Cadáveres Frescos

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica, Cuento


La información literaria del escritor, vale decir el acopio de datos contingentes con el tema que se ha elegido, se obtiene por lo común sin otras dificultades que las inherentes a la pérdida de tiempo que exigen. Aquí o allá, en el libro, en la fuente de primera agua, pacientemente escudriñada en las entrañas de un texto o bebidas ávidamente en las palabras del testigo del caso, esta información indispensable, por breve que sea, constituye con holgura la tarea más liviana del arte de escribir.

No siempre pasa así, sin embargo. Cuesta en ocasiones un ojo de la cara obtener dos o tres datos vivos sin los cuales el relato, todo el paciente edificio levantado con mayor o menor acierto, bambolea y se desmorona como un castillo de naipes.

Dentro de mis fuerzas y de mi tarea, yo tuve ocasión de sufrir por dos veces el contraste anotado. En una y otra circunstancias la información a obtener era de menor cuantía: una simple exclamación de auxilio, en el primer caso. Y un dato de orden profesional, soso como pocos, en el segundo. En ambos fracasé, conforme se va a ver por las siguientes líneas.

Ocupábame yo entonces de planear los relatos que con los nombres de El conductor del rápido y Más allá, debían salir a luz unos meses más tarde. Se refiere el primero a un maquinista de ferrocarril que durante la conducción de un tren expreso tiene que soportar la lucha entre su deber profesional y las llamaradas de su locura. Y en Más allá se expone la sicología —diremos ultraespectral— de dos novios suicidas.

Yo tenía necesidad de saber con qué palabras un maquinista, pasando a toda la velocidad de su tren por una estación, pide desvío para evitar una catástrofe. Y para el otro relato, mi deseo era aún más simple: enterarme de si es posible enterrar a dos personas en un mismo ataúd.

Poca cosa, como se ve; pero ni en uno ni en otro caso me fue posible obtener la información precisa. Un amigo me había prometido —en vano, luego se vio— el permiso necesario para viajar en la locomotora del rápido a Rosario. Otro amigo solicitó y obtuvo en mi favor la autorización precisa, solamente hasta Tigre, ida y vuelta. La modestia del petitorio del segundo amigo me había salvado. más nada gané con ello. Me fue totalmente imposible hacerme comprender del maquinista.

Era éste un mecánico, pecoso y de pocas palabras, que durante todo el viaje vigiló atentamente mis manos para proveerlas de estopa.

Viaje viajando, trataba yo de obtener lo que necesitaba, mientras la locomotora saltaba como un Ford a través de las tinieblas densas y húmedas.

—Supóngase, maestro —argüíale yo— que por la rotura de una llave, por el atascamiento de los frenos, no puede detener el tren, y al pasar por una estación se ve obligado a pedir que le den desvío. ¿Cómo lo pide usted?

—Pues —responde mi hombre volviendo la cabeza— pido que me den desvío…

—Claro. Pide desvío. Pero ¿cómo lo pide usted? Es lo que deseo saber.

—Pues... Así no más... Como usted dice.

—Pero yo no digo nada. Usted es el que pide desvío.

—Pues... Pido desvío, no más.

—¡Sí, sí! Entendido. ¡Usted pide desvío, claro! Pero es la forma en que usted va a pedirlo, ¿comprende, compañero? Son las palabras que usted va a usar para pedirlo, lo que me interesa saber. ¿Lo comprende usted ahora?

El buen mecánico sudaba.

—¡Claro que lo entiendo!

—¡Magnífico! ¿Qué diría usted entonces?

—Pues... ¡Como usted quiere! Pediría desvío…

No hubo modo de entendernos. Menos aún logré hacerme entender del guardatrén, filosóficamente apoyado a un paragolpe hidráulico del andén, a quien abordé al descender de la locomotora. No había yo concluido todavía con aquel mi desdichado relato.

—Perdón, guarda —le dije saludándolo.— Necesito un breve informe que usted, creo, está en el caso de evacuar.

—Pregunte.

—Ahí voy. ¿Quién es el jefe del tren en marcha?

—El guardatrén —me responde.

—Gracias. Es lo que suponía. Y si el maquinista da a su máquina una velocidad excesiva, ¿puede usted intervenir para que…

—¡El maquinista no es quién para hacer eso! —se apresura a observar el hombre.

—Estamos de acuerdo. Pero si a pesar de ello el maquinista abre las llaves hasta hacer peligrar el convoy, ¿usted qué hace?

—No hago nada, porque el maquinista no puede hacer eso. ¡No es quién, él para abrir las llaves!

—¡Claro que no! Y muchas gracias, guarda.

En el andén paralelo un maquinista curiosea alrededor de los cilindros. Me dirijo a él, con idéntica cuestión, pero al revés.

—Entiendo, maestro — le digo— que las facultades de su cargo lo autorizan a usted a regular la velocidad de su tren. ¿Es así?

—Está claro.

—Bien. Pero si el guardatrén halla que la velocidad que imprime usted al convoy es excesiva, ¿puede él intervenir?...

—¡No es quién el guardatrén para intervenir en mi máquina! —se altera el mecánico.

—¡No puede! Ya lo sé... Pero si por temor a una catástrofe, de cualquier cosa, le da a usted la orden de…

—¡No puede darme orden ninguna el guardatrén! ¡No es quién él para hacer eso!

Y ni del uno ni del otro, maquinista y guardatrén, logró obtener informe alguno, fuera del de comprobar el celo de perro y gato que los anima.

La otra gestión fue tan turbia y accidentada como la que precede. Para cerciorarme de la verosimilitud del dato de Más allá a que he hecho referencia, entré una noche en una casa de pompas fúnebres, cuyos empleados elegantísimamente vestidos como todos los de las casas del ramo, acudieron solícitos a mi encuentro.

—Desearía saber señor —me dirigí al de aspecto más respetable—, si es posible enterrar a dos personas juntas en el mismo ataúd.

¡Tableau! Los empleados fijaron todos los ojos en mí.

—¿Juntos, señor? —murmuró el primero, como si no hubiera oído bien.

—Juntos, en efecto.

—No, señor... No es posible.

—Entonces —observé— hay algo que se opone a ello.

—Naturalmente... Se requieren dos cajones.

—Perdón; veo que no me ha entendido usted bien. Deseo solamente saber si es posible, si es lícito enterrar dos cuerpos en el mismo ataúd.

—¿Dice usted dos cadáveres en un mismo féretro?...

—Exactamente.

—No, señor; no es posible. No cabrían. Se necesitan dos ataúdes.

—Lo sé, señor, lo sé. Dos ataúdes para dos cuerpos, perfectamente. Pero noto con gran pesar que no puedo hacerme entender. Lo que me interesa saber, señor, es si existe una disposición, un reglamento, una ordenanza municipal que prohíba enterrar dos cuerpos en el mismo ataúd. ¿Me comprende usted ahora?

—¡Sí, señor, lo comprendo perfectamente! Y vuelvo a repetirle que eso no es posible. Habría que construir una caja especial…

—¡Ciertamente!

—Para dos cadáveres.

—Tal es.

—¿Son frescos?

—¡Por Dios, señor mío, creo que nos van a enterrar también a nosotros, juntos o separados, si no logro hacerme entender! Yo no tengo ningún cadáver, ni fresco ni pasado. Yo quiero saber concretamente si se puede, sí o no, enterrar dos cuerpos en un mismo cajón.

—¡No señor, no se puede!

—¡Por fin!... ¿Existe entonces una ordenanza?

—No sabemos. Sabemos, sí, que no se puede enterrar dos cadáveres frescos en una sola caja. Hay que construir una. Y encargar las cosas con tiempo…

Entonces me fui. Todo lo que había podido obtener, para la autenticidad de mi relato, es la certidumbre de que la casa de pompas fúnebres quería a todo trance venderme dos ataúdes a punto, o en su defecto uno de doble cabida, más encargado con tiempo...


Publicado el 26 de julio de 2026 por Brian.
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