No todo, claro está, ha de ser flores en la carrera de este nuevo arte; y en los propios Estados Unidos —creadores incontestados del film humano—, se cuenta no escaso número de críticos cuya misión en la vida parece haberse concretado a morder con dientes y uñas en la tierna película del film.
El señor Jorge Juan Nathan, particularmente, se especializa en esta furiosa tarea. Cada mes ve la luz un nuevo artículo suyo en el que torna a acusar al cinematógrafo de ser "la causa más poderosa que en los últimos diez años ha contribuido a rebajar el gusto, el sentimiento y la cultura general en la nación norteamericana, y es a costa de este rebajamiento artístico y moral que la industria del film ha llegado a ser la segunda de ese país". Las empresas —dice él mismo— han amordazado a la prensa mediante una rica renta de avisos... Han comprado autores de real imaginación y los han convertido en fabricantes de morisquetas y en muñecos mecánicos... Han elegido como editores y escritores a los más obscuros y faltos de talento entre los fracasados del periodismo…" Pero donde el amargo crítico —continúa la publicación norteamericana que nos informa de estos detalles— ve más agudo el peligro de este rebajamiento artístico, es en el teatro nacional americano, dominado por el dinero del cine. A tal punto, que si en el término de uno o dos años no interviene alguna misteriosa Juana de Arco para salvarlo, el drama americano habrá desaparecido totalmente como expresión artística.
¿Habrá algo de cierto en esto? Es posible. Pero del mismo modo que no es justo juzgar a un hombre por sus numerosas obras fracasadas sino por las que logró realizar, del mismo modo, si en el fárrago de insulsos dramas cinematográficos aparece de vez en cuando una obra realmente de arte, esta obra es la que debe llamar nuestra atención, como exponente artístico del film.
Algunas Estrellas. —La vida de un actor fuera de los estudios es tan interesante como su actuación misma en la pantalla. El interés suscitado es una simple expansión admirativa —pues el espectador ocasional y gruñón que no ama a Mary Pickford o William Hart, muy poco se interesa por sus aventuras privadas.
Van, pues —y volveremos a menudo sobre ellos— algunos datos para los admiradores jóvenes y las admiradoras de cualquier edad.
Mary Pickford - Owen Moore. —A raíz de su reciente divorcio, se ha creado una situación un poco difícil en el estudio de Robert Brunton, en Los Ángeles. Los ex esposos se hallan actualmente trabajando en el mismo conjunto. Mary ha tiempo que está en dicho estudio; pero Owen acaba de incorporarse con la Selznick a la organización Brunton. Nada más fácil que se encuentren en la misma cinta. Y esta perspectiva parece tener excitada a la gente que los rodea (tan apasionada por los potins de entretelones, como nosotros mismos). ¿Se hablarán? ¿Simularán un amor que tal vez sienten aún? ¿No será suficiente un beso convencional, para que la hoguera mal apagada arda de nuevo, quemando al pobre y bueno de Douglas?
Vivian Martin. —Se decide a tener compañía propia, con Bowes por administrador. Bowes es gerente del Capitol-Theatre, en Nueva York, el más grande del mundo.
Henry Walthall. —Como un espectro de sí mismo, el afortunado coronel Cameroun de El Nacimiento de una Nación pasea por estudios y empresas su esfumada gloria de gran actor. No ha tenido desde cuatro años atrás un éxito sonado, si se descuenta El Médico Morfinómano. Pobreza de asuntos, pobreza de dirección, pobreza del propio actor. Pero Walthall es poeta, según nos informan, lo que es algún consuelo para él mismo. Dícese que de aquí en adelante escribirá sus propias obras. Asistiremos, pues, a un nuevo caso de complejidad —actor y autor— que tan difundida se halla y con tan mezquino resultado.
Elsie Ferguson. —Ha vuelto a las tablas en febrero último con una obra de Arnold Bennett, Amor, sacro y profano. Un crítico se permitió llamar a dicha obra Amor sacro y cocaínico, en razón de que el actor protagonista es un cocainómano de larga historia en la escena. Pero Miss Ferguson retorna contentísima al teatro. "Cierro los ojos —dice— para alejar la visión del estudio que ha sido mi obsesión y mi pesadilla dos años seguidos. Escojo la paz y la tranquilidad del teatro como una cura de reposo para mis nervios rotos por el vértigo de las cintas y los talleres…" "El público —agrega— no es tan crítico como la cámara, que registra todo con implacable exactitud". Esta última es, pues, la razón del alejamiento de dicha estrella. Las imperceptibles arrugas o poco agraciados gestos que la pantalla reproduce con cruel aumento, pasan perfectamente inadvertidos en el escenario.
Constance Talmadge. —Se aburría bajo las magníficas palmeras de Palm Beach. Por lo cual envió una postal con dicha avenida a su mejor amigo de Nueva York, con esta leyenda de su puño y letra: "Gran sitio para caminar; pero nadie con quien hacerlo". Ignoramos si el mejor amigo acudió en consuelo de la solitaria estrella.
Kitty Gordon. —Tuvo la desventura de que una granada explotara bajo su pequeña nariz, mientras filmaba en carácter de enfermera La tierra de nadie. Demandó a la empresa World en diez mil dólares. Pero el juez que entendió en la causa estimó el daño causado en sólo mil cuatrocientos dólares, los que fueron entregados a Miss Kitty. Miss Kitty no recibió herida alguna. ¿Qué culpa pagaba, pues, la World? ¿El sobresalto de la actriz? ¿La impertinencia de haber hecho correr un estremecimiento inoportuno por las bellas espaldas de Miss Kitty?
Dorothy Gish y Richard Barthelmess. —Después de asistir como espectadores al estreno de Déclassé, con Ethel Barrymore como protagonista, pasaron a los bastidores a saludar a Margarita Greene, esposa del director. Por un error, y con gran sorpresa de ambos, fueron introducidos en el camarín de la protagonista, donde Ethel, más que contenta, les tendió ambas manos, asegurándoles que desde largo tiempo atrás deseaba conocerlos, que era ferviente admiradora de uno y otro, y que no perdía cinta de Dorothy y Richard. Richard y Dorothy habrán a su vez respondido que ellos también deseaban conocerla, etc., etc. Más lo que pensaron y pensaban en su interior de Miss Ethel Barrymore, preferible sería no saberlo.
