Artículos de Deportes Y Venturas Dispersos

Horacio Quiroga


Artículo, Compilacion, Crónica



Para Los Ciclistas 

De Salto A Paysandú


El Viernes 27 de Noviembre pasado salimos en bicicleta con destino a Paysandú. A las 3.40 a. m. emprendemos el viaje. Marchamos a una semiluz peligrosa, pues se confunde mucho la vista. La madrugada está fría y ventosa: Nos preocupa algo la idea de pasar el Daymán; más por suerte encontramos un paisano oficioso que, entre charla y preguntas, nos pasó a remolque con su caballo. Al efecto, hémonos embarcado en un bote con nuestras máquinas. Tardamos diez minutos en pasar y seguimos viaje a las 4 y 40.

El trayecto a Piñeyrúa es tal vez de los mejores caminos que hemos hallado. Pocas ondulaciones y piso firme.

El sol comienza a despejar las nubes y el viento a sentirse con más fuerza. Por desgracia, lo llevamos de frente.

5.20 a. m. —Pasamos por la parada Piñeyrúa. Nuestras máquinas están empapadas de rocío, alcanzándonos el agua a mojar hasta la rodilla.

6.40 a. m. —En el arroyo Ceibal Grande almorzamos lijeramente y fumamos con tranquilidad uno o dos cigarros.

Montamos de nuevo a las 6.50 a. m. y emprendemos la subida de un cerro casi perpendicular. Hasta ahora el camino no ha sido malo.

Una senda de 0.20 m. trazada en el pasto, basta para nuestro paso. Como el camino es poco transitado, la gramilla está muy corta y no nos hace casi saltar.

Subida que es la pendiente, cae sobre nosotros, perpendicular el manubrio, el viento sur, más fresco y con violentas sacudidas que nos detienen. Hay que hacer un esfuerzo y doblarse en dos sobre la manivela.

Queda a nuestra derecha la estancia de los Cerros; formamos escuadra con su frente norte y seguimos de lleno el callejón —el peor de los trozos de camino que hayamos encontrado. Nos vemos obligados a bajar cada cinco minutos y llevar arrastrando las máquinas por 200 a 300 metros.

6.50 a. m. —Al querer pasar —sin desmontarme— entre varias piedras, chocó con ellas y caigo de costado sobre una piedra triangular y aguda. Quedo cinco minutos sin poder mover la pierna derecha.

7.35 a. m. —Chapicuy —El Jefe de Estación, Domingo Martinez, nos obsequia mucho. Adquirimos datos y seguimos a las 8 a. m.

A la legua —aproximadamente— de esta estación, abandonamos el camino real y marchamos al costado de la vía férrea.

La marcha se hace muy dificultosa, pues el pasto duro y alto, entorpece el movimiento de las ruedas.

9 a. m. —El cielo, ya muy encapotado, comienza a dejar caer el agua, —no perpendicular, sino en ángulo de 30 grados: tal es el viento.

Refugiámonos debajo del puente del Carpinchurí y almorzamos bajo agua corrida.

La lluvia se transforma en diluvio y el viento en huracán. Las barras laterales del puente —anchas de 40 centímetros— nos cubren algo del agua; pero como son bajas, tenemos que doblar completamente las cabezas.

En otra ocasión, pareceríamos cariátides del siglo diez y nueve, sosteniendo puentes, no frontones. Se arremolina el viento y el agua que nos empapa de pié a cabeza. Las mangas del saco son bombas al moverse. Por todos lados el cielo está lívido. El campo triste, mojado, algo fantástico a través de la gaza que produce el agua al chocar en el puente. Si continúa la lluvia de esa manera, muy pronto el arroyo va a desbordarse y a arrojarnos de su lecho.

10.30 —Resolvemos seguir la marcha, tiritando de frío, bajo un suelo descompuesto. Las ruedas ceden sin avanzar; el viento sopla cada vez más y nuestra cintura se esfuerza casi inútilmente en recobrar su posición vertical; los músculos se atensionan como cilindros de acero que han perdido su elasticidad.

Se siente —marchando mucho tiempo sobre el pasto— una sensación especial y dolorosa en el estómago, fuertemente sacudido.

Nos arrastramos penosamente, ya encima de las bicicletas, ya marchando al lado de ellas. De este modo, tardamos cinco horas en hacer 5 leguas.

Pasamos los puentes de Guaviyú y llegamos a la casa de comercio —pulpería— de Manuel Gago —a un kilómetro de la vía— ¡Por fin!

A la 1.30 p. m. —Estamos rendidos, locos de hambre y de cansancio. Las últimas leguas nos han destrozado.

Almorzamos sardinas, galleta y queso; todos los comestibles. El viento nos impide seguir. Dormimos

6 ½ —Nos levantamos a pesar del tiempo y emprendimos camino a las 6.50. Anochece pronto; en pleno campo como nos hallamos, es una locura seguir adelante. Ya de noche, damos vuelta a las máquinas y retrocedemos.

7.55 p. m. —Otra vez estamos en lo de Gago.

A cenar y a dormir.

4.45 a. m. del 27 —Levantámonos, tomamos mate y café.

5.55 —Frío y fuerte viento. Seguimos cortando campo, por ahorrarse de esa manera, como dos leguas.

7.15 a. m. —Quebracho Estación y pulpería de Baucelira. Telegrafiamos a Paysandú.

7.20 a. m. —Salimos. Estamos en el campo.

8.5 a. m. —Arroyo Quebracho.

8.30 —Continuamos.

9.35 —Llegada a Estación Queguay, y a las 9.50 salida.

El día anterior ha llovido mucho y los caminos comienzan a estar detestables.

10.30 —Casa de comercio de Tomás Agesta. Almorzamos y descansamos un rato. Continuamos a las 12 a. m.

Los dos arroyos San Francisco están bastante crecidos y demoramos largo rato en pasarlos.

La entrada a Paysandú es pésima, —verdad que tomamos el peor camino.

4.30 p. m. —Estamos en el centro de Paysandú, en el Hotel Concordia.

La distancia entre ambas ciudades es ésta: de Salto a Estancia de los Cerros: 5.50 leguas. De los Cerros a Chapicuy: 2.50. De ésta a Guaviyú: 5 leguas. De Guaviyú a Quebracho, 2 leguas. De Quebracho a Queguay 4.50 leguas. De Queguay a Tomás Agesta 3 leguas. De Tomás Agesta a Paysandú 7 leguas. Total: 29 leguas y media. Nos referimos al viaje por camino.

Hemos pasado como 30 corrientes de agua y saltado 80 veces los alambrados.

En resúmen: con tiempo seco y sin viento alguno de frente, el viaje es sumamente factible.

De Sport


Una de las características del siglo que va a morir es la adquisición de velocidades anormales.

En primer término la electricidad. Sus nervios —formando con la tierra un carrete alrededor del cual se arrollaran 11 veces— transmitirían la sensación en un segundo. Hiperestesia formidable, cuyo secreto es una insignificante reacción química, y cuya trascendencia pone, en una hora, la misma impresión en los cinco continentes.

Luego las locomotoras, las torpederas, los trasatlánticos, todos los medios de locomoción que elaboran en su vientre de acero digestiones de kilowatts, y cuyo esfuerzo vital arrastra por las tierras y por las aguas, masas de progreso o de destrucción.

Si extraña ese prodigio en las enormes maquinarias de movilidad, llenas de calderas, émbolos, bielas, bombas, trasmisiones —heroica musculatura pulida y engrasada— no sorprende, sin embargo.

La nota de asombro corresponde a un pequeño y curioso aparatito de mecánica, sencillo hasta el esquema, prodigioso hasta la exageración, cuyo largo no pasa de 1 m, 40 cms., cuyo ancho no es mayor de m 0.40 cms, y por medio del cual se obtienen velocidades que sólo son superadas por las mejores locomotoras: la bicicleta.

Reducir en un organismo de esas dimensiones los grandes impulsos de la biela, de la hélice, de la pala; encerrar entre dos ruedas dentadas y una cadena el misterio de los grandes movimientos; hacer saltar, bajo un golpe de cuádriceps, velocidades que quedan en un segundo a 20 metros detrás, es a nuestro modo de ver, la más vigorosa conquista de nuestro siglo.

Nada de grandes aparatos, nada de complicaciones aceradas, en las cuales el esfuerzo toma mil formas y mil caminos antes de obrar eficazmente: un cuadro de débiles tubos, dos ruedas, el más rudimentario de los engranajes, y la máquina puesta en acción, pasa à los vapores, pasa a los torpederos, pasa a los mejores caballos de carrera, y se mantiene al lado de las locomotoras ambas devorando el espacio: un mugiendo, otra silenciosa, una llevando 30.000 kilos en su mole, otra tan sólo 10 kls.

Y ahora haremos notar algo que si pocos conocen, muchos ignoran.

Aunque es sabido que en una distancia larga el mejor caballo no puede competir con la bicicleta (suponiendo que un mediano ciclista hace muy bien 33 kls. en una hora —cosa muy difícil aún para un pura sangre) no pasa lo mismo cuando se trata de pequeñas distancias.

Se tiene la seguridad de que en 20 o 1000 mts la bicicleta quedaría muy atrás.

Es un error.

Hay campeones que corren 1 kl. en 56 segundos. ¿Verdad que es una buena velocidad?

Y no hablemos de los embalajes finales (usando el tecnicismo) en los cuales a menudo se llega a hacer 21 mts. en un segundo, que corresponderían a 75.600 mts. en una hora, como quien dice quince leguas.

Dudamos de que el mejor de los pur-sang salve 21 mts. en aquel espacio de tiempo.

La bicicleta es la máquina de actualidad y del porvenir. Vendrán grandes perfecciones en los modernos medios de locomoción, vendrán los automóviles ideales, submarinos, globos dirigibles, todo lo que se quiera y es digno de nuestro adelanto y entusiasmo; pero condensar en un casi-juguete los medios de gran movilidad, de gran sport, de gran diversión y de gran ejercicio, es el postrer esfuerzo de este siglo, tal vez impotente para producir otro semejante.

Porque el gran atractivo de la bicicleta consiste en transportarse, llevarse uno mismo, devorar distancias, asombrar al cronógrafo, y exclamar al fin de la carrera: ¡mis fuerzas me han traído!

Este es el triunfo, ésta es la satisfacción.

¿Que he recorrido 30 leguas a caballo?...

¿Que el ferrocarril me ha llevado en tal tiempo a tal distancia?...

No hay en ello más mérito que el de dejarse conducir, ni hay en él más amor propio que el que pasea en tranvía. Falta el gran principio de vitalidad, el egoísmo —si se quiere— de decir: «he venido por mí mismo, mis fuerzas me han traído, a nadie debo nada. Toda la gloria es mía. Ya a toda velocidad, ya despacio, mis músculos han obligado a la máquina a ponerse en movimiento. Soy la Fuerza, el Motor, único sobre quien puede caer aplauso.»

He aquí las reflexiones que se hacen - no dijo uno —sino millones todos los elegidos— todos los ciclistas.

Desde París


Héme, por fin, en París, en la capital-cerebro, en la ciudad de los cuidados, donde todo es acumulamiento, palpitación y prodigio. París merece por dos motivos el primer lugar entre las poblaciones: por lo inmenso que lleva en su nombre y amplia vida, y por la forma que se le ha dado. Para nosotros, pobres desterrados de la suprema intelectualidad, la visión de París es una nostalgia de un lugar que nunca hemos visto, y que, hoy o mañana, nos lleva a conocerle. Héme, por fin, en París.

La primera impresión que se siente al contemplar las ciudades de estas latitudes, es tristísima. Estamos acostumbrados a las casas de techo plano, rematadas en lo alto con balconcillos o cualquiera otra cosa, separadas, por decirlo así, y con pinturas de más o menos buen gusto. Aquí las casas están tan juntas que parece que un gran frío las comprimió en grupos negruzcos, helados y hambrientos. Desde Génova hasta París no se ve otra cosa que casas de media agua que nunca fueron pintadas ni lavadas —ventanas pequeñas, sin gusto ninguno—; casas altas que más bien parecen muros agujereados, casas húmedas de cuatro a diez pisos —seis por lo general— amuralladas sobre su calle de cuatro metros, y que para nosotros, hijos del horizonte y del pleno sol, son motivo de más de una amarga nostalgia.

Pero, en cambio, los bulevares, multiplicados en el corazón mismo de la ciudad, cortan en cien pedazos la oscura contracción de las calles, llevando a todas partes la vida, la luz y el perdón de los miles de personas que los cruzan por hora.

Ante todo, dos cosas asombrosas, en Francia: las carreteras y el cultivo de los campos. Estos están trabajados con tanto cariño, con tanta pensativa laboriosidad; comprenden de tal manera el cuidado y amor que merece esa tierra madre; se esmeran tanto en la artística proyección de las líneas y colores, que Francia parece una gran alfombra que un día, tendido sobre el mundo, llevará a todas partes la fecundidad regeneradora del novelista-poeta.

Las carreteras son, a un modo de ver, la nota culminante de toda Francia. Londres tiene mucho de Paris, Nueva York tiene mucho de París, Berlín tiene mucho de Paris, Buenos Aires tiene mucho de París; pero lo que ningúna nación posee son esos magníficos caminos, irreprochables y blanqueados, algo angostos tal vez, pero espléndidamente cuidados.

La vida de los grandes bulevares —de que mucho se cuenta,— es agitadísima sobre toda ponderación, Calcular el número de carruajes que pasan por uno solo, es tarea ímproba —según la frase usual.— En dos filas, en tres, en cuatro, en cinco, en seis; los cientos carruajes, 80 bicicletas, 15 automóviles, 1000 personas, todo en una cuadra de bulevar, de día, de noche, a todas horas, apelotonados, contenidos, estrujados, asombrados, esperando que el guardia civil dé la orden de marcha, porque otro número igual de vehículos están cruzándolo en una esquina cualquiera. Esto se repite cada dos minutos.

No es fácil atravesar impunemente los bulevares; hay que correr, detenerse, apartarse, volver a correr, retroceder: pararse —(perdone Valbuena)— correr de nuevo, y esto en solo quince metros.

Sucede a cada momento que hay cien personas esperando que haya un claro en la cuádruple fila de carruajes, para cruzar. El sergent de ville levanta entonces el brazo, se corren instantáneamente las filas, pasan las personas, y se cierra de nuevo la marcha.

Esto que digo no es novedad; mil veces se ha hablado de ello, pero hay que verle.

Es de notar el respeto que se tiene a la policía. Cuando extienden la mano, nadie se mueve; ¡ay de él! Por lo demás, van muy bien vestidos y son muy educados.

Esto me recuerda una pregunta que hice en Génova.

Marchaba con un changidor a la estación Central, cuando vi subir al tranvía a un caballero de larga levina a la presiana, bastón de boria, sombrero de copa y guantes blancos.

—¿Quién es?... —pregunté a mi fachino.

—Un guarda municipal —contestó torciendo la boca.

* * * * * * *

Ciudad cosmopolita por excelencia, es de verse la diversidad de tipos que pasan en media hora de bulevar (sobre todo, en la cadena Montmartre —de Italiens —de Capucines —de la Madeleine). Pasan individuos de cuarenta centímetros de cabello y ochenta de barba (sin exagerar); ciudadanos que no conformes con llevar luto en el sombrero, llevan anchos brazales de crespón; sujetos de cara lindísima y afeitados, con un sombrerito de paja de Italia coquetonamente inclinado sobre sedosos bucles artificiales, envueltos en una capa que les llega a los pies, y van marchando lentamente, suavemente, exhibiendo el cómico feminismo de su andar y de sus caras pintas.

Pasan los tipos más extravagantes y vulgares que se pueden pedir; pasan armenios, pasan turcos, pasan chinos, pasan árabes, todos vestidos a la moda de su país. Pasa, en fin, todo lo que puede pasar en una ciudad de tres millones, magníficamente heterogénea.

Menos negros. Eso sí, en doce días que llevo en París, no he visto sino tres. Y aquí mismo, donde de todo hay y nada admira, llaman la atención. 

Para concluir: la edificación de París no tiene nada de notable. A excepción de alguna avenida en que hay muy lindos palacios, ni en los grandes bulevares, ni en los chicos, ni en las calles, hay nada que llame la atención.

* * * * * * *

He estado tres veces en el Louvre, y he visto cosas que asombran y cosas que pueden pasar desapercibidas.

En la sección escultura, la Venus de Milo me ha causado emoción profunda. No se puede pedir nada más notable y hermoso; la boca sobre todo, es soberbiamente divina. ¿Por qué mueren esas hermosuras que el cincel o el lienzo trasmiten a la posteridad como un ferviente homenaje a la belleza de las que fueron sus modelos y ya no viven? ¿Por qué la carne, como el mármol, no ha de ser inmortal para esas supremas elegidas del color y la línea?

En las galerías de pintura, hay un cuadro de Girodet-Trioson, que me ha detenido media hora contemplándolo. Según mi modo artístico, es de lo más genial que se vé en el Louvre. Luego «La Jóven Mártir» de Delaroche, tan conocida por los grabados; un chico peatón de Rivera, que salta de la tela con su cara contraída; Frutas e instrumentos de música de Pereda, y Las ilusiones perdidas, de Gleyre: Simbólico. Una caída de la tarde, pero de infinita melancolía. Una barca egipcia, en la que tocan la cítara, miran el río o simplemente sonríen, ocho o diez romanos. En primer término, a la derecha, la figura oscurecida, a la orilla.

Esto es Las ilusiones perdidas.

En cuanto a las obras de los grandes maestros —sobre todo de la escuela italiana —¿qué diré?— me han causado poca impresión. Mucha suavidad en la línea; famosos dibujantes; cierta vulgaridad en el colorido —sobre todo del agua, de una reina que ha dejado caer una lira y no tiene fuerzas para levantarla. A lo lejos, el sol que ya ha caído, colorea un poco el cielo... Rafael, —y fríos, después de todo. En cambio, Rubens, es asombroso lo que consigue con la expresión en Job atormentado por los demonios, y Caballo atacado por leones.

Sin duda que todos esos cuadros han perdido mucho con el tiempo. Pero con todo, uno se espera mucho más de esas grandes obras.

En cada sala hay más de quince artistas reproduciendo. Como curiosidad, he visto un pintor de barba rubia que, copiando el lienzo de Rivera de que he hablado, conseguía hacer un trabajo mejor que el del maestro. Por lo menos igual, deduciendo lo que había sufrido el original en trescientos y pico de años que lleva de existencia.

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Algo sobre ciclismo. Es siempre el sport de moda, a pesar de los últimos triunfos del automovilismo.

Se está construyendo en el Bosque de Vincennes la nueva pista municipal que tendrá 500 metros y merecerá el honroso nombre de pista modelo. 166 metros con 66 ctms. menos que la del Parc des Princes, superará a esta en corrección y elegancia. En ella se disputarán los grandes premios de este año: Campeonatos del mundo, Gran Premio de París, Campeonato de Francia, fuera de los inevitables récords.

En París se corre mucho, mucho (¡siempre!)

El Domingo pasado se han batido —en un campeonato de 100 kilómetros— todos los récords a partir de 10 kms. Fue en el «Parc des Princes», con un día espléndido. Corrían 11: Taylor, Bouhours, Baugé y Walters en primera línea. Taylor, tras de su motociclo, tomó el tren de una manera desesperada hasta los 80 kmts. en que se detuvo y dejó el campo. En ese tiempo, (1 hora, 19 minutos, 21 segundos y 2/5), había batido todos los récords del mundo, haciendo 62 klms. 313 metros en una hora; cosa terrible, si se considera que el anterior de pocas semanas era de 58 klmts. 930 metros, de él mismo.

Bouhours cubrió los 100 klmts. en 100 minutos (un poco menos pues faltaron 41).

Dentro de poco tiempo llegará a este Mayor Taylor, el «negro volador» así como Elckes, otro famoso stayer norteamericano, que el 15 del corriente se batirá con Taylor (Eduardo, el francés) en un match de una hora. Veremos eso, que debe de ser cosa notable.

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Pasemos ahora a la Exposición Universal de 1900. No está concluida, ni siquiera presentable.

Por todas partes, andamios, albañiles, pintores; un ruido incesante de martillos y madera que rompe los tímpanos. Aún en los pabellones abiertos ya al público, se trabaja de día y de noche. En el Campo de Marte es casi imposible caminar por la sucesión de carros y objetos que cruzan. Día a día se abren nuevos pabellones, se trabaja, se arregla, se caen puentes; y con todo, parece que la Exposición no estará acabada hasta fin de mes.

La puerta monumental es magnífica, sencillamente. Se abre al costado sudoeste de la plaza de «La Concordia» la trágica Greve de otros tiempos. Tres avenidas paralelas conducen directamente al puente Alejandro III, muy lindo, sin mayor atractivo. A su frente se extiende la Explanada de los Inválidos, donde están los mobiliarios, decoraciones de edificios y habitaciones, industrias diversas etc.

Siguiendo la orilla derecha del Sena: Palacios de Horticultura y Arboricultura, Palacio del Baile, Torre de lo maravilloso, Casa de risa y Teatro Guillaume, Gran Guignol, Acuario de París, La Roulotte, Chat noir, Cuadros vivos, Ciudad de París y algunos otros pabellones. Más adelante está el Trocadero, con las colonias extranjeras, el Diorama, el Teatro Cambodgiano, Panorama del Congo, Viajes animados y el Viejo París.

En la orilla izquierda del Sena están los pabellones de las naciones, todos seguidos. Luego el Campo de Marte con el Palacio luminoso, Panorama de la vuelta al mundo, Cineorama, Palacio de la Electricidad, Venecia en París, Palacio de la Mujer, Villa suiza, Gran Rueda de París, Mareorama, Globo terrestre, Palacio de óptica, Sala de fiestas.

Esto es lo más interesante; quedan los demás pabellones de arte, industria y comercio, restaurantes franceses y extranjeros, etc.

En los campos Elíseos son el Grande y Pequeño Palacio de Bellas Artes, inaugurados hace tres días. El primero está ocupado por trabajos de pintura. Nada más.

Soberbio. Los paisajistas rusos, artistas sobre toda ponderación, —imprimen a sus cuadros ese desfallecido tono de las estepas, en que parece que la naturaleza está absorta, el cielo mudo; la luz, pensativa, y todo el paisaje sueña y muere en un indefendible doblegamiento de nostalgia, como sus pinos, como sus codornices que van despacio y temerosas sobre la nieve, borrándose en la bruma…

España tiene muy buena representación de una Carrera de carros en Roma, de Chueca; unas guindas de Muñoz, premiadas ya; y una original tela de suma trascendencia artística, obra de Izarra. Fin de siglo es el título del cuadro, en que figura un pobre diablo vendedor ambulante de cualquier cosa, ante una creación prerrafaelita. Es admirable la expresión de risueña y asombrosa curiosidad que ha sabido dar a esa cara de sensato traficante, que nunca soñó que las caras pudieran ser verdes, los cielos amarillos y los esfuminos de diamante.

Las tres cuartas partes de los trabajos expuestos están inspirados en lo impresionista modernista prerrafaelita. Sobre todo los finlandeses.

Hay cuadros de tan honda concepción, de un dibujo tan profundamente incisivo, de un colorido tan en relación con el sentimiento que se quiere despertar y el artista sintió, que entran deseos de negar todo otro arte en que no haya idea, toda otra escuela en que no haya sugestión, porque eso es todo, dar a las cosas colores que no tienen, pero se sienten, y son los únicos capaces de calmar nuestra ansia, simbolizando lo que no tiene colorido propio sino en nuestro interior y al ser pasado al lienzo miente a la naturaleza.

Desde París II


Primera Parte


En el Palacio de Bellas Artes, en la Exposición, la sección francesa de pintura guarda, con los otros pabellones, los trabajos de la última decena. Algo de lo más notable es un cuadro de Triant: —El cementerio. En primer término, una señora de lujo con velo a la cara tiende los brazos, inclinándose hacia una tumba, los amigos tratan de detenerla. En el fondo, panteones, coronas, caballeros y señoras; día nublado.

Es maravillosa la actitud de esa mujer, que no es inclinación, ni extensión de brazos, ni nada que se pueda definir. Es la actitud compleja, desesperante y precipitada de una madre que vá por primera vez al cementerio después de la muerte de su hijo. Es maravilloso el colorido de esas ojeras y ese dolor a través de velo, y luego ¡qué potencia de expresión en las dos amigas! —Saquémosla de aquí... para qué habremos permitido que venga... pero amiga mía, por favor...

Varias telas de Boutigny—entre ellas la tan conocida: Un brave. —Una estación de ferrocarril— de noche. —Loir; Un homicide de Carolus Duran. Esto de lo más magnífico. Hay cien otras; pero no las recuerdo.

En el piso bajo del Palacio están las obras de escultura. Dominando el conjunto, como altura y homenaje, una estatua de Victor Hugo. Está sentado sobre un peñasco, envuelto a medias en una capa romántica, en la actitud hierática de costumbre.

Su cara, sí, es diferente de la que todos conocemos. Representa al poeta cuando tenía acaso treinta años, sin bigote ni barba, levantando, hacia las desaliñadas ondas de su cabello, su sólida frente de aventurero.

Lo rodean tres estatuas: la Poesía alcanzándolo desesperadamente la lira; la Fama, con la Leyenda de los siglos en una mano; una vírgen, agitando sobre invisibles y muertos espaldas el knut de Los Castigos. Al pié, un grupo de trompetas, tambores y pulpos.

En el pequeño Palacio, se enseña el arte retrospectivo francés.

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Aún no ha habido una iluminación completa de la Exposición. Días pasados, por un acto criminal, ha sido descompuesto uno de los poderosos dinamos que debía iluminar la puerta monumental.

El Castillo de Agua se ha incendiado antes de ayer; dentro de quince días estará reconstruido.

* * * * * * *

Notre-Dame, en su sección exterior causa él mismo sombrío efecto que el de los otros monumentos de París. Toda ennegrecida, pierde con la falta de color, el poderoso relieve de su estilo gótico. Como el Louvre, como la Magdalena, como el Arco de Triunfo, uno se espera otro algo a que esas grandes obras no responden. Con todo, es soberbia Notre-Dame. En general: 5 naves, torres de 255 escalones, formidable campana «Sebastopol», cuya vibración es tan intensa, que tocada apenas por el mango de madera de un martillo, repercute durante 45 segundos.

En la plataforma de las torres, he visto las cubiertas de plomo que, hace 16 siglos, Quasimodo había fundido y hecho correr por los canalones.

El horno está infinitamente grabado de nombres y caracteres en todos los idiomas. He notado la firma muy conocida de un personaje uruguayo.

A los fondos de Notre-Dame, la Morgue.

En un sencillo edificio, pintado de amarillo, lleno de celebridad y de muertos.

* * * * * * *

El Bosque de Bolonia es un tanto monótono. Salta a toda vista la ostensa artificialidad de su vegetación, caracterizada por árboles flacos, cuidados y raquíticos. No es lo que uno se espera, una desaliñada profusión de corpulencias; por lo menos, retorcidos, agrestes, y no alineados, enfermos y con una regularidad que desanima. Hay, no obstante, pasajes muy enmarañados.

En cuanto a la prodigiosa aglomeración de carruajes y elegancias es poco lo que se haya dicho.


Segunda Parte


Elkes venció a Taylor. Fue un duelo a muerte, al cual reportó Taylor el poderoso embalaje que le es habitual, y Elkes, el tren terrible de sus delgadas piernas. Una hora de carrera, con intermitencias.

Hasta los diez kilómetros, el campeón americano fue adelante; Taylor pasó, Elkes volvió a pasar, y, en un empujo, se despegó: Perdió 400 metros. A los 20 kilómetros, estaba otra vez junto a su rival. Siguen corriendo juntos; pero a los 30 kilómetros Taylor a su vez se despega y falto del coraje del stayer yankee, anda rezagado 1000 metros. Continúan en esta relación hasta los 45 kilómetros, cuando se desinfla el neumático de la máquina de Elkes, que tiene que cambiar por otra. Taylor aprovecha, pero con todo, queda siempre a media vuelta atrás.

Suena la campana, Taylor demarra poderosamente; más ya Elkes ha llegado a los 60 minutos, haciendo 55 kilómetros. América ha vencido a Europa por segunda vez en el medio fondo, y Elkes quedó clasificado campeón del mundo.

Se recordará que Taylor batió hace poco tiempo 62 kilómetros en la hora, algo bastante más que el trayecto del Domingo pasado. Pero no se olvide que aquello fue en un día sin viento, y, sobre todo, tras de motociclos, lo que es alguna diferencia.

Deben llegar estos días de Estados Unidos: Major Taylor, campeón sprinter; Michael, rey del medio-fondo; Zimmerman, ex campeón de los campeones.

Con esto la temporada resultará interesante.

* * * * * * *

¡Oh, París, París, oasis infinito de todos los que han soñado una vez siquiera los grandes recuerdos y la suprema manifestación del arte!

¡Ciudad extraña y compleja en sí misma; que vive de su pasado y su presente como una pura gloria, donde yace, tiembla y espera a su vez la hora de ser posible, todo lo excelso que ha sido ayer y todo lo vibrante que será mañana; ciudad fastuosa y viril sobre todas; alegre e inmortal!

¿Qué más pedir, para los eternos parias de lo grande, que esta vida de París, respirando el aire de los que son y fueron creadores de lo absoluto?...

Nada más; todo se colma, y aparece, sin embargo, como un dolorido reproche a la sensación artística el recuerdo de un lejano lugar donde está lo que se extraña y adora. La ciudad, no, eso es un simple detalle.

Los amigos, las amigas, los conocidos, aún los indiferentes, aún los insignificantes, porque todo es uno, un conjunto que nos ha visto y a quien hemos visto muchas veces, y que forman un afecto, de costumbre tal vez, pero siempre sentido.

Son, a pesar de todo, muy tristes ciertas horas de París, en las cuales, aunque se admira, se sufre, empañando la misión de lo que se admira con lo que se desea haber visto; ciertos momentos de vaga rebelión, acaso motivada por el recuerdo incierto de que a esa hora se ha estado alegre, se ha ensanchado el corazón, se ha amado…

Y todo aparece, fiestas, bailes, conversaciones, sonrisas, cuadros de triste adoración, lejos y perdidos para nosotros, que no ha sido por cierto una visión de París, pero que hemos querido...

Pienso, a veces, que todo pasará y será muy dulce hallar de nuevo las mismas sonrisas, lleno el espíritu de lo que se ha admirado; pero, entretanto, se extraña, se siente, se sufre. Nada en París como en la Exposición, porque estamos solos, no tenemos a quien hablar de todo eso, no tenemos a quien amar...

Y lo que un día fue un pobre detalle, ahora es un triste recuerdo, acrecentado por la nostalgia y la imposibilidad.

De lo que ha sido bueno para con nosotros, un extenso deseo de que no sea olvidado. Aún de lo indiferente, de lo que no merece la pena se lo recuerde, se guarda una dulce memoria, porque ya no lo vemos, porque ya no es más...

Y de esta manera se va viviendo, sin poder admirar completamente, ya que no es posible desligarse de todos esos recuerdos, que, aunque pudieran ser borrados, no lo desearía tampoco...

Esgrima Criolla


¿Se ha hecho ya la prueba? Tal vez. Nada en realidad sería tan interesante para los apologistas de la esgrima criolla como ver frente a frente el sable de la escuela y la daga paisana. No faltan los defensores de ésta, sobre todo entre los sportmans de suburbio y campo afuera. Las tumultuosas hazañas de un Juan Moreira sacuden mucho más la imaginación que un frío ataque-y-quite de salón, por simples razones de agitación épica, sobre todo cuando las hazañas, legendarias como aquéllas, tienen el don de hacer explotar la gran dosis de paladinismo que hay en todo corazón caliente y cerebro inculto.

El gran interés estaría, sin duda, en el encuentro correcto de la espada y la daga. El resultado mostraría conformidad con lo siguiente.

La esgrima criolla se basa en la agilidad y falta de precisión, de lo que la derivan las formas elementales: cambio incesante de lugar y cruce constante de las armas, lo que llamamos "barajeo". La guardia es conocidísima: la pierna derecha rígida, la izquierda doblada, el cuerpo ligeramente hacia atrás y el puño bajo.

Lo que no deja de ser curioso, es que esta postura sea diametralmente opuesta a la guardia de escuela.

El "fondo" es también diferente en un todo: mientras el de la daga se efectúa mediante una honda agachada hacia adelante, sin cambiar de lugar las piernas, el esgrimista no varía la posición del busto, extendiendo en cambio considerablemente pierna y brazo. Aquello es el "fondo" común del paisano, cuando no se echa literalmente y a ciegas sobre su contrario. Más típico es aún el cruce constante de los aceros, pero sin fin preconcebido, sino golpeando acompasadamente y con ángulo igual una arma con otra, lo que constituye el arte del barajeo.

Hombres De Sport


Un distinguido deportista francés que visitó la América del Sur el año pasado, dijo, en correspondencia a un diario local, que los deportes nunca prosperarían como es debido en Sud América, por el excesivo amor propio nacional puesto en juego. Recordaba los viejos incidentes de hipódromo en ésta y en Montevideo cuando se corrían premios internacionales, y los más recientes de Río de Janeiro, durante los juegos olímpicos del centenario.

Y los fresquísimos del campeonato mundial de box —hubiera agregado hoy.

Admitida como evidente esta hipertensión patriótica en el deporte sudamericano, cabe preguntarse a qué razones obedece. Obedece, sin género de dudas, a la circunstancia de haberse limitado y transmutado la higiénica utilidad del ejercicio físico, a un simple espectáculo de combate internacional. Tal footballer, tal boxeador nuestros, no son una u otra cosa, aunque por su nombre lo parezcan; son exclusivamente "argentinos", como los atletas de la otra orilla o de la nación tramontana, no son fuertes muchachos de aclamable energía, sino "uruguayos" y "chilenos", nada más.

Un combate por la supremacía del pabellón (bien ajeno, como se comprenderá, a los rencores que cobija): esto y no otra cosa son los tantos premios, matchs y campeonatos del deporte sudamericano. No existe en ellos el más leve asomo de un torneo de emulación, donde los enérgicos, los madrugadores, los sobrios, los serios, van a demostrar los beneficios de su régimen de vida. No importan ni la bizarría, ni la ejemplar respiración, ni el esplendor vital de los jóvenes en lucha. Sólo se aguarda el triunfo de los compatriotas; sólo se procura atisbar, por bajo de las camisetas, la forma y el color del escudo nacional.

De tal modo son esos torneos espectáculos de combate que, conforme van decreciendo en violencia simuladora de guerra, decrece a la par el agresivo entusiasmo despertado. Y así tenemos, en progresión decreciente, el box, el rugby, el football, las regatas, el footing —que apenas despierta interés.

La "cultura física", de que tanto se habla hoy día en las escuelas y las cartillas patrióticas, muy poco tiene que ver con esas exhibiciones netamente chauvinistas, de las que apenas participa una ínfima minoría. No pretendemos hijos simplemente sanos y fuertes, de sólidos músculos y corazón modesto, cuyo equilibrio de cuerpo y alma realiza el verdadero atleta. No. Queremos a toda costa campeones de corazón ya viciado a los diecisiete años, que educamos todos con la ardiente esperanza de que lleguen un día a conquistar para nosotros un premio internacional.

Atletas de espectáculo: tal es la sola finalidad de esta cultura física. El ejercicio muscular, practicado por su sola necesidad y armonía higiénica, no nos interesa. Del mismo modo que los abstemios de vino en la mesa enferman de alcoholismo en el bar, nosotros los sudamericanos, incapaces de correr treinta metros tras el tranvía sin sofocarnos, estamos enfermos de atletismo.

No es la media hora de insano desgaste por un diploma lo que va a salvar a nuestra raza, sino la actividad muscular de todos y de todos los días, pues ella sola dará y devolverá a nuestro organismo el equilibrio robado por largos siglos de vida unilateral. La marcha diaria, la gimnasia, las vacaciones al aire libre, habituales en otros países, son desconocidas entre nosotros. Resolvemos toda la cultura física en un espectáculo teatral, entre cuatro barreras o cuatro cuerdas, y al que asistimos con la única esperanza de que sea un compatriota nuestro quien obtenga el triunfo.

Durante el reciente match por el campeonato mundial de box, y mientras los teatros y cines rebosaban de un público entusiasta a la espera del resultado del match, no hubo un solo hombre bastante desinteresado para aplaudir el triunfo de un pugilista de la talla de Dempsey.

El señor Mario Estrada, agrónomo distinguido y deportista de nota, contaba una vez las peripecias de sus luchas de box en Estados Unidos, cuyas universidades había visitado por asuntos de su profesión.

—Pues bien —concluyó con entusiasmo—. En todas ellas, en todas las luchas de box que sostuve con los alumnos de las universidades, fui puesto knock-out!

El señor Estrada ignoraba totalmente la nacionalidad de sus contrincantes, no le interesaba saberlo, como tampoco le afectaba el haber perdido sus matchs. Lo que le entusiasmaba era la excelente educación física de aquellos establecimientos, al punto de haber hecho de cada alumno un vencedor suyo. Esto es lo que se llama un hombre de sport.


Publicado el 23 de julio de 2026 por Brian.
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