Juan Bodgán, soldado de infantería, regresa del frente cargado de laureles. Cuenta en su haber con diversos enemigos más que posiblemente muertos a bala, y siete u ocho ultimados con la bayoneta. Estos últimos éxitos están perfectamente comprobados; dan fe de ello sus compañeros de asalto y los mismos oficiales, que son quienes han elevado el entusiasta informe.
Siete u ocho rusos ensartados en la bayoneta, son un respetable número, que honra a cualquier civil. Juan Bodgán no es militar de profesión, ni siquiera un hombre de cultura urbana, arrebatado desde pequeño por el culto a la patria. Es un patán, un rudo campesino austriaco que hasta el día anterior a la declaración de guerra se daba por muy satisfecho guiando el coche de su señor, un aristócrata húngaro. No importa; él solo, Juan Bodgán, sin más ayuda que la de sus manos y la de la bayoneta prestada por el Estado Mayor, ha abierto el vientre a siete u ocho hombres. Es un héroe, y merece bien de la patria.
Mientras el tren lo devuelve de regreso a su pueblo natal, Juan Bodgán, con una sonrisita de orgullo, evoca a sus muertos. ¡Oh! ¡La cosa no ha sido fácil, por cierto! Es aquel un oficio como otro cualquiera, que requiere largo aprendizaje y práctica antes de poder aspirar a las condecoraciones de heroísmo. Recuerda sobre todo a su primera víctima, un ruso alto y flaco, de larga barba entrecana; un ruso de la reserva, ya viejo y posiblemente padre de numerosa familia.
Juan Bodgán no conocía aún su oficio de matar. Por lo cual, al tener enfrente al ruso, lo clavó literalmente contra el parapeto de la trinchera.
¿Qué pasó entonces? Juan Bodgán no lo ha olvidado. Como había lanzado desesperadamente sobre el vientre del ruso todo el empuje de su cuerpo y de su fusil, no pudo retirar la bayoneta, que a través del capote había clavado al ruso contra la pared. Tuvo así tiempo de ver que las facciones del viejo se alisaban bruscamente, mientras sus ojos se abrían asombrados y lo miraban con sorpresa a él, Juan Bodgán, como preguntándole: "Pero, ¿por qué me haces esto?"
¡Qué pregunta! El ruso había bajado en seguida sus dos manos a la bayoneta que lo clavaba, cortándoselas inútilmente. Y había caído adelante, volteando a Juan Bodgán.
Éste sonreía, mirando por la ventanilla del tren, al recordar su aprendizaje. ¡Qué tontería! Él, como todos, había pagado su tributo a una falsa idea de inexpertos, que nos hace creer se necesita un gran esfuerzo para arrancar la vida a un hombre. Nada más fácil y que requiera menos trabajo: un ligero empujón a la bayoneta, muy ligero y contenido —y vuelta atrás. La hoja entra por entre las costillas con una facilidad de que no puede tener ninguna idea el profano. "Como si entrara en la manteca" —piensa Juan Bodgán.
He aquí, pues, a lo que se reduce la noble y recóndita vida, que antes de la guerra unos cuantos tipos se empeñaban en defender contra los microbios, contra la miseria y demás tonterías. Un ligero envión a la bayoneta —entra y sale— y se acabó. Pero para averiguar esta verdad sencilla se necesita haber servido a la patria en las trincheras —y Juan Bodgán ostenta medallas que premian sus conocimientos.
Con los demás hombres a quienes ha quitado la vida, las cosas han pasado de otra manera, ¡claro está! El empujoncito en el vientre, y paso atrás. Pero fueran jóvenes o viejos, estuvieran iracundos y aullantes de pavor, los rusos ofrecieron siempre dos o tres caracteres idénticos al sentir la bayoneta en las entrañas: las facciones bruscamente estiradas, alisadas, y la mirada de estupor de todos ellos: "¡Por qué me haces esto!"
No lo ha olvidado Juan Bodgán, mientras desde la ventanilla ve acercarse la estación de su pueblo. Furtivamente saca de su bolsillo un espejito de mano y se contempla.
¡Qué ve! Una cosa monstruosa. Una cara sin labio superior y sin nariz, hinchada de cicatrices tumefactas aún. Y un solo ojo. Es todo lo que queda del seductor auriga, del cínico patán cuyas ojeadas y latigazos restallantes habían encendido el corazón de Marfiza, la altanera belleza del pueblo.
Un monstruo: tal cual. ¿Le reconocerán? ¿Queda algo del buen mozo omnipotente?
Ya llega; el tren se detiene. ¿A quién ve? ¿No es esa mujer, la mujer del guardabarreras, su amiga de la infancia? ¿Es posible que haya cambiado hasta el punto de que ella no lo reconozca?
Va a ella lentamente, titubea, la saluda. Ella lo mira espantada, palidece, y tras un "Buenas tardes" desfallecido, vuelve el rostro murmurando: —"¡Qué horror!"
No lo ha reconocido. Juan Bodgán se deja caer en el banco del andén. Su amiga de la infancia no lo ha reconocido. Nadie lo reconocerá. Su novia, la altanera Marfiza, no lo reconocerá tampoco. Y si lo reconoce, volverá la cara repugnada: —"¡Qué horror!"
Algo como pensamiento comienza a penetrar en el espeso cerebro del mutilado. Allá en el hospital del frente, había llegado a considerarse, con su horrible cara, una especie de ser superior. Los cirujanos lo detenían al paso y discutían entre ellos examinando sus heridas. Había sido aquella una operación dificilísima que costó meses enteros, deshaciéndola y volviendo a coser; cureteando, cortando, cosiendo otra vez. Aquella operación era la gloria del hospital. Su cara pasaba de mano en mano. Sus compañeros, los soldados hospitalizados, lo envidiaban casi. El mismo se sentía un héroe. Sobre todo, al pensar en el estruendoso éxito de su regreso. Todo el pueblo saldría a admirarlo y adularlo; la patria, a quien había entregado un semblante humano, estaba tras él. Y merecería el respeto y la veneración de todos.
Y bien: ¿qué quedaba de todo esto? La ira de Juan Bodgán continuaba creciendo. Tanto más, cuanto que un vecino —un jorobado aborrecido de todo el pueblo por sus ideas avanzadas— lo reconoce malévolamente y se sienta a su lado a enterarlo de lo que ignora aún.
El gran señor patriota, cuyos caballos lanzaba al galope Juan Bodgán, ha instalado en su castillo una fábrica de zapatos para la tropa. Pingüe negocio. El magnate arruinado tiene ahora millones. ¿Él ha ido al frente?... ¡No!; al frente han ido Juan Bodgán y otros tontos; detrás, los fabricantes se enriquecen. ¿La novia?... Trabaja como todas las mujeres del país en la fábrica. Y el magnate la protege…
Juan Bodgán salta al cuello del jorobado, pero afloja las manos. ¡Pruebas!... ¡Pero no tiene más que ir al castillo a cerciorarse! Y se cerciorará a satisfacción, porque no hay temor de que mujer alguna pueda mirarlo sin huir gritando…
Juan Bodgán está ya en camino de la fábrica. Cuanto había oído antes: susurros, medias palabras sobre los sacrificados y los beneficiados por la guerra, le retumban ahora como granadas en los oídos. Y más bajo, oye las declamaciones de las enfermeras aristócratas que infestaban los hospitales: —"Héroe... Usted es un héroe... Premiado por la patria... Orgullo de su pueblo... Respetado y amado por todos..."
El malévolo jorobado no ha olvidado nada. ¡Respeto a los monstruos como él que han vuelto!... ¡Trabajo a los mutilados que regresan!...
¡Palabras! Asco y miseria, nada más. Y allá arriba, en el castillo, los millones almacenándose, con la inquietud única de que la guerra pueda concluir de un momento a otro.
Pero ya está ante la fábrica, entra, y la primera persona que Juan Bodgán encuentra es su novia. Juan Bodgán la interpela. Ella, que va a pasar de largo, se vuelve y mira, mira... Y como la mujer del guardabarreras, se pone lívida. Responde balbuceando; mas lo que sus ojos expresan, lo único que expresan y que Juan Bodgán lee claro, es horror... ¡horror y repugnancia!
Retorna a zumbar en los oídos del soldado el cotorreo patriótico de las aristócratas de la Cruz Roja. Y cuando la ira comienza a explotar por fin, aparece el magnate.
Desde que lo ve avanzar altanero, Juan Bodgán siente cuán profundamente se ha infiltrado en su alma su oficio de matar, pues el primer pensamiento que acude a su cerebro es: "La cara de este también se pondría lisa en seguida..." Y sus ojos bajan inconscientemente al vientre, al cuchillo de monte que el señor lleva al cinto.
¿Quién es ese monstruo? ¿Qué quiere? ¿Con qué derecho habla a Marfiza?
¿Con qué derecho?... Juan Bodgán le lanza al rostro todo lo entendido, susurrado y confirmado: "¡Mutilados que causan horror en el frente; y millones, detrás!"
Apenas acaba de hacerlo, cuando el látigo de su señor le cruza la cara. ¡Pero no en balde ha hecho Juan Bodgán siete meses un aprendizaje de asesino en el frente. Una sola verdad posee y una sola cosa ha aprendido: a matar. Antes no lo sabía; ahora sí. Es un héroe; sus medallas lo prueban.
Rápida como el rayo, coge el cuchillo de monte del cinto de su señor, y con un breve envión del brazo —¡oh, nada de grandes movimientos!— suave, sin esfuerzo alguno, lo hunde hasta el puño por entre las costillas del otro.
¡Exacto! La misma sensación de atravesar la manteca... El soldado ve reproducirse el cuadro bien conocido: el mismo súbito alisamiento de las facciones, el mismo tinte lívido del rostro, y los mismos ojos dilatados de asombro con que los rusos lo miraban: "Pero, ¿por qué me haces esto?"
Algo como una granada estalla en este momento dentro del cerebro de Juan Bodgán, que cae con el cráneo partido por un contramaestre. Pero mientras cae tiene tiempo de ver a su señor desplomarse a su vez entre una aureola de chispas, y —aunque el autor no lo dice— satisfecho, a pesar de todo, de no haber defraudado la confianza que como asesino de hombres, la patria creó y glorificó en él.
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Tal es el espantoso cuadro que Latzko nos muestra en el último cuento de "Hombres de la guerra". No necesita comentarios, a no ser el intensamente amargo ante un estado moral en que tales cosas son preparadas, ordenadas, amadas, laureadas, infiltradas a nuestros tiernos hijos desde que se les arranca del seno maternal.
