Las luces del quinqué entristecen la estancia
con el cruel recuerdo de una tarde de ayer.
Sobre la tela antigua, un dibujo al pastel
solloza línea a línea su antigua fragancia.
Ella, la dulce anciana, con su gracia de antaño
toca en el clavicordio un scherzo sin fin,
y llena la tristeza de su empolvado abril
de una melancolía que apenas hace daño.
Él, en tanto, sentado junto a su buena amiga
lleva a su boca lánguida una taza de té,
y posa suavemente sobre el tibio corsé
una caricia vieja de los mejores días.
Sin mirarse, pasean. Oh! los viejos señores,
cómo su voz es trémula recordando el jardín:
ella lloraba siempre... él estaba en París,
y es un discreto pío de viejos ruiseñores:
ella llorando siempre... él lejos... en París…
