Los Heroísmos
Llega un momento en la vida en que las circunstancias colocan al hombre al borde de un precipicio que debe saltar, él que no ha saltado nunca; a la entrada de un túnel abrasado en llamas, el que no resiste los primeros calores; ante las puertas de una ciudad devastada por una epidemia, el que evitó siempre el menor contagio.
Estas circunstancias, precoces para algunos, tardías para otros, pero ineludibles siempre, constituyen el destino de toda existencia.
Hoy o mañana, el hombre se encuentra fatalmente ante tales circunstancias. Dos caminos se abren ante él: el hombre de temple mediano, el hombre normal, equilibrado como una balanza, juicioso y previsor, el hombre-tipo, al cual todos pertenecemos, ese hombre vuelve la espalda al precipicio que podría costarle la vida; se aparta de las llamas que pueden malograr su existencia, y huye de los moribundos de la ciudad, que podrían arrastrarle consigo.
Otro camino se abre: El hombre que se decide a seguir este, no ignora que se matará en el precipicio, que se abrasará en el túnel, y que rendirá su vida a la epidemia. Pero, a despecho de esta certeza, él siente una sola cosa: que "debe" hacerlo.
Este sentimiento del deber, este impulso del destino antepuesto a la razón, al juicio, a la comodidad y el bienestar, conservadores de los años, constituye, puesto en acción, el heroísmo.
Se ha usado muchas veces de la expresión "artista" para ponderar ciertas acciones o ideas de viva exaltación. Nada más justo. El temple del alma está en razón directa de la cantidad de poesía que ella encierra.
No es ciertamente un prosaico y frío individuo quien vertirá día tras día las gotas de su sangre a través de una selva misteriosa que lo va absorbiendo, sin otro fin ni otra ganancia que realizar, a trueque de su vida, el gran poema de lo desconocido.
No es un frío administrador de su existencia el biólogo que no pudiendo probar la eficacia de sus teorías, abre él mismo las puertas de sus venas al virus de una enfermedad mortal.
No es un timorato de su bienestar el ceramista cuyo horno devoró durante veinte años su fortuna y sus muebles, y a cuyo hogar extinguido entrega por fin la cama de su mujer e hijos, para obtener en ese trágico ensayo final, el esmalte que lo inmortaliza.
No es tampoco un adocenado de la comodidad y el regalo el artista misérrimo que después de treinta años resiste todavía a vender su pluma o su pincel, a pesar de no haber hallado nunca para su vida sino dos polos: la pequeñísima luz de su ideal, y el morirse de hambre.
Estos son, y con ellos los poetas de la ciencia, de la invención, de la moral, del sacrificio y del arte, quienes van exaltando a la humanidad más allá del estricto límite del bienestar animal, y quienes deberán dar cuenta un día del destino superior de nuestra vida.
Scott
Exploration Al Polo Sur En 1916
La actitud de Scott ante el deber de concluir triunfalmente una expedición en la que su patria tenía puesta su alma, y el pequeñísimo de no abandonar en el camino a un compañero ya moribundo, no ha sido superada hasta hoy por héroe alguno.
Decimos mal: El heroísmo es uno solo, absoluto y cumplido totalmente en sí mismo, sea cual fuera la causa que lo encendió. No caracterizan al acto heroico sus consecuencias, sino la entrega incondicional de la fe a un sentimiento puro. Scott pudo haberse salvado por poco que hubiera creído que la gloria de la patria, el orgullo de su hazaña, el amor de su familia, pesaban más en su corazón que la vida de un hermano en el infortunio. Nada costaba a Scott cerrar los ojos ante el destino de un nuevo compañero de expedición que caía a su vez. A un kilómetro escaso estaban la vida, la salud, el triunfo, la gloria. Él conservaba fuerzas para alcanzar el puesto de abastecimiento; su compañero, no. Scott permaneció a su lado, y la muerte sobrecogió a ambos.
Todo, en la expedición de Scott al Polo Sur, fue una serie de infortunios desde el principio al fin. Nunca la fatalidad ha conducido una empresa al desastre con tal mano de hierro.
Desde luego, la ruta polar, trabajosamente estudiada por Scott, propiedad suya, podría decirse, y de la que un explorador con mayor fortuna debía en esos días aprovecharse para su triunfo, con no muchos escrúpulos, a lo que se dice. Luego, el fracaso de los ponneys de tiro. Más adelante, la hostilidad sin tregua del tiempo, las casualidades convertidas en brújula de muerte; lo inesperado y sin remedio, a cada instante de una noche barrida constantemente por vientos con una velocidad media de ciento veinte kilómetros por hora.
La llegada al Polo Sur, por fin, para hallar izada ante la expedición, y apenas desde días atrás, el pabellón de Amundsen.
El regreso no fue menos hostil. Pudo haberse esperado que la fatalidad no se ensañara más con una expedición batida y en derrota: pero no fue así. Las fatigas y miserias llegan a ser tales, que los escasos sobrevivientes, con excepción de Scott, enferman. El jefe de la expedición, a pesar de las protestas, se detiene. Uno de aquéllos, no pudiendo convencer a Scott de que debe continuar el regreso, sale por un instante tambaleándose, y no vuelve más: Se ha pegado un tiro, para liberar de sí mismo a la expedición.
Sin recurrir a ese extremo, los demás enfermos van cayendo. Llega un instante en que Seott queda solo con un compañero, ambos en estado de extrema miseria. Llegan arrastrándose hasta un kilómetro del puesto de abastecimiento. Allí están los alimentos, el fuego, la inenarrable felicidad de recuperar la vida. Scott conserva aún fuerzas para alcanzar solo hasta allá. El moríbundo lo sabe, e insta llorando a su jefe a que lo haga. Scott siente a su vez que no puede abandonar a un compañero de infortunio y salvarse solo. Queda a su lado, debilitándose de hambre y frío, y cuando la expedición salvadora llega por fin, halla acostado y muerto a Scott, con la pluma aún en la mano. En la carta que deja inconclusa recomienda al gobierno de su país que vele por su mujer e hijas, pues él no deja bienes ningunos de fortuna.
¡Gran Scott! Tu actitud nos resarce de unas cuántas iniquidades cometidas con el nombre de gloria.
Pasteur
Biólogo Francés
La medicina moderna ofrece el curioso aspecto de hallarse asentada sobre los descubrimientos de un hombre que ni fue médico ni estudió particularmente medicina.
Este hombre, Pasteur, es el exponente más típico del experimentador ajeno a toda otra ambición que a la purísima de descubrir e inventar, porque ése es su destino y a él lo lleva directamente su genio.
Del modo —fatal, puede decirse— cómo obraban sobre él las fuerzas ciegas de la investigación, puede dar idea esta anécdota, transmitida por el gran entomólogo Fabre:
Pasteur había ya descubierto los misterios y el origen de las fermentaciones —podríamos decir de toda la patología microbiana—. cuando su concurso fue solicitado por los sericultores del sur de Francia, que veían diezmados sus gusanos de seda por una gran peste.
Pasteur se trasladó a la región, donde fue recibido e instruido por Fabre de la plaga en cuestión, todo esto sentados al escritorio del entomólogo, mientras Pasteur observaba de cerca y sin parecer prestar mayor atención al discurso de Fabre, un par de objetos rodeados y extraños que estaban sobre la mesa.
Pasteur volvía y revolvía tales objetos, hasta que al fin, picado de curiosidad, preguntó a Fabre qué era aquello.
Fabre suspendió su discurso y miró a Pasteur. No debe olvidarse esto: Pasteur era en aquel instante el sabio de más potente envergadura de Francia, si no del mundo entero. Había sido y era profesor de Química, doctor en Ciencias Físicas, decano de la Facultad de Ciencias de Lila, Director en la parte científica de la Escuela Normal de París, miembro de la Academia Francesa de Ciencias, etc., etc.
Compréndase así el pasmo del entomólogo ante la pregunta aquélla, viniendo de quien venía.
—Son capullos, maestro -murmuró casi Fabre—. Capullos de seda…
—¡Ah, voilà! —exclamó Pasteur levantando a su informante sus sorprendidos y gruesos ojos de miope. Y más intrigado aún, examinó de nuevo los capullos, los agitó en el aire, concluyendo por llevárselos al oído:
—¡Pero hay algo aquí dentro! —exclamó.
—Sí, maestro... —tartamudeó Fabre, que deseaba hallarse diez metros bajo tierra: -Son las crisálidas del gusano...
—¡Voilà! —repitió Pasteur, satisfecho por fin como un niño, y haciendo sonar los capullos sobre su oído.
Bien. Este hombre, doctorado en todo lo que sabemos, no había visto nunca un capullo de gusano de seda, ni recordaba su biología, y lo manifestó así con una ingenuidad tan grande como su alma. Tal es el genio de un hombre de puro corazón. Excusado advertir, sin embargo, que meses después Pasteur descubría el origen y el tratamiento curativo de la plaga que diezmaba a los gusanos de seda.
Véase ahora actuar a ese corazón con otro ser que un gusano.
Aunque Pasteur, tiempo después, había llegado a conclusiones experimentales definitivas sobre su tratamiento curativo de la rabia, no se había atrevido aún a tratar a un ser humano con inoculaciones de médula. El 6 de julio de 1885 fuéle presentada una criatura atrozmente mordida por un perro rabioso. Tales eran el estado del animal causante y la saña de los mordiscos, que se había juzgado perdido al niño. Llevado al laboratorio de Pasteur, éste se decidió, vista la gravedad casi fatal del caso, a ensayar por fin su método.
Así lo hizo. Pero nadie hubiera sabido, de no contarlo luego él mismo, las inquietudes, los remordimientos, las sensaciones de crimen cometido, las pesadillas que lo aniquilaron durante los quince y tantos días que duró el tratamiento.
Como no abandonaba el laboratorio, ni comía ni dormía, sus discípulos y amigos lograron alejarlo de París, mientras ellos proseguían las inoculaciones en el chico; pero desde el fondo de la Bretaña, donde se había recluido, y a pesar de las cartas y telegramas optimistas que recibía a cada instante sobre el éxito del tratamiento, Pasteur tenía constantemente ante los ojos a la criatura moribunda, que se le aparecía a reprocharle el haber adquirido la rabia con sus inoculaciones.
No debe olvidarse en qué consiste el tratamiento de la rabia, y que en aquel instante se le ensayaba por primera vez en un ser humano.
La criatura salvó; pero su espectro acompañó en sus horas de desaliento y por muchos años, al hombre que, sin embargo, la había salvado.
Fulton
La vocación equivocada es un fenómeno bastante común en la vida. Lo que ya no lo es tanto, es gozar de la fortuna en el error, y sufrir indecibles miserias desde que se adquirió la verdad.
Si alguien parecía haber nacido con la pasión ciega, tenaz y profunda del arte, éste es Roberto Fulton. Siendo aprendiz de joyero, siente de pronto nacer su verdadera vocación; será pintor. Con una rapidez casi sin ejemplo en la historia, llega a dominar su lápiz y sus pinceles al punto de que cuatro años después de su iniciación, apenas a los 20 años, se permite el lujo de comprar para su madre viuda una casa con el producto de sus retratos.
Considérese esto: no se alcanzaba en aquella época (1785) con la pintura, los precios que se obtienen hoy por una mala oleografía. Vivir malamente, lograr subvenir con el arte a las pobres necesidades orgánicas, era ya empresa arriesgada. Fulton no sólo la realiza ampliamente, sino que logra asegurar a los veinte años la comodidad y la paz de su anciana madre.
Puédese conjeturar, pues, que la gloriosa fortuna acompañará para siempre a este joven artista, que ha hallado muy temprano el sendero de su alma.
Pero el sendero de Fulton no es éste. Un día, después de algunos años de inquietud, se convence de ello. Se creía pintor: es mecánico.
Desde esta revelación su vida no es sino una penuria y un desaliento continuos, en que van naufragando una por una sus ilusiones. Durante 19 años corre de Londres a París, y de allí nuevamente a Londres, sin que nadie, ni Bonaparte, ni el Instituto de Francia, ni las Comisiones de examen nombradas al efecto, presten crédito a sus planes de invención.
Cansado, agriado, sintiéndose ya viejo a los 39 años, regresa a Nueva York, a morir, supone él. El Congreso de su patria, apiadado del inventor, le concede cinco mil dólares para que prosiga sus estudios. Con esa bicoca Fulton logra realizar su ensueño mecánico de veinte años, y el 10 de agosto de 1807 el primer buque a vapor que haya surcado las aguas, desamarra de los muelles de Nueva York en medio de la más espantosa rechifla con qué muchedumbre alguna haya saludado a un hombre de genio. El buque de Fulton —el "Clermont"— había ya sido bautizado desde el montaje de su quilla con el nombre de "Locura-Fulton".
Poco después el "Clermont" inauguraba una línea regular entre Nueva York y Albany. Durante el viaje de ida, nadie se arriesgó a navegar en aquél. Pero en el momento en que el "Clermont" desatracaba del malecón de Albany, saltó a bordo un hombre que, buscando a un empleado para pagar su pasaje, no halló en todo el vapor sino a Fulton.
—¿No va usted a regresar a Nueva York en su barco? —preguntó el desconocido.
—Sí —respondió Fulton—. Voy a tratar de hacerlo...
—¿Puede usted darme pasaje a bordo?
—Ciertamente...
El hombre preguntó por el precio del pasaje: eran seis dólares, que aquél puso en manos del ingeniero. Fulton, inmóvil y silencioso, contemplaba las seis monedas; y tan largamente, que el viajero, temiendo haberse equivocado, preguntó:
—¿Pero no es eso lo que usted me había pedido?
Al oír la voz, Fulton levantó los ojos al pasajero, mientras dos gruesas y pesadas lágrimas rodaban por sus mejillas.
—Perdóneme —dijo Fulton—. Oyó usted perfectamente... Pero yo estaba pensando en que estos seis dólares son la primera ganancia que obtengo después de veinte años... ¡Ojalá —añadió, tomando efusivamente las manos del viajero— pudiera yo invitarlo a tomar una copa en conmemoración de este acontecimiento!... Pero soy demasiado pobre para poder ofrecérsela...
El resto no nos interesa. Lo extraño —y común, si bien se mira— es que un hombre a quien la fortuna se le entregará incondicionalmente mientras siguió una vocación errada, no haya conocido sino miserias desde el instante en que se halló en posesión de su genio.
Horacio Wells
Descubre La Anestesia General
La primera víctima del genio suele ser él mismo que lo alienta, No se posee tal capacidad de exaltación mental sin que se posea también, por justo equilibrio, una profunda capacidad de depresión. La divina embriaguez del genio sólo tendría por igual, como estado comparable, las tremendas desesperanzas de las horas negras.
Horacio Wells, dentista norteamericano, no era un hombre de genio; pero tuvo la iluminación, la perseverancia, las angustias y las miserias que el destino concede con tanta largueza a los animados por aquél.
Cuando Humphry Davy, y apenas de veinte años, deslumbraba a Europa con el descubrimiento del primer anestésico, escribió estas memorables palabras: “El protóxido de nitrógeno parece gozar de la propiedad de abolir el dolor. Probablemente sería útil en las operaciones quirúrgicas que no van acompañadas de gran efusión de sangre.”
La conmoción del mundo científico había sido grande, como hemos dicho; pero nadie pensó en utilizar, no ya la sugestión de un fenómeno, sino el hecho mismo, comprobado y flagrante.
En la sombra, sin embargo, estaba Horacio Wells. Subyugado por el genio de Davy, cuyos descubrimientos se sucedían día a día, el dentista americano estudió el protóxido de nitrógeno, preparólo con fines clínicos, y en un hospital de Boston, ante numerosísima concurrencia, realizó la primera experiencia que se conozca en operaciones quirúrgicas.
La operación era leve: la extracción de un diente. Pero por deficiencias de laboratorio, el gas no tenía la pureza debida; de modo que al sentir el paciente el esfuerzo de la pinza, comenzó a dar gritos, aunque nunca tan fuertes como las risas y los silbidos con que el público acogió el experimento.
Fue en vano que Wells quisiera explicar la razón del fracaso. La concurrencia, en medio de una rechifla ensordecedora, lo acompañó hasta su casa, y Wells, destrozado de cuerpo y alma, cayó gravemente enfermo. Durante meses no tuvo conciencia de su estado; y cuando recobró la salud, era apenas un pobre hombre que había cerrado con llave su laboratorio, y al cual no quedaba una sola ilusión.
Ni ilusiones, ni fortuna, ni clientela. Pasó varios años en la miseria más completa, sin otro recuerdo de su pasado que el de las insultantes risas que acogieran su fe en Humphry Davy,
Entre tanto, un médico asistente a la experiencia de Wells había comprendido toda su extensión; y en pos de ensayos más calmos, hizo públicas sus experiencias, que esta vez se vieron coronadas por el éxito más satisfactorio,
La anestesia operatoria quedaba creada, y al protóxido de nitrógeno sucedían el éter y el cloroformo. Habiendo llegado a oídos de Wells que en Europa se llenaba de gloria a Jackson y Morton, por considerárseles los innovadores del método, se trasladó como un espectro a Europa, a hacer valer sus derechos. Visitó, escribió, expuso, rogó: todo fue en vano; nadie le prestó fe. Horacio Wells, su visión profética, su entusiasmo, su experiencia, su yerro, —todo eso estaba bien y definitivamente muerto y olvidado.
Cuando la humanidad se empeña hasta ese punto en ser atroz, a la víctima no le queda sino una sola cosa: morir. Wells abrevió esa agonía abriéndose las venas mientras aspiraba éter, el anestésico que había sucedido al suyo.
Tristes cosas, en verdad. No abundan los cristos, ni sus apóstoles para negarles, al uno, su cruz, y a los otros, el creer en ella.
Renato Caillé
Explorador De África
Podría afirmarse que la violencia de una vocación está casi siempre en razón directa de los sufrimientos que el destino depara a quienes la sienten con tal exaltación. Los grandes tormentos no acechan por lo general a un ser débil que destruirían del primer mordisco. Parecen elegir cautelosamente su presa, estudiando el vigor de la víctima, desechando centenares y millares de débiles presas, para fijar por fin su elección en tal cual ser humano, cuyo temple de alma, fuera de concurso, les asegura una heroica capacidad para resistirlos.
Renato Caillé no había sido hasta los quince años más que un niño de los tantos, con la vulgar perspectiva de éstos. A esa edad, cae en sus manos ociosas un libro que todos han leído, sin perder el sueño por él: Robinson Crusoe.
Pero en el niño Caillé pasa cosa distinta. Véase sucintamente la influencia que la simple lectura de un libro de viajes puede ejercer sobre una criatura marcada desde el nacer con la fulgente y cruel estrella del explorador.
Siendo pobrísimo, roba a sus vestidos y sus alimentos el dinero necesario para comprar todos los libros y mapas que puede obtener sobre las regiones tropicales. No le satisface esto. Al año siguiente, teniendo dieciséis de edad, se embarca en calidad de grumete en un buque que parte para el Senegal. Una vez allí se une a tres o cuatro negros que se internan en el desierto a ofrecerse de peones transportadores a Gray, que organiza entonces una expedición. Caillé no es aceptado, y poco después se traslada a las Antillas. Sólo permanece allí seis meses. Regresa a Francia, para reembarcarse en seguida hacia el Senegal. Esta región es, como se ve, su punto de mira. Ofrece de nuevo sus servicios, sin compromiso alguno ni sueldo, a un teniente de Gray que ha llegado hasta la costa, y esta vez sus servicios son aceptados. La expedición de Gray concluye en el desastre. Caillé, aniquilado por la fiebre, logra ganar la costa y regresa a Francia. Apenas repuesto, vuelve al Senegal. Se interna solo a estudiar las lenguas y costumbres del país. De vuelta de nuevo, pierde un año, enfermo. Ya casi sin esperanzas, acepta la dirección de una fábrica de añil, economiza cuanto puede, y dueño por fin de sus medios se lanza al frente de una expedición a la conquista de Tombuctú, la vieja y misteriosa ciudad del centro de África, y desde siglos atrás objetivo mágico de los exploradores del Sahara.
La expedición organizada por Caillé, de que hemos hablado, se componía exclusivamente de dos negros; ni un solo hombre más. Esta miserable cohorte, sin embargo, llegó a Tombuctú, a través de las miserias más atroces. Por la parte de Caillé, la interminable travesía de los bañados del Níger abre en sus pies llagas espantosas. Marcha, sin embargo, no se sabe cómo. A continuidad, se ve atacado por el escorbuto.
—Mi paladar —cuenta él mismo— estaba en carne viva. Parte de sus huesos se desprendieron y cayeron. Mis dientes apenas se sostenían en sus alvéolos. Mis padecimientos eran tan espantosos que temía perder la razón por la fuerza de los dolores que sentía en el cráneo. Durante quince días no pude conciliar un instante el sueño.
Este hombre prosigue no obstante su avance, y llega por fin a Tombuctú. Una caravana parte en esos días para el norte de África. Caillé, haciéndose pasar por europeo renegado (ardid al que ha recurrido por lo demás en todo su viaje), logra ser aceptado en la caravana. Pero los tormentos de su enfermedad, del simún y de la sed, son menos crueles que las torturas físicas y morales a que le someten los moros y sus esclavos. Le insultan sin tregua, y cuando al caer desmayado de su camello intenta volver a subir, le voltean de nuevo a pedradas, entre grandes risas.
Llega por fin la caravana a la costa del Mediterráneo. El cónsul de su patria, ante el cual se presenta Caillé, desconfía de él y se niega a reexpatriarle. Caillé queda abandonado y sin recursos de ninguna clase en una ciudad musulmana. Vive de la caridad de los moros, que no siempre le arrojan alimentos a la cara.
Todo tiene su término, sin embargo, y llega un día en que Caillé pisa el suelo de su patria, a donde ha llegado disfrazado de marinero, —para poder llegar.
Lo admirable de esta epopeya es que el hombre que había realizado el más admirable viaje que registre la geografía de África, lo había llevado a cabo a los 28 años, solo, puede decirse, sin ayuda de ninguna especie, y antes bien desairado, rechazado y negado sin tregua; sin apoyo de ninguna empresa, ni la protección de ningún gobierno.
Ricardo Lander
Explorador del río Níger
El caudal de aguas del río Níger, muy superior al del Nilo, concede a aquél el segundo lugar entre los grandes ríos de África. La línea singularísima de su curso ha engañado hasta hace apenas cien años a los exploradores, al punto de que en 1830 se creía que el bajo Níger y el bajo Congo constituían una sola corriente de agua.
El gran Clapperton emprendió en 1823 una expedición que iniciándose con la muerte de sus dos compañeros a los 18 días de exploración; vióse interrumpida por la suya propia dos años después, en el seno de la selva africana. El sirviente de Clapperton, Ricardo Lander, se encontró así al frente de una expedición sumida en el desastre.
Este Lander era un modesto tipógrafo de vida tranquila y sedentaria. Impulsado no se sabe por qué, ofrece sus servicios como criado a Clapperton, quien lo lleva consigo en su segunda exploración. Ya conocemos su fin. Tras infinitas penurias, Lander logra arrastrar hasta la costa los restos de la expedición, pudiéndose esperar, por los tormentos sufridos, que el ex tipógrafo y criado pasaría inmóvil y entre recuerdos de horror, el resto de sus días.
No hay tal. Vuelve al África, se interna, y se lanza en una piragua sobre las aguas del Níger a explorarlo hasta su desembocadura.
No tienen fin las demoras y quebrantos de este viaje, por el país más insalubre que conozcan los europeos. Todos los reyes y reyezuelos de las comarcas por que corre el Níger parecían haberse pasado la voz para detener, interrogar, robar, aherrojar y torturar a Lander y sus compañeros de expedición.
En el transcurso de su descenso por el Níger, caían en mano tras mano de los reyezuelos, quienes después de haberles entregado por fin una piragua, se la roban durante la noche, o les cedían la piragua, pero les ocultaban los remos. Como objeto de tráfico, más indispensable que el pan mismo en esa región, no quedaba a la expedición sino una colección de “agujas extrafinas y garantidas para no cortar el hilo”, Lander vióse obligado a bailar en compañía de un rey de cien años de edad, que rengo y con muleta, danzaba con el furor de la juventud. Perdió sucesivamente todos los tesoros de observación adquiridos, hasta llegar por fin al ansiado delta de Níger, —pero convertidos él y todos sus compañeros en esclavos, para ser vendidos en el mercado negrero de la costa.
Las pruebas físicas y morales de un hombre tienen un término: en ese instante se hallaba fondeado ante la boca del Níger un navío inglés, El propietario de la traílla de esclavos consintió en permutar a Lander por las baratijas de tráfico que representaban 40 negros, más un barril de ron.
Llorando de miseria y de felicidad, Lander fue transportado al bergantín inglés. Lo que quedaba a Lander de europeo y de aspecto humano, salvo el esqueleto, fácil es imaginarlo. El capitán se niega rotundamente a rescatar esa piltrafa humana. Ante los papeles del Almirantazgo que exhibe Lander, el otro explota:
—¡Robados! ¡Si usted cree que está hablando con un loco o un imbécil, se equivoca! No daré ni un penique, ¿me oye?, por usted.
Lander insiste, ruega, besa la mano del compatriota. Este responde con insultos, y se dispone a zarpar. Lander es llevado de nuevo a tierra de África; y la intensidad de sus sentimientos, no es esta vez fácil de medir.
Concluyamos. Ante el cálculo de que los compañeros de Lander podrían reemplazar en parte a su tripulación extenuada por las fiebres, el marino se decide al fin a trocar su barril de ron por la gloria del gran explorador del río Níger.
El Espectro Del Oro
Dos mineros salen de Dawson, sita en la confluencia de los ríos Yukon y Klondike, que da su nombre a la región, y emprenden viaje en dirección de uno de los tantos ríos auríferos del Alto Canadá. El río en cuestión ha atraído ya por su fama a muchos mineros. Casi todos se han vuelto desde el camino por no poder resistir el tormento de los mosquitos.
Nótese bien: estamos en el paralelo 67, donde la temperatura se mantiene en invierno por varios días alrededor de 50 grados bajo cero. Lo que es esta temperatura sobre el organismo humano, pronto lo vamos a ver.
Nuestros dos mineros, pues, salen de Dawson con sus mochilas y sus picos en verano, afrontan los mosquitos, y con suerte mayor o menor que sus predecesores, hallan un filón que trabajan durante el otoño, y que al promediar el invierno está agotado.
Uno de los mineros se siente muy débil para regresar a Dawson. Su compañero le dice:
—Esperaré diez días; si al cabo de ellos no se encuentra usted con más fuerzas, volveré solo.
Pasan los diez días, y el minero se halla más débil aún.
—Bien —dice entonces el otro—. Le cortaré leña y me voy.
Lo hace así, en efecto, y se va. Tal es la ley del oro.
El enfermo guarda apenas energías para alimentar el fuego. A los tres días, no puede levantarse, y la estufa se ha apagado. Al lado mismo de la estufa apagada, el termómetro marcaría 20 grados bajo cero.
Con un resto de fuerzas, el enfermo baja de la cama y cae desmayado. Comprendiendo, o sintiendo, mejor dicho, dentro de su desmayo, que no puede permanecer un momento más en el suelo, so pena de quedar a los dos minutos muerto y duro como una barra de hielo, se incorpora y vuelve a la cama. Pero en el breve espacio de tiempo de su desmayo, sus manos y sus pies se han helado.
Durante 30 días, ni uno menos, el hombre se va muriendo de frío. Lame el azúcar de una bolsa inmediata, y lame el hielo fijado a la cama.
Al cabo de esos treinta días, unos mineros de viaje descubren casi a ras del suelo la extremidad de una chimenea bloqueada por el hielo. Debajo, a tres o cuatro metros bajo la nieve, el minero duerme el sueño de la eternidad, por fin definitivamente helado.
Veamos ahora lo que ha sido de su compañero. Prosiguiendo su viaje, por un tiempo terriblemente sereno y frío, el minero atraviesa los manantiales que alimentan un riacho de la región. Sus aguas, sumamente minerales, son apenas congelables.
El minero pisa la costra de hielo que las oculta, y se hunde en el agua hasta la rodilla. Saca la pierna en seguida y corre a un zarzal vecino a encender fuego, pues con la temperatura que tienen el agua y el ambiente, no vive diez minutos más si no se calienta.
Para proceder con rapidez, se quita los guantes y frota un fósforo. Este no se enciende. Y al ir a frotar otro, el hombre tiene ya los dedos, el cuerpo, la vida y el alma paralizados por el terrible frío. Quiere ponerse de nuevo los guantes, pero es tarde: sus manos están duras y blancas hasta las muñecas. Tiene aún tiempo tal vez para rogar a Dios, si es creyente. Tras este compás de espera, el hombre está ya en el suelo, rígido como una piedra, muerto, helado hasta lo más hondo de sus huesos.
Desde el momento en que perdió pie en el agua y éste en que lo presentamos, no han pasado cinco minutos.
Bernardo Palissy
Bernardo Palissy fue uno de esos hombres de vasta influencia en la civilización, cuya fecha de muerte se ignora. Como acontece por lo general con estos oscuros hombres del momento, la posteridad se apresura a conferirles en la historia heroica de la raza humana, un sitio de preferencia. Se les erigen estatuas, se da su nombre a las plazas públicas, se disputa acaso el sitio de su nacimiento o de su muerte. La deuda queda así pagada.
Lo que se paga, en realidad, es la deuda a la gloria y vanidad del país que le dio a luz. Pero el pago de la incomprensión contemporánea, de los dolores, de las miserias sufridas por ese hombre durante los veinte, treinta, cincuenta años en que arrastró su miserable vida de héroe, esa deuda quedará eternamente sin pagar.
Palissy había ejercido hasta los cuarenta años varios oficios y profesiones, sin descollar en ninguno de ellos. No había logrado ni siquiera hacerse rico. En esa edad tuvo entre las manos, por mero accidente, un jarrón de barro cocido y esmaltado.
Posiblemente el futuro gran ceramista no había nunca tenido ocasión de contemplar de cerca un cacharro. Como Watt ante su modelo de máquina desagotadora, Palissy se siente una sola cosa hasta el final de sus días: esmaltador.
En esa época —a mediados del siglo XVI— los italianos habían logrado hacer avanzar un gigantesco paso al arte de la cerámica. Pero en Francia se estaba aún en la infancia de los esmaltes.
Pues bien: solo entre todos sus compatriotas, y por el espacio de quince años continuos, sin tregua ni desfallecimiento, sin cejar un instante ni apartarse un milímetro de su ideal, Palissy abrasó su vida en los hornos para arrancarles el secreto de los esmaltes. Él solo, sin ayuda ni aliento de quien fuere, pues su mujer no hacía otra cosa que echarle en cara lo que ella llamaba su locura, que los privaba de pan, mientras sus hijos de tierna edad, lloraban de frío y hambre.
Los vecinos hablaban duramente de él, al punto de haber intervenido varias veces ante las autoridades. Noche y día, Palissy estaba ante su horno alimentando, pulverizando, cociendo, examinando sus muestras. ¡Y nada! No eran los esmaltes obtenidos los que él soñaba y buscaba.
Al final de esos quince años, llegó un instante en que el ceramista creyó hallar su divina piedra filosofal del color. En su casa no quedaba ni leña ni dinero. Echó al horno sus muebles, las mesas y las sillas. El fuego, sostenido unas horas, caía de nuevo. Echó entonces al hogar las camas de sus hijos y las tablas todas del piso, sin ver, sin oír, sin sentir nada, pues el hombre que en circunstancias semejantes oye los insultos de sus vecinos, las maldiciones de su mujer y el llanto de sus hijos, no puede decirse de él que tenga uno de esos ideales que lo arrasan con todo.
Pero con la última llamarada de ese fuego sostenido quince años, en que había quemado su vida, su hogar, el amor de su mujer e hijos y el respeto de todos; Palissy acababa de lanzar a su patria cien años adelante en el arte de la cerámica.
Este hombre extraordinario murió aherrojado en la Bastilla, no se sabe a ciencia cierta en qué fecha.
La Jornada Del Marañon
Suele llamarse así a la gran expedición organizada por el virrey del Perú en 1559, con el objeto de descubrir Eldorado. Lanzada esta expedición desde las fuentes mismas, podría decirse, del Amazonas, descendió por él cinco mil kilómetros hasta su desembocadura, tras una serie de infortunios superiores a los sobrellevados quince años antes por él mismo Orellana, explorador del gran río.
Componían esta expedición 350 españoles, la mitad de ellos aventureros de la peor especie: pero con sus mancebas negras e indias, y sus esclavos indios y negros, alcanzaban todos a mil. Cuéntense además 300 caballos, y armas y pertrechos de guerra en gran cantidad.
En la misma orilla del Marañón construyeron doce grandes buques; pero por deficiencias de los astilleros, sólo flotaron en el agua dos bergantines. Con la clavazón y hierros de los demás se fabricaron dos grandes chatas y doscientas balsas. Y en esta lamentable flota se lanzaron los marañones a la conquista de Eldorado, al mando del capitán general don Pedro de Orsúa el 26 de septiembre de 1560.
La mitad por lo menos de los marañones, lo hemos dicho, eran gentes escapadas de la horca, o en busca de ella. En una y otra justa condición se hallaba uno de los tenientes de Orsúa, llamado Lope de Aguirre, vasco, de cuarenta o más años, pequeño de estatura, cojo; más de una energía física y moral tal, que no ha sido sobrepasada por la de conquistador alguno. Véase en breve resumen lo que hizo este hombre.
A los cuatro meses escasos de expedición, socava la autoridad casi sagrada del capitán general Orsúa, y al frente de sus gentes lo apuñalea en su hamaca, la noche del 1° de enero de 1561. Erige acto continuo "Príncipe de Tierra Firme y Perú, y Gobernador de Chile", a un joven andaluz llamado Fernando de Guzmán. Al cabo de cinco meses el jefe de la expedición decide concluir con Lope de Aguirre, pero éste se adelanta y concluye con aquél a arcabuzazos. Dueño ya de los destinos de los marañones, se pone al frente de ellos con el título de "Lope de Aguirre, la Ira de Dios, Príncipe de la Libertad y del Reino de Tierra Firme". Entre todos los capitanes de aquel siglo, el nuestro fue de los contados que no prestaron nunca crédito a la leyenda de Eldorado, Bajo su mando los marañones debían continuar río abajo; pero para salir al mar, y emprender la conquista del Perú. Había enarbolado el pabellón negro.
Entre tanto, sobre el río desbordado las fiebres, las alimañas, el hambre, las traiciones y la mano de hierro de Aguirre diezmaban a los marañones. La flota había sido destruida ya una vez, y recompuesta. Al llegar a la boca del gran río, el pororoca deshace una vez más la flotilla de balsas. Con lianas y la ropa de su gente, Aguirre fabrica velas, erra durante tres meses por los islotes del delta sin encontrar salida, hasta que por fin, al frente de su horda de piratas, el más fiel de los cuales, de haber tenido ánimo para hacerlo, habría acuchillado a su jefe. Lope de Aguirre corta el mar Caribe y arriba a la isla Margarita, en las costas de Venezuela.
Se apodera allí de las autoridades españolas, erige su pabellón negro, y al cabo de mes y medio de reinado tan atroz para los isleños como para sus mismos marañones, Aguirre se hace a la mar, desembarca en Borburata, se interna hacia el Perú a través de montes y selvas, hasta que se ve detenido en la población de Barquisimeto, donde las tropas reales le ofrecen batalla. Aguirre es vencido, se ve sitiado y luego abandonado por todos sus piratas.
Al verse solo, llama a su hija, una joven y hermosísima mestiza que idolatra, y que lo ha acompañado en toda la jornada, y cerrando los ojos ante el dolor de la joven, la apuñalea hasta quedar muerta. Acaba de hacerlo, cuando entran dos de sus antiguos marañones. Uno le tira un arcabuzazo. Lope de Aguirre cae herido, y le grita desde el suelo:
—¡Este tiro no vale!
El otro marañón le dispara otro arcabuzazo que le da en medio del pecho.
—¡Este sí! —dice, y muere.
Los Cartagineses De Eldorado
En los grandes momentos de acción de los pueblos, el heroísmo no recluta exclusivamente sus elegidos entre los hombres de energías probadas. Roma nos ofrece uno de los casos más singulares de la historia en la persona de Lúculo, quien dejando un día sus festines de vago político y ocioso magnate, y sin más preparación guerrera que la lectura apresurada de "La Retirada De Los Diez Mil" durante el viaje por mar a Asia, emprende en los confines de la vasta república, una de las campañas más duras y admirables del mundo antiguo.
España, en el transcurso del siglo XVI, lanza a la conquista sus grandes fuerzas de acción, encarnadas en sus capitanes de vasto renombre. Pero no todos eran militares aventureros.
Cuando las autoridades decidiéronse a enjuiciar al conquistador Heredia, fundador de Cartagena de Indias, encomendóse la dirección del proceso al licenciado Juan Vadillo, oidor de la Audiencia de Santo Domingo, hombre ya entrado en años, de abultado vientre y vida sedentaria. Siendo graves las quejas contra Heredia, Vadillo lo encarceló: y para averiguar el destino de sus riquezas ocultas, dio tormento a sus allegados. Heredia logró fugar a España donde, gracias al oro que corría, obtuvo su rehabilitación, denunciando al licenciado Vadillo, a quien a su vez se inició juicio. El cual, para congratularse la gracia del rey, se lanzó a la conquista de Eldorado. Heredia, entre tantos otros, había también tentado la aventura.
El licenciado y flamante conquistador organizó una de las más fuertes expediciones que con tal objeto se hubieran hecho, y se internó en las grandes y perennemente inundadas selvas del trópico.
Las penalidades sufridas en los pantanos pestilentes no tienen nombre. Tardaban días enteros en sacar a los caballos del barro con la ayuda de sogas, y cuando lo habían conseguido, quedaban los hombres presos por los pies en las raíces. Por semanas enteras no les fue posible distinguirse entre ellos, por el barro de que estaban totalmente cubiertos.
Llegaron por fin a tierra seca, donde asaltaron una fortaleza india erigida en un alto cerro, izando a fuerza de sogas a los caballos, que habían envuelto en algodón para defenderlos de las flechas.
Pero allí no había oro, ni lo encontraron en el transcurso de la aventura hasta el valle del Cauca. Batallas con los indios, en cambio, una tras otra y sin tregua.
Heridos todos ellos, enfermos, dejando cada día un compañero muerto en los lodazales, hambrientos y tiritando de fiebres, sostenidos apenas por el carácter indomable de su jefe, los soldados exigieron a Vadillo el retroceso, pues el oro encontrado era mínimo, y enormes los sufrimientos. El conquistador, enfermo también, por toda respuesta se dirigió solo cordillera arriba; visto lo cual, los soldados corrieron tras él, jurando morir a su lado.
Hallaron por fin donde saciar su hambre en un gran caldero con carne, abandonado por los indios a la vista de la tropa. Y cuando estaban a medio llenar, un soldado hincó con su espada un trozo equívoco, que resultó ser una mano de hombre con sus uñas.
A los cuatrocientos veinte días de estas miserias, y cuando creían hallarse en la buena ruta de Eldorado, hallaron un esqueleto de caballo. Y al día siguiente, un poblado español.
De modo que tras un año de penalidades sin cuenta, y de atravesar vastas regiones sin dueño donde podían haberse asentado y gobernado sin contradicción, Vadillo y sus cartagineses (así se les llamó), se encontraban en tierra con dueño.
El conquistador quiso aún volver sobre sus pasos, y regresar a las fuentes del Cauca para poblar allí; pero su gente, exhausta, exigió el reparto de las ganancias, según costumbre.
Tocó a cada uno "cinco pesos". Por cinco pesos, esos hombres habían recorrido más de mil kilómetros, entre un constante batallar, luchar y penar. Habían perdido noventa y dos compañeros, y ciento diecinueve caballos.
Estos cinco pesos, pues, fueron el premio de una persecución de catorce meses tras el fantasma de Eldorado.
Agosto De 1868
He aquí, pues, que ignoramos su nombre. Sabemos sólo que era muy joven y que poseía una cultura extraordinaria para su edad. Vivía en Estados Unidos, en la localidad de Capron, en el Illinois. Y a aquella tierna edad descubrió un día que no valía la pena vivir.
Cuando este hombre llegó a interpretar así su destino, no había obtenido de la vida sino favores —si por tales pueden considerarse una salud robusta, una juventud ardiente, una inteligencia sin par. No era un fracasado, ni un amargado, ni siquiera un descreído. Creía, antes bien, y con una exaltación de que luego dio pruebas, en la divinización del hombre por la inteligencia.
El día —decía— en que el hombre comprenda su destino, habrá dejado de existir.
Según él, al hombre común, al ser del gran rebaño de las especies que van atravesando por los mundos desde y hacia la eternidad, no le es dado detenerse. Sigue su caravana y la seguirá hasta que caiga, sin saber por qué comenzó ni por qué concluyó.
Pero el hombre que llega a comprender el vacío de todo este caminar errante por las eternidades, ese hombre, y desde ese instante mismo, se ha convertido en Dios. Puede hacer alto si quiere. Y por sobre la pesadez atónita del rebaño que marcha y no llegará nunca, erige su libertad para detenerse y se convierte en Dios.
Este joven, pues, cuando sólo tenía 25 años, hizo insertar en los diarios de la localidad un aviso anunciando una conferencia donde demostraría todo lo anterior. Y para confirmarlo, concluida aquélla se mataría.
Desde las primeras horas el salón del acto estuvo repleto, a razón de un dólar por cabeza. El conferencista subió a la tribuna, y después de anunciar que el monto de las entradas se destinaba a costear su entierro, en primer término, y a adquirir tales y tales obras para la Biblioteca Popular, comenzó a hablar. Expuso su teoría, la comentó, y cuando hubo terminado, tomó su revólver Derringer que había colocado sobre la mesa, y se hizo volar la tapa de los sesos.
Este hombre singular recuerda al extraordinario Kirilov que en "Los poseídos" de Dostoievski juega su vida a la sola tentación de destruirla. No es extraño que el gran novelista hubiera conocido el hecho. Su Kirilov, por lo menos, vivió varios años en América.
Las deducciones morales de un acto tan profundamente insólito escapan a todo juicio. Muy de tarde en tarde es dado asistir a una exhibición trágica del calibre de la que nos ofreció el muchacho norteamericano. Estaba, seguramente, ligado a la vida por un hilo infinitamente débil.
Si él, con la leve presión de un gatillo, ha cortado ese hilo que para él no ha debido nunca existir esa creencia y esa resolución son cosas que únicamente atañen a los Kirilov.
Tomás De Quincey
Escritor Inglés
La lucha más heroica que pueda exigirse a un hombre es aquella en que debe combatir contando por únicas fuerzas con su sola voluntad —que no existe.
Es más fácil arrancar una chispa de genio de un imbécil, que un acto insignificante a una voluntad diluida en el marasmo glacial de los estupefacientes.
Nada en el mundo desvía, retuerce, atrofia y liquida la voluntad de un ser humano como el goce espectral de los paraísos artificiales. No hay inteligencia, dignidad ni vergüenza capaces de obtener del hombre lo que su voluntad totalmente abolida no puede prestarle ya.
Conocido es el caso del médico morfinómano que, desesperado de una lucha contra el alcaloide que duraba ya años, se internó él mismo en un sanatorio, entregado de pies y manos a sus colegas para su completa curación. Disimulada en las ropas, sin embargo, aquel enfermo de buena fe llevaba oculta una jeringuilla…
Tomás De Quincey, cuando contaba 24 años, sufrió una fuerte neuralgia dental para cuyo alivio un amigo hallado por casualidad en la calle le recomendó el láudano.
De aquí data su primer conocimiento con el opio. Cuatro años más tarde, en 1813, recuerda dicho calmante al sentir dolores persistentes en el estómago, y recurre por segunda vez al láudano.
Desde este instante, y por el espacio de "diecisiete años", Quincey no deja más el opio, llegando a constituir él y su hipnótico —por la elevación intelectual del uno, y las dosis cien veces mortales del otro— el caso de supervivencia más tremendo que registran los anales de la opiomanía.
Durante esos 17 años, Tomás De Quincey sufrió los tormentos morales más crueles en el uso de su droga, y las torturas físicas más horrendas cada vez que trató de arrancarse a las garras del monstruo negro.
Llegó a tomar ocho mil gotas de láudano por día, dosis más que suficiente para matar a ochenta individuos de sólida constitución. Como él mismo lo ha dicho, el láudano ingerido en aquellos 17 años llenaría varias bañaderas.
Llegó —y estos fueron los momentos casi felices de los primeros años— a asomarse a una ventana al caer la noche, y no hallar fuerzas para alejarse de allí hasta el mediodía siguiente.
Vióse constantemente atormentado por el espectro de un malayo que, habiendo llegado una noche hasta su puerta, se retiró al rato sin haber respondido a lengua alguna conocida.
Vivió durante esos 17 años bajo la impresión de terror de quien se siente arrastrado por irresistibles fuerzas, sin saber cuándo volverá. Y cuenta este hombre, presa día y noche de las alucinaciones más horribles, que hubo semanas enteras en que la ansiada llegada de sus hijos hasta su cama le arrancaba gritos de terror, pues las criaturas se transformaban a sus ojos en bestias feroces que se acercaban a masticarlo.
Como un hombre, un mísero ser mortal puede hallar la voluntad necesaria para libertarse del opio después de 17 años de atroz aniquilamiento moral, es un secreto que solo el destino que vela por las actitudes heroicas puede explicar.
Piénsese en la entrega total que de sus fuerzas, de sus potencias espirituales y de su vergüenza ha hecho un hombre que rinde a las drogas el degradante tributo de 320 gramos de láudano por día, para apreciar las reservas de energía de dicho hombre. Por etapas, bruscamente a veces, cayendo en un abismo más hondo aún, incorporándose, cayendo de nuevo, el ilustre escritor se libró por fin del opio.
Y no deja de ser halagüeño para las gentes de arte, que esa enorme dosis de fría voluntad haya elegido para guarecerse una cálida alma de artista.
Laplace Y Biot
Astrónomos Franceses
Cuando Laplace, creador de la teoría de la formación de los mundos por la nebulosa original, gozaba ampliamente de la fama a que su gente le hacía acreedor, fue solicitado por sus colegas del Instituto de Francia para dictaminar sobre cierta memoria que un joven poco menos que desconocido había leído en el Instituto.
Versaba aquélla sobre cuestiones astronómicas: sabíase que su autor se llamaba Juan Bautista Biot, y que era aficionado a la geometría; pero de su penetración, de su ánimo esforzado, de su entusiasmo, se ignoraba todo.
Ahora bien, esta penetración y este entusiasmo encantaron al gran Laplace. El Joven estudiante presentaba una serie de problemas de orden superior, que llamaríamos "Integración de las ecuaciones en las diferencias parciales". Lo que es más feliz todavía, presentaba también las soluciones de dichos problemas, con lo que se venía a descubrir y demostrar una nueva ley astronómica.
El Instituto no aceptaba en masa las conclusiones del joven Biot. Y tal vez el destino de éste fuera otro si Monge y Laplace —especialmente Laplace— no hubieran sostenido resueltamente a Biot.
Excusado es decir que la intervención del gran Laplace decidió al Instituto. Se aclamó al genial muchacho, como se aclama a un joven y cálido astro que surge en nuestro horizonte intelectual:
Si alguien podía sufrir con esta eclosión, en su gloria tal vez declinante, era él mismo Laplace. ¿No veía acaso el insigne sabio la amenaza que significaba para él aquella ascensión triunfal?
Cuando la sesión concluyó, Laplace invitó al joven Biot a acompañarlo a su casa. Y cuando, después de larga conversación, éste se disponía a irse, el autor del "Sistema Del Mundo" abrió un viejo armario, y retirando de él unos papeles amarillentos llenos de fórmulas, las tendió sin decir una palabra al genial muchacho.
Eran las mismas soluciones astronómicas descubiertas por Biot, y que Laplace había resuelto hacía ya mucho tiempo.
Desde el momento en que Biot leyera su memoria en el Instituto, Laplace pudo haber cercenado de un tajo la carrera triunfal del muchacho, revelando las mismas soluciones halladas por él desde tiempo atrás. Estaba en su derecho, de haberlo hecho así.
Pero Laplace no pensó sino en su deber de hombre de genio, que es el de ser generoso. Callándose, afirmaba la fe de Biot en sí mismo, el ardiente entusiasmo por un ideal de que ha menester todo hombre muy joven. Hizo jurar a Biot que nunca revelaría el común secreto, y aquél mantuvo su palabra durante cincuenta años. Sólo cuando Laplace hubo muerto, reveló humildemente el origen fraudulento de su gloria. El discípulo valía el maestro.
La Fe
Puede asegurarse que las máquinas de hilar y tejer marcan en mecánica el límite de perfección a que puede llegar el genio humano. Desde los tiempos de las cavernas el hombre ha hilado y tejido para vestirse, robando con ello eternas horas a necesidades más urgentes. Puede también admitirse que la inventiva ha rondado desde los tiempos pretéritos alrededor de la rueca y el bastidor que hilaran y tejieran solos. Genios de la talla de Vaucanson con cuyos modelos de máquinas la Convención creó el Conservatorio de artes y oficios, se estrellaron en ellos. Como en tantas otras actividades del talento creador, de un hombre totalmente ajeno a la mecánica debía surgir la luz reveladora.
Al concluir cierta charla de sobremesa, en el año 1784, en Inglaterra, la conversación cayó sobre la máquina de hilar que Arkwright había inventado. Como se dijera que con la difusión de tal máquina sobrevendría una crisis por no poder los artefactos manuales tejer todo el hilo a producirse, uno de los presentes, el doctor Cartwright, creyó razonable observar que la solución de la crisis era muy sencilla: todo consistía en inventar una máquina de tejer.
Los presentes, manufactureros en su mayoría, se echaron a reír agregando luego tal serie de razones para demostrar la imposibilidad de esa invención (Vaucanson había fracasado), que el pobre médico quedó confundido. Nada podía alegar en su apoyo, desde que jamás había visto en su vida a una persona tejer. El doctor Cartwright se olvidó totalmente de la charla de sobremesa, hasta que algún tiempo después, una circunstancia eventual se la recordaba. Observando entonces con atención un tejido, quedó sorprendido de este descubrimiento, que para tejer sólo son menester tres movimientos; y que no sería imposible reproducirlos mecánicamente.
Lleno de ardor por esta idea, vio en seguida a un carpintero y un cerrajero, ordenándoles la construcción de tales y tales piezas, para que ejecutaran tales y cuales movimientos. Y cuando el artefacto estuvo concluido, los artesanos y él mismo médico vieron con grande estupefacción que el aparato tejía solo.
—Como yo —dice él mismo Cartwright— no me había preocupado jamás de mecánica, como no había visto nunca funcionar un telar ni tenía idea alguna sobre su construcción, se comprenderá que mi primera máquina fuese un adefesio. Imaginándome en mi simpleza que había resuelto todo el problema patenté mi aparato y condescendí entonces a ver los telares a mano. Y se comprenderá asimismo mi sorpresa, al comparar aquellas obras con mi tosco aparato. Sólo dos años después, en 1787, construí mi máquina tejedora tal como hoy se la conoce.
Hoy, 140 años después, las inmensas máquinas de tejer lanzarían de espaldas al modesto inventor. Pero los perfeccionamientos sucesivos, que han transformado su adefesio original en estas maravillas de la mecánica, no encarnan, todos juntos, la pura fe creadora del idealista médico.
Ricardo Wagner
Ya lo dijo Ibsen: Con la palabra humano, con la expresión es humano tapamos, disfrazamos y excusamos todas las cobardías y transacciones del corazón y el carácter.
Es humano que se dé a un hambriento falsas esperanzas de saciar su hambre, y que sobre el esqueleto del mísero lloremos luego nuestra hipocresía sin fin, pues sobre el hijo, el nieto y el tataranieto de la víctima, proseguiremos vertiendo, luego de haberla engañado hasta matarla, nuestras inacabables lágrimas humanas.
En 1842 Ricardo Wagner se hallaba en París. Este hombre de genio conocía ya en esa época lo que es la miseria; pero la que soportaba en esos instantes sobrepasaba la resistencia de un hombre robusto. Si no sufría hambre, en el sentido estricto de la palabra, ello se debía a un enorme trabajo hasta las más altas horas de la noche, transcribiendo y reduciendo músicas por un mendrugo de pan.
Esto mismo llegó a faltarle. Logró, tras infinitas penurias, obtener de un ilustre compositor francés unas líneas de recomendación para el director de un teatro de Burdeos, no sabemos para qué insignificante cargo.
Lleno de ilusiones, Wagner se dirigió a Burdeos con un bastón al hombro y su atado de ropa en la extremidad, a pie. No podía permitirse otro lujo.
Rotoso, extenuado, Wagner presentó su carta de recomendación; pero cuando el director del teatro comenzaba a leerla, fue llamado y salió bruscamente, dejando la carta sobre su mesa.
El forastero, a dos pasos, la contemplaba abierta. El diablo tentó a Wagner, e inclinándose, leyó lo que sigue: “Querido maestro: No sabiendo cómo deshacerme del pobre diablo que se presentará a usted, le he dado esta carta. Deshágase usted a su vez de él como pueda”, etc., etc.
Con su atado al hombro, Wagner reemprendió viaje a París.
Bien. Para un mortal cualquiera, abrumado y hambriento, el incidente era ya de una mordacidad sangrienta. Pero piénsese en el hombre que la había sufrido. Para quien había ya compuesto “Rienzi” y “El Buque Fantasma”, la lectura de la carta aquella era un cáliz tanto o más amargo que el que se apuró en otro momento en el Monte de los Olivos. Hemos sido redimidos del pecado original por medio de un sacrificio. Algo sin embargo pesa aún sobre la Humanidad, cuando proseguimos ignorando, befando, sacrificando y llorando luego, a los cristos de nuestra propia raza.
La Honestidad Artística
Últimamente han sido dados a luz documentos en los que se comprueba que el trabajo literario de Poe era pagado a razón de cincuenta céntimos de dólar la página impresa, Constando sus cuentos más conocidos de quince páginas, como término medio, y de apenas diez o doce, sus más famosos, nos encontramos con un promedio de seis dólares por cuento, o sea quince pesos de nuestra moneda,
Vale decir que uno de los genios más extraordinarios que hayamos tenido en el mundo, casi sin ascendientes y sin sucesor alguno, sólo y aislado en la historia literaria como un diamante, este hombre de inteligencia profunda hasta dar vértigo, debió vivir, comer, dormir, vestirse y alternar con las gentes a razón de un solo peso por página que escribiera.
El caso no es único. Desde Homero a Leonardo Frank, pasando por Beethoven cuando vendía urgentemente por veinticinco pesos su quinta sinfonía, el genio adquiere sus privilegios a expensas del bienestar. Pero si no puede llamarse la atención sobre este fenómeno en cierto modo biológico, cabe sorprenderse sin límites ante la honestidad de Poe, tan grande como su genio, que limitó a doce páginas sus grandes cuentos —y ganar con ellos apenas seis pesos— cuando tan fácil le hubiera sido extenderlos hasta veinte o cien páginas.
Admitamos que con esos seis pesos el hombre saciaba su hambre de seis días, y dormía por igual espacio de tiempo sobre colchón de lana. Todo es posible en Poe. Lo que no es admisible es que aquella cantidad le alcanzara también para beber a satisfacción.
Conocidas son las flaquezas del poeta al respecto. No hubo paraíso artificial que no visitara, ni serpiente que no le devolviera fielmente sus visitas en forma de delirium tremens. Hambre de comer y sed de alcohol, vagabundajes desorientados y lo que se ignora de aquel extraño ser, todo debió ser dura y mezquinamente satisfecho con los seis pesos por cada cuento suyo.
Si las necesidades de alcohol, éter y opio eran en Poe tan orgánicas como se supone, pocas torturas debieron ser iguales a las de aquel hombre, cuando su escasez de medios le permitía comer y dormir, pero no drogarse. Hubiera en esos momentos dado una fortuna, de haberla tenido, por una gota de alcohol. Apréciese ahora la honestidad más que heroica, la vergüenza más que divina del escritor, cuando puesto a escribir un cuento, lo cerraba en el instante preciso, a las diez páginas, aunque su inextinguible ansia de beber le trastornara la voluntad.
Voluntad, porvenir, decoro, todo en el gran cuentista flaqueó, menos la honradez artística. Pudo haber alimentado holgadamente a la bestia del alcohol, con sólo extender, rellenar sus cuentos de sobriedad extraordinaria. Nadie con más facilidades que él para hacerlo. No lo hizo. Hoy, sin apremios ni necesidades, y si las tenemos es para llevarnos a extender y rellenar un cuento que sólo lo es de nombre, sólo recordamos de Poe que bebía mucho; de su honestidad apenas podemos ya darnos cuenta.
Condorcet
Revolucionario Francés
El escritor de este nombre, filósofo, matemático y químico de alto vuelo, nació marqués, de una de las más viejas familias de Francia, y fue criado hasta los doce años por una madre fanática que, habiéndolo consagrado a la Virgen, lo vistió de niña hasta aquella edad. Tradición, educación, ambiente, todo conspiraba para hacer del afeminado aristócrata un reaccionario. Su destino debía ser muy otro.
Miembro de la Academia Francesa a los 39 años, mimado por la Corte, por los grandes sabios de todo el mundo, la ex niña solo esperaba un rayo de luz para encontrar su camino de Damasco.
Dióselo la revolución americana, como a tantos otros. Amigo íntimo de D'Alambert y Voltaire, la revolución francesa lo contó entre sus más puros hijos. Así como Robespierre representó el Principio en la acción, Condorcet lo representó en la fe. Nadie creyó ni sostuvo como él las ideas de la gran revolución. El hombre que condenó al rey a galera perpetua no era un combatiente entre las muchedumbres. Bueno sobre toda ponderación, de pobre aspecto y salud débil, casóse a los 43 años con una joven de 20, quien tuvo la lealtad de decirle que, aunque le confiaba su vida, no lo amaba. Condorcet, con más lealtad aunque ella, nada exigió a su mujer.
La caída de los girondinos arrastró consigo a Condorcet. Fue puesto fuera de la ley, y sus bienes, confiscados. Sin suficiente fe en la muerte para entregarse a la guillotina, e inmensa en el hombre y en la tierra que lo alienta, vivió ocho meses escondido en una buhardilla, con escaso fuego y casi escaso pan. Todas las noches su mujer, que había puesto un taller de planchado para poder vivir, lo visitaba disfrazada, exponiendo en cada visita su existencia.
Pero no era ya la desdeñosa joven de antaño: de la admiración había pasado al amor más apasionado, contando en aquel momento con varios hijos de su marido. Noche a noche exponía su vida por verlo. Y como Condorcet, reducido a la más gran pobreza, no tenía sino una camisa. Se quedaba en cama, mientras su mujercita lavaba y planchaba su única prenda. Entre tanto, el sentenciado a muerte, víctima injusta si las ha habido, escribía una obra de gran aliento sobre la perfectibilidad del ser humano,
Cuando varios años después de la muerte de su marido (Condorcet se suicidó), su mujer publicó la obra póstuma del gran republicano, a cuya gestación había ella asistido lavando y planchando cada página de aquel libro debía evocarle más de un pensativo recuerdo.
El Capitán Invisible
Cuando un médico dice que lo que se paga con diez pesos por su consulta no es el examen de un minuto o la receta de un segundo, sino los largos años de perseverancia —si no de pobreza— con que sobrellevó sus estudios, expresa la situación de todos aquellos que sin esfuerzo aparente perciben el interés de un fuerte capital invisible.
Las gentes suelen juzgar con mal humor este como agio de la intelectualidad, tanto más duro cuanto sutil en la esencia del capital opresor: Tal el del arte, cuyas transacciones económicas han pasmado eternamente y continúan pasmando a los mercaderes de orden más general.
Hace muchos años, un señor cuyo nombre no hace al caso, propietario de una casa de modas, recibió una tarde la visita de Rubén Darío, con quien tenía una de esas vagas amistades que depara un encuentro en tal o cual bar.
Este señor no era precisamente un hombre inculto; antes bien, merecía más consideraciones que las que el poeta tuvo con él, al final de su visita. Pero todos sabemos que Darío no era estrictamente formal en sus relaciones, y pasaba, luego, por uno de sus malos momentos.
Ello es que Darío, llegado a las cinco de la tarde a casa de su amigo, que no se hallaba solo, tomó el té con ellos, se quedó unas horas más, comió allí, y eran ya las doce de la noche cuando se retiró, con gran pesadumbre de sus deslumbrados anfitriones.
Preciso es advertir que Darío no era expansivo, ni aún en la intimidad. En esa ocasión, sin embargo, habíase mostrado el “causeur” incomparable que podía ser, si lo quería. Tuvo por largas horas pendiente de sus labios a su auditorio, que ni aún con su ausencia podía recobrarse de su encanto.
Pero cuando, ya en la puerta de calle, adonde el anfitrión lo había acompañado, éste le estrechaba por última vez la mano, Darío le pidió dos pesos.
“No diez, ni siquiera cien: dos pesos solamente me pidió, como un vulgar pechador”. Con estas catorce palabras, el comerciante despechado comentó y juzgó a Darío.
El capital de este señor estaba pomposamente expuesto en sus vidrieras. Podía vender sin escrúpulos sus chiches en centenares de pesos por el placer o el capricho de un momento, pues representaban un valor bien visible; —y la “causerie” del poeta, no.
Pero lo que Darío daba por dos pesos era el encanto, y prolongado horas y horas, de una inteligencia privilegiada, de una erudición cultísima, de una vida ampliamente sufrida en emociones, depurada en arte, y todo ello entregado, con humillación y generosidad sin par, para compensar el pedido de dos pesos que cualquiera de nosotros se atreve a exigir, sin dejar en rehén un átomo de vergüenza.
Semmelweis
Médico Austriaco
La incomprensión de las ideas nuevas se convierte con el andar del tiempo, si no en comprensión, por lo menos en palabras y actos de gratitud con que la humanidad entona su mea culpa en honor del desgraciado que despreció.
Tarde, ferozmente tarde, esas lágrimas y esa vasta protección humanitaria, llegan por lo común. Pueden pasar varios siglos; la satisfacción llega por fin. Si no escarmentamos —pues algunos esqueletos corroídos de la miseria de sus amos esperan aún las fatales lágrimas de arrepentimiento— puede asegurarse que con cada ciclo de mil años, nuestra deuda a la flor de la humanidad queda pagada. Esperemos, pues, confiados, sin oír todavía los alaridos de locura que aún después de ochenta años, debe de proseguir lanzando Semmelweis desde su tumba-manicomio.
Semmelweis, médico austriaco, había sido sorprendido por algo anormal que pasaba en la perenne infección puerperal de todas las maternidades de la época. Las cifras de mortandad eran aterradoras; en ciertas épocas alcanzaban al noventa y cinco de los casos.
En la Maternidad de Viena, donde actuaba Semmelweis, se observaba que de las dos salas obstétricas del establecimiento, la reservada a la práctica de los estudiantes acusaba una mortalidad mucho mayor que en la sala destinada a las parteras. A tal punto, que las mujeres estaban convencidas de que ir a aquellas primeras salas, era ir a la muerte. No insistimos sobre las crisis de desesperación de algunas enfermas que, creyendo estar en la sala de las parteras, se hallaban en la de los estudiantes.
Si bien con anterioridad a Semmelweis se había asegurado la contagiosidad de la fiebre puerperal, nadie había observado aún de dónde provenía y cómo se operaba dicho contagio.
"Debe de haber una secreción, un veneno, un organismo —decíase Semmelweis— que se transmite de un cuerpo a otro por medio del hombre."
En esos momentos moría el doctor Kolltschka, víctima de una infección en un dedo adquirida en la sala de disecciones. Y al comprobar en el enfermo los mismos síntomas y el mismo cuadro clínico que en las puérperas de la Maternidad, la luz se hizo bruscamente en la visión genil de Semmelweis: Una sola y única era la enfermedad del varón infectado y la de las parturientas: un agente, pues, proveniente de los cadáveres de las salas de disección y transportado por los estudiantes a la Maternidad era la causa específica de la fiebre puerperal. Desinfectando campo operatorio, manos y herramientas, la fiebre no debía presentarse.
Como se ve, Semmelweis había llegado de golpe en 1847, al canon actual, adelantándose en veinte años a la antisepsia de Lister, y en otro tanto a las conclusiones de Pasteur.
Preconizó, habló, escribió: no halló clínico en el mundo entero, que le prestara atención. Cansado y extenuado por las risas y los sarcasmos, perdió el juicio, a lo que entendemos.
