve la impresión de que la pobre estaba cada vez más apagada y que comenzaba a deprimirse profundamente. Descubrí el primer síntoma el día en que comenzó a quejarse de que vivíamos por encima de nuestras posibilidades. Al parecer, ella aún no se ha dado cuenta de que hoy día todo ciudadano que se considere a sí mismo decente vive por encima de sus posibilidades, mientras que aquellos que no son tan respetables viven por encima de las posibilidades de los demás. Son sólo unos cuantos los que poseen el don de conseguir las dos cosas a la vez.

—Yo diría que eso, más que un don, es todo un negocio.

—El punto crítico —continuó Clovis— llegó cuando un día, de buenas a primeras, se le metió en la cabeza la idea de que trasnochar es malo. Pronto comenzó a incordiarme diciéndome que nunca regresara a casa más tarde de la una. Imagine usted ese tipo de cosas aplicadas a mí. A mí, que cumplí dieciocho el año pasado.

—Para ser más exactos, ya lleva usted dos años seguidos cumpliendo dieciocho años.

—Bueno, está bien, de acuerdo. Pero eso no es culpa mía. No pienso llegar a los diecinueve mientras mi madre esté empeñada en no pasar de los treinta y siete. Uno siempre debe tener en cuenta las apariencias.

—Si su madre volviese a sentar la cabeza, a lo mejor no le importaría tanto cumplir años.

—Si mi madre creyese eso mismo, casarse sería lo último que se le ocurriría hacer en la vida. Sea como fuere, lo único cierto en todo esto es que cuando una mujer llega sola a una edad difícil siempre acaba por hacerle la vida imposible a los demás. Y eso es precisamente lo que le está ocurriendo ahora a mi madre. Por eso tengo tantas ganas de que se case de una vez.

—¿Y ha elegido usted ya al candidato adecuado? ¿O no tiene más que una idea aproximada y ha decidido dejar el resto en manos del azar?

—Si uno quiere que las cosas se hagan pronto y bien no tiene más remedio que tomar cartas en el asunto. Cierto día conocí a un tipo en un club social, un militar que merodeaba por allí sin nada especial que hacer, y decidí invitarlo a comer a casa con nosotros una o dos veces. Aquel tipo se había pasado casi toda la vida en la India construyendo carreteras, socorriendo a la gente durante las hambrunas, levantando ciudades derribadas por terremotos, y todo ese tipo de cosas que suelen hacerse en las colonias. Era capaz de razonar con una cobra irritada hablándole en quince lenguas nativas diferentes, y era la persona a la que yo acudiría sin dudarlo si alguna vez me encontrase a un elefante tumbado en mi campo de croquet. No obstante, a pesar de todo ello, con las mujeres era un hombre terriblemente tímido e inseguro. Tanto, que no tuve más remedio que disculparle ante mi madre tan pronto como ella y yo nos quedamos solos diciéndole que era un auténtico misógino. Nada más oír aquello mi madre, herida en su orgullo femenino, se propuso coquetear con él usando sus mejores artes, las cuales, por cierto, no son pocas. —¿Y cómo respondió aquel caballero?

—He oído decir que comenta por ahí que está buscando trabajo en las colonias para un joven amigo suyo. De ello deduzco que tiene pensado entrar a formar parte de la familia.

—¡Vaya! Conque un trabajo en las colonias, ¿eh? A ver si ahora va a resultar peor el remedio que la enfermedad.

Clovis apuró su café y borró la incipiente sonrisa que había empezado a asomar en sus labios. Luego, lentamente, le guiñó un ojo a su interlocutor, gesto con el cual parecía querer decir: «Eso ya lo veremos».

Tobermory

Era una tarde fresca y lluviosa de finales del mes de agosto, esa curiosa época del año en la que las únicas perdices que se ven son las que se guardan en la nevera, y en la que no hay absolutamente nada que cazar por ningún lado. Sobre la reunión que dicha tarde tenía lugar en casa de Lady Blemley flotaba un sobrecogedor silencio que mantenía a todos los presentes inquietos y apiñados alrededor de la mesa en la que se hallaba servido el té. No obstante, a pesar del aburrimiento y la apatía que cabría esperar encontrarse en una reunión como aquélla, lo cierto era que no había en los rostros de ninguno de los invitados la menor huella de esa fatigada desesperación que por lo común suelen causar todos esos insoportables conciertos de piano y todas esas aterradoras partidas de bridge a las que tanto se prestan tales ocasiones. Muy por el contrario, la atención de la boquiabierta y sorprendida concurrencia se hallaba por completo concentrada en la fea y no muy agradable persona de Mr. Cornelius Appin. De todos los invitados que habían acudido a ver a Lady Blemley, aquél era el único del que aún no se sabía con precisión a qué se dedicaba. Algunos días antes de la reunión, alguien le había comentado a la anfitriona que Mr. Appin era un tipo «inteligente», y fue por ello por lo que ésta había decidido invitarlo con la esperanza de que al menos una pequeña parte de su inteligencia contribuyese a hacer de aquélla una agradable y entretenida velada. Pero hasta que aquella tarde llegó la hora del té, Lady Blemley se había visto completamente incapaz de descubrir en qué sentido, si es que había alguno, merecía aquel hombre tan halagador calificativo. No era una persona ocurrente ni le gustaba jugar al croquet. Tampoco poseía el menor encanto personal ni era aficionado al teatro. Y en cuanto a su apariencia física, ésta no era precisamente de las que llevan a las mujeres a pasar por alto que el hombre en cuestión posea un elevado grado de estupidez. Y no obstante, a pesar de tener tantas cosas en contra, aquél era precisamente el hombre que tenía cautivados a cuantos se encontraban allí aquella tarde.

Lo que causaba tanto asombro en todos los presentes era el hecho de que Mr. Appin decía haber descubierto algo junto a lo cual inventos tales como la pólvora, la imprenta y la máquina de vapor quedaban reducidos a simples fruslerías. Según él, mientras que la ciencia no había hecho más que dar palos de ciego en todas direcciones a lo largo de las décadas anteriores, él, por su parte, se había encargado de realizar un asombroso descubrimiento que, para hablar con propiedad, estaba más cerca de ser un milagro que un verdadero avance científico.

—Entonces, ¿pretende en serio que nos creamos —dijo Sir Wilfrid— que ha descubierto usted un método para hacer que los animales aprendan a hablar como los humanos, y que nuestro viejo y querido Tobermory se ha convertido en el primer alumno que lo ha seguido con éxito?

—Se trata de una cuestión en la que he estado trabajando durante los últimos diecisiete años —dijo Mr. Appin—. No obstante, sólo he obtenido los primeros resultados verdaderamente satisfactorios a lo largo de estos últimos ocho o nueve meses. Como podrán ustedes imaginarse, durante todo ese tiempo he experimentado con muchas clases diferentes de animales, pero últimamente me he centrado sólo en los gatos, esas extraordinarias criaturas que han logrado adaptarse con una enorme facilidad a nuestro mundo civilizado, al tiempo que han conservado ese instinto salvaje que tienen tan desarrollado. Y de vez en cuando, al igual que ocurre con los seres humanos, uno encuentra entre estos animales inteligencias verdaderamente excepcionales. Cuando hace una semana conocí a Tobermory, me di cuenta enseguida de que me hallaba en presencia de un ser de inteligencia extraordinaria. Por entonces yo no había hecho más que terminar con relativo éxito toda una serie de experimentos. En cambio ahora, con Tobermory, como ustedes le llaman, he logrado por fin el objetivo que perseguía.

Mr. Appin concluyó aquel sorprendente monólogo con una voz de la que había tratado por todos los medios de eliminar cualquier nota triunfalista. Aunque en aquel momento nadie intentó hacer bromas preguntando si al hablar de aquel objetivo se estaba refiriendo a los ratones, los labios de Clovis se movieron como para decir algo que muy bien podría haber estado relacionado con los roedores.

—Entonces, ¿en serio está usted diciéndonos —preguntó Miss Resker después de una breve pausa— que ha enseñado a Tobermory a decir y comprender oraciones sencillas que como mucho no tendrán más de una sílaba?

—Mi querida Miss Resker —dijo armándose de paciencia aquella especie de inventor de milagros—, cuando uno está acostumbrado a tratar con niños pequeños, salvajes y discapacitados mentales y utiliza con ellos procedimientos poco sistemáticos no puede aspirar a otros resultados. Pero si de repente se encuentra con un animal de inteligencia altamente desarrollada, no tiene necesidad de volver a poner en práctica métodos tan imprecisos y debe aspirar a resultados más completos. Tal es así que actualmente Tobermory es capaz de hablar nuestra lengua con total corrección.

—¿Y no haríamos mejor trayendo aquí de una vez a ese gato y juzgando por nosotros mismos? —sugirió Lady Blemley.

Sir Wilfrid salió en busca del animal mientras los presentes tomaban posiciones y se acomodaban a la espera de presenciar lo que imaginaban que no sería más que una hábil sesión de ventriloquismo.

Un minuto después, cuando Sir Wilfrid regresó al salón, su moreno rostro se había vuelto completamente blanco y sus ojos estaban abiertos como platos a causa del asombro.

—¡Dios mío! ¡Es cierto!

Como su excitación parecía inequívocamente sincera, todos los allí reunidos dieron un respingo de sorpresa en sus sillas debido al creciente interés que había invadido la sala.

Tras desplomarse en un sillón, Sir Wilfrid comenzó a respirar con gran dificultad.

—Lo encontré medio dormido en el cuarto de estar —acertó a decir cuando logró serenarse un poco— y lo llamé para que viniera a tomar el té con nosotros. Él se limitó a volver tranquilamente la cabeza y a mirarme fijamente, tal y como siempre hace. Viendo que no respondía, añadí: «Vamos, Toby. No nos hagas esperar». Y fue entonces cuando ese gato… ¡por Dios!, cuando ese gato habló. Arrastrando un poco las palabras y como si fuera lo más natural del mundo, me dijo que se acercaría por aquí cuando le diese la gana. ¡Imagínense ustedes! ¡Cuando oí aquello, estuve a punto de desmayarme!

Mientras Mr. Appin no había hecho más que gastar saliva intentando convencer con su largo monólogo a aquella pandilla de incrédulos, aquellas pocas palabras de Sir Wilfrid lograron que todos ellos se convenciesen por fin de que lo que se había dicho en aquella habitación no era otra cosa que la pura verdad.

Un coro de exclamaciones asustadas, similar al que debió de oírse cuando la torre de Babel fue derribada por la furia divina se elevó en la sala, mientras el científico, por su parte, permanecía sentado y en silencio contemplando aquel intenso alboroto y saboreando las primeras reacciones que acababa de provocar su impresionante descubrimiento.

Fue justo entonces, en mitad de aquel exaltado vocerío, cuando Tobermory entró en la sala y, caminando con mucho cuidado y afectando una premeditada indiferencia, cruzó lentamente la estancia en dirección al grupo que se hallaba sentado alrededor de la mesa.

Un embarazoso silencio se apoderó de repente de todos los invitados. No en vano, la posibilidad de dirigirse a un gato doméstico de tan reconocidas habilidades vocales hablándole de igual a igual era algo que llegaba a resultar verdaderamente espeluznante.

—¿Te apetece un poco de leche, Tobermory? —preguntó Lady Blemley con un hilo de voz.

—Lo cierto es que no me importaría —fue la respuesta que se oyó, llena de indiferencia. Un súbito y nervioso escalofrío recorrió a cuantos la escucharon.

Lady Blemley, incapaz de reprimir su nerviosismo, derramó la leche sobre la mesa de un fuerte manotazo.

—¡Vaya! Me temo que acabo de derramarla casi toda —dijo a manera de disculpa.

—No importa, querida. Después de todo, tampoco puede decirse que tenga mucha sed —fue la respuesta de Tobermory.

Un nuevo silencio cayó sobre los allí reunidos. Luego Miss Resker, sacando a relucir sus mejores modales, le preguntó a Tobermory si el lenguaje humano le había resultado difícil de aprender. Por toda respuesta, Tobermory se limitó a mirarla por un momento y a desviar luego la vista con desgana hasta quedarse mirando distraídamente al vacío. Era evidente que contestar preguntas absurdas quedaba muy lejos de sus intenciones en esta vida.

—¿Qué piensas de la inteligencia de los seres humanos? —le preguntó acto seguido Mavis Pellington con voz un tanto insegura.

—¿A qué seres humanos se refiere usted en concreto? —preguntó a su vez Tobermory con frialdad.

—Oh, pues… a mí, por ejemplo —dijo Mavis soltando una débil risita.

—Me pone usted en una complicada situación —dijo Tobermory con un tono y una actitud que no sugerían que tuviese realmente el menor reparo en contestar con sinceridad—. Cuando se sugirió su presencia en esta reunión, Sir Wilfrid se opuso rotundamente diciendo que era usted la mujer con menos cerebro que había conocido en su vida, y que una cosa era la hospitalidad y otra muy distinta cuidar de deficientes mentales como usted. Lady Blemley le respondió a continuación que su absoluta falta de inteligencia era precisamente lo que la había impulsado a invitarla, pues se le había ocurrido que usted era la única persona en el mundo lo bastante estúpida como para comprarle su coche viejo. Ya sabe usted a cuál me refiero, a ese que sólo sube las cuestas si uno va detrás empujando.

Las negativas de Lady Blemley quizá hubieran servido de algo de no ser porque aquella misma mañana le había sugerido a Mavis, como por casualidad, que el coche en cuestión era justo lo que a ella le estaba haciendo falta desde que se había ido a vivir a su casa de Devonshire.

El mayor Barfield intentó salvar el día cambiando bruscamente de tema.

—¿Y tú qué tal lo pasas con la gata que vive en las cocheras, eh?

Nada más oír aquello todos los demás se dieron cuenta de que el mayor acababa de cometer una grave metedura de pata.

—Ésas no son cosas de las que uno deba hablar en público —dijo Tobermory dirigiéndole una gélida mirada—. Déjeme decirle, no obstante, que por lo poco que he podido observar de sus costumbres y sus modales desde que entró en esta casa, me inclino a pensar que encontraría usted de lo más incómodo que yo sacara a relucir en esta conversación todos sus trapos sucios.

La alarma que siguió a aquellas palabras no afectó solamente al mayor.

—¿Por qué no vas y averiguas si la cocinera tiene ya lista tu cena? —se apresuró a sugerir Lady Blemley fingiendo ignorar el hecho de que todavía quedaban dos horas para que a Tobermory le pusieran la cena.

—Gracias —respondió Tobermory—, pero aún es demasiado pronto. Acabo de tomar el té y no quiero morir de una indigestión.

—Al fin y al cabo los gatos tienen siete vidas, ¿no? —apuntó Sir Wilfrid alegremente.

—Es posible —respondió Tobermory—, pero sólo un cuerpo que se encargue de vivirlas.

—¡Pero, Adelaide! —exclamó Mrs. Cornett—. No estarás animando al gato para que salga ahí y empiece a cotillear sobre todos nosotros delante de los criados, ¿verdad?

La alarma había comenzado a generalizarse debido a un simple detalle que había acudido de golpe a la mente de todos los presentes. La fachada de aquella casa se hallaba recorrida por una estrecha cornisa que, aunque no tenía más objeto que lo puramente decorativo, pasaba por delante de la mayoría de las ventanas del piso superior. Pues bien, el detalle que, con gran consternación, acudió a la mente de los allí reunidos fue el recuerdo de que aquella cornisa era una de las zonas predilectas de Tobermory para pasear a todas horas, y que desde allí podía espiar a sus anchas a las palomas… y sólo Dios sabía a quién más. Si lo que pretendía aquel gato era simple y llanamente comenzar a contar todo tipo de detalles escabrosos en aquel tono tan terroríficamente sincero que llevaba empleando todo el rato, el efecto producido en la audiencia acabaría siendo algo más que simplemente desconcertante. Mrs. Cornett, que acostumbraba pasar muchas horas frente al espejo y cuyo rostro tenía fama de ser una laboriosa obra de restauración, pronto comenzó a tener tan mala cara como el mayor Barfield. Miss Scrawen, a quien le gustaba escribir versos sensuales a pesar de llevar una vida intachable, no pudo disimular su enfado, pues cuando uno es metódico y virtuoso en su vida privada no siempre desea que todo el mundo lo sepa. Bertie van Than, que a los diecisiete años era ya tan depravado que hacía tiempo que, convencido de haber alcanzado el tope, había desistido de intentar serlo todavía más, se puso pálido de golpe, pero al menos no cometió el error de salir corriendo de la habitación como Odo Finsberry, un joven caballero del que se suponía que estaba estudiando para cura y que posiblemente se sintiese incomodado al pensar en los escándalos ajenos que corría el peligro de oír. Clovis, por su parte, tuvo el aplomo suficiente para mantener la compostura mientras por dentro se dedicaba a calcular cuánto tiempo se tardaría en conseguir una caja de ratones con la que poder comprar el silencio de aquel animal tan odioso.

Incluso en una situación tan delicada como aquélla, Agnes Resker fue incapaz de permanecer por mucho tiempo en segundo plano.

—¿Por qué se me ocurriría venir aquí? —preguntó con gran dramatismo.

Tobermory aprovechó de lleno la oportunidad que se le ofrecía.

—A juzgar por lo que le dijo usted ayer a Mrs. Cornett mientras las dos jugaban al croquet, ha venido por la comida. Aunque llegó usted a describir a los Blemley como la gente más aburrida que había conocido nunca, dijo también que habían sido lo bastante inteligentes como para contratar a una cocinera de primera categoría, y que de no ser por eso se las verían y se las desearían para lograr que alguien les visitara de vez en cuando.

—¡No hay ni una sola palabra de verdad en todo eso! Que lo diga, si no, Mrs. Cornett —exclamó Agnes, indignada.

—Mrs. Cornett le repitió más tarde aquel comentario a Bertie van Tahn —prosiguió Tobermory—, y añadió que usted era una auténtica muerta de hambre que sería capaz de ir a cualquier parte con tal de comer cuatro veces al día, a lo que Bertie van Tahn contestó…

Pero entonces, por fortuna para todos los invitados, Tobermory se calló de golpe. A través de los amplios ventanales, había alcanzado a ver fugazmente en el jardín a Tom, el enorme gato amarillo que pertenecía al párroco del lugar, avanzando por entre unos arbustos en dirección al ala del edificio en la que se encontraban las cocheras. En un abrir y cerrar de ojos Tobermory, lanzándose en persecución de su rival, desapareció por entre las cristaleras abiertas.

Una vez hubo desaparecido su brillante alumno, Cornelius Appin se vio acosado por un aluvión de amargas acusaciones, ansiosas preguntas y asustadas súplicas. Según todos los invitados, la responsabilidad de la situación que se había originado recaía directamente sobre sus hombros, razón por la cual le correspondía ahora tomar las medidas necesarias para que dicha situación no acabara agravándose aún más. La primera pregunta a la que se vio obligado a responder fue si Tobermory sería capaz de compartir aquel peligroso don con los demás gatos. Contestó que era posible que hubiese iniciado a su íntima amiga, la gata que vivía en las cocheras, en aquella nueva habilidad, pero que era asimismo poco probable que sus enseñanzas hubiesen podido desarrollarse mucho todavía.

—Puede que Tobermory —le dijo Mrs. Cornett a Lady Blemley— sea un gato muy valioso, además de una gran mascota, pero estoy segura de que estarás de acuerdo conmigo, Adelaide, en que hay que acabar con esos dos gatos sin perder más tiempo.

—Desde luego, querida. No creerás que he disfrutado lo más mínimo durante el último cuarto de hora, ¿verdad? —dijo Lady Blemley con pesar—. Tanto mi marido como yo le tenemos mucho cariño a Tobermory… o al menos se lo teníamos hasta que aprendió esa terrible habilidad. No obstante, eso no quita que ahora lo más importante sea acabar con él cuanto antes.

—Podríamos ponerle estricnina en la comida —intervino Sir Wilfrid—. Después yo mismo me acercaré a las cocheras y me encargaré de matar al otro gato. Al cochero no le va a gustar nada tener que deshacerse de su mascota, pero puedo decirle que ha contraído alguna variedad muy contagiosa de sarna y que tenemos miedo de que la enfermedad pueda extenderse a las perreras.

—¡Pero, en ese caso, mi gran descubrimiento…! —objetó Mr. Appin—. ¡Después de tantos años de trabajo!

—Por mí puede usted coger sus experimentos e irse a realizarlos con los animales de la granja, que al menos están encerrados y a la vista de todo el mundo —dijo Mrs. Cornett—. O, si lo desea, con los elefantes del zoológico. Dicen que son muy inteligentes. Además, tienen para nosotros la enorme ventaja de que no van por ahí espiando por las ventanas ni escondiéndose debajo de las sillas.

Un arcángel que esperase imperturbable para proclamar un fin del mundo que se estuviese posponiendo continuamente a duras penas hubiera podido sentirse más destrozado que Cornelius Appin ante la pésima acogida que había tenido su maravilloso descubrimiento. Tenía a toda la opinión pública en contra. Pero eso no era lo peor; lo peor era que, tal y como estaban las cosas, corría un riesgo enorme de que los allí presentes decidieran aplicarle también a él la dieta de estricnina.

La escasez de trenes y el imperioso deseo de ver todo aquel asunto solucionado de una vez por todas hicieron que el grupo prolongase su estancia en la casa durante las horas siguientes, a pesar de lo cual la cena de aquella noche no fue lo que se dice un éxito social. Sir Wilfrid había protagonizado una penosa escena con la gata que vivía en las cocheras y, por consiguiente, con su dueño el cochero. Agnes Resker dejó ver claramente que había decidido limitar su comida a un mendrugo de pan duro que estuvo mordiendo durante un largo rato como si se tratara de su peor enemigo. Mavis Pellington permaneció sumida en un rencoroso silencio durante toda la comida. Lady Blemley hizo denodados esfuerzos por distraer a sus invitados con lo que ella pensaba que era una conversación, pero durante todo el tiempo que duró la comida fue completamente incapaz de apartar la mirada de la puerta. Y así, el pescado primero y los postres después fueron pasando y no se vio el menor rastro de Tobermory ni en el comedor ni en la cocina.

Aquella cena tan sepulcral contrastó visiblemente con la animada vigilia que tuvo lugar más tarde en el cuarto para fumar. Aunque la comida y la bebida habían servido al menos para aportar un respiro a todo el nerviosismo reinante, el bridge no tardó en quedar descartado en aquella velada tan tensa, y, tras una lúgubre interpretación de «Melisande en el bosque» a cargo de Odo Finsberry, todos decidieron tácitamente dejar también a un lado la música. A las once los criados se retiraron a dormir, pero no sin antes anunciar que la ventana de la despensa había sido dejada abierta, como era costumbre, para que Tobermory dispusiese de ella a su gusto. Los invitados mataron el tiempo releyendo una y otra vez los últimos números de las revistas del momento. Lady Blemley se dedicó a hacer continuas visitas a la despensa, de las que regresaba siempre con una expresión de desesperación que hablaba por sí misma y que hacía innecesaria toda pregunta.

A las dos en punto Clovis rompió aquel agobiante silencio.

—No creo que ese gato aparezca por esta noche. Probablemente en este preciso instante se encuentre en la redacción de algún periódico local dictando la primera entrega de sus numerosos recuerdos, los cuales causarán sensación a partir de mañana mismo.

Tras contribuir de aquella manera al optimismo general, Clovis se fue a la cama. Poco a poco, a intervalos regulares, los demás miembros de la reunión fueron imitándole.

A la mañana siguiente los criados que se levantaron para preparar el desayuno respondieron unánimemente a la única pregunta que les fue formulada. Tobermory aún no había aparecido.

El desayuno fue aún más desazonador que la cena de la noche anterior. No obstante, poco antes de que aquél tocara a su fin, la tensión imperante se vio por fin aliviada cuando un jardinero anunció que acababa de encontrar el cadáver de Tobermory entre unos arbustos. Por los mordiscos que lucía en la garganta y los restos de pelo de color amarillo que podían verse entre sus uñas, parecía evidente que había sucumbido en un desigual combate con aquel enorme gato tras el cual había salido corriendo la tarde anterior.

Cuando llegó el mediodía la mayoría de los invitados ya se habían marchado. Después de comer, Lady Blemley se encontró con los ánimos suficientes para sentarse a escribirle una ofensiva y desagradable carta al párroco del lugar en la que le echaba la culpa a éste de la pérdida de Tobermory, su adorada mascota.

Tobermory, que había sido el único alumno aventajado de Mr. Appin, se vio condenado a carecer de sucesor. No obstante, unas pocas semanas más tarde un elefante del Parque Zoológico de Dresde, que nunca antes había demostrado la menor señal de agresividad, se soltó bruscamente de las cadenas que lo retenían y mató a un caballero inglés que aparentemente le había estado haciendo rabiar durante un buen rato. Los periódicos que recogían la noticia no lograban ponerse de acuerdo a la hora de transcribir el apellido de la víctima, que podía ser algo parecido a Appin o Eppelin, pero por lo que respecta a su nombre de pila éste era invariablemente el mismo en todos ellos y no dejaba lugar a dudas: Cornelius.

—Si su propósito era enseñarle a hablar alemán a aquel pobre animal —dijo Clovis—, no hay duda de que se llevó su merecido.

Mrs. Packletide y el tigre

La mayor ilusión que Mrs. Packletide tenía en este mundo era cazar un tigre. No obstante, aquello no quería decir que la invadiese un irreprimible deseo de matar, o que creyese que cuando abandonase la India lo haría dejando tras de sí un lugar más seguro y civilizado que el que había encontrado al llegar por el simple hecho de dejar una fiera menos en el país. El motivo que de verdad la había impulsado tan de repente a acariciar aquella idea era el hecho de que Loona Bimberton hubiese volado recientemente once millas en avión en compañía de un aviador argelino y no hiciese más que alardear de ello ante todo el mundo. Frente a tal contingencia, solamente una piel de tigre cazada por ella misma y una buena cantidad de fotos en la prensa que celebrasen el evento podrían llegar a contrarrestar satisfactoriamente aquella situación. Mrs. Packletide tenía ya incluso planeado el banquete que daría en su casa de Curzon Street en honor, como no podía ser menos, de Loona Bimberton, y en el que no faltaría una buena alfombra de piel de tigre que acaparase toda la atención y que fuese el principal tema de conversación de todo el mundo. Había llegado incluso a diseñar mentalmente un broche que mandaría hacer con una de las garras de aquel tigre. Broche que, por cierto, tenía pensado regalar a Loona Bimberton con motivo de su próximo cumpleaños.

Todo ello venía a demostrar que, en un mundo en el que los motivos fundamentales que se supone mueven a los hombres son el hambre y el amor, Mrs. Packletide constituía toda una excepción. Cada uno de sus actos y de sus pensamientos se regía principalmente por la antipatía y la envidia que sentía hacia Loona Bimberton.

Como, además, las circunstancias del momento prometían ser altamente propicias, Mrs. Packletide había llegado a ofrecer hasta mil rupias a quien le proporcionase la oportunidad de cazar un tigre, siempre que ello pudiera lograrse sin realizar demasiado esfuerzo y sin correr grandes riesgos. Fue así como, al oír la noticia de tan suculenta oferta, un poblado cercano comenzó a alardear de ser el lugar frecuentado por cierta fiera de respetables antecedentes que, impulsada por una creciente debilidad debida a su avanzada edad, había acabado abandonando la práctica de la caza en plena jungla y limitado su dieta alimenticia a los más pequeños e indefensos animales domésticos.

La perspectiva de ganar mil rupias había despertado en los aldeanos tanto sus instintos cazadores como sus intereses económicos. Por ello, los niños comenzaron a ser apostados noche y día en las inmediaciones de la jungla cercana para dificultar al tigre sus poco probables intentos de regresar a tierras más salvajes. Mientras tanto, las cabras de menor valor eran soltadas en las cercanías del poblado con mal disimulado descuido para mantenerle satisfecho y, por tanto, sujeto a la zona en la que en aquellos momentos se encontraba. En realidad, la única preocupación seria de los nativos era que aquel tigre pudiera morirse de viejo antes de la fecha señalada para la partida de caza planeada por la señora. Por esa razón, las gentes del lugar llegaron a mimar tanto al tigre que por las noches, una vez concluida la jornada de trabajo en los campos de cultivo, cuando las mujeres regresaban a casa con sus hijos más pequeños en brazos, ya no cantaban al pasar por la jungla para no privar de su merecido descanso a aquel venerable ladrón de ganado.

Hasta que por fin llegó la gran noche. La luna brillaba en todo su esplendor y no había una sola nube en el cielo. Mrs. Packletide y una amiga suya llamada Miss Mebbin, a la que había pagado previamente para que presenciase la escena, se hallaban emboscadas en una plataforma que había sido construida en lo alto de un árbol convenientemente situado. Una cabra, cuyos balidos resultaban tan estruendosos que hasta un tigre medio sordo sería capaz de oírlos en una noche tranquila, había sido atada y abandonada a la debida distancia. Y así, con aquellos preparativos, armada con un rifle cuya mira había sido previamente ajustada y con la compañía de una baraja de cartas con la que entretenerse jugando solitarios, aquella auténtica cazadora de pies a cabeza se armó de paciencia para esperar la llegada de su presa.

—¿Debo suponer que corremos algún peligro? —preguntó Miss Mebbin.

No es que se encontrase realmente nerviosa por lo que a la fiera se refería. Lo que le ocurría era que sentía una terrible aversión a realizar un servicio que mereciera un precio mayor que el que le habían pagado.

—Tonterías —dijo Mrs. Packletide—. Se trata de un tigre demasiado viejo. No sería capaz de saltar hasta aquí arriba por mucho que lo intentase.

—Si realmente se trata de un tigre tan viejo como dices, creo que no deberías haber ofrecido tanto por cazarlo. Mil rupias es mucho dinero.

Louisa Mebbin adoptaba siempre aquella actitud protectora y maternal hacia el dinero en general, sin importarle gran cosa cómo se llamase o de qué país fuese. Durante cierta estancia que su familia había disfrutado en un hotel de Moscú, su enérgica presencia había logrado ahorrar una buena cantidad de rublos, que de no ser por ella se hubiera evaporado inevitablemente en propinas. Por lo general, los francos y los céntimos se aferraban a ella como por instinto en circunstancias en las que, tratándose de otras personas, hubieran acabado pasando precipitadamente a otras manos.

No obstante, las preguntas que en aquel momento se estaba haciendo sobre la devaluación del mercado de la caza de tigres se vieron de repente interrumpidas por la entrada en escena de la mismísima fiera en persona. En cuanto ésta vislumbró a la cabra atada, se echó súbitamente al suelo de tal manera que más bien dio la impresión de que, en vez de querer ganar ventaja escondiéndose, tenía la intención de descansar un poco antes de atacar.

—A mí me da la impresión de que ese animal está enfermo —dijo Louisa Mebbin en voz alta y hablando en lengua nativa para que pudiera entenderla el jefe del poblado, que esperaba emboscado junto a un árbol cercano.

—¡Silencio! —exigió Mrs. Packletide.

En aquel momento el tigre comenzó a avanzar lentamente hacia su víctima.

—¡Ahora, ahora! —exclamó Miss Mebbin con entusiasmo—.¡Antes de que llegue a tocar a la cabra! ¡Si lo hace tendremos que pagar también por ella!

El rifle relampagueó con un sonoro estallido y la gran fiera rayada saltó hacia un lado y rodó sobre sí misma hasta quedar completamente inmóvil. Unos segundos más tarde una multitud de enardecidos nativos se congregó alrededor del lugar y comenzó a proferir una serie de gritos que se encargaron de llevar la alegre noticia hasta el poblado, donde un retumbar de tambores coreó los vítores de triunfo. El sonido victorioso de éstos y todo aquel júbilo encontraron eco enseguida en el corazón de Mrs. Packletide, quien no pudo evitar pensar que el banquete que tenía planeado celebrar en cuanto regresase a Curzon Street parecía estar cada vez más cerca.

Fue Louisa Mebbin quien llamó la atención de todos los presentes sobre el hecho de que la cabra estaba agonizando a causa de una mortal herida de bala, mientras que en el cuerpo del tigre no se veía ni el menor rastro de los terribles efectos que suele provocar un disparo. Era evidente que el animal que había resultado herido había sido el animal equivocado, mientras que el tigre había fallecido a causa de un fallo cardíaco provocado sin duda por el repentino estruendo de la detonación y por la propia vejez. Aunque tal descubrimiento irritó comprensiblemente a Mrs. Packletide, lo que resultaba del todo innegable era que, a pesar de todo, había obtenido el tigre muerto que quería, por lo que a los aldeanos, ansiosos por echarle mano a las mil rupias, no les importó aparentar, llenos de júbilo, que creían que a quien ella había abatido era a la fiera. Por lo que a Miss Mebbin se refería, ella había sido un testigo comprado, y precisamente por ello creería lo que le dijesen. Y fue así, con estas premisas, como Mrs. Packletide se dignó ponerse ante las cámaras de la prensa visiblemente alegre y tranquilizada. Poco después su retrato y su hazaña se hacían famosos en las páginas de revistas como el Texas Weekly Snapshot y el suplemento semanal ilustrado del Novoe Vremya. En cuanto a Loona Bimberton, ésta se negó terminantemente a hojear una sola revista durante semanas. Además, como muestra de agradecimiento por el broche hecho con una garra de tigre que había recibido como regalo de cumpleaños, escribió una carta que podría llegar a tomarse como un verdadero modelo de hipocresía debido a la cantidad de emociones reprimidas que contenía. Por lo demás, rehusó rotundamente asistir al banquete, pues, según ella, hay límites más allá de los cuales las emociones reprimidas se convierten en algo sumamente peligroso.

Mrs. Packletide acabó llevándose la alfombra que se había hecho con la piel del tigre a la residencia que tenía en la campiña, donde se convirtió, como era de esperar, en la admiración de todo el condado. Cuando, poco después, Mrs. Packletide fue invitada a un baile de disfraces y decidió acudir disfrazada de Diana, la diosa de la caza, aquella piel demostró ser la vestimenta que más se ajustaba a la ocasión. Rehusó, no obstante, aceptar la tentadora idea que Clovis le sugirió de organizar una fiesta de disfraces ambientada en la época prehistórica a la que todo el mundo debería asistir vestido con pieles de animales cazados por ellos mismos.

—Estoy convencido de que yo tendría un aspecto verdaderamente ridículo —confesó Clovis— sin llevar puesto nada más que un par de pieles de conejo. Pero al menos —añadió dirigiéndole una maliciosa mirada a la diosa Diana— marcaría tanto mi figura como hacen esos bailarines rusos que llevan los pantalones tan ajustados.

—Cómo se reiría todo el mundo si supiesen lo que realmente ocurrió —dijo Louisa Mebbin unos días después de aquel baile.

—¿A qué te refieres? —preguntó inmediatamente Mrs. Packletide.

—A cómo le acertaste a la cabra en vez de al tigre, y a cómo éste murió realmente del susto —dijo Miss Mebbin con aquella risita suya tan desagradable.

—Nadie lo creería —dijo Mrs. Packletide mientras su rostro comenzaba a cambiar de color con inusitada rapidez.

—Loona Bimberton sí —dijo Miss Mebbin mientras el rostro de Mrs. Packletide iba adquiriendo un tono verdoso que le favorecía muy poco.

—Pero tú no serías capaz de hacerme algo así, ¿verdad, querida? —preguntó.

—Bueno… ¿Sabes una cosa? He visto una casita de campo cerca de Dorking que estaría encantada de poder comprar —dijo Miss Mebbin, como dejándolo caer—. Cuesta seiscientas ochenta libras con el terreno incluido. Una auténtica ganga. Sólo que da la casualidad de que no dispongo del dinero.

La preciosa casita de campo de Louisa Mebbin, bautizada por su propietaria con el nombre de Les Fauves , a la que los lirios del jardín confieren un aspecto de lo más encantador durante el verano, es la envidia y la admiración de vecinos y amigos.

«No sé cómo se las arregla Louisa para mantener esa casa siempre tan bonita», era el comentario más usual.

Por lo demás, Mrs. Packletide se tiene a sí misma terminantemente prohibido practicar la caza mayor.

—Siempre pueden surgir imprevistos que acaben ocasionando demasiados gastos —suele responder a quienes le preguntan por qué.

La huida de Lady Bastable

—Sería todo un detalle de tu parte dejar que Clovis se quedara aquí una semana más mientras yo voy al norte a visitar a los MacGregor —dijo Mrs. Sangrail con voz soñolienta desde el otro lado de la mesa en la que se hallaba servido el desayuno. Aquel tono soñoliento y relajado era una estrategia que Mrs. Sangrail solía emplear cuando tenía un especial interés en algo. Con él conseguía que la gente bajara la guardia, y era así como los demás acababan siempre acatando todos sus deseos sin tan siquiera sospechar que en realidad lo que ella perseguía era que le hicieran algún favor. A Lady Bastable, no obstante, no era fácil cogerla por sorpresa. Muy probablemente conociese de antemano aquel tono de voz y lo que ello llevaba consigo. Claro que, aun no siendo así, a quien en todo caso sí conocía era a Clovis.

Lady Bastable observó con el ceño fruncido la tostada que tenía en la mano y comenzó a comérsela muy despacio, como si quisiera dar a entender que masticarla le hacía más daño a ella que a la tostada. De sus labios no terminaba de salir ni una sola palabra que confirmase que Clovis podía permanecer allí disfrutando de su hospitalidad.

—Lo cierto es que me vendría muy bien —continuó Mrs. Sangrail dejando a un lado aquel tono de voz una vez comprobado que no surtía el efecto deseado—. Personalmente, no tengo la menor intención de llevarlo conmigo a casa de los MacGregor. Además, sólo será durante una semana.

—Parecerá más tiempo —gruñó Lady Bastable sombríamente—. La última vez que se quedó aquí una semana entera…

—Ya lo sé —se apresuró a interrumpirla Mrs. Sangrail—, pero de aquello hace ya casi dos años. Clovis era muy joven entonces.

—Pues no ha madurado en absoluto —dijo su anfitriona—. De nada sirve crecer si lo único que se aprende con ello son nuevas maneras de comportarse mal.

Mrs. Sangrail se vio incapaz de discutir sobre aquel punto. Desde que Clovis cumpliera diecisiete años ella no había hecho otra cosa que lamentarse ante todos sus conocidos de la indomable rebeldía del muchacho. Y tantos habían llegado a ser sus lamentos que si alguna vez su hijo hubiese mostrado algún síntoma de enmienda, la única reacción que ello le hubiese provocado a sus amistades hubiese sido simplemente un cortés escepticismo. Por ello, viendo que con aquella táctica seguía sin obtener el resultado que perseguía, optó por dejar a un lado las zalamerías y recurrir al soborno sin ningún tipo de tapujos.

—Si dejas que se quede aquí una semana más prometo perdonarte la deuda de bridge que tienes pendiente conmigo.

Aunque aquella deuda ascendía tan sólo a cuarenta y nueve chelines, el amor que Lady Bastable sentía por los chelines era muy intenso. Perder dinero jugando al bridge y no tener que pagárselo a nadie después era una de esas curiosas experiencias que hacía que los juegos de cartas tuviesen para ella un encanto especial que de otra manera nunca hubieran tenido. Una afición similar era la que sentía Mrs. Sangrail por el dinero que ganaba a los naipes, pero la alentadora perspectiva de dejar a buen recaudo a su hijo durante toda una semana y al mismo tiempo ahorrarse el dinero de su billete de tren la decidió a resignarse a tal sacrificio.

Más tarde, cuando Clovis apareció por fin y se sentó a la mesa para desayunar ya era demasiado tarde: el trato acababa de ser acordado.

—Piensa una cosa —le dijo Mrs. Sangrail empleando de nuevo aquel tono soñoliento—. Lady Bastable ha sido muy amable ofreciéndose a tenerte aquí una semana más mientras yo voy al norte a ver a los MacGregor.

Clovis protestó, pero al no obtener el menor fruto con sus protestas, comenzó a asolar las bandejas del desayuno con un ceño tan fruncido que cualquier consejo de ministros hubiera guardado un repentino silencio nada más verlo. El trato que había sido acordado a sus espaldas le resultaba doblemente desagradable. Por un lado, tenía un especial interés en enseñar a jugar al póquer a los hijos de los MacGregor, pues sabía que éstos tenían el dinero necesario para costearse las clases. Por otro, odiaba con todas sus fuerzas la comida que se servía en casa de Lady Bastable.

Tras observar detenidamente a su hijo durante unos segundos, Mrs. Sangrail se dio cuenta, gracias más que nada a su propia experiencia, de que cualquier muestra prematura de alegría por aquel triunfo suyo podría convertirse en un error imperdonable. Una cosa era encontrar un lugar en el que poder dejar a Clovis y otra muy distinta obligarle a permanecer en él.

Lady Bastable tenía por costumbre retirarse solemnemente a la sala de estar nada más terminar el desayuno, para pasar allí una hora entera hojeando en silencio los periódicos, costumbre aquélla con la que conseguía sacarle el máximo rendimiento al dinero que pagaba por ellos. Aunque la política no le interesaba demasiado, la obsesionaba el desagradable presentimiento de que el día menos pensado tendría lugar un gran levantamiento en el que todos terminarían matándose los unos a los otros. «Sucederá antes de lo que pensamos», solía comentar con aire misterioso y pesimista, cuando en realidad incluso el matemático más experto, aun dotado con los más extraordinarios poderes, hubiera encontrado sumamente difícil calcular la fecha aproximada de tales sucesos a partir de las escasas y confusas premisas sobre las que tal afirmación se asentaba.

Aquella mañana en concreto, cuando Clovis vio a Lady Bastable sentada en medio de tal cantidad de periódicos que parecía una reina en lo alto de un trono de papel, acudió de golpe y porrazo a su cabeza la idea que tan ansiosamente había estado buscando durante el desayuno. Dado que su madre acababa de subir a su cuarto para dirigir los preparativos de su equipaje, dedujo que se había quedado solo en la planta baja en compañía de su anfitriona. Además, claro está, de los criados, los cuales constituían el elemento clave de su plan. Así que, decidiendo llevar éste a efecto, irrumpió repentinamente en la cocina y comenzó a gritar con desesperación:

—¡Pobre Lady Bastable! ¡Por favor, ayúdenme! ¡Deprisa! ¡En la sala de estar!

Un momento después el mayordomo, la cocinera, el paje, dos o tres criadas y un jardinero que por casualidad se encontraba también en la cocina echaron a correr como locos detrás de Clovis en dirección a la sala de estar.

Lady Bastable fue súbitamente despertada de aquel pequeño universo de periódicos que la rodeaba por el sonido que hizo al romperse uno de los jarrones chinos que adornaban el vestíbulo. Unos segundos más tarde, después de que la puerta de la sala se abriera de un empellón, vio cómo su joven huésped se lanzaba como loco al interior de la estancia. Éste, al pasar junto a ella, le gritó: «¡Un levantamiento! ¡Vienen a por nosotros!», tras lo cual salió corriendo por la ventana abierta como alma que lleva el diablo.

El grupo de alarmados criados irrumpió acto seguido en la habitación pisándole los talones al muchacho. Entre ellos se hallaba todavía el jardinero, que empuñaba unas tijeras de podar con las que aquella mañana había estado recortando los setos del jardín. El ímpetu de su alocada carrera les hizo resbalar a todos sobre el pulido suelo de parqué y precipitarse hacia la silla en la que su señora se encontraba paralizada por la sorpresa y el terror.

Si ella hubiese podido disponer aunque tan sólo hubiera sido de un momento para reflexionar, se hubiera comportado, como ella misma fue capaz de explicar posteriormente, con algo más de dignidad. Pero, probablemente debido a la inquietante visión de aquellas tijeras de podar, el hecho es que se puso en pie de un salto y siguió el ejemplo que Clovis le acababa de dar apenas un par de segundos antes: salió disparada por la ventana y echó a correr despavorida por el jardín ante las narices de sus atónitos criados.

La dignidad perdida no es algo que pueda recuperarse así, por las buenas. Tanto Lady Bastable como el mayordomo descubrieron en sus propias carnes que volver a la normalidad después de algo como lo que había ocurrido aquella mañana resultaba casi tan difícil de conseguir como volver a respirar después de estar a punto de perecer ahogado. Un levantamiento, incluso llevado a efecto con la más respetuosa de las intenciones, no puede sino dejar tras de sí incómodas huellas dignas de la vergüenza más absoluta. No obstante, para cuando llegó la hora de comer la tranquilidad y el decoro ya se habían restablecido por completo, como si fuesen lo más natural del mundo. La comida se sirvió en un ambiente tan solemne y gélido que parecía sacado de una obra de arte bizantino. A mitad de ésta, a Mrs. Sangrail le fue entregada, en medio de un grave silencio, una bandeja de plata sobre la que había un sobre. Dentro de éste había un cheque por valor de cuarenta y nueve chelines.

Los hijos de los MacGregor acabaron aprendiendo a jugar al póquer. Al fin y al cabo, tenían el dinero necesario para costearse las clases.

El lienzo humano

—La jerga que emplea esa mujer de allí cuando se pone a hablar de arte me pone enfermo —le comentó cierto día Clovis a un periodista amigo suyo durante una visita a un museo—. No hace más que hablar de este o de aquel cuadro diciendo que son de no sé qué estilo. Repite tanto lo mucho que le gustan que no me extrañaría nada que los llevase tatuados en alguna parte del cuerpo.

—Eso que acabas de decir me trae a la memoria la historia de Henri Deplis —dijo el periodista—. ¿No te la he contado nunca?

Clovis negó con la cabeza. Su amigo carraspeó y tomó aire antes de empezar a hablar.

—Verás: Henri Deplis era un viajante de comercio nacido en Luxemburgo que a menudo tenía que viajar fuera de su país por motivos de trabajo. En cierta ocasión, encontrándose en una pequeña ciudad del norte de Italia, le llegó la noticia de que un pariente lejano que acababa de fallecer le había dejado en herencia parte de su fortuna.

»Incluso desde el modesto punto de vista de Henri Deplis, la cantidad no era muy grande, pero el hecho de verse dueño de algún dinero le impulsó a cometer ciertas extravagancias aparentemente desprovistas de importancia. La más peculiar de todas ellas fue la afición que le tomó a lo que entonces se llamaba «arte local», nombre bajo el cual se agrupaban ciertas artes menores como, por ejemplo, la representada por el Signor Andreas Pincini y sus agujas para realizar tatuajes. Aunque el Signor Pincini era, posiblemente, el más destacado maestro del tatuaje que Italia haya dado jamás, su economía se encontraba por entonces en una situación decididamente crítica. Por ello, accedió entusiasmado a cubrir la espalda de Henri Deplis, desde el cuello hasta la cintura, con una espectacular recreación de la “Caída de Ícaro” por una cantidad que quedó fijada en seiscientos francos. Cuando el diseño fue finalmente ejecutado, Monsieur Deplis se llevó una ligera decepción, pues había creído que aquello de la caída de Ícaro hacía referencia a una fortaleza que Wallenstein había tomado durante la Guerra de los Treinta Años. No obstante, se mostró más que satisfecho con la ejecución de la obra, que fue aclamada por todos aquellos que gozaron del privilegio de contemplarla como la obra maestra de su autor.

»Fue su más grandiosa obra, en efecto, pero también la última. Sin tan siquiera esperar a que le pagaran, aquel insigne artesano pasó a mejor vida. Fue enterrado ante una lápida delicadamente esculpida con las figuras de unos querubines tan minúsculos que apenas le hubieran ofrecido espacio suficiente para la práctica de su arte favorito. No obstante, a pesar de la muerte del artista, la deuda quedaba aún pendiente, pues los seiscientos francos pasaban automáticamente a debérsele a su viuda. Pero he aquí que, poco después, comenzaron a ocurrirle unas cuantas cosas a aquel viajante de comercio llamado Henri Deplis. La herencia que había recibido, acosada por numerosas deudas que fueron cebándose continuamente en ella, se vio reducida a proporciones verdaderamente ridículas. Llegó un momento en que, una vez pagadas una apremiante factura de licores y otras cuentas pendientes, no quedaron más que cuatrocientos treinta francos para pagarle a la viuda. Ésta se mostró comprensiblemente indignada no sólo, tal y como ella misma explicó con claridad, a causa de los ciento setenta francos que aún le quedarían por cobrar, sino también por aquel infame intento de menospreciar el valor de la magistral obra que su difunto marido había realizado justo antes de morir. En el plazo de una semana, acosado por nuevas deudas, Deplis se vio obligado a rebajar todavía más su oferta hasta la cantidad de cuatrocientos cinco francos, lo cual hizo que la indignación de la viuda acabase convirtiéndose en auténtica furia. La mujer decidió entonces anular la venta de la obra de arte. Unos días más tarde Deplis se enteró de algo que le produjo una gran consternación: la viuda había donado la obra al ayuntamiento de Bérgamo, el cual la había aceptado con grandes muestras de gratitud. Monsieur Deplis, que por entonces estaba deseando dejar la ciudad de la manera más discreta posible, se sintió enormemente aliviado cuando sus negocios lo obligaron a trasladarse a Roma, donde tenía la esperanza de que tanto su identidad como la del famoso cuadro pudieran pasar inadvertidas.

»No obstante, por muy lejos que huyese no podía evitar seguir llevando a sus espaldas la carga que para él representaba la obra maestra de aquel artista muerto. Un día, el dueño de unos baños de vapor a los que había acudido lo echó a empujones de su establecimiento alegando que no podía permitir de ninguna de las maneras que la célebre “Caída de Ícaro” quedase expuesta a la vista del público sin el consentimiento previo del ayuntamiento de Bérgamo. El interés público y la estrecha vigilancia a la que las autoridades lo tenían sometido fueron aumentando notablemente conforme el asunto se fue haciendo cada vez más conocido. Llegó un momento en que a Deplis le resultó completamente imposible darse un simple chapuzón en el mar o en el río, ni siquiera en los días más calurosos del verano, a menos que fuese tapado hasta el cuello con un aparatoso traje de baño. Posteriormente, a las autoridades de Bérgamo se les ocurrió la idea de que el agua salada podía llegar a perjudicar a aquella obra de arte, con lo que se publicó una orden judicial en la que se prohibía a perpetuidad al ya de sobra perseguido viajante de comercio bañarse en el mar bajo cualquier circunstancia.

»Estando así las cosas, Deplis agradeció con fervor a sus superiores el que éstos le ofreciesen un puesto de trabajo que acababa de quedarse vacante en la localidad francesa de Burdeos. Sus esperanzas, sin embargo, se agotaron bruscamente en cuanto llegó a la frontera franco-italiana. Un impresionante despliegue de fuerzas policiales le impidió salir del país y aprovechó para recordarle con severidad que las rigurosas leyes italianas prohibían terminantemente la exportación de obras de arte pertenecientes al patrimonio artístico de la nación.

»A todo aquello siguió una serie de tensas negociaciones diplomáticas entre los gobiernos de Italia y Luxemburgo que coincidió con el empeoramiento de la situación política en Europa. Sin embargo, a pesar de lo delicado que llegó a ser todo el asunto, el gobierno italiano se mantuvo en sus trece. Se desentendió por completo de lo que pudiera acaecerle al viajante de comercio Henri Deplis, pero se mantuvo inamovible en su decisión de que la “Caída de Ícaro”, obra tardía de Andreas Pincini y en aquel momento propiedad del ayuntamiento de Bérgamo, no podía salir del país.

»El alboroto que se había levantado se fue acallando con el tiempo, pero el pobre Deplis, hombre de naturaleza más bien retraída, al cabo de unos cuantos meses se vio convertido una vez más en el centro de una encarnizada polémica. Cierto experto en arte llegado de Alemania que había obtenido el pertinente permiso del ayuntamiento de Bérgamo para examinar la famosa obra maestra, declaró que ésta no había sido en realidad ejecutada por Pincini, sino que muy probablemente fuese la obra de algún alumno que el artista había tenido a su servicio durante los últimos años de su vida. El testimonio de Deplis al respecto carecía obviamente de valor debido a que durante la ejecución del tatuaje había permanecido bajo los efectos de algún tipo de anestesia. Poco después, el editor de cierta revista de arte italiana decidió rebatir las opiniones del experto alemán intentando demostrar que la vida de éste no era precisamente un modelo de decencia. Toda Italia y toda Alemania acabaron involucradas en la disputa, y al poco tiempo todas las demás potencias de Europa se unieron a ellas. Se produjeron violentos altercados en el Parlamento español. La Universidad de Copenhague le otorgó una medalla de oro al experto alemán (después, eso sí, de enviar una comisión para que examinase las pruebas que aquél había hallado durante su investigación). En París, un par de estudiantes polacos se suicidaron para dejar bien claro lo que pensaban de todo el asunto.

»Mientras tanto, a aquel pobre lienzo humano le iba de mal en peor, por lo que nadie se sorprendió de que terminase afiliándose a los anarquistas italianos. Al menos en cuatro ocasiones fue conducido hasta la frontera del país en calidad de indeseable por ser extranjero, y otras tantas veces fue devuelto al lugar de partida por ser el lienzo viviente en el que podía admirarse la “Caída de Ícaro”, famosa obra atribuida a Andreas Pincini y realizada a principios del siglo XX. Hasta que un buen día, encontrándose en un congreso anarquista que tenía lugar en Génova, un camarada, en medio de un acalorado debate, le rompió en la espalda una botella llena de ácido. Aunque la camisa roja que llevaba puesta atenuó los efectos del líquido, la “Caída de Ícaro” quedó completamente irreconocible. El agresor fue reprendido severamente por atacar a un miembro del partido, pero, curiosamente, cuando se le condenó a siete años de cárcel, de lo que se le acusó realmente fue de destruir parte del patrimonio artístico nacional. Tan pronto como se le dio el alta en el hospital, Henri Deplis fue deportado a Francia en calidad de extranjero e indeseable.

»Si algún día uno se encuentra dando un paseo por las calles más tranquilas de París, muy especialmente por los aledaños del Ministerio de Cultura y Bellas Artes, es posible que vea merodear por allí a cierto tipo de aspecto alicaído y preocupado. Si uno se detiene a intercambiar algunas palabras con él, sin duda alguna la respuesta que recibirá tendrá un ligero pero inconfundible acento luxemburgués. Pues bien: este hombre sostiene la teoría de que es uno de los brazos perdidos de la Venus de Milo, y alberga la esperanza de convencer algún día al gobierno francés para que lo compre como tal. Sin embargo, dejando a un lado esa curiosa idea que se le ha metido en la cabeza, no es mal tipo. En realidad, yo casi diría que está razonablemente cuerdo.

Hermann el colérico

Fue en la década de los años veinte, una vez terminada la Gran Plaga que devastó toda Inglaterra, cuando Hermann el Colérico, llamado también el Sabio, accedió al trono británico. Como la Gran Enfermedad había acabado con todos los miembros de la familia real, llegando a alcanzar incluso a los miembros de la tercera y cuarta generaciones, Hermann XIV de Saxe-Drachsen-Wachtelstein, que anteriormente había ocupado el trigésimo lugar en el orden de sucesión a la corona, se vio convertido un buen día, contra todo pronóstico, en soberano absoluto del imperio británico. Aquélla fue una más de esas sorpresas que a veces tienen lugar en política cuando las leyes son aplicadas a rajatabla.

Hermann el Colérico acabó convirtiéndose en muchos sentidos en el monarca más progresista que jamás ocupó un trono verdaderamente importante. Tan progresista fue que la gente no era capaz de seguirle a la hora de asimilar tal o cual avance político, económico o social, con lo que el monarca tuvo que acostumbrarse a caminar siempre unos cuantos pasos por delante de sus súbditos. Incluso a sus propios ministros les costaba mucho seguir el ritmo de sus continuas propuestas legislativas, a pesar de ser todos ellos, si bien sólo por tradición, de corte claramente progresista.

—Lo cierto es —admitió un día el Primer Ministro— que nuestra labor se ve obstaculizada cada vez con mayor frecuencia por esas manifestaciones públicas que reclaman insistentemente el sufragio para las mujeres. No sólo se dedican a interrumpir nuestros mítines a lo largo y ancho del país, sino que además están convirtiendo Downing Street en una especie de parque público al que todo el mundo acude para merendar, sentarse un rato y de paso hablar de política. Justo como si se tratase de un picnic.

—Tenemos que ocuparnos de ellos —dijo Hermann.

—Exactamente —dijo el Primer Ministro—. Tenemos que ocuparnos de ellos. Pero ¿cómo?

—Voy a redactarle un anteproyecto de ley —dijo el rey tomando asiento frente a su máquina de escribir—. Vamos a hacer que las mujeres voten en todas las futuras elecciones que se celebren en este país. Observe bien que he dicho hacer que voten. O, si lo desea en otras palabras, vamos a obligarlas a votar. El voto seguirá siendo opcional, igual que hasta ahora, para los hombres. Pero, por el contrario, todas las mujeres de edades comprendidas entre los veintiuno y los setenta años estarán obligadas a votar. Y no sólo a votar en las elecciones que se celebren para el Parlamento, los gobiernos regionales, los consejos provinciales, los consejos de distrito y los municipios, sino también a la hora de elegir a los jueces de instrucción, a los inspectores escolares, a los serenos, a los restauradores de los museos, a las autoridades sanitarias, a los intérpretes de los tribunales de policía, a los profesores de natación, a los contratistas, a los directores de coro, a los encargados de las cámaras de comercio, a los profesores de arte, a los sacristanes de las catedrales, y demás funcionarios locales que iré añadiendo a esta larga lista según se me vayan ocurriendo. Todos estos oficios pasarán a ser electivos. Toda aquella mujer que, residiendo en la zona en la que se celebren elecciones a alguno de estos puestos, no acuda a votar incurrirá en un delito que será castigado con una multa de diez libras. La ausencia ante las urnas, siempre que no esté debidamente justificada por el correspondiente certificado médico, no será disculpada bajo ningún concepto. Haga pasar este anteproyecto de ley a las cámaras del Parlamento y tráigamelo pasado mañana para que lo firme y sancione.

Desde el primer momento, la Ley del Sufragio Femenino Obligatorio apenas produjo muestras de júbilo ni tan siquiera entre los círculos que con mayor insistencia habían exigido el derecho al voto para las mujeres. La mayor parte de las mujeres del país se habían mostrado indiferentes e incluso contrarias a la agitación provocada por las organizaciones que demandaban el sufragio femenino, e incluso los más fanáticos y convencidos sufragistas habían llegado a preguntarse qué era lo que dichas organizaciones veían tan atractivo en el simple hecho de introducir una papeleta en una urna. En los diferentes distritos del país la perspectiva de tener que obedecer lo que estipulaba la nueva ley se veía como una labor sumamente fastidiosa. En los pueblos y ciudades aquello acabó convirtiéndose en una auténtica pesadilla. Parecía que las elecciones no dejaban de sucederse. Lavanderas y costureras tenían que ausentarse apresuradamente de sus trabajos para poder ir a votar, lo cual tenían que hacer muy a menudo por un candidato cuyo nombre no habían oído en su vida y a quien no tenían más remedio que escoger al azar. Oficinistas y camareras se levantaban mucho antes de lo que en ellas había sido siempre habitual para ir a votar antes de emprender el camino a sus lugares de trabajo. Las mujeres de clase alta veían cómo tenían que alterar e incluso anular sus planes y compromisos debido a la continua necesidad de acudir a los centros electorales. Las fiestas de fin de semana y las vacaciones de verano fueron convirtiéndose poco a poco en un verdadero lujo que sólo los hombres tenían la posibilidad de disfrutar. En cuanto a los centros turísticos del estilo de El Cairo o la Riviera, sólo pudieron ser visitados por los inválidos y los más ricos de entre los ricos, pues la cantidad de multas de diez libras que podían llegar a acumularse durante una ausencia demasiado prolongada suponía un riesgo que ni siquiera la gente medianamente rica podía permitirse correr.

A nadie sorprendió, por tanto, que el movimiento en contra del sufragio femenino alcanzase rápidamente una notable envergadura. Tanto, que en poco tiempo la Liga Contra el Sufragio Femenino llegó a rozar el millón de afiliados. Los colores de su bandera podían verse por todas partes, y su himno de batalla, «No queremos votar», se convirtió en un estribillo muy popular. Como el Gobierno no daba señales de estar muy impresionado por aquellas manifestaciones pacíficas, pronto comenzaron a generalizarse otras acciones de carácter más violento. Se interrumpían los mítines públicos, se agredía a los ministros, se cargaba contra la policía y se organizaban huelgas de hambre en las prisiones. En la víspera del aniversario de Trafalgar varias docenas de mujeres se encadenaron unas a otras hasta cubrir por completo la columna de Nelson, con lo que la ofrenda de flores que se acostumbraba realizar allí cada año hubo de ser suspendida. Pero, a pesar de todo, el Gobierno mantuvo obstinadamente su postura de que las mujeres estaban obligadas a votar.

Entonces, como último recurso, a un grupo de avispadas mujeres se le ocurrió poner en práctica algo en lo que, curiosamente, nadie había pensado antes. Se organizó lo que se dio en llamar la Guerra de las Lágrimas. Las mujeres se dividieron en grupos de diez mil cada uno, los cuales, por turnos, se dedicaban a llorar ininterrumpidamente en los lugares públicos de la capital. Lloraban en todas partes: en las estaciones de tren, en los vagones de metro, en los autobuses, en la National Gallery, en los almacenes del ejército y la marina, en St. James’s Park, en los conciertos, en las galerías comerciales… Más de una representación de la por entonces exitosa y excelente comedia El conejito de Henry se vio puesta en peligro por la presencia de amplios grupos de plañideras que no cesaban de llorar por todas partes: en el patio de butacas, en el gallinero, en los palcos… Uno de los divorcios más sonados que tuvo lugar en mucho tiempo en el país se vio privado de casi todo su interés debido al lacrimógeno comportamiento de una gran parte del público presente en los tribunales.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó el Primer Ministro, que no podía quitarse de la cabeza la imagen de las lágrimas de su cocinera cayendo en los platos del desayuno, ni la del rostro lloroso de la niñera cuando salía de la casa aquella mañana para llevar a los niños a dar un paseo por el parque.

—En esta vida hay un momento para todo —dijo el rey—. Por ello mismo creo que ha llegado el momento de ceder. Encárguese de enviar a las cámaras un nuevo proyecto de ley por el que se prive a las mujeres del derecho a votar y tráigamelo para darle mi aprobación pasado mañana.

Mientras el Primer Ministro se retiraba, Hermann el Colérico, llamado también el Sabio, se rió entre dientes.

—Hay muchas otras formas de matar a un gato que simplemente cogiéndolo por el cuello y estrangulándolo —citó—. Aunque, si he de ser sincero, hay veces en que ya no estoy tan seguro de que no sea la mejor manera —añadió.

La cura de no-reposo

Todo empezó durante un viaje en tren.

Clovis llevaba ya un buen rato observando fijamente la maleta de sólida e impecable factura que viajaba en la rejilla portaequipajes situada frente a él, y en la que podía leerse una etiqueta cuidadosamente escrita que rezaba «J. P. Huddle, The Warren, Tilfield, cerca de Slowborough».

El hombre a quien dicha etiqueta hacía referencia iba sentado justamente debajo de la rejilla. Se trataba de un individuo robusto y de aspecto tranquilo, vestido de manera austera, que conversaba lenta y pausadamente. Incluso sin prestar atención a lo que aquel hombre estaba diciendo (lo cual iba dirigido, dicho sea de paso, a un amigo suyo que viajaba a su lado y tocaba principalmente asuntos tan dispares como la escasa altura de los jacintos de su jardín o la creciente oleada de sarampión que estaba afectando a los habitantes de su parroquia), uno podía llegar a adivinar con bastante precisión el temperamento y la forma de ser del propietario de aquella singular maleta. No obstante, éste no parecía muy dispuesto a dejar que ni un solo detalle quedara expuesto a la imaginación de cualquier posible observador, pues su conversación fue derivando poco a poco hacia temas cada vez más personales.

—La verdad es que no sé por qué me siento así —le estaba contando a su amigo—. Aunque aún no hace mucho que cumplí los cuarenta, tengo la impresión de haberme anquilosado de tal manera que creo que he acabado convirtiéndome en un anciano prematuro. Y no soy yo el único: a mi hermana le ocurre exactamente lo mismo. A los dos nos gusta que las cosas estén siempre en el mismo lugar y que ocurran en el momento que les corresponde. Nos gusta que todo sea previsible, preciso, puntual y metódico hasta en sus detalles más insignificantes. Cuando no es así, nos disgusta y afecta muchísimo. Por ponerle un ejemplo de lo más simple, hay un tordo que todos los años construye su nido en un árbol del patio. Este año, sin ninguna razón aparente, lo está construyendo en la hiedra que recubre el muro del jardín. Mi hermana y yo apenas hemos comentado la cuestión, pero creo que ambos estamos de acuerdo en que tal cambio no sólo es innecesario, sino que además resulta un poco irritante.

—A lo mejor es que el tordo de este año no es el mismo de todos los años —apuntó el amigo.

—Ya hemos pensado en ello —dijo J. P. Huddle—, y creo que eso es precisamente lo que más nos fastidia de todo. A nuestra edad, la última cosa del mundo que nos gustaría que ocurriese es que nuestro tordo ya no sea nuestro tordo. Y, sin embargo, como ya he dicho, apenas hemos llegado a la edad en la que este tipo de cosas deban ser tomadas como un verdadero problema.

—Lo que necesitas es una cura de no-reposo —dijo el amigo.

—¿Una cura de no-reposo? Nunca he oído hablar de ese tipo de curas.

—De lo que sí habrás oído hablar, sin duda, es de las curas de reposo que le recetan a la gente que pierde la salud a causa del estrés y las excesivas preocupaciones de la vida diaria. Pues bien, vuestro caso es justo el contrario. Lo que tanto tú como tu hermana estáis padeciendo es un exceso de reposo y tranquilidad, por lo que necesitáis un tipo completamente diferente de tratamiento.

—¿Y adónde hay que ir a buscar esa cura? ¿Qué he de hacer?

—Bueno, puedes recurrir a presentarte como candidato al Parlamento por el condado de Kilkenny en las próximas elecciones, o puedes hacer un viaje a París, o dedicarte a dar conferencias en Berlín para intentar demostrar que la mayoría de las obras de Wagner fueron escritas en realidad por Gambetta. O también puedes hacer una escapadita para conocer Marruecos. Aunque, si te digo la verdad, para que la cura de no-reposo surta verdadero efecto debe ser puesta en práctica en el propio hogar. En cuanto a cómo deberías hacerlo, de eso sí que no tengo ni la más remota idea.

Fue llegados a este punto de la conversación cuando Clovis se puso definitivamente alerta y ya no fue capaz de reprimir por más tiempo sus deseos de escuchar hasta la última sílaba de la conversación que estaban manteniendo los dos amigos. Después de todo, la visita que tenía previsto realizar durante los dos días siguientes a un anciano pariente suyo de Slowborough no le ofrecía una perspectiva demasiado divertida. Así que mucho antes de que el tren se detuviera en la siguiente estación ya había decorado el puño de su camisa con aquella inscripción que rezaba: «J. P. Huddle, The Warren, Tilfield, cerca de Slowborough».

Dos días más tarde, Mr. Huddle interrumpió la tranquilidad de la que su hermana disfrutaba leyendo una revista en la sala de estar. Aquéllos eran el día, la hora y el lugar que ella solía dedicar exclusivamente a leer lejos de toda molestia, por lo que aquella intrusión protagonizada por su hermano se le antojó de lo más irritante. Cuando levantó la vista de su lectura vio que él llevaba un telegrama en la mano, lo cual la alarmó, pues el hecho de que un telegrama llegase a aquella casa era considerado como una especie de señal divina. No obstante, aquel telegrama en particular cayó más bien como una bomba que como un regalo del cielo, pues su texto era el siguiente: «Obispo irá Slowborough para examinar candidatos próxima confirmación. Imposible quedarse en casa parroquial por culpa sarampión. Solicitamos su hospitalidad. Mandamos secretario para organizar preparativos».

—Pero si apenas conozco al obispo. No he hablado con él más que una vez —exclamó J. P. Huddle con el aspecto de alguien que descubre demasiado tarde que al hablar con un obispo desconocido se comete una peligrosa imprudencia.

Miss Huddle fue la primera de los dos en reponerse. Las sorpresas como aquélla le desagradaban tanto como a su hermano, pero su intuición femenina le dijo que incluso a aquella clase de sorpresas había que alimentarlas.

—Podríamos preparar pato al curry para recibirle —dijo.

Aunque no se trataba del día acostumbrado para tomar nada al curry, parecía irremediable que aquel mensaje que acababan de recibir llevase aparejado consigo un obligado cambio con respecto a lo habitual. Mr. Huddle no dijo nada, pero la mirada que le dirigió a su hermana fue más que suficiente para agradecerle aquella muestra de entereza y valor.

—Un caballero joven desea verles —anunció de repente una criada.

—¡El secretario! —exclamaron los hermanos Huddle al mismo tiempo.

Les llevó tan sólo un instante adoptar una actitud seca y estirada con la que parecían dejar bien claro que, aunque consideraban indeseables a todos los extraños, se hallaban siempre dispuestos a escuchar lo que éstos tuviesen que alegar en su propia defensa. El joven caballero que a continuación entró en la habitación con cierto aire altanero no se correspondía ni mucho menos con la idea que Mr. Huddle tenía del secretario de un obispo. De hecho, nunca hubiera llegado a creer que el clero pudiera permitirse tener entre las personas a su cargo a tipos vestidos con aquellas ropas tan caras cuando tenían cosas más urgentes a las que dedicar sus recursos. No obstante, durante un fugaz segundo el rostro le resultó vagamente familiar. Lo cual no era de extrañar, pues si Mr. Huddle le hubiera prestado mayor atención al compañero de viaje que había ido sentado frente a él en el tren dos días antes, podría haber reconocido sin la menor dificultad a Clovis en el lugar ocupado ahora por su visitante.

—¿Es usted el secretario del obispo? —preguntó Mr. Huddle volviéndose de lo más servicial.

—Su secretario de confianza —respondió Clovis—. Pueden ustedes llamarme Stanislaus. El resto de mi nombre no importa. El obispo y el coronel Alberti estarán posiblemente aquí para la hora de la comida. Pero no deben preocuparse: yo estaré también aquí en cualquier caso.

Aquello sonaba igual que el programa de una visita real.

—Así que, si no me equivoco, el obispo va a examinar a los candidatos para la próxima confirmación que va a celebrarse en el pueblo, ¿verdad? —intervino Miss Huddle.

—Aparentemente sí —fue la oscura respuesta que salió de los labios del secretario antes de que éste pidiera un mapa a gran escala de la población.

Clovis se hallaba todavía inmerso en un estudio bastante exhaustivo del mapa cuando un nuevo telegrama llegó a la casa. Iba dirigido al «Príncipe Stanislaus, hospedado en casa del señor Huddle, The Warren, etc.» Tras leer con atención el mensaje, Clovis anunció con solemnidad:

—El obispo y Alberti no estarán aquí hasta bien avanzada la tarde —dicho lo cual volvió a concentrarse en su estudio del mapa.

La comida no fue una velada precisamente alegre. Aquel principesco secretario comió y bebió dando muestras de un buen apetito, a pesar de lo cual rehusó secamente entablar cualquier tipo de conversación. No obstante, una vez hubo terminado de comer premió a los presentes con una amplia sonrisa, agradeció a su anfitriona aquellos deliciosos manjares y besó la mano de ésta mientras se deshacía en elogios. Miss Huddle se turbó tanto que se vio incapaz de decidir si aquella forma de comportarse pertenecía a la pomposa cortesía propia de la época de Luis XIV o más bien a la censurable conducta que los romanos habían demostrado al raptar a las sabinas. Aunque aquel día no le tocaba tener dolor de cabeza, pensó que las especiales circunstancias del momento podrían disculparla por tenerlo, por lo que se retiró a su cuarto para intentar paliar aquel dolor de cabeza tanto como le fuese posible antes de que llegara el obispo. Clovis, por su parte, tras preguntar dónde podía encontrar la oficina de telégrafos más cercana, desapareció al cabo de unos instantes camino del pueblo. Unas dos horas más tarde, Mr. Huddle se reunió con él en el vestíbulo para preguntarle a qué hora llegaría finalmente el obispo.

—Pero si ya se encuentra aquí. Está con Alberti en la biblioteca —fue la respuesta.

—¿Cómo? ¿Y por qué no se me ha comunicado? ¡No tenía ni idea de que ya estuviesen aquí! —exclamó escandalizado Mr. Huddle.

—Nadie sabe que está aquí —dijo Clovis—. Cuanto más en secreto mantengamos este asunto, mejor. Y una cosa: mientras estén en la biblioteca no se le ocurra molestarles bajo ningún concepto. Ésas son las órdenes que han dado.

—Pero, ¿a qué viene tanto misterio? ¿Y quién es ese tal Alberti? ¿Es que el obispo ni siquiera va a dignarse a tomar un poco de té con nosotros?

—El obispo ha venido aquí en busca de sangre, caballero, no a tomar té.

—¡En busca de sangre! —dijo Mr. Huddle ahogando un grito y sin llegar realmente a apreciar que la bomba que aquel día había caído en su casa prometía cada vez más.

—Esta noche va a ser una gran noche en la historia de la Cristiandad —dijo Clovis—. Vamos a aniquilar a todos los judíos de este pueblo.

—¡A aniquilar a los judíos! —exclamó Mr. Huddle, indignado—. ¿Está usted intentando decirme que va a haber un levantamiento generalizado contra ellos?

—Oh, no, qué va. La idea se le ha ocurrido solamente al obispo. Lo que está haciendo ahora mismo en la biblioteca es arreglar todos los detalles del plan.

—Pero, pero… si el obispo ha sido siempre una persona tan tolerante, tan humana…

—Eso es precisamente lo que le dará un mayor efecto a toda la función. Lo de esta noche va a causar verdadera sensación, señor mío. Se lo digo yo.

De aquello último al menos Mr. Huddle estuvo completamente seguro.

—¡Pero le colgarán por ello! —exclamó con convicción.

—Un coche le está esperando para trasladarlo a la costa, donde hay un barco preparado exclusivamente para él.

—Pero si, por otro lado, no hay ni treinta judíos en todo el pueblo —protestó Mr. Huddle, cuya cabeza, después de tantas y tan continuas emociones como las que había recibido hasta el momento aquel día, funcionaba con la misma inseguridad que una línea de telégrafos durante un terremoto.

—Nosotros tenemos una lista con veintiséis nombres —dijo Clovis mostrando un pequeño fajo de papeles—. Podremos ocuparnos de ellos sin problema ninguno. Y si al final resulta que hay más de veintiséis, entonces mejor que mejor.

—Pero, vamos a ver, ¿está usted intentando decirme que tienen planeado atacar a alguien como Sir León Birberry? —balbuceó Mr. Huddle—. ¡Pero si es uno de los hombres más respetados y queridos de este país!

—Pues está en nuestra lista, caballero —dijo Clovis sin darle la menor importancia a la cuestión—. Al fin y al cabo, tenemos con nosotros a hombres en los que podemos confiar plenamente a la hora de llevar a cabo la misión, por lo que no tendremos que rebajarnos a pedirle ayuda a los del pueblo. Además, algunos boy-scouts también suelen echarnos una mano en ocasiones como ésta.

—¡¿Boy-scouts?!

—Así es. Cuando comprendieron que esta vez habría algo más que sangre de por medio se mostraron más entusiasmados incluso que los hombres.

—¡Esto va a ser una auténtica catástrofe! ¡Y en pleno siglo XX! ¡Y en mi propia casa!

—Así es, caballero. Su casa va a ser el centro de operaciones. ¿Ha llegado usted a pensar que la mitad de los periódicos de Europa y Estados Unidos publicarán fotos de ella? A propósito, me he tomado la libertad de enviar a la prensa algunas fotos de usted y de su hermana que encontré por casualidad en la biblioteca. Espero que no les importe. También les he enviado un dibujo de la escalera que sube al primer piso, dado que la mayoría de las muertes tendrán lugar allí.

Aunque las emociones que por entonces asaltaban a J. P. Huddle eran lo bastante intensas como para quedar fuera de todo intento de descripción, el hombre se las arregló para decir entrecortadamente:

—Pero si no hay judíos en esta casa.

—En este momento no —dijo Clovis.

—Ahora mismo voy a ir a ver a la policía —gritó Mr. Huddle de repente, haciendo enérgicos ademanes.

—No se lo aconsejo —dijo Clovis—. Ahí fuera, entre los arbustos, hay apostados diez hombres que tienen órdenes de abrir fuego sobre cualquiera que salga de esta casa sin que yo haya realizado previamente una señal de aviso. Asimismo, otro grupo de hombres armados se halla emboscado junto a la puerta principal. Mientras tanto, los boy-scouts se encargan de vigilar la parte trasera.

En aquel momento llegó desde la calle el alegre sonido del claxon de un coche. Nada más oírlo, Mr. Huddle echó a correr hacia la puerta del vestíbulo sintiéndose como un hombre que acaba de despertarse de una pesadilla. Sin atreverse a salir al exterior, se detuvo en el umbral y permaneció allí mirando impaciente a Lord Birberry, quien se había acercado hasta allí en su propio coche.

—Recibí su telegrama —le dijo el recién llegado a Mr. Huddle—. ¿Qué es lo que ocurre?

¿Telegrama? ¿Qué telegrama? Aquél parecía ser el día mundial de los telegramas.

Lord Birberry le enseñó un pequeño papel alargado. «Venga enseguida. Urgente. James Huddle». Tal era el texto que el dueño de la casa leyó con sus propios y desconcertados ojos.

—¡Ahora lo entiendo! —exclamó de repente con la voz temblorosa. Acto seguido, tras dirigir una agónica mirada a los arbustos del jardín, cogió de un brazo a su estupefacto amigo y lo metió de un tirón dentro de la casa.

Aunque no hacía más que un momento que acababa de servirse el té en el salón, el por entonces completamente aterrorizado Mr. Huddle decidió que lo mejor que podía hacer era llevarse a sus invitados lo más deprisa posible al piso de arriba, aunque tuviese que ser a rastras, sin darles siquiera tiempo para protestar. Así, al cabo de unos minutos, todos los que en aquel momento habitaban la casa se encontraron sin quererlo ni beberlo escaleras arriba disfrutando de una momentánea seguridad.

Mientras tanto, en el piso de abajo, Clovis, a solas, honraba con su presencia el té recién servido. Los fanáticos que aún ocupaban la biblioteca se hallaban evidentemente demasiado absortos en sus monstruosas maquinaciones como para perder el tiempo tomando una taza de té y unos pedazos de pan tostado. Cuando sonó el timbre de la casa, el joven acudió para abrir la puerta y dejar entrar a Mr. Paul Isaacs, zapatero y concejal del ayuntamiento, el cual también había recibido una invitación que le apremiaba a acudir a casa de los Huddle. Con una efusiva muestra de falsa cortesía que a un Borgia le hubiera costado mucho superar, el secretario escoltó a aquel nuevo prisionero hasta lo alto de las escaleras, donde su forzoso anfitrión le estaba esperando.

Lo que siguió a continuación fue una larga vigilia que transcurrió lentamente a base de observar y esperar. Una o dos veces Clovis salió de la casa para acercarse a los macizos de arbustos, tras lo cual acababa siempre regresando a la biblioteca con el fin, obviamente, de realizar un breve informe de sus inspecciones. Cuando llegó el cartero encargado del reparto de la tarde, Clovis cogió las cartas que éste le entregó y las subió acto seguido al primer piso haciendo gala de una puntillosa cortesía. Tras efectuar una última salida, se acercó nuevamente a la escalera y subió la mitad de los peldaños para darle una noticia a los cautivos.

—Los boy-scouts confundieron mi señal y han matado al cartero. Como pueden ver, yo no tengo mucha práctica en este tipo de cosas. Pero no se preocupen. Les prometo que lo haré mejor la próxima vez.

La criada, que era precisamente la prometida del cartero, se echó a llorar y comenzó a proferir unos sonoros lamentos.

—Recuerda que a tu señora le duele la cabeza —le dijo J. P. Huddle dejando bien claro que la jaqueca de su hermana era más importante que la muerte de cualquier cartero.

Clovis bajó apresuradamente las escaleras y, tras una breve visita a la biblioteca, regresó con un nuevo mensaje.

—El obispo dice que lamenta muchísimo que a la señora le duela la cabeza. Para molestarla lo menos posible, ha ordenado que no se empleen armas de fuego en la casa. Cuando se mate a alguien aquí dentro, se hará degollándolo con un cuchillo, con lo cual no se armará ruido. Como podrán comprobar, además de ser un buen cristiano, al obispo le gusta comportarse como un auténtico caballero.

Aquélla fue la última vez que los habitantes de la casa oyeron o vieron a Clovis. Ya eran casi las siete en punto de la noche y al anciano pariente al que Clovis había ido a visitar le gustaba que el muchacho se vistiese adecuadamente para cenar. No obstante, aunque les había dejado para siempre, la sola idea de que aún estuviese merodeando por allí les impidió bajar a inspeccionar el piso inferior de la casa durante las largas horas que pasaron en vela durante toda aquella noche. Cada crujido que se oía en las escaleras y cada susurro que el viento le arrancaba a los arbustos al soplar por entre sus hojas les provocaban desagradables escalofríos y les hacían temer lo peor. Y allí permanecieron hasta que, aproximadamente a las siete de la mañana siguiente, el ayudante del jardinero y el cartero que hacía el reparto matutino lograron convencer a los reclusos de que ya no había peligro alguno a la vista.

—Me parece a mí —se decía en aquel preciso instante Clovis mientras viajaba en el tren que lo llevaba de vuelta a la ciudad —que, después de todo, en esa casa no me van a estar muy agradecidos por la cura de no-reposo que les he dado a todos.

Las burlas de Arlington Stringham

Cierto día, a Arlington Stringham se le ocurrió hacer un chiste en la Cámara de los Comunes. Fue un juego de palabras bastante sutil acerca de los muchos aspectos diferentes que constituían, muy en particular, a la raza anglosajona . Aunque es posible que al decir aquello no tuviese intención de hacer reír a nadie, no pudo evitar que uno de los miembros de la Cámara, que no quería que se pensara que estaba dormido por el simple hecho de que justo en aquel momento tuviese los ojos cerrados, se echara a reír. A la mañana siguiente un par de periódicos hicieron referencia a aquella anécdota hablando de «una risa» (así, entre comillas), mientras un tercero, notorio por la falta de profesionalidad e interés que prodigaba a las noticias políticas que publicaba, habló de «una carcajada». Muchas cosas a menudo comienzan de esta manera.

—Arlington hizo un chiste en la Cámara anoche —le dijo Eleanor Stringham a su madre—. En todos los años que llevamos casados ninguno de los dos ha contado jamás un solo chiste. Por eso mismo no me gusta que se cuenten ahora. Mucho me temo que esto va a marcar el principio de un distanciamiento entre los dos, de una grieta en la pared, por así decirlo.

—¿A qué pared te refieres, querida? —preguntó su madre.

—A ninguna, mamá. No es más que una cita que he leído en algún sitio —respondió Eleanor.

Decir que algo no era más que una cita leída en algún sitio era, en opinión de Eleanor, una excelente manera de evitar discusiones sobre cualquier opinión que ella tuviese el valor de manifestar.

Como era de esperar, Arlington Stringham continuó avanzando por el peliagudo terreno del humor irónico en el que el destino parecía haberle reservado un lugar.

—Este país está todavía muy verde. Claro que, a fin de cuentas, ése es el color que le corresponde —le comentó a su esposa un par de días más tarde .

—Eso ha sido muy, pero que muy ingenioso. Es más, me atrevería a decir que es incluso inteligente. Pero mucho me temo que no termino de verle la gracia —observó ella con frialdad.

Si Eleanor hubiese sabido lo mucho que a su marido le había costado hacer aquel comentario, posiblemente lo hubiese acogido con mejor ánimo. No en vano, lo que tiene de trágico el esfuerzo humano es que a menudo discurre de manera invisible para los demás, por lo que éstos no tienen oportunidad de apreciarlo.

Arlington no dijo nada. Pero no lo hizo porque se sintiese herido en su orgullo, sino porque no conseguía encontrar nada adecuado que responder. Eleanor confundió aquel silencio de su marido con una altanera postura de superioridad, lo cual hizo que su enojo se transformase rápidamente en una hiriente pulla.

—Harías mejor en decirle ese tipo de cosas a Lady Isobel. No tengo la menor duda de que ella sabría apreciarlas mucho mejor que yo.

Lady Isobel era una mujer a la que era habitual ver por todas partes paseando a un enorme collie de color beige en una época en la que todo el mundo tenía un pequinés. En cierta ocasión, para escándalo de todos los presentes, había llegado a comerse hasta cuatro manzanas verdes cogidas directamente del árbol durante un té que se había celebrado en el jardín botánico. Por cosas como ésas a la mujer se le atribuían un carácter de lo más extravagante y un sentido del humor de lo más grosero. Las malas lenguas aseguraban que dormía en una hamaca y que era capaz de entender los poemas de Yeats, si bien su familia negaba rotundamente tales historias diciendo que no eran más que habladurías.

—La grieta en la pared se está convirtiendo poco a poco en un auténtico abismo —le dijo Eleanor a su madre aquella misma tarde.

—Si yo fuera tú, no le contaría esas cosas absolutamente a nadie, querida —le respondió la anciana después de reflexionar durante un largo rato.

—Ni que decir tiene que es un tema tan personal que no hablaría de él con cualquiera, mamá —dijo Eleanor—. Pero ¿por qué no voy a poder contárselo absolutamente a nadie?

—Pues porque es totalmente imposible que haya un abismo en una pared, hija mía. No hay espacio suficiente. ¿Es que quieres que te tomen por loca como a esa pobrecilla de Lady Isobel?

La actitud de Eleanor ante la vida no mejoró ni una pizca a medida que fue pasando aquella tarde. Para colmo de males, el criado que había mandado a la biblioteca para que le llevase algo para leer se había equivocado de libro y le había traído una obra que se le antojó completamente falta de interés, pero, resignada, acabó sentándose a leerla. Aquel inapetecible tomo parecía ser una insulsa recopilación de apuntes sobre el mundo de la naturaleza que el autor parecía haber escrito para las páginas de alguna revista sumamente aburrida. Además, cuando se tiene uno de esos pésimos días en los que todo lo que nos rodea nos parece lamentable y deprimente, resulta de lo más irritante leer algo como: «los gráciles y delicados pájaros escribano, que afortunadamente se encuentran ya con nosotros, muestran con orgullo y esplendor los radiantes colores de sus preciosos plumajes desde las copas de los arbustos y la cima de cada colina». Por añadidura, todo aquello sonaba escandalosamente falso y artificial porque, una de dos: o bien en aquella región no había ni arbustos ni colinas, o bien el país entero debería hallarse completamente abarrotado de pájaros escribano. Pero, en fin, pensó Eleanor, por una cuestión tan estúpida como aquélla no merecía la pena perder el tiempo devanándose los sesos.

Mientras tanto, el criado permanecía allí de pie, con su pelo pulcramente cepillado y peinado, y aquel aire de insensibilidad e indiferencia hacia los deseos y pasiones del resto del mundo. Eleanor odiaba a aquella clase de muchachos, y en cuanto a aquél, de buena gana se hubiera entretenido a menudo azotándole. Quizás fuese aquello una de las cosas que más echaba en falta por el hecho de no tener hijos.

Tras armarse de valor y elegir al azar un nuevo párrafo, leyó: «Si uno se tiende sobre el mullido suelo sin llegar a quebrar el dorado silencio y se esconde entre los helechos y las zarzas que crecen a los pies del serbal, podrá ver, casi cada atardecer de principios de verano, una graciosa pareja de currucas correteando alegremente de acá para allá por entre las ortigas y demás malezas entre las que suelen ocultar sus adorables nidos».

¡Pero qué cosa tan insufrible de leer! En las circunstancias en las que se encontraba su humor, Eleanor ni siquiera se hubiera dignado ver ni la más brillante de todas las comedias que por entonces se representaban en el Teatro Real. Y si por casualidad alguien le hubiese propuesto observar cómo las graciosas currucas correteaban alegremente de acá para allá por entre las ortigas en pleno verano, aquella proposición le hubiese sentado como un insulto abiertamente ofensivo a su inteligencia. Dando muestras de una incontenible impaciencia, decidió dedicar su atención al menú de la comida, que el criado, muy atentamente, acababa de llevarle como si le estuviese proponiendo una alternativa de lectura más apetecible que la que le ofrecía el libro. No obstante, cuando la señora leyó «Conejo al Curry», la expresión de desagrado que cruzaba su frente (ya de por sí cubierta de arrugas) se acentuó todavía más, pues conocía sobradamente la curiosa teoría que sostenía su cocinera sobre la atracción entre los cuerpos (sobre todo si aquellos cuerpos eran alimentos), según la cual si uno se limitaba a poner juntos en un plato un conejo y un poco de curry, el resultado sería invariablemente conejo con curry. Para colmo, la señora recordó que Clovis y el odioso Bertie van Tahn estaban invitados a cenar en su casa aquel día. Seguramente, pensó Eleanor, si Arlington supiese lo mucho que ese día tan horrible había puesto a prueba sus pobres nervios, no dudaría en abstenerse de hacer esos chistes a los que tanto se había acostumbrado.

Aquella noche, durante la cena, fue la propia Eleanor quien mencionó el nombre de cierto hombre de estado, a quien en aras de la decencia ocultaremos bajo el seudónimo de X.

—X —dijo Arlington— tiene el alma de un verdadero patán.

Aquél era un comentario que convenía tener a mano últimamente, sobre todo si uno estaba metido en política, pues podía ser aplicado con idéntico acierto al menos hasta a cuatro importantes hombres de estado del momento, que cada día se disputaban encarnizadamente el honor de recibir dicho apelativo.

—Pero si los patanes no tienen alma, querido —dijo la madre de Eleanor.

—¿Ah, no? Pues es una suerte que no la tengan —dijo Clovis—. Se pasarían la vida perdiéndola a cada momento mientras gente como mi tía malgastan su tiempo levantando misiones de caridad para ayudarles, alegando lo maravilloso que es enseñarles a ellos y que ellos a su vez enseñen a los demás.

—¿Y qué es lo que uno puede aprender de un patán? —preguntó la madre de Eleanor.

—Dicen que mi tía llegó a aprender humildad de alguien que una vez fue ministro —dijo Clovis.

—Yo me conformaría con que la cocinera aprendiese a cocinar al curry. O, por lo menos, a tener el suficiente sentido común como para no intentarlo siquiera —dijo Arlington brusca y cruelmente.

La expresión que lucía Eleanor en su rostro se suavizó. Aquel comentario había sido propio de los viejos tiempos, de cuando aún no había ningún abismo abierto en la pared. No obstante, fue al día siguiente, durante el debate que precedió a una votación celebrada en el Ministerio de Asuntos Exteriores, cuando Arlington Stringham hizo aquel famoso comentario suyo que decía: «Los habitantes de Creta, al ser, por desgracia para ellos, tan escasos en número, se empeñan en protagonizar más episodios de la Historia de los que ellos mismos, siendo tan pocos, pueden contar». Aunque no se trataba de un comentario excesivamente brillante, se oyó en mitad de un aburridísimo discurso, con lo que a los presentes llegó a resultarles incluso gracioso. Los más viejos del lugar, con la cabeza llena de malos recuerdos, llegaron a decir que les había recordado a Disraeli.

Fue una amiga de Eleanor, una tal Gertrude Upton, quien llamó la atención de la señora sobre el más reciente fruto del ingenio verbal de Arlington, pues por aquel entonces Eleanor procuraba no leer nunca los periódicos.

—Supongo que es un comentario de lo más ingenioso —comentó nada más escuchar la noticia de labios de su amiga.

—Por supuesto que lo es, querida —dijo Gertrude—. Todos los comentarios de Lady Isobel lo son. Tanto que, afortunadamente, por mucho que se repitan, una nunca se cansa de oírlos.

—¿Cómo has dicho? ¿Estás segura de que ese comentario es de Lady Isobel? —preguntó Eleanor.

—Pues claro que lo estoy, querida. La he oído decirlo docenas de veces.

—Así que es de ahí de donde él saca ese sentido del humor tan curioso, ¿eh? —dijo Eleanor lentamente mientras alrededor de su boca iban apareciendo unas arrugas cada vez más profundas.

La muerte de Eleanor Stringham a causa de una sobredosis de cloruro, ocurrida al término de una temporada de relativa tranquilidad, levantó una buena cantidad de rumores y especulaciones. Clovis, atribuyendo aquella tragedia a la excesiva importancia que en aquella casa parecía dársele al curry, se unió al dolor de los familiares.

Y, como era de esperar, Arlington nunca descubrió la verdad. Por ello podría decirse que la mayor tragedia de su vida fue precisamente perderse el mayor efecto que causaron nunca sus jocosos comentarios.

Sredni Vashtar

Cuando Conradin tenía diez años, el doctor pronosticó que no tardaría ni cinco más en morir. Aunque el doctor era un tipo amanerado y pusilánime cuya opinión apenas contaba para nada, su parecer gozaba de la aprobación de Mrs. De Ropp, a quien había que tener en cuenta para casi todo. Mrs. De Ropp era la prima y tutora de Conradin, y a los ojos del chico representaba esas tres quintas partes del mundo circundante que están formadas por lo inevitable, lo desagradable y lo real, mientras que los dos quintos restantes, como en una perenne oposición a todo lo anterior, se resumían para él en sí mismo y en su imaginación. Conradin estaba firmemente convencido de que el día menos pensado acabaría sucumbiendo ante la insalvable presión que sobre él ejercían cosas tan inevitables como las enfermedades, la ausencia de afecto y el interminable aburrimiento, y de no ser por su imaginación, que se veía estimulada por el acoso implacable de la soledad, haría ya tiempo que hubiese pasado a mejor vida.

Mrs. De Ropp jamás hubiera sido capaz de reconocer, ni siquiera en sus momentos de mayor honestidad, que Conradin le desagradaba, si bien sí hubiera llegado a confesar tímidamente que reprenderle «por su bien» era una tarea que no le resultaba irritante en lo más mínimo. Por ello Conradin la odiaba con una intensidad que había aprendido a disimular a la perfección. No en vano, todos aquellos escasos placeres que era capaz de idear por sí mismo le resultaban mucho más gratos cuando se tenían en cuenta, por un lado, la posibilidad de que disgustaran a su tutora, y por otro, el hecho de que ésta se hallase por entero excluida del reino de su imaginación como si se tratase de un ser maligno que nunca debiera encontrar el camino de entrada.

En el triste y sombrío jardín, vigilado por tantas y tantas ventanas que parecían siempre a punto de abrirse para dar paso a alguna reprimenda por hacer esto o no hacer aquello, o a la noticia de que era la hora de tomarse la medicina, encontraba pocos alicientes. Los escasos árboles frutales que aquel terreno contenía habían sido plantados celosamente para quedar fuera de su alcance, como si se tratase de valiosos ejemplares que hubiesen logrado florecer en el más árido de los desiertos, cuando en realidad hubiera sido una tarea más que difícil encontrar algún horticultor capaz de ofrecer cuatro perras por toda la fruta que aquellos árboles podían dar en un año. En un rincón olvidado, sin embargo, casi oculto tras unos sombríos matorrales, se levantaba un descuidado cobertizo de considerables dimensiones, en cuyo interior Conradin encontró un refugio que reunía toda clase de objetos extraños que muy bien podían pertenecer tanto a un cuarto de juego como a una catedral. Aunque él mismo se había encargado de poblarlo con toda una legión de fantasmas que había ido reclutando en parte de diversos fragmentos de historias que había leído, y en parte de su propia imaginación, contaba también con dos inquilinos de carne y hueso. En un rincón vivía una vieja gallina medio desplumada a la que el muchacho prodigaba un afecto que jamás había llegado a expresar de otra manera. Más al fondo, inmersa en la penumbra, se levantaba una gran conejera dividida en dos compartimentos, uno de los cuales se hallaba recubierto de barrotes de hierro que quedaban muy próximos entre sí. Aquélla era la morada de un enorme hurón que un simpático buhonero había deslizado a hurtadillas, jaula incluida, hasta el lugar en el que ahora se encontraba a cambio de unas pocas monedas de plata que el chico había ido ahorrando en secreto con el tiempo. Aunque Conradin sentía un enorme miedo ante aquel ágil animal de afilados colmillos, éste había acabado convirtiéndose en su más preciada posesión. El simple hecho de que estuviera escondido en el cobertizo era para él motivo de un secreto regocijo que, aunque entremezclado con miedo, debía mantener a toda costa fuera del conocimiento de «la Señora», como llamaba a su prima.

Cierto día, a Conradin se le ocurrió bautizar al animal con un extraño nombre sacado de Dios sabe dónde. Aunque tal hecho no pareciese tener la menor importancia, lo cierto es que fue así como la bestia comenzó a convertirse para el muchacho en una especie de dios.

«La Señora» se daba el lujo de asistir una vez a la semana a una iglesia cercana a la que solía llevar consigo a su pupilo. Aunque para el chico los oficios religiosos no eran más que un extravagante rito que se celebraba en casa del reverendo Rimmon, lo cierto es que lo que veía hacer allí cada semana acabó convirtiéndose para él en un valioso ejemplo. Así, todos los jueves, en mitad de aquel oscuro cobertizo que olía a humedad, comenzó a celebrar por su cuenta un complicado ritual delante de la conejera de madera donde moraba Sredni Vashtar, el gran hurón.

En aquel santuario se realizaban todo tipo de ofrendas, pues se trataba de un dios que subrayaba la especial importancia del lado feroz y temible de las cosas, en clara oposición a la religión que practicaba la Señora, la cual, por lo que Conradin había llegado a apreciar, hacía todo lo posible para que sus fieles caminasen en la dirección opuesta. En las grandes ocasiones se esparcía nuez moscada en polvo frente a la conejera, para lo cual era un detalle de suma importancia que la nuez moscada fuese robada. Dichas ocasiones, que no obedecían a ninguna regla fija, tenían lugar principalmente para celebrar algún suceso puntual. En cierta ocasión en que Mrs. De Ropp estuvo tres días seguidos sufriendo un agudo dolor de muelas, Conradin prolongó la ceremonia durante los tres días completos, quedando así convencido de que el mismísimo Sredni Vashtar era el responsable de aquella dolencia. Pero lo cierto es que si ésta se hubiese prolongado durante un día más, las existencias de nuez moscada se hubieran visto reducidas a cero.

La vieja gallina no se vio nunca involucrada en el culto a Sredni Vashtar, pues hacía ya mucho tiempo que Conradin había dado por sentado que ella era anabaptista. Y aunque en realidad no tenía ni la más remota idea de lo que era un anabaptista, en su interior albergaba la esperanza de que se tratase de algo no muy digno de respeto. En cuanto a Mrs. De Ropp, ella era el patrón en el que él se basaba para detestar todo lo que se relacionase con aquello que se daba en llamar «respetabilidad».

Con el tiempo, el ensimismamiento que Conradin mostraba en aquel cobertizo comenzó a llamar la atención de su tutora. «No es bueno para él andar siempre rondando por ese lugar con este tiempo», fue su rápida decisión respecto al asunto. Así, cierta mañana, durante el desayuno, anunció súbitamente que la gallina había sido vendida, tras lo cual escrutó con sus ojos miopes a Conradin en espera de alguna previsible rabieta que ella estaba preparada de antemano para reprender con una buena dosis de preceptos y motivos razonables. No obstante, Conradin no dijo una sola palabra, pues, en realidad, no había nada que decir. Pero posiblemente algo en la palidez de su rostro hizo que ella llegase a apiadarse de él, por lo que esa tarde, a la hora del té, hubo tostadas sobre la mesa, un lujo que ella, por lo general, le tenía totalmente prohibido alegando que podían resultarle perjudiciales, pero que en realidad se negaba a servirle porque pensaba que prepararlas suponía una molestia de lo más indignante para una mujer de clase media como ella.

—Creía que te gustaban las tostadas —exclamó con aire ofendido cuando se dio cuenta de que el chico ni siquiera las había tocado.

—Sólo a veces —respondió tímidamente Conradin.

Aquella tarde, en el cobertizo, hubo una innovación en el ritual que se celebraba ante la morada del dios. Conradin, que había acabado acostumbrándose a cantar a voz en grito sus alabanzas, pidió en aquella ocasión un favor.

—Haz algo por mí, Sredni Vashtar.

Conradin no llegó a aclarar a qué favor se refería, pues, siendo Sredni Vashtar un dios, se suponía que debía saber sobradamente de qué tipo de favor se trataba. Luego, reprimiendo un sollozo al contemplar la esquina opuesta, aquélla en la que había estado instalada la gallina y que ahora se hallaba vacía, el muchacho regresó una vez más a aquel mundo que tanto odiaba.

Y cada noche en la grata oscuridad de su habitación, y cada atardecer en la penumbra del cobertizo, aquella especie de oración cargada de amargura continuó saliendo de sus labios:

—Haz algo por mí, Sredni Vashtar.

Mrs. De Ropp, que acabó dándose cuenta de que las visitas al cobertizo seguían teniendo lugar, decidió acercarse un día por allí para realizar una inspección más a fondo.

—¿Qué es lo que guardas bajo llave en esa conejera, Conradin? —preguntó—. No serán conejillos de Indias, ¿verdad? Porque si lo son ya puedes ir despidiéndote de ellos.

Viendo que Conradin se negaba a decir una sola palabra, «la Señora» decidió registrar de arriba abajo la habitación del muchacho hasta que encontró la llave que éste mantenía tan cuidadosamente escondida, e inmediatamente se encaminó al cobertizo para desvelar de una vez por todas aquel misterio.

Era una tarde muy fría, por lo que Conradin había recibido órdenes de quedarse en la casa. No obstante, como desde la ventana del extremo más alejado del comedor podía divisarse, por entre los arbustos, la puerta del cobertizo, fue allí donde Conradin se situó.

Primero vio cómo «la Señora» entraba, tras lo cual se la imaginó abriendo la puerta de la conejera sagrada y atisbando con sus ojos miopes el jergón de paja en el que su dios yacía escondido. Quizá, víctima de su torpe impaciencia, llegase a hurgar entre la paja. Fervientemente, Conradin pronunció su oración por última vez. No obstante, mientras rezaba supo que sus esperanzas eran vanas. Sabía muy bien que «la Señora» saldría al cabo de un momento con aquella media sonrisa que él tanto aborrecía bien visible en su boca, así como que al cabo de una o dos horas el jardinero se llevaría para siempre a su querido dios, que ya no parecería nunca más el dios que era, sino simple y llanamente un pobre hurón encerrado en una jaula. Y sabía muy bien que «la Señora» acabaría saliéndose siempre con la suya, tal y como había estado haciendo hasta aquel día, y que él iría enfermando cada vez más bajo el yugo de su insoportable y dominante influjo, hasta que llegase un día en el que todo lo concerniente a él dejaría de tener valor y las predicciones del doctor acabarían haciéndose realidad.

Fue entonces cuando, en medio de toda la aflicción y la amargura producida por su fracaso, Conradin comenzó a cantar a pleno pulmón, y con cierto matiz desafiante en su voz, el himno de su dios amenazado:

Y Sredni Vashtar triunfó.

Y tanto sus pensamientos

como sus blancos colmillos

se tiñeron de sangre.

Y aunque sus enemigos pedían clemencia,

él trajo la muerte sobre todos ellos.

Oh, Sredni Vashtar el Hermoso.
 

Y luego, de repente, dejó de cantar y se acercó un poco más al cristal de la ventana. La puerta del cobertizo permanecía entornada, tal y como ella la había dejado, y por la rendija fueron transcurriendo lentamente los minutos. Aunque parecieron eternos, aquellos minutos fueron pasando irremediablemente mientras Conradin se entretenía mirando cómo los estorninos se perseguían sobrevolando el jardín en pequeños grupos, y contándolos una y otra vez sin perder nunca de vista aquella puerta entreabierta. Cuando una sirvienta de rostro avinagrado entró para preparar la mesa para la hora del té, Conradin seguía allí, esperando y al acecho. La esperanza fue creciendo por momentos en su corazón hasta que, por fin, una mirada triunfal resplandeció en sus ojos, aquellos ojos que nunca habían conocido otra cosa que la amarga resignación de la derrota, y, tras soltar entre dientes una involuntaria exclamación de júbilo, reanudó una vez más su personal himno de la victoria y la destrucción.

Y entonces, súbitamente, su mirada se vio por fin recompensada. Por aquella puerta salió un animal de pelaje claro y castaño, de escasa altura y largo lomo, que instantáneamente comenzó a guiñar los ojos ante la última claridad del día, y que mostraba unas cuantas manchas oscuras y todavía húmedas sobre la piel que rodeaba sus fauces y cubría su garganta. Conradin cayó entonces de rodillas sobre el suelo. El enorme hurón, mientras tanto, se abrió camino hasta un minúsculo arroyuelo que cruzaba un lejano extremo del jardín, bebió un rápido trago de agua y a continuación cruzó un estrecho puentecillo hecho con tablas hasta perderse de vista entre los arbustos. Así fue como Sredni Vashtar desapareció para siempre.

—El té ya está listo —anunció la sirvienta de rostro avinagrado—. ¿Dónde está la señora?

—Hace un rato la oí decir que iba al cobertizo —respondió Conradin.

Mientras la sirvienta salía para avisar a su señora de que iba a servirse el té, Conradin sacó un tenedor de un cajón de la mesa y comenzó a prepararse una tostada. Y mientras untaba el pan con generosas raciones de mantequilla primero y saboreaba su tostada con placer y sin prisas después, se dedicó a escuchar con deleite los ruidos y silencios que se iban alternando nerviosamente al otro lado de la puerta del comedor: el agudo y enloquecedor grito de la sirvienta, el coro de asombradas exclamaciones que le respondió desde la cocina, los pasos apresurados y las salidas precipitadas en busca de ayuda, y luego, después de un pequeño paréntesis, los sollozos asustados y el nervioso arrastrar de pies de aquéllos de la casa que soportaban una pesada carga sobre sus espaldas.

—¿Quién se va a encargar de decírselo al pobre señorito? ¡Yo no podría hacerlo por nada del mundo! —exclamó una voz ahogada y chillona.

Y mientras los otros debatían entre ellos la cuestión, Conradin comenzó a prepararse tranquilamente una nueva tostada.

Adrián

Aunque en su partida de nacimiento constaba que su verdadero nombre era John Henry, él había decidido olvidar aquel detalle junto con otros muchos recuerdos de su infancia, por lo que sus amigos le conocían simplemente por el nombre de Adrián. Su madre vivía en Bethnal Green, uno de los peores barrios de la ciudad, de lo cual el muchacho no tenía culpa alguna. Uno puede huir de la historia de su familia y romper con ésta, pero no siempre puede escapar del sitio en el que le toca nacer. Y es que, a decir verdad, eso es lo que solía ocurrir en Bethnal Green: cuando uno nacía y se criaba allí, lo más seguro era que no pudiese escapar nunca.

La manera en que vivía era, en gran medida, un auténtico misterio incluso para él mismo. Muy probablemente su continua lucha por sobrevivir se pareciese mucho a las historias tan fantásticas que sobre sus penurias solía contarle a sus amigos más íntimos. Sea como fuere, lo que sí era rotundamente cierto es que de vez en cuando escapaba de aquella lucha diaria para ir a cenar al Ritz o al Carlton, impecablemente vestido y dando muestras de un apetito que, sin olvidar en ningún momento la corrección, podría calificarse de francamente bueno. En tales ocasiones solía ser el invitado de honor de Mr. Lucas Croyden, un caballero amable y con mucho mundo que poseía una renta de tres mil libras anuales y que disfrutaba iniciando en la buena cocina a las personas más peculiares que conocía. Al igual que la mayoría de los hombres que combinan rentas de tres mil libras al año con digestiones pesadas, Lucas era un socialista convencido, por lo que sostenía con una firme convicción que no se puede aspirar a elevar el espíritu de las masas si a éstas no se les da antes la oportunidad de descubrir cosas tales como los huevos de codorniz, ni se les enseña a apreciar la diferencia que hay entre una copa de helado y un batido de frutas. Y aunque sus amigos opinaban que todas aquellas muestras de amabilidad resultaban altamente dudosas, que no conducían a nada, y que además resultaba absurdo recoger a un muchacho que trabajaba tras el mostrador de una mercería e iniciarlo en las maravillas de la cocina de calidad, a todo ello Lucas replicaba invariablemente lo mismo: que todas las muestras de amabilidad eran en realidad dudosas y que nunca conducían a nada. Lo cual quizá fuese cierto.

Cierto día, después de una de aquellas veladas que pasaba en compañía de Adrián, Lucas se encontró con su tía, Mrs. Mebberley, en un salón de té que se había puesto de moda por aquellos días, en cuyo interior la llama de la vida familiar aún logra mantenerse encendida y donde uno puede encontrarse siempre a parientes a los que, de no ver allí, ya hubiera olvidado hace tiempo.

—¿Quién era aquel muchacho tan guapo que estaba cenando contigo anoche? —le preguntó ella—. Parecía demasiado agradable como para estar perdiendo el tiempo contigo.

Aunque Susan Mebberley era una mujer encantadora, no por ello dejaba de ser una de esas tías que andan siempre fustigando a sus sobrinos.

—¿A qué familia pertenece? —preguntó ella una vez que Lucas le dijo el nombre de su protegido (aunque, eso sí, en su versión revisada).

—Su madre vive en Beth…

Lucas guardó silencio de golpe al darse cuenta de que había estado a punto de cometer una imperdonable indiscreción.

—¿Beth? ¿Dónde queda eso? Suena a Asia Menor. No estará metida esa mujer por casualidad en asuntos diplomáticos, ¿verdad?

—Oh, no. Lo que pasa es que trabaja con los más pobres.

Aquello no dejaba de tener parte de verdad. La madre de Adrián estaba empleada en una mísera lavandería.

—Entiendo —dijo Mrs. Mabberley—. Trabaja en una especie de misión, ¿verdad? Y mientras tanto ese chico no tiene a nadie que cuide de él, ¿eh? Pues creo que es mi deber procurar que no le pase nada malo. Tráetelo un día a casa, querido.

—Mi querida tía Susan —protestó Lucas—, debo decirte que es muy poco lo que sé de él. Quizá en el fondo no sea tan buen chico como tú crees. Ya me entiendes.

—Pero tiene un pelo tan bonito y una boca tan graciosa… ¿Quién sabe? A lo mejor acabo llevándomelo conmigo de vacaciones a Hamburgo o a El Cairo.

—Eso es lo más disparatado que he oído en toda mi vida —dijo Lucas, visiblemente enojado.

—Bueno, ya sabes que en nuestra familia hay una fuerte tendencia a cometer locuras. Si tú aún no te has percatado de ello, ve y pregúntale a tus amigos. Seguro que ellos sí se han dado cuenta.

—En Hamburgo no hay más que cotillas. Uno está siempre bajo la atenta mirada de todo el mundo. ¿Por qué no te lo llevas antes a algún otro lugar como Etretat para ir conociéndole un poco?

—¿Y estar todo el tiempo rodeada de americanos empeñados en chapurrear francés? No, muchas gracias. Me encantan los americanos, pero no cuando se empeñan en chapurrear francés. Bastante suerte tenemos con que hayan aprendido de una vez por todas a hablar inglés. Pero a lo que iba: mañana mismo a las cinco ya puedes estar trayéndote a tu amigo a casa.

Y Lucas, viendo que Susan Mebberley, además de ser su tía, era también una mujer, se dio cuenta de que no habría más remedio que dejarla hacer las cosas a su manera.

Y así fue como Adrián se vio poco después camino del extranjero bajo la protección de los Mebberley. Éstos, no obstante, después de darle muchas vueltas al asunto, tomaron la sensata decisión de descartar Hamburgo, así como otros centros turísticos de moda poco convenientes, con lo que terminaron hospedándose en el mejor hotel de Dohledorf, un pequeño pueblecito de los Alpes que quedaba en algún lugar del valle de Engadine . Aquél era el típico centro turístico poblado por la típica clase de visitantes que uno suele encontrarse por toda Suiza durante la típica temporada de verano. Aunque, a decir verdad, para Adrián todo resultaba de lo más inusual. El aire de la montaña, la certeza de que podía comer con regularidad y abundancia, y muy en particular el ambiente social, le afectaron tanto como el acogedor interior de un invernadero llega a afectar a toda hierba que cae por casualidad dentro de sus límites. Para él, que se había criado en un mundo en el que el simple hecho de romper algo se consideraba un crimen y era castigado como tal, suponía algo completamente nuevo y tonificante encontrarse de repente con que se consideraba de lo más gracioso romper algo en pedazos siempre que se hiciese de la manera correcta y a la hora adecuada. Susan Mebberley había llegado a comentar que su intención al llevarse consigo a Adrián era enseñarle al muchacho algo de mundo. Como contrapartida, aquel pequeño pedazo de mundo que era el pueblecito de Dohledorf empezó también a conocer una buena parte de Adrián.

Lucas, por su parte, pudo ir haciéndose una idea de cómo iba discurriendo aquella estancia en los Alpes. Pero no por medio de su tía ni de Adrián, sino gracias a la incansable pluma de su amigo Clovis, quien, invitado también por los Mebberley en aquel viaje, acabó convirtiéndose en su cronista más fiel. La primera carta que Lucas recibió de él decía:

«El pequeño espectáculo que tu tía Susan organizó la pasada noche terminó siendo un auténtico desastre, lo cual, si te soy sincero, ya se veía venir. El hijo de los Grobmayer, un niño de cinco años particularmente odioso, salió haciendo un pequeño papel durante la primera parte de la velada, pero cuando llegó el intermedio sus padres decidieron mandarlo a la cama. Adrián, que había estado todo el tiempo al acecho esperando su oportunidad, aprovechó que la niñera tuvo que ir un momento al piso de abajo para secuestrar al niño de su cuarto, disfrazarlo de cerdo con lo primero que encontró e introducirlo de improviso en la segunda parte del espectáculo. He de reconocer que aquel insoportable niño se parecía muchísimo a un cerdo, e incluso gruñía y babeaba como uno de verdad. Y aunque en aquel momento nadie sabía con exactitud qué era aquella cosa, todo el mundo (y muy en especial el matrimonio Grobmayer) estuvo de acuerdo en que como actuación no tenía precio. Durante el tercer acto, Adrián, para hacer que el niño gruñese con más fuerza, decidió darle un pellizco, pero al hacerlo se le fue la mano. Al instante, el niño soltó un chillido y empezó a llorar llamando a su madre. Por lo general, dicen de mí que soy muy bueno describiendo situaciones, pero no me pidas que te describa lo que dijeron e hicieron los Grobmayer en aquel momento. Baste decir que fue como las obras más apasionadas y ruidosas de Strauss. Así que, debido al escándalo que se organizó, hemos tenido que trasladarnos a otro hotel, uno que queda un poco más arriba en la ladera del valle.»

La siguiente carta de Clovis, redactada en el Hotel Steinbock, llegó sólo cinco días más tarde. Decía lo siguiente:

«Nos hemos marchado del Hotel Victoria esta misma mañana. Una pena, porque era un lugar verdaderamente tranquilo y agradable (al menos cuando nosotros llegamos). Pues bien: antes incluso de que hubieran pasado las primeras veinticuatro horas de nuestra estancia casi todo aquel ambiente de reposo y tranquilidad se había esfumado “como por arte de magia”, tal y como llegó a decir el propio Adrián. No obstante, nada excesivamente escandaloso ocurrió hasta la última noche, cuando a Adrián, que tenía un ataque de insomnio, se le ocurrió matar el tiempo quitando los números de todas las puertas de las habitaciones de su piso y dedicarse luego a intercambiarlos entre sí. Puso el letrero de los aseos en la puerta de la habitación contigua a éstos, la cual se hallaba ocupada por Frau Hofrath Schilling. Esta mañana, desde las siete en adelante, la pobre anciana comenzó a recibir las urgentes visitas de sus apurados vecinos. La mujer, una vez superados los primeros sustos, se escandalizó tanto que decidió levantarse y echarle la llave a la puerta de su habitación. Así que aquellos que intentaban ir al aseo, al encontrar la puerta cerrada, se veían obligados a regresar urgentemente a sus habitaciones en medio de una gran confusión. Lo que ocurría entonces, como era de esperar, era que el cambio efectuado en los números de las puertas acababa llevándolos al sitio equivocado una vez más, con lo que poco a poco el pasillo fue llenándose de aterrorizados e indignados huéspedes que, vestidos en paños menores, corrían como locos por todo el pasillo como si fuesen conejos encerrados en una jaula en la que de pronto hubiesen metido a un zorro hambriento. Transcurrió casi una hora antes de que los huéspedes se encontrasen nuevamente en el interior de sus respectivas habitaciones. El estado de nervios en que quedó la pobre Frau Hofrath todavía era preocupante cuando nos fuimos del hotel. Por lo demás, tu tía Susan comienza a dar síntomas de preocupación. Como Adrián no tiene dinero, ella no se siente con fuerzas para abandonarlo a su suerte. Por otro lado, no puede mandarlo con su familia porque nadie, ni el propio Adrián, sabe dónde está. Él dice que su madre cambia de casa constantemente, por lo que no tiene la menor idea de cuál puede ser su dirección actual. No me extrañaría nada que la verdad que se esconde tras todo eso sea que se ha peleado con su familia. Ya sabes que hoy en día hay montones de chicos que piensan que eso de pelearse con la familia, además de estar de moda, les da cierto toque de prestigio.»

La siguiente misiva que Lucas recibió de los viajeros fue un telegrama enviado por la propia Mrs. Mabberley. El telegrama, que incluía la posible respuesta pagada por adelantado, consistía tan sólo en una simple frase:

«Por lo que más quieras, ¿dónde demonios está Beth?»

La corona de flores

La extraña e inusual tranquilidad que aquella noche reinaba en el restaurante se debía, muy posiblemente, al hecho de que la orquesta no se encontrase tocando ningún vals de los que acostumbraba.

—¿Te he hablado alguna vez —le preguntó Clovis a su amigo— de lo trágica que puede llegar a resultar la música cuando se toca a la hora de la comida? Si no es así, déjame contarte una historia.

»Todo ocurrió una noche en la que se celebraba una velada especial en el Grand Sybaris Hotel. Los huéspedes habían sido invitados a acudir a una espléndida cena en el Amethyst, el gran salón de banquetes que el hotel reservaba para ocasiones como aquélla. El salón Amethyst, que gozaba de una espléndida reputación, era conocido en casi toda Europa. Su cocina quedaba fuera de todo reproche y su orquesta estaba lo bastante bien pagada como para hacer oídos sordos a cualquier crítica. Allí se daban cita aquellos que amaban la música, aquellos a los que simplemente les gustaba (que, todo sea dicho, eran muchos más), y aquellos que simplemente la soportaban, los cuales, además de ser los más numerosos de todos, si eran capaces de pronunciar correctamente el nombre de Tchaikowski o de reconocer unos cuantos nocturnos de Chopin era porque se los habían aprendido de memoria justo antes de entrar. Estos últimos comían siempre con los mismos modales apresurados e indiferentes que uno puede apreciar en los ciervos cuando pastan en medio de un prado, a la vez que mantenían las orejas vueltas hacia la orquesta, en posición de alerta, por si de repente escuchaban alguna melodía que les resultase mínimamente familiar.

»—Oh, pero si eso que suena es I Pagliacci—, murmuraban mientras los primeros compases de la famosa ópera se elevaban en el aire una vez terminada la sopa, y, siempre que ningún comensal más entendido en música que ellos se atreviese a contradecirles, se ponían inmediatamente a tararear la melodía en voz baja, como para ayudar a los músicos a hacer su trabajo. Algunas veces la música acompañaba a la sopa, en cuyo caso los asistentes se las ingeniaban siempre para tararear la melodía entre cucharada y cucharada. La expresión que mostraban algunos rostros por tener que compaginar el potaje St. Germain con obras como I Pagliacci no era lo que se dice agradable, pero para aquellos que desean verlo todo en este mundo una expresión como aquélla era algo que merecía la pena contemplar. Al fin y al cabo, uno no siempre debe volver la cabeza y negarse a ver las cosas desagradables que tiene esta vida.

»Además de los tipos ya mencionados, el restaurante era también frecuentado por clientes que, simplemente, aborrecían la música y cuya presencia en el salón tenía una única explicación: acudían allí estrictamente para comer.

»Una vez concluidos los primeros platos, los clientes pasaban a consultar las listas de vinos. Algunos hacían sus consultas con el mismo apuro que experimenta un colegial al que de repente sacan a la pizarra y le piden que sitúe a tal o cual profeta menor en la confusa maraña de textos que conforman el Antiguo Testamento. Otros repasaban la lista una y otra vez haciendo como si no supieran por qué vino decantarse, con lo que querían dar a entender que conocían sobradamente bien la mayoría de los vinos caros, y preferían, con el único objeto de alardear, preguntar a los demás sobre sus debilidades para aconsejarles tal o cual marca. Eran precisamente éstos los que, cuando acudían al restaurante con invitados, siempre encargaban el vino que elegían dándole al camarero una orden seca y tajante que solían acompañar con algún gesto o ademán de lo más teatral. Actuando de dicha manera, y haciendo además especial hincapié en que la botella estuviese orientada hacia el norte mientras era descorchada, y llamando Max al camarero, podían darle a sus invitados, de un solo plumazo, una impresión que de otra manera nunca hubieran sido capaces de dar por muchas horas que hubiesen derrochado haciendo alardes de esto o de aquello. Precisamente por esta razón, y no por otra, es por la que debe uno siempre escoger a sus invitados con el mismo cuidado con que escoge el vino.

»Mientras tanto, de pie, separado de todo el jolgorio y oculto en las sombras que sobre él proyectaba una gruesa columna, había un interesado espectador que, sin duda alguna, tenía algo que ver con la fiesta a pesar de no estar participando activamente en ella. Se trataba de Monsieur Aristide Saucourt, el chef del Grand Sybaris Hotel, de quien se decía que aún no había aparecido nadie en el mundo de la gastronomía que se le pudiera igualar. Dentro de su campo era un consumado maestro que se veía a sí mismo rodeado por todas partes de esa estúpida negligencia que todo genio que se precie espera encontrar (y no siempre disculpa) en los que están por debajo de él. Como no perdonaba el menor desliz, todos aquellos que estaban a sus órdenes ponían siempre un enorme cuidado en que hubiese pocos deslices que perdonar. En cuanto al mundo que tenía a su alrededor y que disfrutaba devorando sus creaciones, era un personaje que, aunque gozaba de una gran influencia, nunca se tomaba la molestia de adivinar en qué medida influía sobre cuanto le rodeaba. No en vano, uno de los precios que todo genio tiene que pagar, así como una de las garantías de las que disfruta, es el hecho de medir las cosas por un patrón diferente al que usan los demás, con lo cual a lo que el resto de los mortales se desvive por conseguir él nunca le atribuye la menor importancia.

»De vez en cuando a aquel gran hombre le asaltaban unos enormes deseos de observar personalmente el efecto que producían en los comensales aquellas obras maestras que él cocinaba, al igual que le sucedía al preclaro ingenio de los Krupp cuando, en el momento más álgido de la batalla, se veían acosados por el deseo de personarse en la línea de fuego de la artillería enemiga para comprobar cómo funcionaban los cañones que ellos mismos habían fabricado. Pues precisamente eso mismo era lo que estaba haciendo él en aquel momento. Por primera vez en toda la historia del Grand Sybaris Hotel, Monsieur Saucourt en persona estaba presentando a los huéspedes el plato que había llevado a un punto tal de perfección que resultaba casi escandaloso: los Canetons à la mode d’Amblève. A pesar de que aquellas palabras aparecían escritas en la carta del restaurante con unas preciosas y estilizadas letras doradas sobre un suave fondo de color crema, qué poca idea daban a la casi totalidad de aquellos clientes tan incultos de las delicias a que se referían. Y, aun así, cuánto esfuerzo y cuánta sabiduría habían sido derrochados, cuántos conocimientos celosamente guardados por la naturaleza habían tenido que ser desentrañados con cada pequeño avance que le había dado a su receta, antes de que aquellas cinco palabras acabaran siendo finalmente escritas en el menú. Cuántos patos habían tenido que pasar por sus manos hasta que al fin consiguió dotar de entidad a aquel manjar. Cuántos champignons, a los que ni el más francófobo de los comensales se hubiera atrevido a llamar, sin más, «champiñones», habían aportado sus atrofiados cuerpecitos a la guarnición. Y qué decir de aquella salsa inventada a finales del reinado de Luis XV, que había tenido que rescatar del olvido para que aportara su granito de arena a su maravillosa creación. Hasta tal punto había llegado a trabajar el esfuerzo humano para conseguir el resultado deseado. Todo lo demás había sido dejado en manos del innegable genio de Monsieur Aristide Saucourt. Y ahora, por fin, había llegado el momento de servir aquel gran plato, el plato que grandes duques y millonarios contarían para siempre, por muy hartos que estuviesen de los placeres terrenales, entre los mejores recuerdos de sus vidas.

»No obstante, en aquel mismo momento ocurrió también algo más. El primer solista de aquella orquesta tan bien pagada se colocó delicadamente el violín bajo la barbilla, cerró los ojos y comenzó a moverse como si levitara mientras extraía de las cuerdas de su instrumento una hermosa melodía.

»—¡Silencio! —exclamaron instantáneamente casi todos los clientes—. Están tocando La Corona de Flores.

»Todos ellos sabían que aquella melodía se llamaba así porque la habían oído tocar a la hora de la comida, a la hora del té y a la hora de la cena del día anterior, y aún no habían tenido tiempo suficiente para olvidarla.

»—¡Es verdad! ¡Están tocando La Corona de Flores! —se decían unos a otros.

»El delirio tardó tan sólo un par de segundos en hacerse generalizado. La orquesta había tocado ya aquella pieza once veces a lo largo de aquel día, cuatro de ellas a petición del público y las siete restantes por la fuerza de la costumbre, a pesar de lo cual aquellos familiares compases fueron recibidos por los presentes con el entusiasmo propio de una revelación. Un murmullo compuesto por multitud de voces que tarareaban la melodía se elevó desde más de la mitad de las mesas del salón, e incluso algunos de los más exaltados oyentes dejaron a un lado tenedor y cuchillo para poder irrumpir en sonoros aplausos tan pronto como fuese posible.

»Pero, ¿qué pasaba mientras tanto, en medio de tanta algarabía, con los Canetons à la mode d’Amblève? Con una incontrolable mezcla de rabia y asombro, Aristide hubo de elegir entre presenciar cómo los clientes dejaban de prestarle bruscamente su atención, o sufrir la todavía mayor indignidad de tener que conformarse con que éstos se limitasen a picotear distraídamente o incluso a masticar con total indiferencia su creación mientras se dedicaban a derrochar en los músicos todos sus vítores y aplausos. El hígado de ternera con beicon y salsa de perejil que aún se veía en algunas mesas difícilmente hubiera podido desfilar con menos éxito que durante la velada de aquella noche.

»Y mientras aquel maestro de las artes culinarias se recostaba, tambaleante, contra su buena amiga la columna sintiendo cómo iba ahogándose poco a poco en una espantosa e incontenible cólera que no acertaba a expulsar de sí, el primer solista de la orquesta comenzó a hacer reverencias ante el estallido de aplausos que se elevó a su alrededor. Volviéndose hacia sus compañeros, les hizo una señal con la cabeza para repetir la pieza recién tocada, pero, antes de que el violín pudiese alzarse de nuevo hasta su posición, se oyó una violenta exclamación que provenía de las sombras arrojadas por cierta columna del salón.

»—¡No! ¡No! ¡No se le ocuga tocag eso otga vez!

»El violinista se volvió hacia allí con una curiosa mezcla de enojo y asombro en el rostro. Si hubiera llegado a advertir la mirada que brillaba en los ojos del hombre que acababa de gritar, seguramente hubiese actuado de manera diferente. Pero los aplausos del éxito resonaban todavía en sus oídos, por lo que, soltando un gruñido, respondió:

»—¡Eso ya lo veremos!

»—¡No! ¡No vuelva a tocag esa música! —gritó nuevamente el chef.

»Un instante después se arrojaba violentamente en dirección a aquel detestable ser que le había arrebatado el lugar que por derecho propio le correspondía en la estima y los corazones de todos los mortales. Sobre una mesa lateral, en espera de los clientes que aún quedaban por llegar, acababa de ser puesta una enorme sopera de metal llena hasta el borde de sopa hirviendo. Antes de que los camareros o los huéspedes tuviesen tiempo siquiera para darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, Aristide había agarrado a su pobre víctima, que no dejaba de forcejear, la había subido a la mesa y le había sumergido la cabeza en la olla de sopa hirviendo mientras, en el extremo más alejado del salón, aún podían escucharse los aplausos de algunos clientes que seguían pidiendo frenéticamente que la orquesta volviese a tocar aquella trágica pieza.

»Si el primer solista de la orquesta murió ahogado en la sopa, o si por contra murió a causa del impacto recibido en su vanidad profesional, o si resultó fatalmente escaldado hasta morir, es algo acerca de lo cual los médicos nunca pudieron ponerse enteramente de acuerdo. Monsieur Aristide Saucourt, por su parte, que en la actualidad se halla completamente retirado de la cocina profesional, apostó siempre por la teoría del ahogamiento.

La búsqueda

La inusual tranquilidad que flotaba sobre la Villa Elsinore se vio de repente interrumpida por unos ruidosos lamentos que parecían indicar que un profundo pesar se había abatido sobre sus inquilinos. La causa de tales lamentos era que los Momeby habían perdido a su bebé, de ahí la tranquilidad que hasta ese momento había reinado en el lugar. Los padres habían emprendido la búsqueda del niño sin orden ni concierto, dando voces continuamente, lo cual explicaba las enérgicas protestas que se extendían por toda la casa cada vez que probaban suerte en el interior. Clovis, que, aunque muy a su pesar, se hospedaba por entonces en aquel lugar, estaba intentando echar una cabezada en la hamaca que había en el extremo más alejado del jardín cuando Mrs. Momeby le dio la noticia.

—Hemos perdido a nuestro pequeño —gritó.

—¿Y qué quiere usted decir con eso? ¿Que se ha muerto? ¿Que se ha escapado corriendo? ¿O que se lo han apostado ustedes jugando a las cartas y han perdido la partida? —preguntó Clovis con desgana.

—Estaba correteando por el césped —dijo Mrs. Momeby con los ojos inundados de lágrimas—. Arnold acababa de llegar a casa, y yo estaba preguntándole qué salsa le gustaría tomar con los espárragos…

—Espero por su bien que haya elegido la salsa holandesa —la interrumpió Clovis sintiendo un súbito interés por la conversación—, porque si hay algo que odio en este mundo es precisamente…

—… cuando de repente me di cuenta de que mi niño había desaparecido —prosiguió Mrs. Momeby sin oírle y con la voz reducida a un agudo chillido—. Le hemos buscado por todas partes. Hemos mirado en la casa, en el jardín, e incluso al otro lado de la verja, pero no lo hemos visto por ningún lado.

—¿Y tampoco lo han oído? —preguntó Clovis—. ¡Caramba! Con lo escandaloso que es ese mocoso… Pues sí que debe de haber ido lejos para que ni siquiera se le oiga.

—¿Adonde habrá ido? ¿Y cómo? —preguntó la madre, trastornada.

—A lo mejor un águila o una fiera salvaje lo ha capturado y se lo ha llevado consigo —sugirió crudamente Clovis.

—No hay águilas ni fieras salvajes en Surrey —repuso Mrs. Momeby muy seria, a pesar de lo cual pudo advertirse en su voz un ligero temblor debido al miedo.

—No, pero tanto las que hay en el zoo como las que viajan en los espectáculos ambulantes suelen escaparse de vez en cuando. A veces pienso que los dejan escapar premeditadamente para alcanzar notoriedad. Imagínese la sensación que causaría en los periódicos locales un titular como éste: «El hijo de un importante hombre de negocios, devorado por una hiena». No es que su marido sea un importante hombre de negocios, pero al menos su madre era de familia adinerada, y a los periódicos hay que concederles siempre cierto margen de libertad.

—Pero en tal caso hubiéramos encontrado al menos los restos del niño —dijo entre sollozos Mrs. Momeby.

—Tenga usted por seguro que cuando una hiena está hambrienta de verdad y no le apetece perder el tiempo jugueteando con la comida, no deja muchos restos que digamos. Normalmente no dejará ni los huesos.

Visiblemente horrorizada, Mrs. Momeby optó por dar media vuelta y alejarse corriendo para buscar consuelo y consejo en otro lugar. Clovis acertó a pensar fugazmente que Mrs. Momeby, haciendo todo un alarde de egoísmo debido sin duda a su condición de madre, se había marchado de allí sin hacer el menor caso de su evidente preocupación por la salsa con la que se servirían los espárragos. No obstante, antes de que la mujer hubiese avanzado un par de metros, el ruido que hizo la verja del jardín al abrirse la detuvo en seco. Miss Gilpet, la inquilina de Villa Peterhof, la casa vecina, había decidido dejarse caer por allí para averiguar a qué se debía tanta agitación. Aunque por entonces Clovis ya estaba más que harto de toda aquella estúpida historia, Mrs. Momeby, que poseía la despiadada facultad de deleitarse contando toda clase de tragedias, había empezado a contar la suya por enésima vez con el mismo entusiasmo que había puesto en la primera.

—Arnold acababa de llegar a casa. Se estaba quejando de su reúma cuando…

—Hay tantas cosas de las que uno puede quejarse en esta casa que precisamente la última de la que a mí se me ocurriría hacerlo sería del reúma —murmuró Clovis.

—Arnold se estaba quejando de su reúma cuando… —repitió Mrs. Momeby con la voz rasgada a causa de los sollozos antes de ser nuevamente interrumpida.

—No me extraña que se quejase, querida. Es que para quejarse no hay motivo como el reúma —declaró Miss Gilpet con ese aire desafiante que suele adoptar un camarero cuando le comunica a sus clientes que el clarete más barato se ha acabado. Acto seguido, procedió a restarle importancia al reúma y a todo lo demás, como si quisiera dar a entender que aquello que afligía a la mujer nunca había sucedido.

Al oír aquello, el fuerte carácter de Mrs. Momeby se dejó ver repentinamente por encima de tanta aflicción.

—Supongo que ahora irá a decirme también que en realidad mi hijo no ha desaparecido, ¿verdad?

—Oh, no, querida, ni mucho menos. El niño ha desaparecido, ya lo creo —concedió Miss Gilpet—. Pero si continúa sin aparecer es sólo porque careces de la fe suficiente para encontrarlo. No es más que la falta de fe en ti misma lo que impide que lo tengas nuevamente a tu lado sano y salvo.

—Pero si mientras tanto ha sido devorado, y a estas alturas medio digerido por una hiena —intervino Clovis, que seguía celosamente aferrado a su teoría de la fiera salvaje—, seguramente ya se habrían notado los efectos. Sobre todo por parte de la pobre hiena.

Miss Gilpet se quedó helada durante unos segundos ante la complicación que aquella teoría suponía para todo el asunto.

—Estoy segura de que ninguna hiena se ha comido al niño —dijo finalmente, aunque, eso sí, con poca convicción en la voz.

—Pues puede que la hiena, por su parte, esté igual de segura de que sí lo ha hecho. No se lo tome a mal, pero es posible que ella tenga tanta fe como usted y que a estas horas sepa mejor que nadie cuál es el actual paradero del niño.

Mrs. Momeby había comenzado a llorar de nuevo.

—Si de verdad tiene usted esa fe de la que tanto habla —dijo entre sollozos y como si de pronto se le hubiera ocurrido una buena idea—, ¿por qué no empieza a buscar de una vez a nuestro pequeño Erik? Estoy segura de que tiene usted poderes que nosotros ni siquiera sospechamos.

Rose-Marie Gilpet creía con enorme firmeza y sinceridad en los principios de la Ciencia Cristiana. Ahora bien, si ella comprendía de verdad tales principios o si simplemente se limitaba a repetir lo que sabía de ellos, es una cuestión que deben decidir los eruditos en tal materia. En el caso que nos ocupa, Miss Gilpet era muy consciente de que, sin lugar a dudas, tenía ante sí una buena oportunidad para demostrar y poner en práctica ciertas cosas en las que creía, por lo que conforme fue poniendo en marcha aquella búsqueda tan incierta, fue volcando en ella, a la vez que daba muestras de una gran energía, cada pizca de fe que fue capaz de encontrar en sí misma. Así, como guiada por una intuición especial, salió del jardín y echó a andar por la calle mientras Mrs. Momeby, que la seguía con la mirada, le gritaba: «Es inútil buscar por ese lado. Nosotros ya hemos mirado por ahí al menos una docena de veces». Pero para entonces Rose-Marie había decidido hacer oídos sordos a todo lo que no fuera su propia satisfacción pues, sentado en mitad de la calle, jugando alegremente con la tierra y las hierbas del camino, acababa de descubrir a un niño de piel blanquísima que llevaba el pelo rubio atado sobre la sien con una cinta de color celeste. Tras cerciorarse de que no se acercaba ningún coche, Rose-Marie llegó corriendo hasta el niño, lo cogió y, a pesar de los vigorosos esfuerzos que éste hizo para zafarse, cruzó triunfalmente el portal de Villa Elsinore llevándolo en brazos. Los furiosos gritos que el niño no dejaba de proferir habían ya anunciado su aparición, con lo que los padres, casi histéricos de alegría, atravesaron corriendo el jardín para reunirse con su vástago. La emoción propia de una escena como aquélla se vio en cierta manera empañada por las visibles dificultades que tenía Rose-Marie para sostener al bebé, que no dejaba de forcejear, y que se vio instantáneamente abrazado por sus progenitores sin que éstos se detuviesen siquiera a echarle un vistazo.

—¡Nuestro pequeño Erik ha regresado! —gritaron al unísono los Momeby.

Mientras todos se felicitaban por tan feliz hallazgo, el niño se había cubierto el rostro con los puños fuertemente apretados, de tal manera que lo único que quedaba a la vista de su rostro era una enorme boca abierta. Por ello sería justo decir que el hecho de que los padres reconociesen a su hijo sin verle siquiera la cara bien podría llegar a tomarse por todo un acto de fe por su parte.

—¿Está mi niño contento de estar otra vez con papá y mamá? —le canturreaba suavemente al niño Mrs. Momeby.

Clovis se dio cuenta de que el niño mostraba tales deseos de volver a sus juegos con la tierra y los hierbajos del camino que aquella pregunta se le antojó completamente fuera de lugar.

—Vamos a montarlo en el columpio —sugirió brillantemente el padre mientras los berridos del niño, que continuaban resonando por todo el jardín, daban la impresión de no querer parar jamás.

Unos segundos más tarde el niño se hallaba subido a horcajadas sobre una especie de columpio con forma de tubo que había en un rincón del jardín y en el que los padres solían jugar con su hijo. No obstante, nada más sentar sobre él al pequeño, del interior del cilindro salió un ensordecedor estruendo que ahogó por completo los agudos chillidos de aquél. Cuando, un segundo más tarde, un bebé de piel blanquísima que llevaba el pelo rubio atado sobre la sien con una cinta de color celeste salió a rastras de dentro del tubo, un silencio mortal se apoderó de los presentes. A juzgar por sus rasgos y por su capacidad pulmonar, no cabía la menor duda de quién era el recién llegado.

—¡Nuestro pequeño Erik! —gritó de pronto Mrs. Momeby saltando sobre aquel niño y poco menos que asfixiándolo con sus besos—. ¿Es que acaso se escondió mi niño dentro del tubo para darnos a todos un gran susto?

Aquello parecía explicar la repentina desaparición del niño y su igualmente repentina reaparición. Ahora quedaba, no obstante, el problema de aquel otro niño que ahora lloriqueaba sentado sobre el césped y al que se había pasado a ver como un intruso con la misma brusquedad con la que apenas un minuto antes se había celebrado su descubrimiento. Los Momeby lo fulminaron con la mirada como si se tratase de un arribista que hubiese intentado ganarse su afecto empleando las más sucias e indignas artimañas. En cuanto a Miss Gilpet, su rostro se puso pálido de repente mientras observaba con impotencia a aquella rechoncha figurita que hasta hacía tan sólo unos segundos había sido un motivo de alegría para su vista.

—Cuando el amor se acaba, qué poco entienden de amor los que antes amaban —musitó Clovis para sí mismo.

Rose-Marie fue la primera en romper aquel incómodo silencio.

—Querida, ejem…, si el niño que tienes en brazos es Erik, entonces…, ¿quién es ése?

—Creo que eso es algo que le correspondería a usted explicar —dijo Mrs. Momeby fríamente.

—Parece evidente —intervino Clovis— que es una réplica de Erik creada por usted gracias a los extraños poderes de su fe. No obstante, la pregunta ahora es la siguiente: ¿qué va a hacer usted con él?

La palidez se acentuó aún más en las mejillas de Rose-Marie. Mrs. Momeby agarró con más fuerza que nunca al verdadero Erik, como si temiese que en cualquier momento aquella mujer tan extraña, impulsada por el resentimiento, pudiese utilizar sus poderes para convertir a su niño en un taburete.

—Lo encontré sentado en mitad de la calle —dijo Rose-Marie con un hilo de voz.

—Pues no se le ocurra cogerlo y dejarlo abandonado donde lo encontró —dijo Clovis—. La calle está hecha para que circulen los coches, no para ser el depósito de basura de los milagros que caen en desuso.

Rose-Marie se echó a llorar, los dos bebés comenzaron a gemir aún más lúgubremente que antes, y el matrimonio Momeby, apenas recuperado de su anterior estado de aflicción, se echó las manos a la cabeza. En medio de aquel irreprochable coro de plañideras, Clovis era el único que mantenía cierta serenidad y buen humor.

—¿Y voy a tener que quedármelo conmigo para siempre? —preguntó Rose-Marie temblando a causa de la congoja.

—No, mujer, no para siempre —dijo Clovis, intentando reconfortarla—. Podrá usted alistarlo en la marina en cuanto cumpla trece años.

Rose-Marie rompió a llorar con más fuerza.

—Eso sí, ni que decir tiene —añadió Clovis— que nunca dejará usted de tener problemas en relación con su certificado de nacimiento. No tendrá usted más remedio que explicarle lo ocurrido al Ministerio de Defensa. Y, por lo que tengo entendido, las autoridades son allí bastante inflexibles.

Después de oír aquel último comentario, fue un verdadero alivio para todos los presentes ver aparecer a la niñera de la Villa Charlottenburg, la casa situada al otro lado del camino. La mujer, tras salvar la escasa distancia que separaba ambas viviendas, entró en el jardín y se acercó a ellos preguntándoles si habían visto al pequeño Percy, un bebé que, tras escabullirse por la puerta principal de la casa, había desaparecido en un abrir y cerrar de ojos.

Clovis aprovechó aquel momento de desconcierto para poner tierra de por medio y, de paso, acercarse a la cocina para comprobar personalmente si quedaba algo de salsa holandesa con la que acompañar los espárragos.

Wratislav

Los matrimonios contraídos por los dos hijos mayores de Mrs. Grafin habían demostrado ser un verdadero desastre, lo cual, tratándose de aquella familia, no parecía sino la práctica de una antigua costumbre. En cuanto al resto de los Grafin, el hijo menor, Wratislav, que tenía fama de ser la oveja negra de una familia ya de por sí bastante gris, era el único que hasta entonces se había salvado de poner en práctica dicha costumbre. Y ello era así por la sencilla razón de que todavía no se había casado.

—Todo eso que se oye decir por ahí de mi hijo no son más que habladurías —dijo un día Mrs. Grafin—, pero lo cierto es que si mi hijo no se casa, tanto mejor para él. Así se evita cometer errores.

—¿En serio piensas eso, querida? —replicó la baronesa Sophie, no con la intención de poner en tela de juicio aquella rotunda afirmación, sino con el único fin de decir algo que sonara inteligente. Al fin y al cabo, los hijos eran el único tema de conversación del que no le gustaba hablar por hablar. Cuando de ellos se trataba, pensaba con cautela cada palabra que decía sin dejar ni una sola sílaba en manos del azar, pues precisamente el azar había tenido la culpa de que ella, en más de una ocasión, hubiese quedado en ridículo delante de todo el mundo—. No te tomes a mal mi escepticismo, querida. Lo que ocurre es que no sé por qué no he de responder a lo que dicen los demás con algo que suene mínimamente inteligente —se quejó la baronesa en esta ocasión—. Al fin y al cabo, mi madre era considerada una conversadora de lo más brillante.

—Pues es una lástima que a veces la inteligencia se pase por alto a una generación —dijo Mrs. Grafin.

—También es muy injusto —dijo Sophie—. Yo jamás renegaría de mi propia madre por mucho que ella fuese mejor conversadora que yo. Ahora bien, debo confesar que me molestaría muchísimo oír a mis hijas hablar con mayor brillantez y sentido común que yo.

—Pues no tienes de qué preocuparte, querida. A decir verdad, ninguna de ellas lo hace —dijo Mrs. Grafin a manera de consuelo.

—No sé de qué me hablas —dijo la baronesa, indignada, saliendo inmediatamente en defensa de sus hijas—. Quiero que sepas que el jueves pasado mi hija Elsa dijo algo bastante ingenioso. Dijo que la Triple Alianza es como un paraguas de papel, pues funciona de maravilla siempre que uno no salga con él a la calle cuando está lloviendo. No todo el mundo es capaz de decir algo tan ingenioso, ¿no te parece?

—Durante las últimas semanas le he oído decir esa misma frase a todo el mundo. Al menos, a todos aquellos que conozco. Claro que, por otro lado, igual estoy menospreciando el ingenio de tu hija, pues tampoco conozco a tanta gente.

—Me parece a mí que no estás de muy buen humor hoy.

—Nunca lo estoy. ¿O es que no te has dado cuenta de que las mujeres que tienen un perfil tan increíblemente perfecto como el mío no suelen estar de buen humor?

—No creo que tu perfil sea tan increíblemente perfecto como dices —dijo la baronesa.

—Pues a mí me sorprendería mucho que no lo fuese. Mi madre era una de las mayores bellezas de su tiempo.

—¿Ah, sí? Pues es una lástima que a veces la belleza se pase por alto a una generación, ya me entiendes —se apresuró a observar la baronesa con el aire de alguien a quien se le acaba de ocurrir la frase más ingeniosa de todos los tiempos.

—Mi querida Sophie —dijo suavemente Mrs. Grafin—, eso que acabas de decir no ha tenido ni pizca de gracia. Pero como veo que no cejas en tu empeño por intentar decir algo medianamente inteligente, puedes tener por seguro que no voy a ser yo quien te desanime. Pero dejémonos de una vez de tonterías y respóndeme a una cosa: ¿no se te ha ocurrido nunca pensar que tu Elsa podría hacer muy buena pareja con mi Wratislav? Ya es hora de que mi hijo vaya pensando en casarse, y no se me ocurre ninguna razón para que no lo haga con Elsa.

—¿Elsa? ¿Mi Elsa casarse con ese horror de muchacho? —exclamó la baronesa, escandalizada.

—Querida, los pobres no pueden elegir —observó Mrs. Grafin.

—¡Mi hija Elsa no es pobre!

—No desde el punto de vista económico, por supuesto, pues de lo contrario nunca se me hubiese ocurrido proponerla como esposa para mi hijo. Pero, como ya te habrás podido dar cuenta por ti misma, tiene ya unos cuantos añitos de más, y al verla una no puede evitar pensar que sin cerebro y sin belleza no llegará muy lejos que digamos…

—Querida, creo que olvidas que de quien estamos hablando es de mi hija.

—Si olvidara que estoy hablando de ella te estaría haciendo un favor. Pero, en fin, hablando ya en serio, no veo que mi hijo Wratislav tenga nada de malo. No tiene deudas… o, al menos, ninguna que merezca la pena tener en cuenta.

—¿Y qué me dices de su reputación? Si la mitad de las cosas que se dicen de él son ciertas…

—Probablemente sean ciertas las tres cuartas partes. Pero, ¿qué más da si lo son o no? No querrás tener por yerno a un arcángel, ¿verdad?

—A quien no quiero tener por yerno es a Wratislav. Mi pobre Elsa sufriría mucho al lado de un hombre como él.

—Pues un poco de sufrimiento no le vendría nada mal a tu hija. La ayudaría a disimular esa forma tan horrible que tiene de peinarse. Y si por casualidad resulta que ella y Wratislav no se llevan bien, siempre podría distraerse haciendo obras de caridad.

La baronesa estiró la mano y cogió una fotografía enmarcada que había sobre la mesa.

—La verdad es que tienes un hijo muy guapo —comentó con cierto recelo.

Luego, con mayor recelo aún, añadió:

—Casi me atrevería a decir que una mujer como mi Elsa sería capaz de reformarlo.

Mrs. Grafin tuvo que hacer enormes esfuerzos para reprimir una carcajada.

Tres semanas más tarde Mrs. Grafin se encontró a la baronesa Sophie en una librería. Aunque ésta dijo haberse dejado caer por allí con la idea de comprar un misal, lo cierto es que en aquel momento estaba curioseando en un estante repleto de libros muy distintos a aquéllos en los que decía estar interesada.

—Acabo de dejar a los chicos con los Rodenstahl —dijo Mrs. Grafin a manera de saludo.

—¿Y qué tal? ¿Parecían contentos? —preguntó la baronesa.

—Pues, si no me equivoco —respondió Mrs. Grafin—, Wratislav estrenaba hoy un traje nuevo recién traído de Inglaterra, por lo que me imagino que estaría más contento que nunca. Por casualidad oí cómo le contaba a Toni una historia bastante divertida acerca de una monja y una ratonera que no creo que sea muy adecuado repetir aquí, en público. Mientras tanto, Elsa le hacía al resto de los chicos un comentario de lo más ingenioso acerca de la Triple Alianza, diciendo que es como un paraguas de papel. Fue tan ocurrente que debería figurar en las enciclopedias.

—¿Y qué tal ellos dos? ¿Te dio la impresión de que se fijaban el uno en el otro?

—Para serte sincera, mi querida Sophie, Elsa daba la impresión de estar más interesada en cualquier otra cosa antes que en Wratislav.

—Muy propio de ella —musitó la baronesa.

—Por cierto, querida: no olvides que el jueves comemos juntas en mi casa.

Pero el jueves la baronesa llegó tarde a la cita.

—¿A que no te imaginas lo que ha sucedido? —casi chilló tras irrumpir violentamente en la habitación.

—Debe de tratarse de algo verdaderamente extraordinario para hacer que llegues tarde a una comida que no pagas tú —dijo Mrs. Grafin.

—¡Elsa se ha fugado con el chófer de los Rodenstahl!

—¡Rayos!

—Nadie de nuestra familia había hecho nunca algo así —dijo la baronesa entrecortadamente.

—A lo mejor es porque en tu familia ninguna mujer se había sentido nunca tan atraída como ella por un chófer —sugirió Mrs. Grafin.

La baronesa comenzó a darse cuenta de que no había causado el asombro y la compasión a los que suponía que tenía derecho después de sufrir en su familia una catástrofe como aquélla.

—En cualquier caso —dijo con brusquedad—, ya no podrá casarse con Wratislav.

—No hubiera podido de todas formas —dijo Mrs. Grafin—. La pasada noche mi hijo tuvo que salir precipitadamente para el extranjero.

—¿Para el extranjero? ¿Y con rumbo adónde?

—A México, según tengo entendido.

—¿A México? Pero ¿para qué? ¿Por qué a México?

—Querida, hay un proverbio que dice: «La conciencia es capaz de convertir a un rey en un mendigo».

—No sabía que Wratislav tuviese conciencia.

—Y no la tiene, mi querida Sophie. Es la conciencia del resto de la gente la que ha enviado a mi hijo al extranjero de manera tan precipitada. Y ahora, amiga mía, vayamos a disfrutar de la comida que te tengo preparada.

El huevo de Pascua

Resultaba a todas luces evidente que para Lady Barbara, una mujer cuyos antepasados habían sido feroces y bravos guerreros, y que además pasaba por ser una de las mujeres más valientes de su tiempo, suponía una carga difícil de soportar el hecho de que su hijo fuese un reconocido cobarde de primera categoría. No en vano, aunque Lester Slaggby era en muchos sentidos un ser encantador, no podía decirse que entre sus muchas cualidades se contase precisamente el valor. De niño había padecido una exasperante timidez; siendo un muchacho lo habían atormentado miedos impropios de alguien de su edad; y al llegar a adulto había cambiado aquellos miedos irracionales por otros que se consideraban mucho peores debido a que ya no se basaban en lo irracional, sino en un análisis previo de la realidad cuidadosamente realizado. Los animales lo asustaban enormemente, las armas de fuego lo ponían histérico, y era incapaz de subir a un barco sin detenerse antes a calcular el número de salvavidas que había a bordo y en qué proporción se correspondían con el número total de pasajeros. Cuando montaba a caballo daba la impresión de necesitar más manos que una divinidad hindú, o cuando menos cuatro para agarrarse fuertemente a las riendas y otras dos para intentar mantener tranquilo al animal dándole suaves palmaditas en el pescuezo. Lady Barbara, harta ya de aparentar ignorancia ante la falta de entereza de su hijo, había decidido afrontar la realidad con todo el valor del que era capaz sin dejar por ello de querer ni lo más mínimo a su hijo, con lo que demostraba ser una auténtica madraza.

Viajar por Europa, siempre que fuese visitando lugares que quedasen bien lejos de todas esas rutas turísticas tan vistas y trilladas, era una de las aficiones favoritas de Lady Barbara, afición que Lester, por su parte, compartía con su madre cada vez que le era posible. Todos los años, cuando llegaban las vacaciones de Pascua, era habitual que ella ya se encontrase desde hacía días en Knobaltheim, una población situada en las tierras altas de uno de esos principados tan pequeños que en los mapas no ocupan más que un punto difícil de localizar.

La antigua amistad que unía a Lady Barbara con la familia reinante la había convertido en un personaje de cierta importancia a los ojos del alcalde de Knobaltheim, otro viejo conocido suyo. Por ello, cuando el Príncipe hizo pública su intención de acudir en persona a la inauguración de un sanatorio en las afueras de la ciudad, dicho personaje decidió recurrir a ella. Todos los actos típicos de cualquier programa de protocolo, desde el menos importante hasta el más original, habían sido ya cuidadosamente planeados, pero, aun así, el alcalde albergaba la esperanza de que aquella dama inglesa tan llena de recursos pudiera sugerir alguna idea nueva que, de paso, sirviese como ofrenda de la ciudad a la familia reinante. Si por algo resultaba el Príncipe conocido fuera de sus fronteras, era por ser un hombre muy chapado a la antigua, tremendamente tradicional, y capaz de combatir el progreso y la modernidad (tal y como a veces ocurría) con uñas y dientes. No obstante, y a pesar de todo eso, para sus súbditos era simplemente un bondadoso caballero de avanzada edad, cuya solemnidad, de la que hacía gala sin el menor atisbo de altivez, no estaba exenta de cierto atractivo y simpatía. Por ello los habitantes de Knobaltheim deseaban que las cosas saliesen lo mejor posible cuando sus calles recibiesen a su príncipe. Y fue así como Lady Barbara se encontró un día en su habitación de hotel discutiendo la cuestión con Lester y unos cuantos huéspedes conocidos suyos. Sin embargo, a pesar del esfuerzo mental que todos ellos llevaban tiempo realizando, ninguna idea interesante había surgido todavía.

—¿Me permiten que les haga una sugerencia para el acto de bienvenida? —preguntó entonces una mujer de rostro muy moreno y pómulos salientes con la que Lady Barbara no había hablado más de una o dos veces, y a la que, a juzgar por sus rasgos físicos, atribuyó cierto origen eslavo—. Verán ustedes, podríamos vestir a nuestro hijito pequeño, aquí presente, con unas ropitas de color blanco. Podríamos ponerle un par de alitas para que pareciese un angelito. Y podría llevar un gran huevo de Pascua en cuyo interior podríamos poner una cesta llena de huevos de codorniz, un manjar que al Príncipe le encanta. Mi hijo se los daría a Su Alteza como ofrenda de Pascua. Creo que podría resultar precioso. Mi marido y yo vimos una vez algo parecido y les puedo asegurar que quedó monísimo.

Lady Barbara dirigió una mirada llena de recelo a aquel candidato a angelito. Se trataba de un niño rubio y de aspecto bastante estúpido que no tendría más de cuatro años. Ella, que ya había reparado en él el día anterior en el hotel, recordó que nada más verlo se había preguntado cómo un niño tan rubio y de piel tan clara podía haber salido de unos padres tan morenos. Pensó que probablemente aquel niño era adoptado, sobre todo si se tenía en cuenta que los que pasaban por ser sus padres no eran lo que se dice una pareja joven.

—Naturalmente, nuestro hijito iría acompañado por alguien hasta donde esté el Príncipe —añadió la mujer—. Pero, de todas formas, les aseguro que se portará bien y que lo hará todo tal y como le digamos.

—Además, da la casualidad de que tenemos huevos de codorniz frescos. Recién traídos de Viena —dijo el marido.

Ni al niño ni a Lady Barbara pareció hacerles mucha gracia aquella idea. Lester votó abiertamente en contra. No obstante, el alcalde se mostró encantado con la propuesta nada más oírla. Aquella mezcla de sensiblería y huevos de codorniz había calado hondo en su corazón teutón.

Cuando llegó el día, el niño, al que habían disfrazado de ángel con un extraño vestido que no por ello dejaba de ser bonito, se convirtió en el centro de atención de toda la multitud que se había congregado para presenciar el acto de bienvenida a Su Alteza. La madre, discretamente vestida, no parecía encontrarse ni la mitad de nerviosa de lo que cualquier otra madre hubiera estado en su lugar. Quizá aquello se debiese a que se le había concedido la única condición que había puesto: que ella misma, en persona, se encargaría de preparar el huevo de Pascua y de ponerlo en los bracitos de su hijo, aquellos bracitos a los que con tanto esmero había adiestrado para llevar tan preciada carga.

Cuando Lady Barbara echó a andar, el niño comenzó a desfilar a su lado con aire imperturbable y resuelto. Le habían prometido montones de pasteles y caramelos si conseguía entregarle correctamente aquel huevo al anciano de rostro tan simpático que le estaba esperando allí delante. Lester, por su parte, había intentado hacerle comprender en privado que si cometía el más mínimo error en lo que tenía que hacer el único premio que recibiría serían unos buenos azotes. No obstante, su alemán era tan pésimo que no pareció causarle al pequeño más que un desasosiego pasajero. Lady Barbara, en un alarde de astucia, había tomado la sabia precaución de llevar encima unos cuantos bombones a los que poder recurrir en caso de emergencia, pues aunque sabía que es fácil ganarse a los niños con pequeños sobornos, era también consciente de que no les gusta tener que esperar demasiado para obtener su premio. Conforme fueron aproximándose a la tarima sobre la que les esperaba el Príncipe, Lady Barbara fue haciéndose discretamente a un lado, dejando así que aquel pequeño continuase a solas, avanzando con pasos algo torpes pero resueltos, y alentado por el generalizado murmullo de aprobación que se había elevado a su alrededor.

Lester, que se hallaba de pie en la primera fila de espectadores, volvió la cabeza para buscar entre la multitud los rostros sonrientes de los padres de la criatura. Aunque al principio no acertó a verlos, sí atisbó a lo lejos algo que le llamó repentinamente la atención. En la entrada de una bocacalle que desembocaba en la estación de tren del pueblo divisó un coche de caballos al que, en aquel preciso instante, estaba subiendo la pareja de piel morena que tanto empeño había puesto en llevar a cabo aquella «idea tan bonita», como ellos mismos la habían llamado. Pero lo que por encima de todo llamó la atención de Lester fue que, al parecer, los dos actuaban dando muestras de tener una enorme prisa.

Súbitamente, aquel instinto de cobardía tan desarrollado que Lester poseía le hizo comprender lo que estaba ocurriendo. En cuestión de un par de segundos, la sangre comenzó a hervirle por todo el cuerpo hasta que se le subió de golpe a la cabeza, haciéndole sentir como si un millón de compuertas se hubieran abierto de repente en sus venas mientras su cerebro se convertía en algo parecido a una presa en la que todos aquellos torrentes confluían.

Todo había comenzado a volverse borroso ante sus ojos cuando, de repente, la sangre comenzó a fluir de nuevo, en oleadas cada vez más rápidas, hasta que le pareció que su corazón se hubo vaciado por completo. Sintiendo cómo se alejaba poco a poco la posibilidad de desmayarse, Lester no pudo hacer otra cosa que permanecer de pie donde estaba, sin fuerzas para moverse, observando en silencio cómo aquel niño, llevando en brazos aquella mortífera sorpresa, se acercaba cada vez más, con paso lento pero decidido, al grupo de personas que le estaba esperando como si fuesen borregos resignados a que llegase su hora. Un último impulso de curiosidad obligó a Lester a volver de nuevo la vista hacia los dos fugitivos. En aquella apartada bocacalle, el coche había comenzado a avanzar a paso ligero camino de la estación de tren.

Un segundo más tarde, Lester echó a correr más rápido de lo que ninguno de los allí presentes había visto nunca correr a un hombre. Y no sólo eso, sino que, además, corrió hacia donde sabía que se encontraba el peligro y no en dirección contraria. Por primera vez en su vida se vio arrastrado por un impulso completamente desconocido para él, algo que parecía ser una reminiscencia de esa estirpe de hombres arrojados y valientes de la que descendía, algo que en aquel instante le hizo lanzarse de cabeza al peligro. Tras coger aire, se arrojó hacia adelante y se aferró al huevo de Pascua como si fuese un jugador de rugby que se abalanzase sobre el balón. Lo hizo sin pensar qué iba a hacer con aquel huevo una vez lo hubiese cogido; lo único que quería en aquel momento era hacerse con él. Pero entonces el niño, al que le habían prometido montañas de pasteles y bombones si conseguía dejar aquel huevo sano y salvo en las manos del simpático anciano que le estaba esperando allí delante, ahogó un chillido y se aferró como una lapa al obsequio. Tirando salvajemente de aquel huevo tan firmemente agarrado, Lester cayó al suelo de rodillas mientras un coro de indignadas exclamaciones se elevaba entre los escandalizados espectadores. Inmediatamente, un círculo de alarmados ciudadanos se formó alrededor de Lester con el fin de intentar apartarlo del niño, pero todos ellos retrocedieron de golpe cuando Lester acertó a exclamar una palabra de temible significado. Lady Barbara, que también había oído aquella única palabra, vio cómo, en cuestión de segundos, la multitud se dispersaba cual rebaño de ovejas asustadas mientras los miembros del séquito se llevaban apresuradamente al Príncipe. Vio también cómo su hijo, totalmente paralizado por el terror, caía al suelo mientras aquel repentino valor que lo había invadido se iba desvaneciendo rápidamente ante la inesperada resistencia que ofrecía el niño. Aferrado a aquel siniestro huevo como si le fuera en ello la vida, y sin tan siquiera fuerzas para alejarse de allí a rastras, Lester no fue capaz más que de una sola cosa: gritar, gritar y gritar. Lady Barbara, completamente desconcertada, fue ligeramente consciente de que, en su cabeza, hacía esfuerzos por sopesar, por un lado, la vergonzosa cobardía que tenía a su hijo paralizado de terror sobre el suelo y, por otro, aquel arrebatado acto de valor que le había llevado a arrojarse de cabeza al peligro. Incapaz de moverse, la mujer permaneció todavía allí unos segundos observando la escena: bajo una guirnalda de banderitas de papel que danzaban a la luz del sol, forcejeaban las figuras de aquel niño, con expresión rígida y obstinada y todo el cuerpo en tensión, que seguía empeñado en ofrecer resistencia, y la de su propio hijo, aquel muchacho de aspecto enfermizo que estaba tan muerto de miedo que ya sólo le quedaban fuerzas para gritar. Lady Barbara nunca olvidaría aquella escena. A decir verdad, sería la última que sus ojos verían nunca.

Hoy día Lady Barbara tiene el rostro cubierto de cicatrices y sus ojos están ciegos. Pero, a pesar de todo, continúa caminando con la cabeza bien erguida, demostrando tener el mismo valor por el que se la ha conocido siempre. No obstante, cuando llega Pascua los amigos que la frecuentan ponen mucho cuidado en hablar lo menos posible de huevos.

Filboid Studge, o cómo un ratón ayudó a un león

—Quiero casarme con su hija —dijo Mark Spayley con una emoción que hizo temblar su voz—, pero como sé que no soy más que un pobre artista que gana tan sólo doscientas libras al año mientras que ella es la hija de un hombre enormemente rico, me imagino que en este momento estará usted pensando que mi deseo es todo un atrevimiento por mi parte.

Duncan Dullamy, el gran empresario, no mostró ningún signo externo de desagrado después de oír aquellas palabras. De hecho, se vio secretamente aliviado por la perspectiva de haber encontrado para su hija Leonore un marido que tuviese al menos doscientas libras anuales. No en vano, sobre él se cernía de manera cada vez más inminente una crisis económica de la que estaba seguro que no lo lograrían sacar ni el dinero que le quedaría ni los créditos de los bancos. Sus proyectos y operaciones empresariales más recientes habían acabado siendo grandes fracasos, el más rotundo de los cuales había sido el de Pipenta, el nuevo y maravilloso alimento para el desayuno en cuya campaña de publicidad había invertido enormes sumas de dinero. A pesar de que el mercado de alimentos para el desayuno no se hallaba ni mucho menos saturado, lo cierto es que la gente no consumía, y menos aún compraba, Pipenta.

—¿Se casaría usted con Leonore si ella fuese hija de un hombre pobre? —preguntó aquel espejismo de hombre rico.

—Sí —dijo Mark, sin más, evitando sabiamente caer en el error de contestar con demasiada efusividad.

Y a continuación, para asombro del muchacho, el padre de Leonore no sólo dio su consentimiento, sino que incluso se permitió sugerir una fecha asombrosamente próxima para que se celebrase la boda.

—Me gustaría poder demostrarle mi agradecimiento de alguna manera —dijo Mark, visiblemente emocionado—. Aunque soy consciente de que sería como si un ratón le ofreciese su ayuda a un león.

—Si encuentra usted la manera de que la gente compre esa maldita bazofia —dijo Dullamy señalando con un movimiento de cabeza el cartel de la fracasada Pipenta que colgaba de la pared—, habrá hecho por mí más que nadie en este mundo.

—Lo que ahí hace falta, para empezar, es un nombre nuevo —dijo Mark, reflexionando—. Y una imagen que resalte, que llame la atención. Y también un eslogan que impacte y sea fácil de recordar. En fin, no le prometo nada, pero todo se puede intentar.

Tres semanas más tarde veía la luz un anuncio en el que se promocionaba un nuevo alimento para el desayuno que recibía el rimbombante nombre de «Filboid Studge». Spayley había decidido descartar los dibujos de robustos bebés que crecían tan rápido como si fueran hongos gracias a los efectos del alimento, así como prescindir de esas caricaturas en las que los representantes de los países más importantes del mundo peleaban como necios entre sí por defender sus posesiones. En cambio, apostó por un cartel de grandes dimensiones y aspecto algo tétrico en el que aparecían los condenados en el infierno sufriendo un nuevo tormento: no poder alcanzar un envase de Filboid Studge que unos cuantos demonios de aspecto saludable y elegante habían colocado en una serie de cuencos transparentes que quedaban fuera de su alcance. Lo que hacía la escena aún más horripilante era el hecho de que en el grupo de las almas perdidas, si uno llegaba a fijarse bien, podían reconocerse los rasgos de muchos personajes importantes del momento. Había allí destacados miembros de partidos políticos, señoras de la alta sociedad, dramaturgos y novelistas de renombre, e incluso distinguidos aviadores, todos ellos vagamente reconocibles en medio de aquella multitud de condenados. Algunas actrices célebres del momento aparecían también en mitad de aquella recreación del infierno. Sonreían estúpidamente, dando la impresión de no poder dejar de hacerlo debido a la fuerza de la costumbre, a pesar de lo cual sus sonrisas parecían más bien una siniestra mueca de terror. En cuanto al texto, el cartel no hacía la menor referencia a las cualidades del nuevo alimento para el desayuno.

Lo único que podía leerse era una lúgubre frase, escrita con trazo grueso a lo largo del margen inferior, que decía: «Ellos ya no pueden comprarlo».

Con aquel cartel Spayley demostró haber caído en la cuenta de que la gente tiende a hacer por obligación todo aquello que nunca haría por placer. En este mundo hay miles de respetables ciudadanos de clase media a los que, si algún día nos los encontramos inesperadamente en unos baños turcos, les faltará tiempo para explicarnos con toda sinceridad que el médico les ha recetado tomar dicha clase de baños. Pero si acto seguido se nos ocurre decirles que nosotros estamos allí tomando un baño simplemente porque nos apetece, no podrán evitar mirarnos con una mezcla de pena y sorpresa por lo frívolo de nuestros motivos. De la misma manera, cuando en los periódicos aparece la noticia de que montones de armenios han sido masacrados en Asia Menor, todo el mundo asume de golpe que la masacre ha sido llevada a cabo cumpliendo órdenes, aun sin saber exactamente de quién, pero nadie se detiene a pensar que en este mundo hay gente que de vez en cuando se dedica a matar a sus vecinos simplemente porque le gusta.

Pues bien: aquello fue exactamente lo que ocurrió con aquel nuevo alimento para el desayuno. Nadie hubiera tomado Filboid Studge por gusto, pero aquella austeridad de tono tan siniestro que podía verse en sus anuncios hizo que las amas de casa acudiesen como una plaga a las tiendas de ultramarinos pidiendo a gritos el nuevo producto. De la noche a la mañana, las cocinas de todo el país se llenaron de hijas que ayudaban solemnemente a sus conmocionadas madres a preparar el nuevo desayuno como si se tratase de un ritual primitivo. De repente, tanto en las casas particulares como en los locales públicos, todo el mundo se encontró desayunando Filboid Studge en medio de un silencio mortal. Incomprensiblemente, en cuanto las amas de casa se dieron cuenta de que aquello era completamente intragable, su afán por comprarlo y llevarlo a sus hogares ya no conoció límites. Cada mañana, cientos de inapetentes maridos comenzaron a oír a sus esposas: «¡Pero si no te has comido tu Filboid Studge! ¿Adónde crees que vas?», mientras huían a rastras de la mesa del desayuno para luego, al regresar a casa por la noche, encontrarse con que el primer plato de la cena no era sino una bazofia recalentada que ellas llamaban «El Filboid Studge que no te comiste esta mañana antes de salir». Todos aquellos obsesos y tipos raros que no paraban de mortificarse comiendo galletitas integrales comenzaron de repente a consumir cantidades ingentes del nuevo alimento. Incluso los ciudadanos más serios y respetables lo devoraban en las escaleras del National Liberal Club. Un día, cierto obispo, dando a entender que creía más bien poco en una vida futura, comenzó a predicar en contra del anuncio. Otro día, la hija de un lord murió tras darse un brutal atracón. Incluso llegó a desatarse un verdadero escándalo cuando un regimiento de infantería prefirió amotinarse y fusilar a sus oficiales antes que comer aquel potingue tan nauseabundo. Afortunadamente, Lord Birrell de Blatherstone, quien por entonces era Ministro de Guerra, puso tierra de por medio y salvó la situación gracias a un acertado aunque ambiguo comentario suyo: «Para ser efectiva, la disciplina ha de ser también opcional».

Aunque Filboid Studge había acabado convirtiéndose en un término de uso común para todo el mundo, Dullamy se dio cuenta sabiamente de que no por ello tenía necesariamente que ser la panacea en lo que a alimentos de desayuno se refería. Su supremacía podía verse puesta a prueba tan pronto como algún otro producto alimenticio todavía más intragable fuese lanzado al mercado. Incluso podía llegar a originarse una reacción en sentido totalmente contrario, es decir, a favor de algún otro producto sabroso que sí diese gusto comer, con lo que el puritanismo imperante en aquel momento en las cocinas de todo el país podía llegar a verse seriamente amenazado. Así que, aprovechando el momento que creyó más oportuno, vendió todas sus participaciones en aquel producto que le había hecho insultantemente rico precisamente cuando atravesaba un momento crítico, y empleó todo su dinero en inversiones mucho más seguras. En cuanto a su hija Leonore, por entonces heredera de una fortuna que era más grande que nunca, encontró para ella algo mucho mejor y más apetecible en el mercado de maridos que un diseñador de carteles con doscientas libras anuales. Mark Spayley, aquel inteligente ratoncillo que había logrado ayudar al león de las finanzas con los efectos tan colosales y devastadores que su intervención había propiciado, hubo de resignarse a maldecir el día en que se le había ocurrido realizar aquel dichoso cartel.

—Aunque dudo mucho que te pueda servir de consuelo —le dijo un día Clovis en el club, algún tiempo después—, piensa que muchas veces el éxito o el fracaso no son cosas sobre las que nosotros, pobres mortales, podamos mandar, sino que, simplemente, ocurren.

La música de la colina

Sylvia Seltoun bajó al comedor de su casa de Yessney para desayunar sintiendo por dentro una agradabilísima sensación de victoria similar a la que debió de permitirse Ironside en la batalla de Worcester. Aunque apenas podía decirse de ella que fuese una mujer de naturaleza belicosa, sí era cierto que pertenecía a esa clase de luchadores, por lo general los más exitosos de todos, que sólo se deciden a pelear cuando se ven obligados por las circunstancias. No en vano, si bien el destino le había deparado una vida llena de pequeñas batallas en las que solía partir con las de perder, siempre había acabado arreglándoselas para salir airosa de todas ellas. Y ahora, finalmente, podía considerarse una mujer feliz por haber sido capaz de resistir a la más dura e importante de todas sus batallas personales, una batalla cuyo desenlace, esta vez sí, le había resultado completamente favorable. Haberse casado con Mortimer Seltoun, o «Mortimer el Muerto», como le llamaban sus más feroces enemigos, a pesar de tener a toda su familia política en contra y a pesar de la indiferencia natural que parecía sentir su marido hacia la inmensa mayoría de las mujeres, era un logro que había requerido de toda su resolución y habilidad para su consecución. Y había tenido que esperar hasta justo el día anterior para poder decir que había llevado aquella victoria a su punto culminante, pues fue el día en que decidió coger a su marido y llevárselo lejos de la ciudad y de todo lo que ésta llevaba consigo para «hacerle echar raíces», según su propia expresión, en aquella remota granja rodeada de bosques por todas partes en la que ambos tenían su casa de campo.

—Nunca conseguirás que Mortimer consienta en ir allí —le había dicho anteriormente su suegra en más de una ocasión—. Ahora bien, si por casualidad lo logras aunque sea tan sólo una vez, estoy segura de que se quedará. Yessney produce sobre él un influjo casi tan poderoso como el de la ciudad. La diferencia está en que una puede llegar a entender qué es lo que le ata a la ciudad, pero, en cambio, por lo que a Yessney se refiere… —la mujer no continuó. Se limitó a encogerse de hombros.

A decir verdad, había algo sombrío y casi salvaje en Yessney que no casaba mucho con los gustos de aquellos que se han criado desde siempre en la ciudad, y muy en particular en el caso de Sylvia, para quien el parque de Kensington representaba lo más salvaje que había visitado en toda su vida. Creía que el campo, a su manera, era algo excelente y saludable, pero pensaba también que podía llegar a convertirse en algo tedioso y difícil de soportar si uno no llegaba a acostumbrarse a él lo suficiente. La poca confianza que la ciudad le inspiraba ahora era algo enteramente nuevo para ella, nacido sin duda de su matrimonio con Mortimer, por lo que había visto con alegría cómo había ido desapareciendo gradualmente de sus ojos lo que ella denominaba «la mirada de la ciudad» conforme los bosques y los campos de Yessney habían ido apareciendo y cerrándose detrás de ellos durante el viaje del día anterior. Su fuerza de voluntad y sus planes habían acabado imponiéndose. Y, como era de esperar, Mortimer se quedaría allí.

Justo al otro lado de las ventanas del salón comenzaba una ligera pendiente cubierta de césped, de forma más o menos triangular, que se hallaba circundada por un seto de escasa altura y visiblemente descuidado. Más allá de los arbustos, una nueva pendiente mucho más pronunciada y cubierta de helechos y brezos descendía hasta una serie de cañadas de aspecto tenebroso en las que abundaban los tejos y los robles. En aquellos reductos de aspecto tan agreste parecían darse cita el optimismo de la vida y el terror de lo desconocido. Mientras paseaba su mirada por aquel paisaje como si estuviese admirando una obra de arte, Sylvia sonrió con suficiencia. Permaneció así unos segundos hasta que, de repente, sintió que la sacudía un escalofrío.

—Tiene un aspecto verdaderamente salvaje —le dijo a Mortimer, quien se había situado a su lado—. Podría incluso pensarse que, en un lugar como éste, el culto a Pan nunca ha llegado a extinguirse del todo.

—De hecho, querida, eso es precisamente lo que ha ocurrido. El culto a Pan nunca ha llegado a extinguirse aquí —dijo Mortimer—. Muchos dioses modernos han ido perdiendo la fe de sus devotos con el tiempo, pero él es el auténtico Dios de la Naturaleza a quien todo y todos terminamos regresando. Se le ha llegado a llamar el Padre de todos los Dioses, si bien también es cierto que la mayoría de sus hijos han nacido, en mayor o menor medida, muertos.

Aunque escasamente devota, Sylvia era una mujer de profundas convicciones religiosas, por lo que no le gustaba oír hablar de sus creencias como si fuesen simples fruslerías. No obstante, suponía para ella algo completamente nuevo y esperanzador oír a «Mortimer el Muerto» hablar de algo con tanta energía y entusiasmo.

—No creerás realmente en Pan, ¿verdad, querido? —le preguntó, llena de incredulidad.

—A lo largo de mi vida he hecho el tonto muchas veces —dijo Mortimer con tranquilidad—, pero no soy tan idiota como para no creer en Pan cuando vengo a un lugar como éste. Y si tú fueras inteligente y supieses lo que te conviene, no te jactarías de no creer en él precisamente cuando estás en sus dominios.

Una semana después, una vez que de tanto pasear por ellos se hubo hartado de los atractivos que le ofrecían los boscosos alrededores de Yessney, Sylvia decidió aventurarse a inspeccionar los diferentes edificios de la granja. Un corral que descubrió hizo que acudiese a su imaginación una bulliciosa escena en la que aparecían risueñas mujeres que portaban cántaros rebosantes de leche y grupos de caballos que bebían apaciblemente en mitad de un estanque lleno de patos. No obstante, una vez pasado aquel primer momento, y conforme continuó paseando por entre los desolados y sombríos edificios de Yessney, la impresión que recibió fue de una aplastante desolación, la misma que uno hubiese esperado encontrar en una casa abandonada que llevase largo tiempo convertida en hogar de búhos y telas de araña. Poco después la asaltó la sensación de que algo decididamente hostil la estaba vigilando atentamente, algo que la hizo acordarse sin querer de aquellas sombras tan siniestras que dominaban las cañadas y los bosques cercanos a la casa y desde las que tantas cosas desconocidas parecían estar continuamente acechando. Como desde detrás de gruesas puertas y ventanas cerradas comenzó a llegarle un agitado sonido de pasos, el entrechocar metálico de una cadena y el resoplar apagado de algún animal que tuviese cierta dificultad en respirar, como si jadease. Descubrió entonces que, desde una lejana esquina, un perro muy peludo la observaba fijamente con cara de pocos amigos. Cuando Sylvia se le acercó, el animal desapareció silenciosamente en el interior de su caseta, para reaparecer más tarde, igual de silencioso, una vez que ella hubo pasado junto a la caseta y continuado su camino. Unas cuantas gallinas que merodeaban junto a un almiar picoteando el suelo en busca de comida se escabulleron precipitadamente por entre los hierros de una verja cuando la vieron llegar. Sylvia pensó entonces que si llegaba a encontrar seres humanos en aquel laberinto de graneros y establos, seguramente no tardarían en desaparecer como si se tratase de fantasmas. Finalmente, tras volver una esquina, encontró un ser vivo que no echó a correr nada más verla. Revolcándose en un charco de barro había una cerda enorme, gigantesca, más grande de lo que ella, como mujer de ciudad, nunca hubiese podido imaginar, que acababa de ponerse alerta rápidamente, como si tuviese la intención de asustar o incluso repeler, si ello fuese necesario, a la intrusa. En aquella ocasión fue a Sylvia a quien le tocó batirse en retirada de la manera más discreta posible. Mientras se abría paso entre almiares, establos y largos muros desnudos que no dejaban de aparecer por todos lados, la sobresaltó de repente un extraño sonido. Parecía el eco lejano de una risa, la risa traviesa y burlona de un muchacho. Jan, un campesino rubio y de rostro arrugado a pesar de su juventud, y que era el único chico que trabajaba en la granja, quedaba bien visible en aquel momento mientras cavaba en el bancal de patatas que se extendía en la ladera de una colina cercana. Cuando, más tarde, le preguntó a Mortimer acerca de aquello, éste le contestó que no tenía ni idea de quién podía haber sido el bromista que había estado espiándola y que se había reído de ella durante su retirada. El recuerdo de aquel eco misterioso se unió al de todas esas otras impresiones suyas que no dejaban de decirle que algo sospechoso y siniestro se cernía sobre Yessney.

Cada vez veía menos a Mortimer. La granja, los bosques y los arroyos cercanos parecían tragárselo durante todo el día, desde el amanecer hasta la puesta de sol. Un día, tras echar a andar en la dirección que le había visto tomar aquella misma mañana, llegó a un claro que se abría en medio de un bosquecillo de nogales y que se hallaba cerrado algo más adelante por enormes tejos. En medio de aquel claro había un pedestal de piedra coronado con una pequeña figura de bronce que representaba a un jovial Pan. Aunque se trataba de una obra de hermosa factura, lo que de verdad llamó la atención de Sylvia fue el racimo de uvas recién cortado que había sido colocado a los pies de la figurita a manera de ofrenda. Como las uvas no abundaban precisamente en la granja, Sylvia, sin poder reprimir un ligero acceso de ira por lo que consideraba un verdadero despilfarro, decidió coger del pedestal aquel racimo y llevárselo con ella.

Mientras regresaba lentamente hacia la casa, la invadió una creciente irritación. Poco después, aquel estado dio paso súbitamente a otro más agudo que rayaba en el miedo. Fue entonces cuando descubrió que, desde el otro lado de una tupida maraña de maleza, el rostro moreno y hermoso de un muchacho la estaba mirando con el ceño ferozmente fruncido y dos ojos que rebosaban una indescriptible maldad.

Aquél era un camino solitario. Y aunque en realidad todos los caminos que había en torno a Yessney eran tan solitarios o más que aquél, en aquella ocasión Sylvia se asustó más de lo que en ella era habitual, por lo que decidió alejarse de allí a todo correr sin detenerse un solo segundo a mirar más de cerca a aquella repentina aparición. Hasta que alcanzó la casa no se dio cuenta de que el racimo de uvas se le había caído durante su precipitada huida.

—Hoy he visto a un muchacho en el bosque —le contó a Mortimer aquella tarde—. Era un chico moreno y muy guapo, pero con una cara de granuja que llegó incluso a asustarme. Me imagino que sería un gitanillo.

—Una teoría muy razonable —dijo Mortimer—. Pero con una única objeción: que actualmente no hay gitanos por aquí.

—Entonces, ¿quién podía ser aquel muchacho? —preguntó Sylvia.

Pero como Mortimer no parecía tener ninguna teoría propia al respecto, decidió pasar a relatar lo del racimo de uvas que había encontrado aquella misma mañana.

—Supongo que fue cosa tuya —comentó—. Es algo que no tiene la menor importancia, querido, pero si la gente se entera de que vas por ahí haciendo ese tipo de cosas empezarán a pensar que eres un poquito raro, ¿no crees?

—¿Por casualidad llegaste a tocar algo? —preguntó Mortimer.

—Yo… bueno, yo… cogí las uvas y las tiré. Me pareció una cosa tan ridícula… —dijo Sylvia mientras observaba el rostro imperturbable de Mortimer a la espera de algún signo visible de enfado.

—Creo que no fuiste muy prudente al hacer eso —dijo con aspecto pensativo—. He oído decir que los Dioses de los Bosques suelen portarse bastante mal con aquellos que osan importunarles.

—Quizá se porten así con los que creen en ellos. Pero, como tú ya sabes, yo no creo una sola palabra de toda esa sarta de tonterías —replicó Sylvia.

—Eso no tiene nada que ver —dijo Mortimer con aquel tono tan neutro y exento de pasión que era tan característico en él—. Yo que tú evitaría pasear por bosques y huertos. Y procuraría mantenerme alejado de todos los animales de la granja que tengan cuernos.

Aunque, naturalmente, todo aquello no eran más que tonterías, en aquel lugar tan solitario y rodeado de bosques por todas partes hasta la tontería más inofensiva era capaz de poner nervioso a cualquiera.

—Mortimer —dijo Sylvia de repente—, creo que no tardaremos en regresar a la ciudad.

Su victoria había demostrado no ser tan completa como había supuesto en un principio. No en vano, la había llevado a un terreno que estaba deseando dejar de pisar cuanto antes.

—Pues a mí me parece que tú nunca volverás a la ciudad —repuso Mortimer.

Ella tuvo la impresión de que, al decir aquello, su marido parecía estar aplicándose a sí mismo aquello que su madre había predicho una vez.

A la mañana siguiente, Sylvia se dio cuenta, ligeramente disgustada consigo misma, de que el paseo que estaba dando la mantenía, como de manera instintiva, a una prudente distancia del entramado que formaban los bosques cercanos. Y por lo que se refería a los animales con cuernos, el consejo que Mortimer le había dado la tarde anterior demostró ser completamente innecesario pues, en el mejor de los casos, dichos animales siempre le habían inspirado poca confianza. No en vano, su imaginación le hacía confundir a las pacíficas vacas lecheras con los toros más bravos, propensos a enfurecerse en cualquier momento. En cuanto al carnero que pastaba en el pequeño prado que había junto al huerto, aunque había acabado convenciéndose, después de un amplio y prudente período de prueba, de que era de naturaleza dócil, aquel día, sin embargo, decidió no comprobar personalmente si el animal seguía conservando aquella docilidad, pues éste, que por lo general estaba tranquilo, aquella mañana no hacía más que correr de un lado a otro de su territorio dando muestras de una gran inquietud.

Cuando, de repente, oyó un trinar intermitente y apagado, similar al de una flauta, que parecía salir de lo más profundo de un bosquecillo cercano, se dio cuenta de que parecía haber alguna sutil conexión entre el nerviosismo imperante en el animal y aquella música extrañamente salvaje que salía de entre los árboles. Algo inquieta, Sylvia decidió entonces cambiar de dirección y comenzar a subir una de aquellas laderas cubiertas de brezo que rodeaban Yessney por todas partes. Aunque había dejado definitivamente atrás el trinar de aquella flauta, el viento le llevó, a través de las cañadas plagadas de bosques que quedaban a sus pies, otro tipo de música: los atropellados aullidos de una jauría en plena cacería. Recordó de pronto que Yessney se encontraba precisamente en los alrededores de Devon-and-Somerset, y que las cacerías de ciervos que se organizaban allí a menudo tomaban aquella dirección. Justo en aquel instante Sylvia pudo ver un cuerpo oscuro que brincaba de colina en colina y se perdía de vista continuamente conforme pasaba de una cañada a otra mientras detrás de él no dejaba de oírse, cada vez con mayor intensidad, aquel implacable coro de ladridos. Al verlo, no pudo evitar sentir por aquel animal esa súbita simpatía que todos sentimos por cualquier presa en cuya captura no tenemos ningún interés personal. Cuando, por fin, el fugitivo atravesó de un salto un tupido entramado de matorrales y helechos que crecían por entre una hilera de robles, Sylvia pudo contemplar a un imponente ciervo dotado de una prodigiosa cornamenta. Obviamente, a juzgar por el rumbo que había tomado en su frenética carrera, parecía dirigirse hacia las lagunas de Undercombe, donde, con la ayuda del agua, podría intentar con mayor éxito despistar a los perros que iban siguiendo su rastro. No obstante, para sorpresa de Sylvia, súbitamente el animal volvió la cabeza hacia lo alto de la pendiente y echó a correr con decisión saltando por encima de las matas de brezo. «Esto va a ser espantoso —pensó Sylvia—. Los perros van a darle caza justo delante de mis narices». Pero entonces los ladridos de la jauría parecieron desvanecerse por un segundo y en su lugar volvió a escucharse la música de aquella flauta salvaje que parecía llegar flotando de todas partes, como queriendo alentar a aquel agotado ciervo a realizar un último esfuerzo. Para dejarle el camino libre a aquel animal acosado, Sylvia se echó a un lado y permaneció oculta entre unos frondosos arbustos. Unos segundos más tarde pudo ver pasar al ciervo a todo correr, con la cabeza erguida y muy tiesa y los costados empapados en sudor. Fue entonces cuando la música de flauta cobró aún mayor intensidad, como si saliese directamente de los arbustos que se extendían a su alrededor. Y fue también entonces cuando el animal, inexplicablemente, se detuvo en seco, dio media vuelta y se lanzó directamente sobre ella. En menos de un segundo, toda aquella pena que había sentido por aquel animal acosado se convirtió en absoluto terror al ver que esta vez era ella misma la que se encontraba en peligro. Las gruesas ramas y raíces de unas matas de brezo se encargaron de frustrar todos sus intentos de huida al enredarse en su vestido. Desde donde estaba, echó una aterrada mirada atrás, hacia donde comenzaba la cuesta, deseando desesperadamente que los perros apareciesen de una vez por todas al pie de la colina. Cuando las poderosas astas del animal se encontraron a tan sólo unos pocos metros de ella, le vino de repente a la memoria, como si se tratase de un fogonazo en mitad de aquel miedo tan abrumador que se había adueñado de ella, la advertencia de Mortimer de que se guardase de los animales de la granja que tuviesen cuernos. Justo entonces un súbito estallido de júbilo la invadió al descubrir que no estaba sola: a pocos metros de ella, por entre los arbustos, acababa de aparecer una figura humana.

—¡Ayúdeme, por favor! ¡Espántelo! ¡Haga que se vaya! —acertó a gritar.

Pero aquella figura no se movió de donde estaba, y aquellas poderosas astas continuaron su frenética carrera, prestas a ensartarse en su cuerpo. Aterrada, fue fugazmente consciente de que podía percibir el olor acre del animal conforme éste se iba acercando. Pero, no obstante, lo que la aterrorizó por completo, aún más que la inminencia de su propia muerte, fue algo que sus ojos vieron a la orilla del camino. Y, sobre todo, lo que resonó en sus oídos durante aquellos últimos segundos: el eco inconfundible de la risa traviesa y burlona de un muchacho.

La historia de San Vespaluus

—¿Por qué no me cuentas una historia? —dijo la baronesa mientras, con una mirada cargada de desesperación, observaba cómo caía la lluvia.

Clovis miró a su alrededor. A decir verdad, aquello, más que lluvia, parecía ese tipo de llovizna fina que da siempre la impresión de estar a punto de amainar pero que en realidad no deja de caer durante horas y horas.

—¿Qué tipo de historia le gustaría escuchar? —preguntó tirando a un lado su mazo de croquet.

—Una que sea lo bastante cierta como para resultar interesante, y a la vez lo bastante falsa como para que, si deja de llover, no me importe no escuchar el final.

Mientras pensaba qué historia contar, Clovis se entretuvo cambiando unos cuantos cojines de lugar hasta dejarlos en la posición que buscaba. Sabedor de que a la baronesa le gustaba que sus invitados se encontrasen cómodos, pensó que lo más apropiado era no contradecir sus deseos.

—¿Le he contado alguna vez la historia de San Vespaluus? —le preguntó finalmente a su anfitriona.

—Me has contado historias de grandes duques, de domadores de leones, de viudas de hombres de negocios, e incluso, una vez, la de un cartero de Herzegovina —respondió la baronesa—. También la de un jockey italiano y una institutriz novata que se fugaron juntos a Varsovia. Y también unas cuantas sobre tu madre. Pero, si te digo la verdad, ninguna acerca de un santo.

—En ese caso, se la contaré. Esta historia ocurrió hace mucho tiempo —comenzó Clovis—, en aquellos tiempos violentos y confusos en que un tercio de la población era pagana, un tercio cristiana, y el tercio más grande de todos se limitaba a seguir la religión que se profesaba en la corte de sus respectivos países. Hubo en aquella época un rey llamado Hkrikros, un hombre de genio terrible que no tenía sucesor directo en su propia familia. Su hermana, no obstante, se había encargado de proporcionarle un buen surtido de sobrinos de entre los que poder elegir a su heredero. De todos ellos, el principal candidato, el que contaba con la aprobación de la mayoría de los miembros de la corte, era Vespaluus, quien por entonces contaba tan sólo dieciséis años. Vespaluus no sólo era el que mejor planta tenía, el que mejor montaba a caballo y el que más lejos arrojaba la jabalina, sino que poseía además ese don, que en un príncipe resulta siempre tan inestimable, de ser capaz de pasar de largo junto a un mendigo haciendo como que no se ha percatado de su presencia (si bien cuando no tenía más remedio que reparar en él siempre se dignaba a darle alguna que otra limosna). Mi madre, en cierta medida, tiene también ese don. Es perfectamente capaz de pasar cualquier día, sonriente y cargada de dinero, por una subasta de fines benéficos sin gastar ni un solo chelín y, caso de encontrarse a los organizadores de la subasta al día siguiente, dirigirse a ellos dándose aires de importancia, como diciendo: «Ojalá me hubiese enterado antes de que andaban ustedes cortos de fondos».

»Pero a lo que iba. Por aquel entonces Hkrikros era un monarca pagano de primer orden que rendía un culto fanático a ciertas serpientes sagradas que moraban en un bosquecillo, también sagrado, que se extendía sobre una colina cercana al palacio real. Aunque en materia de religión el pueblo llano tenía permitido hacer en privado lo que quisiese dentro siempre de ciertos límites en favor de la seguridad y la discreción, todo aquel que, estando al servicio de la corte, pasaba a abrazar la religión cristiana, era mirado por encima del hombro. Y no sólo en el sentido metafórico, sino también en el literal, pues, por lo general, acababa siendo devorado en el foso de las fieras mientras el resto de la corte se entretenía viéndolo agonizar desde arriba. Por consiguiente, cuando el joven Vespaluus apareció un día en la corte con un rosario colgando de su cinturón, y, en respuesta a las furiosas preguntas que se le dirigieron, anunció que había decidido adoptar la religión cristiana o, cuando menos, probarla, se armó un gran revuelo y se produjo una gran consternación. Si se hubiese tratado de alguno de sus otros sobrinos, posiblemente el rey se hubiese limitado a dar orden de que se tomase alguna que otra medida drástica como, por ejemplo, azotar y desterrar al hereje, pero tratándose de Vespaluus decidió tomarse el asunto de la misma manera que cualquier padre actual se hubiese tomado el que una hija suya le hubiese anunciado de repente que tenía intención de ser actriz. Así que, en consecuencia, mandó llamar al bibliotecario real. Como en aquellos días la biblioteca real no estaba lo que se dice demasiado surtida, el guardián de los libros del rey pasaba gran parte de su tiempo sin nada que hacer, por lo que a menudo su presencia era requerida para resolver los problemas ajenos cuando éstos se salían de lo normal y se volvían extremadamente difíciles de controlar.

»—Debes hacer que el Príncipe Vespaluus entre en razón —le dijo el rey— y hacerle comprender el terrible error que ha cometido. No podemos permitir que el heredero al trono vaya por ahí dando un ejemplo tan perjudicial para todos nosotros.

»—¿Y a qué argumentos me recomendaría recurrir Su Majestad para convencer a su sobrino? —preguntó el bibliotecario.

»—Te doy carta blanca para escoger los argumentos que prefieras —le contestó el rey—. Si no consigues encontrar las razones y los argumentos adecuados para la ocasión, entonces es que eres un hombre de escasos recursos. Y si eso ocurre ya me cuidaré yo de hacer contigo lo que corresponda.

»Así que el bibliotecario puso manos a la obra. Como no se le ocurrió nada mejor, optó por darse una vuelta por un bosque cercano para recoger una considerable cantidad de varas y palos, todos ellos de un tamaño y una solidez capaces de disuadir a cualquiera de cualquier cosa. Luego fue en busca de Vespaluus para intentar hacerle razonar sobre aquella conducta suya tan irracional y, sobre todo, tan indecorosa. Sus argumentos dejaron en el joven príncipe una profunda impresión que duró muchas semanas, durante las cuales no volvió a oírse ni una palabra acerca de aquel desafortunado desliz que el muchacho había tenido con la religión cristiana. Pero, pasado un tiempo, un nuevo escándalo de naturaleza muy similar conmovió a toda la corte. En cierta ocasión en la que debería haber estado ocupado invocando en voz alta la misericordiosa protección y los buenos designios de las serpientes sagradas, Vespaluus fue sorprendido cantando unos versos en honor de San Odilo de Cluny. El rey, visiblemente enfurecido ante aquel nuevo brote de fervor cristiano, comenzó a darse cuenta de lo poco halagüeña que se estaba tornando la situación, pues todo parecía indicar que Vespaluus seguía empeñado en practicar aquella indignante herejía. Y eso que, a pesar de todo, en su apariencia externa no había nada que llevase a pensar en ello. Ni siquiera tenía los ojos ausentes del típico fanático ni la mirada mística del soñador. Muy por el contrario, seguía siendo el mozo mejor parecido de toda la corte: tenía una figura elegante y fornida, un aspecto de lo más saludable, unos hermosos ojos oscuros y una suave y esmeradamente cuidada cabellera negra.

—Eso suena a descripción de cómo te hubiera gustado a ti ser cuando tenías dieciséis años —dijo la baronesa.

—Vaya, parece ser que mi madre ha estado enseñándole algunas de mis primeras fotografías —dijo Clovis en un hábil intento de convertir en cumplido el sarcasmo de su anfitriona. Acto seguido, reanudó su historia.

—El rey tomó entonces la determinación de encerrar a Vespaluus en una oscura torre. Durante tres días y tres noches lo retuvo allí a pan y agua y sin otra cosa que hacer más que escuchar el aleteo y los chillidos de los murciélagos y observar cómo se deslizaban las nubes por un estrecho ventanuco que no era sino una simple rendija en la pared. Los más antipaganos del país comenzaron a contar maravillas de aquel muchacho que tan repentinamente se había convertido en mártir. Aunque, a decir verdad, aquel martirio se vio mitigado, por lo menos en lo que a comida se refería, gracias a la escasa atención que ponía en su trabajo el guardián de la torre, quien una o dos veces llegó a dejarse sin querer en la celda del príncipe algunos pedazos de carne asada, algunas piezas de fruta y hasta algo de vino que formaban parte de su propia comida. Una vez terminado el castigo, Vespaluus se vio sometido a un estricto régimen de vigilancia por si acaso persistía todavía en él algún síntoma de aquella malsana obstinación religiosa, pues el rey no estaba dispuesto a soportarle ningún nuevo desliz en materia tan importante ni siquiera a su sobrino favorito. Si éste volvía a cometer alguna tontería de aquel tipo, el orden de sucesión al trono no tendría más remedio que ser alterado.

«Durante un tiempo todo fue bien. El torneo deportivo de verano se acercaba cada vez más y el joven Vespaluus estuvo demasiado enfrascado preparándose para las competiciones de lucha, a campo traviesa y lanzamiento de jabalina como para ocuparse de los conflictos ocasionados por creencias religiosas opuestas. Hasta que llegó el día en que se celebraba el acto culminante del mencionado torneo de verano, que consistía en un baile de carácter ceremonial que se llevaba a cabo en los alrededores del bosquecillo en el que vivían las serpientes sagradas. Fue entonces cuando Vespaluus, por así decirlo, decidió “montar su propio número”. La afrenta que recibió entonces la religión del estado fue demasiado grave y ostentosa como para quedar impune, ni tan siquiera en el caso de que el rey hubiese querido pasarlo por alto (lo cual no fue así, pues el propio monarca fue el primero en declarar que aquello no podía quedar exento de castigo). Durante un día y medio el rey se encerró a solas, negándose rotundamente a cruzar ni una sola palabra con nadie, para darle vueltas al asunto. Y mientras todo el mundo estaba convencido de que lo que hacía era debatir consigo mismo si lo que debía ordenar era que mataran al príncipe o que lo perdonaran, lo que en realidad estaba haciendo era simplemente decidir de qué manera sería ejecutado el muchacho. Ya que había que matarlo, y como en cualquier caso parecía inevitable que la ejecución atrajese la atención de casi todo el mundo, ¿por qué no hacer que el acto resultase lo más espectacular e impresionante posible?

»A pesar de tener unos reprobables gustos en lo que a religión se refiere —dijo el rey— y de ser tan obstinadamente devoto de todas esas estúpidas creencias, mi sobrino sigue siendo un joven dulce y encantador. Por ello, lo que más se ajusta a su caso es que quienes se encarguen de darle muerte sean precisamente aquellas que tienen el don de producir lo más dulce que hay en este mundo.

»—¿Qué quiere decir exactamente Su Majestad? —preguntó el Bibliotecario Real.

»—Quiero decir —explicó el rey— que será expuesto a las abejas hasta que muera bajo el efecto de sus picaduras. Y ni que decir tiene que las abejas que se encargarán de ello serán las abejas reales. Es decir, mis propias abejas.

»—Una muerte de lo más elegante —convino el Bibliotecario.

»—Elegante y espectacular. Y, además, indudablemente dolorosa —dijo el rey—. Reúne todas las condiciones que uno podría desear.

»Fue el rey en persona quien se encargó de planear todos los detalles de la ceremonia de ejecución. Ante todo, se desnudaría a Vespaluus, luego se le atarían las manos a la espalda, y después sería suspendido en posición horizontal justo encima de tres de las colmenas más grandes del rey hasta casi tocarlas, de tal manera que en cuanto su cuerpo hiciese el menor movimiento entraría en contacto con ellas. El resto quedaba por entero en manos de las abejas. La agonía, según calculó el rey, podría durar entre quince y cuarenta minutos. No obstante, entre el resto de los sobrinos había una gran diversidad de opiniones (que había llegado a traducirse en una buena cantidad de apuestas) en cuanto a si la muerte podría resultar casi instantánea o si, por el contrario, podría alargarse incluso durante un par de horas. Sólo en una cosa se habían mostrado todos de acuerdo: en que era preferible ser arrojado a un foso hediondo lleno de fieras hambrientas.

»Pero he aquí que dio la casualidad de que el cuidador de las colmenas reales sentía cierta inclinación por la religión cristiana, y, lo que era aún más importante, sentía un gran apego, al igual que le ocurría a la mayoría de los miembros de la corte, por Vespaluus. Fue por ello que, durante la víspera del día de la ejecución, se dedicó a extraerle el aguijón a todas y cada una de las abejas del rey. Si bien fue una operación larga, fatigosa y delicada, no hemos de olvidar que estamos hablando de un experto criador de abejas. Así que, tras casi una noche entera de intenso trabajo, aquel hombre logró desarmar a todas o a casi todas las inquilinas de las colmenas reales.

—No sabía que se le pudiera extraer el aguijón a una abeja viva —dijo la baronesa con incredulidad.

—Toda profesión tiene sus secretos, querida —contestó Clovis—. Si no los tuviera no sería una profesión. En fin, ¿por dónde iba? Ah, sí. El momento de la ejecución llegó. El rey y todos los miembros de la corte ocuparon sus respectivos lugares. Se permitió asistir también a todos aquellos de entre el pueblo llano que deseasen presenciar un espectáculo tan poco frecuente como aquél. Afortunadamente, el jardín en el que las colmenas se hallaban dispuestas gozaba de grandes dimensiones y estaba rodeado, además, por toda una serie de amplias terrazas. Tras construir unas cuantas plataformas y apretujar un poco en ellas a los espectadores, pudo hacerse sitio para todo el mundo. Cuando Vespaluus fue conducido hasta donde se hallaban las colmenas no pudo evitar sonrojarse y sentirse ligeramente azorado, pero ni mucho menos le disgustó el hecho de ser el centro de atención de todos los presentes.

—Entonces ya se parece a ti en algo más que en la simple apariencia —dijo la baronesa.

—Por favor, señora, no interrumpa en el momento crucial de la historia —dijo Clovis—. Tan pronto como estuvo cuidadosamente colocado sobre las colmenas en la posición anteriormente descrita, y sin apenas darle tiempo a sus guardianes para retirarse a un lugar seguro, Vespaluus lanzó una certera patada con la que derribó por tierra, una encima de otra, las tres colmenas. Al cabo de unos segundos su cuerpo se hallaba completamente cubierto de abejas de la cabeza a los pies. Aunque cada uno de aquellos insectos guardaba en su interior la terrible y humillante verdad de que, precisamente en el momento en que mayor falta le hacía, se veía privado de su aguijón, parecía como si todos ellos se hubiesen puesto de acuerdo en fingir que aún lo conservaban. Vespaluus, mientras tanto, chillaba y se retorcía de risa, pues, no en vano, miles de patitas le estaban haciendo cosquillas por todo el cuerpo. De vez en cuando lanzaba una furiosa patada o soltaba una palabrota cuando una de las pocas abejas que no había llegado a ser desarmada le demostraba cómo se sentía. En cuanto a los espectadores, éstos contemplaban asombrados cómo el muchacho no daba el menor signo de agonía. Y cuando las abejas, hartas ya de aquel infructuoso juego, comenzaron poco a poco a alejarse en grandes bandadas aleteantes, la piel del muchacho fue quedando progresivamente a la vista: se hallaba tan blanca y suave como lo había estado antes de dar comienzo la frustrada ejecución. Lo único que alteraba algo el estado de su piel era el brillo acuoso de algunas manchas de miel y algún que otro punto rojo que mostraba dónde habían actuado los escasos aguijones que habían estado presentes en la ceremonia. Conforme se fue haciendo evidente que algún increíble milagro acababa de obrar en su favor, un sonoro murmullo, a medio camino entre el asombro y el júbilo, se elevó entre la multitud presente. El rey ordenó que bajasen a Vespaluus de donde estaba y lo mantuviesen a buen recaudo hasta nueva orden. Acto seguido, indignado y sin decir una sola palabra, se fue a comer. Durante la comida, tuvo cuidado de comer y beber con las mismas ganas y la misma abundancia que siempre, justo como si no hubiese pasado nada inusual, pero una vez terminado el banquete, mandó llamar al Bibliotecario Real.

»—¿Cómo se explica lo ocurrido? —le preguntó.

»—Verá, Su Majestad —comenzó a decir el funcionario—, o bien hay algo que marcha mal en todas esas abejas o…

»—No hay nada que marche mal en mis abejas —dijo el rey con altivez—. Son las mejores abejas del mundo.

»—Pues entonces —dijo el bibliotecario— hay algo que marcha inevitablemente bien en el Príncipe Vespaluus.

»—En tal caso, si en Vespaluus todo marcha bien, entonces es en mí mismo donde debe de estar el error.

»El bibliotecario guardó silencio durante un momento. Hablar con demasiada precipitación, sin detenerse a pensar, había sido la perdición de muchos, pero en aquella ocasión fue aquel silencio tan poco meditado lo que causó la ruina de aquel desafortunado miembro de la corte.

»Olvidando por un lado la compostura debida a la dignidad de su cargo, y por otro esa regla sagrada según la cual siempre se debe dejar descansar al cuerpo y a la mente después de una copiosa comida, el rey se abalanzó sobre el guardián de los libros reales y comenzó a golpearlo repetidas veces en la cabeza primero con un tablero de ajedrez de marfil, después con una gran jarra de vino, y por último con un sólido candelabro de latón. Luego, durante un buen rato, se dedicó a golpearlo violentamente contra un enorme brasero de hierro y a propinarle una serie de furiosas patadas que lo hicieron rodar por toda la estancia. Por último, lo cogió de los pelos, lo arrastró un rato por un largo pasillo y acabó arrojándolo al patio por una ventana.

—¿Y le dolió mucho? —preguntó la baronesa.

—Desde luego, le dolió más de lo que le sorprendió, que ya era mucho —dijo Clovis—. Porque, si bien el rey tenía fama de ser un hombre de carácter muy violento, aquélla era la primera vez que se dejaba llevar de manera tan incontrolada nada más acabar de comer. Pero a lo que iba. Aunque el bibliotecario sobrevivió algún tiempo (de hecho, por lo que yo sé, si a estas alturas todavía no se ha muerto de viejo ya debe haberse recuperado), el rey Hkrikros murió aquella misma tarde. Vespaluus apenas había acabado de quitarse de encima los últimos restos de miel cuando una apresurada comitiva fue a su encuentro para ponerle la corona en la cabeza. Y entre aquel milagro atestiguado por tanta gente por un lado y la llegada al trono de un rey cristiano por otro, a nadie sorprendió que se produjese una auténtica avalancha de conversos a la nueva religión. Un obispo que fue consagrado a toda prisa como tal se vio súbitamente desbordado de trabajo debido a la enorme cantidad de bautizos que tuvo que celebrar en la improvisada Catedral de San Odilo. Y aquel muchacho que a punto estuvo de quedarse en mártir acabó convertido, gracias a la imaginación de todos sus súbditos, en un santo cuya fama fue capaz de atraer a la capital a multitudes enteras de visitantes que se veían impelidos tanto por la curiosidad como por la devoción. Vespaluus, que se hallaba demasiado ocupado organizando los juegos y los torneos deportivos que marcarían el inicio de su reinado, no tuvo tiempo para prestarle atención al fervor religioso que estaba brotando alrededor de su persona. El primer indicio que tuvo de cuál era la situación a dicho respecto fue cuando el chambelán de la corte le llevó, para que diera su aprobación, el proyecto de una ceremonia en la que se procedería a talar el bosquecillo en el que vivían las serpientes sagradas.

»—Su Majestad tendrá el gran honor de talar el primer árbol con un hacha que ha sido consagrada especialmente para la ocasión —dijo el servil funcionario.

»—Antes preferiría cortarte a ti la cabeza con la primera hacha que encontrase a mano —dijo Vespaluus lleno de indignación—. ¿Es que acaso te crees que voy a iniciar mi reinado ofendiendo de esa manera tan ruin a las serpientes sagradas? Sería algo de lo más nefasto.

»—¿Y qué hay de sus principios cristianos, Majestad? —no pudo menos que exclamar el desconcertado chambelán nada más escuchar aquellas palabras.

»—Nunca tuve ninguno —respondió Vespaluus—. Lo que hacía era fingir que me había convertido al Cristianismo simplemente para hacer rabiar a Hkrikros. Me encantaba ver cómo se ponía hecho una furia. Y encontraba de lo más divertido ser reprendido, azotado e incluso encerrado en una torre para nada. Pero en cuanto a convertirme de verdad en cristiano, tal y como todos vosotros habéis hecho, eso nunca se me hubiera ocurrido. Y menos aún sabiendo que mis queridas serpientes sagradas estaban siempre ahí cada vez que les rezaba y que les pedía ayuda para tener éxito en las carreras, en la lucha y en la caza. Además, sé que gracias a ellas las abejas no me hicieron daño con sus aguijones. Por todo ello y mucho más creo que si me volviese de pronto contra ellas justo cuando comienza mi reinado cometería un imperdonable acto de ingratitud. Por lo demás, quiero que sepas que te odio y te desprecio por haber sugerido tal atrocidad.

»El chambelán se retorció las manos con evidentes signos de desesperación.

»—Pero, Su Majestad —gimió—, el pueblo le venera como a un santo. Los nobles se convierten a puñados al Cristianismo. Las potencias vecinas que profesan la religión cristiana envían a sus representantes para darle la bienvenida a la nueva fe y ofrecerle su cooperación como a un hermano. Se ha llegado a hablar de convertirle en santo patrón de las abejas y las colmenas. Incluso a cierto tono de color que queda a medio camino entre los colores amarillo y miel le han puesto el nombre de “amarillo vespalusiano” en la corte del emperador. Su Majestad no puede echarse atrás después de todo eso.

»—Me da completamente igual que me veneren, que vengan a darme la bienvenida o que me tomen como un símbolo —dijo Vespaluus—. Y me importa muy poco que me nombren santo siempre que, además, no tenga que actuar como un verdadero santo. Pero lo que de una vez por todas quiero que entiendas es que de ninguna de las maneras voy a renunciar a rendirle culto a las serpientes a las que tanto debo.

»Una siniestra amenaza latía en la manera en que había dicho las últimas palabras. Sus hermosos ojos oscuros relampaguearon excitados.

»—Un nuevo rey, pero el mismo genio de siempre —dijo el chambelán.

»Finalmente, viendo que todo aquello se había convertido en una cuestión de estado que se hacía necesario resolver cuanto antes, se llegó a un acuerdo en la cuestión de las religiones. En determinadas ocasiones, el rey aparecería ante sus súbditos en la catedral de la capital representando el papel de San Vespaluus. Por lo demás, el bosquecillo idolatrado por los adoradores de las serpientes fue gradualmente podado, recortado y talado hasta que finalmente no quedó nada de él. No obstante, por lo que respecta a las serpientes sagradas, éstas fueron trasladadas a un macizo de arbustos que había en cierto rincón resguardado de los jardines reales. Allí, Vespaluus el Pagano y unos cuantos miembros de su casa se dedicaban a adorarlas con fervor. Probablemente ésa fue la razón de que el éxito en los deportes y en la caza los acompañara siempre tanto a él como a sus hijos hasta el final de sus días. Y probablemente ésa fue también la causa de que, a pesar de toda la veneración que el pueblo tenía por aquel santo, éste nunca fuera canonizado oficialmente.

—¡Vaya! Por fin ha dejado de llover —dijo entonces la baronesa.

El camino de la lechería

Sentados en uno de los rincones más concurridos del parque, la baronesa y Clovis pasaban el tiempo intercambiando cotilleos y confidencias acerca de cuantos pasaban a su lado.

—¿Quiénes eran esas tres jóvenes de aspecto tan triste y deprimido que acaban de pasar hace un momento? —preguntó la baronesa—. Parece como si se hubieran resignado a aceptar una mala pasada que el destino les hubiese jugado.

—Ésas —respondió Clovis— son las hermanas Brimley Bomefield. Estoy seguro de que si usted hubiese pasado por lo mismo que ellas, también tendría ese aspecto tan deprimido.

—¿Ah, sí? Pues quiero que sepas que yo no hago más que tener malas experiencias —dijo la baronesa—. La diferencia está en que yo nunca dejo que se me note. Hacerlo sería un error tan grande como aparentar mi verdadera edad. Pero, cuéntame, ¿qué fue lo que le ocurrió a esas tres hermanas?

—Bueno —dijo Clovis—, digamos que su tragedia comenzó cuando una tía suya entró a formar parte de sus vidas. En realidad, dicha tía había estado allí todo el tiempo, pero ellas casi habían olvidado por completo su existencia hasta que, un buen día, un pariente lejano se las devolvió a la memoria cuando decidió incluirla, y de manera, por cierto, muy generosa, en su testamento. Lo cual demuestra que es increíble lo que uno puede llegar a conseguir dando ejemplo a los demás.

»Dicha tía, que durante toda su vida había sido una persona de posición más bien humilde, se vio de pronto convertida en una mujer inmensamente rica, por lo que las hermanas Brimley Bomefield, súbitamente preocupadas por la vida tan solitaria que desde hacía tiempo llevaba la mujer, decidieron por unanimidad ofrecerle su grata compañía. De un día para otro aquella mujer se convirtió en el centro de atención de tantas sobrinas que apenas era capaz de recordar sus nombres.

—¿Y quieres decirme qué tuvo eso de trágico para las hermanas Brimley Bomefield? —dijo la baronesa.

—Aún no hemos llegado a esa parte —dijo Clovis—. La tía era una mujer acostumbrada desde siempre a la vida sencilla, por lo que no había visto prácticamente nada de mundo. Sus sobrinas, por su parte, tampoco la animaban precisamente al derroche, pues tenían bien presente que, siendo su tía una mujer bastante mayor, una buena parte del dinero iría a parar muy pronto a sus manos. No obstante, cuando un día la anciana les confió sin tapujos que antes de morir tenía intención de dejarle un buen pellizco de su pequeña fortuna a cierto sobrino de la otra rama de la familia, un auténtico jarro de agua fría cayó sobre las esperanzas que las tres tenían depositadas en aquella tía tan apetitosa. No en vano, Roger, el mencionado sobrino, además de ser un sinvergüenza de lo más deplorable, era, por lo que a dinero se refería, un verdadero pozo sin fondo. Pero a pesar de todo, como en años anteriores se había portado más o menos bien con la anciana mujer, ésta se negó a oír cualquier cosa en contra del muchacho. Y aunque las tres hermanas se esforzaron por que la anciana tuviese una buena cantidad de historias que escuchar, no consiguieron disuadirla de su idea. «Es una auténtica pena», se decían las tres entre sí, «que un dinero tan bueno como el de la tía tenga que caer en unas manos que tan poco se lo merecen». Las tres se habían acostumbrado a llamar «dinero bueno» al dinero de su tía, como si el resto de las ancianas de este mundo no tuviesen más que dinero falso.

»Con frecuencia, en especial cuando llegaba la época en que se celebraban carreras importantes como el Derby o St. Leger, las tres hermanas, procurando siempre que su tía las oyera, se dedicaban a especular en voz alta sobre cuánto dinero habría derrochado Roger en sus desafortunadas apuestas.

»—Debe de gastar una auténtica fortuna viajando —comentó un día la mayor de las tres hermanas Brimley Bomefield—. Dicen por ahí que asiste a todas las carreras que se celebran en Inglaterra, e incluso a algunas que tienen lugar en el extranjero. No me extrañaría nada que fuese capaz de ir hasta la India para ver esas carreras que se celebran en Calcuta y de las que tanto se oye hablar hoy en día.

»—Viajar es algo que ensancha el espíritu —dijo su tía como queriendo justificar a su sobrino.

»—Desde luego que sí, querida tía, pero sólo cuando se hace por el placer de viajar —puntualizó Christine—. Pero si uno no hace más que ir de un lado para otro con el objetivo de derrochar el dinero apostando, lo único que se consigue, más que ensanchar el espíritu, es contraer la cuenta corriente. No obstante, mientras Roger se lo pase bien así, supongo que no le debe de preocupar lo más mínimo cuán rápidamente se le va el dinero de las manos o de dónde puede sacar más. Lo único que quiero decir es que es una pena.

«Para entonces la tía se había puesto a hablar de otra cosa, por lo que parecía difícil que le hubiese prestado la menor atención a aquella especie de discursito moralizante que Christine acababa de pronunciar. No obstante, aquel comentario que había hecho la anciana acerca de que viajar ensanchaba el espíritu sirvió para que a la más pequeña de las hermanas Brimley Bomefield se le ocurriese una brillante idea para dejar a Roger en evidencia.

»—Si tan sólo pudiésemos llevarnos a la tía a algún lugar en el que pudiese ver por sí misma cómo Roger apuesta y derrocha el dinero… —le dijo a sus hermanas en cuanto las tres se quedaron solas—. Seguro que, por lo que se refiere a abrirle los ojos y hacerle ver cómo es él, eso surtiría mucho más efecto que todo lo que nosotras le podamos decir.

»—Pero, mi querida Veronique —respondieron sus hermanas—, nosotras no podemos seguir a Roger a las carreras.

»—A las carreras no —dijo Veronique—, pero sí que podríamos ir a algún lugar donde podamos dedicarnos a mirar cómo juegan los demás sin tener necesariamente que tomar parte en el juego.

»—¿Estás hablando de ir a Montecarlo? —le preguntaron las otras, repentinamente entusiasmadas con la idea.

»—Montecarlo está demasiado lejos. Además, tiene una horrible reputación —dijo Veronique—. No me gustaría que nuestros amigos se enteraran de que nos vamos a Montecarlo. Pero creo que Roger suele ir a Dieppe por esta época del año. Y algunos ingleses de lo más respetable acuden también allí. Además, el viaje no nos saldría muy caro. Así que, si nuestra tía se anima a soportar la travesía hasta el continente, creo que un cambio de aires podría sentarle de perlas.

»Y así fue cómo a las hermanas Brimley Bomefield se les ocurrió llevar a cabo aquella fatídica idea.

»Tal y como ellas mismas recordarían siempre, las desgracias parecieron cernirse sobre el grupo desde el primer día de viaje. Para empezar, las tres hermanas se encontraron indispuestas durante casi toda la travesía, mientras que su tía, por el contrario, no hizo sino disfrutar del aire del mar y entablar amistad con los tipos más extraños que se encontró a bordo. Además, aunque hacía ya muchos años desde la última vez que había estado en el continente, había pasado algún tiempo allí mientras aprendía el oficio de dama de compañía, por lo que su dominio del francés coloquial superaba con creces al de sus sobrinas. Y, como es fácil imaginar, resultaba cada vez más difícil mantenerse a cargo de alguien que sabía lo que quería, que era capaz de pedirlo y que sabía estar al tanto de si se lo daban o no.

»Al llegar a Dieppe no encontraron ni rastro de Roger por ningún lado. Cuando por fin pudieron averiguar algo de él, resultó que se había trasladado a Pourville, un balneario situado a una o dos millas al oeste. Tras mucho insistir en que Dieppe era un lugar demasiado frívolo y ruidoso, las hermanas Brimley Bomefield lograron por fin convencer a su anciana tía de que se marcharan a disfrutar de la relativa tranquilidad del balneario de Pourville.

»—Ya verás cómo no es un lugar tan aburrido como puede parecer a simple vista —le aseguraron—. Hay incluso un pequeño casino pegado al hotel en el que podrás observar cómo la gente baila y despilfarra el dinero jugando a los caballitos .

»Aunque Roger no se hallaba alojado en el mismo hotel que ellas, las tres hermanas estaban seguras de que el casino no tardaría en verse honrado casi todas las noches con su presencia.

»La primera noche que acudieron al casino lo hicieron después de cenar bastante temprano y con la única idea de limitarse a rondar por entre las mesas. Bertie van Tahn, que se hallaba allí aquella noche, me lo contó todo. Las hermanas Brimley Bomefield no hacían más que vigilar disimuladamente las puertas, como si estuviesen esperando la llegada de alguien, mientras la tía, a la vez que se divertía observando el juego, se iba interesando cada vez más en aquellos caballitos que no paraban de dar vueltas alrededor de las mesas una y otra vez.

»—¿Sabías que el caballito número ocho no ha ganado ni una sola vez en las últimas treinta y dos carreras? —le dijo al cabo de un rato a Christine—. He estado llevando la cuenta. Me temo que voy a tener que poner cinco francos a su favor para ver si el pobrecillo levanta cabeza.

»—¿Y por qué no vas mejor a ver cómo baila la gente, querida? —le propuso Christine, nerviosa.

»Lo cierto era que el hecho de que Roger entrase y se encontrase a la que también era su tía apostando en la mesa de los caballitos no formaba precisamente parte de su plan.

»—Tu espérame aquí mientras yo me acerco un momento a apostar cinco francos por el número ocho —dijo la anciana.

»Un segundo más tarde la mujer ya había puesto el dinero sobre la mesa. Los caballos comenzaron a dar vueltas. Aunque aquélla fue una carrera bastante más lenta que las demás, el número ocho se arrastró poco a poco hasta la meta como un astuto diablillo hasta situar su minúsculo hocico unos milímetros por delante del número tres, que era el que hasta aquel momento parecía no tener rival. Aunque hubo que recurrir a medir manualmente la diferencia entre ambos caballos, el número ocho fue proclamado finalmente ganador. La anciana tía se encontró de golpe recogiendo treinta y cinco francos en concepto de premio. Después de aquello, a las hermanas Brimley Bomefield más les hubiera valido concentrar todo su esfuerzo y atención en mantenerla alejada de las mesas. Para cuando Roger apareció por fin por la puerta la mujer ya iba ganando cincuenta y dos francos mientras sus sobrinas se limitaban a permanecer en un segundo plano, deambulando de aquí para allá con aspecto abatido, como si fuesen tres pollitos que, tras ser empollados por una pata, contemplasen con desesperación cómo su madre se desenvolvía en un ambiente totalmente extraño para ellos. La fiesta que posteriormente Roger insistió en celebrar en honor de su tía y de las tres señoritas Brimley Bomefield destacó tanto por la desenfrenada alegría de dos de los participantes como por la fúnebre melancolía de tres de las invitadas.

»—Creo —le confió Christine a un amigo, el cual, a su vez, se lo confiaría más tarde a Bertie van Tahn— que nunca más podré volver a probar el pâté de foie gras. Me traería dolorosos recuerdos de aquella velada tan espantosa.

«Durante los dos o tres días siguientes las sobrinas estuvieron urdiendo planes para o bien regresar a Inglaterra o bien trasladarse a algún otro centro turístico en el que no hubiese ningún casino. Su anciana tía, mientras tanto, se hallaba muy ocupada intentando idear un sistema por medio del cual poder ganar a los caballitos. El número ocho, su primer amor, llevaba tiempo corriendo de una manera que a ella le resultaba bastante ingrata, y las pocas veces que había arriesgado el todo por el todo apostando por el número cinco la cosa había resultado aún peor.

»—¿A que no sabéis una cosa? Esta tarde me he dejado más de setecientos francos jugando en las mesas del casino —anunció alegremente durante la cena cuatro días después de su llegada.

»—¡Tía! ¡Eso son veintiocho libras! ¡Y eso sin contar lo que perdiste anoche!

»—Oh, no te preocupes, querida. Ya las recuperaré —dijo con optimismo—. Pero no aquí. Esos estúpidos caballitos no sirven para nada. Lo que voy a hacer es ir a algún sitio donde se pueda jugar cómodamente a la ruleta. Y en cuanto a vosotras, no tenéis por qué escandalizaros tanto. Dentro de mí siempre he tenido la firme convicción de que, si alguna vez se me ofrecía la oportunidad, podría llegar a ser una jugadora de primera categoría. Y ahora, queridas mías, vosotras me habéis brindado esa oportunidad. Creo que, por ello mismo, voy a beber a vuestra salud. ¡Camarero, una botella de Pontet Canet! ¡Vaya! Así que ese vino tiene el número siete en la lista de vinos, ¿eh? Muy interesante. Esta misma noche me lo jugaré todo al número siete. Esta tarde el caballo número siete ganó cuatro veces mientras yo perdía el tiempo apostando por el número cinco.

»Aquella noche el caballo número siete no tuvo precisamente la victoria de cara. Las hermanas Brimley Bomefield, hartas de tener que ver desde lejos cómo los desastres se iban sucediendo uno tras otro, decidieron acercarse a la mesa donde su tía se había convertido ya en una clienta de honor y durante un buen rato observaron, atenazadas por un enorme pesar, cómo fueron sucediéndose las victorias de los números uno, cinco, ocho y cuatro, las cuales fueron barriendo del tapete el “dinero bueno” de aquella apostadora tan obsesiva que siempre jugaba con el número siete. Las pérdidas de aquel día ascendieron a una suma total de casi dos mil francos.

»—Sois unas jugadoras verdaderamente incorregibles —les dijo Roger en son de broma cuando se las encontró en las mesas.

»—Nosotras no estamos jugando —se apresuró a decir Christine fríamente—. Tan sólo estamos mirando.

»—Yo no diría eso —dijo Roger sonriendo con complicidad—. Se nota a la legua que actuáis como un grupo perfectamente organizado y que nuestra tía es quien se encarga de realizar las apuestas en nombre de todas vosotras. A juzgar por las caras que ponéis cuando gana el caballo equivocado, cualquiera se daría cuenta de que hay dinero vuestro sobre la mesa.

»Tía y sobrino cenaron solos aquella noche, o al menos eso es lo que hubieran hecho si Bertie van Tahn no se hubiese unido a ellos. Las tres señoritas Brimley Bomefield se disculparon alegando que tenían unos tremendos dolores de cabeza.

»Al día siguiente, la anciana tía se las llevó a las tres a Dieppe y emprendió alegremente la tarea de recuperarse de sus pérdidas. Su suerte era imprecisa y muy variable. De hecho, a veces tenía rachas de buena suerte, pero en líneas generales era una perfecta perdedora. Las hermanas Brimley Bomefield llegaron incluso a sufrir, las tres a la vez, un agudo ataque de nervios cuando se enteraron de que había vendido una buena parte de las acciones que tenía en unas cuantas empresas ferroviarias de Argentina.

»—Nada podrá ya hacer que ese dinero vuelva —no dejaban de decirse lúgubremente una a otra.

»Finalmente, Veronique ya no pudo soportarlo más y optó por regresar a casa. Aquello no era de extrañar, pues la idea de realizar con la anciana aquel desastroso viaje había sido suya, y aunque sus dos hermanas no habían llegado al extremo de echarle en cara tal hecho, no podía ignorar que en las miradas de ellas flotaba siempre un mudo reproche que, aunque no llegaba a expresarse en palabras, era infinitamente más duro de soportar que éstas. Sus hermanas prefirieron quedarse con la tía, resignadas a montar guardia junto a la anciana todo el tiempo que fuese necesario, o al menos hasta que la temporada turística de Dieppe tocase a su fin, lo cual, sin duda, la haría pensar en dar media vuelta y regresar al hogar. Sin poder reprimir su ansiedad, se entretuvieron haciendo cálculos y más cálculos para prever cuánto “dinero bueno” podría, sin dejar nunca de confiar en la suerte, ser todavía dilapidado mientras no llegaba el momento de dicho regreso. Pero también en eso resultaron erróneas sus predicciones, pues el cierre de la temporada de Dieppe sólo sirvió para que la anciana se dedicase a buscar algún otro centro turístico en el que poder seguir jugando.

»Si mi memoria no me falla, hay un proverbio que dice más o menos así: “Enséñale a un gato el camino de la lechería y verás como de él ya no se desvía”. Eso fue exactamente lo que ocurrió en el caso de la tía de las hermanas Brimley Bomefield. De golpe y porrazo, aquella anciana se había visto desbordada por toda una serie de placeres que hasta entonces no había tenido oportunidad de explorar. Unos placeres que, como era de esperar, encontró muy de su gusto. Y por eso mismo no tenía ninguna prisa en renunciar a los frutos que le había proporcionado aquella experiencia tan reciente.

»Imagíneselo usted, señora baronesa. Por primera vez en toda su vida, aquella anciana se estaba divirtiendo de verdad. Estaba perdiendo montones de dinero, es cierto, pero a cambio obtenía toneladas de diversión. Además, por mucho que gastase siempre le quedaba dinero de sobra para salir adelante sin estrecheces. De hecho, lo único que estaba haciendo era aprender el arte de tratarse bien a uno mismo. No tardó en convertirse en una anfitriona de lo más popular en el círculo de aficionados al juego, los cuales, a cambio, no dudaban en invitarla a comer o a cenar cuando tenían la suerte de cara. Sus sobrinas, por el contrario, encontraban escaso placer en todas aquellas celebraciones de carácter tan bohemio. Aunque permanecían todavía atentas a su tía, asistían a cuanto las rodeaba a regañadientes y dejando entrever una patética desgana. En realidad, ambas se sentían como la tripulación de un barco cargado de tesoros que, de repente, precisamente cuando falta muy poquito para llegar a puerto, comienza a hundirse a gran velocidad. Y es que, no en vano, ver cómo se dilapidaba todo aquel “dinero bueno” en el disfrute y la buena vida de aquella frívola pandilla de jugadores y juerguistas de cuya amistad ellas probablemente no pudiesen sacar el menor provecho, era algo que no las incitaba precisamente a estar alegres. Siempre que la ocasión se lo permitía, se las arreglaban poniendo excusas para no tener que asistir a aquellas lamentables fiestas que organizaba su tía. Fue así como los dolores de cabeza de las hermanas Brimley Bomefield se hicieron tremendamente famosos.

»Hasta que un día ambas sobrinas llegaron a la conclusión de que de nada iba a servir permanecer a todas horas pendiente de alguien que había acabado emancipándose de ellas de una manera tan rotunda. Cuando le comunicaron a su tía que habían tomado la determinación de emprender el regreso a casa, la anciana recibió la noticia dando unas muestras de alegría que, cuando menos, les resultaron desconcertantes.

»—Es una buena idea. Ya iba siendo hora de que os decidierais a volver. Así podréis hacer que un especialista os mire lo de esos dolores de cabeza —fue su único comentario.

»El viaje de regreso de las dos hermanas Brimley Bomefield fue una auténtica retirada de Moscú, aunque lo que la hizo aún más amarga fue el hecho de que, en este caso, el Moscú que abandonaban no estaba plagado de fuego y cenizas, sino más bien de una desbordante alegría.

»Gracias a amigos y conocidos, de vez en cuando reciben noticias de su derrochadora tía, quien ha acabado convertida en una verdadera ludópata. Actualmente vive de unos ingresos tan precarios que a menudo tiene que recurrir a la ayuda de los escasos prestamistas que todavía le siguen haciendo caso.

»Así que no debe sorprenderle, señora baronesa —concluyó Clovis—, que las tres hermanas tengan ese aspecto tan deprimido.

—¿Y cuál de ellas es Veronique? —preguntó la baronesa.

—La de aspecto más deprimido —respondió Clovis.

La propuesta de paz

—Quiero que me ayudes a organizar algún tipo de representación dramática —le dijo un día la baronesa a Clovis—. ¿Que por qué te pido algo así? Pues verás, querido: como sin duda sabrás, ha habido una propuesta de elecciones anticipadas, un miembro del Parlamento ha sido destituido y un malestar y un resentimiento enormes parecen haberse adueñado de nuestra clase social. Prácticamente todos los aristócratas de la ciudad se hallan divididos en dos bandos por culpa de las diferencias políticas. Por todo ello creo que una obra de teatro sería una buena excusa, además de una excelente oportunidad, para volver a reunirlos a todos y darles algo en que pensar que no sean todas esas estúpidas disputas políticas.

Era evidente que la baronesa aspiraba a reproducir bajo su propio techo los efectos apaciguadores que, más por tradición que por otra cosa, suelen tener todas esas «conferencias de paz» de las que habla la Historia.

—Podríamos hacer algo al estilo de la tragedia griega —dijo Clovis tras reflexionar unos segundos—. «El Regreso de Agamenón», por ejemplo .

La baronesa frunció el ceño.

—No sé. ¿No crees que eso suena demasiado parecido a los resultados de unas elecciones?

—No se refiere a ese tipo de regresos —explicó Clovis—. Se trata de un regreso al hogar.

—Creí que habías dicho que se trataba de una tragedia.

—Bueno, en cierta manera lo es. Agamenón acaba siendo asesinado en su propia bañera.

—Ah, claro. Ahora recuerdo la historia. ¿Y quieres que sea yo quien haga el papel de Charlotte Corday?

—Esa es una historia diferente que tuvo lugar en un siglo muy diferente —dijo Clovis—. Por lo general, las obras dramáticas están pensadas para que toda la acción tenga lugar en un mismo siglo. Y en este caso quien comete el asesinato se llama Clitemnestra y vive muchos siglos por delante de Marat y de Charlotte Corday.

—Clitemnestra. Qué nombre tan bonito. Me gustaría hacer ese papel. Y me imagino que tú querrás hacer el de ese Aga-como-se-llame, ¿verdad?

—Pues no, querida. En la fecha en que se desarrolla la acción Agamenón ya era un hombre madurito. Tenía hijos en edad adulta y probablemente luciese una poblada barba que le haría parecer mucho más viejo de lo que en realidad era. Yo prefiero hacer el papel de su auriga, el de su criado o el de algún otro personaje puramente decorativo. Pero eso es lo de menos. Lo más importante es procurar que todo salga a la manera sumeria, ya me entiende.

—No, no te entiendo —dijo la baronesa tras guardar silencio durante unos segundos—. O, al menos, no te entenderé hasta que no me expliques exactamente qué quieres decir con eso de la manera sumeria.

Clovis soltó un suspiro.

—Quiero decir música extraña, bailes exóticos, grandes saltos y ropas extravagantes combinadas sabiamente con partes desnudas. Aunque, a decir verdad, cuantas más partes desnudas haya, mejor. Ya me entiende: todo ese tipo de parafernalia.

La baronesa volvió a guardar silencio durante unos segundos.

—Si no recuerdo mal, creo haberte dicho que vamos a tener público —dijo al fin—. Casi toda la clase aristocrática se acercará a ver la obra. Y estoy segura de que no les gustará mucho que nos dediquemos a pasear medio desnudos por el escenario. Resultaría demasiado… demasiado griego.

—Podría usted responder a cualquier objeción alegando razones de higiene. O, si no, diciendo que es para apreciar mejor la armonía del cuerpo humano sobre el escenario. No sé, cualquier cosa. Después de todo, ya que hoy día todo el mundo parece dispuesto a divulgar sin pudor alguno los secretos que guarda en su interior, ¿por qué no hacer lo mismo con los secretos de su exterior?

—Mi querido muchacho, quiero que entiendas una cosa. Puedo invitar a lo más distinguido de la clase política del país a una obra de teatro clásico griego. Puedo invitar a lo más selecto de la nobleza a una fiesta de disfraces. Pero lo que de ninguna manera puedo hacer es invitarlos a todos a un desfile de disfraces inspirado en la Grecia clásica. Y no hay que dejarse arrastrar por el instinto puramente dramático porque eso sería ir demasiado lejos. Tenemos que tener en cuenta el entorno, es decir, nuestro público. Cuando uno vive rodeado de galgos debe procurar parecerse lo menos posible a una liebre. A menos, claro está, que uno quiera que le partan el cuello. Y lo último que a mí me apetece es que algo así me ocurra en mi propia casa. No olvides que tengo pagados siete años de alquiler de esta casa y tengo que amortizarlos como sea. Así que —añadió la baronesa tras una pequeña pausa—, ve olvidándote de los bailes exóticos y de las acrobacias porque había pensado en pedirle a Emily Dushford que nos eche una mano. Ella es una buena chica y hará todo lo que le digamos. O, al menos, lo intentará. Pero, por favor, nada de saltos. ¿O acaso puedes imaginarte a Emily dando saltos mortales de aquí para allá con ese cuerpo que tiene?

—Ella podría hacer el papel de Casandra. Los únicos saltos que tendrá que dar son saltos en el tiempo. Metafóricamente hablando, claro.

—Casandra. Un nombre muy bonito. ¿Qué clase de personaje es?

—Una especie de adivina. Profetizaba desastres y catástrofes. Conocerla era enterarse de las cosas más espantosas que iban a ocurrir en el futuro. Pero afortunadamente para la felicidad de la época en que vivió, nadie la tomaba muy en serio. De todos modos, debía de resultar verdaderamente insoportable verla aparecer justo después de ocurrir una catástrofe mirando a todo el mundo por encima del hombro y con una expresión en la cara con la que parecía querer decir: «Os lo advertí. A ver si la próxima vez os creéis lo que yo os diga».

—Si yo hubiera estado allí, estoy segura de que me hubieran entrado ganas de matarla.

—Eso mismo debió de sentir Clitemnestra.

—¿Ah, sí? Entonces, a pesar de tratarse de una tragedia, tiene un final feliz, ¿no?

—Bueno, yo no diría eso —respondió Clovis—. La satisfacción que debió de proporcionar acabar de una vez por todas con Casandra debió de verse en buena medida mitigada por el hecho de que seguramente ella ya había adivinado previamente lo que le iba a ocurrir. Lo más probable es que muriese con una sonrisa de lo más irritante en los labios, como queriendo decir: «¿no te lo dije?». A propósito, me imagino que todas las muertes de la obra tendrán lugar a la manera sumeria, ¿no?

—Querido, como no me expliques eso, yo… —dijo la baronesa sacando un lápiz y un pequeño cuaderno.

—Quiero decir que los asesinatos de la obra se cometerán lentamente, con dramatismo, recreándose un poco en ellos, con muchos golpes pequeños en vez de proceder dando una única estocada fulminante. Recuerde que, como está usted en su propia casa, no hay ninguna necesidad de cometer los asesinatos a toda prisa, como si fuesen una desagradable obligación que uno está deseando acabar cuanto antes.

—¿Y cómo acabo yo? Quiero decir, ¿qué es lo que voy a hacer yo justo antes de que caiga el telón?

—Pues, por ejemplo, arrojarse en los brazos de su amante. Incluso podríamos aprovechar para meter ahí uno de los saltos más espectaculares.

El montaje y los ensayos de la obra acabaron convirtiéndose en la causa, al menos en un ámbito limitado, de casi tantas disputas y enemistades como las originadas por la propuesta de elecciones anticipadas antes aludida. Clovis, como adaptador y director de escena, hizo cuanto le fue posible por que el auriga se convirtiese en el personaje más destacado de la representación. La túnica de piel de tigre que pensaba llevar puesta originó al menos tantos problemas y discusiones como la irregular sucesión de amantes de Clitemnestra, quienes, uno detrás de otro y con una alarmante unanimidad, decidían no volver a aparecer por allí después de realizada la primera prueba. Una vez que, tras muchos esfuerzos y audiciones, el reparto quedó definitivamente fijado sin posibilidad de más cambios ni deserciones, no tardaron en surgir nuevos problemas. Mientras Clovis y la baronesa se dedicaban a exagerar hasta lo indecible el estilo sumerio, del resto de los actores apenas podía decirse que ni tan siquiera lo intentasen. Y en cuanto a Casandra, de quien se esperaba que improvisase a la hora de pronunciar sus fatídicas profecías, parecía tan incapaz de dar saltos en el tiempo como de caminar por el escenario sin parecer un oso adormilado.

—¡Oh, pobres troyanos! ¡Oh, pobre Troya! ¡No saben lo que les espera! —fue lo más inspirado que se le ocurrió decir después de pasarse varias horas consultando y estudiando a conciencia varios tratados sobre la época.

—No tiene ningún sentido predecir la caída de Troya —objetó Clovis—, porque Troya ya ha caído antes de que dé comienzo la acción de la obra. Y no se te ocurra decir tampoco nada de lo que esté a punto de ocurrirte a ti en la obra porque si lo haces el público averiguará antes de tiempo lo que va a suceder.

Después de varios minutos de concentración durante los cuales dio la impresión de que a la mujer empezaban a dolerle los sesos de tanto cavilar, Casandra sonrió de manera tranquilizadora.

—Ya lo tengo. Predeciré un largo y feliz reinado para Jorge V.

—Escúchame bien, querida —protestó Clovis—. ¿Es que todavía no te has enterado de que Casandra sólo está especializada en predecir catástrofes?

Hubo una nueva y larga pausa seguida de una nueva y triunfante sonrisa.

—Ya lo tengo. Predeciré una temporada completamente desastrosa para la caza del zorro.

—¡Por nada del mundo se te ocurra decir eso! —rogó Clovis casi poniéndose de rodillas—. Recuerda que todas las predicciones de Casandra acaban siempre cumpliéndose. Y que el presidente de la Asociación Nacional de Cazadores acudirá a ver la representación. Y que es tremendamente supersticioso. ¡Así que ni se te ocurra!

Cuando poco después llegó la hora del té, Casandra, con el rostro anegado en lágrimas, hubo de retirarse corriendo a su habitación para lavarse la cara antes de ir a reunirse con los demás.

Por entonces la baronesa y Clovis apenas se dirigían la palabra. Cada uno de ellos deseaba ardientemente que sus respectivos papeles fuesen el eje alrededor del cual girase toda la obra, y ninguno de los dos perdía la menor oportunidad para avanzar un poco más en sus propósitos. Tan pronto como Clovis introducía algún golpe de efecto para su personaje de auriga (y fueron muchos los que introdujo), la baronesa lo eliminaba sin el menor miramiento o, como sucedía más a menudo, se apropiaba de él y lo adaptaba para su propio personaje. Clovis, por su parte, contraatacaba actuando de la misma manera siempre que podía. No obstante, la gota que hizo rebosar el vaso llegó el día en que Clitemnestra decidió poner en boca de su amante unas cuantas líneas que correspondían a un grupo de admiradas damiselas griegas que debían elogiar al auriga. Y aunque Clovis se mantuvo al margen aparentando indiferencia cuando vio que la frase «Oh, hermoso muchacho, eres tan radiante como el amanecer» acababa convertida en «Oh, hermosa Clitemnestra, eres tan radiante como el amanecer», un brillo mortal restalló en sus ojos, un brillo que debió de haber servido para que la baronesa se pusiese en guardia. Aquel verso lo había compuesto él mismo en un arrebato de inspiración que le había proporcionado su personaje. Por ello el golpe que sufrió le dolió el doble. Por un lado, veía cómo aquella aportación suya al texto de la obra no iba a parar al lugar que él había pensado. Por otro, veía cómo el verso que había compuesto con tanto cariño y esfuerzo era mutilado y tergiversado hasta acabar convertido en una extravagante y ridícula recreación de los encantos personales de la baronesa. Fue entonces cuando decidió que en lo sucesivo se comportaría de manera más amable con Casandra y que sería él quien se encargaría personalmente, y en privado, de llevar a cabo los ensayos correspondientes a dicho personaje.

Así pues, algún tiempo más tarde, tras dejar a un lado todas sus diferencias, la flor y nata de la aristocracia política del país se dio cita en casa de la baronesa para presenciar aquella representación de la que tanto se había oído hablar durante las últimas semanas.

La Providencia, esa especie de hada madrina que se dedica a velar tanto por los niños pequeños como por los actores aficionados, pareció hacer también acto de presencia aquella noche. No en vano, la baronesa y Clovis parecían haberse olvidado de todas sus rencillas. Entre los dos acaparaban casi todo cuanto acontecía en el escenario, eclipsando casi por completo la presencia de los demás personajes, quienes, en su mayor parte, parecían contentos de quedar relegados a un segundo plano. Ni siquiera Agamenón, a pesar de que diez años de esforzada lucha en la guerra de Troya decían mucho en su favor, dejaba de ser un personaje medianamente discreto comparado con su flamante auriga.

Y llegó por fin el momento estelar en el que Casandra (una vez superados todos aquellos accesos de llanto que había tenido durante los ensayos) hubo de meterse en su papel de adivina y predecir una selección de desgracias que al final no había tenido más remedio que aprenderse de memoria. Cuando los músicos comenzaron a tocar una inquietante melodía, particularmente apropiada, que sonaba como una sucesión de gemidos siniestros y estallidos violentos, la baronesa aprovechó para hacer una rápida escapada a su improvisado camerino con el fin de darle unos cuantos retoques a su maquillaje. Mientras tanto, Casandra, con firme resolución a pesar de los nervios, se acercó a las candilejas y, como si repitiese una lección cuidadosamente estudiada, lanzó su monólogo al público presente.

—Preveo horribles catástrofes para este hermoso país. Preveo horribles catástrofes que tendrán lugar por culpa de los políticos, esos seres inmundos, corruptos y egoístas que no tienen ni escrúpulos ni principios. Políticos como… (aquí comenzó a nombrar a los integrantes de uno de los dos partidos más importantes del momento), quienes no dejan de corromper y emponzoñar a los concejales de nuestros ayuntamientos ni cejan en su empeño de privarnos de nuestra representación en el Parlamento. Si continúan robándonos nuestros votos con métodos tan vergonzosos y ruines como los que han estado empleando hasta ahora, muy pronto verán cómo…

Un estruendoso zumbido, similar al de un enorme enjambre de abejas soliviantadas y rabiosas, se elevó en el aire hasta ahogar el resto de sus palabras y hacer callar a los músicos. La baronesa, que al reaparecer en el escenario tendría que haber sido recibida con aquella invocación tan grata a sus oídos que decía: «Oh, hermosa Clitemnestra, eres tan radiante como el amanecer», fue acogida en su lugar por la estentórea voz de Lady Thistledale pidiendo a gritos su coche y por el violento retumbar de una verdadera tormenta de discusiones que estalló de repente al fondo de la sala.

Finalmente, los desacuerdos existentes entre los aristócratas de la clase política acabaron solucionándose por sí mismos. Aunque, de todas formas, sería justo aclarar que a ello contribuyó decisivamente el que ambos bandos estuviesen de acuerdo desde el principio al menos en una cosa: en condenar el mal gusto y la falta de tacto tan indignantes que había demostrado tener la baronesa con su función de teatro.

En cuanto a ella, se vio obligada a poner tierra de por medio. Pero incluso a pesar de eso puede darse por contenta. Bastante suerte tuvo al encontrar a alguien a quien subarrendarle su casa durante el tiempo que le quedaba hasta completar los siete años de alquiler.

La paz de Mowsle Barton

Cómodamente sentado en un pequeño terreno mitad huerto mitad jardín que colindaba con la granja de Mowsle Barton, Crefton Lockyer se dedicaba a gozar de una inmensa paz tanto física como mental. Tras largos años soportando el ruido y las prisas que conlleva vivir en la ciudad, el reposo y la paz reinantes en aquella granja rodeada de silenciosas colinas había acabado cautivando sus sentidos con una intensidad casi dramática. En un lugar como aquél el tiempo y el espacio parecían perder todo su significado habitual: los minutos se arrastraban lentamente hasta convertirse en horas, y los sembrados y praderas se alternaban a lo largo de millas de una manera tan suave que uno apenas podía vislumbrar dónde acababan los unos y dónde comenzaban las otras. Los brotes de maleza crecían de manera desordenada por entre los setos y las flores, a la vez que los macizos de alhelíes y otras plantas de jardín replicaban invadiendo los corrales y los caminos. Las gallinas, con su aspecto soñoliento, y los patos, con su aire solemne y atolondrado, deambulaban con igual libertad por el jardín, por el huerto e incluso por en medio del camino.

Allí nada parecía pertenecer de manera definitiva a ningún sitio. De hecho, uno ni siquiera podía estar seguro de encontrar siempre las puertas sobre sus correspondientes goznes. No obstante, lo que predominaba por encima de todo lo demás en aquel ambiente tan idílico era una omnipresente sensación de paz que casi tenía algo de mágico. Cuando llegaba la tarde, uno no podía evitar pensar que ésta siempre había estado allí y que nunca terminaría de irse. Y cuando anochecía, a uno le asaltaba la idea de que nunca había existido otra cosa que no fuese aquel eterno anochecer.

Tras disfrutar, sentado a la sombra de un níspero, de toda esa paz durante un buen rato, Crefton Lockyer decidió por fin que aquél era el lugar de retiro con el que siempre había soñado y por el que últimamente sus cansados y oxidados huesos habían estado suspirando con tanta insistencia. Sí, por ahora se instalaría de manera permanente entre aquellas gentes tan sencillas y amables. Luego ya tendría tiempo de ir añadiendo poco a poco aquellas pequeñas comodidades que se había acostumbrado a tener a su alrededor durante su vida en la ciudad. Aunque, eso sí, tendría que procurar que éstas no llegasen a desentonar del todo con la manera de vivir de las gentes del lugar.

Mientras tal idea maduraba sin prisas en su cabeza, una anciana apareció cojeando por el jardín y se acercó a él con paso vacilante. Crefton la reconoció enseguida. Se trataba de la vieja que vivía en la granja en la que se hallaba alojado, seguramente la madre o la suegra de Mrs. Spurfield, su actual casera. Cuando la mujer se le acercó, Crefton se irguió en su asiento para dirigirle unas cuantas palabras a manera de saludo. No obstante, antes de que pudiera articular sonido alguno, ella se le adelantó diciendo:

—Alguien ha escrito algo con tiza en aquella puerta de allí. ¿Sabe usted qué es lo que dice?

La anciana había hablado de manera impersonal y monótona, sin hacer la menor inflexión en el tono de su voz, como si aquella pregunta hubiese estado rondando en sus labios durante años y hubiese podido por fin quitársela de encima. Sus ojos, sin embargo, miraban nerviosos e impacientes más allá, por encima de la cabeza de Crefton, a la puerta de un pequeño granero que parecía una avanzadilla de la desordenada línea de edificios que formaban juntos la granja vecina.

«Martha Pillamon es una vieja bruja». Tal era el mensaje que Crefton leyó para sí cuando su inquieta mirada se posó sobre aquella puerta. Se lo pensó dos veces antes de leerlo en voz alta, pues, por lo que él sabía, aquella Martha a la que el mensaje hacía alusión muy bien podía ser la anciana con la que estaba hablando en aquel momento. Era posible que el apellido de soltera de Mrs. Spurfield hubiese sido Pillamon. Por lo demás, lo cierto era que aquella vieja mustia y demacrada que tenía delante reunía todos los requisitos necesarios para parecer una auténtica bruja.

—Se refiere a alguien que se llama Martha Pillamon —explicó con prudencia.

—¿Y qué dice?

—Algo muy poco agradable —dijo Crefton—. Dice que es una vieja bruja. Quienquiera que lo haya escrito no debería ir por ahí escribiendo ese tipo de cosas, ¿no le parece?

—Quienquiera que lo haya escrito no ha hecho más que escribir la pura verdad. De principio a fin —dijo su interlocutora con satisfacción.

Y mientras la vieja se alejaba cojeando por el patio de la granja, Crefton aún pudo oírla chillar con su voz cascada:

—¡Martha Pillamon es una vieja bruja!

—¿Ha oído usted lo que ha dicho esa mujer? —farfulló de repente a sus espaldas una vocecilla temblorosa.

Crefton se volvió rápidamente y se encontró a otra vieja bruja, delgaducha, pálida y arrugada. A juzgar por lo indignada que parecía, era evidente que aquella mujer era la mismísima Martha Pillamon en persona. Crefton pensó fugazmente, casi sin querer, que cuando se trataba de pasear, aquel huerto debía de ser el lugar favorito de todas las viejas de los alrededores.

—¡Es mentira! Nada más que una cochina mentira —continuó diciendo, exaltada, aquella vocecilla—. Aquí la única vieja bruja que hay es Betsy Croot. Y también esa sucia rata que tiene por hija. Les voy a echar un conjuro a las dos que se van a enterar de una vez por todas de quién soy yo.

Y mientras se alejaba de allí cojeando reparó en la inscripción hecha con tiza que había sobre la puerta del granero.

—Oiga, ¿qué pone allí? —preguntó volviéndose hacia Crefton.

—Vote a Soarker —respondió él en un alarde de audacia propio del más consumado pacifista.

La anciana soltó un gruñido y echó a andar hasta que su refunfuñar y su descolorido mantón rojo fueron perdiéndose poco a poco por entre los árboles. Crefton se levantó entonces y emprendió el camino de regreso hacia la casa. Lo invadía una ligera desazón. De alguna manera una buena parte de la paz y la tranquilidad que solían reinar en aquel lugar parecía haberse evaporado de repente.

El alegre bullicio que se adueñaba de la vieja cocina de la granja a la hora del té y que Crefton había encontrado tan de su agrado durante los días anteriores se vio transformado aquella tarde en una profunda tristeza. No sólo flotaba sobre la mesa un pesado e incómodo silencio, sino que incluso el propio té parecía haberse contagiado de toda aquella melancolía pues, cuando Crefton lo probó, no le pareció más que un mejunje tibio e insípido capaz de cortar de un tajo el espíritu festivo del más animado de los carnavales.

—De nada sirve quejarse del té —se apresuró a decir Mrs. Spurfield cuando advirtió la mirada que su huésped le dirigía a su taza, como pidiéndole a ésta una explicación—. Lo único que ocurre es que el agua de la tetera no consigue hervir. Ésa es la verdad.

Crefton se volvió para echarle un vistazo a la chimenea. En ella, un fuego mucho más fuerte de lo normal chisporroteaba bajo una gran tetera negra por cuya boca no salía más que una delgada espiral de vapor. Daba la impresión de que la tetera se hubiese empeñado en no hacerle el menor caso a las potentes llamas que se elevaban justo debajo de ella.

—Lleva así más de una hora y no termina de hervir —dijo Mrs. Spurfield.

Y tras unos segundos de silencio añadió, como si necesitase dar una explicación convincente:

—Alguien debe de habernos echado un conjuro.

—Seguro que ha sido Martha Pillamon —intervino la madre—. Me las va a pagar todas juntas esa vieja víbora. Ya me encargaré yo de echarle a ella uno.

—A lo mejor necesita algo más de tiempo para hervir —sugirió Crefton procurando no prestar atención a aquellas amenazas—. O a lo mejor es que el carbón está húmedo.

—No se moleste en darle más vueltas. El agua no estará hirviendo ni para cuando llegue la hora de la cena. Y tampoco lo estará para mañana por la mañana a la hora del desayuno. Ni siquiera aunque se pase usted toda la noche aquí, sin pegar ojo, para mantener vivo el fuego —dijo Mrs. Spurfield.

Y, efectivamente, así fue. Al día siguiente los habitantes de la casa tuvieron que resignarse a subsistir a base de frituras y platos al horno. Por fortuna para ellos, un vecino accedió amablemente a preparar para ellos en su propia casa un poco de té, aunque para cuando éste llegó finalmente a la cocina ya se encontraba casi del todo frío.

—Me imagino que ahora que las cosas se han tornado tan incómodas estará usted pensando en marcharse —le dijo Mrs. Spurfield a Crefton durante el desayuno—. Por lo común, muchos de nuestros huéspedes optan por marcharse en cuanto empiezan a surgir problemas.

Crefton se apresuró a negar que tuviese intención de hacer cualquier cambio en sus planes. No obstante, se dijo también a sí mismo que toda aquella cordialidad tan empalagosa que hasta el día anterior había reinado en aquella casa a la hora del té hubiese bastado para animar a más de uno a hacer las maletas.

A partir de aquel día las miradas cargadas de sospecha, los silencios inquietantes y los comentarios mordaces se pusieron a la orden del día en aquella casa, con lo que la antigua paz comenzó a desmoronarse poco a poco. En cuanto a la anciana, se pasaba el día entero sentada en la cocina o en el jardín mascullando hechizos y amenazas contra Martha Pillamon. En realidad, ver a cada uno de aquellos dos decrépitos y enclenques carcamales consagrando las escasas energías que le quedaban a la sola tarea de perjudicar al otro era un espectáculo en el que había algo que resultaba al mismo tiempo espeluznante y digno de lástima. Parecía como si la única facultad que conservaba todo su antiguo vigor e intensidad en aquellas dos ancianas fuese la capacidad de odiar, mientras que todo lo demás no había hecho sino ir deteriorándose con el paso implacable del tiempo. Pero, no obstante, lo más extraño de todo era que, efectivamente, algún horrible y maligno poder parecía emanar de todas aquellas maldiciones y todo aquel rencor enfermizo que ambas se profesaban mutuamente. De hecho, por muchas explicaciones que quisieran darse al respecto, nada podía negar lo innegable. Daba igual que el fuego fuese más o menos intenso. Daba igual que se utilizase la tetera o una cacerola. El agua continuaba sin hervir.

Por lo que a dicho asunto se refería, Crefton permaneció aferrado todo el tiempo que pudo a la teoría de que había algún defecto en el carbón. No obstante, cuando comprobó que con un fuego de madera se obtenía el mismo resultado negativo y que con un pequeño hornillo de alcohol que pidió por correo era igualmente imposible hacer hervir el agua de la tetera, se dio cuenta de repente de que se encontraba frente a alguna maligna y hasta entonces totalmente desconocida manifestación de las fuerzas ocultas. Aunque a apenas unas pocas millas de allí, por entre las colinas, se alcanzaba a ver con nitidez una carretera por la que de vez en cuando pasaban automóviles, no cabía la menor duda de que en aquella granja, a pesar de encontrarse a tan escasa distancia de las arterias principales de la más avanzada civilización del momento, había una antigua casa encantada en la que reinaba algo que no podía llamarse más que de una manera: brujería.

Una tarde, mientras paseaba en busca de un lugar propicio en el que poder recuperar aquella apetecible sensación de tranquilidad que tanto se echaba de menos en la casa (y muy especialmente junto a la chimenea), Crefton se encontró de repente, mientras cruzaba el jardín, con la anciana, que en aquel momento estaba sentada a la sombra del níspero mascullando entre dientes algo que resultaba apenas inteligible. Cuando Crefton se acercó lo suficiente pudo oír que lo que decía era: «Que se ahoguen mientras nadan, que se ahoguen mientras nadan». No hacía más que repetir aquella frase una y otra vez, incesantemente, como un niño que repitiese una lección todavía a medio aprender. Y sólo de vez en cuando interrumpía su cantinela para soltar una estridente carcajada en la que vibraba una nota de maldad que no era precisamente agradable de oír. Cuando, por fin, tras dejarse engullir por la tranquilidad de aquel laberinto de caminos recubiertos de maleza que no parecían llevar a ninguna parte, se encontró lo bastante lejos como para no oír a la vieja, Crefton no pudo menos que sentirse aliviado.

Espoleado por el ardiente deseo de encontrar un lugar solitario y tranquilo en el que sentarse a descansar, Crefton decidió tomar el camino más estrecho y sombrío de todos cuantos se le ofrecían. No obstante, al cabo de unos pocos pasos descubrió con enojo que aquel camino no era en realidad tan solitario como había creído, sino que resultó ser una especie de avenida en miniatura que, tras doblar un recodo, desembocaba en una cabañita de aspecto triste y desolado que se levantaba entre un grupo de manzanos y un desatendido sembrado en el que por aquí y por allá asomaban algunas coles. Junto a la casa discurría un arroyo de aguas turbulentas que durante un tramo se ensanchaba bruscamente para formar una especie de laguna de considerables dimensiones antes de proseguir velozmente su camino por entre los árboles que crecían a ambas riberas de su cauce.

Apoyado en el tronco de un árbol, Crefton se distrajo unos minutos contemplando aquella casita y los remolinos que se dibujaban perezosamente sobre la superficie de la laguna. El único signo de vida que parecía haber en toda aquella escena era una pequeña procesión de patos bastante sucios que en aquel momento marchaban en fila india hacia el borde del estanque. Dado que siempre resulta gracioso observar cómo un pato pasa de golpe de ser el más torpe de cuantos seres caminan sobre la tierra a ser el más grácil y elegante de los nadadores en cuanto se mete en el agua, Crefton decidió permanecer atento a cómo el pato que encabezaba la fila entraba en el estanque. Pero justo en aquel preciso instante cayó en la cuenta de que lo que quizá fuese su propia intuición le estaba diciendo que algo extraño y desagradable estaba a punto de ocurrir. Tan pronto como el primer pato se lanzó al agua, se hundió de repente. Aunque la cabeza del animal se alzó durante un momento, casi instantáneamente volvió a sumergirse dejando a su paso un reguero de burbujas mientras sus alas y sus patas no dejaban de agitarse inútilmente en la superficie. Era evidente que aquel animal se estaba ahogando.

Lo primero que pensó Crefton fue que o bien el animal se había enredado en unas algas, o bien estaba siendo atacado por un pez o una rata de agua. Pero acabó desechando ambas ideas, pues no sólo no se veía el menor rastro de sangre en la superficie sino que, además, el pobre animal estaba siendo arrastrado por la corriente que cruzaba la laguna sin que hubiese nada que lo frenase o lo mantuviese sujeto al fondo. Para entonces el segundo pato ya se había lanzado también al agua, por lo que pronto un segundo cuerpo comenzó a hundirse y a debatirse bajo la superficie. Daba verdadera lástima ver cómo aquellos picos se asomaban de vez en cuando por encima del agua, jadeando y soltando unos entrecortados graznidos que parecían protestar, aterrados, contra la traición cometida por aquella laguna que tantas veces habían recorrido. Crefton observó horrorizado cómo un tercer pato se acercaba a la orilla y se lanzaba también al agua para compartir el destino de los otros dos. No obstante, sintió algo de alivio cuando vio que los que quedaban, aunque habían tardado en darse cuenta de lo que le ocurría a sus congéneres, que se iban hundiendo lenta pero irremisiblemente, estiraban sus cuellos y se alejaban sigilosamente de donde parecía hallarse el peligro, envueltos en sonoros e inquietos graznidos.

Justo entonces, Crefton descubrió que no había sido el único en presenciar aquella fatídica escena. Una anciana encorvada y decrépita, en la que reconoció al instante a aquella vieja de tan siniestra reputación llamada Martha Pillamon, había salido cojeando de la casa, se había acercado a la orilla del agua y tenía en aquel momento la mirada clavada en el horrible remolino salpicado de patos agonizantes que describía enormes círculos por toda la superficie de la laguna. Cuando gritó, su estridente voz temblaba de rabia.

—¡Esto es obra de esa sucia rata de Betsy Croot! ¡Le voy a lanzar un conjuro que se va a enterar! ¡Ya lo creo que sí! ¡Espera y verás!

Crefton decidió escabullirse de allí sin detenerse un solo instante a averiguar si la anciana había llegado o no a darse cuenta de su presencia. Antes incluso de que la mujer hubiese gritado a los cuatro vientos la culpabilidad de Betsy Croot, el hechizo que le había oído murmurar a esta última, «que se ahoguen mientras nadan», le había acudido súbitamente a la memoria. Sin embargo, lo que le llenó por completo de recelo e inquietud hasta el punto de hacerle olvidar todo lo demás fue aquel último hechizo con el que, a manera de venganza, Martha Pillamon había amenazado a su rival. La experiencia le decía que ya no podía seguir restándole importancia a las amenazas que aquellas dos viejas se lanzaban mutuamente calificándolas de simples rabietas o discusiones. La casa de Mowsle Barton ya era víctima de una vieja rencorosa que parecía muy capaz de llevar a efecto todas las maldiciones que profería. ¿Quién podía predecir la forma que tomaría ahora su venganza a causa de aquellos tres patos ahogados? Como habitante de la casa, Crefton podía perfectamente verse afectado de manera poco favorable por la ira de Martha Pillamon. Y aunque sabía que estaba cediendo ante lo que seguramente no fuesen más que fantasías, lo cierto era que el comportamiento que había tenido la tetera con el hornillo de alcohol y la escena que acababa de presenciar en el estanque habían empezado a ponerle bastante nervioso. Pero lo peor de todo no era eso. Lo peor de todo era que la vaguedad e imprecisión de aquello que tanto le alarmaba se acababa de sumar a todos sus temores. Porque, de hecho, una vez que uno ha aceptado e incluido lo Imposible dentro de sus cálculos, las posibilidades de que ocurra cualquier cosa se vuelven prácticamente ilimitadas.

A la mañana siguiente, a pesar de haber pasado una de las peores noches desde que llegó a Mowsle Barton, Crefton se levantó tan temprano como de costumbre. Nada más poner los pies en el suelo, detectó rápidamente esa atmósfera tan sutil que suele encontrarse en todas las casas encantadas y que parece indicar que las cosas no marchan del todo bien. Reprimiendo un escalofrío, se acercó a la ventana para echar un vistazo al exterior.

Recién ordeñadas, las vacas se habían apiñado en medio de su corral y esperaban impacientes que alguien las dejara salir al campo para pastar. Por todas partes, las aves no hacían más que quejarse de que todavía nadie les había echado de comer. La bomba de agua del patio, que cada mañana a aquella misma hora solía producir cada dos por tres su molesta y chirriante melodía, permanecía sumida en un intrigante silencio. Y, mientras tanto, en el interior de la casa un ir y venir de pasos apresurados y voces apremiantes se alternaba con largos intervalos de una inquietante tranquilidad.

Crefton terminó de vestirse y salió de su habitación. Cuando comenzaba a bajar las escaleras oyó en algún sitio una voz amortiguada que parecía estar quejándose de algo. Y aunque aquella voz hablaba de manera furtiva, como deseando pasar inadvertida, a Crefton no le costó trabajo identificarla como la voz de Mrs. Spurfield.

—Estoy segura de que se marchará —decía aquella voz—. Todos acaban siempre marchándose de aquí en cuanto comienzan a ocurrir desgracias.

Aunque la idea de que probablemente él se hallase incluido en ese «todos» le asaltó de manera repentina, Crefton tardó aún unos segundos en comprender que había momentos en que lo más conveniente era seguir el ejemplo de la mayoría.

Regresó a grandes zancadas a su habitación, metió a toda prisa sus escasas pertenencias en una maleta, dejó sobre una mesa el dinero que debía por su alojamiento y salió sigilosamente de la casa por una puerta que daba al patio trasero. Nada más verlo salir, un grupo de gallinas hambrientas se abalanzó sobre él con expectación, pero Crefton, tras quitárselas hábilmente de encima, se apresuró a ponerse a cubierto y echó a correr entre establos, pocilgas y graneros hasta que alcanzó el sendero que pasaba a espaldas de la granja. Tras caminar unos cuantos minutos, tiempo durante el cual si no continuó corriendo a todo lo que daban sus piernas fue por la carga que suponía para él su enorme maleta, llegó a una carretera donde un conductor madrugador que pasó por allí poco después accedió a llevarle hasta el pueblo más cercano. Al tomar una curva de la carretera, Crefton alcanzó a ver la granja por última vez. Aunque fugazmente, pudo divisar los tejados castigados por el tiempo de la casa y los graneros, el huerto silencioso y el níspero a cuya sombra tanto le había gustado sentarse a descansar, todo ello envuelto en la claridad fantasmal de la primera hora de la mañana. Pero advirtió también, por encima de todo lo demás, ese aire de lugar encantado que tan neciamente había llegado a confundir con la típica tranquilidad del campo.

Cuando por fin puso el pie en la estación de Paddington, el ajetreo de la gente y el rugido de los motores retumbaron en sus oídos como un efusivo saludo de bienvenida.

—Todas estas prisas y ese ruido tan infernal son malísimos para los nervios —oyó que decía un viajero a su lado—. ¡Quién pudiera estar ahora mismo en el campo, disfrutando de tanta paz y tranquilidad!

Crefton sonrió para sí al oír aquello. Para él, un cabaret abarrotado de gente, inundado de luz por todas partes y donde el volumen de la música estuviese tan alto que casi se pudiese palpar era lo que más se parecía a su lugar de descanso ideal.

El discurso de Tarrington

—¡Cielos! —exclamó la tía de Clovis—. Alguien que conozco viene precisamente hacia nosotros. No recuerdo cómo se llama, pero estoy segura de que en cierta ocasión almorzó con nosotros mientras aún estábamos en la ciudad. ¿Cómo se llamaba? ¡Ah, sí, ya me acuerdo! Tarrington, eso es. Sin duda se habrá enterado de lo del picnic que voy a celebrar en honor de la Princesa, así que ahora se pegará a mí como si yo fuese un salvavidas y no me soltará hasta que le dé una invitación. Y después, para colmo, me preguntará si puede llevar consigo a todas sus esposas, madres y hermanas. Eso es lo peor de los balnearios pequeños como éste. Uno no puede escaparse de nadie.

—Sal corriendo si quieres. Yo te cubriré la retirada —se ofreció Clovis—. Aún le llevas unas diez yardas de ventaja, así que no pierdas más tiempo y decídete de una vez.

Tomándole la palabra a su sobrino, la tía de Clovis dio media vuelta y echó a correr a toda prisa, seguida por sus perros pequineses, los cuales iban prácticamente flotando detrás de ella como si fuesen una estela de color marrón.

—Haz como si no le conocieras —dijo, antes de desaparecer, con ese repentino valor de quien no le tiene miedo al peligro porque nunca se ha enfrentado a él.

Unos segundos más tarde Clovis recibía los efusivos saludos de un caballero de aspecto amistoso esforzándose por poner una expresión de extrañeza y recelo con la que pretendía dejar bien claro que no conocía al hombre que tenía delante.

—Supongo que con este bigote no me reconocerá usted —dijo el recién llegado—. No me extraña, porque sólo hace dos meses que lo llevo.

—Oh, no. Todo lo contrario —dijo Clovis—. Precisamente su bigote es lo único que hay en usted que me resulta familiar. Estaba seguro de haberlo visto antes en algún sitio.

—Mi nombre es Tarrington —dijo aquel candidato a ser reconocido.

—Un nombre que puede llegar a resultar sumamente útil —dijo Clovis—. Con un nombre como ése nadie se atrevería nunca a culparle de no hacer nada particularmente heroico o digno de mención, ¿verdad? Es más, si en un momento de crisis nacional le pusiesen a usted al mando de un regimiento de caballería, un nombre como «El Regimiento de Caballería de Tarrington» sonaría francamente bien. En cambio, si se llamase usted, por ejemplo, Spoopin, todo sería muy diferente. Nadie, ni siquiera en un momento de aguda crisis nacional, podría sentirse mínimamente orgulloso de pertenecer al «Regimiento de Caballería de Spoopin».

El recién llegado sonrió débilmente, como alguien a quien no se amilana fácilmente con palabras, y retomó lo que había comenzado a decir.

—Estoy seguro de que recordará usted mi nombre porque…

—Lo haré sin lugar a dudas, caballero —dijo Clovis aparentando una inmensa sinceridad—. Precisamente esta misma mañana mi tía me pidió que le sugiriese algún nombre para cuatro pequeños búhos que le han regalado como mascotas. Y ¿a que no se imagina lo que voy a hacer? Voy a ponerle a los cuatro el nombre de Tarrington. Así, si uno o dos de ellos se mueren, se escapan o simplemente nos abandonan de alguna de esas maneras a las que los búhos son tan propensos, siempre nos quedarán más para seguir llevando su nombre. Y será mi tía en persona quien se encargue de que su nombre no se me olvide. De hecho, no hará más que preguntarme a cada momento cosas como: «¿Se han almorzado ya los Tarrington sus ratones?». Ella siempre dice que si uno tiene animales salvajes en cautividad, debe hacerse cargo de sus necesidades. En eso tiene toda la razón del mundo, ¿no le parece?

—Usted y yo nos conocimos en un almuerzo que se celebró precisamente en casa de su tía —intervino bruscamente Mr. Tarrington, algo pálido pero sintiéndose todavía seguro de sí mismo.

—Eso es imposible, caballero. Mi tía nunca almuerza —dijo Clovis—. Pertenece a la Liga Nacional anti-Almuerzo, una organización que a lo largo de los últimos años, y procurando no llamar nunca la atención, está realizando una labor verdaderamente encomiable. A cambio de una suscripción de media corona uno obtiene el derecho a privarse de hasta noventa y dos almuerzos.

—¡Vaya! No sabía que dicha organización… No sabía que su tía… Debe de ser nueva, ¿no? —exclamó Tarrington.

—De nueva nada, caballero. Es la misma tía que he tenido siempre —dijo Clovis fríamente.

—Pues lo cierto es que yo recuerdo perfectamente haberle conocido a usted durante un almuerzo que celebró su tía en su casa —insistió Tarrington, cuyo rostro comenzaba a adquirir un tono carmesí de aspecto muy poco saludable.

—¿Ah, sí? Pues ya que insiste, dígame una cosa: ¿qué fue lo que comió usted en aquel almuerzo? —preguntó Clovis.

—Bueno, no recuerdo con exactitud lo que…

—Vaya, vaya. Muy bonito de su parte acordarse de mi tía y no ser capaz de recordar qué fue lo que comió aquel día en su casa. Sepa usted que mi memoria funciona de manera muy diferente. Yo soy capaz de recordar un menú incluso mucho después de haber olvidado a la anfitriona en cuya casa lo comí. Recuerdo muy bien que cuando yo tenía siete años una duquesa me dio un melocotón en una especie de picnic. Aunque, si exceptuamos el hecho de que se empeñaba en llamarme «pequeñín», no conservo el menor recuerdo de aquella mujer; de aquel melocotón, por el contrario, guardo unos recuerdos indelebles. Por decirlo de alguna manera, era uno de esos melocotones rollizos y exuberantes que sólo se encuentran una vez en la vida y que son capaces de quitarle el hambre a cualquiera en un santiamén. A pesar de ser un hermoso producto de invernadero, era tan dulce que parecía mermelada, y tan jugoso que se deshacía en la boca. Morderlo era como bebérselo. Desde aquel día, para mí siempre ha habido algo deliciosamente místico en el simple hecho de pensar cómo aquella fruta tan parecida a un globo de terciopelo maduraba lentamente hasta alcanzar la perfección a lo largo de los cálidos días y las perfumadas noches del verano, para luego, en el momento supremo de su existencia, aparecer súbitamente en mi vida. Aunque quiera, nunca seré capaz de olvidarlo. Y tampoco olvidaré que, en cuanto hube devorado todo lo que en él había de comestible, todavía me quedó el hueso. Estoy seguro de que cualquier chiquillo desconsiderado e irresponsable se hubiera deshecho de él. Pero yo, en cambio, no. Yo preferí conservarlo conmigo y metérselo poco después a otro niño amigo mío por el cuello de su traje de marinero diciéndole que era un escorpión. Y, por cierto, a juzgar por la manera en que mi amigo comenzó a retorcerse y a chillar, no me cupo la menor duda de que se lo había creído. Aunque, la verdad, no acierto a imaginarme de dónde se pensó aquel niño tan estúpido que podía haber sacado yo un escorpión de verdad. Pero, en resumidas cuentas, aquel melocotón se convirtió para mí en un feliz recuerdo completamente imposible de olvidar.

Para entonces, Mr. Tarrington, totalmente vencido y desmoralizado, se había alejado de allí consolándose como mejor podía con la idea de que un picnic en el que estuviese presente Clovis nunca podría llegar a resultar una experiencia muy apetecible.

—Creo que en las próximas elecciones al Parlamento me presentaré como candidato —se dijo Clovis sonriendo con suficiencia mientras iba en busca de su tía—. Como defensor de proyectos de ley en momentos especialmente delicados no tendría precio.

Los perros del destino

A la escasa luz de una bochornosa y gris tarde de otoño, un hombre llamado Martin Stoner caminaba pesadamente por un embarrado sendero cuya superficie se hallaba surcada por las alargadas huellas de multitud de carretas. Aunque a ciencia cierta ignoraba adónde conducía aquel camino, tenía la firme convicción de que allí delante, en algún lugar, estaba el mar, y que sus pasos le dirigían sin remisión hacia allí. Por qué se esforzaba en continuar avanzando tan penosamente hacia dicha meta era algo que apenas hubiese sabido explicar. A menos, eso sí, que se encontrase poseído por ese mismo instinto suicida que impulsa al ciervo en apuros a dirigirse a la carrera hacia un acantilado y arrojarse por él cuando los perros de caza van pisándole los talones. Claro que, en su caso, los que le acosaban de manera tan insistente no eran precisamente perros de caza, sino los perros del Destino. El hambre, la fatiga y una profunda desesperación mantenían su mente tan nublada y confusa que apenas le quedaban fuerzas para preguntarse qué impulso tan extraño era aquel que le obligaba a seguir avanzando.

Stoner era uno de esos pobres diablos sin suerte que parecen haberlo intentado todo para salir adelante. No obstante, una pereza innata y un carácter poco previsor se habían confabulado repetidas veces a lo largo de su vida para arruinar cualquier oportunidad medianamente aprovechable de éxito. Hasta que llegó un día en que, tras darse cuenta de que ya no le quedaba nada nuevo por intentar, decidió que ya no era capaz de aguantar por más tiempo. La desesperación no había despertado en él ninguna reserva latente de energía, sino que más bien le había producido un letargo mental que iba a más conforme aumentaba su mala estrella. Sin otra cosa que las ropas que llevaba puestas, medio penique en el bolsillo y ningún amigo o conocido a quien recurrir, y sin la menor perspectiva de encontrar una cama para pasar la noche o de una comida para soportar el día, Martin Stoner seguía avanzando de manera penosa pero imperturbable por entre árboles y setos cubiertos de escarcha. De no ser por la persistente idea de que allí, en algún lugar delante de él, se encontraba el mar, su mente no hubiera sido más que un espacio completamente en blanco. Hasta que poco después algo nuevo fue abriéndose paso lentamente en su cabeza: la certeza de que tenía un hambre verdaderamente atroz.

De repente, al doblar un recodo, se detuvo ante una verja abierta, al otro lado de la cual se extendía un amplio jardín en evidente estado de abandono. Las señales de vida eran escasas alrededor, y la casa que se levantaba en el extremo más alejado tenía un aspecto siniestro y muy poco acogedor. No obstante, como estaba empezando a lloviznar, Stoner pensó que quizá allí pudiese encontrar refugio, al menos durante un rato, y comprar un poco de leche con la última moneda que le quedaba. Así que, tras entrar lenta y trabajosamente en el jardín, siguió un estrecho sendero de losas de piedra que le condujo hasta una pequeña puerta lateral. Antes de que tuviese tiempo de llamar, la puerta se abrió y apareció en el vano un anciano encorvado y decrépito que, tras dirigirle una rápida mirada, se hizo a un lado como para indicarle que podía pasar.

—¿Podría entrar para ponerme a cubierto de la lluvia, caballero? Yo… —comenzó a decir Stoner.

—Entre, señorito Tom. Faltaría más —le interrumpió de repente el anciano—. Estaba seguro de que el día menos pensado volvería usted con nosotros.

Stoner entró tambaleándose en la casa y permaneció allí, de pie, mirando al otro sin llegar a comprender.

—Siéntese mientras le sirvo algo de cenar —dijo el anciano con una emoción que hacía que su voz temblara.

Stoner sintió que sus piernas cedían a causa del cansancio y que se hundía como un peso muerto en un sillón que el viejo le había acercado de un empujón. Un par de minutos más tarde se encontraba devorando una cena compuesta de carne fría, queso y pan.

—No ha cambiado usted mucho durante estos cuatro años —le dijo el anciano con una voz que a Stoner le llegaba lejana e incoherente, como en medio de un sueño—. Nosotros, en cambio, sí que hemos cambiado bastante. Ya se irá dando cuenta. En este lugar ya no queda absolutamente ninguno de los que usted conoció antes de marcharse. Nadie, excepto su anciana tía y yo mismo, claro está. A propósito, voy a ir a anunciarle que está usted aquí. Ella no querrá verle, pero estoy seguro de que al menos le permitirá quedarse. Durante estos cuatro años no ha dejado de decir ni un solo momento que si usted regresaba podría quedarse, pero que no tenía el menor deseo de ponerle los ojos encima ni de volver a dirigirle la palabra.

El anciano puso frente a Stoner una jarra de cerveza y desapareció cojeando por un largo pasillo. Fuera, la llovizna se había convertido en un furioso aguacero que golpeaba violentamente contra puertas y ventanas. Stoner no pudo reprimir un escalofrío al pensar en el aspecto que debía de tener la orilla del mar bajo aquel verdadero diluvio y con la noche envolviéndolo todo en su manto de oscuridad. Una vez apuradas la comida y la cerveza, se quedó sentado, medio adormilado, esperando que regresase su extraño anfitrión. Conforme los minutos fueron pasando en el reloj de pie que ocupaba una esquina de la estancia, un nuevo brote de esperanza comenzó a agitarse primero y a crecer después en su interior. Comprendió que aquello quería decir simplemente que sus anteriores ansias de comer y de descansar durante unos minutos se acababan de convertir en un vehemente deseo de encontrar abrigo para toda la noche bajo aquel techo que, ahora sí, ya le iba pareciendo algo más acogedor. Al cabo de un rato el sonido de unas pisadas que se aproximaban por el pasillo le anunció que el anciano sirviente estaba de vuelta.

—Definitivamente, la señora no quiere verle, señorito Tom, pero consiente en que se quede. Es la postura más acertada sabiendo que cuando ella muera toda la granja pasará a ser de su propiedad. Me he encargado personalmente de encender el fuego en su habitación, y las criadas han puesto sábanas limpias en su cama. Por lo demás, nada ha cambiado allí desde que usted se marchó. Pero a lo mejor se encuentra usted cansado y le apetece retirarse a su cuarto ahora mismo.

Sin decir ni una sola palabra, Martin Stoner se puso trabajosamente en pie y, precedido por aquella especie de ángel guardián, se internó en un pasillo, subió una escalera de crujientes peldaños, recorrió otro pasillo más y entró por fin en una amplia estancia alegremente iluminada por las llamas de un fuego de aspecto reconfortante. No había allí más que unos cuantos muebles que, aunque sencillos y de buena calidad, estaban algo pasados de moda. Una ardilla disecada en el interior de una jaula y un almanaque de cuatro años atrás eran los únicos objetos que adornaban las paredes. No obstante, Stoner, que no tenía ojos más que para la cama, no les prestó la menor atención y apenas tuvo paciencia para quitarse las ropas de un tirón antes de deslizarse entre las sábanas. Al menos por el momento, los perros del Destino parecían haberse esfumado.

Cuando la fría luz de la mañana le despertó, Stoner se echó a reír tristemente al recordar la posición en que el azar le había puesto la noche anterior. Sin embargo, lo primero que se le ocurrió pensar una vez estuvo despierto del todo fue que, aprovechando el parecido que parecía tener con el verdadero señorito de la casa, quizá pudiese robar algo de comida para desayunar y acto seguido marcharse de allí antes de que se descubriese el fraude en el que el destino le había situado. Al bajar las escaleras se encontró con el anciano encorvado, quien le dijo que acababa de preparar un plato de huevos fritos con beicon para que «el señorito Tom» desayunase. Espoleado por aquellas palabras, se apresuró a entrar en el comedor, donde una vieja criada de rostro avinagrado se disponía a servirle una taza de té. Cuando Stoner se sentó a la mesa, apareció de repente un pequeño spaniel que, tras observarle durante unos segundos, se acercó a él dando evidentes muestras de amistad.

—Es el perro de la vieja Bowker —explicó el anciano, a quien la criada de rostro avinagrado había llamado George—. Ella le tenía a usted un enorme cariño, por lo que cuando usted decidió marcharse a Australia, ya nada fue lo mismo para aquella buena mujer. La pobre murió hará aproximadamente un año, y este perro tan cariñoso es lo único que nos dejó.

A Stoner le resultó difícil lamentar aquella muerte. De hecho, le convenía que hubiese el menor número posible de testigos que pudieran descubrir aquella farsa.

—¿Le apetecería salir a cabalgar un rato, señorito Tom? —fue la alarmante propuesta que le hizo inmediatamente aquel anciano—. Tenemos un magnífico potro que da gusto montar. El viejo Biddy está empezando a hacerse viejo, lo cual no quita que todavía sea un placer montarlo, pero el otro es más joven y fuerte. Si lo desea, yo mismo me encargaré de que dentro de unos minutos lo tenga usted frente a la puerta de la casa ensillado y listo para montar.

—Pero si ni siquiera tengo traje de montar —acertó a balbucear Stoner casi echándose a reír mientras señalaba su traje, el cual no sólo se hallaba muy desgastado sino que además era el único que tenía.

—Señorito Tom —dijo el anciano muy serio, casi con expresión ofendida—, todas sus cosas están tal y como usted las dejó cuando se marchó. Sólo necesitarán un poco de aire fresco para que parezcan nuevas. Así podrá usted salir a distraerse un rato. Montar a caballo de vez en cuando es algo de lo más saludable. Por cierto, ya que va usted a salir déjeme advertirle que seguramente notará que la gente de los alrededores pone mala cara al verle pasar. Eso es porque aún no han olvidado ni perdonado lo que ocurrió. Todos evitarán acercarse a usted, así que lo mejor que puede hacer es limitarse a dar un paseo con su caballo y su perro. Ellos serán la mejor compañía que encontrará ahí fuera.

El viejo George se alejó cojeando para impartir las órdenes pertinentes. Mientras tanto, Stoner, sintiéndose más que nunca como si estuviese inmerso en un sueño, subió al primer piso para echarle un vistazo al ropero del «señorito Tom». Se sintió repentinamente animado, pues montar siempre había sido uno de sus placeres preferidos. Además, el que los antiguos conocidos del verdadero señorito no tuviesen la menor intención de acercarse a él suponía hasta cierto punto una garantía de no ser descubierto como impostor. Mientras se ponía unos ajustados pantalones de montar, Stoner se preguntó distraídamente qué clase de delito habría cometido el verdadero Tom para tener a toda la campiña en contra. Poco después el sonido impaciente y brioso de unos cascos que golpeaban sobre la tierra húmeda interrumpió bruscamente sus pensamientos. Su montura le esperaba frente a la puerta de la casa.

«¡Quién me iba a decir a mí que acabaría viéndome de esta manera justo cuando menos lo esperaba!», pensaba Stoner mientras trotaba veloz por los mismos caminos cubiertos de barro que el día anterior había recorrido penosamente como si fuese un mendigo. No obstante, al cabo de unos minutos decidió dejar las reflexiones a un lado y entregarse de lleno al placer de recorrer al galope un terreno llano y cubierto de césped que corría paralelo a la carretera. En cierta ocasión, al pasar frente a la puerta abierta de una verja, detuvo amablemente su montura para cederle el paso a un par de carretas que en aquel momento se disponían a entrar por allí. Al detenerse, los muchachos que conducían las carretas tuvieron oportunidad de observarle con atención. Luego, mientras reemprendía la marcha, Stoner pudo oír cómo sus excitadas voces decían: «Estoy seguro de que ése era Tom Prikel. Lo he reconocido enseguida. Debe de haber vuelto hace muy poco».

Obviamente, el parecido que había descubierto en él un viejo decrépito al mirarlo de cerca era lo bastante bueno como para engañar a un par de muchachos a unos pocos metros.

Durante el transcurso de aquel paseo a caballo Stoner encontró sobradas evidencias que confirmaban la idea de que las gentes del lugar no habían olvidado ni perdonado aquel antiguo crimen que le había legado, gracias al azar, aquel hombre llamado Tom. Por dondequiera que pasase, iba sembrando a su paso miradas enfurecidas, murmullos y puños que se alzaban para amenazarle. El perro de la vieja Bowker, que corría tranquilamente a su lado, era lo único amistoso que había en aquel mundo cargado de hostilidad.

Cuando, finalmente, desmontó frente a la puerta de la casa, alcanzó a ver fugazmente el rostro demacrado de una anciana que le observaba fijamente desde detrás de las cortinas de una de las ventanas del piso superior. Sin duda alguna, aquélla debía de ser su tía adoptiva.

Durante la abundante comida que no tardaron en servirle, Stoner tuvo tiempo de sobra para examinar las posibilidades que le ofrecía aquella situación tan extraordinaria en la que se encontraba.

El verdadero Tom, tras cuatro años de ausencia, podía presentarse el día menos pensado en la casa. También podía llegar una carta suya en cualquier momento. Además, como futuro heredero de la casa, el falso Tom podía ser requerido para firmar documentos cuando menos lo esperase, lo cual daría lugar a una situación verdaderamente complicada de afrontar. Incluso podía ocurrir que un día se presentase en la granja un pariente que no guardase las distancias que su tía adoptiva se empeñaba en mantener. Todas aquellas posibilidades suponían para él un alto riesgo de ser descubierto. Claro que, por otro lado, si decidía abandonar, las únicas alternativas que le quedaban eran el cielo raso y los caminos embarrados que conducían hasta el mar. En cualquier caso, aunque fuese tan sólo temporalmente, aquella casa representaba para él una manera de escapar de la miseria. Llevar una granja era una de las muchas cosas que había «intentado» en la vida, por lo que se hallaba dispuesto a trabajar duramente a cambio de todas aquellas muestras de hospitalidad a las que tan poco derecho tenía.

—¿Le apetecen unas chuletas de cerdo para cenar? —le preguntó la vieja criada de rostro avinagrado mientras quitaba la mesa.

—Sí, naturalmente. Y, si es tan amable, haga el favor de añadirles unas cebollas —respondió Stoner. Aquélla había sido la única vez en su vida que había tomado una decisión con rapidez. Al hacerlo, se dio cuenta de repente de que tenía la firme intención de quedarse.

Stoner decidió habitar estrictamente aquellas partes de la casa que parecían haberle sido asignadas por una especie de tácito acuerdo de delimitación. Cuando participaba en los trabajos de la granja, se portaba como si fuese uno más de cuantos recibían las órdenes y no como el que las daba. El viejo criado George, el caballo y el perro que había sido de la vieja Bowker eran su única compañía en un mundo que, por lo demás, resultaba silencioso y hostil. De la dueña de la granja no volvió a ver el menor rastro. En cierta ocasión, sabiendo que ella había salido para acudir a la iglesia, hizo una visita furtiva al salón principal de la casa con el propósito de averiguar algo de aquel joven cuyo lugar había usurpado y cuya mala reputación pesaba ahora sobre sus hombros. Aunque de las paredes de la estancia colgaba una gran cantidad de fotografías cuidadosamente enmarcadas, aquel rostro que buscaba para compararlo con el suyo no se veía por ningún lado. Por fin, tras mucho rebuscar, dio con un álbum medio escondido en las estanterías de un rincón en el que había una serie de retratos que alguien se había encargado de reunir bajo el simple título de «Tom». En él, Stoner pudo ver la imagen de un niño regordete de dos o tres años vestido con algo que parecía un hábito, la de un desgarbado chico de unos doce años que llevaba en la mano un bate de cricket al que no parecía tenerle mucho apego, la de un apuesto mozalbete que rondaría los dieciocho años y que llevaba el pelo peinado con la raya en medio, y, finalmente, la de un joven de expresión algo hosca y temeraria. Stoner observó atentamente aquel último retrato. El parecido que tenía con aquel joven era verdaderamente innegable.

A lo largo de los días posteriores, intentó una y otra vez tantear con preguntas premeditadas al viejo George, quien por cierto era un hombre dispuesto siempre a charlar sobre cualquier tema, para averiguar algo acerca de la ofensa que lo mantenía completamente aislado como si se tratase de una criatura maligna destinada a ser rechazada y odiada para siempre por toda la Humanidad.

—¿Qué dice de mí la gente de los alrededores? —le preguntó un día mientras regresaban a casa después de dar un paseo.

El anciano sacudió la cabeza.

—Todos siguen profundamente resentidos con usted. Lo cual no es de extrañar, pues se trata de una historia muy triste. Triste de verdad.

Pero Stoner nunca fue capaz de sacarle ni una sola palabra que resultase mínimamente esclarecedora.

Cierto frío y despejado atardecer de invierno, unos pocos días antes de Navidad, Stoner se hallaba de pie en un rincón del huerto cercano desde el que se dominaba una amplia y magnífica vista de la campiña. Diseminados por aquí y por allá, podía contemplar los temblorosos guiños de las luces de todos aquellos hogares en los que el bullicio y la alegría propios de tales fechas comenzaban ya a dejarse notar. Mientras tanto, a sus espaldas se levantaba aquella lúgubre y silenciosa granja en la que nunca se oía una risa y en la que incluso una pelea hubiese parecido algo alegre. Justo cuando se volvía para contemplar la enorme fachada gris de aquella casa tan sombría, se abrió una puerta por la que salió apresuradamente el viejo George. Stoner oyó que le llamaba por su falso nombre con una especie de ansiedad contenida. Enseguida se dio cuenta de que algo había ocurrido, con lo que aquel refugio se vio de repente convertido a sus ojos en un lugar de bullicio y ajetreo del que temió tener que separarse.

—Señorito Tom —le dijo el viejo bajando la voz hasta un ronco susurro—, debe usted marcharse de aquí inmediatamente y permanecer oculto durante unos días. Michael Ley ha regresado al pueblo y anda por ahí jurando que le pegará un tiro en cuanto le vea. Estoy seguro de que lo hará porque siempre fue un tipo vengativo y sanguinario. Así que váyase cuanto antes, escápese en mitad de la noche. Sólo será durante una semana, aproximadamente, pues él no podrá quedarse mucho tiempo en el pueblo.

—Pero, ¿adónde voy a ir? —balbuceó Stoner, que se había contagiado del evidente terror que invadía al viejo.

—Siga la línea de la costa sin detenerse. Cuando llegue a Punchford, escóndase bien allí. En cuanto Michael se vaya del pueblo, yo mismo me dirigiré a caballo a Punchford. Cuando vea usted el caballo instalado en las cuadras de una taberna llamada «El Dragón Verde», ésa será la señal de que ha pasado el peligro y de que puede usted regresar a casa.

—Pero… —comenzó a decir Stoner.

—¡Vamos, vamos! El dinero no es problema —dijo el viejo—. La señora, que está de acuerdo conmigo en que haga usted lo que acabo de decirle, me ha encargado que le entregue esto.

Entonces el viejo sacó tres soberanos y unas cuantas monedas de plata.

Stoner se sintió, más que nunca, como si fuese un ruin estafador cuando, aquella noche, se escabulló por la puerta trasera llevando en el bolsillo el dinero de aquella anciana con la que ni siquiera había hablado. El viejo George y el perro observaron en silencio cómo se despedía de ellos agitando una mano en el aire. Tal y como se habían puesto las cosas, a Stoner le asaltó la certeza de que jamás volvería a aquel lugar, por lo que sintió una punzada de dolor por aquellos dos fieles amigos que estarían esperando ansiosamente su regreso. Quizá algún día, cuando apareciese el verdadero Tom, todos se mirarían unos a otros asombrados y se preguntarían quién pudo haber sido aquel enigmático individuo al que habían tenido alojado bajo su mismo techo. En cuanto a su destino más inmediato, no sintió gran inquietud. Con tres libras uno no puede ir muy lejos, pero para alguien acostumbrado a contar todos sus fondos en peniques supone un buen punto de partida. La fortuna se había portado con él de manera impredecible y misteriosa cuando no era más que un pobre infeliz sin esperanzas que se dedicaba a recorrer los caminos, por lo que quizá todavía tuviese una última oportunidad para encontrar un trabajo y empezar una nueva vida. Con aquellos pensamientos rondando por su cabeza, sus ánimos fueron creciendo mientras continuaba alejándose de la granja. De hecho, había una sensación de alivio en la simple idea de recuperar su identidad perdida y dejar de ser el atormentado fantasma de otro hombre. Pensar en ello le puso de tan buen humor que ni siquiera se molestó en especular acerca de aquel implacable enemigo que tan de repente había aparecido en su vida, pues como dicha vida acababa de quedar definitivamente atrás, aquel tipo tan temible había dejado también de preocuparle. Así que, por primera vez en muchos meses, comenzó a tararear una alegre cancioncilla.

Entonces, de repente, de entre la oscuridad reinante a los pies de un viejo roble emergió un hombre que empuñaba una pistola. No hubo necesidad de preguntar quién podía ser aquel tipo. Cuando la luz de la luna cayó sobre su rostro pálido y rígido, dejó al descubierto una mirada de odio tan feroz como ninguna otra que Stoner, a lo largo de todas sus correrías, hubiera visto nunca. De un salto, el fugitivo se echó a un lado en un desesperado intento por atravesar el seto que corría paralelo al camino, pero éste era tan tupido que lo único que consiguió fue enredarse entre las ramas hasta quedar completamente atrapado. Fue entonces cuando comprendió que, a pesar de todo, los perros del Destino sí habían estado esperándole en aquellos estrechos y embarrados caminos. Y que esa vez no se iban a ir con las manos (o las fauces) vacías.

El poema

De las dos partes en las que se encontraban divididos los baños turcos, Clovis se hallaba sentado en la que más calor hacía, alternando momentos de una inmovilidad absoluta durante los cuales parecía una estatua con otros de frenética actividad en los que se dedicaba a escribir con una estilográfica en las páginas de un pequeño cuaderno.

—No se te ocurra interrumpirme con tus típicas impertinencias —le advirtió a Bertie van Tahn cuando éste se dejó caer blandamente en una silla cercana y miró a Clovis dando muestras evidentes de querer entablar conversación—. Estoy muy ocupado escribiendo unos versos inmortales.

Bertie pareció interesado.

—¿Sabes una cosa? —dijo con un tono cargado de ironía—. Si algún día te conviertes de veras en un poeta famoso, tal y como estás ahora, casi desnudo, podrías llegar a ser una ayuda inestimable para cualquier retratista actual. Y si por cualquier motivo a dicho artista le prohibiesen exponer un comprometedor retrato tuyo titulado, por ejemplo, «Mr. Clovis Sangrail trabajando desnudo en la redacción de su último poema», espero, por el bien del Arte, que al menos pueda contar contigo para los bocetos de algún cuadro que podría llevar por título, por ejemplo, «Orfeo desnudo paseando por Jermyn Street». ¿Qué te parece? Los artistas actuales están siempre quejándose de que las ropas modernas les impiden estudiar con detalle el cuerpo humano. Pero tú, en cambio, con tan sólo una toalla y una estilográfica encima… Bueno, podrías resultarles de gran ayuda, ¿no crees?

—En realidad la responsable de que yo esté escribiendo esto no es otra que Mrs. Packletide —dijo Clovis sin hacer el menor caso de aquella especie de camino hacia la fama que Bertie van Tahn le mostraba—. Verás, a Loona Bimberton le publicaron un poema titulado «Oda al Amanecer» en New Infancy, una revista literaria que ha empezado a editarse hace muy poco. Cuando leyó el poema, Mrs. Packletide le dijo a Loona: «Te felicito por tu poema, querida. Aunque, desde luego, cualquiera hubiera sido capaz de escribir un poema como ése, sólo a ti se te hubiera ocurrido enviarlo a una revista como ésa». Loona le replicó que escribir un poema es algo extremadamente difícil, con lo que parecía dar a entender que en realidad la poesía es un terreno reservado tan sólo para unos pocos elegidos. Así que, en fin, como Mrs. Packletide se ha portado bien conmigo en tantas ocasiones que ha acabado convirtiéndose para mí en una especie de sanatorio financiero (ya me entiendes: me ha sacado de mil apuros económicos, los cuales, para ser sinceros, en mí son bastante frecuentes), y como, además, a Loona Bimberton no la necesito para nada, decidí meterme por medio y le dije a esta última que, si me ponía a ello, yo era capaz de escribir poemas mejores que el suyo como quien escribe su propio diario. Loona insistió en que yo no era capaz. Y yo, por mi parte, insistí en que sí. Así que hicimos una apuesta. Una apuesta que, entre tú y yo, creo que no voy a tener ninguna dificultad en ganar. Naturalmente, una de las condiciones de la apuesta es que el poema tiene que ser publicado en alguno de los periódicos locales. Lo malo es que como Mrs. Packletide se ha ganado el aprecio del editor del Smoky Chimney a base de pequeños detalles y favores (ya me entiendes), si no consigo escribir algo que raye al menos en el nivel medio de la poesía que se escribe actualmente, lo voy a tener un poco complicado. Pero, no obstante, como hasta ahora escribir me está resultando bastante más fácil de lo que yo esperaba, estoy empezando a pensar que yo mismo debo de ser uno de los elegidos.

—¿Y no crees que hoy, con la hora que es, ya es un poquito tarde para ponerte a escribir precisamente una oda al amanecer? —dijo Bertie en un nuevo arranque de ironía.

—Puede ser —repuso Clovis con paciencia—. Pero da la casualidad de que lo que estoy escribiendo no es una oda al amanecer, sino una especie de himno que he decidido titular «Canto a Durbar», algo que uno podrá leer en cualquier momento del día, sin importar lo tarde o lo temprano que sea.

—Ahora comprendo por qué has elegido un lugar como éste para escribir —dijo Bertie van Tahn con el aire de quien acaba de desentrañar un verdadero misterio—. Quieres reproducir la temperatura de un lugar como Durbar, ¿no es cierto?

—Si he venido aquí ha sido para evitar que los deficientes mentales como tú no hagan más que interrumpirme a cada momento —dijo Clovis—. Pero empiezo a pensar que hasta eso era pedir demasiado.

Bertie van Tahn se dispuso a utilizar su toalla como arma de precisión, pero tras pensar fugazmente que él no se hallaba precisamente a cubierto estando desnudo en aquel sitio cerrado, y que Clovis, además de su correspondiente toalla, contaba también con la ayuda de una estilográfica de punta bastante afilada, optó por relajarse y recostarse ligeramente en su silla.

—¿Y sería posible escuchar algunos fragmentos de esa obra tuya tan inmortal? —preguntó poco después—. Te prometo que nada de lo que oiga ahora me influirá a la hora de comprar (o no comprar) un ejemplar del Smoky Chimney cuando el poema aparezca finalmente publicado.

—Leértelo sería como regar en el desierto —observó Clovis sonriendo—, pero a pesar de todo no tengo inconveniente en leerte alguna que otra estrofa. El poema comienza con la dispersión de los personajes principales:


De regreso a sus hogares en las cumbres del Himalaya,
los pálidos y extenuados elefantes de Cutch Behar
avanzan como enormes galeones por un mar en calma…
 

—No creo que exista ningún lugar llamado Cutch Behar cerca del Himalaya —le interrumpió Bertie—. Deberías tener un atlas a mano cuando escribas ese tipo de cosas. A propósito, ¿por qué los elefantes tienen que estar precisamente pálidos y extenuados?

—Pues porque están exhaustos. Subir a las cumbres del Himalaya debe de resultar una empresa agotadora, ¿no crees? —dijo Clovis—. Y lo que he dicho es que los elefantes tienen su hogar en el Himalaya, no que Cutch Behar se encuentre en el Himalaya. Supongo que es perfectamente posible tener elefantes del Himalaya en Cutch Behar, de la misma manera que pueden encontrarse caballos irlandeses en las carreras de Ascot.

—Pero tú has dicho que esos elefantes iban de regreso al Himalaya. ¿Por qué? —objetó Bertie.

—Bueno, es algo de lo más natural que la gente los envíe a casa de vacaciones para que se recuperen después de tanto trabajo. Allí es muy típico dejar a los elefantes sueltos por las colinas. Es algo similar a lo que ocurre en este país cuando dejamos a los caballos sueltos en el prado para que pasten a sus anchas.

Clovis se sintió orgulloso de haber inyectado algo de cultura sobre las maravillas del lejano Oriente en medio de la vasta ignorancia de su amigo.

—¿Y todo el poema va a ser en verso libre? —preguntó aquel remedo de crítico.

—Desde luego que no. «Durbar» viene al final del cuarto verso de la estrofa.

—¿Y eso es una rima? Así se explica que hayas tenido que recurrir a terminar el segundo verso con «Cutch Behar».

—La relación entre los nombres geográficos y la inspiración poética es mucho mayor de lo que generalmente se reconoce. Y si no me crees, déjame decirte que una de las principales razones por las que se han escrito tan pocos poemas verdaderamente buenos sobre Rusia en nuestra lengua es que es completamente imposible encontrar algo que rime con nombres como Smolensk, Tobolsk o Minsk.

Clovis parecía hablar con la autoridad propia de quien lo ha intentado alguna vez.

—Desde luego, Omsk rima con Tomsk —continuó diciendo—. De hecho, da la impresión de que las dos ciudades hayan sido fundadas con ese propósito, pero no por ello el público sería capaz de aplaudir ese tipo de rimas indefinidamente.

—El público de hoy en día sería capaz de aplaudir cualquier cosa —dijo Bertie con malicia—. Además, son tan pocos los que conocen Rusia que siempre podrías recurrir a poner una nota a pie de página en la que aclararas que las tres últimas letras de Smolensk no se pronuncian . Resulta casi tan convincente como eso que has dicho antes de que en la India dejan a los elefantes sueltos por la cordillera del Himalaya para que pasten a su gusto.

—También puedo leerte un fragmento bastante bonito —prosiguió Clovis sin inmutarse— en el que describo una puesta de sol en las afueras de un poblado perdido en la jungla:


Donde la cobra se relame con deleite contemplando el ocaso
y las panteras, sigilosas, acechan escondidas a las cabras, el…
 

—Querido Clovis: en los países tropicales apenas hay puesta de sol —interrumpió Bertie con indulgencia—. No obstante, me gusta la maestría con la que retratas el regocijo de la cobra mientras contempla el ocaso. Hay en ello algo extraño y misterioso. Casi puedo imaginarme a los aterrados lectores del Smoky Chimney con las luces de sus dormitorios encendidas y sin poder pegar ojo durante toda la noche debido a la escalofriante incertidumbre de no saber de qué se relame exactamente la cobra.

—Las cobras se relamen continuamente por naturaleza —dijo Clovis—. No necesitan ningún motivo especial para hacerlo. ¿O es que nunca te has dado cuenta de que se pasan la vida sacando continuamente la lengua? Es algo natural, igual que lo que le pasa a los lobos con el hambre. Los lobos siempre están hambrientos, como si no tuviesen más remedio que estarlo aunque sólo fuese por la fuerza de la costumbre. Por lo general, lo están incluso después de haberse dado un buen atracón. Por cierto —añadió—, aquí tengo un fragmento de mucho colorido que me gustaría leerte. En él describo un amanecer sobre las aguas del río Brahmaputra:


El amanecer empapa de ámbar a Oriente,
lo besa con los rayos del sol
y lo cubre de manchas de oro y amatista.
Se va cerniendo, envuelto en una niebla de color opalino,
sobre la límpida esmeralda de los bosques de mangos
mientras loros de múltiples colores tiñen la bruma
de tonos escarlata, magenta y rubí.
 

—Bueno, yo nunca he presenciado un amanecer sobre el río Brahmaputra —dijo Bertie—, así que no puedo juzgar si la tuya es o no es una buena descripción. Pero lo que sí puedo confesarte es que se parece más a la descripción del botín de un ladrón de joyas que a cualquier otra cosa. De todas formas, eso de los loros le da al conjunto un colorido muy apropiado. Supongo que más adelante introducirás también algún que otro tigre en la escena, ¿verdad? Un paisaje hindú parecería vacío si no apareciesen tigres por ningún lado.

—Pues sí, sí que he metido a un tigre en el poema —dijo Clovis rebuscando entre sus notas—. Concretamente a una tigresa. ¿Dónde se habrá metido? ¡Ajá! Aquí está:


La temible tigresa, atravesando la floresta,
lleva hasta sus ronroneantes cachorros,
que escuchan cautivados,
el cruel sonido de la muerte
que aún flota en la garganta de su presa
y que resuena por toda la jungla
como una salvaje canción de cuna
hecha a base de sangre y lágrimas.
 

Súbitamente, Bertie van Tahn se levantó de un salto de la silla en la que hasta entonces había permanecido casi tumbado y se abalanzó sobre la puerta de cristal que comunicaba con la estancia contigua.

—Creo que tu idea de la vida hogareña en la jungla es verdaderamente espantosa —dijo desde allí—. Aquello de la cobra ya era de por sí bastante siniestro, pero lo del cruel sonido de la muerte visitando a esos pobres cachorritos de tigre ya es el colmo. Si vas a continuar poniéndome los pelos de punta, creo que lo mejor será que me vaya cuanto antes a la sala de vapor.

—Escucha unos pocos versos más —dijo Clovis—. Ellos solos bastarían para hacer famoso a cualquier poeta:


y allá arriba, en lo más alto, está Punkah ,
esa cristalina mezcla de agua, hielo
y nubes que parecen de azúcar.
 

—Casi todos los que lo lean se creerán que eso de Punkah es alguna clase de bebida refrescante. No me extrañaría nada que incluso se atrevieran a pedirla en algún bar —dijo Bertie antes de desaparecer envuelto en una nube de vapor.

Poco después el «Canto a Durbar» fue publicado en el Smoky Chimney, si bien con unos desastrosos resultados, pues resultó ser su canto del cisne. La citada revista nunca llegó a sacar ningún otro número.

Loona Bimberton, tras negarse rotundamente a reconocer un mínimo de calidad literaria en el poema, decidió recluirse en una casa de reposo perdida entre las colinas de Sussex. Una aguda crisis nerviosa después de una temporada de mucho estrés fue la explicación aceptada por todos. No obstante, hay por ahí tres o cuatro personas que saben muy bien que nunca llegará a recuperarse de la impresión que un día le produjo cierto amanecer sobre el río Brahmaputra.

Una mera cuestión sentimental

A pesar de que era la víspera de la gran carrera, ninguno de los invitados que gozaban de la hospitalidad de Lady Susan había realizado ni una sola apuesta. Lo cual no era de extrañar, pues, no en vano, aquélla estaba siendo una de esas temporadas extrañas en las que, cuando un caballo predominaba en el mercado de las apuestas, lo hacía no porque se creyese que su superioridad fuese aplastante, sino porque era extremadamente difícil escoger cualquier otro candidato en el que depositar esperanzas. Por ello, si en aquella ocasión Peradventure II era el caballo favorito, no lo era porque el público creyese en sus cualidades, sino por la escasa o nula confianza que inspiraba cada uno de sus mediocres rivales. Con el único fin de decidir dónde invertir su dinero, los mejores cerebros del mundo de las apuestas se afanaban sin descanso en la búsqueda de posibles méritos allí donde las inteligencias más corrientes no veían nada especial. De igual manera, los invitados que se habían dado cita bajo el techo de Lady Susan se hallaban poseídos por esa misma incertidumbre que llevaba meses haciendo mella en círculos más amplios y expertos.

—Una carrera como ésta, en la que no hay ningún favorito claro, es la ocasión perfecta para dar un golpe maestro —dijo Bertie van Tahn.

—Sin duda alguna. Pero la pregunta clave es: ¿a qué caballo apostar? —preguntó Clovis por enésima vez.

Las mujeres estaban tan interesadas e indecisas en la cuestión como los hombres. Incluso la madre de Clovis, que por lo general se mantenía bien informada de todo lo referente a las carreras gracias a su modista, confesó que en aquella ocasión se encontraba completamente desorientada. El coronel Drake, un profesor que enseñaba Historia Militar en una pequeña academia, era el único que tenía un pronóstico definido para la carrera. No obstante, como su elección variaba a cada hora, resultaba poco de fiar y completamente inútil como fuente de inspiración para las apuestas de los demás.

Pero en realidad la mayor dificultad de todas era que en casa de Lady Susan un problema como ése sólo podía ser discutido a ratos sueltos y de manera completamente clandestina, pues la dueña de la casa no veía con buenos ojos las carreras de caballos. Claro que, a decir verdad, Lady Susan veía con malos ojos muchas cosas. Algunos llegaban incluso a decir que lo veía casi todo negro. De hecho, la censura era para ella lo que la neuralgia o la costura para muchas otras mujeres. Estaba en contra de tomar té por las mañanas, de jugar al bridge, de practicar esquí, de bailar el pasodoble, de los ballets rusos, de las sesiones de baile que se celebraban en el Chelsea Arts Club, de la política francesa en Marruecos, de la política británica en todas partes, y de un largo etcétera de eventos, modas y aficiones. Y no es que fuese una mujer estricta o de ideas demasiado fijas en su forma particular de ver la vida. Lo que ocurría era que había sido siempre la mayor de un gran número de hermanos demasiado autoindulgentes cuya forma particular de autoindulgencia había consistido en oponerse abiertamente a las debilidades de los demás. Desgraciadamente, lo que al principio no había sido más que un pasatiempo, creció con ella y acabó convirtiéndose en su carácter. No obstante, como además de ser una mujer rica e influyente era también muy buena persona, a la mayoría de la gente no le importaba demasiado perderse el té de por la mañana si era por ella. Pero, aun así, la necesidad de cortar a toda prisa la discusión de un tema tan apasionante como las carreras de caballos y evitar hacer la menor referencia a ellas mientras Lady Susan estuviese cerca era una auténtica desgracia precisamente en un momento como ése, pues podía sentirse cómo iban pasando las horas sin que la duda dejara de ser la nota predominante.

Tras la comida, en el transcurso de la cual la conversación discurrió de manera incómoda e inconexa, Clovis se las arregló para reunir a la mayoría de los invitados en el rincón más alejado y solitario del jardín con el pretexto de admirar a los faisanes. Una vez que todos estuvieron allí, anunció que había realizado un importante descubrimiento: Motkin, el mayordomo, que (tal y como el propio Clovis había dicho una vez) había encanecido prematuramente durante el tiempo que llevaba al servicio de Lady Susan, contaba entre sus muchas y excelentes cualidades un sabio interés por todo lo relacionado con las carreras de caballos. Por lo que se refería a la carrera del día siguiente, no tenía un pronóstico demasiado claro, pero compartía la opinión preponderante de que lo más parecido a un favorito era Peradventure II. No obstante, lo que en realidad infundió esperanzas en todos los huéspedes de la casa fue el hecho de que el mayordomo tenía un primo segundo que trabajaba como encargado en los establos de un hipódromo cercano, lo cual le permitía obtener información privada acerca de la forma en que se encontraba cada caballo y de las posibilidades que tenía de vencer. Sólo el hecho de que a Lady Susan se le hubiese ocurrido la idea de invitarles a todos ellos a pasar en su casa la última semana de mayo había impedido que Mr. Motkin realizase una visita a su pariente para consultarle sobre la gran carrera. No obstante, el mayordomo había asegurado que todavía tendría tiempo para ir a verle siempre que obtuviese permiso de su señora para ausentarse aquella misma tarde alegando alguna excusa mínimamente convincente.

—¡Menos mal que nos queda una esperanza! —exclamó Bertie van Tahn.

—Si hay alguien en este mundo que pueda ayudarnos, seguro que es ese primo de Motkin que trabaja en el hipódromo —dijo Mrs. Packletide, esperanzada.

—Espero que ese hombre coincida conmigo en que el ganador, sin duda alguna, será Motorboat —dijo el coronel Drake.

Pero en aquel momento hubo que interrumpir precipitadamente la conversación. Lady Susan se dirigía caminando hacia ellos cogida del brazo de la madre de Clovis, a quien le estaba confiando que rechazaba rotundamente esa manía que le había dado a todo el mundo por tener un perro pequinés. Aquélla era la tercera cosa que la señora de la casa encontraba censurable desde la hora de la comida, y eso sin tener en cuenta el permanente disgusto, que prefería mantener prudentemente en silencio, que le causaba la manera en que la madre de Clovis llevaba arreglado el pelo.

—Hemos estado admirando sus faisanes —dijo Mrs. Packletide, melosa.

—¿Mis faisanes? Pero si esta misma mañana se los han llevado a todos a una exposición que se celebra en Nottingham —dijo Lady Susan con el aire de quien desaprueba profundamente las pequeñas mentiras.

—Bueno… quiero decir… la casa en la que viven los faisanes. Tienen una jaula verdaderamente encantadora. Y está todo tan limpio que da gusto verlo —continuó diciendo Mrs. Packletide cada vez con mayor entusiasmo, mientras el odioso Bertie van Tahn murmuraba oraciones para que ella no acabase atrapada en la maraña de sus propios embustes.

—Espero que no les importe que esta noche la cena se retrase un cuarto de hora —dijo Lady Susan—. Esta tarde Motkin ha recibido un aviso urgente para ir a ver a un pariente suyo que se encuentra enfermo. Quería ir a verle en bicicleta, pero yo misma le he obligado a ir en coche.

—¡Qué detalle de su parte! En cuanto a la cena, ni que decir tiene que no nos importa que se demore un poco —aseguró un coro de voces con unánime sinceridad.

Aquella noche, a la hora de la cena, una auténtica avalancha de miradas inflamadas de curiosidad no hacía más que dirigirse una y otra vez hacia el semblante impasible de Motkin. Uno o dos de los invitados tenían incluso la esperanza de encontrar un pedazo de papel escondido bajo sus respectivas servilletas en el que supuestamente figuraría el nombre elegido por el primo del mayordomo. No obstante, ninguno de ellos tuvo que esperar mucho. Cuando llegó el momento de servir las bebidas, Motkin se acercó a la mesa para preguntarle a cada uno de los comensales lo que les apetecía beber. Al pasar junto a Mrs. Packletide, el mayordomo le preguntó: «¿Jerez?», y luego, en voz más baja, añadió misteriosamente: «Puro veneno». Al oír aquello, Mrs. Packletide, alarmada, dio un respingo y se negó rotundamente a probar el jerez. Había algo decididamente siniestro en aquella sugerencia que acababa de hacerle el mayordomo, como si la dueña de la casa se hubiera convertido de repente en una adicta a las nefastas costumbres de los Borgia. Para alivio suyo, alguien le explicó poco después que «Puro Veneno» era el nombre de uno de los caballos que participaban en la gran carrera. Cuando miró a su alrededor, pudo ver que Clovis, disimuladamente, estaba escribiendo aquel nombre en el puño de su camisa y que el coronel Drake, por su parte, le decía por señas o en voz baja a todo el mundo que él, naturalmente, ya se había imaginado que el nombre del caballo ganador se correspondería con las iniciales P. V.

A la mañana siguiente, siendo aún muy temprano, partió camino de la ciudad una buena cantidad de telegramas en los que se recogían las apuestas tanto de los invitados como de los criados de la casa.

Aquella tarde llovió, por lo que los huéspedes de lady Susan, viendo que tendrían que permanecer en la casa, decidieron reunirse en el vestíbulo para compartir su impaciencia. De no ser porque era todavía demasiado temprano hubiese dado la impresión de que esperaban hambrientos la hora del té. Cuando, poco después, llegó un telegrama a la casa, se produjo una gran expectación que a punto estuvo de volverlos histéricos a todos. Asustado al ver tantos rostros demudados por la ansiedad, el mensajero que le había entregado el telegrama a Clovis estuvo a punto de echar a correr sin esperar la posible respuesta.

Con manos temblorosas, Clovis tomó el mensaje, lo leyó y lanzó una exclamación de fastidio.

—Espero que no se trate de malas noticias —dijo Lady Susan mientras todos los demás se daban cuenta de que la noticia no era precisamente buena.

—No es más que el resultado de la carrera —masculló—. Ha ganado Sadowa, un caballo con el que nadie contaba.

—¿¡Sadowa!? —exclamó Lady Susan—. ¡No me digas! ¡Es increíble! Y eso que no es más que la primera vez que apuesto por un caballo en las carreras. De hecho, detesto las carreras de caballos, pero para una vez en la vida que me juego dinero en una, resulta que he ganado. No está nada mal.

—¿Me permite una pregunta, Lady Susan? —dijo Mrs. Packletide en medio de un completo silencio—. ¿Por qué apostó usted por ese caballo en particular? Ni un solo experto le atribuía la más mínima oportunidad de victoria.

—Bueno —dijo Lady Susan—, aun a riesgo de que se rían ustedes de mí, debo confesar que fue el nombre lo que me atrajo. Les explicaré por qué. De una u otra manera mi vida se ha visto siempre ligada a la guerra franco-germana. Me casé el mismo día en que ésta se declaró, y mi hijo mayor nació el día en que se firmó la paz que le puso fin. Por ello, cualquier cosa que se encuentre conectada con dicha guerra ha despertado siempre mi interés. Así que, cuando me enteré de que uno de los caballos que participaba en la carrera se llamaba igual que una de las batallas que se libraron en la guerra franco-germana, me dije que, a pesar de ser una mortal enemiga de las carreras, por una vez en la vida tenía que apostar dinero por un caballo. Y ahora resulta que he ganado.

Hubo un gruñido general. Pero nadie gruñó con tanto desaliento como el profesor de Historia Militar .

El pecado secreto de Septimus Brope

—¿Quién y qué es Mr. Brope? —preguntó de repente la tía de Clovis.

Mrs. Riversedge, que había estado podando las rosas marchitas sin pensar en nada en particular, se puso alerta automáticamente. Era una de esas anfitrionas chapadas a la antigua que piensan que uno siempre debe saber algo acerca de sus propios invitados, y que ese algo debe tener la virtud de hacer que uno se sienta orgulloso de tenerlos alojados bajo su techo.

—Creo que es de Leighton Buzzard. No sé dónde está exactamente ese lugar, pero lo que sí sé es que está muy lejos —dijo, como si eso bastara por sí solo como explicación.

—En estos tiempos que corren, en los que uno puede viajar cómoda y rápidamente a donde le apetezca —dijo Clovis dejando momentáneamente de mortificar a una colonia de pulgones con el humo de su cigarrillo—, ser de Leighton Buzzard, por muy lejos que esté, no tiene necesariamente por qué significar nada. Podría ser simplemente síntoma de inquietud. Ahora bien, otra cosa es que el individuo en cuestión haya tenido que abandonar la ciudad en circunstancias poco claras o en señal de protesta contra la cruel e incorregible frivolidad de sus habitantes. De ser así, eso podría resultar un dato muy significativo a la hora de decirnos algo acerca de él y de su misión en esta vida.

—¿A qué se dedica? —intervino Mrs. Troyle, la tía de Clovis, con su inequívoco aire de superioridad.

—Es el editor del Cathedral Monthly —respondió su anfitriona—. Es un hombre tremendamente instruido en todo lo referente a monumentos conmemorativos, la arquitectura de los edificios religiosos, la influencia de la religión bizantina en la liturgia moderna y todo ese tipo de cosas. Puede llegar a resultar una persona un poquito huraña o dar la impresión de estar demasiado abstraído en sus cosas, pero de todo tiene que haber en esta vida. No lo encontrarán ustedes demasiado aburrido, ¿verdad?

—Si ese hombre fuese aburrido, sería algo que yo podría pasar por alto —dijo la tía de Clovis—. Pero lo que de ninguna manera puedo tolerar es que dedique su tiempo a cortejar a mi doncella.

—¡¿Cómo?! ¡Mi querida Mrs. Troyle! —exclamó la anfitriona, escandalizada—. ¡Eso no puede ser! Le aseguro que a Mr. Brope nunca se le ocurriría hacer algo así ni en sueños.

—Los sueños de Mr. Brope no me interesan lo más mínimo. Por mí puede dedicarse a soñar todas las fantasías eróticas que desee y con quien le plazca. Pero mientras permanezca despierto será mejor que no se le ocurra cortejar a mi doncella. Por lo demás, cualquier discusión sobre el asunto es inútil. Mi postura al respecto es bien firme y no hay nada más que hablar.

—Pero, sin duda, usted debe de estar en un error —insistió Mrs. Riversedge—. Mr. Brope sería la última persona del mundo en hacer algo así.

—Pues en esta casa es el primero en hacerlo. Al menos por lo que yo sé. Y si alguna vez tengo que tomar cartas en el asunto, tenga por seguro que, además, será el último. Ni que decir tiene que, al decir esto —añadió algo más calmada—, no me estoy refiriendo a los pretendientes que se acerquen a mi doncella con buenas intenciones.

—Pues yo, simplemente, no puedo creer que un hombre que escribe cosas tan adorables y sabias sobre las influencias bizantinas en la religión actual pueda llegar a comportarse de manera tan poco decorosa —dijo Mrs. Riversedge—. ¿Qué evidencias tiene usted de que él se esté comportando así? No pretendo poner en duda su palabra, como es natural, pero no podemos condenarlo sin oír lo que él tenga que decir en su favor, ¿no cree?

—Tanto si lo condenamos como si no, le puedo asegurar que yo ya le he oído decir todo lo que tenía que decir. Verá usted: su habitación es justo la contigua a la mía, y en un par de ocasiones (me atrevería a decir que cuando él creía que yo no me encontraba en mi cuarto), le he oído decir claramente desde el otro lado de la pared: «Te quiero, Florrie». Los tabiques del piso de arriba son muy delgados, ¿sabe? Una casi puede oír el tictac del reloj de la habitación de al lado.

—¿Se llama Florence su doncella?

—Se llama Florinda.

—¡Qué nombres más curiosos le pone usted a sus criados!

—Yo no le puse ese nombre a mi doncella. Cuando ella entró a mi servicio ya hacía tiempo que la habían bautizado.

—Lo que quiero decir —dijo Mrs. Riversedge— es que cuando una doncella que entra a mi servicio tiene un nombre tan insólito como ése, yo prefiero llamarla simplemente Jane. Ellas se acostumbran enseguida a que una las llame de esa manera tan vulgar y corriente.

—Me parece una medida excelente —dijo con frialdad la tía de Clovis—. Pero, por desgracia, en mi caso he sido yo misma quien se ha acostumbrado a que la llamen Jane. ¿Y a que no se imagina usted por qué? Pues porque da la casualidad de que ése es mi nombre.

Cuando Mrs. Riversedge comenzó a deshacerse en disculpas, la tía de Clovis no tuvo más remedio que interrumpirla con brusquedad diciendo:

—La cuestión que ahora nos ocupa no es si yo debo o no llamar Florinda a mi doncella, sino si puede seguir permitiéndose que Mr. Brope la llame Florrie. Yo estoy firmemente convencida de que no.

—A lo mejor lo que hacía no era más que tararear el estribillo de alguna canción —dijo esperanzada Mrs. Riversedge—. Hay montones de canciones en cuyos estribillos aparecen nombres de mujer —continuó diciendo mientras se volvía para mirar a Clovis como si éste fuese una autoridad en la materia—. «No debería usted llamarme Mary»…

—Nunca se me ocurriría llamarla así, señora —le aseguró Clovis—. En primer lugar, siempre he creído que se llama usted Henrietta. Y por otra parte, no la conozco lo suficiente como para tomarme tal libertad.

—Lo que quiero decir es que existe una canción que se titula así —se apresuró a aclarar Mrs. Riversedge—. Y hay también muchas más, como por ejemplo «Rhoda tiene una pagoda» o «Maisie es como una margarita». Se oyen constantemente por todos lados. Y aunque la verdad es que no parece muy probable que Mr. Brope sea el tipo de hombre al que le guste cantar esa clase de cosas, creo que al menos deberíamos concederle el beneficio de la duda.

—Yo ya lo he hecho —dijo Mrs. Troyle—. O al menos lo estuve haciendo hasta que encontré una prueba irrefutable.

Calló de repente, con el aire de alguien a quien le gusta hacerse de rogar antes de continuar hablando.

—¡Una prueba irrefutable! —exclamó su anfitriona—. ¡Cuénteme!

—Esta mañana, después de desayunar, me encontré ligeramente indispuesta y decidí retirarme a mi cuarto. Mientras subía las escaleras, me di cuenta de que justo en el momento en que yo llegaba al último peldaño, Mr. Brope pasaba por delante de la puerta de mi habitación. Él no me vio porque caminaba de espaldas a mí, pero yo sí alcancé a ver entonces cómo, de la manera más natural del mundo, se le escapaba del bolsillo un pedazo de papel que cayó revoloteando hasta posarse en el suelo del pasillo, justo delante de mi puerta. Yo ya estaba a punto de llamarlo para decirle que se le había caído algo al suelo cuando, por alguna razón, preferí contener mi primer impulso y no me dejé ver hasta que él entró tranquilamente en su cuarto. En ese momento se me ocurrió pensar que precisamente a aquella hora era raro que yo me encontrase en mi habitación, mientras que Florinda sí estaba casi siempre allí, pues era la hora que ella suele dedicar a ordenarlo y limpiarlo todo. Así que me acerqué y recogí del suelo aquel pedazo de papel de aspecto aparentemente tan inocente.

Mrs. Troyle volvió a guardar silencio con el aire de quien se regodea de que sus palabras sean el centro de atención de los demás.

Mrs. Riversedge, presa de la expectación que había provocado en ella su invitada, le dio un involuntario y enérgico tijeretazo al rosal que tenía al lado decapitando sin querer un prometedor ejemplar que estaba a punto de florecer.

—¿Y qué había escrito en ese papel? —preguntó.

—Unas pocas palabras a lápiz que decían: «Te quiero, Florrie». Y luego, más abajo, medio tachado con una línea apenas visible, un mensaje: «Reúnete conmigo junto al tejo del jardín».

—Hay un tejo al fondo del jardín —admitió Mrs. Riversedge.

—Eso, al menos, demuestra que dice la verdad —comentó Clovis.

—¡Y pensar que un escándalo así esté teniendo lugar bajo mi propio techo! —dijo indignada Mrs. Riversedge.

—Me pregunto por qué será que los escándalos siempre parecen mucho peores de lo que en realidad son cuando tienen lugar bajo un techo —dijo Clovis—. Si ello es así, debe de ser cierto lo que siempre he pensado de los gatos: que demuestran tener mayor delicadeza que las personas por el simple hecho de que arman la mayoría de sus escándalos encima de los tejados y no debajo de ellos.

—Ahora que caigo —continuó diciendo Mrs. Riversedge—, hay cosas acerca de Mr. Brope que nunca he sido capaz de explicarme. Sus ingresos, por ejemplo. Gana tan sólo doscientas libras anuales como editor del Cathedral Monthly, y yo sé de buena tinta que todos los que trabajan en dicha publicación son en realidad bastante pobres. Además, que se sepa, él no tiene ningún negocio privado. Y a pesar de todo se las arregla para costearse un apartamento en Westminster, y todos los años viaja al extranjero para visitar Brujas y otras ciudades por el estilo. Además, siempre va muy bien vestido, y de vez en cuando da unas fiestas verdaderamente magníficas. Y uno no puede hacer todas esas cosas si no cobra más que doscientas libras al año, ¿verdad?

—A lo mejor escribe también para otras publicaciones —preguntó Mrs. Troyle.

—No, seguro que no. Siendo un hombre que escribe sólo sobre temas tan específicos como la liturgia o la arquitectura de los edificios religiosos, su campo de actuación resulta por fuerza bastante restringido. Una vez intentó publicar en el Sporting and Dramatic un artículo sobre las iglesias construidas en localidades famosas por la afición de sus habitantes a la caza, pero rechazaron su estudio porque no lo consideraron de interés general. No, la verdad es que no veo cómo puede costearse el estilo de vida que lleva simplemente con las cosas que escribe.

—A lo mejor se dedica también a falsificar catedrales y demás edificios religiosos para venderlos posteriormente a turistas fanáticos —sugirió Clovis.

—¿Cómo puede nadie falsificar y vender catedrales? —dijo Mrs. Riversedge—. Eso es imposible. Desde luego, querido, tienes unas cosas…

—Haga lo que haga para ganarse la vida —interrumpió Mrs. Troyle—, a lo que no quiero que se dedique en sus ratos de ocio es a cortejar a mi doncella.

—Desde luego que no —asintió su anfitriona—. Debemos ponerle fin a esa situación enseguida. Lo que ocurre es que no tengo ni la menor idea de cómo deberíamos actuar.

—¿Por qué no ponen una alambrada alrededor del tejo como medida de precaución? —dijo Clovis.

—No creo que la situación tan desagradable a la que nos enfrentamos se vea en modo alguno favorecida por tus bromitas, querido —dijo Mrs. Riversedge—. No olvides que estamos ante algo muy serio. No en vano, una buena doncella es un auténtico tesoro.

—Sin lugar a dudas. Yo, por mi parte, no sé lo que haría sin Florinda —confesó Mrs. Troyle—. Ella, por poner un ejemplo, ha sido la única que ha llegado a entender mi pelo. Incluso yo misma, tras muchos años intentando domarlo y arreglarlo, hace ya mucho tiempo que me di por vencida. Para mí, el pelo es como un marido: mientras en público se comporte con corrección, da igual lo mal que una se lleve con él en privado. Así que… ¡Vaya! ¿No es eso que se oye la campana que anuncia la hora de comer?

Después de la comida, Septimus Brope y Clovis pudieron disfrutar del salón de fumar para ellos solos. No obstante, mientras el primero parecía nervioso y preocupado, el otro se dedicaba a observar en silencio a su compañero.

—¿Sabe usted qué es un «corro»? —preguntó de repente Septimus Brope—. No me refiero a un grupo de gente formando un círculo. Por supuesto, yo ya sé lo que es eso. Pero ¿no hay un pájaro cuyo nombre suena muy parecido a «corro»?

—Me imagino que se referirá usted a un loro. Sí, «loro», como suena. Con una sola «r» —se burló Clovis con pereza—. Claro que, si es eso lo que usted busca, no se lo aconsejo.

Septimus Brope lo miró asombrado.

—¿Qué quiere usted decir con que no me lo aconseja? —preguntó con cierto desasosiego en la voz.

—Quiero decir que no rima con «Florrie» —explicó Clovis en pocas palabras.

Septimus dio un respingo en su silla y abrió mucho los ojos en una inequívoca señal de alarma.

—¿Cómo… cómo lo ha adivinado usted? Quiero decir… ¿Cómo ha llegado a saber usted que estaba buscando una palabra que rimara con «Florrie»? —preguntó bruscamente.

—No lo sé —dijo Clovis—. Simplemente lo he supuesto. En cuanto me di cuenta de que pretendía usted relacionar dos cosas tan dispares como un corro de gente y un loro, se me ocurrió pensar que debía de estar ocupado en componer un soneto. Y, como no podía ser menos, me imaginé que debía de tratarse de un soneto de amor en el que seguramente apareciese un nombre de mujer. Y de todos es sabido que no hay nombre de mujer que encaje mejor en un soneto que Florrie.

Septimus, todavía nervioso, miró atentamente a Clovis. Aquella absurda explicación no parecía haberlo dejado muy convencido.

—Me parece a mí que usted sabe mucho más de lo que está dispuesto a reconocer —dijo.

Clovis se rió suavemente pero no dijo nada.

—Dígame, ¿qué es lo que sabe? —preguntó Septimus con evidentes signos de desesperación.

—Bueno, sé lo de la cita junto al tejo del jardín —dijo Clovis.

—¡Ajá! Conque era eso, ¿eh? ¡Lo sabía! Estaba seguro de haberlo perdido en algún sitio. Pero sin duda usted debía de estar al corriente de todo desde antes. De acuerdo, de acuerdo. Ahora escúcheme bien. Ha descubierto usted mi secreto. Pero no irá a delatarme, ¿verdad? Aunque no he hecho nada de lo que deba sentirme avergonzado, estoy seguro de que si se hace público que llevo tiempo dedicándome a hacer ese tipo de cosas, mis días como editor del Cathedral Monthly están contados. ¿Comprende lo que le quiero decir?

—Bueno, yo… —comenzó a decir Clovis.

—Tenga en cuenta que llego a ganar bastante dinero de esa manera —prosiguió Septimus—. Y que nunca podría permitirme el estilo de vida que llevo solamente con lo que gano como editor del Cathedral Monthly.

Para entonces Clovis estaba aún más perplejo de lo que Septimus había llegado a estar antes, al principio de aquella conversación. Pero, afortunadamente, era también más diestro a la hora de disimular su sorpresa.

—¿Se refiere usted a que está sacando mucho dinero de… Florrie? —preguntó.

—De Florrie todavía no —respondió Septimus—. De hecho, no me importa confesar que en realidad estoy teniendo bastantes problemas con ella. Pero por ahora eso no me preocupa. Afortunadamente tengo muchas otras.

El cigarrillo que Clovis tenía en los labios se apagó de golpe.

—¡Vaya! Eso sí que es muy, pero que muy interesante —dijo lentamente con un hilo de voz.

Unos segundos más tarde, cuando oyó las siguientes palabras de Septimus Brope, la luz de la comprensión se abrió por fin camino en su cabeza.

—Es la verdad. Tengo muchas más. Montones de ellas, como por ejemplo:


Cora, de tus labios de coral
ya nada podrá separarme.
 

»Ésa fue una de mis primeras canciones. Y también uno de mis primeros éxitos. Y a pesar del tiempo que ha pasado desde entonces todavía me sigue dando dinero gracias a los derechos de autor. Luego están también “La primera vez que vi a Esmeralda” o “Me encanta complacerte, hermosa Teresa”, que llegaron a ser tremendamente populares. Y luego —continuó diciendo Septimus poniéndose de repente rojo como el carmín— hay otra que es francamente horrorosa pero que, curiosamente, es la que más dinero me ha hecho ganar:


Mi alegre y querida Lucy,
adoro tu naricilla respingona.
 

«Como es natural, las aborrezco profundamente a todas. Tanto he llegado a detestarlas que últimamente estoy empezando a convertirme en un verdadero misógino por culpa de ellas. Pero soy incapaz de ignorar el aspecto económico de todo el asunto. Además, como sin duda alguna podrá usted comprender, la posición que ocupo y la reputación de la que disfruto como autoridad en materias tan solemnes como la arquitectura religiosa y las cuestiones referentes a la liturgia se verían muy seriamente afectadas, por no decir completamente arruinadas, si de repente se descubriese que soy el autor de “Cora, la de los labios de coral” y muchas otras canciones.

Clovis, una vez superada la primera sorpresa, preguntó en tono cordial, aunque sin poder evitar un ligero balbuceo, qué era lo que ocurría con «Florrie».

—Por mucho que lo intento, no consigo darle una forma lírica que resulte convincente —gimió Septimus—. Verá usted: para que una canción tenga éxito hay que conjugar siempre los cumplidos más sensibleros y empalagosos que puedan concebirse con unas cuantas rimas pegadizas. Además, hay que hablar de alguna experiencia afortunada que uno haya tenido anteriormente con una mujer o, de lo contrario, dedicarse a predecir la felicidad de la que disfrutará con ella en el futuro. El resultado puede ser, por ejemplo, algo así:


Mi pequeña y delicada Mavis
tiene unos gustos tan refinados
que algún día, cuando sea rico,
me dedicaré a colmarla de regalos.
 

»Esta estrofa, junto a otras muchas, acabó convirtiéndose en la letra del vals más cursi y detestable que he oído nunca. Pero, a pesar de todo, durante meses enteros no se cantó ni se tarareó otra cosa en ciudades importantes como Blackpool.

En aquel momento todo el autocontrol que Clovis se había esforzado por mantener se vino abajo de repente.

—Le ruego que disculpe mi sorpresa —acertó a decir—, pero, a pesar de haber oído lo que acaba usted de decirme, no puedo evitar recordar la insoportable solemnidad de aquel artículo suyo que tan amablemente nos leyó usted anoche, en el que nos hablaba de la iglesia copta y sus relaciones con el primitivo culto cristiano. Le recuerdo a usted entonces y le veo a usted ahora y… Es como si fueran dos personas completamente distintas. Septimus profirió un gemido.

—Entonces, ¿entiende por fin lo que estoy intentando decirle? —dijo—. En cuanto la gente se entere de que soy el autor de todas esas miserables y estúpidas canciones, todo el respeto que siempre se han merecido los trabajos serios a los que he dedicado toda mi vida desaparecerá de golpe. Me atrevería a decir que sé más que nadie en este mundo acerca de monumentos conmemorativos. De hecho, espero tener la oportunidad de publicar algún día mi propio manual sobre el tema. Pero eso sería completamente imposible si todo el mundo, nada más verme, me reconociera y me señalase por todas partes como el hombre cuyas absurdas canciones han sido cantadas por todo el país. ¿Podría usted llegar a imaginarse lo mucho que odio a Florrie mientras me devano los sesos buscando palabras que rimen con ella?

—¿Y por qué no opta usted por dar rienda suelta a sus sentimientos? Quiero decir, ¿por qué no ser despiadadamente grosero? Una canción poco o nada halagadora podría sorprender a todo el mundo gracias a su originalidad, y seguro que sería un éxito inmediato si dice usted las cosas sin rodeos, con franqueza.

—Pues… la verdad es que nunca se me había ocurrido hacer algo así —dijo Septimus—. Mucho me temo que he acabado acostumbrándome a escribir siempre lo mismo. Tanto que todos esos halagos cursis y empalagosos se han convertido para mí en un verdadero hábito. A estas alturas sería incapaz de cambiar mi estilo.

—No necesita usted cambiar su estilo ni mucho menos —dijo Clovis—. Lo único que tiene que hacer es cambiar su punto de vista, pero sin apartarse de todas esas estupideces a las que dice usted que está tan acostumbrado. Si le parece, podemos hacer un trato. Usted escriba las estrofas y yo me encargaré del estribillo, que es, a mi parecer, lo verdaderamente importante de una canción. En lo que respecta a los derechos de autor iremos a medias. Por lo demás, le prometo que mantendré en silencio su secreto. Así, ante el mundo seguirá usted siendo el hombre que ha consagrado toda su vida a estudiar la arquitectura religiosa y los rituales bizantinos.

»La única diferencia estará en que de vez en cuando, durante los largos atardeceres del invierno, mientras el viento aúlle lúgubremente en el exterior y la lluvia azote los cristales de las ventanas, me acordaré de usted como el autor de “Cora, la de los labios de coral”. Naturalmente, si como muestra de gratitud por mi silencio le apeteciera a usted llevarme de vacaciones (las cuales, créame, necesito urgentemente) al Adriático o a algún otro lugar de interés con todos los gastos pagados, a este humilde servidor suyo nunca se le ocurriría declinar su invitación.

Algo más tarde, Clovis encontró a su tía y a Mrs. Riversedge paseando tranquilamente por el jardín.

—He hablado con Mr. Brope acerca de Florrie —les anunció.

—¡Oh, magnífico! ¿Y qué ha dicho? —se apresuraron a decir a coro las dos.

—La verdad es que se mostró completamente sincero conmigo en cuanto se dio cuenta de que había descubierto su secreto —dijo Clovis—. Parece ser que sus intenciones, a pesar de estar un poquito fuera de lugar, eran bastante serias. Yo intenté hacerle ver lo impropio de su proceder. Él, por su parte, me pidió que le comprendiera. Parecía convencido de que Florinda no dudaría en disculpar sus métodos. Sin embargo, cuando le señalé que probablemente hay docenas de jovencitas inglesas sensibles y delicadas que serían capaces de entender sus métodos mientras que Florinda es la única persona en este mundo capaz de entender el pelo de mi tía, pareció cambiar de opinión. En realidad, si uno sabe cómo tratarlo, no es mal tipo. Cuando, durante la conversación, le hice recordar hábilmente los felices días de su infancia en Leighton Buzzard, se conmovió tanto que enseguida me di cuenta de que lo tenía a mi merced. Así que aproveché el momento para conseguir de él lo que quería. Me dio su solemne palabra de que se olvidaría por completo de Florinda. Incluso me comentó que se iría de viaje al extranjero para distraerse y cumplir así más fácilmente su promesa. Yo, por mi parte, he decidido acompañarle hasta Ragusa. Para que no se sienta muy solo, ya me entienden. Así que, si mi tía, aquí presente, tuviese por casualidad el detalle de regalarme un bonito alfiler de corbata (que yo, naturalmente, elegiría a mi gusto) en prueba de reconocimiento por el apreciable favor que le he hecho, a este humilde servidor suyo no se le ocurriría rechazarlo. Al fin y al cabo, yo no soy de los que piensan que por el simple hecho de hallarse en suelo extranjero deba uno andar por ahí vestido de cualquier manera.

Unas cuantas semanas más tarde, tanto en Blackpool como en otras muchas ciudades en las que la gente es aficionada a cantar a cualquier hora, se oía por todas partes el siguiente estribillo:


Qué aburrido me tienes, Florrie,
con tus tristes ojos azules;
pero te daré tu merecido
si termino casándome contigo.
Y aunque no soy exigente,
te juro que una cosa haré:
te tiraré atada al río
si termino casándome contigo.
 

Los ministros ejemplares

Aunque todavía no había cumplido veinte años, resultaba evidente que el Duque de Scaw acabaría siendo muy distinto del resto de los miembros de su familia. No obstante, tal afirmación no se refería a su aspecto externo, pues, no en vano, éste se ajustaba perfectamente al modelo que imperaba desde hacía años en la estirpe. Le gustaba adornar su cabeza con sombreros que hacían pensar ligeramente en la moda del siglo pasado mientras, en el extremo opuesto de su cuerpo, sus zapatos albergaban dos pies que parecían especialmente diseñados para la equitación, afición ésta que había acompañado a la familia durante generaciones. Además, solía vestir los mismos calcetines llamativos que los demás miembros de la casa y, cuando estaba en reposo, su pose recordaba a la de la madre de Whistler, cuya serenidad suele sentar tan bien a un rostro tan joven.

Era en el interior donde residía el problema (si es que así se lo podía llamar) que diferenciaba al duque de los demás chicos de su edad, pues era un muchacho profundamente religioso. No obstante, no lo era en ninguno de los sentidos habituales de la palabra, pues apenas le hacía caso a la Iglesia y a su forma de interpretar el mundo, y se mantenía al margen de todos los movimientos, cultos y cruzadas del momento, los cuales no le provocaban otra cosa que una enorme indiferencia. Sin embargo, a su propia manera entre mística y práctica, la cual le había resultado sumamente útil a lo largo de toda su infancia, era un muchacho profundamente religioso. Y aunque sus familiares procuraban disimularlo cuando él se hallaba presente, tal circunstancia, como era natural, los tenía a todos tremendamente preocupados.

—Lo que más temo es que eso pueda afectar a su forma de jugar al bridge —solía decir su madre.

Cierta tarde, el duque se hallaba sentado en un banco de St. James’s Park escuchando los improperios que profería su amigo Belturbet, quien llevaba ya un rato repasando la situación política del momento desde un punto de vista profundamente pesimista.

—En lo que creo que os equivocáis todos vosotros, críticos políticos de pacotilla —le replicó finalmente el duque tras escuchar una buena parrafada—, es en la manera en que encauzáis vuestros esfuerzos. Gastáis miles de libras y sólo Dios sabe cuánta energía tanto física como mental en intentar que tal o cual político resulte elegido o destituido, y no os dais cuenta de que podríais alcanzar vuestros objetivos de manera mucho más simple si os dedicarais a sacar todo el provecho posible de los políticos de que disponéis. Y si éstos, siendo como son, no se ajustan a vuestros propósitos, lo único que tenéis que hacer es transformarlos en algo que os resulte más satisfactorio.

—No estarás sugiriendo que deberíamos recurrir a la hipnosis, ¿verdad? —preguntó Belturbet con el aire de quien cree que se están burlando de él.

—Nada de eso. A lo que me refiero es a la suplantación, es decir, a sustituir a cualquier personalidad importante por un doble que se ocupe temporalmente de llevar a cabo las funciones y las responsabilidades del original. La ventaja, por supuesto, estribaría en que mientras el original se dedica a hacer lo que solamente a él le parece mejor, el imitador haría lo que vosotros quisierais.

—Me imagino que todos los políticos de este país tienen ya de por sí su propio doble. Y que algunos deben de tener hasta dos o tres al mismo tiempo —dijo Belturbet—. Pero, sin duda, sería una tarea de lo más interesante, aunque también bastante dura, suplantar a unos cuantos de ellos y mantener a los originales fuera de la escena pública.

—A lo largo de la Historia han tenido éxito bastantes casos de suplantación —dijo el duque con ojos soñadores.

—Oh, sí, por supuesto. Ya sé que han existido falsos Dimitris y Perkin Warbecks que le tomaron el pelo a todo el mundo durante un tiempo —concedió Belturbet—. Pero ellos tenían a su favor el hecho de que se hacían pasar por personajes que ya habían muerto o que llevaban tiempo retirados de la vida pública, por lo que todo lo que hicieron les resultó relativamente sencillo. Sería mucho más fácil hacerse pasar por Aníbal, que ya lleva siglos muerto y enterrado, que por Haldane, por ejemplo, que todavía está vivito y coleando.

—Estaba pensando —dijo el duque— en el caso más célebre de todos: el del ángel que suplantó al rey Roberto de Sicilia de aquella manera tan brillante. Imagina la enorme ventaja que podría suponer tener a ángeles desempeñando los cargos públicos que actualmente ocupan, por ejemplo, Quinston y Lord Hugo Sizzle. ¡Qué tranquilas serían las sesiones del Parlamento si eso fuera posible!

—Estás empezando a desvariar —dijo Belturbet—. Los ángeles no existen. O al menos, no de esa manera. Así que, ¿qué sentido tiene hablar de ellos? Creo que es una soberana estupidez.

—Si vuelves a hablar así, me veré obligado a hacerlo —dijo el duque.

—¿A hacer qué? —preguntó Belturbet. Había ocasiones en que los extraños comentarios a los que aquel joven amigo suyo era tan aficionado llegaban a asustarle de veras.

—Convocaré a los ángeles para que asuman la personalidad de algunos de los políticos más conflictivos de nuestra vida pública y condenaré a los originales suplantados a subsistir durante un tiempo en cuerpos de animales, como si se tratase de una especie de exilio. No todo el mundo posee la facultad o el poder necesarios para llevar a cabo algo así…

—Oh, vamos, ¿quieres dejar de una vez de decir tonterías? —dijo Belturbet, enfadado—. Estás empezando a ponerte un poquito pesado, ¿sabes? Por cierto, por ahí viene Quinston —añadió cuando descubrió, caminando en dirección a ellos por el sendero casi desierto en el que se encontraban, la figura bien conocida del joven ministro, cuya personalidad suscitaba por todas partes una curiosa mezcla de interés público e impopularidad.

—¡Apresúrese, caballero! —le dijo el joven duque al ministro, quien le había dirigido una mirada llena de altivez—. El tiempo se le acaba —continuó diciendo con tono ciertamente provocativo—. Tanto usted como toda esa inepta pandilla de amigos suyos acabarán siendo desbancados y arrojados al cubo de la basura dentro de muy poco.

—¿Ah, sí? Pues me gustaría saber una cosa: ¿va a ser precisamente un pobre e insignificante gusano como usted quien se va a encargar de hacerlo? —dijo el ministro deteniéndose un momento delante de ellos—. La mayoría de los electores de este país está de nuestra parte, y todos los recursos y trampas de la Administración en su conjunto nos respaldan. Así que ningún poder, ya provenga del Cielo o de la Tierra, va a movernos del lugar que ocupamos hasta que nosotros lo decidamos. Ningún poder, ya le digo, provenga del Cielo o de…

Sintiendo cómo los ojos estaban a punto de salírsele de las órbitas, Belturbet se encontró de repente contemplando un espacio vacío donde justo un momento antes había habido un ministro. Un vacío que, más que aliviado, se vio resaltado por la presencia de un diminuto gorrión de aspecto desconcertado que dio unos cuantos saltitos inseguros antes de comenzar a piar y aletear con violencia.

—Si pudiéramos entender el lenguaje de los gorriones —dijo el duque con serenidad— estoy seguro de que oiríamos algo infinitamente más ofensivo que «pobre e insignificante gusano».

—Pero… ¡por Dios, Eugene! —dijo Belturbet con la voz quebrada—. ¿Qué es lo que ha pasado con…? ¡Vaya! ¡Pero si está allí! ¿Cómo demonios ha conseguido llegar hasta allí sin que nosotros nos diéramos cuenta?

Con un dedo tembloroso, Belturbet señaló a alguien que se parecía al ministro desaparecido y que, una vez más, se aproximaba a ellos caminando por el sendero solitario. El duque soltó una carcajada.

—Por su apariencia, cualquiera diría que es el mismísimo Quinston —dijo éste último sin alterarse lo más mínimo—. No obstante, si uno lo examina con mayor atención, seguramente descubrirá que se trata de un ángel disfrazado del auténtico ministro.

Al pasar junto a ellos, el falso Quinston les saludó cordialmente y les dedicó una agradable sonrisa.

—¡Qué contentos parecen estar ustedes dos ahí sentados! ¡No saben cuánto les envidio! —les dijo con cierto aire de nostalgia.

—¿Por qué dice usted eso, señor ministro? No estará pensando por casualidad en cambiarse por dos pobres mortales como nosotros, ¿verdad? —comentó el duque.

—¿Y qué tendría eso de malo? —dijo el ángel con modestia—. Yo me veo obligado a correr de un lado para otro fustigado por la popularidad como si fuese un perro arrastrado por su amo. Y lo único que consigo es atragantarme con el polvo del camino mientras me esfuerzo por aparentar que soy una parte importante del sistema. Estoy convencido de que, en multitud de ocasiones, a los espectadores como ustedes debo haberles parecido un auténtico idiota.

—Yo más bien creo que parece usted un auténtico ángel —replicó el duque.

El ángel que suplantaba a Quinston sonrió y reemprendió su camino perseguido de cerca por un pequeño gorrión que no cesaba de piar furiosamente.

—Eso no ha sido más que el principio —dijo el duque sonriendo con cierto aire de suficiencia—. Ya me encargaré yo de que eso mismo le suceda a todos ellos, sean del partido que sean.

Belturbet no acertó a responder nada que tuviese un mínimo de coherencia. Estaba demasiado ocupado pellizcándose y tomándose el pulso para cerciorarse de que lo que acababa de presenciar había ocurrido realmente. El duque, por su parte, decidió fijar su atención en el estanque cercano, donde un majestuoso cisne negro de aspecto altanero y distante nadaba solo por entre una multitud de aves de aspecto menos distinguido. A pesar de su porte henchido de orgullo, era evidente que había algo que mantenía al animal visiblemente enfurecido. En realidad, a su propia manera, parecía hallarse tan encolerizado y asombrado como lo había estado un par de minutos antes el pequeño gorrión.

En ese preciso momento, una nueva figura humana apareció caminando por el sendero del parque. Belturbet le dirigió una mirada cargada de aprensión.

—Kedzon —se limitó a susurrar.

—Querrás decir el ángel que suplanta a Kedzon, si no me equivoco —dijo el duque—. Mira, ahora mismo está hablando alegremente con aquel hombre de allí. Vaya, ahora ya no nos cabe la menor duda.

Un vagabundo cubierto de harapos había abordado a aquel hombre que había sido embajador en el lejano Oriente y en cuyo semblante todavía podían encontrarse algunos restos de la fría solemnidad de las nevadas cimas del Himalaya.

—¿Podría usted decirme, caballero, si aquellos pájaros blancos que hay allí son cigüeñas o albatros? Hace un rato discutía con un amigo mío sobre si…

La gélida solemnidad se derritió instantáneamente para dar paso a una cordial simpatía.

—Son pelícanos, caballero. Pero permítame que le haga una pregunta: ¿acaso le interesan a usted los pájaros? Si es así, quizá le apetezca acompañarme hasta la cafetería más cercana y tomar conmigo un vaso de leche fresca y un bollo recién hecho. Podría contarle cosas interesantísimas acerca de los pájaros que habitan en la India. Podría hablarle, por ejemplo, del pájaro mina, el cual…

Los dos hombres se alejaron en dirección a una de las salidas del parque conversando animadamente conforme caminaban y seguidos desde el interior del recinto que rodeaba el estanque por el cisne negro, cuya cólera parecía haber crecido hasta el punto de impedirle articular sonido alguno.

Belturbet, con la boca abierta a causa del asombro, sintió que durante unos segundos era incapaz de apartar la vista de aquella pareja que se retiraba tranquilamente, absorta en su conversación. Luego, cuando, tras observar durante unos instantes al enfurecido cisne, se volvió con una mirada de pavor hacia el duque, que permanecía sentado a su lado sin inmutarse, comprendió por fin lo que ocurría. Ya no le cabía la menor duda. Aquella especie de disparatada charla acerca de ángeles y suplantaciones que había mantenido con su amigo apenas unos minutos antes había acabado convirtiéndose en una espeluznante realidad.

—Creo que unas ostras y un buen vaso de brandy con soda serían lo único en este momento que podría ayudarme a conservar la razón —dijo Belturbet con un hilo de voz mientras se levantaba con dificultad y echaba a andar a trompicones en busca del bar más cercano.

Para cuando Belturbet se tranquilizó lo suficiente como para atreverse a leer los periódicos de la tarde, el sol empezaba ya a ponerse. Las crónicas parlamentarias de última hora resultaron no tener el menor desperdicio, y confirmaron los temores que durante toda aquella tarde había estado intentando sacudirse de encima. Mr. Ap Dave, Ministro de Economía y Hacienda, cuyo estilo controvertido y polémico le había granjeado el cariño y el apoyo de todos sus seguidores y no dejaba de abrir heridas sangrantes, políticamente hablando, entre sus oponentes, se había levantado de su asiento para, sin que nadie le diera pie a ello, pedir disculpas por haber hecho alusión en un reciente discurso suyo a ciertos contribuyentes rebeldes calificándolos de «cobardes piratas». Explicó que se había dado cuenta de que, pensándolo bien, era muy probable que dichos contribuyentes no hubiesen hecho más que decir la verdad al alegar su incapacidad para comprender ciertos tecnicismos legales de la nueva ley presupuestaria, la cual, tal y como él mismo reconoció, ya era de por sí una ley bastante oscura. La Cámara apenas se había recobrado de la sensación causada por aquellas declaraciones, cuando Lord Hugo Sizzle provocó un nuevo revuelo de asombro al permitirse agradecer abiertamente y sin rodeos la franqueza, lealtad y honestidad demostrada no sólo por el Ministro de Economía y Hacienda, sino también por todos los miembros del Consejo de Ministros. En vista de la situación tan inesperada que se había producido, a alguien se le ocurrió sugerir con gravedad que los trabajos de la Cámara fuesen suspendidos hasta el día siguiente.

Dominado por una creciente inquietud, Belturbet le echó una rápida ojeada a otro artículo que aparecía justo debajo de la crónica parlamentaria y cuyo titular rezaba: «Gato salvaje aparece medio muerto en el patio de la Casa Real».

—Me pregunto cuál de ellos dos, si Mr. Ap Dave o Lord Hugo Sizzle, se hallaría dentro de… —dijo reflexionando en voz alta. Pero se detuvo de repente cuando una horrible idea le vino a la cabeza—. Claro que, ¿y si resulta que los dos han ido a parar… ¡al interior del mismo animal!? —exclamó, alarmado.

Acto seguido, pidió que le trajeran una nueva ración de ostras y un nuevo vaso de brandy con soda.

Belturbet era un hombre de sobra conocido en su círculo de amistades por beber siempre con moderación. No obstante, bebió tanto aquella noche que no tardaron en suscitarse numerosos comentarios a su alrededor.

Los sucesos de los días siguientes fueron dejando a todo el mundo invariablemente desconcertado. Para Belturbet, que era el único que sabía lo que en realidad estaba ocurriendo, la situación se convirtió en una continua fuente de preocupaciones. El viejo dicho de que en política sucede siempre lo más inesperado gozó durante aquellos días de una oportunidad para verse plenamente confirmado de la que hasta entonces había carecido. Sin embargo, aquella especie de epidemia de cambios tan sorprendentes no se vio ni mucho menos reducida al ámbito político. Cierto día se hizo evidente que Sadbury, el eminente magnate del chocolate, cuya aversión por las carreras de caballos y todo lo relacionado con ellas era algo sobradamente conocido por todos, había sido también suplantado por un ángel cuando asombró a propios y extraños al adquirir unos cuantos caballos de carreras alegando que, tras mucho discurrir sobre el asunto, había acabado plenamente convencido de que las carreras de caballos eran después de todo una manera de que gente de todas las clases sociales se reuniera para disfrutar de algo tan sano como el aire libre, y que, de paso, servían para fomentar la importante industria de la cría caballar. Sus colores, chocolate y crema salpicados de estrellas rosas, pronto llegaron a ser tan populares en las carreras como cualquiera otros. Al mismo tiempo, con el fin de poner en práctica su abierta condena de lo que él llamaba «el pernicioso vicio de las apuestas», que parecía estar extendiéndose cada vez más entre las masas de asalariados, los cuales se veían en su mayor parte arrastrados a vivir al día y sin posibilidad alguna de ahorrar para el futuro, decidió retirar de la circulación todas aquellas noticias referentes a las apuestas y a los pronósticos de los expertos en caballos que solían aparecer en el popular periódico vespertino que tenía bajo su control inmediato. Aquella medida recibió el reconocimiento y el respaldo del ángel que suplantaba al propietario del Evening Views, el periódico vespertino rival, el cual se apresuró a publicar poco después un número especial en el que expresaba su intención de actuar de manera similar con respecto a las noticias de las apuestas. Así que, de un día para otro, la prensa vespertina dejó de hacer referencia a las cotizaciones de los caballos y de especular sobre los posibles ganadores de las carreras. El resultado inmediato de todo esto fue una considerable caída en la demanda de ambos periódicos, seguida, como era de esperar, de un descenso del valor de los anuncios en prensa. No tardó en salir al mercado una auténtica plaga de folletos especializados en carreras de caballos bajo cuya influencia «el pernicioso vicio de las apuestas» alcanzó una difusión mucho mayor que la que nunca antes había tenido. Posiblemente al duque se le hubiese pasado por alto pensar en lo inútil que resultaba suplantar a los líderes de la nación con ángeles cargados de buenas intenciones si se dejaba al resto de la población relegado a su estado original.

Una nueva conmoción tuvo lugar en el mundo de la prensa cuando se produjo un repentino y dramático acercamiento entre el ángel que suplantaba al editor del Scrutator y el que hacía lo propio con el del Anglian Review, los cuales no sólo dejaron de criticar y menospreciar tanto el tono como las tendencias de la publicación contraria, sino que incluso llegaron a firmar un acuerdo para intercambiarse cada cierto tiempo la dirección de los dos periódicos. Una vez más, los ángeles no pudieron contar con el respaldo del público general. Los lectores habituales del Scrutator, indignados, se quejaron de tener que soportar en sus artículos referencias cada vez más abundantes a las carnes y a las grasas, las cuales habían llegado a sustituir casi por completo a la dieta básicamente vegetariana a la que habían acabado acostumbrándose. Incluso aquellos que no eran especialmente reacios a las carnes y a las grasas y que hasta llegaban a permitirse alguna que otra vez un buen filete, se sintieron comprensiblemente irritados al encontrar tanta referencia a ellas en las páginas del Scrutator. Y es que, no en vano, toparse súbitamente con una aceitosa ensalada de arenques cuando uno acababa de leer un artículo sobre las propiedades del té con tostadas, o descubrir una abundante porción de pâté de foie entre la lista de alimentos recomendables para un buen desayuno eran experiencias capaces de perturbar el ánimo del más apacible de los mortales. De igual manera, una enérgica protesta se alzó entre los suscriptores del Anglian Review, quienes se quejaban de que cada vez leían más páginas que hablaban de platos que ni tan siquiera un perro hambriento se atrevería a comer a escondidas. Como resultado, ambas publicaciones sufrieron una importante caída tanto en distribución como en influencias. Lo cual demuestra que a veces la paz puede llegar a causar tantos estragos como la guerra.

Las esposas de los hombres públicos más relevantes del momento acabaron convirtiéndose en un nuevo elemento de discordia que el joven duque pareció no haber tenido en cuenta a la hora de poner en práctica sus planes. Para la esposa de un político, resulta terriblemente embarazoso tener que contestarle a todos aquellos que le preguntan acerca de los posibles giros de la vida profesional de su marido, así como tener que justificar ante sus amistades el que, dependiendo de la debilidad o la fuerza de carácter del esposo, éste opte respectivamente por deslizarse al otro bando procurando llamar lo menos posible la atención o por saltar valientemente por encima de las barreras que separan a los diferentes partidos. Es precisamente por esta razón que el político que es honesto consigo mismo prefiere casarse tarde, pues es precisamente a partir de cierta edad cuando uno tiene bien claras sus convicciones políticas y, por añadidura, a qué ambiente social desea que pertenezca su esposa. No obstante, todos estos problemas no eran nada comparados con el enorme desconcierto causado en sus propios hogares por aquellos maridos tan angelicales que parecían haber cambiado su forma de ver la vida de la noche a la mañana, de una manera tan radical como imprevista y, según parecía, sin pretender dar a sus familias la más mínima explicación al respecto. La tranquilidad que hasta el momento se había apoderado de las sesiones del Parlamento no encontraba de ninguna manera su réplica en los hogares de los más importantes hombres de estado del país. En muchos de dichos hogares se había oído decir muchas veces que la esposa del Primer Ministro era capaz de agotar la paciencia de un ángel. Pero ahora que se habían vuelto las tornas, todos, aun sin haberlo deseado nunca, tuvieron la oportunidad de descubrir que la capacidad para exasperar a los demás se encontraba mucho más repartida de lo que nunca jamás se habían imaginado.

Poco después, cuando dio comienzo el debate sobre los presupuestos de la Armada, la paz que había estado reinando hasta el momento en las cámaras del Parlamento se desvaneció de repente a causa de la discusión eternamente planteada entre los ministros y la oposición con respecto a la aceptación o la revocación del programa naval del Gobierno. A pesar de que los ángeles que ocupaban los lugares de Quinston y Lord Hugo Sizzle se las ingeniaron para que las sesiones de debate no se convirtiesen en una interminable y nada beneficiosa sucesión de zancadillas y acusaciones, no pudieron evitar que se produjese una enorme conmoción cuando el elegante pero siempre apático Halfan Halfour amenazó con llevar al Parlamento a cincuenta mil de sus más incondicionales seguidores para echar abajo la Cámara si no se procedía inmediatamente a la revisión de los polémicos presupuestos. Aquel hombre protagonizó una escena verdaderamente memorable cuando se levantó de su asiento y, en respuesta a las escandalizadas protestas de sus oponentes, rugió:

—¡Caballeros, les desafío públicamente a todos ustedes a que me pongan a prueba!

Belturbet, tras realizar repetidos e infructuosos intentos por ponerse en contacto por teléfono con su joven amigo desde aquella fatídica mañana que habían pasado juntos en St. James’s Park, dio por fin con él una tarde en el club que ambos frecuentaban. El duque se hallaba tan exquisitamente vestido y tan tranquilo y seguro de sí mismo como en él era habitual.

—Dime una cosa: ¿en qué demonios has convertido a Cocksley Coxon? —le espetó Belturbet algo exaltado y súbitamente preocupado por aquel baluarte de la corriente menos ortodoxa de la Iglesia Anglicana—. Estoy seguro de que él no cree precisamente en los ángeles, así que si el día menos pensado ese pobre hombre se encuentra a un ángel dando un sermón ortodoxo desde el púlpito que lleva ocupando desde hace años y luego descubre que ha sido encerrado en el cuerpo de un foxterrier, acabará contrayendo la rabia en menos que canta un gallo.

—Si no recuerdo mal, Coxon es ahora, en efecto, un foxterrier. ¿Cómo te has enterado? —dijo el duque perezosamente.

Belturbet soltó un sonoro gruñido y se dejó caer en una silla cercana.

—Escúchame bien, Eugene —le dijo a su amigo en voz baja después de echar un vistazo a su alrededor para cerciorarse de que nadie pudiera oírles—. Tienes que ponerle fin a todo esto. Los principales valores de nuestra sociedad se están desmoronando, y el discurso que Halfour pronunció ayer en la Cámara tiene a todo el país muerto de miedo. Y ahora, para colmo de males, Thistlebery…

—¿Thistlebery? ¿Qué es lo que ha dicho ése? —se apresuró a preguntar el duque.

—Nada. Absolutamente nada. Eso es lo alarmante. Todo el mundo estaba convencido de que, tal y como están las cosas, era inevitable que él apareciese para pronunciar uno de esos discursos suyos que hacen época. Pero acabo de enterarme de que hasta el momento se ha negado a comparecer en público alegando que en esta ocasión lo que hace falta es algo más que simples palabras.

El joven duque no dijo nada, pero sus ojos refulgieron de júbilo.

—Eso no es muy propio de Thistlebery, ¿no crees? —prosiguió Belturbet—. O, al menos —añadió con una clara nota de recelo en la voz—, no es muy propio del auténtico Thistlebery.

—El auténtico Thistlebery debe de estar ahora mismo revoloteando por alguna parte —dijo el duque sin inmutarse—. Por lo demás, espero grandes cosas del ángel que se está encargando de suplantarle —añadió.

En aquel preciso instante, la mayoría de los miembros del club se precipitaron en desbandada hacia el vestíbulo, donde un enorme aparato de radio había interrumpido su programación para emitir lo que parecía un comunicado de especial trascendencia.

—Golpe de estado en el norte —decía una voz solemne y lejana—. Thistlebery se apodera del Castillo de Edimburgo y amenaza con iniciar una guerra civil a menos que el Gobierno reconsidere la situación en que se encuentra actualmente el programa naval.

En la confusión que tuvo lugar a continuación, Belturbet perdió de vista a su joven amigo, por lo que tuvo que dedicar casi toda la tarde a recorrer, uno tras otro, los lugares en los que creyó más probable encontrarlo. Conforme fueron pasando las horas, su búsqueda se vio espoleada por los titulares de las diferentes noticias que iban apareciendo en los periódicos vespertinos referentes a los acontecimientos que se sucedían en el West End. «El general Baden-Baden moviliza a los boy-scouts. Se teme la posibilidad de un nuevo golpe de estado. ¿Se encuentra realmente a salvo el Castillo de Windsor?» Pero todos estos titulares, que fueron algunos de los primeros en ser difundidos, se vieron de pronto desplazados por otro de connotaciones bastante más siniestras que rezaba: «¿Se verá aplazada la política internacional ante el estado interno del país?». Esta pregunta tan inquietante hizo que el público general cobrara por fin conciencia de lo seria que había llegado a ser la situación. Muchos se preguntaron si no tendrían que acabar pagando un precio demasiado alto por las supuestas ventajas de la democracia y su alabado sistema de pluralidad de partidos. Belturbet, tras remover cielo y tierra con la esperanza de encontrar a aquél que había dado origen a tan caótica situación, y alentado por la incierta posibilidad de convencerle de que devolviese las aguas a su antiguo cauce, se encontró de repente a un viejo conocido suyo que se dedicaba a especular en el mercado de valores. A pesar de que aquel hombre se hallaba ya de por sí bastante pálido de indignación, Belturbet pudo ver cómo su palidez se acentuaba aún más cuando un repartidor de periódicos pasó corriendo a su lado mientras gritaba a pleno pulmón los últimos titulares:

—¡Los partidarios del Primer Ministro, asaltados por la policía! ¡Halfour da ánimos a los sublevados! ¡El ejército amenaza con tomar represalias! ¡Los extranjeros, obligados a refugiarse en las embajadas!

—¡Todo esto parece obra del mismísimo diablo! —exclamó el hombre, enloquecido.

Belturbet sonrió tristemente. El sabía muy bien que todo aquello, por extraño que pudiese llegar a parecer, era más bien obra de ángeles que del diablo.

Algo más tarde, al pasar por St. James’s Street, Belturbet vio cómo una camioneta de reparto de periódicos que acababa de aparecer a gran velocidad por Pall Mall se detenía al fondo de la calle y era inmediatamente rodeada por un puñado de curiosos que no paraban de hablar animadamente. Unos segundos después, oía, por primera vez en toda aquella tarde tan espantosa, exclamaciones de alivio e incluso de alegría.

En aquel momento, alguien desplegó en mitad de la calle una pancarta en la que podía leerse una grata noticia: «La crisis ha terminado. El Gobierno cede. Importante revisión del programa naval».

Como aquello parecía poner fin a la acuciante necesidad de encontrar al duque desaparecido, Belturbet decidió dar media vuelta y emprender el camino de regreso a casa a través de St. James’s Park. Apabullado todavía por la inquietud y las prisas que le habían hostigado durante toda la tarde, le llevó algún tiempo reparar en el hecho de que, mientras cruzaba el parque, algo extraño sucedía a su alrededor. A pesar de la agitación que había ocupado las calles a lo largo de las últimas horas, una gran multitud de curiosos se había congregado en el parque atraída por una trágica escena cuyo desenlace había tenido lugar junto a la orilla del estanque. Allí, un enorme cisne negro, que según algunos de los presentes llevaba varios días dando muestras de un salvaje y peligroso comportamiento, se había abalanzado inesperadamente sobre un joven que caminaba por la orilla, lo había arrastrado literalmente hasta el agua y lo había mantenido bajo la superficie hasta ahogarlo antes de que nadie tuviese tiempo para acudir en su ayuda. Justo en el momento en que Belturbet llegaba al lugar, varios guardas del parque se ocupaban en subir el cadáver a un bote. Cuando Belturbet se agachó para recoger un sombrero que yacía abandonado sobre la hierba, muy cerca de la escena de la tragedia, se dio cuenta de que se trataba de un suave y elegante sombrero de fieltro que recordaba ligeramente a la moda del siglo pasado.

Hubo de transcurrir más de un mes antes de que Belturbet superase el agudo ataque de nervios que lo había obligado a guardar cama y se sintiese con ánimos para volver a interesarse por lo que sucedía en el mundo de la política. En el Parlamento, el período de sesiones se encontraba por entonces en su época más álgida, y unas elecciones generales se perfilaban en un horizonte cada vez más cercano. Cuando le llevaron los periódicos de la mañana, se puso inmediatamente a leer los discursos del Ministro de Economía y Hacienda, de Quinston, de otros miembros del Gobierno e incluso de los principales líderes de la oposición, tras lo cual se arrellanó en su silla soltando un profundo suspiro de alivio. Era evidente que el hechizo había dejado de surtir efecto tras la tragedia que le había sobrevenido a quien lo había formulado. No había el menor rastro de ángeles por ninguna parte.

El cambio de Groby Lington

(A un hombre se le conoce por las compañías que frecuenta.)

De pie en el salón de la casa de su cuñada, Groby Lington veía cómo iban pasando lentamente los minutos mientras se esforzaba en vano por disimular el nerviosismo que embargaba su cuerpo de hombre ya entrado en años. Aún faltaba cerca de un cuarto de hora para que llegase el tan deseado momento de despedirse y emprender, acompañado por un auténtico batallón de sobrinos, el camino que atravesaba el pueblo para desembocar en la estación de tren. Aunque era un hombre de carácter amable y bondadoso que, al menos en teoría, accedía encantado a visitar cada cierto tiempo a la mujer y a los hijos de su difunto hermano William, lo cierto era que prefería la comodidad y el aislamiento de su propia casa y la fiel compañía de sus libros y de su loro mucho antes que aquellas incursiones tan absurdas y tediosas en un círculo familiar con el que tan pocas cosas tenía en común. A decir verdad, lo que lo impulsaba a tomar el tren y acercarse a visitar a aquellos parientes no era tanto el azote de su propia conciencia como el deseo de complacer a su otro hermano, el coronel John, quien solía aprovechar la menor oportunidad para echarle en cara que tenía desatendida a la familia del «pobre William». A menudo, Groby se olvidaba (o más bien aparentaba olvidarse) de la existencia de aquellos parientes, pero cuando eso ocurría bastaba con que su autoritario y dominante hermano le amenazase con ir personalmente a recordarle sus obligaciones para que se apresurase a recorrer las escasas millas que le separaban de sus familiares con el fin de recuperar el cariño de sus sobrinos y fingir un interés tan repentino como forzado por el bienestar de su cuñada. En aquella última ocasión, había hecho coincidir con tanta precisión la llegada del coronel John con el fin de su estancia en casa de su cuñada, que apenas disponía de tiempo para regresar al hogar antes de que su hermano hiciese acto de presencia. Sea como fuere, por aquella vez Groby había cumplido su misión, y todavía tendrían que pasar cerca de seis o siete meses antes de que se viera nuevamente en la obligación de sacrificarse por el bien de las relaciones familiares. Fue aquella perspectiva tan apetecible la que le había hecho ponerse a dar saltitos de alegría por toda la habitación y a coger y observar con atención cuantos objetos iba encontrando a su paso.

Hasta que, llegado a un punto, toda su alegría se transformó de repente en una desconcertada seriedad cuando encontró, entre las páginas de un pequeño cuaderno de dibujo que pertenecía a uno de sus sobrinos, una caricatura despiadadamente hábil en la que se hallaban representados él y su loro. Los dos personajes, cómicamente retratados el uno frente al otro con idéntica actitud solemne y ridícula tenían entre sí un logrado parecido en cuya consecución aquel incipiente artista parecía haberse esforzado al máximo. Una vez pasado el primer arrebato de ira, Groby se echó a reír y se dijo que se trataba de un dibujo verdaderamente ingenioso. Sin embargo, poco después un sentimiento de rencor volvió a apoderarse de él, si bien no se trataba ya de un rencor hacia el dibujante que había plasmado aquella imagen sobre el papel, sino contra la posible verdad que se escondía más allá del simple dibujo. ¿Era cierto aquello que parecía querer reflejar la caricatura de que, con el paso del tiempo, la gente acaba pareciéndose a los animales que tiene como mascotas? ¿Y había ido él, sin darse cuenta, volviéndose cada vez más parecido a aquel pájaro tan cómico y solemne que había llegado a ser su compañero del alma?

Mientras recorría el camino a la estación en compañía de sus revoltosos sobrinos Groby permaneció extrañamente en silencio, y durante el viaje en tren que siguió a aquel paseo la convicción de que su existencia había acabado pareciéndose cada vez más a la de un loro fue cobrando firmeza en su interior. Después de todo, ¿acaso no se limitaba su rutina diaria a caminar por el jardín, a pasear por entre los árboles del huerto o a permanecer sentado en el patio o junto a la chimenea de la biblioteca sin otra aspiración que ver transcurrir el tiempo como si fuese un loro encerrado en una jaula? ¿Y a qué se reducían sus aburridas conversaciones con los vecinos con los que a veces se encontraba por casualidad? «Qué día más primaveral hace hoy, ¿verdad?» «Parece que hoy vamos a tener lluvia.» «Me alegro de verle nuevamente por aquí. Cuídese mucho.» «Cómo crecen estos muchachos, ¿no cree?» Montones de comentarios estúpidos y superficiales acudieron a su cabeza, comentarios que no se correspondían con el intercambio de ideas que cabía esperarse de seres supuestamente inteligentes, sino más bien con el parloteo totalmente incongruente propio de los loros. Casi hubiera dado lo mismo saludar a cualquier conocido suyo diciéndole: «Polly, bonito. ¿Cómo estás? ¿Te apetece una galleta?». Poco después, cuando comenzaron a asaltarle imágenes de sí mismo vestido con un ridículo disfraz de loro, a Groby le faltó muy poco para ponerse a echar espuma por la boca.

—Tengo que deshacerme como sea de ese horrible pajarraco. Quizá lo mejor sea regalárselo a alguien —se dijo, lleno de amargura, a pesar de estar seguro de que nunca sería capaz de hacer algo así. De hecho, después de haber tenido aquel loro consigo durante tantos años, la idea de ponerse a buscarle un nuevo hogar para poder deshacerse de él con toda tranquilidad se le antojó completamente absurda.

—¿Ha llegado ya mi hermano? —le preguntó al mozo que había acudido en coche a la estación para recogerle.

—Sí, señor. Llegó sobre las dos y cuarto, un poco antes de la hora prevista —le respondió el muchacho—. Por cierto, señor: su loro se ha muerto —añadió con esa especie de regocijo que muchos muchachos muestran cuando informan a alguien de una catástrofe.

—¿Mi loro? ¿Muerto? —acertó a decir Groby—. ¿Cómo… cómo ha sucedido?

—El bicho —respondió escuetamente el muchacho.

—¿El bicho? —preguntó Groby—. ¿A qué te refieres, muchacho?

—Al bicho que trajo consigo el coronel —fue la enigmática y alarmante respuesta.

—¿Quieres decir que mi hermano está enfermo? —preguntó Groby, asustado—. ¿Se trata de algo contagioso?

—Oh, no, señor, nada de eso. El coronel se encuentra mejor que nunca —dijo el muchacho.

Y como el chico no se molestó en dar más explicaciones, Groby tuvo que armarse de paciencia durante todo el trayecto hasta que al fin llegaron a la casa. Cuando bajó del coche, su hermano, que lo había estado esperando junto a la puerta principal, le salió al encuentro.

—¿Te has enterado ya de lo del loro? —se apresuró a preguntarle a Groby—. No sabes cuánto lamento lo ocurrido. En cuanto ese pobre pájaro vio al mono que te he traído como regalo, se puso inmediatamente a soltar unos violentos graznidos. El dichoso mono, al oírlo, saltó sobre él, lo agarró por el pescuezo, lo levantó por encima de su cabeza y comenzó a darle vueltas como si se tratase de un sonajero. Para cuando conseguí quitárselo de las garras al muy truhán, el pobre loro ya estaba más que muerto. Te aseguro que no comprendo qué es lo que ha podido pasar, porque ese mono ha sido siempre un animalito de lo más dócil y amistoso. Nunca me imaginé que pudiera llegar a enfurecerse hasta ese extremo. Ojalá pudiera expresarte cuánto siento lo que ha ocurrido. En cuanto al mono, ¿qué quieres que hagamos con él? Me imagino que ahora no querrás ni verlo, ¿verdad?

—Ni mucho menos —dijo Groby con sinceridad.

Apenas unas cuantas horas antes el trágico fin que le había sobrevenido a su loro hubiera supuesto para él una auténtica calamidad, pero ahora aquella nueva e inesperada circunstancia era todo un detalle por parte del destino.

—Ese pájaro ya se estaba haciendo viejo —siguió diciendo a manera de explicación por su evidente falta de pesar por la pérdida de su mascota—. En realidad ya estaba empezando a preguntarme si no sería una falta de delicadeza por mi parte dejarle vivir hasta que muriese de manera natural.

Y luego, cuando le presentaron al autor de aquella tragedia, exclamó:

—¡Vaya! ¡Qué monito más encantador!

El recién llegado era un simio pequeño y de cola muy larga que parecía proceder de algún país tropical. Su actitud dócil y sus modales a la vez asustadizos y confiados se ganaron la confianza de Groby de manera casi instantánea. No obstante, cualquier estudioso del comportamiento de los primates hubiera sido capaz de descubrir en aquellos ojillos ligeramente enrojecidos algún que otro indicio de aquel terrible temperamento oculto que el loro había despertado de manera tan inesperada y cuyas dramáticas consecuencias había sufrido en sus propias carnes. Los criados, para quienes el difunto pájaro había acabado convirtiéndose con el tiempo en uno de los miembros más apreciados de la casa por ser uno de los que menos problemas causaba, se escandalizaron sobremanera al encontrarse de golpe al que había sido su sanguinario asesino cómodamente instalado en su lugar y recibiendo tantos o más honores que su malogrado predecesor.

—Qué criatura tan horrible. Nunca será capaz de decir ni una sola de todas aquellas cosas tan alegres y divertidas que solía decir el pobre Polly —era el desfavorable comentario que se oyó decir en más de una ocasión en las dependencias de la servidumbre.

Un domingo por la mañana, aproximadamente un año después de aquella visita del coronel John durante la cual había tenido lugar la muerte del loro, Miss Wepley se hallaba sentada con gran recato en un banco de la iglesia parroquial que quedaba justo delante del que ocupaba aquel día Groby Lington. Aunque era relativamente nueva en el vecindario y no conocía en persona al hombre que aquel día se sentaba detrás de ella, ello no había impedido que la misa del domingo por la mañana los hubiese hecho coincidir en múltiples ocasiones a lo largo de los últimos meses. Y a lo largo de tanto tiempo y a fuerza de tantas coincidencias, cada uno de ellos había llegado a acostumbrarse a ciertas peculiaridades del otro. Ella, por ejemplo, sin haberle prestado una especial atención al hecho, no había podido evitar reparar en la manera tan curiosa que él tenía de pronunciar ciertas palabras durante los responsos, mientras que él, por su parte, había acabado fijándose en el hecho trivial de que, además de un misal y un pañuelo, ella tenía la costumbre de poner a su lado sobre el banco una pequeña cajita de pastillas para la tos. Aunque Miss Wepley rara vez había tenido que recurrir a aquellas pastillas, lo cierto era que prefería tenerlo todo previsto en caso de que le sobreviniese un repentino ataque. No obstante, lo que ella no podía prever de ninguna de las maneras era que aquella mañana las pastillas terminaran convirtiéndose en un inesperado motivo de entretenimiento que, aunque sirvió para romper la monotonía que reinaba en la rutina de sus oraciones, a ella, personalmente, acabó resultándole aún más molesto que el más agudo y prolongado ataque de tos.

Lo que ocurrió fue lo siguiente: mientras Miss Wepley se ponía en pie para cantar el primer himno de la ceremonia, le pareció ver por el rabillo del ojo cómo la mano de aquel hombre, el cual, por cierto, era la única persona que ocupaba en aquel momento el banco situado detrás de ella, se acercaba furtivamente a su cajita de pastillas con evidente intención de apoderarse de ella. Cuando volvió bruscamente la mirada hacia allí, descubrió que la cajita había, efectivamente, desaparecido mientras algo más atrás Mr. Lington parecía hallarse completamente abstraído en su libro de oraciones. Por más que la mujer se dedicó durante el resto del himno a dirigirle miradas asesinas cargadas de indignación, el rostro de aquel hombre permaneció completamente imperturbable y no asomó en él ni la más ligera señal de culpabilidad.

—Pero lo peor aún estaba por llegar —le contaría después Miss Wepley a un grupo de escandalizados amigos suyos—. No había hecho más que arrodillarme para rezar, cuando una pastilla, una de mis pastillas para la tos, pasó silbando justo por delante de mis narices. Me volví inmediatamente, pero lo único que me encontré fue a Mr. Lington sentado tranquilamente con los ojos cerrados y moviendo los labios como si estuviera rezando. En cuanto dejé de mirarle para reanudar mis oraciones, una nueva pastilla pasó volando a mi lado, y luego otra, y otra, y así sucesivamente. Después de un buen rato haciendo como que no me daba cuenta de nada, me volví de repente y sorprendí a aquel hombre tan horrible justo en el momento en que se disponía a lanzarme un nuevo proyectil. Y aunque él reaccionó deprisa fingiendo estar pasando las páginas de su misal, aquella vez yo ya no me dejé engañar. Así que, en cuanto comprendió que había sido descubierto, las pastillas dejaron de pasar volando a mi lado. Como os podréis imaginar, a partir del próximo domingo me sentaré lo más lejos posible de ese hombre.

—Un auténtico caballero jamás se hubiera comportado de una manera tan vergonzosa —dijo uno de los que la escuchaban—. Y pensar que todo el mundo tenía a Mr. Lington por un caballero de lo más respetable. Ahora resulta que se dedica a ir por ahí comportándose como un mocoso mal educado.

—Como un verdadero chimpancé, diría yo —dijo Miss Wepley.

Desde entonces aquella opinión tan poco favorable se vio repetida constantemente por todas partes.

Aunque Groby Lington no había sido nunca un héroe para sus propios criados, sí había gozado alguna vez de aquella unánime aprobación que había merecido también su difunto loro por ser una persona alegre y fácil de tratar que no solía causar complicaciones. A lo largo de los últimos meses, sin embargo, los miembros de su servicio doméstico habían comenzado a pensar de manera muy diferente con respecto a él. El imperturbable mozo de cuadra que había sido el primero en anunciarle la trágica muerte de su antigua mascota, fue también uno de los primeros en dar rienda suelta a los murmullos de desaprobación que se habían extendido como una epidemia por toda la casa. Y es que, de todos ellos, fue precisamente él el que menos tiempo tardó en tener motivos justificados para mostrar su desagrado.

Cierta tarde de verano en que el calor era muy intenso, el muchacho obtuvo permiso para bañarse en un pequeño estanque que se extendía entre los árboles del huerto. Al cabo de un rato, la tranquilidad de la tarde se partió en pedazos a causa de un tremendo alboroto procedente precisamente del huerto y en el que se confundían unos furiosos gritos humanos con algo que sonaba como los estridentes chillidos de un mono. Atraído por aquel escandaloso vocerío, Groby salió apresuradamente de su casa y atravesó corriendo el jardín. Cuando llegó al estanque se encontró con que su criado, vestido tan sólo con un chaleco y un par de calcetines, se dedicaba a imprecar inútilmente al mono, el cual, subido a las ramas más bajas de un manzano, examinaba con aire abstraído las ropas que le había hurtado al muchacho y que había puesto lejos del alcance de su legítimo dueño.

—El bicho me ha quitado la ropa —gimió el chico dirigiéndose a Groby y haciendo patente esa manía tan absurda que tienen a veces los más jóvenes de explicar lo que resulta obvio.

Aunque el hecho de que su amo lo descubriese medio desnudo en medio de aquel huerto le hizo sentirse sumamente incómodo, el chico no pudo evitar acoger la llegada de Groby con grandes muestras de alivio, pues pensó que éste podría ayudarle de manera decisiva a la hora de recuperar sus ropas. Sin duda alguna el mono, que por lo menos ya había dejado de proferir aquellos aullidos tan espantosos, accedería a devolver su botín si su dueño intentaba persuadirlo.

—¿Y por qué no dejas que te aúpe? —sugirió Groby—. Así podrás alcanzar las ropas por ti mismo.

El muchacho se mostró de acuerdo, así que Groby lo agarró firmemente por el chaleco, que en realidad era lo único de lo que se podía echar mano, y lo levantó en peso. Pero a continuación, gracias a un hábil y poderoso movimiento, en vez de alzar al muchacho hasta las ramas más bajas, lo que Groby hizo fue arrojarlo sobre una enorme mata de ortigas que, al recibir el impacto de aquel cuerpo medio desnudo, se cerró sobre él con un descomunal y doloroso abrazo.

La pobre víctima, a la que jamás habían educado precisamente para reprimir sus emociones, comenzó a proferir casi al instante unos gritos verdaderamente desgarradores en los que se mezclaban el dolor, la rabia y el asombro. Aunque aquellos gritos llegaron a alcanzar un volumen considerable, el muchacho fue capaz de oír claramente, por encima incluso de sus propios alaridos, el parloteo triunfal de aquel odioso mono y las incontenibles carcajadas de Groby.

Cuando el muchacho terminó su personalísima interpretación del baile de San Vito, la cual no sólo mereció el aplauso de Mr. Lington sino que hubiera podido hacerle famoso en los escenarios más prestigiosos del país, descubrió que tanto la mascota como su dueño habían desaparecido con la mayor discreción dejando las ropas tiradas de cualquier manera sobre la hierba que crecía al pie del árbol.

—Un par de bichos, eso es lo único que son. Tanto el uno como el otro —refunfuñó enfadado el muchacho. Y aunque pueda llegar a pensarse que sus palabras se hallaban provistas de una gran severidad, es justo reconocer que él, al menos, tenía motivos más que suficientes para referirse a su amo de aquella manera tan ofensiva.

Un nuevo incidente tuvo lugar una o dos semanas más tarde, cuando una de las criadas decidió presentar su dimisión. Al parecer, Mr. Lington, cediendo a un súbito acceso de cólera tras descubrir que sus chuletas se hallaban poco hechas, la había reprendido cruelmente hasta hacer que a la pobre mujer se le saltasen las lágrimas de puro terror.

—Me gruñó y me enseñó los dientes de una manera tan siniestra que por un momento temí que fuese a morderme —le contó al resto de la servidumbre, que se había reunido en la cocina para despedirse de ella.

—Espero que a mí nunca se atreva a hablarme de esa manera, porque si alguna vez lo hace le daré lo que se merece —dijo la cocinera con aire desafiante. Pero lo cierto es que a partir de aquel día los platos que salían de su cocina comenzaron a mejorar como por arte de magia.

Aunque hasta entonces Groby Lington rara vez se había apartado de su rutina habitual para asistir a las fiestas a las que a veces lo invitaban sus escasas amistades, cuando poco después recibió una invitación de Mrs. Glenduff para asistir a una recepción que ésta había decidido organizar en su espléndida mansión, no dudó en contestar a la carta de su amiga para confirmar, lleno de entusiasmo, que asistiría encantado. Tanta fue su alegría que ni siquiera se molestó lo más mínimo cuando, una vez en casa de su anfitriona, ésta, al hacer el reparto de aposentos entre sus invitados, le asignó una vieja y mohosa habitación que se hallaba en el extremo más apartado de la casa. No obstante, cuando se enteró de que como vecino más inmediato tendría a Mr. Leonard Spabbink, el eminente pianista, una ligera sombra pareció cubrir momentáneamente su rostro.

—Mr. Spabbink es capaz de tocar a Liszt como los propios ángeles —le comentó Mrs. Glenduff, visiblemente entusiasmada.

—Por lo que a mí respecta ese tipo puede tocar a quien quiera como si fuese el mismísimo demonio —pensó Groby para sí tras oír las palabras de su anfitriona—. Pero apuesto cualquier cosa a que ronca como un condenado. De hecho, con ese corpachón tan enorme tiene aspecto de no servir para otra cosa. Pero conmigo más le vale andarse con cuidado, porque como lo oiga roncar a través de estos tabiques tan delgados va a haber problemas muy serios en esta casa.

Efectivamente, aquel hombre roncaba. Y, efectivamente, hubo problemas muy serios en aquella casa.

La primera noche, Groby soportó los ronquidos durante aproximadamente dos minutos y medio. Pasado ese tiempo, se levantó, salió apresuradamente al pasillo e irrumpió hecho una furia en la habitación de Mr. Spabbink. Reanimado por los violentos resoplidos de su vecino, el músico logró incorporarse en la cama todavía medio aturdido. Mientras Groby, de una fuerte sacudida, terminaba de despertarlo, el pianista, que era un hombre de naturaleza enérgica y autoritaria, al verse asaltado por un intruso, perdió súbitamente los estribos y soltó un violento manotazo que alcanzó a Groby de lleno en la cara. Un momento más tarde, Spabbink se encontró amordazado y medio asfixiado por una funda de almohada firmemente apretada contra su cabeza mientras sentía cómo aquel intruso le cogía por las piernas y le sacaba a rastras de la cama. Mientras recibía golpes, pellizcos, patadas y hasta salvajes mordiscos en una especie de lucha despiadada y sin cuartel, su cuerpo fue arrastrado por el suelo de la alcoba hasta el cuarto de baño. Una vez allí, fue introducido en la bañera, en cuyas aguas poco profundas Groby intentó por todos los medios ahogarlo, pero sin llegar a conseguirlo.

Durante todo aquel tiempo la habitación estuvo prácticamente a oscuras, pues la vela de Groby, que se había caído al suelo nada más empezar el forcejeo, apenas arrojaba luz suficiente para iluminar las inmediaciones de la bañera, que era el lugar en el que se estaba librando aquella extraña batalla a base de chapoteos, golpes, gritos sofocados, resoplidos y un curioso ruido semihumano que recordaba al parloteo ininteligible de un chimpancé enfurecido. Al cabo de unos instantes aquel combate tan desigual se vio dramáticamente iluminado por unas poderosas llamas que devoraban las cortinas y subían velozmente por las paredes.

Cuando cundió la alarma y los habitantes de la casa, presas de un terrible sobresalto, comenzaron a salir apresuradamente al jardín, las llamas cubrían ya toda un ala de la mansión y una densa columna de humo se elevaba en mitad de la noche. No obstante, pasó aún algún tiempo antes de que Groby, tras comprender que le resultaría mucho más fácil ahogar a su víctima en el estanque del jardín que en una simple bañera, apareciese llevando en brazos al pobre pianista medio asfixiado. Al salir al aire libre, el frío de la noche se encargó de aplacar su furia, y luego, cuando se dio cuenta de que el resto de los presentes le aclamaba inocentemente tomándolo por el heroico salvador del pobre Leonard Spabbink, y cuando comenzaron a llover sobre él toda clase de elogios por haber tenido la serenidad y el aplomo suficientes para proteger de las llamas la cabeza del músico cubriéndola con una funda de almohada mojada, optó por aceptar la situación y procedió a describir con todo lujo de detalles cómo había encontrado a aquel pobre artista dormido, con una vela volcada junto a su cama y rodeado por enormes llamas que comenzaban ya a extenderse por las paredes.

Unos días más tarde, cuando Mr. Spabbink, parcialmente recuperado de aquel duro trance que a punto había estado de costarle la vida, contó su propia versión de los hechos, no recibió a cambio más que sonrisas de compasión y respuestas evasivas que no tardaron en hacerle comprender que el resto del mundo no estaba muy dispuesto a creerle. Triste y apesadumbrado, se negó rotundamente a asistir a una ceremonia que se celebró poco después en la Real Sociedad Benéfica y durante la cual se impuso a Groby Lington una condecoración especial como premio a su heroicidad.

Aproximadamente por aquellas fechas la mascota de Groby murió víctima de una de esas graves enfermedades que suelen afectar a tantos primates cuando se encuentran expuestos a los fríos climas del norte del planeta. Su dueño, profundamente afectado por aquella irreparable pérdida, nunca llegó a recobrar la desbordante alegría que había poseído en los últimos tiempos. En la actualidad suele dedicarse a ver pasar tranquilamente el tiempo desde su jardín con la única compañía de una enorme tortuga que su hermano, el coronel John, le regaló la última vez que fue a visitarlo. Ya no queda en él ni el menor rastro de su antigua vivacidad. Y por lo que respecta a sus sobrinos, éstos le llaman ahora, con toda la razón del mundo, «el viejo tío Groby».


Publicado el 18 de diciembre de 2017 por Edu Robsy.
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