Texto: Compañeros de Viaje

Henry James


Novela corta


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Compañeros de Viaje

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Fragmento de Compañeros de Viaje

—Esto no es América. Me gustaría pensar que puedo convertirme en una criatura de Italia durante un tiempo.

De alguna manera sentí un cierto contagio en su momentáneo arranque de franqueza.

—Sospecho firmemente que es usted americana hasta lo más profundo de su alma y que nunca será ninguna otra cosa. Espero que así sea —dije yo.

En esta esperanza había quizás una pequeña insolencia, pero mi compañera se dirigió a mí con una delicada sonrisa, que parecía insinuar que la perdonaba.

—Usted, sin embargo, es un perfecto alemán, al menos eso creo, y nunca será nada distinto de eso —dijo.

—Estoy seguro de que deseo de todo corazón ser un buen americano —respondí—. Estoy abierto a convertirme. Póngame a prueba.

—Gracias. No tengo la pasión suficiente, pero puedo proponérselo a mi padre. Por cierto, no debemos olvidarnos de que nos está esperando.

En efecto, nos habíamos olvidado de él durante algún tiempo. Descendimos de la torre y nos acercamos a la balaustrada que bordea la fachada del edificio y observamos la ciudad y la plaza más abajo. Milán tenía a mis ojos un peculiar encanto de alegría templada, la suavidad del sur sin su lasitud, y sentí que podría pasar un mes allí de buena gana. Conforme descendía el calor y se acercaba la noche, la vida común de las calles comenzaba a despertar y murmurar de nuevo. Una deliciosa emanación de la dulzura de la vida transalpina llegó hasta nuestros rostros. Las bellas mujeres italianas aparecían, perezosas y desaliñadas, en los pequeños balcones de las ventanas y entre los toldos inclinados, con los pies entre las abarrotadas macetas y con sus rollizos brazos desnudos apoyados sobre las barandillas de metal, todavía adormiladas tras la interrumpida siesta. Jóvenes, esbeltos y atractivos oficiales comenzaban a esparcirse por la calle, magníficos con sus espadas de sonido metálico, sus bigotes castaños y sus piernas enfundadas en pantalones de color azul celeste. En suave armonía con ellos, varias damas de Milán salían para disfrutar del fresco; elegantes, románticas, provocadoras, con cortos vestidos negros y mantillas de encaje que colgaban de sus chignons, se adornaban con un ligero maquillaje que resaltaba artísticamente la oscuridad de su pelo y de sus ojos. ¡Qué distinto era aquello de Alemania! ¡Y qué distinto debía ser de Araminta, Nueva Jersey! «Es el sur, el sur», rae repetía a mí mismo una y otra vez, «el sur en la naturaleza, en el hombre, en la educación». Era un mundo más brillante.


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59 págs. / 1 hora, 44 minutos / 39 visitas.
Publicado el 2 de mayo de 2017 por Edu Robsy.