La Santa Democracia
Este régimen de gobierno y no el estado de alma que lo creó, según anotaremos que lo crea, se halla en crisis. Vale la pena comentar ligeramente la filosofía de esta inquietud, bastante fuerte para convulsionar hasta en sus cimientos la civilización moderna.
Al desencadenarse la guerra mundial, parecía haberse distendido por fin el resorte que mantenía en intolerable tensión el destino de la humanidad. No se veía claramente, a mediados de 1914, qué destino era éste. Aparentemente, el progreso material, la aceleración creciente de la vida, la procura a toda costa de riquezas, constituían el presente y el fin de la civilización oficial de Occidente.
Con la conclusión de la guerra, la situación no cambió. El resorte, flojo un instante, se armó de nuevo. Y permanece aún tendido, bajo la presión de un tremendo descontento. La civilización occidental cree aún en sí, pero se ahoga.
Si la guerra pasada pudo haber tenido por causa ocasional cualquiera de las que se fraguan a uno y otro lado del Rin, nadie ignora que su causa real es la precipitación de todas las naciones sobre la misma presa —el poder—, y que fomentada con el nombre de nacionalismo dentro de las fronteras, toma el nombre genérico de civilización, cuando dichos apetitos corren atraillados sobre otro continente.
La finalidad de la vida transmutada en presa de lobos: esto y no otra cosa es lo que ha lanzado al Occidente al choque de 1914, y lo que volverá a lanzarlo indefectiblemente a nuevos tumultos, mientras se considere a las riquezas el más noble blasón de un pueblo, mientras se recurra a la violencia para aumentarlas, y se convierta a los hombres en lobos, para desearlas.
El Occidente no tiene cómo evitar una nueva guerra y todas las que sobrevendrán, porque está organizado sobre la guerra, porque sus fines de expansión llevan la guerra a donde va, y porque su ideal de triunfo no se puede obtener sino con la guerra.
No posee todo el Occidente una aspiración que pueda ser noble y frugalmente colmada. Todo él es hambre: más industria, más riqueza, más territorios. No se saciará nunca, porque otros lobos acechan también hambrientos con sus mismos apetitos, que a su vez piden con las fauces abiertas más territorios, más yacimientos, más poder.
Es en balde que de vez en cuando, y desde la cumbre misma de nuestra civilización, se alce una voz desesperada por un anhelo menos material: un nuevo ronquido de hambre, una nueva pata invasora lanzará una vez más al Occidente a otra guerra, porque su civilización necesita de la guerra para satisfacerse.
Durante un instante pudo creerse en la liberación de este bajo fetichismo, cuando el Occidente erigió sobre su moral un altar extraño.
"Combatimos por última vez, y lo hacemos contra la violencia y la opresión", se dijo. "Luchamos por la libertad de los pueblos y la fraternidad de los hombres".
Con estas palabras, con ellas solas, se enloqueció a millones de hombres, que creyeron en esas palabras. Con sólo ellas se les embriagó de heroísmo, se les hizo correr, asaltar, morir.
La buena fe de estas promesas la vemos en cualquier conferencia sobre el desarme. Y si aquellos hombres, llamados un día a dar cuenta de la vida de sus semejantes, no podrán ofrecer en holocausto sino a tales palabras, ignoramos qué destino aguarda a los que, para extender el límite de sus industrias, no vacilaron en arrojar como cebo a millones de hombres un guiñapo de ideal, para precipitarlos a una atroz hecatombe.
Libertad, igualdad, fraternidad... Fue sólo un instante de esperanza; y el Occidente vuelve, con más fuerza, a adorar su sangriento becerro de oro.
Las oraciones persisten, sin embargo, y a cada instante oímos palabras como estas:
"Los pueblos no se acercan porque no se conocen" ... "Si el pueblo francés y el alemán se comprendieran, se habría evitado para siempre las guerras".
No; los pueblos se comprenden, porque el trabajo, el amor y la fe alientan por igual en los hombres que se sonríen de cerca, o se estrechan la mano a través de dos mil leguas. Alejados dos mil leguas de sus Estados, los españoles y los noruegos, los ingleses y los rusos, los franceses y los italianos, son libres de amar, porque también su corazón está en libertad. Nada separa a los pueblos, sino el Estado. Y para conseguirlo, recurre a dos violencias: la exasperación de su apetito y el ejército.
El Estado erigido en director de la humanidad: tal es la característica de la civilización oficial de Occidente.
En las masas oscuras, sin embargo, el individuo despojado prosigue su tarea intelectual, sordo a toda convulsión de pabellones. Es él quien sostuvo el viejo ideal humano con el nombre de Mozart, de Beethoven, de Goethe, cuando a los políticos de la Europa Central parecía imposible que nadie pudiera vivir con otro pensamiento que el del porvenir nebuloso de dichos Estados. Él, a resguardo de la agitación de arriba, persevera en su labor certera y fecunda, y salva el destino de la humanidad.
"Ha muerto", nos gritan de todas partes. "No importa en qué nación, se muestra ella impotente para resolver las crisis de la postguerra. La incertidumbre, la incapacidad de los Estados por ella regidos demuestran su fracaso total como sistema de gobierno".
Hubo un momento en la historia en que el individuo, multiplicado en mil cabezas, levantó sobre un mundo que comenzaba las tres sacras palabras de un pabellón tricolor. Hoy, no hay voces bastantes para prevenirnos contra la democracia.
¿Qué, entonces? El imperio despótico, con el parco nombre de dictadura militar.
¡Ah, no! La angustia económica y moral que nos ha legado la guerra no es imputable a determinado régimen político. La incapacidad de reacción de las naciones está en razón directa de sus penalidades sufridas con la guerra. Por ello vemos a Francia, democrática, ahogada de penurias, y a la Unión Norteamericana, democrática, lustrosa de salud.
El traspaso de un régimen a otro, en estos momentos, nada prueba, si no es la desesperada ansiedad de hallar en los que no tenemos, cura a nuestros males. Para salvarnos del naufragio nos arrojamos al fuego.
El error es más hondo todavía. El gobierno democrático podrá o no ser mejor que otro cualquiera; pero, entretanto, él es el único que nos da esperanzas, pues posee lo que no tiene ningún otro: un corazón.
Porque la democracia, mucho más que un derecho a gobernar, es un estado de la conciencia. La libertad, la igualdad, la fraternidad son virtudes que no están al alcance de gobierno alguno. Pero pueden, como un constante ideal, alentar en el alma de los individuos. Y es a este estado de alma a lo que se llama democracia.
A los jóvenes, pues, a los estudiantes, el deber de sostener como un fuego sagrado esta llamarada de ideal, sin la cual la vida del hombre no tiene valor alguno. No importa que para nosotros, hombres de corazón demasiado maduro o seco, la guerra sea una realidad sangrienta y la paz una utopía infantil. Ellos, los jóvenes, podrán realizarla un día. Y si no la realizan, la ansiarán eternamente —eternamente— que es lo que importa.
Nacionalismo Imperial
Durante algún tiempo se nos aseguró que el nacionalismo consistía en la religión de lo autóctono —costumbres, virtudes y herencias nativas— cuyo culto, infiltrándose hasta hacerse sangre en las generaciones, debía imprimir a la nación un carácter netamente individual.
Tal aspiración, que exaltaba a la par todo lo nativo o colonial, bueno o malo, con el fin exclusivo de hacernos una tradición, respondía, en suma, a un noble impulso; un poco vano, tal vez, como el del hombre que al formarse persistiera en desarrollar a toda costa las vagas o precarias modalidades que poseyó de niño.
Hoy nos dan a conocer otro nacionalismo que no consiste ya en el culto selectivo de nuestras artes y peculiaridades mentales, sino en la erección de nuestra patria al más grueso grado de riquezas materiales y de armamentos de guerra. Como no es imposible que este inflado y ruidoso ideal azuce también a otros pueblos, y la glorificación nacional exige que seamos sobre todo los más fuertes, tal nacionalismo se adjudica así un calculado destino de opresión y vasallaje hacia los países más débiles, que debemos empobrecer, anular y aplastar, pues la misión de nuestra patria es poseer más riquezas, más territorios, más armamentos que cualquier otro país mediato o inmediato.
La nación —nos dicen— debe ser poderosa, cueste lo que cueste, y si no es poderosa para nada sirve. Nada importa el ejemplo de las riquezas espirituales, de los tesoros mentales de tal cual pequeño país. Con estas éticas virtudes una nación no engorda ni se afilan sus colmillos. Debe henchirse de oro, de ambición y de bayonetas, porque no se es un sobrio y culto país, sino un gran estado de gula voraz e insaciable en razón directa de las riquezas que poseen otros países y que debemos hacer nuestras.
De la moral, de la justicia, de la civilización, nada se habla.
Hay en este desbordante afán de riquezas materiales, de fuerza bárbara y ostentación insolente, la misma falta de escrúpulos que caracterizó al triunfador de todas las edades, y la misma lujuria de posesión y exhibición groseras que encarna el nuevo rico de la postguerra. Se desea para la patria las riquezas que no logramos poseer; no pudiendo gozar del poder, gozamos convirtiendo a un honesto país en un gran Estado "nouveau riche".
Es cómodo desear todos los dones para su exclusivo pueblo; enfriarle la conciencia a fuerza de metal; mostrarle como único bien por delante el verraco de oro que gruñe de satisfacción tras las fronteras; hartarlo de industrias y sufrimientos, cebarlo de pólvora, y entonces, enloquecido de bajos apetitos y vacío de moral, ponerlo sobre la frontera a arrebatar al más débil lo que todavía nos falta para nuestra grandeza nacional.
Pues tal es la ley de las naciones que se arman en un ámbito de paz, y su única finalidad inexcusable.
En un país nuevo y sobrio, inquieto del vasto problema cultural que debe absorber todas sus fuerzas por constituir la razón de su pobreza actual y de su gran vida futura, el ejército, también sobrio, puede tener por misión guardar de los roces exteriores esta gran gestación interna. Pero cuando un vasto país se arma y erige el poderío material como su sola y fanática ambición, puede estarse seguro de que las fuerzas armadas de este país no pueden cometer sino crímenes: "Los pueblos no tienen derecho a una libertad que no pueden mantener".
En el siguiente concepto, propalado desde el origen de las naciones, debe verse la causa de tan detestable error: La moral del hombre y la del estado son dos cosas distintas. Lo que deprime y enloda el alma de un hombre, puede engrandecer a la nación.
Exacto. A modo del nuevo rico engrandecido a la sombra de los dolores de la gran guerra, un Estado puede también, dejando de lado algunos escrúpulos, engrandecerse a la sombra de la civilización.
Libertad y justicia no son palabras que puedan contener a una nación que quiere enriquecerse a ultranza. Pero cuando durante la gran guerra nos uníamos todos para recordarlas al imperio germano, que en aquellos momentos las olvidaba, estábamos lejos de pensar entonces que trece años más tarde debíamos prohijar para nuestro pueblo la misma vanidad guerrera y la misma locura imperial que cómodamente restábamos a aquel país.
En vano hemos cantado a algún inerme pequeño pueblo de la historia antigua, cuna de la civilización, y renegado de los grandes imperios bárbaros de todas las edades. La fuerza necesaria, pero modesta; la cultura superior, pero honrada, no parecen bastar para el engrandecimiento de una nación, sino para amenazar su libertad. El viejo germanismo tantas veces vilipendiado, se enciende ahora con nosotros en esta antorcha clavada en las fronteras: La libertad no es un derecho. ¡Cuidado!
Sí; es cierto. Los hombres y los pueblos tienen la libertad que pueden; nada más cierto. Pero yo sé, a la par de muchos, que existe en el alma humana un sentimiento de justicia sostenido por la generosidad, y no por la fuerza. Que la libertad es un privilegio sagrado. Y que quien la desea para sí y la desdeña para los otros es libre solo por casualidad.
Sé también que este nacionalismo no es casi nunca el soplo de un alma helada, sino una posición dialéctica. Pero subleva el alma que sea a veces un alto intelectual —un amigo— quien se expresa de esta atroz manera.
Anotamos una vez que los caracteres definitivos del alma argentina no estaban aún delineados. Posee, sin embargo, la naciente civilización argentina un carácter estadual, fijado ya a través de cuatro generaciones, y, el más puro que se pueda conceder a una nación: el de su generosidad internacional. Pudo la Argentina en más de una ocasión engrandecer su erario y su territorio. No lo hizo. Es posible, pues, de un estado exigir una moral inteligible para el corazón de sus hijos.
El Despertar
Recuerdo perfectamente la impresión que sufrí al tener una tarde por delante las frentes despejadas y la mirada de fuego de cuatro muchachos que anunciaban la aparición de un nuevo órgano universitario —sumamente curioso esta vez: Insurrexit. Fluía de aquellos cuatro muchachos, y no gota a gota sino a chorros, tal cantidad de indignado amor, tal generoso entusiasmo, que el que los oía se puso a pensar en el extraño dios que se apiadaba al cabo del honor de los jóvenes argentinos, cuando le permitía a aquel por fin inundar de roja y pura sangre el muerto corazón de los estudiantes universitarios.
Porque, en efecto, nada más triste nos ha sido en los últimos diez años —diez siglos— que ver la indiferencia, la sequedad y la estrechez mental de nuestra lírica flor de sangre; de nuestra juventud universitaria cuya única preocupación consistió, a raíz del desastre moral que nos legó la guerra —con las bellas e inteligentes cabezas caídas hacia el corazón— en pulir, bruñir y esmaltarse las uñas.
Hemos visto a estos jóvenes mientras los hombres maduros y pesados de familia clamaban de indignación ante la miseria social expuesta a llaga viva en estos momentos, como los hemos visto alzar impasibles los brazos ante el espejo para aplastar, calmar, suavizar el peinado de moda que deja la frente al descubierto. ¿Qué deja al descubierto esa tensa cabellera? ¿Qué pasa dentro de esas frentes estatuarias que no permite al cerebro una congestión liberadora en un momento en que la especie humana —uno mismo— está jugando su honor?
Nada pasa. No hay sino un sueño, una ilusión, una esperanza y una franca actitud definida: la cajita de celuloide con su surtido de pulidores y esmaltadores de uñas.
Hemos visto después el over-all. Pero el traje azul es una librea de vergüenza para todo aquel que no lo lleva sobre el cuerpo sudado de trabajo. El oficinista y el estudiante de over-all están robando una dignidad que no merecen. La honesta pobreza del muchacho puede muy bien ser sobrellevada con un trabajo de brin o de lo que fuere, pero de un aspecto urbano y habitual. El corte obrero no es en la inmensa mayoría de los casos sino una farsa denigrante, una disimulación de una pobreza que avergüenza y que no se podría ocultar con un traje común; y en el mejor de los casos una tontería de muchacho que cree alcanzar así, vestido de over-all-delantal, un aristocrático aspecto de chauffeur o de aviador. Todo pasa; pero lo que ahora despierta es más serio. Los cuatro muchachos de Insurrexit nos han mostrado que la sangre juvenil es una cosa demasiado rica para que pueda ser gastada toda ella en el rítmico vaivén del brazo de un intelectual bruñéndose las uñas.
La Propaganda Post-Guerra
Cuando en la última guerra las mujeres, hallando un magnífico adorno el tener héroes en su familia, enviaron a la muerte a sus hijos y esposos, se levantó la voz de Latzko contra esa monstruosa coquetería.
Los hombres, ya se sabe, estaban borrachos de proclamas, mentiras y alcohol. Pero el matar es en suma una vieja y legítima coquetería del animal. Para el corazón de las mujeres no había lugar en esta terrible matanza, fuera del de hacerse arrancar desesperadas los brazos tras el tren que se llevaba, degollados ya de antemano, a sus propios maridos.
Pero como esta actitud no es gallarda, las mujeres inventaron la de tener héroes de su apellido. Y haciendo flamear banderitas desde los balcones o empujando hasta él mismo tren a sus hijos, no hubo una sola madre que gritara: "No sé si serás un héroe después de muerto; ¡pero te vas a matar, hijo mío de mis entrañas!"
No hubo una sola; tal por lo menos debemos de creerlo, desde que los periódicos europeos, retumbantes de madres y novias asesinas, no registraron un solo caso de amor. Tal fenómeno nos pareció insuperable, y lo es. Pero después de tres años los combatientes aliados hallan un corolario de propaganda post-guerrera.
En los últimos días hemos visto pasar una cinta de cine destinada a hacer lucir el generoso espíritu de los triunfadores. Mostrábase en dicha cinta la felicísima vida de los huérfanos de la guerra. Por decenas, cientos y miles iban desfilando las criaturas alegres, cuyos padres habían sido asesinados y cuyas madres habían muerto después. Pasaban unos tras otros, muy bien vestiditos, contentísimos de posar ante la máquina. Grandes oficiales, sonrientes también, guiaban a la piara de huérfanos por entre las baterías de los acorazados, dejándolos solazarse a su gusto.
Y todo esto con leyendas de propaganda que decían: "Los huérfanos orgullosos de visitar los buques que les dieron libertad". Y finalmente una vista con este título: "Un huérfano monta sobre el cañón que mató a tantos enemigos". La infeliz criatura contenta golpeaba con las piernas el cañón, mientras los conductores de la recua sonreían orgullosos ante el objetivo, pensando: "Y bien, vean cómo los aliviamos, vean cómo les hacemos olvidar de su desgracia".
Pues bien: yo tengo dos hijos. Y los veo saltando de gusto ante el cañón que me mató hace un año...
¿Lo hacen solos? ¿Serían capaces mis hijos de hacer tal cosa? No; les dan caramelos para que lo hagan.
Pasa los límites de la misma matanza este horrible engendro de hipocresía que pretende aliviar la orfandad paseando a los inocentes mártires por entre cañones cada una de cuyas granadas los dejó huérfanos; engañando con confites y ropitas de lujo a sus víctimas de una segunda generación; como engañaron a sus padres asesinados con una bandera de humanidad, como nos engañaron a nosotros con la libertad de los pueblos chicos.
Lo Que No Puede Decirse
Lo que no se puede decir ni hacer es la apología con vistas internas de un estado de cosas que atañe a cien millones de seres humanos, y que desde hace tres años está puesto en el Índice por los países de instituciones conocidas y probadas. Como tales instituciones rigen al mundo entero, el mundo entero es quien ha reprobado las nuevas instituciones rusas. La reprobación asume en casi todos los países carácter prohibitivo, y en algunos, de franca excomunión. Tal nuestra república.
Parecería, no obstante, a primera vista, que un hombre, un transeúnte cualquiera que a sus preocupaciones propias ha añadido las originadas por el volcán sobre el que está hoy asentado el mundo, puede hallar bien el advenimiento de la república de los soviets. No es así, sin embargo. Podrá pensarlo, si le queda en el alma un rastro de independencia ante la formidable sugestión presente; pero no podrá decirlo, so pena de ser expulsado del país, o ser encarcelado por un indeterminado número de años. Se le castiga, pues, fuerte y literalmente, por una inquietud acerca del porvenir del género humano. Pero quién ha pensado así no es un agitador, ni de los obreros ni de los patrones. Es él mismo transeúnte de la vida que hemos apuntado, y amigo, como todo transeúnte, de detenerse delante de las cosas y meditar un rato sobre ellas. No importa; sufrirá asimismo la pena impuesta en nombre de la sociedad, cuyas bases ataca. La sociedad actual, la actual organización social es, pues, un dogma intocable, como una cualquiera religión de caníbales.
Perfectamente. Pero he aquí que Francia e Inglaterra, si no nos engañan los telegramas de Europa, se aprestan vivamente a reconocer a la república de los soviets como un organismo social. Vale decir, una decente aglomeración de individuos, con leyes y reglamentos honorables. El reconocimiento de dicha república supone su admisión en el concierto de las naciones, y por lo tanto se establecerán relaciones diplomáticas con ella. Y como las relaciones diplomáticas expresan de hecho libertad y respeto por las instituciones afiliadas, nos hallamos con que muy pronto los agitadores del soviet en Londres, serán gratísimos ministros plenipotenciarios en el imperio, y Francia mirará con mal ojo a las ligas patrióticas que declamen contra el respetable régimen social de su colega, la república maximalista.
Pues bien; en vísperas de tal acontecimiento, ¿qué sabemos en concreto de los resultados del soviet? Nada o casi nada. La dictadura internacional ha cerrado de tal modo las fronteras a los informes directos de la nueva Rusia, y tal es la propaganda en contra, que de la flamante república, su desarrollo, sus tropiezos, sus éxitos, lo ignoramos todo —salvo que allí hay trigo y que en Europa se carece de él.
En solo dos fuentes podemos inspirarnos al respecto: las conjeturas lógicas, y las derivadas de la misma propaganda adversa. De conformidad con la primera, el transeúnte del caso tiene la impresión de que la Revolución Francesa y la Revolución Rusa son una sola y misma cosa; igual período crítico de la historia, iguales causas, iguales tipos, igual evolución, y finalmente idéntica reacción del otro lado de la frontera. Ambas revoluciones han vertido torrentes de sangre por aligerar un solo gramo la miseria humana; ambas han respondido a la devoradora hambre de justicia que cada cien años hace crisis en Inglaterra, en Francia, en Rusia. Del terrateniente privilegiado de ayer al siervo productivo, va la misma diferencia que del capital de hoy, más privilegiado aún, a su siervo manual o intelectual.
Lo cual no obsta para que todos nosotros, admiradores sin restricción de la Revolución Francesa, hayamos apartado los ojos con horror de esta nueva insurrección de la dignidad humana, cuya sangre olemos: las revoluciones queman a su contacto, y sólo alumbran a través del tiempo.
Pero tan honda es la persistencia del privilegio en aplastar y difamar la fuerza viva del hombre, que uno de los más eficaces argumentos en contra del estado de cosas en Rusia, fue el siguiente, transmitido por telegrama: "A tal punto ha llegado la miseria y la opresión de la plebe en Petrogrado, que un Príncipe de la más alta nobleza se ha visto obligado a ganarse el pan, de portero en un teatro".
Dejemos aparte lo de la plebe, que nos retornaría demasiado a la Revolución Francesa, y el reconocimiento de que el teatro no había cerrado sus puertas, pues era y es gratis, ya que el Estado paga a los actores. Aparte de esto, nos queda la protesta profundamente inmoral de que un hombre ha tenido que trabajar para ganarse la vida.
Para un contemporáneo que tiene a sus espaldas cuarenta siglos de revoluciones ascendentes, es duro constatar él mismo eterno motivo de reacción ante esta nueva crisis de la desigualdad humana.
No ha habido jamás en la historia modo de contener una explosión reivindicativa en los límites de las evoluciones incruentas. Si la república de los soviets ha cometido crímenes, lo ignoramos; pero es más que seguro. No es posible pedir a una revolución lo que a una nación no nos atrevemos a exigirle; y si la última guerra tuvo por única excusa la creencia de que ella concluiría con la guerra misma, la paz que nos ha dejado es una infección de nuevas injusticias, de nuevas guerras y nuevos crímenes.
La necesidad de trigo que hemos apuntado, y otros motivos que se nos escapan, han decidido a las potencias a reanudar relaciones comerciales con la nación rusa, las que serán seguidas en breve plazo por las diplomáticas. Un nuevo telegrama de los últimos días nos lo da a entender. "Reconoceremos a la república de los soviets cuando no se cometan más crímenes en ella". Un hombre juicioso puede fácilmente leer dos corolarios tácitos: 1º. Estamos dispuestos a admitir que "ya" no se cometen crímenes. 2º. Y si se cometieron, no nos detendremos a juzgarlos.
Ahora bien: ¿qué papel nos toca a nosotros, las repúblicas sudamericanas, ante el respetuoso homenaje que un día u otro Europa rendirá a la república rusa, en la persona de sus embajadores? ¿Persistiremos en cerrar las fronteras, deportar y encarcelar a los apologistas de una nación definitivamente comme il faut?
Cuéntase que la policía de la capital, cuyo catálogo es perfecto, clasifica a los descarriados de la actual senda social en dos categorías: los anarquistas de acción (que son en definitiva los peligrosos), y los anarquistas "filosóficos" (seres inocuos, soñadores, nada temibles, y que se reclutan por lo general entre las gentes que escriben). La ocurrencia es feliz, y prueba travieso olfato psicológico. La policía continuará pues sus distingos sutiles, para diversión de los catalogadores. Pero entre tanto el transeúnte preocupado torna a preguntarse qué actitud tendrán las profusas organizaciones contrarias a la república rusa, cuando la Casa Rosada abra sus puertas a sus respetables representantes.
Curiosidad que motiva estas líneas.
Ante La Hora Presente
La guerra europea nos legó, conjuntamente con el tratado de paz, dos hijas —ajenas y viejas— pero copiosamente fortalecidas con la sangre de sus cinco millones de muertos: la miseria económica y la miseria ideológica. Esta certidumbre torna a restablecer en el alma de los hombres, hasta lo más hondo, la angustia apenas desvanecida.
Alguien ha dicho que el conflicto europeo fue una guerra horizontal, a ras de alma, y que esta otra es vertical, o de profundidad. En efecto, la guerra a que venimos asistiendo, aunque no oigamos aún su cañoneo, tiene su origen en un derecho ajeno a toda frontera, pedazo de papel o barajita de exportación: el derecho a la vida, que la organización contemporánea viene substrayendo y robando a las tres cuartas partes de los seres humanos.
¿Quiénes son estos seres? ¿Vagos, haraganes, parásitos? No. Esta inmensa mayoría de hombres son los que sostienen el mundo y lo calientan con sus espaldas y sus inteligencias. Son las mentes que trabajan. Y cuanto en este mismo mundo es descanso, satisfacción, recompensa, les está negado.
¿Qué finalidad tiene, pues, este trabajo? ¿Para qué esta inmensa maquinaria de goces, movida a brazo por novecientos millones de hombres? Para el placer de un mínimum de privilegiados que gozan de ese monstruoso pensar.
Tal es el caso, de una desnudez aterradora. No hay sofisma histórico ni paradojas de ética capaces de vestirla. No hay más que esta atroz comprobación: que la civilización contemporánea —léase industria— está establecida sobre el trabajo hambriento y sin descanso de una inmensa mayoría de hombres que hacen dicha civilización y que no gozan de ella.
No es posible que tal estado de cosas continúe. Ni ante la angustia presente cabe otra disyuntiva que ésta; si esto es civilización, si las argucias filosóficas nos prueban que el mundo debe marchar aplastando a los que lo hacen marchar, renegamos de esa civilización. Y si todo esto no es más que un crimen, castiguémoslo.
Abramos, pues, los ojos. Que se nos pueda culpar de todo un día, menos de haber evitado cautelosamente resolvernos ante un vasto e inicuo sufrimiento. No busquemos a nuestro egoísmo excusa alguna, y menos la tentadora de reconocernos incapaces de dilucidar el pro y el contra de la cuestión, por insuficiencia de lectura. Un asomo de dignidad basta para comprenderlo todo; un brusco latido del corazón sobra para sentirlo: él mismo que lanza a un hombre maduro al agua al salvar a una criatura que se ahoga, sin detenerse a preguntar si la criatura tuvo o no la culpa de ahogarse. Y la que se ahoga en estos momentos es algo más que todo esto: es la vergüenza misma de ser hombres, y que estamos expuestos a ahogar con nuestra actitud. Pues si clama al cielo el resultado de nuestro organismo social transunto en acaparadores, especuladores, envenenadores irreprochables, somos nosotros mismos, culpables e indiferentes, quienes desde hace mil años venimos adulterando, envenenando, matando la dignidad humana,
Nada más. ¿Estudios que nos planteen el problema? ¿Tratados que nos iluminen? ¿Libros que nos convenzan?... No; no hay sino un problema: y es el de la actitud que debemos asumir cuando las generaciones futuras nos pidan cuenta de este hecho: que durante nuestra vida hubo seres humanos, familias sucesivas de seres humanos condenados a fabricar, a expensas de su vida misma, de sus hogares desnudos y sus hijos hambrientos, chucherías de lujo para el goce de unos cuantos privilegiados.
El que escribe estas líneas conserva muy vivo el recuerdo de la impresión sufrida un día por Kropotkine al ver en una fábrica de tejidos a un obrero de cabeza blanca que anudaba los hilos de un telar. Los hilos corren a gran velocidad, y es menester una gran destreza para anudar a tiempo. Tan fuerte es la atención solicitada, que el cuerpo del hombre se sacude de la cabeza a los pies en un temblor convulsivo. Así cuatro, seis, ocho horas seguidas, atando vertiginosamente las puntas de los hilos. Si no lo hace así, los hilos se rompen, la máquina se para y la industria sufre.
El obrero de cabeza blanca hacía cuarenta y cinco años que estaba en esa labor, día tras día, hasta que muriera, como habían estado sus abuelos, como lo estarían sus hijos. Y todo para enriquecer al capital en un centavo más por metro de tela.
Pues bien: yo también sentí, al leer esto, y lo sentí en lo más hondo de mi conciencia de hombre, que no hay filosofía, ni ley económica, ni frontera, ni pabellón que excuse la monstruosa iniquidad de condenar a un hombre por toda su vida a tal mínima y sórdida fracción de trabajo deshonroso; a destinar por cuarenta y cinco años a un ser humano a atar puntas de hilo: a convertir en miserable maquinilla de industria y por generaciones enteras, las manos augustas de un hombre libre.
En «El Hombre Es Bueno», Frank hace un llamado a las gentes que consintieron la última guerra. Con un leve cambio, puede ser parafraseado uno de sus párrafos más capaces de remover una conciencia.
Dado lo que antecede —diríamos nosotros;— visto que no hay civilización posible si ella no reserva goces más que a una minoría inerte, y ese goce está pisoteando el billón de hombres, maquinizados, de madres sin descanso y criaturas hambrientas; visto esto, todo aquel que ante esta evidencia de miseria, de injusticia y de afrenta humana, no siente subírsele al rostro el rubor de la especie, es un grosero, mezquino, lamentable individuo.
Los Tres Fetiches
La necesidad de crear constituye uno de los más fuertes caracteres de los pueblos nuevos. Pero contra lo que pudiera a primera vista creerse, esta necesidad se manifiesta mucho más hacia el ensueño de una ideología fetichista, que en el sencillo progreso material.
Cuando no hace muchos años se creó el panamericanismo: "Bien está —pensamos entonces—. Honraremos este gran fetiche que alcanza de uno a otro polo". "Todo nos vincula en un gran sentimiento continental. Tal vez no alcancemos a comprender las ventajas del culto espiritual que nos exige; pero tratándose de una religión geográfica y semimundial, elevemos confiados nuestras preces a la felicidad del inmenso continente".
El continente —cortado en Panamá, según es notorio— no nos oyó. Creamos entonces el hispanoamericanismo, religión más pequeña, que, a pesar de los oficios celebrados en el altar de la poesía, murió en temprana edad por falta de oraciones, exactamente como su hermana mayor.
El creyente necesita pedir algo ante el altar de sus dioses para palpar su fe. El padrenuestro ha hecho más por el cristianismo que todo el resto de los cuatro evangelios.
¿Qué merced concreta, qué don ansiado, qué pan nuestro de cada día podíamos pedir al gran fetiche panamericano? ¿Qué aspiración genérica, qué ideal común a todos podíamos impetrar del hispanoamericanismo?
La defensa contra los Estados Unidos, únicamente. Pero el odio y el miedo no han creado nunca religiones. Carecíamos de un sentimiento "real" y contrito para sostener un culto. Y el hispanoamericanismo murió, por falta de un credo de amor.
Por esto, cuando reduciendo aún más los límites, creamos el nacionalismo: "He aquí por fin hallada —nos dijimos entonces— la tierra de Canaán. Del hogar, de las costumbres, de todo lo gustado, amado y sufrido por las generaciones anteriores, se forma este sentimiento, geográfico todavía, pero infiltrado en la sangre común hasta unir y confortar dos corazones distintos en un solo latido fraternal. El constituirá nuestra religión; elevemos nuestras oraciones al nacionalismo".
Pero, ¿cuáles? Creer no basta, lo hemos visto; es menester pedir para creer. ¿Y qué pan de cada día podíamos demandar al nuevo dios?
Allá arriba, el nacionalismo, con los pies entibiados por nuestro aliento, pero la cabeza helada, aguarda aún nuestras preces.
Sabemos perfectamente cuál es su esencia: el amor a lo nativo y tradicional, cuya cultura debe darnos nuestra civilización. El amor a lo nuestro.
Mas, ¿qué es lo nuestro y dónde se lo halla?
Como si fuera un hierro ardiendo, los poetas del nacionalismo parecen evitar a todo trance la concreción de sus anhelos.
A dos pasos de nosotros, oímos exclamar:
"Ante el empuje de culturas, bastardas desde que se han infiltrado en nuestras fronteras, debemos levantar como una bayoneta «nuestra» civilización propia...".
Un poco más lejos:
"No busquemos en parte alguna lo que no podría suplir a «nuestra» civilización. Las tumbas de los incas están abiertas. Yo os digo que el Juicio Final y una nueva aurora ha amanecido allí".
A uno y a otro lado:
"Esperemos aún al poeta que cante «nuestra» alma... Sobre el polvo de las civilizaciones caducas se levantará el alma nuestra, que es el alma indefinida —o redentora— o trágica de la pampa soñadora, espiritualizada, sutil...".
Ciertamente. Pero, ¿qué es, en lenguaje claro y vulgar, lo nuestro? ¿Qué es esa alma particularísima de la pampa nuestra, para definir la cual no bastan ya todos los epítetos conocidos, cuando los llanos de Venezuela son solamente los llanos; las savannas de Norte América, las savannas y las estepas de Rusia, sencillamente estepas?
¿Qué es esa alma de nuestra tierra, tan distinta de todas las almas conocidas y qué es, en lenguaje prosaico, al alcance de todos, eso "nuestro" que debe darnos la salvación?
Una vez nos ocupamos del espíritu de redención manifiesto en las canciones de las revistas populares, en las obras de teatro y particularmente en la letra de los tangos. Emanaba de todos ellos un ansia tan grande de regeneración, que creemos fuera eterna.
"Hemos dado —nos dijimos también entonces— un paso de gigante en la vía cultural. Visible es la influencia de las literaturas extranjeras en esta inquietud del alma popular; pero bienvenida sea, aunque extranjeras".
Hace de esto dos años. Hoy, la letra de los tangos no expresa ya aquel anhelo de levantar a la mujer y al hombre caídos. La fraternidad cosmopolita que encendió el alma del pueblo durante una década ha cedido el sitio a otro sentimiento, sintonizado en todas las canciones de la radio. Según estas canciones lo que se busca a toda costa no es ya compadecer y redimir a ser alguno caído, sino establecer y comprobar con letra y música, que se ha sido y se es carcelario, malevo o simplemente patotero.
Una virgen loca que hace tres años lloraba, no sus yerros, sino el de los hombres que la habían hecho mala, afirma hoy tozudamente, una y cien veces, que quiere continuar siendo golpeada y esquilmada por su sombrío negro. Otro canta en la cárcel sus éxitos de personaje turbio cuando vagaba en las altas horas. Otro insiste en recordarnos que sus afectos son duros, chatos y más bien de rencor, por ser hijo genuino de la tierra.
En cada tango —los tangos florecen en la proporción del noventa y nueve por ciento— el cantor porfía en hacer gala de su temple de alma, no sólo sin rubor sino con altanería. Bajo la pesadilla de morales extrañas a nuestra fibra, creyó un día de su deber reformarse, sin prever el crimen que cometía al disolver con su acento el alma nacional, cuando se condolía a bandoneón sonante de las Estercitas, las francesitas y las galleguitas de la canción. Tontería todo eso; eso no era, no fue ni será nuestro. Sobre la reacción extranjerista que un día nos engañó con el miraje de una cultura ajena, alcemos nuestras crudas virtudes congénitas a compás del tango, que han de cimentar nuestra genuina civilización.
Gracias a Dios no es cierto: ni el tango, ni el quillango, ni la vidala, ni los collas del altiplano han de darnos nada, porque no hay país nuevo capaz de crearse una civilización con las fronteras bloqueadas. Para transformar los elementos nativos en piedras fundamentales de una cultura, se necesita previamente abrevar larga y ansiosamente en viejas civilizaciones, caducas para ellas mismas, pero ubérrimas aún para nosotros.
Lo que la nación ha de tener de caracteres civilizados, se está gestando aún allí donde se trabaja con ahínco y con brazo extranjero, y no en el estancamiento conservador de los cantos y mantas teñidas con que hemos venido desnudos al mundo.
Si en un pueblo nuevo el progreso no es aún civilización, menos lo es el retroceso. La tradición pesa, pero llevada a los hombros de una gran acción. Y del culto de las tumbas abiertas, como las de los diaguitas, de los incas y de los tlascaltecas, jamás saldrá acción alguna, si no es vahos de muerte.
Cántico Nacional
Un diario de Nueva York, el más importante de aquella ciudad, según nos informan, acaba de estampar lo siguiente en sus columnas: —"Firpo nos ha descubierto a Buenos Aires".
La persona del informe se muestra indignada de este poco diplomático descubrimiento, asegurando que él es una prueba más del despectivo concepto en que nos tienen los Estados Unidos.
Triste concepto, sin duda... Pero fundado en cierto modo como ningún otro. Véase, si no.
Estados Unidos, como cualquier otro pueblo, no tiene por qué estar más enterado de nuestra cultura que nosotros mismos.
La voz de la nación es su prensa. Y si para nosotros, los que la originamos, la alimentamos y la sostenemos, puede no siempre ser nuestra voz, para el extranjero esta voz es siempre la expresión de nuestra alma; es decir, de nuestro estado de civilización.
El extranjero, pues, tiene de nosotros la impresión que de nosotros mismos le damos. Si algo ocultamos en la prensa de nuestra vida nacional, es porque no nos honra, en primer término, y porque no merece que se lo conozca, en segundo. Más cuando un acontecimiento logra encarnar y realizar de modo tal las aspiraciones culturales de una nación, que la prensa entera abre cuán grandes son sus columnas a la exaltación de ese acontecimiento, entonces podemos estar seguros de que —al revés de lo anterior—, ese acontecimiento honra a nuestra nación, mereciendo por tanto que se le lance triunfalmente a través de las fronteras.
Cuando los hombres que estudian las edades y la vida anterior de la tierra, descubrieron por su cuenta que en un cierto rincón de la América del Sur había vivido y muerto un hombre que sabía de esas cosas tanto como ellos mismos, se dieron a buscar en la prensa de aquel país la impresión nacional sobre tan magnífico hombre de ciencia. Y al notar que sólo en minúsculas gacetillas o en furtivos telegramas de tres líneas se recordaba de vez en cuando la existencia incidental de dicho hombre, los extranjeros pensaron:
"Tal vez… tal vez Ameghino no era argentino… Así se puede explicar la poca importancia que da aquella nación al haber poseído un sabio de aquel valer".
La prensa —recordémoslo— no es la voz del pueblo, pero es siempre la de la nación.
Los mismos extranjeros, inquietos a pesar suyo, ante aquel extraño país, hallan un día en su prensa la exaltación de un acontecimiento, de un hombre, que buscaron en vano respecto del oscuro hombre de ciencia.
"He aquí, pues —tornaron a decirse—, que la Argentina ha dado por fin a luz a su gran hombre. La prensa —voz de la nación— canta unánimemente en sus primeras grandes y enteras páginas el triunfo, las esperanzas, las ideas, la vida, los orígenes, las inquietudes más mínimas del cerebro de su glorioso hijo. La Argentina lo proclama bien alto por la voz de su prensa, para orgullo de sus demás hijos y enseñanza del extranjero. Ahora ciertamente, y más que nunca, sospechamos que aquel sabio hombre difunto no era argentino… No alcanzamos, si no, a explicarnos cómo este Mr. Firpo merece el honor insigne de siete columnas diarias, cuando aquél no merece una línea por semestre… Mr. Firpo, por consiguiente, es la expresión gloriosa de aquella república, puesto que su prensa lo exalta con gloria sin igual. Debemos, pues, estudiar con atención un país capaz de producir un hijo de esta potencia".
Los extranjeros que tal piensan son pocos —los menos sin duda—. Pero los otros, la gran mayoría, los que desde hace un año nos oyen cantar hacia las fronteras, son precisamente los que nos han descubierto por nuestra voz.
La Chusma
Dios llamó a San Pedro y le dijo:
—No sé lo que pasa en el infierno. Deben de haberse vuelto locos allá. En todos los sectores no se habla ni se discute de otra cosa que de la chusma. Es un clamor que no cesa noche y día; el mismo Luzbel no sabe ya qué hacerse. Haz un rincón donde puedas y ubícame en él a todos los individuos de esa categoría. Así quedaremos tranquilos.
Buscando bien San Pedro halló el rincón deseado y abrió su recinto a la chusma de todas las especies y edades. La algarabía que se levantó allí fue espantosa, pues al fin se hallaba toda la chusma junta. Pero la nota llegó al verdadero escándalo cuando hizo su entrada en tropel la chusma democrática.
Ustedes la conocen bien. Es la chusma de la demagogía y el electorado. Componían esa chusma los analfabetos disimulados, los mentecatos de primeras letras, los arrivistas sin decencia que a la hora del éxito no lograron limpiar sus monedas y sus sueños del fango natal. Los desvalijadores de las bibliotecas al aire libre, los matones y los compadres. Los aduladores de las más tristes lacras nacionales. La chusma de las manifestaciones, de los tranvías, de los deportes y los picnics.
Esta era la chusma democrática. Elevóse entonces fuera de la puerta cerrada del recinto otra espantosa algarabía de gentes que pedían entrar. San Pedro entreabrió prudentemente el cerrojo.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó.
—¡Somos la chusma aristocrática! —le respondieron.
—No —murmuró San Pedro corriendo nuevamente el cerrojo. —Esto es ya demasiado.
El Crisol
En una noche de lluvia, y en un pueblo del sudoeste del país, tuve ocasión de apreciar debidamente el valor metafórico del utensilio que titula estas líneas.
Por mera casualidad yo asistía esa noche a una manifestación escolar que se celebraba allí con motivo de una fiesta patria. El pueblo contaba escasamente mil habitantes, y los alumnos de la escuela alcanzaban a doscientos. Prolíficas, pues, debían ser las gentes que rendían tan alto porcentaje de hijos.
Estos, rubios y de ojos claros casi todos, eran en su mayoría muy altos para su edad. Vestían uniformemente delantal rosa los varones, y pollerita violeta las mujeres. Colores ambos sin sentido particular en la fiesta, y que respondían sin duda a una simple predilección, por esos tonos del proveedor local. Los chicos, bajo una garúa que no se había logrado hacer cesar, salieron en fila de la escuela, empuñando cada cual una antorcha de bleck. Con ellas en la mano y cantando recorrieron las calles del pueblo, rodearon la manzana baldía, reservada para plaza, y cantando siempre regresaron a la escuela, ante cuya puerta el director dirigió a su grey una conceptuosa aunque larga alocución patriótica. Dos chicos, más altos, rubios y desteñidos que el resto, treparon uno tras otro sobre una mesa afirmada en el barro, desde la cual, con acento tan extraño como vehemente entonación, repitieron algunas bellas expresiones de nuestros próceres. Referíanse aquéllas a la formación étnica de la Argentina, tan llena de reservas vitales para el porvenir, y a aquello de «crisol donde se funden todas las razas».
Bien —me dije—; he aquí por fin algo cuerdo. Son éstas las más sensatas palabras dichas en el país, aunque el chico las repita con su boquita de ganso.
Con lo cual concluyó el acto, abandonando todos el charco formado ante la escuela. Recién al llegar a la fonda, donde yo era el único que hablaba mal mal español, me di cuenta de que había asistido a la celebración del día de la raza.
¿De qué raza? De la española, sin duda, a interpretar las palabras del director de escuela. Nada, como dicho patrimonio, ha tenido allí sabor más extraño; pues si había entonces un rincón en el mundo en general, y en la Argentina en particular, donde menos gotas de sangre española dieran su aporte al purificante crisol de la especie, era aquel pueblo de la raza en formación, semejante por sus cuatro costados y por su entraña a millares de pueblos de labor, donde duramente y sin vanas palabras se está alimentando el crisol de la nueva raza.
Asesino
Juan Bodgán, soldado de infantería, regresa del frente cargado de laureles. Cuenta en su haber con diversos enemigos más que posiblemente muertos a bala, y siete u ocho ultimados con la bayoneta. Estos últimos éxitos están perfectamente comprobados; dan fe de ello sus compañeros de asalto y los mismos oficiales, que son quienes han elevado el entusiasta informe.
Siete u ocho rusos ensartados en la bayoneta, son un respetable número, que honra a cualquier civil. Juan Bodgán no es militar de profesión, ni siquiera un hombre de cultura urbana, arrebatado desde pequeño por el culto a la patria. Es un patán, un rudo campesino austriaco que hasta el día anterior a la declaración de guerra se daba por muy satisfecho guiando el coche de su señor, un aristócrata húngaro. No importa; él solo, Juan Bodgán, sin más ayuda que la de sus manos y la de la bayoneta prestada por el Estado Mayor, ha abierto el vientre a siete u ocho hombres. Es un héroe, y merece bien de la patria.
Mientras el tren lo devuelve de regreso a su pueblo natal, Juan Bodgán, con una sonrisita de orgullo, evoca a sus muertos. ¡Oh! ¡La cosa no ha sido fácil, por cierto! Es aquel un oficio como otro cualquiera, que requiere largo aprendizaje y práctica antes de poder aspirar a las condecoraciones de heroísmo. Recuerda sobre todo a su primera víctima, un ruso alto y flaco, de larga barba entrecana; un ruso de la reserva, ya viejo y posiblemente padre de numerosa familia.
Juan Bodgán no conocía aún su oficio de matar. Por lo cual, al tener enfrente al ruso, lo clavó literalmente contra el parapeto de la trinchera.
¿Qué pasó entonces? Juan Bodgán no lo ha olvidado. Como había lanzado desesperadamente sobre el vientre del ruso todo el empuje de su cuerpo y de su fusil, no pudo retirar la bayoneta, que a través del capote había clavado al ruso contra la pared. Tuvo así tiempo de ver que las facciones del viejo se alisaban bruscamente, mientras sus ojos se abrían asombrados y lo miraban con sorpresa a él, Juan Bodgán, como preguntándole: "Pero, ¿por qué me haces esto?"
¡Qué pregunta! El ruso había bajado en seguida sus dos manos a la bayoneta que lo clavaba, cortándoselas inútilmente. Y había caído adelante, volteando a Juan Bodgán.
Éste sonreía, mirando por la ventanilla del tren, al recordar su aprendizaje. ¡Qué tontería! Él, como todos, había pagado su tributo a una falsa idea de inexpertos, que nos hace creer se necesita un gran esfuerzo para arrancar la vida a un hombre. Nada más fácil y que requiera menos trabajo: un ligero empujón a la bayoneta, muy ligero y contenido —y vuelta atrás. La hoja entra por entre las costillas con una facilidad de que no puede tener ninguna idea el profano. "Como si entrara en la manteca" —piensa Juan Bodgán.
He aquí, pues, a lo que se reduce la noble y recóndita vida, que antes de la guerra unos cuantos tipos se empeñaban en defender contra los microbios, contra la miseria y demás tonterías. Un ligero envión a la bayoneta —entra y sale— y se acabó. Pero para averiguar esta verdad sencilla se necesita haber servido a la patria en las trincheras —y Juan Bodgán ostenta medallas que premian sus conocimientos.
Con los demás hombres a quienes ha quitado la vida, las cosas han pasado de otra manera, ¡claro está! El empujoncito en el vientre, y paso atrás. Pero fueran jóvenes o viejos, estuvieran iracundos y aullantes de pavor, los rusos ofrecieron siempre dos o tres caracteres idénticos al sentir la bayoneta en las entrañas: las facciones bruscamente estiradas, alisadas, y la mirada de estupor de todos ellos: "¡Por qué me haces esto!"
No lo ha olvidado Juan Bodgán, mientras desde la ventanilla ve acercarse la estación de su pueblo. Furtivamente saca de su bolsillo un espejito de mano y se contempla.
¡Qué ve! Una cosa monstruosa. Una cara sin labio superior y sin nariz, hinchada de cicatrices tumefactas aún. Y un solo ojo. Es todo lo que queda del seductor auriga, del cínico patán cuyas ojeadas y latigazos restallantes habían encendido el corazón de Marfiza, la altanera belleza del pueblo.
Un monstruo: tal cual. ¿Le reconocerán? ¿Queda algo del buen mozo omnipotente?
Ya llega; el tren se detiene. ¿A quién ve? ¿No es esa mujer, la mujer del guardabarreras, su amiga de la infancia? ¿Es posible que haya cambiado hasta el punto de que ella no lo reconozca?
Va a ella lentamente, titubea, la saluda. Ella lo mira espantada, palidece, y tras un "Buenas tardes" desfallecido, vuelve el rostro murmurando: —"¡Qué horror!"
No lo ha reconocido. Juan Bodgán se deja caer en el banco del andén. Su amiga de la infancia no lo ha reconocido. Nadie lo reconocerá. Su novia, la altanera Marfiza, no lo reconocerá tampoco. Y si lo reconoce, volverá la cara repugnada: —"¡Qué horror!"
Algo como pensamiento comienza a penetrar en el espeso cerebro del mutilado. Allá en el hospital del frente, había llegado a considerarse, con su horrible cara, una especie de ser superior. Los cirujanos lo detenían al paso y discutían entre ellos examinando sus heridas. Había sido aquella una operación dificilísima que costó meses enteros, deshaciéndola y volviendo a coser; cureteando, cortando, cosiendo otra vez. Aquella operación era la gloria del hospital. Su cara pasaba de mano en mano. Sus compañeros, los soldados hospitalizados, lo envidiaban casi. El mismo se sentía un héroe. Sobre todo, al pensar en el estruendoso éxito de su regreso. Todo el pueblo saldría a admirarlo y adularlo; la patria, a quien había entregado un semblante humano, estaba tras él. Y merecería el respeto y la veneración de todos.
Y bien: ¿qué quedaba de todo esto? La ira de Juan Bodgán continuaba creciendo. Tanto más, cuanto que un vecino —un jorobado aborrecido de todo el pueblo por sus ideas avanzadas— lo reconoce malévolamente y se sienta a su lado a enterarlo de lo que ignora aún.
El gran señor patriota, cuyos caballos lanzaba al galope Juan Bodgán, ha instalado en su castillo una fábrica de zapatos para la tropa. Pingüe negocio. El magnate arruinado tiene ahora millones. ¿Él ha ido al frente?... ¡No!; al frente han ido Juan Bodgán y otros tontos; detrás, los fabricantes se enriquecen. ¿La novia?... Trabaja como todas las mujeres del país en la fábrica. Y el magnate la protege…
Juan Bodgán salta al cuello del jorobado, pero afloja las manos. ¡Pruebas!... ¡Pero no tiene más que ir al castillo a cerciorarse! Y se cerciorará a satisfacción, porque no hay temor de que mujer alguna pueda mirarlo sin huir gritando…
Juan Bodgán está ya en camino de la fábrica. Cuanto había oído antes: susurros, medias palabras sobre los sacrificados y los beneficiados por la guerra, le retumban ahora como granadas en los oídos. Y más bajo, oye las declamaciones de las enfermeras aristócratas que infestaban los hospitales: —"Héroe... Usted es un héroe... Premiado por la patria... Orgullo de su pueblo... Respetado y amado por todos..."
El malévolo jorobado no ha olvidado nada. ¡Respeto a los monstruos como él que han vuelto!... ¡Trabajo a los mutilados que regresan!...
¡Palabras! Asco y miseria, nada más. Y allá arriba, en el castillo, los millones almacenándose, con la inquietud única de que la guerra pueda concluir de un momento a otro.
Pero ya está ante la fábrica, entra, y la primera persona que Juan Bodgán encuentra es su novia. Juan Bodgán la interpela. Ella, que va a pasar de largo, se vuelve y mira, mira... Y como la mujer del guardabarreras, se pone lívida. Responde balbuceando; mas lo que sus ojos expresan, lo único que expresan y que Juan Bodgán lee claro, es horror... ¡horror y repugnancia!
Retorna a zumbar en los oídos del soldado el cotorreo patriótico de las aristócratas de la Cruz Roja. Y cuando la ira comienza a explotar por fin, aparece el magnate.
Desde que lo ve avanzar altanero, Juan Bodgán siente cuán profundamente se ha infiltrado en su alma su oficio de matar, pues el primer pensamiento que acude a su cerebro es: "La cara de este también se pondría lisa en seguida..." Y sus ojos bajan inconscientemente al vientre, al cuchillo de monte que el señor lleva al cinto.
¿Quién es ese monstruo? ¿Qué quiere? ¿Con qué derecho habla a Marfiza?
¿Con qué derecho?... Juan Bodgán le lanza al rostro todo lo entendido, susurrado y confirmado: "¡Mutilados que causan horror en el frente; y millones, detrás!"
Apenas acaba de hacerlo, cuando el látigo de su señor le cruza la cara. ¡Pero no en balde ha hecho Juan Bodgán siete meses un aprendizaje de asesino en el frente. Una sola verdad posee y una sola cosa ha aprendido: a matar. Antes no lo sabía; ahora sí. Es un héroe; sus medallas lo prueban.
Rápida como el rayo, coge el cuchillo de monte del cinto de su señor, y con un breve envión del brazo —¡oh, nada de grandes movimientos!— suave, sin esfuerzo alguno, lo hunde hasta el puño por entre las costillas del otro.
¡Exacto! La misma sensación de atravesar la manteca... El soldado ve reproducirse el cuadro bien conocido: el mismo súbito alisamiento de las facciones, el mismo tinte lívido del rostro, y los mismos ojos dilatados de asombro con que los rusos lo miraban: "Pero, ¿por qué me haces esto?"
Algo como una granada estalla en este momento dentro del cerebro de Juan Bodgán, que cae con el cráneo partido por un contramaestre. Pero mientras cae tiene tiempo de ver a su señor desplomarse a su vez entre una aureola de chispas, y —aunque el autor no lo dice— satisfecho, a pesar de todo, de no haber defraudado la confianza que como asesino de hombres, la patria creó y glorificó en él.
* * * * * * *
Tal es el espantoso cuadro que Latzko nos muestra en el último cuento de "Hombres de la guerra". No necesita comentarios, a no ser el intensamente amargo ante un estado moral en que tales cosas son preparadas, ordenadas, amadas, laureadas, infiltradas a nuestros tiernos hijos desde que se les arranca del seno maternal.
To Scalp
Acontece a veces que un hombre perfectamente fresco de cuerpo sube al tranvía para hacer tres cuadras, porque lleva el alma muerta de fatiga. Podría marchar largas horas sin cansarse, pero no tiene ánimo para desearlo. Sabe que su punto de destino está a sólo cuatrocientos metros y ha tomado el tranvía.
No ha sufrido nuestro hombre en ese día disgustos mayores que los que depara el comercio de los hombres. Ni su labor habitual, ni las contrariedades, ni los desencuentros, ni las citas falsas, ni cada uno de los mil pequeños desengaños del hombre contemporáneo al concluir su diario aporte a la vida, han colmado su alma más de lo preciso.
Está enfermo tan sólo del momento actual. Sufre la profunda fatiga del hombre que afiliado a una carrera diaria que exigiera cuanto es y hay en él, hallará en la meta por constante y estéril premio a su esfuerzo, esta sola palabra: Civilización.
Nuestro hombre logra apartar de la ventanilla su frente cruzada de arrugas, y vuelve los ojos al interior del tranvía. No es él sólo quien lo ha hecho. Otros hombres, posiblemente cansados como él, fijan a su vez la mirada en una joven que acaba de subir al coche y de sentarse con extrema modestia en los primeros asientos. No se le ve el rostro; acaso no sea bella. Esa criatura, sin embargo, sobre cuyas espaldas las miradas masculinas se detienen, se suavizan, se aplacan, ha realizado ese milagro merced a la modestia, tan tímida como su actitud, de ostentar una antigua, larga y pura cabellera.
Para los hombres fatigados de ese tranvía, aquella criatura representa lo contrario de civilización.
La melena marca en nuestra época el índice exacto a que puede llegar la rebelión de la mujer para no envejecer. Nadie puede engañarse con la argumentación femenina sobre el tópico: comodidad, facilidad, etcétera. La razón pura y exclusiva de su imperio radica en que gracias a él las madres pueden parecer tan jóvenes como sus hijas, las ancianas tan adorables como las niñas. Melena y pollera corta son factores de la misma coquetería, de la misma esperanza y del mismo monumental engaño. Una cabeza muy joven puede verse desprovista de cabello, y ofrecer todavía algún encanto; pero no son las adolescentes quienes se desviven por esa masculinización del rostro, sino las damas maduras —solteras, casadas o abuelas.
La melena favorece el yerro sobre la edad, conturba el golpe de vista masculino, aureola de juventud a decrépitas damas; y éstas son, ágiles aún por su flacura, ligeras por la falda, infantiles por la cabeza, quienes propalan, sostienen y defienden este mortuorio símil de juventud.
Una dama nos ha dicho al respecto:
"Se equivocan ustedes al juzgarnos así. La melena no es sino una de las expresiones de simplificación que caracterizan la vida moderna. Literatura, música, mobiliario, todo tiende a lo simple y estricto. Basta observar el traje femenino, reducido a las más simples líneas, para juzgar por él esta ansia de depurarnos de todo lo incómodo y excesivo. No tenemos tiempo para peinarnos. De esta prisa para vivir, para leer, para desembarazarnos de las cargas de la familia, si usted quiere, ha nacido la melena, que todas las mujeres deberíamos erigir en símbolo de una nueva existencia, y de individualidad y frescura reconquistadas".
Bien. Quien así nos hablaba desde lo alto de su prisa liberadora, era una ya anciana señora de vestido a la rodilla y de melena, pero cuyos negros párpados al kohol, y cuyos rojos labios en cupido, habían requerido más tiempo ante el espejo que el que perdieron estérilmente sus cuatro hijas, sin lograr igual seducción.
Pues por ley de compensación, la flapper de este instante recarga de rojo batallante un rostro al cual la cabellera no presta ya suficiente femenilidad. Cuanto más corto es el pelo y más hombruna la cabeza, más oscuras son las bocas y más turbadora la expresión. Lógrase con ello acentuar un sexo cuyo exterior se desvanece; llegando así la mujer supercivilizada a constituir un ser híbrido, que de la mujer no ofrece sino la presunción, y del hombre, el equívoco.
"¿Pero no son ustedes acaso —objetábanos otra dama— quienes fomentan, aceptándola como dulces corderos, esta moda que tanto les disgusta? ¿Dónde ha observado usted variación alguna en las maneras y proceder del hombre respecto de la mujer; un cambio en sus palabras, en sus deseos? ¿En qué ojos de varón ha notado usted ese casto disgusto por la melena, a que hace usted referencia? ¡Ah, señor! La juventud tiene privilegios, y se necesita ser también joven para apreciarlos".
¡Ah, señora!, hemos pensado nosotros. No es su juventud lo que está en juego, sino algo más eterno: la eterna y dulce silueta femenina cuya visión hemos heredado y llevamos en la sangre desde la infancia del mundo. Los sexos tienen distintivos también eternos, y no es posible trastrocarlo sin herir el sexo mismo. En la mujer, la cabellera constituyó siempre el encanto más exaltado, besado, llorado. Si se borra de la poesía humana cuanto concierne al cabello de la mujer, no nos quedará de todo el pasado amor sino cabezas semi rapadas, semi peladas —como las que actualmente distinguimos a diario.
Día llegará, señora mía, en que un hombre sediento de amor se alce en vano sobre sus pies buscando desesperadamente algo que recuerde a una mujer, y no lo hallará. Así y todo seguiremos amando, porque el instinto fatal de los sexos nos hace adivinar una mujer, allí donde la misma ilusión naufragó. Pero esté usted segura, señora, de que todo hombre al cual la dialéctica seductora o violenta de su esposa escalpelada no ha tornado mudo y ciego, sentirá siempre ante la modesta chica de grandes trenzas que viaja en el tranvía, a la entera y completa mujer.
Las Amazonas
De acuerdo con la ligera embriaguez en que vivimos al presente, la medida del tiempo sufre también la exaltación —o inflazón, si se desea conservar propiedad a las palabras,— característica de la hora actual. Antes hemos tenido "tiempos", "épocas", "edades", para denominar con una fracción del tiempo la importancia o persistencia de ciertas conmociones o estados, que pasaron sin dejar grandes rastros o modificaron profundamente el curso de la humanidad.
En tal sentido tuvimos el tiempo de la crinolina, del decadentismo y de tantas otras formas del vestir. Extendimos al lapso de "época" otros estados o perturbaciones que dejaron más honda huella, como la época del kerosene y del romanticismo. Y reservamos el nombre de "edad" a las modificaciones profundas sufridas por la humanidad, tales como la edad antigua, media, moderna, y la recién nacida de las post-guerra.
En cuanto a la expresión "era", apenas nos atrevíamos a referirla con autoridad a las enormes transformaciones de la costra terrestre o a las revoluciones morales de inacabable alcance.
Hoy, la embriaguez aludida no halla ya en los tres primeros ciclos eternidad bastante para sus fantasías. Así el señor Mussolini habla de la era del fascismo, y los artistas de última data, dividiendo la historia del hombre en dos mitades, borran de un soplo todo lo creado antes de su feliz aparición sobre la tierra, e inician la era de la nueva sensibilidad.
Con más acierto del que se tuvo antes en el arte —vemos que todo ha sido destruido,— y mayor solidez que la institución política de la referencia, corre el anuncio de una nueva era que, por razones de concomitancia con el ambiente de post-guerra, lleva en sí el germen de una gran posibilidad: la era de la mujer.
Todo, y de todas partes, nos lo anuncia. Nada ha sufrido modificación comparable con la de la mujer en sus relaciones con el medio, en primer lugar, y con su antiguo amo y señor, en segundo término. Derechos civiles y políticos, liberación de prejuicios, utilización creciente de su capacidad: tales son las conquistas primeras de la mujer, y no las más eficaces, si hemos de prestar oído a los profetas del advenimiento del Imperio Femenino.
Mas —observan los menos entusiastas— ¿conservará la mujer en esta exaltación un poco sin norma y un tanto irracional, la calidad integral de su sexo? ¿Finca en esta, no liberación, sino usurpación, la profunda finalidad de su destino?
La especie tiene una invisible y rígida línea de conducta; consérvase bajo la protección de leyes aceradas que harán pagar duramente toda transgresión a sus fines perdurables. Cuanto la mujer conquiste fuera de su dominio, será a expensas de su feminidad. Lo que el hombre ama en la mujer lo posee la más tonta jovencita y la más sumisa esclava. Si aquélla lo olvida, el hombre dejará de amarla... Pero antes intervendrá la tremenda ley de la especie para restablecer el equilibrio.
Tal opinan unos y otros. Y como si no bastaran las ideas encontradas, el hombre actual, correlativo de la flapper profética, azuza a la mujer, con su renuncia, a la conquista de estas tres durezas, secular patrimonio del varón: la del pan diario, la del pensamiento y la del músculo.
No satisfecha con su energía desarrollada obviamente en todos los órdenes, la flapper internacional quiere ser también toscamente fuerte a la par del hombre. No hay disciplina muscular que no la tiente ni deporte del que no se sienta poseedora. Ya el hombre y la mujer no constituyen más la pareja clásica del vehículo. Ahora son dos mujeres las que se sientan en el volante.
El varón correlativo, lejos de sentir su desplazamiento, parece abrir los ojos de goce ante el fenómeno, y prosigue dejándose ganar la derecha en esta anormal competencia de los sexos.
Pocas cosas ilustran mejor esta confusión a que asistimos que el número que "L'Illustration" dedica a la última exposición de automóviles en París. Cuarenta o más fabricantes de autos ofrecen en sendas páginas otras tantas siluetas de sus coches. Son todas ellas máquinas de gran poder, potente motor y recios volantes. En cualquier otro momento que el presente, dichas máquinas, capaces de devorar ciento ochenta kilómetros por hora, se hubieran exhibido llevando como relieve la figura de uno o dos hombres, con overol o sin él, angulosos y duros de energía, como conviene a conductores de tales coches. Tal fue siempre la iconografía del esfuerzo brutal y arrojado, que lleva pendiente de un finísimo hilo el riesgo de la vida.
Y sin embargo, cada una de las poderosas máquinas está exornada con la elegante figura de una joven. Algunas en el volante, las menos; otras ante la portezuela, con un pie en el estribo, las más.
¡Por Dios! ¿Qué tienen que hacer estas interesantes niñas junto a máquinas de tremenda fuerza, capaces de rendir exclusivamente su velocidad en las duras manos de un hombre, y cada uno de cuyos golpes de volante comporta peligro de muerte? ¿Qué significado particular tiene esta insólita propaganda, sostenida como sistema por los cuarenta y tantos anunciantes de la industria?
El mismo significado que sugiere otra página de la misma revista, donde un joven de smoking, cabellos muy lacios y boca un poco obscura, aspira voluptuosamente un frasco de esencia. Ambos sistemas de propaganda son idénticos: la joven asumiendo la encarnación de la fuerza y el arrojo, y el joven personificando los deleites del tocador. No responden uno y otro emblema, como pudiera creerse, a un ardid sentimental del comercio, destinado a enternecer la bolsa del padre, del esposo, del amigo. No. Responden a la misma subversión de planos sexuales, que va restando integridad a cada sexo sin compensación alguna.
No es posible deducir de la flapper contemporánea, sin extraordinaria fe, el tipo de mujer al que nuestro mundo deberá su regeneración. Hoy por hoy, la mentalidad de la flapper no ha adquirido el grado de solidez, ni siquiera de salud, indispensable para poner en sus manos las guías de la Humanidad, ineficaces ya en las del varón. Se halla la flapper ligeramente ebria, como el ambiente de que ha surgido, y sólo la ducha helada del tiempo nos enseñará si es transitorio o no este tumultuoso agitar de jóvenes diosas.
Entretanto, no faltan en Estados Unidos quienes creen haber observado en la flapper una creciente disminución del sentimiento del amor. La joven liberada ama las tareas del hombre, su libertad, su elasticidad de principios; pero no siente amor por él. Ante estos nuevos contrastes, sólo cabe contemplar con ojos curiosos el espectáculo de las fuertes amazonas, y aguardar con mirada pensativa el castigo que la especie inalterable reserva a estas vírgenes de seno trunco.
El Cadáver De La Libertad
Cuando la libertad fue declarada "cadáver putrefacto", de acuerdo con la expresión del señor Mussolini, aquélla vióse en seguida abandonada de sus fieles discípulos. En vista de ello, sus censores cargaron irónicamente sobre sí con el deber de velar sus restos.
Ante aquel cuerpo velado de la cabeza a los pies, los jueces cambiaban entre sí sus impresiones.
—"Magnífico cuerpo —murmuró uno— destinado a vivir muchos años".
—Eso se dice siempre —objetó otro. —En verdad, se ignora cómo ha resistido tanto tiempo.
—¿Pero de qué ha muerto? —preguntó un tercero, seguramente extraño a la localidad.
—Asesinada, según dicen —enunció un cuarto.
—O por suicidio —apoyó el quinto.
—O de una indigestión.
—¿De qué?
—De principios.
Los jueces cambiaron entre sí una mirada de fina inteligencia, bien que muy breve, pues la atmósfera íbase tornando irrespirable.
—Procede sepultar de inmediato estos despojos —emitió uno con la voz alterada.
—No hallamos quienes lo hagan. Se ha solicitado por todas partes enterradores, en vano.
—¡Pero corremos el riesgo de asfixiarnos, si permanecemos aquí!
En efecto, gruesas gotas de viscoso sudor corrían por el rostro color tierra de los censores, en tanto que el insoportable hedor crecía y crecía…
Días después algunos discípulos que merodeaban por las inmediaciones fueron atraídos por el destello de una forma juvenil que parecía erguirse en aquella habitación. Atreviéronse a avanzar la cabeza en su interior; más ganados a su vez por el hedor que de allí surgía, lanzáronse por todas partes clamando:
—¡En verdad, en verdad es un cadáver putrefacto!
Pero no era el de la Libertad.
