Texto: Walden

Henry David Thoreau


Ensayo


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Walden

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Fragmento de Walden

Al principio hice el pan con pura harina de maíz y sal, auténticos panes de maíz que cocía al fuego en el exterior sobre una tablilla o al extremo de una madera serrada al construir mi casa, pero solía resultar ahumado y con sabor a pino. Lo intenté también con harina de trigo y, al cabo, encontré una mezcla de centeno y harina de maíz de lo más conveniente y agradable. Con el tiempo frío no era poco entretenimiento cocer sucesivamente pequeñas barras, vigilándolas y volviéndolas con tanto cuidado como haría un egipcio con sus huevos incubados. Fueron un auténtico fruto cereal que hice madurar y brindaban a mis sentidos una fragancia que trataba de mantener en lo posible envolviéndolos en paños, similar a la de otros nobles frutos. Llevé a cabo un estudio del antiguo e indispensable arte de hacer pan, consultando las autoridades que se ofrecían, de vuelta a los días primitivos y a la primera invención del ácimo, cuando tras la aspereza de frutos secos y carnes los hombres alcanzaron la suavidad y el refinamiento de esta dieta, viajando gradualmente en mis estudios a través del accidente de la masa agria que, según se supone, enseñó el proceso de la fermentación, y a través de varias fermentaciones posteriores, hasta que llegué al «buen, dulce, sano pan», el sustento de la vida. La levadura, que algunos consideran el alma del pan, el spiritus que llena su tejido celular, religiosamente preservada como el fuego vestal —una preciosa botellita, supongo, traída en el Mayflower, hizo el negocio de América y su influencia aún se yergue, hincha y extiende en oleadas cereales sobre la tierra—, este germen lo conseguí regular y fielmente en la ciudad, hasta que una mañana olvidé las reglas y escaldé mi levadura; accidente por el que descubrí que ni siquiera esta era indispensable —porque mis descubrimientos no eran por proceso sintético, sino analítico—, por lo que desde entonces he prescindido de ella alegremente, aunque la mayoría de las amas de casa me aseguraron con gravedad que no podría haber un pan sano y fiable sin levadura, y las personas mayores profetizaron una rápida decadencia del las fuerzas vitales. Sin embargo, descubro que no es un ingrediente esencial y, tras prescindir de él durante un año, aún estoy en la tierra de los vivos; me alegra escapar a la trivialidad de llevar una botellita en el bolsillo que a veces se abre y descarga su contenido para mi disgusto. Resulta más sencillo y respetable prescindir de ella. El hombre es un animal que, más que ningún otro, puede adaptarse a todos los climas y circunstancias. No puse sal, soda u otro ácido o alcalino en mi pan. Parecía que lo elaboraba según la receta que dio Marco Porcio Catón dos siglos antes de Cristo. «Panem depsticium sic facito. Manus mortariumque bene lavato. Farinam in mortarium indito, aquæ paulatim addito, subigitoque pulchre. Ubi bene subegeris, defingito, coquitoque sub testu». Lo que quiere decir: «Haz así el pan amasado. Lava bien tus manos y el mortero. Pon la masa en el mortero, añade agua gradualmente y amásalo por completo. Una vez bien amasado, moldéalo y cuécelo con una tapa», es decir, en una marmita. Ni una palabra sobre levadura. Pero no siempre usé este sustento de la vida. En cierta ocasión, debido a lo vacío de mi monedero, no vi ni un ápice por más de un mes.


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323 págs. / 9 horas, 26 minutos / 170 visitas.
Publicado el 4 de marzo de 2017 por Edu Robsy.