En el momento en que me pongo a escribir
brilla una luz de no muy lejos.
Comprendo que tengo que partir,
y limpio el catalejo...
Pero esa luz es un melancólico topacio
o es un colibrí que está quieto en el aire?
Yo voy hacia el puerto despacio, despacio,
y me embarco para Buenos Aires.
Sentado en la popa no pienso mucho.
Mi cabeza linda no lleva sombrero.
Un barco ballenero
me causó una vez risa... pero no, era un falucho.
Y mi vista ve cómo en la distancia
aparece una bella ciudad,
una ciudad tan bella como vi en Francia
cuando era corta mi edad.
Tiene todos los encantos de una doncella.
Yo amo verla, porque me causa bienestar.
Yo quisiera poderla hablar,
y después abrazarla, como se hace con las doncellas.
Es tanta mi alegría que llegan los marineros,
los marineros de tranquilo donaire,
y me dicen: —¿Qué os pasa, señor viajero?
y yo digo: —Oh, Buenos Aires, Buenos Aires!...
Iré a visitar algunos parientes
que han tenido noticias de mi venida;
veré luego a mis amigos excelentes,
y después pasearé por la calle Florida.
No miraré, por cierto, los grandes edificios.
Y viéndolas tan lujosas, tantas y tantas noches,
comprenderé cómo se hacen sacrificios
por las señoritas que pasean en coche.
Y cuando vuelva, diré, en una fina intriga,
a mi amigo discreto que al oírme sonreirá:
—en mi mano se ha retardado una mano muy amiga,
y tuve de esa señorita la caricia esencial.
