Artíclos Misceláneos Dispersos

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica, Cuento, Compilación



La Intervención De Los Espíritus Y La Caja De Fósforos


Las últimas manifestaciones espiritistas de Conan Doyle, y su certeza de comunicarse más allá de la vida con su colega Houdini, han vuelto a inquietar a todos los innumerables doloridos de este mundo que con mayor o menor fe sueñan o confían en reanudar, a través de la muerte, una felicidad trunca.

Cabe ante el renovado fenómeno sorprenderse una vez más de la resistencia que el hombre opone a desaparecer totalmente de un escenario frío, insensible y duro, en el que apareció cuando su turno en la caravana fue llegado, y donde se desarrolló, actuó, se encogió y murió, sin llegar a tener nunca conciencia del por qué de este surgir y desaparecer en lo que media de un segundo a otro del universo, y sin conocer otra cosa de su destino que la fatal brevedad en cumplirlo.

Puede el hombre convivir años enteros con los astros; puede prescindir de su yo ante descubrimientos de divina exaltación: pero ante la idea de su muerte personal, circunscrita a sí mismo, el hombre, con una terquedad heredada a través de las edades de la amonita primaria, se agita y se revuelve ante ese anonadamiento.

Sin exceptuar una sola, todas las religiones han enseñado y muestran al hombre el camino de la muerte fatal y liberadora. No hay fenómeno, en nuestra transitoria existencia, más forzoso, necesario y breve que su desaparición. A ningún horror, fantasma o cuco nos acostumbran desde pequeños como a la fatalidad de morir. No hay espectro más fiel en la sombra de todas nuestras acciones que el de la inexorable muerte.

Y no nos acostumbramos a ella, sin embargo. Millares de siglos pasarán, y lo que constituye un acto archiconocido y archisentido por todas las generaciones muertas, y cuyo hábito debía habernos legado, espantará siempre al hombre como inesperada y horrible sorpresa.

Y es forzoso que así sea. Si no fuera la Vida misma quien se defiende así contra el asalto y la disolución, ha tiempo que la mentalidad exagerada del hombre, y con ella toda su secuela inmoral, hubiera concluido con la vida. En el acto más enérgico de que el hombre sea capaz como ser vivo: el de matarse, no es la moral creada lo que alienta y protesta ante tal acto, sino la milagrosa y perseverante organización a que llamamos vida, y que nos llega desde su remota eclosión el amor y la necesidad de sostenerla.

Puede todo esto explicar nuestra resistencia, sentimental esta vez, a no volver a ver nunca más a los seres queridos que desaparecieron, y nuestra predisposición para soñar, percibir, oír y aún tocar a los espectros de aquellos amores.

Sin embargo, no suelen las comunicaciones espiritistas satisfacer plenamente el corazón de los deudos, y menos todavía la curiosidad que nos embarga ante el gran problema del más allá.

¿Qué sucede en aquellos planos? ¿Qué planos son ésos? ¿En qué circunstancias de ambiente, tiempo y lugar se mueven esos espíritus?

Nada puede saberse. Jamás una pregunta al respecto ha obtenido de ellos una respuesta pasablemente concreta. Son siempre las mismas vaguedades con fortísimo dejo a baja tierra:

—¿Son ustedes felices?

—Naturalmente...

—¿Pero en qué consiste esa felicidad?

—No tenemos preocupaciones...

—¿Y qué hay allí?

—¿Cómo qué hay?...

—Sí, ¿dónde están ustedes?

—Pues... en un plano superior...

—Y abajo, arriba, a la derecha, a la izquierda, ¿qué hay?

—¿Cómo?...

—¿Hay piso?...

—¿Piso?...

—¿Casas, habitaciones?

—Naturalmente, hay casas...

Y así por el estilo. Este espécimen de diálogo, fielmente transcrito, puede dar la norma del noventa y nueve por ciento de las respuestas de los espíritus cuando se los fuerza un poco.

Una sola parece ser en suma la preocupación de estos seres: demostrar su existencia, y sobre todo su identidad, por medio de circunstancias casi siempre nimias que sólo ellos podrían conocer; recuerdos oscuros que atañen a incidentes de la vida diaria; alusiones vagas, equívocas a veces, que prueban en los desencarnados fuerte humor; pero de lo único realmente interesante: de la trágica existencia del más allá, de ésa, hasta hoy los espíritus no han dicho una palabra.

En los fenómenos de orden psicométrico: telepatías, rememoración del pasado ancestral, desarrollo de fuerzas vivas y creaciones más o menos materializadas de la subconciencia —la observación fría registra de tarde en tarde casos de gravedad excepcional. No pasa de igual modo con la previsión del porvenir; y es justo que así sea, pues si todo lo anterior puede explicarse por el substratum acumulado de mil conciencias heredadas, hacia el porvenir nosotros formamos el tramo terminal de la escala: más adelante no hay nada —a excepción de los espíritus.

Pero aún concediendo a estos una influencia más determinante y comprobada en nuestras vidas de lo que parece ser, cabe recordar que sus advertencias, revelaciones y presagios se manifiestan casi siempre en pequeñas contingencias mnemónicas que en nada afectan a nuestra vida física y espiritual.

Algunas veces, sin embargo, realizase una intervención, surgida no se sabe de dónde, que nada tiene que envidiar, como trágica, a cuanto quepa de imaginable. Atribúyase ésta a simple neurosis resuelta en alucinaciones auditivas, a la subconciencia, a los desencarnados, ello es que la crueldad, imbecilidad o fatalidad de estos llamados no puede ser más espantosa.

Una madre ha criado a su hijo, de cinco años entonces, con amor entrañable. Ha puesto, como vulgarmente se dice, su vida en él. Nada concibe del mundo sino a través del porvenir de su hijo.

Pero he aquí que poco a poco comienza a tener la impresión, vaga al principio y angustiante luego, de que la desdicha se cierne sobre la casa. Un tiempo después, esta desventura se precisa en el porvenir de su hijo. Cuantas veces sueña con este porvenir, cree oír una voz que le dice:

—Será inútil...

En este estado, tiene a cada instante la obsesión del fuego. Dos veces, con pequeños intervalos, ha corrido por todas las piezas creyendo sentir horrible olor a quemado.

La obsesión y la angustia aumentan. El porvenir de su hijo y la idea del fuego están ligados con un mismo horror y un mismo presagio. Cada vez que quiere pensar en la dicha que aguarda de los años, la misma voz le repite:

—No pienses; él de nada tendrá necesidad...

No se enciende más fuego en la casa. Persigue todas las cajas de fósforos fuera de lugar. Una hora antes de la catástrofe, esta obsesión de los fósforos se torna irresistible.

—Destrúyelos —le dicen—.

Y así lo hace. Para mayor seguridad, acuesta a su hijo. Cuando concluye:

—Vuelve el colchón —oye aún.

En ese instante la sirvienta la llama, y sale un instante, prometiéndose retornar enseguida a hacerlo. Apenas se ha alejado, oye gritos desgarradores que parten del dormitorio, y corre, hallando la camita envuelta en llamas, y a su hijo con graves quemaduras a las que no sobrevive.

Tomamos el caso de Maeterlinck. Siendo este escritor el hombre que más de cerca ha explorado el misterio de la muerte y su más allá, dejémosle la palabra:

Es probable —comenta Maeterlinck— que bajo el colchón se encontrará un fósforo extraviado que el chico descubrió y encendió; es la única explicación posible del incendio, pues ya hemos dicho que no había fuego en la casa. Si la madre hubiera dado vuelta el colchón, habría visto el fósforo; y, por otra parte, habría vuelto sin demora el colchón si se le hubiera dicho que debajo había un fósforo.

¿Por qué la voz que la empuja a hacer el acto necesario, no agrega la sola palabra capaz de determinar este acto? Los que dan estos avisos deben de saber que serán inútiles, puesto que es evidente que prevén el acontecimiento entero; pero deben de saber igualmente que una postrera palabra, que no pronuncian, sería por sí misma eficaz para detener la desgracia ya cumplida en su previsión. Tan bien lo saben, que llevan esta palabra hasta el borde del abismo, la tienen suspendida, la sueltan casi, y la recogen bruscamente en el instante en que su peso va a hacer remontar la felicidad y la vida a la superficie de la profunda sima.

¿Qué misterio es ése, pues? ¿Es impotencia o mala voluntad? Si no pueden, ¿cuál es la fuerza inesperada y soberana que se coloca entre ellos y nosotros? Y si no pueden, ¿de qué, de quién se vengan?

¿Cuál es el secreto de estos juegos inhumanos, de estas diversiones insólitas y crueles sobre las crestas más resbaladizas y peligrosas del destino? ¿A qué prevenir, si se sabe que el aviso será vano? ¿De quién se burlan? ¿Hay realmente una fatalidad inflexible en virtud de la cual lo que debe cumplirse está cumplido desde la eternidad?

Pero entonces, ¿por qué no respetar el silencio, ya que toda palabra será inútil? Se comprendería su agitación, sus titubeos, sus esfuerzos, si no supieran, pero está perfectamente probado que lo saben todo, puesto que predicen exactamente lo que podrían evitar.

¿Son locos desocupados o cómplices de una horrible broma? ¿Es de la feliz solución de un enigma o de una adivinanza pueril que depende nuestra suerte? ¿Toda la libertad que nos es acordada se reduce a la lectura de una charada más o menos ingeniosa? ¿La grande alma del universo sería el alma de un muchacho grande?

No conocemos nada más desesperante para el tema propuesto que el caso anterior, de tan magistral manera, analizado por Maeterlinck. Obra de la subconciencia o de los espíritus: sabemos perfectamente que en nuestras almas terrestres, adheridas a la vieja carne, hallamos más compasión y nobleza que en ellos. Eso nos basta.

El Hipnotismo Al Alcance De Todos


Todo el mundo tiene la facultad de hipnotizar.

Pero, si todo el mundo es capaz de hipnotizar, no todos son hipnotizables, y especialmente hasta el punto de hacerles hacer lo que uno quiera. Los Donato, Onoffroff, Conde de Das, que bien se sabían esto, tenían gran cuidado de diseminar por el teatro cuatro o cinco personas de su compañía, bien dominadas ya y excelentes sujetos.

De cien personas hipnotizables, sólo veinte o treinta se dormirán profundamente; los otros llegarán apenas a un grado de torpe somnolencia. Pero lo que se ignora comúnmente es que este último estado es suficiente para la sugestión.

Sobre todo, no se trate de ensayar en el primer dormido las grandes sugestiones. Muy pocos obedecerán a éstas, especialmente cuando no se domina aún al sujeto. Bueno es contentarse con sugestiones sencillas en este caso, pues la persona hipnotizada —aún profundamente dormida— resiste con todas sus fuerzas una sugestión que va contra todo su modo de ser: hacer que una persona específicamente honrada, por ejemplo, robe. 

Los procedimientos abundan, en razón de las teorías y diversidades de temperamento. Tal persona resistirá infinitamente por este medio, y se dormirá enseguida por este otro.

Si una persona no quiere ser hipnotizada, no hay nadie que pueda conseguirlo. De aquí la ingenua malicia de los que, después de una infructuosa sesión para la cual se han aparentemente prestado, se retiran riéndose consigo mismo: "yo decía que sí, pero en el fondo no quería."

Señalaremos los principales procedimientos: 

Procedimiento de Puységur. —Colóquese la mano izquierda sobre la cabeza del paciente, y la derecha sobre el abdomen. Míresele fijamente en los ojos, concentrando toda la voluntad en el deseo de serle útil. Cuando sus ojos se cierren, habrá llegado al estado hipnótico. La sesión podrá durar —según la resistencia del individuo— un cuarto de hora y más.

Procedimiento de Lafontaine. —Aplíquense los pulgares sobre los ídem del paciente. Fíjense en él los ojos hasta que baje los párpados y no pueda levantarlos más. En seguida háganse ocho o diez pases en la nuca y el pecho hasta la obtención del sueño magnético y sonambulismo. Para comprobar esto, pregúntese cualquier cosa al paciente: si el sueño es natural, se despierta; si es magnético, no responde; si ha llegado al sonambulismo, responde sin despertarse.

Estos dos procedimientos pertenecen al magnetismo; trátase de hacer dormir al paciente, sin sugestión ninguna —por lo menos explícita. Los que siguen son del dominio del franco hipnotismo.

Procedimiento de Braid. —Se toma un objeto brillante (botón de plata, un pequeño círculo blanco sobre fondo negro, un brillante, aún la extremidad del dedo) y se mantiene inmóvil a veinte centímetros de los ojos del paciente, a la altura del pelo, recomendándole concentre toda su atención en el objeto, sin pensar en otra cosa. Al cabo de un tiempo más o menos largo, que puede prolongarse hasta media hora, las pupilas se contraen a intervalos y los ojos se cierran. Si esto último, a pesar de las contracciones, llega a no sobrevenir, oprímaseles con los dedos durante un rato. Después de 15 o 20 segundos se levanta suavemente el brazo; si queda en el lugar en que se le deja, el estado hipnótico está obtenido.

Este procedimiento, aunque un poco fatigante a veces, es muy usado, con la ventaja de que una persona puede hipnotizarse a sí misma: basta fijar el objeto brillante en alguna parte. Suele también producir fuerte dolor de cabeza.

Procedimiento de Donato. —Sosténgase en las dos manos las ídem del paciente que se apoyará en ellas con todas sus fuerzas. Al cabo de 10 segundos, míresele de golpe y fijamente en los ojos, bien cerca, ordenándole que él también fije los ojos. Aquel no podrá entonces apartar los suyos del operador, siguiéndole a dónde vaya. Después de la primera sesión, la simple e instantánea fijación de los ojos basta. Soplando entre los ojos, la persona despertará en seguida.

Algunos hipnotizados por este procedimiento saben lo que hacen, pero no pueden menos de hacerlo. Otros, en cambio, no recuerdan nada. En este último caso, puede sometérseles a toda sugestión, cataleptizarlos, alucinarlos, etc.

Donato, creador de este procedimiento, dióle el nombre de "fascinación", llegando en él a un grado maravilloso de perfección.

Procedimiento de Moutin. —El operador se colocará detrás del paciente que se mantendrá con los pies juntos, los brazos pegados al cuerpo y la cabeza levantada, pero sin "rigidez" alguna en la posición. Aplíquensele las manos en los homoplatos, rogándole como condición indispensable que no ofrezca ninguna resistencia. Si el sujeto es bueno, al cabo de 30 o 40 segundos tendrá sensaciones diversas en la espalda: de frío, calor, decaimiento, etc. Puede también no sentir nada. Pero, en todos los casos, al retirar lentamente las manos, el paciente se sentirá atraído hacia atrás, con una fuerza que variará según su mayor o menor sugestibilidad. Conseguido esto, será igualmente fácil hacerle ir hacia adelante tocándole las rodillas.

Procedimiento de Pickmann. —El operador se coloca a la izquierda del sujeto; aplica su mano derecha entre los homóplatos de éste y le ruega mire un punto brillante que mantiene en la mano izquierda a distancia de los ojos de aquél. Al rato, se cierran, y el paciente cae si no le sostienen.

Como conclusión, el de Pickmann es el más apropiado a los diversos temperamentos. Como base, téngase en cuenta que una persona, aparentemente refractaria el primer día, podrá ser inmejorable sujeto a la semana.

Bajo El Terror De La Grafología


No ha muchos días mi atención fue solicitada por los tópicos de una conferencia que bajo los auspicios de la Sociedad Argentina de Grafología debía dictar el presidente de la misma.

Debo declarar, ante todo, que yo poseía hasta entonces ideas poco claras —digamos poco serias— sobre el arte de descifrar el carácter de un hombre por medio de su escritura. Sabía ciertamente que existen personas de buena fe dedicadas con empeño a aquel arte. Pero como, desgraciadamente, la buena fe puede conducirnos con tanta nobleza a la verdad como al sofisma, mi situación ante la grafología doméstica era la de un hombre que si algo puede ganar contemplando risueñamente las cosas, nada, en cambio, puede perder.

La nómina de dichos tópicos fué para mí una revelación. Por primera vez en mi vida percibía el alcance de la grafología, manifiesto en aquéllos. He aquí —me dije a mí mismo después de haberlos estudiado con profunda atención— la confirmación concluyente de nuestro perpetuo yerro. Yo sonreía un poco —lo confieso otra vez— de la grafología. Hoy sé que es una ciencia cabal, universitaria, académica, y que se constituye, con tanto rigor como las Matemáticas y mayor acierto que la Psicología, en la ciencia oficial del Conocimiento Humano. En una palabra: en la Reveladora Suprema.

Tras la falacia sin término de la conciencia, habíamos ido a buscar en las tinieblas de la subconciencia los motivos ocultos del angelical o diabólico proceder humano. Levantamos en ellos un templo a la tenebrosa Verdad que rige nuestras acciones, y allí estaríamos todavía postrados de pavor, si la nueva ciencia no llega a cogernos de la mano y a mostrarnos, riendo ella a su vez, que a modo de los tesoros guardados en un lugar bien visible, por sutil escondite, la Verdad se halla también a la vista de todos, delatándose a gritos en la sola inclinación de una letra, en la vaga torsión de una coma, en la invisible tilde de la i. Ciegos y más que ciegos yacíamos de hinojos ante las pitonisas subliminales, sin ver que la Revelación Suprema escurría fluida y abrasadora como de la plumpez, de la punta de la pluma…

¡Y qué revelación! No más acusadores, defensores ni jueces —me dije, entusiasmado. Arrastrado por una fuerza infinitamente superior a su disimulo, el hombre denuncia y esculpe su destino flagrante en el carácter de su caligrafía. Nada que quede oculto: ni el más imperceptible doblez de su conciencia deja de desplegarse a pesar suyo con claridad aterradora. Por encima de las argucias y apelaciones de la justicia, una sola línea manuscrita basta para revelar a un incomprendido, para aherrojar a un falso apóstol, para arrancar sin otras pruebas a un hombre del corazón de una mujer.

Así, lleno de entusiasmo, me prometía asistir a la precitada conferencia como el más humilde de los discípulos, cuando un inconveniente inesperado me privó de recibir su agua bautismal. Quiero creer, sin embargo, que mi destino me deparaba una sanción más rotunda, pues ese mismo día mis ojos acertaban a posarse sobre el título de un libro expuesto en una librería. Decía así: "Grafologías", por Alfonsina Masi Elizalde.

Hasta ese momento yo ignoraba la existencia de la señorita Masi Elizalde. Deduzco de esto que en cualquier otra circunstancia más pagana yo hubiera vuelto indiferente la vista a otro lado. Pero estaba abierto mi camino de Damasco. Sin titubear entré en la librería, compré el libro y huí con él, lleno de esperanzas, a deletrearlo en la paz de mi conciencia.

Abro, pues, el grueso volumen, y con gran regocijo me entero de que en sus páginas se estudia la caligrafía de muchos conocidos. Mejor dicho: no se trata, en verdad, de un estudio, sino de la sanción lisa e implacable de la personalidad de ciento ocho firmas notorias.

Por fin —torné a hablarme— se halla tendido ante los ojos humanos el índice inexorable de nuestras almas. ¿Qué voy a hallar en él? ¿Ilusiones frustradas sobre el valor de algún carácter que supusimos de acero? ¿Dolorosos desengaños acerca de un escritor, de un amigo?

No importa. Hojeo el índice apresurado, donde, con gran sorpresa y más vivo halago aún, hallo mi nombre entre el de las ciento ocho personas estudiadas.

¡Exquisita vidente! —murmuro en voz baja acerca de la autora. Devoro rápidamente las líneas a mí dedicadas... Y quedo estupefacto.

"Astucia maestra, verdaderamente animal, en que se embosca silencioso..." "Moral inflexible para los demás y elástica para consigo mismo..." "Terco y mentiroso..."

La confusión que me abruma al leer la implacable sentencia no me ha llevado a tergiversar las palabras de la autora. Real y efectivamente, dice a mi respecto lo que acabo de anotar.

Confundido, ciertamente, he permanecido un largo rato. Pero tras el primer instante de anonadamiento en que me sume la despiadada revelación, recobro la serenidad. Y bruscamente comprendo entonces la razón de un sin fin de hechos para mí hasta entonces inexplicables. Comprendo por qué desde la aparición de aquel libro he perdido muchas amistades y aun se me ha negado el saludo. Comprendo el motivo de muchas ingratitudes a que no hallaba excusa, de inesperados desaires que no había creído merecer.

Y me explico, por fin, perfectamente, el rechazo sistemático, desde unos meses a esta parte, de toda producción mía en los órganos de publicidad de la capital.

Sí, lo comprendo todo y bajo la cabeza. Yo también me había hecho ilusiones... precisamente sobre mi moral y mi carácter. Hallábame bien dispuesto, con la conciencia en paz, al comprar el volumen de la señorita Masi Elizalde, a perdonar a aquellos de los ciento ocho colegas cuyo bajo fondo moral iba a revelar su grafología..., sin soñar siquiera que quien había más menester de perdón entre todos era yo.

Tan honda e inesperada es, sin embargo, la caída, que todavía me pregunto si la ultravidencia de la médium grafóloga que nos ocupa, no ha sufrido un ligerísimo error de origen.

Véase: yo tengo la desdicha de no conocer a la señorita Masi Elizalde. Todo lo ignoro de ella, hasta los rasgos de su fisonomía. No he cambiado jamás con ella una sola palabra. Mi persona, mi vida —¡no digamos mi alma!— deben serle a ella tan perfectamente desconocidas como lo es ella misma para mí.

Visto esto: ¿es posible que tres solas líneas mías tenidas ante su vista, delaten fermentos tan impenetrables como mi astucia de felino y mi moral de conveniencia, que hasta hoy habían permanecido ocultas, no sólo para mí, lo que es admisible, sino hasta para mis amigos menos ciegos a mi respecto? ¿Puede admitirse que mis A incompletas o mis R mal hechas denuncien la "indiscutible bizarría de mis ideas"?

¿Cabe en lo posible que el agua lustral y las sacudidas más íntimas de un corazón, un alma y una vida entera se delaten con tal evidencia en la caligrafía que pueden ser cogidas al vuelo por la primer joven que pose su interesante mano sobre ella?

No, no es posible. Tal conocimiento implica una larga convivencia de alma, por lo menos. Y ya he manifestado con insistencia que entre la autora de las grafologías y el autor inmolado medía un abismo de incognición.

Luego es forzoso admitir que en otro mundo, en otra época u otra vida anterior a la que hoy nos agobia, la señorita Alfonsina Masi Elizalde y yo nos hemos encontrado unidos en íntima comunión espiritual.

Nada de nuestra esencia secreta ha quedado oculta para nosotros.

Se explica así perfectamente el conocimiento de mis flaquezas de que ha hecho gala, sin conocerme, y en particular aquello de mis "sordas cóleras lejanas que rompen sin fragor en un endorse temible".

Por mi parte, no guardo memoria alguna de aquella remota vida anterior. No conservo el más vago recuerdo de la razón de mis emboscadas y de mis cóleras ocultas.

Tal vez sea mejor así.

Sensaciones De Acrobacia Aérea

Una Hoja Seca Y Dos Vrilles


Desde hace un rato estoy mirando poner a punto el motor del Curtiss en que debemos hacer la vrille. No hay hoy persona que ignore el significado de estas expresiones extranjeras, tan gratas a los deportes y a la aviación en particular. La vrille consiste en la caída cabeza abajo del aeroplano, taladrando el aire. Barrena o tirabuzón: cualquiera de estas dos espirales da idea perfecta del fenómeno. Comienza por un pique de looping, y concluye con un remonte, también de looping. En verdad, la vrille es un looping the loop, cortado en dos. Entre ambos extremos, la máquina se ha desplomado de cabeza al suelo. Se comprende muy bien que la sensación a sufrir sea tentadora, ya que no es frecuente hallar en la vida ocasión de precipitarse a tierra desde mil metros.

Contemplo, pues, la hélice, que voltea con un ronquido desagradable. De un mecanismo tan bien dispuesto para matarse con él, en el aeroplano sólo la hélice es fúnebre.

El día está nublado y fresco. La hélice vibra, se acelera cada vez más, ronca enloquecida. Delante de ella, un trémulo reflejo de las palas vertiginosas espejea apenas sobre el suelo. Por debajo y detrás de la hélice, hasta treinta metros, el pasto amarillo está doblado, rasado por el viento. Este viento invernal y ese reflejo lívido, a uno y otro lado de la hélice que ronca al parecer inmóvil, constituyen su aspecto fúnebre. Se mira el huracán rasante sobre el pasto, mientras en el resto hay plena calma, y se siente frío.

Más todo está en forma: motor, válvulas, timones: el mecánico entrega el aparato.

Conjuntamente con la hélice, he considerado un rato al piloto que debe lanzarme cabeza abajo sobre la fresca campiña de San Fernando. He notado cómo habla y cómo escucha. No insiste en el examen de la máquina, como podría haberlo hecho un poseur del oficio, con el fin de recargar de importancia las piruetas a ejecutar. Sabe que todo marcha bien, y con una buena sonrisa de invitación, subimos al aeroplano.

—He aquí un hombre sencillo —me digo a mí mismo.— Esto comienza bien.

Tan bien comienza, que no me apercibo del decollage de la máquina, aunque le he prestado atención. Perdemos contacto con la tierra,—y que volamos no cabe duda, puesto que el país, muy grueso aún, va pasando por debajo nuestro. Y ascendemos, desde luego, pues los palacetes comienzan a convertirse en chalets muy bien concluidos, y dentro de un momento en casillas rojas vistosísimas; todo en viva luz, pero muy diminuto.

Alzó la vista al panorama: es el mismo que conocemos de criaturas en las ilustraciones geográficas: anchísima extensión de tierra verde a todos lados, y el Plata con grandes manchas inmóviles. Y en lugares precisos del paisaje, como dispuestos y afirmados exprofeso, detalles desmenuzados en diminutivos: puentecitos, casitas, vaquitas, un trencito eléctrico de juguete, manchitas de verdura, encantamiento general de las cosas, donde grandes líneas irregulares se tornan figuras geométricas, a cordel, con más casillitas rojas y más juguetería conforme se asciende, hasta que el panorama se esfuma, se dulcifica beatamente en la lejanía insondable. Pero el paisaje terrestre ya no es nuestro. El mundo suavizado allá abajo, y que camina todo él lentamente hacia atrás, se torna irreal. Es un simple panorama sedante, al cual no pertenecemos ya gran cosa ni nos interesa, porque la única realidad, cruda y vibrante, es el aeroplano que protege nuestras vidas. Allí está, aquí está, nuestro mundo de verdad. Las alas rígidas y los alambres tensos se recortan sobre el cielo con un relieve extraordinario. La precisión y la luz de sus líneas dañan casi los ojos. Y con todo el fragor y el viento huracanado de su hélice, la máquina roncante da la sensación de estar inmóvil, como si estuviera sujeta por algo que se esfuerza inútilmente por arrancar.

Pero subimos, subimos. Mil metros. Todo el panorama allá abajo es una vasta superficie verde pálido, con miniaturas de color. Sólo viven para mis ojos, con cruda línea, las alas durísimas y los tensores zumbantes del aeroplano.

Acabamos de arrojar un paracaídas de ensayo, cuyo descenso hemos seguido en espiral, sin dejar altura. En pos de variadas peripecias, el paracaídas se introduce en el cementerio de San Fernando, que parece hallar muy de su gusto, pues no vuelve a salir. Somos ajenos por suerte a su invención, aún en el remoto caso de ser supersticiosos. Además, hoy es martes 13. Mi piloto, que varias veces ha parado el motor para cambiar alguna impresión conmigo, se ríe, como buen yankee que es, y me advierte que vamos a efectuar algunas caídas de ala. Y caemos, efectivamente, sobre una y otra ala, sin acusar sensación alguna de mayor monta. La boucle, en tierra, y aún el mismo trencito del Parque, tienen algo muy vivo que enseñar al respecto.

Cobramos más altura. Mi piloto se vuelve entonces a medias, y me indica con la mano que vamos a hacer la vrille. Asiento gustoso, y de pronto, al mismo tiempo que dejo de oír el ronquido del motor, me siento caer a tierra y veo la cabeza de mi piloto a mis pies.

¿Qué más? No sé; seguramente he cerrado los ojos, porque momentos después veo de nuevo —y con sumo agrado— las alas inmensas y casi negras por la dureza de la luz, delante de mí. Volvemos a ganar altura y repetimos la vrille. Abro bien los ojos, y a tiempo que vuelve a mi mente el ademán de taladro hecho con el dedo por el piloto, se hace el silencio y caigo de cabeza.

Pero esta vez he sentido lo que centenares de aviadores en la misma posición que yo, y que hoy están muertos. Y, sobre todo, he visto. He visto las alas y los alambres tensores arriba y abajo, y en los intervalos, cortado por los aletazos, el panorama terrestre, a la derecha, a la izquierda y arriba de mi cabeza. Hemos caído 300 metros taladrando el cielo, con el motor mudo y los alambres zumbando. Y este zumbido de inmenso pájaro que corta el aire, nos ha acompañado luego hasta el hangar, pues deteniendo el motor a seiscientos metros de altura, bajamos en vuelo planeado, con un pique final que equivale a medio looping.

La vrille es, pues, una cosa agradable, por lo menos cuando se la ejecuta en compañía del señor Lawrence León, cuya maestría de piloto inspira —y ya antes de ascender, que es lo edificante— una confianza absoluta. Lo que no obsta para que conserve bastante viva la impresión de aquellas tensas y seguras alas que constituían nuestra única verdad, precipitándome al vacío y mostrándome, entre pantallazos de ala girante, un pequeño lugar cualquiera de la tierra, del largo de un hombre bien estirado.

Las Actitudes Heroicas


El drama del dirigible "Italia", precipitado sobre los hielos con toda su dotación, ha estado a punto de convertirse en tragedia heroica. Decimos ex profeso "ha estado a punto", pues aunque hubieran de sucumbir algunos de sus tripulantes, a pesar de los salvados hasta el momento en que escribimos estas líneas, algo priva al espantable drama polar de aquel carácter apuntado.

El heroísmo no es una virtud que se deba esperar de cualquiera. Nadie tiene derecho a exigir que un hombre, en el cumplimiento de su deber, lleve éste a los límites del heroísmo. Pero todos, en cambio, tenemos derecho a esperar este sacrificio sagrado, cuando con la seducción exclusiva de la gloria se arrastra a multitud de hombres a una aventura poética, cuya única redención es la seguridad, para los subordinados, de que su jefe dará en holocausto cuanto ha exigido de ellos al arrastrarlos.

La exploración de los polos está lejos de ofrecer un gran interés científico. No valen todas las verdades adquiridas en el preciso grado 90 de latitud una sola de los centenares de hecatombes que han costado a la humanidad. No dan resultado práctico alguno. Son, en una palabra, inútiles.

Pero esas exploraciones polares, sujetas a penurias sin nombre, continúan encarnando lo más puro y desinteresado que posee el alma humana: su amor a lo desconocido, al misterio seductor, más allá del esfuerzo, del valor, de la vida misma, que constituyen, para el hombre que se enciende en aquellos amores, la gran poesía en acción.

No es, por cierto, un pusilánime, ni un negociante a interés seguro, ni un hombre de cerebro frío e ideas estrechas el que se lanza a sufrir lo indecible y echa los dados de su vida —y con ella la de sus compañeros— al goce mortal de palpar lo desconocido.

Como no reportan estas aventuras utilidad alguna, la actitud de estos enamorados de lo desconocido, y en particular la de sus jefes poetas, sólo tiene una excusa: y es la capacidad que para el sacrificio confirma su temple, y que en el jefe de la expedición debe alcanzar al heroísmo.

Ningún hombre en peligro tuvo jamás la salvación tan a mano como Scott, explorador del polo sur. Es bien conocido lo que fue aquella su última expedición trágica, azotada sin tregua por la más persistente fatalidad, y concluida con la muerte de su jefe, de miseria, hambre y frío, cuando a un kilómetro escaso se veía el puesto de aprovisionamiento.

Por único y último compañero de aquel desastre, Scott no tenía a su lado sino a un marinero moribundo. Nada, ningún deber humano ni siquiera divino forzaba al jefe de la expedición a detenerse en su camino. Todo, antes bien, todo excusaba el abandono de un compañero a la muerte, cuyos postreros y fatales instantes podían costar la vida de un hombre como Scott.

Scott nada vió de todo esto. Vió sólo que la existencia de aquel obscuro compañero de infortunio era tan sagrada y preciosa para él, jefe de la expedición, como la suya propia. Debían salvarse ambos, o morir los dos. A la vista de las cuantiosas provisiones, del fuego salvador a los cuales podía él llegar de un paso, pero no su compañero, Scott se quedó. Y sabemos por fin que cuando ambos fueron hallados, Scott conservaba aún el lápiz sobre su libreta, en la que recomendaba a sus amigos que velaran por su mujer y sus tiernos hijos que quedaban sin pan.

Un héroe es un ser excepcional, y como tal, superior a nuestros sentimientos estrechos y nuestros deberes medidos. No es posible, pues, juzgar al general Nóbile de acuerdo con una norma que sobrepasa infinitamente a la capacidad común, ni mucho menos exigir de él, en las circunstancias terribles en que se hallaba, el cumplimiento de un deber no escrito ni reglamentado. Pero hubiera sido muy hermoso que cinco compañeros de infortunio se hubieran salvado juntos.

La Joya Actual


El arte es un lujo —dijo el hombre— He aquí un principio definido no sabemos por quién, y probablemente desde tiempo inmemorial. Creólo acaso la actitud del primer salvaje que en vez de utilizar su urgente tiempo en sobar a diente la piel del reno cazado, lo perdió pasando las horas en grabar en sus cuernos la efigie del animal mismo.

"Es ocioso lo que haces —dijéronle, sin duda.— En vez de convertir la cornamenta en algo útil, en alguna arma que nos permita subvenir a nuestras necesidades, la inutilizas con esas rayas y te vuelves tú mismo inútil para el trabajo."

Desde los remotos tiempos de la caverna, la frase, casi sin variante, viene pesando sobre el alma de todos los que pierden su utilísimo tiempo cincelando figuras en los cuernos del reno…

Conforme con este pecado original, el arte cobra su origen en un robo. En nuestros días no ha variado gran cosa el concepto; y en joyería sobre todo, por los carísimos elementos que las joyas exigen, el arte del cincel, del engarce y la decoración han perdido todo lo que debió tener de arte para convertirse en simple emblema de lujo.

Aquí como allá se ha robado también, aunque de distinto modo. Hasta ayer mismo, las joyas, los aderezos, las diademas, las pulseras, todos y cada uno de los aprestos de la belleza femenina, no poseyeron en substancia más arte que el que quería depararles el dudoso buen gusto del rico joyero que la vendía, y la gula de la dama millonaria, que la compraba. Siendo las piedras preciosas el elemento casi exclusivo de una joya, el arte capaz de convertir en sublime creación un tosco cuerno de reno nada tenía que hacer en las joyerías. Su valoración se definía en karates: tanto pesa una piedra, tanto arte revela. Descontamos, claro está, la rara obra de los orfebres.

Pero la joya común, la pulsera de escaparate, el collar de vitrina, nada pidieron al arte, ni necesitaban de él tampoco, porque su significación era otra: valían como pieza convertible en dinero contante, tanto más admirables cuanto más caras, y su ostentación medía, no el buen gusto, sino la riqueza en tierras, vacas o cédulas hipotecarias de banco.

Tan es así, que las joyas muy caras, los grandes solitarios de agua pura, las sartas de centenares de perlas, tenían casi siempre un duplicado, falso, claro está, pero que en su despreciable valor imitaba hasta el engaño a la joya original.

Temerosa de un contraste que pusiera su joya en peligro, la dama no usaba casi nunca el collar de verdad. Bien guardado en un cofre fuerte o en las arcas de un banco, cedía aquél su lugar en el cuello de la dama a la joya de pacotilla, a ciencia y conciencia de todos, que no por ello dejaban de admirarla. Pero lo que se admiraba, lo que esplendía ante murmullos de entusiasmo, no era la joya: era su tremendo precio en moneda corriente, y con ello la opulenta capacidad económica de su poseedora.

Por esta peregrina tergiversación de valores, el arte, puesto al servicio de la joyería, cubría con su nombre un alto mercado de riquezas materiales. No era menester siquiera lucir una joya: su sola imitación, al demostrar en su dueña capacidad económica, arrancaba aplausos.

Arte de lujo: Con algún millón de años más y disminuída a su más pobre expresión, la frase vuelve a su concepto original.

Pero lo que el salvaje perdió con su cuerno de reno, lo ha encontrado la joyería de estos momentos, creando, con piedritas que se sabe son falsas, con metales de franca e inferior calidad, con trocitos de terracota pintada, una serie de joyas, a veces magníficas, por el precio de cuatro, diez, treinta pesos, y cuyo valor no radica en sus carísimos elementos, sino en el buen gusto de los esmaltes, de las pátinas, del cincelado, de la entonación, de todo lo que en conjunto constituye la decoración artística.

Y con ello volvemos una vez más al salvaje de la caverna, que para realizar sobre el cuerno del reno una obra de arte no igualada hasta hoy, poco tuvo en cuenta el valor despreciable de su material. Como aquel hombre de genio, no necesitó Rude de un bloque de Paros o Carrara para esculpir su "Marsellesa", ni fuele indispensable a Beethoven un órgano de cuatrocientos tubos para componer sus sonatas.

El artista joyero, esterilizado en su creación por exigencias milenarias, ha hallado, por fin, cauce a su sentimiento decorativo en la joya que llena en estos momentos todos los escaparates. Por primera vez, acaso, la joya de mercado posee un valor que no depende del material empleado. Nada en esas joyas baratas que trate de engañar: las piedras no son diamantes, los cincelados lo son a máquina, el oro no es oro, ni las platas oxidadas son plata. Lo que vale en ellas es la feliz elección de los tonos, el fino acierto de la disposición de laminitas empañadas, de garfios, de esmaltes y pedruscos de cerámica.

Quien lleva una de esas joyas lleva también la conciencia tranquila. No simula fortuna ni engaña con su collar. Deléitase ornando su brazo con una chuchería que costó apenas centavos a su fabricante, pero tal vez noches de insomnio al artista que la dibujó.

Tal dijo el hombre. A lo que respondimos: "¡Ah señor! Mucho me temo que se haga usted ilusiones sobre la orfebrería, el reno, el hombre de las cavernas y el sentimiento artístico de quien compra en dos pesos una joya. ¿Cree usted que la mujer que luce por ese precio un collar de grandes piedras lleva la conciencia tranquila?"

—Sin duda —respondió el hombre— pero me he referido a las joyas de decoración, algo más caras. A las pulseras, sobre todo..." — Dicho lo cual me abandonó.

—Sin duda... —he repetido.— Son más caras, pero no tanto para que una persona de escasos recursos no pueda llevarlas... Y mientras me pierdo entre la muchedumbre.

—¿Será posible —me pregunto— que esa muchachita que lleva dos pulseras de bajo precio y de gran gusto, lleve también con ello la conciencia tranquila? Sí, es posible; pero ella no lo sabe.

La Sonrisa


Sin excepción, todas las mujeres saben sonreír. Muchas lo hacen muy bien. Otras lo hacen mal y sin gracia; pero lo hacen. Y esto pasa así, porque esta virtud del término medio —tal la sonrisa—, de la esperanza a medias, de la concesión a medias, del perdón a medias, es eminentemente femenina.

Los hombres, en cambio, ríen con toda la boca si hallan motivos para estar alegres, y dicen terribles groserías cuando están enojados. Tal es su casta.

Y esto proviene de que siendo gente de ataque y no de defensa, se dejan ir a fondo. Prometen demasiado, y conceden también demasiado. Lo que hace que ambos sexos anden tropezando desde el caso Eva-Paraíso, y hasta su triste vejez. Porque entonces uno llora todo lo que rió al principio, y el otro ríe con el cigarro en la boca cuanto en el comienzo le fue preciso lloriquear.

El hombre —el varón, digamos— no sabe sonreír. La sonrisa es en él una cuestión intelectual, un signo externo de su cultura. Cuanto más frecuentes han sido sus escapatorias a través de los juicios y de los prejuicios, mayor finura adquiere su sonrisa.

Sonrisa fina: he aquí una cualidad de sonrisa exclusivamente masculina. La sonrisa de la mujer puede ser amable, graciosa, seductora, insinuante, cualquier cosa. Cualquiera que sea su carácter, ella es siempre una virtud del sexo mismo, que no tiene sino una finalidad y una manifestación: tornar más seductor el rostro que la ha bosquejado.

En el hombre, no. En él la sonrisa es una cosa de adentro, cuya finura creciente, hasta diluirse en una imperceptible luz de la pupila, va marcando la profundidad mental del sujeto.

¿Ha supuesto nadie una fina sonrisa en un querandí o en un campesino de la Galitzia?

Tampoco en la mujer, porque dichosamente para ella —y para nosotros— la hermosa criatura de diecisiete años que sonríe, no ha menester de otra cosa para valer en este bajo mundo, ella, lo que la Suprema Intelectualidad de cualquier cantidad de hombres.

Y si el hombre no sabe sonreír, es sencillamente porque su naturaleza no está hecha para ello. Cuando lo aprende, es porque su cerebro ha sonreído ya de una porción de cosas. De aquí que sonrisa e ironía sean flor y fruto del mismo árbol, y por idéntico motivo la sonrisa de un hombre de cabeza nevada que todo lo perdona porque todo lo comprende, tiene una finura que merece gran cariño y respeto.

Dios nos libre, sin embargo, de ser nosotros el motivo de su sonrisa.

Pero hay a todo lo apuntado una excepción, una sola, en la cual todo hombre —aún el campesino de la Galitzia— sabe sonreír. Este fenómeno se verifica cuando el hombre y la mujer, ambos jóvenes, están uno al lado del otro mirándose a una distancia que en el 99% de los casos no debe exceder de veinte centímetros: y el mundo exterior se ha retirado a distancias planetarias, y no queda del vasto mundo pululante sino dos seres que desde hace un minuto se están mirando mudos y sonriendo.

Pero esta clase de sonrisas nada tienen que ver con nuestro asunto.

El Beso: Su Uso Y Abuso


Un hombre joven, de sangre viva y corazón ansioso, acaba de hallar en un sendero de su vida a la mujer que desde las remotas migraciones de las almas le estaba aguardando. Ni ella ni él se reconocen, por cierto, pero su mutuo amor, profundo e incontenible, les asegura que el mundo entero podría desaparecer a su rededor, mientras quedara a ambos para sostenerse el hilo de sus miradas.

Estos jóvenes, esperanza de sí mismos, de sus padres y del inmenso corazón que alienta al universo, se unen en matrimonio. Dios y el Registro Civil —como reza la canción— augurándoles dicha eterna. Para gustarla con toda el alma, los recién casados cambian un beso.

No saben dónde están, ni pueden tal vez saberlo. Como el mar hacia la luna, y el sistema solar hacia soles más vivos que el nuestro, inconstrastable y fatalmente se han sentido atraídos el uno hacia el otro.

Bajo el cielo sin mancha, sobre el vasto fermento primaveral de la naturaleza cómplice, los esposos han cumplido un derecho de sus jóvenes cuerpos y un deber de su altísimo amor.

Tal es. Pero las ordenanzas policiales se oponen a estas manifestaciones públicas del sentimiento, y ambos jóvenes son detenidos y presos.

¿Hasta qué punto nuestra policía reglamenta la moralidad del sentimiento expresado en un beso? ¿Dónde comienza y concluye el atentado público por medio de él? ¿Con arreglo a qué canon o esquema sutil los modestos agentes de la seguridad aprecian los límites del beso permitido y del que no lo es?

Todo esto sobrepasa nuestro conocimiento en la materia. Pero, algo debe haber reglamentado al respecto, cuando la policía de la ciudad de Méjico, capital del Estado del mismo nombre, ha derogado, según nos informan, todas las disposiciones restrictivas del beso en público, concediendo a los enamorados su franco uso dentro de los límites de la ciudad.

Una sola culpa se establece: su abuso.

Y volvemos a caer con ello en el sutil canon de moralidad a que los agentes de policía de Méjico deben ajustar su apreciación: ¿Qué es besar dentro de los límites permitidos? ¿Dónde y cuándo comienza el abuso?

Los causantes, el novio o esposo transportados de amor, y la novia o esposa desfallecidas de dicha, pueden acaso —pero sólo ellos— sojuzgar y aquilatar el uso o el abuso de sus expansiones de cariño. Sólo ellos pueden percibir cuándo sus almas se hallan castamente satisfechas de besarse, y cuándo, a pesar de la dichosa plenitud largamente libada en un beso, como los niños piden más.

Hay frugales y glotones por naturaleza en el amor; ávidos e inapetentes; simuladores de hambre y disimuladores de un vasto apetito. Toda una fauna sentimental, que escapa al alcance psicológico de un agente de policía.

Veamos. El agente, por ejemplo, acaba de detener a una pareja de enamorados que ante sus ojos han abusado manifiestamente del beso en la calle pública.

—Bien —observa al agente la severa autoridad ante la cual los causantes comparecen—. ¿Qué hacían los señores cuando usted intervino?

—Se besaban, mi jefe.

—Pero usted debe saber que las ordenanzas lo permiten.

—Sí, señor. Pero estaban abusando.

—¿Cuántos besos se habían dado los señores al comprobar usted el abuso?

—No los conté, mi jefe... Tal vez ocho o diez.

—A su modo de ver, entonces, ese décimo beso constituía ya un abuso?

—Así es, mi jefe.

—Y cuando usted besaba a su novia, agente, ¿no alcanzó nunca a darle diez besos?

—Y... creo que sí, señor.

—Bien. Constitúyase arrestado, agente. Nunca es tarde para purgar las culpas.

—¿Me permite, mi jefe?

—Diga, agente.

—Y... no era en un sitio público, señor.

—Peor entonces, porque usted habrá reabusado. Tres días más de arresto, agente.

Tales interpretaciones, como se ve, variables al infinito, deben ser seguramente el obstáculo más grande que hallen dichas ordenanzas para su cumplimiento. Mientras que no se establezca un criterium para juzgar del uso y del abuso del beso prevengámonos contra toda ordenanza. A los mejicanos incumbe por el momento su presente hallazgo.

Tangos Redentores


Durante mucho tiempo constituyó una de nuestras preocupaciones, el triste estado social, espiritual y moral de lo que, por un criollo eufemismo, hemos convenido en llamar milonguita.

En nuestra juventud las jóvenes de ese carácter no se llamaban milonguitas. Pero estas de hoy, de sus mil compañeros de bohemia sólo amaron furiosamente a uno solo: y aquel privilegiado ser, como los de ahora, devolvió a su amiga en golpes, religiosamente, el homenaje recibido a sus otros 999 admiradores. No cambian las circunstancias, como se ve, aunque los hombres varíen.

Algunas jóvenes habíamos conocido entonces, ingenuas como la alborada y puras como la luz, que a los seis meses de bohemia habían perdido, hasta donde es posible perder sin remisión ni memoria, aquellos dos celestes atributos. En balde hubiera sido buscar en los ojos de aquellas locuelas un resto de candor, una vislumbre de cansancio, una esperanza, por manchada que hubiere nacido, de otra espiritualidad. Todas, sin excepción, parecían no haber caído a un doloroso abismo, sino, antes bien, haber ascendido a un estado de beata perfección. Y ante este fenómeno de apariencia ilógica, si se considera lo que se ha escrito sobre la fatalidad de la caída, casi siempre extraña a la voluntad de la paciente, meditábamos, como hemos tenido el honor de decirlo, sobre el muy triste estado del alma de la milonguita profesional.

Una prolongada ausencia nos tuvo luego por diez años alejados de este problema y su ambiente, en un país donde no había milonguitas sino víboras. Pero la vieja preocupación sólo dormía, según pudimos apreciarlo a nuestra vuelta a la civilización, cuando con asombro sin igual nos enteramos por medio de la novela, del teatro, del cinematógrafo y de las revistas, de que el ambiente moral de la bohemia había cambiado milagrosamente. No se sabe de dónde un soplo de conciencia, de virtud, de redención fogosa había pasado sobre el alma de las milonguitas, despertando su moral, y no es ello sólo: El hombre, el culpable, había abierto también los ojos, y en aquella vieja magdalena criolla, canturreadora y tanguista, había visto, por fin, como el otro, en Damasco, un pobre ser atormentado que le preguntaba con triste voz:

—¿Por qué me persigues?

¡Albricias! —exclamamos entonces—. ¡Alabados sean el hombre difícil y la mujer fácil, el cabaret, la milonga y los mismos antros del vicio, si sus tinieblas reservaban este gran fulgor moral!

Y con el alma alegre, como una pascua, nos encaminamos a un cabaret, donde entramos dirigiendo una fresca, fraternal y orgullosa mirada a las locuelas de ayer.

De nuestras profundas lecturas sobre el tema habíamos deducido el hecho siguiente: que la muchacha de ese momento, la extraordinaria milonguita redimida, podía clasificarse en tres grupos. El primero, y el más noble y numeroso de todos, lo formaban las chicas de los barrios pobres, casi siempre obreritas que fatalmente habían dado un mal paso. Constituían el segundo las europeítas ingenuas y engañadas, que al despertar de su pesadilla habían callado su dolor disimulándolo tras un constante canturrear de tangos mal pronunciados. El tercer grupo tenía por característica perdonar, perdonar y perdonar al infiel, al buen mozo, de mano derecha dura e izquierda blanda. Insultos, golpes, abandono, todo le perdonaba noche y día, como a un hermano. Esta expresión hermano se interpretaba como una dolorosa comunión: él también —tanguista, entretenido o malevo— sufría atrozmente como ella y ambos, sin saber por qué.

Alrededor de estos tres grupos giraban —como antes las milonguitas— grandes dolores aislados que lloraban en las mismas revistas y en las mismas guitarras y bandoneones, a la percanta maleada a golpes de antaño, que era ahora la noviecita; y a la vieja mama perpetuamente esquilmada, que se pronunciaba ahora madrecita.

¡Cuán distinto todo esto de lo que habíamos conocido en los recién pasados tiempos! ¿Cuándo y cómo podíamos haber sospechado este profundo manantial de ternura y honor en nuestras secas y tempestuosas compañeras de bohemia! La guerra, sin duda, había operado el mismo milagro.

Dulces y dichosos, pues, nos dirigimos a una mesa del cabaret, donde una joven sentada, y sin copa alguna por delante, miraba uno tras otro a los que entraban.

He aquí la ocasión —pensamos— de ponernos en comunión con el alma de esta gran solitaria.

—Comprendo perfectamente —comenzamos de un modo más bien extraño—; comprendo perfectamente tu abandono y tu silencio. Nada, nada me digas. Lo que leo en tus ojos, tus palabras, ¡pobre caída!, no podrían jamás expresarlo. ¡Sola, sola!, asistiendo como en un sueño a esta danza loca que no comprendes y que amas, pero que no sientes ni te satisface. Y danzas sobre tu pobre pasado que era entonces todo tu porvenir, y entrecierras los ojos al crédulo amante, para velar así la dolorosa y eterna contemplación de una mesa puesta, donde el pobre viejo cena en silencio con tus hermanas, sin querer mirar el puesto vacío de la mesa, donde faltas tú... ¿Te he comprendido, Estercita?.

Estercita, continúa mirándonos con no fingido asombro, se levanta sin prisa alguna, y midiéndonos de pies a cabeza, nos dice esta sola palabra:

—Piantá…

No nos desalentamos, sin embargo. Noches después, en otro cabaret, solicita nuestra atención una joven que de codos en la balaustrada hace ya largo rato que vuelve la espalda al salón de baile. Desde que ha llegado allí no se ha movido. En silencio nos acercamos a ella.

—Y, sin embargo —comenzamos como la vez anterior—, esas lágrimas que no puedes ocultar han sido necesarias. Mucho antes, pobre amiga, crímenes más grandes que el tuyo se han rescatado con menos lágrimas. Estás cansada, harta de todo y de ti misma. Y si no fuera por la viejita, que allá en Europa necesita siempre de ti, ha tiempo que hubieras sorbido tus tres pastillas de bicloruro. No llores, amiga. Ante una justicia y una moral superior a nosotros mismos, los pesos remitidos mes a mes a tu madre, los centavos ahorrados sobre el mismo tremendo déficit de tu vida, pesarán más que la honestidad lívida y sin precio, por lo estéril. No llores más…

La joven, que ha vuelto sólo a medias la cabeza para oírnos, nos lanza por fin con acento terriblemente extranjero:

—Andá bañate…

No es nada —nos repetimos graves y siempre confiados—. Vayamos al alma humilde de las profundamente caídas.

Y en los mismos abismos del vicio, nos sentamos al lado de una lamentable criatura, cuya mirada ansiosa parece buscar a través de los muros no a alguien, sino algo.

—No, no lo encontrarás aquí —le decimos con el procedimiento ya usado dos veces—. ¡Buscas en balde, hermana! Los grandes, inmensos dolores no admiten consuelo extraño. Quien pudiera comprenderte, sufre como tú la condenación del aislamiento. Si salieras de aquí gritando —supón lo aventurado del caso— gritando con las manos en la cabeza: "¿Quién comprende mi angustia?", el único hombre entre 100.000 que pudiera responder a tu reclamo, haría tiempo ya que se habría pegado un tiro. Oye, hermana…

—De los chanchos se saca el tocino... —nos ha cortado la lamentable criatura, agregando luego para mi sola cuenta: —¡Vengan a ver a este gil!...

Y bien: ¿qué es esto? ¿Hemos o no instituido en nuestro decálogo la redención sentimental, espiritual y moral de la milonguita? ¿Nos han engañado los centenares de piezas, novelas, versos y films anunciadores de la buena nueva?

Porque la muchacha, ex obrera a todas luces, que hallamos en el cabaret del centro, no parecía aguardar precisamente un cuadro gratuito del viejo padre y las dulces hermanitas del arrabal. La joven extranjera, que contemplaba el jardín en un cabaret de Palermo, tampoco había acogido con entusiasmo la evocación de su filial sacrificio; no parecía sentimental, y ni siquiera coqueta. En cuanto a la tercera joven, su ultranocturna ansiedad no provenía precisamente de esperar ALGO con religiosas mayúsculas. Y decenas como éstas, en distintas ocasiones.

Bien. Tarde ya para nuevas ilusiones, puesto que para creer en una virgen caída es indispensable que se realicen todas las esperanzas cifradas sobre ella, consideremos fríamente el caso.

La milonguita nacional es actualmente lo que siempre ha sido; como nosotros, en punto a la galantería y moral, somos lo que fuimos siempre. Tan creíble es que ellas simulen divertirse en criollo corrido para ahogar el grito de su conciencia, como que nosotros lloriqueemos a su lado, recordando a nuestra primera inmaculada novia, o que escudriñemos ansiosamente los antros, en busca de una hermana de nuestro dolor.

La literatura fácil y su ambiente tienen la culpa de esta desmesurada inflación de valores. Dicho ambiente se reconoce en su sentimentalismo infantil, en su deleite por las situaciones extremas, en el desenfado con que maneja los más hondos conflictos morales; en una suma, en fin, de heroísmos inocentes que asombran a los jóvenes de gusto aún no formado, o los mayores de edad pasablemente incultos.

No prueba esta manía redentora de los últimos tiempos nobleza de alma, ni el alma del pueblo tiene nada que ver con esto. El pueblo, como entidad, es algo superior a estas ingenuas manifestaciones de incultura artística, peculiares de cualquier ambiente o casta. En arte, como en amor, la ingenuidad no conquista a menos que tras ella exista una fina inteligencia o una real seducción. Privada de una y otra, la ingenuidad sólo es capaz de expresarse en el tono que se ha definido perfectamente con la palabra cursi. Los balbuceos retóricos del pueblo tendrán siempre este carácter. Pero cuando un hombre de pueblo nazca artista, estemos bien seguros que no realizará una obra cursi.

El Culto Colonial


Muchísimo más que por su porvenir, los pueblos muy jóvenes se preocupan de su pasado. Sin historia aun, a cuyo favor los viejos pueblos, acumulando sus elementos y condiciones de vida más persistentes, han construido lo que se llama tradición, los pueblos nuevos se apresuran a crear una con todo lo escasísimo que sostuvo su próximo ayer.

Es en el arte, en particular, donde se manifiesta ese frenesí por la tradición, fuente perenne de belleza, al decir de sus cultores. Lo verdaderamente noble, hermoso y puro radica y debe beberse en nuestro pasado.

Pero un estilo de fortuna, una modalidad del ambiente, un recurso de vida precaria, no son necesariamente bellos y nobles por la sola circunstancia de haber sido. Cuando no se posee abuelos heroicos, los padres devienen forzosamente héroes. Cuando un pueblo no ha vivido bastante, conglomera sus elementos no siempre limpios de ayer, y rinde entonces culto a esos pobres despojos con el nombre de tradición.

Esta sed aristocrática del pasado, esta unción por el culto de familia, es lo que lleva a dichos pueblos a erigir en campeón de belleza todo lo transitorio de ayer, todo lo sórdido o insípido olvidado bajo la polilla y el polvo. Podemos estar seguros de que si esos pueblos pudieran contar con dos siglos más en su vida monosecular, las casas coloniales, los guiñapos coloniales, los arcones, las mantas, los indios y demás tonterías de ese culto, no hubiera entontecido al noventa por ciento de sus cultores.

La casa colonial es utilísima en los países cálidos y sin poblar, por la disposición de sus patios, corredores y aposentos. Si una belleza tiene, ella deriva de su perfecto y serio ajuste a las condiciones de vida en un momento dado. La casa colonial era una verdad entonces, y verdad —como todo lo que tuvo un instante su legítima razón de ser— perfectamente muerta e irresucitable.

Las abuelas coloniales, edificando sus casas con corredores anti-halo, comodísimos para la siesta; llenando de tinajas los rincones porque no había agua, y los grandes cuartos de braseros porque no había estufas, no soñaron, ciertamente, que sus casas así distribuidas por necesidad, así decoradas por incultura artística, repletas de chismes contra la sed y el frío, por incultura industrial, no soñaron que todas esas penurias de la habitación constituirían un día un precioso y noble estilo.

Como la casa colonial, esos chismes poseyeron un día la honradez de ser producto del ambiente mismo. Tal tinajón pintado con torpes figuras, tal manta coloreada con monótona violencia, fueron entonces la expresión veraz, sin pose ni farsa, del concepto que del decorado poseyeron sus creadores. Tuvieron, torpes e incultos, lo que no poseemos nosotros: la sinceridad de sentimiento que les hizo edificar, decorar y modelar con su vida, su tierra y su misma sangre indígena.

Ni uno solo de aquellos abuelos comerciantes hubiera tenido el mal gusto de edificar al pleno sol sus quintas desamparadas, un palacete gótico o hindú. El más lerdo de aquellos fabricantes de cacharros, hubiera aligerado de seguida su estilo, de haber alcanzado a conseguir otro. Comerciante y artista indígena cumplieron su vida colonial con honestidad sin par: adaptando el uno sin pretensiones su habitación al medio, tiñendo y modelando el otro con el supremo esfuerzo artístico de que era capaz.

Hoy, en un ambiente trastornado y sin rastros de la seriedad colonial, erigimos en templos de novísimo arte el caserón sombrío, en una ciudad ya ensombrecida hasta las nubes; teñimos nuestra alma de ingenuidad, al compás de un descuartizado jazz, para decorar cacharros incaicos, mientras nuestras hijas decoran cándidas tinajas con melena garçonne y los ojos embizquecidos por un doble flirt.

Un escritor nuestro nos informa de la melancolía con que un viejo y acaudalado comerciante recordaba su vieja casona colonial del barrio sur, donde crió feliz a su familia instalado ahora en un palacete del norte, y forzado a sobrellevar la vida mundana de su prole, recibe un día la confesión de su hija menor, que no duerme y enloquece por una casa colonial. El padre no cabe en sí de alborozo, pues cree llegado, ¡por fin!, el día de retornar a la vieja casa de la calle Venezuela.

El pobre hombre se equivoca: lo que su hija quiere es, en efecto, una casa colonial…, pero en la avenida Alvear.

Ningún comentario como este episodio expresa la solidez y la finura de nuestro culto de ese arte.

Hemos visto una vez en una opulenta casa colonial un brasero de bronce, muy viejo y muy abollado, cuyas cenizas, para más carácter, se desfloraban todos los días con los dedos, a fin de simular con ello más perfectamente su cotidiano uso. El gran salón se hallaba naturalmente confortado por una riquísima chimenea, con tomas, estrangulamientos y bocas de aire felizmente dispuestos, de acuerdo con los últimos progresos en la materia.

Pues bien: aquel desecho colonial, a dos metros de la roncante chimenea, aquel viejo brasero estéril, inútil y frío desde cien años atrás, cuyas cenizas un mucamo somnoliento encrespaba día a día con sus dedos, encarnaba la más monstruosa farsa con que los inteligentes desviados y los tontos de buena fe, vienen administrando el arte de un joven país.

Cuando todo nos queda por adquirir y hacer, y respondemos cantando de la salud del viejo mundo por el porvenir de nuestra América, estamos alimentando ese porvenir con espectros tan sólo del pasado. En la amplitud de una estética, puede ese éxtasis ser hermoso, más a modo de una enfermedad mortal. Puede probar buen gusto, como se lo puede tener para morir. Pero mientras no se libre el alma de ese pasadismo consuntivo, y se la vierta entera a hervir y fraguar en el presente, cuanto se cante de regeneración continental, será iluso. Y no quedará sino aguardar que América y su destino se vean total y definitivamente en ruinas, para llorar entonces sobre su recuerdo.

La Cena De Los Espíritus


La cena de los espíritus es de origen puramente indígena, como la velada del angelito, en que las ceremonias que deberían ser fúnebres se convierten en escenas de alegría, en bailes y banquetes.

La cena de los espíritus se celebra, en los más apartados rincones de los valles calchaquíes del norte, en la víspera del día de difuntos del calendario cristiano.

Ya hemos dicho que el indio cree que los que han muerto siguen viviendo, y por eso entierra sus cadáveres junto con provisiones de comida y yuros de agua y chicha, para que se alimente y para que beba.

En la fiesta anual que me ocupa, cada familia ofrece a su muerto más querido, muy en especial al ascendiente, una abundante cena para que beba y coma en ese día por todo lo que puede haber padecido de hambre y de sed durante el año. Al efecto, la víspera del día de difuntos se elige el animal más gordo de la hacienda del finado. La elección la hacen los de su familia y amigos de ésta, reunidos para ello aquel día y el siguiente.

El animal es asado en una gran fogata, y las achuras de la res se colocan sobre una gran mesa, desprovista de manteles, en el centro del cuarto que habitaba el difunto. Sobre esta misma mesa colócanse yuros llenos de aloja y de chicha, y de cuando en cuando montones de coca. Arreglada la mesa con los potajes y bebidas, a la oración se cierran las puertas del cuarto en el cual debe efectuarse la cena, dejándose entornada la de entrada, a fin de que el alma del muerto o de los muertos del hogar, penetre por ella y gasten, coman y beban de lo que se les ha servido. Para que las almas penetren a la pieza, es necesario que se guarde silencio profundo, que no se haga luz con el cigarro, y que se aten los perros, que suelen perseguirlas. Al día siguiente, después de haberse servido a las almas, los dueños de casa y sus amigos penetran a la misma pieza, a comer de las sobras de las almas, lo que efectúan después de haber libado con chicha y celebrado sus ceremonias con hojas enteras de coca.

El almuerzo y la comida del día son alternados con bailes y rezos. Lo que es el baile, en el que se beben muchos cántaros y damajuanas de chicha y de aguardiente, ha de

durar dos días más, sin más tregua que el tiempo necesario para tomar alimento.

Esta costumbre, tan generalizada en el valle calchaquí, es uno de los rastros más visibles de seres dobles, antigua creencia de los viejos habitantes de Yocavil, que ni la cultura europea ni el cristianismo han podido borrar.

Inyecciones Mortales


Desde hace algún tiempo la medicina prodiga a diario un agente terapéutico tan violento como extraño en sus efectos, y que antes reservaba para los instantes decisivos en que una enfermedad, manifiestamente grave, ponía a su víctima en peligro mortal. Tal el suero antirrábico, el antidiftérico, antiofídico, antipestoso, etc.

La economía humana, en estos casos, reaccionaba bien o mal, mejor o peor.

No es nuestro propósito, desde luego, sopesar los peligros ulteriores de una inyección endovenosa, ante el ataque a fondo de un microbio o cosa cualquiera, que está a punto de concluir con una existencia. La moral filosófica puede variar aquí de uno a ciento.

Aún más: ciertos contrastes de la vida humana —la mordedura de un perro rabioso, de una serpiente— son agentes, por decirlo así, extraños a la vida del hombre. Asaltaron a éste fortuitamente, en su camino a la vejez o a un límite vital ignorado. No deciden de su destino sino por casualidad, tal como un extranjero puede eventualmente decidir en la psicología de toda una familia.

La inyección, aquí, de suero o de lo que fuere, cumple un cometido tan legítimo cuanto injusta fuera la agresión.

Desde el punto de vista en que nos colocamos, no constituye esta inyección un agente terapéutico, como no fueron enfermedades las mordeduras de perro y de víbora.

Otras objeciones reserva el destino de la especie al uso cotidiano de inyecciones contra un simple absceso, una erupción trivial, un resfrío, una insignificante alteración humoral, que el hombre carga y viene cargando en su ser animal desde el origen de la vida y que le son tan fieles y necesarias para afianzar su especie como el aire puro.

Todo suero inyectado directamente en las venas es un acto de violencia inaudita. Cadáveres de microbios, toxinas de microbios, antitoxinas de microbios arrancadas a otro organismo que logró defenderse de ellas tras meses de dolorosísima adaptación; substancias coloidales, llanos venenos con etiqueta: de nada heterogéneo y extraño a la masa sanguínea se ha dejado de echar mano en esta insegurísima terapéutica contra el viejo equilibrio vital.

El organismo reacciona violentamente con fiebre, desórdenes cardíacos, urticaria, dolores articulares, con los que la sangre humana acusa su intolerancia. No siempre el cuerpo resiste estos choques brutales. Basta por lo demás haber visto palidecer intensamente a un enfermo inmediatamente de recibir uno de estos sueros de anodina fórmula; abrir desmesuradamente los ojos con suprema angustia; sudar verdadera agonía bajo el tumulto de su corazón enloquecido, para comprender la infinita resistencia que la vida del hombre, definida y sola tras millares de siglos, opone a esta especie de microhibridación.

La acción de algunos de estos sueros se manifiesta con violencia casi mágica. Uno de ellos, inyectado en las venas, mata en sólo veinte segundos los microbios que ataca, y que pululaban por billones en la corriente sanguínea.

Perfecta, pues, la función bactericida.

Pero lo que se ignora —porque de la ulterioridad de estos sueros recién nacidos nada en absoluto se sabe— es qué reacciones obscuras se desencadenan ante ese shock en la masa circulatoria. Ignoramos qué nobles elementos de la sangre no mueren a la par del microbio intruso, o degeneran, o sufren un desequilibrio funcional que no advertimos todavía, pero del que las generaciones futuras sentirán los efectos.

Pues este es el problema que se ofrece: ¿Qué destino aguarda a nuestros hijos, inhabilitados día a día para la lucha de selección individual; modificados, disminuídos hora tras hora en su abierta resistencia contra la enfermedad, que el organismo viene desarrollando a través de los siglos por la inmunización natural, única inmunización, único suero que ha impedido hasta hoy, al cambiar el hombre de ambiente nativo, la degeneración absoluta de la especie humana?

Si el hombre se ha afianzado y ha persistido en el medio más hostil a la vida que se conozca, que es la vida misma, es por haber actuado desnudo en ella, sin más protección que su resistencia adquirida tras los contrastes. El hombre no ha prosperado en la Tierra eludiendo la enfermedad, sino luchando con ella. El individuo de tan agotada naturaleza que no pueda reaccionar libremente contra una grippe primaveral, un panadizo o un resfrío, no es más que una célula degenerada en el organismo de la especie, y ésta nada espera de él.

Ante la especie, cuya existencia se pone en juego, estamos desviando su destino, sosteniendo con sueros endovenosos a los menos aptos, a los constantes enfermizos, por haber perdido ya las tres cuartas partes de su vida. Estamos poblando la tierra de semimoribundos, de semicadáveres, pero capaces, todavía, de descendencia.

Venimos substituyendo la selección artificial, foco de muerte de las especies, a la selección natural. La acción purificante de las grandes pestes que diezmaron a la humanidad, eliminando a los débiles y robusteciendo a los fuertes, la sentimos ahora en nuestra aumentada resistencia a esas mismas plagas. Pero si con medios artificiales nos empeñamos en perturbar, trabar y viciar hasta en lo más recóndito de nuestra vida esas defensas hereditarias, llegará un día en que la voz de la especie se levantará ante el pueblo de muertos a medias que le hemos legado. Cuanto ha hecho el hombre para abolir la propagación de su raza, ha resultado estéril. Puede que un día la especie comience a defenderse accediendo a su deseo.

El Día De Las Esperanzas


Faltos de fe y tradición para festejar en Navidad la dicha de haber nacido y de vivir aún, nosotros, pueblos nuevos, festejamos con el primero de enero las esperanzas confiadas a un nuevo año de trabajo.

Nada, en efecto, nos liga indisolublemente a acontecimiento alguno. Ninguna fecha religiosa o histórica ha sacudido tan perfectamente nuestra sangre tradicional, para que celebremos en su aniversario la alegría de sobrevivirla.

Sin pasado aún, cuanto seremos debemos arrancarlo al porvenir. La vida, que como a un niño nos exige así marchar por nuestros propios pasos, sin tradición que nos sostenga, nos tiende su primer escalón —el primer día del año— para que en él hagamos el balance, no de lo que han sido o fueron nuestros padres, sino de lo que debemos hacer nosotros mismos, para honrarla en pie.

Es pues, el día nuestro. Para los ansiosos, los desesperados o los fuertes de corazón, para todos y cada uno de nosotros, el primero del año es el día de las esperanzas.

Para el labrador de la tierra, cuyo esfuerzo devoró el suelo un año entero, y para quien el tiempo reserva exclusivamente sus dos fatalidades, nada alegóricas: la lluvia interminable y la sequía sin fin.

Para el novio sin recursos y con buena fe, constantemente hostigado por la suerte, cuya pobreza sin término va empobreciendo también el corazón de su prometida, y acentúa día a día el ceño de su futura política mamá.

Para el estudiante paupérrimo (quedan algunos), que ha comido sus libros, sus codos y sus ojos, y cuyo perramus alcanzará todavía a remedar hasta fin de año nuestra devoción a la elegancia, más indispensable y cara a él mismo que sus tomos truncos, sus camisas sin faldas y la vista que perdió.

Para los esposos ya maduros, a quienes la vida nada concedió fuera de su amor estéril, constantemente enternecidos tras los chicos que corren, y cuya pesadilla la constituye, no el perder un hijo, sino el no haberlo podido perder nunca.

Para el conscripto de la patria, a la que ha ofrendado los más bellos días de su pura juventud, rindiéndole sus precoces fatigas de héroe insomne, y cuyo más calmante sueño sería el morir definitivamente por ella.

Para el artista adolescente de alma y edad, cuya vida se entreabre al año que comienza.

Nadie tan desarmado para la lucha como él. Su desinterés lo aísla en la vida actual, solitario y puro como un diamante.

Allá va, sin embargo. Acaso no sea oro su metal: tal vez se equivoque sobre sus fuerzas, y no llegue nunca.

No importa. Él encarna lo más celeste que tiene el alma humana, y acompaña su destino a través de la hecatombe material que la va haciendo trizas. No desmenuzará su conciencia para hacer con sus jirones martingalas de éxito, y no adquirirá por lo tanto un capital. Pero en el balance espiritual que se haga un día de la especie, su sed de ideal pesará más que las arcas de hierro, y para cubrir el déficit de su pobre ensueño de arte, no alcanzará un billón de dólares.

Para el agricultor sin descanso, el novio sin recursos, el estudiante sin ropa, el padre sin hijos, el soldado sin sueño, y el artista sin todo lo anterior: Feliz año nuevo.

El Maestro De Territorios


Cuando hace muchos años fui nombrado profesor de Literatura y Castellano en una Escuela Normal, me presenté a su directora días antes de la apertura de los cursos, con el objeto de enterarme del uso y alcance de mis funciones. Yo era nuevo en la enseñanza; tan nuevo, que la directora no volvía de su asombro al comprobar mi ignorancia en el arte de dictar clase. La dama me miró aún un buen rato con la sorpresa del caso y suspiró por fin, al parecer resignada a su destino de regentear profesores de mi categoría. Mi antecesor, en efecto —era arquitecto— había también surgido de las tinieblas de la pedagogía, tan preparado como yo. Inauguré el curso, sin embargo, en un ambiguo día feriado para ciertas actividades, pero no para las nuestras. Ante el inequívoco desgano de las alumnas por el fracaso de sus esperanzas, me apresuré a proponer a la clase la redacción de una nota al Señor Ministro de Instrucción Pública, impetrando la suspensión de clases para celebrar dignamente y a la par de los agraciados por la feria, el acontecimiento de ese día.

En tal función nos hallábamos, desechando este giro, aceptando aquel otro, cuando entró en clase la vicedirectora. Su desaliento anticipado ante las proezas pedagógicas del nuevo maestro era tan manifiesto como su expresión y su modo de caer sentada en la silla. Me indicó con una seña que prosiguiera dictando sin preocuparme de su presencia, y la clase continuó sin mayores tropiezos, logrando al final redactar entre todos una bastante bonita nota, y por fin sin mayores faltas de ortografía.

Por el semblante de la vicedirectora al concluir la clase, y la confiada libertad que la dirección concedió en los días sucesivos al desarrollo de mi curso, comprendí que mi ignorancia de la psicología infantil y otras materias del curso normal, no había sido óbice para que mi clase prosperara, como había prosperado bajo las manos de mi antecesor, el arquitecto.

La moral del incidente es sin embargo, ésta: Cuando cuatro años después renuncié al profesorado, aburrido del mismo eterno restringido tema, cansado de la esterilidad del esfuerzo en el noventa por ciento de los casos, desalentado por el abandono forzoso de los cuatro o cinco alumnos capaces de comprender, para prestar toda mi atención a la pesada mentalidad del resto, a fin de alcanzar en la clase el mediocre nivel exigido; cuando había perdido ya el entusiasmo de sentir y el deseo de comunicarlo —única, eterna y sola razón de enseñar—, entonces, el Consejo Nacional de Educación halló que por fin había yo adquirido los conocimientos pedagógicos necesarios para que se me pudiera confiar una clase...

Pero la Pedagogía, la Paidología, la Metodología, la Psicología y demás fantasías verbales de la Escuela Normal, no han conseguido jamás otra cosa que exasperar el juicio de unos cuantos alumnos-maestros natos y volver ciegos a los ya miopes de nacimiento. Más que la medicina misma, desde que la enseñanza se convirtió en profesión, perdió con ella su virtud vocacional. No hay ser capaz de enseñar lo que no siente, ni profesor capaz de enseñar a ver lo que late tras la frente de cada criatura. Se nace educador como se nace artista o inventor; es decir, ya lúcido y amante desde que se abrió los ojos.

Por el estrecho cauce de la pedagogía normal, cauce más estrecho, hondo y helado que el de los otros dogmas oficiales, corren las aguas bautismales de la educación. Quien intente apartarse de él, será inmediatamente recogido, y vuelto al aula, por ser ella el templo de la educación. Sólo en ella existe la verdad, y todo lo que se aprende fuera, es falso. En las escuelas urbanas se enseña la cal, la arcilla y la arena en tubitos misteriosamente guardados en un armario, y en las escuelas de campo se estudian las raíces y las hojas en cartoncillos sagrados. Pero la vida misma, todos esos mismos materiales organizados por las edades o equilibrados por el hombre, todo eso no existe.

Hace algunos años, la Inspección de Escuelas de los Territorios recibió tan graves denuncias sobre la actuación de un maestro de escuela en un perdido rincón del país, que se envió al lugar del hecho a un inspector, con las prolijas instrucciones del caso. Los vecinos del lugar se quejaban en particular del frecuente abandono que de su escuela hacía el maestro. Se iba con los alumnos campo afuera, sin saberse muchas veces adónde, a hacer la rabona con sus discípulos. Los chicos regresaban sucios y rotosos en ocasiones, aunque en verdad no se quejaban.

Por supuesto. El inspector llegó al lugar en una siesta de verano, y sin hallar a persona viva en el camino, se detuvo a contemplar las cerradas puertas de la escuela. Golpeó, dio voces, miró por todas las rendijas: allí no había nadie. Un vecino, por fin, lo informó con mal modo de que el maestro había salido en pandilla con sus alumnos, hacía tres horas. Que dirigiéndose a aquel tunar, más allá del potrero, tal vez los hallara cerca del arroyo.

Sin responder palabra ni agradecer la indicación, el inspector siguió el trayecto aconsejado, manteniendo el sombrero sobre su cabeza, por el sol de fuego. Halló por fin el arroyo, y he aquí lo que vio, a la sombra de los árboles:

El maestro de escuela y sus alumnos estaban todos descalzos y con el pantalón arremangado hasta las corvas. Se hallaban todos en cuelillas, los pies en el agua, y los chicos parecían seguir con gran interés y contento lo que el maestro hacía con barro y recortes de lata a lo largo del cauce del arroyo. El inspector, examinando entonces aquello con atención, vio que lo que el maestro de territorio hacía y enseñaba a sus discípulos, era un canal de tipo interoceánico, a alto nivel, con esclusas y todo.

Los chicos lanzaban sus embarcaciones en el primer dique, cargaban éste de agua, cerraban y abrían las compuertas de las esclusas, los buquecitos ascendían, pasaban a otro dique, y así hasta traspasar la cordillera y encauzar de nuevo en el nivel del arroyo.

Los chicos mostrábanse felicísimos con su Panamá, tanto como lo hubiera sido yo en iguales circunstancias, aún con más barro que ellos.

En el espacio de tres horas, aquel maestrito ignorado había enseñado a sus alumnos lo que no hubieran aprendido en seis años de aula de facultad.

No ha llegado hasta mí el informe del inspector de escuelas que vio esto y no cayó prosternado ante su camino de Damasco. Por su parte, el Consejo Nacional destituyó de una plumada y por incompetencia, al primer maestro del país.

Cuadros


Es uno de los tantos días, ayer, mañana, hoy; una hermosa mañana de invierno, con un sol brillante que enloquece a mis chicos después de 15 días de cielo fosco y helado. Bien se ve; mis chicos vienen del bosque del extremo norte. Son dos cachorros de vida libre, que cuesta aclimatar. Algo de vida urbana es preciso, sin embargo.

La mañana es un encanto, pues. Como tengo qué hacer, sujeto a mis chicos en casa, prometiéndoles el paseo para después de mediodía. Y con la orden abrumadora de siempre: "No me pongan los pies en la calle mientras yo no esté en casa". En casa, el tranvía pasa rasando la vereda.

Salgo, pues. Bastante feliz, con un amplio sol, un porvenir lleno de esperanzas, y mis hijos sanos. Nada: ni en la tierra, ni en el cielo, ni en mis recuerdos, ni en el porvenir, y menos en el momento presente, evoca una de esas cosas que hacen contraer las cejas. La dicha de vivir con el corazón en calma como hoy, y a perpetuidad, es evidente como el mismo día de luz.

Y he aquí que al poner el pie en la vereda, pasa el tranvía. Rápido, posiblemente, porque lleva atraso; nada de extraordinario. En el mismo momento la chica de al lado, amiga de los míos, sale corriendo del zaguán y cruza la calle. Es un golpe en los ojos: la chica que desaparece bruscamente; el tranvía que chirría y se detiene. El coche está parado. Atrás, de un lado de la vía, están las dos piernas de la chica, con sus medias blancas y sus zapatitos de charol. Del otro lado, la chica asustada que quiere levantarse. Se apoya sobre los brazos, busca apoyo en el suelo —¿en qué, Dios bendito? Se esfuerza, se debate inútilmente, porque no alcanza a comprender. Y no puede levantarse porque del otro lado, una al lado de otra, están sus dos piernas.

He vuelto a casa. Esta chica es idéntica a la mía, tiene su misma cantidad de vida. Ambas se enloquecen por un día de sol; una y otra no resisten al impulso feliz de una carrera a la vereda —y pasa el tranvía.

¿No hay en el destino una seguridad de que este día de sol, este momento feliz, no está sólo cinco segundos adelantado al instante en que voy a ver las piernas de mi hija solas al lado de la vía?

* * * * * * *


"Mi corazón sollozaba,

sangrando estaba la herida...,

Y le dijeron: ¡olvida!

Pero no pude olvidar

Entre el perdón y el olvido

hay una distancia inmensa;

podré perdonar la ofensa...

pero olvidarla, ¡jamás!"


Pocos versos más sabidos. Algo así como una patente de carácter para quien los recita en voz baja, aplicándolos a tal o cual agravio personal. Llenan de gallarda nobleza, y son la expresión de una alma noble —y sobre todo firme.

¿Pero en verdad no se reduce todo esto a una simple cuestión de rencor?... "Te perdono, mi querida... pero no lo olvido"...

¿Qué demonios es perdonar, entonces? Lo que menos se le ocurre a uno, es que lo que caracteriza al perdón es precisamente el olvido total de la ofensa. Y aún más que olvido: la anulación absoluta, la no existencia del agravio; un sueño del cual ni siquiera guardáramos recuerdo.

Así, sí. Porque perdonar... y no olvidar, es una complicación que deja un margen excesivo, y que puede alimentar tanto el fuego de una venganza corsa como el de una contrición católica.

Alguna vez he oído —como cualquiera de nosotros— decir a una madre dolorida por el mal paso de un hijo o una hija: "Le he perdonado lo que hizo... pero no lo olvido".

¡Hum!, me he dicho. Esperemos entonces...

* * * * * * *

A propósito del señor Steinberg.

Hace algunos años, en la provincia de Buenos Aires, fue destituido un maestro en las siguientes circunstancias: Llegó un día un inspector al pueblo, un buen día de verano. Fue a la escuela, y no halló a nadie. Se informó; le dijeron que acaso el maestro se hubiera ido a pasear con sus muchachos, cosa que hacía a menudo, abandonando la escuela. De aquí la denuncia. ¿Para qué podía servir un maestro que no atendía a sus clases, y no contento con esto arrastraba a sus alumnos a sus vagabundajes?

El inspector siguió el rastro del fugitivo, y lo halló en el arroyo cercano, descalzo como todos sus muchachos, chapaleando agua. Juntaba bichos, moluscos que todos miraban. Hacían construcciones con barro: islas, penínsulas, cabos, golfos, canales, acueductos, represas, diques, esclusas a alto nivel, canales de irrigación con compuertas. Y muchas cosas más. Estaban todos bastante embarrados. Pero cómo felices, lo eran. Y de más está decir que los muchachos no sabrían acaso si tal figura pintada en el cartelón de clase era un istmo o una cordillera; pero sabían perfectamente lo que era una exclusa a alto nivel, porque la habían hecho.

Inmediatamente el maestro fue destituido.

En Misiones, tuve una vez en casa a un chico escuelero de catorce años. El mejor de su clase, y bastante inteligente. Un día, por no sé qué cosa, me dijo que la arcilla es un silicato de alúmina. Le felicité, porque no todos lo saben. Días después traje del Paraná un montón de arcilla para ensayarla en el horno, y el muchacho me preguntó qué era eso. Y sabía muy bien que la arcilla es un silicato de alúmina.

La arcilla es la materia prima del suelo de Misiones. ¡Qué falta le hubiera hecho a mi muchacho —su maestro incluso— guardar un día los libros bajo llave, y largarse con el pantalón a la rodilla a chapalear barro!


Publicado el 29 de julio de 2026 por Brian.
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