El título que antecede nada tiene de ofensivo. Expresa exactamente la posición en que se coloca este autor con sus trabajos, tan distantes de la pintura clásica, como las presentes líneas de la crítica de arte.
Xul Solar no cree, sin duda, que la finalidad de la pintura sea —en el por lo menos— representar la realidad del mundo visible. Busca otro destino para su arte, y sospecha hallarla en sus obras. Perfecto. Es un modo de sentir, que incumbe únicamente a su responsabilidad de creador.
La pintura de imaginación, como la literatura de ídem, sólo requiere para su noble ejercicio una virtud intrínseca, fuera de la cual todo es vanidad: imaginación. Voilà. Allí está el secreto. Si el que cultiva aquel género la posee en vivo grado, puede seguir en arte las rutas más extraordinarias: Siempre saldrá airosamente del paso.
Las teorías de Xul Solar —dado que las tenga— sobre la pintura, la Gran China y el orbe entero, no prestan por sí solas valor alguno a sus obras. Las dos calidades de estas: frescura y gracia, tienen un origen más alto. Provienen del creador mismo, de la frescura y la gracia de su imaginación. Pues Xul Solar y sus obras ofrecen entre nosotros el bien peregrino caso de una identidad perfecta. Él y su arte son una sola y misma cosa.
