He aquí, pues, que ignoramos su nombre. Sabemos sólo que era muy joven y que poseía una cultura extraordinaria para su edad. Vivía en Estados Unidos, en la localidad de Capron, en el Illinois. Y a aquella tierna edad descubrió un día que no valía la pena vivir.
Cuando este hombre llegó a interpretar así su destino, no había obtenido de la vida sino favores —si por tales pueden considerarse una salud robusta, una juventud ardiente, una inteligencia sin par. No era un fracasado, ni un amargado, ni siquiera un descreído. Creía, antes bien, y con una exaltación de que luego dio pruebas, en la divinización del hombre por la inteligencia.
El día —decía— en que el hombre comprenda su destino, habrá dejado de existir.
Según él, al hombre común, al ser del gran rebaño de las especies que van atravesando por los mundos desde y hacia la eternidad, no le es dado detenerse. Sigue su caravana y la seguirá hasta que caiga, sin saber por qué comenzó ni por qué concluyó.
Pero el hombre que llega a comprender el vacío de todo este caminar errante por las eternidades, ese hombre, y desde ese instante mismo, se ha convertido en Dios. Puede hacer alto si quiere. Y por sobre la pesadez atónita del rebaño que marcha y no llegará nunca, erige su libertad para detenerse y se convierte en Dios.
Este joven, pues, cuando sólo tenía 25 años, hizo insertar en los diarios de la localidad un aviso anunciando una conferencia donde demostraría todo lo anterior. Y para confirmarlo, concluida aquélla se mataría.
Desde las primeras horas el salón del acto estuvo repleto, a razón de un dólar por cabeza. El conferencista subió a la tribuna, y después de anunciar que el monto de las entradas se destinaba a costear su entierro, en primer término, y a adquirir tales y tales obras para la Biblioteca Popular, comenzó a hablar. Expuso su teoría, la comentó, y cuando hubo terminado, tomó su revólver Derringer que había colocado sobre la mesa, y se hizo volar la tapa de los sesos.
Este hombre singular recuerda al extraordinario Kirilov que en "Los poseídos" de Dostoievski juega su vida a la sola tentación de destruirla. No es extraño que el gran novelista hubiera conocido el hecho. Su Kirilov, por lo menos, vivió varios años en América.
Las deducciones morales de un acto tan profundamente insólito escapan a todo juicio. Muy de tarde en tarde es dado asistir a una exhibición trágica del calibre de la que nos ofreció el muchacho norteamericano. Estaba, seguramente, ligado a la vida por un hilo infinitamente débil.
Si él, con la leve presión de un gatillo, ha cortado ese hilo que para él no ha debido nunca existir esa creencia y esa resolución son cosas que únicamente atañen a los Kirilov.
