La guerra europea nos legó, conjuntamente con el tratado de paz, dos hijas —ajenas y viejas— pero copiosamente fortalecidas con la sangre de sus cinco millones de muertos: la miseria económica y la miseria ideológica. Esta certidumbre torna a restablecer en el alma de los hombres, hasta lo más hondo, la angustia apenas desvanecida.
Alguien ha dicho que el conflicto europeo fue una guerra horizontal, a ras de alma, y que esta otra es vertical, o de profundidad. En efecto, la guerra a que venimos asistiendo, aunque no oigamos aún su cañoneo, tiene su origen en un derecho ajeno a toda frontera, pedazo de papel o barajita de exportación: el derecho a la vida, que la organización contemporánea viene substrayendo y robando a las tres cuartas partes de los seres humanos.
¿Quiénes son estos seres? ¿Vagos, haraganes, parásitos? No. Esta inmensa mayoría de hombres son los que sostienen el mundo y lo calientan con sus espaldas y sus inteligencias. Son las mentes que trabajan. Y cuanto en este mismo mundo es descanso, satisfacción, recompensa, les está negado.
¿Qué finalidad tiene, pues, este trabajo? ¿Para qué esta inmensa maquinaria de goces, movida a brazo por novecientos millones de hombres? Para el placer de un mínimum de privilegiados que gozan de ese monstruoso pensar.
Tal es el caso, de una desnudez aterradora. No hay sofisma histórico ni paradojas de ética capaces de vestirla. No hay más que esta atroz comprobación: que la civilización contemporánea —léase industria— está establecida sobre el trabajo hambriento y sin descanso de una inmensa mayoría de hombres que hacen dicha civilización y que no gozan de ella.
No es posible que tal estado de cosas continúe. Ni ante la angustia presente cabe otra disyuntiva que ésta; si esto es civilización, si las argucias filosóficas nos prueban que el mundo debe marchar aplastando a los que lo hacen marchar, renegamos de esa civilización. Y si todo esto no es más que un crimen, castiguémoslo.
Abramos, pues, los ojos. Que se nos pueda culpar de todo un día, menos de haber evitado cautelosamente resolvernos ante un vasto e inicuo sufrimiento. No busquemos a nuestro egoísmo excusa alguna, y menos la tentadora de reconocernos incapaces de dilucidar el pro y el contra de la cuestión, por insuficiencia de lectura. Un asomo de dignidad basta para comprenderlo todo; un brusco latido del corazón sobra para sentirlo: él mismo que lanza a un hombre maduro al agua al salvar a una criatura que se ahoga, sin detenerse a preguntar si la criatura tuvo o no la culpa de ahogarse. Y la que se ahoga en estos momentos es algo más que todo esto: es la vergüenza misma de ser hombres, y que estamos expuestos a ahogar con nuestra actitud. Pues si clama al cielo el resultado de nuestro organismo social transunto en acaparadores, especuladores, envenenadores irreprochables, somos nosotros mismos, culpables e indiferentes, quienes desde hace mil años venimos adulterando, envenenando, matando la dignidad humana,
Nada más. ¿Estudios que nos planteen el problema? ¿Tratados que nos iluminen? ¿Libros que nos convenzan?... No; no hay sino un problema: y es el de la actitud que debemos asumir cuando las generaciones futuras nos pidan cuenta de este hecho: que durante nuestra vida hubo seres humanos, familias sucesivas de seres humanos condenados a fabricar, a expensas de su vida misma, de sus hogares desnudos y sus hijos hambrientos, chucherías de lujo para el goce de unos cuantos privilegiados.
El que escribe estas líneas conserva muy vivo el recuerdo de la impresión sufrida un día por Kropotkine al ver en una fábrica de tejidos a un obrero de cabeza blanca que anudaba los hilos de un telar. Los hilos corren a gran velocidad, y es menester una gran destreza para anudar a tiempo. Tan fuerte es la atención solicitada, que el cuerpo del hombre se sacude de la cabeza a los pies en un temblor convulsivo. Así cuatro, seis, ocho horas seguidas, atando vertiginosamente las puntas de los hilos. Si no lo hace así, los hilos se rompen, la máquina se para y la industria sufre.
El obrero de cabeza blanca hacía cuarenta y cinco años que estaba en esa labor, día tras día, hasta que muriera, como habían estado sus abuelos, como lo estarían sus hijos. Y todo para enriquecer al capital en un centavo más por metro de tela.
Pues bien: yo también sentí, al leer esto, y lo sentí en lo más hondo de mi conciencia de hombre, que no hay filosofía, ni ley económica, ni frontera, ni pabellón que excuse la monstruosa iniquidad de condenar a un hombre por toda su vida a tal mínima y sórdida fracción de trabajo deshonroso; a destinar por cuarenta y cinco años a un ser humano a atar puntas de hilo: a convertir en miserable maquinilla de industria y por generaciones enteras, las manos augustas de un hombre libre.
En «El Hombre Es Bueno», Frank hace un llamado a las gentes que consintieron la última guerra. Con un leve cambio, puede ser parafraseado uno de sus párrafos más capaces de remover una conciencia.
Dado lo que antecede —diríamos nosotros;— visto que no hay civilización posible si ella no reserva goces más que a una minoría inerte, y ese goce está pisoteando el billón de hombres, maquinizados, de madres sin descanso y criaturas hambrientas; visto esto, todo aquel que ante esta evidencia de miseria, de injusticia y de afrenta humana, no siente subírsele al rostro el rubor de la especie, es un grosero, mezquino, lamentable individuo.
