Texto: Los Tesoros de Poynton

Henry James


Novela


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Los Tesoros de Poynton

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Fragmento de Los Tesoros de Poynton

Adelantándose desde el umbral, la señora Gereth había lanzado la publicación por los aires más alta de lo absolutamente necesario: la había lanzado hacia el carruaje en que el grupo en retirada se disponía a montarse. Mona, por la fuerza de la costumbre, por un acto reflejo característico de sus hábitos deportivos, rápidamente había extendido, con un pequeño brinco, uno de sus brazos e interceptó el proyectil con la misma soltura con que habría hecho rebotar una pelota de tenis en una raqueta.

—¡Buena parada! —exclamó Owen, genuinamente encantado de que prácticamente no se hubiera prestado atención alguna a los notables comentarios de su madre.

Había sido con el acompañamiento de unas carcajadas retozonas, tal como posteriormente dijo la señora Gereth, como se había alejado el carruaje; pero fue mientras estas carcajadas todavía estaban sonando en el ambiente cuando Fleda Vetch, pálida y terrible, se volvió hacia su anfitriona con un abrasador «¿Cómo ha podido usted? Santo Dios, ¿cómo ha podido?». La perfecta extrañeza de esta dama fue desde el principio señal de que tenía la conciencia limpia; y el hecho de que hasta no haber sido adoctrinada ni siquiera sospechase a qué se refería Fleda al resentirse del reciente agravio a todas sus susceptibilidades, le proporcionó a nuestra muchacha un atisbo alarmante y doloroso de que su propia valía en la mansión era la simple valía, como si dijéramos, de una buena herramienta. La señora Gereth se mostró generosamente apologética, pero lo que más se mostró fue sorprendida: sorprendida de que a Fleda no le hubiese gustado ser presentada ante Owen como el tipo adecuado de esposa que él necesitaba. ¿Por qué no, en nombre de todas las maravillas, si ella era de pies a cabeza el tipo adecuado? Al explicarse había admitido que entendía a qué se refería su joven amiga con eso de haber sido arrojada, como lo había expresado Fleda, a los pies de él; pero a la muchacha le pareció que esta admisión fue efectuada sólo por complacerla y que la señora Gereth se sentía secretamente sorprendida de que Fleda no estuviese tan feliz de ser sacrificada en aras de un elevado ideal como ella lo estaba de sacrificarla. Esta dama había concebido un enorme cariño por Fleda, pero esto había sido a causa del cariño —por Poynton, naturalmente— que la propia Fleda había concebido. ¿O es que este último cariño no era tan grande después de todo? Fleda pensó que podía calificarlo de verdaderamente grande ya que debido a él fue capaz de perdonar realmente lo que había sufrido y, tras reproches y lágrimas, aseveraciones y besos, tras pruebas fácticas de que a ella se la amaba únicamente en calidad de sacerdotisa del altar y tras una visión de su maltrecha dignidad que no dejó espacio a la alternativa de huir, fue capaz de aceptar juntos la afrenta y el bálsamo, consentir en no marcharse y refugiarse en el débil alivio de que ahora por lo menos había comprendido la verdad. La verdad era sencillamente que todos los escrúpulos de la señora Gereth estaban concentrados en un solo punto y que en cierto modo su pasión dominante la había despojado de humanidad. Al segundo día, cuando ya había descendido un tanto la marea emocional, la señora Gereth le dijo dulcemente a su compañera:


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269 págs. / 7 horas, 51 minutos / 31 visitas.
Publicado el 5 de febrero de 2017 por Edu Robsy.