Texto: Pandora

Henry James


Cuento


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Pandora

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Fragmento de Pandora

Según pudo comprobar Vogelstein por sí mismo, el matrimonio Day carecía del aire distinguido de la hija. Se trataba de dos seres toscos, indolentes y sin gracia, que permanecían durante horas sentados juntos en cubierta mirando imperturbablemente al frente. La señora Day tenía la tez blancuzca, las mejillas alargadas y los ojos pequeños; su frente estaba ribeteada de ricitos negros y tirantes, y movía los labios como si continuamente tuviese una pastilla en la boca. Alrededor de la cabeza llevaba una prenda que la señora Dangerfield denominó nuby, una especie de bufanda rosa de punto tejido a mano que le ocultaba el pelo, le cubría el cuello y que, entre sus múltiples circunvoluciones, dejaba un hueco para su rostro rotundamente inexpresivo. Tenía las manos cruzadas sobre el regazo y lo único que sugería vida en su figura impávida y embozada eran sus ojuelos como cuentas que de vez en cuando cambiaban de dirección. Su marido lucía una perilla gris y tiesa, y su labio superior, lampiño y amplio, se veía visiblemente cuarteado por el rasurado constante. Tenía cejas pobladas y anchas fosas nasales y en el salón, cuando iba sin sombrero, dejaba al descubierto un cabello entrecano de naturaleza densa y perpendicular. Sin duda, el suyo podría haber sido un aspecto sombrío, siniestro si cabe, de no ser por la familiar mirada, serena y complaciente, con la que parecía evaluar cuanto le rodeaba, a través de aquellos ojos de claras pupilas, los ojos sosegados de un hombre taciturno. Se trataba sin duda de un hombre más afable que fiero, pero más reservado que afable. Le complacía tener cerca a la gente pero sin aspirar a comprenderla o a enjuiciarla demasiado, de la misma forma en que quizá también habría lamentado poner a alguien en alguna situación comprometida. Eventualmente el matrimonio intercambiaba alguna que otra palabra, pero rara vez se les veía conversando. Había un algo indefinible y resignado en ellos, como si se hubiesen convertido en víctimas de algún hechizo. No un hechizo de índole macabra, sin embargo. Es la fascinación por el éxito, la confianza que proporciona la estabilidad, lo que en ocasiones hace arrogantes a las personas. Sin embargo esto mismo había obrado un efecto contrario en aquella sencilla y satisfecha pareja, la cual parecía felizmente remisa a cualquier forma de ulterior prosperidad.


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67 págs. / 1 hora, 57 minutos / 29 visitas.
Publicado el 9 de mayo de 2017 por Edu Robsy.