Bernardo Palissy fue uno de esos hombres de vasta influencia en la civilización, cuya fecha de muerte se ignora. Como acontece por lo general con estos oscuros hombres del momento, la posteridad se apresura a conferirles en la historia heroica de la raza humana, un sitio de preferencia. Se les erigen estatuas, se da su nombre a las plazas públicas, se disputa acaso el sitio de su nacimiento o de su muerte. La deuda queda así pagada.
Lo que se paga, en realidad, es la deuda a la gloria y vanidad del país que le dio a luz. Pero el pago de la incomprensión contemporánea, de los dolores, de las miserias sufridas por ese hombre durante los veinte, treinta, cincuenta años en que arrastró su miserable vida de héroe, esa deuda quedará eternamente sin pagar.
Palissy había ejercido hasta los cuarenta años varios oficios y profesiones, sin descollar en ninguno de ellos. No había logrado ni siquiera hacerse rico. En esa edad tuvo entre las manos, por mero accidente, un jarrón de barro cocido y esmaltado.
Posiblemente el futuro gran ceramista no había nunca tenido ocasión de contemplar de cerca un cacharro. Como Watt ante su modelo de máquina desagotadora, Palissy se siente una sola cosa hasta el final de sus días: esmaltador.
En esa época —a mediados del siglo XVI— los italianos habían logrado hacer avanzar un gigantesco paso al arte de la cerámica. Pero en Francia se estaba aún en la infancia de los esmaltes.
Pues bien: solo entre todos sus compatriotas, y por el espacio de quince años continuos, sin tregua ni desfallecimiento, sin cejar un instante ni apartarse un milímetro de su ideal, Palissy abrasó su vida en los hornos para arrancarles el secreto de los esmaltes. Él solo, sin ayuda ni aliento de quien fuere, pues su mujer no hacía otra cosa que echarle en cara lo que ella llamaba su locura, que los privaba de pan, mientras sus hijos de tierna edad, lloraban de frío y hambre.
Los vecinos hablaban duramente de él, al punto de haber intervenido varias veces ante las autoridades. Noche y día, Palissy estaba ante su horno alimentando, pulverizando, cociendo, examinando sus muestras. ¡Y nada! No eran los esmaltes obtenidos los que él soñaba y buscaba.
Al final de esos quince años, llegó un instante en que el ceramista creyó hallar su divina piedra filosofal del color. En su casa no quedaba ni leña ni dinero. Echó al horno sus muebles, las mesas y las sillas. El fuego, sostenido unas horas, caía de nuevo. Echó entonces al hogar las camas de sus hijos y las tablas todas del piso, sin ver, sin oír, sin sentir nada, pues el hombre que en circunstancias semejantes oye los insultos de sus vecinos, las maldiciones de su mujer y el llanto de sus hijos, no puede decirse de él que tenga uno de esos ideales que lo arrasan con todo.
Pero con la última llamarada de ese fuego sostenido quince años, en que había quemado su vida, su hogar, el amor de su mujer e hijos y el respeto de todos; Palissy acababa de lanzar a su patria cien años adelante en el arte de la cerámica.
Este hombre extraordinario murió aherrojado en la Bastilla, no se sabe a ciencia cierta en qué fecha.
