Bajo El Terror De La Grafología

Horacio Quiroga


Artículo


No ha muchos días mi atención fue solicitada por los tópicos de una conferencia que bajo los auspicios de la Sociedad Argentina de Grafología debía dictar el presidente de la misma.

Debo declarar, ante todo, que yo poseía hasta entonces ideas poco claras —digamos poco serias— sobre el arte de descifrar el carácter de un hombre por medio de su escritura. Sabía ciertamente que existen personas de buena fe dedicadas con empeño a aquel arte. Pero como, desgraciadamente, la buena fe puede conducirnos con tanta nobleza a la verdad como al sofisma, mi situación ante la grafología doméstica era la de un hombre que si algo puede ganar contemplando risueñamente las cosas, nada, en cambio, puede perder.

La nómina de dichos tópicos fué para mí una revelación. Por primera vez en mi vida percibía el alcance de la grafología, manifiesto en aquéllos. He aquí —me dije a mí mismo después de haberlos estudiado con profunda atención— la confirmación concluyente de nuestro perpetuo yerro. Yo sonreía un poco —lo confieso otra vez— de la grafología. Hoy sé que es una ciencia cabal, universitaria, académica, y que se constituye, con tanto rigor como las Matemáticas y mayor acierto que la Psicología, en la ciencia oficial del Conocimiento Humano. En una palabra: en la Reveladora Suprema.

Tras la falacia sin término de la conciencia, habíamos ido a buscar en las tinieblas de la subconciencia los motivos ocultos del angelical o diabólico proceder humano. Levantamos en ellos un templo a la tenebrosa Verdad que rige nuestras acciones, y allí estaríamos todavía postrados de pavor, si la nueva ciencia no llega a cogernos de la mano y a mostrarnos, riendo ella a su vez, que a modo de los tesoros guardados en un lugar bien visible, por sutil escondite, la Verdad se halla también a la vista de todos, delatándose a gritos en la sola inclinación de una letra, en la vaga torsión de una coma, en la invisible tilde de la i. Ciegos y más que ciegos yacíamos de hinojos ante las pitonisas subliminales, sin ver que la Revelación Suprema escurría fluida y abrasadora como de la plumpez, de la punta de la pluma…

¡Y qué revelación! No más acusadores, defensores ni jueces —me dije, entusiasmado. Arrastrado por una fuerza infinitamente superior a su disimulo, el hombre denuncia y esculpe su destino flagrante en el carácter de su caligrafía. Nada que quede oculto: ni el más imperceptible doblez de su conciencia deja de desplegarse a pesar suyo con claridad aterradora. Por encima de las argucias y apelaciones de la justicia, una sola línea manuscrita basta para revelar a un incomprendido, para aherrojar a un falso apóstol, para arrancar sin otras pruebas a un hombre del corazón de una mujer.

Así, lleno de entusiasmo, me prometía asistir a la precitada conferencia como el más humilde de los discípulos, cuando un inconveniente inesperado me privó de recibir su agua bautismal. Quiero creer, sin embargo, que mi destino me deparaba una sanción más rotunda, pues ese mismo día mis ojos acertaban a posarse sobre el título de un libro expuesto en una librería. Decía así: "Grafologías", por Alfonsina Masi Elizalde.

Hasta ese momento yo ignoraba la existencia de la señorita Masi Elizalde. Deduzco de esto que en cualquier otra circunstancia más pagana yo hubiera vuelto indiferente la vista a otro lado. Pero estaba abierto mi camino de Damasco. Sin titubear entré en la librería, compré el libro y huí con él, lleno de esperanzas, a deletrearlo en la paz de mi conciencia.

Abro, pues, el grueso volumen, y con gran regocijo me entero de que en sus páginas se estudia la caligrafía de muchos conocidos. Mejor dicho: no se trata, en verdad, de un estudio, sino de la sanción lisa e implacable de la personalidad de ciento ocho firmas notorias.

Por fin —torné a hablarme— se halla tendido ante los ojos humanos el índice inexorable de nuestras almas. ¿Qué voy a hallar en él? ¿Ilusiones frustradas sobre el valor de algún carácter que supusimos de acero? ¿Dolorosos desengaños acerca de un escritor, de un amigo?

No importa. Hojeo el índice apresurado, donde, con gran sorpresa y más vivo halago aún, hallo mi nombre entre el de las ciento ocho personas estudiadas.

¡Exquisita vidente! —murmuro en voz baja acerca de la autora. Devoro rápidamente las líneas a mí dedicadas... Y quedo estupefacto.

"Astucia maestra, verdaderamente animal, en que se embosca silencioso..." "Moral inflexible para los demás y elástica para consigo mismo..." "Terco y mentiroso..."

La confusión que me abruma al leer la implacable sentencia no me ha llevado a tergiversar las palabras de la autora. Real y efectivamente, dice a mi respecto lo que acabo de anotar.

Confundido, ciertamente, he permanecido un largo rato. Pero tras el primer instante de anonadamiento en que me sume la despiadada revelación, recobro la serenidad. Y bruscamente comprendo entonces la razón de un sin fin de hechos para mí hasta entonces inexplicables. Comprendo por qué desde la aparición de aquel libro he perdido muchas amistades y aun se me ha negado el saludo. Comprendo el motivo de muchas ingratitudes a que no hallaba excusa, de inesperados desaires que no había creído merecer.

Y me explico, por fin, perfectamente, el rechazo sistemático, desde unos meses a esta parte, de toda producción mía en los órganos de publicidad de la capital.

Sí, lo comprendo todo y bajo la cabeza. Yo también me había hecho ilusiones... precisamente sobre mi moral y mi carácter. Hallábame bien dispuesto, con la conciencia en paz, al comprar el volumen de la señorita Masi Elizalde, a perdonar a aquellos de los ciento ocho colegas cuyo bajo fondo moral iba a revelar su grafología..., sin soñar siquiera que quien había más menester de perdón entre todos era yo.

Tan honda e inesperada es, sin embargo, la caída, que todavía me pregunto si la ultravidencia de la médium grafóloga que nos ocupa, no ha sufrido un ligerísimo error de origen.

Véase: yo tengo la desdicha de no conocer a la señorita Masi Elizalde. Todo lo ignoro de ella, hasta los rasgos de su fisonomía. No he cambiado jamás con ella una sola palabra. Mi persona, mi vida —¡no digamos mi alma!— deben serle a ella tan perfectamente desconocidas como lo es ella misma para mí.

Visto esto: ¿es posible que tres solas líneas mías tenidas ante su vista, delaten fermentos tan impenetrables como mi astucia de felino y mi moral de conveniencia, que hasta hoy habían permanecido ocultas, no sólo para mí, lo que es admisible, sino hasta para mis amigos menos ciegos a mi respecto? ¿Puede admitirse que mis A incompletas o mis R mal hechas denuncien la "indiscutible bizarría de mis ideas"?

¿Cabe en lo posible que el agua lustral y las sacudidas más íntimas de un corazón, un alma y una vida entera se delaten con tal evidencia en la caligrafía que pueden ser cogidas al vuelo por la primer joven que pose su interesante mano sobre ella?

No, no es posible. Tal conocimiento implica una larga convivencia de alma, por lo menos. Y ya he manifestado con insistencia que entre la autora de las grafologías y el autor inmolado medía un abismo de incognición.

Luego es forzoso admitir que en otro mundo, en otra época u otra vida anterior a la que hoy nos agobia, la señorita Alfonsina Masi Elizalde y yo nos hemos encontrado unidos en íntima comunión espiritual.

Nada de nuestra esencia secreta ha quedado oculta para nosotros.

Se explica así perfectamente el conocimiento de mis flaquezas de que ha hecho gala, sin conocerme, y en particular aquello de mis "sordas cóleras lejanas que rompen sin fragor en un endorse temible".

Por mi parte, no guardo memoria alguna de aquella remota vida anterior. No conservo el más vago recuerdo de la razón de mis emboscadas y de mis cóleras ocultas.

Tal vez sea mejor así.


Publicado el 29 de julio de 2026 por Brian.
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