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Uno y otro film satisfacen plenamente, sin que ninguno de ellos sea una obra extraordinaria. ¡Qué más, sin embargo! Fuera tontería —o zonceraje, como nos dicen en el norte—, pedir al democrático cine una gran obra por semana, cuando el fastuoso teatro nos la ofrece una vez al año, si el año es asimismo excepcional.
Un Convencionalismo Amable. —En la penúltima escena de El palacio de oro, un agiotista recibe dos tiros mientras está sentado al escritorio. El jugador de bolsa queda muerto, bien muerto e incrustado en el sillón, del que penden inmóviles los dos brazos del cadáver. La pechera, entretanto, continúa inmaculada. Y esta elemental falta de realidad, en un sujeto que ha recibido dos balazos de frente, constituye uno de los más amables convencionalismos del cine.
En efecto, poquísimo tienen que ver con las impresiones artísticas de buena ley esas camisas estrelladas de violento negro, esos rostros salpicados de sangre coagulada y retinta, pues no por cambiar de color en la fotografía, deja la sangre de ser el elemento fluido y fatal de la muerte.
4 págs. / 7 minutos.
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Publicado el 20 de septiembre de 2026 por Brian.
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