El Lirio del Valle

Honoré de Balzac


Novela


A LA SEÑORA CONDESA NATALIA DE MANERVILLE

«Cedo en tu deseo. El privilegio de la mujer que amamos más de lo que ella nos ama, es el de hacernos olvidar cada dos por tres las reglas del buen sentido. Por no ver formarse un pliegue en vuestra frente, para disipar la enfurruñada expresión de vuestros labios, entristecidos ante la menor negativa, franqueamos milagrosamente las distancias, damos nuestra sangre, comprometemos nuestro porvenir. Hoy quieres mi pasado, helo aquí. Únicamente sábelo bien, Natalia: al obedecerte, he debido pisotear renuencias invioladas. ¿Mas por qué sospechar de los súbitos y prolongados ensueños que se apoderan de mí a veces en plena felicidad? ¿No podrías tú jugar con los contrastes de mi carácter sin preguntar sus causas? ¿Por qué tu cólera de mujer amada, ante un silencio? ¿Posees en tu corazón secretos que, para ser absueltos, tienen necesidad de los míos? En fin, tú lo has adivinado, Natalia, y tal vez sea mejor que lo sepas todo: sí, mi vida está dominada por un fantasma, que se dibuja vagamente a la menor palabra que lo provoca y que a menudo se agita sobre mí. Tengo imponentes secretos en el fondo de mi alma, como esos productos marinos que se divisan en tiempo sereno y despejado y que las olas de la tempestad arrojan despedazados a la arena. Aunque la elaboración que necesitan las ideas para ser expresadas haya contenido estas antiguas emociones, que tanto mal me causan cuando se despiertan demasiado repentinamente, si en esta confesión hubiesen fragmentos que te hieran, acuérdate que eres tú quien me ha amenazado si no te obedecía; no me castigues, pues por haberlo hecho quisiera que mi confidencia redoblase tu cariño. Hasta la noche.

FÉLIX.»

¿A qué talento nutrido de lágrimas deberemos un día la elegía más conmovedora, la pintura de los tormentos sufridos en silencio por almas cuyas tiernas raíces no encuentran aún sino duros guijarros en el suelo doméstico, cuyas primeras frondas son desgarradas por manos rencorosas y cuyas flores son atacadas por la helada en el momento en que se abren? ¿Qué poeta nos dirá los dolores del niño cuyos labios maman en un seno amargo y cuyas sonrisas son reprimidas por el devorador fuego de una mirada severa? La ficción que representarían esos pobres corazones oprimidos por los seres situados en su derredor para favorecer el desarrollo de su sensibilidad, sería la verdadera historia de mi juventud. ¿Qué vanidad podía herir, yo, recién nacido? ¿Qué desgracia física o moral me valía la frialdad de mi madre? ¿Era yo acaso, pues, el hijo del deber, aquel cuyo nacimiento es fortuito, o bien aquel cuya vida es un reproche? Criándome en el campo, olvidado por mi familia durante tres años, cuando volví a la casa paterna me hacían tan poco caso, que soportaba la compasión de la gente. No conozco ni el sentimiento ni la feliz casualidad que hubiera podido ayudarme a superar este primer decaimiento: en mí, el niño ignora; el hombre no sabe nada. Lejos de endulzar mi suerte, mi hermano y mis dos hermanas se divirtieron haciéndome sufrir. El pacto en virtud del cual los niños ocultan sus pecadillos y que les enseña ya el honor, fue nulo a mi respecto; lo que es más, a menudo fui castigado por faltas de mi hermano, sin poder reclamar contra tal injusticia: ¿acaso el servilismo, en germen en los niños, les aconsejaba contribuir a las persecuciones que me afligían, para procurarse el agrado de una madre igualmente temida por ellos? ¿O era un efecto de su tendencia a la imitación? ¿Una necesidad de ensayar sus fuerzas? ¿Falta de piedad? Tal vez esas causas reunidas me privaron de las dulzuras de la fraternidad. Desheredado ya de todo cariño, no podía amar, ¡y la naturaleza me había creado para amar! ¿Recoge un ángel los suspiros de esta sensibilidad rechazada? Si en algunas almas los sentimientos, desconocidos se convierten en odio, en la mía se concentraron y excavaron un lecho del que más tarde brotaron sobre mi vida. Según los caracteres, el hábito de temblar relaja las fibras, engendra el temor y el temor obliga a ceder siempre. De ahí proviene una debilidad que degenera al hombre y le comunica no sé qué de esclavo. Pero aquellos continuos tormentos me acostumbraron a desplegar una fuerza que se acrecentó por su ejercicio, predisponiendo mi alma a las resistencias morales. En espera siempre de un nuevo dolor, como los mártires esperaban un nuevo golpe, todo mi ser debió expresar una resignación bajo la cual fueron ahogadas las gracias y los movimientos de la infancia, actitud que fue considerada como síntoma de idiotismo y justificó los siniestros pronósticos de mi madre. La convicción de esas injusticias excitó prematuramente en mi alma el orgullo, ese fruto de la razón que, sin duda, atajó las malas inclinaciones que semejante educación alentaban. Aunque abandonado por mi madre, yo era a veces objeto de sus escrúpulos, en ocasiones ella hablaba de mi instrucción y manifestaba deseos de ocuparse de ella; entonces yo sentía horribles escalofríos pensando en las desgarraduras que me causaría el contacto cotidiano con ella. Bendecía mi abandono y me sentía feliz quedándome en el jardín jugando con guijarros, observando los insectos, contemplando el azul del firmamento. Aunque el aislamiento debió inducirme a la ensoñación, mi afición a las contemplaciones me vino de una aventura que os pintará mis primeros infortunios. Se ocupaban tan poco de mí, que a menudo hasta mi aya se olvidaba de acostarme. Una tarde, tranquilamente acurrucado bajo una higuera, miraba a una estrella con esa curiosa pasión que prende a los niños, y a la que mi precoz melancolía añadía una especie de inteligencia sentimental. Mis hermanos se divertían jugando y gritaban; yo oía su lejano alboroto como un acompañamiento a mis ideas. Cesó el ruido, vino la noche. Por casualidad, mi madre notó mi ausencia. Para evitar un reproche, mi aya, la terrible señorita Carolina, justificó las falsas aprensiones de mi madre, pretendiendo que tenía horror a la casa; que si ella no me hubiese vigilado atentamente, me habría fugado ya; que yo no era imbécil, sino solapadamente cazurro; que entre todos los niños cuyo cuidado le había sido confiado, no había jamás encontrado uno cuyas inclinaciones fuesen tan malas como las mías. Simuló buscarme y me llamó: yo respondí, y ella vino a la higuera, donde sabía que estaba.

—¿Qué haces ahí? —me preguntó.

—Contemplaba una estrella.

—No estabas contemplando una estrella —dijo mi madre, que nos escuchaba desde lo alto del balcón—. ¿A tu edad conoces la astronomía?

—¡Ah, señora —exclamó la señorita Carolina—, ha abierto el grifo del depósito y el jardín está inundado!

Hubo un rumor general. Mis hermanas se habían entretenido en abrir el grifo para ver manar el agua; pero, sorprendidas por la separación de una mata que las había regado por todas partes, habían perdido la cabeza y escapado sin acordarse de cerrarlo. Convencióles de que yo era el autor de semejante travesura, atacado, acusado de mentiroso cuando yo afirmaba mi inocencia, fui severamente castigado. ¡Castigo horrible… fui la rechifla por mi amor a las estrellas, y mi madre me prohibió quedarme en el jardín al anochecer! Las defensas tiránicas agudizan aún más una pasión en los niños que en los hombres; los niños tienen sobre éstos la ventaja de no pensar más que en la cosa prohibida, que les ofrece atractivos irresistibles. Por lo tanto, a menudo recibí el látigo por mi estrella. No pudiendo confiarme a nadie, era a ella a quien contaba mis penas en aquella deliciosa chachara interior en la cual un niño tartajea sus primeras ideas, al igual que antes balbuceara sus primeras palabras. A los doce años de edad, en el colegio, la contemplaba aún, experimentando indecibles deleites, a tal punto las impresiones recibidas en los albores de la vida dejan profundas huellas en el corazón.

Cinco años mayor que yo, Carlos fue tan guapo de niño como lo es de hombre; era el favorito de mi padre, el amor de mi madre, la esperanza de la familia: era el rey de la casa. Yo, canijo y enfermizo, fui enviado a los cinco años medio-pensionista a una pensión de la ciudad, conducido por la mañana y recogido por la noche por el ayuda de cámara de mi padre. Solía llevarme un cestillo poco abastecido, mientras que mis camaradas llevaban abundantes provisiones. Este contraste entre mi carencia y su riqueza engendró mil sufrimientos. Los célebres picadillos y chicharrones de Tours constituían el elemento principal de la comida de mediodía, entre el desayuno y la cena, cuya hora coincidía con nuestro regreso. Este plato, tan apreciado por algunos glotones, aparece raramente en Tours en las mesas aristocráticas; si oí hablar de él antes de ser puesto como medio-pensionista, no había tenido nunca la suerte de ver extender para mí en una rodaja de pan aquella pasta parda; pero, aún de no haber estado de moda en la pensión, mi envidia no hubiera sido menos viva, pues se me había convertido como en una idea fija, semejante al deseo que inspiraban a una de las más elegantes duquesas de París los jigotes guisados por las porteras, y que en su calidad de mujer satisfizo. Los niños adivinan la codicia en las miradas, tan bien como vosotras leéis en ellas el amor: en consecuencia me convertí en sujeto de frecuentes burlas. Mis camaradas, pertenecientes casi todos a la pequeña burguesía, me enseñaban sus excelentes picadillos, preguntándome si yo sabía cómo se hacían, dónde se vendían y por qué yo no los llevaba. Se relamían alabando los chicharrones, esos residuos de cerdo salteados en su grasa y que semejan trufas cocidas; registraban mi cestillo, no hallaban en él sino quesos de Olivet o frutas secas, y me asesinaban con un: ¿No tienes, pues, con qué?, que me enseñó a medir la diferencia entre mi hermano y yo. Este contraste entre mi abandono y la felicidad de los demás, ha maculado las rosas de mi infancia, mustiando una juventud verdeante. La primera vez que, engañado por un sentimiento generoso, tendí la mano para aceptar la golosina tan deseada, ofrecida con aire hipócrita, mi burlador retiró su rebanada de pan bien untada de ella, entre las carcajadas de los camaradas que conocían el desenlance.

Si los más distinguidos espíritus son accesibles a la vanidad, ¿cómo no absolver al niño que llora viéndose despreciado, víctima de chocarrerías? ¡En este juego cuántos niños no se volverían glotones, pedigüeños, cobardes! Para evitar las persecuciones, me peleé. El valor de la desesperación me hizo temible, pero fui odiado y quedé sin recursos contra las traiciones. Un atardecer, al volver a casa, recibí en la espalda un golpe asestado con un pañuelo atado lleno de piedras. Cuando el ayuda de cámara, que me vengó rudamente, contó el hecho a mi madre, ésta exclamó:

—¡Este maldito crío solamente nos dará disgustos!

Me sumí en una horrible desconfianza para conmigo mismo, al encontrar allí las mismas repulsiones que inspiraba en mi familia. Allí, como en casa, me replegué en mí. Una segunda nevada retrasó la floración de las semillas sembradas en mi alma. Aquellos que veía yo queridos, eran unos completos tunantes y mi orgullo se apoyó en esta observación: permanecí solo. Así continué imposibilitado de desahogar los sentimientos que abarrotaban mi pobre corazón. Viéndome siempre ensombrecido, odiado, solitario, el profesor confirmó las erróneas sospechas que mi familia tenía sobre la perversidad de mi naturaleza. En cuanto supe leer y escribir, mi madre me desterró a Pont-le-Voy, colegio dirigido por religiosos de la congregación del Oratorio, quienes recibían a los niños de mi edad en una clase llamada de los Pasos latinos, en la que quedaban también los escolares cuya tarda inteligencia era reacia a la educación. Permanecí allí durante ocho años, sin ver a nadie, llevando una vida de paria. He aquí cómo y por qué. Para mis pequeños gastos solamente disponía de tres francos al mes, suma que apenas bastaba para las plumas, cortaplumas, reglas, tinta y papel de que necesitaba. Así, pues, no podía comprar ni los zancos, ni las cuerdas, ni ninguna de las cosas necesarias a las diversiones del colegio, por lo que me estaban prohibidos los juegos; para ser admitido en ellos, tendría que haber adulado a los ricos o a los fuertes de mi sección. Mas la menor de estas cobardías, que tan fácilmente se permiten los niños, me hacía brincar el corazón. Me colocaba bajo un árbol, perdido en quejumbrosas ensoñaciones y allí leía los libros que mensualmente nos distribuía el bibliotecario. ¡Cuántos dolores se hallaban ocultos en el fondo de esta monstruosa soledad! ¡Qué de angustias engendraba mi abandono! ¡Imaginad lo que mi tierna alma debió experimentar en la primera distribución de premios, donde obtuve los dos más estimados, el de tema y el de versión! Al ir a recibirlos al estrado, en medio de las aclamaciones y de las fanfarrias, no tuve ni a mi padre ni a mi madre para festejarme, mientras que la galería estaba repleta por los padres de todos mis camaradas. En lugar de besar al que los otorgaba, según la costumbre, me precipité contra su pecho y estallé en llanto. Por la noche, quemé mis coronas en la estufa. Los padres se quedaban en la ciudad durante la semana empleada en los ejercicios que precedían a la entrega de premios, así que mis camaradas levantaban el campo alegremente todas las mañanas, mientras que yo, que tenía a mis padres a pocas leguas, me quedaba en los patios con los ultramarinos, nombre dado a los escolares cuya familia residía en las islas o en el extranjero. Y por la noche, los bárbaros nos ensalzaban los banquetes celebrados con sus progenitores. Veréis siempre aumentando mi desgracia a medida de la circunferencia de las esferas sociales en las que entraré. ¡Cuántos esfuerzos no he intentado para invalidar la sentencia que me condenaba a no vivir sino en mí! ¡Cuántas esperanzas concebidas durante largo tiempo con mil arranques del alma y destruidas en un día! Para decidir a mis padres a venir al colegio, les escribí epístolas llenas de sentimientos, acaso enfáticamente expresados, pero tales cartas sirvieron sólo para que mi madre me dirigiera reproches, reprendiéndome con ironía sobre mi estilo… Sin desanimarme, prometí cumplir las condiciones que mi madre y mi padre impusieron a su llegada; imploré la ayuda de mis hermanas, a las que escribí los días de su santo y de su cumpleaños, con la exactitud de las pobres criaturas abandonadas, pero con vana persistencia. Al aproximarse la fecha del otorgamiento de premios, redoblé mis ruegos, hablé de triunfos presentidos. Engañado por el silencio de mis padres, los esperaba con el corazón exaltado y lo anunciaba a mis camaradas; y, cuando a la llegada de las familias resonaba en las aulas el paso del viejo portero llamando a los escolares, entonces experimentaba enfermizas palpitaciones. Jamás aquel viejo pronunció mi nombre. Acuséme cierto día de haber maldecido mi existencia, el confesor me mostró el cielo donde florecía la palma prometida a los Beati qui tugent del Salvador. A raíz de mi primera comunión, penetré en las misteriosas profundidades de la oración, seducido por las ideas religiosas, cuyas magias morales entusiasman a los espíritus juveniles. Animado por ardiente fe, rogaba a Dios que renovase en mi favor los fascinantes milagros que leía en el martirologio. A los cinco años volaba en una estrella; a los doce, iba a llamar a las puertas del santuario. Mi éxtasis hizo brotar en mí inenarrables ensueños que poblaron mi imaginación, enriquecieron mi ternura y fortificaron mis facultades pensantes. Frecuentemente atribuía estas sublimes visiones a ángeles encargados de preparar mi alma para celestiales destinos: ellas han dotado a mis ojos de la facultad de ver el espíritu íntimo de las cosas; ellas han preparado mi corazón a las magias que hacen al poeta desgraciado, cuando tiene el poder fatal de comparar lo que siente a lo que es, las grandes cosas deseadas a lo poco que él obtiene; ellas han escrito en mi cabeza un libro en el que he podido leer lo que debía expresar y han puesto en mis labios la brasa del improvisador.

Habiendo concebido mi padre algunas dudas sobre el alcance de la enseñanza oratoria, vino a sacarme de Pont-le-Voy para meterme en París en una institución situada en el Marais. Tenía yo a la sazón quince años. Efectuado un examen de mi capacidad, el retórico de Pont-le-Voy fue juzgado digno del tercer curso. Los dolores que yo había experimentado en familia, en la escuela y en el colegio, aparecieron bajo nuevas formas durante mi estancia en el pensionado Lepitre. Mi padre no me había dado ningún dinero. Para mis padres todo estaba resuelto con saber que estaba mantenido, vestido, atiborrado de latín y de griego. Entre los mil camaradas que, aproximadamente, he conocido durante mi vida de colegial, jamás, y en ninguno de ellos, he hallado un ejemplo de semejante indiferencia. Partidario fanático de los Borbones, el señor Lepitre había tenido relaciones con mi padre en la época en que leales realistas intentaron sacar del Temple a la reina María Antonieta; renovada su amistad, el señor Lepitre se creyó obligado a reparar el olvido de mi padre, pero, al ignorar las intenciones de mi familia, la suma que me dio mensualmente fue mediocre. El pensionado estaba situado en la antigua mansión Joyeuse, en la que, como en todas las antiguas casas señoriales, había una portería. Durante el recreo que precedía a la hora en que el pasante nos conducía al Liceo Carlomagno, los camaradas opulentos iban a tomar algo a casa de nuestro portero, llamado Dolsy. El señor Lepitre ignoraba o toleraba el comercio de Dolsy, verdadero contrabandista que los alumnos tenían interés en mimar: era el encubridor secreto de nuestros extravíos, el confidente de las entradas tardías, nuestro intermediario con los prestamistas de libros prohibidos. Tomar una taza de café con leche era un refinamiento aristocrático, explicado por el excesivo precio que alcanzaron los artículos coloniales bajo Napoleón. Si el empleo del azúcar y del café constituía un lujo en los padres, en nosotros significaba una vanidosa superioridad que habría engendrado nuestra pasión, de no haber bastado la caída en la imitación, la gula y el contagio de la moda. Dolsy nos concedía crédito, suponiéndonos a todos tener hermanas o tías que aprobaban el puntillo de honor de los escolares y pagaban sus deudas. Yo resistí durante mucho tiempo a la llamada de la cantina. Si mis jueces hubiesen conocido la fuerza de las seducciones, las heroicas aspiraciones de mi alma hacia el estoicismo, las rabias contenidas durante mi larga existencia, habrían enjugado mis lágrimas en vez de hacérmelas derramar. Mas, niño aún, ¿podía tener esa grandeza de alma que hace indiferente el desprecio de otro? Luego puede ser que sintiera los asaltos de varios vicios sociales cuya potencia fue aumentada por mi codicia. Hacia el fin del segundo año, mi padre y mi madre vinieron a París. El día de su llegada fue anunciado por mi hermano, quien viviendo en París no me había hecho ninguna visita. Mis hermanas estaban de viaje, y nosotros deberíamos ver París juntos. El primer día, iríamos a cenar al Palais Royal, a fin de estar próximos al Teatro Francés. A pesar de la embriaguez que me causó este programa de inesperadas fiestas, mi gozo fue atenuado por los amagos de tormenta que impresiona tan rápidamente a los habituados a la desgracia. Tenía que declarar cien francos de deudas contraídas en casa del señor Doisy, quien me amenazaba con pedir en persona el dinero a mis padres. Tuve la idea de tomar por trujamán de Doisy a mi hermano, por intérprete de mi arrepentimiento, como mediador de mi perdón. Mi padre se inclinó hacia la indulgencia. Pero mi madre fue despiadada, sus ojos de oscuro azul me petrificaron con su mirada, y prorrumpió en terribles profecías: «¿Qué será de este muchacho más adelante, si a los diecisiete años comete tales calaveradas? ¿Era en efecto su hijo? ¿Iba a arruinar a mi familia? ¿Era yo el único en la casa? Es que la carrera abrazada por mi hermano Carlos ¿no exigía una subvención independiente, merecida ya por una conducta que glorificaba a la familia, mientras que yo sería su vergüenza? ¿Se casarían acaso mis dos hermanas sin dote? ¿Es que ignoraba yo el precio del dinero y lo que yo costaba? ¿Son necesarios para una buena educación el azúcar y el café? ¿No era aprender todos los vicios el conducirse de tal modo?» En fin, Marat era un ángel comparado conmigo. Después de haber sufrido el embate de aquel torrente que produjo mil temores en mi alma, mi hermano me acompañó a mi pensionado, perdí la cena en Los hermanos provenzales y fui privado de ver a Taima en Britannicus. Tal fue la entrevista con mi madre, tras una separación de doce años.

Cuando terminé mis humanidades, mi padre me dejó bajo la tutela del señor Lepitre: debía aprender las matemáticas superiores, hacer un primer año de derecho y comenzar estudios superiores también. Pensionado con habitación independiente, liberado de las clases, creí que existía una tregua entre la miseria y yo. Mas, a pesar de mis diecinueve años, mi padre continuó el sistema de antaño enviándome a la escuela sin provisiones de boca, al colegio sin dinero para gastos extraordinarios, dándome a Doisy por acreedor. Tuve, pues, asimismo poco dinero a mi disposición. ¿Y qué podía intentar en París sin él? Además, mi libertad fue sabiamente encadenada. El señor Lepitre hacía que me acompañara a la Facultad de Derecho un pasante, quien me ponía en manos del profesor, viniendo después a recogerme. Una doncella habría sido custodiada con menos precauciones que las inspiradas por los temores de mi madre por la observación de mi persona. París espantaba, no sin razón, a mis padres. Los escolares están secretamente ocupados de lo que preocupa también a las muchachas en los pensionados; hágase lo que se haga, éstas hablarán siempre del amante y aquéllos de la mujer. Pero, en París, y en aquel tiempo, las conversaciones entre camaradas estaban dominadas por el mundo oriental y sultanesco del Palais-Royal. El Palais-Royal era un Eldorado de amor, donde, por la noche, corrían los lingotes convertidos en monedas. ¡Allá concluían las dudas más vírgenes y se satisfacían las más encendidas curiosidades! El Palais-Royal y yo fuimos dos asíntotas dirigidas una hacia la otra sin poder encontrarse. He aquí como la suerte desbarató mis tentativas. Mi padre me había presentado en casa de una de mis tías, que vivía en la isla de San Luis, adonde yo iba a cenar los jueves y los domingos, conducido por la señora o el señor Lepitre, quienes en esos días salían, y me recogían por la noche al regresar a su casa. ¡Singulares diversiones! La marquesa de Listomère era una gran dama ceremoniosa, que jamás tuvo la idea de ofrecerme un escudo. Vieja como una catedral, pintada como una miniatura, suntuosa en su atavío, vivía en su mansión como si viviera todavía Luis XV y no trataba sino con damas y gentilhombres caducos, sociedad de cuerpos fósiles que me parecía un cementerio. Nadie me dirigió la palabra, y no me sentía con fuerza para hablar el primero. Las miradas hostiles o frías me hacían avergonzar de mi juventud, que a todos parecía inoportuna. Yo basaba el éxito de mi escapada en esta indiferencia, proponiéndome escabullirme un día, para volar a las Galerías del bosque. Mi tía, empeñada en una partida de whist, no me prestaba atención. Juan, su ayuda de cámara, se ocupaba poco del señor Lepitre; pero aquella desgraciada cena se prolongaba desdichadamente en razón de la vetustez de las mandíbulas o de la imperfección de las dentaduras postizas. En fin, una noche, entre las ocho y las nueve, yo estaba bajando la escalera, palpitante como Blanca Capello el día de su fuga; pero cuando el suizo hubo tirado del cordón de la puerta, vi el fiacre del señor Lepitre en la calle, quien preguntaba por mí con su voz asmática. Tres veces el azar se interpuso fatalmente entre el infierno del Palais-Royal y el paraíso de mi juventud. El día en que, sintiéndome a los veinte años avergonzado de mi ignorancia, resolví afrontar todos los peligros para acabar de una vez con ella; en el momento en que dando el esquinazo al señor Lapitre mientras él subía al coche… operación difícil, pues era tan grueso como Luis XVII y con deformes pies, ¡zas!, llegaba mi madre en silla de posta. Fui detenido por su mirada y me quedé como un pájaro ante la serpiente. ¿Por qué azar la encontraba? Nada más natural. Napoleón intentaba sus últimos golpes. Mi padre, que presentía el retorno de los Borbones, venía a advertir a mi hermano, empleado ya en la diplomacia imperial. Había abandonado Tours en compañía de mi madre. Ésta se había encargado de recogerme, para sustraerme a los peligros que en la capital amenazaban a los que actuaban en inteligencia con los enemigos.

A los pocos minutos fui sacado de París, en el momento en que mi estancia empezaba a serme fatal. Los tormentos de una imaginación agitada sin cesar por deseos reprimidos, los hastíos y desazones de una vida entristecida por constantes privaciones, me habían forzado a lanzarme al estudio, al igual que los hombres cansados de su suerte se confinaban en otros tiempos en un claustro. En mí, el estudio se había convertido en una pasión que podía resultarme fatal, encarcelándome en una época en la que los jóvenes deben entregarse a las seductoras actividades de su naturaleza primaveral.

Este ligero croquis de una juventud en la inspiración de innumerables elegías, era necesario para explicar la influencia que ella ejerció sobre mi futuro. Afectado por tantos elementos mórbidos, a los veinte años era todavía pequeño, flaco y pálido. Mi alma, llena de deseos, se debatía con un cuerpo aparentemente débil, pero que, según la frase de un viejo médico de Tours, era la última fusión de un temperamento de hierro. Niño por el cuerpo y viejo de espíritu, había leído tanto, meditado tanto, que conocía metafísicamente la vida en sus elevadas cumbres, en el momento en que iba a percibir las dificultades tortuosas de sus desfiladeros y los arenosos caminos de sus llanuras. Inauditos azares me habían paralizado en ese delicioso período donde surgen las desazones primeras del alma, cuando ella despierta a las voluptuosidades y todo es rápido y fresco. Me encontraba entre mi pubertad prolongada por mis trabajos, y el brotar tardío de las verdes ramas de mi virilidad. Ningún joven estaba mejor preparado que yo para sentir y amar. Para comprender bien mi relato, trasladaos a esa bella edad en que la boca está virgen de mentiras, la mirada es franca, aunque velada por los párpados que la timidez entorpecen, en contradicción con el deseo, el espíritu no se doblega a la hipocresía del mundo, y la pusilanimidad del corazón iguala en violencia a las generosidades del primer movimiento.

No os hablaré del viaje de París a Tours realizado en compañía de mi madre. La frialdad de sus maneras reprimió el arranque de mis ternuras. Al salir de cada nueva posta me prometía hablar; pero una mirada, una palabra, ahuyentaban las frases prudentemente meditadas para mi exordio. En Orleans, en el momento de acostarse, mi madre me reprochó mi silencio. Yo me arrojé a sus pies, abracé sus rodillas llorando a lágrima viva, le abrí mi corazón, henchido de cariño; intenté conmoverla por la elocuencia de un alegato hambriento de amor, y cuyos acentos habrían conmovido las entrañas de una madrastra. Mi madre me respondió que yo representaba una comedia. Me quejé de su abandono, y ella me llamó hijo desnaturalizado. Se me estrujó el corazón a tal punto, que en Blois corrí al puente para lanzarme al Loira. La altura del pretil impidió mi suicidio.

A mi llegada, mis dos hermanas, que no me conocían, mostraron más sorpresa que ternura; sin embargo, más tarde, y por comparación, me parecieron llenas de amistad para mí. Fui alojado en una habitación del tercer piso. Habréis comprendido la magnitud de mis miserias cuando os diga que mi madre me dejó, a mí, joven de veinte años, sin más ropa blanca que mi mezquino equipo de pensión, y sin otro guardarropa que mis trajes de París. Si volaba de un extremo a otro del salón para recogerle el pañuelo, no me daba sino las frías gracias que una mujer otorga a su criado. Obligado a observarla para reconocer si en su corazón había algún punto por el que yo pudiera penetrar para encontrar algunas ramas de afecto, vi en ella a una mujer grande, seca, jugadora, egoísta e impertinente como todas las Listomère, en quienes la impertinencia se cuenta en la dote. No veía en la vida sino deberes a cumplir; todas las mujeres frías que he conocido hacían, como ella, de su deber una religión; recibía nuestras adoraciones como un sacerdote recibe el incienso en la misa; mi hermano mayor parecía haber absorbido lo poco de maternal que albergaba su corazón. Nos punzaba sin cesar con el aguijón de una ironía mordaz, el arma de las personas sin corazón, sin que pudiéramos replicarle nada. A pesar de estas barreras espinosas, se hallan sujetos por tantas raíces los sentimientos instintivos, conserva tantos lazos el religioso terror inspirado por una madre de la cual cuesta demasiado desesperar, que el sublime error de nuestro afecto prosiguió hasta el día en que, más avanzados en la vida, fue soberanamente juzgada. Ese día comienzan las represalias de los hijos; su indiferencia, engendrada por las decepciones del pasado, engrosada por los restos cenagosos que llevan, se extiende hasta la tumba. Ese terrible despotismo ahuyentó las ideas voluptuosas que insensatamente había meditado satisfacer en Tours. Me lancé desesperadamente a la biblioteca de mi padre, donde me puse a leer todos los libros que desconocía. Mis largas sesiones de trabajo me liberaron de todo contacto con mi madre, pero agravaron mi situación moral. A veces, mi hermana mayor, la que se ha casado con nuestro primo, el marqués de Listomère, trataba de consolarme, sin poder calmar la irritación de que yo era presa. Yo deseaba morir.

Grandes acontecimientos, a los que yo era ajeno, se preparaban entonces. Partido de Burdeos para unirse a Luis XVIII en París, el duque de Angulema recibía, a su paso por cada ciudad, ovaciones preparadas por el entusiasmo que prendía en la vieja Francia el retorno de los Borbones. La Turena aclamaba plena de emoción y entusiasmo a sus príncipes legítimos; el rumor de la ciudad rumorosa, las ventanas y balcones engalanados, los habitantes endomingados, los preparativos de una fiesta, me produjeron deseos de asistir al baile ofrecido al príncipe. Cuando me armé de la requerida audacia para expresar tal deseo a mi madre, demasiado enferma entonces para poder asistir a la fiesta, se encolerizó en grado sumo. ¿Es que llegaba yo del Congo para no saber nada? ¿Cómo podía imaginarme que nuestra familia no estaría representada en aquel baile? En ausencia de mi padre y de mi hermano, ¿no me correspondía acaso ir a mí a él? ¿No tenía una madre?; ¿no pensaba ella en la felicidad de sus hijos? En un momento, el hijo casi descartado, se convertía en un personaje. Me aturdió tanto mi importancia como el diluvio de razones, irónicamente deducidas, con las que acogió mi súplica mi madre. Interrogué a mis hermanas, y supe que ella, a quien gustaban estos golpes de teatro, tuvo forzosamente que ocuparse de mi atuendo. Debido a las exigencias de sus clientes, ningún sastre de Tours pudo encargarse de mi traje. Así, mi madre lo había confiado a su jornalera, que según costumbre de provincias, realizaba toda clase de costuras. Me fue confeccionada secreta y medianamente una levita de color azul barbo. Se hallaron fácilmente medias de seda y escarpines nuevos; como se llevaban cortos los chalecos, pude ponerme uno de mi padre; por primera vez tuve una camisa con chorreras, cuyos pliegues hincharon mi pecho y se enredaron en el nudo de mi corbata. Cuando estuve vestido, me parecía tan poco a como era, que mis hermanas me dieron con sus cumplidos el valor suficiente para presentarme ante toda la Turena congregada. ¡Ardua empresa! Aquella fiesta tenía demasiados llamados para que pudiesen ser pocos los elegidos. Gracias a la exigüidad de mi estatura pude deslizarme en un pabellón alzado en los jardines de la mansión Papion, y llegué cerca del sillón donde se encontraba entronizado el príncipe. En un momento me sentí sofocado por el calor, deslumbrado por las luces, por las colgaduras encarnadas, por los ornamentos dorados, por los atavíos y los diamantes de la primera fiesta pública a la cual asistía. Era empujado por una muchedumbre de hombres y mujeres, que se precipitaban impetuosamente a codazos y empellones en una nube de polvo. Los trompetazos y el estrépito de marchas borbónicas de la banda de música militar eran ahogados bajo las aclamaciones de «¡Viva el duque de Angulema! ¡Viva el rey! ¡Vivan los Borbones!». Aquella fiesta era un desbordamiento de entusiasmo, donde cada cual se esforzaba por sobrepasarse en el celo feroz de correr al sol naciente de los Borbones, verdadero egoísmo de partido que heló mi sangre, me empequeñeció y me replegó en mí mismo.

Arrastrado como una brizna de paja en aquel torbellino, tuve un pueril deseo de ser duque de Angulema, de mezclarme así a esos príncipes que se pavoneaban ante un público embobado. La mema apetencia del turonés hizo brotar una ambición que mi carácter y las circunstancias ennoblecieron. ¿Quien no ha envidiado esa adoración, que algunos meses después vi reproducida cuando todo París se precipitó para recibir al emperador a su regreso de la isla de Elba? Aquel ascendiente ejercido sobre las masas, cuyos sentimientos y vida se identifican con una sola alma, me consagró al instante a la gloria, esa sacerdotisa que degüella a los franceses hoy, como antaño la druida sacrificaba a los galos. Luego, y de pronto, encontré a la mujer que había de aguijonear sin cesar mis ambiciosos deseos y colmarlos lanzándome al seno de la realeza. Demasiado tímido para buscar una pareja de baile, y temiendo además confundir los pasos de la danza, me sentí naturalmente muy fastidioso no sabiendo qué hacer. En el momento en que estaba sufriendo del malestar causado por el pataleo de la muchedumbre, un oficial me pisó los pies hinchados tanto por lo apretados que me estaban como por el calor. Este último engorro acabó por hacerme aborrecer la fiesta. Resultaba imposible salir, y me refugié en un rincón, en el extremo de una banqueta abandonada, donde permanecí con los ojos fijos, inmóvil y murrioso. Engañada por mi sencilla apariencia, una mujer me tomó por un niño dispuesto a dormirse esperando a su madre, y se situó a mi lado como un pájaro se posa en su nido. Al punto sentí un perfume femenino que inundó mi alma, como más tarde se infiltró en ella la poesía oriental. Miré a mi vecina, y quedé más deslumbrado por ella que lo había sido por la fiesta; ella fue toda mi fiesta. Si habéis comprendido bien mi vida anterior, ya adivinaréis los sentimientos que brotaron en mi corazón. Mis ojos quedaron al punto impresionados por unos blancos hombros redondeados, en los cuales hubiese querido revolverme, púdicos hombros que tenían un alma, y cuya tersa piel brillaba a la luz como la seda. Aquellos hombros estaban divididos por una raya, por la que se deslizó mi mirada, más audaz que mi mano. Erguime palpitante para ver el corpiño, y quedé completamente fascinado por una garganta castamente cubierta por un velo, pero cuyos globos azulados y de perfecta redondez se hallaban munidamente acostados en olas de blonda. Los más ligeros detalles de aquella cabeza fueron otros tantos incentivos que despertaron en mí goces infinitos: la brillantez de los cabellos alisados sobre un cuello aterciopelado como el de una niña, las líneas blancas que el peine había trazado y por las que mi imaginación corrió como por nuevos senderos, todo ello me trastornó. Después de haberme asegurado de que nadie me veía, me precipité hacia aquella espalda como un niño que se lanza al regazo de su madre, y besé los hombros revolviendo mi cabeza. La mujer lanzó un grito penetrante, que la música impidió oír; se volvió, me vio y dijo:

—¡Señor!…

¡Ah!, si ella hubiese dicho: «¿Pero hombrecito, qué es lo que os ha dado?», acaso la habría matado; pero ante aquel ¡señor!, ardientes lágrimas brotaron de mis ojos. Quedé petrificado por una mirada animada por santa cólera, por una cabeza sublime coronada por una diadema le cabellos cenicientos, en armonía con aquella amorosa espalda. Coloreó su rostro la púrpura del pudor ofendido, desarmado por el perdón que la mujer otorga a un frenesí causado por ella, y adivina adoraciones infinitas en las lágrimas del arrepentimiento. Se marchó con movimiento y andar de reina. Entonces comprendí lo ridículo de mi posición; sólo entonces conocí que estaba ataviado como el mono de un saboyano. Sentí vergüenza de mí mismo. Quedé todo alelado, saboreando la manzana que acababa de robar, conservando en mis labios el calor de aquella sangre que había aspirado, no arrepintiéndome de nada y siguiendo con la mirada a aquella mujer descendida del cielo. Apresado por el primer aspecto carnal de la gran fiebre del corazón, erré por el baile ya desierto para mí, sin poder volver a encontrar a mi desconocida. Y me fui a acostar, metamorfoseado.

Un alma nueva, un alma de alas salpicadas de diversos colores había salido de su larva. Descendida de las azules estepas donde la admiraba, mi admirada estrella se había convertido en mujer, conservando su luminosidad, sus titilaciones, su lozanía. Yo amaba de pronto, sin saber nada del amor. ¿No es cosa singular esta primera irrupción del sentimiento más vivo del hombre? Había conocido en el salón de mi tía a algunas mujeres bonitas, y ninguna me había causado la menor impresión. ¿Existe, pues, una hora, una conjunción de astros, una reunión de circunstancias favorables, una determinada mujer entre todas, para fijar una pasión exclusiva, cuando la pasión abarca el sexo entero? Pensando que mi elegida vivía en Turena, yo aspiraba el aire con deleite, encontraba al azul del firmamento una tonalidad que jamás le había visto en ninguna parte. Si mentalmente me encontraba arrobado, tenía el aspecto de un hombre gravemente enfermo y mi madre sintió temores mezclados de remordimientos. Semejante a los animales que sienten venir el mal, yo me iba a agazapar en un rincón del jardín para soñar en el beso que había robado.

Algunos días después de aquel memorable baile., mi madre atribuyó el abandono en mis trabajos, mi indiferencia a sus avasalladoras miradas, mi despreocupación por sus ironías y mi melancólica actitud, a las crisis naturales que deben sufrir los jóvenes de mi edad. El campo, ese eterno remedio a las dolencias en las que la medicina se siente impotente, fue considerado como el medio mejor para sacarme de mi apatía. Mi madre decidió que yo iría a pasar algunos días a Frapesle, castillo situado en el departamento del Indre, entre Montbazon y Azay-le-Rideau, donde residía uno de sus amigos, a quien sin duda dio instrucciones secretas. El día en que me vi libre en el campo, había navegado tanto por el océano del amor que lo había atravesado. Ignoraba el nombre de mi desconocida; ¿cómo designarla?, ¿dónde encontrarla? además, ¿a quien podía yo hablar de ella? Mi tímido carácter aumentaba aún los temores inexplicables que se apoderan de los corazones jóvenes al comienzo del amor, y lo primero que experimentaba era la melancolía que remata las pasiones sin esperanza. No pedía cosa mejor que ir, venir, correr a través de los campos. Con ese valor del niño que no duda de nada y tiene no se qué de caballeresco, me proponía escudriñar los castillos de Turena, viajando a pie, y diciéndome ante cada grácil torrecilla: «¡Ahí está!».

En la madrugada de un jueves salí de Tours por la barrera de San Eloy, atravesé los puentes del Santo Salvador, y llegué a Poncher fijando la mirada en cada casa, metiéndome en el camino de Chinon. Por primera vez en mi vida, podía detenerme bajo un árbol, y caminar a mi gusto lentamente o con rapidez, sin ser interrogado por nadie. Para un pobre ser aplastado por los diferentes despotismos que, poco o mucho, pesan sobre toda adolescencia, el primer empleo del libre albedrío aun ejercido sobre cosas insignificantes, aportaba al alma una agradable expansión. Muchas razones se reunieron para hacer de aquel día una fiesta llena de encantos. En mi infancia, mis paseos no me habían conducido más que a una legua fuera de la ciudad. Ni mis recorridos por los alrededores de Pont-le-Voy ni los que hice en París me habían hecho olvidar las bellezas de la naturaleza campestre. Naturalmente, de los primeros recuerdos de mi vida, me quedaba el sentimiento de lo bello que respira el paisaje de Tours, con el que me había familiarizado. Aunque completamente novicio en la poesía de los parajes, yo era exigente sin saberlo, como aquellos que, sin tener la práctica de un arte, se imaginan ya de buenas a primeras el ideal. Para ir al castillo de Frapesle, los viandantes o los jinetes abrevian el camino pasando por las landas llamadas de Carlomagno, terrenos baldíos situados sobre la meseta que separa la cuenca del Cher y la del Indre, y a donde conduce un camino transversal que se toma en Champy. Estas landas llanas y arenosas, que entristecen al caminante aproximadamente una legua, confluyen por un bosquecillo al camino de Saché, nombre del municipio a que pertenece Frapesle. Ese camino, que desemboca en la carretera de Chinon, mucho más allá de Bailan, bordea una llanura ondulada sin accidentes notables, hasta la pequeña comarca de Artanne. Allí se descubre un valle que comienza en Montbazon, termina en el Loira, y parece brincar bajo los castillos enclavados sobre las dobles colinas; es una magnífica copa de esmeralda en el fondo de la cual se desliza el Indre con movimientos de serpiente. Ante tal panorama se apoderó de mí un voluptuoso asombro, que había ya preparado el aburrimiento de las landas o la fatiga del camino.

«Si esa mujer, la flor de su sexo, habita algún lugar en el mundo, no cabe duda de que ha de ser en éste», pensé.

Con ese pensamiento, me apoyé contra un nogal a cuya sombra, desde aquel día, descanso todas las veces que vuelvo a mi querido valle. Bajo este árbol, confidente de mis pensamientos, me interrogo sobre los cambios que he experimentado durante el tiempo transcurrido desde el último día que marché de allí. Ella vivía allí, mi corazón no me engañaba: tenía por morada el primer castillo que vi en la ladera de una landa. Cuando me senté bajo mi nogal, el sol de mediodía hacía centellear las pizarras del tejado y los vidrios de las ventanas. Su vestido de percal producía el punto blanco que divisaba yo en sus viñas, bajo un albaricoque. Ella era, como lo sabéis ya, sin saber nada aún, El lirio de este valle, donde crecía por don del cielo, llenándolo con el perfume de sus virtudes. El amor infinito, sin otro alimento que un objeto apenas entrevisto, del cual estaba colmada mi alma, lo hallaba yo expresado por la larga cinta de agua que discurre al sol entre verdes orillas por las hileras de álamos que ornan con sus ondulantes encajes aquel valle de amor, por los bosquecillos de encinas que avanzan entre los viñedos sobre ribazos que el río redondea siempre de diferente manera, y por los horizontes esfumados que huyen contrastándose. Si queréis ver la naturaleza bella y virgen como una novia, id allá un día de primavera; si queréis mitigar las llagas sangrantes de vuestro corazón, volved en las postrimerías del otoño; en primavera, el amor bate sus alas en pleno cielo; en otoño se piensa en quienes ya no son. El pulmón enfermo respira allí un frescor saludable, y la vista reposa sobre dorados copetes que comunican al alma sus apacibles dulzuras. En aquel momento, los molinos situados en las cascadas del Indre, prestaban su voz al valle estremecido, los álamos se balanceaban riendo, no había ni una nube en el cielo, los pájaros cantaban, chirriaban las cigarras: todo era melodía. ¿No me preguntáis ya por qué amo a Turena? No la quiero como se quiere a su cuna, ni como a un oasis en el desierto, sino como un artista ama al arte; la amo menos que a vos; pero, sin la Turena, acaso no viviría ya. Sin saber por qué, mis ojos volvían una y otra vez al punto blanco, a la mujer que brillaba en aquel vasto jardín, como si, en medio de las matas verdes, reventara la campánula de un convívulo, marchitada si se la toca. Descendí, con el alma plena de emoción, al fondo de aquel valle, y no tardé en divisar una aldea, que la poesía que rebosaba me hizo parecer sin par. Imaginaos tres molinos emplazados entre islas graciosamente recortadas, coronadas de algunos boscajes en medio de un prado de agua, pues ¿qué otro nombre dar a esas vegetaciones acuáticas, tan vivaces, tan bien coloreadas, que tapizan el río, surgiendo encima, ondulando con él, dejándose llevar por sus caprichos y plegándose a sus tempestades, cuando es azotado por la rueda de los molinos? Aquí y allá se elevan masas de grava, en las cuales rompe el agua, formando en ellas franjas en las que reluce el sol. El amarilis, el lirio acuático, el nenúfar, los juncos y las gramíneas decoran como magnífices alfombras, las orillas. Un tembloroso puente, compuesto de podridas vigas, cuyas pilastras están cubiertas de flores, y sus pretiles sembrados de hierbas vivaces y de aterciopelados musgos se inclinan hacia el río sin caerse; viejas barcas, redes de pescador, el monótono canto de un pastor, los patos que bogaban sobre el agua o se picoteaban limpiándose en la arena guijarrosa que el lecho del Loira arrastra; mozos de los molinos, con el gorro sobre la oreja, ocupados en cargar sus mulos: cada uno de estos detalles confería a esta escena un sorprendente bucolismo pleno de ingenuidad. Imaginaos más allá del puente dos o tres granjas, un palomar, tórtolas, unas treinta casitas, separadas unas de otras por huertas, por setos de madreselvas, de jazmines y de clemátides; luego, florido estiércol ante todas las puertas, y gallinas y gallos por los caminos: tal es la aldea de Pont-de-Ruan, lindo poblado coronado por una antigua iglesia llena de carácter, una iglesia de la época de las cruzadas, tema buscado por los pintores. Enmarcadlo todo en añosos nogales, y en tiernos álamos de hojas de oro pálido, poned graciosas construcciones en medio de vastas praderas por las que la mirada se pierde bajo un cielo cálido y vaporoso, y tendréis una idea de uno de los mil panoramas de este bello país. Continué el camino en dirección a Saché por la orilla izquierda del río, observando los detalles de las colinas que ornan las márgenes opuestas. Finalmente llegué a un parque poblado de árboles centenarios, en el que estaba emplazado el castillo de Frapesle. Era precisamente la hora en que la campana anunciaba la comida. Tras esta, mi huésped, no sospechando que hubiese venido de Tours a pie, me hizo recorrer los aledaños de su posesión, desde donde vi el valle en sus variadas perspectivas, y también por entero; a menudo, mi vista fue atraída al horizonte por la bella áurea lámina del Loira, en cuyo rodar las velas dibujaban fantásticas figuras que huían arrastradas por el viento. Subiendo a una cima, admiré por primera vez el castillo de Azay, diamante tallado, engarzado por el Indre, y montado sobre pilotes cubiertos de flores. Luego vi en un fondo las moles románicas del castillo de Saché, melancólico paraje lleno de armonías, demasiado graves para las personas superficiales, encanto de los poetas cuya alma está dolorida. ¡Y cuanto, por ende, amé después aquel silencio, los corpulentos árboles copudos y yo no sé qué de misterioso expandido en su solitaria cañada! Mas, cada vez que volvía a hallar en la ladera de la vecina loma el lindo castillo divisado antes, elegido por mi primera mirada, me detenía complacientemente.

—¡Eh! —me dijo mi huésped, leyendo en mis ojos uno de esos chispeantes deseos tan cándidamente expresados siempre a mi edad—, oléis de lejos a una mujer, como mi perro husmea la caza.

No me agradó esta comparación, pero le pregunté por el nombre del castillo y de su propietario.

—Es Clochegourde —me respondió—, una bella mansión perteneciente al conde de Mortsauf, representante de una familia histórica en Turena, cuya fortuna data de Luis XI, y cuyo nombre indica la aventura a la que se lo debe y sus armas y su ilustración descienden de un hombre que sobrevivió a la horca. Así, los Mortsauf tienen escudo de oro, con cruz de sable alezada, potenzada y contra-potenzada, cargada en corazón con una flor de lis de oro de pie lleno, con Dios salve al rey nuestro señor por divisa. El conde ha venido a establecerse en este dominio al regreso del extranjero. Esa posesión va a extinguirse con su mujer, una señorita de Lenoncourt, de la casa de Lenoncourt-Givry: la señora de Mortsauf es hija única. La escasa fortuna de esa familia contrasta tan singularmente con lo ilustre de sus nombres, que, por orgullo, o acaso por necesidad permanecen siempre en Clochegourde, sin ver a nadie. Hasta ahora, su adhesión a los Borbones podía justificar su soledad; mas dudo que el retorno del rey cambie su manera de vivir. Al establecerse aquí, el año pasado, le he hecho una visita de cortesía; ellos me la han devuelto y nos han invitado a cenar; el invierno nos ha separado durante algunos meses; después, los acontecimientos políticos han retrasado nuestro regreso, pues no me encuentro en Frapesle sino desde hace poco tiempo. La señora de Mortsauf es una mujer que podría ocupar en cualquier sitio el primer lugar.

—¿Va a menudo a Tours?

—Nunca. Pero —dijo, corrigiéndose— sí, que fue últimamente, cuando estuvo allí de paso el duque de Angulema, quien se mostró muy gentil con la señora de Mortsauf.

—¡Es ella! —exclamé.

—¿Cómo ella?

—Una mujer que tiene unos hermosos hombros.

—En Turena hallaréis muchas mujeres que los tienen —dijo, riendo—. Mas si no estáis fatigado, podemos atravesar el río y subir a Clochegourde, donde reconoceréis si aquellos son los hombros que decís.

Acepté, no sin enrojecer de placer y de vergüenza. Hacia las cuatro llegamos al pequeño castillo que mis ojos acariciaban desde hacía tanto tiempo. Esta mansión, que produce un efecto tan bello en el paisaje, es en realidad modesta. Tiene cinco ventanas de frente; cada una de las que termina la fachada expuesta a mediodía sobresale unas dos toesas, artificio arquitectónico que simula dos pabellones y confiere cierta gracia a la construcción; la de la mitad sirve de puerta, y se desciende de ella por una escalinata doble a los jardines, que se prolongan hasta un estrecho prado situado a lo largo del Indre. Aunque un camino vecinal separa esta pradera de la última terraza sombreada por una avenida de acacias y de árboles del cielo, parece formar parte de los huertos, pues el camino es hondo, hallándose encajonado a un lado por la terraza y al otro por una cerca normanda. Las pendientes, bien dispuestas, ponen la suficiente distancia entre la mansión y el río, para preservarla de la vecindad de las aguas, sin por ello velar su amenidad. Bajo el edificio se encuentran dependencias, cuadras, bodegas y cocinas, cuyas diversas aberturas dibujan arcadas. Los tejados están graciosamente contorneados en los ángulos, decorados de buhardillas de cruceros esculpidos y de grumos de plomo sobre los aguilones. La techumbre, descuidada sin duda durante la Revolución, está cargada de esa herrumbre producida por los musgos planos y rojizos que crecen sobre las casas expuestas al mediodía. La puerta-ventana de la escalinata está coronada por un campanil, en el que subsiste esculpido el escudo de los Blamont-Chauvry: cuartelado de gules con palo de vero, flanqueado de dos manos palmeadas de carnación y de oro, can dos lanzas de sable en cheurón. La divisa: ¡Ved todos, nadie me toque!, me impresionó vivamente. Los soportes, que son un grifo y un dragón de fauces encadenadas de oro, hacían un bello efecto esculpidos. La Revolución había deteriorado la corona ducal y la cimera, que se compone de una palma de sinople frutada de oro. Senart, secretario del Comité público, era bailío de Saché antes de 1718, lo que explica esas devastaciones.

Todas estas particularidades prestan una elegante presencia a este castillo, labrado como una flor, y que no parece gravitar sobre el suelo. Visto desde el valle, la planta baja parece el primer piso, pero cuando se entra en el palio, se encuentra al mismo nivel con una ancha avenida enarenada que da a un parterre animado por varias canastillas de flores. A entrambos lados, las cercas de los viñedos, los vergeles y algunos cuadros de tierra labrantía, descienden rápidamente, rodeando a la casa con sus arbustos, y llegan a las orillas del Indre, que ornan boscajes cuyos verdores han sido matizados por la propia naturaleza. Al subir el camino que flanquea Clochegourde, admiraba esas masas tan bien dispuestas, respirando un aire cargado de felicidad. ¿Tiene también la naturaleza moral, como la física, sus comunicaciones eléctricas y sus rápidos cambios de temperatura? Mi corazón palpitaba ante la aproximación de los acontecimientos secretos que debían modificarlo para siempre, como los animales se alborozan previendo un buen tiempo. Aquel día tan señalado en mi vida no estuvo desprovisto de ninguna de las circunstancias que podían solemnizarlo. La naturaleza se había ataviado como una mujer yendo al encuentro del bienamado, mi alma había oído su voz por primera vez, mis ojos la habían admirado tan fecunda, tan variada como mi imaginación me la representaba en mis sueños de colegio de los que os he dicho algunas torpes palabras para explicar su influencia, ya que han sido como un Apocalipsis en el que mi vida me fue esotéricamente predicha: cada acontecimiento feliz o desgraciado se anuda a ella por imágenes singulares, por lazos visibles únicamente al alma. Atravesamos un primer patio rodeado de los edificios necesarios a las explotaciones rurales; una granja, un lagar, establos, cuadras. Advertido por los ladridos del perro guardián, salió a nuestro encuentro un criado, y nos dijo que el señor conde había salido a la mañana para Azay, pero que no tardaría en regresar, y que la señora condesa estaba en casa. Mi huésped me miró. Temí que no quisiera visitar a la señora de Mortsauf en ausencia de su esposo, pero

dijo al criado que nos anunciara. Impulsado por una pueril avidez me precipité en la larga antecámara que atraviesa la casa.

—¡Entrad, señores! —dijo entonces una áurea voz.

Aunque la señora de Mortsauf no había pronunciado más que una palabra en el baile, reconocí al punto su voz, que penetró en mi alma y la inundó, como un rayo de sol inunda y dora la celda de un prisionero. Pensando que recordaría mi fisonomía, sentí deseos de huir, pero ya no había tiempo, pues seguidamente apareció en el umbral de la puerta. Nuestros ojos se encontraron y yo no sé quien de los dos, si ella o yo, enrojecieron más intensamente. Bastante turbada como para no decir nada, fue a sentarse ante un bastidor de tapicería, después de que el criado hubo traído dos sillones; ella acabó de sacar su aguja para dar un pretexto a su silencio, contó algunos puntos y alzó la cabeza, dulce y altiva al par, hacia el señor de Chessel, preguntándole a qué dichosa circunstancia debía su visita. Aunque curiosa por saber la verdad sobre mi aparición, no nos miró ni al uno ni al otro; sus ojos estuvieron constantemente posados sobre su bastidor; pero por la forma con que escuchaba, habríase dicho que, al igual de los ciegos, sabía reconocer las agitaciones del alma en los imperceptibles acentos de la palabra. Y eso era verdad.

El señor de Chessel dijo mi nombre e hizo mi biografía. Yo había llegado hacía unos meses a Tours, a donde me trajeron mis padres a casa, cuando la amenaza de guerra se cernía sobre París. Hijo de Turena, a quien Turena le era desconocida, veía él en mí a un joven debilitado para trabajos inmoderados, enviado a Frapesle para divertirse, y a quien había mostrado su posesión, a la que yo iba por primera vez. Sólo bajo la loma le había yo dicho de su caminata de Tours a Frapesle, y, temiendo por mi salud ya tan débil, le había parecido conveniente entrar en Clochegourde, pensando que ello me permitiría reposar. El señor de Chessel decía la verdad, pero un azar feliz parece tan afanosamente buscado, que la señora de Mortsauf conservó cierta desconfianza; dirigió sobre mí dos ojos fríos y severos que me hicieron bajar los párpados, no tanto por un sentimiento de humillación, como por ocultar lágrimas que asomaron entre mis pestañas. La arrogante castellana me vio con la frente bañada en sudor; acaso también adivinó mis lágrimas, pues me ofreció todo cuanto podía necesitar, expresando consoladora bondad que me devolvió la palabra. Enrojecí como una doncella cogida en falta, y, con voz temblorosa como la de un viejo, respondí por un agradecimiento negativo.

—Todo cuanto deseo —le dije, alzando mis ojos a los suyos, que por segunda vez encontraba, aunque durante un instante más rápido que un relámpago— es no ser despedido de aquí; me encuentro tan entumecido por la fatiga, que no podría caminar.

—¿Por qué dudáis de la hospitalidad de nuestro bello país? —dijo ella—. ¿Nos concederéis, sin duda, el placer de cenar en Clochegourde? —añadió, volviéndose hacia mi vecino.

Dirigí a mi protector una mirada en la que resplandecieron tantas súplicas, que trató de aceptar la invitación, aunque el formulismo exigía cierta resistencia. Si el hábito social permitía a la señora de Chessel distinguir esos matices, un joven sin experiencia cree tan firmemente en la unión de la palabra y el pensamiento en una mujer, que quedé muy asombrado cuando, al volver por la noche, me dijo mi huésped:

—Me he quedado porque os moríais de ganas; pero si vos no enmendáis las cosas, tal vez riña con mis vecinos.

Aquel si no enmendáis las cosas, me hizo soñar largo tiempo. Si yo gustaba a la señora de Mortsauf, no podría ella tener inquina a quien me había introducido en su casa. ¿Así, pues, si el señor de Chessel me suponía el poder de interesarla, no era ello dármelo? Esta explicación corroboró mi esperanza en un momento en el que necesitaba ayuda.

—Me parece difícil —había respondido él a la invitación de la condesa—. La señora de Chessel nos espera.

—Oh, os tiene todos los días —replicó la señora de Mortsauf— y podemos avisarla. ¿Está sola?

—En compañía del señor cura de Quelus.

—En ese caso —dijo ella levantándose para llamar tirando del cordón de la campanilla— cenaréis con nosotros.

Esta vez, el señor de Chessel la creyó sincera y me lanzó miradas de enhorabuena. En cuanto estuve seguro de quedarme toda una velada bajo aquel techo, me pareció disponer de una eternidad. Para muchos seres desgraciados, mañana es una palabra vacía de sentido, y yo me encontraba entonces entre el número de quienes no tienen ninguna fe en el día siguiente; cuando disponía de algunas horas mías, toda una vida de deleites se contenían en ellas. La señora de Mortsauf entabló una conversación sobre el país, las cosechas y las viñas, conversación a la cual permanecía yo ajeno. En un ama de casa, tal forma de obrar atestiguaba una falta de educación o bien su desprecio por aquel a quien ella, por decirlo así, coloca fuera de la plática; pero en la condesa la causa era su confusión. Si al principio creí que afectaba tratarme como a un niño, si yo envidiaba el privilegio de los hombres de treinta años, que permitía al señor de Chessel entretener a su vecina con temas graves, de los cuales yo no comprendía nada; si me despechaba, ya que todo era para él… algunos meses después supe cuan significativo es el silencio de una mujer, y cuántos pensamientos encubre una difusa conversación. Primeramente, intenté arrellenarme cómodamente en mi sillón; después reconocí las ventajas de mi posición, dejándome llevar por el encanto de escuchar la voz de la condesa. El hálito de su alma se desplegaba en los repliegues de las sílabas, como el sonido se divide bajo las claves de una flauta; expiraba ondulante en mi oído, desde donde se precipitaba la circulación de la sangre. Su manera de decir las terminaciones en i, hacía pensar en algún canto de pájaro; la ch pronunciada por ella era como una caricia; la forma como pronunciaba las t revelaba el despotismo del corazón. Ella entendía así, el jalma a un mundo sobrenatural. ¡Cuántas veces he dejado yo continuar una conversación que yo podía concluir! ¡Cuántas veces no he sido reprendido injustamente por escuchar esos conciertos de voz humana, por aspirar el aire que salía de sus labios cargados de su alma, abrazar aquella luminosidad hablada, con el mismo ardor que hubiera yo puesto en estrechar a la condesa contra mi pecho! ¡Qué canto de golondrina gozosa, cuando ella podía reír! ¡Mas qué voz de cisne llamando a su hembra, cuando hablaba de sus pesares! La desatención de la condesa me permitió examinarla. Mi mirada se regalaba deslizándose por la bella parladora, apretaba su talle, besaba sus pies y retozaba en los bucles de su cabello. Sin embargo, yo era presa de un terror que comprenderán quienes en su vida han experimentado las ilimitadas alegrías de una auténtica pasión. Temía que me sorprendiese con mis ojos clavados en sus hombros que tan ardientemente había yo besado. Mas aquel mismo temor avivaba la tentación… ¡Y continuaba contemplándolos! Mi mirada atravesaba el vestido buscando el lunar que señalaba el nacimiento de la linda raya que dividía su espalda, mosca perdida en la leche; que desde el baile llameaba siempre en esas tinieblas por las que se deslizan las fantasías de los jóvenes de imaginación ardiente y vida casta.

Puedo trazaros los rasgos principales que por doquier hubiesen atraído las miradas a la condesa; pero el dibujo más correcto, el color más cálido, no llegarían aún a expresar nada. Su rostro es uno de aquellos cuya belleza exige el artista que no se puede encontrar, cuya mano sabe pintar el reflejo de las brasas interiores y sabe también producir ese halo luminoso que niega la ciencia, sin saberlo, el sentido de las palabras y le arrastraba a uno que la palabra no traduce, pero que un enamorado ve. Su cabello, fino y ceniciento, la hacía sufrir a menudo, y osos padecimientos eran sin duda causados por súbitas reacciones de sangre hacia la cabeza. Su redondeada frente, prominente como la de la Gioconda, parecía llena de ideas inexpresadas, sentimientos contenidos, de flores ahogadas en amargas aguas. Sus ojos verdosos, sembrados de puntos pardos, estaban siempre apagados; mas si se trataba de sus hijos, si le escapaban esas vivas efusiones de alegría o de dolor, raras en la vida de las mujeres resignadas, su mirada lanzaba entonces un sutil fulgor que parecía inflamarse en las fuentes de la vida, agostándolas; destello que me había arrancado lágrimas cuando me abrumó con su formidable desdén, capaz de hacer bajar los párpados a los más osados. Una nariz griega, como dibujada por Fidias y reunida por un doble arco a unos labios elegantemente sinuosos, espiritualizaba su ovalado rostro, cuya tez, comparable al tejido de las camelias blancas, poseía en sus mejillas lindas tonalidades rosas. Su lozanía no destruía ni la gracia de su talle ni la redondez deseada para que sus formas siguiesen bellas, aunque un tanto rollizas. Comprenderéis al punto ese género de belleza, cuando sepáis que los deslumbrantes tesoros que me habían fascinado en el baile parecían unirse a los brazos sin formar ningún pliegue. La base de su cabeza no ofrecía esos huecos que hacen semejar la nuca de ciertas mujeres a troncos de árbol; sus músculos no dibujaban en ella cuerdas; por doquier las líneas se redondeaban en sinuosidades desesperantes tanto para la mirada como para el pincel. Un suavísimo bozo moría a lo largo de sus mejillas, en ambas partes de su cuello, reteniendo allí la luz que se tornaba sedosa. Sus orejas, pequeñas y bien contorneadas, eran, según su expresión, orejas de esclava y de madre. Más tarde, cuando yo vivía en su corazón, ella me decía: «Ahí está el señor de Mortsauf», y tenía razón, mientras que yo no oía nada, yo cuyo oído es extraordinariamente sencillo. Sus brazos eran bellos, sus manos, de dedos curvados, largas y, al igual que en las estatuas antiguas, la carne sobrepasaba sus uñas de finas aristas. Os desagradaría dando la preferencia a los talles lisos sobre los redondos, caso de que no fuerais vos una excepción. El talle redondo es un signo de fuerza, pero las mujeres así construidas son déspotas, voluntariosas, más voluptuosas que tiernas. Por el contrario, las mujeres de talle lisc son leales, llenas de delicadeza, inclinadas a la melancolía; son más femeninas que las otras. El talle liso es flexible y muelle; el redondo, inflexible y celoso. Ya sabéis ahora cual era su figura. Tenía el pie de una mujer como es debido, ese pie que camina poco, se fatiga pronto y alegra la vista cuando asoma por el extremo de la falda. Aunque fuese madre de dos hijos, jamás he encontrado a nadie en sus circunstancias con más aspecto de doncella. Su aire expresaba una sencillez, unida a no sé qué de suspenso y de pensativo que atraía como el pintor nos conduce al rostro en el que su genio ha traducido un mundo de sentimientos. Sus visibles cualidades no pueden, por lo demás, ser expresadas sino por comparaciones. Recordad el perfume casto y silvestre de aquellos brezos que hemos recogido volviendo de la villa Diodati, aquella flor cuyo negro y rosa tanto habéis alabado, y comprenderéis cómo aquella mujer podía ser elegante lejos del mundo, natural en sus expresiones, refinada en las cosas que se hacían suyas, a la vez rosa y negra. Su cuerpo tenía la lozanía que admiramos en las hojas recientemente desplegadas, y su espíritu la profunda concisión del salvaje; era niña por el sentimiento, grave por el sufrimiento, castellana y juvenil. Así agradaba sin artificio, por su manera de sentarse, de levantarse, de callarse o de decir una palabra. Habitualmente recogida, alerta como el centinela en quien descansa la salvación de todos, espiando cualquier desgracia, a veces se le escapaban sonrisas que traicionaban en ella un natural risueño sepultado bajo el porte exigido por su vida. Su coquetería era misteriosa, hacía soñar en vez de inspirar la galante atención que despiertan las mujeres, y dejaba percibir su primera naturaleza de llama viva, sus primeros sueños azules, como se ve el cielo a través de claros de nubes. Tal involuntaria revelación tornaba pensativos a quienes no sentían una lágrima interior desecada por el fuego de los deseos. La rareza de sus gestos, y, sobre todo, la de sus miradas (excepto a sus hijos, ella no miraba a nadie), prestaban una increíble solemnidad a cuanto hacía o decía, cuando hacía o decía algo con ese aire que saben adoptar las mujeres cuando comprometen su dignidad con una declaración. Aquel día, la señora de Mortsauf llevaba un vestido rosa de mil-rayas, una gorguera de ancho repulgo, cinturón negro y borceguíes del mismo color. Su cabello, simplemente recogido en su cabeza, estaba retenido por una peineta de concha. Tal es el imperfecto esbozo prometido. Pero la constante emanación de su alma sobre los que la rodeaban, esa esencia sustentadora esparcida a raudales, como el sol expande su luz, su naturaleza íntima, su actitud en las horas serenas y su resignación en las tempestuosas; todos esos giros de la vida en los que se despliega el carácter, dependen, como los efectos del cielo, de circunstancias inesperadas y fugaces, que no se asemejan entre sí sino por el fondo del que emergen, y cuya pintura estará necesariamente mezclada a los acontecimientos de esta historia, verdadera epopeya doméstica, tan grande a los ojos del sabio como lo son las tragedias a los ojos de la masa, y cuyo relato os prenderá tanto por la parte que yo he tenido en ella como por su similitud con gran número de destinos femeninos.

Todo en Clochegourde llevaba el sello de un aliño auténticamente inglés. El salón donde acostumbraba a estar la condesa, estaba completamente entarimado y pintado en gris de dos tonos. Adornaba la chimenea un reloj de péndulo contenido en una caja de caoba rematada por una copa y dos jarrones de porcelana blanca con filetes dorados, de los que se elevaban brezos del Cabo. Sobre la consola había una lámpara y un tablero de ajedrez frente a la chimenea. Dos anchas abrazaderas de algodón retenían las cortinas de percal blanco, sin franjas. Fundas grises, bordadas con galón verde, cubrían los asientos y la tapicería tendida sobre el bastidor de la condesa, explicaba por qué los muebles estaban así ocultos. Aquella sencillez llegaba a la grandeza. Ningún aposento, entre los que después he visto, me ha producido impresiones tan fecundas, tan densas, como las que me apresaron en el salón de Clochegourde, tranquilo y recoleto como la vida de la condesa y donde se adivinaba la conventual regularidad de sus ocupaciones. La mayor parte de mis ideas, y hasta las más audaces en ciencia o en política, han nacido allí, como emanan de las flores los perfumes; más allá verdeaba la planta desconocida que lanzó sobre mi alma su fértil polen, allí brillaba el calor solar que desarrolló mis buenas cualidades y agostó las malas. Desde la ventana, la vista abarcaba el valle, desde la colina donde se expone Pont-de-Ruan, hasta el castillo de Azay, siguiendo las sinuosidades de la vertiente opuesta, que varían las torres de Frapesle, luego la iglesia, la aldea y la casona solariega de Saché, cuyas masas dominan la pradera. En armonía con esta vida sosegada y sin otras emociones que las proporcionadas por la familia, aquellos parajes comunicaban su serenidad al alma. De haberla encontrado allí por vez primera, entre el conde y sus dos hijos, en vez de hallarla espléndida en su vestido de baile, a buen seguro que no la habría robado aquel delirante beso que me despertaba entonces remordimientos, creyendo que destruiría el futuro de mi amor. No, en las sombrías disposiciones en que me situaba la desgracia, habría doblado la rodilla, besado sus borceguíes, dejado en ellos algunas lágrimas y luego me habría ido a arrojar al Indre.

Mas, después de haber rozado el fresco jazmín de su piel y bebido la leche de aquella copa llena de amor, tenía en el alma el gusto y la esperanza de las voluptuosidades humanas; quería vivir y esperar la hora del placer, como el salvaje espía la hora de la venganza; quería suspenderme en los árboles, rastrear en las viñas, agazaparme en el río; quería tener por cómplices el silencio de la noche, el hastío de la vida, el calor del sol, para terminar la deliciosa manzana que había mordido ya. De haberme ella pedido la flor que canta o las riquezas enterradas por los compañeros de Morgan el Exterminador, se las hubiera traído para obtener los indudables tesoros y la muda flor que yo ansiaba. En cuanto cesó el ensueño en que me había sumido la larga contemplación de mi ídolo y durante el cual vino a hablarle un criado, oí que mencionaba al conde. Solamente entonces recordé que una mujer debe pertenecer a su marido. Y tal pensamiento me produjo vértigo. Luego experimenté una rabiosa y sombría curiosidad por ver al poseedor de semejante tesoro. Dos sentimientos me dominaban, el odio y el temor; un odio que no conocía ningún obstáculo y los medía a todos sin conocerlos; un temor vago, pero real, del combate, de su resultado y de Ella sobre todo. Presa de indecibles presentimientos, temía esos apretones de manos que deshonran, entreveía ya esas dificultades elásticas donde tropiezan las más firmes voluntades y donde se embotan; temía esa fuerza de inercia que despoja hoy a la vida de los desenlaces que buscan las almas apasionadas.

—Ya está aquí el señor de Mortsauf —dijo ella.

Me levanté como un caballo espantado. Aunque tal movimiento no escapara ni al señor de Chessel ni a la condesa, no me valió ninguna muda observación, pues produjo una diversión la presencia de una niña a la que yo calculé seis años y que entró diciendo:

—Papá ha llegado.

—¿Qué tal, Magdalena? —dijo la madre.

La pequeña tendió al señor de Chessel la mano que él solicitaba y me miró con suma atención, tras haberme dirigido un pequeño saludo lleno de asombro.

—¿Estáis contenta de su salud? —preguntó el señor de Chessel a la condesa.

—Ya va mejor —respondió ella, acariciando el cabello de la niña, acurrucada en su regazo.

Una pregunta del señor de Chessel me informó que Magdalena tenía nueve años; mostré cierta sorpresa por mi error, y mi actitud ensombreció la frente de su madre. Mi presentador me lanzó una de esas miradas significativas con las que las gentes de mundo nos dan una segunda educación. Allí, sin duda, había una herida maternal, cuyo vendaje debía ser respetado. Niña enfermiza, de ojos apagados, de piel blanca como porcelana iluminada por un resplandor, Magdalena no habría a buen seguro sobrevivido en la atmósfera de una ciudad. El aire del campo y los cuidados de su madre, quien parecía incubarla, mantenían la vida en aquel cuerpo tan delicado, como una planta llevada al invernadero a pesar de los rigores de un clima extraño. Aunque no recordase en nada a su madre, Magdalena parecía tener su alma, y era ella la que la sostenía. Su escaso y negro cabello, sus sumidos ojos, sus hendidas mejillas, sus brazos enflaquecidos y su angosto pecho, anunciaban un debate entre la vida y la muerte, duelo sin tregua del que, hasta la fecha, salía victoriosa la condesa. La pequeña continuaba viviendo sin duda para evitar un pesar a su madre; ya que en ciertos momentos en que dejaba de prestarse atención tomaba la actitud de un sauce llorón. Habríais pensado al verla en una gitanilla padeciendo hambre, venida de su país mendigando, agotada, pero valerosa y engalanada para su público.

—¿Dónde has dejado a Santiago? —le preguntó su madre, besándola la raya blanca que separaba su cabello en dos bandas semejantes a las alas de un cuervo.

—Viene con papá.

En este momento entró el conde, seguido por su hijo, al que traía de la mano. Santiago, auténtico retrato de su hermanita, ofrecía los mismos síntomas de debilidad. Viendo a aquellas dos criaturas tan delicadas al lado de una madre tan magníficamente bella, resultaba imposible no adivinar el origen del pesar que enternecía las sienes de la condesa y la hacía silenciar uno de esos pensamientos que no tienen sino a Dios por confidente, pero que prestan a la frente terribles significados. Al saludarme, el señor de Mortsauf me lanzó la ojeada menos observadora que torpemente inquieta de un hombre cuya desconfianza proviene de su poco hábito de analizar. Tras haberle puesto al corriente y decirle mi nombre, su mujer le cedió su sitio y nos dejó. Los niños, cuyos ojos se fijaban a los de su madre como si recibiesen de ellos su luz, quisieron acompañarla, pero ella les dijo: «¡Quedaos, queridos angelitos!», y puso un dedo sobre sus labios. Ellos obedecieron, pero sus miradas se velaron. ¡Ah, por oírse llamar queridos qué no habrían hecho otros! Al igual de los dos pequeños, sentí menos calor cuando ella se fue. Mi nombre cambió la disposición primera del conde hacia mí. De frío y altivo, se tornó, si no afectuoso, cuando menos cortésmente atento, me dio muestras de consideración y pareció contento de recibirme. Antaño, mi padre se había sacrificado por nuestros señores en desempeñar un papel grande, pero oscuro; peligroso, pero eficaz. Cuando todo se frustró por la subida de Napoleón a la cúspide, se había, como muchos conspiradores, refugiado en las dulzuras de la provincia y de la vida privada, aceptando acusaciones tan duras como inmerecidas; salario inevitable de los jugadores que se juegan el todo por el todo y sucumben tras haber servido de pivote a la máquina política. No sabiendo yo nada de la fortuna, de los antecedentes ni del futuro de mi familia, ignoraba igualmente las particularidades de aquel destino perdido del que el conde de Mortsauf se acordaba. Sin embargo, si la antigüedad del nombre, la más preciada cualidad de un hombre a sus ojos, podía justificar la acogida que me confundió, no supe sino más tarde la verdadera razón. Por el momento, aquella súbita transición me animó. Cuando los dos pequeños vieron que la conversación se tramaba entre nosotros tres, Magdalena desprendió su cabeza de las manos de su padre, miró a la puerta abierta, y se deslizó por ella como una anguila, siguiéndola Santiago. Ambos fueron a reunirse con su madre, pues oí sus voces y sus movimientos, semejantes, en la lejanía, a los zumbidos de las abejas en torno a la amada colmena.

Contemplé al conde intentando adivinar su carácter; pero me interesaron lo bastante algunos rasgos principales como para detenerme en el examen superficial de su fisonomía. De cuarenta y cinco años tan sólo de edad, parecía frisar en la sesentena, con tal rapidez había envejecido en el gran naufragio con que terminó el siglo dieciocho. La semi-corona, ciñendo monacalmente la parte trasera de su cabeza, desprovista de cabello, iba a morir a las orejas acariciando las sienes con algunas matas grises mezcladas de negro. Su rostro se asemejaba vagamente al de un lobo blanco con el hocico ensangrentado, porque tenía su nariz inflamada como la de un hombre cuya vida se halla alterada en sus principios, cuyo estómago se encuentra debilitado, y sus humores viciados por antiguas enfermedades. Su frente lisa, demasiado ancha para su rostro que acababa en punta, surcada por surcos desiguales, anunciaba, no las fatigas del espíritu, sino una existencia desarrollada al aire libre; el peso de un infortunio constante, no los esfuerzos hechos para dominarlo. Sus pómulos, prominentes y pardos en medio de las tonalidades amarillentas de su tez, revelaban una osamenta suficientemente sólida para asegurarle una larga vida. Su mirada amarilla, clara y dura, caía sobre uno como un rayo de sol invernal, luminosa sin calor, inquieta sin pensamiento, desafiante sin motivo. Su boca era violenta e imperiosa, y su mentón recto y largo. Flaco y de elevada estatura, tenía la actitud de un gentilhombre apoyado sobre un valor convencional, que se sabe sobre los demás por derecho, y debajo de ellos de hecho. El abandono del campo le había hecho descuidar su exterior. Su atuendo era el de un campesino en quien los aldeanos no consideran más que la fortuna territorial. Sus manos atezadas y nerviosas atestiguaban que no se enfundaba guantes sino para montar a caballo, o el domingo para acudir a misa. Su calzado era basto. Aunque los diez años de emigración y los otros diez de agricultor hubiesen influido en su físico, subsistían en él vestigios de nobleza. El más rencoroso liberal, palabra que aún no tenía curso, habría reconocido fácilmente en él la lealtad caballeresca y las inmarcesibles convicciones del lector ganado para siempre por el Cotidiano. Habría admirado al hombre religioso, apasionado por su causa, sincero en sus antipatías políticas, incapaz de servir personalmente a su partido, capaz de perderlo, e ignorante de los asuntos de Francia. El conde era, en efecto, uno de esos hombres rectos que no se prestan a nada y lo obstruyen obstinadamente todo, buenos para morir con el arma al brazo en el puesto que se les designe, pero harto avaros como para dar su vida antes de dar sus escudos. Durante la cena observé en la depresión de sus ajadas mejillas y en ciertas miradas lanzadas de soslayo a sus hijos, las huellas de inoportunos pensamientos, cuyos arranques expiraban en la superficie. ¿Quién no lo hubiera comprendido contemplándole? ¿Quién no le habría acusado de haber transmitido fatalmente a sus hijos aquellos cuerpos faltos de vida? Pero si se condenaba a sí mismo, negaba a los demás el derecho de juzgarle. Amargo como un poder que se sabe defectuoso, mas no teniendo la suficiente grandeza o encanto para compensar la suma de dolor que había lanzado a la balanza, su vida íntima debía ofrecer las asperezas denunciadas por sus rasgos angulosos y sus ojos incesantemente inquietos. En cuanto regresó su mujer, seguida de los dos pequeños pegados a sus costados, sospeché una desgracia, como cuando al andar sobro las bóvedas de una cueva los pies tienen conciencia de su profundidad. Viendo a aquellas cuatro personas reunidas, abarcándolas con mis miradas que iban de una a otra, estudiando sus fisonomías y sus respectivas actitudes, cayeron en mi corazón pensamientos bañados de melancolía, al igual que una lluvia fina y gris llena de bruma un bello país tras algún hermoso amanecer. Cuando quedó agotado el tema de la conversación, el conde me puso aún en primer plano en detrimento del señor de Chessel, informando a su mujer de diversas circunstancias concernientes a mi familia, y que me eran desconocidas. Me preguntó mi edad. Al decírsela, la condesa me devolvió el movimiento de sorpresa que yo había tenido a propósito de su hija. Tal vez me suponía catorce años. Fue, como lo supe después, el segundo lazo que la unió con tanta fuerza a mí. Leí en su alma. Su maternidad se estremecía, iluminada por un tardío rayo de sol que le lanzaba la esperanza. Al verme tan débil y tan delicado y sin embargo tan nervioso, a mis veinte años cumplidos, una voz le gritaba acaso: «¡Ellos vivirán!». Me miró curiosamente, y yo sentí que en aquel momento se fundían muchos hielos entre nosotros. Pareció deseosa de formularme mil preguntas, pero las guardó todas.

—Si el estudio os ha enfermado —se limitó a decir—, el aire de nuestro valle os repondrá.

—La educación moderna es fatal para los niños —dijo el conde—. Los atiborramos de matemáticas, los matamos a golpes de ciencia, y se gastan antes de tiempo. Tenéis que reposar aquí —añadió—. Estáis abrumado por la avalancha de ideas que se han abatido sobre vos. ¡Qué siglo nos prepara esa enseñanza puesta al alcance de todos, si no se previene el mal restituyendo la instrucción pública a las corporaciones religiosas!

Estas palabras traducían bien la frase que dijera cierto día en las elecciones, negando su voto a un hombre cuyos conocimientos podían servir a la causa realista: «Desconfiaré siempre de las personas de talento», respondió al agente electoral. Nos propuso diésemos una vuelta por sus huertos, y se levantó.

—Señor… —le dijo la condesa.

—¿Qué hay, querida?… —respondió él volviéndose con una brusquedad altanera, que denotaba el absolutismo con que gobernaba su casa, mas también cuan poco lo era.

—Ese señor ha venido a pie desde Tours y como el señor Chessel lo ignoraba, lo ha paseado por la Frapesle.

—Habéis cometido una imprudencia —me dijo él—, aunque a vuestra edad…

Y meneó la cabeza, lamentándolo.

Reanudóse la conversación. No tardé en reconocer hasta qué punto era intratable su realismo, y cuantas precauciones habían de adoptarse para evitar un choque. El criado, que se había enfundado rápidamente una librea, anunció la cena. El señor de Chessel ofreció su brazo a la señora de Mortsauf, y el conde tomó jovialmente el mío para pasar al comedor, que en la disposición de la planta baja, estaba contiguo al salón.

Cubierto su suelo por baldosas blancas fabricadas en Turena, y con paredes revestidas de madera a la altura del pecho, el comedor estaba tapizado con un papel barnizado que representaba grandes cuadros de flores y frutos; de las ventanas pendían cortinas de percal ornadas de ribetes encarnados; los trinchantes, eran antiguos muebles de taracea, y la madera de las sillas, guarnecidas con tapicería hecha a mano, eran de roble tallado. Abundantemente servida, la mesa no ofrecía nada de lujoso: platería de familia, de formas desiguales, porcelana de Sajonia, que había estado de moda en otro tiempo, garrafas octógonas, cuchillos de mango de ágata, y luego, bajo las botellas, redondeles de laca de China; flores en cubos barnizados y dorados sobre sus recortes de dientes de lobo. A mí me gustaban esas antigüedades, y me pareció extraordinario el papel Reveillon y sus orlas de soberbias flores. El contento que hinchaba todas mis velas me impidió apreciar las inextricables dificultades que la vida tan coherente, solitaria y campesina levantaba entre ella y yo; estaba a su lado, a su derecha, y la servía de beber. ¡Oh, inesperada dicha!, rozaba su vestido, comía su pan. ¡Al cabo de tres horas, mi vida se confundía con la suya! En fin, estábamos ligados por aquel terrible beso, especie de secreto que nos avergonzaba mutuamente. Fui de una cobardía gloriosa: me dediqué a complacer al conde, quien se prestaba en todo momento a mis serviles adulaciones; hubiese acariciado al perro; cumplimentado los menores deseos de sus hijos; les hubiera traído aros y canicas de ágata; les habría servido de caballo, y hasta sentiría que no se apoderaban ya de mí como de cosa propia. El amor tiene sus intuiciones como el genio tiene las suyas, y yo veía confusamente que la inquietud, el desabrimiento y la hospitalidad, arruinarían mis esperanzas. La cena transcurrió por entero en medio de goces interiores para mí. Viéndome en casa de ella, no podía pensar ni en su real frialdad ni en la indiferencia que encubriría la cortesía del conde. El amor tiene, como la vida, una pubertad durante la cual se basta a sí mismo. Di algunas respuestas torpes en concordancia con los secretos tumultos de la pasión, pero que nadie podía adivinar, ni siquiera ella, que no sabía nada del amor. El resto del tiempo fue como un sueño, que se desvaneció cuando, al claro de la luna en una noche cálida y perfumada, atravesé el Indre en medio de las blancas fantasías que decoraban los prados, las riberas y las colinas; al oír el claro canto, la nota única, llena de melancolía, que lanza incesantemente y a intervalos iguales cierta rana cuyo nombre científico ignoro, pero que desde aquel solemne día, no escucho sin experimentar infinitos deleites. Reconocí un poco tarde allí, como en otras partes, aquella insensibilidad de mármol contra la que hasta entonces se habían embotado mis sentimientos; me pregunté si siempre sería así; creía hallarme bajo un influjo fatal; los siniestros acontecimientos del pasado se debatieron con los placeres puramente personales que yo había saboreado. Antes de volver a Frapesle, miré a Clochegourde, y vi a su pie una de las clásicas barcas de Turena, de quilla plana, atada a un fresno, y balanceada por el agua. Aquella barca pertenecía al señor de Mortsauf, quien la utilizaba para pescar en el río.

—Bueno —me dijo el señor de Chessel cuando no hubo peligro de que nos oyeran—, no tengo necesidad de preguntaros si habéis vuelto a hallar a vuestros bellos hombros; ¡hay que felicitaros por la acogida que os ha dispensado el señor de Mortsauf! ¡Diantre, al primer intento os habéis asentado en el corazón de la plaza!

Esta frase, seguida de la que ya os he dicho, reanimó mi abatido corazón. Desde nuestra partida de Clochegourde, yo no había pronunciado palabra, y el señor de Chessel atribuía mi silencio a mi felicidad.

—¿Cómo? —respondí con acento irónico, que podía ser igualmente dictado por la pasión contenida.

—Nunca ha recibido tan bien a nadie.

—Os confieso que yo mismo estoy asombrado por tal recepción —le dije, sintiendo la amargura interior que me desvelaba esa última palabra.

Aunque fuese demasiado inexperto en las cosas mundanas como para comprender la causa del sentimiento que experimentaba el señor de Chessel, no obstante me llamó la atención la expresión por la cual lo revelaba. Mi huésped tenía la enfermedad de apellidarse Durand, y renegaba del nombre de su padre, ilustre fabricante que durante la Revolución había acumulado una inmensa fortuna. Su mujer era la única heredera de los Chessel, antigua familia parlamentaria, burguesa bajo Enrique IV, como la de la mayoría de los magistrados parisinos. Ambicioso de altos vuelos, el señor de Chessel quería matar a su Durand original para alcanzar los destinos con los que soñaba. Llamóse primero Durand de Chessel, luego D. de Chessel, y ahora era el señor de Chessel. Bajo la Restauración, estableció un mayorazgo a título de conde, en virtud de cartas otorgadas por Luis XVIII. Sus hijos recogerán el fruto de su valor, sin conocer la grandeza. Una frase de cierto cáustico príncipe ha pesado a menudo sobre su cabeza: «El señor de Chessel se muestra generalmente poco como Durand». Esta frase ha sido proverbial durante mucho tiempo en Turena. Los arribistas son como los monos; poseen destreza; se les ve en la altura, se admira su agilidad durante la escalada; mas en llegando a la cima, no muestran más que sus partes vergonzosas. El reverso de mi anfitrión estaba compuesto de pequeñeces acrecentadas por la envidia. La dignidad de par y él son dos tangentes imposibles hasta la fecha. Tener una pretensión y justificarla, es la impertinencia de la fuerza; pero hallarse por debajo de sus declaradas apetencias, constituye un constante ridículo en el que pacen las mentalidades estrechas. Ahora bien, el señor de Chessel no ha tenido la rectilínea trayectoria del hombre fuerte; dos veces diputado, dos veces derrotado en las elecciones; ayer director general, y hoy nada, ni siquiera prefecto, sus éxitos o sus fracasos han estropeado su carácter y le han conferido la aspereza del hombre inválido. Aunque galante, espiritual y capaz de grandes cosas, acaso la envidia, tan habitual en Turena, en donde los nativos utilizan su inteligencia para sentir celos de todo, le fue funesta en las altas esferas sociales donde progresan poco aquéllos que se irritan ante el éxito del prójimo, que tienen los labios mohínos, que son rebeldes al cumplido y fáciles al epigrama. Deseando menos, habría obtenido más; pero, desgraciadamente, poseía el suficiente orgullo para desear caminar siempre de pie. En aquel momento, el señor de Chessel había llegado al crepúsculo de su ambición; el realismo le sonreía. Acaso afectaba grandes modales, mas para mí fue perfecto. Además, me agradó por una razón bien sencilla, la de haber encontrado el descanso en su casa por vez primera. El interés, débil tal vez, que me testimoniaba, me pareció a mí, desgraciado hijo rechazado, una imagen del amor paterno. Las atenciones de la hospitalidad contrastaban tanto con la indiferencia que hasta entonces me había abrumado, que experimentaba un pueril agradecimiento por vivir sin cadenas y casi acariciado. Los dueños de Frapesle se han mezclado así tanto a la aurora de mi dicha, que mi pensamiento los confunde en los recuerdos que me complazco en revivir. Más tarde, y precisamente en el asunto de las cartas patentes, tuve el placer de prestar algunos servicios a mi anfitrión. El señor de Chessel disfrutaba de su fortuna con un fasto que ofendía a sus vecinos; podía renovar sus hermosos caballos y sus elegantes carruajes; su mujer era refinada en su atavío; recibía fastuosamente; su servicio doméstico era más numeroso de lo que los hábitos del país lo requerían; lo disponía todo como un príncipe. Las posesiones de Frapesle son inmensas. En presencia de todo aquel lujo de su vecino el conde de Mortsauf, reducido al cabriolé familiar, que en Turena desempeña un oficio intermedio entre la galera y la silla de posta, obligado por la mediocridad de su fortuna a explotar Clochegourde, fue, pues, turenés hasta el día en que los favores reales devolvieron a su familia un lustre quizás inesperado. Su acogida al benjamín de una familia arruinada, cuyo escudo data de las cruzadas, le servía para humillar la gran fortuna, para empequeñecer los bosques, las campiñas y los prados de su vecino, quien no era gentilhombre. El señor de Chessel había comprendido bien al conde. Y por eso se han tratado cortésmente, pero sin intimar, sin esa agradable confianza que debía existir entre Clochegourde y Frapesle, dos dominios separados por el Indre, y desde cuyas ventanas, cada una de las castellanas podían hacerse mutuamente señales.

La envidia no era la única razón de la soledad en que vivía el conde de Mortsauf. Su primera educación fue la de la mayoría de los vástagos de una gran familia, una instrucción incompleta y superficial, suplida por la enseñanza de los usos sociales, las costumbres de la corte, el ejercicio de elevados cargos de la corona o la ocupación de eminentes puestos. El señor de Mortsauf había emigrado precisamente en la época en que comenzaba su segunda educación, por lo que careció de ella. Fue de quienes creyeron en el pronto restablecimiento de la monarquía en Francia; persuadido de ello, su exilio había transcurrido en la más deplorable de las ociosidades. Al dispersarse el ejército de Condé, en el que su valor le hizo inscribir entre los más leales, esperó regresar pronto bajo la alba bandera, y no trató, como otros emigrados, de crearse una vida industriosa. Acaso tampoco tuvo la fuerza de abdicar su nombre, para ganarse el pan con los sudores de un trabajo que despreciaba. Sus esperanzas, siempre remitidas al siguiente día, y tal vez también el honor, le impidieron ponerse al servicio de las potencias extranjeras. El sufrimiento minó su valor. Largas caminatas hechas a pie sin alimentarse suficientemente, esperanzas desvanecidas, alteraron su salud y abatieron su ánimo. Paulatinamente, su penuria se hizo extrema. Si para muchos hombres es la miseria un tónico, hay otros para quienes resulta un disolvente; y el conde fue de estos últimos. Pensando en este pobre gentilhombre de Turena yendo por los caminos de Hungría y durmiendo en ellos, compartiendo un cuarto de cordero con los pastores del príncipe Esternazy, a quien como viajero pedía el pan que como gentilhombre no habría aceptado nunca, y que reiteradamente rehusó de las manos enemigas de Francia, no me he burlado jamás del emigrado hasta que lo vi ridículo en el triunfo. El blanco cabello del señor de Mortsauf me había hablado de espantosos dolores, y simpatizo demasiado con los exilados para poder juzgarlos. La alegría francesa y turanesa sucumbió en el conde; se tornó taciturno, cayó enfermo, siendo cuidado por caridad en no sé qué hospicio alemán. Su enfermedad era una inflamación del mesenterio, caso frecuentemente mortal, pero cuya curación acarrea cambios de humor, y motiva casi siempre la hipocondría. Sus amores, enterrados en lo más profundo de su alma, fueron amores de baja estofa, que atacaron no solamente su vida, sino que arruinaron su futuro. Tras doce años de miserias, volvió los ojos a Francia, autorizado a entrar por el decreto de Napoleón. Cuando, al pasar el Rhin, divisó el campanario de Estrasburgo cierto bello atardecer el dolorido viajero desfalleció.

—¡Francia! ¡Francia! —clamaba como un niño grita «Madre mía!», cuando está herido.

Rico antes de nacer, se encontraba ahora pobre; hecho para mandar un regimiento o tener un puesto de gobierno en el Estado, carecía actualmente de autoridad, sin porvenir; nacido sano y robusto, regresaba enfermo y completamente consumido. Sin instrucción en un país en el que los hombres y las cosas habían crecido; sin influencia posible, se vio despojado de todo, hasta de sus fuerzas físicas y morales. Su falta de fortuna hacía gravoso su nombre. Sus inquebrantables opiniones, sus antecedentes en el ejército de Condé, sus pesares, sus recuerdos, su perdida salud, le confirieron una susceptibilidad de tal naturaleza que no podía exteriorizarse en Francia, patria de las burlas. Medio moribundo alcanzó el Mame, donde, por una casualidad debida a la guerra civil, el gobierno revolucionario había olvidado vender una granja de considerable extensión y que su colono conservaba haciéndose pasar por el propietario. Cuando la familia de Lenoncourt, que habitaba Givry, castillo situado cerca de esta granja, supo la llegada del conde de Mortsauf, el duque de Lenoncourt fue a proponerle que permaneciera en Givry durante el tiempo necesario para disponer de un alojamiento. La familia Lenoncourt fue noblemente generosa con el conde, quien se recuperó allí durante varios meses de estancia, esforzándose por ocultar sus sufrimientos. Los Lenoncourt habían perdido sus inmensos bienes. Por su nombre, el señor de Mortsauf era un partido conveniente para su hija. Lejos de oponerse a su matrimonio con un hombre de treinta y cinco años, enfermizo y envejecido, la señorita de Lenoncourt pareció satisfecha. El matrimonio le confería el derecho de vivir con su tía, la duquesa de Verneuil, hermana del príncipe de Blamont-Chauvry, y que para ella era una madre adoptiva.

Amiga íntima de la duquesa de Borbón, la señora de Verneuil formaba parte de una santa congregación cuya alma era el señor Saint-Martin, nacido en Turena, y apodado el Filósofo desconocido. Los discípulos de este filósofo practicaban las virtudes aconsejadas por las elevadas especulaciones del iluminismo místico. Esta doctrina procura la llave de los mundos divinos, explica la existencia por transformaciones mediante las cuales el hombre se encamina a sublimes destinos, libera al deber de su degradación legal, aplica a las penas de la vida la inalterable dulzura del cuáquero, y ordena el desprecio del sufrimiento inspirando yo no sé qué de maternal para el ángel que llevamos al cielo. Es el estoicismo ante el futuro. La plegaria activa y el amor puro son los elementos de esta fe que sale del catolicismo romano para volver al cristianismo de la Iglesia primitiva. No obstante, la señorita de Lenoncourt permaneció en el seno de la Iglesia apostólica, a la cual se mantuvo siempre fiel. Duramente sometida a prueba por las tormentas revolucionarias, la duquesa de Verneuil había adquirido, en los últimos días de su vida, un tinte de apasionada piedad que vertió en el alma de su niña adorada la luz del amor celeste y el óleo del gozo interior, para emplear las mismas expresiones de Saint-Martin. La condesa recibió muchas veces a este hombre de paz y de virtuoso saber en Clochegourde, tras el fallecimiento de su tía, a cuya mansión iba él a menudo. Saint-Martin corrigió en Clochegourde sus últimos libros, impresos en Tours por Letourmy. Inspirada por los consejos de las ancianas experimentadas, la señora de Verneuil cedió Clochegourde a la recién casada, para que tuviera casa propia. Con la gracia de los ancianos, que es siempre perfecta cuando son generosos, la duquesa abandonó todo a su sobrina, contentándose con una habitación encima de la que antes ocupaba, y que tomó la condesa. Su muerte, casi repentina, puso crespones en las alegrías del enlace, e imprimió inefables tristezas tanto en Clochegourde, como en el alma supersticiosa de la desposada. Los primeros días de su establecimiento en Turena fueron para la condesa el único período, aunque no feliz, sí el más despreocupado de su vida.

Tras su tormentosa estancia en el extranjero, el señor de Mortsauf, satisfecho por vislumbrar un porvenir halagüeño, tuvo como una convalecencia de alma; respiró en aquel valle los embriagadores aromas de una esperanza florecida. Obligado a pensar en su fortuna, se lanzó a los preparativos de su empresa agronómica, y comenzó por saborear cierta alegría; pero el nacimiento de Santiago fue como el rayo que arrasa el presente y el porvenir: el médico condenó al recién nacido. El conde ocultó cuidadosamente esta sentencia a la madre; después consultó también a otras personas recibiendo respuestas desesperadas que fueron confirmadas por el nacimiento de Magdalena. Esos dos acontecimientos, y una especie de certidumbre interior sobre la sentencia fatal, agudizaron la enfermiza disposición del emigrado. Extinguido para siempre su distinguido apellido, una mujer joven y pura, irreprochable, desgraciada a su lado, destinada a las angustias de la maternidad sin obtener sus placeres; ese humus de su antigua vida, en el que germinaban nuevos sufrimientos, le prendió el corazón y consumó su destrucción. La condesa adivinó el pasado por el presente, y leyó en el futuro. Aun cuando nada sea tan difícil como hacer feliz a un hombre que se siente lisiado, la condesa intentó tal empresa digna de un ángel. En un día se tornó estoica. Tras haber descendido al abismo, desde el cual pudo ver aún el cielo, se consagró a un hombre solo, con la entereza con que una hermana de la Caridad; y a fin de reconciliarle consigo mismo, le perdonó lo que él no se perdonaba. El conde se hizo avaro; ella aceptó las privaciones impuestas; sentía miedo de ser engañado, como lo tienen todos aquéllos que no han conocido de la vida del mundo sino decepciones, y ella permaneció en su soledad, plegándose sin murmurar a sus desconfianzas; empleó las artimañas de la mujer para hacerle querer lo que era bueno; él se creó así ideas y saboreaba en su casa los placeres de una superioridad de la que habría carecido en cualquier otra parte. Luego, tras haber avanzado en la senda del matrimonio, ella resolvió no salir jamás de Clochegourde, reconociendo en el conde un alma histérica cuyos desvíos podrían, en un país de malicia y de chismorreo, perjudicar a sus hijos. Así nadie suponía la incapacidad real del señor de Mortsauf, pues ella había cubierto sus ruinas con un espeso manto de hiedra. El carácter variable, no descontento, sino malcontento del conde, halló en su mujer un terreno suave y fácil en el que se tendió, sintiendo en ella atenuados sus secretos dolores por la frescura de los bálsamos.

Esta exposición es la expresión más simple de los discursos arrancados al señor de Chessel por un secreto despecho. Su conocimiento del mundo le había hecho vislumbrar algunos de los misterios enterrados en Clochegourde. Mas si por su sublime actitud, la señora de Mortsauf engañaba al mundo, no pudo engañar a los sentidos inteligentes del amor. Cuando me hallé en mi pequeña habitación, el presentimiento de la verdad me hizo dar un brinco en el lecho; se me hacía insoportable hallarme en Frapesle desde donde podía ver las ventanas de su habitación; me vestí, descendí con sigilosos pasos de lobo, y salí del castillo por la puerta de una torre que conducía a una escalera de caracol. El frío de la noche me serenó. Atravesé el Indre por el puente del molino Rojo, y llegué a la bendita barca fondeada frente a Clochegourde, donde brillaba una luz en la última ventana del lado de Azay. Volví a hallar mis antiguas contemplaciones, pero apacibles, mezcladas con los gorgoritos del cantor de las noches amorosas, y por el canto monótono «Id ruiseñor de las aguas. Se despertaron en mí ideas

que se deslizaban como fantasmas, arrastrando los crespones que hasta entonces me habían hurtado mi bello futuro. El alma y los sentidos estaban igualmente encantados. ¡Con qué violencia subieron hasta ella mis deseos! ¡Cuántas veces me dije, como un insensato, su estribillo: «¿La poseeré?» Si durante los días precedentes se había engrandecido para mí el universo, en una sola noche tuvo un centro. En él convergieron mis deseos y mis ambiciones; yo quería serlo todo para ella, a fin de rehacer y colmar su corazón desgarrado. Bella fue aquella noche pasada bajo sus ventanas, en medio del murmullo de las aguas filtrándose a través de las compuertas de los molinos, y entrecortado el sonido de las horas dadas en el campanario de Saché. Durante aquella noche bañada de luz, en la que aquella flor sideral me iluminó la vida, desposé mi alma con la fe del pobre caballero castellano de quien nos burlamos en Cervantes, la fe con que comenzamos el amor. Al primer resplandor del alba en el cielo, al primer canto de pájaro, volví al parque de Frapesle; ningún campesino me vio; nadie sospechó mi escapatoria, y dormí hasta el momento en que la campana anunció el desayuno. Tras él, y a pesar del calor, descendí a la pradera, a fin de contemplar nuevamente el Indre y sus islas, el valle y sus ribazos, de los que parecía un admirador apasionado; pero con esa velocidad de piernas que desafía a la de un caballo desbocado, volví a encontrar mi barca, mis sauces y mi Clochegourde. Todo estaba allí silencioso y estremecido, como lo está el campo a mediodía. Los inmóviles follajes se recortaban netamente sobre el fondo azul del cielo: los insectos que viven de la luz, libélulas y cantáridas, volaban a sus fresnos y sus juncos; los hatos rumiaban en la sombra, las tierras rojas de la viña ardían, y las culebras se deslizaban a lo largo de los taludes.

¡Qué cambio en aquel paisaje tan fresco y coquetón antes de mi sueño! De pronto, salté fuera de la barca y remonté el camino para contornear Clochegourde, de donde me pareció ver salir al conde. No me equivocaba; iba a lo largo de una cerca, y se dirigía sin duda a una puerta que da al camino de Azay, que bordea el río.

—¿Qué tal os encontráis esta mañana, señor conde?

Me miró con aire satisfecho, pues no le solían llamar así.

—Bien —dijo—. ¿Os gusta tanto el campo para pasear por él cuando hace tanto calor?

—¿No se me ha enviado aquí para respirar aire puro?

—Bueno, ¿queréis venir a ver cómo siegan el centeno?

—Con mil amores —le respondí—. Os confieso que soy completamente ignorante en esta materia. No distingo el centeno del trigo, ni el álamo del tiemblo; no sé nada de los cultivos, ni de las diferentes maneras de explotar una tierra.

—Venid, pues —dijo jovialmente, volviéndose sobre sus pasos—. Entrad por la pequeña puerta de arriba.

Remontó el largo de su cerca, por dentro, haciéndolo yo por el exterior.

—No aprenderéis nada con el señor de Chessel —dijo—. Es demasiado gran señor para no ocuparse de otra cosa que de recibir las cuentas de su administrador.

Me mostró sus corrales y edificios, los jardines de recreo, los vergeles y los huertos. En fin, me llevó hacia aquella larga avenida de acacias y árboles del cielo, bordeada por el río, donde divisé, al otro extremo, y sobre un banco, a la señora de Mortsauf, ocupada con sus dos hijos. ¡Cuán bella es una mujer bajo esos menudos follajes temblorosos y recortados! Sorprendida acaso de mi cándida solicitud, no se movió, sabiendo bien que iríamos a ella. El conde me hizo admirar la vista del valle, que desde allí presenta un aspecto completamente diferente de los ofrecidos según las alturas que íbamos pasando. Se hubiese dicho un pequeño rincón de Suiza. La pradera, surcada por los arroyos que se lanzan al Indre, se descubre en toda su longitud y se pierde en el horizonte. Del lado de Montbazon, la vista percibe una inmensa extensión verde; por todos los demás puntos se encuentra limitada por colinas, arboledas y roquedales. Avivamos el paso para ir a saludar a la señora de Mortsauf, quien dejó caer de pronto el libro en el que leía Magdalena, y tomó sobre sus rodillas a Santiago, presa de una tos convulsiva.

—¿Qué le sucede? —inquirió el conde, tornándose lívido.

—Le duele la garganta —respondió la madre afectando no verme—. No será nada.

Sostenía a la vez la cabeza y la espalda del pequeño, y de sus ojos salían dos rayos que derramaban vida en aquella pobre y débil criatura.

—Sois de una increíble imprudencia —dijo el conde con acritud—. Le exponéis al frío del río y le sentáis sobre un banco de piedra.

—¡Pero, papá, si el banco quema! —exclamó Magdalena.

—Se ahogaban arriba —dijo la condesa.

—¡Las mujeres quieren tener siempre razón! —comentó el conde, mirándome.

Para evitar el aprobarle o desaprobarle con mi mirada, contemplé a Santiago, quien se quejaba de dolor en la garganta, y su madre se lo llevó. Antes de dejarnos, oyó que decía su marido:

—¡Cuando se han parido niños enfermizos, hay que saber cuidarlos!

Palabras profundamente injustas; pero su amor propio le impulsaba a justificarse a costa de su mujer. La condesa volaba subiendo las rampas y las escalinatas. La vi desapareciendo por la puerta-ventana. El señor de Mortsauf se había sentado sobre el banco, con la cabeza inclinada, meditabundo; mi situación se hacía intolerable, pues ni me miraba ni me hablaba. ¡Adiós paseo durante el cual pensaba granjearme tan bien su afecto! No recuerdo haber pasado en mi vida un cuarto de hora más horrible que aquél. Sudaba la gota gorda, diciéndome: «¿Me voy o me quedo?». ¡Cuántos pensamientos tristes se alzarían en él para olvidar el ir a informarse del estado de Santiago! Se levantó bruscamente y vino a mi lado. Ambos nos volvimos para contemplar el risueño valle.

—Dejaremos para otro día nuestro paseo, señor conde —dije yo entonces con suavidad.

—¡Salgamos! —respondió él—. Estoy por desgracia acostumbrado a semejantes crisis, yo que daría mi vida sin ningún pesar para conservar la de ese niño.

—Santiago va mejor; duerme ya, amigo mío —dijo la voz de oro.

La señora de Mortsauf se mostró de pronto al extremo de la avenida; llegó sin hiel, sin amargura, y me devolvió mi saludo.

—Veo con placer —me dijo— que os gusta Clochegourde.

—¿Quieres, querida, que monte a caballo y vaya a buscar al señor Deslandes? —dijo el conde, testimoniando el deseo de hacerse perdonar su injusticia.

—No te atormentes —respondió ella—. Santiago no ha dormido esta noche, eso es todo. Ese niño es muy nervioso, ha tenido una pesadilla, y me he pasado todo el tiempo contándole historias para que durmiese de nuevo. Su tos es puramente nerviosa, la he calmado con una pastilla de goma, y por fin se ha dormido.

—¡Pobre mujer! —dijo el conde, tomándole la mano entre las suyas y lanzándole una húmeda mirada—. Yo no sabía nada…

—¿A qué inquietarte por naderías? Ve a tu centeno. Ya sabes que si no estás presente, los colonos dejarán entrar en el campo las espigadoras ajenas a la aldea, antes de que sean arrancadas las hierbas.

—Voy a hacer mi primer curso de agricultura, señora —le dije yo. ,

—Pues vais a buena escuela —respondió ella, señalando al conde, cuya boca se contrajo para expresar esa sonrisa de contento que se denomina familiarmente poner hocico.

Dos meses después tan sólo, supe que ella había pasado aquella noche con horrible ansiedad, temiendo que su hijo tuviera el garrotillo. Y yo, yo me encontraba en aquella barca, muellemente mecido por pensamientos de amor, imaginándome que, desde su ventana, ella me vería adorando el resplandor de aquella bujía que iluminaba entonces su frente surcada por mortales alarmas. Existía entonces una epidemia de garrotillo en Tours que hacía espantosos estragos. Cuando estuvimos en la puerta, el conde me dijo con voz emocionada:

—¡La señora de Mortsauf es un ángel!

Estas palabras me hicieron vacilar. Yo no conocía aún sino superficialmente a aquella familia, y el remordimiento tan natural que se apodera de un alma joven en semejante ocasión, me gritó: «¿Con qué derecho perturbas tú esta paz profunda?»

Dichoso por tener como oyente a un joven sobre quien podría lograr fáciles triunfos, el conde me habló del futuro que el retorno de los Borbones preparaba a Francia. Tuvimos una conversación variada, en la cual escuché auténticas puerilidades que me sorprendieron singularmente. Él ignoraba hechos de una evidencia geométrica; tenía miedo de las gentes instruidas; las superioridades, las negaba; se burlaba, acaso con razón, del progreso; en fin, reconocí en él una gran cantidad de fibras dolorosas que obligaban a adoptar tantas precauciones para no herirle, que una conversación prolongada exigía un considerable esfuerzo mental. En cuanto, por decirlo así, hube palpado sus defectos, me plegué a ellos con tanta elasticidad como la condesa. En otra época de mi vida, indudablemente le hubiese lastimado el amor propio; pero, tímido como un niño, creyendo no saber nada, o creyendo que los hombres maduros lo sabían todo, me pasmaba ante las maravillas obtenidas en Clochegourde por aquel paciente agricultor. Escuchaba sus planes con admiración. En fin, involuntaria adulación que me valió la benevolencia del viejo gentilhombre, envidié aquella hermosa tierra, su posición, aquel paraíso terrestre, poniéndolo a cien codos sobre Frapesle.

—¡Frapesle le dije —es una platería maciza, pero Clochegourde es un estuche de piedras preciosas!

—Pues bien, antes de que nosotros viniésemos, esto era una desolación —decía él.

Yo era todo oídos cuando él me hablaba de sus semillas, de sus planteles. Novato en las labores del campo, le abrumaba con preguntas sobre el precio de las cosas, y sobre los sistemas de explotación, y me pareció estar sumamente satisfecho por proporcionarme tantos detalles.

—¿Qué le han enseñado entonces? —me preguntó asombrado.

En esta primera jornada, el conde dijo a su mujer cuando regresó:

—¡El señor Félix es un joven encantador!

Por la noche escribí a mi madre pidiéndole me enviase trajes y ropa blanca, anunciándole que me quedaba en Frapesle. Ignorando la gran revolución que se efectuaba entonces, y no comprendiendo la influencia que debía ejercer en mi destino, yo pensaba regresar a París para terminar la carrera de derecho y la Facultad no reanudaba sus cursos hasta noviembre; disponía pues, de dos meses y medio.

Durante los primeros momentos de mi estancia, intenté intimar con el conde, y fue una época de impresiones crueles. Descubrí que aquel hombre se irritaba sin motivo, actuaba rápidamente en los casos desesperados; esto me espantó. Se hallaban en él súbitos arranques del gentilhombre tan valeroso en el ejército de Condé, algunos destellos parabólicos de esas voluntades que pueden, ante circunstancias graves, abrir, como las bombas, brecha en la política, y que, por los azares de la rectitud y el valor, hacen de un hombre condenado a vivir en su dominio solariego un d’Elbée, un Bonchamp, un Charette. Ante ciertas suposiciones, su nariz se contraía, su frente se despejaba, y sus ojos lanzaban un rayo al punto amortiguado. Yo tenía miedo de que sorprendiendo el lenguaje de mis ojos, el señor de Mortsauf me matase sin pensarlo dos veces. En aquella época, yo era exclusivamente tierno. La voluntad, que modifica tan singularmente a los hombres, tan sólo comenzaba a asomar en mí. Mis excesivos deseos me habían comunicado esas rápidas conmociones de la sensibilidad, que se asemejan a las sacudidas del miedo. La lucha no me hacía temblar, pero yo no quería perder la vida sin haber saboreado la dicha de un amor correspondido. Las dificultades y mis deseos aumentaban en dos líneas paralelas. ¿Cómo hablar de mis sentimientos? Yo era presa de lastimosas perplejidades. Esperaba un azar, observaba, me familiarizaba con los pequeños, de quienes me hice querer, trataba de identificarme con las cosas de la casa. Insensiblemente, el conde se contuvo menos conmigo. Conocí, pues, sus súbitos cambios de humor, sus profundas tristezas sin motivo, sus bruscas indignaciones, sus quejas amargas y tajantes, su rencorosa frialdad, sus movimientos demenciales reprimidos, sus gemidos de niño, sus gritos de hombre desesperado, y sus imprevistas cóleras. La naturaleza moral se distingue de la física en que nada es en ella absoluto: la intensidad de los efectos está en razón directa de la fuerza de los caracteres, o bien de las ideas que agrupamos en torno a un hecho. Mi mantenimiento en Clochegourde, el porvenir de mi vida, dependían de aquella fantástica voluntad. No sabría expresaros cuantas angustias oprimían mi alma, tan idónea entonces a dilatarse como a contraerse, cuando al entrar me decía: «¿Cómo va a recibirme?». ¡Cuánta ansiedad en mi corazón cuando repentinamente aparecían signos tormentosos sobre aquella pálida frente! Era un continuo estar sobre ascuas, alerta como un centinela. Caía, pues, bajo el despotismo de aquel hombre. Mis sufrimientos me hicieron adivinar los de la señora de Mortsauf. Comenzamos a intercambiar miradas de inteligencia, y mis lágrimas corrían a veces cuando ella contenía las suyas. La condesa y yo fuimos sometidos así a prueba por el dolor. ¡Cuántos descubrimientos no he hecho durante aquellos cuarenta primeros días llenos de amarguras reales, de alegrías tácitas, de esperanzas tan pronto frustradas, como saliendo nuevamente a flote! Una tarde la encontré religiosamente pensativa ante una puesta de sol que enrojecía tan voluptuosamente las cimas, presentando al valle como un lecho, que resultaba imposible no escuchar la voz de aquel eterno Cantar de los cantares con que la naturaleza invita a sus criaturas al amor. ¿Volvía la doncella a sus huidas ilusiones? ¿Sufría la mujer de alguna comparación secreta? Creí ver en su actitud un abandono provechoso para las primeras declaraciones, y le dije:

—¡Hay días difíciles!

—Habéis leído en mi alma —me respondió—, ¿pero cómo?

—¡Tenemos tantos puntos comunes! —respondí—. ¿No pertenecemos al pequeño número de criaturas privilegiadas para el dolor y para el placer, cuyas fibras sensitivas vibran al unísono produciendo grandes resonancias interiores, y cuya nerviosa naturaleza se halla siempre en armonía constante con la naturaleza de las cosas? Ponedlas en un ambiente donde todo es disonancia, y esos seres sufren horriblemente, del mismo modo que su agrado llega a la exaltación cuando hallan las ideas, las sensaciones o las personas que les son simpáticas. Mas para nosotros hay un tercer estado, cuyas desgracias no son conocidas sino por las almas afectadas de la misma dolencia, y en las cuales se hallan fraternas comprensiones. Puede sucedemos que no nos impresione ni el bien ni el mal. Un órgano expresivo dotado de movimiento actúa entonces en nosotros en el vacío, se apasiona sin objeto, produce sones sin formar melodía, lanza acentos que se pierden en el silencio: especie de contradicción terrible de un alma que se rebela contra la inutilidad de la nada, juegos abrumadores en los cuales nuestra potencia escapa por entero sin alimento, como la sangre por una herida desconocida. La sensibilidad se derrama a torrentes, y se producen indecibles melancolías, para las cuales no tiene oídos el confesonario. ¿No he descrito acaso nuestros dolores comunes?

Ella se estremeció, y sin dejar de mirar al sol poniente, me respondió:

—¿Cómo siendo tan joven sabéis esas cosas? ¿Habéis sido tal vez mujer?

—¡Ah! —le respondí con voz conmovida—. Mi infancia ha sido como una larga enfermedad.

—Oigo toser a Magdalena —dijo ella, abandonándome precipitadamente.

La condesa me vio asiduamente en su casa, sin recelo, por dos razones. Por primera, ella era pura como una niña, y su pensamiento no se lanzaba a ningún desvío. Después, yo entretenía al conde, constituyendo una especie de pasto para aquel león sin garras ni melenas. Y en fin, yo había acabado por hallar una razón de ir allí, la cual nos pareció plausible a todos. Yo no sabía jugar al chaquete; el señor de Mortsauf se propuso enseñármelo, y acepté. Cuando concluimos nuestro acuerdo, la condesa no pudo evitar dirigirme una mirada de compasión que quería decir: «¡Os metéis en la boca del lobo!». Si no comprendí nada al principio, el tercer día supe a qué me había comprometido. Mi inacabable paciencia, ese fruto de mi infancia, maduró durante ese período de pruebas. Fue una dicha para el conde librarse a crueles chacotas cuando yo no ponía en práctica el principio o la regla que él me había explicado; si reflexionaba yo, él se quejaba del aburrimiento que causa el juego lento; y si me daba por cometer faltas, me decía, aprovechándose de ellas, que me apresuraba demasiado. Fue una tiranía de magister, un despotismo de férula del que no os puedo dar una idea sino comparándome a Epicteto caído bajo el yugo de un perverso niño. Cuando jugamos dinero, sus constantes ganancias le produjeron deshonrosas, mezquinas alegrías. Una palabra de su mujer me consolaba de todo, y le volvía a él prestamente al sentimiento de la cortesía y de las conveniencias. No tardé en caer en las brasas de un imprevisto suplicio. En aquel pasatiempo se fue mi dinero. Aunque el conde quedase siempre entre su mujer y yo hasta el momento en que les dejaba, algunas veces muy tarde, yo mantenía siempre la esperanza de hallar un momento en que me deslizaría en su corazón; mas para obtener esa hora tan esperada, con la dolorosa paciencia del cazador, ¿no era preciso proseguir aquellas rabiosas partidas en las que mi alma estaba constantemente desgarrada, y que se llevaban todo mi dinero? ¡Cuántas veces habíamos permanecido silenciosos, ocupados en contemplar un efecto de sol en la pradera, las nubes en un cielo gris, las vaporosas colinas, o los temblores de la luna en los guijarros del río, sin decirnos otra cosa que:

—¡Cuán bella es la noche!

—La noche es fémina, señora.

—¡Qué tranquilidad!

—Sí, no se puede ser del todo desgraciado aquí.

A esta respuesta, ella volvía a su tapicería. Yo había acabado por oir en ella un remover de entrañas causado por un cariño que reclamaba su puesto. Sin dinero, ¡adiós las veladas! Yo había escrito a mi madre que me lo enviase; mi madre me riñó y me envió una cantidad que no me llegaba ni para ocho días. ¿A quién pedirlo? ¡Y se trataba de mi vida! En el seno de mi primera gran felicidad hallé así los sufrimientos que me habían asaltado por doquier; pero en París, en el colegio, en la pensión, había escapado a ellos por una reflexiva abstinencia, y mi desdicha había sido negativa; en Frapesle se hizo activa; conocí entonces el deseo del robo, esos delitos imaginados, esas espantosas rabias que surcan el alma y que debemos ahogar so pena de perder nuestra propia estimación. Los recuerdos de las crueles meditaciones, de las angustias que me impuso la parsimonia de mi madre, me han inspirado para los jóvenes la santa indulgencia de quienes, sin haber caído, han llegado al borde del abismo, como para medir su profundidad. Aunque mi probidad, alimentada de fríos sudores, se haya fortificado en esos momentos en los que se entreabre la vida y deja ver la árida grava de su lecho, cada vez que la justicia humana ha asestado su cuchilla sobre el cuello de un hombre, me he dicho: «Las leyes penales han sido hechas por personas que no han conocido la desgracia». Llegado a este extremo descubrí en la biblioteca del señor de Chessel, el tratado de chaquete, y lo estudié; después, mi huésped se avino a darme algunas lecciones; menos duramente dominado, pude hacer progresos, aplicar las reglas y los cálculos que me aprendí de memoria. Así, en poco tiempo, estuve en condiciones de vencer a mi maestro; mas cuando le gané, su humor se tornó execrable; sus ojos fulguraron como los de los tigres, su rostro se crispó, y sus cejas se contrajeron como no he visto contraerse las de nadie. Sus quejas fueron las de un niño mimado. A veces lanzaba los dados, se enfurecía, pateaba y me injuriaba. Aquellas violencias tuvieron un fin. Una vez que adquiría yo ventaja en el juego, conducía la batalla a mi antojo; me las apañaba para que al final todo estuviese poco más o menos igual, dejándole ganar durante la primera mitad de la partida, y restableciendo el equilibrio en la segunda. El fin del mundo habría sorprendido menos al conde que la rápida superioridad de su discípulo; pero no lo reconoció jamás. El desenlace constante de nuestras partidas fue un nuevo pasto del que se apoderó su mente.

—Decididamente —decía— mi pobre cabeza se fatiga. Ganáis siempre al final de la partida, porque entonces se agotan mis recursos.

La condesa, que conocía el juego, se percató de mi manejo desde la primera vez, y adivinó inmensos testimonios de afecto. Estos detalles no pueden ser apreciados sino por aquellos por quienes son conocidas las tremendas dificultades del chaquete. ¡Cuánto expresaba este insignificante detalle! Mas el amor, como el Dios de Bossuet, pone por encima de las más esplendentes victorias el vaso de agua del pobre, el esfuerzo del soldado que perece ignorado. La condesa me lanzó uno de esos mudos agradecimientos que destrozan un joven corazón; me otorgó la mirada que reservaba a sus hijos. Desde aquella bendita velada me miró siempre al hablarme. No sabría yo explicar en qué estado me encontraba al marcharme. Mi alma había absorbido mi cuerpo, me sentía ingrávido, alado, no caminaba, volaba. Estaba penetrado de aquella mirada, que me había inundado de luz, como su ¡Adiós, señor! había hecho sentir en mi alma las armonías que contiene el O filii!, o filiae! de la resurrección pascual. Nacía a una nueva vida. ¡Era, pues, algo para ella! Me dormí en mantos de púrpura. Llamas pasaron ante mis cerrados ojos, persiguiéndose en las tinieblas como los lindos gusanos de luz que corren unos tras otros sobre las cenizas del papel quemado. En mis sueños, su voz se tornó no sé qué de palpable, en una atmósfera que me envolvió de claridad y de perfumes, en una melodía que me acarició el espíritu. A la mañana siguiente, su acogida expresó la plenitud de los sentimientos otorgados, y desde entonces fui iniciado a los secretos de su voz. Aquel día había de ser uno de los más señalados de mi vida. Tras la cena, nos paseamos por las alturas, fuimos a una landa a la que nadie podía ir, y cuyo suelo era pedregoso, desecado, sin tierra vegetal; sin embargo, había en ella algunos robles y brezos; pero en vez de hierba, se extendía un tapiz de musgos de color leonado, crespos, iluminados por los rayos del sol poniente, por el que resbalaban los pies. Yo tenía de la mano a Magdalena, para sostenerla, y la señora de Mortsauf daba el brazo a Santiago. El conde, que iba delante, se volvió, golpeó el suelo con su bastón, y me dijo con acento terrible:

—¡Ésta es mi vida!… ¡Oh!, pero antes de haberte conocido —añadió, lanzando una mirada de excusa a su mujer.

Reparación tardía; la condesa había palidecido. ¿Qué mujer no se habría tambaleado como ella al recibir semejante golpe?

—¡Cuán deliciosos aromas llegan aquí, y qué bellos electos de luz! —exclamé—. ¡Cómo me gustaría poseer esta landa; acaso hallaría en ella tesoros al sondearla; mas la riqueza mayor sería a buen seguro vuestra vecindad! ¿Quién, por lo demás, no pagaría mucho por semejante espectáculo, con ese serpentino río en el que el alma se baña entre los fresnos y los sauces? Para vos, este rincón es una landa; para mí, un paraíso.

Ella agradeció mis palabras con una mirada.

—¡Egloga! —dijo él, con amargo tono—. No es aquí donde debe vivir un hombre que lleva vuestro nombre —se detuvo y luego añadió—. ¿Oís las companas de Azay? Yo oigo tocar.

La señora de Mortsauf me miró con aire espantado, y Magdalena me apretó la mano.

—¿Queréis que entremos a jugar una partida? —le dije—. El ruido de los dados os impedirá oir las campanas.

Volvimos a Clochegourde hablando sobre diversas cosas. El conde se quejaba de vivos dolores, sin precisarlos. Cuando estuvimos en el salón, hubo entre nosotros una indefinible incertidumbre. El conde estaba sumido en un sillón, absorbido por una meditación respetada por su mujer, quien conocía los síntomas de la enfermedad y sabía prevenir los ataques. Yo imité su silencio. Si ella no me pidió que me fuese, acaso creyó que la partida de chaquete distraería al conde y disiparía aquellas fatales susceptibilidades nerviosas cuyos estallidos la mataban. Nada resultaba más difícil que hacer jugar al conde aquella partida de chaquete, tan de su agrado siempre. Semejante a una querida, deseaba ser rogado, forzado, para no tener aire de estar obligado, acaso por lo mismo que así era. Si como consecuencia de una conversación interesante, olvidaba yo mis zalemas, se tornaba murrioso, áspero, hiriente, y le irritaba la conversación, contradiciéndolo todo. Advertido por su mal humor, le proponía una partida, y entonces él coqueteaba: «Es muy tarde —decía— y además no pensaba en ello». En fin, desordenados melindres que, como en las mujeres, acaban por hacer que ignoréis sus verdaderos deseos. Yo me humillaba, le suplicaba que me ejercitara en una ciencia tan fácil de olvidar. En esta ocasión, hube de recurrir a una loca alegría para decidirle a jugar. Él se quejaba de aturdimientos que le impedirían calcular, pues tenía el cráneo como atornillado y oía silbidos, se ahogaba y lanzaba enormes suspiros. Finalmente consintió en sentarse a la mesa de juego. La señora de Mortsauf nos dejó para acostar a sus hijos y hacer rezar las acostumbradas oraciones vespertinas en su casa. Todo fue bien durante su ausencia; me las apañé para que el señor de Mortsauf ganara, y su contento le desfrunció rápidamente el ceño. El súbito paso de una tristeza que le arrancaba siniestras predicciones a aquel júbilo de hombre ebrio, a aquella risa demencial y casi sin razón, me inquietó, me heló. Jamás le había visto un ataque tan francamente acusado. Nuestro conocimiento íntimo había dado sus frutos; ya no sentía engorro alguno conmigo. Cada día intentaba envolverme en su tiranía, pues verdaderamente parece como si las enfermedades morales sean criaturas con apetitos, instintos, y quieran ampliar el espacio de su imperio, al igual que un propietario procura aumentar su hacienda. Bajó la condesa y vino al lado de la mesa para recibir mejor luz para su tapicería, pero se puso a manipular en su bastidor con mal disimulada aprensión. Una funesta jugada, que no pude impedir, cambió el rostro del conde: de satisfecho, se tornó sombrío; de púrpura se puso amarillo, y sus ojos vacilaron. Luego se produjo una última desdicha, que yo no pude ni prever ni reparar. El señor de Mortsauf incurrió en una fatal jugada que decidió su fulgurante pérdida de la partida. Levantóse al punto, lanzó la mesa contra mí, la lámpara al suelo, asestó un puñetazo sobre la consola, y empezó a dar saltos por el salón, pues no puedo decir que andaba. El torrente de injurias, de imprecaciones, de apostrofes, de frases incoherentes que salió de su boca, habría hecho creer en algún antiguo poseso, como en la Edad Media. ¡Ya podéis imaginaros cómo estaría yo!

—Id al jardín —me dijo la señora de Mortsauf, apretándome la mano.

Salí sin que el conde se diera cuenta de mi desaparición.

Desde la terraza, a donde fui lentamente, oí los estallidos de su voz y sus gemidos que salían de su habitación, contigua al comedor. A través de la tempestad, oí también la voz del ángel, que a intervalos se elevaba como un canto de ruiseñor en el momento en que va a cesar la lluvia. Me paseé bajo las acacias en la más bella noche de postrimerías de agosto, en espera de que la condesa se me uniera. Pues ella iba a venir, como me había prometido con un gesto.

Desde hacía algunos días, flotaba entre nosotros una explicación, y parecía deber producirse a la primera palabra que hiciera brotar la fuente demasiado colmada en nuestras almas. ¿Qué vergüenza retrasaba la hora de nuestro perfecto acuerdo? Acaso ella amaba tanto como yo ese estremecimiento semejante a las emociones del miedo, que martiriza la sensibilidad, durante esos momentos en que se retiene la vida a punto de desbordarse, en que se vacila en revelar su intimidad, obedeciendo al pudor que agita a las doncellas antes de mostrarse al esposo amado. Por nuestros pensamientos acumulados habíamos engrandecido esa primera confidencia, que se había hecho necesaria. Transcurrió una hora. Yo estaba sentado sobre la balaustrada de ladrillo, cuando el resonar de su paso, mezclado al ondulante frufruteo de su flotante vestido animó el aire en calma de la noche. Es una de esas sensaciones a las males no basta el corazón.

—El señor de Mortsauf ya está descansando —me dijo—. Cuando se encuentra así, le doy una infusión de adormidera, y las crisis son lo bastante espaciadas como para que este remedio tan sencillo surta siempre su efecto… Señor —añadió, cambiando el tono de su voz—, un desgraciado azar os ha hecho conocer secretos hasta ahora celosamente guardados. Prometedme enterrar en vuestro corazón el recuerdo de esta escena. Hacedlo por mí, os lo ruego. Yo no os pido juramento; decidme tan sólo el del hombre de honor, y quedaré satisfecha.

—¿Tengo acaso necesidad de pronunciar ese sí? —le respondí—. ¿Es que no nos hemos comprendido nunca?

—No juzguéis desfavorablemente al señor Mortsauf, al ver los efectos de los prolongados sufrimientos soportados durante la emigración —replicó ella—. Mañana habrá olvidado por completo las cosas que dijo hoy, y lo hallaréis excelente y afectuoso.

—Cesad, señora —dije a mi vez—, de querer justificar al conde; haré todo cuanto queráis. Me lanzaría al instante al Indre, si pudiese así cambiar el carácter del señor de Mortsauf y daros una vida feliz. Lo único que no puedo rehacer es mi opinión; nada se encuentra más sólidamente tejido en mí. Os daría mi vida, mas no os puedo dar mi conciencia; puedo no escucharla, ¿pero puedo impedirla hablar? Así, pues, en mi opinión, el señor de Mortsauf está…

—Os comprendo —dijo ella, interrumpiéndome con insólita brusquedad—, tenéis razón. El conde está nervioso como una coqueta —replicó para suavizar la idea de la locura, suavizando la palabra—, mas no está así sino con grandes intervalos, una vez, a lo más, por año, en la canícula. ¡Cuántos males ha causado la emigración! ¡Cuántas hermosas existencias perdidas! Estoy segura de que él habría sido un gran guerrero, honor de su país.

—Lo sé —le dije interrumpiéndole a mi vez y haciéndola comprender que era inútil engañarme.

Ella se detuvo, posó una de sus manos sobre su frente y me dijo:

—¿Quién os ha introducido así en mi intimidad? ¿acaso quiere Dios enviarme un socorro, una viva amistad que me sostenga? —replicó ella, apoyando su mano sobre la mía con fuerza—. Pues vos sois bueno, generoso…

Alzó los ojos al cielo, como para invocar un visible testimonio que le confirmase sus secretas esperanzas, y las cifrase en mí. Electrizado por aquella mirada que lanzaba un alma a la mía, cometí, según la jurisprudencia mundana, una falta de tacto; mas ¿no es en ciertas almas huir generosamente ante un peligro, deseando prevenir un choque, temiendo de una desgracia que no llega, y, más frecuentemente aún, no es la brusca interrogación hecha a un corazón, un golpe dado para constatar si resuena al unísono? Muchos pensamientos se alzaron en mí como resplandores, y me aconsejaron lavar la mancha que maculaba mi candor, en el momento en que preveía una completa iniciación.

—Antes de ir más lejos —le dije con una voz alterada por palpitaciones fácilmente oídas en el profundo silencio en que estábamos inmersos—, permitidme purificar un recuerdo del pasado…

—Callaos —me dijo ella vivamente, poniéndome sobre los labios un dedo que retiró en seguida.

Me miró altivamente, como mujer situada demasiado elevada como para que pudiera alcanzarla una injuria, y me dijo con voz turbada:

—Ya sé de qué queréis hablar. ¡Se trata del primero, del último, del único ultraje que yo haya recibido! No habléis jamás de ese baile. Si la cristiana os ha perdonado, la mujer sufre todavía.

—No seáis tan despiadada —le dije, reteniendo en mis pestañas las lágrimas que me afluyeron a los ojos.

—Debo ser más severa, porque soy más débil —respondió ella.

—Pero —repliqué, con una especie de rebeldía infantil— escuchadme, aun cuando no fuese más que por la primera, la última y la única vez de vuestra vida.

—¡Pues bien —respondió—, hablad! De lo contrario creeríais que temo escucharos.

Sintiendo entonces que aquel momento era único en nuestra vida, le dije, con ese acento que embarga la atención, que todas las mujeres que estaban en el baile me habían sido indiferentes, al igual que aquellas que hasta entonces había visto; pero que al contemplarla, mi alma tímida, consagrada al estudio, había sido arrastrado por un frenesí que no podría ser condenado sino por aquellos que no lo hubieran experimentado jamás, y que jamás tampoco corazón alguno de hombre se halló colmado de tan irresistible deseo capaz de vencerlo todo, incluso la muerte…

—¿Y el desprecio? —dijo, atajándome.

—¿Me habéis despreciado? —le pregunté.

—No hablemos de esas cosas —respondió evasivamente.

—¡Hablemos, sí! —repliqué con una exaltación causada por un dolor sobrehumano—. ¡Se trata de todo yo, de mi vida desconocida, de un secreto que debéis conocer; de lo contrario, moriría de desesperación! ¿No se trata también de vos, que, sin saberlo, habéis sido la dama en cuyas manos reluce la corona prometida a los vencedores del torneo?

Le conté mi infancia y mi juventud, no como os la he relatado, juzgándola a distancia, sino con las ardientes palabras del joven a quien las heridas sangran aún. Mi voz resonó como el hacha de los leñadores en un bosque. Ante ella cayeron con estrépito los años muertos, los prolongados dolores que los habían erizado de ramas sin follaje. Le pinté, con ojos enfebrecidos, multitud de terribles detalles, de los que os he hecho gracia. Expuse el tesoro de mis resoluciones brillantes, el oro virgen de mis deseos, todo un corazón ardiente conservado bajo los hielos de esos Alpes en perenne invierno. Y cuando, encorvado bajo el peso de mis sufrimientos repetidos con las brasas de Isaías, esperaba una palabra de esta mujer que me escuchaba con la cabeza baja, ella iluminó las tinieblas con una mirada, y animó los mundos terrestres y divinos con una sola frase:

—¡Hemos tenido la misma infancia! —dijo, mostrándome un rostro en el que relucía la aureola de los mártires.

Tras una pausa en que nuestras almas se desposaron en este mismo pensamiento consolador: «¡Así, pues, no era yo el único en sufrir!», la condesa me dijo, con la voz reservada para hablar a sus queridos pequeños, cómo le reprocharon el ser mujer cuando murieron los hijos. Me explicó las diferencias entre ser una muchacha, constantemente pegada al costado de una madre, suponía entre sus dolores y los de un niño lanzado al mundo de los colegios. Mi soledad había sido como un paraíso, comparado al contacto de la amoladera bajo la cual fue sin cesar machacada su alma, hasta el día en que su verdadera madre, su buena tía, la había salvado arrancándola a aquel suplicio cuyos renacientes dolores me contó. Eran las inexplicables quisquillosidades, insoportables a las naturalezas nerviosas, que no retroceden ante una puñalada y mueren bajo la espada de Dámocles, a veces una expansión generosa cortada en seco por una orden glacial, otras un beso friamente recibido, un silencio impuesto, reprochado alternativamente; lágrimas devoradas que le quedaban sobre el corazón; las mil tiranías del convento, ocultas a los ojos de los extraños bajo las apariencias de una maternidad gloriosamente exaltada. Su madre extraía vanidad de ella, y la ensalzaba; más al día siguiente, ella pagaba caro aquellas adulaciones necesarias para el triunfo de la institutriz. Cuando, a fuerza de obediencia y de dulzura, creía ella haber ganado el corazón de su madre y se abría a ella, aparecía el tirano, armado con esas confidencias. Un espía no habría sido tan cobarde ni tan traidor. Todos sus goces de doncella, sus fiestas, le habían sido caramente vendidos, pues se la reprochaba su felicidad como si se tratase de una falta. Jamás le habían sido dadas con amor las enseñanzas de su noble educación, sino con una hiriente ironía. Ella no quería mal a su madre; únicamente se reprochaba de sentir menos amor que terror por ella. Acaso —pensaba este ángel— aquellas severidades eran necesarias; ¿no la habían preparado a su vida actual? Escuchándola, me parecía que el arpa de Job, de la que yo había extraído fieros acordes, manejada ahora por manos cristianas respondía cantando las letanías de la Virgen al pie de la cruz.

—Vivíamos en la misma esfera antes de encontrarnos aquí; vos partíais de oriente y yo de occidente.

Ella agitó la cabeza con movimiento desesperado.

—A vos el oriente y a mí el occidente —dijo—. ¡Vos viviréis feliz, y yo moriré de dolor! Los hombres se crean ellos mismos los acontecimientos de su vida, y la mía está fija para siempre. Ninguna potencia puede quebrar esta pesada cadena a la cual se halla atada la mujer por un anillo de oro, emblema de la pureza de las esposas.

Sintiéndonos entonces gemelos del mismo seno, ella no concibió que se hicieran a medias las confidencias entre hermanos que habían bebido en las mismas fuentes. Tras el suspiro natural a los corazones puros en el momento en que se abren, ella me contó los primeros días de su matrimonio, sus primeras decepciones, toda la renovación de la desgracia. Al igual que yo, ella había conocido los pequeños hechos, tan grandes para las almas cuya límpida sustancia se altera por completo al menor choque, lo mismo que una piedra lanzada en un lago agita su superficie y su profundidad. Al casarse, ella poseía sus ahorros, ese poco de oro que representa las horas jubilosas, los mil deseos de la juventud; en un día de aprieto, lo había dado todo generosamente, sin decir que eran recuerdos y no monedas de oro; ¡jamás su marido se lo había agradecido; no se consideraba su deudor! A cambio de aquel tesoro engullido en las dormidas aguas del olvido, ella no había obtenido esa húmeda mirada que lo salda todo, y que para las almas generosas es como una joya eterna cuyos destellos brillan en los días difíciles. ¡Cómo había marchado ella de dolor en dolor! El señor de Mortsauf se olvidaba de darle el dinero necesario a la casa; él despertaba de un sueño cuando, tras haber vencido todas sus timideces de mujer, se lo pedía ella; ¡y jamás le había evitado él ni una sola vez aquellos crueles estrujamientos del corazón! ¡Qué terror la apresó en el momento en que se había desvelado la malsana naturaleza de aquel hombre arruinado! Quedó destrozada por el primer estallido de sus demenciales cóleras. ¡Por cuantas duras reflexiones no había ella pasado, antes de considerar nulo a su marido, a esa imponente figura que domina la existencia de una mujer! ¡De qué horribles calamidades fueron seguidos sus dos partos! ¡Qué sobrecogimiento ante el aspecto de dos criaturas nacidas como muertas! ¡Qué valor para decirse!: ¡Las insuflaré la vida! ¡Las concebiré de nuevo todos los días! Y luego, ¡qué desesperación al sentir un obstáculo en el corazón y en la mano de donde obtienen su ayuda y su socorro las mujeres! Había visto esa inmensa desgracia desarrollando sus espinosas sábanas a cada dificultad vencida. Al remontar cada roca, había divisado nuevos desiertos por franquear, hasta el día en que hubo conocido bien a su marido, el organismo de sus hijos y el país en el que debía vivir; hasta el día en que, como el infante arrancado por Napoleón a los tiernos cuidados del hogar, hubo acoslumbrado a sus pies a marchar por el barro y en la nieve, a exponer su frente a las balas, y dedicar toda su persona a la pasiva obediencia del soldado. Estas cosas que os resumo, me las dijo entonces en su tenebrosa extensión, con su cortejo de hechos desoladores, de batallas conyugales perdidas, de infructuosos intentos.

—En fin —me dijo terminando—, sería preciso vivir aquí varios meses para saber cuántas penas me cuestan las mejoras de Clochegourde, cuántos fatigantes embaucamientos para hacerle desear la cosa más útil a sus intereses… ¡qué malicia pueril le prende cuando de buenas a primeras no da resultado algo debido a mis consejos! ¡Con qué alegría se atribuye el bien! ¡Cuánta paciencia me es necesaria para estar escuchando siempre quejas, cuando me desvivo para hacerle gratas sus horas, embalsamarle su aire, enarenarle y llenarle de flores los caminos que él ha sembrado de piedras! Mi recompensa es este terrible estribillo: «¡Voy a morir! ¡La vida me pesa!». Si tiene la dicha de tener gente en casa, todo se borra, y es gracioso y cortés. ¿Por qué no es así para su familia? No sé cómo explicar esa falta de lealtad en un hombre a veces verdaderamente caballeresco. Es capaz de ir secretamente y en posta a París a buscarme un vestido, como lo hizo últimamente para el baile de la ciudad. Avaro para la casa, sería pródigo para mí, si yo lo quisiera. Debería ser a la inversa: yo no tengo necesidad de nada, y su casa debe estar amueblada. Con el deseo de hacerle dichosa la vida, sin pensar que yo era madre, acaso le he acostumbrado a tomarme por su víctima; yo, que empleando algunas zalamerías lo llevaría como a un niño, caso de que pudiera rebajarme a un papel que me parece infame… Pero el interés de la casa exige que permanezca tranquila y severa como la estatua de la justicia, y sin embargo, yo también tengo el alma expansiva y tierna…

—¿Por qué —la dije— no empleáis esa influencia para adueñaros de él, para gobernarle?

—Si sólo se tratara de mí, no sabría yo vencer su obstinado silencio, opuesto durante horas enteras a argumentos justos, ni responder a observaciones sin lógica, a sus razonamientos realmente infantiles. No tengo valor ni contra la debilidad ni contra la infancia; pueden golpearme sin que las resista; acaso opondría la fuerza a la fuerza, pero estoy sin energía contra aquellos a quienes compadezco. Si fuese necesario violentar a Magdalena para hacer algo para salvarla, moriría yo con ella. La piedad distiende todas mis fibras y reblandece mis nervios. Me han abatido las violentas sacudidas de estos diez años; ahora, mi sensibilidad, tan a menudo atacada, se encuentra a veces sin consistencia, nada la regenera; en ocasiones me falta la energía con la cual soportaba las tormentas. Sí, a veces me encuentro vencida. Falta de reposo y de baños de mar, donde vigorizaría mis fibras, pereceré; el señor de Mortsauf me habrá matado y él morirá por haberme perdido.

—¿Por qué no dejáis Clochegourde por algunos meses? ¿Por qué no vais, acompañada de vuestros hijos, a la costa?

—En primer lugar, el señor de Mortsauf se creería perdido si me alejara. Aunque no quiera creer en su situación, tiene conciencia de ella. En él se encuentran el hombre y el enfermo, dos naturalezas diferentes cuyas contradicciones explican muchas extravagancias… Después, tendría razón de temblar. Todo iría mal aquí. Hasta ahora no habéis visto en mí sino a la madre de familia ocupada en proteger a sus hijos contra el gavilán que planea sobre ellos. Tarea aplastante, aumentada por los cuidados exigidos por el señor de Mortsauf, quien siempre anda preguntando: «¿Dónde está la señora?». Y eso no es nada. Soy también el preceptor de Santiago y el aya de Magdalena. ¡Y aún no es nada tampoco! Soy intendente y administrador. Un día conoceréis el alcance de mis palabras, cuando sepáis que la explotación de una tierra es aquí la más fatigante de las industrias. Tenemos pocas rentas en metálico, nuestras granjas están cultivadas a medias, sistema que requiere una vigilancia continua. Uno mismo tiene que vender sus granos, sus bestias, y todas las restantes cosechas. Tenemos por competidores a nuestros propios granjeros, quienes se entienden en la taberna con los consumidores, y establecen los precios después de haber vendido los primeros. Os aburriría si os explicara las mil dificultades de nuestra agricultura. Por mucha que sea mi dedicación, no puedo evitar que nuestros colonos abonen sus propias tierras con nuestros abonos; no puedo comprobar si nuestros aperadores se entienden con ellos en el reparto de las cosechas, ni saber el momento oportuno para la venta. Ahora, si pensáis en la poca memoria del señor de Mortsauf, en las penas que me habéis visto tomar para obligarle a ocuparse de sus asuntos, comprenderéis lo pesado de mi fardo, y la imposibilidad de desprenderme de él ni por un momento. Mi ausencia equivaldría a nuestra ruina. Nadie le escucharía, dado que sus órdenes son casi siempre contradictorias; además, nadie le quiere, refunfuña demasiado, es demasiado absolutista; después, como todas las personas débiles, escucha demasiado fácilmente a sus inferiores como para inspirar en torno de él el cariño que une a las familias. Si yo me marchara, ningún criado se quedaría aquí ocho días. Ya veis que estoy atada a Clochegourde como esos grumos de plomo lo están a nuestros tejados. No he tenido ninguna reserva mental para con vos, señor. Toda la región ignora los secretos de Clochegourde, y ahora vos los sabéis. No digáis nada que no sea bueno y lisonjero y tendréis mi estima, mi agradecimiento —añadió aún, con voz dulcificada—. A ese precio podréis volver siempre a Clochegourde, donde hallaréis corazones amigos.

—Pero —dije—, ¡yo no he sufrido jamás! Sólo vos…

—No —replicó ella, dejando escapar esa sonrisa de las mujeres resignadas, que ablandarían el granito—, no os asombréis de esta confidencia; ella os muestra la vida como es, y no como vuestra imaginación la ha creado. Todos tenemos nuestros defectos y nuestras cualidades. De haberme desposado yo con algún pródigo, me habría arruinado. De haber sido dada a algún joven ardiente y voluptuoso, él habría tenido éxitos, puede ser que no supiera conservarlo, me habría abandonado, dejándome muerta de celos. ¡Soy celosa! —dijo con acento de exaltación que semejó el fragor de un trueno de pasajera tormenta—. Pues bien, el señor de Mortsauf me ama tanto como es capaz de amar; todo cuanto su corazón encierra de cariño lo derrama a mis pies, como la Magdalena ha vertido el resto de sus perfumes a los pies del Salvador. ¡Creedlo! Una vida de amor es una fatal excepción de la ley terrestre; toda flor perece, las grandes alegrías tienen un mal mañana, cuando lo tienen. La vida real es una vida de angustias: su imagen se halla reflejada en esa ortiga al pie de la terraza, y que sin sol, queda verde sobre su tallo. Aquí, como en las patrias del norte, hay sonrisas en el cielo, raras, es verdad, pero que compensan bien las penas. Y en fin, las mujeres que son exclusivamente madres, ¿no sienten más apego a los sacrificios que a los placeres? Aquí, yo atraigo sobre mí las tormentas que veo prestas a abatirse sobre las personas o sobre mis hijos, y al desviarlas experimento no sé qué sentimiento que me da una fuerza secreta. La resignación de la víspera ha preparado siempre la del día siguiente. Dios no me deja por lo demás en absoluto sin esperanza. Si al principio me ha desesperado la salud de mis hijos, hoy, a medida que más avanzan en la vida, se encuentran mejor. Después de todo, nuestra morada se ha embellecido, y la fortuna se va restaurando. ¿Quién sabe si la vejez del señor de Mortsauf será feliz por mí? ¡Creedlo… el ser que se presenta ante el gran Juez, con una palma verde en la mano, llevándole consolados a quienes maldecían la vida, ese ser ha convertido sus dolores en deleites! Y si mis sufrimientos sirven a la felicidad de la familia, ¿puede decirse que sean sufrimientos?

—Sí —la respondí—, pero eran necesarios, como lo son los míos para hacerme apreciar el sabor del fruto madurado en nuestras rocas; ¿acaso ahora lo saboreamos juntos y tal vez admiremos los prodigios?… esos torrentes de afecto con el que inunda las almas, esa savia que reanima las hojas que amarillean. La vida no pesa entonces, pues ya no es nuestra… ¡Dios mío!, ¿no me escucháis? —proseguí, sirviéndome del lenguaje místico al que nos había acostumbrado nuestra educación religiosa—. Ved por qué vías hemos caminado el uno hacía el otro; qué imán nos ha dirigido sobre el océano de las aguas amargas, hacia el manantial de agua dulce, fluyendo al pie de los montes sobre una arena constelada, entre dos orillas verdes y floridas. ¿No hemos seguido, como los magos, la misma estrella? Hénos aquí ante el pesebre donde despierta un divino Niño que lanzará sus flechas al tronco de los árboles desnudos, que nos reanimará el mundo con sus gozosos gritos, que por incesantes deleites dará gusto a la vida, prestará a las noches su sueño y a los días su júbilo. ¿Quién pues ha estrechado cada año nuevos nudos entre nosotros? ¿No somos más que hermano y hermana? No desatéis jamás lo que el cielo ha unido. Los sufrimientos de que habláis, eran la simiente expandida en oleadas por la mano del Sembrador, para hacer brotar la mies ya dorada por el más bello de los soles. ¡Ved, ved! ¿No iremos a recogerla juntos, espiga a espiga, brizna a brizna? ¡Qué fuerza siento en mí, para osar hablaros de este modo! ¡Respondedme, pues, o no volveré a atravesar el Indre!

—No habéis pronunciado la palabra amor —dijo ella, interrumpiéndome con voz severa—, pero habéis hablado de un sentimiento que desconozco y que me está vedado. Sois un niño, y os perdono todavía, mas por última vez. ¡Sabedlo, señor, mi corazón está como embriagado de maternidad! Yo no amo al señor de Mortsauf ni por deber social ni por cálculo de eternas bienaventuranzas a ganar, sino por un irresistible sentimiento que lo une a todas las fibras de mi corazón. ¿Fui violentada a mi casamiento? No; fue decidido por mi simpatía por los desgraciados! ¿No tocaba a las mujeres el reparar los males de la época, consolar a quienes corrieron a la brecha y regresaron heridos? ¿Qué os diría? He sentido no sé qué contento egoísta al ver que le entreteníais: ¿no es eso un sentimiento maternal puro? ¿No os ha mostrado acaso lo bastante los tres niños a los cuales no debo nunca faltar, y sobre los que debo hacer llover un reparador rocío e irradiar mi alma, sin dejar adulterar la menor parcela? ¡No agriéis la nutritiva leche de una madre! No habléis de ese modo a la esposa invulnerable. Si no respetaseis esta defensa tan simple, os prevengo que os será prohibida para siempre la entrada en esta casa. Creo en amistades puras, en fraternidades voluntarias, más seguras de lo que lo son las impuestas. ¡Error! Yo deseaba un amigo que no fuese un juez, un amigo para escucharme en esos momentos de debilidad en los que la voz que refunfuña es una voz martirizante, un amigo de quien no tuviese nada que temer. La juventud es noble, sin doblez, capaz de sacrificios, desinteresada: al ver vuestra persistencia he creído, lo confieso, en algún designio del cielo… he creído que tendría un alma que sería para mí lo que un sacerdote es para todos, un corazón en el que podría volcar mis dolores cuando desbordaban, gritar, cuando mis gritos son irresistibles y me ahogarían si continuase devorándolos. Así mi existencia, tan preciosa a esos niños, habría podido prolongarse hasta el día en que Santiago se haya hecho hombre. ¿Mas no es eso ser demasiado egoísta? ¿Puede renacer la Laura de Petrarca? Me he equivocado. Dios no lo quiere. Será preciso morir en mi puesto, como el soldado sin amigo. Mi confesor es duro, austero; y… mi tía no existe ya.

Dos gruesas lágrimas, iluminadas por un rayo de luna, brotaron de sus ojos, y rodaron por sus mejillas, e iban sin duda a caer al suelo; mas yo tendí la mano bastante a tiempo para recibirlas, y las bebí con la devota avidez que inspiraron aquellas palabras suscritas ya por diez años de lloros secretos, de sensibilidad consumida, de cuidados constantes, de alarmas perpetuas… ¡el heroísmo más sublime de su sexo! Me miró con aire dulcemente estúpido.

—Ésta es —le dije— la primera, la santa comunión del amor. Sí, acabo de participar en vuestros dolores, de unirme a vuestra alma, como nos unimos a Cristo al tomar su divina sustancia. Amar sin esperanza es también una dicha. ¡Ah, qué mujer en la tierra podría causarme un gozo tan grande como el de haber aspirado estas lágrimas! Acepto este contrato que debe resolverse en sufrimientos para mí. Me entrego a vos sin reserva mental alguna, y será lo que queráis que sea.

Ella me detuvo con un gesto, y me dijo con su voz profunda:

—Consiento en este pacto, si es que por vuestra parte os avenís a no apretar los lazos que nos unen.

—Bien —le respondí—, pero cuanto menos me acordéis, más seguramente debo yo poseer.

—Comenzáis por una desconfianza —replicó ella, expresando la melancolía de la duda.

—No, sino por un puro goce. ¡Escuchad! Desearía de vos un nombre que no perteneciese a nadie, como debe ser el sentimiento que nos dedicamos.

—Es mucho —manifestó ella—, pero soy menos pequeña de lo que creéis. El señor de Mortsauf me llama Blanca. Una sola persona en el mundo, aquella a quien más he querido, mi adorable tía, me llamaba Enriqueta. Pues bien, para vos volveré a ser Enriqueta.

La tomé de la mano y se la besé. Ella me la abandonó con esa confianza que hace a la mujer tan superior a nosotros, confianza que nos abruma. Se apoyó sobre la balaustrada de ladrillo y miró hacia el Indre.

—¿No os equivocáis, amigo mío, de ir del primer brinco al extremo de la carrera? Habéis agotado en vuestra primera aspiración la copa ofrecida con candor. Mas un verdadero sentimiento no se reparte, debe ser entero, o bien no es tal. El señor de Mortsauf —dijo tras un momento de silencio— es leal y orgulloso por encima de todo. Acaso estaríais tentado, por mí, a olvidar lo que ha dicho; si él no sabe nada de ello, mañana se lo comunicaré yo. Quedaos por algún tiempo sin aparecer por Clochegourde, y os apreciará más. El próximo domingo al salir de la iglesia irá a vuestra casa; le conozco, borrará sus yerros y os querrá por haberle tratado como hombre responsable de sus actos y de sus palabras.

—¡Cinco días sin veros, sin oíros!

—No pongáis nunca ese calor en las palabras que me decís —replicó.

Dimos por dos veces la vuelta a la terraza, en silencio. Luego, con tono de mando que me probaba que tomaba posesión de mi alma, me dijo:

—Es ya tarde, separémonos.

Quise besarle la mano, vaciló, me la tendió, y me dijo con voz suplicante:

—No la toméis más que cuando yo os la dé; dejádmelo a mi albedrío; sin lo cual, sería una cosa vuestra, y eso no debe ser.

—Adiós —dije yo.

Salí por la pequeña puerta de abajo, que ella me abrió. En el momento en que iba a cerrarla, la volvió a abrir, y ahora fue ella la que por propio iniciativa me tendió su mano diciéndome:

—En verdad que habéis sido bien bueno esta noche, pues habéis consolado todo mi futuro; tomad, amigo mío, tomad.

Besé varias veces su mano; y cuando alcé la vista, vi lágrimas en sus ojos. Subió a la terraza, y me miró todavía un momento a través de la pradera. Ya en camino de Frapesle, vi aún su vestido blanco iluminado por la luna; luego, algunos instantes después, una luz brilló en su habitación.

—¡Oh, mi Enriqueta! —me dije—. ¡Para ti el más puro amor que jamás haya brillado sobre la tierra!

Llegué a Frapesle deteniéndome a cada paso. Sentía en mí no sé qué inefable contento. Una brillante carrera se abría al fin, a cuya dedicación se siente henchido todo joven corazón, y que en mí fue durante tanto tiempo una fuerza inerte. Semejante al sacerdote que, por un solo paso, ha avanzado en una nueva vida, yo estaba consagrado, destinado. Un simple ¡Si, señora!, me había comprometido a conservar solamente en mi corazón un amor irresistible, a no abusar jamás de la amistad para conducir lentamente a aquella mujer hacia el amor. Todos los sentimientos nobles despertados hacían oír en mí sus voces confusas. Antes de volverme a encontrar encerrado en una habitación, quise permanecer voluptuosamente bajo el azul tachonado de estrellas, oír aún en mí aquellos cantos de paloma torcaz herida, los tonos simples de su ingenua confidencia, recoger en el aire los efluvios de aquella alma que debían todos venir a mí. ¡Cuán grande me pareció aquella mujer, con su profundo olvido del yo, su religión por los seres heridos, débiles o dolientes, con su abnegación aligerada de las cadenas legales! ¡Allá estaba ella, serena sobre su pira de santa y de mártir! Yo admiraba su rostro, que se me apareció en medio de las tinieblas, cuando de pronto creí adivinar un sentido en sus palabras, traducir un misterioso significado que me la tomó completamente sublime. Acaso ella quería que yo fuese para su persona, lo que ella era para su hogar; tal vez quería extraer de mí su fuerza y su consuelo, situándome así en su esfera, a su nivel o más alto. Los astros, dicen algunos audaces constructores de mundos, se comunican de este modo el movimiento y la luz. Este pensamiento me elevó súbitamente a altitudes etéreas. Me encontré en el cielo de mis antiguos ensueños, y me expliqué las penas de mi infancia por la inmensa felicidad en la que nadaba.

Genios extinguidos en las lágrimas, corazones desconocidos, santas Clarisas Harlowe ignoradas, niños negados, proscritos inocentes, vosotros todos que habéis entrado en la vida por sus desiertos, los que por doquier habéis encontrado los rostros fríos, los corazones tapiados, los oidos cerrados, ¡no os quejéis jamás!, pues únicamente vosotros podéis conocer la alegría infinita que produce un corazón cuando se abre para vosotros, os escucha un oído y os responde una mirada. Un solo día borra todos los malos. Los dolores, las meditaciones, las desesperanzas, las melancolías pasadas y no olvidadas, son otros tantos lazos por los cuales el alma se une al alma confidente.

Embellecida por nuestros deseos reprimidos, una mujer hereda entonces suspiros y amores perdidos, nos restituye engrandecidos todos los afectos defraudados, explica los anteriores pesares como las arras exigidas por el destino para las dichas eternas que otorga el día de los desposorios del alma. ¡Tan sólo los ángeles dicen el nuevo nombre que habría de darse a este santo amor, al igual que sólo vosotros, queridos mártires, sabréis en verdad en lo que la señora de Mortsauf se había súbitamente convertido para mí, pobre y abandonado!

Aquella escena había acontecido un martes y esperé al domingo sin atravesar el Indre en mis paseos. Durante esos cinco días, grandes sucesos ocurrieron en Clochegourde. El conde recibió el despacho de mariscal de campo, la cruz de San Luis y una pensión de cuatro mil francos. El duque de Lenoncourt-Givry, nombrado par de Francia, recuperó los bosques, volvió a su servicio en la corte, y su mujer tomó posesión de sus bienes no vendidos, que habían formado parte del dominio de la corona imperial. La condesa de Mortsauf se convirtió así en una de las más ricas herederas del Maine. Su madre le había llevado cien mil francos economizados de las rentas de Givry, importe de su dote que no había sido entregado nunca, y de la cual no hablaba jamás el conde, a pesar de su estrechez. En las cosas de la vida exterior, la conducta de aquel hombre atestiguaba el más magnífico de todos los desintereses. Añadiendo a esta suma sus economías, el conde podía comprar dos predios vecinos, que valían alrededor de nueve mil libras de renta. Debiendo suceder su hijo en la dignidad de par a su abuelo, pensó de pronto en constituirle un mayorazgo que se compondría de la fortuna territorial de las dos familias sin perjudicar a Magdalena, a la cual haría sin duda una buena boda el favor del duque de Lenoncourt. Estos arreglos y esta suerte pusieron algún bálsamo en las llagas del emigrado. La duquesa de Lenoncourt en Clochegourde fue un acontecimiento en la comarca. Yo pensaba dolorosamente que aquella mujer era una gran dama, y percibí entonces en su hija el espíritu de casta que cubría a mis ojos la nobleza de sus sentimientos. ¿Qué era yo sino un pobre sin más porvenir que mi valor y mi inteligencia? Yo no pensaba en las consecuencias de la restauración, ni para mí, ni para los demás. El domingo, desde la capilla reservada en la que yo me hallaba con los señores de Chessel y el abate de Quelus, lanzaba ávidas miradas a otra capilla lateral en la que se encontraban la duquesa y su hija, el conde y los niños. El sombrero de paja que me ocultaba a mi ídolo no vaciló, y este olvido de mí pareció ligarme más vivamente que todo el pasado. Aquella gran Enriqueta de Lenoncourt, que ahora era mi querida Enriqueta, y cuya vida quería yo florecer, rezaba con ardor; la fe comunicaba a su actitud yo no sé qué de deteriorado, de prosternado, una postura de estatua religiosa, que me penetró.

Según la costumbre de los curas de aldea, las vísperas debían decirse dos horas después de la misa. Al salir de la iglesia, la señora de Chessel propuso naturalmente a sus vecinos pasar ese tiempo de espera en Frapesle, en vez de atravesar dos veces el Indre y la pradera, con el calor que hacía. Fue aceptado el ofrecimiento. El señor de Chessel dio el brazo a la duquesa. La señora de Chessel aceptó el del conde y yo ofrecí el mío a la condesa, sintiendo por primera vez a mi costado aquel bello brazo lozano. Durante la vuelta de la iglesia a Frapesle, trayecto que se hacía a través de los bosques de Saché, donde la luz filtrada entre los follajes producía en la arena de las avenidas esos lindos efectos que semejan sederías pintadas, tuve sensaciones de orgullo e ideas que me causaron violentas palpitaciones.

—¿Qué os sucede? —me dijo ella tras algunos pasos dados en medio de un silencio que no me atrevía a romper—. Vuestro corazón late demasiado aprisa…

—He sabido de acontecimientos dichosos para vos —le dije—, y como aquellos que quieren bien, siento vagos temores. ¿No perjudicarán vuestras grandezas a vuestras amistades?

—¿Yo? —dijo ella—. ¡Quitad allá! Una idea semejante bastaría no sólo para despreciaros, sino también para olvidaros para siempre.

La miré presa de una embriaguez que debió ser comunicativa.

Nos aprovechamos del beneficio de leyes que no hemos ni provocado ni pedido, mas no seremos ni mendigos ni cupidos; y por lo demás, vos sabéis bien —añadió— que ni yo ni el señor de Mortsauf podemos abandonar Clochegourde. Siguiendo mi consejo, ha rechazado el mando al que tenía derecho en la Casa Roja. Nos basta con que mi padre tenga su cargo. Nuestra obligada modestia —dijo sonriendo con amargura— ha servido bien a nuestro hijo. El rey, a cuyo lado está de servicio mi padre, ha dicho muy graciosamente que traspasaría a Santiago el favor que no aceptamos nosotros. La educación de Santiago, en la cual es preciso pensar, está sometida en la actualidad a seria discusión; va a representar a dos casas, los Lenoncourt y los Mortsauf. Yo no puedo tener ambición más que por él, y así mis inquietudes han aumentado. No solamente debe vivir Santiago, sino que además debe hacerse digno de su nombre, dos obligaciones que se contrarían.

Hasta el presente, he podido bastar a su educación proporcionando los trabajos a sus fuerzas, mas por primera, ¿dónde hallar un preceptor que me convenga? Y después, ¿quien velará por él en ese horrible París, donde todo son lazos tendidos para el alma y peligros para el cuerpo? Amingo mío —me dijo con voz conmovida—, viendo vuestra frente y vuestros ojos, ¿quién no adivinaría en vos una de esas aves que deben habitar las alturas? Tomad impulso, sed un día el padrino de nuestro querido hijo. Id a París; si vuestro hermano y vuestra madre no os secundan, nuestra familia, mi madre sobre todo, que posee el genio de los negocios, será a buen seguro muy influyente; aprovechaos de nuestro crédito… no os faltará entonces ni apoyo ni socorros en la carrera que escojáis; poned, pues, lo superfluo de vuestras fuerzas en una noble ambición.

—Os comprendo —dije interrumpiéndola—, mi ambición se convertirá en mi amante. No tengo necesidad de ello para ser todo vuestro. No, yo no quiero ser recompensado por mi cordura aquí con favores allá. Iré, creceré solo, por mí mismo. Lo aceptaré todo de vos; de los demás, no quiero nada.

—¡Chiquilladas! —murmuró ella, reprimiendo mal una sonrisa de satisfacción.

—Además, me he consagrado —le dije—. Meditando en nuestra situación, he pensado en ligarme a vos por lazos que jamás puedan desatarse.

Ella tuvo un ligero temblor y se detuvo para mirarme.

—¿Qué queréis decir? —preguntó, dejando seguir a las dos parejas que nos precedían y manteniendo a sus hijos a su lado.

—Pues bien —respondí— decidme francamente cómo queréis que os ame.

—Queredme como me quería mi tía, cuyos derechos os he transferido al autorizaros que utilicéis el mismo nombre que ella había escogido para llamarme.

—Amaré, pues, sin esperanza, con un completo sacrificio. Pues bien, sí, haré por vos lo que el hombre hace por Dios. ¿No lo habéis pedido? Voy a ingresar en un seminario, me ordenaré de sacerdote y educaré a Santiago. Vuestro Santiago será como un otro yo: concepciones políticas, pensamiento, paciencia, energía, yo se lo daré todo. Así permaneceré a vuestro lado, sin que mi amor, encerrado en la religión como una imagen de plata en una campana de cristal, pueda ser sospechoso. No habéis de temer ninguno de esos inmoderados ardores que se apoderan de un hombre, y por los cuales me he dejado vencer ya una vez. Me consumiré en la llama y os amaré con amor purificado.

Ella palideció y dijo con presurosas palabras:

—Félix, no os liguéis con lazos que un día serían un obstáculo a vuestra felicidad. Yo moriría de pesar por haber sido la causa de ese suicidio. ¡Pero criatura!, ¿es que un amor desesperado es una vocación? Aguardad las pruebas de la vida para juzgar la vida; lo quiero, lo ordeno. No os desposéis, ni con la Iglesia ni con una mujer, no lo hagáis de ninguna manera, os lo prohíbo. Permaneced libre. Tenéis veintiún años. Apenas sabéis lo que os reserva el futuro. ¡Dios mío!, ¿os habré juzgado mal? Sin embargo, he creído que dos meses bastaban para conocer ciertas almas.

—¿Qué esperanzas tenéis vos? —le dije, lanzando chispas por los ojos.

—Amigo mío, aceptar mi ayuda, elevaos, haced fortuna y sabréis cuál es mi esperanza. En fin —añadió, pareciendo dejar escapar un secreto—, no abandonéis jamás la mano de Magdalena, que en este momento tenéis en la vuestra.

Se había inclinado a mi oído para decirme estas palabras, que probaban a qué punto se había ocupado de mi futuro.

—¿Magdalena? —exclamé—. ¡Jamás!

Estas dos palabras nos arrojaron a un silencio lleno de agitaciones. Nuestras almas eran presa de esos trastornos que los surcan de manera a dejar en ellas huellas eternas. Estábamos ya a la vista de una puerta de madera que daba acceso al parque de Frapesle, y cuyas dos pilastras ruinosas, cubiertas de plantas trepadoras y de musgos, de hierbas y de zarzas, me parece aún ver.

De pronto una idea, la de la muerte del conde, atravesó como una flecha mi cerebro, y le dije:

—Ya os comprendo.

—Por suerte —respondió ella, con tono que me hizo ver que le suponía un pensamiento que jamás había tenido.

Su pureza me arrancó una lágrima de admiración que el egoísmo de la pasión hizo bien amarga. Haciendo un examen de conciencia, pensé que ella no me amaba lo bastante como para desear su libertad. Si el amor retrocede ante un crimen es que tiene límites, y el amor debe ser infinito. Se me contrajo horriblemente el corazón. «¡Ella no me ama!», pensé. Y para no dejarle leer en mi alma, besé en la cabeza a Magdalena.

—Tengo miedo de vuestra madre —dije a la condesa, para reanudar la conversación.

—Y yo también —respondió ella, haciendo un mohín infantil—. Pero no olvidéis de llamarla siempre señora duquesa y de hablarla en tercera persona. La juventud actual ha perdido la costumbre de esas formas de urbanidad; volvedlas a adoptar, hacedlo por mí. ¡Además, es de tan buen gusto respetar a las mujeres, sea cual sea su edad, y reconocer las distinciones sociales sin discutirlas! ¿No son los honores que rendís a las superioridades establecidas la garantía de los que os son debidos? Todo es solidario en la sociedad. El cardenal de la Rovere y Rafael de Urbino fueron antaño dos potencias igualmente reverenciadas. Vosotros habéis mamado en vuestros liceos la leche de la revolución y vuestras ideas políticas pueden resentirse de ello; mas al avanzar en la vida, aprenderéis hasta qué punto son importantes para crear la felicidad de los pueblos los principios de libertad mal definidos. Antes de pensar, en mi calidad de Lenoncourt, en lo que es o debe ser una aristocracia, mi buen sentido de campesina me dice que la jerarquía constituye el fundamento de las sociedades. ¡Vos estáis en un momento de la vida en que es preciso escoger bien! Sed de vuestro partido. Sobre todo —añadió riendo— cuando triunfa.

Me emocionaron vivamente estas palabras, en las que la profundidad política se ocultaba bajo el calor del afecto, alianza que da a las mujeres un poder de seducción tan grande; todas ellas saben prestar a los más agudos razonamientos la forma del sentimiento. Parecía como si en su deseo de justificar las acciones del conde, Enriqueta hubiese previsto las reflexiones que habían de surgir en mi alma en el momento en que vi por primera vez los efectos de la adulación cortesana. El señor de Mortsauf, rey en su castillo, rodeado de su aureola histórica, había tomado a mis ojos proporciones grandiosas y confieso que me asombró singularmente la distancia que puso entre la duquesa y él por modales cuando menos obsequiosos. El esclavo tiene su vanidad; no quiere obedecer sino al más grande de los déspotas; yo me sentía como humillado al ver el servilismo de quien me hacía temblar dominando todo mi amor. Este movimiento interior me hizo comprender el suplicio de las mujeres cuya alma generosa se halla emparejada a la de un hombre cuyas cobardías entierran cotidianamente. El respeto es una barrera que protege por igual al grande y al pequeño, pudiendo mirarse de cara cada uno de su lado. Yo fui respetuoso con la duquesa, debido a mi juventud; mas allí donde los demás veían una duquesa, yo vi a la madre de mi Enriqueta, y puse una especie de santidad en mis homenajes. Entramos en el gran patio de Frapesle, donde encontramos a la compañía. El conde de Mortsauf me presentó muy amablemente a la duquesa, quien me examinó con aire frío y reservado. La señora de Lenoncourt era a la sazón una mujer de cincuenta y seis años, perfectamente conservada y que tenía pandes modales. Viendo sus ojos de un duro azul, sus sienes rayadas, su rostro enjuto y macerado, su talle imponente y erguido, sus movimientos raros y su mate blancura que se volvía a encontrar tan destellante en su hija, reconocía la fría raza de la que procedía mi madre, con tanta rapidez como un mineralogista reconoce el acero de Suecia. Su lenguaje era el de la antigua corte; decía fredo por frío y porteadores en lugar de portadores. Yo no me mostré ni cortesano ni grave; me conduje tan bien, que yendo a las vísperas, la condesa me dijo al oído:

—¡Habéis estado perfecto!

El conde vino a mí, me tomó de la mano y me dijo:

—¿No estamos enfadados, verdad Félix? He tenido alguna vivezas… espero que se las perdonéis a vuestro viejo camarada. Vamos a quedarnos aquí probablemente a cenar y os invitaremos para el jueves, la víspera de la partida de la duquesa. Yo voy a Tours para despachar algunos asuntos. No descuidéis Clochegourde. Debéis cultivar las relaciones con mi suegra. Su salón dará el tono al barrio de Saint-Germain. Ella se atiene a las tradiciones de la gran sociedad, posee una inmensa instrucción y conoce los blasones del primero al último gentilhombre de Europa.

El conde tuvo el buen gusto —acaso los consejos de su genio doméstico se mostraron en las nuevas circunstancias en que se situaba el triunfo de su causa— de no manifestar arrogancia ni hiriente cortesía; estuvo sin énfasis y la duquesa sin aires protectores. El señor y la señora de Chessel aceptaron con agradecimiento la invitación para la cena del siguiente jueves. Yo plací a la duquesa y sus miradas me mostraron que examinaba en mí a un hombre de quien su hija le había hablado. Cuando volvimos de nuevo de las vísperas, me preguntó sobre mi familia y si el Vandenesse ocupado ya en la diplomacia era mi pariente.

—Es mi hermano —le respondí.

Entonces se me manifestó afectuosa a medias. Me participó que mi tía, la vieja marquesa de Listomere, era una Grandieu. Sus modales fueron corteses, como lo habían sido los del señor de Mortsauf el día en que me vio por primera vez. Su mirada perdió aquella expresión altiva por la que los príncipes de la tierra os hacen medir la distancia que se halla entre ellos y uno. Yo no sabía nada de mi familia. Igualmente me impuso la duquesa en que mi tío-abuelo, anciano abate al que ni siquiera conocía yo de nombre, formaba parte del consejo privado; mi hermano había sido ascendido; y en fin, por un artículo del código constitucional, que yo no conocía aún, mi padre volvía a ser marqués de Vandenesse.

—Yo no soy más que una cosa, el siervo de Clochegourde —dije en voz muy baja a la condesa.

El baquetazo de la Restauración se realizaba con una rapidez que dejaba estupefactos a los jóvenes educadores bajo el régimen imperial. Aquella revolución no fue nada para mí. La menor palabra, el gesto más simple de la señora de Mortsauf eran los únicos acontecimientos a los que concedía importancia. Ignoraba lo que era el consejo privado; no conocía nada ni de la política ni de las cosas del mundo; no tenía más ambición que la de amar a Enriqueta, con más intensidad que Petrarca había amado a Laura. Esta despreocupación hizo que la duquesa me tomara por un niño. Acudió mucha gente a Frapesle, siendo treinta los invitados a la cena. ¡Qué embriaguez para un joven el ver que la mujer a la que ama era la más bella de todas, convertirse en objeto de las apasionadas miradas y saberse solo en recibir el resplandor de sus ojos, castamente reservado; el conocer bastante todos los matices de su voz para hallar en su palabra, en apariencia ligera o burlona, las pruebas de un pensamiento constante, hasta cuando se siente en el corazón unos devoradores celos contra las distracciones del mundo.

El conde, dichoso por la atenciones de que era objeto, estuvo casi joven; su mujer esperaba algún salto de humor; yo, me divertía con Magdalena, quien, semejante a los niños cuyo cuerpo sucumbe por los estrujones del alma, me hacía reír con pasmosas observaciones llenas de un espíritu burlón sin malignidad, pero que no indulgían con nadie. Fue una magnífica velada. Una palabra, una esperanza nacida por la mañana había tornado luminosa la naturaleza; y viéndome tan jubiloso, Enriqueta lo estaba también.

—Esa ventura a través de su vida gris y fosca le pareció bien buena —me dijo ella al día siguiente.

Este día lo pasé naturalmente en Clochegourde, de donde había estado proscrito durante cinco días. Tenía sed de mi vida. El conde se había marchado ya a las seis de la mañana para redactar sus contratos de adquisición de Tours. Un grave sujeto de discordia se había alzado entre la madre y la hija. La duquesa quería que la condesa la siguiera a París, en cuya ciudad le obtendría un cargo en la corte, y el conde, volviendo de su negativa, también podría ocupar elevadas funciones. Enriqueta, que pasaba por una mujer feliz, no quería revelar a nadie, ni siquiera al corazón de su madre, sus horribles sufrimientos, ni descubrir la incapacidad de su marido. Para que su madre no penetrase en el secreto de su hogar, ella había enviado al señor de Mortsauf a Tours, donde debía discutir con los notarios. Solamente yo, tal como ella había dicho, conocía los secretos de Clochegourde. Tras haber experimentado a qué punto el aire puro y el cielo azul de aquel valle calmaban las irritaciones del espíritu o los amargos dolores de la enfermedad, y qué influencia ejercía la vivienda de Clochegourde en la salud de sus hijos, oponía razones negativas, que combatía la duquesa, mujer entrometida, menos pesarosa que humillada por el mal casamiento de su hija. Enriqueta, ¡espantoso descubrimiento!, se apercibió de que su madre se inquietaba poco por Santiago y Magdalena. Como todas las madres acostumbradas a continuar sobre las hijas casadas el despotismo que ejercían estando solteras, la duquesa procedía por consideraciones que no admitían réplica; ora afectaba una capciosa amistad, a fin de arrancar un consentimiento a su opinión, como luego una amarga frialdad, para obtener por el temor lo que no había conseguido con la dulzura, y después, al ver la inutilidad de sus esfuerzos, desplegaba el mismo espíritu de ironía que yo había observado en mi madre. En diez días, Enriqueta conoció todas las desgarraduras que causan a las mujeres jóvenes las rebeldías necesarias al establecimiento de su independencia. Vos, que por fortuna tenéis la mejor de las madres, no sabríais comprender estas cosas. Para tener una idea de esa lucha entre una mujer seca, fría, calculadora y ambiciosa y su hija, plena de esa untosa y fresca bondad que no se agota jamás, habría de imaginarse el lirio, al que mi corazón la ha comparado sin cesar, triturado en los engranajes de una máquina de pulido aceró. Aquella madre no había tenido jamás nada de coherente con su hija; no supo adivinar ninguna de las verdaderas dificultades que le impedían aprovecharse de las ventajas de la restauración, y a continuar su vida solitaria. Pensó en algún enamoriscamiento entre su hija y yo. Esta palabra, de la que se sirvió para expresar sus sospechas, abrió entre ambas mujeres abismos que nada podía ya en adelante colmar. Aunque las familias entierran escrupulosamente esas intolerables disidencias, penetrad en ellas, y hallaréis en casi todas, llagas profundas, incurables, que rebajan los sentimientos naturales; o son pasiones reales, enternecedoras, que el decoro de los personajes hace eternas y que dan a la muerte un contragolpe cuyos negros verdugones son imborrables; o bien odios latentes que hielan lentamente el corazón y secan las lágrimas el día de los adioses eternos. Atormentada ayer, atormentada hoy, azotada por todos, hasta por sus dos ángeles dolientes que no eran cómplices, ni de los males que padecían ni de los que causaban, ¿cómo iba a amar aquella mujer a quien no la maltrataba, a quien quería rodearla de una triple valla de espinos para defenderla de las tormentas, de todo contacto, de toda herida? Si yo sufría con aquellas discusiones, a veces me sentía feliz al sentir que ella se arrojaba a mi corazón, pues Enriqueta me confiaba sus nuevas penas. Pude entonces apreciar su serenidad en el dolor, y la enérgica paciencia que sabía desplegar. Cada día penetraba yo mejor en el sentido de sus palabras: «Amadme como me amaba mi tía».

—¿Carecéis, pues de ambiciones? —me espetó con aire duro la duquesa, en la cena.

—Señora —le respondí, lanzándole una severa mirada—, me siento con fuerza para dominar el mundo; pero no tengo más que veinte años y estoy completamente solo.

Miró a su hija con aire asombrado, pues creía que para conservarme a su lado, era ella la que apagaba en mí toda ambición. La estancia que hizo la duquesa de Lenoncourt en Clochegourde fue un tiempo de perpetua desazón. La condesa me recomendaba el decoro, espantándose de una palabra dulcemente dicha; y para complacerle, preciso era endosarse el arnés del disimulo. Llegó el gran jueves, que fue un día de aburrido ceremonial, uno de esos días que odian los enamorados acostumbrados a las zalamerías del dejarse llevar cotidiano, acostumbrados a ver su silla en su sitio y al ama de la casa toda para ellos. El amor aborrece todo lo que no sea amor. La duquesa se fue a disfrutar de las pompas de la corte y todo volvió a su ordenado ritmo en Clochegourde.

Mi pequeña riña con el conde había dado por resultado el que me introdujera más en la mansión; podía ir a ella a cualquier momento, sin despertar la menor desconfianza, y los antecedentes de mi vida me indujeron a extenderme como una planta trepadora en la bella alma donde se abría para mí el delicioso mundo de los sentimientos compartidos. A cada hora, de momento en momento, nuestro fraternal enlace, fundado sobre la confianza, se hizo más coherente; nos establecimos cada cual en su posición: la condesa me envolvía con las protecciones nutricias, en las blancas sábanas de un amor por entero maternal; mientras que mi amor, seráfico en su presencia, se tornaba lejos de ella mordiente y alterado como un hierro candente; yo [

la amaba con un doble amor que disparaba alternativamente las mil flechas del deseo y las perdía en el cielo, donde morían en un éter infranqueable. Si me preguntáis por qué, joven y lleno de fogosas apetencias, permanecía en las abusivas creencias del amor platónico, os confesaré que aún no era lo bastante hombre como para atormentar a aquella mujer, siempre temerosa de alguna catástrofe en sus hijos, esperando siempre un estallido, una tormentosa variación de humor en su marido; afligida por él, cuando no lo estaba por la enfermedad de Santiago o de Magdalena; sentada a la cabecera de uno de ellos cuando su marido calmado le podía dejar tomar algo de reposo. El sonido de una palabra demasiado viva agitaba su ser, un deseo la ofendía; para ella, era preciso ser amor velado, fuerza mezclada de ternura, en fin, todo lo que ella era para los demás. Después os lo diré a vos que sois tan mujer, aquella situación comportaba languideces encantadoras, momentos de divina suavidad y las satisfacciones que se desprenden de tácitas inmolaciones. Su conciencia era contagiosa, su abnegación sin recompensa terrestre imponía por su persistencia; esa viva y secreta piedad que servía de vínculo a sus otras virtudes, obraba en torno como un incienso espiritual. ¡Además yo era joven, lo bastante joven como para concentrar mi naturaleza en el beso que tan raramente me permitía depositar en su mano, de la cual jamás me quiso dar la palma! ¡Límite donde acaso comenzaban para ella los placeres sensuales! Si jamás dos almas se abrazaron con más ardor, nunca tampoco fue tan intrépidamente domado el cuerpo. En fin, más tarde he conocido la causa de aquella plena felicidad. A mi edad, ningún interés me distraía el corazón, ninguna ambición atravesaba el curso de ese sentimiento desencadenado como un torrente y que hacía una onda de todo cuanto arrastraba. Sí, más tarde amamos a la mujer en una mujer; mientras que, de la primera mujer amada, lo amamos todo: sus hijos son los nuestros, su casa es la nuestra, sus intereses son nuestros intereses, su desgracia es nuestra mayor desgracia, amamos su vestido y sus muebles; nos enoja más ver encamadas sus mieses que saber perdido nuestro dinero, estamos dispuestos a refunfuñar al visitante que manosea nuestras chucherías puestas sobre la repisa de la chimenea. Ese santo amor nos hace vivir en otro, mientras que más tarde, ¡ay!, atraemos a otra vida a nosotros mismos, pidiendo a la mujer que enriquezca con sus lozanos sentimientos nuestras empobrecidas facultades. Pronto fui de la casa y experimenté por vez primera una de esas infinitas dulzuras que son para el alma atormentada lo que un baño para el cuerpo fatigado; el alma se encuentra entonces refrescada en todas sus superficies, acariciada hasta en sus más profundos pliegues. No sabríais comprenderme, sois mujer, y aquí se trata de la felicidad que dais, sin jamás recibir su par. Sólo un hombre conoce el exquisito placer de ser, en el seno de un hogar ajeno, el privilegiado del ama de casa, el centro secreto de sus afectos: los perros no os ladran; los criados reconocen, tan bien como los canes, las insignias ocultas que portáis; los niños, en quienes nada está falseado, que saben que su parte no se menoscabará jamás y que vos sois bienhechor a la luz de su vida, esos niños poseen un espíritu adivinador; se vuelven gatos para uno, tienen esas hermosas tiranías que reservan a los seres adorados y adoradores; tienen discreciones espirituales y son inocentes cómplices; vienen a uno de puntillas, sonríen, y se van sin hacer ruido. Para uno, todo se torna solícito, amoroso y risueño. Las verdaderas pasiones parecen ser bellas flores que causan tanto mayor placer de ver, cuanto más ingratos son los terrenos que las producen. Pero, si yo obtuve los deliciosos beneficios de esta naturalización en una familia en la que hallaba parientes a gusto de mi corazón, también soporté sus cargas. Hasta entonces, había tenido miramientos, molestándose por mí: yo no había visto sino el grueso de sus defectos, mas pronto los conocí aplicados a los menores detalles: vi cuán noblemente generosa había sido la condesa al referirse a sus luchas cotidianas. Entonces conocí todos los ángulos de aquel intolerable carácter: oí sus chillidos continuos a propósito de nada, sus quejas sobre males de los que exteriormente no existía ninguna señal, ese descontento innato que desflora la vida, y esa incesante necesidad de tiranía que le habría hecho devorar cada año nuevas víctimas. Cuando nos paseábamos al atardecer, él era quien dirigía el paseo; pero fuese el que fuere, siempre se aburría en él; de regreso a casa, echaba a los demás el fardo de su hastío: su mujer había sido la causa, llevándole contra su gusto allá donde ella quería ir; no acordándose ya de que era él quien nos había conducido; se quejaba de estar gobernado por ella hasta en los menores detalles de la vida, de no poder tener ni una voluntad ni un pensamiento propios, de ser un cero a la izquierda en su hogar. Si sus desagradables palabras topaban con una silenciosa paciencia, se enfadaba al sentir limitado su poder; preguntaba agriamente si la religión no ordenaba a las mujeres complacer a sus maridos, si era adecuado despreciar al padre de sus hijos. Siempre terminaba por atacar una cuerda sensible de su mujer; y cuando la había hecho resonar, parecía saborear un particular placer en estas nulidades dominadoras. A veces afectaba un silencio taciturno, un abatimiento mórbido, que de pronto asustaba a su mujer, de quien recibía entonces conmovedoras atenciones. Semejante a esos niños mimados que ejercen su poder sin importarles las alarmas maternas, se dejan acariciar como Santiago y Magdalena, de quienes tenía celos. En fin, a la larga descubrí que, tanto en las circunstancias pequeñas como en las grandes, el conde actuaba con sus criados, sus hijos y su mujer, como conmigo en el juego del chaquete. El día en que abarqué en sus raíces y en sus ramas estas dificultades que, semejantes a bejucos, ahogaban, oprimían, los movimientos respiratorios de aquella familia, envolviendo con mallas de hilos tenues pero múltiples la marcha del hogar y retrasaban el aumento de la fortuna complicando los actos más necesarios, sentí un admirativo espanto que dominó mi amor y lo replegó en mi corazón. ¿Qué era yo, Dios mío? Las lágrimas que había bebido engendraron en mí como una embriaguez sublime, y hallé la felicidad abrazando los sufrimientos de aquella mujer. Yo me había plegado antes al despotismo del conde al igual que un contrabandista paga sus multas; ahora me ofrecí voluntariamente a los golpes del déspota, para estar más cerca de Enriqueta. La condesa me adivinó, me dejó tomar un sitio a su lado y me recompensó autorizándome a compartir sus dolores, como antaño el apóstata arrepentido, ansioso por volar al cielo junto con sus hermanos, obtenía la gracia de morir en el circo.

—Sin vos, yo hubiera sucumbido a esta vida —me dijo Enriqueta un anochecer en que el conde había estado, cual moscas un día caluroso, más molesto, más acerbo y más antojadizo que de costumbre.

El conde se había acostado. Enriqueta y yo nos quedamos durante una parte de la velada bajo nuestras acacias; los niños jugaban en derredor nuestro, bañados por la luz crepuscular del sol. Nuestras palabras, raras y puramente exclamativas, nos revelaban la reciprocidad de los pensamientos por los cuales reposábamos de nuestros comunes sufrimientos. Cuando las palabras faltaban, el silencio servía fielmente a nuestras almas, que, por decirlo así, entraban la una en la morada de la otra sin obstáculo, pero sin ser invitadas por el beso: saboreando ambos los encantos de un torpor pensativo, se introducían en las ondulaciones de un mismo ensueño, se zambullían juntas en el río, y salían refrescadas como dos ninfas; tan perfectamente unidas como pueden desearlo los celos, pero sin ninguna ligazón terrestre. Ibamos a un abismo sin fondo, y volvíamos a la superficie con las manos vacías, preguntándonos con una mirada: «¿Tendremos un día nuestro, entre tantos días?». Cuando la voluptuosidad nos recoge esas flores nacidas sin raíces, ¿por qué murmura la carne? A pesar de la enervante poesía del anochecer, que prestaba a los ladrillos de la balaustrada esos tonos anaranjados, tan lánguidos y tan puros; a pesar de aquella atmósfera religiosa que nos comunicaba en sones atenuados los gritos de los dos niños, y nos dejaba tranquilos, el deseo serpeaba en mis venas como la señal de un fuego de artificio. Al cabo de tres meses, comenzaba a no contentarme ya con la parte que me tocaba, y acariciaba dulcemente la mano de Enriqueta, intentando transmitirle los deleites que me abrasaban. Enriqueta volvió a ser la señora de Mortsauf y me retiró su mano; algunas lágrimas rodaron en mis ojos, ella las vio y me lanzó una cálida mirada, llevando su mano a mis labios.

—¡Sabed bien —me dijo— que esto me cuesta lágrimas! La amistad que quiere un favor de tal magnitud es bien peligrosa.

Yo estallé, me volqué en reproches, hablé de mis sufrimientos y del poco alivio que pedía para soportarlos. Osé decirla que a mi edad, si los sentidos eran todo alma, también el alma tenía un sexo; que sabría morir, pero no hacerlo con los labios cerrados. Me impuso silencio lanzándome su orgullosa mirada, en la que creí leer el ¿Y yo, es que acaso estoy sobre rosas? del cacique. Acaso me engañaba también. Desde el día en que, ante la puerta de Frapesle, la había erróneamente atribuido ese pensamiento que hacía nacer nuestro amor de una tumba, sentía vergüenza en mancillar su alma por deseos impregnados de pasión brutal. Tomó la palabra, y con los labios melosos me dijo que no podía ser todo para mí, y que yo ya debía saber esto. Comprendí, en el momento en que decía esas palabras, que si no la obedecía, abriría abismos entre nosotros dos. Bajé la cabeza. Ella continuó diciendo que tenía la certeza religiosa de poder amar a un hermano, sin ofender a Dios ni a los hombres; que había cierta dulzura en hacer de este culto una imagen real del amor divino, que, según su buen Saint-Martin, es la vida del mundo. Que si yo no podía ser para ella algo como su viejo confesor, menos que un amante, pero más que un hermano, era preciso que no nos viésemos más. Ella sabría morir, llevando a Dios esa añadidura de sufrimientos vivos, soportados no sin lágrimas ni desgarraduras.

—He dado —dijo acabando— más de lo que debía para no tener ya nada más que dejar tomar, y ya estoy castigada.

Fue preciso calmarla, prometerle no causarle jamás una pena, y amarla a los veinte años como los viejos quieren a su último hijo.

Al día siguiente volví temprano. Ella no tenía flores para los jarrones de su salón gris, y me lancé a los campos, a las viñas, y las busqué para hacer dos ramilletes; pero mientras las recogía una a una, cortándolas al ras y admirándolas, pensaba que los colores y los follajes de una armonía, una poesía que se abría paso en el entendimiento encantando la mirada, al igual que las frases musicales despiertan mil recuerdos en el fondo de los corazones amantes y amados. Si el color es la luz organizada, ¿no debe tener un sentido, como las combinaciones del aire tienen el suyo? Ayudado por Santiago y Magdalena, contentos los tres por conspirar en una sorpresa para nuestra adorada, confeccioné, sobre los últimos peldaños de la escalinata donde establecimos el cuartel general de nuestras flores, dos ramilletes por los cuales intenté describir un sentimiento. Imaginaos una cascada de flores saliendo de los jarrones a borbotón, cayendo en ondas caireladas, y del seno de la cual se abalanzaban mis deseos en rosas blancas, en lirios de copa de plata. Sobre esta lozana disposición brillaban los azulejos, los miosotis, las viperinas, todas las flores azules cuyos matices, tomados del cielo, casan tan bien con el blanco; ¿no son dos inocencias, la que no sabe nada y la que sabe todo, un pensamiento del niño, un pensamiento del mártir? El amor tiene su blasón, y la condesa lo descifró secretamente. Me lanzó una de esas miradas incisivas que se asemejan al grito de un herido tocado en su llaga: estaba a la vez avergonzada y encantada. ¡Qué recompensa en aquella mirada! ¡Hacerla feliz, refrescarle el corazón, qué aliento! Inventé pues, la teoría del padre Castel en provecho del amor, y hallé para ella una ciencia perdida en Europa, donde las flores del escritorio reemplazan a las páginas escritas en oriente con embalsamados colores. ¡Qué hechizo el hacer expresar sus sensaciones por estas hijas del sol, hermanas de las flores abiertas por los rayos del amor! No tardé en entenderme con los productos de la flora campestre, como un hombre que he conocido más tarde en Grandlieu se entendía con las abejas.

Dos veces por semana, durante el resto de mi estancia en Frapesle, repetí el largo trabajo de esta obra poética, para cuya realización eran necesarias todas las variedades de gramíneas, estudiadas por mí más como poeta que como botánico, estudiando más su espíritu que su forma. Para encontrar de donde provenía una flor, recorría frecuentemente enormes distancias, al borde de las aguas, a las cañadas, a la cima de las rocas, a plenas tandas, saqueando pensamientos en el seno de los bosques y de los matorrales. En estas excursiones, me iniciaba en placeres desconocidos al sabio que vive en la meditación, al agricultor ocupado de especialidades, al artesano aprisionado en las ciudades, al comerciante atado a su oficina, al tendero pegado a su mostrador, pero conocidos de algunos forestales, de algunos leñadores, de algunos soñadores. Hay en la naturaleza efectos cuyos significados carecen de límites, y que se elevan a la altura de las más grandes concepciones morales. Sea un brezal florido, cubierto de los diamantes del rocío que lo remojan, y en el cual cabrillea el sol, inmensidad ataviada para una sola mirada que se la lanza. Sea un rincón de bosque rodeado de ruinosas rocas, cortado de arenas, vestido de musgos, guarnecido de enebros, que os prende e impresiona por no sé qué de salvaje, de vivos contrastes, de amedrentador, y de donde brota el grito del quebrantahuesos. Sea una landa calcinada, sin vegetación, pedregosa, de pliegues rígidos, y cuyos horizontes se asemejan a los del desierto, y donde encontré una flor sublime y solitaria, una pulsatilla de corola de seda violeta expuesta por sus estambres de oro; imagen enternecedora de mi blanco ídolo, sola en su valle… Sean grandes balsas de agua, sobre las cuales la naturaleza lanza en seguida manchas verdes, especie de transición entre la planta y el animal, donde la vida llega en pocos días, flotando allí plantas e insectos como un mundo en el éter. Sea aún una cabaña, con su huerto lleno de coles, su viñedo, su empalizada, suspendida sobre una hondonada, encuadrada por algunos magros campos de centeno, símbolo de tantas humildes existencias… Sea una larga alameda de bosque, semejante a la nave de una catedral, donde los árboles son pilares, y sus ramas forman los arcos de la bóveda, al extremo de la cual un lejano calvero de claridades mezcladas de sombras y matizadas por las rojas tonalidades del sol poniente, asoma a través del follaje y muestra como las polícromas vidrieras de un coro lleno de aves canoras. Luego, al salir de estos bosques tan lozanos y espesos, un pizarroso erial donde, sobre musgosardientes y sonoros, ahitas culebras vuelven a sus madrigueras levantando sus cabezas elegantes y finas. Lanzad sobre estos cuadros ora torrentes de sol chorreantes como ondas nutricias, ora montones de nubes alineadas como las arrugas en la frente de un anciano, ora los grises tonos de un cielo tenuemente anaranjado, surcado por bandas de un azul pálido; y luego escuchad: oiréis indefinibles armonías en medio de un silencio que confunde. Durante los meses de septiembre y octubre, jamás he confeccionado un ramo que me costara menos de tres horas de búsquedas, a tal punto admiraba yo, con el suave abandono de los poetas, esas fugitivas alegorías donde para mí se pintaban las fases más contrastantes de la vida humana, majestuosos espectáculos en los que va a hurgar ahora mi memoria. A menudo, hoy, enlazo a estas grandiosas escenas el recuerdo del alma entonces expandida sobre la naturaleza. Paseo en ella aún a la soberana cuyo blanco atavío ondeaba en las espesuras, flotaba sobre los céspedes, y cuyo pensamiento se elevaba, como un fruto prometido, de cada cáliz lleno de amorosos estambres.

Ninguna declaración, ninguna prueba de pasión insensata tuvo contagio más violento que esas sinfonías de flores, donde mi defraudado deseo me hacía desplegar los esfuerzos que Beethoven expresaba con sus notas; profundos retornos sobre sí mismo, arranques prodigiosos hacia el cielo. La señora de Mortsauf no era más que Enriqueta a su vista. Volvía a ellas sin cesar, se nutría de ellas, recogía todos los pensamientos que yo había allí puesto, cuando para recibirlas alzaba la cabeza de su bastidor y exclamaba: «¡Dios mío, qué bello es esto!». Comprenderéis esa deliciosa correspondencia por el detalle de un ramo, como tras un fragmento de poesía comprenderíais a Saadi. ¿Habéis percibido, en las praderas, en el mes de mayo, ese perfume que comunica a todos los seres la embriaguez de la fecundación, cuando desde la barca mojéis vuestras manos en el agua, cuando soltéis al viento vuestro cabello, y cuando vuestros pensamientos reverdezcan como las matas de la floresta? Una pequeña hierba, la grama olorosa, es uno de los más poderosos principios de esa armonía velada. Así, nadie la puede conservar impunemente al lado. Poned en un ramo sus hojas relucientes y rayadas como un vestido de franjas blancas y verdes, e inagotables exhalaciones removerán en el fondo de vuestro corazón las rosas en capullo que el pudor aplasta. En tomo al cuello ensanchado de la porcelana, dejad un buen margen compuesto únicamente por copetes blancos peculiares al sedimento de las viñas de Turena; vaga imagen de las formas deseadas, enroscadas como las de una esclava sumisa. De esta base salen las espirales de las corregüelas de blancas campanillas, las ramillas de la gatuña rosa, mezcladas con algunos helechos, y de algunos recientes brotes de encina, de hojas magníficamente coloreadas y lustradas; todas avanzan humildemente posternadas como sauces llorones, tímidas y suplicantes como plegarias. Ved encima las finas fibrillas, florecidas, agitadas sin cesar por la sensitiva purpurina que vierte, a chorros, sus anteras casi amarillas; las niveas pirámides de forraje de los campos y las aguas, la verde cabellera de las bromeliáceas estériles, los esbeltos penachos de esas agróstidas llamadas las espigas del viento: violáceas esperanzas donde se coronan los primeros sueños y que se destacan sobre el fondo gris de lino donde la luz irradia en tomo a sus hierbas en flor. Mas ya, más arriba, algunas rosas de Bengala esparcidas entre los locos encajes del dauco, las plumas de la ciperácea, los marabús de la espirea, las umbelas simples del cerafolio silvestre, los rubios cabellos de clemátide en fruto, las lindas aspas de la cruciata de nivea blancura, los corimbos de mil hojas, los tallos difusos de la fumaria de flores rosas y negras, los zarcillos de la viña, las tortuosas briznas de las madreselvas; en fin, todo lo que esas cándidas criaturas tienen de más desordenado, de más desgarrado, llamas y triples dardos, hojas lanceoladas, acuchilladas, tallos atormentados como los deseos enroscados en el fondo del alma. Del seno de este caudaloso torrente de amor que desborda, se abalanza una magnífica amapola roja, acompañada de sus glándulas prestas a abrirse, desplegando las chispas de su incendio por encima de los jazmines estrellados y dominando la lluvia incesante del polen, bella nube que mariposea en el aire reflejando la luz en sus mil relucientes parcelas! ¿Qué mujer, embriagada por el aroma de Afrodita oculto en la grama olorosa, no comprenderá ese lujo de ideas sometidas, esa blanca ternura turbada por movimientos indómitos, y ese rojo deseo del amor que pide una felicidad negada en las luchas cien veces recomenzadas de la pasión contenida, infatigable, eterna? Poned este discurso en la luz de una ventana, a fin de mostrar los lozanos detalles, las delicadas oposiciones, los arabescos, para que la soberana emocionada vea allí una flor más abierta y de la que cae una lágrima; estará bien presta a abandonarse, y será preciso que un ángel o la voz de su hijo la retenga al borde del abismo. ¿Qué se da a Dios?: Perfumes, luminarias y cánticos, las expresiones más depuradas de nuestra naturaleza. Pues bien, ¿no se ofrecía al amor cuanto a Él se ofrece, en este poema de flores luminosas que bordoneaba incesantemente sus melodías al corazón, acariciando en él deleites ocultos, esperanzas no confesadas, ilusiones que se inflaman y se extinguen como hebras de la Virgen en una cálida noche?

Estos placeres neutros nos fueron de gran auxilio para engañar a la naturaleza irritada por las largas contemplaciones de la persona amada, por esas miradas que gozan irradiando hasta el fin de las formas penetradas. Para mí fue, no oso decir para ella, como esas grietas de las cuales brotan las aguas contenidas por invencible presa, y que a menudo impiden una desgracia concediendo una parte a la necesidad. La abstinencia tiene agotamientos mortales que precaven algunas migajas caídas una a una del cielo que, desde el Dan al Sáhara dan el maná al viajero. Sin embargo, a la vista de aquellos ramos, yo he sorprendido a menudo a Enriqueta con los brazos caídos, sumida en esos tormentosos ensueños durante los cuales los pensamientos dilatan el pecho y animan la frente, que acuden por oleadas, brotan espumeantes, amenazan, y dejan una enervante lasitud. ¡Jamás después he hecho un ramo para nadie! Cuando hubimos creado este idioma para nuestro uso, experimentamos un contento semejante al del esclavo que engaña a su amo.

Durante el resto de aquel mes, cuando yo venía por el jardín, veía a veces su rostro pegado a los cristales; y cuando entraba en el salón, la encontraba ante su bastidor. Si no llegaba yo a la hora convenida, sin que jamás la hubiésemos señalado, a veces su blanca imagen erraba por la terraza; y cuando la sorprendía, me decía:

—He salido a vuestro encuentro. ¿No hay que tener un poco de coquetería para el último hijo?

Las crueles partidas de chaquete entre el conde y yo habían sido interrumpidas. Sus últimas adquisiciones le obligaban a numerosos desplazamientos, reconocimientos, verificaciones, deslindes y apeos; estaba ocupado en dar órdenes, en trabajos campestres que requerían el ojo del dueño, decididos muchas veces entre su mujer y él. A menudo fuimos, la condesa y yo, a reunirnos con él en las nuevas posesiones, con sus dos hijos, quienes durante el trayecto corrían tras los insectos, los ciervos volantes y los sartorios, haciendo también sus ramos, o por mejor decir, sus gavillas de flores. ¡Pasearse con la mujer que se ama, darle el brazo, escogerle su camino… estos goces ilimitados bastan a una vida! ¡Es entonces tan confiado el discurso! Ibamos solos, y volvíamos con el general, apodo de suave ironía que dábamos al conde cuando estaba de buen humor. Esas dos maneras de recorrer nuestro camino matizaban nuestro placer por oposiciones cuyo secreto no es conocido sino por los corazones impedidos en su unión. A la vuelta, las mismas felicidades, una mirada, un apretón de manos, estaban entremezclados de inquietudes… La palabra, tan libre durante la ida, tenía al regreso misteriosos significados, cuando uno de nosotros hallaba, tras cierto intervalo, una respuesta a insidiosas preguntas, o que una discusión comenzada continuaba bajo esas formas enigmáticas a las cuales se presta tan bien nuestro idioma, y que tan ingeniosamente crean las mujeres. ¿Quién no ha saboreado el placer de oírse así como en una esfera desconocida, donde los espíritus se separan de la muchedumbre y se unen burlando las leyes vulgares? Un día, tuve una loca esperanza, rápidamente disipada, cuando a una pregunta del conde, indagando el tema de nuestra conversación Enriqueta respondió con una frase de doble sentido, con la que le dejó satisfecho. Aquella inocente broma divirtió a Magdalena e hizo enrojecer a destiempo a su madre, quien por una mirada severa me hizo saber que podía retirarme su alma como antes me retirara su mano, queriendo permanecer siendo irreprochable esposa. Mas esta unión puramente espiritual tiene tantos atractivos, que al día siguiente recomenzamos.

Las horas, los días, las semanas, huían así, llenas de renovadas felicidades. Llegamos a la época de la vendimia, que en Turena da lugar a verdaderas fiestas. Hacia finales de septiembre, el sol, menos ardiente que durante la siega, permite permanecer en los campos sin haber de temerse ni su quemadura ni la fatiga. Es más fácil recoger los racimos que segar los trigos. Los frutos están completamente maduros. La siega está hecha, el pan se abarata, y aquella abundancia hace feliz la vida. En fin, los temores que inspiraba el resultado de las labores campestres, donde se entierra tanto dinero como sudores, han desaparecido ante el hórreo colmado y las despensas prestas a llenarse. La vendimia es entonces como el jubiloso postre del festín recolectado, el cielo sonríe siempre en Turena, donde los otoños son magníficos. En. este hospitalario país, los vendimiadores son alimentados en la casa. Siendo estas comidas las únicas que esas pobres gentes toman sustanciosas y bien preparadas cada año, teniéndole tanto apego como, en las familias patriarcales, tenían los niños a las galas de los aniversarios. Así, pues, acuden en tropel a las casas donde sus dueños les tratan sin cicatería. La casa está, pues, llena de gente y de provisiones. Los lagares se hallan constantemente abiertos. Parece que todo sea animado por ese movimiento de obreros toneleros, de carretas cargadas de rientes mozas, y de gentes que, percibiendo salarios mayores que durante el resto del año, cantan a troche y moche. Además, hay otra causa de placer, los rangos se confunden: mujeres, niños, dueños, servidores y operarios, todo el mundo participa en la recolección. Estas diversas circunstancias pueden explicar la hilaridad transmitida de época en época, que se desarrolla en esos bellos días del año, y cuyo recuerdo inspiró antaño a Rabelais la forma báquica de su obra maestra. Nunca los niños, Santiago y Magdalena, siempre enfermos, habían asistido a una vendimia; a mí me pasaba lo mismo, y ellos tuvieron no sé qué alegría infantil de ver compartidas sus emociones; su madre había prometido acompañarnos. Habíamos ido a Villaines, donde se fabrican los cestos del país, a encargarnos unos muy lindos; se trataba de vendimiar nosotros cuatro algunas cepas reservadas a nuestras tijeras; pero se había acordado que no se comerían demasiadas uvas. Comer en las viñas el gran co de la Turena parecía cosa tan deliciosa, que en la mesa se desdeñaban los más bellos racimos. Santiago me hizo jurar no ir a ver vendimiar a ninguna parte, y reservarme para el viñedo de Clochegourde. Jamás aquellos dos pequeños seres, habitualmente dolientes y pálidos, estuvieron más lozanos, ni más rosados, ni tan activos y bullidores como durante aquella mañana. Parloteaban por parlotear, iban, correteaban, y volvían, sin razón aparente; como los demás niños, parecían tener demasiada vida que expansionar; el señor y la señora de Mortsauf no les habían visto nunca así. Yo volví a ser niño con ellos, más niño acaso que ellos, pues esperaba también mi recolección. Fuimos a los viñedos con el más magnífico tiempo, y nos quedamos en ellos medio día. ¡Cómo disputamos sobre quién encontraría los mejores racimos y llenaría antes su cesto! Eran idas y venidas de las cepas a la madre: no se recogía un racimo sin mostrárselo a ella. Por su parte, ella se echó a reír con su cascabelera risa llena de juventud, cuando llegando yo tras su hija, con mi cesto, le dije como Magdalena:

—¿Y los míos, mamá?

Ella me respondió.

—¡Querido hijo, no te sofoques demasiado!

Y luego, pasándome la mano alternativamente por el cuello y el pelo, me dio una palmadita en la mejilla, añadiendo:

—¡Pero si estás bañado de sudor!

Fue la única vez que oí esta caricia de la voz, el de los amantes. Miré los lindos setos cubiertos de rojos frutos y de moras; escuché los gritos de los niños, contemplé la tropa de vendimiadoras, la carreta llena de toneles y los hombres cargados de cuévanos… ¡Ah!, lo grabé todo en mi memoria, todo, hasta el tierno almendro bajo el cual ella estaba, fresca, coloreada, risueña, con su sombrilla abierta. Luego me puse a recoger racimos, a llenar mi cesto, a ir a vaciarlo al tonel de vendimia con una aplicación corporal, silenciosa y sostenida por una marcha lenta y acompasada que dejó a mi alma libre. Saboreé el inefable placer de un trabajo exterior que conduce la vida regulando el curso de la pasión, bien de cerca, sin ese movimiento mecánico, que lo revuelve todo. Supe a qué punto contiene de cordura la labor uniforme, y comprendí las reglas monásticas.

Por vez primera desde hacía mucho tiempo, el conde no tuvo ni desabrimiento ni crueldad. Su hijo tan saludable, el futuro duque de Lenoncourt-Mortsauf, blanco y rosa, embadurnado de uva, le alegraba el corazón. Siendo aquel día el último de la vendimia, el general prometió celebrar un baile al atardecer ante Clochegourde para celebrar el retorno de los Borbones; así, la fiesta fue completa para todo el mundo. Al regreso, la condesa tomó mi brazo, y se apoyó de modo que mi corazón sintiese el peso del suyo, movimiento de madre que quería comunicar su júbilo, y me dijo al oído:

—¡Vos nos traéis la suerte!

Ciertamente, para mí que sabía de sus noches insomnes, de sus alarmas y de su vida anterior, en la que ella estaba sostenida por la mano de Dios, mas donde todo era árido y fatigante, esa frase acentuada por su voz tan rica desplegaba placeres que ninguna mujer en el mundo podría ya darme.

—La desdichada uniformidad de mis días se ha roto, y la vida se torna hermosa con esperanzas —me dijo tras una pausa—. ¡Oh, no me dejéis, no traicionéis jamás mis inocentes supersticiones; sed el primogénito que se convierte en la providencia de sus hermanos!

Aquí, Natalia, nada es novelesco; para descubrir en ello el infinito de los sentimientos profundos, es preciso haber sondeado en nuestra juventud los grandes lagos en cuya orilla vivimos. Si para muchos seres han sido las pasiones torrentes de lava vertiéndose entre desecadas riberas, ¿no existen almas en donde la pasión contenida por insuperables dificultades ha llenado de agua pura el cráter del volcán?

Tuvimos aún otra fiesta semejante. La señora de Mortsauf quería acostumbrar a sus hijos a las cosas de la vida e inculcarles el conocimiento de las penosas tareas por las cuales se obtiene el dinero; le había, pues, constituido rentas sometidas a las contingencias de la agricultura: a Santiago pertenecía el producto de los nogales y a Magdalena el de los castaños. Algunos días después se efectuó la recolección de ambos frutos. Ir a varear los castaños de Magdalena, oír caer los frutos que rebotaban sobre el césped mate y seco donde generalmente crece el árbol que los produce; ver la seria gravedad con que la niñita examinaba los montones, calculando su valor, que para ella representaba los gustos que se daba sin control; las felicitaciones de Manette, el ama de llaves, la única que suplía a la condesa con sus hijos; las enseñanzas que deparaba el espectáculo de los esfuerzos necesarios para recoger los menores bienes, tan a menudo puestos en peligro por las alternativas del clima, fue una escena en la que los ingenuos goces de la infancia parecían encantadores en medio de los graves tintes del otoño en sus comienzos. Magdalena poseía un granero propio, donde quise ver encerrar su parca recolección, compartiendo su júbilo. Pues bien, me estremezco aún hoy, recordando el ruido que hacía cada contenido de castañas en un cuévano, al rodar sobre la borra amarillenta mezclada de tierra, que servía de piso. El conde tomaba parte para la casa; los colonos y aparceros, todos en tomo a Clochegourde, procuraban compradores a la Bonita, epíteto amigo que en la región otorgan de buen grado los campesinos hasta a personas forasteras, pero que parecía pertenecer exclusivamente a Magdalena.

Santiago fue menos afortunado en la recolección de sus nogales, pues llovió durante algunos días; pero yo le consolé, aconsejándole que guardase sus nueces para venderlas un poco más tarde. El señor de Chessel me había informado que los nogales no daban nada en el Brehemont, ni en la región de Amboise, ni en la de Vouvray. El aceite de nuez es muy utilizado en Turena. Santiago debía obtener cuando menos cuarenta sueldos de cada nogal, y como tenía doscientos, la suma resultaba considerable. Quería comprarse un equipo para montar a caballo. Su deseo promovió una discusión pública, en la cual su padre le hizo reflexionar sobre la inestabilidad de las rentas, sobre la necesidad de crear reservas para los años en que los árboles fuesen infecundos, a fin de procurarse un ingreso medio. Reconocí el alma de la condesa en su silencio; ella estaba gozosa al ver a Santiago escuchando a su padre, y éste reconquistaba un poco de la santidad que le faltaba, gracias a esa sublime mentira que ella había preparado. ¿No os he dicho, describiéndoos a esta mujer, que el lenguaje terrestre sería impotente para traducir los rasgos de su genio? Cuando se producen tales escenas, el alma saborea sus deleites sin analizarlas; ¡mas con cuanto vigor se destacan más tarde sobre el fondo tenebroso de una vida agitada! Parecidas a diamantes, brillan engarzadas por pensamientos llenos de aleación, pesares fundidos en el recuerdo de dichas desvanecidas… ¿Por qué los nombres de las dos posesiones recientemente compradas, la Cassine y la Rethoriére, me conmueven más que los más bellos nombres de Tierra Santa o de Grecia? ¡Quien ama, lo diga!, exclamó Lafontaine. Esos nombres poseen las virtudes talismánicas de las palabras consteladas, en uso en las evocaciones, me explican la magia, despiertan imágenes adormecidas que se alzan al punto y me hablan, me trasladan a aquel valle feliz, crean un cielo y paisajes; ¿mas no han acontecido las evocaciones siempre en las regiones del mundo espiritual? No os extrañéis, pues, en verme entreteniéndoos con escenas tan familiares. Los menores detalles de esta vida simple y casi común, han sido como otros tantos lazos, frágiles en apariencia, por los que me he unido estrechamente a la condesa.

Los intereses de sus hijos causaban a la señora de Mortsauf tanta preocupación y desazones como su débil salud. Pronto reconocí la verdad de lo que ella me había dicho con respecto a su función secreta en los asuntos de la casa, en los cuales me inicié lentamente, aprendiendo en aquella región detalles que debe conocer el estadista. Tras diez años de esfuerzos, la condesa había cambiado el cultivo de sus tierras; las había puesto en cuatro, expresión empleada en la comarca para explicar los resultados de los nuevos métodos, según los cuales los cultivadores no siembran trigo sino cada cuatro años, a fin de variar el cultivo para que descanse la tierra. Para vencer la obstinación de los campesinos había sido preciso rescindir arrendamientos, dividir las posesiones en cuatro grandes alquerías, y tenerlas a mitades, arriendo particular a Turena y a las regiones de los alrededores. El propietario da el alojamiento, los edificios de explotación y las simientes a colonos de buena voluntad, con los cuales comparte los gastos de cultivo y los productos. Este reparto está vigilado por un aperador, hombre encargado de tomar la mitad debida al propietario, sistema costoso y complicado por una contabilidad que varía a cada momento la naturaleza de los repartos. La condesa había hecho que el señor de Mortsauf cultivara una quinta granja compuesta de tierras reservadas, sitas en tomo a Clochegourde, tanto para ocuparle, como para demostrar por la evidencia de los hechos, a sus colonos a medias, la excelencia de sus nuevos métodos. Dueña dé dirigir los cultivos, había hecho lentamente, y con su persistencia de mujer, restaurar dos de sus alquerías según el plan de las granjas de Artois y de Flandes. Fácil es adivinar su designio. Tras la expiración de los arriendos a medias, la condesa quería componer dos hermosas granjas de sus cuatro alquerías, y arrendarlas por dinero efectivo a personas activas e inteligentes, a fin de simplificar las rentas de Clochegourde. Temiendo ser la primera en morir, trataba de dejar al conde ingresos fáciles de percibir, y a sus hijos bienes que ninguna impericia podría hacer periclitar. En aquel momento, los árboles plantados hacían diez años que estaban en pleno rendimiento. Estaban asentadas las cercas que garantizaban a las posesiones contra cualquier litigio futuro. Los álamos, los olmos, todo estaba bien logrado. Con sus nuevas adquisiciones, e introduciendo en todas ellas el nuevo sistema de expíotación, la tierra de Clochegourde, dividida en cuatro grandes granjas, de las que quedaban dos por construir, era susceptible de producir dieciséis mil francos en escudos, a razón de cuatro mil francos por cada una; sin contar la viña, ni los diez mil metros cuadrados de bosque anexo, ni la granja modelo. Los caminos de sus cuatro granjas podían desembocar en una gran avenida que de Clochegourde iría en línea recta a ramificarse con la carretera de Chinon. Existiendo solamente cinco leguas de distancia entre esta avenida y Tours, no debían faltarle arrendatarios, sobre todo en el momento en que todo el mundo hablaba de las mejoras efectuadas por el conde, de sus éxitos, y de las mejoras de sus tierras. En cada una de las dos posesiones adquiridas quería ella invertir una quincena de miles de francos para convertir las casas de los señores en dos grandes granjas, a fin de arrendarlas mejor tras haberlas cultivado durante un año o dos, enviando allá como administrador a un tal Martineau, el mejor y más probo de sus aperadores, quien iba a encontrarse sin puesto, ya que prescribían los arrendamientos a medias de sus cuatro alquerías, y había llegado el momento de reunirlas en dos granjas y alquilarlas por dinero efectivo. Sus ideas tan sencillas, pero complicadas por el desembolso de treinta y tantos mil francos, eran en aquel momento el objeto de largas discusiones entre ella y el conde; espantosas querellas, en las cuales no estaba sostenida más que por el interés de sus dos hijos. El pensamiento de: «¿Si yo muriese mañana, qué sucedería?», le causaba palpitaciones. Las almas dulces y apacibles, en las que es imposible la cólera, que quieren hacer reinar en tomo a ellas su profunda paz interior, sólo ellas saben cuánta fuerza es necesaria para esas luchas, cuán abundantes oleadas de sangre afluyen al corazón antes de entablar el combate, y qué desfallecimiento nos invade cuando no conseguimos nada después de tanta lucha. En el momento en que sus hijos estaban menos débiles, menos flacos, más ágiles, pues la estación de los frutos había producido sus efectos en ellos; en el momento en que ella los seguía con húmeda mirada en sus juegos, experimentando un contento que renovaba sus fuerzas refrescándole el corazón, la pobre mujer sufría las quisquillosidades injuriosas y los lancinantes ataques de una áspera oposición. El conde, espantado por aquellos cambios, negaba sus ventajas y su posibilidad, por un tenaz y compacto entercamiento. A concluyentes razonamientos, respondía con la objeción de un niño que discutiría la influencia del sol en estío. La condesa venció. La victoria del sentido común sobre la locura alivió sus llagas; y olvidó sus heridas. Aquel día, fue a pasearse a la Cassine y a la Rethoriére, a fin de decidir las construcciones a realizar en ambas posesiones. El conde iba solo, delante, los niños nos separaban, y ambos estábamos detrás, siguiendo lentamente, ya que ella me hablaba con aquel tono dulce y quedo que hacía semejar sus frases a pequeñas olitas, murmuradas por el mar sobre una fina arena.

Ella estaba segura del éxito —me decía—. Iba a establecerse una competencia para el servicio de Tours a Chinon, emprendida por un hombre activo, por un mensajero, primo de Manette, quien quería tener una granja importante sobre la carretera. Su familia era numerosa: el hijo mayor conduciría los carruajes, el segundo haría los acarreos; el padre, apostado en el camino, en la Rabelaye, una de las granjas a alquilar, y situada en el centro, podría ocuparse del relevo, y cultivaría bien las tierras, abonándolas con el estiércol que le darían sus cuadras. En cuanto a la segunda granja, la Baude, la que se hallaba a dos pasos de Clochegourde, uno de sus cuatro colonos, hombre honrado, inteligente, que conocía las ventajas del nuevo cultivo, ofrecía ya tomarlo en arriendo. En cuanto a la Cassine y a la Rethoriére, estas tierras eran las mejores del país; una vez construidas las granjas y los cultivos en plena explotación, bastaría anunciarlas en Tours. En dos años, Clochegourde produciría así unos ochenta mil francos de renta; la Gravelotte, aquella granja del Maine devuelta al señor de Mortsauf, acababa de ser tomada a siete mil francos para nueve años; la pensión del mariscal de campo era de cuatro mil francos; si tales rentas no constituían aún una fortuna, procuraban un gran desahogo; más tarde, otras mejores le permitirían acaso ir un día a París para velar por la educación de Santiago, dentro de dos años, cuando la salud del presunto heredero se hubiese asegurado…

¡Con qué estremecimiento pronunció la palabra París! ¡Yo conocía a fondo este proyecto!, ella quería separarse lo menos posible del amigo. A estas palabras, me inflamé, y le dije que no me conocía; que, sin hablarle de ello, había yo tramado el completar mi educación trabajando noche y día, a fin de ser el preceptor de Santiago; pues yo no soportaba la idea de ver a otro en su casa.

A estas palabras, se tornó seria.

—No, Félix —dijo—, con eso sucederá como con vuestro sacerdocio. Si por una sola palabra habéis llegado hasta el fondo del corazón de la madre, la mujer os quiere demasiado sinceramente como para permitir que os convirtáis en víctima de vuestro afecto. Una desconsideración irremediable sería el precio de esa abnegación, y yo no podría hacer nada para evitarlo. ¡Oh, no, que no os sea yo funesta en nada! ¿Vos, vizconde de Vandenesse, preceptor? Vos, cuya noble divisa es ¿No se vende? Aunque fueseis un Richelieu, os habríais obstruido la vida para siempre. Causaríais los mayores disgustos a vuestra familia. Amigo mío, vos no sabéis cuánta impertinencia sabe poner una mujer como mi madre en una mirada protectora, humillación en una palabra, desprecio en un saludo.

—¿Qué me importa el mundo, si me amais?

Fingió no haber oído, y dijo prosiguiendo:

—Aunque mi padre sea excelente, y dispuesto a concederme lo que le pido, no os perdonaría el haberos situado mal en el mundo, y se negaría a protegeros. ¡Yo no quisiera veros preceptor del Delfín! Aceptad la sociedad como es; no cometáis faltas en la vida. Amigo mío, esa proposición insensata de…

—De amor —dije yo, en voz baja.

—No, de caridad —replicó ella conteniendo sus lágrimas—; ese loco pensamiento me esclarece sobre vuestro carácter; vuestro corazón os perjudicará. Reclamo, desde este momento, el derecho de enseñaros ciertas cosas; dejad a mis ojos de mujer el cuidado de ver alguna vez por vos. Sí, desde el fondo de mi Clochegourde, quiero asistir, muda y arrobada, a vuestros éxitos. En cuanto al preceptor, quedad tranquilo, que ya hallaremos un buen viejo abate, algún anciano y sabio jesuita, y mi padre sacrificará de buen grado una suma para la educación del niño que ha de portar su nombre. Santiago es mi orgullo. Tiene once años ya —dijo tras una pausa—, pero a él le pasa como a vos; al veros creí que teníais unos trece.

Habíamos llegado a la Cassine, a donde Santiago, Magdalena y yo la seguíamos como los pequeños siguen a su madre; pero la molestábamos, por lo que la dejé por un momento y me fui al vergel, donde Martineau el mayor, su guarda, examinaba con Martineau el menor, el aperador, si habían o no de ser talados los árboles; discutían este punto como si se tratase de sus propios bienes. Entonces me percaté cuan querida era la condesa. Y no pude por menos de expresar mi pensamiento a un pobre jornalero que, con el pie sobre su azada y el codo posado sobre el mango, escuchaba a los dos doctores en pomología.

—¡Ah, sí señor —me respondió—, es una buena mujer, y nada orgullosa, como lo son todas esas monas de Azay, que nos verían reventar como perros antes de cedemos un ochavo en una toesa de cavadura! El día en que esta mujer abandone el país, la santa Virgen llorará, y nosotros también. Ella sabe lo que le corresponde; pero también conoce nuestras penas, y tiene consideración por ellas.

¡Con qué placer di todo el dinero que llevaba encima a aquel hombre!

Unos días después llegó una jaquita para Santiago, a quien su padre, excelente jinete, quería acostumbrar lentamente a las fatigas de la equitación. El pequeño tuvo un bonito indumento de caballero, comprado con el producto de los nogales. La mañana en que tomó la primera lección, acompañado de su padre, y por los gritos de la asombrada Magdalena, que saltaba sobre el césped en torno del cual corría Santiago, fue para la condesa la primera gran fiesta de su maternidad. Santiago llevaba una gorguera bordada por su madre, una pequeña levita de paño azul cielo, sujeta por cinturón de charol, un pantalón blanco de pliegues, y una gorra de montar, escocesa, de la que sus cenicientos cabellos se escapaban en grandes bucles: estaba verdaderamente encantador. También todos los servidores de la casa se agruparon, compartiendo aquella felicidad doméstica. El joven heredero sonreía a su madre al pasar, y se mantenía sin miedo sobre su silla. Este primer acto de hombre en un niño cuya muerte pareció cercana tan a menudo, la esperanza de un bello porvenir, garantizado por aquel paseo que le mostraba tan guapo, tan lozano, ¡qué deliciosa recompénsa! La alegría del padre, que tornaba a ser joven y sonreía por primera vez desde hacía tiempo, la dicha reflejada en los ojos de todos los servidores, la exclamación de un viejo piquero que volvía de Tours, y quien al ver la manera de tener la brida del pequeño dijo:

—¡Bravo, señor vizconde!…

Ya fue demasiado. La señora de Mortsauf estalló en llanto. Tan tranquila y serena en sus dolores, se encontró débil para soportar la alegría, admirando a su hijo cabalgar sobre aquella, arena donde a menudo ella había llorado, paseándolo al sol. En aquel momento se apoyó en mi brazo, sin remordimiento, y me dijo:

—Me parece no haber sufrido nunca. No nos dejéis hoy.

Acabada la lección, Santiago se lanzó a los brazos de su madre, quien le tuvo estrechado en ellos con la fuerza que presta el exceso de complacencia, y se sucedieron besos y caricias sin fin. Yo fui con Magdalena a confeccionar dos ramos magníficos para decorar la mesa en honor del jinete. Al volver al salón, la condesa me dijo:

—El 15 de octubre será ciertamente un gran día: Santiago ha tomado la primera lección de equitación, y yo acabo de dar la última puntada a mi tapicería.

—Bien, Blanca —dijo el conde riendo—. Quiero pagaros.

Ofreció el brazo a su mujer y la condujo al primer patio, donde ella vio una calesa regalada por su padre y para la cual el conde había comprado dos caballos en Inglaterra, traídos con los del duque de Lenoncourt. El viejo piquero había preparado todo en el primer patio, durante la lección. Estrenamos el carruaje yendo a ver el trazado de la avenida que debía llevar en línea recta de Clochegourde a la carretera de Chinon, y que las recientes adquisiciones permitían hacer a través de las nuevas posesiones. Al volver, la condesa me dijo, con aire lleno de melancolía:

—Soy demasiado dichosa; para mí, la felicidad es como una enfermedad, me abruma, y tengo miedo que no se desvanezca como un sueño.

Yo amaba demasiado apasionadamente como para no sentirme celoso…, ¡no podía darle nada por mi parte! En mi rabia, buscaba un medio de morir por ella. Me preguntó qué pensamientos velaban mis ojos, y se lo dije ingenuamente, lo cual le conmovió más que todos los regalos, y vertió bálsamo en mi corazón, cuando tras haberme llevado sobre la escalinata, me dijo al oído:

—¿No será darme vuestra vida el que me améis como me amaba mi tía? Y si la tomo así, ¿no es hacerme vuestra deudora en todo momento?… Ya era tiempo de acabar mi tapicería —prosiguió entrando en el salón, donde le besé la mano, como para renovar mis juramentos—. ¿No sabéis acaso, Félix, por qué me he impuesto esa larga labor? Los hombres encuentran en las ocupaciones de su vida recursos contra las penas, el movimiento de los negocios les distrae; mas nosotras, las mujeres, no tenemos en el alma ningún punto de apoyo contra nuestros dolores. A fin de poder sonreír a mis hijos y a mi marido cuando era yo presa de tristes imágenes, he sentido la necesidad de regularizar el sufrimiento por un movimiento físico. Evitaba así las atonías que siguen a los grandes consumos de fuerza, al par que los relámpagos de la exaltación. La acción de levantar el brazo a iguales intervalos de tiempo, mecía mi pensamiento y comunicaba a mi alma, donde rugía la tormenta, la paz del flujo y reflujo regulando así sus emociones. Cada puntada tenía la confidencia de mis secretos, ¿comprendéis? Pues bien, al hacer mi último tapete de sillón, yo pensaba demasiado en vos… sí, excesivamente, amigo mío. Lo que vos ponéis en vuestros ramos, yo ponía en mis dibujos.

La cena fue alegre. Santiago, como todos los niños de quienes uno se ocupa, me saltó al cuello al ver las flores que yo le había recogido a guisa de corona. Su madre fingió enfurruñarse a causa de esta infidelidad; ¡ya os podéis imaginar cómo, en vista de ello, le ofreció el niño el envidiado ramo! Al atardecer jugamos los tres un chaquete, yo solo contra el señor y la señora de Mortsauf, y el conde estuvo encantador. En fin, a la caída de la noche, me condujeron hasta el camino de Frapesle, en uno de esos tranquilos ocasos del día, cuyas armonías hacen ganar en profundidad a los sentimientos lo que pierden en vivacidad. Fue una jornada única en la vida de aquella pobre mujer, un punto brillante que fue a menudo a acariciar su recuerdo en las horas difíciles. Y en efecto, las lecciones de equitación no tardaron en convertirse en sujeto de discordia. La condesa temía con razón los duros apóstrofes del padre al hijo. Santiago enflaquecía ya, sus bellos ojos negros se cercaban; para no causar pesar a su madre, prefería sufrir en silencio. Encontré remedio a sus males, aconsejándole dijese a su padre que estaba fatigado cuando el conde se encolerizaba; mas estos paliativos fueron insuficientes: fue preciso substituir por el viejo piquero al padre, quien no se dejó arrancar su discípulo sin oposición. Volvieron los chillidos y las discusiones; en el poco agradecimiento de las mujeres el conde halló pretexto para sus continuas quejas; veinte veces por día echó en cara a su mujer la calesa, los caballos y las libreas. Finalmente se produjo uno de esos acontecimientos a los cuales gustan agarrarse los caracteres de este género y las enfermedades de esta especie: los gastos en la Cassine y la Rethoriére sobrepasaron en la mitad las previsiones, pues se desplomaron paredes y pisos en mal estado. Un obrero vino torpemente a anunciar esta noticia al señor de Mortsauf, en lugar de decírselo a la condesa. Y ello fue el objeto de una querella comenzada suavemente, pero que se envenenó por grados, y donde la hipocondría del conde, apaciguada desde hacía algunos días, pidió sus atrasos a Enriqueta.

Aquel día había salido yo de Frapesle a las diez y medid, después del desayuno, para ir a Clochegourde a confeccionar un ramo con Magdalena. La niña me había llevado a la balaustrada de la terraza los dos jarrones y yo iba de los jardines a los alrededores tras las flores de otoño, tan bellas pero tan escasas. Al volver de mi último recorrido, no vi a mi pequeño teniente, de cinturón rosa y de esclavina festoneada, y oí gritos en Clochegourde.

—El general —me dijo Magdalena, llorando, y en ella aquel apelativo era una expresión de odio contra su padre—, el general riñe a nuestra madre; id a defenderla.

Volé por las escaleras y llegué al salón sin ser percibido ni saludado por el conde ni por su mujer. Al oír los agudos gritos del loco, cerré todas las puertas, y luego volví: había visto a Enriqueta tan blanca como su vestido.

—No os caséis nunca, Félix —me dijo el conde—. El diablo es el consejero de las mujeres; la más virtuosa inventaría el mal, caso de que no existiera: todas son unas brutas bestias.

Oí entonces razonamientos sin pies ni cabeza. Prevaliéndose de sus anteriores negativas, el señor de Mortsauf repetía las necedades de los campesinos que se negaban a adoptar los nuevos métodos. Pretendía que, de haber él dirigido Clochegourde, sería dos veces más rico de lo que era.

Formulando sus blasfemias violenta e injuriosamente, juraba, saltaba de un mueble a otro, los desplazaba y los golpeaba; luego, en medio de una frase, se interrumpía para hablar de su médula que le ardía, o de su masa encefálica que se le escapaba a chorros, como su dinero. Decía que su mujer le arruinaba cuando de las treinta y pico mil libras de renta que poseía, su mujer le había aportado más de veinte mil. Los bienes del duque y de la duquesa valían más de cincuenta mil francos de renta, reservados a Santiago. La condesa sonreía soberbiamente y miraba al cielo.

—¡Sí, Blanca —barbotó él—, eres mi verdugo, me asesinas; te peso… quieres desembarazarte de mí, eres un monstruo de hipocresía! ¡Y se ríe! ¿Sabéis por qué se ríe, Félix?

Guardé silencio y bajé la cabeza.

—Esa mujer —prosiguió él, respondiendo por sí mismo a su pregunta— me priva de toda felicidad y conlento; es tanto vuestra como mía, y pretende ser mi esposa. Lleva mi nombre y no cumple ninguno de los deberes que las leyes divinas y humanas le imponen, mintiendo así a los hombres y a Dios. Me abruma con encargos a hacer y me agota la paciencia para que la deje sola; le desagrado, ella me odia, y pone toda su maña en permanecer doncella; me vuelve loco con las privaciones que me causa, pues todo cae entonces sobre mi cabeza; me mata a fuego lento, y se cree una santa… ¡comulga todos los meses…!

La condesa lloraba a lágrima viva en aquel momento, humillada por el rebajamiento de aquel hombre, a quien por toda respuesta decía:

—¡Señor… señor… señor…!

Aunque las palabras del conde me hubiesen hecho enrojecer por él tanto como por Enriqueta, me removieron violentamente el corazón, ya que respondían a los sentimientos de castidad, de delicadeza, que son, por decirlo así, la materia de los primeros amores.

—Ella es virgen a mi costa —decía el conde.

A esta injuria, la condesa exclamó enérgica e implorante al par:

—¡Señor!…

—¿Qué quiere decir ese imperioso señor? ¿Es que no soy yo el dueño? ¿Es que he de enseñároslo por fin?

Con la misma avanzó hacia ella, presentándole su cabeza de lobo blanco tomada espantosa, pues sus amarillos ojos tuvieron una expresión de bestia hambrienta saliendo de un bosque. Enriqueta se deslizó de su sillón al suelo, para recibir el golpe que no llegó; ella se había extendido sobre el entarimado, perdiendo el conocimiento, destrozada por completo. El conde quedó como un asesino que siente saltar a su cara la sangre de su víctima, alelado. Tomé a la pobre mujer en brazos, y el conde me lo permitió como si se hubiese sentido indigno de hacerlo él; pero se me adelantó para abrirme la puerta de la habitación contigua al salón, aposento sagrado en el que jamás había entrado yo. Puse a la condesa en pie, y la sostuve un momento con un brazo, pasando el otro alrededor de su talle, mientras que el señor de Mortsauf apartaba el edredón y las sábanas del lecho; luego la alzamos y la extendimos vestida. Al volver en sí, Enriqueta nos rogó con un gesto que aflojáramos su cintura; el señor de Mortsauf cortó todo con unas tijeras; yo la hice respirar sales, y finalmente ella abrió los ojos. El conde se marchó más avergonzado que pesaroso. Enriqueta tenía su mano en la mía y me la apretaba, sin poder hablar. De cuando en cuando, alzaba los ojos para decirme con una mirada que quería permanecer tranquila y sin ruido; luego hubo un momento de tregua, en el que se incorporó a medias sobre un codo y me dijo al oído:

—¡El desgraciado! ¡Si supiérais…!

Y volvió a posar la cabeza sobre la almohada. El recuerdo de sus penas pasadas, unido a sus actuales dolores, le dieron convulsiones nerviosas que yo no había calmado sino por el magnetismo del amor; efecto que me era aún desconocido, pero que por instinto traté. La mantuve con fuerza tiernamente suave; y durante esta última crisis, ella me lanzó miradas que me hicieron llorar. Cuando cesaron los movimientos nerviosos, compuse sus desordenados cabellos, única vez en la vida que fueron acariciados por mí; luego volví a tomar de nuevo su mano y contemplé largo rato aquella habitación a la vez parda y gris, el sencillo lecho de cortinas de zaraza, el tocador a la moda antigua, y el mezquino canapé de raído acolchado. ¡Cuánta poesía flotaba en aquel lugar! ¡Qué abandono del lujo para su persona! Noble celda de religiosa casada llena de santa resignación, donde el único ornamento era el crucifijo de la cabecera de su lecho, sobre el cual se veía el retrato de su tía, y después, a cada lado de la pila de agua bendecida, los de sus hijos dibujados por ella a lápiz y sus cabellos de cuando eran pequeños. ¡Qué retiro para una mujer, cuya aparición en el gran mundo hubiese hecho palidecer a las más bellas! Tal era el gabinete particular en el que lloraba siempre la hija de una ilustre familia, inundada en este momento de amargura, y negándose al amor que la habría consolado. ¡Desgracia secreta, irreparable! Y lágrimas en la víctima para el verdugo, y lágrimas en el verdugo para la víctima. Cuando los niños y la camarera entraron, salí yo. El conde me esperaba, me admitía ya como un poder mediador entre su mujer y él, y me cogió las manos diciéndome:

—¡Quedaos, quedaos, Félix!

—Desgraciadamente —le respondí—, el señor de Chessel tiene invitados, y no sería apropiado que inquiriesen los motivos de mi ausencia; pero volveré después de la cena.

Salió conmigo, me recondujo hasta la puerta de abajo sin decirme una sola palabra y luego me acompañó hasta Frapesle, sin saber lo que hacía. Finalmente, allí le dije:

—En nombre del cielo, señor conde, dejadla dirigir vuestra casa, si ello puede agradarle, y no la atormentéis más.

—No me queda ya mucho tiempo de vida —me respondió con aire serio—. Ella no sufrirá mucho tiempo por mí; siento que mi cabeza estalla.

Y me dejó, en un acceso de egoísmo involuntario.

Tras la cena regresé para saber noticias de la señora de Mortsauf, a la que encontré ya mejor. Si tales eran, para ella, las alegrías del matrimonio, si se renovaban a menudo semejantes escenas, ¿cómo podía vivir? ¡Qué lento asesinato impune! Durante aquella velada comprendí por qué inauditas torturas enervaba el conde a su mujer. ¿Ante qué tribunal llevar tales litigios? Estas reflexiones me alelaban, y no pude decir nada a Enriqueta; pero pasé la noche escribiéndole. De tres o cuatro cartas que hice, me ha quedado el comienzo, que no me satisfizo; pero, si no me pareció expresar nada, o hablar demasiado de mí cuando no debía sino ocuparme de ella, él os dirá en qué estado se encontraba mi alma:

A la señora de Mortsauf

«¡En cuántas cosas iba pensando por el camino para decíroslas al llegar y que he olvidado al veros! Sí, en cuanto os veo, querida Enriqueta, no hallo ya mis palabras en armonía con los reflejos de vuestra alma, que aumentan vuestra belleza; luego experimento a vuestro lado una dicha tan infinita, que el sentimiento actual borra todos los anteriores. Cada vez nazco a una vida más amplia, y soy como el viajero que escalando alguna gran roca, descubre a cada paso un nuevo horizonte. ¿No añado yo en cada conversación un nuevo tesoro a mis inmensos tesoros? Ahí, creo yo, reside el secreto de los dilatados, de los inagotables afectos. No puedo, pues, hablaros de vos sino alejado de vos. En vuestra presencia estoy demasiado deslumbrado para ver, soy demasiado feliz para interrogar a mi dicha, me encuentro demasiado colmado de vos como para ser yo, demasiado elocuente para hablaros, demasiado ardiente en aprehender el momento presente, para acordarme del pasado. Percataos bien de esta constante embriaguez, para perdonarme los errores. A vuestro lado, no puedo sino sentir. Sin embargo, osaré deciros, mi querida Enriqueta, que jamás, en las numerosas alegrías me habéis causado, he sentido felicidades semejantes a las delicias que embargaron mi alma ayer, cuando, tras aquella horrible tempestad en la que luchasteis contra el mal con un sobrehumano valor, fuisteis para mí solo, en medio de la penumbra de vuestra habitación, a donde esa desgraciada escena me condujo. Yo sólo supe con qué resplandores puede brillar una mujer cuando llega de las puertas de la muerte a las puertas de la vida, y la aurora de un renacimiento matiza su frente. ¡Cuán armoniosa era vuestra voz! ¡Cuán pequeñas me parecían las palabras, hasta las vuestras, mientras que en el son de vuestra adorada voz reaparecían los vagos resentimientos de un dolor pasado, mezclados a los consuelos divinos por los cuales me habéis finalmente tranquilizado, dándome así vuestros primeros pensamientos! Os conocía brillando con todos los esplendores humanos, pero ayer, he vislumbrado una nueva Enriqueta, que sería mía si Dios lo quisiera. Ayer he entrevisto yo no sé qué ser desligado de las trabas corporales que nos impiden sacudir las brasas del alma. ¡Cuán bella estabas en tu abatimiento, cuán majestuosa en tu debilidad! Ayer he encontrado algo más bello que tu belleza, algo más dulce que tu voz, claridades más luminosas que la luz de tus ojos, perfumes para los cuales no existen palabras: ayer, tu alma ha sido visible y palpable. ¡Ah, cuánto he sufrido por no poder abrirte mi corazón para hacerte revivir! En fin, ayer, he abandonado el respetuoso terror que me inspiras; ¿no nos había aproximado ese desfallecimiento? Entonces he sabido lo que era respirar al par de ti, cuando la crisis te permitió aspirar nuestro aire. ¡Cuántas plegarias elevadas al cielo en un momento! Si no he expirado al atravesar los espacios que he franqueado para ir a pedir a Dios que te dejara aún conmigo, no se muere ni de alegría ni de dolor. Ese momento me ha dejado recuerdos sepultados en mi alma, y que no asomarán jamás a su superficie sin que mis ojos se humedezcan con lágrimas; cada alegría aumentará sus surcos, cada dolor los hará más profundos. Sí, los temores que ayer agitaron mi alma serán un punto de comparación para todos mis dolores futuros, como las alegrías que ya me has prodigado, ¡querido eterno pensamiento de mi vida!, dominarán todas las que Dios se dignará derramar sobre mí. Tú me has hecho comprender el amor divino, ese amor seguro que, pleno de su fuerza y de su duración, no conoce sospechas ni celos.»

Una melancolía profunda me corroía el alma; el espectáculo de aquella vida interior era lastimoso para un corazón joven y nuevo a las emociones sociales; hallar este abismo a la entrada del mundo, un abismo sin fondo, un mar muerto… Tal horrible concierto de infortunios me sugirió infinitos pensamientos, y en mi primer paso en la vida social tuve mesura, en la cual no podían ser sino pequeñas las demás escenas relacionadas. Mi tristeza hizo juzgar al señor y a la señora de Chessel que mis amores eran desgraciados, y tuve la dicha de no perjudicar en nada a mi gran Enriqueta por mi pasión.

El día siguiente, cuando entré en el salón, ella estaba sola en él; me contempló un instante y me tendió la mano, diciéndome:

—¿Será siempre demasiado tierno el amigo?

Sus ojos se humedecieron, se levantó, y luego añadió con tono de desesperada súplica;

—¡No me escribáis más así!

El señor de Mortsauf estuvo atento. La condesa había recuperado su valor y su frente serena; mas su tez traicionaba sus sufrimientos de la víspera, que habían sido calmados sin ser apagados. Al atardecer, paseándonos sobre las hojas secas otoñales, que crujían bajo nuestros pies, me dijo:

—El dolor es infinito, la alegría tiene límites.

Palabras que revelaban sus sufrimientos, por la comparación que hacía con sus fugaces felicidades.

—No maldigáis la vida —le dije—. Ignoráis el amor, y hay deleites que irradian hasta los cielos.

—Callaos —dijo ella—, no quiero saber nada de ellos. ¡El groenlandés moriría en Italia! Me encuentro tranquila y feliz a vuestro lado; puedo contaros todos mis pensamientos; no destruyáis mi confianza. ¿Por qué no tendréis la virtud del sacerdote y el encanto del hombre libre?

—Me haríais tragar sorbos de cicuta —le respondí llevando su mano a mi corazón, que latía desacompasadamente.

—¡Todavía! —exclamó ella, retirando su mano como si hubiese sentido algún vivo dolor—. ¿Queréis privarme del triste placer de restañar la sangre de mis heridas por una mano amiga? ¡No aumentéis mis sufrimientos; no los conocéis todos! Los más secretos son los más difíciles a devorar. Si fueseis mujer, comprenderíais en qué melancolía mezclada de aversión cae un alma orgullosa, cuando se ve objeto de atenciones que no reparan nada, y con las cuales se cree repararlo todo. Durante algunos días, voy a ser cortejada, se va a querer, hacerse perdonar el error que se ha cometido. Yo podría entonces obtener un asentimiento a las voluntades más irrazonables. Estoy humillada por ese rebajamiento, por esas caricias que cesan el día en que se cree que lo he olvidado todo. No deber el agrado de su dueño sino a sus faltas…

—¡A sus crímenes! —dije vivamente.

—¿No es una espantosa condición de existencia? —dijo ella lanzándome una triste sonrisa—. Además, yo no sé aprovechar ese poder pasajero. En este momento, me asemejo a los caballeros que no asestaban golpes a su adversario caído. Ver en tierra a quien debemos honrar, levantarlo para recibir nuevos golpes de él, sufrir con su caída más de lo que él mismo sufre, y sentirse deshonrada si se aprovecha de una pasajera influencia, aun con un objetivo de utilidad; gastar su fuerza, consumir los tesoros del alma en esas luchas sin nobleza, no reinar más que en el momento en que se reciben mortales heridas… más vale la muerte. Si no tuviese yo hijos, me dejaría seguir por la corriente de esta vida; pero sin mi desconocido valor, ¿qué será de ellos? Debo vivir para ellos, por dolorosa que sea la vida. ¿Me habláis vos de amor?… ¡Oh, amigo mío, pensad en qué infierno caería yo si diese a ese ser sin piedad, como lo son todos los seres débiles, el derecho de despreciarme! ¡No soportaría siquiera una sospecha! La pureza de mi conducta constituye mi fuerza. ¡La virtud, querida criatura, tiene aguas santas en las que se baña y se sale renovado al amor de Dios!

—Escuchad, querida Enriqueta, no tengo ya más que una semana de estancia aquí, y quiero que…

—¡Ah! ¿nos dejáis…? —me interrumpió.

—¿No debo acaso saber lo que mi padre decidirá de mí? Ya son casi tres meses…

—No he contado los días —me respondió con el abandono de la mujer emocionada. Se recogió y añadió—. Caminemos, vayamos a Frapesle.

Llamó al conde y a sus hijos, y pidió su chal; luego, cuando todo estuvo listo, ella, tan lenta, tan calmosa, tuvo una actividad de parisina, y partimos en tropa para ir a Frapesle a hacer una visita que la condesa no debía. Se esforzó en hablar a la señora de Chessel, quien, afortunadamente, fue muy prolija en sus respuestas. El conde y el señor Chessel se entretuvieron de sus asuntos. Yo tenía miedo de que el señor de Mortsauf no alabase su coche y atelaje, pero se mostró de perfecto gusto. Su vecino le preguntó por los trabajos que efectuaba en la Cassine y la Rethoriére. Al oír la pregunta, miré al conde, creyendo que se abstendría de un tema de conversación de tan fatales recuerdos, tan amargamente cruel para él; pero demostró lo urgente que era la mejora del estado de la agricultura en el cantón y la construcción de hermosas granjas cuyas dependencias fuesen sanas y saludables; en una palabra, se atribuyó gloriosamente las ideas de su mujer. Yo contemplaba a la condesa, enrojeciendo. Tal falta de delicadeza en un hombre que en ciertas ocasiones mostraba tanta, aquel olvido de la escena mortal, la adopción de ideas contra las cuales se había alzado tan violentamente, aquella creencia en sí mismo, me petrificaron. Y cuando el señor de Chessel le dijo:

—¿Creéis que se amortizarán los gastos?

—¡De sobra! —respondió él con gesto afirmativo.

Tales crisis no se explicaban sino por la palabra demencia. Enriqueta, la celeste criatura, estaba radiante. ¿No parecía el conde hombre de buen sentido, buen administrador, excelente agrónomo? Ella acariciaba con embeleso el cabello de Santiago, feliz por ella misma y feliz por su hijo. ¡Qué horrible teatro, qué escarnecedor drama! Quedé espantado. Más tarde, cuando se alzó para mí la cortina de la escena social, ¡cuántos de Mortsauf no he visto, menos los destellos de lealtad, menos la religión de éste! ¿Qué singular y mordaz potencia es la que perpetuamente echa al loco un ángel, al hombre de amor sincero y poético una mala mujer, al pequeño la grande, y a este mamarracho una bella y sublime criatura; a la noble Juana de Mancini el capitán Diard, de quien habéis sabido la historia de Burdeos; a la señora de Beauseant un de Ajuda, a la señora de Auglemont su marido y al marqués de Espard su mujer? Largo tiempo he buscado el sentido de este enigma, os lo confieso. He hurgado muchos misterios, he descubierto la razón de diversas leyes naturales, los sentidos de algunos jeroglíficos divinos; mas de éste no sé nada, lo sigo estudiando como una figura de rompecabezas indio, cuya construcción simbólica se han reservado los bramanes. Aquí es demasiado visiblemente el dueño, el genio del mal, y no me atrevo a acusar a Dios. Desgracias sin remedio, ¿quién es el que se divierte tejiéndoos? ¿Tendrían razón Enriqueta y su desconocido filósofo? ¿Contendría su misticismo el sentido general de la humanidad?

Los últimos días que pasé en esta comarca fueron los del otoño deshojado, días oscurecidos por nubes que a veces ocultaron el cielo de Turena, siempre tan puro y cálido en esta bella estación. La víspera de mi partida, la señora de Mortsauf me llevó a la terraza, antes de la cena.

—Mi querido Félix —me dijo tras haber dado una vuelta en silencio bajo los árboles desnudos—, vais a entrar en el mundo, y quiero acompañaros con el pensamiento. Quienes han sufrido mucho, han vivido mucho; no creáis que las almas solitarias no saben nada del mundo; ellas lo juzgan. Si yo debo vivir por mi amigo, no quiero estar desacomodada ni en su corazón ni en su conciencia; en lo recio del combate, resulta muy difícil acordarse de todas las reglas; permitidme daros algunas informaciones, de madre a hijo. El día de vuestra partida os entregaré, querida criatura, una extensa carta en la que hallaréis mis pensamientos de mujer sobre el mundo, sobre los hombres, sobre la manera de abordar las dificultades en ese gran revolver de intereses; habéis de prometerme que no la leeréis hasta París, ¿de acuerdo? Este ruego mío es una de esas fantasías de sentimiento, que son el secreto de nosotras, las mujeres; no creo que sea imposible comprenderla, pero acaso estaríamos pesarosas de saberla comprendida; dejadme estos pequeños senderos por los que la mujer gusta de pasearse sola.

—Os lo prometo —le dije, besándola las manos.

—¡Ah! —añadió ella—, tengo aún un juramento que pediros; mas habéis de comprometeros de antemano a aceptarlo.

—¡Desde luego! —esclamé ferviente, creyendo iba a ser cuestión de fidelidad.

—No se trata de mí —prosiguió, sonriendo con amargura—. Félix, no juguéis jamás en ningún salón, sea el que sea; no excluyo el de nadie.

—No jugaré nunca —le respondí.

—Bien —dijo ella—. Os he hallado un mejor empleo del tiempo del que disiparíais en el juego; ya veréis que allí donde los demás deben perder temprano o tarde, vos ganaréis siempre.

—¿Cómo?

—La carta os lo dirá —respondió con aire jovial que despojaba a sus recomendaciones del serio carácter que acompaña a las de los abuelos.

La condesa me habló durante casi una hora; me demostró la profundidad de su afecto revelándome con qué atención me había estudiado durante aquellos tres últimos meses; penetró en los últimos recovecos de mi corazón, tratando de aplicar allí el suyo; su acento era variado, convincente, sus palabras brotaban de un labio maternal, y mostraban, tanto por el tono como por la sustancia, cuantos lazos nos ligaban ya mutuamente.

—Si supierais —dijo para terminar— con qué ansiedades os seguiré en vuestro camino, qué alegría sentiré si vais derecho, y cómo lloraré si chocáis en los recodos. Creedme, mi afecto es sin igual; es a la vez involuntario y elegido. ¡Ah!, quisiera veros feliz, poderoso, considerado… a vos que seréis para mí como un sueño realizado.

Me hizo llorar. Era, a la vez, dulce y terrible; su sentimiento se ponía demasiado audazmente al descubierto, era excesivo para hacer concebir la menor esperanza al joven sediento de placer. El retorno a mi carne dejaba jirones en su corazón, ella me derramaba incesantes resplandores incorruptibles de ese divino amor que únicamente satisface al alma. Ella se elevaba a alturas donde las abigarradas alas del amor que me hizo devorar sus hombros, no podían llevarme; para llegar a su lado, un hombre tenía que haber conquistado las blancas alas del serafín.

—En todas las cosas —le dije— pensaré: «¿Qué diría mi Enriqueta?»:

—Bien, quiero ser tu estrella y tu santuario —dijo ella, aludiendo a los sueños de mi infancia, y tratando de realizarlas para engañar mis deseos.

—¡Vos seréis mi religión y mi luz, vos lo seréis todo! —exclamé en un arrebato.

—No —respondió ella—, yo no puedo ser la fuente de vuestros placeres.

Suspiró y me lanzó la sonrisa de las penas secretas, esa sonrisa del esclavo rebelado por un momento.

Desde ese día, ella no fue ya la bienamada, sino la más amada; no estuvo en mi corazón como una mujer que quiere un puesto, que se graba en él por la devoción o por el exceso de placer; no, poseyó todo mi corazón, y constituyó algo necesario a mi existencia; se convirtió en lo que era la Beatriz del poeta florentino, en la Laura sin tacha del poeta veneciano, en la madre de los grandes pensamientos, el sostén del futuro, la causa desconocida de las resoluciones que salvan, la luz que brilla en la oscuridad como el lirio en los umbríos follajes. Sí, ella dictó esas elevadas determinaciones que atajan el incendio, que enmiendan lo que está en peligro; ella me ha dado esta constancia a la Coligny, para vencer a los vencedores, para renacer de la derrota, para cansar a los más fuertes luchadores.

El día siguiente, tras haber desayunado en Frapesle y despedido de mis anfitriones, tan complacientes al egoísmo de mi amor, me trasladé a Clochegourde. El señor y la señora de Mortsauf habían proyectado acompañarme a Tours, desde donde debía salir por la noche para París. Durante el trayecto, la condesa estuvo afectuosamente muda: por primera pretendió tener jaqueca; luego enrojeció por su embuste, y lo palió diciendo que no podía verme partir sin pena. El conde me invitó a ir a su casa, cuando en ausencia de los Chessel sintiera deseos de volver a ver el valle del Indre. Nos separamos heroicamente, sin lágrimas aparentes; pero al igual de ciertos niños enfermizos, Santiago tuvo un impulso de sensibilidad, derramando algunas lágrimas, mientras que Magdalena, como mujercita, apretaba la mano de su madre.

—¡Querido pequeño! —dijo la condesa, besando apasionadamente a Santiago.

En cuanto me encontré solo en Tours, tras la cena, se apoderó de mí una de esas rabias inexplicables que no se experimentan sino a corta edad. Alquilé un caballo y franqueé en cinco cuartos de hora la distancia entre Tours y Pont-de-Ruan. Allí, avergonzado de mostrar mi locura, corrí a pie por el camino, y llegué como un espía, a paso de lobo, a la terraza. La condesa no estaba en ella. Me imaginé que sufría; había guardado conmigo la llave de la puerta pequeña, y entré; ella descendía en aquel momento la escalinata en compañía de sus dos hijos para ir a respirar, triste y lenta, la dulce melancolía impregnada sobre el paisaje, a la puesta del sol.

—¡Mamá, aquí está Félix! —dijo Magdalena.

—Sí, soy yo —le dije al oído—. Me he preguntado por qué me encontraba en Tours, cuando me era tan fácil veros todavía. ¿Por qué no satisfacer un deseo que dentro de ocho días no podré realizar?

—¡Él no nos deja, mamá! —exclamó Santiago, dando varios saltos.

—Cállate —le dijo Magdalena—, que vas a atraer aquí al general.

—Esto no es sensato —murmuró Enriqueta—. ¡Qué locura!

Esta consonancia dicha en lágrimas por su voz, ¡qué pago a lo que se debería llamar los cálculos usurarios del amor!

—Había olvidado devolveros esta llave —le dije sonriendo.

—¿Es que no volveréis más? —respondió.

—¿Acaso nos separamos? —repliqué a mi vez, lanzándole una mirada que le hizo bajar los párpados para velar su muda respuesta.

Me marché tras algunos momentos pasados en uno de esos dichosos estupores de las almas llegadas allá donde acaba la exaltación del amor y donde comienza el loco éxtasis. Me fui con paso lento, volviéndome sin cesar. Cuando, en lo alto de la meseta, contemplé el valle por última vez, me impresionó el contraste que me ofreció comparándolo a lo que era cuando por primera vez fui allí; ¿no verdeaba, no llameaba entonces, como llameaban, como verdeaban mis deseos y mis esperanzas? Iniciado ahora a los sombríos y melancólicos secretos de una familia, compartiendo los misterios de una Niobé cristiana, dolorido como ella, con el alma contristada, hallaba en aquel momento el valle a tono con mis ideas. En aquel momento, los campos estaban asolados, las hojas de los álamos caían, y las que quedaban en ellos tenían el color de la herrumbre; los pámpanos estaban quemados, las copas de los árboles de los bosques presentaban las graves tonalidades de ese color tostado que antaño adoptaban para su atuendo los reyes, y que ocultaba la púrpura del poder bajo el pardo de los pesares. Siempre en armonía con mis pensamientos, el valle, en el que morían los rayos amarillos de un tibio sol, me presentaba aún una viviente imagen de mi alma. Abandonar a una mujer amada es una situación horrible o simple, según las naturalezas; yo me encontraba de pronto como en un país extranjero cuyo idioma ignoraba; no podía prenderme a nada, viendo cosas a las cuales no sentía ya apegada mi alma. Entonces se desplegó la magnitud de mi amor, y mi querida Enriqueta se elevó en toda su altura en aquel desierto en el que me mantenía vivo, solamente por su recuerdo. Fue una imagen tan religiosamente adorada, que resolví permanecer sin mácula en presencia de mi divinidad, y me revestí idealmente de la blanca túnica de los levitas, imitando así a Petrarca, que no se presentó jamás ante Laura de Nover sino enteramente vestido de blanco. ¡Con qué impaciencia esperé la primera noche, en la que, de retomo a la casa de mi padre, podría leer aquella carta que palpaba durante el viaje como un avaro una suma en billetes que se ve obligado a llevar consigo! Durante la noche, besé el papel sobre el cual había manifestado Enriqueta sus voluntades, y de donde debía yo recuperar los misteriosos efluvios escapados de su mano, y los acentos de cuya voz se lanzarían a mi entendimiento recogido. Jamás he leído sus cartas sino como leí la primera, en la cama y en medio de un absoluto silencio; yo no sé cómo se pueden leer de otro modo cartas escritas por una persona amada; sin embargo, hay hombres indignos de ser amados que mezclan la lectura de esas misivas a las preocupaciones del día, las abandonan y las reanudan con odiosa tranquilidad. He aquí, Natalia, la adorable voz que de pronto resonó en el silencio de la noche, he aquí la sublime imagen que se alzó para mostrarme con el dedo el verdadero camino en la encrucijada en la que me encontraba;

«¡Qué felicidad, amigo mío, tener que reunir los elementos dispersos de mi experiencia, para transmitírosla y armaros contra los peligros del mundo a través del cual deberéis conduciros hábilmente! He sentido los placeres permitidos del afecto maternal, ocupándome de vos durante algunas noches. Mientras que escribía esto, frase a frase, transportándome de antemano a la vida que llevaréis, iba a veces a la ventana. Al ver desde ella las torres de Frapesle iluminadas por la luna, a menudo me decía: «¡Él duerme y yo velo por él!». Sensaciones deliciosas que me han recordado las primeras dichas de mi vida, cuando contemplaba a Santiago dormido en su cuna, esperando su despertar para darle mi leche. ¿No sois vos un hombre- niño cuya alma debe ser reconfortada por algunos preceptos de los que no habéis podido nutriros en esos espantosos colegios donde tanto habéis sufrido, pero que nosotras, las mujeres, tenemos el privilegio de ofreceros? Esas naderías influyen sobre vuestros éxitos, los preparan y los consolidan. ¿No será una maternidad espiritual este engendramiento del sistema al cual un hombre debe reportar las acciones de su vida, una maternidad bien comprendida por el hijo? Querido Félix, dejadme, aun cuando cometiera yo aquí algunos errores, imprimir a nuestra amistad el desinterés que la santificará: ¿pues no es renunciar a vos el entregaros al mundo?; mas yo os quiero lo bastante como para sacrificar mis goces a vuestro bello porvenir. Desde hace ya cuatro meses casi, me habéis hecho reflexionar extrañamente en las leyes y las costumbres que rigen nuestra época. Las conversaciones que otrora tuve con mi tía, y cuyo sentido os pertenece, a vos que la reemplazáis…; los sucesos de su vida, que el señor de Mortsauf me ha contado; las palabras de mi padre, a quien la Corte fue tan familiar; las más grandes como las más pequeñas circunstancias, todo ha surgido en mi memoria en provecho de mi hijo adoptivo, al que veo a punto de lanzarse en medio de los hombres, casi solo; a punto de dirigirse sin consejo a un país donde muchos perecen por sus buenas cualidades atolondradamente desplegadas, y algunos medran por sus malas bien empleadas.

«Antes de todo, meditad en la expresión concisa de mi opinión sobre la sociedad considerada en su conjunto, ya que con vos bastan pocas palabras. Ignoro si las sociedades son de origen divino o bien si son una creación de los hombres, e ignoro igualmente en qué sentido se mueven; lo que me parece cierto es su existencia; desde el momento en que uno las acepta, en vez de vivir apartado, se deben dar por buenas las condiciones constitutivas; entre ellas y uno se firmará mañana como un contrato. ¿Se sirve la sociedad de hoy más del hombre que éste de ella? Creo que sí; más que el hombre encuentre en ella más cargas que beneficios, o que compre a precio demasiado caro las ventajas que recoge, esas cuestiones competen al legislador y no al individuo. En mi opinión, se debe, pues, obedecer en todo a la ley general, sin discutirla, bien sea que hiera o halague el interés individual. Por simple que pueda parecer este principio, es difícil en sus aplicaciones; es como una savia que debe infiltrarse en los menores conductos capilares para vivificar el árbol, conservarle su verdor, desarrollar sus flores y abonar sus frutos tan magníficamente, que excita una admiración general. Querido, las leyes no se encuentran escritas todas en un libro; las costumbres también crean leyes, y las más importantes son las menos conocidas; no existen ni profesores, ni tratados, ni escuelas para ese derecho que rige las acciones, los discursos, la vida exterior, la manera de presentarse el mundo o de abordar la fortuna. Faltar a estas leyes secretas, es permanecer en el fondo del estado social, en vez de dominarlo. Aun cuando esta carta formulara frecuentes pleonasmos con vuestros pensamientos, permitidme confiaros mi política de mujer.

«Explicar la sociedad por la teoría de la felicidad individual de la que uno se ha apoderado con destreza a costa de todos, es una doctrina fatal, cuyas severas deducciones llevan al hombre a creer que está bien adquirido todo lo que secretamente se atribuye sin que la ley, el mundo o los individuos sufran ninguna lesión. Según ese código, el ladrón hábil es absuelto, la mujer que falta a sus deberes sin que nada se sepa, es feliz y juiciosa; matad a un hombre sin que la justicia posea una sola prueba, y si por ello conquistáis alguna diadema a la Macbeth, habréis obrado perfectamente; vuestro interés se convierte en una ley suprema: la cuestión consiste en dar vuelta, sin testigos ni pruebas, a las dificultades que las costumbres y las leyes ponen entre uno y sus satisfacciones. A quien así ve la sociedad, el problema que constituye una fortuna a hacer, se reduce, amigo mío, a jugar una partida cuya puesta es o un millón o el penal, una posición política o el deshonor. Y aún, el tapete verde no tiene bastante paño para todos los jugadores, y hace falta una fuerza de genio para combinar una jugada. No os hablo ni de creencias religiosas ni de sentimientos; se trata aquí de los engranajes de una máquina de oro y acero, y de sus resultados inmediatos de los que los hombres se ocupan. Querido hijo de mi corazón: si compartís mi horror hacia esta teoría de los criminales, la sociedad no se explicará a vuestros ojos sino como lo hace en todo entendimiento sano, por la teoría de los deberes. Sí, vos os debéis los unos a los otros bajo mil formas diversas. Según yo, el duque y par del reino se debe mucho más al artesano o al pobre, que el pobre y el artesano no se debe al duque y par. Las obligaciones contraídas aumentan en razón de los beneficios que la sociedad proporciona al hombre, según el principio, tan verdadero en comercio como en política, que la gravedad de los cuidados se halla por doquier en razón a la magnitud de los beneficios. Cada país tiene su deuda a su manera. Cuando nuestro pobre hombre de la Rethoriére se acuesta fatigado de sus labores, ¿creéis que no ha cumplido sus deberes?; pues ciertamente ha cumplido mejor los suyos que muchas personas situadas en las alturas. Considerando así la sociedad en la cual queréis un puesto en concordancia con vuestra inteligencia y vuestras facultades, habéis, pues, de asentar, como principio generador, esta máxima: No permitirse nada, ni contra la propia conciencia, ni contra la conciencia pública. Aun cuando os pueda parecer superflua mi insistencia, os suplico, sí, vuestra Enriqueta os suplica que peséis bien el sentido de esas dos palabras. Simples en apariencia, significan, querido, que la rectitud, el honor, la lealtad, y la cortesía, son los instrumentos más seguros y más rápidos de vuestra fortuna. En este mundo egoísta, una multitud de personas os dirán que no se abre uno paso por sus sentimientos, que las consideraciones morales demasiado respetadas, retrasan la marcha; veréis a hombres mal educados, mal enseñados, e incapaces de medir el futuro, achuchando a un niño, haciéndose culpable de una descortesía hacia una anciana, negándose a aburrirse un momento con algún buen viejecito, so pretexto de que ellos no son útiles para nada; más tarde percibiréis a esos hombres asiéndose a espinas que no habrán limado, y marrando su fortuna por una nada; mientras que el hombre avezado temprano a esa teoría de los deberes, no hallará obstáculos; acaso llegará menos rápidamente, pero su fortuna será sólida y subsistirá al derrumbarse la de los otros.

«Cuando os diga que la aplicación de esta doctrina exige, antes de todo, la ciencia de los modales, hallaréis acaso que mi jurisprudencia huele un poco a la Corte, y a las enseñanzas que he recibido en el hogar Lenoncourt. ¡Oh, amigo mío, concedo la mayor importancia a esa instrucción, aparentemente tan insignificante! Los hábitos de la gran sociedad os son tan necesarios como pueden serlo los conocimientos extensos y variados que poseéis; a menudo los han suplido: ciertos ignorantes de hecho, pero dotados de un ingenio natural, acostumbrados a poner un hilván en sus ideas, han llegado a una grandeza huidiza a personas más dignas de ella. Yo os he estudiado bien, Félix, a fin de saber si vuestra educación, efectuada en común en los colegios, no había echado a perder nada en vos. ¡Dios sólo sabe con qué alegría he reconocido que podíais adquirir lo poco que os falta! En muchas personas educadas en estas tradiciones, las maneras son puramente externas, pues la exquisita cortesía y los bellos modales vienen del corazón y de un gran sentimiento de dignidad personal. He aquí por qué, a pesar de su educación, algunos robles tienen un mal tono, mientras que ciertas personas de extracción burguesa poseen naturalmente buen gusto, y no tienen más que tomar algunas lecciones para procurarse; sin torpe imitación, excelentes maneras. Creed a una pobre mujer que no saldrá jamás de su valle: ese tono noble, esa graciosa sencillez impresa en la palabra, en el gesto, en el porte y el atuendo y hasta en la casa, constituyen como una poesía síquica cuyo encanto es irresistible; ¡juzgad cuánto es su poder sabiendo que su manantial brota del corazón! La cortesía, querido hijo, consiste en parecer olvidarse por los demás; en muchas personas es una mueca social que se desmiente en cuanto el interés demasiado picado asoma la oreja, haciéndose entonces innoble un grande. Pero, y yo quiero que vos seáis así, Félix, la verdadera cortesía implica un pensamiento cristiano; es como la flor de la caridad, y consiste en olvidarse realmente de uno mismo. ¡No seáis, pues, en recuerdo de Enriqueta, una fuente sin agua, tened su espíritu y su forma! No temáis ser a menudo chasqueado por esa virtud social, pues tarde o temprano recogeréis el fruto de tantos granos aparentemente lanzados al viento. Mi padre ha observado antaño que una de las formas más hirientes de la cortesía mal entendida, es el abuso de las promesas. Cuando os pidan algo que no podríais hacer, negaos en redondo, no dejando ninguna falsa esperanza; después, acordad prestamente lo que queréis otorgar: adquiriréis así la gracia de la negativa y la del favor, doble lealtad que resalta maravillosamente un carácter. Yo no sé si se nos tiene más inquina por una esperanza defraudada que se nos agradece un favor. Sobre todo, amigo mío, ya que estas pequeñas cosas se encuentran dentro de mis atribuciones, y no puedo hacerme pesada sobre lo que creo saber, no seáis ni confiado, ni trivial, ni presuroso, tres escollos… La demasiada confianza disminuye el respeto, la trivialidad os vale el desprecio, y el celo nos hace excelentes para ser explotados. Y por primera, querido niño, no tengáis más de dos o tres amigos en el curso de vuestra existencia; vuestra entera confianza es su bien; así, pues, otorgarla a muchos, ¿no es traicionarlos? Si os ligáis con algunos hombres más íntimamente que con otros, sed más discretos sobre vos mismo, sed siempre reservado, como si debierais tenerlos un día por competidores, por adversarios o por enemigos; los azares de la vida lo querrán así. Mantened, pues, una actitud que no sea ni fría ni calurosa, sabed hallar ese término medio en el cual puede permanecer un hombre sin comprometer nada. Sí, creed que el hombre caballeroso se encuentra tan lejos de la cobarde complacencia de Filinte como de la áspera virtud de Alceste. El genio del poeta cómico brilla en la indicación del auténtico medio que captan los espectadores nobles; ciertamente, todos se inclinarán más hacia los ridículos de la virtud que hacia el soberano desprecio oculto bajo la llaneza del egoísmo; mas sabrán preservarse de una y otro. En cuanto a la trivialidad, si ella hace decir a algunos necios, que uno es un hombre encantador, las personas habituadas a sondear, a evaluar las capacidades humanas, deducirán vuestra tara y seréis muy pronto desconsiderado, ya que la trivialidad es el recurso de los débiles; ahora bien, los débiles son desgraciadamente despreciados por una sociedad que no ve en cada uno de sus miembros sino órganos; por lo demás, acaso tenga razón, pues la propia naturaleza condena a muerte a los seres imperfectos. Así, tal vez por ende, las conmovedoras protecciones de la mujer son engendradas por el placer que halla en luchar contra una fuerza ciega, en hacer triunfar a la inteligencia del corazón sobre la brutalidad de la materia. Pero la sociedad, más madrasta que madre, adora a los hijos que halagan su vanidad. En cuanto al celo, ese primer y sublime error de la juventud, que halla una real satisfacción en desplegar sus fuerzas y comienza así por ser burlada por sí mismo, antes de serlo por el prójimo, guardadlo para vuestros sentimientos compartidos, para la mujer y para Dios. No llevéis, ni al bazar del mundo ni a las especulaciones de la política, tesoros a cambio de los cuales no os darán sino abalorios. Debéis creer a la voz que os ordena la nobleza en todo, mientras que os suplica que no os prodiguéis inútilmente; pues, por desgracia, los hombres os estiman en razón de vuestra utilidad, sin tener en cuenta vuestro valor. Para emplear una imagen que se grabe en vuestro espíritu poético, bien sea el símbolo de un desmesurado grandor, trazado en oro o escrito con lápiz, no será jamás sino un símbolo. Como lo ha dicho un hombre de esta época: «¡No tengáis nunca celo!». El celo roza el engaño, causa decepciones; no hallaríais jamás sobre vos un calor en armonía con el vuestro; los reyes, como las mujeres, creen que todo les es debido. Por triste que sea este principio, es verdadero, pero no desflora el alma. Situad vuestros sentimientos puros en lugares inaccesibles donde sus flores sean apasionadamente admiradas, donde el artista soñará casi amorosamente en la obra maestra. Los deberes, amigo mío, no son sentimientos. Hacer lo que se debe no es hacer lo que place. Un hombre debe ir a morir fríamente por su país y puede dar dichoso su vida a una mujer. Una de las reglas más importantes de la ciencia de las maneras, es un silencio casi absoluto sobre vos mismo. Serviréis de irrisión si algún día habláis de vuestra persona a gentes simplemente conocidas; entretenedlas de vuestros sufrimientos, de vuestros placeres o de vuestros negocios y veréis la indiferencia sucediendo al interés fingido; luego, llegado el aburrimiento, si el ama de casa no os interrumpe cortésmente, uno a uno se alejarán de vos los circunstantes, con pretextos hábiles. Mas si queréis agrupar en tomo vuestro todas sus simpatías, pasad por hombre amable y espiritual, de buen trato, entretenedles sobre ellos mismos, buscad un medio de situarlos en escena, hasta promoviendo cuestiones en apariencia inconciliables con los individuos; las frentes se animarán, las bocas os sonreirán, y, a vuestra partida, todos harán vuestro elogio. Vuestra conciencia y la voz del corazón os señalarán el límite donde comienza la cobardía de las adulaciones y acaba la gracia de la conversación. Una palabra aún sobre el discurso en público. Amigo mío, la juventud se halla siempre inclinada a no sé qué apresuramiento de juicio, que si bien la honra, la perjudica; de ahí el silencio impuesto por la educación de otros tiempos a los jóvenes que pasaban un período con los mayores, durante el cual estudiaban la vida; pues, antaño, tanto la nobleza como el arte, tenían sus aprendices, sus pajes dedicados a los amos que los alimentaban. Hoy, la juventud posee una ciencia de estufa, que remueve todo ácido, que la induce a juzgar con severidad las acciones, los pensamientos y los escritos; corta con el filo de una hoja que aún no ha servido. No tengáis estas torcidas inclinaciones. Vuestros juicios serían censuras que lastimarían a muchas personas que os rodean, y todos perdonarán menos acaso una ofensa secreta que una injusticia públicamente expresada. Los jóvenes son sin indulgencia porque no conocen nada de la vida ni de sus dificultades. El crítico viejo es bueno y suave; el joven, implacable; éste no sabe nada y aquél lo sabe todo. Además, en el fondo de todas las acciones humanas hay un laberinto de razones determinantes, de las cuales Dios se ha reservado el juicio definitivo. No seáis severo sino para con vos mismo. Vuestra fortuna se halla ante vos, mas nadie puede lograr la suya en este mundo sin ayuda; concurrid, pues, a la casa de mi padre, cuya entrada tenéis, y las relaciones que en ella os crearéis os serán útiles en mil ocasiones; mas no cedáis ni una pulgada de terreno a mi madre, pues ella aplasta a quien se abandona y admira el orgullo de quien le resiste; es semejante al hierro, que forjado parece acero, pero cuyo contacto rompe todo cuanto no tiene su dureza. Cultivad a mi madre; si le caéis en gracia, os introducirá en los salones, donde adquiriréis esa fatal ciencia mundana, el arte de escuchar de hablar, de responder, de presentaros, de salir; el lenguaje preciso, ese yo no sé qué, que no significa la superioridad, como el hábito no constituye el genio, pero sin el cual no será jamás admitido el más donoso talento. Os conozco lo bastante como para estar segura de no hacerme ilusión alguna viéndoos de antemano como deseo que seáis: sencillo en vuestros modales, suave de tono, altivo sin fatuidad, respetuoso con los viejos, obsequioso sin servilismo, discreto sobre todo. Desplegad vuestro ingenio, pero no sirváis de diversión a los demás; pues, sabedlo bien, si vuestra superioridad lastima a un hombre mediocre, se callará, mas después dirá de vos: «¡Es muy divertido!», término de desprecio. Que vuestra superioridad sea siempre leonina. No busquéis, por lo demás, el complacer a los hombres. En vuestras relaciones con ellos os recomiendo una frialdad que pueda llegar hasta esa impertinencia de la que no pueden ofenderse; todos respetan a quien les desdeña y ese desdén os granjeará el favor de todas las mujeres, quienes os estimarán en razón del poco caso que haréis de los hombres. No sufráis jamás a vuestro lado a gentes desconsideradas, aun cuando no merecieran su fama, ya que el mundo nos toma igualmente cuenta de nuestras amistades y de nuestros odios; a este respecto, que vuestros juicios sean bien ponderados durante mucho tiempo, pero que no sean irrevocables. Cuando los hombres rechazados por vos hayan justificado vuestra repulsa, será buscada vuestra estima; así inspiraréis ese respeto tácito que engrandece a un hombre entre los hombres. Estáis armado de una juventud que place, de una gracia que seduce y de una cordura que conserva las conquistas. Todo cuanto acabo de deciros, puede resumirse en un antiguo dicho: «¡Nobleza obliga!».

Ahora, aplicad estos preceptos a la política de los negocios. Oiréis decir a muchas personas que la habilidad es el elemento del éxito, que el medio de hender la masa es dividir a los hombres para obtener un puesto. Amigo mío, tales principios eran buenos en la Edad Media, cuando los príncipes tenían fuerzas rivales para destruirse mutuamente; pero hoy todo se encuentra a la luz del día y ese sistema os prestaría muy flacos servicios. En efecto, hallaréis ante vos, bien sea a un hombre leal y sincero, o a un enemigo traidor, que procederá por la calumnia, la maledicencia, la falacia. Pues bien, sabed que no tenéis más poderoso auxiliar que este último, pues su enemigo es él mismo; podéis combatirlo empleando armas leales, y temprano o tarde, será despreciado. En cuanto al primero, vuestra franqueza os granjeará su estima; y, conciliados vuestros intereses (pues todo se arregla), os servirá. No temáis crearos enemigos: desgraciado quien no los tiene en el mundo al que vais; mas tratad de no dar pábulo ni al ridículo ni a la desconsideración; y digo tratad, pues en París, un hombre no se pertenece siempre, sino que está sometido a fatales circunstancias; no podréis evitar ni el fango del arroyo, ni la teja que cae. La moral tiene sus arroyos cuyo lodo intentan hacer salpicar sobre las personas nobles, las gentes deshonradas que en él se anegan. Mas vos podéis haceros respetar en todo momento mostrándoos, en todas las esferas, implacable en vuestras últimas decisiones. En ese conflicto de ambiciones, en medio de esas dificultades entrecruzadas, id siempre directamente a la cuestión, enfrentadla resueltamente, y no os peleéis jamás sino sobre un punto, con todas vuestras fuerzas. Vos sabéis hasta qué punto odiaba el señor de Mortsauf a Napoleón; lo perseguía con sus maldiciones, lo vigilaba como la justicia lo hace con el criminal, le demandaba cada noche al duque de Enghien, el único infortunio, la sola muerte que le haya hecho derramar lágrimas; pero, no obstante, le admiraba como el más intrépido de los capitanes, y a menudo me ha explicado su táctica. ¿No puede, pues, aplicarse esa estrategia en la guerra de los intereses? Economizaría su tiempo, como la otra economizaba hombres y espacio; pensad en esto, pues una mujer se equivoca a menudo en esas que juzgamos por instinto y por sentimiento. Puedo insistir sobre un punto: toda estratagema, todo engaño se descubre y acaba por perjudicar, mientras que toda situación me parece ser menos peligrosa cuando un hombre se sitúa en el terreno de la franqueza. Si pudiera citaros mi ejemplo, os diría que en Clochegourde, obligada por el carácter del señor de Mortsauf a evitar todo litigio, a arbitrar inmediatamente las contestaciones que serían para él como una enfermedad en la cual se complacería sucumbiendo, siempre lo he zanjado todo por mí misma, yendo directamente al grano y diciendo al adversario: «¡Desenredemos o cortemos!» A menudo os sucederá ser útil a los demás, prestadles servicios, de los cuales seréis poco recompensados; mas no imitéis a aquellos que se quejan de los hombres y se jactan de no hallar más que ingratos. ¿No es eso ponerse sobre un pedestal? ¿Y no resulta además un tanto bobalicón el confesar su poco conocimiento del mundo? ¿Mas haréis el bien como un usurero presta su dinero? ¿No lo haréis por el bien en sí mismo? ¡Noblesse oblige! Sin embargo, no hagáis tales favores que obliguen a las personas a la ingratitud, ya que se convertirían para vos en irreconciliables enemigos; hay el desespero de la deuda, como la hay el de la ruina, que da incalculables fuerzas. En cuanto a vos, aceptad de los demás lo menos que podáis. No seáis vasallo de ninguna alma, no dependáis sino de vos mismo. No os doy consejos, amigo mío, sino sobre las cosas pequeñas de la vida. En el mundo político, todo cambia de aspecto; las reglas que rigen vuestra persona, se doblegan ante los grandes intereses. Mas si llegáis a la esfera donde se mueven los grandes hombres, seréis, como Dios, el único juez de vuestras resoluciones. No seréis entonces un hombre, sino la ley viviente; no seréis ya un individuo, sino que habréis encamado la nación. Pero si juzgáis, seréis también juzgado. Más tarde compareceréis ante los siglos y conocéis bastante la historia como para haber apreciado los sentimientos y los actos que engendran la verdadera grandeza.

«Llego a la cuestión grave, a vuestra conducta con las mujeres. En los salones que concurráis, tened por principio no prodigaros entregándonos al pequeño manejo de la coquetería. Uno de los hombres que en el pasado siglo tuvieron más éxito, tenía por costumbre no ocuparse jamás de una sola persona en la misma velada, dedicándose a aquellas que parecían desatinadas. Ese hombre, querido niño, ha dominado su época. Había avisadamente calculado que, en un tiempo dado, sería elogiado obstinadamente por todo el mundo. La mayor parte de los jóvenes pierden su más preciosa fortuna, el tiempo necesario para crearse relaciones, que son la mitad de la vida social; como agradan por sí mismos, tienen poco que hacer para lograr que se preste atención a sus intereses; mas esa primavera es rápida, por lo que habéis de saber emplearla bien. Cultivad, pues, a las mujeres influyentes; y estas son las viejas damas; ellas os pondrán al corriente de las alianzas, los secretos de todas las familias y los atajos que pueden conduciros rápidamente a la meta. Serán vuestras de todo corazón; la protección es su último amor, cuando no son beatas; os servirán maravillosamente, os encomiarán y os harán deseable. ¡Huid de las mujeres jóvenes! No creáis que haya el menor interés personal en esto que os digo. La mujer de cincuenta años Jo hará todo por vos, y la de veinte nada; ésta quiere toda vuestra vida, y la otra no os pedirá más que un momento, una atención. Burlaos de las jóvenes, tomad en broma todo lo de ellas, pues son incapaces de albergar un pensamiento serio. Las jóvenes, amigo mío, son egoístas, pequeñas, sin auténtica amistad, no quieren más que a sí mismas, os sacrificarían a un éxito. Además, todas ellas desean una plena dedicación y vuestra situación exigirá que se haya de tenerla para vos, siendo así dos pretensiones inconciliables. Ninguna de ellas tendrá el sentido de vuestros intereses, todas pensarán en sí mismas y no en vos, todas os perjudicarán más por su vanidad de lo que os servirán por su apego; os devorarán vuestro tiempo sin escrúpulo, os harán fallar vuestra fortuna, os destruirán con la mejor gracia del mundo. Si os quejáis, la más estúpida de ellas os demostrará que su guante vale por todo, que nada es más glorioso que servirla. Todas os dirán que ellas dan la felicidad y os harán olvidar vuestros bellos destinos: su felicidad es variable, vuestra grandeza será segura. ¡No sabéis con qué pérfido arte se las apañan para satisfacer sus fantasías, para convertir un gusto pasajero en un amor que comienza sobre la tierra y ha de proseguir en el cielo! El día en que os abandonan, os dirán que la frase No amo ya justifica el abandono, del mismo modo que el Amo excusaba su amor, que el amor es involuntario. ¡Doctrina absurda, querido! Creedlo, el verdadero amor es eterno, infinito, siempre semejante a sí mismo; es igual y puro, sin demostraciones violentas; con cabellos blancos se ve siempre joven de corazón. Nada de eso se encuentra entre las mujeres mundanas; todas ellas representan la comedia. Esta os interesará por sus desgracias y parecerá la más dulce y la menos exigente de las mujeres; mas cuando se habrá hecho ella necesaria, os dominará lentamente y os obligará a hacer su voluntad: ¿queréis ser diplomático, ir, venir, estudiar los hombres, los intereses, los países? ¡Pues no; permaneceréis en París o en donde ella viva; os coserá maliciosamente a su falda; y cuanto más dedicación le mostréis, más ingrata será! Esta otra intentará interesaros por su sumisión, se convertirá en vuestro paje, os seguirá novelescamente al fin del mundo, se comprometerá a guardaros y será como una piedra a vuestro cuello. Os ahogaréis un buen día y ella saldrá a flote. Las menos ladinas de las mujeres disponen de trampas infinitas; la más imbécil triunfa por la poca desconfianza que inspira; la menos peligrosa sería una mujer galante que os amaría sin saber por qué, que os abandonaría sin motivo y os reprendería por vanidad. Pero todas os perjudicarán en el presente o en el futuro. Toda joven que ingresa en sociedad, que vive de placeres y de vanidosas satisfacciones, es mujer a medias corrompida y que os corromperá. No está ahí la criatura casta y recogida en el alma de la cual reinaréis siempre. La que os amará será solitaria; sus fiestas más bellas serán vuestras miradas y ella vivirá de vuestras palabras. Que esta mujer, pues, sea para vos el mundo entero, ya que vos lo seréis todo para ella: queredla bien, no la deis ni disgustos ni rivales, no excitéis su envidia o sus celos. Ser amado, querido, ser comprendido, es la mayor felicidad, y deseo que la saboreéis, mas no comprometáis la flor de vuestra alma, estad bien seguro del corazón en el que pondréis vuestros afectos. Esa mujer no será jamás ella, no deberá pensar jamás en ella, sino en vos; no os discutirá nada, no escuchará jamás sus propios intereses, y sabrá presentir para vos un peligro allí donde vos no lo veréis y donde olvidará ella el suyo propio; y en fin, si sufre, lo hará sin quejarse, carecerá de coquetería personal, solamente sentirá como un respeto por lo que vos amaréis en ella. Responded a este amor, superándolo. Si sois lo bastante feliz como para hallar lo que siempre faltará a vuestra pobre amiga, un amor igualmente inspirado, igualmente sentido, pensad, cualquiera que sea la perfección de ese amor, que en un valle vivirá para vos una madre cuyo corazón se halla tan socavado por el sentimiento del que lo habéis colmado, que jamás podréis hallar el fondo. Sí, yo os tengo un cariño cuya magnitud no os será conocida nunca: para que se muestre tal cual es, sería preciso que hubieseis perdido esa bella inteligencia y entonces no sabríais hasta donde podría llegar mi devoción. ¿Resulto sospechosa al deciros que evitéis a las jóvenes, todas ellas más o menos artificiosas, burlonas, vanidosas, superficiales, derrochadoras; que os inclinéis a las mujeres influyentes, a esas imponentes matronas, llenas de sentido, como lo era mi tía, y que os servirán tan bien que os defenderán contra las acusaciones secretas, destruyéndolas, que dirán de vos lo que vos mismo no podéis decir? En fin, ¿no soy generosa ordenándoos que reservéis vuestras, adoraciones para, el ángel de corazón puro? Si la frase de Nobleza obliga contiene una gran parte de mis primeras recomendaciones, mi consejo sobre vuestras relaciones con las mujeres, se contienen también en esta divisa de la caballería: Servir a todas, no amar sino a una.

«Vuestra instrucción es inmensa; vuestro corazón, conservado por el sufrimiento, se ha mantenido sin mácula; todo es hermoso, todo está bien en vos, quered, pues. Vuestro porvenir se encuentra ahora contenido en esto sólo, que es la divisa de los grandes hombres. ¿No es verdad, hijo mío, que obedeceréis siempre a Enriqueta, que le permitiréis continuar diciéndoos lo que piensa de vos y de vuestras relaciones con el mundo? Tengo en el alma un ojo que ve el futuro tanto para vos como para mis propios hijos; permitidme, pues, emplear esta facultad en provecho vuestro, don misterioso que me ha otorgado la paz de mi vida y que, lejos.de debilitarse, se mantiene en la soledad y el silencio. En cambio os pido que me concedáis una gran dicha: quiero veros creciendo entre los hombres, sin que ni uno solo de vuestros éxitos me haga plegar la frente; quiero que pongáis rápidamente vuestra fortuna a la altura de vuestro nombre y podáis decirme que he contribuido mejor que por el deseo a vuestra grandeza. Esta secreta cooperación es el único placer que puedo permitirme. Esperaré. No os digo adiós. Estamos separados y no podéis tener mi mano bajo vuestros labios, pero debéis haber vislumbrado bien el lugar que ocupáis en el corazón de

vuestra Enriqueta.»

Al acabar de leer esta carta, sentía yo palpitar en mis dedos un corazón maternal, en el momento en que aún me encontraba helado por la severa acogida de mi madre. Comprendí por qué la condesa me había prohibido en Turena la lectura de esta carta: temía sin duda ver caer mi cabeza a sus pies y sentirlos humedecidos con mis lágrimas.

Traté por fin con mi hermano Carlos, que hasta entonces había sido un extraño para mí; pero hasta en sus menores relaciones se mostró con aire tal de superioridad, que ponía demasiada distancia entre nosotros para que nos tratásemos como hermanos; todos los sentimientos dulces reposan sobre la identidad de las almas y entre nosotros no hubo punto alguno de cohesión. Me enseñaba doctoralmente esas naderías que la inteligencia o el corazón adivinan; con cualquier motivo parecía desconfiar de mí; de no haber tenido yo como punto de apoyo mi amor, me habría él vuelto torpe e imbécil, afectando creer que yo no sabía nada. Sin embargo, me presentó en sociedad, donde mi simpleza debía poner de relieve sus cualidades. Sin las desgracias de mi infancia, yo hubiese podido tomar su vanidad de protector por amistad fraterna; pero la soledad moral produce los mismos efectos que la terrestre: el silencio permite apreciar en ella las más ligeras resonancias y la costumbre de refugiarse en sí mismo desarrolla una sensibilidad cuya delicadeza revela los menores matices de los afectos que nos conmueven. Antes de haber conocido a la señora de Mortsauf, una mirada dura me hería, el acento de una palabra brusca me afligía; yo gemía, mas sin saber nada de la vida, de las caricias; mientras que, a mi regreso de Clochegourde, podía establecer comparaciones que perfeccionaban mi prematura ciencia. La observación que se sustenta en sufrimientos sentidos, es incompleta. La felicidad tiene también su luz. Me dejaba aplastar de tanto más buen grado bajo el derecho de primogenitura, cuanto no era engañado por Carlos.

Fui solo a casa de la duquesa de Lenoncourt, donde jamás nadie habló de Enriqueta, excepto el buen viejo duque, que era la personificación de la sencillez; pero por la manera con que me recibió, adiviné las secretas recomendaciones de su hija. En el momento en que comenzaba a perder el bobalicón asombro que produce en todo debutante la vista de la alta sociedad, en el instante en que entreveía en él placeres, comprendiendo los recursos que ofrece a los ambiciosos y me complacía en aplicar las máximas de Enriqueta, admirando su profunda verdad, se produjeron los acontecimientos del 20 de marzo. Mi hermano siguió la corte a Gante; yo, por consejo de la condesa, con quien mantenía correspondencia, activa de mi parte solamente, acompañé allá al duque de Lenoncourt. La habitual benevolencia del duque se convirtió en sincera protección cuando me vio adicto de corazón, y de la cabeza a los pies, a los Borbones; él mismo me presentó a Su Majestad. Los cortesanos son poco numerosos en la desgracia; la juventud tiene cándidas admiraciones, fidelidades sin cálculo; el rey sabía juzgar a los hombres; lo que no habría sido notado en las Tullerías, llamó la atención en Gante y tuve la suerte de agradar a Luis XVIII. Una carta de la señora de Mortsauf a su padre, llevada con despachos por un emisario de los vendeanos y en la cual había unas palabras para mí, me informó que Santiago estaba enfermo. El señor de Mortsauf, desesperado tanto por la precaria salud de su hijo, como de ver comenzar sin él una segunda emigración, había añadido algo que me hizo adivinar la situación de mi bienamada. Atormentada por él sin duda cuando ella pasaba todos los instantes a la cabecera del lecho de Santiago, no teniendo reposo ni de día ni de noche; superior a las ganas de molestar de su marido, pero sin fuerzas para dominarlas cuando se empleaba con toda su alma a cuidar a su hijo, Enriqueta debía desear el socorro de una amistad que le había hecho menos pesada la vida, aun cuando no fuese sino para que le sirviese para distraer al señor de Mortsauf. Ya en bastantes ocasiones había llevado al conde de paseo cuando amenazaba con atormentarla; inocente añagaza cuyo éxito me había valido algunas de esas miradas que expresan un agradecimiento apasionado, en donde el amor ve promesas. Aun cuando estuviera yo impaciente por seguir las huellas de Carlos, enviado recientemente al Congreso de Viena; aunque quisiera, corriendo todos los riesgos, justificar las predicciones de Enriqueta y librarme del vasallaje fraternal, mi ambición, mis deseos de independencia, el interés que tenía en no abandonar al rey, todo palideció ante la dolorida imagen de la señora de Mortsauf; resolví abandonar la corte de Gante para ir a servir a la verdadera soberana. Dios me recompensó. El emisario enviado por los vendeanos no podía regresar a Francia y el rey quería un hombre abnegado que portase sus instrucciones. El duque de Lenoncourt sabía que el monarca no olvidaría jamás a quien se encargase de aquella peligrosa empresa; me propuso, sin consultarme, y yo acepté muy dichoso de poder regresar a Clochegourde, al par de servir a la buena causa.

Tras haber tenido, a los veintiún años, una audiencia con el rey, volví a Francia, donde tanto en París como en la Vendée, tuve la suerte de cumplir las intenciones de Su Majestad. Hacia finales de mayo, perseguido por las autoridades bonapartistas, por las que estaba señalado, me vi obligado a huir como hombre que parece regresar a su casa solariega, yendo a pie de dominio en dominio, de bosque en bosqueja través de la Vendée alta, de Bocage y de Poitou, cambiando de trayecto según la circunstancia. Así llegué a Saumur, de Saumur a Chinon y de Chinon, en una sola noche, alcancé los bosques de Nueil, donde encontré al conde a caballo en una landa; me tomó a la grupa y me llevó a su mansión, sin hallar a nadie que pudiera reconocerme.

—¡Santiago está ya mejor! —fueron sus primeras palabras.

Le puse al corriente de mi situación de peón diplomático acosado como una fiera y el gentilhombre se armó de su realismo para disputar al señor de Chessel el peligro de recibirme. Al divisar Clochegourde, me pareció como si fuesen un sueño los ocho meses que habían transcurrido. En cuanto el conde, precediéndome, dijo a su mujer:

—¿Adivináis a quien os traigo?… Félix.

—¿Es posible? —preguntó ella, con los brazos pendientes y el rostro estupefacto.

Aparecí yo, y ambos quedamos inmóviles, ella clavada en su sillón y yo en el umbral de la puerta, contemplándonos con la ávida fijeza de dos amantes que quieren reparar por una sola mirada todo el tiempo perdido; pero, avergonzada por una sorpresa que dejaba su corazón sin velo, se levantó y yo me aproximé.

—He rezado mucho por vos —me dijo ella, tras haberme tendido su mano para que la besara.

Me pidió noticias de su padre; luego adivinó mi fatiga y fue a ocuparse de mi alojamiento, mientras que el conde hacía que me diesen de comer, pues me moría de hambre. Me destinaron la habitación que se hallaba encima de la condesa, la de su tía, a la que hizo que me condujera el conde, tras haber puesto ella el pie sobre el primer peldaño de la escalera, deliberando sin duda consigo misma si había de acompañarme en persona; yo me volví y ella enrojeció, me deseó un buen sueño y se retiró precipitadamente. Al bajar para la cena, supe de los desastres acontecidos: Waterloo, la huida de Napoleón y la marcha de los aliados sobre París. El retomo de los Borbones era más que probable. Esos sucesos que lo eran todo para el conde, no fueron nada para nosotros. Después de acariciar los niños, la noticia más importante —pues no os hablo de mi alarma viendo a la condesa pálida y enflaquecida; yo sabía el estrago que podía causar un gesto de asombro y no expresé sino placer al verla—, la gran noticia para nosotros fue: «¡Tendréis sorbete!» Ella se había molestado a menudo el pasado año por no tener agua bastante fresca para mí, pues no tomando otra bebida, me gustaba helada. ¡Dios sabe al precio de cuantas importunidades había hecho construir una heladora! Vos sabéis mejor que nadie que al amor basta una palabra, una mirada, una inflexión de voz, una atención leve en apariencia; su privilegio más hermoso es de probarse por sí mismo. Pues bien, sus palabras, su mirada, su contento, me revelaron la extensión de sus sentimientos, como otrora le manifestara yo los míos con mi comportamiento en el juego del chaquete. Mas los cándidos testimonios de su ternura abundaron: el séptimo día después de mi llegada, se tornó lozana, centelleante de salud, de alegría y de juventud; volvía a encontrar a mi querido lirio embellecido, más abierto, del mismo modo que hallaba acrecentados mis tesoros del corazón. ¿No es tan sólo en los espíritus pequeños o en los corazones vulgares, que la ausencia mengua los sentimientos, borra los rasgos del alma y disminuye las bellezas de la persona amada? Para las imaginaciones, para los seres en quienes el entusiasmo pasa a la sangre y la tiñe de nueva púrpura, y en los que la pasión toma las formas de la constancia, ¿no tiene la ausencia el efecto de los suplicios que reafirmaban la fe de los primeros cristianos y que les hacían ver a Dios? ¿No existen en un corazón colmado de amor, incesantes deseos que avaloran las formas deseadas, haciéndolas vislumbrar coloreadas por la brasa de los sueños? ¿No se experimentan irritaciones que comunican lo bello del ideal a los rasgos adorados, cargándolos de pensamientos? El pasado, hilvanado recuerdo a recuerdo, se engrandece; y el futuro se puebla de esperanzas. Entre dos corazones donde superabundan esas nubes eléctricas, una primera entrevista se convierte entonces como en benéfica tormenta que reaviva la tierra y la fecunda llevando en sí las súbitas luminarias del rayo. ¿Cuántos placeres suaves no saboreé viendo que en nosotros esos pensamientos, esos resentimientos, eran recíprocos? ¡Con qué embelesada mirada seguí los progresos de la felicidad en Enriqueta! Una mujer que revive bajo las miradas del amado, tal vez da una mayor prueba de sentimiento que la que muere asesinada por una duda o desecada en su tallo, falta de savia; yo no sé cuál de las dos es la más conmovedora. El renacimiento de la señora de Mortsauf fue natural, como los efectos del mes de mayo en las praderas, como los del sol y la onda en las flores abatidas. Como nuestro valle de amor, Enriqueta había tenido su invierno y renacía al igual de él en la primavera. Antes de cenar, bajamos a nuestra querida terraza. Allí, al par que acariciaba ella la cabeza de su pobre hijo, más débil que jamás lo viera yo y que caminaba pegado a su madre, silencioso como si incubara aún una enfermedad, me contó sus noches pasadas a la cabecera del lecho del pequeño. Durante aquellos tres meses —dijo— había vivido ella una vida toda interior; había habitado como un sombrío palacio, temiendo entrar en suntuosos aposentos donde brillaban luces y se daban fiestas que le estaban vedadas, y a la puerta de los cuales se mantenía con un ojo posado sobre su hijo y el otro sobre una figura indistinta, con un oído para escuchar los dolores y el otro para oír una voz. Recitaba, sugeridas por la soledad, poesías que ningún poeta habría sido capaz de componer jamás; pero todo ello ingenuamente, ignorando que existiesen en ellas el menor vestigio de amor, ni huella de voluptuoso pensamiento, ni musa orientalmente suave, como una roca del Frangistan. Al unirse a nosotros el conde, ella continuaba con el mismo tono, como mujer orgullosa de sí misma, que puede lanzar una mirada altiva a su marido y depositar sin ruborizarse un beso en la frente de su hijo. Había rezado mucho, había tenido a Santiago noches enteras en brazos, no queriendo que muriese.

—Iba —decía— hasta las puertas del santuario a pedir su vida a Dios.

Había tenido visiones; me las contó, pero, en el momento en que pronunció con su voz angélica estas maravillosas palabras;

—¡Cuando dormía, mi corazón velaba!

—Es decir que habéis estado casi loca —respondió el conde, interrupiéndola.

Ella se calló atacada de vivo dolor, como si fuese la primera herida recibida, como si hubiese olvidado que, desde hacía trece años, aquel hombre no había dejado nunca de dispararle una flecha al corazón. Ave sublime, alcanzada en su vuelo por un basto perdigón, cayó en un estúpido abatimiento.

—Bueno, señor —dijo tras una pausa—, ¿es que jamás hallarán gracia en el tribunal de vuestro espíritu alguna de mis palabras? ¿No tendréis jamás indulgencia para mi debilidad, ni compasión para mis ideas de mujer?

Se detuvo. Aquel ángel se arrepentía ya de sus protestas y medía con una mirada su pasado como su futuro: ¿podría ser comprendida? ¿No iba a hacer brotar un virulento apostrofe? Sus venas azules latieron violentamente en sus sienes, no tuvo lágrimas, pero el verde de sus ojos se tornó pálido; luego bajó su mirada al suelo, para no ver en mis ojos su pena aumentada, sus sentimientos comprendidos, su alma acariciada en la mía, y, sobre todo, la compasión encolerizada de un joven amor presto, como un perro fiel, a devorar a quien ofende a su ama, sin reparar ni en la fuerza ni en la calidad del asaltante. En esos crueles momentos, había que ver el aire de superioridad que adoptaba el conde; creía triunfar de su mujer, y la abrumaba entonces con una granizada de frases que repetían la misma idea y que semejaban hachazos produciendo el mismo son:

—¿Sigue siendo el mismo? —la pregunté cuando el conde nos dejó por fuerza, reclamado por su piquero, que vino a buscarle.

—¡Siempre! —respondió Santiago.

—Siempre excelente, hijo mío —dijo ella a Santiago, tratando así de sustraer al señor de Mortsauf al juicio de sus hijos—. Ves el presente, ignoras el pasado; así, pues, no puedes criticar a tu padre sin cometer alguna injusticia; pero aunque experimentaras el dolor de ver culpable a tu padre, el honor de las familias exige que sepultes tales secretos en el más profundo silencio.

—¿Cómo van los cambios en la Cassine y en la Rethoriére? —le pregunté yo para sacarla de sus amargos pensamientos.

—Superan mis esperanzas —contestó—. Acabados los edificios, hemos encontrado dos excelentes granjeros que han tomado una a cuatro mil quinientos francos, impuestos pagados, y la otra a cinco mil, con contrato por quince años. Hemos plantado ya tres mil pies de arboleda en las dos nuevas granjas. El padre de Manette está encantado de tener la Rabelaye. Martineau tiene la Baude. El bien de nuestros cuatro granjeros consiste en prados y bosques, a los cuales no llevan, como lo hacen algunos poco escrupulosos, los estiércoles destinados a nuestras tierras de labor. Así, nuestros esfuerzos han sido coronados por el mejor de los éxitos. Clochegourde, sin las reservas que nosotros llamamos la granja del castillo, sin los bosques ni los cercados, produce diecinueve mil francos y las plantaciones nos han preparado excelentes anualidades. Lucho por conseguir que den nuestras tierras reservadas a Martineau, nuestro guarda, que ahora puede ser reemplazado por su hijo. Ofrece tres mil francos, caso de que el señor de Mortsauf quiera construirle una granja en la Commandeire. Entonces podríamos despejar los aledaños de Clochegourde, acabar nuestra proyectada avenida hasta el camino de Chinon y no tener que cuidar sino de nuestras viñas y nuestros bosques. Si vuelve el rey, nuestra pensión volverá también; nosotros consentiremos en ella, tras algunos días de crucero contra el buen sentido de nuestra mujer. La fortuna de Santiago será, pues, indestructible. Obtenidos estos últimos resultados, dejaré al señor de Mortsauf atesorar para Magdalena, a la que por lo demás, y según costumbre, dotará el rey. Tengo la conciencia tranquila; mi tarea se cumple… ¿Y vos? —añadió.

Le expliqué mi misión y le puse de manifiesto cuan fructuosos y cuerdos habían sido sus consejos. ¿Estaba ella acaso dotada de un sexto sentido que le hacía presentir de tal modo los acontecimientos?

—¿No os lo escribí? —respondió—. Para vos solo, puedo ejercer una sorprendente facultad, de la que no he hablado sino al señor de la Berge, mi confesor, y que él explica por una intervención divina. A menudo, tras ciertas profundas meditaciones, provocadas por temores sobre el estado de salud de mis hijos, mis ojos se cerraban a las cosas de la tierra y veían en otra región: cuando divisaba en ella a Santiago y Magdalena luminosos, se encontraban bien durante cierto tiempo; si los veía envueltos en una niebla, no tardaban en caer enfermos. En cuanto a vos, no solamente os veo siempre brillante, sino que oigo una dulce voz que me explica, sin palabras, por una comunicación mental, lo que debéis hacer. ¿Por qué ley no puedo emplear ese don maravilloso para mis hijos y para vos? —dijo, cayendo en la ensoñación—. ¿Quiere Dios servirles de padre? —añadió luego, tras breve pausa.

—¡Dejadme creer —le respondí— que no obedezco sino a vos!

Me lanzó una de esas sonrisas enteramente graciosas, que me causaban tal embriaguez en el corazón, que no habría sentido entonces un golpe mortal.

—En cuanto vuelva el rey a París, id allá, abandonad Clochegourde —prosiguió—. Tan degradante es mendigar puestos y favores, como ridículo no estar al alcance para aceptarlos. Se efectuarán grandes cambios. Los hombres capaces y seguros serán necesarios al rey; no le faltéis pues; entraréis joven en los negocios públicos, y os hallaréis bien en ellos; ya que, para el estadista, como para los actores, hay cosas de oficio que el genio no revela, sino que es preciso aprenderlas. Mi padre lo oyó esto del duque de Choiseul. Pensad en mí —dijo tras una pausa— y hacedme saborear los placeres de la superioridad en un alma que es mía por entero. ¿No sois acaso mi hijo?

—¿Vuestro hijo? —repliqué con aire burlón.

—El no ser sino mi hijo —dijo a su vez, burlándose asimismo de mí—, ¿no es acaso ocupar un magnífico puesto en mi corazón?

Sonó la campana anunciando la cena, y tomando ella mi brazo, se apoyó complacientemente.

—Habéis crecido —me dijo, subiendo la escalera.

Cuando estuvimos en el descansillo, me agitó el brazo tomo si mis miradas le alcanzaran demasiado vivamente; aunque ella tuviese los ojos bajados, bien sabía que yo no miraba más que a su persona; entonces, con aire fingidamente impacientado, tan gracioso y coquetón, me dijo:

—¡Vamos, contemplad un poco nuestro querido valle!

Se volvió, puso su sombrilla de seda blanca sobre nuestras cabezas, pegando a Santiago a su lado; y el ademán (le cabeza por el que mostró el Indre, la barca y los prados, demostraba que, desde mi estancia y nuestros paseos, ella se había entendido con aquellos horizontes caliginosos, con sus vaporosas sinuosidades. La naturaleza era el manto bajo el cual se cobijaban sus pensamientos. Ella sabía ahora lo que suspira el ruiseñor durante las noches, y lo que repite la rana de los pantanos salmodiando su quejumbrosa nota.

A las ocho de la tarde fui testigo de una escena que me conmovió profundamente y que nunca había podido ver hasta entonces, pues solía quedarme siempre jugando con el señor de Mortsauf, mientras ella pasaba al comedor antes de acostar a los niños. La campana tañó dos veces, y todos los servidores de la casa acudieron.

—Sois nuestro huésped; someteos, pues, a la regla del convento —me dijo ella, tirándome de la mano con ese aire de inocente chanza que distingue a las mujeres verdaderamente piadosas.

El conde nos siguió. Amos, niños, criados, todos se arrodillaron, con la cabeza descubierta, colocándose en su lugar de costumbre. Tocaba a Magdalena decir las oraciones; la querida pequeña las pronunció con su voz infantil, cuyos ingenuos tonos se destacaron con claridad en el armonioso silencio del campo, y prestaron a las frases el santo candor de la inocencia, esa gracia de los ángeles. Fue la más conmovedora oración que he escuchado. La naturaleza respondía a las palabras de la niña con los mil murmullos del anochecer, acompañamiento de órgano suavemente tocado. Magdalena estaba a la derecha de la condesa y Santiago a la izquierda. Las matas graciosas de las dos cabecitas, entre las cuales se elevaba el peinado trenzado de la madre y que dominaban los cabellos enteramente blancos y el amarillento cráneo de el señor de Mortsauf, componían un cuadro cuyos colores repetían en cierto modo al espíritu las ideas despertadas por las melodías de la plegaria; en fin, para satisfacerlas condiciones de la unidad que distingue lo sublime, aquella recogida asamblea se hallaba envuelta por la atenuada luminosidad del sol poniente, cuyas rojas tonalidades coloreaban la sala, dejando así creer a las almas, bien fuesen poéticas o supersticiosas, que los resplandores del cielo se expandían sobre aquellos fieles servidores de Dios, arrodillados allí sin distinción de rango, en la igualdad deseada por la Iglesia. Trasladándome a los días de la vida patriarcal, mis pensamientos engrandecían aún aquella escena, tan grande ya por su simplicidad. Los niños dieron las buenas noches a su padre, los servidores saludaron, la condesa se marchó, dando la mano a cada pequeño, y yo volví a entrar en el salón con el conde.

—Os procuraremos vuestra salvación por allí y vuestro infierno por aquí —me dijo, mostrándome el juego de chaquete.

La condesa se unió a nosotros media hora después, y avanzó su bastidor cerca de nuestra mesa.

—Esto es para vos —me dijo desplegando el cañamazo—, pero desde hace tres meses esta obra avanza muy lentamente. Entre este clavel y esta rosa, mi pobre hijito ha sufrido.

—Vamos, vamos —dijo el señor de Mortsauf no hablemos de eso. Seis-cinco, señor enviado del rey.

Al acostarme, me recogí para escuchar el ir y venir de la condesa por su habitación. Mas si ella permaneció tranquila y pura, yo fui asaltado por locas ideas inspiradas por intolerables deseos.

—¿Por qué no ha de ser mía? —me decía—. ¿Tal vez rila también se encuentra sumida en esta remolineante agitación de los sentidos?

Bajé a la una, pude andar sin hacer ruido, llegué ante mi puerta, y me tendí: con el oído aplicado a la rendija, rscuché su respiración acompasada y suave de niño. Cuando sentí demasiado el frío, volví a subir, me metí en la cama y dormí tranquilamente hasta la mañana. Yo no sé a qué predestinación, a qué naturaleza debe atribuirse el placer que siento en ir hasta el borde de los precipicios, en sondear el abismo del mal, escudriñar su fondo, sentir su frío, y retirarme todo emocionado. Aquella hora pasada en la noche en el umbral de su puerta, donde he llorado de rabia, sin que ella haya sabido nunca que había andado sobre mis lágrimas y mis besos, sobre su virtud a intervalos destruida y respetada, maldecida y adorada; aquella hora, estúpida a los ojos de muchos, es una inspiración de ese ignoto sentimiento que impulsa a los militares —algunos me han dicho haberse jugado así la vida— a lanzarse ante una batería para saber si escaparían a la metralla, y si tendrían suerte cabalgando así el abismo de las probabilidades, fumando como Jean Bart sobre un tonel de pólvora. Por la mañana fui a recoger flores para confeccionar dos ramos; el conde los admiró, él a quien nada de tal género conmovía, y para quien parecía haberse dicho la frase de Champecenetz: «Hace mazmorras en España».

Pasé algunos días en Clochegourde, realizando solamente breves visitas a Frapesle, donde sin embargo cené tres veces. El ejército francés vino a ocupar Tours. Aunque yo fuese evidentemente la vida y la salud de la señora de Mortsauf, ella me instó a que me trasladara a Chateauroux para volver a toda prisa a París, por Issoudun y Orleans. Intenté resistir, ella ordenó, diciendo que el genio familiar había hablado, y obedecí. Nuestra despedida estuvo en esta ocasión bañada en lágrimas; ella temía por mí que me arrastrase el mundo en el que iba yo a vivir. ¿No era preciso entrar seriamente en la vorágine de los intereses, pasiones y placeres, que hacen de París un mar tan peligroso para los amores castos como para la pureza de las conciencias? Le prometí escribirle cada noche los acontecimientos y pensamientos del día, hasta los más frívolos. Ante esta promesa, ella apoyó su languidecida cabeza sobre mi hombro y me dijo:

—No olvidéis nada; todo me interesará.

Luego me dio cartas para el duque y la duquesa, a quienes fui a visitar el segundo día de mi llegada.

—Tenéis suerte —me dijo el duque—. Cenad aquí, y venid conmigo esta noche al castillo; vuestra fortuna está hecha. El rey os ha nombrado esta mañana, diciendo: «¡Es joven, capaz y fiel!» Y lamentaba no saber si estabais vivo o muerto, a donde os habían arrojado los acontecimientos, tras haber cumplido tan acertadamente vuestra misión.

Por la noche, yo era relator del Consejo de Estado, y tenía junto al rey Luis XVIII, en empleo secreto de una duración igual a la de su reino, un puesto de confianza, sin favor retumbante, pero sin probabilidad de desgracia, que me situó en el corazón del gobierno y fue la fuente de mis prosperidades. La señora de Mortsauf había acertado, y así, pues, yo le debía todo: poder y riqueza, la felicidad y la ciencia; ella me guiaba y me alentaba, purificaba mi corazón y daba a mis deseos esa unidad sin la cual se gastan inútilmente las fuerzas de la juventud. Más tarde tuve un colega, alternándonos ambos en nuestro servicio durante seis meses cada uno. Por lo demás, podríamos suplirnos en caso de necesidad; disponíamos de una habitación en el castillo, de nuestro carruaje, y de amplias retribuciones para nuestros gastos cuando precisábamos viajar. ¡Singular situación! Ser los discípulos secretos de un monarca, a cuya política han tributado después sus enemigos brillante justicia, escucharle juzgando todo, lo interior y lo exterior, encontrarse sin patente influencia, mas verse a veces consultados como Laforet por Moliere, y sentir las vacilaciones de una vieja experiencia consolidadas por la conciencia de la juventud… Nuestro porvenir estaba, además, establecido de manera a satisfacer la ambición. Aparte de mis emolumentos como relator, pagados por el presupuesto del Consejo del Estado, el rey me daba mil francos por mes de su tesoro particular, y a menudo me entregaba en persona algunas gratificaciones. Aunque el monarca apreciara que un joven de veintitrés años no resistiría mucho tiempo el trabajo con que me abrumaba, mi colega, hoy par de Francia, no fue elegido hasta el mes de agosto de 1817. Esta elección era tan difícil, nuestras funciones exigían tantas cualidades, que el rey tardó largo tiempo en decidirse. Y me hizo el honor de preguntarme con cuál de los jóvenes que tenía preparados para el puesto me avendría mejor. Entre ellos se encontraba uno de mis camaradas de la pensión Lapitre, y no se lo indiqué; el rey me preguntó el porqué.

—Vuestra Majestad —le dije— ha elegido hombres igualmente fieles, pero de diferentes capacidades; yo he nombrado al que creo más hábil, seguro de estar siempre en armonía con él.

Mi juicio coincidía con el del monarca, quien siempre mostró gratitud por el sacrificio que había hecho en esta ocasión. Y me dijo:

—Vos seréis desde luego el principal.

No dejó ignorar esta circunstancia a mi colega, quien, en correspondencia a este servicio, me otorgó su amistad. La consideración con que me distinguió el duque de Lenoncourt dio la pauta a la que fui rodeado por la sociedad. Las palabras: «El rey tiene un vivo interés por ese joven; ese joven tiene porvenir, el rey le aprecia», hubiesen reemplazado al talento; pero comunicaban a la graciosa acogida de que son objeto los jóvenes, un no sé qué que se otorga al poder. Bien fuese en casa del duque de Lenoncourt, o en la de mi hermana, que se casó por entonces con su primo el marqués de Listomère, hijo de la vieja pariente a cuya morada de la Isla de San Luis solía yo ir, trabé insensiblemente conocimiento con las personas más influyentes del barrio de Saint-Germain.

Enriqueta me puso pronto en el centro de la sociedad llamada el Pequeño Castillo, por mediación de la princesa de Blamont-Chauvry, de la que era sobrina-nieta; la escribió tan calurosamente a mi respecto, que la princesa me invitó inmediatamente a ir a verla; la cultivé, supe agradarle, y ella se convirtió, no ya en mi protectora, sino en una amiga cuyos sentimientos tuvieron un no sé qué de maternal. La vieja princesa se empeñó en unirme sucesivamente a su hija, la señora d’Espard, a la duquesa de Langeais, a la vizcondesa de Beauseant y a la duquesa de Maufrigneuse, mujeres que, alternativamente, también tuvieron el cetro de la moda, y que fueron tanto más gentiles para mí cuanto yo no albergaba pretensiones por ellas, y siempre dispuesto a serles agradable. Mi hermano Carlos, lejos de renegarme, se apoyó entonces en mí; mas aquel rápido éxito le inspiró una envidia secreta, que más tarde me causó muchos disgustos. Mi padre y mi madre, sorprendidos de aquella fortuna inesperada, sintieron halagada su vanidad, y me adoptaron por fin como hijo; pero como su sentimiento era en cierto modo artificial, por no decir fingido, esta enmienda tuvo poca influencia sobre un corazón lastimado; además, los cariños empañados de egoísmo excitan poco las simpatías; el corazón aborrece los cálculos y los aprovechamientos de todo género.

Escribí fielmente a mi querida Enriqueta, quien me respondía con una o dos cartas por mes. Su espíritu planeaba así sobre mí, sus pensamientos atravesaban las distancias y me creaban una atmósfera pura. Ninguna mujer podía cautivarme. El rey supo de mi reserva; en este aspecto, él era de la escuela de Luis XV, y me llamaba riendo: señorita de Vandenesse, pero la cordura de mi conducta le agradaba mucho. Tengo la convicción de que el hábito de la paciencia, adquirido durante mi infancia, y sobre todo en Clochegourde, sirvió de mucho a granjearme el aprecio del rey, quien siempre fue excelente para conmigo. Tuvo sin duda la fantasía de leer mis cartas, pues no le engañó mucho tiempo mi vida de doncella. Un día que el duque estaba de servicio, escribía yo bajo el dictado del rey, quien al ver entrar al duque de Lenoncourt, nos envolvió con maliciosa mirada.

—Bueno, ¿es que ese diablo de Mortsauf quiere seguir viviendo siempre? —le dijo con su hermosa voz argentada, a la cual sabía comunicar a voluntad la mordacidad del epigrama.

—Siempre —respondió el duque.

—La condesa de Mortsauf es un ángel al que me gustaría mucho ver aquí —prosiguió el rey—. Mas si yo no puedo lograrlo, mi canciller —dijo volviéndose hacia mí— tendrá más suerte. Disponéis de seis meses, pues me he decidido a daros por colega el joven del que ayer hablamos. ¡Divertios bien en Clochegourde, señor Catón!

Y salió fuera del gabinete sonriendo.

Volé como una golondrina a Turena. Por primera vez iba a mostrarme a aquélla que amaba, na sólo algo menos bobalicón, sino también con el boato de un joven elegante, cuyos modales habían sido formados por los más aristocráticos salones, cuya educación había sido ultimada por las mujeres más graciosas, que había, en fin recogido el premio de sus sufrimientos, y que había puesto en práctica la experiencia del más bello ángel que el cielo haya jamás destinado a la guarda de una criatura. Vos ya sabéis cómo estaba yo equipado durante los tres meses de mi primera estancia en Frapesle.

Al volver a Clochegourde, en ocasión de mi misión en la Vendée, iba vestido como un cazador. Llevaba una zamarra verde de botones blancos enrojecidos, un pantalón de rayas, polainas de cuero y botas. La caminata y los jarales me habían tan malparado, que el conde hubo de prestarme ropa blanca. Esta vez, dos años de estancia en París, la costumbre de estar con el rey, las hechuras y porte de la fortuna, mi crecimiento acabado, una fisonomía joven que recibía un imponderable lustre de la placidez de un alma unida magnéticamente al alma pura que de Clochegourde irradiaba sobre mí, todo me había transformado: tenía seguridad sin fatuidad, un contento interior de hallarme, a pesar de mi juventud, en la cúspide de los asuntos públicos, y la conciencia de ser el secreto sostén de la más adorable mujer que habita la tierra, su inconfesada esperanza. Acaso tuve un pequeño movimiento de vanidad cuando el látigo de los postillones restalló en la nueva avenida que del camino de Chinon llevaba á Clochegourde, y al abrirse una verja que no conocía yo, en medio de un recinto circular ha poco construido. No había escrito sobre mi llegada a la condesa, queriendo darle una sorpresa, y me equivoqué por partida doble: por primera, ella experimentó el sobrecogimiento que produce un placer largo tiempo esperado, pero considerado como imposible; y luego me demostró que todas las sorpresas calculadas eran de mal gusto.

Cuando Enriqueta vio al mozo donde siempre había visto a un niño, bajó su mirada al suelo con movimiento de trágica lentitud; se dejó tomar y besar la mano sin testimoniar ese agrado íntimo que me advertía su escalofrío de sensitiva; y cuando volvió a alzar el rostro para mirarme aún, la encontré pálida.

—Bueno, ¿no olvidáis, pues, a vuestros viejos amigos? —me dijo el señor , de Mortsauf, que no estaba cambiado ni envejecido.

.—No —dije al conde—. De ahora en adelante tendré seis meses de libertad por año, los cuales siempre os pertenecerán… Bien, ¿qué os sucede? —dije a la condesa, pasando mi brazo en torno a su talle para sostenerla, en presencia de todos los suyos.

—Oh, dejadme, no es nada —respondió ella soltándose.

Leí en su alma, y respondí a su pensamiento secreto diciéndole:

—¿Es que ya no reconocéis a vuestro fiel esclavo?

Tomó mi brazo, dejó al conde, a sus hijos, al abate y a los servidores llegados, y me llevó aparte, a la vuelta del parterre, pero al alcance a su vista; luego, cuando estimó que no oirían su voz, me dijo:

—Félix, amigo mío, perdonad el miedo a quien no tiene más que un hilo para dirigirse en un laberinto subterráneo, y que tiembla porque se le rompa. Repetidme que soy más que nunca Enriqueta para vos, que no me abandonaréis, que nada prevalecerá contra mí, que seréis siempre un abnegado amigo… He visto de repente en el porvenir, y no estabais como siempre, con el rostro brillante y los ojos posados en mí, sino que me volvíais la espalda.

—Enriqueta, ídolo cuyo culto supera al de Dios, lirio, flor de mi vida, ¿cómo es que no sabéis ya, vos que sois mi conciencia, que me he encamado tan bien a vuestro corazón, que mi alma se encuentra aquí cuando mi persona está en París? ¿Es preciso, pues, deciros que he venido en diecisiete horas, que cada giro de las ruedas llevaba un mundo de pensamientos y de deseos, que ha estallado como una tempestad en cuanto os he visto?…

—¡Decid, decid! Yo estoy segura de mí; puedo escucharos sin delito. Dios no quiere que yo muera: os envía a mí como dispensa su aliento a sus creaciones, como expande la lluvia de las nubes sobre una tierra árida… Decid, decid, ¿me amáis santamente?

—Santamente.

—¿Para siempre?

—Para siempre jamás.

—¿Como a una Virgen María que debe permanecer con su velo y su corona blanca?

—Como a una Virgen visible.

—¿Como a una hermana?

—Como a una hermana demasiado amada.

—¿Como a una madre?

—Como a una madre secretamente deseada.

—¿Caballerescamente, sin esperanza?

—Caballerescamente, pero con esperanza.

—En fin, ¿como si no tuvieseis aún sino veinte años, y vistierais vuestro mezquino traje de baile?

—¡Oh, mejor aún! Os amo así, y os amo aún como… —Me miró con viva aprensión—. Como os amaba vuestra tía —terminé.

—Soy feliz: habéis disipado mis terrores —dijo ella, volviendo hacia la familia, asombrada como es natural de nuestra conferencia secreta—, pero sed buen muchacho aquí… pues todavía sois un niño. Si vuestra política es la de ser hombre con el rey, sabed, señor, que aquí es la de permanecer siendo niño. En esta condición, seréis amado. Resistiré siempre a la fuerza del hombre, ¿pero qué podría negar al niño? Nada: no puede él desear nada que yo no le otorgue… Ya nos hemos dicho nuestros secretos —añadió, mirando al conde con aire malicioso en el que reaparecía la doncella y su carácter primitivo—. Os dejo; voy a vestirme.

Jamás, desde hacía tres años, había oído yo su voz tan plenamente dichosa. Por vez primera conocí esos lindos grititos de golondrina, esas notas infantiles de que os he hablado. Traía yo de regalo un equipo completo de caza para Santiago, y para Magdalena un estuche de labor, del que su madre se sirvió siempre; en fin, reparé la mezquindad a la que antes me condenara la parsimonia de mi madre. La alegría que mostraron los dos niños, encantados de enseñarse mutuamente sus presentes, pareció importunar al conde, siempre amargado cuando no se ocupaban de él. Hice una señal de inteligencia a Magdalena, y seguí al conde, quien quería hablar de sí mismo conmigo. Me condujo hacia la terraza; pero nos detuvimos sobre la escalinata a cada grave cuestión que me participaba.

—Mi pobre Félix —me dijo—, los véis a todos dichosos y saludables; yo soy la sombra del cuadro; yo he atrapado sus males, y bendigo a Dios por habérmelos dado. Antes, yo ignoraba lo que tenía; pero hoy, ya lo sé: tengo atacado el píloro, por lo que no digiero ya nada.

—¿Por qué azar os habéis convertido en tan sabio como un profesor de la Facultad de Medicina? —le respondí sonriendo—. ¿O es que vuestro médico es lo bastante indiscreto como para deciros tan a las claras…?

—¡Dios me libre de consultar a los médicos! —exclamó él, manifestando la repulsión que la mayoría de los enfermos imaginarios experimentan por la medicina.

Seguidamente padecí una conversación demencial, durante la cual me hizo las más ridiculas confidencias, quejándose de su mujer, de sus servidores y demás gentes ligadas a sus posesiones, de sus hijos y de la vida, sintiendo un evidente placer en repetir sus decires de todos los días a un amigo que, ignorándolos, podría asombrarse, y que la cortesía obligaba a escucharlos con interés. Debió quedar contento de mí, pues le presté una profunda atención, intentando penetrar aquel carácter inconcebible, y adivinar los nuevos tormentos que infligía a su mujer, y que ella me callaba. Enriqueta puso fin al monólogo, apareciendo sobre la escalinata; el conde la apercibió, meneó la cabeza y me dijo:

—Vos me escucháis, Félix; pero aquí, nadie me compadece…

Y con la misma se marchó, como si hubiese tenido conciencia del trastorno que habría llevado a mi conversación con Enriqueta, o que, por una atención caballeresca para ella, hubiese sabido que le causaba agrado dejándonos solos. Su carácter ofrecía desinencias verdaderamente inexplicables, ya que era celoso, como todas las personas débiles; mas también era ilimitada su confianza en la santidad de su mujer; tal vez los sufrimientos mismos de su amor propio herido por la superioridad de aquella elevada virtud engendraban su oposición constante a las voluntades de la condesa, a la que desafiaba como los niños lo hacen con sus maestros o sus madres. Santiago tomaba su lección y Magdalena hacía su tocado; así, durante cosa de una hora pude pasearme a solas con la condesa por la terraza.

—Bueno, querido ángel —la dije—, ¿se ha hecho más pesada la cadena, se han calcinado las arenas, se multiplican las espinas?

—Callad —me respondió, adivinando los pensamientos que me habían sugerido mi conversación con el conde—. ¡Vos estáis aquí, y todo está olvidado! ¡Ya no sufro, ni he sufrido!

Dio algunos ligeros pasos, como para orear su blanco vestido, para librar al céfiro sus niveas bandas de encaje, sus mangas flotantes, sus vaporosas cintas, su esclavina y los fluidos bucles de su peinado a la Sevigné; y la vi por primera vez en doncella, alegre con su natural contento, dispuesta a jugar como una niña. Entonces conocí las lágrimas de dicha y la alegría que el hombre experimenta procurando placer.

—¡Bella flor humana que acaricia mi pensamiento y besa mi alma! ¡Oh, lirio mío —le dije—, siempre intacto y erguido sobre su talle, siempre albo, altivo, perfumado, solitario!

—Basta ya, señor —respondió sonriendo—. Habladme de vos, contádmelo todo.

Tuvimos entonces, bajo aquella móvil bóveda de estremecido follaje, una larga conversación llena de interminables paréntesis, tan pronto reanudada como cortada y vuelta a reanudar, poniéndole yo al corriente de mi vida y mis ocupaciones; le describí mi alojamiento en París, pues ella quiso saberlo todo; y, dicha inapreciada entonces, yo no tenía nada que ocultarle. Conociendo así mi alma y todos los detalles de esa existencia repleta de abrumadores trabajos, sabiendo la amplitud de las funciones en las cuales, sin una severa probidad, podía uno tan fácilmente engañar y enriquecerse, pero que yo ejercía con tanto rigor, hasta el punto de que el rey, como le dije, me llamaba Señorita de Vandenesse, ella me tomó la mano y la besó, dejando caer en ella una lágrima de gozo. Aquella súbita transposición de los papeles, aquel elogio tan magnífico, el pensamiento tan rápidamente expresado, pero comprendido aún con más rapidez: «¡Éste es el dueño que yo hubiese querido, es mi sueño!», todo cuanto había de declaración en aquel acto, donde el rebajamiento era grandeza, donde el amor se revelaba en una región prohibida a los sentidos, tal tempestad de cosas celestes me cayó sobre el corazón y me aplastó. Me sentí tan pequeño, que hubiese querido morir a sus pies.

—¡Ah —dije—, vos me superaréis siempre en todo! ¿Cómo podéis dudar de mí?… ya que hace un momento habéis dudado, Enriqueta.

—No por el momento —replicó ella, mirándome con una dulzura inefable que, para mí solo, velaba la luz de sus ojos—. Pero al veros tan gallardo, me he dicho: «Nuestros proyectos sobre Magdalena serán desbaratados por alguna mujer que descubra los tesoros ocultos en vuestro corazón, que os adorará, que nos robará a nuestro Félix y lo destruirá todo».

—¡Siempre Magdalena! —repuse, expresando una sorpresa que no la afligió sino a medias—. ¿Es acaso a Magdalena a quien soy fiel?

Caímos en un silencio que el señor de Mortsauf vino malhadadamente a interrumpir. Con el corazón colmado me vi obligado a sostener una conversación erizada de dificultades, en la que mis sinceras respuestas sobre la política entonces seguida por el rey, chocaron con las ideas del conde, quien me obligó a explicar las intenciones de Su Majestad. A pesar de mis interrogaciones sobre sus caballos, sobre la situación de sus negocios agrícolas, si estaba contento con sus cinco granjas, si talaría los árboles de una vieja avenida, volvía él siempre a la política con una pesadez de solterona y una persistencia de niño; ya que esas clases de mentalidades tropiezan siempre en los lugares donde brilla la luz, y retornan constantemente a ellos zumbando, sin penetrar en nada, cansando el ánimo como los moscardones fatigan el oído ronroneando en las ventanas. Enriqueta callaba. Para apagar aquella conversación, que el ardor de la juventud podía inflamar, yo respondía por monosílabos aprobatorios, evitando así inútiles discusiones; pero el señor de Mortsauf era demasiado listo como para no percibir cuanto de injurioso tenía mi cortesía. En el momento en que, molesto por tener siempre razón, se alborotó, sus cejas y las arrugas de su frente se pusieron en funcionamiento, sus amarillos ojos destellaron saltones, y su sanguinolenta nariz se coloreó más, como el día en que, por vez primera, fui testigo de uno de sus ataques de demencia; Enriqueta me lanzó miradas suplicantes, haciéndome comprender que no podía ella desplegar en mi favor la autoridad que empleaba para justificar o para defender a sus hijos. Respondí entonces al conde tomándole en serio y manejando con destreza su carácter receloso.

—¡Pobre querido! ¡Pobre querido! —decía ella, murmurando varias veces estas dos palabras, que llevaban a mis oídos como una brisa.

Luego, cuando creyó que podía intervenir con éxito, nos dijo, deteniéndose:

—¿Sabéis, señores, que sois perfectamente aburridos?

Recordando esta interrogante al conde la caballeresca obediencia debida a las mujeres, cesó de hablar de política; nosotros le aburrimos a nuestra vez diciendo naderías, y finalmente nos dejó en libertad de paseamos, pretendiendo que la cabeza le daba vueltas si recorría continuamente el mismo espacio.

Mis tristes conjeturas eran ciertas. Los dulces paisajes, la tibia atmósfera, el bello cielo, la embriagadora poesía de aquel valle que durante quince años había calmado las lancinantes fantasías de aquel enfermo, resultaban impotentes ya. En la época de la vida de otros hombres, en que las asperezas se funden y se liman las aristas, el carácter del viejo gentilhombre se había tomado aún más agresivo que en el pasado. Desde hacía algunos meses, contradecía por el gusto de hacerlo, sin razón, sin justificar sus opiniones; preguntaba el porqué de cada cosa, se inquietaba por un retraso o por una omisión, se mezclaba a cada instante de los asuntos interiores, y hacía que le diesen cuenta de las menores minucias del hogar, cansando a su mujer y a sus servidores, no dejándoles en absoluto que obrasen a su albedrío. Antes, no se irritaba nunca sin algún motivo especioso, mientras que ahora su irritación era constante. Acaso el cuidado de su fortuna, las especulaciones de la agricultura y una vida agitada, habían hasta entonces desviado su atrabiliario humor, proporcionando pasto a sus inquietudes, empleando la actividad de su mente; y tal vez ahora la falta de ocupaciones ponía a su enfermedad a la greña consigo misma; no actuando ya al exterior, se producía por ideas fijas: el yo moral se había apoderado del yo físico. Se había convertido en su propio médico; compulsaba los tratados de medicina, creía tener enfermedades cuyas descripciones leía, y adoptaba entonces para su salud precauciones inauditas, variables, imposibles de prever, y por ende imposibles de satisfacer. Ora no quería ruido, y cuando la condesa establecía en torno suyo un absoluto silencio, de repente se quejaba de hallarse como en una tumba; decía que había un término medio entre no hacer ruido y la nada de la Trapa. Tan pronto afectaba una perfecta indiferencia de las cosas terrestres, y la casa entera respiraba, sus hijos jugaban, y las labores hogareñas se realizaban sin crítica alguna, como súbitamente, en medio del tráfago, exclamaba lamentablemente;

—¡Quieren matarme!… Querida, si se tratase de tus hijos, ya sabrías adivinar bien lo que les molesta… —decía a su mujer, agravando la injusticia de sus palabras por el tono acre y frío con que las acompañaba.

Se vestía y desvestía a cada momento, estudiando las más ligeras variaciones de la atmósfera, y no hacía nada sin consultar al barómetro. A pesar de las maternales atenciones de su mujer, no encontraba ningún alimento a su gusto, pues pretendía tener un estómago estropeado, cuyas dolorosas digestiones le producían continuos insomnios; y sin embargo, comía, bebía, digería y dormía con una perfección que el más sabio médico hubiese admirado. Sus decisiones contradictorias cansaban a las gentes de su casa, que, rutinarias como lo son todos los servidores, eran incapaces de adaptarse a las exigencias de sistemas incesantemente opuestos. El conde ordenaba que se tuvieran las ventanas abiertas, so pretexto que el aire libre era necesario a su salud, y algunos días después, ese aire libre, o demasiado húmedo, o excesivamente cálido, se tornaba intolerable; y entonces refunfuñaba, promovía una querella, y, para tener razón, negaba a menudo su anterior consigna. Esta falta de memoria o esta mala fe le procuraban siempre una sentencia favorable en todas las discusiones en las que su mujer intentaba oponerle a sí mismo. La mansión de Clochegourde se había hecho tan insoportable, que el abate de Dominis, hombre profundamente instruido, aparentaba hallarse preocupado por la resolución de algunos problemas, atrincherándose en una simulada distracción. La condesa no esperaba ya, como en el pasado, poder encerrar en el círculo familiar los accesos de aquellas demenciales cóleras; los servidores de la casa habían sido testigos de escenas, donde la exasperación sin motivo de aquel viejo prematuro sobrepasó los límites; mas eran tan fíeles a la condesa, que no trascendía nada al exterior, aunque ella temía cada día un estallido público de aquel delirio, al que el respeto humano no contenía ya. Supe más tarde espantosos detalles de la conducta del conde hacía su mujer; en vez de consolarla, la anonadaba con siniestras predicciones y la hacía responsable de las desgracias venideras, porque ella se negaba a las insensatas medicaciones a que él quería someter a sus hijos. Si la condesa se paseaba con Santiago y Magdalena, el conde la predecía una tormenta, a pesar de lo despejado del cielo; mas si por pura casualidad justificaba el hecho su pronóstico, la satisfacción de su amor propio le hacía insensible al mal de sus hijos; si uno de ellos estaba indispuesto, el conde empleaba todo su cerebro en buscar la causa de aquella dolencia en el sistema de cuidados adoptado por su mujer, y que él epilogaba sus más nimios detalles, concluyendo siempre por estas palabras asesinas: «Si tus hijos vuelven a caer enfermos, es que tú lo habrás querido». Actuaba del mismo modo en los menores detalles de la administración doméstica, donde no veía nunca sino el lado peor de las cosas, haciéndose con cualquier motivo el abogado del diablo, según la expresión de su viejo cochero. La condesa había indicado para Santiago y Magdalena horas de comidas diferentes de las suyas, sustrayéndolas así a la terrible acción de la enfermedad del conde, al atraer sobre ella todas las tormentas. Magdalena y Santiago veían raramente a su padre. Por una de esas alucinaciones particulares a los egoístas, el conde no tenía la más leve conciencia del mal que producía. En una conversación confidencial que habíamos sostenido, se había quejado sobre todo de ser demasiado bueno para con todos los suyos. Manejaba, pues, el azote, abatía, rompía todo en derredor suyo, como lo hubiera hecho un mono; luego, tras haber herido a su víctima, negaba haberla locado. Comprendí entonces de donde provenían las líneas que parecían marcadas con el filo de una navaja de afeitar sobre la frente de la condesa, y que había percibido al volverla a ver. Hay en las almas nobles un pudor que les impide expresar sus sufrimientos; ellas ocultan orgullosamente su magnitud a quienes aman, por un sentimiento de voluptuosa caridad. Así, a pesar de mis instancias, no arranqué de golpe esa confidencia a Enriqueta. Ella temía apesadumbrarme, me hacía confesiones interrumpidas por súbitos enrojecimientos; pero no tardé en adivinar la agravación que la desocupación del conde había aportado a las penas domésticas de Clochegourde.

—Enriqueta —le dije algunos días después, demostrándole que había yo medido la profundidad de sus nuevas miserias—, ¿no os habéis equivocado ordenando tan bien vuestras tierras, que el conde ya no encuentra en qué ocuparse?

—Querido —me dijo sonriendo—, mi situación es harto crítica para merecer toda mi atención; creed que he estudiado bien los recursos, y todos están agotados. En efecto, los disgustos han ido aumentando constantemente. Como el señor de Mortsauf y yo estamos siempre juntos, no puedo atenuarlos dividiéndolos en diversos puntos, todo sería igualmente doloroso para mí. He pensado en distraer al señor de Mortsauf, aconsejándole el establecimiento de la cría de gusano de seda en Clochegourde, donde existen ya algunas moreras, vestigios de la antigua industria de Turena; pero me he dado cuenta de que sería tan déspota allí como en casa, y que además esa empresa me ocasionaría mil molestias. Sabed, señor observador —dijo—, que en la juventud, las malas cualidades del hombre son contenidas por la sociedad, atajadas en su arranque por el juego de las pasiones, impedidas por el respeto humano; más tarde, en la soledad, en un hombre de edad, los pequeños defectos se muestran tanto más terribles cuanto más tiempo han sido reprimidos. Las debilidades humanas son esencialmente cobardes, no comportan ni paz ni tregua; lo que ayer le habéis otorgado lo exigen hoy, mañana y siempre, se establecen en las concesiones y las extienden. La potencia es clemente, se rinde a la evidencia, es justa y apacible; mientras que las pasiones engendradas por la debilidad son despiadadas; son dichosas cuando pueden obrar a la manera de los niños, quienes prefieren los frutos robados en secreto a los que pueden comer en la mesa; así, el señor de Mortsauf experimenta una verdadera alegría en sorprenderme; y él, que no engañaría a nadie, me engaña a mí con delicia, siempre que la artimaña quede en el fuero interno.

Un mes aproximadamente después de mi llegada, al levantarnos de desayunar cierta mañana, la condesa me tomó del brazo, salió por una puerta de claraboya que daba al huerto, y me arrastró vivamente a los viñedos.

—¡Ah, me matará! —dijo—. ¡Sin embargo, yo quiero vivir, aunque no fuese sino para mis hijos! ¿Cómo, ni un solo día de descanso? ¿Marchar siempre en la maleza, estar a punto de caer a cada momento, y a cada instante también reunir las fuerzas para mantener el equilibrio? Ninguna criatura podría soportar tales dispendios de energía. Si yo conociera bien el terreno al cual deben llevarse mis esfuerzos, si mi resistencia fuese determinada, el alma se plegaría a ella; pero no, cada día cambia de carácter el ataque, y me sorprende sin defensa; mi dolor no es uno, sino múltiple. ¡Félix, Félix, no podríais imaginaros qué odiosa forma ha tomado su tiranía, y qué salvajes exigencias le han sugerido sus libros de medicina! ¡Oh, amigo mío!… —dijo apoyando su cabeza en mi hombro, sin acabar su confidencia—. ¿A dónde ir a parar? ¿Qué hacer? —añadió, debatiéndose contra los pensamientos que no había expresado—. ¿Cómo resistir? Me matará. ¡No, yo me mataré a mí misma, y eso es un crimen sin embargo! ¿Fugarme? ¿Y mis hijos? ¿Separarme? Pero, ¿cómo decir a mi padre, tras quince años de matrimonio que no puedo vivir con el señor de Mortsauf, si cuando mi padre o mi madre vienen, él se mostrará reposado, sensato, cortés, espiritual? Además, ¿tienen padres o madres las mujeres casadas? Pertenecen en cuerpo y bienes a sus maridos. Yo vivía tranquila, si no feliz, extraía algunas fuerzas en mi casta soledad, lo confieso; pero, si me veo privada de esa felicidad negativa, también yo me volveré loca. Mi resistencia está fundada en poderosas razones que no me son personales. ¿No es un crimen dar vida a pobres criaturas condenadas de antemano a perpetuos dolores? Sin embargo, mi conducta plantea tan graves problemas, que no puedo decidirlos sola; soy juez y parte. Iré mañana a Tours a consultar al abate Birotteau, mi nuevo director espiritual; ya que mi querido y virtuoso abate de la Berge ha fallecido —dijo interrumpiéndose—. Aunque era muy severo, sentiré siempre la falta de su fuerza apostólica; su sucesor es un ángel de dulzura, que se conmueve en vez de amonestar; sin embargo, ¿qué valor no se vuelve a vigorizar en el corazón de la religión? ¿Qué razón no se afianzaría a la voz del Espíritu Santo? ¡Dios mío! —prosiguió, secando sus lágrimas y alzando los ojos al cielo—. ¿Por qué me castigáis? Pero es preciso creerlo —dijo apoyando sus dedos en mi brazo—, sí, creámoslo, Félix, debemos pasar por un crisol rojo antes de llegar santos y perfectos a las esferas superiores. ¿Debo callarme? ¿Me prohibís, Señor, desahogarme en el seno de un amigo? ¿Le amo demasiado?

Me apretó contra su corazón, como si hubiere temido perderme, y añadió:

—¿Quién me resolverá estas dudas? Mi conciencia no me reprocha nada. Las estrellas irradian de lo alto sobre los hombres; ¿por qué el alma, esa estrella humana, no envolvería con sus resplandores a un amigo, cuando no se dejan ir a él sino pensamientos puros?

Escuché esta horrible lamentación en silencio, teniendo la mano húmeda de aquella mujer en la mía, más húmeda aún, y la estreché con una fuerza a la cual Enriqueta respondió con fuerza igual.

—¿Estáis por aquí? —se oyó la voz del conde, que venía hacia nosotros, con la cabeza descubierta.

Desde mi llegada, quería obstinadamente mezclarse en nuestras conversaciones, bien fuese porque buscase distraerse, o porque creyese que la condesa me confiaba sus dolores y se quejaba en mi pecho, o aún porque tuviese celos de un placer que no compartía.

—¡Cómo me sigue! —dijo ella con acento desesperado—. Vamos a ver las cercas y le evitaremos. Bajemos a lo largo de los setos para que no nos vea.

Nos constituimos una muralla con un espeso seto, alcanzamos corriendo las cercas, y no tardamos en hallarnos lejos del conde, en una avenida de almendros.

—Querida Enriqueta —la dije entonces, apretando su brazo contra mi corazón y deteniéndome para contemplarla en su dolor—, antes me habéis dirigido sabiamente a través de las peligrosas sendas del gran mundo; permitidme ahora que os dé algunas instrucciones para ayudaros a acabar el duelo sin testigos en el cual sucumbiríais infaliblemente, ya que no os batís con armas iguales. No luchéis por más tiempo con un loco…

—¡Callad! —dijo ella, reprimiendo las lágrimas que rodaron en sus ojos.

—¡Escuchadme, querida! Al cabo de una hora de esas conversaciones que me veo obligado a soportar por amor a vos, a menudo mi pensamiento se extravía y mi cabeza se atonta; el conde me hace dudar de mi inteligencia, las mismas ideas repetidas se graban a pesar mío en mi cerebro. Las monomanías bien caracterizadas no son contagiosas; pero cuando la locura reside en la manera de considerar las cosas, y que se oculta bajo constantes discusiones, puede causar estragos sobre quienes viven a su lado. Vuestra paciencia es sublime, ¿mas no os conduce al embrutecimiento? Así, pues, por vos y por vuestros hijos, cambiad de sistema con el conde. Vuestra adorable complacencia ha desarrollado su egoísmo, le habéis tratado como una madre trata a su hijo al que echa a perder con sus mimos; pero hoy, si es que queréis vivir, y —dije mirándola— vos lo queréis, desplegad el imperio que tenéis sobre él. Vos lo sabéis, él os ama y os teme; haceos temer más, oponed a sus difusas voluntades, una voluntad rectilínea. Extended vuestro poder como él ha sabido hacerlo con las concesiones que le habéis hecho, y encerrad su enfermedad en una esfera moral, como se hace con los locos en una celda.

—Querido niño —respondió ella, sonriendo con amargura—, únicamente una mujer sin corazón puede desempeñar ese papel. Yo soy madre, sería un mal verdugo. Sí, sé sufrir, ¡pero hacer sufrir a los demás!, nunca ni siquiera para obtener un resultado honorable o grande. Además, ¿no tendría que hacer mentir a mi corazón, disfrazar mi voz, componer mi frente y mi rostro, corromper mi gesto?… No me pidáis tales engaños. Puedo ponerme entre el señor de Mortsauf y sus hijos, y recibir sus golpes para que no alcancen aquí a nadie; he aquí todo cuanto puedo hacer para conciliar tantos intereses contrarios.

—¡Déjame adorarte, santa, tres veces santa! —exclamé, poniendo una rodilla en tierra, besando su vestido y enjugando en él las lágrimas que afluyeron a mis ojos—. ¿Pero y si él os mata?

Ella palideció, y alzando los ojos al cielo respondió:

—¡Se habrá cumplido la voluntad de Dios!

—¿Sabéis lo que el rey decía a vuestro padre a propósito de vos? «¿Sigue viviendo aún ese diablo de Mortsauf?»

—Lo que es una broma en la boca de un rey —respondió ella—, es aquí un crimen.

A pesar de nuestras precauciones, el conde nos había seguido a la pista; nos alcanzó todo sudoroso, bajo un nogal donde la condesa se había detenido para decir su grave frase; al verle, yo me puse a hablar de la vendimia. ¿Sospechó él injustamente? No lo sé; pero permaneció examinándonos, sin decir palabra, sin cuidarse del frescor que destilan los nogales. Tras un momento empleado en algunas palabras insignificantes entrecortadas de pausas muy significativas, el conde dijo que le dolían el corazón y la cabeza; se quejó suavemente, sin mendigar nuestra compasión, sin pintarnos sus dolores con imágenes exageradas. No prestamos ninguna atención. Al volver, se sintió aún peor, habló de acostarse, y así lo hizo sin ceremonia, con una naturalidad que no era corriente en él. Aprovechamos el armisticio que nos concedía su hipocondríaco humor, y descendimos a nuestra querida terraza, acompañados de Magdalena.

—Vamos a pasearnos por el agua —dijo la condesa, después de haber dado algunas vueltas—. Asistiremos a la pesca que el guarda hace hoy para nosotros.

Salimos por la puerta pequeña, llegamos a la barca, nos metimos dentro, y fuimos remontando el Indre lentamente. Como tres chiquillos divertidos con naderías, mirábamos las hierbas de las orillas, las libélulas azules y verdes; y la condesa se asombraba de poder disfrutar de placeres tan tranquilos en medio de sus punzantes pesares; mas ¿no ejerce en nosotros un ensalmo consolador la serenidad de la naturaleza, que discurre despreocupada de nuestras luchas? La agitación de un amor lleno de deseos contenidos, se armoniza con la del agua; las flores que la mano del hombre no ha maculado, expresan sus sueños más secretos; el voluptuoso balanceo de una barca imita vagamente los pensamientos que flotan en el alma. Experimentamos la aletargadora influencia de esa doble poesía. Las palabras, alzadas al diapasón de la naturaleza, desplegaron una gracia misteriosa, y las miradas tuvieron más brillantes fulgores participando de la luz tan ampliamente derramada por el sol en la llameante pradera. El río fue como un sendero por el que voláramos. En fin, no hallándose distraído por el movimiento que exige la marcha a pie, nuestro espíritu se apoderó de la creación. La tumultuosa alegría de una chiquilla en libertad, tan graciosa en sus gestos, tan cargante en sus dichos, ¿no era también la expresión viviente de dos almas libres que se complacen en formar idealmente esa maravillosa criatura soñada por Platón, conocida de todos aquéllos cuya juventud fue colmada por un amor dichoso? Para pintaros esa hora, no en sus detalles indescriptibles, sino en su conjunto, os diré que nos amábamos en todos los seres, en todas las cosas que nos rodeaban; sentíamos fuera de nosotros la felicidad que cada uno de nosotros deseaba: nos penetraba tan vivamente, que la condesa se quitó sus guantes y dejó caer sus bellas manos en el agua, como para refrescar un secreto ardor. Sus ojos hablaban; pero su boca, que se entreabría como una rosa al aire, se habría cerrado a un deseo. Ya conocéis la armonía de los sones graves perfectamente unidos a los altos; ella me ha recordado siempre la de nuestras dos almas en aquel momento que no se reproducirá jamás.

—¿Dónde hacéis pescar —pregunté—, si no podéis hacerlo más que en los ribazos que os pertenecen?

—Cerca de Pont-de-Ruan —respondió—. Ahora es nuestro el tramo de río que va desde Pont-de-Ruan a Clochegourde. El señor de Mortsauf acaba de comprar veinte hectáreas de pradera con las economías de estos dos años y el atraso de su pensión. ¿Os extraña eso?

—¡Yo quisiera que todo el valle os perteneciera! —exclamé.

Ella me respondió con una sonrisa. Llegamos bajo Pont-de-Ruan, a un paraje en que el Indre es ancho, y donde estaban pescando.

—¿Qué hay, Martineu? —preguntó la condesa.

—¡Ah, señora condesa, tenemos la mala! Hace tres horas que estamos remontando desde el molino hasta aquí y no hemos atrapado nada.

Atracamos, a fin de asistir a las últimas redadas, y nos situamos los tres a la sombra de una especie de álamo de corteza blanca, que se encuentra en el Danubio, en el Loira, y probablemente en todos los grandes ríos, y que echa en primavera un algodón blanco sedoso, la envoltura de su flor. La condesa había vuelto a recobrar su agusta serenidad; casi se arrepentía de haberme desvelado sus dolores y de haber clamado como Job, en vez de llorar como la Magdalena, una Magdalena sin amores, ni fiestas, ni disipaciones, mas no sin perfumes ni bellezas. La traina arrastrada a sus pies apareció llena de peces: tencas, barbos pequeños, lucios, percas, y una enorme carpa brincando sobre la hierba.

—¡Parece hecho adrede! —exclamó el guarda.

Los demás abrían desmesurados ojos admirando a aquella mujer semejante a un hada que hubiese tocado las redes con su varita mágica. En aquel momento apareció el piquero, cabalgando a galope tendido a través de la pradera, lo que hizo estremecer a la condesa. No habíamos traído con nosotros a Santiago, y el primer pensamiento de las madres, como lo ha dicho tan poéticamente Virgilio, es estrechar a sus hijos contra su seno al menor acontecimiento.

—¡Santiago! —exclamó—. ¿Dónde está Santiago? ¿Qué le ha pasado a mi hijo?

¡Ella no me amaba! ¡De haberme querido, habría tenido para mis sufrimientos aquella expresión de leona desesperada.

—Señora condesa, el conde se encuentra peor.

Ella respiró y corrió conmigo, seguida de Magdalena.

—Volved lentamente —me dijo ella—. Que esta pequeña no se acalore. Ya lo veis, la carrera del señor de Mortsauf con este tiempo tan caluroso lo ha hecho sudar, y su permanencia bajo el nogal puede haber ocasionado una desgracia.

Estas palabras, dichas en medio de su trastorno, revelaban la pureza de su alma. ¡La muerte del conde una desgracia! Ella llegó rápidamente a Clochegourde, pasó por la brecha de un muro y atravesó la cerca. Yo volví lentamente en efecto. La expresión de Enriqueta me había iluminado, pero como lo hace el rayo que arruina las mieses entrojadas. Durante aquel paseo por el agua, yo me había creído el preferido; sentí amargamente que ella fuera de buena fe en sus palabras. El amante que no lo es todo, no es nada. Yo amaba, pues, sólo, con los deseos de un amor que sabe todo lo que quiere, que se alimenta de antemano de caricias esperadas, y se contenta con los goces del alma porque mezcla a ellos los que le reserva el futuro. Si Enriqueta amaba, ella no conocía nada, ni de los placeres del amor ni de sus tempestades. Vivía del propio sentimiento, como una santa con Dios. Yo era el objeto al cual se habían ligado sus pensamientos, sus sensaciones desconocidas, como un enjambre de abejas se apega a cualquier rama de árbol florido; pero yo no era el principio, sino un accidente de su vida. Rey destronado, yo iba preguntándome quién podría devolverme mi reino. En mi loca ansia, me reprochaba el no haber osado nada, no haber estrechado los lazos de una ternura que me pareció entonces más sutil que verdadera, por las cadenas del derecho positivo que crea la posesión.

En pocas horas la indisposición del conde, determinada acaso por el frío del nogal, se agravó. Fui a llamar a Tours a un afamado médico, el doctor Origet, a quien pude traer al atardecer; pero permaneció durante toda la noche y el día siguiente en Clochegourde. Aunque envió a buscar una gran cantidad de sanguijuelas por el piquero, juzgó ser urgente una sangría, y no había traído consigo lanceta. Al instante corrí a Azay con un tiempo espantoso, desperté al cirujano, el doctor Deslandes, y le obligué a venir con una celeridad de pájaro. Si hubiésemos tardado diez minutos más, el conde habría sucumbido; la sangría le salvó. A pesar de este primer éxito, el médico pronosticó la más perniciosa fiebre inflamatoria, una de esas enfermedades que atacan a personas que han tenido buena salud durante veinte años. La condesa, aterrada, creía ser la causa de aquella fatal crisis. Sin fuerzas para agradecerme mis desvelos, se contentaba con dirigirme algunas sonrisas cuya expresión equivalía al beso que había depositado en mi mano; yo hubiese querido leer en ellas los remordimientos de un amor ilícito, pero era el acto de contrición de un arrepentimiento indigno de ver en un alma tan pura, era la expresión de una admirativa ternura por quien consideraba como noble, acusándose de un crimen imaginario. Ciertamente, ella amaba como Laura de Noves amó a Petrarca, y no como Francisca de Rimini a Paolo; ¡espantoso descubrimiento para quien soñaba con la unión de esas dos clases de amor! La condesa yacía, con el cuerpo desplomado y los brazos pendientes, sobre un desteñido sillón en aquel gabinete semejante al bañil de un jabalí. El día siguiente, por la tarde, antes de marcharse, el médico dijo a la condesa, que había velado la noche, que tomase una enfermera, pues el proceso iba a ser largo.

—¡Una enfermera! —respondió ella—. ¡No, no! Nosotros le cuidaremos —añadió mirándome—. ¡Nosotros debemos salvarle!

Ante esta exclamación, el médico nos lanzó una ojeada observadora, lleno de asombro. La expresión de aquellas palabras era de naturáleza a hacerle sospechar alguna fechoría fallida. Prometió volver dos veces por semana, indicó el tratamiento a seguir al señor Deslandes, y señaló los síntomas amenazadores que exigirían que le fuésemos a buscar a Tours.

A fin de procurar a la condesa cuando menos una noche de sueño de cada dos, la pedí que me dejase velar al conde alternativamente con ella. Así la decidí, no sin esfuerzo, a que se fuera a acostar la tercera noche. Cuando todo descansó en la casa, durante un momento en que el conde se amodorró, oí un doloroso gemido en la habitación de Enriqueta. Mi inquietud fue tan viva, que fui a ella, y la encontré de rodillas en su reclinatorio, bañada en llanto y acusándose:

—¡Dios mío, si tal es el precio de una murmuración, no me quejaré jamás!… ¡Lo habéis abandonado! —añadió al verme.

—Os he oído llorar y gemir, y tuve miedo por vos —respondí.

—¡Oh, yo —replicó—, yo me encuentro bien!

Quiso asegurarse de que el señor de Mortsauf dormía; bajamos ambos, y miramos los dos al enfermo a la luz de una lámpara: el conde se encontraba más debilitado por la pérdida de la sangre sacada a chorros, que adormilado; sus manos agitadas intentaban taparse con el cobertor.

—Se dice que esos son gestos de moribundo —dijo ella—. ¡Ah, si muriese de esta enfermedad que nosotros hemos causado, jamás me casaré, lo juro! —añadió extendiendo la mano sobre la cabeza del conde, en solemne ademán.

—Yo he hecho todo para salvarle —dije.

—¡Oh, vos sois bien bueno! —manifestó—. Pero yo soy la gran culpable.

Se inclinó sobre la frente descompuesta del enfermo, quitó su sudor con sus cabellos, y la besó santamente; mas con un gozo secreto vi que hacía aquella caricia como una expiación.

—¡Dame de beber, Blanca! —dijo el conde, con apagada voz.

—Ya lo veis, no conoce a nadie sino a mí —me dijo ella, llevándole un vaso.

Y por su acento, por sus maneras cariñosas, trataba de insultar los sentimientos que nos ligaban, inmolándolos al enfermo.

—Enriqueta —le dije—, id a reposar un poco, os lo suplico.

—No más Enriqueta —replicó interrumpiéndome con imperiosa precipitación.

—Acostaos para que no caigáis enferma también. Vuestros hijos, él mismo, os ordenan que os cuidéis: hay casos en los que el egoísmo se convierte en una virtud sublime.

—Sí —dijo ella.

Y con la misma se fue, recomendándome a su marido con gestos que hubiesen acusado algún próximo delirio, de no haber tenido las gracias de la infancia mezcladas a la fuerza suplicante del arrepentimiento. Esta escena, terrible comparándola al estado habitual de aquella alma pura, me espantó; temí la exaltación de su conciencia. Al volver el médico, le revelé los escrúpulos de armiño asustado que apresaban a mi impoluta Enriqueta. Aunque discreta, la confidencia disipó las sospechas del señor Origet, y calmó las agitaciones de aquella bella alma, al decirla que en todo caso debía haber sufrido aquella crisis el conde, y que el haber permanecido bajo el nogal había sido más útil que perjudicial, al determinar la enfermedad.

Durante cincuenta y dos días estuvo entre la vida y la muerte; Enriqueta y yo le velamos cada uno veintiséis noches. Ciertamente, el señor de Mortsauf debió su salvación a nuestros cuidados, a la escrupulosa exactitud con que ejecutamos las prescripciones del doctor Origet. Semejante a los médicos filósofos, a los que sagaces observaciones autorizan a dudar de las acciones hermosas, cuando no son más que el secreto cumplimiento de un deber, este hombre, al par que asistía al combate de heroísmo que se desarrollaba entre la condesa y yo, no podía dejar de espiarnos con miradas inquisitivas, a tal punto temía engañarse en su admiración.

—En una enfermedad semejante —me dijo a raíz de su tercera visita—, la muerte halla un rápido auxiliar en la moral cuando ésta se encuentra tan gravemente alterada como lo está la del conde. El médico, la enfermera, las personas que rodean al enfermo, tienen su vida en sus manos; pues entonces, una sola palabra, un temor vivo expresado por un gesto, poseen el poder de un veneno.

Al hablarme así, Origet estudiaba mi rostro y mi continente; pero en mis ojos vio la clara expresión de un alma cándida. En efecto, durante el curso de aquella cruel enfermedad, no asaltó mi mente la más leve de esas malas ideas involuntarias que a veces surcan las más inocentes conciencias. Para quien contempla en grande la naturaleza, todo tiende a la unidad por la asimilación. El mundo moral debe ser regido por un principio análogo. En una esfera pura, todo es puro. Junto a Enriqueta se respiraba un perfume del cielo, parecía como si un deseo reprochable debiera alejarle para siempre a uno de ella. Así, no solamente era ella la dicha, sino también la virtud. Al hallarnos siempre igualmente atentos y solícitos, el doctor tenía no sé qué de compasivo y enternecido en sus palabras y en sus modales; parecía como si se dijera: «¡He aquí los verdaderos enfermos; ocultan su herida y la olvidan!». Por un contraste que, según este excelente hombre, era bastante frecuente en los seres tan deshechos, el señor de Mortsauf fue un paciente muy sumiso, no se quejó jamás, y mostró la más maravillosa docilidad… ¡él, que encontrándose bien no hacía la cosa más sencilla sin mil observaciones! El secreto de esa sumisión a la medicina, tan negada antes, era un oculto miedo a la muerte, ¡otro contraste en un hombre de innegable valentía! Ese miedo podía explicar bastante bien numerosas extravagancias del nuevo carácter que le habían conferido sus desgracias.

¿Creeréis, si os lo confieso, Natalia, que aquellos cincuenta días y el mes que los siguió fueron los más bellos momentos de mi vida? ¿No se encuentra el amor en los espacios infinitos del alma, como en un hermoso valle el gran río al que van las lluvias, los arroyos y los torrentes, donde caen los árboles y las flores, los guijos de los ribazos y los cantos rodados de las rocas? Aumenta su caudal tanto por las tormentas como por el lento tributo de los claros manantiales y fuentes. Sí, cuando se ama, todo llega al amor. Una vez pasados los primeros grandes peligros, la condesa y yo nos acostumbramos a la enfermedad. A pesar del incesante desorden creado por los cuidados que exigía el conde, su habitación, que habíamos encontrado tan mal arreglada, se tornó limpia y coquetona. Pronto estuvimos en ella como dos seres naufragados en una isla desierta; pues no solamente las desgracias aislan, sino que aun hacen callar los mezquinos convencionalismos de la sociedad. Después, el interés del enfermo nos obligó a tener puntos de contacto que ningún otro acontecimiento habría autorizado. ¡Cuántas veces nuestras manos, tan tímidas antes, se encontraron al prestar algún servicio al conde! ¿No tenía yo que sostener, que ayudar a Enriqueta? A menudo, arrastrada por una necesidad comparable a la del soldado de centinela, se olvidaba de comer; entonces yo la servía, a veces sobre sus rodillas, una comida tomada aprisa y que necesitaba mil pequeños cuidados. Fue una escena de infancia al lado de una tumba entreabierta. Ella me ordenaba vivamente los acomodos que podían evitar cualquier sufrimiento al conde, y me empleaba en mil menudas tareas. Durante el primer tiempo, en que la intensidad del peligro ahogaba, como en una batalla, las sutiles distinciones que caracterizan los hechos de la vida corriente, ella se despojó necesariamente de ese decoro que toda mujer, hasta la más natural, mantiene en sus palabras, en sus miradas, en su compostura, cuando está en presencia del mundo o de su familia, y que no es ya una puesta al desnudo. ¿No venía ella a relevarme con el primer canto de los pájaros, con su atuendo mañanero, que a veces me permitía entrever sus deslumbrantes tesoros que yo consideraba como míos? Al par que permaneciendo solemne y altiva, ¿podía ella no ser así familiar? Además, durante los primeros días, el peligro privó a tal punto todo significado amoroso a la privanza de nuestra íntima unión, que ella no vio mal alguno en ello; después, cuando llegó la reflexión, pensó acaso que sería un insulto, tanto para ella como para mí, el cambiar. Nos encontramos insensiblemente familiarizados, casados a medias. Se mostró bien noblemente confiada, segura de mí como de sí misma. Penetré, pues, más en su corazón. La condesa volvió a ser mi Enriqueta, una Enriqueta obligada a amar más a quien se esforzaba por ser su segunda alma. Pronto, ya no tuve que esperar su mano, siempre irresistiblemente abandonada a la menor mirada solicitante; sin que ella se hurtase a mi vista, yo podía seguir con embriaguez las líneas de sus bellas formas durante las horas en que escuchábamos el sueño del enfermo. Los deleites tan pobres que nos otorgábamos, esas miradas enternecidas, esas palabras pronunciadas en voz baja para no despertar al conde, los temores, las esperanzas dichas y repetidas, en fin los mil acontecimientos de esa fusión de dos corazones separados durante tanto tiempo, se destacaban vivamente sobre las sombras dolorosas de la escena actual. Conocimos a fondo nuestras almas en esta prueba a la cual sucumben a menudo los más vivos afectos, que no resisten al rodar de todas las horas, que se destacan experimentando esa cohesión constante donde se encuentra la vida o pesada o ligera de portar. Ya sabéis qué estragos causa la enfermedad de un dueño, cómo se interrumpen los asuntos, y falta el tiempo para todo; la vida impedida en él, desquicia los movimientos de la casa y los de su familia. Aunque todo recayese en la señora de Mortsauf, el conde era aún útil al exterior; iba a hablar a los granjeros, a ver a los negociantes, y efectuaba los cobros; si ella era el alma, él era el cuerpo. Me convertí en su intendente para que ella pudiese cuidar al conde sin dejar periclitar nada al exterior. Aceptó todo sin cumplido, y sin una palabra de agradecimiento. Fue una dulce comunidad más, añadida a los compartidos cuidados de la casa, las órdenes transmitidas en su nombre. A menudo me entretenía yo en su habitación al atardecer, sobre sus intereses y sobre sus hijos. Estas pláticas prestaron un simulacro más a nuestro matrimonio efímero. ¡Con qué júbilo se avenía Enriqueta a hacerme desempeñar el papel de su marido, a que ocupara su puesto en la mesa, a enviarme a hablar al guarda! Y todo ello con completa inocencia, pero no sin ese íntimo placer que experimenta la mujer más virtuosa del mundo en hallar un sesgo en el que se reúnen la estricta observancia de las leyes y la satisfacción de sus deseos inconfesados. Anulado por la enfermedad, el conde no pesaba ya sobre su mujer ni sobre su casa; y entonces fue. ella misma, ella tuvo el derecho de ocuparse de mí, de hacerme objeto de multitud de atenciones. ¡Qué alegría cuando descubrí en ella el pensamiento, vagamente concebido acaso, pero deliciosamente expresado, de revelarme todo el precio de su persona y de sus cualidades, de hacerme percibir el cambio que en ella se operaría si fuese comprendida! Aquella flor, incesantemente encerrada en la fría atmósfera de su hogar, se expandió a mis miradas, y para mí sólo; sintió ella tanto gozo en desplegarse, como yo posando sobre ella la mirada curiosa del amor. Me demostró en todas las naderías de la vida, hasta qué punto estaba yo presente en su pensamiento. El día en que, tras haber pasado la noche a la cabecera del enfermo, dormía yo hasta tarde, Enriqueta se levantaba por la mañana antes que todo el mundo, y hacía reinar en derredor mío el más absoluto silencio; sin que se les advirtiera, Santiago y Magdalena jugaban lejos; empleaba mil supercherías para conquistar el derecho de poner ella misma mi cubierto; y en fin, me servía, ¡con qué centelleo de contento en los movimientos, con qué ágil delicadeza de golondrina, con qué bermellón en las mejillas, qué temblores en la voz, qué penetración de lince!

¡Esas expansiones del alma se pintan por sí mismas! A menudo, se encontraba abrumada por la fatiga; mas si por casualidad, en esos momentos de cansancio, se trataba de mí, tanto para mi persona como para sus hijos hallaba nuevas fuerzas, y se lanzaba a la tarea, ágil, viva y jubilosa. ¡Cómo gustaba de lanzar su ternura en rayos en el aire! Ah, Natalia, sí, ciertas mujeres comparten aquí abajo los privilegios de los espíritus angélicos, y expanden como ellos esa luz que Saint-Martín, el Filósofo desconocido, decía ser inteligente, melodiosa y perfumada. Segura de mi discreción, Enriqueta se complació en alzarme la pesada cortina que nos ocultaba el futuro, dejándome ver en ella dos mujeres: la encadenada, que me había seducido a pesar de sus asperezas, y la mujer libre, cuya dulzura debía eternizar mi amor. ¡Qué diferencia! La señora de Mortsauf era el bengalí transportado a la fría Europa, tristemente posado en su vara, mudo y moribundo en su jaula donde lo guarda un naturalista; Enriqueta era el ave cantando sus poemas orientales en un boscaje al borde del Ganges, y, como una piedra nreciosa viviente, volando de rama en rama entre un rosal siempre florido. Su belleza se hizo más bella, y su espíritu se reanimó. Esa continua llama de alegría era un secreto entre nuestros dos espíritus, pues el ojo del abate de Dominis, aquel representante de la sociedad, era más temible para Enriqueta que el del señor de Mortsauf; pero disfrutaba en grande, como yo, en dar giros ingeniosos a su pensamiento; ocultaba su contento bajo la chanza, y cubría, además, los testimonios de su ternura, con el brillante pabellón del agradecimiento.

—¡Hemos sometido a duras pruebas nuestra amistad, Félix! ¿Podemos permitirla las licencias que permitimos a Santiago, señor abate? —decía ella en la mesa.

El severo abate respondía con la amable sonrisa del hombre pío que lee en los corazones y los encuentra puros; además experimentaba por la condesa el respeto mezclado de adoración que inspiran los ángeles. Dos veces, en aquellos cincuenta días, la condesa sobrepasó acaso los límites en los que se encerraba nuestro afecto; pero aun esos dos acontecimientos estuvieron envueltos por un velo que no se alzó sino el día de las supremas declaraciones. Una mañana, en los primeros días de la enfermedad del conde, en el momento en que ella se arrepentía por haberme tratado tan severamente, privándome de los inocentes privilegios otorgados a mi casto cariño, la esperaba yo, pues debía reemplazarme.

Demasiado fatigado, me dormí, con la cabeza apoyada sobre el muro. Me desperté de pronto, al sentir mi frente tocada por no sé qué de fresco, que me dio una sensación comparable a la de una rosa que hubiesen apoyado en ella. Vi a la condesa a tres pasos de mí, diciéndome:

—Ya vengo.

Yo me fui; pero al darle antes los buenos días, la tomé la mano, y la sentí húmeda y temblorosa.

—¿Sufrís? —le dije.

—¿Por qué me hacéis esa pregunta? —me preguntó.

La miré enrojeciendo, confuso.

—He soñado —respondí.

Cierto atardecer, durante las últimas visitas del doctor Origet, quien había anunciado positivamente la convalecencia del conde, me encontraba yo con Santiago y Magdalena bajo la escalinata, tendidos sobre los peldaños, entregados a un juego que hacíamos con canutos de paja y ganchillos armados de alfileres. El señor de Mortsauf dormía. Esperando que se enganchara el tiro al carruaje, el médico y la condesa hablaban en voz baja en el salón. El doctor Origet se marchó sin que yo me percatara de su partida. Tras haberle acompañado al coche, Enriqueta se apoyó en la ventana, desde la que nos contempló, sin que nos diésemos cuenta, sin duda durante largo rato. Era uno de esos atardeceres cálidos en los que el cielo toma las tonalidades del cobre y la campiña envía a los ecos mil ruidos confusos. Un último rayo de sol moría sobre los tejados, las flores de los jardines embalsamaban el aire, y tintineaban a lo lejos las campanillas de las bestias de vuelta a los establos. Nos adaptábamos al silencio de aquella hora tibia, ahogando nuestras exclamaciones, por temor a despertar al conde. De pronto, a pesar del ondulante crujido de un vestido, oí la gutural contracción de un suspiro violentamente reprimido; me abalancé al salón, y vi a la condesa apoyada en el alféizar de la ventana y con un pañuelo sobre su rostro; ella reconoció mi paso, y, con un gesto, me ordenó imperiosamente que la dejara sola. Fui a ella, con el corazón penetrado de temor, y quise quitarla por la fuerza su pañuelo: tenía el rostro bañado en lágrimas; al punto huyó a su habitación, .no saliendo sino para la plegaria vespertina. Por vez primera, después de cincuenta días, la llevé a la terraza y le pregunté cuál era la causa de su emoción; mas ella afectó la más loca alegría, justificándola por la buena noticia que le había dado Origet.

—Enriqueta, Enriqueta —dije yo—, vos la sabíais ya en el momento en que os he visto llorando. Entre nosotros dos, una mentira sería una monstruosidad. ¿Por qué me habéis impedido que enjugara vuestras lágrimas? ¿Así, pues, me pertenecían?

—He pensado —me dijo ella— que, para mí, esa enfermedad ha sido como un alto en el dolor. Ahora que ya no tiemblo más por el señor de Mortsauf, he de temblar por mí.

Tenía razón. La salud del conde se anunciaba por el retorno de su humor atrabiliario: comenzaba a decir que ni su mujer, ni yo, ni el médico, sabíamos cuidarle, que ignorábamos todos tanto su enfermedad como su temperamento, así como sus sufrimientos y los remedios convenientes. Origet, infatuado por no sé qué doctrina, veía una alteración en los humores, mientras que no debía ocuparse sino del píloro. Un día, nos miró maliciosamente, como quien nos hubiera espiado o bien adivinado, y dijo sonriendo a su mujer:

—Bueno, querida, de haber muerto yo, sin duda lo habrías sentido; pero confiesa que te habrías resignado…

—Hubiese llevado el duelo de corte, rosa y negro —respondió ella riendo, a fin de hacer callar a su marido.

Mas sobre todo a propósito del alimento, que el doctor prescribía cuerdamente, oponiéndose a que se satisficiera el hambre del convaleciente, hubo escenas de violencia y chillidos que no podían compararse a nada en el pasado, pues el carácter del conde se mostró tanto más terrible, cuanto por decirlo así había dormitado. Armada con los mandatos del médico y la obediencia de sus servidores; estimulada por mí, que vi en aquella lucha un medio de enseñarle a ejercer su dominio sobre su marido, la condesa se atrevió a la resistencia; supo oponer una frente tranquila a la demencia y a los gritos; se acostumbró, tomándolo por lo que era, por un niño, a oír sus injuriosos epítetos. Tuve la gran satisfacción de verla asir por fin el gobierno de aquel espíritu enfermo. El conde gritaba, pero obedecía, y obedecía sobre todo después de haber gritado mucho. A pesar de la evidencia de los resultados, Enriqueta lloraba a veces ante el aspecto de aquel viejo descarnado, débil, de frente más amarilla que la hoja a punto de caer, de ojos pálidos y manos temblorosas; se reprochaba sus durezas, no resistía a menudo a la alegría que veía en los ojos del conde, cuando, al darle de comer, sobrepasaba las prohibiciones del médico. Por lo demás, se mostró con él tanto más dulce y graciosa que lo había sido conmigo; mas sin embargo existieron diferencias que colmaron mi corazón de ilimitado gozo. No era infatigable. Y cuando los caprichos del conde se sucedían con demasiada rapidez, quejándose de no ser comprendido, sabía llamar a los servidores para que le atendieran.

La condesa quiso ir a dar gracias a Dios por el restablecimiento del señor de Mortsauf, y mandó decir una misa, pidiéndome el brazo para que la acompañara a la iglesia; la conduje a ella, pero mientras se celebraba el oficio, fui a ver al señor y a la señora de Chessel. A mi vuelta, ella quiso reprenderme.

—Enriqueta —le dije—, soy incapaz de falsía. Puedo lanzarme al agua para salvar a un enemigo mío que se ahoga, y darle mi abrigo para que se caliente; en fin, le perdonaría, mas sin olvidar la ofensa.

Guardó silencio y estrechó mi brazo contra su corazón.

—Vos sóis un ángel —proseguí— y habéis debido ser sincera en vuestras acciones de gracias. La madre del príncipe de la Paz fue salvada de manos de un furioso populacho que quería matarla, y, cuando la reina le preguntó: «¿Qué hacíais vos?», ella respondió: «¡Rezaba por ellos!». La mujer es así. Yo soy hombre, y por ende necesariamente imperfecto.

—No os calumniéis —dijo ella, agitando violentamente mi brazo—. Acaso vos valéis más que yo.

—Sí —repliqué—, pues yo daría la eternidad por un solo día de dicha, y vos…

—¿Y yo? —dijo ella, mirándome con altivez.

Me callé y bajé la vista, para evitar el rayo de su mirada.

—¡Yo! —prosiguió ella—. ¿De qué yo habláis? ¡Yo bien siento mas de un yo en mí! Esos dos pequeños —añadió señalando a Magdalena y Santiago— son yo. Félix —dijo con acento desgarrador—, ¿me creéis egoísta? ¿Pensáis que podría sacrificar toda una eternidad para recompensar a quien me sacrifica su vida? Ese pensamiento es horrible, ofende para siempre los sentimientos religiosos. ¿Puede levantarse una mujer así caída? ¿Puede absolverla su felicidad? ¡No tardaríais en hacerme decidir estas cuestiones!… Sí, os libro en fin un secreto de mi conciencia: esta idea me ha atravesado el corazón, la he expiado a menudo por duras penitencias, ella ha motivado las lágrimas de las que me pedisteis razón anteayer.

—¿No dais demasiada importancia a ciertas cosas que las mujeres vulgares estiman mucho, y que vos deberíais…?

—¡Oh! —dijo ella, interrumpiéndome—, ¿es que vos le dáis menos?

Esta lógica cortó todo razonamiento.

—Pues bien —prosiguió ella—. ¡Sabedlo! ¡Sí, cometería la cobardía de abandonar a ese pobre viejo cuya vida soy! Pero, amigo mío, esas dos débiles criaturas que son ante nosotros, Magdalena y Santiago, ¿no se quedarían con su padre? Así, pues, ¿creéis vos, os los pregunto, creéis que vivirían tres meses bajo la insensata dominación de ese hombre? Si faltando a mis deberes se tratase sólo de mí… —Dejó escapar una soberbia sonrisa—; pero, ¿no es matar a mis dos hijos? Pues su muerte sería segura. ¡Dios mío! —exclamó—, ¿por qué hablamos de estas cosas? ¡Casaos y dejadme morir!

Dijo estas palabras con tono tan amargo, tan profundo, que ahogó la revuelta de mi pasión.

—Llorasteis allá arriba, bajo aquel nogal; yo acabo de hacerlo bajo estos abedules, eso es todo. En adelante me callaré.

—Vuestras generosidades me matan —dijo ella, elevando los ojos al cielo.

Habíamos llegado a la terraza, donde encontramos al conde sentado en un sillón, al sol. El aspecto de aquella figura fundida, apenas animada por una débil sonrisa, extinguió las llamas salidas de las cenizas. Me apoyé contra la balaustrada, contemplando el cuadro que me ofrecía aquel moribundo, entre sus dos hijos, siempre delicados, y su mujer empalidecida por las velas, enflaquecida por los trabajos excesivos, por las alarmas y acaso por las alegrías de aquellos dos terribles meses, pero a la que las emociones de la escena anterior habían encendido excesivamente el rostro. Ante el aspecto de aquella familia doliente, envuelta en temblequeantes follajes a través de los cuales se filtraba la gris luminosidad de un cielo de nuboso otoño, sentí en mí mismo desatarse los nudos que enlazan el cuerpo al espíritu. Por primera vez experimenté ese hastío moral que conocen, según se dice, los más vigorosos luchadores en lo álgido de sus combates, especie de fría locura que hace un cobarde del hombre más valiente, un devoto de un incrédulo, que toma indiferente a todo, hasta a los sentimientos más vitales, al honor y al amor; pues la duda nos priva del conocimiento de nosotros mismos, y nos cansa de la vida. Pobres criaturas nerviosas, que la riqueza de vuestro organismo entrega sin defensas a no sé qué genio fatal, ¿dónde están vuestros pares y vuestros jueces? ¡Concebí cómo el joven audaz que tendía ya la mano al bastón de los mariscales de Francia, hábil negociador tanto como intrépido capitán, había podido convertirse en el inocente asesino que veía! ¿Acaso mis deseos, coronados hoy de rosas, podían tener aquel fin? Espantado por la causa tanto como por el efecto, preguntando, como el implo, dónde se encontraba allí la Providencia, no pude contener dos lágrimas que rodaron por mis mejillas.

—¿Qué te ocurre, mi buen Félix? —me dijo Magdalena, con su voz infantil.

Luego, Enriqueta acabó de disipar los negros vapores y las tinieblas por una mirada de solicitud que irradió en mi alma como el sol. En aquel momento, el viejo piquero me trajo de Tours una carta cuya vista me arrancó alguna exclamación de sorpresa, y que de rechazo hizo temblar a la señora de Mortsauf. Vi el sello del ministerio; el rey me llamaba. Le tendí la carta, que ella leyó con una mirada.

—¡Se va! —dijo el conde.

—¿Qué será de mí? —me dijo ella, percibiendo por vez primera su desierto sin sol.

Quedamos en tal estupor de pensamiento que nos oprimió a todos por igual, ya que nunca habíamos sentido a tal punto que todos nos éramos necesarios los unos a los otros. La condesa, hablándome de todo, hasta de las cosas más indiferentes, tuvo un tono de voz nuevo, como si el instrumento hubiese perdido varias cuerdas, y las otras estuvieran distendidas. Y tuvo también gestos de apatía y miradas sin fulgor. La rogué que me confiara sus pensamientos.

—¿Es que acaso los tengo? —me respondió.

Me llevó a su habitación, me tazó sentar en su canapé, revisó el cajón de su tocador, se puso de rodillas ante mí, y me dijo:

—Éstos son los cabellos que me han caído desde hace un año; tomadlos, pues os pertenecen… un día sabréis cómo y por qué.

Me incliné lentamente hacia su frente, que no la bajó para evitar mis labios; los apoyé santamente, sin culpable embriaguez, sin halagador deleite, sino con solemne enternecimiento. ¿Quería ella sacrificarlo todo? ¿Iba solamente, como yo lo había hecho, hasta el borde del precipicio? Si el amor la había llevado a entregarse, no hubiese tenido aquella calma profunda, aquella mirada religiosa, y no me hubiese dicho con su voz pura:

—¿No me guardáis rencor?

Partí al comienzo de la noche; ella quiso acompañarme por el camino de Frapesle, y nos detuvimos en el nogal; se lo mostré, diciéndole cómo desde allí la había divisado hacía cuatro años.

—¡El valle era el mismo! —exclamé.

—¿Y ahora? —preguntó ella vivamente.

—Vos estáis bajo el nogal —le respondí— y el valle es nuestro.

Bajó la cabeza, y allí nos despedimos. Ella volvió a subir a su coche, con Magdalena, y yo al mío, solo. De vuelta a París, absorbieron, afortunadamente, mi atención trabajos urgentes que me procuraron una violenta distracción y me obligaron a hurtarme al mundo, que me olvidó. Mantuve correspondencia con la señora de Mortsauf, a la que enviaba mi diario todas las semanas, respondiéndome ella dos veces por mes. Vida oscura y plena, semejante a esos parajes frondosos, floridos e ignorados, que otrora admirara yo aún en el fondo de los bosques, elaborando nuevos poemas de flores durante las dos últimas semanas.

¡Oh, vosotros que amáis! Imponeos hermosas obligaciones, encargaos de las reglas cuyo cumplimiento ha dado para cada día la Iglesia a los cristianos. Son grandes ideas las observaciones rigurosas creadas por la religión romana; trazan siempre más adelante en el alma los surcos del deber, por la repetición de actos que conservan la esperanza y el temor. Los sentimientos corren siempre vivos en esos arroyos ahondados que contienen las aguas, las purifican, refrescan incesantemente el corazón, y fertilizan la vida por los abundantes tesoros de una fe oculta, manantial divino donde se multiplica el único pensamiento de un único amor.

Mi pasión, que renovaba la Edad Media y recordaba a la caballería andante, fue descubierta no sé cómo, acaso el rey y el duque de Lenoncourt hablaron de él. De esa esfera superior, la historia a la vez novelesca y simple de un joven que adoraba piadosamente a una mujer bella sin público, grande en la soledad, fiel sin el apoyo del deber, se extendió sin duda al corazón del barrio Saint-Germain… En los salones, me veía objeto de una embarazosa atención, pues la modestia de la vida tiene ventajas que, una vez experimentadas, hacen insoportable el relumbrón de una constante aparición en escena. Del mismo modo que los ojos acostumbrados a no ver sino colores suaves son heridos por la plena luz del día, también hay ciertos espíritus a los cuales desagradan los contrastes violentos. Yo era entonces así; hoy podéis asombraros de ello; mas tened paciencia, que las singularidades del Vandenesse actual van a explicarse. Yo encontraba, pues, a las mujeres acogedoras y al mundo perfecto para mí. Tras el casamiento del duque de Berri, la Corte recuperó boato y retornaron las fiestas francesas. La ocupación extranjera había cesado, reaparecía la prosperidad, eran posibles los placeres. Personajes ilustres por su rango, o considerables por su fortuna, abundaron procedentes de todos los puntos de Europa en la capital de la inteligencia, donde se vuelven a hallar las ventajas de los demás países y sus vicios aumentados, refinados por el espíritu francés. Cinco meses después de haber abandonado Clochegourde en medio del invierno, mi ángel bueno me escribió una carta desesperada, contándome una grave enfermedad de su hijo, y a la cual había escapado, pero que inspiraba temores para el futuro; el médico había hablado de precauciones a adoptar para el pecho, palabras terribles que, pronunciadas por la ciencia, tiñen de negro todas las horas de una madre. Apenas Enriqueta respiraba, apenas Santiago entraba en convalecencia, su hermanita inspiró inquietudes. Magdalena, aquella linda planta que tan bien respondía al cultivo maternal, sufría una prevista crisis, pero temible para una constitución tan delicada. Abatida ya por las fatigas que le había causado la prolongada enfermedad de Santiago, la condesa se encontraba sin valor para soportar aquel nuevo golpe, y el espectáculo que le ofrecían aquellos dos queridos seres, la hacía insensible a los redoblados tormentos infligidos por el carácter de su marido. Así, tormentas de más en más turbulentas y cargadas de pedrisco desarraigaban con sus violentas oleadas las esperanzas más profundamente plantadas en su corazón. Además, se había abandonado a la tiranía del conde, quien cansado de guerra, había vuelto a recuperar terreno.

«Cuando toda mi fuerza envolvía a mis hijos —me escribía ella—, ¿podía acaso emplearla contra el señor de Mortsauf y defenderme de sus agresiones, defendiéndome contra la muerte? Al marchar hoy, sola y agobiada, entre las dos jóvenes melancolías que me acompañan, me encuentro atacada por un invencible hastío de la vida. ¿Qué golpe puedo sentir, a qué afecto puedo responder, cuando veo sobre la terraza a Santiago inmóvil, cuya vida no me es ya atestiguada sino por sus dos bellos ojos engrandecidos por la delgadez, sumidos como los de un viejo, y cuya adelantada inteligencia, ¡fatal pronóstico!, contrasta con su debilidad corporal? Cuando veo a mi lado a esta linda Magdalena, tan vivaracha, tan acariciadora y sonrosada, ahora blanca como una muerta, con sus cabellos y sus ojos empalidecidos, dirigiéndome miradas lánguidas, como si quisiera despedirse de mí, sin que no la tiente alimento alguno, o bien de desearlo me asusta por la rareza de sus gustos… A pesar de mis esfuerzos, no puedo entretener a mis hijos; los dos me sonríen, pero su sonrisa está arrancada por mis zalamerías, y no proviene de ellos; lloran no pudiendo responder a mis caricias. El sufrimiento lo ha aflojado todo en su alma, hasta los lazos que nos unen. Así, ya comprenderéis cuán triste está Clochegourde: el señor de Mortsauf reina en ella sin obstáculo… ¡Oh, amigo mío, vos, mi gloria —me escribía más adelante—, vos debéis amarme mucho para amarme aún, para amarme inerte, ingrata y petrificada por el dolor!».

En aquel momento en que nunca me sentí más vivamente removido hasta mis entrañas, y en que no vivía más que en aquella alma sobre la cual intentaba enviar la brisa luminosa de las albas a la esperanza de los crepúsculos purpúreos, conocí en los salones del Elíseo-Borbón a una de esas ilustres «ladies» que son semi-soberanas. Inmensas riquezas, el nacimiento en una familia que después de la conquista permanecía pura de todo casamiento desigual, un matrimonio con uno de los viejos más distinguidos entre los pares de Inglaterra, todas esas preeminencias no eran sino accesorios que realzaban la belleza de la persona en cuestión, sus gracias, sus modales, su ingenio, como un brillante que deslumbraba antes de fascinar. Ella fue el ídolo del día, y reinó tanto mejor sobre la sociedad parisina, por cuanto poseía las cualidades necesarias para obtener éxito, la mano de hierro bajo un guante de raso, que decía Bernadotte. Ya conocéis la singular personalidad de los ingleses, de esa orgullosa Mancha infranqueable, ese frío canal de San Jorge que ponen entre ellos y las personas que no les son presentadas: la humanidad parece ser un hormiguero sobre el cual caminan ellos; no conocen otros seres de su especie, sino los admitidos por ellos; no entienden el lenguaje de los demás; son en efecto labios que se mueven y ojos que ven, pero ni el sonido ni la mirada los alcanzan: para ellos, esas gentes son como si no existieran. Los ingleses ofrecen así como una imagen de su isla, donde la ley lo rige todo, donde todo es uniforme en cada esfera, donde el ejercicio de las virtudes parece ser el juego necesario de engranajes que andan a hora fija. Las fortificaciones de terso y pulido acero elevadas en tomo a una mujer inglesa, enjaulada en su hogar por hilos de oro, pero donde su comedero y su abrevadero, sus varillas y su pasto son maravillas, la prestan irresistibles atractivos. Jamás un pueblo ha preparado mejor la hipocresía de la mujer casada, poniéndola a cada dos por tres entre la muerte y la vida social; para ella no hay ningún intervalo entre la vergüenza y el honor: o la falta es completa, o no lo es: es todo o nada, el To be, or not to be, de Hamlet. Esa alternativa, unida al constante desdén al que la habitúan las costumbres, hace de una inglesa un mujer aparte en el mundo. Es una pobre criatura, virtuosa por fuerza y presta a depravarse, condenada a continuas mentiras sepultadas en su corazón, pero deliciosa por la forma, pues para ese pueblo la forma lo es todo. De ahí las bellezas particulares a las mujeres de este país, esa exaltación de una ternura, en la que para ellas se resumen necesariamente la vida, la exageración de sus cuidados para ellas mismas, la delicadeza de su amor, tan graciosamente descrito en la famosa escena de Romeo y Julieta, donde el genio de Shakespeare ha reproducido de un trazo a la mujer inglesa. A vos que la envidiáis tantas cosas, ¿qué os diré que no sepáis, de esas blancas sirenas, impenetrables en apariencia y en seguida conocidas, que creen que el amor basta al amor, y que introducen el hastío en los goces al no variarlos, cuya alma no posee sino una nota, y su voz no más que una sílaba, océano de amor, donde quien no ha nadado ignorará siempre algo de la poesía de los sentidos, como quien no ha visto nunca el mar tendrá cuerdas de menos en su lira? Ya conocéis el porqué de estas palabras. Mi aventura con la marquesa Dudley tuvo una fatal celebridad. En una edad en que los sentidos tienen tanto imperio sobre nuestras determinaciones, en un joven cuyos ardores habían sido tan violentamente reprimidos, la imagen de la santa que sufría su lento martirio en Clochegourde irradiaba tan intensamente, que pude resistir a las tentaciones. Tal fidelidad fue el lustre que me valió la atención de lady Arabella. Mi resistencia agudizó su pasión. Lo que ella deseaba, como lo desean muchas inglesas, era el estrépito, lo extraordinario. Ella quería pimienta para el pasto del corazón, del mismo modo que los ingleses quieren condimentos picantes para estimular su paladar. La atonía que una perfección constante en las cosas y una regularidad metódica en las costumbres, pone en la existencia de estas mujeres, las conduce a la adoración de lo novelesco y de lo difícil. Yo no supe juzgar ese carácter. Cuanto más me encerraba en un frío desdén, más se apasionaba lady Dudley. Esa lucha, en la que ponía en juego su reputación, excitó la curiosidad de algunos salones, y fue para ella una primera dicha que la obligaba al triunfo. ¡Ah, yo hubiese sido salvado, si algún amigo me hubiera repetido la frase atroz que se le escapó sobre la señora de Mortsauf y sobre mí: —¡Estoy aburrida— dijo ella— de esos suspiros de tórtola!

Sin querer justificar aquí mi crimen, os haré observar, Natalia, que un hombre posee menos recursos para resistir a una mujer, que los que tenéis vosotras para escapar a nuestras persecuciones. Nuestras costumbres prohíben a nuestro sexo las brutalidades de la represión que, en vosotras, son cebos para un enamorado, y que, además, os imponen las conveniencias; a nosotros, por el contrario, yo no sé qué jurisprudencia de fatuidad masculina ridiculiza nuestra reserva; os dejamos el monopolio de la modestia para que tengáis el privilegio de los favores; mas invertid los papeles y el hombre sucumbe bajo la mofa. Aunque preservado por mi pasión, yo no estaba en la edad en que se queda insensible a las triples seducciones del orgullo, de la entrega y de la belleza. Cuando lady Arabella ponía a mis pies, en medio de un baile donde reinaba, los homenajes que en él recogía, y que espiaba mi mirada para saber si su atavío era de mi gusto, y se estremecía de placer cuando me agradaba, yo me sentía conmovido por su emoción. Además, ella se mantenía en un terreno en el que yo no podía huirla; me resultaba difícil rehusar ciertas invitaciones del círculo diplomático; su linaje la abría todos los salones, y, con esa maña que las mujeres despliegan para obtener lo que les place, hacía que los anfitriones me colocaran en la mesa a su lado; y luego me hablaba al oído, diciéndome:

—Si yo fuese amada como la señora de Mortsauf, os lo sacrificaría todo.

Me sometía riendo las más humildes condiciones, me prometía una discreción a toda prueba, o me pedía que tolerase yo únicamente que ella me amara. Cierto día me dijo estas palabras, que satisfacen todas las capitulaciones de una conciencia timorata y los desenfrenados deseos del joven:

—¡Vuestra amiga siempre, y vuestra amante cuando lo queráis!

En fin, ella meditó utilizar para perderme la propia lealtad de mi carácter, sobornó a mi ayuda de cámara, y, tras una reunión en la que se había mostrado tan bella que estaba segura de haber excitado mis deseos, la encontré en mi casa. Este escándalo resonó en Inglaterra, y su aristocracia se consternó como el cielo a la caída de su ángel más bello. Lady Dudley abandonó su nube en el Empíreo británico, se redujo a su fortuna, y quiso eclipsar por sus sacrificios a AQUELLA cuya virtud causó el célebre desastre. Lady Arabella se complació, como el demonio en la cima de la Montaña, en mostrarme los más ricos países de su ardiente reino.

Leedme, os lo conjuro, con indulgencia. Se trata aquí de uno de los problemas más interesantes de la vida humana, de una crisis a la cual han estado sometidos la mayoría de los hombres, y que yo quisiera explicar, aunque no fuese más que para encender un faro sobre este escollo. Esta bella lady, tan esbelta, tan delicada; esta mujer de leche, tan quebradiza, tan dulce, de frente tan acariciadora, coronada de cabellos de color leonado y tan finos; esta criatura cuyo brillo parece fosforescente y pasajero, posee un organismo de hierro. No hay caballo, por fogoso que sea, capaz de resistir a su nerviosa muñeca, a esa mano blanda en apariencia y que nada cansa. Tiene el pie de la cierva, un pequeño pie seco y musculoso, bajo una envoltura de indescriptible gracia. Posee una fuerza que nada teme una lucha; ningún hombre puede seguirla a caballo; ganaría el premio de un steeple-chase a centauros; tira a los gamos y a los ciervos sin detener su caballo. Su cuerpo ignora el sudor, aspira el fuego en la atmósfera y vive en el agua so pena de no vivir. Su pasión es también toda africana; su deseo va como el torbellino del desierto, desierto cuya ardiente inmensidad se refleja en sus ojos, desierto lleno de azul y de amor, con su cielo inalterable, con sus frescas noches estrelladas. ¡Qué contraste con Clochegourde! El oriente y el occidente: una atraía a ella las menores parcelas húmedas para alimentarse de ellas; la otra exudaba su alma, envolviendo a sus fieles con una luminosa atmósfera; aquella, viva y esbelta; ésta, pausada y llena. En fin, ¿habéis reflexionado alguna vez en el sentido general de las costumbres inglesas? ¿No es la divinización de la materia, un epicureismo definido, meditado, sabiamente aplicado? Sea lo que haga o diga, Inglaterra es materialista, sin saberlo acaso. Tiene pretensiones religiosas y morales, en las que la espiritualidad divina, el alma católica está ausente, y cuya gracia fecundante no será reemplazada por ninguna hipocresía, por muy bien ejecutada que esté. Posee en el más elevado grado esa ciencia de la existencia que abona las menores parcelas de la materialidad, que hace que vuestra zapatilla sea la zapatilla más exquisita del mundo, que presta a vuestra ropa blanca un indecible sabor, que forra de cedro y de perfume las cómodas; que vierte a la hora fijada un té suave, sabiamente desplegado, que destierra el polvo, clava alfombras desde el primer peldaño de la escalera hasta los últimos repliegues de la casa, cepilla los muros de las bodegas, bruñe la aldaba de la puerta, flexibiliza los muelles del carruaje, que hace del objeto una pulpa alimenticia y esponjosa, brillante y nítida, en el meollo de la cual el alma expira bajo el goce, que produce la espantosa monotonía del bienestar, da una vida sin oposición, desprovista de espontaneidad, y que, por decirlo todo, le maquiniza a uno. Así yo conocí de pronto, en el seno de este lujo inglés, a una mujer, acaso única en su sexo, que me envolvió en las redes de ese amor renaciente de su agonía, y a cuyas prodigalidades yo aportaba una severa continencia, de ese amor que tiene bellezas abrumadoras, una electricidad propia, que os introduce a menudo en los cielos por las puertas de marfil de su somnolencia, o que os arrastra a la grupa de sus alados ijares. Amor horriblemente ingrato, que ríe sobre los cadáveres que produce; amor sin memoria, un amor cruel que se asemeja a la política inglesa, y en el cual caen casi todos los hombres. Ya comprendéis el problema. El hombre está compuesto de materia y espíritu; la animalidad va a desembocar en él, y en él comienza el ángel. De ahí esa lucha que todos experimentamos, entre un destino futuro que presentimos y los recuerdos de nuestros instintos anteriores, de los cuales no nos hallamos aún despojados; un amor carnal y un amor divino. Tal hombre los resuelve en uno sólo, tal otro se abstiene; éste hurga el sexo entero para buscar en él la satisfacción a sus apetitos anteriores, aquél lo idealiza en una sola mujer en la cual se resume el universo; unos flotan indecisos entre los goces de la materia y los del espíritu, y otros espiritualizan la carne, pidiéndola lo que no sabría dar. Si pensando en estos rasgos generales del amor, tenéis en cuenta las repulsiones y las afinidades que resultan de la diversidad de los temperamentos, y que quebrantan los pactos concluidos entre aquellos que no han sido sometidos a prueba; si añadís los errores producidos por las esperanzas de las gentes que viven más especialmente por el espíritu, por el corazón, o por la acción, que piensan, que sienten, o que obran, y cuyas vocaciones son defraudadas, desconocidas en una asociación donde se encuentran dos seres, igualmente nobles, entonces tendréis gran indulgencia por las desgracias con las que la sociedad se muestra despiadada. Pues bien, lady Arabella satisface los instintos, los órganos, los apetitos, los vicios y las virtudes de la materia sutil de que estamos compuestos. Ella era la dueña del cuerpo. La señora de Mortsauf, la esposa del alma. El amor que satisface la querida, tiene límites; la materia es finita, sus propiedades tienen fuerzas calculadas, se encuentra sometida a inevitables saturaciones; yo sentía a menudo no sé qué vacío en París, junto a lady Dudley. El infinito es el dominio del corazón, el amor era sin límites en Clochegourde. Yo amaba apasionadamente a lady Arabella, y ciertamente que si la bestia era sublime en ella, también poseía una inteligencia superior; su burlona conversación lo abarcaba todo. Pero yo adoraba a Enriqueta. Por la noche, yo lloraba de dicha; por la mañana, lloraba de remordimientos. Hay ciertas mujeres bastante sabias como para ocultar su envidia bajo la más angélica bondad; son las que, semejantes a lady Dudley, han pasado de los treinta años. Estas mujeres saben entonces sentir y calcular, exprimir todo el jugo del presente y pensar en el futuro; pueden ahogar gemidos, a menudo legítimos, con la energía del cazador que no se da cuenta de una herida, en la persecución del acosado ciervo. Sin hablar de la señora de Mortsauf, Arabella intentaba matarla en mi alma, donde la encontraba siempre, y su pasión se reavivaba al soplo de aquel amor invencible. A fin de triunfar por comparaciones que la aventajaran, no se mostró ni recelosa, ni importuna, ni curiosa, como lo son la mayoría de las mujeres jóvenes; pero, semejante a la leona que con sus fauces ha asido una presa y la lleva a su antro para devorarla, velaba porque nada turbase su felicidad, y me guardaba como a una conquista insumisa. Escribía a Enriqueta delante de ella, pero nunca leyó una sola línea, jamás trató por medio alguno de saber la dirección a la que iban dirigidas mis cartas. Tenía plena libertad. Ella parecía haberse dicho: «Si lo pierdo, no he de acusarme sino a mí misma». Y se apoyaba orgullosamente en un amor tan leal, que me habría dado sin vacilar su vida, caso de que se lo hubiera pedido. En fin, ella me había hecho creer que, si la abandonaba, se mataría al instante. Sería preciso oírla, a este respecto, celebrar la costumbre de las viudas indias que se entregan a las llamas de la pira incineradora de sus maridos muertos.

—Aunque en la India sea esta costumbre una distinción reservada a la clase noble, y que, desde este punto de vista sea poco conocida de los europeos, incapaces de comprender la desdeñosa grandeza de ese privilegio, confesad —me decía ella— que en nuestras chatas costumbres modernas, la aristocracia no puede ya elevarse sino por lo extraordinario de los sentimientos. ¿Cómo puedo yo demostrar a los burgueses que la sangre de mis venas no es semejante a la suya, si no es muriendo de distinta manera que ellos? Mujeres sin cuna pueden tener los diamantes, los tejidos, los caballos, y hasta los escudos que debieran sernos reservados, ¡pues hasta se compra un nombre! Pero amar, con la cabeza alta, infringiendo las leyes, morir por el ídolo que se ha escogido, haciendo un sudario con las sábanas de su lecho, someter al mundo y al cielo a un hombre, despojando así al Todopoderoso del derecho de hacer un dios, no traicionarle por nada, ni siquiera por la virtud… ya que negarse a él en nombre del deber, ¿no es darse a algo que no es él?… bien sea otro hombre o una idea, siempre existe la traición ¡Éstas son grandezas que no alcanzan las mujeres vulgares; ellas no conocen sino dos sendas corrientes: o el gran camino de la virtud, o el cenagoso vericueto de la cortesana!

Procedía, ya lo veis, por el orgullo; halagaba todas las vanidades desafiándolas, me ponía tan alto, que no podía vivir sino a mis pies; así, todas las seducciones de su propio espíritu estaban expresadas por su postura de esclava y por su entera sumisión. Sabía permanecer todo un día, tendida a mis pies, silenciosa, ocupada en contemplarme, espiando la hora del placer como una hurí del serrallo, adelantándola por hábiles coqueterías, al par que pareciendo esperarla. ¿Con qué palabras describir los seis primeros meses durante los cuales fui presa de los enervantes goces de un amor fértil en placeres, y que los variaba con el saber que da la experiencia, mas ocultando su instrucción bajo los arrebatos de la pasión? Esos placeres, súbita revelación de la poesía de los sentidos, constituyen el sólido lazo por el cual se ligan los jóvenes a mujeres de más edad que ellos; mas tal lazo es el grillete del forzado, deja en el alma una señal indeleble, comunica un anticipado disgusto por los amores frescos, cándidos, ricos solamente en flores, y que no saben servir alcohol en copas de oro curiosamente cinceladas, enriquecidas de pedrerías que brillan con inagotables destellos. Saboreando los deleites que yo soñaba sin conocerlos, y que la unión de las almas hace mil veces más ardientes, no me faltaban paradojas para justificarme a mí mismo la complacencia con que me abrevaba en esta bella copa. A menudo, cuando perdida en el infinito de la lasitud, mi alma desprendida del cuerpo revoloteaba lejos de la tierra, yo pensaba que esos placeres eran un medio de anular la materia y llevar al espíritu a su sublime vuelo. A menudo lady Dudley, como muchas mujeres, se aprovechaba de la exaltación a que conduce el exceso de dicha, para ligarme por juramentos; y, bajo el golpe de un deseo, me arrancaba blasfemias contra el ángel de Clochegourde. Una vez traidor, me hice falaz. Continué escribiendo a la señora de Mortsauf como si siguiera yo siendo el mismo niño de mezquino traje azul al que ella amaba tanto; pero lo confieso, su don de sexto sentido, o de doble vista, me espantaba cuando pensaba en los desastres que una indiscreción podía causar en el lindo castillo de mis esperanzas. A menudo, en medio de mis goces, un repentino dolor me helaba y oía las palabras de Enriqueta pronunciadas por una voz de lo alto, como el Caín, ¿dónde está Abel? de la Escritura. Mis cartas quedaron sin respuesta. Me asaltó una horrible inquietud y quise partir a Clochegourde. Arabella no se opuso, pero habló naturalmente de acompañarme a Turena. Su capricho agudizado por la dificultad, sus presentimientos justificados por una felicidad inesperada, todo había engendrado en ella un amor real, que deseaba hacer único. Su genio de mujer la hizo percibir en este viaje un medio de apartarme por entero de la señora de Mortsauf; mientras que yo, cegado por el miedo, arrastrado por la ingenuidad de la auténtica pasión, no vi la trampa en la que iba a ser acogido. Lady Dudley propuso las más humildes condiciones y previno todas las objeciones. Consintió en permanecer cerca de Tours, en el campo, de incógnito, disfrazada, sin salir durante el día, y en escoger para nuestras citas las horas de la noche en las que no pudiera vernos nadie. Partí de Tours a caballo para Clochegourde. Tenía mis razones en ir así, pues para mis excursiones nocturnas me hacía falta un caballo, y el mío era uno árabe que lady Esther Stanhope había enviado a la marquesa y que ella me había cambiado por el famoso cuadro de Rembrandt que tiene en su salón de Londres, y que tan singularmente obtuve yo. Tomé el camino que a pie había recorrido seis años antes y me detuve bajo el nogal. Desde allí, vi a la señora de Mortsauf vestida de blanco, al borde de la terraza. Al instante me abalancé hacia ella, con la rapidez del rayo y en pocos minutos estuve al pie del muro, tras haber franqueado la distancia en línea recta, como si se tratase de una carrera de competición. Ella oyó los prodigiosos brincos de la golondrina del desierto y cuando me detuve en seco a la esquina de la terraza, me dijo:

—¡Ah, ya estáis aquí!

Estas tres palabras me fulminaron. Ella sabía mi aventura… ¿Quién se la habría contado? ¡Su madre, cuya odiosa carta me enseñó más tarde! La debilidad indiferente de aquella voz, antes tan llena de vida, la mate palidez del sonido, revelaban un dolor madurado, exhalaban yo no sé qué olor de flores cortadas para siempre. El huracán de la infidelidad, semejante a esas crecidas del Loira, que enarenan para siempre un terreno, había pasado por su alma convirtiendo en desierto el paraje donde verdeaban opulentas praderas. Hice entrar mi caballo por la puerta pequeña; él se tendió a mi orden en el césped, y la condesa, que había avanzado a lentos pasos, exclamó:

—¡Qué bello animal!

Se mantenía con los brazos cruzados, para que no tomase su mano; yo adiviné su intención.

—Voy a prevenir al señor de Mortsauf —dijo, dejándome.

Permanecí en pie, confuso, dejándola irse, contemplándola, siempre noble, pausada, altiva, más blanca que nunca, pero manteniendo en su frente la amarilla huella que había impreso su amarga melancolía, e inclinando la cabeza como un lirio demasiado cargado de lluvia.

—¡Enriqueta! —grité, con la rabia del hombre que se siente morir.

Ella no se volvió, no se detuvo, desdeñó decirme que me había retirado su nombre, que no respondía ya a él, y siguió caminando. Yo podría, en aquel espantoso valle donde deben contenerse millones de seres convertidos en polvo, y cuya alma anima ahora la superficie del globo, yo podría hallarme pequeño en el seno de aquella muchedumbre compacta bajo las inmensidades luminosas que la iluminarán con su gloria; pero entonces me sentiría menos aplanado que lo fui ante aquella figura blanca, subiendo como sube en las calles de un poblado alguna inflexible inundación, ascendiendo con paso igual a su castillo de Clochegourde, gloria y suplicio de aquella Dido cristiana. Maldije a Arabella con una sola imprecación que la hubiese matado de haberla oído… ¡ella que lo había dejado todo por mí, como se deja todo por Dios!, y quedé perdido en un mundo de pensamientos, percibiendo de todos lados el infinito del dolor. Luego vi a todos descendiendo. Santiago corría con la ingenua impetuosidad de sus años. Magdalena, gacela de ojos moribundos, acompañaba a su madre. Estreché a Santiago contra mi corazón, derramando sobre él las efusiones del alma y las lágrimas que rechazaba su madre. El señor de Mortsauf, dirigióse hacia mí, me tendió los brazos, me estrechó también contra él, me besó en las mejillas, diciendo:

—¡Félix, he sabido que os debo la vida!

La señora de Mortsauf nos volvió la espalda durante esta escena, pretextando enseñar el caballo a la estupefacta Magdalena.

—¡Ah, diantre, así son las mujeres! —exclamó el conde con enfado—. ¡Examinan vuestro caballo…!

Magdalena se volvió, aproximándose a mí; y yo la besé la mano, mirando a la condesa, quien enrojeció.

—Encuentro muchísimo mejor a Magdalena —dije.

—¡Pobre hijita! —dijo la condesa, besándola en la frente.

—Sí, por el momento todos están bien —manifestó el conde—. Yo solo, mi querido Félix, estoy descalabrado como una vieja torre que va a caer.

—¿Parece ser que el general tiene siempre sus penas negras? —repliqué, mirando a la señora de Mortsauf.

—Todos tenemos nuestros blues devils —respondió ella—. ¿No se dice así en inglés?

Remontamos hacia los cercados, paseando juntos, presintiendo todos que algo grave había sucedido. Ella no tenía ningún deseo de estar a solas conmigo. En fin, yo era su huésped.

—Por esta vez, ¿y vuestro caballo? —dijo el conde cuando salimos.

—Ya veréis —respondió la condesa— que tanto había errado pensando en él como olvidándolo.

—Claro. —dijo él—, hay que hacer todo a su debido tiempo.

—Ya voy —dije a mi vez, hallando insoportable aquella fría acogida—. Yo solo puedo hacerle salir y acomodarle como conviene. Mi groom viene por el coche de Chinon y él lo almohazará.

—¿También el groom viene de Inglaterra? —dijo ella.

—No los hacen sino allí —respondió el conde, que se tornó alegre al ver triste a su mujer.

La frialdad de ésta fue una ocasión para contradecirla y me abrumó con su amistad. Conocí la pesadez del apego de un marido. No creáis que el momento en que sus atenciones asesinan a las almas nobles, sea el que sus mujeres prodigan un afecto que parece serles robado; no… son odiosos e insoportables el día en que ese amor vuela. La buena inteligencia, condición esencial a las amistades de ese género, aparece entonces como un medio; entonces pesa y resulta tan horrible como todo medio que su fin no justifica.

—Mi querido Félix —me dijo el conde, tomándome las manos y estrechándomelas afectuosamente—, perdonad a la señora de Mortsauf: las mujeres tienen necesidad de ser caprichosas, su debilidad les excusa, no sabrían mantener la igualdad de humor que a nosotros nos da la fuerza del carácter. Ella os quiere mucho, ya lo sé; pero…

Mientras hablaba el conde, la señora de Montsauf se alejó de nosotros insensiblemente, hasta dejarnos solos.

—Félix —me dijo él entonces, contemplando a su mujer, que subía al castillo acompañado de sus dos hijos—, ignoro lo que pasa en el alma de la señora de Mortsauf, pero su carácter ha cambiado por completo desde hace seis semanas. Ella, tan dulce, tan abnegada hasta ahora, se torna de un desabrimiento increíble…

Manette me informó, más tarde, que la condesa había caído en un abatimiento que la hacía insensible a los disgustos que la daba el conde. No hallando ya tierra blanda donde clavar sus flechas, aquel hombre se había vuelto inquieto, como el niño que no ve ya removerse al pobre insecto que atormenta. En este momento tenía necesidad de un confidente, como el verdugo la tiene de un ayudante.

—Intentad —dijo tras una pausa— interrogad a la señora de Mortsauf. Una mujer tiene siempre secretos para su marido; pero ella os confiará acaso a vos el secreto de sus penas. Aunque me costara la mitad de los días que me quedan y la mitad de mi fortuna, lo sacrificaría todo por hacerla feliz. ¡Es ella tan necesaria a mi vida! ¡Si en mi vejez no sintiera siempre a ese ángel a mi lado, me consideraría el más desgraciado de los hombres! Quisiera morir tranquilo; decidla, pues, que ya no tiene mucho tiempo que soportarme. Yo, Félix, mi pobre amigo, yo me voy, lo sé. Oculto a todo el mundo la fatal verdad… ¿para qué afligirles de antemano? ¡Siempre el píloro, amigo mío! He acabado por comprender las causas de la enfermedad; la sensibilidad me ha matado. En efecto, todos nuestros afectos repercuten sobre el jugo gástrico…

—De manera —dije sonriendo— que las personas de corazón perecen por el estómago.

—No riáis, Félix, nada es más verdad. Las penas demasiado vivas exageran el funcionamiento del gran simpático. Esta exaltación de la sensibilidad mantiene en constante irritación la mucosa del estómago. De persistir ese estado, provoca perturbaciones, al principio insensibles, en las funciones digestivas: las secreciones se alteran, el apetito se estraga y la digestión se torna caprichosa; pronto aparecen punzantes dolores, se agravan y se hacen más frecuentes de día en día; luego, la desorganización llega a su colmo, como si algún veneno se mezclara al plato de alimento; la mucosa se espesa, se opera la induración de la válvula del píloro y se forma en él un cirro mortal, Pues bien, yo me encuentro así, querido… La induración prosigue sin que nada pueda detenerla. Ved mi tez de color amarillo pajizo, mis ojos brillantes, mi excesiva delgadez… Me deseco. ¡Qué queréis! He traído de la emigración el germen de esta enfermedad; ¡sufrí tanto entonces! Mi matrimonio, que pudo haber reparado los males del exilio, lejos de calmar mi ulcerada alma, ha reavivado la llaga. ¿Qué he encontrado aquí? Eternas alarmas causadas por los hijos, disgustos domésticos, una fortuna a rehacer, economías que engendraban mil privaciones que imponía a mi mujer y de las que yo era el primero en padecer. En fin, no puedo confiar este secreto sino a vos, pero he aquí la pena más dura: aunque Blanca sea un ángel, no me comprende, no sabe nada de mis dolores, le contrarían; ¡pero la perdono! Mirad, y resulta espantoso decir esto, amigo mío, pero una mujer menos virtuosa que ella me hubiese hecho más feliz prestándose a dulzuras que Blanca no se imagina, pues es tan inocentona como una niña… Añadid que mis servidores me atormentan; son unos imbéciles que oyen griego cuando les hablo en francés. Cuando nuestra fortuna ha sido restaurada, así, así, cuando he tenido menos preocupaciones, el mal estaba consumado, yo llegaba al período de los apetitos estragados; luego se ha producido mi gran enfermedad, tan mal tratada por Origet. En una palabra, hoy no me quedan más que seis meses de vida…

Yo escuchaba al conde con terror. Al volver a ver a la condesa, me habían impresionado la brillantez de sus ojos secos y el tinte amarillo pajizo de su frente; llevé al conde hacia la casa, simulando escuchar sus quejas mezcladas de disertaciones médicas, pero yo no pensaba sino en Enriqueta y quería observarla. Hallé a la condesa en el salón, donde asistía a una lección de matemáticas dada a Santiago por el abate de Dominis, mientras enseñaba a Magdalena un punto de tapicería. En otro tiempo, el día de mi llegada habría sabido aplazar sus ocupaciones para estar a mi entera disposición; pero mi amor era tan profundamente auténtico, que rechacé en mi corazón la pena que me causaba aquel contraste entre el presente y el pasado; pues veía el fatal tono amarillo pajizo que, sobre aquel celeste rostro, semejaba al reflejo de los resplandores divinos que los pintores han puesto en las figuras de los santos. Sentí entonces en mí el soplo helado de la muerte. Luego, cuando cayó sobre mí la brasa de sus ojos despojados de la límpida linfa en que antes nadara, me estremecí; percibí entonces algunos cambios producidos por el dolor, que no había notado al aire libre: las tenues líneas que, en mi última visita no estaban sino levemente impresas sobre su frente, la habían ahondado; sus azulencas sienes parecían ardientes y cóncavas; sus ojos se habían sumido bajo sus reblandecidos párpados, y el contorno se había atezado; estaba macerada como un fruto en el que comienzan a aparecer las magulladuras y que un gusano interior hace dorar prematuramente. Yo, cuya única ambición era la de derramar la dicha a torrentes en su alma, ¿no había vertido la amargura en el manantial donde se refrescaba su vida, donde se revigorizaba su valor? Fui a sentarme a su lado y le dije con voz donde lloraba el arrepentimiento:

—¿Os encontráis bien de salud?

—Sí —respondió ella, clavando sus ojos en los míos—. Mi salud está aquí —añadió, señalándome a Santiago y Magdalena.

Habiendo salido victoriosa de su lucha con la naturaleza, Magdalena era ya mujer a los quince años; había crecido, se había desarrollado y sus colores de rosa de Bengala renacían sobre sus morenas mejillas; había perdido la despreocupación de la niña que mira todo de frente y comenzaba a bajar los ojos; sus movimientos se hacían raros y graves como los de su madre; su esbelto talle y las gracias de su corpiño florecían ya y la coquetería alisaba su magnífica cabellera negra, separándola en dos bandas sobre su frente de española. Se parecía a las lindas estatuillas de la Edad Media de contorno tan fino y de forma tan estilizada, que al acariciarlas la vista teme verlas quebrarse; pero la salud, aquel fruto brotado tras tantos esfuerzos, había puesto en sus mejillas el aterciopelado del melocotón y a lo largo de su cuello la sedosa pelusilla donde, como en su madre, se reflejaba la luz. ¡Ella debía vivir! Dios lo había escrito, querido capullo de la más bella de las flores humanas, sobre las largas pestañas de tus párpados, sobre la curva de tus hombros, que prometían desarrollarse espléndidamente como los de tu madre. Aquella joven morena, de talle de álamo, contrastaba con Santiago, débil joven de diecisiete años, cuya cabeza había aumentado de volumen, cuya frente inquietaba por su rápida extensión y cuyos ojos febriles se hallaban en armonía con una voz profundamente sonora. El órgano producía un volumen de sonido demasiado intenso del mismo modo que la mirada dejaba escapar demasiados pensamientos. Era la inteligencia, el alma, el corazón de Enriqueta devorando con su rápida llama un cuerpo sin consistencia; pues Santiago tenía ese tinte lechoso animado por ardientes colores que distinguen a las jóvenes inglesas marcadas por la plaga antes de ser abatidas en un plazo determinado; ¡salud engañosa! Obedeciendo a signo por el cual Enriqueta, tras haberme mostrado a Magdalena, indicando a Santiago, quien trazaba figuras de geometría y cálculos algebraicos sobre una pizarra ante el abate de Dominis, me estremecí ante el aspecto de aquella muerte oculta bajo flores y respeté el error de la pobre madre.

—Cuando los veo así, la alegría acalla mis dolores, del mismo modo que se callan y desaparecen cuando los veo enfermos. Amigo mío —dijo con la mirada brillante de placer maternal—, si otros cariños nos traicionan, los sentimientos recompensados aquí, los deberes cumplidos y coronados de éxitos, indemnizan la derrota sufrida en otra parte. Santiago será, como vos, hombre de elevada instrucción, lleno de virtuoso saber; y como vos también, el honor de su país, al que acaso gobierne, ayudado por vos que estáis situado en tan elevado puesto; pero yo intentaré que permanezca fiel a sus primeros afectos. Magdalena, la querida criatura, tiene ya el corazón sublime, es pura como la nieve de la cima más elevada de los Alpes, tendrá la abnegación de la mujer y su graciosa inteligencia; es orgullosa, ¡será digna de los Lenoncourt! La madre en otro tiempo tan atormentada, es ahora muy dichosa, con una dicha infinita, sin mezcla; sí, mi vida es plena, mi vida es rica. Ya lo véis. Dios hace brotar mis alegrías en el seno de los cariños permitidos y pone amargura en aquellos a los que me arrastraba una peligrosa inclinación.

—¡Bien! —exclamó ahora jubilosamente el abate—. ¡El señor vizconde sabe tanto como yo!

Al acabar su demostración en la pizarra, Santiago tosió ligeramente.

—Ya basta por hoy, mi estimado abate —dijo la condesa, conmovida—, y, sobre todo, nada de lección de química… Monta a caballo, Santiago —prosiguió, dejándose abrazar por su hijo, con la acariciadora pero digna voluptuosidad de una madre y los ojos vueltos hacia mí, como para insultar mis recuerdos—. Ve, querido, y sé prudente.

—Pero —le dije mientras seguía a Santiago con prolongada mirada—, vos no me habéis respondido. ¿Sentís algunos dolores?

—Sí, en el estómago, a veces. De estar en París tendría los honores de una gastritis, la enfermedad de moda.

—Mi madre sufre a menudo y mucho —me dijo Magdalena.

—¡Ah! —exclamó ella—, ¿es que te interesa mi salud?

Magdalena, asombrada por la profunda ironía impresa en esas palabras, nos miró alternativamente; mis ojos contaban las flores rosas del tapizado gris y verde de su salón.

—Esta situación es intolerable —la dije al oído.

—¿Acaso la he creado yo? —me preguntó—. Querido niño —añadió en alta voz, afectando una cruel jovialidad, con la que las mujeres ornan sus venganzas—, ¿ignoráis la historia moderna? ¿No han sido siempre enemigas Francia e Inglaterra? Magdalena lo sabe, conoce que una mar inmensa las separa, mar fría, mar tormentosa.

Los jarrones de la chimenea habían sido reemplazados por candelabros, con el fin sin duda de privarme del placer de llenarlos de flores; los volví a hallar más tarde en su habitación. Al llegar mi criado, salí para darle órdenes; me había traído algunos objetos que quise llevar a mi habitación.

—Félix —me dijo la condesa—, no os equivoquéis. La antigua habitación de mi tía es ahora la de Magdalena; vos tenéis la que da sobre la del conde.

Aunque culpable, yo tenía un corazón y todas aquellas palabras eran puñaladas fríamente asestadas en los lugares que a ella parecían más sensibles. Los sufrimientos morales no son absolutos, sino que están en razón de la delicadeza de las almas y la condesa había recorrido duramente esa escala de los dolores; mas por este mismo motivo, la mejor mujer será siempre tanto más cruel cuanto más bienhechora ha sido; la miré, pero ella bajó la cabeza. Fui a mi nueva habitación, que era bonita, blanca y verde. Y allí, estallé en llanto. Enriqueta me oyó y apareció trayendo un ramo de flores.

—Enriqueta —le dije—, ¿es que estáis decidida a no perdonar la más excusable de las faltas?

—No me llaméis jamás Enriqueta —respondió ella—. La pobre no existe ya; pero hallaréis siempre a la señora de Mortsauf, una amiga fiel que os escuchará y os querrá. Félix, más tarde hablaremos. Si conserváis aún cariño por mí, dejadme acostumbrarme a veros; y, en el momento en que las palabras me desgarren menos el corazón, cuando haya reconquistado un poco de valor, pues bien… entonces tan sólo… Mirad ese valle —añadió, mostrándome el Indre—. Me hace daño; lo sigo queriendo.

—¡Ah, perezcan Inglaterra y todas sus mujeres! Presentaré mi dimisión al rey, y moriré aquí, perdonado.

—¡No; amad a esa mujer! Enriqueta no existe ya; esto no es un juego; ya lo sabréis.

Y con la misma se retiró, el acento con que pronunció estas últimas palabras descubrió la magnitud de sus llagas. Salí vivamente, la retuve y dije:

—¿Ya no me amáis?

—¡Me habéis causado más daño que todos los demás juntos! Hoy sufro menos, y, por lo tanto, os amo menos; pero únicamente en Inglaterra se dice ¡Ni jamás, ni siempre! Aquí nosotros decimos: ¡Siempre! Sed juicioso, no aumentéis mi dolor; y si vos sufrís, pensad que yo vivo…

Me retiró su mano, fría, sin movimiento, pero húmeda, y escapó como una flecha atravesando el pasillo donde había tenido lugar esta escena verdaderamente trágica. Durante la cena, el conde me reservaba un suplicio en el que no había yo pensado.

—¿No está acaso la marquesa Dudley en París? —me dijo.

Enrojecí excesivamente al responderle:

—No.

—¿Tal vez en Tours? —dijo el conde, prosiguiendo.

—No está divorciada y puede ir a Inglaterra. Su marido sería muy dichoso si ella quisiera volver a su lado —respondí con viveza.

—¿Tiene hijos? —preguntó la señora de Mortsauf, con la voz alterada.

—Dos varones —le dije.

—¿Dónde están?

—En Inglaterra, con el padre.

—Veamos, Félix, sed franco… ¿Es tan bella como se dice? —dijo el conde.

—¡Cómo podéis hacer tal pregunta! —exclamó la condesa—. ¿No es siempre la más bella de las mujeres aquella a la que se ama?

—Sí, siempre —dije yo con orgullo, lanzándola una mirada que ella no sostuvo.

—Tenéis suerte —prosiguió el conde— o sois un afortunado picaro. ¡Ah, en mi juventud yo me habría vuelto loco por una conquista semejante…!

—Basta —dijo la señora de Mortsauf, señalando con una mirada a su esposo que estaban en presencia de Magdalena.

—Yo no soy un niño —dijo el conde, que se placía en volver a ser joven.

Al levantamos de la mesa, la condesa me llevó a la terraza y cuando estuvimos en ella, exclamó:

—¡Cómo! ¿Es que hay mujeres que sacrifican sus hijos a un hombre? La fortuna, el mundo, lo concibo… La eternidad también, acaso… ¡pero los hijos, privarse de sus hijos!

—Sí, y esas mujeres quisieran aún tener más que sacrificar; ellas lo dan todo…

Para la condesa, el mundo se volvió de revés, sus ideas se confundieron. Impresionada por aquella grandiosidad, sospechando que la felicidad debía justificar esa inmolación, oyendo en ella misma los gritos de la carne rebelada, quedóse como alelada, al comprender que su vida se había frustrado. Sí, tuvo un momento de horrible duda; mas se volvió a alzar sublime y santa, con la frente bien alta.

—Amad, pues, mucho a esa mujer, Félix —dijo con lágrimas en los ojos—. Será mi hermana feliz. Le perdono los males que me ha causado, si es que ella os da lo que no debías nunca encontrar aquí, lo que ya jamás podréis obtener de mí. Habéis tenido razón, yo no os he dicho nunca que os amara y jamás os he amado como se ama en este mundo. Pero, si ella no es madre, ¿cómo puede amar?

—Querida santa —respondí—, sería preciso que estuviera yo menos conmovido de lo que estoy, para explicarte que tú planeas victoriosamente por encima de ella; que ella es una mujer de la tierra, una criatura de las razas caídas y que tú eres la hija del cielo, el ángel adorado, que posees todo mi corazón, mientras que ella no tiene sino mi carne; ella lo sabe, y está desesperada y se cambiaría por ti, aun cuando se le impusiera el más cruel martirio como precio. Pero todo es irremediable. A ti el alma, los pensamientos, el amor puro, a ti la juventud y la vejez; a ella los deseos y los placeres de la pasión fugaz; a ti mi recuerdo en toda su extensión, a ella el olvido más profundo.

—¡Decid, decidme eso, oh amigo mío! —Fue a sentarse sobre un banco y prorrumpió en llanto. Luego prosiguió—. ¡Así, pues, Félix, la santidad de la vida, el amor maternal, no son errores! ¡Oh, verted ese bálsamo en mis llagas! ¡Repetid unas palabras que me transportan a los cielos, a los que quisiera volar al par de vos! ¡Bendecidme por una mirada, por una sacra palabra, y os perdonaré todos los males que he sufrido durante dos meses!

—Enriqueta, hay misterios de nuestra vida que vos ignoráis. Os he conocido en una edad en la cual el sentimiento puede sofocar los deseos inspirados por la naturaleza; pero muchas escenas cuyo recuerdo me reconfortará en la hora en que la muerte llegue, han debido atestiguaros que esa edad terminaba y vuestro constante triunfo ha sido el de prolongar las mudas delicias. Un amor sin posesión se sostiene por la propia exasperación de los deseos; después llega un momento en que todo es sufrimiento en nosotros, que no nos parecemos nada a vosotras. Poseemos una potencia que no podemos abdicar, so pena de dejar de ser hombres. Privado del alimento que debe sustentarle, el corazón se devora a sí mismo y siente un agotamiento que no es la muerte, pero que la precede. La naturaleza no puede, pues, ser engañada durante mucho tiempo; al menor accidente despierta con una energía que se asemeja a la locura. No, yo no he amado, pero he tenido sed en medio del desierto.

—¡Del desierto! —dijo ella con amargura, señalando el valle—. ¡Y cómo razona —añadió— y cuántas sutiles distinciones! Los fieles no tienen tanto ingenio.

—Enriqueta —dije—, no riñamos por algunas expresiones aventuradas. No, mi alma no ha vacilado, pero no he sido dueño de mis sentidos. Esa mujer no ignora que tú eres la única amada. Ella desempeña un papel secundario en mi vida, lo sabe, y se resigna a que así sea; tengo el derecho de abandonarla, como se abandona una cortesana…

—¿Y luego…?

—Me ha dicho que se suicidaría —respondí, creyendo que esa solución sorprendería a Enriqueta.

Pero, al oirme, dejó escapar una de esas desdeñosas sonrisas más expresivas aún que los pensamientos que traducen.

—Mi querida conciencia —proseguí—, si tuvieses en cuenta mis resistencias y las seducciones que conspiraban mi pérdida, concebirías esa fatal…

—¡Sí! ¡Sí, fatal! —dijo—. ¡He creído demasiado en vos! He creído que no os faltaría la virtud que practica el sacerdote y… que posee el señor de Mortsauf —añadió prestando a su voz la mordacidad del epigrama—. Todo ha acabado —prosiguió tras una pausa—. Os debo mucho, amigo mío: habéis extinguido en mí las llamas de la vida corporal. Lo más difícil del camino está recorrido, la edad avanza, héme ya doliente y pronto enfermaré; no podría ser para vos la brillante hada que os derrama una lluvia de favores. Sed fiel a lady Arabella. ¿Para quien será Magdalena, a la que tan bien educaba para vos? ¡Pobre Magdalena, pobre Magdalena! —repitió como un doloroso estribillo—. ¡Si la hubieseis oído diciéndome: «Madre mía, no eres amable con Félix»! ¡Querida criatura!

Me miró bajo los tibios rayos del sol poniente que se filtraban a través del follaje, y, embargada no sé por qué compasión por nuestros despojos, se volvió a sumir en nuestro pasado tan puro, abandonándose a contemplaciones que fueron mutuas. Recuperamos nuestros recuerdos, yendo nuestros ojos del valle al cercado y de las ventanas de Clochegourde a Frapesle, poblando este ensueño de nuestros embalsamados ramilletes, de los romances de nuestros deseos. Fue su última voluptuosidad, saboreada con el candor del alma cristiana. Esta escena, tan grande para nosotros, nos había lanzado a una misma melancolía. Ella creyó en mis palabras y se vio donde yo la situaba, en los cielos.

—Amigo mío —me dijo—, obedezco a Dios, pues su dedo está en todo esto.

No conocí hasta más tarde la profundidad de aquellas palabras. Subimos lentamente por las terrazas. Ella tomó mi brazo y se apoyó en él resignada, manando sangre, pero habiendo puesto un vendaje a sus heridas.

—La vida humana es así —me dijo—. ¿Qué ha hecho el señor de Mortsauf para merecer su suerte? Eso nos demuestra la existencia de un mundo mejor. ¡Ay de aquellos que se quejaran de haber ido por el buen camino!

Se puso entonces a evaluar tan bien la vida, a considerarla tan profundamente bajo sus diferentes aspectos, que sus fríos cálculos me revelaron el disgusto que la había prendido por todas las cosas de aquí abajo. Al llegar a la escalinata, se desprendió de mi brazo y dijo esta última frase:

—Si Dios nos ha dado el sentimiento y el gusto de la felicidad, ¿no debe tomar a su cargo a las almas inocentes que no han encontrado sino aflicciones a su paso por la tierra? Así ha de ser, o Dios no existe, o nuestra vida sería una broma muy pesada.

Terminando de decir estas palabras, entró bruscamente y la encontré sobre su canapé, tendida como si hubiese sido fulminada por la voz que derribó a San Pablo.

—¿Qué os sucede? —la pregunté.

—¡No sé ya lo que es la virtud —respondió— y no tengo conciencia de la mía!

Quedamos ambos petrificados, escuchando el son de estas palabras, como el de una piedra lanzada a un abismo.

—¡Si yo me he engañado en mi vida, ella tiene razón, ella! —añadió la señora de Mortsauf.

Así, su último combate siguió a su postrer deleite. Cuando llegó el conde, ella se quejó, cosa que nunca hacía; yo la insté a que me precisara sus sufrimientos, pero se negó a la explicación y se marchó a acostarse, dejándome preso de remordimientos que nacían unos de otros. Magdalena acompañó a su madre; y, al día siguiente, supe por ella que la condesa había tenido vómitos, causados —dijo ella— por las violentas emociones de aquella jornada. Así, yo, que deseaba dar mi vida por ella, la mataba.

—Querido conde —dije al señor de Mortsauf, quien me obligó a jugar al chaquete—, creo que la condesa está seriamente enferma; todavía es tiempo de salvarla: llamad a Origet y suplicadla que siga sus prescripciones…

—¿Origet, que me ha matado? —replicó él, interrumpiéndome—. No, no; consultaré a Carbonneau.

Durante aquella semana, y sobre todo los primeros días, todo me fue sufrimiento, comienzo de parálisis del corazón, herida en la vanidad y herida en el alma. Es preciso haber sido el centro de todo, de las miradas y de los suspiros, el principio de la vida, el hogar del que todos extraían su luz, para conocer el horror del vacío. Las mismas cosas estaban allí, pero el espíritu que las vivificaba se había extinguido como una llama soplada. He comprendido la espantosa necesidad de los amantes de no volver a verse más cuando ha volado el amor. ¡No ser ya más nada, allá donde se ha reinado! ¡Hallar la silenciosa frialdad de la muerte donde destelleaban los alegres rayos de la vida! Las comparaciones abruman… Pronto llegué a echar de menos la dolorosa ignorancia de toda felicidad, que había ensombrecido mi juventud. Y mi desespero se hizo tan profundo, que la condesa se sintió, creo, conmovida. Un día, tras la cena, mientras que nos paseábamos todos por la orilla del río, hice un último esfuerzo para obtener mi perdón. Pedí a Santiago que llevase delante a su hermana, dejé al conde andar solo, y, conduciendo a la señora de Mortsauf hacia la barca la dije:

—¡Enriqueta, una palabra de gracia o me arrojo al Indre! He faltado, sí, es verdad; ¿pero no he imitado al perro en su sublime fidelidad? Como él, vuelvo, como él lleno de vergüenza; si él hace mal, es castigado, pero adora la mano que le pega; destrozadme si queréis, pero devolvedme vuestro corazón…

—¡Pobre niño! —respondió ella—. ¿No seguís siendo siempre mi hijo?

Tomó mi brazo y alcanzó silenciosamente a Santiago y Magdalena, con los cuales volvió a Clochegourde por los cercados, dejándome con el conde, quien se puso a hablar de política a propósito de sus vecinos.

—Entremos —le dije—. Tenéis descubierta la cabeza y el rocío del atardecer podría perjudicaros.

—¡Vos sí que me compadecéis, vos, mi querido Félix! —me respondió, equivocándose sobre mis intenciones—. Mi mujer no ha querido nunca consolarme, acaso por sistema.

Jamás me habría dejado la condesa solo con su marido, ahora, me veía obligado a buscar pretextos para reunirme con ella. Estaba con sus hijos, entretenida explicándole las reglas del chaquete a Santiago.

—Ya véis —dijo el conde, siempre celoso del cariño que ella destinaba a sus dos hijos—, ahí están por quienes me encuentro constantemente abandonado. Los maridos, mi querido Félix, están siempre por debajo; la mujer más virtuosa halla aún el medio de satisfacer su necesidad, de robar el cariño conyugal.

Ella continuó acariciando a sus hijos, sin responder.

—¡Santiago —dijo él—, ven aquí!

Santiago pareció remiso.

—Anda, hijo mío, que tu padre te llama —dijo la madre, empujándole.

—Me quieren porque se lo ordenan —prosiguió el viejo, que a veces veía su situación.

—Señor —respondió ella, pasando varias veces su mano por el cabello de Magdalena, quien llevaba un peinado a la Inmaculada de Rafael—, no seáis injusto con las pobres mujeres; la vida no les resulta siempre fácilmente llevadera y puede que los hijos sean las virtudes de una madre.

—Querida —respondió el conde, pretendiendo ser lógico—, lo que dices significa que, sin sus hijos, las mujeres carecerían de virtud y plantarían a sus maridos.

La condesa se levantó bruscamente y llevó a Magdalena al descansillo de la escalinata.

—Este es‘ el matrimonio, querido —me dijo el conde—. ¿Pretendes decir, al salir así, que disparato? —clamó, tomando a su hijo por la mano y llevándolo donde estaba su mujer, sobre quien lanzó furiosas miradas.

—Por el contrario, me has asustado. Tu reflexión me ha hecho un mal tremendo —dijo con voz opaca, lanzándome una mirada de criminal—. Si la virtud no consiste en sacrificarse por sus hijos y por su marido, ¿qué es, pues, la virtud?

—¡Sa-cri-fi-car-se! —barbotó el conde, haciendo de cada sílaba un martillazo sobre el corazón de la víctima—. ¿Qué es lo que sacrificas por tus hijos? ¿Y por mí? ¿Quién? ¿Qué? ¡Responde! ¿Responderás? ¿Qué es, pues, lo que pasa aquí? ¿Qué querías decir?

—Mira —respondió ella—, ¿estarías satisfecho con saberte amado por el amor de Dios, o en saber a tu mujer virtuosa por ella misma?

—La señora tiene razón —dije yo, tomando la palabra con emocionada voz que vibró en aquellos dos corazones, y en la que lanzaba yo mis esperanzas para siempre perdidas y que calmaba por la más elevada expresión de todos los dolores, cuyo sordo grito apagó aquella querella como cuando el león ruge, todo se calla—. Sí, el más hermoso privilegio que nos ha concedido la razón, es poder transferir nuestras virtudes a los seres cuya felicidad es obra nuestra y a los que no hacemos dichosos ni por cálculo, ni por deber, sino por un inagotable y voluntario afecto.

Una lágrima brilló en los ojos de Enriqueta.

—Y, querido conde, si por casualidad una mujer estuviera involuntariamente sometida a algún sentimiento ajeno a los que la sociedad le impone, confesad que cuanto más irresistible fuese ese sentimiento, tanto más virtuosa sería, sacrificándose a sus hijos y a su marido. Por lo demás, esta teoría no es aplicable ni a mí, que desgraciadamente ofrezco un ejemplo de lo contrario, ni a vos, que nunca os concernirá.

Una mano a la vez húmeda y ardiente se posó sobre la mía, apoyándose silenciosamente.

—Sois un alma hermosa, Félix —dijo el conde, que rodeó no sin gracia el talle de su mujer y la atrajo suavemente a sí, para decirla—: Perdona, querida, a un pobre enfermo que sin duda quisiera ser amado más de lo que se merece.

—Hay corazones que son todo generosidad —respondió ella, apoyando su cabeza sobre el hombro del conde, quien tomó la frase por él.

Este error causó no sé qué escalofrío a la condesa; se le cayó la peineta y se soltaron sus cabellos. Palideció. Su marido, que la sostenía, lanzó una especie de rugido, sintiéndola desfallecer, la tomó en brazos como si fuese su hija y la llevó sobre el canapé del salón, donde todos la rodeamos. Enriqueta mantuvo mi mano en la suya, como para decirme que sólo nosotros sabíamos el secreto de aquella escena tan simple en apariencia y tan espantosa por las desgarraduras de su alma.

—No he tenido razón —me dijo ella en voz baja en un momento en que el conde nos dejó solos para pedir agua de azahar—, he obrado mil veces mal hacia vos, haciéndoos desesperar cuando debiera haberos recibido del mejor modo. Querido, tenéis una bondad que únicamente yo puedo apreciar. Sí, ya lo sé, hay bondades inspiradas por la pasión. Los hombres tienen diversas maneras de ser buenos: lo son por desdén, por arrebato, por cálculo, por indolencia de carácter; pero vos, amigo mío, vos acabáis de ser de una bondad absoluta.

—Si así es —respondí—, sabed que todo cuanto puedo tener de más grande en mi, viene de vos. ¿Habéis olvidado que soy vuestra obra?

—Esas palabras bastan a la felicidad de una mujer —respondió ella, en el momento en que el conde volvía—…Ya me encuentro mejor —añadió levantándose—. Me falta aire.

Descendimos todos a la terraza, embalsamada por las acacias todavía en flor. Ella había tomado mi brazo derecho y lo estrechaba contra su corazón, traduciendo así dolorosos pensamientos; pero eran, según su expresión, de esos dolores que amaba. Quería sin duda estar sola conmigo; pero su imaginación, torpe para las añagazas de mujer, no la sugería ningún medio de enviar a otra parte a sus hijos y a su marido; hablamos, pues, de cosas indiferentes, mientras ella se devanaba los sesos buscando procurarse un momento para volcar su corazón en el mío.

—Hace mucho tiempo que no he paseado en coche —dijo por fin, contemplando la belleza del atardecer—. Te agradeceré —dijo a su marido— que des las oportunas órdenes para que pueda dar una vuelta.

Sabía ella que antes de las oraciones sería imposible toda explicación y temía que el conde no quisiera jugar una partida de chaquete. Ella podía, desde luego, encontrarse conmigo en aquella tibia terraza embalsamada, después de haberse acostado su marido; pero temía acaso permanecer bajo aquellas umbrías a través de las cuales pasaban voluptuosos resplandores y pasearse a lo largo de la balaustrada, desde donde nuestros ojos abarcaban el curso del Indre por la pradera. Lo mismo que una catedral de sombrías y silenciosas bóvedas aconseja la oración, así los follajes iluminados por la luna, perfumados de penetrantes aromas y animados por los sordos rumores de la primavera, remueven las fibras y debilitan la voluntad. El campo, que calma las pasiones de los viejos, excita la de los corazones jóvenes; nosotros lo sabíamos…

Dos campanadas anunciaron la hora de la plegaria vespertina y la condesa se estremeció.

—¿Qué tenéis, mi querida Enriqueta?

—Ya no existe Enriqueta —respondió ella—. No la hagáis renacer. Ella era exigente, caprichosa; ahora tenéis una amiga apacible, cuya virtud acaba de ser reforzada por palabras que el cielo os ha dictado. Hablaremos de todo esto más tarde. Seamos puntuales a la plegaria. Hoy me toca a mí decirla.

Cuando la condesa pronunció las palabras pidiendo a Dios su auxilio contra las adversidades de la vida, puso en ellas un acento que no sólo a mí me impresionó; parecía haber empleado aquella su segunda vista para vislumbrar la terrible emoción a que debía someterla una desgracia causada por el olvido de mis acuerdos con Arabella.

—Tenemos tiempo de hacer tres juegos antes de que estén enganchados los caballos —dijo el conde, conduciéndome al salón—. Vos iréis a pasearos con mi mujer; yo me acostaré.

Como todas nuestras partidas, ésta fue tormentosa. Desde su habitación, o desde la de Magdalena, la condesa pudo oír la voz de su marido.

—Abusas extrañamente de la hospitalidad —dijo ella, al volver al salón.

La miré con aire asombrado, pues no me acostumbraba a sus durezas; antes se habría a buen seguro guardado bien de sustraerme a la tiranía del conde; en otros tiempos gustaba de verme compartir sus sufrimientos, soportándolos con paciencia por su amor.

—Daría mi vida —la dije al oído— por oiros murmurar aún: ¡Pobre querido, pobre querido!

Ella bajó los ojos, acordándose de la hora a la que yo aludía; su mirada se deslizó sobre mí, pero disimuladamente, y expresó la alegría de la mujer que ve preferidos los más fugaces acentos de su corazón a las profundas delicias de otro amor. Entonces, como todas las veces que

sufría yo semejante injuria, la perdoné sintiéndome comprendido. El conde perdía y dijo estar fatigado, como excusa para abandonar la partida, y nosotros fuimos a pasearnos en torno al parterre de césped, en espera del coche; en cuanto el conde se alejó, la satisfacción invadió tan vivamente en mi rostro, que la condesa me interrogó con una mirada curiosa y sorprendida:

—Enriqueta existe —le dije— y sigo siendo amado; vos

me herís con la evidente intención de destrozarme el corazón; ¡todavía puedo ser feliz!

—No quedaba más que un jirón de la mujer —dijo ella con espanto— y vos os lo lleváis en este momento. ¡Bendito sea Dios que me da el valor de soportar mi merecido martirio! Sí, os amo aún demasiado, iba a flaquear y la inglesa me ilumina el abismo.

En este momento subimos al carruaje y el cochero pidió órdenes.

—Ve por el camino de Chinon, por la avenida, y nos traerás por las landas de Carlomagno y el camino de Saché.

—¿Qué día es hoy? —pregunté con demasiada vivacidad.

—Sábado.

—No vayáis por ahí, señora —apunté—. El sábado por la tarde, el camino está lleno de mercachifles que van a Tours y nos encontraríamos con sus carretas.

—Haz lo que te digo —replicó ella, mirando al cochero.

Nos conocíamos mutuamente demasiado las inflexiones de la voz, por infinitas que fuesen, para ocultarnos la menor de nuestras emociones. Enriqueta lo había comprendido todo.

No habéis pensado en los mercanchifles escogiendo esta noche —dijo con ligero todo de ironía—. Lady Dudley está en Tours. No mintáis, ella os espera cerca de aquí. ¿Qué día es hoy? ¡Los mercachifles! ¡Las carretas! —prosiguió—. ¿Habéis dicho alguna vez semejantes observaciones cuando salíamos antes?

—Ellas prueban que en Clochegourde lo olvido todo —respondí simplemente.

—¿Os espera? —preguntó.

—Sí.

—¿A qué hora?

—Entre las once y medianoche.

—¿Dónde?

—En las landas.

—No me engañéis, ¿no es bajo el nogal?

—En las landas.

—Iremos —dijo— y la veré.

Al oír estas palabras, consideré mi vida como definitivamente detenida. En aquel momento resolví acabar mediante mi boda con lady Dudley la dolorosa lucha que amenazaba con agotar mi sensibilidad, robándome con tantos choques repetidos esas voluptuosas delicadezas que se asemejan a la flor de los frutos. Mi esquivo silencio ofendió a la condesa, cuya cabal grandeza me era desconocida.

No os irritéis contra mí —dijo con una áurea voz—. Esto, querido, es mi castigo. Jamás seréis amado como lo sois aquí añadió, posando la mano sobre su corazón—. ¿No os lo he declarado? La marquesa Dudley me ha salvado. Para ella las máculas; no se las envidio. ¡Para mí el glorioso amor de los ángeles! He recorrido campos inmensos desde vuestra llegada. He juzgado la vida. Elevad el alma y la desgarráis; cuanto más arriba váis, menos simpatía encontraréis: en vez de sufrir en el valle, padecéis en el aire como el águila que planea llevando en el corazón una flecha disparada por algún zafio pastor. Comprendo hoy que el cielo y la tierra son incompatibles. Sí, para quien quiere vivir en la zona celeste, sólo Dios es posible. Nuestra alma debe entonces hallarse despegada de todas las cosas terrestres. Es preciso amar a los amigos como se quiere a los hijos, por ellos y no por sí mismos. El yo causa las desgracias y los pesares. Mi corazón irá más arriba que el águila; allá está un amor que no me engañará. En cuanto a vivir de la vida terrena, ella nos rebaja demasiado, haciendo que el egoísmo de los sentidos domine la espiritualidad del ángel que hay en nosotros. Los goces que procura la pasión son horriblemente tormentosos, pagados por enervantes inquietudes, que destrozan los resortes del alma. Yo he venido a la orilla del mar donde se agitan esas tempestades y las he visto demasiado cerca; a menudo me han envuelto con sus nubes, la ola no se ha roto siempre a mis pies, y he sentido su rudo abrazo que enfría el corazón; debo retirarme a las alturas o perecería al borde de esa mar inmensa. Veo en vos, como en todos los que me han afligido, los guardianes de mi virtud. Mi vida ha estado mezclada de angustias, por fortuna proporcionadas a mis fuerzas, y se ha mantenido así pura de las malas pasiones, sin reposo seductor y siempre presta a Dios. Nuestro afecto fue la tentativa insensata, el esfuerzo de dos cándidas criaturas intentando satisfacer a sus corazones, a los hombres y a Dios… ¡Locura, Félix!… ¡Ah! —dijo tras una pausa—, ¿cómo os llama esa mujer?

—Amadeo —respondí—. Félix es un ser aparte, que no

pertenecerá nunca sino a vos.

—Enriqueta muere con pena —dijo ella, dejando escapar una compasiva sonrisa—. Pero —prosiguió— perecerá en el primer esfuerzo de la cristiandad humilde, de la madre orgullosa, de la mujer de virtudes vacilantes ayer y reforzadas hoy. ¿Qué puedo deciros? Pues bien, sí, mi vida se halla conforme a sí misma no solamente en circunstancias transcendentales, sino también en las pequeñas. El corazón donde debía yo prender las primeras raíces de la ternura, el corazón de mi madre se ha cerrado para mi, a pesar de mi persistencia en hallar en él un pliegue donde pudiera deslizarme. Yo era mujer, venía después de tres varones muertos e intentaba vanamente ocupar su puesto en el cariño de mis padres: yo no curaba la llaga causada al orgullo de la familia. Cuando, tras esa sombría infancia, conocí a mi adorable tía, la muerte me la arrebato muy pronto. El señor de Mortsauf, a quien me he dedicado, me ha golpeado constantemente, sin cesar, sin saberlo, pobre hombre… Su amor tiene el cándido egoísmo del que nos destinan nuestros hijos. No está en el secreto de los males que me causa, por lo que siempre será perdonado… Mis hijos, esos queridos pequeños que tan adheridos están a mi carne por todos sus dolores, a mi alma por todas sus cualidades y a mi naturaleza por sus inocentes alegrías, ¿no me han sido acaso dados para mostrar cuanta fuerza y paciencia se encuentran en el seno de las madres. ¡Oh, si, mis hijos son mis virtudes! Vos sabéis cuan flagelada soy por ellos, a su pesar. Convertirse en madre, fue para adquirir el derecho de sufrir siempre. Cuando Agar ha clamado en el desierto, un ángel ha hecho brotar para esta esclava pura demasiado amada un límpido manantial; pero a mi, cuando esa clara fuente a la cual (¿os acordáis?) queríais guiarme, ha venido a fluir en torno a Clochegourde no me ha vertido sino aguas amargas. Sí, vos me habéis infligido inauditos sufrimientos. Dios perdonará sin duda a quien no ha conocido el cariño sino por el dolor. Pero, si las más agudas penas que he experimentado me han sido impuestas por vos, acaso las haya merecido. Dios no es injusto. ¡Ah, sí, Félix, un beso furtivamente depositado en una frente encierra acaso algo delictivo! Tal vez se deba expiar duramente los pasos que se han dado delante de los hijos y del mando, al pasearse al atardecer a fin de estar sola con recuerdos y pensamientos que no les pertenecían… y al andar así, el alma estaba desposada con otro… Cuando el ser interior se recoge y reduce para no ocupar sino el lugar que se ofrece a los abrazos, acaso éste sea el peor de los crímenes. Cuando una mujer se inclina para recibir en el cabello el beso de su marido, a fin de crearse un frente neutro, hay delito… Lo hay en forjarse un futuro apoyándose sobre la muerte, en imaginarse una maternidad sin alarmas en el porvenir, hermosos hijos jugando al atardecer con un padre adorado de toda su familia, y bajo los enternecidos ojos de una madre feliz. ¡Sí, yo he pecado he pecado mucho! He hallado gusto a las penitencias inflingidas por la Iglesia y que no redimían en absoluto lo bastante esas faltas para las que sin duda fue el sacerdote demasiado indulgente. Dios, no cabe duda, ha castigado todos esos errores, encargando su venganza a aquel por quien fueron cometidos. ¿No era prometerme el entregar mis cabellos? ¿Por qué me placía en ponerme un vestido blanco? ¡Ay, he querido menos a mis hijos, pues todo carino vivo está tomado en los debidos afectos! Ya lo véis bien, Félix, todo sufrimiento tiene su significado. Golpead, golpead más fuerte de lo que lo han hecho el señor de Montsauf y mis hijos. Esta mujer es un instrumento de la cólera de Dios, voy a abordarla sin odio, le sonreiré; so pena de no ser cristiana, esposa y madre, debo amarla. Si, como vos decís, he podido contribuir a perseverar vuestro corazón del contacto que lo hubiese desflorado, esa inglesa podría odiarme. Una mujer debe amar a la madre de quien ama, y yo soy vuestra madre. ¿Qué he pretendido en vuestro corazón? El lugar dejado vacío por la señora de Vandenesse. ¡Oh, sí, vos os habéis quejado siempre de mi frialdad! Bueno, pero es que yo no soy sino vuestra madre. Perdonadme las involuntarias durezas que os he dicho a vuestra llegada, pues una madre debe regocijarse sabiendo a su hijo tan bien amado.

Apoyó su cabeza en mi pecho, repitiendo:

—¡Perdón! ¡Perdón!

Oí entonces acentos desconocidos. No era ni su voz de doncella y sus notas jubilosas, ni su voz de mujer y sus terminaciones despóticas, ni los suspiros de la madre dolorida; era una voz desgarradora, nueva, para nuevos dolores.

—En cuanto a vos, Félix —prosiguió animándose—, sois el amigo al que no se sabría hacer mal. ¡Ah, vos no habéis perdido nada en mi corazón, no os reprochéis nada, no tengáis el más ligero remordimiento! ¿No era el colmo del egoísmo pediros que sacrificarais a un porvenir imposible los más inmensos placeres, ya que para saborearlos abandona una mujer a sus hijos, abdica su rango y renuncia a la eternidad? ¡Cuántas veces no os he hallado superior a mí! ¡Vos erais grande y noble; yo, pequeña y criminal! Ea, ya está dicho, yo no puedo ser para vos más que un resplandor elevado, destellante y frío, pero inalterable. Unicamente, Félix, haced que no sea yo sola en amar al hermano que he escogido. ¡Amadme tiernamente, Félix! El amor de una hermana no tiene un mal mañana, ni momentos difíciles. Vos no tendréis necesidad de mentir a esta alma indulgente que vivirá por vuestra vida hermosa, que no dejará nunca de afligirse por vuestros dolores, que se alegrará con vuestras alegrías, querrá a las mujeres que os hagan feliz y se indignará por las traiciones. Yo no he tenido el hermano a quien amar de este modo. Sed lo bastante grande para despojaros de todo amor propio, para resolver nuestro afecto, hasta ahora tan dudoso y lleno de tormentas, por ese dulce y santo cariño. Yo puedo aún vivir así. Seré la primera en comenzar, estrechando la mano de lady Dudley.

¡Ella no lloraba al pronunciar estas palabras, henchidas de amarga ciencia, y por las cuales, arrancando el último velo que me ocultaba su alma y sus dolores, mostraba los innumerables lazos que la habían unido a mí, y las fuertes cadenas que yo había cortado! Estábamos en un delirio tal, que no nos dábamos cuenta de la lluvia que caía a torrentes.

—¿No desea la señora condesa entrar aquí un momento? —dijo el cochero, señalando el principal albergue de Bailan.

Hizo un gesto de asentimiento, y nos quedamos cosa de media hora bajo el soportal, con gran asombro de las gentes del mesón, que se preguntaban a qué sería debido que la señora de Mortsauf anduviese a las once de la noche por los caminos. ¿Iba a Tours? ¿Volvía de allí? Cuando cesó la tormenta y la lluvia se convirtió en lo que se llama en Tours un bodrio, que no impedía iluminar a la luna, las brumas superiores rápidamente arrastradas por el viento elevado, salió el cochero y volvió sobre sus pasos, con gran alegría de mi parte.

—Sigue mi orden —le dijo suavemente la condesa.

Tomamos, pues, camino de las landas de Carlomagno, donde volvió a llover. Hacia la mitad de las mismas oí los ladridos del perro favorito de Arabella; un caballo se abalanzó de pronto bajo un boscaje de robles, franqueó de un brinco el camino, saltó la zanja excavada por los propietarios para distinguir sus respectivos terrenos en los baldíos que se creía susceptibles de cultivo, y lady Dudley fue a situarse en la landa para ver pasar la calesa.

—¡Qué placer esperar así a su niño cuando se puede hacerlo sin delinquir! —dijo Enriqueta.

Los ladridos del perro habían mostrado a lady Dudley que yo estaba en el coche; creyó sin duda que iba a buscarla de este modo a causa del mal tiempo; cuando llegamos al paraje en el que estaba la marquesa, voló al borde del camino con la singular destreza de jinete, y de la que Enriqueta se maravilló como de un prodigio. Por gachonería, Arabella no decía sino la última sílaba de mi nombre de Amadeo, por el que me conocía, promurciándola a la inglesa, especie de llamada que en sus labios tenía un encanto digno de un hada. Ella sabía que no había de ser entendida sino por mí llamando:

¡My Dee!.

—Es él, señora —respondió la condesa, contemplando bajo un rayo de luna a la fantástica criatura cuyo impaciente rostro estaba singularmente adornado por bucles largos y desrizados.

Ya sabéis con qué rapidez se examinan dos mujeres. La inglesa reconoció a su rival y se mostró gloriosamente inglesa; nos envolvió con una mirada plena de su desprecio británico, y desapareció en la maleza con la rapidez de una flecha.

—¡Rápido a Clochegourde! —ordenó la condesa, para quien aquella arisca ojeada había sido como un hachazo en el corazón.

El cochero volvió para tomar el camino de Chinon, que era mejor que el de Saché. Cuando la calesa costeó de nuevo las landas, oímos el furioso galopar del caballo de Arabella y los pasos de su perro. Los tres rasaban los bosques, al otro lado del matorral.

—Se va; la perdéis para siempre —me dijo Enriqueta.

—¡Pues bien, que se vaya! No sentiré ningún pesar.

—¡Oh las pobres mujeres! —exclamó la condesa, expresando un compasivo horror—. ¿Pero dónde se va?

—A la Grenadiere, una casita situada cerca de Saint-Cyr —dije.

—Se va sola —añadió Enriqueta, con un tono que me demostró que las mujeres se creen solidarias en amor y no se abandonan nunca.

En el momento en que entrábamos en la avenida de Clochegourde, el perro de Arabella ladró de manera jubilosa, corriendo ante la calesa.

—¡Ella se nos ha adelantado! —exclamó la condesa. Tras una pausa prosiguió—. No he visto nunca mujer más bella. ¡Qué manos y qué talle! Su tez supera al lirio, y sus ojos tienen el destello del diamante… Pero monta demasiado bien a caballo, debe gustarle desplegar su fuerza, la creo activa y violenta y luego me parece que se pone un poco audazmente por encima de las conveniencias: la mujer que no reconoce leyes está bien cerca de no escuchar sino sus caprichos. Quienes gustan tanto de brillar, de moverse, no ha recibido el don de la constancia. Según mis ideas, el amor quiere más tranquilidad: yo me lo he figurado como un lago inmenso cuyo fondo no alcanza la sonda, donde las tempestades pueden ser violentas, pero raras y contenidas en límites infranqueables; donde dos seres viven en una isla florida, lejos del mundo, cuyo lujo y estrépito les ofenderían. Pero el amor debe tener el sello de los caracteres; acaso me equivoque. Si los principios de la naturaleza se pliegan a las formas deseadas por los climas, ¿no sería lo mismo con los sentimientos en los individuos? Sin duda los sentimientos, que se adhieren a la ley general por la masa, no contrastan únicamente en la expresión. Cada alma tiene su manera. La marquesa es la mujer fuerte que franquea las distancias y actúa con la potencia del hombre; que libertaría a su amante en cautiverio, mataría carceleros, guardianes y verdugos; mientras que ciertas criaturas no saben amar sino con toda su alma; en el peligro, se arrodillan, rezan y mueren. ¿Cuál de estas dos mujeres es la que más os gusta? Esa es toda la cuestión. ¡Mas sí, la marquesa os ama, os ha sacrificado tanto! ¡Acaso sea ella quien os ame siempre, cuando vos no la améis ya más!

—Permitidme, querido ángel, que repita lo que un día me dijisteis: ¿cómo sabéis esas cosas?

—Los dolores enseñan mucho, y he sufrido en tantas cosas, que mi saber es vasto.

Mi criado había oído dar la orden, creyó que volveríamos por las terrazas, y tenía a mi caballo dispuesto en la avenida: el perro de Arabella lo había olido; y su ama, guiada por una curiosidad muy legítima, había seguido al can a través de los boscajes, donde sin duda estaba oculta.

—Id a hacer las paces —me dijo Enriqueta, sonriendo y sin revelar melancolía—. Decidla cuánto se ha engañado sobre mis intenciones; yo quisiera revelarla todo el precio del tesoro que le ha tocado; mi corazón no encierra sino buenos sentimientos para ella, y no tiene sobre todo ni cólera ni desprecio; explicadle que soy su hermana, y no su rival.

—¡No iré! —exclamé.

—¿No habéis experimentado jamás —dijo ella con el destellante orgullo de los mártires— que ciertos miramientos llegan hasta el insulto? ¡Id, id!

Corrí entonces hasta lady Dudley para saber en qué disposición estaba.

—¡Si pudiera enfadarse y abandonarme! —pensé—. Entonces volvería a Clochegourde.

El perro me condujo bajo un roble, de donde la marquesa se abalanzó gritándome:

¡Away! ¡Away! .

Todo cuanto pude hacer fue seguirla hasta Saint-Cyr, donde llegamos a medianoche.

—La salud de esa dama es perfecta —me dijo Arabella cuando descendió de su caballo.

Sólo quienes la han conocido pueden imaginar todos los sarcasmos que contenía tal observación secamente lanzada, con aire que quería decir: «¡Yo, habría muerto!»

—Te prohíbo que aventures una sola de tus chanzas de triple dardo sobre la señora de Mortsauf —le respondí.

—¿Sería desplacer a vuestra gracia el observar la perfecta salud que goza un ser caro a vuestro precioso corazón? Las mujeres francesas odian, según se dice, incluso al perro de sus amantes; en Inglaterra, nosotras amamos todo cuanto nuestros soberanos señores aman, y odiamos todo lo que odian, porque vivimos en la piel de nuestros señores. Permitidme, pues, amar a esa dama tanto como la amáis vos mismo. Solamente, querido niño —dijo enlazándome con sus brazos humedecidos por la lluvia—, que si me traicionaras, yo no estaría ni en pie ni acostada, ni en una calesa flanqueada de lacayo, ni paseándome por las landas de Carlomagno ni por ninguna de las que haya en país alguno del mundo, ni en mi lecho, ni bajo el techo de mis padres… Ya no estaría más. He nacido en el Lancashire, país donde las mujeres mueren de amor. ¡Conocerte y ceder! No te cederé a potencia alguna, ni siquiera a la muerte, ya que me iré contigo.

Me condujo a su habitación, donde ya la comodidad había desplegado sus goces.

—Amala, querida —la dije con calor—. Ella te quiere, no burlonamente, sino con sinceridad.

—¿Sinceramente, chiquillo? —replicó desabrochando su amazona.

Por vanidad de amante, quise revelar la sublimidad del carácter de Enriqueta a aquella orgullosa criatura. Mientras que la camarera, que no sabía una palabra de francés, la peinaba, yo intenté pintar a la señora de Mortsauf bosquejando su vida, y repetí los grandes pensamientos que le había sugerido la crisis en la que todas las mujeres se tornan pequeñas y malvadas. Aunque Arabella no pareció prestarme la menor atención, no perdió ninguna de mis palabras.

—Estoy encantada —dijo al quedarnos solos— en conocer tu gusto por esa especie de conversaciones cristianas; hay en una de mis posesiones un vicario que es entendido como nadie en componer sermones; hasta tal punto su prosa se adapta al auditorio que incluso los campesinos le comprenden. Escribiré mañana a mi padre que envíe a ese buen hombre por barco, y lo encontrarás en París; una vez que le hayas escuchado, no querrás oír a ningún otro, tanto más que asimismo disfruta de una salud perfecta; su moral no te causará esas sacudidas que hacen llorar; fluye sin tempestades, como un claro manantial, y procura un delicioso sueño. Todas las noches, si te agrada, los sermones satisfarán tu pasión mientras digieres la cena. La moral inglesa, querido niño, es tan superior a la de Turena, como nuestra cuchillería, nuestra platería y nuestros caballos lo son a vuestros cuchillos y a vuestras bestias. ¡Hazme el favor de escuchar a mi vicario, prométemelo! Yo no soy sino mujer, amor mío, yo sé querer, yo puedo morir por ti, si lo deseas; pero no he estudiado en Eton, ni en Oxford, ni en Edimburgo; no soy ni doctor ni reverendo; no sabría, pues, aderezarte moral, soy absolutamente incapaz de ello, sería de lo más torpe si lo intentara. Yo no te reprocho tus gustos; aunque tuvieses más depravados que ése, intentaría conformarme a ellos; pues yo quiero que encuentres a mi lado todo lo que gustas, placeres de amor, placeres de mesa, placeres de iglesia, buenos caldos de cepa y virtudes cristianas. ¿Quieres que me ponga un cilicio esta noche? ¡Cuán feliz es esa mujer por poderte servir moral! ¿En qué universidad se gradúan las mujeres francesas? ¡Pobre de mí, yo no puedo sino darme, yo no soy sino tu esclava…!

—Entonces, ¿por qué te has escapado cuando quería veros juntas?

—¿Estás loco, my Dee? Yo iría de París a Roma disfrazada de lacayo, haría por ti las cosas más irrazonables; ¿pero cómo puedo hablar en un camino a una mujer que no me ha sido presentada y que comenzaría a lanzarme un sermón? Hablaré a campesinos, pediré a un obrero que comparta su pan conmigo, si tengo hambre, le daré algunas guineas, y todo será apropiado; ¡pero detener una calesa, como lo hacen los caballeros salteadores en Inglaterra… ese no es mi código! Tú sólo sabes amar, pobre niño… ¿no sabes acaso vivir? ¡Además, yo no te me parezco aún completamente, ángel mío! A mí no me gusta la moral. Pero por complacerte soy capaz de los mayores esfuerzos. ¡Ea, cállate, que me emplearé a ello! Intentaré convertirme en predicadora. Después de mí, Jeremías no será más que un bufón. No permitiré ya más caricias sin intercalar en ellas versículos de la Biblia.

Empleó su poder y abusó en cuanto vio en mi mirada aquella ardiente expresión que en ella se reflejaba en cuanto comenzaban sus hechicerías. Triunfó de todo, y puse complacientemente por encima de las delicadezas católicas, la grandeza de la mujer que se pierde, que renuncia al futuro y convierte toda su virtud en amor.

—¿Así, pues, ella se ama a sí misma más que a ti? —me dijo—. ¿Prefiere, pues, algo que no eres tú? ¿Cómo atribuir a lo que es de nosotros otra importancia que aquella con la que la honráis? Ninguna mujer, por muy gran moralista que sea, puede ser igual a un hombre. Marchad sobre nosotros, matadnos, no entorpezcáis nunca vuestra existencia por nosotras. A nosotras nos toca morir, a vosotros vivir grandes y altivos. De vosotros a nosotras, el puñal; de nosotras a vosotros, el amor y el perdón. ¿Se inquieta acaso el sol por los mosquitos que están en sus rayos y que viven de él? Se quedan allí tanto como pueden, y cuando desaparece, mueren…

—O vuelan —dije interrumpiéndola.

—O vuelan —prosiguió, con una indiferencia que hubiese incitado al hombre más determinado a emplear el singular poder del que ella le investía—. ¿Crees tú digno de una mujer el hacerte tragar tostadas untadas de virtud para persuadirte de que la religión es incompatible con el amor? ¿Soy yo, pues, una impía? Se da o se niega; pero rehusarse y moralizar, supone doble condena, lo cual es contrario al derecho de todos los países. Aquí, no tendrás sino excelentes sandwichs preparados por la mano de tu sirvienta Arabella, cuya entera moral consistirá en imaginar caricias que hombre alguno haya experimentado aún, y que los ángeles me inspiran.

No sé de nada más disolvente que la chanza manejada por una inglesa, pues pone en ella la seria elocuencia, el aire de pomposa convicción bajo la cual cubren los británicos las elevadas mentecateces de su vida de prejuicios. La chanza francesa es un encaje con el cual las mujeres saben embellecer el goce que dan y las querellas que inventan; es un atavío moral, gracioso como su tocado. Pero la chanza inglesa es un ácido que corroe tan bien los seres sobre los que cae, que los convierte en esqueletos lavados y cepillados. La lengua de una inglesa espiritual se asemeja a la de un tigre, que queriendo jugar, arranca la carne hasta los huesos. Arma todopoderosa del demonio que dice con risita de mofa; ¿No es más que eso?, la burla deja un veneno mortal en las heridas que abre a placer. Durante aquella noche, Arabella quiso mostrar su poder como un sultán que, para probar su destreza, se divierte decapitando inocentes.

—Ángel mío —me dijo cuando me hubo sumido en ese dormitar donde todo se olvida, excepto la dicha—, yo también acabo de moralizar, sí… Me he preguntado si cometía un crimen amándote, si violaba las leyes divinas, y he hallado que nada era ni más religioso ni más natural. ¿Por qué Dios ha creado a unos seres más bellos que otros, sino para indicarnos que debemos adorarlos? El crimen sería no amarte, ¿no eres tú un ángel? Esa dama te insulta confundiéndote con los demás hombres; no te son aplicables las reglas de la moral; Dios te ha puesto por encima de todo. ¿No es aproximarse a Él, amarte? ¿Podrá tomarse en cuenta a una pobre mujer el tener apetito de las cosas divinas? Tu vasto y luminoso corazón se asemeja tanto al cielo, que yo me anego en él, como los mosquitos que van a quemarse en las velas encendidas de una fiesta. ¿Se Ies castigará a ellos por su error? Y además, ¿es acaso un error? ¿No es una elevada adoración de la luz? Perecen por exceso de religión, si puede llamarse perecer lanzarse al cuello de lo que se ama. Yo tengo la debilidad de amarte, mientras que esa mujer tiene la fuerza de permanecer en su capilla católica. ¡No frunzas el entrecejo! ¿Es que crees que la detesto? ¡No, pequeño! Adoro su moral, que la ha aconsejado dejarte libre, permitiéndome así conquistarte, conservarte para siempre; ya que tú eres mío eternamente, ¿no es cierto?

—Sí.

—¿Para siempre?

—Sí.

—¿Me concedes, pues, una gracia, sultán? ¡Solamente yo he adivinado cuánto valías! ¡Ella sabe cultivar las tierras, según me dijiste! Yo dejo esas ciencias a los labriegos, prefiero cultivar tu corazón.

Intento recordar estos embriagadores parloteos, a fin de describiros bien a aquella mujer, de justificar lo que os he dicho, y de que conozcáis así todo el secreto del desenlace. ¿Mas cómo describiros los acompañamientos de esas lindas palabras que sabéis? Eran locuras comparables a las más exorbitantes fantasías de nuestros sueños; ora creaciones semejantes a las de mis ramilletes: la gracia unida a la fuerza, la ternura y sus muelles pausas, opuestas a las volcánicas irrupciones de la fogosidad; ora las más suaves gradaciones de la música aplicadas al concierto de nuestras voluptuosidades; luego, movimientos parecidos a los de las serpientes entrelazadas; en fin, los más acariciadores decires ornados de las más rientes ideas, todo cuanto el espíritu puede añadir de poesía a los placeres de los sentidos. Ella quería destruir bajo los rayos de su amor tumultuoso las impresiones dejadas en mi corazón por el alma casta y recogida de Enriqueta. La marquesa había visto tan bien a la señora de Mortsauf como ésta a ella, y ambas se habían juzgado mutuamente. La magnitud del ataque efectuado por Arabella, me revelaba lo grande de su temor y su secreta admiración por su rival. Por la mañana la encontré con los ojos llenos de lágrimas, y con aspecto de no haber dormido.

—¿Qué tienes? —le dije.

—Temo que mi excesivo amor me perjudique —respondió—. Lo he dado todo. Más diestra que yo, esa mujer posee algo en ella que tú puedes desear. Si la prefieres, no pienses más en mí; no te aburriré con mis dolores, mis remordimientos, mis sufrimientos; no, iré a morir lejos de ti, como una planta sin su vivificante sol.

Supo arrancarme protestas de amor que la colmaron de alegría. ¿Qué decir, en efecto, a una mujer que llora por la mañana? Una dureza me parece entonces infame. Si no la hemos resistido la víspera, ¿no estamos obligados a mentir al día siguiente?; pues el Código del Hombre nos hace en galantería un deber de la mentira.

—Pues bien, soy generosa —dijo ella, enjugando sus lágrimas—. Vuelve a su lado; no quiero deberte a la fuerza de mi amor, sino a tu propia voluntad. Si retornas aquí, creeré que me amas tanto como yo te amo, aunque siempre eso me ha parecido imposible.

Supo persuadirme que regresara a Clochegourde. La falsía de la situación en la cual iba yo a entrar, no podía ser adivinada por un hombre ahito de dicha. Negándome a ir a Clochegourde, pronunciaba una sentencia favorable a lady Dudley y entonces Arabella me llevaría a París. Pero ir, ¿no era insultar a la señora de Mortsauf? En ese caso, debía retornar con más seguridad a Arabella. ¿Ha perdonado jamás una mujer semejantes crímenes de leso amor? A menos de ser un ángel descendido de los cielos, y no el espíritu purificado que a ellos va, una mujer amante preferiría ver a su enamorado sufriendo una agonía, a verle dichoso con otra: cuanto más ama, tanto más herida se sentirá. Así, viendo las cosas de las dos caras, mi situación, una vez salido de Clochegourde para ir a la Grenadiere, era tan mortal para el amor que había elegido como provechosa al amor de azar. La marquesa lo había calculado todo con estudiada profundidad. Me confesó más tarde que, de no haberla tropezado la señora de Mortsauf en las landas, había pensado comprometerme rondando por los alrededores de Clochegourde.

En el momento en que abordaba yo a la condesa, a la que vi pálida como persona que ha sufrido algún duro insomnio, ejercí de pronto, no ese tacto, sino ese husmear que hace sentir a los corazones todavía jóvenes y generosos el alcance de esas acciones indiferentes para la masa, pero criminales según la jurisprudencia de las almas grandes. Al punto, como un niño que, descendido a un abismo, recogiendo flores, ve con angustia que le será imposible volver a subir, no percibe ya el suelo humano sino a una infranqueable distancia, se encuentra completamente solo, de noche, y oye salvajes aullidos, comprendí que estábamos separados por todo un mundo. En nuestras almas se alzó un clamor y como un resonar del lúgubre ¡Consummatum est! que se vocea en las iglesias el viernes santo, en la hora en que el Salvador expiró, horrible escena que hiela las almas jóvenes, para las cuales la religión es un primer amor. Todas las ilusiones de Enriqueta eran mortales de un solo golpe, su corazón había sufrido una pasión. Ella, tan respetada por el placer, que no la había jamás enlazado con sus embotadores repliegues, ¿adivinaba hoy las voluptuosidades del amor feliz, para rehusarme sus miradas?, ya que me retiró la luz que desde hacía seis años brillaba sobre mi vida. ¿Sabía, pues, que la fuente de los rayos expandidos por nuestros ojos estaba en nuestras almas, a las cuales servían de ruta para penetrarse mutuamente, o para confundirse en una sola, separarse, actuar como dos mujeres sin recelo que se dicen todo? Sentí amargamente la culpa de llevar a aquel techo desconocido a las caricias, un rostro en el que las alas del placer habían sembrado su jaspeado polvo. Si la víspera yo había dejado irse sola a lady Dudley; si había vuelto a Clochegourde, donde acaso la señora de Mortsauf me había esperado; acaso… en fin, tal vez la señora de Mortsauf no se hubiese propuesto tan cruelmente en ser no más que mi hermana. Puso en todas sus complacencias el fasto de una fuerza exagerada, se adentró violentamente en su papel, para no abandonarlo más. Durante la comida, tuvo para mí mil atenciones, atenciones humillantes, cuidándome como a un enfermo por quien sintiera compasión.

—Os habéis paseado temprano —me dijo el conde—. Debéis, pues, gozar de buen apetito, ya que no tenéis el estómago estropeado.

Esta frase, que no atrajo a los labios de la condesa la sonrisa de una hermana sagaz, acabó de probar lo ridículo de mi posición. Era imposible estar en Clochegourde el día y en Saint-Cyr la noche. Arabella había contado con mi delicadeza y con la grandeza de alma de la señora de Mortsauf. Durante aquella larga jornada, sentí cuán difícil es convertirse en amigo de una mujer tanto tiempo deseada. Esa transición, tan sencilla cuando los años la preparan, es una enfermedad de juventud. Yo tenía vergüenza, maldecía el placer, hubiese querido que la señora de Mortsauf me pidiera su sangre. No podía quitarle la pelleja a su rival, pues evitaba hablar de ella, y maldecir a Arabella era una infamia que me habría hecho despreciable para Enriqueta, magnífica y noble hasta en los últimos repliegues de su corazón. Tras cinco años de deliciosa intimidad, no sabíamos de qué hablar; nuestras palabras no respondían a nuestros pensamientos: nos ocultábamos mutuamente dolores tremendos, para quienes el dolor había sido siempre un fiel intérprete. Enriqueta afectaba un aire feliz para ella y para mí; pero estaba triste. Aunque a cada instante se dijera mi hermana, y ser mujer, no encontraba ninguna idea para mantener la conversación; la mayor parte del tiempo estábamos sumidos en un silencio contenido y violento. Ella aumentó mi suplicio interior, fingiendo creerse la única víctima a aquella lady.

—Sufro más que vos —le dije en un momento en que la hermana dejó escapar una ironía netamente femenina.

—¿Cómo? —respondió ella, con ese tono de altivez que adoptan las mujeres cuando quieren superar sus sensaciones.

—Pues porque tengo la culpa de todo.

Hubo un momento en que la condesa adoptó consigo un aire frío e indiferente que me destrozó, y resolví partir. Al atardecer, en la terraza, me despedí de la familia reunida. Todos me siguieron al parterre de césped, donde piafaba mi caballo y donde se separaron. Ella vino a mí cuando así la brida.

—Vayamos solos, a pie, a la avenida —me dijo.

La di el brazo y salimos por los patios caminando a lento paso, como si saboreásemos nuestros movimientos confundidos; llegamos así a un grupo de árboles que envolvía una esquina del recinto exterior.

—¡Adiós, amigo mío! —dijo ella, deteniéndose, echando su cabeza a mi pecho y sus brazos a mi cuello—. ¡Adiós, ya no nos veremos más! Dios me ha concedido el triste poder de leer el futuro. ¿No recordáis el terror que me apresó un día, cuando volvisteis tan gallardo, tan joven, y que os vi volviéndome la espalda, como ahora que abandonáis Clochegourde para ir a la Grenadière? Pues bien, todavía una vez, durante esta noche, he podido lanzar una ojeada sobre nuestros destinos. Amigo mío, en este momento nos hablamos por vez postrera. Apenas podría ya deciros aún algunas palabras, pues ya no seré yo misma quien os hable. La muerte ha impreso ya algo en mí. Entonces habréis arrebatado su madre a mis hijos… ¡reemplazadla a su lado! ¡Vos lo podréis! Santiago y Magdalena os quieren tanto como si los hubieseis hecho sufrir siempre.

—¡Morir! —exclamé yo, espantado, mirándola y volviendo a ver la seca brasa de sus relucientes ojos, de la que no se pueden dar idea quienes no han conocido a seres queridos atacados de esa horrible enfermedad, sino comparando sus ojos a globos de plata pulida—. ¡Morir!… Enriqueta, ,te ordeno que vivas. En otra ocasión me pediste juramentos; pues bien, hoy yo exijo uno de ti: júrame que consultarás a Origet y que le obedecerás en todo…

—¿Queréis entonces oponeros a la clemencia de Dios? —replicó, interrumpiéndome por el grito de indignada desesperación por ser desconocida.

—¿No me amáis, pues, lo bastante como para obedecerme ciegamente en todo, como esa miserable lady?…

—Sí, todo cuanto quieras —contestó ella, impulsada por unos celos que en un momento le hicieron franquear distancias que hasta entonces respetara.

—Me quedo aquí —dije, besándola sobre los ojos.

Espantada de su consentimiento, se escapó de mis brazos y fue a apoyarse contra un árbol; luego se dirigió a su casa, andando precipitadamente, sin volver la cabeza; pero yo la seguí, mientras ella lloraba y rogaba. Llegada al parterre, la tomé la mano y se la besé respetuosamente. Aquella inesperada sumisión la conmovió.

—¡Tuyo de todos modos! —la dije—. Pues yo te amo como te amaba tu tía…

Ella se estremeció y me estrechó entonces violentamente la mano.

—¿Una mirada? —la dije—. ¡Todavía una de nuestras antiguas miradas!… La mujer que se entrega toda entera —exclamé, sintiendo mi alma iluminada por la mirada que me lanzó— da menos de vida y de alma que lo que acabo de recibir yo. Enriqueta, tú eres la más amada, la única amada.

—¡Viviré —dijo ella—, pero curaros vos también!

Aquella mirada había borrado la impresión de los sarcasmos de Arabella. Yo era, pues, juguete de las dos pasiones inconciliables que os he descrito, y cuya influencia experimentaba alternativamente. Amaba a un ángel y a un demonio; dos mujeres igualmente bellas, ornada una de todas las virtudes que maltratamos por odio a nuestras imperfecciones, y ataviada la otra de todos los vicios que deificamos por egoísmo. Al recorrer aquella avenida, donde de momento en momento me volvía para ver nuevamente a la señora de Mortsauf apoyada contra un árbol y rodeada de sus hijos, que agitaban sus pañuelos, sorprendí en mi alma un movimiento de orgullo al sabermeárbitro de dos destinos tan bellos, de ser la gloria, con tan diferentes títulos, de dos mujeres tan superiores, y por haber inspirado tan grandes pasiones, que de ambos lados llegaría la muerte, si yo les faltaba. ¡Ya podéis creer bien, que esta fatuidad pasajera ha sido doblemente castigada! Yo no sé qué demonio me decía que esperase al lado de Arabella el momento en que alguna desesperación, o la muerte del conde, me librase a Enriqueta; pues Enriqueta seguía amándome: sus rigores, sus lágrimas, sus remordimientos, su cristiana resignación, eran muestras elocuentes de un sentimiento que no podía ya borrarse ni de su corazón ni del mío. Yendo despacio por aquella linda avenida, haciéndome esas reflexiones, no tenía ya veinticinco años, sino cincuenta. ¿No pasa más rápidamente el joven que la mujer de los treinta a los sesenta años? ¡Aunque haya yo ahuyentado de un soplo estos malos pensamientos, ellos me obsesionaron, he de confesarlo! Tal vez su principio se encontraba en las Tullerías, bajo los artesonados del despacho real. ¿Quién podía resistir al espíritu desflorador de Luis XVIII, quien decía que no hay verdaderas pasiones sino en la edad madura, porque la pasión no es bella y furiosa más que cuando se mezcla la impotencia, y que entonces se encuentra uno en cada placer como un jugador en su última puesta? Cuando estuve al extremo de la avenida, me volví y la franqueé en un abrir y cerrar de ojos, al ver que allá se encontraba aún Enriqueta, sola. Fui a decirle un último adiós, bañado en lágrimas expiadoras cuya causa le quedó oculta. Lágrimas sinceras, otorgadas sin saberlo a aquellos bellos amores para siempre perdidos, a aquellas emociones vírgenes, a esas flores de la vida que no renacen jamás; ya que, más tarde, el hombre no da ya, sino que recibe; se ama a sí mismo en su amante; mientras que en su juventud ama a su amante en él; más tarde, inoculamos nuestros gustos, nuestros vicios acaso, a la mujer que nos ama; mientras que en el comienzo de la vida, aquélla a quien amamos nos impone sus virtudes, sus delicadezas; nos invita a lo hermoso con una sonrisa, y nos enseña la abnegación con su ejemplo. ¡Desgraciado aquel que no ha tenido su Enriqueta! ¡Desgraciado quien no ha conocido alguna lady Dudley! Si se casa, no conservará su mujer, o acaso será abandonado por su querida; ¡más feliz quien puede hallar las dos en una sola; dichoso, Natalia, el hombre al que améis!

De regreso a París, Arabella y yo nos hicimos más íntimos que en el pasado. No tardamos en abolir insensiblemente uno y otro las leyes de conveniencia que yo me había impuesto, y cuya estricta observancia hace a menudo que la sociedad perdone lo falso de la posición en que se había situado lady Dudley. El mundo, que gusta tanto de penetrar más allá de las apariencias, las legitima desde el momento en que conoce el secreto que encierran. Los amantes obligados a vivir en medio de la alta sociedad, harán mal siempre en derribar esas barreras exigidas por la jurisprudencia de los salones, en no obedecer escrupulosamente a todas las convenciones impuestas por las costumbres; se trata entonces menos de los demás que de ellos mismos. Las distancias a franquear, el respeto exterior a conservar, las comedias a representar, el misterio a velar, toda esa tragedia del amor feliz ocupa la vida, renueva el deseo y protege nuestro corazón contra los relajamientos del hábito. Mas, esencialmente disipadoras, las primeras pasiones, al igual que los jóvenes, talan al raso sus bosques, en vez de reglamentar sus cortes. Arabella no adoptaba estas ideas burguesas; se había plegado a ellas para complacerme; semejante al verdugo señalando de antemano su presa a fin de apropiársela, quería comprometerme a la cara de todo París, para hacer de mí su sposo. Así empleó sus coqueterías para tenerme en su casa, ya que no estaba contenta con su elegante escándalo que, falto de pruebas, no inspiraba sino las murmuraciones tras el abanico. Viéndola tan dichosa cometiendo imprudencias que señalarían públicamente su posición, ¿cómo no iba a creer en su amor? Una vez sumido en las dulzuras de un casamiento ilícito, me apresó la desesperación, pues veía mí vida detenida al revés de las ideas recibidas y de las recomendaciones de Enriqueta. Experimenté entonces la especie de rabia que ataca a un tísico cuando, presintiendo su fin, no quiere que se examine el ruido de su respiración. Había un rincón de mi corazón al que podía retirarme sin sufrimientos; un espíritu vengador me lanzaba incesantemente ideas sobre las que no me atrevía a porfiar. Mis cartas a Enriqueta describían esta enfermedad moral, y la causaban un mal infinito. «Al precio de tantos tesoros perdidos, quería verme al menos feliz!», me dijo en la única respuesta que recibí. ¡Y yo no lo era! Querida Natalia, la felicidad es absoluta, no tolera comparaciones. Pasado mi primer ardor, comparé necesariamente a las dos mujeres, contraste que aún no había yo podido estudiar. En efecto, toda gran pasión pesa tan intensamente sobre nuestro carácter, que rechaza al principio las asperezas y colma la huella de los hábitos que constituyen nuestros defectos o nuestras cualidades; pero más tarde, cuando los dos amantes se habitúan el uno al otro, reaparecen los rasgos de la fisonomía moral; ambos se juzgan entonces mutuamente, y a menudo se declaran, durante esta reacción del carácter sobre la pasión, antipatías que preparan esas desuniones de que se prevalen las personas superficiales para acusar de inestabilidad al corazón humano. Este período comenzó, pues. Menos cegado por las seducciones, detallando por decirlo así mi placer, emprendí, sin desearlo acaso, un examen que perjudicó a lady Dudley.

En primer lugar, eché de menos el espíritu que distingue entre todas a la mujer francesa, y que la hace más deliciosa de amar, según confesión de personas a las que los azares de su vida han colocado en situación de probar las formas de amar de cada país. Cuando una francesa ama, se metamorfosea; inmola su tan proclamada coquetería, empleándola en engalanar su amor; lo propio hace con su tan peligrosa vanidad: la sacrifica y cifra todas sus pretensiones en querer bien. Abraza los intereses, los odios y las amistades de su amante; adquiere en un día las experimentadas sutilezas del hombre de negocios, estudia el código, comprende el mecanismo del crédito, seduce la caja de un banquero; aturdida y pródiga, no cometerá una sola falta y no derrochará un solo luis; se convierte a la vez en madre, ama de llaves, médico, y presta a todas sus transformaciones una gracia de felicidad que revela en los más ligeros detalles un amor infinito; reúne las cualidades especiales que recomiendan las mujeres de iodos los países, dando con su espíritu unidad a esta mezcla, esa simiente francesa que anima, permite, justifica, lo varía todo y destruye la monotonía de un sentimiento apoyado sobre el tiempo primero de un solo verbo. La mujer francesa ama siempre, sin descanso ni fatiga, en todo momento, en público y sola; en público, halla un acento que no resuena sino en un oído, habla por su mismo silencio, y sabe miraros con los ojos bajos; si la ocasión le prohíbe la palabra y la mirada, empleará la arena sobre la cual imprime su píe para escribir un pensamiento; sólo ella expresa su pasión incluso durante el sueño; en fin, pliega el mundo a su amor. Por el contrario, la inglesa pliega su amor al mundo. Acostumbrada por su educación a conservar ese continente glacial, esa postura británica tan egoísta de la que os he hablado, abre y cierra su corazón con la facilidad de una llave de las precisamente llamadas inglesas. Posee una máscara impenetrable, que se pone y quita flemáticamente; apasionada como una italiana cuando ningún ojo la ve, se torna fríamente digna en cuanto interviene el mundo. El hombre más amado duda entonces de su imperio, al ver la profunda inmovilidad de su rostro, la calma de su voz, la perfecta libertad de porte que distingue a una inglesa salida de su tocador. En aquel momento, la hipocresía va hasta la indiferencia; la inglesa lo ha olvidado todo. Ciertamente, la mujer que sabe arrojar su amor como un vestido, hace creer que puede cambiarlo. ¡Qué tempestades alzan entonces las olas del corazón, cuando son removidas por el amor propio herido al ver a una mujer tomando, interrumpiendo, y volviendo a tomar un amor, como una tapicería ejecutada a mano! Esas mujeres son demasiado dueñas de sí mismas, para poder perteneceros plenamente; conceden demasiada influencia al mundo, para que nuestro reinado sea entero. Allá donde la francesa consuela al paciente con una mirada, revela su cólera contra los visitantes importunos por algunas lindas chanzas, el silencio absoluto de las inglesas irrita al alma y contraría al espíritu. Estas mujeres sientan cátedra constantemente en toda ocasión; para la mayoría de ellas, la omnipotencia de la fashion debe extenderse hasta a sus placeres. Quien exagera el pudor, debe exagerar el amor, y las inglesas son así; lo ponen todo en la forma, sin que en ellas el amor de la forma produzca el sentimiento del arte: sea lo que puedan ellas decir, el protestantismo y el catolicismo explican las diferencias que dan al alma de las francesas tanta superioridad sobre el amor razonado, calculador, de las inglesas. El protestantismo duda, examina y mata las creencias; es, pues, la muerte del arte y del amor. Allá donde el mundo manda, las gentes de mundo deben obedecer; pero las personas apasionadas lo esquivan, pues les resulta insoportable. Ya comprenderéis, pues, hasta dónde fue lastimado mi amor propio al descubrir que lady Dudley no podía abstenerse del mundo, y que la transición británica le era familiar; no era un sacrificio que el mundo le imponía; no, ella se manifestaba naturalmente bajo dos formas enemigas entre sí; cuando amaba, lo hacía con embriaguez; mujer alguna de ningún país se le comparaba: valía por todo un serrallo; pero una vez descendido el telón sobre esta escena de magia, desterraba hasta su recuerdo. No respondía ni a una mirada ni a una sonrisa; no era ni dueña ni esclava, sino una embajadora obligada a redondear sus frases y sus codos, incapacitaba por su calma, ultrajaba el corazón por su decoro; rebajaba así el amor hasta la necesidad, en lugar de elevarlo al ideal por el entusiasmo. No expresaba ni temor, ni pesares, ni deseos; pero, a la hora señalada, su ternura se alzaba como hogueras súbitamente encendidas, y parecía insultar su reserva. ¿En cuál de esas mujeres debía creer? Sentí entonces por mil alfilerazos, las infinitas diferencias que separaban a Enriqueta de Arabella. Cuando la señora de Mortsauf me abandonaba por un momento, parecía dejar al aire el encargo de hablarme de ella; los pliegues de su vestido, al irse, se dirigían a mis ojos, como su ondulante crujido llegaba jubilosamente a mi oído cuando volvía; había ternuras infinitas en la manera como desplegaba sus párpados bajando su vista al suelo; su voz, aquella voz musical, era una continua caricia; su conversación testimoniaba un pensamiento constante, pareciéndose siempre a sí misma; no escindía su alma en dos atmósferas, una ardiente y la otra helada; en fin, la señora de Mortsauf reservaba su espíritu y la flor de su pensamiento para expresar sus sentimientos, haciéndose coqueta por las ideas con sus hijos y conmigo. Pero el espíritu de Arabella no le servía a hacer la vida amable, no lo ejercía en mi provecho, no existía sino por el mundo y para el mundo, ella era puramente burlona, gustaba de desgarrar, de morder, no por divertirse, sino para satisfacer un gusto. La señora de Mortsauf hubiera hurtado su dicha a todas las miradas; lady Arabella quería mostrar la suya a todo París, y, con una horrible mueca, permanecía dentro de las conveniencias, al par que exhibiéndose en el Bosque conmigo. Tal mezcla de ostentación y de dignidad, de amor y de frialdad, hería constantemente mi alma, a la vez virgen y apasionada; y como yo no sabía pasar en absoluto de una temperatura a otra, mi humor se resentía; estaba palpitante de amor cuando ella volvía a recuperar su pudor convencional. Cuando me atreví a quejarme, no sin grandes precauciones, lanzó el triple dardo de su lengua contra mí, mezclando las fanfarronadas de su pasión a esas chanzonetas inglesas que he intentado describiros. En cuanto se hallaba en contradicción conmigo, se complacía en estrujar mi corazón y en humillar mi espíritu, manejándome como una pasta. A las observaciones sobre el justo medio que debe conservarse en todo, respondía caricaturizando mis ideas, que ella llevaba al extremo. Cuando le reproché su actitud, me preguntó si es que yo quería que me abrazara ante todo París, en el teatro; se comprometía tan seriamente a ello, que, conociendo su afición a que se hablara de ella, temblé al verle ejecutar su promesa. A pesar de su pasión real, no sentía jamás nada de recogido, de santo, de profundo como en Enriqueta: ella era siempre insaciable, como una tierra arenosa. La señora de Mortsauf era siempre comedida, y notaba mi alma en una acentuación o en una ojeada, mientras que la marquesa no se timbaba nunca por una mirada, por un apretón de manos, o por una palabra dulce. ¡Aún, más, la felicidad de la víspera no era nada a la mañana siguiente; ninguna prueba de amor la asombraba; experimentaba tan gran deseo de agitación, de ruido, de estrépito, que nada alcanzaba sin duda su ideal en este género, y de ahí sus furiosos esfuerzos de amor; en su exagerada fantasía, trataba de ella, y no de mí. Aquella carta de la señora de Mortsauf, luz que todavía brillaba en mi vida, y que probaba la manera en que la mujer más virtuosa sabe obedecer al genio de la francesa, acusando una vigilancia perpetua, un acuerdo completo con todas mis suertes; aquella carta ha debido haceros comprender con qué solicitud se ocupaba Enriqueta de mis intereses materiales, de mis relaciones políticas, de mis conquistas morales; con qué ardor abrazaba mi vida por los lados permitidos. Sobre todos estos puntos, lady Dudley afectaba la reserva de una persona simplemente conocida. Jamás se informó ni sobre mis asuntos, ni de mi fortuna, ni de mis trabajos, ni de las dificultades de mi vida, ni de mis odios, ni de mis amistades de hombre. Pródiga para sí misma, sin ser generosa, separaba en realidad exageradamente los intereses y el amor; mientras que, sin haberlo experimentado, yo sabía que para evitarme un pesar Enriqueta habría encontrado para mí lo que no habría buscado siquiera para ella. En uno de esos infortunios que pueden atacar a los hombres más encumbrados y más ricos —y la historia lo atestigua suficientemente—, yo hubiese consultado a Enriqueta, pero me habría dejado arrastrar a la cárcel sin decir una palabra a lady Dudley.

Hasta aquí, el contraste reposa sobre los sentimientos, pero era lo mismo en cuanto a las cosas. El lujo es, en Francia, la expresión del hombre, la reproducción de sus ideas, de su especial poesía; pinta el carácter y da entre amantes precio a los menores cuidados haciendo irradiar en torno nuestro el pensamiento dominante del ser amado; mas este lujo inglés cuyo refinamiento me había seducido, era también mecánico; lady no ponía en él nada de ella, venía de otras personas, era comprado. Las mil delicadas atenciones de Clochegourde eran, a los ojos de Arabella, cosa de los criados; a cada uno de ellos tocaba su deber y su especialidad. Escoger los mejores lacayos era misión de su mayordomo, como si se hubiese tratado de caballos. Aquella mujer no tenía apego a su personal, la muerte del más precioso de sus servidores no la habría afectado; se le hubiese reemplazado a cambio de dinero por otro igualmente hábil. En cuanto al prójimo, jamás sorprendí en sus ojos una lágrima por las desgracias de otro, y hasta tenía un egoísmo tan cándido que hacía reír. Las colgaduras encamadas de la gran dama cubrían esta naturaleza de bronce. La deliciosa amada que se revolcaba de noche en sus alfombras, que hacía sonar todos los cascabeles de su amorosa locura, reconciliaba prestamente a un hombre joven con la inglesa insensible y dura; así no descubrí sino paso a paso la toba donde perdía yo mis siembras, y que no debía dar ninguna cosecha. La señora de Mortsauf había penetrado de golpe en esta naturaleza, en su rápido encuentro; yo me acordé de sus proféticas palabras. Enriqueta había tenido razón en todo; el amor de Arabella se me hacía insoportable. He observado después que la mayoría de las mujeres que montan a caballo tienen poca ternura. Como a las amazonas, les falta un pecho, y sus corazones están endurecidos en cierto lugar, no sé en cual.

En el momento en que comenzaba yo a sentir la pesadez de ese yugo, invadiéndome la fatiga el cuerpo y el alma, comprendiendo bien lo que el auténtico sentimiento confiere de santidad al amor, y me encontraba abrumado por los recuerdos de Clochegourde, respirando a pesar de la distancia el perfume de todas sus rosas, el calor de su terraza, oyendo el canto de sus ruiseñores, en ese momento espantoso en que percibía el pedregoso lecho del torrente bajo sus aguas decrecidas, recibí un golpe que aún resuena en mi vida, pues a cada hora encuentra un eco. Trabajaba yo en el despacho del rey, quien debía salir a las cuatro; el duque de Lenoncourt estaba de servicio; al verle entrar, el rey le pidió noticias de la condesa; alcé bruscamente la cabeza, de manera harto significativa; el rey, chocado por ese movimiento, me lanzó una mirada que precedía una de esas duras frases que él tan bien sabía decir.

—Señor, mi pobre hija se muere —respondió el duque.

—¿Se dignará Vuestra Majestad concederme un permiso? —dije con lágrimas en los ojos, desafiando una cólera presta a estallar.

—¡Corred, milord! —me respondió él, sonriendo por colocar un epigrama en cada frase, y haciéndome gracia de su reprimenda en favor del ingenio.

Más cortesano que padre, el duque no pidió permiso y subió a la carroza del rey para acompañarle. Yo partí sin despedirme de lady Dudley, quien por suerte había salido, y a la que escribí que iba en misión de servicio del rey. En Croix-de-Berny encontré a Su Majestad que volvía de Verriéres. Al aceptar un ramo de flores que dejó caer a sus pies, el monarca me lanzó una mirada preñada de aquellas reales ironías abrumadoras de profundidad, y que parecía decirme: «¡Si quieres ser algo en política, vuelve! ¡No te entretengas parlamentando con los muertos!». El duque me hizo con la mano un gesto de melancolía. Las dos pomposas calesas de ocho caballos, los coroneles dorados, la escolta y sus remolinos de polvo, pasaron rápidamente al grito de «¡Viva el rey!». Me pareció como si la Corte hubiese hollado el cuerpo de la señora de Mortsauf con la insensibilidad que la naturaleza testimonia por nuestras catástrofes. Aun cuando fuese un excelente hombre, el duque iba sin duda a jugar la partida de whist del Señor, luego que el rey se acostase. En cuanto a la duquesa, era ella quien había asestado desde hacía tiempo el primer golpe a su hija, solo ella, hablándola de lady Dudley.

Mi rápido viaje fue como un sueño, pero un sueño de jugador arruinado; estaba desesperado por carecer de noticias. ¿Había llevado el confesor la rigidez al extremo de impedirme el acceso a Clochegourde? Yo acusaba a Magdalena, a Santiago, al abate de Dominis, a todo, hasta al señor de Mortsauf. Más allá de Tours, desembocando por los puentes de San Salvador, para descender al camino orillado de álamos que lleva a Poncher, y que tanto había admirado cuando corría a la búsqueda de mi desconocida, encontré al doctor Origet; él adivinó que me dirigía a Clochegourde, y yo que él volvía de allá; detuvimos ambos nuestro coche y descendimos, yo para inquirir noticias, y él para proporcionármelas.

—Bueno, ¿cómo va la señora de Mortsauf? —pregunté.

—Dudo que la encontréis con vida —me respondió—. Mucre con espantosa muerte, de inanición. Cuando me llamó el mes de jimio último, ninguna potencia médica podía ya combatir la enfermedad; tenía los espantosos síntomas que la señora de Mortsauf os habrá sin duda descrito, pues él creía experimentarlos. La señora condesa no estaba entonces bajo la influencia pasajera de una perturbación debida a una lucha interior, que la medicina dirige y se convierte en causa de un mejor estado, o bajo el golpe de una crisis comenzada y cuyo desorden se repara; no, la enfermedad había llegado a un punto en el que resulta inútil el arte: es el incurable resultado de un pesar, como una herida mortal es la consecuencia de una puñalada. Tal afección se produce por la inercia de un órgano cuyo funcionamiento es tan necesario a la vida que el del corazón. El pesar ha hecho oficio de puñal. ¡No os engañéis! La señora de Mortsauf muere de alguna pena desconocida.

—¡Desconocida! —exclamé—. ¿No han estado acaso enfermos sus hijos?

—No —me respondió, mirándome con aire significativo—. Y desde que ella está seriamente atacada, el señor de Mortsauf no la ha atormentado ya. Yo no soy más útil; señor Deslandes, de Azay, basta: no existe remedio alguno, y los sufrimientos son terribles. ¡Rica, joven, bella, y morir enflaquecida, envejecida por el hambre, ya que morirá de hambre! Desde hace cuarenta días, hallándose como cerrado el estómago, rechaza todo alimento, bajo cualquier forma que se le presente.

El doctor Origet estrechó la mano que le tendí, y que casi me la había pedido por un gesto de respeto.

—¡Valor, señor! —dijo alzando los ojos al cielo.

Sus palabras expresaban compasión por penas que creía igualmente compartidas; no sospechaba el envenenado dardo de sus palabras, que me alcanzaron como una flecha en el corazón. Volví a subir bruscamente a mi coche, prometiendo una buena recompensa al postillón si llegaba a tiempo.

A pesar de mi impaciencia, creía haber recorrido el camino en algunos minutos, a tal punto me encontraba absorbido por las amargas reflexiones que se amontonaban en mi alma. ¡Ella muere de pesar, y sus hijos están bien! ¡Ella moriría, pues, por mí! Mi amenazadora conciencia pronunció una de esas requisitorias que resuenan toda la vida y a veces más allá. ¡Qué debilidad y qué impotencia en la justicia humana! Ella no venga sino los actos patentes. ¿Por qué la muerte y la infamia al asesino que mata de un golpe, que os sorprende generalmente en el sueño y os duerme para siempre, o que asesta de improviso su golpe, ahorrándoos la agonía? ¿Por qué la vida dichosa, la estima al asesino que vierte gota a gota la hiel en el alma y mina el cuerpo para destruirlo? ¡Cuántos crímenes impunes! ¡Qué complacencia para el vicio elegante! ¡Qué absolución para el homicidio causado por las persecuciones morales! Yo no sé qué vengadora mano alzó de pronto el pintado telón que cubre la sociedad. Vi a varias de esas víctimas que os son tan conocidas como a mí: ¡la señora de Beauseant ida agonizante a Normandía, algunos días antes de mi partida! ¡La duquesa de Langeais comprometida! ¡Lady Brandon, llegada a Turena para morir en la modesta casa donde lady Dudley había permanecido dos semanas, y muerta por qué horrible desenlace, como lo sabéis! Nuestra época es fértil en sucesos de este género. ¿Quién no ha conocido a esa pobre mujer que se ha envenenado, vencida por los celos que acaso mataban a la señora de Mortsauf? ¿Quién no se ha estremecido por el destino de esa deliciosa joven que, ¿enrejante a una flor picada por un tábano, se ha marchitado en dos años de matrimonio, víctima de su púdica ignorancia, sacrificada por un miserable al que Ronquerolles, Montriveau y de Marsay dan la mano, porque sirve a sus proyectos políticos? ¿Quién no ha palpitado ante el relato de los últimos instantes de esa mujer a la que ruego alguno no ha podido ablandar, y que jamás ha querido volver a ver a su marido, tras haber pagado tan noblemente sus deudas? ¿No ha visto la tumba bien de cerca la señora de Alglement, y viviría ella sin los cuidados de mi hermano? El mundo y la ciencia son cómplices en esos crímenes para los cuales no hay tribunales. Parece que nadie muere de pesar, ni de desesperación, ni de amor, ni de miserias ocultas, ni de esperanzas cultivadas sin fruto, incesantemente replantadas y desarraigadas. La nueva nomenclatura tiene palabras ingeniosas para explicarlo todo: la gastritis, la pericarditis, las mil enfermedades de mujer cuyos nombres se dicen al oído, sirven de pasaporte a los féretros escoltados de lágrimas hipócritas, que la mano del notario no tarda en enjugar. ¿Hay en el fondo de esta desgracia alguna ley desconocida? Debe el centenario sembrar despiadadamente de muertos el terreno, y desecarlo en su derredor para elevarse, del mismo modo que el millonario se asimila los esfuerzos de una multitud de pequeñas industrias? ¿Hay una fuerte vida venenosa que se ceba en las criaturas dulces y tiernas? ¡Dios mío!, ¿pertenezco yo a la raza de los tigres? El remordimiento me estrujaba el corazón con sus dedos abrasadores, y tenía las mejillas surcadas de lágrimas cuando entré en Ja avenida de Clochegourde, una húmeda mañana de octubre que despojaba las hojas muertas de los álamos cuya plantación había sido dirigida por Enriqueta, ¡en aquella avenida donde antaño agitara ella su pañuelo como para hacerme volver! ¿Viviría aún? ¿Podría yo sentir sus dos blancas manos posadas sobre mi posternada cabeza? En un momento pagaba todos los placeres dados por Arabella, ¡y cuán caramente vendidos los hallaba! Me juré no volverla a ver jamás, y odié a Inglaterra. Aunque lady Dudley sea una variedad de la especie, envolví a todas las inglesas en los crespones de mi sentencia.

Al entrar a Clochegourde, recibí un nuevo golpe. Encontré a Santiago, Magdalena y el abate de Dominis, los tres arrodillados al pie de una cruz de madera plantada en las esquinas de un trozo de terreno, comprendido en el recinto a raíz de la construcción de la verja, y que ni el conde ni la condesa habían querido derribar. Salté de mi coche y fui hacia ellos con el rostro lleno de lágrimas, y el corazón destrozado por el espectáculo de aquellos dos niños y aquel grave personaje implorando a Dios. El viejo piquero se encontraba también allí, a algunos pasos, con la cabeza descubierta.

—¿Bueno, señor…? —dije yo al abate de Dominis, besando en la frente a Santiago y Magdalena, quienes me lanzaron una fría mirada, sin cesar en su plegaria.

El abate se levantó, le tomé el brazo para apoyarme en él, y añadí:

—¿Vive aún?

Él inclinó la cabeza con un movimiento triste y dulce.

—¡Hablad, os lo suplico, en nombre de la Pasión de Nuestro Señor! ¿Por qué rezáis al pie de esa cruz? ¿Por qué estáis aquí y no al lado de ella? ¿Por qué sus hijos se encuentran fuera en una mañana tan fría? Decídmelo todo, para que no cause yo alguna desgracia por ignorancia.

—Desde hace algunos días, la señora condesa no quiere ver a sus hijos sino en horas determinadas… Señor —añadió tras una pausa—, acaso deberíais esperar algunas horas antes de volver a ver a la señora de Mortsauf… ¡está muy cambiada!, pero es conveniente prepararla a esta entrevista, pues podríais aumentarle su sufrimiento… En cuanto a la muerte, será un bien.

Estreché la mano de aquel hombre divino, cuya mirada y cuya voz acariciaban las heridas del prójimo sin avivarlas.

—Todos rezamos aquí por ella —prosiguió—, pues ella, tan santa, tan resignada, tan dispuesta a morir, tiene desde hace unos días un horror secreto por la muerte; lanza sobre quienes están llenos de vida miradas en las que, por vez primera, se pintan sentimientos sombríos y envidiosos. Sus vértigos son provocados, yo creo, menos por el espanto de la muerte que por una embriaguez interior, por las flores ajadas de su juventud que fermenta mustiándose. Sí, el ángel malo disputa esta bella alma al cielo. Sufre su agonía del monte de los Olivos, acompaña con sus lágrimas la caída de las rosas blancas que coronaban su cabeza de Jefté desposada, y desprendidas una a una. Esperad, no os mostréis aún; le traeríais los fulgores de la corte, hallaría en vuestro rostro un reflejo de las fiestas mundanas, y daríais fuerza a sus quejas. Tened piedad de una debilidad que Dios mismo ha perdonado a su Hijo hecho hombre. ¿Qué méritos tendríamos por lo demás, en vencer sin adversario? Permitid que su confesor o yo, dos ancianos cuyas ruinas no ofenden a su vista, la preparemos a una inesperada entrevista, a emociones a las que el abate Birotteau había exigido que ella renunciara. Mas hay en las cosas de este mundo una invisible trama de causas celestes, que un ojo religioso percibe, y si vos habéis venido aquí, acaso habéis sido traído por una de esas estrellas celestes que brillan en el mundo moral, y que conducen hacia la tumba como a la cuna.

Luego, empleando esa untuosa elocuencia que cae sobre el corazón como un rocío, me dijo que desde hacía seis meses había sufrido cada día más la condesa, a pesar de los cuidados del doctor Origet. Él había venido durante dos meses, todas las tardes, a Clochegourde, queriendo arrancar aquella presa a la muerte, pues la condesa le había dicho: ¡Salvadme!».

—¡Mas para sanar el cuerpo, habría sido necesario curar primero su corazón! —había exclamado un día el viejo médico.

—A medida de los progresos del mal —siguió el abate de Dominis— las palabras de esta mujer tan dulce, se han tornado amargas. Clama a la tierra que la conserve, en vez de clamar a Dios que la acoja; luego se arrepiente de murmurar contra los designios del altísimo. Estas alternativas la desgarran el corazón, y hacen horrible la lucha del cuerpo y del alma. ¡A menudo el cuerpo triunfa! «¡Me costáis bien caro!», ha dicho un día a Magdalena y Santiago, rechazándolos de su lecho. Pero, en ese momento, vuelta a Dios por mi presencia, ha dicho a Magdalena estas angélicas palabras: «La dicha de los demás se convierte en la alegría de quienes no pueden ser ya felices». Y su acento fue tan desgarrador, que sentí humedecerse mis párpados. Ella cae, es verdad; pero a cada paso en falso se levanta más alto hacia el cielo.

Afligido por los mensajes sucesivos que el azar me enviaba, y que, en este gran concierto de infortunios, preparaban con dolorosas modulaciones el tema fúnebre, el gran grito del amor expirando, exclamé:

—¿Creéis vos que ese bello lirio tronchado volverá a florecer en el cielo?

—Vos la habéis dejado flor aún —me respondió—. Pero la volveréis a hallar consumada, purificada en el fuego de los dolores, y pura como un diamante oculto todavía entre cenizas. Sí, ese brillante espíritu, estrella angélica, saldrá espléndida de sus nubes para ir al reino de la luz.

En el momento en que estrechaba nuevamente la mano de este hombre evangélico, con el corazón oprimido de agradecimiento, el conde mostró fuera de la casa su cabeza completamente encanecida, y se abalanzó hacia mí con movimiento que revelaba la sorpresa.

—¡Ella ha dicho la verdad! «¡Félix, Félix, ha vuelto Félix!», ha exclamado la señora de Mortsauf. Amigo mío —prosiguió lanzándome insensatas miradas de terror—. ¿Por qué no se llevó ella a un viejo loco como yo, al que ya emplazó?…

Fui hacia el castillo, haciendo acopio de valor, pero, en el umbral de la larga antecámara que llevaba del parterre a la escalinata, atravesando la casa, me detuvo el abate Birotteau.

—La señora condesa os ruega que no entréis todavía —me dijo.

Lanzando una ojeada, vi a servidores que iban y venían muy atareados, ebrios de dolor y sorprendidos sin duda por las órdenes que les comunicaba Manette.

—¿Qué sucede? —dijo el conde, asustado por aquel movimiento, tanto por miedo al horrible acontecimiento que por la inquietud natural a su carácter.

—Una fantasía de enfermo —respondió el abate—. La señora condesa no quiere recibir al señor vizconde en el estado en que se encuentra; habla de tocado… ¿por qué contrariarla?

Manette fue a buscar a Magdalena, y vimos que ésta salía algunos momentos después de entrar en la habitación de su madre. Luego, de paseo los cinco, Santiago y su padre, los dos abates y yo, todos silenciosos, a lo largo de la fachada y al parterre, rebasamos la casa. Contemplé alternativamente Montabon y Azay, mirando al valle amarillento cuyo duelo respondía entonces, como en toda ocasión, a los sentimientos que me agitaban. De pronto divisé a la querida bonita buscando flores de otoño, recogiéndolas sin duda para confeccionar ramilletes. Pensando lo que para mí significaba aquella réplica de mis solicitudes amorosas, se produjo en mí algo como un remover de las entrañas, me tambaleé, mi vista se oscureció, y los dos abates, entre los cuales me encontraba, me condujeron a la balaustrada de una terraza, donde permanecí unos momentos como destrozado, mas sin perder por entero el conocimiento. —¡Pobre Félix!— me dijo el conde—. ¡Ella había prohibido el escribiros… ella sabe cuánto la queréis!

Aunque preparado para sufrir, yo me había encontrado sin fuerzas contra una atención que resumía todos mis recuerdos de felicidad.

—¡Ahí está —pensé— esa landa desecada como un esqueleto, iluminada por gris claridad, en medio de la cual se elevaba una sola mata de flores, que antaño, en mis recorridos, no admiré nunca sin un siniestro estremecimiento, y que era la imagen misma de esta hora lúgubre!

Todo era sombrío en aquel pequeño castillo, antes tan vivo, tan animado… todo lloraba, todo hablaba de desesperación, de abandono. Avenidas rastrilladas a medias, trabajos comenzados y abandonados, obreros erguidos, contemplando el castillo. Aunque se vendimiara en los cercados, no se oía ni ruido ni parloteo. Las viñas parecían deshabitadas, a tal punto era profundo el silencio. Ibamos como personas cuyo dolor rechaza las palabras triviales, y escuchábamos al conde, el único de nosotros que hablaba. Tras las frases dictadas por el amor maquinal que sentía por su esposa, el conde fue conducido por la pendiente de su espíritu a quejarse de la condesa. Su mujer no había querido nunca cuidarse ni escucharle cuando la daba buenos consejos; él fue el primero en percatarse de los síntomas de la enfermedad, pues los había estudiado en sí mismo, los había combatido, y se había curado completamente solo, sin más auxilio que el de un régimen y evitando toda emoción fuerte. Él habría podido también curar a la condesa; pero un marido no podría aceptar tales responsabilidades, sobre todo cuando tiene la desgracia de ver en todo asunto desdeñada su experiencia. A pesar de sus amonestaciones, la condesa había tomado por médico a Origet. Este, que tan mal le había cuidado a él antes, le mataba su mujer. Si aquella enfermedad tenía por causa excesivos pesares y disgustos, él había reunido todas las condiciones para tenerla; pero ¿cuáles podían ser los pesares de su mujer? ¡La condesa era feliz; no tenía ni penas ni contrariedades! Su fortuna se encontraba, gracias a los cuidados de él y a sus buenas ideas, en un estado satisfactorio; dejaba a la señora de Mortsauf reinar en Clochegourde; sus hijos, bien educados, en buen estado de salud, no proporcionaban ya ninguna inquietud; ¿de dónde, pues, podía proceder el mal? Y discutía y mezclaba la expresión de su desesperación a insensatas acusaciones. Luego, devuelto por algún recuerdo a la admiración que merecía aquella noble criatura, se escapaban algunas lágrimas de sus ojos, secos ya desde hacía tanto tiempo.

Magdalena vino a advertirme que su madre me esperaba. El abate Birotteau me siguió. La seria muchachita quedóse junto a su padre, diciendo que la condesa deseaba estar sola conmigo, poniendo por pretexto la fatiga que le causaría la presencia de varias personas. La solemnidad de aquel momento produjo en mí la impresión de calor interior y de frío exterior que nos dilacera en las grandes circunstancias de la vida. El abate Birotteau, uno de esos hombres que Dios ha marcado como suyos, revistiéndolos de dulzura, de simplicidad, otorgándoles la paciencia y la misericordia, me tomó aparte.

—Señor —me dijo—, sabed que he hecho cuanto era humanamente posible para impedir esta reunión. La salvación de esta santa lo quería así. Yo no he visto sino a ella, y no a vos. Ahora que vais a volver a ver a aquella cuyo acceso debiera haberos estado prohibido por los ángeles, sabed que permaneceré entre ambos para defenderla contra vos mismo y acaso contra ella. Respetad su debilidad. No os pido gracia para ella como sacerdote, sino como el amigo más humilde que pudierais tener, y que quiere ahorraros remordimientos. Nuestra querida enferma muere exactamente de hambre y de sed. Desde esta mañana se encuentra presa de la febril irritación que precede a esa horrible muerte, y no puedo ocultaros a qué punto echa de menos la vida. Los gritos de su carne rebelada se extinguen en mi corazón, donde hieren ecos todavía demasiado tiernos; pero el señor de Dominis y yo hemos aceptado esta tarea religiosa, con el fin de hurtar el espectáculo de tal agonía moral a esta noble familia, que no reconoce ya a su estrella vespertina y matutina; pues el esposo, los hijos y los servidores, todos preguntan: «¿Dónde está ella?», tanto es lo que ha cambiado. Al veros, las quejas van a renacer. Abandonad los pensamientos de hombre de mundo, olvidad las vanidades del corazón, sed junto a ella el auxiliar del Cielo y no el de la tierra. Que esta santa no muera en un momento de duda, dejando escapar palabras de desesperación.

No respondí nada. Mi silencio consternó al pobre confesor. Yo veía, oía, más sin embargo no me encontraba ya sobre la tierra. La reflexión de: «¿Qué es lo que ha pasado, pues? En qué estado la voy a encontrar, para que todos empleen tales precauciones?», engendraba aprensiones tanto más crueles cuanto eran indefinidas: contenía todos los dolores juntos. Llegamos a la puerta de la habitación, que me abrió el confesor inquieto. Percibí entonces a Enriqueta vestida de blanco, sentada sobre su pequeño canapé situado ante la chimenea ornada de nuestros dos jarrones llenos de flores; había más flores aún sobre el velador colocado ante el alféizar. El rostro del abate Birotteau, estupefacto ante el aspecto de aquella fiesta improvisada y del cambio de aquella habitación súbitamente restablecida a su antiguo estado, me hizo adivinar que la moribunda había proscrito el repelente aparato que rodea el lecho de los enfermos. Había consumido las últimas fuerzas de una fiebre agónica para engalanar su habitación en desorden, y recibir en ella dignamente a quien en aquel momento amaba más que a nada. Bajo las ondas de encajes, su enflaquecido rostro, que tenía la verdosa palidez de las flores de la magnolia cuando se entreabren, aparecía como sobre el lienzo amarillo de un retrato los primeros contornos de una cabeza querida dibujada con tiza; mas para sentir a qué punto penetró profundamente en mi corazón la garra del buitre, suponeos acabados y llenos de vida los ojos de este esbozo, unos ojos sumidos, que brillaban con inusitado fulgor en un rostro apagado. No tenía ya la majestuosa serenidad que le comunicaba la costante victoria alcanzada sobre sus dolores. Su frente, única parte de la cara que guardara sus bellas proporciones, expresaba la agresiva audacia del deseo y de las amenazas reprimidas. A pesar de las tonalidades cerúleas de su alargada faz, brasas interiores se escapaban de ella con irradiación semejante al flúido que llamea sobre los campos en una calurosa jornada. Sus sumidas sienes y huecas mejillas mostraban las formas interiores del rostro, y la sonrisa que dibujaban sus blancos labios se asemejaba vagamente a la burlona mueca de la muerte. Su vestido cruzado sobre su seno, atestiguaba la flacura de su bello busto. La expresión de su cabeza decía harto que se sabía cambiada y que estaba desesperada por ello. Ya no era mi deliciosa Enriqueta, ni la sublime y santa señora de Mortsauf; era la cualquier cosa sin nombre, de Bossuet, que se debatía contra la nada, y a la que el hambre y los deseos engañados, impulsaban al combate egoísta de la vida contra la muerte. Fui a sentarme a su lado, tomándola, para besarla, su mano, que sentí ardiente y descarnada. Adivinó mi dolorosa sorpresa en el mismo esfuerzo que hice para ocultarla. Sus descoloridos labios se tendieron entonces sobre sus dientes hambrientos, para intentar una de esas sonrisas forzadas bajo las cuales ocultamos igualmente la ironía de la venganza, la espera del placer, la embriaguez del alma y la rabia de una decepción.

—¡Ah, es la muerte, mi pobre Félix —me dijo—, y vos no amáis la muerte! La muerte odiosa, la muerte de la cual toda criatura, hasta el más intrépido amante, tiene horror. Aquí acaba el amor: ya lo sabía yo bien. Lady Dudley no os verá nunca asombrado de su cambio. ¡Ah!, ¿por qué os he deseado tanto, Félix? Por fin habéis venido; os he recompensado de esa abnegación por el horrible espectáculo que antaño convirtió en un trapense al conde de Rancé. Yo que deseaba subsistir grande y bella en vuestro recuerdo, vivir en él como un lirio eterno, yo os quito vuestras ilusiones. El verdadero amor no calcula nada. Mas no huyáis, quedaos. El doctor Origet me ha encontrado mucho mejor esta mañana, voy a retornar a la vida, renaceré bajo vuestras miradas. Luego, cuando haya recuperado algunas fuerzas, cuando pueda volver a tomar algún alimento, seré nuevamente bella. Apenas tengo treinta y cinco años; puedo aún disponer de otros muy hermosos. La felicidad rejuvenece, y yo quiero conocer la felicidad. He formado deliciosos proyectos; les dejaremos en Clochegourde y nos iremos juntos a Italia.

Lágrimas humedecieron mis ojos; y volví la cabeza hacia la ventana, como para mirar las flores; el abate Birotteau vino precipitadamente a mi lado y se inclinó hacia el ramo.

—¡Nada de lágrimas! —me dijo al oído.

—Enriqueta, ¿no amáis ya, pues, nuestro querido valle? —le pregunté, a fin de justificar mi brusco movimiento.

—Sí —dijo, llevando su frente a mis labios con un movimiento de zalamería—; pero sin vos, me es funesto… sin ti —enmendó, rozando mi oído con sus ardientes y resecos labios, como para verter en ellos las dos sílabas como dos suspiros.

Quedé espantado por aquella loca caricia, que aumentaba aún los terribles discursos de los dos abates. En ese momento, se disipó mi primera sorpresa; mas si pude hacer uso de mi razón, mi voluntad no fue lo bastante fuerte para reprimir el movimiento nervioso que me agitó durante esta escena. Escuché sin responder, o más bien respondí por una sonrisa fija y por gestos de consentimiento, para no contrariarla, obrando como una madre con su hijo. Tras haber sido impresionado por la metamorfosis de la persona, percibí que la mujer, otrora tan imponente por sus sublimidades, tenía en la actitud, en las maneras, en las miradas y en las ideas, la cándida ignorancia de un niño, las gracias ingenuas, la avidez de movimiento, la despreocupación profunda de lo que no es su deseo o él, todas las debilidades, en fin, que recomiendan al niño a la protección. ¿Es lo mismo con todos los moribundos? ¿Se despojan de todos los disfraces sociales, de igual modo que no se los ha revestido aún el niño? ¿O bien, al hallarse al borde de la eternidad, la condesa, no aceptando ya de todos los sentimientos humanos sino el amor, expresaba la suave inocencia a la manera de Cloe?

—Como en otro tiempo, vos me volveréis a la salud, Félix —dijo—, y mi valle me será benéfico. ¿Cómo no habré de comer lo que vos me presentéis? ¡Sois un enfermero tan bueno! Además, estás tan pletórico de fuerza y de salud, que a vuestro lado la vida es contagiosa. Amigo mío, demostradme, pues, que no puedo morir…, morir engañada… ¡Ellos creen que la sed es mi sufrimiento más agudo! ¡Oh, sí, tengo mucha sed, amigo mío! Me causa daño ver el agua del Indre, pero mi corazón experimenta una sed más ardorosa. Yo tenía sed de mí —me dijo con voz más ahogada y tomando mis manos entre las suyas abrasadoras yatrayéndome a ella para verterme esas palabras al oído—: ¡mi agonía ha sido el no verte! ¿No me dijiste que viviera? ¡Pues quiero vivir! ¡También yo quiero montar a cabedlo! ¡Quiero conocerlo todo: París, las fiestas, los placeres…!

¡Ah, Natalia!, ese clamor horrible, que el materialismo de los sentidos engañados torna frío a distancia, nos hacía zumbar los oídos al viejo sacerdote y a mí: los acentos de aquella voz magnífica describían los combates de toda una vida, las angustias de un verdadero amor decepcionado. La condesa se levantó con movimiento de impaciencia, como un niño que quiere un juguete. Cuando el confesor vio así a su penitente, el pobre hombre cayó de repente de rodillas, unió sus manos y recitó oraciones.

—¡Sí, vivir! —dijo ella, haciéndome levantar y apoyándose contra mí—. ¡Vivir de realidades y no de mentiras! Todo ha sido mentira en mi vida; yo he completado esas imposturas desde hace unos días. ¿Es posible que muera yo, que no he vivido, yo que jamás he ido a buscar a nadie a una landa?

Se detuvo, pareció escuchar y percibió a través de las paredes no sé qué olor.

—Félix, las vendimiadoras van a cenar, y yo… —dijo con voz infantil—, yo que soy el ama, tengo hambre.

¡Kyrie eleison! —decía el pobre abate, quien con las manos juntas y la vista en lo alto, recitaba la letanía.

Ella echó sus brazos en torno a mi cuello, me abrazó violentamente y me estrechó diciendo:

—¡No te me escaparás más! ¡Yo quiero ser amada, cometeré locuras como lady Dudley, y aprenderé el inglés para decir bien: My Dee!

Me hizo un gesto con la cabeza, como lo hacía en otro tiempo al dejarme, para indicarme que iba a volver en seguida.

—Cenaremos juntos —me dijo—. Voy a prevenir a Manette…

Le detuvo un semi-desmayo que la acometió, y la acosté completamente vestida sobre su lecho.

—Ya una vez me habéis llevado así —me dijo, abriendo los ojos.

Era muy ligera, pero, sobre todo, al tomarla, sentí su cuerpo completamente abrasador. Entró el señor Deslandes, y se asombró al ver la habitación engalanada de tal manera; mas al verme, todo le pareció justificado.

—Se sufre mucho para morir, señor —dijo ella con voz alterada.

Él se sentó, tomó el pulso de la enferma, se levantó bruscamente, fue a hablar en voz baja al sacerdote, y salió; yo le seguí.

—¿Qué váis a hacer? —le pregunté.

—Ahorrarle una espantosa agonía —me dijo—. ¿Quién podría creer en tanto vigor? No comprendemos cómo aún vive, sino pensando en la manera como ha vivido. Hace cuarenta y dos días que la señora condesa no ha bebido, ni comido, ni dormido.

El doctor Deslandes preguntó por Manette. El abate Birotteau me llevó a los jardines.

—Dejemos actuar al doctor —me dijo—. Ayudado por Manette, va a envolverla en opio. Bueno, ya la habéis oído… si en todo caso es cómplice de sus arrebatos de locura…

—No —dije—. Ya no es ella.

Yo estaba anonadado de dolor. Cuanto más andaba, más amplitud adquiría cada detalle de aquella escena. Salí bruscamente por la pequeña puerta bajo la terraza, y fui a sentarme en la barca, donde me escondí para quedar a solas con mis pensamientos. Intenté despegarme de esa fuerza por la cual vivía, suplicio comparable con el que los tártaros castigaban el adulterio prendiendo un miembro del culpable en un trozo de madera, y dejándole un cuchillo para cortárselo, si no quería morir de hambre; terrible lección que padecía mi alma, de la cual me era preciso cercenar la más bella mitad. ¡Mi vida estaba también frustrada! La desesperación me sugería las más extrañas ideas. Tan pronto quería yo morir por ella, como luego encerrarme en la Meilleraye, a donde habían ido a establecerse los trapenses. Mis empañados ojos no veían ya los objetos exteriores. Contemplaba las ventanas de la habitación donde sufría Enriqueta, creyendo percibir en la luz que la alumbraba la noche que me prometí con ella. ¿No habría yo debido obedecer a la vida simple que ella había creado, reservando para ella el manejo de los asuntos? ¿No me había ordenado que fuera un gran hombre, a fin de preservarme de las pasiones bajas y vergonzosas que había sufrido, como todos los hombres? ¿No era la castidad una sublime distinción que yo no había sabido mantener? El amor, como lo concebía Arabella, me disgustó de pronto. En el momento en que alzaba yo mi abatida cabeza, preguntándome de donde me vendrían en adelante la luz y la esperanza, qué interés tendría en vivir, fue agitado el aire por leve ruido. Me volví hacia la terraza, y divisé a Magdalena paseándose sola, caminando lentamente. Mientras que subía yo a donde se encontraba, para pedir cuenta a la querida niña de la fría mirada que me había lanzado al pie de la cruz, ella se había sentado sobre el banco; cuando me vio a mitad de camino, se levantó y fingió no haberme visto, para no quedarse a solas conmigo; su paso era presuroso, significativo.

Ella me odiaba, huía del asesino de su madre. Al volver por las escalinatas de Clochegourde, la vi como una estatua, inmóvil y en pie, escuchando el ruido de mis pasos. Santiago estaba sentado sobre un peldaño, y su actitud expresaba la misma insensibilidad que me había chocado cuando nos paseamos juntos, inspirándome esas ideas que relegamos a un rincón de nuestra alma, para volverlas a tomar y ahondarlas más tarde, a gusto propio. He observado que los jóvenes que llevan en sí la muerte, son todos insensibles a los funerales. Quise interrogar a aquella alma sombría. ¿Habría reservado Magdalena sus pensamientos para sí sola, o bien inspirando asimismo su odio a Santiago?

—Ya sabes —le dije, para entablar conversación— que en mí tienes al más leal de los hermanos.

—¡Vuestra amistad me es inútil, yo seguiré a mi madre! —me respondió, lanzándome una huraña mirada de dolor.

—¡Santiago! —exclamé—, ¿tú también?

Tosió y se apartó lejos de mí; luego, al volver, me mostró rápidamente su pañuelo ensangrentado.

—¿Comprendéis? —dijo.

Así, pues, cada uno de ellos tenía un fatal secreto. Como lo hube de ver después, la hermana y el hermano se rehuían. Caída Enriqueta, todo estaba en ruinas en Clochegourde.

—La señora duerme —vino a decirnos Manette, feliz por saber a la condesa sin sufrimientos.

En momentos tan espantosos, aun cuando cada cual conozca el inevitable fin, los cariños verdaderos detonan delirantes y se aferran a pequeñas felicidades. Los minutos son siglos que se quisieran llenar de beneficios. Se desearía cargar con sus sufrimientos, y que el último suspiro fuese inesperado para ellos.

—El doctor Deslandes ha ordenado quitar las flores, que actuaban demasiado intensamente sobre los nervios de la señora —me dijo Manette.

Así, pues, las flores habían causado su delirio; ella no era cómplice. Los amores de la tierra, las fiestas de la fecundación, las caricias de las plantas, la habían embriagado con sus perfumes, y sin duda habían despertado los pensamientos de amor feliz que dormitaban en ella desde su juventud.

—Venid, señor Félix —me dijo ella—. Venid a ver a la señora; está bella como un ángel.

Volví a la habitación de la moribunda en el momento en que el sol se ocultaba y doraba el encaje de los tejados del castillo de Azay. Todo estaba tranquilo y puro. Una suave claridad iluminaba el lecho en el que reposaba Enriqueta, bañada en opio. En aquel momento, el cuerpo estaba por decirlo así anulado; únicamente el alma reinaba sobre aquel rostro, sereno como un hermoso cielo despejado tras la tormenta. Blanca y Enriqueta, aquellas dos sublimes caras de la misma mujer, reaparecían tanto más bellas, cuanto mi recuerdo, mi pensamiento, mi imaginación, coadyuvando la naturaleza, reparaban las alteraciones de cada rasgo donde el alma triunfante enviaba sus resplandores en oleadas confundidas con los soplos de la respiración. Los sacerdotes estaban sentados junto al lecho. El conde, en pie, parecía fulminado al reconocer los estandartes de la muerte que flotaban sobre aquella adorada criatura. Yo tomé asiento sobre el canapé, en el lugar que ella había ocupado. Luego, los cuatro intercambiamos miradas en las que la admiración de aquella celeste belleza se mezclaba a lágrimas de sentimiento. Las luces del pensamiento anunciaban el retorno de Dios en uno de sus más preciosos tabernáculos. El abate de Dominis y yo nos hablábamos por señas, comunicándonos ideas mutuas. ¡Sí, los ángeles velaban a Enriqueta! Sí, sus flamígeras espadas refulgían sobre aquella noble frente a la que tornaban las augustas expresiones de la virtud, que en otro tiempo constituían como un alma visible con la cual departían los espíritus de su esfera. Las líneas de su rostro se engrandecían y se hacían majestuosas bajo los invisibles incensarios de los serafines que la custodiaban. Los verdosos tintes del sufrimiento corporal daban paso a los tonos enteramente blancos, a la palidez mate y fría de la próxima muerte. Santiago y Magdalena entraron; Magdalena nos hizo estremecer a todos por el movimiento de adoración que la precipitó ante el lecho, le unió las manos y le inspiró esta sublime exclamación:

—¡Al fin, esta es mi madre!

Santiago sonreía; estaba seguro de seguir a su madre allá donde ella iba.

—Ya llega al puerto —dijo el abate Birotteau.

El abate de Dominis me miró como para repetirme: «¿No dije que la estrella se alzaría brillante?».

Magdalena permaneció con los ojos fijos en su madre, respirando cuando ella lo hacía, imitando su leve soplo, hilo último que la adhería a la vida, y que nosotros seguimos con terror, temiendo verlo roto al menor esfuerzo. Como un ángel a las puertas del santuario, la joven estaba ansiosa y tranquila, fuerte y posternada. En aquel momento sonó el Angelus en el campanario de la aldea. Las ondas del aire lanzaron los tañidos que nos anunciaban que a aquella hora la cristiandad entera repetía las palabras dichas por el ángel a la mujer que redimió los pecados de su sexo. Aquella tarde, el Avemaría nos pareció una salutación del cielo. La profecía era tan clara y el acontecimiento tan próximo, que nos deshicimos en llanto. Los murmullos del crepúsculo, brisa melodiosa en los follajes, últimos gorjeos de los pájaros, estribillos y zumbidos de insectos, voces de las aguas, plañidero grito de la rubeta: todo el campo decía adiós al más bello lirio del valle, a su vida simple y rústica. Aquella poesía religiosa, unida a todas las poesías de la naturaleza, expresaba también la canción de la partida, que nuestros sollozos fueron al punto repetidos. Aunque estuviera abierta la puerta de la habitación, nos hallábamos tan sumidos en aquella terrible contemplación, como para imprimir para siempre jamás en nuestra alma el recuerdo, que no habíamos percibido al personal de la casa arrodillado en un grupo donde se decían fervientes plegarias. Aquellas pobres gentes, acostumbradas a la esperanza, creían que conservarían a su ama, y aquel presagio tan manifiesto, las abrumó. A un gesto del abate Birotteau, el viejo piquero salió para ir a buscar al cura de Saché. El médico, en pie junto al lecho, sereno como la ciencia y que tenía en su mano la adormecida de la enferma, había hecho una seña al confesor para decirle que aquel sueño era la última hora sin sufrimiento que quedaba al ángel llamado. Había llegado el momento de administrarle los últimos sacramentos de la Iglesia. A las nueve, ella se despertó dulcemente, nos miró con aire sorprendido, pero dulce, y volvimos a ver a nuestro ídolo en la belleza de su buena época.

—¡Madre mía, eres demasiado bella para morir, la vida y la salud te vuelven! —exclamó Magdalena.

—Querida hija, viviré, pero en ti —respondió sonriendo.

Diéronse entonces desgarradores abrazos de la madre a los hijos y de éstos a la madre. El señor Mortsauf besó a su mujer piadosamente en la frente. La condesa enrojeció al verme.

—Querido Félix —dijo—, este es creo el único pesar que os habré dado… Mas olvidad lo que haya podido deciros, pobre insensata de mí…

Me tendió la mano y la tomé para besarla; entonces ella me dijo con la graciosa sonrisa de la virtud:

—¿Como antes, Félix?…

Salimos todos y fuimos al salón durante todo el tiempo que debía durar la última confesión de la enferma. Yo me coloqué junto a Magdalena. En presencia de todos, ella no podía rehuirme sin descortesía; pero, imitando a su madre, no miraba a nadie y guardó silencio, sin posar una sola vez sus ojos sobre mí.

—Querida Magdalena —le dije en voz baja—, ¿qué es lo que tenéis contra mí? ¿Por qué esos sentimientos fríos, cuando todos deben reconciliarse en presencia de la muerte?

—Creo oír lo que dijo en estos momentos mi madre —me respondió, adoptando el ademán de cabeza semejante a la que Ingres ha dado a su Madre de Dios, esa Virgen ya dolorosa que se dispone a proteger al mundo en el que su Hijo va a perecer.

—¿Y me condenáis en el momento en que vuestra madre me absuelve, si en todo caso soy culpable?

¡Vos, y siempre vos!

Su acento traicionaba un odio reflexionado como el de un corso, implacable como lo son los juicios de aquellos que, no habiendo estudiado la vida, no admiten atenuante alguno a las faltas cometidas contra las leyes del corazón. Transcurrió una hora en un silencio profundo.

Volvió el abate Birotteau tras haber recibido la confesión general de la condesa de Mortsauf y nuevamente entramos todos en la habitación de la moribunda, en el momento que, siguiendo una de esas ideas que prenden en esas nobles almas, hermanas todas en la intención, Enriqueta se había hecho vestir un vestido largo que debía servirle de sudario. La hallamos sentada en su lecho, bella con sus expiaciones y con sus esperanzas; vi en la chimenea las negras cenizas de mis cartas, que acababan de ser quemadas, sacrificio que ella no había querido hacer —me dijo su confesor—, sino en el momento de la muerte. Sonrió a todos como en otros tiempos. Sus ojos, húmedos de lágrimas, revelaban un abrirse supremo; vislumbraba ya los goces celestes de la tierra de promisión.

—Querido Félix —me dijo tendiéndome la mano y estrechando la mía—. Debéis asistir a una de las últimas escenas de mi vida y que no será la menos penosa de todas, pero en la que tenéis gran parte.

Hizo un gesto y la puerta se cerró. A mi invitación, el conde se sentó; el abate Birotteau y yo permanecimos de pie. Ayudada por Manette, la condesa se levantó, se puso de rodillas ante el conde y quiso quedarse así. Luego, cuando se retiró Manette, alzó la cabeza, que había apoyado sobre las rodillas del asombrado conde.

—Aunque me haya conducido con vos como una esposa fiel —le dijo ella con voz alterada—, puede haberme sucedido, señor, que faltaba a veces a mis deberes; acabo de rogar a Dios que me otorgue la fuerza de pediros perdón por mis faltas. He podido dedicar a los cuidados de una amistad situada fuera de la familia, atenciones más afectuosas aún que las que os debía. Acaso os haya irritado contra mí al comparar esas solicitudes, de esos pensamientos, con los que yo os prodigaba. He tenido —añadió en voz baja— una viva amistad que nadie, ni siquiera aquel que fue su objeto, ha conocido por entero. Aunque haya permanecido virtuosa según las leyes humanas, que haya sido para vos una esposa irrepochable, a menudo han atravesado mi corazón pensamientos, involuntarios y voluntarios, y en este momento temo el haberlos acogido con demasiada complacencia. Pero, como os he amado tiernamente, que he permanecido vuestra sumisa esposa, que las nubes, pasando bajo el cielo, no han alterado la pureza, me veis solicitando vuestra bendición con la frente pura. Moriré sin ningún pensamiento amargo si oigo de vuestra boca una palabra dulce para vuestra Blanca, para la madre de vuestros hijos y si la perdonáis todas las cosas que ella no se ha perdonado a sí misma sino después de las seguridades del tribunal del que todos dependemos.

—¡Blanca, Blanca! —exclamó el viejo, derramando de pronto lágrimas sobre la cabeza de su mujer—. ¿Quieres hacerme morir?

La incorporó hasta él, con fuerza inusitada, la besó santamente en la frente, y, manteniéndola así, prosiguió:

—¿No tengo que pedirte perdón yo?… ¿No he sido a menudo duro? ¿No exageras escrúpulos pueriles?

—Tal vez —replicó ella—. Pero, amigo mío, sé indulgente con las debilidades de los moribundos, tranquilízame. Cuando tú llegues a esta hora, pensarás que te he abandonado bendiciéndote. ¿Me permites que deje a nuestro amigo presente esta prenda de un profundo sentimiento? —añadió señalando una carta que estaba sobre la chimenea—. Ahora es mi hijo adoptivo, eso es todo. El corazón, querido conde, tiene sus testamentos: mis últimas voluntades imponen a este caro Félix obras sagradas que cumplir; no creo haber presumido demasiado de él; haz, pues, que tampoco lo haya hecho demasiado de ti permitiéndome legarle algunos pensamientos. Sigo siendo mujer —dijo inclinando la cabeza con suave melancolía—. Tras mi perdón, te pido una gracia… Leed, pero solamente después de mi muerte —me dijo tendiéndome el misterioso escrito.

El conde vio palidecer más a su mujer y la llevó él mismo al lecho, donde nosotros la rodeamos.

—Félix —me dijo—. Puedo haber cometido yerros con vos. A menudo seguramente os he ocasionado algunos disgustos, dejándoos esperar alegrías ante las cuales he retrocedido; ¿mas no debo a mi valor de esposa y madre el que pueda morir reconciliada con todos? ¡Vos me perdonaréis también, vos que me habéis acusado tan a menudo y cuya injusticia me causaba placer!

El abate Birotteau puso un dedo sobre sus labios. A este gesto, la moribunda inclinó la cabeza, le sobrevino un semidesmayo y agitó las manos para decir que entrase el clero, sus hijos y los criados; luego me mostró con gesto imperioso al conde anonadado y a sus hijos que llegaban. La vista de aquel padre cuya secreta demencia sólo nosotros conocíamos, convertido en tutor de aquellos seres tan delicados, inspiraron a la agonizante mudas súplicas que cayeron en mi alma como fuego sagrado. Antes de recibir la extremaunción, pidió perdón a sus servidores por haberles tratado a veces bruscamente; imploró sus oraciones y los recomendó a todos individualmente al conde; confesó noblemente haber proferido, durante el último mes, quejas poco cristianas, que habrían podido escandalizar a sus servidores; había rechazado a sus hijos y concebido sentimientos poco decorosos; pero achacó este defecto de sumisión a las voluntades de Dios, a sus intolerables dolores. En fin, agradeció públicamente, con conmovedora efusión del corazón, al abate Birotteau, por haberle mostrado el vacío de las cosas humanas. En cuanto cesó de hablar, comenzaron las plegarias; después el cura de Saché la administró el viático. Algunos momentos más tarde, se dificultó su respiración, un velo se tendió sobre sus ojos, que volvieron a abrirse; me lanzó una última mirada y murió a la vista de todos, escuchando acaso el triste concierto de nuestros sollozos. En el momento en que exhaló su último suspiro, postrer sufrimiento de una vida que fue un largo dolor, sentí en mí mismo una conmoción que afectó todas mis facultades. El conde y yo permanecimos durante toda la noche junto al lecho mortuorio, con los dos abates y el cura, velando a la luz de los cirios el cadáver yacente.

Esta fue mi primera comunicación con la muerte. Permanecí durante toda aquella noche con los ojos posados sobre Enriqueta, fascinado por la expresión pura que presta el apaciguamiento de todas las tempestades, por la blancura del rostro al que aún adornaba con sus innumerables afectos, pero que no respondía ya a mi amor. ¡Qué majestad en ese silencio y en ese frío! ¡Cuántas flexiones no expresan! ¡Qué belleza en ese reposo absoluto, qué despotismo en esa inmovilidad! Todo el pasado se encuentra en él aún, y en él comienza el futuro. ¡Ah, yo la amaba muerta tanto como la había amado en vida! Al llegar la mañana, el conde fue a acostarse, y los tres sacerdotes, se adormilaron en aquella hora pesada, tan conocida por quienes velan. Y entonces, sin testigos, pude besarla en la frente con todo el amor que no me había permitido jamás expresar.

Al otro día, y en una fresca mañana de otoño, acompañamos a la condesa a su última morada. El féretro lo llevaban el viejo piquero, los dos Martineau y el marido de Manette. Descendimos por el camino que tan jubilosamente había subido yo el día en que la volví a encontrar; atravesamos el valle del Indre para llegar al pequeño cementerio de Saché, pobre camposanto de aldea, situado en la parte trasera de la iglesia, sobre la grupa de una colina, y donde, por humildad cristiana, quiso ser enterrada con una simple cruz de madera, como una pobre campesina, según su propio deseo. Cuando, desde la mitad del valle, divisé la iglesia de la aldea y el lugar del cementerio, me recorrió un convulsivo escalofrío. ¡Ay, todos tenemos en la vida un Gólgota en el que dejamos nuestros treinta y tres primeros años recibiendo una lanzada en el corazón, sintiendo sobre nuestra cabeza la corona de espinas que reemplaza a la corona de rosas; esta colina debía ser para mí el monte de las expiaciones! Nos seguía una inmensa muchedumbre Venida para expresar los sentimientos del valle en el que ella había enterrado en silencio una multitud de hermosas acciones. Por Manette, su confidente, se supo que para socorrer a los pobres, ella economizaba en su tocado, cuando no bastaban sus economías. Eran chiquillos desnudos que se vestían, canastillas que se enviaban, madres socorridas, sacos de trigo pagados a los molineros en invierno para viejos desvalidos, una vaca regalada a algún matrimonio pobre, en fin, las obras de la cristiana, de la madre y de la castellana; luego, dotes ofrecidas oportunamente para unir a parejas que se amaban y reemplazos pagados a jóvenes no favorecidos por el sorteo, conmovedoras ofrendas de la mujer amante que decía: La felicidad de los demás es el consuelo de los que ya no pueden ser felices. Estas cosas, contadas en las veladas hacía tres días, habían hecho que la concurrencia fuese inmensa. Yo iba con los dos abates, detrás del féretro. Según la costumbre, ni Magdalena ni Santiago estaban con nosotros, permaneciendo solos en Clochegourde. Manette quiso venir a toda costa.

—¡Pobre señora! ¡Pobre señora! ¡Ya es feliz! —la oí decir varias veces, a través de sus sollozos.

En el momento en que el cortejo dejó la calzada de los molinos, hubo un gemido general mezclado a llantos, que hacía creer que aquel valle lloraba por su alma. La iglesia estaba llena de gente. Tras el oficio funeral, fuimos al cementerio, donde debía ser enterrada junto a la cruz. Al oír yo rodar los guijos y la grava de la tierra sobre el féretro, me abandonó el valor, me tambaleé, rogué a los dos Martineu que me sostuvieran y me condujeron medio desmayado al castillo de Saché, cuyos dueños me ofrecieron cortésmente asilo, que acepté. Os lo confieso: no quise volver a Clochegourde y me repugnaba volver a Frapesle, desde donde podía ver el castillo de Enriqueta. Allí yo estaba cerca de ella. Permanecí varios días en una habitación cuyas ventanas daban a la cañada tranquila y solitaria de que os he hablado. Es un vasto pliegue de terreno bordeado de robles dos veces centenarios, y por donde discurre un torrente en la época de las grandes lluvias. Su aspecto convenía a la meditación severa y solemne a la que quería entregarme. Durante la jornada que siguió a la noche fatal, yo había reconocido cuán inoportuna iba a ser mi presencia en Clochegourde. El conde había experimentado violentas emociones a la muerte de Enriqueta, pero esperaba el terrible acontecimiento y en el fondo de su pensamiento tenía tomada una resolución que se asemejaba a la indiferencia. Yo me había percatado de ello varias veces y cuando la condesa posternada me entregó aquella carta que no me atrevía a abrir, cuando habló de su afecto por mí, ese hombre receloso no me lanzó la fulminante mirada que esperaba de él. Las palabras de Enriqueta las había atribuido a la excesiva delicadeza de su conciencia, que él sabía tan pura. Tal insensibilidad de egoísta era natural. Las almas de aquellos dos seres no se habían desposado más que sus cuerpos, no habían tenido jamás esas constantes comunicaciones que reavivan los sentimientos; nunca habían intercambiado penas ni placeres, esos lazos tan fuertes que nos destrozan por mil partes cuando se rompen, porque corresponden a todas nuestras fibras, porque están unidos a los repliegues de nuestro corazón, al mismo tiempo que han acariciado el alma que sancionaba cada uno de esos enlaces. La hostilidad de Magdalena me cerraba Clochegourde. Esta dura doncella no estaba dispuesta a pactar con su odio sobre el féretro de su madre, y yo habría estado horriblemente desazonado entre el conde, que me hubiese hablado de sí mismo y la ama de casa, que me hubiera mostrado invencibles repugnancias. Encontrarse de tal guisa, allá donde antaño hasta las flores eran acariciadoras, los peldaños de las escalinatas elocuentes y donde todos mis recuerdos revestían de poesía los balcones, los brocales, las balaustradas y las terrazas, los árboles y los panoramas; ser odiado allí donde todo me amaba… no, yo no soportaba tal pensamiento. Así, tomé mi decisión desde el primer momento. ¡Ay, tal era, pues, el desenlance del más intenso amor que jamás haya herido el corazón de un hombre! A los ojos de los extraños, mi conducta iba a ser condenable, pero tenía la sanción de mi conciencia. Así es como acaban los más bellos sentimientos y los dramas más grandes de la juventud. Un buen día al alba partimos casi todos, como yo de Tours a Clochegourde, apoderándonos del mundo, con el corazón hambriento de amor; luego, cuando nuestras riquezas han pasado por el crisol, cuando nos hemos mezclado a los hombres y a los acontecimientos, todo se empequeñece, mengua insensiblemente y encontramos poco oro entre muchas cenizas. ¡Así es la vida: grandes pretensiones y pequeñas realidades! Medité largamente sobre mí mismo, preguntándome lo que iba a hacer tras un golpe que segaba todas mis ilusiones en flor. Y resolví lanzarme hacia la política y la ciencia, a los senderos tortuosos de la ambición, de arrancar a la mujer en mi vida y ser un estadista, frío y sin pasiones, permaneciendo fiel a la santa que había amado. Mis meditaciones iban hasta perderse de vista, mientras que mis ojos permanecían prendidos en la magnífica tapicería de los dorados robles, en las cimas severas y en los broncíneos pies; me preguntaba si la virtud de Enriqueta no habría sido más bien ignorancia, si no sería yo culpable de su muerte. Me debatía en medio de mis remordimientos. Finalmente, un suave mediodía de otoño, una de esas últimas sonrisas del cielo, de tanta belleza en Turena, leí su carta, que, según su recomendación, no debía abrirla hasta después de su muerte. ¡Juzgar mis impresiones al leerla!

Carta de la señora de Mortsauf al vizconde Félix de Vandenesse

«Félix, amadísimo amigo, debo ahora abriros mi corazón, menos para mostraros cuánto os amo que para que comprendáis la grandeza de nuestras obligaciones, desvelándoos la hondura y gravedad de las heridas que habéis causado. En el momento en que caigo quebrantada por las fatigas del viaje, agotada por los ataques recibidos durante el combate, felizmente la mujer ha muerto y sólo ha sobrevivido la madre. Vais a ver, querido, cómo habéis sido la causa primera de mis males. Si más tarde me he ofrecido complacientemente a vuestros golpes, hoy muero recibiendo de vos una última herida; pero hay excesivos deleites en sentirse destrozada por aquel a quien se ama. Pronto, los sufrimientos me privarán sin duda de mi fuerza, por lo que aprovecho los últimos destellos de mi inteligencia para suplicaros aún que reemplacéis junto a mis hijos el corazón de que les habréis privado. Os impondría este cuidado con autoridad, si os amase menos; mas prefiero dejar que lo toméis por vos mismo, como efecto de un santo arrepentimiento y también como una continuación de vuestro amor: ¿no estuvo en nosotros el amor constantemente mezclado de pesarosas meditaciones y de temores expiatorios? Y, yo lo sé, nos hemos amado siempre. Vuestra culpa no es tan funesta por vos como por el eco que la he dado en mi interior. ¿No os había dicho que era celosa, pero celosa hasta morir? Pues bien, muero. Consolaos, sin embargo: hemos dado satisfacción a las leyes humanas. La Iglesia, por una de sus más puras voces, me ha dicho que Dios sería indulgente con quienes habían inmolado a sus mandamientos sus inclinaciones naturales. Amado mío, sabedlo, pues, todo, pues no quiero que ignoréis uno solo de mis pensamientos. Lo que yo confiaré a Dios en mis últimos momentos vos debéis saberlo también, vos el rey de mi corazón, como Él es el rey del cielo. Hasta aquella fiesta dada al duque de Angulema, la única a la que he asistido, el matrimonio me había dejado en la ignorancia que presta al alma de las muchachas jóvenes la belleza de los ángeles. Verdad es que yo era madre; mas el amor no me había rodeado con esos placeres permitidos. ¿Cómo permanecí así? No lo sé, como tampoco por qué leyes todo se cambió para mí en un instante. ¿Os acordáis todavía hoy de vuestros besos? Han dominado mi vida, han surcado mi alma; el ardor de vuestra sangre ha penetrado mi juventud y vuestros deseos han entrado en mi corazón. Cuando me he erguido tan altanera, experimentaba una sensación que no podía expresarla en idioma alguno, ya que los niños no han hallado aún palabras para traducir la unión de la luz y de sus ojos, ni el beso de la vida en sus labios. Sí, era el son llegado en el eco, la luz lanzada a las tinieblas, el movimiento dado al universo; cuando menos fue tan rápido como todas esas cosas, pero mucho más bello, ¡pues era la vida del alma! Comprendí que existía no sé qué de desconocido para mí en el mundo, una fuerza más bella que el pensamiento, eran todos los pensamientos, todas las fuerzas, todo un porvenir en una emoción compartida. No me sentí madre solamente a medias. Cayendo sobre mi corazón, ese rayo encendió deseos que dormitaban sin yo saberlo; comprendí de pronto lo que quería decir mi tía cuando me besaba en la frente exclamando: ¡Pobre Enriqueta! Al volver a Clochegourde, la primavera, las primeras hojas, el perfume de las flores, las lindas nubes blancas, el Indre, el cielo, todo me hablaba un lenguaje hasta entonces incomprendido, y que prestaba a mi alma un poco del movimiento que vos habéis impreso en mis sentidos. Si habéis olvidado esos terribles besos, yo no he podido borrarlos nunca de mi recuerdo: ¡por ellos muero! Sí, cada vez que os he visto después, refrescabais la huella; me sentía emocionada de la cabeza a los pies por vuestro aspecto, por el solo presentimiento de vuestra llegada. Ni el tiempo ni mi firme voluntad han podido dominar ese imperioso deleite. Yo me preguntaba involuntariamente: «¿Qué deben ser los placeres?» Nuestras miradas cambiadas, los respetuosos ósculos que depositabais en mis manos, mi brazo posado sobre el vuestro, el tono tierno de vuestra voz, las menores cosas, en fin, me removían tan violentamente, que casi siempre se expandía una nube sobre mis ojos: el ruido de los sentidos revueltos llenaba entonces mi oído. ¡Ah, si en aquellos momentos en que redoblaba mi frialdad, me hubieseis tomado en brazos, habría muerto de felicidad! A veces he deseado de vos alguna violencia, mas la oración desterraba rápidamente ese mal pensamiento. Vuestro nombre pronunciado por mis hijos me inundaba el corazón de una sangre más caliente, que coloreaba al instante mi rostro y tendía trampas a mi pobre Magdalena para hacérselo decir, a tal punto gustaba yo de los borboteos de esa sensación. ¿Qué os diría? Vuestra escritura tenía un encanto; miraba vuestras cartas como se contempla un retrato. Sí, desde ese primer día, vos habíais conquistado sobre mí no sé qué fatal poder, ya comprenderéis, amigo mío, que se hizo infinito cuando me fue dado leer en vuestra alma. ¡Qué delicias me inundaron hallándoos tan puro, tan completamente sincero, dotado de tan bellas cualidades, capaz de cosas tan grandes y ya tan experimentado! ¡Hombre y niño, tímido y valeroso! ¡Qué alegría cuando encontré que los dos estábamos unidos por sufrimientos comunes! Desde aquel atardecer en que nos confiamos mutuamente, perderos era para mí morir: así os he dejado a mi lado por egoísmo. La certidumbre que tuvo el señor de la Berge de que vuestro alejamiento me produciría la muerte, le conmovió mucho, ya que leía en mi alma. Juzgó que mis hijos me necesitaban, así como mí casa, le prometí permanecer pura de acción y de pensamiento. «El pensamiento es involuntario», me dijo, «pero puede ser conservado en medio de los suplicios». «Si pienso», le respondí, «todo estará perdido; salvadme de mí misma. ¡Haced que él permanezca a mi lado y que siga pura!». El buen anciano, aunque muy severo, fue entonces indulgente a tanta buena fe. «Podéis quererle como se quiere a un hijo, destinándole vuestra hija», me dijo. Acepté valerosamente una vida de sufrimientos para no perderos; y sufrí con amor, viendo que estábamos uncidos al mismo yugo. ¡Dios mío, yo he permanecido neutra, fiel a mi marido, no dejándoos dar un solo paso, Félix, en vuestro propio reino! La grandeza de mis pasiones ha reaccionado sobre mis facultades, he considerado los tormentos que me infligía el señor de Mortsauf como expiaciones y los soporté con orgullo para atacar a mis culpables inclinaciones. Antes estaba predispuesta a murmurar; pero desde que permanecisteis a mi lado, logré alguna alegría, que sentó bien al señor de Mortsauf. Sin esa fuerza que me prestasteis, yo habría sucumbido hacía tiempo a mi vida interior que os he contado. Si habéis tenido mucha parte en mis faltas, también la habéis tenido grande en el ejercicio de mis deberes. Lo mismo fue para con mis hijos. Yo creía haberlos privado de algo y temí no hacer lo bastante por ellos. Mi vida fue entonces un continuo dolor que yo amaba. Sintiendo que era menos madre, menos mujer honrada, el remordimiento se ha alojado en mi corazón; y temiendo faltar a mis obligaciones, he querido constantemente sobrepasarlas. Para no fallar, he puesto, pues, a Magdalena entre vos y yo, y os he destinado el uno al otro, alzando así barreras entre nosotros dos. ¡Barreras imponentes! ¡Nada podía ahogar los estremecimientos que me producíais! Ausente o presente, vos teníais la misma fuerza. Yo he preferido Magdalena a Santiago, porque Magdalena debía ser vuestra. Mas no os cedía a mi hija sin combates. Yo me decía que no tenía sino veintiocho años cuando os conocí y que vos tenías casi veintidós; aproximaba las distancias, me entregaba a falsas esperanzas. ¡Oh, Dios mío!, Félix, os hago estas confesiones a fin de ahorraros remordimientos y acaso también a fin de haceros saber que yo no era insensible, que nuestros sufrimientos de amor eran bien cruelmente iguales y que Arabella no era superior a mí. Yo también era una de esas féminas de la raza caída, que los hombres gustan tanto. Hubo un momento en que la lucha fue tan terrible, que lloré durante todas las noches; me caía el pelo. ¡A vos os di estos cabellos! Ya os acordáis de la enfermedad que tuvo el señor de Mortsauf. Vuestra grandeza de alma de entonces, en vez de elevarme, me empequeñeció. ¡Ay, desde aquel día deseaba darme a vos como una recompensa debida a tanto heroísmo; mas esa locura duró poco! La puse a los pies de Dios durante la misa a la que rehusasteis asistir. La enfermedad de Santiago y los sufrimientos de Magdalena me han parecido amenazas de Dios, que arrastraba fuertemente a Él a la oveja descarriada. Luego, vuestro amor tan natural por esa inglesa, me ha revelado secretos que yo misma ignoraba. Os amaba más de lo que creía amaros. Magdalena ha desaparecido. Las constantes emociones de mi vida tormentosa, los esfuerzos que yo hacía para domeñarme sin más socorro que la religión, todo ha preparado la enfermedad de la que muero. Este terrible golpe ha determinado crisis sobre las cuales he mantenido silencio. Veía en la muerte le único desenlace posible de esta tragedia ignorada. Ha habido toda una vida arrebatada, celosa, furiosa, durante los dos meses que han transcurrido entre la noticia que me dio mi madre de vuestro trato con lady Dudley y vuestra llegada. Yo quería ir a París, tenía una sed asesina, ansiaba la muerte de esa mujer, era insensible a las caricias de mis hijos. La oración, que hasta entonces había sido para mí como un bálsamo, no producía ya efecto en mi alma. Los celos han abierto la ancha brecha por donde ha penetrado la muerte. Sin embargo, he permanecido con la frente serena. Sí, ese período de combates fue un secreto entre Dios y yo. Cuando he sabido efectivamente que yo era amada tanto como yo misma os amaba y que no era traicionada sino por la naturaleza y no por vuestro pensamiento, he querido vivir… mas ya no era tiempo. Dios me había puesto bajo su protección, sintiendo sin duda piedad por una criatura sincera consigo misma, sincera con Él y a la que sus sufrimientos habían llevado a menudo a las puertas del santuario. Mi bien amado, Dios me ha juzgado, el señor de Mortsauf me perdonará sin duda, pero ¿seréis clemente vos? ¿Escucharéis la voz que sale en este momento de mi tumba? ¿Repararéis las desgracias de las que somos igualmente culpables, vos menos que yo quizás? Ya sabéis lo que quiero pediros. Sed con el señor de Mortsauf lo que una hermana de la caridad es con un enfermo, escuchadle, queredle; nadie le querrá. Interponeos entre sus hijos y él, como yo lo hacía. Vuestra tarea no será de larga duración: Santiago abandonará pronto la casa para ir a París junto a su abuelo y vos me habéis prometido guiarle a través de los escollos de este mundo. En cuanto a Magdalena, ella se casará. ¡Ojalá le gustarais un día!; ella es en todo yo misma, y, además, es fuerte, tiene esa voluntad que a mí me ha faltado, esa energía necesaria a la compañera de un hombre al que su carrera destina para las tormentas de la vida política; es diestra y penetrante. Si vuestros destinos se unieran ella sería más feliz que lo fue su madre. Adquiriendo así el derecho de continuar mi obra en Clochegourde, borraríais culpas que no han sido suficientemente expiadas, aunque perdonadas en el cielo y sobre la tierra, ya que Él es generoso y me perdonará. Sigo siendo, ya lo véis, egoísta; ¿pero no es ésta la prueba de un amor despótico? Yo quiero ser amada por vos en los míos. ¡No habiendo podido ser vuestra, os lego mis pensamientos y mis deberes! Si me amáis demasiado para obedecerme, si no queréis casaros con Magdalena, cuando menos velaréis el descanso de mi alma, haciendo al señor de Mortsauf tan feliz como puede serlo.

¡Adiós, querido hijo de mi corazón! Este es el adiós completamente inteligente, lleno de vida aún, el adiós de un alma en la que has derramado alegrías demasiado grandes como para que puedas tener el menor remordimiento de la catástrofe que han engendrado; me sirvo de estas palabras pensando que me amas, ya que yo llego al lugar del reposo, inmolada al deber, y, lo que me hace estremecer, no sin pesar ¡Dios sabrá mejor que yo si he practicado sus santas leyes según su espíritu! Sin duda a menudo me he tambaleado, mas no he caído y la más poderosa excusa de mis culpas se encuentra en la propia magnitud de las seducciones que me han rodeado. El Señor me verá tan temblorosa como si hubiese sucumbido. Adiós aún, un adiós semejante al que he dado ayer a nuestro hermoso valle, en cuyo seno reposaré pronto y donde vos volveréis a menudo, ¿no es así?

«Enriqueta.»

Caí en un abismo de reflexiones al percibir las desconocidas profundidades de aquella vida iluminada entonces por esta última llama. Las nubes de mi egoísmo se disiparon. Ella había sufrido tanto como yo, más que yo, puesto que había muerto. Ella creía que los demás debían ser excelentes para su amigo; había estado tan cegada por su amor, que no había ni sospechado la enemistad de su hija. Esta última prueba de su cariño me hizo mucho daño. ¡Pobre Enriqueta, que quería darme Clochegourde y su hija!

Natalia, después de ese día terrible para siempre en que he entrado en un cementerio acompañando los despojos de esa noble Enriqueta, a la que ahora conocéis, el sol ha sido menos cálido y menos luminoso, la noche más oscura, el movimiento menos rápido, el pensamiento más pesado. Hay personas que sepultamos en la tierra, pero existen otras particularmente queridas que tienen nuestro corazón por mortaja, cuyo recuerdo se mezcla cada día a nuestros latidos; pensamos en ella al igual que respiramos, y están en nosotros por la dulce ley de una metempsicosis propia del amor. Un alma se encuentra en mi alma. Cuando se hace algún bien por mí, cuando se pronuncia una hermosa palabra, esa alma habla, ella actúa; todo cuanto yo puedo tener de bueno emana de esa tumba, como de un lirio los perfumes que embalsaman la atmósfera. La burla, el mal, todo lo que reprocháis en mí, proviene de mí mismo. Ahora, cuando mis ojos se hallan oscurecidos por una nube y se dirigen hacia el cielo, después de haber contemplado largo tiempo la tierra, cuando mi boca está muda a vuestras palabras y a vuestros cuidados, no me preguntéis más: ¿En qué pensáis?

Querida Natalia, he cesado de escribir durante algún tiempo; estos recuerdos me habían conmovido demasiado. Ahora os debo el relato de los acontecimientos que siguieron a esa catástrofe y que requieren pocas palabras. Cuando una vida no se compone sino de acción y de movimiento, todo se dice pronto, pero cuando ha pasado en las regiones más elevadas del alma, su historia es difusa. La carta de Enriqueta hacía brillar una esperanza ante mis ojos. En aquel gran naufragio, divisaba yo una isla a la que podía abordar. Vivir en Clochegourde junto a Magdalena, consagrándole mi vida, era un destino en el que se satisfacían todas las ideas que agitaban mi corazón; mas había que conocer los verdaderos pensamientos de Magdalena. Debía despedirme del conde, por lo que fui a Clochegourde a verle, encontrándole en la terraza. Nos paseamos largo rato. Al principio me habló de la condesa como hombre que conocía la magnitud de su pérdida y todo el daño que causaba a su vida privada. Mas, tras el primer grito de su dolor, se mostró más preocupado por el futuro que por el presente. Temía a su hija, que carecía —me dijo— de la dulzura de su madre. El firme carácter de Magdalena, en quien no sé qué de heroico se mezclaba a las graciosas cualidades de su madre, espantaba a aquel viejo, acostumbrado a la ternura de Enriqueta, presintiendo una voluntad que nada debía doblegar. Mas lo que podía consolarle de aquella irreparable pérdida era la certidumbre de que pronto se reuniría con su mujer: las agitaciones y pesares de los últimos días habían acentuado su delicado estado de salud, y despertado sus antiguos dolores; el combate que se preparaba entre su autoridad de padre y la de su hija, que se convertía en ama de casa, iba a hacerle acabar sus días en la amargura; ya que donde había podido luchar con su mujer debía siempre ceder ante su hija. Además, su hijo se iría, su hija se casaría; ¿cómo sería su yerno? Aunque hablase de morir pronto, se sentía solo, sin simpatías para mucho tiempo aún.

Durante esa hora en que no habló sino de sí mismo, solicitando mi amistad en nombre de su mujer, acabó por dibujarme por entero la gran figura del emigrado, uno de los tipos más impresionantes de nuestra época. Estaba aparentemente débil y cascado, pero la vida parecía deber persistir en él, precisamente a causa de sus morigeradas costumbres y de sus ocupaciones campestres. En el momento en que escribo, vive todavía. Aunque Magdalena pudo percibirnos yendo a lo largo de la terraza, no bajó; avanzó hacia la escalinata y entró en la casa varias veces, a fin de evidenciarme su desprecio. Aproveché el momento en que ella fue a la escalinata, rogando al conde que subiéramos al castillo; tenía que hablar con Magdalena y pretexté una última voluntad que la condesa me había confiado; era el único medio que tenía de verla. El conde fue a buscarla y nos dejó solos en la terraza.

—Querida Magdalena —la dije—, si debo hablaros, ¿no es aquí, donde vuestra madre me escuchó cuando hubo de quejarse menos de mí que de los acontecimientos de la vida? Ya conozco vuestros pensamientos, pero me condenáis sin conocer los hechos. Mi vida y mi felicidad se hallan ligados a estos parajes, vos lo sabéis y vos me desterráis de ellos por la frialdad que hacéis suceder a la amistad fraternal que nos unía, y que la muerte ha estrechado por el lazo de un mismo dolor. Querida Magdalena, vos, por quien daría al instante mi vida sin esperar ninguna recompensa, sin que vos misma lo supierais, a tal punto amamos a los hijos de aquellas que nos han protegido en la vida, vos ignoráis el proyecto acariciado por vuestra adorable madre durante estos siete años y que sin duda modificaría vuestros sentimientos; mas yo no quiero esas prerrogativas. Todo cuanto imploro de vos, es no privarme del derecho de venir a respirar el aire de esta terraza, y esperar que el tiempo haya cambiado vuestras ideas sobre la vida social; en este momento, me guardaría bien de chocar con ellas; respeto un dolor que os extravía, ya que a mí mismo me priva de la facultad de juzgar sanamente las circunstancias en las que me encuentro. La santa que vela en estos momentos por nosotros, nos aprobará la reserva en la que me mantengo al rogaros tan sólo que permanezcáis neutral entre vuestros sentimientos y yo. Os quiero demasiado, a pesar de la aversión que me testimoniáis, como para explicar al conde un plan que abrazaría con ardor. Sed libre. Más tarde, pensad que no conoceréis a nadie en el mundo mejor de lo que a mí me conocéis, que ningún hombre tendrá en el corazón sentimientos más leales y abnegados…

Hasta entonces Magdalena me había escuchado con los ojos bajos, pero me detuvo con un gesto.

—Señor —dijo con voz temblorosa de emoción—, conozco también todos vuestros pensamientos; mas no cambiaré mis sentimientos y preferiría arrojarme al Indre que unirme a vos. No os hablaré de mí, pero si el nombre de mi madre conserva aún algún poder sobre vos, es en su nombre que os ruego no volváis jamás a Clochegourde, en tanto que yo esté. Vuestra vista sola me produce una desazón que no puedo expresar y que no venceré nunca.

Me saludó con movimiento lleno de dignidad y subió hacia Clochegourde, sin volverse, impasible como lo había sido su madre un solo día, pero despiadada. La clarividente visión de esta joven había, aunque tardíamente, adivinado todo en el corazón de su madre y acaso su odio contra un hombre que le parecía funesto se había aumentado arrepentida de su inocente complicidad. Allí, todo era abismo. Magdalena me odiaba, sin querer explicarse si yo era la causa o la víctima de aquellas desgracias: tal vez nos hubiera odiado igualmente a su madre y a mí, caso de que hubiésemos sido dichosos. El bello edificio de mi felicidad estaba completamente destruido. Sólo yo debía saber por entero la vida de aquella gran mujer desconocida, únicamente yo estaba en el secreto de sus sentimientos, sólo yo había recorrido su alma en toda su extensión; ni su madre, ni su padre, ni su marido, ni sus hijos, la habían conocido. ¡Cosa rara… hurgo este montón de cenizas y me causa placer el desplegarlas antes vos; todos podemos hallar en ella algo de nuestras más caras fortunas…! ¡Cuántas familias tienen también su Enriqueta! ¡Cuántos nobles seres abandonan la tierra sin haber hallado un historiador inteligente que haya sondeado su corazón, que haya medido su profundidad y su extensión! ¡Tal es la vida humana en toda su verdad: a menudo las madres no conocen más a sus hijos, que éstos a ellas; y así es también con los esposos, los amantes y los hermanos! ¿Sabía yo que un día, sobre el propio féretro de mi padre, litigaría con Carlos de Vandenesse, con mi hermano, a cuyo ascenso tanto he contribuido? ¡Dios mío, cuántas enseñanzas en la historia más simple! Cuando hubo desaparecido Magdalena por la puerta de la escalinata, volví con el corazón destrozado, para despedirme de mis huéspedes y partí a París siguiendo la orilla derecha del Indre, por la cual había venido a este valle por primera vez. Pasé triste a través del lindo poblado de Pont-de-Ruan. Sin embargo, yo era rico, la vida política me sonreía, no era ya el peatón fatigado de 1814. En aquel tiempo, mi corazón estaba lleno de deseos; hoy, mis ojos se hallaban repletos de lágrimas; antaño, tenía mi vida por colmar; hogaño, la sentía desierta. Era, sin embargo, muy joven, tenía veintinueve años, pero mi corazón estaba ya agostado. Algunos años habían sido suficientes para despojar a aquel paisaje de su primera magnificencia y para disgustarme de la vida. Podéis ahora comprender cuál fue mi emoción cuando al volverme vi a Magdalena en la terraza.

Dominado por una imperiosa tristeza, no pensaba ya en el objetivo de mi viaje. Lady Dudley estaba bien lejos de mi pensamiento y entré en su mansión sin darme cuenta. Yo tenía en su casa hábitos conyugales y subí melancólicamente, pensando en todas las desazones de una ruptura. Si habéis comprendido bien el carácter de lady Dudley, os imaginaréis mi bochorno cuando su mayordomo me introdujo en traje de viaje en un salón en el que la encontré pomposamente vestida, rodeada de cinco personas. Lord Dudley, uno de los más conspicuos estadistas de Inglaterra, estaba en pie ante la chimenea, afectando gravedad, revestido de desdén superior, frío, con el aire burlón que debe tener en el Parlamento; sonrió al oír mi nombre. Los dos hijos de Arabella, que se parecían prodigiosamente a De Marsay, uno de los hijos naturales del viejo lord, y que se encontraba allí, sentado en el confidente, al lado de la marquesa, se hallaban junto a su madre. Ella me midió de arriba abajo con la mirada, como lo hubiese hecho con algún gentilhombre rural recién presentado. En cuanto a nuestra intimidad, a aquella pasión eterna, a los juramentos de morir si dejaba de amarla, a aquella fantasmagoría de Armida, todo había desaparecido como un sueño. Yo no había estrechado nunca su mano, era un extraño, ella no me conocía. A pesar de mi diplomática sangre fría a la que comenzaba a habituarme, quedé sorprendido y cualquier otro en mi puesto no lo hubiese sido menos. De Marsay sonreía a sus botas, que examinaba con singular afectación. Pronto tomé mi partido. De cualquier otra mujer habría aceptado modestamente una derrota; mas hirviendo de ira por ver en pie a la heroina que quería morir de amor y que se había burlado de la muerta, resolví oponer la impertinencia a la impertinencia. Ella sabía el desastre de lady Brandon; recordárselo era darle una puñalada en el corazón, aunque el arma se embotara.

—Señora —le dije—, me perdonaréis que entre tan desenvueltamente, cuando sepáis que llego de Turena y que lady Brandon me ha encargado para vos un mensaje que no admite retraso alguno. Yo temía que hubieseis partido ya a Lancashire; pero puesto que os quedáis en París, esperaré vuestras órdenes y la indicación de la hora en que os dignaréis recibirme.

Inclinó ella la cabeza y yo salí. Desde aquel día no la he vuelto a ver más que en sociedad, donde cambiamos un amistoso saludo y en ocasiones un epigrama. Yo le hablo de las mujeres inconsolables de Lancashiere y ella de las francesas que atribuyen a la desesperación las enfermedades del estómago. Gracias a sus cuidados, tengo un enemigo mortal en De Marsay, al que quiere mucho. Y yo, digo que ella contrae matrimonio con las dos generaciones. Así, nada faltaba a mi desastre. Seguí el plan que había establecido durante mi retiro en Saché. Me lancé al trabajo, me ocupé de ciencia, de literatura y de política; ingresé en la diplomacia al advenimiento de Carlos X, quien suprimió el empleo que yo tenía con el difunto rey. Desde este momento resolví no prestar atención jamás a ninguna mujer, por bella, espiritual y amorosa que pudiera ser. Esta decisión me sirvió a las mil maravillas: adquirí una increíble tranquilidad de espíritu, una gran fuerza para el trabajo y comprendí todo lo que las mujeres disipan de nuestra vida, creyendo habernos pagado con algunas graciosas palabras. Pero todas mis resoluciones se malograron: vos sabéis cómo y por qué.

Querida Natalia, al contaros mi vida sin reservas ni artificios, como me la diría a mí mismo, al describiros sentimientos en los que no tenéis nada que ver, acaso haya herido algún pliegue de vuestro corazón celoso y delicado; mas lo que irritaría a una mujer vulgar será para vos, estoy seguro, una nueva razón para amarme. Junto a las almas dolientes y enfermas, las mujeres selectas tienen un papel sublime para desempeñar: el de la hermana de la caridad que venda las heridas, el de la madre que perdona al hijo. No son los únicos en sufrir los artistas y los grandes poetas: los hombres que viven para su país, para el futuro de las naciones, se construyen a menudo una cruel soledad, al ensanchar el círculo de sus pasiones y de sus pensamientos. Tienen necesidad de sentir a su lado un amor puro y abnegado; y podéis creer bien que comprenden su grandeza y su precio. Mañana sabré si me he engañado al amaros.

Al señor conde Félix de Vandenesse

«Querido conde, vos habéis recibido de esa pobre señora de Mortsauf una carta que, según decís, no os ha sido inútil para conduciros en el mundo, carta a la cual debéis vuestra elevada fortuna. Permitidme que acabe vuestra educación. Por favor, despojaos de un hábito detestable; no imitéis a las viudas que hablan siempre de su primer marido, que lanzan siempre a la cara del segundo las virtudes del difunto. Yo soy francesa, querido conde; desearía casarme con todo el hombre que yo amase, pero en verdad no podría casarme con la señora de Mortsauf. Después de haber leído vuestro relato con la atención que merece, y ya sabéis el interés que os dedico, me ha parecido que habéis aburrido considerablemente a lady Dudley oponiéndole las perfecciones de la señora de Mortsauf

y hecho mucho mal a la condesa abrumándola con los recursos del amor inglés. Habéis estado falto de tacto con respecto a mí, pobre criatura, que no tiene otro mérito que el de gustaros; me habéis dado a entender que no os amaba ni como Enriqueta, ni como Arabella. Confieso mis imperfecciones, las reconozco; mas ¿por qué hacérmelas sentir tan rudamente? ¿Sabéis por quien siento compasión? Por la cuarta mujer a la que amaréis. Esta se verá obligada necesariamente a luchar con tres personas; así, pues, debo precaveros, tanto en vuestro interés como en el suyo, contra el peligro de vuestra memoria. Yo renuncio a la gloria laboriosa de amaros: serían precisas demasiadas cualidades católicas o anglicanas, y yo no me ocupo en combatir a fantasmas. Las virtudes de la virgen de Clochegourde desesperarían a la mujer más segura de sí misma, y vuestra intrépida amazona desalienta a los más animosos deseos de felicidad. Haga lo que haga, una mujer no podrá esperar jamás para vos goces iguales a su ambición. Ni el corazón ni los sentidos triunfarán jamás de vuestros recuerdos. Habéis olvidado que a menudo montamos a caballo. Yo no he sabido reavivar el sol entibiado por la muerte de vuestra santa Enriqueta; el escalofrío os acometería a mi lado. Amigo mío —pues vos seréis siempre mi amigo—, guardaos de volver a repetir semejantes confidencias, que ponen al desnudo vuestro desencanto, que desalientan al amor y obligan a una mujer a dudar de sí misma. El amor, querido conde, no vive sino de confianza. La mujer, que antes de decir una palabra, o de montar a caballo, se pregunta si una celeste Enriqueta no hablaba mejor, o si una amazona como Arabella no desplegaba más gracias, a esa mujer, estad seguro, le temblarán las piernas y la lengua. Me habéis dado el deseo de recibir algunos de vuestros embriagadores ramilletes, pero no los confeccionáis más. Hay así una serie de cosas que no os atrevéis a hacer ya, pensamientos y goces que no pueden renacer para vos. Ninguna mujer, sabedlo bien, querrá codearse en vuestro corazón con la muerta que vos conserváis en él. Me pedís que os ame por caridad cristiana. Os confieso que puedo hacer una infinidad de cosas por caridad, todo, excepto el amor.

«Sois a veces fastidioso y aburrido y denomináis melancolía a vuestra tristeza: enhorabuena; pero sois insoportable y proporcionáis crueles inquietudes a la que os ama. Yo he hallado a menudo entre nosotros la tumba de la santa: me he consultado, me conozco y no quisiera morir como ella. Si habéis hastiado a lady Dudley, que es una mujer extremadamente distinguida, yo, que no tengo sus furiosos deseos, siento miedo de enfriarme antes que ella. Suprimamos el amor entre nosotros, ya que vos no podéis disfrutar de la felicidad sino con las muertas y quedemos amigos, así lo quiero. ¡Cómo, querido conde, habéis tenido para vuestro debut una mujer adorable, una amante perfecta que pensaba en vuestra fortuna, que os ha dado la dignidad de par, que os amaba con embriaguez, que no deseaba sino seros fiel, y la habéis hecho morir de pena! ¡No conozco nada más monstruoso! Entre los más ardientes y más desgraciados jóvenes que arrastran sus ambiciones sobre el pavimento de París, ¿quién es el que no permanecería cuerdo durante diez años para obtener la mitad de los favores que vos no habéis sabido reconocer? Cuando se es amado así, ¿puede pedirse más?

«¡Pobre mujer! Ella ha sufrido mucho y vos os creéis en paz con su féretro, tras haber compuesto algunas frases sentimentales. Este es, sin duda, el precio que espera a mi cariño por vos. Gracias, querido conde, yo no quiero una rival ni allende ni aquende la tumba. Cuando se tienen sobre la conciencia semejantes crímenes, cuando menos no hay que contarlos. Yo os he hecho una petición imprudente; estaba en mi papel de mujer, de hija de Eva; el vuestro consistía en calcular el alcance de vuestra respuesta. ¿No habéis, pues, comprendido jamás la virtud de los hombres afortunados en amores? ¿No sentís hasta qué extremo son generosos jurándonos no haber amado nunca, que aman por vez primera? Vuestro programa es inejecutable. Ser a la vez la señora de Mortsauf y lady Dudley… pero, amigo mío, ¿no es querer reunir el agua y el fuego? ¿Es que acaso no conocéis a las mujeres? Ellas son lo que son, deben tener los defectos de sus cualidades. Vos habéis conocido a lady Dudley demasiado pronto como para poder apreciarla y el mal que de ella decís, me parace una venganza de vuestra vanidad herida; habéis comprendido a la señora de Mortsauf demasiado tarde y habéis castigado a una por no ser la otra; ¿qué puede, pues, sucederme a mí, que no soy ni la una ni la otra?

«Os quiero lo bastante como para haber reflexionado profundamente en vuestro futuro, ya que realmente os quiero mucho. Vuestro aire de caballero de la Triste Figura me ha interesado siempre profundamente; creía en la constancia de los seres melancólicos; pero ignoraba que hubieseis matado a la más bella y la más virtuosa de las mujeres, al hacer vuestra entrada en el mundo. Pues bien, me he preguntado lo que os queda por hacer: he pensado bien en ello. Creo, amigo, mío, que deberíais casaros con alguna señora Shandy que ignore el amor y las pasiones, que no se inquietará ni por lady Dudley ni por la señora de Mortsauf; indiferente a esos momentos de hastío que vos denomináis melancolía, durante los cuales sois divertido como la lluvia y que será para vos esa excelente hermana de la caridad que pedís. En cuanto a amar, a estremecerse con una palabra, a saber esperar la felicidad, a darla, recibirla, a sentir las mil tormentas de la pasión, a abrazar las pequeñas vanidades de una mujer amada, mi querido conde, renunciad a ello. Habéis seguido demasiado bien los consejos que vuestro buen ángel os ha dado sobre las mujeres jóvenes; las habéis evitado tan bien, que no las conocéis en absoluto. La señora de Mortsauf ha hecho bien al encumbraros de buenas a primeras: pues todas las mujeres habrían estado contra vos y no hubieseis llegado a nada. Ya es demasiado tarde para comenzar vuestros estudios, para aprender a decirnos lo que nos gusta oír, para ser grande a propósito, para adorar nuestras pequeñeces cuando nos place ser pequeñas. No somos tan tontas como creéis: cuando amamos, ponemos al hombre de nuestra elección por encima de todo. Lo que quebranta nuestra fe en nuestra superioridad, quebranta nuestro amor. Halagándonos, os halagáis a vosotros mismos. Si persistís en quedaros en el mundo, en disfrutar del comercio de las mujeres, ocultadlas con cuidado todo cuanto me habéis dicho: no gustan ellas ni en sembrar las flores de su amor sobre rocas, ni en prodigar sus caricias para vender un corazón enfermo. Todas las mujeres notarían la sequedad de vuestro corazón y siempre seríais desgraciado. Muy pocas entre ellas serían lo bastante francas para deciros lo que yo os digo, ni bastante buenas personas como para abandonaros sin rencor, ofreciéndoos su amistad, como lo hace hoy quien se dice vuestra sincera amiga,

Natalia de Manerville.


Publicado el 30 de marzo de 2017 por Edu Robsy.
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