Cogiéndome las manos, me decía a menudo: —Ven
ga, amigo mío, ya sabe cuánto le queremos. ¡Ha sido
usted tan bueno con nuestra pobre enferma!
Pálida, débil, vestida siempre de heliotropo de
que era el claro perfume, un poco triste, aun en los días
que fueron menos severos para su enfermedad, su al-
ma se perdió en una corta vida que ella misma —¡oh
pobre criatura!— agostó deliciosamente.
Fue largo tiempo desconocido el mal que la aque-
jaba: —¿Sufres, mi hija? ¿qué sientes, querida mía?
—Nada, mamá. —Y, no obstante, bien visible era
su delgadez, y bien se notaba que mentía, la enferma
señorita.
En Niza, cuando la estación enfriaba los teatros y
en el aire cálido eran los pañuelos más suaves en las
bocas, su plácida agonía se acentuaba más, la dañaba
ser vista, quería estar sola; —ya de lejos para no aver-
gonzar a la señorita, bajó los profusos encajes que as-
cendían a ratos, sus piernas tan delgadas llevaban con-
sigo, como una promesa asaz melancólica, la sonrisa
de los caballeros.
¡Señorita, señorita! qué motivo de pena iba a ser
usted para su familia!
Velaba solo, en la luz de la lámpara cariñosamen-
te descendida.
Me había acercado en silencio. ¡Oh, sí, muy en-
ferma estaba! Blancas las mejillas, los labios ya sin
bondad, los ojos puros aún, en que la abusada agonía
de muchos momentos había fijado una a una —como
violetas de amor— imperceptibles desgracias.
Señorita imprudente —repito— ¿es perdonable
que hiciera usted tan poco caso de la vida?
—¿Es usted, amigo mío? —Sí, querida soy yo.
Y como era ya hora propicia, extendí el vaso hacia su
sensible boca.
—Pero —me dijo sonriéndome dolorosamente—
mis manos...
—¡Ah, es verdad! —Y acariciando casi para no
lastimarla, la ancha pulsera de oro que las unía sobre
los almohadones, desprendí sus manos, manos queri-
das y culpables, manos malas, que el médico mandó su-
jetar a fin de que no martirizaran más a la pobre niña.
