Texto: La Musa Trágica

Henry James


Novela


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La Musa Trágica

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Fragmento de La Musa Trágica

—No tiene ni idea de cuándo está bien y cuándo mal, pero es una perfecta santa —dijo la muchacha, embrollando considerablemente su vindicación—. No le importa si recito cosas sin parar durante horas, dándole la tabarra con ellas mientras está allí sentada leyendo. Es una lectora tremenda; conoce la literatura endiabladamente bien. Me lo ha enseñado todo ella misma… quiero decir, todas las cosas de ese estilo. Por supuesto, yo no soy tan devota de la lectura; prefiero zambullirme en el libro de la vida. —Sherringham se preguntó si no habría sido su madre, comoquiera que hubiese sido, quien le había enseñado esa expresión, y lo consideró altamente probable—. Todo eso acabaría con mis nervios, la vida que le hago soportar —continuó Miriam—; pero es realmente una mujer deliciosa.

La extrañeza de este epíteto hizo reír a Sherringham, y en conjunto, en unos pocos minutos, lo cual es tal vez señal de que había abusado de su derecho a ser un hombre de humor caprichoso, la muchacha había producido una revolución de curiosidad en él, reavivado su interés. La mezcla que ella proponía, tal como se desplegaba ante uno, era un espectáculo emocionante: Miriam Rooth era inteligente y desmañada, era malcriada y fina. Ciertamente era muy variada, y eso era infrecuente; en este momento no era en absoluto la criatura aterrorizada y de ojos cargados que había recobrado con tal esfuerzo el dominio de sí misma en casa de Madame Carré, ni el «fenómeno» exaltado que acababa de estar recitando, ni la joven persona un tanto amanerada e incoherente a quien él había acompañado hasta su residencia desde la Rue de Constantinople. ¿Era esta sucesión de fases señal de que ella poseía realmente el célebre temperamento artístico, la naturaleza que convertía a las personas en provocadoras e interesantes? Que el propio Sherringham era de esta complexión inestable queda quizá demostrado por su extraña capacidad de ser de dos opiniones casi exactamente al mismo tiempo. Miriam era hermosa ahora, de un aspecto acogedor y ojos encantadores. Sí, había cosas que él podía hacer por ella; ya había olvidado el escalofrío de la ironía del señor Nash, de su profecía. Incluso apenas se acordaba de lo mucho que, en general, detestaba las indirectas, las insinuaciones, los favores solicitados oblicua y lastimeramente: aquello se debía también sin duda a que la muchacha era tan hermosa y confraternizadora. Además, tal vez era injusto calificarlo de rodeo indirecto, el modo en que la señorita Rooth le había transmitido que él podía no sólo pagarle sus lecciones, sino además correr con los gastos de su presencia nocturna, con su madre, en exhibiciones instructivas de arte teatral. Era mucho pedir, eso de mandar a la pareja a todas las obras; pero lo que Sherringham se halló pensando ahora era que no importaba tanto la magnitud del pedido cuando iba a resultar bastante interesante ir con ellas a veces y destacarle a Miriam las enseñanzas de las obras (las enseñanzas técnicas, no las morales), indicándole las cosas que a él le gustaban, las cosas que descalificaba. Ella repitió su declaración de que reconocía la falacia contenida en las opiniones de su madre sobre las protagonistas «nobles» y sobre la importancia de que ella encontrara y se juntara con personas tan tremebundamente intachables.


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755 págs. / 22 horas, 2 minutos / 31 visitas.
Publicado el 29 de enero de 2017 por Edu Robsy.