Texto: Melmoth Reconciliado

Honoré de Balzac


Cuento


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Melmoth Reconciliado

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Fragmento de Melmoth Reconciliado

—¡No te la llevarás! —le dijo una voz que le turbó las entrañas.

Castanier se volvió bruscamente y vio al inglés.

—¡El diablo anda por medio! —exclamó el cajero en voz alta.

Melmoth pasó por delante de su víctima y la dejó atrás. Si el primer movimiento de Castanier fue de buscar querella a un hombre que leía en su alma, hallábase presa de tantos sentimientos encontrados, que resultaba de ello una inercia momentánea; reanudó, pues, su camino, y cayó en aquella fiebre de pensamiento natural en un hombre lo bastante arrastrado por su pasión como para cometer un delito, pero que no tenía las fuerzas necesarias para llevarlo a término sin crueles agitaciones. Así, aun que decidido a recoger el fruto de un crimen medio consumado, Castanier vacilaba aún en proseguir su empresa, como hace la mayoría de los hombres de carácter mixto, en quienes se encuentra tanta fuerza como debilidad, y que pueden verse determinados tanto a permanecer puros como a convertirse en criminales, según la presión de las más ligeras circunstancias. Entre los hombres reunidos por Napoleón hubo muchos que, parecidos a Castanier, tenían valor físico en el campo de batalla, sin tener el valor moral que hace a un hombre tan grande en el crimen como en la virtud. La letra de cambio había sido concebida en tales términos, que a su llegada a Londres él había de cobrar veinticinco mil libras esterlinas en casa de Watschildine, el corresponsal de la casa Nucingen, avisado ya del pago por él mismo; su pasaje había sido reservado por un agente tomado en Londres al azar, bajo el nombre del conde Ferraro, a bordo de un barco que llevaba de Portsmouth a Italia a una rica familia inglesa. Todos los detalles, por mínimos que parecieran, habían sido previstos. Había arreglado las cosas de tal modo que se le buscara a la vez en Bélgica y en Suiza, mientras él se encontrase en alta mar. Luego, cuando Nucingen pudiera creer hallarse sobre su pista, habría llegado a Nápoles, donde esperaba vivir con nombre supuesto, gracias a un disfraz tan completo, que había decidido cambiar su rostro simulando en él, con ayuda de un ácido, los estragos de la varicela. A pesar de todas estas precauciones que parecían asegurarle la impunidad, su conciencia le atormentaba. Tenía miedo. La vida dulce y apacible que había llevado durante tanto tiempo había purificado sus costumbres soldadescas. Todavía era probo, y le pesaba tener que mancharse. Así, pues, se dejaba arrastrar por última vez por todas las impresiones de la naturaleza buena que se hallaba en él.


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53 págs. / 1 hora, 32 minutos / 102 visitas.
Publicado el 1 de abril de 2017 por Edu Robsy.