Hay frases ya hechas, fórmulas de expresión triviales cuya fuerza poética es tan grande que se resisten a la vulgaridad de un uso diario y constante, sin perder la sugestión ardiente del instante en que se las creó. Tales son "Al pronunciar el nombre" (o "su" o "tu") y "Una tarde…".
¿Por qué misterio resisten dos o tres palabras al embate sin tregua de lo trivial, como si la nimia razón gramatical que las une hiciera de ellas un ramillete inviolable, cuyo perfume surgió al crearse la frase, y continúa evaporando su poesía original, sin agotarse nunca?
Nadie lo sabrá, por dicha. Pero mientras el hombre sea hombre, y la palabra sea algo más que un sonido, habrá siempre un instante y una mujer cuya influencia fue tan grande, que el alma entera de un hombre puede comenzar a girar su vida como un disco, a la sola evocación de estas palabras: "Una tarde…".
Siendo yo muy chico leí El Ruiseñor de Buffon, cuando el naturalista comienza: "Al pronunciar el nombre de este pájaro, acude a la memoria el recuerdo de una de esas hermosas noches de primavera…".
Pues bien; ni antes ni después he vuelto a sentir una impresión poética más vasta que la que me sugirió el autor con su célebre capítulo. ¿Qué elementos de evocación, a su vez, tenían estas dos o tres líneas para abrir tan inmenso panorama de poesía ante el simple corazón de un muchacho? Estos dos solamente: el acto de traer toda una vida vivida o por vivir ante las puertas de la evocación que abre la fórmula "al", y una noche de primavera.
La misma impresión he vuelto a sentir un poco más tarde con El Sueño De Una Noche De Verano, título de Shakespeare. El que esto escribe no ha leído nunca la comedia. Y ha hecho bien, porque la poesía de no importa qué comedia no podrá igualar jamás a la que sugirió su título a un chiquilín, del mismo modo que no es sensato volver a ver a la tiernísima novia de un infantil amor, aunque ella haya valorizado ahora su vida con cuatro robustos hijos.
Pues bien: el cinematógrafo ha tenido la dicha de uno de esos hallazgos que son por sí solos un triunfo. No es más que una frase usada en las leyendas de los filmes, una sola, corta, sin comentario alguno, y que llena toda la pantalla.
Esta frase es "Aquella noche…". Nada más. Supóngase ahora el lector el drama menos apasionado, la comedia menos sentimental, la pieza más desprovista de interés. Por desteñida y acuosa que ella sea, llegará un momento en que un corazón sufre y un carácter está a punto de romperse en tensión. Pues bien: "Aquella noche…".
¿Qué pasa? ¿Se salva la heroína? ¿Solloza con los puños en las sienes el hombre de carácter? Cualquier cosa; el destino está allí, embozado hasta la hora final, hasta que el autor lo empuje adelante. Y "aquella noche…".
Luego, a la memoria de una enérgica obra de un hermosísimo par de ojos que comenzaron por enloquecer al protagonista, va unida la visión indeleble de una breve frase negra en la pantalla. Quien esto escribe no es una criatura; pero puede jurar con la mano en el corazón que muchos hombres como él han abandonado el cinematógrafo pensando en cosas que poco tienen que ver con la seriedad de la vida. No es el menor de sus sueños sentirse actor de cine junto con determinada actriz, en el momento capital de las cintas de amor, cuando los protagonistas quedan solos en la pantalla, con el final que todos conocen.
¡Bello sueño! Y mientras nuestro hombre camina silbando despacio, siente que su alma está en blanco como la pantalla, mientras en una esquina de esta van surgiendo en miniatura las caras que él conoce demasiado bien porque no es esa la única noche que ha salido silbando despacio; la Vernon, la Phillips, la Billie Burke, la Clifford…
Todas norteamericanas, como se ve. Su vida también está en blanco. Y sueña así:
¿Qué cosa más fácil que hacerse enviar a Norteamérica por un diario, con el fin exclusivo de reportear a las estrellas de cine? Por poco que se sepa escribir, el interés actual por el cinematógrafo es tal, que el éxito de aquellas crónicas está descontado.
Se va, pues, y busca a la Vernon, cuyos ojos son sin par en el mundo desde que éste existe. Obtiene sus confidencias, se enamora mucho, logra hacerse querer un poco. ¡Los ojos de la Vernon! Por muchísimo menos puede uno volverse idiota, y por menos aún muchos se han casado.
¿Casado con la Vernon?...
"Aquella noche…".
La cabecita en la esquina del lienzo ha cambiado ahora: la Billie Burke. ¡Ah! La pequeña rubia repleta de gracia y monerías, con garganta de paloma. Muy inteligente, además, vale decir, antojadiza. Por lo que no dejaría de hacerle gracia un primer diálogo así:
—Señorita Burke: ¿usted sabe que he venido del fondo del Plata para verla?
—¿Dónde es eso?
—Más allá del fondo del Amazonas, la Argentina.
—Ahora sí. ¿Usted vino a esto?
—Sí.
—Mucho viaje.
—Tenía ganas de verla.
—Pues bien, aquí estoy.
—Es que usted me gusta mucho más viéndola ahora.
—Amable. ¿Así se dice?
—Así. ¿Qué clase de locura se le ocurre que podría hacer yo para gustarle?
—Expeditivos, en el Plata… Buenos Aires, ¿sí?
—Sí. ¿Y bien?
—Y usted empieza así una… ¿A ver, de qué color tiene los ojos?
Nuestro silbador tiene los ojos pardos, negros o azules; cualquier color. Lo capital es que la señorita Burke ha dado muestra de un vaguísimo interés. Y un tiempo después el amor —infinitamente más antojadizo que una estrella de cine— hace perder pie a la serenidad de la pequeña rubia, y una mañana nuestro héroe, acodado a la borda del transatlántico que lo vuelve al Plata, no acaba de sorprenderse de sentir una cabeza rubia recostada a la suya —la de miss Billie Burke, su esposa.
Y "aquella noche…".
Y van dos matrimonios. Pasa un instante. La pantalla, de nuevo en blanco, torna a oscurecerse en una esquina con la miniatura de la Phillips. Ella ha sido su más fuerte pasión artística por una temporada. Es asimismo muy inteligente, y tiene un don de ternura único entre sus congéneres. Esta ternura que le disuelve los labios en un vivo mimo, y cuyo calor pasa de la pantalla al corazón del lejanísimo transeúnte, es el más grande encanto de la Phillips. No cabría con ella, pues, sino una grave emoción en un diálogo sin jugueteo psicológico; algo en esta forma:
…No, imposible ya. La soledad de la calle, el frío, él mismo silbar despacio, concluyen presto con la ilusión. Dejemos. La vida tiene ocho o diez horas diarias más serias que el sueño de un hombre que ya no es un chico. Pero una que otra vez volveremos aún a salir del cinematógrafo con toda nuestra vida en blanco, como una pantalla, mientras una pequeña mano luminosa de estrella transcontinental, va escribiendo lentamente: "Aquella noche…".
