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Novela corta.
89 págs. / 2 horas, 36 minutos / 217 KB.
15 de mayo de 2017.
El azar creó un obrero ahorrativo, el azar lo dotó de pensamiento, pudo mirar al porvenir, conoció a una mujer, se vio padre, y tras unos cuantos años de duras privaciones, se mete en un modesto negocio de mercería, alquila una tienda. Si ni la enfermedad ni el vicio lo detienen en ese camino suyo, si prospera, he aquí el croquis de su existencia normal.
Y, antes que nada, salude el lector a ese rey de la acción parisina, que sometió el tiempo y el espacio. Sí, que salude a ese ser compuesto de nitrato de sosa y gas que surte de hijos a Francia en sus noches laboriosas y, de día, multiplica por varias su individualidad para dar servicio, gloria y placer a sus conciudadanos. Ese hombre resuelve el problema de prestar, a un tiempo, atención suficiente a una gentil esposa, a su hogar, a Le Constitutionnel, a su oficina, a su servicio en la Guardia Nacional, al Teatro de la Ópera y a Dios, pero para convertir en pecunia Le Constitutionnel, la oficina, el Teatro de la Ópera, la Guardia Nacional, y a la esposa y a Dios. Salude el lector, en fin, a un acopiador irreprochable. Se levanta todos los días a las cinco y salva como un pájaro la distancia que separa su domicilio de la calle de Montmartre. Haga viento o truene, llueva o nieve, llega a Le Constitutionnel y espera allí para hacerse cargo de los periódicos cuyo reparto le compete. Recibe con avidez ese pan político, lo coge y lo transporta. A las nueve está en el seno del hogar, le dice una chanza a su mujer, le roba un buen beso, paladea una taza de café y riñe a sus hijos. A las diez menos cuarto, se persona en la Junta de Distrito y, allí, posado en un sillón como un loro en la percha, disfrutando de buena temperatura a expensas de la villa de París, inscribe hasta las cuatro de la tarde, sin concederles ni una lágrima ni una sonrisa, los fallecimientos y los nacimientos de todo un distrito. La dicha y la desdicha del barrio pasan por su plumilla de la misma forma que el espíritu de Le Constitutionnel viajaba hace un rato subido en sus hombros. ¡Nada se le hace gravoso! Camina recto, saca el patriotismo ya hecho del periódico, no le lleva la contraria a nadie, protesta o aplaude con todo el mundo y vive como una golondrina. Como está a dos pasos de su parroquia, puede, en caso de ceremonia importante, dejar en su puesto a un supernumerario e ir a cantar un réquiem junto al pupitre del coro de la iglesia, al que pertenece y cuyo mejor adorno y voz más imponente es él en domingos y festivos, donde tuerce con energía la ancha boca para atronar con un jubiloso Amén. Se queda libre a las cuatro del servicio oficial y aparece, para prodigar a manos llenas alegría y buen humor, en el comercio más famoso de l’Île de la Cité. Dichosa su mujer, pues no le da tiempo a ser celoso; es más hombre de acción que de sentimientos. Así que, no bien llega, galantea a las dependientas, cuyas vivaces miradas atraen a no pocos parroquianos, se solaza entre la ropa, las pañoletas, la muselina a la que dan forma tan hábiles operarias; o, con mayor frecuencia, antes de cenar, atiende a un cliente, copia una página del diario o le lleva al agente judicial algún efecto atrasado. A las seis, un día de cada dos, está, fiel, en su puesto. Barítono inamovible de los coros, acude al Teatro de la Ópera, dispuesto a ser soldado, moro, prisionero, salvaje, campesino, sombra, pata de camello, león, demonio, genio, esclavo, eunuco, negro o blanco, siempre experto en la creación de gozo, dolor, compasión, asombro, en lanzar gritos invariables, en callarse, en cazar, en pelear, en representar a Roma o a Egipto; pero es siempre, in petto, mercero. A las doce de la noche, vuelve a ser buen marido, hombre, padre tierno; se mete en el lecho conyugal, con la imaginación tensa aún debido a las formas decepcionantes de las ninfas de la Ópera, y hace de ese modo redundar en provecho del amor conyugal las depravaciones del mundo y los voluptuosos movimientos de las piernas de la Taglioni. Y, por fin, si es que duerme, duerme deprisa y despacha el sueño con la misma premura que despacha la vida. ¿No es acaso el movimiento hecho hombre, la encarnación del espacio, el Proteo de la civilización? Ese hombre lo resume todo: historia, literatura, política, gobierno, religión, arte militar. ¿No es acaso una enciclopedia viva, un atlas grotesco, siempre en marcha, como París, y que nunca descansa? Es todo piernas. No hay fisonomía que pueda conservarse pura con semejantes trabajos. Es posible que a algunos filósofos con buenas rentas les parezca más feliz que el mercero el obrero que muere, viejo ya, a los treinta años, con el estómago encallecido por las dosis progresivas de aguardiente. Uno se muere de golpe y el otro se va muriendo al por menor. Como si fueran otras tantas granjas, a sus ocho ocupaciones, a sus hombros, a su garganta, a sus manos, a su mujer y a su comercio les saca hijos, unos cuantos miles de francos y la más laboriosa dicha que haya fraguado nunca el corazón de un hombre. Esa fortuna y esos hijos, o los hijos en que para él se resume todo, se convierten en presa del mundo superior, al que lleva su dinero y a su hija, o a su hijo, educado en un internado y que, más instruido que el padre, alza a mayor altura las ambiciosas miradas. El hijo menor de un modesto detallista aspira con frecuencia a ser alguien en el Estado.

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