Texto: El Mejor de los Lugares

Henry James


Cuento


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El Mejor de los Lugares

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Fragmento de El Mejor de los Lugares

Volvía, sí, volvía; la cita con aquel joven —suponía que era joven—, cuya carta, aquella carta sobre… —¿sobre qué era la carta?—, le había causado tan buena impresión.

—Sí, sí. Espera. Un momento, un momento.

—Quizá el caballero le haga algún bien, señor —sugería Brown.

—Sin duda… sin duda. ¡Adelante! —hiciera lo que hiciese el joven, al menos le salvaría de hacer otra cosa: esta idea se le ocurrió a nuestro amigo mientras Brown se retiraba, al oír la vibración del timbre eléctrico de la entrada. En el corto intervalo que siguió dos cosas más tuvo presentes: que había olvidado por completo la relación, el origen, la finalidad y el motivo de su invitado; y que él persistía en su disposición de no tocar… no, no iba a mover un solo dedo. Ah, ¡ojalá pudiera no volver a tocar nada jamás! Todos los sellos sin romper y todas las peticiones sin atender siguieron intactos mientras él, durante una pausa que fue incapaz de medir, permanecía de pie frente a la chimenea con las manos aún en los bolsillos. Oyó un breve intercambio de palabras en el vestíbulo, pero luego nunca recordaría el tiempo invertido por Brown en reaparecer, preceder y anunciar a otra persona: una personal cuyo nombre no consiguió, por alguna razón, llegar a sus oídos. Brown volvió a salir a ocuparse del desayuno, dejando a invitado y anfitrión frente a frente. La duración de esta primera fase, más adelante, desafió también toda medida; pero eso apenas tuvo importancia, pues en la serie de acontecimientos que siguió llegaron puntualmente la segunda, la tercera, la cuarta, la rica sucesión de las demás. Aun así, lo que aconteció entonces fue sólo que Dane sacó la mano del bolsillo para tendérsela a alguien y sentir cómo se la estrechaban. De este modo, ciertamente, si había deseado no volver a tocar nunca nada, ya lo había tocado.


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34 págs. / 59 minutos / 28 visitas.
Publicado el 7 de mayo de 2017 por Edu Robsy.