Un diario de Nueva York, el más importante de aquella ciudad, según nos informan, acaba de estampar lo siguiente en sus columnas: —"Firpo nos ha descubierto a Buenos Aires".
La persona del informe se muestra indignada de este poco diplomático descubrimiento, asegurando que él es una prueba más del despectivo concepto en que nos tienen los Estados Unidos.
Triste concepto, sin duda... Pero fundado en cierto modo como ningún otro. Véase, si no.
Estados Unidos, como cualquier otro pueblo, no tiene por qué estar más enterado de nuestra cultura que nosotros mismos.
La voz de la nación es su prensa. Y si para nosotros, los que la originamos, la alimentamos y la sostenemos, puede no siempre ser nuestra voz, para el extranjero esta voz es siempre la expresión de nuestra alma; es decir, de nuestro estado de civilización.
El extranjero, pues, tiene de nosotros la impresión que de nosotros mismos le damos. Si algo ocultamos en la prensa de nuestra vida nacional, es porque no nos honra, en primer término, y porque no merece que se lo conozca, en segundo. Más cuando un acontecimiento logra encarnar y realizar de modo tal las aspiraciones culturales de una nación, que la prensa entera abre cuán grandes son sus columnas a la exaltación de ese acontecimiento, entonces podemos estar seguros de que —al revés de lo anterior—, ese acontecimiento honra a nuestra nación, mereciendo por tanto que se le lance triunfalmente a través de las fronteras.
Cuando los hombres que estudian las edades y la vida anterior de la tierra, descubrieron por su cuenta que en un cierto rincón de la América del Sur había vivido y muerto un hombre que sabía de esas cosas tanto como ellos mismos, se dieron a buscar en la prensa de aquel país la impresión nacional sobre tan magnífico hombre de ciencia. Y al notar que sólo en minúsculas gacetillas o en furtivos telegramas de tres líneas se recordaba de vez en cuando la existencia incidental de dicho hombre, los extranjeros pensaron:
"Tal vez… tal vez Ameghino no era argentino… Así se puede explicar la poca importancia que da aquella nación al haber poseído un sabio de aquel valer".
La prensa —recordémoslo— no es la voz del pueblo, pero es siempre la de la nación.
Los mismos extranjeros, inquietos a pesar suyo, ante aquel extraño país, hallan un día en su prensa la exaltación de un acontecimiento, de un hombre, que buscaron en vano respecto del oscuro hombre de ciencia.
"He aquí, pues —tornaron a decirse—, que la Argentina ha dado por fin a luz a su gran hombre. La prensa —voz de la nación— canta unánimemente en sus primeras grandes y enteras páginas el triunfo, las esperanzas, las ideas, la vida, los orígenes, las inquietudes más mínimas del cerebro de su glorioso hijo. La Argentina lo proclama bien alto por la voz de su prensa, para orgullo de sus demás hijos y enseñanza del extranjero. Ahora ciertamente, y más que nunca, sospechamos que aquel sabio hombre difunto no era argentino… No alcanzamos, si no, a explicarnos cómo este Mr. Firpo merece el honor insigne de siete columnas diarias, cuando aquél no merece una línea por semestre… Mr. Firpo, por consiguiente, es la expresión gloriosa de aquella república, puesto que su prensa lo exalta con gloria sin igual. Debemos, pues, estudiar con atención un país capaz de producir un hijo de esta potencia".
Los extranjeros que tal piensan son pocos —los menos sin duda—. Pero los otros, la gran mayoría, los que desde hace un año nos oyen cantar hacia las fronteras, son precisamente los que nos han descubierto por nuestra voz.
