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Novela.
216 págs. / 6 horas, 19 minutos / 424 KB.
1 de abril de 2017.
—¡Oh! Dios mío, sí. ¡En Wagram, en medio del fuego, a orillas del Moscova, entre los muertos, se halla siempre tan tranquilo como Bautista!
Esta respuesta a numerosas preguntas fue hecha por el granadero que se encontraba cerca de la joven. Julia quedóse un instante absorta en la contemplación de aquel rostro cuya calma indicaba una tan grande seguridad de poder. El emperador distinguió a la señorita de Chatillonnest y se inclinó hacia Duroc para decirle una breve frase que hizo sonreír al gran mariscal. Iniciáronse las grandes maniobras. Si hasta entonces la joven había repartido su atención entre el rostro impasible de Napoleón y las líneas azules, verdes y rojas de las tropas, en aquel momento se ocupó casi exclusivamente, en medio de los movimientos rápidos y regulares ejecutados por aquellos viejos soldados, de un joven oficial que corría a caballo por entre las líneas en movimiento, y volvía con infatigable actividad hacia el grupo a la cabeza del cual brillaba el sencillo Napoleón. Este oficial montaba un soberbio caballo negro y distinguíase, en medio de aquella abigarrada muchedumbre, por el hermoso uniforme azul celeste de los oficiales de órdenes del emperador. Sus bordados relucían tan vivamente al sol y el plumero de su chacó estrecho y largo recibía tan intensos fulgores que los espectadores debieron de compararlo a un fuego fatuo, a un alma invisible encargada por el emperador de animar, de conducir aquellos batallones cuyas armas ondeantes echaban llamas, cuando, a una sola señal de sus ojos, se rompían, se reunían y giraban como las olas de un abismo o pasaban delante de él como esas olas largas, erguidas y altas que el océano encolerizado dirige contra sus orillas.

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